
Propuesta de escritura
En el cuento que abre el libro y que comentamos en el taller Caín, el protagonista, dice: "Era verdad que la gente se iba poco a poco. Se fueron Casildo y la Garrota, los Mujeros, los Alpargateros y los Galla. Se fue Marica «Chullo», las Labranderas y Amaro. El cura de Añojal, el Ferrador y Alejo Zarandones. Hasta mi madre, harta de palos y penurias, se llevó a mi hermana a Albarracín, a casa de unos dones, y me dejó allí solo, reparando aladros con mi padre."
Elige alguno de estos personajes, ponte en su piel y cuenta en un texto breve por qué abandonó (o abandonaron si son varios) el pueblo. Si el personaje está vinculado a alguna profesión puedes incluir ocho o diez palabras afines a ese oficio.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
Futuro incierto:
Se metió en el agua hasta las rodillas. Estaba exhausta y sintió alivio. Poco a poco fue mojándose con la palma de la mano. El agua traspasaba la combinación de nylon y la ropa interior. No se atrevía a bañarse desnuda.
Miró hacia la orilla del río, bajo los árboles, y entre el murmullo del agua vio las ropas y las mantas limpias extendidas como mosaicos de colores sobre las piedras y las escobas. El sol había perdido ya su fuerza y era hora de recoger la ropa, que estaba seca tras haber sido lavada y tendida desde la madrugada. Solo habían parado para comer un trozo de pan con tocino, y la debilidad comenzaba a hacerse notar en su cuerpo.
Como cada quincena, bajaban con la burra al río por los atajos para lavar la ropa de la familia y la de algún que otro obrero, que por una perra chica se la devolvían limpia y planchada. Estaba acostumbrada desde niña al trabajo duro: coger almendra, aceituna, acarrear, segar, cuidar la parva o el escaso ganado de la familia.
Pero tras la guerra nada había mejorado. Al contrario, la pobreza y el hambre acosaban a las familias. Muchos hombres habían muerto en ella y los que sobrevivieron lo hacían con grandes dificultades; no eran pocos los que habían vuelto mutilados o con lesiones que les impedían regresar al campo. El trabajo en las pequeñas tierras, apenas daba para subsistir, y si se trabajaba para los señores, pagaban mal y tarde, después de vender la aceituna o la almendra.
Los pocos jóvenes que quedaban habían emigrado en busca de un futuro menos incierto. Su hermano mayor, Antonio, se fue a Asturias a trabajar en la mina; Sebastián marchó a Barcelona como peón de la construcción. Las ciudades estaban devastadas y había que ayudar a levantar nuevos edificios. Leoncio se fue al seminario; nunca le gustó el campo. Y su hermana Pepa entró a trabajar en una fábrica de fajas en San Sebastián.
Su madre había envejecido mucho y presentaba una delgadez preocupante. Su padre se estaba quedando medio ciego. Pero todas las esperanzas estaban puestas en su José. Él se había librado de la guerra por ser hijo de viuda; no corrió la misma suerte que sus dos hermanos mayores, muertos en ella.
José y ella se conocían desde niños; se habían criado y querido juntos, por ser vecinos. También él decidió emigrar a la ciudad. Era comprensible, en aquellas tierras, entre la sequía y el abandono, ya no quedaban ni lagartos; como decía el mendrugo de Mariano: algo había que comer...
La noche antes de marcharse, hacía ya tres meses, durmieron juntos en el desván para consolidar su unión, ya que el cura don Francisco no quería casarlos sin las debidas amonestaciones. Él le prometió que volvería a por ella.
Detrás de unas peñas se cambió y cargaron la ropa en las alforjas. Después de abrevar a la burra en el río, emprendieron el camino de vuelta al pueblo por la carretera de tierra.
El sol se estaba poniendo y caminaba junto a su madre, llevando sobre la cabeza el barreño de zinc lleno de ropa seca. Se oían algunas voces tenues, conversaciones que se mezclaban con el murmullo del agua. Las mujeres regresaban en silencio, arrastrando los pies; alguna entonaba una canción triste.
Llegarían al pueblo ya de noche. Se tocó la tripa con emoción y vio el reflejo de su silueta en el agua del río. Pronto se le notaría. Pensó, entonces, que no tenía ropa ancha que ponerse.
E.R.A.
Grupo B
Amasando la memoria
El buche se me agitó al ver el sobre. Un matasellos de El Añigral. Dos lustros después, casi lo había enterrado. Firmaba Ramón Guerra. Ese nombre era de El Perra. “No me busquéis. Me he ido a Barcelona”. Tragué varias veces. Quedé mirando absorto.
Me llamaban Marica “Chullo”. Marica porque me gustaba estar solo, leer. “Chullo” por mi padre, “El Chanchullos” .Recuerdo poco de mi infancia. Con pocos años mi madre faltó por unas fiebres de malta. Como zagal dispar, me convertí en objetivo de los quintos del pueblo. Me cantaban los gallos. Me amarraron desnudo a la torre del campanario. Me tiraron al pilón el día de reyes.
A los once dejé la escuela, mi padre necesitaba una mano en el horno. A las dos de la mañana madrugaba, amasaba, horneaba y repartía con la panera. Me gustaba la labor. No pasaba frío, ni hambre. Los ratos libres buceaba entre novelas.
Ocho años después murió mi padre. Quedé huérfano.
Por ser hijo único me libré de la mili. El único de todos los quintos. Cuando regresaban, se casaban. Todos menos yo.
Pasaron años. Una noche de San Juan, Nieves, la mujer de El Perra, se presentó llorando, rogando por un chusco para alimentar a la niña. Su marido gastaba el jornal en aguardiente.
No tenía nada que ofrecerme. Se abrió la blusa. Unos pechos tersos y pálidos asomaron. Me ruboricé. Aparté la mirada. Cogí una hogaza y se la ofrecí.
Se cubrió rápidamente. Bajó la cabeza mientras su cuajo le impedía articular palabra.
Los siguientes días no pensé en otra cosa, mientras bregaba, horneaba o incluso en las paneras cuando repartía.
A los pocos días se ofreció a lavar mi ropa, en el regato. Remendó mis pantalones. Acarreó leña para el horno.
Unas lunas después regresó con la cara marcada. Lloraba desconsolada. La abracé. Se sobrecogió. Me besó. Arranqué su blusa. Apagué el quinqué. Nos amasamos. Sobre los sacos de harina, al calor del horno. Se quemó una hornada. Esa fue la primera vez. La primera de muchas. Mientras, El Perra dormía las monas.
Unos meses después los vecinos empezaban a emigrar. Prometían algo mejor. Tiempo después volvían con aires subidos y ropas modernas. Otros los seguían. Se marchó más de medio pueblo. Bajó un quintal la venta de pan.
Una mañana de noviembre apareció muerta la mujer de Casildo, el arriero, en el palomar. Tenía magulladuras y moratones. El lugar desprendía un olor a orín mezclado con ajo y huevos podridos. Se presentó el cura de Añojal. Echó un responso. Llegó una pareja de la guardia civil y certificó su defunción. Muerte natural.
Esa noche Nieves, apareció triste, apenada y aterrorizada.
— El Perra dijo que fue el Casildo. Vio como la malograba con un azadón. Dice que a mi me pasará lo mismo.
Se derrotó en mis brazos. Miré sus ojos ámbar:
— Prepárate. Mañana nos vamos. De madrugada. Tráete a la niña.
Ahora diez años después, regresó El Perra en forma de sobre. Entregué la carta a Nieves. Aposentó una mano en la boca y otra en el pecho. Su rostro se cuarteó y su respiración se agitaba. Miró hacia la ventana. La abracé para calmarla.
Nieves miraba nerviosa el sobre:
— No entiendo. No conocía las letras.
Apareció Candelera, la hija de Nieves y El Perra, una mujer recia, con diecisiete inviernos y el carácter de su padre, agarró el papel. Lo leyó.
— !Pero qué diantres¡. Mañana marcho al pueblo.
Nieves y yo nos miramos. Agachamos la cabeza. No volveríamos.
Max Ferlam
Grupo B
Los Zarandones
Siempre me ha gustado capar gorrinos, cortarles las cuernas a los terneros a pura sangre, y separar perros enganchados en la jodienda de un tajo seco y limpio de guadaña recién amolada.
En el Añigral se vivía a cuerpo, nadie echaba cuentas de nadie, pero todos andábamos amontonados como borregos en rediles de púas. Cada uno en su cubil nos ahogábamos de rebaño; ni aunque saliéramos a campo abierto, a triscar en el mato.
Quizá por eso, o vaya el demonio a saber, se fueron todos en un desmande de animales que escapan del fuego. Y no quedó alma en parte ninguna, atravesado el caserío por ruinas heladas como cuando se candaba la ribera del Truchas.
Yo me fui también, siguiendo el rastro del cuerpo turbio de la aladrera. Tratos teníamos desde hacía agostos, y el cornudo lo llevaba bien repartiendo correazos en la casa. Conmigo no se engallaba, yo era más recio y templado que él, corajudo sólo con crías y hembras. Alejo Zarandones me llamo, capaz de tumbar una acémila por las bravas.
En casa renombrada había ido ella a dar, por el fuero de Albarracín. Yo me acomodé en una tenada de la propiedad, y no me faltaba leche cruda, el pan que me traía la barragana, algún gamuso que yo mismo cazaba, y galguerías que me regalaba la niña. Cómo iba creciendo, de día en día, vaya hechuras de hembra fresca y jugosa, con unas cántaras que descosían las camisas. Pasó lo que tenía que pasar, y nadie hizo escándalo ni melindres. Los dones apadrinaron a la criatura, porque les hizo gracia quizá como se tiraba a las ubres, y también porque el señor estaba amancebado con la aladrera y le daba un tiento a su retoña cuando sentía ansias de cachorra en celo.
Total, que allí los dejamos, y nos volvimos la madre y yo al pueblo, a sabiendas por el cura de Añojal de que aquello era un desierto de ruinas y cencellada. Allí queríamos vivir, a la suelta, como animales salvajes.
Cuando llegamos apenas se veía al caer la tarde una luz de ceniza junto a la choza del leñero, por la loma de Añate. Hicimos noche amorrados al calor de una fogata de estiércol, y al amanecer, tiritándonos los huesos por la helada, subimos hasta la casa del Perra, la única que por aquellos andurriales mantenía la tejada. Junto al pozo se esparcían los despojos de dos cadáveres, devorados por las alimañas. Echamos los restos al pozo hediondo, y lo cegamos a base de cal y tierra.
Yo hice otro -a puro pico sobre la roca viva-, y una alberca donde chapoteaban sapos y culebras, abrevaban las bestias, y trinaban los arrendajos.
Ahora la nuestra es una casa de blasones viejos y tierras trabajadas por jornaleros de pan y corralas. Las nodrizas de toda la comarca vienen a amamantar los nuevos cachorros, y a aliviar mis ansias de carne joven y ubres reventonas. Pero sigo sintiendo la punzada de la coyunda con mi hembra de apareamiento mozo, y nos refocilamos a modo, aunque de vez en cuando tengo que usar la traílla para que no se haga la estrecha, maleducada con tantos miriñaques y finuras.
Ignacio Aparicio
Grupo A
En todos los sitios se cuecen habas
En mi pueblo hace algunos años, ocurrió un suceso que nunca podré olvidar.
Unos vecinos encontraron llorando a una niña camino de su casa, con la ropa toda sucia y un aspecto deplorable.
La madre ante la gravedad de los hechos, puso en conocimiento de lo ocurrido a la guardia civil, la cual se personó en la vivienda de un hombre mayor, acusado por la niña como agresor.
Este “depredador” reconoció todos los hechos que le fueron imputados, pero no hubo juicio para castigar y reparar el daño causado .
La vergüenza causada a toda su familia, y el odio generado en todo el pueblo, hizo que todos los integrantes se fueran yendo con rapidez a paraderos desconocidos.
Hoy día, este hecho es recordado, no olvidado, pero debería haberse juzgado y castigado.
Luis IglesiasGrupo B
La carta
Los zapatos ya brillaban lo suficiente, pero insistí. Unté la punta del trapo de lana en la lata del sebo y volví a bruñir la piel. Tomé la lezna y perforé un par de agujeros más en la virilla: su pie era más ancho, había crecido, como el resto de su cuerpo. Ahora era toda una moza.
Me había aplicado en demasía en aquel par de zapatos. Los había remendado, los había soleado, y estaban listos para su uso. Hoy vendría a buscarlos. Volvería a ver esos ojos, ese revoltijo de pelo negro y salvaje, y esas curvas que me encendían la sangre.
Mi padre me miraba con gesto de desprecio, apoyado en aquella puerta siempre candada. Esa puerta cerrada para mí desde el día en que mi madre nos abandonó. La muy cabrona me dejó allí, solo, en ese infierno con olor a cuero y a grasa. Se marchó. No me llevó con ella. Renunció a mí. Me dejó solo con él y con una escueta carta de despedida.
Mi padre torcía el gesto y me sonreía: una sonrisa tan oscura como sus asquerosos dientes. Apretaba la bigornia entre las rodillas y el mandil de cuero; con el martinete golpeaba rítmicamente la vaqueta.
La campanilla de la puerta sonó. Tenía que ser ella. Deseaba que fuera ella. No la había vuelto a ver desde la fiesta de los quintos. Ese día la vi entre la multitud. Me miraba, solo tenía ojos para mí. Sentí ese ardor que me recorre el cuerpo cada vez que la veo. Se acercó y, sin decir palabra, me sonrió. Tomó el animal entre sus manos y lo empujó contra el suelo mientras sujetaba las inquietas patas. Cogí con fuerza el cuchillo afilado y, de un solo golpe, cercené el cuello del pobre gallo. Contemplé cómo se desangraba entre mis manos; sentí sus últimos estertores mientras su mirada fría me atravesaba.
—¡Buenos días, señor Melquiades! ¿Ya están listos mis zapatos? —dijo con voz cantarina.
Mi padre no contestó. Yo salté de la banqueta, me estiré el mandil y metí los dedos donde ella metería sus delicados pies. Posé, con cuidado, el par de brillantes zapatos sobre la palma de mi mano y, orgulloso, se los mostré.
—Ya están listos, Chari. Mira cómo brillan. Parecen nuevos —dije, babeando.
Los envolví en papel de estraza. Puso cuatro reales en mi mano y sus dedos me rozaron. Sentí la presión en la bragueta.
La campanilla volvió a sonar. Estábamos solos otra vez, mi padre, los viejos zapatos y yo.
Sus manos sujetaban con fuerza la tenaza; estiraba la badana sobre la horma y, con maestría, cogía un clavo de entre los labios y, de un solo golpe, fijaba la piel. Con oficio manejaba el tranchete afilado y rebanaba el sobrante. Un corte pulcro, perfecto. Me asustaba verle con la cuchilla entre las manos. Sus ojos, llenos de rabia, se clavaron en los míos.
—Son todas unas putas. No te fíes. ¡Mala peste se las lleve a todas! —escupía las palabras, mezcladas con su rabia—. Te usará y te abandonará como a un perro. Ja, ja.
Su risa resonó en el pequeño taller. Su cuerpo volvió a apoyarse en la puerta cerrada y vi el brillo en sus ojos encendidos.
A mí no me abandonarán. A mí no. Yo sí me iré de aquí. Chari y yo nos iremos, nos alejaremos de este infierno, como ya han hecho otros tantos. Se fue Pedro, el herrero, cuando ya no quedaron caballerías que calzar en el pueblo. Se fueron Casildo y Nicomedes, los pastores. Nos quedamos con la leña de Claudino el panadero cuando apagó el horno para siempre. Se marchó don Agustín, el maestro, cuando ya no quedaron niños a los que enseñar.
Y yo también me iré. Con Chari. Tendremos hijos que yo nunca abandonaré. No seré tan mala persona como mi madre. No se abandona a un hijo con solo cinco años. Eso no se hace. No se deja una carta de despedida porque no se deja a un hijo.
Ella desapareció un día, yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre me entregó un pequeño sobre con una nota dentro. Apenas cuatro palabras: «Te quiero mucho, hijo». Me costó leer esas letras torcidas; me costó olvidar aquel rostro hermoso que me despertaba cada mañana, aquella sonrisa en la que brillaba, orgulloso, su diente de oro. Me costó soportar el mal olor que durante un tiempo se instaló en la casa.
—Es la traición —decía mi padre—. Huele a esa mezcla fétida y rancia de huevos podridos y excrementos.
Me costó adaptarme al trabajo diario: suelas, talones, briznas, cerdas, badanas. Aprendí a cortar, a aparar, a montar, a clavar, a coser con cerda, a pespuntar, a bruñir, a remendar y a solear. Mi vida se reducía a los zapatos.
Mi padre llevaba unos días muy nervioso. Apoyado en la puerta cerrada, golpeaba con más fuerza las suelas; los clavos hundían sin remedio sus cabezas en las badanas, los cortes ya no eran tan perfectos. Chari me dijo que mis tías volvían al pueblo, asuntos de tierras y herencias, era el motivo.
Yo no había vuelto a saber nada de mi madre, ni de sus hermanas, ni de nadie de su familia. La odiaba a ella y a todo lo que me la recordara. Saqué de la mesilla la carta de despedida y estuve a punto de arrojarla al fuego del hogar.
—¿Qué haces que no estás en el taller? —me sobresalté; no había notado su presencia—. Hay que llevar las botas al cuartel. Y fíjate en que tengan buen lustre. No aprenderás nunca. Siempre pensando en las faldas de esas putas…
Guardé la nota en el bolsillo del pantalón.
Mi padre me observaba. La rabia encendía sus ojos. Su ancho cuerpo casi cubría la puerta cerrada a su espalda.
—¡Anda, ve! Y no vuelvas sin los cuartos. Son doce reales, ni uno más ni uno menos. ¿Entendido? Y no te entretengas.
Sus órdenes me descomponían el cuerpo. El miedo me atenazaba. Soñaba con perderlo de vista para siempre.
Conté los reales dos veces. Doce por el trabajo. El sargento me dio dos más de propina. Los guardé bien. No quería ni imaginar lo que me ocurriría si perdía una sola moneda.
En la plaza me encontré con Chari. Me puse nervioso; esa muchacha me volvía loco.
—Qué raro verte fuera de tu prisión —dijo con sorna.
—Vengo de entregar un encargo. Vuelvo a mi celda, como tú dices. Me alegro de haberte visto —contesté, con la voz temblorosa.
—Mira —extendió el brazo—. Esas son tus tías. ¿No las saludas?
Vi a dos señoras bien vestidas, elegantes, que se acercaban. Empecé a sudar. El rostro de una me recordó al de mi madre. Comencé a temblar. Quería huir. No me atreví. Mi cuerpo no respondía. Chari me miraba y sonreía.
—A lo mejor saben dónde está tu madre. Pregúntales —me azuzó.
—Tú eres… —me sonrió una de ellas—. Cómo te pareces a ella. Pobrecita.
—¡De pobre nada! ¡Una puta! —respondí—. Se marchó, me abandonó y me dejó aquí, solo con el animal de mi padre y una carta de despedida. ¡Una puta es lo que es!
Alcé la cabeza, orgulloso, y enderecé el cuerpo. Me disponía a escapar de aquella encerrona. Allí no pintaba nada.
—Espera —dijo una de mis tías—. ¿Has dicho una carta?
—¡Sí, esta! —saqué el papel arrugado y lo agité delante de sus narices.
—¿Me permites? —pidió con calma.
La leyó. Se la pasó a su hermana. Me miraron con pena y me devolvieron el papel.
—Nuestra hermana no sabía escribir.
De regreso al taller, mi cabeza reconstruyó el pasado. Me hervía la sangre. Las uñas me hicieron sangrar las palmas. Estaba fuera de mí. Debía actuar con cautela.
Le entregué las monedas a mi padre: doce, como Judas. Las guardó en la faltriquera sin apartar la espalda de la puerta cerrada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así? ¿Se han metido contigo en el cuartel? No les hagas caso, son unos cabrones. A trabajar.
Comenzó a golpear con el martinete el canto de una suela. Yo observaba cada movimiento. Lo veía allí, sentado, enmarcado por las jambas de una puerta cerrada a cal y canto. Una puerta que yo debía atravesar.
Los ronquidos me aseguraron que dormía. Me acerqué a la puerta y la forcé. Temí que el ruido lo despertara, pero el ronquido volvió, regular y espeso. Encendí un candil. La humedad del cuartucho me penetró en la nariz. Polvo y un par de sillas viejas me cortaban el paso. Tras ellas, en el suelo de tierra, descubrí una manta raída que cubría un bulto.
Intenté retirarla, pero se deshizo entre mis dedos. Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. A mis pies, un montón de huesos se removió. Me arrodillé, acerqué la luz temblorosa de la vela. Mis ojos se clavaron en las oscuras y vacías cuencas de la calavera. Un poco más abajo, en la pálida mandíbula, brillaba el diente de oro.
Tomás García Merino
Grupo B
Cuando tiembla el torno y el pueblo se hace talco
Corría la década de 1990, las fábricas de la Ciudad del Gallo se cerraban, Don Caos Leandor con sus leyes se convirtió en el "Hombre león" que engendró el caos en el pueblo.
Los trabajadores de diferentes profesiones tiraban sus títulos en casillas de olvido y las herramientas de los torneros se alistaban a las tropas del desuso.
El canto del gallo de Morón sin frontera no se oyó mas, sus bocinas se rompieron y el tornero Enrique ya no hace bujes, ni bridas, ni arañas metálicas; el bronce, el acero y el aluminio se van acabando y no llegarán mas.
Por la calle central del pueblo se fugan esos materiales en rastras, rumbo a la capital, y solo ha quedado el cobre, el cual, soportará el arranque de virutas hasta su fin.
Enrique, ese tornero principal de los talleres ferroviarios que hacia al gallo cantar y a los trenes anunciar su presencia con el claxon, o silbato, o corneta, o chiflo, no importa cómo llamarlo pero ese sonido alegraba a los viajeros que se dirigían a Vista Ciega, o los que iban de Santa Oscura a Nueviejitas pero ahora estaban tristes y olvidados.
Aquella tarde-noche Enriquito recogía en el taller buriles, mandriles, contrapuntos, micrómetros, el calibrador y su broca; si, esas herramientas de trabajo que descansaban al lado del torno. El señor Karelio Fernández quien conocía la historia de esos talleres ferroviarios que rehabilitaban ferrobuses, inaugurados en 1924 bajo la dirección del Coronel Tarafa, recordaba el valor patrimonial que se esfumaba. No menos la Estación, que con mármoles traído de Italia y trabajados por un marmolista de ese país y vitrales de calidad y belleza en su diseño, entregaba su cuerpo roto al suelo. Ella era la segunda estación más importante del país; un Monumento nacional que se dejaba destruir.
La cuchilla del tornero Enrique ranuraba su cerebro y el de Karelio también, y los mandriles mordían sus cuerpos.
Perucho un veterano conductor del tren de Santa Oscura a Nueviejita también acompañaba a Enriquito en ese difícil momento. El conductor puso sobre los pies del tornero el Contrapunto para sostenerlo. porque lo veía caer. Además, queriéndole animar, usando su apellido le dijo ."Sarmiento toma tu herramienta de rosca y asegura tu ajuste para que tus tornillos garanticen uniones seguras, evita sobrecargas hazte roscas valiosas y vota las virutas de tu corazón".
La ferocidad del "Hombre león" incapaz de renovar las viejas maquinarias paralizó el mantenimiento de las fabricas y talleres del pueblo, y por tanto, la vida laboral de sus trabajadores que empobrecían y emigraban buscando mejoras económicas.
Enrique no era el único tornero de allí, ni ese oficio el único afectado; era un ejército de profesionales quienes también abandonaban el pueblo en masa; eran trabajadores serios a los que no se les pagaba dignamente y emigraban.
La fábrica de zapatos fabricaba descalzos, la planta de hielo congelaba corazones, la fábrica de pastas secas producía desesperanza, las maquinas de Rafael en su industria de Bananina no alimenta a niños porque no había bananas ni latidos fuertes para generar esperanzas; la fábrica de refresco la marcharon para Vista Ciega sin motivo ni explicación. El pueblo migró y en el periódico "El Què" aparece escrita la huelga reprimida de los muchos desempleados y pocos empleados exigiendo salarios dignos, porque el pago que recibían no daba, ni da, para usarlos en compras que no se venden.
El tornero Enrique, quien fue médicos cirujanos de las maquinarias; capaz de "operar" para revivir lo que era fuente de bienes y servicios y de empleo de los habitantes de un pueblo que fue "diamante" y ahora es "talco"; miró al cielo, lugar para el cual partía y se encontraría con el Coronel Tarafa, patrocinador de ese proyecto ferroviario. En ese momento recordó al marmolista italiano y entonó la balada que habla de la nostalgia y de volver; precisamente es del grupo italiano I Santo California "Tornero" o Volveré y se le escuchó cantar a modo de despedida.
TORNERO
Vuelvo a ver el tren
Alejarse y tú
Que secas esa lagrima
Volveré…
Cuanta nostalgia
Sin ti …
Eres mi vida(amor, amor mío)…
Volveré…
Volveré.
Pero no solo se la dedicaba a su esposa, la Dra Maitee; también se la dedicaba a su "TORNO" (en español), a su taller ferroviario, a las fabricas cerradas por falta de mantenimiento o materia prima porque sencillamente; la administración de Caos Leandor lo dispuso así.
Los hijos de Enrique migraron, sus vecinos también, el talco prevalece el diamante no está y solo agrego EPD Enrique.
Nota.
Publicado en el diario "El Qué" con el título, "CUANDO TIEMBLA EL TORNO Y EL PUEBLO SE HACE TALCO"
Miriam García Cabrera
Grupo A
El olor de la sangre
Aquí las estaciones no existen. Los meses se suceden en una perpetua niebla gris que te envuelve el cuerpo con su frío denso y húmedo. Lo pasé mal al principio. Me dolía el cuerpo, sobre todo los pies y las manos. Era como si millares de cristales se te clavaran y te penetraran en el cuerpo. Fuera, en la calle, es insoportable, pero dentro, en la nave de despiece, es muchísimo peor. Nadie de aquí quiere este trabajo, por eso lo hacemos nosotros. Los dedos y la nariz a veces me arden por el congelamiento. La sangre coagulada y los restos de piel se me quedan en las grietas que los sabañones me producen en las manos. Al poco de venir aquí soñaba con los chillidos de los animales. También estaba ese olor horrible a putrefacción que al principio sientes como ajeno pero que se luego se te impregna en la piel. Por mucho que me lavara y me duchara, por mucho que me frotara el cuerpo hasta incluso sangrarme, esa peste permanecía y no me podía desprender de ella. Me envolvía con cada aliento de mi respiración de tal manera que se transformó en una capa invisible que acabó siendo parte de mi ser.
Es cierto que el frío era una sensación totalmente nueva para mí. No puedo decir lo mismo de los gritos de desesperación ante la muerte y del apestoso hedor que desprenden los cadáveres en descomposición. Ya los conocía de antes. Quizás por eso se adueñaron de mi mente, invadiendo mis noches con horribles pesadillas.
El único remedio que me funcionó fue trabajar sin descanso. Así no tengo tiempo para lamentos. A veces incluso tengo una sensación de calma y paz; quizás sea eso lo que la gente llama felicidad. Mañana y tarde en el matadero, fines de semana haciendo apaños de costura. Esto último es lo único bueno que aprendí en el pueblo porque al colegio apenas fui, y eso que yo era una chavala despierta y espabilada con muchas ganas de aprender. Así se lo hizo saber el maestro a mi madre y a mi tía Antonia, su hermana. Por eso ellas le suplicaron a padre que no me pusiera a trabajar. Aún me viene a la cabeza la imagen de mi tía retorciéndose sobre un charco de sangre en el suelo y a mi padre gritándola e insultándola, como si no hubiese tenido suficiente y quisiera más. Ese día fue cuando descubrí ese hedor a muerte. Madre estaba en su cuarto llorando, yo creo que no se atrevía a salir de allí. Percibí primero un aroma extraño que se iba convirtiendo en una peste insoportable según me acercaba al pozo, ese agujero oscuro y lúgubre al que me obligaba padre a asomarme cuando era niña mientras me amenazaba con lanzarme allí dentro. No pude soportarlo. Unos horribles pensamientos asomaron en mi cabeza pero yo los expulsé enseguida. Sentí una mano apoyarse en mi hombro. Por un momento pensé que esa mano me arrojaría al pozo y que allí acabarían mis días. Fue un instante de desesperación seguido de un largo momento de alivio, porque era madre quien estaba a mi lado y ahora me envolvía en un interminable abrazo. No hubo palabras. No eran necesarias. Ambas sabíamos que no seguiríamos allí ni un minuto más. El maldito viejo nos estaba contagiando un odio que nos pudría el alma. Era una casa de enfermos, y esa enfermedad se llama maldad.
Me fui lo más lejos que pude, a un país con ese idioma impronunciable que suena como si el mismísimo Diablo estuviera gruñendo. Pero ya he conseguido domesticarlo, con muchísimo esfuerzo, a base de mis noches, el único tiempo que me pertenece; clases nocturnas y libros de biblioteca han sido mis profesores. Por fin ya no soy una extraña. Siento que este es mi sitio. Además, por primera vez mi vida me pertenece, juego a imaginar un futuro que puede que esté al alcance de mi mano y a olvidar un pasado que todavía asoma en mis interminables noches de insomnio para burlarse de mí.
Me tuve que enfrentar a ese mismo pasado el día que recibí una carta mal escrita por mi madre en la que decía que mi hermano se casaba. Con saña rompí ese maldito papel. No quería saber nada de esa gente que supuestamente es mi familia. Luego recapacité. Quizás podría regresar para escupir en su tumba o, mejor aún, destruir el pozo. Además, podría mostrarme tal como soy ahora delante de esas pobretonas mujerzuelas de pueblo: una ciudadana del mundo que ha prosperado.
Cuando vi a Caín en su boda percibí esa mirada de odio y maldad que tanto me había aterrado en mi niñez. Era igual que él, los mismos gestos, la misma postura, ese mal beber que le transforma en una tormenta de furia que destruye todo a su alrededor. Me mantuve al margen todo lo que pude, fingiendo una alegría inexistente e imponiéndome una sonrisa falsa en la cara para no desentonar. En el último momento madre me lanzó una mirada de soslayo. Ella sí sabía escudriñar mi alma. Ahí quedó todo dicho. Me acerqué a Caín para despedirme. Antes de que se metiera en casa con su nueva esposa le pregunté:
-Caín, ¿qué pasó con padre?-
Levantó el brazo mientras su cara reflejaba una mezcla de alivio y preocupación. Señaló un lugar. No hizo falta más explicaciones. No pude caminar mucho hacia allí porque al poco tuve que echarme a un lado para vomitar de asco. ¡Ese maldito olor…! Jamás podré desprenderme de él. Seguirá ocupando mis noches de pesadillas pero a partir de ahora también mis días de rutinas absorbentes y recuerdos ahogados.
No regresé nunca al pueblo, ni pienso hacerlo. Aunque hay lugares que por mucho que huyas siempre seguirás tú estando ahí, porque aunque no habites en ellos, ellos sí habitarán en ti.
Maite BT
Grupo A
Marica Chullo
Añojal era un pueblo más, perdido en la dehesa extremeña donde solo las avutardas parecían comer y vivir en paz.
Algunas casas mal encaladas y una ruinosa iglesia componían el conjunto, que de lejos se podía confundir con un camposanto de pasillos estrechos, polvorientos en verano y enfangados en invierno.
La iglesia era una construcción sencilla, sobre el descascarillado suelo descansaban algunos bancos solo usados para despedir a los muertos, un Jesucristo marchito se intuía en un lienzo que enmarcaba el humilde altar, lo más notorio quizá fuera el candelabro de votivas, regalado por el cacique del pueblo, don Ramón del Río, que en gloria esté. El cura le pidió una escuela para el pueblo porque nadie leía pero don Ramón pensó que mejor un candelabro, así el temor haría rezar.
Antaño, el pueblo tenía gritos, risas y bestias tirando de carros, la vida era dura, sí, pero era vida, ahora la roña campaba a sus anchas: las últimas mulas habían muerto hacía ya no pocos inviernos y si alguna quedaba era muy a su pesar; los gritos solo se oían por las peleas de borrachos, porque el vino quita el hambre y también el frío y las risas se dibujaban en labios torcidos.
El cura había pasado mala noche, solo el confesionario quizá arreglara el día, Marica Chullo acudía con frecuencia, largas y sudorosas confesiones que aliviaban al cura tanto como al Chullo…porque de algo había que vivir.
Marica Chullo no hablaba y tampoco sentía, no era un mudo de nacimiento, solo fue que su padre lo vio tocarse donde no debía con quien no debía, el vecinillo pudo escapar pero Marica Chullo no, la tunda de palos le cayó con fuerza y en semanas no pudo andar. Quedó mudo y también cojo, la cojera por rotura mal curada y la mudez porque su lengua ya no quiso hablar ni su corazón saber.
Pero Chullo ese día no llegaba, al pasar por la taberna un par de borrachos berrearon lo de siempre, ese día no lo quiso oír, a grandes zancadas se encaminó a ellos y con la misma botella que sostenía el más voceras les rajó la cara.
Corrió al patio de la iglesia, la perra recién parida se dejaba hacer por sus cachorros que mamaban con vigor, la acarició y junto a la manta, en la tierra, dibujó: un sol, muchas casas y un mar con veleros. El cura lo entendería: huir de aquel maldito campo de miseria y dolor.
Los lugareños oteaban el horizonte con desconfianza: “más vale malo conocido que bueno por conocer” susurraban si algún paisano dejaba de verse, pero Chullo recelaba, nadie había vuelto.
Teresa Fernández Pacheco
Grupo C
El último golpe en el yunque
El viento del norte venía a cuchillo por la sierra de Albarracín, colándose por las callejuelas de Gea, como un lamento antiguo. No traía lluvia ni esperanza; solo traía polvo y el eco de las puertas.
Elías miró sus manos. Eran manos de herrero, anchas, callosas, teñidas de un hollín perpetuo que ni el agua helada del río Guadalaviar podía limpiar. Sin embargo, llevaba semanas limpias, demasiado limpias.
En su herrería, el fuego estaba apagado. El yunque, que durante generaciones había cantado la música del progreso del pueblo, ahora dormía frío y mudo. No había hierro que forjar, ni mulas que herrar; y lo más grave: no había nadie que pudiera pagar por ello.
—Elías, la sopa está lista —llamó María con voz tenue desde la cocina.
La sopa era agua turbia, con unas pocas hierbas y un trozo de pan duro que había guardado como oro en paño. En la mesa, sus hijas esperaban con los ojos grandes y hundidos; esa miseria que en Gea se había vuelto tan común como las piedras.
La Casona de los Valdeolivas
Al otro lado de la calle mayor, la realidad era distinta. La casa de los Valdeolivas se alzaba imponente, con su escudo de armas en la fachada de piedra y balcones de forja que el abuelo de Elías los había trabajado con orgullo.
Allí no había sopa de agua. A través de las ventanas entreabiertas escapaba el aroma insultante del cordero asado y la leña de encina ardiendo con alegría. Don Anselmo Valdeolivas paseaba por el pueblo con su abrigo de paño inglés y botas lustrosas, saludando con una inclinación de cabeza que no era saludo, sino una confirmación de su estatus social.
—Se van los Martínez mañana —comentó Don Anselmo a otro terrateniente en la plaza, mientras encendía un cigarro grueso—. Dicen que a Valencia… Pobre gente. No saben que en la ciudad el hambre muerde igual, pero sin techo.
D. Anselmo no entendía, o no quería entender. Para él, Gea era su reino: sus tierras, su casa. La hambruna era inconveniente climático, no una tragedia vital. Mientras los jornaleros y artesanos vendían sus pocas pertenencias por un saco de harina, los señores compraban esas tierras a precio de saldo, ensanchando sus dominios mientras el pueblo se encogía.
“La decisión del hierro”
Esa noche Elías no pudo dormir. El contraste le quemaba más que el fuego de su fragua. Escuchaba el carruaje de los señores, mientras en su casa el silencio era tan denso que dolía.
Bajó al taller; acarició el martillo. Durante siglos, su familia había sido el corazón de Gea. Sin el herrero no había arados para el campo, ni herraduras para el transporte, ni clavos para las casas. Pero el campo ya no era de quien lo trabajaba y el transporte ahora iba hacia una sola dirección: la huida.
Sacó una carta arrugada de su bolsillo. Venía de Barcelona; un primo suyo trabajaba en una fábrica metalúrgica.
“Aquí el hierro no se ama, Elías; solo se funde en serie, pero pagan cada semana y hay comida”, decía la letra temblorosa.
Elías encendió la fragua una última vez, quemando los últimos restos de carbón que le quedaban. No para trabajar, sino para despedirse. Calentó un pequeño trozo de metal hasta el rojo vivo y, con un golpe seco y certero, lo partió en dos.
El sonido metálico resonó en la noche de Gea, como un disparo, despertando a los perros de Valdeolivas.
Fue el tañido final: la rendición del artesano.
“El adiós”
Al amanecer, la niebla cubría el acueducto romano excavado en la roca. La familia de Elías estaba en la parada del coche de línea, junto a otras tres familias. Llevaban maletas de cartón atadas con cuerdas y abrigos remendados.
Elías cerró la puerta de su casa y del taller. Giró la llave dos veces. El sonido de la cerradura fue el último trabajo de hierro que haría en aquel pueblo.
Don Anselmo pasó por allí en ese momento, camino a la misa primera. Se detuvo un instante, mirando al herrero; luego, a las maletas.
—¿Tú también, Elías? —preguntó con una mezcla de sorpresa y de decepción, como si le ofendiera que le quitaran una pieza de su tablero de ajedrez—. ¿Quién me arreglará ahora la reja del patio?
Elías lo miró a los ojos por primera vez, sin bajar la vista, sin la humildad del sirviente, sino con la dignidad del que ya no tiene nada que perder.
—El óxido, Don Anselmo —respondió Elías, con voz ronca—. Deje que se la arregle el óxido.
El autobús llegó levantando polvo. Elías subió el último, ayudando a María. Mientras el vehículo se alejaba serpenteando por la carretera, Gea de Albarracín se hacía pequeña a sus espaldas. Quedaban atrás las piedras nobles, el convento de las Capuchinas y la riqueza de unos pocos; pero también quedaba atrás el hambre.
El taller del herrero quedó en silencio y, con él, un pedazo de alma del pueblo se apagó para siempre. El yunque tampoco vibró más, dejando a los señores dueños de un reino cada vez más vacío.
Fernando Nieto
Grupo A
Dos secretos
Mi nombre es Adrián, pero todo el mundo me conoce como Adrián el de los “Alpargateros”. Soy hijo de José, que era alpargatero, y nieto de Francisco, quien también dedicó toda su vida a hacer alpargatas de cáñamo. Soy la tercera generación de un oficio muy antiguo, siempre urdiendo las suelas y cosiendo con las agujas de capellar, pero a mí lo que mejor se me da es pespuntear las morreras que rematan las alpargatas por delante.
Era por el verano, a mediados de julio, cuando íbamos todos los chiquillos hasta los prados del barranco del Cañigral para recoger el cáñamo. Lo hacíamos a primera hora del día, antes de que apretara la calor. Mi padre era un buen segador, abrazaba las garbas con la sobremanga sobre su huesudo brazo, a la vez que tajaba con la afilada corvilla a ras de suelo. Un golpe certero y ya está, nos decía. La chiquillería cogíamos las gavillas y las arrastrábamos hasta la balsa. Los gruesos goterones de sudor resbalaban por sus mejillas, se le oía resollar como acezan los perros cuando persiguen a los conejos. Recuerdo una noche, no podía dormir de la calor que hacía, cuando me pareció oír unas voces, ven acá, puta. Me levanté y me acerqué hasta la alcoba de mis padres, allí entre sombras le vi, ebrio de vino, cómo tenía agarrada a mi madre y aunque trataba de zafarse de su apestoso aliento, le oí cómo jadeaba, parecía el chon montando a la marrana, al poco soltó un rugido tres veces y se hizo el silencio. No podía moverme, solo escuché el ulular del búho roto por los sollozos de mi madre. Me volví a la cama, pero ya no pude dormirme. Después de aquel sucedido, fueron muchas las noches en las que volví a oír los golpes, los insultos, yo no podía hacer nada, solo resoplaba por la nariz, mordía la manta y apretaba fuertemente los ojos.
Una noche de septiembre, mi hermana y yo estábamos ya acostados cuando llamaron con insistencia a la puerta. Por la voz reconocí a Antonio el “Chapita”, el hijo del Casildo y la Garrota, quien le echaba en cara a mi padre que había cogido la agramadora sin su permiso y no se la había devuelto. Bajaron a buscarla al taller, yo detrás, procurando no hacer ruido al poner mis pies descalzos en las frías losas, muy despacio, apoyándome a tientas en las paredes para no tropezar. Me escondí detrás de un montón de garbas de cáñamo, y les oí discutir, Antonio le dijo algo de ratero de mierda… Mi padre le agarró por la pechera y le empujó con violencia, el Chapita dio unos torpes pasos hacia atrás, se tropezó con el banco, se cayó sobre la púa del rastrillador y se le abrió un enorme boquete en la espalda que le quebró el aliento. Mi padre se acercó hasta él, arrimó su hocico hasta su cuello y masculló… serás hijo de puta, así tú no me vuelves a llamar chorizo. Lo envolvió en un saco de esparto y lo ató con una trenza de las que hacíamos sin parar, siempre con un cabo más corto, para que no se enredaran abajo. Lo arrastró hasta la cuadra de la casa y lo subió a lomos de la mula. Yo estaba petrificado, no podía mover un músculo; cuando conseguí salir de mi escondrijo me vio, debió volver para limpiar el charco de sangre y, llevándose el dedo índice a la boca, me susurro: Tú no has visto nada, será nuestro secreto. Como se te ocurra contárselo a tu madre, te mato. Yo tenía los labios sellados con resina y le vi salir, con aquel fardo a lomos de la mula, en una noche oscura. Se lo llevó Dios sabe dónde para enterrarlo, aunque por el camino que cogió siempre pensé que lo había tirado por el agujero de la cueva de la Mora, con una piedra al cuello, como hacíamos con los gatos recién paridos. Me volví a la cama, mi hermana dormía, pero no conseguí pegar ojo.
Tres años después, un 17 de enero, lo recuerdo perfectamente porque fue después de la fiesta de San Antón, pasó lo que tenía que pasar. Hacía un frío que pelaba. Todos los vecinos reunidos en torno a la hoguera, comiendo patatas asadas y tortas dormidas. Ya entrada la noche, llamaron a la puerta con tres golpes secos. Yo me pensé que eran los mozos del pueblo, que iban con las esquilas al cuello formando un gran alboroto, molestando por las casas del pueblo. Volvieron a repetirse los tres golpes, ahora más fuertes. Bajamos a abrirles, y allí estaban, como dos estatuas, la pareja de los guardias civiles. Dijeron algo de la autoridad competente y se llevaron preso a mi padre, con las esposas en sus huesudas manos. Mi madre lloraba sin parar; yo casi me alegré de que desapareciera de nuestras vidas, se acabaron las palizas y los insultos, los encargos de trabajos inútiles y el pestazo a vino y tabaco que emanaba por su bocaza. Ya nunca más lo volvimos a ver. Lo metieron en presidio, en la cárcel de Alicante, hasta que poco después llegó una carta donde decía que había fallecido por una neumonía. La noche que se llevaron preso a mi padre cayó una nevada impresionante, y a la mañana siguiente no pudimos salir de casa, pues teníamos la ventisca había acumulado más de un metro de nieve que taponaba la entrada de la casa. Hacía un frío tremendo entre aquellas cuatro paredes, siempre nos pegábamos por sentarnos en el escaño de la cocina, frente a la pequeña chimenea. Mi madre me dijo que a partir de aquel día yo iba a ser el encargado de traer piñas y braceos de aliagas para encender la lumbre. No os arriméis tanto, que un día os caéis en las brasas, nos repetía cada poco.
Mi hermana Luisa, que me sacaba quince meses, era la encargada de traer agua, todos los días con las cántaras a cuestas, desde la fuente del Tornajuelo. Allí solía verse con el Marica, de los “Chullos”, que era un mozo bien plantao, de tez morena, la mirada turbia, algo bizco como secuela de una reyerta en la taberna del pueblo. A mí nunca me gustó, era un creído, alardeaba de que tenía a todas las mozas bebiendo de su mano. Muchas tardes, yo la acompañaba, y allí que se presentaba el Marica, que me ignoraba y a mí no se dirigía, como si no me viera. Siempre tonteaba con ella, unas risas por aquí, un déjame que te ayude por allá y ponía sus oscuras manazas en la espalda de mi hermana. La Luisa era ya una buena moza, con sus buenas caderas y su enorme pecho, siempre alegre y dicharachera, brotaban las sonrisas en su enorme boca. Aunque yo bien me sé lo que el Marica quería de mi hermana, le sobaba cada tarde los hombros y los brazos, y arrimaba su sucia boca por el cuello, con la sola idea de montarla en el pajar de vuelta a casa. Poco después, ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Un día la Luisa llegó a casa y contó que estaba preñada. Mi madre empezó a llorar y yo empecé a despotricar como un jabalí herido, cogí la escopeta y me puse hecho una furia. Eres la deshonra de la familia, le escupí como una ametralladora. Mi madre consiguió apaciguarme, poco a poco. Hijo, hay cosas peor, me dijo. Esto se soluciona casando a la moza con el Marica, que es de los “Chullos”, no te das cuenta que es de las familias más ricas del pueblo. Era cierto, pues llegaron a tener más de mil cabezas de ovejas. Así que, poco después de san Antonio, allá por el 13 de junio, hicieron la boda en la iglesia y se besaron a la salida. Hubo convite con un guiso de perdiz y después baile al son del acordeón, hasta caer reventados, en el local de la escuela. Desde el día siguiente, mi hermana pasó a trabajar como una bestia con las borregas y corderos de los Chullos, que si atar a las merinas para esquilarlas, ordeñarlas dos veces cada día, subir hasta la hoya de los Romanos o bajar desde los Sabinones, apartar los corderos, siempre de sol a sol. Ya nunca más oí su risa de su preciosa boca.
Todos los inviernos ella se iba, como cocinera, a hacer la trashumancia hasta la zona de Campo de Cartagena, ya cerca de Murcia. Era una hembra muy bragada, eran muy pocas las mujeres que bajaban y la que probaba un año, no volvía; ella estuvo ocho temporadas de continuo. Preparaba unos guisos estupendos con los que llenar el buche a aquella cuadrilla de pastores. Le quedaban muy bien las migas de pan con longaniza y su plato estrella eran los caracoles chupaeros, que quitaban el sentido. Solían bajar tres amos con sus rebaños, siempre con las abarcas de goma, el pantalón de pana, la boina negra, la bota colgada al hombro, una petaca y tabaco para liar. Llevaban tres o cuatro mudas, que lavaban la Luisa o alguna otra mujer del camino. El Marica solía ir a caballo, donde llevaban las mantas, el vino o la paja; y si hacía falta durante el viaje, se acercaba a algún pueblo cercano para buscar provisiones. Tardaban poco más de tres semanas, aunque si las ovejas iban pariendo, aquello se alargaba algunas jornadas más. Hacía arriba, de vuelta a la sierra de Javalón, tardaban diecinueve o veinte días, porque por el mes de abril, amanecía antes y se andaban más horas. Yo siempre contaba los días, esperando su vuelta. Cada año, antes de partir, le cosía unas alpargatas nuevas, con las morreras en rojo, que siempre volvían rotas y maltrechas, deshilachadas con las piedras de las cañadas y las veredas. Así durante ocho años, hasta que un día llegó descalza, las alpargatas en la mano, el ojo morado y el gesto torcido. Me contó lo que ella siempre había callado, aunque era un secreto a voces. El Marica, que mal rayo le parta, abusaba de mi hermana, le pegaba, la trataba como una esclava, siempre de acá para allá, de sol a sol, y por si esto fuera poco, muchas noches le ponía la mano encima y la insultaba.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Dos días hacía que habían vuelto, y yo rumiando sus palabras, me imaginaba la mala vida que aquel desgraciado le daba a mi hermana. Y sucedió lo que tenía que suceder. Fue un veintinueve de abril, cuando me fui como un miura hasta la majada donde guardaba el ganado. Aproveché que mi hermana había bajado al río a lavar y me encaré con él. Llevaba la lezna de coser escondida en la manga de la camisa y la afilada corvilla en la espalda, sujeta con el pantalón. De camino recordé a mi padre sentado en el banco del oscuro taller, urdiendo las suelas y atravesando el alma del cáñamo, haciendo fuerza contra la estaquilla de la mesa. Esto atraviesa el alma, decía. Me llegué hasta el pajar donde guardaba a las borregas. Allí lo vi, estaba apartando los corderos. Apestaba a orines y boñiga, un olor pegadizo en aquel aprisco. Los recentales balaban sin parar. Me acerqué hasta tenerlo frente a mí, me soltó que la Luisa era una malnacida, maldita tu casta, y que no valía ni pa darme hijos. Se me abalanzó con las manos hacia el cuello, yo saqué la lezna de la manga con mi mano izquierda. Así le atravesé el costado por dos veces, aflojó sus sucios dedos de mi garganta, y en menos que canta un gallo conseguí zafarme, saqué la corvilla con la mano derecha y rebané su cuello con un golpe certero. No hizo falta más... Cayó hecho un guiñapo. Se acabaron las palizas y los insultos de ese hideputa. Después me deshice del fiambre en un serón de aceitunas, que enterré aquella misma mañana saliendo por detrás, hacia la Umbría Negra, junto al pinar del Ocejón. Nadie me vio. Me deshice de la camisa ensangrentada, me lavé en el regato y volví a casa para el almuerzo como si tal cosa. Por la noche ya le echaron en falta y se organizó una batida para dar con él. Todo fue inútil. Unos meses después apareció por el pueblo un tal Antón el “Campanillero”, que se dedicaba a la venta ambulante de ropa, telas, agujas y demás cachivaches. Dijo que había visto al Marica en una taberna de Campillo, acompañado de una mujer de mala vida. Todo el mundo pensó que había desaparecido por su voluntad, dando por válido que el Marica “Chullo” anduviera lejos con algún lío de faldas, encoñado por ahí como era propio de un mujeriego como él. Todo el mundo murmuraba y criticaba a mi hermana. Vaya mujer, no saber cómo atender a su hombre -decían.
Una noche de otoño sonó como si llamaran a la puerta de casa. Al principio pensé que era el viento, que arremetía contra el portón de la cuadra, pero cuando insistieron, bajé y mi sorpresa fue ver a mi hermana, con una maleta en su mano y los ojos humedecidos. Solo alcanzó a decir: ¡No aguanto más! ¡Vámonos de aquí!
Despertamos a madre y preparamos todo. Ensillé la mula, comimos un cacho, dejamos sin recoger la cocina, sin tiempo que perder y antes de que saliera el sol, ya estábamos de camino a Barcelona por la Cuesta del Bardal. Anduvimos todo el día, sin volver la vista atrás y sin parar casi, como si huyéramos del diablo, hasta no poder más. Aquella misma noche, nos acurrucamos bajo las mantas, junto a la lumbre, cuando le musité a la Luisa que tenía un secreto que contarle.
-No hace falta, los secretos, secretos son. Yo también tengo algo para ti: ¡Gracias, hermano! -dijo sollozando.
La miré fijamente, puse mis manos sobre sus mejillas y una leve sonrisa se esbozó en sus carnosos labios.
El señor Amaro
Nos estamos quedando solos en el pueblo, nos vamos vaciando pausadamente y los que quedamos ocupamos más espacio, se nos ve más Antes, si te cruzabas con alguien y no saludabas apenas se notaba, ahora sí , porque nadie pasa desapercibido. El aire se ha vuelto más denso, pero se deja respirar mejor.
Yo apenas echo de menos a los que se fueron, allá ellos si prefieren la ciudad. Cuando vienen de visita se pasean ufanos por el pueblo. “Ya vienen los indígenas”, dice mi padre..y ya no estamos tan cómodos.
En realidad, al único que echo de menos es al señor Amaro, que se fue el mes pasado. Amaro se encargaba del bar que lleva su nombre y servía un café tan amargo que te despertaba las entrañas para todo el día y te quitaba el cansancio de un trago. Ahora lo lleva su hijo, Amaretto, pero el café ya no es el mismo.
Dicen que Amaro no se ha ido a la ciudad sino a otros pueblos para difundir su manera de hacer café y se ha llevado consigo su cafetera italiana. Nos ha dejado más soñolientos y menos espabilados, por eso ahora hay gente que se queda dormida en la barra y hay que sacudirlos con fuerza para que vayan a coger sus tractores y se entreguen a sus faenas, pero a las dos horas regresan de nuevo al bar muertos de sueño a por su siguiente dosis de café.
Dice Amaretto que el café es la bebida de los hombres cansados y que todos pertenecemos a la sociedad del cansancio, no sé qué querrá decir eso.
Ayer llegó una carta del señor Amaro en la que dice que no va a volver, que confiemos en que Amaretto irá aprendiendo y la cafetera nueva irá cogiendo solera. Ha dicho también que lo importante es que sigamos reuniéndonos en el bar para contarnos nuestras cosas y que él va a ir por los pueblos a enseñar a otros a hacer un buen café como el suyo para que todos vayan poco a poco despertando. Y que una cosa es pertenecer a la España vaciada y otra a la España dormida y cansada.
Pilar Sánchez Barbero
Grupo C