Conductor, amigo conductor

La sesión del lunes pasado la dedicamos al automóvil de modo que sujetamos con fuerza el volante y condujimos la actividad a través de diferentes textos.
Comentamos algunos de los relatos y poemas que forman parte del monográfico "El automóvil" de la revista Litoral.
Hablamos también del maquinismo y de Marinetti quien afirmaba que «el automóvil de carrera es más bello que la Victoria de Samotracia». Y dimos unas cuántas vueltas a la rotonda preguntándonos en qué medida un vehículo confiere y resta libertad a quien lo conduce.




Hablamos de la película "Relatos salvajes" . Dos de las seis historias que componen este largometraje tienen que ver con los coches:





Leímos el poema de Antonio Orihuela titulado "Cuando los días ardían" de su libro La ciudad de las croquetas congeladas que dedica a David González, Jesús Márquez y Daniel Macías, impecables viajeros y a Manuel Vilas que le prestó su 850. Un hermoso texto que homenajea al Citroën Mehari:

Mi primer coche lo compré en 1991,
un Citroën Mehari del 79,
uno de los últimos modelos que se fabricó en España,
cuando aún no había autopistas
y las carreteras eran sitios
donde se podían alcanzar velocidades de crucero de 70 Km./h.

Se lo compré a un mecánico de Sevilla,
mi padre vino conmigo a verlo,
cuatro barras y una lona vieja y raída a modo de capota
que mi madre cosía una y otra vez
porque solía rajarse
y entonces parecía el buque fantasma
desplegando sus velas en mitad de la noche,
por la carretera de Lucena,
cuando desear era tan fácil
y el verano se extendía más allá de la comisura de nuestros labios
por la hierba breve de la casa de los sueños azules de Paco Naranjo,
bajo la luz de la piscina del pulpo verde
y los hermosos cuerpos que ya no volverán.

Mi padre había venido todo el camino diciéndome
que si no había más coches en el mundo,
que había que ver la porquería que iba a comprar.

-No había, no había más coches en el mundo
que mi Mehari verde,
un coche de juguete para un mundo de adultos
que se habían cansado de jugar.

Mi padre le pidió al mecánico que le abriera el capó
y cuando vio lo que había allí dentro estuvo a punto de echarse a llorar,
latas viejas, piezas comidas por el óxido y la corrosión,
vestigios de la posibilidad de vida más allá de la muerte
envueltos en varios dedos de grasa negra y compacta
que manchaba con solo mirarla.

Le preguntó al mecánico que cuánto quería por aquel montón de chatarra.
-Trescientas mil.
-Será cargado de chorizos –le dijo.

Y el tipo aquel se puso rojo
y cerró el capó con sus gomitas entre los dedos.

Me había costado tres meses ganar ese dinero,
tres meses perdiendo los ojos de ocho a tres
en una fría habitación del Servicio Provincial de Arqueología
de la Excelentísima Diputación Provincial de Huelva,
tres meses absurdos
perdidos en dibujar fragmentos absurdos
extraídos del vientre de los siglos
en el corte y estrato de vetetúasaberdónde
según la metodología bulldozer,
clasificados en bolsas según el método Ogino,
dibujados según el plan Badajoz
e interpretados delante de una baraja de cartas de la bruja Lola
y tres velas negras, una por cada Doktor inútil
que allí seguirá haciendo como que trabaja
y otra por el calvo pelota con despacho propio
encargado de tocarse los huevos, leer el periódico
y vigilarnos.

-Trescientas mil.

Mis primeros tres sueldos,
se lo dije al Mehari, bajito, como una confesión,
un intento de reconciliación con aquellos cuatrocientos kilos de plástico ABC
y fibra de vidrio,
un intento de ganarme su confianza
para que aceptara venirse a casa, conmigo.

-Los platinos, estaría bien cambiárselos, me dijo el mecánico
antes de esfumarse.
Se los cambiaba cada año
pero siempre le costó arrancar.

Después hubo que cambiarle la batería,
los cables de arranque y las bujías,
la caja de cambios, que me enteré catorce años después
siempre había estado suelta,
la dirección, las trócolas, el bombín de la gasolina,
el depósito de combustible, el panel del velocímetro,
el interruptor de la intermitencia y hasta el cenicero
le cambié en una prospección arqueológica por Valverde
en la que me encontré un Dyane abandonado
que tenía intactos los muelles de los asientos
y un cenicero donde no había fumado nadie nunca.

Las ITV las pasaba porque le pintaba de betún las ruedas,
le rellenaba de plastilina los agujeros,
le echaba pegamento en los faros para que no se movieran,
ponía cara de cordero degollado
y me encomendaba a la Virgen de los Desamparados.

En verano, si arrancaba,
era una fiesta continuar hasta la playa,
quitarle los asientos y llevarlos hasta la orilla,
sentarse allí en un Mehari invisible
y mirar las olas
y el mundo que no parecía tan malo a la vuelta.

Pero en invierno
había que subir en él como si hubieras quedado con Admunsen en el Polo
y la lluvia entraba por todas partes
y se balanceaba en las curvas desbordando el salpicadero,
mojándolo todo,
achicando agua con las esterillas de plástico,
moviendo con la mano izquierda las escobillas perezosas del parabrisas,
empujando con la derecha las bolsas de agua de la capota,
taponando con cartones
las brechas del techo por donde el agua corría como un surtidor,
viajes hoy predecibles que fueron ayer
duchas frías a todo lo largo y ancho del suroeste de la península ibérica.

Subiendo un día a Zalamea se le rompió el bombín de la gasolina
y lo arreglé con un chicle.
Bajando otro día de Jerez fue el cable del acelerador
y se lo cambié por un cordón de mis zapatillas.

Nos montábamos cinco inútiles, cinco mochilas, dos jalones,
mil bolsas con material arqueológico, dos cámaras,
veinticinco mapas escala 1:25.000,
podía con todo el coche de plástico con su volante de plástico
y sus asientos de escai negro y su alma blanca.

Catorce años a mi lado, catorce mil averías entre mis manos,
catorce llantos por cada una de sus esquinas,
catorce años descargando maricones,
catorce años las orejas del bóxer Dor ondeando al viento en el asiento de atrás.

Catorce corazones, catorce cruces clavadas en el monte del olvido
y un poema que le escribimos David González y yo en Ayamonte,
un poema que hablaba de pasajeros que llegaban a la estación de la vida
tal vez porque por aquellos años estábamos sentados en mitad de las vías,
esperando un tren que nunca se dignó a pasar y arrollarnos.

Mi perro Dor se fue en él no hace muchos días,
en una mañana fría de invierno,
fuimos a comprar su pienso
y en la tienda nos dijeron que era el último saco,
que ese pienso ya no se volvería a fabricar,
el pienso que mi perro había comido toda su vida.

Me dijeron lo mismo del corazón de los dos,
ya no se fabrican corazones de lata ni corazones de perros como estos,
todos los corazones a partir de cierta edad se vuelven de plástico,
como los abrazos de los hombres que un día fueron tus amigos.

Yo había soplado esa tarde una tarta con cuarenta velas,
pero no sabía que había soplado tan fuerte ni tan lejos
como para que los dos me dijeran adiós al mismo tiempo
y para siempre.



Otro de los textos a los que prestamos atención fue al poema "Sueña -las manos al volante-" de Aníbal Núñez incluído en su libro Fábulas domésticas:

Sueña -las manos al volante-
con la princesa el caballero
sueña librarla de las garras
del dragón sabatino tan aburrido en casa

cruza raudo entre nubes de monóxido
de carbono el abismo
del paso de peatones salva ileso
arremetiendo audaz contra los ojos rojos
de los semáforos malignos

cruza soñando mil peligros
resplandeciente de cromados
y cuentan que hechizado
por unas malas hierbas ingeridas
que por doquier allí crecían
el caballero enloqueció creyendo
que su caballo deportivo era
la princesa rosada y que las riendas
es decir el volante eran las manos
de su adorada, la calzada el lecho
del amor del amor... y cada curva
una caricia, acelerando
a fondo contra un árbol expandiendo
en seminal abrazo a la muerte fragmentos
de chatarra, castillos en el aire
-cantaron tristes las sirenas-
como hoy podemos ver
en los diarios de la corte.


Tarea de escritura

Propusimos escribir un relato, un poema, unas greguerías o una reflexión sobre cómo se construye la memoria de una familia a partir de los vehículos que han tenido a lo largo de los años y los viajes que hicieron con ellos.


Y estos son algunos textos recibidos hasta ahora:


Con nocturnidad

Dos de la mañana de un lunes de julio. El destino es Girona, ciudad añorada y querida. Allí trabajaste en tu primer destino como funcionario. Era el único foráneo del departamento, y el más joven, así que tea optaron un poco entre todos. Crees que, aunque por lo general tus compañeros han sido buenos, nunca te has encontrado tan a gusto en tu puesto de trabajo. Tanto que cuando llegaste, a mediodía, a tu destino, no fuiste al hotel, sino directamente a la oficina. Besos y abrazos por doquier, y desayuno (lo llaman esmorçar) con la Lourdes , la mejor de tus amigas catalanas. Cuando estuviste allí te llevó a un hayedo cerca de Olot, su pueblo, y a una excursión a un refugio en la montaña, a compartir una suculenta cena con sus amigos. Podría ser tu madre, y durante el tiempo que estuviste allí lo fue. Tienes mamis adoptivas en muchos sitios. En Salamanca tienes una adorable.
Pero me pierdo y esto no puede empezar por el final. Estaba previsto su comienzo para las 6 de la mañana, aproximadamente, pero al haber precedido a ese día el domingo, y además vacaciones, te había despertado a las dos de la tarde. Más fresco imposible.
Decíamos que eran las dos de la madrugada tu horario de salida. Una hora antes estabas en el velatorio de tu prima. En su día de cumpleaños su marido y ella se habían matado en un accidente de moto, dejando un hijo de 4 años. Cuando dije que me retiraba, y que tenía que viajar el día siguiente, una de mis tías te espetó que si no había tren. Cuando voy a Barcelona utilizas ese medio de transporte, pero para moverte por tu amada provincia gerundense, necesitas el coche, porque no paras en un sitio fijo. Puedes estar en Besalú, en el interior, precioso pueblo medieval, y en rato en la hermosa Calella de Palafrugell. Por no hablar de las calitas que dejas del descenso que comienza en una bifurcación que a su derecha deja Cadaqués, de visita obligada. Eso no lo puedes ver en tren.
Arrancamos pues, a las dos. Un café en la estación de servicios (abierta 24 horas), y un Red Bull. Suficiente para comenzar un camino de noche.
Valladolid, por la Autovía de Castilla, sin problema. Valladolid-Soria, la Autovía del Duero, o ruta del vino, inacabada eternamente. La España vaciada pura y dura. Pueblos desiertos, que cruzas. De noche no lo ves tanto, pero a la vuelta sí. No hay ni una maldita área de servicio donde poder tomar un café. A 50 kilómetros de Soria, ya no recuerdo si eran las 4 o las 5, te encuentras con una gasolinera cerrada, pero con un Carrefour Express 24 horas. Vive la France! Allí tomas un café que no sabe muy bien, pero que procuras degustar como si fuera el del Alcaraván. En Salamanca siempre has considerado que los mejores cafés se ponía en la desaparecida tristemente La Rayuela, el Scherzo, y el Alcaraván.
Bajando ya un puerto, pasada Soria y sus curvas, se vislumbraba algo de luz. No ibas mal a oscuras, pero ya aburría tanto tiempo sin luz. En Zaragoza, a las ocho y media, desayunaste con calma. Empezaba ya el mundo de los peajes y autopistas. Pagaste poco por un “tramito” de la AP58 - la autopista vasco-aragonesa, una de las más caras del mapa de carreteras de todo el país – Se hizo la luz, decíamos. Por la A2 y luego otro ratito pagando peje en a AP2, llegas a Lleida. Allí se te plantean dos alternativas: la más barata, ir a Girona por el “El Eix tranversal” (la C25, antigua vía rápida, ahora convertida en vía con dos carriles), o ir a Barcelona con más kilómetros y peaje. Conocías el Eix bien así que elegiste esa opción.
El Eix, que recorre parte de la Cataluña más independentista, esta plagada de lazos amarillos, y de pintadas a favor de la independencia, y de la liberación de los presos políticos, o políticos presos, no vamos a entrar en tales disquisiciones . Se atribuye al Honorable Pujol su típico chascarillo: “hoy no toca”. Pues eso, que no tocas. Había lazos hasta en las iglesias.
Entras en Girona por la comarca de la Selva. En Cataluña las comarcas tienen un significado muy importante. De hecho en cada una existe su “Consell Comarcal”. Yo cuando hago referencia a esa adoptiva tierra aludo a las comarcas.
Ya pasas a la AP7, pagas algo de peaje, y ya están en Girona. A dar una pequeña vuelta, porque te fías más de tus recuerdos (aunque hace once años que no conduces por esas calles) que del GPS o de Google Maps. Bien, lo conseguiste. Has aparcado en un aparcamiento resevado a PMR (personas de movilidad reducida), cerquita de la oficina.
Llegas, pasas el arco de seguridad, como cuando hace doce años tuviste que hacer, y con una sonrisa en la boca subes en el ascensor. Abres la puerta del departamento y estallas de felicidad. Sí, has llegado a donde dejaste un cachito de tu corazón.

Javier Martín
Grupo A


El desguace

Salió llorando del cementerio allá por los santos;
el alma umbría, la faz quebrada, tal como tantos.
Sus ojos grises aún lastimados por la visión
de aquellos nombres y aquellas fechas del panteón.

Se echó un cigarro y se alejó pronto del camposanto,
le acongojaban sombras mohínas de frío espanto
que le anegaban lo más profundo del corazón
y le apremiaban a que corriera sin dirección.

Pasado un rato, no más del tiempo de un cigarrillo,
alzó la vista y vio a lo lejos como un castillo,
tenía almenas que refulgían como un crisol
de mil cristales de mil colores puestos al sol.

“¿Qué será aquello?, —se dijo el hombre, todo curioso—.
Si es un castillo, no tiene torre ni tiene foso.
Y sin embargo tiene de fuerte y de medieval,
y una bandera que al viento hondea en un lateral”.

Tomó el camino que conducía hasta aquel misterio,
fuera alcazaba, fuera abadía o monasterio.
Fuera que fuere solo anhelaba que el anfitrión
le permitiera ver bien por dentro tal construcción.

Y en el momento en que iba pensando “qué frío hace”
vio con asombro que su castillo era un desguace.
La puerta abierta llamaba a entrar y entonces entró.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y se santiguó.

Cerró la puerta y creyó prudente gritar un “¡Hola!”
Mas recibióle un chucho canijo, cojo y sin cola,
de ojos tristones, hocico romo, dado a salivar,
un alma en pena que se intuía no iba a ladrar.

Al darse cuenta de que en el sitio no había un alma,
entre tanta herrumbre y tanta chatarra le vino la calma.
Se dio por contento del recibimiento y echó a caminar,
andando entre hileras de espectros roñosos de acá para allá.

Fijó la vista, por fijarla en algo, en un Mil Quinientos,
y sin querer dio a la manivela de sus pensamientos:
“de un cementerio vengo corriendo, preso de emoción,
y ahora resulta que estoy en otro de igual aflicción”.

“¡Cuéntame, coche, no te retraigas, dime tu historia!
Si algún camino te llevó un día a besar la gloria;
que un Mil Quinientos fue un automóvil de autoridad,
que conjugaba bien elegancia y velocidad”.

Y el Mil Quinientos, libre de bultos, libre de cargas,
miró al extraño y le echó a los ojos las luces largas.
Abrió sus puertas, sonó su claxon, rugió el motor.
Del susto casi se muere allí su interlocutor.

Y una voz ronca subió potente del maletero.
Largó una historia de amor prohibido y mucho dinero:
ella era marquesa, casada y liada con un capitán,
hasta que el marido les mandó a los tres al fondo del mar.

Y estando en esas se acerca un Dodge de color blanco
para decirles que fue su dueño Francisco Franco.
Que Carmen Polo de copiloto iba ojo avizor,
Y que un verano se hizo una foto en el yate Azor.

Esto se anima y ahora le toca a una furgoneta:
cuenta aterrada que la robaron los de la ETA.
Muestra metralla de algún canalla sin compasión.
También las huellas de un tiroteo y una explosión.

Por la bocana del lavadero sale un Seiscientos,
falto de ruedas, falto de techo, falto de asientos,
pero alardea de que en el año setenta y tres
llevó a unos sherpas hasta las faldas del Everest.

“Eso no es nada, mira monada, —salta un Ibiza—,
yo gané el rally de Ponferrada y la París-Niza.
Pero un mal día salí volando de un reventón
y desde entonces pago mi culpa en este rincón”.

Y uno tras otro todos los coches le van contando
cientos de historias, felices unas, otras no tanto.
Luego de oírles sacó nuestro hombre por conclusión
que un automóvil es tan humano como un señor.

Pero de pronto notó una mano que le agarraba
por la muñeca y una voz fuerte le despertaba:
“vaya una idea, sobre una tumba echarse a dormir.
es ya de noche, voy a cerrar, se tiene que ir”.

Salió el buen hombre desencajado del camposanto.
Se subió al coche, puso la radio y ahogó su llanto.
Fumó un cigarro y luego tuvo la sensación
de que su sueño le recordaba alguna canción.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay…!

Óscar Martín
Grupo A


“Segunda mano”

El aficionado al motor descubre, en un comercio de coches de ocasión, un modelo deportivo que se vende a precio de ganga. Un “Fulman” con sistemas integrados de última generación. Nuevo, pero ya casi convertido en una reliquia del futuro, porque la fábrica lo dejó de producir después del lanzamiento de los primeros modelos, alegando motivos burocráticos.
El aficionado a los coches nunca los ha comprado de segunda mano, pero en este caso la tentación es poco menos que invencible. El precio de ese modelo en el mercado de los coches usados no puede hacer otra cosa que subir. Más allá de esa circunstancia, el aficionado al motor siente por ese automóvil una atracción irresistible. Lo compra.
Hace con él un viaje de prueba. El coche responde como si fuera una extensión de sí mismo, de su propio sistema nervioso, de su mente, como si se anticipara al más íntimo de sus deseos.
Una moto circula delante. El aficionado al motor reconoce el modelo, Una Bultaco Gazelle, vintage, pero lustrosa como si acabara de salir de fábrica. La conduce una mujer con un mono ajustado al cuerpo, de formas explosivas, y melena al viento sobresaliendo del casco.
El conductor acelera y la adelanta admirando el conjunto que la mujer forma con la máquina. Cuando cree (y lamenta) que la ha dejado atrás, de repente la motorista aparece adelantando a su vez al coche. Al aficionado al motor le da un vuelco el corazón, aturdido entre el deseo y la rabia. Automáticamente, vuelve a adelantar a la motorista. A partir de ahí, el Fulman y la Gazelle se retan una y otra vez en una especie de coreografía mecánica y desenfrenada.
Ahora el coche va justo detrás de la moto, casi pegado a ella. El conductor cede unos metros aguantando la arrancada, e inicia el adelantamiento pisando el pedal a fondo, como un poseso, moviendo el volante para sobrepasar a la amazona. Pero el vehículo se niega a girar, y embiste a la moto lanzándola brutalmente por los aires. El coche no para, sigue su camino sin responder a las maniobras del conductor, como si tuviera vida propia, como si no fuera una máquina, sino un organismo mutante y monstruoso.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Túnel de lavado

Hacía más de un mes que el nuevo túnel de lavado estaba abierto. Junto al polígono industrial, a pocos minutos del centro, las colas que se formaron desde el segundo día eran abrumadoras. Había hecho intención de ir para lavar mi coche pero, ante tal barbaridad de autos esperando su turno, desistía imaginando una larguísima y tediosa espera. El misterio envolvía el túnel, ¿por qué tanta cola? ¿acaso el lavado del coche era especial? Porque barato no era. El primer día de vacaciones me armé de paciencia y llevé el coche al nuevo túnel. Por fin, y después de varias horas, me tocó el turno. Un hombre con uniforme me guió para dejar el vehículo sobre los raíles y me indicó que debía poner punto muerto y no usar el freno de mano. Una pequeña sacudida y entré, orgulloso, en el túnel de lavado. Instantes después de traspasar una cortina negra de plástico, se abrió la puerta del copiloto y entró una joven desnuda. No había salido de mi asombro cuando ella se dispuso, según dijo, a hacer un buen lavado. El ruido de los gigantescos rodillos, del agua y del secado apagaron los del interior del coche. Antes de salir al exterior, la joven ya había abandonado mi vehículo. En cuanto noté que ya me salía de los raíles, otro empleado me indicó con gestos enérgicos que podía acelerar. Siguiendo la fila en sentido inverso descubrí que mi hermana estaba en la cola del túnel. Detuve el coche a su altura y bajé la ventanilla. Ella me miró sorprendida y antes de preguntarle dijo:
―El coche de papá. Está muy sucio.

Jaume Castejón
Grupo B


Coches y películas

No recuerdo la primera vez que vi una película. Debió ser en el pueblo de mis abuelos donde había un salón de baile que, en las tardes de domingo, hacía las veces de cine. Y sería una “del oeste” o “de romanos” como decíamos por entonces. La televisión tardaría aún unos años en colarse en nuestras casas, pero ya habíamos quedado prendados del hechizo de las pantallas. Tanto que, rápidamente, la incorporamos a nuestros juegos infantiles.
Mi familia vivía en la plaza del pueblo, un recinto limitado por un edificio continuo con forma de U. A la parte abierta de la plazoleta se accedía por una pronunciada cuesta que los coches de entonces subían renqueantes. Si se trataba de un camión la subida era aún más lenta. La mayoría de los vehículos no llegaba a entrar en la explanada, se desviaban por una calle lateral hacia la parte más populosa del poblado. Así que nosotros corríamos a nuestras anchas sin temor a ningún percance.
Nuestros padres nos dejaban jugar allí libremente, incluso por la noche. Y era entonces cuando se producía la magia. Había solo unas pocas farolas que alumbraban escasamente nuestro patio de juego, por eso, en el instante en que un coche iniciaba la subida de la cuesta, todos gritábamos a una: ¡El cine! ¡El cine! Y corríamos a la mitad de la plaza para que los faros dibujaran nuestras sombras en la pared.
Entonces nos transformábamos en los improvisados héroes de una película. Debías elegir rápido porque nuestro personaje se desvanecería en cuanto el coche girara. No obstante, éramos capaces de convertirnos en Espartaco, en Tarzán o en John Wayne y vivir una emocionante aventura durante los breves momentos que perduraba la luz de los faros.
Cuando ésta desaparecía una momentánea desolación nos abatía. Era el vértigo de pasar, tan precipitadamente, de la luminosa epopeya a la oscura realidad.
Aunque pasado un rato, siempre había alguno que se encargaba de avivar nuestra esperanza:
—¡Quizás el próximo sea un camión!

Pepe Lorenzo
Grupo B


Greguerías del automóvil

Pisando el freno
se salva la vida
al paso de los peatones

Los niños, en el asiento de atrás,
Van castigados mirando a la pared
del sillón de sus padres 

El limpiaparabrisas dice un"no"
continuo con el dedo y
el parabrisas llora que te llora… 

Cuando mamá baja del coche
es un anuncio de medias 

Las luces cortas iluminan
con su presbicia,
dos rayas de la carretera

Un hombre con sombrero
dentro de un automóvil:
Una redundancia

Abracadabra para viajar,
si no tienes coche: Bla-bla-car

Las alfombrillas son
los mantelitos individuales de os asientos

Aparcar, adelante y atrás,
El Cha-cha-cha del coche.

Quitó la capota del jeep
Y dentro estaban los cerebros

Blanca García-Miguel
Grupo A


En carretera

¡Ay!, el Mehari. Con él empezó todo. Fede, no más de tres meses que tenía por entonces y ya esa devoción por el coche; solamente a bordo, cuando iban de viaje, se tomaba el biberón con gana. «A ver si vamos a tener que subir el coche a casa para que este niño se alimente» —renegaba su madre—, «no se entiende que no me coma nada si no es dentro del auto».
Cuando el padre compró el 850, Fede, tres añitos, ya no era niño de biberón, pero seguía comisque igual que antes, aunque a bordo no se acordaba de qué le gustaba y qué no, todo le venía bien. Lo más de señalar sin embargo, es el afán con que ponía su mano regordeta en el volante (con permiso del papá, que le tenía advertido que sin que hacer fuerza) y tomaba las curvas poniendo cara de velocidad, inclinando el cuerpo a un lado y otro, atento siempre al cambio de marchas. Le daba lo mismo viajar a la playa que ir al pueblo de los abuelos, el caso era “conducir”.
Luego del 850 fue otro 850, porque cuando empezó a racanear el primero, el padre no se lo anduvo pensado y compró otro, este ya un cuatro puertas de color rojo que a Fede apasionó hasta que cumplidos los veinte años, dos trabajando ya, consiguió permiso de los padres para dar la entrada del R11, una pasada de auto y ya “suyo solo”, que aceleraba de maravilla. Ahí empezó el gusanillo de la velocidad. El coche además, era el lugar ideal para amar a Lolita.
Lolita con el tiempo se hizo llamar Dolores y exigió matrimonio. Federico terminó claudicando y para la boda estrenaron el Renault Laguna.03.0 v6 PRV de 170 CV, color nupcial. El auto se comportaba como un auténtico purasangre en carretera y con él no daba pereza viajar a los grandes premios de Fórmula 1. Nada más, que Dolores prefería quedarse en casa ante las competiciones que Federico emocionado se montaba para sí mismo en carretera, tratando de arañar algún minuto al trayecto. 
Lo del Seat León Cupra R, 310, el más potente de la historia de la marca, parecía obligado. Con él tenías la seguridad de que si alguien te pasaba es porque tú se lo permitías, ese día que estabas un poco desganado. Lo cual sucedía por cierto casi nunca, qué importa si por la carretera circulaban camiones de gran tonelaje. Ahora, es claro que a uno le gustaría terminar la historia con letra propia, pero mejor la autoridad con que cierra su poema el llorado vate charro, ese «abrazo a la muerte, fragmentos de chatarra», que así lo...

...cantaron tristes las sirenas
como hoy podemos ver
en los diarios de la corte.

Pascual Martín 
Grupo B


Nuestro primer coche

Un día apareció mi padre con cara de satisfacción y nos dijo que bajaramos a la calle. Bajamos toda la familia y nos lo enseñó: un Seat 600. Tenía un color blanco- sucio o blanco- grisáceo que no me gustó, pero enseguida lo olvidé y sólo vi un vehículo maravilloso: nuestro primer coche.
Mi padre nos contó que a pesar de haberlo comprado de segunda mano, le había costado muy caro, pero que se había evitado la lista de espera que tenia la consecución de un coche en aquella época. Lo compró para no pasar frío en los inviernos, pues para su trabajo utilizaba una moto y a pesar de lo abrigado que iba y de los periódicos que se ponía debajo del jersey, se acatarraba frecuentemente.
En principio el coche lo utilizó para su trabajo, pero también lo utilizamos en vacaciones. Un año fuimos de Salamanca a Burdeos y llegamos. Nunca nos dejó tirados. Se averiaba, pero entre mi padre y yo con mucho ingenio y utensilios sencillos como cuerdas, alambres, gomas y otros artilugios conseguíamos arreglarlo.
El motor lo tiene detrás. Delante el depósito de la gasolina y un pequeño maletero, ambos debajo del capó. Los intermitentes delanteros, son como unos añadidos sobresalientes encima de los faros, y se arrancaba tirando de una palanca pequeña situada entre los asientos; todo ello, después de haber puesto la llave de contacto. Lo de arrancar girando la llave fué en modelos posteriores,en los que también habían desaparecido los apéndices intermitentes, siendo sustituidos por pequeñas lucecitas anaranjadas a los lados y detrás de los faros.
En este coche aprendí a conducir. Siempre con mi padre al lado. Nunca me lo dejó, hasta que no hube sacado el carnet de conducir.
Un día estuvo a punto de morir. Andando por esas carreteras de la España profunda, cerca de Portugal, se cruzó una vaca en su camino. El coche salió perdiendo. Quedó abollado y la vaca tras un respingo siguió su camino.
En un desguace encontramos un capó del mismo modelo y se lo pusimos; aunque no era del mismo color quedó aparente: blanco- grisáceo el coche y el capó blanco- hueso. No nos importaba mucho la estética por aquel entonces, lo que sí nos importaba es que habíamos recuperado a nuestro querido cochecito.
Posdata: para el año que viene cumplirá sesenta años y todavía sigue vivo.

José Luis Fonseca
Grupo A


Soneto al coche, o no

Profesor, ¿por qué usted no tiene coche?
me pregunta el alumno descarado
yo soy poeta ¿usted no se ha enterado?
las musas me transportan día y noche.

Más no quiero parecer un fantoche,
¿motor?, mi corazón enamorado
Y para no ser un mal educado
ya no le haré más ningún reproche.

Me desplazo a pie todo el camino
el tráfico me parece un barullo
quizás por eso yo no contamino.

Por poeta y también por mi orgullo
los coches me interesan un comino
pues poeta si, pero no capullo.

Tomás García Merino
Grupo B


El coche me miraba

Ese día era domingo. El día anterior celebramos en el colegio el “Festival de bienvenida al verano”, ese sábado los alumnos de sexto curso representamos una pequeña obra de teatro, “cornudo y contento”, se llamaba. Yo hice de cornudo.

Los domingos mis padres trabajaban, como los sábados, los viernes y el resto de días de la semana. A diario les veía poco, siempre trabajando, pero los domingos y los días de fiesta era como si no existieran. Cuando me despertaba estaba solo en casa, y cuando me iba a la cama seguía solo. Tenían el detalle de buscar alguien que les hiciera el favor de cargar conmigo el domingo. Para ese domingo me colocaron con mi vecino, yo prefería a mi vecino antes que el suplicio de acompañar a mi prima y a su novio, su plan se limitaba a dar aburridos paseos por el campo y yo dar patadas a las piedras y no tener más remedio que ver como pelaban la pava junto al tronco de una encina.

Mi vecino era también mi compañero de clase, teníamos la misma edad, y no nos llevábamos mal, algún pequeño roce de vez en cuando, por el fútbol o por alguna chica, pero poca cosa. Me gustaban los domingos con mis vecinos. Íbamos toda la familia, bueno su familia y yo de paquete con ellos. Mi vecino tenía dos hermanas más mayores que nosotros, y tenían una finca cerca del pueblo, y también tenían lo mejor de todo, un coche, un hermoso y enorme seat mil quinientos negro, precioso, con la palanca de marchas en el volante, un salpicadero de madera y unos asientos más grandes que el sofá de mi casa. Me parecía algo increíble poder disfrutar por unas horas de ese “portento de la carretera” como o llamaba su padre.

Su padre era un apasionado de los automóviles, se sabía todas las características de su coche y lo trataba con mimo. Nos abría el capó y nos iba explicando que era y para que servía cada una de las piezas de ese reluciente rompecabezas. «Este es el radiador, este el ventilador, eso de ahí las bujías…».

Siempre íbamos los seis, sus padres delante y en el asiento de atrás sus dos hermanas, mi vecino y yo, entrabamos de sobra, había mucho espacio. En alguno de los trayectos por la carretera a la finca su padre nos avisaba si veía a los motoristas, entonces yo o mi vecino nos tumbábamos tolo lo largo que éramos encima de las piernas de los otros para que no nos vieran, jugábamos a ver a quién le tocaba cada vez. Cuando acabamos de colocar todas las bolsas con la comida para pasar el día en el enorme maletero y nos sentamos en nuestros asientos salimos con destino la finca. Era un día agradable de sol pero sin mucho calor, enseguida nos quedamos en manga corta mi vecino y yo. Pero el camino que llevamos no era el de otros días, nos desviamos de nuestro trayecto, el estruendo del claxon nos sobresaltó a todos. En la acera había una niña rubia con dos largas trenzas rematadas por dos lazos rojos, estaba escoltada por sus padres que le agarraban las manos con fuerza. Era la prima de mi vecino, por lo visto ese día nos acompañaría a la finca. Me fijé un momento en sus preciosos ojos azules, al momento rehusó mi mirada. Mientras los padres hablaban y se despedían la niña se colocó entre mi vecino y su hermana, dejándome a mí junto a la puerta, casi aplastado, parecía que el coche había encogido de golpe. Era muy guapa y hasta mí llegaba el fresco olor de su colonia. Oí que se llamaba Marisol, nadie nos presentó, ignoraba si sabía quién era yo. Poco a poco me di cuenta que el día iba a ser distinto a otras veces, no jugábamos al veo, veo, ni inventábamos historias con los trastos que se veían al pasar por el desguace, ni pusimos ningún nombre gracioso a las vacas del tío Venancio. Solo hablaban mi vecino y su prima sin dejar que yo interviniera, varías veces intenté cruzar la mirada con su prima pero ella lo evitaba. Me sentía como un bulto más en ese maravilloso coche. Era lo que me mantenía alegre, iba en un coche espectacular, su padre era el único que me hablaba, le pregunté algo sobre el coche y el aprovechó para explayarse, algo que yo agradecí. El viaje se me hizo menos penoso.

Ya estaba convencido que pasaría el resto del día ignorado, podría desaparecer y nadie se daría cuenta, ni mis padres tampoco. No jugaríamos al futbol como otras veces, ni iríamos a cazar ranas al riachuelo, no habría competición de lanzamiento de piedras, ni beberíamos a escondidas de la bota de vino y lo peor de todo, no conduciríamos, era lo que más me dolía.

Al llegar ayudé a sus padres a colocar las bolsas dentro de la casa y cuando salí de allí pude ver como mi vecino y su prima iban camino del río, no me habían dicho nada, no me esperaron, les llamé a voces, solo respondió mi vecino con un movimiento violento del brazo que entendí perfectamente: “vete a la mierda”. Intenté entretenerme como pude y rogué varias veces que el tiempo pasara volando, me acordaba de mi prima. Ayudé a su padre a limpiar el coche y enseguida empezó a contarme las bondades de su amado automóvil, lo contaba con un entusiasmo propio de un niño con zapatos nuevos. Aprendí que eran los pistones, donde estaban los cigüeñales, como funcionaban los frenos, como llegaba el líquido a través de los manguitos. Cuando la clase de mecánica terminó volví a mi aislamiento, a lo lejos vi a la parejita y se me ocurrió una idea para pasar el rato y divertirme. Comencé a espiarlos como había visto en alguna película, detrás de una roca, detrás de un tronco, poco a poco me iba acercando sin ser visto. Ya oía sus pisadas y sus voces. Cada vez estaba más cerca, no se habían percatado que yo estaba por allí. Todavía no entendía lo que hablaban. Vi que se sentaban en una roca cerca de una pared, di un pequeño rodeo y enseguida estaba tras ellos, separados por la pared, desde aquí oía perfectamente lo que hablaban. No conocía a mi vecino, nunca le oí hablar así, no sabía que conociera esas palabras tan cursis, estaba hechizado.

Oí como Marisol empezó a interesarse por mí, « ¿qué hace este con vosotros?, ¿acaso no tiene familia?, ¿cómo le soportas?, a mí que no se me acerque,…». No sabía dónde meterme, el estomago se me encogía por momentos, tuve una arcada. Escuché hablar a mi vecino, la dejaría las cosa claras, que se había creído esa niña repelente. «No me queda más remedio, es cosa de mis padres, yo tampoco le soporto…, pero está solo, a mis padres les da pena, lo hacemos por compasión, una buena obra, je, je,…».

Al saltar sobre la pared una roca cayó al lado de Marisol, casi le aplasta el pie, me abalancé sobre mi vecino, «cabrón asqueroso», estaba fuera de mí, le tumbé en el suelo y le di el primer puñetazo y el último, se revolvió como un león herido, y apenas sin darme cuenta estaba a horcajadas sobre mí y los golpes no dejaban de caerme por todos los lados, oía como su prima le gritaba para que me dejara, pero parece que no le convencía esa idea, conseguí protegerme la cara con los antebrazos y al poco dejé de recibir más castigo. Me incorporé como pude, sin levantar la cabeza, mirando al suelo vi trozos de mi dignidad esparcidos sobre la tierra.

Mientras su madre me curaba los arañazos, yo le contaba como había sido la caída, una caída tonta, pero la roca estaba allí y fue mala suerte, no pude poner las manos y me di de bruces.

Me dolía mi orgullo más que los golpes de los puños. Todos me miraban, las hermanas que no entendían nada, su padre que no dejaba de preguntar cómo había sido la caída, no se lo explicaba, y los dos tortolitos disfrutando del momento, hasta el coche me miraba y creo que hasta se burlaba de mí.

El regreso a casa fue un suplicio y a la vez una liberación, quería olvidarme de lo que había pasado, quise pensar que había sido una pesadilla. Con esa idea y con los dolores de los golpes en la cara me quedé dormido. Dormí como otras tantas veces, nada o poco había cambiado, seguía solo, sin familia, sin coche, y creo que a partir de hoy sin vecino.

Me sobresalté cuando el timbre sonó, dejé la galleta en la taza de cola-cao y fui a ver quien llamaba. Tras la puerta estaba el padre de mi vecino, se interesó por mis heridas y me dijo que nos llevaría al colegio, «cuando termines baja a la cochera, está abierta, yo llego en seguida y os acerco al colegio», me sonrió, creo que algo se olía y se sentía culpable, intentaba ser amable.

Estábamos en clase de francés, era la última clase de la mañana, ya solo me dolía la cara. Llamaron a la puerta del aula, sin tiempo a contestar entró el jefe de estudios con cara de pocos amigos, le susurró algo al oído del profesor de francés, subió a la tarima y desde allí dijo el nombre de mi vecino, pidió que le acompañara que sus padres habían tenido un accidente de tráfico, un ¡oh! se oyó por todo el aula, las caras de los compañeros era de susto, yo sonreí levemente mientras dentro del bolsillo de mi pantalón acariciaba el manguito del líquido de los frenos.

Tomás García Merino
Grupo B


Mi coche

En aquellos años se jugaba en la calle, eran los cuarenta, era lo mejor que teníamos, a los vecinos no les molestaba el griterío que armábamos, “es una alegría verlos jugar”, no tenían miedo a que rompiésemos un cristal, no había balones, tampoco tenían miedo a que nos pillase un coche, ¡había tan pocos!, casi era un espectáculo ver uno.
Y llegaron los cincuenta y, empezaron a aparecer coches, “los haigas”, yo pensaba, algún día… y, soñaba, se decía que eran de “los nuevos ricos”, “los de los contrabandos” y también, que esos hombres cuando iban a comprarse un coche pedían: “El más caro, mejor y más grande que haiga”. Y yo me preguntaba, ¿su madre o su maestra no les habrán dicho que se dice haya?, y me contestaba, unos incultos. Entre esos coches grandes estaban los Dodge “demostración ostentosa del gilipollas español”. ¡Cómo quedan esos recuerdos, que ahora arrancan una sonrisa!
Y en los sesenta ya se veían más coches, había guardias con un casco blanco, que parecía un orinal, para dirigir el tráfico, no había semáforos, para indicar el giro se sacaba el brazo. Aparecieron muchos modelos y marcas, pero fue “el 600” con el que se empezó a cumplir mi sueño. De ese coche quedan muy buenos recuerdos, no puedo olvidar nuestras primeras vacaciones, por entonces cuatro hijos, cómo era posible que entrásemos tantos y tantas cosas, el moisés, un orinal, había que ir prevenidos para no parar más de la cuenta, cubos, palas, barca hinchable, la ropa necesaria para pasar un mes en la playa, disfrutando del mar y la arena después de haber cruzado la Mancha, Despeñaperros, las curvas del puerto del Suspiro del Moro sin aire acondicionado, sin autopistas, para llegar a Almuñécar (Granada), la pequeña en mis brazos. Cargarlo era más complicado que hacer un puzle, poner la baca, con ella resultaba más alto que ancho. Canciones, adivinanzas, veo, veo. Luego, llegaron otros más grandes, mejor acondicionados, de todos guardo un grato recuerdo, pero no es de ellos de quienes voy a hablar.
En los setenta, un día fuimos al concesionario de Seat, iba a por mi coche, un utilitario, el más sencillo, un 133 rojo. Mis hijos lo bautizaron, iba a ser “el chinchón”, un coche que me ha acompañado hasta mi jubilación, ese fue el límite que le puse y, se portó, El coche de mi vida ha sido mi chinchón.
Cuando empecé a soñar con tener coche, lo hacía con uno familiar, lo que hasta entonces había tenido, pero entonces fue distinto. Fueron muchas reflexiones, muchas sensaciones. Yo, que venía de una época en la que había ¡tantas cosas vetadas para las mujeres, tantas cosas que no se concebían que hiciéramos las mujeres! conducir un coche fue para mí como un salto, un gran paso, un abrir puertas para la entrada de aire de libertades, de igualdad, que se dejara de oír “eso es cosa de hombres” ¡Cuánto me hizo reflexionar tener mi coche! A mí sí me dio más libertad, eso fue hace casi cincuenta años.

Inés Izquierdo
Grupo A


Blanco sobre blanco, negro

Eran finales de octubre de un año impreciso. El niño tendría unos siete años, el coche, un Rover 45 blanco, tenía su misma edad.
Trabajábamos de profesores en Aranda de Duero, pero veníamos a Salamanca los viernes, al ortodoncista del crío.
Aquel día había amanecido riente y frío. Yo metí los abrigos en el coche junto con la botella de agua y unos tentempiés. El camino discurría como siempre, el sol brillaba intenso y el niño jugaba en el asiento posterior, de vez en cuando miraba el paisaje, le llamaba la atención el color de las viñas.
Cerca ya de la ciudad, a la altura de Alaejos, comenzamos a advertir una lluvia tenue y dispersa, mezclada con pequeños cristales blandos que revoloteaban al viento, en contraste con el fondo del paisaje, que había virado al gris. La carretera estaba llena de coches y camiones que pronto comenzaron a adquirir una delgada capa blanca. Poco después una insólita nevada comenzó a precipitarse como impelida por dioses iracundos. La nieve caía ya en cortinas, mejor a manta y fue borrando la carretera. El campo, como un desierto fantasmal, sin señales.
Al niño le hacía gracia aquella aventura. Nosotros nos asustábamos al ver la imposibilidad de avanzar, de avisar, no había móviles. Los camiones se cruzaban en la carretera. Con el correr de la horas, la nieve se iba helando y los coches patinaban, aquello se colapsó. El niño dijo :”Esto no es una aventura, es peligroso” y se echó a llorar. La familia estaría histérica, sin noticias.
La noche avanzaba y aquello se convertía en un espacio demoníaco. Al asomar la cabeza vi un conjunto de iglús con huecos que expelían vaho y, supongo, la misma desesperación. Nuestro pobre coche blanco, que nunca fallaba, se convirtió inopinadamente en prisión. Desde entonces asocio la nieve a otra impotencia ante la naturaleza. Comprendí que la nieve podía ser negra.

Emilia González
Grupo B


EL VOLKSWAGEN

Entre el asiento trasero y el vidrio curvo que define el culo del Volkswagen, hay un lugar, donde viajé los días sábados, de Bracknell a Londres, durante las 52 semanas del año. Era 1974, y tenía dos hermanos mayores a una edad insoportable. Yo era la menor de los tres, y como me mantuve pequeña durante un año, pude refugiarme en ese sitio sin nombre, propio del escarabajo.
Yo era de las que mareaba y podía llegar a vomitar vapuleada por los movimientos de un coche, pero desde el principio asumí ese riesgo. Descubrí que si cerraba los ojos el efecto casi alucinatorio del vértigo iba desapareciendo. A partir de allí me adentraba en otra dimensión, recostada en el hueco del escarabajo.
Quizá por lo parecido a una trinchera, la sensación de protección que me producía, y la evasión de un conflicto (en este caso la pelea entre hermanos), allí comenzaba a recordar los documentales de la Segunda Guerra Mundial, que veía, pasmada, junto a mi padre. Entonces comenzaba a idear cómo hubiese escapado de la atroz persecución si yo la hubiera vivido: hubiese cavado una fosa en el gueto debajo del catre donde dormía, para enterrarme viva mientras me escondía del reclutamiento. O, hubiese cavado un túnel muy pequeño que llegara hasta las afueras del campo. O, me hubiera subido a un árbol hasta la casi inanición, mientras dejaban de buscarme. O me hubiese hecho la muerta entre los muertos para luego levantarme y escapar. Ninguna resultó ser una idea original (después lo supe por las películas), pero el instinto de protección me conectaba con el de miles de seres humanos, que vivieron situaciones extremas de opresión.
Finalmente me quedaba dormida. Y me despertaba feliz al llegar al museo de turno que visitaríamos ese fin de semana.
Cuando comencé a tener amigas, y salía con ellas a jugar los sábados muy temprano, antes de mi viaje familiar a Londres, el paseo imaginativo tomó otro matiz. Aunque igualmente se convirtió en un ejercicio de entrenamiento para los retos lúdicos de una niña de 11 años, única extranjera en un colegio de primaria, de un pequeño pueblo anglosajón.
El Volkswagen nació en Alemania en los años 1930. En ese momento surge el proyecto de construir un automóvil accesible para un gran número de personas. Sin embargo, durante la guerra fue monopolizado por los militares nazis. En 1950 es cuando sale de las fábricas para convertirse en el vehículo más comprado por un pueblo y por muchas generaciones en todo el mundo.
El espíritu de este coche marcó mágicamente mi psique. Creo que me contó su historia de alguna manera. Y creo que condujo mi fantasía hacia esos recodos donde el instinto y la experiencia colectiva se conectan con lo extrañamente único y subjetivo.

Carmen Elena Ochoa
Grupo A

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