El optimismo

Dice Mario Benedetti que un optimista / es sólo un pesimista / bien informado. Este no haiku nos sirve para introducir el tema a tratar en la penúltima sesión del taller de escritura de este curso: el optimismo.
En el año 1755 Lisboa tembló. Tras el terremoto que ocasionó cerca de 100.000 muertes, Voltaire escribió el "Poema sobre desastre de Lisboa" recogido en el artículo "1755: VOLTAIRE, ROUSSEAU y el sismo de Lisboa". En dicho texto pone en duda el axioma de Leibniz "Todo está bien". El 18 de agosto de 1756 Rousseau escribió a Voltaire una carta de más de veinte páginas (en el mismo documento hay un resumen de dicha carta) en la que le achaca su fatalismo y le reprocha que el optimismo que a él tanto le molesta a él le consuela. Voltaire no contestó a dicha réplica aunque sí le diera acuso de recibo a Rousseau. Su obra "Cándido" sería, en realidad, su respuesta. Aquí tienes el PDF del libro en una edición de la Fundación Carlos Slim traducida por Enrique Pezzoni



En el taller comentamos la obra en la versión publicada por la editorial Blackie Books y cuya sinopsis aportamos aquí: «Si este es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?»

Muchos han sido cándidos sin saberlo. Muchos siguen creyendo que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Aunque cada vez tengamos menos razones para pensarlo. Voltaire disparó con este cuento moral contra el orden establecido, el fanatismo religioso, el optimismo acrítico y la codicia humana, porque el mundo era un lugar «bien loco y bien abominable» en 1759. En muchos aspectos, lo sigue siendo, y en otros, lo es aún más. Un clásico más moderno que nunca. Y necesario como siempre.

Comentamos el artículo de Santiago Alba Rico titulado "Contra el optimsmo", publicado en la revista Ctxt (Contexto y Acción). Al final de sus palabras hay una mención al cierre de la película "Senderos de gloria" de Stanley Kubrick.

También comentamos el poema "Salutation de optimista" de Mario Benedetti, quien también escribió otro poema titulado "Chau pesimismo":

A instancias de mis amigos cuerdos y cautelosos
que ya no saben si diagnosticarme
prematuro candor o simple chifladura
abro el expediente de mi optimismo
y uno por uno repaso los datos

allá en el paisito quedó mi casa
con mi gente mis libros y mi aire
desde sus ventanas grandes conmovedoras
se ven otras ventanas y otras gentes
se oye cómo pasa aullando la muerte
son los mismos aullidos verdes y azules son
los que acribillaron a mis hermanos

los cementerios están lejos pero
los hemos acercado con graves excursiones
detrás de primaveras y ataúdes
y de sueños quebrados
y de miradas fijas

los calabozos están lejos pero
los hemos acercado a nuestro invierno
sobre un lecho de odios duermen sin pesadillas

muchachos y muchachas que arribaron juntos
a la tortura y a la madurez
pero hay que aclarar que otras y otros los sueñan
noche a noche en las casas oscuras y a la espera

la gente
la vulgar y la silvestre
no los filatélicos de hectáreas y vaquitas
va al exilio a cavar despacio su nostalgia
y en las calles vacías y furiosas
queda apenas uno que otro mendigo
para ver como pasa el presidente

en la cola del hambre nadie habla
de fútbol ni de ovnis
hay que ahorrar argumentos y saliva
y las criaturas que iban a nacer
regresan con espanto al confort de la nada

ésta es la absurda foja de mi duro optimismo
prematuro candor o simple chifladura
lo cierto es que debajo de estas calamidades
descubro una sencilla descomunal ausencia

cuando los diez tarados mesiánicos de turno
tratan de congregar la obediente asamblea
el pueblo no hace quorum

por eso
porque falta sin aviso
a la convocatoria de los viejos blasfemos
porque toma partido por la historia
y no tiene vergüenza de sus odios
por eso aprendo y dicto mi lección de optimismo
y ocupo mi lugar en la esperanza.


Nos gustó mucho el final de este poema. Todos, optimistas o pesimistas, deberíamos ocupar nuestro lugar en la esperanza, militar en ella en menor o mayor grado. La esperanza es una ganancia, no una pérdida.
Juan José Millás afirma en su artículo "El pesimismo es una mierda" que se escribe desde la pesimismo aunque estamos obligados a mostrarnos optimistas. También afirma que el pesimismo es reaccionario. O eso es lo que al menos sostuvo durante los años 2021 y 2023 en los que fue invitado a participar en varias charlas sobre "Pesimismo y literatura". Este es el final de dicho artículo:

Cuando terminé mi intervención, miré al público esperando un aplauso, pero, en vez de eso, alguien dijo:
—Hasta ahora se ha referido usted al corto plazo. ¿Qué ocurrirá en el largo plazo?
Había olvidado por completo el largo plazo, pero el reaccionario que llevo dentro saltó ante este estímulo.
—En el largo plazo —expuse— las cosas no pintan bien. Los hombres estamos perdiendo calidad y cantidad espermática y alcanzaremos en pocos años el umbral de la infertilidad. En otras palabras, la especie tiene los días contados
Se escuchó un murmullo de desolación y vi cómo mis compañeros de mesa (éramos todos hombres, igual, por cierto, que el año anterior) me miraban con lástima, como a un pobre reaccionario.
—La buena noticia —tercié enseguida— es que los óvulos nunca han gozado de una salud tan buena.
—¿Para qué queremos óvulos buenos si vuestros espermatozoides son una mierda? —preguntó una joven—. ¿Nos veremos obligadas a autofertilizarnos? ¿Hasta cuándo tendremos que ocuparnos las mujeres de arreglar todo lo que venís haciendo mal los hombres?
Tuve que admitir que la pregunta era pertinente, pero logré sobreponerme manifestando que jamás el carpe diem había tenido tanto sentido como ahora.
—¡Escuchemos a Horacio! —añadí—. ¡Vivamos cada hora como si fuera la última! En realidad, nadie sabe lo que nos deparará el futuro.
Pensé que la cita latina calmaría los ánimos, pero las intervenciones del resto de los escritores que componían la mesa empeoraron mi situación. Salieron a relucir de nuevo Voltaire y Schopenhauer y Cioran y Heráclito y Parménides, de modo que el encuentro adquirió un tono académico que dejó en buen lugar a todos los participantes menos a mí.
De vuelta a casa, mi mujer me preguntó si había logrado evitar a Schopenhauer.
—Más o menos —dije, y me metí en la cama lleno de amargura reaccionaria.
Al día siguiente volví a relatarle el suceso a mi psicoanalista, que no dijo nada. Interpreté su silencio como un reproche, como si me dijera: “No aprende usted”.
Y llevaba razón, no aprendía.
—Quizá —añadí tras unos minutos de silencio— debería aceptar que soy un pesimista reaccionario y abandonar esta lucha conmigo mismo que me deja exhausto.
Mi psicoanalista, que sin duda es progresista (para reaccionarios ya están los conductistas), dejó escapar un suspiro que interpreté como una censura.
—Está usted muy decepcionada conmigo, ¿verdad? —dije.
—De ser así, ¿le importaría a usted mi decepción o la decepción de la persona a quien yo represento? —­preguntó.
Se refería a mi madre, pues no es raro que el terapeuta o la terapeuta se conviertan, a lo largo del proceso analítico, en trasuntos de las figuras paternas.
—Pero mi madre —aduje— era muy pesimista, y muy reaccionaria, para decirlo todo.
—¿Y eso impide que le hubiera gustado tener un hijo progresista?
Entonces, hice memoria y me acordé de que cuando publiqué mi primera novela, al leer mi madre las primeras líneas, dijo, evidentemente desilusionada: “¡Qué pena, me pareció por la portada que sería un libro para niños!”.
Abandoné, perplejo, la consulta y me metí en una cafetería, donde pedí un gin tonic para celebrar el descubrimiento. ¡Era mi madre la que quería que me dedicara a la literatura infantil, no yo! Despejada esta cuestión, me dije que uno no viene al mundo a satisfacer los deseos de sus padres. Bastante tiene con cumplir los propios. Había hecho bien, pues, en dedicarme a la literatura de adultos. Si mi madre necesitaba literatura infantil, que se la hubiera escrito ella a sí misma.
En esto, sonó el teléfono y estuve a punto de no cogerlo pensando que era mi madre desde el más allá. Descolgué finalmente. Se trataba de una periodista que quería saber cómo afrontaba yo el año que estaba a punto de empezar.
—Con enorme optimismo —me escuché decir—, se arreglará sin duda todo lo que está estropeado y yo podré dedicarme a lo que he deseado toda la vida.
—¿Y qué es lo que ha deseado usted toda la vida?
—Ser un escritor de literatura infantil.
En fin.

Cerramos este post con un breve poema de Gloria Fuertes:

El pesimista piensa en ayer
el optimista en mañana
el realista en hoy.
El Poeta en ti.


Propuesta de escritura:

Recomendamos sentarse ante el folio tras haber visto un informativo de televisión (que cada cual elija su cadena de referencia). el objetivo es reflexionar a cerca del hombre y la mujer de hoy ante el mundo que nos ha tocado vivir, con sus terremotos y sus guerras, y calibrar nuestro grado de optimismo o pesimismo. ¿"Todo está bien", como afirmaba Leibniz?

Y estos algunos de los trabajos realizados:


El vaso medio lleno

Dos ancianos disfrutaban del fresco en el jardín de un geriátrico, a la sombra de unas hayas, a primera hora de la mañana. Las altas temperaturas de la ola de calor hacían imposible estar allí en otro horario.
—Vaya calores. Nunca en mi vida he vivido tanto calor de manera continuada —exclamó Domingo.
Domingo era un residente que tenía noventa y dos años, natural de Nava de Francia, un pequeño pueblo de la sierra salmantina. Cuando le presentaban a alguien fruncía el ceño y se mantenía en silencio. Antes de entablar conversación, intentaba adivinar su verdadero propósito. No se creía lo que le decían hasta que lo contrastaba y protestaba por cualquier acción que no le agradara. Para Domingo, ningún gesto era inocente. Si alguien le ofrecía ayuda, buscaba la trampa. Si alguien sonreía, analizaba el motivo. En todas sus conclusiones se posicionaba en el peor de los escenarios.
—Igual que todos los veranos. Lo que pasa es que ahora estamos acostumbrados a las comodidades y notamos más este bochorno —contestó Saturnino.
Saturnino, residente de noventa y un años, natural de Salamanca capital, por costumbre ofrecía sonrisas al personal y a sus compañeros del centro a los que hacía bromas para animar el ambiente. Intentaba aportar una nota de humor allá donde estuviera. Estaba convencido de que todo pasaba por algún motivo y solía ver la parte positiva de la vida.
—Satur, amigo, ¿cuándo has vivido temperaturas de cuarenta y dos grados? Dime algún registro —cuestionó molesto Domingo.
—¡Ya estamos otra vez! Domingo, compañero. No quiero entrar en otro debate estéril contigo. ¿Nunca hemos sufrido cuarenta y dos grados en la península? —ironizó Saturnino.
El debate se fue intensificando de tal manera que las palabras cordiales fueron elevándose de tono, y las formalidades dieron paso a descalificaciones y posteriormente insultos.
Una auxiliar que atendía a una residente en silla de ruedas alzó la mirada ante el volumen que había adquirido la discusión y corrió en busca de una ayuda que calmara los ánimos.
—Tú lo que eres es un pesimista de mierda —le dijo Saturnino haciendo unas muecas de burla.
Domingo se quedó mirando a su interlocutor.
—Y tú un mentiroso que te inventas datos solo para quedar bien delante de todo el mundo. Eres un hipócrita y un cornudo. ¡Que a tu mujer se la ha repasado toda la residencia!
Saturnino estiró su sonrisa a la vez que hacía rechinar sus dientes. Sus músculos se tensaron.
—No voy a tolerar más humillaciones ni descalificaciones. De mi esposa, en paz descanse, no se burla nadie —gritó mirando fijamente a Domingo.
—¿Cómo la llamaban? ¿La tana? ¿No? La puri…tana —se carcajeó Domingo.
Saturnino se levantó con dificultad. Aferró el bastón con ambas manos y lo descargó sobre la cabeza de Domingo, abriéndole una brecha. Después sacó una pequeña navaja del bolsillo. La abrió despacio, con delicadeza, mientras Domingo intentaba incorporarse. Entonces le abrió el cuello de lado a lado.
La residente que estaba a unos metros en silla de ruedas miraba con asombro la escena. Sus ojos parecían que se iban a salir de sus órbitas.
Saturnino se sentó en el sitio que ocupaba previamente y dijo:
—Buena mañana se ha quedado. Ya no vas a pasar más calor. En la vida hay que ser más optimista. Esta no la has visto venir. Tú, que siempre te preparabas para lo peor, ¿te das cuenta? —gritaba fuera de sí dirigiéndose al recién fallecido—. Siempre puede mejorar el día. No esperabas que hoy acabarían tus sufrimientos, molestias y quejas.
Abrió el periódico, sonrió y levantó la taza en dirección a la señora que lo miraba temblorosa tapándose la boca con las manos.
Hizo un brindis al aire y dio un pequeño sorbo al té.

Max Ferlam
Grupo B


Del gris a la luz

Hubo un tiempo en que yo veía el mundo a través de una ventana empañada. Cada mañana parecía una repetición de la anterior. Si llovía, pensaba que el día estaba perdido; si hacía sol, imaginaba que pronto llegarían las nubes. Siempre encontraba un motivo para preocuparme.
Cuando caminaba por las calles de Salamanca, observaba las prisas de la gente y me preguntaba para qué servía tanto esfuerzo. Los años pasaban y yo sentía que el tiempo corría más deprisa que mis ilusiones.
Un día, sentado en un banco de un parque, vi a un anciano que daba migas de pan a los pájaros. Sonreía mientras los observaba revolotear a su alrededor. Me sorprendió aquella felicidad tan sencilla. Pensé que quizás había algo que yo no estaba viendo.
Desde entonces, empecé a prestar atención a pequeños detalles: el saludo de un vecino, la llamada inesperada de un amigo o una conversación agradable en el Centro San Juan de Mata. Descubrí que la vida no siempre está formada por grandes acontecimientos; muchas veces se sostiene sobre momentos diminutos.
No cambié de un día para otro. Seguía teniendo dudas y preocupaciones. Sin embargo, aprendí a preguntarme no solo qué podía salir mal, sino también qué podía salir bien.
Con el paso de los meses, empecé a llevar una libreta en la que anotaba las cosas buenas que me ocurrían. Algunas eran sencillas: una lectura interesante, una canción compartida o una tarde de conversación con compañeros. Otras eran más importantes. Pero todas tenían algo en común: me recordaban que la realidad era mucho más amplia que mis temores.
Entonces comprendí que el optimismo no consiste en ignorar los problemas. Consiste en reconocerlos sin permitir que ocupen todo el paisaje.
Es como mirar un campo después de la lluvia: hay barro, sí, pero también flores que empiezan a crecer.
Hoy sigo siendo la misma persona que fui ayer, pero ya no miro el mundo a través de una ventana empañada. Ahora la abro. Dejo entrar el aire, la luz y las voces de quienes me rodean. Y, cuando aparece alguna nube, recuerdo algo que aprendí con los años: detrás de ella, aunque no pueda verla, el sol sigue estando allí.

Fernando Nieto
Grupo A


“Pesimismo optimista”

La frase “Ver la botella medio llena o medio vacía” se interpreta como la diferencia de actitudes ante la vida de dos posiciones extremas y antagónicas, el optimismo y el pesimismo. Depende, en realidad ambos ven la botella a medias. El carácter que tiende a la alegría o el que tiende a la tristeza verá el mundo -la botella en este caso- color de rosa o en tonos sombríos. Pero eso ya son estados de ánimo, sicología, incluso diferencias en los mecanismos de la percepción; en suma, daltonismos mentales. Simplemente, unos y otros miran el mundo con cristales de distintos colores. Pero el mundo está ahí, tal cual, y no cambia por mucho que cambie nuestra mirada. En definitiva, no cambia por nuestras ideas, cambia por la fuerza de los hechos.
“Hay que cultivar nuestro jardín”, esa frase rotunda y afortunada atañe tanto al optimista como al pesimista; cambiemos el mundo mejorándolo con nuestras acciones, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestra pequeñísima escala, a sabiendas de que el tiempo, antes o después, se llevará todo por delante. Si actuamos de ese modo podremos ser vencidos -y lo seremos-, pero no derrotados.
“Que chacun fait son métier”, decía algún siglo después -y en línea con Voltaire- Albert Camus. Responsabilidad individual, honestidad, esfuerzo, esas pequeñas rebeldías que pueden cambiar el mundo a mejor, la revolución bien entendida sin menoscabo de otras, la revolución casi invisible de lo cotidiano. No por sus ideas, por sus obras los conoceréis. Nuestros actos, ahí es donde nos expresamos genuinamente y sin caretas. Las primeras son a menudo un mero espejismo, un trampantojo, hipocresías, sepulcros blanqueados, que quedan en evidencia ante la obstinación de los hechos. Dicho según la celebrada expresión del político norteamericano Daniel Patrick Moynihan: “Usted tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”. Opinar es gratis, lo hace cualquiera, incluso el mindundi abajo firmante.
Por eso suena un poco hueca -marca de la casa- la frase de Benedetti, “Un pesimista es solo un optimista bien informado”; un a modo de haiku -cinco siete cinco- ante el que el profesor Vicente Haya pondría el grito en el cielo (y no es para menos).
Porque igualmente se podría decir -replicando al autor de “Rincón de haikus”- que un optimista es un pesimista inasequible al desaliento. En todo caso es un falso debate, hay días buenos y días malos, nos levantamos con el pie derecho o con el izquierdo, vemos las cosas con nuestros prejuicios de colores; pero desde luego, eso al mundo -a la realidad, a los hechos- nada le importa.
¿Vivimos en el mejor de los mundos posibles?, pues a ojo de buen cubero, si pensamos que estamos habitando un grano de arena cuántico en medio de un universo infinito, indiferente y hostil, se diría que no hay otra conclusión sino afirmar que somos enormemente afortunados. Y en nuestro grano de arena, ¿hemos progresado desde que vivíamos en cuevas, desde la época de los imperios clásicos, basados en la esclavitud, desde los tiempos en que las pestes asolaban a la humanidad, incluso desde hace cien o doscientos años, en los que el noventa por ciento de la población mundial era analfabeta y la sanidad universal una entelequia inimaginable? Poca duda cabe.
Ahora bien, cosmogonías religiosas aparte, si ponemos el foco en que todo esto empezó con el pandemonio del Big Bang, que nuestras pequeñas vidas individuales son un pestañazo efímero, que la especie humana está llamada a desaparecer sin contemplaciones como lo han hecho tantas otras, y que el universo tendrá igualmente un final -vía gran explosión o gran implosión, ahí me pierdo- porque nada es eterno, entonces tendremos que reconocer que el panorama es bastante deprimente.
Así que, ¿la botella está medio llena o medio vacía?
Qué más da. Lo importante es cómo encaremos esa condición humana infinitamente frágil y efímera, y la mejor manera de hacerlo es con la actitud del poeta: “Si he de morir, quiero morirme vivo”.
Aunque sea a medias, porque, esto ya es una opinión, siempre estamos vivos a medias.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Inocencio

En un sencillo ático de Madrid, en el número veintiuno de la calle del Desengaño, vivía Inocencio, al que todos los vecinos respetaban y trataban con afecto. Era una persona sensata, muy responsable en su trabajo, honrado hasta la médula y con una gran preocupación por el mundo que le había tocado vivir. En la placa del buzón aparecía su nombre completo, Don Inocencio Coco Alegre, pero todas personas del barrio que le conocían le llamaban cariñosamente Ino.
Cada mañana, nada más levantarse temprano, Inocencio acostumbraba a sentarse en la cocina y ponerse al día con las noticias del caótico y convulso planeta en el que vivía. Encendía la televisión y escuchaba las novedades del informativo matinal de las siete y media, mientras calentaba la leche en el microondas y pelaba la fruta con parsimonia. La verdad es que había heredado un intestino perezoso y sufría episodios de estreñimiento. La doctora le había indicado que debía tener una dieta rica en fibra, beber dos litros de agua al día, evitar el sedentarismo y tratar de ir al baño siempre a la misma hora.
El lunes comenzaba una nueva semana laboral con grandes proyectos internacionales que rematar en su estudio de arquitectura del barrio de Malasaña, a diez minutos de su casa. Se sentía especialmente ilusionado con la idea de rematar los planos y presupuestos de varios encargos que se traía entre manos desde hacía meses. Mientras untaba las tostadas de pan integral, se detuvo al oír que un devastador incendio asolaba la sierra de la Culebra, en la provincia de Zamora. El origen parecía haber sido una tormenta seca. Treinta y cinco mil novecientas setenta hectáreas arrasadas por el fuego, comentó la periodista. Las imágenes eran deprimentes. Pensó que el cambio climático estaba detrás de esta catástrofe, a lo que se añadía una gestión discutible desde las instituciones autonómicas. Siguió con su rutina para ir al trabajo: se sentó en el retrete, se duchó, se vistió y salió a la calle. Pensó que quizá podía ir a su despacho andando, hoy que andaba sobrado de tiempo, en lugar de mover su coche particular, un diésel que contaminaba lo suyo.
El martes se levantó al oír el despertador. Había descansado bastante bien, y ciertamente no le dolía casi nada, lo que consideraba como un milagro, pues con sus cincuenta y seis años, los amigos de su quinta no hacían más que quejarse de las rodillas, que si la cadera, la próstata, la presbicia… La verdad es que él se sentía afortunado, pues se encontraba en plenitud de facultades. Bajó a la cocina a prepararse su desayuno, con el extra de un zumo de naranja. Encendió la televisión y cuando acabó el ruido ensordecedor del exprimidor, el presentador captó sobremanera su atención. Un millón de personas, en torno a un 20% de libaneses, se han visto obligadas a desplazarse en el sur del país ante el ataque continuado del ejército israelí. Volvió a poner las tostadas un poco más de tiempo. Mientras esperaba, repensaba aquellas contundentes cifras: uno de cada cinco libaneses ha tenido que dejar su casa… Era desolador, Inocencio no daba crédito. Cuando asomaron las rebanadas de pan nuevamente, estaban quemadas y tuvo que tirarlas a la basura. Hace poco oyó en la radio que la acrilamida, que aparecía en los alimentos ricos en almidón expuestos a altas temperaturas, era una sustancia potencialmente cancerígena. Le entraron unas ganas locas de no enviar el proyecto de la nueva factoría de Mobileye en Jerusalén. Una empresa puntera en tecnología de visión artificial, que parecía haberse quedado ciega ante tanta barbarie.
El miércoles nuestro querido don Inocencio se despertó con las primeras luces. Salió a regar su jardín, pues ya llevaba varios días sumido en una ola de calor que prometía batir todos los récords registrados en los últimos cincuenta años. Puso en marcha el televisor y se dispuso a desayunar. Las imágenes de niños desnutridos en el cuerno de África eran impactantes y le dejaron petrificado, mientras escuchaba la letanía monocorde: Alrededor de 6,2 millones de personas, la mitad de la población de Somalia, sufren inseguridad alimentaria o necesitan ayuda para subsistir. La grave sequía ha acabado con la cosecha de la que mayoría de los somalíes dependen para alimentarse. Preparó dos vasos de agua y pensó que estas personas a más de seis mil kilómetros no tenían ni siquiera algo de agua para saciar su sed. Esa mañana redujo su habitual desayuno y solo se tomó un kiwi, la verdad es que se le había hecho un nudo en el estómago y no tenía demasiadas ganas. Qué podía hacer por aquellas criaturas, pensó. No era fácil, quizá efectuar una donación para alguna oenegé, él que ya era socio de Médicos sin Fronteras y de otra asociación cuyo nombre no recordaba, era algo de ayuda a los refugiados. ¿Serviría de algo enviar dinero? Y con ese runrún estuvo toda la mañana.
La semana avanzaba y don Inocencio se levantó el jueves con algo menos de humor. Había dormido fatal por culpa de una noche tropical, dando vueltas en la cama sin parar y sin poder conciliar el sueño. La verdad es que los áticos en Madrid son fríos en invierno y calurosos en verano. Sin duda había sido una buena inversión, ahora que la vivienda se había puesto tan cara en las grandes ciudades. Como curiosidad, vivía en el mismo edificio donde hace años se había rodado la serie de televisión ¡Aquí no hay quien viva! Era un poco más tarde que otros días, pues parecía que se había quedado dormido un ratillo después de apagar el despertador. Se miró al espejo, se vio una ojeras enormes y la cara flácida. Se lavó con agua, se espabiló y se dispuso a afrontar una nueva jornada lleno de vitalidad. Se preparó un café con leche, bien caliente, como a él le gustaba. Cuando encendió la televisión el informativo de las ocho ya había acabado y estaban en una especie de tertulia, comentando el caso de un joven de La Coruña, apaleado por su condición homosexual. Aquello le afectaba sobremanera, él que siempre había defendido los derechos a la igualdad y la no discriminación de las personas por su orientación sexual. La verdad es que últimamente había numerosas noticias que ponían de manifiesto la radicalización de los jóvenes, capaces de cometer un asesinato homófobo como este. ¡Era deplorable, increíble! Por más azúcar que añadió, el café le supo especialmente amargo aquella mañana.
Por fin llegó el viernes. Nada más salir de la cama bostezó un par de veces. La semana estaba siendo dura y cada vez se le hacía más cuesta arriba. Hoy pensó en tomar su habitual tentempié mañanero relajado, así que colocó el café con leche, las tostadas y la fruta pelada en una bandeja. Se fue al salón con todo preparado para no tener que encender la televisión. Últimamente no hablaban más que de catástrofes, calamidades o desgracias. Y ya no digamos de los últimos casos de políticos de diferentes ideologías implicados en juicios por corrupción, el caso mascarillas, las presuntas mordidas, la malversación de fondos públicos, apropiación indebida, cohecho, prevaricación, tráfico de influencias, fraude fiscal… A punto de entrar en depresión con aquel amasijo de términos jurídicos. Cogió una pequeña radio en la que solía escuchar música clásica, cuando al tratar de sintonizar su emisora favorita, se topó con una mujer muere en un hospital, víctima de una violación salvaje en un autobús de Nueva Delhi. Apagó rápidamente, pero aquel breve enunciado se repitió en su cerebro a cámara lenta, como tratando de asimilar aquellas palabras que seguían flotando en el aire. Se terminó de preparar para ir a trabajar, hoy era el último día para rematar y enviar varios proyectos. En su camino al estudio no podía dejar de pensar en aquella mujer hindú. ¿Por qué siempre las noticias destacaban lo más ruin del ser humano? Al rato se preguntaba por qué en la India se trata tan mal a las mujeres. ¿Solamente en la India? Esto ocurre por desgracia a diario en todos los rincones del planeta.
El sábado se presentaba como un día relajado. Ciertamente habían finalizado todos los trabajos previstos para esa semana. Sin duda, contaba con un buen equipo humano y él gozaba de cierto prestigio por su seriedad y profesionalidad en el mundillo de los arquitectos. Desayunó tranquilamente, fue a la compra y preparó algunos platos para los próximos días. Le encantaba llegar a casa y poder comer sin tener que manchar la cocina todos los días. Por la tarde, un rato de lectura y luego había quedado con Esperanza, la vecina de enfrente que se había ofrecido para plantarle algunas alegrías y unas lavandas en su pequeña terraza. A él le encantaban las plantas. Aunque no tenía muy buena mano para ellas, al menos lo intentaba. Después acudieron juntos a una conferencia en la biblioteca municipal del barrio de Malasaña. El título era ¿Ser optimista en los tiempos actuales?, impartida por el psicólogo Luis Cardui. Le encantó aquello del "efecto mariposa", consistente en generar pequeños cambios en tu actitud y en tus decisiones diarias, que pueden devolverle a uno la ilusión y suponen una mejora en el ánimo. Al acabar, se tomaron unas cervezas con un pincho en un bar cercano y se despidieron en el rellano que daba acceso a sus áticos. La verdad es que Esperanza tenía una mirada clara, celeste y profunda. Se acordó de los ojos garzos ha la niña, aquel verso que aprendió de memoria en su infancia.
El domingo era el día que más le gustaba. Recordaba aquella frase bíblica que había aprendido en el colegio de jesuitas donde estudió. Y al séptimo día descansó. Aunque nuestro amigo don Inocencio se consideraba agnóstico, pensó que seguramente Dios no necesitaría reponer fuerzas. Él no afirmaba ni negaba la existencia de ninguna divinidad. Pero la verdad es que el modelo cíclico semanal suponía una pausa en su actividad laboral y le permitía un mayor tiempo para la reflexión y poder dedicarse a otras actividades. La verdad es que el tiempo parecía detenerse cuando salía con su cámara al cuello, dispuesto a capturar una araña lince en su buganvilla o retratar los contraluces de la vida del barrio. Se sentía especialmente atraído por la fotografía minimalista.
Aquella mañana había decidido firmemente no encender la televisión y tampoco se atrevió a poner música en la radio. Se dispuso a reponer fuerzas para afrontar los próximos siete días sin miedo a desfallecer. Al poco rato, le pareció oír el timbre de la puerta. Al abrir le sorprendió encontrarse con Esperanza, quien le traía una hortensia que había comprado en el rastro dominical. ¡Buenos días, Ino! Te traigo para tu terraza esta hortensia, que es algo delicada, pero estoy segura de que tú serás capaz de cuidarla.

Jesús García
Grupo A


El pesimista:

Iba mi amigo Pedro por la carretera conduciendo una noche fría y cerrada, sin luna, y hete aquí que nota un estallido y que se le desvía el coche; frena y comprueba que ha pinchado una rueda. Cuando se dispone a cambiarla, se da cuenta que no tiene un gato para levantar el coche Se caga en todo lo que está escrito y maldice su suerte perra; una vez tranquilizado, otea el horizonte y llega a ver una lucecita a lo lejos. Estoy salvado, se dice. Comienza a caminar en busca de ayuda, pero empiezan a asaltarle las dudas: puede que no me abran la puerta; puede que no me quieran ayudar; puede que me pidan dinero a cambio; puede que me quieran pegar; puede que me quieran violar o incluso secuestrar. Con estos pensamientos cada vez más incisivos y peligrosos, llega y llama a la puerta: le abre una viejecita, y sin ni siquiera dejarla hablar, le da un empujón y le dice: sabe lo que le digo, que puede meterse el gato por donde le quepa. Se dio la vuelta, se quedó sin gato y sin ayuda. Además, se marchó con el ceño fruncido y amargado.

El optimista:

En otro momento, y en otro lugar, iba a mi amigo Juan por la carretera una noche oscura y tuvo un pinchazo. Al ir a cambiar la rueda se dio cuenta de que no tenía gato. Vaya por Dios, se dijo. Esperemos que alguien me ayude. Miró a lo lejos y vio una lucecita. Con lo que pensó: alabado sea Dios, voy a tener suerte. Siguió caminando y pensando: encontraré a alguien bondadoso que me quiera ayudar. Seguro que me acompañan incluso hasta el coche y me ayudan a cambiar la rueda. Con estos pensamientos, y queriendo agradecer y compensar la ayuda recibida, llegó a la casa y llamó a la puerta. Le abre una cara conocida, que resulta ser un antiguo compañero de bachiller y que al verle le dio un abrazo. No solo le ayudó, sino que también le invitó a cenar. Se marchó de allí cenado y con la rueda cambiada. Además de llevar el semblante sonriente.

José Luis Fonseca
Grupo A


Informe de la comisión multidisciplinar para el abordaje de la plaga de X3 

Estimados miembros de la Asamblea:

Los firmantes de esta memoria nos sentimos honrados por haber sido elegidos para tan trascendental tarea a la que nos hemos entregado con todos nuestros ánimos y conocimientos. Los datos y conclusiones aquí reflejadas no habrían sido posibles sin el generoso trabajo de numerosos investigadores y de las instituciones que los respaldan.
Adjuntos a estas líneas se aportan los documentos que validan el diagnóstico y justifican las propuestas de actuación.
No obstante, se expondrán aquí unos pocos números que revelan, sin ningún género de dudas, la magnitud del problema.
Según las informaciones de los principales organismos de control de las poblaciones animales, se estima que el censo actual de individuos de la especie X3 es de aproximadamente diez mil millones distribuidos en todos los continentes y ocupando casi todos los hábitats de la Tierra. Las exitosas capacidades de reproducción de este tipo de organismos hacen que se haya previsto que en solo tres décadas esa población podría duplicarse. La presión que ejercen sobre el planeta y las consecuencias sobre la viabilidad del mismo han hecho que esta Asamblea se plantee la cuestión y nos haya encargado la evaluación del alcance del conflicto y la propuesta de medidas correctoras.
Hay unos cien millones de kilómetros cuadrados de superficie habitable en nuestro mundo. Eso significa que la densidad poblacional es de unos 100 ejemplares por km2. Conviene aquí mencionar que hay un acuerdo mayoritario entre los especialistas de que la densidad máxima idónea es de menos de 2 por km2. Esa desproporción revela lo desmedido de la situación.
Considérese solamente que en el planeta hay unos 35 millones de km3 de agua dulce y que para obtener los alimentos que consume diariamente un espécimen adulto de X3 se precisan unos 2.000 litros. Eso quiere decir que se destinan cada día unos 40.000 km3 de agua dulce para alimentar a esa especie que a la nuestra aporta solamente perjuicios. En términos relativos eso significa que, en solo tres años, la producción de sus alimentos consume el equivalente a todo el agua dulce de la Tierra.
Por destacar otro dato que permite ver las proporciones del dilema al que se enfrenta esta Asamblea de naciones, considérense las deposiciones de estos animales. Se estima que cada uno emite una media de 200 g al día. Eso supone que se vierten en los ríos y mares una cantidad diaria de 20 millones de toneladas de heces, es decir, más o menos, una tonelada de desperdicios orgánicos sobre cada km3 de agua dulce. Solo esos números revelan la insostenibilidad de la situación, incluso en el corto plazo.
Tomando en consideración el escaso aporte positivo que esta especie produce al medio natural, esta comisión considera que se tienen que implantar de manera inmediata una serie de disposiciones dirigidas a reducir drásticamente el número de miembros de la plaga.
Es sabido que un número inferior a cien millones de individuos dejaría de ser peligroso para la supervivencia del planeta y de los demás animales. No obstante, después de un profundo debate se ha decidido proponer la supresión completa de los X3, pues ello beneficiaría drásticamente al entorno natural y reportaría a nuestra sociedad ganancias innegables.
La erradicación inmediata y total de la plaga tendría unos costes económicos inabordables, además de aumentar de forma peligrosa los residuos orgánicos. Por ello, proponemos que se establezca un programa de eliminación paulatina para que al cabo de cincuenta o sesenta años la crisis haya sido solventada en su totalidad. Dicho programa consistiría en tres medidas de aplicación sostenida en el tiempo. A saber:

1. Inutilización de los órganos reproductores de todas las hembras en edad fértil.
2. Supresión de toda hembra preñada.
3. Desaparición de todas las crías de menos de un año.

Entendemos, y así lo han corroborado los académicos del área económica, que este esquema sería perfectamente abordable sin incrementar de manera excesivamente gravosa los presupuestos anuales de la Organización Mundial de la Salud.
Los nueve miembros de esta comisión abajo firmantes expresan su acuerdo unánime sobre estos análisis y recomendaciones, y advierten que seguir ignorando el problema de superpoblación de los X3, antes llamados humanos, acabaría en unos pocos años conduciéndonos a la mayor de las hecatombes.

Nueva York, a 22 de junio de 2026
Dirigido a la Organización de Naciones Ratunas del Mundo (ONRM).

Pepe Lorenzo
Grupo B


La señora María

De entre mi vecindario, recuerdo, cuando todavía era un crío, a la señora María.
Tenía siempre los ojos brillantes y una sonrisa en la cara, a pesar de la dificultad con la que respiraba. En las mañanas de verano, que eran cuando yo me levantaba pronto y me iba a jugar con los amigos a la calle, ella siempre salía a darle un beso al señor Juan, su esposo, maestro albañil. Y cuando él estaba ya en la calle, desde el escalón más alto de los tres que permitían el acceso al porche de su casa, le quitaba la gorra y le arreglaba los cuatro pelos que adornaban parte de su prominente calva.
La señora María siempre tenía tiempo para hablar con el panadero, el heladero, el cartero o cualquier vecino o vecina que pasara en aquel momento por la calle.
Pedro, el cartero, era un hombre con un deje de tristeza en los ojos. Me daba la sensación de cargar constantemente con una pena tan grande como la magnífica y descomunal cartera de cuero en la que llevaba todo tipo de cartas y pequeños paquetes. Si llovía, Pedro, que era un hombre fuerte y bien plantado, parecía mirar al cielo haciéndolo responsable de sus sinsabores.
Siempre pensé que debía tener a su familia enferma en casa, hasta que un día le pregunté a mi madre y me dijo que no era el caso. Me explicó que era un hombre que normalmente se alimentaba de su propia tristeza.
En cambio, la señora María, cuando hablaba con él y llovía, le decía que se alegrara, porque estaban cayendo ideas nuevas desde el cielo, con esa voz suya, tan característica —algo dura para el habla de una mujer—, que mezclaba toses y sibilancias asmáticas perfectamente audibles.
Cuando ella oía a Esteban, el heladero, movía su cuerpo rechoncho, haciendo cola como un niño más, para degustar los divinos helados mantecados que hacía aquel hombre.
Esteban era un hombre crítico, que siempre estaba poniendo el ojo en el mal funcionamiento de las cosas, aunque tenía una chispa capaz de volver jocosa cualquier conversación que tomara un sesgo demasiado pesimista.
Esteban tenía un humor con bastante mala leche a veces, con la que afortunadamente no fabricaba sus helados. Recuerdo que siempre saludaba a don Luis el Sordo, el cantinero, que era amigo suyo, con la frase: “¿A quién matas?”, y el cantinero invariablemente le respondía: ”Adiós”. Cosa que a nosotros nos hacía retorcernos de la risa.
Cuando coincidían los tres, Pedro tiraba la piedra de lo difícil que era llegar a final de mes. Esteban trataba de bromear con el asunto, y le decía a Pedro que le dejara la piedra al final de mes que le pondría una bolita de helado encima. Ambos le achacaban a María su desorbitado optimismo y ella terminaba la discusión con uno de sus frecuentes ataques de tos que angustiaban al más pintado. Tras de lo cual afirmaba: “bueno que tengamos salud que es lo principal”.
Pero la sensación que a mí me da al recordar ahora a la señora María es que se trataba de una persona que no es que negara la realidad —sabía perfectamente cuándo algo iba mal—, sino que tenía el don de encontrarle a cada situación el lado bueno. Su optimismo era casi un oficio.

Calgari
Grupo A

Sala de préstamos. La biblioteca en la Literatura

¿Es una redundancia hablar sobre bibliotecas en una biblioteca? Son muchos los años que llevamos con este taller de escritura creativa y nunca, hasta ahora, habíamos abordado ese tema. Así que decidimos entrar en él como entramos todos los lunes y martes a la Biblioteca, con emoción.
Antes de abordar la ficha de trabajo y comentar "La biblioteca de Babel" de Borges y un texto de Juan Villoro donde habla de la Biblioteca Negativa, aquellas que recoge los libros expósitos y las sobras completas" de la literatura, escuchamos la canción de Pedro Pastor "La niña de la biblioteca" donde afirma "estudio más por verte que por vocación". Ay, esos amores platónicos de biblioteca.

Recomendamos el artículo "La biblioteca en la narrativa. Una imagen oculta en el espejo" de Francisco Solano. En él aborda la biblioteca como espacio, nos acerca a la imagen mal parada en algunos libros y películas de los bibliotecarios y de cómo el hecho de leer se convierte en un placer cuando el silencio inunda la biblioteca. Dejamos aquí un fragmento en el que Francisco Umbral recuerda su primer encuentro con una biblioteca: 

"Liberado yo, como he dicho, de disciplinas escolares y franquistas, mamá me habia insertado en el árbol de la ciencia, es decir, en la biblioteca. Habla en el edificio una gran biblioteca municipal, donde ella me presentó como hijo suyo, y adonde tuve libre acceso desde entonces. Así que ella se metía en su oficina y yo me iba a la biblioteca, que estaba en otro piso. Años cuarenta, años cincuenta, y jamás he encontrado luego una biblioteca pública tan densa, acogedora, surtida, hospitalaria y libre como aquella biblioteca municipal, siempre concurrida. Mamá, antes de abandonarme, me entregaba a la manigua acogedora, tibia y profusa de los libros, me dejaba en el regazo ancho y sabio de la cultura, donde yo leí de todo, desde Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, que no me hicieron ninguna gracia (humor alemán de un país sin humod, hasta Harry Step hen Keller, la gran novela policiaca norteamericana, pasando por el pri mer Cá"tico de Jorge Guillén, que me encegueció con el descubrimiento de la poesía, hasta García Lorca, en cuyo Rorna/lctrO faltaba "La casada infiel", como luego comprobé, y me confirmó mi gran amigo José Maria de Cossío, que faltaba en la biblioteca del Ateneo de Madrid, página arrancada por un censor fanático o por un erotómano igualmente fanáti co. También leí una historia completa de la planta del café, que entonces me interesó mucho y que hoy soportaría. Estaba realizando yo, sin saber lo, el mito borgiano de la Biblioteca como Mundo, formulado por Borges muchos siglos más tarde".

Jesús Marchamalo tiene el privilegio de haber conocido de cerca algunas bibliotecas de escritores y escritoras. Y de lo que allí encontró habla en "Tocar los libros", una publicación que se ha reeditado en tres ocasiones y con diferentes editoriales y que es un homenaje a los libros, las bibliotecas y la lectura.
Si sientes envidia de Marchamalo puedes entrar en la biblioteca de Ana María Shúa y conocer los criterios con que la ordena. O pasar al interior del caos de Juan José Millás. O conocer de mano de Luis Mateo Díez, Luis Alberto de Cuenca o Mario Vargas Llosa la intimidad de sus bibliotecas.

Decía Cicerón: "Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada.", Borges fue aún más allá que Cicerón al imaginar el paraíso como una biblioteca. Y así vivió, de paraíso en paraíso. Hasta que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, su paraíso personal -y no porque estuviera hecha con tecnología punta en ese momento: iluminación eléctrica, teléfono, calefacción y el segundo ascensor del país, marca Otis-. Su nombramiento coincidió con el momento en que se declaró su ceguera. Así lo recuerda el escritor durante la conferencia que impartió en 1977 en el Teatro Odeón: “Yo he recibido en mi vida muchos inmerecidos honores pero hay uno que me ha alegrado más que ninguno; fue el honor de que me nombraran director de la Biblioteca Nacional (1955-1973). Esto se hizo por razones menos literarias que políticas, lo hizo el Gobierno de la Revolución Libertadora. Yo jamás había soñado la posibilidad de ser director de la Biblioteca […] Y entonces fui comprendiendo la extraña ironía de los hechos. Yo siempre me había imaginado el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Otras personas piensan en un jardín, otras tal vez en un palacio. Yo siempre la imaginé como mi paraíso, mi paraíso personal y allí estaba yo, y era de algún modo el centro, de novecientos mil libros en tantos idiomas, y al mismo tiempo comprendí que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos de los libros. Entonces escribí aquel poema titulado “Poema de los dones”.

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.


En dicho poema Borges menciona a Paul-François Groussac, escritor, historiador, crítico literario y bibliotecario que, también ciego, dirigió la Biblioteca Nacional de 1885 a 1929. 
Borges no sabía, cuando escribió este poema, que otro poeta ciego, José Mármol, también dirigió la Biblioteca Nacional de 1858 a 1871
“El número tres parece cerrar las cosas –dirá Borges–. Dos es una mera coincidencia pero tres ya es una confirmación, una confirmación de orden ternario, una confirmación de algún modo divina”.
A pesar de esa ironía de Dios o de la vida Borges fue feliz durante los dieciocho años que dirigió la Biblioteca. María Kodama recuerda que ese nombramiento fue “la materialización de un sueño y de ese cuento fascinante que es “La Biblioteca de Babel”.
A Borges le gustaba tanto su cargo como director que pensó en establecer su residencia en la biblioteca. Fue su madre la que le disuadió de aquella idea. ¿Se imaginan los argumentos de la mamá para convencerle de que era una locura?
Cuando presentó su renuncia como director extrañaba tanto la Biblioteca que no dejó de caminar a diario desde su casa hasta allí.

Recomendamos los artículos "Libros en los que las bibliotecas son protagonistas" de Francisco Javier Palazón y "La imagen de la biblioteca y las/los bibliotecarios en la LIJ" de Verónica Juárez.
Y también el poema "El incendio de un sueño" de Charles Bukowski o el cuento "Cómo me deshice de quinientos libros" de Augusto Monterroso


Propuesta de escritura

En esta ocasión planteamos dos trabajos.
1. Escribir la sinopsis de los libros "Trueno peinado", "El calambre del yeso" o "Axaxaxas mlö". Los tres están tomados del cuento de "La biblioteca de Babel" de Borges.
2. Escribir un poema, cuento o microrrelato relacionado con la biblioteca personal.

Y estos son algunos de los textos que me han ido llegando:


El trueno peinado

“El trueno peinado” es un libro desconcertante por su sorprendente hallazgo, en uno de los gabinetes destinados a la necesidad final de los bibliotecarios de la Biblioteca de Babel. Se desconoce a que nivel, a que hexágono y a que anaquel estaría destinado, ni cuanto tiempo, limitado o infinito, llevaría situado en el lugar en el que fue encontrado.
En sus cuatrocientas diez páginas, únicamente contiene una sucesión continua de la letra u, salpicada de forma arbitraria por algunas letras: b, r, m, c, a, pero de ninguna otra, aunque en ocasiones podrían ser: h, v, n, o, q, por la indefinición de los signos utilizados. La estructura de este texto remite a la esencia del ser humano y a la insondable profundidad del universo y sus billones de cuerpos celestes. A lo largo de sus páginas pueden encontrarse las respuestas a las grandes cuestiones existenciales que han sacudido a toda la estirpe de Adán y Eva, aunque, dada la irreproducible naturaleza del texto, son inmemorizables e inmediatamente se olvidan.
La única palabra de un millón trescientas doce mil letras, que ocupa las cuatrocientas diez páginas del libro, contiene en si misma el bien y el mal, a Zeus y Hera, a Siddhartha y Yu Huang, a Gilgamesh y Enkidu, al Yin y al Yang. Podría decirse que “El trueno peinado” es, aparentemente, un mensaje críptico, pero su lectura va desvelando los significados más insondables de sus reflexiones de una manera caótica, destemplada e inclemente, hasta llegar a exasperar las conciencias más benévolas. No se trata, por tanto, del libro cíclico que es Dios, lo evidencian su forma y su localización, ni se trata de unos de los inaccesibles libros preciosos, ni mucho del libro total. Las letras del lomo, una sucesión de doscientas veintitrés letras u, no desvela su título, que sin embargo es evidente para cualquier habitante de la Biblioteca que lo ha tenido en sus manos.
El libro es de obligado estudio para los lectores situados en los hexágonos de los circuitos doce cuarenta y tres al noventa y cuatro cincuenta y dos. También debería ser de lectura forzosa la magnífica sentencia contenida en la página setenta y siete, renglones siete y ocho:

bruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmbruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmbrouuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmm.1

(1. Un analista espurio ha sugerido, sin aportar razones o sinrazones, que el libro es simplemente una larguísima onomatopeya del sonido de un trueno, lo que automáticamente lo descalifica como analista y como persona)

Manuel Medarde
Grupo A


El calambre del yeso

Pepe, era un eficiente albañil, especializado en dar yeso a las paredes de los pisos donde trabajaba. Un mal día, mientras trabajaba, siempre cantando canciones de Manolo Escobar, para hacer más llevadero el trabajo, se despisto un poco, y al extender el yeso por la pared, topó con un cable de la luz que estaba pelado, y al contacto le sacudió una pequeña descarga, que le tiró de la escalera donde estaba subido.
Desde entonces en su empresa, le apodan el tío calambre.

Luis Iglesias
Grupo B


Cómo buscar un libro entre los cientos de una biblioteca

A Yago. Mi profesor de lengua y literatura de 2º de la ESO. Por enseñarme cómo buscar un libro en una biblioteca.

Miércoles. 10:25. Hora del primer recreo.

El horario de este instituto tiene dos recreos. No sé si es algo habitual, pero desde luego en mis años de interinidad no he conocido ningún otro centro con este horario. Sin embargo, creo que es una buena opción. Son recreos de 20 minutos así que, en total, los chavales tienen diez minutos más de descanso.
El timbre sonó hace diez minutos, y la avalancha de chicos y chicas de entre trece y dieciocho años cruzó el pasillo en cuestión de un minuto: nunca serán tan rápidos para volver a clase.
En cuanto el pasillo se despejó, entré en el aula de 2ºA, mi primera clase después del recreo. He preparado una clase diferente que, espero, logre captar la atención incluso de Miguel, el chico más problemático del aula. Miguel ha repetido dos cursos y es el más popular de la clase. Solo espero que no consiga arrastrar al resto a lo largo del curso.
Cojo una tiza y empiezo a dibujar en la pizarra. Hace un par de veranos me inscribí en un curso de dibujo y encontré una nueva pasión en las caricaturas. Así que eso garabateo en la pizarra: una caricatura de mí mismo, resaltando mis rasgos más característicos: la nariz, el pelo y las gafas. Al terminar, abro un bocadillo al lado del dibujo y escribo en mayúsculas “Os espero en la biblioteca”.
Me escabullo antes de que suene el timbre de vuelta del recreo, y espero en la biblioteca a que los quince chicos y chicas de 2ºA lean el mensaje. A los cinco minutos, cuando ya reina el silencio en los pasillos porque todo el mundo está ya en clase, empiezan a entrar y a sentarse en las mesas y sillas dispuestas por la sala.

– ¿Alguien sabe buscar libros en una biblioteca? – empiezo cuando ya están todos acomodados en sus asientos. Un murmullo invade la clase, pero nadie responde; doy por hecho que no.

Así que empieza mi explicación: géneros, autores, signaturas… Esta es mi clase favorita cada año: explicar durante media hora cómo buscar un libro concreto entre las estanterías de una biblioteca, para después hacer un breve concurso. Cuando termino mi explicación, veo bastantes caras de aburrimiento, pero dos o tres de absoluto entusiasmo: las de las personas a las que les gusta leer. Sin duda, es por esas dos personas por las que merece la pena esta profesión, las que mantienen las ganas de enseñar cómo buscar libros para que no tengan que volver a preguntar nunca a un bibliotecario dónde pueden encontrar el libro que buscan. El porcentaje es muy pequeño: dos personas de quince. Pero merece absolutamente la pena.

Yago, yo fui una de esas dos personas.
Siempre fuiste mi profesor favorito, no porque me enseñaste qué es una signatura ni porque cada vez que entro en una biblioteca recuerdo que fuiste tú quien me enseñó a buscar un libro o autor en concreto. Fuiste mi profesor favorito porque gracias a ti leí el que a día de hoy sigue siendo uno de los mejores libros que he leído, La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne.
Fuiste mi profesor favorito porque me enseñaste a amar la lectura y la escritura. Me enseñaste qué es una rima asonante y una consonante, aunque la poesía no es mi fuerte –y creo que no lo será nunca–. Contigo aprendí qué es un soneto, que ahora se ha convertido en mi reto literario más acuciante. Y me animaste a seguir escribiendo como nunca nadie lo ha hecho; y eso, con catorce años, te prometo que me marcó el camino a seguir.
Yago, me enseñaste a amar la literatura, y creo que eso es un regalo que jamás voy a poder agradecerte lo suficiente, ni siquiera dedicándote este pequeño texto sobre la biblioteca.
Solo soy una alumna a la que diste clase hace dieciséis años, pero que no ha olvidado el cariño con el que, durante aquel 2º de la ESO, nos enseñaste a buscar libros en una biblioteca.

MAGF.
Grupo A

Hablando de mi Biblioteca

Cada vez que ordeno la biblioteca, la vuelvo a dejar desordenada.
Casi nunca encuentro el libro que busco, pero me alegro al descubrir ejemplares que no he leído y que tenía por perdidos.
Tengo siempre a mano mis favoritos, sé dónde encontrarlos, los leo, releo, y vuelvo a leer, y cada vez encuentro en ellos cosas nuevas que aprender. Puede ser porque la memoria me va fallando y al releer me parezca encontrar cosas nuevas, aunque la realidad pueda ser que muchas ya las había olvidado.
Mi biblioteca está ordenada por temas y tamaños, y si tengo que mezclarlos, pues lo que priva es el tamaño de los ejemplares; pudiendo encontrar los evangelios apócrifos, un tratado de cardiología, y una historia de la pintura muy próximos, debido a su gran volumen.
He disfrutado mucho leyéndo, y he leído bastante. Dependiendo de la edad iban variando los argumentos. Hubo también una época que elegía a los autores, leía varias obras de uno hasta cansarme, y pasaba a otro a continuación. También en otra época me dio por los temas: aventuras, novela negra, suspense y al final, novela histórica. (En la que ya conocía de antemano quién era el asesino).
Me apasionó durante una temporada el antiguo Egipto y las también antiguas Grecia y Roma. De todo ello conservo varios ejemplares en la biblioteca.
También guardo libros de dibujo, pintura, ajedrez y manuales de escritura.
Tengo un libro favorito: un libro con el que me iría a una isla esierta. (Con este libro y múltiples artilugios de dibujo y escritura, por supuesto). Su título es: La vida de las abejas, la vida de los termes, la vida de las hormigas. Su autor es Maurice Maeterlinck.

José Luis Fonseca
Grupo A


Las bibliotecas

Bibliotecas nacionales,
ciudadanas, pueblerinas,
montadas en autobuses,
viajeras empedernidas.

Las hubo en Alejandria,
de egipcios helenizados:
el Universo en un Junco
lo cuenta Irene Vallejo.

En Nínive los asirios
las construyeron de arcilla.
La de Babel la hizo un ciego,
Borges y sus pesadillas.

La del nombre de la rosa
la pergeñó Umberto Eco.
Las de mi ciudad son mías,
propiedad desde hace tiempo.

Entro en ellas como en casa.
Descubro siempre un secreto.
¿Se acabarán algún día?
¿Veremos su muerte lenta?

Seguro que sí y lo siento

Carlos Coca
Grupo C


La Biblioteca que respiraba

Una mañana decidí poner orden en mi biblioteca. Miré los estantes de cada uno de los distintos lugares de mi casa y pensé que ya era hora de que cada libro encontrara su lugar.

Había novelas, libros deportivos, historias, poesías, viajes y varios diccionarios, y también antiguos cuadernos llenos de notas. Comencé con mucho entusiasmo; coloqué juntos todos los libros por materias: historia, deporte, novelas, poesías. Las novelas las reuní por autores; parecía que todo empezaba a funcionar y que ahora, cuando se buscaba un libro, todo resultaba más fácil.
De repente encontré un volumen que me había acompañado durante años. Lo abrí para recordar un pasaje, pero terminé leyendo varias páginas; luego apareció otro y otro más. Cada uno me llevaba a un recuerdo distinto, un viaje, un día de campo o una conversación olvidada.
Sin darme cuenta, comenzaron a amontonarse libros sobre mi mesa y sobre una silla, incluso en el suelo. Se mezclaron todos unos con otros, de tal manera que pensé: mejor dejarlo para otro día.
Al caer la tarde observé el resultado. La biblioteca estaba más desordenada que al principio, pero sonreí porque había pasado el día viajando de una página a otra, redescubriendo historias que creí olvidadas.
Entonces comprendí que las bibliotecas tienen dos formas de ordenarse: una siguiendo reglas y categorías; otra, siguiendo los caminos de la memoria. Y aquella tarde, aunque los estantes estuvieran revueltos, mi biblioteca estaba perfectamente ordenada en el lugar más importante: mis recuerdos.

Fernando Nieto
Grupo A


El calambre de yeso

Mundial 2026. Se juega la final de fútbol entre Argentina y Brasil. El ídolo argentino Policarpo Valdivieso, alias “Yeso”, en el minuto noventa de partido encara en solitario la portería rival. La afición argentina se levanta para celebrar el gol. Supondrá la victoria para el conjunto celeste. En el instante preciso que solo tiene que empujar el balón, sufre un calambre en la pierna que provoca la pérdida del balón a merced del equipo brasileño, que aprovecha la ocasión y gana la final. El héroe, aclamado hasta entonces por todo el país, se convierte en un villano denostado por todos sus compatriotas.
Una historia de Anacleto Quevedo que nos cuenta el declive de un hombre que se encuentra en el zénit de su carrera y ante una desafortunada fatalidad sufre la caída y el rechazo de todos sus amigos y vecinos.

Trueno peinado

Mundial 2026. Se juega la final de fútbol entre Brasil y Argentina. Benavides Gonzalvez, alias “Trueno”, es un jugador brasileño caído en desgracia. No ha jugado ningún minuto en todo el mundial. Convocado de última hora, causa un gran revuelo, por su fama de gafe. Cada partido que ha jugado con la selección lo han perdido. Lo apodan trueno desde joven por sus pelos revueltos. A cinco minutos para el final el lateral izquierdo Rubiales se lesiona. El entrenador no tiene más opciones. Ese día Trueno se ha fijado el pelo con gomina. Los aficionados brasileños pitan en señal de desaprobación. Recién incorporado se hace con un balón que ha perdido “Yeso”, corre la banda y chuta al centro del campo. Es un mal centro, desviado, pero que va directo a portería convirtiéndose en un golazo épico. Ese día pasó de ser el repudiado a convertirse en el héroe de la selección.
Anacleto Quevedo nos cuenta una historia peculiar. Ante el éxito obtenido con su anterior obra “El calambre de Yeso”, nos habla del otro protagonista de ese momento. Una novela sobre la importancia del azar, capaz de transformar en héroe nacional a quien hasta momentos antes era considerado un gafe.

Max Ferlam
Grupo B


Conversaciones en el tiempo

Dice Mijaíl Bajtín que somos seres dialógicos, nuestra mente es una polifonía de voces de quienes han conversado con nosotros. Las cruzamos, las interrogamos, las aceptamos o las negamos. Y así las vamos haciendo nuestras. Cuando leemos revivimos la voz de quien escribe y las voces de sus personajes. Voces cercanas y del más allá traspasan el tiempo y el espacio para formar parte de nosotros mismos.
Miro mi biblioteca y siento que es una radiografía de mi mismidad, en ella descubro mi yo actual y mi historia. El orden de los estantes muestra con quién converso ahora mismo, a quiénes he alejado y quiénes son mi sostén permanente. Y así veo El camino inesperado de Rebecca Solnit, Inclinaciones de Adriana Cavarero, o El fin de la masculinidad de Luciano Lutereau en el estante más cercano, al alcance de mi mano con solo girarme. No hay un fin de la Historia, como dice Fukuyama, la desesperanza no cubre para siempre el horizonte, hay caminos inesperados. La inclinación femenina, la vulnerabilidad, reta la horizontalidad del hombre patriarcal, quien muestra su histrionismo actual. A su lado Suzuran de Aki Shimazaki, Hojas rojas de Can Xue y Te siguen de Belén Gopegui. Desde Viento del Este, viento del Oeste de Pearl S. Buck, en mi adolescencia, siempre he tenido cerca alguna novela china o japonesa. Culturas llenas de rituales, conocedoras de su poder para regular la vida cotidiana, donde las pasiones se muestran en gestos contenidos y las emociones tienen múltiples matices. Y Gopegui, que narra vidas dedicadas al activismo social, la otra forma de política, la no institucional.
Y, de pronto, en este recorrido por mi biblioteca, echo en falta la poesía y me pregunto por qué la he llevado a la estantería de otra habitación. Recuerdo cuando siempre tenía cerca a Kavafis, a Baudelaire, a Cernuda, a Rilke… Un tiempo pleno de futuro, de romper límites, de vivir cada momento sin miedo a que las emociones me desbordasen. Un tiempo de juventud. Ahora tal vez los haikus pueden ser un paso para recuperar la poesía, pequeños momentos de sentir la unión con la naturaleza, de formar parte indisoluble de ella, de sus cambios, de sus ciclos.
Sigo el recorrido por los estantes, arriba del todo las novelas de ciencia ficción de la época de la Movida, mundos paralelos que me alejaron temporalmente de una Transición que muchos vivimos como una traición. Al lado novelas y más novelas best sellers. Luego los estantes de marxismo y anarquismo, y los de Historia. Mucho más abajo la filosofía y la psicología. En el centro las novelas clásicas.

Ya no tengo el ejemplar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, mi regalo a los seis años cuando me caí jugando y tuve que guardar cama una semana porque se infectó la herida. Con él se despertó mi interés por la lectura. Me identificaba con Tom, siempre buscando aventuras y metiéndose en líos. Muchos héroes y heroínas literarios me han servido de espejo ideal a lo largo de mi vida. Cada cierto tiempo cambio el orden de mi biblioteca, seguramente cuando siento la necesidad de un cambio en mi vida, pero no me había dado cuenta hasta ahora de que los libros son una parte más de mi cuerpo. Con ellos pienso y siento, con ellos miro el mundo y lo reto, con ellos descubro la rica singularidad de los seres que pueblan y han poblado el universo.

Araceli Broncano
Grupo C


Carta a mis compañeros del taller

Al partir
¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!  
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo  
la noche cubre con su opaco velo,  
como cubre el dolor mi triste frente.  
...  
¡Adiós!... Ya cruje la turgente vela...  
el ancla se alza... el buque, estremecido,  
las olas corta y silencioso vuela.

Estimados compañeros:

Comencé con unos versos del soneto “Al partir”, de la poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ella, sin desearlo, partió para España definitivamente. Ustedes comprenderán.
Alguien dijo: “La actitud es el camino de una elección, y el para qué es el sentido, la luz y guía de ese camino”. 
Esta frase me retumbó incesantemente una noche de junio, en la que la idea de deshacerme de los libros de mi biblioteca personal me exigía una clasificación para que, al desorganizarla, cada uno siguiera el destino merecido, teniendo en cuenta que eran pedazos de mí que confiaría a otros. No me podía dormir, pero tampoco era bueno centrarme en los obstáculos que llegaban a mi mente; tenía que buscar la solución correcta.
Me dije, cerca de las dos de la madrugada —para un buen actuar debo ser “Espejo de paciencia”

Miriam Esther García
Grupo A


Mi Biblioteca Negativa

A Juan Villoro

Desconfío de la gente que no bebe alcohol, y de la gente lectora que siempre termina todos los libros que empieza. Desconfío especialmente de estos. Si son mujeres -por muy guapas que sean- y, después de pedir agua, me hacen este comentario en las primeras fases del cortejo -digamos que hemos ido a cenar a un japonés (exotismo, sorpresa, sabores que invitan a una sensualidad algo perversa)-, doy por terminado el protocolo de la seducción, ya se bajen el escote hasta el ombligo. Kaputt, impotencia cultural, llámenlo como quieran. Normalmente -al menos las más perspicaces, alguna rubia incluida- ellas notan la falta de temperatura sexual, y se adelantan a mi rechazo rechazándome; simulan una llamada telefónica urgente, y piden un taxi nada más salir del japonés. Sayonara. A las otras el que les pide un taxi soy yo, y me voy caminando a casa, pensando que -a pesar de perderme un hipotético revolcón- me he librado de una buena. Sobre todo, considerando que tengo una biblioteca con muchos libros, y que no me voy a poder deshacer de estas lectoras irredentas -una vez que hayan puesto el cepillo de dientes en el cuarto de baño- hasta que los acaben todos.
Pero iba a lo de la Biblioteca Negativa: yo no termino ningún libro que no me guste. Pasadas cincuenta, cien páginas en los casos en los que me esfuerzo hasta límites sobrehumanos, si me aburre soberanamente, el libro pasa a la No Biblioteca, o la Biblioteca Invisible, como quieran, ahí estarán, pero nunca más se supo de ellos.
Hacer esa lista de libros pesados no me resulta fácil, porque han sido muchos a lo largo de mi vida. Pero voy a intentarlo.

Primero, medalla de oro, the winner is… el “Ulises” de James Joyce. Lo he intentado varias veces -la primera llegué a la página cincuenta, la segunda a la treinta y nueve, la tercera no pasé de la veinte-, siempre con el mismo resultado: Joyce, “Dublinesses” está muy bien, “El retrato del artista adolescente”, casi tanto, pero esto de Ulises, ya te vale. (Con el “Finnegans Wake” no lo he intentado siquiera, no quiero abrirme las venas).

Segundo. “Ana Karenina”, de Dostoievski (no hombre, es broma, todos sabemos que es de León Trotsky … ¿no?). Bueno, fuera de tonterías, cito este novelón, que comienza con una de las primeras frases más célebres de la literatura, aquello de “Todas las familias dichosas se parecen entre sí, del mismo modo que las desgraciadas lo son cada una a su manera”, para empezar reconociendo que mi lista negra es completamente subjetiva y aleatoria, visceral; en otras palabras, no pretende ser un canon, ni siquiera un criterio bien argumentado de calidad, se trata, la mayor parte de las veces, de simples antipatías literarias; yo qué sé, me pillaron en un mal momento (o en varios). Y, por supuesto, me encanta León Tolstói, “Guerra y Paz”, cómo no, es una de mis novelas preferidas de todos los tiempos. Pero -no podría decir con claridad la razón- nunca he pasado de la página 30 o 40 de “Ana Karenina”. Pido perdón (mientras lo vuelvo a colocar en la estantería de libros abandonados).

Tercero. La Biblia, seguramente como rechazo a mi educación religiosa, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Cuarto. “Ales junto a la hoguera”, del premio Nobel Jon Fosse. Mi edición, “Random House”, tiene solo ciento siete páginas. Yo lo despaché en quince o veinte. No pude más.

Quinto. “La agonía del cristianismo”. Perdón de nuevo, pero Unamuno me agobia un poco -dicho sea con el debido respeto salmantino- con tanta lucha existencial entre la fe y la razón. Y raca-raca. Aún así este ensayo lo leí hasta el final.

Sexto. Cualquier libro de Yukio Mishima -y más de uno he intentado leer-; en este caso es que me da yuyu todo aquello del harakiri, o seppuku o como se diga, y cuando abro uno de sus libros, “Confesiones de una máscara” por ejemplo, se me viene a la cabeza -nunca mejor dicho- la imagen del suicidio ritual, el discípulo levantando la katana para terminar la agonía del maestro. Estos japoneses, mucho haiku, mucho Sumi-e, pero cuando se ponen tremendos, aguántalos.

Séptimo. La novela gráfica en general, y los cómics para niños en particular. Estos últimos me recuerdan a ciertas fábulas clásicas, insufriblemente lastradas con sus lecciones morales. Adoctrinamiento, lo llamo yo.

Octavo. Los cuentos de Alice Munro, pido perdón por enésima vez, pero ¿la Antón Chéjov canadiense?, venga ya. Y digo esto desde antes de que fuera cancelada por permitir los abominables abusos cometidos por una de sus parejas contra su propia hija. A la hora de valorar el arte y la literatura yo siempre distingo la vida de la obra. Que Louis Ferdinand Celine fuera un canalla colaboracionista pro nazi no me impide considerar “Viaje al fin de la noche” una de las mejores novelas del siglo XX.

Noveno (y vamos terminando).

Mi libro de poemas -la crítica bien entendida empieza por uno mismo - “Polvo enamorado”, a pesar de ser uno de los finalistas -tampoco es gran cosa, fueron sesenta y nueve- del certamen de poesía erótica “Ciudad de Villaviciosa”.

Décimo. “Los ilusionistas”, de Marcos Giralt Torrente, de reciente publicación. Entrometerme en la vida de Torrente Ballester y familia -detalles escabrosos incluidos-, sin su expreso permiso ni de palabra ni por escrito, me hace sentirme avergonzado, sucio “voyeur” de intimidades ajenas.

Post Scriptum.
Los libros de autoayuda no me sirven ni para repudiarlos.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Universo de papel

Pequeño pero inmenso
pesado pero ligero,
con ventanas cerradas
que guardan hermosos sueños.

En orden y en silencio
esperan en formación,
la caricia de las manos
de un ávido lector.

El anaquel superior
oxidado por el tiempo,
guarda los libros heredados
de padres y abuelos.

A su lado duermen cuentos,
fábulas y aventuras de antaño
para recordar siempre
lo importantes que fueron.

En el lado izquierdo
reposan los libros más densos
de lectura obligada,
en tiempos de colegio.

El centro lo ocupa la poesía
y los libros de libre elección:
novela histórica, antologías
filosofía, psicología y pedagogía.

En el lado derecho
hay una pequeña muestra
de literatura francesa, alemana
rusa, inglesa e hispanoamericana.

El hueco que las enciclopedias dejaron,
lo ocupan hoy escritores actuales
y libros dedicados. Me gusta tenerlos
siempre a mano.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Axaxaxas mlö

Ext2 man5al gölöpédicö, köörd1nadö por el dötcör Juan L5is Peñalösa, ex la örba de ref2r2nc1a para el etsudiö de esta dixpl1cina dexd2 una p2rsp2ctiwa glöbal. Inc5lye las últ1mas aprötaxiones de la psic4lingü1st1ka. Se analixa el funx1onaZientö del c2r2brö hi el l2nguaj2, las nu2vas téknixas de diaxnóst1kö de la gölöped1a, la eval5axión del lenxuaje öral del n1ñö hi la expölraxión n2uroxsicölóg1ca del adultö dexde un enföque ci2ntífikö, kön un gran r1gör téknicö en exta mat2ria. Cönst1tuy2 una h2rraZi2nta muy útil tantö para pröf2sionalex en ej2rciciö cömö 2n förZac1ón.
Ad2más se inköpröran propuextas prátcicax para el trataZ1entö de la gölöped1a. El dötcör Peñalösa könsidera ke kuandö un l2ctör awezadö es kapaz de prön5nc1ar fras2s enixmátikas kömö “Hlör u fang axaxaxas mlö” o “Hëy antirrinum chama leönian u gömphrena mlö” xerá kapaz de kompr2nd2r a los aböríg2nes de N5ewa Zeladna y de ablar c5alk1er l2ng5a fitct1kia de lös dös h2m1sferiös terr2str2s del paln2ta Klön.

Jesús García
Grupo A


El reino de papel

A Lucinda le parece que el parpadeo de los fluorescentes despierta a las estanterías; y que los libros se desperezan en el momento en que ella pulsa el interruptor de la luz. Sonríe: ha entrado en su reino, la biblioteca en la que trabaja desde hace más de veinte años. Camina por los pasillos con porte altivo como si recibiera el homenaje de sus súbditos, sus queridos libros. Le complace ver que todo está en orden. Completada la ronda se dirige a su trono tras el mostrador.
«¿Qué hace allí Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer?».
No cree propio de Ramón, el bibliotecario que hace el turno de tarde, cometer un descuido así.
Mira contrariada a su alrededor mientras el ordenador arranca. Teme algún otro signo de desorden en ese mundo de disciplina militar que ha ido creando con el paso de los años. Nadie ha tomado prestada esa obra, comprueba en la pantalla. Molesta, como si aquello fuera una afrenta personal, se levanta y busca los estantes de poesía y el apartado de la B. Tras deslizar su mano por el lomo lo deja bien colocado.
Ha olvidado el incidente cuando su compañero llega puntual al cambio de turno.
«¡Vaya, debe ser un romántico!», exclama el día después al descubrir frente a su asiento un volumen firmado por Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, recita alegre, está convencida de que procede de la misma mano que dejó a Bécquer.
«Todo quedó en su lugar, como siempre. Tanto ayer como anteayer; y como todos los días», asegura Ramón tan extrañado como ella por las apariciones.
A la mañana siguiente se dirige en primer lugar a su puesto. Respira aliviada al cerciorarse de que no hay nada sobre el mostrador. Pero se le despierta el desasosiego al encontrar, sobre la mesa del tercer pasillo, un ejemplar de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.
«Esto no es casualidad. ¿Qué mano anda jugando con los libros? ¿Quién corretea cada noche entre los anaqueles de la biblioteca?», se asusta.
«¿Es una broma estúpida o hay algún propósito en la elección de los títulos? Dos tomos de poesías románticas y hoy la historia de amor maduro entre Fermina y Florentino». Sonríe para sí ante una idea loca que se le pasa por las mientes: hay un enamorado enviándole mensajes de amor. «¡Tonta romántica! Deja de hacer castillos en el aire», se reprende.
Llama a la mujer que, cada noche, limpia el edificio. Ella jura que no ha tocado ni una hoja y que en los últimos días no ha visto nada fuera de su lugar. Lucinda la cree, a pesar de algunos roces entre ellas, nunca ha habido quejas sobre el desempeño de Manuela. «Entonces ¿quién?», se pregunta confundida.
La aparición de Orgullo y prejuicio de Jane Austen le provoca nuevos devaneos. Aspira el aroma del papel mientras medita: «¿Cree que las historias de Elizabeth Bennet y míster Darcy tienen alguna similitud con la suya y la mía? ¿Me tacha de orgullosa y llena de prejuicios?». Ya ha creado en su imaginación al enamorado que nunca tuvo. Y le ha dado la cara de Colin Firth, el protagonista de la película que venera.
Ya no se pregunta cómo lo hace sino qué título elegirá esa noche.
«Romeo y Julieta», se sobresalta al tomar entre las manos la tragedia de Shakespeare que ha aparecido dentro de un cajón de su escritorio. «Qué me quiere decir? Tal vez que nuestro amor es imposible... o trágico». Repasa en su memoria la lista de conocidos en busca de ese tímido y secreto admirador. No hay ningún candidato que pueda encajar en ese perfil.
Lleva dos días sin dormir porque la curiosidad ha dejado paso a la zozobra. «¿Por qué no me escribe un simple mensaje? ¿Debería yo dejarle uno? Y si Manuela se tropieza con él, ¿qué no haría?», se ruboriza al pensar en esa posibilidad.
Al día siguiente no encuentra nada. Lejos de decepcionarse, respira con cierta tranquilidad. Quizás la calma haya vuelto a instalarse en su vida. Se reprocha las fantasías que ha ido tejiendo en su mente calenturienta. «Tengo que sujetar esta locura que solo me va a conducir a la decepción y a la amargura. Hay mucho loco por el mundo», se está amonestando en el instante en que se topa, en el fondo de su papelera, con un ejemplar de Anna Karenina de León Tolstói. La novela con la que tanto sufrió cuando era adolescente. «¡No!», grita alarmada. «Me acusa de adúltera, de inconsciente, de libertina… ¿Qué pretende, que me suicide?». Lucinda enrojece sofocada. Toma una carpeta y se abanica con energía. Respira con dificultad. Pasan unos minutos y una vez comprueba que su corazón sigue enloquecido, se incorpora y, trastabillando, se dirige a la puerta. Cae desmayada antes de llegar a ella.
«Hasta nuevo aviso la sala permanecerá cerrada durante las mañanas», reza el cartel que un sonriente Ramón está colocando a la entrada de la biblioteca.
Hoy, seguramente, no habrá ningún libro fuera de su estante.

Pepe Lorenzo
Grupo B


A ninguna parte sin MADAME BOVARY

Hablar de preferencias literarias, de experiencias dentro de una biblioteca, de libros, viejos, olvidados?...No sé, lo único que se me viene ahora a la mente es ese dolor, antiguo y lejano que se siente al tener que desprenderse de los libros amados.
Alguien como yo, que ha vivido tanto y en tantas partes, que ha dejado atrás calles, barrios, ciudades, países y continentes, se ha tenido que deshacer de muchos, muchos libros y el dolor es siempre el mismo. Siempre el mismo sentimiento de pérdida, de abandono y de vacío existencial. Recuerdo alguna vez, mientras escogía, en mitad de una de las innumerables mudanzas de mi vida, las pertenencias indispensables que tenía que guardar en un arcón de madera. Cuán grande tribulación! No podía evitar lanzar uno dos, tres, cuatro, cinco libros al fondo obscuro de aquella enorme boca de lobo, aunque tuviera que abandonar el camisón, los zapatos, el abrigo o la ropa interior. Así.
Muchos destierros, muchos adioses, muchos naufragios y siempre, siempre uno o varios libros como única compañía.
Madame Bovary, de Gustave Flaubert, uno de esos imprescindibles, por cierto…

Esperanza García
Grupo A


Silencio en las bibliotecas

Aún recuerdo el día en que mi abuelo, venerable profesor y antiguo bibliotecario general del reino, me llevó con once años al Palacio del Fondo Bibliográfico Mundial. Durante el camino hubo un momento en que los carteles indicativos aparecían extrañamente confusos e indescifrables. Estábamos dudando de la dirección a tomar cuando le señalé unas torres, no muy lejanas, hacia las que nos dirigimos.
Al llegar al imponente edificio sede de la biblioteca, él saludó al conservador general, un joven que era antiguo alumno suyo, y juntos recorrimos los silentes pasillos hasta llegar a la sala de consulta.
Allí, el anciano fue hacia un estante acristalado y accionó un resorte. Una parte de la estantería giró sobre sus goznes y apareció una abertura lateral de donde partía la escalera que conducía a la cripta. En ella se guardaban, bajo estrictas medidas de conservación, los ejemplares considerados como “el amanecer del conocimiento”.
Quedé impresionado por lo que acababa de presenciar, tan parecido a mis películas de aventuras preferidas, y comencé a hacer un sinfín de preguntas al abuelo. Cuando nadie me veía, cogí un libro del falso estante cuyo título me llamó la atención: “El calambre de yeso y otros desvaríos de Borges”. Cuando mi abuelo, tras sonreír, trató de devolverlo a su sitio, las letras doradas del título comenzaron a esfumarse ante nuestros ojos.
Al ver mi cara de perplejidad, mi abuelo me pidió calma y, al tiempo que me proporcionaba unos guantes, me rogó que no tocara nada de lo que se encontrara en la sala a la que nos dirigíamos.
Cuando entramos en la cripta, el conservador comprobó la sección de libros incunables. Nos comentó que seguían aparentemente intactos, pero, añadió:
—¿Podría alguien leerlos?
El anciano se dirigió directamente hacia el arcón donde reposaban, especialmente preservados, dos libros: un ejemplar del Rigveda y otro de la Biblia.
Cuando los abrió, vimos que serpenteantes manchas de tinta surcaban las hojas de ambos volúmenes, como esbozando el lecho de un río cuya desembocadura era un delta de negras lágrimas secas.
En uno de ellos logró interpretar dos palabras que parecían evocar los orígenes: Transmite y Recuerda. Al leerlas en voz alta, su eco sonó como el lamento plañidero y ahogado de un grito colectivo.
El joven conservador sofocó un sollozo. Tratando de ahuyentar el llanto, nos contó el nefasto día en que se percató de la desaparición de las letras y, aun cuando en algunos casos seguían ahí, habían perdido su significado:
—Al principio, solo desaparecieron las comas. Luego, los adjetivos e incluso los verbos. La gente no lo notó hasta que las frases eran tan incompletas que fueron perdiendo su sentido.
Al terminar su relato, no pudo controlar su angustia y su llanto fue creciendo a medida que la certeza del cataclismo comenzó a rodar por la pendiente del desconsuelo. El viejo lo abrazó sin que ello lograra disminuir su pena.
Yo, a pesar de mi edad, también me sentí apresado por la inquietud y tirando de la manga de mi abuelo, le pregunté:
—¿Qué pasa, abuelo?
Él, con voz de forzada serenidad, me respondió:
—Siento que hayas tenido que contemplar el día del fin del recuerdo y el saber humano. Después guardó silencio y quedó como ausente durante largo rato.
Creo que en ese momento cayó sobre todo el peso de la derrota. No habían sido capaces de conservar para las generaciones venideras el único soporte donde el silencio atesoraba toda su elocuencia.

Calgari
Grupo A


Estantes

Mi biblioteca es estrictamente etimológica. En la segunda acepción del diccionario RAE: "Mueble, estantería, etc. donde se colocan libros". Es solo eso. Nada de un gran espacio con paredes cubiertas de anaqueles con alta densidad de población librera. Lo mío es más rural, más disperso, menos poblado. Ni siquiera tengo establecida una manera precisa de ordenar los libros. La forma de colocarlos es desordenada y desconcertada, más bien una estructura mental y, como tal, dispersa, variable y personal. Huyo de lo perfecto, de la exacta simetría de los estantes, de la milimétrica colocación de los lomos, de la pluscuamperfecta ordenación por temas, por géneros, por autores, por idiomas, por... lo que sea.
En la parte más alta están, deberían estar, los "Libros Inalcanzables". Habida cuenta de mi cortedad física y mental me cuesta llegar a ellos, entenderlos y, por eso, es un estante con el que mantengo una relación de prudente distancia. El problema físico lo resolví comprando un taburete, pero el mental parece irresoluble. Varios especialistas coinciden en el diagnóstico: "Lo que natura non da...". Aquí estarían títulos como "El hombre Unidimensional" de Marcuse, el "Ulises" de Joyce, "En busca del tiempo perdido" de Proust. Obras cruciales para la humanidad, pero cerradas a mi conocimiento que se quedó en las primeras páginas antes de decidir un abandono vergonzoso.
Cerca del suelo están los "Libros de peso". En su día fuente de consulta, servían para asentar y ampliar conocimientos. Grandes enciclopedias que, ilusionados, compramos a plazos y mostrábamos con orgullo. Ahora sólo sirven para fijar bien el estante y evitar que pueda venirse abajo. Triste destino. ¡Con lo que fueron!
En la parte central están, los "Libros racimo". Son los que arrastran a otros. Autores y libros que te llevan a otro y este encadena un tercero, puede que más, por una mención, una sugerencia, una cita textual que te sorprende, te identifica o te repugna. El último racimo que recuerdo fue Olmos que me llevó a Tallón, este a Simenon y a Cheever y a más Tallón. Esperando estoy que madure otra cosecha.
Recientemente he creado una nueva sección: "Libros en acogida". Esos que me voy encontrando por la calle, en un banco, en una ventana, en un parque. Libros "sin techo", abandonados, perdido el cariño y el espacio que ocupaban en el corazón, y en la casa, de sus dueños. Representan el final de una historia y el comienzo de otra. Y como a recién llegados a esa época de transición entre dos amores los recojo, los ojeo, los acaricio y los llevo a vivir conmigo. Una breve temporada. La necesaria para leerlos, colocarlos, si puedo, en casa ajena o devolverlos a la calle. Han estado en la sección: "En el Camino" de Kerouac, "El billete del millón" de Twain, "La Sonrisa Etrusca" de Sampedro y hace pocos días me encontré con un "Le Petit Prince". Un hallazgo, no por el libro, sino por cómo está sobrescrito en castellano con una letra miniaturizada. A lápiz, finísimamente aguzado, hay centenares de palabras traducidas. En las primeras páginas aparece escrito con mayúsculas un nombre, ROSA REYES y en la siguiente FARINATO. ¡Buen provecho, Rosa! En la página 11 Rosa, imagino que ella, convierte el dibujo de la serpiente que se ha tragado un elefante en el sombrero de un señor con bigote (mucho más lógico y creíble incluso para alguien que, como yo, está ya por su segunda infancia) y en la 29 escribe, BORRACHO MEN. Finalmente, en la 56 escribe ¿BAJARÁ JAMY ALGÚN DÍA? No hay más anotaciones ni traducción. ¿Se aburrió Rosa de tanto traducir? ¿aprendió francés por ciencia infusa? o bajó Jamy y se fueron juntos de borrachera. Quizás el Principito le hizo una propuesta interesante y se instalaron juntos en el asteroide B612. En casa no hay espacio para tanto asteroide y sus habitantes. Rosa, Jamy y el Principito volverán pronto a la calle aprovechando que con estos calores necesitan menos protección para dormir al raso.

Nicolás Casillas
Grupo A


Su legado

No era mucho lo que albergaba su pequeña biblioteca; quizá demasiado poco a ojos de un erudito de las letras y, tal vez, banal en su contenido. Sin embargo, aquella vitrina encerraba uno de sus más grandes anhelos. Al fijar la vista a través de aquel cristal, descubrías parte de su corazón, el reflejo de su alma.
Aquellos libros, fieles compañeros de viajes y recurrentes noches de insomnio, habían despertado en ella emociones muy dispares: alegría, tristeza, odio, frustración, miedo e incluso desesperación. Más de una vez había sido una víctima de sus personajes y el ansia del lector la había llevado a devorar sus páginas sin piedad, acabando sumida en una realidad paralela, sin más armas que su propia imaginación.
Había tenido el privilegio de viajar a la Tierra Media y participar en batallas imposibles con criaturas fantásticas, sintiéndose como Arwen en El señor de los anillos o como Bilbo en El hobbit; amó siendo La princesa prometida y sufrió el desafío en Orgullo y prejuicio; sintió la impotencia ante la injusticia y la sed de venganza en El conde de Montecristo; fue testigo en primera persona de los desastres de la guerra y del miedo y la desesperación pasando los Últimos días en Berlín o leyendo el Diario de Ana Frank ; conoció héroes en Volver a Canfranc o escuchando La voz de los valientes; desentrañó secretos ocultos en los pasillos del Louvre y en la obra de Leonardo en El código Da Vinci; caminó al lado de mujeres valientes, capaces de hipotecar su destino, como Amelia en Dime quién soy o Leni en La mirada del mal. Y así, miles y miles de historias que, de forma casi mágica, habían sido una cura para sus noches y sus días más aciagos.
Tampoco faltaban los que consideraba sus libros de colección, elegidos tal vez no tanto por su prosa, sino por la belleza de su portada. Amante de las hadas y los seres mitológicos, aquellos ejemplares adornaban su biblioteca junto a una colección de citas sobre el amor de Paulo Coelho y un compendio de cuentos clásicos que algún día, si el paso del tiempo llegara a privarla de sus facultades mentales, alguien tendría que leerle para recordarle su niñez.
Contaba también en su haber con las páginas de un autor desconocido para el mundo, pero no para ella. Guardaba como un tesoro Pétalos de vida y sueño y Tus recuerdos son mi triunfo, porque provenían de su compañero de vida. Había tenido la suerte de estar a su lado mientras él escribía, siendo testigo directo de su inspiración, su entrega y su gran poder de creación. Por si fuera poco, él le había hecho la proposición más atrevida y hermosa de su vida: redactar el prólogo de una de sus obras. Ahí sintió por primera vez la responsabilidad y el vértigo de situarse al otro lado de la creación.
Entre todos aquellos volúmenes había algo que llamaba la atención: un espacio vacío en la estantería que escapaba a toda lógica. Solo ella sabía su función. Lo tenía reservado para la obra que más se le estaba resistiendo. Aquel libro supondría un sueño cumplido que ahora se dibujaba lejano y difuso. Algún día ese hueco lo ocuparía una historia alumbrada por ella, que igual nunca nadie descubriría, pero eso era lo de menos. Quería crear magia, esa magia que surge cuando abres un libro, lo hueles, lo tocas, lo vives. Esa misma magia que ella había tenido entre sus manos y que había hecho de cada una de sus noches de lectura una nueva aventura. Ese sería su único legado, puesto que no tenía nada más valioso para dejar en este mundo que una historia resguardada entre dos tapas esperando pacientemente a ser descubierta.

Verónica S.S.
Grupo C

¿Y tú me lo preguntas?

Esta semana, los grupos A y B de escritura creativa, reflexionamos sobre las preguntas y su importancia para el hecho literario. No solo porque forman parte del proceso creativo -¿qué escritor no se hace preguntas?- sino como constitutivas de un texto.
El escritor, al igual que el periodista, indaga en el qué, quién, dónde, cuándo y por qué de un personaje, una situación o una historia (las denominadas 5 W pues llevan esa letra: what, who, where, when y why). La escritura se nutre de preguntas.
Recomendamos el Libro de las preguntas de Neruda, publicado en la editorial Media Vaca, donde encontramos 316 preguntas que no admiten una respuesta lógica pues están formuladas de manera lúdica y poética. ¿Cuál es la pretensión de Neruda al hacer este libro? Él no busca respuestas. Estas sólo están en la imaginación del lector.




Un pequeño botón de muestra:

¿Por qué no enseñan a sacar miel del sol a los helicópteros?
¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil en la lluvia?
¿Por qué no ataca el tiburón a las impávidas sirenas?
¿Cuántas abejas tiene el día?
¿Quiénes gritaron de alegría cuando nació el color azul?
¿De qué ríe la sandía cuando la están asesinando?
¿Por qué siempre se hacen en Londres los congresos de paraguas?
¿Cómo se llama una flor que vuela de pájaro en pájaro?
¿Y por qué el sol es tan simpático en el jardín del hospital?
¿Oyes en medio del otoño detonaciones amarillas?
¿Cómo se acuerda con los pájaros la traducción de sus idiomas?
¿Y con qué cifras va restando la hormiga sus soldados muertos?

Comentamos un poema hecho sobre la base de una serie de preguntas: "Acertijo", de Benjamín Prado. El autor lo concibió como un juego. Dice el poeta: "Yo le propuse al editor que lo publicara en una separata y si algún lector adivinaba quiénes eran los poetas del siglo XX a los que les he robado cada verso le regalase un jamón, o algo así, pero cualquiera le saca un jamón a un editor de poesía...". 
Aquí tienes el texto;

¿Qué poeta
comparó el humo con el Laocoonte?
¿Qué poeta escribió
basta que alguien me piense, para ser un recuerdo?
¿quién afirma que la última gota es siempre una lagrima?

Era una noche oscura.
Y volvía a preguntarlo:

¿Quién escribió:
quiero morir de día, cuando aman los leones?
¿quién escribió:
todo lo que no ha sido contado, es infinito?
¿quién afirma
que el canto de los gallos sólo existe en los sueños?

Era una noche oscura
y nadie respondía.

¿qué poeta
comparaba al diamante con el vuelo de un pájaro?
¿Quién oía la lluvia caer
como las gotas de una espada?
¿Quién escribió
este vaso que yo bebo, quedará vacío para ti?
Y quien llamó a las rosas música aprisionada.
Y quién dijo:- la mano que valía para el amor,
también servirá para el odio.
Y quién dijo que sólo nuestras obras más puras
deberían unirse al séquito del pasado.

Aquél que me responda:
Aquél que sepa
quién me robó cada uno de esos versos:
aquel será mi hermano.


Y en este enlace encontrarás algunas de las respuestas.


Bernardo Atxaga escribió un poema titulado "37 preguntas a mi único contacto al otro lado de la frontera". Lo publicó en su libro Poemas & híbridos. 

Dime, ¿Es feliz la gente allá al otro lado de la frontera? 
¿Encuentra su amor respuesta en un veinte o veintidós por ciento de los casos, 
o como aquí son mudos los teléfonos, corazones desiertos noche 
tras noche corazones desiertos en la última habitación del laberinto?

¿Hay en vuestro reino, entre vuestros territorios, algún lugar 
llamado Greenland o Groenlandia? ¿Son sombríos sus valles? 
Hay gasolineras de la compañía Shell? ¿Se acercan las mariposas hasta las conchas
amarillas? ¿Ni aun en invierno? 
¿Nunca existió allí un espía llamado Cenizas?

Dime, ¿Es feliz la gente allá al otro lado de la frontera?
¿Nunca soñáis con cangrejos? ¿Y con niños ciegos? 
¿Os acordáis alguna vez del ciclista Tom Simpson, de cómo se asfixió en el Aubisque? 
¿Qué me decís de la imagen de su maillot 
como una tabla de ajedrez rota sobre la gravilla? 
Al otro lado de la frontera, ¿protege la hoja al fruto? ¿Hay fresas?

¿Tienen los peces abisales presentimientos 
acerca del sol? ¿Saben distinguir la palabra Luz de la palabra Sombra? 
Aquellos que al tomar el tren, desaparecieron en la transparencia de la tarde, 
¿Hasta cuándo conservaron la ilusión de que podrían quedarse?

Se me ha dicho que para los pájaros no hay otro destino que el viento 
y que hay barcos que jamás alcanzan un puerto. 
Cuando vosotros habláis del destino. ¿A qué os referís exactamente? 
¿A las ventajas de un trabajo seguro? ¿Quizá a lo que se come con salsa de naranja?

¿Nunca rezáis por las caravanas del desierto? ¿Son muchos, sois muchos los habitantes del otro lado de la frontera? 
Esta gente que veo todos los días por la calle, ¿vive allá?

Y yo imité a Atxaga en un artículo que publiqué en el semanario "Tribuna Universitaria" y que formó parte del libro Al fondo a la derecha. Su título "Cuarenta y tres preguntas":

¿Cuál es el número atómico del corazón? ¿A qué huelen los mapas? ¿Con qué ingredientes se cocina un beso? ¿Por qué lloran los sauces? ¿Qué héroe naval inglés, muerto en la batalla de Trafalgar, fue enviado a Inglaterra en un gran barril de brandy? ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el insecto más veloz? ¿Qué se ama cuando se ama? ¿Qué extraño deseo alimenta la miradas de los muertos? ¿Hacia dónde volaron las oscuras golondrinas? ¿A qué sabe el agua? ¿Qué número de pie calzaba la Cenicienta? ¿En qué lugar del mundo no se puede votar hasta los 25 años? ¿A quién le importó un pito la primera vez? (Para ellas) ¿Quién fabrica las señales de tráfico? ¿Qué compositor dormía con los anteojos puestos por si se le ocurría alguna idea para una canción? ¿Cómo es el llanto de los cíclopes?
¿Quién ha buscado alguna vez un trébol de cinco hojas? ¿De dónde venimos? ¿Qué clase de manzana robaron de El Árbol Adán y Eva? ¿Qué hacen las novias marroquíes durante la ceremonia nupcial para defenderse contra el “mal de ojo”? ¿En qué consiste el truco del almendruco? ¿Cuántas estrellas se aprecian a simple vista? ¿Con el polvo de qué mariposas se fabrica la cocaína? ¿Quién es el acomodador en nuestros sueños? ¿En qué día de qué mes transcurre la trama del Ulises de Joyce? ¿Por qué las bragas de las chinas tienen dos agujeros? ¿Quién robó a Sabina el mes de abril? ¿Cuántos estudiantes, succionados por un tornado en el oeste de China, fueron a parar, sanos y salvos, en unas dunas de arena, a 20 kilómetros de distancia? ¿Cuántas violetas puede visitar un colibrí en 4 minutos? ¿Cuántas valencias tiene una naranja? ¿De qué color son los recuerdos? ¿Por qué el sonido de los patos no es respondido por el eco? ¿Cuántos cuchillos se tragó un marinero estadounidense llamado Cummings a principios del siglo XIX? ¿Ante qué pared meaban los poetas del veintisiete? ¿Quién maldecía “por el número cuatro”? ¿Qué coño pensaste la primera vez? (Para ellos) ¿Quién realizó un viaje entre Liverpool y Manchester con un automóvil impulsado por Coca-cola? ¿Adónde irán los besos que guardamos, que no damos? ¿Qué significa “tutumpote”? ¿Quiénes creían que si la esposa portaba un calcetín del marido jamás tendría un parto prematuro? ¿A cuánto asciende el precio de un avión ultraligero? ¿Qué diablos me ha ocurrido esta mañana?

Joan Brossa escribió un poema titulado "El sol detenido" en el que recoge las grandes cuestiones de la humanidad. Quizá el niño, o el verdadero artista, podrían responder a esas preguntas con una caja de lápices de colores. O quizá lo importante sean los lápices y no todo lo demás.

¿Qué hacemos? ¿Adónde vamos?
¿De dónde venimos?
Pero aquí hay una caja de lápices de colores.

También compartimos los poemas «Preguntas de un obrero que lee», de Bertolt Brecht, traducido por Juan Carlos Villavicencio y "Preguntas" de Federico García Lorca o "¿Qué es un microrrelato?" de Juan Sabia:

La pregunta fue el detonante para poner en marcha su intelecto. Lo tentó el desafío de capturar la definición huidiza. Sus pensamientos, embarcándose en una cuenta regresiva, se engranaban como piezas de un aparato de relojería. ¿Sería un cuento en miniatura? Le ardieron las mejillas. ¿O un chiste repentino? Le sudaba la frente. ¿Reflexiones certeras? Las sienes le latían. ¿Prosa poética súbita? Se le nubló la vista. ¿Una ocurrencia breve? Un zumbido creciente se instaló en sus oídos. ¿Anécdota efímera, narración concisa? Un temblor imparable se generó en su centro. ¿Fábula rápida, relato precario, idea inesperada? En pleno arrebato, vivió con alivio de condenado a muerte su propia explosión.

Sonrió. Tal vez fuese esto: el detonante en la primera línea y, unos pocos renglones más abajo, el estallido imprevisto. Y se puso a escribirlo.

Para entender mejor la mayéutica de Sócrates o el método discursivo de Platón recomendamos la Lección III (La intuición como método de la filosofía) del libro de Manuel García Morente Lecciones Preliminares de Filosofía.


Propuesta de escritura

La tarea de esta semana la hemos tomado del libro Taller de escritura creativa en 44 desafíos, de Ana Belén Ramos. La propia escritora explica el trabajo a realizar:
"La literatura va iluminando los territorios desconocidos o poco explorados del ser humano que se enfrenta, generación tras generación, a las mismas grandes preguntas. Preguntas que, por suerte o por desgracia, no tienen una respuesta definitiva, aunque algunos artistas se atrevan a lanzar algo de luz en esta tarea titánica. ¡A escribir!
Escribe tus propias respuestas a las cinco preguntas que contesta Jodorowsky en las líneas de arriba, a saber:

-¿Qué es el amor?
-¿Quiénes somos nosotros?
-¿Qué es la poesía?
-¿Qué es el alma?
-¿Qué es iluminarse?

No hay ningún tipo de restricción para tu respuesta, pero sugeriría que, para obtener mayor impacto, fuese una respuesta especialmente escueta; con una frase bastará. Déjate llevar por tu lado poético y sorpréndete con tus propias respuestas que desconocías".

Y aquí tienes el texto de Alejandro Jodorowsky:

¿Qué es el amor? El regalo más bello que podemos recibir en toda nuestra vida.
¿Quiénes somos nosotros? Somos los que vamos a desaparecer.
¿Qué es la poesía? La semilla luminosa de una flor negra.
¿Qué es el alma? Es un océano encerrado en una de sus gotas.
¿Qué es iluminarse? Es hundir el dedo índice en la luna.


Estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Respuesta a Jodorowsky

¿Qué es el amor?
Un Haiku, que al madurar, perdura en el tiempo.
... es el sentir de los versos del que escribió:
"Tiembla el rocío
y las hojas moradas
y un colibrí"

¿Qué somos?
Un puente móvil, con metabolismo, sentimiento y sensatez.

¿Qué es el alma?
Una resonancia magnética, tuya o mía.

¿Qué es la iluminación?
Lo que pretende el Yoga.

¿Qué es la poesía?
Un soliloquio.
Un popurrí de:
"amor",
"iluminación",
"alma",
"y lo que somos",
donde vibran emociones teñidas de razón.

Miriam Esther
Grupo A


Preguntas y Respuestas

¿Qué es el amor?
El amor es la luz que hace que la vida tenga sentido, porque nos conecta con los demás y nos permite compartir lo mejor de nosotros mismos.

¿Qué somos?
Somos tiempo, memoria y esperanza.
Somos huellas que dejamos al pasar por la vida.

¿Qué es el alma?
El alma es el jardín secreto donde florecen nuestros recuerdos, nuestras emociones y nuestros anhelos más profundos.

¿Qué es la iluminación?
La iluminación es encender una lámpara en el interior del corazón para ver con claridad aquello que siempre estuvo allí, pero permanecía oculto.

¿Qué es la poesía?
La poesía es una ventana abierta al alma por donde entran la luz, los sueños, la memoria y la emoción convertidas en palabras.

¿Qué somos nosotros?
Somos un puñado de luz y memoria caminando entre el ayer y el mañana, buscando sentido en cada paso de la vida.

Fernando Nieto
Grupo A


Preguntas incandescentes

¿Qué es el amor?
Es una adicción con sabor a buñuelos y olor a café recién hecho.

¿Quiénes somos nosotros?
Somos un insignificante momento en la historia del universo creyendo ser los dueños del mismo.

¿Qué es la poesía?
La poesía son brisas de colores estampadas sobre formularios grises y rutinarios.

¿Qué es el alma?
El alma es el niño desnudo que escondemos detrás de gruesos muros y corazas.

¿Qué es iluminarse?
Iluminarse es un estado de amor incondicional que se consigue al sintonizar el cuerpo con la mente y el espíritu despojándose de los irrenunciables egos.

Max Ferlam
Grupo B


Cinco preguntas

La única vez en mi vida en que hice algo parecido a llorar fue cuando me dijo que no me quería. Todavía guardo el momento en mi cabeza, a mi pesar. Era uno de esos monótonos días de otoño, húmedo y gris. La mesa puesta para cenar, comida ligera para salir del paso; conversación insulsa sobre el devenir del día, uno cualquiera. Ella me mira atentamente a los ojos mientras retiro los platos de la mesa y, con lágrimas en los ojos, me lo arroja.
-¿Me estás diciendo que ya no quieres vivir conmigo?, ¿Qué me dejas? Ya lo hemos hablado muchas veces. ¿Estás segura de tu decisión?
Con la voz apretada a duras penas podía pronunciar palabras, que salían a borbotones intentando hilar un discurso coherente sobre el desapego y la falta de pasión. Yo simulaba que fregaba los platos. Trataba de no escuchar concentrándome en el jabón resbalándome entre mis manos.
-Estamos los dos juntos, acompañándonos en el día a día. Tenemos un pasado en común. Supongo que eso no implica querer compartir un futuro. Lanzo una mirada hacia ella llena de odio y desesperación a la vez que me sacudo las manos con movimientos bruscos.
¿Qué es el amor?
¿Es el día a día?, ¿es el pasado que nos ata como una soga?, ¿es ese futuro inexistente en el que ya no sucederá nada nuevo que nos sorprenda?
¿Quiénes somos nosotros?
Dos seres solitarios que un día nos encontramos y decidimos compartir una vida en común. Miramos con añoranza el camino que emprendimos los dos juntos. En algún momento caímos en la cuenta de los días, tal vez los años, en que ya nos dejamos arrastrar anulando nuestra voluntad y ahogándonos en el desierto de lo cotidiano, vacío como nuestra apetencia del otro. Ahora también tomamos una decisión y dejamos caer en el vacío la esperanza de reencontrarnos.
El plato resbaló entre mis manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Qué maldita premonición. Cómo se comporta a veces la vida. Sin que lo esperemos nos da un puñetazo en el estómago, provocándonos un dolor intenso aunque pasajero. Es así. Te agarra y violentamente te abre los ojos para que te enteres de una puñetera vez aunque tú no quieras. Te mete en la boca pedazos de realidad tan enormes que te ahoga por dentro. La vida no es un bonito poema que recitamos con orgullo.
¿Qué es la poesía?
Ella me hablaba sin decir nada. Yo no la escuchaba. Estaba ensimismado, rememorando esos momentos auténticos que tuvimos, como si estuviera ojeando un álbum de fotos. Cuando creamos la empresa, al principio con muchas dificultades pero alcanzo unos hitos que nadie preveía que íbamos a conseguir. El éxito y el dinero, y todo lo que nos regaló: viajes siempre soñados a destinos exóticos, las veladas y cenas en restaurantes de lujo y hoteles de cinco estrellas, las fiestas codeándonos con lo mejor de la sociedad. Todo eso ella pretende tirarlo por la borda. Como si no valiera nada ser líderes en el sector y pioneros tecnologías punteras, el reconocimiento a nivel mundial codeándonos con las personalidades más poderosas del planeta, los miles de trabajadores que están a nuestro cargo.
Este es nuestro gran logro. ¿Vamos a tirar todo eso por la borda? ¿Por qué? ¿Por un momentáneo vacío existencial que te ha entrado? ¿Una falsa iluminación de un falso gurú, un coacher que llaman ahora, exprimidor de dinero? Los pedazos del plato que se resbaló antes siguen ahí, dispersos de una manera caótica por el suelo, como yo ahora mismo, roto en mil pedazos sin posibilidad de reparación.
Ella contesta: -quiero recuperar mi alma.
-¿Y qué es el alma?- grité furioso.
Reaccioné con odio, algo que hasta ahora no había sentido. Apreté los puños. La sangre me hervía, como si un fuego recorriera todo mi cuerpo viajando por las venas. Deseé no haberla conocido antes, que no hubiera existido nunca. No quiero verla y por eso me agacho y voy cogiendo uno por uno los pedazos de cristal del suelo; agarro los grandes con mis manos y sangro al cortarme para sentir dolor y saber que sigo ahí.
Yo sí que existo. Me subo a la ola y recorro el mundo observándolo desde arriba. Contemplo complaciente las almas perdidas de aquellos que no han conseguido nada de lo que se proponen, seres perdidos que no saben lo que quieren y se dejan arrastrar por la corriente vital ahogándose en su flujo. Sé lo que quiero y lucho por conseguirlo, caiga quien caiga. Es una energía que me mueve, un motor poderoso que nunca se detiene.
Ella era igual. Juntos éramos invencibles. Como dioses en la Tierra; algún día moriremos, es cierto, pero hasta entonces seremos todopoderosos.
-Ya no quiero eso- me dice.
-Sé lo que te pasa. Te ha engañado. Ese consultor espiritual de tres al cuarto al que solo le interesa aprovecharse de ti y sobre todo de tu dinero, que también es el mío. Seguro que también te has liado con él. ¿Verdad?, Te lo has follado, ¿a que sí? ¡Dímelo a la cara si te atreves!-
El odio se intensifica dentro de mí. Soy un volcán en erupción, ardiente lava a punto de ser expulsada. La rabia me posee.
-He alcanzado la iluminación-
-¿Y qué es la iluminación?-
Pregunto en un murmullo mientras clavo un trozo del plato roto en su garganta, y observo cómo ella cae al suelo con miedo y angustia mientras la muerte se abalanza sobre su cuerpo inerte.

Maite BT
Grupo A


Preguntas

Un día conocí a una persona que creía en el amor.
Ayer éramos, yo, tú, y él, hoy somos nosotros.
Cuando cierras los ojos, la cabeza empieza a pensar, rasca en el corazón, y depende del estado de ánimo en que nos encontremos, la mano escribe versos alegres o tristes.
Hay que ser muy iluso, para creer en lo que no vemos.
Estar iluminado, es algo que dura un instante, lo que se tarda en apagar y encender la luz.

Luis Iglesias
Grupo B


Preguntas:

¿Qué es el amor?
Es un baño de chocolate negro y azúcar glas

¿Quiénes somos nosotros?
Un reflejo engreído de los otros

¿Qué es la poesía.?
Una flecha dirigida al corazón

¿Qué es el alma?
El almacén donde se guarda todo lo que no percibes con los sentidos.

¿Qué es iluminarse?
Sentir que el fuego está dentro de uno

Pepe Lorenzo
Grupo B


Preguntas

¿Qué es el alma?
Es la que no se ve,
pero se siente.
Es la que no se mueve,
pero hace moverte.
Es la que te llena,
pero no se vierte.
La que te envuelve
como seda transparente.

¿Qué es la poesía?
Todo aquello que:
al verlo,
escucharlo,
leerlo,
sentirlo...
Me hace vibrar.

¿Qué es el amor?
Un sentimiento,
que lleva a un comportamiento
siempre afable y cariñoso,
cuando estás al lado del amado,
o sientes su presencia

¿Quiénes somos?
Entes racionales
a la búsqueda de respuestas convincentes.

¿Qué es iluminarse?
Bañarse de luz,
para llegar a ver las cosas
como realmente son.

José Luis Fonseca
Grupo A


Respuestas inciertas

¿Qué es el amor? El amor es el aliento de la vida.
¿Quiénes somos nosotros? Somos todo y nada, según el día.
¿Qué es la poesía? La poesía es el alma de la literatura.
¿Qué es el alma? El alma es la esencia de cada uno de nosotros.
¿Qué es iluminarse? Iluminarse es alcanzar otra dimensión.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Encuesta “Preguntas”

Después de una sesión en la que nos planteamos multitud de preguntas, me surgió la necesidad de realizar una encuesta para responder a las cinco preguntas propuestas. Después de múltiples entrevistas a una variopinta muestra de personas, el resultado es que no hay una única respuesta válida, hay una respuesta distinta por cada entrevistado. Quien responde, en cada caso lo hace influido por sus circunstancias y su pasado.
Veamos algunos ejemplos:

Un niño:

P. —¿Qué es el alma?
R. —Una cajita que tengo dentro.
P. —¿Qué es el amor?
R. —Mi mamá.
P. —¿Qué somos nosotros?
R. —Los niños.
P. —¿Qué es iluminarse?
R. —Darle a un botón 
P. —¿Qué es poesía?
R. —Lo que nos lee la maestra de un libro de color verde.

Un escéptico:

P. —¿Qué es el alma?
R. —Lo que se evapora al exprimir un cuerpo.
P. —¿Qué es el amor?
R. —Una mentira, un sueño, una sensación, una ilusión.
P. —¿Qué somos nosotros?
R. —¿Realmente existe un nosotros?
P. —¿Qué es iluminarse?
R. —Encender una bombilla para vernos mejor.
P. —¿Qué es poesía?
R. —Palabras rebuscadas que pretenden ser trascendentes.

Un poeta:

P. —¿Qué es el alma?
R. —La esencia de mi ser, el aliento de mi corazón.
P. —¿Qué es el amor?
R. —Es el todo.
P. —¿Qué somos nosotros?
R. —Es un yo compartido.
P. —¿Qué es iluminarse?
R. —Surgir la inspiración.
P. —¿Qué es poesía?
R. —Es el universo.

Un paisano:

P. —¿Qué es el alma?
R. —Vaya usted a saber.
P. —¿Qué es el amor?
R. —¿Decía?
P. —¿Qué somos nosotros?
R. —Los de mi quinta.
P. —¿Qué es iluminarse?
R. —Encender una bombilla.
P. —¿Qué es poesía?
R. —Las torrijas que hace la Conchi


Un macarra:

P. —¿Qué es el alma?
R. —Lo que te voy a partir de una h…..
P. —¿Qué es el amor?
R. —Lo que le hago yo a mi piba.
P. —¿Qué somos nosotros?
R. —Los de mi banda
P. —¿Qué es iluminarse?
R. —Lo que hace la bofia cuando pone la sirena.
P. —¿Qué es poesía?
R. —Lo que van a cantar los de la banda de los Guadalupeños cuando los pillemos.

…y así podríamos seguir con otras dos mil entrevistas más.

Manuel Medarde
Grupo A


Diario de sesión

8/06/26
La sesión de hoy me ha sorprendido. ¿Me ha sorprendido? Una sesión llena de preguntas, de posibles respuestas, de sugerencias (me gusta la palabra sugerencia ya sea referida a preguntas o a personas. De hecho, es uno de los mayores elogios que puedo hacer. ¡Es sugerente! Cuando digo eso de alguien es que tiene muchas papeletas para ser importante en mi vida. Especialmente si lo digo de una mujer, claro. Y la busco, como ahora debo buscar respuestas.

09/06/27
He dormido mal. Las preguntas no sólo me asaltan, sino que me han colonizado, ocupan todo mi tiempo. Y no encuentro respuestas que me satisfagan, que me iluminen, que aclaren asunto alguno, que me hagan mirarme al espejo con cierta chulería y decir: ¡Tío, esa sí, esa la has clavado!

A primera hora, me planteo cómo enfocar el tema. Y decido, sin necesidad de preguntarme, responder a las cuestiones de forma rápida, casi espontánea, luego las dejaré reposar un par de días y el viernes las afinaré y enviaré el resultado a Raúl.
¿Qué es el amor? "La maravillosa decepción de haberlo alcanzado"
¿La poesía? "Una desordenada explosión de sensaciones que llegan a transmitir unas palabras ¿bien ordenadas?"
¿El alma? "La inexplicable e incansable búsqueda de aquello que sabemos inexistente"
¿Iluminarse? "Ser capaz de volver a tener luz cuando se te han fundido los plomos"
¿Quiénes somos nosotros? "Motas de polvo que levantó el viento y van y vienen, y vienen y van y... "

10/06/26
He tenido tiempo de consultar, de ver qué dice Jodorowsky, incluso de aprender a escribir correctamente su nombre. Pero decido dejar mis definiciones tal como están, como párvulas respuestas. Así que le doy unos retoques.
Esta fijación me está pasando factura. Cada día me sumerjo más en este sinsentido de preguntas y respuestas, un vano intento de llegar a definiciones satisfactorias. Descanso poco y apenas como y he optado por un menú que repito tres veces al día: como entrante el cuestionario Proust, de primero viajo a la frontera con Atxaga, de segundo preguntas de Neruda y de postre, doble ración de Benjamín Prado.
Y todo lo que he conseguido se limita a ampliar la carta de preguntas:
¿En el folio que yo emborrono podrían otros haber escrito un texto sublime?
¿Esa minúscula mal escrita es un error mayúsculo?
¿Hay más filosofía en una botella de vino que en los libros?
¿Estoy en algún lado de la frontera?
¿Tienen alma los pueblos? ¿Y las ciudades?
Ese pájaro que canta ¿es una oropéndola o es Raúl de Tapia? Y, en todo caso, ¿Ha mutado voluntariamente o lo ha hecho "obligado"?
¿Habrán resuelto los autores citados las preguntas que formulan?
Estoy obsesionado. ¿Debo descansar?

12/06/26
Llevo media mañana intentando cerrar el texto. El momento más difícil. Porque mientras dura el proceso siempre queda la creencia de que lo vas a mejorar, siempre es mejorable, pero una vez que lo envías ya has perdido el control sobre él, ya no puedes aportar nada nuevo, ni corregir, ni... ni siquiera arrepentirte y no enviarlo.
Se acabó, va como está.

25/07/26
A la atención de las personas del Grupo A del Taller de Escritura Creativa:
Soy X, hijo de Nicolás. Envío este correo para informarles que mi padre falleció el pasado día 22. Llevaba tiempo en un estado de zozobra permanente. Las continuas preguntas y respuestas le habían sobrepasado. Angustiado por unas, reconcomido por las otras, planteándose cuestiones que nunca antes le habían ocupado, se hundió en un desasosiego en el que perdió su rumbo. Mi padre falleció ahogado en un mar de dudas. Seguro que ahora descansa en paz.

Nicolás Casillas
Grupo A


Respuestas

¿Qué es el amor?
La savia de un volcán
que inunda mis venas
y embebe mis pliegues
con tu dorada piel.

¿Quiénes somos nosotros?
Yo, la millonésima de una micra
tú, la brizna de un grano de arena
nosotros, gotas en un multiverso errante.

¿Qué es la poesía?
Las palabras abiertas
por las heridas de la vida
puestas a secar al sol.

¿Qué es el alma?
La balsa donde reposan
los feroces desasosiegos
y las sombrías cavilaciones
que emborrachan mi corazón.

¿Qué es iluminarse?
Brillar, alumbrar, resplandecer o relucir,
la curiosidad busca siempre esclarecerse.

Jesús García
Grupo A


Preguntas Incómodas

Qué es el amor?
Instinto.
Aquello que lleva a una madre a cuidar de su recién nacido, o eso mismo que mueve a la compasión del vivo ante el moribundo. Conmiseración, caridad. Posibilidad de sentir al otro.
Pulsión básica de vida.

Quiénes somos nosotros?
Los que estamos de éste lado.

Qué es la poesía?
La pirotecnia de la creación literaria.

Qué es alma?
Lo que se escapa del cuerpo inerte.

Qué es iluminarse?
Pagar la cuenta de la luz cada mes.

Esperanza García
Grupo A


Preguntas y respuestas

Dar un enfoque determinado a un escrito siempre es difícil, pero después de hacerme la última pregunta de esta semana, ¿cómo empiezo esta tarea?, he respondido pensando en un programa de televisión con un formato rápido y ágil llamado Plano General.
Cuando lo veo respondo a las preguntas del invitado de turno con rapidez.
Ahora me encuentro con 5 preguntas únicamente, pero si sumo a las tropecientas que llevo contestando desde el lunes, día en la que mi cabeza quedó un poco encasquillada, me genera muchas dudas.
Me estoy preguntando constantemente, creo que atacada por la “preguntitis aguda “, ¿Qué te está costando más, las preguntas de MIR de respuesta única o estás? Y ya pongo fin a la tormenta de preguntas respondiendo:
Sin duda éstas, son variadas, personales, dependen de muchas variables y además cambian por instantes
Difícil pero voy a por ellas..

¿Qué es el amor? Depende que entiende uno por amor, en sentido amplio o restringido, pero imposible vivir si él.
¿Quién somos nosotros? ¿Quiénes?
¿Qué es la poesía? Algo muy íntimo que se puede escribir o no.
¿Qué es el alma? Intimidad
¿Qué es iluminarse? Depende, para un frívolo ,ponerse un iluminador en la cara para darle luz
Poéticamente, arte de disfrutar e irradiar energía en el entorno cercano.

Carmela
Grupo A


Las cinco preguntas de Jodorowsky

¿Qué es el amor? El verdugo del ego.
¿Quiénes somos nosotros? Partículas conscientes de su propia inconsistencia.
¿Qué es la poesía? La gabardina abrochada de un exhibicionista en plena catarsis.
¿Qué es el alma? Un préstamo de vencimiento limitado y ulterior.
¿Qué es la iluminación? Algo que ya quisieran tener en Vigo por Navidades.

Calgari
Grupo A


30 preguntas para sonreír con timidez a Neruda

¿Recordarán los planetas su juventud?
¿Cuánto demora en maquillarse los ojos una Libélula?
¿Por qué el invierno ya no quiso bailar otra cueca?
¿De qué color será el corazón de un niño huérfano?
¿Acaso el silencio tendrá una enamorada secreta?
¿Por qué los limones alegres abandonaron sus juegos?
¿Sentirá rabia el color café?
¿En dónde ocultará sus tristezas la primavera?
¿El mar habrá escondido entre sus tesoros la sonrisa de los detenidos-desaparecidos?
¿Las muñequitas de cartón conocerán la vergüenza?
¿Acaso los gigantes habrán olvidado sus sueños de canicas y cerezas?
¿Para qué me pregunto por qué si el encargado de las respuestas arrancó a otro planeta?
¿Cuántos secretos alcanzará a guardar el alma de una luciérnaga?
¿Acaso olvidar es la condena de las personas felices?
¿Por qué no hay alegría envasada en los supermercados?
¿Por qué el número cuatro se ha vuelto tan impaciente?
¿Habrá algo más amoroso que una hormiga escalando los sueños?
¿Por qué las ventanas sonríen cuando nos observan de lejos?
¿Por qué el lagarto le regaló sus ojos al gato?
¿Se acabará la espera de la princesa cuando el dragón haya matado al príncipe?
¿Las morsas se habrán enamorado en secreto del sol?
¿Por qué la muerte no llora cuando le arrebatan sus hijos?
¿Cuánto deseo puede esconderse en una sandalia vieja?
¿Recordará la coliflor que alguna vez fue princesa?
¿Por qué nunca sonríen las mariposas si exhiben los vestidos más bellos?
¿Con cuánta ilusión partirá una mosca sus vuelos de astronauta ligera?
¿Los tanques habrán tenido padres ausentes?
¿Sonreirá el inmenso desierto cuando descubren sus cementerios secretos?

Sonia Micin
Grupo A