Pueblo mío

La sesión de esta semana la iniciamos con música. Canciones como "Pueblo mío" en la voz de José Feliciano, "Un pueblo es" de María Ostiz y "Pueblo blanco" de Joan Manuel Serrat fueron las guirnaldas y banderolas con las que adornamos el tema a tratar: el pueblo.
Leímos y comentamos el poema "El silbo de afirmación en la aldea" de Miguel Hernández, un texto en el que el poeta maldice la ciudad y canta al sosiego y el recogimiento de la vida en el campo. En otro poema titulado "Huerto mío" Miguel afirma:

Paraíso local, creación postrera,
si breve de mi casa;
sitiado abril, tapiada primavera,
donde mi vida pasa
calmándole la sed cuando le abrasa


Allí, en su huerto, lejos de la ciudad, el poeta disfruta su "ilustre soledad de esquila y lana"
Hablamos también de despoblación, de ruralidad, del estado de situación de nuestros pueblos, de la palabra "pueblo" y su significado. De los niños y niñas que marchaban a la ciudad con el pueblo en la cara, título de una breve historia de Miguel Delibes. Y comentamos el artículo titulado: "Despoblación rural, ocho libros para entender el vacío" en la sección "Fuera de menú" del blog masdearte.com.



Uno de los libros reseñados en el artículo es "Palabras mayores", un texto imprescindible para conocer el pasado de nuestros pueblos y sus gentes. Paisaje y paisanaje en estado puro. En la cuarta de cubierta (contraportada) se lee este breve pregón sobre el libro:

[…] -¿Cómo era aquella casa, Progreso?
–Era una casa mu grande, mu grande, mu grande; mira si era grande que mi hermano, mi padre y yo, dormíamos juntos en la misma cama, y mi hermana en la otra.
–¿Teníais luz en aquella casa, Progreso?
–Sí, había luz… cuando era de día se veía estupendamente.
–¿Y había escuela, Progreso?
–Escuela sí había, pa los niños… pa los niños que iban a ella.
–¿Matabais algún marrano en casa, Progreso?
–… Nosotros es que no teníamos esa costumbre.
Manejar un ingenio así tiene aún más mérito cuando las cosas a las que alude no tienen maldita gracia. Quizá el tiempo, eterno bálsamo, le permite verlas hoy de esa manera, pero es ironía que deja la sonrisa torcida, y en la mirada filos que sugieren insondables cavilaciones. […]

En un artículo de Marta Cuervo titulado "Emilio Gancedo: "Me eché a la carretera para rescatar y exponer existencias veteranas" leemos: De repente, cogió su maleta y se echó a la carretera con un objetivo primordial: "rescatar y exponer existencias veteranas". Y así nació 'Palabras Mayores', un libro de viajes raro, no al uso. "Tiene etnografía - hablo de costumbres-, periodismo -con entrevistas a personas-, pero también un lenguaje literario. Al inicio se presenta al personaje con alguna anécdota que me haya contado él, pero recreándola de manera literaria. A veces son historias tan cercanas a la ficción que en sí mismas son literatura",

Para muestra un botón. Así escribe Emilio Gancedo lo que José Campos le contó:

El maestro explica sus cosas junto a la pizarra pero el niño José Campos no atiende porque tiene los oídos llenos de gaviotas. Su mente es una vastedad azul surcada de barcos pintados de colores, dos infinitos de aire y agua separados por larga y fina maroma.
Sueña el niño José Campos con la vida oscilante de su padre y su abuelo, infatigables seguidores de rutas marítimas desde la vieja Algeciras, una vida al aire libre vivida entre elementos poderosos, estimulantes e implacables. En esa cabeza no hay sitio para más, y por eso la regla de tres, y el nacimiento del Miño, y la expedición de Pizarro, se confunden y embarullan, y suenan distantes y con escaso sentido. Y rebotan varias veces contra la gran bóveda azul dejando solo tras de sí un débil resonancia.
Un día, el niño José Campos tomó una decisión. Ya estaba harto de navegar la bahía cerrada de su propia cabeza, así que se levantó y pidió, y en el gesto iban embalados muchos sentires y muchos pálpitos. Su nacimiento en la barriada de pescadores, las crepusculares marchas del padre en lo más impreciso de la madrugada, aquellas estancias de meses en alta mar, su gozoso regreso con el barco repleto de pescado hasta las amuras, la tertulia de los marinos viejos, fondeados en tierra por los años y el retiro que José escuchaba con silenciosa veneración… Y sobre todo los tres meses anteriores de vacaciones escolares, en cuyo transcurso el padre lo embarcó consigo para dar cincuenta y cuatro días seguidos de singladura. Esas jornadas de viento y oleaje, y enigmática manipulación de redes, se le metieron en algún hueco muy profundo de su ser y de allí nadie pudo sacarlas jamás. Por eso, cuando la escuela se reanudó en septiembre, el niño José Campos no paraba de revolver el culo en el silla y de escuchar gaviotas chillando junto a sus oídos. Y por eso levantó la mano y pidió:
-Señor maestro, ¿me puedo levantar, que tengo una necesidad?
Nada más escuchar la autorización salió por la puerta, la cerró con cuidado, echó a andar y no volvió a aquella escuela el niño José Campos Uclés porque es verdad que tenía una urgencia, una improrrogable necesidad interna de salir del puerto empuñando un timón entre gaviotas y de poner proa a los mejores caladeros, libre y feliz.

Cerramos esta entrada con un texto que escribí hace tiempo titulado "Aleluyas de la despoblación"

Hoy el campo está baldío.
La chicharra del estío
que da la murga en las siestas
ya solo canta en las fiestas.
Y cada casa vacía
muere de melancolía.
Ya no hay tren, ya no hay lectura,
solo niebla y amargura.
Y firma el señor alcalde
-que a veces está de balde-
la carta de defunción
de su pueblo en extinción.
Ya no hay niños ni hay escuelas
solo quedan cuatro abuelas.

Mi abuelo, en su desconcierto,
regó con llanto su huerto.
Y el último de los mozos
se despidió entre sollozos.
Y el médico, ayer, resulta,
que ya no pasó consulta.
Y el cura predica en misa
que es el demonio la prisa.
Y hay quien busca con un trago
la memoria bajo el lago.
Ya no llueve en la besana.
Hoy es tiempo de galbana.
Ya nadie sueña en la aldea,
la cosa se pone fea.

Y a pesar de nuestra lucha
el político no escucha.
Hay quien cerró su postigo
y del recuerdo al abrigo
dejó sin agua la noria,
no pudo con esta historia.
El capitalismo urbano
deja a los pueblos sin grano
y a la espiga sin futuro.
Y el porvenir es oscuro
en la España vaciada
por los de siempre expoliada.
El abandono rural
harina es de otro costal.

Ya no llega el tapicero,
solo se ve al chatarrero.
Y la señora Apolínea.
no viaja en coche de línea.
Y el señor don Telesforo
vendió todo el tiempo en oro.
Y la hija del Meranio
se intoxicó con uranio.
Y el fuego asoló la era
y ya nada es como era.

Que no exista un buen transporte
parece que a nadie importe.
Y la gente está cansada
de luchar por casi nada.

En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
Son las mocitas del pueblo, leré,
que se han marchado, leré,
a la ciudad.

Doña Melitona ya no amasa el pan.
Doña Melitona ya no amasa el plan.
porque una mañana se marchó a Pamplona
por eso no amasa la tía Melitona.

Los mozos de Monleón
ya no van a arar temprano.
Ya no hay bueyes ni tractores,
sólo granjas de marranos.



Propuesta de escritura

¿Por qué hemos silenciado las voz de nuestros mayores? ¿Por qué hemos bajado el volumen a sus palabras? Recoge en forma de narración el relato de algún familiar, conocido o persona mayor de pueblo a cerca de la vida en el campo y los difíciles años de la guerra y la posguerra. Si no tienes pueblo o quien te cuente una historia invéntala:


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;


Elogio de la vida rural

—Y éste es el único bar que tenemos en el pueblo —le indico solícito a mi acompañante.
Tenemos que sortear un carretillo que, en medio del paso, obstruye el acceso a la terraza. Una parte de ella se halla cubierta por un tejadillo mientras que la otra recibe alguna sombra de una raquítica parra.
—Mejor la terraza —sugiere él dirigiéndose hacia una mesa situada al fondo.
Unas pocas mesas están ocupadas, todas por habituales del local. Les saludo en la distancia. Algunos responden con frases cortas y otros esbozan solo un gesto de reconocimiento.
Estamos esperando al camarero cuando veo acercarse a Pascual, uno de los personajes singulares del pueblo. Viene como siempre, desgreñado, con la ropa desordenada y luciendo unos pies repugnantemente sucios dentro de unas desvencijadas sandalias. Se coloca detrás de mi invitado y antes de que pueda advertirle se oye la voz cavernosa y lastimera de Pascual.
—¡Oiga, señor, estoy muerto! —y sin solución de continuidad—. ¿Me da un cigarro?
El susto de mi camarada es tremendo. Sobresaltado se gira en escorzo y se levanta en un gesto reflejo hasta casi incorporarse.
—Pascual, los muertos no fuman —le digo al inofensivo vecino mientras hago un gesto calmado a mi invitado—. Y nosotros no tenemos tabaco.
Llega el mozo y le espeta cortante:
—Te he dicho que no estás muerto pero que si insistes te voy a matar yo de cinco puñalás.
El pobre infeliz se aleja en silencio arrastrando pesadamente los pies.
—¡Deja al hombre tranquilo! —se escucha una voz gangosa de otro parroquiano. Habla muy lentamente como si tuviera que mascar cada sílaba. Agita a la vez una mano temblorosa.
—La libertad de un hombre es un derecho sagrado y... —proclama con lengua de trapo “El Tiras”. Está sentado en una mesa al sol y ha erguido un dedo admonitorio. Pero se ha detenido como si atendiera, con suma atención, a los argumentos aducidos por la media docena de botellines que tiene delante.
—No te preocupes, son inofensivos —trato de calmar a mi azorado amigo.
El camarero repiquetea los dedos sobre la bandeja. Es su forma de decirnos que nos estamos entreteniendo demasiado con la comanda.
—Dos cervezas y... —me deja con la palabra en la boca. Ha salido disparado hacia el interior del bar. Ni siquiera ha retirado los vasos, botellas y platos que se amontonan sobre nuestra mesa.
—¡Señor alcalde! ¡Señor alcalde! —grita entonces uno levantándose tan precipitadamente que derriba su silla y hace temblar las botellas y vasos de su mesa.
El aludido se ha detenido un momento en la entrada y ha escrutado el horizonte del bar. Parece esperar un coro de aclamaciones que finalmente, no llegan. Desdeñoso, se deja caer pesadamente en la misma silla que ocupa cada día.
—Señor alcalde, las gallinas de Mariano han vuelto a escaparse y me han comido todas las tomateras que planté el jueves.
—¡Falso! —proclama en voz alta Mariano desde la misma mesa que abandonó el agraviado—. No se escaparon, se trataba de una manifestación debidamente autorizada por la Subdelegación del gobierno. Estaban reivindicando su derecho a una vida en libertad.
Antes que Julián, el alcalde, pueda contestar, se acerca otra clienta renqueando.
—Alcalde, sigo esperando que coloquéis mi estatua encima del campanario —acaba su advertencia con un mohín de disgusto.
Otro cliente le increpa desde su mesa demandando algo sobre el cerdo que lleva atado por una correa. No puedo entenderlo entre el alboroto general.
El edil no se altera.
—¡Tranquilos, ciudadanos! Hemos de mantener las prioridades en el gasto. Lo que es principal debe ser lo primero. No haremos nada hasta que no hayamos acabado el aeródromo del “Prao de los corchos”.
—¡Pero si aquí no viene ni una mísera avioneta! —protesta la de la estatua.
—Pues, para cuando vengan —cierra la discusión el alcalde.
Para entonces mi compañero está sobrepasado, debe temer que nos encontremos en la cafetería de un manicomio. Comienza a mirarme con recelo, como si pusiera en duda mi cordura.
En ese momento llega el camarero con dos copas de vino blanco en las manos y manteniendo en un equilibrio imposible un cuenco de aceitunas verdes. Deja caer todo sobre la mesa.
Sé que mi amigo odia el vino y yo no soporto las aceitunas. Trato de quitar hierro al asunto:
—En este pueblo la vida es sosegada. La convivencia es tranquila y sin sobresaltos.
A pesar de mi intento, veo que mi acompañante se va a quejar al camarero. No llega a hacerlo pues la voz de “El Tiras” se eleva sobre la algarabía.
—¡Hemos sembrado iniquidad y recogemos tumultos!
Demasiado estupor para que no se imponga una momentánea quietud.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El “echacuentas”

Mi abuelo Bernabé, a los nietos, cuando íbamos a la escuela del pueblo, siempre nos decía lo mismo, que todas asignaturas eran importantes, pero las matemáticas mucho más.
Y nos ponía un ejemplo, de un agricultor del pueblo, vecino y amigo suyo, solterón de nacimiento, y que cuando sacaban cualquier conversación, siempre andaba con lo mismo: este año, voy a coger tantos kilos de trigo, tantos de cebada, al precio que se pagan este año, cogeré tantas pesetas, si descuento todos los gastos, más los gastos de casa, me queda un ahorro, de tanto.
En el pueblo todos le conocían , no por su nombre de pila, sino por el mote del “ echacuentas”.
Llegó la jubilación forzosa, por la edad, al no poder trabajar las tierras, y como en aquella época los labradores no tenían pensión, lo único que pensó fue vender las tierras, y vivir el tiempo que le quedara de vida del importe que sacara.
Y vuelta la burra al trigo, que se dice en mi pueblo, el “echacuentas”, otra vez haciendo números, todo mentalmente, como lo había hecho siempre.
Contaba mi abuelo, que su amigo el “echacuentas” , calculó que viviría como mucho diez años, y repartió el dinero obtenido de la venta de las tierras para estos años.
Pero claro, nadie sabe el tiempo que va a vivir una persona, y él “echacuentas”, tuvo mala suerte, y vivió cinco años más de lo calculado, por lo que estos años que la vida le concedió a mayores, vivió de la caridad de los vecinos, siendo un poco el hazmerreír del pueblo, y mi abuelo nos lo recalca de ejemplo, de la importancia de las matemáticas, para que no nos pase, igual que a su amigo.
Cada uno que saque la moraleja de este pequeño relato, por cierto “verdadero”.

Luis Iglesias.
Grupo B


Silencio ahogado

René Ndengo contempla siempre el paisaje a la hora de la puesta de Sol. Es la única vez que encuentra algo de belleza en este páramo infinito y monótono, de campos de cereales que se extiende hasta perderse en el horizonte. El colorido de su tierra natal, los árboles de todas las formas y colores, la silueta picuda de las montañas entre nubes hinchadas y algodonosas; eso no es lo que más echa de menos, aunque le duela en el alma su ausencia y a menudo cierre los ojos para tratar de rememorarlos en su memoria. Lo que más sensación de vacío le genera es la persistencia del silencio, Allá en su aldea se despertaba con las conversaciones de las mujeres y así transcurría el día entre gritos de niños jugando, llantos y lamentos de ancianos por tiempos pasados, risas contagiosas de jóvenes y discusiones de adultos por menudencias varias, En esta nada interminable lo más parecido a un ruido humano es el viento de la mañana con su silbido. El resto del tiempo es un silencio ahogado.
Los días se suceden siempre iguales, uno tras otro. Nunca hay una mínima novedad, ni aparece algo diferente, una sorpresa que rompa con el tedio de la rueda maldita, el reloj, que no para de girar. No siempre fue así, sobre todo antes de llegar. René pensó al recibir la noticia del nuevo trabajo que era un privilegiado. Un auténtico chollo: labores sencillas, sueldo más que suficiente, nada de gastos de vivienda puesto se le proporcionaría una justo al lado de la macrogranja que tendría que gestionar. Lo único que chocaba era la ubicación. Una pequeña aldea en un rincón perdido de la meseta, a cincuenta kilómetros del núcleo urbano habitado más cercano. Evidentemente estaría sólo y eso es difícil de aguantar. Lo que no sabía es lo duro que es no hacer absolutamente nada porque todas las tareas están mecanizadas y robotizadas. El aburrimiento es una losa inmensa que te aplasta una hora tras otras hasta conseguir que el tiempo se convierta en un manto oscuro que te envuelve con su angustia hasta convertirte en un silencio ahogado.
Siempre que puede recorre lo que en su día fue un pueblo próspero y que ahora no es más que un cúmulo de casas semiderruidas. Pasea entre sus calles todas las tardes, cuando termina su trabajo y puede permitirse el lujo de salir de aquel edificio enorme e inmundo para salir a respirar aire. Se aleja lo más que puede para intentar escapar de ese apestoso olor a heces y cuerpos podridos de animales. Contempla cómo la naturaleza se abre paso entre las grietas y las ruinas, aunque es una naturaleza más bien muerta, típica de este paisaje extinguido que parece que le invoca desde la lejanía con su belleza. A veces incluso le ha parecido escuchar voces humanas, pero René sabe que son ficticios, fruto de una imaginación que lucha por no aferrarse a una realidad que le hunde en un silencio ahogado.

Maite BT
Grupo A


Enjaular el rocío

Las paladas de tierra martilleaban huecas al golpear el ataúd brillante de cerezo. Los sollozos de las mujeres, que no eran plañideras, se mezclaban con el aullido sordo que las hojas de los álamos coreaban al paso del agitado viento. Jimena era muy querida en el pueblo. Fausto, su marido, de pie, impasible, sin derramar una lágrima, miraba al hoyo mientras recordaba el día que conoció a la que había sido la compañera de su vida: Recién llegado, con la blanca bajo el brazo y un petate de color verde se presentó en el baile de las fiestas de Santiago Apóstol. Ella lo miraba con aquellos ojos color avellana y el pelo recogido en una trenza. Rogelio, “El Liebres”, se adelantó. Fausto, de porte recio lo apartó de un empujón. Ofreció con delicadeza su mano y la invitó a bailar. Olía a azahar. Sus manos eran suaves y tiernas. Ella quedó prendada de su uniforme.
Todo el pueblo había venido a despedirse de ella, hasta Roque “El Farias”, que no se dejaba ver en ningún sarao. Expresiones como: “Una buena mujer”, “Trabajadora y familiar”, “Servicial” habían sido las más repetidas en el pésame de los vecinos.
El cura se despojaba del roquete y la casulla mientras aguardaba el estipendio de los familiares.
Begoña, la benjamina, agarró su brazo:
—Vamos, padre. Se viene conmigo a la ciudad.
—Yo no voy a ningún lado —dijo sacudiendo el brazo del agarre.
—Hay que hacer algo con el viejo. No lo podemos dejar aquí solo —oyó susurrar. Un silencio frío se había instalado en su casa. Miró hacia la habitación. Cuántos momentos felices y, en un instante, todo había cambiado. Ella no tenía que haberse marchado. Era cuatro años menor que él.
Sus siete hijos habían nacido en esa cama. Observaba las paredes encaladas de color azul celeste. Encima del cabecero presidía el crucifijo, que compraron en la feria de ganado de la comarca, la primera vez que Jimena quedó encinta. Se fijó con detenimiento en el espejo de la cómoda. Hasta hoy no había percibido que estaba muy descascarillado, como si reflejara el interior de su alma.
Al día siguiente, una maleta, el bastón y un macho de jilguero que ya había perdido su impronta, se habían convertido en todas sus pertenencias.
Los perros, Sultán y Luna, se los había cedido a Anastasio, su compañero de caza. —Ata en corto a la luna, que si no estás pendiente de ella, te desarma las codornices —le advirtió con nostalgia. Miró por última vez la casa, el paisaje, la higuera, el portón.
Begoña le apremió para que montara en el vehículo. Fausto, con desgana, tenía la misma sensación que si hubiera sido llamado a filas de nuevo.
Dos horas más tarde llegaron a la ciudad. Tenía entumecidas las piernas, pero guardó silencio. Sin poder moverse, anhelaba la libertad de su jilguero, que podía saltar de un barrote a otro.
Los edificios a los lados de la avenida parecían termiteros verticales de hormigón. No había visto nunca edificios tan altos, ni tanto gentío. Debía ser día de feria, pensó. El cuello le empezó a doler de mirar hacia arriba. Una marea de vehículos se movía en todas direcciones, en una danza perfectamente coordinada. Un ambiente pesado, con olor a humo y aceite se apoderó de él. El ruido, constante e irregular, lo crispaba. Las personas desfilaban a su lado sin saludarle, ni dar buenos días, ignorando su presencia. Otros caminaban hablando solos a través de un aparato como el que también tenían sus hijos. Solos, como el Reinaldo, el tonto del pueblo, el de la Luisa, que se paraba a hablar con los árboles o las ovejas hasta que una mañana apareció muerto en el pozo de la señora Dolores. A nadie le extrañó.
No quería mostrar debilidad. Agarró la cayada con firmeza y se golpeó la espinilla, para que el dolor le mantuviera lúcido. Habían acordado enviarle a una residencia, pero Begoña se haría cargo de él por la suma que tenían que pagar. Estaba divorciada, con un hijo, sin trabajo. Y para rematar, su exmarido había dejado de pagar la pensión.
—Esta es la avenida de la casa. No te salgas de ella y no te perderás.
Perderme —resopló esbozando una sonrisa. —Conozco todas las cortinas, charcas, regatos y caminos de toda la comarca. Viendo la forma de una encina sé en qué zona estoy. ¿Quién te crees que sabe dónde crece la pamplina, los boletus y todas las charcas donde abundan las tencas?
Pasados dos días, Begoña recibió la llamada de la policía municipal. Habían encontrado a su padre desorientado. Al revisar su documentación encontraron su teléfono en un papel escrito a mano, con la leyenda «En caso de pérdida, llamar a...»
Una semana después, varias llamadas insistentes en el interfono del portal la alertaban de que el viejo estaba siendo arrestado por la policía. Recién salida de la ducha, con las zapatillas de andar por casa, una bata de felpa que tapaba lo justo y sin peinar, bajó aceleradamente.
A dos manzanas, Fausto, con el bastón que talló hace muchos años, de una rama de olivo, con forma irregular y un nudo en el extremo que servía de agarradera, amenazaba a una pareja de policía municipal que estaba pidiendo refuerzos ante la agresividad del hombre.
—¡Es mi padre! ¡Es mi padre! —gritaba Begoña mientras llegaba jadeando con su pintoresca vestimenta.
—Su padre estaba orinando en la vía pública —amonestó el guardia.
—Acaba de llegar del pueblo y no conoce todas las normas —se disculpaba Begoña.
—Lo siento. Es civismo. Será sancionado conforme a la ley.
Fausto miraba de soslayo a los vecinos, que curiosos observaban la escena. Un pastor alemán que paseaba uno de los mirones, orinaba sobre el granito de un portal a pocos metros de la patrulla municipal.
Los días pasaban. Fausto silbaba al jilguero pero éste ya no contestaba. Era el cantor con mejor trino que había tenido en su vida. Cuando llegaba el buen tiempo colgaba la jaula en el porche de granito y sus melodías se escuchaban por todo el pueblo. Pero ahora permanecía en silencio. Como él, siempre parco en palabras, aunque el cambio de aires acentuaba el mutismo.
A unas calles del piso de su hija había encontrado un parque que parecía el lugar más tranquilo de toda la ciudad. Un lugar que respiraba calma rodeado por edificios altos que simulaban los barrotes de una invisible jaula. Las mañanas despejadas, se sentaba y disfrutaba con los correteos de los gorriones, o con los mirlos que rascaban la tierra negra en busca de lombrices. Cuando no había ninguna atracción natural, fijaba su atención en los comportamientos de "los de ciudad". Una anciana con un pequeño problema de movilidad remolcaba una mochila repleta de libros, mientras el nieto que tendría ocho o nueve años, brincaba rebosante de energía, o el grupo de varones de su edad que hacían la ronda de bares bebiendo chatos de vino a diario hablando de trivialidades. O ese grupo de jóvenes sentados en un portal en silencio, cada uno mirando su pequeña pantalla.
Llevaba semanas sin hacer nada. En el pueblo siempre había algo que hacer. Pero aquí sentía que una soga invisible atenazaba sus brazos.
—Vete al hogar del pensionista. Apúntate a algún curso o actividad —le había dicho su hija.
Begoña había encontrado un trabajo a media jornada por las mañanas. Como su padre parecía que ya se había integrado, decidió incorporarse. Cuatro días después, el jueves, regresó a la hora de comer. Se encontró con el jilguero muerto, que yacía en el fondo de la jaula. Estaba sobre la encimera de la cocina. No había rastro de su padre. Su hijo no había llegado todavía. Hacía tiempo que no se perdía. A las cinco de la tarde comenzó a alarmarse y llamó a la policía. No tenían ningún reporte. Telefoneó a los hospitales, pero tampoco obtuvo respuesta positiva.
Esa noche no consiguió conciliar el sueño. Pensaba en su padre, perdido por las calles de la ciudad.
—A lo mejor ha vuelto al pueblo —le dijo su hijo.
A las siete de la mañana llamó por teléfono a Anastasio, el vecino de sus padres. Le confirmó que ayer apareció por allí. Se vistió y se fue a buscarlo.
A las nueve y media estaba frente al portón de la casa. Inspiró profundamente. Estaba abierta, como era habitual en los pueblos. Un silencio pesado habitaba en el interior.
—¿Padre? —exclamó mientras avanzaba a través de la cuadra hasta la cocina. A la derecha, la puerta de la habitación de sus padres estaba entreabierta. El bastón permanecía apoyado en el marco de la puerta. La empujó suavemente, sobre la cama reposaba su cartera, con la vieja fotografía que todos los días acariciaba y besaba con nostalgia. Una banqueta yacía en el suelo. Medio metro por encima unos pies colgaban inertes.

Max Ferlam
Grupo B


¡Qué alanto, hija!

Soy Sara Rodríguez Nieto, estudiante de 5º curso del doble grado en Educación Social y de Información y Comunicación, por la Universidad de Salamanca. De los seis créditos de la asignatura Educación de Adultos y Mayores, impartida por D. José Ramón Delgado Rubira, dos se obtienen por la presentación de un trabajo que incluya la entrevista a una persona de más de 75 años proveniente del ambiente rural. He pensado que mi abuelo materno, a punto de cumplir ochenta y ocho años, es la persona más adecuada, pues goza de una excelente memoria.

Entrevista a FERNANDO NIETO CAÑAMARES

¿Dónde y cuándo naciste?
Yo vine al mundo en San Pedro de Rozados (Salamanca) un 22 de septiembre de 1919, en el seno de una familia humilde, siendo el más pequeño de cuatro hermanos.

¿Cómo fueron tus primeros años?
Mi infancia se desarrolló en un ambiente totalmente rural, en la dehesa de Tornadizos, perteneciente al municipio de San Pedro de Rozados. De esos primeros años hay pocas cosas que reseñar, a no ser las travesuras y juegos propios de aquellas edades y la convivencia con mis tres hermanos, bajo la protección del cariño de nuestros padres, Santiago y Josefa. El señor Santiago era el montaraz o encargado de dicha finca, propiedad del marqués del Zarco. Mi madre, la señora Josefa, estaba al servicio de la señora marquesa del Zarco como primera doncella.

¿Fuiste a la escuela?
Sí, por aquel entonces recibimos una rudimentaria formación, limitada a aprender a leer y escribir, junto con las cuatro reglas aritméticas, de mano de un joven o “adelantado”, procedente de la escuela de Frades de la Sierra, que era contratado por las seis familias que vivíamos en la pedanía de Tornadizos.

¿Cuándo empezaste a trabajar?
Comencé a trabajar a los catorce años, como ayudante en las labores agrícolas y ganaderas de la finca con el tío Molinera, criado o temporero contratado para realizar las faenas propias del campo y que también colaboraba en las matanzas. Era un hombre trabajador y afable, al que llamaban así por su peculiar manera de tocar las campanas para llamar a misa los domingos, con un repique al ritmo de “molinera, molinera, parte pan, parte pan”. Además, era un maestro del arado, por la perfección con la que trazaba los surcos paralelos en las besanas de la finca.

¿En qué consistía vuestro trabajo?
Nuestro trabajo cotidiano era labrar la tierra, sembrar y recoger las cosechas, aguantando fríos en invierno y sudando la gota gorda en verano. También teníamos algo de ganado, yo era el encargado de ordenar a la “Rubia”.

¿Cómo era vuestra situación económica?
El marqués del Zarco le pagaba a mi padre unas treinta mil pesetas anuales, creo recordar, aunque con eso no teníamos ni para zapatos o botas. Además, recibíamos una escusa, que consistía en que podíamos explotar algunas parcelas para sembrar o apacentar con el ganado de nuestra propiedad, sin pagar renta por ello, como parte de la retribución convenida. Hambre no pasábamos, pero vivíamos en precario.

El 18 de julio de 1936 comenzó en España la Guerra Civil, ¿cómo te afectó?
El mismo día que se originó la guerra fui llamado a filas y me incorporé al cuartel del Regimiento de Infantería “La Victoria”, en Salamanca. Allí empezó mi calvario como soldado del ejército español durante seis años, 5 meses y 25 días. La guerra fue una sangrienta contienda que segó la vida de muchos conocidos y compañeros que se jugaron su vida sin saber por qué o para qué.
Durante el periodo de instrucción fui destinado al regimiento de transmisiones de Carrión de los Condes (Palencia), donde participé en un curso de radiotelegrafista. Tuve que aprenderme el alfabeto Morse en dos siestas. Poco después fui destinado a la 61ª División que operaba en los Pirineos, participando muy cerca del frente en el pico Campirme, a 2500 metros de altitud. Nuestro alojamiento consistía en una tienda de campaña con un catre de tablas viejas y una mugrienta manta, invadida de chinches y piojos, con un frío de mil demonios, menudas pelonas caían bajo cero. Nuestra misión consistía en comunicarme diariamente a través de la emisora de campaña con el cuartel general a través de mensajes cifrados, siendo cambiada la clave cada dos días.

La Guerra Civil Española finalizó el 1 de abril de 1939, ¿cómo viviste aquel momento?
Aquel día nos llegó por Morse un mensaje que decía algo de que “cautivo y desarmado el Ejército Rojo (…) la guerra ha terminado”. Así que cogí varios autobuses y algún tramo en camión y a pata, conseguí llegar a casa en Tornadizos. Recuerdo a mi madre abrazándome, después me sentó en una lancha en la lumbre y, según me iba quitando la ropa, la metía en un caldero de agua hirviendo, porque los piojos me salían hasta por las orejas.
Los ocho días que tenía de permiso me los pasé en la cama con unas fiebres sin causa aparente que me duraron hasta la víspera, cuando me tuve que volver al regimiento de transmisiones de Zaragoza. Para poder salir de paseo teníamos que dejarnos unos a otros las botas o los pantalones, porque el que tenía una cosa no tenía la otra. Después fui destinado a Barbastro (Huesca) y en el año 44 llegó por fin la orden de nuestro licenciamiento definitivo.

¿A qué te dedicaste después de la guerra?
Cuando acabó la contienda volví a Tornadizos para colaborar junto a mis hermanos en las tareas agrícolas y ganaderas. Pero poco después, a través del Instituto de Colonización, se produjo el traspaso de las fincas propiedad del marqués del Zarco a manos de los renteros. En la finca de Tornadizos se crearon cuatro lotes equiparables en extensión y calidad del terreno, siendo sorteados entre las cuatro familias. Así las tierras, en las que tantos sudores llevábamos derramados sin ser nuestra, a partir de entonces pasarían a ser de cada colono o parcelero. Nos tocó el lote considerado peor, por tener mucho monte, pero con tan buena suerte, que un mes después se presentaron allí unos ingenieros para hacer unas catas en el terreno y nos dijeron que aquellos terrenos baldíos tenían chelita en el subsuelo.

¿Por qué fue tan importante la chelita en vuestras vidas?
Porque nos pagaban cada semana bastante dinero por la extracción minera de la chelita o wólfram, que también lo llamábamos así. Era un mineral muy resistente al calor, por lo que se empleaba para el blindaje de los carros de combate de la Alemania nazi, en su guerra contra los rusos. Un años después, nos pagaron incluso más dinero, pues los Estados Unidos querían comprar la chelita a cualquier precio, con tal de que no llegara a los alemanes. No nos hicimos ricos, pero mejoró notablemente nuestra precaria economía.

¿Podemos decir que el dinero cambió vuestras vidas?

Sí, sin duda aquel acontecimiento cambió nuestras existencias… Mis dos hermanos mayores se vinieron a trabajar a Salamanca a comienzos de los años 50, Luis como como recaudador de contribuciones y Pepe con una parada de taxi. Pero yo seguí, más solo que la una, al frente de la explotación, ayudado por Juanjo el criado. Por aquel entonces ya habíamos conseguido mecanizarnos con un tractor y una trilladora. Recolectábamos más de mis fanegas de trigo y otros cereales, todo ello acarreado, trillado y aventado. Por entonces compramos nuestro primer coche por 68000 pesetas, un Matford V8 que iba como un tiro con sus ocho cilindros por las cuestas que me tocó subir pedaleando en bicicleta años atrás.

Poco después os vinisteis a vivir a Salamanca. ¿Cómo ocurrió?
En el año 1955 vendimos la finca y la maquinaria agrícola a un agricultor de Bañobárez y compramos nuestro primer piso en la calle Dimas Madariaga, en Salamanca. Nos costó 250000 pesetas. Una vez instalados en la ciudad comenzamos una nueva vida como empresarios en negocios en los que no teníamos ninguna experiencia, aunque sí una gran intuición y una gran ilusión. Nuestro primer negocio fue el garaje “Avenida”, en la avenida Portugal, lo que nos sirvió para iniciarnos en otras actividades relacionadas con el ramo del automóvil. Yo fui encargado del alquiler de coches sin conductor, negocio del que fuimos pioneros en Salamanca. En los años sesenta vendimos el garaje a la empresa Barreiros, y ese dinero lo invertimos en la compra de un solar en la carretera de Zamora, donde solicitamos la instalación de una gasolinera, siendo inaugurada el 29 de mayo de 1964, y de la que yo me hice cargo como gerente y administrador, tarea a la que me dediqué durante 33 años, hasta que me jubilé.

Al acabar la entrevista, abro Internet en mi portátil y tecleo “Campirme guerra civil” en Google. Él parece no entender, y se sorprende al ver la pantalla.

−Abuelo, aquí dice que el pico Campirme tiene 2633 metros de altitud. Le enseño algunas fotos y le leo que “se aprecian muchas estructuras de rocas, con trincheras y precarios búnkeres, pues fue parte de la línea del frente del Pallars de la Guerra Civil...”. Se acerca incrédulo a la pantalla.
−¡Qué alanto, hija! ¡Me parece imposible estar viendo donde yo pasé tanto frío!
Su voz se quiebra y sus ojos vidriosos se inundan de lágrimas. Trato de distraerle, y me acuerdo de la chelita.
−Por cierto, abuelo, qué es la chelita, nunca lo había oído.
−Búscalo en el “Gugle” ese de antes, a ver qué dice.
Le leo “expresión coloquial para referirse a la cerveza en México”. Escribo “chelita minería” y me redirige a “scheelita”.

−Se escribe S-C-H-E-E-L-I-T-A. Es un “mineral formado por wolframio y calcio (…) fuente fundamental de tungsteno (…) metal conocido por su alto punto de fusión y resistencia, utilizado en blindajes (…) es crucial para industrias aeroespaciales, electrónica y de armamento (…) su nombre proviene del químico sueco H.W. Scheele (…) su descubrimiento en 1783 supuso un adelanto en la carrera armamentística mundial”.
−¡Vaya con el Gugle! ¡Qué alanto!, como decía nuestro ayudante Juanjo cuando vio la primera trilladora.
−Abuelo, me ha encantado escucharte y aprender contigo cosas nuevas, ahora ya sé lo que son las besanas, el pico Campirme, la scheelita, el Matford de ocho cilindros…, pero sobre todo me ha impresionado tu capacidad de lucha, supervivencia y adaptación a lo largo del siglo XX. Muchas gracias, ¡eres un abuelo maravilloso!
—Gracias las que tú tienes, preciosa. Para mí también ha sido un honor ayudarte en tu carrera.

(Textos redactados a partir de las “Memorias de una vida”, escritas por mi suegro Fernando Nieto Cañamares, con fecha de mayo de 1997.)

Jesús García
Grupo A


Todos le señalaban con el dedo

En el año 1966 el cura párroco tenía un control absoluto de los vecinos, nos conocía por el nombre y familia a la que pertenecíamos. La iglesia estaba impoluta y bien adornada con flores casi todo el año. La limpiaban las jóvenes del pueblo, a las que el cura citaba públicamente delante de todo el mundo y las distribuía por meses. Aquel mes que yo estaba escuchando, al final de la misa citó los nombres de las afortunadas, y no se me olvidarán dos de los mismos: Escolástica y Celedonia. Pobres chicas, sus familiares las sabían estigmatizado para siempre; de todas formas, yo me enteré aquel día de sus verdaderos nombres, pues las conocía como Escoli y Celita, que suenan de otra manera. Las jóvenes, capitaneadas por la hermana del cura, dejaban la iglesia como “los chorros del oro” semana tras semana.
Todo el mundo acudía a misa los domingos. ¿Todos? No. Todos menos uno. Había un vecino al que conocíamos bien que no iba a misa, Aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo, era un técnico de telefónica, le conocíamos como “el telefonero”. Vivía en el pueblo con su mujer y un hijo. El hijo era más o menos de mi edad, pues coincidimos alguna vez en el baile. Las lenguas de “doble filo", comentaban por el pueblo que aquel individuo tenía dos familias, vamos, que era bígamo. Pasaba temporadas en el pueblo, con su mujer y su hijo y otras temporadas con otra familia a la que no conocíamos. Lo que tampoco llegué a saber era si no iba a misa porque no quería, o no iba, porque no se lo permitían. Los jóvenes cuchicheábamos que a lo mejor le habían “excomulgado” por bígamo, cosa que en aquella época era muy posible, o al menos eso pensábamos la cuadrilla de ignorantes que comentábamos aquellos “sucedidos”.
Esta historia de hace sesenta años hoy día habría pasado desapercibida, pues la escala de valores y el concepto de la importancia y gravedad de los casos y de las cosas es muy distinto al de antaño.

José Luis Fonseca
Grupo A


La historia de mi pueblo

Gomeznarro es un pequeño municipio de la provincia de Valladolid, situado al sur de la provincia, muy cerca de los límites con la provincia de Ávila.
Cuando yo nací y viví mis primeros años, en los cincuenta, Gomeznarro era un municipio con todas las de la ley. Tenía su propio ayuntamiento, su alcalde y una vida completamente autónoma en la Tierra de Medina del Campo.
La vida giraba en torno a los ciclos del campo. Eran años de mucho esfuerzo manual, en plena posguerra, donde las labores se hacían con fuerza animal, con burros, bueyes y mulas. El pueblo rozaba su pico histórico de población, las casas estaban llenas y las calles tenían la vitalidad de las familias numerosas.
Después llegaron los años sesenta y primeros setenta con la mecanización del campo y el éxodo rural. En los años de mi juventud, la llegada de los primeros tractores y cosechadoras cambió para siempre la forma de trabajar la tierra en la comarca. Al necesitarse menos manos para trabajar, la economía local dio un gran vuelco.
Como ocurrió en gran parte de Castilla, muchos vecinos, incluyendo a varios de mis amigos, y familias numerosas, tuvieron que hacer las maletas. Salieron hacia ciudades industrializadas, como Valladolid, Madrid, Cataluña y el País Vasco; algunos, a Francia y Suiza, en busca de un futuro laboral mejor.
A pesar de la pérdida de población, estos fueron los años en los que empezaron a llegar a Gomeznarro comodidades que hoy damos por sentadas: la expansión definitiva de la red eléctrica, la llegada del agua corriente a las casas, el asfaltado de las primeras calles y, más adelante, la línea telefónica.
Pero 1976 fue el año que lo cambió todo.
Este es, sin duda, el hecho histórico y político más importante ocurrido en Gomeznarro durante mi vida. Cuando tenía 29 años, a través del Real Decreto 1954/1976, de 16 de julio, el Gobierno ordenó la incorporación definitiva del municipio de Gomeznarro al de Medina del Campo.
A partir de ese momento, el pueblo pasó a ser una pedanía. Se perdió el ayuntamiento propio y la gestión de los servicios pasó a depender de Medina del Campo.
Con el estatus de pedanía y una población mucho más reducida, la vida cotidiana se fue adaptando tras la llegada de la democracia y en los años ochenta y noventa. La falta de niños llevó al inevitable cierre de la escuela local, teniendo que desplazarse los más pequeños a Ataquines y a Medina del Campo.
Gracias a su ubicación, a escasos 10 kilómetros de Medina y muy cerca del ferrocarril Valladolid-Madrid, así como también de la autovía A-6 Madrid-Coruña, Gomeznarro mantuvo una excelente comunicación, lo que facilitó que los vecinos pudieran ir y venir rápidamente a Medina para ir al médico y hacer las compras. Es cierto que quedó un consultorio médico, pero en días alternos.
Las antiguas casas de labor empezaron a ser restauradas, poco a poco, por aquellos que habían emigrado, transformándolas en residencias para los fines de semana y el verano.
Hoy en día, Gomeznarro es un remanso de tranquilidad durante los meses de invierno, custodiado por un grupo reducido y valiente de vecinos empadronados que mantienen vivas sus calles y su pueblo.
El evento anual más importante sigue siendo, año tras año, la celebración de las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Asunción, en torno al 15 de agosto. Durante esa semana, junto con la festividad de San Nicolás de Bari, patrono del pueblo, el 6 de diciembre, el pueblo resucita. Los pasacalles, el pregón, las chorizadas populares, los concursos de tortillas y la misa parroquial reúnen a los que fueron y a las nuevas generaciones, hijos y nietos, demostrando que el sentido de pertenencia sigue intacto.
Gomeznarro es el reflejo vivo de la historia reciente de Castilla y León. Puede que hoy tenga menos habitantes en invierno que cuando yo daba mis primeros pasos por sus calles, pero su identidad sigue viva en la memoria y en el corazón de quienes, como yo, lo siguen llamando “mi pueblo”.

Fernando Nieto
Grupo A


El tío Esquilas

La primavera había dejado el campo bien preparado para recoger los frutos sembrados el otoño pasado. Hace sólo dos días que has vuelto al pueblo para pasar el verano. Ahora empieza la rueda de las faenas en las tierras. Primero las lentejas, los herbales, que, si hace mucho calor, se caen de las vainas y ¡adiós cosecha! Apenas has empezado y ya estás deseando que termine.
Este verano será peor. Han apalabrado que irás de criado a otra casa: el dinero viene bien. Sólo tienes trece años y tendrás que trabajar con hombres: estás asustado. No eres un hombre, no quieres ser un hombre, todavía. No quieres escuchar las conversaciones de esos hombres sin alma, en las que todo es brutalidad e ignorancia y desapego con las mujeres y los niños.
Te han dicho que mañana a las cinco de la madrugada irás con la cuadrilla de gallegos a coger yeros. Vuelves a tu casa, que te parece protectora, pero temeroso, con el peso añadido de mañana y otros días que vendrán.
-Desde que te has ido a estudiar, no saludas- Te sorprende una voz anciana que sale de la tierra. Vuelves la mirada.
-Hola, señor Manuel – dices con la voz comida por la angustia. Ni siquiera te atreves a decir que no le habías visto.
- ¿Tú no me dices, el tío esquilas? Aquí la gente se acuerda más del oficio que del nombre.
Al señor Manuel otros le llaman el tío preguntas. Le gusta darle a la hebra con todo aquel que aparece por el pueblo. Todo lo quiere saber.
-¿Se te da bien estudiar? – oigo que me habla otra vez.
-Es más fácil aprender a escardar o a trillar que los nombres que le dan a las piedras y a las cosas que tienen dentro. Te salió así, de corrido, ¿Era eso lo que querías decirle? El Señor Manuel, curioso, sigue indagando.
-Pero ¿qué te enseñan los curas en el Colegio?
-Me dicen que estoy allí para aprender a mandar; que nos preparan para gobernar en el futuro.
-¿Y tú que dices?
-Yo no comprendo por qué nos dicen eso; yo no los entiendo.
El tío esquilas termina diciendo, como si fuera una letanía, en voz baja, cansado: -no hagas caso a los curas; estudia, lee lo que puedas y vete del pueblo; aquí solo quieren pobres y analfabetos.
Se levanta de la piedra en la que está sentado, poco a poco, como si su cuerpo se hubiera convertido en plomo con el peso de toda una vida, se va lentamente con su cayado, de nuevo relatando algo que no entiendes: -<mañana, mañana, lo haré mañana y así se ha pasado la vida, mañana, mañana>.
Esto es lo que recuerdas del último verano que pasaste en tu pueblo, del que durante demasiado tiempo quisiste huir y al que ahora, después de tantos años, has querido volver deseando recuperar aquello que ya no existe; sólo quedan sombras del pasado.
Abuelo, mi querido abuelo, esto es lo que me repites cada vez que te llevo a tu pueblo. Tu memoria se ha ido quebrando y solo guarda ya pequeñas esquirlas de lo que fue, en algún rincón de tu cabeza.

Gabriel Risco
Grupo C


El Pueblo que se desvaneció

En el corazón de Cuba, había un pueblo llamado Violeta, un lugar donde el sol brillaba con intensidad y la gente sonreía con facilidad. Con una población de alrededor de mil personas, Violeta era un ejemplo de comunidad y hospitalidad. Los vecinos se conocían por sus nombres, los niños jugaban en las calles y la economía florecía gracias a la agricultura y un central que producía azúcar de caña,, procesaba bagazo, mieles, alcohol y su cachaza residual.
La vida en Violeta era alegre y relajada. Los fines de semana, el parque central se llenaba de música y comida, y la gente se reunía para bailar y compartir historias. La tradición era importante, y los habitantes del pueblo se enorgullecían de sus raíces cubanas con matiz azucarera y el olor a
"melao de caña"
El "pito" de las once en la mañana del central, movía sus habitantes en diversas direcciones: salían los trabajadores q habían comenzado en la madrugada,, las amas de casa apuraban la comida y hasta los escolares se les oía decir
-maestra, son las once.
Pero un día, todo cambió. Un huracán político devastador azotó la isla, dejando a Violeta y todas las Violetas en ruinas, la fábrica de Violeta desapareció. La mayoría de los habitantes se vieron obligados a abandonar sus hogares y buscar refugio en otros lugares. La economía se derrumbó, y el pueblo se quedó sin recursos.
Años pasaron, y Violeta se convirtió en un pueblo fantasma. Las casas se cerraron, las calles se cubrieron de maleza y el parque al lado de la Iglesia se quedó vacío. La música y la risa desaparecieron, reemplazadas por el silencio y la desolación.
Solo quedaban un puñado de habitantes, entre ellos, doña Ana, una anciana que se negaba a abandonar su hogar. Ella recordaba los tiempos felices, cuando Violeta era un lugar vibrante y lleno de vida.
Un día, un joven llamado Juan regresó al pueblo, buscando reconectar con sus raíces. Doña Ana lo recibió con los brazos abiertos, y juntos se sentaron en el parque, recordando los viejos tiempos.
"¿Qué pasó con nuestro pueblo?", preguntó Juan.
Doña Ana suspiró. "La gente se fue, hijo. Se fueron en busca de una vida mejor, y nunca regresaron. Pero yo creo que el verdadero problema es que perdimos nuestra alma, nuestra identidad."
Juan miró a su alrededor, y por un momento, imaginó que podía escuchar la música y la risa, el pito del Central de los viejos tiempos. Se dio cuenta de que doña Ana tenía razón, y que el pueblo necesitaba recuperar su espíritu.
No fue fácil para Juan vivir esa desolación y saber que nunca más Violeta será el pueblo de su infancia, un lugar de buena economía, alegría y hospitalidad. La gente nunca más regresó. Doña Ana no está, se fue sin ver recuperada su pueblo e identidad.
Juan, se comunica con sus viejo amigos, ya añosos, y la nostalgia los consumen en la tristeza.
Sus hijos y nietos no hablan de azúcar, ni recuerdan el olor a miel, y mucho menos conocen la palabra cachaza de central; no esperan el "pito" de las once porque no hay fábrica de caña de azúcar, ni población; porque Violeta se secó como se seca una violeta.

Miram Esther
Grupo A