En esta ocasión Roas pone su mira telescópica en lo rural e indaga allí las derivadas del miedo y de lo fantástico. Territorios es un libro que, como indica su nombre, recorre diferentes paisajes y geografías del miedo (desde el secano hasta el mar) y que señala entre sus temas los fantasmas, los cuerpos incorruptos, la matanza del cerdo, la Santa Compaña... circunstancias de lo cotidiano que se adentran en lo fantástico y que van del realismo mágico, a la intriga y al terror en sus sentido más clásico. La ironía y el humor, señas de identidad del escritor, recorren muchas de las historias en las que hay deliberados homenajes a libros clásicos que son todo un refente; "El gañán entre el centeno", "La noche de los puercos vivientes" o "La conjura de los recios".
Propuesta de escritura
Escribe un texto que encaje en el concepto de "agrohorror". Si consideras que la realidad es más terrorífica que la ficción elige este camino. Pero si consideras que lo fantástico puede generar más inquietud y miedo prueba esta otra opción. Añade algunas dosis de humor al más puro estilo David Roas.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;
Presencias
Nunca olvidaré mis primeros días en este edificio, en mi piso. Mi primera vivienda propia... Bueno, propia, propia lo que es propia la hipoteca. Tarde en venir después de firmar las escrituras (no eran sagradas, pero baratas tampoco. Faltaba la instalación eléctrica o algo parecido. Ahora ni lo recuerdo. Han pasado 14 años ya- En el pueblo solo había paisanos de familias de toda la vida de allí. Era el primer “extranjero”. Yo saludaba a todo el mundo, pero no siempre recibía otro de la persona con la que cruzaba. A las cuatro de la tarde de agosto, pero yo me quedaba helado.
La única persona joven regentaba el bar, o taberna como quería que se dijese el tabernero. Lo llevaba bien, pero no salía rentable. La historia de la muerte del bar y su posterior reaparición trece años después a medio kilómetro del fenecido no es de agrohorror, pero si un putadón.
Centrándonos ya en mi terrorífica experiencia. Probablemente no lo fue tanto como la firma con la directora del banco… Perdonen que me repita, pero sigo pasando miedo cada vez que el Banco Central Europeo amaga con subir los tipos. De interés, no interesantes como algunos de mis ya paisanos.
Una noche de diciembre, llevando yo ya viviendo en mi pisito bonito (y pequeñito para una familia, ideal para mí), medio año, se abrió la puerta del balcón sola. Sin viento. Sin un roce mío. No. Se abrió sola. Entro el gélido frío del ya invierno mesetario, pero, además, sentí algo extraño. Algo ya no frío, helador. De repente oí pasos en el piso deshabitado de arriba. Vaya, el de Tecnocasa (sí, esos de la corbata verde, qué pasa) me había asegurado de que tendría compañía en febrero, y aun faltaba para eso. Pero tal vez habían traído muebles, o querían asegurarse de que no les habían robado la caldera, lo que fuese.
Subí las escaleras nervioso, porque seguía sintiendo algo helándome el corazón. Se había abierto las ventanas de casa, solas. De una en una, como si una mano invisible las fuera abriendo habitación tras habitación. Solo se salvó el cuarto de baño por un motivo. No había ventana.
Llamé al timbre. La puerta se abrió… Sola. Igual que la del balcón. Se abrieron todas las ventanas, de una en una como en mi piso. Salí corriendo, pero no hacía mi piso. Ese no era lugar seguro.
Quería huir. Algo me decía que era perentorio huir de esa mano invisible abrepuertas. ¿Sería solo una mano? ¿Habría brazo? ¿Tronco? ¿Cabeza? Ya eran las diez de la noche, y o ahí no me quedaba. Así que, en pijama como estaba, me fui al coche. ¿Saben ustedes que paso para mi estupor, sorpresa, y sobre todo horror? Ya lo habrán adivinado. Se abrió solo. No me servía de nada. Las llaves me las había dejado en el bolso donde siempre llevo mis cuatro cosas: tarjetero, llaves de casa, llaves del coche y móvil. He ahí que tenía un coche abierto, todas las puertas del edificio abiertas, así como las ventanas, y un canguelo que no vean. El coche arrancó. Empezó a moverse. Corriendo me dispuse a subir las escaleras para… ¿Para qué? ¡La “presencia” ya había tomado el edificio entero!
Por supuesto, la puerta del garaje se abrió. Sola. Con miedo, más miedo que el que pase viendo “The Ring” o escuchando historias de fogata en campamentos en mi infancia, no sabía que demonios (fijo que algún demonio andaría por allí, claro) salí corriendo por la puerta de la calle. Ya, no les voy a decir quién o, mejor dicho, cómo, se abrió, porque ya lo saben. Dónde ir… Mi auto, mi utilitario blanco iba hacía mí. Me quedé perplejo. Corrí calle arriba, hacía la plaza. Y allí, en la puerta del ayuntamiento, que no se abrió, me encontraba, acorralado por mi propio coche. De repente paro. Entre mi auto y mi cuerpo se interponía un ser oscuro. Oscuro como la noche. Oscuro como las profundidades abisales. Con un sonido que no reconocí detuvo el coche. Sí, sí. Lo detuvo él. Mi blanco (pero no impoluto) medio de transporte puso punto muerto. Acto seguido paro el motor.
No sabía dónde pedir auxilio (me iban a tomar por loco) ni sin volver a casa. La “nueva presencia” me llevo (solo veía un bulto oscuro, pero me había salvado del hospital (o peor aún de San Carlos Borromeo) hasta mi casa. Confiando en ella subí al piso. La puerta de porta estaba abierta, pero no se cerro sola, tuve que dejarla entornada. Entre al piso. Todo estaba abierto. Cerré todavía en penumbra todas las puertas y ventanas. Del primer piso ya me encargaría de día…
Encendí la luz, con miedo. Todavía no sabía qué o quién me había rescatado. Entonces supe que mi coche de más de 13.000 euros era un cobarde. Había bastado un bufido de gato, mejor dicho, gata, para detenerlo. Mi bienhechora tenía hambre, y yo gambas en la nevera…
Desde entonces Tess, mi negra panterita rescatadora, ostenta el cargo de dueña y señora, y yo, en agradecimiento a los servicios prestados, siervo obediente. Pero, por supuesto, nada valiente.
Javi Martín
Grupo A
La sima de los huesos
Esto que os voy a contar es real como la vida misma, y, como veréis, yo fui uno de los protagonistas. Ya sé que algunos -muchos- de vosotros ponéis en duda mi palabra, sobre todo desde aquel día en el Alcaraván, en el que os dije lo de mi historia con Elsa Pataky, aquella memorable ocasión en que me la encontré en la discoteca Hindagala, de felices recuerdos e inolvidables resacas. Bueno, no quiero insistir, pero lo de Elsa fue verdad, tal cual. Ella -resumo- estaba en Salamanca para la presentación de una película suya en los cines Van Dyck, y harta de charlas y cenas de trabajo, se escabulló de su grupo y se fue a tomar una copa a la discoteca. En aquella época la Pataki no era tan famosa, de modo que podía salir por la noche a un bar de copas de provincias -perdón, charros- y beber y bailar sin que nadie la reconociera. Desapercibida, eso no, porque menuda cara y menudo cuerpazo tenía (y tiene, a juzgar por los reportajes del Hola). Termino la anécdota, totalmente verdadera, no sé ni cómo ligué con ella. Una o dos de horas después salimos del Hindagala dando tumbos, y, por si me pasaba algo -había muchas tías borrachas por la calle a esas horas-, se ofreció a acompañarme hasta mi casa. Subimos en el ascensor, sin perder el tiempo en el trayecto, entramos en mi piso y fuimos al dormitorio. Ahí cierro la puerta y mi boca, un caballero no debe contar según qué cosas, sobre todo aquellas en las que interviene una señorita y suceden, aunque no exclusivamente, en una cama de matrimonio (iba a decir tálamo nupcial, qué cursi soy, joder)
Vale, pues no me creáis lo de aquella noche gloriosa, pero esto que os voy a contar ahora es absolutamente cierto. Pondría vuestra mano en el fuego, si hiciera falta.
Y ahora la historia de terror rural. Centrémonos, y a ver si abrevio. Villar de Peralonso, mi pueblo, una casa de piedra que se anunciaba para alquilar en algo parecido al Airbnb (quiero decir farolas, comercios, incluso anuncios en El Adelanto). Dos pisos, sótano, doblado y chimenea. Yo me ganaba unas pesetas haciendo la limpieza cuando había turistas. Tenía dos empleos en la capital, pero apenas me daban para pagar la hipoteca, así que, si quería irme de vacaciones tenía que buscarme la vida. Era un sin vivir de oficios y carreras de un lado a otro. Pero a la fuerza ahorcan.
El fondo buitre -un Black Rock de la época- que me contrataba para la limpieza me llamó para que me encargara de la casa en aquel puente o acueducto. La habían reservado unos turistas. Yo iba alrededor de medio día, y tenía que hacer las camas, pasar la fregona, limpiar el fregadero, recoger la basura, y tal. Esas cosas propias de mi sexo de pluriempleado. Bueno, con aquellas perrillas completaba mis esforzados ahorros para irme a pasar unos días a la costa portuguesa, concretamente a Praia de Barra, Aveiro. Ya estaba relamiéndome por anticipado con el caldo verde, los pescados a la brasa, las mil formas de cocinar el bacalao, y el café portugués, que, nacionalismos aparte, no admite comparación.
A ver si voy al grano ya de una vez. Los turistas resultaron ser una secta de veganos que adoraba a Gaia y practicaba el poliamor. Los hombres gastaban barbas, coleta y tatuajes con signos inescrutables. Ellas eran todas jovencitas, iban descalzas, y llevaban unos atuendos floridos, con faldas cortas, hombros al aire y generosos escotes.
Total, que invadieron el pueblo como si trajeran la buena nueva anunciando el apocalipsis, y, lo peor de todo, tratándonos como a paganos paletos, pobrecillos que había que sacar de su ignorancia ancestral, y culturizar.
En la cantina del pueblo -que también hacía las funciones de colmado y teleclub- los parroquianos no vieron con buenos ojos cuando esta tribu milenarista entró allí como elefante en una cacharrería, pidiendo zumos de fruta recién exprimidos, leche de soja sostenible, y pan de centeno integral hecho con masa (de su puta) madre. Carne, no la probaban, porque decían que tenía que estar totalmente purificada, o no sé qué; recién cortado el cordón umbilical, eso entendí yo, grosso modo.
Así que estaban los vecinos jugando sus parchises y sus cartas, fumando como descosidos y viendo la televisión -deportes, el Santa Marta vs Ponferradina, por ejemplo; o algún programa del corazón- cuando llegaban estos profetas del fin del mundo y apagaban la tele, los cigarrillos, tiraban las cartas a las brasas de la chimenea, y, lo que peor llevaban los parroquianos, los ponían a todos a cantar el Hare Krishna, hare, hare.
Ya sé, colegas del taller de escritura, que estáis pensando que tres o cuatro días no dan tanto de sí, y ya os estoy viendo tapándoos la cara y riéndoos por lo bajini como cuando os cuento alguna de mis aventuras eróticas. Veo a Marian diciéndome que no tengo edad para decir tantas tonterías; a Sonia, mirándome severamente; a Espe, pensando que menudos fantoches los conquistadores. Vale, como queráis, pero esto que os cuento, aparte de terrorífico -el horror, el horror- es literal.
Al segundo o tercer día el bebé de la Juani desapareció. Según parece, dejó al recién nacido en la cuna porque le dio un apretón y tuvo que ir a evacuar al corral. Cuando volvió, el niño ya no estaba allí. Su marido, el Tiburcio -al que apodaban Urtain en el pueblo- no se lo tomó bien, y la molió a palos. Un mal golpe, dijo, a cualquiera le pasa. Nadie lo denunció porque, total, era costumbre muy arraigada, y en el pueblo, sobre todo, respetamos las tradiciones.
El caso es que, al día siguiente, cuando fui a la casa a limpiar, algo me llamó la atención. Unos huesillos, como de conejo, pollo, no sé, algún animal pequeño, estaban a medio quemar sobre las cenizas de la chimenea.
Coño, esto sí que es raro, si esta gente no come carne, pensé.
A ver si acabo, ya imagino a los colegas mirándome raro y pensando que soy un pesado, y que no dejo hablar a nadie. Además, ya sé que tenéis envidia porque la camarera del Alcaraván -de natural recio- me pone la cerveza y los manises, y me sonríe.
Abrevio. Tal como habían venido, los adoradores de Gaia desaparecieron. La gente pudo volver a fumar en el bar, a jugar al tute subastado, a ver otro Unionistas vs Fuentesaúco, o cualquier programa de esos tan bonitos que presentaba -y presenta, per sécula seculorum- Jordi Hurtado.
Nadie vino a preguntar por ellos; no debían tener ni dirección, no digamos Dni, y seguro que no habían declarado el Irpf en su puta vida. Total, ciudadanos invisibles.
Cerca del pueblo había algunas cuevas profundas. A veces venían urbanitas a hacer lo que ellos llamaban espeleología, vete tú a saber qué coño es eso. Llevaban cascos con linternas, sogas, uniformes como de bomberos sucios…
Una de las cuevas, la que los vecinos desde tiempos inmemoriales llamaban el pozo del infierno, se tapó. Se le echó tierra encima.
Así que ningún gilipollas de esos con cascos ha podido volver a entrar en ella. Ya no existe. Desapareció del mapa. El topógrafo de la diputación era primo del alcalde.
Sólo en la cantina algún parroquiano habla, cuando se le calienta la boca, de “la sima de los huesos”, y aunque lo diga en voz baja y sin apenas vocalizar, todo el mundo deja por un momento de ver el partido, jugar a las cartas o cotillear sobre la mujer del panadero, y, dicho en dos palabras, se descojonan vivos.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Fallido Agro horror
En la Escuela de escribir me han puesto, de tarea,
contar algún temor, que el agro pudiera a mí inspirarme.
Y he buscado, con mi torpe intelecto, alguna idea,
tratando de hallar una con la que regalarme.
No la he encontrado. He hallado sólo un sentimiento
de cercanía con la feraz naturaleza.
Yo, que soy de ciudad, enamorado estoy del viento
que, si camino a la intemperie, ventila mi cabeza.
No me infundieron terror los espacios abiertos,
ni me causaron pavor las intrincadas brañas.
Me espanté, eso sí, el descubrir los muchos huertos
en los que algunos cultivan siniestras telarañas,
pegajosas de egoísmo, de ira, de complejos
vericuetos para atrapar al prójimo en sus hilos,
rebosantes de oscuros, podridos odios viejos,
que cortan, como navajas de siniestros filos.
No siento fobia al lado del maíz o la cebada,
los garbanzos, el rotundo trigo o el centeno;
me fascina ver colza luciendo engalanada.
De brillante amarillo el mundo lleno.
Me horrorizan, declaro, tantos malos instintos,
comunes en las calles, comunes en las dehesas.
Las xenofobias con los que son distintos,
la estulticia del que cree a la maldad y a sus promesas.
Siento pavor al ver ganar, al violento, terreno,
sin más esfuerzo que mostrar al mundo su barbarie.
Me asusta el dolor del débil, no sé sentirlo ajeno,
el temblor del indefenso, del que le falta el aire.
La brutal indiferencia del poderoso fiero.
Carlos Coca
Grupo C
Sucedió en Galicia
Los pueblos que voy a nombrar, los conocí cuando estuve haciendo el Camino de Santiago hace unos años. Allí un gallego bastante mayor, yo creo que pasaba de los 90 años, en una parada de descanso en el camino, entre Mondoñedo y Lourenzá, nos contó la siguiente historia. En una aldea llamada Couboeria, desde hace más de setenta años, vivían el matrimonio formado por Xoel y Lúa. Ambos muy conocidos en toda la zona, había sido alcalde, juez de paz y empleado de Caixa Galicia, por lo que conocía a toda la gente de la zona y había hecho muchos favores.
En las fiestas de As San Lucas de Mondoñedo, el 18 de Octubre, se celebra la Gran Feira
Tradicional de Gando Cabalar rAs San Lucas, donde se pueden ver todos los caballos que semilibertad en todos los montes aledaños. Estando allí de espectador con su mujer, se sintió indispuesto y lo tuvieron que llevar a su casa, donde fue atendido por el médico de guardía, el cual no pudo hacer nada del infarto que le repitió varias veces.
Al día siguiente del fallecimiento, Xoel fue enterrado en el cementerio familiar de Couboeria, después de una misa oficiada por tres sacerdotes, con la iglesia repleta de gente, y calculaban más de dos mil personas fuera, para dar la condolencia a la esposa.
Xoel, durante toda su vida, tuvo fama de bromista, y a todos los amigos, alguna vez les contó que su mayor ilusión era poder ir un día a México, para conocer a su hermano gemelo, porque su madre le había contado, que cuando él nació, tuvo otro hermano que se lo cedió a una hermana de la madre, que no podía tener hijos, y esta se lo llevó a México.
No había pasado aún un mes del fallecimiento de Xoel, cuando aparece por Couboeria, el doble de Xoel, con un “carro “ Mastreta MXT, haciéndose notar y preguntando por la casa de su hermano Xoel , para dar el pésame a la viuda, su cuñada, a la cual solo la conocía por fotografías que le mandaba su hermano a México cada año.
Según fueron pasando los días, la viuda de Xoel apenas salía de casa, y cuando la veían salir los vecinos, era de noche y siempre con su cuñado.
Galicia, es Galicia, y los gallegos tienen fama de reservados, trabajadores y un humor sutil, por lo que en el pueblo empezaron hablar y hablar, y al más amigo de Xoel se le ocurrió una idea. Por la noche sin pedir permiso a nadie, la pandilla de Xoel, se acercaron al cementerio para exhumar el cadáver y salir de dudas.
Dentro del ataúd no había nadie.
Luis Iglesias
Grupo B
En el campo de lentejas
Recién comenzadas las vacaciones de verano, no sabíamos muy bien qué hacer. Como andábamos muy escasos de dinerito, siempre se nos ocurría alguna historia para ganar un extra, pues nuestros padres nos tenían muy ajustada la paga semanal: a mi amigo Pepe y a mí nos daban 25 pesetas a la semana con las que teníamos que hacer juegos malabares para que nos llegara; no solo nos llegaba, sino que incluso éramos capaces de ahorrar algo.
Aquel verano del 67 decidimos buscar trabajo.
En los pueblos no hace falta poner carteles ni anuncios de ningún tipo, enseguida se corre la voz, y una tal Celedonia, vecina del lugar, nos comunicó que un paisano del pueblo, apodado Tomás “marica”, podía darnos trabajo.
Ni cortos ni perezosos, nos dirigimos a su casa: era una casona de paredes de piedra. con dos alturas y balcón encima de la puerta principal; tenía una hermosa aldaba en forma de puño para llamar. Golpeamos la puerta con fuerza, y salió a abrirnos una señora vestida de negro con edad indeterminada. ¿Qué queréis?, nos dijo. Venimos a buscar trabajo, pues nos han comunicado que D. Tomás tiene algo que ofrecernos.
Podéis pasar.
En la misma entrada, había un pequeño patio con un escaño de madera labrada de color negro, donde nos fuimos a sentar.
Apareció Tío Tomás, hombre bajito, enjuto, con lento caminar, pero estirado; ataviado con una capa marrón oscura y un sombrero de fieltro haciendo juego. Se acercó a nosotros y nos preguntó que qué queríamos. Nos gustaría ganar algunas perrillas y nos han dicho que usted puede darnos trabajo, le dijimos.
Efectivamente, nos contestó, tengo un campo de lentejas que ya están a punto para recoger. Podéis venir mañana temprano; os facilitaremos unas guadañas de pequeño tamaño, acordes con vuestra fuerza y estatura y a trabajar. Si aguantáis la jornada entera, os pagaré un salario, y si solo aguantáis media, pues la mitad; así que hasta mañana nos dijo, se dio la vuelta y nos despidió.
Bien de madrugada acudimos a la casona y ya nos estaba esperando tío Tomás ataviado con la misma capa y el mismo sombrero; nos saludó y se despidió con una sonrisa burlona haciendo brillar su diente de oro. A pesar de todo, no nos achantamos y cargando con aquellas guadañas infantiles salimos hacia las tierras acompañados por un criado del susodicho Tomás.
Ya en el campo nos explicaron cómo había que hacer y nos pusimos a ello con gran entusiasmo, y teniendo gran cuidado de no segarnos las piernas.
Al cabo de un par de horas empezó a calentar, empezamos a sudar, y las guadañas ya se empezaban a resbalar de las manos; encima no habíamos llevado ni gorra ni sombrero. Nos miramos y nos dijimos: habrá que aguantar, aunque nada más sea media jornada.
Seguimos dos o tres horas más, no recuerdo exactamente, pero antes del mediodía ya estábamos de vuelta en aquella casona donde por lo menos hacía fresquito.
Apareció Tío Tomás ataviado de la misma manera; reconozco que eran un tío elegante. (Lo del “mote” supongo que era por ser algo amanerado y estar soltero), nos sonrió con cierta maldad para lucir el diente de oro y nos pagó. ¡Nos pagó media jornada a cada uno!
Llegamos a casa como cubiertos por una especie de barrillo negruzco, derechitos a la bañera, pero con la satisfacción de haber ganado unas pesetillas, y con la seguridad, como así ha sido, de que no volveríamos a trabajar de aquella manera.
José Luis Fonseca
Grupo A
La terrible desgracia
—¡La tía Pascuala se ha quemado!
La noticia corría por el pueblo de boca en boca. Los hombres se echaban las manos a la cabeza y las mujeres a los pañuelos, los niños corrían a las faldas de sus madres y las abuelas se santiguaban mirando al cielo.
—Se veía venir —dijo Felipa, insidiosa, mientras recibía una mirada furibunda de su marido.
—Eso también lo digo yo —replicó Martina, encarándose a los aldeanos que se habían congregado frente a la casa incendiada, con gesto desafiante.
La vecindad se mostraba consternada por el suceso. La mayoría cuchicheaba sin expresar libremente su opinión por temor a la reacción de Suso y Teresa.
Ellos también estaban allí, entre el público. Eran los futuros herederos de la tía Pascuala a la que habían jurado cuidar y proteger hasta su fallecimiento, a cambio de sus dineros y sus heredades. Pero Pascuala estaba llegando a los cien años y su salud seguía intacta. Sus piernas y su cabeza seguían siendo capaces de tirar otros cien más. La pareja ya no aguantaba más, ni a ella ni a sus rarezas. Y llevaban peor aún la escasez de recursos con la que tenían que vivir ellos y sus tres hijos.
Felipa lanzó otra andanada, mirando de frente a Teresa:
—Hay quien parece llorar, pero en el fondo está muy contenta.
Felipa y Martina eran dos hermanas cuyas viviendas lindaban, pared por pared, a ambos lados de la que se había quemado. Hacía años que esa familia andaba detrás de la casa para ampliar las suyas y construir un huerto medianil, pero la tía Pascuala nunca aceptó.
Teresa y Suso, que se habían mantenido juntos en una esquina de la plaza, recibieron aquella puya como si les hubieran atravesado el corazón. ¿Cómo podían pensar que ellos hubieran tenido algo que ver con el incendio? Teresa se dio la vuelta y sin responder palabra alguna se encaminó a su casa. Suso se permitió devolver la acusación a las hermanas calumniadoras por ser las dueñas de las casas colindantes.
—Algunas pensarán que ahora las paredes medianeras se expandirán sobre las ruinas del hogar de Tía Pascuala —dijo señalando a los edificios aledaños—. Tal vez están tan ufanas porque piensan que con esta desgracia la podrán conseguir más barata.
Los aldeanos asistían consternados al enfrentamiento y murmuraban entre ellos, sin querer intervenir. Poco a poco, la plaza se fue despejando y solo quedaron los hombres más jóvenes, que junto a Suso se aseguraron de que el fuego estuviese totalmente sofocado.
Al día siguiente, el pueblo entero asistió al funeral por el alma de la tía Pascuala, puesto que del cuerpo solo quedó un patético cúmulo de huesos calcinados. El cura no hizo mención de las sospechas aireadas en la plaza. El alguacil dictaminó que el incendio se había producido por accidente, al prenderse las sayas de la anciana con la lumbre. El médico forense dio por bueno el diagnóstico de muerte por un desgraciado hecho fortuito. Enterraron a tía Pascuala en silencio respetuoso.
Suso, Teresa, Felipa y Martina arreglaron sus diferencias con la venta del solar. Nunca más se habló en voz alta del asunto. Pero, las gentes del lugar aún elucubran sobre las verdaderas causas de lo que para siempre se llamó “la terrible desgracia”.
M. Maximina Moreno
Grupo B
El medio cántaro
Eva, mi flamante novia, me dijo que no era buena idea negarme a pagar el medio cántaro de vino a los mozos, y menos cuando empezaban las fiestas del pueblo.
También me advirtió sobre la estupidez de aceptar, el reto de Fernando, su exnovio, cuando fuimos a la bodega, para ver quién aguantaba más tiempo respirando óxido nitroso. Me empezaba a cansar el jueguecito que se traía. Él seguía riendo junto a los otros, mientras la devoraba con una mirada que nada tenía de festiva.
La combinación de la vibración temblorosa del suelo, el fuerte olor a gasóleo y el crujido de vegetación seca recién cortada, junto con el ruido intenso de un motor, me despertó sobresaltado. Lo último que recordaba era esa risa machacona, como un mantra mareante, de Fernando y su grupo de amigos.
Una cosechadora se me echaba encima a medida que iba cercenando los tallos de los girasoles. Quise creer que no me alcanzaría; que, tumbado y atado como me habían dejado, el filo de corte del cabezal no me tocaría. Traté de fundirme con el fondo del surco. Las cuchillas pasaron arañando mi piel y dejando parte de mi ropa hecha jirones.
Fue entonces cuando lo vi.
Justo detrás venía Fernando, con su cara desencajada por la risa, conduciendo la empacadora hacia mí.
Calgari
Grupo A
El silencio de los norteños
Me desperté con una terrible jaqueca, como en mis “mejores” tiempos, cuando me acunaban el alcohol y las drogas. Hacía dos años que estaba limpio. Abrí los ojos. Estaba desorientado, no reconocía el lugar. Una habitación estrecha con paredes irregulares, mal jarreadas, con la única iluminación que entraba por un tragaluz. Al fondo una puerta de rejas metálicas daba a un pasillo más oscuro. No podía incorporarme, las extremidades me dolían. Sentía como si hubiera sido atropellado.
Comencé a recordar. Seguía la pista de la desaparición de Martina. En su último mensaje escribió: “En ruta. Próxima parada Norteños de la Sierra. Pararé a comer y continuaré. Mañana más y mejor”.
El pueblo se situaba a dieciocho kilómetros del desvío de la autovía nacional. En mitad de un paraje natural protegido. La carretera estaba flanqueada por hayas, pinos, alcornoques y tejos. La localidad se encontraba aislada a más de cuarenta kilómetros de la población más cercana.
Dos años. Mis problemas con el alcohol y la cocaína acabaron provocando mi dimisión como inspector del cuerpo de Policía Nacional. Me enfrenté a un dilema, dimitir o ser acusado de la apropiación de casi medio kilogramo de polvo blanco. Mi mujer fue la siguiente, me pidió el divorcio, perdí la custodia de mi hija. Mis adicciones hundían mi vida como si caminara sobre arenas movedizas.
El pavimento se encontraba en un estado deplorable, el velocímetro no sobrepasaba los treinta kilómetros por hora. Al llegar a una loma el poblado comenzó a tomar forma al fondo de un gran valle. Bordeado por un regato, se componía de unos veinte tejados, todos de pizarra negra y una pequeña iglesia en la plaza. Después de zigzaguear infinitas curvas en el descenso, un letrero me daba la bienvenida. Norteños de la sierra.
Dos hombres entrados en años, armados con una azada y un hacha respectivamente, me miraban inquisitoriamente. A medida que avanzaba, sus cabezas giraban siguiendo el vehículo sin pestañear. Llegué a la plaza. Era pequeña, irregular, y estaba escoltada por una sencilla iglesia, de estilo románico, con un campanario diminuto. Enfrente, unas mesas y unas sillas de patas finas, metálicas, con respaldos y tableros de melamina color roble, indicaban la ubicación del bar. Hice un poco de tiempo mientras fumaba un cigarrillo. La intención era que se hartaran de observarme a través de las ventanas. Cuatro ancianas salieron de la iglesia, acompañadas de una mujer, en la treintena, no soy bueno calculando edades, que agarraba la falda de una de las del cuarteto. Miraba hacia los lados, se reía mostrando unos dientes grandes y desordenados.
—Buenos días —saludé.
Me devolvieron el saludo al unísono de forma casi inaudible y continuaron su camino en silencio con la cabeza baja. Un pellizco en mi glúteo me sobresaltó. El cigarrillo se escurrió de mis dedos.
—¡Gorrino, gorrino! —reía la joven.
La miré fijamente mientras se alejaba prendida de la falda negra.
Unos cerdos de una granja cercana rompieron el silencio del momento. Parecían agitados.
Los chillidos me recordaron mis peores momentos. Mi revólver presionando mi barbilla. La falta de coraje para apretar el gatillo. El compañero que me acercó a Proyecto Hombre. Con esfuerzo y tesón conseguí recuperarme. Desde hacía dos años contaba los días y agradecía cada amanecer. Mi nuevo trabajo como detective me había ayudado. Hasta éste, todos mis casos habían sido problemas conyugales o laborales. Este caso era diferente. Martina había desaparecido. Llevaba tres semanas sin dar señales de vida. Quería cumplir el sueño de atravesar la península andando. Todos los días escribía, por lo menos una vez al día. Sus padres, desesperados, me habían contratado, ante la ausencia de noticias por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.
Tiré de la puerta enrejada del bar. Costó abrirla, rozaba el suelo. Siete pares de ojos analizaron mis movimientos. Un olor familiar se apoderó de mi pituitaria. Era una mezcla de fruta, legumbres, café molido y productos de limpieza.
—Buenos días —sonreí.— Se puede tomar un café aquí.
El paisano que atendía detrás del mostrador, se giró y vació el cacillo. Me fijé en las estanterías, la gran mayoría vacías. El escaso género era principalmente galletas María, unos briks de leche al lado de unas botellas de lejía y una caja de frutería que contenía naranjas, manzanas, y peras. En el suelo había un saco abierto de lentejas y otro de alubias.
—Con leche fría, en vaso y con sacarina. No tiene leche de soja, ¿verdad?
El hombre se giró y me miró con desprecio.
—Disculpe, café con leche, por favor —rectifiqué.
Detrás de una mesa, sobre la que estaban sentados tres hombres de edad avanzada, estaba agachado un joven fornido de unos treinta años con facciones similares a la joven de la plaza que iba prendida de la falda. Me acechaba a través de las patas de la mesa. Mi instinto apostó a que eran hermanos.
El joven que estaba agachado en el rincón me pellizcó el glúteo, como hizo su supuesta hermana.
—¡Gorrino, gorrino! —gritó mientras reía con la boca abierta mostrando sus desordenados dientes.
Me di la vuelta bruscamente. Esta vez el acto me molestó, pero los hombres que estaban sentados ni se inmutaron. No hicieron ningún gesto de reprobación. Parecía algo cotidiano y habitual. Tampoco se disculparon.
Los chillidos de los cerdos se oían especialmente cerca. Agitados.
Pagué y salí. Necesitaba encontrar algún habitante dispuesto a contarme algo interesante. Mientras arrastraba la puerta del bar, una furgoneta clásica Volkswagen Kombi, que siempre asocié a los hippies, aparcó en mitad de la plaza. Una música excesivamente alta, apostaría por los Beach Boys, se silenció al detener el motor. Dos jóvenes extranjeros, bajaban risueños, estirando los brazos.
—Un bar —me preguntó la chica, con acento extranjero, seguramente inglés. Tenía el pelo recogido detrás de un pañuelo rojo, que dejaba entrever unas mechas de color rubio. Sus ojos bailaban de derecha a izquierda constantemente. Tenía una risa contagiosa. Deduje que podía sufrir un tic nervioso, o bien, que simplemente estaba drogada.
Señalé en dirección a las mesas y las sillas.
El chico se cruzó conmigo. Era rubio, alto, atlético. Tenía un gran antojo encima del ojo derecho con forma de mariposa. Estimé que tendrían entre veinticinco y treinta años.
No había nadie en las calles. Era un lugar apacible, hipnótico. Las casas estaban edificadas con piedra de granito de diferentes tamaños, con porches de pizarra, y unos grandes portones de madera divididos en dos partes. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento habían hecho mella en la mayoría de las viviendas. La mayoría de los habitantes que había visto eran octogenarios, y la única juventud que había visto no debía valerse por sí misma, y se dedicaban a pellizcar y reírse.
En poco más de veinte minutos recorrí todas las calles del pueblo. No encontré ningún indicio que me hiciera sospechar que Martina había tenido algún problema allí. Me dirigí hacia mi vehículo. La joven pareja extranjera salió del bar vociferando. La mujer se agarraba el trasero. Seguro que había recibido la bienvenida. Una carcajada brotó espontáneamente. Es mucho más divertido cuando la broma se la hacen a otro.
Me alejé de allí. Había algo que no terminaba de cuadrarme, pero no sabía qué era. Mi intuición, de la que siempre me había fiado, intentaba decirme algo.
Esa noche dormí en Búfalos del río Sil. Era la población más cercana de ese insólito lugar. Al despertarme caí en la cuenta. ¿Cómo podía haber una granja de cerdos en una reserva natural?
Decidí volver.
En la destartalada carretera que llevaba al pueblo, me crucé con un tractor que remolcaba un vehículo tapado con una lona. Lo reconocí rápidamente. Era la Kombi de los jóvenes ingleses, esos tapacubos eran inconfundibles. Qué mala suerte, una avería en un lugar tan apartado, pensé.
Esta vez dejé el coche a las afueras. Me incomodaban mucho las penetrantes miradas que los paisanos dedicaban a los forasteros.
Me acerqué procurando que no me vieran. Un edificio blanco, alargado, con pequeños ventanucos a dos metros de altura, sin cristales, estaba situado detrás del bar. Me colé dentro. El ambiente era pesado, con un olor penetrante a orín. Me tapé la boca con la manga del jersey. Los cerdos estaban separados, en pequeñas celdas alargadas. Todos los animales me rehuían según avanzaba, pero uno comenzó a chillar al pasar al lado de la reja. No se asustaba. Continué. El de la celda siguiente también se acercó. Tenía una gran mancha morada en el ojo derecho con forma de…, no podía ser, tenía forma de mariposa como el de… Retrocedí para analizar el puerco de la celda anterior. Sus ojos se movían rápidamente de un lado a otro.
Di media vuelta en dirección a la salida. Una pala impactó sobre mi frente. Perdí el conocimiento.
Mi corazón se agitaba y el dolor de cabeza se acentuaba. Me subieron las pulsaciones. Ya era consciente del lugar donde estaba.
Otra imagen vino a mi mente, no sabía si era un recuerdo o lo había soñado.
Estaba tumbado en el interior de un edificio amplio. Parecía la iglesia, alumbrada por velas. Un grupo de encapuchados me rodeaba. El ambiente era húmedo con olor a cera quemada. La boca me dolía y tenía un sabor metálico. La campana tañía sin descanso.
El joven fornido de facciones deformes, se reía mientras untaba una semilla, más grande que un dátil y más pequeña que el hueso de un aguacate, en un cuenco que contenía un líquido denso y rojizo.
La mujer risueña de los pellizcos comenzó a recitar.
“Semilla de raíz y sombra, entra en su carne y despoja su cuerpo, que su forma se quiebre y en bestia se transforme. Devuelve la juventud y vigor a nuestro hermano Aníbal”.
Aníbal era el hombre que atendía la barra del bar. Bebió el líquido que parecía sangre del cuenco y me introdujo el objeto a la fuerza en la boca.
Me resistí, pero me obligaron a tragarlo. Perdí el conocimiento.
—¡Gorrino gorrino! —oí a través del tragaluz del habitáculo.
Desde las celdas contiguas oía chillidos. En ese momento fui consciente por qué era incapaz de incorporarme.
—¡Socorro! —intenté gritar. De mi garganta solo salían chillidos agudos.
Max Ferlam
Grupo B
Perros de barro
Llevábamos tiempo planeando pasar un fin de semana fuera de casa. Para nosotros salir al campo era una necesidad imperiosa. Vivíamos en León capital, ambos trabajábamos en MSD Animal Heath, una pujante empresa farmacéutica orientada al desarrollo de medicamentos y vacunas para animales. Precisamente fue allí donde coincidimos, Anna entró como veterinaria en prácticas cuando yo estaba contratado con una beca de investigación sobre el rotavirus porcino. Paradojas de la vida, lo mío ha sido estar siempre entre cerdos.
Nos conocíamos la montaña leonesa como la palma de la mano, aunque teníamos la teoría de que siempre quedaban rincones vírgenes por descubrir. Así que habíamos buscado un par de rutas inéditas en el valle de Laciana, una zona minera con extensos bosques de hayas y robles que en el otoño estaban en su esplendor.
Por fin llegó el fin de semana de todos los Santos, del sábado 31 de octubre hasta el domingo dos de noviembre. Las predicciones del tiempo eran más o menos buenas, un sol radiante el primer día, con máximas de doce grados y mínimas de cero, aunque con la posibilidad de tormentas de evolución. No nos lo pensamos dos veces. Hablamos con nuestros amigos, Luisa y Javier, quienes tenían pensado venir con nosotros, pero ella tuvo un inoportuno esguince de última hora que aconsejaba reposo. ¡Una auténtica lástima que no pudieran venir! ¡Ahora todo sería diferente!
Preparamos nuestras mochilas con algunos víveres, algo de ropa de abrigo para las frías noches y unas linternas, además de un machete de cuando fui scout, nunca se sabe lo útil que puede llegar a ser. Yo era un enamorado de la fotografía de paisajes, así que no podía olvidarme de mi cámara Canon, un gran angular, y un teleobjetivo de gran alcance. La verdad es que todo el equipo pesaba un poco, pero merecía la pena, pues uno no sabe nunca con lo que se va a encontrar y me producía mucha insatisfacción ver animales como lobos, rebecos, oss o buitres y no poder capturarlos.
Al salir del trabajo el mismo viernes, cogimos los bártulos y nos fuimos en coche hasta Villablino. Desde allí por una pista hasta el refugio de Rioscuro, donde pensábamos alojarnos durante el fin de semana. Javier nos había comentado que estaba algo aislado del pueblo, que tenía una buena chimenea y dos salas contiguas, una ideal para poder comer junto a la lumbre, la otra ideal para dormir. Además, se podía cerrar la puerta y así evitar el relente de la noche, lo único quizá que teníamos que llevar algo para proteger el hueco de las ventanas, pues eran inexistentes, quizá alguien las quemó en otra ocasión para calentarse.
Desde allí, según había planificado, podíamos subir al pico de Cueto Nidio, a 1773 metros de altitud. La ruta era circular, de unos catorce kilómetros y ochocientos metros de desnivel, adecuada a nuestras posibilidades como jóvenes montañeros con experiencia en los Picos de Europa o los Pirineos, donde solíamos ir en verano. Lo mejor sería subir pronto el sábado, pues daban buen tiempo por la mañana y las vistas desde la cumbre debían ser espectaculares. Anna había anotado en un folio un croquis de la ruta de internet, apuntando los lugares de paso, como la Braña de Vilforcos, las fuentes donde reponer agua y los cruces con otras pistas o senderos. Para el domingo habíamos previsto un recorrido más corto, por el valle de Lumajo, hasta la campa de Vilaseca, pasando por los fantasmagóricos paisajes de las abandonadas minas de La Unión, con la intención de regresar no muy tarde.
Llegamos al refugio con las últimas luces, ya se notaba que los días iban acortando y se hacía cada vez más pronto de noche. Nada más bajar del coche percibimos que hacía bastante fresco, nos pusieron los forros polares y colocamos todos los enseres en el refugio. La verdad es que estaba tal como nos lo había descrito Javier. Salimos al bosque que rodeaba la cabaña con las linternas para coger algo de leña, cada uno por su lado. A Anna le pareció vislumbrar unos ojos entre la espesura, alumbró en aquella dirección, pero no vio nada, tan solo oyó unas pisadas alejándose. Me lo comentó, y yo la disuadí de sus miedos diciéndole que sería algún jabalí, casi seguro. Entre los dos preparamos una hoguera enorme, para que hubiera buenas brasas y se fuera caldeando el ambiente. Yo había aprendido en mis campamentos juveniles a tapar las ascuas con ceniza para que desprendieran calor durante toda la noche. Cuando íbamos a cenar, me di cuenta de que se me había olvidado coger las cervezas de casa, así que en mala hora propuse acercarme en coche un momento hasta el pueblo, para ver si encontraba un bar abierto, tampoco era tan tarde.
−Vale David, yo me quedo aquí, voy preparando la cena. Pero no tardes mucho…
Arranqué mi desvencijado R5 azul y me encaminé a Rioscuro, primero por la pista, y luego tres kilómetros de carretera. Nunca había estado antes en ese maldito pueblo, yo que presumía de poder enumerar por valles más de cien localidades de la provincia. Un vistazo rápido, busqué la plaza, donde había varios grupos de personas colgando banderines a una sencilla tarima. Aparqué y vi un cartel luminoso de Cruzcampo. Hacia allí dirigí mis pasos y al entrar tres viejos curtidos por el sol se volvieron hacia mí. Saludé con un hola, buenas, al que solamente respondió entre dientes el hombre de la barra. Compré unas latas y al salir de aquel barucho me llamó la atención un cartel con unas máscaras de animales. Anunciaba la “Fiesta de los muertos vivientes”, con un desfile para el sábado 31, a las 22:00 horas. Claro, era la noche de Halloween, no había caído en la cuenta. El lema del evento era “Veremos quién es el muerto”. Me dirigí hacia el coche y me crucé con cuatro fornidos mozos, a los que saludé con un buenas noches, pero ellos giraron sus cabezas entre cuchicheos y alguna risita al verme pasar.
Arranqué y me volví rápido hasta el refugio. En el camino de vuelta, creí recordar que hace unos años circuló por León una noticia sobre dos chicas que habían desaparecido en la zona de Laciana y nunca más se supo de ellas. Al llegar, Anna había preparado una cena romántica, con sus velas y todo. Las cervezas nos supieron a gloria con la tortilla de patata y la cecina ahumada. Después extendimos los sacos de dormir y preparamos unas almohadas. La verdad es que era una gozada pasar aquellos días juntos en medio de la naturaleza. Nos dispusimos a tapar las dos ventanas como pudimos con unos cartones que llevábamos, cuando oímos unos ruidos como cohetes o petardos.
−Quizás sea la fiesta de Rioscuro, se me olvidó comentarte que vi un cartel sobre la verbena de los muertos vivientes, una especie de mascarada de otoño. Mañana habrá un desfile a las diez de la noche. Supongo que será porque coincide con la víspera de todos los Santos o por Halloween, que hasta aquí llega la influencia de la cultura anglosajona.
Poco antes de acostarnos, salimos fuera de la cabaña a contemplar las estrellas, el firmamento estaba radiante. Aprovechamos para hacer pis, y así no tener que levantarnos durante la noche. Cada uno por fuimos para nuestro lado. A Anna le pareció oír unas pisadas detrás de ella, como si la siguieran, se paraba y dejaba de oír aquellos ruidos, caminaba y volvía a percibir aquellas pisadas. Se volvió bruscamente, pero no vio nada. Regresó lo más rápido posible al refugio. Aquella noche hicimos el amor por última vez, buscado darnos calor uno a otro.
El viernes amaneció con una buena helada. Yo me desperté con las primeras luces, aticé el rescoldo de la chimenea, tratando de reanimar el fuego. Hacía un frío que pelaba. Calenté algo de leche y desperté a Anna. Desayunamos rápidamente y nos preparamos para hacer la ruta prevista, que partía de la misma adecuación recreativa donde habíamos pasado la noche. Después de dos horas, llegamos a la Braña de Vilforcos, donde nos recibió un perro mastín muy delgado, parecía muerto de hambre. Paramos para disfrutar del entorno, descansar y tomar un pequeño almuerzo. Después atravesamos un abedular y llegamos hasta una campa donde había alguna huella, parecía de oso. Un pastor nos contó que había varios grupos de osos y que incluso les habían matado varios terneros en distintas brañas. Llegamos al pico Cueto Nidio para comer y por la tarde, completamos el regreso hasta el refugio. Vimos una pareja de urogallos, a los que traté de fotografiar, pero sin mucho éxito. Aunque llegamos agotados, le propuse a Anna subir para ver el desfile de los muertos vivientes. Así que cenamos rápidamente y nos acercamos a Rioscuro. Había mucha gente disfrazada, con máscaras de barro pintado, que perseguían y asustaban a la gente que había por la plaza. Algunas impresionaban un poco, como un demonio con cuernos o un pájaro con un pico enorme, con alas en los brazos. Me distraje un rato haciendo algunas fotos en blanco y negro. Había perdido de vista a Anna, pero finalmente la divisé en una esquina de la plaza con una manada de perros lobo merodeando en torno a ella. Me comentó que al principio era como un juego, pero que luego se había sentido agobiada. Al poco rato, decidimos irnos a descansar, pues al día siguiente nos esperaba otra buena ruta, aunque algo más suave. De vuelta al refugio me pareció ver los focos de un coche que nos seguía. En el camino al refugio, algunos relámpagos nos sorprendieron desde lejos.
Atizamos la lumbre y nos tomamos una infusión para irnos calentitos al saco. Estábamos ya casi a punto de dormirnos cuando sonó un trueno muy cerca de la cabaña y se levantó un fuerte viento racheado. Mi preocupación era que los cartones de las ventanas cedieran en una ráfaga de aire. Ciertamente las predicciones meteorológicas se habían cumplido. Bueno, había que intentar dormirse lo antes posible. Al poco rato me desperté sobresaltado, llovía con insistencia y me pareció oír pisadas que sonaban cerca de la ventana. Anna tenía una respiración profunda. Ella que presumía de que nunca roncaba, estuve por coger el móvil para grabarla. Traté de tranquilizarme pensando que las pisadas serían de algún caballo buscando protección contra la tormenta. Cuando estaba a punto de dormirme llamaron insistentemente a la puerta, tres aldabonazos que nos sobresaltaron.
−¿Qué pasa? ¿Qué suena? -me preguntó Anna asustada.
−Debe de ser el viento que golpea la puerta. Voy a ver.
Cuando me incorporaba y trataba de encontrar la linterna, escuché unos aullidos y unas palabras ininteligibles entre risas. Me entró un cierto miedo, lo reconozco, pero no era de los que se arredran ante lo desconocido. Así que abrí la puerta, cuando entraron en estampida cuatro jóvenes disfrazados de perros lobo, uno de ellos me dio un mamporro con una barra y me quedé medio atontado. Anna encendió la linterna, pero se abalanzaron sobre ella. Yo traté de defenderla, pero me redujeron y me propinaron varios puñetazos en el estómago. Después uno de ellos sacó una cuerda y me ataron las manos. El apestoso hocico del que parecía el líder de la manada se me acercó al oído y se amenazó como te muevas, te mato. Y le ordenó a otro de sus secuaces, ¡quédate con este pringao!, ya te tocará tu turno. No podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo, yo no podía moverme y ellos violando a Anna. Yo no podía ver lo que ocurría, pero por el alboroto deduje que la habían desnudado y trataban de montarla como si de una loba se tratara. Ella chillaba, pero nadie podía escuchar sus gritos de auxilio. Después dejé de oírla, cuando vi que el machete de scouts había quedado allí cerca. Lo coloqué como pude y froté mis atenazadas muñecas contra su filo hasta que conseguí rasgar el cordel. El corazón me latía a mil por hora. Atenacé el puñal y me abalancé sobre mi custodio, una cuchillada certera en el pecho fue suficiente. Los otros se percataron de lo que estaba pasando, pero aún así clavé el machete con todas mis fuerzas en el estómago de otro. Después no sé qué pasó, solo recuerdo que me desplomé al recibir un garrotazo en la cabeza con una barra metálica.
La doctora comentó en la visita de hoy que el cerebro nos protege de las situaciones de estrés agudo. Es como si ”se desconectara" temporalmente para salvaguardarnos de un fuerte impacto emocional. Yo solamente sé que Anna viene todos los días a verme, me agarra la mano y no puede contener las lágrimas. Yo no consigo mover mis extremidades y ahora solo logro comunicarme fijando la vista en un teclado.
−¡Malditos hijos de perra!
Grupo A
En algún momento somos los dueños de nuestro futuro
Siempre me parecieron muy brutos los chicos de aquel pueblo, pero esto ya era demasiado. Jamás pensé que podría encontrarme a gente así cuando vivía con mi abuela en Honduras. Mamá era una figura nebulosa que aparecía a veces en mis sueños y un recuerdo de una infancia cada vez más lejana. Diez años habían pasado desde que me dejó para poder ofrecerme un futuro, según dijo en aquel momento. Sin embargo ella seguía siendo fundamental en mi vida, la que pagaba las ropas con las que me vestía y el colegio en el que estudiaba. Un día la abuela enfermó. Para colmo la situación en mi país no era nada buena, y apenas podíamos salir de casa por culpa de la delincuencia y de las bandas.
Por eso fui a España en un viaje muy largo para reunirme con mi madre, diez años después de que ella hubiera hecho el mismo camino de ida sin retorno.
En el instituto se sorprendieron con mi buen nivel. Mi madre se enorgullecía, y yo no la entendía cuando afirmaba sin pudor que alguien con mucho poder la había ayudado regalándome ese don que es la inteligencia. -¿Qué quieres decir con eso, mama?- La preguntaba una y otra vez. -¿Quién es ese tan poderoso que nos está ayudando a triunfar? – Tú tienes que ser agradecido y aprovechar ese don, que es un regalo después de diez años de enorme esfuerzo- Me dijo una vez sin darme más detalles. El ambiente en la clase no era el más apropiado, con todos esos chavales enormes que no paraban de incordiar ni de meter bulla. Los primeros días llegaba a casa llorando. Mamá me consolaba diciendo que era envidia de ellos, que se metían conmigo no solo por mi color de piel sino porque yo era inteligente, educado, y sacaba mejores notas gracias a ese don. -Mi hijo, estudiarás en la universidad y serás lo que tú quieras.- Me decía.-Ellos se pudrirán aquí en este pueblo enano en mitad de la nada. Estudia mucho, hijito. Será la única manera de que el futuro te pertenezca.-
Y así hice, estudiar mucho. A pesar de los insultos, los empujones y codazos a escondidas, las risitas malévolas a mis espaldas y las burlas escandalosas en mi cara. A pesar de llamarme extranjero que venía aquí a robar, de decirme una y otra vez que me fuera de vuelta a mi país, Me mantuve firme y saqué las mejores notas. Los profesores me apreciaban y siempre me apoyaron, regañando sin compasión cuando pillaban a alguno de esos haciendo de las suyas contra mí. Lo malo es que no siempre podían estar. Ahí aprendí a que tendría que defenderme yo solo.
En el inicio del siguiente curso parece que estaban más tranquilos, pero yo no me fiaba. Algo gordo estaban tramando contra mí. Aún así, confié cuando Matías, el líder de la clase, un repetidor deseoso de cumplir los dieciséis para ponerse a trabajar en el bar de su padre, del pueblo de toda la vida, me soltó de pronto:
-Tú, morenito, ¿no te vas a apuntas a la quedada con el resto de la clase?- Eran las fiestas del pueblo y todos los chicos lo iban a celebrar a lo grande. Primero estarían en la peña bebiendo y fumando, cosa que no me hacía ninguna gracia. Luego irían a no sé qué sitio, al pozo de la Úrsula, o algo así. La Úrsula era un fantasma que rondaba por una casa abandonada en mitad del bosque. Había muchas historias y leyendas, lo típico entre los adolescentes, a cual más exagerada. Una de ellas contaba que en un pozo vivía la tal Úrsula, que por lo visto era una mujer que había vendido su alma al diablo a cambio de poder infinito, y que por eso el diablo la transformó en un monstruo. -Pero, claro, si quiere seguir siendo inmortal tiene que matar y beber la sangre de sus víctimas. Por eso el día de San Esteban, el patrón del pueblo, los jóvenes vamos para allá.- Sí, a haceros los valientes-¡Es cierto! La Úrsula existe. Mira lo que pasó hace diez años con los hijos del Toño. El pequeño desapareció y no le han vuelto a ver- Y hace treinta también pasó. Los cuatro hermanos del molino no regresaron jamás. -¡Eso son mentiras, cuentos para asustar a los niños y poder ir allí a beber, fumar y meterse de todo!- Ya, pero a ver si os atrevéis alguno…-
Matías salió al frente con sus tres compadres. Los más populares del pueblo, a quienes todos temían y admiraban. Los que protagonizaban todas las juergas y todas las peleas. También eran, por lo visto, los más valiente. - ¡Nosotros iremos esta noche, y nos acompañarás tú!- Se me quedaron mirando fijamente y luego soltaron enormes carcajadas. -¿Qué dices, canijo, vienes o no?
A mí no me hacía ninguna gracia ir, pero mi madre se quedó muy quieta y me habló muy seriamente.- Yo creo que es el momento de que vayas con ellos y les demuestres quién eres realmente. No olvides que tienes un don, un regalo de alguien a cambio de diez años de mi vida, mi hijito- Su mirada, profunda y penetrante, lo decía todo sin necesidad de emplear palabras. Era una sensación extraña, sabía que tenía que ir, que sabría cómo hacerlo gracias a mi don, aunque en esos momentos me parecía que nada de esto tenía sentido.
Me reuní con ellos para ir al pozo de la Úrsula. La noche era oscura y el camino se me hizo bastante largo. La casa derruida apareció entre las sobras llena de escombros, grafitis y restos de botellas. A un lado estaba el pozo. Su silueta aportaba un toque siniestro. Matías y sus compinches no paraban de reír, tan borrachos como estaban. Sus voces rompían el ulular de la noche. Traían más botellas de vino, así que aprovecharon el momento para intercalar el alcohol con algún que otro porro. Yo me mantenía en silencio, tratando de pasar desapercibido, aunque en un momento dado Matías me agarró del brazo para acercarnos al pozo mientras los demás seguían sentados o tumbados, durmiendo la borrachera.
Me asomé a aquel agujero. Se veía muy profundo y oscuro. Normal que protagonizara tantas leyendas e historias de monstruos y asesinos. Parecía como si una mano esquelética fuera a aparecer de repente para ahogarte y tirar de ti hacia el fondo. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando noté el aliento apestoso de Matías, que se iba arrimando a mí poco a poco. Tenía la boca apretada en una mueca extraña y algo maligna; parecía ensimismado, como si estuviera cavilando algo. Dos cabezas me sacaba y unos brazos musculosos doblaban en tamaño los míos. Nada podría hacer contra esa inmensa mole que no dudaba en machacar y aplastar a todo aquel que amenazara su reinado de violencia y terror en el pueblo. Me pareció ver que sacaba una navaja de su bolsillo. La abrió para enseñarme el filo, brillante y amenazador, hasta que me lo acercó al cuello. Cuando quise darme cuenta, me tenía asido por la espalda, totalmente inmovilizado.
-¿Qué te pasa, morenito? ¿Te da miedo? Ahora sí que no hay nadie que te pueda ayudar, ningún profesor que atienda a tus rabietas. Los de fuera sois todos igual de lloricas. Lo único que hacéis es robarnos los dineros a los de aquí. Mejor será que desaparezcas, que caigas así como por accidente en este pozo. Nadie te echará de menos, ¿verdad, canijo de mierda?-
En un momento dado dejé de escuchar su voz. A mi cabeza vino la imagen de mi madre y sus palabras: “es el momento de que vayas con ellos y les demuestres quién eres realmente”. Siempre la había querido, pero en ese momento la comprendí de verdad y empecé a admirarla con un fervor excepcional que nunca ha disminuido. Ella no dudó en acudir a quien fuera necesario para que yo pudiera prosperar y triunfar. La inteligencia no es un don que se hereda sino un privilegio que se consigue con ayuda del que puede proporcionarla, del único ser que nos ofrece un inmenso poder a cambio de unos pocos años a su servicio, diez concretamente. Pensé lo ingenuos que eran en este pueblo creyendo que aquí es el único lugar donde se dan los monstruos. Esto último incluso me atreví a gritarlo en voz muy fuerte cuando conseguí retorcer el brazo de Matías hasta arrancárselo de cuajo. El último recuerdo que conservo de él vivo es su cara, no sé si de sorpresa u horror, justo antes de que me dispusiera a morderle en la yugular. También en Honduras sabemos pactar con el diablo y estamos dispuestos a lo que sea para escapar de la pobreza y, sobre todo, aprovechar los regalos de los que quieren ayudarnos para ser dueños de nuestro futuro.
Maite BT
Realidad o leyenda
Se dice, se cuenta que antes de ser leyenda, fue realidad. Ese era el misterio que encerraba aquella aldea perdida entre valles, montañas y maizales. Sus pocos vecinos dedicaban su vida a trabajar la tierra, cuidar de sus vacas, ovejas, cabras y a mirar el cielo por si las lluvias irrumpían sin previo aviso. Pocos eran los que por allí pasaban, pues se decía que tiempo atrás, todo forastero que la visitaba, jamás regresaba a su hogar.
Un grupo de amigos decidió ir a visitar esa singular aldea. Así fue como mochila en mano y con gran algarabía, se pusieron en marcha en busca de respuestas a ese gran enigma. Después de muchos kilómetros recorridos llegaron a su destino. La primera impresión fue inquietante. Casas viejas mal encaladas, puertas desvencijadas, chimeneas caídas y ventanas con rejas oxidadas. Parecía una aldea fantasma.
Un letrero, al que el tiempo había borrado más de una letra, anunciaba que era esa la cantina y raudos entraron a refrescar sus gargantas con cerveza y agua fría. Después de saludar a las tres o cuatro personas que, sentados en la única mesa, echaban la partida y de responder a sus preguntas, los visitantes se interesaron por la historia por la que era conocido aquel lugar. Marcelino el cantinero, mirándolos de hito en hito, comenzó a contarles la historia de lo que allí hubo acontecido. Así comenzó su relato ante la curiosa mirada de los recién llegados.
Muchos años atrás, en la noche de San Juan, se escucharon unos cantos de sirenas que el viento transportaba desde un lejano mar. Era tal la belleza y la armonía de sus voces que cautivaron a más de un incauto que, hipnotizados no dudaron en seguirla, adentrándose en los campos de maizales de donde nunca jamás salieron. Solas quedaron las madres, esposas e hijas, maldiciendo esa noche fatídica.
Los jóvenes encontraron esa historia poco creíble y entre risas y cuchicheos abandonaron la cantina. A las afueras de la aldea montaron sus tiendas y agotados por la excitación del viaje, se dispusieron a descansar. Pronto el silencio de la noche, el canto de cigarras y la suave brisa comenzaron a hacer efecto y los jóvenes se sumergieron en un profundo y reparador sueño.
Con los primeros rayos de sol salieron a admirar la belleza del valle pero pronto una espesa y oscura niebla, cubrió todo el paisaje al tiempo que una música extraña, parecía salir de la profundidad de los maizales. Sin dudarlo, se introdujeron entre ellos y todos desaparecieron en el oleaje de mazorcas y viento. Los vecinos alarmados, fueron a su encuentro pero no había rastro de ninguno de ellos. No daban crédito a lo que estaba ocurriendo y confusos se preguntaban unos a otros si la leyenda era real o la realidad leyenda.
Marian Pérez Benito
El espantapájaros
Me acerqué esquivando los altos girasoles y las malas hierbas.
El espantapájaros se erguía altivo en medio del campo. Me atrajo por sus chillones ropajes y los silbidos que se escapaban de sus CD reciclados.
Su cara me horrorizó.
Era un espejo.
Ana
Grupo C
Siniestra segunda vivienda
Mis padres compraron una casa en una aldea asturiana cuando yo tenía 8 años y mi hermano 5. Realmente, fue mi madre la que se empeñó, pues decía que estábamos demasiado urbanizados y que necesitábamos disfrutar de la naturaleza y “asalvajarnos” un poco. No se me olvida la primera vez que entré en aquella casa que mi madre llamaba la segunda vivienda. Llegamos al mediodía. La puerta de la entrada chirrió con un quejido doloroso como si no quisiera ser abierta. Mi madre encabezó entusiasmada la comitiva seguida por mi hermano y por mí, mientras mi padre iba descargando las cosas del coche. Nada más entrar noté una atmósfera enrarecida, una especie de aire denso y compacto que llenaba los espacios vacíos . Los objetos reposaban pesadamente ,recubiertos de una capa de polvo plomizo. Mi hermano correteaba alegre, pero yo me sentía sobrecogido. Mi madre nos precedía abriendo las contraventanas para que entrara la luz.” Esto es vida”, decía.
Cuando llegamos a la cocina ,una multitud de arañas espantadas corrieron a esconderse mientras mi hermano pedía a gritos un bote para cazar alguna, a lo que mi madre respondió que las dejara en paz, que ellas estaban allí tan tranquilas antes de nuestra llegada.Yo me puse de puntillas esquivándolas, pero mi madre me dijo que, como éramos mucho más grandes que ellas, nos veían como agresores y pasaban mucho miedo, las pobres. “Pobrecitas arañitas”, decía mi hermano.
Nos dirigimos después al salón.Nada más al entrar oímos un ruido que procedía de la chimenea: nos acercaos sigilosamente. De repente una paloma salió revoloteando sobre nuestras cabezas. Abrimos los ventanales y la paloma voló con el beneplácito de mi madre que le gritaba :” vuela libreeee” y cantaba : “se equivocó la paloma, se equivocabaaaa”. La aventura estaba servida: arañas, palomas, nuevos lugares que explorar .
Mi hermano jugaba feliz , tocaba todo lo que encontraba, pero yo iba sintiendo un malestar cada vez mayor, lo cual me dio ganas de orinar . Busqué el baño yo solo, ya no era tan pequeño como para tener que pedir a mi madre que me llevara. Al abrir la puerta del baño vi una enorme rata en la bañera, negra como la noche sobre el fondo blanco esmaltado. No se asustó al verme, pero yo sí.La rata no sabía cómo salir de la bañera y daba saltos intentando conseguirlo. El espectáculo era aterrador. Yo había oído decir que si te muerde una rata te puedes morir. Tenía que proteger a mi hermano. Entonces me hice pis mientras gritaba ¡“mamaaaaaa!! Mi madre acudió corriendo, tal era mi desesperación. Abrió la ventana y me dijo que cerráramos la puerta, que la pobre rata conseguiría salir de la bañera y escapar por la ventana y que ,como ya me había hecho pis en los pantalones era mejor que me cambiara para no resfriarme.
Salí a mirar en la maleta que mi padre había descargado para buscar unos pantalones limpios . Mi padre en ese momento estaba arrancando el coche para ir a buscar algo de comida en el pueblo más cercano. Tuve ganas de gritarle: “ ¡¡ llévame contigo, sácame de aquí!!, pero me contuve. Respiré hondo y decidí volver a entrar para seguir explorando,pero en el fondo pensaba que si en eso consistía lo de “asalvajarse”, era mejor volver a la ciudad.
Nada más entrar de nuevo en la casa oí que mi hermano gritaba diciendo que había visto una ratita muy mona colgada boca abajo en el pasillo. Mi madre acudió solícita cogiendo previamente un cepillo y se puso a dar escobazos al aire para ahuyentar lo que ella llamó murciélago, explicándole a mi hermano que el animalito había confundido nuestra casa con una cueva y lo decía con tal cariño que me conmoví por su capacidad de hacer bonito lo feo.
Ya solo quedaba una habitación al fondo . Mientras mi madre ahuyentaba al murciélago, decidí que era mi oportunidad de demostrar valentía y le pedí que me dejara entrar primero, a lo que ella accedió: “¡claro! ¡vivan los intrépidos!!”. Por supuesto, mi hermano me siguió.
La puerta chirrió más que las anteriores. La atmósfera era aún más densa si cabe. Apenas entraba luz por unas rendijas , pero se percibía algo que se balanceaba en el centro.¡Era una soga! . Al verla mi hermano, que venía detrás de mí, salió corriendo entusiasmado diciéndole a mi madre que en la última habitación había un columpio, pero que no tenía asiento. Yo no sabía muy bien qué significaba aquella cuerda allí colgada en el medio, pero oí que mi madre respondía diciéndole a mi hermano que era una especie de columpio, pero que no podía subirse porque estaba muy alto, que era mejor esperar a que regresara papá para que nos ayudara a bajar esa cuerda y hacer con ella un columpio en el jardín con asiento y todo. Yo miraba hacia la soga con sospecha y después miraba a mi madre con cara de interrogación, pero su mirada era limpia y hasta risueña. Fue ella la que abrió las ventanas y al dirigirse hacia los ventanales dio un manotazo a la soga con toda naturalidad exclamando que esa era la habitación más grande y por tanto podríamos dormir allí nosotros dos. Esa afirmación me heló la sangre por dentro, pero, ante el entusiasmo de mi hermano, tuve que fingir que no me importaba.No veía la hora de que regresara mi padre para preguntarle abiertamente por qué estaba allí aquella soga y para pedirle que por favor nos ayudara a quitarla antes de que se hiciera de noche y me viera obligado a dormir allí.
Por fin sonó el chirrido de la puerta de la entrada, salimos todos a recibir a papá que entró jadeando por el peso de las bolsas y con el rostro pálido y un hilillo de voz, le dijo a mi madre :” me han preguntado en el ultramarinos si somos los que hemos comprado la casa del ahorcado,¿ tú lo sabías???, a lo que mi madre contestó sin pestañear:” bueno …. ¿ qué importancia tiene eso? Nos ha salido mucho más barata…” ¡“Así ya tenemos cuerda para hacer un columpio!!! ,exclamó mi hermano.
Fui entonces corriendo a cerrar la puerta de la habitación del ahorcado y cuando llegué vi a un señor difuminado pero con contornos bien precisos que se balanceaba colgado de la cuerda. Me quedé paralizado y atónito ante la visión y entonces me dijo con una sonrisa burlona: “¿quieres subir a mi columpio?”
Volví a hacerme pis en los pantalones.
Pilar Sánchez Barbero
Grupo C
Una historia “graciosa”
En las comunidades pequeñas algunas historias ganan el marchamo de graciosas y ya nunca se desprenden de él. Son repetidas una y otra vez provocando indefectiblemente una carcajada unánime. Para el protagonista del cuento, en el caso presente, yo mismo, el incidente está lejos de ser divertido. En cada repetición, lo narrado se adorna de nuevos detalles alejándolo más de la verdad, pero incrementando su comicidad y el escarnio sobre la víctima. Para que se conozca la verdad en sus justos términos y quede limpia de exageraciones y añadidos, me he propuesto narrar los hechos tal como sucedieron.
De niño odiaba venir al pueblo —ahora me sucede lo mismo aunque por otras razones—. En primer lugar estaba aquel caserón siniestro, de camas húmedas y cuyos techos crujían provocándome el espanto. A ello debería añadir la ausencia de baño. Me resistía las ganas de soltar el vientre todo lo posible, pero cuando estas se volvían apremiantes no me quedaba más remedio que acercarme al muro del fondo del patio. Nada más bajarte los pantalones te rodeaba un coro de gallinas dispuestas a picotear todo cuanto saliera de tu cuerpo. No valía intentar espantarlas con una vástiga de olivo, estaban dispuestas a asumir daños a cambio del disfrute de lo que debían apreciar como un manjar. Para mí, además de incómodo, era asqueroso y me provocaba una repulsión por aquellos animales que aún conservo.
En segundo lugar estaba la abuela, una vieja seca y oscura, de trato áspero y humor desabrido. Cada vez que se cruzaba conmigo me afeaba lo que estuviera haciendo, tachándome de torpe y perezoso. Enseguida me imponía obligaciones, siempre molestas, pesadas o, para mi gusto, repugnantes. Y si no se le ocurría otra maldad, me escupía con desdén: “Chico, salte a jugar al corral. Aquí no haces más que estorbar”.
Pero vayamos al meollo, que en el afán de poner en ambiente al lector me estoy yendo por las ramas. Aquella docena de aves estaba presidida por Carolo, un gallo despótico y cantarín, que les doblaba en envergadura y se paseaba orgulloso sabedor de su impresionante presencia. Al menos lo era para mí. Cuando me miraba con su ojo izquierdo yo notaba su desprecio, debía creerme, a lo más, un gusano indigesto. Lo terrible era cuando giraba el cuello y el pozo profundo de su ojo derecho se clavaba en mí. Las piernas me temblaban mientras percibía crecerle una ira incontenible. Si enervaba la cresta sabía que su ataque era inevitable. La vara me había salvado siempre de sus acometidas hasta aquel día. Unas cuantas gallinas se interponían en mi camino hacia la puerta de la casa. Las separé azuzándolas con el palo del que jamás me desprendía si pasaba por el patio. En el momento de su retirada vi que detrás de ellas se ocultaba el gallo. Me detuve indeciso un momento y el animal tampoco se movió. Quedamos enfrentados unos segundos como en aquellos duelos de las películas del Oeste, apenas nos separaban un par de metros. Cuando el animal irguió la cabeza y me miró con aquel terrible ojo derecho supe que algo pavoroso estaba a punto de suceder. Tragué saliva y levanté la vara con lentitud esperando la embestida. En lugar de eso Carolo abrió el pico y con voz profunda me advirtió: “Esas hembras son mías. No vuelvas a acercarte a ellas”.
Me quedé pasmado y no supe reaccionar cuando el ave inició la carrera. Esta culminó en un doloroso picotazo en el empeine de mi pie izquierdo. La sangre comenzó a surgir de inmediato y yo a gritar llamando a mi madre. Acudió ella seguida de mi abuela. Al referirles lo sucedido, mi abuela se volvió hacia la casa sacudiendo la cabeza sin decir nada, con la decepción dibujada en la cara, lamentándose, sin duda, del miedoso nieto que le había tocado en suerte. Mientras tanto, mi madre trató de consolarme como pudo y enseguida, cogiéndome en brazos, me acercó al dispensario. Cometí el error de repetir allí el relato de los hechos y, a pesar de los ruegos maternos, lo conté de nuevo en el ultramarinos. La dueña del comercio se me quedó mirando como calibrando mi cordura y finalmente emitió un diagnóstico que provocó la risa de la clientela: “Este niño se ha vuelto tarumba”. Y con ese mote me quedé para los restos. Los chavales del pueblo me llamaban así y se burlaban de mí haciéndome encargos de preguntar al gallo las cuestiones más absurdas.
Ahora, de mayor, en las escasas ocasiones en que me veo obligado a retornar, he de volver a escuchar la anécdota y, como colofón, los consabidos ultrajes: “Tarumba, ¿ya has elegido novia entre las pitas?” Y otras lindezas por el estilo.
Esta es la pura verdad de los acontecimientos. Lo crea o no el lector, tan cierto como la cicatriz que llevo en el pie, Carolo me habló. Luego yo, contándolo, sembré la desgracia que me hace arrastrar desde entonces la fama de conversador con gallos y violador de gallinas.
¿Cómo me va a gustar venir al pueblo?
Pepe Lorenzo
Grupo B
Celebración histórica
Humor del bueno cuando el miedo no ha sido terrorífico, cuando el recuerdo nos devuelve una sonrisa de haber sido todo un buen trayecto en el camino, sin traumas, rencores ni personas maquiavélicas.
Hoy lo recuerdo como una historia muy graciosa .
El escenario transcurre en un piso de estudiantes , una chica de 18 años se queda sola un fin de semana porque el resto se han ido a celebrar un gran acontecimiento para la historia, a sus casas.
Ella se queda ahí, con un cometido, su piso va a ser la casa de un exprisionero durante una noche . No conoce al expresidiario solo le dicen que no ha cometido ningún delito de abusos, ni matado a nadie , solamente que va dirección a Asturias.
Llegará por la noche, tiene llave, tú nada , no tienes que hacer nada me dijeron en las instrucciones verbales que me dio una de mis compañeras
Obedecí , después de cenar me acosté , cerré por dentro la puerta de mi habitación e intenté dormir.
Sentí cuando metieron la llave en la cerradura, ni una conversación, parecía que venía solo.
El silencio fue lo último que sentí, solo oía las palpitaciones de mi propio corazón y conseguí dormir hasta la mañana siguiente, momento en el que tuve que decidir si salir, si quedarme encerrada hasta escuchar algo….
Después de esperar como una hora, salí sigilosamente y me encontré con un chico con pelo muy enredado y aspecto desgreñado , me hace reír ahora al recordar mi reacción, dije hola, me contestó con otro lacónico hola y ahí acabó la profunda conversación , esa corta mañana de otoño.
Seguí teniendo miedo a quedarme sola, todavía hoy en mi ya bien entrada la madurez y mi época de sosiego, a veces , lo tengo, a pesar de haber tenido bastantes episodios terroríficos, una no acaba de curarse de vivir con algún miedo.
Carmela
Grupo A
Turismo cultural
Jarrea sin piedad. Sólo los soportales protegen. Y el bar de Marcial. Dentro, en una mesa junto a la ventana esta él, removiendo su café, con la mirada perdida. No se ve a nadie en la plaza. Se levanta y sale con irresponsable altivez. Cuando camina veo la prótesis bajo una pernera de su pantalón empapado y una manga de su sobretodo que cuelga vacía. Se ayuda con un bastón blanco que va rozando silenciosamente el suelo.
Está recorriendo museos rurales: "Museos que dejan huella" había leído en internet. Ahora se dirige al museo de la boina. Previamente visitó el del calzado, el de los guantes y el de las lentes.
Nunca sabrá por qué dejó para su última visita el museo del orinal.
Nicolás Casillas
Grupo A
La matanza de Mieza
El accidente me había dejado postrada en una silla para el resto de mi vida. Solo tenía sensibilidad desde el cuello hacia arriba. Me había convertido en un ser totalmente dependiente. Siempre había sido una mujer activa, que había practicado atletismo en mi juventud, y últimamente disfrutaba montando en bicicleta y nadando en la piscina. Fue la bicicleta, la que cambió mi vida de manera radical. Era una despejada tarde de domingo cuando el vehículo conducido por Jacinto truncó mis rutinas. Se disculpó más de cien veces. No, no iba bebido, ni drogado. Conducía discutiendo con su mujer. Discutían porque su suegra le había echado pimentón picante al pulpo, y ella debería saber que él no toleraba el picante. Jacinto quería convencer a su mujer, Natalia, de que su madre lo había hecho con mala intención.
No me vio. Golpeó la rueda trasera con brutalidad a más de setenta kilómetros por hora. Mi vértebra C5 se fracturó. Quedé con una ligera movilidad y sensibilidad en los hombros. Nos obligó a vender el piso, porque el edificio no disponía de ascensor. Y a pesar de mis reticencias iniciales, nos trasladamos a vivir al pueblo de mis abuelos. Heredé su casa, aunque nunca me había interesado. No había vuelto a Mieza desde que era niña.
Una vez que empecé a ver las primeras edificaciones, los recuerdos comenzaron a aflorar en mi mente. Aquel lugar no despertaba en mí ningún sentimiento de afecto. Me obligaban a pasar parte del verano allí, pero aborrecía el olor a ganado, el sudor de los vecinos, la leche recién ordeñada, la nata que se formaba en el tazón, cuya textura me producía arcadas. No tenía a mis amigos del barrio, ni los del colegio, y los que había no sabían jugar como lo hacíamos en la ciudad. Y lo peor de todo, los bichos. Había bichos por todas partes. Odiaba los bichos.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo enfadada y aburrida, hasta que decidí canalizar todo mi odio en esos pobres seres diminutos.
Recuerdo la primera vez que encontré una pequeña babosa debajo de una piedra. Con una lupa al sol me dediqué a abrasarla en varios puntos.
Después de esa primera experiencia decidí utilizar todo mi ingenio, para acometer los más salvajes “insecticidios”.
Cualquier pequeño ser que se movía sufría las consecuencias. Los pisaba, aplastaba, les echaba agua, insecticida, los ahogaba en pintura o les arrancaba las extremidades. Descargaba todo mi cabreo en estos pequeños animales.
Hasta que un día se me fue de las manos. Detrás del huerto de mis abuelos había un leñero. Era el hábitat de unas hormigas grandes con el abdomen de color granate y negro con pequeños destellos plateados. Eran las más grandes que había visto nunca. Desde allí se distribuían en una amplia zona de influencia, y su hogar estaba debajo de aquel montón de leña. Cogí una lata de gasolina que usaba mi abuelo, para repostar el motocultor y la motocicleta, y la vacié en la parte inferior del leñero. Estuvo ardiendo día y medio. Todo el pueblo se movilizó para acordonar y humedecer la zona, para evitar que el incendio se extendiera. Nadie supo que había sido yo la autora.
Me asusté por la magnitud de las llamas, pero acabé con aquellas criaturas grandes y feas, que en alguna ocasión me habían mordido.
Ahora, años después, volví a aquel pueblo. Las imágenes que tenía en mi mente describen un lugar inhóspito, un secarral, aburrido, pero ahora, quizá motivada por la edad y mis circunstancias, me inspiraba un lugar plácido, tranquilo y apacible.
Los vecinos que lo habitaban eran todos mayores, ya jubilados y salvo algunos fines de semana que llegaban los nietos a visitar a la familia, entre semana no había mucho que contar.
Mario, mi marido, siempre estaba pendiente de mí. Me desplazaba con la silla al jardín, me cubría con un sombrero para que no me molestara la luz. Cada poco tiempo me movía a diferentes emplazamientos, dependiendo de la hora del día. A primera hora de las mañanas y al caer la tarde, empujaba mi silla para dar un paseo alrededor del pueblo.
Una mañana de martes del mes de junio, una vecina asustada vino a buscarle. A su marido le estaba dando un ictus y necesitaban que les acercara lo más rápido posible al hospital que estaba a unos cien kilómetros. Mario me preguntó si quería ir con ellos, o bien, esperaba en el jardín a que volviera.
—No te preocupes por mí, cariño. Te prometo que no me iré a ningún lado sin ti —le tranquilicé sonriendo.
Buscó la mejor ubicación debajo del cerezo que teníamos a la entrada, para que no me molestara el sol en ningún momento, asegurándose que pudiera disfrutar del paisaje. Se acercó, besó mi frente, se despidió y se marchó con celeridad.
Dos minutos después de oír cómo se alejaba el vehículo, noté un picotazo en la cabeza. La sacudí hacia los lados. Mi mente intentó racionalizarlo, imaginando un gran cuervo picando mi cráneo. Cerré los ojos, inspiré profundamente y respiré pausadamente. Acabé riéndome de mis propios miedos.
Cuando abrí los ojos unas pequeñas motas rojizas recorrían mi vestido estampado de colores verdes, amarillos y blancos. A la cabeza de las manchas una hormiga grande con el abdomen de color granate y negro y reflejos plateados. La reconocí enseguida. Comencé a ponerme muy nerviosa. Tranquilízate, me dije. Es un bicho insignificante y ya se está marchando.
Pasados unos minutos conseguí calmar mi agitación. No notaba nada extraño en mi cabeza, pero al mirar mis rodillas comprobé que cuatro hormigas subían siguiendo la estela que había dejado la compañera anterior. No eran tan grandes, pero se movían con rapidez. Llegaron a la altura de mi cabello y comenzaron a trepar. Sacudí el pelo, todo lo rápido que me permitía mi limitado cuello.
No las vi caer.
Mi respiración comenzó a agitarse. El aire no llenaba mis pulmones. Imaginaba lo que estarían haciendo sobre mi cuero cabelludo. Varios minutos después las vi bajar, remarcando el sendero que había dejado su predecesora. Intentaba racionalizar la situación, pero el miedo había tomado el control. Estaba segura que los pequeños seres sabían que había sido yo la que acabó con su familia hace un montón de años, y ahora me lo harían pagar.
Unos minutos después una hilera interminable seguía el pequeño rastro carmesí.
—!Socorro¡ —grité con todas mis fuerzas.
Soplaba con fuerza a las que se acercaban a mi cabello, pero no conseguía que cejaran en su propósito. Sin embargo, estaba hiperventilando y comenzaba a marearme.
Notaba cómo horadaban mi cabeza y penetraban en mi cerebro. Sentía una motosierra de infinitos dientes que poco a poco me iba provocando la pérdida de mi consciencia.
La hilera se había convertido en una carretera de dos carriles, unas subían y otras bajaban. Lloraba desesperada.
—!Socorro¡ !Ayuda¡ —gritaba continuamente.
Vino a mi cabeza el famoso dicho: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. Estaba sufriendo un castigo divino. No me había portado bien cuando era niña con estos pequeños seres.
Dejé de gritar y luchar. Me rendí a las circunstancias. Era consciente que cuando tuve el accidente debí morir, y Dios me había dado una última oportunidad para redimirme.
—Perdón, os pido perdón, a todos los pequeños seres que he lastimado. Lo siento profundamente —lloraba desconsolada.
Justo en ese momento apareció el coche de Mario. Se bajó rápidamente al verme nerviosa y llorando.
—Cariño, qué ha pasado. ¿Estás bien? —dijo mientras sacudía con la mano las hormigas de mi vestido.
—No te preocupes mi vida. Te quiero. Adiós. Es mi fin. Doy gracias al Señor por poder despedirme de ti —dije con la voz apagada.
—!Qué dices cariño¡ !Ay¡ !Como tienes la cabeza de hormigas¡ Te ha caído un ramillete de cerezas en la cabeza. !Madre mía, cómo tienes el pelo¡
—Vamos a entrar en casa, que te lavo la cabeza —dijo mientras movía la silla con serenidad.
Max Ferlam
Grupo A

