El segundo cuento que ocupó nuestros comentarios fue "Viaje a la luna", una evocadora historia sobre la llegada del primer televisor al pueblo de Olleros y la llegada del hombre a la luna vista a través de la pantalla.
Hablamos por último de "Televisión basura" de Manuel Vázquez Montalbán, una sátira donde se mezclan personajes, opiniones y situaciones de manera estrambótica y que son un reflejo de la degradación de contenidos en los medios de comunicación. Las tres historias forman parte de un libro titulado "Castigados sin tele. Cuentos para que no veas la televisión"
Recomendamos la película El televisor de Chicho Ibáñez Serrador, una historia para no dormir que refleja con acierto algunos de los efectos secundarios que la televisión ocasionó en muchos hogares. Aquí tienes un artículo sobre la película titulado "50 años de ‘El televisor’, la inolvidable ‘historia para no dormir’ de Chicho Ibáñez Serrador" firmado por Fernando Sánchez López.
Ray Bradbury señaló que "La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco". El poeta chileno Enrique Lihn carga aún más su munición poética contra la televisión en su poema titulado "TV":
Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la television en colores.
De esa llama solo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los suenos
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fabrica
Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder
Recomendamos el libro "La muerte de la TV no será televisada" de Emerson Pérez publicado por la editorial Liliputienses. Te dejamos aquí un video poema.
La tarde es reDOMADAMENTE LENTA
ANTE teleVISIÓN A TODO PASTO
NINGUNEA EL AMIGO SOLO vasto
la veciNA Naufraga en tal tormenta
¡Qué tiros! ¡Qué troyanos! CUÁNTO CUENTA
EL ARTEFACTO en apariencia casto
COSA es que habla y –FABLE– NO DA ABASTO
A LO INFALIBLE: es un cristal que aumenta
CoroNARON las horas CINCO GOLES
CINCO GOLES AZULES COMO SOLES
Todo se fue torneando más tranquilo
En el barrio ¿bajaba ya o subía
el vencidario? NADIE LO SABÍA
EN ABSOLUTO. SE HA PERDIDO EL HILO
El segundo texto es un poema de José Ovejero titulado "Zapping":
En la primera un padre apenado hablaba de su hija,
violada tres veces por un desaprensivo.
Y prometía detalles antes de pasar la gorra.
En la segunda asistí a un horrible crimen, y había sangre,
y gritos, y la tortura del débil.
Sólo así podíamos alegrarnos con la sangre y los gritos
del delincuente.
En la tercera daban fútbol. Hombres que se abrazaban
y besaban y brincaban de júbilo, sin avergonzarse.
Espectáculo raro en estos tiempos.
En la primera el padre lloraba amargamente
mientras corregía el nudo de la corbata.
En la segunda se aplicaba la ley,
para tranquilidad de todos.
En la tercera se celebraba la victoria
destruyendo algunos coches, y era hermosa la felicidad
al resplandor del fuego.
No sé en cuál el reportero cumplía su dolorosa misión:
entrevistaba a un moribundo,
porque el público tiene derecho
a estar informado.
En la quinta, creo que era la quinta, me vi yo.
Con el mando en la mano. Y era un excelente actor.
Había que ver mi expresión de escándalo, mi justa ira,
mientras abría la siguiente botella de cerveza.
Y el último es un breve cuento de Mario Benedetti titulado "Idilio":
La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido.» Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
«Vamos. A dormir», conmina la madre.
«No», dice Osvaldo con determinación.
«Ah, no. ¿Se puede saber por qué?»
«Estoy esperando.»
«¿A quién?»
«A ella.»
Y señaló el televisor.
«Ah. ¿Quién es ella?»
«Ella.»
Y Osvaldo vuelve a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
«Me dijo: querido.»
Atrapado por la TV
No sé como he venido a para aquí. Estaba repanchingado en mi butaca, bien instalado, con un par de latas de cerveza, unas banderillas, cacahuetes, un platito con lonchas de jamón de bellota y queso de oveja curado, algo de pan y unas servilletas, todo preparado en la mesita accesoria en la que dispongo lo necesario para una buena velada delante del televisor, acomodado para ver la gran final de copa, cuando se ha producido el cortocircuito. Un parpadeo de la pantalla, una rápida sucesión de imágenes, un haz de rayos catódicos que ha salido del aparato, provisto de una mano luminosa que me ha agarrado por el cuello, un apagón general y vuelta a la normalidad. Pero ahora yo me encuentro aquí encajonado, en un espacio angosto, desde el que contemplo al otro lado la butaca, el jamón, el queso, las cervezas y el resto de lo que tenía reservado para la ocasión. No me lo puedo creer, pero estoy dentro del televisor, dentro del maldito aparato que me ha abducido. Para mi sorpresa, veo entrar en el salón a mi hijo y un par de amigos, que se alegran de verlo todo a punto y en un periquete dan buena cuenta de la bebida y la comida. De nada han servido mis gritos, primero de advertencia y después de enfado, ya que parece que no me oyen. Para más penitencia, el televisor es extraplano, de última generación, lo que me hace sentir realmente incómodo encajonado en los tres centímetros de grosor que tanto ponderaba el empleado que me lo vendió. Intento salir del aparato, pero estos ingenios modernos están hechos para que nadie pueda meterles mano para toquitearlos por dentro o para arreglarlos, si fuera menester, a no ser que sea un técnico de la casa con herramientas especiales. Tampoco están construidos para que alguien abducido pueda salir de su interior, ya que no encuentro ningún resquicio, rendija o componente desatornillable que me permita salir de esta prisión. Para colmo, veo como mi hijo y sus amigos dan saltos de alegría y se abrazan, por lo que deduzco que el equipo contrario acaba de marcar un gol, ya que siguiendo la norma, ellos son hinchas del otro equipo y no de mi equipo de toda la vida. Y yo aquí encerrado y sin poder ver el partido. Vagando por el interior, lleno de circuitos, procesadores, chips, conectores y cantidad de elementos que no sé que son, llego hasta lo que parece ser la placa base de todo el ingenio, justo cuando el equipo contrario acaba de marcar otro gol. Sin poderme contener, le doy una patada al primer chip que encuentro, lo que se acompaña de un flashazo de la pantalla y las caras de asombro de mi hijo y los amigos. Con gran nerviosismo, se ponen a manipular el mando a distancia, con la clara intención de cambiar de canal. Parece que lo consiguen, porque se relajan, pero yo aprovecho para darle otra patada al chip y vuelve a repetirse la misma escena. Divertido por lo que acaba de acontecer, me dedico a repartir puntapiés a todos los componentes que voy encontrando en mi camino. Los resultados son de lo más variopinto, unas veces parece que la pantalla se vuelve monocromática, otras el volumen se hace ensordecedor o el aparato enmudece sin previo aviso, también aparecen figuras geométricas sin ningún sentido o se sintoniza la emisión a películas de ciencia ficción de serie B. Por cambiar un poco de forma de proceder, valiéndome de un cable que he conseguido arrancar, hago un cortocircuito entre dos procesadores, con el sorprendente resultado de que mi hijo y sus amigos aparecen junto a mí después de ser abducidos. Intentando repetir la operación cambiando los polos para devolverlos al salón de casa, no conseguimos el efecto contrario, si no que nos hemos traído abducido a un político en campaña que en ese momento estaba apareciendo en pantalla. Se ha montado un lío fenomenal dentro del televisor, ya que el mencionado ha creído que se trataba de un secuestro, mi hijo y sus amigos se han enzarzado en una discusión pseudotécnica sobre la forma de salir del atolladero, además el político y yo, que somos hinchas del mismo equipo, hemos tenido que defender nuestros colores frente a los tres jóvenes. Con tanto follón no nos hemos dado cuenta de que el televisor había seguido abduciendo todo tipo de cosas, una gacela y un guepardo del documental de naturaleza de la 2, tres tertulianos de un debate de la 6, un par de famosillos de la 5, el presentador de las noticias de la 3 y, de paso, a Roberto Brasero, que se ha puesto a darnos la chapa con el tiempo que hace al otro lado de la pantalla. Allí dentro ya no cabemos más y la situación empieza a hacerse insostenible, así que dejo a los demás hablando acaloradamente en lo que va pareciéndose a una junta de vecinos y me siento en un rincón a contemplar el panorama. Entonces veo entrar a mi esposa en el salón, por lo que deduzco que ha terminado la partida de cartas y que ha ganado, porque se le nota una cierta cara de satisfacción. Tan diligente como siempre, recoge lo que había quedado encima de la mesa, apaga le televisión con el mando a distancia y desenchufa el aparato. De golpe, reaparezco sentado en el sillón. Busco con la mirada a mi hijo y sus amigos, al político en campaña, al guepardo, a todos los demás y a Roberto Brasero, pero no hay nadie más, ni en el salón ni en la televisión. Entonces, detrás de mí, oigo decir a mi esposa —te habías quedado dormido, el partido se había acabado y he apagado la televisión— y, a continuación, ha añadido —por cierto, me ha dicho nuestro hijo que tu equipo a perdido por cinco a cero—.
Manuel Medarde
Grupo A
El estigma de Abel
“No sois mejores porque os guste leer”. María Pombo.
Érase una vez un país donde había innumerables canales de televisión. Uno de ellos emitía principalmente documentales e informativos. Plurales, objetivos, imparciales, sin sesgo alguno tanto político como ideológico, dando voz a las minorías, a los excluidos, a los movimientos marginales y olvidados, visibilizando a todos los que de otra manera quedarían fuera de foco, desterrados. En resumen, una televisión abierta a todas las opiniones, tendencias, movimientos sociales, modas, estilos, diversidad de razas, sexos e inclinaciones sexuales, sin discriminar ni priorizar a ninguno de ellos, y en la que, “last but not least”, se diera la máxima importancia a los hechos, contrastados siempre para averiguar la verdad objetiva siguiendo una metodología rigurosamente científica.
El resto de canales, a cientos, se repartían entre realities, telebasura, fútbol, sectas de todo tipo, programas concurso con premios millonarios, retos virales, películas gore, apologías de teocracias sanguinarias, vendedores de la eterna juventud, peleas a muerte sin reglas, hombres mordiendo a perros, ruido y furia, Belén Esteban, y un largo etcétera de aberraciones, brutalidades, y fanatismos.
Como es lógico suponer, y dada la naturaleza humana orientada a la generosidad, la solidaridad, el altruismo y las virtudes morales del buen salvaje no contaminado por la civilización y el capitalismo, una aplastante mayoría de espectadores se inclinaba por la primera opción. Lo que les hacía sentirse ecuánimes, justos, en posesión de la verdad. En definitiva, el pueblo elegido.
Al mismo tiempo todos los demás canales y sus seguidores se veían obligados a pasar a la clandestinidad, so pena de ser exterminados como ratas.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Sufrimiento y emoción
Era un 21 de diciembre de 1983, una noche fría en el exterior, pero dentro de casa yo estaba con muchos nervios y con la mirada clavada en la televisión.
España necesitaba ganar a Malta por 11 goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa de Francia de 1984.
Mi pensamiento me decía que era misión imposible, pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo en un gran aficionado como es mi caso.
El partido se jugaba en el Benito Villamarín de Sevilla.
Comienza el partido, me muerdo las uñas, estoy muy nervioso. En los inicios, penalti a favor de España. Lo ejecuta Señor, pero lo falla; ¡qué mala suerte! Poco después marca Santillana, pero Malta nos empata enseguida 1-1. Antes de finalizar el primer tiempo, Santillana marca otros dos goles más y llegamos al descanso 3-1.
Pero la pregunta que me hacía constantemente era: ¿cómo vamos a marcar los 9 goles que aún nos faltan para la clasificación?
El segundo tiempo comienza con un ritmo infernal por parte de nuestros jugadores. Yo no dejo de moverme de un lado a otro por el salón, pero los goles se suceden rápidamente. Rincón, Maceda, el cuarto, el quinto... me va subiendo la moral y comienzo a decir «¡sí se puede!», como gritaban todos los que estaban en el campo. Cada gol que marcaba España yo gritaba con más fuerza; en el minuto 80, íbamos 11-1. Los últimos minutos pasaban muy deprisa. Cerca ya del final, Señor, que había fallado el penalti, es quien consigue el gol definitivo. La emoción se desborda en mí y me abrazo con mi hijo para celebrarlo.
Una noche histórica frente a la televisión que nos enseñó que, hasta el último segundo, nunca hay que dejar de creer.
Fernando Nieto
Grupo A
La televisión
Escucho y veo la televisión. Alguien habla, alguien se mueve, alguien transmite ideas, pensamientos; otrora espectáculos. Yo los comparto y los disfruto. Hay de todo.
Creo que antes había más calidad que cantidad y ahora hay más cantidad que calidad.
Los tiempos cambian y también los conceptos.
Antes creíamos que todo lo que veíamos era auténtico, verdadero; ahora creemos que casi todo es falso, ficticio, preparado y conchabado.
Me gustaría saber cómo funciona, cómo se transmiten las imágenes y los sonidos. Tengo un sobrino, ingeniero de telecomunicación, que me ha contado un par de veces cómo son las ondas y cómo se transmiten, pero no termino de enterarme.
Puede ser que los que entienden la sistemática y el “modus operandi” lo disfruten más que los profanos. ¿O quizás no? Pues ni siquiera lo piensan.
Me pasa a mí cuando me doy un corte en un dedo. No me pongo a pensar en los factores de la coagulación, la agregación plaquetaria, el paso de protrombina a trombina; la formación del tapón de fibrina y finalmente la cicatrización. Estos fenómenos se ponen en marcha automáticamente, y si no tenemos ninguna alteración sanguínea, a los pocos minutos hemos dejado de sangrar, y a los pocos días ya tenemos la cicatriz.
En resumen: elijamos sabiamente el canal de la televisión, y procuremos no distraernos cuando tengamos un cuchillo en la mano.
José Luis Fonseca
Grupo A
Coplas a la televisión
Cuéntame cómo pasó,
dime cómo ha sucedido;
que me narre el Telediario
todo lo que ha acontecido.
Verano azul de la infancia,
Farmacia de guardia abierta,
Un, dos, tres tigres hambrientos,
Aplausos para la fiesta.
Te hipnotiza si te dejas,
Saber y ganar tú puedes
si sabes dejarlo a tiempo.
La Clave es saber si quieres
Un Informe semanal
relata dos mil desgracias.
Piensas que Aquí no hay quien viva,
empachado de falacias.
Bola de cristal, la tele,
alumbrándonos la noche,
Gran Hermano omnipresente,
programando a troche y moche.
Carlos Coca Senande
Grupo C
El mando ⧫⧫
Me llamo Faustino. Vivo solo, bueno… no exactamente, convivo con mi gata siamesa Cleopatra. Estoy divorciado, sin hijos y me acaban de suspender de empleo y sueldo. Trabajo, bueno trabajaba, en la fábrica de elementos combustibles de Enusa en Juzbado, Salamanca. Me han abierto expediente disciplinario a mí, y a otros cinco compañeros, porque han desaparecido veinticinco gramos de óxido de uranio enriquecido. Una nimiedad.
Mi vida es un tobogán zigzagueante con altibajos, que siempre termina cuesta abajo. Mis días transcurren tumbado en el sofá bebiendo cerveza, alimentándome de comida rápida y viendo la televisión. Hago zapping continuamente, saltando de canal en canal porque nada consigue satisfacerme.
De niño, recuerdo que solo había dos opciones. Veías lo que emitían. No tenías que decidir. El poder de los mandos inalámbricos comenzó a partir de los años noventa con la implantación de las televisiones privadas, cuatro canales y medio, medio porque la mitad del tiempo estaba codificado, sin contar con las autonómicas. Ahora la gama es interminable y si añadiera los de pago no tendría tiempo ni para decidir qué visionar.
Me dolía el dedo de apretar el mando. A las dos de la mañana las pilas se agotaron y dejaron de funcionar. Después de varios golpecitos contra el sofá, me enfrenté a mi pereza y me levanté a coger unas nuevas. Rebusqué en cajones, armarios y cajas, pero no encontré ninguna. Sentí que mi mundo se derrumbaba.
Entonces, recordé el souvenir que había cogido de la fábrica. Un pequeño cilindro de uranio de un centímetro cúbico. Fruto de mi embriaguez tuve la brillante idea de acoplarla al mando a distancia. Con un pequeño martillo conseguí encajarlo y apunté hacia la televisión.
No funcionaba. Pulsé otro.
Nada.
Comencé a pulsarlos todos con impaciencia y de repente, un destello verde fluorescente recorrió la distancia hasta el televisor.
Un zorro que perseguía un conejo en el documental de vida salvaje, se teletransportó en mitad de mi salón. Cleopatra brincó hasta la parte más alta del armario con el pelo erizado y emitió un bufido que me asustó más que la presencia de la alimaña.
Me quedé paralizado. El zorro tampoco se movía, parecía congelado en el tiempo. Me acerqué lentamente, toqué su lomo, su pelaje cobrizo era suave. Permanecía inmóvil. Cleopatra bajó del armario y con cautela se acercó a olisquearlo.
Probé todos los botones nuevamente y al presionar “Exit” el animal desapareció, para volver a la caja de ondas, con la salvedad de que el documental no se había detenido y apareció en mitad del océano, rodeado de tiburones tigre que en poco más de veinte segundos lo habían convertido en su almuerzo.
La escena me impactó. Un sentimiento de culpa se apoderó de mí.
Veinte minutos después, decidí probar de nuevo. Un halcón peregrino terminaba de atrapar una paloma, y la desplumaba sobre una rama. Apreté el botón y apareció en el centro de la estancia, con la paloma entre sus poderosas garras. Inmóvil. Admiré sus bigotes, sus mejillas claras y su dorso gris pizarra. Acaricié su plumaje. Cuando me cansé de contemplarlo, el documental había terminado. Emitían un programa de teletienda. Apreté el botón y el ave comenzó a dar vueltas por el plató asustando a todos los que trabajaban en la emisión. Qué buen rato pasé viendo cómo trataban de esconderse todos los tele-vendedores.
Me quedé dormido. Varias horas después desperté evaluando si solo habría sido un sueño.
La batería de uranio seguía incrustada en el mando. Encendí el televisor y la emisora por defecto que siempre aparece es La 1, a esta hora, los informativos matutinos. Hablaban de Donald Trump, que estaba comprometiendo la seguridad de todo el planeta con sus belicosas acciones. Las imágenes lo mostraban en el despacho oval rodeado de consejeros. Casi instintivamente apreté el botón “Exit” e inmediatamente se materializó inmóvil en frente a mí. En la pantalla todos los asistentes se alertaron ante la desaparición de su presidente. Rápidamente cogí un rotulador y le pinté un gran pene en la frente. No paraba de reírme con la excitación de un niño travieso, evocando las bromas que me gustaba preparar en mi infancia. Pulsé el botón y le envié de nuevo a su origen. Se formó un gran revuelo en torno a su regreso. El mandatario agitaba los brazos intentando desembarazarse de los servicios de seguridad. Un primer plano de su frente me provocó una gran carcajada que duró hasta que cambiaron a otra noticia.
Esperé un rato para ver si los distintos medios se hacían eco de la noticia, pero no hubo ninguna referencia. Mientras desayunaba llegué a la conclusión que al ser una grabación, las acciones acometidas no intervenían en la realidad. Me llevé una decepción, pero por otro lado, deduje que sería muy divertido crear mi propia parrilla televisiva.
Me senté frente al televisor. Zapeaba desde el botón lateral del televisor, hasta que encontré una película que marcó mi juventud: “Terminator” de James Cameron, la primera. Cuando apareció en pantalla el robot T-800 apreté el botón del mando. Surgió inmóvil en el centro del salón, su presencia me producía terror al recordar las escenas de la película. Cleopatra emitía un bufido sordo y continuo. Comencé a zapear, para encontrar alguna emisión que pudiera provocar diversión al combinarlas. Varios descartes después, emitían “Parque Jurásico” de Steven Spielberg. Allí lo envié. Me divirtió ver como se enfrentaba a los dinosaurios, aunque también acabó con la vida de todos los protagonistas humanos. Eso me impresionó.
Pasé horas buscando, extrayendo y reenviando, cambiando el guion de las películas. Drácula enfrentándose a Darth Vader. Chucky, el muñeco diabólico en la película “Mary Poppins”. Lobezno de “X-Men” luchando contra Freddy Krueger en “Pesadilla en Elm Street”, Rambo enfrentándose a los zombies en “Guerra Mundial Z”, Hannibal Lecter en el musical “Cantando bajo la lluvia”. Las posibilidades eran infinitas. Cleopatra parecía disfrutar tanto como yo, se acercaba, olisqueaba y se volvía a tumbar.
A medida que utilizaba el mando me sentía más poderoso. Como si fuera dios en mi pequeño universo televisivo. Una idea comenzó a crecer en mí. Íntima, prohibida. Un calor lascivo me recorría el cuerpo. Comencé a recordar mis sueños eróticos de la adolescencia, Kim Basinger en Nueve semanas y media o Sharon Stone en Instinto Básico. Pasaba los canales con rapidez para localizar alguna de ellas. Pensé en contratar una plataforma de series y películas.
Unos canales después, la encontré, Sigourney Weaver, en “Alien, el octavo pasajero”. Uno de mis grandes amores platónicos de la adolescencia. La escena final, en la que el alien casi acaba con ella. Esperaría a ese momento. La película estaba al comienzo, una hora después, llegó el momento. Ripley vestía ropa interior de algodón, con una camiseta que marcaba sus senos turgentes, que marcaba su figura sudorosa. Apreté el botón. Apareció frente a mí. Me atusé el pelo, como si ella fuera consciente de mi presencia. Me levanté indeciso. Acaricié su pelo, su rostro, sentí su fragancia, la empecé a besar en el cuello. Mi excitación crecía al ritmo de mi respiración. La rodeé con mis brazos.
Cleopatra saltó sobre la mesita del salón, y accionó de manera fortuita el botón del mando. Me convirtió en el noveno pasajero. Ripley, asustada, casi me ahoga. No entendía mi repentina presencia. Me salvó ser el único superviviente junto a ella. Ha enviado un mensaje: «Informe final de la nave comercial Nostromo. Informe del tercer oficial. Los demás miembros de la tripulación, Kane, Lambert, Parker, Brett, Ash y el capitán Dallas han muerto. Hay un polizón superviviente, Faustino. Carga y nave destruidas. Alcanzaremos la frontera en unas seis semanas. Con un poco de suerte, la red me encontrará. Hablan Ripley y Faustino, últimos supervivientes del Nostromo. Faustino me pide dictar un intrigante mensaje: Si aparece en pantalla, por favor, pulsen el botón “Exit”. Corto y cierro.»
Grupo B
La luz azul
Manuel se despertó a las seis de la mañana, como llevaba haciendo más de cuarenta años. No recordaba muy bien porqué no tenía prisa. Luego lo entendió: era el primer día de su jubilación.
La casa estaba en silencio. Desayunó despacio. Miró el reloj varias veces, incómodo con tanto tiempo, por delante. No sabía que hacer y decidió encender un rato la televisión. Las noticias. Después un concurso. Luego una serie que ya había visto antes, pero que dejó puesta igualmente.
Cuando se dio cuenta, ya era de noche. ¡De acuerdo, sólo hoy!, pensó.
Al día siguiente volvió a despertarse temprano. La casa seguía igual de silenciosa. Encendió la televisión mientras preparaba el café. Esta vez no la apagó al terminar el desayuno. Caminó por la casa, sin decidirse a hacer nada concreto. Y de igual manera pasaron los días.
La misma rutina. Los presentadores le hablaban con entusiasmo artificial. Las risas grabadas o los aplausos llenaban el salón. Las series mostraban vidas más emocionantes que la suya. Dejó de poner la mesa, comía frente a la pantalla. A veces se quedaba dormido en el sofá y despertaba de madrugada con la habitación iluminada por una luz azul temblorosa. La televisión nunca dormía.
Pasaron las semanas. Ya no abría las ventanas por la mañana. Fuera de casa, las estaciones, cambiaban el paisaje, pero dentro siempre era la misma luz fría. Los programas se repetían, las voces se repetían, los anuncios se repetían. Y sin embargo él seguía mirando. Ya no atendía las llamadas del teléfono. Cada vez hablaba menos.
Un día se sorprendió respondiendo en un debate: ¡Claro que sí, ese interlocutor, tiene razón! La televisión no respondió, pero el se sentía uno más, dentro de la pantalla.
Cuando apagaba el televisor, el silencio le pesaba demasiado. Como si el aire se volviera espeso. Como si la casa estuviera vacía de verdad.
Y dejó de apagarlo. La pantalla permanecía encendida día y noche. La luz azul se reflejaba en las paredes, en la mesa, en los utensilios sin recoger.
Un día la pantalla se quedó en negro. Un apagón. El salón pareció vacío, obscuro.
En el sofá, se encontraba Manuel, inerte, con los ojos muy abiertos y desprendiendo una luz azul, más intensa que nunca.
E.R.A
Grupo B
Busquen A Christie Looooove!
Durante la semana esperábamos ansiosos la llegada del miércoles por la tarde. Nuestros padres acudían semanalmente, con cierta abnegación, a las reuniones de una comunidad cristiana de base. Era un pequeño grupo de laicos que se reunían para leer la Biblia y celebrar su fe, desde el compromiso con los pobres y la justicia social. Nosotros mirábamos el reloj de la cocina ansiando que las agujas llegaran a dividir el círculo en dos mitades.
Antes de salir por la puerta, sobre las seis de la tarde, las últimas consignas de nuestros padres.
−Portaos bien y vosotros dos, no hagáis llorar a María, que es más pequeña; ¡ah!, y cuidad a Rafita, que no ande descalzo, que luego coge frío −nos decía nuestra madre.
−No encendáis la caja tonta, que se os ponen los ojos cuadrados. Y no metáis mucho ruido, ni corráis por el pasillo, que luego se queja doña Rosario, la del tercero −añadía nuestro padre.
Esperábamos unos minutos y mi hermano Richy y yo, que éramos los más mayores, bajábamos rápidamente las persianas. Los cuatro hermanos nos disponíamos a jugar a las tinieblas, era emocionante aquello de esconderte y aguantar tu propia respiración cuando se acercaba el que se la quedaba. Y más cuando tratabas de adivinar por el tacto quién era quién.
Pero lo más excitante ocurría a las siete y media, cuando nos reuníamos en el sofá del salón, frente al televisor en blanco y negro, y veíamos sin pestañear un capítulo de la serie “Busquen a Christie Love”, que tenía como protagonista a una valiente policía afroamericana. Corría el año 1974 y yo tenía 10 primaveras por aquel entonces. Nos encantaba su pelo rizado, su tez morena, los zapatos de plataforma, sus vestidos sexys y su enorme atractivo físico; ahora pienso que estábamos enamorados de ella. El lema grabado a fuego en nuestra memoria, rezaba así: «Belleza. Cerebro. Y una placa». Christie era simpática, atrevida, y si la resolución del caso lo requería, se hacía pasar por prostituta, por estafadora o por ladrona. Nos encantaba… más si cabe porque le pusieron un rombo, para mayores de 14 años.
Un día de otoño, el episodio de Christie Love trataba de una banda de secuestradores, que llevaban pasamontañas y se dedicaban a raptar niños. María se acercó demasiado a la pantalla, trató de quitar la capucha a uno de aquellos malvados, cuando una mano irrumpió en nuestro salón, tomó la suya, y la arrastró dentro de la televisión. Yo reaccioné de inmediato, no podía permitir que desapareciera mi hermana sin más, salí disparado detrás de ella, que se volvió hacia mí, y me agarró llevándome también dentro del televisor. Aquellos tres encapuchados nos capturaron y nos metieron maniatados dentro del maletero de un coche. Nos condujeron hasta un lugar en el que no habíamos estado nunca antes. Buscábamos a Christie Love mirando a todos los lados, hasta que poco después apareció ella, con sus pantalones acampanados rojos, una camisa de seda y un pañuelo al cuello. Casi sin mediar palabra, se enfrentó con los secuestradores y los redujo con golpes y patadas de kárate. Nosotros con los ojos como platos, y Christie Love dijo su frase mítica “¡Estáis arrestados, cariños!”. Poco después comenzó a sonar la banda sonora, puro funky, con unos coros soul que María y yo repetimos a coro, ¡get Christie Looooove! get Christie Loooove!
Queríamos volver a casa, así que aprovechamos la confusión para salir corriendo. Sin que nosotros hiciéramos nada, saltamos a una playa venezolana… se me ocurrió pensar que quizás Richy había cambiado de canal… No entendíamos qué había pasado, nos escondimos detrás de unos matorrales y vimos que había un grupo de naturalistas agarrando una enorme anaconda. Parecía que se trataba de una operación de salvamento, en la que el equipo comandado por Félix Rodríguez de la Fuente intentaba evitar que caimanes, galápagos y anacondas murieran en el barro seco por deshidratación. Un enorme Eunectes murinus se revolvió y casi llega a morder al protagonista de “El hombre y la tierra”. Aprendimos que las anacondas hembras pueden llegar a pesar más de 200 kilogramos, pero que no son venenosas. ¡Menos mal! Al rato, comenzó a sonar la banda sonora y nos alejamos de la playa tarareando la melodía “pum pum parum, pum pum parum…”. Un cámara nos dijo que le siguiéramos, pero vimos una puerta entreabierta, por la que conseguimos despistarle. Le di la mano a María, se la apreté fuerte y seguimos caminando, luego comenzamos a correr por un pasillo interminable.
De repente, leímos un cartel que decía salida, abrimos la cancela y entramos con sigilo. Era un plató de televisión española, donde estaban grabando un capítulo de nuestro querido programa “Un globo, dos globos, tres globos”, que muchos días lo veíamos al volver del colegio. Allí estaba María Luisa Seco, su presentadora, acompañada de la poetisa Gloria Fuertes, que recitaba con su vozarrón He estado al borde de la tuberculosis/ al borde de la cárcel/ al borde de la amistad/ al borde del arte/ al borde del suicidio/ al borde de la misericordia/ al borde de la envidia/ al borde de la fama/ al borde del amor/ al borde de la playa/ y, poco a poco, me fue dando sueño/ y aquí estoy durmiendo al borde/ al borde de despertar. Mi hermana estaba encantada y quería quedarse un rato más para ver a la abuela Cleta; pero yo estaba al borde de un ataque de pánico, quería volver a casa, antes de que regresaran nuestros padres, así que agarré a María, tiré de ella y salimos por donde habíamos entrado. El reloj que me habían regalado por la comunión marcaba las nueve menos cuarto. No teníamos mucho tiempo de margen, así que había que darse prisa.
Al abrir la cancela, un tornado nos arrastró hasta el programa “35 millones de españoles”, en la uno de Televisión Española. ¡Menos mal! ¡Por lo menos estamos en la primera cadena! Pensé que quizás Richy nos estaba buscando y había vuelto a cambiar de canal… Allí estaban dos presentadores -uno era Alfredo Amestoy, y el programa comenzó hablando de lo cara que estaba la vida y de los abusos en la cesta de la compra. Pensé que quizás allí estábamos mi hermana y yo, dos niños escogidos entre los millones de niños españoles, para hablar del precio de los chicles y los regalices de palo, antes daban tres a la peseta, y ahora solamente dos. Sin duda, todo estaba más caro, o eso decía mamá, la luz, el pan… o papá, que se quejaba de la subida de los carburantes. Había entrevistas a personas de la calle, cuando me pareció oír que lloraba nuestro hermano Rafita, era él sin duda, gimoteaba…
−Richy, ¿puedes oírnos? queremos volver a casa…
−Aquí estoy, que no os encontraba… coge a María y acercaos más a vuestra derecha…
Agarré fuertemente la mano de mi hermana, extendí la otra mano a mi diestra y con un fuerte tirón conseguimos volver los dos, sanos y salvos, al salón de casa. Abrí los ojos, había sido una aventura increíble, era como si estuviéramos durmiendo al borde del televisor, al borde de despertar de un viaje por la caja tonta. Nos abrazamos los cuatro, Richy, María, Rafita y yo. El benjamín de la familia dejó de llorar. Miré el reloj del salón, solo faltaban cinco minutos para las nueve, hora de vuelta a casa de mis padres para cenar. Hicimos un juramento de silencio los tres hermanos mayores.
−Menos más que Rafita no sabe hablar, que si no este lo canta todo −sentenció Richy.
Así que apagamos la tele y para que no nos descubrieran, hicimos todo lo posible por refrescar aquel mamotreto Philips, con su culo enorme, abanicándolo con periódicos que agitábamos junto a las rejillas de la ventilación. Había que enfriar aquello como fuera, con tal de que no nos descubrieran que habíamos incumplido las normas de nuestros padres. Oímos la puerta del ascensor y cómo la llave giraba en la cerradura. Nosotros salimos a su encuentro disimulando.
−¡Hola hijos! Ya estamos de vuelta. ¿Qué habéis hecho? ¿Habéis sido buenos?
−Sí, mamá, hemos jugado un poco al escondite sin hacer ruido y luego hemos acabado nuestros deberes −sentenció Richy.
−Hoy no hemos corrido por el pasillo y María no ha llorado, ¿a qué no? −añadí yo.
−Pues vamos a cenar, chata, que hoy vengo muerto de hambre.
−Poneos los pijamas y quiero veros en la cocina en cinco minutos −ordenó mi madre
−Yo me encargo de Rafita. Y no tardéis mucho, que se os enfría la sopa −añadió mi padre.
El mando
Ya ha llegado. Y no voy a esperar nada para estrenarlo. Es el último modelo de mando a distancia para televisión, el Nano Pinganillo Vip Pro, que, dice su publicidad, está dotado con el sistema PI (Personal Inteligencia) cuya característica más novedosa es que se adapta a tus intereses y necesidades. Me acaba de llegar por envío especial, soy cliente más prime que nadie, así que rompo el embalaje con nervios de primerizo y me encuentro con un cacharrito que se adapta a mi cabeza como esos micros que llevan los cantantes, pero sin micro. Y sin cantante, que el modelo con cantante tenía un precio excesivo. Compruebo que todo está a punto: el sofá bien mullido, los cojines lumbar y cervical en su sitio y el de poner las pezuñas encima de la mesa también, las palomitas con su pizquita de sal y la litrona de Pepa Cola bien fresquita. He puesto, además, mi toque nostálgico, una bolsa de Kg. de pipas Facundo que me envasa, personalizadas, la empresa "Para evitarte un disgusto lo hacemos a tu gusto".
¿Se necesita más para ser feliz?
Repantigado en el sofá, me coloco el mando y, sin Big Bang ni nada de esas zarandajas, el mundo cobra vida.
Pienso ver una serie que lo está petando: "El juego del Calamar". Mi mando debe leerme el pensamiento y ... ¡a disfrutar! Aparecen las imágenes y, coño, aquí pasa algo raro. Veo a un cocinero, perejil de todas las salsas, elaborando una receta de calamares a la romana. No, me digo, a la romana, no. La pantalla cambia y ofrece imágenes de Ben-Hur, concretamente de la carrera de cuadrigas, que sí, que es una pasada, pero no es lo que quiero. Definitivamente mi mando se ha desmandado porque aparece un presentador diciendo no sé qué de la tarjeta del hormiguero.
Alto, alto. Paremos este despropósito. Ahora sí, la televisión se detiene y reviso el manual con las instrucciones de uso del mando. Están cuidadosamente explicadas, en inglés. Yo de inglés nada, siempre fui de francés, así que sin aclararme más que antes hago otro intento. El inglés, esa es la clave. Y me aparece en pantalla un señor con barba entrecana hablando del problema de la vivienda. Bueno, pensé, al menos es un asunto actual. Escuché un ratito las opiniones de los invitados que, ver para creer, respetaban el turno de palabra y, más o menos vehementes, argumentaban sin voces y sin insultos. ¿Qué programa es este? Luego vino la decepción: era de 1978.
En aquel momento pensé denunciar al fabricante del mando e inmediatamente aparecieron dos mensajes en la pantalla:
. Puede usted contratar a Perry Mason.
. Nuestra empresa no se hace responsable de que usted no sepa qué es lo que realmente le gusta.
Las palomitas se han enfriado y la Pepa Cola ha perdido gas, pero las pipas... las pipas están cojonudas.
Nicolás Casillas
Grupo A
Televisivo televidente
Televisivo televidente se dejó abducir por los rayos catódicos hasta desaparecer entre el universo de ondas electromagnéticas. Se especula que estará entre las de frecuencias altas o muy altas – UHF o VHF -, situándose en una frecuencia perdida entre los 30 MHz y los 3 GHz, vaya usted a saber. En plena era digital a quién se le ocurre seguir disponiendo de aparatos analógicos, con esos monstruos tan grandes que ocupan buena parte del cuarto de estar. Pudiendo tener una televisión ultraplana y ultrafina, como las compresas. Es curioso, en esta sociedad de consumo en las que estamos arraigados, o más bien atados, como un perro a su correa, los objetos que nos venden para colmar nuestros endebles placeres o son ultra-mega finos (compresas, televisores, ordenadores portátiles, muebles de baño, etc.) o entes tan enormemente anchos que ocupan todo el espacio (ruedas de coches sub, bicicletas, sofás).
A lo que iba, este televisivo televidente, originario de una localidad remota de Albacete pero habitante de un barrio de Madrid, fue de los pocos privilegiados en disfrutar de la programación televisiva de finales de los cincuenta. Al igual que Don Quijote se saturó leyendo libros de caballería, nuestro protagonista buceó en una maraña de programación televisiva formada por unos cuantos concursos, alguna que otra serie de las de llorar hasta no parar, sin olvidar el puntito de los humoristas que le hacían reír también hasta saltar las lágrimas, telediarios formales e informativos, y demás programas de este pelaje que poblaban las horas catódicas.
Sin duda, el que más le fascinaba, hasta el punto de sangrarle los ojos de lo tan atento que estaba, era la Gran Pantalla, programa de variedades cuyas actuaciones le fascinaban, y no digamos los sketches cómicos protagonizados por Lina Morgan. “Espectacular, fascinante, el artista que vendrá a continuación. Tendremos el privilegio de contar en nuestro espacio con el grandísimo televisivo televidente, uno de los mejores. Un auténtico artista, una estrella de la cabeza a los pies, una excelsa persona envuelto en un aurea de música y espectáculo”. Delirios de grandeza, sueños imposibles transformados en visiones imposibles propios de paranoicos. Así eran los pensamientos que poblaban su mente.
Aunque no podemos desdeñar el fútbol y su incesante atracción que siempre ha ejercido en el macho ibérico común. Nuestro televisivo televidente no va a ser ajeno a este fenómeno. Su habla atropellada, el incesante parloteo, mientras la pelota roza el córner, veinticuatro pares de piernas que lo buscan incesantemente hasta que un disparo sobrecogedor sobresale. El portero atrapa la pelota con una palomita, lanza de una patada el esférico hasta el campo contrario , lo recoge García, ahora pasa entre las piernas de Iriarte para seguir su trayecto hacia la portería del equipo visitante, parece que no puede evitar un regate Iriarte y ahora es Albís quien se hace con el balón, sigue, sigue avanzando a toda velocidad, es increíble cómo corre este magnífico jugador que ya se acerca, se acerca, parece que va a lanzar pero por detrás le adelanta peligrosamente Eusebio quien ya está a su altura, Albís le evita, lanza la pelotaaaaaaaaa….
Parada obligatoria era el telediario del mediodía. Hay que mantenerse al tanto de la actualidad nacional e internacional, la política del régimen que tanto hace por los españoles católicos apostólicos de bien y qué peligroso el complot judeomasónico que asoma entre esos rojos peligrosos que nos quieren invadir de nuevo a través de esas despampaneantes nórdicas de tamaño XL de cuerpos exuberantes que nublan la vista, el instinto y la razón del especímen ibérico masculino.
Siguió nuestro televisivo televidente haciendo de las suyas, esto es, tragándose horas y horas de programación televisiva; mañanas apalancado frente a la carta de ajuste, esperando el ansiado comienzo, mediodías de magazines e informativos, tardeos con dibujos animados, noches de dos rombos con películas salidas de tono y debates sosegados envueltos en humo de tabaco. Así fueron pasando los días, las semanas, los meses e incluso los años. Sucedió una cosa llamada democracia, que trajo consigo la tele de las mañanas. ¡Aleluya, al fin podrá madrugar para disfrutar del inconmensurable placer televidente! También sucedieron las otras cadenas, las autonómicas y las privadas, con sus programas de carnaza fresca para encandilar a machos embravecidos. Son los nuevos aires provenientes de Italia, con sus Mama Chichos y sus espacios de marujeo para oídos entrenados en la bazofia rosa.
La televisión siguió, en su devenir constante, sus luchas de audiencia y sus anuncios interminables. Eso es lo único que no cambia. Poco a poco iba deglutiendo el cerebro de nuestro referido protagonista hasta que desapareció por completo su ahora innecesaria masa gris. Más tarde acabó con la masa blanca, la rosa y la de todos los colores hasta transformar a nuestro televisivo televidente en un ente abstracto, carente de dimensiones y de entidad propia. Fue en ese momento cuando se vio arrastrado por los rayos catódicos hasta desaparecer con la maraña de ondas electromagnéticas. De aquí no regresará jamás ya que coincidió con el momento de la transición de la señal analógica a la digital.
Aun así, estamos buscándole incesantemente. Pero ni usted ni yo lo encontraremos jamás en este universo televisivo formado ahora por píxeles y bytes, ceros y unos. ¡Qué reducida es ahora la nueva televisión! Eso sí, nos seguirá acompañando porque siempre estará aquí, por los siglos de los siglos. Será, y no exagero ni una letra al afirmarlo, el único legado que dejaremos a las civilizaciones alienígenas una vez que se haya extinguido la raza humana.
· Nota: la última afirmación es cierta. Las ondas electromagnéticas viajan al espacio de tal manera que un aparato receptor situado, por ejemplo, el Alpha Centauri podría captar la señal de televisión emitida desde la Tierra cuatro años después de ser emitida.
Maite BT

