Aurora no era muy amiga de camarillas literarias. La conocíamos quienes hemos transitado por diferentes recovecos literarios, quiénes hemos conocido su lugar natal y las gentes del mundo ferroviario. Pocos conocen su literatura, más allá de algunos cuentos que se difundieron en la prensa salmantina y algunos poemas sobre trenes o sobre la ciudad de Salamanca. Murió el 25 de enero de 2021. Su biblioteca se donó al Aula de Cultura de su pueblo, Aldehuela de la Bóveda, y algunos retazos de su vida y su memoria se mostraron en una exposición en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca.
Ella misma se escribía y describía así: Nací una madrugada de Reyes junto a los raíles del ferrocarril de la línea Salamanca-Frontera Portuguesa y fue, probablemente, el arrullo de los trenes el que encendió de fantasía mis sueños arropados por un monte de encinas que me impedían ver el horizonte tras el cual decían que estaba el pueblo del que oficialmente soy natural: Aldehuela de la Bóveda. Aunque no sé por qué razón me bautizaron en Rodasviejas. Crecí campesina de cuentos inventados al amor de la lumbre, furtiva vareadora de bellotas maduras, pueblerina de versos infantiles perfumados de humo. Luego pasó la vida apresurada y seguí desahogando los silencios escribiendo la voz que hería sentimientos. Ahora de tarde en tarde, cuando mi condición de proletaria lo permite, continúo insistiendo en la ingrata tarea de pintar la palabra de esperanza para vestir hermosa la oscura realidad.
Dejamos por aquí un par de textos. Quizá los que ya suman años recuerden en tras la lectura de este poema titulado "Ultramarinos finos" el escaparate y el interior de "Mantequerías Paco". El otro poema es uno de los muchos textos sobre los trenes que recorrieron la infancia y la memoria de Mercedes:
Ultramarinos finos
Los trenes circulaban a cien metros de donde yo vendía felicidad,
engolosinamientos mentirosos,
ilusiones de miel garrapiñadas,
colorines de azúcar como un sueño
brillando en el crujiente celofán,
violetas y bolitas anisadas
haciéndote de agua el paladar
a la niña que lamía los cristales
empañados de adioses y de besos,
que agitaba la mano de párvula viajera
en hueras despedidas que nadie recogía.
Marchaba el Ligerillo muy despacio
para que ella gustara los aromas
que le estaban prohibidos por decreto.
Era la tarde malva en la ciudad
sentada en los carteles del Cine Taramona.
La niña seguía el viaje
de regreso a sus pueblo
sin cines, con escuela, sin historia.
Trenes en la niebla
Los trenes que pasabanllegaban y partían
pitándole al destino,
descalabrando nieblas,
rompiendo lejanías
más allá de las nubes
Si te gustaron los dos cuentos que comentamos en el taller te recomendamos otros más: "Retorno a los orígenes" con el que ganó el 2º Premio del I Certamen de Cuentos "Premios Atenea" y "Deolindo el escuchador" con el que ganó el III Certamen de Cuentos "Premios Atenea".
Pascual Martín, compañero del taller de escritura en ediciones anteriores, me envió hace unos días este texto inédito de Mercedes Aurora que guardaba entre sus documentos. El título y la parte del final de texto estaban impresos en color rojo. Quizá sea un buen homenaje a la autora hacerlo público.
Nieve Roja
Nievitas Ojosgarzos se amonó al chupón y estiró los brazos hacia la lumbre que crepitaba enojosa esperas largas, bajo la troza de la chimenea. Sobre la trébede, el perol grande de porcelana roja, el de las celebraciones, humeaba vahos de guisos especiados con hierbas de la tierra y vino blanco. Por el tiro hollinado huía cobarde el humo asustado por el fuelle que avivaba el tizón del trashoguero, y levantaba las morceñas como gusanos volátiles. De vez en cuando se filtraban los copos insolentes, y se quejaba el fuego en un bisbiseo íntimo.
A Nievitas Ojosgarzos le recorrió la espalda un escalofrío como de varicela sin brotar. Arrastró el tajo hasta ponerlo en paralelo con el sillón de mimbre de la abuela, que a aquellas horas ya andaba traspuesta, con el rosario en su mano chota, parado siempre en la segunda cuenta del tercer misterio.
Nievitas Ojosgarzos apoyó su cabeza en el halda de luto de la anciana, cerró los ojos y comenzó a soñar con el abrigo rojo con capucha que aquel año le dejarían los Reyes Magos. Su madre le había dictado la carta, y su padre se la había corregido, porque ella todavía era muy pequeña y estaba empezando a aprender a leer y a escribir. La repasó por enésima vez:
"Queridos Reyes Magos: Me llamo Nievitas y he sido muy buena. Por eso os pido que me traigáis un abrigo colorado con capucha y una bufanda azul". Al llegar a este punto Nievitas Ojosgarzos protestó:
Yo quiero una muñeca como la de la Nines la del médico.
Su madre sólo dijo:
La pepona será para otro año, porque éste los Reyes van a venir muy pobres por eso de la guerra.
Nievitas Ojosgarzos no podía entender por qué en su corta vida los Magos de Oriente siempre estaban tan pobres para ella, y tan ricos para la Nines del médico y la Sole del Amo Nuevo. Sin embargo aceptó aquel abrigo que en sueños había visto hilvanar a su madre, incluso se soñó subida encima de la mesa, y su padre sujetándola mientras alguien le cogía el bajo y señalaba los huecos de las botoneras.
Saboreó el éxito de su abriguito rojo. Se pondría la capucha y saldría a pisar nieve por el pueblo, oyéndola crujir, que era un placer, hollándola con sus pisadas veniales, y la gente ya no la llamaría Nievitas Ojosgarzos, sino Nievitas Roja, como a Caperucita.
De vez en cuando, su madre removía el guiso del perol y se asomaba a la puerta con una impaciencia desacostumbrada. La mesa estaba puesta desde hacía una hora. Los hermanos mayores, a escondidas echaban un sorbito a la botella de anís y un trago del porrón puesto en el centro. Las hermanas colocaban las velas en las palmatorias por si un corte de luz, tan frecuente en aquellos días, las hiciera precisas. Las uvas lavadas reposaban en la mediafuente, contadas, 12 por cada uno, incluidas las tías y los tres primos huérfanos, total, 180. Y la pandereta junto a la zambomba esperaba caricias en la silla de enea, en la que descansaban las agujas de tejer de la abuela apuñalando un gran ovillo de lana azul.
Una ráfaga como de exhalación, rachando el tronco de una encina, sobresaltó los ensueños de Nievitas Ojosgarzos. Todos salieron a la calle oscura, sin luces en los postes. Hasta la abuela que apresuradamente empezó a pasar cuentas del rosario y se plantó en la letanía, que sólo suspiraba: ora pronobis, ora pronobis, ora pronobis.
Unos decían que el fusilamiento había sido más allá del Caozo del Sahogal. Otros que por el camposanto. Pero el tufo a pólvora ahogaba el aroma de los adobos de la Nochevieja.
La gente corría de un lado para otro. Su madre, sus hermanos, sus tías, sus primos huérfanos. Todos menos la abuela, que se quedó llorando empapando de lágrimas las cuentas del rosario.
Nievitas Ojosgarzos esperó a oír pitar al exprés, y a que el Sr. Repila, el jefe de estación tocara la campana. Aquella era la señal para empezar a comer las doce uvas. Pero el exprés no pito en toda la noche. Un no sé qué triste se le sentó en los párpados y le entraron muchas ganas de llorar. Se asomó a la puerta del corral y el resplandor níveo le cegó los ojos antes de echar a andar callejas abajo. Atollada en la nieve caminó sin rumbo hasta darse de bruces con las tapias del cementerio, junto a las cuales se agolpaba la gente llorando sin consuelo, cada cual abrazado a su muerto, cada cual maldiciendo al verdugo para dentro, cada cual renegando del dios que le inventaron.
Nievitas Ojosgarzos jamás hubiera imaginado que la nieve pudiera ser roja. Por eso se asombró, y comenzó a cogerla con sus manos. ¡Era nieve caliente, nieve roja! Y allí se quedó muda, amedrentada, contemplando la cara amarillenta de su padre sobre la nieve roja, y el rostro de dolor de su madre que la tomó en sus brazos, y apretándola fuerte contra el pecho le dijo:
Mi niña, esta Nochevieja no tendremos uvas.
Arregazó el día de año nuevo con un cielo gris nevando de hostigo y un silencio espeso mordiendo cruel la tristeza alojada en todas las esquinas de las calles sin nombre. Nievitas Ojosgarzos no se creyó la muerte de su padre porque no habían doblado las campanas, a pesar de que el caldero hirviera a borbotones en los llares tiñendo lutos ácidos, y de que la abuela suspirara sin rezar, y a su madre se le hubiera congelado la risa a la orilla de los besos.
Después fue sólo pena lo que llenó la casa. Ni villancicos, ni nueces con higos, ni música de cuchara en la botella de anís, ni turrón, ni pitido del exprés, ni campanilla del Sr. Repila, ni Reyes Magos, ni abrigo rojo, ni bufanda azul.
Los nietos se aburrían de oír cada Nochevieja el mismo cuento. Mucho antes se aburrieron los hijos. Solamente la nena más pequeña, le pedía:
Abuela, cuéntanos el de Nievitas Ojosgarzos.
Luego todos se iban, cada cual a su casa, a sus fiestas, a sus messengers, y ella se quedaba con su soledad. Y cada fin de año el mismo ritual: se tomaba la copita de anís para brindar con sus recuerdos, iba a la habitación, abría el baúl donde guardaba la ropa del esposo muerto, y del hondón oscuro sacaba el ovillo de lana azul atravesado por las dos agujas, y el abriguito a medio sobrehilar, lo acariciaba, rojo con la capucha, el que nunca llegó a estrenar Nievitas Ojosgarzos.
Escribe un texto relacionado con la tradición del Lunes de Aguas. Busca en tu memoria el mejor o el peor recuerdo de esta celebración con sabor a hornazo.
Si esta propuesta no te convence trata de escribir un texto sobre algún oficio olvidado, como el del obleyero, el afilador o el especiero. Muchos de ellos llevaban sus humildes negocios de casa en casa.
Si te interesa el mundo de las obleas te recomendamos el libro De obleas y barquillos de Marta Sánchez Marcos publicado por la Diputación de Salamanca en su colección "Páginas de tradición". Puedes descargarlo en el enlace.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
Edelmira
Desde la primera vez que escuché su nombre, me pareció un nombre de princesa: "Edelmira, princesa de Jutlandia” Ni siquiera sabía donde estaba Jutlandia, pero ¡sonaba tan bien…!
Sin embargo, Edelmira, la real, no tenía nada de princesa, si no de una mujer corriente, trabajadora, que intentaba ganarse la vida como buenamente podía.
Menuda, de baja estatura, muy delgada, de manos pequeñas y rostro moreno, tostado por el sol, en el que destacaban sus grandes ojos azules y vivarachos.
No sabría calcular su edad, pero a nosotras, niñas en aquel entonces, ya nos parecía una persona mayor, de unos cuarenta años.
Sus vestidos, de rigoroso luto y el pañuelo también negro, que siempre llevaba en la cabeza, le hacían parecer aún más vieja.
En los últimos días del mes de agosto, cargaba con un gran cesto de mimbre repleto de moras, dulces y maduras. Recorría el barrio de arriba abajo, empezando por nuestra casa, que era la primera.
Cuando oíamos su voz potente y clara, desde el portal: ¡A la rica zarzamoraaaa!, mi hermana pequeña y yo, bajábamos las cuarenta escaleras, saltando los peldaños de dos en dos, por no perder ni un segundo.
Edelmira con sus pequeñas y diestras manos, volcaba con rapidez dos cacitos de moras en un cucurucho de papel de periódico, guardaba unas cuantas pesetas en su faltriquera y se despedía con un ”Gracias niñas, que Dios os lo pague y os dé salud”.
A finales del verano de 1967, no volvió nunca más.
Preguntamos en el barrio a todos los vecinos que la conocían. Unos nos dijeron que se había ido a Madrid a servir en una casa de señores muy ricos, otros que vivía en su pueblo natal, Cardeñosa, trabajando en una tienda de ultramarinos.
No supimos quién estaba en lo cierto, pero siempre nos quedó su recuerdo, dulce y suave, como el sabor de sus moras.
M.L.Fidalgo
Grupo C
El oficio que más me gusta
No, no soy de pueblo, pero de pequeño tuve una calle. La casa en la que nací y en la que pasé los primeros años era parecida a la de 13 rue del Percebe. Cinco alturas sin ascensor y cuatro puertas por rellano. En total veinte puertas y una azotea en la que el sol daba de plano. Los vecinos eran muy variados, quizás el más pintoresco fuera el Sr. Vicente, pintor de cuadros al óleo que en una ocasión atravesó un tabique común con mi casa intentando clavar una alcayata y tuvo el detalle de regalarnos una cuadrito para tapar el desconchón.
Mi calle se puede comparar con el pueblo de otros. Calculo que medirá, aún existe, doscientos metros de largo por veinte de ancho. Ese espacio era nuestro mundo y , en él, podíamos movernos a voluntad. Conocíamos a todo el mundo y todos nos conocían. Mi madre no tardaba ni cinco minutos en tenernos localizados.
En esos dos mil metros cuadrados discurría la vida. Cada bajo tenía una actividad: en un extremo la farmacia de D. Joaquín y en la otra esquina el kiosco de Frater donde gastabamos los pocos chavos que conseguíamos, un cucurucho de pipas nos alegraba una tarde de sábado; en el opuesto la carnicería de caballo y las bodega Tarrassó. De aquella bodega salía uno de los pocos coches que había en la calle, un Citröen impecable de antes de la guerra. Había además un taller que fabricaba muebles de tubo metálico y railite, un carpintero, un cañero que hacía cañizos, un hojalatero que nos compraba los botes de conserva vacíos como materia prima, un aparcamiento para bicicletas que regentaba la abuela de Paquito, un horno de leña en el que cocían pan, la cochera del taxi del padre de los mellizos; años más tarde coincidí con Milagros, la melliza,, era de mi quinta y tuve interés en conocerla más, pero pronto lo perdí.
No quiero aburrir con la enumeración de toda la actividad de aquella calle, únicamente añadiré la iglesia evangelista a poca distancia de mi portal en el que algunos domingos invitaban a los niños a horchata con rosquilletas.
Completaban estas actividades otros oficios ambulantes: el afilador con su rueda y su flauta, el pellejero que compraba las pieles de los conejos que se criaban en los corrales de las casas más antiguas, los vendedores de pescado con dos cubos colgados de un palo sobre los hombros al estilo oriental, el colchonero que vareaba y oreaba la lana, el que reparaba las sillas de enea que se colocaba junto a la fuente del mercado, el basurero con un carro tirado por un caballo, en realidad era un hortelano que se llevaba los desperdicios orgánicos para abonar sus tierras y una vez al año regalaba hortalizas a los vecinos. También los del coche fúnebre tirado por caballos con sus penachos negros y el túmulo acristalado donde se colocaba el ataúd, afortunadamente no venía muy a menudo.
Y, a partir de las diez de la noche el sereno; siempre lo encontrabas en el Bar Marempa en una perpendicular.
Al principio de la primavera visitaba la calle un trabajador especial, el pirotécnico. Las fallas eran entonces mucho más modestas. La “mascletà” se reservaba para el día de San José. Los otros tres días nos conformábamos con una traca que se colocaba en las fachadas de los edificios a una altura inalcanzable para los chavales que no osábamos acercarnos. En aquella época el respeto a los adultos no se cuestionaba. El mediodía se hacía esperar, cuando recibía la orden prendía la mecha y comenzaba la “disparà”; el pirotécnico la perseguía con una bengala encendida en el extremo de una caña para volver a encender la traca en caso necesario. Todos los chiquillos lo perseguíamos alborotados por aquel ruido insoportable.
Dejo para el final la profesión que quería desempeñar de mayor, cartero. Con su uniforme gris, su gorra de plato y su enorme cartera de cuero llevaba noticias de aquí para allá sin que nadie lo controlase, creía yo.
EMM
Grupo C
Un Lunes de Aguas atípico
Amanecía aquel Domingo de Pascua con un sol radiante.
Los primeros coletazos de la primavera se sentían en el ambiente. El aíre venía impregnado con aromas a jazmín y rosas y era tal la pureza que hasta te sentías indigno de respirarlo.
Aquel día las gentes del pueblo se preparaban para celebrar el tradicional encuentro con el que culminarían los santos oficios de aquella Semana Santa.
A eso de las doce del mediodía, todos se daban cita a la puerta de la iglesia y, desde allí, procesionaban en absoluto silencio.
La virgen, aún enlutada, avanzaba por un lado del pueblo acompañada por las mujeres. El niño triunfante, partía en dirección contraria arropado por los hombres.
A mitad de camino, en medio de la carretera, se encontraban madre e hijo, quedando a un lado la plaza y del otro el Ayuntamiento.
Con la virgen a los pies de su hijo las mujeres iniciaban un cántico tradicional mientras iban despojándola de su luto.
Primero el velo: Quita ese velo delante y deja ya de llorar, que el que murió en el madero ha vuelto a resucitar.
Después el manto: Quita ese manto de pena tortolita congojada, que viene el verbo divino a visitar a la rosa.
Así, la virgen deslumbrante con su velo y su manto blanco inmaculado, recorría junto a su hijo las calles del pueblo en procesión.
Pero, en realidad, si algo esperábamos con ansia los niños del pueblo era lo que venía después de comer.
Aquella tarde celebrábamos nuestro particular “Lunes de Aguas”.
A eso de las cuatro nos dábamos cita en la plaza del pueblo. Cada uno llevábamos algo para merendar preparado por nuestras abuelas y nuestras madres; a saber: tortilla de patatas, jamón, chorizo, chocolate y no faltaban la Fanta y la Coca-Cola que en raras ocasiones nos dejaban tomar, pero esta era una de ellas. No obstante, si había algo que a mi particularmente me gustaba era el hornazo de azúcar que tía María, la panadera, preparaba con destreza.
Y así, cargados con todas estas viandas nos encaminábamos a un “prao” y, sobre la hierba verde, rodeados de margaritas y pequeños insectos, dábamos buena cuenta de tales manjares. Allí, en nuestro particular reino, pasábamos la tarde entre risas y juegos hasta que el atardecer mordía con sombras los rincones conocidos de aquel campo. Era hora de volver a casa lo que significaba el fin de las vacaciones de Semana Santa y la despedida de aquellos amigos que habían venido a pasar esos días al pueblo.
Hoy traigo a mi memoria aquellos momentos vividos como un gran tesoro. Aún resuenan en mi cabeza las risas, los cánticos, la imagen de esos niños que nada temían y que irradiaban felicidad por cada poro de su piel. Pero, es curioso como las sensaciones, las vivencias, los sentimientos van cambiando. Ya no me provoca tanta emoción esa tarde de merienda como el hecho de revivir cada año ese encuentro. En ese momento, con esa madre y ese hijo frente a frente, me falta gente. Una lágrima resbala por mi rostro y mi pecho se inunda de tristeza, melancolía y alegría a la vez.
Entonces comprendo que mi particular “Lunes de Aguas” no era solo una merienda con amigos. Que mi particular “Lunes de Aguas” escondía una historia, una tradición envuelta en canciones, en gestos, en silenciosa devoción.
Y cada año me encuentro a mí misma en ese encuentro reviviendo mi historia, mi tradición, mi particular “Lunes de Aguas”.
Verónica S.S.
Grupo C
Colchonero
La llegada de la primavera se podía ver por cualquier rincón. Las golondrinas hacían piruetas en las mañanas luminosas, el campo se cubría del manto multicolor de flores silvestres y hombres y animales recuperaban los bríos renovados. Nadie permanecía ocioso, porque las tareas del campo, de los oficios o de la casa, postergadas por los rigores del invierno, no podían demorarse más.
Era el momento adecuado para dar vuelta a los colchones y hacerles recuperar el mullido y la fragancia que habían ido perdiendo a lo largo del invierno. En todas las casas esperábamos la llegada de los colchoneros, encargados de revivir el alma de la lana apelmazada por el paso de los días y de los cuerpos.
El oficio, arrinconado por la llegada de los colchones de muelles, era necesario para sanear un elemento tan importante para el descanso. Aunque en principio pudiera parecer sencilla, se trataba de una tarea que requería pericia y esfuerzo. Había que descoser los colchones, lavar la tela y varear la lana, para nuevamente reconstruir de forma adecuada todo el conjunto. También requería de material específico: las varas de sauce o de avellano, el cordel, las agujas de colchonero y todo lo necesario para dejar renovado el colchón, con su forma bien elaborada y su acogedor mullido recuperado. Todo ello incluía el vareado de la lana para deshacer las borras apelmazadas, acompañado del siseo —sh, sh, shhh— de las varas que desenredaban el relleno. Una vez eliminado el polvo, los ácaros y demás inmundicias acumuladas, debía procederse a extender la tela, colocar la lana y reponer con lana nueva lo perdido por el uso. Después de doblar la tela para cubrir el relleno, tenía que volverse a coser todo el conjunto con una costura sencilla o elaborando un burlete (a la inglesa), que dejaba una longaniza de lana por las dos caras alrededor de todo el colchón. La labor se completaba con el cosido de las cintas (ocho en los colchones pequeños y doce en los de matrimonio), que de forma geométrica sujetaban la lana en su posición, manteniendo la forma del colchón. Las cintas se pasaban de un lado a otro a través de los ojetes metálicos, con una aguja de colchonero y se ataban en ambos lados con una lazada.
Una vez finalizada la tarea, el colchón quedaba rehecho como un rectángulo dispuesto a dispensar su cobijo para el descanso, el sueño y otros placeres.
Aunque todavía quedan algunos artesanos, que con nueva maquinaria y trabajando a distancia ofrecen el servicio de renovar los colchones de lana, nunca volveremos a contemplar el vareado de la lana a la llegada del buen tiempo, como se hacía en otros tiempos y cuya imagen yo tengo guardada en mi retina de niño.
Manuel Medarde
Grupo A
La cabra y la escalera
Llegaron al mediodía, cuando toda la gente se disponía a ir a misa. Era una troupe formada por tres carromatos. De allí salió un montón de gente oscura, desaliñada, que nos miraba con descaro. Eran siete adultos y diez o doce pequeños. Nada más fijar las carretas soltaron a los chiquillos, que echaron a correr en estampida. Se acercaron a las puertas de la iglesia para vernos más de cerca y, sobre todo, para que los viéramos a ellos. Los del pueblo los observábamos con desconfianza y cierto temor. A nuestros padres no les gustaban los extraños, decían que siempre distorsionaban la calma habitual. Pero nosotros, aunque con recelo, los recibíamos con expectación, justamente con la esperanza de que removiesen nuestra rutina.
Por la tarde ya tenían dispuestos los carros en un semicírculo con el que demarcaban su espacio. Nadie iba a entrar en él, por supuesto. Se trataba de una regla no escrita pero clara para todos. Enviaron a los niños a recoger tarmas y piñas para preparar un fuego y a las niñas a recorrer las viviendas. Se presentaban en la puerta de las casas y soltaban la retahíla que llevaban aprendida: “me dice mi madre que si me puede dar un huevo para la tortilla” o “me dice mi abuela que si le sobra una patata para el puchero” o algo similar. La mayoría de las señoras le daba algo de comida o algún producto para prepararla, siempre por encima de lo solicitado. Era una forma de responder caritativamente, pero, sobre todo, de “evitar que nos roben, si se encuentran necesitados”, decían.
Los gitanos, que es así como les llamábamos, sin distinción alguna, eran una atracción para todos, pero más para la chiquillería del pueblo que, con gran imaginación, nos contábamos entre nosotros historias sobre ellos. Unas veces eran pura quimera, otras se basaban en relatos que habíamos oído a los mayores. Con ellas creábamos misterios que nos hacían temblar o, por el contrario, concebíamos cuentos hilarantes que nos entretenían. Nuestras alucinaciones tenían mucho que ver con la cabra que tenían atada a una escalera. En esa bestia, a pesar de ser un animal corriente de nuestra tierra, veíamos al mismísimo belcebú. Y sobre el fantaseábamos. Por eso esperábamos con expectación la actuación pregonada para la noche.
A la hora anunciada, sacamos las sillas a la plaza y, algunos, también la cena. Los gitanos habían preparado una especie de escenario cerrado con sábanas a modo de cortinas. El pueblo entero se había dado cita al aguardo de un espectáculo que, al parecer, iba a ser “lo nunca visto”. Y lo fue, porque al poco de salir la cabra al escenario para subirse encima de la escalera, llegó la guardia civil y nos mandó a todos a casa, y a la troupe, “a seguir su camino”.
M. Maximina Moreno.
Grupo B
Viajes a Castilla
Sobrina de ferroviario, nieta de madre de ferroviario, infancia visitando una casa al lado de la vía, conoció el sonar del traqueteo, horarios , temblar del tendido cuando se acercaba la hora que indicaba su paso cercano.
Empezó a amar el tren y se convertiría con el tiempo en el medio de enlace con su futuro y ciudad de adopción.
Cuando fue mayor sus idas y venidas, cargadas de kilómetros e historias empezaron a abrir un mundo distinto que le llevaron a amar las costumbres del lugar,
El lunes de aguas le pareció una celebración, imposible de rehuir y así año tras año no olvidaba coger ese tren, largo, lento, cargado de historias y personajes que le aportaban alegría y mucha curiosidad, no experimentada anteriormente.
Como era de un lugar diferente, no había pueblo donde ir a celebrarlo, pero mejor, peregrinó por distintos lugares, distintos manjares y conoció las distintas maneras de ir y venir, paisajes diferentes, y un ambiente más festivo y alegre que el inicio de un nuevo trimestre.
Y así fue como esos viajes se convirtieron en el nexo entre el lunes de aguas, festividad que no podía perder bajo ningúna excusa y el futuro , continuando para siempre y hasta la actualidad con la tradición.
Carmela
Grupo A
El primero
Andrés llevaba solo unos meses en Salamanca adonde había venido a estudiar una carrera. Tenía diecisiete años y un corazón aún sin arañazos.
Había visto a la chica rubia varias veces en el bar donde acudía con sus compañeros de curso. Se dejaban caer por el Casino al acabar las clases, cuando la ciudad perdía su sábana de niebla y todo parecía despertar.
En su pandilla y en la de ella algunos habían compartido pupitres o canchas de juego. Esa coincidencia dio ocasión a ir más allá de las miradas y a conocer su nombre: María. Ella, más atrevida y locuaz, le hizo algún comentario banal. Andrés parapetaba su timidez tras un gesto distante y, tal vez, adusto. Sin embargo, ella descubrió de inmediato el disfraz de su inseguridad y lo abordó con la certeza de que no se atrevería a huir. Le obligó a compartir una palomita, ese pincho de ensaladilla rusa sobre una corteza de maíz.
—Es demasiado grande —se justificó María.
Nunca la había probado, pues detestaba la patata cocida, pero aquella vez, y desde entonces para siempre, creyó que era el manjar más delicioso. Casi tanto, pensó, como el labio de ella ribeteado de mahonesa. Se relamió sin darse cuenta mientras una sonrisa se le asentaba en la boca destensando su ceño fruncido.
No sabía si ya estaba enamorado de ella o solo de la excitante posibilidad de estarlo. El corazón se le echó a correr anticipando los abrazos. Durante esos instantes fue feliz sin decir nada, tan abstraído en su sueño que apenas entendió su alegre parloteo. «Lunes de Aguas» fueron las tres últimas palabras que había escuchado y que habían dibujado en la cara de la chica un signo de interrogación.
—¿Qué es eso? —balbuceó inseguro, al borde de un abismo.
Ella le explicó la tradición anual por la que todos en la ciudad escapaban al campo a comer el célebre hornazo.
Él temió haber perdido algún tren. Dudó sin atreverse a preguntar, pero entonces María sonrió entrecerrando sus ojos azules y le ofreció el billete hacia el cielo.
—¿Te vienes?
Pepe Lorenzo
Grupo B
Un Lunes de Aguas perfecto
Empieza la mañana del Lunes de Aguas y el cielo de Salamanca amanece un poco gris. Es uno de esos días de primavera en los que el tiempo no termina de decidirse.
Al principio, el grupo debate a dónde ir. Algunos proponen ir a la orilla del Tórmes o a Valcuevo para sentarse bajo los árboles, tal y como manda la tradición. Sin embargo, al sentir un airecillo frío, todas las personas llegamos a la misma conclusión: el mejor plan es ir a mi parcela.
Al llegar, la casita nos recibe como el refugio perfecto. Mientras algunas personas aprovechan para charlar fuera porque aún no llueve, dentro ya se está preparando lo importante. Sobre la mesa, el rey indiscutible del día: un buen hornazo, dorado y crujiente, que inunda toda la habitación con ese olor inconfundible a lomo y chorizo.
De repente, empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Lejos de estropear el plan, nos da la excusa perfecta para meternos todos en la casa. Al calor y a cubierto de la lluvia, cortamos el hornazo. Entre risas, anécdotas y el sonido del agua golpeando los cristales, nos damos cuenta de que no hay mejor lugar para celebrar. Fuera hace frío, pero dentro, con el estómago lleno y en buena compañía, el día es simplemente inmejorable.
Fernando Nieto
Grupo A
Hoy no
Era lunes. Lunes de aguas. Había amanecido claro y soleado. No era habitual. En mis recuerdos abundaban los días marcados por la lluvia y el mal tiempo, que nos obligaba, para no romper con la tradición, a comer el hornazo a resguardo. Pero esa mañana había comenzado de manera inmejorable. Un día despejado coronado por un sol que presumía en todo el horizonte.
Las máquinas rugían, devorando las tareas pendientes. Estábamos concentrados para terminar lo antes posible.
Mi café todavía humeaba cuando, un poco después del mediodía, un parpadeo nos despertó de nuestro trance laboral. Medio instante después, un silencio oscuro inundó la estancia, sin aviso, sin permiso.
—Hoy no —murmuré mientras salía con el teléfono móvil para avisar a la compañía eléctrica.
La tenue luz de las luminarias de emergencia transmitía un blanco pálido que se ahogaba en la penumbra envolvente. Mis pulsaciones se aceleraron ante la inesperada avería.
En el exterior, la oscuridad desapareció, pero la quietud se mantenía presente, silenciada únicamente cuando transitaba algún vehículo.
Como si de una escena ensayada se tratara, los vecinos de los locales contiguos se asomaban mirando hacia todos lados, buscando respuestas. La coreografía se repetía en las ventanas de los edificios colindantes.
—Ha sido en toda Salamanca. En Santa Marta están igual —oí decir.
El rumor, unido a la imposibilidad de comunicarme, me convenció de que no terminaría el trabajo en plazo.
Incluso el tiempo se vio alterado por la avería. Los segundos discurrían más lentos de lo normal. Calculé que cada minuto duraba entre tres y cinco minutos eléctricos.
—Ha ocurrido en toda España. Mi tía en Málaga está en la misma situación —me comunicó un cliente.
Miré el hornazo que con tanto esmero había preparado mi madre, como hacía todos los años. Envuelto en papel de aluminio que no conseguía atrapar su olor a manteca, chorizo y pimentón. Removía mis entrañas desde que lo trajo a primera hora de la mañana.
—Hoy no —murmuré.
Unos minutos después, me asomé al exterior. Un corro de ocho personas se había formado a veinte metros. Recordé el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Me acerqué, sonrisas forzadas, risas inquietas. Dos comerciantes alentaban el grupo, mientras que otros dos jaleaban expresiones como: “la mochila de los tres días” o “es cosa de Putin”.
Miré el reloj. Solo había pasado una hora.
Una vecina movía los brazos rápidamente, y se atropellaba con sus palabras. No podía abrir la puerta eléctrica de su garaje, y necesitaba ir a buscar a sus hijos al colegio. Otro vecino comentaba que su padre llevaba una hora atrapado en el ascensor de su edificio, en un tercer piso.
En la calle nadie paseaba, los transeúntes se movían con celeridad, con determinación. Los que estaban parados, giraban sus cabezas a la misma velocidad.
A las dos de la tarde el sol parecía burlarse de nuestra fragilidad como sociedad. Me dirigí a mi domicilio en vehículo, pero el caos circulatorio era considerable. A la ausencia de semáforos se había unido el éxodo masivo para disfrutar de la tarde de fiesta. Sin semáforos. Sin cobertura. Sin instrucciones.
Poco más de una hora después regresó el adorado fluido eléctrico. La “vida” reinició. Los teléfonos móviles, las redes de datos, la televisión, el frigorífico, la vitrocerámica, la cafetera. La electricidad trajo consigo un invisible ruido que me acunaba.
Un poco después, degustaba el sabroso hornazo, acariciado por el sol. Calmado, reflexionaba sobre cómo se había rasgado la epidermis de nuestra sociedad durante tres horas. Como si del tráiler de una película se tratara: “Próximamente en sus vidas”.
—Hoy no, pero cualquier día... —murmuré.
Al caer la noche ya hablábamos de otros asuntos.
Max Ferlam
Grupo B
Soneto del lunes de aguas.
Ríe el Tormes bajo el sol de abril,
se alzan mantas sobre los verdes prados,
y el vino en labios roza, desatado,
promesas que despiertan el candil.
No es lunes gris de tedio juvenil,
que arde en Salamanca un pulso alborotado;
el hornazo se parte, y a su lado
se enciende alguna risa más febril.
Cruzan miradas con picardía cierta,
la brisa alza las faldas sin recato,
y el campo guarda un eco de osadía.
La tarde cae, la hierba está despierta,
se anudan manos, lento arrebato.
Lunes de aguas: pan, vino y rebeldía.
José Luis Fonseca
Grupo A
Viajes a Castilla
Sobrina de ferroviario, nieta de madre de ferroviario, infancia visitando una casa al lado de la vía, conoció el sonar del traqueteo, horarios , temblar del tendido cuando se acercaba la hora que indicaba su paso cercano.
Empezó a amar el tren y se convertiría con el tiempo en el medio de enlace con su futuro y ciudad de adopción.
Cuando fue mayor sus idas y venidas, cargadas de kilómetros e historias empezaron a abrir un mundo distinto que le llevaron a amar las costumbres del lugar,
El lunes de aguas le pareció una celebración, imposible de rehuir y así año tras año no olvidaba coger ese tren, largo, lento, cargado de historias y personajes que le aportaban alegría y mucha curiosidad, no experimentada anteriormente.
Como era de un lugar diferente, no había pueblo donde ir a celebrarlo, pero mejor, peregrinó por distintos lugares, distintos manjares y conoció las distintas maneras de ir y venir, paisajes diferentes, y un ambiente más festivo y alegre que el inicio de un nuevo trimestre.
Y así fue como esos viajes se convirtieron en el nexo entre el lunes de aguas, festividad que no podía perder bajo ningúna excusa y el futuro , continuando para siempre y hasta la actualidad con la tradición.
Carmela
Grupo A
El primero
Andrés llevaba solo unos meses en Salamanca adonde había venido a estudiar una carrera. Tenía diecisiete años y un corazón aún sin arañazos.
Había visto a la chica rubia varias veces en el bar donde acudía con sus compañeros de curso. Se dejaban caer por el Casino al acabar las clases, cuando la ciudad perdía su sábana de niebla y todo parecía despertar.
En su pandilla y en la de ella algunos habían compartido pupitres o canchas de juego. Esa coincidencia dio ocasión a ir más allá de las miradas y a conocer su nombre: María. Ella, más atrevida y locuaz, le hizo algún comentario banal. Andrés parapetaba su timidez tras un gesto distante y, tal vez, adusto. Sin embargo, ella descubrió de inmediato el disfraz de su inseguridad y lo abordó con la certeza de que no se atrevería a huir. Le obligó a compartir una palomita, ese pincho de ensaladilla rusa sobre una corteza de maíz.
—Es demasiado grande —se justificó María.
Nunca la había probado, pues detestaba la patata cocida, pero aquella vez, y desde entonces para siempre, creyó que era el manjar más delicioso. Casi tanto, pensó, como el labio de ella ribeteado de mahonesa. Se relamió sin darse cuenta mientras una sonrisa se le asentaba en la boca destensando su ceño fruncido.
No sabía si ya estaba enamorado de ella o solo de la excitante posibilidad de estarlo. El corazón se le echó a correr anticipando los abrazos. Durante esos instantes fue feliz sin decir nada, tan abstraído en su sueño que apenas entendió su alegre parloteo. «Lunes de Aguas» fueron las tres últimas palabras que había escuchado y que habían dibujado en la cara de la chica un signo de interrogación.
—¿Qué es eso? —balbuceó inseguro, al borde de un abismo.
Ella le explicó la tradición anual por la que todos en la ciudad escapaban al campo a comer el célebre hornazo.
Él temió haber perdido algún tren. Dudó sin atreverse a preguntar, pero entonces María sonrió entrecerrando sus ojos azules y le ofreció el billete hacia el cielo.
—¿Te vienes?
Pepe Lorenzo
Grupo B
Un Lunes de Aguas perfecto
Empieza la mañana del Lunes de Aguas y el cielo de Salamanca amanece un poco gris. Es uno de esos días de primavera en los que el tiempo no termina de decidirse.
Al principio, el grupo debate a dónde ir. Algunos proponen ir a la orilla del Tórmes o a Valcuevo para sentarse bajo los árboles, tal y como manda la tradición. Sin embargo, al sentir un airecillo frío, todas las personas llegamos a la misma conclusión: el mejor plan es ir a mi parcela.
Al llegar, la casita nos recibe como el refugio perfecto. Mientras algunas personas aprovechan para charlar fuera porque aún no llueve, dentro ya se está preparando lo importante. Sobre la mesa, el rey indiscutible del día: un buen hornazo, dorado y crujiente, que inunda toda la habitación con ese olor inconfundible a lomo y chorizo.
De repente, empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Lejos de estropear el plan, nos da la excusa perfecta para meternos todos en la casa. Al calor y a cubierto de la lluvia, cortamos el hornazo. Entre risas, anécdotas y el sonido del agua golpeando los cristales, nos damos cuenta de que no hay mejor lugar para celebrar. Fuera hace frío, pero dentro, con el estómago lleno y en buena compañía, el día es simplemente inmejorable.
Fernando Nieto
Grupo A
Hoy no
Era lunes. Lunes de aguas. Había amanecido claro y soleado. No era habitual. En mis recuerdos abundaban los días marcados por la lluvia y el mal tiempo, que nos obligaba, para no romper con la tradición, a comer el hornazo a resguardo. Pero esa mañana había comenzado de manera inmejorable. Un día despejado coronado por un sol que presumía en todo el horizonte.
Las máquinas rugían, devorando las tareas pendientes. Estábamos concentrados para terminar lo antes posible.
Mi café todavía humeaba cuando, un poco después del mediodía, un parpadeo nos despertó de nuestro trance laboral. Medio instante después, un silencio oscuro inundó la estancia, sin aviso, sin permiso.
—Hoy no —murmuré mientras salía con el teléfono móvil para avisar a la compañía eléctrica.
La tenue luz de las luminarias de emergencia transmitía un blanco pálido que se ahogaba en la penumbra envolvente. Mis pulsaciones se aceleraron ante la inesperada avería.
En el exterior, la oscuridad desapareció, pero la quietud se mantenía presente, silenciada únicamente cuando transitaba algún vehículo.
Como si de una escena ensayada se tratara, los vecinos de los locales contiguos se asomaban mirando hacia todos lados, buscando respuestas. La coreografía se repetía en las ventanas de los edificios colindantes.
—Ha sido en toda Salamanca. En Santa Marta están igual —oí decir.
El rumor, unido a la imposibilidad de comunicarme, me convenció de que no terminaría el trabajo en plazo.
Incluso el tiempo se vio alterado por la avería. Los segundos discurrían más lentos de lo normal. Calculé que cada minuto duraba entre tres y cinco minutos eléctricos.
—Ha ocurrido en toda España. Mi tía en Málaga está en la misma situación —me comunicó un cliente.
Miré el hornazo que con tanto esmero había preparado mi madre, como hacía todos los años. Envuelto en papel de aluminio que no conseguía atrapar su olor a manteca, chorizo y pimentón. Removía mis entrañas desde que lo trajo a primera hora de la mañana.
—Hoy no —murmuré.
Unos minutos después, me asomé al exterior. Un corro de ocho personas se había formado a veinte metros. Recordé el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Me acerqué, sonrisas forzadas, risas inquietas. Dos comerciantes alentaban el grupo, mientras que otros dos jaleaban expresiones como: “la mochila de los tres días” o “es cosa de Putin”.
Miré el reloj. Solo había pasado una hora.
Una vecina movía los brazos rápidamente, y se atropellaba con sus palabras. No podía abrir la puerta eléctrica de su garaje, y necesitaba ir a buscar a sus hijos al colegio. Otro vecino comentaba que su padre llevaba una hora atrapado en el ascensor de su edificio, en un tercer piso.
En la calle nadie paseaba, los transeúntes se movían con celeridad, con determinación. Los que estaban parados, giraban sus cabezas a la misma velocidad.
A las dos de la tarde el sol parecía burlarse de nuestra fragilidad como sociedad. Me dirigí a mi domicilio en vehículo, pero el caos circulatorio era considerable. A la ausencia de semáforos se había unido el éxodo masivo para disfrutar de la tarde de fiesta. Sin semáforos. Sin cobertura. Sin instrucciones.
Poco más de una hora después regresó el adorado fluido eléctrico. La “vida” reinició. Los teléfonos móviles, las redes de datos, la televisión, el frigorífico, la vitrocerámica, la cafetera. La electricidad trajo consigo un invisible ruido que me acunaba.
Un poco después, degustaba el sabroso hornazo, acariciado por el sol. Calmado, reflexionaba sobre cómo se había rasgado la epidermis de nuestra sociedad durante tres horas. Como si del tráiler de una película se tratara: “Próximamente en sus vidas”.
—Hoy no, pero cualquier día... —murmuré.
Al caer la noche ya hablábamos de otros asuntos.
Max Ferlam
Grupo B
Soneto del lunes de aguas.
Ríe el Tormes bajo el sol de abril,
se alzan mantas sobre los verdes prados,
y el vino en labios roza, desatado,
promesas que despiertan el candil.
No es lunes gris de tedio juvenil,
que arde en Salamanca un pulso alborotado;
el hornazo se parte, y a su lado
se enciende alguna risa más febril.
Cruzan miradas con picardía cierta,
la brisa alza las faldas sin recato,
y el campo guarda un eco de osadía.
La tarde cae, la hierba está despierta,
se anudan manos, lento arrebato.
Lunes de aguas: pan, vino y rebeldía.
José Luis Fonseca
Grupo A
El vareador de colchones
Sentía el aroma de aquel barrio con forma de pueblo, de calles estrechas, refrescas nocturnas y conversaciones apiñadas a las puertas. La Pepi , La Fefi y mi abuela María, eran la lista de espera, la cita previa de que --te lo haga a tí primero--. Y entonces llegaba el. El señor Beli, el colchonero. Llevaba una vara larga de mimbre (el decía que era de avellano), para eso era vareador y sabía. En su cabeza un moquero con cuatro nudos y entre sus dedos amarillos un cigarro, versión pitillo atrofiado. Como un ritual, extendía una manta de tiras de tela en aquella tierra que sería acera, y el abuelo Amador sacaba a empujones desde el dormitorio, el colchón cubierto de una tela roja con dibujos orientales blancos y unos lacitos estrellados que salpicaban alineados. Un descosido cuidadoso dejaba al descubierto una lana de rizos y bucles
rubios, apelmazada por el peso de los sueños de tantas noches. El recuerdo de un silencio y el director de orquesta comenzaba a varear la batuta con precisión. Sinfonía de ácaros, ordenados en el haz de luz como notas de melodia, saltaban en lenguaje musical perfecto. La vara flexible emitía un 《fiu, fiu, fiu》y las manos acorchadas de Beli separaban la fibra, y aireaba cada bucle de la lana. Tras la criba esponjosa, el vareador extendía la tela de nuevo y con parsimonia y una aguja larga y fuerte de coser, unía aquellas cintas estrelladas y encorsetaba aquel colchón que después lucía mullido y vigoroso. Diez pesetas sin impuestos, una propina para patucos y una cerveza de la caja azul, aplaudían al vareador de orquesta sudoroso por la actuación.
Con el tiempo supe que Beni tuvo muchas hernias discales. Lo malo de ser vareador.
GuADAlupe
Grupo C
50 sombras del lunes de aguas
El día anterior al lunes de aguas, para mí, fue más importante que el propio lunes.
Lo recuerdo perfectamente, tarde del domingo, dando vueltas con los amigos de entonces por la plaza mayor, cruce con otra pandilla de chicas, igualmente paseando, pero en sentido contrario, el más atrevido del grupo a la segunda vuelta de encontrarnos, las para y las comenta si al día siguiente querían venir con nosotros a pasar el lunes de aguas.
!Bingo!, El lunes a las tres de la tarde, andando, todos juntos camino de la Aldehuela, nosotros con tortilla de patatas, patatas fritas y limonada, ellas algo parecido, el hornazo ese día no apareció.
El destino pienso que es caprichoso, allí conocí a la que fue mi mujer, todos me decían que una me miraba mucho, y yo pensando en el examen del miércoles.
Cincuenta años después, en la consulta del médico, una enfermera curaba a mi mujer unas heridas en la pierna, el día después del lunes de aguas; la agarro el brazo cariñosamente y la preguntó si había ido a comer el hornazo, la contesto que si había estado con unos amigos en el puente romano, y con una sonrisa en los labios, la dijo “ mi marido y yo llevamos 50 lunes de aguas juntos”.
Luis Iglesias
Grupo B
Zagal a mucha honra
Escribo desde esta celda llena de pulgas, a la espera de un juicio que casi seguro me llevará al garrote vil. No creo que me sirva para evitar la pena capital, pero quiero contaros mi historia.
Nací en Caboalles de Abajo, un pequeño pueblo de la montaña leonesa. De pequeño fui a la escuela hasta los nueve años, y aprendí lo suficiente para leer y escribir, así que no me defiendo mal si tengo que agarrar un lápiz. También doña Manolita me enseñó las cuatro reglas básicas, y ya con nueve años comencé a subir de motril a cuidar el rebaño que teníamos en casa. Nunca se me dieron mal las matemáticas, me acuerdo de un día que nos pusieron un problema para calcular el agua que cabía en una charca de veinte metros de ancha, yo hice un dibujo y por aquello de poco más de tres veces la medida del diámetro se lo averigüé a mi manera, de modo que la maestra se sorprendió de cómo lo había resuelto. Unos días después se fue a hablar con mi padre para decirle si tenía pensado que me fuera a León a estudiar, pero él tan solo le dijo que tenía otros planes para mí. Después dejé de ir a la escuela, pues casi siempre tenía que ayudar a mi padre atendiendo las vacas, los caballos y las ovejas.
Realmente no llegué a acabar ese curso, pues por mayo, cuando se pasaron las nieves, mi padre me dijo que ya era mayor para ganarme el jornal. Me tocó subir como ayudante del pastor Bonifacio, para atender a los caballos y las vacas en la braña de Espiniechas. Todos los días había que ordeñarlas a primera hora y el Boni, como le gustaba que le llamaran, bajaba con la leche hasta el pueblo, mientras que yo me quedaba entre aquellas chozas de teito y los corrales del ganado. También se bajaban las cántaras con la leche del ordeño de la tarde, que se guardaba en las otseras para que se mantuviera fresca por la noche. Durante el día, me subía con el ganado hasta donde empezaban los riscos, dejando las praderas cercanas a las cabañas para la siega por julio, y así guardar la hierba seca para el invierno. En los cinco meses que estuve en la braña, de mayo a noviembre, solamente vi a mi madre en tres ocasiones, cuando bajé al pueblo, con el burro Rucio -que no me hacía mucho caso, la verdad- para coger algo de pan y algún mandado. Estuve a las órdenes de Bonifacio, que era de Villager de Laciana, y hacía todo lo que él me pedía: vete a la fuente y llena la cántara, suelta a los terneros, aparta al carnero, busca leña para el fuego, trae el cubo para ordeñar… Lo que más me gustaba era tomar las sopas migadas de leche con pimentón, y lo que menos una vez que me picó una víbora en el tobillo mientras dormía. Se me hinchó mucho y me entraron náuseas y un sudor frío, pero el Boni me apretó para que saliera el veneno y me puso un emplaste de barro, tranquilo que de esta no te mueres.
Por las noches algunos días bajaban los pastores de las brañas de Regueira y Las Sosas, que estaban por el valle arriba, y rápido se organizaba un calecho alrededor de la lumbre. Se contaban historias, nos reíamos y a veces terminábamos cantando, animados por el vino de la bota, que corría de mano en mano. Estuve con el Boni durante tres veranos, la verdad es que le cogí cariño, pues siempre se portó muy bien conmigo. Cuando nos bajábamos cada uno a su pueblo, al empezar los primeros fríos o llegar las primeras nieves, siempre me pagó algunas perras, para que te compres un capricho me decía. Recuerdo los abrazos de mi madre el primer día que volvía, me apretaba contra su regazo y no me soltaba en un buen rato, farfullando ay mi Adrián del alma, que eres muy chiquito para andar por esas brañas; mi padre le reprendía con un más le vale aprender lo que es la vida, así se gana su jornal como vaqueiro, aunque solo sea lo comido por lo servido.
Como buen aprendiz de pastor, después de aquellos tres veranos, con doce años recién cumplidos, pasé a ser zagal, por lo que me tocaban las tareas más fastidiosas que nadie quería hacer: hacer las sopas, preparar las pellas para que comieran los perros… Mi padre decidió, en mala hora, ponerme a las órdenes del tío Marcial, mayoral que había subido con mil quinientas ovejas desde Extremadura. Me dijo, tú ya sabes el oficio, así que te bajas con él, para ayudar con las merinas, por el camino de la Plata hasta el pueblo de Almonte, en Cáceres. Así podrás atender la escusa, que en mi caso eran dieciocho ovejas y una yegua donde llevar mis bártulos. Atravesamos Babia, Luna, de ahí a Villadangos, luego La Bañeza, ahí se cruzaba el puente de La Vizana que daba nombre a esta cañada real y se salía a Benavente, se cruzaba el Duero por Zamora, después se continuaba a Salamanca, Béjar y Plasencia, y de ahí a Almonte. Me impresionó el puente romano de Salamanca, que tenía en el medio un toro de piedra, y el Juanillo me dijo, date la vuelta y verás la Torre del Gallo, yo nunca había visto nada igual. Recuerdo cada jornada siempre recibiendo órdenes del mayoral, que siempre me chillaba tú, zagal, atrás, no te distraigas y arrea a las borregas. Así que me tragaba todo el polvo que iban levantando, algunas veces ya no aguantaba más y me paraba a toser. El tío Marcial era un tipo seco, de pocas carnes, el Tuerto le decían, pues había perdido el ojo izquierdo en una reyerta de taberna. Yo le tenía mucho miedo, no me gustaba el gesto de su boca torcida, rodeada de una barba poblada, en medio de aquella tez curtida por el sol, surcada por el viento.
Al frente del rebaño iba el Juanillo, con el cargo de compañero, y en verdad hacía honor a su puesto, buen compañero y mejor persona, siempre chistoso y pendiente de mí, o al menos así me parecía. A su vera caminaba constantemente mi querido Ringo, el mejor mastín, que encabezaba aquella ordenada comitiva, después los mansos tocando sus cencerros o esquilones, a continuación, las mil quinientas merinas, atendidas por otros ayudadores y sobrados, más perros y delante de mí las tres yeguas hateras cargadas con todos lo que pudiéramos necesitar durante tan largo viaje. A veces me dejaba jugar con Ringo, pero me advertía no le aprietes mucho la carlanca, que se puede asfixiar. Lo que más me gustaba era cuando atravesábamos los pueblos o ciudades, yo nunca había visto tantas casas y esas iglesias o catedrales tan altas. Cada poco hacíamos un alto, sobre todo cuando los cordeles o veredas eran malos de pisar, con mucha piedra suelta, polvorientos, y parábamos a reponer fuerzas en los abrevaderos y descansaderos. Recuerdo que salimos un veinte de septiembre y llegamos un cuatro de noviembre, en total cuarenta y tres jornadas. Un día de mucho calor, el terreno estaba muy seco al pasar por Malpartida de Plasencia y me arranqué a toser y llorar, me entraron arenillas en los ojos, y me tuve que parar, cuando se me acerca el Tuerto a caballo y me dice vaya mariquita, pareces una zagala, no vales ni para el frío ni para el calor. Yo no supe qué responder, se me encogió el alma, y gracias que se acercó el Juanillo, deja al muchacho, no ves que es casi un niño, bastante que aguanta sin quejarse, como un campeón.
Allí pasamos los meses de otoño e invierno, la verdad es que extrañaba el frío de mi tierra leonesa y no vi la nieve. Las dehesas de invernada tenían buenos pastos, y de vez en cuando íbamos a Almonte para comprar algún cerdo, pan, vino, aceite y algo de ropa de abrigo. Para pagar a veces nosotros les vendíamos quesos, lana, alguna pelliza y varios corderos. Las noches las pasaba en un chozo enorme, con teito de paja de centeno, acompañado de Tomás el rabadán, que era un tipo silencioso de día, aunque roncaba a menudo. Los otros pastores de la cuadrilla dormían cada uno en un chozuelo de palos, que se iba moviendo siguiendo a las ovejas que iban ocupando nuevos pastos. Eso sí, cada mediodía todos los pastores acudían puntualmente a nuestro chozo para compartir la comida y comentar las vicisitudes del día. Así pasé mi primeras navidades fuera de casa, aunque con mi nueva familia en la que ya tenía algunos amigos, y todos me trataban bien, con alguna gracia al ser el más pequeño de la cuadrilla.
El tío Marcial, como era mayoral, dormía en el pueblo próximo, y cada mañana volvía para el desayuno de migas con torreznos, para supervisar cómo iba todo; yo cada vez que lo veía venir se me revolvía el estómago. Un día me enteré que cobraba 3000 pesetas al año, a mí aquello me pareció un capital enorme, sobre todo en comparación con mi sueldo de 260 pesetas, y lo que era más injusto es que el rabadán, que realmente era el responsable del rebaño tenía un salario de 700 pesetas.
En el viaje de regreso a casa, todas las noches me acordaba de mi madre y de los abrazos que me esperaban a mi vuelta al calor del hogar. Una noche, habíamos pasado la Peña Larralde, cuando nos llegamos hasta una dehesa donde pastaba el ganado bravo. Era una finca a la que llamaban Calzadilla de Mendigos, con las gallinas alborotadas entrando y saliendo del corral, que debían barruntarse algo, cuando se desató una tormenta que nos obligó a hacer noche en un corralón enorme, bajo techo. Había truenos cada poco, por lo que no lograba conciliar el sueño, cuando se me acerca el Tuerto y me susurra, zagal, hazme un hueco que estoy helado. Sentí su aliento a mugre y sudor en mi cogote; el refrán dice que los pastores huelen a sebo, y debe ser verdad. Otro trueno, cada vez sonaban más lejanos, cuando noto que bajo la manta empieza a tocarme mis partes, seguro que ya se te pone dura, yo no sabía dónde meterme, me quedé inmóvil, agazapado como una liebre, y él me baja los pantalones y oigo su apestosa voz, ven acá que te tengo ganas, empezó a jadear como un galgo y yo no hice ni dije nada del miedo que le tenía. Al rato se fue, mordí la manta con los dientes y me quedé llorando. Los días siguientes permanecía siempre atrás, evitando encontrarme con el Tuerto, hasta que pasó junto a mí, pero como si no me viera, como si yo no existiera. El Juanillo, que algo se debió oler, se acercaba a mí con bromas, y me decía anda, si parece que ahora le ha comido la lengua el gato. Y así, fueron pasando los días hasta llegar a Caboalles de Abajo, allí estaban mis padres a los que llevaba sin ver desde finales de septiembre. Me agarré a mi madre y no quería soltarla, alguna lágrima se me escapó, me miró fijamente y me preguntó qué te pasa, tú tienes algo, que bien lo sé yo. No me atreví a contarle lo sucedido con el Tuerto y es un secreto que fue creciendo conmigo.
Siempre viví en casa de mis padres, atendiendo las tierras y el ganado de casa, y en verano me subía a la braña de Espiniechas o de Regueira; nunca más quise saber de la trashumancia. Jamás volví a ver al Tuerto, hasta la semana pasada, recién cumplidos los veintidós años, cuando me lo tropecé cara a cara en las fiestas de Rabanal de Arriba, lo encontré algo más viejo, aunque tan delgado como entonces, la barba canosa y con esa mirada aviesa. No le quedó otra que saludarme hombre zagal, cómo has estojado; pero era tal el odio que le tenía que apreté los dientes y sin mediar más palabra me acerqué hasta él, el inconfundible olor a sebo, saqué la navaja y le pegué dos puñaladas en el costado, bramó como un cordero, hincó las rodillas en el suelo y le pegué una patada en la cabeza, maldiciéndole hideputa… se cayó contra un muro y del golpe que se dio perdió todo el sentido, yo no quería acabar con él, la verdad, solo darle un escarmiento, pero tuvo mala suerte y allí quedó, mirando boca arriba, con el único ojo que tenía. La gente empezó a chillar y rápido se presentó una pareja de guardiaciviles, que me arrestaron y me llevaron preso al calabozo de Villablino, y aquí estoy esperando que llegue mi sentencia de muerte. Pronto me pondrán el collar al cuello, y el verdugo apretará hasta romperme mis vértebras cervicales.
Jesús García Esponosa
Geupo A
El lobero
El mismo día de taller ya imaginé el tema del texto. Me resultaba grato pensar en el abuelo Adrián sentado en un tajo reponiendo las pernalas en el trillo tras acabar de verano. Esos pequeños trozos de pedernal, la simetría con la que estaban incrustadas en la madera, el filo navajero y cómo conseguían trocear la mies en la parva siempre me han producido una seducción gratificante. Pero empecé a mirar, a consultar cosas, y me pudo la llamada de lo salvaje. Apareció Juan Bravo, el lobero jurdano, y derrotó a la serenidad del abuelo. ¡Otra vez será, abuelo!
Juan era, allá por 1911, el más famoso cazador de lobos de la comarca y él, "aquel vejete pobrísimamente vestido... con palabra torpe, y con gran cortedad" contó a los viajeros cómo era su oficio.
Su padre fue cazador de lobos y el hijo siguió sus pasos. Hizo la primaria acompañando al padre por lo más quebrado de la sierra, por senderos y vericuetos, mientras aprendía la jabla de los lobos, diferenciando el ladrido estridente del ronquido quejumbroso, la llamada de la loba en celo, los débiles gruñidos de los lobatos. Superada esta etapa vino el bachillerato de emitir esos sonidos de forma casi idéntica para engañarlos. Licenciado en filología lobera su doctorado fue un continuo perseguir, observar, localizar dónde se preparaba la guarida para la futura camada y coger esos cachorros de los cubiles en los riscos más escarpados aprovechando la ausencia de los lobos adultos. Los lobeznos se guardaban en un saco y se salía a escape. Luego se exhibían en los Concejos y alquerías próximos solicitando una limosna como premio a la destrucción de las fieras. La limosna era la vida. Pero las crías, separadas de la madre, no viven más de siete u ocho días. Y enseguida se reemprende la caza porque los lobatos permanecen en los cubiles unos dos meses y había que repetir el proceso tantas veces como se pudiera. Alguna vez ocurrió que fue perseguido por la loba y esto sólo había una forma de afrontarlo: la espalda amparada contra una peña, un capotillo enrollado en el brazo izquierdo, navaja en la diestra y esperar la acometida mientras apuñalaba a la fiera y la abrazaba en un cuerpo a cuerpo salvaje, del que Juan era el único en levantarse.
Al final Juan obtuvo el más alto grado académico: La cátedra en subsistencia.
Por si alguien quisiera negarle los méritos conserva todos los títulos. Los lleva siempre con él. Impresos en su piel. Brazos, pecho y espalda están escritos con cicatrices de arañazos y mordeduras. Surcos profundos, costurones de toda una vida de penurias huyendo de la gazuza, de la hambruna que pasaba de padres a hijos.
Tal vez a esos títulos les faltó un sello oficial.
Cuando Juan murió supimos cómo era su casa: En un ángulo formado por dos peñascos había hacinado unas pizarras y construyó su guarida. Dentro había un montoncito de patatas, un fuego apagado al que había arrimado un puchero desportillado y sin asas. El suelo cubierto de helechos putrefactos y en un rincón una colchoneta rellena de paja y un manta destrozada.
Unos cincuenta años después el oficio seguía existiendo. En mis recuerdos de infancia, fácilmente erróneos, está el de haber visto en el Rebollar un lobero que iba pidiendo limosna como hacía Juan Bravo. El de mis recuerdos llevaba sobre un asno una piel de lobo adulto rellena de paja y la mostraba de pueblo en pueblo. Iba acompañado de un mastín con una carlanca que me impactó mucho más que la piel del lobo.
Quiero creer que la desaparición del lobero representa el final de una "espantosa miseria colectiva", el intento de acabar con "modos de vivir que no dan de vivir".
Nicolás Castillas
Grupo A



