Fiesta de los maniquíes

Esta semana el tema que centró nuestro interés en el taller fue el maniquí. No el del bazar de un gran modisto, famoso en París, como el maniquí parisién al que cantaba Sara Montiel sino los del fotógrafo Victorino García Calderón. Así que el taller se convirtió en una "Fiesta de los maniquíes" como la canción de Golpes Bajos.
Trescientos sesenta rostros de niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, seres andróginos, una extraña multitud que te mira, te escucha y te interpela cuando los visitas en la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes, lugar en que está expuesto este espléndido trabajo del fotógrafo.
Inspirado en los escaparates de Eugène Atget, en el París de 1900, Victorino comienza a coleccionar imágenes de maniquís allá por donde le llevó el destino. Francia, Suiza, Turquía, Portugal y España son algunos de los países de procedencia de su catálogo de maniquís. Un trabajo de más de treinta año y un millar de fotografías recién salido del cajón para ocupar las paredes de una sala. Un proyecto y un sueño hechos realidad.
Este asunto del maniquí no viene de ahora, ni siquiera de ese París que refleja Atget. Ya en Egipto existía el maniquí, y no nos referimos a las momias que también tienen alma, o mejor aún, carcasa de maniquí, sino a los que servían para la confección y entallado de los vestidos y trajes de los faraones.
El maniquí es un trasunto de lo que somos, un alter ego, nuestra conciencia. El título de la exposición "Nos-otros" refleja muy bien en qué medida esos otros cuerpos inanimados forman parte de nuestra vida y nosotros de la de ellos. Un "otros" que se convierte en "nosotros". El maniquí es portador, en muchos casos, de la expresión de un deseo o un sueño: un traje de novia, un abrigo, un chaqué o un prenda deportiva o vaquera. Pero también el maniquí porta un cabello, postizo o natural; una joya o un menú en sus manos en la puerta de un restaurante.


El maniquí forma parte de las obsesiones de muchos artistas. Ramón Gómez de la Serna tenía en su torreón una muñeca de cera. Era su musa, su confidente, su amante, la que le inspiró su libro "Senos". Puedes conocer su historia en este artículo de Eva Díaz publicado en El Mundo. El artista salmantino Enrique Marty convive con "muñecos catódicos": niños y adultos inquietantes salidos de una pesadilla o fruto de una mutación. El pintor pintor Kokoschka mandó hacer un maniquí cera con el que paseaba por las calles de Dresde o iba al teatro.
Pero también son muchos los textos inspirados en maniquís, desde poemas y microrrelatos como los que leímos en la ficha del taller a cuentos como el de Vicente Blasco Ibáñez titulado "Maniquí".
El maniquí también aparece en una de las obras del teatro imposible de Federico García Lorca. En la obra Así que pasen cinco años hay un diálogo dramático y lírico entre un joven que no cumplió su deseo de ser esposo y padre y un maniquí que simboliza su conciencia. Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos señala que el maniquí es una imagen del alma en la mentalidad primitiva, como el espantapájaros o los muñecos. Si tienes interés en la obra de Lorca puedes descargártela en este enlace. Aquí transcribimos ese diálogo teatral:

(Entra en escena el Maniquí con vestido de novia. Este personaje tiene la cara gris y las cejas y los labios dorados como un maniquí de escaparate de lujo. Lleva peluca y guantes de oro. Trae puesto con cierto embarazo un espléndido traje de novia blanco, con larga cola y velo.)

MANIQUÍ. (Canta y llora.)

¿Quién usará la plata buena
de la novia chiquita y morena?
Mi cola se pierde por el mar
y la luna lleva puesta mi corona de azahar.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo,
se hundió por las arenas del espejo.
¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?
Se lo pondrá la ría grande para casarse con el mar.

JOVEN.

¿Qué cantas, dime?

MANIQUÍ.

Yo canto
muerte que no tuve nunca,
dolor de velo sin uso,
con llanto de seda y pluma.
Ropa interior que se queda
helada de nieve oscura,
sin que los encajes puedan
competir con las espumas.
Telas que cubren la carne
serán para el agua turbia.
Y en vez de rumor caliente,
quebrado torso de lluvia.
¿Quién usará la ropa buena
de la novia chiquita y morena?

JOVEN.

Se la pondrá el aire oscuro
jugando al alba en su gruta,
ligas de raso los juncos,
medias de seda la luna.
Dale el velo a las arañas
para que coman y cubran
las palomas, enredadas
en sus hilos de hermosura.
Nadie se pondrá tu traje,
forma blanca y luz confusa,
que seda y escarcha fueron
livianas arquitecturas.

MANIQUÍ.

Mi cola se pierde por el mar.

JOVEN.

Y la luna lleva en vilo tu corona de azahar.

MANIQUÍ. (Irritado.)

No quiero. Mis sedas tienen,
hilo a hilo y una a una,
ansia de calor de boda.
Y mi camisa pregunta
dónde están las manos tibias
que oprimen en la cintura.

JOVEN.

Yo también pregunto. ¡Calla!

MANIQUÍ.

Mientes. Tú tienes la culpa.
Pudiste ser para mí
potro de plomo y espuma,
el aire roto en el freno
y el mar atado en la grupa.
Pudiste ser un relincho
y eres dormida laguna,
con hojas secas y musgo
donde este traje se pudra.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo.

JOVEN.

¡Se hundió por las arenas del espejo!

MANIQUÍ.

¿Por qué no viniste antes?
Ella esperaba desnuda
como una sierpe de viento
desmayada por las puntas.

JOVEN. (Levantándose.)

Silencio. Déjame. ¡Vete!,
o te romperé con furia
las iniciales de nardo,
que la blanca seda oculta.
Vete a la calle a buscar
hombros de virgen nocturna
o guitarras que te lloren
seis largos gritos de música.
Nadie se pondrá tu traje.

MANIQUÍ.

Te seguiré siempre.

JOVEN.

¡Nunca!

MANIQUÍ.

¡Déjame hablarte!

JOVEN.

¡Es inútil!
¡No quiero saber!

MANIQUÍ.

Escucha.
Mira.

JOVEN.

¿Que?

MANIQUÍ.

Un trajecito
que robé de la costura.

(Enseña un traje rosa de niño.)

Dos fuentes de leche blanca
mojan mis sedas de angustia
y un dolor blanco de abejas
cubre de rayos mi nuca.
Mi hijo. ¡Quiero a mi hijo!
Por mi falda lo dibujan
estas cintas que me estallan
de alegría en la cintura.
¡Y es tu hijo!

JOVEN. (Coge el trajecito.)

Sí, mi hijo:
donde llegan y se juntan
pájaros de sueño loco
y jazmines de cordura.

(Angustiado.)

¿Y si mi niño no llega...?
Pájaro que el aire cruza
¿no puede cantar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

¿Y si mi niño no llega...?
Velero que el agua surca
¿no puede nadar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

Quieta el arpa de la lluvia,
un mar hecho piedra ríe
últimas olas oscuras.

MANIQUÍ.

¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?

JOVEN. (Entusiasmado y rotundo.)

Se lo pondrá mujer que espera por las orillas de la mar.

MANIQUÍ.

Te espera siempre, ¿recuerdas?
Estaba en tu casa oculta.
Ella te amaba y se fue.
Tu niño canta en su cuna
y como es niño de nieve
espera la sangre tuya.
Corre, a buscarla, ¡deprisa!,
y entrégamela desnuda
para que mis sedas puedan,
hilo a hilo y una a una,
abrir la rosa que cubre
su vientre de carne rubia.

JOVEN.

He de vivir.

MANIQUÍ.

¡Sin espera!

JOVEN.

Mi niño canta en su cuna,
y como es niño de nieve
aguarda calor y ayuda.

MANIQUÍ. (Por el traje del niño.)

¡Dame el traje!

JOVEN. (Dulce.)

No.

MANIQUÍ. (Arrebatándoselo.)

¡Lo quiero!
Mientras tú vences y buscas,
yo cantaré una canción
sobre sus tiernas arrugas. (Lo besa.)

JOVEN.

¡Pronto! ¿Dónde está?

MANIQUÍ.

En la calle.

JOVEN.

Antes que la roja luna
limpie con sangre de eclipse
la perfección de su curva,
traeré temblando de amor
mi propia mujer desnuda.

(La luz es de un azul intenso. Entra la Criada por la izquierda con un candelabro y la escena toma suavemente su luz normal, sin descuidar la luz azul de los balcones abiertos de par en par que hay en el fondo. En el momento que aparece la Criada, el Maniquí queda rígido con una postura de escaparate. La cabeza inclinada y las manos levantadas en actitud delicadísima. La Criada deja el candelabro sobre la mesa del tocador. Siempre en actitud compungida y mirando al joven. En este momento aparece el Viejo por una puerta de la derecha. La luz crece.)

***

En la sesión recomendamos el artículo "¿Tienen los maniquíes una vida secreta?" y leímos un texto de Millás inspirado en una fotografía que mostramos a continuación seguida de sus palabras.



Quizá no salga nunca

¿Qué le pasa al maniquí? ¿Se ha vuelto loco y está tirando la ropa del escaparate? En realidad son manifestantes saqueando una tienda en Barcelona durante la pasada huelga general.
Quizá el hábito no haga al monje, pero es evidente que el escaparate hace al maniquí. Un maniquí es lo que parece el chico que vemos al otro lado del cristal. Observen su postura, sus proporciones, su vestimenta… Sabemos que es un joven de carne y hueso por lo que decía el pie de foto y porque parece el responsable del vuelo de los pantalones vaqueros, también extrañamente detenidos en el aire. ¿No deberían haber salido movidos, desenfocados, borrosos?
Pues no, ya ven, se aprecian sus costuras, sus etiquetas, su color… El movimiento está representado por quienes esperan, alborozados, la caída de las prendas que se llevarán a casa sin pagar. Quizá, piensa uno, no caigan nunca, quizá el chaval no salga jamás del interior del escaparate.
El escaparate es, por definición, “el otro lado”. Si se pudieran calcular las horas que el que suscribe ha pasado con la cara pegada al cristal de un escaparate, el resultado nos asombraría. De haber empleado ese tiempo en estudiar, podría ser notario.
Los escaparates de las pastelerías, de las jugueterías, de las librerías… Los escaparates de las tiendas de confección, donde reinaban mujeres indiferentes, de mirada perdida. Los escaparates de las tiendas del sexo, de las ferreterías, de los ordenadores portátiles.
Los de los grandes almacenes, los de las tiendas de ultramarinos, los de las agencias de viajes. Los escaparates pertenecían a una dimensión paralela a la realidad. Jamás se nos ocurrió que se pudiera entrar en ellos sin devenir en un maniquí. Es lo que le ha ocurrido al chico de la foto.


Propuesta de escritura

1. Tarea durante el taller: Contesta a esta preguntas en un texto breve: ¿Qué hacen lo maniquíes cuando se apaga la luz del escaparate y se cierra la tienda? ¿Tienen una doble vida?

2. Tarea para casa: Elige uno de los 360 maniquíes de la exposición de Victorino García Calderón que te guste, que te interpele, que te asuste, que te enamore. ¿Qué piensa? ¿Qué dice su mirada? ¿Qué historia te dicta al oído? ¿Qué piensa de ti? ¿Cuál es su identidad su vida? 


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Copiloto

Solo necesitaba una sonrisa. Un leve movimiento de la comisura del labio; me daba igual la derecha que la izquierda. Un gesto insignificante, eso era todo lo que te pedía. Una sonrisa o un sonriso, no voy a entrar en eso. Pero tú… Tú, nada. Seguiste ahí, como un pasmarote, con la mirada gélida perdida en el horizonte y el rostro inexpresivo, como si no ocurriera nada. Y yo… Yo con el corazón desbocado, los nervios agarrotándome los músculos.
No sé si estaba realmente tan asustado o si, por un instante, intenté imitarte: permanecer inmóvil, sin mover un solo músculo, sin pestañear, sin respirar. Aunque tú qué vas a saber de músculos… Ahí seguías, a mi lado, en el asiento del copiloto, como si nada, sin inmutarte. No sé cuánto tardé en reaccionar. ¿Tres, cuatro segundos? A mí me parecieron una eternidad.
El agente golpeaba el cristal de la ventanilla con el anillo de casado y yo me estremecía con cada impacto. Cada vez lo hacía con más fuerza, pero yo no respondía. No podía. Mi cuerpo se negaba a obedecerme. Por un instante, solo por un instante, creo que llegué a comprender lo que debes sentir. Lo que tiene que ser vivir atrapado en un cuerpo que no responde a tu voluntad, a tus deseos… Aunque tú no tienes ni deseos ni voluntad. Tú solo eres un cuerpo.
Te pedí un gesto, una mueca, un guiño. Cualquier cosa. No fuiste capaz.
Nos conocemos desde hace… ¿Dos años? No, desde hace veintitrés meses recorremos este trayecto dos veces al día, de lunes a viernes. Nos hemos tragado atascos colosales, en Semana Santa, en Navidad. Hemos visto amanecer sobre las torres de Chamartín y cómo, al final de una dura jornada de trabajo, el sol se ocultaba tras la sierra de Madrid. Cada día, juntos, como dos buenos colegas. Escuchando las noticias, disfrutando de la misma música, tarareando las canciones… Bueno, tú no. Tú no cantas, no hablas, no dices nada. Ni siquiera eres capaz de llorar.
Y aquí estamos los dos, encerrados en esta celda mugrienta. Detenidos. Somos el hazmerreír de la comisaría. Creo que no queda un solo agente en tres kilómetros a la redonda que no haya pasado por aquí para contemplar el espectáculo: tú y yo, detenidos. Tú, impasible; yo, muerto de vergüenza. Y ellos… Ellos desternillándose de risa.
¿No tienes nada que decir? Claro, qué vas a decir…
Voy a serte sincero, aunque te duela. Dentro de un par de horas estaré fuera, con una buena multa —esa no me la quita nadie— y una vergüenza monumental. Seré carne de meme. Ya me imagino los titulares.
¿Pero y tú? Tú te quedarás aquí. Te meterán en una fría bolsa de plástico, te pegarán una etiqueta con un nombre y un número: Prueba 1. Después te bajarán al sótano, a un lugar oscuro y helado, y allí te quedarás. Se acabaron los viajes, las confidencias, las risas…
Solo te pedí una sonrisa.

El País: "Cazan" a un conductor en Madrid con un maniquí para usar el carril de alta ocupación de la A-6. Sorprendidos se quedaron los agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cuando interceptaron el pasado 2 de julio a las ocho de la mañana por el bus-VAO —sistema para poder circular por el carril para autobuses y vehículos de alta ocupación— de la autovía de A Coruña (A-6) a un conductor que llevaba en el asiento del copiloto un maniquí perfectamente caracterizado y vestido, como si se tratara de un pasajero.

Tomás García Merino
Grupo B

La mujer del escaparate

El efluvio familiar del taller, aquella cálida melancolía que olía a cera de abeja, a barniz añejo y al aroma penetrante del aguarrás, se filtraba por cada rendija, impregnaba los monos de trabajo y se aferraba a las fosas nasales de los obreros.
El maestro artesano observaba sus manos nudosas mientras empujaba la escofina y, a su espalda, escuchaba las bromas y las risas de los jóvenes aprendices. Contemplaba sus rostros imberbes, sus miradas todavía limpias, y se preguntaba cuánto había cambiado el mundo. ¿Dónde había quedado el respeto? ¿Adónde se habían llevado la obediencia? ¿En qué planeta remoto se había refugiado el sentido común?
Quizá el problema fuera él. Los años comenzaban a pesarle demasiado. Soñaba con dejarlo todo, jubilarse y descansar. Quería pasear sin rumbo, contemplar cómo otros madrugaban y se dejaban la piel para sacar adelante a sus familias, mientras él encendía un pitillo y disfrutaba de las mañanas sin prisas ni sobresaltos.
Pero no encontraba a nadie dispuesto a hacerse cargo del taller. Ya nadie quería trabajar con las manos, y los jóvenes, menos que nadie. Y, sin embargo, cada día llegaban más encargos a aquel viejo establecimiento. «Eres un santo», le decía su mujer. Y no le faltaba razón: era incapaz de negarse a nada.
—¡Vamos, al tajo! ¡Los chismes, para la hora del descanso! Hoy tenemos que entregar los dos encargos; de lo contrario, nos sacarán a nosotros en procesión. ¡A trabajar!
Sus voces retumbaron entre las vigas carcomidas. Los jóvenes interrumpieron las chanzas y volvieron a sus puestos.
—¡Y tratadlas con mucho cariño! ¡Tienen que quedar como nuevas! —advirtió, alzando de nuevo la voz.
Cuando el párroco le había encomendado la restauración de la Virgen, no había sabido cómo excusarse. No era el momento más oportuno para acometer semejante trabajo y, con la festividad de la patrona tan próxima, sabía que tendrían que emplearse a fondo.
La talla descansaba en un rincón del taller, rodeada de maniquíes. Los Grandes Almacenes preparaban la campaña de verano y, cómo no, también ellos querían su encargo para anteayer. Las prisas ajenas siempre acababan convirtiéndose en urgencias propias.
El maestro se acercó a los aprendices y examinó el resultado. Sus ojos recorrieron la superficie restaurada, las líneas recuperadas, los detalles minuciosamente resueltos. Era un trabajo pulcro, casi profesional. Tal vez la juventud no estuviera tan perdida como él había llegado a creer.
—¡Enhorabuena, muchachos! ¡Lo hemos conseguido! Raúl, encárgate de entregar los trabajos. Te dejo al mando.
Se enfundó la chaqueta, introduciendo con esfuerzo sus manos encallecidas por las mangas, y torció el gesto al comprobar que el traje, el único que poseía, le quedaba cada año más holgado. Los años no pasaban en balde, se dijo.
—¡Qué elegante estás! —lo halagó su mujer.
Salieron a pasear por el pueblo. Las calles bullían de animación ante la inminencia de las fiestas patronales. Frente al escaparate de los Grandes Almacenes se arremolinaban las mujeres, y el incesante trasiego de clientes que entraban y salían no pasaba inadvertido.
—Habrá rebajas. Mira cuánta gente. Vamos a echar un vistazo —propuso su esposa.
El escaparate resplandecía con una luz casi irreal. Los transeúntes se detenían junto al cristal, fascinados por el vestido de alta costura que lucía uno de los maniquíes. Contemplaban, como hechizados, la belleza de aquel rostro y, después de unos instantes de silenciosa admiración, entraban en la tienda dispuestos a comprar aquellas prendas. Todos querían parecerse a ella, a aquella figura femenina, a aquella presencia casi divina que les sonreía desde el otro lado del cristal.
El maestro artesano se aproximó distraídamente al escaparate, pero, de pronto, sus ojos quedaron prendidos del rostro del maniquí.
Se quedó petrificado. Abrió los ojos desmesuradamente y sintió que la mandíbula le temblaba. Intentó hablar, pero de su garganta no brotó palabra alguna. Aferró la mano de su esposa y se apartó de la multitud con una urgencia que ella no alcanzaba a comprender.
—¿Adónde me llevas? —protestó la mujer, obligada a seguir sus pasos.
—A la iglesia. Tengo que confesarme. Vamos.
Atravesó la penumbra del templo y avanzó hacia el altar sin detenerse siquiera a persignarse. Su esposa, desconcertada, se santiguó y murmuró una oración antes de seguirlo.
Cuando llegó al ábside, lo encontró de pie junto a la Virgen, con el rostro alzado y la mirada fija en la imagen, como si hubiera quedado hechizado. Ella no entendía nada. Él tampoco. Al contemplar el rostro que asomaba bajo el manto de la Virgen, comprendió que había sucedido algo que jamás tendría que haber ocurrido.
A su espalda, un grupo de beatas rezaba en voz baja mientras desgranaba las cuentas desgastadas de sus rosarios. El artesano temblaba. No conseguía explicarse cómo había podido ocurrir aquello.
—La Virgen está más guapa que nunca —comentó una voz a sus espaldas.
Se volvió. Bajo el pañuelo negro de una anciana descubrió una sonrisa serena y un brillo cómplice en los ojos.
—Más guapa que nunca —repitió ella, antes de dedicarle un discreto gesto de gratitud.
El artesano abandonó la iglesia del brazo de su esposa. Todavía turbado, se detuvo bajo el pórtico y volvió la cabeza para contemplar una última vez la imagen de la Virgen.
—Tienes que estar muy orgulloso. Has hecho un trabajo precioso —le susurró su mujer.
Él sonrió, pero no respondió.
Hay cosas que es mejor no contar.

Tomás García Merino
Grupo B


De ocho a seis

A las ocho en punto se apagan las luces. Miriam y Antonia se desperezan. Empieza su día.
Lo primero, desembarazarse de las pelucas y de esos disfraces absurdos con que las visten. Mantienen el maquillaje para no perder más tiempo y se dirigen a la sección infantil a recoger a sus hijos. Luego van a la planta de caballeros donde se encuentran con sus maridos. Las dos familias suben a la azotea para contemplar la luna de primavera y hablar de sus cosas. Es el momento de las confidencias, de los cotilleos del día y del calor hogareño.
Llevan el sushi de la tienda gourmet y los refrescos de la cafetería. Los niños se demoran en la juguetería escogiendo el cachivache más atractivo para su corta edad.
Tienen tiempo hasta las seis de la mañana, que es cuando llega el personal de mantenimiento y limpieza. A esa hora han regresado todos a su sitio, vestidos y adoptando la pose adjudicada por la dependienta de turno.
No se quejan. Pueden conciliar el mundo laboral y el familiar. El trabajo es monótono, pero no pesado. De ocho a seis son felices. Hay muchos que no pueden decir lo mismo.

M. Maximina Moreno
Grupo B



¡No me mires así!

Celestino miraba con nostalgia las paredes de su sastrería. Deslizó la palma de la mano por una de ellas, como si quisiera acariciarla.
Se detuvo frente a su viejo maniquí: Marilyn. Se quedó mirándolo con ternura.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo.
—
—No podía hacer otra cosa. Sabes que ya no hay clientas como antes. Ahora todas compran en Zara o en H&M. Es imposible sobrevivir.
—
—Sí, claro. ¿Y cómo pago la luz, el agua y los demás gastos?
—
—Pues… quiero vender el local… y quien lo compre se quedará contigo.
—
—¿Cómo? ¿A casa? Sabes que a Manuela nunca le has gustado. Ella piensa que tengo una aventura contigo. ¡Qué estupidez!
—
—No, sabes que no he querido decir eso. Tú no eres estúpida. Sabes perfectamente lo que siento por ti.
—
—No empieces, cariño. ¿Qué quieres que te diga? No puedo hacer otra cosa.
—
—Sí, te quiero. Te lo he dicho muchas veces, pero… ahora estoy…. soy mayor ya… quiero jubilarme y descansar.
—
—¿En B? ¿Desde casa? Pues… no es mala idea.
—
—Sí, claro. La señora Asunción… Carmen, la hermana de la Puri… Rosa, la viuda de Moreta, el panadero. Podría seguir haciendo cuatro cosillas y te podrías venir conmigo.
—
—Yo también, cariño. Tú sí que eres increíble.
Celestino terminó de recoger y envolvió a Marilyn en una sábana, con delicadeza. Vivía a doscientos metros de la sastrería, en la sexta planta de un gran edificio.
Abrió la puerta de su piso y entró con sumo cuidado para que el maniquí no recibiera ningún golpe.
—¿Qué hace eso aquí? —inquirió Manuela nada más verlo.
—Sí… eh... bueno… he pensado que podría seguir realizando trabajillos a las clientas que aún me quedan, desde casa, en B, para sacar un dinerillo extra —respondió a su mujer con una amplia sonrisa buscando su aprobación.
—Llévatela de aquí. Sabes que me da mal fario. No te hace falta la muñeca. Me utilizas a mí para probar los vestidos —dijo Manuela visiblemente enfadada.
—Bueno… ya estamos… mira, voy a buscar lo que queda y luego lo hablamos tranquilamente. —Celestino sonrió y se acercó a darle un beso.
Manuela lo apartó.
—No quiero eso aquí —respondió girándose y dirigiéndose a la cocina.
Celestino colocó a Marilyn al lado de la ventana con vistas al balcón porque desde allí se veía la sastrería.
—¡Ahora vengo! —chilló mientras cerraba la puerta.
Media hora más tarde subía cargado con varias bolsas en cada mano. Llevaba todas sus herramientas de trabajo: patrones, tijeras, reglas, etc. Subía la cuesta hacia su domicilio, apenado. Tantos años de trabajo y acababa de cerrar la sastrería para siempre.
—Comienza otra etapa —dijo intentando animarse.
En la distancia observó un tumulto. Un corro de personas a la altura del portal de su casa. Una ambulancia llegaba con las luces de emergencia y la sirena encendidas que se apagaron al estacionar en el lugar. En el edificio los vecinos tenían edad avanzada y era habitual que las ambulancias acudieran al lugar. Sin embargo, sí que se sorprendió al ver dos vehículos policiales.
Cuando estaba lo suficientemente cerca, distinguió un cuerpo que yacía en la calzada, pegado a la acera. Parecía el de una mujer. Estaba tapado con una manta plateada.
—¡Se ha tirado! —cuchicheaban los presentes.
Todas las miradas se centraron en Celestino. Miró hacia arriba. En los balcones permanecían asomados los vecinos mientras observaban la escena. En su balcón no había nadie, pero intuyó el perfil de Marilyn, como si estuviera escondida entre las cortinas.
—Es Manuela —le confesó Dolores, la vecina del primero, mientras le agarraba del brazo en señal de dolor.
Celestino dejó caer las bolsas y se acercó. Un policía lo detuvo y lo alejó del cadáver.
—¿Es mi mujer? ¡Manuela! —exclamó fuera de sí.
El policía lo acompañó hasta el portal. Le pidió que abriera la puerta de su casa para comprobar qué había pasado. Celestino estaba conmocionado. Intentaba razonar, pero no podía.
Al llegar a su planta, una pareja de policías llamaba al timbre, mientras hablaba con su vecina María. Lo miraron analizando sus reacciones y le dejaron paso para que abriera la puerta.
Los policías revisaron el lugar. Celestino se acercó al salón, donde la puerta del balcón permanecía abierta. Se quedó mirando al maniquí, absorto, con la mirada perdida. Marilyn le devolvía la mirada, en silencio.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo —dijo Marilyn.
El policía que examinaba el balcón se volvió:
—¿Ha dicho usted algo?

Max Ferlam
Grupo B




Maniquí

Por vencer el miedo de besarla a usted (bolero)

Buena la hiciste, tendero.
Por miedo de sonrojarte
no quisiste declararle
tu amor, que era verdadero.

Por no decirle: te quiero,
te necesito a mi lado,
te mantuviste callado,
lo convertiste en bolero.

Ella se fue, y te entregaste
a soportar el desgaste,
y, colmo del desatino,
aunque vicario placer,
asumiste el menester
de esculpirla en yeso fino

Y ahora en el escaparate
fondo blanco, cristal mate,
aunque de todos, es tuya.
Siempre la puedes mirar
y abandonarte a dejar
que el dolor fluya y refluya.

Carlos Coca
Grupo C

Prefabricados de la lengua

La semana pasada solo hubo sesión con el grupo C. En ella hablamos de esos "prefabricados de la lengua" que son las frases hechas. Seguro que más de uno ha pensado que yo iba a hacer la vista gorda y no publicar vuestros trabajos pero aquí están más abajo. Seguro que a más de uno se le alegrarán los ojos e irán, después de leer su texto, con la cabeza bien alta.
Yo he estado toda la semana con el corazón en un puño y la mosca detrás de la oreja. Me tomo muy a pecho cada entrada del blog y eso me trae de cabeza. Pero me al final consigo echarme la tarea entre pecho y espalda aunque vaya con la lengua fuera.
Soy culo de mal asiento y viajo de un lado para otro, siempre voy con los pies por delante y suelo andar con pies de plomo. Pero también me gusta buscarle tres pies al gato y sacar de vez en cuando los pies del tiesto.

Recomendamos varios libros:






Como no quiero poneros la cabeza como un bombo pongo los pies en polvorosa y cierro este post con algunos de los textos que comentamos en el taller. Seguro que os abren los ojos y comprobáis que también los grandes jugaban con las frases hechas:

Ahondar en las frases hechas

Meditad preferentemente sobre las frases más vulgares, que suelen ser las más ricas en contenido. Reparad en ésta, tan cordial y benévola: «Ме alegro de verte bueno». Y en ésta, de carácter metafísico: ¿Adónde vamos a parar?». Y en estotra, tan ingenuamente blasfematoria: «Por allí nos espere muchos años». Habéis de ahondar en las frases hechas antes de pretender hacer otras mejores...
Reparad en ésta: «Abrigo la esperanza» y en la mucha miga que tiene eso de que sea la esperanza lo que se abrigue. La verdad es que todos abrigamos alguna, temerosos de que se nos hiele.

Antonio Machado. Juan de Mairena

Matar la tarde

Las cinco y cuarto todavía. Bajará. ¡Qué va a hacer! Hasta las nueve que se cena... ¡Cuánta tarde queda por matar todavía! Matar la tarde. Irla matando célula por célula, minuto por minuto, y verla cómo va perdiendo sangre, sin ningún entusiasmo tampoco por su muerte, porque es como un trabajo rutinario, de oficina, el de matar todavía. Irse llenando los dedos de la sangre de la tarde, una sangre cenicienta y templada que se escurre como arena, que ni siquiera deja mancha...

Carme Martín Gaite. El balneario

El tiempo en que las palabras eran nuevas

Ricardo Reis sonrió también, con una sonrisa más prolongada, y dijo, con mucho gusto, o cualquier frase de este tipo, que abundan, igualmente triviales, cotidianas, aunque sería lamentable perder el tiempo analizándolas, hoy están vacías ya, gastadas, sin brillo ni color, recordemos sólo cómo habrían sido dichas y oídas en sus primeros días. Será un placer. Estoy a su disposición, pequeñas declaraciones que por su osadía harían vacilar a quien las decía, y que harían estremecerse de temor y esperanza a quien las oyera, era entonces un tiempo en que las palabras eran nuevas y los sentimientos comenzaban.

José Saramago. El año de la muerte de Ricardo Reis

Tomar la palabra

Cuando el catedrático doctor Lastra tomó la palabra, ésta le zampó un mordisco de los que te dejan la mano echa moco. Al igual que más de cuatro, el doctor Lastra no sabía que para tomar la palabra hay que estar bien seguro de sujetarla por la piel del pescuezo si, por ejemplo, se trata de la palabra ola, pero que a queja hay que tomarla por las patas, mientras que asa exige pasar delicadamente los dedos por debajo como cuando se blande una tostada antes de untarle la manteca con vivaz ajetreo.

Julio Cortázar. Ultimo round


Y aquí os dejo un vídeo donde se recopilan algunas frases hechas relacionadas con la música como "soñar la flauta". Lo puedes ver en este enlace.


Propuesta de escritura

Como tenéis muchos pájaros en la cabeza, andaos con ojos y escribid un texto con frases hechas. Seguro que al leer quedamos con la boca abierta

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora



Frases hechas

A don Francisco de Quevedo y Villegas

Les ha llegado el encargo
a mis mientes, ya maltrechas,
de escribir con frases hechas.
No me niego y, sin embargo,
me resulta un algo amargo
tener que esforzarme tanto
pues puede estropearme el canto,
¡vaya un quebranto!

Del lobo veo las orejas,
me da un brinco el corazón,
quiero cantar mi canción,
mas sin recursos me dejas.
Pero ahí voy, ¡no quiero quejas!
Habré de sacar el pecho
y empezar con pie derecho,
¡ya voy maltrecho!

Cuesta un ojo de la cara
el no morderse la lengua,
el ritmo pulsar sin mengua,
y medir bien con la vara
si el octosílabo encara
unas letrillas derechas
pues si no desaprovechas
¡las frases hechas!

Carlos Coca
Grupo C


Fortunato

Fortunato no era supersticioso: los martes y trece le pasaban desapercibidos, le resultaba indiferente el pasar por debajo de una escalera, que la sal se derramara en el mantel o cruzarse con un gato negro.
Sólo tenía una costumbre, casi una manía: levantarse con el pie derecho.Formaba parte importante de su rutina diaria,la había interiorizado tanto,que la realizaba mecánicamente.
Un viernes trece, se distrajo unos segundos observando el vuelo de una bandada de estorninos.Su pie izquierdo se cruzó por delante del derecho y ¡CATAPÚM ! Se cayó a plomo sobre la acera.
Toda su vida se fue al traste cuando vio a su pie derecho escondido dentro de una pesada y blanquísima escayola.

M.L.Fidalgo
Grupo C


Llevaba el corazón en la mano

y un día se le escapó.
Perdió la cabeza,
puso los pies en polvorosa,
y cuando se dio cuenta de que su ser
era todo corazón,
lo recogieron con los pies por delante.

Ana
Grupo C


Tener el viento de cara

El Señor X tenía el viento de cara, de tal manera que aquel recorría su rostro hasta incrustarse en cada poro de su piel. Ahí permanecía acumulado el oxígeno y el dióxido de carbono en cantidades industriales. Esto último no es una frase hecha sino un hecho literal y, por ende, auténtico. Así fue como empezaron a salir multitud de protuberancias esféricas; no los denomine usted “granitos” porque estos últimos suelen ser irregulares y los del Señor X eran perfectamente simétricas y homogéneas en cuanto a tamaño. Podría decirse que eran incrustaciones que se hinchan a velocidad constante, al igual que las garrapatas adheridas a la piel mientras están chupando sangre. Eso precisamente es lo que pensó el Doctor cuando el Señor X acudió a verle protestando lacrimosamente por su aspecto tan peculiar de pelota de goma antiestrés con cuatro pelos mal puestos y unas gafas colgando. Cuál fue la sorpresa del doctor cuando fue a extirpar uno de aquellos granitos porosos y lo explotó al momento dejando una ligera estela ruidosa, como un “plof” sutil y agudo.
—Vaya, — pensó el doctor, —en realidad tiene la cara como un envoltorio de papel de burbujas. —
Y con gran placer se dedicó a clavar sutilmente su la uña del dedo meñique de la mano izquierda en cada protuberancia hasta que explotara dejando una diminuta muesca de piel en el rostro. Se sucedieron las horas realizando el Doctor tal tediosa tarea en la cabeza del inconsolable e irreconocible Señor X. Sin embargo, a pesar del sufrimiento del primero, que no paraba de lamentarse porque ahora la gente con la que se encontraba no podía evitar asirle la mano a la cabeza hasta estrujarle el cerebro, para el Doctor constituyó un momento de auténtico placer. Sin duda estaba recordando con inmensa añoranza, o tremenda morriña, según lo que usted considere, aquellas tardes de infancia en las cuales machacaba sin ton ni son las innumerables burbujas de los envoltorios que encontraba en el almacén de su padre, responsable por aquel tiempo de una empresa de reparto y envío por correo de figuritas de bailarinas cursis de porcelana.

Maite BT
Grupo C


Todo se pega

Te he dicho que no, no de no. Gritaba la Virtudes en mitad de la calle: a ti te la pegará pero yo lo tengo capiscao. Parece tonto, que no se entera de lo que vale un peine, pero en cuanto te das la vuelta, te la juega. Y luego está su mujer, que no le pega nada, que no dice nunca esta boca es mía, pero que sabe lo que hay que saber para atender un negocio como el suyo que no es moco de pavo. En fin, que no tengo por qué aguantar al cabeza chorlito de su sobrino que las arma como Amancio. Espero que el pegamento se quite…si no se van a enterar.
Y, ya más bajo, le dijo a la Pilar: ese chico ha salido a su abuelo, un viejo tordo, no te dejes tomar el pelo... Ella da el pego pero él… agüita con él. Ándate con cuidao, y salió disparada. Una pareja de urracas la sobrevoló.

Araceli Sebastián
Grupo C


Darle un brinco al corazón

Sintió que su corazón hacía toc, toc. O, ¿Era el tic, tac del paso del tiempo?. Acababa de despertar en aquella sala, donde la luz sonaba acompasada y los sonidos se veían en luminosos monitores. Sus dedos tocaron un infinito hilo transparente y recordó que en un momento del pasado, algo sucedió en su interior, una desconexión unida a un ahogo. Mientras Carol huía entre lágrimas.
Diez días entre tinieblas, y su corazón dio un hermoso brinco. Estaba seguro de que eran sus ojos.

GuADAlupe
Grupo C


Historia de la mujer que siempre se hacía la sueca

Décadas de temperamento nervioso y carácter introvertido habían forjado en ella una personalidad angustiosa y evasiva. En la oficina, los sudores fríos, la incapacidad para encontrar las palabras y el pulso acelerado aparecían cada vez que tenía que rendir cuentas ante algún compañero por alguna tarea. El sufrimiento acabó cuando descubrió que simplemente podía hacerse la sueca.
Al ver llegar a su jefa, por ejemplo, y con ella al ataque de ansiedad, la mujer cerraba fuerte los ojos y visualizaba a su sueca: dos metros diez, esbelta y atlética, rubia, ojos azules, dientes blanquísimos. Y como por arte de magia, aparecía Astrid. O Elsa. O Annika.
Qué sueca hacía la mujer dependía del nivel de nerviosismo provocado por según qué situación. Todo el mundo sabe que no es lo mismo hacerse la sueca del norte que del sur. Fuese como fuese, todas ellas eran mujeres carismáticas y encantadoras que, si bien con distintos manejos del castellano, mostraban una capacidad excelente para desenvolverse en el ámbito corporativo.
La pobre mujer no tuvo que preocuparse por la posibilidad de pasar un momento incómodo nunca más. Cuando alguien llegaba a la oficina preguntando por ella, le respondían “sí, allí está, en el cubículo ocho. Haciéndose la sueca. ¡Tal vez tenga usted suerte y la de hoy traiga consigo un rollo de canela!”

Celia Cores
Grupo C


Está la comida en la mesa, y, la niña no deja el móvil ni para coger la cuchara.
No me lo puedo creer, esta niña tiene la cabeza llena de pájaros.
Todo lo que le digas, le entra por un oído y le sale por el otro.
Esto se nos está está yendo de las manos.
Deberían prohibir las redes sociales a los adolescentes aunque siempre encontrarán alguna argucia para estar conectados. De nada sirven los consejos, sobre todo para esta niña que todo se lo salta a la torera.

P.G.
Grupo C

Carta de presentación

Tras un largo verano volvemos a nuestra actividad del taller de escritura creativa. El primer día siempre es de toma de contacto, de presentación. Miro las caras expectantes de las nuevas incorporaciones. Perciben que la mayoría de los participantes se conocen, se saludan, bromean. Son los repetidores, los reincidentes, los que año tras año deciden volver a inscribirse en el taller. Esa fidelidad me conmueve y me alegra. Pero también faltan caras a las que se echará de menos. Las plazas de los tres grupos son contadas y la pasarela de acceso compleja. Hay que estar atentos, ser muy rápidos y no equivocarse en el proceso para conseguir un asiento. De lo contrario pasas a la lista de espera. Tienes que esperar una nueva oportunidad. Esa es la otra cara, la que peor llevo. Ver como gente entusiasta y trabajadora por azares y órdenes de la inscripción queda excluida (espero que no por mucho tiempo) de los grupos y tienen que permanecer a la orilla del taller hasta que encuentran acomodo.



Foto de archivo. (iStock)


Pero aquí estamos. A punto de empezar la singladura. Hay quien estrena libreta y quien llega con promesas renovadas de que este año trabajará mucho más. Veremos.

En la primera sesión presentamos el programa que seguiremos a lo largo del trimestre y que está reflejado a la izquierda de esta entrada del blog pero también hablamos de escritura. De libros o escritores que cambiaron nuestra vida o que abrieron nuevos caminos en nuestro proceso creativo o que, incluso, nos sacaron de un tiempo de improductividad y sequía. El libro de Ana Belén Ramos titulado Taller de escritura creativa en 44 desafíos nos situó ante este cuestión. En él, la autora cuenta cómo la poesía de Vladimir Holan supuso para Clara Janés una auténtica revolución. Hasta el punto de que la lectura de uno de sus libros de poemas provocó en ella el deseo de viajar a Kampa para conocerlo. Pero no solo eso, también quiso aprender checo para poder disfrutar su literatura en su lengua original. Gracias a ello ahora podemos disfrutar de Holan traducido por Clara Janés. El poemario Kampa fue la forma en que Clara Janés celebró ese encuentro con Holan. Un libro lleno de sensualidad y erotismo escrito para ser leído y escuchado. Una de los poemas, un juego con la palabra "amor", lo canta la propia autora en este vídeo. 

Tras un poema de Clara titulado "Llegarán los almendros en flor a tu ventana" Ana Belén Ramos nos propone el desafío 43: "Escribir una carta a tu escritor/a favorito/a" (puedes leer la propuesta completa más abajo). Y entonces nos planteamos. ¿A quién escribiría? Yo seguro que a Francisco Umbral, a Luis Rosales, a Lope de Vega, a Oliverio Girondo, a Gloria Fuertes, a Alejandra Pizarnik, a Antonio Gamoneda o a Ernestina de Champourcín cuya lectura también produjo en mí alguna pequeña o gran revolución.

Cuando preparaba la ficha de trabajo para la sesión me encontré con una carta firmada por Isabel García-Wetzler, escritora y traductora de libros como La tarde de un escritor de Peter Handke o Más allá del amor de Martin Walser. Dicha carta fue publicada en el número 55 de "Los cuadernos del Norte", una revista publicada en Oviedo en los años 80. En ella la escritora homenajea a Millás. Le cuenta como una escritora frustrada se enamora de un personaje secundario de El desorden de tu nombre y decide escribir a su editor. Escribir al autor para hablarle del amor a su personaje en lugar de a él, sería muy violento. El editor del escritor del que se ha enamorado puede entregarle además una nota que ha escrito para él. Se van a ver pronto. La publicación de un libro está en juego. La nota llega finalmente a manos de Orlando Azcárate pero está escrita en alemán. El joven escritor no entiende nada y decide finalmente escribir a quien le dio vida para que le aclare las cosas. Un juego de escritura divertido. Y un juego de cartas. La de Isabel García-Welzler a Millás, la de la escritora frustrada a su editor y la de Orlando Azcárate, el personaje secundario de la novela que entusiasmó a Isabel a Millás. De esta última sólo conocemos el encabezamiento pues es el cierre circular de un texto, una carta, en la que se respira la influencia del escritor a quien va dirigida.

Esta carta que descubrí en un rincón oculto de la web me llevó a mi librería para desempolvar El desorden de tu nombre, una novela que estaba allí cuando despertó el dinosaurio, sobre el estante, esperando el momento de ser leída. Un editor y un escritor de ficción fueron los culpables de que devorase la novela en unas horas. Y les doy las gracias, a ellos y a Millás. Y a Isabel por esa carta que para entenderla en su conjunto es preciso conocer la novela.

Dejo por aquí otra carta, la que Eduardo Martínez Rico escribe a Jorge Luis Borges. Puedes leerla en este enlace. O la de Alejandro Marcos titulada "Carta al escritor de hace 10 años"


Propuesta de escritura

Transcribimos a continuación el desafío 43 que propone Ana Belén Ramos:
¡A escribir! En mayor o menor medida, todos los lectores encuentran una vinculación especial con alguno de los artistas que descubren. ¿Cuál sería el/la artista con quien guardas, aunque sea secretamente, una relación más estrecha? Esta propuesta no te exige que dediques un libro completo, como hizo Janés, sino algo más sencillo. Escríbele una carta. Quizá si te encontrases con esa persona no serías capaz de transmitir todo lo que has disfrutado de su trabajo. Afortunadamente, las cartas lo hacen todo más fácil. Así que ¡manos a la obra!
¡Ojo!: Si no sabes por dónde empezar, he aquí un comienzo: Estimado/a..., he leído su obra y...
Vocabulario sugerido: Tú, desenterrar, encendida, reverencia, arabesque, puerta.



Y estos los trabajos recibidos hasta ahora:

Querido Carlos:

No sé si recibirás esta carta porque allí donde estás no existen direcciones ni buzones; allí solo hay silencio. Aun así, te escribo estas letras para darte las gracias.
Quizá te suene tonto si te digo que, después de haber vivido cinco años en Barcelona, me di cuenta, al leer "La sombra del viento" de que en realidad no la conocía.
Tú me enseñaste a mirarla de una forma diferente y entendí que una ciudad también puede tener cicatrices, secretos, misterios y fantasmas, además de calles y de plazas.
Leyendo tu novela sentí un pellizco de nostalgia que me acompañó en cada página y un deseo irrefrenable de volver a aquella ciudad para descubrirla de nuevo.
Reconozco que encontrar a Daniel, a Bea, a Fermín y a Carax fue un antes y un después en mis lecturas. Jamás he vuelto a tener esa sensación de embrujo tan fuerte, esa sensación de conocer a los protagonistas y de sentir que era una más entre ellos viviendo intensamente entre las páginas.
Me golpeó tu novela, me conmovió profundamente.
Fuiste capaz de dibujarme un lugar que se quedó dentro de mí incluso después de cerrar el libro y cuando pensé que ya nada podría conmoverme más, descubrí la música que tú mismo compusiste para acompañarlo.
Y entonces ocurrió algo mágico difícil de explicar.
Escucharla fue como atravesar una puerta misteriosa detrás de la que todo cobraba vida.
Por eso la guardo entre mis cosas especiales. Porque fue como un regalo.
Cada vez que la escucho vuelvo a las calles de Barcelona y se abre ante mí una puerta que me lleva directamente al corazón del Cementerio de los Libros Olvidados.

Con cariño, Aurora.

Enlace a la música que Carlos Ruiz Zafón compuso para la sombra del viento...
Track 1: La sombra del viento.

Aurora Zarco
Grupo B


Carta a Virginia

7 de octubre de 2026

Querida Virginia, he vuelto a leer el libro que publicamos cuando tú ya no estabas. Los amigos, con ayuda de tu hermana, desenterramos poemas que habías guardado desde tu juventud, en ellos, sin reverencias ni arabescos, abres la puerta de tus sentimientos más escondidos.
En ellos confiesas ser una virtuosa de la farsa. Qué próximos estamos de personas que sufren sin mostrarlo, llevando una vida normal en apariencia. Quizás no nos esforzamos mucho por saber.
Al final, la vida te tenía reservada una última broma macabra: esa enfermedad incapacitante que deformaba tu cuerpo y lo llenaba de dolor.
Has conseguido mantener la dignidad propia de las grandes personas más allá de tu muerte. Sigues en la memoria de muchos de los que te conocimos.
A veces no nos damos cuenta de lo afortunados que somos.
Me alegro de ser tu amigo,

Enrique Martínez
Grupo C


Carta de socorro en una botella

Estimado lector,

No sé cómo empezar esta misiva, nunca me he dirigido a ti concretamente. A ti lector en general, al que le gusta cómo escribo, que agradece un lenguaje sencillo, que visualiza de manera cinematográfica lo que escribo y que se sorprende con los finales. Oh sí te quiero. Hola, ¿hay alguien ahí? Por favor ¡Sáquenme de aquí!

Es un honor para mí escribir estas letras. He de confesar que cada día, cuanto más escribo, menos me preocupan tu opinión, tu gusto o incluso tu estabilidad mental. Se acabó mi preocupación por tu sensibilidad. Socorro, necesito ayuda, estoy secuestrado por este loco. Escribo para mí, no para ti, ni para nadie. Disfruto viendo nacer bellas criaturas, psicópatas, asesinos despiadados de lo más hondo de mi cerebro. Yo solo me dedico a describir lo que aparece en mi cabeza. No soporto más esta tortura. ¡Sáquenme de aquí!  Es liberador escribir sin censura, sin la vocecita que importuna continuamente: “eso no se entiende”, “eso está mal escrito”, “eso es de mal gusto”. Está ocurriendo algo, este lugar se transforma, está turbio y tenebroso.

Es más, en este momento, en este preciso instante, mientras avanzo con estas letras, he decidido acabar con esa fastidiosa conciencia de mi cerebro, está hablando de mí, ese soy yo, ayuda por favor, estoy aquí encerrado.  Estoy harto de que constantemente intervenga en mis textos. Es hora de desenterrar las más terribles criaturas, las historias más perturbadoras, Oh, no ¿qué es eso? Un ojo gigante cubierto de pelos, harto de que me corrija porque es de mal gusto, le están naciendo unos enormes tentáculos, !es horrible¡, o peor aún, ¿qué pensarán?, no, no, no, se acabó ya no hago ni una reverencia más, se está haciendo grande, muy grande, es enorme, en la parte superior ha brotado un faro con una potente luz encendida que alumbra en todas direcciones, ¿dónde estás vocecita? ¡asómate! ¡ábreme la puerta! se está formando una gran boca cubierta de dientes afilados como cuchillos jamoneros, ¡socorro!

Querido lector, lector, lector, por favor ayúdame, llama a … la policía, necesito salir de este horrible lugar, todo aquello que escribo existe, existe para mí, aunque tú no estés capacitado para verlo. Como decía mi buen amigo el tío Camuñas:

—¡ara lo bes! ¡ara bes que tía razón! ¡Qué barbaridad, que patadas al diccionario! ¡Qué gran hombre! Sabio y sensato.

Es divertido jugar con los palabros, palabras y palabrear está loco, es una condena hasta conseguir palacabrear mi pensamiento racional me ha encontrado, me tengo que esconder. Adiós lector, no sé qué ocurrirá a partir de ahora. Está aquí. ¡Sé que estás ahí! ¡Asómate! Tengo algo para ti, para tu pudor, ¿dónde estás?

No tardarás en caer. No te podrás esconder todo el tiempo.

Admirado lector, es el momento de despedirme. En resumen, quiero anunciarte que me alegro si te gusta lo que escribo, y si no me da igual, porque a mí me encanta crear desde el último reducto de libertad que queda en el ser humano y es una sensación embriagadora. Te falta una palabra, arabesque. La manera en que está escrita sabes perfectamente que no es válida.

¡Qué haría yo sin ti, vocecita! Gracias a ti ya está en el texto correctamente escrita.

¿Dónde te escondes?

¡Socorro!

 

Max Ferlam Max Ferlam

Grupo B



Carta a un escritor
Julio Llamazares

Estimado Julio:

Estoy muy contento por su premio nacional de narrativa que le han otorgado este año 2026, muy merecido, por la novela “el viaje de mi padre”.
Tuve la suerte de conocerle personalmente en 2023, en la presentación de su libro “Vagalume”, en Salamanca en la librería Letras Corsarias y, aunque ya había leído algunas novelas suyas, “ lluvia amarilla” me impactó, por su prosa poética.
Yo, que soy un aprendiz de poeta, asisto al taller de escritura creativa, dirigido por el poeta Raúl Vacas, en la biblioteca de las Conchas de Salamanca desde hace cuatro años , con la sana intención, de adentrarme en el relato, y siento cada día más, la necesidad de escribir para crear vidas, desde la imaginación, al acercarse la noche, mientras los demás duermen.
Mi hora favorita para escribir es a partir de la una de la madrugada, cuando pongo en orden, mis ideas y hablo con las musas, sin molestar a nadie, encontrándome conmigo mismo.
Me gustaría enormemente coincidir con usted en su querido León, para que me enseñe las distintas formas de mirar el agua.

Suyo, afectísimo,

P.G.
Grupo C


Querido Julio

Querido Julio:

ya sé que tu verdadero nombre es Jules Gabriel, pero desde que descubrí tu obra a la temprana edad de ocho años, siempre te he conocido como Julio, Julio Verne, por supuesto. Para mí eres como uno más de la familia y por eso me permito escribirte con una cierta campechanería. Debo decirte, que ningún otro autor me ha hecho pasar tantos y tan buenos momentos con sus obras como tú lo has conseguido a lo largo de lustros, especialmente aquellos tan cruciales como los de la infancia y la adolescencia. Seguro que tú has sido el motor que ha impulsado mi afición a la lectura y mi modestísima inclinación a la escritura. Con las tribulaciones de la juventud, las crisis existencialistas, la preocupación por los temas trascendentales y la lectura de libros más cultivados, te dejé un poco en el olvido, pero tu trabajo ya estaba hecho eficazmente. Continuamente me vienen a la memoria, por uno u otro motivo, aquellos personajes decididos, las empresas extraordinarias que acometían y los fantásticos artilugios que vislumbraste y hoy se han convertido en realidad con el paso del tiempo. ¡Cuanto he podido disfrutar con las aventuras imaginadas y el ingenio de los protagonistas!
Mucha ciencia-ficción se ha escrito en la senda que iniciaste, pero no dejo de plantearme lo que habrías sido capaz de aportar tú en el advenimiento de la era de la Inteligencia Artificial que se ha producido en nuestros días. Algo increíble ¡seguro! De lo que también tengo la certeza, todo sea dicho sin acritud, es de que habrías introducido mujeres protagonistas en tus asombrosos escritos.
Agradeciéndote haber navegado veinte mil leguas, dado la vuelta al mundo en ochenta días, atravesado África en cinco semanas, descubierto islas misteriosas, aventurado por los mares del sur, cabalgado por Siberia, descendido al centro de la tierra y subido hasta la luna, te remito esta carta, que espero recibas prontamente en el Universo mágico en el que puedas encontrarte y al que me gustaría llegar algún día.

Tu lector complacido

Manuel Medarde
Grupo A


Carta al poeta desconocido

Admirado Alfonso de Gormaz:

Por una extraña y afortunada casualidad del destino llegó a mis manos tu única obra, “En verdad os canto”, poemario de sonetos en versos alejandrinos. Habían fallecido mis abuelos y después de un tiempo lleno de trámites burocráticos verdaderamente enojosos, hice un viaje a la casa familiar que me había correspondido en herencia. Alhama del río Gormaz era en aquel tiempo un pueblo casi abandonado, en el que apenas resistían unos pocos viejos armados de una desesperanza indestructible.
Abrí la puerta y entré en aquel caserón noble y derrotado, con el propósito de recoger algunos recuerdos y pertenencias familiares, antes de que las ruinas terminaran de hacer su trabajo póstumo.
Reuní algunos cachivaches, fotos improbables de un tiempo en sepia, una botella de coñac que se diría más antigua que la casa, y, entonces, en un cajón oculto en el secreter, al lado de una vieja radio cubierta de polvo, descubrí tu libro. Era una edición exclusiva de autor, numerada, con una dedicatoria llena de amor a una dama que llevaba por nombre Mari Luz. Mi abuela.
El poemario, que aparece descatalogado o inédito en todas las pesquisas que he podido hacer por distintos medios, era una recopilación de sonetos alejandrinos. Rubén Darío y otros modernistas ya habían escrito poemas con esa estrofa, algunos de los cuales yo había admirado durante mis estudios universitarios. En mi opinión nada comparable a este cuarteto, inefable Alfonso de Gormaz, de tu libro:
“Si el amor me reclama con su más puro nombre
yo acudiré a la Luz, sin miedo de quemarme,
desatado estaré por si quieres cantarme,
me dejaré llevar, si me haces tu hombre”
Tu rastro ha desaparecido, ignoto pero insigne poeta Alfonso de Gormaz. Apenas una cita en el poemario “Sonetos nómadas”, de otro gigante de la literatura, Jorge Luis Borges, que lamenta tu olvido y lo denuncia en su soneto al poeta desconocido, que te dedica. Dice así uno de los versos:
“Vergüenza de los pueblos que olvidan a sus genios”.
Poco cabe añadir, la gloria en ocasiones sólo canta en silencio.
Cerré la puerta de la vieja casa, y, queridos abuelos, querido y admirado Alfonso -ojalá compartiera tu sangre de poeta-, “En verdad os canto” que viviréis siempre en mi recuerdo.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Carta a Stephen

Idolatrado Stephen:

Hace casi cuarenta años que conocí su existencia. Un familiar, lector habitual, me obsequió con un libro de infinitas páginas. Conocía mis gustos y mis inquietudes y apostó a que no me defraudaría. El título no me revelaba nada de su contenido. Cuando vi la contraportada y leí la sinopsis me atrajo porque trataba sobre un grupo de chavales y me identifiqué con uno de ellos. Aquella novela abrió mi mente. Entendí que todas las historias que pululaban por mi cabeza, fruto de mi imaginación, eran un don y no un lastre. Con aquella obra aprendí que el terror habita en el interior de cada persona y adopta formas diferentes. A aquel libro le siguieron muchas historias más, hasta que la edad y las circunstancias hicieron que me apartara de la lectura.
Hay muy buenos escritores, no es nuevo, pero hay libros que conectan y otros que no. Hay obras que transforman, revuelven, te sacuden por dentro y te transforman. Usted es uno de esos escritores que lo han conseguido conmigo.
Cuando abandoné el hábito de la lectura tuve la fortuna de encontrar numerosas películas adaptadas de sus novelas. Las veía, pero era consciente de que por mucho que me gustaran, la experiencia de leer sus novelas y la conexión con el escritor eran imposible de captar en el cine.
Ahora, este verano, en pleno proceso de ebullición con la escritura, irrumpió un momento de estancamiento. Decidí regresar a mis orígenes, a los libros y autores que marcaron mi adolescencia. Me propuse leer una obra suya. Entre todas una destacaba: “Mientras escribo” publicada en el año 2000. Volví a conectar con usted, con su autobiografía orientada al proceso de escritura, apuntando maravillosos consejos para los que navegamos por este océano disfrutando mientras remamos procurando no naufragar.
Con usted he aprendido que en cualquier lugar y momento, en cualquier tema o situación, la imaginación puede tomar el control y crear un escenario terrorífico e intrigante.
Permítame que lo tutee: Tú has conseguido desenterrar de lo más profundo de mi ser una puerta que daba paso a una sala de estilo arabesque, donde habitaba una luz blanca, pura e inmaculada que estaba continuamente encendida. Hice una reverencia y la abracé. No volveré a ocultarla.
Gracias, me has dado un gran empujón, y has hecho que pierda una buena parte de mis miedos irracionales que arrastraba desde que retomé este maravilloso vicio.

Enormemente agradecido.

“Todos flotamos”

Max Ferlam
Grupo B


Carta a Pilar del Río

Estimada Pilar:

Como lector y admirador de José Saramago, tengo que agradecer la labor que está desarrollando desde la Casa Museo José Saramago en la localidad de Tías en Lanzarote, y desde la Fundación José Saramago en Lisboa.
Tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, cuando la Universidad de Salamanca le concedió en el año 2000, el premio Honoris Causa, y guardo como oro en paño una fotografía que un amigo me hizo junto a él, mientras firmaba uno de sus libros.
Creo poseer todos sus libros publicados en castellano, los cuales más de uno he leído varias veces para sacarles más provecho.
Pero a sabiendas de mi gusto por los libros de Saramago, mis hijos solicitaron a la localidad de Tías y su Casa Museo, el libro Intuición de la Isla (Los días de José Saramago en Lanzarote), escritos por Pilar.
Decirla que me encantó, comprobar la cantidad de amigos que teníais, y que os querían, y que pudieron disfrutar en las tertulias compartidas, con multitud de anécdotas.
Algún día, espero que nos cuente más cosas de Saramago.

Gracias.

Luis Iglesias
Grupo B