Campesina de cuentos (y poemas)

Esta semana dedicamos la sesión a la escritura Mercedes Aurora Blanco, una excelente cuentista y una notable poeta, con un gran palmarés de premios que respaldan su quehacer literario. Francisco Naranjo Llanos le dedica unas palabras en su artículo "Mercedes, ferroviaria, rebelde y poeta" y Mercedes Pérez la entrevistó para el blog Palabras Incendiadas. Podéis conocerla un poco mejor si os asomáis a estas mirillas.
Aurora no era muy amiga de camarillas literarias. La conocíamos quienes hemos transitado por diferentes recovecos literarios, quiénes hemos conocido su lugar natal y las gentes del mundo ferroviario. Pocos conocen su literatura, más allá de algunos cuentos que se difundieron en la prensa salmantina y algunos poemas sobre trenes o sobre la ciudad de Salamanca. Murió el 25 de enero de 2021. Su biblioteca se donó al Aula de Cultura de su pueblo, Aldehuela de la Bóveda, y algunos retazos de su vida y su memoria se mostraron en una exposición en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca.
Ella misma se escribía y describía así: Nací una madrugada de Reyes junto a los raíles del ferrocarril de la línea Salamanca-Frontera Portuguesa y fue, probablemente, el arrullo de los trenes el que encendió de fantasía mis sueños arropados por un monte de encinas que me impedían ver el horizonte tras el cual decían que estaba el pueblo del que oficialmente soy natural: Aldehuela de la Bóveda. Aunque no sé por qué razón me bautizaron en Rodasviejas. Crecí campesina de cuentos inventados al amor de la lumbre, furtiva vareadora de bellotas maduras, pueblerina de versos infantiles perfumados de humo. Luego pasó la vida apresurada y seguí desahogando los silencios escribiendo la voz que hería sentimientos. Ahora de tarde en tarde, cuando mi condición de proletaria lo permite, continúo insistiendo en la ingrata tarea de pintar la palabra de esperanza para vestir hermosa la oscura realidad.
Dejamos por aquí un par de textos. Quizá los que ya suman años recuerden en tras la lectura de este poema titulado "Ultramarinos finos" el escaparate y el interior de "Mantequerías Paco". El otro poema es uno de los muchos textos sobre los trenes que recorrieron la infancia y la memoria de Mercedes:


Ultramarinos finos

Los trenes circulaban a cien metros de donde yo vendía felicidad,
engolosinamientos mentirosos,
ilusiones de miel garrapiñadas,
colorines de azúcar como un sueño
brillando en el crujiente celofán,
violetas y bolitas anisadas
haciéndote de agua el paladar
a la niña que lamía los cristales
empañados de adioses y de besos,
que agitaba la mano de párvula viajera
en hueras despedidas que nadie recogía.
Marchaba el Ligerillo muy despacio
para que ella gustara los aromas
que le estaban prohibidos por decreto.
Era la tarde malva en la ciudad
sentada en los carteles del Cine Taramona.
La niña seguía el viaje
de regreso a sus pueblo
sin cines, con escuela, sin historia.



Trenes en la niebla

Los trenes que pasaban
llegaban y partían
pitándole al destino,
                descalabrando nieblas,
                rompiendo lejanías
                más allá de las nubes

Si te gustaron los dos cuentos que comentamos en el taller te recomendamos otros más: "Retorno a los orígenes" con el que ganó el 2º Premio del I Certamen de Cuentos "Premios Atenea" y "Deolindo el escuchador" con el que ganó el III Certamen de Cuentos "Premios Atenea".

Pascual Martín, compañero del taller de escritura en ediciones anteriores, me envió hace unos días este texto inédito de Mercedes Aurora que guardaba entre sus documentos. El título y la parte del final de texto estaban impresos en color rojo. Quizá sea un buen homenaje a la autora hacerlo público.


Nieve Roja

Nievitas Ojosgarzos se amonó al chupón y estiró los brazos hacia la lumbre que crepitaba enojosa esperas largas, bajo la troza de la chimenea. Sobre la trébede, el perol grande de porcelana roja, el de las celebraciones, humeaba vahos de guisos especiados con hierbas de la tierra y vino blanco. Por el tiro hollinado huía cobarde el humo asustado por el fuelle que avivaba el tizón del trashoguero, y levantaba las morceñas como gusanos volátiles. De vez en cuando se filtraban los copos insolentes, y se quejaba el fuego en un bisbiseo íntimo.
A Nievitas Ojosgarzos le recorrió la espalda un escalofrío como de varicela sin brotar. Arrastró el tajo hasta ponerlo en paralelo con el sillón de mimbre de la abuela, que a aquellas horas ya andaba traspuesta, con el rosario en su mano chota, parado siempre en la segunda cuenta del tercer misterio.
Nievitas Ojosgarzos apoyó su cabeza en el halda de luto de la anciana, cerró los ojos y comenzó a soñar con el abrigo rojo con capucha que aquel año le dejarían los Reyes Magos. Su madre le había dictado la carta, y su padre se la había corregido, porque ella todavía era muy pequeña y estaba empezando a aprender a leer y a escribir. La repasó por enésima vez:
"Queridos Reyes Magos: Me llamo Nievitas y he sido muy buena. Por eso os pido que me traigáis un abrigo colorado con capucha y una bufanda azul". Al llegar a este punto Nievitas Ojosgarzos protestó:
Yo quiero una muñeca como la de la Nines la del médico.
Su madre sólo dijo:
La pepona será para otro año, porque éste los Reyes van a venir muy pobres por eso de la guerra.
Nievitas Ojosgarzos no podía entender por qué en su corta vida los Magos de Oriente siempre estaban tan pobres para ella, y tan ricos para la Nines del médico y la Sole del Amo Nuevo. Sin embargo aceptó aquel abrigo que en sueños había visto hilvanar a su madre, incluso se soñó subida encima de la mesa, y su padre sujetándola mientras alguien le cogía el bajo y señalaba los huecos de las botoneras.
Saboreó el éxito de su abriguito rojo. Se pondría la capucha y saldría a pisar nieve por el pueblo, oyéndola crujir, que era un placer, hollándola con sus pisadas veniales, y la gente ya no la llamaría Nievitas Ojosgarzos, sino Nievitas Roja, como a Caperucita.
De vez en cuando, su madre removía el guiso del perol y se asomaba a la puerta con una impaciencia desacostumbrada. La mesa estaba puesta desde hacía una hora. Los hermanos mayores, a escondidas echaban un sorbito a la botella de anís y un trago del porrón puesto en el centro. Las hermanas colocaban las velas en las palmatorias por si un corte de luz, tan frecuente en aquellos días, las hiciera precisas. Las uvas lavadas reposaban en la mediafuente, contadas, 12 por cada uno, incluidas las tías y los tres primos huérfanos, total, 180. Y la pandereta junto a la zambomba esperaba caricias en la silla de enea, en la que descansaban las agujas de tejer de la abuela apuñalando un gran ovillo de lana azul.
Una ráfaga como de exhalación, rachando el tronco de una encina, sobresaltó los ensueños de Nievitas Ojosgarzos. Todos salieron a la calle oscura, sin luces en los postes. Hasta la abuela que apresuradamente empezó a pasar cuentas del rosario y se plantó en la letanía, que sólo suspiraba: ora pronobis, ora pronobis, ora pronobis.
Unos decían que el fusilamiento había sido más allá del Caozo del Sahogal. Otros que por el camposanto. Pero el tufo a pólvora ahogaba el aroma de los adobos de la Nochevieja.
La gente corría de un lado para otro. Su madre, sus hermanos, sus tías, sus primos huérfanos. Todos menos la abuela, que se quedó llorando empapando de lágrimas las cuentas del rosario.
Nievitas Ojosgarzos esperó a oír pitar al exprés, y a que el Sr. Repila, el jefe de estación tocara la campana. Aquella era la señal para empezar a comer las doce uvas. Pero el exprés no pito en toda la noche. Un no sé qué triste se le sentó en los párpados y le entraron muchas ganas de llorar. Se asomó a la puerta del corral y el resplandor níveo le cegó los ojos antes de echar a andar callejas abajo. Atollada en la nieve caminó sin rumbo hasta darse de bruces con las tapias del cementerio, junto a las cuales se agolpaba la gente llorando sin consuelo, cada cual abrazado a su muerto, cada cual maldiciendo al verdugo para dentro, cada cual renegando del dios que le inventaron.
Nievitas Ojosgarzos jamás hubiera imaginado que la nieve pudiera ser roja. Por eso se asombró, y comenzó a cogerla con sus manos. ¡Era nieve caliente, nieve roja! Y allí se quedó muda, amedrentada, contemplando la cara amarillenta de su padre sobre la nieve roja, y el rostro de dolor de su madre que la tomó en sus brazos, y apretándola fuerte contra el pecho le dijo:
Mi niña, esta Nochevieja no tendremos uvas.
Arregazó el día de año nuevo con un cielo gris nevando de hostigo y un silencio espeso mordiendo cruel la tristeza alojada en todas las esquinas de las calles sin nombre. Nievitas Ojosgarzos no se creyó la muerte de su padre porque no habían doblado las campanas, a pesar de que el caldero hirviera a borbotones en los llares tiñendo lutos ácidos, y de que la abuela suspirara sin rezar, y a su madre se le hubiera congelado la risa a la orilla de los besos.
Después fue sólo pena lo que llenó la casa. Ni villancicos, ni nueces con higos, ni música de cuchara en la botella de anís, ni turrón, ni pitido del exprés, ni campanilla del Sr. Repila, ni Reyes Magos, ni abrigo rojo, ni bufanda azul.
Los nietos se aburrían de oír cada Nochevieja el mismo cuento. Mucho antes se aburrieron los hijos. Solamente la nena más pequeña, le pedía:
Abuela, cuéntanos el de Nievitas Ojosgarzos.
Luego todos se iban, cada cual a su casa, a sus fiestas, a sus messengers, y ella se quedaba con su soledad. Y cada fin de año el mismo ritual: se tomaba la copita de anís para brindar con sus recuerdos, iba a la habitación, abría el baúl donde guardaba la ropa del esposo muerto, y del hondón oscuro sacaba el ovillo de lana azul atravesado por las dos agujas, y el abriguito a medio sobrehilar, lo acariciaba, rojo con la capucha, el que nunca llegó a estrenar Nievitas Ojosgarzos.


Propuesta de escritura

Escribe un texto relacionado con la tradición del Lunes de Aguas. Busca en tu memoria el mejor o el peor recuerdo de esta celebración con sabor a hornazo.
Si esta propuesta no te convence trata de escribir un texto sobre algún oficio olvidado, como el del obleyero, el afilador o el especiero. Muchos de ellos llevaban sus humildes negocios de casa en casa.
Si te interesa el mundo de las obleas te recomendamos el libro De obleas y barquillos de Marta Sánchez Marcos publicado por la Diputación de Salamanca en su colección "Páginas de tradición". Puedes descargarlo en el enlace.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Edelmira

Desde la primera vez que escuché su nombre, me pareció un nombre de princesa: "Edelmira, princesa de Jutlandia” Ni siquiera sabía donde estaba Jutlandia, pero ¡sonaba tan bien…!
Sin embargo, Edelmira, la real, no tenía nada de princesa, si no de una mujer corriente, trabajadora, que intentaba ganarse la vida como buenamente podía.
Menuda, de baja estatura, muy delgada, de manos pequeñas y rostro moreno, tostado por el sol, en el que destacaban sus grandes ojos azules y vivarachos.
No sabría calcular su edad, pero a nosotras, niñas en aquel entonces, ya nos parecía una persona mayor, de unos cuarenta años.
Sus vestidos, de rigoroso luto y el pañuelo también negro, que siempre llevaba en la cabeza, le hacían parecer aún más vieja.
En los últimos días del mes de agosto, cargaba con un gran cesto de mimbre repleto de moras, dulces y maduras. Recorría el barrio de arriba abajo, empezando por nuestra casa, que era la primera.
Cuando oíamos su voz potente y clara, desde el portal: ¡A la rica zarzamoraaaa!, mi hermana pequeña y yo, bajábamos las cuarenta escaleras, saltando los peldaños de dos en dos, por no perder ni un segundo.
Edelmira con sus pequeñas y diestras manos, volcaba con rapidez dos cacitos de moras en un cucurucho de papel de periódico, guardaba unas cuantas pesetas en su faltriquera y se despedía con un ”Gracias niñas, que Dios os lo pague y os dé salud”.
A finales del verano de 1967, no volvió nunca más.
Preguntamos en el barrio a todos los vecinos que la conocían. Unos nos dijeron que se había ido a Madrid a servir en una casa de señores muy ricos, otros que vivía en su pueblo natal, Cardeñosa, trabajando en una tienda de ultramarinos.
No supimos quién estaba en lo cierto, pero siempre nos quedó su recuerdo, dulce y suave, como el sabor de sus moras.

M.L.Fidalgo
Grupo C


El oficio que más me gusta

No, no soy de pueblo, pero de pequeño tuve una calle. La casa en la que nací y en la que pasé los primeros años era parecida a la de 13 rue del Percebe. Cinco alturas sin ascensor y cuatro puertas por rellano. En total veinte puertas y una azotea en la que el sol daba de plano. Los vecinos eran muy variados, quizás el más pintoresco fuera el Sr. Vicente, pintor de cuadros al óleo que en una ocasión atravesó un tabique común con mi casa intentando clavar una alcayata y tuvo el detalle de regalarnos una cuadrito para tapar el desconchón.
Mi calle se puede comparar con el pueblo de otros. Calculo que medirá, aún existe, doscientos metros de largo por veinte de ancho. Ese espacio era nuestro mundo y , en él, podíamos movernos a voluntad. Conocíamos a todo el mundo y todos nos conocían. Mi madre no tardaba ni cinco minutos en tenernos localizados.
En esos dos mil metros cuadrados discurría la vida. Cada bajo tenía una actividad: en un extremo la farmacia de D. Joaquín y en la otra esquina el kiosco de Frater donde gastabamos los pocos chavos que conseguíamos, un cucurucho de pipas nos alegraba una tarde de sábado; en el opuesto la carnicería de caballo y las bodega Tarrassó. De aquella bodega salía uno de los pocos coches que había en la calle, un Citröen impecable de antes de la guerra. Había además un taller que fabricaba muebles de tubo metálico y railite, un carpintero, un cañero que hacía cañizos, un hojalatero que nos compraba los botes de conserva vacíos como materia prima, un aparcamiento para bicicletas que regentaba la abuela de Paquito, un horno de leña en el que cocían pan, la cochera del taxi del padre de los mellizos; años más tarde coincidí con Milagros, la melliza,, era de mi quinta y tuve interés en conocerla más, pero pronto lo perdí.
No quiero aburrir con la enumeración de toda la actividad de aquella calle, únicamente añadiré la iglesia evangelista a poca distancia de mi portal en el que algunos domingos invitaban a los niños a horchata con rosquilletas.
Completaban estas actividades otros oficios ambulantes: el afilador con su rueda y su flauta, el pellejero que compraba las pieles de los conejos que se criaban en los corrales de las casas más antiguas, los vendedores de pescado con dos cubos colgados de un palo sobre los hombros al estilo oriental, el colchonero que vareaba y oreaba la lana, el que reparaba las sillas de enea que se colocaba junto a la fuente del mercado, el basurero con un carro tirado por un caballo, en realidad era un hortelano que se llevaba los desperdicios orgánicos para abonar sus tierras y una vez al año regalaba hortalizas a los vecinos. También los del coche fúnebre tirado por caballos con sus penachos negros y el túmulo acristalado donde se colocaba el ataúd, afortunadamente no venía muy a menudo.
Y, a partir de las diez de la noche el sereno; siempre lo encontrabas en el Bar Marempa en una perpendicular.
Al principio de la primavera visitaba la calle un trabajador especial, el pirotécnico. Las fallas eran entonces mucho más modestas. La “mascletà” se reservaba para el día de San José. Los otros tres días nos conformábamos con una traca que se colocaba en las fachadas de los edificios a una altura inalcanzable para los chavales que no osábamos acercarnos. En aquella época el respeto a los adultos no se cuestionaba. El mediodía se hacía esperar, cuando recibía la orden prendía la mecha y comenzaba la “disparà”; el pirotécnico la perseguía con una bengala encendida en el extremo de una caña para volver a encender la traca en caso necesario. Todos los chiquillos lo perseguíamos alborotados por aquel ruido insoportable.
Dejo para el final la profesión que quería desempeñar de mayor, cartero. Con su uniforme gris, su gorra de plato y su enorme cartera de cuero llevaba noticias de aquí para allá sin que nadie lo controlase, creía yo.

EMM
Grupo C


Un Lunes de Aguas atípico

Amanecía aquel Domingo de Pascua con un sol radiante.
Los primeros coletazos de la primavera se sentían en el ambiente. El aíre venía impregnado con aromas a jazmín y rosas y era tal la pureza que hasta te sentías indigno de respirarlo.
Aquel día las gentes del pueblo se preparaban para celebrar el tradicional encuentro con el que culminarían los santos oficios de aquella Semana Santa.
A eso de las doce del mediodía, todos se daban cita a la puerta de la iglesia y, desde allí, procesionaban en absoluto silencio.
La virgen, aún enlutada, avanzaba por un lado del pueblo acompañada por las mujeres. El niño triunfante, partía en dirección contraria arropado por los hombres.
A mitad de camino, en medio de la carretera, se encontraban madre e hijo, quedando a un lado la plaza y del otro el Ayuntamiento.
Con la virgen a los pies de su hijo las mujeres iniciaban un cántico tradicional mientras iban despojándola de su luto.
Primero el velo: Quita ese velo delante y deja ya de llorar, que el que murió en el madero ha vuelto a resucitar.
Después el manto: Quita ese manto de pena tortolita congojada, que viene el verbo divino a visitar a la rosa.
Así, la virgen deslumbrante con su velo y su manto blanco inmaculado, recorría junto a su hijo las calles del pueblo en procesión.
Pero, en realidad, si algo esperábamos con ansia los niños del pueblo era lo que venía después de comer.
Aquella tarde celebrábamos nuestro particular “Lunes de Aguas”.
A eso de las cuatro nos dábamos cita en la plaza del pueblo. Cada uno llevábamos algo para merendar preparado por nuestras abuelas y nuestras madres; a saber: tortilla de patatas, jamón, chorizo, chocolate y no faltaban la Fanta y la Coca-Cola que en raras ocasiones nos dejaban tomar, pero esta era una de ellas. No obstante, si había algo que a mi particularmente me gustaba era el hornazo de azúcar que tía María, la panadera, preparaba con destreza.
Y así, cargados con todas estas viandas nos encaminábamos a un “prao” y, sobre la hierba verde, rodeados de margaritas y pequeños insectos, dábamos buena cuenta de tales manjares. Allí, en nuestro particular reino, pasábamos la tarde entre risas y juegos hasta que el atardecer mordía con sombras los rincones conocidos de aquel campo. Era hora de volver a casa lo que significaba el fin de las vacaciones de Semana Santa y la despedida de aquellos amigos que habían venido a pasar esos días al pueblo.
Hoy traigo a mi memoria aquellos momentos vividos como un gran tesoro. Aún resuenan en mi cabeza las risas, los cánticos, la imagen de esos niños que nada temían y que irradiaban felicidad por cada poro de su piel. Pero, es curioso como las sensaciones, las vivencias, los sentimientos van cambiando. Ya no me provoca tanta emoción esa tarde de merienda como el hecho de revivir cada año ese encuentro. En ese momento, con esa madre y ese hijo frente a frente, me falta gente. Una lágrima resbala por mi rostro y mi pecho se inunda de tristeza, melancolía y alegría a la vez.
Entonces comprendo que mi particular “Lunes de Aguas” no era solo una merienda con amigos. Que mi particular “Lunes de Aguas” escondía una historia, una tradición envuelta en canciones, en gestos, en silenciosa devoción.
Y cada año me encuentro a mí misma en ese encuentro reviviendo mi historia, mi tradición, mi particular “Lunes de Aguas”.

Verónica S.S.
Grupo C


Colchonero

La llegada de la primavera se podía ver por cualquier rincón. Las golondrinas hacían piruetas en las mañanas luminosas, el campo se cubría del manto multicolor de flores silvestres y hombres y animales recuperaban los bríos renovados. Nadie permanecía ocioso, porque las tareas del campo, de los oficios o de la casa, postergadas por los rigores del invierno, no podían demorarse más.
Era el momento adecuado para dar vuelta a los colchones y hacerles recuperar el mullido y la fragancia que habían ido perdiendo a lo largo del invierno. En todas las casas esperábamos la llegada de los colchoneros, encargados de revivir el alma de la lana apelmazada por el paso de los días y de los cuerpos.
El oficio, arrinconado por la llegada de los colchones de muelles, era necesario para sanear un elemento tan importante para el descanso. Aunque en principio pudiera parecer sencilla, se trataba de una tarea que requería pericia y esfuerzo. Había que descoser los colchones, lavar la tela y varear la lana, para nuevamente reconstruir de forma adecuada todo el conjunto. También requería de material específico: las varas de sauce o de avellano, el cordel, las agujas de colchonero y todo lo necesario para dejar renovado el colchón, con su forma bien elaborada y su acogedor mullido recuperado. Todo ello incluía el vareado de la lana para deshacer las borras apelmazadas, acompañado del siseo —sh, sh, shhh— de las varas que desenredaban el relleno. Una vez eliminado el polvo, los ácaros y demás inmundicias acumuladas, debía procederse a extender la tela, colocar la lana y reponer con lana nueva lo perdido por el uso. Después de doblar la tela para cubrir el relleno, tenía que volverse a coser todo el conjunto con una costura sencilla o elaborando un burlete (a la inglesa), que dejaba una longaniza de lana por las dos caras alrededor de todo el colchón. La labor se completaba con el cosido de las cintas (ocho en los colchones pequeños y doce en los de matrimonio), que de forma geométrica sujetaban la lana en su posición, manteniendo la forma del colchón. Las cintas se pasaban de un lado a otro a través de los ojetes metálicos, con una aguja de colchonero y se ataban en ambos lados con una lazada.
Una vez finalizada la tarea, el colchón quedaba rehecho como un rectángulo dispuesto a dispensar su cobijo para el descanso, el sueño y otros placeres.
Aunque todavía quedan algunos artesanos, que con nueva maquinaria y trabajando a distancia ofrecen el servicio de renovar los colchones de lana, nunca volveremos a contemplar el vareado de la lana a la llegada del buen tiempo, como se hacía en otros tiempos y cuya imagen yo tengo guardada en mi retina de niño.

Manuel Medarde
Grupo A

 
La cabra y la escalera

Llegaron al mediodía, cuando toda la gente se disponía a ir a misa. Era una troupe formada por tres carromatos. De allí salió un montón de gente oscura, desaliñada, que nos miraba con descaro. Eran siete adultos y diez o doce pequeños. Nada más fijar las carretas soltaron a los chiquillos, que echaron a correr en estampida. Se acercaron a las puertas de la iglesia para vernos más de cerca y, sobre todo, para que los viéramos a ellos. Los del pueblo los observábamos con desconfianza y cierto temor. A nuestros padres no les gustaban los extraños, decían que siempre distorsionaban la calma habitual. Pero nosotros, aunque con recelo, los recibíamos con expectación, justamente con la esperanza de que removiesen nuestra rutina.
Por la tarde ya tenían dispuestos los carros en un semicírculo con el que demarcaban su espacio. Nadie iba a entrar en él, por supuesto. Se trataba de una regla no escrita pero clara para todos. Enviaron a los niños a recoger tarmas y piñas para preparar un fuego y a las niñas a recorrer las viviendas. Se presentaban en la puerta de las casas y soltaban la retahíla que llevaban aprendida: “me dice mi madre que si me puede dar un huevo para la tortilla” o “me dice mi abuela que si le sobra una patata para el puchero” o algo similar. La mayoría de las señoras le daba algo de comida o algún producto para prepararla, siempre por encima de lo solicitado. Era una forma de responder caritativamente, pero, sobre todo, de “evitar que nos roben, si se encuentran necesitados”, decían.
Los gitanos, que es así como les llamábamos, sin distinción alguna, eran una atracción para todos, pero más para la chiquillería del pueblo que, con gran imaginación, nos contábamos entre nosotros historias sobre ellos. Unas veces eran pura quimera, otras se basaban en relatos que habíamos oído a los mayores. Con ellas creábamos misterios que nos hacían temblar o, por el contrario, concebíamos cuentos hilarantes que nos entretenían. Nuestras alucinaciones tenían mucho que ver con la cabra que tenían atada a una escalera. En esa bestia, a pesar de ser un animal corriente de nuestra tierra, veíamos al mismísimo belcebú. Y sobre el fantaseábamos. Por eso esperábamos con expectación la actuación pregonada para la noche.
A la hora anunciada, sacamos las sillas a la plaza y, algunos, también la cena. Los gitanos habían preparado una especie de escenario cerrado con sábanas a modo de cortinas. El pueblo entero se había dado cita al aguardo de un espectáculo que, al parecer, iba a ser “lo nunca visto”. Y lo fue, porque al poco de salir la cabra al escenario para subirse encima de la escalera, llegó la guardia civil y nos mandó a todos a casa, y a la troupe, “a seguir su camino”.
 
M. Maximina Moreno. 
Grupo B


Viajes a Castilla

Sobrina de ferroviario, nieta de madre de ferroviario, infancia visitando una casa al lado de la vía, conoció el sonar del traqueteo, horarios , temblar del tendido cuando se acercaba la hora que indicaba su paso cercano.
Empezó a amar el tren y se convertiría con el tiempo en el medio de enlace con su futuro y ciudad de adopción.
Cuando fue mayor sus idas y venidas, cargadas de kilómetros e historias empezaron a abrir un mundo distinto que le llevaron a amar las costumbres del lugar,
El lunes de aguas le pareció una celebración, imposible de rehuir y así año tras año no olvidaba coger ese tren, largo, lento, cargado de historias y personajes que le aportaban alegría y mucha curiosidad, no experimentada anteriormente.
Como era de un lugar diferente, no había pueblo donde ir a celebrarlo, pero mejor, peregrinó por distintos lugares, distintos manjares y conoció las distintas maneras de ir y venir, paisajes diferentes, y un ambiente más festivo y alegre que el inicio de un nuevo trimestre.
Y así fue como esos viajes se convirtieron en el nexo entre el lunes de aguas, festividad que no podía perder bajo ningúna excusa y el futuro , continuando para siempre y hasta la actualidad con la tradición.

Carmela
Grupo A


El primero

Andrés llevaba solo unos meses en Salamanca adonde había venido a estudiar una carrera. Tenía diecisiete años y un corazón aún sin arañazos.
Había visto a la chica rubia varias veces en el bar donde acudía con sus compañeros de curso. Se dejaban caer por el Casino al acabar las clases, cuando la ciudad perdía su sábana de niebla y todo parecía despertar.
En su pandilla y en la de ella algunos habían compartido pupitres o canchas de juego. Esa coincidencia dio ocasión a ir más allá de las miradas y a conocer su nombre: María. Ella, más atrevida y locuaz, le hizo algún comentario banal. Andrés parapetaba su timidez tras un gesto distante y, tal vez, adusto. Sin embargo, ella descubrió de inmediato el disfraz de su inseguridad y lo abordó con la certeza de que no se atrevería a huir. Le obligó a compartir una palomita, ese pincho de ensaladilla rusa sobre una corteza de maíz.
—Es demasiado grande —se justificó María.
Nunca la había probado, pues detestaba la patata cocida, pero aquella vez, y desde entonces para siempre, creyó que era el manjar más delicioso. Casi tanto, pensó, como el labio de ella ribeteado de mahonesa. Se relamió sin darse cuenta mientras una sonrisa se le asentaba en la boca destensando su ceño fruncido.
No sabía si ya estaba enamorado de ella o solo de la excitante posibilidad de estarlo. El corazón se le echó a correr anticipando los abrazos. Durante esos instantes fue feliz sin decir nada, tan abstraído en su sueño que apenas entendió su alegre parloteo. «Lunes de Aguas» fueron las tres últimas palabras que había escuchado y que habían dibujado en la cara de la chica un signo de interrogación.
—¿Qué es eso? —balbuceó inseguro, al borde de un abismo.
Ella le explicó la tradición anual por la que todos en la ciudad escapaban al campo a comer el célebre hornazo.
Él temió haber perdido algún tren. Dudó sin atreverse a preguntar, pero entonces María sonrió entrecerrando sus ojos azules y le ofreció el billete hacia el cielo.
—¿Te vienes?

Pepe Lorenzo
Grupo B


Un Lunes de Aguas perfecto

Empieza la mañana del Lunes de Aguas y el cielo de Salamanca amanece un poco gris. Es uno de esos días de primavera en los que el tiempo no termina de decidirse.
Al principio, el grupo debate a dónde ir. Algunos proponen ir a la orilla del Tórmes o a Valcuevo para sentarse bajo los árboles, tal y como manda la tradición. Sin embargo, al sentir un airecillo frío, todas las personas llegamos a la misma conclusión: el mejor plan es ir a mi parcela.
Al llegar, la casita nos recibe como el refugio perfecto. Mientras algunas personas aprovechan para charlar fuera porque aún no llueve, dentro ya se está preparando lo importante. Sobre la mesa, el rey indiscutible del día: un buen hornazo, dorado y crujiente, que inunda toda la habitación con ese olor inconfundible a lomo y chorizo.
De repente, empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Lejos de estropear el plan, nos da la excusa perfecta para meternos todos en la casa. Al calor y a cubierto de la lluvia, cortamos el hornazo. Entre risas, anécdotas y el sonido del agua golpeando los cristales, nos damos cuenta de que no hay mejor lugar para celebrar. Fuera hace frío, pero dentro, con el estómago lleno y en buena compañía, el día es simplemente inmejorable.

Fernando Nieto
Grupo A


Hoy no

Era lunes. Lunes de aguas. Había amanecido claro y soleado. No era habitual. En mis recuerdos abundaban los días marcados por la lluvia y el mal tiempo, que nos obligaba, para no romper con la tradición, a comer el hornazo a resguardo. Pero esa mañana había comenzado de manera inmejorable. Un día despejado coronado por un sol que presumía en todo el horizonte.
Las máquinas rugían, devorando las tareas pendientes. Estábamos concentrados para terminar lo antes posible.
Mi café todavía humeaba cuando, un poco después del mediodía, un parpadeo nos despertó de nuestro trance laboral. Medio instante después, un silencio oscuro inundó la estancia, sin aviso, sin permiso.
—Hoy no —murmuré mientras salía con el teléfono móvil para avisar a la compañía eléctrica.
La tenue luz de las luminarias de emergencia transmitía un blanco pálido que se ahogaba en la penumbra envolvente. Mis pulsaciones se aceleraron ante la inesperada avería.
En el exterior, la oscuridad desapareció, pero la quietud se mantenía presente, silenciada únicamente cuando transitaba algún vehículo.
Como si de una escena ensayada se tratara, los vecinos de los locales contiguos se asomaban mirando hacia todos lados, buscando respuestas. La coreografía se repetía en las ventanas de los edificios colindantes.
—Ha sido en toda Salamanca. En Santa Marta están igual —oí decir.
El rumor, unido a la imposibilidad de comunicarme, me convenció de que no terminaría el trabajo en plazo.
Incluso el tiempo se vio alterado por la avería. Los segundos discurrían más lentos de lo normal. Calculé que cada minuto duraba entre tres y cinco minutos eléctricos.
—Ha ocurrido en toda España. Mi tía en Málaga está en la misma situación —me comunicó un cliente.
Miré el hornazo que con tanto esmero había preparado mi madre, como hacía todos los años. Envuelto en papel de aluminio que no conseguía atrapar su olor a manteca, chorizo y pimentón. Removía mis entrañas desde que lo trajo a primera hora de la mañana.
—Hoy no —murmuré.
Unos minutos después, me asomé al exterior. Un corro de ocho personas se había formado a veinte metros. Recordé el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Me acerqué, sonrisas forzadas, risas inquietas. Dos comerciantes alentaban el grupo, mientras que otros dos jaleaban expresiones como: “la mochila de los tres días” o “es cosa de Putin”.
Miré el reloj. Solo había pasado una hora.
Una vecina movía los brazos rápidamente, y se atropellaba con sus palabras. No podía abrir la puerta eléctrica de su garaje, y necesitaba ir a buscar a sus hijos al colegio. Otro vecino comentaba que su padre llevaba una hora atrapado en el ascensor de su edificio, en un tercer piso.
En la calle nadie paseaba, los transeúntes se movían con celeridad, con determinación. Los que estaban parados, giraban sus cabezas a la misma velocidad.
A las dos de la tarde el sol parecía burlarse de nuestra fragilidad como sociedad. Me dirigí a mi domicilio en vehículo, pero el caos circulatorio era considerable. A la ausencia de semáforos se había unido el éxodo masivo para disfrutar de la tarde de fiesta. Sin semáforos. Sin cobertura. Sin instrucciones.
Poco más de una hora después regresó el adorado fluido eléctrico. La “vida” reinició. Los teléfonos móviles, las redes de datos, la televisión, el frigorífico, la vitrocerámica, la cafetera. La electricidad trajo consigo un invisible ruido que me acunaba.
Un poco después, degustaba el sabroso hornazo, acariciado por el sol. Calmado, reflexionaba sobre cómo se había rasgado la epidermis de nuestra sociedad durante tres horas. Como si del tráiler de una película se tratara: “Próximamente en sus vidas”.
—Hoy no, pero cualquier día... —murmuré.
Al caer la noche ya hablábamos de otros asuntos.

Max Ferlam
Grupo B


Soneto del lunes de aguas.

Ríe el Tormes bajo el sol de abril,
se alzan mantas sobre los verdes prados,
y el vino en labios roza, desatado,
promesas que despiertan el candil.

No es lunes gris de tedio juvenil,
que arde en Salamanca un pulso alborotado;
el hornazo se parte, y a su lado
se enciende alguna risa más febril.

Cruzan miradas con picardía cierta,
la brisa alza las faldas sin recato,
y el campo guarda un eco de osadía.

La tarde cae, la hierba está despierta,
se anudan manos, lento arrebato.
Lunes de aguas: pan, vino y rebeldía.

José Luis Fonseca
Grupo A


El vareador de colchones

Sentía el aroma de aquel barrio con forma de pueblo, de calles estrechas, refrescas nocturnas y conversaciones apiñadas a las puertas. La Pepi , La Fefi y mi abuela María, eran la lista de espera, la cita previa de que --te lo haga a tí primero--. Y entonces llegaba el. El señor Beli, el colchonero. Llevaba una vara larga de mimbre (el decía que era de avellano), para eso era vareador y sabía. En su cabeza un moquero con cuatro nudos y entre sus dedos amarillos un cigarro, versión pitillo atrofiado. Como un ritual, extendía una manta de tiras de tela en aquella tierra que sería acera, y el abuelo Amador sacaba a empujones desde el dormitorio, el colchón cubierto de una tela roja con dibujos orientales blancos y unos lacitos estrellados que salpicaban alineados. Un descosido cuidadoso dejaba al descubierto una lana de rizos y bucles
rubios, apelmazada por el peso de los sueños de tantas noches. El recuerdo de un silencio y el director de orquesta comenzaba a varear la batuta con precisión. Sinfonía de ácaros, ordenados en el haz de luz como notas de melodia, saltaban en lenguaje musical perfecto. La vara flexible emitía un 《fiu, fiu, fiu》y las manos acorchadas de Beli separaban la fibra, y aireaba cada bucle de la lana. Tras la criba esponjosa, el vareador extendía la tela de nuevo y con parsimonia y una aguja larga y fuerte de coser, unía aquellas cintas estrelladas y encorsetaba aquel colchón que después lucía mullido y vigoroso. Diez pesetas sin impuestos, una propina para patucos y una cerveza de la caja azul, aplaudían al vareador de orquesta sudoroso por la actuación.
Con el tiempo supe que Beni tuvo muchas hernias discales. Lo malo de ser vareador.

GuADAlupe
Grupo C


50 sombras del lunes de aguas

El día anterior al lunes de aguas, para mí, fue más importante que el propio lunes.
Lo recuerdo perfectamente, tarde del domingo, dando vueltas con los amigos de entonces por la plaza mayor, cruce con otra pandilla de chicas, igualmente paseando, pero en sentido contrario, el más atrevido del grupo a la segunda vuelta de encontrarnos, las para y las comenta si al día siguiente querían venir con nosotros a pasar el lunes de aguas.
!Bingo!, El lunes a las tres de la tarde, andando, todos juntos camino de la Aldehuela, nosotros con tortilla de patatas, patatas fritas y limonada, ellas algo parecido, el hornazo ese día no apareció.
El destino pienso que es caprichoso, allí conocí a la que fue mi mujer, todos me decían que una me miraba mucho, y yo pensando en el examen del miércoles.
Cincuenta años después, en la consulta del médico, una enfermera curaba a mi mujer unas heridas en la pierna, el día después del lunes de aguas; la agarro el brazo cariñosamente y la preguntó si había ido a comer el hornazo, la contesto que si había estado con unos amigos en el puente romano, y con una sonrisa en los labios, la dijo “ mi marido y yo llevamos 50 lunes de aguas juntos”.

Luis Iglesias
Grupo B


Zagal a mucha honra

Escribo desde esta celda llena de pulgas, a la espera de un juicio que casi seguro me llevará al garrote vil. No creo que me sirva para evitar la pena capital, pero quiero contaros mi historia.
Nací en Caboalles de Abajo, un pequeño pueblo de la montaña leonesa. De pequeño fui a la escuela hasta los nueve años, y aprendí lo suficiente para leer y escribir, así que no me defiendo mal si tengo que agarrar un lápiz. También doña Manolita me enseñó las cuatro reglas básicas, y ya con nueve años comencé a subir de motril a cuidar el rebaño que teníamos en casa. Nunca se me dieron mal las matemáticas, me acuerdo de un día que nos pusieron un problema para calcular el agua que cabía en una charca de veinte metros de ancha, yo hice un dibujo y por aquello de poco más de tres veces la medida del diámetro se lo averigüé a mi manera, de modo que la maestra se sorprendió de cómo lo había resuelto. Unos días después se fue a hablar con mi padre para decirle si tenía pensado que me fuera a León a estudiar, pero él tan solo le dijo que tenía otros planes para mí. Después dejé de ir a la escuela, pues casi siempre tenía que ayudar a mi padre atendiendo las vacas, los caballos y las ovejas.
Realmente no llegué a acabar ese curso, pues por mayo, cuando se pasaron las nieves, mi padre me dijo que ya era mayor para ganarme el jornal. Me tocó subir como ayudante del pastor Bonifacio, para atender a los caballos y las vacas en la braña de Espiniechas. Todos los días había que ordeñarlas a primera hora y el Boni, como le gustaba que le llamaran, bajaba con la leche hasta el pueblo, mientras que yo me quedaba entre aquellas chozas de teito y los corrales del ganado. También se bajaban las cántaras con la leche del ordeño de la tarde, que se guardaba en las otseras para que se mantuviera fresca por la noche. Durante el día, me subía con el ganado hasta donde empezaban los riscos, dejando las praderas cercanas a las cabañas para la siega por julio, y así guardar la hierba seca para el invierno. En los cinco meses que estuve en la braña, de mayo a noviembre, solamente vi a mi madre en tres ocasiones, cuando bajé al pueblo, con el burro Rucio -que no me hacía mucho caso, la verdad- para coger algo de pan y algún mandado. Estuve a las órdenes de Bonifacio, que era de Villager de Laciana, y hacía todo lo que él me pedía: vete a la fuente y llena la cántara, suelta a los terneros, aparta al carnero, busca leña para el fuego, trae el cubo para ordeñar… Lo que más me gustaba era tomar las sopas migadas de leche con pimentón, y lo que menos una vez que me picó una víbora en el tobillo mientras dormía. Se me hinchó mucho y me entraron náuseas y un sudor frío, pero el Boni me apretó para que saliera el veneno y me puso un emplaste de barro, tranquilo que de esta no te mueres.
Por las noches algunos días bajaban los pastores de las brañas de Regueira y Las Sosas, que estaban por el valle arriba, y rápido se organizaba un calecho alrededor de la lumbre. Se contaban historias, nos reíamos y a veces terminábamos cantando, animados por el vino de la bota, que corría de mano en mano. Estuve con el Boni durante tres veranos, la verdad es que le cogí cariño, pues siempre se portó muy bien conmigo. Cuando nos bajábamos cada uno a su pueblo, al empezar los primeros fríos o llegar las primeras nieves, siempre me pagó algunas perras, para que te compres un capricho me decía. Recuerdo los abrazos de mi madre el primer día que volvía, me apretaba contra su regazo y no me soltaba en un buen rato, farfullando ay mi Adrián del alma, que eres muy chiquito para andar por esas brañas; mi padre le reprendía con un más le vale aprender lo que es la vida, así se gana su jornal como vaqueiro, aunque solo sea lo comido por lo servido.
Como buen aprendiz de pastor, después de aquellos tres veranos, con doce años recién cumplidos, pasé a ser zagal, por lo que me tocaban las tareas más fastidiosas que nadie quería hacer: hacer las sopas, preparar las pellas para que comieran los perros… Mi padre decidió, en mala hora, ponerme a las órdenes del tío Marcial, mayoral que había subido con mil quinientas ovejas desde Extremadura. Me dijo, tú ya sabes el oficio, así que te bajas con él, para ayudar con las merinas, por el camino de la Plata hasta el pueblo de Almonte, en Cáceres. Así podrás atender la escusa, que en mi caso eran dieciocho ovejas y una yegua donde llevar mis bártulos. Atravesamos Babia, Luna, de ahí a Villadangos, luego La Bañeza, ahí se cruzaba el puente de La Vizana que daba nombre a esta cañada real y se salía a Benavente, se cruzaba el Duero por Zamora, después se continuaba a Salamanca, Béjar y Plasencia, y de ahí a Almonte. Me impresionó el puente romano de Salamanca, que tenía en el medio un toro de piedra, y el Juanillo me dijo, date la vuelta y verás la Torre del Gallo, yo nunca había visto nada igual. Recuerdo cada jornada siempre recibiendo órdenes del mayoral, que siempre me chillaba tú, zagal, atrás, no te distraigas y arrea a las borregas. Así que me tragaba todo el polvo que iban levantando, algunas veces ya no aguantaba más y me paraba a toser. El tío Marcial era un tipo seco, de pocas carnes, el Tuerto le decían, pues había perdido el ojo izquierdo en una reyerta de taberna. Yo le tenía mucho miedo, no me gustaba el gesto de su boca torcida, rodeada de una barba poblada, en medio de aquella tez curtida por el sol, surcada por el viento.
Al frente del rebaño iba el Juanillo, con el cargo de compañero, y en verdad hacía honor a su puesto, buen compañero y mejor persona, siempre chistoso y pendiente de mí, o al menos así me parecía. A su vera caminaba constantemente mi querido Ringo, el mejor mastín, que encabezaba aquella ordenada comitiva, después los mansos tocando sus cencerros o esquilones, a continuación, las mil quinientas merinas, atendidas por otros ayudadores y sobrados, más perros y delante de mí las tres yeguas hateras cargadas con todos lo que pudiéramos necesitar durante tan largo viaje. A veces me dejaba jugar con Ringo, pero me advertía no le aprietes mucho la carlanca, que se puede asfixiar. Lo que más me gustaba era cuando atravesábamos los pueblos o ciudades, yo nunca había visto tantas casas y esas iglesias o catedrales tan altas. Cada poco hacíamos un alto, sobre todo cuando los cordeles o veredas eran malos de pisar, con mucha piedra suelta, polvorientos, y parábamos a reponer fuerzas en los abrevaderos y descansaderos. Recuerdo que salimos un veinte de septiembre y llegamos un cuatro de noviembre, en total cuarenta y tres jornadas. Un día de mucho calor, el terreno estaba muy seco al pasar por Malpartida de Plasencia y me arranqué a toser y llorar, me entraron arenillas en los ojos, y me tuve que parar, cuando se me acerca el Tuerto a caballo y me dice vaya mariquita, pareces una zagala, no vales ni para el frío ni para el calor. Yo no supe qué responder, se me encogió el alma, y gracias que se acercó el Juanillo, deja al muchacho, no ves que es casi un niño, bastante que aguanta sin quejarse, como un campeón.
Allí pasamos los meses de otoño e invierno, la verdad es que extrañaba el frío de mi tierra leonesa y no vi la nieve. Las dehesas de invernada tenían buenos pastos, y de vez en cuando íbamos a Almonte para comprar algún cerdo, pan, vino, aceite y algo de ropa de abrigo. Para pagar a veces nosotros les vendíamos quesos, lana, alguna pelliza y varios corderos. Las noches las pasaba en un chozo enorme, con teito de paja de centeno, acompañado de Tomás el rabadán, que era un tipo silencioso de día, aunque roncaba a menudo. Los otros pastores de la cuadrilla dormían cada uno en un chozuelo de palos, que se iba moviendo siguiendo a las ovejas que iban ocupando nuevos pastos. Eso sí, cada mediodía todos los pastores acudían puntualmente a nuestro chozo para compartir la comida y comentar las vicisitudes del día. Así pasé mi primeras navidades fuera de casa, aunque con mi nueva familia en la que ya tenía algunos amigos, y todos me trataban bien, con alguna gracia al ser el más pequeño de la cuadrilla.
El tío Marcial, como era mayoral, dormía en el pueblo próximo, y cada mañana volvía para el desayuno de migas con torreznos, para supervisar cómo iba todo; yo cada vez que lo veía venir se me revolvía el estómago. Un día me enteré que cobraba 3000 pesetas al año, a mí aquello me pareció un capital enorme, sobre todo en comparación con mi sueldo de 260 pesetas, y lo que era más injusto es que el rabadán, que realmente era el responsable del rebaño tenía un salario de 700 pesetas.
En el viaje de regreso a casa, todas las noches me acordaba de mi madre y de los abrazos que me esperaban a mi vuelta al calor del hogar. Una noche, habíamos pasado la Peña Larralde, cuando nos llegamos hasta una dehesa donde pastaba el ganado bravo. Era una finca a la que llamaban Calzadilla de Mendigos, con las gallinas alborotadas entrando y saliendo del corral, que debían barruntarse algo, cuando se desató una tormenta que nos obligó a hacer noche en un corralón enorme, bajo techo. Había truenos cada poco, por lo que no lograba conciliar el sueño, cuando se me acerca el Tuerto y me susurra, zagal, hazme un hueco que estoy helado. Sentí su aliento a mugre y sudor en mi cogote; el refrán dice que los pastores huelen a sebo, y debe ser verdad. Otro trueno, cada vez sonaban más lejanos, cuando noto que bajo la manta empieza a tocarme mis partes, seguro que ya se te pone dura, yo no sabía dónde meterme, me quedé inmóvil, agazapado como una liebre, y él me baja los pantalones y oigo su apestosa voz, ven acá que te tengo ganas, empezó a jadear como un galgo y yo no hice ni dije nada del miedo que le tenía. Al rato se fue, mordí la manta con los dientes y me quedé llorando. Los días siguientes permanecía siempre atrás, evitando encontrarme con el Tuerto, hasta que pasó junto a mí, pero como si no me viera, como si yo no existiera. El Juanillo, que algo se debió oler, se acercaba a mí con bromas, y me decía anda, si parece que ahora le ha comido la lengua el gato. Y así, fueron pasando los días hasta llegar a Caboalles de Abajo, allí estaban mis padres a los que llevaba sin ver desde finales de septiembre. Me agarré a mi madre y no quería soltarla, alguna lágrima se me escapó, me miró fijamente y me preguntó qué te pasa, tú tienes algo, que bien lo sé yo. No me atreví a contarle lo sucedido con el Tuerto y es un secreto que fue creciendo conmigo.
Siempre viví en casa de mis padres, atendiendo las tierras y el ganado de casa, y en verano me subía a la braña de Espiniechas o de Regueira; nunca más quise saber de la trashumancia. Jamás volví a ver al Tuerto, hasta la semana pasada, recién cumplidos los veintidós años, cuando me lo tropecé cara a cara en las fiestas de Rabanal de Arriba, lo encontré algo más viejo, aunque tan delgado como entonces, la barba canosa y con esa mirada aviesa. No le quedó otra que saludarme hombre zagal, cómo has estojado; pero era tal el odio que le tenía que apreté los dientes y sin mediar más palabra me acerqué hasta él, el inconfundible olor a sebo, saqué la navaja y le pegué dos puñaladas en el costado, bramó como un cordero, hincó las rodillas en el suelo y le pegué una patada en la cabeza, maldiciéndole hideputa… se cayó contra un muro y del golpe que se dio perdió todo el sentido, yo no quería acabar con él, la verdad, solo darle un escarmiento, pero tuvo mala suerte y allí quedó, mirando boca arriba, con el único ojo que tenía. La gente empezó a chillar y rápido se presentó una pareja de guardiaciviles, que me arrestaron y me llevaron preso al calabozo de Villablino, y aquí estoy esperando que llegue mi sentencia de muerte. Pronto me pondrán el collar al cuello, y el verdugo apretará hasta romperme mis vértebras cervicales.

Jesús García Esponosa
Geupo A


El lobero

El mismo día de taller ya imaginé el tema del texto. Me resultaba grato pensar en el abuelo Adrián sentado en un tajo reponiendo las pernalas en el trillo tras acabar de verano. Esos pequeños trozos de pedernal, la simetría con la que estaban incrustadas en la madera, el filo navajero y cómo conseguían trocear la mies en la parva siempre me han producido una seducción gratificante. Pero empecé a mirar, a consultar cosas, y me pudo la llamada de lo salvaje. Apareció Juan Bravo, el lobero jurdano, y derrotó a la serenidad del abuelo. ¡Otra vez será, abuelo!
Juan era, allá por 1911, el más famoso cazador de lobos de la comarca y él, "aquel vejete pobrísimamente vestido... con palabra torpe, y con gran cortedad" contó a los viajeros cómo era su oficio.
Su padre fue cazador de lobos y el hijo siguió sus pasos. Hizo la primaria acompañando al padre por lo más quebrado de la sierra, por senderos y vericuetos, mientras aprendía la jabla de los lobos, diferenciando el ladrido estridente del ronquido quejumbroso, la llamada de la loba en celo, los débiles gruñidos de los lobatos. Superada esta etapa vino el bachillerato de emitir esos sonidos de forma casi idéntica para engañarlos. Licenciado en filología lobera su doctorado fue un continuo perseguir, observar, localizar dónde se preparaba la guarida para la futura camada y coger esos cachorros de los cubiles en los riscos más escarpados aprovechando la ausencia de los lobos adultos. Los lobeznos se guardaban en un saco y se salía a escape. Luego se exhibían en los Concejos y alquerías próximos solicitando una limosna como premio a la destrucción de las fieras. La limosna era la vida. Pero las crías, separadas de la madre, no viven más de siete u ocho días. Y enseguida se reemprende la caza porque los lobatos permanecen en los cubiles unos dos meses y había que repetir el proceso tantas veces como se pudiera. Alguna vez ocurrió que fue perseguido por la loba y esto sólo había una forma de afrontarlo: la espalda amparada contra una peña, un capotillo enrollado en el brazo izquierdo, navaja en la diestra y esperar la acometida mientras apuñalaba a la fiera y la abrazaba en un cuerpo a cuerpo salvaje, del que Juan era el único en levantarse.
Al final Juan obtuvo el más alto grado académico: La cátedra en subsistencia.
Por si alguien quisiera negarle los méritos conserva todos los títulos. Los lleva siempre con él. Impresos en su piel. Brazos, pecho y espalda están escritos con cicatrices de arañazos y mordeduras. Surcos profundos, costurones de toda una vida de penurias huyendo de la gazuza, de la hambruna que pasaba de padres a hijos.
Tal vez a esos títulos les faltó un sello oficial.
Cuando Juan murió supimos cómo era su casa: En un ángulo formado por dos peñascos había hacinado unas pizarras y construyó su guarida. Dentro había un montoncito de patatas, un fuego apagado al que había arrimado un puchero desportillado y sin asas. El suelo cubierto de helechos putrefactos y en un rincón una colchoneta rellena de paja y un manta destrozada.
Unos cincuenta años después el oficio seguía existiendo. En mis recuerdos de infancia, fácilmente erróneos, está el de haber visto en el Rebollar un lobero que iba pidiendo limosna como hacía Juan Bravo. El de mis recuerdos llevaba sobre un asno una piel de lobo adulto rellena de paja y la mostraba de pueblo en pueblo. Iba acompañado de un mastín con una carlanca que me impactó mucho más que la piel del lobo.
Quiero creer que la desaparición del lobero representa el final de una "espantosa miseria colectiva", el intento de acabar con "modos de vivir que no dan de vivir".

Nicolás Castillas
Grupo A

La memoria de lo íntimo

Esta semana la sala de Fondo Local de la Biblioteca se perfumó de música. Ivet y Natsu, las protagonistas de la novela Arden los estanques de Alicia Andrés Ramos tocaron el piano para nosotros y nos contaron sus historias. Fue una sesión emocionante. Si quieres saber algo más sobre los proyectos culturales que gestiona Alicia mira por el catalejo de este enlace.
Disfrutamos con la capacidad evocadora de la música y de la arquitectura exacta de las palabras. Alicia demuestra en esta novela su capacidad para contar desde la memoria de lo íntimo, para señalar los asombros propios del haiku en cada descubrimiento y cada revelación de una niña de once años, Ivet, un verano que le cambió la vida. El despertar del deseo, el encuentro con la naturaleza, la emoción que vibra en las teclas negras y blancas hacen de este libro una novela piano que se lee y escucha al tiempo.
El lector se conmueve con la intensidad de lo poético y la perfección que Alicia administra al lenguaje tanto es así que incluso podemos sentir un pellizco de pudor ante ese relato tan íntimo. 
Hablamos también de la novela Hilatura, y de cómo las primeros párrafos del libro nos invitan a descubrir la historia de Aurelia en la travesía de las páginas. También aquí el lenguaje y la destreza narrativa de la autora configuran las atmósferas y la personalidad y psicología de los personajes. Una obra que se asemeja a una bobina de hilo en la que se enhebran la fábula y el realismo mágico y que invitan al lector a imaginar un lugar que no existe pero que toma forma a medida en que el hilo se devana. 
Esta es la carta de presentación de "Arden los estanques", novela que recibió el XII Premio de Novela corta Fundación MonteLeón

Existen veranos que duran toda una vida. Arden los estanques explora el laberinto de la memoria, la persistencia de imágenes, sonidos y sueños con los que construimos nuestro pasado.
Una Ivet adulta evoca aquel verano de sus once años, en una finca del sur de Francia, que lo cambió todo. El encuentro con Natsu, su profesora de piano, supuso una revelación interior, el descubrimiento de una forma de contar el mundo a través de la música. También el despertar del cuerpo y las contradicciones del amor. Los ángulos oscuros del deseo marcarán una biografía sentimental que Ivet despliega como un mapa mientras recorre las calles de Tokio, ciudad de origen de su Gran Maestra Oriental, como ella misma ironiza.
Camina Ivet en distintos tiempos, extiende el tapiz de una memoria sonora y se pregunta si es posible amar al menos una vez en la vida, cuánto hay de realidad o de invención en el relato de nuestros días.
Arden los estanques es una atmósfera, una sala vacía en cuyo centro alguien toca el piano. Una novela que más que leerse, se escucha.




Ivet quiere conocer la historia de su maestra de piano y pregunta a Natsu por su abuelo. Esta le cuenta su historia con las notas del piano. Así es como aprende que tocar el piano es mucho más que hacer sonar sus teclas. Cada canción encierra una historia y es preciso contarla. La música le desvela que los abuelos de Natsu se conocieron el día en que tembló la tierra en Japón, ambos salvaron sus vidas en aquella tragedia que asoló la región de Kanto. Te recomendamos un artículo de Miguel García Álvarez titulado “El gran desastre deTokio de 1923: Terremoto, incendios, desinformación y racismo” si quieres saber más sobre este suceso. Y en este enlace puedes ver imágenes e infografías sobre lo ocurrido. 
En el interior de Ivet también tiene lugar otro seísmo, el que provoca la emoción a través del recuerdo de aquel verano. Años después, en un viaje a Tokio, recompone los fragmentos de su historia para entender adonde le condujeron aquellos días y todo lo que sucedió después.

El jurado del premio destacó la plasticidad de las metáforas de Alicia y la elaboración psicológica de los personajes. El relato es una sinfonía que resuena en el lector. 
Dejamos aquí un fragmento en el que Ivet descubre que el silencio es mucho más que las figuras que lo representan sobre una partitura. Este texto respira haimi, sabor de haiku, desde las primeras líneas:

A Tokio. Os fuisteis a Tokio y tu abuelo no volvió a cultivar la tierra. Recordabas que lo hacía en silencio, como Françoise, concentrándose en la semilla. Quise saber si Kibuku consiguió ser feliz en la ciudad pero no hubo respuesta. Con la música sucede lo mismo que con la tierra, continuaste. Todo viene del silencio y a él regresará, temerlo es tan inútil como huir de tu sombra. Los artistas se rebelan contra el vacío pero la batalla está perdida. Mejor asumirlo y respetar sus huecos. Si quieres saber quién era Stravinsky escucha sus silencios, ahí te lo está diciendo todo. Como mi abuelo. Toca con atención esos espacios, que tus manos aprendan a esperar. También esperan las raíces en invierno. La espera siempre es ciega. 
Acercaste tu oído a un surco y yo te imité. 
Escucha. 
Dentro, la tierra callaba. 
Escucha. 
Apreté la mejilla contra el terrón. Me pareció que los topos detenían su marcha. El viento removiendo los maizales, el runrún de las lombrices trepando a las vainas más tiernas, mi arritmia. Todo redujo su vibración hasta hacerse inaudible. Me quedé así, fuera de tiempo, a medio camino entre el sonido y aquella masa densa y blanca, invisible, que era el tuétano de todas las cosas. De esa ausencia surgió el aullido de tubérculos y minerales; el chispazo de la primera noche, en la que todo estalló sin un solo testigo. Debajo las raíces se entrelazaban, multiplicaban su volumen de un modo horizontal y descentrado. Cerré los ojos y el silencio se hizo más compacto. Tuve miedo, aunque no supe nombrarlo. Había algo ciego en aquel vacío y escucharlo era como despeñarse por un barranco. Allí estaba yo. Tenía once años y avanzaba a tientas entre las tinieblas, mi vida era un ruido estéril. Agárrame fuerte, quise gritar, no me dejes caer. 
A lo lejos un ladrido me trajo de vuelta. Tras él llegó el zumbido de una abeja, los escarabajos deambulando entre las flores de patata. 
Picaba la piel en contacto con el surco y una hilera de hormigas ascendía por tu mano. Sonreíste, y me pregunté si habrías sentido el mismo vértigo, pero el diminuto sonido del roce de tu mano borró mi duda. 
Ivet. 
Mi nombre en tus labios sonó extranjero. 
Ya nada será igual, dijiste. 


Propuesta de escritura

Vamos a tomar como referencia un fragmento del libro:
EL desangelado cuarto de las clases de piano adquirió nuevas dimensiones. El Sueño de amor de Liszt convirtió la sala en un jardín de lirios y peonías donde tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules. Su Consolación nº3 me transportó al dormitorio italiano en el que un joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. «Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre». La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres de Bohemia que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.

Te proponemos elegir una de las tres historias que se insinúan brevemente en el libro. Si decides escribir sobre las tres hermanas hazlo con "El sueño de Liszt" de fondo. 
Si prefieres escribir sobre el joven poeta déjate acompañar por la "Consolación n1 3" del mismo compositor. Pero si prefieres darle voz a los jugadores de cartas que lloran y que cantan a bordo del navío escucha "La Barcarola" de Tachikovsky. Deja que la música permee en el texto. Que las palabras se impregnen de música.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Mi último poema

Desde mi lecho de muerte
escribo estos postreros versos, envuelto en delirios de fiebre,
y aunque me fatigo, quiero desenredar -por si me lees- mis oscuros anhelos.

Sufro desvaríos y quimeras. Una nube negra de estorninos
merodea en torno a mi maltrecho catre,
escucho sus ásperos chasquidos y silbidos
entre el rumor de artistas, viajeros
y vendedores ambulantes de la Piazza.
Suenan las campanas de la Trinitá, sus repiques
y volteos me parecen el alegre toque de vísperas.
Pronto tañerán a muerto, tres tañidos lentos,
monocordes y solemnes, suspendidos en el aire.

Me duele este pecho que ansía tus caricias,
apenas puedo respirar, entreabro débilmente los ojos
y evoco tu fragancia a violetas y alhelí.
Siempre te deseé, mas nunca te lo conté.
Soñé con acariciar tus caderas,
hundirme en tus negros luceros
y bucear entre tus tiernos labios.
Me falta el aire en mis pulmones,
inundados como las huertas anegadas del Tíber,
y curo en silencio las llagas y chancros de mi boca;
ya no podré libar las cerezas de tu pecho,
tú quizás ya no querrás besarme.
Construí conversaciones, como castillos en el aire,
en las que te confesaba mi amor.
Ahora me arrepiento, pero nunca fui valiente,
tan solo dejé ahogar mis pasiones.

Cae la tarde y aumentan los graznidos de las chillonas patiamarillas,
que pelean por sobrevivir mientras mi alma se hunde como la Barcaccia.
Abro los ojos y veo estas manos llenas de sarpullidos,
ya no tengo fuerzas para luchar;
me incorporo con dificultad y atisbo mi demacrado rostro
en los reflejos del ventanal, apenas entreveo mi máscara mortuoria.
Un débil haz de luz atraviesa las cortinas,
entorno los párpados y veo tu figura, una seductora silueta,
un tentador talle que me cautiva,
escucho tu dulce voz que apacigua el vacío del mundo que llevo dentro.
Muchas tardes te busqué entre las sombras de la plaza,
ahora mis cansados pies ya no podrán subir más por la escalinata.
Ya no aguanto más esta enfermedad de Cupido,
mi débil torso arranca a toser, tan solo puedo escupir sangre.

Cierro los ojos por última vez y escribo a ciegas,
toda la belleza del mundo está ahí fuera.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Melancolía

La desorientación se había instalado en mi consciencia. El sol hacía media hora que se había escondido detrás de las imponentes hayas de la selva de Bohemia. Me había embarcado en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto de Moldaba al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.

Salí de mi mugriento camarote. Aborrecía el olor a humedad, sudor y licor del que estaba impregnado el estrecho pasillo. Era especialmente intenso. Abrí la escotilla que daba paso a la cubierta de estribor. La luna me saludó con su fría presencia. La brisa fresca arrastraba aromas de las incipientes flores que anunciaban el comienzo de su brote estacional.
Me asomé por la borda. El agua estaba negra y revuelta, como mis pensamientos.
—Hace mucho frío para que una bella mujer deambule por aquí sola —una voz joven y alegre sonó desde el puente.
Me giré hacia el sonido. Un atractivo y cálido joven sonreía mientras se abrochaba el gabán. Bajó la escalera de gato y se acercó mientras se contorneaba intentando disimular una leve cojera.
Su olor a vainilla mezclada con miel, me atrajo, pero el hedor que desprendía su garganta, producto de cervezas fermentadas en su estómago, me provocó repulsión. Una amarga mezcla.
Un deseo irrefrenable me perseguía. Su calor me atraía, me empujaba, me desinhibía. Sentía un frío interior lacerante que me absorbía hasta las cuencas cansadas de mis ojos.
—Aquí es difícil pasar tiempo sola —me insinué.
Clavé mis ojos sobre los suyos, que me miraban con una mezcla de excitación y curiosidad. Se acercaba lentamente. Sutilmente se quitó el anillo que llevaba en su mano derecha.
—Si me permite puedo invitarle a una copita de trece dentro, más al abrigo. Hoy estoy de suerte. He ganado buenas manos y tengo dinero para gastar —me cortejaba con su atractiva sonrisa.
—Estamos más tranquilos aquí. Solos —mientras me acerqué a sus labios con descaro.
Exhaló una carcajada de sorpresa y seguridad. Agarró mi cintura y me olió sin tocar mi rostro.
Acerqué mis labios a los suyos, lo justo para separarlos lentamente. Me besó con pasión. Su lengua cálida y húmeda se unió con la mía fría y seca.
—Estás helada mujer —dijo mientras agarraba con firmeza mis glúteos. Mi nariz se instaló en su cuello, al calor de su piel, el olor de su pelo, el sonido de sus latidos. Esa sensación interna extraña y dolorosa empujó mis entrañas. Empecé a besar su cuello, notaba sus pulsaciones a través de mi lengua, sentí un dolor extraño en mi paladar a la vez que un líquido cálido y espeso brotaba de su yugular. Su vigor penetraba en mi cuerpo y mi frío interior se calmaba, mis pelos se erizaban. Su calor me inundó. Un ardor ancestral se apoderó de mi ser.
El joven, embelesado, disfrutaba de esa extraña sensación. A medida que succionaba con más ímpetu el hombre iba perdiendo su energía. Lentamente se fue apagando, marchitando. Su rostro antes enérgico ahora estaba pálido, sin energía, huero. Sus rodillas tocaron el suelo y su cabeza se acomodó sobre mis brazos. Me giré. Lo arrojé por encima de la barandilla. Se hundió en la inmensa oscuridad salteada por los reflejos de la luna que la intermitente bruma dejaba entrever.
Mi fuego interno se había calmado. Otra aflicción asomaba. Un martirio mental. Un poderoso arrepentimiento, que sacudía mis concurridos pensamientos. Un pesado ancla que me arrastraba al fondo de mi pesar, de mi culpa. Con ideas recurrentes sobre el destino del joven, de su familia, de sus hijos. ¿En qué me había convertido?
Estaba desorientada. Abrí la compuerta y accedí al interior del barco. Un ruido ensordecedor de jugadores borrachos con un olor penetrante a sudor me golpeó.
—Hola preciosa. ¿Quieres tomar una?

Max Ferlam
Grupo B


El lento Balanceo

“La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al ElBa, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranzas y becherovka. Oscuros hombres de bohemia, que esnifaban rape y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.”

Nadie parecía sorprendido de que la música brotara del fonógrafo viejo, como si de una máquina oxidada se tratara. En aquel barco todo era anacrónico. El tiempo se había detenido en una resaca eterna.
Los jugadores de cartas apostaban hasta sus últimos recuerdos en lugar de dinero, mientras apuraban esa bebida espesa que olía a hierbas y a invierno. Reían con carcajadas bruscas y rotas, pero sus ojos eran de una incurable tristeza.
Entre ellos desfilaban los llamados poetas, aunque ya no escribían. Esnifaban rape para mantenerse despiertos y se balanceaban al ritmo del río, como si el agua les dictara viejas canciones que nadie más recordaba.
Yo observaba en silencio, sintiendo que no viajaba hacia una ciudad, sino hacia un estado de ánimo. El Moldava se estrechaba, el Elba parecía un rumor lejano, y la Barcarola se repetía una y otra vez, hipnótica, como una promesa de algo que jamás llegaría.
Desde la barca, algunas noches se percibía la orilla de alguna tierra. Pueblos que no aparecían en los mapas, con casas bajas, sin luces, de madera clara, que crujían como barcos viejos que sueñan con volver a navegar.
Una de esas noches, cuando la niebla se superponía al río, me pareció ver a unos pescadores levitar sobre el agua. Con rostros olvidados, desfilaban sobre la superficie como si la realidad fuera apenas una sugerencia. Al amanecer, los pescadores desaparecieron.
Entonces comprendí: aquel barco no transportaba personas, sino nostalgias. Cada pasajero estaba condenado a navegar eternamente entre lo que fue y lo que nunca sería. Cuando quise bajar, el muelle ya no existía. Solo quedaba la música, el río y ese lento balanceo que, como un hechizo, me había convertido en parte del viaje.

E.R.A
Grupo B


Chat Conchas C
12/02/2026

R.V.: Aquí tenéis la tarea de escritura (aquí debes imaginarte el PDF adjunto)

Isabel Sotomolinos: Hola, compañeros. Sólo unas líneas para compartir las ensoñaciones por las que me dejé llevar el martes pasado en nuestro taller de escritura.
Empezaré por el jardín de lirios y peonías que la autora del texto imaginó al escuchar el Sueño de amor. A mí me inspiró, cuando escribimos al dictado del nocturno de Liszt, una helada avenida de alguna ciudad del imperio Austro-Húngaro, con gotas (esas notas agudas del piano) que se desprendían de los carámbanos de los aleros. Un ambiente sugerente para una música calmada.
La Consolación nº 3 me evocó, no un poeta bohemio consumido por la tuberculosis, sino el paisaje de un otoño tardío, un mundo lento de movimientos, un bosque con una persistente brisa, alentada por ese tema, casi ostinato, de la mano izquierda de la pianista.
¡Y qué decir de Tchaikovsky! Con la Barcarola, me encantó imaginar – ¡cómo no! – el ameno balanceo de una góndola veneciana, surcando el Gran Canal, entre hermosos palacios renacentistas.

Tristán Holgado: Muy buenas a todos los miembros y miembras del chat, y un comentario para ti, Isabel. Ya me conoces: sabes que una de las cosas que más me gustan en este perro mundo, es llevar la contraria. Dármelas de rebelde me pone un montón. Y cuando sale a relucir la respetuosa adoración que se tiene a la música denominada clásica por parte de tantísimo prójimo, del que no se guarda en la memoria de los hombres, ni en los anales de sus vidas, ni en ningún otro método de registro, un solo instante de escucha musical, me sale la vena guerrera.
Ya sé que no es tu caso. Que eres una gran aficionada a la clásica y a la ópera en particular y me alegra mucho que disfrutes de esas piezas tan sugestivas, pero tienes que admitir que lo que la gente escucha para relajarse y divertirse no es esa música.
Escucha música pop, la música de todos. Si entras en casa de cualquier amigo o te montas en su coche y está escuchando algo, muy probablemente no será ópera o Beethoven lo que salga por los altavoces. El común de los mortales lo que escucha es música pop.
No exige ponerse tan serio como se ponen los intérpretes de esos pianos, que parece como que las teclas les hagan daño en los dedos a juzgar por su doliente expresión.
Es música con ritmo, con percusión. Llamando al que escucha a moverse, a cantar - o a tararear si uno no conoce la letra – y, si es el caso, a bailar.

Ángel Romero: Todo eso que comentáis deja de lado una cuestión crucial. Cuando se interpreta música clásica por una orquesta, o una banda canta una canción pop, el tema no cambia, es siempre el mismo, igual al del concierto anterior, siempre igual. Las notas, las mismas.
La verdadera genialidad está en el jazz. Cada ocasión en la que el “standar”, el tema, se interpreta, el solista recurre a su imaginación, a su experiencia y a su talento, para ofrecer a los oyentes una improvisación melódica, que cabalga sobre la armonía que el resto del grupo mantiene fija. Novedad en cada concierto. Vivencia, pasión creadora. Arte en estado puro encima del escenario.

Tristán Holgado: Soy incapaz de engancharme a escuchar una pieza de jazz, porque la improvisación hace que la música no resulte natural. El solista hace lo que le parece a él en cada momento, y eso probablemente no será lo que estás esperando, la nota que sería “natural”. De hecho, muchas veces no lo es. En la música pop uno intuye la siguiente nota.

Isabel Sotomolinos: La música clásica contiene un sentimiento profundo, una belleza abstracta, imposible de igualar. Además, en la ópera el interés se incrementa porque se narra una historia, añadiendo arte dramático al conjunto de la obra.

Ángel Romero: Siento disentir con vosotros, pero creo que tenéis prejuicios al escuchar jazz. Y pienso que es porque no lo escucháis como se debe: no debes esperar que la melodía continúe por donde uno la espera, sino que hay que abrirse por completo a la improvisación y dejarse llevar. Igualito que uno debe abandonarse en el amor, cuando la suerte de pronto te sonríe y das con amantes perfectos y experimentados. Dejar que te hagan el amor, para escuchar jazz como se debe. 

Carlos Coca
Grupo C


Reencuentro

El murmullo del agua traspasa la ventana. La vieja fuente despierta conmigo. Clarea otro amanecer incierto y en la cortina, como una espada, se hunde el primer rayo de sol. Los zapatos resplandecen bajo su luz y tras ellos mi sombra alargada. Adormecido en el diván, vislumbro apenas las yemas de mis dedos renegridas por la tinta seca y mis poemas cubriendo mi cuerpo como un sudario de letras. Me yergo somnoliento “he de terminarlo hoy, hoy sin falta”. Vuelve la tos y mi cuerpo, este inútil cuerpo se dobla y caigo de rodillas. Recojo una página desordenada del suelo con una frase “toda la belleza del mundo está ahí afuera y yo solo puedo escupir sangre”, arrugo la hoja manchada con palabras que más que un verso final parecen mi propio epitafio. No quiero lápida ni flores lastimeras, quiero que se lea una vida en cada verso, en cada página. Me levanto y abro la ventana. El ruido del agua que se desliza por el suave mármol de la fuente, lo inunda todo. Veo de soslayo mi reflejo en el cristal, mi rostro blanquecino y la oscuridad de mis ojos vencidos. En mi boca se dibuja una sonrisa burlona, después de tres meses sin salir de esta habitación, agradezco ser el hombre imberbe del que Ana tanto se burlaba. Ana, mi querida Ana, mi tintineo constante, su promesa inquebrantable de volver a verla. Su adiós, mi ataúd. Camino hacia el perchero donde languidece mi abrigo beige, es hora de habitar su cuerpo de lana. Siento su abrazo. Descalzo, recojo los zapatos y salgo de la habitación de puntillas, no sin antes escribir el último verso y una dedicatoria final.

Mamen Somar
Grupo C


El sueño de amor. Franz Liszt

La huida de las tres musas me paraliza por un segundo. Enseguida despliego el dedo índice y lo dejo caer con lentitud sobre una tecla negra. Tras un momento de calma mis manos despiertan para simular el susurro del arroyo. La mayor, una adolescente de cabellera rojiza, se había vuelto un instante apremiando a las otras a correr más allá de los abedules, allí donde mi música no puede alcanzarlas. La pradera va perdiendo su luz conforme sus pasos se alejan.
Ahora la tristeza resuena en las cuerdas con la obstinación del tambor. Los lirios apagan su brillo púrpura mientras se escucha a las peonías musitar una jaculatoria, un rezo monocorde, casi inaudible, que implora el regreso de la luminosidad.
Cuando un retazo de seda blanquecina asoma tras el tronco de un árbol y atisbo junto a él la melena pajiza de la menor de las tres, mis manos se alzan en un vuelo vehemente para caer luego, extendidas y vibrantes, como una cascada sobre el teclado.
Las flores han recuperado su esplendor. Hay una nueva alegría resonando en el aire cuando ellas aparecen risueñas y se precipitan hacia mí, jugando a que nunca se marcharon. Se sientan en torno al piano y, calladas por un momento, levantan la mirada hacia una nube diminuta que se va esfumando en un cielo intensamente azul. Me entrego a su misma ensoñación y permito que el silencio se apodere poco a poco del salón.
El hechizo desaparece bruscamente, intimidado, sin duda, por el explosivo fragor de los aplausos.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Barcarola

Una tarde de esas que parece que nunca van a acabar, dos muchachos aprovechan la sombra de la chopera y la brisa junto al río para pasear y ponerse al día de sus cosas. Ha sido el primer día caluroso. Se conocen desde primaria. Este año no van a la misma aula, hay dos grupos y los han asignado por orden alfabético.
Quedan casi todos los días pero siempre hay qué contar. El más bajo está preocupado por las notas que pueda sacar en Literatura, siempre se le ha dado bien pero cree que esta profesora le tiene manía y contra eso no se puede luchar. En las demás asignaturas va bien pero el suspenso de alguna le causaría problemas en casa, su padre ya lo ha amenazado con amargarle el verano.
El otro trata de espantar los malos augurios. Se oyen risas y carreras. Hasta el final de la siguiente semana no sabrán las notas. A su edad, unos días son la vida entera.
La conversación se vuelve más pausada, siguen con sus confidencias mientras se dirigen al lugar junto a la presa donde les gusta sentarse. Los demás no tardarán en llegar.

EMM
Grupo C


Consolation nº 3

Carmen no tiene consuelo. En la habitación que hasta hoy ha compartido con ella, se repite las palabras de amor que intercambiaron y las promesas que se hicieron. Trata de pensar que esta ruptura no durará, pero las lágrimas llenan de nuevo sus ojos y caen por sus mejillas como las gotas de lluvia. De nuevo las mismas promesas salen de sus labios sin que pueda contenerlas. No es capaz de pensar en otra cosa, este dolor que la atormenta no permite ningún otro pensamiento.
Poco a poco su mente se va sosegando y siente cierta somnolencia inducida por las pastillas que ha tomado.

EMM
Grupo C


Vaporosa…

Tres gasas blancas al viento, tres pares de pechos, de brazos y de piernas rozando el viento. Tres cabelleras al aire.
Escondidas tras los troncos de los abedules, risas confundidas con el canto de los pájaros, con el correr del agua río abajo. Plantas de pies desnudas, posadas sobre el césped aún húmedo del rocío. Labios, mejillas, pupilas y pestañas. Gritos de alegría, juventud, primavera. Girones de suaves trozos de telas; tul, seda, organdí, sembrados como macizos de tulipanes.
Tres hermanas riendo, saltando, danzando.
Un rumor de hojas al aire. Diminutos pechos, rosados pezones, cual botones de flores, descubiertos, bañados por el sol. Un piano suena a lo lejos. Unas manos cansadas recorren sus teclas. Un poeta que se va, que se despide para siempre. Vencido, cansado, moribundo.
“Dejar atrás su escondite, ya el poeta se ha ido. Ya nada puede detenerse. Ya hermanas mías, ya reiremos desde ahora y para siempre, al abrigo de este bosque y esta penumbra, desnudas, libres, con el viento por cómplice y único amante.
Adiós poeta, adiós”.

Esperanza García
Grupo A


Soñar con la Barcarola

​Era un intenso día de junio; el anochecer cedía su opaco velo a las aguas del Moldava. Viajaban en un viejo pero seguro navío en dirección al Elba nativos bohemios, quienes, con andares despreocupados, jugaban a las cartas y permanecían embriagados de añoranzas y de becherovka.
​"Él" y "Ella", apartados del resto de la tripulación, contemplaban con escasa nitidez los olmos, sauces, robles, abetos y abedules que acompañaban las riberas del Moldava y del Elba.
​La luna creciente dejaba su impronta en la pareja mientras escuchaban la Barcarola de Tchaikovski, sentados en la proa del navío. Soltaron sus manos luego de soñar despiertos.
​El bullicio de los otros navegantes, el sonido de las ramas de los árboles y la tranquilidad de las aguas del río indujeron a la pareja a jugar a las cartas. Las suyas eran cartas metafóricas que, al sacarlas al azar, iban creando historias y proyectando el futuro.
​Al llegar a la ciudad de Dresde, se detuvo la embarcación. Se disfrutaba de un concierto en el anfiteatro al aire libre: el "Filmnächte am Elbufer" con Roland Kaiser.
​Las aguas del Elba, como un espejo, reflejaban gamas de colores brillantes: azules, verdes, rojos y naranjas que, sin duda alguna, movían emociones.
​Todos los bohemios descendieron para disfrutar de la impresionante ciudad. "Él" y "Ella" se dirigieron a la Iglesia de Nuestra Señora (Die Frauenkirche). En su cripta se ofrecía un concierto de música clásica del surcoreano Jeung Beum Sohn; no fue casualidad, fue conexión: el pianista interpretaba La Barcarola de Tchaikovsky.
​En un bolsillo de la chaqueta de la joven iban las cartas, y el joven sostenía en su mano derecha una botella de Dresdner Striezel Glühwein, reserva de Navidad, con el fin de sustituir la ya vacía botella de Becherovka.
​Tomar el barco nuevamente, embriagados por las bebidas y la dopamina, era lo próximo para ellos.
​El final fue Hamburgo. Desembarcaron en otra noche, bajo esa misma luna pero ya más crecida; las estrellas no la dejaron sola. Los pies de "ella" y de "él", descalzos y mojados, los llevaron por la orilla del caudaloso río hasta donde las escamas de la Filarmónica del Elba (Elbphilharmonie) aguardaban por los dos para nuevamente soñar, bajo La Barcarola de Tchaikovsky interpretada, otra vez, por el pianista surcoreano.

Miriam Esther García
Grupo A


Barcarola

El barco no se parecía en nada a los de los cruceros fluviales. Sonaba al deslizarse por las aguas del Moldava que mostraba estelas bellísimas de la ciudad. El ruido del motor dejaba mal sabor ante el castillo y la joven se devanaba los sesos, sin saber qué hacer.
Bajo los arcos del puente de Carlos, sus manos buscaron en el bolso algo que la mantuviera viva, no encontró nada.
Se lo habían llevado todo y allí estaban jugando al póquer, mientras ella mirada las maravillas de esta ciudad imperial. Sin que ella tomara parte, decidieron jugárselo esa tarde en el barco. Le dijeron que todo estaba preparado y que iban a doblar la cantidad conseguida con el manuscrito kafkiano.
Oía ruidos, maldiciones, portazos. No quería escucharlos, pero los motores no los acallaban, ni siquiera la música los amortiguaba.
Ella se dejó llevar por las notas del piano que la adormecieron. Olvidó a qué había venido a esta ciudad y dejó que sus ojos y su mente disfrutaran de los rincones inolvidables. El piano apaciguó su corazón y voló por las calles de la ciudad vieja, se extasió ante el reloj, paseó por la calle Carlova y Mala Strana. Soñó que iba a salir bien y no cerró los ojos en ningún momento.
Allí estaban esos días de lucha por conseguir lo que querían.
Todo iba a saltar por los aires, sin que ella pudiera hacer nada. Los ruidos aumentaron, golpes, patadas, gritos, miedo, mucho miedo. La música la había abandonado.
-Hay que tirarse al agua, le gritó uno de sus compañeros.
-Estamos perdidos.

JB
Grupo C


El sueño de amor. Franz Liszt

Tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules.
Los tres muchachos se miraron entre ellos y sonriendo, sin apresurar el paso pero no su corazón, fueron en su busca. La señora Dolleman no perdía detalle y anotó en su mente lo que consideró una travesura imperdonable para contársela a su madre.
Agnes era la mayor y quien había iniciado la carrera, tras una intensa y emocionada mirada a Stevenson, que guardaba el preciado anillo en un delicado estuche, al lado de su tierno corazón. Margot, impetuosa, siguió a su hermana a carcajadas, olvidando el decoro que continuamente le recordaban y Beth, la pequeña, con exquisitos modales alcanzó los abedules, pero inmediatamente asomó su hermosa cabecita para sonreír y tranquilizar a la señora Dolleman, que ya se había puesto en pie derramando el té sobre el exquisito mantel posado en el césped.
Agnes y Stevenson apenas rozaron sus dedos, pero fue suficiente para exaltar su corazón a un grado desconocido hasta entonces.

Ana 
Grupo C


Consolación Número 3. Fran Liszt

El joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. “Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre”. Sus ojos apenas se mantenían abiertos y entre los estertores recordaba el Síndrome de Stendhal que sufrió nublado por la exquisita Florencia y su amada no correspondida, una bella joven que conoció en la Piazza della Signoria y a la que siguió hasta la Ciudad Eterna. “Al menos sé lo que es el amor” susurró con gran esfuerzo, e intentando recordar los versos que le dedicó, exhaló su último suspiro.

Ana
Grupo C


Música para un poeta

Menta, en el té de mis tardes frías.
Ausentes, las palabras de otros,
mudas, las mías.
El invierno de Vivaldi
despierta mis sentidos,
busco alivio en el piano
o quizás es el violín
que se acerca a mis oídos.
Música para endulzar la tarde,
para esconder el miedo,
para sentirme vivo.
Su Consolación número 3
me hace sentir
que ahí fuera late la vida,
que susurra el viento
que hay gente cantando
bajo la lluvia,
y la mía, se apaga lentamente,
sobre un diván,
pariendo versos
para un triste poema.

P.G.
Grupo C


Gotas de lluvia sobre alas de mariposa (carta perdida de John Keats a Fanny Brawne)

Roma, 22 de febrero de 1821

Mi dulce Fanny.

Para cuando recibas esta misiva, mi alma habrá trascendido y mi cuerpo yacerá bajo tres metros de tierra en un camposanto. Mi nombre, escrito sobre agua, espero que al menos viva en tu memoria. Esa esperanza es lo único que me da calor en estas horas finales.
La vida se extingue, inexorable como la llama de esta vela que me acompaña en la solitud de las cuatro paredes que me contienen como las tablas de un ataúd prematuro. Me hundo en la vacuidad de los días sin noche, de las noches sin sueño y de los sueños sin ti. Tu rostro en mis recuerdos será lo único que perdurará de mi ser, de las vagas palabras que conforman los poemas que te dediqué. Espero, deseo, que tu alma encuentre la paz que yo mismo pretendo hallar mientras te consagro estas letras finales.
Sé, porque es inútil ignorar la verdad de esta enfermedad, que tal vez mañana los ojos de tu imagen se cerrarán en mi memoria y será porque los míos se nublen al fin. Ojalá contar con más tiempo para los dos, para dedicarte más versos que dicen nunca llegarán a codearse en el olimpo de los literatos. Mientras te hagan feliz a tí, ¿qué importa lo que digan los demás? Al final, solo te quedarán tus recuerdos y mis palabras.
Gracias, mi amada, por haberme permitido volar a tu lado cual mariposa de alas mojadas. No puedo pedirle más a la vida, salvo que te duela menos de lo que lo ha hecho hasta ahora. No puedo exigirle nada a la muerte, salvo que te permita vivir a ti lo que no pudimos juntos.
Podría perderme en los lamentos fútiles, mas has de saber con dicha que habría vivido cualquier otra vida contigo igual que esta: escribiéndote en cada poema. Y ¿sabes? También habría muerto igual que muero ahora: con el pecho henchido por saber quién eres debajo de la piel.
Muero, sí, pero muero con la paz de amarte hasta el último aliento.
Recuérdame en cada mariposa que te acompañe en el camino.
Tuyo para siempre,

John Keats

Sara Terrén
Grupo C


El hilo rojo del amor

Aún no había despuntado el alba y en la casa reinaba el silencio únicamente interrumpido por el cacharrear de los empleados en la cocina. A esas horas, la casa se inundaba de un agradable olor a bizcocho y café recién hechos.
Las tres damiselas aún dormitaban, con un sueño sereno, esperando que los rayos del sol alumbraran su despertar. Entre risas y cánticos empezaban sus mañanas.
De piel blanca como el azahar, sus cabellos dorados como el heno, de ojos azules como el mar y livianas como el viento. Así eran estas tres pequeñas ninfas que alegraban cada rincón de aquella casa.
Durante el día gustaban de salir al jardín. Se mezclaban entre las flores con sus vaporosos vestidos blancos y bailaban al son del trino de los pájaros.
Luego, agotadas, se sentaban alrededor de una fuente y hacían un viaje a lo desconocido a través de las páginas de aquel libro que las hacía soñar.
Al caer la tarde se reunían en torno a la chimenea, al amor de la lumbre. Cada día una de ellas tocaba una pieza al viejo piano, con gran delicadeza, para deleite de sus padres y de todo aquel que quisiera escuchar tan dulce melodía.
Eran tal tesoro para sus padres que tenían prohibido atravesar los muros de aquella casa. Para sorpresa del resto de las personas que habitaban allí, esta imposición no había cejado en la alegría y el entusiasmo de las tres damas.
Lo que todos desconocían es que, al anochecer, cuando ya la casa dormitaba en el silencio más absoluto, ellas se envolvían en sus capas negras para su escapada nocturna.
Con mucho sigilo atravesaban el jardín y seguían un camino empedrado que desembocaba en un lago de aguas cristalinas.
Allí, descalzas, sobre la verde hierba, como hadas del bosque, iniciaban sus bailes y sus cantos bajo la atenta mirada de la luna y de cuanto animalillo desvelado se acercaba a ver semejante espectáculo.
Después volvían a su casa y se arrebujaban entre las mantas hasta que el nuevo amanecer tocara con mimo su despertar.
Una de esas noches en que la luna brillaba con más fuerza que nunca, una de las muchachas vio refulgir algo rojo entre la hierba.
Al cogerlo en la mano, observó que se trataba del extremo de un hilo. Aquello le despertó gran curiosidad. Se preguntaba qué hacía ahí en mitad de la nada un hilo rojo. Así que, ni corta ni perezosa, comenzó a seguir la hebra.
Cuando, ya estaba llegando al final se encontró con un muchacho que sujetaba el otro extremo. Se miraron de hito en hito. Los ojos almendrados del chaval se perdieron en el mar azul de los de la chica. Él cogiéndola de la mano le dijo: “Por fin llegas. Te estaba esperando”. Ella, aturdida, soltó el hilo y salió corriendo hacia donde se encontraban sus hermanas. Casi sin aliento les contó lo que le había sucedido. Ellas no podían dar crédito a semejante historia por lo que se pusieron a buscar el hilo rojo. Pese a sus esfuerzos, no consiguieron dar con él, concluyendo que la imaginación le habría jugado una mala pasada.
Quería creer en lo que habían argumentado sus hermanas, pero durante todo el día siguiente no fue capaz de sacarse esa historia de la cabeza. Veía continuamente esos ojos mirándola y podía sentir el tacto de su piel al tomarla de la mano lo cual le causaba un estremecimiento antes jamás vivido.
Esa misma noche, como todas, las tres chicas volvieron al lago.
Allí seguía el hilo rojo. Lo agarró y de nuevo lo siguió encontrándose en el otro extremo con los mismos ojos de la noche anterior.
Esta vez no huyó. El chico la atrajo hacia él y la envolvió en sus brazos. Ella sintió un vuelco en el corazón y permaneció a su abrigo. No podía ni quería desprenderse de ese abrazo. Era como si una fuerza mayor impidiera que se separasen.
Así pasaron varias noches, entre caricias, besos y abrazos, hasta que un día los dos amantes decidieron revelar su secreto.
Esposados con el hilo rojo, se presentaron ante los padres de ella. Al verlos no salían de su asombro. No era posible que la profecía se hubiera cumplido.
Los padres les explicaron que, en una ocasión, cuando ya las tres estaban en este mundo, un anciano vaticinó que una de ellas encontraría su verdadero amor siguiendo el camino de un hilo rojo. No podían dejar en manos del destino el amor de cualquiera de sus tres angelitos y que acabaran Dios sabe con qué clase de desalmado. Fue por eso que, para protegerlas, les prohibieron atravesar los muros de esa casa.
Viendo el brillo en los ojos de los dos jóvenes, dieron su bendición a esa relación y, rendidos a la evidencia, entendieron que por muchos muros que levantes el destino los derribará.

Verónica S.S.
Grupo C