Comentamos después el cuento "El caso del escritor desleído" de Juan Marsé. En una entrevista que Sergi Doria le hizo para ABC le preguntó si frecuentar los medios de comunicación acaba con un escritor. Juan Marsé respondió:
No soy un escritor mediático, nunca he querido serlo. En cuanto a la televisión, creo sinceramente que es uno de los instrumentos más eficaces del poder político para promover la incultura, la desinformación y el mal gusto. Un año después de la publicación de «El caso del escritor desleído», Woody Allen, en «Desmontando a Harry», trataba el caso de un actor de cine cuyo drama consiste en que aparece borroso en la filmación de una película. El actor era Robin Williams. Una coincidencia, pero debo decir que mi «escritor desleído» (no sólo borroso en imagen) es anterior al actor borroso de Woody Allen.El cuento, un homenaje a Stevenson y a Juan Carlos Onetti. es una divertida sátira sobre la relación entre los escritores y los medios.
El segundo cuento que ocupó nuestros comentarios fue "Viaje a la luna", una evocadora historia sobre la llegada del primer televisor al pueblo de Olleros y la llegada del hombre a la luna vista a través de la pantalla.
Hablamos por último de "Televisión basura" de Manuel Vázquez Montalbán, una sátira donde se mezclan personajes, opiniones y situaciones de manera estrambótica y que son un reflejo de la degradación de contenidos en los medios de comunicación. Las tres historias forman parte de un libro titulado "Castigados sin tele. Cuentos para que no veas la televisión"
El segundo cuento que ocupó nuestros comentarios fue "Viaje a la luna", una evocadora historia sobre la llegada del primer televisor al pueblo de Olleros y la llegada del hombre a la luna vista a través de la pantalla.
Hablamos por último de "Televisión basura" de Manuel Vázquez Montalbán, una sátira donde se mezclan personajes, opiniones y situaciones de manera estrambótica y que son un reflejo de la degradación de contenidos en los medios de comunicación. Las tres historias forman parte de un libro titulado "Castigados sin tele. Cuentos para que no veas la televisión"
Hablamos de los pros y los contras de la televisión, compartimos recuerdos relacionados con la llegada del televisor a nuestros hogares, de la transición del blanco y negro al color y de algunos programas que quedaron grabados en nuestra memoria.
Recomendamos la película El televisor de Chicho Ibáñez Serrador, una historia para no dormir que refleja con acierto algunos de los efectos secundarios que la televisión ocasionó en muchos hogares. Aquí tienes un artículo sobre la película titulado "50 años de ‘El televisor’, la inolvidable ‘historia para no dormir’ de Chicho Ibáñez Serrador" firmado por Fernando Sánchez López.
Ray Bradbury señaló que "La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco". El poeta chileno Enrique Lihn carga aún más su munición poética contra la televisión en su poema titulado "TV":
Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la television en colores.
De esa llama solo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los suenos
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fabrica
Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder
Recomendamos la película El televisor de Chicho Ibáñez Serrador, una historia para no dormir que refleja con acierto algunos de los efectos secundarios que la televisión ocasionó en muchos hogares. Aquí tienes un artículo sobre la película titulado "50 años de ‘El televisor’, la inolvidable ‘historia para no dormir’ de Chicho Ibáñez Serrador" firmado por Fernando Sánchez López.
Ray Bradbury señaló que "La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco". El poeta chileno Enrique Lihn carga aún más su munición poética contra la televisión en su poema titulado "TV":
Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la television en colores.
De esa llama solo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los suenos
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fabrica
Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder
Hay un artículo muy interesante que analiza el papel de la poesía de este y otros escritores chilenos durante la dictadura. Su título; "La televisión y la dictadura en la poesía de Parra, Lihn y Hahn". Lo firma Matías Ayala,
Recomendamos el libro "La muerte de la TV no será televisada" de Emerson Pérez publicado por la editorial Liliputienses. Te dejamos aquí un video poema.
Y cerramos esta publicación con tres textos. El primero es un soneto de Justo Alejo titulado "Cuán inmóvil la moviola". Lo publicó en SolEDADES sonORAS:
La tarde es reDOMADAMENTE LENTA
ANTE teleVISIÓN A TODO PASTO
NINGUNEA EL AMIGO SOLO vasto
la veciNA Naufraga en tal tormenta
¡Qué tiros! ¡Qué troyanos! CUÁNTO CUENTA
EL ARTEFACTO en apariencia casto
COSA es que habla y –FABLE– NO DA ABASTO
A LO INFALIBLE: es un cristal que aumenta
CoroNARON las horas CINCO GOLES
CINCO GOLES AZULES COMO SOLES
Todo se fue torneando más tranquilo
En el barrio ¿bajaba ya o subía
el vencidario? NADIE LO SABÍA
EN ABSOLUTO. SE HA PERDIDO EL HILO
El segundo texto es un poema de José Ovejero titulado "Zapping":
En la primera un padre apenado hablaba de su hija,
violada tres veces por un desaprensivo.
Y prometía detalles antes de pasar la gorra.
En la segunda asistí a un horrible crimen, y había sangre,
y gritos, y la tortura del débil.
Sólo así podíamos alegrarnos con la sangre y los gritos
del delincuente.
En la tercera daban fútbol. Hombres que se abrazaban
y besaban y brincaban de júbilo, sin avergonzarse.
Espectáculo raro en estos tiempos.
En la primera el padre lloraba amargamente
mientras corregía el nudo de la corbata.
En la segunda se aplicaba la ley,
para tranquilidad de todos.
En la tercera se celebraba la victoria
destruyendo algunos coches, y era hermosa la felicidad
al resplandor del fuego.
No sé en cuál el reportero cumplía su dolorosa misión:
entrevistaba a un moribundo,
porque el público tiene derecho
a estar informado.
En la quinta, creo que era la quinta, me vi yo.
Con el mando en la mano. Y era un excelente actor.
Había que ver mi expresión de escándalo, mi justa ira,
mientras abría la siguiente botella de cerveza.
Y el último es un breve cuento de Mario Benedetti titulado "Idilio":
La tarde es reDOMADAMENTE LENTA
ANTE teleVISIÓN A TODO PASTO
NINGUNEA EL AMIGO SOLO vasto
la veciNA Naufraga en tal tormenta
¡Qué tiros! ¡Qué troyanos! CUÁNTO CUENTA
EL ARTEFACTO en apariencia casto
COSA es que habla y –FABLE– NO DA ABASTO
A LO INFALIBLE: es un cristal que aumenta
CoroNARON las horas CINCO GOLES
CINCO GOLES AZULES COMO SOLES
Todo se fue torneando más tranquilo
En el barrio ¿bajaba ya o subía
el vencidario? NADIE LO SABÍA
EN ABSOLUTO. SE HA PERDIDO EL HILO
El segundo texto es un poema de José Ovejero titulado "Zapping":
En la primera un padre apenado hablaba de su hija,
violada tres veces por un desaprensivo.
Y prometía detalles antes de pasar la gorra.
En la segunda asistí a un horrible crimen, y había sangre,
y gritos, y la tortura del débil.
Sólo así podíamos alegrarnos con la sangre y los gritos
del delincuente.
En la tercera daban fútbol. Hombres que se abrazaban
y besaban y brincaban de júbilo, sin avergonzarse.
Espectáculo raro en estos tiempos.
En la primera el padre lloraba amargamente
mientras corregía el nudo de la corbata.
En la segunda se aplicaba la ley,
para tranquilidad de todos.
En la tercera se celebraba la victoria
destruyendo algunos coches, y era hermosa la felicidad
al resplandor del fuego.
No sé en cuál el reportero cumplía su dolorosa misión:
entrevistaba a un moribundo,
porque el público tiene derecho
a estar informado.
En la quinta, creo que era la quinta, me vi yo.
Con el mando en la mano. Y era un excelente actor.
Había que ver mi expresión de escándalo, mi justa ira,
mientras abría la siguiente botella de cerveza.
Y el último es un breve cuento de Mario Benedetti titulado "Idilio":
La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido.» Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
«Vamos. A dormir», conmina la madre.
«No», dice Osvaldo con determinación.
«Ah, no. ¿Se puede saber por qué?»
«Estoy esperando.»
«¿A quién?»
«A ella.»
Y señaló el televisor.
«Ah. ¿Quién es ella?»
«Ella.»
Y Osvaldo vuelve a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
«Me dijo: querido.»
Propuesta de escritura
1. Escribe un texto libre (poema, microrrelato o artículo) sobre algún recuerdo o algún programa relacionado con la televisión. Ajusta la antena y sintoniza bien tu memoria
2. Otra posibilidad es escribir una oda, loa o elegía a la televisión, o en su defecto, una crítica o una sátira sobre este electrodoméstico y sus efectos.
3. Pero si quieres ser un poco más experimental puedes escribir un relato en el que vaya variando el contenido de lo narrado, como si se tratara de un zapping. Tu texto puede comenzar con el relato de un lirón careto que se mezcla después con una telenovela y que quizá acabe en un filme de terror o un partido de fútbol. Esta tarea está inspirada en la película Permanezca en sintonía (Stay tuned) de Peter Hyams.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
Atrapado por la TV
No sé como he venido a para aquí. Estaba repanchingado en mi butaca, bien instalado, con un par de latas de cerveza, unas banderillas, cacahuetes, un platito con lonchas de jamón de bellota y queso de oveja curado, algo de pan y unas servilletas, todo preparado en la mesita accesoria en la que dispongo lo necesario para una buena velada delante del televisor, acomodado para ver la gran final de copa, cuando se ha producido el cortocircuito. Un parpadeo de la pantalla, una rápida sucesión de imágenes, un haz de rayos catódicos que ha salido del aparato, provisto de una mano luminosa que me ha agarrado por el cuello, un apagón general y vuelta a la normalidad. Pero ahora yo me encuentro aquí encajonado, en un espacio angosto, desde el que contemplo al otro lado la butaca, el jamón, el queso, las cervezas y el resto de lo que tenía reservado para la ocasión. No me lo puedo creer, pero estoy dentro del televisor, dentro del maldito aparato que me ha abducido. Para mi sorpresa, veo entrar en el salón a mi hijo y un par de amigos, que se alegran de verlo todo a punto y en un periquete dan buena cuenta de la bebida y la comida. De nada han servido mis gritos, primero de advertencia y después de enfado, ya que parece que no me oyen. Para más penitencia, el televisor es extraplano, de última generación, lo que me hace sentir realmente incómodo encajonado en los tres centímetros de grosor que tanto ponderaba el empleado que me lo vendió. Intento salir del aparato, pero estos ingenios modernos están hechos para que nadie pueda meterles mano para toquitearlos por dentro o para arreglarlos, si fuera menester, a no ser que sea un técnico de la casa con herramientas especiales. Tampoco están construidos para que alguien abducido pueda salir de su interior, ya que no encuentro ningún resquicio, rendija o componente desatornillable que me permita salir de esta prisión. Para colmo, veo como mi hijo y sus amigos dan saltos de alegría y se abrazan, por lo que deduzco que el equipo contrario acaba de marcar un gol, ya que siguiendo la norma, ellos son hinchas del otro equipo y no de mi equipo de toda la vida. Y yo aquí encerrado y sin poder ver el partido. Vagando por el interior, lleno de circuitos, procesadores, chips, conectores y cantidad de elementos que no sé que son, llego hasta lo que parece ser la placa base de todo el ingenio, justo cuando el equipo contrario acaba de marcar otro gol. Sin poderme contener, le doy una patada al primer chip que encuentro, lo que se acompaña de un flashazo de la pantalla y las caras de asombro de mi hijo y los amigos. Con gran nerviosismo, se ponen a manipular el mando a distancia, con la clara intención de cambiar de canal. Parece que lo consiguen, porque se relajan, pero yo aprovecho para darle otra patada al chip y vuelve a repetirse la misma escena. Divertido por lo que acaba de acontecer, me dedico a repartir puntapiés a todos los componentes que voy encontrando en mi camino. Los resultados son de lo más variopinto, unas veces parece que la pantalla se vuelve monocromática, otras el volumen se hace ensordecedor o el aparato enmudece sin previo aviso, también aparecen figuras geométricas sin ningún sentido o se sintoniza la emisión a películas de ciencia ficción de serie B. Por cambiar un poco de forma de proceder, valiéndome de un cable que he conseguido arrancar, hago un cortocircuito entre dos procesadores, con el sorprendente resultado de que mi hijo y sus amigos aparecen junto a mí después de ser abducidos. Intentando repetir la operación cambiando los polos para devolverlos al salón de casa, no conseguimos el efecto contrario, si no que nos hemos traído abducido a un político en campaña que en ese momento estaba apareciendo en pantalla. Se ha montado un lío fenomenal dentro del televisor, ya que el mencionado ha creído que se trataba de un secuestro, mi hijo y sus amigos se han enzarzado en una discusión pseudotécnica sobre la forma de salir del atolladero, además el político y yo, que somos hinchas del mismo equipo, hemos tenido que defender nuestros colores frente a los tres jóvenes. Con tanto follón no nos hemos dado cuenta de que el televisor había seguido abduciendo todo tipo de cosas, una gacela y un guepardo del documental de naturaleza de la 2, tres tertulianos de un debate de la 6, un par de famosillos de la 5, el presentador de las noticias de la 3 y, de paso, a Roberto Brasero, que se ha puesto a darnos la chapa con el tiempo que hace al otro lado de la pantalla. Allí dentro ya no cabemos más y la situación empieza a hacerse insostenible, así que dejo a los demás hablando acaloradamente en lo que va pareciéndose a una junta de vecinos y me siento en un rincón a contemplar el panorama. Entonces veo entrar a mi esposa en el salón, por lo que deduzco que ha terminado la partida de cartas y que ha ganado, porque se le nota una cierta cara de satisfacción. Tan diligente como siempre, recoge lo que había quedado encima de la mesa, apaga le televisión con el mando a distancia y desenchufa el aparato. De golpe, reaparezco sentado en el sillón. Busco con la mirada a mi hijo y sus amigos, al político en campaña, al guepardo, a todos los demás y a Roberto Brasero, pero no hay nadie más, ni en el salón ni en la televisión. Entonces, detrás de mí, oigo decir a mi esposa —te habías quedado dormido, el partido se había acabado y he apagado la televisión— y, a continuación, ha añadido —por cierto, me ha dicho nuestro hijo que tu equipo a perdido por cinco a cero—.
Manuel Medarde
Grupo A
El estigma de Abel
“No sois mejores porque os guste leer”. María Pombo.
Érase una vez un país donde había innumerables canales de televisión. Uno de ellos emitía principalmente documentales e informativos. Plurales, objetivos, imparciales, sin sesgo alguno tanto político como ideológico, dando voz a las minorías, a los excluidos, a los movimientos marginales y olvidados, visibilizando a todos los que de otra manera quedarían fuera de foco, desterrados. En resumen, una televisión abierta a todas las opiniones, tendencias, movimientos sociales, modas, estilos, diversidad de razas, sexos e inclinaciones sexuales, sin discriminar ni priorizar a ninguno de ellos, y en la que, “last but not least”, se diera la máxima importancia a los hechos, contrastados siempre para averiguar la verdad objetiva siguiendo una metodología rigurosamente científica.
El resto de canales, a cientos, se repartían entre realities, telebasura, fútbol, sectas de todo tipo, programas concurso con premios millonarios, retos virales, películas gore, apologías de teocracias sanguinarias, vendedores de la eterna juventud, peleas a muerte sin reglas, hombres mordiendo a perros, ruido y furia, Belén Esteban, y un largo etcétera de aberraciones, brutalidades, y fanatismos.
Como es lógico suponer, y dada la naturaleza humana orientada a la generosidad, la solidaridad, el altruismo y las virtudes morales del buen salvaje no contaminado por la civilización y el capitalismo, una aplastante mayoría de espectadores se inclinaba por la primera opción. Lo que les hacía sentirse ecuánimes, justos, en posesión de la verdad. En definitiva, el pueblo elegido.
Al mismo tiempo todos los demás canales y sus seguidores se veían obligados a pasar a la clandestinidad, so pena de ser exterminados como ratas.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Sufrimiento y emoción
Era un 21 de diciembre de 1983, una noche fría en el exterior, pero dentro de casa yo estaba con muchos nervios y con la mirada clavada en la televisión.
España necesitaba ganar a Malta por 11 goles de diferencia para clasificarse para la Eurocopa de Francia de 1984.
Mi pensamiento me decía que era misión imposible, pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo en un gran aficionado como es mi caso.
El partido se jugaba en el Benito Villamarín de Sevilla.
Comienza el partido, me muerdo las uñas, estoy muy nervioso. En los inicios, penalti a favor de España. Lo ejecuta Señor, pero lo falla; ¡qué mala suerte! Poco después marca Santillana, pero Malta nos empata enseguida 1-1. Antes de finalizar el primer tiempo, Santillana marca otros dos goles más y llegamos al descanso 3-1.
Pero la pregunta que me hacía constantemente era: ¿cómo vamos a marcar los 9 goles que aún nos faltan para la clasificación?
El segundo tiempo comienza con un ritmo infernal por parte de nuestros jugadores. Yo no dejo de moverme de un lado a otro por el salón, pero los goles se suceden rápidamente. Rincón, Maceda, el cuarto, el quinto... me va subiendo la moral y comienzo a decir «¡sí se puede!», como gritaban todos los que estaban en el campo. Cada gol que marcaba España yo gritaba con más fuerza; en el minuto 80, íbamos 11-1. Los últimos minutos pasaban muy deprisa. Cerca ya del final, Señor, que había fallado el penalti, es quien consigue el gol definitivo. La emoción se desborda en mí y me abrazo con mi hijo para celebrarlo.
Una noche histórica frente a la televisión que nos enseñó que, hasta el último segundo, nunca hay que dejar de creer.
Fernando Nieto
Grupo A
La televisión
Escucho y veo la televisión. Alguien habla, alguien se mueve, alguien transmite ideas, pensamientos; otrora espectáculos. Yo los comparto y los disfruto. Hay de todo.
Creo que antes había más calidad que cantidad y ahora hay más cantidad que calidad.
Los tiempos cambian y también los conceptos.
Antes creíamos que todo lo que veíamos era auténtico, verdadero; ahora creemos que casi todo es falso, ficticio, preparado y conchabado.
Me gustaría saber cómo funciona, cómo se transmiten las imágenes y los sonidos. Tengo un sobrino, ingeniero de telecomunicación, que me ha contado un par de veces cómo son las ondas y cómo se transmiten, pero no termino de enterarme.
Puede ser que los que entienden la sistemática y el “modus operandi” lo disfruten más que los profanos. ¿O quizás no? Pues ni siquiera lo piensan.
Me pasa a mí cuando me doy un corte en un dedo. No me pongo a pensar en los factores de la coagulación, la agregación plaquetaria, el paso de protrombina a trombina; la formación del tapón de fibrina y finalmente la cicatrización. Estos fenómenos se ponen en marcha automáticamente, y si no tenemos ninguna alteración sanguínea, a los pocos minutos hemos dejado de sangrar, y a los pocos días ya tenemos la cicatriz.
En resumen: elijamos sabiamente el canal de la televisión, y procuremos no distraernos cuando tengamos un cuchillo en la mano.
José Luis Fonseca
Grupo A
Coplas a la televisión
Cuéntame cómo pasó,
dime cómo ha sucedido;
que me narre el Telediario
todo lo que ha acontecido.
Verano azul de la infancia,
Farmacia de guardia abierta,
Un, dos, tres tigres hambrientos,
Aplausos para la fiesta.
Te hipnotiza si te dejas,
Saber y ganar tú puedes
si sabes dejarlo a tiempo.
La Clave es saber si quieres
Un Informe semanal
relata dos mil desgracias.
Piensas que Aquí no hay quien viva,
empachado de falacias.
Bola de cristal, la tele,
alumbrándonos la noche,
Gran Hermano omnipresente,
programando a troche y moche.
Carlos Coca Senande
Grupo C
El mando ⧫⧫
Me llamo Faustino. Vivo solo, bueno… no exactamente, convivo con mi gata siamesa Cleopatra. Estoy divorciado, sin hijos y me acaban de suspender de empleo y sueldo. Trabajo, bueno trabajaba, en la fábrica de elementos combustibles de Enusa en Juzbado, Salamanca. Me han abierto expediente disciplinario a mí, y a otros cinco compañeros, porque han desaparecido veinticinco gramos de óxido de uranio enriquecido. Una nimiedad.
Mi vida es un tobogán zigzagueante con altibajos, que siempre termina cuesta abajo. Mis días transcurren tumbado en el sofá bebiendo cerveza, alimentándome de comida rápida y viendo la televisión. Hago zapping continuamente, saltando de canal en canal porque nada consigue satisfacerme.
De niño, recuerdo que solo había dos opciones. Veías lo que emitían. No tenías que decidir. El poder de los mandos inalámbricos comenzó a partir de los años noventa con la implantación de las televisiones privadas, cuatro canales y medio, medio porque la mitad del tiempo estaba codificado, sin contar con las autonómicas. Ahora la gama es interminable y si añadiera los de pago no tendría tiempo ni para decidir qué visionar.
Me dolía el dedo de apretar el mando. A las dos de la mañana las pilas se agotaron y dejaron de funcionar. Después de varios golpecitos contra el sofá, me enfrenté a mi pereza y me levanté a coger unas nuevas. Rebusqué en cajones, armarios y cajas, pero no encontré ninguna. Sentí que mi mundo se derrumbaba.
Entonces, recordé el souvenir que había cogido de la fábrica. Un pequeño cilindro de uranio de un centímetro cúbico. Fruto de mi embriaguez tuve la brillante idea de acoplarla al mando a distancia. Con un pequeño martillo conseguí encajarlo y apunté hacia la televisión.
No funcionaba. Pulsé otro.
Nada.
Comencé a pulsarlos todos con impaciencia y de repente, un destello verde fluorescente recorrió la distancia hasta el televisor.
Un zorro que perseguía un conejo en el documental de vida salvaje, se teletransportó en mitad de mi salón. Cleopatra brincó hasta la parte más alta del armario con el pelo erizado y emitió un bufido que me asustó más que la presencia de la alimaña.
Me quedé paralizado. El zorro tampoco se movía, parecía congelado en el tiempo. Me acerqué lentamente, toqué su lomo, su pelaje cobrizo era suave. Permanecía inmóvil. Cleopatra bajó del armario y con cautela se acercó a olisquearlo.
Probé todos los botones nuevamente y al presionar “Exit” el animal desapareció, para volver a la caja de ondas, con la salvedad de que el documental no se había detenido y apareció en mitad del océano, rodeado de tiburones tigre que en poco más de veinte segundos lo habían convertido en su almuerzo.
La escena me impactó. Un sentimiento de culpa se apoderó de mí.
Veinte minutos después, decidí probar de nuevo. Un halcón peregrino terminaba de atrapar una paloma, y la desplumaba sobre una rama. Apreté el botón y apareció en el centro de la estancia, con la paloma entre sus poderosas garras. Inmóvil. Admiré sus bigotes, sus mejillas claras y su dorso gris pizarra. Acaricié su plumaje. Cuando me cansé de contemplarlo, el documental había terminado. Emitían un programa de teletienda. Apreté el botón y el ave comenzó a dar vueltas por el plató asustando a todos los que trabajaban en la emisión. Qué buen rato pasé viendo cómo trataban de esconderse todos los tele-vendedores.
Me quedé dormido. Varias horas después desperté evaluando si solo habría sido un sueño.
La batería de uranio seguía incrustada en el mando. Encendí el televisor y la emisora por defecto que siempre aparece es La 1, a esta hora, los informativos matutinos. Hablaban de Donald Trump, que estaba comprometiendo la seguridad de todo el planeta con sus belicosas acciones. Las imágenes lo mostraban en el despacho oval rodeado de consejeros. Casi instintivamente apreté el botón “Exit” e inmediatamente se materializó inmóvil en frente a mí. En la pantalla todos los asistentes se alertaron ante la desaparición de su presidente. Rápidamente cogí un rotulador y le pinté un gran pene en la frente. No paraba de reírme con la excitación de un niño travieso, evocando las bromas que me gustaba preparar en mi infancia. Pulsé el botón y le envié de nuevo a su origen. Se formó un gran revuelo en torno a su regreso. El mandatario agitaba los brazos intentando desembarazarse de los servicios de seguridad. Un primer plano de su frente me provocó una gran carcajada que duró hasta que cambiaron a otra noticia.
Esperé un rato para ver si los distintos medios se hacían eco de la noticia, pero no hubo ninguna referencia. Mientras desayunaba llegué a la conclusión que al ser una grabación, las acciones acometidas no intervenían en la realidad. Me llevé una decepción, pero por otro lado, deduje que sería muy divertido crear mi propia parrilla televisiva.
Me senté frente al televisor. Zapeaba desde el botón lateral del televisor, hasta que encontré una película que marcó mi juventud: “Terminator” de James Cameron, la primera. Cuando apareció en pantalla el robot T-800 apreté el botón del mando. Surgió inmóvil en el centro del salón, su presencia me producía terror al recordar las escenas de la película. Cleopatra emitía un bufido sordo y continuo. Comencé a zapear, para encontrar alguna emisión que pudiera provocar diversión al combinarlas. Varios descartes después, emitían “Parque Jurásico” de Steven Spielberg. Allí lo envié. Me divirtió ver como se enfrentaba a los dinosaurios, aunque también acabó con la vida de todos los protagonistas humanos. Eso me impresionó.
Pasé horas buscando, extrayendo y reenviando, cambiando el guion de las películas. Drácula enfrentándose a Darth Vader. Chucky, el muñeco diabólico en la película “Mary Poppins”. Lobezno de “X-Men” luchando contra Freddy Krueger en “Pesadilla en Elm Street”, Rambo enfrentándose a los zombies en “Guerra Mundial Z”, Hannibal Lecter en el musical “Cantando bajo la lluvia”. Las posibilidades eran infinitas. Cleopatra parecía disfrutar tanto como yo, se acercaba, olisqueaba y se volvía a tumbar.
A medida que utilizaba el mando me sentía más poderoso. Como si fuera dios en mi pequeño universo televisivo. Una idea comenzó a crecer en mí. Íntima, prohibida. Un calor lascivo me recorría el cuerpo. Comencé a recordar mis sueños eróticos de la adolescencia, Kim Basinger en Nueve semanas y media o Sharon Stone en Instinto Básico. Pasaba los canales con rapidez para localizar alguna de ellas. Pensé en contratar una plataforma de series y películas.
Unos canales después, la encontré, Sigourney Weaver, en “Alien, el octavo pasajero”. Uno de mis grandes amores platónicos de la adolescencia. La escena final, en la que el alien casi acaba con ella. Esperaría a ese momento. La película estaba al comienzo, una hora después, llegó el momento. Ripley vestía ropa interior de algodón, con una camiseta que marcaba sus senos turgentes, que marcaba su figura sudorosa. Apreté el botón. Apareció frente a mí. Me atusé el pelo, como si ella fuera consciente de mi presencia. Me levanté indeciso. Acaricié su pelo, su rostro, sentí su fragancia, la empecé a besar en el cuello. Mi excitación crecía al ritmo de mi respiración. La rodeé con mis brazos.
Cleopatra saltó sobre la mesita del salón, y accionó de manera fortuita el botón del mando. Me convirtió en el noveno pasajero. Ripley, asustada, casi me ahoga. No entendía mi repentina presencia. Me salvó ser el único superviviente junto a ella. Ha enviado un mensaje: «Informe final de la nave comercial Nostromo. Informe del tercer oficial. Los demás miembros de la tripulación, Kane, Lambert, Parker, Brett, Ash y el capitán Dallas han muerto. Hay un polizón superviviente, Faustino. Carga y nave destruidas. Alcanzaremos la frontera en unas seis semanas. Con un poco de suerte, la red me encontrará. Hablan Ripley y Faustino, últimos supervivientes del Nostromo. Faustino me pide dictar un intrigante mensaje: Si aparece en pantalla, por favor, pulsen el botón “Exit”. Corto y cierro.»
Max Ferlam
Grupo B
Grupo B

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