Meeting point. Encuentros y desencuentros

Esta ha sido una semana de encuentros y desencuentros. Un "hola" y un "adiós" pronunciados en la misma frase pero con distinto ánimo. Un elixir de presencias regado con un aroma de ausencias. Un antes y un después, el anverso y el reverso de una circunstancia de vida.
Este tema, propuesto por las compañeras Esperanza García y Maite Bustos, del grupo A, será motivo de un encuentro entre los tres grupos de taller el día 18 de abril. El patio de la Biblioteca Pública de la Casa de las Conchas acogerá un concierto-recital donde la literatura, la música y el baile serán nuestro equipaje a compartir con quienes gusten encontrarse con nosotros.
Abrimos la cancela de este tema tan amplio con unas citas pero no citas a ciegas protagonistas de muchos encuentros sino frases literarias.
Julio Cortázar afirma que "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado", Vinicius de Moraes está convencido de que "La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida" y Edgar Oceransky nos deja una frase para tatuarla en la piel: "No sé cuantas vidas me faltan, pero en cada una espero encontrarme contigo".




Leímos y comentamos los relatos "Encuentro" de Octavio Paz y "La determinación" de Quim Monzó. Disfrutamos con el maravillo cuento "Tristán García" de Álvaro Cunqueiro, una historia que conocí en galego gracias a Quico Cadaval y que puedes escuchar en su voz o también puedes disfrutarla en la adaptación a la pantalla que hizo Xosé Cermeño para la Televisión Gallega.
Recomendamos el libro "Desencuentros" de Jimmy Liao cuya historia puedes conocer en este enlace. Y también hablamos del libro "El Encuentro" de Enrique Flores.



 
Otros relatos que mencionamos fueron "Amigas" de Mercedes Abad o "No es nada" de Carlos Castán, ambos forman parte del libro de relatos "Encuentros y desencuentros", una selección de relatos para estudiantes de español como lengua extranjera.
Cerramos este entrada en el blog con el deseo de que con la presente os encontréis bien, una fórmula epistolar que no podía faltar en las cartas.


Propuesta escritura

Escribe un texto sobre un encuentro o desencuentro. Puede ser contigo mismo, con un fantasma, con algún amigo, con tu ex, con tu pareja, con una persona con la que te has citado. Un encuentro que lleva a un desencuentro. Un desencuentro sin encuentro. Un encuentro sin desencuentro.
Busca la manera no te vayas por las ramas. Quien busca, halla.


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Encuentros en la piel.

El sueño llegó despacio, sin ruido, con calma. Caminaba por el parque al atardecer. Entonces lo vi. No parecía sorprendido de verme, como si supiera que tarde o temprano nos encontraríamos allí. Sonreía con esa tranquilidad que siempre transmitía.
Él me tendió su mano. Me puse a su altura y caminamos. Sentí una paz muy grande, como si todo el dolor que durante tanto tiempo había sentido ahogándome el pecho ahora se aligerara.
Hablamos de los pequeños momentos vividos. De que iba a ser abuelo, esta vez de una niña. Él escuchaba con atención, como siempre lo hacía, con ojos de amor y ternura.
El viento movía suavemente las hojas de los árboles. Por un instante sentí que el tiempo se detenía. Antes de despedirme, me rodeó con sus brazos como siempre, y apoyando mi cabeza sobre su pecho, disfruté de su olor y su calor.
Desperté. La habitación estaba en silencio. Aún era de noche. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. En mi mente y en mi piel permanecía el abrazo. Lo sentía, era real, estaba presente, podía percibir su olor y su calor.
En el pecho me invadía una calma profunda, como si el sueño hubiera sido un pequeño reencuentro que el corazón pedía. Sentí que no estaba sola y me preparé para soñar de nuevo con él.

E.R.A.
Grupo B


Encuentros en el metro

Como cada mañana, a la misma hora, descendía hacia el andén del metro. Siempre se subía al tercer vagón. Y como cada día, él ya estaba dentro.
Al principio parecía una coincidencia. Un rostro entre muchos. Pero con el tiempo, ambos empezaban a reconocerse sin querer. Ese instante breve, en el que sus miradas se cruzaban y fingían mirar otra cosa: el móvil, el libro...
Nunca habían hablado, pero en sus cabezas discurrían conversaciones enteras. Ella jugaba a adivinar su profesión e imaginaba que tocaba el piano, porque él no paraba de tamborilear sus dedos sobre sus rodillas, de forma rítmica, como si repasara una partitura.
Él imaginaba que un día el tren se detenía entre estaciones, y en medio del silencio incómodo del vagón, ella decía: ¡Vaya, hoy llegamos tarde!.
Se reían y, tras la primera sorpresa, todos los días se saludaban y hablaban. Al principio de cosas sencillas: del frío de las mañanas, del café que él siempre llevaba en la mano, de los libros que veía que ella leía.
En su fantasía, ambos imaginaban que bajaban en la estación de siempre. El le cedía el paso y decidían tomarse su primer café juntos, aunque ese día llegaran tarde al trabajo.
Ambos sonreían nerviosos. Después caminaban juntos por la calle, cada uno hacia su local, prometiendo volver a encontrarse al día siguiente.
Pero en la realidad, el tren seguía llegando cada mañana. Las puertas se abrían. La gente entraba y salía. A veces sus miradas se encontraban apenas un segundo más de lo habitual. Un segundo que parecía decir muchas cosas que ninguno se atrevía a pronunciar.
Dos desconocidos compartiendo el mismo trayecto, las mismas paradas y una pequeña historia silenciosa que solo existía en sus mentes y entre una mirada y otra. Tal vez un día alguno hablara. Mientras tanto, cada mañana el metro seguía avanzando, llevando con él todas esas historias que todavía no habían comenzado.

E.R.A.
Grupo B


Yo, el otro

Me busco, pero no me encuentro. Así me ha pasado toda la vida, tengo un yo muy escurridizo, un Houdini de la auto conciencia, un Wally de mi identidad, que sé que está ahí -aquí, mejor dicho-, pero me resulta completamente imposible localizar; aquí, pero ¿dónde? Se ve que le gusta jugar conmigo -y consigo mismo- al escondite.
Me como mucho el coco, ¿acaso hay más de un aquí? Eso rompería todos mis esquemas, es absurdo, científicamente imposible. Se podría explicar con la mandanga de los universos paralelos, pero nunca he creído en esas cosas, a los astrofísicos se les va mucho la olla, pensar en un solo universo infinito ya es casi inconcebible, así que más de uno, -más de un Big Bang- simplemente demuestra que les ha estallado la cabeza; y no es para menos.
“Usted está aquí”, dicen los planos de la ciudad, señalando un punto. Pero yo, por más que miro, no me veo; veo el puto punto, pero nada más. Así que localizo el bar más cercano y me dirijo allí. En la pared, detrás de la barra, hay un gran espejo con baldas de aluminio llenas de botellas de todos los colores. Me veo en el espejo, tengo una pequeña alucinación, creo haberme, por fin, encontrado, ¡eureka!; pero enseguida caigo en la cuenta -sólo me he tomado una copa- de que no soy yo, es simplemente mi reflejo, total, que mi gozo en un pozo.
Se me ocurre una cosa -a la tercera o cuarta copa, vete a saber-; me pongo a mirarme, fijamente, en el espejo. Se trata -es una idea genial, a ver si es que me ha estallado la cabeza como a los astrofísicos-, de invocar a mi imagen, como si estuviera practicando una ouija, para que se corporeice en mí. Una especie de teletransportación cuántica -tengo que dejar de ver divulgación científica, aunque quizá ya sea demasiado tarde- de modo que por fin me encuentre a mí mismo.
Después de unos nanosegundos que parecen una eternidad, un tiempo expandido, la imagen se ha hecho carne en mí. Ya estoy completo, me he encontrado, yo soy yo. Pido la cuenta, embriagado de felicidad -y de varias copas más de la cuenta-, convencido de que mi búsqueda existencial ha llegado, gloriosamente y para siempre, a su fin.
El camarero saca el ticket, lo pone en una de esas bandejitas, y, cuando ya estoy abriendo la cartera para pagar, me da la espalda, y se la ofrece al espejo. Suena un tintineo de monedas, y se oye una voz -que no es la mía, pero es la mía- que dice: - Gracias Manolo, hasta luego.
A mí se me cae el alma a los pies, pero ya ni me molesto en recogerla. Salgo sin despedirme de Manolo.

Ignacio Aparicio
Grupo A


La mano tendida

El viento soplaba con fuerza. El vértigo me empujaba al vacío. Cerré los ojos. Un pequeño salto y todo terminaría. Dicen que toda tu vida transcurre en un aleteo, en los últimos momentos de tu existencia.
Recuerdo la primera vez que chocaron nuestras miradas. Me enamoré al instante. De su pelo lacio, sus pómulos sonrosados y su tierna sonrisa. Del calor suave que transmitía su mano cuando corríamos agarrados por el patio del colegio, como si voláramos. Un día desapareció. El tutor nos explicó que su padre había sido destinado a otra ciudad.
Cuatro años después nos volvimos a encontrar. Era verano, se alojaba en casa de sus tíos. Formábamos una pandilla de siete adolescentes, pero ella y yo éramos inseparables. De excursión a la montaña, a la piscina, al cine, siempre agarrados de la mano. El último día, la besé. Me arrepentí. Debí besarla el primer día.
Pasaron seis años. Terminaba Medicina cuando una esquela en el barrio me turbó. Su padre había fallecido. Me acerqué a mostrar mis condolencias. Vestía de negro, con velo de luto y mantilla. Llevaba unos guantes largos y agradecía las muestras de afecto. El duelo no ocultaba su belleza. Me vio esperando turno para dar el pésame a su familia. Se retiró el velo y se quitó los guantes para atender a la señora que me precedía. Me tendió la mano. Reconocí su sonrisa, sus ojos, su rostro, la calidez de su piel. Nos miramos sin decir palabra. Una vieja que esperaba detrás me propinó un puntapié.
Unos meses después me enteré de que su madre la había prometido en matrimonio. Superé mi aflicción centrándome en mi reciente trabajo.
Pasaron ocho años. Era especialista en cardiología y un referente nacional en los incipientes trasplantes de corazón. Una mañana de abril se presentó en mi consulta, prendida del brazo de su marido. Él estaba gravemente enfermo. Ella había insistido en que solo yo podía atenderle. Me tendió la mano y me miró a los ojos. Los suyos habían perdido la pureza, parecían tristes, pero su sonrisa era la misma. Apretó mi mano con fuerza antes de decir: —Salve mi vida, doctor.
El trasplante fue un éxito. Nunca me lo agradeció.
Diez años después, un familiar suyo me dijo que estaba moribunda. Me desplacé para verla.
Me tendió la mano. Sus ojos mortecinos me observaban. Dos lágrimas recorrían sus marchitas mejillas. Su sonrisa había desaparecido.
—Necio —me dijo.
Me soltó la mano y se dio la vuelta.
Murió ayer.
Inspiro profundamente. El viento sopla con fuerza. Presiento su mano tendida en el vacío. Retrocedo dos pasos y me echo a llorar.

Max Ferlam.
Grupo B


Diario desencuentro

Tengo un Yo, optimista impenitente,
que me susurra que esto tiene algún sentido,
que vivir es disfrutar de lo vivido,
que morir es sólo estar ausente.

Que “carpe diem”, que siga tan tranquilo,
sin esperar que nada me ilumine;
que disfrute antes de que todo se termine,
que apure la copa, que siga el hilo.

Y tengo otro heterónimo, llamado
“Don Buscador del Sentido de la Vida”,
que me insiste en que ha de haber una medida,
un canon que seguir, un credo amado.

Que es imposible existir sin un destino,
sin practicar un mito al que agarrarse,
quimera razonable. Que es mejor engatusarse,
que es más cuerdo seguir algún camino.

Y se encuentran los dos, casi a diario,
y discuten, cada uno a su manera,
para ganar el premio en la carrera
de ser la letra A en mi abecedario.

Y una y otra vez se desencuentran.

Carlos Coca
Grupo C


Los algoritmos del amor

Se conocieron por casualidad. Él era profesor de matemáticas de secundaria, aunque no le gustaba mucho dar clase a adolescentes sin el más mínimo interés por las ecuaciones diferenciales, los polinomios o la probabilidad. Ella trabajaba como representante comercial de una conocida marca de productos lácteos. Coincidieron en una degustación gratuita de una feria de quesos. Para él, aquel encuentro fue como trazar una tangente en un punto de la curva. Los abrazos y caricias iniciales trajeron consigo dos hijos y una casa hipotecada. Sin embargo, los seis últimos meses habían derivado hacia un distanciamiento progresivo, con miles de silencios velados y palabras rotas. La atmósfera se hizo irrespirable y opresiva. Tras diez años de matrimonio dejaron de compartir cama; la comunicación se redujo al buenos días, ¿recoges tú a los niños? o un escueto ¡hasta mañana! Sus vidas se habían convertido en un sistema de ecuaciones incompatible. Aquello terminó con un asfixiante convenio regulador y un divorcio en toda regla.
Él atravesó una mala temporada, estaba saliendo de aquel pozo de tristeza, rabia y confusión. Cuando la conoció por casualidad. Ella era soltera, una mujer de carácter entregada a su trabajo, policía nacional en Zamora. Coincidieron en el gimnasio y rápidamente hubo química, ¡vaya si la hubo! Quedaron varias mañanas a tomar algo en una cafetería cercana, y la dopamina disparó el deseo intenso de continuar compartiendo sudores y jadeos. Sus encuentros fueron apasionados, ideales para recuperar el hambre atrasada. Una relación loca, salvaje, obsesiva. Una atracción desenfrenada como si se tratara de una función exponencial. Después de seis meses ella fue destinada a Pamplona. Cuatrocientos treinta kilómetros fueron suficientes para abrir sutiles grietas. La relación se fue diluyendo con la distancia, los tiempos compartidos cada vez eran menos, surgieron los malentendidos, el ambiente se fue enfriando… Hasta que una mañana de domingo ella le comunicó que había decidido dejarlo.
Ella trataba de sobrevivir en medio de aquella existencia anodina. Hasta que le conoció por casualidad. Comenzó a coincidir en el autobús, casi todas las mañanas, con un joven con gabardina y gafas de pasta. Era atractivo, con ese pelo rizado que tan bien le sentaba. ¿Cómo se llamaría? ¿Dónde trabajaría? Un día atisbó a ver el título del libro que él devoraba. Se lo compró de inmediato: Icebraker, de Hannah Grace. Cuatrocientas cuarenta y ocho páginas con numerosas escenas apasionadas de sexo explícito. Disfrutaba con la lectura compartida de esa historia salpicada de múltiples momentos picantes, hasta el punto que las endorfinas generadas aliviaban el estrés que le provocaban las guardias de la comisaría. Una mañana decidió romper el hielo e iniciar una conversación casual con aquel hombre tan encantador. Sin embargo, aquel día no coincidió con él, las jornadas siguientes tampoco lo vio. No sabía qué podría haberle pasado… Se sentía abatida.
Poco después, ambos se registraron en diferentes aplicaciones de citas. Ella se decidió por Meetic, donde se presentó con un perfil sincero y unas fotos en las que parecía desenfadada. Chateaba con sus parejas en un juego sin fin. Se sentía insegura, quedaba con hombres para tomar un café, pasear sin rumbo o hablar de libros interesantes, aunque al final se cansó de tener que espantarlos como moscas, pues ellos acudían solícitos con una única intención. ¡Los tío van a lo que van! Ciertamente, ella buscaba otra cosa.
Él eligió Tinder, donde creó un perfil sin cargas familiares y con cinco años menos. Todo se reducía a la probabilidad de la compatibilidad con su potencial compañera de vida. Leyó en el móvil sobre la regla de los tres días, las tres semanas y los tres meses, aunque no entendía demasiado. Aquello, sin duda, era más complicado que el cálculo infinitesimal. Él se dedicaba a descomponer sus encuentros amorosos, como si fueran integrales o derivadas, para intentar comprender el complejo sistema de los algoritmos del amor.

Jesús García
Grupo A


El único inconveniente

Son las seis. Una mujer se acerca y empuja la puerta con desenvoltura. Seguro que es ella. Conversa con el camarero y este le acompaña hasta una mesa cerca del ventanal. Ella le sonríe mientras aprieta un pequeño libro de pasta ajadas contra el pecho y pide un café. Se sienta, pero antes cuelga el bolso en uno de los brazos de la silla. Lo coge de nuevo. Introduce su mano y revuelve hasta hallar un paquete de tabaco y el mechero. Cierra la cremallera y lo deja esta vez en la silla de enfrente. Abre el libro por la página que tiene una pequeña doblez en la esquina. Instantes después lo cierra y mira de reojo el reloj que lleva en la muñeca. El café humea sobre la mesa. Justo a su lado hay un espejo que refleja a una joven sentada junto a la puerta. Lleva el pelo largo y suelto, enreda algunos mechones en su dedo índice una y otra vez mientras mira embobada a un hombre que está en la barra hablando por teléfono. Él se acerca y la besa antes de retirarle la silla para marcharse. Los sigue con la mirada hasta que la puerta se cierra. Después, se ladea un poco para mirarse en el espejo. Coloca algunos rizos que se han soltado del peinado y tantea con suavidad el cabello de la nuca. Examina de nuevo su reloj, esta vez de frente. Enciende un cigarrillo aspirando profundamente el humo. Se sienta más erguida mientras acaricia cada una de sus uñas con la yema de su dedo meñique. Vuelve a la lectura de la página señalada. Cruza las piernas. Un reloj enorme que esta al fondo de la cafetería señala las seis y media. Apaga el cigarro. Manosea su tobillo izquierdo por debajo de la mesa sin quitarle los ojos a la hoja del libro que lee esta vez, con insistencia. Bebe un sorbo de café y retira la taza. Juega con la cadena del reloj haciéndola girar sin reparar en ella. Cierra el libro para volver de nuevo a su reflejo en el cristal. Una a una, retira las horquillas del cabello que cae con suavidad sobre su espalda. Se peina el flequillo con los dedos y coloca el mechón que cubre una de sus mejillas, detrás de la oreja. Enciende el último cigarro que le queda en el paquete de tabaco. Llama al camarero y haciendo una señal con la mano, le pide la cuenta. Mientras se levanta, coge su bolso y saca unas monedas. Las pone encima del ticket que el camarero trajo en una pequeña bandeja de porcelana. Camino de la puerta se detiene en el último escalón que da a la calle y regresa a la mesa para recoger el libro olvidado sobre la mesa. Veinte poemas de amor, de Neruda.
Lo sé porque es mi libro favorito, como lo es también el suyo. Nuestra clave de reconocimiento.
Abre la puerta con elegancia y camina con pasos pequeños y sensuales. Se aleja Marina es verdaderamente hermosa.
El único inconveniente, llamémoslo así, es que no creo en las citas a ciegas. Por eso nunca me presento a ninguna.

Mamen Somar
Grupo C


Encuentro y desencuentro

No quise encontrarme contigo,
tus ojos transparentes
romperían el curso de mis días.

Te lo dije:
no quiero tu mirada clara
destruyendo la penumbra que me envuelve.

Sabía que tu cintura
marcaría los ritmos de mis pasos
y aún así
me quedé allí,
quieta, desolada,
incapaz de ordenar el caos que me habita.

Sabía que pasaría:
pondrías mi mundo ordenado y cómodo
a tu antojo
mientras yo te pediría
que te quedaras
solo un momento más.

Tú simplemente me miraste,
caminaste sin dejar huella
hacia un lugar
al que no podía seguirte.

Desapareciste en la nada
sin apenas hacer ruido
mientras yo,
solitaria y torpe,
trataba de recoger
los pedazos de sueños
que me arrancaste un día.

Elena Domínguez
Grupo C


Secreto de amigos

Lo recuerdo como si fuera ayer, pero ya ha pasado media vida, desde que sucedió lo que voy a contaros, como un secreto entre dos amigos.
Era el último día de las fiestas de septiembre en nuestro pueblo, estaba empezando a anochecer, cuando un amigo se me acerca y me dice que quiere hablar seriamente conmigo.
En principio me sorprendió tanto misterio, pero cuando empezó hablar, no pude menos que reírme y darle un abrazo.
Este amigo vivía y trabajaba en el país vasco, y todos los años acudía a las fiestas de los toros del pueblo.
Alguien le había comentado que yo salía en Salamanca con una amiga común, y me preguntaba si era o no cierto, porque estaba dispuesto a pedirla relaciones “serias”, si estaba “libre”.
La alabé todo lo que pude, pues era verdad que era una chica estupenda, le conté que íbamos y veníamos al pueblo muchas veces juntos en el tren o en la “serrana” , y que yo ya tenía novia en Salamanca, por lo que podía estar tranquilo, y empecé a echarle un capote, en los siguientes viajes.
Ella, yo creo que no sabe nada de esta conversación entre dos amigos, no tardaron mucho en casarse y formar una familia en el país vasco, pero siguen acudiendo a las fiestas del pueblo todos los años, y cuando hablo o me cruzo con ellos, mi amigo y yo, nos miramos y nos echamos una ligera sonrisa.

Luis Iglesias
Grupo B


Mi corazón lleno de recuerdos

Hoy, diecinueve de marzo,
desperté buscándote
más allá del océano.
Una cortina de húmedas gotas
resbalaban por mis ojos.
Y, lejos, muy lejos,
vi tu cara,
tu inmensa sonrisa.
El sol resplandecía
sobre tus cabellos,
caminabas con paso firme
por la arena
de la mano del viento.
De pronto cayó la tarde,
y, con el crepúsculo,
fui a tu encuentro.

P.G.
Grupo C


Cambio de planes

Me enviaron con billete de ida a Salamanca en los años 80, para empezar el nuevo curso de Medicina, cuando mi idea era ir a la Coruña a ver a un chico que había conocido de casualidad en Salamanca
No era fácil escapar a los designios paternos, pero tenía que hacer algo antes de llegar al destino.
No había Google ni Internet, solo sabía que Venta de Baños era mi única solución, un nudo ferroviario con el tren que iba a Coruña. Viajaba con una hermana nada transgresora, y lo decidí en 2 minutos.
Bajar en Venta de Baños y enterarme, con la única compañía de un maletón con enseres para 2 o 3 meses de estancia en Salamanca , cuándo salía un tren con destino a Galicia.
Ante el asombro de la “Cándida”, mi hermana obediente, en cuanto paró en la estación , bajé al andén y dije adiós al tren que me debería llevar al destino que mis padres creían iba a llegar y no llegué el día previsto-
Me bajé del tren en la parada , a las 11 de la mañana y cuando fui a enterarme, el único que podía coger era a la una de la madrugada.
Ante la imposibilidad de consigna, época de terrorismo y prohibición de coger bultos a nadie, me fui con la maleta al cine a ver una película que no recuerdo para nada.
Si recuerdo algo, Que me esperaba en la Coruña un amor que duró 25 años.

Carmela
Grupo A


Donde le dejamos, allí le encontramos.

Eran los años 60, acabábamos de cumplir los 18. Ya teníamos el carné de conducir, y la escasa disponibilidad de vehículos cuando nos los dejaban nuestros padres.
Vivíamos en los pueblos de la raya, próximos a Ciudad Rodrigo. Y por aquel entonces se celebraba el festival del Águeda. Era una copia pobre del festival de Benidorm, pero para nosotros era algo espectacular.
No sé cómo, pero mi amigo Paco consiguió coche y permiso para acudir al festejo. Yo estaba apuntado de antemano al mismo, pero en aquella ocasión se añadió un vecino algo más joven que nosotros, que estaba de vacaciones en el pueblo y era francés; se llamaba Patrick, y nosotros, para facilitar el lenguaje, le habíamos bautizado como “patuco”; la cuestión es que su abuela nos agradeció que sacáramos a su nieto de casa y nos lo lleváramos.
Llegados a Ciudad Rodrigo y para entrar en faena, nos acercamos a un bar y nos tomamos unos cubatas para irnos entonando. Paco y yo, acto seguido, nos fuimos a ver el festival con la clara intención de ligar lo que pudiésemos. El amigo añadido, “patuco” no nos quiso acompañar y se quedó en el bar.
Al cabo de un par de horas aproximadamente volvimos al sitio donde habíamos dejado al amigo y hete aquí que lo encontramos en el mismo sitio donde lo habíamos dejado, pero sentado en el suelo debajo de la barra; ¿os podéis imaginar el “colocón” que tenía el muchacho? Le recogimos entre los dos, le llevamos al coche, le sentamos en la parte de atrás y nos fuimos; no sin antes haber bajado dos o tres dedos el cristal de la ventanilla para que no se nos ahogase, pues era verano y hacía calor.
Ya de madrugada volvimos a casa y devolvimos a nuestro acompañante a su domicilio. Llegó bien fresquito, pues ya llevaba la “cogorza” bien dormida y despejada.
Su abuela nos lo agradeció invitándonos a comer un día. Nos preparó “pollo a la cerveza”, un plato que era su especialidad y que nos supo a gloria.

José Luis Fonseca
Grupo B


No volveré

No volveré a tus pagos ni a tus riegos.
Muros en el asfalto, espesa niebla,
vetarán el paso de sueños ciegos,
bálsamo y marea que la garza puebla.

No me hablarás de Mahler ni sonatas,
ni me hablarás del tiempo o de la liga,
en roca añil de monte me constatas,
del abrazo al abismo me castigas.

Yo soy hija de la escarcha y del invierno,
lágrimas de una filigrana gélida
pegaré en mi álbum de niñez interno.

Y templaré la incógnita y la umbría,
yo, blanda hermana del valiente Pélida,
con áurea manta del calor de Hestía.

Marisa Sánchez
Grupo C

Carta de ajuste

Esta semana la sesión del taller de escritura se emitió en directo por televisión con señal para la Patagonia, Groenlandia y Mongolia. La sesión comenzó tras la carta de ajuste, con la música de una playlist que facilitó sintonizar con el tema: "La televisión pronto llegará" de Lolita Garrido, "La TV es nutritiva" de Aviador Dro, "TV" de Sebastián Yatra y "La del televisor" de Piero.
Comentamos después el cuento "El caso del escritor desleído" de Juan Marsé. En una entrevista que Sergi Doria le hizo para ABC le preguntó si frecuentar los medios de comunicación acaba con un escritor. Juan Marsé respondió:
No soy un escritor mediático, nunca he querido serlo. En cuanto a la televisión, creo sinceramente que es uno de los instrumentos más eficaces del poder político para promover la incultura, la desinformación y el mal gusto. Un año después de la publicación de «El caso del escritor desleído», Woody Allen, en «Desmontando a Harry», trataba el caso de un actor de cine cuyo drama consiste en que aparece borroso en la filmación de una película. El actor era Robin Williams. Una coincidencia, pero debo decir que mi «escritor desleído» (no sólo borroso en imagen) es anterior al actor borroso de Woody Allen.
El cuento, un homenaje a Stevenson y a Juan Carlos Onetti. es una divertida sátira sobre la relación entre los escritores y los medios.
El segundo cuento que ocupó nuestros comentarios fue "Viaje a la luna", una evocadora historia sobre la llegada del primer televisor al pueblo de Olleros y la llegada del hombre a la luna vista a través de la pantalla.
Hablamos por último de "Televisión basura" de Manuel Vázquez Montalbán, una sátira donde se mezclan personajes, opiniones y situaciones de manera estrambótica y que son un reflejo de la degradación de contenidos en los medios de comunicación. Las tres historias forman parte de un libro titulado "Castigados sin tele. Cuentos para que no veas la televisión"



Hablamos de los pros y los contras de la televisión, compartimos recuerdos relacionados con la llegada del televisor a nuestros hogares, de la transición del blanco y negro al color y de algunos programas que quedaron grabados en nuestra memoria.
Recomendamos la película El televisor de Chicho Ibáñez Serrador, una historia para no dormir que refleja con acierto algunos de los efectos secundarios que la televisión ocasionó en muchos hogares. Aquí tienes un artículo sobre la película titulado "50 años de ‘El televisor’, la inolvidable ‘historia para no dormir’ de Chicho Ibáñez Serrador" firmado por Fernando Sánchez López.
Ray Bradbury señaló que "La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco". El poeta chileno Enrique Lihn carga aún más su munición poética contra la televisión en su poema titulado "TV":

Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la television en colores.
De esa llama solo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los suenos
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fabrica
Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder


Hay un artículo muy interesante que analiza el papel de la poesía de este y otros escritores chilenos durante la dictadura. Su título; "La televisión y la dictadura en la poesía de Parra, Lihn y Hahn". Lo firma Matías Ayala,

Recomendamos el libro "La muerte de la TV no será televisada" de Emerson Pérez publicado por la editorial Liliputienses. Te dejamos aquí un video poema
Y cerramos esta publicación con tres textos. El primero es un soneto de Justo Alejo titulado "Cuán inmóvil la moviola". Lo publicó en SolEDADES sonORAS:

La tarde es reDOMADAMENTE LENTA
ANTE teleVISIÓN A TODO PASTO
NINGUNEA EL AMIGO SOLO vasto
la veciNA Naufraga en tal tormenta

¡Qué tiros! ¡Qué troyanos! CUÁNTO CUENTA
EL ARTEFACTO en apariencia casto
COSA es que habla y –FABLE– NO DA ABASTO
A LO INFALIBLE: es un cristal que aumenta

CoroNARON las horas CINCO GOLES
CINCO GOLES AZULES COMO SOLES
Todo se fue torneando más tranquilo

En el barrio ¿bajaba ya o subía
el vencidario? NADIE LO SABÍA
EN ABSOLUTO. SE HA PERDIDO EL HILO


El segundo texto es un poema de José Ovejero titulado "Zapping":

En la primera un padre apenado hablaba de su hija,
violada tres veces por un desaprensivo.
Y prometía detalles antes de pasar la gorra.
En la segunda asistí a un horrible crimen, y había sangre,
y gritos, y la tortura del débil.
Sólo así podíamos alegrarnos con la sangre y los gritos
del delincuente.
En la tercera daban fútbol. Hombres que se abrazaban
y besaban y brincaban de júbilo, sin avergonzarse.
Espectáculo raro en estos tiempos.
En la primera el padre lloraba amargamente
mientras corregía el nudo de la corbata.
En la segunda se aplicaba la ley,
para tranquilidad de todos.
En la tercera se celebraba la victoria
destruyendo algunos coches, y era hermosa la felicidad
al resplandor del fuego.
No sé en cuál el reportero cumplía su dolorosa misión:
entrevistaba a un moribundo,
porque el público tiene derecho
a estar informado.
En la quinta, creo que era la quinta, me vi yo.
Con el mando en la mano. Y era un excelente actor.
Había que ver mi expresión de escándalo, mi justa ira,
mientras abría la siguiente botella de cerveza.


Y el último es un breve cuento de Mario Benedetti titulado "Idilio":

La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido.» Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
«Vamos. A dormir», conmina la madre.
«No», dice Osvaldo con determinación.
«Ah, no. ¿Se puede saber por qué?»
«Estoy esperando.»
«¿A quién?»
«A ella.»
Y señaló el televisor.
«Ah. ¿Quién es ella?»
«Ella.»
Y Osvaldo vuelve a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
«Me dijo: querido.»


Propuesta de escritura

1. Escribe un texto libre (poema, microrrelato o artículo) sobre algún recuerdo o algún programa relacionado con la televisión. Ajusta la antena y sintoniza bien tu memoria
2. Otra posibilidad es escribir una oda, loa o elegía a la televisión, o en su defecto, una crítica o una sátira sobre este electrodoméstico y sus efectos.
3.  Pero si quieres ser un poco más experimental puedes escribir un relato en el que vaya variando el contenido de lo narrado, como si se tratara de un zapping. Tu texto puede comenzar con el relato de un lirón careto que se mezcla después con una telenovela y que quizá acabe en un filme de terror o un partido de fútbol. Esta tarea está inspirada en la película Permanezca en sintonía (Stay tuned) de Peter Hyams. 


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:



Atrapado por la TV

No sé como he venido a para aquí. Estaba repanchingado en mi butaca, bien instalado, con un par de latas de cerveza, unas banderillas, cacahuetes, un platito con lonchas de jamón de bellota y queso de oveja curado, algo de pan y unas servilletas, todo preparado en la mesita accesoria en la que dispongo lo necesario para una buena velada delante del televisor, acomodado para ver la gran final de copa, cuando se ha producido el cortocircuito. Un parpadeo de la pantalla, una rápida sucesión de imágenes, un haz de rayos catódicos que ha salido del aparato, provisto de una mano luminosa que me ha agarrado por el cuello, un apagón general y vuelta a la normalidad. Pero ahora yo me encuentro aquí encajonado, en un espacio angosto, desde el que contemplo al otro lado la butaca, el jamón, el queso, las cervezas y el resto de lo que tenía reservado para la ocasión. No me lo puedo creer, pero estoy dentro del televisor, dentro del maldito aparato que me ha abducido. Para mi sorpresa, veo entrar en el salón a mi hijo y un par de amigos, que se alegran de verlo todo a punto y en un periquete dan buena cuenta de la bebida y la comida. De nada han servido mis gritos, primero de advertencia y después de enfado, ya que parece que no me oyen. Para más penitencia, el televisor es extraplano, de última generación, lo que me hace sentir realmente incómodo encajonado en los tres centímetros de grosor que tanto ponderaba el empleado que me lo vendió. Intento salir del aparato, pero estos ingenios modernos están hechos para que nadie pueda meterles mano para toquitearlos por dentro o para arreglarlos, si fuera menester, a no ser que sea un técnico de la casa con herramientas especiales. Tampoco están construidos para que alguien abducido pueda salir de su interior, ya que no encuentro ningún resquicio, rendija o componente desatornillable que me permita salir de esta prisión. Para colmo, veo como mi hijo y sus amigos dan saltos de alegría y se abrazan, por lo que deduzco que el equipo contrario acaba de marcar un gol, ya que siguiendo la norma, ellos son hinchas del otro equipo y no de mi equipo de toda la vida. Y yo aquí encerrado y sin poder ver el partido. Vagando por el interior, lleno de circuitos, procesadores, chips, conectores y cantidad de elementos que no sé que son, llego hasta lo que parece ser la placa base de todo el ingenio, justo cuando el equipo contrario acaba de marcar otro gol. Sin poderme contener, le doy una patada al primer chip que encuentro, lo que se acompaña de un flashazo de la pantalla y las caras de asombro de mi hijo y los amigos. Con gran nerviosismo, se ponen a manipular el mando a distancia, con la clara intención de cambiar de canal. Parece que lo consiguen, porque se relajan, pero yo aprovecho para darle otra patada al chip y vuelve a repetirse la misma escena. Divertido por lo que acaba de acontecer, me dedico a repartir puntapiés a todos los componentes que voy encontrando en mi camino. Los resultados son de lo más variopinto, unas veces parece que la pantalla se vuelve monocromática, otras el volumen se hace ensordecedor o el aparato enmudece sin previo aviso, también aparecen figuras geométricas sin ningún sentido o se sintoniza la emisión a películas de ciencia ficción de serie B. Por cambiar un poco de forma de proceder, valiéndome de un cable que he conseguido arrancar, hago un cortocircuito entre dos procesadores, con el sorprendente resultado de que mi hijo y sus amigos aparecen junto a mí después de ser abducidos. Intentando repetir la operación cambiando los polos para devolverlos al salón de casa, no conseguimos el efecto contrario, si no que nos hemos traído abducido a un político en campaña que en ese momento estaba apareciendo en pantalla. Se ha montado un lío fenomenal dentro del televisor, ya que el mencionado ha creído que se trataba de un secuestro, mi hijo y sus amigos se han enzarzado en una discusión pseudotécnica sobre la forma de salir del atolladero, además el político y yo, que somos hinchas del mismo equipo, hemos tenido que defender nuestros colores frente a los tres jóvenes. Con tanto follón no nos hemos dado cuenta de que el televisor había seguido abduciendo todo tipo de cosas, una gacela y un guepardo del documental de naturaleza de la 2, tres tertulianos de un debate de la 6, un par de famosillos de la 5, el presentador de las noticias de la 3 y, de paso, a Roberto Brasero, que se ha puesto a darnos la chapa con el tiempo que hace al otro lado de la pantalla. Allí dentro ya no cabemos más y la situación empieza a hacerse insostenible, así que dejo a los demás hablando acaloradamente en lo que va pareciéndose a una junta de vecinos y me siento en un rincón a contemplar el panorama. Entonces veo entrar a mi esposa en el salón, por lo que deduzco que ha terminado la partida de cartas y que ha ganado, porque se le nota una cierta cara de satisfacción. Tan diligente como siempre, recoge lo que había quedado encima de la mesa, apaga le televisión con el mando a distancia y desenchufa el aparato. De golpe, reaparezco sentado en el sillón. Busco con la mirada a mi hijo y sus amigos, al político en campaña, al guepardo, a todos los demás y a Roberto Brasero, pero no hay nadie más, ni en el salón ni en la televisión. Entonces, detrás de mí, oigo decir a mi esposa —te habías quedado dormido, el partido se había acabado y he apagado la televisión— y, a continuación, ha añadido —por cierto, me ha dicho nuestro hijo que tu equipo a perdido por cinco a cero—.

Manuel Medarde
Grupo A


El estigma de Abel

“No sois mejores porque os guste leer”. María Pombo.

Érase una vez un país donde había innumerables canales de televisión. Uno de ellos emitía principalmente documentales e informativos. Plurales, objetivos, imparciales, sin sesgo alguno tanto político como ideológico, dando voz a las minorías, a los excluidos, a los movimientos marginales y olvidados, visibilizando a todos los que de otra manera quedarían fuera de foco, desterrados. En resumen, una televisión abierta a todas las opiniones, tendencias, movimientos sociales, modas, estilos, diversidad de razas, sexos e inclinaciones sexuales, sin discriminar ni priorizar a ninguno de ellos, y en la que, “last but not least”, se diera la máxima importancia a los hechos, contrastados siempre para averiguar la verdad objetiva siguiendo una metodología rigurosamente científica.
El resto de canales, a cientos, se repartían entre realities, telebasura, fútbol, sectas de todo tipo, programas concurso con premios millonarios, retos virales, películas gore, apologías de teocracias sanguinarias, vendedores de la eterna juventud, peleas a muerte sin reglas, hombres mordiendo a perros, ruido y furia, Belén Esteban, y un largo etcétera de aberraciones, brutalidades, y fanatismos.
Como es lógico suponer, y dada la naturaleza humana orientada a la generosidad, la solidaridad, el altruismo y las virtudes morales del buen salvaje no contaminado por la civilización y el capitalismo, una aplastante mayoría de espectadores se inclinaba por la primera opción. Lo que les hacía sentirse ecuánimes, justos, en posesión de la verdad. En definitiva, el pueblo elegido.
Al mismo tiempo todos los demás canales y sus seguidores se veían obligados a pasar a la clandestinidad, so pena de ser exterminados como ratas.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Sufrimiento y emoción

Era un 21 de diciembre de 1983, una noche fría en el exterior, pero dentro de casa yo estaba con muchos nervios y con la mirada clavada en la televisión.
España necesitaba ganar a Malta por 11 goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa de Francia de 1984.
Mi pensamiento me decía que era misión imposible, pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo en un gran aficionado como es mi caso.
El partido se jugaba en el Benito Villamarín de Sevilla.
Comienza el partido, me muerdo las uñas, estoy muy nervioso. En los inicios, penalti a favor de España. Lo ejecuta Señor, pero lo falla; ¡qué mala suerte! Poco después marca Santillana, pero Malta nos empata enseguida 1-1. Antes de finalizar el primer tiempo, Santillana marca otros dos goles más y llegamos al descanso 3-1.
Pero la pregunta que me hacía constantemente era: ¿cómo vamos a marcar los 9 goles que aún nos faltan para la clasificación?
El segundo tiempo comienza con un ritmo infernal por parte de nuestros jugadores. Yo no dejo de moverme de un lado a otro por el salón, pero los goles se suceden rápidamente. Rincón, Maceda, el cuarto, el quinto... me va subiendo la moral y comienzo a decir «¡sí se puede!», como gritaban todos los que estaban en el campo. Cada gol que marcaba España yo gritaba con más fuerza; en el minuto 80, íbamos 11-1. Los últimos minutos pasaban muy deprisa. Cerca ya del final, Señor, que había fallado el penalti, es quien consigue el gol definitivo. La emoción se desborda en mí y me abrazo con mi hijo para celebrarlo.
Una noche histórica frente a la televisión que nos enseñó que, hasta el último segundo, nunca hay que dejar de creer.

Fernando Nieto
Grupo A


La televisión

Escucho y veo la televisión. Alguien habla, alguien se mueve, alguien transmite ideas, pensamientos; otrora espectáculos. Yo los comparto y los disfruto. Hay de todo.
Creo que antes había más calidad que cantidad y ahora hay más cantidad que calidad.
Los tiempos cambian y también los conceptos.
Antes creíamos que todo lo que veíamos era auténtico, verdadero; ahora creemos que casi todo es falso, ficticio, preparado y conchabado.
Me gustaría saber cómo funciona, cómo se transmiten las imágenes y los sonidos. Tengo un sobrino, ingeniero de telecomunicación, que me ha contado un par de veces cómo son las ondas y cómo se transmiten, pero no termino de enterarme.
Puede ser que los que entienden la sistemática y el “modus operandi” lo disfruten más que los profanos. ¿O quizás no? Pues ni siquiera lo piensan.
Me pasa a mí cuando me doy un corte en un dedo. No me pongo a pensar en los factores de la coagulación, la agregación plaquetaria, el paso de protrombina a trombina; la formación del tapón de fibrina y finalmente la cicatrización. Estos fenómenos se ponen en marcha automáticamente, y si no tenemos ninguna alteración sanguínea, a los pocos minutos hemos dejado de sangrar, y a los pocos días ya tenemos la cicatriz.
En resumen: elijamos sabiamente el canal de la televisión, y procuremos no distraernos cuando tengamos un cuchillo en la mano.

José Luis Fonseca
Grupo A


Coplas a la televisión

Cuéntame cómo pasó,
dime cómo ha sucedido;
que me narre el Telediario
todo lo que ha acontecido.

Verano azul de la infancia,
Farmacia de guardia abierta,
Un, dos, tres tigres hambrientos,
Aplausos para la fiesta.

Te hipnotiza si te dejas,
Saber y ganar tú puedes
si sabes dejarlo a tiempo.
La Clave es saber si quieres

Un Informe semanal
relata dos mil desgracias.
Piensas que Aquí no hay quien viva,
empachado de falacias.

Bola de cristal, la tele,
alumbrándonos la noche,
Gran Hermano omnipresente,
programando a troche y moche.

Carlos Coca Senande
Grupo C


El mando ⧫⧫

Me llamo Faustino. Vivo solo, bueno… no exactamente, convivo con mi gata siamesa Cleopatra. Estoy divorciado, sin hijos y me acaban de suspender de empleo y sueldo. Trabajo, bueno trabajaba, en la fábrica de elementos combustibles de Enusa en Juzbado, Salamanca. Me han abierto expediente disciplinario a mí, y a otros cinco compañeros, porque han desaparecido veinticinco gramos de óxido de uranio enriquecido. Una nimiedad.
Mi vida es un tobogán zigzagueante con altibajos, que siempre termina cuesta abajo. Mis días transcurren tumbado en el sofá bebiendo cerveza, alimentándome de comida rápida y viendo la televisión. Hago zapping continuamente, saltando de canal en canal porque nada consigue satisfacerme.
De niño, recuerdo que solo había dos opciones. Veías lo que emitían. No tenías que decidir. El poder de los mandos inalámbricos comenzó a partir de los años noventa con la implantación de las televisiones privadas, cuatro canales y medio, medio porque la mitad del tiempo estaba codificado, sin contar con las autonómicas. Ahora la gama es interminable y si añadiera los de pago no tendría tiempo ni para decidir qué visionar.
Me dolía el dedo de apretar el mando. A las dos de la mañana las pilas se agotaron y dejaron de funcionar. Después de varios golpecitos contra el sofá, me enfrenté a mi pereza y me levanté a coger unas nuevas. Rebusqué en cajones, armarios y cajas, pero no encontré ninguna. Sentí que mi mundo se derrumbaba.
Entonces, recordé el souvenir que había cogido de la fábrica. Un pequeño cilindro de uranio de un centímetro cúbico. Fruto de mi embriaguez tuve la brillante idea de acoplarla al mando a distancia. Con un pequeño martillo conseguí encajarlo y apunté hacia la televisión.
No funcionaba. Pulsé otro.
Nada.
Comencé a pulsarlos todos con impaciencia y de repente, un destello verde fluorescente recorrió la distancia hasta el televisor.
Un zorro que perseguía un conejo en el documental de vida salvaje, se teletransportó en mitad de mi salón. Cleopatra brincó hasta la parte más alta del armario con el pelo erizado y emitió un bufido que me asustó más que la presencia de la alimaña.
Me quedé paralizado. El zorro tampoco se movía, parecía congelado en el tiempo. Me acerqué lentamente, toqué su lomo, su pelaje cobrizo era suave. Permanecía inmóvil. Cleopatra bajó del armario y con cautela se acercó a olisquearlo.
Probé todos los botones nuevamente y al presionar “Exit” el animal desapareció, para volver a la caja de ondas, con la salvedad de que el documental no se había detenido y apareció en mitad del océano, rodeado de tiburones tigre que en poco más de veinte segundos lo habían convertido en su almuerzo.
La escena me impactó. Un sentimiento de culpa se apoderó de mí.
Veinte minutos después, decidí probar de nuevo. Un halcón peregrino terminaba de atrapar una paloma, y la desplumaba sobre una rama. Apreté el botón y apareció en el centro de la estancia, con la paloma entre sus poderosas garras. Inmóvil. Admiré sus bigotes, sus mejillas claras y su dorso gris pizarra. Acaricié su plumaje. Cuando me cansé de contemplarlo, el documental había terminado. Emitían un programa de teletienda. Apreté el botón y el ave comenzó a dar vueltas por el plató asustando a todos los que trabajaban en la emisión. Qué buen rato pasé viendo cómo trataban de esconderse todos los tele-vendedores.
Me quedé dormido. Varias horas después desperté evaluando si solo habría sido un sueño.
La batería de uranio seguía incrustada en el mando. Encendí el televisor y la emisora por defecto que siempre aparece es La 1, a esta hora, los informativos matutinos. Hablaban de Donald Trump, que estaba comprometiendo la seguridad de todo el planeta con sus belicosas acciones. Las imágenes lo mostraban en el despacho oval rodeado de consejeros. Casi instintivamente apreté el botón “Exit” e inmediatamente se materializó inmóvil en frente a mí. En la pantalla todos los asistentes se alertaron ante la desaparición de su presidente. Rápidamente cogí un rotulador y le pinté un gran pene en la frente. No paraba de reírme con la excitación de un niño travieso, evocando las bromas que me gustaba preparar en mi infancia. Pulsé el botón y le envié de nuevo a su origen. Se formó un gran revuelo en torno a su regreso. El mandatario agitaba los brazos intentando desembarazarse de los servicios de seguridad. Un primer plano de su frente me provocó una gran carcajada que duró hasta que cambiaron a otra noticia.
Esperé un rato para ver si los distintos medios se hacían eco de la noticia, pero no hubo ninguna referencia. Mientras desayunaba llegué a la conclusión que al ser una grabación, las acciones acometidas no intervenían en la realidad. Me llevé una decepción, pero por otro lado, deduje que sería muy divertido crear mi propia parrilla televisiva.
Me senté frente al televisor. Zapeaba desde el botón lateral del televisor, hasta que encontré una película que marcó mi juventud: “Terminator” de James Cameron, la primera. Cuando apareció en pantalla el robot T-800 apreté el botón del mando. Surgió inmóvil en el centro del salón, su presencia me producía terror al recordar las escenas de la película. Cleopatra emitía un bufido sordo y continuo. Comencé a zapear, para encontrar alguna emisión que pudiera provocar diversión al combinarlas. Varios descartes después, emitían “Parque Jurásico” de Steven Spielberg. Allí lo envié. Me divirtió ver como se enfrentaba a los dinosaurios, aunque también acabó con la vida de todos los protagonistas humanos. Eso me impresionó.
Pasé horas buscando, extrayendo y reenviando, cambiando el guion de las películas. Drácula enfrentándose a Darth Vader. Chucky, el muñeco diabólico en la película “Mary Poppins”. Lobezno de “X-Men” luchando contra Freddy Krueger en “Pesadilla en Elm Street”, Rambo enfrentándose a los zombies en “Guerra Mundial Z”, Hannibal Lecter en el musical “Cantando bajo la lluvia”. Las posibilidades eran infinitas. Cleopatra parecía disfrutar tanto como yo, se acercaba, olisqueaba y se volvía a tumbar.
A medida que utilizaba el mando me sentía más poderoso. Como si fuera dios en mi pequeño universo televisivo. Una idea comenzó a crecer en mí. Íntima, prohibida. Un calor lascivo me recorría el cuerpo. Comencé a recordar mis sueños eróticos de la adolescencia, Kim Basinger en Nueve semanas y media o Sharon Stone en Instinto Básico. Pasaba los canales con rapidez para localizar alguna de ellas. Pensé en contratar una plataforma de series y películas.
Unos canales después, la encontré, Sigourney Weaver, en “Alien, el octavo pasajero”. Uno de mis grandes amores platónicos de la adolescencia. La escena final, en la que el alien casi acaba con ella. Esperaría a ese momento. La película estaba al comienzo, una hora después, llegó el momento. Ripley vestía ropa interior de algodón, con una camiseta que marcaba sus senos turgentes, que marcaba su figura sudorosa. Apreté el botón. Apareció frente a mí. Me atusé el pelo, como si ella fuera consciente de mi presencia. Me levanté indeciso. Acaricié su pelo, su rostro, sentí su fragancia, la empecé a besar en el cuello. Mi excitación crecía al ritmo de mi respiración. La rodeé con mis brazos.
Cleopatra saltó sobre la mesita del salón, y accionó de manera fortuita el botón del mando. Me convirtió en el noveno pasajero. Ripley, asustada, casi me ahoga. No entendía mi repentina presencia. Me salvó ser el único superviviente junto a ella. Ha enviado un mensaje: «Informe final de la nave comercial Nostromo. Informe del tercer oficial. Los demás miembros de la tripulación, Kane, Lambert, Parker, Brett, Ash y el capitán Dallas han muerto. Hay un polizón superviviente, Faustino. Carga y nave destruidas. Alcanzaremos la frontera en unas seis semanas. Con un poco de suerte, la red me encontrará. Hablan Ripley y Faustino, últimos supervivientes del Nostromo. Faustino me pide dictar un intrigante mensaje: Si aparece en pantalla, por favor, pulsen el botón “Exit”. Corto y cierro.»

Max Ferlam
Grupo B


La luz azul

Manuel se despertó a las seis de la mañana, como llevaba haciendo más de cuarenta años. No recordaba muy bien porqué no tenía prisa. Luego lo entendió: era el primer día de su jubilación.
La casa estaba en silencio. Desayunó despacio. Miró el reloj varias veces, incómodo con tanto tiempo, por delante. No sabía que hacer y decidió encender un rato la televisión. Las noticias. Después un concurso. Luego una serie que ya había visto antes, pero que dejó puesta igualmente.
Cuando se dio cuenta, ya era de noche. ¡De acuerdo, sólo hoy!, pensó.
Al día siguiente volvió a despertarse temprano. La casa seguía igual de silenciosa. Encendió la televisión mientras preparaba el café. Esta vez no la apagó al terminar el desayuno. Caminó por la casa, sin decidirse a hacer nada concreto. Y de igual manera pasaron los días.
La misma rutina. Los presentadores le hablaban con entusiasmo artificial. Las risas grabadas o los aplausos llenaban el salón. Las series mostraban vidas más emocionantes que la suya. Dejó de poner la mesa, comía frente a la pantalla. A veces se quedaba dormido en el sofá y despertaba de madrugada con la habitación iluminada por una luz azul temblorosa. La televisión nunca dormía.
Pasaron las semanas. Ya no abría las ventanas por la mañana. Fuera de casa, las estaciones, cambiaban el paisaje, pero dentro siempre era la misma luz fría. Los programas se repetían, las voces se repetían, los anuncios se repetían. Y sin embargo él seguía mirando. Ya no atendía las llamadas del teléfono. Cada vez hablaba menos.
Un día se sorprendió respondiendo en un debate: ¡Claro que sí, ese interlocutor, tiene razón! La televisión no respondió, pero el se sentía uno más, dentro de la pantalla.
Cuando apagaba el televisor, el silencio le pesaba demasiado. Como si el aire se volviera espeso. Como si la casa estuviera vacía de verdad.
Y dejó de apagarlo. La pantalla permanecía encendida día y noche. La luz azul se reflejaba en las paredes, en la mesa, en los utensilios sin recoger.
Un día la pantalla se quedó en negro. Un apagón. El salón pareció vacío, obscuro.
En el sofá, se encontraba Manuel, inerte, con los ojos muy abiertos y desprendiendo una luz azul, más intensa que nunca.

E.R.A
Grupo B


Busquen A Christie Looooove!

Durante la semana esperábamos ansiosos la llegada del miércoles por la tarde. Nuestros padres acudían semanalmente, con cierta abnegación, a las reuniones de una comunidad cristiana de base. Era un pequeño grupo de laicos que se reunían para leer la Biblia y celebrar su fe, desde el compromiso con los pobres y la justicia social. Nosotros mirábamos el reloj de la cocina ansiando que las agujas llegaran a dividir el círculo en dos mitades.
Antes de salir por la puerta, sobre las seis de la tarde, las últimas consignas de nuestros padres.
−Portaos bien y vosotros dos, no hagáis llorar a María, que es más pequeña; ¡ah!, y cuidad a Rafita, que no ande descalzo, que luego coge frío −nos decía nuestra madre.
−No encendáis la caja tonta, que se os ponen los ojos cuadrados. Y no metáis mucho ruido, ni corráis por el pasillo, que luego se queja doña Rosario, la del tercero −añadía nuestro padre.

Esperábamos unos minutos y mi hermano Richy y yo, que éramos los más mayores, bajábamos rápidamente las persianas. Los cuatro hermanos nos disponíamos a jugar a las tinieblas, era emocionante aquello de esconderte y aguantar tu propia respiración cuando se acercaba el que se la quedaba. Y más cuando tratabas de adivinar por el tacto quién era quién.
Pero lo más excitante ocurría a las siete y media, cuando nos reuníamos en el sofá del salón, frente al televisor en blanco y negro, y veíamos sin pestañear un capítulo de la serie “Busquen a Christie Love”, que tenía como protagonista a una valiente policía afroamericana. Corría el año 1974 y yo tenía 10 primaveras por aquel entonces. Nos encantaba su pelo rizado, su tez morena, los zapatos de plataforma, sus vestidos sexys y su enorme atractivo físico; ahora pienso que estábamos enamorados de ella. El lema grabado a fuego en nuestra memoria, rezaba así: «Belleza. Cerebro. Y una placa». Christie era simpática, atrevida, y si la resolución del caso lo requería, se hacía pasar por prostituta, por estafadora o por ladrona. Nos encantaba… más si cabe porque le pusieron un rombo, para mayores de 14 años.
Un día de otoño, el episodio de Christie Love trataba de una banda de secuestradores, que llevaban pasamontañas y se dedicaban a raptar niños. María se acercó demasiado a la pantalla, trató de quitar la capucha a uno de aquellos malvados, cuando una mano irrumpió en nuestro salón, tomó la suya, y la arrastró dentro de la televisión. Yo reaccioné de inmediato, no podía permitir que desapareciera mi hermana sin más, salí disparado detrás de ella, que se volvió hacia mí, y me agarró llevándome también dentro del televisor. Aquellos tres encapuchados nos capturaron y nos metieron maniatados dentro del maletero de un coche. Nos condujeron hasta un lugar en el que no habíamos estado nunca antes. Buscábamos a Christie Love mirando a todos los lados, hasta que poco después apareció ella, con sus pantalones acampanados rojos, una camisa de seda y un pañuelo al cuello. Casi sin mediar palabra, se enfrentó con los secuestradores y los redujo con golpes y patadas de kárate. Nosotros con los ojos como platos, y Christie Love dijo su frase mítica “¡Estáis arrestados, cariños!”. Poco después comenzó a sonar la banda sonora, puro funky, con unos coros soul que María y yo repetimos a coro, ¡get Christie Looooove! get Christie Loooove!
Queríamos volver a casa, así que aprovechamos la confusión para salir corriendo. Sin que nosotros hiciéramos nada, saltamos a una playa venezolana… se me ocurrió pensar que quizás Richy había cambiado de canal… No entendíamos qué había pasado, nos escondimos detrás de unos matorrales y vimos que había un grupo de naturalistas agarrando una enorme anaconda. Parecía que se trataba de una operación de salvamento, en la que el equipo comandado por Félix Rodríguez de la Fuente intentaba evitar que caimanes, galápagos y anacondas murieran en el barro seco por deshidratación. Un enorme Eunectes murinus se revolvió y casi llega a morder al protagonista de “El hombre y la tierra”. Aprendimos que las anacondas hembras pueden llegar a pesar más de 200 kilogramos, pero que no son venenosas. ¡Menos mal! Al rato, comenzó a sonar la banda sonora y nos alejamos de la playa tarareando la melodía “pum pum parum, pum pum parum…”. Un cámara nos dijo que le siguiéramos, pero vimos una puerta entreabierta, por la que conseguimos despistarle. Le di la mano a María, se la apreté fuerte y seguimos caminando, luego comenzamos a correr por un pasillo interminable.
De repente, leímos un cartel que decía salida, abrimos la cancela y entramos con sigilo. Era un plató de televisión española, donde estaban grabando un capítulo de nuestro querido programa “Un globo, dos globos, tres globos”, que muchos días lo veíamos al volver del colegio. Allí estaba María Luisa Seco, su presentadora, acompañada de la poetisa Gloria Fuertes, que recitaba con su vozarrón He estado al borde de la tuberculosis/ al borde de la cárcel/ al borde de la amistad/ al borde del arte/ al borde del suicidio/ al borde de la misericordia/ al borde de la envidia/ al borde de la fama/ al borde del amor/ al borde de la playa/ y, poco a poco, me fue dando sueño/ y aquí estoy durmiendo al borde/ al borde de despertar. Mi hermana estaba encantada y quería quedarse un rato más para ver a la abuela Cleta; pero yo estaba al borde de un ataque de pánico, quería volver a casa, antes de que regresaran nuestros padres, así que agarré a María, tiré de ella y salimos por donde habíamos entrado. El reloj que me habían regalado por la comunión marcaba las nueve menos cuarto. No teníamos mucho tiempo de margen, así que había que darse prisa.
Al abrir la cancela, un tornado nos arrastró hasta el programa “35 millones de españoles”, en la uno de Televisión Española. ¡Menos mal! ¡Por lo menos estamos en la primera cadena! Pensé que quizás Richy nos estaba buscando y había vuelto a cambiar de canal… Allí estaban dos presentadores -uno era Alfredo Amestoy, y el programa comenzó hablando de lo cara que estaba la vida y de los abusos en la cesta de la compra. Pensé que quizás allí estábamos mi hermana y yo, dos niños escogidos entre los millones de niños españoles, para hablar del precio de los chicles y los regalices de palo, antes daban tres a la peseta, y ahora solamente dos. Sin duda, todo estaba más caro, o eso decía mamá, la luz, el pan… o papá, que se quejaba de la subida de los carburantes. Había entrevistas a personas de la calle, cuando me pareció oír que lloraba nuestro hermano Rafita, era él sin duda, gimoteaba…
−Richy, ¿puedes oírnos? queremos volver a casa…
Aquí estoy, que no os encontraba… coge a María y acercaos más a vuestra derecha…
Agarré fuertemente la mano de mi hermana, extendí la otra mano a mi diestra y con un fuerte tirón conseguimos volver los dos, sanos y salvos, al salón de casa. Abrí los ojos, había sido una aventura increíble, era como si estuviéramos durmiendo al borde del televisor, al borde de despertar de un viaje por la caja tonta. Nos abrazamos los cuatro, Richy, María, Rafita y yo. El benjamín de la familia dejó de llorar. Miré el reloj del salón, solo faltaban cinco minutos para las nueve, hora de vuelta a casa de mis padres para cenar. Hicimos un juramento de silencio los tres hermanos mayores.
−Menos más que Rafita no sabe hablar, que si no este lo canta todo −sentenció Richy.
Así que apagamos la tele y para que no nos descubrieran, hicimos todo lo posible por refrescar aquel mamotreto Philips, con su culo enorme, abanicándolo con periódicos que agitábamos junto a las rejillas de la ventilación. Había que enfriar aquello como fuera, con tal de que no nos descubrieran que habíamos incumplido las normas de nuestros padres. Oímos la puerta del ascensor y cómo la llave giraba en la cerradura. Nosotros salimos a su encuentro disimulando.
−¡Hola hijos! Ya estamos de vuelta. ¿Qué habéis hecho? ¿Habéis sido buenos?
Sí, mamá, hemos jugado un poco al escondite sin hacer ruido y luego hemos acabado nuestros deberes −sentenció Richy.
−Hoy no hemos corrido por el pasillo y María no ha llorado, ¿a qué no? −añadí yo.
−Pues vamos a cenar, chata, que hoy vengo muerto de hambre.
−Poneos los pijamas y quiero veros en la cocina en cinco minuto
s −ordenó mi madre
−Yo me encargo de Rafita. Y no tardéis mucho, que se os enfría la sopa −añadió mi padre.


Jesús García
Grupo A


El mando

Ya ha llegado. Y no voy a esperar nada para estrenarlo. Es el último modelo de mando a distancia para televisión, el Nano Pinganillo Vip Pro, que, dice su publicidad, está dotado con el sistema PI (Personal Inteligencia) cuya característica más novedosa es que se adapta a tus intereses y necesidades. Me acaba de llegar por envío especial, soy cliente más prime que nadie, así que rompo el embalaje con nervios de primerizo y me encuentro con un cacharrito que se adapta a mi cabeza como esos micros que llevan los cantantes, pero sin micro. Y sin cantante, que el modelo con cantante tenía un precio excesivo. Compruebo que todo está a punto: el sofá bien mullido, los cojines lumbar y cervical en su sitio y el de poner las pezuñas encima de la mesa también, las palomitas con su pizquita de sal y la litrona de Pepa Cola bien fresquita. He puesto, además, mi toque nostálgico, una bolsa de Kg. de pipas Facundo que me envasa, personalizadas, la empresa "Para evitarte un disgusto lo hacemos a tu gusto".
¿Se necesita más para ser feliz?
Repantigado en el sofá, me coloco el mando y, sin Big Bang ni nada de esas zarandajas, el mundo cobra vida.
Pienso ver una serie que lo está petando: "El juego del Calamar". Mi mando debe leerme el pensamiento y ... ¡a disfrutar! Aparecen las imágenes y, coño, aquí pasa algo raro. Veo a un cocinero, perejil de todas las salsas, elaborando una receta de calamares a la romana. No, me digo, a la romana, no. La pantalla cambia y ofrece imágenes de Ben-Hur, concretamente de la carrera de cuadrigas, que sí, que es una pasada, pero no es lo que quiero. Definitivamente mi mando se ha desmandado porque aparece un presentador diciendo no sé qué de la tarjeta del hormiguero.
Alto, alto. Paremos este despropósito. Ahora sí, la televisión se detiene y reviso el manual con las instrucciones de uso del mando. Están cuidadosamente explicadas, en inglés. Yo de inglés nada, siempre fui de francés, así que sin aclararme más que antes hago otro intento. El inglés, esa es la clave. Y me aparece en pantalla un señor con barba entrecana hablando del problema de la vivienda. Bueno, pensé, al menos es un asunto actual. Escuché un ratito las opiniones de los invitados que, ver para creer, respetaban el turno de palabra y, más o menos vehementes, argumentaban sin voces y sin insultos. ¿Qué programa es este? Luego vino la decepción: era de 1978.
En aquel momento pensé denunciar al fabricante del mando e inmediatamente aparecieron dos mensajes en la pantalla:
. Puede usted contratar a Perry Mason.
. Nuestra empresa no se hace responsable de que usted no sepa qué es lo que realmente le gusta.
Las palomitas se han enfriado y la Pepa Cola ha perdido gas, pero las pipas... las pipas están cojonudas.

Nicolás Casillas
Grupo A


Televisivo televidente

Televisivo televidente se dejó abducir por los rayos catódicos hasta desaparecer entre el universo de ondas electromagnéticas. Se especula que estará entre las de frecuencias altas o muy altas – UHF o VHF -, situándose en una frecuencia perdida entre los 30 MHz y los 3 GHz, vaya usted a saber. En plena era digital a quién se le ocurre seguir disponiendo de aparatos analógicos, con esos monstruos tan grandes que ocupan buena parte del cuarto de estar. Pudiendo tener una televisión ultraplana y ultrafina, como las compresas. Es curioso, en esta sociedad de consumo en las que estamos arraigados, o más bien atados, como un perro a su correa, los objetos que nos venden para colmar nuestros endebles placeres o son ultra-mega finos (compresas, televisores, ordenadores portátiles, muebles de baño, etc.) o entes tan enormemente anchos que ocupan todo el espacio (ruedas de coches sub, bicicletas, sofás).
A lo que iba, este televisivo televidente, originario de una localidad remota de Albacete pero habitante de un barrio de Madrid, fue de los pocos privilegiados en disfrutar de la programación televisiva de finales de los cincuenta. Al igual que Don Quijote se saturó leyendo libros de caballería, nuestro protagonista buceó en una maraña de programación televisiva formada por unos cuantos concursos, alguna que otra serie de las de llorar hasta no parar, sin olvidar el puntito de los humoristas que le hacían reír también hasta saltar las lágrimas, telediarios formales e informativos, y demás programas de este pelaje que poblaban las horas catódicas.
Sin duda, el que más le fascinaba, hasta el punto de sangrarle los ojos de lo tan atento que estaba, era la Gran Pantalla, programa de variedades cuyas actuaciones le fascinaban, y no digamos los sketches cómicos protagonizados por Lina Morgan. “Espectacular, fascinante, el artista que vendrá a continuación. Tendremos el privilegio de contar en nuestro espacio con el grandísimo televisivo televidente, uno de los mejores. Un auténtico artista, una estrella de la cabeza a los pies, una excelsa persona envuelto en un aurea de música y espectáculo”. Delirios de grandeza, sueños imposibles transformados en visiones imposibles propios de paranoicos. Así eran los pensamientos que poblaban su mente.
Aunque no podemos desdeñar el fútbol y su incesante atracción que siempre ha ejercido en el macho ibérico común. Nuestro televisivo televidente no va a ser ajeno a este fenómeno. Su habla atropellada, el incesante parloteo, mientras la pelota roza el córner, veinticuatro pares de piernas que lo buscan incesantemente hasta que un disparo sobrecogedor sobresale. El portero atrapa la pelota con una palomita, lanza de una patada el esférico hasta el campo contrario , lo recoge García, ahora pasa entre las piernas de Iriarte para seguir su trayecto hacia la portería del equipo visitante, parece que no puede evitar un regate Iriarte y ahora es Albís quien se hace con el balón, sigue, sigue avanzando a toda velocidad, es increíble cómo corre este magnífico jugador que ya se acerca, se acerca, parece que va a lanzar pero por detrás le adelanta peligrosamente Eusebio quien ya está a su altura, Albís le evita, lanza la pelotaaaaaaaaa….
Parada obligatoria era el telediario del mediodía. Hay que mantenerse al tanto de la actualidad nacional e internacional, la política del régimen que tanto hace por los españoles católicos apostólicos de bien y qué peligroso el complot judeomasónico que asoma entre esos rojos peligrosos que nos quieren invadir de nuevo a través de esas despampaneantes nórdicas de tamaño XL de cuerpos exuberantes que nublan la vista, el instinto y la razón del especímen ibérico masculino.
Siguió nuestro televisivo televidente haciendo de las suyas, esto es, tragándose horas y horas de programación televisiva; mañanas apalancado frente a la carta de ajuste, esperando el ansiado comienzo, mediodías de magazines e informativos, tardeos con dibujos animados, noches de dos rombos con películas salidas de tono y debates sosegados envueltos en humo de tabaco. Así fueron pasando los días, las semanas, los meses e incluso los años. Sucedió una cosa llamada democracia, que trajo consigo la tele de las mañanas. ¡Aleluya, al fin podrá madrugar para disfrutar del inconmensurable placer televidente! También sucedieron las otras cadenas, las autonómicas y las privadas, con sus programas de carnaza fresca para encandilar a machos embravecidos. Son los nuevos aires provenientes de Italia, con sus Mama Chichos y sus espacios de marujeo para oídos entrenados en la bazofia rosa.
La televisión siguió, en su devenir constante, sus luchas de audiencia y sus anuncios interminables. Eso es lo único que no cambia. Poco a poco iba deglutiendo el cerebro de nuestro referido protagonista hasta que desapareció por completo su ahora innecesaria masa gris. Más tarde acabó con la masa blanca, la rosa y la de todos los colores hasta transformar a nuestro televisivo televidente en un ente abstracto, carente de dimensiones y de entidad propia. Fue en ese momento cuando se vio arrastrado por los rayos catódicos hasta desaparecer con la maraña de ondas electromagnéticas. De aquí no regresará jamás ya que coincidió con el momento de la transición de la señal analógica a la digital.
Aun así, estamos buscándole incesantemente. Pero ni usted ni yo lo encontraremos jamás en este universo televisivo formado ahora por píxeles y bytes, ceros y unos. ¡Qué reducida es ahora la nueva televisión! Eso sí, nos seguirá acompañando porque siempre estará aquí, por los siglos de los siglos. Será, y no exagero ni una letra al afirmarlo, el único legado que dejaremos a las civilizaciones alienígenas una vez que se haya extinguido la raza humana.
· Nota: la última afirmación es cierta. Las ondas electromagnéticas viajan al espacio de tal manera que un aparato receptor situado, por ejemplo, el Alpha Centauri podría captar la señal de televisión emitida desde la Tierra cuatro años después de ser emitida.

Maite BT 
Grupo A


Peleas de radios y teles

En un rincón del desván duerme la vieja televisión. En los últimos tiempos fue perdiendo importancia para la familia que tanto se había alegrado cuando llegó, le movían continuamente los cuernos, cosa que detestaba y, lo que es peor, la golpeaban continuamente con la palma de la mano bien abierta y eso le dolió enormemente. Al final acabaron llamándola “trasto” y subiéndola al desván, pero justo antes de que la desahuciaran vio cómo llegaba una nueva televisión más fina y coqueta, aunque hay que decir que no la recibieron con la misma ilusión que a ella, que fue la primera.
Recuerda que cuando llegó a la casa había en un rincón una pequeña radio que , al verse desbancada, le hizo la vida imposible llamándola continuamente estúpida y basura, añadiendo que sólo ella, la radio, sabía informar de verdad y que no necesitaba el engaño de la imagen, que en lugar de ser una ayuda, era sólo pose y apariencia y que, además , por paradójico que pareciera, ver la imagen anulaba la imaginación. En fin, que la radio se pasaba el día despotricando y hasta se tiraba muchos pedos seguidos cuando se enfadaba. A veces recurría a emitir interferencias para que le tocaran la rueda de sintonización, eso era lo que más le gustaba porque era una libidinosa.
Pero a pesar de la oposición de la radio, la televisión ocupó su espacio y se dejó encaramar con mimo sobre “ el mueble de la televisión”, mientras que para la radio no había un mueble específico, la llevaban de un lugar a otro. La televisión empezó a reinar en el salón , que era la estancia fundamental de la casa y tal fue la reverencia hacia ella que las familias pasaron de estar sentadas a repantingarse, abajándose ante su presencia hasta llegar a estar casi totalmente tumbadas.
La radio , pequeña y pizpireta le echaba siempre en cara que para escucharla a ella no había que quedarse quietos y pasmados, que ella promovía la acción y no generaba gente pasiva y atontada. A veces incluso la embarazaban con pilas gordas y la llevaban al campo, pero lo que no le gustaba era que los domingos los señores mayores la sacaban de paseo y se la acercaban mucho a las orejas peludas y llenas de cera, pero lo bueno era que estos señores sí que sabían tocarle la rueda.
Como os decía, llegó la tele más plana, con poco volumen y poca panza y entonces la nuestra se fue cabizbaja al desván. Sin embargo la radio se quedó relegada en un rincón y sigue discutiendo con la tele nueva porque a ella le da igual lo que diga esa finolis.
Pero antes de que subieran a nuestra televisión al desván decidió guardarse dentro unos programas que le gustaban . Dicen que si subes al desván puedes ver “Los payasos de la tele” o “La bola de cristal” y elegir lo mejor de tu pasado para quedarte con ello.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C


La tele de ayer y de hoy

Aquella caja gris y sin brillo,
apareció en nuestras casas
después de haberla deseado
durante mucho tiempo.

Se convirtió en el centro de atención
de grandes y pequeños,
cambiando los usos y costumbres
de jóvenes y viejos.

Su atracción fue irresistible,
dejando embelesados a quienes la miraban,
con la duda de si era cierto
todo aquello.

En blanco y negro y con solo dos canales
abrió una ventana al mundo a una generación,
cuya distracción había sido
la radio y la conversación.

Los domingos por la tarde, emitían un partido
para enfado de las mujeres
que preferían salir de paseo,
con su mejor vestido.

Los tiempos han cambiado
y ella ha evolucionado con ellos,
ahora las emisiones son en color
y dispone de cientos de canales, de difícil elección.

Con el mando a distancia
y sin moverse del sillón,
cambiamos de temas y paisajes,
sin la menor dilación.

Las familias no se juntan para ver
un programa que guste a todos,
cada uno la ve en su habitación
evitando la discusión.

Puertas cerradas, silencio y un hasta mañana.
Quizá sea el precio a pagar
por eso que llamamos…
progreso y modernidad.

Marian Pérez Benito
Grupo A


El día que se apagó la televisión

Me quedé ciega un martes. De un momento a otro, chas, y de repente todo se volvió oscuro, aunque creo que al principio todo se volvió borroso y después ya la oscuridad. No lo sé muy bien. El último día que vi la televisión fue el lunes, eso sí lo recuerdo bien. Después todo se convirtió en una radio a medias, en una tele a ciegas donde los programas tienen un fuerte componente visual que yo, sencillamente, no veía.
Pero ese lunes hice mi vida normal de una ama de casa normal que se levanta de la cama y abre la ventana para ventilar y pone la tele mientras desayuna: el informativo matinal, donde los reporteros nos ponen al día de las guerras que hay en el mundo, el precio del aceite de oliva o del combustible.
Después fregué los cacharros de la cena y el desayuno, hice la cama y me fui a la frutería a comprar manzanas y kiwis. Un lunes muy normal.
Al llegar guardé la fruta y, mientras se hacían las lentejas que había puesto en la olla, volví a la tele, a ese programa de actualidad sesgado políticamente –como todos–, esperando a que terminase para ver el programa de cocina de un afamado cocinero vasco, apuntar los ingredientes y replicar la receta en algún momento del futuro, o no.
Apagué la tele mientras comía, quizá por no envenenarme con las noticias que hablan de violencia de género, de políticos que no se entienden y de trifulcas antes o después de partidos de fútbol. Y la volví a encender para reencontrarme con los personajes de la novela de tarde que seguía desde hacía dos años, y que desaparecería para mí en menos de veinticuatro horas.
Por la noche me empapé de cine, como siempre. Hacía tan solo una semana de los premios Goya, así que elegí una de las películas premiadas para pasar la noche, ya que la estrenaban en uno de los canales de la tele de pago que, evidentemente, dejé de pagar a los pocos días.
Me quedé dormida en el sofá, después de hacer un zapping al terminar la película, y me desperté a las dos de la mañana. En la televisión podría haber películas para mayores de 18 años –por su contenido sexual, su violencia o el nivel de terror que consideren quienes ponen esas restricciones de edad– o incluso la teletienda. Pero me encontré una reposición de una serie de hace 20 años, así que me quedé viéndola otra media hora. Y me fui a la cama porque la vista se me empezaba a nublar, creí que por sueño, y además me invadía un dolor de cabeza que confundí con las migrañas que sufría hace años.
Por la mañana todo fue oscuro. No volví a ver. Me asusté y llamé a urgencias, y a las pocas horas recibí el diagnóstico: oclusión de la arteria central de la retina.
Desde ese día, todo se vino abajo. Dejé de cocinar, dejé de levantar la persiana para “ver qué día hace”, dejé de pagar las plataformas de streaming y la televisión de pago, y tuve que invertir todo ese dinero en una persona que viniera a mi casa a hacer todo lo que yo ya no podía: la compra, la comida, la cama…
Solo me sentaba a ver la vida pasar (já, qué expresión tan irónica), a escuchar los informativos, a imaginarme las imágenes que el resto del mundo veía. Dejé de disfrutar del cine como siempre había disfrutado, y únicamente me consolaban las series que me sabía de memoria. Dejé de poder criticar a los tertulianos por la ropa que llevaban, solo podía criticar lo que decían, lo que empezó a hacer las tertulias mucho menos divertidas.
Quizá por eso he llegado aquí. Me he acostumbrado a la ceguera a una velocidad vertiginosa, o eso dicen los médicos y mis familiares, así que he subido a la azotea sin demasiada ayuda. Aún hace frío, al menos a estas horas, debe de ser de madrugada. Respiro un aire frío que me hiela los pulmones. Con sumo cuidado me subo al muro que separa la azotea del vacío, y sin pensar en el vértigo que tengo, y que ni siquiera siento debido a mi pérdida total de visión, doy un paso al frente.

MAGF
Grupo A


La televisión blanca y la televisión negra

​"¿Es un personaje histórico de nuestra era? ¿Posterior a la Edad Media? ¿Posterior a la Revolución Francesa? ¿Del siglo XIX, XX o lo que va del XXI?"
​Estas preguntas resultan familiares para varias generaciones de cubanos que crecimos bajo el influjo de un programa cultural y de entretenimiento singular de la televisión cubana: "Escriba y Lea". El programa tuvo como fundadora a la destacada intelectual y doctora en Ciencias Filológicas, María Dolores Ortiz.
​Fue panelista fija durante más de 45 años, reconocida por su sabiduría, elegancia y sencillez. Otros profesionales con elevado conocimiento de los temas tratados fueron Humberto Galich Menéndez y Gustavo Du’Bouchet, así como el eminente moderador, conductor y animador José Antonio Cepero Brito. Ese equipo hizo que muy pronto "Escriba y Lea" ocupara un lugar notable en la preferencia de los televidentes.
​El programa, además de descubrir el tema enviado por personas de la teleaudiencia, presenta el comentario de un libro a cargo del doctor Fernando Rodríguez Sosa, así como una pieza musical en la voz de jóvenes artistas. Es evidente que cumple un propósito de superación cultural al abarcar temas del arte, la historia y la cultura universal. Se ha ido consolidando de modo significativo en la sociedad cubana de una forma participativa, amena e interesante. También promueve el hábito de la lectura en el televidente. El espacio televisivo ha durado más de 56 años, iniciando sus transmisiones el 5 de diciembre de 1969, por lo cual ha superado el medio siglo de existencia.
​¡Qué hermoso es disfrutar de espacios como estos! Así vemos el color blanco de la televisión que da cultura, anima e instruye a la sociedad. ¡Pero qué triste el color negro que deja sin luz a un pueblo y sin motivación!
​Decenas de periodistas que, como profesionales de la comunicación, querían cumplir con su razón de ser, han tenido que exiliarse o abandonar la profesión.
Que noche sin estrellas ni luna para quienes tienen que difundir información verdadera y ética, protegiendo el derecho a la libertad ciudadana
¡Cuántos trabajos censurados, cuánta manipulación en la información!
​¡He ahí la televisión negra! La que ciega a los que quieren ver y apaga la luz, dejando a un pueblo en tinieblas.

Miriam Esther García
Grupo A


Zapping

Cuando era niño, me despertaba temprano los sábados para ver caricaturas. Llegada cierta hora, me aburría; tomaba el control remoto y empezaba a cambiar de canal con la esperanza de encontrar algo entretenido que ver. No era exigente, al fin y al cabo, era solo un niño.
Dejé las caricaturas de unas momias, tortugas y robots. Siguiente canal: béisbol, un deporte que no entiendo en un idioma que no entiendo. Siguiente: una película de Rambo de los años ochenta. La idea de un héroe de guerra no me llama la atención, paso de largo. En el informativo muestran imágenes de aviones chocando con las Torres Gemelas en Estados Unidos. Me quedo un rato, pero busco algo más. Quiero fútbol. Pregunto, pero me doy cuenta de que la liga española, italiana e inglesa ya no están en televisión abierta como antes; ahora hay que pagar TV por cable y no hay dinero para eso.
Cambio de canal. Un talk show donde la gente ventila sus intimidades, cuanto más drama, más vende la historia: un circo deprimente. Paso. Un programa de búsqueda de pareja donde el requisito parece ser tonto y muy superficial. ¡Anuncios! Vendiéndote una lavadora, un celular, el automóvil del año, cirugías estéticas y vacaciones en el Caribe.
Siguiente canal, otro noticiero. Recesión, aumento del precio de la canasta básica, un anuncio de un champú para evitar la caída del cabello, aumento de los robos y asesinatos. El combo de McDonald's a cinco dólares junto a la noticia de más desapariciones y secuestros.
Un canal vacío, con estática, pone un freno repentino. Me quedo mirando fijamente mientras la vida transcurre a mi alrededor.
En un canal, un partido de la Champions está por terminar. En otro, dan la crítica de las películas Sinners, Superman, Predator y Hamnet. Paso y vuelvo a un informativo: Estados Unidos captura a Maduro en un operativo exprés para, días después, bombardear Irán.
Ha sido mucha televisión por hoy. Parece que la vida es eso que se nos va mientras hacemos zapping en la tele y scroll en el smartphone. A mis treinta y tantos, no tengo certeza de si estoy más cerca de los cuarenta o de una tercera guerra mundial.

J.P.
Grupo B


De Telenovela…

Viviana. Enamorada, ilusionada…Ilusionada con que él volverá, Viviana …Quién eres Viviana?...Pelirroja, tostada por el sol. La luz de un atardecer en la playa, corriendo a encontrar a su amado, con el vaporoso y escotado vestido en verde esmeralda, al aire, mostrando las piernas y los pechos, mojada por la espuma. Lucía Méndez, más bella que nunca, flanqueada por dos hombrazos: Héctor Bonilla y Juan Ferrara. Una moderna cenicienta, convertida en prostituta. Un final trágico. Sueños de bares a media noche y delirios de alcohol. Destino. Yo, todavía niña, sin entender claramente la trama. Sin entender la desgracia de aquella pobrecita joven, engañada por un millonario sin escrúpulos.
Mi madre gritando desde el salón:
-Apaguen esa televisión, ya les he dicho que no vean esa porquería de telenovela.
Dios mío, ya no hay moral, ya no hay valores…
Los Ricos También Lloran. Una entrada memorable; Imágenes de una jovencísima Verónica Castro, con uniforme de criada, recogiéndose la leonada melena, castaña y fulgurante. Sus verdes ojos, parpadeando, de rodillas, ante un galán Impresionante, enorme y viril, Rogelio Guerra. La cancioncita de entrada pegajosa y sugerente… Aprendí a llorar, aprendí a llorar, pero no aprendí a olvidarteeeeee…
Yo con escasos nueve o diez años, sentada en la mesita del antecomedor, ya con el pijama puesto y cenando, mientras las “muchachas “ lavaban la vajilla y miraban embelesadas a ese alto y guapo señorito, Luis Alberto Salvatierra, flirtear con la pequeña y sensual mucama Mariana Villareal. Allí tomé mis primeras lecciones prácticas de Marxismo Clásico; El Rencor de Clase existe…
Cuna de Lobos. Más que memorable, inolvidable, impactante. Una manada de lobos, famélicos y salvajes, en mitad de un bosque nevado, persiguiendo a sus presas, con un fondo musical de tintes clásicos y dramáticos. El clímax de la aventura, repetida cada noche.
Gonzalo Vega, Diana Bracho y Alejandro Camacho, un triángulo amoroso, presidido por una madre malvada y… tuerta. Clases adineradas luchando a muerte por emporios financieros, herencias y apellidos rimbombantes. Crímenes de sangre y sexo. Complejos de Electra no resueltos. Y yo? Yo ya una adolescente, clavada frente al televisor, puntualmente, todas las noches a las 10:00 pm (pasado meridiano) sin perder un detalle de aquella trama apasionante.
Al día siguiente, entre descanso y descanso del colegio, vestida de colegiala, a comentar entre las compañeras, cada encuentro furtivo, cada pelea a muerte, cada beso robado, visto en Cuna de Lobos, por El Canal Dos, El Canal de Las Estrellas.
Épica.

Esperanza García
Grupo A


Al amor de la tele

Entre la tele de espalda ancha y robusta y la mesa camilla de enorme cintura, apenas queda espacio para el viejo y pardo sofá de eskay, donde nos apretujamos los cinco, con los ojos abiertos como platos a un mundo servido en 20 pulgadas.
Boli y papel en mano. Esta noche toca Eurovisión…
¡Que empiece el espectáculo!

Eva Hernández
Grupo A


Retrospectiva televisiva

Vino a casa muy pronto en mis primeros años, mi primer recuerdo, una avalancha de vecinos entrando en casa y apuntándose para presenciar en TVE una boda internacional, la Fabiola y Balduino de Bélgica y su encargo del traje a Balenciaga, más adelante averigüé la vinculación con mi madre, enamorada de las telas y diseños del modisto.
Esto fue en el 60, en el 64 al finalizar “el vamos a la cama, ponía el pasillo ante mis ojos y no pasaban ni dos minutos, a dormir, hasta que sonaba el despertador. La televisión marcaba el final de mi día.
No recuerdo más programas de pequeña, muy pequeña, luego vendría el aterrizaje en la luna en el 69, siendo mi santo el día del lanzamiento del Apolo 11 y mi cumpleaños como fecha que apareció en la televisión la llegada a la luna.
Los chiripitiflaúticos; Valentina y Locomotoro, dos personajes excéntricos muy simpáticos también formaba parte de la programación para todos los públicos.
Primer episodio de “Historias para no dormir, “en el 66, “Es usted el asesino “en el 67 estos dos últimos con “rombos”, imposible disimular para que me dejaran ver con diez años. Estos símbolos indicaban para mayores de…
Samantha con su movimiento de nariz, en embrujadas, sigue siendo hoy en día mi sueño y fantasía, desplazar todo con un movimiento de nariz e ir a través de paredes y verlo todo sin ser vista, maravilloso.
Luego vendrían los años 70 , 80 y sucesivas décadas con la ampliación de canales, pero las primeras fueron inolvidables.

Carmela
Grupo A


Que raros son los domingos

Demasiado tiempo para pensar, sin más compañía que el ruido de la televisión a la que ni siquiera le dedico alguna mirada perdida, mientras ojeo el libro sacado de la librería de las ilusiones.
Son tardes de tedio y somnolencia, de querer hacer muchas cosas y no hacer nada.
Un partido de fútbol detrás de otro, sin ningún interés, porque hoy no juega mi equipo.
Afuera, la tarde, invita a pasear y, recibir los últimos rayos de sol como una caricia. Pero no se que tienen los domingos que me obligan a hacer un gran esfuerzo para no caer en ese pozo oscuro de la depresión.
Quizá mi guitarra, compañera, en mis momentos tristes, con sus acordes me salve.
O tal vez, acabar con el ruido impuesto, apagar la tv, y, comenzar a escribir un cuento con final feliz
“La niña que nació en las estrellas”.

P.G.
Grupo C


Botando a la La TV

Lo siento. Aún no he visto la Televisión hoy domingo. He oído la radio. He votado. He tomado el vermú con una amiga y ahora que me he levantado de la siesta me voy a dar un paseo. Por la noche me haré la encontradiza y espero que la TV me informe de algo. Suenan tambores de Semana Santa en el Arrabal.
Recuerdo el día que el niño se paró delante del aparato con más culo que pulgadas en la cara y ante una calle de Kabul bombardeada, gris y negra, lanzó a modo de información interrogativa: “eso lo han hecho los romanos”. Y, ahí seguimos.
Nada más. Se nos va el sol.

Araceli Sebastián
Grupo C


Ver sin mirar

Mientras devoro mi frugal cena, veo, que no miro, la siguiente sucesión de imágenes: la belleza que impregna el perfume; el perfume que viaja en el sofisticado coche; el sofisticado coche que transporta valiosas joyas. Valiosas joyas que roba el malo. el malo muerto a tiros; los tiros los dio el segurata; el segurata que necesita el trabajo; el trabajo que paga el perfume, el coche, las joyas…

Teresa Fernández Pacheco
Grupo C


First Dates

-Papá, ¿quieres que ponga la tele un rato?
-¿Qué sé yo? Si no hay nada. Y, con la vista que tengo, ¿qué voy a ver?

-Con lo que te gustaba el canal de historia… Bueno, podemos poner First Dates, que siempre acabamos riéndonos.
-Haz lo que quieras, hija.

El padre no ve bien y está desganado. Pasa el día sentado en la butaca, no puede leer ni hacer gran cosa. y tantas horas solo. Las mañanas está más entretenido, cuando viene María Jesús, la chica de la limpieza. Le da instrucciones y conversan de esto y de lo otro. También deciden qué van a comer. El padre hace como que la ayuda. Se entienden bastante bien. Comen juntos y María Jesús recoge y le deja algo preparado para la cena.
Las tardes son más pesadas. Después de la siesta, no tiene nada que hacer. El tedio es abrumador. Ni conversación ni lectura. La visita de algún hijo es una bendición, alguna llamada.
La hija enciende la tele.
-Venga, papá, a ver si estos dos ligan.

Los comensales se acaban de conocer. Superan los 70. La mujer muy maquillada, el hombre con sus arrugas y su mejor camisa. Enseguida la charla se vuelve jugosa:
-Pues, a mi edad, todavía soy activo en la cama. Y tú, ¿no serás de esas que ya no quieren nada?
-No, no. Yo soy muy activa también. Me gusta el sexo. Me gusta un buen macho que me empotre bien empotrada.
El padre se ríe a carcajadas.
La hija sonríe. El programa le parece un horror, pero ver que su padre todavía se ríe con esas ganas, eso no tiene precio. ¡Qué bien oírle reírse de esa manera! Carcajadas limpias.
Otros dos comensales gays hablan de ser metrosexuales y de tener buenas mazorcas. Uno comenta que su pareja le pone calentorro y que seguro que hay chiqui chiqui de los bumbums de los buenos.
La risotada del padre es sonora, sincera. Además, no está acostumbrado al ambiente gay, al desparpajo de los chicos, a su pluma, a esa falta de decoro y vergüenza, siendo de una generación y de unos tiempos en los que los homosexuales se tenían que esconder.
-Los sarasas se tenía que ir del pueblo, comenta.
-A ver esos otros dos, dice la hija.

Un hombre de noventa años le dice a una mujer de ochenta que no entiende por qué le han puesto con una señora tan mayor. Ella se revuelve en su silla. Él sigue argumentando que él había pedido una de sesenta máximo, que él hace deporte, que está muy bien y que alguien mayor de sesenta no va a poder seguirlo en sus actividades deportivas, su tenis, su gimnasio, y sus viajes. La de ochenta le dice que a ver si la encuentra, “será posible”.
.Otros dos discuten por la cuenta, que "en mi país", dice una cuarentona de generoso escote, "los hombres siempre pagan en la primera cita”.
Dos chicas con el pelo rapado y llenas de piercings se enseñan sus tatuajes, entusiasmadas.
Aquí el padre ya empieza a perder el interés. Empieza a mirar al suelo ensimismado. Ya no se ríe.
La hija se pregunta en qué momento los padres empiezan a apagarse, a perder su luz hasta perderla del todo.
A la hija se le caen las lágrimas.
El padre ya quiere cenar y acostarse.
La hija apaga la tele.

Marisa Sánchez
Grupo C


Aquellos maravillosos años

¡Ay! Aquellos maravillosos años, mi infancia. En esa etapa de mi vida, a mis ojos, todo transcurría despacio. Todo era sencillo y yo era feliz. No había espacio para la tristeza, ni el dolor, ni la enfermedad, ni tan siquiera la muerte.
De lunes a viernes acudía al colegio mañana y tarde, pero, los fines de semana eran otra historia...
Todas las tardes a eso de las cinco y media, al volver del colegio, me esperaba una rica merienda de la que daba buena cuenta en compañía de un gran erizo rosa, Espinete, y su inseparable amigo viajero d. Pimpón. Vivían en “Barrio Sésamo” acompañados de Chema el panadero, la estudiante y fiel amiga de Espinete, Ana, d. Julián el quiosquero, Matilde y Antonio dueños de una horchatería y Ruth y Roberto los hijos de ambos. Las aventuras de estos personajes de carne y hueso se mezclaban con otros de trapo. Así, podías encontrar a súper Coco, Triqui el monstruo de las galletas, el conde Drácula, Epi y Blas... Con ellos repasabas los números, aprendías sobre ciencia, la amistad, incluso a lavarte los dientes y que el médico no era tan malo como a ti te podía parecer.
De lunes a viernes éramos una familia de cuatro, pero, tan solo a 13 km, todos los viernes, pasábamos a ser siete, como en aquel cuento de los siete enanitos, pero sin bruja ni palacio.
Los viernes por la tarde, al salir del colegio, íbamos a pasar el fin de semana a la casita del pueblo. Aún recuerdo su olor a la leña quemada en la lumbre, a cena recién hecha, en definitiva, a hogar en letras mayúsculas. Y es que aquella casa indudablemente era mi hogar, mi lugar seguro. Un corral, una cocina, dos habitaciones y una sala con una alcoba, de eso constaba. Allí en esa sala, caldeada por un brasero de cisco, alrededor de una camilla con faldillas, ocurría la magia de la noche de los viernes. Mágica sobre todo para mi hermana y para mí ya que no había hora establecida para irnos a la cama y podíamos quedarnos a ver la televisión hasta más tarde.
Después de cenar, los siete, alrededor de la camilla y al abrigo del brasero que chisporroteaba bajo las faldillas, charlábamos de lo divino y lo humano hasta que de la televisión surgía esa melodía que atraía toda mi atención y que venía a decirme que sí, que era viernes. Así decía: un, dos, tres, aquí estamos con usted otra vez. Le ofrecemos un concurso alegre destinado a probar su ingenio. Por favor, arrincone usted su mal humor y transforme en un juguete su televisión. Un, dos, tres, le rogamos presten atención ya que pronto se levantará el telón. Una graciosa calabaza, de nombre Ruperta, ataviada con sombrero y bastón, era la encargada de dar el pistoletazo de salida al programa que mezclaba canción, baile y humor.
Se trataba de un programa familiar en el que los concursantes iban en parejas y eran presentados indicando su nombre, su parentesco y su lugar de residencia, por ejemplo “fulanito y menganito son hermanos y residentes en Salamanca”. Comenzaban tres parejas, pero solo una pasaba a la subasta final. Los concursantes tenían que usar su intuición para quedarse al final con un buen premio. Uno de los premios que me llamaba mucho la atención era el apartamento en Torrevieja, lugar que ni siquiera era capaz de situar en el mapa. Es curioso, ahora, cuando voy a Torrevieja, no puedo evitar mirar a los apartamentos y pensar si tras alguna de esas ventanas vivirá algún concursante o familiar de esos que vi ganar el apartamento de Torrevieja en el Un, dos, tres.
Hubo otras series, programas, melodías que siempre me llevarán a mi infancia y a mi adolescencia y me traerán recuerdos de veranos calurosos e inviernos gélidos. Pero, sin duda, si hay algo que marcó mis inicios como espectadora de la caja mágica fue el Un, dos, tres.
Y es que volvería sin dudar a esas noches de viernes de siete, a aquellos maravillosos años en los que la vida era sencilla y transcurría despacio, alrededor de una camilla, viendo el Un, dos, tres.

V.S.S.
Grupo C


Evolución de mí televisión

La primera televisión, he de decir que disfruté poco de ella, llegó muy tarde, cuando había que estudiar y apenas se encendía. A mi me gustaba ver: “Bonanza” y “La casa de la pradera”, y algún partido de fútbol. Yo, era de noticias de radio y de escuchar los partidos de fútbol de los domingos.
Con la familia, empecé a ver dibujos animados y alguna película que mereciera la pena, no había tantas, nos gustaba más acudir al cine.
Ahora, existen cantidad de canales para ver, partidos de fútbol, netflix, guerras en directo, y empiezo a hacer zapping, y no veo nada entero.
La IA en la televisión, me produce un poco de miedo, he oído que al comprar las nuevas televisiones y dar el nombre del comprador, ya graban el perfil, y automáticamente te bombardean con todo lo que piensan que te gusta.
También que para acceder a la emisión, hay que poner una clave numérica o estampar la huella dactilar del dueño de la televisión.
Me llamó mucho la atención una noticia ocurrida en un pueblo de la sierra, donde se murió el dueño de la televisión, el cual había grabado le huella dactilar, y para poder seguir viéndola los familiares, le cortaron el dedo, y así pudieron seguir disfrutando de la televisión.
No sé si será verdad, pero tampoco me extraña mucho.

Luis Iglesias
Grupo B


desconexión

«Entonces Belén Esteban le dijo que no se había operado… la pobre… ¡y no la creían!»
Intenté que no se notara demasiado que aquello no me importaba lo más mínimo. Los apuntes de matemáticas, esos que tanto se me cruzaban, en los que tanto esfuerzo debía invertir, se mezclaban en mi cabeza con datos incoherentes e irrelevantes de toreros fracasados, actores mediocres y demás ralea del corazón. Era exasperante. No veía el momento de cumplir dieciocho y poder marcharme a estudiar a la biblioteca. Silencio. Paz. Pitillos de entre horas que no me podía fumar en casa.
«¿Me estás escuchando? Es que no sé para qué te digo nada…»
Suspiré con alivio mientras regresaba a la salita, donde volvería a enfrascarse en la telebasura de turno. Debía aprovechar el tiempo, porque en cuanto regresaran con otra pausa publicitaria, volvería. No veía el momento de que mi habitación fuera solo ese sitio donde dormiría. Soñaba con independizarme, aunque aquello quedaba lejos aún. Tendría que seguir viviendo allí y aguantando las historias de gente que no me importaba. Echaba de menos a la abuela que leía, pero ya no estaba y ya no volvería. Odiaba la tele por convertirla en aquella persona.
Han pasado más de veinte años y mi abuela hace mucho que partió. A veces la añoro, pero nunca por esas tardes de agotadoras historias de personajes que nunca me importaron. Y creo que debería sentirme mal por ello, porque al menos pasábamos mucho tiempo cerca, pero no lo siento. Prefiero echar de menos a la abuela que me leía El Hobbit cuando era niña antes de irme a dormir y escribía poemillas en hojas sueltas que quemó cuando la televisión se la comió para siempre.

Sara Terrén
Grupo C


Onésimo y Matilde

Parecía más bien un cortejo oficial, no había una representación municipal pero los vecinos de Villarino de las Aguas, acurrucados entre las ventanas, contemplaban con silencio y desconfianza cómo Onésimo y Matilde descargaban, en mitad de la plaza, aquella enorme envoltura, de la que el pueblo llevaba meses hablando.
- Una caja sonora, como la radio, pero más grande- decían unos.
- Una caja mágica con figuras que se mueven- hablaban otros.
- Una máquina del diablo- afirmaba el cura.
La inmensa mayoría se encogía de hombros y esperaba, tachando los días en el calendario, a que llegara aquel 12 de mayo, cuando Onésimo había dicho que llegaría aquel aparato.
Era tarde, el sol luchaba por mantener su vigor primaveral; el bar de Onésimo había alcanzado su aforo máximo; Matilde, resabida y previsible, había logrado que cada cliente tuviera su consumición en mano. Tembloroso, Onésimo se acercó al temido interruptor y en ese momento pequeños puntitos grises, blancos y negros se dispararon en la pantalla sin orden ni método.
Hubo un uf, uf general, y el pueblo reunido en el salón del bar protestó sin piedad. Matilde vio rápidamente cómo el vino que corría por las gargantas de los reunidos, iba a traerle complicaciones y aseguró, con voz firme y potente, que al día siguiente, cuando todo estuviera en su sitio, dejaría entrar a los asistentes sin la obligación del consumo.
Aquella noche fue terrible para Onésimo, no entendía la ausencia de imágenes, pero sobre todo, temía a Matilde. Aquellos gritos sin piedad, tildándole de imprudente y bobo, le dolían aún más "¿Cómo has logrado convencerme, tú, que nunca has tenido nada en la cabeza?"
Onésimo repasaba una y otra vez, las instrucciones del vendedor, no acertaba a comprender por qué el mismo aparato que él había visto funcionar, ahora solo era un desierto de arena gris.
Pasó la noche en vela, dispuesto a averiguar la razón de aquel defecto que había menoscabado su reputación. Bajó las escaleras que separaban la vivienda del bar para volver a conectarlo. ¡Cuál fue su sorpresa al recibir un pequeño calambre! Poco tardó en descubrir las humedades que sobresalían en la pared norte del edificio. Quizá la emoción le impidió recordar las averías del último invierno cargado de lluvias y fríos.
Las imágenes comenzaban a circular dentro del rectángulo mágico. Se sintió aliviado y seguro, hasta comprobar que la pequeña ruleta a la izquierda de la pantalla no reaccionaba al volumen. Maldijo su atrevimiento y sus desbocados deseos de aventurarse a la compra de algo que nadie en el pueblo había hecho antes. ¿Por qué había tenido que ser el primero? Con la misma determinación que utilizó para su compra, pediría a Marcelino, el maestro del pueblo, conocedor del lenguaje mudo, que amablemente pusiera voz a las imágenes; a cambio él se comprometía a pagarle por su servicios con un plato caliente y abundante.
Así fue cómo Villarino de las Aguas, aquella primavera de 1959, tuvo la primera TV en muchos Km a la redonda. Marcelino acudía a diario a su cita. Eran las 21:00h. cuando Onésimo daba por iniciada la sesión, no sin que antes Matilde se asegurara de que todos los asistentes habían consumido no menos de una gaseosa.
Así fue cómo Marcelino, con voz de radio, retransmitía, sin mucha fiabilidad, aquellos "NO-DO" donde se paseaban garbosamente las nietas del Generalísimo, cargadas de lujo y hermosura. Las mujeres veían admiradas aquel armario de marca impronunciable "Westinghouse" que enfriaba y conservaba alimentos aunque, para muchas, la magia consistía en la abundancia de lo que allí entraba.
Con la TV , llegó la paz social al pueblo, parecía que las rencillas quedaban olvidadas, el bar de Onésimo había sepultado los ríos de rencor, y según las malas lenguas hasta el maestro había mejorado su aspecto y su peso.
Con el final del verano, llegó la voz a la TV, después de varios meses de espera, un electricista consiguió ponerle palabras a aquellas imágenes que se paseaban dentro del receptor. Pero el pueblo no estaba conforme, no le gustaba lo que oía. La voz de Marcelino y sus comentarios cargados de buenas intenciones habían penetrado en sus vidas hasta llegar a formar parte de su existencia.
Ahora que aquel aparato con pedúnculos oculares en su cerebro tenía voz propia, Villarino de las Aguas, decidió, solo con 2 votos en contra, que fuera Marcelino quien pusiera voz a todos aquellos acontecimientos, que si bien no comprendían del todo, Marcelino les ofrecía un final feliz. Era como soñar al final del día, para regresar a medianoche, a sus vidas de sacrificio y carencias.
Durante años, la ruleta de la voz continuó inmóvil, aquel muchacho escuálido y de carácter huraño siguió llenando sus vidas de esperanza, de expectativas futuras , que la mayoría de ellos jamás disfrutaron. Mientras Marcelino fue voz, dio vida y color a un pueblo que siempre creyó que el mundo podía ser mejor.
Así fue cómo, las malas lenguas del entorno, llamaron al pueblo Villarino de los Sordos, un nombre que le quedó para siempre.

Elena Domínguez
Grupo C