La memoria de lo íntimo

Esta semana la sala de Fondo Local de la Biblioteca se perfumó de música. Ivet y Natsu, las protagonistas de la novela Arden los estanques de Alicia Andrés Ramos tocaron el piano para nosotros y nos contaron sus historias. Fue una sesión emocionante. Si quieres saber algo más sobre los proyectos culturales que gestiona Alicia mira por el catalejo de este enlace.
Disfrutamos con la capacidad evocadora de la música y de la arquitectura exacta de las palabras. Alicia demuestra en esta novela su capacidad para contar desde la memoria de lo íntimo, para señalar los asombros propios del haiku en cada descubrimiento y cada revelación de una niña de once años, Ivet, un verano que le cambió la vida. El despertar del deseo, el encuentro con la naturaleza, la emoción que vibra en las teclas negras y blancas hacen de este libro una novela piano que se lee y escucha al tiempo.
El lector se conmueve con la intensidad de lo poético y la perfección que Alicia administra al lenguaje tanto es así que incluso podemos sentir un pellizco de pudor ante ese relato tan íntimo. 
Hablamos también de la novela Hilatura, y de cómo las primeros párrafos del libro nos invitan a descubrir la historia de Aurelia en la travesía de las páginas. También aquí el lenguaje y la destreza narrativa de la autora configuran las atmósferas y la personalidad y psicología de los personajes. Una obra que se asemeja a una bobina de hilo en la que se enhebran la fábula y el realismo mágico y que invitan al lector a imaginar un lugar que no existe pero que toma forma a medida en que el hilo se devana. 
Esta es la carta de presentación de "Arden los estanques", novela que recibió el XII Premio de Novela corta Fundación MonteLeón

Existen veranos que duran toda una vida. Arden los estanques explora el laberinto de la memoria, la persistencia de imágenes, sonidos y sueños con los que construimos nuestro pasado.
Una Ivet adulta evoca aquel verano de sus once años, en una finca del sur de Francia, que lo cambió todo. El encuentro con Natsu, su profesora de piano, supuso una revelación interior, el descubrimiento de una forma de contar el mundo a través de la música. También el despertar del cuerpo y las contradicciones del amor. Los ángulos oscuros del deseo marcarán una biografía sentimental que Ivet despliega como un mapa mientras recorre las calles de Tokio, ciudad de origen de su Gran Maestra Oriental, como ella misma ironiza.
Camina Ivet en distintos tiempos, extiende el tapiz de una memoria sonora y se pregunta si es posible amar al menos una vez en la vida, cuánto hay de realidad o de invención en el relato de nuestros días.
Arden los estanques es una atmósfera, una sala vacía en cuyo centro alguien toca el piano. Una novela que más que leerse, se escucha.




Ivet quiere conocer la historia de su maestra de piano y pregunta a Natsu por su abuelo. Esta le cuenta su historia con las notas del piano. Así es como aprende que tocar el piano es mucho más que hacer sonar sus teclas. Cada canción encierra una historia y es preciso contarla. La música le desvela que los abuelos de Natsu se conocieron el día en que tembló la tierra en Japón, ambos salvaron sus vidas en aquella tragedia que asoló la región de Kanto. Te recomendamos un artículo de Miguel García Álvarez titulado “El gran desastre deTokio de 1923: Terremoto, incendios, desinformación y racismo” si quieres saber más sobre este suceso. Y en este enlace puedes ver imágenes e infografías sobre lo ocurrido. 
En el interior de Ivet también tiene lugar otro seísmo, el que provoca la emoción a través del recuerdo de aquel verano. Años después, en un viaje a Tokio, recompone los fragmentos de su historia para entender adonde le condujeron aquellos días y todo lo que sucedió después.

El jurado del premio destacó la plasticidad de las metáforas de Alicia y la elaboración psicológica de los personajes. El relato es una sinfonía que resuena en el lector. 
Dejamos aquí un fragmento en el que Ivet descubre que el silencio es mucho más que las figuras que lo representan sobre una partitura. Este texto respira haimi, sabor de haiku, desde las primeras líneas:

A Tokio. Os fuisteis a Tokio y tu abuelo no volvió a cultivar la tierra. Recordabas que lo hacía en silencio, como Françoise, concentrándose en la semilla. Quise saber si Kibuku consiguió ser feliz en la ciudad pero no hubo respuesta. Con la música sucede lo mismo que con la tierra, continuaste. Todo viene del silencio y a él regresará, temerlo es tan inútil como huir de tu sombra. Los artistas se rebelan contra el vacío pero la batalla está perdida. Mejor asumirlo y respetar sus huecos. Si quieres saber quién era Stravinsky escucha sus silencios, ahí te lo está diciendo todo. Como mi abuelo. Toca con atención esos espacios, que tus manos aprendan a esperar. También esperan las raíces en invierno. La espera siempre es ciega. 
Acercaste tu oído a un surco y yo te imité. 
Escucha. 
Dentro, la tierra callaba. 
Escucha. 
Apreté la mejilla contra el terrón. Me pareció que los topos detenían su marcha. El viento removiendo los maizales, el runrún de las lombrices trepando a las vainas más tiernas, mi arritmia. Todo redujo su vibración hasta hacerse inaudible. Me quedé así, fuera de tiempo, a medio camino entre el sonido y aquella masa densa y blanca, invisible, que era el tuétano de todas las cosas. De esa ausencia surgió el aullido de tubérculos y minerales; el chispazo de la primera noche, en la que todo estalló sin un solo testigo. Debajo las raíces se entrelazaban, multiplicaban su volumen de un modo horizontal y descentrado. Cerré los ojos y el silencio se hizo más compacto. Tuve miedo, aunque no supe nombrarlo. Había algo ciego en aquel vacío y escucharlo era como despeñarse por un barranco. Allí estaba yo. Tenía once años y avanzaba a tientas entre las tinieblas, mi vida era un ruido estéril. Agárrame fuerte, quise gritar, no me dejes caer. 
A lo lejos un ladrido me trajo de vuelta. Tras él llegó el zumbido de una abeja, los escarabajos deambulando entre las flores de patata. 
Picaba la piel en contacto con el surco y una hilera de hormigas ascendía por tu mano. Sonreíste, y me pregunté si habrías sentido el mismo vértigo, pero el diminuto sonido del roce de tu mano borró mi duda. 
Ivet. 
Mi nombre en tus labios sonó extranjero. 
Ya nada será igual, dijiste. 


Propuesta de escritura

Vamos a tomar como referencia un fragmento del libro:
EL desangelado cuarto de las clases de piano adquirió nuevas dimensiones. El Sueño de amor de Liszt convirtió la sala en un jardín de lirios y peonías donde tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules. Su Consolación nº3 me transportó al dormitorio italiano en el que un joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. «Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre». La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres de Bohemia que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.

Te proponemos elegir una de las tres historias que se insinúan brevemente en el libro. Si decides escribir sobre las tres hermanas hazlo con "El sueño de Liszt" de fondo. 
Si prefieres escribir sobre el joven poeta déjate acompañar por la "Consolación n1 3" del mismo compositor. Pero si prefieres darle voz a los jugadores de cartas que lloran y que cantan a bordo del navío escucha "La Barcarola" de Tachikovsky. Deja que la música permee en el texto. Que las palabras se impregnen de música.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Mi último poema

Desde mi lecho de muerte
escribo estos postreros versos, envuelto en delirios de fiebre,
y aunque me fatigo, quiero desenredar -por si me lees- mis oscuros anhelos.

Sufro desvaríos y quimeras. Una nube negra de estorninos
merodea en torno a mi maltrecho catre,
escucho sus ásperos chasquidos y silbidos
entre el rumor de artistas, viajeros
y vendedores ambulantes de la Piazza.
Suenan las campanas de la Trinitá, sus repiques
y volteos me parecen el alegre toque de vísperas.
Pronto tañerán a muerto, tres tañidos lentos,
monocordes y solemnes, suspendidos en el aire.

Me duele este pecho que ansía tus caricias,
apenas puedo respirar, entreabro débilmente los ojos
y evoco tu fragancia a violetas y alhelí.
Siempre te deseé, mas nunca te lo conté.
Soñé con acariciar tus caderas,
hundirme en tus negros luceros
y bucear entre tus tiernos labios.
Me falta el aire en mis pulmones,
inundados como las huertas anegadas del Tíber,
y curo en silencio las llagas y chancros de mi boca;
ya no podré libar las cerezas de tu pecho,
tú quizás ya no querrás besarme.
Construí conversaciones, como castillos en el aire,
en las que te confesaba mi amor.
Ahora me arrepiento, pero nunca fui valiente,
tan solo dejé ahogar mis pasiones.

Cae la tarde y aumentan los graznidos de las chillonas patiamarillas,
que pelean por sobrevivir mientras mi alma se hunde como la Barcaccia.
Abro los ojos y veo estas manos llenas de sarpullidos,
ya no tengo fuerzas para luchar;
me incorporo con dificultad y atisbo mi demacrado rostro
en los reflejos del ventanal, apenas entreveo mi máscara mortuoria.
Un débil haz de luz atraviesa las cortinas,
entorno los párpados y veo tu figura, una seductora silueta,
un tentador talle que me cautiva,
escucho tu dulce voz que apacigua el vacío del mundo que llevo dentro.
Muchas tardes te busqué entre las sombras de la plaza,
ahora mis cansados pies ya no podrán subir más por la escalinata.
Ya no aguanto más esta enfermedad de Cupido,
mi débil torso arranca a toser, tan solo puedo escupir sangre.

Cierro los ojos por última vez y escribo a ciegas,
toda la belleza del mundo está ahí fuera.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Melancolía

La desorientación se había instalado en mi consciencia. El sol hacía media hora que se había escondido detrás de las imponentes hayas de la selva de Bohemia. Me había embarcado en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto de Moldaba al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.

Salí de mi mugriento camarote. Aborrecía el olor a humedad, sudor y licor del que estaba impregnado el estrecho pasillo. Era especialmente intenso. Abrí la escotilla que daba paso a la cubierta de estribor. La luna me saludó con su fría presencia. La brisa fresca arrastraba aromas de las incipientes flores que anunciaban el comienzo de su brote estacional.
Me asomé por la borda. El agua estaba negra y revuelta, como mis pensamientos.
—Hace mucho frío para que una bella mujer deambule por aquí sola —una voz joven y alegre sonó desde el puente.
Me giré hacia el sonido. Un atractivo y cálido joven sonreía mientras se abrochaba el gabán. Bajó la escalera de gato y se acercó mientras se contorneaba intentando disimular una leve cojera.
Su olor a vainilla mezclada con miel, me atrajo, pero el hedor que desprendía su garganta, producto de cervezas fermentadas en su estómago, me provocó repulsión. Una amarga mezcla.
Un deseo irrefrenable me perseguía. Su calor me atraía, me empujaba, me desinhibía. Sentía un frío interior lacerante que me absorbía hasta las cuencas cansadas de mis ojos.
—Aquí es difícil pasar tiempo sola —me insinué.
Clavé mis ojos sobre los suyos, que me miraban con una mezcla de excitación y curiosidad. Se acercaba lentamente. Sutilmente se quitó el anillo que llevaba en su mano derecha.
—Si me permite puedo invitarle a una copita de trece dentro, más al abrigo. Hoy estoy de suerte. He ganado buenas manos y tengo dinero para gastar —me cortejaba con su atractiva sonrisa.
—Estamos más tranquilos aquí. Solos —mientras me acerqué a sus labios con descaro.
Exhaló una carcajada de sorpresa y seguridad. Agarró mi cintura y me olió sin tocar mi rostro.
Acerqué mis labios a los suyos, lo justo para separarlos lentamente. Me besó con pasión. Su lengua cálida y húmeda se unió con la mía fría y seca.
—Estás helada mujer —dijo mientras agarraba con firmeza mis glúteos. Mi nariz se instaló en su cuello, al calor de su piel, el olor de su pelo, el sonido de sus latidos. Esa sensación interna extraña y dolorosa empujó mis entrañas. Empecé a besar su cuello, notaba sus pulsaciones a través de mi lengua, sentí un dolor extraño en mi paladar a la vez que un líquido cálido y espeso brotaba de su yugular. Su vigor penetraba en mi cuerpo y mi frío interior se calmaba, mis pelos se erizaban. Su calor me inundó. Un ardor ancestral se apoderó de mi ser.
El joven, embelesado, disfrutaba de esa extraña sensación. A medida que succionaba con más ímpetu el hombre iba perdiendo su energía. Lentamente se fue apagando, marchitando. Su rostro antes enérgico ahora estaba pálido, sin energía, huero. Sus rodillas tocaron el suelo y su cabeza se acomodó sobre mis brazos. Me giré. Lo arrojé por encima de la barandilla. Se hundió en la inmensa oscuridad salteada por los reflejos de la luna que la intermitente bruma dejaba entrever.
Mi fuego interno se había calmado. Otra aflicción asomaba. Un martirio mental. Un poderoso arrepentimiento, que sacudía mis concurridos pensamientos. Un pesado ancla que me arrastraba al fondo de mi pesar, de mi culpa. Con ideas recurrentes sobre el destino del joven, de su familia, de sus hijos. ¿En qué me había convertido?
Estaba desorientada. Abrí la compuerta y accedí al interior del barco. Un ruido ensordecedor de jugadores borrachos con un olor penetrante a sudor me golpeó.
—Hola preciosa. ¿Quieres tomar una?

Max Ferlam
Grupo B


El lento Balanceo

“La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al ElBa, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranzas y becherovka. Oscuros hombres de bohemia, que esnifaban rape y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.”

Nadie parecía sorprendido de que la música brotara del fonógrafo viejo, como si de una máquina oxidada se tratara. En aquel barco todo era anacrónico. El tiempo se había detenido en una resaca eterna.
Los jugadores de cartas apostaban hasta sus últimos recuerdos en lugar de dinero, mientras apuraban esa bebida espesa que olía a hierbas y a invierno. Reían con carcajadas bruscas y rotas, pero sus ojos eran de una incurable tristeza.
Entre ellos desfilaban los llamados poetas, aunque ya no escribían. Esnifaban rape para mantenerse despiertos y se balanceaban al ritmo del río, como si el agua les dictara viejas canciones que nadie más recordaba.
Yo observaba en silencio, sintiendo que no viajaba hacia una ciudad, sino hacia un estado de ánimo. El Moldava se estrechaba, el Elba parecía un rumor lejano, y la Barcarola se repetía una y otra vez, hipnótica, como una promesa de algo que jamás llegaría.
Desde la barca, algunas noches se percibía la orilla de alguna tierra. Pueblos que no aparecían en los mapas, con casas bajas, sin luces, de madera clara, que crujían como barcos viejos que sueñan con volver a navegar.
Una de esas noches, cuando la niebla se superponía al río, me pareció ver a unos pescadores levitar sobre el agua. Con rostros olvidados, desfilaban sobre la superficie como si la realidad fuera apenas una sugerencia. Al amanecer, los pescadores desaparecieron.
Entonces comprendí: aquel barco no transportaba personas, sino nostalgias. Cada pasajero estaba condenado a navegar eternamente entre lo que fue y lo que nunca sería. Cuando quise bajar, el muelle ya no existía. Solo quedaba la música, el río y ese lento balanceo que, como un hechizo, me había convertido en parte del viaje.

E.R.A
Grupo B


Chat Conchas C
12/02/2026

R.V.: Aquí tenéis la tarea de escritura (aquí debes imaginarte el PDF adjunto)

Isabel Sotomolinos: Hola, compañeros. Sólo unas líneas para compartir las ensoñaciones por las que me dejé llevar el martes pasado en nuestro taller de escritura.
Empezaré por el jardín de lirios y peonías que la autora del texto imaginó al escuchar el Sueño de amor. A mí me inspiró, cuando escribimos al dictado del nocturno de Liszt, una helada avenida de alguna ciudad del imperio Austro-Húngaro, con gotas (esas notas agudas del piano) que se desprendían de los carámbanos de los aleros. Un ambiente sugerente para una música calmada.
La Consolación nº 3 me evocó, no un poeta bohemio consumido por la tuberculosis, sino el paisaje de un otoño tardío, un mundo lento de movimientos, un bosque con una persistente brisa, alentada por ese tema, casi ostinato, de la mano izquierda de la pianista.
¡Y qué decir de Tchaikovsky! Con la Barcarola, me encantó imaginar – ¡cómo no! – el ameno balanceo de una góndola veneciana, surcando el Gran Canal, entre hermosos palacios renacentistas.

Tristán Holgado: Muy buenas a todos los miembros y miembras del chat, y un comentario para ti, Isabel. Ya me conoces: sabes que una de las cosas que más me gustan en este perro mundo, es llevar la contraria. Dármelas de rebelde me pone un montón. Y cuando sale a relucir la respetuosa adoración que se tiene a la música denominada clásica por parte de tantísimo prójimo, del que no se guarda en la memoria de los hombres, ni en los anales de sus vidas, ni en ningún otro método de registro, un solo instante de escucha musical, me sale la vena guerrera.
Ya sé que no es tu caso. Que eres una gran aficionada a la clásica y a la ópera en particular y me alegra mucho que disfrutes de esas piezas tan sugestivas, pero tienes que admitir que lo que la gente escucha para relajarse y divertirse no es esa música.
Escucha música pop, la música de todos. Si entras en casa de cualquier amigo o te montas en su coche y está escuchando algo, muy probablemente no será ópera o Beethoven lo que salga por los altavoces. El común de los mortales lo que escucha es música pop.
No exige ponerse tan serio como se ponen los intérpretes de esos pianos, que parece como que las teclas les hagan daño en los dedos a juzgar por su doliente expresión.
Es música con ritmo, con percusión. Llamando al que escucha a moverse, a cantar - o a tararear si uno no conoce la letra – y, si es el caso, a bailar.

Ángel Romero: Todo eso que comentáis deja de lado una cuestión crucial. Cuando se interpreta música clásica por una orquesta, o una banda canta una canción pop, el tema no cambia, es siempre el mismo, igual al del concierto anterior, siempre igual. Las notas, las mismas.
La verdadera genialidad está en el jazz. Cada ocasión en la que el “standar”, el tema, se interpreta, el solista recurre a su imaginación, a su experiencia y a su talento, para ofrecer a los oyentes una improvisación melódica, que cabalga sobre la armonía que el resto del grupo mantiene fija. Novedad en cada concierto. Vivencia, pasión creadora. Arte en estado puro encima del escenario.

Tristán Holgado: Soy incapaz de engancharme a escuchar una pieza de jazz, porque la improvisación hace que la música no resulte natural. El solista hace lo que le parece a él en cada momento, y eso probablemente no será lo que estás esperando, la nota que sería “natural”. De hecho, muchas veces no lo es. En la música pop uno intuye la siguiente nota.

Isabel Sotomolinos: La música clásica contiene un sentimiento profundo, una belleza abstracta, imposible de igualar. Además, en la ópera el interés se incrementa porque se narra una historia, añadiendo arte dramático al conjunto de la obra.

Ángel Romero: Siento disentir con vosotros, pero creo que tenéis prejuicios al escuchar jazz. Y pienso que es porque no lo escucháis como se debe: no debes esperar que la melodía continúe por donde uno la espera, sino que hay que abrirse por completo a la improvisación y dejarse llevar. Igualito que uno debe abandonarse en el amor, cuando la suerte de pronto te sonríe y das con amantes perfectos y experimentados. Dejar que te hagan el amor, para escuchar jazz como se debe. 

Carlos Coca
Grupo C


Reencuentro

El murmullo del agua traspasa la ventana. La vieja fuente despierta conmigo. Clarea otro amanecer incierto y en la cortina, como una espada, se hunde el primer rayo de sol. Los zapatos resplandecen bajo su luz y tras ellos mi sombra alargada. Adormecido en el diván, vislumbro apenas las yemas de mis dedos renegridas por la tinta seca y mis poemas cubriendo mi cuerpo como un sudario de letras. Me yergo somnoliento “he de terminarlo hoy, hoy sin falta”. Vuelve la tos y mi cuerpo, este inútil cuerpo se dobla y caigo de rodillas. Recojo una página desordenada del suelo con una frase “toda la belleza del mundo está ahí afuera y yo solo puedo escupir sangre”, arrugo la hoja manchada con palabras que más que un verso final parecen mi propio epitafio. No quiero lápida ni flores lastimeras, quiero que se lea una vida en cada verso, en cada página. Me levanto y abro la ventana. El ruido del agua que se desliza por el suave mármol de la fuente, lo inunda todo. Veo de soslayo mi reflejo en el cristal, mi rostro blanquecino y la oscuridad de mis ojos vencidos. En mi boca se dibuja una sonrisa burlona, después de tres meses sin salir de esta habitación, agradezco ser el hombre imberbe del que Ana tanto se burlaba. Ana, mi querida Ana, mi tintineo constante, su promesa inquebrantable de volver a verla. Su adiós, mi ataúd. Camino hacia el perchero donde languidece mi abrigo beige, es hora de habitar su cuerpo de lana. Siento su abrazo. Descalzo, recojo los zapatos y salgo de la habitación de puntillas, no sin antes escribir el último verso y una dedicatoria final.

Mamen Somar
Grupo C


El sueño de amor. Franz Liszt

La huida de las tres musas me paraliza por un segundo. Enseguida despliego el dedo índice y lo dejo caer con lentitud sobre una tecla negra. Tras un momento de calma mis manos despiertan para simular el susurro del arroyo. La mayor, una adolescente de cabellera rojiza, se había vuelto un instante apremiando a las otras a correr más allá de los abedules, allí donde mi música no puede alcanzarlas. La pradera va perdiendo su luz conforme sus pasos se alejan.
Ahora la tristeza resuena en las cuerdas con la obstinación del tambor. Los lirios apagan su brillo púrpura mientras se escucha a las peonías musitar una jaculatoria, un rezo monocorde, casi inaudible, que implora el regreso de la luminosidad.
Cuando un retazo de seda blanquecina asoma tras el tronco de un árbol y atisbo junto a él la melena pajiza de la menor de las tres, mis manos se alzan en un vuelo vehemente para caer luego, extendidas y vibrantes, como una cascada sobre el teclado.
Las flores han recuperado su esplendor. Hay una nueva alegría resonando en el aire cuando ellas aparecen risueñas y se precipitan hacia mí, jugando a que nunca se marcharon. Se sientan en torno al piano y, calladas por un momento, levantan la mirada hacia una nube diminuta que se va esfumando en un cielo intensamente azul. Me entrego a su misma ensoñación y permito que el silencio se apodere poco a poco del salón.
El hechizo desaparece bruscamente, intimidado, sin duda, por el explosivo fragor de los aplausos.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Barcarola

Una tarde de esas que parece que nunca van a acabar, dos muchachos aprovechan la sombra de la chopera y la brisa junto al río para pasear y ponerse al día de sus cosas. Ha sido el primer día caluroso. Se conocen desde primaria. Este año no van a la misma aula, hay dos grupos y los han asignado por orden alfabético.
Quedan casi todos los días pero siempre hay qué contar. El más bajo está preocupado por las notas que pueda sacar en Literatura, siempre se le ha dado bien pero cree que esta profesora le tiene manía y contra eso no se puede luchar. En las demás asignaturas va bien pero el suspenso de alguna le causaría problemas en casa, su padre ya lo ha amenazado con amargarle el verano.
El otro trata de espantar los malos augurios. Se oyen risas y carreras. Hasta el final de la siguiente semana no sabrán las notas. A su edad, unos días son la vida entera.
La conversación se vuelve más pausada, siguen con sus confidencias mientras se dirigen al lugar junto a la presa donde les gusta sentarse. Los demás no tardarán en llegar.

EMM
Grupo C


Consolation nº 3

Carmen no tiene consuelo. En la habitación que hasta hoy ha compartido con ella, se repite las palabras de amor que intercambiaron y las promesas que se hicieron. Trata de pensar que esta ruptura no durará, pero las lágrimas llenan de nuevo sus ojos y caen por sus mejillas como las gotas de lluvia. De nuevo las mismas promesas salen de sus labios sin que pueda contenerlas. No es capaz de pensar en otra cosa, este dolor que la atormenta no permite ningún otro pensamiento.
Poco a poco su mente se va sosegando y siente cierta somnolencia inducida por las pastillas que ha tomado.

EMM
Grupo C


Vaporosa…

Tres gasas blancas al viento, tres pares de pechos, de brazos y de piernas rozando el viento. Tres cabelleras al aire.
Escondidas tras los troncos de los abedules, risas confundidas con el canto de los pájaros, con el correr del agua río abajo. Plantas de pies desnudas, posadas sobre el césped aún húmedo del rocío. Labios, mejillas, pupilas y pestañas. Gritos de alegría, juventud, primavera. Girones de suaves trozos de telas; tul, seda, organdí, sembrados como macizos de tulipanes.
Tres hermanas riendo, saltando, danzando.
Un rumor de hojas al aire. Diminutos pechos, rosados pezones, cual botones de flores, descubiertos, bañados por el sol. Un piano suena a lo lejos. Unas manos cansadas recorren sus teclas. Un poeta que se va, que se despide para siempre. Vencido, cansado, moribundo.
“Dejar atrás su escondite, ya el poeta se ha ido. Ya nada puede detenerse. Ya hermanas mías, ya reiremos desde ahora y para siempre, al abrigo de este bosque y esta penumbra, desnudas, libres, con el viento por cómplice y único amante.
Adiós poeta, adiós”.

Esperanza García
Grupo A


Soñar con la Barcarola

​Era un intenso día de junio; el anochecer cedía su opaco velo a las aguas del Moldava. Viajaban en un viejo pero seguro navío en dirección al Elba nativos bohemios, quienes, con andares despreocupados, jugaban a las cartas y permanecían embriagados de añoranzas y de becherovka.
​"Él" y "Ella", apartados del resto de la tripulación, contemplaban con escasa nitidez los olmos, sauces, robles, abetos y abedules que acompañaban las riberas del Moldava y del Elba.
​La luna creciente dejaba su impronta en la pareja mientras escuchaban la Barcarola de Tchaikovski, sentados en la proa del navío. Soltaron sus manos luego de soñar despiertos.
​El bullicio de los otros navegantes, el sonido de las ramas de los árboles y la tranquilidad de las aguas del río indujeron a la pareja a jugar a las cartas. Las suyas eran cartas metafóricas que, al sacarlas al azar, iban creando historias y proyectando el futuro.
​Al llegar a la ciudad de Dresde, se detuvo la embarcación. Se disfrutaba de un concierto en el anfiteatro al aire libre: el "Filmnächte am Elbufer" con Roland Kaiser.
​Las aguas del Elba, como un espejo, reflejaban gamas de colores brillantes: azules, verdes, rojos y naranjas que, sin duda alguna, movían emociones.
​Todos los bohemios descendieron para disfrutar de la impresionante ciudad. "Él" y "Ella" se dirigieron a la Iglesia de Nuestra Señora (Die Frauenkirche). En su cripta se ofrecía un concierto de música clásica del surcoreano Jeung Beum Sohn; no fue casualidad, fue conexión: el pianista interpretaba La Barcarola de Tchaikovsky.
​En un bolsillo de la chaqueta de la joven iban las cartas, y el joven sostenía en su mano derecha una botella de Dresdner Striezel Glühwein, reserva de Navidad, con el fin de sustituir la ya vacía botella de Becherovka.
​Tomar el barco nuevamente, embriagados por las bebidas y la dopamina, era lo próximo para ellos.
​El final fue Hamburgo. Desembarcaron en otra noche, bajo esa misma luna pero ya más crecida; las estrellas no la dejaron sola. Los pies de "ella" y de "él", descalzos y mojados, los llevaron por la orilla del caudaloso río hasta donde las escamas de la Filarmónica del Elba (Elbphilharmonie) aguardaban por los dos para nuevamente soñar, bajo La Barcarola de Tchaikovsky interpretada, otra vez, por el pianista surcoreano.

Miriam Esther García
Grupo A


Barcarola

El barco no se parecía en nada a los de los cruceros fluviales. Sonaba al deslizarse por las aguas del Moldava que mostraba estelas bellísimas de la ciudad. El ruido del motor dejaba mal sabor ante el castillo y la joven se devanaba los sesos, sin saber qué hacer.
Bajo los arcos del puente de Carlos, sus manos buscaron en el bolso algo que la mantuviera viva, no encontró nada.
Se lo habían llevado todo y allí estaban jugando al póquer, mientras ella mirada las maravillas de esta ciudad imperial. Sin que ella tomara parte, decidieron jugárselo esa tarde en el barco. Le dijeron que todo estaba preparado y que iban a doblar la cantidad conseguida con el manuscrito kafkiano.
Oía ruidos, maldiciones, portazos. No quería escucharlos, pero los motores no los acallaban, ni siquiera la música los amortiguaba.
Ella se dejó llevar por las notas del piano que la adormecieron. Olvidó a qué había venido a esta ciudad y dejó que sus ojos y su mente disfrutaran de los rincones inolvidables. El piano apaciguó su corazón y voló por las calles de la ciudad vieja, se extasió ante el reloj, paseó por la calle Carlova y Mala Strana. Soñó que iba a salir bien y no cerró los ojos en ningún momento.
Allí estaban esos días de lucha por conseguir lo que querían.
Todo iba a saltar por los aires, sin que ella pudiera hacer nada. Los ruidos aumentaron, golpes, patadas, gritos, miedo, mucho miedo. La música la había abandonado.
-Hay que tirarse al agua, le gritó uno de sus compañeros.
-Estamos perdidos.

JB
Grupo C

Dinero, poder y propiedad privada

La sesión del taller de escritura creativa de esta semana cotizó en bolsa al alza. Ya nos conocen en Wall Street. Las letras que intercambiamos fueron del tesoro. Fajos y fajos de sustantivos y adjetivos. Con banda sonora de Paco Ibáñez, quien prestó su voz al poema “Poderoso caballero” de Don Francisco de Quevedo, hablamos de dinero, contante y sonante, y de su relación con la literatura. Y reivindicamos el gran valor de las palabras. "La poesía es un arma cargada de futuro" dice en un verso Gabriel Celaya. Y Roger Wolfe añade: "Y el futuro es del Banco de Santander".

Abrimos la revista-cartera titulada “” de La más bella para depositar sobre la mesa algunas de las propuestas artísticas contenidas en su interior: un ticket de compra desglosado de “El Corte Inglés” con todo lo necesario para colocar un artefacto explosivo en Madrid y huir del lugar, un billete por valor de “Cien besos”, otro de mil pesetas con dos agujeros para convertirlo, tras añadir una goma elástica, en antifaz. Todo cuanto forma parte de esta propuesta artística y poética parece recordarnos que somos lo que nuestra cartera contiene y representa. Muchas veces me quedé con ganas de acercarme a una sucursal bancaria para ingresar en mi cuenta ese billete de "Cien besos" o de recitarle unos versos a la empleada del banco que me tocara en suerte, tras guardar mi turno. Tal y como hace Darío Grandinetti en la película "El lado oscuro del corazón"
Desconozco el precio en monedas de una gallina pero no faltaron en la sesión. No la de los huevos de oro, sino “Las gallinas ponedoras”, un álbum ilustrado de Lucía Marín, editado por La Guarida, que señala como la codicia puede acabar en explotación y pervertir el orden natural y la vida austera de unas pobres gallinas. Puedes descargar en este enlace el libreto teatral que la editorial salmantina La Guarida preparó para representar la obra con tus hijos y nietos en lugar de jugar al Monopoly, un juego que consiste en celebrar la ruina y el desahucio del contrincante levantando un imperio de casas y hoteles en las calles más codiciadas de Madrid.



Además las gallinas ponedoras hubo otras gallinas, las del cuento de Rafael Barret, que acaban convirtiendo a un hombre tranquilo –con su catre y sus libros– en un propietario que recela y desconfía de su prójimo y acaba enfrentándose a él. El conflicto va escalando línea a línea y sus protagonistas se pertrechan de las mejores armas para vencer a su rival. ¿Qué puede acabar con el perro del vecino? ¿Un revólver?
Otro de los cuentos de Barret que comentamos fue el titulado “La cartera”, en que un hombre honrado le devuelve este preciado objeto extraviado a un hombre rico que desprecia su gesto y acaba afeándole la conducta por no quedársela y con el dinero de su interior cuidar de su mujer enferma. Los billetes acaban finalmente en la chimenea y el diálogo en trifulca. El hombre rico, que tiene más poder –económico y físico– que el honrado acaba reduciéndole y echándole de su casa después de que el pobre hombre se lanzase a su cuello para vengar su ofensa.
Ambas historias nos remueven –ese es justo el propósito de Barret– y agitan en nuestra cabeza y nuestro ánimo cuestiones relativas a la moral individual y social, al sentido de la palabra “honradez”, a la importancia del otro frente al yo y los problemas que plantea el no ser responsables de nuestro poder y nuestra propiedad privada cuando perdemos de vista nuestra condición humana y nuestro sentido ético.
El tema dio mucho de sí. Barret, todo un personaje y un escritor reconocido por Borges, Galeano, Benedetti y Augusto Roa Bastos, supo tentarnos y provocarnos para batirnos en duelo con nuestras diferencias acerca de las muchas cuestiones que sus textos revelan. Este escritor, bastante desconocido en nuestro país pero toda una institución en Paraguay era igual de incisivo con la pluma que con su espada y a pesar de haber tenido buena cuna y una juventud un tanto calavera quiso ponerse del lado del trabajador, del indefenso y del explotado cuando conoció de cerca la problemática de muchos hombres paraguayos. Gallinas es un magnífico libro en una cuidada y sorprendente edición de “El zorro rojo” en la que las ilustraciones de Clara Iris Ramos construyen una crítica aún más feroz. La edición es de la genial Piu Martínez. Si quieres conocer algún detalle más de este libro recomendamos la video-reseña de Rafael Cañete.
Otro de sus libros Moralidades actuales, publicado por Pepitas de Calabaza, recoge una nutrida selección de sus artículos, pequeñas “polaroids” en las que el escritor y periodista retrata los males de su realidad más cercana y del mundo, desde sus perspectiva anarquista. Sorprende la actualidad de todos esos textos, escritos de manera concisa y con la poderosa herramienta de la sátira. Hay quien señala el estilo de Barret, conciso pero implacable, como próximo al de Larra.

Completamos la sesión con una buen repertorio de textos extraídos de la antología A mi trabajo acudo, con mi dinero pago, otro gran libro que debe su prólogo y la recopilación de textos a José Carlos Rosales. Vaso roto es la editorial que lo publica. Comprobamos que desde el Arcipreste de Hita a Antonio Orihuela o Amalia Bautista, el tema del dinero, la pobreza y la riqueza, atraviesan nuestra Literatura.

Dejamos aquí un fragmento de "Entre la piedra y la flor" de Octavio Paz como muestra:

IV

El dinero y su rueda,
el dinero y sus números huecos,
el dinero y su rebaño de espectros.

El dinero es una fastuosa geografía:
montañas de oro y cobre,
ríos de plata y níquel,
árboles de jade
y la hojarasca del papel moneda.

Sus jardines son asépticos,
su primavera perpetua está congelada,
son flores son piedras preciosas sin olor,
sus pájaros vuelan en ascensor,
sus estaciones giran al compás del reloj.

El planeta se vuelve dinero,
el dinero se vuelve número,
el número se come al tiempo,
el tiempo se come al hombre,
el dinero se come al tiempo.

La muerte es un sueño que no sueña el dinero.

El dinero no dice tú eres:
el dinero dice cuánto.

Más malo que no tener dinero
es tener mucho dinero.

Saber contar no es saber cantar.

Alegría y pena
ni se compran ni se venden.

La pirámide niega al dinero,
el ídolo niega al dinero,
el brujo niega al dinero,
la Virgen, el Niño y el Santito
niegan al dinero.

El analfabetismo es una sabiduría
ignorada por el dinero.

El dinero abre las puertas de la casa del rey,
cierra las puertas del perdón.

El dinero es el gran prestidigitador.
Evapora todo lo que toca:
tu sangre y tu sudor,
tu lágrima y tu idea.
El dinero te vuelve ninguno.

Entre todos construimos
el palacio del dinero:
el gran cero.

No el trabajo: el dinero es el castigo.
El trabajo nos da de comer y dormir:
el dinero es la araña y el hombre la mosca!
El trabajo hace las cosas:
el dinero chupa la sangre de las cosas.
El trabajo es el techo, la mesa, la cama:
el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma.

El dinero seca la sangre del mundo,
sorbe el seso del hombre.

Escalera de horas y meses y años:
allá arriba encontramos a nadie.

Monumento que tu muerte levanta a la muerte.



Propuesta de escritura

¿Te animas a contar el dinero? No a contar monedas sino a escribir un cuento sobre el dinero en cualquiera de sus formas: perras chicas, pesetas, euros, Letras del Tesoro, acciones bursátiles, billetes convencionales o criptomonedas.
Si lo tuyo no es contar puedes escribir un poema a favor del dinero (una elegía o una oda) o un panegírico crítico.
Si tu economía de tiempo está muy ajustada puedes escribir un haiku o una greguería.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


1)
El Desahucio:

Elías llevaba cuarenta años viviendo en el último piso de un edificio gris que olía a humedad, a rancio y café. Allí había acumulado recuerdos: la voz de su esposa cantando mientras fregaba, las risas de su hija cuando aún era pequeña, el sonido del viejo reloj de cuerda, que seguía funcionando aunque todo lo demás pareciera haberse detenido.
El casero, en cambio, se llamaba Benigno. Nadie lo había visto sonreír jamás. Vestía siempre de traje negro, raído y muy sucio en el cuello y bordes de los bolsillos. Había acumulado mucho dinero, que bien invertido, le hacía dueño de diez pisos, además de dicho edificio. Nunca preguntaba nombres, solo deudas., y hablaba con una voz seca, y tajante. Para él, los inquilinos no eran personas, sino números atrasados.
Aquella mañana subió las escaleras sin tocar la barandilla, como si temiera contagiarse de la miseria y el polvo del lugar.
Tocó con fuerza la puerta.
-“Elías, ¡Ya se lo advertí“!, dijo, sin saludar y con desprecio, mientras miraba su reloj. Tiene tres meses de deuda. Mañana viene el desahucio.
Elías, bajó la mirada. En sus manos temblaba un sobre con monedas contadas una por una.
- “Es todo lo que tengo. La pensión no me alcanza… pero si me da tiempo, la trabajadora social del ayuntamiento prometió ayudarme”.
- “Las promesas no pagan las facturas”, argumentó Benigno.
-”Señor Benigno, por favor”… dijo Elías, con voz gastada. “He ido al ayuntamiento, he pedido ayudas. Me dijeron que espere”.
-”Yo no soy el ayuntamiento. Yo quiero el dinero”.
Don Elías le tendió el sobre con las monedas y algunos billetes arrugados: -Es poco, lo sé… pero es todo lo que tengo. No me eche a la calle, ¿a dónde voy a ir?
Benigno abrió el sobre, contó rápido y lo devolvió: “Con esto no me paga ni la paciencia”.
-”Por favor”. Rogó Elías. “Aquí vivió mi mujer hasta que murió. Aquí nació mi hija. No me quite lo único que me queda”.
Benigno suspiró, molesto: “Las historias no figuran en el contrato”.
Al día siguiente, dos hombres llegaron con una orden judicial.
Don Eusebio guardó sus cosas en una maleta pequeña, tan liviana como su vida: un abrigo viejo, una foto en blanco y negro, y el reloj. Salió del piso y desde la puerta, miró una última vez al interior.
-”Aquí fui feliz”, dijo, sin esperar respuesta.
Benigno observó la escena desde la escalera. Por primera vez dudó, pero el momento se le pasó rápido.
Cuando el anciano se perdió en la calle, todo quedó en silencio.
En la puerta colgaba un cartel: “Edificio en Reformas. Se alquilan pisos. Precio a consultar.”
Esa misma noche, Elías se sentó en un banco de la estación, con la maleta a los pies. El frío era intenso. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. A la mañana siguiente, un trabajador encontró su cuerpo cubierto de escarcha.
El reloj de Elías, olvidado dentro de la maleta, seguía funcionando. Pero ya no había nadie que le diera cuerda, ni escuchara su tic-tac.

E.R.A.
Grupo B.


2)
El sistema T.R.A.C.E:

Cuando Tomás heredó el dinero, de sus padres, también heredó poder. Ya no era solo rico: era influyente. Bastaba una llamada suya para abrir puertas, mover médicos, cambiar decisiones. Con ese poder salvó su salud. Con ese poder compró tiempo.
Le gustaba el poder y la dominación desde que era niño. Recordó sus inicios, la primera vez que se presentó a delegado de curso, como representante de su grupo ante los profesores y la institución. Sus funciones eran muchas, pero en lugar de defender los intereses del curso de forma respetuosa., se dedicó a buscar los suyos propios.
Más tarde, cuando entró a trabajar en un banco, busco su provecho. Sólo hablaba y tomaba café con aquellos compañeros de finanzas. No era interés por ellos, sino sacar rédito de los consejos de inversión que escuchaba, y que le permitieron multiplicar su dinero.
Mientras terminaba Derecho, conoció a Juan por casualidad, en una cafetería. Lo vio sentado con su ordenador. Era un crack: había diseñado una aplicación para la detección visual del rostro de las personas en la calle.
Le mostró su interés y le animo a desarrollarla, prestándole algo de dinero, no sin antes hacerle firmar un buen acuerdo.
Tiempo después se la arrebataría legalmente, y comenzó a alquilarla a empresas de seguridad. Un negocio que le hizo más rico, e influyente, introduciéndolo en la alta sociedad y en la política.
Hoy día ya no sabe que hacer con el dinero y se le ha ocurrido convertirse en Dios. Un dios omnipotente, omnipresente y poderoso controlador de todo lo social.
Por eso desde su puesto político y de guardián de la seguridad, espía a cuantos ciudadanos le parece, sobre todo emigrantes, gente pobre, sin techo, pero también ciudadanos corrientes.
Desde que el sistema T.R.A.C.E. (Tracking & Recognition Automated for Citizen Evaluation), fue activado, nada ni nadie volvió a estar sin control.
Porque al sistema de identificación facial, le unió un programa de geolocalización. Y, a través de los móviles, y de las aplicaciones, que estos se descargaban, espía, obtiene y persigue a cuantos le parece o le molestan.
Tomás está satisfecho porque comprende que el dinero compra recursos y personas,
que la salud da presencia, que el poder da control, pero el amor es lo único que no obedece. Ya no.
Y, sin embargo, lo único que verdaderamente le gusta es el “CONTROL”

E.R.A.
Grupo B


El asesino no siempre es el mayordomo

Con mi viejo abrigo raído, la gorra calada, y la mascarilla, subo al autobús y voy a mi destino.
Siempre elijo un portal oscuro, y, sobre todo, cerca de un contenedor de basura. Previamente me he asegurado de que no haya por los alrededores ninguna cámara de vigilancia, lo que no me cuesta mucho, casi tengo ya memorizadas las de toda la ciudad. Y si no, miro el plano de la policía.
Una vez allí no pasa mucho tiempo hasta que viene algún desgraciado y se pone a rebuscar entre la basura. Coge algunos despojos que le parecen comestibles y un par de cartones que usará como colchón. Me acerco a él -o ella, mucho mejor-, y le digo que tengo un hueco en mi portal, por si quiere pasar la noche bajo techo. A veces desconfían, y entonces saco el tetra brik de vino Don Simón, y ya me siguen como corderitos al matadero.
Una vez han llenado la tripa y acabado el tintorro caen en un sueño beatífico, como si fueran al cielo. Y van al cielo. Les clavo el estilete en la nunca y no dicen ni pio.
Practico la necrofilia heteropatriarcal, quiero decir que a las mujeres me las follo in situ. Acto seguido me echo los cuerpos a la espalda, y si no hay moros en la cosa -literal, en estos barrios siempre los hay, asquerosos-, los tiro al contenedor. Unos cartones de camuflaje por encima y poco más. Espero al camión de la basura, y cuando ha limpiado la escena del crimen me largo de allí. Previamente, que se me olvidaba un detalle esencial, arrebato a los infelices los billetes que llevan entre sus andrajos (la vida te da sorpresas). Las monedas las tiro salvo aquellas en las que aparece la efigie del rey, por respeto al Régimen del 78.
Vuelvo al autobús, y me bajo siempre en distintas paradas no muy lejos del centro. Una vez allí voy caminando hasta la puerta del Ayuntamiento. Ya he dado la vuelta al abrigo, que ahora muestra una piel de cuero brillante e impecable, me he quitado la mascarilla y he guardado la gorra de visera en uno de los bolsillos. Entro al Ayuntamiento, con mi llave, por la puerta de atrás, y subo hasta mi despacho. Junto a él hay una estancia con una cama “King Size” de Roche Bobois, donde me espera la última becaria jovencita que hemos arrancado de las garras de la droga. Alcalde 24 horas, decía en mi campaña electoral. Y también que iba a acabar con los vagos y maleantes, y con los sin hogar que infestan nuestras ciudades.
Me enciendo un habano -de los que tienen la vitola de Fidel Castro- con los billetes que me he ganado honradamente, si bien en negro, cazando indeseables.
Y después de tirarme a la yonki duermo como un angelito, pensando que he hecho honor a mi palabra en el cartel electoral: “Cayetano cumple”.

Ignacio Aparicio
Grupo A

“El dinero es una forma de poesía”
Wallace Stevens

Muy al contrario, la poesía surgió del dinero.
Dice la IA copiando, como de costumbre, a la Wikipedia:
“La escritura se originó hacia el 3300-3000 a.C. en Mesopotamia, principalmente para satisfacer la necesidad de registrar deudas, transacciones comerciales y administrar tributos de templos y palacios. Los sumerios utilizaban tablillas de arcilla con escritura cuneiforme para contabilizar cereales, ovejas y mercancías, marcando el inicio de la contabilidad.”
Las endechas de amor y los cantos a la luna vinieron mucho más tarde. Y, hablando de contabilidad, son sus deudores.
Por si faltaba algo para demostrarlo, The New Yorker acaba de publicar una entrevista a Donald Trump. A la pregunta sobre sus gustos literarios el magnate ha declarado:

“The best verse ever written appears on dollar bills: In Gold We Trust”.

Ignacio Aparicio
Grupo A


La búsqueda del consenso

Siempre fui más de lengua que de puños. Por eso traté de darle las mejores razones para convencerle. Él viajaba en carroza mientras yo trastabillaba por aquel camino fatigoso. Aproveché una parada —también los ricos han de descargar el vientre— para acercarme a él. Allí acuclillado, con el culo al aire, no parecía hombre de honor ni tampoco de posibles. Le pedí plaza en el pescante junto al muchacho que guiaba el mulo. Él, entre apretón y apretón, dio en negar con mucha vehemencia.
De nada valieron mis lamentos, ni las explicaciones de lo lejano de mi destino, de lo hiriente del frío ni de lo empinado de la senda. Volvió a negarme la venia cuando se subió los calzones. Hice un llamado a su cordura haciéndole ver la poca sombra que su constitución hacía a mi envergadura. No lo entendió, a pesar de las evidencias. No así el zagal que, una vez oyó mis argumentos, se esfumó sin reclamar paga alguna. Ofrecíme de cochero y ni aun así rindió su terquedad.
Viendo su aversión a compartir el transporte, cambié de táctica y le supliqué unas pocas monedas. Otra intentona inútil. Alegó escaseces cuando yo había visto su gruesa faltriquera en el momento de alzarse la vestimenta.
Le hice ver que mis manos eran bastante convincentes y que, si no tenía con ellas suficiente, aún podía sumar el acero de mi puñal. No se avino al acuerdo; es más, con semblante ceñudo, me dio la espalda y puso un pie en el estribo. Le advertí de lo poco cristiano de su comportamiento, clamé lastimero a su piedad, presentándome como un alma desgraciada que padecía, como él, en este valle de lágrimas.
Porfió en subir sin atender a mis humildes solicitudes, así que lo detuve sujetándole del brazo. Nunca lo hubiera hecho, pues de inmediato se amoscó y, con el rostro avinagrado por la ira, comenzó a blasfemar malamente, y levantando la mano la preparó para descargarla con furia sobre mi cabeza.
Prefiero los argumentos a las golpadas, lo juro por lo más sagrado, pero, en aquel instante, con la paciencia exhausta y la inminencia de la calabazada, solo se me ocurrió abrir camino a mis razonamientos con la punta de mi daga. Con tan buena pericia que hice regular hueco entre dos de sus costillas. Mi respuesta debió de resultarle tan persuasiva que, en lugar de bajar la mano sobre mi mollera, se la llevó al pecho en lo que creí un signo de aceptación, o tal vez simplemente trataba de contener la sangría. Visto lo acertado de mi acción, decidí repetir la operación en un par de ocasiones más y darle de ese modo más consistencia a mi postura. El pobre no daba abasto a contener la riada: le sobraban grifos o le faltaban manos. Finalmente cayó derrumbado contra una rueda. Entre estertor y estertor se puso a maldecirme. Yo le requería para que dispusiera su alma para el divino juicio, pero, lejos de hacerme caso, siguió insultándome como si no fuera su avaricia, y no yo, quien lo enviaba al infierno.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Dinero justo

Necesito dinero, para vivir y avanzar,
pagar las facturas y no naufragar.
Con lo justo en la cartera
cada día es un desafío.

Toda la vida ha sido así,
y así quiero que siga
con metas y sin agonías.

M. Pilar Sánchez
Grupo B


Un trozo de papel

Una soleada tarde de primavera, un abuelo y su nieto disfrutaban de un paseo por el parque de una gran ciudad. Habían soltado a Zeus, que correteaba oliendo todos los árboles.
—Abuelo, ¿por qué tienen que trabajar tanto papá y mamá?
—Porque hay que pagar la casa, la comida, la ropa y muchas cosas más.
—Pues, podríamos hacer fotocopias del dinero —sus ojos se iluminaron.
—Iríamos a la cárcel —cortó secamente el abuelo.
—Vaya rollo, ¿no se puede fabricar el dinero?
—Sí, se puede fabricar. Pero nadie confiaría en ese dinero fabricado.
—Y ¿cómo se consigue la confianza?
El abuelo se detuvo. Miró el reloj. Se rascó la cabeza, pensativo.
—Tu madre se vuelve a retrasar. Vamos a hacer un experimento mientras tanto. Llamó al perro, que vino trotando, moviendo la cola. El abuelo sacó un billete de cincuenta euros y un taco de jamón. Puso uno en cada mano y preguntó:
—Zeus, ¿qué prefieres? ¿el billete o el jamón?
El perro se apresuró a comerse el trozo de jamón. Se sentó y los miró fijamente en espera de otro pedazo. El niño le observó intrigado. Miró a Zeus, y volvió a dirigirse al abuelo. El abuelo sonrió.
—Está bien, vamos a hacer otro experimento. Dibuja un billete con tus pinturas.
El niño sacó su estuche, se arrodilló en el suelo y comenzó a dibujar sobre el banco. Diez minutos después, había pintado un billete colorido. El abuelo lo recortó con las tijeras, colocó la correa al perro y se dirigió hacia la heladería que había al final del parque.
—Vamos a probar si el heladero confía en tu dinero nuevo. Pide un helado. El que quieras. En una mano llevas el billete que has dibujado, y en la otra, este de cinco euros.
El heladero le entregó su selección. El niño sonrió. Miró a su abuelo. Entregó el dibujo y el heladero lo observó curioso. Cogió los cinco euros y le devolvió el cambio.
El niño se quedó absorto mirando las monedas. Dejó caer el billete pintado al suelo. Se giró, encogió los hombros y se alejó cabizbajo.
Unos minutos más tarde su madre apareció por otro extremo del parque.
—¡Mamá! —chilló el niño mientras corría con las manos pringadas de helado.
El abuelo se dirigió hacia su hija. Sacó un billete de cincuenta euros y el que había pintado su nieto.
—Hija, ¿cuál prefieres? —preguntó.
La mamá cogió con cuidado el billete pintado por su hijo. Lo miró y sonrió. Levantó la vista hacia el abuelo. Tenía los ojos vidriosos, le temblaban las manos, con la frente sudorosa y se mostraba inquieta. Había recaído. Soltó el dibujo y agarró el billete de cincuenta euros.
—Ahora mismo vuelvo.
El abuelo no pudo contener las lágrimas mientras guardaba el billete de su nieto en la cartera.

Max Ferlam
Grupo B


Libertad

Me llaman Bolita. Pertenezco a una gran familia. Vivimos en un apacible hormiguero que se asienta en las inmediaciones de un bosque rodeado de setas y hongos. Desde que nací me inculcaron mis tareas. Las más jóvenes no podíamos salir del hormiguero. Teníamos que alimentar a nuestra gran madre, los huevos, las larvas y pupas. A medida que nos vamos haciendo mayores, podíamos acercarnos a la entrada y salir a tomar un poco el sol y trabajaríamos en labores de mantenimiento reparando las galerías. Las hormigas obreras de más edad son las que salen en busca de alimentos. Con las hormigas soldado ocurre lo mismo, a medida que avanza su edad, pueden ir saliendo a zonas más peligrosas. El objetivo es proteger la prole y la hormiga madre, para asegurar la continuidad de la colonia. Nuestra madre vive en uno de las galerías más profundas del hormiguero, y es ella la que decide si nuestras hermanas serán obreras, soldados, zánganos o bien futuras reinas madre.
Una mañana de lluvia Vari una pequeña obrera mayor, salió en busca de alimento. Varias horas después regresó con una gran sonrisa.
— Hola compañeras. Mirad lo que he encontrado —mientras regurgitaba un poco de sabrosa miel para que la probaran las compañeras.
Rápidamente se pusieron a buscar el rastro para localizar el origen del manjar.
— ¿Qué ha pasado con el rastro? —preguntaron.
— Bueno, veréis, esta comida la he encontrado yo. Por supuesto la compartiré con vosotras, pero quiero que la mitad sea exclusivamente para mí.
Aunque todos los recursos eran íntegros para la colonia, el sabor era tan agradable que decidieron aceptar. Unas horas después habían trasladado todo el panal de miel al hormiguero y Vari disfrutaba de la mitad de su botín.
Al día siguiente no había otro tema de conversación en el hormiguero. Todas las hormigas querían un botín así para ellas. Las mayores pensaban que si encontraban alimento de esas proporciones, no tendrían que volver a salir de expedición y su vida sería más plácida y segura.
Las jóvenes se rebelaron y dejaron de trabajar en el hormiguero. Salieron en busca de su alijo. Esto no había ocurrido nunca. Desde ese día todos los alimentos que se encontraban, se racionaban y la mitad se los quedaba la hormiga que los había conseguido, como había hecho Vari.
Los primeros en sufrir las consecuencias fueron los más débiles. Los huevos y las larvas. Entre las pocas que no habíamos abandonado nuestra tarea, no conseguíamos alimentar a toda la prole y sufrimos la muerte de numerosos huevos. Los chillidos de hambre de los pequeños se oían por todo el hormiguero. Nuestra gran madre paralizó la procreación.
Una mañana cuando me dirigía a buscar algo de comida al almacén comunitario, dos obreras se enfrentaban a una tercera. Acabaron con la vida de ella por un alijo que terminaba de encontrar. Me miraron desafiantes. Continué mi camino. Fue aterrador.
Los saqueos y pillajes comenzaron a ser muy habituales. Viendo que los problemas crecían Vari, decidió montar un enorme almacén en la zona más profunda del hormiguero. A cambio de un pequeño porcentaje se encargaría de cuidar los manjares de cada hormiga. Para garantizar la seguridad del lugar reclutó a las más fornidas hormigas soldado.
La colonia entró en crisis. La entrada de alimento se resintió. Cada vez había menos prole, y a pesar de ello no conseguíamos alimentarlos a todos. La comida que había era de la peor calidad. Sin embargo, en lo más profundo del hormiguero se encontraba lleno de deliciosos manjares custodiados por numerosas hormigas soldado. Las pequeñas obreras que nacían se encontraban desvalidas y desprotegidas. Nadie se preocupaba por ellas. Las propietarias de grandes botines les decían: “Tenéis suerte. Habéis nacido libres. Con esfuerzo y constancia conseguiréis vuestra riqueza. Como hizo Vari”.
A cambio de que procreara soldados, Vari le ofreció comida sin límite y de gran calidad a nuestra hormiga madre. Su almacén le estaba proporcionando buenos resultados, y quería tener más seguridad.
Ninguna hormiga quería trabajar en favor de la colonia. Las que conseguían algo de alimento para sobrevivir no querían aportar nada al hormiguero. Una tarde antes de acostarnos, poco después de pasar por una galería, ésta se derrumbó. Atrapó a varias de mis compañeras, de las pocas que quedábamos atendiendo a los pequeños. La mayoría murió. Se derrumbaba nuestro estilo de vida y también la estructura.
Otro problema comenzaba a surgir. La desproporción entre hormigas soldado y obreras. La falta de alimento sería cuestión de tiempo. Vari, al prever los acontecimientos tuvo otra idea. No muy lejos de allí, había un hormiguero de una especie diferente, con el que manteníamos buenas relaciones, y hacíamos intercambio de alimentos en numerosas ocasiones.
Sin contar con ninguna obrera, organizó un ataque sorpresa aprovechando la superioridad numérica de las hormigas soldado. Les ofreció botín para todas, pero garantizando una buena parte para ella. Eliminaron a su hormiga reina, secuestraron sus huevos, larvas y pupas, que en su mayoría eran obreras, y expoliaron todos los recursos que tenía el hormiguero, abocando a la desaparición de toda la colonia.
Lo vendieron como una gran victoria. La alegría se contagió por nuestra colonia. Tendríamos hormigas esclavas que trabajarían para nosotros. Era el primer ataque de muchos. Nuestra gran madre seguía procreando hormigas soldado. Al poco tiempo, toda la zona de influencia del hormiguero había sido arrasada.
Pero la alegría duró poco. Ante el hambre y la escasez de alimento generalizado Vari puso en marcha otro proyecto. Dio la posibilidad de proporcionar alimento que sería devuelto en cómodos plazos, con un pequeño porcentaje de beneficio para ella. La gran mayoría acudió en busca de ese préstamo y lo dilapidó rápidamente quedando en deuda con ella de por vida.
Poco tiempo después se autoproclamó reina. La próxima luna será la ceremonia. Dirigirá los designios de la colonia. Argumenta que proporciona trabajo y alimento para gran cantidad de hormigas. Ha modernizado el hormiguero y conseguido valiosas victorias. Ha traído la libertad a la colonia. Pero algo le preocupa. Un grupo disidente. Quiere acabar con una serie de hormigas que amenazan la paz y seguridad de la colonia, cuyo objetivo es quitar las posesiones que con tanto esfuerzo han conseguido.
Hoy es el día. Hemos decidido acabar con Vari. He conseguido jugo de Amanita muscaria y se lo ofreceré como presente en su coronación. Me sacrificaré por la colonia. Queremos que todo vuelva a ser como ha sido siempre.

Max Ferlam
Grupo B


Un saco de patatas

Me viene de perillas el relato de “la cartera”, para elaborar mi relato semanal, de cómo se comportan los ricos, con las otras personas que no son ricos, simplemente son normales.
Recuerdo que tendría yo unos ocho años, cuando un día mi padre me dijo que de las patatas depositadas en la panera de la casa, escogiera en un saco, a ser posible las más gordas, y se las llevara con el carretillo, a un vecino que era de los más ricos del pueblo.
Yo no entendía nada, y le pregunté a mi padre, porque las más gordas.
Hijo, a los ricos hay que tratarlos bien, ellos nunca nos darán nada, pero tenemos que conformarnos, que no nos pidan mucho.
Aquel año, mi padre consiguió que el citado vecino rico, les arrendara una tierra para poder sembrar. A lo mejor se acordó del saco de patatas que mi padre le regaló, y encima las más gordas.

Luis Iglesias
Grupo B


Tengo el poder y tengo el dinero

Tengo el poder y tengo el dinero
¿Qué más puedo pedir?
¿Inteligencia?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos dirán que soy el más inteligente
y nadie se atreverá a ponerlo en duda.
¿Belleza?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos dirán que soy el más bello
y nadie se atreverá a ponerlo en duda.
¿Cultura?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos obviarán mi falta de conocimiento
y nadie se atreverá a burlarse.
¿Forma física?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos estarán dispuestos a dejarse ganar
y nadie se atreverá a ponerme en ridículo.
¿Empatía?
¿Alguien ha dicho empatía?
no hay nada más inútil,
si tienes el poder y tienes el dinero
la empatía es cosa de débiles y de pobres.
Si tienes el poder y tienes el dinero
solo existe el interés.

Manuel Medarde
Grupo A


En busca de la verdadera fortuna.

He pasado mi vida
marcándome objetivos.
Los primeros, un buen trabajo,
más tarde, los hijos.
Al principio, sin grandes pretensiones
un gran amor, contigo,
pan y cebolla,
para vivir debajo de un puente
si fuera preciso.
Con los años, hipotecar el tiempo,
trabajo, dinero, una buena casa
mejor coche, a cambio
de renunciar, a los pequeños
placeres; ver amanecer,
salpicado por las gotas que dejan las olas
sentado en el malecón de una playa,
oír el graznido de las gaviotas
que revolotean por encima de mi cabeza.
Con el paso del tiempo,
esta es mi verdadera fortuna,
un buen libro, un café humeante,
una buena conversación,
un abrazo no esperado,
una mirada furtiva, el recuerdo
de un gran amor,
la visita de un amigo.
Han pasado los años
y al fin he decidido,
plasmar mi vida en un poema,
ponerla a plazo fijo.

P.G.
Grupo C


Don Dinero

Poderoso caballero
que sin escudo, ni yelmo
ordena sin gritar
y a todos manda callar.

Adorado por el rico
deseado por el pobre,
amasado por el avaro
y denostado por el progre.

Idolatrado por todos
como un Dios de papel tintado,
con rostros dibujados
de célebres personajes de antaño.

Con su poder:
se abren puertas,
se ganan guerras,
se compran vidas,
se venden almas
y se cierran bocas.

Los nuevos tiempos
le han dado distintos nombres
y diferentes formas,
pero él seguirá, por siempre, reinando
sin trono, sin cetro y sin corona.

Marian Pérez Benito 
Grupo A


La moneda de dos caras

Érase una tierra donde el dinero era tan abundante que la vida no valía nada. Había dos tipos de personas: los que lo aborrecían y los que lo idolatraban. Ambos eran sus esclavos. Unos reían y otros lloraban.
¿Quiénes eran los felices y quiénes los infelices?

J.P.
Grupo B


A la memoria de Felipe

La lectura del relato La cartera de Rafael Barret, me ha recordado una historia que siempre se ha contado en mi casa. Debió de ocurrir a principios del siglo XX o finales del XIX. El personaje principal fue el tío Paco, creo que era el hemano mayor de mi abuelo Andrés.
En aquella época la mayoría las familias eran humildes. Paco trabajaba lejos de su casa por lo que madrugaba e iba andando hasta el taller. Su indumentaria era sencilla pero digna, con un blusón y una gorra como los que siempre aparecen en las fotos de la época.
El sábado era día de pago y siguiendo la costumbre demoró el regreso compartiendo unos vinos con sus compañeros de fatigas. Hablaron de lo de siempre pero cuando se dio cuenta estaba anocheciendo. Esa tarde haría una excepción y volvería en tranvía.
La alegría de los vinos se le pasó al verse rodeado de personas que no eran de su clase. Sombreros y chaquetas, incluso levitas por todos lados.
Un traqueteo hizo que, cuando se disponía a bajar, tropezara con un señor elegante.
-Disculpe, señor- dijo Paco
-Vaya con cuidado- respondió asperamente el señor que comenzó a tentarse la ropa y notó la falta de su cartera- ¡Alto! Detengan al ladrón.
Se formó un gran revuelo alrededor de mi tío que insistía en su inocencia.
-Comprueben que no llevo ninguna cartera que no sea la mía- gritó.
-Se la habrá pasado a un compinche- objetó el ofendido.
-¡Que vengan los guardias!- dijeron varios presentes.
Así fue como acabaron en la comisaría mi tío, el denunciante y un grupo de curiosos que los siguieron desde el tranvía.
La experiencia del comisario sugirió la posibilidad de que alguien fuera a comporbar si la cartera había quedado olvidada en casa.
-Estoy más que seguro que la tenía al subir al tranvía, pero si es necesario, recompensaré con dos reales a quien se acerque a mi casa a comprobarlo.
La espera fue tensa, mi tío fue separado de los curiosos y encerrado en una celda. Después de consultar por enésima vez el reloj de bolsillo, el dueño de la cartera la vío entrar de la mano de su hijo mayor. Después de comprobar que nada faltaba, pidió disculpas a los presentes y en especial al acusado que ya había sido liberado.
-No tengo palabras para compensar el mal momento que he hecho pasar a este buen hombre. Le ruego que acepte, además de mis más sinceras excusas, una compensación de diez pesetas.
Paco intentaba ordenar sus pensamientos para expresar sus sentimientos de orgullo mancillado y por supuesto a aceptar los dos duros amadeos que le habían sido ofrecidos, cuando un zarandeo lo despertó. Era el conductor del tranvía que lo informaba que habían llegado al final del trayecto y que debía apearse. Ahora quien tendría que justificarse sería él ante su mujer por las horas a las que iba a llegar .

EMM
Grupo C


El dinero

Hace muchos años leí la siguiente frase que me impactó: el dinero gastado es riqueza, el dinero ahorrado es vil metal.
Yo pertenezco a la generación del ahorro, aunque mis padres lo fueron mucho más. Recuerda a mi abuela María diciéndome: “hijo, si dinero quieres que nunca te falte, lo primero que tengas, nunca lo gastes”; y con esta filosofía he vivido durante muchos años.
Creo que el dinero es necesario y útil. Se viene utilizando desde hace unos 5000 años, cuando nuestros antepasados consideraron que era una forma más práctica y confiable que el trueque. Comenzaron con las monedas metálicas en el año 600 antes de Cristo, sobre todo de oro y plata. Posteriormente el papel moneda que nació en China alrededor del siglo VII, al inicio en forma de recibos de papel o certificados y posteriormente el papel moneda que conocemos.
Se han utilizado otras formas de dinero como conchas, cacao, pieles, sal (de ahí el nombre de salario) etc. Objetos y sustancias que nos garantizaban el cambio por otras cosas que precisásemos.
En la antigua Roma se definió y legalizó la propiedad privada, convirtiéndola en un derecho fundamental a través de su sistema legal.
Pues bien: tenemos el dinero, pero ahora hay que conseguirlo y después utilizarlo. ¿Cómo lo conseguimos? buena pregunta: hay muchas formas, pero fundamentalmente tres: heredando, trabajando, o robando. (excluyó absolutamente el juego o el azar, pues de ellos nunca te puedes fiar).
Luego tenemos los ricos y los pobres. Para mí, rico es el que tiene suficiente, el que no necesita ni anhela más, unido a que no envidia al que tiene más cantidad, ni menosprecia al que tiene menos. Pobre es el que no tiene lo suficiente, bien sea real o imaginario; recuerdo aquella frase: “era tan pobre, tan pobre, que no tenía más que dinero).
Para saber un poco más de cómo vivían unos y como los otros, pues me leí el príncipe y el mendigo, novela de Mark Twain. No me aclaró nada.
Podemos terminar de la mano de Jorge Manrique: “allegados son iguales, los que viven por sus manos y los ricos”.

José Luis Fonseca
Grupo A


¡Señor Dinero?

Con dinero, el suspiro se inspira;
sin dinero, el sueño expira.

Con dinero, boceto agigantado;
sin dinero, proyecto fracasado.

Miriam Esther García
Grupo A


El puente

Decidieron construir el puente más grande de Europa para que sirviera como imagen de los nuevos billetes de mil euros que iban a emitir. A mitad del proyecto, se dieron cuenta de que no tenían suficientes para terminar la obra. Por eso mismo, jamás se llegaron a emitir esos billetes de mil euros en los que aparecería la ilustración del puente.

Maite BT
Grupo A


Balas en la distancia

Dos sonrisas benévolas disfrazan el insulto. Sentada en su despacho, soy el espejo perfecto de su cortesía inglesa. Tres años de bocatas frente al ordenador, de seguir en casa con ese tema que corre tanta prisa, de leer libros de autoayuda sobre cómo conseguir el éxito profesional. Tres años de alimentar mi entusiasmo y acallar la melancolía.
Como si su voz estuviese programada por la IA, escucho que soy estupenda, rigurosa y eficaz, que mi evaluación ha sido positiva. Otra vez. Y luego una larga letanía sobre la restructuración de la empresa, para cerrar con: el puesto de Project Manager todavía no está libre, ya habrá otra ocasión. Todos en la oficina sabemos bien que será alguien de la tierra quien lo ocupe.
Hoy salgo de la oficina a la hora, ni un minuto más. Me quedan las conversaciones dolorosas. Mi padre, el sindicalista, volverá con la machacona frase de “si tú haces el trabajo, te corresponde ocupar el puesto y un aumento de sueldo”. Aunque prefiero sus proclamas reivindicativas a los intentos de consuelo de mi madre que resquebrajan mi coraza. Mi madre no sabe nada de sindicatos, toda su vida ha trabajado en las casas, ahí no hay derechos laborales reconocidos. No puedo evitar la culpa. Me asalta la imagen de su postura erguida ante las vecinas, como el gallo que anuncia el despertar en el corral, el día que acabé la carrera. La única universitaria del portal.
Prefiero empezar llamando a Mati. He tomado la decisión: mandaré los datos. Me dirijo a una cabina, no nos arriesgaremos al rastreo de los móviles. El grupo ha evolucionado en mis años en Londres al hilo del movimiento antiglobalización. Y a pesar de sus bromas de “vendida al capital”, nunca me han dado por perdida. Hemos crecido al calor de sueños revolucionarios sentados en los bordillos de las aceras, entre murales y pinchos vegetarianos del centro social okupa de Villaverde Bajo, nuestro querido barrio. Vitaminas de risas y debates interminables. Nuestro lazo desafía al tiempo, se alarga al pasado y al futuro, unidos a quienes fueron, con la esperanza de quienes serán.
Ya han pasado cinco años del derrumbamiento de las cuatro plantas ilegales del Rana Plaza, en Bangladés, y las indemnizaciones siguen sin fijarse. Toda la prensa se hizo eco de las mil ciento treinta y ocho muertes y los más de dos mil quinientos heridos, la gran mayoría trabajadoras en las cadenas de confección de esas prendas que adornan nuestros cuerpos occidentales. Llevo meses recopilando datos sobre la facturación de empresas implicadas al haber deslocalizado la confección de ropa diseñada en Europa, revisando correos de sus directivos, conocedores de las graves deficiencias estructurales del edificio derrumbado, y buscando evidencias de la manipulación de auditorías. Privilegios de mi trabajo en un consorcio internacional.
Le digo a Mati que necesito un contacto para entregarles el pendrive con los datos. No puedo utilizar el Gmail, cualquier error puede ser fatal. Es por Nilufa, abandonada por su marido al quedar paralítica de una pierna, condenada a sobrevivir con su bebé en las calles de Daca. Es por esa madre, esperando casi un mes a encontrar el cadáver de su hija de diecisiete años. Vidas atravesadas por las balas del capital mundial, por fusiles cargados de abaratamiento de costes. Mati me ha dado la dirección en Londres de un miembro del movimiento antiglobalización. Acepto, con cierta vergüenza y dolor, que mi frustración, al no conseguir la fantasía ingenua de formar parte dignamente de su entramado es la causa de mi regreso al activismo social. Empieza a latir con fuerza en mi cabeza el lema tantas veces repetido de “Allí donde estés, busca la grieta que resquebraje el muro”. El sabotaje es un arma cargada de posibilidad. Nosotros también podemos mandar balas en la distancia. La guerra sigue.

Araceli Broncano
Grupo C


Millonarios

Si el dinero realmente diera la felicidad esos ricachones que ahora están jugando a decidir quien vive o quien muere o quien tiene más derechos humanos y quien menos estarían disfrutando de sus posesiones y no fastidiando al mundo intentando imponer el orden mundial que les apetece.
Acumular muchas riquezas en pocas manos genera, además de desigualdades sociales, necesidades cada vez más salvajes, lo vemos a diario en noticias a las que nos vamos acostumbrando a normalizar como si estuviéramos viendo la última serie de estreno en Netflix y no fuera la vida real.
Millonarios capaces de pagar grandes sumas de dinero para ir a Sarajevo a asesinar a gente indiscriminadamente pegando tiros como si estuvieran de caza, millonarios subvencionando un genocidio en Gaza, a plena luz del día, esos mismos millonarios planeando como será el futuro de ese territorio destruido por las bombas y reconstruido después como un resort en el que a su vez más millonarios sin escrúpulos irán a disfrutar de unas vacaciones de lujo ignorando que los cimientos de los nuevos hoteles están bañados de sangre.
Millonarios con isla propia invitando a otros millonarios degenerados a pasar fines de semana de excesos practicando sus más oscuras perversiones.
Millonarias comprando hijasnietas para presumir después en las revistas.
Y no, no son delincuentes comunes, son hombres poderosos, blancos y millonarios; dirigen nuestras vidas, dirigen países, ejércitos, multinacionales y son los dueños del mundo digital en el que nos movemos.
Me vais a perdonar pero si el dinero sirve para esto y no para que los que más tienen colaboren para mejorar la vida de quien no tiene su suerte por mí lo podían quemar todo.
Menos mal que hay algo que por mucho dinero que tengan no podrán comprar.
La muerte no hace distinciones aunque estoy segura que les fastidia mucho palmarla como el común de los mortales y no poder pagarse el pase eterno por la vida.

Aurora Zarco
Grupo B


El valor del dinero

En cuanto se despertó, acudió a la habitación de los niños.No se oía nada.Seguirian dormidos.
Abrió la puerta con cuidado y…
En un rincón, debajo del escritorio, una palangana llena de agua, hacía las veces de lago para tres o cuatro barquitos de papel.
En la pared lateral, un magnífico collage la ocupaba casi por completo.
Y en el suelo, su bolso abierto y la cartera vacía.
-¡Mamá, mira rápido, que este papel no es nada bueno!Los barcos se van a hundir pronto.
-¡No, espera, mírame a mí!¿Has visto que bien me ha quedado el puente con el diez, las ventanas del veinte y los tres papeles de cincuenta así tan seguiditos?¡Que ya me sé los números!¿Has visto?
La madre, blanca como la pared y sin poder articular palabra, volvió a cerrar la puerta.
-¡Mamá, mamá, ven mira, por fi!-gritaron al unísono las dos vocecitas.

M.L. Fidalgo
Grupo C


Lo de menos

Empujo la puerta de entrada a mi sucursal bancaria y voy a sentarme a la zona de espera. A mi lado hay un señor que tiene unos folios llenos de cifras subrayadas en rojo. Lo noto inquieto, mirando a un lado y a otro, a la puerta que tenemos enfrente con el rótulo: DIRECCIÓN. El resto del espacio está todo abierto, con mamparas bajas que diferencian las zonas de trabajo de los empleados a la vez que permiten verlos, que circule un discreto runrún de conversaciones confidenciales. Veo que a un trabajador vestido con la elegancia impuesta de su oficio le muda la americana en bata azul de mozo de almacén, los folios satinados que lleva en la mano son ahora papel de lija y sus lustrados zapatos devienen alpargatas de esparto. Puntas que bailan con martillos, bisagras jugando con los destornilladores, una botella de lejía cotillea con la de aguarrás sobre su marca de perfume y un taco le susurra a un tornillo que "estamos hechos el uno para el otro". Al lado una fregona explica las bondades de su peluquería a una escoba y una chica, maquillada y peinada con esmero, se convierte en ama de casa que pide al mozo una sartén de 24 centímetros. Fantasmas de la Salmantina, la vieja ferretería que vivió muchos años en este local.
Mi vecino rompe el delirio, me cuenta que está aquí porque le han cobrado 2,50 euros, que le habían prometido que no pagaría ninguna comisión. Le digo que esa cantidad es insignificante, que no merece perder media mañana sentado aquí, esperando. Responde, alterado, que es una cuestión de dignidad y, elevando el tono de voz, "el dinero es lo de menos". Se hace un silencio reprobatorio mientras todos, trabajadores y clientes, giran la cabeza y alzan su mirada condenatoria hacia nosotros. Ha sonado a blasfemia en este templo de las finanzas. Al momento pasa al despacho de dirección.
Días después volvemos a coincidir en una zona de espera frente al rótulo que dice: PSIQUIATRÍA.

Nicolás Casillas
Grupo A


El reflejo de la luna sobre el agua

-Papá, qué es el dinero?
-Ufffff, el dinero? Pregunta difícil. Es una representación.
-No entiendo, una representación?
-Sí, como el reflejo de algo. Cuando miras la luna reflejada sobre el agua, o como cuando miras al espejo, esa que ves enfrente, no eres tú, es sólo tu reflejo. Una representación, lo entiendes?
-Hummmm, sí.
-Bueno, pues así es el dinero, una representación, como el reflejo de la luna sobre el agua o tu reflejo frente al espejo.
Yo corrí a mirarme al espejo que tenía en mi habitación. Apareció entonces una niña flaquirucha, poco agraciada, con los cabellos revueltos, ensortijados, un par de ojos oscuros, enormes y una nariz prominente. Sonreí y la ausencia de mis dientes delanteros me hizo soltar una carcajada. Corrí de regreso al lado de mi padre que continuaba arreglando sus papeles antes de salir al trabajo.
-La que se mira en el espejo soy yo y mi reflejo es lo que está enfrente. En el caso del dinero, quién se está mirando?
-El trabajo, el trabajo de la gente.
-Sigo sin entender. El trabajo?
-Sí, el trabajo. Con nuestro trabajo transformamos el mundo, lo hacemos mejor, lo hacemos habitable para ti y para todos, eso es lo que representa el dinero. Puedes comprenderlo ahora?
-No, no mucho.
-Bueno, tal vez eres demasiado pequeña para eso. Me voy al trabajo.
-Antes de que te vayas Papi, dime, quién es el dueño de ese reflejo?
-En principio, no debería tener dueño, pero algunos se han apoderado de él. Los capitalistas. Algún día serás mayor y lo entenderás. Ahora debo irme, se me hace tarde.
Papá se dio la media vuelta, abrió la puerta, me tiró un beso desde el umbral y se fue. Yo me quedé con más preguntas que respuestas acerca del dinero y de todo eso que escuchaba decir a la gente en la calle, en el mercado, en la escuela y a mi madre cuando la escuchaba discutir con mi padre en las noches.
Esta historia continuará…

Esperanza García
Grupo A


Algunas razones para abolir el dinero

Por dinero dejan de hablarse hermanos
y hasta amigos te traicionan

Por dinero se construyen viviendas
a las que muchos no pueden acceder,
otros son desahuciados para subir las rentas

Por dinero muchas mujeres se casan sin amor
otras alquilan su vientre o su entrepierna

Por dinero la nobleza pacta con la riqueza
y el poder con la iglesia
y los fantoches evaden impuestos
yendo a vivir a otros países (como Dubai, R.D.)

Por dinero la industria armamentística florece
mientras no hay recursos para enfermos mentales
y los sintecho no tienen más que la inhóspita calle

Por dinero millones de americanos no pueden pagar
los precios exorbitados de la sanidad y acaban en bancarrota,
miles de jóvenes mueren por no poder costear su insulina

Por dinero (por no tener dinero)
se lanzan subsaharianos en pateras de plástico
a una muerte segura en los brazos del mar

Por dinero universidades americanas declaran
ilegal criticar a Israel, pierdes tu trabajo,
en algunos países te pueden llevar a prisión

Por dinero se venden votos, se compran democracias,
(Preguntádselo a Elon) la AIPAC tiene comprados
a los republicanos (y la mayoría de demócratas)
del Congreso americano

Por dinero las mafias hacen correr heroína
fentanilo, meth, y destruyen familias,
barrios y países enteros

Por dinero se compran jueces y se asesina
a aquellos que tienen hambre y sed
de justicia

Por dinero miles de hindúes venden uno
de sus riñones por menos de dos mil euros
para sobrevivir

Por dinero también, miles de hombres hindúes
queman vivas a sus mujeres o les echan ácido en la cara
para extorsionar a sus suegros y comprarse, por ejemplo,
la moto de última moda

Por dinero niños y niñas menores de catorce años
se prostituyen para los turistas
(mayormente americanos) en Thailandia

Por dinero entregan padres a sus hijas niñas
para ser desfloradas
(una niña afgana de nueve años muere,
sus entrañas reventadas en su “noche de bodas”
por un cuarentón)

Por dinero matan hijos a sus padres
(los hermanos Eric y Kyle Meléndez)

Por dinero miles de hectáreas de jungla amazónica
se destruyen a diario
y nos cortan el aire que respiramos

Por dinero el mundo es un estercolero
un fango podrido lleno de reptiles con cara de ejecutivos
donde los inmorales medran
asfixian el aire y pervierten los sueños

Por dinero Judas vendió a Jesús.

Inés Díez
Grupo C


Omar

A Omar le hubiera gustado llamarse Juan y tener una familia.
En la casa de acogida, le pedían que acudiera a Alá. Tardó un tiempo en entender no solo “Las mil y una noches”, sino todas las fechorías que su nombre le acarrearía.
No volvió. Vagaba de un sitio a otro, sin rumbo. Oyó que había que tener tolerancia con estos chavales que hacen el parásito en las calles y no lo entendió.
Omar tenía 15 años. No iba a la casa de acogida, dormía bajo unos cartones, comía lo que encontraba, lejos de los guardias que andaban al acecho.
Esa mañana vagó alrededor del mercado. Tenía hambre y las naranjas le atraían. No pudo resistirse, pero el frutero fue más rápido. Le agarró con fuerza , estaba dispuesto a todo, pero la los ojos de Omar le inquietaron. Había algo en ellos que le desconcertó.
-¿Tienes hambre, chaval?
-Sí, días, no comer.
La mirada de Omar le había conmovido. Sus ojos delataban una profunda miseria. Cogió cuatro naranjas y se las dio.
Ya llevan conviviendo unos meses. El chaval le ayuda y le está agradecido. Nunca fue rico el frutero, tampoco tenía familia, Omar se convirtió sin saberlo en el chico para todo. Servicial, simpático, listo. Ambos se entendían sin hablarse. Nadie diría que Juanito no formaba parte de la familia.

JB
Grupo C


Periplo monetario

Nunca me interesó el dinero.
Inmune crecí entre la estrechez
y la humildad,
con una paga de tres pesetas,
salvoconducto para la felicidad.

Pasé de tener algo de guita
para bisontes y bocadillos de tortilla,
a cuidar niños malcriados,
y así ganar mis primeras perrillas.

Trabajé duro sin importarme mi salario,
abrí una cartilla
con mi primer sueldo,
vivía dichoso sin más desvelos.

Rumbo a un paraíso compartido,
comenzamos una insólita aventura,
una casa donde soñar nuestro amor,
sin importarnos la fortuna.

A duras penas pagamos la hipoteca,
visado envenenado de nuestra dicha,
nos asaltaron dudas tras la tasación,
¿fija, variable o mixta?

Sufrimos el euríbor y los intereses,
surgieron nuevos okupas en mi mente,
la amortización y la subrogación,
mas del dinero nunca fui consciente.

La inflación y el banco,
buitres sedientos de carnaza,
me apuñalaron a traición
y me dejaron sin blanca.

Braceé entre seguros de vida,
la deflación liquidó mi falta de interés,
las cláusulas hundieron mi bolsa de valores,
así amorticé mi espesa liquidez.

Intuyo que llego al final de mi vida,
¿débito o crédito? esa es la cuestión,
obsolescencia programada.
Nunca me interesó la plata.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Mañana de Reyes

Un grupo de personas hacen cola frente al cajero del Banco Popular del Pueblo, en el paseo del Rollo, en una mañana de perros, y de Reyes Magos.
En la calle hay poco tráfico, es fiesta, y se oyen a lo lejos coros de niños cantando villancicos: “Hacia Belén va una burra rin rin”.
Compruebo que llevo la tarjeta y me dirijo al último lugar de la larga fila.
—¿Es usted la última?—pregunto mientras me coloco detrás de una mujer mayor
— ¿Por qué hay tanta cola, qué ocurre?
— Si, aquí nos van a dar las “mil quinientas”—me contesta con desagrado.
—Una señora, que se ha encerrado dentro del cajero y dice que tiene para rato, debe de estar metiendo dinero a todos los nietos, uno por uno —comenta el penúltimo que se ajusta la bufanda.
—¿Y cuántos nietos tiene? —pregunta con una mezcla de sorna y displicencia, una joven que está en el quinto puesto.
La larga cola ocupa la acera y llama la atención de los transeúntes que se paran para preguntar y en ocasiones asoman la nariz para observar qué está pasando dentro. Llega más gente, se va colocando en la fila y mientras piden la vez, preguntan por la razón de tanta espera. Un joven se acerca a la puerta del cajero:
—¿Funciona el cajero?
— El cajero funciona, ¡lo que no funcionan son las cabezas!— responde un hombre con las orejas rojas y los hombros encogidos por el frío.
— ¡Señora, que hay gente esperando, que no puede estar ahí toda la mañana! —grita el primero. La señora se acerca a la puerta sin abrir y contesta:
—¡Métase en sus asuntos, o busque otro cajero, yo no voy a salir hasta que termine. Se trata de una mujer de unos ochenta años, que con el abrigo desabrochado y un bolso colgado del brazo, amenaza diciendo que si no la dejan en paz no va a “resolver lo que tiene que resolver”
—¡Señora que no es suyo el cajero!— le dice el señor segundo en la cola.
—¡Déjeme en paz, imbécil!— contesta volviendo a su puesto frente al cajero. El murmullo sube de volumen, quejas, gritos, y discusiones sobre los derechos y deberes.
—¡No hay derecho¡ —dice un hombre de mediana edad que se ha puesto rojo por la indignación.
—La culpa la tienen los bancos, que no ayudan a la gente, que ya no tienen ni personal en las oficinas para atendernos y mientras, ellos se embolsan las ganancias, hombre ya¡ —dice una mujer que se dirige a la puerta del cajero y le dice a la señora:
—¿Quiere usted que la ayudemos?. Pero en la zona cero no hay movimientos, la señora sigue mirando al frente con las gafas a punto de caerse apoyadas en la parte inferior de la nariz. La cola sigue creciendo.
—¡Que una loca se ha hecho fuerte en el banco¡ —dice el que se encuentra a unos veinte puestos de la fila, en lo que yo he denominado segundo tramo de la cola, y donde ya se dice que dentro del cajero a alguien le ha dado “un ictus o algo” y que hay que llamar a una ambulancia. Una chica joven, decide dejar pasar delante a un hombre que viene con muletas.
¡Gracias maja, siempre hay gente buena! —la muchacha sonríe sin prestarle mucha atención y sigue mirando el móvil que sostiene con una mano mientras la otra permanece en un bolsillo del abrigo.
—Tiene que haber buenos y malos porque San Pedro se aburriría si todos vamos al cielo —sigue apostillando el de las muletas. A lo lejos se vuelve a escuchar un villancico: “Beben y beben y vuelven a beber”. Ha llegado la policía local que una vez informada por el primero que ahora es el líder, deciden actuar.
—¡Señora abra la puerta, policía!. La señora dice que ya solo le faltan cuatro transferencias a sus cuatro nietos pequeños.
—¡Que se esperen leñe¡
—¡Abra señora, que le podemos ayudar¡ —dice el policía recordando el curso que le impartieron sobre resolución de conflictos.
—Yo no necesito ayuda —y visiblemente enfadada les dice:
—Ahora vienen a por mí, una pobre anciana que está tratando de enviar dinero a sus nietos por los Reyes Magos, pero ¿Por qué no acuden cuando estamos en la cola del banco? que nos cobran por todo lo que hacemos con nuestro dinero —y enfatiza— ¡con nuestro dinero¡
—¡Señora abra o llamamos a los bomberos!. ¡Lleva usted ahí más de tres horas!. Suenan más villancicos: “Ya vienen los Reyes, ya le traen al niño la la la la la la”. La niebla se ha espesado. Los policías se han ido a pedir refuerzos o a esperar órdenes. En el segundo tramo de la cola, a unos treinta y cinco puestos se comenta que se reparten cestas de Navidad. Una mujer llega al final y pregunta al penúltimo si la cola va rápido
—¡Seguro que cuando nos toque se habrán terminado las cestas! —responde frotándose las manos echando el aliento para calentarlas.. Yo he decidido buscar otro cajero, y cerca de las cinco de la tarde encuentro uno que no funciona. Menos mal que llego a tiempo de ver la Cabalgata que por cierto, está patrocinada por el BANCO POPULAR DEL PUEBLO.

Aurora Martín Fiz
Grupo C


El tiempo es oro

Llevaba un rato observando aquel papel que, hecho un gurruño, reposaba en la mesa.
Aún no era capaz de entender lo que había pasado, no encontraba una explicación plausible al suceso.
Él, un hombre que había construido un imperio de la nada, únicamente con su tenacidad y su esfuerzo, no había dudado en poner todo su mundo a sus pies, agasajándola con joyas, viajes y toda clase de lujos.
Ella había agarrado un billete de 50 € y con inquina lo había apretujado entre sus manos para luego lanzárselo a la cara, acusándole de egoísta y egocéntrico.
Cuando le vino a preguntar que a qué venían esos reproches, ella le contestó que había una única cosa que nunca le había regalado. Él replicó diciendo que eso era imposible y que, si se diera el caso de que fuera cierto, se lo compraría ahora mismo y asunto zanjado.
Entonces ella le dijo que lo único que quería de él era su tiempo, tiempo para pasar juntos, tiempo para compartir y disfrutar de las cosas sencillas.
Ante esto soltó una carcajada estridente y, mirándola a los ojos, le dijo: “¡Qué ilusa eres! Mi tiempo es algo que no te puedo comprar y que, por supuesto, no te voy a regalar”.
Ella se despidió con un portazo dejando aquel papel hecho un gurruño sobre la mesa.
Él seguía sin entender lo que había pasado.
Quédate con quien te dedica su tiempo ya que te está dando algo que nunca podrá recuperar.

Verónica S.S.
Grupo C