Exilio
Entre castillos de piedra cansada,
calles de Praga bella,
sonrisas y abedules siberianos,
Capri, fuego en el mar, aroma
de romero amargo
y el último, el amor,
el esencial amor se unió a mi vida
en la paz generosa,
mientras tanto,
entre una mano y otra mano amiga
se iba cavando un agujero oscuro
en la piedra de mi alma
y allí mi patria ardía
llamándome, esperándome, incitándome
a ser, a preservar, a padecer.
El destierro es redondo:
un círculo, un anillo:
le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra,
no es tu tierra,
te despierta la luz, y no es tu luz,
la noche llega: faltan tus estrellas,
hallas hermanos: pero no es tu sangre.
eres como un fantasma avergonzado
de no amar más que a los que tanto te aman,
y aún es tan extraño que te falten
las hostiles espinas de tu patria,
el ronco desamparo de tu pueblo,
los asuntos amargos que te esperan
y que te ladrarán desde la puerta.
Pero con corazón irremediable
recordé cada signo innecesario
como si sólo deliciosa miel
se anidara en el árbol de mi tierra
y esperé en cada pájaro
el más remoto trino,
el que me despertó desde la infancia
bajo la luz mojada.
Me pareció mejor la tierra pobre
de mi país, el cráter, las arenas,
el rostro mineral de los desiertos
que la copa de luz que me brindaron.
Me sentí solo en el jardín, perdido:
fui un rústico enemigo de la estatua,
de lo que muchos siglos decidieron
entre abejas de plata y simetría.
Destierros! La distancia
se hace espesa,
respiramos el aire por la herida:
vivir es un precepto obligatorio.
Así es de injusta el alma sin raíces:
Rechaza la belleza que le ofrecen:
Busca su desdichado territorio:
Y sólo allí el martirio o el sosiego.
Pablo Neruda
Exilio
Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.
Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.
Álvaro Mutis
Reproducimos aquí un fragmento del libro que nos sirvió para plantear la tarea de escritura. Se trata de la historia de Saturnino:
LLEGUÉ A MADRID EN UN AVIÓN DE IBERIA. EN EL ASIENTO CONTIguo había un señor de unos sesenta años que parecía más nervioso que yo, para matar el tiempo nos pusimos a conversar. Era gallego, de una aldea minúscula muy cercana a Santiago de Compostela.
Al principio le había ido muy bien en Uruguay, me dijo, con un acento español tremendo. Más tarde se había casado con una argentina. Había vuelto a emigrar y regentaba, en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, un almacén de ramos generales.
-Cuando llegué a Uruguay me fui lo más lejos que pude de la ciudad-me dijo. Si no, cómo pagarme una habitación.
-Me decían Gallego-me dijo también, y con ese nombre seguí viviendo, aunque me llamo Saturnino.
Ahora, cuarenta años más tarde, la comarca había progresado mucho y él también. Tenía, además del almacén, un tractor y una cosechadora que alquilaba a los chacareros.
Así pudo ahorrar para el pasaje y volvía a la aldea para contárselo a su madre.
-No sabe que tiene tres nietos, susurró.
Y también:
-Es la primera vez que me subo a un avión y la primera vez que salgo de ese pueblo. Con el primer viaje me quedé cansado.
-¿Por qué se fue? le dije, asombrada de que eligiera el destierro.
-Por la pobreza. Por la guerra.
-¿Y no se escribía con su madre?
El hombre me miró como si estuviera diciendo algo absurdo.
-Mi madre no sabe leer.
-¿Le avisó que llegaría?
-No-me contestó-, no le dije nada. Quiero darle una sorpresa.
-¿Una sorpresa? Le va a dar un infarto...
***
SIEMPRE HE QUERIDO SABER SI LA MADRE GALLEGA DEL PASAJERO que viajaba a mi lado en el avión de Iberia que me trajo a Madrid, allá por 1976, habrá reconocido a su hijo.
¿Qué se siente si alguien regresa al cabo de tantos años? ¿Recordaría el hombre la aldea de la que partió? ¿La rutina del campo, el aroma del fuego, el color del cielo a través de los robles? ¿Tendría la madre, en su terruño remoto, alguna posibilidad de comprender la vida del emigrante? ¿Sabrían acaso formular las preguntas que podrían acercarlos? ¿Qué sintieron al abrazarse?
Y, por fin, ¿qué pasó con los tres niños que viajaban solos?
Propuesta de escritura
¿Te animas a contar el encuentro de Saturnino con su madre? Las preguntas que se hace Clara y lo que le cuenta el "Gallego" pueden servirte para recrear tu historia. O incluso puedes ensayar diferentes historias, como hace Clara.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
El vendedor de sueños
Ezequiel, siempre había sido un tipo raro, raro, raro.
Ya de pequeño, empezó a destacar del resto de los niños, no jugaba con ninguno, ni le importaba lo más mínimo, se entretenía el solo, le gustaba mucho leer, leía sobre todo cuentos de aventuras, cuentos fantásticos, simulaba pasear con naves espaciales creadas por el mismo en su imaginación, conocía todos los planetas al dedillo, hablaba con sus habitantes, pero sus padres no estaban preocupados, ya que el primer maestro que le dio clase en la guardería, les dijo que Ezequiel “no era un niño botijo”.
Los niños se hacen mayores, y Ezequiel también, su vida solitaria y estudiosa, le llevó a ser un excelente psiquiatra, comprendía y trataba con una certeza nunca vista los problemas de la gente, a su consulta particular acudían personas de todo el mundo, los cuales quedaban plenamente satisfechos y curados de todos sus problemas..
A todos sus clientes les convencía de los sueños que les vendrían bien tener, para vivir en esta vida tan loca, sueños individuales a medida de cada persona que trataba, nunca nadie se quejó de Ezequiel, pues hizo feliz a mucha gente.
El maestro que predijo que Ezequiel no era un niño botijo, no se equivocó en nada.
Luis Iglesias
Apenas recuerdo su último beso
El viaje en taxi desde el aeropuerto fue la gota que colmó su corazón cansado. Ya se había perdido dos veces por aquellas carreteras del infierno y el conductor hablaba y hablaba. Pero a Saturnino no le interesaba si el Compostela había subido de categoría o si el presidente era un tío cojonudo. Él únicamente pensaba en qué palabras utilizaría cuando la tuviera frente a frente, después de cuarenta años sin mirarse a la cara; qué podría decir para atravesar aquel océano de décadas de separación.
La luz del crepúsculo se cernía sobre los cansados tejados de las casas de la aldea. Los faros del vehículo alumbraban, buscando recuerdos.
Ese poyo, ese dintel, esa parra esquelética…
—¡Pare, pare, es ahí!
A través de la ventana se vislumbraba una tenue luz. Había alguien en aquella casa.
Depositó la pesada maleta sobre la tierra húmeda. Se arregló la corbata y el valor y el ansia golpearon dos veces en la puerta: toc, toc.
Nadie contestó. El miedo se paseó arriba y abajo por la garganta de Saturnino. Arrastró las plantas de los pies sobre la arena, como un toro a punto de embestir, y volvió a llamar, más fuerte, con más esperanza.
—¿Quién va? —La voz sonó temblorosa, ajada, como salida de un pozo cegado por los años.
—Soy yo, madre. Saturnino, tu hijo.
Nadie contestó. Solo los perros ladraron.
—¡Ya voy! —La jovial voz, con cierto acento uruguayo, sorprendió al visitante.
La destartalada puerta se abrió y en el interior no había más claridad que en el exterior. Una joven de baja estatura, morena de piel y de ojos vivarachos, apareció en el vano. Saturnino la recorrió de arriba abajo con la mirada. Aquella imagen no encajaba entre sus recuerdos. Saludó amablemente y entró en el hogar.
Sobre un desgastado sillón reposaba el enjuto cuerpo de la anciana, que se incorporó con una agilidad sorprendente. Saturnino fijó su mirada en ella y, por un momento, pensó en lo que la joven del avión le había dicho:
—Le va a dar un infarto.
Pero no pudo contenerse.
—¡Madre! —sollozó mientras la abrazaba—. ¡Madre, soy Satur, tu hijo!
—Hiiiijo… —titubeó—. Hijo, qué…
—¡He regresado, madre! ¡Por fin estoy en casa! —y volvió a abrazarla con lágrimas en los ojos, tratando de recordar aquel último beso que su madre le dio en el muelle, justo antes de embarcar hacia un viaje incierto.
La joven criada observaba la escena con la boca abierta.
—¡Bienvenido, hijo! —masculló ella, e intentó separarse un poco del visitante, que no dejaba de lloriquear.
Se miraron, se abrazaron varias veces más y las palabras dieron paso a las caricias.
La humildad de la casa los acogía y sus sombras bailaban entrelazadas a la luz del hogar.
—Necesito ir al servicio —pidió Saturnino.
—Yamila… —dijo la anciana.
—No se preocupe, madre. Recuerdo bien dónde está la letrina —y salió a la calle dejando la puerta entreabierta.
—Pero, señora, ¿por qué ha dicho que es su madre? Si usted no tiene hijos, ni nunca los ha tenido.
—No sé, hija. Me he dejado llevar. Lo vi tan ilusionado que no supe reaccionar. Pobrecito… Hace cuarenta años que no ve a su madre. No nos cuesta nada hacerlo feliz.
Fuera, junto a la entrada de la maloliente letrina, destemplado por el frío del ocaso y por la escena vivida, Saturnino lloraba desconsoladamente. Añoraba a su verdadera madre.
Tomás García Merino
Regreso a ninguna aldea
Bajo del avión y me subo a un taxi para ir a Muiños. El conductor me asombrado - ¿Pero en que barrio queda eso? – Le respondo para ser más concreto – Perdone, es el concejo de Cabreiro, barrio de Culleredo, parroquia de Cancelo y aldea de Muiños. – Me comenta el taxista que me había entendido mal, que pensaba que yo iba a Madrid. Le sacó de su error, indicándole que mi aldea queda a 10 kilómetros de Santiago de Compostela, provincia de La Coruña, Galicia, para más señas. No vaya a confundirse más el chófer. Como buen profesional del taxi público en la época digital lo busca en el GPS de su flamante Ford Mondeo, y luego en Google Statview. – Tendrá que perdonarme usted, señor pero Google me muestra que Muiños está totalmente derruido.
Siento que la tierra que piso, que no es la mía, se hunde, y algo que no sabía que existía desde hace tiempo me invade. Morriña, ese sentir tan profundo que solo un gallego puede experimentar. ¿Mis orígenes perdidos? ¿Mi familia? ¿Mi candorosa madre?
No puedo rendirme tan pronto. Ya he cruzado el Charco, así que recorrer media Península para buscar a mi madre no se me antoja tan descabellado. Si pude pasar de Uruguay a Buenos Aires, regentar un almacén propio con éxito, y sacar una familia que presentar, aunque sea en fotos, a mi madre, podré iniciar esta particular aventura.
Le pido al taxista información para ir en tren a Santiago. Sale de A. Veamos la hora. Son las dos de la tarde, hay un AVE que va a Coruña. De allí seguro que hay coches de línea a la ciudad del Apóstol. No entiendo que es “un AVE”. ¿Un avión? No un tren de Alta Velocidad Española. Es muy rápido. Pues vamos para allá le digo.
En la estación consigo uno de los pocos billetes que quedan. En 3 horas estaré en Coruña. Todo un adelanto. Hace 40 años era impensable tal velocidad. En Argentina vendrían bien esos trenes, dadas las distancias.
En mi asiento voy reflexionando sobre todo lo que quiero contarle a mi madre, y como contárselo. Hablarle de Juana, Teresa y Antonio. De lo buena que es mi Andrea. Tal vez le aburra si le explicó los detalles del almacén. O no.
Claro, para esto he de encontrarla, y que siga viva. No como Muiños, derruido. Todavía no se ha hecho a la idea que el Paraíso de su infancia ya no exista. Crecí entre helechos, lejos del olor a salitre de Vigo, Coruña o Pontevedra. Conocí poco el Océano. Mi abuela era de Mugía y pasé allí un único verano. La Costa de la Muerte siempre daba respeto. Incluso miedo.
Ya he llegado a Santiago, tras cuatro horas esperando un autobús en La Coruña. Es tarde, debería dormir, pero estoy ansioso. ¿Cómo llegar ya de noche a unas ruinas? Veamos, lo mejor es que descansé. No he parado desde Buenos Aires. Busco una pensión. La primera que veo es una con un letrero luminoso con cuatro letras fundidas: C*a*a**. Bueno, si están tan mal conservado todo será barato. Le dice la matrona que queda una habitación sin baño, que tendrá que compartir el común . Son 20 euros la noche, sin comidas.
Total, para pasar la noche. ..Mañana tomaré un taxi para ir a Muiños, o lo que quede de él.
Bien, estamos llegando. Todo es verde, como recordaba. Vegetación y más vegetación, ese olor a tierra mojada que le resulta tan familiar lo impregna todo. Paramos en Cabreiroa, pero el ayuntamiento está cerrado. Quería información sobre mi aldea. Toca ir hasta allí, a verificar y certificar su muerte en mi cabeza y mi corazón.
Nuestro destino se acerca, las distancias aquí son mínimas, los barrios son de pocas parroquias, y estás con aldeas de tres casas. Se ven paisanos que deben de ir al campo, a trabajar en eso que yo nunca hice. Escapé de ser labrador, algo terriblemente duro. Sobre todo, cuando no tienes más que una misera hectárea que cultivar Me fui de Galicia no por gusto, sino porque había que comer. En una familia como la mía, mi madre viuda tras una reyerta vecinal que nunca entendí, con seis bocas que alimentar, no podía seguir. Les mandé dinero durante mucho tiempo, pero cuando llegué a Argentina tenía lo justo para montar el almacén. Envié una larga misiva en lugar de billetes. No esperaba respuesta. Mi madre no sabía leer cuando me fui, no sé si habrá aprendido alguna vez. Probablemente algún hermano la leyera. Efectivamente, nadie me escribió ¿Se habrían olvidado de mí? Yo de ellos no.
Llegamos al lugar donde estaba la aldea. ¿Estaba? No, sigue estando. La búsqueda tal vez no sea en vano. Hay una casa con flores en sus jardineras, llenando los balcones de hortensias. En ella reconoce el que fue su hogar, con las flores favoritas de su madre.
Afortunadamente Google se equívoco. He llegado a Muiños, a casa. ¿Estará mi madre?
Tiemblo de arriba abajo. La emoción me embarga, pero más lo hace el miedo a un reencuentro inesperado por parte de ella.
Llamo a la puerta y…
Javi Martín
Grupo A
El gallego vuelve al hogar
Llegó en avión al aeropuerto de Santiago de Compostela, recogió la maleta, y a la salida acudió a información para ver si había autobuses hasta su pueblo.
Es una pequeña aldea casi despoblada con lo que han dejado de pasar los coches de línea y tiene que coger un taxi.
Al llegar al pueblo, lo recuerda distinto, ha cambiado mucho, algunas calles están asfaltadas; ya no son aquellos caminos de polvo en verano y barrizales en invierno.
Al pasear por el pueblo le saludó un paisano y él se identificó: soy Saturnino, el hijo de Paco y de Antonia, si hombre, Saturnino, el nieto del “cestero” y de la “botera”, (como llamaban a su familia). El paisano le reconoció, asoció a la familia, y le indicó dónde vivía su madre, pues llevaba más de cuarenta años sin pisar por el pueblo y no lo recordaba con exactitud.
Caminó unos metros y llegó a la puerta de su casa. Estaba parecida, aunque la habían enjalbegado y remozado, sobre todo la fachada. La puerta de madera de medio tablero y la gatera se mantenían casi igual, quizás algo más descascarillada.
Satur no sabía qué hacer, estaba emocionado y paralizado, pero al final se decidió a llamar.
Tras unos segundos de espera que se le hicieron tensos, se escucharon unas pisadas renqueantes y la puerta se abrió.
Se miraron, se reconocieron, y se abrazaron.
José Luis Fonseca
Grupo A
Cuarenta años de sueños
Calado hasta los huesos regreso despacio. Las luces de mi aldea centelleaban a lo lejos y un aroma a eucalipto, a bosque de tierra húmeda .El corazón late a ritmo de candombe y las campanas de la ermita de San Lázaro repican lluvia fina, y yo, acelero el paso. Mis manos ante el pomo erizado por el temor.
—Nai, nai, ¿Hay alguien?, nai, soy Satur, tu fillo. ¿Onde estás ?--. Nadie contesta, la puerta abre sin resistencia y en dos pasos todo estaba en su sitio, el lugar de las cosas del pasado. Una sombra entre el visillo y la cama, entre el sonido de la lechuza y el traqueteo del tren que se alejaba desde Santiago a Muxía.
—Nai, soy yo, Satur, tu fillo, estoy aquí, he venido desde Uruguay--.
—Nai, ¿Cómo estás?, tal vez duermes, es tarde. Mañana hablamos--. Mis labios rozan la frente alisada y aprietan la mano nervada por el tiempo.
Cierro la puerta con cuidado.
Un suspiro sonoro y un sollozo, cerró los ojos, otra vez el sueño repetido durante cuarenta años.
—"Ayyy fillo mío..."
GuADAlupe
Para cuando llegue
Viajaba al lado de una chica en un avión de la línea aérea Iberia, desde América a Madrid. La joven me llenó de preguntas a las que yo, en muchos casos, no sabía responder.
Al fin supo que iba para Vedragen, mi aldea natal en Galicia, y que mi mamá debía estar allí, aunque hacía 40 años que no sabía de ella.
Al llegar a Barajas renté un coche y me dirigí a Galicia.
Al atardecer estaba en tierras de Santiago de Compostela.
Miraba atento el entorno. Era el mes de octubre y las plantaciones de maíz comenzaban a cosecharse. Quería comparar el paisaje entre Uruguay, Argentina y España, pero la diferencia era evidente: el maíz está en los tres, pero ¡esto es Galicia!
José José entonaba la canción _40 y 20_ y yo organizaba el otoño de mi propia vida con 20 y 40.
Estaba a solo tres kilómetros de mi aldea, Vedragen, cuando vi a tres mujeres en el lado derecho de la autopista. Me detuve y pregunté para dónde iban. A coro respondieron: “Para Vedragen”.
Durante el tiempo en el cual conducía iba reinventándome:
“Soy Saturnino, no gallego. Mi acento es el que tengo que tener”, como decía Nicolás Guillén. Pero ahora comencé a buscar, no a buscarme. Buscaba a una señora de 76 años con un lunar en la mejilla izquierda, una mujer con canas. Bueno, realmente no lo sabía, pero seguro estaban presentes; una madre que guardaba sufrimiento y amor.
En ese corto espacio recorrido hablé con las tres como un orate. Dije que tenía tres hijas, que a una la nombré como su abuela, que venía de América, que hacía 40 años que estaba fuera de España. Pero recordando a la joven del avión, que me dijo que a mi madre le podía dar un infarto, y suponiendo que una de ellas fuera mamá, no decía ni el nombre ni contaba mi historia con detalles.
Yo miraba por el retrovisor a las tres, buscaba el lunar, los rasgos, buscaba todo lo que necesitaba ver para identificar a mamá.
La que venía en el medio preguntó:
—¿Viniste en un vuelo de Iberia?
—¡Síí!, respondí.
—Ahí vienen tres biznietos de mi hermana; mi sobrino, su abuelo, fue a esperarlos.
—¿Vienen solos los niños?, pregunté, a lo que me respondió afirmativamente.
Llegamos a la aldea y me ofrecí para llevarlas a sus casas. Créanme: a pesar de los cambios ocurridos en el lugar, era capaz de ir directo a mi viejo hogar, de pobreza pero cálido de amor, y giré hacia la izquierda.
La señora del medio, nerviosa, con voz entrecortada, se escuchó:
—¿Sabes dónde vivimos?
—No, le respondí, imposible señora.
Avancé 50 metros y me volví a detener. Ahora la de la izquierda afirmó, un poco sorprendida:
—Aquí nos quedamos, las tres vivimos cerca.
—Eulalia —la que ocupaba el asiento del medio me dijo—:
Señor, espere un momento, le agradeceré la cortesía de traernos.
Eulalia era mi tía y traía a Nina en su silla de ruedas, con su lunar aún presente pero tenue, como lo que se va apagando. Pero ella no dudó. Al verme, plantó su pierna enyesada y, entre lágrimas, balbuceó:
—Nino..., Nino querido...
Te busqué en cada rostro durante cuarenta años, te esperé a cualquier hora.
Pero su abrazo habló de sufrimiento, de alegría, de esperanza. Dando gracias a Dios.
Sacó de un imperdible que llevaba en su sostenedor una llavecita pequeña y dijo:
—Eulalia, busca en mi cofre marrón del baúl un trozo de papel que dice: “Para cuando Nino llegue”.
Sepan que mi madre aprendió a leer y a escribir para leer oraciones y escribir para mí, aunque yo no leyera.
Eulalia leía un apunte hecho con letra poco legible que decía así:
Se hará un caldo gallego
con pulpo a feira y lacón,
y con empanada gallega se cantará una canción.
Será el banquete que esta madre pondrá al hijo presente,
sin que falten el cocido bien gallego, la ternera y el pimiento del Padrón.
Miriam Esther García
Grupo A
Saturnino, vuelve a casa
Después de muchos años en el exilio, Saturnino decide regresar a su casa, tan lejana en el tiempo, que le cuesta situarla en el mapa. Una aldea pequeñita, entre la montaña y el mar, que le vio nacer, y un día, cuando dejó atrás la adolescencia y empezaba a ser hombre, con el canto del gallo, con los primeros rayos de sol, llenó su maleta de ilusiones, besó a su madre, mirando hacia otro lado para esconder dos lagrimas que resbalaban por su mejilla y, se subió al autobús que le llevaría hasta el aeropuerto, donde un avión, le separó de su país y de su gente.
Después de cuarenta años, en Curasao, donde se labró una nueva vida, una voz en su interior le pidió volver a casa, era el momento de regresar a su aldea, de abrazar a su madre, a quien no había vuelto a ver.
Una mujer, arrugada por el viento y la sal del mar y el paso de los años, con el pelo blanco y un pañuelo negro sobre su cabeza, como Penélope, no dejó de esperar ese autobús, que una mañana salió de la aldea.
Ya, en el avión de vuelta, el corazón de Saturnino, bombeaba a ritmo de taquicardia, según se acercaba a su destino.
Una vez en el autobús, comenzó a imaginar, cómo habrían pasado los años en la pequeña aldea, y como estaría aquella mujer, que un día despidió, con dos lágrimas ocultas.
El autobús llegó serpenteando por la montaña, hacia la aldea, bañada por un mar azul.
El susurro de la brisa, se acercaba hacia una mujer, con el pelo blanco, y la cara curtida por los años.
Saturnino, se paró para preguntarle por la casa, y, Penelope, con lágrimas en los ojos, le respondió: has vuelto.
P.G.
Grupo C
El argentino
Saturnino deseó suerte a su compañera de viaje mientras seguía la fila en dirección al control de pasaportes. Unos recuerdos que creía olvidados le asaltaron al ver a una pareja de guardia civil con tricornios, escoltando la entrada con un cetme colgado del hombro.
Su respiración se entrecortó. Aunque toda la información que había obtenido antes de embarcarse hacia España indicaba que era un país seguro, se estremeció.
Comenzó a toser. Arrastraba una enfermedad respiratoria mal curada, que padecía por años de duro trabajo. Unos minutos después se recuperó.
Respiró profundamente.
—Algo que declarar —le dijo con mirada seria el agente mientras cogía su pasaporte.
Saturnino titubeó.
—No. Unos dulces típicos de la Argentina, una figura de una virgen y unos libros.
Dos gotas resbalaban por su frente. Por un momento, pensó que lo detendrían y saldría esposado.
—Feliz estancia y bienvenido —le comentó el guardia mientras le devolvía la documentación.
Se dirigió a la salida, a la zona de taxis.
—Buenos días, a la estación Chamartín —dijo con marcado acento argentino.
—¿Es usted del país de la plata? —preguntó interesado el taxista.
—No, en realidad soy de acá, pero llevo muchos años allá. —lo cortó secamente.
Un silencio incómodo continuó durante el resto del trayecto.
—Son quinientas pesetas.
Saturnino sacó la billetera y le entregó cinco billetes de cien pesetas, asegurándose de no equivocarse.
Casi mil quinientos pesos —pensó.
Había traído moneda española desde su lugar de residencia, porque no quería que le timaran con el cambio de divisa.
—Un billete para Santiago de Compostela —dijo con voz pausada en la ventanilla de la estación de Chamartín.
—A Compostela no hay línea directa. Tendrá que tomar el de La Coruña. Allí puede hacer un transbordo hasta Compostela. Resignado compró un billete.
Sacó su diario de la maleta y se dispuso a repasarlo.
—Hijo haces bien marchándote de aquí. Hay porvenir en otros países. Aquí solo encontrarás miseria y muerte. —le había dicho su madre el último día que la vio cuarenta años atrás.— Disfruta de tu vida al máximo. Escribe un diario y cuando regreses me cuentas tus vivencias con detalle.
Su vida había sido dura, había tenido que trabajar con tesón para poder salir adelante, y su diario no destacaba por su brillantez y variedad. Sus dedos arrugados y encallecidos sostenían con dificultad un bolígrafo.
Llegó de madrugada y no encontró un sitio donde descansar. Se enrolló en un rincón y durmió poco y mal. La tos volvió. El frío y la humedad del suelo acentuaban su mal.
A las nueve de la mañana se embarcó en un autobús hacia Santiago. No reconocía los paisajes, pero el olor de la zona y el acento de aquella gente le evocaba recuerdos de su juventud.
En menos de una hora llegó a la ciudad compostelana. Estaba visiblemente agitado.
—A Cacheiras por favor—le dijo al taxista que estaba en la parada.
Diez minutos después comenzó a reconocer el horizonte, aunque muy cambiado. Ahora le parecía un lugar tranquilo, relajante y muy diferente del que tenía grabado en su mente.
Se bajó del taxi con la maleta asida del brazo. La casa en la que había vivido en su juventud seguía en el mismo sitio, en lo alto de la loma. No parecía haber sufrido ningún cambio. Unos metros más adelante una ambulancia estacionó sobre el arcén. Una técnica sanitaria bajó del vehículo y entabló conversación con una mujer de edad avanzada que estaba sentada en el poyete de la entrada de su domicilio.
—Hola, preguntaba por Nicolasa— exclamó con una sonrisa.
La técnica sanitaria y la vecina alzaron la mirada con curiosidad.
—¿Quién pregunta por ella?
—Soy Saturnino, su hijo —comentó visiblemente nervioso.
—¿El argentino? —preguntó repasando su vestimenta desde arriba hacia abajo.
—No, el argentino no. El que se fue a la Argentina.
—Todos los días habla de usted. De lo prósperos que han sido sus negocios. Lo importante que es usted allí. Que si es asesor del presidente, o que viaja por muchos países.
Saturnino se quedó en silencio, sin saber qué decir.
—Allí está, en su casa —señalando en la dirección que conocía perfectamente.
—Venimos a verla todos los días porque ya prácticamente no ve, pero no quiere ir a una residencia. Sigue esperando a que usted vuelva y le cuente sus andanzas.
Saturnino bajó la cabeza mientras intentaba contener las lágrimas.
La casa estaba igual que recordaba. Sentada a la lumbre en la cocina centrada en sus pensamientos removía un puchero una anciana vestida de negro con un pañuelo del mismo color que le cubría la cabeza.
—¿Madre? Madre soy Saturnino.
Su madre se giró sobresaltada.
—Saturnino, meniño —unas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Sí madre. He vuelto. —Se fundieron en un gran abrazo, mientras lloraban profusamente los dos.
—Meniño, cuéntame, cuéntame tus aventuras. Habrás conocido mil lugares diferentes —su cara parecía iluminarse.
Saturnino rebuscó entre sus libros y extrajo uno. Antes de comenzar a leer le dijo:
—Sí madre, le voy a contar una de mis grandes aventuras. Cómo di la vuelta al mundo en ochenta días a raíz de una apuesta que hice con un lord inglés.
Max Ferlam
Grupo B
El retorno
El 6 de diciembre de cuarenta años después volví a Santiago.
Orballa cuando para el tren. Y cuando busco el coche para llegar a Ponte Maceira. La maleta casi vacía de ropa. Repleta mi cabeza. De recuerdos, de ideas, de palabras preparadas, de frases no dichas, de dudas, de cariños sin compartir, de mi propia dejadez. Todo el vacío de estos años se agolpa, se me precipita a medida que se acerca el momento de volver a ver a madre. Ya estoy.
Cruzo el puente y, en cuanto veo a alguien entrado en años, pregunto. A uno, a otro, a varios. Apenas la recuerdan. Alguien me dice que murió hace mucho, que la enterraron, sin lápida, en una zona común. En el cementerio busco las tumbas sin nombre. Rezo. ¿Por ella o por mí? La abrazo y le hablo en silencio, y quedo, muy quedo, le digo que ya he vuelto, que tiene tres nietos, que... No me salen las palabras. Ni las lágrimas.
Llorar me haría bien.
Bajo la calle con un extraño amargor en la garganta, el llanto retenido, como esas palabras que tenemos en la punta de la lengua y no aparecen, anegado por una suave tristeza, y entonces oigo claro y fuerte:Tú la mataste, Satur. Tu ausencia y tu silencio.
Me vuelvo y lo veo sentado en el portalillo que protege de la lluvia. Pienso que ya era viejo cuando me fui, pero sigue ahí testigo de idas y vueltas, de idas sin retorno, de vueltas culpables. Testigo de todo.¿Usted qué sabe? ¡Cuénteme!
Ella esperó con entereza mientras duró la guerra. Entendía que entonces era difícil. Pero con el paso del tiempo y sin saber nada de ti, la soledad, la duda y el dolor se apoderaron de ella. Y cuando supo, no dudes que tu madre lo supo, que no habría noticias, ni caricias, ni vuelta del hijo, renunció a vivir. Se dejó morir convirtiéndose en una sombra y luego en nada. Se llevó la pena, pero te dejó una herencia jodida, te dejó la culpa.
Me ha juzgado con pruebas irrefutables. Cargo con esa sentencia y me alejo cabizbajo, empapado, condenado, sabiendo que debo cumplirla todos y cada uno de los días que me queden. ¡Ojalá mis ojos orballaran! Pero no lo consigo.
Entonces me llama:Oye, Satur. A los tuyos no se lo cuentes nunca. Los hijos, a veces, imitan al padre.
Nicolás Casillas
Grupo A
40 años cabían en un abrazo...
Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Santiago de Compostela, Saturnino se quedó quieto, con los ojos perdidos en la ventanilla viendo como la lluvia golpeaba en el cristal.
Paralizado por el peso de esos 40 años que habían pasado en un suspiro y ahora le acumulaban de golpe en la garganta.
Esperó pacientemente para coger su maleta, la misma con la que había llegado a Uruguay siendo casi un niño.
Al salir del avión le golpeó en la cara un aire húmedo que olía a hogar.
No sabía si esperar al autobús que le llevaría a su aldea o coger un taxi, la distancia que le separaba de su madre no era tanta y se negaba a esperar más para abrazarla, una vez tan cerca de ella sintió la urgencia de tenerla entre sus brazos cuanto antes.
-¿De visita? Le dijo el taxista nada más entrar.
-sí, podría decirse.
-Ese acento... ¿De Argentina?
-Casi... De Uruguay, de Montevideo para ser exactos.
-¡Carallo!... Pues si está usted lejos de casa.
-No, mi casa es esta.
La carretera serpenteaba entre bosques de eucalipto, ese olor que tantas veces había recreado en su mente volvía a ser real por eso quería respirarlo con los ojos cerrados.Tantos años no habían sido capaces de borrar ese recuerdo.
Pasaron tres o cuatro aldeas abandonadas, casas de piedra húmeda, derruías, comidas por el tiempo, sintió de repente un ligero mareo al pensar que quizá su aldea estaba en las mismas condiciones, empezó a arrepentirse de no haber avisado a su madre de su llegada, ¿Y si ya no estaba allí? Le asaltaron mil y una dudas, quiso decirle al taxista que diera la vuelta, pero de repente el viaje llegó a su fin.
-¿Está usted seguro de que aquí vive alguien?
Saturnino no estaba seguro, le temblaban las manos, había imaginado muchas veces ese momento, pero en sus sueños su aldea aparecía tal y como él la había dejado, llena de vida y ahora no era más que un paisaje fantasmal rodeado de silencio.
Avanzó hacia su antigua casa, una luz amarillenta titilaba en la única ventana al lado de la puerta de madera, llamó despacio, escuchó unos pasos arrastrándose y los goznes de la puerta chirriando antes de abrirse.
Una anciana apareció envuelta en un chal gris, el pelo completamente blanco,la cara repleta de arrugas pero los mismos ojos que lo miraron desconfiados al principio pero muy abiertos después.
-¿Nino? ¡Meu fillo, sabía que volverías!
Ël se echó en sus brazos, llorando como un niño, 40 años enteros cabían allí, en ese mismo instante, 40 años de ausencia, toda una vida, y ella había estado siempre allí, esperando...
Ese abrazo, tantas veces deseado, hizo que mundo desapareciera para los dos, no existía el tiempo, ya no había distancia, solo una madre abrazando a un hijo.
El taxista que se había quedado esperando por si tenía que llevar al viajero de vuelta suspiró al ver la escena... -¡Carallo!- Dijo antes de arrancar para marcharse.
Aurora Zarco
Grupo B
Saturnino y Maruxa
Saturnino llegó a la aldea después de muchas idas y venidas por Santiago de Compostela. Todo había cambiado desde que él recorría aquellas rúas sesenta años atrás, cuando de niño iba a completar los encargos que le hacía su madre. ¡Ay su madre! ¡Qué sería de Maruxa, de su naiciña querida! Finalmente encontró la casa, algo deteriorada en comparación con la del recuerdo que él conservaba en su memoria. El banco de madera continuaba al lado de la puerta de entrada, donde da el sol de la tarde y reconforta el cuerpo en los días frescos de primavera. Allí estaba sentada su madre, la misma Maruxa de siempre, con sus ropas negras de luto antiguo, el pelo recogido en un moño, ahora gris, y su expresión de acogedora tranquilidad, ya surcada por las arrugas de la vida. Saturnino se acercó despacio, intentando no producir una profunda impresión en la nai que no le había visto desde hacía tanto tiempo. Ella le miró y le sonrió, reconociéndole a primera vista, como si no hubieran pasado los años.
—Nai ¿Cómo estás? ¡Soy Saturnino!
—¿Saturnino? Cuanto tiempo abueliño, no has cambiado nada.
—Maruxa, no soy tu abuelo, soy tu hijo que marché de pequeño con los tíos a Uruguay.
—¡Uy! Tú te fuiste a Cuba. Hiciste dineriño y volviste. Te quiero mucho y lo paso muy bien contigo.
—Yo también hice dinero, pero en Uruguay y Argentina. Allí me casé y tengo tres hijos, que son tus nietos argentinos. He venido a verte para contártelo todo y estar contigo unos días.
—Menos mal que has vuelto. Así me puedes contar muchas veces las aventuras que me relatabas de pequeña y que tanto me gustaban.
—Yo también tengo muchas aventuras y cosas que contar, pero son de compadres, gauchos, gallegos y tipos que me encontré a lo largo de los años.
—Nada, nada de eso. Quiero que me cuentes las historias de la zafra de la caña de azúcar, del ritmo cubano, de la gracia especial de las mulatas,…
—No puedo, soy Saturnino tu hijo, no soy tu abuelo Saturnino, del que tanto me hablaste de niño.
—No seas bromista. ¡Siempre lo fuiste y me tomabas el pelo! Eres el abuelo, no ha pasado el tiempo por ti, tienes el mismo bigote, la misma cara colorada y el sombrero para tapar la calva que ya empiezas a tener.
—Bueno, si quieres. Pues ya que insistes te contaré lo que me pasó en el puerto de la Habana, recién llegado a Cuba.
—¡Qué ilusión! Sigue, que esa me gusta mucho. ¡Qué bien lo vamos a pasar juntos! —exclamó Maruxa alborozada y se dispuso a escuchar todas las historias que Saturnino iba a contarle.
Manuel Medarde
Grupo A
Un regusto amargo de la tierra que te vio nacer
-¿Qué haces en medio de la carretera, gilipollas! ¡Quítate de ahí, carallo!-
El conductor además no se ahorró sacar la mano por la ventanilla para ofrecerle un gesto no demasiado amistoso, ya sabemos todos a cuál me refiero. Menos mal que Saturnino conserva intactos sus reflejos a pesar de sus largos sesenta y pico años, porque si no, desde luego que la rueda de la furgoneta le hubiera pasado por encima del pie. Apenas se inmutó, tal era la emoción que le animaba después de tantos años sin pisar la tierra que le vio nacer. Por fin regresaba, después de tantos años, una vida entera sucedida al otro lado del océano a veinte mil kilómetros de distancia.
Dejaba que sus pies avanzaran solos mientras se recreaba en el paisaje. No conseguía rememorar el camino de tierra embarrado de su infancia que ahora se había transformado en una flamante nueva avenida jaleada por esos insulsos chalets adosados que invadían los alrededores de Santiago de Compostela. Su aldea empezaba después de la tercera rotonda, o eso creía él. Pocas referencias tenía salvo aquel enorme chopo que seguía alzándose impertérrito ante el paso del tiempo, ajeno a los vaivenes del progreso. Saturnino olía el ambiente a humedad y eucalipto. Al menos eso no se ha perdido, pensaba, aunque le dejara también un regustillo en la nariz a humo de coche y asfalto.
En mitad de un nuevo polígono industrial creyó ver el palacio de la Manoli, la mujer más famosa de la parroquia, aquella cuyos encantos habían sido testados por todos los varones y no pocas féminas. Los jóvenes se jactaban y enorgullecían en sus conversaciones, los casados hablaban a escondidas de las escapadillas de las que les acusaban sus mujeres. -Cuánto ha prosperado- se dijo para sus adentros mientras sonreía. La casucha destartalada de sucias paredes de adobe era ahora un templo encomendado al placer y la lujuria rebosante de luces fosforescentes. A Saturnino le entraron las ganas de hacer una paradita y rememorar aquel día lejano en el que con sus dieciséis años recién cumplidos su tío Demetrio le llevó a que se estrenara disfrutando de los encantos de la Luisa, diosa terrenal de anchas caderas y pechos voluminosos y contundentes como las de las vacas frisonas gallegas. Hay cosas que no cambian en esta tierra a pesar de tanta modernidad.
No andaba muy lejos de su casa, aquella en la que nació y donde habitó hasta sus diecisiete años, cuando tuvo que salir para la mili y de ahí a buscarse una vida en Argentina. No la había vuelto a pisar desde entonces. De sus hermanos poco sabía, salvo que estaban dispersos por los cinco continentes, océano incluido ya que alguno era marino mercante. Supuso que su madre estaría ahora cuidando del huerto y cosechando patatas, o fabricando licor casero, auténtico aguardiente abrasa gargantas y mata ratas que le obligaban a engullir mezclado con leche caliente en sus frecuentes ataques de asma y pulmonías. Lo que no mata te hace más fuerte. Así es como Saturnino, niño enclenque y enfermizo, se volvió un joven recio, fuerte y capaz de conquistar nuevos territorios y descubrir mundo.
Una riada de gente le envolvió súbitamente. En un instante se vio rodeado de carritos de la compra, familias de niños lloricas y consentidos, adolescentes gritones en manada, cuarentonas con voluminosas bolsas y ropas extravagantes, y demás fauna humana que puebla las áreas residenciales de una pequeña ciudad de provincias como es Santiago de Compostela. No andaría muy lejos de su hogar, la casa de piedra gris oscura con sus escaleras metálicas por fuera para acceder al patio exterior en el que él y sus hermanos jugaban al fútbol. Al lado está la huerta en la que mamá cavará bien temprano y regará las lechugas. Seguirá toda la mañana cosiendo para Emilio, el sastre, que poco paga pero algo es algo. Después, a seguir trabajando, esta vez donde la tasca de Antón, mítico lugar de encuentro al que acuden los vecinos de la aldea para jugar a las cartas como excusa para comentar los últimos cotilleos. Llegará a casa no demasiado tarde para poner orden, como buena madre gallega de las que no paran nunca la faena y asumen el control de los que viven bajo su techo.
La casa sigue. ¡Menos mal! Rodeada de horribles alambradas, casetas de obras y cimientos de lo que será otra insulsa urbanización de extrarradio. No parece que haya nadie. Es más, juraría que está deshabitada. Es una sospecha que se convierte en certeza cuando da la vuelta por detrás y se percata de que le falta toda una pared y la vegetación, cuan invasora alienígena, se ha expandido por los muros.
¿Dónde estará mamá? Después de caminar sin parar por lo que antes fue la plaza principal y ahora es la sede de un concesionario de coches encuentra el hogar del jubilado. Entra en la cafetería, una con aspecto de las de toda la vida a pesar del flamante nuevo edificio que la alberga. Allí charla con los presentes:
-Soy Saturnino, el hijo pequeño de la Carmiña, el que marchó a Argentina.-
-¡Anda, el Satur! ¡Pues anda que no he jugado yo con tus hermanos al fútbol en la pradera!-
Por fin alguien le reconoce. Demetrio está cambiado, calvo, arrugado, encogido como una pasa, pero el mismo tono de voz de chulo putas que siempre le caracterizó. Seguro que seguirá haciéndose el gallito por ahí. Expulsa una enorme risotada a la vez que le palmea la espalda.
-¡Pero cuánto tiempo! ¡Otro fodechinchos que nos viene de visita. ¿Cómo estás, Satur?-
-¡Ni caso, Satur!- Responden por ahí. -Ya sabes que este siempre fue un fazañeiro-
Poco puede esperar de esta gente. Saturnino se decide a ir al grano:
-Ando buscando a mi madre-
-¡Anda que no te ha echado de menos! Siempre estaba hablando de ti. “mi neno, mi neno, que está al otro lado del mundo. ¿Qué será de mi neno”? Por aquí la verás. Viene al hogar de jubilado mucho. Le encanta hacer cosas de las que hacen ahora las señoras. ¿Cómo se llama, Moncho, a lo que va la Carmiña? ¿Eso que está de moda?
- Pilates y Mindfulness-Responde la joven que ejerce de camarera, única que baja de los sesenta en este local.
- Pues eso, como se llame, carallo. Ahora creo que acaban y tu madre tendrá que pasar por aquí para salir a la calle.-
- Ya verás qué sorpresa la mujer, después de tantos años sin ver a su chiquillo. ¡Yo no me lo pierdo!-
Y así fue como se quedaron con Saturnino a la espera los diez abuelos que allí estaban, más otros quince a los que llamaron para que se acoplaran al evento. Menuda algarabía se había formado en el local. Jamás un encuentro suscitó tanta expectación en aquella tierra que una vez acogió una pequeña aldea rural y que ahora estaba poblada de centros comerciales inmensos y barriadas de urbanizaciones insulsas y sin personalidad donde transcurre la vida rutinaria y anodina de las gentes de esta época. Saturnino, a pesar de la ilusión por ver de nuevo a su querida madre, no había podido evitar sentir un regusto amargo al pisar de nuevo la tierra que le había visto nacer.
Maite BT
Grupo A
Regreso a Galicia
Saturnino, fue un gallego como tantos otros, que tuvo que emigrar después de la guerra civil en España, buscando un porvenir mejor que el que le ofrecía su país.
Y lo hizo con mucha ilusión, un familiar suyo se había ido dos años antes, a Uruguay, montó una panadería, y cómo le iba de maravilla, se acordó de Saturnino, se puso en contacto con él, y allí Saturnino se fue, con una mano delante y otra detrás.
Pasaron los años, y Saturnino lo único que tuvo fueron problemas, su matrimonio fue un fracaso, tuvo tres hijos, se separó, y huyendo de la quema, conoció a una argentina y se fue a Buenos Aires con ella.
Pero Saturnino, añoraba a su Galicia, a su aldea cerca de Mondoñedo , a su madre, a sus hermanos, de los cuales nunca tuvo noticias ciertas.
Un buen día, la cuadrilla que tenía en Argentina, aprovechando el Año Jacobeo, decidió hacer una semana del Camino de Santiago, con la idea de que ese año el Santo concede los deseos de los peregrinos que llegaban a Santiago.
Saturnino, era un peregrino más, no dijo nada a sus compañeros, pero aprovechaba a preguntar en los bares, en los albergues del camino, por su familia, todos le decían lo mismo, que ya habían fallecido y otros estaban en paradero desconocido.
A los dos días de regresar a Buenos Aires, Saturnino falleció, el médico certificó de un paro cardiaco, los compañeros del camino, dijeron que murió de pena.
Luis Iglesias .
Grupo B
Retorno de un emigrante
El autobús le dejó en el cruce de Soutelo das Neboas (Soutelo de las Nieblas). La bruma de la mañana se mezclaba con las ramas de los árboles.
A sus sesenta años, el caminar de Xosé ya no era el del muchacho apresurado que, con una maleta prestada y el corazón encogido, había dejado aquella pequeña aldea, a pocos kilómetros de Santiago de Compostela. Habían pasado cuatro décadas desde que cruzó el océano para buscarse la vida, y ahora el aire húmedo y cargado de olor a tierra mojada le golpeaba el rostro como un viejo recuerdo.
El camino hacia la casa familiar le reveló un paisaje herido por el tiempo. El asfalto había devorado los senderos de tierra por los que solía correr en su infancia, y el silencio en el valle le resultó abrumador. Faltaban los ladridos de los perros desde los caseríos, el crujir de los carros y las voces de los vecinos de finca a finca.
Muchas de las casas de piedra, antes llenas de vida y humo en las chimeneas, ahora tenían las contraventanas cerradas. El verde invasivo de los eucaliptos había ido ganando terreno.
Al llegar a la cancela de su casa, el tiempo pareció detenerse. Allí estaba ella, su madre, encorvada por el peso insoportable de los ausentes, con las manos nudosas y apoyadas en el mandil, la mirada desgastada de tanto mirar el horizonte, esperando ese día. Las cartas, giros y llamadas esporádicas nunca habían logrado apaciguar el sufrimiento de los años vacíos.
El abrazo fue largo, tembloroso e impregnado de olor a leña y a ropa limpia, que le devolvió de golpe a su raíz.
La noticia corrió como pólvora por la aldea. La familia se reunió esa misma noche en torno a una mesa de madera. Hubo empanadas, tazas de vino de Ribeiro y grandes risotadas para celebrar la vuelta del hijo y hermano que ya disfrutaba, con toda la gran familia, de ese retorno tan esperado.
Fernando Nieto
Grupo A
A Donis…
Hace cuánto, cuánto que no veo a mi madre, a mi tierra, a mi aldea, a mis montañas, mi verdor, mi Galicia, mi España. Hace cuánto. Ahora aquí, atravesando este cielo, encima de este océano infinito todo, todo parece tan lejano. Tan lejano y tan extraño.
La señorita que va a mi lado se ha quedado dormida después de escuchar mi relato, después de que le he contado de mi regreso. Mi regreso después de cuarenta años de ausencia. Cuarenta años de ausencia, de silencios, de olvidos. Se dice fácil…Cuarenta años…
Un almuerzo rápido en el aeropuerto y luego, a buscar el sitio de los coches en renta. Espero no tener problemas con la documentación y cuanto antes poder iniciar el recorrido por carretera hasta Donis. Donis, como yo, como mi apellido. Donis, el nombre de mi aldea, mi apellido, el de mi madre y el de mi abuelo materno, sea por Dios. Aquí vamos, a Donis.
Las carreteras de España están muy bien, no cabe duda, mucho, mucho mejor que las nuestras, qué le vamos a hacer?...Las nuestras o las de allá, como sea, porque eso de nuestras, ya no sé. Ya no sé qué es mío, qué es nuestro, qué es de aquí y qué es de allá.
Y mi madre, mi madre. Tantos años. Estará más vieja, más cansada. La pobre esperando tantos años sin saber de su hijo.
Por fin, el primer letrero de Donis, la primera prueba de que mi aldea existe, que no la soñé simplemente.
No ha parado de nevar en todo el camino. Vaya frío , vaya montes, vaya invierno. No sé cómo voy a bajar entre la nieve con este calzado de ciudad que no viene al caso, como tampoco viene al caso este traje que me está quedando cada vez más chico. Sabrá Dios cuántos kilos habré subido desde que inicié el viaje. “Ayyy vieja, qué genes los tuyos, siempre cuidando la dieta, para igual, siempre estar pasado de peso. Ayyyyy”.
Recuerdo ahora, en pleno viaje de bodas, a aquella estúpida mujer en esa piscina techada de aquel hotel caro de Boston, cuando se acercó a la que fuera mi esposa y la felicitó por su flamante marido regordete, yo, diciéndole;
-Los hombres, grandes, gordos, como su cartera, como su cuenta bancaria y su línea de crédito.
Vaya impertinente. En fin madre, que esta genética tuya sigue metiéndome siempre en problemas.
Y no para de nevar.
No puede ser esto Donis. Apenas un caserío. Apenas unas cuantas calles llenas piedras y unas cuantas casas solas, derruidas, abandonadas, con el monte, la vegetación, los pinos, metiéndose entre ellas. Esto está solo, abandonado. Madre, dónde estás, cuál era tu casa…Nuestra casa?...
Un montón de hierba crecida entre la nieve, el hielo y el silencio del bosque, de la naturaleza.
“Y tú madre, dónde quedaste tú? Te devoró el silencio, el bosque, los lobos hambrientos o, simplemente, una tarde te quedaste dormida en tu sillón, a solas, con tus recuerdos, mirando por tu ventana, esperando a que tu hijo regresara?...
Estoy de regreso, mírame madre, mírame, estoy aquí. Aquí está por fin, por fin, tu Saturnino madre. Aquí está.
Mírame madre, donde quiera que estés, ha regresado tu hijo, tu Saturnino”.
La nieve siguió cayendo. El invierno blanco siguió cubriendo todo de nieve. Ni una alma humana apareció entre las calles del pueblo abandonado. El hombre vestido de traje y calzado de ciudad volvió al coche. Lo entendió todo, se fue. Una lágrima rodó por su mejilla.
Adiós, adiós Donis.
Grupo A



