Vamos a tomar como referencia un fragmento del libro:
EL desangelado cuarto de las clases de piano adquirió nuevas dimensiones. El Sueño de amor de Liszt convirtió la sala en un jardín de lirios y peonías donde tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules. Su Consolación nº3 me transportó al dormitorio italiano en el que un joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. «Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre». La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres de Bohemia que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.
Mi último poema
Desde mi lecho de muerte
escribo estos postreros versos, envuelto en delirios de fiebre,
y aunque me fatigo, quiero desenredar -por si me lees- mis oscuros anhelos.
Sufro desvaríos y quimeras. Una nube negra de estorninos
merodea en torno a mi maltrecho catre,
escucho sus ásperos chasquidos y silbidos
entre el rumor de artistas, viajeros
y vendedores ambulantes de la Piazza.
Suenan las campanas de la Trinitá, sus repiques
y volteos me parecen el alegre toque de vísperas.
Pronto tañerán a muerto, tres tañidos lentos,
monocordes y solemnes, suspendidos en el aire.
Me duele este pecho que ansía tus caricias,
apenas puedo respirar, entreabro débilmente los ojos
y evoco tu fragancia a violetas y alhelí.
Siempre te deseé, mas nunca te lo conté.
Soñé con acariciar tus caderas,
hundirme en tus negros luceros
y bucear entre tus tiernos labios.
Me falta el aire en mis pulmones,
inundados como las huertas anegadas del Tíber,
y curo en silencio las llagas y chancros de mi boca;
ya no podré libar las cerezas de tu pecho,
tú quizás ya no querrás besarme.
Construí conversaciones, como castillos en el aire,
en las que te confesaba mi amor.
Ahora me arrepiento, pero nunca fui valiente,
tan solo dejé ahogar mis pasiones.
Cae la tarde y aumentan los graznidos de las chillonas patiamarillas,
que pelean por sobrevivir mientras mi alma se hunde como la Barcaccia.
Abro los ojos y veo estas manos llenas de sarpullidos,
ya no tengo fuerzas para luchar;
me incorporo con dificultad y atisbo mi demacrado rostro
en los reflejos del ventanal, apenas entreveo mi máscara mortuoria.
Un débil haz de luz atraviesa las cortinas,
entorno los párpados y veo tu figura, una seductora silueta,
un tentador talle que me cautiva,
escucho tu dulce voz que apacigua el vacío del mundo que llevo dentro.
Muchas tardes te busqué entre las sombras de la plaza,
ahora mis cansados pies ya no podrán subir más por la escalinata.
Ya no aguanto más esta enfermedad de Cupido,
mi débil torso arranca a toser, tan solo puedo escupir sangre.
Cierro los ojos por última vez y escribo a ciegas,
toda la belleza del mundo está ahí fuera.
Jesús García Espinosa
Grupo A
Melancolía
La desorientación se había instalado en mi consciencia. El sol hacía media hora que se había escondido detrás de las imponentes hayas de la selva de Bohemia. Me había embarcado en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto de Moldaba al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.
Salí de mi mugriento camarote. Aborrecía el olor a humedad, sudor y licor del que estaba impregnado el estrecho pasillo. Era especialmente intenso. Abrí la escotilla que daba paso a la cubierta de estribor. La luna me saludó con su fría presencia. La brisa fresca arrastraba aromas de las incipientes flores que anunciaban el comienzo de su brote estacional.
Me asomé por la borda. El agua estaba negra y revuelta, como mis pensamientos.
—Hace mucho frío para que una bella mujer deambule por aquí sola —una voz joven y alegre sonó desde el puente.
Me giré hacia el sonido. Un atractivo y cálido joven sonreía mientras se abrochaba el gabán. Bajó la escalera de gato y se acercó mientras se contorneaba intentando disimular una leve cojera.
Su olor a vainilla mezclada con miel, me atrajo, pero el hedor que desprendía su garganta, producto de cervezas fermentadas en su estómago, me provocó repulsión. Una amarga mezcla.
Un deseo irrefrenable me perseguía. Su calor me atraía, me empujaba, me desinhibía. Sentía un frío interior lacerante que me absorbía hasta las cuencas cansadas de mis ojos.
—Aquí es difícil pasar tiempo sola —me insinué.
Clavé mis ojos sobre los suyos, que me miraban con una mezcla de excitación y curiosidad. Se acercaba lentamente. Sutilmente se quitó el anillo que llevaba en su mano derecha.
—Si me permite puedo invitarle a una copita de trece dentro, más al abrigo. Hoy estoy de suerte. He ganado buenas manos y tengo dinero para gastar —me cortejaba con su atractiva sonrisa.
—Estamos más tranquilos aquí. Solos —mientras me acerqué a sus labios con descaro.
Exhaló una carcajada de sorpresa y seguridad. Agarró mi cintura y me olió sin tocar mi rostro.
Acerqué mis labios a los suyos, lo justo para separarlos lentamente. Me besó con pasión. Su lengua cálida y húmeda se unió con la mía fría y seca.
—Estás helada mujer —dijo mientras agarraba con firmeza mis glúteos. Mi nariz se instaló en su cuello, al calor de su piel, el olor de su pelo, el sonido de sus latidos. Esa sensación interna extraña y dolorosa empujó mis entrañas. Empecé a besar su cuello, notaba sus pulsaciones a través de mi lengua, sentí un dolor extraño en mi paladar a la vez que un líquido cálido y espeso brotaba de su yugular. Su vigor penetraba en mi cuerpo y mi frío interior se calmaba, mis pelos se erizaban. Su calor me inundó. Un ardor ancestral se apoderó de mi ser.
El joven, embelesado, disfrutaba de esa extraña sensación. A medida que succionaba con más ímpetu el hombre iba perdiendo su energía. Lentamente se fue apagando, marchitando. Su rostro antes enérgico ahora estaba pálido, sin energía, huero. Sus rodillas tocaron el suelo y su cabeza se acomodó sobre mis brazos. Me giré. Lo arrojé por encima de la barandilla. Se hundió en la inmensa oscuridad salteada por los reflejos de la luna que la intermitente bruma dejaba entrever.
Mi fuego interno se había calmado. Otra aflicción asomaba. Un martirio mental. Un poderoso arrepentimiento, que sacudía mis concurridos pensamientos. Un pesado ancla que me arrastraba al fondo de mi pesar, de mi culpa. Con ideas recurrentes sobre el destino del joven, de su familia, de sus hijos. ¿En qué me había convertido?
Estaba desorientada. Abrí la compuerta y accedí al interior del barco. Un ruido ensordecedor de jugadores borrachos con un olor penetrante a sudor me golpeó.
—Hola preciosa. ¿Quieres tomar una?
Max Ferlam
Grupo B
El lento Balanceo
“La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al ElBa, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranzas y becherovka. Oscuros hombres de bohemia, que esnifaban rape y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.”
Nadie parecía sorprendido de que la música brotara del fonógrafo viejo, como si de una máquina oxidada se tratara. En aquel barco todo era anacrónico. El tiempo se había detenido en una resaca eterna.
Los jugadores de cartas apostaban hasta sus últimos recuerdos en lugar de dinero, mientras apuraban esa bebida espesa que olía a hierbas y a invierno. Reían con carcajadas bruscas y rotas, pero sus ojos eran de una incurable tristeza.
Entre ellos desfilaban los llamados poetas, aunque ya no escribían. Esnifaban rape para mantenerse despiertos y se balanceaban al ritmo del río, como si el agua les dictara viejas canciones que nadie más recordaba.
Yo observaba en silencio, sintiendo que no viajaba hacia una ciudad, sino hacia un estado de ánimo. El Moldava se estrechaba, el Elba parecía un rumor lejano, y la Barcarola se repetía una y otra vez, hipnótica, como una promesa de algo que jamás llegaría.
Desde la barca, algunas noches se percibía la orilla de alguna tierra. Pueblos que no aparecían en los mapas, con casas bajas, sin luces, de madera clara, que crujían como barcos viejos que sueñan con volver a navegar.
Una de esas noches, cuando la niebla se superponía al río, me pareció ver a unos pescadores levitar sobre el agua. Con rostros olvidados, desfilaban sobre la superficie como si la realidad fuera apenas una sugerencia. Al amanecer, los pescadores desaparecieron.
Entonces comprendí: aquel barco no transportaba personas, sino nostalgias. Cada pasajero estaba condenado a navegar eternamente entre lo que fue y lo que nunca sería. Cuando quise bajar, el muelle ya no existía. Solo quedaba la música, el río y ese lento balanceo que, como un hechizo, me había convertido en parte del viaje.
E.R.A
Grupo B
Chat Conchas C
12/02/2026
R.V.: Aquí tenéis la tarea de escritura (aquí debes imaginarte el PDF adjunto)
Isabel Sotomolinos: Hola, compañeros. Sólo unas líneas para compartir las ensoñaciones por las que me dejé llevar el martes pasado en nuestro taller de escritura.
Empezaré por el jardín de lirios y peonías que la autora del texto imaginó al escuchar el Sueño de amor. A mí me inspiró, cuando escribimos al dictado del nocturno de Liszt, una helada avenida de alguna ciudad del imperio Austro-Húngaro, con gotas (esas notas agudas del piano) que se desprendían de los carámbanos de los aleros. Un ambiente sugerente para una música calmada.
La Consolación nº 3 me evocó, no un poeta bohemio consumido por la tuberculosis, sino el paisaje de un otoño tardío, un mundo lento de movimientos, un bosque con una persistente brisa, alentada por ese tema, casi ostinato, de la mano izquierda de la pianista.
¡Y qué decir de Tchaikovsky! Con la Barcarola, me encantó imaginar – ¡cómo no! – el ameno balanceo de una góndola veneciana, surcando el Gran Canal, entre hermosos palacios renacentistas.
Tristán Holgado: Muy buenas a todos los miembros y miembras del chat, y un comentario para ti, Isabel. Ya me conoces: sabes que una de las cosas que más me gustan en este perro mundo, es llevar la contraria. Dármelas de rebelde me pone un montón. Y cuando sale a relucir la respetuosa adoración que se tiene a la música denominada clásica por parte de tantísimo prójimo, del que no se guarda en la memoria de los hombres, ni en los anales de sus vidas, ni en ningún otro método de registro, un solo instante de escucha musical, me sale la vena guerrera.
Ya sé que no es tu caso. Que eres una gran aficionada a la clásica y a la ópera en particular y me alegra mucho que disfrutes de esas piezas tan sugestivas, pero tienes que admitir que lo que la gente escucha para relajarse y divertirse no es esa música.
Escucha música pop, la música de todos. Si entras en casa de cualquier amigo o te montas en su coche y está escuchando algo, muy probablemente no será ópera o Beethoven lo que salga por los altavoces. El común de los mortales lo que escucha es música pop.
No exige ponerse tan serio como se ponen los intérpretes de esos pianos, que parece como que las teclas les hagan daño en los dedos a juzgar por su doliente expresión.
Es música con ritmo, con percusión. Llamando al que escucha a moverse, a cantar - o a tararear si uno no conoce la letra – y, si es el caso, a bailar.
Ángel Romero: Todo eso que comentáis deja de lado una cuestión crucial. Cuando se interpreta música clásica por una orquesta, o una banda canta una canción pop, el tema no cambia, es siempre el mismo, igual al del concierto anterior, siempre igual. Las notas, las mismas.
La verdadera genialidad está en el jazz. Cada ocasión en la que el “standar”, el tema, se interpreta, el solista recurre a su imaginación, a su experiencia y a su talento, para ofrecer a los oyentes una improvisación melódica, que cabalga sobre la armonía que el resto del grupo mantiene fija. Novedad en cada concierto. Vivencia, pasión creadora. Arte en estado puro encima del escenario.
Tristán Holgado: Soy incapaz de engancharme a escuchar una pieza de jazz, porque la improvisación hace que la música no resulte natural. El solista hace lo que le parece a él en cada momento, y eso probablemente no será lo que estás esperando, la nota que sería “natural”. De hecho, muchas veces no lo es. En la música pop uno intuye la siguiente nota.
Isabel Sotomolinos: La música clásica contiene un sentimiento profundo, una belleza abstracta, imposible de igualar. Además, en la ópera el interés se incrementa porque se narra una historia, añadiendo arte dramático al conjunto de la obra.
Ángel Romero: Siento disentir con vosotros, pero creo que tenéis prejuicios al escuchar jazz. Y pienso que es porque no lo escucháis como se debe: no debes esperar que la melodía continúe por donde uno la espera, sino que hay que abrirse por completo a la improvisación y dejarse llevar. Igualito que uno debe abandonarse en el amor, cuando la suerte de pronto te sonríe y das con amantes perfectos y experimentados. Dejar que te hagan el amor, para escuchar jazz como se debe.
Grupo C
El murmullo del agua traspasa la ventana. La vieja fuente despierta conmigo. Clarea otro amanecer incierto y en la cortina, como una espada, se hunde el primer rayo de sol. Los zapatos resplandecen bajo su luz y tras ellos mi sombra alargada. Adormecido en el diván, vislumbro apenas las yemas de mis dedos renegridas por la tinta seca y mis poemas cubriendo mi cuerpo como un sudario de letras. Me yergo somnoliento “he de terminarlo hoy, hoy sin falta”. Vuelve la tos y mi cuerpo, este inútil cuerpo se dobla y caigo de rodillas. Recojo una página desordenada del suelo con una frase “toda la belleza del mundo está ahí afuera y yo solo puedo escupir sangre”, arrugo la hoja manchada con palabras que más que un verso final parecen mi propio epitafio. No quiero lápida ni flores lastimeras, quiero que se lea una vida en cada verso, en cada página. Me levanto y abro la ventana. El ruido del agua que se desliza por el suave mármol de la fuente, lo inunda todo. Veo de soslayo mi reflejo en el cristal, mi rostro blanquecino y la oscuridad de mis ojos vencidos. En mi boca se dibuja una sonrisa burlona, después de tres meses sin salir de esta habitación, agradezco ser el hombre imberbe del que Ana tanto se burlaba. Ana, mi querida Ana, mi tintineo constante, su promesa inquebrantable de volver a verla. Su adiós, mi ataúd. Camino hacia el perchero donde languidece mi abrigo beige, es hora de habitar su cuerpo de lana. Siento su abrazo. Descalzo, recojo los zapatos y salgo de la habitación de puntillas, no sin antes escribir el último verso y una dedicatoria final.
Mamen Somar
El sueño de amor. Franz Liszt
La huida de las tres musas me paraliza por un segundo. Enseguida despliego el dedo índice y lo dejo caer con lentitud sobre una tecla negra. Tras un momento de calma mis manos despiertan para simular el susurro del arroyo. La mayor, una adolescente de cabellera rojiza, se había vuelto un instante apremiando a las otras a correr más allá de los abedules, allí donde mi música no puede alcanzarlas. La pradera va perdiendo su luz conforme sus pasos se alejan.
Ahora la tristeza resuena en las cuerdas con la obstinación del tambor. Los lirios apagan su brillo púrpura mientras se escucha a las peonías musitar una jaculatoria, un rezo monocorde, casi inaudible, que implora el regreso de la luminosidad.
Cuando un retazo de seda blanquecina asoma tras el tronco de un árbol y atisbo junto a él la melena pajiza de la menor de las tres, mis manos se alzan en un vuelo vehemente para caer luego, extendidas y vibrantes, como una cascada sobre el teclado.
Las flores han recuperado su esplendor. Hay una nueva alegría resonando en el aire cuando ellas aparecen risueñas y se precipitan hacia mí, jugando a que nunca se marcharon. Se sientan en torno al piano y, calladas por un momento, levantan la mirada hacia una nube diminuta que se va esfumando en un cielo intensamente azul. Me entrego a su misma ensoñación y permito que el silencio se apodere poco a poco del salón.
El hechizo desaparece bruscamente, intimidado, sin duda, por el explosivo fragor de los aplausos.
Pepe Lorenzo
Grupo B
Barcarola
Una tarde de esas que parece que nunca van a acabar, dos muchachos aprovechan la sombra de la chopera y la brisa junto al río para pasear y ponerse al día de sus cosas. Ha sido el primer día caluroso. Se conocen desde primaria. Este año no van a la misma aula, hay dos grupos y los han asignado por orden alfabético.
Quedan casi todos los días pero siempre hay qué contar. El más bajo está preocupado por las notas que pueda sacar en Literatura, siempre se le ha dado bien pero cree que esta profesora le tiene manía y contra eso no se puede luchar. En las demás asignaturas va bien pero el suspenso de alguna le causaría problemas en casa, su padre ya lo ha amenazado con amargarle el verano.
El otro trata de espantar los malos augurios. Se oyen risas y carreras. Hasta el final de la siguiente semana no sabrán las notas. A su edad, unos días son la vida entera.
La conversación se vuelve más pausada, siguen con sus confidencias mientras se dirigen al lugar junto a la presa donde les gusta sentarse. Los demás no tardarán en llegar.
EMM
Consolation nº 3
Carmen no tiene consuelo. En la habitación que hasta hoy ha compartido con ella, se repite las palabras de amor que intercambiaron y las promesas que se hicieron. Trata de pensar que esta ruptura no durará, pero las lágrimas llenan de nuevo sus ojos y caen por sus mejillas como las gotas de lluvia. De nuevo las mismas promesas salen de sus labios sin que pueda contenerlas. No es capaz de pensar en otra cosa, este dolor que la atormenta no permite ningún otro pensamiento.
Poco a poco su mente se va sosegando y siente cierta somnolencia inducida por las pastillas que ha tomado.
EMM
Vaporosa…
Tres gasas blancas al viento, tres pares de pechos, de brazos y de piernas rozando el viento. Tres cabelleras al aire.
Escondidas tras los troncos de los abedules, risas confundidas con el canto de los pájaros, con el correr del agua río abajo. Plantas de pies desnudas, posadas sobre el césped aún húmedo del rocío. Labios, mejillas, pupilas y pestañas. Gritos de alegría, juventud, primavera. Girones de suaves trozos de telas; tul, seda, organdí, sembrados como macizos de tulipanes.
Tres hermanas riendo, saltando, danzando.
Un rumor de hojas al aire. Diminutos pechos, rosados pezones, cual botones de flores, descubiertos, bañados por el sol. Un piano suena a lo lejos. Unas manos cansadas recorren sus teclas. Un poeta que se va, que se despide para siempre. Vencido, cansado, moribundo.
“Dejar atrás su escondite, ya el poeta se ha ido. Ya nada puede detenerse. Ya hermanas mías, ya reiremos desde ahora y para siempre, al abrigo de este bosque y esta penumbra, desnudas, libres, con el viento por cómplice y único amante.
Adiós poeta, adiós”.
Soñar con la Barcarola
Era un intenso día de junio; el anochecer cedía su opaco velo a las aguas del Moldava. Viajaban en un viejo pero seguro navío en dirección al Elba nativos bohemios, quienes, con andares despreocupados, jugaban a las cartas y permanecían embriagados de añoranzas y de becherovka.
"Él" y "Ella", apartados del resto de la tripulación, contemplaban con escasa nitidez los olmos, sauces, robles, abetos y abedules que acompañaban las riberas del Moldava y del Elba.
La luna creciente dejaba su impronta en la pareja mientras escuchaban la Barcarola de Tchaikovski, sentados en la proa del navío. Soltaron sus manos luego de soñar despiertos.
El bullicio de los otros navegantes, el sonido de las ramas de los árboles y la tranquilidad de las aguas del río indujeron a la pareja a jugar a las cartas. Las suyas eran cartas metafóricas que, al sacarlas al azar, iban creando historias y proyectando el futuro.
Al llegar a la ciudad de Dresde, se detuvo la embarcación. Se disfrutaba de un concierto en el anfiteatro al aire libre: el "Filmnächte am Elbufer" con Roland Kaiser.
Las aguas del Elba, como un espejo, reflejaban gamas de colores brillantes: azules, verdes, rojos y naranjas que, sin duda alguna, movían emociones.
Todos los bohemios descendieron para disfrutar de la impresionante ciudad. "Él" y "Ella" se dirigieron a la Iglesia de Nuestra Señora (Die Frauenkirche). En su cripta se ofrecía un concierto de música clásica del surcoreano Jeung Beum Sohn; no fue casualidad, fue conexión: el pianista interpretaba La Barcarola de Tchaikovsky.
En un bolsillo de la chaqueta de la joven iban las cartas, y el joven sostenía en su mano derecha una botella de Dresdner Striezel Glühwein, reserva de Navidad, con el fin de sustituir la ya vacía botella de Becherovka.
Tomar el barco nuevamente, embriagados por las bebidas y la dopamina, era lo próximo para ellos.
El final fue Hamburgo. Desembarcaron en otra noche, bajo esa misma luna pero ya más crecida; las estrellas no la dejaron sola. Los pies de "ella" y de "él", descalzos y mojados, los llevaron por la orilla del caudaloso río hasta donde las escamas de la Filarmónica del Elba (Elbphilharmonie) aguardaban por los dos para nuevamente soñar, bajo La Barcarola de Tchaikovsky interpretada, otra vez, por el pianista surcoreano.
Miriam Esther García
Grupo A
Barcarola
El barco no se parecía en nada a los de los cruceros fluviales. Sonaba al deslizarse por las aguas del Moldava que mostraba estelas bellísimas de la ciudad. El ruido del motor dejaba mal sabor ante el castillo y la joven se devanaba los sesos, sin saber qué hacer.
Bajo los arcos del puente de Carlos, sus manos buscaron en el bolso algo que la mantuviera viva, no encontró nada.
Se lo habían llevado todo y allí estaban jugando al póquer, mientras ella mirada las maravillas de esta ciudad imperial. Sin que ella tomara parte, decidieron jugárselo esa tarde en el barco. Le dijeron que todo estaba preparado y que iban a doblar la cantidad conseguida con el manuscrito kafkiano.
Oía ruidos, maldiciones, portazos. No quería escucharlos, pero los motores no los acallaban, ni siquiera la música los amortiguaba.
Ella se dejó llevar por las notas del piano que la adormecieron. Olvidó a qué había venido a esta ciudad y dejó que sus ojos y su mente disfrutaran de los rincones inolvidables. El piano apaciguó su corazón y voló por las calles de la ciudad vieja, se extasió ante el reloj, paseó por la calle Carlova y Mala Strana. Soñó que iba a salir bien y no cerró los ojos en ningún momento.
Allí estaban esos días de lucha por conseguir lo que querían.
Todo iba a saltar por los aires, sin que ella pudiera hacer nada. Los ruidos aumentaron, golpes, patadas, gritos, miedo, mucho miedo. La música la había abandonado.
-Hay que tirarse al agua, le gritó uno de sus compañeros.
-Estamos perdidos.
JB
El sueño de amor. Franz Liszt
Tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules. Los tres muchachos se miraron entre ellos y sonriendo, sin apresurar el paso pero no su corazón, fueron en su busca. La señora Dolleman no perdía detalle y anotó en su mente lo que consideró una travesura imperdonable para contársela a su madre.
Agnes era la mayor y quien había iniciado la carrera, tras una intensa y emocionada mirada a Stevenson, que guardaba el preciado anillo en un delicado estuche, al lado de su tierno corazón. Margot, impetuosa, siguió a su hermana a carcajadas, olvidando el decoro que continuamente le recordaban y Beth, la pequeña, con exquisitos modales alcanzó los abedules, pero inmediatamente asomó su hermosa cabecita para sonreír y tranquilizar a la señora Dolleman, que ya se había puesto en pie derramando el té sobre el exquisito mantel posado en el césped.
Agnes y Stevenson apenas rozaron sus dedos, pero fue suficiente para exaltar su corazón a un grado desconocido hasta entonces.
Ana
Consolación Número 3. Fran Liszt
El joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. “Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre”. Sus ojos apenas se mantenían abiertos y entre los estertores recordaba el Síndrome de Stendhal que sufrió nublado por la exquisita Florencia y su amada no correspondida, una bella joven que conoció en la Piazza della Signoria y a la que siguió hasta la Ciudad Eterna. “Al menos sé lo que es el amor” susurró con gran esfuerzo, e intentando recordar los versos que le dedicó, exhaló su último suspiro.
Ana
Música para un poeta
Menta, en el té de mis tardes frías.
Ausentes, las palabras de otros,
mudas, las mías.
El invierno de Vivaldi
despierta mis sentidos,
busco alivio en el piano
o quizás es el violín
que se acerca a mis oídos.
Música para endulzar la tarde,
para esconder el miedo,
para sentirme vivo.
Su Consolación número 3
me hace sentir
que ahí fuera late la vida,
que susurra el viento
que hay gente cantando
bajo la lluvia,
y la mía, se apaga lentamente,
sobre un diván,
pariendo versos
para un triste poema.
P.G.
Grupo C
Gotas de lluvia sobre alas de mariposa (carta perdida de John Keats a Fanny Brawne)
Roma, 22 de febrero de 1821
Mi dulce Fanny.
Para cuando recibas esta misiva, mi alma habrá trascendido y mi cuerpo yacerá bajo tres metros de tierra en un camposanto. Mi nombre, escrito sobre agua, espero que al menos viva en tu memoria. Esa esperanza es lo único que me da calor en estas horas finales.
La vida se extingue, inexorable como la llama de esta vela que me acompaña en la solitud de las cuatro paredes que me contienen como las tablas de un ataúd prematuro. Me hundo en la vacuidad de los días sin noche, de las noches sin sueño y de los sueños sin ti. Tu rostro en mis recuerdos será lo único que perdurará de mi ser, de las vagas palabras que conforman los poemas que te dediqué. Espero, deseo, que tu alma encuentre la paz que yo mismo pretendo hallar mientras te consagro estas letras finales.
Sé, porque es inútil ignorar la verdad de esta enfermedad, que tal vez mañana los ojos de tu imagen se cerrarán en mi memoria y será porque los míos se nublen al fin. Ojalá contar con más tiempo para los dos, para dedicarte más versos que dicen nunca llegarán a codearse en el olimpo de los literatos. Mientras te hagan feliz a tí, ¿qué importa lo que digan los demás? Al final, solo te quedarán tus recuerdos y mis palabras.
Gracias, mi amada, por haberme permitido volar a tu lado cual mariposa de alas mojadas. No puedo pedirle más a la vida, salvo que te duela menos de lo que lo ha hecho hasta ahora. No puedo exigirle nada a la muerte, salvo que te permita vivir a ti lo que no pudimos juntos.
Podría perderme en los lamentos fútiles, mas has de saber con dicha que habría vivido cualquier otra vida contigo igual que esta: escribiéndote en cada poema. Y ¿sabes? También habría muerto igual que muero ahora: con el pecho henchido por saber quién eres debajo de la piel.
Muero, sí, pero muero con la paz de amarte hasta el último aliento.
Recuérdame en cada mariposa que te acompañe en el camino.
Tuyo para siempre,
John Keats
Sara Terrén
Grupo C
El hilo rojo del amor
Aún no había despuntado el alba y en la casa reinaba el silencio únicamente interrumpido por el cacharrear de los empleados en la cocina. A esas horas, la casa se inundaba de un agradable olor a bizcocho y café recién hechos.
Las tres damiselas aún dormitaban, con un sueño sereno, esperando que los rayos del sol alumbraran su despertar. Entre risas y cánticos empezaban sus mañanas.
De piel blanca como el azahar, sus cabellos dorados como el heno, de ojos azules como el mar y livianas como el viento. Así eran estas tres pequeñas ninfas que alegraban cada rincón de aquella casa.
Durante el día gustaban de salir al jardín. Se mezclaban entre las flores con sus vaporosos vestidos blancos y bailaban al son del trino de los pájaros.
Luego, agotadas, se sentaban alrededor de una fuente y hacían un viaje a lo desconocido a través de las páginas de aquel libro que las hacía soñar.
Al caer la tarde se reunían en torno a la chimenea, al amor de la lumbre. Cada día una de ellas tocaba una pieza al viejo piano, con gran delicadeza, para deleite de sus padres y de todo aquel que quisiera escuchar tan dulce melodía.
Eran tal tesoro para sus padres que tenían prohibido atravesar los muros de aquella casa. Para sorpresa del resto de las personas que habitaban allí, esta imposición no había cejado en la alegría y el entusiasmo de las tres damas.
Lo que todos desconocían es que, al anochecer, cuando ya la casa dormitaba en el silencio más absoluto, ellas se envolvían en sus capas negras para su escapada nocturna.
Con mucho sigilo atravesaban el jardín y seguían un camino empedrado que desembocaba en un lago de aguas cristalinas.
Allí, descalzas, sobre la verde hierba, como hadas del bosque, iniciaban sus bailes y sus cantos bajo la atenta mirada de la luna y de cuanto animalillo desvelado se acercaba a ver semejante espectáculo.
Después volvían a su casa y se arrebujaban entre las mantas hasta que el nuevo amanecer tocara con mimo su despertar.
Una de esas noches en que la luna brillaba con más fuerza que nunca, una de las muchachas vio refulgir algo rojo entre la hierba.
Al cogerlo en la mano, observó que se trataba del extremo de un hilo. Aquello le despertó gran curiosidad. Se preguntaba qué hacía ahí en mitad de la nada un hilo rojo. Así que, ni corta ni perezosa, comenzó a seguir la hebra.
Cuando, ya estaba llegando al final se encontró con un muchacho que sujetaba el otro extremo. Se miraron de hito en hito. Los ojos almendrados del chaval se perdieron en el mar azul de los de la chica. Él cogiéndola de la mano le dijo: “Por fin llegas. Te estaba esperando”. Ella, aturdida, soltó el hilo y salió corriendo hacia donde se encontraban sus hermanas. Casi sin aliento les contó lo que le había sucedido. Ellas no podían dar crédito a semejante historia por lo que se pusieron a buscar el hilo rojo. Pese a sus esfuerzos, no consiguieron dar con él, concluyendo que la imaginación le habría jugado una mala pasada.
Quería creer en lo que habían argumentado sus hermanas, pero durante todo el día siguiente no fue capaz de sacarse esa historia de la cabeza. Veía continuamente esos ojos mirándola y podía sentir el tacto de su piel al tomarla de la mano lo cual le causaba un estremecimiento antes jamás vivido.
Esa misma noche, como todas, las tres chicas volvieron al lago.
Allí seguía el hilo rojo. Lo agarró y de nuevo lo siguió encontrándose en el otro extremo con los mismos ojos de la noche anterior.
Esta vez no huyó. El chico la atrajo hacia él y la envolvió en sus brazos. Ella sintió un vuelco en el corazón y permaneció a su abrigo. No podía ni quería desprenderse de ese abrazo. Era como si una fuerza mayor impidiera que se separasen.
Así pasaron varias noches, entre caricias, besos y abrazos, hasta que un día los dos amantes decidieron revelar su secreto.
Esposados con el hilo rojo, se presentaron ante los padres de ella. Al verlos no salían de su asombro. No era posible que la profecía se hubiera cumplido.
Los padres les explicaron que, en una ocasión, cuando ya las tres estaban en este mundo, un anciano vaticinó que una de ellas encontraría su verdadero amor siguiendo el camino de un hilo rojo. No podían dejar en manos del destino el amor de cualquiera de sus tres angelitos y que acabaran Dios sabe con qué clase de desalmado. Fue por eso que, para protegerlas, les prohibieron atravesar los muros de esa casa.
Viendo el brillo en los ojos de los dos jóvenes, dieron su bendición a esa relación y, rendidos a la evidencia, entendieron que por muchos muros que levantes el destino los derribará.
Verónica S.S.
Grupo C


