Pueblo mío

La sesión de esta semana la iniciamos con música. Canciones como "Pueblo mío" en la voz de José Feliciano, "Un pueblo es" de María Ostiz y "Pueblo blanco" de Joan Manuel Serrat fueron las guirnaldas y banderolas con las que adornamos el tema a tratar: el pueblo.
Leímos y comentamos el poema "El silbo de afirmación en la aldea" de Miguel Hernández, un texto en el que el poeta maldice la ciudad y canta al sosiego y el recogimiento de la vida en el campo. En otro poema titulado "Huerto mío" Miguel afirma:

Paraíso local, creación postrera,
si breve de mi casa;
sitiado abril, tapiada primavera,
donde mi vida pasa
calmándole la sed cuando le abrasa


Allí, en su huerto, lejos de la ciudad, el poeta disfruta su "ilustre soledad de esquila y lana"
Hablamos también de despoblación, de ruralidad, del estado de situación de nuestros pueblos, de la palabra "pueblo" y su significado. De los niños y niñas que marchaban a la ciudad con el pueblo en la cara, título de una breve historia de Miguel Delibes. Y comentamos el artículo titulado: "Despoblación rural, ocho libros para entender el vacío" en la sección "Fuera de menú" del blog masdearte.com.



Uno de los libros reseñados en el artículo es "Palabras mayores", un texto imprescindible para conocer el pasado de nuestros pueblos y sus gentes. Paisaje y paisanaje en estado puro. En la cuarta de cubierta (contraportada) se lee este breve pregón sobre el libro:

[…] -¿Cómo era aquella casa, Progreso?
–Era una casa mu grande, mu grande, mu grande; mira si era grande que mi hermano, mi padre y yo, dormíamos juntos en la misma cama, y mi hermana en la otra.
–¿Teníais luz en aquella casa, Progreso?
–Sí, había luz… cuando era de día se veía estupendamente.
–¿Y había escuela, Progreso?
–Escuela sí había, pa los niños… pa los niños que iban a ella.
–¿Matabais algún marrano en casa, Progreso?
–… Nosotros es que no teníamos esa costumbre.
Manejar un ingenio así tiene aún más mérito cuando las cosas a las que alude no tienen maldita gracia. Quizá el tiempo, eterno bálsamo, le permite verlas hoy de esa manera, pero es ironía que deja la sonrisa torcida, y en la mirada filos que sugieren insondables cavilaciones. […]

En un artículo de Marta Cuervo titulado "Emilio Gancedo: "Me eché a la carretera para rescatar y exponer existencias veteranas" leemos: De repente, cogió su maleta y se echó a la carretera con un objetivo primordial: "rescatar y exponer existencias veteranas". Y así nació 'Palabras Mayores', un libro de viajes raro, no al uso. "Tiene etnografía - hablo de costumbres-, periodismo -con entrevistas a personas-, pero también un lenguaje literario. Al inicio se presenta al personaje con alguna anécdota que me haya contado él, pero recreándola de manera literaria. A veces son historias tan cercanas a la ficción que en sí mismas son literatura",

Para muestra un botón. Así escribe Emilio Gancedo lo que José Campos le contó:

El maestro explica sus cosas junto a la pizarra pero el niño José Campos no atiende porque tiene los oídos llenos de gaviotas. Su mente es una vastedad azul surcada de barcos pintados de colores, dos infinitos de aire y agua separados por larga y fina maroma.
Sueña el niño José Campos con la vida oscilante de su padre y su abuelo, infatigables seguidores de rutas marítimas desde la vieja Algeciras, una vida al aire libre vivida entre elementos poderosos, estimulantes e implacables. En esa cabeza no hay sitio para más, y por eso la regla de tres, y el nacimiento del Miño, y la expedición de Pizarro, se confunden y embarullan, y suenan distantes y con escaso sentido. Y rebotan varias veces contra la gran bóveda azul dejando solo tras de sí un débil resonancia.
Un día, el niño José Campos tomó una decisión. Ya estaba harto de navegar la bahía cerrada de su propia cabeza, así que se levantó y pidió, y en el gesto iban embalados muchos sentires y muchos pálpitos. Su nacimiento en la barriada de pescadores, las crepusculares marchas del padre en lo más impreciso de la madrugada, aquellas estancias de meses en alta mar, su gozoso regreso con el barco repleto de pescado hasta las amuras, la tertulia de los marinos viejos, fondeados en tierra por los años y el retiro que José escuchaba con silenciosa veneración… Y sobre todo los tres meses anteriores de vacaciones escolares, en cuyo transcurso el padre lo embarcó consigo para dar cincuenta y cuatro días seguidos de singladura. Esas jornadas de viento y oleaje, y enigmática manipulación de redes, se le metieron en algún hueco muy profundo de su ser y de allí nadie pudo sacarlas jamás. Por eso, cuando la escuela se reanudó en septiembre, el niño José Campos no paraba de revolver el culo en el silla y de escuchar gaviotas chillando junto a sus oídos. Y por eso levantó la mano y pidió:
-Señor maestro, ¿me puedo levantar, que tengo una necesidad?
Nada más escuchar la autorización salió por la puerta, la cerró con cuidado, echó a andar y no volvió a aquella escuela el niño José Campos Uclés porque es verdad que tenía una urgencia, una improrrogable necesidad interna de salir del puerto empuñando un timón entre gaviotas y de poner proa a los mejores caladeros, libre y feliz.

Cerramos esta entrada con un texto que escribí hace tiempo titulado "Aleluyas de la despoblación"

Hoy el campo está baldío.
La chicharra del estío
que da la murga en las siestas
ya solo canta en las fiestas.
Y cada casa vacía
muere de melancolía.
Ya no hay tren, ya no hay lectura,
solo niebla y amargura.
Y firma el señor alcalde
-que a veces está de balde-
la carta de defunción
de su pueblo en extinción.
Ya no hay niños ni hay escuelas
solo quedan cuatro abuelas.

Mi abuelo, en su desconcierto,
regó con llanto su huerto.
Y el último de los mozos
se despidió entre sollozos.
Y el médico, ayer, resulta,
que ya no pasó consulta.
Y el cura predica en misa
que es el demonio la prisa.
Y hay quien busca con un trago
la memoria bajo el lago.
Ya no llueve en la besana.
Hoy es tiempo de galbana.
Ya nadie sueña en la aldea,
la cosa se pone fea.

Y a pesar de nuestra lucha
el político no escucha.
Hay quien cerró su postigo
y del recuerdo al abrigo
dejó sin agua la noria,
no pudo con esta historia.
El capitalismo urbano
deja a los pueblos sin grano
y a la espiga sin futuro.
Y el porvenir es oscuro
en la España vaciada
por los de siempre expoliada.
El abandono rural
harina es de otro costal.

Ya no llega el tapicero,
solo se ve al chatarrero.
Y la señora Apolínea.
no viaja en coche de línea.
Y el señor don Telesforo
vendió todo el tiempo en oro.
Y la hija del Meranio
se intoxicó con uranio.
Y el fuego asoló la era
y ya nada es como era.

Que no exista un buen transporte
parece que a nadie importe.
Y la gente está cansada
de luchar por casi nada.

En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
Son las mocitas del pueblo, leré,
que se han marchado, leré,
a la ciudad.

Doña Melitona ya no amasa el pan.
Doña Melitona ya no amasa el plan.
porque una mañana se marchó a Pamplona
por eso no amasa la tía Melitona.

Los mozos de Monleón
ya no van a arar temprano.
Ya no hay bueyes ni tractores,
sólo granjas de marranos.



Propuesta de escritura

¿Por qué hemos silenciado las voz de nuestros mayores? ¿Por qué hemos bajado el volumen a sus palabras? Recoge en forma de narración el relato de algún familiar, conocido o persona mayor de pueblo a cerca de la vida en el campo y los difíciles años de la guerra y la posguerra. Si no tienes pueblo o quien te cuente una historia invéntala:


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;


Elogio de la vida rural

—Y éste es el único bar que tenemos en el pueblo —le indico solícito a mi acompañante.
Tenemos que sortear un carretillo que, en medio del paso, obstruye el acceso a la terraza. Una parte de ella se halla cubierta por un tejadillo mientras que la otra recibe alguna sombra de una raquítica parra.
—Mejor la terraza —sugiere él dirigiéndose hacia una mesa situada al fondo.
Unas pocas mesas están ocupadas, todas por habituales del local. Les saludo en la distancia. Algunos responden con frases cortas y otros esbozan solo un gesto de reconocimiento.
Estamos esperando al camarero cuando veo acercarse a Pascual, uno de los personajes singulares del pueblo. Viene como siempre, desgreñado, con la ropa desordenada y luciendo unos pies repugnantemente sucios dentro de unas desvencijadas sandalias. Se coloca detrás de mi invitado y antes de que pueda advertirle se oye la voz cavernosa y lastimera de Pascual.
—¡Oiga, señor, estoy muerto! —y sin solución de continuidad—. ¿Me da un cigarro?
El susto de mi camarada es tremendo. Sobresaltado se gira en escorzo y se levanta en un gesto reflejo hasta casi incorporarse.
—Pascual, los muertos no fuman —le digo al inofensivo vecino mientras hago un gesto calmado a mi invitado—. Y nosotros no tenemos tabaco.
Llega el mozo y le espeta cortante:
—Te he dicho que no estás muerto pero que si insistes te voy a matar yo de cinco puñalás.
El pobre infeliz se aleja en silencio arrastrando pesadamente los pies.
—¡Deja al hombre tranquilo! —se escucha una voz gangosa de otro parroquiano. Habla muy lentamente como si tuviera que mascar cada sílaba. Agita a la vez una mano temblorosa.
—La libertad de un hombre es un derecho sagrado y... —proclama con lengua de trapo “El Tiras”. Está sentado en una mesa al sol y ha erguido un dedo admonitorio. Pero se ha detenido como si atendiera, con suma atención, a los argumentos aducidos por la media docena de botellines que tiene delante.
—No te preocupes, son inofensivos —trato de calmar a mi azorado amigo.
El camarero repiquetea los dedos sobre la bandeja. Es su forma de decirnos que nos estamos entreteniendo demasiado con la comanda.
—Dos cervezas y... —me deja con la palabra en la boca. Ha salido disparado hacia el interior del bar. Ni siquiera ha retirado los vasos, botellas y platos que se amontonan sobre nuestra mesa.
—¡Señor alcalde! ¡Señor alcalde! —grita entonces uno levantándose tan precipitadamente que derriba su silla y hace temblar las botellas y vasos de su mesa.
El aludido se ha detenido un momento en la entrada y ha escrutado el horizonte del bar. Parece esperar un coro de aclamaciones que finalmente, no llegan. Desdeñoso, se deja caer pesadamente en la misma silla que ocupa cada día.
—Señor alcalde, las gallinas de Mariano han vuelto a escaparse y me han comido todas las tomateras que planté el jueves.
—¡Falso! —proclama en voz alta Mariano desde la misma mesa que abandonó el agraviado—. No se escaparon, se trataba de una manifestación debidamente autorizada por la Subdelegación del gobierno. Estaban reivindicando su derecho a una vida en libertad.
Antes que Julián, el alcalde, pueda contestar, se acerca otra clienta renqueando.
—Alcalde, sigo esperando que coloquéis mi estatua encima del campanario —acaba su advertencia con un mohín de disgusto.
Otro cliente le increpa desde su mesa demandando algo sobre el cerdo que lleva atado por una correa. No puedo entenderlo entre el alboroto general.
El edil no se altera.
—¡Tranquilos, ciudadanos! Hemos de mantener las prioridades en el gasto. Lo que es principal debe ser lo primero. No haremos nada hasta que no hayamos acabado el aeródromo del “Prao de los corchos”.
—¡Pero si aquí no viene ni una mísera avioneta! —protesta la de la estatua.
—Pues, para cuando vengan —cierra la discusión el alcalde.
Para entonces mi compañero está sobrepasado, debe temer que nos encontremos en la cafetería de un manicomio. Comienza a mirarme con recelo, como si pusiera en duda mi cordura.
En ese momento llega el camarero con dos copas de vino blanco en las manos y manteniendo en un equilibrio imposible un cuenco de aceitunas verdes. Deja caer todo sobre la mesa.
Sé que mi amigo odia el vino y yo no soporto las aceitunas. Trato de quitar hierro al asunto:
—En este pueblo la vida es sosegada. La convivencia es tranquila y sin sobresaltos.
A pesar de mi intento, veo que mi acompañante se va a quejar al camarero. No llega a hacerlo pues la voz de “El Tiras” se eleva sobre la algarabía.
—¡Hemos sembrado iniquidad y recogemos tumultos!
Demasiado estupor para que no se imponga una momentánea quietud.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El “echacuentas”

Mi abuelo Bernabé, a los nietos, cuando íbamos a la escuela del pueblo, siempre nos decía lo mismo, que todas asignaturas eran importantes, pero las matemáticas mucho más.
Y nos ponía un ejemplo, de un agricultor del pueblo, vecino y amigo suyo, solterón de nacimiento, y que cuando sacaban cualquier conversación, siempre andaba con lo mismo: este año, voy a coger tantos kilos de trigo, tantos de cebada, al precio que se pagan este año, cogeré tantas pesetas, si descuento todos los gastos, más los gastos de casa, me queda un ahorro, de tanto.
En el pueblo todos le conocían , no por su nombre de pila, sino por el mote del “ echacuentas”.
Llegó la jubilación forzosa, por la edad, al no poder trabajar las tierras, y como en aquella época los labradores no tenían pensión, lo único que pensó fue vender las tierras, y vivir el tiempo que le quedara de vida del importe que sacara.
Y vuelta la burra al trigo, que se dice en mi pueblo, el “echacuentas”, otra vez haciendo números, todo mentalmente, como lo había hecho siempre.
Contaba mi abuelo, que su amigo el “echacuentas” , calculó que viviría como mucho diez años, y repartió el dinero obtenido de la venta de las tierras para estos años.
Pero claro, nadie sabe el tiempo que va a vivir una persona, y él “echacuentas”, tuvo mala suerte, y vivió cinco años más de lo calculado, por lo que estos años que la vida le concedió a mayores, vivió de la caridad de los vecinos, siendo un poco el hazmerreír del pueblo, y mi abuelo nos lo recalca de ejemplo, de la importancia de las matemáticas, para que no nos pase, igual que a su amigo.
Cada uno que saque la moraleja de este pequeño relato, por cierto “verdadero”.

Luis Iglesias.
Grupo B


Silencio ahogado

René Ndengo contempla siempre el paisaje a la hora de la puesta de Sol. Es la única vez que encuentra algo de belleza en este páramo infinito y monótono, de campos de cereales que se extiende hasta perderse en el horizonte. El colorido de su tierra natal, los árboles de todas las formas y colores, la silueta picuda de las montañas entre nubes hinchadas y algodonosas; eso no es lo que más echa de menos, aunque le duela en el alma su ausencia y a menudo cierre los ojos para tratar de rememorarlos en su memoria. Lo que más sensación de vacío le genera es la persistencia del silencio, Allá en su aldea se despertaba con las conversaciones de las mujeres y así transcurría el día entre gritos de niños jugando, llantos y lamentos de ancianos por tiempos pasados, risas contagiosas de jóvenes y discusiones de adultos por menudencias varias, En esta nada interminable lo más parecido a un ruido humano es el viento de la mañana con su silbido. El resto del tiempo es un silencio ahogado.
Los días se suceden siempre iguales, uno tras otro. Nunca hay una mínima novedad, ni aparece algo diferente, una sorpresa que rompa con el tedio de la rueda maldita, el reloj, que no para de girar. No siempre fue así, sobre todo antes de llegar. René pensó al recibir la noticia del nuevo trabajo que era un privilegiado. Un auténtico chollo: labores sencillas, sueldo más que suficiente, nada de gastos de vivienda puesto se le proporcionaría una justo al lado de la macrogranja que tendría que gestionar. Lo único que chocaba era la ubicación. Una pequeña aldea en un rincón perdido de la meseta, a cincuenta kilómetros del núcleo urbano habitado más cercano. Evidentemente estaría sólo y eso es difícil de aguantar. Lo que no sabía es lo duro que es no hacer absolutamente nada porque todas las tareas están mecanizadas y robotizadas. El aburrimiento es una losa inmensa que te aplasta una hora tras otras hasta conseguir que el tiempo se convierta en un manto oscuro que te envuelve con su angustia hasta convertirte en un silencio ahogado.
Siempre que puede recorre lo que en su día fue un pueblo próspero y que ahora no es más que un cúmulo de casas semiderruidas. Pasea entre sus calles todas las tardes, cuando termina su trabajo y puede permitirse el lujo de salir de aquel edificio enorme e inmundo para salir a respirar aire. Se aleja lo más que puede para intentar escapar de ese apestoso olor a heces y cuerpos podridos de animales. Contempla cómo la naturaleza se abre paso entre las grietas y las ruinas, aunque es una naturaleza más bien muerta, típica de este paisaje extinguido que parece que le invoca desde la lejanía con su belleza. A veces incluso le ha parecido escuchar voces humanas, pero René sabe que son ficticios, fruto de una imaginación que lucha por no aferrarse a una realidad que le hunde en un silencio ahogado.

Maite BT
Grupo A


Enjaular el rocío

Las paladas de tierra martilleaban huecas al golpear el ataúd brillante de cerezo. Los sollozos de las mujeres, que no eran plañideras, se mezclaban con el aullido sordo que las hojas de los álamos coreaban al paso del agitado viento. Jimena era muy querida en el pueblo. Fausto, su marido, de pie, impasible, sin derramar una lágrima, miraba al hoyo mientras recordaba el día que conoció a la que había sido la compañera de su vida: Recién llegado, con la blanca bajo el brazo y un petate de color verde se presentó en el baile de las fiestas de Santiago Apóstol. Ella lo miraba con aquellos ojos color avellana y el pelo recogido en una trenza. Rogelio, “El Liebres”, se adelantó. Fausto, de porte recio lo apartó de un empujón. Ofreció con delicadeza su mano y la invitó a bailar. Olía a azahar. Sus manos eran suaves y tiernas. Ella quedó prendada de su uniforme.
Todo el pueblo había venido a despedirse de ella, hasta Roque “El Farias”, que no se dejaba ver en ningún sarao. Expresiones como: “Una buena mujer”, “Trabajadora y familiar”, “Servicial” habían sido las más repetidas en el pésame de los vecinos.
El cura se despojaba del roquete y la casulla mientras aguardaba el estipendio de los familiares.
Begoña, la benjamina, agarró su brazo:
—Vamos, padre. Se viene conmigo a la ciudad.
—Yo no voy a ningún lado —dijo sacudiendo el brazo del agarre.
—Hay que hacer algo con el viejo. No lo podemos dejar aquí solo —oyó susurrar. Un silencio frío se había instalado en su casa. Miró hacia la habitación. Cuántos momentos felices y, en un instante, todo había cambiado. Ella no tenía que haberse marchado. Era cuatro años menor que él.
Sus siete hijos habían nacido en esa cama. Observaba las paredes encaladas de color azul celeste. Encima del cabecero presidía el crucifijo, que compraron en la feria de ganado de la comarca, la primera vez que Jimena quedó encinta. Se fijó con detenimiento en el espejo de la cómoda. Hasta hoy no había percibido que estaba muy descascarillado, como si reflejara el interior de su alma.
Al día siguiente, una maleta, el bastón y un macho de jilguero que ya había perdido su impronta, se habían convertido en todas sus pertenencias.
Los perros, Sultán y Luna, se los había cedido a Anastasio, su compañero de caza. —Ata en corto a la luna, que si no estás pendiente de ella, te desarma las codornices —le advirtió con nostalgia. Miró por última vez la casa, el paisaje, la higuera, el portón.
Begoña le apremió para que montara en el vehículo. Fausto, con desgana, tenía la misma sensación que si hubiera sido llamado a filas de nuevo.
Dos horas más tarde llegaron a la ciudad. Tenía entumecidas las piernas, pero guardó silencio. Sin poder moverse, anhelaba la libertad de su jilguero, que podía saltar de un barrote a otro.
Los edificios a los lados de la avenida parecían termiteros verticales de hormigón. No había visto nunca edificios tan altos, ni tanto gentío. Debía ser día de feria, pensó. El cuello le empezó a doler de mirar hacia arriba. Una marea de vehículos se movía en todas direcciones, en una danza perfectamente coordinada. Un ambiente pesado, con olor a humo y aceite se apoderó de él. El ruido, constante e irregular, lo crispaba. Las personas desfilaban a su lado sin saludarle, ni dar buenos días, ignorando su presencia. Otros caminaban hablando solos a través de un aparato como el que también tenían sus hijos. Solos, como el Reinaldo, el tonto del pueblo, el de la Luisa, que se paraba a hablar con los árboles o las ovejas hasta que una mañana apareció muerto en el pozo de la señora Dolores. A nadie le extrañó.
No quería mostrar debilidad. Agarró la cayada con firmeza y se golpeó la espinilla, para que el dolor le mantuviera lúcido. Habían acordado enviarle a una residencia, pero Begoña se haría cargo de él por la suma que tenían que pagar. Estaba divorciada, con un hijo, sin trabajo. Y para rematar, su exmarido había dejado de pagar la pensión.
—Esta es la avenida de la casa. No te salgas de ella y no te perderás.
Perderme —resopló esbozando una sonrisa. —Conozco todas las cortinas, charcas, regatos y caminos de toda la comarca. Viendo la forma de una encina sé en qué zona estoy. ¿Quién te crees que sabe dónde crece la pamplina, los boletus y todas las charcas donde abundan las tencas?
Pasados dos días, Begoña recibió la llamada de la policía municipal. Habían encontrado a su padre desorientado. Al revisar su documentación encontraron su teléfono en un papel escrito a mano, con la leyenda «En caso de pérdida, llamar a...»
Una semana después, varias llamadas insistentes en el interfono del portal la alertaban de que el viejo estaba siendo arrestado por la policía. Recién salida de la ducha, con las zapatillas de andar por casa, una bata de felpa que tapaba lo justo y sin peinar, bajó aceleradamente.
A dos manzanas, Fausto, con el bastón que talló hace muchos años, de una rama de olivo, con forma irregular y un nudo en el extremo que servía de agarradera, amenazaba a una pareja de policía municipal que estaba pidiendo refuerzos ante la agresividad del hombre.
—¡Es mi padre! ¡Es mi padre! —gritaba Begoña mientras llegaba jadeando con su pintoresca vestimenta.
—Su padre estaba orinando en la vía pública —amonestó el guardia.
—Acaba de llegar del pueblo y no conoce todas las normas —se disculpaba Begoña.
—Lo siento. Es civismo. Será sancionado conforme a la ley.
Fausto miraba de soslayo a los vecinos, que curiosos observaban la escena. Un pastor alemán que paseaba uno de los mirones, orinaba sobre el granito de un portal a pocos metros de la patrulla municipal.
Los días pasaban. Fausto silbaba al jilguero pero éste ya no contestaba. Era el cantor con mejor trino que había tenido en su vida. Cuando llegaba el buen tiempo colgaba la jaula en el porche de granito y sus melodías se escuchaban por todo el pueblo. Pero ahora permanecía en silencio. Como él, siempre parco en palabras, aunque el cambio de aires acentuaba el mutismo.
A unas calles del piso de su hija había encontrado un parque que parecía el lugar más tranquilo de toda la ciudad. Un lugar que respiraba calma rodeado por edificios altos que simulaban los barrotes de una invisible jaula. Las mañanas despejadas, se sentaba y disfrutaba con los correteos de los gorriones, o con los mirlos que rascaban la tierra negra en busca de lombrices. Cuando no había ninguna atracción natural, fijaba su atención en los comportamientos de "los de ciudad". Una anciana con un pequeño problema de movilidad remolcaba una mochila repleta de libros, mientras el nieto que tendría ocho o nueve años, brincaba rebosante de energía, o el grupo de varones de su edad que hacían la ronda de bares bebiendo chatos de vino a diario hablando de trivialidades. O ese grupo de jóvenes sentados en un portal en silencio, cada uno mirando su pequeña pantalla.
Llevaba semanas sin hacer nada. En el pueblo siempre había algo que hacer. Pero aquí sentía que una soga invisible atenazaba sus brazos.
—Vete al hogar del pensionista. Apúntate a algún curso o actividad —le había dicho su hija.
Begoña había encontrado un trabajo a media jornada por las mañanas. Como su padre parecía que ya se había integrado, decidió incorporarse. Cuatro días después, el jueves, regresó a la hora de comer. Se encontró con el jilguero muerto, que yacía en el fondo de la jaula. Estaba sobre la encimera de la cocina. No había rastro de su padre. Su hijo no había llegado todavía. Hacía tiempo que no se perdía. A las cinco de la tarde comenzó a alarmarse y llamó a la policía. No tenían ningún reporte. Telefoneó a los hospitales, pero tampoco obtuvo respuesta positiva.
Esa noche no consiguió conciliar el sueño. Pensaba en su padre, perdido por las calles de la ciudad.
—A lo mejor ha vuelto al pueblo —le dijo su hijo.
A las siete de la mañana llamó por teléfono a Anastasio, el vecino de sus padres. Le confirmó que ayer apareció por allí. Se vistió y se fue a buscarlo.
A las nueve y media estaba frente al portón de la casa. Inspiró profundamente. Estaba abierta, como era habitual en los pueblos. Un silencio pesado habitaba en el interior.
—¿Padre? —exclamó mientras avanzaba a través de la cuadra hasta la cocina. A la derecha, la puerta de la habitación de sus padres estaba entreabierta. El bastón permanecía apoyado en el marco de la puerta. La empujó suavemente, sobre la cama reposaba su cartera, con la vieja fotografía que todos los días acariciaba y besaba con nostalgia. Una banqueta yacía en el suelo. Medio metro por encima unos pies colgaban inertes.

Max Ferlam
Grupo B


¡Qué alanto, hija!

Soy Sara Rodríguez Nieto, estudiante de 5º curso del doble grado en Educación Social y de Información y Comunicación, por la Universidad de Salamanca. De los seis créditos de la asignatura Educación de Adultos y Mayores, impartida por D. José Ramón Delgado Rubira, dos se obtienen por la presentación de un trabajo que incluya la entrevista a una persona de más de 75 años proveniente del ambiente rural. He pensado que mi abuelo materno, a punto de cumplir ochenta y ocho años, es la persona más adecuada, pues goza de una excelente memoria.

Entrevista a FERNANDO NIETO CAÑAMARES

¿Dónde y cuándo naciste?
Yo vine al mundo en San Pedro de Rozados (Salamanca) un 22 de septiembre de 1919, en el seno de una familia humilde, siendo el más pequeño de cuatro hermanos.

¿Cómo fueron tus primeros años?
Mi infancia se desarrolló en un ambiente totalmente rural, en la dehesa de Tornadizos, perteneciente al municipio de San Pedro de Rozados. De esos primeros años hay pocas cosas que reseñar, a no ser las travesuras y juegos propios de aquellas edades y la convivencia con mis tres hermanos, bajo la protección del cariño de nuestros padres, Santiago y Josefa. El señor Santiago era el montaraz o encargado de dicha finca, propiedad del marqués del Zarco. Mi madre, la señora Josefa, estaba al servicio de la señora marquesa del Zarco como primera doncella.

¿Fuiste a la escuela?
Sí, por aquel entonces recibimos una rudimentaria formación, limitada a aprender a leer y escribir, junto con las cuatro reglas aritméticas, de mano de un joven o “adelantado”, procedente de la escuela de Frades de la Sierra, que era contratado por las seis familias que vivíamos en la pedanía de Tornadizos.

¿Cuándo empezaste a trabajar?
Comencé a trabajar a los catorce años, como ayudante en las labores agrícolas y ganaderas de la finca con el tío Molinera, criado o temporero contratado para realizar las faenas propias del campo y que también colaboraba en las matanzas. Era un hombre trabajador y afable, al que llamaban así por su peculiar manera de tocar las campanas para llamar a misa los domingos, con un repique al ritmo de “molinera, molinera, parte pan, parte pan”. Además, era un maestro del arado, por la perfección con la que trazaba los surcos paralelos en las besanas de la finca.

¿En qué consistía vuestro trabajo?
Nuestro trabajo cotidiano era labrar la tierra, sembrar y recoger las cosechas, aguantando fríos en invierno y sudando la gota gorda en verano. También teníamos algo de ganado, yo era el encargado de ordenar a la “Rubia”.

¿Cómo era vuestra situación económica?
El marqués del Zarco le pagaba a mi padre unas treinta mil pesetas anuales, creo recordar, aunque con eso no teníamos ni para zapatos o botas. Además, recibíamos una escusa, que consistía en que podíamos explotar algunas parcelas para sembrar o apacentar con el ganado de nuestra propiedad, sin pagar renta por ello, como parte de la retribución convenida. Hambre no pasábamos, pero vivíamos en precario.

El 18 de julio de 1936 comenzó en España la Guerra Civil, ¿cómo te afectó?
El mismo día que se originó la guerra fui llamado a filas y me incorporé al cuartel del Regimiento de Infantería “La Victoria”, en Salamanca. Allí empezó mi calvario como soldado del ejército español durante seis años, 5 meses y 25 días. La guerra fue una sangrienta contienda que segó la vida de muchos conocidos y compañeros que se jugaron su vida sin saber por qué o para qué.
Durante el periodo de instrucción fui destinado al regimiento de transmisiones de Carrión de los Condes (Palencia), donde participé en un curso de radiotelegrafista. Tuve que aprenderme el alfabeto Morse en dos siestas. Poco después fui destinado a la 61ª División que operaba en los Pirineos, participando muy cerca del frente en el pico Campirme, a 2500 metros de altitud. Nuestro alojamiento consistía en una tienda de campaña con un catre de tablas viejas y una mugrienta manta, invadida de chinches y piojos, con un frío de mil demonios, menudas pelonas caían bajo cero. Nuestra misión consistía en comunicarme diariamente a través de la emisora de campaña con el cuartel general a través de mensajes cifrados, siendo cambiada la clave cada dos días.

La Guerra Civil Española finalizó el 1 de abril de 1939, ¿cómo viviste aquel momento?
Aquel día nos llegó por Morse un mensaje que decía algo de que “cautivo y desarmado el Ejército Rojo (…) la guerra ha terminado”. Así que cogí varios autobuses y algún tramo en camión y a pata, conseguí llegar a casa en Tornadizos. Recuerdo a mi madre abrazándome, después me sentó en una lancha en la lumbre y, según me iba quitando la ropa, la metía en un caldero de agua hirviendo, porque los piojos me salían hasta por las orejas.
Los ocho días que tenía de permiso me los pasé en la cama con unas fiebres sin causa aparente que me duraron hasta la víspera, cuando me tuve que volver al regimiento de transmisiones de Zaragoza. Para poder salir de paseo teníamos que dejarnos unos a otros las botas o los pantalones, porque el que tenía una cosa no tenía la otra. Después fui destinado a Barbastro (Huesca) y en el año 44 llegó por fin la orden de nuestro licenciamiento definitivo.

¿A qué te dedicaste después de la guerra?
Cuando acabó la contienda volví a Tornadizos para colaborar junto a mis hermanos en las tareas agrícolas y ganaderas. Pero poco después, a través del Instituto de Colonización, se produjo el traspaso de las fincas propiedad del marqués del Zarco a manos de los renteros. En la finca de Tornadizos se crearon cuatro lotes equiparables en extensión y calidad del terreno, siendo sorteados entre las cuatro familias. Así las tierras, en las que tantos sudores llevábamos derramados sin ser nuestra, a partir de entonces pasarían a ser de cada colono o parcelero. Nos tocó el lote considerado peor, por tener mucho monte, pero con tan buena suerte, que un mes después se presentaron allí unos ingenieros para hacer unas catas en el terreno y nos dijeron que aquellos terrenos baldíos tenían chelita en el subsuelo.

¿Por qué fue tan importante la chelita en vuestras vidas?
Porque nos pagaban cada semana bastante dinero por la extracción minera de la chelita o wólfram, que también lo llamábamos así. Era un mineral muy resistente al calor, por lo que se empleaba para el blindaje de los carros de combate de la Alemania nazi, en su guerra contra los rusos. Un años después, nos pagaron incluso más dinero, pues los Estados Unidos querían comprar la chelita a cualquier precio, con tal de que no llegara a los alemanes. No nos hicimos ricos, pero mejoró notablemente nuestra precaria economía.

¿Podemos decir que el dinero cambió vuestras vidas?

Sí, sin duda aquel acontecimiento cambió nuestras existencias… Mis dos hermanos mayores se vinieron a trabajar a Salamanca a comienzos de los años 50, Luis como como recaudador de contribuciones y Pepe con una parada de taxi. Pero yo seguí, más solo que la una, al frente de la explotación, ayudado por Juanjo el criado. Por aquel entonces ya habíamos conseguido mecanizarnos con un tractor y una trilladora. Recolectábamos más de mis fanegas de trigo y otros cereales, todo ello acarreado, trillado y aventado. Por entonces compramos nuestro primer coche por 68000 pesetas, un Matford V8 que iba como un tiro con sus ocho cilindros por las cuestas que me tocó subir pedaleando en bicicleta años atrás.

Poco después os vinisteis a vivir a Salamanca. ¿Cómo ocurrió?
En el año 1955 vendimos la finca y la maquinaria agrícola a un agricultor de Bañobárez y compramos nuestro primer piso en la calle Dimas Madariaga, en Salamanca. Nos costó 250000 pesetas. Una vez instalados en la ciudad comenzamos una nueva vida como empresarios en negocios en los que no teníamos ninguna experiencia, aunque sí una gran intuición y una gran ilusión. Nuestro primer negocio fue el garaje “Avenida”, en la avenida Portugal, lo que nos sirvió para iniciarnos en otras actividades relacionadas con el ramo del automóvil. Yo fui encargado del alquiler de coches sin conductor, negocio del que fuimos pioneros en Salamanca. En los años sesenta vendimos el garaje a la empresa Barreiros, y ese dinero lo invertimos en la compra de un solar en la carretera de Zamora, donde solicitamos la instalación de una gasolinera, siendo inaugurada el 29 de mayo de 1964, y de la que yo me hice cargo como gerente y administrador, tarea a la que me dediqué durante 33 años, hasta que me jubilé.

Al acabar la entrevista, abro Internet en mi portátil y tecleo “Campirme guerra civil” en Google. Él parece no entender, y se sorprende al ver la pantalla.

−Abuelo, aquí dice que el pico Campirme tiene 2633 metros de altitud. Le enseño algunas fotos y le leo que “se aprecian muchas estructuras de rocas, con trincheras y precarios búnkeres, pues fue parte de la línea del frente del Pallars de la Guerra Civil...”. Se acerca incrédulo a la pantalla.
−¡Qué alanto, hija! ¡Me parece imposible estar viendo donde yo pasé tanto frío!
Su voz se quiebra y sus ojos vidriosos se inundan de lágrimas. Trato de distraerle, y me acuerdo de la chelita.
−Por cierto, abuelo, qué es la chelita, nunca lo había oído.
−Búscalo en el “Gugle” ese de antes, a ver qué dice.
Le leo “expresión coloquial para referirse a la cerveza en México”. Escribo “chelita minería” y me redirige a “scheelita”.

−Se escribe S-C-H-E-E-L-I-T-A. Es un “mineral formado por wolframio y calcio (…) fuente fundamental de tungsteno (…) metal conocido por su alto punto de fusión y resistencia, utilizado en blindajes (…) es crucial para industrias aeroespaciales, electrónica y de armamento (…) su nombre proviene del químico sueco H.W. Scheele (…) su descubrimiento en 1783 supuso un adelanto en la carrera armamentística mundial”.
−¡Vaya con el Gugle! ¡Qué alanto!, como decía nuestro ayudante Juanjo cuando vio la primera trilladora.
−Abuelo, me ha encantado escucharte y aprender contigo cosas nuevas, ahora ya sé lo que son las besanas, el pico Campirme, la scheelita, el Matford de ocho cilindros…, pero sobre todo me ha impresionado tu capacidad de lucha, supervivencia y adaptación a lo largo del siglo XX. Muchas gracias, ¡eres un abuelo maravilloso!
—Gracias las que tú tienes, preciosa. Para mí también ha sido un honor ayudarte en tu carrera.

(Textos redactados a partir de las “Memorias de una vida”, escritas por mi suegro Fernando Nieto Cañamares, con fecha de mayo de 1997.)

Jesús García
Grupo A


Todos le señalaban con el dedo

En el año 1966 el cura párroco tenía un control absoluto de los vecinos, nos conocía por el nombre y familia a la que pertenecíamos. La iglesia estaba impoluta y bien adornada con flores casi todo el año. La limpiaban las jóvenes del pueblo, a las que el cura citaba públicamente delante de todo el mundo y las distribuía por meses. Aquel mes que yo estaba escuchando, al final de la misa citó los nombres de las afortunadas, y no se me olvidarán dos de los mismos: Escolástica y Celedonia. Pobres chicas, sus familiares las sabían estigmatizado para siempre; de todas formas, yo me enteré aquel día de sus verdaderos nombres, pues las conocía como Escoli y Celita, que suenan de otra manera. Las jóvenes, capitaneadas por la hermana del cura, dejaban la iglesia como “los chorros del oro” semana tras semana.
Todo el mundo acudía a misa los domingos. ¿Todos? No. Todos menos uno. Había un vecino al que conocíamos bien que no iba a misa, Aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo, era un técnico de telefónica, le conocíamos como “el telefonero”. Vivía en el pueblo con su mujer y un hijo. El hijo era más o menos de mi edad, pues coincidimos alguna vez en el baile. Las lenguas de “doble filo", comentaban por el pueblo que aquel individuo tenía dos familias, vamos, que era bígamo. Pasaba temporadas en el pueblo, con su mujer y su hijo y otras temporadas con otra familia a la que no conocíamos. Lo que tampoco llegué a saber era si no iba a misa porque no quería, o no iba, porque no se lo permitían. Los jóvenes cuchicheábamos que a lo mejor le habían “excomulgado” por bígamo, cosa que en aquella época era muy posible, o al menos eso pensábamos la cuadrilla de ignorantes que comentábamos aquellos “sucedidos”.
Esta historia de hace sesenta años hoy día habría pasado desapercibida, pues la escala de valores y el concepto de la importancia y gravedad de los casos y de las cosas es muy distinto al de antaño.

José Luis Fonseca
Grupo A


La historia de mi pueblo

Gomeznarro es un pequeño municipio de la provincia de Valladolid, situado al sur de la provincia, muy cerca de los límites con la provincia de Ávila.
Cuando yo nací y viví mis primeros años, en los cincuenta, Gomeznarro era un municipio con todas las de la ley. Tenía su propio ayuntamiento, su alcalde y una vida completamente autónoma en la Tierra de Medina del Campo.
La vida giraba en torno a los ciclos del campo. Eran años de mucho esfuerzo manual, en plena posguerra, donde las labores se hacían con fuerza animal, con burros, bueyes y mulas. El pueblo rozaba su pico histórico de población, las casas estaban llenas y las calles tenían la vitalidad de las familias numerosas.
Después llegaron los años sesenta y primeros setenta con la mecanización del campo y el éxodo rural. En los años de mi juventud, la llegada de los primeros tractores y cosechadoras cambió para siempre la forma de trabajar la tierra en la comarca. Al necesitarse menos manos para trabajar, la economía local dio un gran vuelco.
Como ocurrió en gran parte de Castilla, muchos vecinos, incluyendo a varios de mis amigos, y familias numerosas, tuvieron que hacer las maletas. Salieron hacia ciudades industrializadas, como Valladolid, Madrid, Cataluña y el País Vasco; algunos, a Francia y Suiza, en busca de un futuro laboral mejor.
A pesar de la pérdida de población, estos fueron los años en los que empezaron a llegar a Gomeznarro comodidades que hoy damos por sentadas: la expansión definitiva de la red eléctrica, la llegada del agua corriente a las casas, el asfaltado de las primeras calles y, más adelante, la línea telefónica.
Pero 1976 fue el año que lo cambió todo.
Este es, sin duda, el hecho histórico y político más importante ocurrido en Gomeznarro durante mi vida. Cuando tenía 29 años, a través del Real Decreto 1954/1976, de 16 de julio, el Gobierno ordenó la incorporación definitiva del municipio de Gomeznarro al de Medina del Campo.
A partir de ese momento, el pueblo pasó a ser una pedanía. Se perdió el ayuntamiento propio y la gestión de los servicios pasó a depender de Medina del Campo.
Con el estatus de pedanía y una población mucho más reducida, la vida cotidiana se fue adaptando tras la llegada de la democracia y en los años ochenta y noventa. La falta de niños llevó al inevitable cierre de la escuela local, teniendo que desplazarse los más pequeños a Ataquines y a Medina del Campo.
Gracias a su ubicación, a escasos 10 kilómetros de Medina y muy cerca del ferrocarril Valladolid-Madrid, así como también de la autovía A-6 Madrid-Coruña, Gomeznarro mantuvo una excelente comunicación, lo que facilitó que los vecinos pudieran ir y venir rápidamente a Medina para ir al médico y hacer las compras. Es cierto que quedó un consultorio médico, pero en días alternos.
Las antiguas casas de labor empezaron a ser restauradas, poco a poco, por aquellos que habían emigrado, transformándolas en residencias para los fines de semana y el verano.
Hoy en día, Gomeznarro es un remanso de tranquilidad durante los meses de invierno, custodiado por un grupo reducido y valiente de vecinos empadronados que mantienen vivas sus calles y su pueblo.
El evento anual más importante sigue siendo, año tras año, la celebración de las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Asunción, en torno al 15 de agosto. Durante esa semana, junto con la festividad de San Nicolás de Bari, patrono del pueblo, el 6 de diciembre, el pueblo resucita. Los pasacalles, el pregón, las chorizadas populares, los concursos de tortillas y la misa parroquial reúnen a los que fueron y a las nuevas generaciones, hijos y nietos, demostrando que el sentido de pertenencia sigue intacto.
Gomeznarro es el reflejo vivo de la historia reciente de Castilla y León. Puede que hoy tenga menos habitantes en invierno que cuando yo daba mis primeros pasos por sus calles, pero su identidad sigue viva en la memoria y en el corazón de quienes, como yo, lo siguen llamando “mi pueblo”.

Fernando Nieto
Grupo A


El tío Esquilas

La primavera había dejado el campo bien preparado para recoger los frutos sembrados el otoño pasado. Hace sólo dos días que has vuelto al pueblo para pasar el verano. Ahora empieza la rueda de las faenas en las tierras. Primero las lentejas, los herbales, que, si hace mucho calor, se caen de las vainas y ¡adiós cosecha! Apenas has empezado y ya estás deseando que termine.
Este verano será peor. Han apalabrado que irás de criado a otra casa: el dinero viene bien. Sólo tienes trece años y tendrás que trabajar con hombres: estás asustado. No eres un hombre, no quieres ser un hombre, todavía. No quieres escuchar las conversaciones de esos hombres sin alma, en las que todo es brutalidad e ignorancia y desapego con las mujeres y los niños.
Te han dicho que mañana a las cinco de la madrugada irás con la cuadrilla de gallegos a coger yeros. Vuelves a tu casa, que te parece protectora, pero temeroso, con el peso añadido de mañana y otros días que vendrán.
-Desde que te has ido a estudiar, no saludas- Te sorprende una voz anciana que sale de la tierra. Vuelves la mirada.
-Hola, señor Manuel – dices con la voz comida por la angustia. Ni siquiera te atreves a decir que no le habías visto.
- ¿Tú no me dices, el tío esquilas? Aquí la gente se acuerda más del oficio que del nombre.
Al señor Manuel otros le llaman el tío preguntas. Le gusta darle a la hebra con todo aquel que aparece por el pueblo. Todo lo quiere saber.
-¿Se te da bien estudiar? – oigo que me habla otra vez.
-Es más fácil aprender a escardar o a trillar que los nombres que le dan a las piedras y a las cosas que tienen dentro. Te salió así, de corrido, ¿Era eso lo que querías decirle? El Señor Manuel, curioso, sigue indagando.
-Pero ¿qué te enseñan los curas en el Colegio?
-Me dicen que estoy allí para aprender a mandar; que nos preparan para gobernar en el futuro.
-¿Y tú que dices?
-Yo no comprendo por qué nos dicen eso; yo no los entiendo.
El tío esquilas termina diciendo, como si fuera una letanía, en voz baja, cansado: -no hagas caso a los curas; estudia, lee lo que puedas y vete del pueblo; aquí solo quieren pobres y analfabetos.
Se levanta de la piedra en la que está sentado, poco a poco, como si su cuerpo se hubiera convertido en plomo con el peso de toda una vida, se va lentamente con su cayado, de nuevo relatando algo que no entiendes: -<mañana, mañana, lo haré mañana y así se ha pasado la vida, mañana, mañana>.
Esto es lo que recuerdas del último verano que pasaste en tu pueblo, del que durante demasiado tiempo quisiste huir y al que ahora, después de tantos años, has querido volver deseando recuperar aquello que ya no existe; sólo quedan sombras del pasado.
Abuelo, mi querido abuelo, esto es lo que me repites cada vez que te llevo a tu pueblo. Tu memoria se ha ido quebrando y solo guarda ya pequeñas esquirlas de lo que fue, en algún rincón de tu cabeza.

Gabriel Risco
Grupo C


El Pueblo que se desvaneció

En el corazón de Cuba, había un pueblo llamado Violeta, un lugar donde el sol brillaba con intensidad y la gente sonreía con facilidad. Con una población de alrededor de mil personas, Violeta era un ejemplo de comunidad y hospitalidad. Los vecinos se conocían por sus nombres, los niños jugaban en las calles y la economía florecía gracias a la agricultura y un central que producía azúcar de caña,, procesaba bagazo, mieles, alcohol y su cachaza residual.
La vida en Violeta era alegre y relajada. Los fines de semana, el parque central se llenaba de música y comida, y la gente se reunía para bailar y compartir historias. La tradición era importante, y los habitantes del pueblo se enorgullecían de sus raíces cubanas con matiz azucarera y el olor a
"melao de caña"
El "pito" de las once en la mañana del central, movía sus habitantes en diversas direcciones: salían los trabajadores q habían comenzado en la madrugada,, las amas de casa apuraban la comida y hasta los escolares se les oía decir
-maestra, son las once.
Pero un día, todo cambió. Un huracán político devastador azotó la isla, dejando a Violeta y todas las Violetas en ruinas, la fábrica de Violeta desapareció. La mayoría de los habitantes se vieron obligados a abandonar sus hogares y buscar refugio en otros lugares. La economía se derrumbó, y el pueblo se quedó sin recursos.
Años pasaron, y Violeta se convirtió en un pueblo fantasma. Las casas se cerraron, las calles se cubrieron de maleza y el parque al lado de la Iglesia se quedó vacío. La música y la risa desaparecieron, reemplazadas por el silencio y la desolación.
Solo quedaban un puñado de habitantes, entre ellos, doña Ana, una anciana que se negaba a abandonar su hogar. Ella recordaba los tiempos felices, cuando Violeta era un lugar vibrante y lleno de vida.
Un día, un joven llamado Juan regresó al pueblo, buscando reconectar con sus raíces. Doña Ana lo recibió con los brazos abiertos, y juntos se sentaron en el parque, recordando los viejos tiempos.
"¿Qué pasó con nuestro pueblo?", preguntó Juan.
Doña Ana suspiró. "La gente se fue, hijo. Se fueron en busca de una vida mejor, y nunca regresaron. Pero yo creo que el verdadero problema es que perdimos nuestra alma, nuestra identidad."
Juan miró a su alrededor, y por un momento, imaginó que podía escuchar la música y la risa, el pito del Central de los viejos tiempos. Se dio cuenta de que doña Ana tenía razón, y que el pueblo necesitaba recuperar su espíritu.
No fue fácil para Juan vivir esa desolación y saber que nunca más Violeta será el pueblo de su infancia, un lugar de buena economía, alegría y hospitalidad. La gente nunca más regresó. Doña Ana no está, se fue sin ver recuperada su pueblo e identidad.
Juan, se comunica con sus viejo amigos, ya añosos, y la nostalgia los consumen en la tristeza.
Sus hijos y nietos no hablan de azúcar, ni recuerdan el olor a miel, y mucho menos conocen la palabra cachaza de central; no esperan el "pito" de las once porque no hay fábrica de caña de azúcar, ni población; porque Violeta se secó como se seca una violeta.

Miram Esther
Grupo A

Campesina de cuentos (y poemas)

Esta semana dedicamos la sesión a la escritura Mercedes Aurora Blanco, una excelente cuentista y una notable poeta, con un gran palmarés de premios que respaldan su quehacer literario. Francisco Naranjo Llanos le dedica unas palabras en su artículo "Mercedes, ferroviaria, rebelde y poeta" y Mercedes Pérez la entrevistó para el blog Palabras Incendiadas. Podéis conocerla un poco mejor si os asomáis a estas mirillas.
Aurora no era muy amiga de camarillas literarias. La conocíamos quienes hemos transitado por diferentes recovecos literarios, quiénes hemos conocido su lugar natal y las gentes del mundo ferroviario. Pocos conocen su literatura, más allá de algunos cuentos que se difundieron en la prensa salmantina y algunos poemas sobre trenes o sobre la ciudad de Salamanca. Murió el 25 de enero de 2021. Su biblioteca se donó al Aula de Cultura de su pueblo, Aldehuela de la Bóveda, y algunos retazos de su vida y su memoria se mostraron en una exposición en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca.
Ella misma se escribía y describía así: Nací una madrugada de Reyes junto a los raíles del ferrocarril de la línea Salamanca-Frontera Portuguesa y fue, probablemente, el arrullo de los trenes el que encendió de fantasía mis sueños arropados por un monte de encinas que me impedían ver el horizonte tras el cual decían que estaba el pueblo del que oficialmente soy natural: Aldehuela de la Bóveda. Aunque no sé por qué razón me bautizaron en Rodasviejas. Crecí campesina de cuentos inventados al amor de la lumbre, furtiva vareadora de bellotas maduras, pueblerina de versos infantiles perfumados de humo. Luego pasó la vida apresurada y seguí desahogando los silencios escribiendo la voz que hería sentimientos. Ahora de tarde en tarde, cuando mi condición de proletaria lo permite, continúo insistiendo en la ingrata tarea de pintar la palabra de esperanza para vestir hermosa la oscura realidad.
Dejamos por aquí un par de textos. Quizá los que ya suman años recuerden en tras la lectura de este poema titulado "Ultramarinos finos" el escaparate y el interior de "Mantequerías Paco". El otro poema es uno de los muchos textos sobre los trenes que recorrieron la infancia y la memoria de Mercedes:


Ultramarinos finos

Los trenes circulaban a cien metros de donde yo vendía felicidad,
engolosinamientos mentirosos,
ilusiones de miel garrapiñadas,
colorines de azúcar como un sueño
brillando en el crujiente celofán,
violetas y bolitas anisadas
haciéndote de agua el paladar
a la niña que lamía los cristales
empañados de adioses y de besos,
que agitaba la mano de párvula viajera
en hueras despedidas que nadie recogía.
Marchaba el Ligerillo muy despacio
para que ella gustara los aromas
que le estaban prohibidos por decreto.
Era la tarde malva en la ciudad
sentada en los carteles del Cine Taramona.
La niña seguía el viaje
de regreso a sus pueblo
sin cines, con escuela, sin historia.



Trenes en la niebla

Los trenes que pasaban
llegaban y partían
pitándole al destino,
                descalabrando nieblas,
                rompiendo lejanías
                más allá de las nubes

Si te gustaron los dos cuentos que comentamos en el taller te recomendamos otros más: "Retorno a los orígenes" con el que ganó el 2º Premio del I Certamen de Cuentos "Premios Atenea" y "Deolindo el escuchador" con el que ganó el III Certamen de Cuentos "Premios Atenea".

Pascual Martín, compañero del taller de escritura en ediciones anteriores, me envió hace unos días este texto inédito de Mercedes Aurora que guardaba entre sus documentos. El título y la parte del final de texto estaban impresos en color rojo. Quizá sea un buen homenaje a la autora hacerlo público.


Nieve Roja

Nievitas Ojosgarzos se amonó al chupón y estiró los brazos hacia la lumbre que crepitaba enojosa esperas largas, bajo la troza de la chimenea. Sobre la trébede, el perol grande de porcelana roja, el de las celebraciones, humeaba vahos de guisos especiados con hierbas de la tierra y vino blanco. Por el tiro hollinado huía cobarde el humo asustado por el fuelle que avivaba el tizón del trashoguero, y levantaba las morceñas como gusanos volátiles. De vez en cuando se filtraban los copos insolentes, y se quejaba el fuego en un bisbiseo íntimo.
A Nievitas Ojosgarzos le recorrió la espalda un escalofrío como de varicela sin brotar. Arrastró el tajo hasta ponerlo en paralelo con el sillón de mimbre de la abuela, que a aquellas horas ya andaba traspuesta, con el rosario en su mano chota, parado siempre en la segunda cuenta del tercer misterio.
Nievitas Ojosgarzos apoyó su cabeza en el halda de luto de la anciana, cerró los ojos y comenzó a soñar con el abrigo rojo con capucha que aquel año le dejarían los Reyes Magos. Su madre le había dictado la carta, y su padre se la había corregido, porque ella todavía era muy pequeña y estaba empezando a aprender a leer y a escribir. La repasó por enésima vez:
"Queridos Reyes Magos: Me llamo Nievitas y he sido muy buena. Por eso os pido que me traigáis un abrigo colorado con capucha y una bufanda azul". Al llegar a este punto Nievitas Ojosgarzos protestó:
Yo quiero una muñeca como la de la Nines la del médico.
Su madre sólo dijo:
La pepona será para otro año, porque éste los Reyes van a venir muy pobres por eso de la guerra.
Nievitas Ojosgarzos no podía entender por qué en su corta vida los Magos de Oriente siempre estaban tan pobres para ella, y tan ricos para la Nines del médico y la Sole del Amo Nuevo. Sin embargo aceptó aquel abrigo que en sueños había visto hilvanar a su madre, incluso se soñó subida encima de la mesa, y su padre sujetándola mientras alguien le cogía el bajo y señalaba los huecos de las botoneras.
Saboreó el éxito de su abriguito rojo. Se pondría la capucha y saldría a pisar nieve por el pueblo, oyéndola crujir, que era un placer, hollándola con sus pisadas veniales, y la gente ya no la llamaría Nievitas Ojosgarzos, sino Nievitas Roja, como a Caperucita.
De vez en cuando, su madre removía el guiso del perol y se asomaba a la puerta con una impaciencia desacostumbrada. La mesa estaba puesta desde hacía una hora. Los hermanos mayores, a escondidas echaban un sorbito a la botella de anís y un trago del porrón puesto en el centro. Las hermanas colocaban las velas en las palmatorias por si un corte de luz, tan frecuente en aquellos días, las hiciera precisas. Las uvas lavadas reposaban en la mediafuente, contadas, 12 por cada uno, incluidas las tías y los tres primos huérfanos, total, 180. Y la pandereta junto a la zambomba esperaba caricias en la silla de enea, en la que descansaban las agujas de tejer de la abuela apuñalando un gran ovillo de lana azul.
Una ráfaga como de exhalación, rachando el tronco de una encina, sobresaltó los ensueños de Nievitas Ojosgarzos. Todos salieron a la calle oscura, sin luces en los postes. Hasta la abuela que apresuradamente empezó a pasar cuentas del rosario y se plantó en la letanía, que sólo suspiraba: ora pronobis, ora pronobis, ora pronobis.
Unos decían que el fusilamiento había sido más allá del Caozo del Sahogal. Otros que por el camposanto. Pero el tufo a pólvora ahogaba el aroma de los adobos de la Nochevieja.
La gente corría de un lado para otro. Su madre, sus hermanos, sus tías, sus primos huérfanos. Todos menos la abuela, que se quedó llorando empapando de lágrimas las cuentas del rosario.
Nievitas Ojosgarzos esperó a oír pitar al exprés, y a que el Sr. Repila, el jefe de estación tocara la campana. Aquella era la señal para empezar a comer las doce uvas. Pero el exprés no pito en toda la noche. Un no sé qué triste se le sentó en los párpados y le entraron muchas ganas de llorar. Se asomó a la puerta del corral y el resplandor níveo le cegó los ojos antes de echar a andar callejas abajo. Atollada en la nieve caminó sin rumbo hasta darse de bruces con las tapias del cementerio, junto a las cuales se agolpaba la gente llorando sin consuelo, cada cual abrazado a su muerto, cada cual maldiciendo al verdugo para dentro, cada cual renegando del dios que le inventaron.
Nievitas Ojosgarzos jamás hubiera imaginado que la nieve pudiera ser roja. Por eso se asombró, y comenzó a cogerla con sus manos. ¡Era nieve caliente, nieve roja! Y allí se quedó muda, amedrentada, contemplando la cara amarillenta de su padre sobre la nieve roja, y el rostro de dolor de su madre que la tomó en sus brazos, y apretándola fuerte contra el pecho le dijo:
Mi niña, esta Nochevieja no tendremos uvas.
Arregazó el día de año nuevo con un cielo gris nevando de hostigo y un silencio espeso mordiendo cruel la tristeza alojada en todas las esquinas de las calles sin nombre. Nievitas Ojosgarzos no se creyó la muerte de su padre porque no habían doblado las campanas, a pesar de que el caldero hirviera a borbotones en los llares tiñendo lutos ácidos, y de que la abuela suspirara sin rezar, y a su madre se le hubiera congelado la risa a la orilla de los besos.
Después fue sólo pena lo que llenó la casa. Ni villancicos, ni nueces con higos, ni música de cuchara en la botella de anís, ni turrón, ni pitido del exprés, ni campanilla del Sr. Repila, ni Reyes Magos, ni abrigo rojo, ni bufanda azul.
Los nietos se aburrían de oír cada Nochevieja el mismo cuento. Mucho antes se aburrieron los hijos. Solamente la nena más pequeña, le pedía:
Abuela, cuéntanos el de Nievitas Ojosgarzos.
Luego todos se iban, cada cual a su casa, a sus fiestas, a sus messengers, y ella se quedaba con su soledad. Y cada fin de año el mismo ritual: se tomaba la copita de anís para brindar con sus recuerdos, iba a la habitación, abría el baúl donde guardaba la ropa del esposo muerto, y del hondón oscuro sacaba el ovillo de lana azul atravesado por las dos agujas, y el abriguito a medio sobrehilar, lo acariciaba, rojo con la capucha, el que nunca llegó a estrenar Nievitas Ojosgarzos.


Propuesta de escritura

Escribe un texto relacionado con la tradición del Lunes de Aguas. Busca en tu memoria el mejor o el peor recuerdo de esta celebración con sabor a hornazo.
Si esta propuesta no te convence trata de escribir un texto sobre algún oficio olvidado, como el del obleyero, el afilador o el especiero. Muchos de ellos llevaban sus humildes negocios de casa en casa.
Si te interesa el mundo de las obleas te recomendamos el libro De obleas y barquillos de Marta Sánchez Marcos publicado por la Diputación de Salamanca en su colección "Páginas de tradición". Puedes descargarlo en el enlace.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Edelmira

Desde la primera vez que escuché su nombre, me pareció un nombre de princesa: "Edelmira, princesa de Jutlandia” Ni siquiera sabía donde estaba Jutlandia, pero ¡sonaba tan bien…!
Sin embargo, Edelmira, la real, no tenía nada de princesa, si no de una mujer corriente, trabajadora, que intentaba ganarse la vida como buenamente podía.
Menuda, de baja estatura, muy delgada, de manos pequeñas y rostro moreno, tostado por el sol, en el que destacaban sus grandes ojos azules y vivarachos.
No sabría calcular su edad, pero a nosotras, niñas en aquel entonces, ya nos parecía una persona mayor, de unos cuarenta años.
Sus vestidos, de rigoroso luto y el pañuelo también negro, que siempre llevaba en la cabeza, le hacían parecer aún más vieja.
En los últimos días del mes de agosto, cargaba con un gran cesto de mimbre repleto de moras, dulces y maduras. Recorría el barrio de arriba abajo, empezando por nuestra casa, que era la primera.
Cuando oíamos su voz potente y clara, desde el portal: ¡A la rica zarzamoraaaa!, mi hermana pequeña y yo, bajábamos las cuarenta escaleras, saltando los peldaños de dos en dos, por no perder ni un segundo.
Edelmira con sus pequeñas y diestras manos, volcaba con rapidez dos cacitos de moras en un cucurucho de papel de periódico, guardaba unas cuantas pesetas en su faltriquera y se despedía con un ”Gracias niñas, que Dios os lo pague y os dé salud”.
A finales del verano de 1967, no volvió nunca más.
Preguntamos en el barrio a todos los vecinos que la conocían. Unos nos dijeron que se había ido a Madrid a servir en una casa de señores muy ricos, otros que vivía en su pueblo natal, Cardeñosa, trabajando en una tienda de ultramarinos.
No supimos quién estaba en lo cierto, pero siempre nos quedó su recuerdo, dulce y suave, como el sabor de sus moras.

M.L.Fidalgo
Grupo C


El oficio que más me gusta

No, no soy de pueblo, pero de pequeño tuve una calle. La casa en la que nací y en la que pasé los primeros años era parecida a la de 13 rue del Percebe. Cinco alturas sin ascensor y cuatro puertas por rellano. En total veinte puertas y una azotea en la que el sol daba de plano. Los vecinos eran muy variados, quizás el más pintoresco fuera el Sr. Vicente, pintor de cuadros al óleo que en una ocasión atravesó un tabique común con mi casa intentando clavar una alcayata y tuvo el detalle de regalarnos una cuadrito para tapar el desconchón.
Mi calle se puede comparar con el pueblo de otros. Calculo que medirá, aún existe, doscientos metros de largo por veinte de ancho. Ese espacio era nuestro mundo y , en él, podíamos movernos a voluntad. Conocíamos a todo el mundo y todos nos conocían. Mi madre no tardaba ni cinco minutos en tenernos localizados.
En esos dos mil metros cuadrados discurría la vida. Cada bajo tenía una actividad: en un extremo la farmacia de D. Joaquín y en la otra esquina el kiosco de Frater donde gastabamos los pocos chavos que conseguíamos, un cucurucho de pipas nos alegraba una tarde de sábado; en el opuesto la carnicería de caballo y las bodega Tarrassó. De aquella bodega salía uno de los pocos coches que había en la calle, un Citröen impecable de antes de la guerra. Había además un taller que fabricaba muebles de tubo metálico y railite, un carpintero, un cañero que hacía cañizos, un hojalatero que nos compraba los botes de conserva vacíos como materia prima, un aparcamiento para bicicletas que regentaba la abuela de Paquito, un horno de leña en el que cocían pan, la cochera del taxi del padre de los mellizos; años más tarde coincidí con Milagros, la melliza,, era de mi quinta y tuve interés en conocerla más, pero pronto lo perdí.
No quiero aburrir con la enumeración de toda la actividad de aquella calle, únicamente añadiré la iglesia evangelista a poca distancia de mi portal en el que algunos domingos invitaban a los niños a horchata con rosquilletas.
Completaban estas actividades otros oficios ambulantes: el afilador con su rueda y su flauta, el pellejero que compraba las pieles de los conejos que se criaban en los corrales de las casas más antiguas, los vendedores de pescado con dos cubos colgados de un palo sobre los hombros al estilo oriental, el colchonero que vareaba y oreaba la lana, el que reparaba las sillas de enea que se colocaba junto a la fuente del mercado, el basurero con un carro tirado por un caballo, en realidad era un hortelano que se llevaba los desperdicios orgánicos para abonar sus tierras y una vez al año regalaba hortalizas a los vecinos. También los del coche fúnebre tirado por caballos con sus penachos negros y el túmulo acristalado donde se colocaba el ataúd, afortunadamente no venía muy a menudo.
Y, a partir de las diez de la noche el sereno; siempre lo encontrabas en el Bar Marempa en una perpendicular.
Al principio de la primavera visitaba la calle un trabajador especial, el pirotécnico. Las fallas eran entonces mucho más modestas. La “mascletà” se reservaba para el día de San José. Los otros tres días nos conformábamos con una traca que se colocaba en las fachadas de los edificios a una altura inalcanzable para los chavales que no osábamos acercarnos. En aquella época el respeto a los adultos no se cuestionaba. El mediodía se hacía esperar, cuando recibía la orden prendía la mecha y comenzaba la “disparà”; el pirotécnico la perseguía con una bengala encendida en el extremo de una caña para volver a encender la traca en caso necesario. Todos los chiquillos lo perseguíamos alborotados por aquel ruido insoportable.
Dejo para el final la profesión que quería desempeñar de mayor, cartero. Con su uniforme gris, su gorra de plato y su enorme cartera de cuero llevaba noticias de aquí para allá sin que nadie lo controlase, creía yo.

EMM
Grupo C


Un Lunes de Aguas atípico

Amanecía aquel Domingo de Pascua con un sol radiante.
Los primeros coletazos de la primavera se sentían en el ambiente. El aíre venía impregnado con aromas a jazmín y rosas y era tal la pureza que hasta te sentías indigno de respirarlo.
Aquel día las gentes del pueblo se preparaban para celebrar el tradicional encuentro con el que culminarían los santos oficios de aquella Semana Santa.
A eso de las doce del mediodía, todos se daban cita a la puerta de la iglesia y, desde allí, procesionaban en absoluto silencio.
La virgen, aún enlutada, avanzaba por un lado del pueblo acompañada por las mujeres. El niño triunfante, partía en dirección contraria arropado por los hombres.
A mitad de camino, en medio de la carretera, se encontraban madre e hijo, quedando a un lado la plaza y del otro el Ayuntamiento.
Con la virgen a los pies de su hijo las mujeres iniciaban un cántico tradicional mientras iban despojándola de su luto.
Primero el velo: Quita ese velo delante y deja ya de llorar, que el que murió en el madero ha vuelto a resucitar.
Después el manto: Quita ese manto de pena tortolita congojada, que viene el verbo divino a visitar a la rosa.
Así, la virgen deslumbrante con su velo y su manto blanco inmaculado, recorría junto a su hijo las calles del pueblo en procesión.
Pero, en realidad, si algo esperábamos con ansia los niños del pueblo era lo que venía después de comer.
Aquella tarde celebrábamos nuestro particular “Lunes de Aguas”.
A eso de las cuatro nos dábamos cita en la plaza del pueblo. Cada uno llevábamos algo para merendar preparado por nuestras abuelas y nuestras madres; a saber: tortilla de patatas, jamón, chorizo, chocolate y no faltaban la Fanta y la Coca-Cola que en raras ocasiones nos dejaban tomar, pero esta era una de ellas. No obstante, si había algo que a mi particularmente me gustaba era el hornazo de azúcar que tía María, la panadera, preparaba con destreza.
Y así, cargados con todas estas viandas nos encaminábamos a un “prao” y, sobre la hierba verde, rodeados de margaritas y pequeños insectos, dábamos buena cuenta de tales manjares. Allí, en nuestro particular reino, pasábamos la tarde entre risas y juegos hasta que el atardecer mordía con sombras los rincones conocidos de aquel campo. Era hora de volver a casa lo que significaba el fin de las vacaciones de Semana Santa y la despedida de aquellos amigos que habían venido a pasar esos días al pueblo.
Hoy traigo a mi memoria aquellos momentos vividos como un gran tesoro. Aún resuenan en mi cabeza las risas, los cánticos, la imagen de esos niños que nada temían y que irradiaban felicidad por cada poro de su piel. Pero, es curioso como las sensaciones, las vivencias, los sentimientos van cambiando. Ya no me provoca tanta emoción esa tarde de merienda como el hecho de revivir cada año ese encuentro. En ese momento, con esa madre y ese hijo frente a frente, me falta gente. Una lágrima resbala por mi rostro y mi pecho se inunda de tristeza, melancolía y alegría a la vez.
Entonces comprendo que mi particular “Lunes de Aguas” no era solo una merienda con amigos. Que mi particular “Lunes de Aguas” escondía una historia, una tradición envuelta en canciones, en gestos, en silenciosa devoción.
Y cada año me encuentro a mí misma en ese encuentro reviviendo mi historia, mi tradición, mi particular “Lunes de Aguas”.

Verónica S.S.
Grupo C


Colchonero

La llegada de la primavera se podía ver por cualquier rincón. Las golondrinas hacían piruetas en las mañanas luminosas, el campo se cubría del manto multicolor de flores silvestres y hombres y animales recuperaban los bríos renovados. Nadie permanecía ocioso, porque las tareas del campo, de los oficios o de la casa, postergadas por los rigores del invierno, no podían demorarse más.
Era el momento adecuado para dar vuelta a los colchones y hacerles recuperar el mullido y la fragancia que habían ido perdiendo a lo largo del invierno. En todas las casas esperábamos la llegada de los colchoneros, encargados de revivir el alma de la lana apelmazada por el paso de los días y de los cuerpos.
El oficio, arrinconado por la llegada de los colchones de muelles, era necesario para sanear un elemento tan importante para el descanso. Aunque en principio pudiera parecer sencilla, se trataba de una tarea que requería pericia y esfuerzo. Había que descoser los colchones, lavar la tela y varear la lana, para nuevamente reconstruir de forma adecuada todo el conjunto. También requería de material específico: las varas de sauce o de avellano, el cordel, las agujas de colchonero y todo lo necesario para dejar renovado el colchón, con su forma bien elaborada y su acogedor mullido recuperado. Todo ello incluía el vareado de la lana para deshacer las borras apelmazadas, acompañado del siseo —sh, sh, shhh— de las varas que desenredaban el relleno. Una vez eliminado el polvo, los ácaros y demás inmundicias acumuladas, debía procederse a extender la tela, colocar la lana y reponer con lana nueva lo perdido por el uso. Después de doblar la tela para cubrir el relleno, tenía que volverse a coser todo el conjunto con una costura sencilla o elaborando un burlete (a la inglesa), que dejaba una longaniza de lana por las dos caras alrededor de todo el colchón. La labor se completaba con el cosido de las cintas (ocho en los colchones pequeños y doce en los de matrimonio), que de forma geométrica sujetaban la lana en su posición, manteniendo la forma del colchón. Las cintas se pasaban de un lado a otro a través de los ojetes metálicos, con una aguja de colchonero y se ataban en ambos lados con una lazada.
Una vez finalizada la tarea, el colchón quedaba rehecho como un rectángulo dispuesto a dispensar su cobijo para el descanso, el sueño y otros placeres.
Aunque todavía quedan algunos artesanos, que con nueva maquinaria y trabajando a distancia ofrecen el servicio de renovar los colchones de lana, nunca volveremos a contemplar el vareado de la lana a la llegada del buen tiempo, como se hacía en otros tiempos y cuya imagen yo tengo guardada en mi retina de niño.

Manuel Medarde
Grupo A

 
La cabra y la escalera

Llegaron al mediodía, cuando toda la gente se disponía a ir a misa. Era una troupe formada por tres carromatos. De allí salió un montón de gente oscura, desaliñada, que nos miraba con descaro. Eran siete adultos y diez o doce pequeños. Nada más fijar las carretas soltaron a los chiquillos, que echaron a correr en estampida. Se acercaron a las puertas de la iglesia para vernos más de cerca y, sobre todo, para que los viéramos a ellos. Los del pueblo los observábamos con desconfianza y cierto temor. A nuestros padres no les gustaban los extraños, decían que siempre distorsionaban la calma habitual. Pero nosotros, aunque con recelo, los recibíamos con expectación, justamente con la esperanza de que removiesen nuestra rutina.
Por la tarde ya tenían dispuestos los carros en un semicírculo con el que demarcaban su espacio. Nadie iba a entrar en él, por supuesto. Se trataba de una regla no escrita pero clara para todos. Enviaron a los niños a recoger tarmas y piñas para preparar un fuego y a las niñas a recorrer las viviendas. Se presentaban en la puerta de las casas y soltaban la retahíla que llevaban aprendida: “me dice mi madre que si me puede dar un huevo para la tortilla” o “me dice mi abuela que si le sobra una patata para el puchero” o algo similar. La mayoría de las señoras le daba algo de comida o algún producto para prepararla, siempre por encima de lo solicitado. Era una forma de responder caritativamente, pero, sobre todo, de “evitar que nos roben, si se encuentran necesitados”, decían.
Los gitanos, que es así como les llamábamos, sin distinción alguna, eran una atracción para todos, pero más para la chiquillería del pueblo que, con gran imaginación, nos contábamos entre nosotros historias sobre ellos. Unas veces eran pura quimera, otras se basaban en relatos que habíamos oído a los mayores. Con ellas creábamos misterios que nos hacían temblar o, por el contrario, concebíamos cuentos hilarantes que nos entretenían. Nuestras alucinaciones tenían mucho que ver con la cabra que tenían atada a una escalera. En esa bestia, a pesar de ser un animal corriente de nuestra tierra, veíamos al mismísimo belcebú. Y sobre el fantaseábamos. Por eso esperábamos con expectación la actuación pregonada para la noche.
A la hora anunciada, sacamos las sillas a la plaza y, algunos, también la cena. Los gitanos habían preparado una especie de escenario cerrado con sábanas a modo de cortinas. El pueblo entero se había dado cita al aguardo de un espectáculo que, al parecer, iba a ser “lo nunca visto”. Y lo fue, porque al poco de salir la cabra al escenario para subirse encima de la escalera, llegó la guardia civil y nos mandó a todos a casa, y a la troupe, “a seguir su camino”.
 
M. Maximina Moreno. 
Grupo B


Viajes a Castilla

Sobrina de ferroviario, nieta de madre de ferroviario, infancia visitando una casa al lado de la vía, conoció el sonar del traqueteo, horarios , temblar del tendido cuando se acercaba la hora que indicaba su paso cercano.
Empezó a amar el tren y se convertiría con el tiempo en el medio de enlace con su futuro y ciudad de adopción.
Cuando fue mayor sus idas y venidas, cargadas de kilómetros e historias empezaron a abrir un mundo distinto que le llevaron a amar las costumbres del lugar,
El lunes de aguas le pareció una celebración, imposible de rehuir y así año tras año no olvidaba coger ese tren, largo, lento, cargado de historias y personajes que le aportaban alegría y mucha curiosidad, no experimentada anteriormente.
Como era de un lugar diferente, no había pueblo donde ir a celebrarlo, pero mejor, peregrinó por distintos lugares, distintos manjares y conoció las distintas maneras de ir y venir, paisajes diferentes, y un ambiente más festivo y alegre que el inicio de un nuevo trimestre.
Y así fue como esos viajes se convirtieron en el nexo entre el lunes de aguas, festividad que no podía perder bajo ningúna excusa y el futuro , continuando para siempre y hasta la actualidad con la tradición.

Carmela
Grupo A


El primero

Andrés llevaba solo unos meses en Salamanca adonde había venido a estudiar una carrera. Tenía diecisiete años y un corazón aún sin arañazos.
Había visto a la chica rubia varias veces en el bar donde acudía con sus compañeros de curso. Se dejaban caer por el Casino al acabar las clases, cuando la ciudad perdía su sábana de niebla y todo parecía despertar.
En su pandilla y en la de ella algunos habían compartido pupitres o canchas de juego. Esa coincidencia dio ocasión a ir más allá de las miradas y a conocer su nombre: María. Ella, más atrevida y locuaz, le hizo algún comentario banal. Andrés parapetaba su timidez tras un gesto distante y, tal vez, adusto. Sin embargo, ella descubrió de inmediato el disfraz de su inseguridad y lo abordó con la certeza de que no se atrevería a huir. Le obligó a compartir una palomita, ese pincho de ensaladilla rusa sobre una corteza de maíz.
—Es demasiado grande —se justificó María.
Nunca la había probado, pues detestaba la patata cocida, pero aquella vez, y desde entonces para siempre, creyó que era el manjar más delicioso. Casi tanto, pensó, como el labio de ella ribeteado de mahonesa. Se relamió sin darse cuenta mientras una sonrisa se le asentaba en la boca destensando su ceño fruncido.
No sabía si ya estaba enamorado de ella o solo de la excitante posibilidad de estarlo. El corazón se le echó a correr anticipando los abrazos. Durante esos instantes fue feliz sin decir nada, tan abstraído en su sueño que apenas entendió su alegre parloteo. «Lunes de Aguas» fueron las tres últimas palabras que había escuchado y que habían dibujado en la cara de la chica un signo de interrogación.
—¿Qué es eso? —balbuceó inseguro, al borde de un abismo.
Ella le explicó la tradición anual por la que todos en la ciudad escapaban al campo a comer el célebre hornazo.
Él temió haber perdido algún tren. Dudó sin atreverse a preguntar, pero entonces María sonrió entrecerrando sus ojos azules y le ofreció el billete hacia el cielo.
—¿Te vienes?

Pepe Lorenzo
Grupo B


Un Lunes de Aguas perfecto

Empieza la mañana del Lunes de Aguas y el cielo de Salamanca amanece un poco gris. Es uno de esos días de primavera en los que el tiempo no termina de decidirse.
Al principio, el grupo debate a dónde ir. Algunos proponen ir a la orilla del Tórmes o a Valcuevo para sentarse bajo los árboles, tal y como manda la tradición. Sin embargo, al sentir un airecillo frío, todas las personas llegamos a la misma conclusión: el mejor plan es ir a mi parcela.
Al llegar, la casita nos recibe como el refugio perfecto. Mientras algunas personas aprovechan para charlar fuera porque aún no llueve, dentro ya se está preparando lo importante. Sobre la mesa, el rey indiscutible del día: un buen hornazo, dorado y crujiente, que inunda toda la habitación con ese olor inconfundible a lomo y chorizo.
De repente, empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Lejos de estropear el plan, nos da la excusa perfecta para meternos todos en la casa. Al calor y a cubierto de la lluvia, cortamos el hornazo. Entre risas, anécdotas y el sonido del agua golpeando los cristales, nos damos cuenta de que no hay mejor lugar para celebrar. Fuera hace frío, pero dentro, con el estómago lleno y en buena compañía, el día es simplemente inmejorable.

Fernando Nieto
Grupo A


Hoy no

Era lunes. Lunes de aguas. Había amanecido claro y soleado. No era habitual. En mis recuerdos abundaban los días marcados por la lluvia y el mal tiempo, que nos obligaba, para no romper con la tradición, a comer el hornazo a resguardo. Pero esa mañana había comenzado de manera inmejorable. Un día despejado coronado por un sol que presumía en todo el horizonte.
Las máquinas rugían, devorando las tareas pendientes. Estábamos concentrados para terminar lo antes posible.
Mi café todavía humeaba cuando, un poco después del mediodía, un parpadeo nos despertó de nuestro trance laboral. Medio instante después, un silencio oscuro inundó la estancia, sin aviso, sin permiso.
—Hoy no —murmuré mientras salía con el teléfono móvil para avisar a la compañía eléctrica.
La tenue luz de las luminarias de emergencia transmitía un blanco pálido que se ahogaba en la penumbra envolvente. Mis pulsaciones se aceleraron ante la inesperada avería.
En el exterior, la oscuridad desapareció, pero la quietud se mantenía presente, silenciada únicamente cuando transitaba algún vehículo.
Como si de una escena ensayada se tratara, los vecinos de los locales contiguos se asomaban mirando hacia todos lados, buscando respuestas. La coreografía se repetía en las ventanas de los edificios colindantes.
—Ha sido en toda Salamanca. En Santa Marta están igual —oí decir.
El rumor, unido a la imposibilidad de comunicarme, me convenció de que no terminaría el trabajo en plazo.
Incluso el tiempo se vio alterado por la avería. Los segundos discurrían más lentos de lo normal. Calculé que cada minuto duraba entre tres y cinco minutos eléctricos.
—Ha ocurrido en toda España. Mi tía en Málaga está en la misma situación —me comunicó un cliente.
Miré el hornazo que con tanto esmero había preparado mi madre, como hacía todos los años. Envuelto en papel de aluminio que no conseguía atrapar su olor a manteca, chorizo y pimentón. Removía mis entrañas desde que lo trajo a primera hora de la mañana.
—Hoy no —murmuré.
Unos minutos después, me asomé al exterior. Un corro de ocho personas se había formado a veinte metros. Recordé el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Me acerqué, sonrisas forzadas, risas inquietas. Dos comerciantes alentaban el grupo, mientras que otros dos jaleaban expresiones como: “la mochila de los tres días” o “es cosa de Putin”.
Miré el reloj. Solo había pasado una hora.
Una vecina movía los brazos rápidamente, y se atropellaba con sus palabras. No podía abrir la puerta eléctrica de su garaje, y necesitaba ir a buscar a sus hijos al colegio. Otro vecino comentaba que su padre llevaba una hora atrapado en el ascensor de su edificio, en un tercer piso.
En la calle nadie paseaba, los transeúntes se movían con celeridad, con determinación. Los que estaban parados, giraban sus cabezas a la misma velocidad.
A las dos de la tarde el sol parecía burlarse de nuestra fragilidad como sociedad. Me dirigí a mi domicilio en vehículo, pero el caos circulatorio era considerable. A la ausencia de semáforos se había unido el éxodo masivo para disfrutar de la tarde de fiesta. Sin semáforos. Sin cobertura. Sin instrucciones.
Poco más de una hora después regresó el adorado fluido eléctrico. La “vida” reinició. Los teléfonos móviles, las redes de datos, la televisión, el frigorífico, la vitrocerámica, la cafetera. La electricidad trajo consigo un invisible ruido que me acunaba.
Un poco después, degustaba el sabroso hornazo, acariciado por el sol. Calmado, reflexionaba sobre cómo se había rasgado la epidermis de nuestra sociedad durante tres horas. Como si del tráiler de una película se tratara: “Próximamente en sus vidas”.
—Hoy no, pero cualquier día... —murmuré.
Al caer la noche ya hablábamos de otros asuntos.

Max Ferlam
Grupo B


Soneto del lunes de aguas.

Ríe el Tormes bajo el sol de abril,
se alzan mantas sobre los verdes prados,
y el vino en labios roza, desatado,
promesas que despiertan el candil.

No es lunes gris de tedio juvenil,
que arde en Salamanca un pulso alborotado;
el hornazo se parte, y a su lado
se enciende alguna risa más febril.

Cruzan miradas con picardía cierta,
la brisa alza las faldas sin recato,
y el campo guarda un eco de osadía.

La tarde cae, la hierba está despierta,
se anudan manos, lento arrebato.
Lunes de aguas: pan, vino y rebeldía.

José Luis Fonseca
Grupo A


El vareador de colchones

Sentía el aroma de aquel barrio con forma de pueblo, de calles estrechas, refrescas nocturnas y conversaciones apiñadas a las puertas. La Pepi , La Fefi y mi abuela María, eran la lista de espera, la cita previa de que --te lo haga a tí primero--. Y entonces llegaba el. El señor Beli, el colchonero. Llevaba una vara larga de mimbre (el decía que era de avellano), para eso era vareador y sabía. En su cabeza un moquero con cuatro nudos y entre sus dedos amarillos un cigarro, versión pitillo atrofiado. Como un ritual, extendía una manta de tiras de tela en aquella tierra que sería acera, y el abuelo Amador sacaba a empujones desde el dormitorio, el colchón cubierto de una tela roja con dibujos orientales blancos y unos lacitos estrellados que salpicaban alineados. Un descosido cuidadoso dejaba al descubierto una lana de rizos y bucles
rubios, apelmazada por el peso de los sueños de tantas noches. El recuerdo de un silencio y el director de orquesta comenzaba a varear la batuta con precisión. Sinfonía de ácaros, ordenados en el haz de luz como notas de melodia, saltaban en lenguaje musical perfecto. La vara flexible emitía un 《fiu, fiu, fiu》y las manos acorchadas de Beli separaban la fibra, y aireaba cada bucle de la lana. Tras la criba esponjosa, el vareador extendía la tela de nuevo y con parsimonia y una aguja larga y fuerte de coser, unía aquellas cintas estrelladas y encorsetaba aquel colchón que después lucía mullido y vigoroso. Diez pesetas sin impuestos, una propina para patucos y una cerveza de la caja azul, aplaudían al vareador de orquesta sudoroso por la actuación.
Con el tiempo supe que Beni tuvo muchas hernias discales. Lo malo de ser vareador.

GuADAlupe
Grupo C


50 sombras del lunes de aguas

El día anterior al lunes de aguas, para mí, fue más importante que el propio lunes.
Lo recuerdo perfectamente, tarde del domingo, dando vueltas con los amigos de entonces por la plaza mayor, cruce con otra pandilla de chicas, igualmente paseando, pero en sentido contrario, el más atrevido del grupo a la segunda vuelta de encontrarnos, las para y las comenta si al día siguiente querían venir con nosotros a pasar el lunes de aguas.
!Bingo!, El lunes a las tres de la tarde, andando, todos juntos camino de la Aldehuela, nosotros con tortilla de patatas, patatas fritas y limonada, ellas algo parecido, el hornazo ese día no apareció.
El destino pienso que es caprichoso, allí conocí a la que fue mi mujer, todos me decían que una me miraba mucho, y yo pensando en el examen del miércoles.
Cincuenta años después, en la consulta del médico, una enfermera curaba a mi mujer unas heridas en la pierna, el día después del lunes de aguas; la agarro el brazo cariñosamente y la preguntó si había ido a comer el hornazo, la contesto que si había estado con unos amigos en el puente romano, y con una sonrisa en los labios, la dijo “ mi marido y yo llevamos 50 lunes de aguas juntos”.

Luis Iglesias
Grupo B


Zagal a mucha honra

Escribo desde esta celda llena de pulgas, a la espera de un juicio que casi seguro me llevará al garrote vil. No creo que me sirva para evitar la pena capital, pero quiero contaros mi historia.
Nací en Caboalles de Abajo, un pequeño pueblo de la montaña leonesa. De pequeño fui a la escuela hasta los nueve años, y aprendí lo suficiente para leer y escribir, así que no me defiendo mal si tengo que agarrar un lápiz. También doña Manolita me enseñó las cuatro reglas básicas, y ya con nueve años comencé a subir de motril a cuidar el rebaño que teníamos en casa. Nunca se me dieron mal las matemáticas, me acuerdo de un día que nos pusieron un problema para calcular el agua que cabía en una charca de veinte metros de ancha, yo hice un dibujo y por aquello de poco más de tres veces la medida del diámetro se lo averigüé a mi manera, de modo que la maestra se sorprendió de cómo lo había resuelto. Unos días después se fue a hablar con mi padre para decirle si tenía pensado que me fuera a León a estudiar, pero él tan solo le dijo que tenía otros planes para mí. Después dejé de ir a la escuela, pues casi siempre tenía que ayudar a mi padre atendiendo las vacas, los caballos y las ovejas.
Realmente no llegué a acabar ese curso, pues por mayo, cuando se pasaron las nieves, mi padre me dijo que ya era mayor para ganarme el jornal. Me tocó subir como ayudante del pastor Bonifacio, para atender a los caballos y las vacas en la braña de Espiniechas. Todos los días había que ordeñarlas a primera hora y el Boni, como le gustaba que le llamaran, bajaba con la leche hasta el pueblo, mientras que yo me quedaba entre aquellas chozas de teito y los corrales del ganado. También se bajaban las cántaras con la leche del ordeño de la tarde, que se guardaba en las otseras para que se mantuviera fresca por la noche. Durante el día, me subía con el ganado hasta donde empezaban los riscos, dejando las praderas cercanas a las cabañas para la siega por julio, y así guardar la hierba seca para el invierno. En los cinco meses que estuve en la braña, de mayo a noviembre, solamente vi a mi madre en tres ocasiones, cuando bajé al pueblo, con el burro Rucio -que no me hacía mucho caso, la verdad- para coger algo de pan y algún mandado. Estuve a las órdenes de Bonifacio, que era de Villager de Laciana, y hacía todo lo que él me pedía: vete a la fuente y llena la cántara, suelta a los terneros, aparta al carnero, busca leña para el fuego, trae el cubo para ordeñar… Lo que más me gustaba era tomar las sopas migadas de leche con pimentón, y lo que menos una vez que me picó una víbora en el tobillo mientras dormía. Se me hinchó mucho y me entraron náuseas y un sudor frío, pero el Boni me apretó para que saliera el veneno y me puso un emplaste de barro, tranquilo que de esta no te mueres.
Por las noches algunos días bajaban los pastores de las brañas de Regueira y Las Sosas, que estaban por el valle arriba, y rápido se organizaba un calecho alrededor de la lumbre. Se contaban historias, nos reíamos y a veces terminábamos cantando, animados por el vino de la bota, que corría de mano en mano. Estuve con el Boni durante tres veranos, la verdad es que le cogí cariño, pues siempre se portó muy bien conmigo. Cuando nos bajábamos cada uno a su pueblo, al empezar los primeros fríos o llegar las primeras nieves, siempre me pagó algunas perras, para que te compres un capricho me decía. Recuerdo los abrazos de mi madre el primer día que volvía, me apretaba contra su regazo y no me soltaba en un buen rato, farfullando ay mi Adrián del alma, que eres muy chiquito para andar por esas brañas; mi padre le reprendía con un más le vale aprender lo que es la vida, así se gana su jornal como vaqueiro, aunque solo sea lo comido por lo servido.
Como buen aprendiz de pastor, después de aquellos tres veranos, con doce años recién cumplidos, pasé a ser zagal, por lo que me tocaban las tareas más fastidiosas que nadie quería hacer: hacer las sopas, preparar las pellas para que comieran los perros… Mi padre decidió, en mala hora, ponerme a las órdenes del tío Marcial, mayoral que había subido con mil quinientas ovejas desde Extremadura. Me dijo, tú ya sabes el oficio, así que te bajas con él, para ayudar con las merinas, por el camino de la Plata hasta el pueblo de Almonte, en Cáceres. Así podrás atender la escusa, que en mi caso eran dieciocho ovejas y una yegua donde llevar mis bártulos. Atravesamos Babia, Luna, de ahí a Villadangos, luego La Bañeza, ahí se cruzaba el puente de La Vizana que daba nombre a esta cañada real y se salía a Benavente, se cruzaba el Duero por Zamora, después se continuaba a Salamanca, Béjar y Plasencia, y de ahí a Almonte. Me impresionó el puente romano de Salamanca, que tenía en el medio un toro de piedra, y el Juanillo me dijo, date la vuelta y verás la Torre del Gallo, yo nunca había visto nada igual. Recuerdo cada jornada siempre recibiendo órdenes del mayoral, que siempre me chillaba tú, zagal, atrás, no te distraigas y arrea a las borregas. Así que me tragaba todo el polvo que iban levantando, algunas veces ya no aguantaba más y me paraba a toser. El tío Marcial era un tipo seco, de pocas carnes, el Tuerto le decían, pues había perdido el ojo izquierdo en una reyerta de taberna. Yo le tenía mucho miedo, no me gustaba el gesto de su boca torcida, rodeada de una barba poblada, en medio de aquella tez curtida por el sol, surcada por el viento.
Al frente del rebaño iba el Juanillo, con el cargo de compañero, y en verdad hacía honor a su puesto, buen compañero y mejor persona, siempre chistoso y pendiente de mí, o al menos así me parecía. A su vera caminaba constantemente mi querido Ringo, el mejor mastín, que encabezaba aquella ordenada comitiva, después los mansos tocando sus cencerros o esquilones, a continuación, las mil quinientas merinas, atendidas por otros ayudadores y sobrados, más perros y delante de mí las tres yeguas hateras cargadas con todos lo que pudiéramos necesitar durante tan largo viaje. A veces me dejaba jugar con Ringo, pero me advertía no le aprietes mucho la carlanca, que se puede asfixiar. Lo que más me gustaba era cuando atravesábamos los pueblos o ciudades, yo nunca había visto tantas casas y esas iglesias o catedrales tan altas. Cada poco hacíamos un alto, sobre todo cuando los cordeles o veredas eran malos de pisar, con mucha piedra suelta, polvorientos, y parábamos a reponer fuerzas en los abrevaderos y descansaderos. Recuerdo que salimos un veinte de septiembre y llegamos un cuatro de noviembre, en total cuarenta y tres jornadas. Un día de mucho calor, el terreno estaba muy seco al pasar por Malpartida de Plasencia y me arranqué a toser y llorar, me entraron arenillas en los ojos, y me tuve que parar, cuando se me acerca el Tuerto a caballo y me dice vaya mariquita, pareces una zagala, no vales ni para el frío ni para el calor. Yo no supe qué responder, se me encogió el alma, y gracias que se acercó el Juanillo, deja al muchacho, no ves que es casi un niño, bastante que aguanta sin quejarse, como un campeón.
Allí pasamos los meses de otoño e invierno, la verdad es que extrañaba el frío de mi tierra leonesa y no vi la nieve. Las dehesas de invernada tenían buenos pastos, y de vez en cuando íbamos a Almonte para comprar algún cerdo, pan, vino, aceite y algo de ropa de abrigo. Para pagar a veces nosotros les vendíamos quesos, lana, alguna pelliza y varios corderos. Las noches las pasaba en un chozo enorme, con teito de paja de centeno, acompañado de Tomás el rabadán, que era un tipo silencioso de día, aunque roncaba a menudo. Los otros pastores de la cuadrilla dormían cada uno en un chozuelo de palos, que se iba moviendo siguiendo a las ovejas que iban ocupando nuevos pastos. Eso sí, cada mediodía todos los pastores acudían puntualmente a nuestro chozo para compartir la comida y comentar las vicisitudes del día. Así pasé mi primeras navidades fuera de casa, aunque con mi nueva familia en la que ya tenía algunos amigos, y todos me trataban bien, con alguna gracia al ser el más pequeño de la cuadrilla.
El tío Marcial, como era mayoral, dormía en el pueblo próximo, y cada mañana volvía para el desayuno de migas con torreznos, para supervisar cómo iba todo; yo cada vez que lo veía venir se me revolvía el estómago. Un día me enteré que cobraba 3000 pesetas al año, a mí aquello me pareció un capital enorme, sobre todo en comparación con mi sueldo de 260 pesetas, y lo que era más injusto es que el rabadán, que realmente era el responsable del rebaño tenía un salario de 700 pesetas.
En el viaje de regreso a casa, todas las noches me acordaba de mi madre y de los abrazos que me esperaban a mi vuelta al calor del hogar. Una noche, habíamos pasado la Peña Larralde, cuando nos llegamos hasta una dehesa donde pastaba el ganado bravo. Era una finca a la que llamaban Calzadilla de Mendigos, con las gallinas alborotadas entrando y saliendo del corral, que debían barruntarse algo, cuando se desató una tormenta que nos obligó a hacer noche en un corralón enorme, bajo techo. Había truenos cada poco, por lo que no lograba conciliar el sueño, cuando se me acerca el Tuerto y me susurra, zagal, hazme un hueco que estoy helado. Sentí su aliento a mugre y sudor en mi cogote; el refrán dice que los pastores huelen a sebo, y debe ser verdad. Otro trueno, cada vez sonaban más lejanos, cuando noto que bajo la manta empieza a tocarme mis partes, seguro que ya se te pone dura, yo no sabía dónde meterme, me quedé inmóvil, agazapado como una liebre, y él me baja los pantalones y oigo su apestosa voz, ven acá que te tengo ganas, empezó a jadear como un galgo y yo no hice ni dije nada del miedo que le tenía. Al rato se fue, mordí la manta con los dientes y me quedé llorando. Los días siguientes permanecía siempre atrás, evitando encontrarme con el Tuerto, hasta que pasó junto a mí, pero como si no me viera, como si yo no existiera. El Juanillo, que algo se debió oler, se acercaba a mí con bromas, y me decía anda, si parece que ahora le ha comido la lengua el gato. Y así, fueron pasando los días hasta llegar a Caboalles de Abajo, allí estaban mis padres a los que llevaba sin ver desde finales de septiembre. Me agarré a mi madre y no quería soltarla, alguna lágrima se me escapó, me miró fijamente y me preguntó qué te pasa, tú tienes algo, que bien lo sé yo. No me atreví a contarle lo sucedido con el Tuerto y es un secreto que fue creciendo conmigo.
Siempre viví en casa de mis padres, atendiendo las tierras y el ganado de casa, y en verano me subía a la braña de Espiniechas o de Regueira; nunca más quise saber de la trashumancia. Jamás volví a ver al Tuerto, hasta la semana pasada, recién cumplidos los veintidós años, cuando me lo tropecé cara a cara en las fiestas de Rabanal de Arriba, lo encontré algo más viejo, aunque tan delgado como entonces, la barba canosa y con esa mirada aviesa. No le quedó otra que saludarme hombre zagal, cómo has estojado; pero era tal el odio que le tenía que apreté los dientes y sin mediar más palabra me acerqué hasta él, el inconfundible olor a sebo, saqué la navaja y le pegué dos puñaladas en el costado, bramó como un cordero, hincó las rodillas en el suelo y le pegué una patada en la cabeza, maldiciéndole hideputa… se cayó contra un muro y del golpe que se dio perdió todo el sentido, yo no quería acabar con él, la verdad, solo darle un escarmiento, pero tuvo mala suerte y allí quedó, mirando boca arriba, con el único ojo que tenía. La gente empezó a chillar y rápido se presentó una pareja de guardiaciviles, que me arrestaron y me llevaron preso al calabozo de Villablino, y aquí estoy esperando que llegue mi sentencia de muerte. Pronto me pondrán el collar al cuello, y el verdugo apretará hasta romperme mis vértebras cervicales.

Jesús García Esponosa
Geupo A


El lobero

El mismo día de taller ya imaginé el tema del texto. Me resultaba grato pensar en el abuelo Adrián sentado en un tajo reponiendo las pernalas en el trillo tras acabar de verano. Esos pequeños trozos de pedernal, la simetría con la que estaban incrustadas en la madera, el filo navajero y cómo conseguían trocear la mies en la parva siempre me han producido una seducción gratificante. Pero empecé a mirar, a consultar cosas, y me pudo la llamada de lo salvaje. Apareció Juan Bravo, el lobero jurdano, y derrotó a la serenidad del abuelo. ¡Otra vez será, abuelo!
Juan era, allá por 1911, el más famoso cazador de lobos de la comarca y él, "aquel vejete pobrísimamente vestido... con palabra torpe, y con gran cortedad" contó a los viajeros cómo era su oficio.
Su padre fue cazador de lobos y el hijo siguió sus pasos. Hizo la primaria acompañando al padre por lo más quebrado de la sierra, por senderos y vericuetos, mientras aprendía la jabla de los lobos, diferenciando el ladrido estridente del ronquido quejumbroso, la llamada de la loba en celo, los débiles gruñidos de los lobatos. Superada esta etapa vino el bachillerato de emitir esos sonidos de forma casi idéntica para engañarlos. Licenciado en filología lobera su doctorado fue un continuo perseguir, observar, localizar dónde se preparaba la guarida para la futura camada y coger esos cachorros de los cubiles en los riscos más escarpados aprovechando la ausencia de los lobos adultos. Los lobeznos se guardaban en un saco y se salía a escape. Luego se exhibían en los Concejos y alquerías próximos solicitando una limosna como premio a la destrucción de las fieras. La limosna era la vida. Pero las crías, separadas de la madre, no viven más de siete u ocho días. Y enseguida se reemprende la caza porque los lobatos permanecen en los cubiles unos dos meses y había que repetir el proceso tantas veces como se pudiera. Alguna vez ocurrió que fue perseguido por la loba y esto sólo había una forma de afrontarlo: la espalda amparada contra una peña, un capotillo enrollado en el brazo izquierdo, navaja en la diestra y esperar la acometida mientras apuñalaba a la fiera y la abrazaba en un cuerpo a cuerpo salvaje, del que Juan era el único en levantarse.
Al final Juan obtuvo el más alto grado académico: La cátedra en subsistencia.
Por si alguien quisiera negarle los méritos conserva todos los títulos. Los lleva siempre con él. Impresos en su piel. Brazos, pecho y espalda están escritos con cicatrices de arañazos y mordeduras. Surcos profundos, costurones de toda una vida de penurias huyendo de la gazuza, de la hambruna que pasaba de padres a hijos.
Tal vez a esos títulos les faltó un sello oficial.
Cuando Juan murió supimos cómo era su casa: En un ángulo formado por dos peñascos había hacinado unas pizarras y construyó su guarida. Dentro había un montoncito de patatas, un fuego apagado al que había arrimado un puchero desportillado y sin asas. El suelo cubierto de helechos putrefactos y en un rincón una colchoneta rellena de paja y un manta destrozada.
Unos cincuenta años después el oficio seguía existiendo. En mis recuerdos de infancia, fácilmente erróneos, está el de haber visto en el Rebollar un lobero que iba pidiendo limosna como hacía Juan Bravo. El de mis recuerdos llevaba sobre un asno una piel de lobo adulto rellena de paja y la mostraba de pueblo en pueblo. Iba acompañado de un mastín con una carlanca que me impactó mucho más que la piel del lobo.
Quiero creer que la desaparición del lobero representa el final de una "espantosa miseria colectiva", el intento de acabar con "modos de vivir que no dan de vivir".

Nicolás Castillas
Grupo A


Vivir bajo un puente

María se sentó en el pretil del puente. Desde allí podía observar al muchacho. Su agilidad para hacer piruetas con la cabra, la fascinaba. Llevaban solo tres días acampados bajo el puente romano, y desde el primer momento la muchacha se fijó en ellos. Le gustaba su vida ambulante, sabía que iban de un sitio a otro, en su carromato, ganándose el sustento con la música y las piruetas del ovino.
Se oyó una voz llamando a Gabi y el muchacho ató la cabra y desapareció bajo el puente. Desde ese momento, María soñaba con su vida ambulante entre los carromatos de los gitanos. Sus canciones la acompañaban. Soñaba recorrer el mundo trajinando con las mulas, visitando tierras lejanas y ayudando a Gabi para conseguir más piruetas de la dócil cabra.
Ahora escuchó una voz familiar que gritaba su nombre. Su madre la requería en casa. Esta le recriminó que se pasara tanto tiempo observando a los gitanos. María no comprendía a los mayores. Deseaba ser como Gabi, libre, y dormir cada noche bajo un puente diferente.
El domingo por la tarde, se arremolinó la gente para contemplar el espectáculo gitano. Hubo canciones, bailes y una actuación espléndida de la cabra guiada por Gabi. María se había puesto su vestido de domingo, su madre le hizo una preciosa trenza y así, con sus mejores galas acudió al festejo.. Le dio al muchacho una moneda cuando pasó a su lado con la gorra en la mano. Este la miró y sonrió.
A la mañana siguiente, el campamento había desaparecido. Desde entonces han venido varios carromatos que acamparon bajo el puente romano. María siguió soñando con su vida itinerante, por esos mundos, durmiendo siempre bajo los puentes al lado de Gabi.

JB
Grupo C


La inquina del relojero

¡Matías, maldito seas! ¡Impostor malnacido, usurpador mediocre, “trepa” sin talento y sin escrúpulos! Todos los días observo tu atalaya, bastión inalcanzable, torre infinita de rojos ladrillos, en la mismísima Puerta del Sol. Imagino tu sonrisa cínica y nerviosa y tu hablar tembloroso con esa voz de mandril amaestrado, aunque tú no seas más que una rata apestosa de cloaca. Tres kilómetros tan solo nos separan, pero una frontera invisible nos mantiene a años luz de distancia el uno del otro. Yo me hundo cada día un poco más en mi pequeño taller, un sótano recomido por la humedad, con un intenso olor a podredumbre y a agonía, oscuro como tu alma, pequeño como tu decencia.

Se pasan las horas rápidas cuando mis manos andan enredando entre minúsculas tuercas, engranajes y cadenas. El tic tac de los segundos me abraza con su rítmica sonoridad. Es una melodía que me arrulla, me ofrece confianza; es mi hogar, una isla de paz y calma en un mundo que me desprecia, lleno de gentes que no valoran el talento. Observo cada día sus caras recelosas al ver mis manos negras y manchadas, fruto de horas de intensa actividad con las máquinas más precisas jamás inventadas por el ser humano. A una velocidad de vértigo soy capaz de encajar decenas de piezas del tamaño de un grano de arroz con precisión milimétrica. El aceite impregna mis dedos dejándolos resecos, pero no por ello menos habilidosos. Sin embargo, los clientes se quedan con lo superfluo: la suciedad extendida por mi piel, las uñas negras, los cortes y arrugas en las yemas. Lo demás no les importa, qué panda de mediocres insensibles incapaces de reconocer el genio que hay en mí. Sí, es cierto, Matías, yo tengo ese don, ese algo especial que hace que unos, con el mismo trabajo, sobresalgan sobre la masa de los que lo intentan pero no lo consiguen.
Ya nos lo decía nuestro padre a los dos, que no parecía que yo tuviera cinco dedos en cada mano sino diez. No se me escapaba ni una. Allí andábamos, enredando con las reparaciones, buceando en el corazón de hierro de aquellas esferas, destripando sus entrañas metálicas. Tienes que reconocerlo, yo era muchísimo mejor que tú. No solo era más rápido. Tú te liabas cada dos por tres confundiendo el minutero con el segundero; el primero giraba sin parar transformando las horas en periodos de pocos minutos mientras el segundo se quedaba quieto, o moviéndose en un sentido u otro según le viniera en gana. Menudas broncas te llevabas. Papá no paraba de gritarte “inútil, vago, inepto…” entre otras lindezas bien merecidas. Mientras, yo además de reparar relojes construía nuevos a partir de los desechos y las piezas inservibles. No sólo eso, acuérdate de que era tan habilidoso que construía todo tipo de maquinaria, incluyendo autómatas capaces de realizar cualquier tarea. ¿Te acuerdas de aquel que construí con tamaño humano que era capaz de escribir cartas de amor? O el reloj de cuco que cantaba melodías de todos los rincones del mundo según diera la hora del meridiano correspondiente. En el gremio era bien conocido, con apodos y sobrenombres de lo más elogiosos: el pequeño Mozart de la relojería, el genio de diez años constructor de autómatas y robots. Tú no eras más que el hermano que siempre me acompañaba a concursos y eventos profesionales, el pobre que tiene que lidiar con un superdotado en la familia.
Entiendo que fuera duro para ti. Quizás por ello acumulaste tanta inquina hasta transformar tu corazón en un ente oscuro y frío, tanto como las máquinas que tú construías, que eran duras moles de hierro incapaces de funcionar. No te culpo por ello. Te quedaste sin el don pero con la envidia. Por eso empezaste a comportarte de esa manera: ya que no podías manipular maquinaria al menos que pudieras manipular a las personas, debiste de pensar. Y bien que lo conseguiste. Con tu sonrisa aduladora, tu cara de corderito inocente, derrochando primero pena y luego una simpatía apestosa por aduladora y edulcorada. Ahí estabas tú, relacionándote con los demás, peloteando a los superiores, arrancando dineros a los ricos, suplicando favores a los poderosos, mientras yo hacía todo el trabajo invisible en el taller.
Lo conseguiste, Matías. Eres el número uno, el más conocido y famoso de los relojeros, aunque los del gremio sabemos que eres un inútil. Lo has conseguido no por tus méritos sino por tus malas artes y tus argucias, trepando y bregando. Tienes el mejor puesto, el sueño de los que amamos y compartimos esta profesión: relojero de la Puerta del Sol, nada más y nada menos. Durante unos minutos al año eres el amo, la máxima autoridad. Los millones que habitamos en este país te observamos y estamos pendiente de tu trabajo. Son solo unos minutos en los que reinas sobre todos nosotros.
Mala sombra te oculte en esos instantes del tránsito de un año a otro. Yo sé que algún día fracasarás. Ahí estaré, observándolo, y por fin seré yo el que sonría. No será una sonrisa falsa como la tuya. La luz del talento iluminará mi cara y así recordarás que este no es país para gusanos incapaces como tú. Matías, no quieras que avance el tiempo, no quieras que los relojes marquen el devenir con su incesante ritmo. El momento que más angustia y vergüenza te va a provocar, tirando tu carrera por la borda, está al caer. Tiembla, porque está más cerca de lo que piensas. Lo sé perfectamente. No en vano yo también sé simular y recurrir a las malas artes cuando es preciso. Una sonrisa cínica no me viene mal de vez en cuando, sobre todo para que un inconsciente como tú acceda a enseñarme lo que le pido simplemente por orgullo, estupidez o ignorancia. He estudiado en profundidad la maquinaria que manejas; conozco los fallos y los defectos que tú nunca podrías detectar, que precisamente no son pocos. De este año no pasa. Si mis cálculos son correctos, y ya sabes que en cuestiones de calcular tiempos soy el mejor, en la próxima Nochevieja será cuando falle estrepitosamente.
Y ahí estaré yo, Matías, contemplando cómo te hundes en la miseria. Y esta vez sonreiré por fin, pero de verdad.

Maite BT
Grupo A


Por oficio, NANA. Nana María

Era yo una niña de diez u once años cuando llegamos a vivir a la calle Mar Caribe en el Country Club de Guadalajara, Jalisco, mi ciudad, allende el inmenso océano Atlántico, allá en el México de los primeros años de mi vida.
Al lado de mi casa se ubicaba la casa de la familia Fernández del Valle. Era una casa enorme, con un amplio jardín, poblado de bugambilias. Una alta barda de piedra separada su casa de la nuestra y al frente de ambas, en la acera, una gigantesca jacaranda pintaba de tonos lavanda, con sus pequeñas y preciosas florecillas, las primaveras.
En casa de los Fernández del Valle servía una mujer mayor, muy mayor, a la que todos llamaban Nana María. Había sido la nana de la señora de la casa y de sus hijos. Era gruesa, bajita, redondita e iba siempre vestida de negro y con un delantal a cuadros que hacía juego con sus pantuflas, también de cuadros, que calzaba todo el tiempo.
Ella, en esos años, se encargaba de atender a los nietos de los señores Fernández del Valle, que los visitaban en su casa cada tarde y, de paso, a toda la palomilla de la cuadra. La pandilla se reunía a jugar siempre después del colegio, en el parque más cercano o en algún patio de la casa de cualquiera de nosotros, entonces, Nana María nos acompañaba a todos, con su andar lento y su voz pausada, en nuestras travesuras y nuestras correrías. Nuestras respectivas madres nos confiaban a su cuidado sin preocupación alguna. Reía con nosotros y se entusiasmaba con nuestros juegos. En alguna ocasión, formamos un grupo de teatro y ella fue nuestra más ferviente seguidora, nuestra fan más fiel y nuestra incondicional aplaudidora.
Había ocasiones en que nos acompañaba a la piscina del club y luego nos llevaba a comer al pequeño restaurante al aire libre que estaba al lado de la misma, a atiborrarnos de dulces, refrescos y demás cosas que amaban los niños de aquellos tiempos; Hamburguesas, pizzas, chocolates, helados y pasteles.
Nana María era dulce, era gentil y suave como una madre, una madre que nunca tuvo hijos y que cuidó siempre de los hijos y de los nietos de otros. La llevo en mi corazón como ese recuerdo amado que guardamos de nuestra infancia y nuestra adolescencia.
Cuando llegó el tiempo de dejar aquella casa, aquella calle, aquel barrio, aquella vida, Nana María desapareció de nuestras vidas, como desapareció nuestro pasado.
Adiós Nana María, gracias por este recuerdo tan gentil de mi antigua vida y por permitirme contar a mis compañeros de taller, acerca de tu vida y de tu noble oficio: Nana.

Esperanza García
Grupo A


El carrito azul

Era un sueño otoñal recurrente que también podía abarcar los largos inviernos de inclemente frío estepario.
Con solo imaginar el carrito con sus dos grandes tapaderas niqueladas, refulgentes al sol de julio, la saliva inundaba mi boca y mi cuerpo comenzaba a caldearse.
Todo ocurría tras el silencio de la siesta, cuando parecía que la canícula no iba a darnos respiro.
Entonces aparecía Esteban, con su rostro atezado por el estío en contraste con su blanco delantal, otrora inmaculado y una gorra semejante, empujando su carrito azul con ruedas recauchutadas de bicicleta.
Provocaba el abatir de persianas y las carreras de los niños que, como polillas a la luz de una farola, se dirigían hacia el lugar de donde partía la convocadora voz de Esteban, con una única moneda envuelta en sudor de puños apretados.
Tras la compra, varios de los congregados nos sentábamos en cualquier punto de la polvorienta calle donde halláramos una sombra, que nos pudiera brindar el imperceptible regalo de una brizna de aire.
Comenzábamos el lento degustar de aquellos manjares, mientras contemplábamos como Esteban se alejaba, empujando su carro, en busca de otro enjambre de niños.
Paladeábamos,mirándonos los unos a los otros, comparando el tamaño o la opción elegida en un respetuoso silencio, solo interrumpido por el ruido sordo de los lametones, los rechupeteos o los sorbos.
Cuando los cucuruchos o los polos ya estaban por la mitad, volvíamos a oír, pero ya en los confines de la calle, aquel promisorio voceo: «¡al rico helado mantecado! ¡polooos, polos frescos de limón y menta!»
Solo el saber que al día siguiente volvería, era como un canto diario a la ilusión.
Hubo otros muchos otoños intempestivos e inviernos crudos, en los que la sola imagen del carrito azul consiguió deshacer los más helados témpanos de mi interior.

Calgari 
Grupo A


Tras la tormenta

El trueno sonó como una estampida de toros, porque en Villoría de bisontes no saben. De toros sí.
Un segundo, tal vez dos, a tres no llega; un rayo atraviesa como una centella la iglesia.
La parroquia llena hasta la bandera, no es un día de bares; es un día de silencios, de rezos a media voz. El rayo según entra, sale. Como un milagro, como una fugaz visita de Dios.
La iglesia durante unos minutos, que bien podían haber sido horas queda en un mutismo absoluto. El cura levanta la vista al cielo y se tienta la negra sotana. Todo bien.
Los hombres que ocupan los bancos de atrás, como manda la tradición, desentumecen las extremidades, más por el susto que por otra cosa. Buscan a sus familias: mujeres, hijas, madres, hermanas…
La nave central de repente despierta y bulle de forma desmesurada. Los chiquillos ríen, lloran. Y ellas, las mujeres, ataviadas con sus enlutados vestidos y mantillas, y con las rodillas despellejadas de tantas horas arrodillándose. Alzan sus rezos y la vista al Señor muerto en la cruz, que preside el altar mayor. Nunca un jueves santo fue tan santo.
La Semana Santa no da lugar a celebraciones, pero el pueblo de Villoría, agradecido como es, decide que de alguna forma debe de solemnizar el día en el que salieron indemnes de la tormenta.
Por consenso entre autoridades y el obispado se fija, un año después, el lunes siguiente, al final de la Semana Santa, como día conmemorativo. Así el lunes de aguas pasa a ser la fiesta chica del pueblo.
Mientras el resto de salmantinos celebra la vuelta a la mundana vida a orillas del Tormes, en montes o prados. En Villoría se celebra la vida misma, la vida con mayúsculas, la Fiesta del Voto, donde no falta la solemne misa, los toros y los bailes de salón.

Eva Hernández
Grupo A


Hay lunes buenos y los hay regulares

Contesta Willie Colón en relación a un amigo o, no tan amigo, porque hemos puesto la radio con la entrevista empezada: “no salían las cuentas porque faltaba un churumbel”, lo dice con un tono y acento caribeño auténtico aunque, él se crio en el Bronx, “¿entiendes?”. “Mujeres”.
María nos ha dejado en la avenida, a dos cuadras de nuestra casa y hemos aprovechado para hacer memoria: falta un churumbel, era una canción de Peret, y ¿no decía aquello de una y dos son tres y trece dieciséis?. No, no, era: una y una dos, dos y una tres no sale la cuenta porque falta un churumbel.... y justo cuando ya nos despedíamos en el vestíbulo de la finca, ella para la izquierda, yo para la derecha, me ha llamado y me lo he cantado; ¡Ay, Tani Tani mi Tani! ¡Ay, Tani Tani mi Ta! !Ay, Tani Tani morena gitana mas buena no pude encontrar! ¡Una y una dos, dos y una tres, no sale la cuenta porque falta un churumbel!.
Por lo demás, uno de Los Lunes más asombrosos que he vivido en SALAMANCA fue el de 2025, “¿pur cuá?” ¿por “el apagón”? ¡No, mi negra!, por la normalidad que se respiraba a las cinco de la tarde. A esa hora taurina, casi casi, ya andaba la gente nostálgica de un quizás con formato de APOCALIPSIS, el miedo nos duró treinta minutos menos que la incertidumbre. Un día de sol espléndido.
Yendo para atrás en el tiempo y sin ánimo de regodearme en la nostalgia, prima de la ingesta alcohólica, otro Lunes de Aguas raro raro de Celsius y raro de to, fue aquel de 1985 ,o, 1986, ¡vete tú a saber!. Aquel año nevó en abundancia y mi hijo y yo que vivíamos en un ático céntrico ideado para el portero del edificio, o sea nada chic y con calefacción escasa, recibimos la visita de dos mujeres compañeras, no sé de qué, del padre de mi criatura que venían a disfrutar de una merienda al aire libre. Aquella tarde de “lunes de nieves” mi hijo que por aquel entonces era muy inteligente me pidió pisar descalzo la nieve acumulada en la terraza y, después de no mucho insistir le abrí la puerta, le quite los zapatos y los calcetines y lo dejé experimentar, un baño de realidad que se dice.. Miguel tenía entonces dos años, acabábamos de llegar de Canarias, su parque había sido la playa. Supongo que nuestra terraza cubierta de nieve , toda blanca, le recordó a esa playa. Nosotras desde la casa lo observábamos. No sé que descubrió pero no se cogió medio catarro ni ese día ni en los meses posteriores. Y aquellas dos mujeres que aportaban un bebé (faltaba un churumbel) se excusaron y se fueron benditas de Dios. No teníamos hornazo, pero, las croquetas me salieron riquísimas.

Araceli Sebastián
Grupo C