Territorios. Agrohorror

David Roas es un escritor que se mueve como cuervo en el aire en los territorios de lo fantástico. Lo conocimos hace ya tiempo y comentamos algunos cuentos de su libro Niños. Nos sorprendió uno en especial; "La otra lotería". David Roas toma como punto de partida el cuento "La lotería" de Shirley Jackson" y cambia el punto de vista narrativo. Ahora es un niño quien cuenta la historia con lo que se hace aún más oscura y perversa. Es un claro homenaje del escritor a la autora.
En esta ocasión Roas pone su mira telescópica en lo rural e indaga allí las derivadas del miedo y de lo fantástico. Territorios es un libro que, como indica su nombre, recorre diferentes paisajes y geografías del miedo (desde el secano hasta el mar) y que señala entre sus temas los fantasmas, los cuerpos incorruptos, la matanza del cerdo, la Santa Compaña... circunstancias de lo cotidiano que se adentran en lo fantástico y que van del realismo mágico, a la intriga y al terror en sus sentido más clásico. La ironía y el humor, señas de identidad del escritor, recorren muchas de las historias en las que hay deliberados homenajes a libros clásicos que son todo un refente; "El gañán entre el centeno", "La noche de los puercos vivientes" o "La conjura de los recios".
El concepto de agrohorror es relativamente nuevo. Lo acuñó Ana Martínez Castillo en 2023, una gran cultivadora del género. 
Lo rural está de moda y desde hace años el cine y la literatura exploran el paisaje y el paisanaje de los pueblos en busca de historias, reales o ficticias, que nos acerquen al miedo y el terror.



Propuesta de escritura

Escribe un texto que encaje en el concepto de "agrohorror". Si consideras que la realidad es más terrorífica que la ficción elige este camino. Pero si consideras que lo fantástico puede generar más inquietud y miedo prueba esta otra opción. Añade algunas dosis de humor al más puro estilo David Roas.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;


Presencias

Nunca olvidaré mis primeros días en este edificio, en mi piso. Mi primera vivienda propia... Bueno, propia, propia lo que es propia la hipoteca. Tarde en venir después de firmar las escrituras (no eran sagradas, pero baratas tampoco. Faltaba la instalación eléctrica o algo parecido. Ahora ni lo recuerdo. Han pasado 14 años ya- En el pueblo solo había paisanos de familias de toda la vida de allí. Era el primer “extranjero”. Yo saludaba a todo el mundo, pero no siempre recibía otro de la persona con la que cruzaba. A las cuatro de la tarde de agosto, pero yo me quedaba helado.
La única persona joven regentaba el bar, o taberna como quería que se dijese el tabernero. Lo llevaba bien, pero no salía rentable. La historia de la muerte del bar y su posterior reaparición trece años después a medio kilómetro del fenecido no es de agrohorror, pero si un putadón.
Centrándonos ya en mi terrorífica experiencia. Probablemente no lo fue tanto como la firma con la directora del banco… Perdonen que me repita, pero sigo pasando miedo cada vez que el Banco Central Europeo amaga con subir los tipos. De interés, no interesantes como algunos de mis ya paisanos.
Una noche de diciembre, llevando yo ya viviendo en mi pisito bonito (y pequeñito para una familia, ideal para mí), medio año, se abrió la puerta del balcón sola. Sin viento. Sin un roce mío. No. Se abrió sola. Entro el gélido frío del ya invierno mesetario, pero, además, sentí algo extraño. Algo ya no frío, helador. De repente oí pasos en el piso deshabitado de arriba. Vaya, el de Tecnocasa (sí, esos de la corbata verde, qué pasa) me había asegurado de que tendría compañía en febrero, y aun faltaba para eso. Pero tal vez habían traído muebles, o querían asegurarse de que no les habían robado la caldera, lo que fuese.
Subí las escaleras nervioso, porque seguía sintiendo algo helándome el corazón. Se había abierto las ventanas de casa, solas. De una en una, como si una mano invisible las fuera abriendo habitación tras habitación. Solo se salvó el cuarto de baño por un motivo. No había ventana.
Llamé al timbre. La puerta se abrió… Sola. Igual que la del balcón. Se abrieron todas las ventanas, de una en una como en mi piso. Salí corriendo, pero no hacía mi piso. Ese no era lugar seguro.
Quería huir. Algo me decía que era perentorio huir de esa mano invisible abrepuertas. ¿Sería solo una mano? ¿Habría brazo? ¿Tronco? ¿Cabeza? Ya eran las diez de la noche, y o ahí no me quedaba. Así que, en pijama como estaba, me fui al coche. ¿Saben ustedes que paso para mi estupor, sorpresa, y sobre todo horror? Ya lo habrán adivinado. Se abrió solo. No me servía de nada. Las llaves me las había dejado en el bolso donde siempre llevo mis cuatro cosas: tarjetero, llaves de casa, llaves del coche y móvil. He ahí que tenía un coche abierto, todas las puertas del edificio abiertas, así como las ventanas, y un canguelo que no vean. El coche arrancó. Empezó a moverse. Corriendo me dispuse a subir las escaleras para… ¿Para qué? ¡La “presencia” ya había tomado el edificio entero!
Por supuesto, la puerta del garaje se abrió. Sola. Con miedo, más miedo que el que pase viendo “The Ring” o escuchando historias de fogata en campamentos en mi infancia, no sabía que demonios (fijo que algún demonio andaría por allí, claro) salí corriendo por la puerta de la calle. Ya, no les voy a decir quién o, mejor dicho, cómo, se abrió, porque ya lo saben. Dónde ir… Mi auto, mi utilitario blanco iba hacía mí. Me quedé perplejo. Corrí calle arriba, hacía la plaza. Y allí, en la puerta del ayuntamiento, que no se abrió, me encontraba, acorralado por mi propio coche. De repente paro. Entre mi auto y mi cuerpo se interponía un ser oscuro. Oscuro como la noche. Oscuro como las profundidades abisales. Con un sonido que no reconocí detuvo el coche. Sí, sí. Lo detuvo él. Mi blanco (pero no impoluto) medio de transporte puso punto muerto. Acto seguido paro el motor.
No sabía dónde pedir auxilio (me iban a tomar por loco) ni sin volver a casa. La “nueva presencia” me llevo (solo veía un bulto oscuro, pero me había salvado del hospital (o peor aún de San Carlos Borromeo) hasta mi casa. Confiando en ella subí al piso. La puerta de porta estaba abierta, pero no se cerro sola, tuve que dejarla entornada. Entre al piso. Todo estaba abierto. Cerré todavía en penumbra todas las puertas y ventanas. Del primer piso ya me encargaría de día…
Encendí la luz, con miedo. Todavía no sabía qué o quién me había rescatado. Entonces supe que mi coche de más de 13.000 euros era un cobarde. Había bastado un bufido de gato, mejor dicho, gata, para detenerlo. Mi bienhechora tenía hambre, y yo gambas en la nevera…
Desde entonces Tess, mi negra panterita rescatadora, ostenta el cargo de dueña y señora, y yo, en agradecimiento a los servicios prestados, siervo obediente. Pero, por supuesto, nada valiente.

Javi Martín
Grupo A


La sima de los huesos

Esto que os voy a contar es real como la vida misma, y, como veréis, yo fui uno de los protagonistas. Ya sé que algunos -muchos- de vosotros ponéis en duda mi palabra, sobre todo desde aquel día en el Alcaraván, en el que os dije lo de mi historia con Elsa Pataky, aquella memorable ocasión en que me la encontré en la discoteca Hindagala, de felices recuerdos e inolvidables resacas. Bueno, no quiero insistir, pero lo de Elsa fue verdad, tal cual. Ella -resumo- estaba en Salamanca para la presentación de una película suya en los cines Van Dyck, y harta de charlas y cenas de trabajo, se escabulló de su grupo y se fue a tomar una copa a la discoteca. En aquella época la Pataki no era tan famosa, de modo que podía salir por la noche a un bar de copas de provincias -perdón, charros- y beber y bailar sin que nadie la reconociera. Desapercibida, eso no, porque menuda cara y menudo cuerpazo tenía (y tiene, a juzgar por los reportajes del Hola). Termino la anécdota, totalmente verdadera, no sé ni cómo ligué con ella. Una o dos de horas después salimos del Hindagala dando tumbos, y, por si me pasaba algo -había muchas tías borrachas por la calle a esas horas-, se ofreció a acompañarme hasta mi casa. Subimos en el ascensor, sin perder el tiempo en el trayecto, entramos en mi piso y fuimos al dormitorio. Ahí cierro la puerta y mi boca, un caballero no debe contar según qué cosas, sobre todo aquellas en las que interviene una señorita y suceden, aunque no exclusivamente, en una cama de matrimonio (iba a decir tálamo nupcial, qué cursi soy, joder)
Vale, pues no me creáis lo de aquella noche gloriosa, pero esto que os voy a contar ahora es absolutamente cierto. Pondría vuestra mano en el fuego, si hiciera falta.
Y ahora la historia de terror rural. Centrémonos, y a ver si abrevio. Villar de Peralonso, mi pueblo, una casa de piedra que se anunciaba para alquilar en algo parecido al Airbnb (quiero decir farolas, comercios, incluso anuncios en El Adelanto). Dos pisos, sótano, doblado y chimenea. Yo me ganaba unas pesetas haciendo la limpieza cuando había turistas. Tenía dos empleos en la capital, pero apenas me daban para pagar la hipoteca, así que, si quería irme de vacaciones tenía que buscarme la vida. Era un sin vivir de oficios y carreras de un lado a otro. Pero a la fuerza ahorcan.
El fondo buitre -un Black Rock de la época- que me contrataba para la limpieza me llamó para que me encargara de la casa en aquel puente o acueducto. La habían reservado unos turistas. Yo iba alrededor de medio día, y tenía que hacer las camas, pasar la fregona, limpiar el fregadero, recoger la basura, y tal. Esas cosas propias de mi sexo de pluriempleado. Bueno, con aquellas perrillas completaba mis esforzados ahorros para irme a pasar unos días a la costa portuguesa, concretamente a Praia de Barra, Aveiro. Ya estaba relamiéndome por anticipado con el caldo verde, los pescados a la brasa, las mil formas de cocinar el bacalao, y el café portugués, que, nacionalismos aparte, no admite comparación.
A ver si voy al grano ya de una vez. Los turistas resultaron ser una secta de veganos que adoraba a Gaia y practicaba el poliamor. Los hombres gastaban barbas, coleta y tatuajes con signos inescrutables. Ellas eran todas jovencitas, iban descalzas, y llevaban unos atuendos floridos, con faldas cortas, hombros al aire y generosos escotes.
Total, que invadieron el pueblo como si trajeran la buena nueva anunciando el apocalipsis, y, lo peor de todo, tratándonos como a paganos paletos, pobrecillos que había que sacar de su ignorancia ancestral, y culturizar.
En la cantina del pueblo -que también hacía las funciones de colmado y teleclub- los parroquianos no vieron con buenos ojos cuando esta tribu milenarista entró allí como elefante en una cacharrería, pidiendo zumos de fruta recién exprimidos, leche de soja sostenible, y pan de centeno integral hecho con masa (de su puta) madre. Carne, no la probaban, porque decían que tenía que estar totalmente purificada, o no sé qué; recién cortado el cordón umbilical, eso entendí yo, grosso modo.
Así que estaban los vecinos jugando sus parchises y sus cartas, fumando como descosidos y viendo la televisión -deportes, el Santa Marta vs Ponferradina, por ejemplo; o algún programa del corazón- cuando llegaban estos profetas del fin del mundo y apagaban la tele, los cigarrillos, tiraban las cartas a las brasas de la chimenea, y, lo que peor llevaban los parroquianos, los ponían a todos a cantar el Hare Krishna, hare, hare.
Ya sé, colegas del taller de escritura, que estáis pensando que tres o cuatro días no dan tanto de sí, y ya os estoy viendo tapándoos la cara y riéndoos por lo bajini como cuando os cuento alguna de mis aventuras eróticas. Veo a Marian diciéndome que no tengo edad para decir tantas tonterías; a Sonia, mirándome severamente; a Espe, pensando que menudos fantoches los conquistadores. Vale, como queráis, pero esto que os cuento, aparte de terrorífico -el horror, el horror- es literal.
Al segundo o tercer día el bebé de la Juani desapareció. Según parece, dejó al recién nacido en la cuna porque le dio un apretón y tuvo que ir a evacuar al corral. Cuando volvió, el niño ya no estaba allí. Su marido, el Tiburcio -al que apodaban Urtain en el pueblo- no se lo tomó bien, y la molió a palos. Un mal golpe, dijo, a cualquiera le pasa. Nadie lo denunció porque, total, era costumbre muy arraigada, y en el pueblo, sobre todo, respetamos las tradiciones.
El caso es que, al día siguiente, cuando fui a la casa a limpiar, algo me llamó la atención. Unos huesillos, como de conejo, pollo, no sé, algún animal pequeño, estaban a medio quemar sobre las cenizas de la chimenea.
Coño, esto sí que es raro, si esta gente no come carne, pensé.
A ver si acabo, ya imagino a los colegas mirándome raro y pensando que soy un pesado, y que no dejo hablar a nadie. Además, ya sé que tenéis envidia porque la camarera del Alcaraván -de natural recio- me pone la cerveza y los manises, y me sonríe.
Abrevio. Tal como habían venido, los adoradores de Gaia desaparecieron. La gente pudo volver a fumar en el bar, a jugar al tute subastado, a ver otro Unionistas vs Fuentesaúco, o cualquier programa de esos tan bonitos que presentaba -y presenta, per sécula seculorum- Jordi Hurtado.
Nadie vino a preguntar por ellos; no debían tener ni dirección, no digamos Dni, y seguro que no habían declarado el Irpf en su puta vida. Total, ciudadanos invisibles.
Cerca del pueblo había algunas cuevas profundas. A veces venían urbanitas a hacer lo que ellos llamaban espeleología, vete tú a saber qué coño es eso. Llevaban cascos con linternas, sogas, uniformes como de bomberos sucios…
Una de las cuevas, la que los vecinos desde tiempos inmemoriales llamaban el pozo del infierno, se tapó. Se le echó tierra encima.
Así que ningún gilipollas de esos con cascos ha podido volver a entrar en ella. Ya no existe. Desapareció del mapa. El topógrafo de la diputación era primo del alcalde.
Sólo en la cantina algún parroquiano habla, cuando se le calienta la boca, de “la sima de los huesos”, y aunque lo diga en voz baja y sin apenas vocalizar, todo el mundo deja por un momento de ver el partido, jugar a las cartas o cotillear sobre la mujer del panadero, y, dicho en dos palabras, se descojonan vivos.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Fallido Agro horror

En la Escuela de escribir me han puesto, de tarea,
contar algún temor, que el agro pudiera a mí inspirarme.
Y he buscado, con mi torpe intelecto, alguna idea,
tratando de hallar una con la que regalarme.

No la he encontrado. He hallado sólo un sentimiento
de cercanía con la feraz naturaleza.
Yo, que soy de ciudad, enamorado estoy del viento
que, si camino a la intemperie, ventila mi cabeza.

No me infundieron terror los espacios abiertos,
ni me causaron pavor las intrincadas brañas.
Me espanté, eso sí, el descubrir los muchos huertos
en los que algunos cultivan siniestras telarañas,

pegajosas de egoísmo, de ira, de complejos
vericuetos para atrapar al prójimo en sus hilos,
rebosantes de oscuros, podridos odios viejos,
que cortan, como navajas de siniestros filos.

No siento fobia al lado del maíz o la cebada,
los garbanzos, el rotundo trigo o el centeno;
me fascina ver colza luciendo engalanada.
De brillante amarillo el mundo lleno.

Me horrorizan, declaro, tantos malos instintos,
comunes en las calles, comunes en las dehesas.
Las xenofobias con los que son distintos,
la estulticia del que cree a la maldad y a sus promesas.

Siento pavor al ver ganar, al violento, terreno,
sin más esfuerzo que mostrar al mundo su barbarie.
Me asusta el dolor del débil, no sé sentirlo ajeno,
el temblor del indefenso, del que le falta el aire.

La brutal indiferencia del poderoso fiero.

Carlos Coca
Grupo C


Sucedió en Galicia

Los pueblos que voy a nombrar, los conocí cuando estuve haciendo el Camino de Santiago hace unos años. Allí un gallego bastante mayor, yo creo que pasaba de los 90 años, en una parada de descanso en el camino, entre Mondoñedo y Lourenzá, nos contó la siguiente historia. En una aldea llamada Couboeria, desde hace más de setenta años, vivían el matrimonio formado por Xoel y Lúa. Ambos muy conocidos en toda la zona, había sido alcalde, juez de paz y empleado de Caixa Galicia, por lo que conocía a toda la gente de la zona y había hecho muchos favores.
En las fiestas de As San Lucas de Mondoñedo, el 18 de Octubre, se celebra la Gran Feira
Tradicional de Gando Cabalar rAs San Lucas, donde se pueden ver todos los caballos que semilibertad en todos los montes aledaños. Estando allí de espectador con su mujer, se sintió indispuesto y lo tuvieron que llevar a su casa, donde fue atendido por el médico de guardía, el cual no pudo hacer nada del infarto que le repitió varias veces.
Al día siguiente del fallecimiento, Xoel fue enterrado en el cementerio familiar de Couboeria, después de una misa oficiada por tres sacerdotes, con la iglesia repleta de gente, y calculaban más de dos mil personas fuera, para dar la condolencia a la esposa.
Xoel, durante toda su vida, tuvo fama de bromista, y a todos los amigos, alguna vez les contó que su mayor ilusión era poder ir un día a México, para conocer a su hermano gemelo, porque su madre le había contado, que cuando él nació, tuvo otro hermano que se lo cedió a una hermana de la madre, que no podía tener hijos, y esta se lo llevó a México.
No había pasado aún un mes del fallecimiento de Xoel, cuando aparece por Couboeria, el doble de Xoel, con un “carro “ Mastreta MXT, haciéndose notar y preguntando por la casa de su hermano Xoel , para dar el pésame a la viuda, su cuñada, a la cual solo la conocía por fotografías que le mandaba su hermano a México cada año.
Según fueron pasando los días, la viuda de Xoel apenas salía de casa, y cuando la veían salir los vecinos, era de noche y siempre con su cuñado.
Galicia, es Galicia, y los gallegos tienen fama de reservados, trabajadores y un humor sutil, por lo que en el pueblo empezaron hablar y hablar, y al más amigo de Xoel se le ocurrió una idea. Por la noche sin pedir permiso a nadie, la pandilla de Xoel, se acercaron al cementerio para exhumar el cadáver y salir de dudas.
Dentro del ataúd no había nadie.

Luis Iglesias
Grupo B


En el campo de lentejas

Recién comenzadas las vacaciones de verano, no sabíamos muy bien qué hacer. Como andábamos muy escasos de dinerito, siempre se nos ocurría alguna historia para ganar un extra, pues nuestros padres nos tenían muy ajustada la paga semanal: a mi amigo Pepe y a mí nos daban 25 pesetas a la semana con las que teníamos que hacer juegos malabares para que nos llegara; no solo nos llegaba, sino que incluso éramos capaces de ahorrar algo.
Aquel verano del 67 decidimos buscar trabajo.
En los pueblos no hace falta poner carteles ni anuncios de ningún tipo, enseguida se corre la voz, y una tal Celedonia, vecina del lugar, nos comunicó que un paisano del pueblo, apodado Tomás “marica”, podía darnos trabajo.
Ni cortos ni perezosos, nos dirigimos a su casa: era una casona de paredes de piedra. con dos alturas y balcón encima de la puerta principal; tenía una hermosa aldaba en forma de puño para llamar. Golpeamos la puerta con fuerza, y salió a abrirnos una señora vestida de negro con edad indeterminada. ¿Qué queréis?, nos dijo. Venimos a buscar trabajo, pues nos han comunicado que D. Tomás tiene algo que ofrecernos.
Podéis pasar.
En la misma entrada, había un pequeño patio con un escaño de madera labrada de color negro, donde nos fuimos a sentar.
Apareció Tío Tomás, hombre bajito, enjuto, con lento caminar, pero estirado; ataviado con una capa marrón oscura y un sombrero de fieltro haciendo juego. Se acercó a nosotros y nos preguntó que qué queríamos. Nos gustaría ganar algunas perrillas y nos han dicho que usted puede darnos trabajo, le dijimos.
Efectivamente, nos contestó, tengo un campo de lentejas que ya están a punto para recoger. Podéis venir mañana temprano; os facilitaremos unas guadañas de pequeño tamaño, acordes con vuestra fuerza y estatura y a trabajar. Si aguantáis la jornada entera, os pagaré un salario, y si solo aguantáis media, pues la mitad; así que hasta mañana nos dijo, se dio la vuelta y nos despidió.
Bien de madrugada acudimos a la casona y ya nos estaba esperando tío Tomás ataviado con la misma capa y el mismo sombrero; nos saludó y se despidió con una sonrisa burlona haciendo brillar su diente de oro. A pesar de todo, no nos achantamos y cargando con aquellas guadañas infantiles salimos hacia las tierras acompañados por un criado del susodicho Tomás.
Ya en el campo nos explicaron cómo había que hacer y nos pusimos a ello con gran entusiasmo, y teniendo gran cuidado de no segarnos las piernas.
Al cabo de un par de horas empezó a calentar, empezamos a sudar, y las guadañas ya se empezaban a resbalar de las manos; encima no habíamos llevado ni gorra ni sombrero. Nos miramos y nos dijimos: habrá que aguantar, aunque nada más sea media jornada.
Seguimos dos o tres horas más, no recuerdo exactamente, pero antes del mediodía ya estábamos de vuelta en aquella casona donde por lo menos hacía fresquito.
Apareció Tío Tomás ataviado de la misma manera; reconozco que eran un tío elegante. (Lo del “mote” supongo que era por ser algo amanerado y estar soltero), nos sonrió con cierta maldad para lucir el diente de oro y nos pagó. ¡Nos pagó media jornada a cada uno!
Llegamos a casa como cubiertos por una especie de barrillo negruzco, derechitos a la bañera, pero con la satisfacción de haber ganado unas pesetillas, y con la seguridad, como así ha sido, de que no volveríamos a trabajar de aquella manera.

José Luis Fonseca
Grupo A


La terrible desgracia

—¡La tía Pascuala se ha quemado!
La noticia corría por el pueblo de boca en boca. Los hombres se echaban las manos a la cabeza y las mujeres a los pañuelos, los niños corrían a las faldas de sus madres y las abuelas se santiguaban mirando al cielo.
—Se veía venir —dijo Felipa, insidiosa, mientras recibía una mirada furibunda de su marido.
—Eso también lo digo yo —replicó Martina, encarándose a los aldeanos que se habían congregado frente a la casa incendiada, con gesto desafiante.
La vecindad se mostraba consternada por el suceso. La mayoría cuchicheaba sin expresar libremente su opinión por temor a la reacción de Suso y Teresa.
Ellos también estaban allí, entre el público. Eran los futuros herederos de la tía Pascuala a la que habían jurado cuidar y proteger hasta su fallecimiento, a cambio de sus dineros y sus heredades. Pero Pascuala estaba llegando a los cien años y su salud seguía intacta. Sus piernas y su cabeza seguían siendo capaces de tirar otros cien más. La pareja ya no aguantaba más, ni a ella ni a sus rarezas. Y llevaban peor aún la escasez de recursos con la que tenían que vivir ellos y sus tres hijos.
Felipa lanzó otra andanada, mirando de frente a Teresa:
—Hay quien parece llorar, pero en el fondo está muy contenta.
Felipa y Martina eran dos hermanas cuyas viviendas lindaban, pared por pared, a ambos lados de la que se había quemado. Hacía años que esa familia andaba detrás de la casa para ampliar las suyas y construir un huerto medianil, pero la tía Pascuala nunca aceptó.
Teresa y Suso, que se habían mantenido juntos en una esquina de la plaza, recibieron aquella puya como si les hubieran atravesado el corazón. ¿Cómo podían pensar que ellos hubieran tenido algo que ver con el incendio? Teresa se dio la vuelta y sin responder palabra alguna se encaminó a su casa. Suso se permitió devolver la acusación a las hermanas calumniadoras por ser las dueñas de las casas colindantes.
—Algunas pensarán que ahora las paredes medianeras se expandirán sobre las ruinas del hogar de Tía Pascuala —dijo señalando a los edificios aledaños—. Tal vez están tan ufanas porque piensan que con esta desgracia la podrán conseguir más barata.
Los aldeanos asistían consternados al enfrentamiento y murmuraban entre ellos, sin querer intervenir. Poco a poco, la plaza se fue despejando y solo quedaron los hombres más jóvenes, que junto a Suso se aseguraron de que el fuego estuviese totalmente sofocado.
Al día siguiente, el pueblo entero asistió al funeral por el alma de la tía Pascuala, puesto que del cuerpo solo quedó un patético cúmulo de huesos calcinados. El cura no hizo mención de las sospechas aireadas en la plaza. El alguacil dictaminó que el incendio se había producido por accidente, al prenderse las sayas de la anciana con la lumbre. El médico forense dio por bueno el diagnóstico de muerte por un desgraciado hecho fortuito. Enterraron a tía Pascuala en silencio respetuoso.
Suso, Teresa, Felipa y Martina arreglaron sus diferencias con la venta del solar. Nunca más se habló en voz alta del asunto. Pero, las gentes del lugar aún elucubran sobre las verdaderas causas de lo que para siempre se llamó “la terrible desgracia”.

M. Maximina Moreno

Grupo B


El medio cántaro

Eva, mi flamante novia, me dijo que no era buena idea negarme a pagar el medio cántaro de vino a los mozos, y menos cuando empezaban las fiestas del pueblo.
También me advirtió sobre la estupidez de aceptar, el reto de Fernando, su exnovio, cuando fuimos a la bodega, para ver quién aguantaba más tiempo respirando óxido nitroso. Me empezaba a cansar el jueguecito que se traía. Él seguía riendo junto a los otros, mientras la devoraba con una mirada que nada tenía de festiva.
La combinación de la vibración temblorosa del suelo, el fuerte olor a gasóleo y el crujido de vegetación seca recién cortada, junto con el ruido intenso de un motor, me despertó sobresaltado. Lo último que recordaba era esa risa machacona, como un mantra mareante, de Fernando y su grupo de amigos.
Una cosechadora se me echaba encima a medida que iba cercenando los tallos de los girasoles. Quise creer que no me alcanzaría; que, tumbado y atado como me habían dejado, el filo de corte del cabezal no me tocaría. Traté de fundirme con el fondo del surco. Las cuchillas pasaron arañando mi piel y dejando parte de mi ropa hecha jirones.
Fue entonces cuando lo vi.
Justo detrás venía Fernando, con su cara desencajada por la risa, conduciendo la empacadora hacia mí.

Calgari
Grupo A


El silencio de los norteños

Me desperté con una terrible jaqueca, como en mis “mejores” tiempos, cuando me acunaban el alcohol y las drogas. Hacía dos años que estaba limpio. Abrí los ojos. Estaba desorientado, no reconocía el lugar. Una habitación estrecha con paredes irregulares, mal jarreadas, con la única iluminación que entraba por un tragaluz. Al fondo una puerta de rejas metálicas daba a un pasillo más oscuro. No podía incorporarme, las extremidades me dolían. Sentía como si hubiera sido atropellado.
Comencé a recordar. Seguía la pista de la desaparición de Martina. En su último mensaje escribió: “En ruta. Próxima parada Norteños de la Sierra. Pararé a comer y continuaré. Mañana más y mejor”.
El pueblo se situaba a dieciocho kilómetros del desvío de la autovía nacional. En mitad de un paraje natural protegido. La carretera estaba flanqueada por hayas, pinos, alcornoques y tejos. La localidad se encontraba aislada a más de cuarenta kilómetros de la población más cercana.
Dos años. Mis problemas con el alcohol y la cocaína acabaron provocando mi dimisión como inspector del cuerpo de Policía Nacional. Me enfrenté a un dilema, dimitir o ser acusado de la apropiación de casi medio kilogramo de polvo blanco. Mi mujer fue la siguiente, me pidió el divorcio, perdí la custodia de mi hija. Mis adicciones hundían mi vida como si caminara sobre arenas movedizas.
El pavimento se encontraba en un estado deplorable, el velocímetro no sobrepasaba los treinta kilómetros por hora. Al llegar a una loma el poblado comenzó a tomar forma al fondo de un gran valle. Bordeado por un regato, se componía de unos veinte tejados, todos de pizarra negra y una pequeña iglesia en la plaza. Después de zigzaguear infinitas curvas en el descenso, un letrero me daba la bienvenida. Norteños de la sierra.
Dos hombres entrados en años, armados con una azada y un hacha respectivamente, me miraban inquisitoriamente. A medida que avanzaba, sus cabezas giraban siguiendo el vehículo sin pestañear. Llegué a la plaza. Era pequeña, irregular, y estaba escoltada por una sencilla iglesia, de estilo románico, con un campanario diminuto. Enfrente, unas mesas y unas sillas de patas finas, metálicas, con respaldos y tableros de melamina color roble, indicaban la ubicación del bar. Hice un poco de tiempo mientras fumaba un cigarrillo. La intención era que se hartaran de observarme a través de las ventanas. Cuatro ancianas salieron de la iglesia, acompañadas de una mujer, en la treintena, no soy bueno calculando edades, que agarraba la falda de una de las del cuarteto. Miraba hacia los lados, se reía mostrando unos dientes grandes y desordenados.
—Buenos días —saludé.
Me devolvieron el saludo al unísono de forma casi inaudible y continuaron su camino en silencio con la cabeza baja. Un pellizco en mi glúteo me sobresaltó. El cigarrillo se escurrió de mis dedos.
—¡Gorrino, gorrino! —reía la joven.
La miré fijamente mientras se alejaba prendida de la falda negra.
Unos cerdos de una granja cercana rompieron el silencio del momento. Parecían agitados.
Los chillidos me recordaron mis peores momentos. Mi revólver presionando mi barbilla. La falta de coraje para apretar el gatillo. El compañero que me acercó a Proyecto Hombre. Con esfuerzo y tesón conseguí recuperarme. Desde hacía dos años contaba los días y agradecía cada amanecer. Mi nuevo trabajo como detective me había ayudado. Hasta éste, todos mis casos habían sido problemas conyugales o laborales. Este caso era diferente. Martina había desaparecido. Llevaba tres semanas sin dar señales de vida. Quería cumplir el sueño de atravesar la península andando. Todos los días escribía, por lo menos una vez al día. Sus padres, desesperados, me habían contratado, ante la ausencia de noticias por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.
Tiré de la puerta enrejada del bar. Costó abrirla, rozaba el suelo. Siete pares de ojos analizaron mis movimientos. Un olor familiar se apoderó de mi pituitaria. Era una mezcla de fruta, legumbres, café molido y productos de limpieza.
—Buenos días —sonreí.— Se puede tomar un café aquí.
El paisano que atendía detrás del mostrador, se giró y vació el cacillo. Me fijé en las estanterías, la gran mayoría vacías. El escaso género era principalmente galletas María, unos briks de leche al lado de unas botellas de lejía y una caja de frutería que contenía naranjas, manzanas, y peras. En el suelo había un saco abierto de lentejas y otro de alubias.
—Con leche fría, en vaso y con sacarina. No tiene leche de soja, ¿verdad?
El hombre se giró y me miró con desprecio.
—Disculpe, café con leche, por favor —rectifiqué.
Detrás de una mesa, sobre la que estaban sentados tres hombres de edad avanzada, estaba agachado un joven fornido de unos treinta años con facciones similares a la joven de la plaza que iba prendida de la falda. Me acechaba a través de las patas de la mesa. Mi instinto apostó a que eran hermanos.
Extraje de mi cartera una fotografía de Martina y pregunté al hombre que atendía la barra si había visto a la joven. Miró la fotografía, la dejó encima del mostrador, se giró y continuó con sus quehaceres sin pronunciar una sola palabra. Me acerqué a los paisanos que estaban sentados, contemplativos. Reaccionaron de manera similar, dando la callada por respuesta.
El joven que estaba agachado en el rincón me pellizcó el glúteo, como hizo su supuesta hermana.
—¡Gorrino, gorrino! —gritó mientras reía con la boca abierta mostrando sus desordenados dientes.
Me di la vuelta bruscamente. Esta vez el acto me molestó, pero los hombres que estaban sentados ni se inmutaron. No hicieron ningún gesto de reprobación. Parecía algo cotidiano y habitual. Tampoco se disculparon.
Los chillidos de los cerdos se oían especialmente cerca. Agitados.
Pagué y salí. Necesitaba encontrar algún habitante dispuesto a contarme algo interesante. Mientras arrastraba la puerta del bar, una furgoneta clásica Volkswagen Kombi, que siempre asocié a los hippies, aparcó en mitad de la plaza. Una música excesivamente alta, apostaría por los Beach Boys, se silenció al detener el motor. Dos jóvenes extranjeros, bajaban risueños, estirando los brazos.
—Un bar —me preguntó la chica, con acento extranjero, seguramente inglés. Tenía el pelo recogido detrás de un pañuelo rojo, que dejaba entrever unas mechas de color rubio. Sus ojos bailaban de derecha a izquierda constantemente. Tenía una risa contagiosa. Deduje que podía sufrir un tic nervioso, o bien, que simplemente estaba drogada.
Señalé en dirección a las mesas y las sillas.
El chico se cruzó conmigo. Era rubio, alto, atlético. Tenía un gran antojo encima del ojo derecho con forma de mariposa. Estimé que tendrían entre veinticinco y treinta años.
No había nadie en las calles. Era un lugar apacible, hipnótico. Las casas estaban edificadas con piedra de granito de diferentes tamaños, con porches de pizarra, y unos grandes portones de madera divididos en dos partes. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento habían hecho mella en la mayoría de las viviendas. La mayoría de los habitantes que había visto eran octogenarios, y la única juventud que había visto no debía valerse por sí misma, y se dedicaban a pellizcar y reírse.
En poco más de veinte minutos recorrí todas las calles del pueblo. No encontré ningún indicio que me hiciera sospechar que Martina había tenido algún problema allí. Me dirigí hacia mi vehículo. La joven pareja extranjera salió del bar vociferando. La mujer se agarraba el trasero. Seguro que había recibido la bienvenida. Una carcajada brotó espontáneamente. Es mucho más divertido cuando la broma se la hacen a otro.
Me alejé de allí. Había algo que no terminaba de cuadrarme, pero no sabía qué era. Mi intuición, de la que siempre me había fiado, intentaba decirme algo.
Esa noche dormí en Búfalos del río Sil. Era la población más cercana de ese insólito lugar. Al despertarme caí en la cuenta. ¿Cómo podía haber una granja de cerdos en una reserva natural?
Decidí volver.
En la destartalada carretera que llevaba al pueblo, me crucé con un tractor que remolcaba un vehículo tapado con una lona. Lo reconocí rápidamente. Era la Kombi de los jóvenes ingleses, esos tapacubos eran inconfundibles. Qué mala suerte, una avería en un lugar tan apartado, pensé.
Esta vez dejé el coche a las afueras. Me incomodaban mucho las penetrantes miradas que los paisanos dedicaban a los forasteros.
Me acerqué procurando que no me vieran. Un edificio blanco, alargado, con pequeños ventanucos a dos metros de altura, sin cristales, estaba situado detrás del bar. Me colé dentro. El ambiente era pesado, con un olor penetrante a orín. Me tapé la boca con la manga del jersey. Los cerdos estaban separados, en pequeñas celdas alargadas. Todos los animales me rehuían según avanzaba, pero uno comenzó a chillar al pasar al lado de la reja. No se asustaba. Continué. El de la celda siguiente también se acercó. Tenía una gran mancha morada en el ojo derecho con forma de…, no podía ser, tenía forma de mariposa como el de… Retrocedí para analizar el puerco de la celda anterior. Sus ojos se movían rápidamente de un lado a otro.
Di media vuelta en dirección a la salida. Una pala impactó sobre mi frente. Perdí el conocimiento.
Mi corazón se agitaba y el dolor de cabeza se acentuaba. Me subieron las pulsaciones. Ya era consciente del lugar donde estaba.
Otra imagen vino a mi mente, no sabía si era un recuerdo o lo había soñado.
Estaba tumbado en el interior de un edificio amplio. Parecía la iglesia, alumbrada por velas. Un grupo de encapuchados me rodeaba. El ambiente era húmedo con olor a cera quemada. La boca me dolía y tenía un sabor metálico. La campana tañía sin descanso.
El joven fornido de facciones deformes, se reía mientras untaba una semilla, más grande que un dátil y más pequeña que el hueso de un aguacate, en un cuenco que contenía un líquido denso y rojizo.
La mujer risueña de los pellizcos comenzó a recitar.
“Semilla de raíz y sombra, entra en su carne y despoja su cuerpo, que su forma se quiebre y en bestia se transforme. Devuelve la juventud y vigor a nuestro hermano Aníbal”.
Aníbal era el hombre que atendía la barra del bar. Bebió el líquido que parecía sangre del cuenco y me introdujo el objeto a la fuerza en la boca.
Me resistí, pero me obligaron a tragarlo. Perdí el conocimiento.
—¡Gorrino gorrino! —oí a través del tragaluz del habitáculo.
Desde las celdas contiguas oía chillidos. En ese momento fui consciente por qué era incapaz de incorporarme.
—¡Socorro! —intenté gritar. De mi garganta solo salían chillidos agudos.

Max Ferlam
Grupo B


Perros de barro

Llevábamos tiempo planeando pasar un fin de semana fuera de casa. Para nosotros salir al campo era una necesidad imperiosa. Vivíamos en León capital, ambos trabajábamos en MSD Animal Heath, una pujante empresa farmacéutica orientada al desarrollo de medicamentos y vacunas para animales. Precisamente fue allí donde coincidimos, Anna entró como veterinaria en prácticas cuando yo estaba contratado con una beca de investigación sobre el rotavirus porcino. Paradojas de la vida, lo mío ha sido estar siempre entre cerdos.
Nos conocíamos la montaña leonesa como la palma de la mano, aunque teníamos la teoría de que siempre quedaban rincones vírgenes por descubrir. Así que habíamos buscado un par de rutas inéditas en el valle de Laciana, una zona minera con extensos bosques de hayas y robles que en el otoño estaban en su esplendor.
Por fin llegó el fin de semana de todos los Santos, del sábado 31 de octubre hasta el domingo dos de noviembre. Las predicciones del tiempo eran más o menos buenas, un sol radiante el primer día, con máximas de doce grados y mínimas de cero, aunque con la posibilidad de tormentas de evolución. No nos lo pensamos dos veces. Hablamos con nuestros amigos, Luisa y Javier, quienes tenían pensado venir con nosotros, pero ella tuvo un inoportuno esguince de última hora que aconsejaba reposo. ¡Una auténtica lástima que no pudieran venir! ¡Ahora todo sería diferente!
Preparamos nuestras mochilas con algunos víveres, algo de ropa de abrigo para las frías noches y unas linternas, además de un machete de cuando fui scout, nunca se sabe lo útil que puede llegar a ser. Yo era un enamorado de la fotografía de paisajes, así que no podía olvidarme de mi cámara Canon, un gran angular, y un teleobjetivo de gran alcance. La verdad es que todo el equipo pesaba un poco, pero merecía la pena, pues uno no sabe nunca con lo que se va a encontrar y me producía mucha insatisfacción ver animales como lobos, rebecos, oss o buitres y no poder capturarlos.
Al salir del trabajo el mismo viernes, cogimos los bártulos y nos fuimos en coche hasta Villablino. Desde allí por una pista hasta el refugio de Rioscuro, donde pensábamos alojarnos durante el fin de semana. Javier nos había comentado que estaba algo aislado del pueblo, que tenía una buena chimenea y dos salas contiguas, una ideal para poder comer junto a la lumbre, la otra ideal para dormir. Además, se podía cerrar la puerta y así evitar el relente de la noche, lo único quizá que teníamos que llevar algo para proteger el hueco de las ventanas, pues eran inexistentes, quizá alguien las quemó en otra ocasión para calentarse.
Desde allí, según había planificado, podíamos subir al pico de Cueto Nidio, a 1773 metros de altitud. La ruta era circular, de unos catorce kilómetros y ochocientos metros de desnivel, adecuada a nuestras posibilidades como jóvenes montañeros con experiencia en los Picos de Europa o los Pirineos, donde solíamos ir en verano. Lo mejor sería subir pronto el sábado, pues daban buen tiempo por la mañana y las vistas desde la cumbre debían ser espectaculares. Anna había anotado en un folio un croquis de la ruta de internet, apuntando los lugares de paso, como la Braña de Vilforcos, las fuentes donde reponer agua y los cruces con otras pistas o senderos. Para el domingo habíamos previsto un recorrido más corto, por el valle de Lumajo, hasta la campa de Vilaseca, pasando por los fantasmagóricos paisajes de las abandonadas minas de La Unión, con la intención de regresar no muy tarde.
Llegamos al refugio con las últimas luces, ya se notaba que los días iban acortando y se hacía cada vez más pronto de noche. Nada más bajar del coche percibimos que hacía bastante fresco, nos pusieron los forros polares y colocamos todos los enseres en el refugio. La verdad es que estaba tal como nos lo había descrito Javier. Salimos al bosque que rodeaba la cabaña con las linternas para coger algo de leña, cada uno por su lado. A Anna le pareció vislumbrar unos ojos entre la espesura, alumbró en aquella dirección, pero no vio nada, tan solo oyó unas pisadas alejándose. Me lo comentó, y yo la disuadí de sus miedos diciéndole que sería algún jabalí, casi seguro. Entre los dos preparamos una hoguera enorme, para que hubiera buenas brasas y se fuera caldeando el ambiente. Yo había aprendido en mis campamentos juveniles a tapar las ascuas con ceniza para que desprendieran calor durante toda la noche. Cuando íbamos a cenar, me di cuenta de que se me había olvidado coger las cervezas de casa, así que en mala hora propuse acercarme en coche un momento hasta el pueblo, para ver si encontraba un bar abierto, tampoco era tan tarde.
−Vale David, yo me quedo aquí, voy preparando la cena. Pero no tardes mucho…
Arranqué mi desvencijado R5 azul y me encaminé a Rioscuro, primero por la pista, y luego tres kilómetros de carretera. Nunca había estado antes en ese maldito pueblo, yo que presumía de poder enumerar por valles más de cien localidades de la provincia. Un vistazo rápido, busqué la plaza, donde había varios grupos de personas colgando banderines a una sencilla tarima. Aparqué y vi un cartel luminoso de Cruzcampo. Hacia allí dirigí mis pasos y al entrar tres viejos curtidos por el sol se volvieron hacia mí. Saludé con un hola, buenas, al que solamente respondió entre dientes el hombre de la barra. Compré unas latas y al salir de aquel barucho me llamó la atención un cartel con unas máscaras de animales. Anunciaba la “Fiesta de los muertos vivientes”, con un desfile para el sábado 31, a las 22:00 horas. Claro, era la noche de Halloween, no había caído en la cuenta. El lema del evento era “Veremos quién es el muerto”. Me dirigí hacia el coche y me crucé con cuatro fornidos mozos, a los que saludé con un buenas noches, pero ellos giraron sus cabezas entre cuchicheos y alguna risita al verme pasar.
Arranqué y me volví rápido hasta el refugio. En el camino de vuelta, creí recordar que hace unos años circuló por León una noticia sobre dos chicas que habían desaparecido en la zona de Laciana y nunca más se supo de ellas. Al llegar, Anna había preparado una cena romántica, con sus velas y todo. Las cervezas nos supieron a gloria con la tortilla de patata y la cecina ahumada. Después extendimos los sacos de dormir y preparamos unas almohadas. La verdad es que era una gozada pasar aquellos días juntos en medio de la naturaleza. Nos dispusimos a tapar las dos ventanas como pudimos con unos cartones que llevábamos, cuando oímos unos ruidos como cohetes o petardos.
−Quizás sea la fiesta de Rioscuro, se me olvidó comentarte que vi un cartel sobre la verbena de los muertos vivientes, una especie de mascarada de otoño. Mañana habrá un desfile a las diez de la noche. Supongo que será porque coincide con la víspera de todos los Santos o por Halloween, que hasta aquí llega la influencia de la cultura anglosajona.
Poco antes de acostarnos, salimos fuera de la cabaña a contemplar las estrellas, el firmamento estaba radiante. Aprovechamos para hacer pis, y así no tener que levantarnos durante la noche. Cada uno por fuimos para nuestro lado. A Anna le pareció oír unas pisadas detrás de ella, como si la siguieran, se paraba y dejaba de oír aquellos ruidos, caminaba y volvía a percibir aquellas pisadas. Se volvió bruscamente, pero no vio nada. Regresó lo más rápido posible al refugio. Aquella noche hicimos el amor por última vez, buscado darnos calor uno a otro.
El viernes amaneció con una buena helada. Yo me desperté con las primeras luces, aticé el rescoldo de la chimenea, tratando de reanimar el fuego. Hacía un frío que pelaba. Calenté algo de leche y desperté a Anna. Desayunamos rápidamente y nos preparamos para hacer la ruta prevista, que partía de la misma adecuación recreativa donde habíamos pasado la noche. Después de dos horas, llegamos a la Braña de Vilforcos, donde nos recibió un perro mastín muy delgado, parecía muerto de hambre. Paramos para disfrutar del entorno, descansar y tomar un pequeño almuerzo. Después atravesamos un abedular y llegamos hasta una campa donde había alguna huella, parecía de oso. Un pastor nos contó que había varios grupos de osos y que incluso les habían matado varios terneros en distintas brañas. Llegamos al pico Cueto Nidio para comer y por la tarde, completamos el regreso hasta el refugio. Vimos una pareja de urogallos, a los que traté de fotografiar, pero sin mucho éxito. Aunque llegamos agotados, le propuse a Anna subir para ver el desfile de los muertos vivientes. Así que cenamos rápidamente y nos acercamos a Rioscuro. Había mucha gente disfrazada, con máscaras de barro pintado, que perseguían y asustaban a la gente que había por la plaza. Algunas impresionaban un poco, como un demonio con cuernos o un pájaro con un pico enorme, con alas en los brazos. Me distraje un rato haciendo algunas fotos en blanco y negro. Había perdido de vista a Anna, pero finalmente la divisé en una esquina de la plaza con una manada de perros lobo merodeando en torno a ella. Me comentó que al principio era como un juego, pero que luego se había sentido agobiada. Al poco rato, decidimos irnos a descansar, pues al día siguiente nos esperaba otra buena ruta, aunque algo más suave. De vuelta al refugio me pareció ver los focos de un coche que nos seguía. En el camino al refugio, algunos relámpagos nos sorprendieron desde lejos.
Atizamos la lumbre y nos tomamos una infusión para irnos calentitos al saco. Estábamos ya casi a punto de dormirnos cuando sonó un trueno muy cerca de la cabaña y se levantó un fuerte viento racheado. Mi preocupación era que los cartones de las ventanas cedieran en una ráfaga de aire. Ciertamente las predicciones meteorológicas se habían cumplido. Bueno, había que intentar dormirse lo antes posible. Al poco rato me desperté sobresaltado, llovía con insistencia y me pareció oír pisadas que sonaban cerca de la ventana. Anna tenía una respiración profunda. Ella que presumía de que nunca roncaba, estuve por coger el móvil para grabarla. Traté de tranquilizarme pensando que las pisadas serían de algún caballo buscando protección contra la tormenta. Cuando estaba a punto de dormirme llamaron insistentemente a la puerta, tres aldabonazos que nos sobresaltaron.
−¿Qué pasa? ¿Qué suena? -me preguntó Anna asustada.
−Debe de ser el viento que golpea la puerta. Voy a ver.
Cuando me incorporaba y trataba de encontrar la linterna, escuché unos aullidos y unas palabras ininteligibles entre risas. Me entró un cierto miedo, lo reconozco, pero no era de los que se arredran ante lo desconocido. Así que abrí la puerta, cuando entraron en estampida cuatro jóvenes disfrazados de perros lobo, uno de ellos me dio un mamporro con una barra y me quedé medio atontado. Anna encendió la linterna, pero se abalanzaron sobre ella. Yo traté de defenderla, pero me redujeron y me propinaron varios puñetazos en el estómago. Después uno de ellos sacó una cuerda y me ataron las manos. El apestoso hocico del que parecía el líder de la manada se me acercó al oído y se amenazó como te muevas, te mato. Y le ordenó a otro de sus secuaces, ¡quédate con este pringao!, ya te tocará tu turno. No podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo, yo no podía moverme y ellos violando a Anna. Yo no podía ver lo que ocurría, pero por el alboroto deduje que la habían desnudado y trataban de montarla como si de una loba se tratara. Ella chillaba, pero nadie podía escuchar sus gritos de auxilio. Después dejé de oírla, cuando vi que el machete de scouts había quedado allí cerca. Lo coloqué como pude y froté mis atenazadas muñecas contra su filo hasta que conseguí rasgar el cordel. El corazón me latía a mil por hora. Atenacé el puñal y me abalancé sobre mi custodio, una cuchillada certera en el pecho fue suficiente. Los otros se percataron de lo que estaba pasando, pero aún así clavé el machete con todas mis fuerzas en el estómago de otro. Después no sé qué pasó, solo recuerdo que me desplomé al recibir un garrotazo en la cabeza con una barra metálica.
La doctora comentó en la visita de hoy que el cerebro nos protege de las situaciones de estrés agudo. Es como si ”se desconectara" temporalmente para salvaguardarnos de un fuerte impacto emocional. Yo solamente sé que Anna viene todos los días a verme, me agarra la mano y no puede contener las lágrimas. Yo no consigo mover mis extremidades y ahora solo logro comunicarme fijando la vista en un teclado.
−¡Malditos hijos de perra!

Jesús García
Grupo A


En algún momento somos los dueños de nuestro futuro

Siempre me parecieron muy brutos los chicos de aquel pueblo, pero esto ya era demasiado. Jamás pensé que podría encontrarme a gente así cuando vivía con mi abuela en Honduras. Mamá era una figura nebulosa que aparecía a veces en mis sueños y un recuerdo de una infancia cada vez más lejana. Diez años habían pasado desde que me dejó para poder ofrecerme un futuro, según dijo en aquel momento. Sin embargo ella seguía siendo fundamental en mi vida, la que pagaba las ropas con las que me vestía y el colegio en el que estudiaba. Un día la abuela enfermó. Para colmo la situación en mi país no era nada buena, y apenas podíamos salir de casa por culpa de la delincuencia y de las bandas.
Por eso fui a España en un viaje muy largo para reunirme con mi madre, diez años después de que ella hubiera hecho el mismo camino de ida sin retorno.
En el instituto se sorprendieron con mi buen nivel. Mi madre se enorgullecía, y yo no la entendía cuando afirmaba sin pudor que alguien con mucho poder la había ayudado regalándome ese don que es la inteligencia. -¿Qué quieres decir con eso, mama?- La preguntaba una y otra vez. -¿Quién es ese tan poderoso que nos está ayudando a triunfar? – Tú tienes que ser agradecido y aprovechar ese don, que es un regalo después de diez años de enorme esfuerzo- Me dijo una vez sin darme más detalles. El ambiente en la clase no era el más apropiado, con todos esos chavales enormes que no paraban de incordiar ni de meter bulla. Los primeros días llegaba a casa llorando. Mamá me consolaba diciendo que era envidia de ellos, que se metían conmigo no solo por mi color de piel sino porque yo era inteligente, educado, y sacaba mejores notas gracias a ese don. -Mi hijo, estudiarás en la universidad y serás lo que tú quieras.- Me decía.-Ellos se pudrirán aquí en este pueblo enano en mitad de la nada. Estudia mucho, hijito. Será la única manera de que el futuro te pertenezca.-
Y así hice, estudiar mucho. A pesar de los insultos, los empujones y codazos a escondidas, las risitas malévolas a mis espaldas y las burlas escandalosas en mi cara. A pesar de llamarme extranjero que venía aquí a robar, de decirme una y otra vez que me fuera de vuelta a mi país, Me mantuve firme y saqué las mejores notas. Los profesores me apreciaban y siempre me apoyaron, regañando sin compasión cuando pillaban a alguno de esos haciendo de las suyas contra mí. Lo malo es que no siempre podían estar. Ahí aprendí a que tendría que defenderme yo solo.
En el inicio del siguiente curso parece que estaban más tranquilos, pero yo no me fiaba. Algo gordo estaban tramando contra mí. Aún así, confié cuando Matías, el líder de la clase, un repetidor deseoso de cumplir los dieciséis para ponerse a trabajar en el bar de su padre, del pueblo de toda la vida, me soltó de pronto:
-Tú, morenito, ¿no te vas a apuntas a la quedada con el resto de la clase?- Eran las fiestas del pueblo y todos los chicos lo iban a celebrar a lo grande. Primero estarían en la peña bebiendo y fumando, cosa que no me hacía ninguna gracia. Luego irían a no sé qué sitio, al pozo de la Úrsula, o algo así. La Úrsula era un fantasma que rondaba por una casa abandonada en mitad del bosque. Había muchas historias y leyendas, lo típico entre los adolescentes, a cual más exagerada. Una de ellas contaba que en un pozo vivía la tal Úrsula, que por lo visto era una mujer que había vendido su alma al diablo a cambio de poder infinito, y que por eso el diablo la transformó en un monstruo. -Pero, claro, si quiere seguir siendo inmortal tiene que matar y beber la sangre de sus víctimas. Por eso el día de San Esteban, el patrón del pueblo, los jóvenes vamos para allá.- Sí, a haceros los valientes-¡Es cierto! La Úrsula existe. Mira lo que pasó hace diez años con los hijos del Toño. El pequeño desapareció y no le han vuelto a ver- Y hace treinta también pasó. Los cuatro hermanos del molino no regresaron jamás. -¡Eso son mentiras, cuentos para asustar a los niños y poder ir allí a beber, fumar y meterse de todo!- Ya, pero a ver si os atrevéis alguno…-
Matías salió al frente con sus tres compadres. Los más populares del pueblo, a quienes todos temían y admiraban. Los que protagonizaban todas las juergas y todas las peleas. También eran, por lo visto, los más valiente. - ¡Nosotros iremos esta noche, y nos acompañarás tú!- Se me quedaron mirando fijamente y luego soltaron enormes carcajadas. -¿Qué dices, canijo, vienes o no?
A mí no me hacía ninguna gracia ir, pero mi madre se quedó muy quieta y me habló muy seriamente.- Yo creo que es el momento de que vayas con ellos y les demuestres quién eres realmente. No olvides que tienes un don, un regalo de alguien a cambio de diez años de mi vida, mi hijito- Su mirada, profunda y penetrante, lo decía todo sin necesidad de emplear palabras. Era una sensación extraña, sabía que tenía que ir, que sabría cómo hacerlo gracias a mi don, aunque en esos momentos me parecía que nada de esto tenía sentido.
Me reuní con ellos para ir al pozo de la Úrsula. La noche era oscura y el camino se me hizo bastante largo. La casa derruida apareció entre las sobras llena de escombros, grafitis y restos de botellas. A un lado estaba el pozo. Su silueta aportaba un toque siniestro. Matías y sus compinches no paraban de reír, tan borrachos como estaban. Sus voces rompían el ulular de la noche. Traían más botellas de vino, así que aprovecharon el momento para intercalar el alcohol con algún que otro porro. Yo me mantenía en silencio, tratando de pasar desapercibido, aunque en un momento dado Matías me agarró del brazo para acercarnos al pozo mientras los demás seguían sentados o tumbados, durmiendo la borrachera.
Me asomé a aquel agujero. Se veía muy profundo y oscuro. Normal que protagonizara tantas leyendas e historias de monstruos y asesinos. Parecía como si una mano esquelética fuera a aparecer de repente para ahogarte y tirar de ti hacia el fondo. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando noté el aliento apestoso de Matías, que se iba arrimando a mí poco a poco. Tenía la boca apretada en una mueca extraña y algo maligna; parecía ensimismado, como si estuviera cavilando algo. Dos cabezas me sacaba y unos brazos musculosos doblaban en tamaño los míos. Nada podría hacer contra esa inmensa mole que no dudaba en machacar y aplastar a todo aquel que amenazara su reinado de violencia y terror en el pueblo. Me pareció ver que sacaba una navaja de su bolsillo. La abrió para enseñarme el filo, brillante y amenazador, hasta que me lo acercó al cuello. Cuando quise darme cuenta, me tenía asido por la espalda, totalmente inmovilizado.
-¿Qué te pasa, morenito? ¿Te da miedo? Ahora sí que no hay nadie que te pueda ayudar, ningún profesor que atienda a tus rabietas. Los de fuera sois todos igual de lloricas. Lo único que hacéis es robarnos los dineros a los de aquí. Mejor será que desaparezcas, que caigas así como por accidente en este pozo. Nadie te echará de menos, ¿verdad, canijo de mierda?-
En un momento dado dejé de escuchar su voz. A mi cabeza vino la imagen de mi madre y sus palabras: “es el momento de que vayas con ellos y les demuestres quién eres realmente”. Siempre la había querido, pero en ese momento la comprendí de verdad y empecé a admirarla con un fervor excepcional que nunca ha disminuido. Ella no dudó en acudir a quien fuera necesario para que yo pudiera prosperar y triunfar. La inteligencia no es un don que se hereda sino un privilegio que se consigue con ayuda del que puede proporcionarla, del único ser que nos ofrece un inmenso poder a cambio de unos pocos años a su servicio, diez concretamente. Pensé lo ingenuos que eran en este pueblo creyendo que aquí es el único lugar donde se dan los monstruos. Esto último incluso me atreví a gritarlo en voz muy fuerte cuando conseguí retorcer el brazo de Matías hasta arrancárselo de cuajo. El último recuerdo que conservo de él vivo es su cara, no sé si de sorpresa u horror, justo antes de que me dispusiera a morderle en la yugular. También en Honduras sabemos pactar con el diablo y estamos dispuestos a lo que sea para escapar de la pobreza y, sobre todo, aprovechar los regalos de los que quieren ayudarnos para ser dueños de nuestro futuro.

Maite BT
Grupo A


Realidad o leyenda

Se dice, se cuenta que antes de ser leyenda, fue realidad. Ese era el misterio que encerraba aquella aldea perdida entre valles, montañas y maizales. Sus pocos vecinos dedicaban su vida a trabajar la tierra, cuidar de sus vacas, ovejas, cabras y a mirar el cielo por si las lluvias irrumpían sin previo aviso. Pocos eran los que por allí pasaban, pues se decía que tiempo atrás, todo forastero que la visitaba, jamás regresaba a su hogar.
Un grupo de amigos decidió ir a visitar esa singular aldea. Así fue como mochila en mano y con gran algarabía, se pusieron en marcha en busca de respuestas a ese gran enigma. Después de muchos kilómetros recorridos llegaron a su destino. La primera impresión fue inquietante. Casas viejas mal encaladas, puertas desvencijadas, chimeneas caídas y ventanas con rejas oxidadas. Parecía una aldea fantasma.
Un letrero, al que el tiempo había borrado más de una letra, anunciaba que era esa la cantina y raudos entraron a refrescar sus gargantas con cerveza y agua fría. Después de saludar a las tres o cuatro personas que, sentados en la única mesa, echaban la partida y de responder a sus preguntas, los visitantes se interesaron por la historia por la que era conocido aquel lugar. Marcelino el cantinero, mirándolos de hito en hito, comenzó a contarles la historia de lo que allí hubo acontecido. Así comenzó su relato ante la curiosa mirada de los recién llegados.
Muchos años atrás, en la noche de San Juan, se escucharon unos cantos de sirenas que el viento transportaba desde un lejano mar. Era tal la belleza y la armonía de sus voces que cautivaron a más de un incauto que, hipnotizados no dudaron en seguirla, adentrándose en los campos de maizales de donde nunca jamás salieron. Solas quedaron las madres, esposas e hijas, maldiciendo esa noche fatídica.
Los jóvenes encontraron esa historia poco creíble y entre risas y cuchicheos abandonaron la cantina. A las afueras de la aldea montaron sus tiendas y agotados por la excitación del viaje, se dispusieron a descansar. Pronto el silencio de la noche, el canto de cigarras y la suave brisa comenzaron a hacer efecto y los jóvenes se sumergieron en un profundo y reparador sueño.
Con los primeros rayos de sol salieron a admirar la belleza del valle pero pronto una espesa y oscura niebla, cubrió todo el paisaje al tiempo que una música extraña, parecía salir de la profundidad de los maizales. Sin dudarlo, se introdujeron entre ellos y todos desaparecieron en el oleaje de mazorcas y viento. Los vecinos alarmados, fueron a su encuentro pero no había rastro de ninguno de ellos. No daban crédito a lo que estaba ocurriendo y confusos se preguntaban unos a otros si la leyenda era real o la realidad leyenda.

Marian Pérez Benito
Grupo A


El espantapájaros

Me acerqué esquivando los altos girasoles y las malas hierbas.
El espantapájaros se erguía altivo en medio del campo. Me atrajo por sus chillones ropajes y los silbidos que se escapaban de sus CD reciclados.
Su cara me horrorizó.
Era un espejo.

Ana
Grupo C


Siniestra segunda vivienda

Mis padres compraron una casa en una aldea asturiana cuando yo tenía 8 años y mi hermano 5. Realmente, fue mi madre la que se empeñó, pues decía que estábamos demasiado urbanizados y que necesitábamos disfrutar de la naturaleza y “asalvajarnos” un poco. No se me olvida la primera vez que entré en aquella casa que mi madre llamaba la segunda vivienda. Llegamos al mediodía. La puerta de la entrada chirrió con un quejido doloroso como si no quisiera ser abierta. Mi madre encabezó entusiasmada la comitiva seguida por mi hermano y por mí, mientras mi padre iba descargando las cosas del coche. Nada más entrar noté una atmósfera enrarecida, una especie de aire denso y compacto que llenaba los espacios vacíos . Los objetos reposaban pesadamente ,recubiertos de una capa de polvo plomizo. Mi hermano correteaba alegre, pero yo me sentía sobrecogido. Mi madre nos precedía abriendo las contraventanas para que entrara la luz.” Esto es vida”, decía.
Cuando llegamos a la cocina ,una multitud de arañas espantadas corrieron a esconderse mientras mi hermano pedía a gritos un bote para cazar alguna, a lo que mi madre respondió que las dejara en paz, que ellas estaban allí tan tranquilas antes de nuestra llegada.Yo me puse de puntillas esquivándolas, pero mi madre me dijo que, como éramos mucho más grandes que ellas, nos veían como agresores y pasaban mucho miedo, las pobres. “Pobrecitas arañitas”, decía mi hermano.
Nos dirigimos después al salón.Nada más al entrar oímos un ruido que procedía de la chimenea: nos acercaos sigilosamente. De repente una paloma salió revoloteando sobre nuestras cabezas. Abrimos los ventanales y la paloma voló con el beneplácito de mi madre que le gritaba :” vuela libreeee” y cantaba : “se equivocó la paloma, se equivocabaaaa”. La aventura estaba servida: arañas, palomas, nuevos lugares que explorar .
Mi hermano jugaba feliz , tocaba todo lo que encontraba, pero yo iba sintiendo un malestar cada vez mayor, lo cual me dio ganas de orinar . Busqué el baño yo solo, ya no era tan pequeño como para tener que pedir a mi madre que me llevara. Al abrir la puerta del baño vi una enorme rata en la bañera, negra como la noche sobre el fondo blanco esmaltado. No se asustó al verme, pero yo sí.La rata no sabía cómo salir de la bañera y daba saltos intentando conseguirlo. El espectáculo era aterrador. Yo había oído decir que si te muerde una rata te puedes morir. Tenía que proteger a mi hermano. Entonces me hice pis mientras gritaba ¡“mamaaaaaa!! Mi madre acudió corriendo, tal era mi desesperación. Abrió la ventana y me dijo que cerráramos la puerta, que la pobre rata conseguiría salir de la bañera y escapar por la ventana y que ,como ya me había hecho pis en los pantalones era mejor que me cambiara para no resfriarme.
Salí a mirar en la maleta que mi padre había descargado para buscar unos pantalones limpios . Mi padre en ese momento estaba arrancando el coche para ir a buscar algo de comida en el pueblo más cercano. Tuve ganas de gritarle: “ ¡¡ llévame contigo, sácame de aquí!!, pero me contuve. Respiré hondo y decidí volver a entrar para seguir explorando,pero en el fondo pensaba que si en eso consistía lo de “asalvajarse”, era mejor volver a la ciudad.
Nada más entrar de nuevo en la casa oí que mi hermano gritaba diciendo que había visto una ratita muy mona colgada boca abajo en el pasillo. Mi madre acudió solícita cogiendo previamente un cepillo y se puso a dar escobazos al aire para ahuyentar lo que ella llamó murciélago, explicándole a mi hermano que el animalito había confundido nuestra casa con una cueva y lo decía con tal cariño que me conmoví por su capacidad de hacer bonito lo feo.
Ya solo quedaba una habitación al fondo . Mientras mi madre ahuyentaba al murciélago, decidí que era mi oportunidad de demostrar valentía y le pedí que me dejara entrar primero, a lo que ella accedió: “¡claro! ¡vivan los intrépidos!!”. Por supuesto, mi hermano me siguió.
La puerta chirrió más que las anteriores. La atmósfera era aún más densa si cabe. Apenas entraba luz por unas rendijas , pero se percibía algo que se balanceaba en el centro.¡Era una soga! . Al verla mi hermano, que venía detrás de mí, salió corriendo entusiasmado diciéndole a mi madre que en la última habitación había un columpio, pero que no tenía asiento. Yo no sabía muy bien qué significaba aquella cuerda allí colgada en el medio, pero oí que mi madre respondía diciéndole a mi hermano que era una especie de columpio, pero que no podía subirse porque estaba muy alto, que era mejor esperar a que regresara papá para que nos ayudara a bajar esa cuerda y hacer con ella un columpio en el jardín con asiento y todo. Yo miraba hacia la soga con sospecha y después miraba a mi madre con cara de interrogación, pero su mirada era limpia y hasta risueña. Fue ella la que abrió las ventanas y al dirigirse hacia los ventanales dio un manotazo a la soga con toda naturalidad exclamando que esa era la habitación más grande y por tanto podríamos dormir allí nosotros dos. Esa afirmación me heló la sangre por dentro, pero, ante el entusiasmo de mi hermano, tuve que fingir que no me importaba.No veía la hora de que regresara mi padre para preguntarle abiertamente por qué estaba allí aquella soga y para pedirle que por favor nos ayudara a quitarla antes de que se hiciera de noche y me viera obligado a dormir allí.
Por fin sonó el chirrido de la puerta de la entrada, salimos todos a recibir a papá que entró jadeando por el peso de las bolsas y con el rostro pálido y un hilillo de voz, le dijo a mi madre :” me han preguntado en el ultramarinos si somos los que hemos comprado la casa del ahorcado,¿ tú lo sabías???, a lo que mi madre contestó sin pestañear:” bueno …. ¿ qué importancia tiene eso? Nos ha salido mucho más barata…” ¡“Así ya tenemos cuerda para hacer un columpio!!! ,exclamó mi hermano.
Fui entonces corriendo a cerrar la puerta de la habitación del ahorcado y cuando llegué vi a un señor difuminado pero con contornos bien precisos que se balanceaba colgado de la cuerda. Me quedé paralizado y atónito ante la visión y entonces me dijo con una sonrisa burlona: “¿quieres subir a mi columpio?”
Volví a hacerme pis en los pantalones.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C


Una historia “graciosa”

En las comunidades pequeñas algunas historias ganan el marchamo de graciosas y ya nunca se desprenden de él. Son repetidas una y otra vez provocando indefectiblemente una carcajada unánime. Para el protagonista del cuento, en el caso presente, yo mismo, el incidente está lejos de ser divertido. En cada repetición, lo narrado se adorna de nuevos detalles alejándolo más de la verdad, pero incrementando su comicidad y el escarnio sobre la víctima. Para que se conozca la verdad en sus justos términos y quede limpia de exageraciones y añadidos, me he propuesto narrar los hechos tal como sucedieron.
De niño odiaba venir al pueblo —ahora me sucede lo mismo aunque por otras razones—. En primer lugar estaba aquel caserón siniestro, de camas húmedas y cuyos techos crujían provocándome el espanto. A ello debería añadir la ausencia de baño. Me resistía las ganas de soltar el vientre todo lo posible, pero cuando estas se volvían apremiantes no me quedaba más remedio que acercarme al muro del fondo del patio. Nada más bajarte los pantalones te rodeaba un coro de gallinas dispuestas a picotear todo cuanto saliera de tu cuerpo. No valía intentar espantarlas con una vástiga de olivo, estaban dispuestas a asumir daños a cambio del disfrute de lo que debían apreciar como un manjar. Para mí, además de incómodo, era asqueroso y me provocaba una repulsión por aquellos animales que aún conservo.
En segundo lugar estaba la abuela, una vieja seca y oscura, de trato áspero y humor desabrido. Cada vez que se cruzaba conmigo me afeaba lo que estuviera haciendo, tachándome de torpe y perezoso. Enseguida me imponía obligaciones, siempre molestas, pesadas o, para mi gusto, repugnantes. Y si no se le ocurría otra maldad, me escupía con desdén: “Chico, salte a jugar al corral. Aquí no haces más que estorbar”.
Pero vayamos al meollo, que en el afán de poner en ambiente al lector me estoy yendo por las ramas. Aquella docena de aves estaba presidida por Carolo, un gallo despótico y cantarín, que les doblaba en envergadura y se paseaba orgulloso sabedor de su impresionante presencia. Al menos lo era para mí. Cuando me miraba con su ojo izquierdo yo notaba su desprecio, debía creerme, a lo más, un gusano indigesto. Lo terrible era cuando giraba el cuello y el pozo profundo de su ojo derecho se clavaba en mí. Las piernas me temblaban mientras percibía crecerle una ira incontenible. Si enervaba la cresta sabía que su ataque era inevitable. La vara me había salvado siempre de sus acometidas hasta aquel día. Unas cuantas gallinas se interponían en mi camino hacia la puerta de la casa. Las separé azuzándolas con el palo del que jamás me desprendía si pasaba por el patio. En el momento de su retirada vi que detrás de ellas se ocultaba el gallo. Me detuve indeciso un momento y el animal tampoco se movió. Quedamos enfrentados unos segundos como en aquellos duelos de las películas del Oeste, apenas nos separaban un par de metros. Cuando el animal irguió la cabeza y me miró con aquel terrible ojo derecho supe que algo pavoroso estaba a punto de suceder. Tragué saliva y levanté la vara con lentitud esperando la embestida. En lugar de eso Carolo abrió el pico y con voz profunda me advirtió: “Esas hembras son mías. No vuelvas a acercarte a ellas”.
Me quedé pasmado y no supe reaccionar cuando el ave inició la carrera. Esta culminó en un doloroso picotazo en el empeine de mi pie izquierdo. La sangre comenzó a surgir de inmediato y yo a gritar llamando a mi madre. Acudió ella seguida de mi abuela. Al referirles lo sucedido, mi abuela se volvió hacia la casa sacudiendo la cabeza sin decir nada, con la decepción dibujada en la cara, lamentándose, sin duda, del miedoso nieto que le había tocado en suerte. Mientras tanto, mi madre trató de consolarme como pudo y enseguida, cogiéndome en brazos, me acercó al dispensario. Cometí el error de repetir allí el relato de los hechos y, a pesar de los ruegos maternos, lo conté de nuevo en el ultramarinos. La dueña del comercio se me quedó mirando como calibrando mi cordura y finalmente emitió un diagnóstico que provocó la risa de la clientela: “Este niño se ha vuelto tarumba”. Y con ese mote me quedé para los restos. Los chavales del pueblo me llamaban así y se burlaban de mí haciéndome encargos de preguntar al gallo las cuestiones más absurdas.
Ahora, de mayor, en las escasas ocasiones en que me veo obligado a retornar, he de volver a escuchar la anécdota y, como colofón, los consabidos ultrajes: “Tarumba, ¿ya has elegido novia entre las pitas?” Y otras lindezas por el estilo.
Esta es la pura verdad de los acontecimientos. Lo crea o no el lector, tan cierto como la cicatriz que llevo en el pie, Carolo me habló. Luego yo, contándolo, sembré la desgracia que me hace arrastrar desde entonces la fama de conversador con gallos y violador de gallinas.
¿Cómo me va a gustar venir al pueblo?

Pepe Lorenzo
Grupo B


Celebración histórica

Humor del bueno cuando el miedo no ha sido terrorífico, cuando el recuerdo nos devuelve una sonrisa de haber sido todo un buen trayecto en el camino, sin traumas, rencores ni personas maquiavélicas.
Hoy lo recuerdo como una historia muy graciosa .
El escenario transcurre en un piso de estudiantes , una chica de 18 años se queda sola un fin de semana porque el resto se han ido a celebrar un gran acontecimiento para la historia, a sus casas.
Ella se queda ahí, con un cometido, su piso va a ser la casa de un exprisionero durante una noche . No conoce al expresidiario solo le dicen que no ha cometido ningún delito de abusos, ni matado a nadie , solamente que va dirección a Asturias.
Llegará por la noche, tiene llave, tú nada , no tienes que hacer nada me dijeron en las instrucciones verbales que me dio una de mis compañeras
Obedecí , después de cenar me acosté , cerré por dentro la puerta de mi habitación e intenté dormir.
Sentí cuando metieron la llave en la cerradura, ni una conversación, parecía que venía solo.
El silencio fue lo último que sentí, solo oía las palpitaciones de mi propio corazón y conseguí dormir hasta la mañana siguiente, momento en el que tuve que decidir si salir, si quedarme encerrada hasta escuchar algo….
Después de esperar como una hora, salí sigilosamente y me encontré con un chico con pelo muy enredado y aspecto desgreñado , me hace reír ahora al recordar mi reacción, dije hola, me contestó con otro lacónico hola y ahí acabó la profunda conversación , esa corta mañana de otoño.
Seguí teniendo miedo a quedarme sola, todavía hoy en mi ya bien entrada la madurez y mi época de sosiego, a veces , lo tengo, a pesar de haber tenido bastantes episodios terroríficos, una no acaba de curarse de vivir con algún miedo.

Carmela
Grupo A


Turismo cultural

Jarrea sin piedad. Sólo los soportales protegen. Y el bar de Marcial. Dentro, en una mesa junto a la ventana esta él, removiendo su café, con la mirada perdida. No se ve a nadie en la plaza. Se levanta y sale con irresponsable altivez. Cuando camina veo la prótesis bajo una pernera de su pantalón empapado y una manga de su sobretodo que cuelga vacía. Se ayuda con un bastón blanco que va rozando silenciosamente el suelo.
Está recorriendo museos rurales: "Museos que dejan huella" había leído en internet. Ahora se dirige al museo de la boina. Previamente visitó el del calzado, el de los guantes y el de las lentes.
Nunca sabrá por qué dejó para su última visita el museo del orinal.

Nicolás Casillas
Grupo A


La matanza de Mieza

El accidente me había dejado postrada en una silla para el resto de mi vida. Solo tenía sensibilidad desde el cuello hacia arriba. Me había convertido en un ser totalmente dependiente. Siempre había sido una mujer activa, que había practicado atletismo en mi juventud, y últimamente disfrutaba montando en bicicleta y nadando en la piscina. Fue la bicicleta, la que cambió mi vida de manera radical. Era una despejada tarde de domingo cuando el vehículo conducido por Jacinto truncó mis rutinas. Se disculpó más de cien veces. No, no iba bebido, ni drogado. Conducía discutiendo con su mujer. Discutían porque su suegra le había echado pimentón picante al pulpo, y ella debería saber que él no toleraba el picante. Jacinto quería convencer a su mujer, Natalia, de que su madre lo había hecho con mala intención.
No me vio. Golpeó la rueda trasera con brutalidad a más de setenta kilómetros por hora. Mi vértebra C5 se fracturó. Quedé con una ligera movilidad y sensibilidad en los hombros. Nos obligó a vender el piso, porque el edificio no disponía de ascensor. Y a pesar de mis reticencias iniciales, nos trasladamos a vivir al pueblo de mis abuelos. Heredé su casa, aunque nunca me había interesado. No había vuelto a Mieza desde que era niña.
Una vez que empecé a ver las primeras edificaciones, los recuerdos comenzaron a aflorar en mi mente. Aquel lugar no despertaba en mí ningún sentimiento de afecto. Me obligaban a pasar parte del verano allí, pero aborrecía el olor a ganado, el sudor de los vecinos, la leche recién ordeñada, la nata que se formaba en el tazón, cuya textura me producía arcadas. No tenía a mis amigos del barrio, ni los del colegio, y los que había no sabían jugar como lo hacíamos en la ciudad. Y lo peor de todo, los bichos. Había bichos por todas partes. Odiaba los bichos.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo enfadada y aburrida, hasta que decidí canalizar todo mi odio en esos pobres seres diminutos.
Recuerdo la primera vez que encontré una pequeña babosa debajo de una piedra. Con una lupa al sol me dediqué a abrasarla en varios puntos.
Después de esa primera experiencia decidí utilizar todo mi ingenio, para acometer los más salvajes “insecticidios”.
Cualquier pequeño ser que se movía sufría las consecuencias. Los pisaba, aplastaba, les echaba agua, insecticida, los ahogaba en pintura o les arrancaba las extremidades. Descargaba todo mi cabreo en estos pequeños animales.
Hasta que un día se me fue de las manos. Detrás del huerto de mis abuelos había un leñero. Era el hábitat de unas hormigas grandes con el abdomen de color granate y negro con pequeños destellos plateados. Eran las más grandes que había visto nunca. Desde allí se distribuían en una amplia zona de influencia, y su hogar estaba debajo de aquel montón de leña. Cogí una lata de gasolina que usaba mi abuelo, para repostar el motocultor y la motocicleta, y la vacié en la parte inferior del leñero. Estuvo ardiendo día y medio. Todo el pueblo se movilizó para acordonar y humedecer la zona, para evitar que el incendio se extendiera. Nadie supo que había sido yo la autora.
Me asusté por la magnitud de las llamas, pero acabé con aquellas criaturas grandes y feas, que en alguna ocasión me habían mordido.
Ahora, años después, volví a aquel pueblo. Las imágenes que tenía en mi mente describen un lugar inhóspito, un secarral, aburrido, pero ahora, quizá motivada por la edad y mis circunstancias, me inspiraba un lugar plácido, tranquilo y apacible.
Los vecinos que lo habitaban eran todos mayores, ya jubilados y salvo algunos fines de semana que llegaban los nietos a visitar a la familia, entre semana no había mucho que contar.
Mario, mi marido, siempre estaba pendiente de mí. Me desplazaba con la silla al jardín, me cubría con un sombrero para que no me molestara la luz. Cada poco tiempo me movía a diferentes emplazamientos, dependiendo de la hora del día. A primera hora de las mañanas y al caer la tarde, empujaba mi silla para dar un paseo alrededor del pueblo.
Una mañana de martes del mes de junio, una vecina asustada vino a buscarle. A su marido le estaba dando un ictus y necesitaban que les acercara lo más rápido posible al hospital que estaba a unos cien kilómetros. Mario me preguntó si quería ir con ellos, o bien, esperaba en el jardín a que volviera.
—No te preocupes por mí, cariño. Te prometo que no me iré a ningún lado sin ti —le tranquilicé sonriendo.
Buscó la mejor ubicación debajo del cerezo que teníamos a la entrada, para que no me molestara el sol en ningún momento, asegurándose que pudiera disfrutar del paisaje. Se acercó, besó mi frente, se despidió y se marchó con celeridad.
Dos minutos después de oír cómo se alejaba el vehículo, noté un picotazo en la cabeza. La sacudí hacia los lados. Mi mente intentó racionalizarlo, imaginando un gran cuervo picando mi cráneo. Cerré los ojos, inspiré profundamente y respiré pausadamente. Acabé riéndome de mis propios miedos.
Cuando abrí los ojos unas pequeñas motas rojizas recorrían mi vestido estampado de colores verdes, amarillos y blancos. A la cabeza de las manchas una hormiga grande con el abdomen de color granate y negro y reflejos plateados. La reconocí enseguida. Comencé a ponerme muy nerviosa. Tranquilízate, me dije. Es un bicho insignificante y ya se está marchando.
Pasados unos minutos conseguí calmar mi agitación. No notaba nada extraño en mi cabeza, pero al mirar mis rodillas comprobé que cuatro hormigas subían siguiendo la estela que había dejado la compañera anterior. No eran tan grandes, pero se movían con rapidez. Llegaron a la altura de mi cabello y comenzaron a trepar. Sacudí el pelo, todo lo rápido que me permitía mi limitado cuello.
No las vi caer.
Mi respiración comenzó a agitarse. El aire no llenaba mis pulmones. Imaginaba lo que estarían haciendo sobre mi cuero cabelludo. Varios minutos después las vi bajar, remarcando el sendero que había dejado su predecesora. Intentaba racionalizar la situación, pero el miedo había tomado el control. Estaba segura que los pequeños seres sabían que había sido yo la que acabó con su familia hace un montón de años, y ahora me lo harían pagar.
Unos minutos después una hilera interminable seguía el pequeño rastro carmesí.
—!Socorro¡ —grité con todas mis fuerzas.
Soplaba con fuerza a las que se acercaban a mi cabello, pero no conseguía que cejaran en su propósito. Sin embargo, estaba hiperventilando y comenzaba a marearme.
Notaba cómo horadaban mi cabeza y penetraban en mi cerebro. Sentía una motosierra de infinitos dientes que poco a poco me iba provocando la pérdida de mi consciencia.
La hilera se había convertido en una carretera de dos carriles, unas subían y otras bajaban. Lloraba desesperada.
—!Socorro¡ !Ayuda¡ —gritaba continuamente.
Vino a mi cabeza el famoso dicho: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. Estaba sufriendo un castigo divino. No me había portado bien cuando era niña con estos pequeños seres.
Dejé de gritar y luchar. Me rendí a las circunstancias. Era consciente que cuando tuve el accidente debí morir, y Dios me había dado una última oportunidad para redimirme.
—Perdón, os pido perdón, a todos los pequeños seres que he lastimado. Lo siento profundamente —lloraba desconsolada.
Justo en ese momento apareció el coche de Mario. Se bajó rápidamente al verme nerviosa y llorando.
—Cariño, qué ha pasado. ¿Estás bien? —dijo mientras sacudía con la mano las hormigas de mi vestido.
—No te preocupes mi vida. Te quiero. Adiós. Es mi fin. Doy gracias al Señor por poder despedirme de ti —dije con la voz apagada.
—!Qué dices cariño¡ !Ay¡ !Como tienes la cabeza de hormigas¡ Te ha caído un ramillete de cerezas en la cabeza. !Madre mía, cómo tienes el pelo¡
—Vamos a entrar en casa, que te lavo la cabeza —dijo mientras movía la silla con serenidad.

Max Ferlam
Grupo A

Cuatro muleros

Esta semana llegamos a la sala de Fondo Local con una recua de mulas. Somos arrieros de palabras que nos encontramos en los caminos de la escritura y la biblioteca es un buen lugar para hacer trueque con lo que cargamos en nuestros serones. Así que dejamos las acémilas en la puerta y una vez en el interior ya las echábamos de menos. La sesión fuera un elogio a la mula. 
Desconozco si en Mula (Murcia) o en Mansilla de las Mulas (León) existe alguna Asociación de Amigos de la Mula. Nosotros quisimos contribuir al escaso fondo literario que hay sobre este animal que fue motor de la España rural cuando aún no existía la locomotora. 


© Tito Abellán


Hablamos de la importancia de este animal. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación recoge en este documento un montón de refranes que atestiguan la presencia de las mulas en el lenguaje popular. Y no gozaban de mi buena presencia al hilo de lo que mientan dichos refranes.
Richard Ford en uno de sus múltiples viajes señaló lo siguiente a cerca de las mulas y de sus dueños. Nótese la ironía: 
“Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande”.
Destacamos los artículos "Elogio de la mula", de Carlos Casas Nagore, un maravilloso homenaje a las mulas con grabados y fotografías y una buen documentación y "La vida secreta de las palabras: Mula" de Guzmán Urrero y el cuento "La mula" de Arturo Uslar Pietri.
También recomendamos la novela de Juan Eslava Galán titulada "La mula". El texto de contraportada anima a su lectura: "Al humilde cabo Juan Castro le importa más encontrar a su mula preferida que ganar la guerra. Por eso sale tras ella y, poco después de atravesar la línea de frente, se ve envuelto en un episodio tan peligroso como hilarante que, contra su voluntad, lo va a convertir en un héroe de guerra. La mula es una atrevida desmitificación de la guerra civil.". El libro inspiró la película dirigida por Michael Radford con el mismo título. Puedes ver aquí el tráiler.

Y cómo no, recordamos a la mula más famosa, la mula Francis, una mula birmana que se convirtió en un éxito de la gran pantalla y que causó furor entre el público en los años 50. Aquí la puedes oír hablar por teléfono. Y aquí tienes un fragmento de una de sus películas.

Y para los más pequeños de la casa recomendamos "La mula chula", un álbum ilustrado en el que se cuenta cómo una mula, cansada de tanto trabajar en el campo, decide marchar a la ciudad para hacer realidad su sueño. Pero hasta lograrlo tiene que pasar por múltiples trabajos. Menos mal que la mula es trabajadora y terca. 

Rematamos esta entrada con dos poemas. Uno de Mayte Gómez Molina, de su libro Los trabajos sin Hércules y otro de Antonio Machado:

I.

Yo trabajo como una mula
Las mulas son cruces
entre caballos y burras y son
estériles
Quizás trabajar como una mula viene de
que toda tu vida es trabajo ya que
no puedes parir no puedes criar
no puedes crear,
relincha come
tira del arado espanta las moscas
vuelve al corral
En el pueblo de mi primer novio había
una mula atada a un palo
y a su alrededor había dibujado un círculo perfecto,
el radio de su cautiverio,
esclava como los corceles de un tiovivo
condenados a girar en torno a un eje
esperando, siempre esperando
a que se parta la cuerda
el motor la fusta
el arado
Lo que la mula no sabía ni
nosotras tampoco
es que si se parte la cuerda
nos quedaremos a un paso del perímetro,
dibujando un círculo nuevo
cerca de la comida y lo conocido
¿Quién nos va a volver a enseñar a no hacer nada?


La noria

La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.


Propuesta de escritura

Escribe un texto con una mula como protagonista. Puedes evocar algún recuerdo real si conociste o cabalgaste alguna mula.


Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora:



La mula

A Vale no lo cristianaron así. Le han abreviado incluso el apodo: a muchos con su nombre les dicen Valen, y todo el mundo reconoce el seudónimo. Pero él, para todos es Vale.
El maestro - aunque hace mucho que él no va a la escuela – se sigue refiriendo a él como Valentín el Afortunado, argumentando que, si lo apostilla así, es porque todo el mundo le da su beneplácito cuando lo llaman por su nombre: Vale.
Sostiene el maestro que se trata de una aquiescencia universal con su persona.
Aunque ahora mismo parece que la diosa Fortuna le haya dado la espalda, porque lo encontramos con una lágrima abriéndosele paso por el polvo acumulado en la mejilla. Y el mismo no está seguro del porqué.
Podría ser por el despecho que siente por lo que le acaba de ocurrir. O por la preocupación de cómo se lo va a decir al Dioni, cuando lo vea. Quizás la salada gota resbala en honor de la mercancía y el beneficio perdidos. A lo mejor llora de la rabia que le da el que se le esté cayendo una lágrima, porque como bien sabe todo el mundo, en esos duros años de posguerra, los hombres no lloran. Y él es ya todo un hombre con sus diecisiete años, recién estrenados el mes pasado.
Menos mal que aquí arriba, aparte de las águilas, los lobos y las cabras de las majadas de algunos cabreros, nadie es testigo.
Se lo dijo al cabo de la Guardia Civil, cuando este le abordó en la Plaza de la Independencia el otro día, para decirle: - Mira, chaval, sabemos en qué te andas metiendo. Te aconsejo que no sigas con eso. Tu padre me caía bien, y tú no tienes porqué caerme mal, pero no esperes ningún trato de favor. Si te pillamos en una revuelta del camino del rebollar con las acémilas cargadas de lo que no tienen que ir cargadas, se te cae el pelo.
Vale le contestó: - Mire, mi cabo, le agradezco el consejo, pero yo no estoy metido en el estraperlo, si es eso lo que me está diciendo. Pero que sepa que, si alguna vez tuviera que elegir entre el hambre de mi madre y mis hermanos o el peligro de que me metan preso, por contrabandear o por lo que sea, elegiría sin dudarlo lo segundo. Sin dudarlo. Aunque ya le digo que le han informado mal al respecto, y yo no sé nada de esos alijos de los que me habla sin referirse a ellos.
Así de clarito se lo dejó.
Mira que el Dioni se lo había avisado: - Vale, te voy a dejar la mula porque no dormiría a gusto esta noche si no lo hiciera, pero dos cosas te digo. Una, que si me preguntan si lo hice, diré que no y que fuiste tú el que te la tomaste prestada del corral. Y la otra, que tengas cuidado con ella. Que, si las mulas son tercas por naturaleza, esta no es terca, es Juan Martín el Empecinado. Si le da por no moverse, ya le puedes dar palos, que no se mueve hasta que no le da la gana.
Jala de la reata Vale, mientras el sol se va asomando por sobre la Sierra de Tormantos y se reconcome por no haber hecho caso del aviso y no haber dejado la mula en paz. Ahora, a lo hecho, pecho.
Había salido de Puerto Castilla un poco antes de que oscureciera del todo. Con tres caballos: uno suyo y dos de su tío Julián. Y la dichosa mula.
Cargados hasta arriba con sacos del trigo de las llanuras de la Meseta que justo allí dejaban atrás. La mula un poco más cargada. Era más alta, más fuerte y más dura que los caballos.
Como no podía pasar por el Puerto sin arriesgarse a ser visto por las patrullas que lo frecuentaban, al acercarse al collado viró al este para tomar el antiguo camino empedrado que sube a la sierra, dejando el valle del río Jerte a la derecha.
Caminó por la cuerda varias horas. Hubo de vadear algunos arroyos pues evitaba las zonas donde existían puentecillos, que era donde más fácilmente, acechando junto a los obligados pasos, podía haber guardias.
Con la primera claridad llegó a la garganta Grande, que iba rebosante del agua del deshielo. No se lo pensó mucho. Descargó las bestias, se desnudó – mucho mejor helarse un rato, que seguir hasta el pueblo chorreando agua -, pasó uno a uno a los caballos y a la mula, tirando de la reata de cada uno, medio nadando, medio andando, por el vado que encontró con menos corriente. Después construyó una mínima almadia con cuatro maderos secos, que le ayudó a cruzar los sacos sin mojarlos.
Entonces, al reiniciar el camino los vio. Fugazmente. A menos de media legua, a la altura del Puente del Sacristán, andando. Pensó que no le habían visto, pero comprobó que, aunque así fuera, caminaban en su dirección. El cabo Ortuño y un número al que no reconoció.
Y encima, llegaba al tramo más complicado de todo el camino. Un barranco profundo sobre una gargantilla, en el que la estrecha senda se abría paso por uno de sus lados, semiexcavada en el terraplén rocoso.
Y se acordó del Dioni. Porque la mula, que iba la última de la recua, se detuvo en seco, en medio del angosto paso. Y no hubo manera de hacerla continuar. Los varazos, los empujones, los tirones de la soga; nada la hizo moverse. Y los corchetes acercándose.
Vale se vio obligado a tomar una difícil decisión. Que para eso era ya un hombre hecho y derecho.
O se quedaba allí, esperando a los picoletos o hacía algo para poder seguir.
Eligiendo el mal menor, y mientras recitaba, entre blasfemias, un monólogo en el que hacía referencia a la estirpe entera de esa mula en concreto y de la raza mular en general, empujó de lado a la acémila, logrando que, al recular ésta un corto trecho, perdiera pie y se despeñara barranco abajo.
Así de simple, la decisión.
Ahora, si retornamos al instante inmediatamente posterior a aquel en el que conocimos a Vale, le veremos enjugando con el dorso de la mano la lágrima del rostro, antes de que ésta le llegue a los labios.
Parece ser que, a la mañana siguiente, al Dioni le interrogaron sobre la mula que había aparecido en lo profundo del torrente, cargada todavía con sacos de cereal en los que brillaba por su ausencia el sello del Servicio Nacional del Trigo. Declaró que se la habían robado la noche anterior y que estaba pendiente de terminar las faenas del día para ir a denunciar la desaparición del animal al cuartelillo.

Carlos Coca
Grupo C


Las mulas, motor de Castilla

En los campos de Castilla, por el año 1952, donde el sol aprieta con ganas, no hay más motor que el que respira, suda y tiene muy mala leche: la mula.
Aquí lo que manda, lo que te da pan o te entierra en la miseria, es tener una buena yunta de mulas. Si a un cristiano se le moría la mula de un cólico miserere, ya podía echarse a llorar, porque detrás de la mula iba la ruina de toda la familia; era nuestro banco, nuestro motor y, a ratos, nuestra cruz.
Empezaba antes de que el sol saliera, sobre las cinco de la mañana, con una rasca que pelaba los sarmientos. Bajabas a la cuadra con un candil, y allí estaban ellas. Yo tenía a la Generala y a la Carbonera: dos mulas pardas, fuertes como demonios y testarudas como ellas solas.
Lo primero era echarles la cebada y las algarrobas al pesebre, mientras masticaban haciendo ese ruido que te llenaba la cuadra de vida; a continuación, tocaba el calvario de ponerles los arreos, la manta; se les ajustaban las colleras de paja y cuero para que no se hicieran mataduras en el cuello; luego la retranca, el sillín y los tiros. Tenías que andar con mucho cuidado, porque, como a la Carbonera le saliera el día cruzado, te soltaba una coz que te mandaba lejos. Le apretabas las cinchas y, listas para iniciar el camino al campo, que se hacía medio dormido, cabalgando de lado sobre los albardos.
Al llegar al tajo, enganchabas el arado romano, agarrabas la esteva y a sudar sin parar.
El trabajo era muy duro. Se pasaban el día tirando con las venas del cuello hinchadas, envueltas en una nube de polvo y moscas puñeteras que se les metían en los ojos. Tú ibas detrás, tragando la misma tierra, con las alpargatas destrozadas.
Sabían perfectamente la hora del almuerzo. El sol pegaba en lo alto y era el momento de descanso y de alimentarse tanto los mulos como el labriego.

Fernando Nieto
Grupo A


La mula Migula

Nació el año que murió madre, el mismo en que tomé la primera comunión. Padre lo permitió en honor a madre, porque era anarquista, y no comulgaba con la iglesia.
Estuve presente cuando cruzó el umbral a la vida. Un gran rebuzno estremeció la cuadra, y allí apareció, cubierta de una fina membrana rosácea. Observaba el entorno con curiosidad. En pocos minutos se incorporó, se acercó, me olisqueó y cosquilleó mi vientre. Tenía ojos grandes y brillantes, un lomo de pelo duro plateado con una gran mancha de color negro que simulaba la silueta de un ángel. Era el día de San Miguel. Migula la llamé. A padre no le desagradó.
La visitaba todos los días, perdía horas con ella, la paseaba y me seguía. Se entusiasmaba con las mondas y rumiajos que le guardaba.
Los años avanzaban, terminé la escuela y ayudaba a padre en las tareas de la casa, a labrar, cosechar, cazar, pescar, trampear. Me convertí en una prometedora adolescente.
Una noche de agosto cuando el pueblo hervía porque había estallado la guerra, aporrearon la puerta de la casa.
—Encámate —susurró padre.
Un griterío se apoderó de la planta baja.
Una cabeza coronada por un gorrillo con borla roja se asomó por la puerta de la escotilla donde yo dormía. Asomaron unos ojos fríos e inexpresivos acompañados de media sonrisa. Rápidamente desapareció.
Unos golpes seguidos de insultos se oían al no poder trasladar a Migula, la mula.
—Pégale un tiro y la troceamos —oí gritar.
—Mi sargento, déjeme a mí. Con paciencia la arreo de aquí —otra voz intervino.
El silencio cuajó. Dos minutos más tarde, la cabeza volvió a asomar por la trampilla. Tiró con fuerza de la manta que me cubría. Me deslicé rápidamente escaleras abajo, pero me atrapó en la cuadra. Rajó el camisón y quedé expuesta bajo sus pies. Cerré los ojos. El miedo me atenazaba. Separó mis piernas. Una certera coz en la cabeza de ese demonio, me liberó. Murió al instante.
Enterré el cuerpo bajo el montón de estiércol. Durante tres semanas, permanecí abrazada a la mula, hasta que terminamos el agua del abrevadero. No regresaron.
No volví a ver a padre. Rebusqué en las viejas rutinas. Vivía con temor y sobresaltos. Siempre caminaba acompañada del equino. Para evitar a los indeseables, me acicalaba con orín y heces de perro. Hasta la mula caminaba alejada un metro de mí. Éramos inseparables. Me apodaron la mulatera. Cuando alguien se acercaba, ella los espantaba, incluso a los perros.
Con determinación superé días de miseria y hambre. Años más tarde, en una feria de ganado, conocí a Francisco. Migula dio su aprobación. Congeniaron.
Una mañana de Marzo desapareció el montón de estiércol. Francisco no preguntó. Yo no pregunté.
Los años pasaban y cubrían las heridas del pasado. La vida sonrió, me llenó de hijos, y me coronó con un buen marido, trabajador, fiel y excelente padre. Únicamente la mirada de la mula conseguía rememorar historias oxidadas.
Migula murió cuando el más pequeño de mis hijos cumplió cinco años. Había cuidado de todos los míos, como hizo conmigo.
La enterramos en la cortina de Arroyomuerto, bajo el peral que tantas veces la había obsequiado con su fruta preferida. Todos los años, por San Miguel, llevo una pera a su tumba para honrarla.

Max Ferlam
Grupo B


Senderos desgastados

Mula terca y huesuda,
que mueves el mundo,
que raes el paso del tiempo,
aminora el trote.
¡Escucha!
No encuentras tu destino,
por más vueltas que rotes,
que un trabajo sin fin,
huelga decir,
no aumenta el valor en el alma.
Mula testaruda,
condenada en tu origen,
al desamor sin progenie,
resignada en tu faena bajo la noria.
¡Para!
Rompe tu maleficio,
que es cierto el mito,
detrás de tus viseras,
no hay solo sombras,
más allá de la niebla.
Mula terca y huesuda,
escucha la brisa del cierzo,
olfatea los trinos del alba,
no te empeñes, no,
no es el destino,
que es disfrutar del camino
el verdadero premio.
Mula testaruda,
de andares calculados,
yerra en el sendero,
ensucia tus cascos
con frescos terrones.
¡Frena!
Mula terca y huesuda,
no arrastres más tu rutina,
cruza el paso horadado,
pisa el verde impoluto,
que al asomar por la cueva,
cualquier luz te lastima.
¡Por Dios! ¡Para!
Deshoja la vida,
¡Destrípala!
Cocina sabrosos amaneceres
de intensos latidos y adobados amores.
Que hasta el más diminuto segundo,
es parte de sueños e ilusiones
que se escurren rápidamente hacia el pasado.

Max Ferlam
Grupo B


Adivina, adivinanza ..

Algunos dicen que soy terca y cabezota,
pero mi raza inspiró a poetas...

Asombrado quedarás de mi fuerza
y tesón para el trabajo...

Si al arado me enganchas
el surco dejo labrado ..

Si a la noria me pones
doy vueltas sin parar..

El camino a la viña y la huerta conozco,
y si me sueltas la soga, hacia allí camino sola ..

Mi nombre ha inspirado otras palabras
como mulato, muletas y algunas máquinas…

El cine me llamó...
y como artista lucí...

No soy una burra, ni una yegua,
soy una mula muy dicharachera...

E.R.A
Grupo B


La Mula del Polvorín

En el polvorín del ejército de un pueblo de Cuenca, donde el viento siempre parecía arrastrar polvo y secretos, había un personaje más famoso que el propio suboficial al mando: la mula fea, una bestia testaruda, fuerte como un roble y con más horas de servicio que la mayoría de los reclutas.
El suboficial, el Sargento Roldán, la trataba como si fuera una reliquia militar. No porque le tuviera cariño —que también—, sino porque la mula era, digamos, el centro de un pequeño “ecosistema económico” que funcionaba al margen de los partes oficiales.
A la mula la cuidaban tres soldados que estaban prestando el servicio militar:
Martínez, que era el cerebro;
Lobo, que era la fuerza;
y Pacheco, que era… bueno, Pacheco, que siempre estaba allí sin que nadie supiera muy bien por qué.
Ellos se encargaban de alimentarla, cepillarla y, sobre todo, mantener en marcha el negocio de las pacas de paja. El ejército pagaba una cantidad generosa para que la mula estuviera bien alimentada, pero curiosamente la mula comía menos de lo que decía el inventario. El resto de la paja, aparentemente “sobrante”, acababa vendida a ganaderos de la zona que preferían no hacer demasiadas preguntas.
Además, en un rincón del polvorín, detrás de unas cajas que nadie revisaba desde la Guerra Fría, tenían un pequeño gallinero clandestino. Las gallinas ponían huevos como si les fuera la vida en ello, y los soldados los vendían en el pueblo. “Huevos de campo, de calidad militar”, decía Martínez, como si eso fuera un sello de excelencia.
Pero lo más curioso del asunto era el uso estratégico de la mula. El animal, acostumbrado a cargar sacos, cajas y hasta algún soldado despistado, tenía una habilidad especial: sabía acercarse a la parte más baja de la verja del recinto, donde el alambre cedía un poco. Allí, con un empujón de la mula y un salto bien calculado, los soldados podían salir discretamente a “estirar las piernas”.
Y al otro lado, en los descampados donde se montaban ferias improvisadas y reuniones al caer la tarde, había grupos de gente del lugar que conocían bien a los soldados. Entre ellas, algunas jóvenes que disfrutaban del ambiente, de la música y, por qué no, de charlar con los reclutas que se escapaban del polvorín con la excusa de “dar de comer a la mula”.
El sargento Roldán, por supuesto, lo sabía todo. No era tonto. Pero mientras la mula estuviera lustrosa, los informes cuadraran y nadie causara problemas, él miraba hacia otro lado. A veces incluso sonreía cuando veía a los tres soldados volver al amanecer, despeinados y con olor a hoguera.
—La mula está bien, mi sargento —decía Martínez, intentando parecer formal.
—Ya lo veo —respondía Roldán, con una ceja levantada—. Y vosotros también parecéis muy… bien alimentados.
El polvorín seguía funcionando, la mula seguía siendo la reina del lugar, y los soldados continuaban con su pequeña red de supervivencia rural. Era un equilibrio extraño, casi mágico, que solo podía darse en un sitio perdido entre encinas, polvo y secretos compartidos.
Y así, mientras nadie hiciera demasiadas preguntas, la mula fea seguiría siendo la pieza clave del polvorín más pintoresco de toda la región.

Áfrika Gómez G.
Grupo A


La mula de mi abuelo

Veo la mula de mi abuelo dando vueltas a la noria., vueltas y más vueltas; a ello le dedicaba varias horas los días que había que regar el huerto.
Los nietos jugábamos y observábamos a la mula, que entonces nos parecía una imagen absolutamente normal; sabíamos que existían aquellos animales y la utilidad que tenían: transporte de carga y en algunos pueblos incluso se utilizaban para tirar del arado.
Nosotros estábamos deseando que descansase para poderla montar. No recuerdo si era mula o mulo, lo que sí recuerdo claramente es su color: pardo oscuro, casi negro, con su boca grande; mi abuelo nos tenía muy advertidos del peligro de un mordisco o de una coz, por lo que nunca nos poníamos a tiro, ni por delante ni por detrás.
Pasaron los años y aquella mula terca que se frotaba contra las paredes para hacerme sangrar en la pierna.; (entonces yo llevaba pantalón corto, fuese verano o invierno, pantalón corto hasta que tuve pelos en las piernas y mi madre decidió ponerme los largos.); pues bien, aquella mula envejeció y se hizo más mansa, Ya no saltaba para hacerme caer ni corría hacia la pared para despellejarme las piernas; se dejaba montar y acariciar y caminaba despacio conmigo encima. Como premio recuerdo regalarle algún corazón de manzana, lo que íbamos a tirar después de comernos la pulpa; ella lo comía y trituraba con fruición, haciendo que cayesen al suelo algunas semillas. A mí me parecía que sonreía de agradecimiento cuando me enseñaba su enorme dentadura.

José Luis Fonseca
Grupo A


La mascota inesperada de los neorrurales

-¿En serio?, ¿me lo tengo que quedar?
-Pues sí. En el contrato viene especificado que el terreno y la casa contiene una serie de objetos tanto inertes como vivos que tienen que ser cuidados por usted; no puede desprenderse de ninguno.
-¡¿Así que me tengo que quedar este bicho que no sé ni lo que es, esta especie de burro piojosos…?
-Mula, es una mula. ¿Qué pasa? ¿No has visto ninguna hasta ahora? Son muy diferentes a las que aparecen en las películas de dibujos animados, ¿verdad? Vaya señoritingo de ciudad-
Esto último lo dijo el funcionario del ayuntamiento sin que Abel lo pudiera oír. Sí se percató de la falsa sonrisa de su cara, algo así como un gesto entre la ironía y la burla. No le sorprendió. Clara siempre reprochó precisamente eso mismo, que no iba a ser fácil la adaptación ni que les recibirían con los brazos abiertos como maná caído del cielo, pero a Abel le pudo más la ilusión y los sueños peregrinos de encontrar un lugar en el que arraigarse. Ahora su máxima aspiración era que su pequeño, que ya estaba al caer, creciera en un entorno idóneo, en mitad de la naturaleza, en un pequeño pueblo paradisíaco rodeado de montes y bosques, con un río de agua clara y el sonido envolvente de los pájaros por las mañanas. Nada de ese maldito tráfico, de ese ir y venir sin parar en un trajín interminable que te atrapa y te devora en una angustia permanente, apilados en un cuchitril mugriento por el que hay que pagar una riñonada.
Clara se acariciaba la prominente tripa de treinta y cuatro semanas mirando fijamente a la mula. De repente, sin venir a cuento, soltó:
-Abel, esta cosa seguro que transmite enfermedades.
-¡No me jodas, Clara! De toda la vida han existido animales de granja conviviendo con humanos en la misma ubicación. Simplemente lo dejamos suelto por el terreno durante el día y por la noche metemos a eso, a la mula, quiero decir, en el cobertizo.
-Seguro que tiene cantidad de parásitos, Habrá que consultarlo con el pediatra cuanto antes. No me apetece que nazca Miguel y que tengamos esa fuente de infecciones tan cerca.
Y así, mientras mantenían una discusión que subía de tono por momentos, con unos cuantos reproches aunque sin llegar a los insultos, la joven pareja se metió en la casa. La mula siguió a lo suyo, ajena a las disquisiciones de estos nuevos amos humanos que habían surgido de un lugar desconocido, quizás de una galaxia muy lejana o incluso de otra dimensión. Qué más da. Lo importante es que iba a seguir disfrutando de la vida como una señora marquesa, que es lo que se merecía después de tantos años cargando aperos y fardos, subiendo cuestas con un peso que le había machacado la espalda. De hecho, tenía alguna vértebra fastidiada y un principio de artrosis que le provocaba un intenso dolor en la pata delantera izquierda, herencia de su madre, una yegua percherona que con la edad padecía dolores recurrentes en las articulaciones. Nada que ver con la familia paterna, poderosos burros de carga que mantuvieron todos una vida laboral bastante longeva. No se va a lamentar nuestra mula de no poder ir al fisio para curarse la lesión puesto que no están disponibles para burros, asnos y similares. Seguirá con su apacible estar, paseando por la pradera que la acoge como hogar desde hace ya una década, comiendo la suculenta hierba que en esta época del año brota más tierna que nunca. Hay que decirlo todo: esta mula también ayuda lo suyo contribuyendo a que el campo se mantenga verde y hermoso, abonando recurrentemente mientras camina, pero no me apetece ofrecer más detalles al respecto. A lo lejos se escucha la discusión de la pareja de humanos raros e imberbes que han venido a domesticarla de nuevo. Su cerebro equino se empeña en guardar en la memoria la cara entre pasmada e idiota con que estos dos seres la miran sin atreverse siquiera a alargar la mano ni menos aún a acercarse. Qué más le da a ella, extasiada como está con su pasatiempo favorito. El sabor de la hierba recién cortada se esparce por su boca mientras las alargadas hojas verdes y húmedas revolotean por lengua, dientes y mandíbula. El día comienza a apagarse y nuestra mula ya sabe que tendrá que pasar la noche en el acogedor establo que la resguarda con calorcito en invierno y frescura en verano. Otro día más de paz y serenidad para los seres de cuatro patas. Lo que les ocurra a los de dos ni le interesa ni es de su incumbencia.

Maite Bustos
Grupo A


La mula trémula
(Versión copla)

La mula trémula versión copla
Harta de tanto pecar,
se fue a confesar la mula,
pero el cura, en el altar,
no quiso darle la bula.
La pobre se vio burlada
y se hizo un juramento:
seré mula inmaculada
hasta mi último aliento.

Entre dudas especula,
su mal paso no calcula,
y se entrega a la alegría
con arriera algarabía.
Huyendo de la molienda,
por el monte se desvía,
sin que nadie ponga rienda
a su loca rebeldía.

Pero al llegar frente al mar,
su inmensidad la atribula
Oye a una ola murmurar
que al animal estimula:
¡Aléjate del pecado
que tu espíritu inocula!
Y al linde de lo sagrado
vuelve trémula la mula.

Calgari
Grupo A


Camila

Nadie en la familia aceptó de buen grado la extraña actitud del abuelo. Solo su hija, mi madre, mostró alguna comprensión: «Es la pena», lo justificó. La abuela María había muerto unas semanas antes. Paco y ella habían formado una pareja bien avenida y cariñosa durante más de cincuenta años. Siempre se quisieron con locura. Al contrario que la mayoría de los abuelos de mis amigos, se hacían continuas muestras de cariño. Un beso cada mañana, una caricia al cruzarse en el pasillo, un guiño cómplice…
Por eso no comprendimos que una mañana se levantara temprano, rellenara una alforja con algunos alimentos, fuera a buscar a Camila y se marcharan juntos al prado del Lombo Alto. Regresaron al anochecer y no dio ninguna explicación. Nadie se atrevió a preguntarle pues todos temíamos su humor intempestivo cuando se le incomodaba. Por supuesto, tampoco le preguntamos a ella.
El asombro llegó cuando eso mismo se repitió todos los días durante dos semanas. A mi padre se lo llevaban los demonios con las rarezas de su suegro: «No está bien de la cabeza, ya lo dice todo el pueblo». Mi madre le tiraba disimuladamente de la manga y le pedía que se callara.
La situación explotó cuando, una noche en torno a la mesa de la cocina, mi abuelo anunció que a partir de esa noche, Camila y él dormirían en su cama. «Y el mes que viene nos casaremos», añadió desafiante. Mi padre no pudo contenerse y soltó unas palabrotas que nunca le habíamos oído. Pero el abuelo no se arredró y aseguró que, si no pasaban la noche juntos en su cuarto, él se iría con ella a la cuadra.
«¡Dormir con una mula! Paco, tú te has vuelto loco», le gritó mi padre.
Nos dio mucha pena cuando la ambulancia se lo llevó al manicomio de Plasencia.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Mestizos

La mula y el burdégano se enamoraron a primera vista. Fue un flechazo inesperado, cuando ella daba vueltas en su noria de todos los días y él pasaba por el camino llevando una carga de leña. Lo que empezó con una mirada tierna y un rebuzno tímido fue pasando a mayores, llegando a una pasión incontrolada. Por aquellos entonces el rumor empezó a tomar cuerpo, llegando a oídos de la burra madre de él. Lista, pero mala y muy tradicional. Para empezar, tenía en muy alta estima el linaje que había engendrado al yacer con el caballo más apuesto de toda la comarca, que casualmente, era el caballo preferido del rico del pueblo, con el que se paseaba en días de fiesta, haciendo lucir su poder y su riqueza.
—¡Tú no puedes liarte con una mestiza como esa! Su padre es un burro que no tiene donde caerse muerto y su madre una yegua parda, que se iba con cualquiera.
Así le decía, sin contemplaciones la madre al burdégano enamorado.
—Bueno burra (era la forma en que estas caballerías se dirigían a sus progenitores, por el nombre de la especie de cada uno de ellos), no exageres. Al fin y al cabo yo también soy un mestizo, madre burra y padre caballo.
—¡Donde vas comparando a esos dos desarrapados pulgosos y sarnosos con la clase y la presencia de tu padre, el más apuesto de la caballada del amo, y las mías, la burra más aseada, limpia y cepillada de todos los alrededores!
—Yo no estoy comparando nada. La mula me gusta y quiero unirme con ella para toda la vida. Es trabajadora y cariñosa, me entiende y yo la amo apasionadamente.
—¡Tú eres un majadero! —terció el padre caballo— Yo no quiero que tires todo nuestro prestigio por la borda de una coz. No he trabajado para que tú lo malgastes todo con un amor de burdeganito tonto.
De esta manera transcurría la conversación entre la familia de equinos del burdégano. Más o menos a la vez, en casa de la mula tenía lugar una conversación sobre el mismo tema.
—Hija, no te fíes de ese burdégano, que lo único que quiere es yacer contigo y cuando quedes preñada, olvidarse de ti y buscarse otras. Que menudo aprovechado era su padre caballo.
—Yegua, te recuerdo que tanto los burdéganos como las mulas somos estériles. Que tenemos 63 cromosomas. Nunca me quedaré preñada. Además, mi burdégano no es como su padre caballo. Es fiel y está enamoradísimo.
—Eso parecen todos al principio, pero luego, si te he visto no me acuerdo. Nosotros somo honrados y trabajadores y la familia de tu burdégano siempre ha estado enfrentada a nuestra familia de mulas.
El padre burro no se metía en estas discusiones, pero también mantenía vivo el rescoldo que enfrentaba a la caballerías del amo del burdégano con las caballerías del amo de las mulas.
La historia trascurrió por las veredas que un lector inteligente bien puede imaginar. Pasado el tiempo acabó sucediendo lo inevitable, una desgracia que acabó llevando al burdégano y a la mula a la tumba. Por cierto, el burdégano se llamaba Romeo y la mula Julieta, casualidades de la vida.

Manuel Medarde
Grupo A


Pasos y cascos

Al alba, el arriero y su mula
bajan de la montaña al llano
por un sendero de piedras,
midiendo cada paso.

Sus alforjas van cargadas
con el peso de los años
con penurias, con tristezas
y con sueños olvidados.

Arriero y mula, mula y arriero
bajan cada jornada
entre desfiladeros,
buscando su sustento.

Escuchando al viento.
Empapados de lluvia.
Mirando al cielo.
Rodeados de silencio.

Al regresar, cada paso,
es una oración sin palabras
y su albarda va repleta
de renovados sueños y esperanza.

Su vida siempre será así,
bajar y después subir
por el mismo camino
que parece no tener fin.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Fons y el cencerro

Fons Muniz nació en La Jagua, al lado de un rio y entre surcos; no conoció otra escuela que la madrugada.
Tenía un arria de mulos y una espalda hecha al mismo molde: ancha, callada, resistente. Trabajó como un mulo toda la vida y la pobreza se le quedó de sombra, fiel como sus animales.
No hubo suerte ni herencia. Solo caminos de polvo, cargas de leña, sacos de grano y un cencerro colgado del cuello del mulo guía.
Ese cencerro era otra cosa.
Al amanecer, su tintineo bajaba por el rio y la cañada y despertaba a los ordeñadores de las vacas de la Sra Micaela, antes que los gallos cantaran. “Ya viene Fons”, decían, y el día dolía menos. La leche parecía más blanca con esa música pobre.
Al atardecer, el mismo sonido cruzaba los palmares hasta la puerta de su casa. Siete cabezas de hijos se levantaban de golpe: “Papá viene”. Sabían que la comida sería escasa, harina de maiz, con leche si Micaela le regalaba. Pero sus hijos sabían también que detrás del portón venía un hombre con las manos agrietadas y el corazón desbordante, repartiendo abrazos como quien reparte pan sin tenerlo.
Fons no dejó tierras ni ahorros. Dejó un sonido.
Cuando murió, los mulos ya no estaban. Pero en el caserío de La Jagua, todavía hay quien jura que algunas madrugadas, si el viento viene del norte, se oye un cencerro alegre abriéndose paso por el callejón, entre la niebla.
Y hay siete hijos, ya viejos, que siguen poniendo la mesa con un plato de más.

Miriam Esther García
Grupo A


La ópera

Muchos de mis conocidos dicen que soy un poco gilipollas. Ignorantes. Gentes simples que nunca entenderán a aquellos que, como yo, estamos destinados a distinguirnos de la mayoría, a marcar nuevas sendas en el devenir social. Yo acepto mi responsabilidad como representante de una estirpe de rancio abolengo, obligado a mantener unas tradiciones y, a la vez, ser capaz de explorar nuevas formas de comportamiento de los ciudadanos. Cierto que, en ocasiones, también me veo influido por los nuevos usos y costumbres que van apareciendo. Es el caso de lo que ha sucedido con la moda de las mascotas, esos animalitos que, como antes pasó con los coches, tienen estatus de miembro familiar. También yo elegí mi mascota. Ni cánido ni minino, ni animalito exótico de esos que tanto abundan. No, yo elegí una mascota acorde a mis orígenes: próxima, pero absolutamente diferente a lo habitual, sobria a la par que elegante, austera y noble. Llevó tiempo adaptar una zona de La Casa a sus necesidades: con su ducha, su spa, los armarios con ropa, el calzado, muy importante el calzado, incluso hubo que preparar su zona de paseo y otra de cultivo para que tuviera su alimento fresco, natural, ecológico. Y contraté a Santos para que se encargara de atenderla, de limpiarla, de preparar y cosechar su alimento, de comprobar que todo estaba a su gusto, que todas sus necesidades estaban bien atendidas. Hemos tenido diferencias sobre cómo tratar a Gertru, pero yo no acepto sugerencias de mis fámulos. Hacer lo que se le dice y cumplir, esa es su obligación. No hay alternativa, bueno sí la hay, en la calle siempre encontrará sitio. Parece que lo ha entendido porque no ha vuelto a contrariarme.
Hoy quería hacer la presentación de Gertru en sociedad. Quería llevarla a la ópera. Solicité que adaptasen el palco familiar para que esté cómoda y tenga comida y agua de la misma forma que los demás socios tenemos nuestras bebidas y canapés. No podrá ser, un incidente me tendrá alejado de los actos sociales durante una temporada. Recibí un fuerte golpe en la boca que me rompió varios dientes y me fracturó la mandíbula así que debo someterme a un período de cuidados médicos.
Llevo unos meses en este trabajo y les aseguro que no me aburro. La de caprichitos que puede tener un señor rico. Y yo a cumplir con ellos. El caso es que el señor decidió, por hacerse el diferente, el distinguido, que su mascota sería una mula. No podía ser un perro, un gato o, pongamos por caso, un cerdo vietnamita. No, él erre que erre, terco con la mula. Y compró una mula maragata con su certificado de pedigrí. Preparó un ala de La Casa como el mejor hotel y luego empezó la olimpiada de las tonterías. ¡Ropa! Válgame Dios, qué desatino. Pues nada, que vino su sastre a tomarle medidas al animal para hacerle trajes. Y luego lo del sombrero: un borsalino y un canotier, que yo ni idea de qué era. Intenté hacerle entrar en razón, pero sólo entramos en conflicto. Me dejó muy clarito que pagaba él, y mandar, pues también. Y me explicó que la elegancia viene de cuna, que es lo que distingue a un perfecto caballero y que la mula era una prolongación de sí mismo y de su familia. Será por eso por lo que ha colocado el certificado de pedigrí junto a los retratos de sus antepasados.
Ayer me dijo que preparase bien al animal porque hoy iba a vestirla de etiqueta para llevarla a la ópera. Joder, qué ganas de reírme en su cara, de decirle no cuatro sino al menos ocho cosas. Pero callé y preparé al animal: lavado, cepillado, herraduras nuevas, buen forraje. Ha venido el sastre con un esmoquin para la mula y una pedicura ¡para pintarle las pezuñas! No hacían vida de la pobre mula en su intento de vestirla y acicalarla. El señor se acercó a ver como estaban las correas por detrás y en ese momento, justicia divina, Gertru le tiró una taina y le dio en todos los morros. Le saltó varios dientes y parece que le rompió la mandíbula. Cómo me reí, para mis adentros, claro, al verlo caído en el suelo, atontado. Como postre Gertru le obsequió con unos cagajones recién horneados que le cayeron encima.
Yo me digo que si la elegancia viene de cuna también de cuna vendrá la gilipollez. Y el señor es un perfecto gilipollas.

Nicolás Casillas
Grupo A


Mula terca

No eres hermosa como una yegua,
tampoco tan insignificante como una burra.
Naciste, como un engendro y te utilizaron para la carga.
Nunca recibiste palabras bonitas, solo palos y gritos de un amo, “terco”, como un mulo.
Nunca te cepillaron, ni recibiste una sola caricia, aunque fuera fingida.
¡Ay, mula terca!
¡Tan poca vida!
Servir, comer y dormir, para con el alba,
comenzar con la carga de un nuevo día.

P.G.
Grupo C


Vivencias con el reino animal

He de reconocer que mi interés por los animales en mi infancia era evitativo, miedo y más miedo .
No me crie en un pueblo rural, y solo visitaba el reino animal de viernes a domingo y no siempre.
Me gustaba el campo, jugar con los primos y ver los animales sin interactuar demasiado con ellos, porque era un poco digamos "distinta", otros primos de Pamplona también iban a ese caserío, eran tan urbanitas como yo pero no actuaban como yo.
Precisamente había en ese campo tanto animales que yo era incapaz de saber quien era quien.
Pero mulos o mulas no había en ese mi mundo rural, eso seguro. Burros, caballos sí, ni sabía que cruce de animales daba como resultado las mulas, Las ovejas, cabritos. carneros y bueyes, no sabía ni quien era el macho ni la hembra, en fin un reino que no entendía, ni me interesaba, no quería ser veterinaria estaba segura.
Más adelante, ya mi curiosidad fue tomando forma y ahora tengo un poco más información .
Supe que las mulas fueron creadas para utilizarlas para el transporte y la carga y menospreciadas aunque adoptaste lo mejor de tu padre y de tu madre, no te valoraban en demasía, y también que la esterilidad de las mulas se debe a la diferencia cromosómica de las dos especies en juego y no se forman óvulos ni espermatozoides funcionales.
Cuando se consigue la fecundación el feto casi nunca es viable y actualmente la población ha sufrido un declive, ya apenas se utilizan para ferias a la largo de nuestra geografía.
Gracias al taller de escritura ya sé un poco más de las mulas/os. Nunca es tarde…

Carmina
Grupo A


La mula

Terca va la mula,
camino del abrevadero.
Cuando no da vueltas,
la testa se le nubla.

A doquier suelta coces,
negándose a caballero y
a montura.

Sólo el amo la guía,
tirando de rienda y
al grito de: “¡vamos mula!”

Eva Hernández
Grupo A


Mulatilla

En clase te escribí un poema recordándote. Volviste a mi memoria como un fantasma lejano, del que ya no tenía memoria ni recuerdos. Regresaste como una ola, alta y coronada con la espuma de nuestros trece o catorce años; llena de vida, de plenitud y de sueños.
Ahora podría repetir ese poema que surgió sin temor ni pudores entre estas líneas, pero ¿qué sentido tendría?...¿dime, qué sentido tendría? Estás muerta, muerta hace tanto, tanto tiempo y tantos años, que ¿qué, qué sentido tendría?
Ya nada, nada queda. Nada queda de tu piel oscura y tus cabellos negros y ensortijados, africanos, como ya nada queda de nuestro pasado y nuestra juventud, lejana, distante. Ya todo es ayer, recuerdos y, si acaso, memoria.
Descansa en paz Mulatilla. Ya te dejo tranquila dormir tu sueño eterno, que no, no vale la pena despertarte de él sólo para cumplir con estos deberes del taller de Escritura Creativa de la Casa de las Conchas.
Descansa en paz Mulatilla. Te dejo en paz, dejo en paz tu recuerdo y mi memoria.
Mulatilla.

Esperanza García
Grupo A


La “Jacinta”

−¡A formar! He dicho que ¡a formar, hostia puta! -ordenaba el sargento Sanchís, un tipo pequeñito con bigote, que parecía estar siempre enfadado con el mundo, escupiendo palabras malsonantes a todas horas. ¡Aquí no se mueve ni Dios, me cago en la leche! ¡Silencio, cojones, que viene el teniente Martínez!
−¡Atenta la compañía! Tenéis una hora para aprender el código Morse, -nos soltó el teniente, quien continuó hablando mientras Sanchís nos repartía unas hojas. Aquellos que sean capaces de aprenderse estos puntos y rayas de memoria, serán seleccionados para el curso de radiotelegrafista.
−¡Rompan filas! -nos mandó Sanchís con su peculiar voz.
Los soldados miramos incrédulos las veintinueve letras y diez números con aquellos signos y nos pareció imposible meterse aquello en la cabeza, y ¡menos en una hora! A pesar de las dificultades iniciales, mi compañero Julio Castaño y yo nos pusimos a ello. Nos íbamos preguntando cada poco, las vocales parecían más fáciles, la E, un punto, la I, dos puntos, la O, tres rayas… las más difíciles eran la X y la Y griega… Después de una hora nos hicieron formar en varias filas y nos fueron preguntando. A ver, deletrea tu apellido o te decían una palabra para que la transcribieras al alfabeto Morse. Muchos se confundían, algunos iban muy lentos y otros se quedaban atascados. Al final Julio y yo fuimos los que mejor lo hicimos, pasamos la criba y nos escogieron para el curso de radiotelegrafista. Para mí aquello supuso una alegría enorme, pues implicaba ir en la retaguardia y así nos libraríamos de pegar tiros a diestro y siniestro contra los republicanos.
Julio Castaño era de Badajoz, hablaba con un acento muy cerrado y a veces me costaba entenderle. Un tipo alegre, siempre con algún chiste en la boca, dispuesto a alegrar aquellos momentos de tanta tensión. Formábamos parte de la 61ª División que operaba en los Pirineos, comandada por el general Muñoz Grandes. Nuestra misión consistía en comunicarnos diariamente, a través de la emisora de campaña, con el cuartel general para dar el parte. La mayor dificultad no era el Morse, sino que los mensajes se enviaban cifrados, y la clave era cambiada cada dos días. Aquello sí que requería memoria.
Julio tenía que llevar a la espalda la centralita de campaña, un modelo alemán de diez líneas. Y yo cargaba con un telégrafo Ericsson que pesaba unos veinticinco kilos. Íbamos los dos juntos, siempre caminando detrás del acemilero Alonso, quien llevaba a lomos de la mula Jacinta las baterías que alimentaban a la emisora. Alonso, oriundo de Avilés, era el encargado de cuidar aquella bestia con tan mal genio. Si te descuidabas de pegaba una coz o te daba un mordisco. La mula tenía la cabeza gruesa, las orejas largas, las pezuñas pequeñas, con un pelaje bayo claro que el asturiano cepillaba con esmero todas las tardes. Jugábamos a las cartas y el que perdía tenía que darle un beso a la Jacinta, lo que era una heroicidad, pues en cuanto te acercabas abría su bocaza y si te descuidabas te dejaba la huella de sus dientes en la mejilla o en una oreja, mientras los demás de la compañía se revolcaban por el suelo y se desternillaban de risa. La habíamos bautizado con el nombre de Jacinta, en honor a la novia del Alonso, pues un día nos relató que por más que lo había intentado en numerosas ocasiones, solo fue capaz de robarle un beso justo el día que le llamaron a filas. A la mula Jacinta tampoco era nada fácil darle un beso en los morros.
Hacía unos días que había comenzado la gran ofensiva en el frente de Cataluña, cuyo objetivo final era la caída de Barcelona. Pero la contienda se libraba palmo a palmo. Nuestro batallón, de unos ochenta hombres, estaba apostado en el valle de la Noguera, al norte de Lérida, justo donde los republicanos se habían hecho fuertes. Y llegó el fatídico veintisiete de diciembre del año 38, una mañana de mucho frío, con una niebla muy cerrada.
−¡Me cago en tó lo que se menea! A ver quién tiene huevos y me sigue, que vamos a acabar con esa panda de rojos maricones -nos arengaba el sargento Sanchís con las primeras luces del día. ¡Y aquí no se mueve ni Dios, me cago en la leche, hasta que nos dé la orden el teniente Martínez! Todo el mundo en silencio, ¡hostia puta!
Sonaron varios disparos cerca de la compañía. Aunque no se veía un burro a tres pasos, el teniente dio la orden de atacar al enemigo, un susurro que corrió de boca en boca, apagándose en el eco de las trincheras. Nuestro batallón se encaminó hacia el valle, en absoluto silencio hasta el río. Hacía un frío de mil carajos, yo insuflaba el aliento en mis puños cerrados y miraba atónito las cejas heladas de Castaño. Alonso, el asturiano, que acariciaba y susurraba a la Jacinta para que no se asustara y nos delatara con uno de sus frecuentes rebuznos. Comenzamos a vadear el río Segre por el punto más estrecho. El batallón al completo fue pasando con el agua a la cintura y los fusiles en alto, Julio y yo fuimos los últimos en cruzar tras Alonso. El acemilero tensó fuertemente las riendas de la Jacinta, tratando de guiarla por dónde debía pasar. El río venía algo crecido por las últimas lluvias, la mula no debió pisar en firme y se dejó ir, río abajo. La bestia fue arrastrada con las baterías y Alonso agarrado a las bridas como si de un salvavidas se tratara. Julio y yo conseguimos cruzar, pero nos quedamos junto al río, detrás de una peña, esperando a que Alonso lograra cruzar con la mula y las baterías. El resto del batallón continuó avanzando. Estábamos empapados, nos estrujábamos las perneras del pantalón para escurrir el agua, cuando oímos varias ráfagas de ametralladora. Nos quedamos mudos, sin poder articular palabra, con el miedo en la garganta. Poco después la inconfundible voz de Sanchís, ordenando retirada, rota por una nueva ráfaga. Esperamos agazapados durante unos minutos, la niebla parecía levantar lentamente y el sol comenzaba a acariciar con sus tibios rayos nuestros helados rostros. Un espeso silencio nos invadió, no sabíamos qué hacer. Julio me hizo una seña, torciendo su cabeza hacia donde había sido el tiroteo. Avanzamos agazapados, sin hacer ruido, con la boca seca, cuando descubrimos los primeros cadáveres de nuestros camaradas. La niebla desapareció por completo y nuestros ojos no daban crédito: aquello había sido una escabechina difícil de olvidar. Los republicanos nos habían tendido una emboscada y solo pudimos rescatar a ocho compañeros heridos. Poco después apareció Alonso con la mula y las baterías cargadas en su lomo. Al verles me entró una alegría enorme, acaricié a la Jacinta, agarré su enorme cabeza, y le di un prolongado beso en sus belfos.
Aquel día no sé si fue Dios todopoderoso quien tendió su mano protectora y nos libró de engrosar las cifras de los que dejaron sus huesos en la contienda. O quizá fue la mula Jacinta, que anticipó el peligro, la que nos salvó la vida en aquella inútil guerra que segó la vida de muchos compañeros que se jugaron su existencia sin saber por qué o para qué.
Después de cambiarnos de ropa y refugiarnos en la trinchera lo preparamos todo para enviar el parte del día. El mensaje fue algo más largo que de costumbre: Ataque del enemigo en el río Segre. Martínez y Sanchís caídos. Sesenta y nueve bajas. A la espera de nuevas órdenes.

Jesús García
Grupo A


MOLLY

En un pequeño pueblo de no más de doscientos habitantes, de verdes llanuras y rodeado de altas montañas, vivía Molly la mula.
Cruce de un burro y una yegua; nunca conoció a sus progenitores. Había heredado el cuerpo de su madre, su elegancia y su inteligencia. De su padre tenía sus largas orejas, su cola y su fuerza.
Su nombre, no era una casualidad. Se lo habían puesto en recuerdo de la televisiva mula Francis, conocida en la vida real como Molly. Icono de los años 50, la mula Francis protagonizó 7 películas y fue la primera en ganar un premio PATSI, premio creado en 1939 por la Asociación Humanitaria Estadounidense para reconocer las actuaciones destacadas de animales en el cine y la televisión. Se podría considerar como el “Oscar” de los animales. Pero, a pesar de coincidir en nombre no parecía que el futuro de esta Molly fuera a ser tan estelar.
Aun así, para sus dueños, una joven pareja de agricultores, sí era la gran estrella de su casa. Ambos, trabajadores incansables, dependían de ella para todas las tareas que les daban de comer. Por esta razón, la cuidaban con mimo.
Molly trabajaba de sol a sol y en cualquier época del año. Y es que siempre había algo que hacer en el campo. Le gustaban particularmente los meses de marzo a junio. Era entonces cuando estallaba la primavera en todo su esplendor y los campos se preparaban para ser sembrados. Tocaba arar la tierra aprovechando que estaba blanda y húmeda.
Para tan ardua tarea, disponiendo solo de Molly, sus dueños le buscaban una ayudante. Era muy común solicitar a un vecino otra mula para yuntar y así, con el arado enganchado a ambos animales, se comenzaba a arar la tierra. Lo de trabajar en equipo se le daba bien a Molly. Esta labor, aunque repetitiva y monótona, no era de las que más desagradaba al animal.
Sin duda, lo que peor llevaba era ir a buscar vicio para fertilizar las tierras. Cada vez que colgaban en su lomo aquellas alforjas, ya sabía lo que tocaba. A pesar de ello, lo hacía de buen grado, ya que su dueño, sabedor de su aversión a ese quehacer, ese día la premiaba con heno de alta calidad que mezclaba con paja y forraje.
Había en aquella casa dos pequeños diablillos que hacían sus días más divertidos. Cuando los veía llegar corriendo, gritando y riendo, Molly abría su hocico estrecho y largo y batía su prominente mandíbula dejando a la vista su hermosa dentadura, quedándose los niños obnubilados ante tal visión. Le gustaba llevarlos a cuestas sobre su grupa y galopar como si de un caballo se tratara para deleite de sus ocupantes.
Los años iban pasando y Molly, con 35 primaveras, ya no era la misma. Cada vez le costaba más aguantar los largos días en el campo, soportar cargas pesadas o recorrer largas distancias. Lo de “trabajar como una mula” se estaba convirtiendo en un reto. Sabía que ya no era de utilidad para sus dueños y temía el destino final que habían previsto para ella.
A sus ojos, se le presentaban varios escenarios posibles: o que la malvendieran a cualquier usurero que hiciera de sus últimos años un infierno, o, peor aún, que fríamente la sacrificaran y acabara tirada en un lugar inhóspito siendo pasto de cualquier bestia.
Pero los años no habían pasado solo para Molly. Sus dueños también habían envejecido y ya no podían trabajar las tierras como antes. Como suele suceder, tampoco contaban con el relevo generacional porque aquellos pequeños diablillos hacía mucho que habían abandonado el nido para dedicarse a otros menesteres. Así que, con este panorama, habían conservado unos terruños para su entretenimiento y sustento personal, que ya no requerían de los servicios de Molly.
Pudieron ejecutar cualquiera de los escenarios descritos anteriormente para el final de Molly, pero, el vínculo que habían creado con ella durante casi toda una vida, les impedía deshacerse de su tesoro más preciado.
Así fue como Molly pasó sus últimos años en la casa que la vio nacer y crecer, cuidada y mimada por esa pareja de ancianos agricultores hasta su aliento final.
Quizá no fue una gran celebridad como su tocaya, la mula Francis, pero sí fue la estrella que más brilló en aquella casa de aquel pequeño pueblo de apenas doscientos habitantes.

Verónica S.S.
Grupo C


Dos mulas

Cuando yo era un chavalín, recuerdo que mi abuelo Bernabé, en la cuadra de su casa tenía dos mulas, las cuales las utilizaba parte del año para arar las tierras, y en el verano en la era para realizar la trilla.
Las dos tenían nombre, una era la “Andaluza”, y la otra “la Extremeña”. El gitano que se las vendió ya las traía el nombre puesto, pues cada una procedía de una comunidad distinta, y lo curioso, es que obedecían a los nombres impuestos.
Yo, durante el verano echaba una mano en lo que podía o me dejaban dentro de las labores del campo. Una de las cosas que me gustaba, era cuando mi padre extendía el trigo o la cebada en la era, sentarme en el trillo y dar vueltas y vueltas encima de la mies, para separar el grano de la paja.
Las dos mulas, después de estar trabajando todo el día, cuando al anochecer se les quitaban todos los aparejos, que las mantenía atadas al trillo, salían disparadas como un cohete, hasta una acequia, que había a unos trescientos metros, por donde pasaba el agua para regar el sondeo, cuando se saciaban volvían a la era, y desde aquí a la cuadra de la casa de mi abuelo a descansar hasta el día siguiente.
Pero me acuerdo de oír unas palabras que nos dijo alguna vez, a tener en cuenta al quitar los aparejos , !Cuidado, las mulas son muy tercas, no os pongáis delante cuando van a beber agua, no las puede parar nadie!.
Claro, luego continuaba diciendo más cosas, era muy irónico hablando, !Son como las mujeres, cuando quieren una cosa, la consiguen, no os pongáis delante!.
Yo, por aquel entonces no lo entendía, pero ahora tampoco.

Luis Iglesias
Grupo B


El macho (el mulo) rubio

Si los recuerdos de la niñez y de la infancia se pudieran medir o pesar, podría decir que también hubo momentos lúdicos y no todo fueron obligaciones y trabajos.
Es el comienzo del verano y todavía le quedan días al mes de junio. Hay que salir temprano a llevar al macho rubio a la era para estacarlo y que coma su ración de hierba, bien fresca a esa hora, mojada por la marea de la noche.
En el corral, después de rodear las tenadas y las pocilgas de los cerdos, se llega a la cuadra del macho. Ya está impaciente por salir cuando abro la puerta. Me acerco con cuidado para ponerle la cabezada y salimos con la cuerda, la estaca y la cadena para atarle las patas delanteras. Tiene hambre y prisa por llegar a la era, ahora verde con la hierba crecida, para darse un buen banquete. Lo dejaré bien sujeto para que no escape.
No sería la primea vez que lo hace y luego me toca correr detrás de él hasta que se cansa y se deja coger. La estaca bien clavada, la cuerda atada a una pata delantera y además ambas patas sujetas una con otra para que no pueda correr. Antes de irme le miro, a la vez que le quito la cabezada y sus ojos bien grandes me miran inquietos: “¿no te vas ya de una vez?” es lo que me parece leer en ellos.
Mientras camino de vuelta a casa, vuelvo la mirada a la era: bonita postal del macho rubio, como si fuera el caballo alazán de Bonanza, y el verde del prado con el dorado de la cebada y del trigo ya casi dispuestos a ser cosechados.
A media mañana, cuando el calor empieza a ser tan pesado como las moscas, lo voy a buscar. Mansamente se deja hacer: lo libero de todas las ataduras, lo conduzco a la parte baja de la cuneta del camino y de un salto me subo a su lomo. Salimos al camino y le pico para que corra. El trote me hace saltar; le pido más y ya al galope subimos la cuesta de Aldealama; el viento ligero en la cara. Me gustaba esta sensación que en el verano caluroso será más placentera todavía: emoción y libertad.
Llegamos al final de la cuesta. Hacia un lado puede verse la finca de Aldealama, apenas tres casas y un corral más grande y alargada. Al otro lado se ven las construcciones, ahora apiñadas, del pueblo. Desde esta pequeña loma no parece tan viejo, ni tan roto. Desde aquí no se ven las casas caídas, ni las heridas en los tejados. Ahora la fantasía del niño suena como una película del oeste: ha subido las rocosas con el caballo alazán a la búsqueda de fantasmas como si fueran los malos de Bonanza o el Virginiano. Volvemos al galope, da igual si es persiguiendo sueños de un paraíso o huyendo de miedos y fantasmas.
Habrá más tardes al galope; más días subiendo a la montaña con el macho rubio. El verano enfilaba en busca del otoño y un día el rubio alazán ya no quiso trotar más: su pata delantera izquierda cojeaba. Sus ojos estaban más transparentes.
- ¿Qué le pasa al macho rubio? - pregunté.
- Es viejo - dijo mi padre.
A toda velocidad llegó el mes de octubre y por primera vez me fui a la ciudad, a estudiar. A habitar otros territorios para labrarme el futuro, fuera eso lo que fuera.
Cuando volví al corral y a la cuadra del macho rubio, él ya no estaba allí. Definitivamente todo había empezado a cambiar sin remedio.

Gabriel Risco
Grupo C


La mula hula

Esta mula nunca disimula,
es andarina, deambula,
es avara, acumula,
es expresiva, gesticula,
es ecuánime, calcula,
es perversa, confabula
hace la ola, ondula,
es noctámbula, pulula,
si te descuidas, te estrangula
¡Ay qué rara es esta mula!

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C