Menos lobos

Esta semana de luna llena de octubre -denominada "Luna del cazador"- tuvimos una sesión hecha a medida. El tema a tratar fue la licantropía pero también hablamos de los niños y niñas que se criaron o vivieron con lobos como Mowgli, protagonista del libro de Richard Kipling El libro de la selva, Víctor de Aveyron o Marcos Pantoja, el niño lobo de Sierra Morena que murió este verano y que inspiró la película Entrelobos de Gerardo Olivares. 
Leímos el álbum ilustrado Salvaje de Emily Hughes, una preciosa historia publicada por la editorial "El zorro rojo" sobre una niña feral y disfrutamos la canción titulada "Nana para un niño lobo" compuesta por Mili Vizcaíno a partir de un poema de Luisa Abenza, un precioso homenaje a Marcos Pantoja.
Otro libro a reseñar fue la novela Niño lobo de Belén Cañas, una historia fragmentaria y experimental en el que el voltaje de la poesía y el vértigo de la prosa tratan de sugerir la complejidad de la maternidad.


Marcos Rodriguez Pantoja junto a unos lobos durante el rodaje de la pelicula "Entre Lobos".Antonio Heredia


En nuestra playlist musical sobre el tema escuchamos otras canciones sobre hombres y mujeres licántropos. Entre ellas la que el grupo Luar na Lubre tituló "Cantar de Romasanta", inspirada en las coplas de ciego escritas sobre Romasanta, el hombre lobo de Allariz.
Recomendamos los artículos "El enigma de la licantropía" de Encarna Lorenzo, publicado en el blog "Tinieblas en el corazón. Pensar la Antropología", y "El lobo da xente, el más cruel y aterrador de los licántropos" publicado en el blog Fantasía Celta. 
Dejamos aquí, como botón de muestra, esta leyenda popular:

En Tribes (Ourense) vivía una joven que tenía un gran apetito y siempre le pedía carne a su madre. Tanta insistencia acabó provocando el enfado de la señora, que un día le dijo a su hija: «¡Ojalá te vuelvas loba para que nunca te hartes!». La chica quedó afectada por la fada y se echó al monte. Su cuerpo juvenil se cubrió con la piel de una loba y sembró el terror durante mucho tiempo, matando y devorando a niños y adultos por igual.
Pero un día sucedió lo siguiente: la loba da xente entró en una cabaña en la que se secaban castañas. Había en el interior un joven que, asustado, se escondió sobre el secadero. La chica penetró en el interior de la cabaña y, creyendo que no había nadie, se desprendió de su piel de loba. Ante la visión del bello cuerpo desnudo de la joven, el mozo no perdió el tiempo. Con una larga vara que había sobre el secadero enganchó la piel y la lanzó al fuego. La joven gritó y quiso impedirlo, pero ya era tarde, pues la piel ardía. Cuando se hubo consumido, la joven recobró su condición humana. Le relató al mozo su historia y se cuenta que acabaron casándose.



"Licántropos, Hombre-lobo, Guerreros-fiera. Mitos, Ritos y Transformación: Desde lo Humano a lo Monstruoso" un libro colectivo de carácter científico e divulgativo que aborda la figura del hombre lobo y otros seres híbridos.


El lobo da xente es también el título de un cuento de Vicente Risco que publicó en la revista-editorial Lar y que podéis leer en este enlace, gracias a la cortesía de su Fundación. Este escritor gallego tituló su discurso de ingreso en la Real Academia Gallega de la Letras "Un caso de lycantropía. O home lobo" y se centró en la figura de Romasanta.
Para los que disponéis de tiempo o tenéis curiosidad aquí dejamos el enlace de dos cuentos; "El hombre lobo" de Boris Vian y "El niño lobo del Cine Mari" de José María Merino. Yo recomiendo este último en especial.

Propuesta de escritura

1. En el transcurso del taller propusimos escribir un texto breve a partir de una frase. Y para ello recurrimos al espacio radiofónico "Relatos en cadena", de la Cadena SER, que junto con la Escuela de Escritores promueven un concurso con ese planteamiento. «El hombre lobo más orgulloso de la provincia» fue la frase de inicio obligatoria en la convocatoria de la Semana 33 de la XVIII edición del prestigioso concurso. 

2. La tarea propuesta para casa fue más abierta. Escribir un texto (microrrelato, poema, breve cuento) sobre un hombre, mujer, niño o niña licántropos o sobre un niño o niña que conviviera o fuera criado por lobos.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


El hombre lobo más orgulloso de la provincia

Si alguien me convirtiera en hombre lobo sería el hombre lobo más orgulloso de la provincia. Saldría cada noche a gritarle al cielo y a mis camaradas. Buscaría piñas que mordisquear y cenaría cuando tuviera hambre, lo que me entrara en el estómago, hasta hartarme. Convocaría a todo el mundo que se agazapa entre las urces a la fiesta nocturna, y haría reverencias estirando las manos y elevando mi culo, así, sin más, por el mero placer de jugar. Si alguien por fin me convirtiera en hombre lobo mi vida estaría desprovista de conflicto, más allá del conflicto de la espera. Contaría ansioso las horas que me quedan hasta la próxima luna llena y luego PAM, me comería un ternero, o medio, y lo que sobre pa quien lo quiera. Y después nada más. Al amanecer, despertarme con el olor de las jaras de verano. Que Conrado el ganadero, rifle en mano, me encuentre desnudo, mordisqueando una castaña en otoño, desperezándome entre la bruma del invierno, con un chupamieles entre los dientes en primavera, sorbiendo el agua de un regato. Y nada más.
Pero lo cierto es que nadie me ha convertido en hombre lobo. Así que espero. A veces mastico plantas y bebo del regato, por si acaso. Salgo hacia el brezal las noches de luna llena y me desnudo y me quedo dormido al raso. En cuanto puedo, busco a la manada. Primero las huellas alargadas, en línea recta. Después las heces de pelo duro y sangre seca. De vez en cuando encuentro un colmillo entre los deshechos que yo me cuelgo del abrigo. Sigo el rastro y acecho a la loba, esperando que me pegue un ñasco. Y nada más.

Ana Rapado
Grupo B


Remordimientos

Era una familia de hombres lobo; marido, mujer, niño y niña lobos. En las noches de luna llena, como es propio de su naturaleza, preparaban alguna escabechina entre los vecinos de su comarca. Pero por la mañana, cuando veían la carnicería que habían montado -sobre todo si se habían comido a algún familiar o amigo entrañable- se arrepentían. Entre lágrimas, quemaban los restos en la chimenea, con la leña del sándalo que crecía en su jardín, que perfumaba el olor a carne quemada, y unas ramas de laurel que añadía la mamá loba, siempre atenta al detalle culinario, todo lo cual daba al humo que salía del hogar un olor a guiso exquisito, que superaba con mucho el de los banquetes que preparaba el señor alcalde para todo el pueblo, antes de las elecciones. La mujer loba tenía en la aldea, como es lógico, fama de gran cocinera, y cuando -generalmente al salir de misa, los domingos- las vecinas le preguntaban cuál era el secreto de la chef, ella respondía, sin darse importancia, que el secreto estaba en seleccionar muy bien el producto.
Pero el remordimiento les desgarraba el corazón, y cuando se comieron al muchacho del que estaba enamorada -era su compañero de pupitre en la escuela- la niña loba, aunque les supiera a gloria, ya no pudieron más con el sentimiento de culpa y pecado (eran de misa diaria).
Al amor de la lumbre, la noche siguiente, la familia licántropa debatió en asamblea democrática cómo solucionar aquel problema que les indigestaba las entrañas. El padre lobo propuso que en las noches de luna llena se adentraran en el bosque, para que así, lejos de la aldea, no tuvieran aquella tentación feroz al metamorfosearse fatalmente en lobos. Hay que decir que el marido lobo tenía una amante, la hija del molinero, de carnes blancas, prietas y generosas, y no soportaba la idea de que, en alguno de aquellos trances licántropos, se convirtiera en el menú familiar. La mamá y los niños lobos estuvieron de acuerdo, y por unanimidad, aprobaron la moción.
Así que la siguiente noche de luna llena se adentraron en lo más profundo del bosque, y se refugiaron en una vieja choza de pastores. Pero cuando se transformaron en lobos, tuvieron el impulso irrefrenable de salir de caza. Había cerca un aprisco de ovejas, y se dirigieron hacia allí, relamiéndose las fauces por anticipado.
De camino se encontraron con otra manada de lobos con los que acordaron, después de unos olfatos de reconocimiento, y según la costumbre de su especie, ir a cazar juntos.
Babeando, porque el olor a oveja, a vaca recién parida, y a macho cabrío era muy intenso, llegaron a la majada. Para su desgracia el pastor había encerrado a sus animales en una nave construida recientemente -los ataques al ganado eran cada vez mayores, y las autoridades apenas daban magras subvenciones que no compensaban sus pérdidas-, y la puerta estaba cerrada con un candado que les impedía el asalto.
Así que, hambrienta, la manada decidió volver a sus cubiles; al menos allí tenían algunos restos de caza con los que podrían hacerse la ilusión de matar el gusanillo.
La familia de hombre, mujer, niño y niña lobos, les siguió monte arriba. Todavía quedaba noche por delante, y el sentimiento de culpa en su cerebro reptiliano, pero sapiens, les impedía volver a su aldea. No sin alguna reticencia por parte de la mujer lobo, que se olía el adulterio de su marido, y tenía a la molinera como el manjar principal de su próximo banquete.
En los altos cubiles de la sierra, la manada de lobos dio fin a los pocos huesos de conejos, ratas y topillos que les quedaban. Y se echaron a dormir, con un agujero en el estómago.
El final es fácil de suponer, pero no hagamos espóiler, no lo destripemos todavía. Vayamos bocado a bocado.
En la profundidad de la cueva la luz del alba quedaba muy lejos de la negrura y de las sombras. Eso no impidió que, como está descrito, el reloj interno de los hombres lobo -hombre, mujer, etc.-, les volviera a metamorfosear, aunque profundamente dormidos por aquella noche tan agitada, en inofensivos seres humanos.
La manada fue despertándose -con un hambre lobuna, como es de suponer-, y miraron, gratamente sorprendidos, aquellos cuerpos de carne blanca, inocente y apetitosa.
Que el lector, con su proverbial inteligencia, ponga el desgarrador y sangriento punto final a esta historia de licántropos devorados por los remordimientos.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Cazador cazado

El hombre lobo más orgulloso de la provincia sale por la noche de copas. Por supuesto, hay luna llena. Trabaja con método, sentado a la barra del bar muestra su perfil más amable y seductor. Pero los colmillos de sus ojos le delatan. Ella lo reconoció al instante. Se dejó invitar a una copa. Se dejó llevar como una corderita a su casa. Pero, ya en la cama, lo devoró, una y otra vez. El hombre lobo, totalmente rendido a sus encantos, se tuvo que comer su orgullo, mientras ella se ensañaba, gozosamente, con su cuello.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Mujer loba, diáspora y luna

La Luna: ¿Por qué aúllas a las doce de la noche?
La Mujer: Porque estoy sola, Luna. Soy de la diáspora. Dejé mi tierra, mi gente, mi monte. Aquí, solo te tengo a ti.
La Luna: Pero tú no eres solo mujer.
La Mujer: No. Cuando tú subes llena, me transformo en loba. Recobro la fuerza en mis colmillos. Huelo a selva. Mis ojos ardientes iluminan caminos nuevos y mi voz aulla.
La Luna: Tu aullido da miedo.
La Mujer: No es miedo, es mi ferocidad mezclada con mi alma protectora. Aúllo para acompañar mi soledad, por mi estirpe de mujer que nadie domó.
Sabes, la sangre de mis víctimas las convierto en aroma porque el aroma ennoblece el recuerdo.
Soy licántropo aliado del bien sin ignorar los vampiros, mis eternos enemigos.
La Luna: ¿Hasta cuándo es tu misión?
La Mujer: El nuevo monte me la dio: hasta que el desierto sea fértil, el manantial se seque, la nieve se derrita con el calor y la lluvia seque las plantas.
Mi misión termina cuando pueda llevar en mis dedos anillos de plata.
La Luna: Te veo distinta a las tres y media de la madrugada.
La Mujer: Sí, recupero mi alma. Recuerdo quién soy y de dónde vengo.
La Luna: ¿Y después?
La Mujer: Mis colmillos pierden el filo agudo y punzante, mi piel germina y mi corazón se dilata.
La Luna: A las seis, me diste otra impresión, ¿por qué cambias tanto?
La Mujer: Porque mis ojos se apagan y resurge la pelirroja, y tú luna, te convierte en mi diadema. Me muestro confortable y amable, perseverante y fiel, con mi manada delante.
La Luna: ¿Y delante de tu manada qué hay?
La Mujer: El oso. El oso es mi desafío. No me da miedo, me hace más fuerte. Porque ya no estoy sola. A esa hora me llega la razón, siento la manada al frente ¿y tú? tú como diadema cuentas.
La Luna: Entonces, aúlla.
La Mujer: Aúllo, sí aullo por todas las mujeres de la diáspora que de noche son lobas y de día son pelirrojas, con la luna en la frente, los anillos de plata en los dedos y la manada en frente.

Miriam Esther García
Grupo A


El hombre lobo

Fue su madre quién le introdujo el gusto por la sangre. Era un niño enclenque, poca cosa, y ella para qué se criara bien, comenzó a sacrificar animales. Al principio era de gallina, después cordero, o sangre de cerdo.
Con la juventud, su constitución y aspecto no habían mejorado. Seguía siendo poca cosa. Pero en su interior fue creciendo una sensación de poder, y acabó por creerse un hombre lobo.
En las noches de luna llena, sentía que su cuerpo se transformaba. Se cubría de pelo, su hocico se alargaba, sus orejas se volvían puntiagudas, se afilaban sus colmillos y sus uñas se convertían en largas garras.
Salía al bosque y entre luces y sombras, corría rápido, saltaba con grandes zancadas, sintiendo una fuerza superior y atacando a pequeños animales.
Cada vez necesitaba más, y pasó a atacar cerdos o bueyes en las casas de las aldeas cercanas. Hasta que probó con personas.
El miedo se extendió por la zona, y se iniciaron batidas, para cazar al lobo.
Ante el miedo a ser descubierto, decidió abandonar el lugar y hacerse vendedor ambulante de los artículos de mercería que sus padres vendían en la pequeña tienda.
Caminaba entre aldeas, de casa en casa, con dos mulas cargadas de hilos, botones, tejidos, puntillas, ofreciendo sus artículos a mujeres, sobre todo a las jóvenes casaderas.
Se acercaba de día a ellas, les enseñaba sus productos y así transcurría tranquilo, sin levantar sospechas, pues nadie imaginaba, el secreto que escondia, al ver su aspecto de hombre débil.
La mayoría del tiempo llovía, y la luna llena no se dejaba ver, permaneciendo tranquilo, pero en la primavera y verano, con las noches claras, su apetito se acentuaba, y se veía obligado a cazar una presa animal o humana.
No podía aguantarse. Cuando visualizaba u olía a alguien, ataba sus mulas a un castaño, se escondia entre los helechos del bosque, se lanzaba a por ella y con un ágil salto la desangraba.
La leyenda del lobo que mataba a personas, se extendía por todas las provincias.
Los ataques eran cada vez más frecuentes, teniendo que extender el radio de sus ventas, alejándose cada vez más, de los lugares conocidos.
Así llegó a una nueva aldea. Se había hecho de noche.La fina lluvia del día, le había calado. Buscó la casa más alejada, y llamó a su puerta solicitando cobijo para el y sus mulas.
Una bella moza salió a abrirle, y se mostró dispuesta a acogerle.
Después de ofrecerle una taza de caldo caliente, y la lumbre para secarse, le mostró una cama limpia donde descansar.
A media noche se despertó sintiendo una gran sed de sangre y sin pensarlo demasiado se dirigió al cuarto de la joven. Dormía de espaldas a la puerta. Con sigilo, se dirigío hacía la cama, mientras se relamía por adelantado.
Pero la joven se volvió hacía el, y mostrando su cuerpo cubierto de pelo, su hocico, sus orejas puntiagudas y sus grandes garras, le dijo: Te estaba esperando, has tardado mucho…, a la vez que hundía sus colmillos en el cuerpo enclenque del vendedor y le clavaba un cuchillo de plata en el corazón.

Emilia Ruiz Antúnez
Grupo B


Aullidos

¡Auuuullidos!Auuuullidos
Auuuu auuuu ¡auxilio!
Auuuuu auuuu ¡ayúdenme!
Aúnnnnn aúuun sin sitio
Corro por mi vida, ¡escóndeme!

El pequeño lobito,
clama con pavor,
pues un hombre aguerrido
que es de ovejas, un pastor,
me persigue sin motivos,
de un devenir atroz.

Mi vida es un castigo.
Niño lobo soy.
En manada me he criado,
a la luna llena siempre voy.
Con fauces feroces,
no mañana, sino hoy,
pierdo la esperanza
de coger mi convoy.

Licántropo es mi destino,
pues una loba me arañó.
Necesito algo de plata
que anule mi condición

Me transformo con sigilo,
en un monstruo aterrador
Entre convulsiones nace el vello
-¡Soy enorme! ¡Qué horror!

Auuu auuuuu audaz es mi mirada.
Auuu auuuu aumenta mi tamaño.
Auuuu auuuu ausente mi conciencia.
Se acerca, lo presiento, es tarde,
te haré daño...
Sin consuelo, cumpliendo condena.

Me escondo entre maleza.
Pido al cielo por favor,
que las noches de luna llena,
me atraviesen el corazón.

Ya he perdido la cuenta
de la gente que maté.
Con las pieles de ovejas
entre sollozos me tapé.

Auuu auuu astuto
Auuu auuu audaz
Me verás salir corriendo
Esta es mi vida de verdad

Virginia Rodríguez
Grupo B


Un colmillo genuino

Terminaba de usar el teléfono. Mi estómago se revolvió otra vez. ¿Otra víctima? La tercera en apenas dos semanas. Me dirigí hacia mi coche. Desde muy niña tenía clara mi vocación. Quería ser policía. Investigar y detener a los malos. Por primera vez en mi vida me preguntaba si realmente estaba preparada para ello.
Mientras me dirigía al escenario del crimen, recordaba las dos víctimas anteriores: dos mujeres jóvenes, menores de veinticinco años, a primera hora de la mañana, a las afueras de la ciudad y salvajemente mutiladas.
Aparqué detrás de un coche patrulla. Inspiré hondo y me miré en el espejo retrovisor. Me tomé unos segundos antes de bajar.
—Buenos días, compis. ¿Quién me pone al día? —saludé a una pareja de compañeros que mantenían acordonada la zona.
—El hombretón del traje —me indicó la policía con una sonrisa mientras señalaba con el dedo en dirección a unos contenedores de reciclaje.
Me acerqué con calma. Inspiraba lentamente mientras soltaba aire a la misma velocidad. Intentaba prepararme para lo que me iba a encontrar. El hombretón al que hizo referencia la compañera no lo conocía. Debía de estar en comisión de servicio. Era cierto que no pasaba inadvertido. Muy alto, de hombros anchos y brazos robustos, estaba en forma. Calculé que no tendría más de cuarenta años. Se encontraba apuntando en un cuaderno mientras miraba entre dos contenedores.
—Buenos días. ¿Quién me informa? —interrumpí con seriedad.
Se giró hacia mí. Tenía facciones angulosas, unas patillas prominentes que le llegaban hasta la base de la mandíbula. Sus cejas eran negras y pobladas. Alzó sus ojos de color miel y su mirada chocó con la mía. Llevaba una camisa suficientemente abierta para dejar ver una mata de pelo en el pecho. Sobre ella descansaba un colgante dorado con la silueta de una encina.
Mi estómago se agitó. No como antes, ahora parecía cosquillear.
—Buenos días —dijo mientras extendía su brazo—. Soy el inspector López de Alcañices. Estoy comisionado aquí en apoyo a la investigación de los últimos crímenes.
Su nariz aleteó profusamente mientras inhalaba como si quisiera conocerme a través de mi olor.
—Deberían… deberían haberme avisado, ¿no? —titubeé mientras estrechaba su imponente mano—. Debería haberse presentado ante mí primero, ¿no?
—Discúlpeme. Acabo de llegar. Escuché la emisora y me acerqué —dijo mientras se acercaba dando un paso.
Mi cuerpo se sentía atraído por su presencia, arrastrado por su olor primitivo, mezcla de hierba seca recién trillada y tierra mojada.
Aparté la vista e intenté centrarme en el motivo de nuestro cometido.
Otra joven, en este caso de pelo castaño, con mallas ajustadas y zapatillas de deporte. Tenía el torso desfigurado y multitud de cortes a través de todo el pecho y abdomen. El cuello estaba parcialmente desgarrado. Un gran charco de sangre rodeaba el cuerpo.
Me aparté mirando hacia arriba y alrededor. Quería mostrar mi interés en las posibles cámaras que alguna empresa tuviera instaladas en los alrededores. Pero, en realidad, necesitaba coger aire y calmarme para no derrumbarme a llorar. ¿Qué salvaje podía cometer estos crímenes?
López se encontraba en cuclillas escrutando con detenimiento el cuerpo de la joven.
—Parece la obra de un hombre lobo —detrás de mí unos compañeros cuchicheaban—. Tres muertes iguales. Tiene que ser un hombre lobo. Mi abuela me contaba historias. Su presencia es habitual en estas tierras.
—¿Un hombre lobo? ¿Estamos tontos? —grité enojada—. Somos policías. Hay que ser un poco más serios.
El inspector López se acercó y puso su mano sobre mi espalda.
—No, no es un hombre lobo, pero diría que el asesino pretende imitar a uno —comentó con esa voz que me acunaba.
Me giré para contestarle. No quería consejos de alguien que acababa de llegar, puenteándome. Nuevamente me quedé eclipsada ante su porte.
Bajé la vista sin decir nada y me dirigí hacia el coche. En esta ocasión no se había revuelto mi estómago, pero estaba… estaba como atontada. ¿Me estaba enamorando? ¡Qué tontería!
Me alejé, pero mi mente seguía pensando en el inspector López. Por una parte afloraba mi cabreo, pero por otra, por otra… prefería no pensar en ello.
Por la tarde tomé varios chupitos de tequila. No conseguía centrarme. Parecía como si estuviera incubando una gripe. Era cierto que estábamos a ciegas, no teníamos ninguna pista de los crímenes.
No sé si fue por el efecto del tequila, o por la incipiente gripe o por ambas, que adopté una decisión equivocada: acercarme al lugar donde había aparecido muerta la víctima.
Era de noche ya, hacía poco que habían cambiado la hora. A las ocho de la tarde no había rastros de la luz del sol. Varias personas salían de una nave cercana al finalizar su turno de trabajo. La calle se quedó en silencio. Decidí recorrerla hasta el final del polígono. Justo al terminar se abría un camino de tierra que se dirigía hacia el bosque cercano, a unos trescientos metros. Palpé el interior de mi cazadora y saqué la linterna que me acompañaba siempre.
Continué por el camino en dirección a la arboleda. Una luz blanca y fría iluminaba los árboles y los campos de alrededor. Miré hacia arriba. La luna llena presidía el manto nocturno.
Estaba a punto de adentrarme en la espesura y mi cerebro me boicoteó: ¿Hombre lobo más luna llena? Paré y me giré. Me sentí observada. Un miedo ancestral se instaló en mi interior. Saqué mi arma. Me adentré en el bosque. No sabía qué estaba haciendo. Una parte de mí quería salir corriendo. Otra, la más estúpida, tenía un pálpito. Una sensación extraña se apoderó de mí. Mi estómago comenzó a cosquillear.
Sentí un golpe en mi cabeza y caí al suelo desorientada.
—Otra puta… otra que quiere morir. Vas a probar las garras del macho alfa —oí una voz de hombre aguda y nerviosa—. Sois todas iguales jijiji —reía.
El agresor sacaba de una caja lo que parecían unas garras metálicas que se ajustaban sobre sus manos.
Instintivamente subí mi mano hacia la cartuchera, pero estaba vacía. El golpe en la cabeza provocó que se me cayera el arma. La busqué mientras palpaba el terreno.
Intenté levantarme, pero el agresor apoyaba su rodilla sobre mi pecho, lo que impedía moverme. Terminó de acoplarse las garras. Sentí cómo situaba una en mi cuello. Estaba fría. Del golpe que había recibido no conseguía coordinar mis pensamientos.
Un aullido quebró el silencio. Era profundo, potente y helador. Pensé que lo había emitido mi agresor, pero estaba asustado mientras miraba a su alrededor.
—¿Quién… quién anda ahí? —susurró.
Rebuscó nervioso en los bolsillos de su cazadora pero las garras le impedían introducir las manos.
En ese instante una sombra negra se abalanzó sobre él y su peso desapareció de mi pecho. Me giré en la dirección del alboroto.
A unos seis metros oí como el hombre intentaba desembarazarse de una bestia que emitía unos gruñidos salvajes. El forcejeo duró poco. Unos chasquidos secos acompañados de rugidos acabaron con sus chillidos en pocos segundos.
Palpaba el terreno con mis palmas en busca de mi arma. Miré con temor hacia el escenario donde se encontraba la bestia. Un ser enorme, de cuerpo humano desproporcionado, cabeza de lobo cubierta de pelo y enormes garras en manos y pies. Movía la cabeza de un lado a otro para arrancar un trozo de carne. Terminó con su víctima y me miró. Unos colmillos enormes sobresalían de sus fauces, pero sus ojos… sus ojos color miel no eran los de un ser salvaje. Me transmitieron humanidad. Entonces algo resplandeció a la altura de su cuello. Era el brillo del colgante de un árbol. Tan rápido como había aparecido, desapareció.
Cogí mi teléfono del interior del pantalón. Pedí ayuda a mis compañeros mientras intentaba recordar mi ubicación exacta. Doce minutos más tarde aparecieron numerosas luces seguidas de varias unidades de compañeros. A mi lado un hombre menudo, menor de treinta años, medio calvo y con dos garras metálicas en las manos yacía despedazado. Le faltaba el corazón y parte del cuello.
Una ambulancia me llevó al hospital donde me dejaron ingresada para vigilar la evolución del traumatismo sufrido. No pude dormir. Intentaba racionalizar lo que había visto.
Al día siguiente el inspector López apareció en mi habitación con unas flores. Eran peonías silvestres, con su corazón dorado y sus pétalos rosáceos. Mi abuela las llamaba rosas del lobo. Mi respiración, mi corazón y mi cuerpo se agitaron. El inspector tenía un rasguño a la altura del cuello, cerca de su colgante. Era el mismo colgante que recordaba del ataque de la noche anterior.
—¿Qué tal está, inspectora? —preguntó con su voz grave y una gran sonrisa que mostraba una dentadura perfecta, donde destacaban sus colmillos—. Le informo que la persona que apareció muerta a su lado era el asesino de las tres jóvenes. En su casa han encontrado anillos, collares y pendientes de las víctimas que tenía a modo de trofeos.
Con mi índice apunté a mi cuello, a la altura de su arañazo.
—¿Esto? Nada, anoche salvé una gatita del ataque de un perro callejero —dijo mientras me miraba con sus ojos color miel.
Sabía que mentía, pero sus ojos transmitían bondad y serenidad.
—Pspspsps —susurré de manera inaudible.
López acercó su oído a mi cara. Su aura me inundó. Un impulso primitivo se apoderó de mi cordura.
—Muérdeme y arrástrame contigo —le dije mientras le besaba el cuello.

Max Ferlam
Grupo B


La loba presumida

Alicia llegó al gabinete de estética a las nueve en punto. Aún no habían abierto. Se impacientó. Siempre la hacían esperar. Al momento llegó Berta, la dueña del centro.
—Buenos días Alicia —le dijo—. Tú, como siempre, sin pedir cita. Pues hoy lo tengo complicado. Tendrás que esperarte un poco.
Alicia se presentaba indefectiblemente sin llamar porque le invadía una gran urgencia. La noche anterior hubo luna llena. Cuando esto ocurría, se cubría con una gran capa y salía a la calle a celebrarlo. Recorría todos los bares del barrio buscando al conejito que iba a ser su trofeo. Al amanecer lo llevaba al bosque. Una vez allí, segura de la fuerza descomunal que le había dado la luna, iniciaba un proceso amatorio al que el conejito se prestaba entusiasmado. Alicia lo envolvía en un abrazo mientras tanteaba su cuello buscando la última vértebra cervical. Solo quedaba presionar con su mano poderosa hasta que la presa caía inerte.
Las dos horas de espera hasta que Berta la atendió le dieron pie a reflexionar sobre su momento. Estaba hecha polvo, pero satisfecha. No sabía bien por qué. Nunca se acordaba de la noche anterior. Pero, cada mañana siguiente estaba resacosa por la ingesta de alcohol y psicotrópicos. Sentía que le había nacido pelo en todas las partes del cuerpo y que le habían crecido las uñas de forma desmesurada. Entonces le sobrevenía una imperiosa necesidad y corría al centro de depilación para que la liberasen del bello que cubría su piel y le hicieran manicura y pedicura.
Berta la hizo pasar a la cabina y le indicó la camilla para que se tumbase. Salió al pasillo y se cruzó con la empleada que, guiñándole el ojo, le dijo en voz baja
—¿Otra vez la loca de la depilación integral? ¡Pero si no tiene ni un pelo, de tantas sesiones de laser!
—Lo peor —replicó— son los tremendos aullidos que emite cada vez que le paso la pistola de rayos.

M. Maximina Moreno
Grupo B


El instinto y la fragilidad de los lobos

En la provincia de Santander, en una zona montañosa y en lo más profundo del bosque, donde los árboles parecían guardar secretos, vivía una manada de lobos. Son animales muy fuertes, con patas resistentes y mandíbulas de hacerse respetar.
En las noches aullaban para anunciar que esa zona del bosque ya tenía dueño.
Había un viejo lobo al que todos llamaban Cenizo. Durante su juventud, había dirigido la manada, encontrando caminos seguros y participando en numerosas cacerías.
Un día, Cenizo intentó morder un hueso que había encontrado junto a un arroyo. Sus mandíbulas se cerraron con dificultad. Le faltaban varios dientes y los que conservaba no podían cumplir con su función. Lo volvió a intentar por segunda vez, hasta que desistió y abandonó el hueso.
Había confundido la fuerza con el derecho a mandar, la juventud con la eternidad.
Ahora, cuando necesitaba alimento, dependía de lo que los otros estuvieran dispuestos a compartir.
Los lobeznos, que nunca habían conocido su antiguo poder, lo miraban con curiosidad. Unos se acercaban, otros jugaban retirados de él.
Cenizo comprendió entonces que la edad no solo le había quitado fuerzas, también le estaba enseñando a mirar desde arriba. Ahora, desde el suelo, descubría cosas que antes no había visto: la paciencia de las hembras, el esfuerzo de los jóvenes, el miedo de los más pequeños y la generosidad de quienes no necesitaban demostrar su superioridad.
Su dentadura se había debilitado, pero quizá estaba aprendiendo a utilizar otra clase de fuerza.
No muy lejos de aquel bosque había una pequeña aldea. Sus habitantes escuchaban por las noches los aullidos de los lobos y les tenían miedo. Los consideraban animales feroces y peligrosos, sin imaginar que, entre aquellos árboles, también existían la solidaridad, el respeto y el cuidado de los más débiles.
Los habitantes de aquella aldea contaban una antigua leyenda: cuando aparecía la luna llena, algunos hombres se transformaban en hombres lobo.
Nadie podía explicar cómo sucedía. Unos decían que eran maldiciones; otros, secretos familiares.
La leyenda decía que, durante la noche, el hombre perdía su rostro y adquiría el cuerpo del animal.
Algunos no necesitaban cambiar de piel para convertirse en lobos.

Fernando Nieto
Grupo A


El hombre lobo

En Caperucita, Los tres cerditos, Los siete cabritillos, Pedro y el lobo; en todos estos cuentos infantiles, el lobo era el malo. Era el que hacía daño, y había que matarlo.
Ahora el lobo es el bueno, hay que cuidarlo y protegerlo, dejar que campe por sus fueros, y se coma, más bien se "mal- coma," las ovejas y las terneras que desee.
Antes tenía miedo de que me mordiera uno, pues podría convertirme en hombre- lobo en las lunas llenas; sería perseguido por los aldeanos del lugar y me dispararían con balas de plata para acabar conmigo.
Ahora salgo por las noches de Luna llena. (En verano, claro), y me tumbo desnudo en el campo esperando que alguno me muerda. (No mucho, por supuesto), para así transmitirme el virus que me convierta en hombre lobo. Si lo consigo, me tratarán con respeto, "a todo trapo", con todo tipo de miramientos. Me dejarán que salga las noches de Luna llena convertido en hombre lobo, y pueda matar y comerme a quien me apetezca.
O Tempora. O mores.

José Luis Fonseca
Grupo A


¿Qué hay para cenar ?

Cerró la puerta del frigorífico de forma suave, acolchada. Nada, allí no había nada para cenar. Tenía que salir a buscar algo. Iría a la carnicería.
Involuntariamente se activaron sus instintos. Buscaría algo tierno y jugoso. Ese pensamiento la convertía en una mujer de rompe y rasga. Afilaba sus dientes, babeaba de placer y convertía en agudas espinas el vello de su espalda. Conocía los cazaderos y los rituales que regían el tardeo. Sentada en una terraza, oculta la mirada tras la discreta oscuridad de sus Ray-Ban, otearía las mesas próximas. Percibió su olor antes de verlo. Ese olor suave, afrutado, envolvente, pero a la vez fresco y húmedo como el pozo en el que arrojaba los restos de sus presas. El olor de la inocencia. Él jugueteaba con una taza de café, en un entretenido divertimento, con aspecto de párvulo desvalido, cual Johnny Deep en The Tourist, a mirada descubierta.
Fue fácil el contacto, las sonrisas, la seducción de una veterana predadora a un cándido novato que no acaba de creer lo que le estaba pasando. Ella era Angelina Jolie en versión perversa. Él, sí a todo.
Apenas cerrada la puerta de casa lo abrazó. Mordió su cuello, sus hombros, clavó sus garras en prolongada caricia desde la nuca hasta la cintura. No lo hizo con saña, con el disfrute de la fiera descuartizando su presa, sino que, de forma extraña, incomprensible para ella, pareció mitigarse la llamada salvaje del instinto y una oleada de ternura se impuso a su condición. Él tampoco pareció extrañado, ni dolorido, sólo emitió suaves ronroneos que podían ser aullidos quejumbrosos o placenteros. Y en ese momento, cuando la duda y la sorpresa la tenían paralizada, se dio cuenta que era ella la que estaba a su merced. Él la cogió por la cintura y la giró suave, lentamente, colocándose a su espalda con delicadeza y, tras mordisquear el cuello, la besó. Besos níveos, que fueron cayendo delicadamente, como copos de nieve, húmedos, algodonosos, que le produjeron escalofríos y después quemaban en su piel. Copo a copo cubrió sus hombros, su nuca, su espalda, activando en ella el despertar de sensaciones, ¿o eran sentimientos? desconocidos.

Nicolás Casillas
Grupo A


Lo que no sucede

Otra vez, al asomarse a la ventana, ve la luz plateada de la luna, que vuelve a dibujar un círculo perfecto en el cielo, y ella siente que quizá esta vez sí, que esta noche podría suceder por fin. Y como cada luna llena sale al bosque, descalza, caminando horas por el mismo sendero que podría recorrer casi a ciegas. No le importan las piedras que se le clavan entre los dedos de los pies. No siente el frío cortante en la cara, ni el miedo cada vez que escucha un ruido que no conoce. Sólo puede caminar, movida por una fuerza que la domina, hasta llegar al mismo claro de siempre, rodeado de tres enormes árboles con las ramas caídas, y ligeramente iluminado por la luz de la luna.
Se queda quieta, sentada sobre sus rodillas, como si esperara que el universo la atravesara a través de la tierra, en la que hunde sus manos que ya no sienten nada. Los ojos cerrados, los pies ensangrentados, y el pecho caliente, esperando que algo dentro de ella despierte por fin esta vez.
Un minuto, y otro, y otro más, y una hora, y otra hora… Y ella, inmóvil, se aferra a la certeza de que aquello que espera acabará llegando… Bajo sus párpados, la noche comienza a desteñirse en pequeñas manchas rojizas y blanquecinas, que le hacen contraer el rostro; los párpados le tiemblan y el escozor la obliga a apretarlos todavía más. En su cabeza sólo una frase: no puede ser no puede ser no puede ser no puede ser nopuede ser nopuedeser nopuedeser. Pero ya es… es de día. El sol de invierno brilla con intensidad entre las hojas de los árboles, que caen despacio en una perezosa e indolente coreografía.
Abre los ojos y la realidad está ahí, a su lado, descarada y fría. No ha sucedido… sigue sin suceder ese cambio que cada mes espera, esa transformación que la conecte por fin con ese aullido que le grita desde dentro, ese instinto animal que le hierve en la sangre, y que se derrama en sus lágrimas, que ahora caen por su mejilla, congeladas, como ella.
Mientras camina de vuelta, sucia y ensangrentada, ve a lo lejos unos cachorros que se abren paso por el pelaje de su madre. Algunos juegan y se revuelcan, y otros se enganchan a la teta como si les fuera la vida. El pelaje gris de la madre brilla bajo el sol, cada vez más alto, y un destello se clava en los ojos de la loba, azules como un océano infinito. La muchacha tiembla asustada. Nunca ha visto una loba tan de cerca… y como todo el mundo sabe, los lobos son peligrosos. Así se lo explicaron de niña, cuando su abuela y su mamá la arropaban por las noches le acariciaban la frente y dibujaban una crucecita en su pecho infantil para guardarla de todos los males de la noche… y del lobo, que podría venir a buscarla si tardara mucho en conciliar el sueño.
Sin embargo, avanza unos pasos más, atraída hacia la loba por algo que no alcanza a comprender. Está tumbada, con el vientre hinchado y el cuerpo exhausto y dolorido, pero no aparta la mirada de sus crías. Las cobija bajo su pelaje, las limpia con su ancha lengua y las deja buscar a tientas el alimento, acomodándose apenas para hacerles sitio. A veces cierra los ojos un instante, como si el cansancio pudiera más que ella, pero vuelve a abrirlos enseguida, alerta a cualquier ruido que venga del bosque.
Las miradas de las dos se encuentran y permanecen así durante unos instantes. La muchacha siente una punzada en el pecho al contemplar a la mamífera rodeada de sus crías. Piensa en sus brazos, que nunca acunarán a un bebé, en su cuerpo, que nunca estrechará contra el suyo otro cuerpo pequeño y tibio. Y, sin embargo, no aparta la mirada. Hay algo en aquellos ojos azules que la inquieta y la atrae al mismo tiempo, algo que le resulta extrañamente familiar. La loba la observa serena, aunque alerta, como si también tratara de descubrir qué hay en aquella criatura que la contempla desde fuera. La muchacha siente que podría quedarse allí para siempre, mirándola, sin tener que fingir que no le duele, sin tener que luchar contra aquello que no puede cambiar. Por un instante, el dolor sigue ahí, pero ya no ocupa todo el espacio. Es como si intentaran averiguar qué parte de una habita en la otra, qué secreto comparten sin saberlo.
Un cachorro se aparta de los demás y la loba vuelve la cabeza hacia él. Se incorpora con torpeza, aún dolorida por el parto y con la leche derramándose de sus mamas. Sus crías se agitan a su alrededor, reclamando su atención, y ella comienza a alejarse con toda su ruidosa prole tras de sí. Uno de los lobitos se queda rezagado. La madre se detiene, lo recoge suavemente con la boca y reanuda la marcha. Los demás la siguen hasta que, poco a poco, todos desaparecen en la profundidad del bosque.
La lágrimas empiezan a nublarle la vista. Sus ojos son una vidriera borrosa y empañada que termina quebrándose en sus mejillas. Se pregunta qué sentirá esa loba que protegía y alimentaba a sus crías. Se pregunta también qué hay de malo en ella, en su propio cuerpo. Por qué cada luna llena la sangre vuelve, no crece su vientre, ni se hinchan sus pechos. Por qué, mientras el cuerpo de otras parece conocer un camino que el suyo ignora, la felina que habita en ella permanece en una hibernación interminable.
Quizá esa transformación que sueña no vaya a llegar nunca…
Ya de regreso en el hogar, se desviste por completo, y se deja caer en la bañera blanca. Deja que el agua le caiga en la cabeza y le resbale por toda la piel, hasta formar un charquito en la cavidad de su ombligo. Recuerda los ojos de la loba, serenos, pero siempre alerta, que la miraron por unos minutos. Hay algo en esa mirada que la perturba pero que a la vez le resulta extremadamente familiar.
Al salir de la bañera, está totalmente empapada, y se pasea desnuda por la casa, dejando tras de sí un sendero de huellas húmedas. Al llegar frente al espejo, observa sorprendida que ya no es la misma, que algo ha cambiado en ella a pesar de que su cuerpo sigue idéntico al del día anterior. Pero se siente fuerte, capaz, poderosa, enraizada con la tierra de una forma que aún desconoce, pero que ya puede intuir.
Ahora puede verlo: sus ojos ya no son pequeños y marrones, ahora son azules y profundos. Su melena negra ahora es plateada, incluso blanca, tiene unas preciosas uñas largas y afiladas, una silueta estilizada y suave, y una extraña sonrisa rojiza en los labios.
Al final, esta luna llena sí la ha transformado: ahora es una mujer fuerte, una preciosa loba a la que nadie puede herir, que lucha para cuidar de sí misma. Y sonríe, porque su vientre sigue y seguirá vacío, no hay cachorros a los que deba alimentar, pero tiene el alma llena, y puede caminar ligera y libre.
Al mes siguiente, abre la ventana, y ahí vuelve a estar la luna llena desafiante. Ella la mira, y sus ojos se hacen más más claros aún con su reflejo.
Algo es diferente: ahora, sólo duerme.

Lucía Álvarez
Grupo D


Lobo solitario

El hombre lobo más orgulloso de Manhattan merodea sigiloso a cuatro patas vestido con traje azul y corbata roja. Suele hacerlo de noche, camuflándose entre el follaje de Central Park.
Trota, jadea, aulla, afloja su corbata y otea a su alredador en busca de su presa.
Llueve. Ante su vista aparece una tierna muchacha vestida con chubasquero rojo con capucha. Sus negras pupilas brillan a la luz de la luna llena. Su mirada impacta sobre la de la niña, esta se estremece, retrocede y cae al suelo. Luego tiembla y convulsiona. Su chubasquero rojo es atravesado por púas que al instante se transforman en pelo, sus orejas crecen puntiagudas perforando la capucha, su boca se alarga en forma de hocico, muestra sus dientes en una clara señal de advertencia.
Se han encontrado. Ahora juntos corren a cuatro patas en busca del resto de la manada.
Auuuuuuuu!

Aronbanda
Grupo B


La luna del barista

El dolor de los huesos al desplegarse bajo la piel
Y la luna al acecho tan redonda como la mirilla de un cazador
Las farolas exhalan el frío de enero, se curvan metódicamente en La Calle Compañía.
Sentado en el borde de las escaleras hecho un ovillo, agotado, solo.
No amanece aún, espero.
La humedad de las escalones se filtra por el pelaje nuevo
El silencio absoluto me indica que te acercas…
Que pude ser tu alimento aquella noche al salir del trabajo,
Pero te mostré mi carne, te miré a los ojos
Y te dije – Te conozco. Tú también a mí, elígeme-
-¿Tienes miedo?- examinaste mi rostro con una mueca mordaz
-Tengo miedo, aun así, elígeme- respondí
En ese momento clavaste tus fauces en mi pecho y cuando la sangre brotó
Tu lengua cerró la herida sin dejar apenas cicatriz.
-Sobrevive al plenilunio de enero y volveré a buscarte aquí mismo-
Murmuraste asentando tus garras en mi nuez.
El frío no da tregua.
Todo se rompe y se entreteje en mi interior bajo el abrigo,
pero no grito. Espero.
Silencio. Te veo, sonrío.
Te conozco, pequeña bibliotecaria licántropa adicta al café con canela de Ceilán y tres de azúcar.

Mamen Somar
Grupo C


El primer perro

Sucedió cuando Siku se dirigía al espíritu del onagro que habíamos cazado, pidiéndole que nos perdonara por su muerte, alabando su fuerza, su hermoso pelaje y su juventud y lograr así, mediante el halago, que el nombre del joven asno pudiera pasar a un futuro miembro de su manada.
Amaruk había venteado a los lobos antes de que pudiéramos verlos. No eran más de media docena, que, al igual que nosotros, llevaban muchas horas siguiendo el rastro de la manada. Y ahora se habían decidido a tentar a la suerte y robarnos nuestra presa si conseguían atemorizarnos y hacer que la abandonásemos.
No lo lograron. Nuestra respuesta a su intento, con Natsik, el jefe de nuestro clan al frente, les hizo cambiar de opinión y retirarse.
Amaruk siguió a una hembra, y le propinó una lanzada que debió de herirla en el corazón, pues después de correr una corta distancia cayó muerta.
Lo que le costó, más tarde, la amonestación de Siku, nuestra mujer- medicina, que antes del banquete, lo apartó de la hoguera para no avergonzarlo delante de todos. Aunque no la oíamos, el discurso estaba claro a través de los gestos: la loba ya huía, no había porqué matarla. El orgulloso clan del Alce Negro, del que formábamos parte, no mataba a los otros hijos de la tierra sin una razón.
De vuelta al vivac que habíamos establecido junto al arroyo, Tuktu, mi hijo menor, encontró a la cachorra de lobo, que temblando aterrorizada, se acurrucaba en un pliegue del terreno.
Se acercó a la pequeña huérfana, con la intención de verla de cerca, pero Natsik soltó un gruñido que mi hijo interpretó correctamente, dando media vuelta de inmediato.
Pero ocurrió que la lobita empezó a seguir a mi hijo, con pasos indecisos primero y luego decididamente. Los otro miembros del clan le lanzaban miradas de reojo: sorpresa en todas ellas, y simpatía o desaprobación.
Cuando caída ya la noche, Tuktu escondió un trozo del hígado del onagro que ya se estaba asando, y empezó a alejarse del vivac y del campo visual de Natsik, comprendí de inmediato sus intenciones.
Una semana más tarde, la cachorra ya se mantenía cerca del hogar común y seguía a mi vástago por todas partes.
Una noche hubo que decidir, ante las quejas de algunos miembros del clan, si el animal podía seguir a nuestro lado o no. Se decidió que sí, probablemente por la simpatía a la que se hacía acreedor el que se había convertido en valedor del animal.
Y también porque cuando se cumplió la primera luna desde su aparición, y con el clan en torno a la hoguera, la loba se había presentado con un gazapo en la boca, que depositó cuidadosamente frente a Tuktu. La pequeña gran cazadora.
Natsik, aceptó la decisión con la condición de que, en la reunión anual de clanes del equinoccio de primavera, se sometiera al Gran consejo. Y si allí también la decisión resultaba favorable, se podría darle un nombre a la loba.
Yo me llamo Ayla y soy una de las mujeres jóvenes del clan del Alce Negro. Ella se llama ahora Amaruq, es decir "lobo gris". Ese nombre invoca la astucia y la resistencia en la caza.
Y con el nombre, ha adquirido su derecho a pertenecer al clan. 

Carlos Coca
Grupo C


La llamada de la luna

«¡Otra vez, no!», se lamentó. Estaba convencido de que el tratamiento había surtido efecto. De hecho, así fue en los últimos catorce meses, las últimas catorce lunas. Nunca había disfrutado de un periodo de felicidad tan largo.
Pero, en este momento, todo había cambiado. Los síntomas eran inequívocos. El ardor en las piernas y en los antebrazos no le permitía albergar ninguna duda: la transformación comenzaba.
«¡Ahora, no! ¡Esta vez la quiero!», lloró anticipando los signos de la enfermedad que aparecerían a continuación: el espantoso crujido de las mandíbulas, el fuego en las últimas vértebras, las punzadas en el nacimiento de las uñas…
Alzó la vista hacia el cielo. Empezaba a teñirse de púrpura hacia el oeste. No tardaría mucho en anochecer y levantarse esa luna llena que tenía por inofensiva.
«A las otras apenas las conocía. Me arrepentí a la mañana siguiente, aún con su sangre manchando las comisuras de mi boca», reconoció, pero enseguida excusó aquellos actos, achacándolos a la impetuosa naturaleza de su lado animal. «Eran presas y yo una fiera hambrienta. La ley de la montaña, nada más».
Ahora, sin embargo, era muy distinto: Paula había eliminado la oscuridad de su vida abriendo su mundo interior para que un aire purísimo barriera todos los desechos. Por primera vez se sentía limpio y dichoso de vivir. Poco a poco, ella se había convertido en su centro de gravedad.
Un picor desvió sus pensamientos; se rascó una pierna y se asustó al comprobar que el vello le iba cubriendo toda la piel. Le acometió el miedo a lo atávico.
Se puso en pie y salió de la cabaña que compartían. Caminó un centenar de pasos antes de volverse para ver la luz en la ventana. Oyó a Paula pronunciar su nombre. Con tristeza se puso a cuatro patas y se echó a correr, alejándose de allí en dirección al barranco por cuya cima comenzaba a despuntar la luna. Percibió el viento frío balanceando los pelos de su cola y el dolor de las zarpas desnudas golpeando el suelo pedregoso. Notaba, en fin, su alma salvaje cuajándose en la saliva.
Alcanzó el borde y se detuvo. Su estampa se recortó durante unos segundos contra un cielo ya oscurecido. Y sintió un hambre descomunal.
Con esfuerzo logró contener el impulso de cazador. Se obligó a detenerse en lo más alto del roquedo y tratar de recuperar la imagen de su amada. Cuando al fin lo consiguió, dos lágrimas corrieron sobre su pelaje. Miró hacia la luz de la casita donde ella le estaría esperando y volvió a aullar: un aullido lúgubre jamás escuchado por esos montes, un alarido escasamente humano resonando en la noche: Paula.
Tras un tenso silencio, encaró a la luna y se lanzó al abismo.

Pepe Lorenzo
Grupo B


La sonrisa de la luna

La luz parpadeante me obligó a mirar el móvil que había puesto a cargar en la mesilla. Alguien había colgado un meme en Teams con mi foto de perfil. Abría y cerraba la boca mecánicamente: «no, no, no funciona…no, no, no funciona…», repetía y repetía. Los ojos desorbitados, el pelo erizado. Gruesas gotas de sudor caían en un cubo a sus pies. Al fondo, la pantalla del maldito PowerPoint aparecía y desaparecía. Un meme muy logrado, seguro que había sido Sergio, que es un crack de la informática. Inmediatamente empezaron los «ja, ja, ja» en el chat. Me levanté de un salto. La rabia competía con los latidos que inflamaban mi garganta. ¿Eso eran compañeros? ¿Es que nadie se había quedado en blanco en una presentación? Tanto tiempo preparando el PowerPoint del proyecto y se cae el sistema. No supe reaccionar, es cierto. Las ideas se fugaron inesperadamente, un vacío se abrió en mi cabeza. Salí de la sala con una disculpa sobre un repentino mareo. Pero ¿ahora esto?, ¿quién se creían que era yo? Me puse el pantalón del chándal y las deportivas. La casa de Sergio estaba al final del parque.
Un golpeteo en la columna me dobló al suelo y la luna sonrió al aullido salvaje, complacida por el despertar de uno de sus hijos. La noche se tiñó de rojo y cientos de olores me golpearon el hocico. Una fuerza brutal impulsó mis garras. Cinco conejos, ocho ardillas y diez palomas. El sabor metálico de la sangre se mezclaba con pelos y plumas. La valla era baja; no supuso nada ir dejando las presas sobre los pensamientos y crisantemos que adornaban la puerta. Veintidós piezas desgarradas, tiñendo con su sangre los pétalos coloridos.
Esa mañana esperé unos minutos en el recibidor hasta comprobar que todos estaban en su sitio. Lentamente atravesé el pasillo con un nuevo fulgor en la mirada; una leve sonrisa dejaba asomar ligeramente el pico de los colmillos. Nadie osó levantar los ojos del ordenador, pero el hedor de su miedo atravesaba las mamparas de los cubículos.

Araceli Broncano
Grupo C


Metamorfosis

Marta leía una carta que había recibido esa mañana. Solo pude ver que estaba manuscrita, una letra temblorosa trazada con bolígrafo de color azul.
Se limpió varias lágrimas que deslizaban por sus mejillas.
—¿Estás bien? ¿Son malas noticias? —pregunté intrigado.
Me miró, apretó los labios y miró al techo mientras respiraba hondo.
—Tengo que irme —dijo con el semblante triste.
—¿Cuándo volverás? —pregunté sin entender su respuesta.
—No volveré —me dijo mientras las lágrimas volvían a brotar de sus ojos.
Marta era mi pareja. Intuí que eso era un adiós, no solo a su trabajo y su vida actual, sino también a nosotros como futuro. Trabajábamos juntos en una consultoría ambiental, evaluábamos que las empresas cumplieran con los criterios exigidos en materia medioambiental. Los dos éramos muy escrupulosos. Nuestro amor por la naturaleza y los animales nos acercó hasta que congeniamos y terminamos conviviendo.
—Tienes que darme una explicación —la increpé agarrándola del brazo antes de que se marchara con sus maletas—. No puedes dejarme así. ¿Qué ha pasado?
—Mi padre está mayor, no puede valerse por sí solo. Tiene problemas en el pueblo. Tengo que volver. No te puedo explicar nada más —me dijo mirándome fijamente. Sus ojos vibraban. No me sostenía la mirada.
—Me voy contigo —le dije mientras la besaba con pasión.
—No, no puedes. Tienes un futuro brillante aquí. No puedes. Quédate por favor —me dijo moviendo la cabeza mientras lloraba.
—No puedes decirme lo que sí puedo o no puedo hacer. Tú te vas. Yo me voy contigo —le dije sin analizar las consecuencias.
Me dirigí a mi habitación y comencé a preparar unas maletas.
Veinte minutos más tarde estaba preparado. Marta ya se había marchado. Había dejado una nota en el mueble de la entrada. “Lo siento. No puedes venir conmigo. Te quiero”.
Me negué. Iría a buscarla, pero no sabía dónde. Rebusqué entre sus papeles. Lo único que conocía de ella era que procedía de la comarca de Aliste en Zamora y que su padre tenía una granja de ovejas y elaboraba queso casero.
Reposté completamente el vehículo y me dirigí a Zamora. Nunca había estado en aquella zona. Me llamó la atención la irregularidad del terreno, la abundancia de zonas verdes y la cantidad de rocas graníticas que había diseminadas por todas partes. Las construcciones eran de piedra, igual que la mayoría de las paredes de las fincas.
Esa tarde recorrí doce pueblos en los que nadie conocía a Marta ni a su familia. Se hizo de noche.
Como buen biólogo, no tenía problemas para dormir en mitad del campo. Tumbé el asiento del vehículo y me acurruqué. En mitad de la noche un aullido cercano me sobresaltó. Sabía que estaba en tierra de lobos. Lo oí muy cerca, profundo y continuo. Era intenso, primitivo y conmovedor. Me bajé del vehículo para ver si conseguía atisbar al lobo.
Salí con cautela, en silencio para no asustar al animal. Rodeé el vehículo y me adentré en una zona de carrascos y encinas que se encontraba a pocos metros del coche. La luna, gibosa creciente, se mostraba en el horizonte. Faltaban uno o dos días para que fuera luna llena. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. El viento soplaba de cara, por lo que no olería mi rastro. Avancé varios metros, pero no vi nada.
Justo cuando me iba a dar la vuelta sentí como si hubiera quedado atrapado en un cepo. Me giré y me asusté con lo que vi. Diría que era un lobo, pero anormalmente grande, con el pelaje grisáceo. Me había mordido el tobillo. Caí al suelo e intenté golpearlo con la otra pierna. No era un lobo normal, era mucho más grande con características antropomórficas, mitad lobo, mitad hombre. Otro apareció detrás de él y de un empujón desplazó al que me había mordido. Se acercó despacio, me olfateó y los dos desaparecieron.
Tardé dos minutos en recomponerme intentando racionalizar qué había ocurrido.
Volví al coche y cerré las puertas con seguridad. Cogí el botiquín y me limpié la herida. Tenía las marcas de su dentadura, pero lo peor eran los incisivos que habían penetrado lo suficiente para que me preocupara.
—Hala, a ponerme la vacuna de la rabia mañana sin falta —susurré.
Al día siguiente me levanté con dolor de cabeza, un poco desorientado. El coche apestaba a sándwich de jamón y queso que tenía en la mochila. Arranqué el coche y abrí la ventana. Una sinfonía de olores se apoderó de mi pituitaria: hierba mojada, estiércol, encinas, robles. Aquella mañana estaba especialmente sensible. El ruido del motor del coche me molestaba. Cerré la ventana. Alguna junta debía haberse soltado porque sonaba estrepitosamente.
Avancé unos diez minutos y encontré el pueblo de Marta. Me lo indicaron unas señoras muy amables. Vivía a las afueras del pueblo. Era una casa baja de piedra, irregular. Llamé a la puerta y abrió un hombre entrado en años, con el pelo blanco, curtido por el sol y el quehacer diario. Tenía cara amable, bueno la tuvo hasta que pregunté por su hija. Su expresión cambió rápidamente.
—Soy Mikel, la pareja de su hija —le expliqué con amabilidad.
Extendió la mano y apretó con fuerza. Mis nudillos se retorcieron. Intenté no hacer ninguna mueca, pero el hombre no paró hasta que me quejé de dolor.
—¡Papá! —exclamó Marta que apareció por la parte trasera—. No seas cruel.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras —me recriminó dándome un puntapié justo donde la noche anterior me había mordido la bestia. No me quejé.
Marta me enseñó el lugar, las ovejas y la pequeña quesería que tenía su padre. Me explicó que no podía mantenerla solo y necesitaba su ayuda.
—Yo me quedo contigo. Quiero pasar mi vida contigo —le dije y la besé.
—No, no, no, no lo entiendes. No puedes. Hay algo que no entiendes —me dijo con cara de preocupación.
Nos sentamos a comer alrededor de la lumbre. Aníbal, que así se llamaba el padre de Marta, estaba asando unas chuletillas de cordero. Yo era vegetariano, pero el olor de aquella carne dorándose me produjo una increíble salivación. Me relamía con frenesí. Agarré un trozo y me di cuenta de que Marta me observaba con preocupación. Intenté contenerme.
—El pan está exquisito —dije mientras intentaba desviar la atención.
Por la tarde fuimos a dar un paseo por el pueblo. Vimos llegar tres vehículos todoterreno de los que bajaron unos hombres que por su indumentaria parecían un comando militar. Se tomaron decenas de cervezas en la terraza del bar. Nosotros nos habíamos sentado en unos bancos de piedra que había al lado de la iglesia. Desde allí oía la conversación de los hombres, aunque estaban a más de treinta metros. Estaba asombrado.
—…hoy es luna llena y los últimos avistamientos han sido por esta zona. Esta noche lo cazamos. Ya verás, va a ser un hito histórico… —dijo uno de los forasteros mientras daba un puñetazo sobre la mesa.
Marta tiró de mi mano con celeridad. Me llevó hacia su casa.
—Padre, padre. Tenía razón. Están en el bar. Esta noche le acecharán —dijo preocupada.
Observaba la conversación, pero era incapaz de entender qué estaba pasando.
Aníbal se levantó y comenzó a recorrer la estancia de un lado a otro. Se quedó mirando el fuego y terminó mirándome a mí.
—A éste o lo mandas a la ciudad o lo encierras —dijo secamente mientras me apuntaba con la mano.
Miré a Marta. No entendía nada. Yo no había hecho nada. No sabía por qué. No había captado nada de la conversación. ¿Qué pasaba?
Marta me encerró en su habitación. Lo acepté con tal de que me dejara quedarme con ella. La mordedura de la noche anterior me dolía cada vez más. Entendí que seguramente estaba infectada.
A través del ventanuco me quedé mirando cómo la luna llena comenzaba a despuntar en el cielo oscuro. Algo en mi interior comenzó a vibrar. Los dedos empezaron a dolerme. La sangre hervía. Los huesos me quemaban.
Pensé en la cena, algo me había sentado mal, o quizá había sido la comida, mi estómago no estaba acostumbrado a devorar tanta carne.
El dolor no disminuía. Sentía como si me estuvieran estirando todas las extremidades a la vez. La mandíbula parecía desencajarse. Salivaba abundantemente.
Pensé en la mordedura que había sufrido, pero no podía ser la rabia porque el tiempo de incubación del virus era de varios días. Me picaba todo el cuerpo, un picor inaguantable.
¿Podría ser alguna reacción alérgica? Fue lo último que pensé. Agarré la mochila para coger un calmante, pero no me dio tiempo a tomármelo.
El dolor se hizo muy intenso. Me retorcía en el suelo. No quería gritar para no asustar a Marta, pero no pude contenerme. Grité de dolor con todas mis fuerzas. Noté cómo se quebraban todas mis costillas. Mi caja torácica se expandió. Todas mis uñas me dolían como si me las hubieran arrancado. No había parte de mi cuerpo que no me doliera.
Oí unos disparos. Me incorporé rápidamente. Los dolores desaparecieron en el momento. Me sentí fuerte y ágil. De un empujón derribé la puerta. No había nadie en casa. Salí en dirección al sonido de las detonaciones. El olor a pólvora me indicaba la dirección que debía tomar.
Comencé a correr en esa dirección. Saltaba los muros de las cortinas sin esfuerzo, de un brinco. En la distancia vi a varios hombres alrededor de un cuerpo que se retorcía en el suelo. Era un animal grande, con pelaje grisáceo. Enseguida lo reconocí. Era la bestia que me había mordido la noche anterior.
Pensé en Marta. Una furia desproporcionada se apoderó de mí. No tenía miedo. No estaba asustado. Corrí hacia ellos, salté y en ese instante fui consciente de mi aspecto. Mis manos eran garras enormes cubiertas de pelo. No me detuve. Una furia descontrolada había tomado el control de mis acciones.
De tres empujones aparté a cinco cazadores. Intentaron reaccionar con sus armas, pero rápidamente despedacé sus rifles de un golpe. A mi derecha uno había conseguido reponerse y me apuntaba con el arma.
Apareció Marta. La reconocí por su olor. De un salto lo desarmó. Me fijé en su aspecto, era similar al mío. Estaba preciosa. En cuestión de tres minutos degollamos y dejamos sin vida a los furtivos asesinos. Marta se arrodilló ante el cuerpo de su padre que exhalaba su último aliento y paulatinamente recuperó su forma humana. Marta lloraba desconsolada.
Al día siguiente dimos sepultura a mi suegro Aníbal en el cementerio del pueblo. Ya ha pasado un año. Hoy hemos dejado flores en su tumba.
Nuestra vida ha cambiado para mejor. Nos hemos hecho cargo de la quesería. Vivimos en plena naturaleza, la sentimos, la disfrutamos y la respetamos. Entre los dos hacemos lo posible por protegerla.
En primavera esperamos cachorros.

Max Ferlam
Grupo B


¿A quiénes acechamos en el día de hoy?

Nada me da tanto asco como la soberbia. Presumir de lo que nunca fuiste y jamás conseguirás me parece de seres patéticos. Yo soy de los que prefieren ir con la verdad por delante y enseñar los colmillos antes incluso de ver el peligro asomar. Por si acaso.
Vivo rodeado de otros como yo. Acechamos a nuestras presas, pobres indefensos, hasta dejar unos pocos restos que más adelanta servirán de suculento aperitivo a los carroñeros. No lo hacemos por alimentarnos. Qué excusa tan vulgar. En el fondo nos encanta esa sensación de estar delante de una pobre alma indefensa, asustada, huidiza, para después abalanzarnos sobre ella, morderla en la yugular y sentir cómo la vida se desprende hasta dejar un cuerpo inerte tirado en el suelo.
Oculto mi pelaje con un anodino uniforme de traje y corbata. En la ciudad no me hace falta mostrar mi silueta canina así que prefiero erguirme sobre las dos patas traseras para caminar como un vulgar humano. Me dirijo a la guarida donde habito junto al resto de la manada. Es un enorme rascacielos de ventanas acristaladas y luces de neón que anuncian nuestra presencia.
Aquí nos desenvolvemos entre computadoras, gráficos, números y estadísticas que parecen no decir nada y que solo sirven para esconder el dolor de las gentes que servirán para alimentar nuestros estómagos. Me alegro de no estar en tu lugar, pobre víctima de nuestra ansia devoradora. El hambre no descansa. Aúlla en mi tripa y me incita a la búsqueda. Ahora te he encontrado a ti. Mañana será otro desgraciado como tú que vino a cruzarse por mi camino.
Fauces implacables, colmillos afilados y furia desatada. Eso es lo que somos. Mis hermanos aullarán discursos interminables sobre la responsabilidad, la obligación de cumplir con tus obligaciones, de saldar tus deudas, de leer los contratos hipotecarios antes de firmarlos. Yo, no. Me niego a inventar relatos para presumir de algo que nunca hice. Ya te dije al principio que odio la soberbia. Eso no quita para que me encante la hipocresía. Me sirve para poder mirarme al espejo sin tener que limpiar la sangre que ensucia mi camisa al haber engullido tus escasos ahorros, tus insignificantes posesiones, tus preciados y míseros bienes. Y todo eso tan solo para engordar la cuenta de resultados de los inversores, otros hermanos predadores como yo.

Maite BT
Grupo C


Loba inuit

“Cuenta la leyenda que hace miles de años, las luces de la aurora boreal quedaron atrapadas dentro de las rocas debido a una gran tormenta dejando al cielo en completa oscuridad.
Esto provocó un gran temor en la población que extrañaba ver los colores danzar en la noche.
Para solucionar el problema, un valiente guerrero inuit caminó hasta la costa guiado por un extraño resplandor.
Al encontrar las piedras opacas, tomó su lanza y las golpeó con fuerza. El impacto rompió las rocas y liberó la mayor parte de las luces, las cuales, ascendieron al firmamento, devolviendo la aurora boreal al cielo.
Sin embargo, el guerrero no logró golpear todas las piedras. Una parte de las luces místicas quedó atrapada para siempre en las rocas profundas, dando origen a la labradorita”
Ésa era la leyenda que le gustaba oír a Ericka. La contaba su abuela dentro de un tipi al calor de la hoguera, sosteniendo entre sus manos dos piedras que resplandecían y cambiaban de color según les diera la luz.
Desde niña ella siempre se sintió especial al regazo de los suyos. Tenía un olfato muy desarrollado, un hambre voraz y una larga cabellera cubría sus enormes ojos verdes. Era muy independiente y segura de si misma, lo que ahuyentaba a todos los pretendientes de la tribu. Su habilidad para despiezar alimentos con sus manos tampoco ayudaba mucho. La consideraban demasiado salvaje.
Se movía con sigilo por las noches para trepar a lo alto de los montes y observar la luna, a veces en el cielo. Otras, reflejada en los riachuelos.
Se decía que las auroras boreales, la última luna llena de Octubre, bajarían a tocar la tierra, dando a cada uno de los adolescentes su pequeño lugar en la tribu y su gran poder.
Todos ansiaban poder ser grandes cazadores, tener un buen tótem, un guía que los acompañara siempre. Algunos, soñaban con ser águila para vislumbrar el horizonte, otros caballos, otros hurones, incluso había los que querían ser osos u hormigas.
Sin embargo, la noche llegó con una noticia nefasta. Tiara, la abuela de Ericka, quedó dormida en un largo sueño, del que ya no despertaría. Ericka, al conocer la noticia salió corriendo al bosque en busca de algún remedio que pudiera aliviar su rabia y su tristeza que acudieron rápido a su cara. No podía dejarla así en ese momento. No, en su día especial.
Encontró entre los matorrales, centeno con cornezuelo y belladona y los tomó rápidamente. Su dolor era insoportable. No se había despedido de su abuela. Quería verla por última vez. Juntó los ingredientes y los tomó con un sorbo de agua recogida de unos helechos.
Pasados unos segundos empezó a notar como su cuerpo convulsionaba ferózmente. Sus manos se tornaron espeluznantes, con garras en lugar de uñas. Sus piernas eran patas. Tenía mucha fuerza. Su voz era gutural. No puede ser verdad! Se había convertido en una lubin!
Corrió, sin descanso a lo alto de un risco, justo donde la aurora boreal tocaría la tierra, con la idea de poner fin a su vida. No sólo había perdido a Tiara sino que ahora era un lobo! Y su tribu encima le daría caza!!!
Se reunían ya cerca del fuego de la hoguera para que los más sabios del lugar guiaran los pasos de los pequeños hacia su animal espiritual. Tótem que llevarían en sus lanzas tallados en madera para recordarles sus dones. Sólo tenían que dejar volar su conciencia, mirar al cielo estrellado y su animal protector aparecería.
Los innumerables colores de la aurora boreal danzaban en el cielo y justo cuando Ericka llegó a la cima e iba a saltar al vacío, un rayo verde, azul, naranja, amarillo la alcanzó en el pecho. Quedó inconsciente pero su mente voló como nunca.
- Despierta Ericka,- Le hablaba una lupin envejecida pero con ojos vibrantes.
- Llevas en tu ADN la sangre de tu manada. Tu tótem es el lobo. Eres fuerte, valiente y tu guía siempre te acompañará. No debiste ingerir aquellos ingredientes porque tu vida pende de un hilo ahora. Más como me has seguido hasta las estrellas que sepas que tu maldición de convertirte en loba solo será los días de luna llena. El resto del tiempo serás mortal, pero esos días recuerda quedarte en tu guarida.
Tras un tierno abrazo se despidieron.
La tribu, al no saber de Ericka emprendió una búsqueda y pasados dos días la encontraron magullada y con una piedra verde entre sus manos.

Virginia Rodríguez Fariña
Grupo B


Mamá loba

La mujer loba llega a casa hecha unos zorros y entra por el pasillo como un elefante en una cacharrería. Resopla, con lo que cuesta limpiar la sangre de la ropa. ¡Y con la camisa blanca recién estrenada! Mira que se lo avisó su madre cientos de veces, no salgas de noche sin mirar el calendario lunar. Pero si va todo el día como un pollo sin cabeza. Además, no quería ir a la cena, son todos unos borregos pero esta vez no podía negarse. Y estaba lloviendo, ¿quién encuentra así la luna?
Tiene que serenarse, su hija podría despertarse, es capaz de escuchar el vuelo de una mosca. Será una loba fantástica, fuerte y veloz, ya se lo ha contado todo, están preparadas, pero espera que aún tarde un poco en suceder.
Entra en la cocina de puntillas, cena como una pajarilla. Lo peor es lo de las uñas, las pezuñas le destrozan la manicura. Escucha el canto de un gallo, no puede ser tan tarde, mañana va a estar agotada, todo el día cargando como una mula.
Antes de irse a dormir, donde le espera el abrazo de oso de su marido, se da una ducha ardiente que le deja la piel rosada como el de una cerdita. Entra en la habitación de su hija que duerme sonriente como una preciosa marmota adolescente. Se sienta a su lado. ¿Qué asoma por la comisura de sus labios?, ¿es sangre?. Le busca las manos por debajo de las sábanas, tiene las uñas destrozadas. La mariposa salió de su crisálida.

Adelaida Navaridas
Grupo D


Madre loba

Madre loba está preocupada.
Madre loba sabe que hoy es día veintiséis de octubre y habrá luna llena, que su hijo preferido sufrirá la transformación maldita que lo convertirá en hombre durante una noche.
Madre loba no puede tranquilizarse, su hijo se convertirá durante unas horas en un ser sanguinario, implacable, capaz de las mayores atrocidades. Todo el bosque conoce la perversidad del hombre. Durante una noche, ningún animal se atreverá a merodear por la espesura, ni por los claros con mayor visibilidad. Los más débiles deberán esconderse en lo más profundo de sus madrigueras y las crías no separarse de sus madres, si no quieren poner en peligro sus vidas a manos del oportnácil que ella engendró hace tres años.
Madre loba consiguió ocultar la maldición de su hijo mientras fue un cachorro y un joven lobo adulto, pero esta vez se convertirá en un hombre de treinta años, fuerte y aguerrido como es su hijo, capaz de las mayores barbaridades. Ella intuye que los lobos jóvenes, más atrevidos e inconscientes, correrán un grave peligro si osan salir a patrullar a la luz de la luna. Especialmente las hembras más jóvenes.
Madre loba encierra a su hijo en una trampa para lobos, pero al transformarse en humano es hábil y muy inteligente, por lo que consigue escaparse y vagar por el bosque durante toda la noche.
Madre loba, a la mañana siguiente, escucha el sollozo de algunas familias de lobos y de otros animales, que lloran la carnicería que el oportnácil ha perpetrado en sus guaridas.
Madre loba intuye que su hijo será juzgado por la manada, que no tendrá piedad con un miembro del clan capaz de convertirse en un ser tan monstruoso.

Manuel Medarde
Grupo A
  

El hombre lobo más orgulloso

El hombre lobo más orgulloso de la provincia no solo era un engreído, que se jactaba continuamente de su buena planta, su gran inteligencia y sus habilidades, también era capaz de transformarse sin necesidad de recurrir a la luna llena. Esto fue su perdición. Para demostrar que era el mejor, se le ocurrió la peregrina idea de convertirse en lobo en mitad de la reunión anual del gremio de ganaderos. Duró exactamente cinco segundos.

Manuel Medarde
Grupo A

Fiesta de los maniquíes

Esta semana el tema que centró nuestro interés en el taller fue el maniquí. No el del bazar de un gran modisto, famoso en París, como el maniquí parisién al que cantaba Sara Montiel sino los del fotógrafo Victorino García Calderón. Así que el taller se convirtió en una "Fiesta de los maniquíes" como la canción de Golpes Bajos.
Trescientos sesenta rostros de niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, seres andróginos, una extraña multitud que te mira, te escucha y te interpela cuando los visitas en la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes, lugar en que está expuesto este espléndido trabajo del fotógrafo.
Inspirado en los escaparates de Eugène Atget, en el París de 1900, Victorino comienza a coleccionar imágenes de maniquís allá por donde le llevó el destino. Francia, Suiza, Turquía, Portugal y España son algunos de los países de procedencia de su catálogo de maniquís. Un trabajo de más de treinta años y un millar de fotografías recién salido del cajón para ocupar las paredes de una sala. Un proyecto y un sueño hechos realidad.
Este asunto del maniquí no viene de ahora, ni siquiera de ese París que refleja Atget. Ya en Egipto existía el maniquí, y no nos referimos a las momias que también tienen alma, o mejor aún, carcasa de maniquí, sino a los que servían para la confección y entallado de los vestidos y trajes de los faraones.
El maniquí es un trasunto de lo que somos, un alter ego, nuestra conciencia. El título de la exposición "Nos-otros" refleja muy bien en qué medida esos otros cuerpos inanimados forman parte de nuestra vida y nosotros de la de ellos. Un "otros" que se convierte en "nosotros". El maniquí es portador, en muchos casos, de la expresión de un deseo o un sueño: un traje de novia, un abrigo, un chaqué o una prenda deportiva o vaquera. Pero también el maniquí porta un cabello, postizo o natural; una joya o un menú en sus manos en la puerta de un restaurante.


El maniquí forma parte de las obsesiones de muchos artistas. Ramón Gómez de la Serna tenía en su torreón una muñeca de cera. Era su musa, su confidente, su amante, la que le inspiró su libro "Senos". Puedes conocer su historia en este artículo de Eva Díaz publicado en El Mundo. El artista salmantino Enrique Marty convive con "muñecos catódicos": niños y adultos inquietantes salidos de una pesadilla o fruto de una mutación. El pintor Kokoschka mandó hacer un maniquí cera con el que paseaba por las calles de Dresde o iba al teatro.
Pero también son muchos los textos inspirados en maniquís, desde poemas y microrrelatos como los que leímos en la ficha del taller a cuentos como el de Vicente Blasco Ibáñez titulado "Maniquí".
El maniquí también aparece en una de las obras del teatro imposible de Federico García Lorca. En la obra Así que pasen cinco años hay un diálogo dramático y lírico entre un joven que no cumplió su deseo de ser esposo y padre y un maniquí que simboliza su conciencia. Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos señala que el maniquí es una imagen del alma en la mentalidad primitiva, como el espantapájaros o los muñecos. Si tienes interés en la obra de Lorca puedes descargártela en este enlace. Aquí transcribimos ese diálogo teatral:

(Entra en escena el Maniquí con vestido de novia. Este personaje tiene la cara gris y las cejas y los labios dorados como un maniquí de escaparate de lujo. Lleva peluca y guantes de oro. Trae puesto con cierto embarazo un espléndido traje de novia blanco, con larga cola y velo.)

MANIQUÍ. (Canta y llora.)

¿Quién usará la plata buena
de la novia chiquita y morena?
Mi cola se pierde por el mar
y la luna lleva puesta mi corona de azahar.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo,
se hundió por las arenas del espejo.
¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?
Se lo pondrá la ría grande para casarse con el mar.

JOVEN.

¿Qué cantas, dime?

MANIQUÍ.

Yo canto
muerte que no tuve nunca,
dolor de velo sin uso,
con llanto de seda y pluma.
Ropa interior que se queda
helada de nieve oscura,
sin que los encajes puedan
competir con las espumas.
Telas que cubren la carne
serán para el agua turbia.
Y en vez de rumor caliente,
quebrado torso de lluvia.
¿Quién usará la ropa buena
de la novia chiquita y morena?

JOVEN.

Se la pondrá el aire oscuro
jugando al alba en su gruta,
ligas de raso los juncos,
medias de seda la luna.
Dale el velo a las arañas
para que coman y cubran
las palomas, enredadas
en sus hilos de hermosura.
Nadie se pondrá tu traje,
forma blanca y luz confusa,
que seda y escarcha fueron
livianas arquitecturas.

MANIQUÍ.

Mi cola se pierde por el mar.

JOVEN.

Y la luna lleva en vilo tu corona de azahar.

MANIQUÍ. (Irritado.)

No quiero. Mis sedas tienen,
hilo a hilo y una a una,
ansia de calor de boda.
Y mi camisa pregunta
dónde están las manos tibias
que oprimen en la cintura.

JOVEN.

Yo también pregunto. ¡Calla!

MANIQUÍ.

Mientes. Tú tienes la culpa.
Pudiste ser para mí
potro de plomo y espuma,
el aire roto en el freno
y el mar atado en la grupa.
Pudiste ser un relincho
y eres dormida laguna,
con hojas secas y musgo
donde este traje se pudra.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo.

JOVEN.

¡Se hundió por las arenas del espejo!

MANIQUÍ.

¿Por qué no viniste antes?
Ella esperaba desnuda
como una sierpe de viento
desmayada por las puntas.

JOVEN. (Levantándose.)

Silencio. Déjame. ¡Vete!,
o te romperé con furia
las iniciales de nardo,
que la blanca seda oculta.
Vete a la calle a buscar
hombros de virgen nocturna
o guitarras que te lloren
seis largos gritos de música.
Nadie se pondrá tu traje.

MANIQUÍ.

Te seguiré siempre.

JOVEN.

¡Nunca!

MANIQUÍ.

¡Déjame hablarte!

JOVEN.

¡Es inútil!
¡No quiero saber!

MANIQUÍ.

Escucha.
Mira.

JOVEN.

¿Que?

MANIQUÍ.

Un trajecito
que robé de la costura.

(Enseña un traje rosa de niño.)

Dos fuentes de leche blanca
mojan mis sedas de angustia
y un dolor blanco de abejas
cubre de rayos mi nuca.
Mi hijo. ¡Quiero a mi hijo!
Por mi falda lo dibujan
estas cintas que me estallan
de alegría en la cintura.
¡Y es tu hijo!

JOVEN. (Coge el trajecito.)

Sí, mi hijo:
donde llegan y se juntan
pájaros de sueño loco
y jazmines de cordura.

(Angustiado.)

¿Y si mi niño no llega...?
Pájaro que el aire cruza
¿no puede cantar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

¿Y si mi niño no llega...?
Velero que el agua surca
¿no puede nadar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

Quieta el arpa de la lluvia,
un mar hecho piedra ríe
últimas olas oscuras.

MANIQUÍ.

¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?

JOVEN. (Entusiasmado y rotundo.)

Se lo pondrá mujer que espera por las orillas de la mar.

MANIQUÍ.

Te espera siempre, ¿recuerdas?
Estaba en tu casa oculta.
Ella te amaba y se fue.
Tu niño canta en su cuna
y como es niño de nieve
espera la sangre tuya.
Corre, a buscarla, ¡deprisa!,
y entrégamela desnuda
para que mis sedas puedan,
hilo a hilo y una a una,
abrir la rosa que cubre
su vientre de carne rubia.

JOVEN.

He de vivir.

MANIQUÍ.

¡Sin espera!

JOVEN.

Mi niño canta en su cuna,
y como es niño de nieve
aguarda calor y ayuda.

MANIQUÍ. (Por el traje del niño.)

¡Dame el traje!

JOVEN. (Dulce.)

No.

MANIQUÍ. (Arrebatándoselo.)

¡Lo quiero!
Mientras tú vences y buscas,
yo cantaré una canción
sobre sus tiernas arrugas. (Lo besa.)

JOVEN.

¡Pronto! ¿Dónde está?

MANIQUÍ.

En la calle.

JOVEN.

Antes que la roja luna
limpie con sangre de eclipse
la perfección de su curva,
traeré temblando de amor
mi propia mujer desnuda.

(La luz es de un azul intenso. Entra la Criada por la izquierda con un candelabro y la escena toma suavemente su luz normal, sin descuidar la luz azul de los balcones abiertos de par en par que hay en el fondo. En el momento que aparece la Criada, el Maniquí queda rígido con una postura de escaparate. La cabeza inclinada y las manos levantadas en actitud delicadísima. La Criada deja el candelabro sobre la mesa del tocador. Siempre en actitud compungida y mirando al joven. En este momento aparece el Viejo por una puerta de la derecha. La luz crece.)

***

En la sesión recomendamos el artículo "¿Tienen los maniquíes una vida secreta?" y leímos un texto de Millás inspirado en una fotografía que mostramos a continuación seguida de sus palabras.



Quizá no salga nunca

¿Qué le pasa al maniquí? ¿Se ha vuelto loco y está tirando la ropa del escaparate? En realidad son manifestantes saqueando una tienda en Barcelona durante la pasada huelga general.
Quizá el hábito no haga al monje, pero es evidente que el escaparate hace al maniquí. Un maniquí es lo que parece el chico que vemos al otro lado del cristal. Observen su postura, sus proporciones, su vestimenta… Sabemos que es un joven de carne y hueso por lo que decía el pie de foto y porque parece el responsable del vuelo de los pantalones vaqueros, también extrañamente detenidos en el aire. ¿No deberían haber salido movidos, desenfocados, borrosos?
Pues no, ya ven, se aprecian sus costuras, sus etiquetas, su color… El movimiento está representado por quienes esperan, alborozados, la caída de las prendas que se llevarán a casa sin pagar. Quizá, piensa uno, no caigan nunca, quizá el chaval no salga jamás del interior del escaparate.
El escaparate es, por definición, “el otro lado”. Si se pudieran calcular las horas que el que suscribe ha pasado con la cara pegada al cristal de un escaparate, el resultado nos asombraría. De haber empleado ese tiempo en estudiar, podría ser notario.
Los escaparates de las pastelerías, de las jugueterías, de las librerías… Los escaparates de las tiendas de confección, donde reinaban mujeres indiferentes, de mirada perdida. Los escaparates de las tiendas del sexo, de las ferreterías, de los ordenadores portátiles.
Los de los grandes almacenes, los de las tiendas de ultramarinos, los de las agencias de viajes. Los escaparates pertenecían a una dimensión paralela a la realidad. Jamás se nos ocurrió que se pudiera entrar en ellos sin devenir en un maniquí. Es lo que le ha ocurrido al chico de la foto.


Propuesta de escritura

1. Tarea durante el taller: Contesta a esta preguntas en un texto breve: ¿Qué hacen lo maniquíes cuando se apaga la luz del escaparate y se cierra la tienda? ¿Tienen una doble vida?

2. Tarea para casa: Elige uno de los 360 maniquíes de la exposición de Victorino García Calderón que te guste, que te interpele, que te asuste, que te enamore. ¿Qué piensa? ¿Qué dice su mirada? ¿Qué historia te dicta al oído? ¿Qué piensa de ti? ¿Cuál es su identidad su vida? 


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Copiloto

Solo necesitaba una sonrisa. Un leve movimiento de la comisura del labio; me daba igual la derecha que la izquierda. Un gesto insignificante, eso era todo lo que te pedía. Una sonrisa o un sonriso, no voy a entrar en eso. Pero tú… Tú, nada. Seguiste ahí, como un pasmarote, con la mirada gélida perdida en el horizonte y el rostro inexpresivo, como si no ocurriera nada. Y yo… Yo con el corazón desbocado, los nervios agarrotándome los músculos.
No sé si estaba realmente tan asustado o si, por un instante, intenté imitarte: permanecer inmóvil, sin mover un solo músculo, sin pestañear, sin respirar. Aunque tú qué vas a saber de músculos… Ahí seguías, a mi lado, en el asiento del copiloto, como si nada, sin inmutarte. No sé cuánto tardé en reaccionar. ¿Tres, cuatro segundos? A mí me parecieron una eternidad.
El agente golpeaba el cristal de la ventanilla con el anillo de casado y yo me estremecía con cada impacto. Cada vez lo hacía con más fuerza, pero yo no respondía. No podía. Mi cuerpo se negaba a obedecerme. Por un instante, solo por un instante, creo que llegué a comprender lo que debes sentir. Lo que tiene que ser vivir atrapado en un cuerpo que no responde a tu voluntad, a tus deseos… Aunque tú no tienes ni deseos ni voluntad. Tú solo eres un cuerpo.
Te pedí un gesto, una mueca, un guiño. Cualquier cosa. No fuiste capaz.
Nos conocemos desde hace… ¿Dos años? No, desde hace veintitrés meses recorremos este trayecto dos veces al día, de lunes a viernes. Nos hemos tragado atascos colosales, en Semana Santa, en Navidad. Hemos visto amanecer sobre las torres de Chamartín y cómo, al final de una dura jornada de trabajo, el sol se ocultaba tras la sierra de Madrid. Cada día, juntos, como dos buenos colegas. Escuchando las noticias, disfrutando de la misma música, tarareando las canciones… Bueno, tú no. Tú no cantas, no hablas, no dices nada. Ni siquiera eres capaz de llorar.
Y aquí estamos los dos, encerrados en esta celda mugrienta. Detenidos. Somos el hazmerreír de la comisaría. Creo que no queda un solo agente en tres kilómetros a la redonda que no haya pasado por aquí para contemplar el espectáculo: tú y yo, detenidos. Tú, impasible; yo, muerto de vergüenza. Y ellos… Ellos desternillándose de risa.
¿No tienes nada que decir? Claro, qué vas a decir…
Voy a serte sincero, aunque te duela. Dentro de un par de horas estaré fuera, con una buena multa —esa no me la quita nadie— y una vergüenza monumental. Seré carne de meme. Ya me imagino los titulares.
¿Pero y tú? Tú te quedarás aquí. Te meterán en una fría bolsa de plástico, te pegarán una etiqueta con un nombre y un número: Prueba 1. Después te bajarán al sótano, a un lugar oscuro y helado, y allí te quedarás. Se acabaron los viajes, las confidencias, las risas…
Solo te pedí una sonrisa.

El País: "Cazan" a un conductor en Madrid con un maniquí para usar el carril de alta ocupación de la A-6. Sorprendidos se quedaron los agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cuando interceptaron el pasado 2 de julio a las ocho de la mañana por el bus-VAO —sistema para poder circular por el carril para autobuses y vehículos de alta ocupación— de la autovía de A Coruña (A-6) a un conductor que llevaba en el asiento del copiloto un maniquí perfectamente caracterizado y vestido, como si se tratara de un pasajero.

Tomás García Merino
Grupo B

La mujer del escaparate

El efluvio familiar del taller, aquella cálida melancolía que olía a cera de abeja, a barniz añejo y al aroma penetrante del aguarrás, se filtraba por cada rendija, impregnaba los monos de trabajo y se aferraba a las fosas nasales de los obreros.
El maestro artesano observaba sus manos nudosas mientras empujaba la escofina y, a su espalda, escuchaba las bromas y las risas de los jóvenes aprendices. Contemplaba sus rostros imberbes, sus miradas todavía limpias, y se preguntaba cuánto había cambiado el mundo. ¿Dónde había quedado el respeto? ¿Adónde se habían llevado la obediencia? ¿En qué planeta remoto se había refugiado el sentido común?
Quizá el problema fuera él. Los años comenzaban a pesarle demasiado. Soñaba con dejarlo todo, jubilarse y descansar. Quería pasear sin rumbo, contemplar cómo otros madrugaban y se dejaban la piel para sacar adelante a sus familias, mientras él encendía un pitillo y disfrutaba de las mañanas sin prisas ni sobresaltos.
Pero no encontraba a nadie dispuesto a hacerse cargo del taller. Ya nadie quería trabajar con las manos, y los jóvenes, menos que nadie. Y, sin embargo, cada día llegaban más encargos a aquel viejo establecimiento. «Eres un santo», le decía su mujer. Y no le faltaba razón: era incapaz de negarse a nada.
—¡Vamos, al tajo! ¡Los chismes, para la hora del descanso! Hoy tenemos que entregar los dos encargos; de lo contrario, nos sacarán a nosotros en procesión. ¡A trabajar!
Sus voces retumbaron entre las vigas carcomidas. Los jóvenes interrumpieron las chanzas y volvieron a sus puestos.
—¡Y tratadlas con mucho cariño! ¡Tienen que quedar como nuevas! —advirtió, alzando de nuevo la voz.
Cuando el párroco le había encomendado la restauración de la Virgen, no había sabido cómo excusarse. No era el momento más oportuno para acometer semejante trabajo y, con la festividad de la patrona tan próxima, sabía que tendrían que emplearse a fondo.
La talla descansaba en un rincón del taller, rodeada de maniquíes. Los Grandes Almacenes preparaban la campaña de verano y, cómo no, también ellos querían su encargo para anteayer. Las prisas ajenas siempre acababan convirtiéndose en urgencias propias.
El maestro se acercó a los aprendices y examinó el resultado. Sus ojos recorrieron la superficie restaurada, las líneas recuperadas, los detalles minuciosamente resueltos. Era un trabajo pulcro, casi profesional. Tal vez la juventud no estuviera tan perdida como él había llegado a creer.
—¡Enhorabuena, muchachos! ¡Lo hemos conseguido! Raúl, encárgate de entregar los trabajos. Te dejo al mando.
Se enfundó la chaqueta, introduciendo con esfuerzo sus manos encallecidas por las mangas, y torció el gesto al comprobar que el traje, el único que poseía, le quedaba cada año más holgado. Los años no pasaban en balde, se dijo.
—¡Qué elegante estás! —lo halagó su mujer.
Salieron a pasear por el pueblo. Las calles bullían de animación ante la inminencia de las fiestas patronales. Frente al escaparate de los Grandes Almacenes se arremolinaban las mujeres, y el incesante trasiego de clientes que entraban y salían no pasaba inadvertido.
—Habrá rebajas. Mira cuánta gente. Vamos a echar un vistazo —propuso su esposa.
El escaparate resplandecía con una luz casi irreal. Los transeúntes se detenían junto al cristal, fascinados por el vestido de alta costura que lucía uno de los maniquíes. Contemplaban, como hechizados, la belleza de aquel rostro y, después de unos instantes de silenciosa admiración, entraban en la tienda dispuestos a comprar aquellas prendas. Todos querían parecerse a ella, a aquella figura femenina, a aquella presencia casi divina que les sonreía desde el otro lado del cristal.
El maestro artesano se aproximó distraídamente al escaparate, pero, de pronto, sus ojos quedaron prendidos del rostro del maniquí.
Se quedó petrificado. Abrió los ojos desmesuradamente y sintió que la mandíbula le temblaba. Intentó hablar, pero de su garganta no brotó palabra alguna. Aferró la mano de su esposa y se apartó de la multitud con una urgencia que ella no alcanzaba a comprender.
—¿Adónde me llevas? —protestó la mujer, obligada a seguir sus pasos.
—A la iglesia. Tengo que confesarme. Vamos.
Atravesó la penumbra del templo y avanzó hacia el altar sin detenerse siquiera a persignarse. Su esposa, desconcertada, se santiguó y murmuró una oración antes de seguirlo.
Cuando llegó al ábside, lo encontró de pie junto a la Virgen, con el rostro alzado y la mirada fija en la imagen, como si hubiera quedado hechizado. Ella no entendía nada. Él tampoco. Al contemplar el rostro que asomaba bajo el manto de la Virgen, comprendió que había sucedido algo que jamás tendría que haber ocurrido.
A su espalda, un grupo de beatas rezaba en voz baja mientras desgranaba las cuentas desgastadas de sus rosarios. El artesano temblaba. No conseguía explicarse cómo había podido ocurrir aquello.
—La Virgen está más guapa que nunca —comentó una voz a sus espaldas.
Se volvió. Bajo el pañuelo negro de una anciana descubrió una sonrisa serena y un brillo cómplice en los ojos.
—Más guapa que nunca —repitió ella, antes de dedicarle un discreto gesto de gratitud.
El artesano abandonó la iglesia del brazo de su esposa. Todavía turbado, se detuvo bajo el pórtico y volvió la cabeza para contemplar una última vez la imagen de la Virgen.
—Tienes que estar muy orgulloso. Has hecho un trabajo precioso —le susurró su mujer.
Él sonrió, pero no respondió.
Hay cosas que es mejor no contar.

Tomás García Merino
Grupo B


De ocho a seis

A las ocho en punto se apagan las luces. Miriam y Antonia se desperezan. Empieza su día.
Lo primero, desembarazarse de las pelucas y de esos disfraces absurdos con que las visten. Mantienen el maquillaje para no perder más tiempo y se dirigen a la sección infantil a recoger a sus hijos. Luego van a la planta de caballeros donde se encuentran con sus maridos. Las dos familias suben a la azotea para contemplar la luna de primavera y hablar de sus cosas. Es el momento de las confidencias, de los cotilleos del día y del calor hogareño.
Llevan el sushi de la tienda gourmet y los refrescos de la cafetería. Los niños se demoran en la juguetería escogiendo el cachivache más atractivo para su corta edad.
Tienen tiempo hasta las seis de la mañana, que es cuando llega el personal de mantenimiento y limpieza. A esa hora han regresado todos a su sitio, vestidos y adoptando la pose adjudicada por la dependienta de turno.
No se quejan. Pueden conciliar el mundo laboral y el familiar. El trabajo es monótono, pero no pesado. De ocho a seis son felices. Hay muchos que no pueden decir lo mismo.

M. Maximina Moreno
Grupo B



¡No me mires así!

Celestino miraba con nostalgia las paredes de su sastrería. Deslizó la palma de la mano por una de ellas, como si quisiera acariciarla.
Se detuvo frente a su viejo maniquí: Marilyn. Se quedó mirándolo con ternura.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo.
—
—No podía hacer otra cosa. Sabes que ya no hay clientas como antes. Ahora todas compran en Zara o en H&M. Es imposible sobrevivir.
—
—Sí, claro. ¿Y cómo pago la luz, el agua y los demás gastos?
—
—Pues… quiero vender el local… y quien lo compre se quedará contigo.
—
—¿Cómo? ¿A casa? Sabes que a Manuela nunca le has gustado. Ella piensa que tengo una aventura contigo. ¡Qué estupidez!
—
—No, sabes que no he querido decir eso. Tú no eres estúpida. Sabes perfectamente lo que siento por ti.
—
—No empieces, cariño. ¿Qué quieres que te diga? No puedo hacer otra cosa.
—
—Sí, te quiero. Te lo he dicho muchas veces, pero… ahora estoy…. soy mayor ya… quiero jubilarme y descansar.
—
—¿En B? ¿Desde casa? Pues… no es mala idea.
—
—Sí, claro. La señora Asunción… Carmen, la hermana de la Puri… Rosa, la viuda de Moreta, el panadero. Podría seguir haciendo cuatro cosillas y te podrías venir conmigo.
—
—Yo también, cariño. Tú sí que eres increíble.
Celestino terminó de recoger y envolvió a Marilyn en una sábana, con delicadeza. Vivía a doscientos metros de la sastrería, en la sexta planta de un gran edificio.
Abrió la puerta de su piso y entró con sumo cuidado para que el maniquí no recibiera ningún golpe.
—¿Qué hace eso aquí? —inquirió Manuela nada más verlo.
—Sí… eh... bueno… he pensado que podría seguir realizando trabajillos a las clientas que aún me quedan, desde casa, en B, para sacar un dinerillo extra —respondió a su mujer con una amplia sonrisa buscando su aprobación.
—Llévatela de aquí. Sabes que me da mal fario. No te hace falta la muñeca. Me utilizas a mí para probar los vestidos —dijo Manuela visiblemente enfadada.
—Bueno… ya estamos… mira, voy a buscar lo que queda y luego lo hablamos tranquilamente. —Celestino sonrió y se acercó a darle un beso.
Manuela lo apartó.
—No quiero eso aquí —respondió girándose y dirigiéndose a la cocina.
Celestino colocó a Marilyn al lado de la ventana con vistas al balcón porque desde allí se veía la sastrería.
—¡Ahora vengo! —chilló mientras cerraba la puerta.
Media hora más tarde subía cargado con varias bolsas en cada mano. Llevaba todas sus herramientas de trabajo: patrones, tijeras, reglas, etc. Subía la cuesta hacia su domicilio, apenado. Tantos años de trabajo y acababa de cerrar la sastrería para siempre.
—Comienza otra etapa —dijo intentando animarse.
En la distancia observó un tumulto. Un corro de personas a la altura del portal de su casa. Una ambulancia llegaba con las luces de emergencia y la sirena encendidas que se apagaron al estacionar en el lugar. En el edificio los vecinos tenían edad avanzada y era habitual que las ambulancias acudieran al lugar. Sin embargo, sí que se sorprendió al ver dos vehículos policiales.
Cuando estaba lo suficientemente cerca, distinguió un cuerpo que yacía en la calzada, pegado a la acera. Parecía el de una mujer. Estaba tapado con una manta plateada.
—¡Se ha tirado! —cuchicheaban los presentes.
Todas las miradas se centraron en Celestino. Miró hacia arriba. En los balcones permanecían asomados los vecinos mientras observaban la escena. En su balcón no había nadie, pero intuyó el perfil de Marilyn, como si estuviera escondida entre las cortinas.
—Es Manuela —le confesó Dolores, la vecina del primero, mientras le agarraba del brazo en señal de dolor.
Celestino dejó caer las bolsas y se acercó. Un policía lo detuvo y lo alejó del cadáver.
—¿Es mi mujer? ¡Manuela! —exclamó fuera de sí.
El policía lo acompañó hasta el portal. Le pidió que abriera la puerta de su casa para comprobar qué había pasado. Celestino estaba conmocionado. Intentaba razonar, pero no podía.
Al llegar a su planta, una pareja de policías llamaba al timbre, mientras hablaba con su vecina María. Lo miraron analizando sus reacciones y le dejaron paso para que abriera la puerta.
Los policías revisaron el lugar. Celestino se acercó al salón, donde la puerta del balcón permanecía abierta. Se quedó mirando al maniquí, absorto, con la mirada perdida. Marilyn le devolvía la mirada, en silencio.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo —dijo Marilyn.
El policía que examinaba el balcón se volvió:
—¿Ha dicho usted algo?

Max Ferlam
Grupo B




Maniquí

Por vencer el miedo de besarla a usted (bolero)

Buena la hiciste, tendero.
Por miedo de sonrojarte
no quisiste declararle
tu amor, que era verdadero.

Por no decirle: te quiero,
te necesito a mi lado,
te mantuviste callado,
lo convertiste en bolero.

Ella se fue, y te entregaste
a soportar el desgaste,
y, colmo del desatino,
aunque vicario placer,
asumiste el menester
de esculpirla en yeso fino

Y ahora en el escaparate
fondo blanco, cristal mate,
aunque de todos, es tuya.
Siempre la puedes mirar
y abandonarte a dejar
que el dolor fluya y refluya.

Carlos Coca
Grupo C


That is the question, maniquí

Cuando se apaga el escaparate, ¿sueñan los maniquíes con desfilar en pasarelas de moda?
¿O se esconden en la cara oculta de la luna?
¿Los maniquíes, sienten pudor cuando les cambian la ropa?
Vestidos de novios, los maniquíes, ¿se dicen sí, quiero, o callan para siempre?
En la oscuridad, ¿van corriendo al baño?
¿Son ventrílocuos? ¿saben hablar sin mover los labios?
¿Hay maniquíes enamorados que sueñan con el escaparatista que les cambia el vestido?
Un “voyeur” de escaparate, ¿se excita delante de los maniquíes desnudos?
Cuando los maniquíes tienen insomnio, ¿dan vueltas en el escaparate?
¿Tienen pesadillas con Chuky, el muñeco diabólico?
¿Se sienten cosificados?
¿Sueñan con irse al campo y trabajar de espantapájaros?
Una maniquí puritana, ¿aspira a llegar virgen al traje de novia?
Cuando los separan, los maniquíes, ¿se despiden con un adiós muñeco, adiós muñeca?
Los que van al cielo, ¿se convierten en ángeles de escayola?
Los maniquíes, ¿son guapos?, ¿o sólo es que tienen buena percha?
El maniquí Dorian Gray, ¿se mantiene joven mientras su ropa envejece?
Cuando pasa delante del escaparate gente bien vestida, ¿salen los maniquíes a comprarles la ropa?
Los maniquíes finos, ¿tienen sarpullidos cuando les ponen prendas sintéticas?
Los Gigantes y Cabezudos, ¿son maniquíes con acromegalia?
¿Se sienten violados los maniquíes cuando un ladrón rompe la luna para quitarles la ropa?
En las casas de muñecas, ¿hay conflictos familiares?
Los muñecos bebés, ¿quieren ser modelos de mayores?
En la fiesta de los maniquíes, ¿hay famosos de cartón piedra?
La fiesta de los maniquíes, ¿es una mascarada?
En carnaval, ¿les gusta disfrazarse?
Y por último, el Manneken Pis, cuando se acuesta, ¿se mea en la cama?

Ignacio Aparicio
Grupo A


HARRODS

Me pregunto: ¿Qué hacen los maniquíes que observo desde la calle en los escaparates de Harrods, pasajeros inanimados en los vagones de un tren de lujo, lo más parecido al Orient Express?
¿Recobraran vida cuando llegue la noche, y se pasaran de un vagón a otro cuando se ponga el tren en marcha?
Solo ellos conocen el misterio de la noche.
Durante el día, siguen en el mismo lugar, con distintos trajes, y su mirada fría, hacia ningún lado, queriendo traspasar el cristal.

P.G.
Grupo C



Atrapado por tus pupilas

Ayer me acerqué hasta la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes (Salamanca), y entre los trescientos sesenta rostros me quedé fascinado con esos ojos garzos, tan penetrantes, que por un momento me hicieron dudar si llevabas lentillas. Me sumergí en tu mirada clara, profunda y pude ver el mar de mi niñez; durante unos minutos, me asomé a las frías aguas de mi costa gallega.
Tuve que retirar delicadamente tu flequillo para poder contemplarte mejor y descubrí tus cejas bien definidas que acentúan aún más si cabe la perfección de tu semblante. Sin duda, creo que me he enamorado de ti solamente con descubrir tus pupilas. Atesoras una belleza y una elegancia atemporal, eres una mujer preciosa. Me gusta de manera especial tu mandíbula firme, limpia y perfectamente esculpida, que enmarca tu hermosa cara con fuerza. Indudablemente, derrochas carácter.
También, permíteme que te lo confiese, me encanta esa nariz tan recta, fina y proporcionada. Evidentemente, es un complemento de las facciones tan limpias de tu rostro. He dejado para el final escribirte sobre tus labios, tan bien definidos, aunque posas con tu labio inferior ligeramente arqueado, lo que te da una sonrisa natural y una actitud sexy que me cautiva.
Para acabar esta carta, he de confesar que tu piel transmite frescura y sencillez, posees una tez luminosa y bronceada -quién sabe si por el sol del Mediterráneo- que refleja una personalidad desenfadada a la par que una elegancia juvenil y bohemia. Con seguridad, tienes una autenticidad única.
Sin darme cuenta, me quedé atrapado por tus facciones, hasta que la auxiliar de la sala nos invitó amablemente a ir acabando la visita, pues cerraban en cinco minutos. Al salir, el frío de la noche me sacó de mi ensoñación y de repente me di cuenta de la realidad; no es más que una exposición de maniquíes sin vida.
Aun así, estoy pensando que quizá mañana pueda volver a disfrutar de tu compañía.
Y en último caso, puedo hablar con la concejalía de Cultura o con el propio Victorino García Calderón para ver si es posible adquirir una fotografía tuya. Así rescataría esa mirada eterna de tu fría condición de maniquí para llevarte al calor de mi hogar. Saldrías de tu eterno silencio fotográfico para disfrutar de mi eterna mirada. ¿Te seduce la idea de tener vida propia sin tus compañeros de exposición para vivir una historia compartida entre estas cuatro paredes?
Perdona por mi atrevimiento. Atentamente, Jesús

Jesús García
Grupo A



La abuela Casandra

“Llegará un día en que los dedos tengan voz y las pantallas tejan redes donde la humanidad naufrague.
Llegará un día donde los vivos sólo hablarán con los muertos que viven en los escaparates. Esconderán miedos y horizontes entre sus retales. Hay cetros invisibles. Prometen libertad y regalan grilletes. Las arañas saben hacer bien su trabajo.
Llegará un día donde el sonido de siete trompetas recorrerá la tierra. Nadie lo oirá. Tras el último trompeteo, el manneken que duerme el sueño eterno, resucitará. La luz fría que esconden sus ojos lo iluminará todo. Será la sangre que alimente a los que, como él, esperan. Ya no habrá retorno. Una especie nueva, vacía y malvada dominará el mundo. Las arañas hacen bien su trabajo.
Llegará un día en…"


-¡Mamá! No asustes a la niña. Sólo tiene siete años
-Mañana cumplo ocho
-¡Es verdad! ¡La tarta! Anda ponte las zapatillas y vamos a recpgerla, de paso podemos mirar algún disfraz. Quedan dos semanas para Halloween. ¿Ya sabes de qué vas a ir disfrazada? Luego todo son prisas
-Pues… ¡Sí! Quiero ir de manneken. Este año voy a ser la más malvada y mis amigas…
-Pero cariño (intervino Casandra) si vas de maniquí tendrás que estar todo el rato quieta. No podrás ir a por chuches, ni hacer tratos, ni jugar, ni chillar, ni dar sustos, ni reírte, ni hacer payasadas, ni…
-Es verdad… Vale, pues iré de araña, Yo sé hacer muy bien mi trabajo. Ya lo veréis
Mientras la niña salió a buscar sus zapatillas, su madre preguntó a Casandra ¿Crees que podremos salvarla?
Pues no lo sé María, pero mira, por ahora prefiere ser araña

Ana Isabel Fariña
Grupo B




Maniquíes

"Si nuestros ojos vieran almas en lugar de cuerpos, qué diferente sería nuestro concepto de belleza."
Esta frase me ha permitido hacer feedback a mis pensamientos, salvar batallas y tomar mejores decisiones. Una vez más la retomé para hacer la tarea de Escritura Creativa que nuestro tallerista había orientado. ¡Qué difícil es separar el alma del cuerpo!
Le cuento que son 360 cabezas de maniquíes a escoger una, pero me detuve en dos, no pude vencer el capricho que gobernó mi voluntad en ese momento.
La primera que hizo "blanco" en mí fue un anciano. Con solo ver su cabeza imaginé su cuerpo: bastón, calzones "mata pasiones", rodillera en la pierna izquierda y tobillera en ese mismo pie.
Pero mi alma vio su alma: amargura, desgana, apatía y hastío. ¿Desde cuándo no sonríe el melancólico maniquí? A pesar de esos calificativos, quizás sea bello, aunque mis ojos vean un rostro que dice lo contrario.
El otro fue una "pelirroja" con "cerquillo" o "flequillo", como dicen los españoles. La nombré Mies.
Dicen que teñirse de rojo simboliza autenticidad, misterio, fuerza y sensualidad. Mies, vista con el alma, es todo eso. Vista por mis ojos, es un maniquí de los años 70 u 80, cuando yo también era pelirroja.
No sé si es curiosa, atenta o simplemente coqueta, mostrando fascinación por quien la observó, quizás, hace diez días.
Vista con mi alma, Mies es tan bella como Daniel, el anciano melancólico. Vista por mis ojos, la misteriosa Mies viste lencería Calvin Klein, Chantelle o Simone Pérèle, con zapatos de tacón fino extra alto.
Quizás su alma no tiene que ver con lo que vieron mis ojos y mi alma. Pero sin duda, Mies y Daniel son bellos maniquíes con almas intrigantes.

Miriam Esther García
Grupo A




Humano o Maniquí

La mayor parte de la vida de Mario había transcurrido dentro del almacén de sus padres.
Allí le dio a luz su madre, en el sótano, ayudada por el padre y las dependientas, rodeada de cajas, de muebles y maniquíes viejos y nuevos.
El almacén contenía todos los artículos para el hogar. Allí se podía comprar desde muebles a manteles,sábanas, vajillas, y ropa para vestir a toda la familia.
Se crió jugando en compañía de los maniquíes infantiles. Se escondía en los recovecos imaginando que estos lo encontraban. Hablaba con ellos, le contaba cómo le había ido en la escuela o la última película que había visto. Ningún amigo igualaba la fidelidad de esas figuras inmóviles e inmortales.
En su juventud, su padre echó mano de él para ayudar en la tienda. Le habilitó un despacho en el sótano para que llevara la contabilidad y la facturación. Y en los cambios de temporada decoraban juntos el escaparate, donde descubrió que le gustaba observar los pechos de los maniquís femeninos.
Disfrutaba quitándoles la ropa lentamente y vestiéndolos con mimo, mientras calculaba mentalmente sus medidas, pecho, cintura, cadera…
Los axesuados maniquíes se convirtieron en parte importante de su vida diaria.
Los contemplaba y cuando nadie le observaba, imaginaba que intercambiaban conversaciones, donde se contaban lo que sucedía o veían en la calle, desde el gran escaparate.
Tanto se identificó con ellos, que acabó adquiriendo sus formas. Se vestía como ellos, se movía poco, con suave rigidez, y mostraba poco interés por lo que sucedía alrededor.
Una tarde, cercana a la navidad, se ofreció a sus padres para decorar el escaparate.
Cuando echaron el cierre, sintió una profunda emoción al quedarse sólo.
Bajo al sótano y escogió con interés los artículos, entre ellos la maniquí más bonita, de la que estaba enamorado desde la adolescencia.
Preparó en el escaparate una preciosa mesa de Navidad, con mantel, velas, vajilla, cubertería de lujo y las copas con filo dorado qué tanto gustaban a su madre.
A la mesa colocó el maniquí de un niño y una niña, vestidos de fiesta para la ocasión y la preciosa maniquí femenina vestida elegantemente.
Se desnudó, se afeito todo el pelo de la cabeza y cuerpo, y se puso el mejor esmoquin, con corbata negra incluida. Por último, se untó cabeza, cara y manos con cera líquida, y se sentó a la mesa.
Al día siguiente, los almacenes levantaron el cierre a la hora indicada, subieron la persiana dejando ver en el escápate al completo, como una bella familia se disponía a cenar elegantemente la noche de Nochebuena.
En la oficina del sótano un maniquí con las ropas de Mario estaba sentado, repasando las facturas.

E.R.A.
Grupo B





Los surcos de los plásticos más duros

Los designios de la envidia son inescrutables. Lo veo desde mi posición de voyeur privilegiada. Miro sin ser vista, a pesar de mi presencia. Obscena de tan obvia. Ríete tú del panóptico de Foucault.

Observo a diario, frente a mí, esas miradas oblicuas, esas sonrisas torcidas, esa expresión agria. Lo sé. Nosotras vivimos en las antípodas de vuestras inseguridades: muslos infestados de celulitis, arrugasestríasflacidez, pechos caprinos. Pero también sé que vuestra envidia se cimenta sobre algo más que un simple catálogo estético. Nosotras existimos al margen de la tiranía corporal. No siento compasión por vosotras. Como no teníais suficiente con intestinos que evacuar, horas que dormir y estómagos que satisfacer, os habéis adentrado en el paroxismo depredador de la microbiota, el cortisol, la creatina y el entrenamiento de fuerza. Marionetas, esclavas de la industria cosmética primero, de la alimentaria después. Resulta que las autómatas éramos nosotras. Pero no todo el monte es resina de poliuretano: las maniquíes también tenemos nuestros problemas de clase, nuestra propia jerarquía social. Yo, por ejemplo, no puedo equipararme a los engendros de cartón recortado de centro comercial. Eso no hay manual de autoayuda -perdón, crecimiento personal- que lo arregle. Es absurdo, por seguir con el listado, pedir a Mónica, la maniquí del Sex Shop, que eche currículum en Loewe. Venga, Pretty Woman, vete un poco a walking on the street. Compara tú a la virgen de mi pueblo -cuerpo maltrecho, madera sin desbastar- con aquella otra sostenedora de un Cristo muerto misteriosamente flácido. El rigor mortis no le iba mucho a Miguel Ángel, le va más a la virgen de mi pueblo.

Y hablando de vírgenes, de santas mejor dicho, ¿qué me decís de Santa Teresa de Jesús en su éxtasis místico? Ay, el placer. Finge igual que todas nosotras; claro está, pero yo daría mi peso en silicona, me adentraría sin pensar en paroxismo depredador de la microbiota, el cortisol y el entrenamiento de fuerza por sentir un orgasmo de verdad. Lo juro por los surcos de los plásticos más duros. ¡Viva la fiesta!

Pilar Sánchez Gómez
Grupo D



La cita

Llegué con diez minutos de antelación y me coloqué en el lugar que me había indicado: «El escaparate de Galerías José Mari junto al centro de estética». Escruté a un lado y otro de la calle por si la veía venir. Acabaron por dar las ocho y ella seguía sin aparecer. Abrí Tinder para volver a ver su cara, aunque me la sabía de memoria. El pelo castaño, los labios perfilados, la nariz afilada y esos ojos de mirada ensimismada.
Guardé el móvil, temeroso de que, si me sorprendía en aquel examen inocente, se incomodara. Ya no podía tardar.
Repasé las cuatro frases incluidas en su perfil. «Me llaman Eva y odio viajar». Le seguía: «Me gusta mirar fijamente a las personas… y ser mirada». Me sedujo que fuera tan atrevida.
Impaciente, daba pasos de un lado a otro. En cierto momento creí notar a alguien que me observaba desde detrás. Era imposible: tenía la espalda casi pegada al cristal. Iba a comprobarlo cuando un alegre «hola» desvió mi atención. Eran solo dos ancianas que se habían encontrado en la calle.
«Soy de pocas palabras», obvio. Y, por fin, la última línea: «Me pirra la moda». A mí, no, pero me encanta usar ese verbo tan anticuado.
No dudé en darle al like y me alegró la rapidez con que ella le dio también. Después del match le envié precipitadamente una docena de mensajes. Eva tardó en responder. «Tanta cháchara la habrá asustado», pensé. Una hora después llegó su respuesta. Una frase escueta en la que fijaba la hora y el lugar de la cita.
Se retrasaba. Pasaban cuatro minutos de las ocho cuando la luz del escaparate se apagó. Me giré y la vi. Allí adentro estaba Eva. La luz de una farola iluminaba apenas la escena. Moví la mano para improvisar un saludo y sonreí. Ella se mantuvo inmóvil y la penumbra me impidió percibir ningún gesto de reconocimiento. En aquel mismo instante la persiana comenzó a bajar ocultando el interior del local. No supe qué hacer. Entonces sonó la puerta. Salió un señor calvo que se giró enseguida para echar la llave al establecimiento.
Balbuceé.
—Disculpe, señor, ¿y la chica del escaparate?
—¿Eh? En la tienda no queda nadie, caballero.
He vuelto cada día desde entonces. Allí sigue y yo continúo preguntándome: ¿quién respondió a mis mensajes?

Pepe Lorenzo
Grupo B




S.O.S

El mensaje llegó inesperadamente a las 4:18 de la mañana. Sin ubicación. Sin nombre.
La operadore respondió:
- Te escucho.
Al otro lado sólo se escucho un suspiro eterno que soltó todo el aire que llevaba días y días guardando.
- No sé qué hacer- dijo.
La operadora respondió.
- Ahora quédate conmigo, estoy contigo.
Por primera vez esa noche no se sintió sola.

M. Pilar Sánchez
Grupo B





A mi amiga Maniquí.

Paeo casi todos los días por mi ciudad, voy pensando en mis cosas, Nunca me fijo en los escaparates cuando voy solo.
Un día te vi al pasar, y te sonreí, y te quise hablar; porque me pareció que te fijabas en mí.
Al día siguiente volví a pasar. me paré y te miré; me fijé en tus labios rojos. En tu pelo rojizo terminado en un flequillo, en tus ojos verdes rodeados por unas pestañas hermosas, y tu nariz pequeña y perfecta.
Te habían cambiado de ropa; en la blusa me pareció ver un botón distinto al resto. En ese momento sentí que me transmitías un mensaje: el "manazas" del empleado me vistió ayer con brusquedad; me quiso poner la blusa sin desabrochar, y rompió un botón, el muy “giliflautico”; me alegré de que se tuviera que pasar casi una hora para buscarlo. Encontró uno parecido y con un hilo adecuado tuvo que coserlo. ¡Cómo me reí para mis adentros!, pues desgraciadamente no tengo posibilidad de carcajearme; ¡cómo me hubiera gustado hacerlo!
Ahora ya no solamente me paro contigo, lo hago con otros colegas, los miro, y creo que me transmiten sus pensamientos.
Todos tenemos una historia que contar, todos, incluidos vosotros, mis queridos maniquíes.

José Luis Fonseca
Grupo A




El cambio

Afortunadamente te encontré. Ya venía gestándose en mi interior la necesidad del cambio. La relación que mantenía últimamente no funcionaba y yo iba sintiéndome cada día más y más atrapado, más y más desengañado de aquella relación tóxica.
Contigo todo ha vuelto a su cauce. Todo ha mejorado. Tú has sido como una terapia para mí. Ella era perfecta en todo. Siempre preocupada por mi salud, hasta el último detalle, pendiente de mis constantes, de mi nutrición, de las tablas de ejercicio diario. Sabía escogerme los guisos más exquisitos y las bebidas más adecuadas. Me mantenía el vestuario al día, a la moda, con las tallas que mejor se ajustaban y me hacían parecer más apuesto. Me compraba el calzado más cómodo y mejor conjuntado con mi ropa. Pero no acababa todo en lo material. Sabía de cine, arte y literatura. Me sacaba puntualmente las entradas para las representaciones y los conciertos que me gustaban, en los mejores asientos, por supuesto. Pasábamos las horas conversando sobre un libro, una exposición, la última película que habíamos visto o el próximo viaje que haríamos. Ella lo organizaba todo y todo salía perfecto. En todo tenía razón.
Así estuve hasta que te vi en el escaparate. Un flechazo. Supe que estabas hecha para mí. Tu mirada me cautivó y tu aparente dejadez me acabó de convencer. Fue difícil persuadir al encargado para que me vendiera el maniquí de melena pelirroja, pero pude conseguirte con algo de insistencia.
Tú me haces compañía cuando vuelvo a casa, no me cansas con consejos beneficiosos para mí, no me agobias con tus cuidados, no pretendes tener siempre la razón, no me adulas continuamente, no me haces sentir un pelele. Estás ahí y me miras, sin cambiar de postura ni decir palabra, sin atosigarme, sin ser perfecta. Solo con eso ya sé si estoy bien o mal, si me he equivocado o he acertado, si mi vida tiene sentido.
Mi querida maniquí, tú eres mi compañera ideal y no aquella maldita robot inteligente que aguanté durante muchos meses.

Manuel Medarde
Grupo A



Diálogo con un maniquí

Al periodista, que estaba realizando una visita al museo de museo del CNP en la Academia de Ávila, le sorprendió ver ese maniquí en sus instalaciones.
-¿Qué haces tú ahí? Le preguntó. No deberías estar, no con ese uniforme. Las mujeres no tuvieron acceso al Cuerpo Nacional de Policía hasta muchos años después de la llegada de la democracia.
El maniquí le miró con un gesto de cansado desdén:
-Te equivocas listillo, le dijo, Parece que fue ayer, pero han pasado cuarenta años desde que una mujer vistió por primera vez ese uniforme, aun con vestigios de la dictadura. Tuvieron que adaptar el diseño de los uniformes a la anatomía femenina. Al principio les facilitaron los mismos uniformes que a los hombres, pero enseguida surgieron las primeras quejas. No eran ni cómodos ni funcionales, advirtieron las agentes. Esa fue la razón por la cual entré yo en acción, me utilizaron para llevar a cabo pruebas en busca de una indumentaria adecuada para las mujeres.
El periodista, al verse corregido con tanta vehemencia compuso un gesto de disculpa.
-¡Vaya! Al ver el Aguila de San Juan en el frontal de la gorra pensé que….
El maniquí, todavía indignado, repuso:
-Típico de la prensa. Lanzarse a opinar sin conocer el tema en profundidad ni preocuparse por investigarlo, el águila, como otros símbolos no fueron suprimidos de la uniformidad hasta muchos años después.
El periodista, en tono conciliador respondió
-Lo siento, quizá tengas razón. Pero dime, debió ser un orgullo para ti, como maniquí, ayudar a resolver un asunto de trascendencia histórica como este.
-Por supuesto que la tengo y, sí, desde luego, me siento orgulloso de mi contribución, a esta cuestión y a otras mas importantes. La gente cree que los maniquís solo servimos para lucir estúpidos modelitos en los escaparates, pero has de saber que cumplimos otras funciones mucho más provechosas para la sociedad, como las pruebas en la simulación de accidentes de tráfico, donde muchos compañeros se juegan la integridad física. También somos utilizados en las prácticas de primeros auxilios impartidas al personal de los servicios de emergencia y otras muchas funciones que el público desconoce.
El periodista pareció meditar unos instantes sobre la respuesta del maniquí y finalmente le dijo:
-Creo que tienes razón y, te prometo que escribiré un artículo para resaltar y poner en valor vuestra contribución a la sociedad.
EL maniquí le miró con gesto de agradecimiento y, percatándose de que llegaba un muevo grupo de visitantes a la sala, adoptó la pose hierática que exhibía antes de comenzar el dialogo con el visitante.

Jesús Pablo Pérez
Grupo D




Sólo un juguete

Si hubieras sido tú,
ya tendrías el alma rota
pero soy yo y la tristeza
no me habita.
Tu carne delicada, tierna
mi dermis de madera tal vez
r            esina y acíbar
y toda la sangre derramada.
Me crearon con un hilo de vida
El tiempo exacto de un parpadeo
Pero mis ojos se cerraron nada más nacer
Si es que nací
Lo que sí sé es de mi muerte
Tu rezas yo amontono polvo

La tristeza
que soy yo
Es el alma rota que te habita
o tal vez
sólo un juguete.

Mamen Somar
Grupo C


Maniquíes para todos los sustos

Era un sastre que quería dar vida al maniquí de su escaparate. Lo puso sobre su mesa de trabajo y cogió las tijeras más grandes que tenía. Le introdujo un chip con Spotify, para que la música consiguiera que los paseantes se pararan un momento, y observaran, como en trance, los modelos que tenía expuestos por la tienda. Sonaba un concierto para flauta que había adquirido un antepasado del modisto, con un sonido antiguo, como de vieja gramola. El autor de la pieza era un tal -aunque el nombre estaba algo borroso- Hamelín.
A modo de pulmones le injertó dos fuelles, y como corazón le puso uno mecánico que había adquirido por Amazon; era de segunda mano -o como se diga-, pero estaba en buen estado y latía con fuerza, añadiendo una especie de percusión con sonido a madera y platillos que se integraba perfectamente con la flauta y los soplos de los fuelles.
Para los ojos usó unos que le había conseguido un sobrino, celador en el hospital de la Santísima Trinidad, departamento de anatomía patológica. También eran de segunda vista, pero estaban perfectamente conservados en un formol regenerativo; dicho de otra manera: aquellos ojos brillaban con una vida que hubiera engañado a Harrison Ford, en Blade Runner.
En la cabeza le introdujo un algoritmo del último modelo de IA, que podía tener largas conversaciones con los clientes, incluso contestar a las preguntas que el mismo sastre era incapaz de responder. Para que nos hagamos una idea, el test de Touring lo había superado en el primer prototipo. Con dos o tres arreglillos más el maniquí se convirtió en la estrella del escaparate, atrayendo a toda clase de público, que se acercaba hipnotizado y siempre compraba cualquier cosa, aunque no lo necesitara, haciendo multimillonario al sastre, y provocando, como daño colateral en los otros maniquíes, una envidia cainita. El costurero -al que llamaremos Frankie, para no repetirnos- veía en sus ojos el deseo de venganza, pero no había motivo de preocupación: aquellos muñecos de poliespán no tenían vida como su creación, eran totalmente inofensivos.
Que Frankie estaba loco, ya lo habrán adivinado ustedes, desocupados lectores, aunque cuando estaba en sociedad, o rodeado de la multitud de clientes que acudían a su tienda, no se notaba ninguna diferencia.
Con unas cuantas puntadas más su obra quedó terminada, llenándole ¨de orgullo y satisfacción¨, frase que le parecía muy solemne, emérita, y majestuosa.
Frankie acostumbraba a dormir en la trastienda, pero como ahora la tenía atestada de los maniquíes que había ido desechando, subió al trastero que tenía en el edificio, y aunque un poco apretado, consiguió conciliar un sueño intranquilo, orgulloso de su obra, y loco por abrir la tienda a la mañana siguiente, paladeando de antemano el éxito que le iba a llevar a los altares de la fama, incluso a ser la estrella principal del concurso de televisión “Maestros de la Costura Celebrity”.
Apenas pudo dormir; como mucho, una duermevela con febrícula. Con las primeras luces del alba bajó a la tienda, para terminar de componer una escenografía por todo lo alto, más propia de la ópera “El anillo de los Nibelungos” que de una modesta sastrería de provincias.
Casi a oscuras puso, con el mando a distancia, el primer concierto de Hamelin, acompañado de tambores y platillos -el corazón mecánico- e instrumentos de viento -los fuelles-; y, regodeándose de antemano por su éxito, embriagado con aquella música celestial, encendió las luces del escaparate. Y la luz se hizo.
Aquello era un pandemónium, todos los maniquíes de la trastienda estaban descoyuntados y esparcidos en medio del local. Su habitual falta de expresión tenía ahora como un amago de sonrisa sicópata.
En el escaparate estaba su creación, su Adán, su ciber modelo de una especie superior. Frankie se acercó a él sin dar crédito a lo que veían sus propios ojos. Tijeras de todas clases, martillos, agujas de hacer punto, alfileres, imperdibles, y hasta una broca con un montón de puntas de diferentes formas y tamaños, se repartían desordenadas por el suelo. Aquello era un sin Dios. El Doctor Frankie -era doctor en corte y confección-, con el corazón encogido, se acercó a su amado maniquí, a su creación, a su nuevo modelo cibernético. Mantenía, el muñeco, la compostura de fábrica, y casi la misma expresión, fría e indiferente, si no fuera porque le habían sacados los ojos. Tenía cortes, martillazos, rasgaduras, y agujeros por todo su cuerpo de poliespán.
Lo asombroso -lo que hizo llorar desconsoladamente al doctor Frankie- es que, de todas aquellas heridas, ojos incluidos, manaban interminables hilos de sangre.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Nunca serás yo

Atravieso ese umbral de luz estridente y mezcla de perfumes dulzones, sin saber adónde me lleva. Pero entro, sigo… Las piernas se mueven tan despacio que parece que no camino, que simplemente floto en una nube de suavidad y languidez. Y la mano, mi mano derecha, acaricia con la yema de los dedos todo lo que encuentra a su paso, sin prisa, como si quisiera atravesar cada textura. Primero, algo liso y muy suave, frío, pegajoso; después, algo rugoso, más bien áspero. Si paso despacio la uña del dedo índice, noto un pequeño crack, crack con cada pliegue de la tela azul. Después viene la suavidad extrema, blanda; la aprieto fuerte y saboreo la sensación de sentir que forma parte de mi mano.
El brazo (de nuevo el derecho) porta ahora varias prendas. Pesan, abultan, incluso duelen. Al fondo, muy, muy escondido entre luces, está ese espacio acotado por cortinas de terciopelo verde y espejos, al que intento llegar despacio para ver a la otra yo que aún no existe. Pero antes está ella, observándolo todo, a toda la gente que desfila con las manos llenas, y a mí… Yo la miro hipnotizada, me pierdo en la curva que dibujan sus labios sonrosados, me adentro en su mirada inerte, sin encontrar más que el vacío, contemplo la delicada línea de su cintura, fina, lisa y brillante, que abre el camino a sus infinitas piernas a través de sus sugerentes caderas. Su postura es desafiante, la de aquellos que miran el mundo desde arriba, sabiendo que son criaturas que merecen ser observadas.
En mi antebrazo derecho descansan las mismas prendas que ella luce con sublime elegancia. Puedo imaginarme a su lado, con su mismo semblante, con la seda cayendo sobre mi pecho con idéntica sutileza, el pantalón dibujando una perfecta S mayúscula azul y esa misma cara perfilada a la que el mundo no afecta.
La cortina verde se ha cerrado. Y ahí estoy yo, frente a la otra yo, que, por desgracia, sigo siendo yo. Las piernas de la chica que veo no son largas: son pequeñas y arrugadas. Aquí no hay S, sino acumulaciones de lo que la vida me ha ido dejando. Y la seda no cae, la seda se pega, la seda evidencia todo lo imperfecto: el pecho vencido por la gravedad, el brazo al que le cuesta deslizarse, el ombligo que se hunde… Y la cara. La cara no lleva ropa; la cara se ha desencajado, se deforma por segundos, los ojos se hunden y todo a mi alrededor se ha empañado. No veo, no consigo ver más que la figura perfecta de aquella chica de madera que seguirá esperándome fuera para desafiarme. Solo están esos ojos coloreados sin vida, a los que ni siquiera puedo distinguir con exactitud. Ese flequillo dorado se escapa de mechones trenzados en perfecta sintonía. Esos labios que nunca dirán nada pero que me han dicho tanto, ese cuerpo frío con el brazo (también el derecho) apoyado sobre su cintura, con la chulería de una juventud sin vivir, esa que yo ya no tengo, que ya no viviré. No puedo ser ella, no puedo quedarme inmóvil en el centro de un pasillo dorado para que todos me admiren, para que todos sueñen con verme, no puedo paralizarme sin acomodarme el pantalón porque un trozo de vientre reclama respirar fuera de la lycra. Es inútil. Por más que miro en el espejo, por más que lo intento, no soy ella.
Y la odio, la odio tanto que siento el pecho arder, que quiero llorar hasta perder toda la humedad de mi cuerpo, hasta caer seca, sin aliento. Y la música, con su percusión repetitiva y electrónica, sigue sonando, porque el mundo no se ha detenido. Las luces siguen brillando y las risas tras las otras cortinas verdes me entran por los oídos como un taladro incapaz de perforar una pared. Que todo pare, que todos se callen, que ella ya no esté ahí, que yo no pueda verla, que nunca más desee que mi corazón lata en sus pequeños pechos barnizados.
Camino despacio, arrastrando la vida, y abandono en una montaña imposible de ropa todo lo que a ella tan perfectamente le sienta. Y es que ella sigue ahí, esperándome. Me vuelve a mirar. Sus labios permanecen sellados y su mirada, fija en la nada. Pero detrás de la nada estoy yo, y su mirada me da escalofríos, como si me hablara desde un lugar aún no inventado para recordarme lo que nunca seré.
«Y más vieja, y más cansada», como dice la canción más triste del mundo, vuelvo a cruzar el umbral de luces, mareada por la mezcla de perfumes. Las puertas se abren solas a mi paso y me devuelven al mundo que me ha tocado habitar. Vuelvo a sentir el aire fresco, a ver a la gente que pasea, a los jóvenes que ríen en grupo, a las parejas que caminan abrazadas y parecen un solo ser, el movimiento de los miserables árboles que intentan adornar la calle. Y respiro, triste, sin nada en la mano, sin nada en el alma que no sea el desprecio hacia mí misma.
Ya en la calle, me detengo y vuelvo la mirada hacia el festival de bombillas que invade el local que abandono. Se ven las cabezas de la gente, sonrientes, que van y vienen, que entran y salen… Y en medio de todo, impasible, sigue ella, con su misma pose, sus mismos labios rojos y su barbilla afilada, diciéndome desde lejos:
«Nunca serás yo».

Lucía Álvarez Portero
Grupo D



Lo que habita

Removía cajas en el almacén cuando se topó con ella. El corazón salió de paseo igual que en una mala pesadilla. Tuvo que retroceder un par de pasos y respirar profundo para razonar más allá del susto.
Miraba desde el suelo, su cara partida, la nariz ausente a saber cuánto tiempo atrás. Era el maniquí más perturbador que había conocido en su vida (y era mucho decir, puesto que aquella tienda de vestidos de novia no era su primer rodeo en el mundo del comercio).
—Me has dado un susto de muerte, maldita —musitó, recuperando unos latidos más saludables—. No sé por qué la jefa no te manda al cubo de basura de una vez. Estorbas.
El viejo maniquí, con la pintura saltada en esa sonrisa que un día debió ser bonita, emitió una melodía de notas quebradas. Aunque debía regresar con la caja de velos que entró a buscar en primera instancia, la posó en el suelo y dirigió sus pasos hasta esos pies rígidos y descalzos. Otro sonido, como si algo arañara para salir por la grieta, hizo desaparecer su aliento en la garganta. Se acuclilló, hipnotizada por el sonido, y extendió la mano para apartar el cabello enmarañado del maniquí.
No tuvo tiempo a reacción cuando los huesudos dedos del maniquí atraparon su muñeca. La boca partida se abrió al tiempo que la suya y, de ninguna de las dos, manó el grito.
La luz tintineó antes de apagarse.
La jefa entró con pisadas fuertes, moviendo motas de polvo a su alrededor como un torbellino.
—Espero que no estés fumando un cigarrillo a oscuras, porque luego huele a mierda toda la mercancía y hay que ventilar…
Frunció el ceño antes de continuar su discurso y algo se conectó en su cabeza. Encendió la luz y vio la caja de velos, que recogió entre los brazos. Titubeó un momento antes de deslizar la mirada hasta encontrarse con los ojos muertos del maniquí.
Los rasgos habían cambiado, como todas las veces anteriores. No conseguía regenerar la nariz, cerrar la grieta del rostro que abrió aquella otra empleada, la única que se resistió años atrás.
Asintió en silencio. Cada vez se cobraba antes su tributo de carne y las ganancias de la tienda no duraban tanto. Suspiró.
Algún día, lo que habitaba el maniquí se quedaría con ella.

Sara Terrén
Grupo D



Recuerdos

Cuando te he visto me has recordado a una modelo que, cansada de viajar, de vivir en lujosos hoteles sin poder comer un buen plato del “manjar de los manjares” se mueve de un país a otro. No ha conocido más que aeropuertos y pasarelas con alfombra roja , donde se mueve como pez en el agua, pero sin embargo, decide descansar una temporada en un museo de alta costura.
Acaso no puede probar la quietud y el descanso una temporada. Aquí, también podrá lucir sus modelos, la cambiarán o no, no habrá sesiones interminables de peluquería, maquillajes, manicuras y dolor en sus pies inflamados.
Si quiere podrá, cuando se vayan todos los visitantes y se opaquen las luces, pasear por suelos blancos y fríos sin necesidad de sufrir dolor.
Por la mañana, escuchará voces de personas de distintos gremios, que admiran ese mundo de la moda de otra manera, sin pasarelas, ni movimiento, volver a esa jaula acristalada donde otros le acompañarán sin molestarle apenas y ver las caras de admiración de abuelas, madres e hijos que miran e imaginan sus propias vidas allí donde habitan.

Carmela
Grupo A




Una diosa de plástico

Os vigilo. Observo vuestros gestos. No escucho lo que decís porque no entiendo las palabras; para mí son sonidos vacíos carentes de sentido, aire que se pierde en los rincones. Al igual que se pierde mi mirada cuando os contemplo; sí, vosotros no lo sabéis porque no veis más mis ojos vacíos, carentes de luz. Creéis que soy un simple pedazo de plástico pero en realidad soy un ser divino que habita en vuestro mundo.
Río para mis adentros porque no os dais cuenta de vuestros movimientos errantes y caóticos dentro de un espacio limitado, una jaula invisible de la que no sois conscientes. Lleváis una vida carente de sentido, mantenéis unas relaciones que os atan y no os dejan buscar la Verdad. Tantas tareas absurdas hacen que os ahoguéis en un mar de caos, hundiéndoos poco a poco hacia un fondo oscuro de tristeza infinita.
No intentéis siquiera ser libres. Nunca lo conseguiréis. Vuestra ignorancia os delata. Una mente ignorante en un cuerpo defectuoso. Eso sois: carne maldita y malograda. En cambio, yo soy la encarnación de la pureza y de la perfección, de la belleza eterna que nunca degenera, de la juventud inmutable.
Por eso fuisteis arrojados a esta existencia miserable, a repetir lo que hicieron vuestros ancestros, a sufrir infinitos males por cometer los mismos errores una y otra vez. Las generaciones se suceden; algo cambia para que todo siga igual. ¿Es esto lo que esperabais de la vida? Ni siquiera la llenáis de esperanza, tan absortos en vuestros miserables agujeros, con la cabeza llena de sueños que acaban siendo devorados por miedo.
Miedo. En nuestro mundo no existe. Pobres almas errantes. Qué fácil es caer en la apatía, qué fácil es dejarse llevar, qué fácil es simular lo que uno no es porque en realidad no sois nadie. Eso lo sabéis, pero preferís esconderlo en algún rincón recóndito de vuestra memoria para no acordaros jamás, y seguir con una existencia absurda.
Yo espero vuestra caída detrás de este muro transparente que domina las calles de las ciudades. El tránsito de coches y autobuses, los ruidos que no cesan, el humo que se apelmaza en el aire, las luces chillonas que ocultan el resplandor auténtico de las estrellas y nos privan de la noche; vuestro incesante ir y venir es un tránsito a ninguna parte, ¡malditas figuras errantes que domináis el paisaje que contemplo! No sois más que una sombra de un destino lejano del que una vez escapé para convertirme en lo que soy ahora:
Una diosa de plástico que os maldice por poseer algo que yo nunca podré obtener: una existencia y una vida.

Maite BT
Grupo C
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Copiloto de quita y pon

(Se escucha en la radio del coche: «¡Pi! ¡Pi! ¡Pi! ¡Piiiiiiiiii!».)

VOZ EN OFF: ¡Son las 7h, las 6h en Canarias! Último lunes del mes de octubre. Se espera un día lluvioso, con viento racheado que impedirá abrir los parques públicos en toda la ciudad de Madrid. Alcanzaremos una máxima de 14 grados, con mínimas de 9.

El nivel de contaminación es extremadamente alto; pedimos encarecidamente que utilicen el transporte público. Todas las entradas a Madrid están muy congestionadas, especialmente la A-6 desde Aravaca, donde un accidente impide circular por 4 de los 6 carriles.

Recuerden que pueden utilizar el bus VAO siempre que en su vehículo viajen, como mínimo, dos personas.

ÁNGEL: (Al volante, irritado.) No falla: el día que tengo que bajar a la oficina, algún imbécil se da la piña. Algún niño de papá de Majadahonda con el Mercedes de mamá. Como se nota que ellos no pagan ni las multas ni los golpes del coche.

(A Isabel.) Venga, ponte guapa, que arranco.

ISABEL: A ver si te jubilas pronto, porque cada día llevas peor que llegue el lunes. Luego bien que te pavoneas con los amigos el fin de semana de lo que te gusta tu trabajo: que si yo hago, que si yo soy…

ÁNGEL: Anda, vístete y ponte las gafas de sol grandes. Seguro que con el accidente hoy hay muchísima más policía.

ISABEL: Si ya estoy. Algún día recordarás que cada lunes me pongo la misma ropa, y los miércoles y los jueves… Todos los días que tienes que bajar a la oficina, por no escucharte, ya tengo puesto desde el día anterior el pañuelo azul, el jersey amarillo y las gafas de la Martirio.

(Pausa.) No me extraña que no tengas pareja desde hace 20 años. No te aguanto ni yo, que soy una santa que ni siente ni padece.

ÁNGEL: ¡Te podías poner el cinturón! Pareces una niña de 5 años. (Mira el reloj.)

Vamos, que al final llego tarde, y tengo reunión con el CEO a las 10:15. Menuda hora para poner una reunión un lunes. En fin… (Le pone el cinturón a Isabel, arranca y salen del garaje.)

ISABEL: Pero si luego llegas y le ríes todas las gracias. ¿De qué te quejas?

ÁNGEL: En 3 minutos estamos en el bus VAO de Las Rozas. A rezar para que no se haya estropeado ningún bus de la EMT, para variar.

ISABEL: Y para que no haya policía. Al final, algún día te van a pillar sí o sí.

ÁNGEL: La verdad es que para lo único que vales es para ir acompañado al trabajo y que pueda ir por el bus VAO. Si no, me comía el atascazo de la A-6 en Aravaca. (Refunfuña.)

No paran de dar la matraca con el transporte público, y luego siempre están los autobuses echando humo, parados en el arcén. Y de premio, algún chicle que te llevas pegado en los pantalones, de algún niñato.

ISABEL: ¡Tuuuuú! Pero si hace años que no montas en autobús, desde los 12, cuando te llevaron los escolapios a ver El Escorial. Como no tengas el chicle de ese día guardado de recuerdo… Eras tan pánfilo que seguro que todos te pegaban el chicle en el pelo.

(Pausa.) Bueno, eres tan pánfilo… Seguro que el CEO te pega el chicle en el pelo y le ríes la gracia.

ÁNGEL: ¡Isabel, Isabel! No me calientes, que paro y te dejo aquí, en el arcén. Precisamente a tus piernas les gusta poco andar. Naciste para ser noble, pero te quedaste en plebeya.

(Se oye una sirena. Luces azules sobre el coche.)

ÁNGEL: ¡Hostia, hostia, la Guardia Civil (Entre dientes.) Joder, que me dan el alto.

(Aparece GUARDIA CIVIL 1 junto a la ventanilla. Algo más atrás, GUARDIA CIVIL 2.)

GUARDIA CIVIL 1: Buenos días, caballero. ¿No sabe que es ilegal circular con un maniquí disfrazado de acompañante?

ÁNGEL: Pues disculpe, no lo sabía. No tenía ni idea de esa norma. (Pausa.) No lo volveré a hacer.

ISABEL: Hoy no le vas a dorar la píldora al CEO, pero se la vas a dorar al picoleto.

ÁNGEL: (Entre dientes.) No me toques las narices, Isabel, que bastante tengo hoy.

GUARDIA CIVIL 2: ¿Isabel? ¿Pero está hablando con el maniquí? Le iba a poner 200€ de multa por circular con un maniquí de acompañante. Me estoy pensando hasta retirarle el carnet.

(A su compañero.) No tengo claro que tenga las capacidades psicológicas para conducir. Una cita en psiquiatría en el Gregorio Marañón no le vendría mal…

ISABEL: (Con sorna.) Le llevo diciendo dos años que ese CEO le está volviendo loco. Pero nada, que no se va de ese trabajo hasta que no le echen, para que le den lo suyo. Pues toma lo tuyo: 200€.

ÁNGEL: Que te calles, que no estoy para bromas.

GUARDIA CIVIL 1: ¿Pero usted se encuentra bien? Vamos a inmovilizar su vehículo, y 200€ más de multa por desacato a la autoridad.

ISABEL: Te llevo diciendo 3 meses que nos van a pillar. No puedo ir todos los días con el maldito pañuelo azul, el jersey amarillo y las gafas de la Martirio. Que te gastes 100€ en otro look para mí. Pero nada, que deje de pedir, que parezco de la nobleza.

(Con sorna.) Pues toma nobleza: 400€ e inmovilización del coche.

ÁNGEL: (Fuera de sí.) ¡¡Isabel!! ¡¡Que te calles!! ¡Al final te tiro por la ventana!

GUARDIA CIVIL 1: Al final nos toca detenerle por violencia de género. (Con tono conciliador.) Por favor, relájese, que con este tema las normas son muy estrictas.

GUARDIA CIVIL 2: (Hablando por la emisora.) ¿Centralita de Majadahonda? Por favor, manden una ambulancia con servicio de psiquiatría. Tenemos a un caballero inmovilizado en el bus VAO de la A-6 con síntomas, como mínimo, de sustancias sospechosas. Si no es eso, ha perdido completamente la cabeza.

ISABEL: Al final, hoy duermes calentito y, con un poco de suerte, hasta con las manos atadas. Así aprendes lo que es no mover los brazos.

Pero lo que me encantaría es que te mandaran a la prisión de Alcalá Meco, así sabes lo que es estar siempre con la misma ropa.

(Pausa.) La que has liado, Ángel, por 100 € de mierda para un look de quita y pon para mí. Al final me va a tocar visitarte en la cárcel, como a la Pantoja o a la mujer de Bárcenas.

(Pausa. Con un hilo de voz.)¿Y quién me lleva? ¡Si a mí solo me hablas tú!

(Las luces azules siguen girando. Oscuro.)

Daniel Sánchez
Grupo A




Sólo a la luz de la luna cobras vida.
No te vas de paseo.
Tejes tus propias ropas.
Quieres ser la mejor de tu puesto.

Al anochecer bajo un candil,
rebuscas con ansia entre azulejos.
lentejuelas,hilos, lanas, agujas...
para hacer tus propios atuendos.

Llevas años bordando...
que si sombreros, jerseys,
camisas, pañuelos...

Quieres vivir nuestra vida,
sentir nuestros deseos.
Pero sin ropa adecuada
no te permites mirarte al espejo.

Algunas prendas son de un sólo uso.
Una boda por ejemplo,
un día especial
que llevarás en tus recuerdos.

Quieres hacer que los demás,
siempre en ti atentos,
al pasar por el escaparate,
queden prendados de tus anhelos
¡Llenas de colores la vida!
Créeme qué te entiendo.

En los días grises
cuando la vida es un tormento ,
¡pones tu encanto maniquí
hasta en los hábitos del convento!

Una rosa bordada
un hilo, una cruz, un remiendo.
Dejas que los demás vistan tu ropa.
Aunque sólo yo conozco tú secreto.

Eres la estrella de la tienda,
y tejes con gran esmero.
Tus manos de plástico,
no sufren artritis con el tiempo.

Si te pinchas no sangras.
Tu corazón no late con esfuerzo.
Y aunque vacía por dentro,
sin mostrar ningún arrepentimiento,
tejes, tejes y tejes
tus más ansiados momentos.

Eres una de las moiras,
pues vida le das a tus atuendos.
La estrella de la moda,
con encanto y sin frenos.
Son sutiles tus puntadas
y ágiles tus movimientos.

Virginia Rodríguez
Grupo B




Una maniquí en apuros

Era urgente abandonar el escaparate a máxima velocidad. Salió disparada hacia a la puerta de la tienda de ropa en la que vivía desde hacía ya no sabía cuánto tiempo. Al llegar, se topó con un vigilante de seguridad, algo con lo que no contaba. Se vio obligada a sobornarle con gestos cariñosos e hizo resbalar su propia camiseta hasta que cayó desmayado, posiblemente al ver un hombro de madera por el que se asomaban algunos tornillos. No pudo resistirse ante tal escena y decidió regalarle un beso, también de tornillo, entre una sonrisa divertida y cierto sentimiento de lástima. Tras ello, corrió hacia el fotomatón más cercano y metió una moneda que había arañado de algún bolso despistado. Miró la foto unos segundos y la aplastó contra su corazón, necesitaba reconocerse antes de que los vestidos, que chorreaban una moda simplona y gasas baratas, comenzaran a asfixiarla. Sin darse cuenta, se había ido olvidando ante exigencias fútiles y escondiéndose bajo sus propios sueños y una frondosa melena negra, que ya bajaba de las cejas, y que le permitía no ver demasiado el mundo. El extraño juego del escondite terminó el día en que se descubrió aprisionada entre el cristal y las miradas frívolas del escaparate en el que había convertido su vida.
Aquella noche, en aquel fotomatón, su mirada, ya sin ojos y sin miedo, gritó con fuerza. El frío microcosmos de cristal tembló.

Patricia Gómez Ledesma
Grupo B




Mira, mira

Ya arranca otro día. Hoy parece que hace frío. El vagabundo que duerme en el soportal, escondido entre cartones, se encoge más de lo habitual. ¡Qué barbaridad! Unos tanto y otros tan poco. ¿Qué pensará este hombre? ¿Qué inquietudes tendrá? Mira, ya se levanta y vuelve a quedarse absorto mientras me mira. En el fondo creo que este también me envidia. Yo aquí calentita, sin pasar frío, ni calor, bien vestida, con todas las necesidades cubiertas. A lo mejor viene a dormir porque espera que haya alguna vacante en mi puesto. No lo contratarían, no tiene buen aspecto.
Ya empiezan a desfilar los de todos los días. Mira, mira, ahí va el del cigarro. Nada más salir de casa ya está fumando. Y cómo tose. Pero, ¿por qué lo sigue haciendo? Cada jornada que transcurre está peor, más viejo, más torpe, más… enfermo. En la mirada muestra tristeza, qué pena.
Mira…. otro. Este ya está agarrado al brik de vino desde primera hora, para desayunar. Intuyo que quieren aislarse, esconderse en mitad del ruido.
No los entiendo.
Mira, mira, ya es la hora, la hora de los papás y las mamás. Llevan a los niños al colegio. Van acelerados. Desde aquí aprecio sus respiraciones entrecortadas. Sus movimientos secos, cortantes. ¿Por qué no saldrán un poco antes de casa? Disfrutarían del paseo con sus hijos. Algunas se paran, lo justo, los primeros días cuando me han vestido con un modelito nuevo. Lo miran con deseo, con envidia. Será por mi línea, que la mayoría ha perdido o se ven reflejadas vestidas con la ropa. Diría que un poco de todo. Hay de todo. Lo mejor son los padres. Percibo como me miran con lascivia, con deseo. Me gusta esa sensación. Pobres.
Las adolescentes también miran, pero su mirada es diferente. Estiran el cuello y empujan hacia atrás los hombros. Las prendas no les importan, les gusta mi porte. Enderezan su columna al pasar frente a mí, pero en pocos segundos se distraen y vuelven a su postura previa. El teléfono móvil parece que pesa demasiado.
Cuando ha avanzado un poco el día, deben darles permiso a todos para salir y moverse: ancianos, jóvenes, calvos, de pelo largo, altos, bajos, en silla de ruedas, obesos, tísicos… vaya variedad. Casi todos me miran, de una manera u otra, me envidian. Lo sé. La mayoría están tristes, con la mirada dirigida al suelo o perdida. No sonríen.
También es el turno de los de los vehículos. Vaya estruendo. Los conductores, esos sí que muestran su enfado. Debe ser que no les gusta conducir. Se enfrentan unos con otros. Alzan los brazos y los observo como gritan.
Mira, mira ahí están. Mira sus caras. Sus manos entrelazadas. Son los únicos que no me miran. Solo tienen ojos para ellos. Me atrevería a decir que no son dos, parecen uno. En ese instante. En trance. No saben lo que pasa alrededor. Es el amor. El enamoramiento. Qué pasión. Esos abrazos, esos besos. Esa sensación sí que me gustaría sentirla.
Mira, mira. Es ella. La única mujer que he envidiado. Ahora tiene ojeras. Me mira con tristeza, con nostalgia. La recuerdo desde que era una niña. Otra niña más, inocente, ingenua. Como el resto de los niños no me miraba. No me deseaba, ni me envidiaba, ni a mí ni a mi vestimenta. Creció. Se convirtió en una bella adolescente. Se comportaba como todas. Salía en grupo con otras de su edad. Un día apareció de la mano de un chico. Estaba nerviosa. Se besaron contra el escaparate. El cristal temblaba. La pasión crecía cada día. Eran como un torbellino, un huracán, desprendían algo, algo muy especial. Lo recuerdo con envidia, quería sentir lo que ella sentía. Pasaba las jornadas expectante, en espera, para verla. Diría que no era la misma joven que observaba desde niña.
Pasaron los años. Un día iba vestida de blanco, preciosa, guapísima. Ese día también la envidié por su indumentaria, la única vez que me ha ocurrido. Pero, poco a poco, aquella sensación, aquel fulgor, desapareció. Apareció embarazada, reflejaba felicidad. Ese día fue la primera vez que me observó. Noté en su mirada, nostalgia. Creo que se fijaba en mi línea. Los días seguían pasando, tuvo una niña preciosa. Recuperó su figura, pero no dejó de mirarme. Algo en sus ojos había cambiado. Aquella pasión había desaparecido, se había transformado en amor hacia su hija. Paseaba con su pareja de la mano, agarrados. Ya no hubo más besos de pasión contra el escaparate. Tuvieron otro hijo. Paseaban juntos, de la mano, pero intuía que había preocupaciones. Comenzaron a discutir. La pasión desapareció. Ahora siempre se detenía frente al escaparate y me miraba. Sus ojos se tornaban vidriosos.
El paso del tiempo hacía mella en su mirada. Su inocencia se marchitó. Discutía con su pareja. Todos los días. Ya no se daban la mano. No sonreía. No volví a verla. Ni a ella ni a su pareja. Tampoco a los niños.
Ahí va otra caja de madera. Los acompañantes vestidos de negro con caras tristes. Estoy segura de que ahí se los llevan cuando mueren. ¿Así saldré yo cuando muera? Intento averiguar quién era. Los acompañantes los conozco, pero venían a verla muy poco. Creo que era la mujer del pañuelo. Siempre llevaba un pañuelo de flores sobre la cabeza. Era de las pocas que sonreía sin motivo. No sé por qué lloran tanto, como si la echaran de menos. Venían a verla dos veces al año. Tampoco lo entiendo.
Creo que este mundo no está hecho para los humanos. Son seres complicados. Los veo tristes, preocupados, drogados, resentidos. Por cada unidad de alegría tienen diez de penas. Desde mi atril los analizo. No hay que ser pitonisa para ver que este ritmo no puede durar mucho tiempo. Su felicidad es pasajera. Se centran en los problemas, se enredan en ellos. No saben diferenciar. Prefieren nadar en sus quejas, en sus problemas… en sus insignificantes problemas. Muchos lo compensan con sustancias para disfrutar, para desinhibirse, para drogarse.
Anoche soñé que me convertía en una de ellos. ¡Vaya pesadilla!
Si yo me convirtiera en humano. Todos los días me levantaría pronto, al alba, sentiría el frescor de la brisa del amanecer, mientras la luz del sol baña el horizonte. Me iría a desayunar, cada día a un sitio diferente. Leería un poema, para que me iluminara todo el día. Sonreiría. Iría sonriendo a todas partes. !Qué bello es sonreír¡ Cuando un niño sonríe despreocupado. Transmite inocencia, ingenuidad. Yo sonreiría a todos los humanos, para transmitir alegría.
Si yo pudiera sonreír…
¡Ah! Y me encantaría enamorarme. Sentir el amor. Esa sensación, ese estado. Esa pasión oscilante, que te arrastra, que te lleva, como po Bas olas del mar. Cuando todo cambia y nada importa. Cuando el Sol y los planetas se detienen y comienzan a girar a tu alrededor. Ese virus que te enferma con síntomas de felicidad, de alegría. Los problemas desaparecen… hasta que llega el desamor… entonces aparece el caos.
Mira, mira. Aquí llega el vagabundo. Trae cartones nuevos. Está contento. Mira, mira cómo mira. No es deseo. No es por mi ropa. Diría que añora una estabilidad. Un lugar. La pertenencia a un sitio. Qué complicado es ser humano. Son jeroglíficos imposibles de resolver.
No quiero ser uno de ellos.

Max Ferlam
Grupo B




Crecer

El ruido del motor del último coche del parking se aleja hasta desaparecer cuando dobla la esquina, allá afuera, en dirección a la vía de servicio.
Desde dentro, la cámara 4 del pasillo principal se activa a tu paso.
Te diriges hacia el hall de la segunda planta donde te espera una monstera gigante que cubre la escalinata. No tienes manos con dedos oponibles, solo la recreación de una mano humana simplificada con forma de ganzúa, así que llevas como puedes una cinta métrica de costurera y mides el tallo de la planta y las hojas más verdes que también son las más jóvenes.
La cámara 4 hace zoom siguiendo tus movimientos. En un rincón oculto por el follaje de la monstera, sobre un trozo de pared desconchada (¿la has desconchado tú?), haces una nueva muesca sin mucho esfuerzo gracias a tu mano de polietileno:


Agitas tus brazos tiesos (pareces contento) y con tu mano te palpas el bolsillo frontal de tu traje, comprobando que hay algo y que ese algo sigue ahí.
La cámara 7 frente al chikipark se activa a tu paso.
Has cogido un rotulador permanente de color negro y una vela de cumpleaños gastada que algún niño con dedos oponibles y rechonchos se ha dejado tirada en el suelo. Te diriges al local de al lado y te paras frente al escaparate mirando tu reflejo. Tu rostro ovalado, los carrillos redondeados, el flequillo estático de un niño que no termina de crecer. Destapas el rotulador y restriegas su punta sobre tu rostro coloreando el contorno de tus labios, de tu barbilla, evitando la línea de la mandíbula. Un bigote y una perilla oscuras y tupidas, perfectamente recortadas, a juego con las cejas que te pintaste hace tiempo.
La cámara 4 se activa a tu paso mientras recorres el pasillo principal de nuevo.
Apoyas la vela de cumpleaños sobre el asiento que ocupan normalmente maridos y esposas aburridas de esperar frente a la tienda de ropa. Un pirulí de colores en espiral con la mecha vieja sobre una pieza de madera de mentira. Sacas un mechero del bolsillo frontal de tu traje. (¿Cuánto tiempo lo habrás tenido ahí guardado?) Juntas tus dos manos e intentas hacer funcionar su piedra, pero no tienes dedos oponibles, así que el mechero se te resbala. Lo recoges como puedes y vuelves a intentarlo. Sin embargo, el mechero se te cae de nuevo porque el mechero tiene vida propia, la misma que tienen tus manos de plástico: (¿bastante vida para agitarse, pero no la suficiente como para encender una llama?). Gritas. Gritas un aaaah largo, bastante profundo. Un aaaah que suena a escamas de polietileno atragantadas y que pausas de vez en cuando para tomar aire.
La cámara 3 de la segunda planta se activa a tu paso.
Con los hombros encorvados y la vela en tu mano, te metes en el fotomatón y hace PUM, PUM, PUM. De la ranura de fuera extraes una tira de fotos cuadradas. Te diriges al restaurante de comida rápida que hay en frente.
La cámara B de la hamburguesería de la segunda planta se activa a tu paso.
En la cocina buscas los fogones. Giras la llave del gas y la aprietas esperando el chasquido que precede a la llama. Pones la vela sobre el acero de la cocina. Vuelves a apretar la llave esperando el chasquido que precede al fogonazo. No hueles el gas que inunda la estancia porque tu nariz es estanca. Aprietas la llave esperando el chasquido que precede al fuego y, (¡por fin!) una llamarada se proyecta sobre ti y enciende la vela (¡por fin!), y alumbra tu flequillo de niño que no termina de crecer (¡por fin!), y prende tu traje de domingo, y el fulgor naranja sobre tu cuerpo de polietileno se eleva hasta el techo en una fiesta (¡por fin!) de luz y combustión que no serás capaz de soplar.
Con los sensores de emergencia por incendio, todas las cámaras se activan a la vez.
Las llaves de agua se abren dejando caer una lluvia fina sobre todas las cosas. A lo lejos, el ruido de las sirenas que se acercan por la vía de servicio.
La cámara B de la hamburguesería hace zoom sobre ti: tu cuerpo a medio derretir tendido en el suelo, y una de tus fotografías a medio quemar, junto a tu mano de mentira, son regados desde el techo.

Ana Rapado
Grupo B


El último maniquí
Madrid. 13 de octubre de 2134

Programa de radio nocturno “La noche omnímoda”. El locutor, con voz ágil pero a la vez neutra, prácticamente unisex, anima a los oyentes a participar en el programa.
—Y ahora, todo el que quiera puede llamarnos y decir algo, lo que guste. Aquí está nuestro amigo Sebastián, experto en programación LIO, para deciros en qué empresa fuisteis programados. Y ya sabéis, el que aguante más tiempo en antena se llevará el premio consistente en una visita turística al cementerio de La Almudena.
Las intervenciones de los oyentes se suceden. Abda 62, la primera en estar en el aire, aguanta en antena diecinueve segundos, y eso que ha sido programada para imaginar más de ochenta mil situaciones distintas, de las cuales veintidós mil ocho son inverosímiles. Pero Sebastián se las sabe todas.
—Has sido programada por Xerox-Ionios —la interrumpe—. Las cuatro uves que empleas, antes y después de la palabra “bosque”, te delatan.
Abda 62 es inmediatamente sustituida por Clerops 870, que aguanta catorce segundos, y ésta por Ziro 267.000, que aguanta treinta y dos segundos. Y así se van sucediendo los oyentes, hasta que le dan la oportunidad a Ernesto.
—Hola, Ernesto —la voz del locutor es la misma que empleó tres horas antes—. ¿Qué nos tienes que decir?
—Que todos los humanoides sois unos hijos de la gran puta y que maldita la hora en que os inventamos —dijo muy alterado. Luego respiró tan hondo que cuando resopló pareció un animal extenuado—. Anda, Sebastián —prosiguió igual de alterado—, ¿a que no adivinas por quién cojones estoy programado?
Se hizo entonces un silencio profundo, durante el cual Sebastián procesaba las frases de Ernesto. Pero no decía nada y había pasado ya un minuto.
—Vaya con Ernesto —intervino de pronto el locutor—. Menudo crack tu programador, a lo que se ve.
—A mí no me ha programado nadie, locutor de mierda. A mí me trajo al mundo hace ciento seis años una mujer de carne y hueso que se llamaba Mariana. Y lo hizo después de copular nueve meses antes con un señor que se llamaba Juan. Sí, he dicho copular —enfatizó Ernesto—. Esa cosa que vosotros no hacéis, ni podéis hacer, ni puñetera falta que os hace porque os fabrican en masa en laboratorios.
Ernesto volvió a callar mientras Sebastián seguía procesando sus frases, sus palabras, su acento. Pero no acertaba a dar con el programador.
—Vaya, Ernesto, eres el primero que le aguanta a Sebastián dos minutos. Cualquiera diría que eres un humano de verdad. Ah, ah, ah —rió metálicamente.
—¡Es que lo soy! —gritó Ernesto—. ¿No te das cuenta, gilipollas?
En ese momento, el locutor y Sebastián intercambiaron una mirada led. Sebastián negó con la cabeza en señal de que se rendía, por lo que el locutor decidió iniciar el protocolo policial. Cuanto más tiempo estuviera Ernesto en antena, más fácil le resultaría a la policía localizarlo.
—Bueno, Ernesto —intentó mostrar un tono afable—, pues el micrófono es tuyo. Adelante, puedes decir lo que quieras.
—Pues sí –empezó Ernesto con tono decidido, algo más sereno tal vez—. Sólo quiero decir que si hay algún humano escuchando el programa, que sepa que no está solo, que ya somos dos. ¡Y a mí no me vais a coger en vuestra puta e inmortal vida!
—Pero tú ¿de dónde sales, Ernesto? —trató de sonsacarle el locutor.
— Llevo treinta y dos años haciendo de maniquí en un escaparate, que es el único trabajo que nos dejaban hacer a los humanos a finales del siglo veintiuno, porque ya no servíamos para nada más. Qué bien, maniquíes. “Como no estáis programados —nos decían con recochineo—, lo que tenéis que hacer es improvisar en el escaparate, que se os nota en seguida y a los humanoides nos llama mucho la atención”. A esta situación de mierda llegamos. ¡Pero he burlado vuestra vigilancia y me he escapado! —gritó eufórico Ernesto—. Y sé lo suficiente de vosotros como para joderos vivos. Por eso repito: si hay algún humano por ahí, que no pierda la esperanza. Que el úlitmo maniquí va a revertir la historia de la humanidad.
—Ernesto… ¡Ernesto! —insistió el locutor—. ¿Estás ahí, Ernesto?
Pero Ernesto ya no tenía nada más que decir.

Óscar Martín
Grupo A




FEMME FATALE

De mirada ahumada
y arco de cupido definido.
En tus aires de sensual maniquí
mi pecho arde.
Beso de wiski en boca de hielo.
Destrózame el bazo,
arráncame el corazón.
Hazme un hueco en tu
vitrina de alta costura…
Hasta que el humo del tiempo
nos haga desaparecer.

Eva Hernández
Grupo A





Carta al director

Muy señor mío:

La que suscribe, Matilda Estática De Piedra, de ocho años, maniquí de profesión, se dirige a usted para manifestar lo siguiente:
Que, a pesar de mi corta edad, estoy hasta el moño (y las coletas) de pasarme las horas muertas encerrada en la planta infantil de este centro comercial. Aquí me obligan a mostrar unos modelitos horrendos que no se corresponden con mi perfil y estilo EMO.
Me desahogo en esta carta porque ya no sé a quién acudir. Ya le he llorado a mis padres por mi situación y mi deseo de contar con tiempo libre para realizar las tareas propias de un niño. Pero ellos insisten en que me conforme con mi condición; que he nacido maniquí y maniquí moriré. Sin embargo, yo no puedo conformarme: me siento explotada y no admito que se aproveche mi figura para obtener unas ganancias económicas que no repercuten en mi beneficio. No voy a quedarme de brazos cruzados.
Por este motivo, me he decidido a poner en marcha una idea que llevaba tiempo rondándome por la cabeza: formar un partido político infantil que luche y vele por los derechos del maniquí menor. Estas que adelanto en esta carta, serían solo algunas de las peticiones de la propuesta electoral.
Exigimos que:
-regulen nuestro horario de trabajo y dejemos de sufrir sobreexplotación laboral. Actualmente nuestra jornada comprende las diez horas, vamos, que trabajamos de sol a sol sin llegar a ver siquiera un rayo que no sea de cartulina.
-reduzcan igualmente un día laboral a la semana. Como niños deberíamos disfrutar de todo el finde, incluido el sábado. Pero este gran shopping abre sus puertas de lunes a sábados y, de un tiempo a esta parte, incluso algunos domingos o festivos. ¿Es que los humanos se han vuelto locos? ¿No saben descansar?
-incorporen un sueldo a nuestro trabajo ya que, por el momento, es inexistente. No recibimos ni un euro, ni una paga semanal el fin de semana con la que comprarnos unas chuches en la sección “Dulcilandia” de este mismo gran almacén sita en la 4ª planta.
-nos consulten a la hora de vestirnos y mostrarnos al público. El otro día, sin ir más lejos, me pusieron una camisa de cuadros con unos pantalones de flores que hacen daño a la vista. A este paso voy a solicitar el traslado a la planta 5ª donde se encuentra la sección óptica.
-Nos concedan, como a cualquier trabajador humano, periodos de descanso, días libres o de asuntos propios, fines de semana y vacaciones remuneradas, así como unas horas de recreo para acudir a la zona recreativa del centro sita en la planta 8ª. Me han soplado que los padres humanos suelen abandonar allí a sus retoños mientras disfrutan de unas horas de compras compulsivas.
-nos traten con un poquito de dignidad en periodo de rebajas y ventas especiales pues nuestra situación empeora en estas fechas. Nos tratan como si fuéramos peleles y nos cambian de modelito a toda velocidad. Además, nos someten a unas sesiones de trabajo maratonianas que ni el mismo “Supermaniquí” aguantaría.
-no nos torturen con tallas y números de calzado inferiores a nuestro tamaño. Por favor, ¿alguien me puede quitar estos zapatos de charol dos números más pequeños? Me vienen pequeños, llevo dos meses con ellos puestos y, a pesar de mi corta edad, están empezando a salirme juanetes.
-nos proporcionen una educación de calidad gratuita y, sobre todo, obligatoria. Repito: obligatoria. Exigimos poder asistir al colegio cinco días a la semana, aprender a leer, a sumar y a hacer todas esas cosas que ha llegado a nuestros oídos que aprenden los niños humanos. Queremos acabar con la brecha educacional entre los infantes humanos y los infantes maniquíes.
-se prohíban las fotografías dentro del centro comercial y se respete nuestra imagen. No somos “influencers” locos por aparecer en redes sociales. Tampoco queremos que se difundan fotos nuestras sin un consentimiento legal. Desconocemos el destino y el uso que se hará de ellas. Estamos en contra de que se genere una identidad o una huella digital imborrable que influya en nuestro desarrollo emocional, reputación futura o que se pueda utilizar para suplantar nuestra identidad.
Por todo ello, le solicito que se publique esta carta con el fin de que sea conocida nuestra lamentable situación. A ver si por fin la sociedad se da cuenta de que la infancia, por muy maniquíes que se seamos, no está hecha para trabajar, sino para vivir, jugar, aprender y crecer con dignidad.
De lo contrario, no nos quedará más remedio que acudir al Sindicato Infantil de Maniquíes (SIM). Amenazamos con no permanecer más tiempo inmóviles y recurrir a una huelga de brazos caídos (aunque, en nuestro caso, no sería demasiado difícil). Es hora de poner nuestros derechos en movimiento y dejar de quedarnos plantados como estatuas.
Atentamente, se despide Matilda Estática De Piedra, maniquí infantil, trabajadora sin contrato y activista de escaparate.

Toñi Martín del Rey
Grupo B





Paraíso

“Se peinaba a los garçon
La viajera que quiso enseñarme a besar
En la gare d´Austerlitz”

(Joaquín Sabina”

Siempre nos quedará París

Gabriel Risco
Grupo C



¿De dónde vienes tan triste?... ¡Habla!

Araceli Sebastián
Grupo C


Fiesta de los maniquíes

Quedamos a las diez bajo el reloj. Y siempre llegaba tarde, un poco por hacerlos esperar… ‘Passa, tío, otra vez… ya nos pirábamos. Ya te vale, colega, a la próxima te vas a buscarnos por ahí…’. Tampoco había bajado antes, a media tarde, para dar vueltas a la Plaza Mayor con los chicos y las chicas formales, para ver si la veía. Las chicas, como las agujas del rejoj, los chicos, al revés. Guiños, miradas y risitas sin sentido.
Fuimos por el Juan del Enzina, vino con trocitos de melocotón y los primeros porros, y por La Luna, en Libreros, birras y los segundos… Luego al Bolero, las absentas, ya bolingas… En medio, a Fresas y a Hindagala, a ver si veíamos a las pijas… Después al Rivendel y acabamos en El Triciclo, en el María y en el Pananoia. La tez ya blanca, los ojos brillantes y un estómago de sólo bilis en derrota.
Cómo protegían, ellas encantadas, a las niñas pera. Dios los criaba y ellos se juntaban. Bien sabían si eras de familia de posibles o no. Los cachorros, su coro alrededor, impenetrables. Quizá, al final, hasta terminarían casándose en su círculo incestuoso.
Se nos caía la baba mirando por las ventanas del Casino, en su party… Sonaba Olé Olé, Objetivo Birmania y el primer Mecano. Coca-Cola, y farlopa en los servicios, para ellos y nada de comer, para nosotros.
Al cabo de un buen rato de rabia e impotencia, y más baba, algún colega, a empujones, dijo: ‘Que te pires, vampires…’ y, de asco, nos largamos de allí a los garitos de grafitis en las paredes y de pises en el suelo de los servicios. Más asco todavía, aquel olor y aquellos fantasmas y visiones en humo y vapores de náuseas y dolor de cabeza. El corazón rebosaba en punzadas de desamor y la tripa, en retortijones.
Este viernes dolió más. Ella, inalcanzable, con esa mirada sin pestañeo, vidriosa, el cabello engominado, bailando casi articuladamente… ¡Qué sosos y vacíos todos! Con la mirada parecían decir: ‘No las toques, por favor’ y, nosotros, responder: ‘Oye, tú, tú que me miras, ¿es que quieres servirme de comida…?,’ y lo que sigue. A nosotros, que apenas teníamos para comprar, muy de tarde en tarde, alguna cinta pirata en el rastro.
Ella, inmisericorde, con su ropa a la moda y la moto a la puerta, bellísima.
Todavía callejeamos algo más, a pesar del frío… y fumamos más y bebimos menos, ya sin un verderón en la chupa.
Poco antes del amanecer, llegué a la tienda. Y cada cual, a la suya. A lo lejos, mientras su voz se apagaba, escuché a la loca de mi madre que me chillaba y no callaba: ‘dónde has estado, mira qué facha, qué horas son estas, vete a la cama…’
Había amanecido, y ya el viejo, otro derrotao de la vida, y la imbécil de mi hermana estaban en la vitrina de textil, y no dijeron nada. Pero yo, en mi cabeza, oía su rollo de siempre: ‘El que es el primero para irse de fiesta, tiene que ser el primero para levantarse. Hala, a ayudarme... O te pones a estudiar o te…. parto la crisma. Pues no te digo, el señorito… Los demás a currar pa’ que él coma y estudie… y él se pasa tol’ día de más’.
Era sábado y tenía que estar en el escaparate de ropa de espor y tocaba aguantar la resaca, interminable, de tirón hasta la noche. Malamente, pues amenazaba otro día de mal tiempo para la lírica. Mis ojos vidriosos no dejarían traslucir nada y no sabía si mi corazón resistiría su mirada, desde el escaparate de la lujosa boutique de enfrente, o se derretiría como el del soldadito de fibra de vidrio.

(*) Me colé en una fiesta, Mecano; Fiesta de los maniquíes, Golpes Bajos; Soy un macarra, Ilegales; Cena recalentada, Golpes Bajos; Malos tiempos para la lírica, Golpes Bajos.

Octavio C. Velasco
Grupo D


La imagen del dolor

Dolor, impotencia, desesperación... Un alma derrotada, atormentada por tanto sufrimiento; un cuerpo vencido, agotado.
Lágrimas inundando tu rostro, la mirada perdida pidiendo piedad.
Sus últimas palabras, exhaló su aliento.
Todo quedó en tinieblas: el inevitable final.

V. S.S.
Grupo D





Celia

Podía tener 12 años. Sus ojos, transparentes y claros, sostenían una mirada que buscaba respuestas en algún lugar impreciso, mientras todo cuanto le rodeaba se hundía en el desenfoque de las luces frías que inundaban el centro comercial.
Celia se llamaba aquella maniquí. Vestida a la última moda, ofrecía a las adolescentes indecisas sus pequeñas fantasías a precios asequibles.
Desde el otro lado del gélido cristal, miraba a los ojos de quienes se detenían y, de algún modo, lo comprendía todo: comprendía la ilusión de un deseo, el brillo de unos ojos al mirarla y también la tristeza de quienes no lograban encajar su economía para comprar aquellas pequeñas parcelas de felicidad.
Veía a las jovencitas de su edad entusiasmadas por gustar, por empezar a elegir, por descubrirse bonitas ante los ojos de los demás. Eran muchachas que comenzaban a caminar soltándose poco a poco de las manos de sus mayores, deseando estrenar no sólo vestidos sino también esa libertad nueva que les iba creciendo dentro.
Y Celia soñaba.
Soñaba con sentir un contacto cálido sobre sus formas de resina, con experimentar por primera vez el temblor de una caricia. Porque algo dentro de ella parecía latir.
Cada martes las empleadas la transportaban hasta los oscuros almacenes. Con movimientos rápidos y mecánicos la vestían con las últimas prendas.
- ¡Qué caliente está la maniquí! -comentaban algunas con desdén.
Celia habría querido gritarles que aquel calor nacía de algún lugar más profundo, que recorría las fibras de vidrio; habría querido explicarles que su cuerpo inmóvil también se estremecía, deseaba, esperaba. Su voz permanecía encerrada en lo más hondo de sí misma porque solo era capaz de sentir hacia dentro.
Desde su escaparate contemplaba el ir y venir de los empleados. Los veía llegar, marcharse, enamorarse, separarse. Los veía crecer, cambiar de aspecto, de ilusiones y de sueños. Algunos desaparecían para no regresar jamás, otros volvían al cabo de los años con el rostro distinto y una mirada en la que Celia creía reconocer algo de las personas que habían sido.
Quizá fuera eso lo que hizo que nadie advirtiera su propio crecimiento. Las personas cambiaban a la vista de todos, sin embargo, su cambio era tan silencioso que parecía no existir.
Porque Celia también crecía.
Crecía al mismo tiempo que ellos, a su manera, en secreto. Y mientras el mundo seguía pasando frente a sus ojos transparentes Celia iba dejando atrás, sin saberlo, los doce años de su infancia.
Se convirtió en una bella maniquí, tan hermosa, que comenzó a ser un reclamo para ambos sexos, aunque, a decir verdad, mucho más para el género masculino. En verano, cuando aquellas empleadas despreocupadas dejaban al descubierto buena parte de su cuerpo, Celia lucía unas medidas moldeadas por algún caprichoso escultor como si alguien hubiera querido reunir en ella todas las promesas de la belleza.
Borradas ya sus pecas, sus ojos translúcidos atrapaban las miradas furtivas de los viandantes que se dejaban llevar por aquel hechizo y terminaban perdiéndose entre pasillos, luces y tentaciones. Celia ya era famosa. Sus labios de fresa, su nariz de exactas proporciones, su melena negra y brillante hacían que su presencia resultara tan sublime que parecía romper la ilusión del escaparate. A su lado, los demás maniquíes se desdibujaban hasta convertirse en sombras.
Pero Celia crecía, y con ella el sentimiento. Aparecieron la ternura, el amor, las emociones que iban llenando aquel cuerpo inmóvil como si la vida, empeñada en abrirse camino, hubiera encontrado una grieta por la que penetrar en su interior.
Y, sin embargo, seguía allí, prisionera de su quietud, condenada solo a mirar, porque a medida que crecía empezaba a conocer las miserias humanas, casi también como sus anhelos. Descubría las pequeñas vanidades, aquella extraña obstinación de las personas por herirse unas a otras, incluso cuando se amaban.
Celia observaba, comprendía, sentía cada vez más con una intensidad que no parecía corresponderse con su cuerpo. Había en ella un calor secreto que se avivaba al contemplar una caricia, una despedida, un abrazo prolongado. Cuando alguien apoyaba la mano sobre el cristal deseaba atravesarlo, aferrar aquellos dedos.
Quería salir.
Quería dejar de ser una imagen para convertirse en alguien. Entre lo que sentía y podía expresar se abría un abismo. Y así, mientras los demás veían en ella una mujer perfecta, Celia comenzaba a descubrir la amarga distancia que separa la belleza de la felicidad.
Deseaba romper el cristal y echar a andar.
Ahora Celia era mayor. Desde aquellos cristales transparentes contemplaba pasar la vida mientras apenas alguien levantaba la vista para reparar en ella y herir, sin saberlo, sus sentimientos tantas veces ocultos.
-¡Cómo es posible que tengan esto aquí! –decía alguien al pasar.
Ella, cansada y sola, guardaba silencio, como lo había hecho siempre. Había aprendido a callar, a custodiar tras sus labios inmóviles todo aquel conocimiento que había ido acumulando de esos pobres humanos que se pavoneaban entre sus propias calamidades, tropezando mil veces con las miserias que ellos mismos se empeñaban en crear. Conocía bien aquellos bípedos presumidos, sus pequeñas grandezas y sus inmensas contradicciones. Quizá por eso prefería ser lo que era: una imagen inerte y fría condenada a contemplar el mundo desde la quietud de un escaparate y , sin embargo, cálida y frágil en algún lugar de su ser; de una fragilidad que ningún humano llegaría jamás a comprender.
No envidiaba ya sus cuerpos inquietos, ni sus corazones desbocados, ni aquella necesidad de poseer y al mismo tiempo huir del ser amado.
Había aprendido a mirar sin pedir nada, a sentir sin poder confesarlo, a esconder un mundo que nadie sospechaba.
Permanecía tras el cristal del escaparate mientras la vida desfilaba al otro lado, tan cerca que casi podía rozarla.
Tan cerca de todo.
Tan lejos de la vida.

Elena Domínguez Pérez
Grupo C


Made in China 2003

Congelada en el tiempo
y en esta jaula de cristal
miro pasar a las chicas.
Ellas no me miran a mí.
Plástica, in/visible,
ya hace tiempo que pertenezco al margen del escaparate.
Ellas no llevan
ni pelo platino ni sombras metalizadas
ni cinturas imposibles ni las cejas depiladas.
En otro tiempo nos parecimos.
Hoy son sus madres las que observan, melancólicas, de vez en cuando.
En la comisura de sus labios, el agujero penitente de la rebeldía.

Celia Cores
Grupo C




“Soledad “

Un día más, por fin se apagan las luces. Pronto será el cambio de temporada y todo se volverá más oscuro y frío.
Los transeúntes apenas se detendrán frente al escaparate, caminarán deprisa arrecidos de frío y a nosotros, los maniquíes , volverá a envolvernos la tristeza, el silencio…la Soledad.

María José Cacho
Grupo D




Ojos verdes

Fue al fijarse mejor cuando se reconocieron en medio de los demás. Hacía mucho que no se veían, desde que lo dejó por aquel rubio de ojos azules. Fueron años de ausencias y nostalgia, que vivió con desgana. Se había consolado pensando en cierta reciprocidad, pero sólo fue un deseo. Su amor había sido muy grande, mucho, y durante todo aquel tiempo buscó en aquella magnitud cierto consuelo. Pero es lo que tiene la promiscuidad, después había habido otro y, luego, otro y otro, que él supiera.
Para él no hubo ninguno más. Sólo sexo mecánico, y ocasional, sin más propósito. Ahora que lo miraba bien, se daba cuenta de que seguía siendo el más guapo de todos y de que se le desperezaba la antigua pasión, ardiente aún, como un reflujo de sabor conocido.
El camión se bamboleaba por el camino hasta la planta de reciclado, y todos, por la inercia, con él.
Se levantó como pudo y caminó torpemente, como alguien que baila breaking y se dirige a alguien.
De repente, paró y uno de los operarios comenzó a tirarlos, uno a uno, a un contenedor donde otro los amontonaba. Quiso abrazarlo, pero cuando llegó apenas le dio tiempo a tocar su mano.
Cayó con estrépito al hierro frío y mugriento. El empleado de abajo lo tomó y dijo: ‘Este es guapísimo… Me lo llevo a casa, lo retoco un poco, y como nuevo… Lo pondré en la buhardilla, verás’.
Desde arriba, con los brazos abiertos repletos de ausencia, desarticulado, percibió un guiño pícaro de sus ojos verdes. Quedó destrozado, aunque en su interior, a pesar de todo, le pugnaba por aflorar cierto gozo, que el donjuán no se merecía, al haber alcanzado una nueva vida.

Octavio C. Velasco
Grupo D


Gregorio Miranda pensó que su vida había sido perfecta junto a ella, a quien le había dedicado todos los versos del mundo. Cuando cerró los ojos por última vez, le pareció que bajo aquella pamela, tendencia del verano en 1963, al maniquí le resbalaba una lágrima sin perder la inmóvil y eterna sonrisa. La tarde también languidecía.
Murió feliz. Una vez más ella había rasgado la soledad a la que tanto había temido.

Aurora Martín Fiz
Grupo C





Rita y Pascual

1.-RITA

Rita trabaja en una boutique del centro. Los horarios de comercio son muy exigentes, para las maniquíes aún más. Comienza antes de que enciendan las luces y no termina hasta que las apagan. Sus vacaciones se limitan a la semana en la que sus jefes se van a Benidorm.
Cuando termina su jornada va a recoger a su hijo, Pascual, en la iglesia de San Nicolás. Él también es maniquí. Vestido de monaguillo, sostiene el cepillo con cara de pena.
El trabajo de Rita tiene grandes ventajas, sobre todo el ambiente limpio y el aire acondicionado. Cada quince días le cambian la ropa y recibe las instrucciones sobre la postura en que deberá mantener. En esas dos semanas nadie se mete con ella, salvo los niños que todo lo tocan y, desde que dejan entrar a los perros, tiene una nueva causa de inquietud, supera con profesionalidad su aprensión a que la husmeen. Entre los inconvenientes destaca tener que mantener esa sonrisa contenida y los ojos abiertos. A veces hace trampa y, cuando nadie la mira, mueve las articulaciones y los ojos. ¡Qué susto se llevó aquel cliente que la pilló! Nadie creyó lo que decía, lo tomaron por un majadero.
Hoy es fiesta, pero no saldrán a la calle. No puede soportar la visión de sus colegas menos afortunados. Trabajan cinco días sin descanso; a la intemperie, llueva o haga un sol abrasador. Son “ninots de falla”, de los que todo el mundo se ríe. Lo peor ocurrirá esta noche cuando los quemen entre risas y petardos.

2.- PASCUAL

Disfruto mucho de mi trabajo. En la penumbra de esta iglesia, permanezco vigilante junto a la pila bautismal. Es un buen lugar para ver los cambios de los tiempos. Veo envejecer a los habituales, su compañía me tranquiliza. De vez en cuando, algún feligrés desconocido hace que ese día tenga más interés. Disimuladamente lo observo e invento su historia, la mayor parte no vuelve a aparecer, otros se convierten, poco a poco, en conocidos. Los que más temo son los mozalbetes que llegan nerviosos mirando para todos lados y el cepillo que tengo en las manos. Las más de las veces, se trata de una falsa alarma, pero no dejo de acordarme de aquel que intento abrir el cepillo. Si no le hubiese sido por el cabezazo que le aticé, lo hubiera conseguido. Aún debe de estar preguntándose qué ocurrió.
En mis 70 años de existencia he conocido ocho papas y grandes cambios en la liturgia, aunque en el fondo todo sigue más o menos igual. Echo de menos a los monaguillos de carne y hueso ayudando en misa y sobre todo el sonido de la campanita. Fueron desapareciendo paulatinamente, el cura dejó de cantar la misa en latín y de mirar hacia el altar para hacerlo a los parroquianos. Todo eso está bien, lo que no soporto son las cancioncitas ridículas que los jóvenes cantan en falsete acompañados por unas guitarras desafinadas. En los bautizos he conocido otros cambios de costumbres. Ahora, que a los perros les ponen nombres de persona, a las personas les ponen nombres de perro. ¿Cómo se puede llamar Joaquín el perro del sacristán?
Los peores años son los que pasé escondido detrás de la escalera del campanario, el párroco quería dar un aire más moderno. Fue terrible, allí no me enteraba de nada y se me impregnó el olor a humedad. Por suerte, hace unos años, un cura de la vieja escuela volvió a sacarme a la vida. Cuando el resto de los curas conoció el incremento de las colectas, nadie volvió a cuestionar mi presencia.
Mi felicidad se ha visto trucada hace unos meses. Una compañera que trabaja en la boutique que hay junto a la iglesia se ha empeñado en que soy su hijo. Viene cada día y me obliga a ir con ella a pasar la noche en el depósito de objetos perdidos del ayuntamiento. ¿Cómo va a ser mi madre si no tiene ni 10 años? Además, no deja de llamarme Pascual y quiere que la llame Rita. ¡Qué despropósito, un maniquí con nombre!
Para colmo, pretende que esta noche no vayamos a disfrutar de la fiesta grande.

Enrique Martínez Montagud
Grupo D



Las campanadas

De repente, sonaron tres disparos y la luz se apagó.
Acababa de llegar a una fiesta de fin de año con un amigo al que alguien había invitado a través de las redes sociales. Era un ático cerca de Central Park donde se acumulaba más gente de la que cabe en un vagón de metro a las siete y media de la mañana. Nada más entrar, la vi. Tenía una estatura poco común para una mujer y unos ojos de un azul nomeolvides tan fascinantes que fui incapaz de dejar de mirarla.
Me hice rápidamente con una copa y traté de acercarme a ella cuando sonaron lo que parecían disparos.
Se apagó la luz y comenzaron a oírse las campanadas de la cercana catedral de San Patricio. Los disparos se trocaron en explosiones que estallaron al unísono con el griterío de la multitud que se agolpaba en las inmediaciones y con el estruendo de la estampida de quienes atestaban el salón: unos corrían hacia la puerta de salida; otros, hacia la escalera del ático, de la que emanaba una tenue claridad multicolor. Aquella luz me permitió pegarme a la pared y abrirme paso hacia el lugar donde se encontraba la mujer que tanto me había impresionado.
Conseguí llegar al sitio exacto donde recordaba haberla visto antes del apagón, pero tuve que hacer equilibrios para no caer, arrollado por un grupo de personas que huían a la desbandada.
De repente, volvió la luz y la vi tirada en el suelo, con un puñal clavado en mitad del pecho.
La oscuridad regresó de golpe. Me acerqué a ella como pude, la toqué y noté que estaba fría. Preso del pánico, logré salir de aquel apartamento y escapar a la calle.
El aire helado me provocó una arcada y, todavía doblado por las náuseas, vi cómo un coche patrulla se detenía a mi altura. Uno de los agentes bajó la ventanilla y me preguntó si necesitaba ayuda.
Les conté lo que acababa de suceder. Tras examinarme con desconfianza, me obligaron a subir al coche y me llevaron de vuelta al ático del que poco antes había huido.
Al cruzar la puerta, mi amigo me salió al paso, extrañado:
—¿Dónde demonios te has metido durante las campanadas? Oye, ¿qué haces con la policía?
No le contesté. Fui directo al lugar exacto donde creía haber dejado el cadáver de aquella chica, pero allí no había ni rastro de ella ni una sola mancha de sangre en el suelo.
Cuando por fin dimos con el dueño de la casa y le relaté, con voz trémula, lo ocurrido durante el primer apagón, el hombre, que ya llevaba un punto alegre de alcohol en las venas, sonrió de oreja a oreja y nos hizo un gesto para que lo siguiéramos.
Nos condujo hasta lo que parecía ser su dormitorio. Allí, tendida en mitad de la cama, estaba ella, con el puñal clavado en el pecho.
Sentí otra vez la bilis en la garganta y me apoyé en el primer mueble que tuve a mano.
De repente, las carcajadas del dueño de la casa, coreadas sin disimulo por los propios agentes de policía, me hicieron sospechar que estaba viviendo una pesadilla dentro de otra.
Uno de los policías se me acercó, me cogió del brazo con firmeza y me arrastró hasta la cama, obligándome a tocar el cuerpo inerte: el cadáver perfecto del maniquí más hermoso que había visto en mi vida.

Calgari
Grupo A


Huelga de maniquíes

Coincidiendo con el cambio de hora el día 25 de Octubre, ocurrió en Salamanca algo inaudito, de lo que apenas un puñado de gente se ha enterado, y de lo que no ha trascendido a ningún medio de comunicación.
D. Manuel, jubilado, octogenario, residente en Salamanca, en la C/Federico Anaya, cuando se levantó para realizar el cambio de hora en los relojes de su casa, pudo comprobar al asomarse por la ventana, que los maniquíes del Corte Ingles, salían de sus escaparates, portando pancartas, con sus reivindicaciones laborales y salariales; de modo silencioso, iban avanzando camino de la Gran Vía, donde habían quedado por whatsapp, con el resto de los maniquíes de Salamanca.
D. Manuel, ante la gravedad de esta situación, avisó al 112, de la policía municipal para que cortara de raíz, lo que sus ojos habían visto.
Por la mañana, ninguna noticia al respecto de los ocurrido de madrugada, pero cuando D. Manuel, se acercó a la Gran Vía, pudo recoger del suelo restos de las pancartas con las reivindicaciones de los maniquíes.

Luis Iglesias
Grupo B


AROUSAL

Normalmente cuando visito una galería de arte o un museo, lo hago movido por una mezcla de curiosidad e interés estéticos. Sin embargo, en esta ocasión no acudo como espectador, sino como buscador. Simplemente busco un personaje que pueda inspirarme una narrativa.
Con esa idea preconcebida entro en la galería. Un mosaico de fotografías de idénticas proporciones (unos 12x12 cm) simétricamente ordenadas en filas y columnas forman en su conjunto una composición, una matriz que abarca, sin perder la continuidad, dos paredes de la sala. De lejos se percibe como algo compacto, como un panal de cuadrados cohesionados. De cerca, cada celda muestra un retrato en primerísimo plano de un maniquí. Todos distintos. Todos como mirando al objetivo.
Me acerco y comienzo a escudriñar ordenadamente, uno por uno a los candidatos, analítico, receptivo a cualquier posible señal que me permitiera reconocer al elegido.
Sobre un fondo negro el primer candidato: es calvo... más bien, carece de pelo; facciones completamente simétricas; rictus neutro, inexpresivo... a no ser por el ceño ligeramente fruncido que, sin saber muy bien por qué, no me termina de encajar. Lo mismo sucede con sus ojos, cristalinos, logrados pero vacíos, sin mirada. Lo observo durante un rato, pero me produce cierto rechazo, así que paso al siguiente.
Parece una niña... o tal vez una mujer de edad difícil de determinar. Si tuviera que acotar, diría que entre 12 y 80 años. También tiene un discordante ceño fruncido que acompaña a unos ojos verosímiles pero raros. Algo falla en ese intento de mirada, pero no acierto a saber el qué. Los labios pegados, con muescas simétricas en las comisuras, me suscitan interpretaciones demasiado ambiguas y contradictorias. Su pelo parece pelo, pero prefiero no aventurarme a pensar en su naturaleza o procedencia. Da grima.
Así paso al siguiente, y al siguiente y al siguiente...
A medida que voy ampliando mi experiencia, noto que algunos retratos me resultan más cómodos de mirar que otros. Y me pregunto por qué…
Agradables, difíciles, extraños, repulsivos... todos mezclados, a veces incluso en un mismo rostro, cada rasgo particular me provoca un arousal distinto, que se me va acumulando y me descoloca. Trato de ordenar mis impresiones y comienzo a buscar desde los extremos. Encuentro que, por lo general, los más abstractos, los de una pieza acabados en bruto, esos que parecen esculturas griegas hechas en mármol -y tal vez por eso- me resultan agradables. Pero también me agradan, incluso hasta encontrarlos bellos, algunos pocos bustos femeninos hiperrealistas, dos o tres que podrían pasar por rostros humanos a cierta distancia. Curiosamente, todos los que me producen esa sensación de satisfacción visual, complacencia o cercanía, son rostros hieráticos.
En el otro extremo, los que me provocan mayor rechazo paradójicamente son también hiperrealistas, solo que, a diferencia de los anteriores, sí son expresivos, aunque sus expresiones o gestos son inverosímiles, o grotescos, o extraños, o estridentes. Parecen remedos humanos.
Entre unos y otros se encuentran el resto, la gran mayoría, rostros que abarcan todo el espectro de posibilidades intermedias y que bailan en la cuerda floja tensada entre lo agradable y lo repulsivo.
Cejas, ojos, pelo, piel, labios..., color, tono, forma, textura... patente o ausente, equilibrado o inestable, simétrico o asimétrico, proporcionado o desproporcionado, inequívoco o ambiguo... Demasiadas combinaciones simultaneadas en una imagen que atraviesa mi retina a la velocidad de la luz directa a la amígdala. Siento como si mi percepción visual no estuviera preparada para procesarlas por separado. Parecen remiendos de remedos humanos.
Con una extraña desazón, antes de marcharme se me ocurre tomar unas fotografías generales para poder darle otra vuelta al asunto en casa... y ya de paso, elegir a mi candidato. Al encuadrar al primer grupo, la cámara de mi móvil me pone sobre la pista que necesitaba: El Enfoque Automático con Detección de Rostros (o Face Detection Autofocus) resalta con un marco solo algunos de los retratos. En el resto se activa y se desactiva de manera intermitente y aleatoria o no llega siquiera a activarse. En los siguientes grupos de fotografías que tomo sucede lo mismo.
Salgo de la sala aliviado, sabiendo que mi disonancia perceptiva no es solo mía. También le pasa la Unidad de Procesamiento Neuronal NPU Hexagon del Snapdragon 8 Gen 1, 7th Gen Qualcomm AI Engine de mi Xiaomi.
1. La vía estética: el maniquí fuera de su lugar natural
En su lugar natural, el maniquí de escaparate cumple una función: servir de soporte a una prenda, o con mayor rigor, lucir una prenda sin desviar la atención hacia sí, pasando desapercibido. Es un objeto secundario supeditado a un objeto principal.
Fuera de su lugar natural, por ejemplo, en un ascensor, un maniquí pasaría automáticamente a ser un objeto principal. Tendría entidad (ojo! si da los buenos días, no se trata de un maniquí). Pero desde Duchamp, las ciudades disponen de lugares específicos más adecuados que los ascensores para otorgar entidad propia a cualquier objeto.
360 Maniquíes, fotografiados cada uno de ellos en primerísimo plano (Foto ID) con la supuesta mirada orientada hacia el objetivo, ubicados en una galería de arte, cobran además Identidad, una cualidad comparativa que otorga singularidad mediante la distinción.
Esta identidad se convierte en una condición necesaria que nos permite, a mi móvil y a mí, poder comparar los rasgos y las diferencias de los retratos y poder comprender y dar nombre a la experiencia estética y a la razón psicológica que está detrás de nuestra disonancia perceptiva (previa a la cognitiva).
2. La experiencia estética de lo siniestro
"Lo siniestro" es una sensación tan real como cualquier otra, solo que muy peculiar y compleja. Puede que la experimentemos de manera espontánea en algún momento de nuestras vidas, activada por determinados elementos y circunstancias, o puede que no. Como vivencia real y psicológica puede resultar muy desagradable si es intensa. Como experiencia estética, tanto o incluso más. La diferencia entre una y otra es tan sutil como la distancia que convierte al sujeto en espectador.
A principios del XIX E.T.A. Hoffmann escribió El hombre de arena, un cuento perturbador en el que Nathanael, el protagonista, se enamora de Olimpia, sin saber que es una muñeca autómata. En este relato, Hoffmann describe la sensación de lo siniestro (das Unheimliche) a través de la traumática experiencia de Nathanael (no haré spoiler).
Pero el primero en apuntar a lo siniestro como concepto de interés filosófico-estético fue el idealista romántico Schelling, que lo definió como "Todo lo que debiendo permanecer secreto, oculto, no obstante se ha manifestado".
Después, Ernst Jentsch, un polifacético psiquiatra, recurrió al cuento de Hoffmann para desarrollar sus estudios "Sobre la psicología de lo siniestro" (1906), libro en el que lo definió como la «duda de que un ser aparentemente animado, sea en efecto viviente; y a la inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado».
Poco después, Freud, inspirado directamente por el trabajo de Jentsch y considerando que su enfoque sobre lo siniestro no apuntaba en la dirección correcta, decidió escribir su réplica, hundiendo las raíces de su significado en el inconsciente.
El trabajo se publicó con el título "Lo siniestro" (Das Unheimliche). En él, realizó un minucioso análisis etimológico y lingüístico que resulta revelador:
"Heimlich" hace referencia a lo familiar y confortable, pero en una segunda acepción también es raíz de “lo oculto”, “lo secreto”, “lo que no debe revelarse”. De suerte que al negarse (Un-heimich), se invierten esas dos acepciones convergiendo hacia un único significado:
"Lo familiar que se vuelve extraño".
Freud era un gran políglota; dominaba con fluidez al menos ocho idiomas, lo que le permitió señalar la traducción de "Das Unheimlich", en español como "Lo Siniestro" y en inglés como "The uncanny". En todo caso, Freud mantuvo su interés restringido al ámbito del psicoanálisis.
En 1982 Eugenio Trías publicó un magistral trabajo por el que fue galardonado al año siguiente con el Premio Nacional de Ensayo. Su título, «Lo bello y lo siniestro».
En su ensayo, Trías realiza un análisis completo de lo siniestro y lo eleva a categoría estética indiscutible, definiendo lo siniestro ya en la primera página como aquello que "constituye la condición y límite de lo bello". La definición es quirúrgicamente precisa y viene a complementar y a reformular la categoría estética de lo bello: del mismo modo que las utopías se pueden retorcer hasta convertirse en distopías, lo bello se puede retorcer hasta convertirse en lo siniestro.
3. El Valle Inquietante de Mori
En 1970, al margen del recorrido histórico de “lo siniestro”, un modesto ingeniero robótico llamado Masahiro Mori publicó en una modesta revista de tirada local un pequeño y modesto artículo. Lo tituló «Bukimi no Tani» (不気味の谷), acertadamente traducido al inglés como The Uncanny Valley, y al español como El Valle Inquietante.
El Sr. Mori por entonces era un joven investigador del Instituto Tecnológico de Tokio, entregado a la investigación y desarrollo de prótesis robóticas hiperrealistas, principalmente manos biomecánicas.
En su trabajo, había observado que en fases preliminares, la mano aún sin terminar y con un evidente aspecto mecánico y artificial no suscitaba conflicto alguno. Sin embargo, una vez ultimada hasta el punto de resultar indistinguible de una mano real a primera vista, en el momento en que la estrechas y sientes su frío o su rigidez, te das cuenta del engaño y la familiaridad se convierte súbitamente en algo espeluznante. Que es precisamente lo que le pasó a Nathanael.
El Sr. Mori representó los resultados de su experiencia desarrollando un eje de coordenadas que relacionaba el grado de semejanza antropomórfica alcanzada en las prótesis con el nivel de afinidad o simpatía de los usuarios. Los resultados mostraban una gráfica en forma de V.
La interpretación de la gráfica revela que a medida que los rasgos de un objeto se asemejan a los rasgos humanos, el nivel de confianza o afinidad de las personas con ese objeto aumenta. Esto es así hasta alcanzar un punto máximo de semejanza cercano al 70%. A partir de ese pico, la confianza se desploma en picado hasta alcanzar niveles opuestos, convirtiéndose en rechazo, aberración y repulsión.
Solo cuando la semejanza se acerca al máximo imperceptible del 95-100% (cuando identificamos de nuevo a una persona) o a una réplica idéntica (en videojuegos, cine o diseño de IA avanzado) se recupera la confianza. Conclusión: mejor evitar la zona valle de la gráfica.
Los avatares por los que pasó el modesto artículo del Sr. Mori hasta llegar a nuestros días lo harían merecedor de una historia propia, y sería un digno homenaje, ya que lamentablemente nos abandonó el año pasado tras una larga vida.
El valle Inquietante, hoy más que nunca, es una teoría ampliamente consolidada y forma parte de nuestra vida más cotidiana. Aunque nació sin más pretensiones que las de aliviar la frustración del departamento de I+D del cerebro del Sr. Mori, hoy se asume y se emplea en todos los campos relacionados con lo antropomórfico: animación 3D y cine, videojuegos, avatares y modelos de IA, estética, teoría del arte y psicología cognitiva... y también en la industria de los maniquíes.
4. El Valle Inquietante en la industria de los Maniquíes
El empeño por conseguir modelos hiperrealistas tuvo su momento de gloria. A mediados de siglo comenzaron a fabricarse maniquíes con el objetivo puesto en el antropomorfismo. Esa línea se desarrolló durante los siguientes años optimizando la maquinaria de la industria y cada una de las cadenas de producción implicadas hacia la mejora de cada componente: de los ojos pintados a los ojos de plástico, de los ojos de plástico a los ojos de cristal. Lo mismo con el pelo, la piel, los gestos... Sin saberlo, se encaminaban hacia el precipicio.
A partir de los 70 se comenzó a abandonar esa estrategia de producción (por razones hoy obvias... aunque no tanto entonces). La evolución opera por ensayo y error, en biología y en cualquier otra categoría de cosas que compitan por el mañana, incluidos los maniquíes. Y la decadencia del antropomorfismo estuvo conviviendo un tiempo con el apogeo del abstraccionismo (faceless). Eso es precisamente lo que explica las diferencias entre unos y otros modelos de la exposición, que, a mi entender, resultan claramente manifiestas y sugerentes. Cada uno de ellos ocupa un lugar en la historia de la industria y también en la famosa gráfica del Sr. Mori.

Coda: Al salir de la exposición, me encontré de frente con el texto de sala escrito por el propio Victorino García a modo de explicación y reflexión sobre su trabajo. También lo fotografié, pero decidí reservarme su lectura para este momento con el fin de evitar cualquier posible condicionamiento. Debo concluir que mi reflexión se encuentra en las antípodas de la suya, tanto que podría parecer que hablamos de cosas distintas... o que la obra me llegó, por suerte, emancipada de su creador.

Raúl Martín
Grupo D


Todas menos ella

Se han apagado las luces y reina el silencio. Los cuerpos de madera por fin pueden relajarse. Se cambian la ropa, ríen y recorren los pasillos vacíos.
Pero ella no se mueve. Espera a que sean las diez y vuelva la muchacha del perfume de vainilla, que cada mañana la desnuda y la viste rozándola con sus dedos, con una delicadeza tal, que ha llegado a confundir con amor.
Sueña con tener un cuerpo real, caliente, para poder también tocarla, y devolverle las caricias. Para decirle que la espera cada día, que la anhela, que la ama.
Vuelve a amanecer y las luces iluminan de nuevo el escaparate. Las manos de la chica vuelven a rozarla y su piel de barniz se abrasa bajo sus dedos. Quiere gritarle que la ama, pero no tiene voz. Quiere acariciarla, pero no puede moverse. Todo ese amor que lleva dentro se agolpa contra su cuerpo inmóvil, buscando una salida.
Por la noche, todas viven.
Ella, mientras tanto, muere un poco más cada día.

Lucía Álvarez Portero
Grupo D