Cuatro muleros

Esta semana llegamos a la sala de Fondo Local con una recua de mulas. Somos arrieros de palabras que nos encontramos en los caminos de la escritura y la biblioteca es un buen lugar para hacer trueque con lo que cargamos en nuestros serones. Así que dejamos las acémilas en la puerta y una vez en el interior ya las echábamos de menos. La sesión fuera un elogio a la mula. 
Desconozco si en Mula (Murcia) o en Mansilla de las Mulas (León) existe alguna Asociación de Amigos de la Mula. Nosotros quisimos contribuir al escaso fondo literario que hay sobre este animal que fue motor de la España rural cuando aún no existía la locomotora. 


© Tito Abellán


Hablamos de la importancia de este animal. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación recoge en este documento un montón de refranes que atestiguan la presencia de las mulas en el lenguaje popular. Y no gozaban de mi buena presencia al hilo de lo que mientan dichos refranes.
Richard Ford en uno de sus múltiples viajes señaló lo siguiente a cerca de las mulas y de sus dueños. Nótese la ironía: 
“Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande”.
Destacamos los artículos "Elogio de la mula", de Carlos Casas Nagore, un maravilloso homenaje a las mulas con grabados y fotografías y una buen documentación y "La vida secreta de las palabras: Mula" de Guzmán Urrero y el cuento "La mula" de Arturo Uslar Pietri.
También recomendamos la novela de Juan Eslava Galán titulada "La mula". El texto de contraportada anima a su lectura: "Al humilde cabo Juan Castro le importa más encontrar a su mula preferida que ganar la guerra. Por eso sale tras ella y, poco después de atravesar la línea de frente, se ve envuelto en un episodio tan peligroso como hilarante que, contra su voluntad, lo va a convertir en un héroe de guerra. La mula es una atrevida desmitificación de la guerra civil.". El libro inspiró la película dirigida por Michael Radford con el mismo título. Puedes ver aquí el tráiler.

Y cómo no, recordamos a la mula más famosa, la mula Francis, una mula birmana que se convirtió en un éxito de la gran pantalla y que causó furor entre el público en los años 50. Aquí la puedes oír hablar por teléfono. Y aquí tienes un fragmento de una de sus películas.

Y para los más pequeños de la casa recomendamos "La mula chula", un álbum ilustrado en el que se cuenta cómo una mula, cansada de tanto trabajar en el campo, decide marchar a la ciudad para hacer realidad su sueño. Pero hasta lograrlo tiene que pasar por múltiples trabajos. Menos mal que la mula es trabajadora y terca. 

Rematamos esta entrada con dos poemas. Uno de Mayte Gómez Molina, de su libro Los trabajos sin Hércules y otro de Antonio Machado:

I.

Yo trabajo como una mula
Las mulas son cruces
entre caballos y burras y son
estériles
Quizás trabajar como una mula viene de
que toda tu vida es trabajo ya que
no puedes parir no puedes criar
no puedes crear,
relincha come
tira del arado espanta las moscas
vuelve al corral
En el pueblo de mi primer novio había
una mula atada a un palo
y a su alrededor había dibujado un círculo perfecto,
el radio de su cautiverio,
esclava como los corceles de un tiovivo
condenados a girar en torno a un eje
esperando, siempre esperando
a que se parta la cuerda
el motor la fusta
el arado
Lo que la mula no sabía ni
nosotras tampoco
es que si se parte la cuerda
nos quedaremos a un paso del perímetro,
dibujando un círculo nuevo
cerca de la comida y lo conocido
¿Quién nos va a volver a enseñar a no hacer nada?


La noria

La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.


Propuesta de escritura

Escribe un texto con una mula como protagonista. Puedes evocar algún recuerdo real si conociste o cabalgaste alguna mula.


Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora:



La mula

A Vale no lo cristianaron así. Le han abreviado incluso el apodo: a muchos con su nombre les dicen Valen, y todo el mundo reconoce el seudónimo. Pero él, para todos es Vale.
El maestro - aunque hace mucho que él no va a la escuela – se sigue refiriendo a él como Valentín el Afortunado, argumentando que, si lo apostilla así, es porque todo el mundo le da su beneplácito cuando lo llaman por su nombre: Vale.
Sostiene el maestro que se trata de una aquiescencia universal con su persona.
Aunque ahora mismo parece que la diosa Fortuna le haya dado la espalda, porque lo encontramos con una lágrima abriéndosele paso por el polvo acumulado en la mejilla. Y el mismo no está seguro del porqué.
Podría ser por el despecho que siente por lo que le acaba de ocurrir. O por la preocupación de cómo se lo va a decir al Dioni, cuando lo vea. Quizás la salada gota resbala en honor de la mercancía y el beneficio perdidos. A lo mejor llora de la rabia que le da el que se le esté cayendo una lágrima, porque como bien sabe todo el mundo, en esos duros años de posguerra, los hombres no lloran. Y él es ya todo un hombre con sus diecisiete años, recién estrenados el mes pasado.
Menos mal que aquí arriba, aparte de las águilas, los lobos y las cabras de las majadas de algunos cabreros, nadie es testigo.
Se lo dijo al cabo de la Guardia Civil, cuando este le abordó en la Plaza de la Independencia el otro día, para decirle: - Mira, chaval, sabemos en qué te andas metiendo. Te aconsejo que no sigas con eso. Tu padre me caía bien, y tú no tienes porqué caerme mal, pero no esperes ningún trato de favor. Si te pillamos en una revuelta del camino del rebollar con las acémilas cargadas de lo que no tienen que ir cargadas, se te cae el pelo.
Vale le contestó: - Mire, mi cabo, le agradezco el consejo, pero yo no estoy metido en el estraperlo, si es eso lo que me está diciendo. Pero que sepa que, si alguna vez tuviera que elegir entre el hambre de mi madre y mis hermanos o el peligro de que me metan preso, por contrabandear o por lo que sea, elegiría sin dudarlo lo segundo. Sin dudarlo. Aunque ya le digo que le han informado mal al respecto, y yo no sé nada de esos alijos de los que me habla sin referirse a ellos.
Así de clarito se lo dejó.
Mira que el Dioni se lo había avisado: - Vale, te voy a dejar la mula porque no dormiría a gusto esta noche si no lo hiciera, pero dos cosas te digo. Una, que si me preguntan si lo hice, diré que no y que fuiste tú el que te la tomaste prestada del corral. Y la otra, que tengas cuidado con ella. Que, si las mulas son tercas por naturaleza, esta no es terca, es Juan Martín el Empecinado. Si le da por no moverse, ya le puedes dar palos, que no se mueve hasta que no le da la gana.
Jala de la reata Vale, mientras el sol se va asomando por sobre la Sierra de Tormantos y se reconcome por no haber hecho caso del aviso y no haber dejado la mula en paz. Ahora, a lo hecho, pecho.
Había salido de Puerto Castilla un poco antes de que oscureciera del todo. Con tres caballos: uno suyo y dos de su tío Julián. Y la dichosa mula.
Cargados hasta arriba con sacos del trigo de las llanuras de la Meseta que justo allí dejaban atrás. La mula un poco más cargada. Era más alta, más fuerte y más dura que los caballos.
Como no podía pasar por el Puerto sin arriesgarse a ser visto por las patrullas que lo frecuentaban, al acercarse al collado viró al este para tomar el antiguo camino empedrado que sube a la sierra, dejando el valle del río Jerte a la derecha.
Caminó por la cuerda varias horas. Hubo de vadear algunos arroyos pues evitaba las zonas donde existían puentecillos, que era donde más fácilmente, acechando junto a los obligados pasos, podía haber guardias.
Con la primera claridad llegó a la garganta Grande, que iba rebosante del agua del deshielo. No se lo pensó mucho. Descargó las bestias, se desnudó – mucho mejor helarse un rato, que seguir hasta el pueblo chorreando agua -, pasó uno a uno a los caballos y a la mula, tirando de la reata de cada uno, medio nadando, medio andando, por el vado que encontró con menos corriente. Después construyó una mínima almadia con cuatro maderos secos, que le ayudó a cruzar los sacos sin mojarlos.
Entonces, al reiniciar el camino los vio. Fugazmente. A menos de media legua, a la altura del Puente del Sacristán, andando. Pensó que no le habían visto, pero comprobó que, aunque así fuera, caminaban en su dirección. El cabo Ortuño y un número al que no reconoció.
Y encima, llegaba al tramo más complicado de todo el camino. Un barranco profundo sobre una gargantilla, en el que la estrecha senda se abría paso por uno de sus lados, semiexcavada en el terraplén rocoso.
Y se acordó del Dioni. Porque la mula, que iba la última de la recua, se detuvo en seco, en medio del angosto paso. Y no hubo manera de hacerla continuar. Los varazos, los empujones, los tirones de la soga; nada la hizo moverse. Y los corchetes acercándose.
Vale se vio obligado a tomar una difícil decisión. Que para eso era ya un hombre hecho y derecho.
O se quedaba allí, esperando a los picoletos o hacía algo para poder seguir.
Eligiendo el mal menor, y mientras recitaba, entre blasfemias, un monólogo en el que hacía referencia a la estirpe entera de esa mula en concreto y de la raza mular en general, empujó de lado a la acémila, logrando que, al recular ésta un corto trecho, perdiera pie y se despeñara barranco abajo.
Así de simple, la decisión.
Ahora, si retornamos al instante inmediatamente posterior a aquel en el que conocimos a Vale, le veremos enjugando con el dorso de la mano la lágrima del rostro, antes de que ésta le llegue a los labios.
Parece ser que, a la mañana siguiente, al Dioni le interrogaron sobre la mula que había aparecido en lo profundo del torrente, cargada todavía con sacos de cereal en los que brillaba por su ausencia el sello del Servicio Nacional del Trigo. Declaró que se la habían robado la noche anterior y que estaba pendiente de terminar las faenas del día para ir a denunciar la desaparición del animal al cuartelillo.

Carlos Coca
Grupo C


Las mulas, motor de Castilla

En los campos de Castilla, por el año 1952, donde el sol aprieta con ganas, no hay más motor que el que respira, suda y tiene muy mala leche: la mula.
Aquí lo que manda, lo que te da pan o te entierra en la miseria, es tener una buena yunta de mulas. Si a un cristiano se le moría la mula de un cólico miserere, ya podía echarse a llorar, porque detrás de la mula iba la ruina de toda la familia; era nuestro banco, nuestro motor y, a ratos, nuestra cruz.
Empezaba antes de que el sol saliera, sobre las cinco de la mañana, con una rasca que pelaba los sarmientos. Bajabas a la cuadra con un candil, y allí estaban ellas. Yo tenía a la Generala y a la Carbonera: dos mulas pardas, fuertes como demonios y testarudas como ellas solas.
Lo primero era echarles la cebada y las algarrobas al pesebre, mientras masticaban haciendo ese ruido que te llenaba la cuadra de vida; a continuación, tocaba el calvario de ponerles los arreos, la manta; se les ajustaban las colleras de paja y cuero para que no se hicieran mataduras en el cuello; luego la retranca, el sillín y los tiros. Tenías que andar con mucho cuidado, porque, como a la Carbonera le saliera el día cruzado, te soltaba una coz que te mandaba lejos. Le apretabas las cinchas y, listas para iniciar el camino al campo, que se hacía medio dormido, cabalgando de lado sobre los albardos.
Al llegar al tajo, enganchabas el arado romano, agarrabas la esteva y a sudar sin parar.
El trabajo era muy duro. Se pasaban el día tirando con las venas del cuello hinchadas, envueltas en una nube de polvo y moscas puñeteras que se les metían en los ojos. Tú ibas detrás, tragando la misma tierra, con las alpargatas destrozadas.
Sabían perfectamente la hora del almuerzo. El sol pegaba en lo alto y era el momento de descanso y de alimentarse tanto los mulos como el labriego.

Fernando Nieto
Grupo A


La mula Migula

Nació el año que murió madre, el mismo en que tomé la primera comunión. Padre lo permitió en honor a madre, porque era anarquista, y no comulgaba con la iglesia.
Estuve presente cuando cruzó el umbral a la vida. Un gran rebuzno estremeció la cuadra, y allí apareció, cubierta de una fina membrana rosácea. Observaba el entorno con curiosidad. En pocos minutos se incorporó, se acercó, me olisqueó y cosquilleó mi vientre. Tenía ojos grandes y brillantes, un lomo de pelo duro plateado con una gran mancha de color negro que simulaba la silueta de un ángel. Era el día de San Miguel. Migula la llamé. A padre no le desagradó.
La visitaba todos los días, perdía horas con ella, la paseaba y me seguía. Se entusiasmaba con las mondas y rumiajos que le guardaba.
Los años avanzaban, terminé la escuela y ayudaba a padre en las tareas de la casa, a labrar, cosechar, cazar, pescar, trampear. Me convertí en una prometedora adolescente.
Una noche de agosto cuando el pueblo hervía porque había estallado la guerra, aporrearon la puerta de la casa.
—Encámate —susurró padre.
Un griterío se apoderó de la planta baja.
Una cabeza coronada por un gorrillo con borla roja se asomó por la puerta de la escotilla donde yo dormía. Asomaron unos ojos fríos e inexpresivos acompañados de media sonrisa. Rápidamente desapareció.
Unos golpes seguidos de insultos se oían al no poder trasladar a Migula, la mula.
—Pégale un tiro y la troceamos —oí gritar.
—Mi sargento, déjeme a mí. Con paciencia la arreo de aquí —otra voz intervino.
El silencio cuajó. Dos minutos más tarde, la cabeza volvió a asomar por la trampilla. Tiró con fuerza de la manta que me cubría. Me deslicé rápidamente escaleras abajo, pero me atrapó en la cuadra. Rajó el camisón y quedé expuesta bajo sus pies. Cerré los ojos. El miedo me atenazaba. Separó mis piernas. Una certera coz en la cabeza de ese demonio, me liberó. Murió al instante.
Enterré el cuerpo bajo el montón de estiércol. Durante tres semanas, permanecí abrazada a la mula, hasta que terminamos el agua del abrevadero. No regresaron.
No volví a ver a padre. Rebusqué en las viejas rutinas. Vivía con temor y sobresaltos. Siempre caminaba acompañada del equino. Para evitar a los indeseables, me acicalaba con orín y heces de perro. Hasta la mula caminaba alejada un metro de mí. Éramos inseparables. Me apodaron la mulatera. Cuando alguien se acercaba, ella los espantaba, incluso a los perros.
Con determinación superé días de miseria y hambre. Años más tarde, en una feria de ganado, conocí a Francisco. Migula dio su aprobación. Congeniaron.
Una mañana de Marzo desapareció el montón de estiércol. Francisco no preguntó. Yo no pregunté.
Los años pasaban y cubrían las heridas del pasado. La vida sonrió, me llenó de hijos, y me coronó con un buen marido, trabajador, fiel y excelente padre. Únicamente la mirada de la mula conseguía rememorar historias oxidadas.
Migula murió cuando el más pequeño de mis hijos cumplió cinco años. Había cuidado de todos los míos, como hizo conmigo.
La enterramos en la cortina de Arroyomuerto, bajo el peral que tantas veces la había obsequiado con su fruta preferida. Todos los años, por San Miguel, llevo una pera a su tumba para honrarla.

Max Ferlam
Grupo B


Senderos desgastados

Mula terca y huesuda,
que mueves el mundo,
que raes el paso del tiempo,
aminora el trote.
¡Escucha!
No encuentras tu destino,
por más vueltas que rotes,
que un trabajo sin fin,
huelga decir,
no aumenta el valor en el alma.
Mula testaruda,
condenada en tu origen,
al desamor sin progenie,
resignada en tu faena bajo la noria.
¡Para!
Rompe tu maleficio,
que es cierto el mito,
detrás de tus viseras,
no hay solo sombras,
más allá de la niebla.
Mula terca y huesuda,
escucha la brisa del cierzo,
olfatea los trinos del alba,
no te empeñes, no,
no es el destino,
que es disfrutar del camino
el verdadero premio.
Mula testaruda,
de andares calculados,
yerra en el sendero,
ensucia tus cascos
con frescos terrones.
¡Frena!
Mula terca y huesuda,
no arrastres más tu rutina,
cruza el paso horadado,
pisa el verde impoluto,
que al asomar por la cueva,
cualquier luz te lastima.
¡Por Dios! ¡Para!
Deshoja la vida,
¡Destrípala!
Cocina sabrosos amaneceres
de intensos latidos y adobados amores.
Que hasta el más diminuto segundo,
es parte de sueños e ilusiones
que se escurren rápidamente hacia el pasado.

Max Ferlam
Grupo B


Adivina, adivinanza ..

Algunos dicen que soy terca y cabezota,
pero mi raza inspiró a poetas...

Asombrado quedarás de mi fuerza
y tesón para el trabajo...

Si al arado me enganchas
el surco dejo labrado ..

Si a la noria me pones
doy vueltas sin parar..

El camino a la viña y la huerta conozco,
y si me sueltas la soga, hacia allí camino sola ..

Mi nombre ha inspirado otras palabras
como mulato, muletas y algunas máquinas…

El cine me llamó...
y como artista lucí...

No soy una burra, ni una yegua,
soy una mula muy dicharachera...

E.R.A
Grupo B


La Mula del Polvorín

En el polvorín del ejército de un pueblo de Cuenca, donde el viento siempre parecía arrastrar polvo y secretos, había un personaje más famoso que el propio suboficial al mando: la mula fea, una bestia testaruda, fuerte como un roble y con más horas de servicio que la mayoría de los reclutas.
El suboficial, el Sargento Roldán, la trataba como si fuera una reliquia militar. No porque le tuviera cariño —que también—, sino porque la mula era, digamos, el centro de un pequeño “ecosistema económico” que funcionaba al margen de los partes oficiales.
A la mula la cuidaban tres soldados que estaban prestando el servicio militar:
Martínez, que era el cerebro;
Lobo, que era la fuerza;
y Pacheco, que era… bueno, Pacheco, que siempre estaba allí sin que nadie supiera muy bien por qué.
Ellos se encargaban de alimentarla, cepillarla y, sobre todo, mantener en marcha el negocio de las pacas de paja. El ejército pagaba una cantidad generosa para que la mula estuviera bien alimentada, pero curiosamente la mula comía menos de lo que decía el inventario. El resto de la paja, aparentemente “sobrante”, acababa vendida a ganaderos de la zona que preferían no hacer demasiadas preguntas.
Además, en un rincón del polvorín, detrás de unas cajas que nadie revisaba desde la Guerra Fría, tenían un pequeño gallinero clandestino. Las gallinas ponían huevos como si les fuera la vida en ello, y los soldados los vendían en el pueblo. “Huevos de campo, de calidad militar”, decía Martínez, como si eso fuera un sello de excelencia.
Pero lo más curioso del asunto era el uso estratégico de la mula. El animal, acostumbrado a cargar sacos, cajas y hasta algún soldado despistado, tenía una habilidad especial: sabía acercarse a la parte más baja de la verja del recinto, donde el alambre cedía un poco. Allí, con un empujón de la mula y un salto bien calculado, los soldados podían salir discretamente a “estirar las piernas”.
Y al otro lado, en los descampados donde se montaban ferias improvisadas y reuniones al caer la tarde, había grupos de gente del lugar que conocían bien a los soldados. Entre ellas, algunas jóvenes que disfrutaban del ambiente, de la música y, por qué no, de charlar con los reclutas que se escapaban del polvorín con la excusa de “dar de comer a la mula”.
El sargento Roldán, por supuesto, lo sabía todo. No era tonto. Pero mientras la mula estuviera lustrosa, los informes cuadraran y nadie causara problemas, él miraba hacia otro lado. A veces incluso sonreía cuando veía a los tres soldados volver al amanecer, despeinados y con olor a hoguera.
—La mula está bien, mi sargento —decía Martínez, intentando parecer formal.
—Ya lo veo —respondía Roldán, con una ceja levantada—. Y vosotros también parecéis muy… bien alimentados.
El polvorín seguía funcionando, la mula seguía siendo la reina del lugar, y los soldados continuaban con su pequeña red de supervivencia rural. Era un equilibrio extraño, casi mágico, que solo podía darse en un sitio perdido entre encinas, polvo y secretos compartidos.
Y así, mientras nadie hiciera demasiadas preguntas, la mula fea seguiría siendo la pieza clave del polvorín más pintoresco de toda la región.

Áfrika Gómez G.
Grupo A


La mula de mi abuelo

Veo la mula de mi abuelo dando vueltas a la noria., vueltas y más vueltas; a ello le dedicaba varias horas los días que había que regar el huerto.
Los nietos jugábamos y observábamos a la mula, que entonces nos parecía una imagen absolutamente normal; sabíamos que existían aquellos animales y la utilidad que tenían: transporte de carga y en algunos pueblos incluso se utilizaban para tirar del arado.
Nosotros estábamos deseando que descansase para poderla montar. No recuerdo si era mula o mulo, lo que sí recuerdo claramente es su color: pardo oscuro, casi negro, con su boca grande; mi abuelo nos tenía muy advertidos del peligro de un mordisco o de una coz, por lo que nunca nos poníamos a tiro, ni por delante ni por detrás.
Pasaron los años y aquella mula terca que se frotaba contra las paredes para hacerme sangrar en la pierna.; (entonces yo llevaba pantalón corto, fuese verano o invierno, pantalón corto hasta que tuve pelos en las piernas y mi madre decidió ponerme los largos.); pues bien, aquella mula envejeció y se hizo más mansa, Ya no saltaba para hacerme caer ni corría hacia la pared para despellejarme las piernas; se dejaba montar y acariciar y caminaba despacio conmigo encima. Como premio recuerdo regalarle algún corazón de manzana, lo que íbamos a tirar después de comernos la pulpa; ella lo comía y trituraba con fruición, haciendo que cayesen al suelo algunas semillas. A mí me parecía que sonreía de agradecimiento cuando me enseñaba su enorme dentadura.

José Luis Fonseca
Grupo A


La mascota inesperada de los neorrurales

-¿En serio?, ¿me lo tengo que quedar?
-Pues sí. En el contrato viene especificado que el terreno y la casa contiene una serie de objetos tanto inertes como vivos que tienen que ser cuidados por usted; no puede desprenderse de ninguno.
-¡¿Así que me tengo que quedar este bicho que no sé ni lo que es, esta especie de burro piojosos…?
-Mula, es una mula. ¿Qué pasa? ¿No has visto ninguna hasta ahora? Son muy diferentes a las que aparecen en las películas de dibujos animados, ¿verdad? Vaya señoritingo de ciudad-
Esto último lo dijo el funcionario del ayuntamiento sin que Abel lo pudiera oír. Sí se percató de la falsa sonrisa de su cara, algo así como un gesto entre la ironía y la burla. No le sorprendió. Clara siempre reprochó precisamente eso mismo, que no iba a ser fácil la adaptación ni que les recibirían con los brazos abiertos como maná caído del cielo, pero a Abel le pudo más la ilusión y los sueños peregrinos de encontrar un lugar en el que arraigarse. Ahora su máxima aspiración era que su pequeño, que ya estaba al caer, creciera en un entorno idóneo, en mitad de la naturaleza, en un pequeño pueblo paradisíaco rodeado de montes y bosques, con un río de agua clara y el sonido envolvente de los pájaros por las mañanas. Nada de ese maldito tráfico, de ese ir y venir sin parar en un trajín interminable que te atrapa y te devora en una angustia permanente, apilados en un cuchitril mugriento por el que hay que pagar una riñonada.
Clara se acariciaba la prominente tripa de treinta y cuatro semanas mirando fijamente a la mula. De repente, sin venir a cuento, soltó:
-Abel, esta cosa seguro que transmite enfermedades.
-¡No me jodas, Clara! De toda la vida han existido animales de granja conviviendo con humanos en la misma ubicación. Simplemente lo dejamos suelto por el terreno durante el día y por la noche metemos a eso, a la mula, quiero decir, en el cobertizo.
-Seguro que tiene cantidad de parásitos, Habrá que consultarlo con el pediatra cuanto antes. No me apetece que nazca Miguel y que tengamos esa fuente de infecciones tan cerca.
Y así, mientras mantenían una discusión que subía de tono por momentos, con unos cuantos reproches aunque sin llegar a los insultos, la joven pareja se metió en la casa. La mula siguió a lo suyo, ajena a las disquisiciones de estos nuevos amos humanos que habían surgido de un lugar desconocido, quizás de una galaxia muy lejana o incluso de otra dimensión. Qué más da. Lo importante es que iba a seguir disfrutando de la vida como una señora marquesa, que es lo que se merecía después de tantos años cargando aperos y fardos, subiendo cuestas con un peso que le había machacado la espalda. De hecho, tenía alguna vértebra fastidiada y un principio de artrosis que le provocaba un intenso dolor en la pata delantera izquierda, herencia de su madre, una yegua percherona que con la edad padecía dolores recurrentes en las articulaciones. Nada que ver con la familia paterna, poderosos burros de carga que mantuvieron todos una vida laboral bastante longeva. No se va a lamentar nuestra mula de no poder ir al fisio para curarse la lesión puesto que no están disponibles para burros, asnos y similares. Seguirá con su apacible estar, paseando por la pradera que la acoge como hogar desde hace ya una década, comiendo la suculenta hierba que en esta época del año brota más tierna que nunca. Hay que decirlo todo: esta mula también ayuda lo suyo contribuyendo a que el campo se mantenga verde y hermoso, abonando recurrentemente mientras camina, pero no me apetece ofrecer más detalles al respecto. A lo lejos se escucha la discusión de la pareja de humanos raros e imberbes que han venido a domesticarla de nuevo. Su cerebro equino se empeña en guardar en la memoria la cara entre pasmada e idiota con que estos dos seres la miran sin atreverse siquiera a alargar la mano ni menos aún a acercarse. Qué más le da a ella, extasiada como está con su pasatiempo favorito. El sabor de la hierba recién cortada se esparce por su boca mientras las alargadas hojas verdes y húmedas revolotean por lengua, dientes y mandíbula. El día comienza a apagarse y nuestra mula ya sabe que tendrá que pasar la noche en el acogedor establo que la resguarda con calorcito en invierno y frescura en verano. Otro día más de paz y serenidad para los seres de cuatro patas. Lo que les ocurra a los de dos ni le interesa ni es de su incumbencia.

Maite Bustos
Grupo A


La mula trémula

Harta ya de pecar está la mula,
sus errores se ha ido a confesar,
el cura los escucha y disimula,
pero al final no le quiso dar la bula.
La penitente acémila se vio burlada
pues al morir su madre, prometió,que sería una mula Inmaculada.
Atrapada en el escaso margen de su rima, la mula,
Confusa con el sesgo de su vida, especula,
y los riesgos del cambio no calcula.
La pobre bestia se da la fiesta,
se interna en su vigilia y en su siesta
pero tampoco le sale bien la apuesta.
Contrariada por todo se echa al monte
en busca de otra historia, otro horizonte.
A llevar mercancías con los arrieros
que les gritan blasfemias a molineros.
Siempre en compañía de aventureros
cabalga noche y día por los senderos
Y cuando llega al mar, a la mula,
le fascina la pureza de ese azul y la atribula
su vaivén constante que la vida emula.
Cae la noche y el equino fabula.
La hierba del bosque sacia su gula.
A lo lejos, en su árbol, el búho ulula.
al son perenne de las olas su ser deambula.
Frente al azul que el horizonte ondula,
su ansia de libertad se le estimula;
no es ya el miedo el que su vida regula,
es su propia alma quien al fin la tripula.

Calgari
Grupo A


Camila

Nadie en la familia aceptó de buen grado la extraña actitud del abuelo. Solo su hija, mi madre, mostró alguna comprensión: «Es la pena», lo justificó. La abuela María había muerto unas semanas antes. Paco y ella habían formado una pareja bien avenida y cariñosa durante más de cincuenta años. Siempre se quisieron con locura. Al contrario que la mayoría de los abuelos de mis amigos, se hacían continuas muestras de cariño. Un beso cada mañana, una caricia al cruzarse en el pasillo, un guiño cómplice…
Por eso no comprendimos que una mañana se levantara temprano, rellenara una alforja con algunos alimentos, fuera a buscar a Camila y se marcharan juntos al prado del Lombo Alto. Regresaron al anochecer y no dio ninguna explicación. Nadie se atrevió a preguntarle pues todos temíamos su humor intempestivo cuando se le incomodaba. Por supuesto, tampoco le preguntamos a ella.
El asombro llegó cuando eso mismo se repitió todos los días durante dos semanas. A mi padre se lo llevaban los demonios con las rarezas de su suegro: «No está bien de la cabeza, ya lo dice todo el pueblo». Mi madre le tiraba disimuladamente de la manga y le pedía que se callara.
La situación explotó cuando, una noche en torno a la mesa de la cocina, mi abuelo anunció que a partir de esa noche, Camila y él dormirían en su cama. «Y el mes que viene nos casaremos», añadió desafiante. Mi padre no pudo contenerse y soltó unas palabrotas que nunca le habíamos oído. Pero el abuelo no se arredró y aseguró que, si no pasaban la noche juntos en su cuarto, él se iría con ella a la cuadra.
«¡Dormir con una mula! Paco, tú te has vuelto loco», le gritó mi padre.
Nos dio mucha pena cuando la ambulancia se lo llevó al manicomio de Plasencia.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Mestizos

La mula y el burdégano se enamoraron a primera vista. Fue un flechazo inesperado, cuando ella daba vueltas en su noria de todos los días y él pasaba por el camino llevando una carga de leña. Lo que empezó con una mirada tierna y un rebuzno tímido fue pasando a mayores, llegando a una pasión incontrolada. Por aquellos entonces el rumor empezó a tomar cuerpo, llegando a oídos de la burra madre de él. Lista, pero mala y muy tradicional. Para empezar, tenía en muy alta estima el linaje que había engendrado al yacer con el caballo más apuesto de toda la comarca, que casualmente, era el caballo preferido del rico del pueblo, con el que se paseaba en días de fiesta, haciendo lucir su poder y su riqueza.
—¡Tú no puedes liarte con una mestiza como esa! Su padre es un burro que no tiene donde caerse muerto y su madre una yegua parda, que se iba con cualquiera.
Así le decía, sin contemplaciones la madre al burdégano enamorado.
—Bueno burra (era la forma en que estas caballerías se dirigían a sus progenitores, por el nombre de la especie de cada uno de ellos), no exageres. Al fin y al cabo yo también soy un mestizo, madre burra y padre caballo.
—¡Donde vas comparando a esos dos desarrapados pulgosos y sarnosos con la clase y la presencia de tu padre, el más apuesto de la caballada del amo, y las mías, la burra más aseada, limpia y cepillada de todos los alrededores!
—Yo no estoy comparando nada. La mula me gusta y quiero unirme con ella para toda la vida. Es trabajadora y cariñosa, me entiende y yo la amo apasionadamente.
—¡Tú eres un majadero! —terció el padre caballo— Yo no quiero que tires todo nuestro prestigio por la borda de una coz. No he trabajado para que tú lo malgastes todo con un amor de burdeganito tonto.
De esta manera transcurría la conversación entre la familia de equinos del burdégano. Más o menos a la vez, en casa de la mula tenía lugar una conversación sobre el mismo tema.
—Hija, no te fíes de ese burdégano, que lo único que quiere es yacer contigo y cuando quedes preñada, olvidarse de ti y buscarse otras. Que menudo aprovechado era su padre caballo.
—Yegua, te recuerdo que tanto los burdéganos como las mulas somos estériles. Que tenemos 63 cromosomas. Nunca me quedaré preñada. Además, mi burdégano no es como su padre caballo. Es fiel y está enamoradísimo.
—Eso parecen todos al principio, pero luego, si te he visto no me acuerdo. Nosotros somo honrados y trabajadores y la familia de tu burdégano siempre ha estado enfrentada a nuestra familia de mulas.
El padre burro no se metía en estas discusiones, pero también mantenía vivo el rescoldo que enfrentaba a la caballerías del amo del burdégano con las caballerías del amo de las mulas.
La historia trascurrió por las veredas que un lector inteligente bien puede imaginar. Pasado el tiempo acabó sucediendo lo inevitable, una desgracia que acabó llevando al burdégano y a la mula a la tumba. Por cierto, el burdégano se llamaba Romeo y la mula Julieta, casualidades de la vida.

Manuel Medarde
Grupo A


Pasos y cascos

Al alba, el arriero y su mula
bajan de la montaña al llano
por un sendero de piedras,
midiendo cada paso.

Sus alforjas van cargadas
con el peso de los años
con penurias, con tristezas
y con sueños olvidados.

Arriero y mula, mula y arriero
bajan cada jornada
entre desfiladeros,
buscando su sustento.

Escuchando al viento.
Empapados de lluvia.
Mirando al cielo.
Rodeados de silencio.

Al regresar, cada paso,
es una oración sin palabras
y su albarda va repleta
de renovados sueños y esperanza.

Su vida siempre será así,
bajar y después subir
por el mismo camino
que parece no tener fin.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Fons y el cencerro

Fons Muniz nació en La Jagua, al lado de un rio y entre surcos; no conoció otra escuela que la madrugada.
Tenía un arria de mulos y una espalda hecha al mismo molde: ancha, callada, resistente. Trabajó como un mulo toda la vida y la pobreza se le quedó de sombra, fiel como sus animales.
No hubo suerte ni herencia. Solo caminos de polvo, cargas de leña, sacos de grano y un cencerro colgado del cuello del mulo guía.
Ese cencerro era otra cosa.
Al amanecer, su tintineo bajaba por el rio y la cañada y despertaba a los ordeñadores de las vacas de la Sra Micaela, antes que los gallos cantaran. “Ya viene Fons”, decían, y el día dolía menos. La leche parecía más blanca con esa música pobre.
Al atardecer, el mismo sonido cruzaba los palmares hasta la puerta de su casa. Siete cabezas de hijos se levantaban de golpe: “Papá viene”. Sabían que la comida sería escasa, harina de maiz, con leche si Micaela le regalaba. Pero sus hijos sabían también que detrás del portón venía un hombre con las manos agrietadas y el corazón desbordante, repartiendo abrazos como quien reparte pan sin tenerlo.
Fons no dejó tierras ni ahorros. Dejó un sonido.
Cuando murió, los mulos ya no estaban. Pero en el caserío de La Jagua, todavía hay quien jura que algunas madrugadas, si el viento viene del norte, se oye un cencerro alegre abriéndose paso por el callejón, entre la niebla.
Y hay siete hijos, ya viejos, que siguen poniendo la mesa con un plato de más.

Miriam Esther García
Grupo A


La ópera

Muchos de mis conocidos dicen que soy un poco gilipollas. Ignorantes. Gentes simples que nunca entenderán a aquellos que, como yo, estamos destinados a distinguirnos de la mayoría, a marcar nuevas sendas en el devenir social. Yo acepto mi responsabilidad como representante de una estirpe de rancio abolengo, obligado a mantener unas tradiciones y, a la vez, ser capaz de explorar nuevas formas de comportamiento de los ciudadanos. Cierto que, en ocasiones, también me veo influido por los nuevos usos y costumbres que van apareciendo. Es el caso de lo que ha sucedido con la moda de las mascotas, esos animalitos que, como antes pasó con los coches, tienen estatus de miembro familiar. También yo elegí mi mascota. Ni cánido ni minino, ni animalito exótico de esos que tanto abundan. No, yo elegí una mascota acorde a mis orígenes: próxima, pero absolutamente diferente a lo habitual, sobria a la par que elegante, austera y noble. Llevó tiempo adaptar una zona de La Casa a sus necesidades: con su ducha, su spa, los armarios con ropa, el calzado, muy importante el calzado, incluso hubo que preparar su zona de paseo y otra de cultivo para que tuviera su alimento fresco, natural, ecológico. Y contraté a Santos para que se encargara de atenderla, de limpiarla, de preparar y cosechar su alimento, de comprobar que todo estaba a su gusto, que todas sus necesidades estaban bien atendidas. Hemos tenido diferencias sobre cómo tratar a Gertru, pero yo no acepto sugerencias de mis fámulos. Hacer lo que se le dice y cumplir, esa es su obligación. No hay alternativa, bueno sí la hay, en la calle siempre encontrará sitio. Parece que lo ha entendido porque no ha vuelto a contrariarme.
Hoy quería hacer la presentación de Gertru en sociedad. Quería llevarla a la ópera. Solicité que adaptasen el palco familiar para que esté cómoda y tenga comida y agua de la misma forma que los demás socios tenemos nuestras bebidas y canapés. No podrá ser, un incidente me tendrá alejado de los actos sociales durante una temporada. Recibí un fuerte golpe en la boca que me rompió varios dientes y me fracturó la mandíbula así que debo someterme a un período de cuidados médicos.
Llevo unos meses en este trabajo y les aseguro que no me aburro. La de caprichitos que puede tener un señor rico. Y yo a cumplir con ellos. El caso es que el señor decidió, por hacerse el diferente, el distinguido, que su mascota sería una mula. No podía ser un perro, un gato o, pongamos por caso, un cerdo vietnamita. No, él erre que erre, terco con la mula. Y compró una mula maragata con su certificado de pedigrí. Preparó un ala de La Casa como el mejor hotel y luego empezó la olimpiada de las tonterías. ¡Ropa! Válgame Dios, qué desatino. Pues nada, que vino su sastre a tomarle medidas al animal para hacerle trajes. Y luego lo del sombrero: un borsalino y un canotier, que yo ni idea de qué era. Intenté hacerle entrar en razón, pero sólo entramos en conflicto. Me dejó muy clarito que pagaba él, y mandar, pues también. Y me explicó que la elegancia viene de cuna, que es lo que distingue a un perfecto caballero y que la mula era una prolongación de sí mismo y de su familia. Será por eso por lo que ha colocado el certificado de pedigrí junto a los retratos de sus antepasados.
Ayer me dijo que preparase bien al animal porque hoy iba a vestirla de etiqueta para llevarla a la ópera. Joder, qué ganas de reírme en su cara, de decirle no cuatro sino al menos ocho cosas. Pero callé y preparé al animal: lavado, cepillado, herraduras nuevas, buen forraje. Ha venido el sastre con un esmoquin para la mula y una pedicura ¡para pintarle las pezuñas! No hacían vida de la pobre mula en su intento de vestirla y acicalarla. El señor se acercó a ver como estaban las correas por detrás y en ese momento, justicia divina, Gertru le tiró una taina y le dio en todos los morros. Le saltó varios dientes y parece que le rompió la mandíbula. Cómo me reí, para mis adentros, claro, al verlo caído en el suelo, atontado. Como postre Gertru le obsequió con unos cagajones recién horneados que le cayeron encima.
Yo me digo que si la elegancia viene de cuna también de cuna vendrá la gilipollez. Y el señor es un perfecto gilipollas.

Nicolás Casillas
Grupo A


Mula terca

No eres hermosa como una yegua,
tampoco tan insignificante como una burra.
Naciste, como un engendro y te utilizaron para la carga.
Nunca recibiste palabras bonitas, solo palos y gritos de un amo, “terco”, como un mulo.
Nunca te cepillaron, ni recibiste una sola caricia, aunque fuera fingida.
¡Ay, mula terca!
¡Tan poca vida!
Servir, comer y dormir, para con el alba,
comenzar con la carga de un nuevo día.

P.G.
Grupo C


Vivencias con el reino animal

He de reconocer que mi interés por los animales en mi infancia era evitativo, miedo y más miedo .
No me crie en un pueblo rural, y solo visitaba el reino animal de viernes a domingo y no siempre.
Me gustaba el campo, jugar con los primos y ver los animales sin interactuar demasiado con ellos, porque era un poco digamos "distinta", otros primos de Pamplona también iban a ese caserío, eran tan urbanitas como yo pero no actuaban como yo.
Precisamente había en ese campo tanto animales que yo era incapaz de saber quien era quien.
Pero mulos o mulas no había en ese mi mundo rural, eso seguro. Burros, caballos sí, ni sabía que cruce de animales daba como resultado las mulas, Las ovejas, cabritos. carneros y bueyes, no sabía ni quien era el macho ni la hembra, en fin un reino que no entendía, ni me interesaba, no quería ser veterinaria estaba segura.
Más adelante, ya mi curiosidad fue tomando forma y ahora tengo un poco más información .
Supe que las mulas fueron creadas para utilizarlas para el transporte y la carga y menospreciadas aunque adoptaste lo mejor de tu padre y de tu madre, no te valoraban en demasía, y también que la esterilidad de las mulas se debe a la diferencia cromosómica de las dos especies en juego y no se forman óvulos ni espermatozoides funcionales.
Cuando se consigue la fecundación el feto casi nunca es viable y actualmente la población ha sufrido un declive, ya apenas se utilizan para ferias a la largo de nuestra geografía.
Gracias al taller de escritura ya sé un poco más de las mulas/os. Nunca es tarde…

Carmina
Grupo A


La mula

Terca va la mula,
camino del abrevadero.
Cuando no da vueltas,
la testa se le nubla.

A doquier suelta coces,
negándose a caballero y
a montura.

Sólo el amo la guía,
tirando de rienda y
al grito de: “¡vamos mula!”

Eva Hernández
Grupo A

Escribir a diario

Con el grupo C del taller de Escritura Creativa tuvimos una sesión especial que dedicamos a los diarios, un género de moda en estos últimos años.
Partimos del artículo de Juan Bonilla "Auge de un género: los diarios, literatura del yo" para comprender el porqué de ese auge de la literatura del yo.
Hablamos de diarios como el de Ana Frank, del Diario de una enfermera de Isla Correyero o del Diario de un albañil de Santos Jiménez.
También hablamos del libro Diario secreto de Pulgarcito, un libro en el que Philippe Lechermeier pone en primera persona la historia de Pulgarcito. Las ilustraciones son de Rebeca Dautremer.



Y le dedicamos un tiempo a los Diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, magníficamente ilustrados por Francisco Meléndez.



Tarea de escritura

Propusimos escribir el diario de Adán el de Eva, o ambos, en los siete primeros días de la creación. Nos acercamos de este modo al trabajo de Mark Twain.  


Y estos son algunos trabajos enviados hasta ahora:




Diario de un enamorado

Hace tiempo que te veo pasear con tus amigas. Es domingo y la calle principal baja llena de gente. Te miro, buscando ser correspondido; “de ilusión también se vive”.
¿Seré capaz de acercarme y decirte lo que siento?
No quiero que el tiempo borre lo que ahora pasa por mi cabeza. Ya sé que es muy difícil guardar un escalofrío.
Es tarde y antes de ir a dormir, escribiré y guardaré en mi diario lo que mi corazón siente y mi alma, cobarde, no ha sido capaz de transmitirte.

P.G.
Grupo C


Diario de un nihilista

Hoy es un martes de abril: no se me ocurre nada que escribir

Miércoles: sigo sin saber cocinar. Me voy al restaurante. Hoy hay cocido. Está bueno.

Jueves: me he levantado pletórico y con las mismas me he vuelto a acostar.

Viernes: ¡At last Friday! Bonita película para alguien a quien le guste bailar, a mí no.

Sábado: quizás vaya al cine. No me convence lo que hay en cartelera.

Domingo: llueve y hace frío. Me decido y voy a por el periódico. Me tomo un café en el bar de la esquina. Leo un par de artículos. Nada interesante.

Lunes: sigue lloviendo. Viene Pepi, nuestra asistenta. Me voy de casa para no molestar.

Araceli Sebastián
Grupo C


Diario de un hada

Querido diario:

DÍA 13 DE ABRIL DE 2026 (Lunes)

Hoy ha sido un día difícil. Bueno, como todos los lunes. ¡Quién los inventaría!
Mis lunes favoritos son los que estoy de vacaciones o de moscoso; esos sí son buenos.
Me cuesta mucho madrugar, pero bueno, qué remedio, por algún día hay que empezar la semana.
Los lunes toca clase de varita mágica.
Campanilla ha llegado tarde como siempre. Padece de insomnio, o eso dice ella. Yo creo que más bien es porque tiene mil historias en la cabeza, algunas reales y otras inventadas. Así que se pasa las noches en vela hasta bien entrada la madrugada y luego, pues claro, se queda dormida.
Después de la clase hemos estado fabricando polvo de hada, metiéndolo en tarros y clasificándolo. Ya te he contado que hay de muchas clases dependiendo de la intención, jajaj.
Para rematar el lunes, nos han anunciado que tenemos que comenzar con los preparativos de la fiesta de primavera. Buf, la que nos espera. Las princesas deben estar como locas ya.
En fin, no voy a pensar en eso ahora. Mañana será otro día...

DÍA 14 DE ABRIL 2026 (Martes)

Como te dije. Ya no hay paz en el reino.
A primera hora me ha llamado Aurora (la Bella Durmiente) y estaba atacadísima. Es llegar una fiesta y no hacemos vida de ella.
Como no funcionó la historia con aquel tío que la besó para despertarla, está obsesionada con encontrar novio. Se recorre todos los atelieres del reino y, rueca que ve, rueca con la que se pincha. Tiene los dedos de las manos destrozados. Piensa que si se queda dormida, otro príncipe tendrá que venir y besarla para despertarla. Así que quiere estar guapa para la noche de la fiesta. Me ha dicho que no piensa dormir en toda la semana para así llegar agotada al sábado y caer en un sueño profundo. Piensa que va a ser su noche y que su príncipe, transcribo literalmente, vendrá a recatarla de los brazos de Morfeo. Con lo cual, con estos precedentes, no es de extrañar que me haya encargado un camisón para esa noche en lugar de un vestido. Madre mía, ¡a ver quién le dice que no! Le diseñaré un vestido/camisón.
Mañana he quedado con Blancanieves y con Cenicienta, a ver si entre las 3 logramos calmar a Aurora y le damos, qué sé yo, una dosis alta de valeriana.

DÍA 15 DE ABRIL 2026 (Miércoles)

Esta mañana, cuando me he despertado, tenía el ala derecha entumecida. Debo de haber dormido sobre ese lado. Así que me ha costado levantarme. Además, la mitad de la semana ya se nota.
He pasado la mañana en el taller de costura con los vestidos de las damiselas del reino.
Algunos modelos son pura extravagancia.
Por la tarde, Blancanieves y yo hemos ido a casa de Cenicienta. Lo de esa mujer con la limpieza no es normal. Antes de entrar en su casa, ha hecho descalzar a Blancanieves. Una vez dentro, hubiéramos podido tomar el té en el suelo. Ni una mota de polvo, ni una mancha. Todo impoluto. No te digo más que yo he estornudado y se me ha caído un poco de polvo de hadas, pues ha salido corriendo a por el mocho, un trapo y la fregona. ¡Increíble!
Hemos tratado el caso de Aurora, pero no encontramos solución. Además, Cenicienta está superagobiada. Su madrastra no cesa de llamarla para hacer una comida familiar. Quiere arreglar las cosas para ver si esta Nochebuena pueden cenar todos juntos. Si Cenicienta supiera... Pero esto te lo contaré otro día.

DÍA 16 DE ABRIL 2026 (Jueves)

Esta mañana, cuando estaba tan tranquila disfrutando de mi café de primera hora, se ha presentado en mi casa árbol Campanilla hecha una furia. Ha empezado a soltar una retahíla de cosas a tal velocidad que me costaba seguirla. Te lo resumo para que te enteres: pues que cree que Peter Pan está organizando un viajecito con Wendy al que ella no ha sido invitada. No es la primera vez que esto pasa y nunca acaba bien. Después de soltar su verborrea, sin dejarme ni siquiera contestarla, ha extendido sus alas y se ha marchado. Típico de ella.
Con las mismas me he ido al trabajo, que hoy teníamos la prueba de los vestidos de primavera.
De verdad que no soporto a la madrastra de Blancanieves. Que si ella es la más guapa, la que mejor tipo tiene, que mira qué pelazo, que menuda cara tan perfecta...Claro, hija, ¡si vas hasta arriba de bótox! Menos mal que cuando ha venido Blancanieves ya se había ido porque la pobre ha llegado hecha un mar de lágrimas. No me ha querido contar qué le pasaba y, tampoco he podido hablar mucho con ella porque estábamos hasta arriba de trabajo. A ver si mañana me acerco a visitarla, porque hoy nos ha tocado hacer horas extras y estoy que no me tengo en pie.
Así que, mañana te contaré...

DÍA 17 DE ABRIL (Viernes)

Como ya te dije ayer, Blancanieves no estaba nada bien, así que después de trabajar he ido a verla.
Cuando he llegado a su casa, la escena no podía ser más surrealista: Blancanieves llorando y comiendo helado de chocolate como si no hubiera mañana; Cenicienta limpiando aquella casa como si le fuera la vida en ello y Aurora totalmente espídica, moviéndose de un lado para otro sin parar de hablar.
El problema de Blancanieves venía a ser el de siempre. Y es que, desde que adoptó a los siete enanitos, no ha tenido un día de tranquilidad. Cuando no es uno, es el otro.
Dice que no puede con Gruñón, que ya no sabe qué hacer para contentarlo y que todo lo que hace le parece mal. Que Mocoso ha empezado con la alergia y no para de estornudar. Y que hay días que no puede con el optimismo de Feliz, le supera. Del único que no se queja es de Mudito. Dice que no le da un ruido y que ojalá todos los demás fueran así.
Cenicienta, entre lavadora y lavadora, le ha dicho que hable con su marido para que le ayude más en casa. Que ella es muy afortunada con su príncipe en ese sentido, que la ayuda mucho.
¡La pobre! ¡Si ella supiera! Ni siquiera a ti me atrevo a contártelo.
En fin, parece que Blancanieves se ha desahogado y se ha quedado más tranquila. A ver cuánto le dura.
Me voy a dormir ya, que mañana es la fiesta y va a ser un día muy largo.

DÍA 18 DE ABRIL 2026 (Sábado)

Estoy agotada. Menuda nochecita.
Como ya te dije ayer, hoy ha sido la fiesta de primavera.
Por la alfombra roja ha desfilado lo más granado de todos los reinos. Hasta Fiona y Shrek han venido de su reino “Muy Muy Lejano” para el evento. Una pareja encantadora, por cierto.
No es porque haya trabajado yo en la elaboración de esos vestidos, pero eran todos espectaculares, incluso los más extravagantes.
Pero volvamos a la fiesta.
Todo parecía ir bien hasta que ha llegado Wendy. Peter Pan no paraba de mirarla. Campanilla, que andaba ojo avizor, ha cogido un puñado de polvos de hada y los ha lanzado a los ojos de Wendy. La pobre chica se ha tenido que ir a urgencias porque no era capaz de abrir los ojos. Esta vez se ha pasado. Nadie ha visto que haya sido ella, así que, cuando se ha percatado de que Peter Pan se iba al hospital, ha salido volando detrás de él. Con lo cual ha quedado como el hada buena e inocente que es a los ojos de Peter Pan. No es mala, pero estos celos enfermizos la traicionan.
Superado este episodio, aparecen en escena las hermanastras de Cenicienta. Para que entiendas la historia, te voy a contar lo que no era capaz de decirte el otro día, pero que no salga de aquí, aunque me temo que es un secreto a voces.
El marido de Cenicienta y su hermanastra la mayor se entienden. Vamos, que son algo más que cuñados. Cenicienta o no lo sabe o no lo quiere saber.
Esta noche no se han cortado ni un pelo: que si bailando juntos, bebiendo, comiendo, riendo, que si miraditas por aquí y por allá... Ha habido un momento en que han desaparecido del baile y los he seguido. Allí estaban en el jardín muy acaramelados. He intentado llevar a Cenicienta para que viera la escena, pero, cómo no, ha perdido un zapato. No gana para zapatos esta mujer. Así que, entre que lo encontraba y no, juraría que no los ha visto. Y al final, sin zapato que se ha ido. Sinceramente, yo creo que lo sabe, pero se hace la tonta.
Por otra parte, he de decir que Aurora estaba espectacular con su vestido/camisón. Eclipsó a un chico guapísimo de ojos azules y con buen porte. Estaban hablando animadamente hasta que ella se ha quedado dormida profundamente sobre su hombro. Hemos intentado despertarla, pero no ha habido manera. El chico ha dicho que él no iba a besarla, que acababa de conocerla. Así que la hemos llevado a casa y en su cama la hemos dejado. Tardará en despertar, seguro.
Blancanieves se tuvo que ir temprano porque a Mocoso le había subido la fiebre. En ese momento su madrastra ha visto el cielo abierto y se ha empezado a pavonear delante de todos. Esta mujer no tiene límites.
Y por lo demás...

DÍA 19 DE ABRIL (Domingo)

Discúlpame, pero ayer estaba tan cansada que me quedé dormida escribiéndote. Ya te había contado lo principal. Lo demás fue lo de siempre.
Hoy he ido con Blancanieves a ver a Aurora y ahí seguía, durmiendo, tan plácidamente.
Así que con las mismas nos hemos ido a tomar el té a casa de Cenicienta. Cuando hemos entrado, estaba todo patas arriba, nada normal en ella. Había cajas de zapatos por todos lados. La mayoría con un solo zapato. Se ha venido abajo y nos ha confesado que hace tiempo que sabía de los escarceos de su marido con su hermanastra. Pensaba que había sido una sola vez, pero ayer, mientras buscaba el zapato en la fiesta, los vio besarse en el jardín.
Lo ha echado de casa. Creo que lo de la cena de Nochebuena tampoco va a ser este año.
En fin, mañana lunes otra vez. ¡Buf! ¡Qué pereza! Y qué ansiedad. Me voy a tomar mi infusión de melatonina, a leer un rato y a dormir. A ver qué me depara la semana que viene....

Verónica S.S.
Grupo C


Diario de unas despedidas

Lunes 14 , 17:57
De regreso a casa, los cerezos del parque nunca estuvieron tan espléndidos. Recibo una llamada de mi Empresa. Sospecha de malos augurios.

Martes 15, 7:55.
Camino hacia el trabajo. El arce japonés de Entrevías se despereza. Me recibe el Director de Recursos Humanos. Sin corbata y con cuatro pelillos ensortijados en la frente, muestra sus dientes de (estamos contentos contigo y necesidades de reestructuración). Miro a la clivia florida junto al ficus de su despacho y balbuceo un cobarde (Lo entiendo). No reacciono, total, mi autoestima está por debajo de la cofia de la raíces. En casa, cierro la persiana.

Miércoles 16, 9:00
Me levanto con la fuerza indiferente y la carga del cheque finiquito, un aroma de (esto es lo que valgo). El Banco me recibe con el mimo del consuelo del reo. (Le entiendo).Usted, ¿Qué entiende? ¡Mamón!. Tampoco hay que ponerse así.

Jueves 17, 10:45
Subo la persiana del autómata. A las 11:00, camino a la Oficina del Inem para engrosar las estadísticas de los cenizos. Firmas y más firmas. Entro en presidio. No se preocupe. Déjeme en paz, ¡Capullo!

Viernes 18. 16:00
Me oprime hasta la catarata incipiente del ojo derecho.

Sábado 19, 11:11
Me llama mi pareja. ¿Cuándo firmamos?. El abogado espera. Más firmas.

Domingo 20 , 00:01 
Ya soy el "ex " de toda mi vida.
Los narcisos comienzan a secarse.

GuADAlupe
Grupo C

Pajaritas de rima, cantares de papel

El martes pasado dedicamos la sesión a Don Miguel de Unamuno. Pero no hablamos del escritor de novelas, o nivolas, o del pensador y filósofo, ni del Catedrático y Rector, ni del Miguel político, sino del poeta, labor que ejerció hasta dos días antes de su muerte. Nos interesó el Miguel del Cancionero, el que juega con las palabras y con la rima, el que se acerca a su infancia y recoge la esencia de la tradición. Y también hablamos del Miguel al que le gustaba dibujar o hacer todo tipo de figuras de papel, el experto en "Cocotología". La editorial salmantina Delirio publicó sus "Apuntes para un tratado de cocotología", en una cuidada edición. Dice Juan Pablo Cruz: La Cocotologia para él fue una fuente de entretenimiento y desarrollo, llego a inventar cerca de una treintena de figuras de papel (que se conozcan). 
En la página de la Asociación Española de Papiroflexia puedes encontrar una biografía sobre el escritor, un artículo sobre papiroflexia, los cuadros que le hicieron Zuloaga y Solana, así como una serie de modelos para que puedas practicar el arte del plegado del papel.
Don Miguel afirma: "Y la pajarita es, a no dudarlo, la forma arquitectónica, digámoslo así, que el papel pide y exige, la forma que del papel surge naturalmente, la perfección de la figura en papel, el perfecto ser papiráceo"

Unamuno fue un gran amante de las palabras y en los últimos años de su vida también de la rima. Pasó de aborrecerla a asombrarse por como determina el proceso de la creación poética. Parte de este espíritu juguetón está recogido en el libro "Miguel de Unamuno. Selección poética" que publicó la editorial Kalandraka y que ilustró Artur Heras. Esto es la carta de presentación del libro:

Canciones de corro, cuentecillos breves y relatos orales como "La rueda Catalina", ''Caminito de Santiago" o "Flor de sol", nos acercan a uno de los principales poetas del siglo XX, para quien el lenguaje era un juguete en sí mismo.
Miguel de Unamuno, uno de los principales poetas del siglo XX, fue inventor de lenguajes especiales: «Dipe-lepe ape Papecope quepe voype ape rompeperpelepe lospe moperrospe». Admiraba la literatura que se transmite en la infancia -canciones de corro, cuentecillos burlescos, relatos orales, chascos- sin la contaminación de los adultos. Y consideraba el lenguaje un juguete en sí mismo: «Una nueva palabra excita nuestra alegría igual que un nuevo bicho», afirmó en Recuerdos de niñez y mocedad. Los trece poemas de esta selección pertenecen a Cancionero, un diario formado por más de 1.700 poemas que fue componiendo a lo largo de su vida, como un espacio de meditación y vuelta a la niñez. Las ilustraciones de Artur Heras -técnica mixta y tratamiento digital- juegan con el simbolismo, la asociación de ideas, el lenguaje y el color. Un libro que invita a leer un poema cada día, o cada semana, o cada mes lunar. Luego se puede dejar descansando en un atril, abierto en la ilustración que se desee, que no es ni más ni menos que la lectura que el artista plástico hizo de las palabras del poeta, para deleite de los ojos del lector y su mirada más personal.



Te ofrecemos a continuación el poema "A mi primer nieto", una preciosa canción de cuna del abuelo a su nieto;

A mi primer nieto

La media luna es una cuna
¿y quién la briza?
Y el niño de la media luna,
¿qué sueños riza?

La media luna es una cuna
¿y quién la mece?
Y el niño de la media luna
¿para quién crece?

La media luna es una cuna,
va a la luna nueva,
y al niño de la media luna,
¿quién me lo lleva?

Y otro poema más titulado "Pajaritas de rima":

Pajaritas de rima,
cantares de papel;
escarceos de esgrima,
que apenas roza piel.
Ya de niño me hacía 
mis juguetes, Señor;
gozaba cada día
jugar al creador.
Pajarita de escuela
-¡y qué duro era el banco!-
su recuerdo me vuela
triangulado y blanco.

Si quieres conocer los pasos de Don Miguel en la ciudad te invitamos a hacer el paseo Unamuniano que promueve la Fundación Salamanca Ciudad de Saberes. Josetxu Morán encarna al escritor cuando la visita se realiza para escolares y cuenta muchas de las cosas que encontrarás en este enlace. 
Pero puedes hacer ese recorrido con el periodista Paco Gómez  y Francisco Blanco, Presidente de Honor de la Asociación de Amigos de Unamuno de Salamanca, en el programa "Un paseo por Salamanca".
A don Miguel le gustaba la Plaza Mayor. Allí observaba con detalle el modo en qué paseaban los salmantinos. Los hombres lo hacían por la parte de adentro, la vuelta más corta. Su movimiento era en el sentido del reloj o dextrógiro, y las mueres lo hacían por la parte de afuera, en sentido contrario a las agujas del reloj o movimiento levógiro. Y así pasaban las horas, dándose la cara dos veces. 
Cerramos este post con otra invitación, en este caso a pasear por la página de Pep Gómez, uno de los grandes cocotólogos de este país. Hace años disfrutamos durante una Feria del Libro de Salamanca de un espectáculo dedicado al escritor titulado "Las pajaritas de Don Miguel". Puedes ver el vídeo en este enlace.

Propuesta de escritura

Una de las aficiones favoritas del escritor  fue la papiroflexia. No era extraño verle en algún café plegando cuartillas o servilletas de papel y regalando después las papirolas a quienes se las solicitaban. El arte de construir pajaritas de papel se conoce también con ese curioso nombre, cocotología, una palabra que viene del francés cocotte -gallina, ave, pajarita-, en lenguaje infantil y coloquial. Dos de las pájaras que inventó fueron "El pájaro sabio" y "El avechucho". Él les dio forma pero tú puedes dotarlas de vida. Piensa que eras un experto ornitólogo y escribe un texto sobre estas curiosas aves.



Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora:


El avechucho de Unamuno

Está hecho de papel, el avechucho,
celulosa prensada, blanca pasta.
Para volar al cielo eso no basta,
mas se conforma, no necesita mucho.

Tiene aspecto de estar ensimismado,
de estar pensando en sabe Dios que cosa:
en una flor que ha visto, en una rosa,
o en el peligro de un gato taimado,

que poner pueda su vida en un brete,
acechándole con felinos ojos
que, de amarillos, tornan a ser rojos
al descubrir el posible banquete.

No le hace ascos a su estática vida;
“carpe diem”, se dice muy ufano.
Y brinda, aunque sin copa en la mano,
con la tranquilidad como bebida.

Un avechucho más, un algo asceta,
nacido de árbol, de papel formado,
con la paciencia de lo inanimado
le basta que le cante algún poeta.

Carlos Coca
Grupo C


El avechucho de papel

El avechucho (Avis canis vulgaris), a pesar de su escasa población, podemos encontrarlo en la meseta superior recién iniciado el otoño, ya lo dice el refrán: El avechucho de papel, verás por San Miguel
De aspecto desagradable y costumbres despreciables, esta ave que estudiamos hoy la descubrió Unamuno en una cafetería de la Plaza Mayor de Salamanca una tarde soleada cuando el verano tocaba a su fin. Escondida entre pliegos de papel blanco, se resistió a que la viera el ilustre profesor utilizando su capacidad para camuflarse y disfrazarse.
Tan pronto parecía un pájaro sabio como una pajarita vulgar. El tesón y la experiencia de D. Miguel consiguieron dejar al descubierto su patas, fuertes como las piernas de un soldado de infantería , su espalda encorvada y ese pico inconfundible en forma de alcayata invertida.
Esta especie, no anida ni pone huevos por lo que su reproducción sólo es posible mediante ingeniería cocotológica, una rama avanzada de la papiroflexia.
Afortunadamente, todos los conocimientos de este primer cocotólogo permanecen custodiados en su Casa-Museo.

Enrique Martínez
Grupo C


SAPIENS AVIS

En Salamanca, ciudad universitaria y del saber, anida un ave de porte señorial, llamada Sapiens Avis o pájaro sabio.
De belleza sin igual, su plumaje y su majestuosa cola, destacan por una mezcla de colores azul, verde y rojo intenso, que, al levantar el vuelo, dejan tras de sí una estela que el cielo viene a pintar. Su sutil aleteo simboliza la búsqueda constante de la pureza y la libertad del ser humano.
Cuando el sol comienza a desperezarse anunciando un nuevo día, abre su pico largo y brillante emitiendo un canto dulce y melódico que irrumpe suavemente entre los muros de la universidad. Cuentan, que al amparo de su delicado trino, no han sido pocos los que, hipnotizados, han caído en las redes del amor.
Gusta reposar su vuelo en el hombro de D. Fray Luis de León y observar a los que acometen la difícil empresa de encontrar a su amiga la rana.
Todos los septiembres, prepara su casa en el Patio de Escuelas para emigrar en el mes de junio hacia climas más templados y tomar su merecido descanso.
No es violenta y en contadas ocasiones ataca. Únicamente arremete contra aquellos que se burlan de su querido Fray Luis o, aquellos en los que percibe actitudes arrogantes y pretenciosas acompañadas de discursos vacíos y errados. Y es que, la ignorancia es muy atrevida.
Al atardecer, cuando las sombras lamen las piedras de la fachada de la universidad, acude presta a la casa de su creador, a rendir pleitesía a D. Miguel de Unamuno, para hacerle partícipe de las peripecias vividas en la cuidad del saber.

Verónica S.S.
Grupo C


¡No seas avechucho!

No sé si os habréis fijado, pero últimamente se ven muchos avechuchos en esta zona. Son pajarracos desconfiados y muy descarados. Suelen volar en parejas y normalmente van riéndose a carcajadas de nosotros por lo confusos que estamos, ya que ellos desde arriba lo ven todo con mucha claridad. Si les recriminas te hacen gestos como diciéndote “atrévete a subir aquí”, o sea a su altura en el cielo, con lo cual es mejor dejarlos que se rian de lo que quieran.
Vinieron migrando de algún país lejano, pero no se sabe de dónde y han decidido quedarse. Se niegan a volver a migrar, lo que está produciendo atascos entre la población de aves porque no dejan entrar a los que llegan y hay discusiones continuas que acaban a veces a picotazo limpio. Tal es el revuelo que las autoridades están pensando en poner controladores aéreos para las aves.
Los avechuchos eligen muy bien las cabezas sobre las que van a dejar caer sus deposiciones y tienen preferencia por los calvos. Cuando aciertan se ríen descaradamente diciendo : “¡diana!”.
Otra característica de estos pajarracos es que cantan mal deliberadamente, sólo para dar la lata. A ellos lo que realmente les gusta es bailar. Les encanta reunirse al atardecer y ensayar coreografías en parejas porque, en el fondo, son unos románticos. Les enternecen las personas que sufren por amor y cuando detectan a alguien despechado se atreven a enviar a la persona amada un mensaje de reconciliación, lo que da lugar a muchos malentendidos.
Se alimentan de los restos de comida que quedan en las terrazas de los bares y a veces incluso beben unos traguitos de vino o cerveza de los vasos que dejan los clientes sin apurar.
No son muy dados a la procreación porque no quieren aumentar su número, piensan que así tocan a más.
Tienen fama de ociosos y chismosos. Tal es su influjo que se está empezando a utilizar la expresión: “¡no seas avechucho!“, cuando se quiere decir a alguien que no sea tan descarado...
Los avechuchos se llevan a matar con los pájaros sabios, que son muy silenciosos y llevan una existencia anodina. A los avechuchos se les ve venir porque son muy escandalosos, pero los pájaros sabios son realmente peligrosos porque se creen que lo saben todo . Suelen intentar anidar entre nuestros cabellos y cuando lo consiguen, te conviertes en una persona triste.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C

Meeting point. Encuentros y desencuentros

Esta ha sido una semana de encuentros y desencuentros. Un "hola" y un "adiós" pronunciados en la misma frase pero con distinto ánimo. Un elixir de presencias regado con un aroma de ausencias. Un antes y un después, el anverso y el reverso de una circunstancia de vida.
Este tema, propuesto por las compañeras Esperanza García y Maite Bustos, del grupo A, será motivo de un encuentro entre los tres grupos de taller el día 18 de abril. El patio de la Biblioteca Pública de la Casa de las Conchas acogerá un concierto-recital donde la literatura, la música y el baile serán nuestro equipaje a compartir con quienes gusten encontrarse con nosotros.
Abrimos la cancela de este tema tan amplio con unas citas pero no citas a ciegas protagonistas de muchos encuentros sino frases literarias.
Julio Cortázar afirma que "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado", Vinicius de Moraes está convencido de que "La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida" y Edgar Oceransky nos deja una frase para tatuarla en la piel: "No sé cuantas vidas me faltan, pero en cada una espero encontrarme contigo".




Leímos y comentamos los relatos "Encuentro" de Octavio Paz y "La determinación" de Quim Monzó. Disfrutamos con el maravillo cuento "Tristán García" de Álvaro Cunqueiro, una historia que conocí en galego gracias a Quico Cadaval y que puedes escuchar en su voz o también puedes disfrutarla en la adaptación a la pantalla que hizo Xosé Cermeño para la Televisión Gallega.
Recomendamos el libro "Desencuentros" de Jimmy Liao cuya historia puedes conocer en este enlace. Y también hablamos del libro "El Encuentro" de Enrique Flores.



 
Otros relatos que mencionamos fueron "Amigas" de Mercedes Abad o "No es nada" de Carlos Castán, ambos forman parte del libro de relatos "Encuentros y desencuentros", una selección de relatos para estudiantes de español como lengua extranjera.
Cerramos este entrada en el blog con el deseo de que con la presente os encontréis bien, una fórmula epistolar que no podía faltar en las cartas.


Propuesta escritura

Escribe un texto sobre un encuentro o desencuentro. Puede ser contigo mismo, con un fantasma, con algún amigo, con tu ex, con tu pareja, con una persona con la que te has citado. Un encuentro que lleva a un desencuentro. Un desencuentro sin encuentro. Un encuentro sin desencuentro.
Busca la manera no te vayas por las ramas. Quien busca, halla.


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Encuentros en la piel.

El sueño llegó despacio, sin ruido, con calma. Caminaba por el parque al atardecer. Entonces lo vi. No parecía sorprendido de verme, como si supiera que tarde o temprano nos encontraríamos allí. Sonreía con esa tranquilidad que siempre transmitía.
Él me tendió su mano. Me puse a su altura y caminamos. Sentí una paz muy grande, como si todo el dolor que durante tanto tiempo había sentido ahogándome el pecho ahora se aligerara.
Hablamos de los pequeños momentos vividos. De que iba a ser abuelo, esta vez de una niña. Él escuchaba con atención, como siempre lo hacía, con ojos de amor y ternura.
El viento movía suavemente las hojas de los árboles. Por un instante sentí que el tiempo se detenía. Antes de despedirme, me rodeó con sus brazos como siempre, y apoyando mi cabeza sobre su pecho, disfruté de su olor y su calor.
Desperté. La habitación estaba en silencio. Aún era de noche. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. En mi mente y en mi piel permanecía el abrazo. Lo sentía, era real, estaba presente, podía percibir su olor y su calor.
En el pecho me invadía una calma profunda, como si el sueño hubiera sido un pequeño reencuentro que el corazón pedía. Sentí que no estaba sola y me preparé para soñar de nuevo con él.

E.R.A.
Grupo B


Encuentros en el metro

Como cada mañana, a la misma hora, descendía hacia el andén del metro. Siempre se subía al tercer vagón. Y como cada día, él ya estaba dentro.
Al principio parecía una coincidencia. Un rostro entre muchos. Pero con el tiempo, ambos empezaban a reconocerse sin querer. Ese instante breve, en el que sus miradas se cruzaban y fingían mirar otra cosa: el móvil, el libro...
Nunca habían hablado, pero en sus cabezas discurrían conversaciones enteras. Ella jugaba a adivinar su profesión e imaginaba que tocaba el piano, porque él no paraba de tamborilear sus dedos sobre sus rodillas, de forma rítmica, como si repasara una partitura.
Él imaginaba que un día el tren se detenía entre estaciones, y en medio del silencio incómodo del vagón, ella decía: ¡Vaya, hoy llegamos tarde!.
Se reían y, tras la primera sorpresa, todos los días se saludaban y hablaban. Al principio de cosas sencillas: del frío de las mañanas, del café que él siempre llevaba en la mano, de los libros que veía que ella leía.
En su fantasía, ambos imaginaban que bajaban en la estación de siempre. El le cedía el paso y decidían tomarse su primer café juntos, aunque ese día llegaran tarde al trabajo.
Ambos sonreían nerviosos. Después caminaban juntos por la calle, cada uno hacia su local, prometiendo volver a encontrarse al día siguiente.
Pero en la realidad, el tren seguía llegando cada mañana. Las puertas se abrían. La gente entraba y salía. A veces sus miradas se encontraban apenas un segundo más de lo habitual. Un segundo que parecía decir muchas cosas que ninguno se atrevía a pronunciar.
Dos desconocidos compartiendo el mismo trayecto, las mismas paradas y una pequeña historia silenciosa que solo existía en sus mentes y entre una mirada y otra. Tal vez un día alguno hablara. Mientras tanto, cada mañana el metro seguía avanzando, llevando con él todas esas historias que todavía no habían comenzado.

E.R.A.
Grupo B


Yo, el otro

Me busco, pero no me encuentro. Así me ha pasado toda la vida, tengo un yo muy escurridizo, un Houdini de la auto conciencia, un Wally de mi identidad, que sé que está ahí -aquí, mejor dicho-, pero me resulta completamente imposible localizar; aquí, pero ¿dónde? Se ve que le gusta jugar conmigo -y consigo mismo- al escondite.
Me como mucho el coco, ¿acaso hay más de un aquí? Eso rompería todos mis esquemas, es absurdo, científicamente imposible. Se podría explicar con la mandanga de los universos paralelos, pero nunca he creído en esas cosas, a los astrofísicos se les va mucho la olla, pensar en un solo universo infinito ya es casi inconcebible, así que más de uno, -más de un Big Bang- simplemente demuestra que les ha estallado la cabeza; y no es para menos.
“Usted está aquí”, dicen los planos de la ciudad, señalando un punto. Pero yo, por más que miro, no me veo; veo el puto punto, pero nada más. Así que localizo el bar más cercano y me dirijo allí. En la pared, detrás de la barra, hay un gran espejo con baldas de aluminio llenas de botellas de todos los colores. Me veo en el espejo, tengo una pequeña alucinación, creo haberme, por fin, encontrado, ¡eureka!; pero enseguida caigo en la cuenta -sólo me he tomado una copa- de que no soy yo, es simplemente mi reflejo, total, que mi gozo en un pozo.
Se me ocurre una cosa -a la tercera o cuarta copa, vete a saber-; me pongo a mirarme, fijamente, en el espejo. Se trata -es una idea genial, a ver si es que me ha estallado la cabeza como a los astrofísicos-, de invocar a mi imagen, como si estuviera practicando una ouija, para que se corporeice en mí. Una especie de teletransportación cuántica -tengo que dejar de ver divulgación científica, aunque quizá ya sea demasiado tarde- de modo que por fin me encuentre a mí mismo.
Después de unos nanosegundos que parecen una eternidad, un tiempo expandido, la imagen se ha hecho carne en mí. Ya estoy completo, me he encontrado, yo soy yo. Pido la cuenta, embriagado de felicidad -y de varias copas más de la cuenta-, convencido de que mi búsqueda existencial ha llegado, gloriosamente y para siempre, a su fin.
El camarero saca el ticket, lo pone en una de esas bandejitas, y, cuando ya estoy abriendo la cartera para pagar, me da la espalda, y se la ofrece al espejo. Suena un tintineo de monedas, y se oye una voz -que no es la mía, pero es la mía- que dice: - Gracias Manolo, hasta luego.
A mí se me cae el alma a los pies, pero ya ni me molesto en recogerla. Salgo sin despedirme de Manolo.

Ignacio Aparicio
Grupo A


La mano tendida

El viento soplaba con fuerza. El vértigo me empujaba al vacío. Cerré los ojos. Un pequeño salto y todo terminaría. Dicen que toda tu vida transcurre en un aleteo, en los últimos momentos de tu existencia.
Recuerdo la primera vez que chocaron nuestras miradas. Me enamoré al instante. De su pelo lacio, sus pómulos sonrosados y su tierna sonrisa. Del calor suave que transmitía su mano cuando corríamos agarrados por el patio del colegio, como si voláramos. Un día desapareció. El tutor nos explicó que su padre había sido destinado a otra ciudad.
Cuatro años después nos volvimos a encontrar. Era verano, se alojaba en casa de sus tíos. Formábamos una pandilla de siete adolescentes, pero ella y yo éramos inseparables. De excursión a la montaña, a la piscina, al cine, siempre agarrados de la mano. El último día, la besé. Me arrepentí. Debí besarla el primer día.
Pasaron seis años. Terminaba Medicina cuando una esquela en el barrio me turbó. Su padre había fallecido. Me acerqué a mostrar mis condolencias. Vestía de negro, con velo de luto y mantilla. Llevaba unos guantes largos y agradecía las muestras de afecto. El duelo no ocultaba su belleza. Me vio esperando turno para dar el pésame a su familia. Se retiró el velo y se quitó los guantes para atender a la señora que me precedía. Me tendió la mano. Reconocí su sonrisa, sus ojos, su rostro, la calidez de su piel. Nos miramos sin decir palabra. Una vieja que esperaba detrás me propinó un puntapié.
Unos meses después me enteré de que su madre la había prometido en matrimonio. Superé mi aflicción centrándome en mi reciente trabajo.
Pasaron ocho años. Era especialista en cardiología y un referente nacional en los incipientes trasplantes de corazón. Una mañana de abril se presentó en mi consulta, prendida del brazo de su marido. Él estaba gravemente enfermo. Ella había insistido en que solo yo podía atenderle. Me tendió la mano y me miró a los ojos. Los suyos habían perdido la pureza, parecían tristes, pero su sonrisa era la misma. Apretó mi mano con fuerza antes de decir: —Salve mi vida, doctor.
El trasplante fue un éxito. Nunca me lo agradeció.
Diez años después, un familiar suyo me dijo que estaba moribunda. Me desplacé para verla.
Me tendió la mano. Sus ojos mortecinos me observaban. Dos lágrimas recorrían sus marchitas mejillas. Su sonrisa había desaparecido.
—Necio —me dijo.
Me soltó la mano y se dio la vuelta.
Murió ayer.
Inspiro profundamente. El viento sopla con fuerza. Presiento su mano tendida en el vacío. Retrocedo dos pasos y me echo a llorar.

Max Ferlam.
Grupo B


Diario desencuentro

Tengo un Yo, optimista impenitente,
que me susurra que esto tiene algún sentido,
que vivir es disfrutar de lo vivido,
que morir es sólo estar ausente.

Que “carpe diem”, que siga tan tranquilo,
sin esperar que nada me ilumine;
que disfrute antes de que todo se termine,
que apure la copa, que siga el hilo.

Y tengo otro heterónimo, llamado
“Don Buscador del Sentido de la Vida”,
que me insiste en que ha de haber una medida,
un canon que seguir, un credo amado.

Que es imposible existir sin un destino,
sin practicar un mito al que agarrarse,
quimera razonable. Que es mejor engatusarse,
que es más cuerdo seguir algún camino.

Y se encuentran los dos, casi a diario,
y discuten, cada uno a su manera,
para ganar el premio en la carrera
de ser la letra A en mi abecedario.

Y una y otra vez se desencuentran.

Carlos Coca
Grupo C


Los algoritmos del amor

Se conocieron por casualidad. Él era profesor de matemáticas de secundaria, aunque no le gustaba mucho dar clase a adolescentes sin el más mínimo interés por las ecuaciones diferenciales, los polinomios o la probabilidad. Ella trabajaba como representante comercial de una conocida marca de productos lácteos. Coincidieron en una degustación gratuita de una feria de quesos. Para él, aquel encuentro fue como trazar una tangente en un punto de la curva. Los abrazos y caricias iniciales trajeron consigo dos hijos y una casa hipotecada. Sin embargo, los seis últimos meses habían derivado hacia un distanciamiento progresivo, con miles de silencios velados y palabras rotas. La atmósfera se hizo irrespirable y opresiva. Tras diez años de matrimonio dejaron de compartir cama; la comunicación se redujo al buenos días, ¿recoges tú a los niños? o un escueto ¡hasta mañana! Sus vidas se habían convertido en un sistema de ecuaciones incompatible. Aquello terminó con un asfixiante convenio regulador y un divorcio en toda regla.
Él atravesó una mala temporada, estaba saliendo de aquel pozo de tristeza, rabia y confusión. Cuando la conoció por casualidad. Ella era soltera, una mujer de carácter entregada a su trabajo, policía nacional en Zamora. Coincidieron en el gimnasio y rápidamente hubo química, ¡vaya si la hubo! Quedaron varias mañanas a tomar algo en una cafetería cercana, y la dopamina disparó el deseo intenso de continuar compartiendo sudores y jadeos. Sus encuentros fueron apasionados, ideales para recuperar el hambre atrasada. Una relación loca, salvaje, obsesiva. Una atracción desenfrenada como si se tratara de una función exponencial. Después de seis meses ella fue destinada a Pamplona. Cuatrocientos treinta kilómetros fueron suficientes para abrir sutiles grietas. La relación se fue diluyendo con la distancia, los tiempos compartidos cada vez eran menos, surgieron los malentendidos, el ambiente se fue enfriando… Hasta que una mañana de domingo ella le comunicó que había decidido dejarlo.
Ella trataba de sobrevivir en medio de aquella existencia anodina. Hasta que le conoció por casualidad. Comenzó a coincidir en el autobús, casi todas las mañanas, con un joven con gabardina y gafas de pasta. Era atractivo, con ese pelo rizado que tan bien le sentaba. ¿Cómo se llamaría? ¿Dónde trabajaría? Un día atisbó a ver el título del libro que él devoraba. Se lo compró de inmediato: Icebraker, de Hannah Grace. Cuatrocientas cuarenta y ocho páginas con numerosas escenas apasionadas de sexo explícito. Disfrutaba con la lectura compartida de esa historia salpicada de múltiples momentos picantes, hasta el punto que las endorfinas generadas aliviaban el estrés que le provocaban las guardias de la comisaría. Una mañana decidió romper el hielo e iniciar una conversación casual con aquel hombre tan encantador. Sin embargo, aquel día no coincidió con él, las jornadas siguientes tampoco lo vio. No sabía qué podría haberle pasado… Se sentía abatida.
Poco después, ambos se registraron en diferentes aplicaciones de citas. Ella se decidió por Meetic, donde se presentó con un perfil sincero y unas fotos en las que parecía desenfadada. Chateaba con sus parejas en un juego sin fin. Se sentía insegura, quedaba con hombres para tomar un café, pasear sin rumbo o hablar de libros interesantes, aunque al final se cansó de tener que espantarlos como moscas, pues ellos acudían solícitos con una única intención. ¡Los tío van a lo que van! Ciertamente, ella buscaba otra cosa.
Él eligió Tinder, donde creó un perfil sin cargas familiares y con cinco años menos. Todo se reducía a la probabilidad de la compatibilidad con su potencial compañera de vida. Leyó en el móvil sobre la regla de los tres días, las tres semanas y los tres meses, aunque no entendía demasiado. Aquello, sin duda, era más complicado que el cálculo infinitesimal. Él se dedicaba a descomponer sus encuentros amorosos, como si fueran integrales o derivadas, para intentar comprender el complejo sistema de los algoritmos del amor.

Jesús García
Grupo A


El único inconveniente

Son las seis. Una mujer se acerca y empuja la puerta con desenvoltura. Seguro que es ella. Conversa con el camarero y este le acompaña hasta una mesa cerca del ventanal. Ella le sonríe mientras aprieta un pequeño libro de pasta ajadas contra el pecho y pide un café. Se sienta, pero antes cuelga el bolso en uno de los brazos de la silla. Lo coge de nuevo. Introduce su mano y revuelve hasta hallar un paquete de tabaco y el mechero. Cierra la cremallera y lo deja esta vez en la silla de enfrente. Abre el libro por la página que tiene una pequeña doblez en la esquina. Instantes después lo cierra y mira de reojo el reloj que lleva en la muñeca. El café humea sobre la mesa. Justo a su lado hay un espejo que refleja a una joven sentada junto a la puerta. Lleva el pelo largo y suelto, enreda algunos mechones en su dedo índice una y otra vez mientras mira embobada a un hombre que está en la barra hablando por teléfono. Él se acerca y la besa antes de retirarle la silla para marcharse. Los sigue con la mirada hasta que la puerta se cierra. Después, se ladea un poco para mirarse en el espejo. Coloca algunos rizos que se han soltado del peinado y tantea con suavidad el cabello de la nuca. Examina de nuevo su reloj, esta vez de frente. Enciende un cigarrillo aspirando profundamente el humo. Se sienta más erguida mientras acaricia cada una de sus uñas con la yema de su dedo meñique. Vuelve a la lectura de la página señalada. Cruza las piernas. Un reloj enorme que esta al fondo de la cafetería señala las seis y media. Apaga el cigarro. Manosea su tobillo izquierdo por debajo de la mesa sin quitarle los ojos a la hoja del libro que lee esta vez, con insistencia. Bebe un sorbo de café y retira la taza. Juega con la cadena del reloj haciéndola girar sin reparar en ella. Cierra el libro para volver de nuevo a su reflejo en el cristal. Una a una, retira las horquillas del cabello que cae con suavidad sobre su espalda. Se peina el flequillo con los dedos y coloca el mechón que cubre una de sus mejillas, detrás de la oreja. Enciende el último cigarro que le queda en el paquete de tabaco. Llama al camarero y haciendo una señal con la mano, le pide la cuenta. Mientras se levanta, coge su bolso y saca unas monedas. Las pone encima del ticket que el camarero trajo en una pequeña bandeja de porcelana. Camino de la puerta se detiene en el último escalón que da a la calle y regresa a la mesa para recoger el libro olvidado sobre la mesa. Veinte poemas de amor, de Neruda.
Lo sé porque es mi libro favorito, como lo es también el suyo. Nuestra clave de reconocimiento.
Abre la puerta con elegancia y camina con pasos pequeños y sensuales. Se aleja Marina es verdaderamente hermosa.
El único inconveniente, llamémoslo así, es que no creo en las citas a ciegas. Por eso nunca me presento a ninguna.

Mamen Somar
Grupo C


Encuentro y desencuentro

No quise encontrarme contigo,
tus ojos transparentes
romperían el curso de mis días.

Te lo dije:
no quiero tu mirada clara
destruyendo la penumbra que me envuelve.

Sabía que tu cintura
marcaría los ritmos de mis pasos
y aún así
me quedé allí,
quieta, desolada,
incapaz de ordenar el caos que me habita.

Sabía que pasaría:
pondrías mi mundo ordenado y cómodo
a tu antojo
mientras yo te pediría
que te quedaras
solo un momento más.

Tú simplemente me miraste,
caminaste sin dejar huella
hacia un lugar
al que no podía seguirte.

Desapareciste en la nada
sin apenas hacer ruido
mientras yo,
solitaria y torpe,
trataba de recoger
los pedazos de sueños
que me arrancaste un día.

Elena Domínguez
Grupo C


Secreto de amigos

Lo recuerdo como si fuera ayer, pero ya ha pasado media vida, desde que sucedió lo que voy a contaros, como un secreto entre dos amigos.
Era el último día de las fiestas de septiembre en nuestro pueblo, estaba empezando a anochecer, cuando un amigo se me acerca y me dice que quiere hablar seriamente conmigo.
En principio me sorprendió tanto misterio, pero cuando empezó hablar, no pude menos que reírme y darle un abrazo.
Este amigo vivía y trabajaba en el país vasco, y todos los años acudía a las fiestas de los toros del pueblo.
Alguien le había comentado que yo salía en Salamanca con una amiga común, y me preguntaba si era o no cierto, porque estaba dispuesto a pedirla relaciones “serias”, si estaba “libre”.
La alabé todo lo que pude, pues era verdad que era una chica estupenda, le conté que íbamos y veníamos al pueblo muchas veces juntos en el tren o en la “serrana” , y que yo ya tenía novia en Salamanca, por lo que podía estar tranquilo, y empecé a echarle un capote, en los siguientes viajes.
Ella, yo creo que no sabe nada de esta conversación entre dos amigos, no tardaron mucho en casarse y formar una familia en el país vasco, pero siguen acudiendo a las fiestas del pueblo todos los años, y cuando hablo o me cruzo con ellos, mi amigo y yo, nos miramos y nos echamos una ligera sonrisa.

Luis Iglesias
Grupo B


Mi corazón lleno de recuerdos

Hoy, diecinueve de marzo,
desperté buscándote
más allá del océano.
Una cortina de húmedas gotas
resbalaban por mis ojos.
Y, lejos, muy lejos,
vi tu cara,
tu inmensa sonrisa.
El sol resplandecía
sobre tus cabellos,
caminabas con paso firme
por la arena
de la mano del viento.
De pronto cayó la tarde,
y, con el crepúsculo,
fui a tu encuentro.

P.G.
Grupo C


Cambio de planes

Me enviaron con billete de ida a Salamanca en los años 80, para empezar el nuevo curso de Medicina, cuando mi idea era ir a la Coruña a ver a un chico que había conocido de casualidad en Salamanca
No era fácil escapar a los designios paternos, pero tenía que hacer algo antes de llegar al destino.
No había Google ni Internet, solo sabía que Venta de Baños era mi única solución, un nudo ferroviario con el tren que iba a Coruña. Viajaba con una hermana nada transgresora, y lo decidí en 2 minutos.
Bajar en Venta de Baños y enterarme, con la única compañía de un maletón con enseres para 2 o 3 meses de estancia en Salamanca , cuándo salía un tren con destino a Galicia.
Ante el asombro de la “Cándida”, mi hermana obediente, en cuanto paró en la estación , bajé al andén y dije adiós al tren que me debería llevar al destino que mis padres creían iba a llegar y no llegué el día previsto-
Me bajé del tren en la parada , a las 11 de la mañana y cuando fui a enterarme, el único que podía coger era a la una de la madrugada.
Ante la imposibilidad de consigna, época de terrorismo y prohibición de coger bultos a nadie, me fui con la maleta al cine a ver una película que no recuerdo para nada.
Si recuerdo algo, Que me esperaba en la Coruña un amor que duró 25 años.

Carmela
Grupo A


Donde le dejamos, allí le encontramos.

Eran los años 60, acabábamos de cumplir los 18. Ya teníamos el carné de conducir, y la escasa disponibilidad de vehículos cuando nos los dejaban nuestros padres.
Vivíamos en los pueblos de la raya, próximos a Ciudad Rodrigo. Y por aquel entonces se celebraba el festival del Águeda. Era una copia pobre del festival de Benidorm, pero para nosotros era algo espectacular.
No sé cómo, pero mi amigo Paco consiguió coche y permiso para acudir al festejo. Yo estaba apuntado de antemano al mismo, pero en aquella ocasión se añadió un vecino algo más joven que nosotros, que estaba de vacaciones en el pueblo y era francés; se llamaba Patrick, y nosotros, para facilitar el lenguaje, le habíamos bautizado como “patuco”; la cuestión es que su abuela nos agradeció que sacáramos a su nieto de casa y nos lo lleváramos.
Llegados a Ciudad Rodrigo y para entrar en faena, nos acercamos a un bar y nos tomamos unos cubatas para irnos entonando. Paco y yo, acto seguido, nos fuimos a ver el festival con la clara intención de ligar lo que pudiésemos. El amigo añadido, “patuco” no nos quiso acompañar y se quedó en el bar.
Al cabo de un par de horas aproximadamente volvimos al sitio donde habíamos dejado al amigo y hete aquí que lo encontramos en el mismo sitio donde lo habíamos dejado, pero sentado en el suelo debajo de la barra; ¿os podéis imaginar el “colocón” que tenía el muchacho? Le recogimos entre los dos, le llevamos al coche, le sentamos en la parte de atrás y nos fuimos; no sin antes haber bajado dos o tres dedos el cristal de la ventanilla para que no se nos ahogase, pues era verano y hacía calor.
Ya de madrugada volvimos a casa y devolvimos a nuestro acompañante a su domicilio. Llegó bien fresquito, pues ya llevaba la “cogorza” bien dormida y despejada.
Su abuela nos lo agradeció invitándonos a comer un día. Nos preparó “pollo a la cerveza”, un plato que era su especialidad y que nos supo a gloria.

José Luis Fonseca
Grupo B


No volveré

No volveré a tus pagos ni a tus riegos.
Muros en el asfalto, espesa niebla,
vetarán el paso de sueños ciegos,
bálsamo y marea que la garza puebla.

No me hablarás de Mahler ni sonatas,
ni me hablarás del tiempo o de la liga,
en roca añil de monte me constatas,
del abrazo al abismo me castigas.

Yo soy hija de la escarcha y del invierno,
lágrimas de una filigrana gélida
pegaré en mi álbum de niñez interno.

Y templaré la incógnita y la umbría,
yo, blanda hermana del valiente Pélida,
con áurea manta del calor de Hestía.

Marisa Sánchez
Grupo C


Encuentro y Desencuentro

Te encontré después de haber soñado contigo tantos años, al otro lado del mundo, en una tierra misteriosa y exótica; Camboya. Te encontré insospechada y sorpresivamente, cuando nunca lo hubiera esperado. Apareciste con un mensaje cifrado y misterioso.
Yo te amaba desde siempre y tú, tú amaste siempre, sin saberlo. Amaste siempre mi piel, mis ojos y mi pelo. Por todo ello es que lo nuestro no, no fue un encuentro estrictamente hablando, fue más bien una broma del destino o un tropezón dentro de un rulo del tiempo. Una trampa en la que caíste, a causa de un vestido negro de satén y un profundo escote en mi espalda.
Después han venido todos esos otros encuentros; Tú y yo perdidos entre la pasión de las arenas sofocantes del desierto o absortos ante el bullicio de ciudades infinitas. Ocultos tras los rascacielos de NY, reflejados en sus cristales, entre las nubes y lo rayos del sol de sus cielos. Revueltos y confundidos, entre las corrientes turbias del Sena, en una París rancia, aristocrática y frívola, como tu alma.
Nuestros desencuentros han sido tantos que no, no puedo ni enumerarlos ni nombrarlos. No acabaría nunca. Me conformaré con reconocer que no ha habido mayor y más doloroso desencuentro entre nosotros, que tus silencios eternos, tu indolencia cotidiana y ese desprecio absoluto que sientes, como como una náusea, hacia a la debilidad y la fragilidad humana.
El brillo de tus ojos azules y fríos. La gruesa y dura piel de tus manos, gruesa y dura como tu coraza ante el mundo. Tu coraza ante el sufrimiento del otro, ese otro del que no conoces ni sabes nada, nunca.
Tu espalda girando en cada despedida, enorme, infranqueable, como un muro. Absoluta, irremediable y definitiva. Inclemente, muda y sorda.
Nunca acabaré de entender el misterio de nuestro encuentro y nuestro desencuentro. Siempre estarán allí, uno al lado del otro, conviviendo como la superficie inabarcable del mar y el abismo oscuro de sus profundidades, al que no se le mira el fondo.
Siempre están allí, uno al lado del otro, eternamente, inseparables, unidos. Y yo, yo girando alrededor de ambos, para siempre…Siempre.

Esperanza García
Grupo A



Te lo prometo

Mucha nieve afuera, termómetros bajo cero. Varios huesos rotos y un corazón hecho pedazos.
Boston.
Eras un hombre al que se le estaba yendo la vida. Un hombre de verdes pupilas tristes y manos vencidas, con voz profunda y sonora, viviendo ya sólo de recuerdos y anhelos perdidos. Algo viste en mí que llenó los silencios de toda tu vida. Algo viste en mí que te habló de los sueños de tu infancia y de los sueños de todos tus ancestros.
Después de aquel nuestro primer almuerzo al lado del Atlántico Norte, te aferraste a mi abrazo, al calor de mi cuerpo bajo tus sábanas y al timbre de mi risa entre los copos de nieve de tu jardín. Quisiste que me quedara contigo para toda la vida. Compraste mi sombra a tu lado con pasajes de aviones, cuartos de hoteles en Venecia y vistas al mar embravecido de Galicia, de Santander, de Valencia y de Cádiz. Compraste mi risa y el roce de mis rodillas, con caminos empolvados de Romanos, aromáticos baños de pachás en Sevilla y con la blanca nieve de las montañas, apilada sobre los techos de las catedrales al norte de Italia. Con guitarras flamencas, cantes por Soleá y patas de caballos jerezanos bailando frente a mí.
Yo un día triste de pandemia quise dejarte para siempre. Tú me dijiste, al otro lado del mar que no podías morir sin volver a verme. Regresé a tu lado y ya no he podido dejarte. Tu oferta incondicional y extravagante de perseguir a la rosa de los vientos alrededor del mundo, ha sido y es irresistible.
Un día, un día estaré contigo para siempre, siempre. Te lo prometo. 

Esperanza García
Grupo A


Final de los comienzos

Caminaba por aquel túnel, despacio. Un duermevela que le acechaba desde que la medicación hizo el efecto.
Agobios de sedaciones, monitor de frecuencias, ventiladores y bombas de infusión, acompañaron el desfile de personas inconexas, las más importantes de aquella vida, las de duelos infinitos. Eran cuerpos debilitados por un surrealismo onírico, que se derretían en el horizonte. Una luz hipnótica, en movimiento astral, acortaba la distancia entre la evasión del cuerpo y el encuentro con la esencia profunda de un sentido de vida. El abrazo debilitado con el sueño vital. Sin tiempo ni espacio, solo Ser.
Sintió frío, una mirada azul, un rostro amordazado y sonidos de confusión.
Regresó tranquilo, sus constantes recuperadas por arte del destino, un conflicto entre lo mágico y el vacío de aquel estado inconsciente.
Con los años siguió pensando si aquel abrazo de retorno no fue más que un desencuentro con la vida.
Sonrió, y sus ojos cegados por el sol susurraron Gracias.

P.D.: A mi amigo José Ángel

GuADAlupe
Grupo C  


LuZ de MarZo

Llegas tú, cada vez y cada año,
como luz de marzo,
derrochando primaveras.
Llegaste y habías avisado,
y aun así fuiste sorpresa
por el incendio en el salón.

Llegas tú, mi luz de marzo,
alumbrándome el costado,
desabrochando inviernos.
Llegaste y habías avisado,
y aun así fuiste sorpresa
por tu verbena de color.

Eva Hernández
Grupo A


El Big Bang de Elena

Hace millones de años, un estallido cósmico dio origen al universo. La energía concentrada se expandió, creando materia y espacio. Algo similar ocurrió con Elena, cuando dejó Cuba, su zona de confort, y se lanzó al vacío de la emigración.
Su Big Bang personal fue un desencuentro con su contexto, un estallido de emociones y recuerdos que la llevaron a separarse de su familia, su cultura, sus amigos y su desempeño laboral. La energía de su vida se expandió, creando un nuevo universo de incertidumbres y desafíos. La expansión fue dolorosa, como la separación de las partículas en el universo primitivo. Elena se sintió sola, perdida en un mar de desconocimiento. Pero, como la gravedad que une la materia, su amor por su hijo y su nieto la atrajo hacia un nuevo encuentro. En España, encontró la materia que se unió a su energía, creando un nuevo cosmos de amor y conexión. Su hijo y su nieto, con sus raíces cubanas, la hicieron sentir que no estaba sola. Y la "herencia cultural" que sobrevivía en ella por su ascendencia española, esa que había aportado a la transculturación cubana, se manifestó "viva" en cada gesto, en cada palabra, en cada mirada, en cada escenario de intercambio con sus nuevos amigos. El Big Bang de Elena creó un universo conocido, un espacio donde la nostalgia y la gratitud se mezclan. Su desencuentro con Cuba se convirtió en un encuentro vivo, con una historia y un legado.
En este universo de encuentros y desencuentros, Elena también encontró la paz, la serenidad y el amor. Su Big Bang personal fue el comienzo de un nuevo capítulo, un capítulo que escribe con la tinta de la experiencia, la sabiduría y el corazón.

Miriam Esther
Grupo A


Encuentros en la tercera fase.

Nos habían informado mal. La clase hoy sería magistral y en el aula magna. A los veinte minutos, a las trescientas treinta y tres palabras ya estaba absorto en el movimiento ondulatorio del cortinón rojo magenta. Al deslizar la vista allí estaba ella.
Solo recuerdo cómo el viento acompasaba dulce y armoniosamente la tela y su pelo moreno.
Para mí la clase terminó ahí, ya no oí más que el viento, ni miré más que a su piel.
Veinte tres veranos después, en la playa de las Negras la vi de nuevo. En un día de lebeche, de forma ansiosa y desacompasada trataba de sortear la muerte recibiendo bocanadas de aire de un corpulento salvavidas. Me quedé mirándola largo rato olvidándome del mar hasta que volvió a la vida .Tenía ahora el pelo corto, y la piel reblandecida. No me atreví a decirle nada, si siquiera a sostener la mirada. Yo estaba ahogándome también.
Cuarenta y tres años más tarde me pareció verla de nuevo. Regresaba de pasar el invierno y debía tomar el tren. Caminaba pausadamente por el andén para hacer tiempo y la reconocí por su perfil y el movimiento ondulatorio de su pelo moreno. Despedía a sus nietas que volaban a Estambul. Esta vez me puse a su lado y me mantuve firme. Sin hablar nos preguntábamos por nuestras vidas, por nuestras recientes despedidas, por nuestros pasados naufragios y sonreímos de forma serena, cómplice.
Perdí el tren y dejé de contar.

Carlos Montes Pérez
Grupo B


Oración

Anhelo, que ese espíritu blanco,
te hiciera volar lejos,
y te hiciera volar alto.

Deseo, que ese viento hostil,
que tu sonrisa borró,
aliviara tu largo grito,
tornándolo en tierna risa.

Anhelo, que ese trueno inmenso,
quebrara hasta tu más íntimo miedo.

Deseo, que ese rayo que iluminó el cielo,
arrasara hasta con tu más ínfimo lamento.

Anhelo, que ese espíritu blanco,
te hiciera volar lejos,
y te hiciera volar alto.

Deseo, que al fin, encontraras tu alma bella,
allá...en la distancia que en el sueño vemos.

Teresa Fdez-Pacheco Gijón
Grupo C


El agüita de mi pozo rico

La tarde palidecía cuando el aire me trajo el olor a sangre. Pensé en Gilberto, que ayer marchó a la feria del valle. Miré las gallinas picoteando delante del corral y, al levantar la cabeza, vi un bulto que se movía bajando el camino.
Es Horacio en su mula, pensé, aunque no estuve segura hasta que se acercó al pozo.
—Buenas tardes, María. ¿Qué, al fresquito de la tarde?
—Pues aquí, al último rayito de la solanera, que ya he acabado la faena ¿Usted gusta de un agüita fresca? Mi pozo es el más rico de Guajirico.
—Se le agradece, comadre, que el camino está muy polvoroso y todavía me siento el aguardiente en la cabeza.
Al principio no me fijé, pero al ratito vi que traía la camisa toda rota y un manchurrón que olía a conocido. Fue cuando la mula ya enfilaba el camino.
Ya no había casi luz y Gilberto sin venir. Di la vuelta a la casa, donde el huerto en el que padre apresuraba las patatas.
—Padre, vamos camino arriba a ver si encontramos a Gilberto. Tengo una mala presencia.
—Se está acabando la luz, tendremos que apurarnos- dijo mi padre.
Cogimos a Luciano, el burro, y tiramos para arriba. Acabábamos de pasar el robledal cuando los últimos clareos nos dejaron ver un hombre tirado en la orilla del camino. Toda la sangre se me puso en la garganta.
—Es Gilberto, el viento me avisó —le dije a mi padre.
Vi a mi hombre desparramado en el polvo del camino, como un pajarillo caído de un nido en lo alto del árbol. Un manchurrón rojo oscurito era su camisa nuevita, la que le cosí para la feria. No haría mucho de la desgracia, todavía corría un hilillo de sangre por su pecho, que señalaba el rastro del asesino. Nada había en sus bolsillos, nada en su zurrón. Nada del dinero esperado por los pollos, las mazorcas y las patatas. Me acerqué a su carita linda, a su boca besuda y lo supe, mucho había tomado, bien regustaba al aguardiente.
Padre me dijo que había que apurarse, que teníamos que llegar al pueblo antes del amanecer, no fuera que la guardia nos fuese a preguntar. Miedito me daba que Horacio volviese para atrás por si le metíamos en problemas con la justicia. Y maldije el agüita de mi pozo rico, para que el viento soplase el fuego que hirviese mi agua en las entrañas al maldito.
Subimos a Gilberto a lomos de Luciano. Había que llegar al valle antes de que clarease el día. Le enterraríamos en la tumba de madre, que le daría buen cobijo. Nadie tenía que enterarse si le dábamos prisa al paso de Luciano.

Araceli Broncano Rodríguez
Grupo C


Los hilos

A veces imagino la vida como una tela en blanco y las vivencias como bordados de colores que lo van rellenando.
Puede que sean solo patrones esquemáticos, cenefas que reflejan los sentimientos de cada experiencia. Otras, creaciones intrincadas que representan con exactitud lo que se desea recordar. Y lo que no.
Hay ocasiones en las que una aguja que no es la tuya se toma el lujo de pespuntear tu lienzo. Algunas piden permiso, otras no. Unas se clavan sobre lo ya creado y lo destrozan, otras elaboran con esmero algo incluso más bello de lo que una sola podría lograr. A veces, se marchan a mitad de trabajo y cuesta una vida terminarlo. O desistes y los hilos se quedan colgando. En ocasiones, es tu aguja la que interviene en otros paños.
Es un mapa vital de encuentros y desencuentros.
La tela de la vida es un pastiche de colores, formas y bosquejos bordados. Un cuerpo desnudo sobre el que otros zurcen partes de sí mismos. Puede tener una armonía cuidada o ser un caos intrincado en grises con pequeñas flores de colores.
Da igual cuál sea el resultado de lo que estés creando. Es tu reflejo y es inherentemente hermoso. Único. Son todos los matices que conforman tu persona. Eres tú.

Sara Terrén
Grupo C


El tren de la vida

El origen.
Nuestro primer encuentro
ocurrió de repente,
en el andén de la estación
sin destino y de nombre felicidad.

Primero.
Con una mirada fugaz pero inmensa,
llena de calma y de promesas
comenzó un hermoso
y largo sueño.

Después.
Surgió el amor verdadero que nos hizo invulnerables.
Hasta que el reloj del tiempo,
con su impenitente tic-tac,
nos mostró un camino sin vuelta atrás.

Más tarde.
Todo cambió
y dejamos de ser los mismos
nos convertimos, tan solo,
en el reflejo de lo que fuimos.

Y así, nació el desencuentro.
Con las palabras no dichas,
con los abrazos no dados,
con las largas ausencias y
con las noches en blanco.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Un día de encuentros

Me encontré con un billete de diez euros nada más salir del portal. Comprobé que me sobraba tiempo antes de entrar a trabajar, así que decidí darme un homenaje en la cafetería boutique de la esquina. Estaba recreándome con los suculentos bollos, tartas y pasteles que jamás podría disfrutar cuando me encontré de frente con Lydia. Ella estaba aún guapísima, a pesar de llevar un horrible polo rosa y amarillo con la insignia de la franquicia.
-Vaya, vaya, a quién me acabo de encontrar- Me pareció percibir un cierto retintín en su voz-
-Sigues igual de guapa, Lydia. Espero que te vaya muy bien-
-No me puedo quejar. ¿Vas a querer lo de siempre? Supongo que Bea, tu maravillosa endocrina que tan acertadamente diagnosticó tu celiaquía y además curó tu disfunción eréctil, tendrá en cuenta tus absurdas manías Yo aún no me he olvidado-
Al rato me alargó un café rebosante de espuma, bien caliente, con una pizquita de canela y dos terrones de azúcar moreno, tal como a mí me gusta. Lo acompañaba una suculenta porción de pastel.
- Invita la casa- Me dijo. Yo en aquel momento no noté la sonrisa de satisfacción que iluminaba su cara y que vendría a mi memoria cinco horas después, entre vómitos, retortijones e intensos dolores de estómago. En aquel momento encontré el pastel suculento; al devorarla tan deprisa no quise darme cuenta de que aquella textura y sabor no podría corresponder con la harina de maíz insípida que me veía obligado a tomar.
En la sala de urgencias del hospital encontré a Bea con la cara compungida hablando con sus compañeros. No podía escucharla pero noté que una lágrima asomaba en sus ojos mientras un equipo de cinco médicos con caras serias se dirigían hacia mí.
Presa de los nervios, metí la mano en el bolsillo. El billete de diez euros que me había encontrado esta mañana todavía seguía ahí.

Maite BT
Grupo A


Encuentros pagados

Ella y yo nunca hemos tenido una cita, pero llevamos años manteniendo esta relación. Ni sé su nombre ni tengo su teléfono, pero la relación está consolidada por multitud de encuentros, de contactos ocasionales en los que el azar juega su papel.
Cada vez que voy a comprar a la gran superficie y me pongo en la fila para pagar, una grabación me dirige: "Caja número X, por favor". Y a veces, sólo a veces, me conduce a ella. Entonces me mira con las luces largas puestas, aunque sea un mediodía de verano, y me regala esa sonrisa que me envuelve, que me cautiva. No es la sonrisa amable de cajera a cliente sino que es de seductora confianza, de yo también te reconozco, y sí, me gusta atenderte y quizás...
Tras pagar mi compra, nos dedicamos un breve e intrascendente comentario de despedida: "Hasta pronto" o "Que pases un buen día". Pero nosotros sabemos que el buen día ha sido ese breve momento en el que coinciden nuestras miradas, nuestras sonrisas y...
Cuando me alejo, siento que el brillo de su luz va remitiendo y, mirando los tiques, sonrío levemente. No sé bien si por el momento pasado o porque me ha dado un descuento de cinco euros para la próxima compra.

Nicolás Casillas
Grupo A


El farero y la farera no se encuentran a la primera.

Los que siguen su luz lo consiguen la mar de bien (seis letras). Oído así a las nueve de la mañana, sin desayunar, es un enigma indescifrable.
A las 10:10 a. m. una vez desayunada y pasada por agua, oigo la pista de la segunda palabra: “en un país muy cercano casi todos los días están de fiesta” (cinco letras).
¡Eureka! eso es Portugal y la palabra es feria. Así que la primera podría ser: farola o farero, porque faro sólo tiene cuatro letras, farol cinco y farola le dicen al faro en Málaga.
Me voy al tomo II del DICCIONARIO ENCICLOPEDICO UNIVERSAL OCEANO, editado en 1993, para buscar los significados de farola. Y me acuerdo de que en Menorca coincidí con una farera gallega que despertaba mi admiración por su conocimiento del mar. Más tarde, tuve el honor de asistir a la jubilación de los dos últimos fareros de la Jefatura de Puertos y Costas de la provincia de Las Palmas. Gran Canaria tiene cuatro faros, Fuerteventura y Lanzarote no lo sé. En la actualidad están todos automatizados. Eso debió ser allá por mil novecientos ochenta y dos (1982), fue una de las mejores despedidas de mi vida laboral. ¡Menudo fiestón!. Noche inolvidable. Los fareros son gente muy generosa y amigable que aman la tierra. A lo que vamos, tomo II. Lo dejo porque termina en desmovilización . Cojo el III que empieza en desmovilizar. Paso páginas. Toda la letra 'e' en bloque. Me abanico con las hojas cuando llego a la 'f' y me paro en la página titulada 'FARNESIO' porque veo una pequeña foto de un faro en la desembocadura del río Llobregat. Debajo, después de:

FARO: C. y puerto del S. de Portugal, viene
FAROL cuya acepción marítima (Mar.) dice: “cada uno de los faroles que se encienden de noche en los buques que navegan, y que por los distintos colores de sus cristales sirven de guía para evitar abordajes”. ¿Abordajes?. Farol-faroles. Sin pensar leo la definición de farola:

FAROLA: farol grande, propio para iluminar las calles. Fanal de los puertos... Nada de Málaga.

Farola no va a ser. Busco farero y ya de paso si tiene acepción femenina, farera... Tengo que voltear la página hacia atrás; deslizo mi dedo por: FARDON, NA; FAREL, FARELLÓN, ¡FARFA!... otra vez: farellón, Farfa, farfalá...Dudo. Dudo mucho. ¿Estaré mirando mal?. ¡No encuentro farero!
No están ni el farero ni la farera, ¡estoy perdida en un mar de dudas!.
Busco otros diccionarios por mi casa. En el de español-ruso y viceversa tampoco están los fareros ni a la vista ni dentro de la Фapa. Pero en el ESPASA ESCOLAR de mis hijos en rojo encuentro, ¡por fin!, farero, ra. m. y f. Empleado o vigilante de un faro.
Por curiosidad, también miro en el VOX HARRAP'S de inglés-español y al revés. Mientras busco me pregunto si todos los faros estarán automatizados en el Imperio Británico. No hay entrada por farero pero cuando voy a lighthouse (faro) salen a recibirme él y ella: lighthouse keeper. ¡Bonito!.
Y, lo dejo porque he perdido el Norte, no sé por qué mar navego y no he oído la pista de la tercera palabra. No es un punto final, es un punto sin retorno. Ando buscando al francés a ver que dice.

Araceli Sebastián
Grupo C


Palabras cercanas, palabras lejanas

Escribí mi primer relato a los trece años, había descubierto que mi padre tenía una amante. “Un hombre llevaba a su hija a los juegos infantiles de un gran parque. La niña lo observaba. Él creyéndose a salvo de su mirada, iniciaba una conversación con una desconocida. Sin entender por qué, ella sintió perder a su padre en aquel encuentro extraño”. El cuento lo envié a un concurso escolar, y fue publicado en la revista literaria del colegio. La profesora jefe me citó a su oficina. ¿Sucede algo preocupante en casa? ¿Quieres que hable con tus padres?

Escribir puede ser arriesgado.

Mi primer atisbo vocacional: Pedagogía en Lenguaje. Era tímida, fantaseaba con ser escritora y poblar de palabras los silencios que me acompañaban. Mi madre, profesora de básica, me advirtió que la pedagogía acarreaba miserias, y mi temor a la pobreza ya era grande. Después apareció la Psicología inundando todos los espacios, desplazó mi interés por la Literatura, y terminó ocupando el sitial de mis amores más grandes.

Escribir puede ser postergado.

Volví a la escritura a los treinta años. Por internet encontré la dirección de mi abuela en el cementerio. De niña, mi madre nos llevaba a visitarla. Caminé buscando su nicho durante horas, repasé una y otra vez los pabellones, aferrándome a los recuerdos tempranos. Antes de partir, cerré los ojos y declaré mi anhelo: “Hurí, vine a tu encuentro, te traje unos poemas de regalo”. Y allí apareció mi abuela. Dormida hace tanto, enterrada con sus secretos, abandonada en un pasillo frío y desolado. Como siempre, me esperaba. Ella abrió las puertas para mi encuentro con las palabras.

Escribir puede ser misterioso.

Escribí en los pasillos, entre pacientes, preparando clases, escribí noctámbula. Escribí con ansias a los cincuenta años. Un cáncer depredador tardó cuatro meses en llevarse a mi hermano, y me dejó con cientos de emociones que nunca pude entregarle.

Escribir te regresa aquello que amas.

Seis años de talleres literarios, y aún escribo desde la ignorancia. Quizás un poco menos, pero siempre me leo en falta. Deambulo entre talleres de escritura espontánea y los que enfatizan la técnica literaria. En los primeros, escribo con abundancia, pero siento que apenas avanzo. En los otros, claramente aprendo, pero la exigencia se entromete y suele ganarme. En ocasiones me sorprendo con historias que he narrado, toman vida propia y se vuelven más distantes. A menudo me obsesiono con algunos de mis relatos, y los reviso hasta el cansancio. Jamás siento que mis escritos hayan acabado.

Escribir puede ser una batalla.

A veces, escribo afanosamente y con una pasión grande. Cada creación es como partir un viaje, es entregarme al secreto fértil que habita en aquello que narramos. Leer libros es mi mejor detonante. Una idea, un recuerdo o una emoción de pronto me asaltan. Entonces nace como un vómito literario, y lo dejo allí hasta que vuelve a llamarme. Cuando parto desde la exigencia o el mandato, un desierto me embarga. Todavía no entiendo eso que llaman “escribir bien”. Un escrito puede alcanzar resultados muy diferentes. Los lectores y criterios siempre cambian. El valor literario nunca resulta claro. Es posible nacer y no nacer con el mismo relato.

Escribir supone encuentros y desencuentros.

Siempre parto de historias reales, biográficas, cercanas, o inspirada en las miles de vivencias que he escuchado, y que por alguna razón resonaron. A veces la ficción desordena mi brújula, y confundo el propósito o su sentido original. Descubrir a Annie Ernaux me sedujo hacia una escritura diferente. Suele asombrarme esa valentía de narrar, y sobre todo la de publicar mundos tan íntimos. Me atrae la narrativa autobiográfica, pero la ficción ofrece más amparo.

Escribir puede ser íntimo, pero requiere coraje.

Me gustan las historias que recogen miradas fieles y agudas sobre el ser humano.
Me impresionan los personajes que develan sus heridas profundas, los anhelos truncados, el desajuste, lo perdido, lo no resuelto, lo que no pudo alcanzarse. Quisiera mostrar seres desnudos en aquellas dimensiones menos afortunadas. Seres a medio camino entre el dolor, la desesperanza, y la ilusión aún viva de ser reparados.
De joven, me enamoré de Julio Cortázar. Aún me preguntó cómo hizo para llevar con maestría el sentir a relatos. Quisiera que lo que escribo pueda llegar a quién me lea por las emociones y la experiencia íntima de sus personajes.

Escribir puede integrar dos amores tempranos: literatura y psicoterapia.

Me interesan las familias. Esos universos de contradicción, secretos, y complejidades. Quisiera retratar a mis seres amados y honrar las escenas que fueron silenciadas. Quisiera ser leal con la historia de la infancia, aquella que recuerdo y la que me han contado. Después de décadas dedicada a la terapia, la escritura me rescata de las vidas ajenas y me trae de vuelta a casa.

Escribir puede ampliar los propios significados.

Hoy escribo porque me nace, porque ya es tiempo, porque tengo ganas.
Escribo porque al narrar, algo de mí se expande.
Escribo porque me emociona; porque sueño, porque temo, porque me entristezco, porque gozo, porque me alegro, porque siento rabia, porque amo.
Escribo, aunque eso de “escribir bien” nunca se aclare.
Escribo porque se diluye la premura que me ha acompañado,
y puedo volar adherida a las alas, aún tímidas, de mis palabras.

Escribir puede acercarte a mundos sensibles, secretos y solitarios.

Sonia Micin
Grupo A


Miradas

Tú me miras, yo te miro.
Dos o tres segundos
un par de miradas, el tiempo se detiene
y comienza la vida.

Yo te observo, tú me observas
algo me pregunto, algo te preguntas
y no es más que eso.

Ahora tu sonríes
ahora yo sonrío.
La miradas juegan
las miradas hablan
las miradas piensan.

Camino al encuentro que no tiene palabras.
No sé cuándo ni cómo,
pero un sutil misterio parece habitarnos.

Libros, escritores, mucha poesía,
tal vez música,
psicología o filosofía,
y un poco de política.
Sin conocer al otro,
completamos con nuestras expectativas.

¿Quién eres?, ¿quién soy?
somos lo que nos acerca
y también aquello que nos aleja.
Las miradas escuchan
las miradas sonríen.
El silencio es una palabra viva que ya nos habita.

Las miradas logran que todo lo cotidiano adquiera un sentido.

Y una tarde cualquiera, cambia tu mirada, o ya no me miras,
tampoco sonríes.

Desaparecen los códigos que antes compartíamos.
Yo te observo distante
y comprendo que has partido.
O quizás, ocurrió a la inversa,
pero eso es un detalle de poca importancia.

Quizás, aquello que nos alejaba
pudo cobrar fuerza y destino.

¿Alguna vez hablaron?
¿Alguna vez se abrazaron?
¿O tal vez se besaron, silenciosamente?
No fue necesario;
para aquel nosotros que nos inventamos,
con una mirada siempre bastaba.

Sonia Micin
Grupo A


Mi reencuentro con la libertad

La mili representó una frontera invisible, pero muy real, entre la juventud y la edad adulta. Yo tenía 20 o 21 años, no recuerdo bien; el pelo a mi gusto, mis rutinas, mi familia y amigos del pueblo; eso y una visión poco extendida, ya que no había salido de mi provincia.
Sentía miedo a lo desconocido, a dejar la comodidad del entorno, la casa y la familia, para encontrarme de pronto rodeado de griterío y sometido a mucha disciplina, o eso me contaban mis mayores.
Tenía la sensación de ser vulnerable y la realidad aún fue más dura de lo que me contaban: guardias, imaginarias y desfiles convertían el quehacer diario en una experiencia muy desagradable. Sentía un cansancio extremo, no solo por el ejercicio, sino por los nervios y todas las novedades.
En mi mente también circulaban los sacrificios que había tenido que hacer: en el pueblo dejé a una amiga especial, no pude terminar los estudios y me vi obligado a poner en pausa todo ello durante varios meses.
Ahora veo a mi otro yo, al que ha cruzado la puerta de casa ya licenciado. El pelo le ha crecido un poco desde que se lo raparon, pero su mirada es distinta.
Ha descubierto que su cuerpo aguanta mucho mejor el frío, y que es más fuerte, ante el sueño y el cansancio, que cuando ingresó en la mili.
Ha dormido en literas con gente de todas partes de España, de todas las clases sociales. Ha hecho grandes amigos y ahora valora mucho más todo.
El rancho no era de su agrado y por eso ahora disfruta mucho más de un plato caliente en su casa, así como de dormir en su cama y, sobre todo, sonríe satisfecho tras haber recobrado su libertad.
Lo observo tan diferente que me hubiera gustado haber podido hablar con él antes de entrar.
Mi yo joven le hubiera preguntado con ansiedad: "¿Es tan duro como dicen? ¿Lo voy a pasar tan mal?".
Mi yo veterano, ya de regreso, me hubiera dicho: "Vas a pasar frío, tendrás que barrer, pelar patatas, y vivirás días muy malos en los que maldecirás estar allí. También te vas a reír, vas a espabilar mucho; comprobarás que no eres de cristal y sé que, cuando todo termine, te sentirás mucho más preparado para afrontar la vida que tienes por delante".

*** Me incorporé al servicio militar del Ejército del Aire el 20 de octubre de 1968. Tras realizar el periodo de instrucción en El Pinar de Antequera (Valladolid), fui destinado a Servicios Generales del 1º Grupo de Transmisiones en Getafe, donde permanecí hasta el 8 de marzo de 1970. ***

Fernando Nieto
Grupo A


El c r u c e

Cruzo el puente para encontrarte, voy
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Cruza el puente para encontrarme, ven
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Nos cruzamos en el puente.
¿Y?
Fue nuestra perdición

Araceli Sebastián
Grupo C


Ensueño

Combate entre dos cuerpos palpitando
uncidos al eterno carrusel,
lunar contra lunar, piel contra piel,
entre sudor y espasmos navegando.

Cae la noche, el Sol se va asomando,
anuncia un nuevo día, ¡es su papel!,
la Luna ya cedió su sitio a él
y así nunca se acaban encontrando.

Por flujos de alternancias construida
es ley una perpetua dualidad
con astros en constante despedida.

Entre penas y dichas diluida
va el hombre trasegando su verdad
en el iluso ensueño de la vida.

Carlos García Riesco.
Grupo A