Fiesta de los maniquíes

Esta semana el tema que centró nuestro interés en el taller fue el maniquí. No el del bazar de un gran modisto, famoso en París, como el maniquí parisién al que cantaba Sara Montiel sino los del fotógrafo Victorino García Calderón. Así que el taller se convirtió en una "Fiesta de los maniquíes" como la canción de Golpes Bajos.
Trescientos sesenta rostros de niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, seres andróginos, una extraña multitud que te mira, te escucha y te interpela cuando los visitas en la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes, lugar en que está expuesto este espléndido trabajo del fotógrafo.
Inspirado en los escaparates de Eugène Atget, en el París de 1900, Victorino comienza a coleccionar imágenes de maniquís allá por donde le llevó el destino. Francia, Suiza, Turquía, Portugal y España son algunos de los países de procedencia de su catálogo de maniquís. Un trabajo de más de treinta años y un millar de fotografías recién salido del cajón para ocupar las paredes de una sala. Un proyecto y un sueño hechos realidad.
Este asunto del maniquí no viene de ahora, ni siquiera de ese París que refleja Atget. Ya en Egipto existía el maniquí, y no nos referimos a las momias que también tienen alma, o mejor aún, carcasa de maniquí, sino a los que servían para la confección y entallado de los vestidos y trajes de los faraones.
El maniquí es un trasunto de lo que somos, un alter ego, nuestra conciencia. El título de la exposición "Nos-otros" refleja muy bien en qué medida esos otros cuerpos inanimados forman parte de nuestra vida y nosotros de la de ellos. Un "otros" que se convierte en "nosotros". El maniquí es portador, en muchos casos, de la expresión de un deseo o un sueño: un traje de novia, un abrigo, un chaqué o una prenda deportiva o vaquera. Pero también el maniquí porta un cabello, postizo o natural; una joya o un menú en sus manos en la puerta de un restaurante.


El maniquí forma parte de las obsesiones de muchos artistas. Ramón Gómez de la Serna tenía en su torreón una muñeca de cera. Era su musa, su confidente, su amante, la que le inspiró su libro "Senos". Puedes conocer su historia en este artículo de Eva Díaz publicado en El Mundo. El artista salmantino Enrique Marty convive con "muñecos catódicos": niños y adultos inquietantes salidos de una pesadilla o fruto de una mutación. El pintor Kokoschka mandó hacer un maniquí cera con el que paseaba por las calles de Dresde o iba al teatro.
Pero también son muchos los textos inspirados en maniquís, desde poemas y microrrelatos como los que leímos en la ficha del taller a cuentos como el de Vicente Blasco Ibáñez titulado "Maniquí".
El maniquí también aparece en una de las obras del teatro imposible de Federico García Lorca. En la obra Así que pasen cinco años hay un diálogo dramático y lírico entre un joven que no cumplió su deseo de ser esposo y padre y un maniquí que simboliza su conciencia. Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos señala que el maniquí es una imagen del alma en la mentalidad primitiva, como el espantapájaros o los muñecos. Si tienes interés en la obra de Lorca puedes descargártela en este enlace. Aquí transcribimos ese diálogo teatral:

(Entra en escena el Maniquí con vestido de novia. Este personaje tiene la cara gris y las cejas y los labios dorados como un maniquí de escaparate de lujo. Lleva peluca y guantes de oro. Trae puesto con cierto embarazo un espléndido traje de novia blanco, con larga cola y velo.)

MANIQUÍ. (Canta y llora.)

¿Quién usará la plata buena
de la novia chiquita y morena?
Mi cola se pierde por el mar
y la luna lleva puesta mi corona de azahar.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo,
se hundió por las arenas del espejo.
¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?
Se lo pondrá la ría grande para casarse con el mar.

JOVEN.

¿Qué cantas, dime?

MANIQUÍ.

Yo canto
muerte que no tuve nunca,
dolor de velo sin uso,
con llanto de seda y pluma.
Ropa interior que se queda
helada de nieve oscura,
sin que los encajes puedan
competir con las espumas.
Telas que cubren la carne
serán para el agua turbia.
Y en vez de rumor caliente,
quebrado torso de lluvia.
¿Quién usará la ropa buena
de la novia chiquita y morena?

JOVEN.

Se la pondrá el aire oscuro
jugando al alba en su gruta,
ligas de raso los juncos,
medias de seda la luna.
Dale el velo a las arañas
para que coman y cubran
las palomas, enredadas
en sus hilos de hermosura.
Nadie se pondrá tu traje,
forma blanca y luz confusa,
que seda y escarcha fueron
livianas arquitecturas.

MANIQUÍ.

Mi cola se pierde por el mar.

JOVEN.

Y la luna lleva en vilo tu corona de azahar.

MANIQUÍ. (Irritado.)

No quiero. Mis sedas tienen,
hilo a hilo y una a una,
ansia de calor de boda.
Y mi camisa pregunta
dónde están las manos tibias
que oprimen en la cintura.

JOVEN.

Yo también pregunto. ¡Calla!

MANIQUÍ.

Mientes. Tú tienes la culpa.
Pudiste ser para mí
potro de plomo y espuma,
el aire roto en el freno
y el mar atado en la grupa.
Pudiste ser un relincho
y eres dormida laguna,
con hojas secas y musgo
donde este traje se pudra.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo.

JOVEN.

¡Se hundió por las arenas del espejo!

MANIQUÍ.

¿Por qué no viniste antes?
Ella esperaba desnuda
como una sierpe de viento
desmayada por las puntas.

JOVEN. (Levantándose.)

Silencio. Déjame. ¡Vete!,
o te romperé con furia
las iniciales de nardo,
que la blanca seda oculta.
Vete a la calle a buscar
hombros de virgen nocturna
o guitarras que te lloren
seis largos gritos de música.
Nadie se pondrá tu traje.

MANIQUÍ.

Te seguiré siempre.

JOVEN.

¡Nunca!

MANIQUÍ.

¡Déjame hablarte!

JOVEN.

¡Es inútil!
¡No quiero saber!

MANIQUÍ.

Escucha.
Mira.

JOVEN.

¿Que?

MANIQUÍ.

Un trajecito
que robé de la costura.

(Enseña un traje rosa de niño.)

Dos fuentes de leche blanca
mojan mis sedas de angustia
y un dolor blanco de abejas
cubre de rayos mi nuca.
Mi hijo. ¡Quiero a mi hijo!
Por mi falda lo dibujan
estas cintas que me estallan
de alegría en la cintura.
¡Y es tu hijo!

JOVEN. (Coge el trajecito.)

Sí, mi hijo:
donde llegan y se juntan
pájaros de sueño loco
y jazmines de cordura.

(Angustiado.)

¿Y si mi niño no llega...?
Pájaro que el aire cruza
¿no puede cantar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

¿Y si mi niño no llega...?
Velero que el agua surca
¿no puede nadar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

Quieta el arpa de la lluvia,
un mar hecho piedra ríe
últimas olas oscuras.

MANIQUÍ.

¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?

JOVEN. (Entusiasmado y rotundo.)

Se lo pondrá mujer que espera por las orillas de la mar.

MANIQUÍ.

Te espera siempre, ¿recuerdas?
Estaba en tu casa oculta.
Ella te amaba y se fue.
Tu niño canta en su cuna
y como es niño de nieve
espera la sangre tuya.
Corre, a buscarla, ¡deprisa!,
y entrégamela desnuda
para que mis sedas puedan,
hilo a hilo y una a una,
abrir la rosa que cubre
su vientre de carne rubia.

JOVEN.

He de vivir.

MANIQUÍ.

¡Sin espera!

JOVEN.

Mi niño canta en su cuna,
y como es niño de nieve
aguarda calor y ayuda.

MANIQUÍ. (Por el traje del niño.)

¡Dame el traje!

JOVEN. (Dulce.)

No.

MANIQUÍ. (Arrebatándoselo.)

¡Lo quiero!
Mientras tú vences y buscas,
yo cantaré una canción
sobre sus tiernas arrugas. (Lo besa.)

JOVEN.

¡Pronto! ¿Dónde está?

MANIQUÍ.

En la calle.

JOVEN.

Antes que la roja luna
limpie con sangre de eclipse
la perfección de su curva,
traeré temblando de amor
mi propia mujer desnuda.

(La luz es de un azul intenso. Entra la Criada por la izquierda con un candelabro y la escena toma suavemente su luz normal, sin descuidar la luz azul de los balcones abiertos de par en par que hay en el fondo. En el momento que aparece la Criada, el Maniquí queda rígido con una postura de escaparate. La cabeza inclinada y las manos levantadas en actitud delicadísima. La Criada deja el candelabro sobre la mesa del tocador. Siempre en actitud compungida y mirando al joven. En este momento aparece el Viejo por una puerta de la derecha. La luz crece.)

***

En la sesión recomendamos el artículo "¿Tienen los maniquíes una vida secreta?" y leímos un texto de Millás inspirado en una fotografía que mostramos a continuación seguida de sus palabras.



Quizá no salga nunca

¿Qué le pasa al maniquí? ¿Se ha vuelto loco y está tirando la ropa del escaparate? En realidad son manifestantes saqueando una tienda en Barcelona durante la pasada huelga general.
Quizá el hábito no haga al monje, pero es evidente que el escaparate hace al maniquí. Un maniquí es lo que parece el chico que vemos al otro lado del cristal. Observen su postura, sus proporciones, su vestimenta… Sabemos que es un joven de carne y hueso por lo que decía el pie de foto y porque parece el responsable del vuelo de los pantalones vaqueros, también extrañamente detenidos en el aire. ¿No deberían haber salido movidos, desenfocados, borrosos?
Pues no, ya ven, se aprecian sus costuras, sus etiquetas, su color… El movimiento está representado por quienes esperan, alborozados, la caída de las prendas que se llevarán a casa sin pagar. Quizá, piensa uno, no caigan nunca, quizá el chaval no salga jamás del interior del escaparate.
El escaparate es, por definición, “el otro lado”. Si se pudieran calcular las horas que el que suscribe ha pasado con la cara pegada al cristal de un escaparate, el resultado nos asombraría. De haber empleado ese tiempo en estudiar, podría ser notario.
Los escaparates de las pastelerías, de las jugueterías, de las librerías… Los escaparates de las tiendas de confección, donde reinaban mujeres indiferentes, de mirada perdida. Los escaparates de las tiendas del sexo, de las ferreterías, de los ordenadores portátiles.
Los de los grandes almacenes, los de las tiendas de ultramarinos, los de las agencias de viajes. Los escaparates pertenecían a una dimensión paralela a la realidad. Jamás se nos ocurrió que se pudiera entrar en ellos sin devenir en un maniquí. Es lo que le ha ocurrido al chico de la foto.


Propuesta de escritura

1. Tarea durante el taller: Contesta a esta preguntas en un texto breve: ¿Qué hacen lo maniquíes cuando se apaga la luz del escaparate y se cierra la tienda? ¿Tienen una doble vida?

2. Tarea para casa: Elige uno de los 360 maniquíes de la exposición de Victorino García Calderón que te guste, que te interpele, que te asuste, que te enamore. ¿Qué piensa? ¿Qué dice su mirada? ¿Qué historia te dicta al oído? ¿Qué piensa de ti? ¿Cuál es su identidad su vida? 


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Copiloto

Solo necesitaba una sonrisa. Un leve movimiento de la comisura del labio; me daba igual la derecha que la izquierda. Un gesto insignificante, eso era todo lo que te pedía. Una sonrisa o un sonriso, no voy a entrar en eso. Pero tú… Tú, nada. Seguiste ahí, como un pasmarote, con la mirada gélida perdida en el horizonte y el rostro inexpresivo, como si no ocurriera nada. Y yo… Yo con el corazón desbocado, los nervios agarrotándome los músculos.
No sé si estaba realmente tan asustado o si, por un instante, intenté imitarte: permanecer inmóvil, sin mover un solo músculo, sin pestañear, sin respirar. Aunque tú qué vas a saber de músculos… Ahí seguías, a mi lado, en el asiento del copiloto, como si nada, sin inmutarte. No sé cuánto tardé en reaccionar. ¿Tres, cuatro segundos? A mí me parecieron una eternidad.
El agente golpeaba el cristal de la ventanilla con el anillo de casado y yo me estremecía con cada impacto. Cada vez lo hacía con más fuerza, pero yo no respondía. No podía. Mi cuerpo se negaba a obedecerme. Por un instante, solo por un instante, creo que llegué a comprender lo que debes sentir. Lo que tiene que ser vivir atrapado en un cuerpo que no responde a tu voluntad, a tus deseos… Aunque tú no tienes ni deseos ni voluntad. Tú solo eres un cuerpo.
Te pedí un gesto, una mueca, un guiño. Cualquier cosa. No fuiste capaz.
Nos conocemos desde hace… ¿Dos años? No, desde hace veintitrés meses recorremos este trayecto dos veces al día, de lunes a viernes. Nos hemos tragado atascos colosales, en Semana Santa, en Navidad. Hemos visto amanecer sobre las torres de Chamartín y cómo, al final de una dura jornada de trabajo, el sol se ocultaba tras la sierra de Madrid. Cada día, juntos, como dos buenos colegas. Escuchando las noticias, disfrutando de la misma música, tarareando las canciones… Bueno, tú no. Tú no cantas, no hablas, no dices nada. Ni siquiera eres capaz de llorar.
Y aquí estamos los dos, encerrados en esta celda mugrienta. Detenidos. Somos el hazmerreír de la comisaría. Creo que no queda un solo agente en tres kilómetros a la redonda que no haya pasado por aquí para contemplar el espectáculo: tú y yo, detenidos. Tú, impasible; yo, muerto de vergüenza. Y ellos… Ellos desternillándose de risa.
¿No tienes nada que decir? Claro, qué vas a decir…
Voy a serte sincero, aunque te duela. Dentro de un par de horas estaré fuera, con una buena multa —esa no me la quita nadie— y una vergüenza monumental. Seré carne de meme. Ya me imagino los titulares.
¿Pero y tú? Tú te quedarás aquí. Te meterán en una fría bolsa de plástico, te pegarán una etiqueta con un nombre y un número: Prueba 1. Después te bajarán al sótano, a un lugar oscuro y helado, y allí te quedarás. Se acabaron los viajes, las confidencias, las risas…
Solo te pedí una sonrisa.

El País: "Cazan" a un conductor en Madrid con un maniquí para usar el carril de alta ocupación de la A-6. Sorprendidos se quedaron los agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cuando interceptaron el pasado 2 de julio a las ocho de la mañana por el bus-VAO —sistema para poder circular por el carril para autobuses y vehículos de alta ocupación— de la autovía de A Coruña (A-6) a un conductor que llevaba en el asiento del copiloto un maniquí perfectamente caracterizado y vestido, como si se tratara de un pasajero.

Tomás García Merino
Grupo B

La mujer del escaparate

El efluvio familiar del taller, aquella cálida melancolía que olía a cera de abeja, a barniz añejo y al aroma penetrante del aguarrás, se filtraba por cada rendija, impregnaba los monos de trabajo y se aferraba a las fosas nasales de los obreros.
El maestro artesano observaba sus manos nudosas mientras empujaba la escofina y, a su espalda, escuchaba las bromas y las risas de los jóvenes aprendices. Contemplaba sus rostros imberbes, sus miradas todavía limpias, y se preguntaba cuánto había cambiado el mundo. ¿Dónde había quedado el respeto? ¿Adónde se habían llevado la obediencia? ¿En qué planeta remoto se había refugiado el sentido común?
Quizá el problema fuera él. Los años comenzaban a pesarle demasiado. Soñaba con dejarlo todo, jubilarse y descansar. Quería pasear sin rumbo, contemplar cómo otros madrugaban y se dejaban la piel para sacar adelante a sus familias, mientras él encendía un pitillo y disfrutaba de las mañanas sin prisas ni sobresaltos.
Pero no encontraba a nadie dispuesto a hacerse cargo del taller. Ya nadie quería trabajar con las manos, y los jóvenes, menos que nadie. Y, sin embargo, cada día llegaban más encargos a aquel viejo establecimiento. «Eres un santo», le decía su mujer. Y no le faltaba razón: era incapaz de negarse a nada.
—¡Vamos, al tajo! ¡Los chismes, para la hora del descanso! Hoy tenemos que entregar los dos encargos; de lo contrario, nos sacarán a nosotros en procesión. ¡A trabajar!
Sus voces retumbaron entre las vigas carcomidas. Los jóvenes interrumpieron las chanzas y volvieron a sus puestos.
—¡Y tratadlas con mucho cariño! ¡Tienen que quedar como nuevas! —advirtió, alzando de nuevo la voz.
Cuando el párroco le había encomendado la restauración de la Virgen, no había sabido cómo excusarse. No era el momento más oportuno para acometer semejante trabajo y, con la festividad de la patrona tan próxima, sabía que tendrían que emplearse a fondo.
La talla descansaba en un rincón del taller, rodeada de maniquíes. Los Grandes Almacenes preparaban la campaña de verano y, cómo no, también ellos querían su encargo para anteayer. Las prisas ajenas siempre acababan convirtiéndose en urgencias propias.
El maestro se acercó a los aprendices y examinó el resultado. Sus ojos recorrieron la superficie restaurada, las líneas recuperadas, los detalles minuciosamente resueltos. Era un trabajo pulcro, casi profesional. Tal vez la juventud no estuviera tan perdida como él había llegado a creer.
—¡Enhorabuena, muchachos! ¡Lo hemos conseguido! Raúl, encárgate de entregar los trabajos. Te dejo al mando.
Se enfundó la chaqueta, introduciendo con esfuerzo sus manos encallecidas por las mangas, y torció el gesto al comprobar que el traje, el único que poseía, le quedaba cada año más holgado. Los años no pasaban en balde, se dijo.
—¡Qué elegante estás! —lo halagó su mujer.
Salieron a pasear por el pueblo. Las calles bullían de animación ante la inminencia de las fiestas patronales. Frente al escaparate de los Grandes Almacenes se arremolinaban las mujeres, y el incesante trasiego de clientes que entraban y salían no pasaba inadvertido.
—Habrá rebajas. Mira cuánta gente. Vamos a echar un vistazo —propuso su esposa.
El escaparate resplandecía con una luz casi irreal. Los transeúntes se detenían junto al cristal, fascinados por el vestido de alta costura que lucía uno de los maniquíes. Contemplaban, como hechizados, la belleza de aquel rostro y, después de unos instantes de silenciosa admiración, entraban en la tienda dispuestos a comprar aquellas prendas. Todos querían parecerse a ella, a aquella figura femenina, a aquella presencia casi divina que les sonreía desde el otro lado del cristal.
El maestro artesano se aproximó distraídamente al escaparate, pero, de pronto, sus ojos quedaron prendidos del rostro del maniquí.
Se quedó petrificado. Abrió los ojos desmesuradamente y sintió que la mandíbula le temblaba. Intentó hablar, pero de su garganta no brotó palabra alguna. Aferró la mano de su esposa y se apartó de la multitud con una urgencia que ella no alcanzaba a comprender.
—¿Adónde me llevas? —protestó la mujer, obligada a seguir sus pasos.
—A la iglesia. Tengo que confesarme. Vamos.
Atravesó la penumbra del templo y avanzó hacia el altar sin detenerse siquiera a persignarse. Su esposa, desconcertada, se santiguó y murmuró una oración antes de seguirlo.
Cuando llegó al ábside, lo encontró de pie junto a la Virgen, con el rostro alzado y la mirada fija en la imagen, como si hubiera quedado hechizado. Ella no entendía nada. Él tampoco. Al contemplar el rostro que asomaba bajo el manto de la Virgen, comprendió que había sucedido algo que jamás tendría que haber ocurrido.
A su espalda, un grupo de beatas rezaba en voz baja mientras desgranaba las cuentas desgastadas de sus rosarios. El artesano temblaba. No conseguía explicarse cómo había podido ocurrir aquello.
—La Virgen está más guapa que nunca —comentó una voz a sus espaldas.
Se volvió. Bajo el pañuelo negro de una anciana descubrió una sonrisa serena y un brillo cómplice en los ojos.
—Más guapa que nunca —repitió ella, antes de dedicarle un discreto gesto de gratitud.
El artesano abandonó la iglesia del brazo de su esposa. Todavía turbado, se detuvo bajo el pórtico y volvió la cabeza para contemplar una última vez la imagen de la Virgen.
—Tienes que estar muy orgulloso. Has hecho un trabajo precioso —le susurró su mujer.
Él sonrió, pero no respondió.
Hay cosas que es mejor no contar.

Tomás García Merino
Grupo B


De ocho a seis

A las ocho en punto se apagan las luces. Miriam y Antonia se desperezan. Empieza su día.
Lo primero, desembarazarse de las pelucas y de esos disfraces absurdos con que las visten. Mantienen el maquillaje para no perder más tiempo y se dirigen a la sección infantil a recoger a sus hijos. Luego van a la planta de caballeros donde se encuentran con sus maridos. Las dos familias suben a la azotea para contemplar la luna de primavera y hablar de sus cosas. Es el momento de las confidencias, de los cotilleos del día y del calor hogareño.
Llevan el sushi de la tienda gourmet y los refrescos de la cafetería. Los niños se demoran en la juguetería escogiendo el cachivache más atractivo para su corta edad.
Tienen tiempo hasta las seis de la mañana, que es cuando llega el personal de mantenimiento y limpieza. A esa hora han regresado todos a su sitio, vestidos y adoptando la pose adjudicada por la dependienta de turno.
No se quejan. Pueden conciliar el mundo laboral y el familiar. El trabajo es monótono, pero no pesado. De ocho a seis son felices. Hay muchos que no pueden decir lo mismo.

M. Maximina Moreno
Grupo B



¡No me mires así!

Celestino miraba con nostalgia las paredes de su sastrería. Deslizó la palma de la mano por una de ellas, como si quisiera acariciarla.
Se detuvo frente a su viejo maniquí: Marilyn. Se quedó mirándolo con ternura.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo.
—
—No podía hacer otra cosa. Sabes que ya no hay clientas como antes. Ahora todas compran en Zara o en H&M. Es imposible sobrevivir.
—
—Sí, claro. ¿Y cómo pago la luz, el agua y los demás gastos?
—
—Pues… quiero vender el local… y quien lo compre se quedará contigo.
—
—¿Cómo? ¿A casa? Sabes que a Manuela nunca le has gustado. Ella piensa que tengo una aventura contigo. ¡Qué estupidez!
—
—No, sabes que no he querido decir eso. Tú no eres estúpida. Sabes perfectamente lo que siento por ti.
—
—No empieces, cariño. ¿Qué quieres que te diga? No puedo hacer otra cosa.
—
—Sí, te quiero. Te lo he dicho muchas veces, pero… ahora estoy…. soy mayor ya… quiero jubilarme y descansar.
—
—¿En B? ¿Desde casa? Pues… no es mala idea.
—
—Sí, claro. La señora Asunción… Carmen, la hermana de la Puri… Rosa, la viuda de Moreta, el panadero. Podría seguir haciendo cuatro cosillas y te podrías venir conmigo.
—
—Yo también, cariño. Tú sí que eres increíble.
Celestino terminó de recoger y envolvió a Marilyn en una sábana, con delicadeza. Vivía a doscientos metros de la sastrería, en la sexta planta de un gran edificio.
Abrió la puerta de su piso y entró con sumo cuidado para que el maniquí no recibiera ningún golpe.
—¿Qué hace eso aquí? —inquirió Manuela nada más verlo.
—Sí… eh... bueno… he pensado que podría seguir realizando trabajillos a las clientas que aún me quedan, desde casa, en B, para sacar un dinerillo extra —respondió a su mujer con una amplia sonrisa buscando su aprobación.
—Llévatela de aquí. Sabes que me da mal fario. No te hace falta la muñeca. Me utilizas a mí para probar los vestidos —dijo Manuela visiblemente enfadada.
—Bueno… ya estamos… mira, voy a buscar lo que queda y luego lo hablamos tranquilamente. —Celestino sonrió y se acercó a darle un beso.
Manuela lo apartó.
—No quiero eso aquí —respondió girándose y dirigiéndose a la cocina.
Celestino colocó a Marilyn al lado de la ventana con vistas al balcón porque desde allí se veía la sastrería.
—¡Ahora vengo! —chilló mientras cerraba la puerta.
Media hora más tarde subía cargado con varias bolsas en cada mano. Llevaba todas sus herramientas de trabajo: patrones, tijeras, reglas, etc. Subía la cuesta hacia su domicilio, apenado. Tantos años de trabajo y acababa de cerrar la sastrería para siempre.
—Comienza otra etapa —dijo intentando animarse.
En la distancia observó un tumulto. Un corro de personas a la altura del portal de su casa. Una ambulancia llegaba con las luces de emergencia y la sirena encendidas que se apagaron al estacionar en el lugar. En el edificio los vecinos tenían edad avanzada y era habitual que las ambulancias acudieran al lugar. Sin embargo, sí que se sorprendió al ver dos vehículos policiales.
Cuando estaba lo suficientemente cerca, distinguió un cuerpo que yacía en la calzada, pegado a la acera. Parecía el de una mujer. Estaba tapado con una manta plateada.
—¡Se ha tirado! —cuchicheaban los presentes.
Todas las miradas se centraron en Celestino. Miró hacia arriba. En los balcones permanecían asomados los vecinos mientras observaban la escena. En su balcón no había nadie, pero intuyó el perfil de Marilyn, como si estuviera escondida entre las cortinas.
—Es Manuela —le confesó Dolores, la vecina del primero, mientras le agarraba del brazo en señal de dolor.
Celestino dejó caer las bolsas y se acercó. Un policía lo detuvo y lo alejó del cadáver.
—¿Es mi mujer? ¡Manuela! —exclamó fuera de sí.
El policía lo acompañó hasta el portal. Le pidió que abriera la puerta de su casa para comprobar qué había pasado. Celestino estaba conmocionado. Intentaba razonar, pero no podía.
Al llegar a su planta, una pareja de policías llamaba al timbre, mientras hablaba con su vecina María. Lo miraron analizando sus reacciones y le dejaron paso para que abriera la puerta.
Los policías revisaron el lugar. Celestino se acercó al salón, donde la puerta del balcón permanecía abierta. Se quedó mirando al maniquí, absorto, con la mirada perdida. Marilyn le devolvía la mirada, en silencio.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo —dijo Marilyn.
El policía que examinaba el balcón se volvió:
—¿Ha dicho usted algo?

Max Ferlam
Grupo B




Maniquí

Por vencer el miedo de besarla a usted (bolero)

Buena la hiciste, tendero.
Por miedo de sonrojarte
no quisiste declararle
tu amor, que era verdadero.

Por no decirle: te quiero,
te necesito a mi lado,
te mantuviste callado,
lo convertiste en bolero.

Ella se fue, y te entregaste
a soportar el desgaste,
y, colmo del desatino,
aunque vicario placer,
asumiste el menester
de esculpirla en yeso fino

Y ahora en el escaparate
fondo blanco, cristal mate,
aunque de todos, es tuya.
Siempre la puedes mirar
y abandonarte a dejar
que el dolor fluya y refluya.

Carlos Coca
Grupo C


That is the question, maniquí

Cuando se apaga el escaparate, ¿sueñan los maniquíes con desfilar en pasarelas de moda?
¿O se esconden en la cara oculta de la luna?
¿Los maniquíes, sienten pudor cuando les cambian la ropa?
Vestidos de novios, los maniquíes, ¿se dicen sí, quiero, o callan para siempre?
En la oscuridad, ¿van corriendo al baño?
¿Son ventrílocuos? ¿saben hablar sin mover los labios?
¿Hay maniquíes enamorados que sueñan con el escaparatista que les cambia el vestido?
Un “voyeur” de escaparate, ¿se excita delante de los maniquíes desnudos?
Cuando los maniquíes tienen insomnio, ¿dan vueltas en el escaparate?
¿Tienen pesadillas con Chuky, el muñeco diabólico?
¿Se sienten cosificados?
¿Sueñan con irse al campo y trabajar de espantapájaros?
Una maniquí puritana, ¿aspira a llegar virgen al traje de novia?
Cuando los separan, los maniquíes, ¿se despiden con un adiós muñeco, adiós muñeca?
Los que van al cielo, ¿se convierten en ángeles de escayola?
Los maniquíes, ¿son guapos?, ¿o sólo es que tienen buena percha?
El maniquí Dorian Gray, ¿se mantiene joven mientras su ropa envejece?
Cuando pasa delante del escaparate gente bien vestida, ¿salen los maniquíes a comprarles la ropa?
Los maniquíes finos, ¿tienen sarpullidos cuando les ponen prendas sintéticas?
Los Gigantes y Cabezudos, ¿son maniquíes con acromegalia?
¿Se sienten violados los maniquíes cuando un ladrón rompe la luna para quitarles la ropa?
En las casas de muñecas, ¿hay conflictos familiares?
Los muñecos bebés, ¿quieren ser modelos de mayores?
En la fiesta de los maniquíes, ¿hay famosos de cartón piedra?
La fiesta de los maniquíes, ¿es una mascarada?
En carnaval, ¿les gusta disfrazarse?
Y por último, el Manneken Pis, cuando se acuesta, ¿se mea en la cama?

Ignacio Aparicio
Grupo A


HARRODS

Me pregunto: ¿Qué hacen los maniquíes que observo desde la calle en los escaparates de Harrods, pasajeros inanimados en los vagones de un tren de lujo, lo más parecido al Orient Express?
¿Recobraran vida cuando llegue la noche, y se pasaran de un vagón a otro cuando se ponga el tren en marcha?
Solo ellos conocen el misterio de la noche.
Durante el día, siguen en el mismo lugar, con distintos trajes, y su mirada fría, hacia ningún lado, queriendo traspasar el cristal.

P.G.
Grupo C



Atrapado por tus pupilas

Ayer me acerqué hasta la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes (Salamanca), y entre los trescientos sesenta rostros me quedé fascinado con esos ojos garzos, tan penetrantes, que por un momento me hicieron dudar si llevabas lentillas. Me sumergí en tu mirada clara, profunda y pude ver el mar de mi niñez; durante unos minutos, me asomé a las frías aguas de mi costa gallega.
Tuve que retirar delicadamente tu flequillo para poder contemplarte mejor y descubrí tus cejas bien definidas que acentúan aún más si cabe la perfección de tu semblante. Sin duda, creo que me he enamorado de ti solamente con descubrir tus pupilas. Atesoras una belleza y una elegancia atemporal, eres una mujer preciosa. Me gusta de manera especial tu mandíbula firme, limpia y perfectamente esculpida, que enmarca tu hermosa cara con fuerza. Indudablemente, derrochas carácter.
También, permíteme que te lo confiese, me encanta esa nariz tan recta, fina y proporcionada. Evidentemente, es un complemento de las facciones tan limpias de tu rostro. He dejado para el final escribirte sobre tus labios, tan bien definidos, aunque posas con tu labio inferior ligeramente arqueado, lo que te da una sonrisa natural y una actitud sexy que me cautiva.
Para acabar esta carta, he de confesar que tu piel transmite frescura y sencillez, posees una tez luminosa y bronceada -quién sabe si por el sol del Mediterráneo- que refleja una personalidad desenfadada a la par que una elegancia juvenil y bohemia. Con seguridad, tienes una autenticidad única.
Sin darme cuenta, me quedé atrapado por tus facciones, hasta que la auxiliar de la sala nos invitó amablemente a ir acabando la visita, pues cerraban en cinco minutos. Al salir, el frío de la noche me sacó de mi ensoñación y de repente me di cuenta de la realidad; no es más que una exposición de maniquíes sin vida.
Aun así, estoy pensando que quizá mañana pueda volver a disfrutar de tu compañía.
Y en último caso, puedo hablar con la concejalía de Cultura o con el propio Victorino García Calderón para ver si es posible adquirir una fotografía tuya. Así rescataría esa mirada eterna de tu fría condición de maniquí para llevarte al calor de mi hogar. Saldrías de tu eterno silencio fotográfico para disfrutar de mi eterna mirada. ¿Te seduce la idea de tener vida propia sin tus compañeros de exposición para vivir una historia compartida entre estas cuatro paredes?
Perdona por mi atrevimiento. Atentamente, Jesús

Jesús García
Grupo A



La abuela Casandra

“Llegará un día en que los dedos tengan voz y las pantallas tejan redes donde la humanidad naufrague.
Llegará un día donde los vivos sólo hablarán con los muertos que viven en los escaparates. Esconderán miedos y horizontes entre sus retales. Hay cetros invisibles. Prometen libertad y regalan grilletes. Las arañas saben hacer bien su trabajo.
Llegará un día donde el sonido de siete trompetas recorrerá la tierra. Nadie lo oirá. Tras el último trompeteo, el manneken que duerme el sueño eterno, resucitará. La luz fría que esconden sus ojos lo iluminará todo. Será la sangre que alimente a los que, como él, esperan. Ya no habrá retorno. Una especie nueva, vacía y malvada dominará el mundo. Las arañas hacen bien su trabajo.
Llegará un día en…"


-¡Mamá! No asustes a la niña. Sólo tiene siete años
-Mañana cumplo ocho
-¡Es verdad! ¡La tarta! Anda ponte las zapatillas y vamos a recpgerla, de paso podemos mirar algún disfraz. Quedan dos semanas para Halloween. ¿Ya sabes de qué vas a ir disfrazada? Luego todo son prisas
-Pues… ¡Sí! Quiero ir de manneken. Este año voy a ser la más malvada y mis amigas…
-Pero cariño (intervino Casandra) si vas de maniquí tendrás que estar todo el rato quieta. No podrás ir a por chuches, ni hacer tratos, ni jugar, ni chillar, ni dar sustos, ni reírte, ni hacer payasadas, ni…
-Es verdad… Vale, pues iré de araña, Yo sé hacer muy bien mi trabajo. Ya lo veréis
Mientras la niña salió a buscar sus zapatillas, su madre preguntó a Casandra ¿Crees que podremos salvarla?
Pues no lo sé María, pero mira, por ahora prefiere ser araña

Ana Isabel Fariña
Grupo B




Maniquíes

"Si nuestros ojos vieran almas en lugar de cuerpos, qué diferente sería nuestro concepto de belleza."
Esta frase me ha permitido hacer feedback a mis pensamientos, salvar batallas y tomar mejores decisiones. Una vez más la retomé para hacer la tarea de Escritura Creativa que nuestro tallerista había orientado. ¡Qué difícil es separar el alma del cuerpo!
Le cuento que son 360 cabezas de maniquíes a escoger una, pero me detuve en dos, no pude vencer el capricho que gobernó mi voluntad en ese momento.
La primera que hizo "blanco" en mí fue un anciano. Con solo ver su cabeza imaginé su cuerpo: bastón, calzones "mata pasiones", rodillera en la pierna izquierda y tobillera en ese mismo pie.
Pero mi alma vio su alma: amargura, desgana, apatía y hastío. ¿Desde cuándo no sonríe el melancólico maniquí? A pesar de esos calificativos, quizás sea bello, aunque mis ojos vean un rostro que dice lo contrario.
El otro fue una "pelirroja" con "cerquillo" o "flequillo", como dicen los españoles. La nombré Mies.
Dicen que teñirse de rojo simboliza autenticidad, misterio, fuerza y sensualidad. Mies, vista con el alma, es todo eso. Vista por mis ojos, es un maniquí de los años 70 u 80, cuando yo también era pelirroja.
No sé si es curiosa, atenta o simplemente coqueta, mostrando fascinación por quien la observó, quizás, hace diez días.
Vista con mi alma, Mies es tan bella como Daniel, el anciano melancólico. Vista por mis ojos, la misteriosa Mies viste lencería Calvin Klein, Chantelle o Simone Pérèle, con zapatos de tacón fino extra alto.
Quizás su alma no tiene que ver con lo que vieron mis ojos y mi alma. Pero sin duda, Mies y Daniel son bellos maniquíes con almas intrigantes.

Miriam Esther García
Grupo A




Humano o Maniquí

La mayor parte de la vida de Mario había transcurrido dentro del almacén de sus padres.
Allí le dio a luz su madre, en el sótano, ayudada por el padre y las dependientas, rodeada de cajas, de muebles y maniquíes viejos y nuevos.
El almacén contenía todos los artículos para el hogar. Allí se podía comprar desde muebles a manteles,sábanas, vajillas, y ropa para vestir a toda la familia.
Se crió jugando en compañía de los maniquíes infantiles. Se escondía en los recovecos imaginando que estos lo encontraban. Hablaba con ellos, le contaba cómo le había ido en la escuela o la última película que había visto. Ningún amigo igualaba la fidelidad de esas figuras inmóviles e inmortales.
En su juventud, su padre echó mano de él para ayudar en la tienda. Le habilitó un despacho en el sótano para que llevara la contabilidad y la facturación. Y en los cambios de temporada decoraban juntos el escaparate, donde descubrió que le gustaba observar los pechos de los maniquís femeninos.
Disfrutaba quitándoles la ropa lentamente y vestiéndolos con mimo, mientras calculaba mentalmente sus medidas, pecho, cintura, cadera…
Los axesuados maniquíes se convirtieron en parte importante de su vida diaria.
Los contemplaba y cuando nadie le observaba, imaginaba que intercambiaban conversaciones, donde se contaban lo que sucedía o veían en la calle, desde el gran escaparate.
Tanto se identificó con ellos, que acabó adquiriendo sus formas. Se vestía como ellos, se movía poco, con suave rigidez, y mostraba poco interés por lo que sucedía alrededor.
Una tarde, cercana a la navidad, se ofreció a sus padres para decorar el escaparate.
Cuando echaron el cierre, sintió una profunda emoción al quedarse sólo.
Bajo al sótano y escogió con interés los artículos, entre ellos la maniquí más bonita, de la que estaba enamorado desde la adolescencia.
Preparó en el escaparate una preciosa mesa de Navidad, con mantel, velas, vajilla, cubertería de lujo y las copas con filo dorado qué tanto gustaban a su madre.
A la mesa colocó el maniquí de un niño y una niña, vestidos de fiesta para la ocasión y la preciosa maniquí femenina vestida elegantemente.
Se desnudó, se afeito todo el pelo de la cabeza y cuerpo, y se puso el mejor esmoquin, con corbata negra incluida. Por último, se untó cabeza, cara y manos con cera líquida, y se sentó a la mesa.
Al día siguiente, los almacenes levantaron el cierre a la hora indicada, subieron la persiana dejando ver en el escápate al completo, como una bella familia se disponía a cenar elegantemente la noche de Nochebuena.
En la oficina del sótano un maniquí con las ropas de Mario estaba sentado, repasando las facturas.

E.R.A.
Grupo B





Los surcos de los plásticos más duros

Los designios de la envidia son inescrutables. Lo veo desde mi posición de voyeur privilegiada. Miro sin ser vista, a pesar de mi presencia. Obscena de tan obvia. Ríete tú del panóptico de Foucault.

Observo a diario, frente a mí, esas miradas oblicuas, esas sonrisas torcidas, esa expresión agria. Lo sé. Nosotras vivimos en las antípodas de vuestras inseguridades: muslos infestados de celulitis, arrugasestríasflacidez, pechos caprinos. Pero también sé que vuestra envidia se cimenta sobre algo más que un simple catálogo estético. Nosotras existimos al margen de la tiranía corporal. No siento compasión por vosotras. Como no teníais suficiente con intestinos que evacuar, horas que dormir y estómagos que satisfacer, os habéis adentrado en el paroxismo depredador de la microbiota, el cortisol, la creatina y el entrenamiento de fuerza. Marionetas, esclavas de la industria cosmética primero, de la alimentaria después. Resulta que las autómatas éramos nosotras. Pero no todo el monte es resina de poliuretano: las maniquíes también tenemos nuestros problemas de clase, nuestra propia jerarquía social. Yo, por ejemplo, no puedo equipararme a los engendros de cartón recortado de centro comercial. Eso no hay manual de autoayuda -perdón, crecimiento personal- que lo arregle. Es absurdo, por seguir con el listado, pedir a Mónica, la maniquí del Sex Shop, que eche currículum en Loewe. Venga, Pretty Woman, vete un poco a walking on the street. Compara tú a la virgen de mi pueblo -cuerpo maltrecho, madera sin desbastar- con aquella otra sostenedora de un Cristo muerto misteriosamente flácido. El rigor mortis no le iba mucho a Miguel Ángel, le va más a la virgen de mi pueblo.

Y hablando de vírgenes, de santas mejor dicho, ¿qué me decís de Santa Teresa de Jesús en su éxtasis místico? Ay, el placer. Finge igual que todas nosotras; claro está, pero yo daría mi peso en silicona, me adentraría sin pensar en paroxismo depredador de la microbiota, el cortisol y el entrenamiento de fuerza por sentir un orgasmo de verdad. Lo juro por los surcos de los plásticos más duros. ¡Viva la fiesta!

Pilar Sánchez Gómez
Grupo D



La cita

Llegué con diez minutos de antelación y me coloqué en el lugar que me había indicado: «El escaparate de Galerías José Mari junto al centro de estética». Escruté a un lado y otro de la calle por si la veía venir. Acabaron por dar las ocho y ella seguía sin aparecer. Abrí Tinder para volver a ver su cara, aunque me la sabía de memoria. El pelo castaño, los labios perfilados, la nariz afilada y esos ojos de mirada ensimismada.
Guardé el móvil, temeroso de que, si me sorprendía en aquel examen inocente, se incomodara. Ya no podía tardar.
Repasé las cuatro frases incluidas en su perfil. «Me llaman Eva y odio viajar». Le seguía: «Me gusta mirar fijamente a las personas… y ser mirada». Me sedujo que fuera tan atrevida.
Impaciente, daba pasos de un lado a otro. En cierto momento creí notar a alguien que me observaba desde detrás. Era imposible: tenía la espalda casi pegada al cristal. Iba a comprobarlo cuando un alegre «hola» desvió mi atención. Eran solo dos ancianas que se habían encontrado en la calle.
«Soy de pocas palabras», obvio. Y, por fin, la última línea: «Me pirra la moda». A mí, no, pero me encanta usar ese verbo tan anticuado.
No dudé en darle al like y me alegró la rapidez con que ella le dio también. Después del match le envié precipitadamente una docena de mensajes. Eva tardó en responder. «Tanta cháchara la habrá asustado», pensé. Una hora después llegó su respuesta. Una frase escueta en la que fijaba la hora y el lugar de la cita.
Se retrasaba. Pasaban cuatro minutos de las ocho cuando la luz del escaparate se apagó. Me giré y la vi. Allí adentro estaba Eva. La luz de una farola iluminaba apenas la escena. Moví la mano para improvisar un saludo y sonreí. Ella se mantuvo inmóvil y la penumbra me impidió percibir ningún gesto de reconocimiento. En aquel mismo instante la persiana comenzó a bajar ocultando el interior del local. No supe qué hacer. Entonces sonó la puerta. Salió un señor calvo que se giró enseguida para echar la llave al establecimiento.
Balbuceé.
—Disculpe, señor, ¿y la chica del escaparate?
—¿Eh? En la tienda no queda nadie, caballero.
He vuelto cada día desde entonces. Allí sigue y yo continúo preguntándome: ¿quién respondió a mis mensajes?

Pepe Lorenzo
Grupo B




S.O.S

El mensaje llegó inesperadamente a las 4:18 de la mañana. Sin ubicación. Sin nombre.
La operadore respondió:
- Te escucho.
Al otro lado sólo se escucho un suspiro eterno que soltó todo el aire que llevaba días y días guardando.
- No sé qué hacer- dijo.
La operadora respondió.
- Ahora quédate conmigo, estoy contigo.
Por primera vez esa noche no se sintió sola.

M. Pilar Sánchez
Grupo B





A mi amiga Maniquí.

Paeo casi todos los días por mi ciudad, voy pensando en mis cosas, Nunca me fijo en los escaparates cuando voy solo.
Un día te vi al pasar, y te sonreí, y te quise hablar; porque me pareció que te fijabas en mí.
Al día siguiente volví a pasar. me paré y te miré; me fijé en tus labios rojos. En tu pelo rojizo terminado en un flequillo, en tus ojos verdes rodeados por unas pestañas hermosas, y tu nariz pequeña y perfecta.
Te habían cambiado de ropa; en la blusa me pareció ver un botón distinto al resto. En ese momento sentí que me transmitías un mensaje: el "manazas" del empleado me vistió ayer con brusquedad; me quiso poner la blusa sin desabrochar, y rompió un botón, el muy “giliflautico”; me alegré de que se tuviera que pasar casi una hora para buscarlo. Encontró uno parecido y con un hilo adecuado tuvo que coserlo. ¡Cómo me reí para mis adentros!, pues desgraciadamente no tengo posibilidad de carcajearme; ¡cómo me hubiera gustado hacerlo!
Ahora ya no solamente me paro contigo, lo hago con otros colegas, los miro, y creo que me transmiten sus pensamientos.
Todos tenemos una historia que contar, todos, incluidos vosotros, mis queridos maniquíes.

José Luis Fonseca
Grupo A




El cambio

Afortunadamente te encontré. Ya venía gestándose en mi interior la necesidad del cambio. La relación que mantenía últimamente no funcionaba y yo iba sintiéndome cada día más y más atrapado, más y más desengañado de aquella relación tóxica.
Contigo todo ha vuelto a su cauce. Todo ha mejorado. Tú has sido como una terapia para mí. Ella era perfecta en todo. Siempre preocupada por mi salud, hasta el último detalle, pendiente de mis constantes, de mi nutrición, de las tablas de ejercicio diario. Sabía escogerme los guisos más exquisitos y las bebidas más adecuadas. Me mantenía el vestuario al día, a la moda, con las tallas que mejor se ajustaban y me hacían parecer más apuesto. Me compraba el calzado más cómodo y mejor conjuntado con mi ropa. Pero no acababa todo en lo material. Sabía de cine, arte y literatura. Me sacaba puntualmente las entradas para las representaciones y los conciertos que me gustaban, en los mejores asientos, por supuesto. Pasábamos las horas conversando sobre un libro, una exposición, la última película que habíamos visto o el próximo viaje que haríamos. Ella lo organizaba todo y todo salía perfecto. En todo tenía razón.
Así estuve hasta que te vi en el escaparate. Un flechazo. Supe que estabas hecha para mí. Tu mirada me cautivó y tu aparente dejadez me acabó de convencer. Fue difícil persuadir al encargado para que me vendiera el maniquí de melena pelirroja, pero pude conseguirte con algo de insistencia.
Tú me haces compañía cuando vuelvo a casa, no me cansas con consejos beneficiosos para mí, no me agobias con tus cuidados, no pretendes tener siempre la razón, no me adulas continuamente, no me haces sentir un pelele. Estás ahí y me miras, sin cambiar de postura ni decir palabra, sin atosigarme, sin ser perfecta. Solo con eso ya sé si estoy bien o mal, si me he equivocado o he acertado, si mi vida tiene sentido.
Mi querida maniquí, tú eres mi compañera ideal y no aquella maldita robot inteligente que aguanté durante muchos meses.

Manuel Medarde
Grupo A



Diálogo con un maniquí

Al periodista, que estaba realizando una visita al museo de museo del CNP en la Academia de Ávila, le sorprendió ver ese maniquí en sus instalaciones.
-¿Qué haces tú ahí? Le preguntó. No deberías estar, no con ese uniforme. Las mujeres no tuvieron acceso al Cuerpo Nacional de Policía hasta muchos años después de la llegada de la democracia.
El maniquí le miró con un gesto de cansado desdén:
-Te equivocas listillo, le dijo, Parece que fue ayer, pero han pasado cuarenta años desde que una mujer vistió por primera vez ese uniforme, aun con vestigios de la dictadura. Tuvieron que adaptar el diseño de los uniformes a la anatomía femenina. Al principio les facilitaron los mismos uniformes que a los hombres, pero enseguida surgieron las primeras quejas. No eran ni cómodos ni funcionales, advirtieron las agentes. Esa fue la razón por la cual entré yo en acción, me utilizaron para llevar a cabo pruebas en busca de una indumentaria adecuada para las mujeres.
El periodista, al verse corregido con tanta vehemencia compuso un gesto de disculpa.
-¡Vaya! Al ver el Aguila de San Juan en el frontal de la gorra pensé que….
El maniquí, todavía indignado, repuso:
-Típico de la prensa. Lanzarse a opinar sin conocer el tema en profundidad ni preocuparse por investigarlo, el águila, como otros símbolos no fueron suprimidos de la uniformidad hasta muchos años después.
El periodista, en tono conciliador respondió
-Lo siento, quizá tengas razón. Pero dime, debió ser un orgullo para ti, como maniquí, ayudar a resolver un asunto de trascendencia histórica como este.
-Por supuesto que la tengo y, sí, desde luego, me siento orgulloso de mi contribución, a esta cuestión y a otras mas importantes. La gente cree que los maniquís solo servimos para lucir estúpidos modelitos en los escaparates, pero has de saber que cumplimos otras funciones mucho más provechosas para la sociedad, como las pruebas en la simulación de accidentes de tráfico, donde muchos compañeros se juegan la integridad física. También somos utilizados en las prácticas de primeros auxilios impartidas al personal de los servicios de emergencia y otras muchas funciones que el público desconoce.
El periodista pareció meditar unos instantes sobre la respuesta del maniquí y finalmente le dijo:
-Creo que tienes razón y, te prometo que escribiré un artículo para resaltar y poner en valor vuestra contribución a la sociedad.
EL maniquí le miró con gesto de agradecimiento y, percatándose de que llegaba un muevo grupo de visitantes a la sala, adoptó la pose hierática que exhibía antes de comenzar el dialogo con el visitante.

Jesús Pablo Pérez
Grupo D




Sólo un juguete

Si hubieras sido tú,
ya tendrías el alma rota
pero soy yo y la tristeza
no me habita.
Tu carne delicada, tierna
mi dermis de madera tal vez
r            esina y acíbar
y toda la sangre derramada.
Me crearon con un hilo de vida
El tiempo exacto de un parpadeo
Pero mis ojos se cerraron nada más nacer
Si es que nací
Lo que sí sé es de mi muerte
Tu rezas yo amontono polvo

La tristeza
que soy yo
Es el alma rota que te habita
o tal vez
sólo un juguete.

Mamen Somar
Grupo C


Maniquíes para todos los sustos

Era un sastre que quería dar vida al maniquí de su escaparate. Lo puso sobre su mesa de trabajo y cogió las tijeras más grandes que tenía. Le introdujo un chip con Spotify, para que la música consiguiera que los paseantes se pararan un momento, y observaran, como en trance, los modelos que tenía expuestos por la tienda. Sonaba un concierto para flauta que había adquirido un antepasado del modisto, con un sonido antiguo, como de vieja gramola. El autor de la pieza era un tal -aunque el nombre estaba algo borroso- Hamelín.
A modo de pulmones le injertó dos fuelles, y como corazón le puso uno mecánico que había adquirido por Amazon; era de segunda mano -o como se diga-, pero estaba en buen estado y latía con fuerza, añadiendo una especie de percusión con sonido a madera y platillos que se integraba perfectamente con la flauta y los soplos de los fuelles.
Para los ojos usó unos que le había conseguido un sobrino, celador en el hospital de la Santísima Trinidad, departamento de anatomía patológica. También eran de segunda vista, pero estaban perfectamente conservados en un formol regenerativo; dicho de otra manera: aquellos ojos brillaban con una vida que hubiera engañado a Harrison Ford, en Blade Runner.
En la cabeza le introdujo un algoritmo del último modelo de IA, que podía tener largas conversaciones con los clientes, incluso contestar a las preguntas que el mismo sastre era incapaz de responder. Para que nos hagamos una idea, el test de Touring lo había superado en el primer prototipo. Con dos o tres arreglillos más el maniquí se convirtió en la estrella del escaparate, atrayendo a toda clase de público, que se acercaba hipnotizado y siempre compraba cualquier cosa, aunque no lo necesitara, haciendo multimillonario al sastre, y provocando, como daño colateral en los otros maniquíes, una envidia cainita. El costurero -al que llamaremos Frankie, para no repetirnos- veía en sus ojos el deseo de venganza, pero no había motivo de preocupación: aquellos muñecos de poliespán no tenían vida como su creación, eran totalmente inofensivos.
Que Frankie estaba loco, ya lo habrán adivinado ustedes, desocupados lectores, aunque cuando estaba en sociedad, o rodeado de la multitud de clientes que acudían a su tienda, no se notaba ninguna diferencia.
Con unas cuantas puntadas más su obra quedó terminada, llenándole ¨de orgullo y satisfacción¨, frase que le parecía muy solemne, emérita, y majestuosa.
Frankie acostumbraba a dormir en la trastienda, pero como ahora la tenía atestada de los maniquíes que había ido desechando, subió al trastero que tenía en el edificio, y aunque un poco apretado, consiguió conciliar un sueño intranquilo, orgulloso de su obra, y loco por abrir la tienda a la mañana siguiente, paladeando de antemano el éxito que le iba a llevar a los altares de la fama, incluso a ser la estrella principal del concurso de televisión “Maestros de la Costura Celebrity”.
Apenas pudo dormir; como mucho, una duermevela con febrícula. Con las primeras luces del alba bajó a la tienda, para terminar de componer una escenografía por todo lo alto, más propia de la ópera “El anillo de los Nibelungos” que de una modesta sastrería de provincias.
Casi a oscuras puso, con el mando a distancia, el primer concierto de Hamelin, acompañado de tambores y platillos -el corazón mecánico- e instrumentos de viento -los fuelles-; y, regodeándose de antemano por su éxito, embriagado con aquella música celestial, encendió las luces del escaparate. Y la luz se hizo.
Aquello era un pandemónium, todos los maniquíes de la trastienda estaban descoyuntados y esparcidos en medio del local. Su habitual falta de expresión tenía ahora como un amago de sonrisa sicópata.
En el escaparate estaba su creación, su Adán, su ciber modelo de una especie superior. Frankie se acercó a él sin dar crédito a lo que veían sus propios ojos. Tijeras de todas clases, martillos, agujas de hacer punto, alfileres, imperdibles, y hasta una broca con un montón de puntas de diferentes formas y tamaños, se repartían desordenadas por el suelo. Aquello era un sin Dios. El Doctor Frankie -era doctor en corte y confección-, con el corazón encogido, se acercó a su amado maniquí, a su creación, a su nuevo modelo cibernético. Mantenía, el muñeco, la compostura de fábrica, y casi la misma expresión, fría e indiferente, si no fuera porque le habían sacados los ojos. Tenía cortes, martillazos, rasgaduras, y agujeros por todo su cuerpo de poliespán.
Lo asombroso -lo que hizo llorar desconsoladamente al doctor Frankie- es que, de todas aquellas heridas, ojos incluidos, manaban interminables hilos de sangre.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Nunca serás yo

Atravieso ese umbral de luz estridente y mezcla de perfumes dulzones, sin saber adónde me lleva. Pero entro, sigo… Las piernas se mueven tan despacio que parece que no camino, que simplemente floto en una nube de suavidad y languidez. Y la mano, mi mano derecha, acaricia con la yema de los dedos todo lo que encuentra a su paso, sin prisa, como si quisiera atravesar cada textura. Primero, algo liso y muy suave, frío, pegajoso; después, algo rugoso, más bien áspero. Si paso despacio la uña del dedo índice, noto un pequeño crack, crack con cada pliegue de la tela azul. Después viene la suavidad extrema, blanda; la aprieto fuerte y saboreo la sensación de sentir que forma parte de mi mano.
El brazo (de nuevo el derecho) porta ahora varias prendas. Pesan, abultan, incluso duelen. Al fondo, muy, muy escondido entre luces, está ese espacio acotado por cortinas de terciopelo verde y espejos, al que intento llegar despacio para ver a la otra yo que aún no existe. Pero antes está ella, observándolo todo, a toda la gente que desfila con las manos llenas, y a mí… Yo la miro hipnotizada, me pierdo en la curva que dibujan sus labios sonrosados, me adentro en su mirada inerte, sin encontrar más que el vacío, contemplo la delicada línea de su cintura, fina, lisa y brillante, que abre el camino a sus infinitas piernas a través de sus sugerentes caderas. Su postura es desafiante, la de aquellos que miran el mundo desde arriba, sabiendo que son criaturas que merecen ser observadas.
En mi antebrazo derecho descansan las mismas prendas que ella luce con sublime elegancia. Puedo imaginarme a su lado, con su mismo semblante, con la seda cayendo sobre mi pecho con idéntica sutileza, el pantalón dibujando una perfecta S mayúscula azul y esa misma cara perfilada a la que el mundo no afecta.
La cortina verde se ha cerrado. Y ahí estoy yo, frente a la otra yo, que, por desgracia, sigo siendo yo. Las piernas de la chica que veo no son largas: son pequeñas y arrugadas. Aquí no hay S, sino acumulaciones de lo que la vida me ha ido dejando. Y la seda no cae, la seda se pega, la seda evidencia todo lo imperfecto: el pecho vencido por la gravedad, el brazo al que le cuesta deslizarse, el ombligo que se hunde… Y la cara. La cara no lleva ropa; la cara se ha desencajado, se deforma por segundos, los ojos se hunden y todo a mi alrededor se ha empañado. No veo, no consigo ver más que la figura perfecta de aquella chica de madera que seguirá esperándome fuera para desafiarme. Solo están esos ojos coloreados sin vida, a los que ni siquiera puedo distinguir con exactitud. Ese flequillo dorado se escapa de mechones trenzados en perfecta sintonía. Esos labios que nunca dirán nada pero que me han dicho tanto, ese cuerpo frío con el brazo (también el derecho) apoyado sobre su cintura, con la chulería de una juventud sin vivir, esa que yo ya no tengo, que ya no viviré. No puedo ser ella, no puedo quedarme inmóvil en el centro de un pasillo dorado para que todos me admiren, para que todos sueñen con verme, no puedo paralizarme sin acomodarme el pantalón porque un trozo de vientre reclama respirar fuera de la lycra. Es inútil. Por más que miro en el espejo, por más que lo intento, no soy ella.
Y la odio, la odio tanto que siento el pecho arder, que quiero llorar hasta perder toda la humedad de mi cuerpo, hasta caer seca, sin aliento. Y la música, con su percusión repetitiva y electrónica, sigue sonando, porque el mundo no se ha detenido. Las luces siguen brillando y las risas tras las otras cortinas verdes me entran por los oídos como un taladro incapaz de perforar una pared. Que todo pare, que todos se callen, que ella ya no esté ahí, que yo no pueda verla, que nunca más desee que mi corazón lata en sus pequeños pechos barnizados.
Camino despacio, arrastrando la vida, y abandono en una montaña imposible de ropa todo lo que a ella tan perfectamente le sienta. Y es que ella sigue ahí, esperándome. Me vuelve a mirar. Sus labios permanecen sellados y su mirada, fija en la nada. Pero detrás de la nada estoy yo, y su mirada me da escalofríos, como si me hablara desde un lugar aún no inventado para recordarme lo que nunca seré.
«Y más vieja, y más cansada», como dice la canción más triste del mundo, vuelvo a cruzar el umbral de luces, mareada por la mezcla de perfumes. Las puertas se abren solas a mi paso y me devuelven al mundo que me ha tocado habitar. Vuelvo a sentir el aire fresco, a ver a la gente que pasea, a los jóvenes que ríen en grupo, a las parejas que caminan abrazadas y parecen un solo ser, el movimiento de los miserables árboles que intentan adornar la calle. Y respiro, triste, sin nada en la mano, sin nada en el alma que no sea el desprecio hacia mí misma.
Ya en la calle, me detengo y vuelvo la mirada hacia el festival de bombillas que invade el local que abandono. Se ven las cabezas de la gente, sonrientes, que van y vienen, que entran y salen… Y en medio de todo, impasible, sigue ella, con su misma pose, sus mismos labios rojos y su barbilla afilada, diciéndome desde lejos:
«Nunca serás yo».

Lucía Álvarez Portero
Grupo D



Lo que habita

Removía cajas en el almacén cuando se topó con ella. El corazón salió de paseo igual que en una mala pesadilla. Tuvo que retroceder un par de pasos y respirar profundo para razonar más allá del susto.
Miraba desde el suelo, su cara partida, la nariz ausente a saber cuánto tiempo atrás. Era el maniquí más perturbador que había conocido en su vida (y era mucho decir, puesto que aquella tienda de vestidos de novia no era su primer rodeo en el mundo del comercio).
—Me has dado un susto de muerte, maldita —musitó, recuperando unos latidos más saludables—. No sé por qué la jefa no te manda al cubo de basura de una vez. Estorbas.
El viejo maniquí, con la pintura saltada en esa sonrisa que un día debió ser bonita, emitió una melodía de notas quebradas. Aunque debía regresar con la caja de velos que entró a buscar en primera instancia, la posó en el suelo y dirigió sus pasos hasta esos pies rígidos y descalzos. Otro sonido, como si algo arañara para salir por la grieta, hizo desaparecer su aliento en la garganta. Se acuclilló, hipnotizada por el sonido, y extendió la mano para apartar el cabello enmarañado del maniquí.
No tuvo tiempo a reacción cuando los huesudos dedos del maniquí atraparon su muñeca. La boca partida se abrió al tiempo que la suya y, de ninguna de las dos, manó el grito.
La luz tintineó antes de apagarse.
La jefa entró con pisadas fuertes, moviendo motas de polvo a su alrededor como un torbellino.
—Espero que no estés fumando un cigarrillo a oscuras, porque luego huele a mierda toda la mercancía y hay que ventilar…
Frunció el ceño antes de continuar su discurso y algo se conectó en su cabeza. Encendió la luz y vio la caja de velos, que recogió entre los brazos. Titubeó un momento antes de deslizar la mirada hasta encontrarse con los ojos muertos del maniquí.
Los rasgos habían cambiado, como todas las veces anteriores. No conseguía regenerar la nariz, cerrar la grieta del rostro que abrió aquella otra empleada, la única que se resistió años atrás.
Asintió en silencio. Cada vez se cobraba antes su tributo de carne y las ganancias de la tienda no duraban tanto. Suspiró.
Algún día, lo que habitaba el maniquí se quedaría con ella.

Sara Terrén
Grupo D



Recuerdos

Cuando te he visto me has recordado a una modelo que, cansada de viajar, de vivir en lujosos hoteles sin poder comer un buen plato del “manjar de los manjares” se mueve de un país a otro. No ha conocido más que aeropuertos y pasarelas con alfombra roja , donde se mueve como pez en el agua, pero sin embargo, decide descansar una temporada en un museo de alta costura.
Acaso no puede probar la quietud y el descanso una temporada. Aquí, también podrá lucir sus modelos, la cambiarán o no, no habrá sesiones interminables de peluquería, maquillajes, manicuras y dolor en sus pies inflamados.
Si quiere podrá, cuando se vayan todos los visitantes y se opaquen las luces, pasear por suelos blancos y fríos sin necesidad de sufrir dolor.
Por la mañana, escuchará voces de personas de distintos gremios, que admiran ese mundo de la moda de otra manera, sin pasarelas, ni movimiento, volver a esa jaula acristalada donde otros le acompañarán sin molestarle apenas y ver las caras de admiración de abuelas, madres e hijos que miran e imaginan sus propias vidas allí donde habitan.

Carmela
Grupo A




Una diosa de plástico

Os vigilo. Observo vuestros gestos. No escucho lo que decís porque no entiendo las palabras; para mí son sonidos vacíos carentes de sentido, aire que se pierde en los rincones. Al igual que se pierde mi mirada cuando os contemplo; sí, vosotros no lo sabéis porque no veis más mis ojos vacíos, carentes de luz. Creéis que soy un simple pedazo de plástico pero en realidad soy un ser divino que habita en vuestro mundo.
Río para mis adentros porque no os dais cuenta de vuestros movimientos errantes y caóticos dentro de un espacio limitado, una jaula invisible de la que no sois conscientes. Lleváis una vida carente de sentido, mantenéis unas relaciones que os atan y no os dejan buscar la Verdad. Tantas tareas absurdas hacen que os ahoguéis en un mar de caos, hundiéndoos poco a poco hacia un fondo oscuro de tristeza infinita.
No intentéis siquiera ser libres. Nunca lo conseguiréis. Vuestra ignorancia os delata. Una mente ignorante en un cuerpo defectuoso. Eso sois: carne maldita y malograda. En cambio, yo soy la encarnación de la pureza y de la perfección, de la belleza eterna que nunca degenera, de la juventud inmutable.
Por eso fuisteis arrojados a esta existencia miserable, a repetir lo que hicieron vuestros ancestros, a sufrir infinitos males por cometer los mismos errores una y otra vez. Las generaciones se suceden; algo cambia para que todo siga igual. ¿Es esto lo que esperabais de la vida? Ni siquiera la llenáis de esperanza, tan absortos en vuestros miserables agujeros, con la cabeza llena de sueños que acaban siendo devorados por miedo.
Miedo. En nuestro mundo no existe. Pobres almas errantes. Qué fácil es caer en la apatía, qué fácil es dejarse llevar, qué fácil es simular lo que uno no es porque en realidad no sois nadie. Eso lo sabéis, pero preferís esconderlo en algún rincón recóndito de vuestra memoria para no acordaros jamás, y seguir con una existencia absurda.
Yo espero vuestra caída detrás de este muro transparente que domina las calles de las ciudades. El tránsito de coches y autobuses, los ruidos que no cesan, el humo que se apelmaza en el aire, las luces chillonas que ocultan el resplandor auténtico de las estrellas y nos privan de la noche; vuestro incesante ir y venir es un tránsito a ninguna parte, ¡malditas figuras errantes que domináis el paisaje que contemplo! No sois más que una sombra de un destino lejano del que una vez escapé para convertirme en lo que soy ahora:
Una diosa de plástico que os maldice por poseer algo que yo nunca podré obtener: una existencia y una vida.

Maite BT
Grupo C
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Copiloto de quita y pon

(Se escucha en la radio del coche: «¡Pi! ¡Pi! ¡Pi! ¡Piiiiiiiiii!».)

VOZ EN OFF: ¡Son las 7h, las 6h en Canarias! Último lunes del mes de octubre. Se espera un día lluvioso, con viento racheado que impedirá abrir los parques públicos en toda la ciudad de Madrid. Alcanzaremos una máxima de 14 grados, con mínimas de 9.

El nivel de contaminación es extremadamente alto; pedimos encarecidamente que utilicen el transporte público. Todas las entradas a Madrid están muy congestionadas, especialmente la A-6 desde Aravaca, donde un accidente impide circular por 4 de los 6 carriles.

Recuerden que pueden utilizar el bus VAO siempre que en su vehículo viajen, como mínimo, dos personas.

ÁNGEL: (Al volante, irritado.) No falla: el día que tengo que bajar a la oficina, algún imbécil se da la piña. Algún niño de papá de Majadahonda con el Mercedes de mamá. Como se nota que ellos no pagan ni las multas ni los golpes del coche.

(A Isabel.) Venga, ponte guapa, que arranco.

ISABEL: A ver si te jubilas pronto, porque cada día llevas peor que llegue el lunes. Luego bien que te pavoneas con los amigos el fin de semana de lo que te gusta tu trabajo: que si yo hago, que si yo soy…

ÁNGEL: Anda, vístete y ponte las gafas de sol grandes. Seguro que con el accidente hoy hay muchísima más policía.

ISABEL: Si ya estoy. Algún día recordarás que cada lunes me pongo la misma ropa, y los miércoles y los jueves… Todos los días que tienes que bajar a la oficina, por no escucharte, ya tengo puesto desde el día anterior el pañuelo azul, el jersey amarillo y las gafas de la Martirio.

(Pausa.) No me extraña que no tengas pareja desde hace 20 años. No te aguanto ni yo, que soy una santa que ni siente ni padece.

ÁNGEL: ¡Te podías poner el cinturón! Pareces una niña de 5 años. (Mira el reloj.)

Vamos, que al final llego tarde, y tengo reunión con el CEO a las 10:15. Menuda hora para poner una reunión un lunes. En fin… (Le pone el cinturón a Isabel, arranca y salen del garaje.)

ISABEL: Pero si luego llegas y le ríes todas las gracias. ¿De qué te quejas?

ÁNGEL: En 3 minutos estamos en el bus VAO de Las Rozas. A rezar para que no se haya estropeado ningún bus de la EMT, para variar.

ISABEL: Y para que no haya policía. Al final, algún día te van a pillar sí o sí.

ÁNGEL: La verdad es que para lo único que vales es para ir acompañado al trabajo y que pueda ir por el bus VAO. Si no, me comía el atascazo de la A-6 en Aravaca. (Refunfuña.)

No paran de dar la matraca con el transporte público, y luego siempre están los autobuses echando humo, parados en el arcén. Y de premio, algún chicle que te llevas pegado en los pantalones, de algún niñato.

ISABEL: ¡Tuuuuú! Pero si hace años que no montas en autobús, desde los 12, cuando te llevaron los escolapios a ver El Escorial. Como no tengas el chicle de ese día guardado de recuerdo… Eras tan pánfilo que seguro que todos te pegaban el chicle en el pelo.

(Pausa.) Bueno, eres tan pánfilo… Seguro que el CEO te pega el chicle en el pelo y le ríes la gracia.

ÁNGEL: ¡Isabel, Isabel! No me calientes, que paro y te dejo aquí, en el arcén. Precisamente a tus piernas les gusta poco andar. Naciste para ser noble, pero te quedaste en plebeya.

(Se oye una sirena. Luces azules sobre el coche.)

ÁNGEL: ¡Hostia, hostia, la Guardia Civil (Entre dientes.) Joder, que me dan el alto.

(Aparece GUARDIA CIVIL 1 junto a la ventanilla. Algo más atrás, GUARDIA CIVIL 2.)

GUARDIA CIVIL 1: Buenos días, caballero. ¿No sabe que es ilegal circular con un maniquí disfrazado de acompañante?

ÁNGEL: Pues disculpe, no lo sabía. No tenía ni idea de esa norma. (Pausa.) No lo volveré a hacer.

ISABEL: Hoy no le vas a dorar la píldora al CEO, pero se la vas a dorar al picoleto.

ÁNGEL: (Entre dientes.) No me toques las narices, Isabel, que bastante tengo hoy.

GUARDIA CIVIL 2: ¿Isabel? ¿Pero está hablando con el maniquí? Le iba a poner 200€ de multa por circular con un maniquí de acompañante. Me estoy pensando hasta retirarle el carnet.

(A su compañero.) No tengo claro que tenga las capacidades psicológicas para conducir. Una cita en psiquiatría en el Gregorio Marañón no le vendría mal…

ISABEL: (Con sorna.) Le llevo diciendo dos años que ese CEO le está volviendo loco. Pero nada, que no se va de ese trabajo hasta que no le echen, para que le den lo suyo. Pues toma lo tuyo: 200€.

ÁNGEL: Que te calles, que no estoy para bromas.

GUARDIA CIVIL 1: ¿Pero usted se encuentra bien? Vamos a inmovilizar su vehículo, y 200€ más de multa por desacato a la autoridad.

ISABEL: Te llevo diciendo 3 meses que nos van a pillar. No puedo ir todos los días con el maldito pañuelo azul, el jersey amarillo y las gafas de la Martirio. Que te gastes 100€ en otro look para mí. Pero nada, que deje de pedir, que parezco de la nobleza.

(Con sorna.) Pues toma nobleza: 400€ e inmovilización del coche.

ÁNGEL: (Fuera de sí.) ¡¡Isabel!! ¡¡Que te calles!! ¡Al final te tiro por la ventana!

GUARDIA CIVIL 1: Al final nos toca detenerle por violencia de género. (Con tono conciliador.) Por favor, relájese, que con este tema las normas son muy estrictas.

GUARDIA CIVIL 2: (Hablando por la emisora.) ¿Centralita de Majadahonda? Por favor, manden una ambulancia con servicio de psiquiatría. Tenemos a un caballero inmovilizado en el bus VAO de la A-6 con síntomas, como mínimo, de sustancias sospechosas. Si no es eso, ha perdido completamente la cabeza.

ISABEL: Al final, hoy duermes calentito y, con un poco de suerte, hasta con las manos atadas. Así aprendes lo que es no mover los brazos.

Pero lo que me encantaría es que te mandaran a la prisión de Alcalá Meco, así sabes lo que es estar siempre con la misma ropa.

(Pausa.) La que has liado, Ángel, por 100 € de mierda para un look de quita y pon para mí. Al final me va a tocar visitarte en la cárcel, como a la Pantoja o a la mujer de Bárcenas.

(Pausa. Con un hilo de voz.)¿Y quién me lleva? ¡Si a mí solo me hablas tú!

(Las luces azules siguen girando. Oscuro.)

Daniel Sánchez
Grupo A




Sólo a la luz de la luna cobras vida.
No te vas de paseo.
Tejes tus propias ropas.
Quieres ser la mejor de tu puesto.

Al anochecer bajo un candil,
rebuscas con ansia entre azulejos.
lentejuelas,hilos, lanas, agujas...
para hacer tus propios atuendos.

Llevas años bordando...
que si sombreros, jerseys,
camisas, pañuelos...

Quieres vivir nuestra vida,
sentir nuestros deseos.
Pero sin ropa adecuada
no te permites mirarte al espejo.

Algunas prendas son de un sólo uso.
Una boda por ejemplo,
un día especial
que llevarás en tus recuerdos.

Quieres hacer que los demás,
siempre en ti atentos,
al pasar por el escaparate,
queden prendados de tus anhelos
¡Llenas de colores la vida!
Créeme qué te entiendo.

En los días grises
cuando la vida es un tormento ,
¡pones tu encanto maniquí
hasta en los hábitos del convento!

Una rosa bordada
un hilo, una cruz, un remiendo.
Dejas que los demás vistan tu ropa.
Aunque sólo yo conozco tú secreto.

Eres la estrella de la tienda,
y tejes con gran esmero.
Tus manos de plástico,
no sufren artritis con el tiempo.

Si te pinchas no sangras.
Tu corazón no late con esfuerzo.
Y aunque vacía por dentro,
sin mostrar ningún arrepentimiento,
tejes, tejes y tejes
tus más ansiados momentos.

Eres una de las moiras,
pues vida le das a tus atuendos.
La estrella de la moda,
con encanto y sin frenos.
Son sutiles tus puntadas
y ágiles tus movimientos.

Virginia Rodríguez
Grupo B




Una maniquí en apuros

Era urgente abandonar el escaparate a máxima velocidad. Salió disparada hacia a la puerta de la tienda de ropa en la que vivía desde hacía ya no sabía cuánto tiempo. Al llegar, se topó con un vigilante de seguridad, algo con lo que no contaba. Se vio obligada a sobornarle con gestos cariñosos e hizo resbalar su propia camiseta hasta que cayó desmayado, posiblemente al ver un hombro de madera por el que se asomaban algunos tornillos. No pudo resistirse ante tal escena y decidió regalarle un beso, también de tornillo, entre una sonrisa divertida y cierto sentimiento de lástima. Tras ello, corrió hacia el fotomatón más cercano y metió una moneda que había arañado de algún bolso despistado. Miró la foto unos segundos y la aplastó contra su corazón, necesitaba reconocerse antes de que los vestidos, que chorreaban una moda simplona y gasas baratas, comenzaran a asfixiarla. Sin darse cuenta, se había ido olvidando ante exigencias fútiles y escondiéndose bajo sus propios sueños y una frondosa melena negra, que ya bajaba de las cejas, y que le permitía no ver demasiado el mundo. El extraño juego del escondite terminó el día en que se descubrió aprisionada entre el cristal y las miradas frívolas del escaparate en el que había convertido su vida.
Aquella noche, en aquel fotomatón, su mirada, ya sin ojos y sin miedo, gritó con fuerza. El frío microcosmos de cristal tembló.

Patricia Gómez Ledesma
Grupo B




Mira, mira

Ya arranca otro día. Hoy parece que hace frío. El vagabundo que duerme en el soportal, escondido entre cartones, se encoge más de lo habitual. ¡Qué barbaridad! Unos tanto y otros tan poco. ¿Qué pensará este hombre? ¿Qué inquietudes tendrá? Mira, ya se levanta y vuelve a quedarse absorto mientras me mira. En el fondo creo que este también me envidia. Yo aquí calentita, sin pasar frío, ni calor, bien vestida, con todas las necesidades cubiertas. A lo mejor viene a dormir porque espera que haya alguna vacante en mi puesto. No lo contratarían, no tiene buen aspecto.
Ya empiezan a desfilar los de todos los días. Mira, mira, ahí va el del cigarro. Nada más salir de casa ya está fumando. Y cómo tose. Pero, ¿por qué lo sigue haciendo? Cada jornada que transcurre está peor, más viejo, más torpe, más… enfermo. En la mirada muestra tristeza, qué pena.
Mira…. otro. Este ya está agarrado al brik de vino desde primera hora, para desayunar. Intuyo que quieren aislarse, esconderse en mitad del ruido.
No los entiendo.
Mira, mira, ya es la hora, la hora de los papás y las mamás. Llevan a los niños al colegio. Van acelerados. Desde aquí aprecio sus respiraciones entrecortadas. Sus movimientos secos, cortantes. ¿Por qué no saldrán un poco antes de casa? Disfrutarían del paseo con sus hijos. Algunas se paran, lo justo, los primeros días cuando me han vestido con un modelito nuevo. Lo miran con deseo, con envidia. Será por mi línea, que la mayoría ha perdido o se ven reflejadas vestidas con la ropa. Diría que un poco de todo. Hay de todo. Lo mejor son los padres. Percibo como me miran con lascivia, con deseo. Me gusta esa sensación. Pobres.
Las adolescentes también miran, pero su mirada es diferente. Estiran el cuello y empujan hacia atrás los hombros. Las prendas no les importan, les gusta mi porte. Enderezan su columna al pasar frente a mí, pero en pocos segundos se distraen y vuelven a su postura previa. El teléfono móvil parece que pesa demasiado.
Cuando ha avanzado un poco el día, deben darles permiso a todos para salir y moverse: ancianos, jóvenes, calvos, de pelo largo, altos, bajos, en silla de ruedas, obesos, tísicos… vaya variedad. Casi todos me miran, de una manera u otra, me envidian. Lo sé. La mayoría están tristes, con la mirada dirigida al suelo o perdida. No sonríen.
También es el turno de los de los vehículos. Vaya estruendo. Los conductores, esos sí que muestran su enfado. Debe ser que no les gusta conducir. Se enfrentan unos con otros. Alzan los brazos y los observo como gritan.
Mira, mira ahí están. Mira sus caras. Sus manos entrelazadas. Son los únicos que no me miran. Solo tienen ojos para ellos. Me atrevería a decir que no son dos, parecen uno. En ese instante. En trance. No saben lo que pasa alrededor. Es el amor. El enamoramiento. Qué pasión. Esos abrazos, esos besos. Esa sensación sí que me gustaría sentirla.
Mira, mira. Es ella. La única mujer que he envidiado. Ahora tiene ojeras. Me mira con tristeza, con nostalgia. La recuerdo desde que era una niña. Otra niña más, inocente, ingenua. Como el resto de los niños no me miraba. No me deseaba, ni me envidiaba, ni a mí ni a mi vestimenta. Creció. Se convirtió en una bella adolescente. Se comportaba como todas. Salía en grupo con otras de su edad. Un día apareció de la mano de un chico. Estaba nerviosa. Se besaron contra el escaparate. El cristal temblaba. La pasión crecía cada día. Eran como un torbellino, un huracán, desprendían algo, algo muy especial. Lo recuerdo con envidia, quería sentir lo que ella sentía. Pasaba las jornadas expectante, en espera, para verla. Diría que no era la misma joven que observaba desde niña.
Pasaron los años. Un día iba vestida de blanco, preciosa, guapísima. Ese día también la envidié por su indumentaria, la única vez que me ha ocurrido. Pero, poco a poco, aquella sensación, aquel fulgor, desapareció. Apareció embarazada, reflejaba felicidad. Ese día fue la primera vez que me observó. Noté en su mirada, nostalgia. Creo que se fijaba en mi línea. Los días seguían pasando, tuvo una niña preciosa. Recuperó su figura, pero no dejó de mirarme. Algo en sus ojos había cambiado. Aquella pasión había desaparecido, se había transformado en amor hacia su hija. Paseaba con su pareja de la mano, agarrados. Ya no hubo más besos de pasión contra el escaparate. Tuvieron otro hijo. Paseaban juntos, de la mano, pero intuía que había preocupaciones. Comenzaron a discutir. La pasión desapareció. Ahora siempre se detenía frente al escaparate y me miraba. Sus ojos se tornaban vidriosos.
El paso del tiempo hacía mella en su mirada. Su inocencia se marchitó. Discutía con su pareja. Todos los días. Ya no se daban la mano. No sonreía. No volví a verla. Ni a ella ni a su pareja. Tampoco a los niños.
Ahí va otra caja de madera. Los acompañantes vestidos de negro con caras tristes. Estoy segura de que ahí se los llevan cuando mueren. ¿Así saldré yo cuando muera? Intento averiguar quién era. Los acompañantes los conozco, pero venían a verla muy poco. Creo que era la mujer del pañuelo. Siempre llevaba un pañuelo de flores sobre la cabeza. Era de las pocas que sonreía sin motivo. No sé por qué lloran tanto, como si la echaran de menos. Venían a verla dos veces al año. Tampoco lo entiendo.
Creo que este mundo no está hecho para los humanos. Son seres complicados. Los veo tristes, preocupados, drogados, resentidos. Por cada unidad de alegría tienen diez de penas. Desde mi atril los analizo. No hay que ser pitonisa para ver que este ritmo no puede durar mucho tiempo. Su felicidad es pasajera. Se centran en los problemas, se enredan en ellos. No saben diferenciar. Prefieren nadar en sus quejas, en sus problemas… en sus insignificantes problemas. Muchos lo compensan con sustancias para disfrutar, para desinhibirse, para drogarse.
Anoche soñé que me convertía en una de ellos. ¡Vaya pesadilla!
Si yo me convirtiera en humano. Todos los días me levantaría pronto, al alba, sentiría el frescor de la brisa del amanecer, mientras la luz del sol baña el horizonte. Me iría a desayunar, cada día a un sitio diferente. Leería un poema, para que me iluminara todo el día. Sonreiría. Iría sonriendo a todas partes. !Qué bello es sonreír¡ Cuando un niño sonríe despreocupado. Transmite inocencia, ingenuidad. Yo sonreiría a todos los humanos, para transmitir alegría.
Si yo pudiera sonreír…
¡Ah! Y me encantaría enamorarme. Sentir el amor. Esa sensación, ese estado. Esa pasión oscilante, que te arrastra, que te lleva, como po Bas olas del mar. Cuando todo cambia y nada importa. Cuando el Sol y los planetas se detienen y comienzan a girar a tu alrededor. Ese virus que te enferma con síntomas de felicidad, de alegría. Los problemas desaparecen… hasta que llega el desamor… entonces aparece el caos.
Mira, mira. Aquí llega el vagabundo. Trae cartones nuevos. Está contento. Mira, mira cómo mira. No es deseo. No es por mi ropa. Diría que añora una estabilidad. Un lugar. La pertenencia a un sitio. Qué complicado es ser humano. Son jeroglíficos imposibles de resolver.
No quiero ser uno de ellos.

Max Ferlam
Grupo B




Crecer

El ruido del motor del último coche del parking se aleja hasta desaparecer cuando dobla la esquina, allá afuera, en dirección a la vía de servicio.
Desde dentro, la cámara 4 del pasillo principal se activa a tu paso.
Te diriges hacia el hall de la segunda planta donde te espera una monstera gigante que cubre la escalinata. No tienes manos con dedos oponibles, solo la recreación de una mano humana simplificada con forma de ganzúa, así que llevas como puedes una cinta métrica de costurera y mides el tallo de la planta y las hojas más verdes que también son las más jóvenes.
La cámara 4 hace zoom siguiendo tus movimientos. En un rincón oculto por el follaje de la monstera, sobre un trozo de pared desconchada (¿la has desconchado tú?), haces una nueva muesca sin mucho esfuerzo gracias a tu mano de polietileno:


Agitas tus brazos tiesos (pareces contento) y con tu mano te palpas el bolsillo frontal de tu traje, comprobando que hay algo y que ese algo sigue ahí.
La cámara 7 frente al chikipark se activa a tu paso.
Has cogido un rotulador permanente de color negro y una vela de cumpleaños gastada que algún niño con dedos oponibles y rechonchos se ha dejado tirada en el suelo. Te diriges al local de al lado y te paras frente al escaparate mirando tu reflejo. Tu rostro ovalado, los carrillos redondeados, el flequillo estático de un niño que no termina de crecer. Destapas el rotulador y restriegas su punta sobre tu rostro coloreando el contorno de tus labios, de tu barbilla, evitando la línea de la mandíbula. Un bigote y una perilla oscuras y tupidas, perfectamente recortadas, a juego con las cejas que te pintaste hace tiempo.
La cámara 4 se activa a tu paso mientras recorres el pasillo principal de nuevo.
Apoyas la vela de cumpleaños sobre el asiento que ocupan normalmente maridos y esposas aburridas de esperar frente a la tienda de ropa. Un pirulí de colores en espiral con la mecha vieja sobre una pieza de madera de mentira. Sacas un mechero del bolsillo frontal de tu traje. (¿Cuánto tiempo lo habrás tenido ahí guardado?) Juntas tus dos manos e intentas hacer funcionar su piedra, pero no tienes dedos oponibles, así que el mechero se te resbala. Lo recoges como puedes y vuelves a intentarlo. Sin embargo, el mechero se te cae de nuevo porque el mechero tiene vida propia, la misma que tienen tus manos de plástico: (¿bastante vida para agitarse, pero no la suficiente como para encender una llama?). Gritas. Gritas un aaaah largo, bastante profundo. Un aaaah que suena a escamas de polietileno atragantadas y que pausas de vez en cuando para tomar aire.
La cámara 3 de la segunda planta se activa a tu paso.
Con los hombros encorvados y la vela en tu mano, te metes en el fotomatón y hace PUM, PUM, PUM. De la ranura de fuera extraes una tira de fotos cuadradas. Te diriges al restaurante de comida rápida que hay en frente.
La cámara B de la hamburguesería de la segunda planta se activa a tu paso.
En la cocina buscas los fogones. Giras la llave del gas y la aprietas esperando el chasquido que precede a la llama. Pones la vela sobre el acero de la cocina. Vuelves a apretar la llave esperando el chasquido que precede al fogonazo. No hueles el gas que inunda la estancia porque tu nariz es estanca. Aprietas la llave esperando el chasquido que precede al fuego y, (¡por fin!) una llamarada se proyecta sobre ti y enciende la vela (¡por fin!), y alumbra tu flequillo de niño que no termina de crecer (¡por fin!), y prende tu traje de domingo, y el fulgor naranja sobre tu cuerpo de polietileno se eleva hasta el techo en una fiesta (¡por fin!) de luz y combustión que no serás capaz de soplar.
Con los sensores de emergencia por incendio, todas las cámaras se activan a la vez.
Las llaves de agua se abren dejando caer una lluvia fina sobre todas las cosas. A lo lejos, el ruido de las sirenas que se acercan por la vía de servicio.
La cámara B de la hamburguesería hace zoom sobre ti: tu cuerpo a medio derretir tendido en el suelo, y una de tus fotografías a medio quemar, junto a tu mano de mentira, son regados desde el techo.

Ana Rapado
Grupo B


El último maniquí
Madrid. 13 de octubre de 2134

Programa de radio nocturno “La noche omnímoda”. El locutor, con voz ágil pero a la vez neutra, prácticamente unisex, anima a los oyentes a participar en el programa.
—Y ahora, todo el que quiera puede llamarnos y decir algo, lo que guste. Aquí está nuestro amigo Sebastián, experto en programación LIO, para deciros en qué empresa fuisteis programados. Y ya sabéis, el que aguante más tiempo en antena se llevará el premio consistente en una visita turística al cementerio de La Almudena.
Las intervenciones de los oyentes se suceden. Abda 62, la primera en estar en el aire, aguanta en antena diecinueve segundos, y eso que ha sido programada para imaginar más de ochenta mil situaciones distintas, de las cuales veintidós mil ocho son inverosímiles. Pero Sebastián se las sabe todas.
—Has sido programada por Xerox-Ionios —la interrumpe—. Las cuatro uves que empleas, antes y después de la palabra “bosque”, te delatan.
Abda 62 es inmediatamente sustituida por Clerops 870, que aguanta catorce segundos, y ésta por Ziro 267.000, que aguanta treinta y dos segundos. Y así se van sucediendo los oyentes, hasta que le dan la oportunidad a Ernesto.
—Hola, Ernesto —la voz del locutor es la misma que empleó tres horas antes—. ¿Qué nos tienes que decir?
—Que todos los humanoides sois unos hijos de la gran puta y que maldita la hora en que os inventamos —dijo muy alterado. Luego respiró tan hondo que cuando resopló pareció un animal extenuado—. Anda, Sebastián —prosiguió igual de alterado—, ¿a que no adivinas por quién cojones estoy programado?
Se hizo entonces un silencio profundo, durante el cual Sebastián procesaba las frases de Ernesto. Pero no decía nada y había pasado ya un minuto.
—Vaya con Ernesto —intervino de pronto el locutor—. Menudo crack tu programador, a lo que se ve.
—A mí no me ha programado nadie, locutor de mierda. A mí me trajo al mundo hace ciento seis años una mujer de carne y hueso que se llamaba Mariana. Y lo hizo después de copular nueve meses antes con un señor que se llamaba Juan. Sí, he dicho copular —enfatizó Ernesto—. Esa cosa que vosotros no hacéis, ni podéis hacer, ni puñetera falta que os hace porque os fabrican en masa en laboratorios.
Ernesto volvió a callar mientras Sebastián seguía procesando sus frases, sus palabras, su acento. Pero no acertaba a dar con el programador.
—Vaya, Ernesto, eres el primero que le aguanta a Sebastián dos minutos. Cualquiera diría que eres un humano de verdad. Ah, ah, ah —rió metálicamente.
—¡Es que lo soy! —gritó Ernesto—. ¿No te das cuenta, gilipollas?
En ese momento, el locutor y Sebastián intercambiaron una mirada led. Sebastián negó con la cabeza en señal de que se rendía, por lo que el locutor decidió iniciar el protocolo policial. Cuanto más tiempo estuviera Ernesto en antena, más fácil le resultaría a la policía localizarlo.
—Bueno, Ernesto —intentó mostrar un tono afable—, pues el micrófono es tuyo. Adelante, puedes decir lo que quieras.
—Pues sí –empezó Ernesto con tono decidido, algo más sereno tal vez—. Sólo quiero decir que si hay algún humano escuchando el programa, que sepa que no está solo, que ya somos dos. ¡Y a mí no me vais a coger en vuestra puta e inmortal vida!
—Pero tú ¿de dónde sales, Ernesto? —trató de sonsacarle el locutor.
— Llevo treinta y dos años haciendo de maniquí en un escaparate, que es el único trabajo que nos dejaban hacer a los humanos a finales del siglo veintiuno, porque ya no servíamos para nada más. Qué bien, maniquíes. “Como no estáis programados —nos decían con recochineo—, lo que tenéis que hacer es improvisar en el escaparate, que se os nota en seguida y a los humanoides nos llama mucho la atención”. A esta situación de mierda llegamos. ¡Pero he burlado vuestra vigilancia y me he escapado! —gritó eufórico Ernesto—. Y sé lo suficiente de vosotros como para joderos vivos. Por eso repito: si hay algún humano por ahí, que no pierda la esperanza. Que el úlitmo maniquí va a revertir la historia de la humanidad.
—Ernesto… ¡Ernesto! —insistió el locutor—. ¿Estás ahí, Ernesto?
Pero Ernesto ya no tenía nada más que decir.

Óscar Martín
Grupo A




FEMME FATALE

De mirada ahumada
y arco de cupido definido.
En tus aires de sensual maniquí
mi pecho arde.
Beso de wiski en boca de hielo.
Destrózame el bazo,
arráncame el corazón.
Hazme un hueco en tu
vitrina de alta costura…
Hasta que el humo del tiempo
nos haga desaparecer.

Eva Hernández
Grupo A





Carta al director

Muy señor mío:

La que suscribe, Matilda Estática De Piedra, de ocho años, maniquí de profesión, se dirige a usted para manifestar lo siguiente:
Que, a pesar de mi corta edad, estoy hasta el moño (y las coletas) de pasarme las horas muertas encerrada en la planta infantil de este centro comercial. Aquí me obligan a mostrar unos modelitos horrendos que no se corresponden con mi perfil y estilo EMO.
Me desahogo en esta carta porque ya no sé a quién acudir. Ya le he llorado a mis padres por mi situación y mi deseo de contar con tiempo libre para realizar las tareas propias de un niño. Pero ellos insisten en que me conforme con mi condición; que he nacido maniquí y maniquí moriré. Sin embargo, yo no puedo conformarme: me siento explotada y no admito que se aproveche mi figura para obtener unas ganancias económicas que no repercuten en mi beneficio. No voy a quedarme de brazos cruzados.
Por este motivo, me he decidido a poner en marcha una idea que llevaba tiempo rondándome por la cabeza: formar un partido político infantil que luche y vele por los derechos del maniquí menor. Estas que adelanto en esta carta, serían solo algunas de las peticiones de la propuesta electoral.
Exigimos que:
-regulen nuestro horario de trabajo y dejemos de sufrir sobreexplotación laboral. Actualmente nuestra jornada comprende las diez horas, vamos, que trabajamos de sol a sol sin llegar a ver siquiera un rayo que no sea de cartulina.
-reduzcan igualmente un día laboral a la semana. Como niños deberíamos disfrutar de todo el finde, incluido el sábado. Pero este gran shopping abre sus puertas de lunes a sábados y, de un tiempo a esta parte, incluso algunos domingos o festivos. ¿Es que los humanos se han vuelto locos? ¿No saben descansar?
-incorporen un sueldo a nuestro trabajo ya que, por el momento, es inexistente. No recibimos ni un euro, ni una paga semanal el fin de semana con la que comprarnos unas chuches en la sección “Dulcilandia” de este mismo gran almacén sita en la 4ª planta.
-nos consulten a la hora de vestirnos y mostrarnos al público. El otro día, sin ir más lejos, me pusieron una camisa de cuadros con unos pantalones de flores que hacen daño a la vista. A este paso voy a solicitar el traslado a la planta 5ª donde se encuentra la sección óptica.
-Nos concedan, como a cualquier trabajador humano, periodos de descanso, días libres o de asuntos propios, fines de semana y vacaciones remuneradas, así como unas horas de recreo para acudir a la zona recreativa del centro sita en la planta 8ª. Me han soplado que los padres humanos suelen abandonar allí a sus retoños mientras disfrutan de unas horas de compras compulsivas.
-nos traten con un poquito de dignidad en periodo de rebajas y ventas especiales pues nuestra situación empeora en estas fechas. Nos tratan como si fuéramos peleles y nos cambian de modelito a toda velocidad. Además, nos someten a unas sesiones de trabajo maratonianas que ni el mismo “Supermaniquí” aguantaría.
-no nos torturen con tallas y números de calzado inferiores a nuestro tamaño. Por favor, ¿alguien me puede quitar estos zapatos de charol dos números más pequeños? Me vienen pequeños, llevo dos meses con ellos puestos y, a pesar de mi corta edad, están empezando a salirme juanetes.
-nos proporcionen una educación de calidad gratuita y, sobre todo, obligatoria. Repito: obligatoria. Exigimos poder asistir al colegio cinco días a la semana, aprender a leer, a sumar y a hacer todas esas cosas que ha llegado a nuestros oídos que aprenden los niños humanos. Queremos acabar con la brecha educacional entre los infantes humanos y los infantes maniquíes.
-se prohíban las fotografías dentro del centro comercial y se respete nuestra imagen. No somos “influencers” locos por aparecer en redes sociales. Tampoco queremos que se difundan fotos nuestras sin un consentimiento legal. Desconocemos el destino y el uso que se hará de ellas. Estamos en contra de que se genere una identidad o una huella digital imborrable que influya en nuestro desarrollo emocional, reputación futura o que se pueda utilizar para suplantar nuestra identidad.
Por todo ello, le solicito que se publique esta carta con el fin de que sea conocida nuestra lamentable situación. A ver si por fin la sociedad se da cuenta de que la infancia, por muy maniquíes que se seamos, no está hecha para trabajar, sino para vivir, jugar, aprender y crecer con dignidad.
De lo contrario, no nos quedará más remedio que acudir al Sindicato Infantil de Maniquíes (SIM). Amenazamos con no permanecer más tiempo inmóviles y recurrir a una huelga de brazos caídos (aunque, en nuestro caso, no sería demasiado difícil). Es hora de poner nuestros derechos en movimiento y dejar de quedarnos plantados como estatuas.
Atentamente, se despide Matilda Estática De Piedra, maniquí infantil, trabajadora sin contrato y activista de escaparate.

Toñi Martín del Rey
Grupo B





Paraíso

“Se peinaba a los garçon
La viajera que quiso enseñarme a besar
En la gare d´Austerlitz”

(Joaquín Sabina”

Siempre nos quedará París

Gabriel Risco
Grupo C



¿De dónde vienes tan triste?... ¡Habla!

Araceli Sebastián
Grupo C


Fiesta de los maniquíes

Quedamos a las diez bajo el reloj. Y siempre llegaba tarde, un poco por hacerlos esperar… ‘Passa, tío, otra vez… ya nos pirábamos. Ya te vale, colega, a la próxima te vas a buscarnos por ahí…’. Tampoco había bajado antes, a media tarde, para dar vueltas a la Plaza Mayor con los chicos y las chicas formales, para ver si la veía. Las chicas, como las agujas del rejoj, los chicos, al revés. Guiños, miradas y risitas sin sentido.
Fuimos por el Juan del Enzina, vino con trocitos de melocotón y los primeros porros, y por La Luna, en Libreros, birras y los segundos… Luego al Bolero, las absentas, ya bolingas… En medio, a Fresas y a Hindagala, a ver si veíamos a las pijas… Después al Rivendel y acabamos en El Triciclo, en el María y en el Pananoia. La tez ya blanca, los ojos brillantes y un estómago de sólo bilis en derrota.
Cómo protegían, ellas encantadas, a las niñas pera. Dios los criaba y ellos se juntaban. Bien sabían si eras de familia de posibles o no. Los cachorros, su coro alrededor, impenetrables. Quizá, al final, hasta terminarían casándose en su círculo incestuoso.
Se nos caía la baba mirando por las ventanas del Casino, en su party… Sonaba Olé Olé, Objetivo Birmania y el primer Mecano. Coca-Cola, y farlopa en los servicios, para ellos y nada de comer, para nosotros.
Al cabo de un buen rato de rabia e impotencia, y más baba, algún colega, a empujones, dijo: ‘Que te pires, vampires…’ y, de asco, nos largamos de allí a los garitos de grafitis en las paredes y de pises en el suelo de los servicios. Más asco todavía, aquel olor y aquellos fantasmas y visiones en humo y vapores de náuseas y dolor de cabeza. El corazón rebosaba en punzadas de desamor y la tripa, en retortijones.
Este viernes dolió más. Ella, inalcanzable, con esa mirada sin pestañeo, vidriosa, el cabello engominado, bailando casi articuladamente… ¡Qué sosos y vacíos todos! Con la mirada parecían decir: ‘No las toques, por favor’ y, nosotros, responder: ‘Oye, tú, tú que me miras, ¿es que quieres servirme de comida…?,’ y lo que sigue. A nosotros, que apenas teníamos para comprar, muy de tarde en tarde, alguna cinta pirata en el rastro.
Ella, inmisericorde, con su ropa a la moda y la moto a la puerta, bellísima.
Todavía callejeamos algo más, a pesar del frío… y fumamos más y bebimos menos, ya sin un verderón en la chupa.
Poco antes del amanecer, llegué a la tienda. Y cada cual, a la suya. A lo lejos, mientras su voz se apagaba, escuché a la loca de mi madre que me chillaba y no callaba: ‘dónde has estado, mira qué facha, qué horas son estas, vete a la cama…’
Había amanecido, y ya el viejo, otro derrotao de la vida, y la imbécil de mi hermana estaban en la vitrina de textil, y no dijeron nada. Pero yo, en mi cabeza, oía su rollo de siempre: ‘El que es el primero para irse de fiesta, tiene que ser el primero para levantarse. Hala, a ayudarme... O te pones a estudiar o te…. parto la crisma. Pues no te digo, el señorito… Los demás a currar pa’ que él coma y estudie… y él se pasa tol’ día de más’.
Era sábado y tenía que estar en el escaparate de ropa de espor y tocaba aguantar la resaca, interminable, de tirón hasta la noche. Malamente, pues amenazaba otro día de mal tiempo para la lírica. Mis ojos vidriosos no dejarían traslucir nada y no sabía si mi corazón resistiría su mirada, desde el escaparate de la lujosa boutique de enfrente, o se derretiría como el del soldadito de fibra de vidrio.

(*) Me colé en una fiesta, Mecano; Fiesta de los maniquíes, Golpes Bajos; Soy un macarra, Ilegales; Cena recalentada, Golpes Bajos; Malos tiempos para la lírica, Golpes Bajos.

Octavio C. Velasco
Grupo D


La imagen del dolor

Dolor, impotencia, desesperación... Un alma derrotada, atormentada por tanto sufrimiento; un cuerpo vencido, agotado.
Lágrimas inundando tu rostro, la mirada perdida pidiendo piedad.
Sus últimas palabras, exhaló su aliento.
Todo quedó en tinieblas: el inevitable final.

V. S.S.
Grupo D





Celia

Podía tener 12 años. Sus ojos, transparentes y claros, sostenían una mirada que buscaba respuestas en algún lugar impreciso, mientras todo cuanto le rodeaba se hundía en el desenfoque de las luces frías que inundaban el centro comercial.
Celia se llamaba aquella maniquí. Vestida a la última moda, ofrecía a las adolescentes indecisas sus pequeñas fantasías a precios asequibles.
Desde el otro lado del gélido cristal, miraba a los ojos de quienes se detenían y, de algún modo, lo comprendía todo: comprendía la ilusión de un deseo, el brillo de unos ojos al mirarla y también la tristeza de quienes no lograban encajar su economía para comprar aquellas pequeñas parcelas de felicidad.
Veía a las jovencitas de su edad entusiasmadas por gustar, por empezar a elegir, por descubrirse bonitas ante los ojos de los demás. Eran muchachas que comenzaban a caminar soltándose poco a poco de las manos de sus mayores, deseando estrenar no sólo vestidos sino también esa libertad nueva que les iba creciendo dentro.
Y Celia soñaba.
Soñaba con sentir un contacto cálido sobre sus formas de resina, con experimentar por primera vez el temblor de una caricia. Porque algo dentro de ella parecía latir.
Cada martes las empleadas la transportaban hasta los oscuros almacenes. Con movimientos rápidos y mecánicos la vestían con las últimas prendas.
- ¡Qué caliente está la maniquí! -comentaban algunas con desdén.
Celia habría querido gritarles que aquel calor nacía de algún lugar más profundo, que recorría las fibras de vidrio; habría querido explicarles que su cuerpo inmóvil también se estremecía, deseaba, esperaba. Su voz permanecía encerrada en lo más hondo de sí misma porque solo era capaz de sentir hacia dentro.
Desde su escaparate contemplaba el ir y venir de los empleados. Los veía llegar, marcharse, enamorarse, separarse. Los veía crecer, cambiar de aspecto, de ilusiones y de sueños. Algunos desaparecían para no regresar jamás, otros volvían al cabo de los años con el rostro distinto y una mirada en la que Celia creía reconocer algo de las personas que habían sido.
Quizá fuera eso lo que hizo que nadie advirtiera su propio crecimiento. Las personas cambiaban a la vista de todos, sin embargo, su cambio era tan silencioso que parecía no existir.
Porque Celia también crecía.
Crecía al mismo tiempo que ellos, a su manera, en secreto. Y mientras el mundo seguía pasando frente a sus ojos transparentes Celia iba dejando atrás, sin saberlo, los doce años de su infancia.
Se convirtió en una bella maniquí, tan hermosa, que comenzó a ser un reclamo para ambos sexos, aunque, a decir verdad, mucho más para el género masculino. En verano, cuando aquellas empleadas despreocupadas dejaban al descubierto buena parte de su cuerpo, Celia lucía unas medidas moldeadas por algún caprichoso escultor como si alguien hubiera querido reunir en ella todas las promesas de la belleza.
Borradas ya sus pecas, sus ojos translúcidos atrapaban las miradas furtivas de los viandantes que se dejaban llevar por aquel hechizo y terminaban perdiéndose entre pasillos, luces y tentaciones. Celia ya era famosa. Sus labios de fresa, su nariz de exactas proporciones, su melena negra y brillante hacían que su presencia resultara tan sublime que parecía romper la ilusión del escaparate. A su lado, los demás maniquíes se desdibujaban hasta convertirse en sombras.
Pero Celia crecía, y con ella el sentimiento. Aparecieron la ternura, el amor, las emociones que iban llenando aquel cuerpo inmóvil como si la vida, empeñada en abrirse camino, hubiera encontrado una grieta por la que penetrar en su interior.
Y, sin embargo, seguía allí, prisionera de su quietud, condenada solo a mirar, porque a medida que crecía empezaba a conocer las miserias humanas, casi también como sus anhelos. Descubría las pequeñas vanidades, aquella extraña obstinación de las personas por herirse unas a otras, incluso cuando se amaban.
Celia observaba, comprendía, sentía cada vez más con una intensidad que no parecía corresponderse con su cuerpo. Había en ella un calor secreto que se avivaba al contemplar una caricia, una despedida, un abrazo prolongado. Cuando alguien apoyaba la mano sobre el cristal deseaba atravesarlo, aferrar aquellos dedos.
Quería salir.
Quería dejar de ser una imagen para convertirse en alguien. Entre lo que sentía y podía expresar se abría un abismo. Y así, mientras los demás veían en ella una mujer perfecta, Celia comenzaba a descubrir la amarga distancia que separa la belleza de la felicidad.
Deseaba romper el cristal y echar a andar.
Ahora Celia era mayor. Desde aquellos cristales transparentes contemplaba pasar la vida mientras apenas alguien levantaba la vista para reparar en ella y herir, sin saberlo, sus sentimientos tantas veces ocultos.
-¡Cómo es posible que tengan esto aquí! –decía alguien al pasar.
Ella, cansada y sola, guardaba silencio, como lo había hecho siempre. Había aprendido a callar, a custodiar tras sus labios inmóviles todo aquel conocimiento que había ido acumulando de esos pobres humanos que se pavoneaban entre sus propias calamidades, tropezando mil veces con las miserias que ellos mismos se empeñaban en crear. Conocía bien aquellos bípedos presumidos, sus pequeñas grandezas y sus inmensas contradicciones. Quizá por eso prefería ser lo que era: una imagen inerte y fría condenada a contemplar el mundo desde la quietud de un escaparate y , sin embargo, cálida y frágil en algún lugar de su ser; de una fragilidad que ningún humano llegaría jamás a comprender.
No envidiaba ya sus cuerpos inquietos, ni sus corazones desbocados, ni aquella necesidad de poseer y al mismo tiempo huir del ser amado.
Había aprendido a mirar sin pedir nada, a sentir sin poder confesarlo, a esconder un mundo que nadie sospechaba.
Permanecía tras el cristal del escaparate mientras la vida desfilaba al otro lado, tan cerca que casi podía rozarla.
Tan cerca de todo.
Tan lejos de la vida.

Elena Domínguez Pérez
Grupo C


Made in China 2003

Congelada en el tiempo
y en esta jaula de cristal
miro pasar a las chicas.
Ellas no me miran a mí.
Plástica, in/visible,
ya hace tiempo que pertenezco al margen del escaparate.
Ellas no llevan
ni pelo platino ni sombras metalizadas
ni cinturas imposibles ni las cejas depiladas.
En otro tiempo nos parecimos.
Hoy son sus madres las que observan, melancólicas, de vez en cuando.
En la comisura de sus labios, el agujero penitente de la rebeldía.

Celia Cores
Grupo C