Territorios. Agrohorror

David Roas es un escritor que se mueve como cuervo en el aire en los territorios de lo fantástico. Lo conocimos hace ya tiempo.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Presencias

Nunca olvidaré mis primeros días en este edificio, en mi piso. Mi primera vivienda propia... Bueno, propia, propia lo que es propia la hipoteca. Tarde en venir después de firmar las escrituras (no eran sagradas, pero baratas tampoco. Faltaba la instalación eléctrica o algo parecido. Ahora ni lo recuerdo. Han pasado 14 años ya- En el pueblo solo había paisanos de familias de toda la vida de allí. Era el primer “extranjero”. Yo saludaba a todo el mundo, pero no siempre recibía otro de la persona con la que cruzaba. A las cuatro de la tarde de agosto, pero yo me quedaba helado.
La única persona joven regentaba el bar, o taberna como quería que se dijese el tabernero. Lo llevaba bien, pero no salía rentable. La historia de la muerte del bar y su posterior reaparición trece años después a medio kilómetro del fenecido no es de agrohorror, pero si un putadón.
Centrándonos ya en mi terrorífica experiencia. Probablemente no lo fue tanto como la firma con la directora del banco… Perdonen que me repita, pero sigo pasando miedo cada vez que el Banco Central Europeo amaga con subir los tipos. De interés, no interesantes como algunos de mis ya paisanos.
Una noche de diciembre, llevando yo ya viviendo en mi pisito bonito (y pequeñito para una familia, ideal para mí), medio año, se abrió la puerta del balcón sola. Sin viento. Sin un roce mío. No. Se abrió sola. Entro el gélido frío del ya invierno mesetario, pero, además, sentí algo extraño. Algo ya no frío, helador. De repente oí pasos en el piso deshabitado de arriba. Vaya, el de Tecnocasa (sí, esos de la corbata verde, qué pasa) me había asegurado de que tendría compañía en febrero, y aun faltaba para eso. Pero tal vez habían traído muebles, o querían asegurarse de que no les habían robado la caldera, lo que fuese.
Subí las escaleras nervioso, porque seguía sintiendo algo helándome el corazón. Se había abierto las ventanas de casa, solas. De una en una, como si una mano invisible las fuera abriendo habitación tras habitación. Solo se salvó el cuarto de baño por un motivo. No había ventana.
Llamé al timbre. La puerta se abrió… Sola. Igual que la del balcón. Se abrieron todas las ventanas, de una en una como en mi piso. Salí corriendo, pero no hacía mi piso. Ese no era lugar seguro.
Quería huir. Algo me decía que era perentorio huir de esa mano invisible abrepuertas. ¿Sería solo una mano? ¿Habría brazo? ¿Tronco? ¿Cabeza? Ya eran las diez de la noche, y o ahí no me quedaba. Así que, en pijama como estaba, me fui al coche. ¿Saben ustedes que paso para mi estupor, sorpresa, y sobre todo horror? Ya lo habrán adivinado. Se abrió solo. No me servía de nada. Las llaves me las había dejado en el bolso donde siempre llevo mis cuatro cosas: tarjetero, llaves de casa, llaves del coche y móvil. He ahí que tenía un coche abierto, todas las puertas del edificio abiertas, así como las ventanas, y un canguelo que no vean. El coche arrancó. Empezó a moverse. Corriendo me dispuse a subir las escaleras para… ¿Para qué? ¡La “presencia” ya había tomado el edificio entero!
Por supuesto, la puerta del garaje se abrió. Sola. Con miedo, más miedo que el que pase viendo “The Ring” o escuchando historias de fogata en campamentos en mi infancia, no sabía que demonios (fijo que algún demonio andaría por allí, claro) salí corriendo por la puerta de la calle. Ya, no les voy a decir quién o, mejor dicho, cómo, se abrió, porque ya lo saben. Dónde ir… Mi auto, mi utilitario blanco iba hacía mí. Me quedé perplejo. Corrí calle arriba, hacía la plaza. Y allí, en la puerta del ayuntamiento, que no se abrió, me encontraba, acorralado por mi propio coche. De repente paro. Entre mi auto y mi cuerpo se interponía un ser oscuro. Oscuro como la noche. Oscuro como las profundidades abisales. Con un sonido que no reconocí detuvo el coche. Sí, sí. Lo detuvo él. Mi blanco (pero no impoluto) medio de transporte puso punto muerto. Acto seguido paro el motor.
No sabía dónde pedir auxilio (me iban a tomar por loco) ni sin volver a casa. La “nueva presencia” me llevo (solo veía un bulto oscuro, pero me había salvado del hospital (o peor aún de San Carlos Borromeo) hasta mi casa. Confiando en ella subí al piso. La puerta de porta estaba abierta, pero no se cerro sola, tuve que dejarla entornada. Entre al piso. Todo estaba abierto. Cerré todavía en penumbra todas las puertas y ventanas. Del primer piso ya me encargaría de día…
Encendí la luz, con miedo. Todavía no sabía qué o quién me había rescatado. Entonces supe que mi coche de más de 13.000 euros era un cobarde. Había bastado un bufido de gato, mejor dicho, gata, para detenerlo. Mi bienhechora tenía hambre, y yo gambas en la nevera…
Desde entonces Tess, mi negra panterita rescatadora, ostenta el cargo de dueña y señora, y yo, en agradecimiento a los servicios prestados, siervo obediente. Pero, por supuesto, nada valiente.

Javi Martín
Grupo A


La sima de los huesos

Esto que os voy a contar es real como la vida misma, y, como veréis, yo fui uno de los protagonistas. Ya sé que algunos -muchos- de vosotros poneis en duda mi palabra, sobre todo desde aquel día en el Alcaraván, en el que os dije lo de mi historia con Elsa Pataky, aquella memorable ocasión en que me la encontré en la discoteca Hindagala, de felices recuerdos e inolvidables resacas. Bueno, no quiero insistir, pero lo de Elsa fue verdad, tal cual. Ella -resumo- estaba en Salamanca para la presentación de una película suya en los cines Van Dyck, y harta de charlas y cenas de trabajo, se escabulló de su grupo y se fue a tomar una copa a la discoteca. En aquella época la Pataki no era tan famosa, de modo que podía salir por la noche a un bar de copas de provincias -perdón, charros- y beber y bailar sin que nadie la reconociera. Desapercibida, eso no, porque menuda cara y menudo cuerpazo tenía (y tiene, a juzgar por los reportajes del Hola). Termino la anécdota, totalmente verdadera, no sé ni cómo ligué con ella. Una o dos de horas después salimos del Hindagala dando tumbos, y, por si me pasaba algo -había muchas tías borrachas por la calle a esas horas-, se ofreció a acompañarme hasta mi casa. Subimos en el ascensor, sin perder el tiempo en el trayecto, entramos en mi piso y fuimos al dormitorio. Ahí cierro la puerta y mi boca, un caballero no debe contar según qué cosas, sobre todo aquellas en las que interviene una señorita y suceden, aunque no exclusivamente, en una cama de matrimonio (iba a decir tálamo nupcial, qué cursi soy, joder)
Vale, pues no me creáis lo de aquella noche gloriosa, pero esto que os voy a contar ahora es absolutamente cierto. Pondría vuestra mano en el fuego, si hiciera falta.
Y ahora la historia de terror rural. Centrémonos, y a ver si abrevio. Villar de Peralonso, mi pueblo, una casa de piedra que se anunciaba para alquilar en algo parecido al Airbnb (quiero decir farolas, comercios, incluso anuncios en El Adelanto). Dos pisos, sótano, doblado y chimenea. Yo me ganaba unas pesetas haciendo la limpieza cuando había turistas. Tenía dos empleos en la capital, pero apenas me daban para pagar la hipoteca, así que, si quería irme de vacaciones tenía que buscarme la vida. Era un sin vivir de oficios y carreras de un lado a otro. Pero a la fuerza ahorcan.
El fondo buitre -un Black Rock de la época- que me contrataba para la limpieza me llamó para que me encargara de la casa en aquel puente o acueducto. La habían reservado unos turistas. Yo iba alrededor de medio día, y tenía que hacer las camas, pasar la fregona, limpiar el fregadero, recoger la basura, y tal. Esas cosas propias de mi sexo de pluriempleado. Bueno, con aquellas perrillas completaba mis esforzados ahorros para irme a pasar unos días a la costa portuguesa, concretamente a Praia de Barra, Aveiro. Ya estaba relamiéndome por anticipado con el caldo verde, los pescados a la brasa, las mil formas de cocinar el bacalao, y el café portugués, que, nacionalismos aparte, no admite comparación.
A ver si voy al grano ya de una vez. Los turistas resultaron ser una secta de veganos que adoraba a Gaia y practicaba el poliamor. Los hombres gastaban barbas, coleta y tatuajes con signos inescrutables. Ellas eran todas jovencitas, iban descalzas, y llevaban unos atuendos floridos, con faldas cortas, hombros al aire y generosos escotes.
Total, que invadieron el pueblo como si trajeran la buena nueva anunciando el apocalipsis, y, lo peor de todo, tratándonos como a paganos paletos, pobrecillos que había que sacar de su ignorancia ancestral, y culturizar.
En la cantina del pueblo -que también hacía las funciones de colmado y teleclub- los parroquianos no vieron con buenos ojos cuando esta tribu milenarista entró allí como elefante en una cacharrería, pidiendo zumos de fruta recién exprimidos, leche de soja sostenible, y pan de centeno integral hecho con masa (de su puta) madre. Carne, no la probaban, porque decían que tenía que estar totalmente purificada, o no sé qué; recién cortado el cordón umbilical, eso entendí yo, grosso modo.
Así que estaban los vecinos jugando sus parchises y sus cartas, fumando como descosidos y viendo la televisión -deportes, el Santa Marta vs Ponferradina, por ejemplo; o algún programa del corazón- cuando llegaban estos profetas del fin del mundo y apagaban la tele, los cigarrillos, tiraban las cartas a las brasas de la chimenea, y, lo que peor llevaban los parroquianos, los ponían a todos a cantar el Hare Krishna, hare, hare.
Ya sé, colegas del taller de escritura, que estáis pensando que tres o cuatro días no dan tanto de sí, y ya os estoy viendo tapándoos la cara y riéndoos por lo bajini como cuando os cuento alguna de mis aventuras eróticas. Veo a Marian diciéndome que no tengo edad para decir tantas tonterías; a Sonia, mirándome severamente; a Espe, pensando que menudos fantoches los conquistadores. Vale, como queráis, pero esto que os cuento, aparte de terrorífico -el horror, el horror- es literal.
Al segundo o tercer día el bebé de la Juani desapareció. Según parece, dejó al recién nacido en la cuna porque le dio un apretón y tuvo que ir a evacuar al corral. Cuando volvió, el niño ya no estaba allí. Su marido, el Tiburcio -al que apodaban Urtain en el pueblo- no se lo tomó bien, y la molió a palos. Un mal golpe, dijo, a cualquiera le pasa. Nadie lo denunció porque, total, era costumbre muy arraigada, y en el pueblo, sobre todo, respetamos las tradiciones.
El caso es que, al día siguiente, cuando fui a la casa a limpiar, algo me llamó la atención. Unos huesillos, como de conejo, pollo, no sé, algún animal pequeño, estaban a medio quemar sobre las cenizas de la chimenea.
Coño, esto sí que es raro, si esta gente no come carne, pensé.
A ver si acabo, ya imagino a los colegas mirándome raro y pensando que soy un pesado, y que no dejo hablar a nadie. Además, ya sé que tenéis envidia porque la camarera del Alcaraván -de natural recio- me pone la cerveza y los manises, y me sonríe.
Abrevio. Tal como habían venido, los adoradores de Gaia desaparecieron. La gente pudo volver a fumar en el bar, a jugar al tute subastado, a ver otro Unionistas vs Fuentesaúco, o cualquier programa de esos tan bonitos que presentaba -y presenta, per sécula seculorum- Jordi Hurtado.
Nadie vino a preguntar por ellos; no debían tener ni dirección, no digamos Dni, y seguro que no habían declarado el Irpf en su puta vida. Total, ciudadanos invisibles.
Cerca del pueblo había algunas cuevas profundas. A veces venían urbanitas a hacer lo que ellos llamaban espeleología, vete tú a saber qué coño es eso. Llevaban cascos con linternas, sogas, uniformes como de bomberos sucios…
Una de las cuevas, la que los vecinos desde tiempos inmemoriales llamaban el pozo del infierno, se tapó. Se le echó tierra encima.
Así que ningún gilipollas de esos con cascos ha podido volver a entrar en ella. Ya no existe. Desapareció del mapa. El topógrafo de la diputación era primo del alcalde.
Sólo en la cantina algún parroquiano habla, cuando se le calienta la boca, de “la sima de los huesos”, y aunque lo diga en voz baja y sin apenas vocalizar, todo el mundo deja por un momento de ver el partido, jugar a las cartas o cotillear sobre la mujer del panadero, y, dicho en dos palabras, se descojonan vivos.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Fallido Agro horror


En la Escuela de escribir me han puesto, de tarea,
contar algún temor, que el agro pudiera a mí inspirarme.
Y he buscado, con mi torpe intelecto, alguna idea,
tratando de hallar una con la que regalarme.

No la he encontrado. He hallado sólo un sentimiento
de cercanía con la feraz naturaleza.
Yo, que soy de ciudad, enamorado estoy del viento
que, si camino a la intemperie, ventila mi cabeza.

No me infundieron terror los espacios abiertos,
ni me causaron pavor las intrincadas brañas.
Me espanté, eso sí, el descubrir los muchos huertos
en los que algunos cultivan siniestras telarañas,

pegajosas de egoísmo, de ira, de complejos
vericuetos para atrapar al prójimo en sus hilos,
rebosantes de oscuros, podridos odios viejos,
que cortan, como navajas de siniestros filos.

No siento fobia al lado del maíz o la cebada,
los garbanzos, el rotundo trigo o el centeno;
me fascina ver colza luciendo engalanada.
De brillante amarillo el mundo lleno.

Me horrorizan, declaro, tantos malos instintos,
comunes en las calles, comunes en las dehesas.
Las xenofobias con los que son distintos,
la estulticia del que cree a la maldad y a sus promesas.

Siento pavor al ver ganar, al violento, terreno,
sin más esfuerzo que mostrar al mundo su barbarie.
Me asusta el dolor del débil, no sé sentirlo ajeno,
el temblor del indefenso, del que le falta el aire.

La brutal indiferencia del poderoso fiero.

Carlos Coca
Grupo C


Sucedió en Galicia

Los pueblos que voy a nombrar, los conocí cuando estuve haciendo el Camino de Santiago hace unos años. Allí un gallego bastante mayor, yo creo que pasaba de los 90 años, en una parada de descanso en el camino, entre Mondoñedo y Lourenzá, nos contó la siguiente historia. En una aldea llamada Couboeria, desde hace más de setenta años, vivían el matrimonio formado por Xoel y Lúa. Ambos muy conocidos en toda la zona, había sido alcalde, juez de paz y empleado de Caixa Galicia, por lo que conocía a toda la gente de la zona y había hecho muchos favores.
En las fiestas de As San Lucas de Mondoñedo, el 18 de Octubre, se celebra la Gran Feira
Tradicional de Gando Cabalar rAs San Lucas, donde se pueden ver todos los caballos que semilibertad en todos los montes aledaños. Estando allí de espectador con su mujer, se sintió indispuesto y lo tuvieron que llevar a su casa, donde fue atendido por el médico de guardía, el cual no pudo hacer nada del infarto que le repitió varias veces.
Al día siguiente del fallecimiento, Xoel fue enterrado en el cementerio familiar de Couboeria, después de una misa oficiada por tres sacerdotes, con la iglesia repleta de gente, y calculaban más de dos mil personas fuera, para dar la condolencia a la esposa.
Xoel, durante toda su vida, tuvo fama de bromista, y a todos los amigos, alguna vez les contó que su mayor ilusión era poder ir un día a México, para conocer a su hermano gemelo, porque su madre le había contado, que cuando él nació, tuvo otro hermano que se lo cedió a una hermana de la madre, que no podía tener hijos, y esta se lo llevó a México.
No había pasado aún un mes del fallecimiento de Xoel, cuando aparece por Couboeria, el doble de Xoel, con un “carro “ Mastreta MXT, haciéndose notar y preguntando por la casa de su hermano Xoel , para dar el pésame a la viuda, su cuñada, a la cual solo la conocía por fotografías que le mandaba su hermano a México cada año.
Según fueron pasando los días, la viuda de Xoel apenas salía de casa, y cuando la veían salir los vecinos, era de noche y siempre con su cuñado.
Galicia, es Galicia, y los gallegos tienen fama de reservados, trabajadores y un humor sutil, por lo que en el pueblo empezaron hablar y hablar, y al más amigo de Xoel se le ocurrió una idea. Por la noche sin pedir permiso a nadie, la pandilla de Xoel, se acercaron al cementerio para exhumar el cadáver y salir de dudas.
Dentro del ataúd no había nadie.

Luis Iglesias
Grupo B


En el campo de lentejas

Recién comenzadas las vacaciones de verano, no sabíamos muy bien qué hacer. Como andábamos muy escasos de dinerito, siempre se nos ocurría alguna historia para ganar un extra, pues nuestros padres nos tenían muy ajustada la paga semanal: a mi amigo Pepe y a mí nos daban 25 pesetas a la semana con las que teníamos que hacer juegos malabares para que nos llegara; no solo nos llegaba, sino que incluso éramos capaces de ahorrar algo.
Aquel verano del 67 decidimos buscar trabajo.
En los pueblos no hace falta poner carteles ni anuncios de ningún tipo, enseguida se corre la voz, y una tal Celedonia, vecina del lugar, nos comunicó que un paisano del pueblo, apodado Tomás “marica”, podía darnos trabajo.
Ni cortos ni perezosos, nos dirigimos a su casa: era una casona de paredes de piedra. con dos alturas y balcón encima de la puerta principal; tenía una hermosa aldaba en forma de puño para llamar. Golpeamos la puerta con fuerza, y salió a abrirnos una señora vestida de negro con edad indeterminada. ¿Qué queréis?, nos dijo. Venimos a buscar trabajo, pues nos han comunicado que D. Tomás tiene algo que ofrecernos.
Podéis pasar.
En la misma entrada, había un pequeño patio con un escaño de madera labrada de color negro, donde nos fuimos a sentar.
Apareció Tío Tomás, hombre bajito, enjuto, con lento caminar, pero estirado; ataviado con una capa marrón oscura y un sombrero de fieltro haciendo juego. Se acercó a nosotros y nos preguntó que qué queríamos. Nos gustaría ganar algunas perrillas y nos han dicho que usted puede darnos trabajo, le dijimos.
Efectivamente, nos contestó, tengo un campo de lentejas que ya están a punto para recoger. Podéis venir mañana temprano; os facilitaremos unas guadañas de pequeño tamaño, acordes con vuestra fuerza y estatura y a trabajar. Si aguantáis la jornada entera, os pagaré un salario, y si solo aguantáis media, pues la mitad; así que hasta mañana nos dijo, se dio la vuelta y nos despidió.
Bien de madrugada acudimos a la casona y ya nos estaba esperando tío Tomás ataviado con la misma capa y el mismo sombrero; nos saludó y se despidió con una sonrisa burlona haciendo brillar su diente de oro. A pesar de todo, no nos achantamos y cargando con aquellas guadañas infantiles salimos hacia las tierras acompañados por un criado del susodicho Tomás.
Ya en el campo nos explicaron cómo había que hacer y nos pusimos a ello con gran entusiasmo, y teniendo gran cuidado de no segarnos las piernas.
Al cabo de un par de horas empezó a calentar, empezamos a sudar, y las guadañas ya se empezaban a resbalar de las manos; encima no habíamos llevado ni gorra ni sombrero. Nos miramos y nos dijimos: habrá que aguantar, aunque nada más sea media jornada.
Seguimos dos o tres horas más, no recuerdo exactamente, pero antes del mediodía ya estábamos de vuelta en aquella casona donde por lo menos hacía fresquito.
Apareció Tío Tomás ataviado de la misma manera; reconozco que eran un tío elegante. (Lo del “mote” supongo que era por ser algo amanerado y estar soltero), nos sonrió con cierta maldad para lucir el diente de oro y nos pagó. ¡Nos pagó media jornada a cada uno!
Llegamos a casa como cubiertos por una especie de barrillo negruzco, derechitos a la bañera, pero con la satisfacción de haber ganado unas pesetillas, y con la seguridad, como así ha sido, de que no volveríamos a trabajar de aquella manera.

José Luis Fonseca
Grupo A


La terrible desgracia

—¡La tía Pascuala se ha quemado!
La noticia corría por el pueblo de boca en boca. Los hombres se echaban las manos a la cabeza y las mujeres a los pañuelos, los niños corrían a las faldas de sus madres y las abuelas se santiguaban mirando al cielo.
—Se veía venir —dijo Felipa, insidiosa, mientras recibía una mirada furibunda de su marido.
—Eso también lo digo yo —replicó Martina, encarándose a los aldeanos que se habían congregado frente a la casa incendiada, con gesto desafiante.
La vecindad se mostraba consternada por el suceso. La mayoría cuchicheaba sin expresar libremente su opinión por temor a la reacción de Suso y Teresa.
Ellos también estaban allí, entre el público. Eran los futuros herederos de la tía Pascuala a la que habían jurado cuidar y proteger hasta su fallecimiento, a cambio de sus dineros y sus heredades. Pero Pascuala estaba llegando a los cien años y su salud seguía intacta. Sus piernas y su cabeza seguían siendo capaces de tirar otros cien más. La pareja ya no aguantaba más, ni a ella ni a sus rarezas. Y llevaban peor aún la escasez de recursos con la que tenían que vivir ellos y sus tres hijos.
Felipa lanzó otra andanada, mirando de frente a Teresa:
—Hay quien parece llorar, pero en el fondo está muy contenta.
Felipa y Martina eran dos hermanas cuyas viviendas lindaban, pared por pared, a ambos lados de la que se había quemado. Hacía años que esa familia andaba detrás de la casa para ampliar las suyas y construir un huerto medianil, pero la tía Pascuala nunca aceptó.
Teresa y Suso, que se habían mantenido juntos en una esquina de la plaza, recibieron aquella puya como si les hubieran atravesado el corazón. ¿Cómo podían pensar que ellos hubieran tenido algo que ver con el incendio? Teresa se dio la vuelta y sin responder palabra alguna se encaminó a su casa. Suso se permitió devolver la acusación a las hermanas calumniadoras por ser las dueñas de las casas colindantes.
—Algunas pensarán que ahora las paredes medianeras se expandirán sobre las ruinas del hogar de Tía Pascuala —dijo señalando a los edificios aledaños—. Tal vez están tan ufanas porque piensan que con esta desgracia la podrán conseguir más barata.
Los aldeanos asistían consternados al enfrentamiento y murmuraban entre ellos, sin querer intervenir. Poco a poco, la plaza se fue despejando y solo quedaron los hombres más jóvenes, que junto a Suso se aseguraron de que el fuego estuviese totalmente sofocado.
Al día siguiente, el pueblo entero asistió al funeral por el alma de la tía Pascuala, puesto que del cuerpo solo quedó un patético cúmulo de huesos calcinados. El cura no hizo mención de las sospechas aireadas en la plaza. El alguacil dictaminó que el incendio se había producido por accidente, al prenderse las sayas de la anciana con la lumbre. El médico forense dio por bueno el diagnóstico de muerte por un desgraciado hecho fortuito. Enterraron a tía Pascuala en silencio respetuoso.
Suso, Teresa, Felipa y Martina arreglaron sus diferencias con la venta del solar. Nunca más se habló en voz alta del asunto. Pero, las gentes del lugar aún elucubran sobre las verdaderas causas de lo que para siempre se llamó “la terrible desgracia”.

M. Maximina Moreno

Grupo B


El medio cántaro

Eva, mi flamante novia, me dijo que no era buena idea negarme a pagar el medio cántaro de vino a los mozos, y menos cuando empezaban las fiestas del pueblo.
También me advirtió sobre la estupidez de aceptar, el reto de Fernando, su exnovio, cuando fuimos a la bodega, para ver quién aguantaba más tiempo respirando óxido nitroso. Me empezaba a cansar el jueguecito que se traía. Él seguía riendo junto a los otros, mientras la devoraba con una mirada que nada tenía de festiva.
La combinación de la vibración temblorosa del suelo, el fuerte olor a gasóleo y el crujido de vegetación seca recién cortada, junto con el ruido intenso de un motor, me despertó sobresaltado. Lo último que recordaba era esa risa machacona, como un mantra mareante, de Fernando y su grupo de amigos.
Una cosechadora se me echaba encima a medida que iba cercenando los tallos de los girasoles. Quise creer que no me alcanzaría; que, tumbado y atado como me habían dejado, el filo de corte del cabezal no me tocaría. Traté de fundirme con el fondo del surco. Las cuchillas pasaron arañando mi piel y dejando parte de mi ropa hecha jirones.
Fue entonces cuando lo vi.
Justo detrás venía Fernando, con su cara desencajada por la risa, conduciendo la empacadora hacia mí.

Calgari
Grupo A

Cuatro muleros

Esta semana llegamos a la sala de Fondo Local con una recua de mulas. Somos arrieros de palabras que nos encontramos en los caminos de la escritura y la biblioteca es un buen lugar para hacer trueque con lo que cargamos en nuestros serones. Así que dejamos las acémilas en la puerta y una vez en el interior ya las echábamos de menos. La sesión fuera un elogio a la mula. 
Desconozco si en Mula (Murcia) o en Mansilla de las Mulas (León) existe alguna Asociación de Amigos de la Mula. Nosotros quisimos contribuir al escaso fondo literario que hay sobre este animal que fue motor de la España rural cuando aún no existía la locomotora. 


© Tito Abellán


Hablamos de la importancia de este animal. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación recoge en este documento un montón de refranes que atestiguan la presencia de las mulas en el lenguaje popular. Y no gozaban de mi buena presencia al hilo de lo que mientan dichos refranes.
Richard Ford en uno de sus múltiples viajes señaló lo siguiente a cerca de las mulas y de sus dueños. Nótese la ironía: 
“Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande”.
Destacamos los artículos "Elogio de la mula", de Carlos Casas Nagore, un maravilloso homenaje a las mulas con grabados y fotografías y una buen documentación y "La vida secreta de las palabras: Mula" de Guzmán Urrero y el cuento "La mula" de Arturo Uslar Pietri.
También recomendamos la novela de Juan Eslava Galán titulada "La mula". El texto de contraportada anima a su lectura: "Al humilde cabo Juan Castro le importa más encontrar a su mula preferida que ganar la guerra. Por eso sale tras ella y, poco después de atravesar la línea de frente, se ve envuelto en un episodio tan peligroso como hilarante que, contra su voluntad, lo va a convertir en un héroe de guerra. La mula es una atrevida desmitificación de la guerra civil.". El libro inspiró la película dirigida por Michael Radford con el mismo título. Puedes ver aquí el tráiler.

Y cómo no, recordamos a la mula más famosa, la mula Francis, una mula birmana que se convirtió en un éxito de la gran pantalla y que causó furor entre el público en los años 50. Aquí la puedes oír hablar por teléfono. Y aquí tienes un fragmento de una de sus películas.

Y para los más pequeños de la casa recomendamos "La mula chula", un álbum ilustrado en el que se cuenta cómo una mula, cansada de tanto trabajar en el campo, decide marchar a la ciudad para hacer realidad su sueño. Pero hasta lograrlo tiene que pasar por múltiples trabajos. Menos mal que la mula es trabajadora y terca. 

Rematamos esta entrada con dos poemas. Uno de Mayte Gómez Molina, de su libro Los trabajos sin Hércules y otro de Antonio Machado:

I.

Yo trabajo como una mula
Las mulas son cruces
entre caballos y burras y son
estériles
Quizás trabajar como una mula viene de
que toda tu vida es trabajo ya que
no puedes parir no puedes criar
no puedes crear,
relincha come
tira del arado espanta las moscas
vuelve al corral
En el pueblo de mi primer novio había
una mula atada a un palo
y a su alrededor había dibujado un círculo perfecto,
el radio de su cautiverio,
esclava como los corceles de un tiovivo
condenados a girar en torno a un eje
esperando, siempre esperando
a que se parta la cuerda
el motor la fusta
el arado
Lo que la mula no sabía ni
nosotras tampoco
es que si se parte la cuerda
nos quedaremos a un paso del perímetro,
dibujando un círculo nuevo
cerca de la comida y lo conocido
¿Quién nos va a volver a enseñar a no hacer nada?


La noria

La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.


Propuesta de escritura

Escribe un texto con una mula como protagonista. Puedes evocar algún recuerdo real si conociste o cabalgaste alguna mula.


Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora:



La mula

A Vale no lo cristianaron así. Le han abreviado incluso el apodo: a muchos con su nombre les dicen Valen, y todo el mundo reconoce el seudónimo. Pero él, para todos es Vale.
El maestro - aunque hace mucho que él no va a la escuela – se sigue refiriendo a él como Valentín el Afortunado, argumentando que, si lo apostilla así, es porque todo el mundo le da su beneplácito cuando lo llaman por su nombre: Vale.
Sostiene el maestro que se trata de una aquiescencia universal con su persona.
Aunque ahora mismo parece que la diosa Fortuna le haya dado la espalda, porque lo encontramos con una lágrima abriéndosele paso por el polvo acumulado en la mejilla. Y el mismo no está seguro del porqué.
Podría ser por el despecho que siente por lo que le acaba de ocurrir. O por la preocupación de cómo se lo va a decir al Dioni, cuando lo vea. Quizás la salada gota resbala en honor de la mercancía y el beneficio perdidos. A lo mejor llora de la rabia que le da el que se le esté cayendo una lágrima, porque como bien sabe todo el mundo, en esos duros años de posguerra, los hombres no lloran. Y él es ya todo un hombre con sus diecisiete años, recién estrenados el mes pasado.
Menos mal que aquí arriba, aparte de las águilas, los lobos y las cabras de las majadas de algunos cabreros, nadie es testigo.
Se lo dijo al cabo de la Guardia Civil, cuando este le abordó en la Plaza de la Independencia el otro día, para decirle: - Mira, chaval, sabemos en qué te andas metiendo. Te aconsejo que no sigas con eso. Tu padre me caía bien, y tú no tienes porqué caerme mal, pero no esperes ningún trato de favor. Si te pillamos en una revuelta del camino del rebollar con las acémilas cargadas de lo que no tienen que ir cargadas, se te cae el pelo.
Vale le contestó: - Mire, mi cabo, le agradezco el consejo, pero yo no estoy metido en el estraperlo, si es eso lo que me está diciendo. Pero que sepa que, si alguna vez tuviera que elegir entre el hambre de mi madre y mis hermanos o el peligro de que me metan preso, por contrabandear o por lo que sea, elegiría sin dudarlo lo segundo. Sin dudarlo. Aunque ya le digo que le han informado mal al respecto, y yo no sé nada de esos alijos de los que me habla sin referirse a ellos.
Así de clarito se lo dejó.
Mira que el Dioni se lo había avisado: - Vale, te voy a dejar la mula porque no dormiría a gusto esta noche si no lo hiciera, pero dos cosas te digo. Una, que si me preguntan si lo hice, diré que no y que fuiste tú el que te la tomaste prestada del corral. Y la otra, que tengas cuidado con ella. Que, si las mulas son tercas por naturaleza, esta no es terca, es Juan Martín el Empecinado. Si le da por no moverse, ya le puedes dar palos, que no se mueve hasta que no le da la gana.
Jala de la reata Vale, mientras el sol se va asomando por sobre la Sierra de Tormantos y se reconcome por no haber hecho caso del aviso y no haber dejado la mula en paz. Ahora, a lo hecho, pecho.
Había salido de Puerto Castilla un poco antes de que oscureciera del todo. Con tres caballos: uno suyo y dos de su tío Julián. Y la dichosa mula.
Cargados hasta arriba con sacos del trigo de las llanuras de la Meseta que justo allí dejaban atrás. La mula un poco más cargada. Era más alta, más fuerte y más dura que los caballos.
Como no podía pasar por el Puerto sin arriesgarse a ser visto por las patrullas que lo frecuentaban, al acercarse al collado viró al este para tomar el antiguo camino empedrado que sube a la sierra, dejando el valle del río Jerte a la derecha.
Caminó por la cuerda varias horas. Hubo de vadear algunos arroyos pues evitaba las zonas donde existían puentecillos, que era donde más fácilmente, acechando junto a los obligados pasos, podía haber guardias.
Con la primera claridad llegó a la garganta Grande, que iba rebosante del agua del deshielo. No se lo pensó mucho. Descargó las bestias, se desnudó – mucho mejor helarse un rato, que seguir hasta el pueblo chorreando agua -, pasó uno a uno a los caballos y a la mula, tirando de la reata de cada uno, medio nadando, medio andando, por el vado que encontró con menos corriente. Después construyó una mínima almadia con cuatro maderos secos, que le ayudó a cruzar los sacos sin mojarlos.
Entonces, al reiniciar el camino los vio. Fugazmente. A menos de media legua, a la altura del Puente del Sacristán, andando. Pensó que no le habían visto, pero comprobó que, aunque así fuera, caminaban en su dirección. El cabo Ortuño y un número al que no reconoció.
Y encima, llegaba al tramo más complicado de todo el camino. Un barranco profundo sobre una gargantilla, en el que la estrecha senda se abría paso por uno de sus lados, semiexcavada en el terraplén rocoso.
Y se acordó del Dioni. Porque la mula, que iba la última de la recua, se detuvo en seco, en medio del angosto paso. Y no hubo manera de hacerla continuar. Los varazos, los empujones, los tirones de la soga; nada la hizo moverse. Y los corchetes acercándose.
Vale se vio obligado a tomar una difícil decisión. Que para eso era ya un hombre hecho y derecho.
O se quedaba allí, esperando a los picoletos o hacía algo para poder seguir.
Eligiendo el mal menor, y mientras recitaba, entre blasfemias, un monólogo en el que hacía referencia a la estirpe entera de esa mula en concreto y de la raza mular en general, empujó de lado a la acémila, logrando que, al recular ésta un corto trecho, perdiera pie y se despeñara barranco abajo.
Así de simple, la decisión.
Ahora, si retornamos al instante inmediatamente posterior a aquel en el que conocimos a Vale, le veremos enjugando con el dorso de la mano la lágrima del rostro, antes de que ésta le llegue a los labios.
Parece ser que, a la mañana siguiente, al Dioni le interrogaron sobre la mula que había aparecido en lo profundo del torrente, cargada todavía con sacos de cereal en los que brillaba por su ausencia el sello del Servicio Nacional del Trigo. Declaró que se la habían robado la noche anterior y que estaba pendiente de terminar las faenas del día para ir a denunciar la desaparición del animal al cuartelillo.

Carlos Coca
Grupo C


Las mulas, motor de Castilla

En los campos de Castilla, por el año 1952, donde el sol aprieta con ganas, no hay más motor que el que respira, suda y tiene muy mala leche: la mula.
Aquí lo que manda, lo que te da pan o te entierra en la miseria, es tener una buena yunta de mulas. Si a un cristiano se le moría la mula de un cólico miserere, ya podía echarse a llorar, porque detrás de la mula iba la ruina de toda la familia; era nuestro banco, nuestro motor y, a ratos, nuestra cruz.
Empezaba antes de que el sol saliera, sobre las cinco de la mañana, con una rasca que pelaba los sarmientos. Bajabas a la cuadra con un candil, y allí estaban ellas. Yo tenía a la Generala y a la Carbonera: dos mulas pardas, fuertes como demonios y testarudas como ellas solas.
Lo primero era echarles la cebada y las algarrobas al pesebre, mientras masticaban haciendo ese ruido que te llenaba la cuadra de vida; a continuación, tocaba el calvario de ponerles los arreos, la manta; se les ajustaban las colleras de paja y cuero para que no se hicieran mataduras en el cuello; luego la retranca, el sillín y los tiros. Tenías que andar con mucho cuidado, porque, como a la Carbonera le saliera el día cruzado, te soltaba una coz que te mandaba lejos. Le apretabas las cinchas y, listas para iniciar el camino al campo, que se hacía medio dormido, cabalgando de lado sobre los albardos.
Al llegar al tajo, enganchabas el arado romano, agarrabas la esteva y a sudar sin parar.
El trabajo era muy duro. Se pasaban el día tirando con las venas del cuello hinchadas, envueltas en una nube de polvo y moscas puñeteras que se les metían en los ojos. Tú ibas detrás, tragando la misma tierra, con las alpargatas destrozadas.
Sabían perfectamente la hora del almuerzo. El sol pegaba en lo alto y era el momento de descanso y de alimentarse tanto los mulos como el labriego.

Fernando Nieto
Grupo A


La mula Migula

Nació el año que murió madre, el mismo en que tomé la primera comunión. Padre lo permitió en honor a madre, porque era anarquista, y no comulgaba con la iglesia.
Estuve presente cuando cruzó el umbral a la vida. Un gran rebuzno estremeció la cuadra, y allí apareció, cubierta de una fina membrana rosácea. Observaba el entorno con curiosidad. En pocos minutos se incorporó, se acercó, me olisqueó y cosquilleó mi vientre. Tenía ojos grandes y brillantes, un lomo de pelo duro plateado con una gran mancha de color negro que simulaba la silueta de un ángel. Era el día de San Miguel. Migula la llamé. A padre no le desagradó.
La visitaba todos los días, perdía horas con ella, la paseaba y me seguía. Se entusiasmaba con las mondas y rumiajos que le guardaba.
Los años avanzaban, terminé la escuela y ayudaba a padre en las tareas de la casa, a labrar, cosechar, cazar, pescar, trampear. Me convertí en una prometedora adolescente.
Una noche de agosto cuando el pueblo hervía porque había estallado la guerra, aporrearon la puerta de la casa.
—Encámate —susurró padre.
Un griterío se apoderó de la planta baja.
Una cabeza coronada por un gorrillo con borla roja se asomó por la puerta de la escotilla donde yo dormía. Asomaron unos ojos fríos e inexpresivos acompañados de media sonrisa. Rápidamente desapareció.
Unos golpes seguidos de insultos se oían al no poder trasladar a Migula, la mula.
—Pégale un tiro y la troceamos —oí gritar.
—Mi sargento, déjeme a mí. Con paciencia la arreo de aquí —otra voz intervino.
El silencio cuajó. Dos minutos más tarde, la cabeza volvió a asomar por la trampilla. Tiró con fuerza de la manta que me cubría. Me deslicé rápidamente escaleras abajo, pero me atrapó en la cuadra. Rajó el camisón y quedé expuesta bajo sus pies. Cerré los ojos. El miedo me atenazaba. Separó mis piernas. Una certera coz en la cabeza de ese demonio, me liberó. Murió al instante.
Enterré el cuerpo bajo el montón de estiércol. Durante tres semanas, permanecí abrazada a la mula, hasta que terminamos el agua del abrevadero. No regresaron.
No volví a ver a padre. Rebusqué en las viejas rutinas. Vivía con temor y sobresaltos. Siempre caminaba acompañada del equino. Para evitar a los indeseables, me acicalaba con orín y heces de perro. Hasta la mula caminaba alejada un metro de mí. Éramos inseparables. Me apodaron la mulatera. Cuando alguien se acercaba, ella los espantaba, incluso a los perros.
Con determinación superé días de miseria y hambre. Años más tarde, en una feria de ganado, conocí a Francisco. Migula dio su aprobación. Congeniaron.
Una mañana de Marzo desapareció el montón de estiércol. Francisco no preguntó. Yo no pregunté.
Los años pasaban y cubrían las heridas del pasado. La vida sonrió, me llenó de hijos, y me coronó con un buen marido, trabajador, fiel y excelente padre. Únicamente la mirada de la mula conseguía rememorar historias oxidadas.
Migula murió cuando el más pequeño de mis hijos cumplió cinco años. Había cuidado de todos los míos, como hizo conmigo.
La enterramos en la cortina de Arroyomuerto, bajo el peral que tantas veces la había obsequiado con su fruta preferida. Todos los años, por San Miguel, llevo una pera a su tumba para honrarla.

Max Ferlam
Grupo B


Senderos desgastados

Mula terca y huesuda,
que mueves el mundo,
que raes el paso del tiempo,
aminora el trote.
¡Escucha!
No encuentras tu destino,
por más vueltas que rotes,
que un trabajo sin fin,
huelga decir,
no aumenta el valor en el alma.
Mula testaruda,
condenada en tu origen,
al desamor sin progenie,
resignada en tu faena bajo la noria.
¡Para!
Rompe tu maleficio,
que es cierto el mito,
detrás de tus viseras,
no hay solo sombras,
más allá de la niebla.
Mula terca y huesuda,
escucha la brisa del cierzo,
olfatea los trinos del alba,
no te empeñes, no,
no es el destino,
que es disfrutar del camino
el verdadero premio.
Mula testaruda,
de andares calculados,
yerra en el sendero,
ensucia tus cascos
con frescos terrones.
¡Frena!
Mula terca y huesuda,
no arrastres más tu rutina,
cruza el paso horadado,
pisa el verde impoluto,
que al asomar por la cueva,
cualquier luz te lastima.
¡Por Dios! ¡Para!
Deshoja la vida,
¡Destrípala!
Cocina sabrosos amaneceres
de intensos latidos y adobados amores.
Que hasta el más diminuto segundo,
es parte de sueños e ilusiones
que se escurren rápidamente hacia el pasado.

Max Ferlam
Grupo B


Adivina, adivinanza ..

Algunos dicen que soy terca y cabezota,
pero mi raza inspiró a poetas...

Asombrado quedarás de mi fuerza
y tesón para el trabajo...

Si al arado me enganchas
el surco dejo labrado ..

Si a la noria me pones
doy vueltas sin parar..

El camino a la viña y la huerta conozco,
y si me sueltas la soga, hacia allí camino sola ..

Mi nombre ha inspirado otras palabras
como mulato, muletas y algunas máquinas…

El cine me llamó...
y como artista lucí...

No soy una burra, ni una yegua,
soy una mula muy dicharachera...

E.R.A
Grupo B


La Mula del Polvorín

En el polvorín del ejército de un pueblo de Cuenca, donde el viento siempre parecía arrastrar polvo y secretos, había un personaje más famoso que el propio suboficial al mando: la mula fea, una bestia testaruda, fuerte como un roble y con más horas de servicio que la mayoría de los reclutas.
El suboficial, el Sargento Roldán, la trataba como si fuera una reliquia militar. No porque le tuviera cariño —que también—, sino porque la mula era, digamos, el centro de un pequeño “ecosistema económico” que funcionaba al margen de los partes oficiales.
A la mula la cuidaban tres soldados que estaban prestando el servicio militar:
Martínez, que era el cerebro;
Lobo, que era la fuerza;
y Pacheco, que era… bueno, Pacheco, que siempre estaba allí sin que nadie supiera muy bien por qué.
Ellos se encargaban de alimentarla, cepillarla y, sobre todo, mantener en marcha el negocio de las pacas de paja. El ejército pagaba una cantidad generosa para que la mula estuviera bien alimentada, pero curiosamente la mula comía menos de lo que decía el inventario. El resto de la paja, aparentemente “sobrante”, acababa vendida a ganaderos de la zona que preferían no hacer demasiadas preguntas.
Además, en un rincón del polvorín, detrás de unas cajas que nadie revisaba desde la Guerra Fría, tenían un pequeño gallinero clandestino. Las gallinas ponían huevos como si les fuera la vida en ello, y los soldados los vendían en el pueblo. “Huevos de campo, de calidad militar”, decía Martínez, como si eso fuera un sello de excelencia.
Pero lo más curioso del asunto era el uso estratégico de la mula. El animal, acostumbrado a cargar sacos, cajas y hasta algún soldado despistado, tenía una habilidad especial: sabía acercarse a la parte más baja de la verja del recinto, donde el alambre cedía un poco. Allí, con un empujón de la mula y un salto bien calculado, los soldados podían salir discretamente a “estirar las piernas”.
Y al otro lado, en los descampados donde se montaban ferias improvisadas y reuniones al caer la tarde, había grupos de gente del lugar que conocían bien a los soldados. Entre ellas, algunas jóvenes que disfrutaban del ambiente, de la música y, por qué no, de charlar con los reclutas que se escapaban del polvorín con la excusa de “dar de comer a la mula”.
El sargento Roldán, por supuesto, lo sabía todo. No era tonto. Pero mientras la mula estuviera lustrosa, los informes cuadraran y nadie causara problemas, él miraba hacia otro lado. A veces incluso sonreía cuando veía a los tres soldados volver al amanecer, despeinados y con olor a hoguera.
—La mula está bien, mi sargento —decía Martínez, intentando parecer formal.
—Ya lo veo —respondía Roldán, con una ceja levantada—. Y vosotros también parecéis muy… bien alimentados.
El polvorín seguía funcionando, la mula seguía siendo la reina del lugar, y los soldados continuaban con su pequeña red de supervivencia rural. Era un equilibrio extraño, casi mágico, que solo podía darse en un sitio perdido entre encinas, polvo y secretos compartidos.
Y así, mientras nadie hiciera demasiadas preguntas, la mula fea seguiría siendo la pieza clave del polvorín más pintoresco de toda la región.

Áfrika Gómez G.
Grupo A


La mula de mi abuelo

Veo la mula de mi abuelo dando vueltas a la noria., vueltas y más vueltas; a ello le dedicaba varias horas los días que había que regar el huerto.
Los nietos jugábamos y observábamos a la mula, que entonces nos parecía una imagen absolutamente normal; sabíamos que existían aquellos animales y la utilidad que tenían: transporte de carga y en algunos pueblos incluso se utilizaban para tirar del arado.
Nosotros estábamos deseando que descansase para poderla montar. No recuerdo si era mula o mulo, lo que sí recuerdo claramente es su color: pardo oscuro, casi negro, con su boca grande; mi abuelo nos tenía muy advertidos del peligro de un mordisco o de una coz, por lo que nunca nos poníamos a tiro, ni por delante ni por detrás.
Pasaron los años y aquella mula terca que se frotaba contra las paredes para hacerme sangrar en la pierna.; (entonces yo llevaba pantalón corto, fuese verano o invierno, pantalón corto hasta que tuve pelos en las piernas y mi madre decidió ponerme los largos.); pues bien, aquella mula envejeció y se hizo más mansa, Ya no saltaba para hacerme caer ni corría hacia la pared para despellejarme las piernas; se dejaba montar y acariciar y caminaba despacio conmigo encima. Como premio recuerdo regalarle algún corazón de manzana, lo que íbamos a tirar después de comernos la pulpa; ella lo comía y trituraba con fruición, haciendo que cayesen al suelo algunas semillas. A mí me parecía que sonreía de agradecimiento cuando me enseñaba su enorme dentadura.

José Luis Fonseca
Grupo A


La mascota inesperada de los neorrurales

-¿En serio?, ¿me lo tengo que quedar?
-Pues sí. En el contrato viene especificado que el terreno y la casa contiene una serie de objetos tanto inertes como vivos que tienen que ser cuidados por usted; no puede desprenderse de ninguno.
-¡¿Así que me tengo que quedar este bicho que no sé ni lo que es, esta especie de burro piojosos…?
-Mula, es una mula. ¿Qué pasa? ¿No has visto ninguna hasta ahora? Son muy diferentes a las que aparecen en las películas de dibujos animados, ¿verdad? Vaya señoritingo de ciudad-
Esto último lo dijo el funcionario del ayuntamiento sin que Abel lo pudiera oír. Sí se percató de la falsa sonrisa de su cara, algo así como un gesto entre la ironía y la burla. No le sorprendió. Clara siempre reprochó precisamente eso mismo, que no iba a ser fácil la adaptación ni que les recibirían con los brazos abiertos como maná caído del cielo, pero a Abel le pudo más la ilusión y los sueños peregrinos de encontrar un lugar en el que arraigarse. Ahora su máxima aspiración era que su pequeño, que ya estaba al caer, creciera en un entorno idóneo, en mitad de la naturaleza, en un pequeño pueblo paradisíaco rodeado de montes y bosques, con un río de agua clara y el sonido envolvente de los pájaros por las mañanas. Nada de ese maldito tráfico, de ese ir y venir sin parar en un trajín interminable que te atrapa y te devora en una angustia permanente, apilados en un cuchitril mugriento por el que hay que pagar una riñonada.
Clara se acariciaba la prominente tripa de treinta y cuatro semanas mirando fijamente a la mula. De repente, sin venir a cuento, soltó:
-Abel, esta cosa seguro que transmite enfermedades.
-¡No me jodas, Clara! De toda la vida han existido animales de granja conviviendo con humanos en la misma ubicación. Simplemente lo dejamos suelto por el terreno durante el día y por la noche metemos a eso, a la mula, quiero decir, en el cobertizo.
-Seguro que tiene cantidad de parásitos, Habrá que consultarlo con el pediatra cuanto antes. No me apetece que nazca Miguel y que tengamos esa fuente de infecciones tan cerca.
Y así, mientras mantenían una discusión que subía de tono por momentos, con unos cuantos reproches aunque sin llegar a los insultos, la joven pareja se metió en la casa. La mula siguió a lo suyo, ajena a las disquisiciones de estos nuevos amos humanos que habían surgido de un lugar desconocido, quizás de una galaxia muy lejana o incluso de otra dimensión. Qué más da. Lo importante es que iba a seguir disfrutando de la vida como una señora marquesa, que es lo que se merecía después de tantos años cargando aperos y fardos, subiendo cuestas con un peso que le había machacado la espalda. De hecho, tenía alguna vértebra fastidiada y un principio de artrosis que le provocaba un intenso dolor en la pata delantera izquierda, herencia de su madre, una yegua percherona que con la edad padecía dolores recurrentes en las articulaciones. Nada que ver con la familia paterna, poderosos burros de carga que mantuvieron todos una vida laboral bastante longeva. No se va a lamentar nuestra mula de no poder ir al fisio para curarse la lesión puesto que no están disponibles para burros, asnos y similares. Seguirá con su apacible estar, paseando por la pradera que la acoge como hogar desde hace ya una década, comiendo la suculenta hierba que en esta época del año brota más tierna que nunca. Hay que decirlo todo: esta mula también ayuda lo suyo contribuyendo a que el campo se mantenga verde y hermoso, abonando recurrentemente mientras camina, pero no me apetece ofrecer más detalles al respecto. A lo lejos se escucha la discusión de la pareja de humanos raros e imberbes que han venido a domesticarla de nuevo. Su cerebro equino se empeña en guardar en la memoria la cara entre pasmada e idiota con que estos dos seres la miran sin atreverse siquiera a alargar la mano ni menos aún a acercarse. Qué más le da a ella, extasiada como está con su pasatiempo favorito. El sabor de la hierba recién cortada se esparce por su boca mientras las alargadas hojas verdes y húmedas revolotean por lengua, dientes y mandíbula. El día comienza a apagarse y nuestra mula ya sabe que tendrá que pasar la noche en el acogedor establo que la resguarda con calorcito en invierno y frescura en verano. Otro día más de paz y serenidad para los seres de cuatro patas. Lo que les ocurra a los de dos ni le interesa ni es de su incumbencia.

Maite Bustos
Grupo A


La mula trémula
(Versión copla)

La mula trémula versión copla
Harta de tanto pecar,
se fue a confesar la mula,
pero el cura, en el altar,
no quiso darle la bula.
La pobre se vio burlada
y se hizo un juramento:
seré mula inmaculada
hasta mi último aliento.

Entre dudas especula,
su mal paso no calcula,
y se entrega a la alegría
con arriera algarabía.
Huyendo de la molienda,
por el monte se desvía,
sin que nadie ponga rienda
a su loca rebeldía.

Pero al llegar frente al mar,
su inmensidad la atribula
Oye a una ola murmurar
que al animal estimula:
¡Aléjate del pecado
que tu espíritu inocula!
Y al linde de lo sagrado
vuelve trémula la mula.

Calgari
Grupo A


Camila

Nadie en la familia aceptó de buen grado la extraña actitud del abuelo. Solo su hija, mi madre, mostró alguna comprensión: «Es la pena», lo justificó. La abuela María había muerto unas semanas antes. Paco y ella habían formado una pareja bien avenida y cariñosa durante más de cincuenta años. Siempre se quisieron con locura. Al contrario que la mayoría de los abuelos de mis amigos, se hacían continuas muestras de cariño. Un beso cada mañana, una caricia al cruzarse en el pasillo, un guiño cómplice…
Por eso no comprendimos que una mañana se levantara temprano, rellenara una alforja con algunos alimentos, fuera a buscar a Camila y se marcharan juntos al prado del Lombo Alto. Regresaron al anochecer y no dio ninguna explicación. Nadie se atrevió a preguntarle pues todos temíamos su humor intempestivo cuando se le incomodaba. Por supuesto, tampoco le preguntamos a ella.
El asombro llegó cuando eso mismo se repitió todos los días durante dos semanas. A mi padre se lo llevaban los demonios con las rarezas de su suegro: «No está bien de la cabeza, ya lo dice todo el pueblo». Mi madre le tiraba disimuladamente de la manga y le pedía que se callara.
La situación explotó cuando, una noche en torno a la mesa de la cocina, mi abuelo anunció que a partir de esa noche, Camila y él dormirían en su cama. «Y el mes que viene nos casaremos», añadió desafiante. Mi padre no pudo contenerse y soltó unas palabrotas que nunca le habíamos oído. Pero el abuelo no se arredró y aseguró que, si no pasaban la noche juntos en su cuarto, él se iría con ella a la cuadra.
«¡Dormir con una mula! Paco, tú te has vuelto loco», le gritó mi padre.
Nos dio mucha pena cuando la ambulancia se lo llevó al manicomio de Plasencia.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Mestizos

La mula y el burdégano se enamoraron a primera vista. Fue un flechazo inesperado, cuando ella daba vueltas en su noria de todos los días y él pasaba por el camino llevando una carga de leña. Lo que empezó con una mirada tierna y un rebuzno tímido fue pasando a mayores, llegando a una pasión incontrolada. Por aquellos entonces el rumor empezó a tomar cuerpo, llegando a oídos de la burra madre de él. Lista, pero mala y muy tradicional. Para empezar, tenía en muy alta estima el linaje que había engendrado al yacer con el caballo más apuesto de toda la comarca, que casualmente, era el caballo preferido del rico del pueblo, con el que se paseaba en días de fiesta, haciendo lucir su poder y su riqueza.
—¡Tú no puedes liarte con una mestiza como esa! Su padre es un burro que no tiene donde caerse muerto y su madre una yegua parda, que se iba con cualquiera.
Así le decía, sin contemplaciones la madre al burdégano enamorado.
—Bueno burra (era la forma en que estas caballerías se dirigían a sus progenitores, por el nombre de la especie de cada uno de ellos), no exageres. Al fin y al cabo yo también soy un mestizo, madre burra y padre caballo.
—¡Donde vas comparando a esos dos desarrapados pulgosos y sarnosos con la clase y la presencia de tu padre, el más apuesto de la caballada del amo, y las mías, la burra más aseada, limpia y cepillada de todos los alrededores!
—Yo no estoy comparando nada. La mula me gusta y quiero unirme con ella para toda la vida. Es trabajadora y cariñosa, me entiende y yo la amo apasionadamente.
—¡Tú eres un majadero! —terció el padre caballo— Yo no quiero que tires todo nuestro prestigio por la borda de una coz. No he trabajado para que tú lo malgastes todo con un amor de burdeganito tonto.
De esta manera transcurría la conversación entre la familia de equinos del burdégano. Más o menos a la vez, en casa de la mula tenía lugar una conversación sobre el mismo tema.
—Hija, no te fíes de ese burdégano, que lo único que quiere es yacer contigo y cuando quedes preñada, olvidarse de ti y buscarse otras. Que menudo aprovechado era su padre caballo.
—Yegua, te recuerdo que tanto los burdéganos como las mulas somos estériles. Que tenemos 63 cromosomas. Nunca me quedaré preñada. Además, mi burdégano no es como su padre caballo. Es fiel y está enamoradísimo.
—Eso parecen todos al principio, pero luego, si te he visto no me acuerdo. Nosotros somo honrados y trabajadores y la familia de tu burdégano siempre ha estado enfrentada a nuestra familia de mulas.
El padre burro no se metía en estas discusiones, pero también mantenía vivo el rescoldo que enfrentaba a la caballerías del amo del burdégano con las caballerías del amo de las mulas.
La historia trascurrió por las veredas que un lector inteligente bien puede imaginar. Pasado el tiempo acabó sucediendo lo inevitable, una desgracia que acabó llevando al burdégano y a la mula a la tumba. Por cierto, el burdégano se llamaba Romeo y la mula Julieta, casualidades de la vida.

Manuel Medarde
Grupo A


Pasos y cascos

Al alba, el arriero y su mula
bajan de la montaña al llano
por un sendero de piedras,
midiendo cada paso.

Sus alforjas van cargadas
con el peso de los años
con penurias, con tristezas
y con sueños olvidados.

Arriero y mula, mula y arriero
bajan cada jornada
entre desfiladeros,
buscando su sustento.

Escuchando al viento.
Empapados de lluvia.
Mirando al cielo.
Rodeados de silencio.

Al regresar, cada paso,
es una oración sin palabras
y su albarda va repleta
de renovados sueños y esperanza.

Su vida siempre será así,
bajar y después subir
por el mismo camino
que parece no tener fin.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Fons y el cencerro

Fons Muniz nació en La Jagua, al lado de un rio y entre surcos; no conoció otra escuela que la madrugada.
Tenía un arria de mulos y una espalda hecha al mismo molde: ancha, callada, resistente. Trabajó como un mulo toda la vida y la pobreza se le quedó de sombra, fiel como sus animales.
No hubo suerte ni herencia. Solo caminos de polvo, cargas de leña, sacos de grano y un cencerro colgado del cuello del mulo guía.
Ese cencerro era otra cosa.
Al amanecer, su tintineo bajaba por el rio y la cañada y despertaba a los ordeñadores de las vacas de la Sra Micaela, antes que los gallos cantaran. “Ya viene Fons”, decían, y el día dolía menos. La leche parecía más blanca con esa música pobre.
Al atardecer, el mismo sonido cruzaba los palmares hasta la puerta de su casa. Siete cabezas de hijos se levantaban de golpe: “Papá viene”. Sabían que la comida sería escasa, harina de maiz, con leche si Micaela le regalaba. Pero sus hijos sabían también que detrás del portón venía un hombre con las manos agrietadas y el corazón desbordante, repartiendo abrazos como quien reparte pan sin tenerlo.
Fons no dejó tierras ni ahorros. Dejó un sonido.
Cuando murió, los mulos ya no estaban. Pero en el caserío de La Jagua, todavía hay quien jura que algunas madrugadas, si el viento viene del norte, se oye un cencerro alegre abriéndose paso por el callejón, entre la niebla.
Y hay siete hijos, ya viejos, que siguen poniendo la mesa con un plato de más.

Miriam Esther García
Grupo A


La ópera

Muchos de mis conocidos dicen que soy un poco gilipollas. Ignorantes. Gentes simples que nunca entenderán a aquellos que, como yo, estamos destinados a distinguirnos de la mayoría, a marcar nuevas sendas en el devenir social. Yo acepto mi responsabilidad como representante de una estirpe de rancio abolengo, obligado a mantener unas tradiciones y, a la vez, ser capaz de explorar nuevas formas de comportamiento de los ciudadanos. Cierto que, en ocasiones, también me veo influido por los nuevos usos y costumbres que van apareciendo. Es el caso de lo que ha sucedido con la moda de las mascotas, esos animalitos que, como antes pasó con los coches, tienen estatus de miembro familiar. También yo elegí mi mascota. Ni cánido ni minino, ni animalito exótico de esos que tanto abundan. No, yo elegí una mascota acorde a mis orígenes: próxima, pero absolutamente diferente a lo habitual, sobria a la par que elegante, austera y noble. Llevó tiempo adaptar una zona de La Casa a sus necesidades: con su ducha, su spa, los armarios con ropa, el calzado, muy importante el calzado, incluso hubo que preparar su zona de paseo y otra de cultivo para que tuviera su alimento fresco, natural, ecológico. Y contraté a Santos para que se encargara de atenderla, de limpiarla, de preparar y cosechar su alimento, de comprobar que todo estaba a su gusto, que todas sus necesidades estaban bien atendidas. Hemos tenido diferencias sobre cómo tratar a Gertru, pero yo no acepto sugerencias de mis fámulos. Hacer lo que se le dice y cumplir, esa es su obligación. No hay alternativa, bueno sí la hay, en la calle siempre encontrará sitio. Parece que lo ha entendido porque no ha vuelto a contrariarme.
Hoy quería hacer la presentación de Gertru en sociedad. Quería llevarla a la ópera. Solicité que adaptasen el palco familiar para que esté cómoda y tenga comida y agua de la misma forma que los demás socios tenemos nuestras bebidas y canapés. No podrá ser, un incidente me tendrá alejado de los actos sociales durante una temporada. Recibí un fuerte golpe en la boca que me rompió varios dientes y me fracturó la mandíbula así que debo someterme a un período de cuidados médicos.
Llevo unos meses en este trabajo y les aseguro que no me aburro. La de caprichitos que puede tener un señor rico. Y yo a cumplir con ellos. El caso es que el señor decidió, por hacerse el diferente, el distinguido, que su mascota sería una mula. No podía ser un perro, un gato o, pongamos por caso, un cerdo vietnamita. No, él erre que erre, terco con la mula. Y compró una mula maragata con su certificado de pedigrí. Preparó un ala de La Casa como el mejor hotel y luego empezó la olimpiada de las tonterías. ¡Ropa! Válgame Dios, qué desatino. Pues nada, que vino su sastre a tomarle medidas al animal para hacerle trajes. Y luego lo del sombrero: un borsalino y un canotier, que yo ni idea de qué era. Intenté hacerle entrar en razón, pero sólo entramos en conflicto. Me dejó muy clarito que pagaba él, y mandar, pues también. Y me explicó que la elegancia viene de cuna, que es lo que distingue a un perfecto caballero y que la mula era una prolongación de sí mismo y de su familia. Será por eso por lo que ha colocado el certificado de pedigrí junto a los retratos de sus antepasados.
Ayer me dijo que preparase bien al animal porque hoy iba a vestirla de etiqueta para llevarla a la ópera. Joder, qué ganas de reírme en su cara, de decirle no cuatro sino al menos ocho cosas. Pero callé y preparé al animal: lavado, cepillado, herraduras nuevas, buen forraje. Ha venido el sastre con un esmoquin para la mula y una pedicura ¡para pintarle las pezuñas! No hacían vida de la pobre mula en su intento de vestirla y acicalarla. El señor se acercó a ver como estaban las correas por detrás y en ese momento, justicia divina, Gertru le tiró una taina y le dio en todos los morros. Le saltó varios dientes y parece que le rompió la mandíbula. Cómo me reí, para mis adentros, claro, al verlo caído en el suelo, atontado. Como postre Gertru le obsequió con unos cagajones recién horneados que le cayeron encima.
Yo me digo que si la elegancia viene de cuna también de cuna vendrá la gilipollez. Y el señor es un perfecto gilipollas.

Nicolás Casillas
Grupo A


Mula terca

No eres hermosa como una yegua,
tampoco tan insignificante como una burra.
Naciste, como un engendro y te utilizaron para la carga.
Nunca recibiste palabras bonitas, solo palos y gritos de un amo, “terco”, como un mulo.
Nunca te cepillaron, ni recibiste una sola caricia, aunque fuera fingida.
¡Ay, mula terca!
¡Tan poca vida!
Servir, comer y dormir, para con el alba,
comenzar con la carga de un nuevo día.

P.G.
Grupo C


Vivencias con el reino animal

He de reconocer que mi interés por los animales en mi infancia era evitativo, miedo y más miedo .
No me crie en un pueblo rural, y solo visitaba el reino animal de viernes a domingo y no siempre.
Me gustaba el campo, jugar con los primos y ver los animales sin interactuar demasiado con ellos, porque era un poco digamos "distinta", otros primos de Pamplona también iban a ese caserío, eran tan urbanitas como yo pero no actuaban como yo.
Precisamente había en ese campo tanto animales que yo era incapaz de saber quien era quien.
Pero mulos o mulas no había en ese mi mundo rural, eso seguro. Burros, caballos sí, ni sabía que cruce de animales daba como resultado las mulas, Las ovejas, cabritos. carneros y bueyes, no sabía ni quien era el macho ni la hembra, en fin un reino que no entendía, ni me interesaba, no quería ser veterinaria estaba segura.
Más adelante, ya mi curiosidad fue tomando forma y ahora tengo un poco más información .
Supe que las mulas fueron creadas para utilizarlas para el transporte y la carga y menospreciadas aunque adoptaste lo mejor de tu padre y de tu madre, no te valoraban en demasía, y también que la esterilidad de las mulas se debe a la diferencia cromosómica de las dos especies en juego y no se forman óvulos ni espermatozoides funcionales.
Cuando se consigue la fecundación el feto casi nunca es viable y actualmente la población ha sufrido un declive, ya apenas se utilizan para ferias a la largo de nuestra geografía.
Gracias al taller de escritura ya sé un poco más de las mulas/os. Nunca es tarde…

Carmina
Grupo A


La mula

Terca va la mula,
camino del abrevadero.
Cuando no da vueltas,
la testa se le nubla.

A doquier suelta coces,
negándose a caballero y
a montura.

Sólo el amo la guía,
tirando de rienda y
al grito de: “¡vamos mula!”

Eva Hernández
Grupo A


Mulatilla

En clase te escribí un poema recordándote. Volviste a mi memoria como un fantasma lejano, del que ya no tenía memoria ni recuerdos. Regresaste como una ola, alta y coronada con la espuma de nuestros trece o catorce años; llena de vida, de plenitud y de sueños.
Ahora podría repetir ese poema que surgió sin temor ni pudores entre estas líneas, pero ¿qué sentido tendría?...¿dime, qué sentido tendría? Estás muerta, muerta hace tanto, tanto tiempo y tantos años, que ¿qué, qué sentido tendría?
Ya nada, nada queda. Nada queda de tu piel oscura y tus cabellos negros y ensortijados, africanos, como ya nada queda de nuestro pasado y nuestra juventud, lejana, distante. Ya todo es ayer, recuerdos y, si acaso, memoria.
Descansa en paz Mulatilla. Ya te dejo tranquila dormir tu sueño eterno, que no, no vale la pena despertarte de él sólo para cumplir con estos deberes del taller de Escritura Creativa de la Casa de las Conchas.
Descansa en paz Mulatilla. Te dejo en paz, dejo en paz tu recuerdo y mi memoria.
Mulatilla.

Esperanza García
Grupo A


La “Jacinta”

−¡A formar! He dicho que ¡a formar, hostia puta! -ordenaba el sargento Sanchís, un tipo pequeñito con bigote, que parecía estar siempre enfadado con el mundo, escupiendo palabras malsonantes a todas horas. ¡Aquí no se mueve ni Dios, me cago en la leche! ¡Silencio, cojones, que viene el teniente Martínez!
−¡Atenta la compañía! Tenéis una hora para aprender el código Morse, -nos soltó el teniente, quien continuó hablando mientras Sanchís nos repartía unas hojas. Aquellos que sean capaces de aprenderse estos puntos y rayas de memoria, serán seleccionados para el curso de radiotelegrafista.
−¡Rompan filas! -nos mandó Sanchís con su peculiar voz.
Los soldados miramos incrédulos las veintinueve letras y diez números con aquellos signos y nos pareció imposible meterse aquello en la cabeza, y ¡menos en una hora! A pesar de las dificultades iniciales, mi compañero Julio Castaño y yo nos pusimos a ello. Nos íbamos preguntando cada poco, las vocales parecían más fáciles, la E, un punto, la I, dos puntos, la O, tres rayas… las más difíciles eran la X y la Y griega… Después de una hora nos hicieron formar en varias filas y nos fueron preguntando. A ver, deletrea tu apellido o te decían una palabra para que la transcribieras al alfabeto Morse. Muchos se confundían, algunos iban muy lentos y otros se quedaban atascados. Al final Julio y yo fuimos los que mejor lo hicimos, pasamos la criba y nos escogieron para el curso de radiotelegrafista. Para mí aquello supuso una alegría enorme, pues implicaba ir en la retaguardia y así nos libraríamos de pegar tiros a diestro y siniestro contra los republicanos.
Julio Castaño era de Badajoz, hablaba con un acento muy cerrado y a veces me costaba entenderle. Un tipo alegre, siempre con algún chiste en la boca, dispuesto a alegrar aquellos momentos de tanta tensión. Formábamos parte de la 61ª División que operaba en los Pirineos, comandada por el general Muñoz Grandes. Nuestra misión consistía en comunicarnos diariamente, a través de la emisora de campaña, con el cuartel general para dar el parte. La mayor dificultad no era el Morse, sino que los mensajes se enviaban cifrados, y la clave era cambiada cada dos días. Aquello sí que requería memoria.
Julio tenía que llevar a la espalda la centralita de campaña, un modelo alemán de diez líneas. Y yo cargaba con un telégrafo Ericsson que pesaba unos veinticinco kilos. Íbamos los dos juntos, siempre caminando detrás del acemilero Alonso, quien llevaba a lomos de la mula Jacinta las baterías que alimentaban a la emisora. Alonso, oriundo de Avilés, era el encargado de cuidar aquella bestia con tan mal genio. Si te descuidabas de pegaba una coz o te daba un mordisco. La mula tenía la cabeza gruesa, las orejas largas, las pezuñas pequeñas, con un pelaje bayo claro que el asturiano cepillaba con esmero todas las tardes. Jugábamos a las cartas y el que perdía tenía que darle un beso a la Jacinta, lo que era una heroicidad, pues en cuanto te acercabas abría su bocaza y si te descuidabas te dejaba la huella de sus dientes en la mejilla o en una oreja, mientras los demás de la compañía se revolcaban por el suelo y se desternillaban de risa. La habíamos bautizado con el nombre de Jacinta, en honor a la novia del Alonso, pues un día nos relató que por más que lo había intentado en numerosas ocasiones, solo fue capaz de robarle un beso justo el día que le llamaron a filas. A la mula Jacinta tampoco era nada fácil darle un beso en los morros.
Hacía unos días que había comenzado la gran ofensiva en el frente de Cataluña, cuyo objetivo final era la caída de Barcelona. Pero la contienda se libraba palmo a palmo. Nuestro batallón, de unos ochenta hombres, estaba apostado en el valle de la Noguera, al norte de Lérida, justo donde los republicanos se habían hecho fuertes. Y llegó el fatídico veintisiete de diciembre del año 38, una mañana de mucho frío, con una niebla muy cerrada.
−¡Me cago en tó lo que se menea! A ver quién tiene huevos y me sigue, que vamos a acabar con esa panda de rojos maricones -nos arengaba el sargento Sanchís con las primeras luces del día. ¡Y aquí no se mueve ni Dios, me cago en la leche, hasta que nos dé la orden el teniente Martínez! Todo el mundo en silencio, ¡hostia puta!
Sonaron varios disparos cerca de la compañía. Aunque no se veía un burro a tres pasos, el teniente dio la orden de atacar al enemigo, un susurro que corrió de boca en boca, apagándose en el eco de las trincheras. Nuestro batallón se encaminó hacia el valle, en absoluto silencio hasta el río. Hacía un frío de mil carajos, yo insuflaba el aliento en mis puños cerrados y miraba atónito las cejas heladas de Castaño. Alonso, el asturiano, que acariciaba y susurraba a la Jacinta para que no se asustara y nos delatara con uno de sus frecuentes rebuznos. Comenzamos a vadear el río Segre por el punto más estrecho. El batallón al completo fue pasando con el agua a la cintura y los fusiles en alto, Julio y yo fuimos los últimos en cruzar tras Alonso. El acemilero tensó fuertemente las riendas de la Jacinta, tratando de guiarla por dónde debía pasar. El río venía algo crecido por las últimas lluvias, la mula no debió pisar en firme y se dejó ir, río abajo. La bestia fue arrastrada con las baterías y Alonso agarrado a las bridas como si de un salvavidas se tratara. Julio y yo conseguimos cruzar, pero nos quedamos junto al río, detrás de una peña, esperando a que Alonso lograra cruzar con la mula y las baterías. El resto del batallón continuó avanzando. Estábamos empapados, nos estrujábamos las perneras del pantalón para escurrir el agua, cuando oímos varias ráfagas de ametralladora. Nos quedamos mudos, sin poder articular palabra, con el miedo en la garganta. Poco después la inconfundible voz de Sanchís, ordenando retirada, rota por una nueva ráfaga. Esperamos agazapados durante unos minutos, la niebla parecía levantar lentamente y el sol comenzaba a acariciar con sus tibios rayos nuestros helados rostros. Un espeso silencio nos invadió, no sabíamos qué hacer. Julio me hizo una seña, torciendo su cabeza hacia donde había sido el tiroteo. Avanzamos agazapados, sin hacer ruido, con la boca seca, cuando descubrimos los primeros cadáveres de nuestros camaradas. La niebla desapareció por completo y nuestros ojos no daban crédito: aquello había sido una escabechina difícil de olvidar. Los republicanos nos habían tendido una emboscada y solo pudimos rescatar a ocho compañeros heridos. Poco después apareció Alonso con la mula y las baterías cargadas en su lomo. Al verles me entró una alegría enorme, acaricié a la Jacinta, agarré su enorme cabeza, y le di un prolongado beso en sus belfos.
Aquel día no sé si fue Dios todopoderoso quien tendió su mano protectora y nos libró de engrosar las cifras de los que dejaron sus huesos en la contienda. O quizá fue la mula Jacinta, que anticipó el peligro, la que nos salvó la vida en aquella inútil guerra que segó la vida de muchos compañeros que se jugaron su existencia sin saber por qué o para qué.
Después de cambiarnos de ropa y refugiarnos en la trinchera lo preparamos todo para enviar el parte del día. El mensaje fue algo más largo que de costumbre: Ataque del enemigo en el río Segre. Martínez y Sanchís caídos. Sesenta y nueve bajas. A la espera de nuevas órdenes.

Jesús García
Grupo A


MOLLY

En un pequeño pueblo de no más de doscientos habitantes, de verdes llanuras y rodeado de altas montañas, vivía Molly la mula.
Cruce de un burro y una yegua; nunca conoció a sus progenitores. Había heredado el cuerpo de su madre, su elegancia y su inteligencia. De su padre tenía sus largas orejas, su cola y su fuerza.
Su nombre, no era una casualidad. Se lo habían puesto en recuerdo de la televisiva mula Francis, conocida en la vida real como Molly. Icono de los años 50, la mula Francis protagonizó 7 películas y fue la primera en ganar un premio PATSI, premio creado en 1939 por la Asociación Humanitaria Estadounidense para reconocer las actuaciones destacadas de animales en el cine y la televisión. Se podría considerar como el “Oscar” de los animales. Pero, a pesar de coincidir en nombre no parecía que el futuro de esta Molly fuera a ser tan estelar.
Aun así, para sus dueños, una joven pareja de agricultores, sí era la gran estrella de su casa. Ambos, trabajadores incansables, dependían de ella para todas las tareas que les daban de comer. Por esta razón, la cuidaban con mimo.
Molly trabajaba de sol a sol y en cualquier época del año. Y es que siempre había algo que hacer en el campo. Le gustaban particularmente los meses de marzo a junio. Era entonces cuando estallaba la primavera en todo su esplendor y los campos se preparaban para ser sembrados. Tocaba arar la tierra aprovechando que estaba blanda y húmeda.
Para tan ardua tarea, disponiendo solo de Molly, sus dueños le buscaban una ayudante. Era muy común solicitar a un vecino otra mula para yuntar y así, con el arado enganchado a ambos animales, se comenzaba a arar la tierra. Lo de trabajar en equipo se le daba bien a Molly. Esta labor, aunque repetitiva y monótona, no era de las que más desagradaba al animal.
Sin duda, lo que peor llevaba era ir a buscar vicio para fertilizar las tierras. Cada vez que colgaban en su lomo aquellas alforjas, ya sabía lo que tocaba. A pesar de ello, lo hacía de buen grado, ya que su dueño, sabedor de su aversión a ese quehacer, ese día la premiaba con heno de alta calidad que mezclaba con paja y forraje.
Había en aquella casa dos pequeños diablillos que hacían sus días más divertidos. Cuando los veía llegar corriendo, gritando y riendo, Molly abría su hocico estrecho y largo y batía su prominente mandíbula dejando a la vista su hermosa dentadura, quedándose los niños obnubilados ante tal visión. Le gustaba llevarlos a cuestas sobre su grupa y galopar como si de un caballo se tratara para deleite de sus ocupantes.
Los años iban pasando y Molly, con 35 primaveras, ya no era la misma. Cada vez le costaba más aguantar los largos días en el campo, soportar cargas pesadas o recorrer largas distancias. Lo de “trabajar como una mula” se estaba convirtiendo en un reto. Sabía que ya no era de utilidad para sus dueños y temía el destino final que habían previsto para ella.
A sus ojos, se le presentaban varios escenarios posibles: o que la malvendieran a cualquier usurero que hiciera de sus últimos años un infierno, o, peor aún, que fríamente la sacrificaran y acabara tirada en un lugar inhóspito siendo pasto de cualquier bestia.
Pero los años no habían pasado solo para Molly. Sus dueños también habían envejecido y ya no podían trabajar las tierras como antes. Como suele suceder, tampoco contaban con el relevo generacional porque aquellos pequeños diablillos hacía mucho que habían abandonado el nido para dedicarse a otros menesteres. Así que, con este panorama, habían conservado unos terruños para su entretenimiento y sustento personal, que ya no requerían de los servicios de Molly.
Pudieron ejecutar cualquiera de los escenarios descritos anteriormente para el final de Molly, pero, el vínculo que habían creado con ella durante casi toda una vida, les impedía deshacerse de su tesoro más preciado.
Así fue como Molly pasó sus últimos años en la casa que la vio nacer y crecer, cuidada y mimada por esa pareja de ancianos agricultores hasta su aliento final.
Quizá no fue una gran celebridad como su tocaya, la mula Francis, pero sí fue la estrella que más brilló en aquella casa de aquel pequeño pueblo de apenas doscientos habitantes.

Verónica S.S.
Grupo C


Dos mulas

Cuando yo era un chavalín, recuerdo que mi abuelo Bernabé, en la cuadra de su casa tenía dos mulas, las cuales las utilizaba parte del año para arar las tierras, y en el verano en la era para realizar la trilla.
Las dos tenían nombre, una era la “Andaluza”, y la otra “la Extremeña”. El gitano que se las vendió ya las traía el nombre puesto, pues cada una procedía de una comunidad distinta, y lo curioso, es que obedecían a los nombres impuestos.
Yo, durante el verano echaba una mano en lo que podía o me dejaban dentro de las labores del campo. Una de las cosas que me gustaba, era cuando mi padre extendía el trigo o la cebada en la era, sentarme en el trillo y dar vueltas y vueltas encima de la mies, para separar el grano de la paja.
Las dos mulas, después de estar trabajando todo el día, cuando al anochecer se les quitaban todos los aparejos, que las mantenía atadas al trillo, salían disparadas como un cohete, hasta una acequia, que había a unos trescientos metros, por donde pasaba el agua para regar el sondeo, cuando se saciaban volvían a la era, y desde aquí a la cuadra de la casa de mi abuelo a descansar hasta el día siguiente.
Pero me acuerdo de oír unas palabras que nos dijo alguna vez, a tener en cuenta al quitar los aparejos , !Cuidado, las mulas son muy tercas, no os pongáis delante cuando van a beber agua, no las puede parar nadie!.
Claro, luego continuaba diciendo más cosas, era muy irónico hablando, !Son como las mujeres, cuando quieren una cosa, la consiguen, no os pongáis delante!.
Yo, por aquel entonces no lo entendía, pero ahora tampoco.

Luis Iglesias
Grupo B

Escribir a diario

Con el grupo C del taller de Escritura Creativa tuvimos una sesión especial que dedicamos a los diarios, un género de moda en estos últimos años.
Partimos del artículo de Juan Bonilla "Auge de un género: los diarios, literatura del yo" para comprender el porqué de ese auge de la literatura del yo.
Hablamos de diarios como el de Ana Frank, del Diario de una enfermera de Isla Correyero o del Diario de un albañil de Santos Jiménez.
También hablamos del libro Diario secreto de Pulgarcito, un libro en el que Philippe Lechermeier pone en primera persona la historia de Pulgarcito. Las ilustraciones son de Rebeca Dautremer.



Y le dedicamos un tiempo a los Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, magníficamente ilustrados por Francisco Meléndez.



Tarea de escritura

Propusimos escribir el diario de Adán el de Eva, o ambos, en los siete primeros días de la creación. Nos acercamos de este modo al trabajo de Mark Twain.  


Y estos son algunos trabajos enviados hasta ahora:




Diario de un enamorado

Hace tiempo que te veo pasear con tus amigas. Es domingo y la calle principal baja llena de gente. Te miro, buscando ser correspondido; “de ilusión también se vive”.
¿Seré capaz de acercarme y decirte lo que siento?
No quiero que el tiempo borre lo que ahora pasa por mi cabeza. Ya sé que es muy difícil guardar un escalofrío.
Es tarde y antes de ir a dormir, escribiré y guardaré en mi diario lo que mi corazón siente y mi alma, cobarde, no ha sido capaz de transmitirte.

P.G.
Grupo C


Diario de un nihilista

Hoy es un martes de abril: no se me ocurre nada que escribir

Miércoles: sigo sin saber cocinar. Me voy al restaurante. Hoy hay cocido. Está bueno.

Jueves: me he levantado pletórico y con las mismas me he vuelto a acostar.

Viernes: ¡At last Friday! Bonita película para alguien a quien le guste bailar, a mí no.

Sábado: quizás vaya al cine. No me convence lo que hay en cartelera.

Domingo: llueve y hace frío. Me decido y voy a por el periódico. Me tomo un café en el bar de la esquina. Leo un par de artículos. Nada interesante.

Lunes: sigue lloviendo. Viene Pepi, nuestra asistenta. Me voy de casa para no molestar.

Araceli Sebastián
Grupo C


Diario de un hada

Querido diario:

DÍA 13 DE ABRIL DE 2026 (Lunes)

Hoy ha sido un día difícil. Bueno, como todos los lunes. ¡Quién los inventaría!
Mis lunes favoritos son los que estoy de vacaciones o de moscoso; esos sí son buenos.
Me cuesta mucho madrugar, pero bueno, qué remedio, por algún día hay que empezar la semana.
Los lunes toca clase de varita mágica.
Campanilla ha llegado tarde como siempre. Padece de insomnio, o eso dice ella. Yo creo que más bien es porque tiene mil historias en la cabeza, algunas reales y otras inventadas. Así que se pasa las noches en vela hasta bien entrada la madrugada y luego, pues claro, se queda dormida.
Después de la clase hemos estado fabricando polvo de hada, metiéndolo en tarros y clasificándolo. Ya te he contado que hay de muchas clases dependiendo de la intención, jajaj.
Para rematar el lunes, nos han anunciado que tenemos que comenzar con los preparativos de la fiesta de primavera. Buf, la que nos espera. Las princesas deben estar como locas ya.
En fin, no voy a pensar en eso ahora. Mañana será otro día...

DÍA 14 DE ABRIL 2026 (Martes)

Como te dije. Ya no hay paz en el reino.
A primera hora me ha llamado Aurora (la Bella Durmiente) y estaba atacadísima. Es llegar una fiesta y no hacemos vida de ella.
Como no funcionó la historia con aquel tío que la besó para despertarla, está obsesionada con encontrar novio. Se recorre todos los atelieres del reino y, rueca que ve, rueca con la que se pincha. Tiene los dedos de las manos destrozados. Piensa que si se queda dormida, otro príncipe tendrá que venir y besarla para despertarla. Así que quiere estar guapa para la noche de la fiesta. Me ha dicho que no piensa dormir en toda la semana para así llegar agotada al sábado y caer en un sueño profundo. Piensa que va a ser su noche y que su príncipe, transcribo literalmente, vendrá a recatarla de los brazos de Morfeo. Con lo cual, con estos precedentes, no es de extrañar que me haya encargado un camisón para esa noche en lugar de un vestido. Madre mía, ¡a ver quién le dice que no! Le diseñaré un vestido/camisón.
Mañana he quedado con Blancanieves y con Cenicienta, a ver si entre las 3 logramos calmar a Aurora y le damos, qué sé yo, una dosis alta de valeriana.

DÍA 15 DE ABRIL 2026 (Miércoles)

Esta mañana, cuando me he despertado, tenía el ala derecha entumecida. Debo de haber dormido sobre ese lado. Así que me ha costado levantarme. Además, la mitad de la semana ya se nota.
He pasado la mañana en el taller de costura con los vestidos de las damiselas del reino.
Algunos modelos son pura extravagancia.
Por la tarde, Blancanieves y yo hemos ido a casa de Cenicienta. Lo de esa mujer con la limpieza no es normal. Antes de entrar en su casa, ha hecho descalzar a Blancanieves. Una vez dentro, hubiéramos podido tomar el té en el suelo. Ni una mota de polvo, ni una mancha. Todo impoluto. No te digo más que yo he estornudado y se me ha caído un poco de polvo de hadas, pues ha salido corriendo a por el mocho, un trapo y la fregona. ¡Increíble!
Hemos tratado el caso de Aurora, pero no encontramos solución. Además, Cenicienta está superagobiada. Su madrastra no cesa de llamarla para hacer una comida familiar. Quiere arreglar las cosas para ver si esta Nochebuena pueden cenar todos juntos. Si Cenicienta supiera... Pero esto te lo contaré otro día.

DÍA 16 DE ABRIL 2026 (Jueves)

Esta mañana, cuando estaba tan tranquila disfrutando de mi café de primera hora, se ha presentado en mi casa árbol Campanilla hecha una furia. Ha empezado a soltar una retahíla de cosas a tal velocidad que me costaba seguirla. Te lo resumo para que te enteres: pues que cree que Peter Pan está organizando un viajecito con Wendy al que ella no ha sido invitada. No es la primera vez que esto pasa y nunca acaba bien. Después de soltar su verborrea, sin dejarme ni siquiera contestarla, ha extendido sus alas y se ha marchado. Típico de ella.
Con las mismas me he ido al trabajo, que hoy teníamos la prueba de los vestidos de primavera.
De verdad que no soporto a la madrastra de Blancanieves. Que si ella es la más guapa, la que mejor tipo tiene, que mira qué pelazo, que menuda cara tan perfecta...Claro, hija, ¡si vas hasta arriba de bótox! Menos mal que cuando ha venido Blancanieves ya se había ido porque la pobre ha llegado hecha un mar de lágrimas. No me ha querido contar qué le pasaba y, tampoco he podido hablar mucho con ella porque estábamos hasta arriba de trabajo. A ver si mañana me acerco a visitarla, porque hoy nos ha tocado hacer horas extras y estoy que no me tengo en pie.
Así que, mañana te contaré...

DÍA 17 DE ABRIL (Viernes)

Como ya te dije ayer, Blancanieves no estaba nada bien, así que después de trabajar he ido a verla.
Cuando he llegado a su casa, la escena no podía ser más surrealista: Blancanieves llorando y comiendo helado de chocolate como si no hubiera mañana; Cenicienta limpiando aquella casa como si le fuera la vida en ello y Aurora totalmente espídica, moviéndose de un lado para otro sin parar de hablar.
El problema de Blancanieves venía a ser el de siempre. Y es que, desde que adoptó a los siete enanitos, no ha tenido un día de tranquilidad. Cuando no es uno, es el otro.
Dice que no puede con Gruñón, que ya no sabe qué hacer para contentarlo y que todo lo que hace le parece mal. Que Mocoso ha empezado con la alergia y no para de estornudar. Y que hay días que no puede con el optimismo de Feliz, le supera. Del único que no se queja es de Mudito. Dice que no le da un ruido y que ojalá todos los demás fueran así.
Cenicienta, entre lavadora y lavadora, le ha dicho que hable con su marido para que le ayude más en casa. Que ella es muy afortunada con su príncipe en ese sentido, que la ayuda mucho.
¡La pobre! ¡Si ella supiera! Ni siquiera a ti me atrevo a contártelo.
En fin, parece que Blancanieves se ha desahogado y se ha quedado más tranquila. A ver cuánto le dura.
Me voy a dormir ya, que mañana es la fiesta y va a ser un día muy largo.

DÍA 18 DE ABRIL 2026 (Sábado)

Estoy agotada. Menuda nochecita.
Como ya te dije ayer, hoy ha sido la fiesta de primavera.
Por la alfombra roja ha desfilado lo más granado de todos los reinos. Hasta Fiona y Shrek han venido de su reino “Muy Muy Lejano” para el evento. Una pareja encantadora, por cierto.
No es porque haya trabajado yo en la elaboración de esos vestidos, pero eran todos espectaculares, incluso los más extravagantes.
Pero volvamos a la fiesta.
Todo parecía ir bien hasta que ha llegado Wendy. Peter Pan no paraba de mirarla. Campanilla, que andaba ojo avizor, ha cogido un puñado de polvos de hada y los ha lanzado a los ojos de Wendy. La pobre chica se ha tenido que ir a urgencias porque no era capaz de abrir los ojos. Esta vez se ha pasado. Nadie ha visto que haya sido ella, así que, cuando se ha percatado de que Peter Pan se iba al hospital, ha salido volando detrás de él. Con lo cual ha quedado como el hada buena e inocente que es a los ojos de Peter Pan. No es mala, pero estos celos enfermizos la traicionan.
Superado este episodio, aparecen en escena las hermanastras de Cenicienta. Para que entiendas la historia, te voy a contar lo que no era capaz de decirte el otro día, pero que no salga de aquí, aunque me temo que es un secreto a voces.
El marido de Cenicienta y su hermanastra la mayor se entienden. Vamos, que son algo más que cuñados. Cenicienta o no lo sabe o no lo quiere saber.
Esta noche no se han cortado ni un pelo: que si bailando juntos, bebiendo, comiendo, riendo, que si miraditas por aquí y por allá... Ha habido un momento en que han desaparecido del baile y los he seguido. Allí estaban en el jardín muy acaramelados. He intentado llevar a Cenicienta para que viera la escena, pero, cómo no, ha perdido un zapato. No gana para zapatos esta mujer. Así que, entre que lo encontraba y no, juraría que no los ha visto. Y al final, sin zapato que se ha ido. Sinceramente, yo creo que lo sabe, pero se hace la tonta.
Por otra parte, he de decir que Aurora estaba espectacular con su vestido/camisón. Eclipsó a un chico guapísimo de ojos azules y con buen porte. Estaban hablando animadamente hasta que ella se ha quedado dormida profundamente sobre su hombro. Hemos intentado despertarla, pero no ha habido manera. El chico ha dicho que él no iba a besarla, que acababa de conocerla. Así que la hemos llevado a casa y en su cama la hemos dejado. Tardará en despertar, seguro.
Blancanieves se tuvo que ir temprano porque a Mocoso le había subido la fiebre. En ese momento su madrastra ha visto el cielo abierto y se ha empezado a pavonear delante de todos. Esta mujer no tiene límites.
Y por lo demás...

DÍA 19 DE ABRIL (Domingo)

Discúlpame, pero ayer estaba tan cansada que me quedé dormida escribiéndote. Ya te había contado lo principal. Lo demás fue lo de siempre.
Hoy he ido con Blancanieves a ver a Aurora y ahí seguía, durmiendo, tan plácidamente.
Así que con las mismas nos hemos ido a tomar el té a casa de Cenicienta. Cuando hemos entrado, estaba todo patas arriba, nada normal en ella. Había cajas de zapatos por todos lados. La mayoría con un solo zapato. Se ha venido abajo y nos ha confesado que hace tiempo que sabía de los escarceos de su marido con su hermanastra. Pensaba que había sido una sola vez, pero ayer, mientras buscaba el zapato en la fiesta, los vio besarse en el jardín.
Lo ha echado de casa. Creo que lo de la cena de Nochebuena tampoco va a ser este año.
En fin, mañana lunes otra vez. ¡Buf! ¡Qué pereza! Y qué ansiedad. Me voy a tomar mi infusión de melatonina, a leer un rato y a dormir. A ver qué me depara la semana que viene....

Verónica S.S.
Grupo C


Diario de unas despedidas

Lunes 14 , 17:57
De regreso a casa, los cerezos del parque nunca estuvieron tan espléndidos. Recibo una llamada de mi Empresa. Sospecha de malos augurios.

Martes 15, 7:55.
Camino hacia el trabajo. El arce japonés de Entrevías se despereza. Me recibe el Director de Recursos Humanos. Sin corbata y con cuatro pelillos ensortijados en la frente, muestra sus dientes de (estamos contentos contigo y necesidades de reestructuración). Miro a la clivia florida junto al ficus de su despacho y balbuceo un cobarde (Lo entiendo). No reacciono, total, mi autoestima está por debajo de la cofia de la raíces. En casa, cierro la persiana.

Miércoles 16, 9:00
Me levanto con la fuerza indiferente y la carga del cheque finiquito, un aroma de (esto es lo que valgo). El Banco me recibe con el mimo del consuelo del reo. (Le entiendo).Usted, ¿Qué entiende? ¡Mamón!. Tampoco hay que ponerse así.

Jueves 17, 10:45
Subo la persiana del autómata. A las 11:00, camino a la Oficina del Inem para engrosar las estadísticas de los cenizos. Firmas y más firmas. Entro en presidio. No se preocupe. Déjeme en paz, ¡Capullo!

Viernes 18. 16:00
Me oprime hasta la catarata incipiente del ojo derecho.

Sábado 19, 11:11
Me llama mi pareja. ¿Cuándo firmamos?. El abogado espera. Más firmas.

Domingo 20 , 00:01 
Ya soy el "ex " de toda mi vida.
Los narcisos comienzan a secarse.

GuADAlupe
Grupo C


Diario de un asesino

Lunes, 12 de abril

Querido diario:´´
Una nueva pareja de depravados ha llegado al barrio, desde mi ventana, observo cómo mariposean y canturrean entre sus cajas sin desembalar. La Voz me susurra que debo actuar y así será.

Martes, 13 de abril

Querido diario:
Son dos hombres de unos 50 años, muy maricones, uno negro y el otro oriental, este país se va a la mierda, la Voz es firme y muy alta, me exhorta a seguir su mandato, de momento he empezado por el barrio, los de la semana pasada ya están en lugar seguro y éstos no tardarán.

Miércoles, 17 de abril

Querido diario:
Hoy he conseguido presentarme a los nuevos vecinos, he ido a ofrecerles mis servicios como paisajista y jardinero, mis proyectos les han fascinado, no paraban de hacerse arrumacos, ¡qué asco!

Jueves, 18 de abril

Querido diario:
De nuevo en la ferretería, he de reponer hacha, sierra y bolsas. El ferretero tarda en atenderme, charla con un cliente sobre tamaños de maceteros, le explica que son tendencia en lo que a decoración exterior se refiere.

Viernes, 19 de abril

Querido diario:
La furgoneta está lista para el nuevo sacrificio, la Voz insiste, ¡ha de ser YA!

Sábado, 20 de abril

Querido diario:
¡Qué incautos y confiados! Pasaron a la furgoneta alegremente, ellos creían estar confirmando el proyecto deseado…¡Ya no salieron!
Más tarde me dirigí al trabajo que tengo a medio hacer al otro lado de la ciudad, allí distribuí las bolsas en grandes maceteros que la propietaria había dispuesto formando un corazón, festejaba sus bodas de plata, el nuevo paisaje daría escenario a la celebración.

Domingo 28 de abril

Querido diario:
Las fotos de los maricones han salido en la prensa, según la noticia “los desaparecidos” formaban parte de un prestigioso grupo de abogados, sus colegas tienen contactos importantes y están removiendo mucho, lo único que han encontrado es una casa llena de cajas sin desembalar y una tarjeta que anuncia mis servicios fijada al frigorífico.

Lunes, 29 de abril

Querido diario:
Muchos invitados tomaron fotos del jardín, la fiesta fue un éxito, creo que los maceteros van a salir en una famosa revista de decoración paisajística, la dueña está encantada.
Ahora me ha pedido cambiarlos de lugar, quiere formar un pasillo amplio que dé acceso a la entrada principal de la gran mansión.
Mientras distribuía los maceteros llegó la policía, querían hacerme algunas preguntas sobre mi entrevista con los maricones, les he explicado lo que sé sobre sus gustos en cuanto a jardines y poco más…las policías me felicitaron por mis habilidades paisajísticas y me tomaron algunas fotos junto a los maceteros, no descartan imitar la idea, yo tampoco descarto repetirla.

Martes, 30 de abril

Querido diario:
La Voz está muy satisfecha, hoy me ha pedido que descanse y que mañana haga averiguaciones sobre las policías que me visitaron, a mí también me generaron dudas… ¡Éste país se va a la mierda!

Teresa Fernández Pacheco
Grupo C