Cada lunes de aguas

Esta semana dedicamos la sesión al libro Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, un excelente volumen de relatos con una cuidada edición de Fulgencio Pimentel. El libro -el primero del autor- y algunos de los cuentos llevan el aval de varios premios, el Ignacio Aldecoa y el Premio Setenil entre ellos.
Dice María Fernanda Ampuero sobre estos cuentos: "Hay escenas que no puedo dejar de recordar con tristeza, con ternura, con angustia. Es básicamente lo que necesita un lector: que la hoja impresa en el libro se imprima también en su vida." Y así es. Al cerrar el libro un largo suspiro deja su rastro en el aire, como la estela de un avión. Angustia, misterio, tensión y un lenguaje cuidado son una amalgama perfecta en todas las historias.




Lo explica mejor esta espléndida reseña que hace Octavio Gómez en el diario 20 minutos titulada "El cuento español de Juan Montiel y 'Cada lunes de aguas' (Fulgencio Pimentel, 2025)". En ella cita una canción de "Más birras" que puede ser una buena banda sonora que acompañe la lectura del primero de los cuentos: "Ardides de Caín". La canción se titula "Hay una cruz en el saso". Hay también algunas imágenes con las anotaciones que Montiel hace antes de la escritura de los cuentos. Échales un ojo.


Propuesta de escritura

En el cuento que abre el libro y que comentamos en el taller Caín, el protagonista, dice: "Era verdad que la gente se iba poco a poco. Se fueron Casildo y la Garrota, los Mujeros, los Alpargateros y los Galla. Se fue Marica «Chullo», las Labranderas y Amaro. El cura de Añojal, el Ferrador y Alejo Zarandones. Hasta mi madre, harta de palos y penurias, se llevó a mi hermana a Albarracín, a casa de unos dones, y me dejó allí solo, reparando aladros con mi padre."
Elige alguno de estos personajes, ponte en su piel y cuenta en un texto breve por qué abandonó (o abandonaron si son varios) el pueblo. Si el personaje está vinculado a alguna profesión puedes incluir ocho o diez palabras afines a ese oficio.



Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:

Futuro incierto:

Se metió en el agua hasta las rodillas. Estaba exhausta y sintió alivio. Poco a poco fue mojándose con la palma de la mano. El agua traspasaba la combinación de nylon y la ropa interior. No se atrevía a bañarse desnuda.
Miró hacia la orilla del río, bajo los árboles, y entre el murmullo del agua vio las ropas y las mantas limpias extendidas como mosaicos de colores sobre las piedras y las escobas. El sol había perdido ya su fuerza y era hora de recoger la ropa, que estaba seca tras haber sido lavada y tendida desde la madrugada. Solo habían parado para comer un trozo de pan con tocino, y la debilidad comenzaba a hacerse notar en su cuerpo.
Como cada quincena, bajaban con la burra al río por los atajos para lavar la ropa de la familia y la de algún que otro obrero, que por una perra chica se la devolvían limpia y planchada. Estaba acostumbrada desde niña al trabajo duro: coger almendra, aceituna, acarrear, segar, cuidar la parva o el escaso ganado de la familia.
Pero tras la guerra nada había mejorado. Al contrario, la pobreza y el hambre acosaban a las familias. Muchos hombres habían muerto en ella y los que sobrevivieron lo hacían con grandes dificultades; no eran pocos los que habían vuelto mutilados o con lesiones que les impedían regresar al campo. El trabajo en las pequeñas tierras, apenas daba para subsistir, y si se trabajaba para los señores, pagaban mal y tarde, después de vender la aceituna o la almendra.
Los pocos jóvenes que quedaban habían emigrado en busca de un futuro menos incierto. Su hermano mayor, Antonio, se fue a Asturias a trabajar en la mina; Sebastián marchó a Barcelona como peón de la construcción. Las ciudades estaban devastadas y había que ayudar a levantar nuevos edificios. Leoncio se fue al seminario; nunca le gustó el campo. Y su hermana Pepa entró a trabajar en una fábrica de fajas en San Sebastián.
Su madre había envejecido mucho y presentaba una delgadez preocupante. Su padre se estaba quedando medio ciego. Pero todas las esperanzas estaban puestas en su José. Él se había librado de la guerra por ser hijo de viuda; no corrió la misma suerte que sus dos hermanos mayores, muertos en ella.
José y ella se conocían desde niños; se habían criado y querido juntos, por ser vecinos. También él decidió emigrar a la ciudad. Era comprensible, en aquellas tierras, entre la sequía y el abandono, ya no quedaban ni lagartos; como decía el mendrugo de Mariano: algo había que comer...
La noche antes de marcharse, hacía ya tres meses, durmieron juntos en el desván para consolidar su unión, ya que el cura don Francisco no quería casarlos sin las debidas amonestaciones. Él le prometió que volvería a por ella.
Detrás de unas peñas se cambió y cargaron la ropa en las alforjas. Después de abrevar a la burra en el río, emprendieron el camino de vuelta al pueblo por la carretera de tierra.
El sol se estaba poniendo y caminaba junto a su madre, llevando sobre la cabeza el barreño de zinc lleno de ropa seca. Se oían algunas voces tenues, conversaciones que se mezclaban con el murmullo del agua. Las mujeres regresaban en silencio, arrastrando los pies; alguna entonaba una canción triste.
Llegarían al pueblo ya de noche. Se tocó la tripa con emoción y vio el reflejo de su silueta en el agua del río. Pronto se le notaría. Pensó, entonces, que no tenía ropa ancha que ponerse.

E.R.A.
Grupo B


Amasando la memoria

El buche se me agitó al ver el sobre. Un matasellos de El Añigral. Dos lustros después, casi lo había enterrado. Firmaba Ramón Guerra. Ese nombre era de El Perra. “No me busquéis. Me he ido a Barcelona”. Tragué varias veces. Quedé mirando absorto.
Me llamaban Marica “Chullo”. Marica porque me gustaba estar solo, leer. “Chullo” por mi padre, “El Chanchullos” .Recuerdo poco de mi infancia. Con pocos años mi madre faltó por unas fiebres de malta. Como zagal dispar, me convertí en objetivo de los quintos del pueblo. Me cantaban los gallos. Me amarraron desnudo a la torre del campanario. Me tiraron al pilón el día de reyes.
A los once dejé la escuela, mi padre necesitaba una mano en el horno. A las dos de la mañana madrugaba, amasaba, horneaba y repartía con la panera. Me gustaba la labor. No pasaba frío, ni hambre. Los ratos libres buceaba entre novelas.
Ocho años después murió mi padre. Quedé huérfano.
Por ser hijo único me libré de la mili. El único de todos los quintos. Cuando regresaban, se casaban. Todos menos yo.
Pasaron años. Una noche de San Juan, Nieves, la mujer de El Perra, se presentó llorando, rogando por un chusco para alimentar a la niña. Su marido gastaba el jornal en aguardiente.
No tenía nada que ofrecerme. Se abrió la blusa. Unos pechos tersos y pálidos asomaron. Me ruboricé. Aparté la mirada. Cogí una hogaza y se la ofrecí.
Se cubrió rápidamente. Bajó la cabeza mientras su cuajo le impedía articular palabra.
Los siguientes días no pensé en otra cosa, mientras bregaba, horneaba o incluso en las paneras cuando repartía.
A los pocos días se ofreció a lavar mi ropa, en el regato. Remendó mis pantalones. Acarreó leña para el horno.
Unas lunas después regresó con la cara marcada. Lloraba desconsolada. La abracé. Se sobrecogió. Me besó. Arranqué su blusa. Apagué el quinqué. Nos amasamos. Sobre los sacos de harina, al calor del horno. Se quemó una hornada. Esa fue la primera vez. La primera de muchas. Mientras, El Perra dormía las monas.
Unos meses después los vecinos empezaban a emigrar. Prometían algo mejor. Tiempo después volvían con aires subidos y ropas modernas. Otros los seguían. Se marchó más de medio pueblo. Bajó un quintal la venta de pan.
Una mañana de noviembre apareció muerta la mujer de Casildo, el arriero, en el palomar. Tenía magulladuras y moratones. El lugar desprendía un olor a orín mezclado con ajo y huevos podridos. Se presentó el cura de Añojal. Echó un responso. Llegó una pareja de la guardia civil y certificó su defunción. Muerte natural.
Esa noche Nieves, apareció triste, apenada y aterrorizada.
— El Perra dijo que fue el Casildo. Vio como la malograba con un azadón. Dice que a mi me pasará lo mismo.
Se derrotó en mis brazos. Miré sus ojos ámbar:
— Prepárate. Mañana nos vamos. De madrugada. Tráete a la niña.
Ahora diez años después, regresó El Perra en forma de sobre. Entregué la carta a Nieves. Aposentó una mano en la boca y otra en el pecho. Su rostro se cuarteó y su respiración se agitaba. Miró hacia la ventana. La abracé para calmarla.
Nieves miraba nerviosa el sobre:
— No entiendo. No conocía las letras.
Apareció Candelera, la hija de Nieves y El Perra, una mujer recia, con diecisiete inviernos y el carácter de su padre, agarró el papel. Lo leyó.
— !Pero qué diantres¡. Mañana marcho al pueblo.
Nieves y yo nos miramos. Agachamos la cabeza. No volveríamos.

Max Ferlam
Grupo B


Los Zarandones

Siempre me ha gustado capar gorrinos, cortarles las cuernas a los terneros a pura sangre, y separar perros enganchados en la jodienda de un tajo seco y limpio de guadaña recién amolada.
En el Añigral se vivía a cuerpo, nadie echaba cuentas de nadie, pero todos andábamos amontonados como borregos en rediles de púas. Cada uno en su cubil nos ahogábamos de rebaño; ni aunque saliéramos a campo abierto, a triscar en el mato.
Quizá por eso, o vaya el demonio a saber, se fueron todos en un desmande de animales que escapan del fuego. Y no quedó alma en parte ninguna, atravesado el caserío por ruinas heladas como cuando se candaba la ribera del Truchas.
Yo me fui también, siguiendo el rastro del cuerpo turbio de la aladrera. Tratos teníamos desde hacía agostos, y el cornudo lo llevaba bien repartiendo correazos en la casa. Conmigo no se engallaba, yo era más recio y templado que él, corajudo sólo con crías y hembras. Alejo Zarandones me llamo, capaz de tumbar una acémila por las bravas.
En casa renombrada había ido ella a dar, por el fuero de Albarracín. Yo me acomodé en una tenada de la propiedad, y no me faltaba leche cruda, el pan que me traía la barragana, algún gamuso que yo mismo cazaba, y galguerías que me regalaba la niña. Cómo iba creciendo, de día en día, vaya hechuras de hembra fresca y jugosa, con unas cántaras que descosían las camisas. Pasó lo que tenía que pasar, y nadie hizo escándalo ni melindres. Los dones apadrinaron a la criatura, porque les hizo gracia quizá como se tiraba a las ubres, y también porque el señor estaba amancebado con la aladrera y le daba un tiento a su retoña cuando sentía ansias de cachorra en celo.
Total, que allí los dejamos, y nos volvimos la madre y yo al pueblo, a sabiendas por el cura de Añojal de que aquello era un desierto de ruinas y cencellada. Allí queríamos vivir, a la suelta, como animales salvajes.
Cuando llegamos apenas se veía al caer la tarde una luz de ceniza junto a la choza del leñero, por la loma de Añate. Hicimos noche amorrados al calor de una fogata de estiércol, y al amanecer, tiritándonos los huesos por la helada, subimos hasta la casa del Perra, la única que por aquellos andurriales mantenía la tejada. Junto al pozo se esparcían los despojos de dos cadáveres, devorados por las alimañas. Echamos los restos al pozo hediondo, y lo cegamos a base de cal y tierra.

Yo hice otro -a puro pico sobre la roca viva-, y una alberca donde chapoteaban sapos y culebras, abrevaban las bestias, y trinaban los arrendajos.
Ahora la nuestra es una casa de blasones viejos y tierras trabajadas por jornaleros de pan y corralas. Las nodrizas de toda la comarca vienen a amamantar los nuevos cachorros, y a aliviar mis ansias de carne joven y ubres reventonas. Pero sigo sintiendo la punzada de la coyunda con mi hembra de apareamiento mozo, y nos refocilamos a modo, aunque de vez en cuando tengo que usar la traílla para que no se haga la estrecha, maleducada con tantos miriñaques y finuras.

Ignacio Aparicio
Grupo A


En todos los sitios se cuecen habas

En mi pueblo hace algunos años, ocurrió un suceso que nunca podré olvidar.
Unos vecinos encontraron llorando a una niña camino de su casa, con la ropa toda sucia y un aspecto deplorable.
La madre ante la gravedad de los hechos, puso en conocimiento de lo ocurrido a la guardia civil, la cual se personó en la vivienda de un hombre mayor, acusado por la niña como agresor.
Este “depredador” reconoció todos los hechos que le fueron imputados, pero no hubo juicio para castigar y reparar el daño causado .
La vergüenza causada a toda su familia, y el odio generado en todo el pueblo, hizo que todos los integrantes se fueran yendo con rapidez a paraderos desconocidos.
Hoy día, este hecho es recordado, no olvidado, pero debería haberse juzgado y castigado.

Luis Iglesias
Grupo B


La carta

Los zapatos ya brillaban lo suficiente, pero insistí. Unté la punta del trapo de lana en la lata del sebo y volví a bruñir la piel. Tomé la lezna y perforé un par de agujeros más en la virilla: su pie era más ancho, había crecido, como el resto de su cuerpo. Ahora era toda una moza.
Me había aplicado en demasía en aquel par de zapatos. Los había remendado, los había soleado, y estaban listos para su uso. Hoy vendría a buscarlos. Volvería a ver esos ojos, ese revoltijo de pelo negro y salvaje, y esas curvas que me encendían la sangre.
Mi padre me miraba con gesto de desprecio, apoyado en aquella puerta siempre candada. Esa puerta cerrada para mí desde el día en que mi madre nos abandonó. La muy cabrona me dejó allí, solo, en ese infierno con olor a cuero y a grasa. Se marchó. No me llevó con ella. Renunció a mí. Me dejó solo con él y con una escueta carta de despedida.
Mi padre torcía el gesto y me sonreía: una sonrisa tan oscura como sus asquerosos dientes. Apretaba la bigornia entre las rodillas y el mandil de cuero; con el martinete golpeaba rítmicamente la vaqueta.
La campanilla de la puerta sonó. Tenía que ser ella. Deseaba que fuera ella. No la había vuelto a ver desde la fiesta de los quintos. Ese día la vi entre la multitud. Me miraba, solo tenía ojos para mí. Sentí ese ardor que me recorre el cuerpo cada vez que la veo. Se acercó y, sin decir palabra, me sonrió. Tomó el animal entre sus manos y lo empujó contra el suelo mientras sujetaba las inquietas patas. Cogí con fuerza el cuchillo afilado y, de un solo golpe, cercené el cuello del pobre gallo. Contemplé cómo se desangraba entre mis manos; sentí sus últimos estertores mientras su mirada fría me atravesaba.
—¡Buenos días, señor Melquiades! ¿Ya están listos mis zapatos? —dijo con voz cantarina.
Mi padre no contestó. Yo salté de la banqueta, me estiré el mandil y metí los dedos donde ella metería sus delicados pies. Posé, con cuidado, el par de brillantes zapatos sobre la palma de mi mano y, orgulloso, se los mostré.
—Ya están listos, Chari. Mira cómo brillan. Parecen nuevos —dije, babeando.
Los envolví en papel de estraza. Puso cuatro reales en mi mano y sus dedos me rozaron. Sentí la presión en la bragueta.
La campanilla volvió a sonar. Estábamos solos otra vez, mi padre, los viejos zapatos y yo.
Sus manos sujetaban con fuerza la tenaza; estiraba la badana sobre la horma y, con maestría, cogía un clavo de entre los labios y, de un solo golpe, fijaba la piel. Con oficio manejaba el tranchete afilado y rebanaba el sobrante. Un corte pulcro, perfecto. Me asustaba verle con la cuchilla entre las manos. Sus ojos, llenos de rabia, se clavaron en los míos.
—Son todas unas putas. No te fíes. ¡Mala peste se las lleve a todas! —escupía las palabras, mezcladas con su rabia—. Te usará y te abandonará como a un perro. Ja, ja.
Su risa resonó en el pequeño taller. Su cuerpo volvió a apoyarse en la puerta cerrada y vi el brillo en sus ojos encendidos.
A mí no me abandonarán. A mí no. Yo sí me iré de aquí. Chari y yo nos iremos, nos alejaremos de este infierno, como ya han hecho otros tantos. Se fue Pedro, el herrero, cuando ya no quedaron caballerías que calzar en el pueblo. Se fueron Casildo y Nicomedes, los pastores. Nos quedamos con la leña de Claudino el panadero cuando apagó el horno para siempre. Se marchó don Agustín, el maestro, cuando ya no quedaron niños a los que enseñar.
Y yo también me iré. Con Chari. Tendremos hijos que yo nunca abandonaré. No seré tan mala persona como mi madre. No se abandona a un hijo con solo cinco años. Eso no se hace. No se deja una carta de despedida porque no se deja a un hijo.
Ella desapareció un día, yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre me entregó un pequeño sobre con una nota dentro. Apenas cuatro palabras: «Te quiero mucho, hijo». Me costó leer esas letras torcidas; me costó olvidar aquel rostro hermoso que me despertaba cada mañana, aquella sonrisa en la que brillaba, orgulloso, su diente de oro. Me costó soportar el mal olor que durante un tiempo se instaló en la casa.
—Es la traición —decía mi padre—. Huele a esa mezcla fétida y rancia de huevos podridos y excrementos.
Me costó adaptarme al trabajo diario: suelas, talones, briznas, cerdas, badanas. Aprendí a cortar, a aparar, a montar, a clavar, a coser con cerda, a pespuntar, a bruñir, a remendar y a solear. Mi vida se reducía a los zapatos.
Mi padre llevaba unos días muy nervioso. Apoyado en la puerta cerrada, golpeaba con más fuerza las suelas; los clavos hundían sin remedio sus cabezas en las badanas, los cortes ya no eran tan perfectos. Chari me dijo que mis tías volvían al pueblo, asuntos de tierras y herencias, era el motivo.
Yo no había vuelto a saber nada de mi madre, ni de sus hermanas, ni de nadie de su familia. La odiaba a ella y a todo lo que me la recordara. Saqué de la mesilla la carta de despedida y estuve a punto de arrojarla al fuego del hogar.
—¿Qué haces que no estás en el taller? —me sobresalté; no había notado su presencia—. Hay que llevar las botas al cuartel. Y fíjate en que tengan buen lustre. No aprenderás nunca. Siempre pensando en las faldas de esas putas…
Guardé la nota en el bolsillo del pantalón.
Mi padre me observaba. La rabia encendía sus ojos. Su ancho cuerpo casi cubría la puerta cerrada a su espalda.
—¡Anda, ve! Y no vuelvas sin los cuartos. Son doce reales, ni uno más ni uno menos. ¿Entendido? Y no te entretengas.
Sus órdenes me descomponían el cuerpo. El miedo me atenazaba. Soñaba con perderlo de vista para siempre.
Conté los reales dos veces. Doce por el trabajo. El sargento me dio dos más de propina. Los guardé bien. No quería ni imaginar lo que me ocurriría si perdía una sola moneda.
En la plaza me encontré con Chari. Me puse nervioso; esa muchacha me volvía loco.
—Qué raro verte fuera de tu prisión —dijo con sorna.
—Vengo de entregar un encargo. Vuelvo a mi celda, como tú dices. Me alegro de haberte visto —contesté, con la voz temblorosa.
—Mira —extendió el brazo—. Esas son tus tías. ¿No las saludas?
Vi a dos señoras bien vestidas, elegantes, que se acercaban. Empecé a sudar. El rostro de una me recordó al de mi madre. Comencé a temblar. Quería huir. No me atreví. Mi cuerpo no respondía. Chari me miraba y sonreía.
—A lo mejor saben dónde está tu madre. Pregúntales —me azuzó.
—Tú eres… —me sonrió una de ellas—. Cómo te pareces a ella. Pobrecita.
—¡De pobre nada! ¡Una puta! —respondí—. Se marchó, me abandonó y me dejó aquí, solo con el animal de mi padre y una carta de despedida. ¡Una puta es lo que es!
Alcé la cabeza, orgulloso, y enderecé el cuerpo. Me disponía a escapar de aquella encerrona. Allí no pintaba nada.
—Espera —dijo una de mis tías—. ¿Has dicho una carta?
—¡Sí, esta! —saqué el papel arrugado y lo agité delante de sus narices.
—¿Me permites? —pidió con calma.
La leyó. Se la pasó a su hermana. Me miraron con pena y me devolvieron el papel.
—Nuestra hermana no sabía escribir.
De regreso al taller, mi cabeza reconstruyó el pasado. Me hervía la sangre. Las uñas me hicieron sangrar las palmas. Estaba fuera de mí. Debía actuar con cautela.
Le entregué las monedas a mi padre: doce, como Judas. Las guardó en la faltriquera sin apartar la espalda de la puerta cerrada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así? ¿Se han metido contigo en el cuartel? No les hagas caso, son unos cabrones. A trabajar.
Comenzó a golpear con el martinete el canto de una suela. Yo observaba cada movimiento. Lo veía allí, sentado, enmarcado por las jambas de una puerta cerrada a cal y canto. Una puerta que yo debía atravesar.
Los ronquidos me aseguraron que dormía. Me acerqué a la puerta y la forcé. Temí que el ruido lo despertara, pero el ronquido volvió, regular y espeso. Encendí un candil. La humedad del cuartucho me penetró en la nariz. Polvo y un par de sillas viejas me cortaban el paso. Tras ellas, en el suelo de tierra, descubrí una manta raída que cubría un bulto.
Intenté retirarla, pero se deshizo entre mis dedos. Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. A mis pies, un montón de huesos se removió. Me arrodillé, acerqué la luz temblorosa de la vela. Mis ojos se clavaron en las oscuras y vacías cuencas de la calavera. Un poco más abajo, en la pálida mandíbula, brillaba el diente de oro.

Tomás García Merino
Grupo B


Cuando tiembla el torno y el pueblo se hace talco

Corría la década de 1990, las fábricas de la Ciudad del Gallo se cerraban, Don Caos Leandor con sus leyes se convirtió en el "Hombre león" que engendró el caos en el pueblo.
Los trabajadores de diferentes profesiones tiraban sus títulos en casillas de olvido y las herramientas de los torneros se alistaban a las tropas del desuso.
El canto del gallo de Morón sin frontera no se oyó mas, sus bocinas se rompieron y el tornero Enrique ya no hace bujes, ni bridas, ni arañas metálicas; el bronce, el acero y el aluminio se van acabando y no llegarán mas.
Por la calle central del pueblo se fugan esos materiales en rastras, rumbo a la capital, y solo ha quedado el cobre, el cual, soportará el arranque de virutas hasta su fin.
Enrique, ese tornero principal de los talleres ferroviarios que hacia al gallo cantar y a los trenes anunciar su presencia con el claxon, o silbato, o corneta, o chiflo, no importa cómo llamarlo pero ese sonido alegraba a los viajeros que se dirigían a Vista Ciega, o los que iban de Santa Oscura a Nueviejitas pero ahora estaban tristes y olvidados.
Aquella tarde-noche Enriquito recogía en el taller buriles, mandriles, contrapuntos, micrómetros, el calibrador y su broca; si, esas herramientas de trabajo que descansaban al lado del torno. El señor Karelio Fernández quien conocía la historia de esos talleres ferroviarios que rehabilitaban ferrobuses, inaugurados en 1924 bajo la dirección del Coronel Tarafa, recordaba el valor patrimonial que se esfumaba. No menos la Estación, que con mármoles traído de Italia y trabajados por un marmolista de ese país y vitrales de calidad y belleza en su diseño, entregaba su cuerpo roto al suelo. Ella era la segunda estación más importante del país; un Monumento nacional que se dejaba destruir.
La cuchilla del tornero Enrique ranuraba su cerebro y el de Karelio también, y los mandriles mordían sus cuerpos.
Perucho un veterano conductor del tren de Santa Oscura a Nueviejita también acompañaba a Enriquito en ese difícil momento. El conductor puso sobre los pies del tornero el Contrapunto para sostenerlo. porque lo veía caer. Además, queriéndole animar, usando su apellido le dijo ."Sarmiento toma tu herramienta de rosca y asegura tu ajuste para que tus tornillos garanticen uniones seguras, evita sobrecargas hazte roscas valiosas y vota las virutas de tu corazón".
La ferocidad del "Hombre león" incapaz de renovar las viejas maquinarias paralizó el mantenimiento de las fabricas y talleres del pueblo, y por tanto, la vida laboral de sus trabajadores que empobrecían y emigraban buscando mejoras económicas.
Enrique no era el único tornero de allí, ni ese oficio el único afectado; era un ejército de profesionales quienes también abandonaban el pueblo en masa; eran trabajadores serios a los que no se les pagaba dignamente y emigraban.
La fábrica de zapatos fabricaba descalzos, la planta de hielo congelaba corazones, la fábrica de pastas secas producía desesperanza, las maquinas de Rafael en su industria de Bananina no alimenta a niños porque no había bananas ni latidos fuertes para generar esperanzas; la fábrica de refresco la marcharon para Vista Ciega sin motivo ni explicación. El pueblo migró y en el periódico "El Què" aparece escrita la huelga reprimida de los muchos desempleados y pocos empleados exigiendo salarios dignos, porque el pago que recibían no daba, ni da, para usarlos en compras que no se venden.
El tornero Enrique, quien fue médicos cirujanos de las maquinarias; capaz de "operar" para revivir lo que era fuente de bienes y servicios y de empleo de los habitantes de un pueblo que fue "diamante" y ahora es "talco"; miró al cielo, lugar para el cual partía y se encontraría con el Coronel Tarafa, patrocinador de ese proyecto ferroviario. En ese momento recordó al marmolista italiano y entonó la balada que habla de la nostalgia y de volver; precisamente es del grupo italiano I Santo California "Tornero" o Volveré y se le escuchó cantar a modo de despedida.

TORNERO

Vuelvo a ver el tren
Alejarse y tú
Que secas esa lagrima
Volveré…
Cuanta nostalgia
Sin ti …
Eres mi vida(amor, amor mío)…
Volveré…
Volveré.

Pero no solo se la dedicaba a su esposa, la Dra Maitee; también se la dedicaba a su "TORNO" (en español), a su taller ferroviario, a las fabricas cerradas por falta de mantenimiento o materia prima porque sencillamente; la administración de Caos Leandor lo dispuso así.
Los hijos de Enrique migraron, sus vecinos también, el talco prevalece el diamante no está y solo agrego EPD Enrique.

Nota.
Publicado en el diario "El Qué" con el título, "CUANDO TIEMBLA EL TORNO Y EL PUEBLO SE HACE TALCO"

Miriam García Cabrera
Grupo A


El olor de la sangre

Aquí las estaciones no existen. Los meses se suceden en una perpetua niebla gris que te envuelve el cuerpo con su frío denso y húmedo. Lo pasé mal al principio. Me dolía el cuerpo, sobre todo los pies y las manos. Era como si millares de cristales se te clavaran y te penetraran en el cuerpo. Fuera, en la calle, es insoportable, pero dentro, en la nave de despiece, es muchísimo peor. Nadie de aquí quiere este trabajo, por eso lo hacemos nosotros. Los dedos y la nariz a veces me arden por el congelamiento. La sangre coagulada y los restos de piel se me quedan en las grietas que los sabañones me producen en las manos. Al poco de venir aquí soñaba con los chillidos de los animales. También estaba ese olor horrible a putrefacción que al principio sientes como ajeno pero que se luego se te impregna en la piel. Por mucho que me lavara y me duchara, por mucho que me frotara el cuerpo hasta incluso sangrarme, esa peste permanecía y no me podía desprender de ella. Me envolvía con cada aliento de mi respiración de tal manera que se transformó en una capa invisible que acabó siendo parte de mi ser.
Es cierto que el frío era una sensación totalmente nueva para mí. No puedo decir lo mismo de los gritos de desesperación ante la muerte y del apestoso hedor que desprenden los cadáveres en descomposición. Ya los conocía de antes. Quizás por eso se adueñaron de mi mente, invadiendo mis noches con horribles pesadillas.
El único remedio que me funcionó fue trabajar sin descanso. Así no tengo tiempo para lamentos. A veces incluso tengo una sensación de calma y paz; quizás sea eso lo que la gente llama felicidad. Mañana y tarde en el matadero, fines de semana haciendo apaños de costura. Esto último es lo único bueno que aprendí en el pueblo porque al colegio apenas fui, y eso que yo era una chavala despierta y espabilada con muchas ganas de aprender. Así se lo hizo saber el maestro a mi madre y a mi tía Antonia, su hermana. Por eso ellas le suplicaron a padre que no me pusiera a trabajar. Aún me viene a la cabeza la imagen de mi tía retorciéndose sobre un charco de sangre en el suelo y a mi padre gritándola e insultándola, como si no hubiese tenido suficiente y quisiera más. Ese día fue cuando descubrí ese hedor a muerte. Madre estaba en su cuarto llorando, yo creo que no se atrevía a salir de allí. Percibí primero un aroma extraño que se iba convirtiendo en una peste insoportable según me acercaba al pozo, ese agujero oscuro y lúgubre al que me obligaba padre a asomarme cuando era niña mientras me amenazaba con lanzarme allí dentro. No pude soportarlo. Unos horribles pensamientos asomaron en mi cabeza pero yo los expulsé enseguida. Sentí una mano apoyarse en mi hombro. Por un momento pensé que esa mano me arrojaría al pozo y que allí acabarían mis días. Fue un instante de desesperación seguido de un largo momento de alivio, porque era madre quien estaba a mi lado y ahora me envolvía en un interminable abrazo. No hubo palabras. No eran necesarias. Ambas sabíamos que no seguiríamos allí ni un minuto más. El maldito viejo nos estaba contagiando un odio que nos pudría el alma. Era una casa de enfermos, y esa enfermedad se llama maldad.
Me fui lo más lejos que pude, a un país con ese idioma impronunciable que suena como si el mismísimo Diablo estuviera gruñendo. Pero ya he conseguido domesticarlo, con muchísimo esfuerzo, a base de mis noches, el único tiempo que me pertenece; clases nocturnas y libros de biblioteca han sido mis profesores. Por fin ya no soy una extraña. Siento que este es mi sitio. Además, por primera vez mi vida me pertenece, juego a imaginar un futuro que puede que esté al alcance de mi mano y a olvidar un pasado que todavía asoma en mis interminables noches de insomnio para burlarse de mí.
Me tuve que enfrentar a ese mismo pasado el día que recibí una carta mal escrita por mi madre en la que decía que mi hermano se casaba. Con saña rompí ese maldito papel. No quería saber nada de esa gente que supuestamente es mi familia. Luego recapacité. Quizás podría regresar para escupir en su tumba o, mejor aún, destruir el pozo. Además, podría mostrarme tal como soy ahora delante de esas pobretonas mujerzuelas de pueblo: una ciudadana del mundo que ha prosperado.
Cuando vi a Caín en su boda percibí esa mirada de odio y maldad que tanto me había aterrado en mi niñez. Era igual que él, los mismos gestos, la misma postura, ese mal beber que le transforma en una tormenta de furia que destruye todo a su alrededor. Me mantuve al margen todo lo que pude, fingiendo una alegría inexistente e imponiéndome una sonrisa falsa en la cara para no desentonar. En el último momento madre me lanzó una mirada de soslayo. Ella sí sabía escudriñar mi alma. Ahí quedó todo dicho. Me acerqué a Caín para despedirme. Antes de que se metiera en casa con su nueva esposa le pregunté:
-Caín, ¿qué pasó con padre?-
Levantó el brazo mientras su cara reflejaba una mezcla de alivio y preocupación. Señaló un lugar. No hizo falta más explicaciones. No pude caminar mucho hacia allí porque al poco tuve que echarme a un lado para vomitar de asco. ¡Ese maldito olor…! Jamás podré desprenderme de él. Seguirá ocupando mis noches de pesadillas pero a partir de ahora también mis días de rutinas absorbentes y recuerdos ahogados.
No regresé nunca al pueblo, ni pienso hacerlo. Aunque hay lugares que por mucho que huyas siempre seguirás tú estando ahí, porque aunque no habites en ellos, ellos sí habitarán en ti.

Maite BT
Grupo A


Marica Chullo

Añojal era un pueblo más, perdido en la dehesa extremeña donde solo las avutardas parecían comer y vivir en paz.
Algunas casas mal encaladas y una ruinosa iglesia componían el conjunto, que de lejos se podía confundir con un camposanto de pasillos estrechos, polvorientos en verano y enfangados en invierno.
La iglesia era una construcción sencilla, sobre el descascarillado suelo descansaban algunos bancos solo usados para despedir a los muertos, un Jesucristo marchito se intuía en un lienzo que enmarcaba el humilde altar, lo más notorio quizá fuera el candelabro de votivas, regalado por el cacique del pueblo, don Ramón del Río, que en gloria esté. El cura le pidió una escuela para el pueblo porque nadie leía pero don Ramón pensó que mejor un candelabro, así el temor haría rezar.
Antaño, el pueblo tenía gritos, risas y bestias tirando de carros, la vida era dura, sí, pero era vida, ahora la roña campaba a sus anchas: las últimas mulas habían muerto hacía ya no pocos inviernos y si alguna quedaba era muy a su pesar; los gritos solo se oían por las peleas de borrachos, porque el vino quita el hambre y también el frío y las risas se dibujaban en labios torcidos.
El cura había pasado mala noche, solo el confesionario quizá arreglara el día, Marica Chullo acudía con frecuencia, largas y sudorosas confesiones que aliviaban al cura tanto como al Chullo…porque de algo había que vivir.
Marica Chullo no hablaba y tampoco sentía, no era un mudo de nacimiento, solo fue que su padre lo vio tocarse donde no debía con quien no debía, el vecinillo pudo escapar pero Marica Chullo no, la tunda de palos le cayó con fuerza y en semanas no pudo andar. Quedó mudo y también cojo, la cojera por rotura mal curada y la mudez porque su lengua ya no quiso hablar ni su corazón saber.
Pero Chullo ese día no llegaba, al pasar por la taberna un par de borrachos berrearon lo de siempre, ese día no lo quiso oír, a grandes zancadas se encaminó a ellos y con la misma botella que sostenía el más voceras les rajó la cara.
Corrió al patio de la iglesia, la perra recién parida se dejaba hacer por sus cachorros que mamaban con vigor, la acarició y junto a la manta, en la tierra, dibujó: un sol, muchas casas y un mar con veleros. El cura lo entendería: huir de aquel maldito campo de miseria y dolor.
Los lugareños oteaban el horizonte con desconfianza: “más vale malo conocido que bueno por conocer” susurraban si algún paisano dejaba de verse, pero Chullo recelaba, nadie había vuelto.

Teresa Fernández Pacheco
Grupo C


El último golpe en el yunque

El viento del norte venía a cuchillo por la sierra de Albarracín, colándose por las callejuelas de Gea, como un lamento antiguo. No traía lluvia ni esperanza; solo traía polvo y el eco de las puertas.
Elías miró sus manos. Eran manos de herrero, anchas, callosas, teñidas de un hollín perpetuo que ni el agua helada del río Guadalaviar podía limpiar. Sin embargo, llevaba semanas limpias, demasiado limpias.
En su herrería, el fuego estaba apagado. El yunque, que durante generaciones había cantado la música del progreso del pueblo, ahora dormía frío y mudo. No había hierro que forjar, ni mulas que herrar; y lo más grave: no había nadie que pudiera pagar por ello.
—Elías, la sopa está lista —llamó María con voz tenue desde la cocina.
La sopa era agua turbia, con unas pocas hierbas y un trozo de pan duro que había guardado como oro en paño. En la mesa, sus hijas esperaban con los ojos grandes y hundidos; esa miseria que en Gea se había vuelto tan común como las piedras.

La Casona de los Valdeolivas

Al otro lado de la calle mayor, la realidad era distinta. La casa de los Valdeolivas se alzaba imponente, con su escudo de armas en la fachada de piedra y balcones de forja que el abuelo de Elías los había trabajado con orgullo.
Allí no había sopa de agua. A través de las ventanas entreabiertas escapaba el aroma insultante del cordero asado y la leña de encina ardiendo con alegría. Don Anselmo Valdeolivas paseaba por el pueblo con su abrigo de paño inglés y botas lustrosas, saludando con una inclinación de cabeza que no era saludo, sino una confirmación de su estatus social.
—Se van los Martínez mañana —comentó Don Anselmo a otro terrateniente en la plaza, mientras encendía un cigarro grueso—. Dicen que a Valencia… Pobre gente. No saben que en la ciudad el hambre muerde igual, pero sin techo.
D. Anselmo no entendía, o no quería entender. Para él, Gea era su reino: sus tierras, su casa. La hambruna era inconveniente climático, no una tragedia vital. Mientras los jornaleros y artesanos vendían sus pocas pertenencias por un saco de harina, los señores compraban esas tierras a precio de saldo, ensanchando sus dominios mientras el pueblo se encogía.

“La decisión del hierro”

Esa noche Elías no pudo dormir. El contraste le quemaba más que el fuego de su fragua. Escuchaba el carruaje de los señores, mientras en su casa el silencio era tan denso que dolía.
Bajó al taller; acarició el martillo. Durante siglos, su familia había sido el corazón de Gea. Sin el herrero no había arados para el campo, ni herraduras para el transporte, ni clavos para las casas. Pero el campo ya no era de quien lo trabajaba y el transporte ahora iba hacia una sola dirección: la huida.
Sacó una carta arrugada de su bolsillo. Venía de Barcelona; un primo suyo trabajaba en una fábrica metalúrgica.
“Aquí el hierro no se ama, Elías; solo se funde en serie, pero pagan cada semana y hay comida”, decía la letra temblorosa.
Elías encendió la fragua una última vez, quemando los últimos restos de carbón que le quedaban. No para trabajar, sino para despedirse. Calentó un pequeño trozo de metal hasta el rojo vivo y, con un golpe seco y certero, lo partió en dos.
El sonido metálico resonó en la noche de Gea, como un disparo, despertando a los perros de Valdeolivas.
Fue el tañido final: la rendición del artesano.

“El adiós”

Al amanecer, la niebla cubría el acueducto romano excavado en la roca. La familia de Elías estaba en la parada del coche de línea, junto a otras tres familias. Llevaban maletas de cartón atadas con cuerdas y abrigos remendados.
Elías cerró la puerta de su casa y del taller. Giró la llave dos veces. El sonido de la cerradura fue el último trabajo de hierro que haría en aquel pueblo.
Don Anselmo pasó por allí en ese momento, camino a la misa primera. Se detuvo un instante, mirando al herrero; luego, a las maletas.
—¿Tú también, Elías? —preguntó con una mezcla de sorpresa y de decepción, como si le ofendiera que le quitaran una pieza de su tablero de ajedrez—. ¿Quién me arreglará ahora la reja del patio?
Elías lo miró a los ojos por primera vez, sin bajar la vista, sin la humildad del sirviente, sino con la dignidad del que ya no tiene nada que perder.
—El óxido, Don Anselmo —respondió Elías, con voz ronca—. Deje que se la arregle el óxido.
El autobús llegó levantando polvo. Elías subió el último, ayudando a María. Mientras el vehículo se alejaba serpenteando por la carretera, Gea de Albarracín se hacía pequeña a sus espaldas. Quedaban atrás las piedras nobles, el convento de las Capuchinas y la riqueza de unos pocos; pero también quedaba atrás el hambre.
El taller del herrero quedó en silencio y, con él, un pedazo de alma del pueblo se apagó para siempre. El yunque tampoco vibró más, dejando a los señores dueños de un reino cada vez más vacío.

Fernando Nieto
Grupo A


Dos secretos

Mi nombre es Adrián, pero todo el mundo me conoce como Adrián el de los “Alpargateros”. Soy hijo de José, que era alpargatero, y nieto de Francisco, quien también dedicó toda su vida a hacer alpargatas de cáñamo. Soy la tercera generación de un oficio muy antiguo, siempre urdiendo las suelas y cosiendo con las agujas de capellar, pero a mí lo que mejor se me da es pespuntear las morreras que rematan las alpargatas por delante.
Era por el verano, a mediados de julio, cuando íbamos todos los chiquillos hasta los prados del barranco del Cañigral para recoger el cáñamo. Lo hacíamos a primera hora del día, antes de que apretara la calor. Mi padre era un buen segador, abrazaba las garbas con la sobremanga sobre su huesudo brazo, a la vez que tajaba con la afilada corvilla a ras de suelo. Un golpe certero y ya está, nos decía. La chiquillería cogíamos las gavillas y las arrastrábamos hasta la balsa. Los gruesos goterones de sudor resbalaban por sus mejillas, se le oía resollar como acezan los perros cuando persiguen a los conejos. Recuerdo una noche, no podía dormir de la calor que hacía, cuando me pareció oír unas voces, ven acá, puta. Me levanté y me acerqué hasta la alcoba de mis padres, allí entre sombras le vi, ebrio de vino, cómo tenía agarrada a mi madre y aunque trataba de zafarse de su apestoso aliento, le oí cómo jadeaba, parecía el chon montando a la marrana, al poco soltó un rugido tres veces y se hizo el silencio. No podía moverme, solo escuché el ulular del búho roto por los sollozos de mi madre. Me volví a la cama, pero ya no pude dormirme. Después de aquel sucedido, fueron muchas las noches en las que volví a oír los golpes, los insultos, yo no podía hacer nada, solo resoplaba por la nariz, mordía la manta y apretaba fuertemente los ojos.
Una noche de septiembre, mi hermana y yo estábamos ya acostados cuando llamaron con insistencia a la puerta. Por la voz reconocí a Antonio el “Chapita”, el hijo del Casildo y la Garrota, quien le echaba en cara a mi padre que había cogido la agramadora sin su permiso y no se la había devuelto. Bajaron a buscarla al taller, yo detrás, procurando no hacer ruido al poner mis pies descalzos en las frías losas, muy despacio, apoyándome a tientas en las paredes para no tropezar. Me escondí detrás de un montón de garbas de cáñamo, y les oí discutir, Antonio le dijo algo de ratero de mierda… Mi padre le agarró por la pechera y le empujó con violencia, el Chapita dio unos torpes pasos hacia atrás, se tropezó con el banco, se cayó sobre la púa del rastrillador y se le abrió un enorme boquete en la espalda que le quebró el aliento. Mi padre se acercó hasta él, arrimó su hocico hasta su cuello y masculló… serás hijo de puta, así tú no me vuelves a llamar chorizo. Lo envolvió en un saco de esparto y lo ató con una trenza de las que hacíamos sin parar, siempre con un cabo más corto, para que no se enredaran abajo. Lo arrastró hasta la cuadra de la casa y lo subió a lomos de la mula. Yo estaba petrificado, no podía mover un músculo; cuando conseguí salir de mi escondrijo me vio, debió volver para limpiar el charco de sangre y, llevándose el dedo índice a la boca, me susurro: Tú no has visto nada, será nuestro secreto. Como se te ocurra contárselo a tu madre, te mato. Yo tenía los labios sellados con resina y le vi salir, con aquel fardo a lomos de la mula, en una noche oscura. Se lo llevó Dios sabe dónde para enterrarlo, aunque por el camino que cogió siempre pensé que lo había tirado por el agujero de la cueva de la Mora, con una piedra al cuello, como hacíamos con los gatos recién paridos. Me volví a la cama, mi hermana dormía, pero no conseguí pegar ojo.
Tres años después, un 17 de enero, lo recuerdo perfectamente porque fue después de la fiesta de San Antón, pasó lo que tenía que pasar. Hacía un frío que pelaba. Todos los vecinos reunidos en torno a la hoguera, comiendo patatas asadas y tortas dormidas. Ya entrada la noche, llamaron a la puerta con tres golpes secos. Yo me pensé que eran los mozos del pueblo, que iban con las esquilas al cuello formando un gran alboroto, molestando por las casas del pueblo. Volvieron a repetirse los tres golpes, ahora más fuertes. Bajamos a abrirles, y allí estaban, como dos estatuas, la pareja de los guardias civiles. Dijeron algo de la autoridad competente y se llevaron preso a mi padre, con las esposas en sus huesudas manos. Mi madre lloraba sin parar; yo casi me alegré de que desapareciera de nuestras vidas, se acabaron las palizas y los insultos, los encargos de trabajos inútiles y el pestazo a vino y tabaco que emanaba por su bocaza. Ya nunca más lo volvimos a ver. Lo metieron en presidio, en la cárcel de Alicante, hasta que poco después llegó una carta donde decía que había fallecido por una neumonía. La noche que se llevaron preso a mi padre cayó una nevada impresionante, y a la mañana siguiente no pudimos salir de casa, pues teníamos la ventisca había acumulado más de un metro de nieve que taponaba la entrada de la casa. Hacía un frío tremendo entre aquellas cuatro paredes, siempre nos pegábamos por sentarnos en el escaño de la cocina, frente a la pequeña chimenea. Mi madre me dijo que a partir de aquel día yo iba a ser el encargado de traer piñas y braceos de aliagas para encender la lumbre. No os arriméis tanto, que un día os caéis en las brasas, nos repetía cada poco.
Mi hermana Luisa, que me sacaba quince meses, era la encargada de traer agua, todos los días con las cántaras a cuestas, desde la fuente del Tornajuelo. Allí solía verse con el Marica, de los “Chullos”, que era un mozo bien plantao, de tez morena, la mirada turbia, algo bizco como secuela de una reyerta en la taberna del pueblo. A mí nunca me gustó, era un creído, alardeaba de que tenía a todas las mozas bebiendo de su mano. Muchas tardes, yo la acompañaba, y allí que se presentaba el Marica, que me ignoraba y a mí no se dirigía, como si no me viera. Siempre tonteaba con ella, unas risas por aquí, un déjame que te ayude por allá y ponía sus oscuras manazas en la espalda de mi hermana. La Luisa era ya una buena moza, con sus buenas caderas y su enorme pecho, siempre alegre y dicharachera, brotaban las sonrisas en su enorme boca. Aunque yo bien me sé lo que el Marica quería de mi hermana, le sobaba cada tarde los hombros y los brazos, y arrimaba su sucia boca por el cuello, con la sola idea de montarla en el pajar de vuelta a casa. Poco después, ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Un día la Luisa llegó a casa y contó que estaba preñada. Mi madre empezó a llorar y yo empecé a despotricar como un jabalí herido, cogí la escopeta y me puse hecho una furia. Eres la deshonra de la familia, le escupí como una ametralladora. Mi madre consiguió apaciguarme, poco a poco. Hijo, hay cosas peor, me dijo. Esto se soluciona casando a la moza con el Marica, que es de los “Chullos”, no te das cuenta que es de las familias más ricas del pueblo. Era cierto, pues llegaron a tener más de mil cabezas de ovejas. Así que, poco después de san Antonio, allá por el 13 de junio, hicieron la boda en la iglesia y se besaron a la salida. Hubo convite con un guiso de perdiz y después baile al son del acordeón, hasta caer reventados, en el local de la escuela. Desde el día siguiente, mi hermana pasó a trabajar como una bestia con las borregas y corderos de los Chullos, que si atar a las merinas para esquilarlas, ordeñarlas dos veces cada día, subir hasta la hoya de los Romanos o bajar desde los Sabinones, apartar los corderos, siempre de sol a sol. Ya nunca más oí su risa de su preciosa boca.
Todos los inviernos ella se iba, como cocinera, a hacer la trashumancia hasta la zona de Campo de Cartagena, ya cerca de Murcia. Era una hembra muy bragada, eran muy pocas las mujeres que bajaban y la que probaba un año, no volvía; ella estuvo ocho temporadas de continuo. Preparaba unos guisos estupendos con los que llenar el buche a aquella cuadrilla de pastores. Le quedaban muy bien las migas de pan con longaniza y su plato estrella eran los caracoles chupaeros, que quitaban el sentido. Solían bajar tres amos con sus rebaños, siempre con las abarcas de goma, el pantalón de pana, la boina negra, la bota colgada al hombro, una petaca y tabaco para liar. Llevaban tres o cuatro mudas, que lavaban la Luisa o alguna otra mujer del camino. El Marica solía ir a caballo, donde llevaban las mantas, el vino o la paja; y si hacía falta durante el viaje, se acercaba a algún pueblo cercano para buscar provisiones. Tardaban poco más de tres semanas, aunque si las ovejas iban pariendo, aquello se alargaba algunas jornadas más. Hacía arriba, de vuelta a la sierra de Javalón, tardaban diecinueve o veinte días, porque por el mes de abril, amanecía antes y se andaban más horas. Yo siempre contaba los días, esperando su vuelta. Cada año, antes de partir, le cosía unas alpargatas nuevas, con las morreras en rojo, que siempre volvían rotas y maltrechas, deshilachadas con las piedras de las cañadas y las veredas. Así durante ocho años, hasta que un día llegó descalza, las alpargatas en la mano, el ojo morado y el gesto torcido. Me contó lo que ella siempre había callado, aunque era un secreto a voces. El Marica, que mal rayo le parta, abusaba de mi hermana, le pegaba, la trataba como una esclava, siempre de acá para allá, de sol a sol, y por si esto fuera poco, muchas noches le ponía la mano encima y la insultaba.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Dos días hacía que habían vuelto, y yo rumiando sus palabras, me imaginaba la mala vida que aquel desgraciado le daba a mi hermana. Y sucedió lo que tenía que suceder. Fue un veintinueve de abril, cuando me fui como un miura hasta la majada donde guardaba el ganado. Aproveché que mi hermana había bajado al río a lavar y me encaré con él. Llevaba la lezna de coser escondida en la manga de la camisa y la afilada corvilla en la espalda, sujeta con el pantalón. De camino recordé a mi padre sentado en el banco del oscuro taller, urdiendo las suelas y atravesando el alma del cáñamo, haciendo fuerza contra la estaquilla de la mesa. Esto atraviesa el alma, decía. Me llegué hasta el pajar donde guardaba a las borregas. Allí lo vi, estaba apartando los corderos. Apestaba a orines y boñiga, un olor pegadizo en aquel aprisco. Los recentales balaban sin parar. Me acerqué hasta tenerlo frente a mí, me soltó que la Luisa era una malnacida, maldita tu casta, y que no valía ni pa darme hijos. Se me abalanzó con las manos hacia el cuello, yo saqué la lezna de la manga con mi mano izquierda. Así le atravesé el costado por dos veces, aflojó sus sucios dedos de mi garganta, y en menos que canta un gallo conseguí zafarme, saqué la corvilla con la mano derecha y rebané su cuello con un golpe certero. No hizo falta más... Cayó hecho un guiñapo. Se acabaron las palizas y los insultos de ese hideputa. Después me deshice del fiambre en un serón de aceitunas, que enterré aquella misma mañana saliendo por detrás, hacia la Umbría Negra, junto al pinar del Ocejón. Nadie me vio. Me deshice de la camisa ensangrentada, me lavé en el regato y volví a casa para el almuerzo como si tal cosa. Por la noche ya le echaron en falta y se organizó una batida para dar con él. Todo fue inútil. Unos meses después apareció por el pueblo un tal Antón el “Campanillero”, que se dedicaba a la venta ambulante de ropa, telas, agujas y demás cachivaches. Dijo que había visto al Marica en una taberna de Campillo, acompañado de una mujer de mala vida. Todo el mundo pensó que había desaparecido por su voluntad, dando por válido que el Marica “Chullo” anduviera lejos con algún lío de faldas, encoñado por ahí como era propio de un mujeriego como él. Todo el mundo murmuraba y criticaba a mi hermana. Vaya mujer, no saber cómo atender a su hombre -decían.
Una noche de otoño sonó como si llamaran a la puerta de casa. Al principio pensé que era el viento, que arremetía contra el portón de la cuadra, pero cuando insistieron, bajé y mi sorpresa fue ver a mi hermana, con una maleta en su mano y los ojos humedecidos. Solo alcanzó a decir: ¡No aguanto más! ¡Vámonos de aquí!
Despertamos a madre y preparamos todo. Ensillé la mula, comimos un cacho, dejamos sin recoger la cocina, sin tiempo que perder y antes de que saliera el sol, ya estábamos de camino a Barcelona por la Cuesta del Bardal. Anduvimos todo el día, sin volver la vista atrás y sin parar casi, como si huyéramos del diablo, hasta no poder más. Aquella misma noche, nos acurrucamos bajo las mantas, junto a la lumbre, cuando le musité a la Luisa que tenía un secreto que contarle.
-No hace falta, los secretos, secretos son. Yo también tengo algo para ti: ¡Gracias, hermano! -dijo sollozando.
La miré fijamente, puse mis manos sobre sus mejillas y una leve sonrisa se esbozó en sus carnosos labios.

Jesús García
Grupo A


El señor Amaro

Nos estamos quedando solos en el pueblo, nos vamos vaciando pausadamente y los que quedamos ocupamos más espacio, se nos ve más Antes, si te cruzabas con alguien y no saludabas apenas se notaba, ahora sí , porque nadie pasa desapercibido. El aire se ha vuelto más denso, pero se deja respirar mejor.
Yo apenas echo de menos a los que se fueron, allá ellos si prefieren la ciudad. Cuando vienen de visita se pasean ufanos por el pueblo. “Ya vienen los indígenas”, dice mi padre..y ya no estamos tan cómodos.
En realidad, al único que echo de menos es al señor Amaro, que se fue el mes pasado. Amaro se encargaba del bar que lleva su nombre y servía un café tan amargo que te despertaba las entrañas para todo el día y te quitaba el cansancio de un trago. Ahora lo lleva su hijo, Amaretto, pero el café ya no es el mismo.
Dicen que Amaro no se ha ido a la ciudad sino a otros pueblos para difundir su manera de hacer café y se ha llevado consigo su cafetera italiana. Nos ha dejado más soñolientos y menos espabilados, por eso ahora hay gente que se queda dormida en la barra y hay que sacudirlos con fuerza para que vayan a coger sus tractores y se entreguen a sus faenas, pero a las dos horas regresan de nuevo al bar muertos de sueño a por su siguiente dosis de café.
Dice Amaretto que el café es la bebida de los hombres cansados y que todos pertenecemos a la sociedad del cansancio, no sé qué querrá decir eso.

Ayer llegó una carta del señor Amaro en la que dice que no va a volver, que confiemos en que Amaretto irá aprendiendo y la cafetera nueva irá cogiendo solera. Ha dicho también que lo importante es que sigamos reuniéndonos en el bar para contarnos nuestras cosas y que él va a ir por los pueblos a enseñar a otros a hacer un buen café como el suyo para que todos vayan poco a poco despertando. Y que una cosa es pertenecer a la España vaciada y otra a la España dormida y cansada.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C


Yo también me voy.

Yo también me voy. Uno menos a caminar por las calles de este pueblo maldito. Porque ustedes han de llevarme, señores. No pueden negarse. No hay otro arreglo, me han de llevar.
Pasen, pasen ustedes. Sin ansia y sin miedo, ya no hay lugar para ello. De venir ayer a afligirla otro gallo cantaría. Si hubieran venido a aginarla se habrían topado con el filo de mi faca. Pero ¿qué necesidad hay ahora si está muerta? ¡No me importa si la ven yaciendo en la cama donde tanto nos quisimos! O si toquetean sus tarros y sus mejunjes. A ella ya no habrán de causarle molestia, ni incomodarla siquiera.
Miren, la casa está casi vacía. Todo lo empeñé en viandas que no la restablecieron y en boticas que de poco sirvieron. Lo restante, esa cama, esa cómoda, esa mesilla de noche, no las vendí por si ella las echaba en falta.
¿Y las pocas herramientas? Si ya no me han de servir los sachos, las hoces, las segurejas o el liendro. No voy a hincarlas en la tierra, ni a segar las mieses, ni a aventar la parva…
Pase también, doctor, no le tengo coraje, aunque de poco valieron las pócimas. Al fin, remitieron sus males. Mire la imagen de ángel que se le ha dibujado en la cara. No veía en ella ese gesto de sosiego desde hace meses, ni la frente bruñida y lisa, ni los labios serenos como si se le fuera a escapar una sonrisa. Por fin descansa después de lo padecido en esta vida ingrata.
Ahora solo quisiera enterrarla, solo ese favor les pido: aguarden, déjenme acompañarla hasta el nicho del cementerio. Allí me ha de esperar, pero no por mucho tiempo. Allí, junto al zagal que se nos murió de repente; ni dos meses tenía la criatura.
Llévenme preso, señores guardias. No quiero volver a pisar estas losas, ni abrir estas ventanas, ni salir por esa puerta. Métanme en el presidio más solitario y lejano. Déjenme pudrir en una oscura celda hasta que muera. Nada se me ha perdido desde que ella me falta.
¡Ea, atiendan! No merezco el rencor de sus miradas. Apiádense de mí. No fui un canalla ni un vil ni una bestia sin alma. ¿Qué iba a hacer yo, señores, cuando perdimos toda esperanza? Cuando el médico bajó la cabeza y dijo que todos los días serían un tormento. ¿Qué iba a hacer si me lo pedía en silencio? Una y otra vez. Y yo negando y negando. Pero ella sabía que no podría soportar aquel sufrimiento, los quejidos rotos, su agonía. ¡Tanto como la quería!
Fui yo, no me avergüenza gritarlo ante todos. Yo fui quien puso sobre su boca la almohada y la sostuvo hasta detener su último aliento.
Lo juro por Dios: no tengo de qué arrepentirme, no lo lamento. Así lo digo y así lo siento, aunque eso me lleve derecho al infierno.
Llévenme, por caridad, llévenme.

Un recuerdo a «El embargo» de Gabriel y Galán.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El destino de Alejo Zarandones

Le conocí el otoño que precedió a los luctuosos hechos acaecidos en el invierno. Entonces, yo frecuentaba los tugurios próximos al puerto, donde podía encontrar soplones dispuestos a venderse por un precio razonable. Era cuando yo perseguía pistas sobre los atracadores de varias joyerías, unos tipos zafios y violentos, desprovistos de la finura de los auténticos expertos. Los parroquianos de aquellos antros eran, fundamentalmente, pobre gente lanzada a la ciudad por la corriente que arrastraba a los más menesterosos de cada aldea a la gran urbe, para buscarse la vida en algún quehacer más o menos decoroso, más o menos lícito.
El pobre desgraciado lloraba en un rincón, ajeno al tumulto habitual en el lugar. Como nunca se sabe donde puede saltar una pista o un nuevo dato esclarecedor, me acerqué a él y le pregunté por sus desdichas.
—Vengo de un pueblo de la sierra. La poca tierra que tenía no servía ni para mantenerme a mí, que no tengo ni mujer ni hijos. No había trabajo, ni nada que me atara a aquellos pedregales. Viendo los pocos que quedábamos, seguí el camino de los muchos que nunca volvieron al pueblo. Metí en la maleta de cartón las cuatro cosas que más valor tenían: la ropa y el poco dinero, y me vine para acá. Sin sitio donde ir, me quedé dormido en la estación y amanecí postrado en un banco y sin maleta. Desde entonces llevo tres días vagando, comiendo lo que pillo y durmiendo donde puedo —me dijo atropelladamente, contestando rápido por el simple hecho de que alguien le había hablado.
—Yo te pago un bocadillo de sardinas si me puedes decir algo sobre… —comencé a exponerle, pretendiendo centrar la conversación sobre lo que a mí me interesaba, pero él me cortó rápidamente.
—Alejo Zarandones, a su disposición —Se explicaba con una voz lánguida, que solo demandaba un poco de comida para su estómago y para su corazón. Continuó contando trazos de su vida mientras bebíamos vino peleón, él comía con ansia y yo le aproximaba a mis intereses. De esta forma le convencí para que frecuentara aquellos tugurios y se fuera acercando a los maleantes que andaban a la busca de colegas o de compinches para hacer algún trabajito.
Alejo, con su aspecto tosco y cara bobalicona, resultaba idóneo para que se confiara en él, ya que podría considerársele un pánfilo capaz de aportar su aspecto montaraz, de pocas luces como para atreverse a delatar a nadie y, llegado el caso, servir de chivo expiatorio. Así comenzó a colaborar conmigo a cambio de un dinero que le ayudaba a completar, junto con trabajos esporádicos como estibador o como peón de la construcción, lo justo para ir tirando.
Al principio no me proporcionó información valiosa, pero un poco por pena y otro poco por no abandonar demasiado pronto, continué aportándole semanalmente lo convenido. Finalmente, cuando enero tocaba a su fin, me comentó algo sobre el ofrecimiento de un papel secundario, adecuado a su perfil, en el atraco a una joyería. Alejo poseía esa inteligencia particular que tiene la gente de campo y fue capaz de darme la información necesaria para concluir que aquella era la banda, la que había estado persiguiendo durante meses.
Mis pesquisas se demoraron durante algunas semanas. Fatalmente, el atraco se adelantó, para hacerlo coincidir con el día de San Valentín. Quiso la casualidad que ese día Alejo estuviera inutilizado por un flemón y una fiebre elevada. Todo salió mal. Alejo no pudo hacer la maniobra de distracción planeada, el joyero y una clienta resultaron heridos de gravedad por arma de fuego, el botín era muy menguado porque las existencias y el dinero habían disminuido por las compras realizadas los días precedentes. Los malhechores no fueron pillados in fraganti, pero gracias a los soplos de Alejo, fueron cazados al poco tiempo. Para entonces, Alejo Zarandones había desaparecido.
Pasadas varias semanas me llamaron los forenses para reconocer un cadáver devuelto por el mar, al que habían borrado las huellas dactilares. En la morgue pude ver el cuerpo de un hombre grande, con una apariencia semejante a la de Alejo, pero del que no podía afirmar que fuera el mismo hombre que había confiado en mí. Alejo carecía de historial médico, nunca había acudido a un dentista, no tenía tatuajes, no tenía marcas, no tenía familiares próximos o conocidos interesados en reconocerlo. Los forenses no pudieron sacar ninguna información útil sobre la identidad del fallecido.
Nunca más se volvió a saber de Alejo, pero yo, cada mes de febrero, llevo unas flores al nicho donde descansan los restos del hombre devuelto por el mar. Al cabo de los años y ya jubilado, todavía sigo teniendo un gran remordimiento.

Manuel Medarde
Grupo A


Es tarde para volver

Camino despacio hacia la Churrería San Román, entre Castillejos y Gran Vía, al lado del Encante. Dos años ya, desde que la Garrota me dejó con mis recuerdos, en una ciudad que molió a palos de humedad mis huesos de pizarrero. La Seat, alineó mis sueños y descompuso el ansiado progreso en unos hijos sin nombre, que nunca fueron. La Garrota malparió tres veces y la dejó seca por los siglos.
Cuando me subía desde Gestoso, en aquel motocarro, para luchar contra los brotes de olores resecos por la pizarra, en una montaña donde las excavadoras engullían pedazos de negra roca, yo sentía cada chirrido del carro, sobre los raíles, y el traqueteo de la sierra. Como una ola de vaivén ahuyentaba los malos espíritus, exfoliando la dureza, de una piedra que brotó para resistir. Tonio "el Marqués"y Edu, "el Sardina", labraban, a martillo y a cincel, mientras el "Sin Sentido", el hijo del alguacil y yo mismo, el Casildo para servirles, recortábamos los bordes cuarenta por veinte, y a mazo goma, hacíamos los palés. Diez años de pulmones negros y esputos de flemas sanguinolentas, terminaron en un finiquito "mejor llegamos a un acuerdo" y con veinticuatro años y una moza recién estrenada.
Resti, el de Lubián, me puso en contacto con el charnego mas codicioso que conocía madre, pero que me enchufó como obrero en la Seat, después de venderle el finiquito y las alianzas.
La Garrota y yo, en cinco años pasamos de una pensión con moho a un piso de protección oficial en Ciudad Meridiana. Vendimos la casa del pueblo y cuatro tierras para pagar un médico particular y una residencia, porque La Garrota estaba ausente y me llamaba Andrés como su padre. Pero ahora ya no me llama.
Voy al Hogar a jugar a la brisca, mientras camino despacio con este andador que destila pasado y llanto.
Es pronto para volver.

GuADAlupe
Grupo C


El tío Amós

Mi tío se fue con lo puesto, una maleta de cartón y cuatro mudas. No quedaba otra. Tenía cuatro hijos y la tierra no daba para más. Hacía alpargatas, pero casi no quedaba gente en el pueblo que las comprara.
Prometió a mi tía María que le enviaría dinero porque en Bilbao había trabajo, ya ves a los Musiquines como vienen en las fiestas, hechos unos señorones.
Pasaron unos meses y no dio señales de vida. Mi tío era un currito pero en Bilbao necesitaban gente que entendiera de metales y él era alpargatero. Se llevó en su hatillo unas suelas de esparto, retales de lino, agujas curvas para coser las suelas, hilo grueso, un estirador de agujas y unos alicates.
El desánimo no se instaló en la familia. Pudieron sobrevivir con las cabras, las cuatro gallinas, lo poco que daba el huerto y el marrano.
El tío Amós fue un valiente. Empezó, con lo poco que llevaba, a hacer alpargatas para la familia que le acogió, los Musiquines, que llevaban en Bilbao casi seis años. Eran tan bonitas que pronto su fama circuló por doquier y todas las chicas del barrio de Uretamendi querían unas.
Al cabo de un tiempo, se fue con él su hijo mayor, al que siguieron los demás, así hasta que le llegó el turno a mi prima Luisa, que protestó lo suyo, porque la ciudad no era para ella.
Hoy vive con su familia en un adosado en Indautxu, uno de los mejores barrios de Bilbao.

JB
Grupo C


España vaciada

En aquella ocasión, hasta que vi la película” Los Santos Inocentes” me parecía imposible que esto ocurriera en España, o mejor dicho, en algunas provincias españolas.
Yo conocía, cuando me encontré con esta realidad, a los que se iban, a las personas del éxodo que sin someterse a la servidumbre del amo, en sus pequeños pueblos, huyeron durante la revolución industrial, preferían ser mano de obra bien remunerada aunque fuera lejos de su terruño tan amado y lo único conocido y llegaban donde yo residía en una vida cómoda y ajena a lo que ocurría en otros lugares de nuestra querida España.
Allí, la historia que se encontraron fue un medio para salir de la pobreza, gentes que les trataron sin recelos, con cariño y valorando su trabajo debidamente, remunerado y con posibilidad de volver a su tierra abandonada en otro tiempo , y poder hablar de tu a tu a los de su feligresia.
Ya no recogerían mas las perdices del amo, las cazarian ellos.
Los años sesenta de Extremadura, Andalucía y otras regiones cercanas emigraron, algunos a Europa y otros a las zonas industriales.
No quiero dejar de narrar la vida de la zona rural en esas regiones industriales en la misma época.
Cultivar las hortalizas y cuidar el ganado, e ir al mercado a vender, la mano de obra era familiar o con alguna persona a su cargo, remunerada y fuera del abuso del casero.
Los caseríos estaban rodeados de pequeñas tierras y apenas había pobreza ni hambruna,
Podía ser que la industria fuera también el complemento de algunos campesinos que además de trabajar el campo aprovechaban la facilidad de trabajar en cualquier oficio, tornero, herrero, encofrador, marinero, damasquinador, todos los oficios de la zona y de los que venían de todas partes.
Durante las crisis industriales, algunos regresaron a sus añorados pueblos definitivamente, y para sorpresa de los que se quedaron, vinieron con nuevos horizontes difíciles de olvidar.

Carmela
Grupo A


Patrón

Isolina tenía 13 años cuando empezó a recorrer los alrededores del pueblo de casa en casa, al principio remendando y cogiendo dobladillos, pero poco a poco se extendió a fornituras, forros y entretelas hasta llegar a boleros, pinzas y drapeados. En un año la acompañó su hermana Fina y las dos partieron alegres de alejarse de las duras faenas de montaña y conocer otras casas, otras personas, otras historias. Fina se inició en el hilván, los pespuntes, atraques y remates. Las dos hermanas iban recorriendo cada vez más lugares y aumentando su cotización, desde una exigua propina con el alojamiento y la comida a perronas que disminuyeron la miseria de sus padres y abuelos y, sobre todo, proporcionaron la entrada a la ansiada máquina de coser. Con el artilugio llegó también la maleta y el abandono del pueblo. Se sumaron a los miles de inmigrantes de la ciudad, donde habían soñado vivir y se turnaron día y noche con los pedaleos para dar las puntadas que permitieron pagar la Singer, la habitación, malcomer y enviar dinero al pueblo.

Ana
Taller C


Galla, el cantero

Llegaron caminando por la senda que lleva desde el pueblo a lo alto del monte. Los dos, padre e hija. Ella dos pasos por detrás. Se había hecho una buena moza, Candelera. Pelo crespo y rojo, ojos de almendra, carnes abundantes pero prietas.
Me la quedé mirando un poco más de lo que hubiera debido. No había muchas muchachas en el pueblo. Cuando logré desprender la mirada de sus tetas, me encontré con la sonrisa oblicua de Ramón el Perra, entre taimada y comprensiva. Ya sé, ya sé, me decía con su expresión.
Yo me había traído a trabajar a la cantera al Pato, una semana después de que a mi hermana se la llevara el tétanos. Yo nunca había visto a nadie morir de tétanos. Bueno, nunca había visto morir a nadie. Pero morir de tétanos no os lo aconsejo. Se le rompió el espinazo de los espasmos. La cara como congelada, como riendo.
La cantera está cerquita del pueblo y es de mármol negro. El Pato es mi cuñado, y como los patos, que nadan, vuelan y andan, es capaz de hacer muchas cosas, pero ninguna bien. Por eso me lo traje, porque sin mi hermana estaba despistado, y no iba a saber continuar con el negocio de las alpargatas.
Una mañana estábamos tallando unas piezas que acabábamos de soltar, con las falcas y las cuñas, de un bloque grande que habíamos partido a ley la tarde anterior. El Pato escuadraba los sillares con el escalfilador y la maza desdobladora, y yo, con la gradina, perfilaba las superficies. El negocio no va bien desde que en Albarracín instalaron, para dar servicio a las canteras de allí, un taller con maquinaria eléctrica de corte y percusión. No es que ya no se demande la piedra, es que los precios que los maestros de obra están dispuestos a pagar por ella han bajado tanto que nosotros, para sacar un solo jornal, tenemos que trabajar dos en lo mismo o hacer dos jornadas cada uno.
Por el sendero que llegaba desde el monte a la cantera vi acercarse al Perra. Cuando se llegó a mí, me dijo que quería hablar conmigo a solas, y entonces yo le pedí al Pato que se acercara a la caseta, a afilar la herramienta, y que me aguardara allí. Ramón me contó cómo, con los vientos y los chaparrones de las galernas del invierno anterior, casi todo el tejado de su establo se había derrumbado, llevándose consigo una buena parte del mampuesto de la pared del lado de poniente. Y que le gustaría repararlo, a poder ser con sillares, para dejarlo bien dispuesto frente a nuevos accidentes. Pero también me dijo que no podía pagar con dinero lo que él sabía que costaba un apaño como ese. Y que se le había ocurrido que, para que le saliera de balde, podía cambiarme los sillares por los favores de Candelera. Que él podía garantizarme la satisfacción si aceptaba.
Me alegré de no tener en las manos la maza grande, porque le hubiera escalabrado allí mismo. Le hubiera roto la cabeza por cabrón y por mal padre. Sin responderle, me di la vuelta y me alejé de él. ¡Tú te lo pierdes!, me gritó mientras se iba.
Me he venido a Albarracín y me he traído al Pato conmigo. Ya no aguantaba más aquello. Se acabó. Vivimos de alquiler en casa de una prima suya. El trabajo en el taller de cantería es menos bonito, con todas esas sierras y martillos mecánicos, pero ganamos lo nuestro sin preocuparnos más que de hacerlo bien. 

Carlos Coca
Grupo C


A tiro de piedra

No encontrarán mi cuerpo. Hallarán la patera a la deriva. Abandono la lucha, el braceo y pataleo desesperado. Boqueadas de agua salada me inundan y anegan mis pulmones, mientras me voy hundiendo con suaves vaivenes de ahogado. Fin del viaje, adiós a todo. Lejos de los orígenes, de lo cotidiano. No lejos de los míos porque ellos están a mi lado, a cien metros de arena, sal, agua y soledad.
¿Qué será de ellos? Miseria por miseria es preferible esta miseria esperanzada que la miseria eterna que dejamos. Sara, en el pueblo la Garrota, es fuerte, lista, de gran entereza, es el referente de la familia y sacará adelante a la niña y lo que viene en camino. Apenas falta un mes para que nazca pero no me sobresaltará su llanto, ni dormirá en mis brazos al arrullo de este mar cálido, suave y mortal que conocimos hace pocas semanas. Ni siquiera veré mi primer sueldo. Cien duros. Muchas patatas y poca carne. Pero son seguros. ¿Le quedará alguna paga?
Ya hemos llegado. El barquero nos ayuda a bajar las cosas. Las maletas llenas y la cama, una mesa con dos sillas, la cocina de petróleo y un quinqué que compramos en el pueblo grande. Es todo para empezar. Los compañeros se han acercado a ayudar, a saludar.
Aquí sólo vivimos nosotros cinco y el almadrabero. Lo que necesitemos hay que ir a buscarlo a la otra orilla, al Rompido. Cada dos días cruzamos uno a buscar el pan y lo más necesario. Allí, en la tienda de la Calañesa tienes de todo. Tú no te preocupes, aprenderás enseguida. Han visto el miedo en mis ojos. Cruzar esos doscientos metros remando... yo, que sólo he visto agua abundante en los charcos del regato y los pilones del ganado.
Nos llevan a ver la casa. Es una choza con paredes y suelo de barro, un hueco para entrar y salir, sin puerta, un pequeño ventanuco y un techo de cañas y barro. Dentro una cocina sin nada y una habitación con menos. Aquí viviremos. Rodeados de arena, de juncos, retamas, clavellinas y un mar que se acerca a saludar en la puerta misma de la casa.
-En cuanto esté limpia, con unas cortinas y unas plantas quedará muy bien- me dice Sara, que puede con todo.
Y pregunta dónde está el agua, dónde se recoge leña, si hay sitio para sembrar un huerto o para tener gallinas.
Celedonio me ha adoptado, me lleva y me trae, me cuenta, me enseña. Cogemos chocos, quisquillas, cañaíllas y aprendemos a encontrar en la arena coquinas y navajas. Disfruto viendo cómo María goza con esta comida. Hasta la niña ríe alegre, bobalicona. Celedonio es de la zona y conoce el sitio y la gente. Me acompaña las primeras veces que me toca cruzar el brazo de mar y me enseña a bogar.
-Casildo, ya sabes lo necesario. La próxima vez irás sólo.
El Fili nos lleva en el taxi a la estación más cercana.
-Ya había oído que vosotros también os marcháis. Pues que haya suerte y os pinte.
La despedida ha sido rápida, seca. En la familia no somos muy dados a arrumacos ni a cariños en público. Un escueto: "Escribe pronto y cuéntanos cómo es aquello y qué tal os va". Yo ya deseando salir y que todo vaya quedando atrás. Dos maletas llenas de ropa, escaso capital con el que empezar, y una cesta de mimbre con la comida para los casi dos días de viaje. Bocadillos y algo de chacina como despensa.
Una larga espera en Extremadura, muchas horas de traqueteo rítmico, llantos de la niña y escasas conversaciones con algún viajero ocasional que pregunta, más que nada por entretener, dónde vamos, cuánto le falta a María para salir de cuentas... Así hasta Cartaya. Allí hubo que alquilar un coche. Luego una barca para cruzar el río Piedras y llegar al destino.
Hemos acabado de eras. El verano ha sido más duro que otros porque se nota la falta de los dos hermanos mayores: José Manuel se fue a una portería a Zaragoza y Fermín anda de cartero en Madrid. Y aun así padre nos dice que esto no da, que hay que buscarse los garbanzos en otra parte. No le falta razón. Sara y yo lo hemos hablado muchas veces. Mejor sería irnos del pueblo.
-Y no nos volveremos como hizo mi padre. Nunca más volveré a ser la Garrota.
Su padre anduvo un par de años por Cataluña antes de la guerra, pero se volvió. Puso una ferretería que, al poco, tuvo que cerrar. Aquí sigue malviviendo con las cuatro tierras y algún jornal. A veces la nostalgia es mala consejera y nubla el juicio.
Tampoco es plan seguir viviendo en la casa de los padres y más desde que nació la niña. Además, fuera del verano ¿de qué comemos? Los jornales, treinta pesetas secas, son pocos y los más de los días estoy sin trabajar. Y María quiere su casa, nuestra casa. No nos casamos para estar siempre en casa de los padres.
Hablo con Matías que está de permiso y me ha informado de cómo es lo suyo.
-Se gana poco, pero te dan casa y es seguro. Y el trabajo se lleva bien. Eso sí, tienes que aprobar el examen.
Sara está de acuerdo, así que decidido. Nos iremos.

Nicolás Casillas
Grupo A


Solos se quedan los valles

La necesidad, el hambre y el desamparo obligan a ir en busca de una vida mejor. Así fue como al comenzar el mes de mayo de 1952, Casildo, aladrero de profesión - como antes lo fueron su padre y su abuelo - y su esposa Vicenta, a la que todos llamaban La Garrota, cerraron la puerta de su humilde casa de adobe y chapa. Con sus pocas pertenencias guardadas en una maleta de cartón y unos pocos ahorros, envueltos en un pañuelo muy bien anudado, salieron de madrugada del pueblo sin volver la vista atrás.
Dejaron cubierta de grama y malas hierbas la tierra que, durante años, les había proporcionado sustento.
Recorrieron el polvoriento camino hasta la carretera, sin mirarse y sin hablar; les pesaba más la incertidumbre y la desesperanza que la maleta, con apenas dos mudas, un pantalón de pana, una camisa mil veces remendada, una chaqueta, un bolso y unas medias de cristal.
Al anochecer llegaron a la capital. Allí nadie les esperaba pero en un papel tenían la dirección de un primo lejano que había marchado unos años antes en busca de un porvenir. Después de mucho caminar y preguntar, llegaron a dicha dirección pero nadie supo decirles nada de la persona que buscaban. Agotados por el viaje y por tan gran decepción, se sentaron en un banco del parque en el centro de la ciudad y allí pasaron su primera noche llena de temor y desilusión.
El amanecer de un nuevo día les trajo un poco de esperanza y después de un tiempo de búsqueda, Casildo comenzó a trabajar en la cuenca minera, a pocos kilómetros de la capital.
Cada día al bajar a la oscuridad de las entrañas de la tierra, recordaba el valle que había dejado atrás pero, al menos, con su trabajo no pasarían más penurias. Vicenta encontró trabajo de lavandera en una casa de gente adinerada, siempre temerosa de que su hombre se quedara enterrado en la mina y alimentando el sueño de volver a su valle convertida en una gran señora.
Su sueño nunca se cumplió pues Casildo enfermó de silicosis y al poco tiempo murió. Ella volvió a su valle y allí permaneció hasta que la tosferina se la llevó en mayo del 82.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Esperando carta de Hermelinda

No sé que voy a hacer con madre.
Lo llevo rumiando mucho tiempo, dándole al magín como un burro alrededor de una noria. No sé si aguantaremos el invierno, estamos de deudas hasta el corvejón, y mira que trabajé este verano como una acémila, que hice la parva yo solo, trillé dos carros de algarrobas y tres de centeno, que deshice los haces y esparcí el bálago, y yo mismo dirigí los trillos y arreglé las pernales, aunque de trillique vino Tomasín, que el mocito se las arreglaba con la ijada y no dejó caer ni un cagajón fuera de la pala. Pero quedé templao de dar vueltas para no pasar por la misma rodera, de tornar yo sólo el cereal y de levantar el bieldo como un loco para limpiar el grano. ¡no había naide que me pudiera arrimar el hombro. Pero aquí se trabaja de balde, que sé si tendremos para apajar al ganao todo el invierno.
En verano le dije a madre que tendría que irme de forastero un tiempo, a trabajar fuera como los otros, “¡Como la Herme, madre”¡ Pero ella se persignó, se aguchó y mirando fijamente los rescoldos de las brasas, arrimó los rachones de la lumbre y rezongando por lo bajo, siguió con sus letanías, que no sabe si reza o maldice. Ayer le hablé de Delfín que se fue a los altos hornos, pero ella salió a escape, como si le hubiera mentao al maligno, espantá como una vaca cuando le pica un tábano.
“¡Aguarde madre, escúcheme¡”, pero ella corre a vigilar el caldero, a colocar los morilles de la chimenea o a atender el puchero con las pencas de berzas. Ella barrunta que algo me desazona.
“¡Esto no es vida!”, “¡Que ya no hay baile ni fachenda en el pueblo¡” me dijo el Zaca mientras echábamos vicio en los canteros de la huerta desde los mudarales.
Se cerró la taberna y se fue Eladio el tamborilero, que nos alegraba los seranos.
Se cerró la escuela.
¡Y se fue Hermelinda!
¿Qué hago yo con madre?.
Dice el médico que el cáncer ya está chamuscao pero que las visiones son del riego, que por eso se olvida del fuego y antier casi chisca la casa.
Unas veces pienso en irme de chofer a la ciudad y llevármela, pero la probita se moriría solo al subir al coche de línea. “¡A ver si me muero hijo y así quitas el cuidao!” me dice adrede, sabiendo que me duele, entonces me conformo y le digo sonriendo “¡madre usté no se preocupe, que todo tié salida¡” y entonces se le encienden los ojillos y se ríe enseñando las los pocos dientes que le quedan y me besa en la frente y así embaímos la vida, esperando carta de Hermelinda, o que venga la muerte o que vengan los veraneantes.

Aurora Martín Fiz
Grupo C


Casildo y La Garrota

Salía de casa sin ser de día, se ponía su delantal, cogía su garrota y se dirigía a la cuadra donde le esperaban sus ocho vacas lecheras. Lo llevaba haciendo desde que era niña, al principio acompañando a su padre y después ella sola porque Casildo se dedicaba a las huertas. También con su padre aprendió el oficio de garrotera. No había garrotas como las de Eusebia, aunque en el pueblo nadie la llamaba por su nombre, todos la llamaban La Garrota.
Y con su rebaño de vacas, se dirigía al monte con paso recio y con su palo rústico curvado con el que las arreaba hasta llegar al arroyo de La Serpiente, allí se paraba en seco y colocaba sus “almorzas” en aquel riachuelo de agua cristalina y brillante que salía de entre las piedras, se lo había visto hacer a su padre cientos de veces. Después seguía el sendero hasta llegar al castañar. El castaño es el árbol perfecto para las garrotas: es flexible y a la vez fuerte y duro. Eusebia, revisaba cada rama que había dejado atada en los castaños y examinaba la curvatura, quitaba los chupones que hubieran salido y dejaba sólo el último, porque la savia tenía que recorrer toda la garrota hasta el extremo donde se encontraba el final de la rama. Todo esto lo hacía sin apenas aminorar el paso y era una tarea diaria que hacía Eusebia para asegurarse que, una vez pasados los dos años en que se formaba la garrota, no tuviera ningún nudo y evitar mucho trabajo a la hora del acabado. Sus vecinos la intentaban imitar con ramas de membrillos y avellanos, pero no tenían nunca la dureza y belleza de las garrotas de Eusebia porque las de ella se destacaban por la fina terminación de su curvatura.
Hoy Casildo espera sentado al sol pero no a su Eusebia, ni en su pueblo, espera a su nieto en el patio del colegio y recuerda aquellos días en los que ayudaba a Eusebia a terminar los pedidos de garrotas, aquellos días en los que la oía ir a la cuadra a media noche porque había parido una vaca, aquellos golpes de la garrota que retumbaban en el suelo de madera de toda la casa sin haber amanecido, aquel tazón de leche repleto de rebanadas de pan que le dejaba todas las mañanas…porque Casildo no tiene apenas recuerdos antes de conocer a Eusebia. Nunca se separaron hasta ahora, por eso le duele tanto tener tan buena memoria.
Pero llegaron los días de las últimas cosas, el primer día que olvidó levantarse, el primer día que no sabía donde tenia la garrota, el primer día que no se acordó de su nombre…y la tristeza inundó las cuadras, la misma casa y hasta las garrotas se secaron de la poca savia que llegaba al extremo porque a Eusebia también se le olvidó romper los chupones. Casildo fue viendo transparente el presente de Eusebia; veía junto a imágenes de su niñez, las de su vejez, veía a sus hijas con los pastos de sus vacas, las caras de los vecinos con las de sus cuidadores y también veía muchos nombres que no se sabía a quien pertenecían.
Las cualidades de la garrota son la resistencia, la flexibilidad y la constancia, esas siempre las tuvo Eusebia, pero le falto la tercera, la durabilidad. Casildo visita todos los días a su mujer y le gustaría quitarle los nudos que tiene en su cerebro con la destreza con la que ella quitaba los chupones de los castaños pero no puede porque han crecido demasiado, pero también sabe que es feliz porque ella misma diseñó su vida y eso le da calma cuando la ve y fluye con ella todas las tardes a aquellos lugares donde los dos fueron tan felices
Dicen todos que no habla pero él sabe que no es así, es porque no saben escucharla.

ELCA
Grupo C


Viaje a ninguna parte

El Amaro es labrador. Le gusta la tierra, le gusta arar, sujetar la mancera mientras el arado abre con cuidado el cerro y la tierra respira. Los bueyes marcan el ritmo, tamboril y flauta, arado y tierra. Habla con la tierra más que con la gente. Esta tierra es de fiar, es generosa, piensa.
Amaro mira cada día el campo, extenso, grande, bonito y maldice su suerte: su mujer y su hijo hablan cada día con el hambre. Al Amaro se le notan todos los huesos, como si la carne le hubiera abandonado a su suerte. Maldita estampa. Por eso, no gasta en nada, ni siquiera en palabras. El Amaro es como la tierra, duro, recio, callado.
Siempre hay algo que hacer, le dice a su hijo. Siempre hay que estar ocupado, “a la gente demás, la tienta el diablo”, añade, y su hijo le mira sin entender. Llueve. Es el tiempo de arreglar todo lo que necesitará cuando escampe. Aguzar las rejas, apretar la mancera, limar las cuñas, fijar las orejeras, repasar las coyundas, limpiar los yugos, cambiar las puntas de las medias y cuartillas de medir. Queda todavía por terminar la sementera. Y si queda tiempo, preparará para la matanza: las artesas y los cuchillos de matar, el puño para mover la sangre y el gancho para traer el marrano.
Queda poca luz, se termina la tarde y la Avelina prepara los pucheros para la cena; las sopas de ajo y las sobras del tocino ya están en la mesa. El silencio llena la cocina. El niño callado, cuidando no hacer ruido y no molestar, si no, ya sabe que el manotazo le llegara rápido.
Ya no podemos aguantar más, no hay nada en la despensa; la matanza se acabó, ni tocino añejo queda ya, dice la Avelina, mirando al Amaro y luego a su niño. Pues hay que dar la senara a mi padre, apostilla el Amaro. Tu padre ha vivido y comido. Ahora que coma tu niño y también nosotros, alzó la cabeza Avelina. Los ojos del Amaro buscan a quien golpear, su voz ordena: a la cama. El niño tiene nueve años, ya es un hombre, oye decir a su padre.
El niño pelea contra el frío que inunda la casa, la alcoba y la cama; se ovilla encogido y guarda el calor de su aliento. Silencio. Contiene la respiración y escucha a sus padres en la alcoba pegada. La madre habla de una carta de su hermana: que nos vayamos a Madrid. Hay trabajo de portero; casa en la portería y da para comer. Y yo puedo limpiar escaleras. ¿Y la tierra? ¿Y el pueblo? Apenas logra oír un hilo de voz de su padre, que se lamenta, más que habla.
- ¿Tierra? – La madre alza la voz, ahora. – Ya sabes que esa tierra por muy generosa que sea nos matará de hambre y sólo servirá para recoger nuestros huesos –
El padre insiste. El Venancio dice que “antes porquero que portero”. No quiere irse a Madrid para limpiar la mierda a los señoritos y para “levantar gorros”. Oye a la madre, con voz clara. – Claro, ellos que sí tienen tierra para comer, pueden hablar.
El Amaro no duerme. Un dolor más frío que el frío de la noche invernal ha entrado en su costado y su barriga. Y el miedo. El miedo a servir, a no saber. El miedo y la vergüenza de no poder defender a su familia, a su hijo. El miedo y el temor a lo que hagan de ellos.
Antes de que llegue la mañana, recuerda aquellas palabras del Venancio: aguantaré aquí, araré más abajo, criaré marranos y los venderé. Algo haremos. Los hijos tendrán que marcharse de esta miseria; allá ellos. Que estudien y sean algo más que nosotros.
El Amaro sabe que ha perdido esta partida. Le toca ahora cambiar su tierra y su vida por la tristeza de la cabeza baja. Piensa: levantar gorros y bajar la cabeza.

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


La huida

Madre, ayúdeme a preparar el hato de la Jacinta, que nos vamos de madrugada.
—Pero, hija, ¿qué va a ser de vosotras?
—No se preocupe, madre, nos marchamos con el Amaro.
—¡Hija, con ese! Si es pasmao como su padre, que no tienen afición a las mujeres. ¿No podías haber trillau a otro?
—¿A quién, madre? Si aquí, hombres… hombres que quieran amorisquiar, solo quedan tres, y uno es el cura.
—Pues trata con esos.
—Ya da igual, madre; he acordao tapar al Amaro. Él me mantendrá y cuidará también de Jacinta hasta que case.
—¿Y qué va a ser de mí y de tu padre?
—Descuide, cuando pueda vendré o mandaré a buscarla, pero a padre… ¡mal rayo lo parta! No quiero poner más el bollo pa darle a comer.
—Pero tu padre no lo ha hecho por malicia; es sólo porque está impedio. Antes que tú, era yo quien iba de noche al Ocejón a fiarme por un celemín al molinero. ¿O de ande crees que vino la Jacinta?
—Por eso, madre; no quiero que ella tenga que ir a pedir el costal y quedar en la noche con su padre… o su hermano.
—¿Y qué vais a hacer? ¿De qué vais a vivir?
—Su primo, el Saturio, el de Terriente, le ha buscao una portería en Barcelona.
—¡Pero esos dos se entienden!
—Madre, a mí ya me es igual. Yo no quiero que me toquen más los hombres. Si me quedo aquí, cualquier día ni baños de mandrágora ni palanganas de perejil me salvarán de parir.
—¿Y la Jacinta, qué dice?
—La Jacinta no es como yo, madre. Si no la llevo de aquí, cualquier día estallará y acabará matando.
—Ya hablaré con ella y le diré de ande viene. Volveré yo a pedir, aunque sea un cuartillo.
—No, madre; la Jacinta ya tiene pensao pa enterrarlos en el barranco del Añigral, aonde el Cerretillo. Lleva bien afilada la vara de gavilanes para esmocharles los sesos en cuanto la pongan la mano encima.
—Entonces es mejor que us marchéis, o terminarán dándonos garrote a unas pur otras.
—No llore usted, madre; terminemos el hatillo de la Jacinta antes que llegue el Amaro y nos pille gimotiando a las dos.

Calgari
Grupo A

Cuando venga el cartero

En la primera sesión del año nos fuimos de excursión a Valdeconchas del Páramo. Nos gustó tanto el pueblo que la mayoría nos empadronamos allí y pronto descubrimos que uno de los mayores placeres era comunicarse por carta. No es casual que el cartero se llame Epístolo.
Esta es la información que podemos encontrar del pueblo. Viene recogida en un folleto de la oficina de Turismo sita en el Ayuntamiento:

Valdeconchas del Páramo es un municipio que no existe en ninguna cartografía conocida, ni en los parámetros de ningún GPS, ni en las coordenadas de ningún satélite. Solo existe en el hemisferio de la imaginación. Su término municipal tiene una población de una veintena de habitantes. El gentilicio es valdeconchenses.
Valdeconchas limita al norte con la poesía, al sur con el relato breve, al oeste con el microrrelato y al este con el haiku.
Los valdeconchenses tienen fama por su eólica imaginación. Escriben por los codos. En sus huertas germinan y crecen las greguerías, los aforismos, los ovillejos. El río es una enumeración caótica llena de frases subordinadas que recorre los contornos de sus límites y desemboca en la realidad, que es el morir. La plaza del Ayuntamiento tiene la estructura y perfección geométrica de un soneto. Y en las zonas verdes abundan los romances, las silvas y las estancias. Un gran arbolado.
La localidad cuenta con una oficina de correos donde se acumulan cartas, telegramas y postales. No provienen de afuera. Pocos conocen la existencia del pueblo. La mayoría son cartas que los valdeconchenses intercambian entre sí en su día a día. Un ir y venir de palabras en sobres franqueados en destino que tienen ocupado a Epístolo Timbrado, el cartero del pueblo, todo el día. Ni whatsapp, ni correos electrónicos, ni llamadas telefónicas. La forma de comunicación principal en el pueblo son las cartas. Por eso el patrón es San Pablo y en la fiesta del pueblo se rememora a los Corintios. La carta de naturaleza de un valdeconchense es su pasión por escribir. Su carta astral no dice nada de su destino pero sí de su destinatario. En la taberna comen y cenan a la carta. Juegan a las cartas. Apenas ven la tele pero se duermen con la carta de ajuste. Tienen carta blanca para decirse las cosas con la naturalidad del que cree en el buen uso de las palabras.
El diario local es “La Voz de Valdeconchas”, dirigido por la reconocida periodista Gracieta Recio Nal. Recibe muchas cartas a la directora.


Hace unos días el diario publicó esta noticia que tiene al pueblo alborotado entre dimes y diretes que corren como la pólvora por vía postal

Extraña muerte en Valdeconchas 
del Páramo. Agencia Jota

Aparece un cadáver en el interior de un vehículo en la puerta de la iglesia. Clotilde Palique, la cotilla del pueblo, extiende el rumor de que ha sido un asesinato y el culpable es Don Discípulo, el cura, porque pilló a su sobrina en la cama con el finado. Si es así se armará la de Dios. La médico del pueblo ha certificado la muerte de un varón de mediana edad pero no ha podido determinar el motivo por falta de medios para practicar la autopsia. Nadie sabe cómo murió. Se baraja el homicidio. Hay quien apuesta por una muerte natural. Alguno señala incluso al muerto como un suicida. El coche donde hallaron el cadáver es un Seat Panda con un  golpe en la puerta del conductor. En el interior del vehículo se encontraron una serie de objetos: una cántara de leche, un jamón pata negra, un barril de cerveza, varios libros, un par de recetas, un lote de productos capilares, una reja de hierro fundido, unos documentos con el sello del ayuntamiento y un albarán con la dirección del taller mecánico.
La alcaldesa ha dictado un bando y ha difundido un retrato hecho con carboncillo -y a mano alzada- del muerto. No se ha encontrado ningún documento. En el bando pide que se den señas sobre él. ¿Es familiar de alguien? ¿Qué vínculo podía tener con el pueblo? 
Poco a poco el buzón amarillo de Valdeconchas del Páramo se va llenando de cartas en las que el tema principal es el desafortunado incidente. En ellas se ofrecen todo tipo de hipótesis sobre lo sucedido. Hay quien se atreve incluso a señalar a algún culpable. Muchos recomponen los hechos. La Guardia Civil pide al juez leer toda la correspondencia para encontrar en las cartas alguna pista para su investigación. Se abre el buzón. Y se abre el sumario.

Conozcamos ahora a los habitantes de Valdeconchas que figuran en el padrón:

ALCALDESA: Rosa Mosqueta
Lleva tres legislaturas como alcaldesa. Es la cabeza visible del PLVP (Partido Local de Valdeconchas del Páramo). Todos son contingentes pero ella es necesaria. Como alcaldesa vuestra que es os debe una explicación y os la va a dar (en forma de bando). En el ayuntamiento hay seis vocales -una repetida- y seis consonantes. No le gusta el trato de Excelentísima. Le gusta más el de señora burgomaestra.

ALGUACILA: Anuncia Bandos
La alguacila tiene buena voz. En su infancia fue niña de San Ildefonso y cantaba las pedreas como nadie. Lleva un cornetín en el bolsillo y siempre que pregona un bando se aclara previamente la voz con una infusión de jengibre. A Anuncia le gusta anunciarlo todo. El premio de lotería, la visita de algún extraño, la llegada de nuestro Señor o de algún recién nacido, las ofertas en el ultramarinos. Un sonido de clarines anuncia siempre su presencia.

JUEZ DE PAZ: Evaristo Parasentencia
Evaristo fue nombrado juez el mismo día en que le extrajeron la última muela del juicio, un premolar. No le moló nada. Le gusta partir las nueces con una maza, la misma que utiliza en el juzgado de guardia para dar visto para sentencia cualquier pleito. No le gusta hacer juicios de valor ni perder el juicio. Su madre se llamaba Paz. Por eso le dicen el juez de Paz. Cree a ciegas en la justicia y es socio honorario de Mensajeros por la Paz.

CARNICERO: Torcuato y Mitad
Torcuato fue un niño huérfano, experiencia que vivió en carne propia. Maneja el cuchillo como nadie. Abre un gorrino en canal como quien abre un libro o un brik con abre fácil. Tiene algo de pluma y le gusta guardar un buen secreto. Menudo lagarto. Cuando trabaja pone toda la carne en el asador. Es una buena pieza y un hueso duro de roer. Carne de cañón. Le apasiona el color rojo sangre y detesta el color carne. Odia que su tía Pepi le pellizque las carrilleras.

BIBLIOTECARIA: Marta Páginas
Una mujer de libro. Operada del apéndice. No tiene moño, ni chista a quien habla en la sala. Cuando le pides un libro señala su lomo con el dedo índice. Marta tiene un marcapasos en el corazón y un marcapáginas en cada libro que lee. Es una gran lectora y una gran pitonisa. Lee entre líneas. Cuando algo le incomoda le gusta pasar página. 

DUEÑA DEL ULTRAMARINOS “ASTRID”: 
Benita del Norte
Benita llegó de ultramar. Es noruega, como los salmones, pero lleva en el pueblo muchos años. Ni se le nota el acento. Es blanca como la sal y rubia como la cerveza. Su local tiene apariencia de comercio antiguo, con estanterías y mostrador de madera y enseres colgados del techo. Aunque es confiada, en su tienda no se fía. Vende al por mayor y al detal. Su nombre real es Astrid pero todos la llaman Benita o Superbeni.

HERRERO: Férrico Fundio. Es un tipo infalible. Nunca yerra. En su casa las cucharas son de hierro pero los cuchillos de palo. Es un tipo despreocupado. Nunca le echa hierro a los asuntos. Anda mal del oído, sobre todo del yunque. La médico le ha dicho que es de tanto golpearlo y tanto martinete. También le ha dicho que tiene un poco bajo el hierro. Su plato preferido son las lentejas. El hierro, como el queso, le gusta fundido. Un día la luna vino a su fragua con un polisón de nardos. 

PELUQUERA: Pilu Quín
Pilu es viuda. Nadie en el pueblo conoció al marido de la peluquera. Ella cuenta que era calvo y que con él aprendió una gran loción: ser humilde y no tener un pelo de tonta. Su madre se marchó del pueblo. No la aguantaba. No le volvió a ver el pelo. En su peluquería atiende por igual a hombres, mujeres, niños y mascotas. Los clientes aguardan turno en sillones de escay mientras ojean diferentes revistas del corazón. Pilu sabe todo lo que ocurre en el pueblo y ayuda a la guardia civil a peinar la zona. 

MECÁNICO: Yimi Cárter
A diferencia de la médica, a la que le gustan los tecnicismos a Yimi le gusta ser claro. Podría decirte que hay que arreglar la junta homocinética del coche pero prefiere señalar que es “la junta de la trócola”. Es un tipo corpulento, con buen chasis y conduce su vida en buena dirección. No soporta a los que le dan la chapa. En su taller todo va sobre ruedas. Para ser feliz quiere un camión, llevar el pecho tatuado y en camiseta mascar tabaco.  En la pared que hay junto al foso luce un calendario de la revista Playboy.

CURA: Don Discípulo de Dios
Don Discípulo es un cura de los de antes, con sotana y alzacuellos y un compendio de virtudes teologales. Camina con los brazos por detrás de la espalda y los dedos entrelazados. Le gustan las bromas y se ríe mucho, por la gracia de Dios. Es quien administra los santos óleos y quien dirige la procesión del viático. Su alzamiento de hostia es muy comentado entre sus alumnos de religión en el colegio. Allí enseña que Dios es uno y trino. 
No tiene monaguillos porque es muy tacaño.

COTILLA DEL PUEBLO: Clotilde Palique
Cloti es una cotorra. Le va el salseo y el chisme. Es la correveidile del lugar. Muchos burdos rumores salen de su boca. Tan pronto vigila detrás del visillo como a través de sus cámaras de trampeo repartidas por algunos lugares del pueblo. Es una mezucona. Que si esta dijo, que si este hizo, que si la otra dejó de decir. Le gusta radiar todo lo que ve o escucha. Poner la oreja es su fuerte. Sus tapas preferidas de la taberna son la oreja y el morro. Hoy ha descubierto un nuevo chisme. Y ahora seguro que va y lo casca.

TABERNERO: Andy Soberano
Su taberna está llena de cojos que no van a misa. Es el psicólogo del pueblo. Atiende a sus parroquianos tras la barra. A algunos les receta una gotica de alcohol para superar los problemas. Odia las películas del oeste. Siempre destrozan la taberna. Tiene buenas tapas y buen lomo, como los libros de la bibliotecaria. En la puerta de su local hay un cartel que reza “Bar adentro”. Hay quien siente el calor del amor en su bar.

ENTERRADOR: Epitafio Mármol
Epitafio es un hombre que echa por tierra cualquier idea, cualquier proyecto. En su oficio encontró un nicho de mercado. Le gusta coleccionar epitafios. Los anota en su cuaderno. El último que escribió fue “Tierra a la vista”. No le gustan las despedidas pero es lo que le da de comer. Dice que quiere abrir un crematorio un miércoles de ceniza. Le gusta el fuego de verdad y no los fuegos fatuos. Tiene un terrario en casa lleno de fauna cadavérica.

TRABAJADOR DE LA MUTUA: Demutuo Acuerdo
Demutuo es un hombre seguro de sí mismo. Os lo aseguro. Trabaja en una mutua y admira como el mutualismo se da en la naturaleza. Le gusta vivir a todo riesgo. Años atrás trabajó en una empresa de seguridad pero lo dejó porque se sentía inseguro. Le gusta llegar a acuerdos con propios y extraños. Trabajar sobre seguro. Es gran devoto de Santa Lucía y siente que está en el ocaso de su vida.

GUARDIA CIVIL: Alférez Provisional
Alférez es uno de los dos guardias civiles de Valdeconchas del Páramo. Cabo Cañaveral, el otro hijo del cuerpo, está disfrutando una baja por un cuerpo extraño en un ojo. Alférez cree firmemente que tres unicornios son un tricornio. Es un hombre que daría todo por la patria y por la matria. Nunca baja la guardia. Los dos guardias salen a diario por el pueblo con sus esposas. 

CURANDERA: Tendinitis Crónica
Tendinitis heredó la habilidad de curar de su abuela. Es experta en recolocar huesos y tendones. Sus palabras mágicas son “Sana, sana, culito de rana, si no te curas hoy te curarás mañana”. Conoce todas las hierbas del campo, incluso el orégano. Con ellas hace cataplasmas, sérum, infusiones, ungüentos. Hizo un curso CCC de Masajista y tuvo una máster class con San Judas Tadeo, el patrón de los imposibles, a quien encomienda a sus pacientes. Si algo en su vida se tuerce, pronto lo endereza. Es una crack.

SOBRINA DEL CURA: Pánfila Expósito
Pánfila estudió en las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Al acabar sus estudios se trasladó al pueblo. Su tío, el cura, la colocó en la Caja Rural. Ella le lee la cartilla y él el catecismo del padre Astete. Se educó en un moral recta y cristiana. Vive en la casa de su tío. Allí se encarga de cocinar, fregar y lavar la ropa de mosén, incluidos sus calzoncillos. Él la bendice a diario. Una mujer casta y sencilla. Nunca se la vio en la taberna ni en la discoteca. No se le conoce novio alguno.

MAESTRA: Doña Ciclopedia Álvarez
Doña Ciclo es una mujer respetada en el pueblo. Más de cuarenta años formando niños en las tres reglas y haciendo de ellos  buenas personas son su mejor carta de presentación. Con una curiosidad sin límites y un saber enciclopédico ejerce su maestría en el Colegio María Moliner, nombre del centro escolar del pueblo. Le faltan dos años para jubilarse. Sus alumnos la llaman seño, o maestra. El hijo del inglés la llama tícher. Todo lo hace al dictado. 

MAESTRO: Don Braulio Moyano
Maestro de la vieja escuela, de los que enseñan que la lengua de la mariposa se llama espiritrompa. Viste traje con chaleco de lino y gasta zapatos de charol y reloj de leontina. Trata a sus alumnos de usted. En el cajón de su mesa guarda –como buen maestrillo– su librillo. Le gusta enseñar los cabos y los golfos de España cantando. En su último examen cayó la ingle. Don Braulio es un hombre de ley. 

BOTICARIO: Don Cere Gumil
En el pueblo lo llaman el “Boticas”, pero calza sandalias, un cuarenta y dos. Le gustan los remedios caseros y es experto en elaborar reconstituyentes. 
Cere, -le dijo ayer un mozo del pueblo- quería un anticonceptivo. Con don -le replicó el farmaceútico-. Don Cere -corrigió entonces el muchacho- deme un condón. Es norma de la casa no despachar sin prescripción facultativa. Sus mejores recetas son la merluza a la vasca y el pollo al chilindrón. Nunca ha tomado un medicamento.

PANADERA: Tomasa Madre
Tomasa tiene las cosas muy claras. Llama al pan pan y al vino vino. Amasar y hornear son el pan suyo de cada día. Todo el que madruga la pilla con las manos en la masa. Dice que ya nadie compra en su tahona. Que todo el pan es procesado, o congelado o prefabricado. Pan para hoy y hambre para mañana. Pocos frecuentan un horno de verdad. Son unos mendrugos. A Tomasa le encantan las pantomimas, el mazapán y Peter pan. Dicen de ella que es trigo limpio.

ENFERMERA: Ana Filáctico
Por las manos de Ana han pasado cientos de botes amarillos envueltos en albal con una muestra de orina. Podría saber por el color -más pálido o más chillón- a quién pertenece cada envase. Ana vive momentos de máxima tensión, otros de mínima. Es una mujer muy analítica. Todo lo analiza. También es introvertida y aséptica. En el centro médico donde trabaja pesa y sopesa a cada paciente. Hay una sala de curas pero nunca se ha visto por allí a Don Discípulo.

MÉDICA: Doña Remedios Sanitas
Doña Remedios es la médico de cabecera del pueblo. Nadie como ella para hablar de las gentes de Valdeconchas. Conoce todas sus historias, las clínicas. Y también todas las úvulas y todas las lenguas de sus pacientes, ya sean españoles o de fuera.
Pasa consulta en el centro médico pero también va a las casas y atiende por teléfono. Algunos la llaman la “Garabato” porque no entienden su letra.

LECHERO: Leite Gaza
Leite es hijo de suizos, como los bollos. Sus vacas también son del país helvético. Cuando llegó al pueblo tenía muy mala leche pero se fue condensando y ahora es más dulce. En la vaquería es un poco autoritario. Su lema es “ordeño y mando”. Pero en casa la que manda es su mujer y teme que un día le eche de casa. Upe, la lechera, es la que lleva las cuentas. Leite admira a Mario Vaquerizo y a Raúl Vacas. Tiene un ordeñador personal y dicen que ordeñando es la leche.

Los desafortunados hechos ocurridos en Valdeconchas dan lugar a innumerables cartas donde no se habla de otra cosa. Pero la mayoría también escribe al diario local para dar su versión sobre los hechos. En la oficina de Correos, el cuartel de la Guardia Civil y la redacción del periódico no paran.

Estas son algunas de las cartas:


Carta a la señorita Pánfila Expósito

Estimada Pánfila:

Le escribo para contarle, y que a través de mis palabras no haya dudas y quede todo aclarado. Desde hace días corre un rumor por nuestro querido pueblo que todos sabemos quién ha difundido, pero no es eso lo que me quita el sueño. Me preocupa que cuando “el río suena, agua lleva”. Y el río suena. Solo hay que sentarse en la orilla y escuchar plácidamente cerrando los ojos y una suave corriente cuenta: “La pánfila se hubiera acostado con un forastero desletrado y el cura lo hubiera asesinado por hereje y desvergonzado”
No malinterprete mis palabras. No seré yo quien critique ni denuncie a quien me da de comer, pero para eliminar pruebas sería importante arrancar esas greguerías y aforismos que empiezan a brotar en la iglesia, que siempre cuentan verdades y en estos asuntos no es conveniente dejar letras sueltas porque pueden llegar al vencimiento.
Puede contarle a su tío, don Discípulo de Dios, que por lo demás está todo bajo control. La única pena son los productos que quedaron en el coche, producto de las extorsiones realizadas por el finado, que ahora se echarán a perder al quedar como pruebas del homicidio.
En cuanto a la pala, artífice del golpe de gracia, no se preocupe, la enterré con la nueva que me llegó este año. Ya estaba vieja y un poco oxidada.
Aprovecho la ocasión, ahora que está soltera, para declararle mi amor. Tengo sueldo fijo y como no hay mucho que hacer en mi trabajo lo invierto en un huerto precioso.
No se preocupe por su tío, él sabe que soy de buena familia. Verá con buenos ojos nuestra relación y que soy un hombre de palabra.
A sus pies

Epitafio Mármol


Carta al periódico
A la atención de doña Gracieta Recio Nal, directora de “La Voz de Valdeconchas”

Muy Sra. Mía:

Me complace dirigirme a usted, para aclarar de una vez por todas el fatídico entuerto en el que nos encontramos por culpa de la aparición de un cadáver hace unos días en los aledaños de la iglesia.
Con el objeto de echar tierra sobre los rumores que circulan por el pueblo, en primer lugar quiero revelar la identidad del fallecido, al que después de realizar varias pesquisas conseguí identificar: Don Narciso Bornos, jardinero de profesión. Ha trabajado en diferentes lugares, pero en todos ellos acabó siendo despedido por plantar sus narices donde no debía, y por cosechar líos de faldas fuera de temporada. De todos los lugares salía escopetado, pero recolectando una buena cantidad de productos, y dinero de todas aquellas mujeres a las que extorsionaba para no revelar su relación. Hay que aclarar que no solamente era experto en margaritas, al parecer, hacía maravillas con los gladiolos. Su verdadero éxito radicaba en una gran habilidad y un gran manejo de una gran herramienta de su trabajo.
Aunque la verdadera naturaleza de Narciso era su amor por el dinero. Se vendía a cualquier postor e iba saltando de mata en mata, chantajeando a sus víctimas, que caían atrapadas en su enorme falacia. Hay un rumor acerca de unas fotografías y documentos, que atestiguan ciertos comportamientos poco decorosos de los vecinos del pueblo. Estos papeles explicarían con detalle todos y cada uno de los artículos encontrados en el coche de la víctima, y entiendo que otros, lo habrían hecho con dinero en metálico. Por supuesto, todo esto son elucubraciones que un humilde servidor se hace. Quiero decir, estaré encantado de atender e intentar esclarecer estos hechos con cada uno de nuestros convecinos afectados.
Después de este análisis, llego a la conclusión que todos y cada uno de los habitantes del pueblo tendrían motivos suficientes para acabar con la vida de don Narciso, pero conociéndonos desde siempre, y habiéndonos carteado en innumerables ocasiones, puedo poner la mano en el fuego por mis maravillosos vecinos. En mi humilde opinión, creo que este hombre tuvo un desafortunado accidente cuando se dirigía a ver a don Discípulo de Dios, nuestro respetable cura.
Como bien sabéis, en algunas fechas concretas intentamos contactar con los vecinos de mi comunidad, y como ahora don Narciso es el más reciente, si tenemos suerte, intentaremos cambiar unas palabras con él, para aclarar este entuerto. En resumen, como decimos en nuestro maravilloso pueblo “Si en Valdeconchas sucede, que un buen vecino lo herede. Si no lo escribiste, se recordará como un chiste”.
Con orgullo he de decir, que al parecer he sido el único en todo el pueblo que no ha sucumbido a su maravilloso don. Por todos nuestros vecinos es sabido que dispongo de un precioso huerto en los aledaños de nuestro querido cementerio. Y a mí, no me va a enseñar un plantanabos del tres al cuarto como cuidar mis maravillosas florecillas.
Para terminar tengo que decir, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Aprovecho la ocasión para desde aquí, ofrecer mis servicios, no solo de enterrador, sino de jardinero, ante la demanda existente en el pueblo. Puedo cubrir las necesidades de nuestras convecinas y algún convecino si fuera menester. No es necesario una gran habilidad, ni llamar a forasteros, cuando los de casa, los de toda la vida, estamos disponibles para cuidar los jardines del pueblo. Más vale un clavel cercano, que un girasol de mano en mano.
Con silencio, convivencia, y buena tierra se despide

Epitafio Mármol


Contestación a la señorita Pánfila

Mi amada Pánfila:

Qué alegría saber de usted. Cómo reconozco a través de sus letras el mismo amor que yo le profeso. Nuestras misivas se cruzaron por el camino, igual que nuestros sentimientos. No veo el momento de forjar un encuentro y dejarnos arrastrar por nuestras pasiones.
Tal y como me pidió en sus preciosas letras, rebusqué en los bolsillos del cadáver y encontré varios documentos y fotografías a los que usted hacía referencia. Debo ser el único del pueblo que no conocía los tejemanejes de este sinvergüenza.
Pobrecilla mía lo que debe haber sufrido siendo extorsionada por este mamarracho. Ahora entiendo la inquina que existía por parte de su tío hacia este forastero. Quiero que sepa que ahora su secreto está en buenas manos. Los documentos están en sitio seguro, por lo que ya no tiene motivo de preocupación, siempre que nos llevemos a bien.
Como creo que estará cansada de fregar, lavar la ropa y atender a su tío en todas sus peticiones, cuando quiera puede recoger sus cosas y trasladarse a mi humilde casita. Ya sabe que no es muy grande, pero es tranquila y silenciosa. Como le conté tengo un huerto precioso en la zona de entrenichos y aunque algunas molestias acaecen cuando hay entierros, después de las letanías, vuelve la tranquilidad rápidamente. Quizá el día más ajetreado es el de todos los santos, que viene de visita todo el pueblo y ofrezco pastas y aguardiente.
Desde que me carteo con usted proyecto en mi mente un futuro compartido con una piara de niños, a los que veremos corretear y saltar entre las tumbas.
Deseoso de recibirla entre mis brazos, su amor me hace rejuvenecer.

Eternamente suyo

Epitafio Mármol

Max Ferlam
Grupo B


Carta de la peluquera al boticario

Estimado Don Cere:

Imagino que habrá llegado a tus oídos el rumor de la semana. Cloti va prodigando que el cura ha matado al hombre que apareció muerto en la puerta de la iglesia. Dice que pilló a su sobrina en la cama con el fiambre. Antes de matarlo, claro. ¡Lo que nos faltaba en el pueblo! Además de un asesino, una necrófila. Por un casual, ¿fue el muerto a tu botica? ¿O la sobrina de Don Discípulo? Por saber si alguno de los dos compró condones o anticonceptivos. Cabría la posibilidad de que la Pánfila estuviera embarazada. ¡Qué fuerte sería! ¿Tú qué opinas del asesinato? Porque tengo clarísimo que fue un asesinato y que nuestro cura tiene las manos manchadas de sangre. Seguro que los pilló en la sacristía. ¿Crees que si se queda embarazada Don Discípulo permitirá que aborte? Ya sabes lo hipócritas que son los curas... En fin, ya me dirás si tomaron o no precauciones. Ojalá esté preñada. ¡Y de un muerto!

P.D.: ya tengo listo tu peluquín. Cuando quieras ven a recogerlo. Y, ya sabes, si quieres que nadie sepa lo de tu bola de billar, tendrás que traerme unas pastillitas de esas que tan contenta me ponen.

Pili

Lucía Sabater
Grupo A


Carta de la cotilla del pueblo al carnicero

Querido Torcuato,

Esta carta es para comentarte que Pánfila y el difunto eran amantes, le conoció en la caja rural, y muchas veces los veía pasar desde mi ventana haciéndose sus arrumacos.
Ella me comentaba que tenía mucho dinero de una herencia de un tio indiano que volvió al pueblo y que no le importaría conquistarlo y tener descendencia con el,
Mantén en secreto esta carta hasta que se vayan esclareciendo los hechos, solo si te enteras en tu carnicería de algo ,me comentas, pero nada de esta carta.

Clotilde


Carta de Evaristo Parasentencia a Tomasa Madre

Querida Tomasa,

¡Cuantas noches soñé con un desenlace como este! Tu ex aparecía muerto a la puerta de la iglesia. Desde que el muy hijo de su madre te abandonó y pasé a compartir contigo la masa madre y todo lo que hubiera que compartir, he pensado que el muy desgraciado volvería al pueblo para intentar interferir entre nosotros. Por eso soñaba que aparecía muerto y nos dejaba en paz para siempre. Que como soy el juez de paz, bien me lo merezco y, por la misma razón, también sería incapaz de cargármelo yo mismo y me conformaba con soñarlo.
De todas formas, a pesar de ser el juez de paz, desde que me enteré del hecho, no he tenido paz alguna. Temo por todo lo que se avecina. Aunque yo descubrí el cadáver a primera hora y borré todas las huellas que pude, creo que acabarán por enterarse de que era tu marido y que su muerte la produjo un saco de harina que había aplastado su cabeza. Yo tiré en el pantano el saco lleno de piedras y borré todas las trazas del fino polvo blanco. Además le recompuse como pude la cabeza, para que no pareciese que lo habían matado y que había fallecido al golpearse la cabeza de forma fortuita con una piedra. Menos mal que nadie me vio, porque si alguien lo hubiera hecho y hubiera ido con el cuento a Clotilde la cotilla, a estas horas lo sabría todo el pueblo, la capital y la mitad del extranjero.
Confío en que todo el asunto se demore convenientemente y no llegue nunca a esclarecerse quien es el finado y la causa de su muerte, lo que solo tú y yo sabemos. Así podrá Valdeconchas del Páramo seguir siendo un pueblo tranquilo, dedicado a las letras y a las epístolas, con un entorno bucólico, lleno de literatura y de la buena gente valdeconchense. Espero seguir compartiendo contigo tu masa madre, tus mazapanes, tus obleas, tu par de hogazas y tu croissant, que no son una pantomima ni yo soy un mendrugo. Que lo nuestro no está prefabricado, congelado o procesado, que está hecho a base de amasar bien nuestros encuentros y ardo en deseos de reanudarlo lo antes posible en cuanto esté el horno para bollos, no vaya a perder el juicio si lo demoramos en demasía y se nos pasa de cocción.
Tuyo que te quiere

Evaris


Carta de Evaristo Parasentencia a Gracieta Recio Nal, directora de “La Voz de Valdeconchas”

Estimada Sra. Directora,

Creo mi deber de ciudadano valdeconchense informarla del contenido de la carta que he recibido esta mañana y que he trasladado a la Guardia Civil, entregándosela al jefe del cuartelillo don Alférez Provisional, y a nuestra alcaldesa, doña Rosa Mosqueta. Dado que es un tema que afecta a toda la población, espero que la publicación de esta carta en su periódico sirva para que ningún valdeconchense este desprevenido.
El remitente es el señor Recuadro Amarillo, Administrativo de Nación de los Están Dos Unidos, que se dirige a mí como juez de paz de Valdeconchas del Páramo por orden expresa de su jefe, Donuts Trampa, en relación con la reciente muerte en extrañas circunstancias de un espía que habían enviado a nuestro querido pueblo. La carta está dirigida a mí como juez de paz, ya que conjeturan estos señores que entre personas de paz nos entenderemos mejor.
El mencionado espía, un supuesto compatriota nuestro huido hace años, aunque el hecho no está comprobado, había sido enviado a Valdeconchas para conocer de primera mano la riqueza que representaba el oro escrito de nuestras cartas y epístolas, las letras raras de nuestras frases y la situación léxicoestratégica de nuestro pueblo, que solo necesita de relatos breves, poesías, microrrelatos y haikus para comunicarse sin necesidad de tomar el Whatsapp, el e-mail, el teléfono o las redes sociales para hablar unos con otros.
La muerte del espía ha destapado el baúl de los truenos en la Mansión Nívea de su país, ya que no están dispuestos a que nuestras supuestas riquezas caigan en manos de los trusoxs o de los capuchinos, que son sus competidores habituales. Con este motivo, pacíficamente, con buenas palabras, sin jactancia ni prepotencia, me insinúan que están decididos a comprar nuestro pueblo y su término municipal o, en su defecto, a inundarlo de tecnología hasta administrar nuestras riquezas en beneficio propio.
Puesto que no ha quedado establecido quien es el fallecido, si su muerte fue suicidio o no, ni en este caso quien fue el asesino, siendo yo un juez de paz al que no le gusta hacer juicios de valor, he pensado invitar al Sr. Presidente Trampa a partir unas nueces con mi mazo de juez e intercambiar algunas greguerías y unos cuantos aforismos para que conozca nuestra idiosincrasia. Aunque no me fío excesivamente de esta posibilidad, ya que el Sr. Amarillo describe en su carta el dineral que les había costado entrenar al espía, conseguir un Seat Panda auténtico, falsificar los documentos oficiales del ayuntamiento y los albaranes del taller mecánico, así como un jamón, una leche y una cerveza de suficiente calidad para que dieran el pego en nuestro pueblo.
Ante la incertidumbre de la situación, sugiero que pasemos del tema, que mantengamos nuestra proverbial tranquilidad y sigamos a lo nuestro, confiando que cualquier otro asunto sin importancia distraiga a tan distinguidos personajes y se olviden de Valdeconchas del Páramo para siempre.

Evaristo Parasentencia (Juez de Paz de Valdeconchas del Páramo)

(Posdata. En caso de producirse la reunión con el jefe DonutsTrampa, sería recomendable la presencia del poeta Baúl Terneras como mi asesor en temas literarios)

Manuel Medarde
Grupo A


Carta del juez de paz a la panadera

Estimada Tomasa:

Le escribo para hablarle del suceso acaecido esta mañana en nuestro querido Valdeconchas; no sé si ya estará al corriente del fallecimiento de un varón de mediana edad, pues había pensado, que como usted es la más madrugadora del pueblo, quizá supiera algo al respecto.
Se me había ocurrido que tal vez viera esta madrugada al finado, antes de su fatal desenlace, quizás pasó por su tahona, para comprar una hogaza de pan con la que acompañar al jamón pata negra que dicen que llevaba el susodicho en el maletero de su Seat Panda. Como usted sabe, yo soy de los pocos que acudo a su panadería para comprar un bollo con el que acompañar mis nueces, que es un manjar exquisito, y digo yo que el jamón ibérico, así entre pan y dedo, pues está más rico.
Bueno, que solo era por comentar para indagar sobre la causa de la muerte, para que se haga justicia, y no dar crédito a esos rumores un tanto infundados que circulan por ahí, que crecen como la masa cuando yelda y ya no hay quien los detenga.
Se despide de usted esperando su respuesta, don Evaristo Parasentencia.

Jesús García
Grupo A


Carta del boticario a la peluquera

Estimada Pilu: 

Ya sabrás lo del muerto que ha aparecido a la puerta de la iglesia. Entiendo que probablemente tú conozcas a esa persona porque posiblemente haya pasado por tu peluquería cuando aún estaba vivo. Esto lo infiero de la serie artículos que han aparecido en el vehículo del finado, entre los que se encontraba un lote de productos capilares que pudieran tener una formulación defectuosa o contraria a la legislación sanitaria. 
Me gustaría que me permitieras ver la formulación del producto que normalmente tú utilizas para estos menesteres. 
En realidad, esto me sería de gran ayuda para desechar la sospecha que me corroe, ya que al llegar al lugar de los hechos, me ha llamado la atención, la intensa coloración rojiza de la piel del difunto. 
Esto delata, a todas luces, una ingesta accidental, premeditada, inducida o suministrada, sin obviar por ello una manipulación indebida e incluso la inhalación de una dosis mortal de cianuro sódico o potásico. 
Quedo a la espera de que me envíes la muestra solicitada. 
En señal de agradecimiento te obsequiaré con un lote de sérum de coco, sin susto. 

Recibe un abrazo tónico de tu amigo y cliente Cere.


Carta del boticario a la directora de "La voz de Valdeconchas"

Sra. directora:

Me dirijo a usted para publicar en su prestigioso diario los resultados de mi investigación, llevada a cabo con rigor científico y metodología aséptica.
La aparición de un cadáver la semana pasada en las inmediaciones de la iglesia de Valdeconchas, y las peculiares circunstancias del hallazgo, representaron para mí un desafío profesional. El aspecto del finado y los elementos que lo rodeaban sugerían, y de hecho generaron, una multiplicidad de pistas.
Desde un principio me quedó claro que la muerte fue provocada por la introducción en el organismo de una sustancia tóxica, ya fuera por ingestión (accidental, premeditada, inducida o suministrada), sin descartar la exposición cutánea o la inhalación.
La evidente coloración rojiza de la piel (conocida como "piel de cereza"), típica de la intoxicación por cianuro, me sorprendió que no hubiera sido mencionada por doña Remedios Sanitas, nuestra médica, que aun habiendo practicado la primera inspección del cadáver, omitió comentar este hecho tan relevante.
En principio, el móvil económico parecía descartable, pues no había indicios de robo. La variedad de objetos encontrados en la escena, que descarté fueran puestos para despistar, así lo sugerían. Dado que la víctima era forastera y su muerte no parecía beneficiar a nadie en particular, esta línea de investigación quedó temporalmente aparcada, aunque no descartada del todo.
Siguiendo, pues, la doctrina del gran H. Poirot, me incliné por el aspecto sentimental del asunto. "Cherchez la femme, mon ami”.
Inmediatamente reparé en que Anuncia, la alguacil, no había pregonado la visita de este extraño. Es más, tampoco cumplió con su deber de divulgar adecuadamente la aparición del fiambre (dicho sea con el respeto que merece el difunto). Esto me condujo, lógicamente, a analizar las conexiones sentimentales íntimas (notorias en todo el pueblo) entre Anuncia y sus convecinos.
Todos somos conocedores de la relación triangular que mantiene con Yimi Cárter y con la destinataria de esta comunicación. La posibilidad de que el forastero se hubiese "liado" con alguno de ellos no parecía motivo suficiente para eliminarlo, dado el carácter liberal y abierto que han demostrado en tales asuntos. Además, no veía la forma en que, ninguno de los tres hubieran podido obtener una dosis letal de cianuro, por lo que también tuve que aparcar este ramal de la investigación por enredoso.
El hallazgo de una sustancia blanca (que resultó ser harina) en la cremallera de la bragueta del fallecido, me llamó poderosamente la atención, al no encontrar entre los múltiples artículos del Seat Panda ningún elemento que contuviera dicha sustancia. Al principio lo confundí con azúcar glas, quizá restos de un bollo o mantecado ingerido antes del óbito y que pudiera estar impregnado del veneno.
Esto nos hubiera llevado directos a llamar a la puerta de Tomasa Madre, la panadera o de Benita del Norte, la dueña de la tienda. También podría tratarse de una partida defectuosa o de la consecuencia de un sabotaje industrial. Pero el análisis de la harina no mostró rastros de cianuro.
Tuve que archivar temporalmente este dato, pues no veía la conexión entre el extraño y dichas señoras. Pero la pista estaba ahí, y no podía ignorarse.
Me centré entonces en quién podría tener ferrocianuro en cantidad suficiente para convertirlo en la variante letal y emponzoñar al pueblo con esta desgracia.
La lista, por supuesto, debía empezar por el boticario, único con acceso claro a tales elementos químicos. Siguiendo el método de S. Holmes, no me quedó más remedio que incluirme en la lista de sospechosos.

Otras personas con posible acceso serían:

Pilu, la peluquera, por si se hubiera usado algún producto capilar defectuoso de los encontrados en la escena.
Ferrico, quien lo utiliza en la lixiviación de minerales y residuos electrónicos en su fragua.
Yimi Cárter, pues en las pinturas y adhesivos de su taller hay abundantes compuestos relacionados (aunque esta pista quedó en barbecho, al no imaginar cómo habría podido ingeniárselas para obtenerlo).
Benita del Norte, vendía yuca al por mayor. Sin olvidarse de la sal, donde el ferrocianuro se usa como antiaglomerante (especialmente en la sal para carreteras) de la que aprovisiona en invierno a Rosa Mosqueta. Con Benita me ocurría lo mismo que con Jimmy, pero el hecho de involucrar a la alcaldesa le daba un cariz... político y a partir de ahí el pandemonium.
Por último, el carnicero, pues en la metionina de los piensos de su granja hay suficiente cianuro de hidrógeno como para producir compuestos letales. Esto, a su vez, lo conectaba con su amante, Remedios Sanitas, y explicaba quizá su silencio sobre el color del cadáver.
Tras este exhaustivo análisis que conducía a todas y a ninguna parte simultáneamente, se me secaron todas las nueces del cerebro y decidí reconfortarme con un tónico espirituoso. Me eché al coleto media botella de Petroni Vermello con unos berberechos al vapor, lo que me produjo un ensueño en el que los miembros del club de orgías matutinas de mi pueblo me perseguían y me tiraban por un tobogán por el que caía en un lago donde las cerezas se teñían de sí mismas.
Desperté de la soporífera siesta por una llamada del Alférez Provisional, en la que me detalló la autopsia. La causa definitiva de la muerte fue la aplicación en una herida de la ceja derecha (producida por cristal en manos de un/a zurda) de una sustancia con cianuro potásico. El occiso había sufrido un fuerte golpe en la cabeza, recibido horas antes, que le provocó un edema y posiblemente afectó a sus funciones cognitivas e inhibitorias (vaya, que le hicieron cambiar de idea de forma literal y contundente). La revelación más sorprendente fue su identidad: un antiguo agente secreto, Gabriel Wounds-Graves, que investigaba las tierras raras del término municipal y que, de paso, había topado con una red de narcóticos dirigida desde la taberna de Andy Soberano por su amante, Ana Filactico, de la que dejó abundantes pruebas.
Se supo que el agente había vivido durante años en Valdeconchas, de donde se fugó con la madre de su pareja. Se había agenciado documentación falsa para hacerse pareja de hecho de Tomasa Madre, con quien mantenía un tórrido romance. Me di cuenta de que la única zurda del pueblo era Tomasa y Pilu era ambidiestra.
Al colgar, me di cuenta del avispero en que estaba metido y me entró un canguelo hasta tal punto de que el apretón no me dejó llegar al servicio. Pasado el trauma, y una vez cambiados los gayumbos, decidí tres cosas: prestar más atención a la intensa vida social de la cara B de mi pueblo; darme de baja de Netflix, incapaz de guiones a la altura de la realidad; y visitar a los implicados para encajar las piezas del puzle.
Sabía dos cosas: que Tomasa y Evaristo tenían "un algo" (los vi besarse con pasión a través del espejo de mi trastienda) y que intuía que eran el eslabón más débil. Y así fue.
Tras sus relatos (una declaración de amor mutuo) comprendí que la harina en la bragueta era un resto que dejó Evaristo al intentar limpiar la escena. También que fue la primera persona en encontrar a Gabriel después de que lo mataran. Que Tomasa fue la autora de la herida que luego se usó para envenenarlo, era obvio. El acto de Tomasa fue un arrebato, pero no un asesinato; el de Evaristo, borrar pruebas, parecía una postura de semejanza profesional, por imitación a los altos cargos de su menester.
A partir de ahí, junto al Alférez, visitamos a Férrico el herrero y a la doctora para averiguar por qué se encubrían mutuamente. Fue un acierto.
La médica, al sentirse acorralada, cantó. Omitió lo del envenenamiento porque temía que Férrico, celópata con tendencias suicidas, pudiera haber envenenado a Gabriel, a quien odiaba por la forma sensual de bailar con ella. Aunque no lo creía capaz de sintetizar el veneno, el rencor de su amante la asustó. Además, ambos tenían coartadas: ella en un congreso de cubos de Rubik y él en Valdenabos del Monte, jugando a la tortilla rusa toda la noche ante más de veinte testigos.
Fuimos directos al bar de Soberano para detener a Andy y a Ana Filactico por delincuencia organizada y narcotráfico. Al mencionarles las penas que les esperaban, se desplomaron y ofrecieron un acuerdo: revelarían todo lo que sabían (y aseguraron saber mucho) a cambio de penas menos graves, como trabajar en Barcelona o Lisboa sin alojamiento, o en invernaderos de Almería, o que Andy intentara homologar su título de psicólogo. Les prometimos que si su información conducía al esclarecimiento total de los hechos, no le daríamos un trato tan degradante.
La información que revelaron fue de tal magnitud que nos dejó petrificados.
El carnicero, aficionado al bondage y con "bastante pluma", mantenía una relación homo con Leite de Gaza, el lechero (de quien era esclavo sexual). Usted ejercía de dominatrix de ambos y mantenía, además, otra relación bi con Rosa Mosqueta y la propia Ana Filactico
Este ameritado sistema por el que usted dirigía los diversos clubes y el proceso de admisión, al que algunos no fuimos llamados, había funcionado durante años, hasta que apareció Gabriel y usted lo incorporó al grupo.
Su preferencia por el agente la puso en el conocimiento de un informe exhaustivo sobre el valor futuro de las tierras raras en las que estaba asentado el municipio. Y entonces fue cuando sus ansias de poder y su codicia salieron a flote, pues las de control nunca las pudo ocultar.
Usted, señora Gracieta, envileció todo este entramado de relaciones (practicadas al amparo de una percepción de práctica normalizada por los medios de comunicación y el auspicio de las autoridades educativas y gubernamentales) para azuzar a los demás contra Gabriel desde la sombra.
Fue la autora intelectual del plan que llevó a Pilu a suministrarle sus crecepelos, que, sumados a los aportados por el carnicero, le permitieron obtener cianuro potásico suficiente para perpetrar tan execrable acto.
Usted urdió el plan, por el que Rosa Mosqueta, su socia en el futuro negocio de explotación de las tierras raras, atrajo a Gabriel a una cita con la excusa de darle una documentación y al verlo aturdido por los golpes previos, con el pretexto de curarle la herida, le aplicó el veneno. Después, ambas, con ayuda del lechero, trasladaron el cuerpo y lo depositaron donde fue hallado.
Cuando reciba esta misiva, sabrá que su socia Rosa Mosqueta ya ha confesado, y que al lechero se le va a agriar el yogurt. En el sobre de esta misiva (escrita con tinta autoborrable), encontrará una píldora de la sustancia que ambas fabricaron, por si desea sustraerse a la acción de la justicia, la cual, no le quepa duda, caerá sobre usted con todo su peso.

Reciba un cordial saludo, del calvorota bajito de este pueblo.

Atentamente, Cere Gumil.

Calgari
Grupo A


Carta de la Maestra D. ª Ciclopedia Álvarez a la Alcaldesa Rosa Mosqueta

Querida Burgomaestra Rosa Mosqueta, coma,
espero que a la llegada de esta, coma, se encuentre bien, punto y coma,
yo bien, A.D.G. punto.

El motivo que me conduce a escribirle, coma,
es mi gran preocupación ante los recientes hechos acontecidos, punto.

Como usted ya sabe, coma,
en mis cuarenta años de ejercicio profesional, coma,
he procurado mantener a salvo a cuantos alumnos han pasado por mi aula, coma,
y este suceso ha causado en ellos gran turbación, punto.

Por ello, coma,
me atrevo a sugerir una idea de cómo ha podido suceder tan tremenda tragedia, punto.

Según mi opinión, coma,
el finado, coma,
hace tiempo que venía conversando con la señorita Pánfila Expósito, coma,
sobrina del señor cura don Discípulo de Dios, punto.

Si bien, coma,
como es sabido por todos, coma,
su tío la tenía “atada en corto”, coma,
y es por ello que no habían querido hacer pública su relación, coma,
temiendo tal vez el rechazo de este, punto.

No olvidemos que, coma,
al tratarse de un forastero, coma,
no se conocía gran cosa sobre su vida, punto.

Pero es supuesto que ambos habían hecho planes para vivir juntos, coma,
muestra de ello, coma,
son los pasos que siguió el finado y los enseres encontrados en el Seat Panda, coma,
que conducía, punto.

El día de autos, coma,
se le vio a primera hora en la sede del ayuntamiento, coma,
donde solicitó empadronarse en esta localidad, coma,
y una de las viviendas vacías y subvencionadas, coma,
como lo muestran los papeles sellados por el secretario, punto.

Para conocer a los habitantes y ganarse su aprecio, coma,
decidió acudir a los diferentes negocios, coma,
de ahí la cántara de leche, coma,
que le vendió el lechero, coma,
el señor Leite Gaza, punto.

Así como la carnicería, coma,
donde compró un jamón al señor Torcuato y Mitad, coma,
un barril de cerveza que compró al tabernero Andy Soberano, coma,
después de tomarse un café, punto.

Después visitó la farmacia, coma,
donde Don Cere Gumil le vendió un lote completo de productos capilares, coma,
entre ellos un crecepelo, coma,
a pesar de que el forastero es poseedor de una larga melena, punto.

Como le comentó que estaba algo cansado, coma,
le solicitó también que le vendiese unas vitaminas, coma,
y también que le dolía un poco el estómago, punto.

Pero el señor boticario, coma,
le argumentó que no daba ningún medicamento sin receta, coma,
y le indicó dónde se encontraba la consulta médica, punto.

Hecho que se constata, coma,
en las dos recetas encontradas en el coche, coma,
y firmadas por la médica doña Remedios Sanitas, punto.

Más tarde condujo su coche hasta el taller mecánico, coma,
donde pidió cita para reparar el golpe en la puerta, coma,
que presentaba su coche, coma,
y que el día anterior le había hecho otro conductor, coma,
al saltarse un semáforo, punto.

El mecánico, coma,
señor Yimi Cárter, coma,
le informó que no tenía hueco ese día, coma,
por ello lo citó para esa misma tarde, coma,
tal y como muestra el albarán con el presupuesto de la reparación, punto.

Como todavía disponía de tiempo, coma,
pasó por casa del herrero, coma,
el señor Férrico Fundio, coma,
a recoger una reja de hierro fundido, coma,
que pensaba regalar al Juez de Paz, coma,
señor Evaristo Parasentencia, coma,
a cambio de casarlos en secreto al día siguiente, punto.

Y como quería darle gusto a su secreta novia, coma
pasó por la biblioteca, coma
donde solicitó a la bibliotecaria, coma
la señora Marta Páginas , coma
varios libros para leer ambos en su luna de miel, punto.

Por tanto, coma,
mi conclusión es que el acumulo de circunstancias, coma,
la tensión acumulada, coma,
el sinfín de tareas realizadas, coma,
y la emoción implícita de la relación y la posible boda, coma,
hicieron que el forastero sucumbiera a un posible infarto, punto.

Que tendrán que diagnosticar, coma,
con la oportuna autopsia, punto final.

Sin más, coma,
y esperando que estas conclusiones le sean de ayuda, coma,
quedo a su disposición para cualquier ayuda que precise, punto.

Un saludo, dos puntos,
doña Ciclopedia Álvarez, punto.
Maestra del Colegio María Moliner, punto y final.


Artículo para la Voz de Valdeconchas.
A/A de D. ª Gracieta Recio Nal

Un jamón, un barril y un Seat Panda: el misterioso caso del forastero que casi se queda a vivir.

El fallecido fue hallado junto a su coche con más equipaje emocional que maletero; el pueblo, mientras tanto, ya ha dictado sentencia.

La habitual placidez del municipio se vio alterada esta semana por un suceso que ha dado más conversación que la subida de los huevos: un forastero fue hallado muerto junto a su Seat Panda, vehículo que, a juzgar por su contenido, parecía más una mudanza improvisada que un coche utilitario.
En el interior del automóvil, los agentes encontraron un auténtico inventario digno de una boda rural: un jamón pata negra, un barril de cerveza, varios libros, un par de recetas médicas, un lote completo de productos capilares, (incluido un crecepelo, pese a que el finado lucía abundante melena), una reja de hierro fundido que no cuadraba con la tapicería, y diversos documentos oficiales con el flamante sello del Ayuntamiento. Como remate, apareció un albarán con la dirección del taller mecánico del pueblo, prueba inequívoca de que el difunto ya conocía nuestras infraestructuras.
Las pesquisas permitieron reconstruir una jornada tan intensa que ni en fiestas patronales: empadronamiento por la mañana, compras por todo el pueblo, visita médica, cita en el taller y encargo en la herrería. Todo ello mientras, presuntamente, planeaba casarse en secreto al día siguiente con la señorita Pánfila Expósito, sobrina del párroco, detalle que explica tanto la discreción como la prisa.
La hipótesis más seria apunta a que el forastero no murió de amor, sino de agotamiento: demasiados trámites, demasiadas emociones y un jamón demasiado grande para un solo día.
No obstante, la versión oficial convive con otra más jugosa. Y es que la cotilla del pueblo, siempre puntual y sin necesidad de confirmación alguna, ya ha difundido el rumor de que el párroco sorprendió al forastero en situación comprometida con su sobrina y que el desenlace fue tan fulminante como impropio. Las autoridades, por supuesto, han pedido calma y recuerdan que la imaginación popular corre más rápido que cualquier Seat Panda.
A la espera de la autopsia, el municipio sigue dividido entre quienes confían en la ciencia y quienes prefieren la versión con escándalo, sotana y cama ajena.
Lo único seguro es que el forastero llegó con intención de quedarse y acabó convirtiéndose en tema de conversación para todo el año.

ERA
Grupo B


Epístola a los habitantes de Valdeconchas (de su madre)
Texto de la carta a la directora de “La voz de Valdeconchas”, señora Gracieta Recio Nal 

Muy señora -por llamarla de alguna manera- mía, vistos los ominosos acontecimientos que han tenido lugar en nuestra pequeña comunidad (de pecadores), y de los que su periódico de bulos y fango se ha hecho calumnioso eco, quisiera ejercer mi derecho de rectificación, con censura eclesiástica, sobre algunos de los malignos comentarios que se han publicado en su infame libelo.
En primer lugar, no he dicho en ningún sermón que esta pequeña aldea sea una nueva Sodoma y Gomorra, ni que los valdeconchenses merezcan el peor nombre de valdecochinos, no porque no lo piense -y cosas peores- sino porque no puede haber ningún testigo de ello, dado que, como es público y notorio -aparte de motivo de mofa y befa- en este pueblo dejado de la mano de Dios ningún vecino ha asistido jamás a mis piadosos y edificantes sermones.
En cuanto a las malas lenguas viperinas de la parroquiana excomulgada Clotilde Palique, que Dios confunda, acusándome de haber asesinado a la víctima por haberla encontrado “in fraganti” trato carnal con mi sobrina, siendo sodomizada ella con gran deleite y griterío de ambos, y movido este humilde servidor de Dios por un ataque de cuernos, lo niego rotundamente. La prueba es que mi adorada sobrina y ángel tutelar sigue bajo mi techo, ocupándose de las tareas propias de su sexo, y me refiero a las domésticas (todo incluido).
En segundo lugar, por secreto de (auto) confesión, he tenido conocimiento de un nuevo asesinato, el de la propia Clotilde Palique, cuyo cuerpo aparecerá enterrado fuera de las puertas del cementerio católico, ya que era público y notorio que no merecía serlo en lugar sagrado. Digo lo cual, por colaborar, como un vecino respetuoso con la ley y temeroso de Dios, para el esclarecimiento de los hechos. No puedo señalar al autor, porque como ya dije antes, mis confesiones son secretas y sólo el Altísimo las conoce y las juzga. Ego absolvo a peccatis tuis et meus.
En tercer lugar, quiero denunciar un robo que ha tenido lugar en la Iglesia de la que me honraba, hasta hoy, ser su párroco. Varias piezas han sido extraídas, sin respeto alguno al Derecho Canónico Internacional. Por abreviar diré que todas las que constan en el registro de antigüedades, joyas y patrimonio artístico que obra en el obispado. Dado que la profanación tuvo lugar el día antes de la aparición del cadáver, tengo para mí que fue el finado el que las robó, y al intentar deshacerse de ellas permutándolas con el botín que apareció en el Seat, fue asesinado por alguno de los peristas a fin de quedarse con las piezas más valiosas, y de más fácil colocación en el mercado negro (sin ánimo de ofender).
Por último, me niego a continuar en este pueblo de asesinos, ladrones y fornicadores, de modo que, al recibo de esta misiva habré desaparecido sin dejar rastro (junto a mi sobrina); me retiro al desierto para expiar mis pecados y rogar al demonio haga desaparecer esta vil aldea de la faz de la tierra, y condene a sus inicuos habitantes -Valdeconchenses (de su madre)- al fuego del infierno y el sufrimiento eterno.
Me despido, lamentando no haber repartido unas cuantas hostias más, a mano alzada, con una frase lapidaria de mi ancestro Enrique Santos Discípulo, de quien recibí nombre y gentilicio -Discípulo de los Santos, rebautizado al hacer los votos como Discípulo de Dios- que dice así:

“Que Valdeconchas del Páramo fue y será una porquería ya lo sé, en el quinientos diez y en el dos mil también”.

Don Discípulo de Dios
   
Ignacio Aparicio
Grupo A


Carta del herrero a la médico

Doña Remedios Sanitas:

Me he enterado de que Vd. ha certificado la defunción de un fallecido cerca de la iglesia, pero por falta de instrumental médico no ha podido realizarse la autopsia. Ahora bien, al estar cerca del fallecido, ¿ha apreciado algún signo de violencia? Según sus pesquisas, ¿sospecha de alguien en particular o, como se oyen tantos rumores, no podría asegurar nada en concreto? Comentan varios vecinos que tenía disputas con el carnicero.
¿Me podría decir si, al reconocer al fallecido, vio si tenía alguna agresión de arma blanca?
Aquí, en mi fragua, los rumores son numerosos, pero cada uno da una versión diferente.
Es cierto que, en el interior de su coche, un Seat Panda, había una reja de hierro fundido, la cual fue realizada por mí hace muchos años, y no la he vuelto a ver por mi herrería.
Si Vd. tuviera que señalar a alguien por sus conocimientos, que son muchos, ¿quién cree que puede ser el que acabó con su vida? Le agradecería enormemente que se pusiera en contacto conmigo.

Atentamente,
Férrico Fundio


Carta al diario de Valdeconchas
Señora Directora de La Voz de Valdeconchas del Páramo,

Doña Gracieta Recio Nal.:

Me dirijo a Vd. al leer la noticia necrológica aparecida en su periódico: un fallecido de mediana edad, cerca de la puerta de la iglesia.
Todos los vecinos de Valdeconchas se encuentran consternados y lamentando dicho fallecimiento. Al ser un pueblo de unos 24 vecinos, no deja de ser comentado. Rumores no faltan, pero ahora tendrá que intervenir la Guardia Civil y colaborar al máximo con ella para esclarecer el crimen acontecido.
Quedo pendiente de la contestación de la médica Dña. Remedios Sanitas, que me imagino habrá llevado a cabo sus propias investigaciones y, por supuesto, las habrá hecho llegar a la Guardia Civil, con el fin de aumentar la documentación recibida de muchos de los vecinos, que estarán interesados al máximo en el esclarecimiento de este fatídico suceso, pues no se sabe con certeza si fue asesinado, envenenado o cuál fue la causa de su muerte.

Atentamente,
Férrico Fundio

Fernando Nieto
Grupo A


Carta de la panadera al juez de paz, Dos Evaristo Parasentencia.

Queridísimo Evaristo:

Pienso en ti todos los días. Cada vez que unto la harina que luego transformaré en los cruasanes y napolitanas que tanto te gustaban, recuerdo aquellos encuentros clandestinos en los que a escondidas nos amábamos mutuamente. Yo hundía mis manos en tus carnes flácidas, mi pequeño gordinflón, las amasaba y sentía el calor de tu piel mientras daba forma a esos pliegues grasientos y peludos. Alimenté tu alma con mis besos y tu cuerpo con mis hojaldres hasta transformarte en un descomunal bollo relleno de crema andante y calvo.
¡Jamás debí separarme de ti! ¿Por qué te dejé? A todas horas me hago esta pregunta mientras mis lágrimas caen sin cesar mezclándose con la levadura y la masa madre, esparciendo mi tristeza por todo el pan que sale de mi tahona.
Toda esta desgracia comenzó con un presentimiento de la curandera Tendinitis Crónica. Ese presentimiento se transformó en una pesada y enorme losa que me aplastó hasta dejarme como papel de fumar cuando Remedios Sanitas, la doctora, me lanzó esa lapidaria sentencia (nunca mejor dicho) que cambiaría mi vida para siempre: “Eres celíaca.”
¡No puede ser! Yo, amante de los cereales, conocedora de todos los secretos que guardan el trigo y la avena, entusiasta y ferviente defensora de los carbohidrantos, tanto integrales como refinados. No pude con aquello. Desesperé de la locura y jamás me recuperé, Alguien vino en mi ayuda. Gabriel, joven, atento, encantador y comercial de productos de panadería sin gluten, fue el ancla que me recogió de mi naufragio. Solo fue un bálsamo temporal porque el amor de mi vida eres tú, mi querido gordito.
Así se lo hice saber aquella aciaga noche en su Seat Panda cochambroso. ¡Maldito Gabriel, cleptómano con Síndrome de Diógenes que acumulaba en su asqueroso vehículo artículos de los más absurdos! Fue un momento de locura transitoria, un flas que paralizó mi cerebro y mi sentido común durante unos minutos que no he podido guardar en mi memoria. Él se moría de celos porque no quería que yo regresara a tu lado. Discutimos, chillamos, nos lanzamos todo tipo de trastos y cachivaches. Lo último que recuerdo es su brazo descomunal moviéndose torpe y pesadamente para agarrar un jamón de pata negra mientras yo le arrojaba a la cara un bote de laca que se le quedó incrustado en el ojo derecho. No he querido bucear más en mis recuerdos porque eso ya es pasado. Ahora tenemos por delante un hermoso futuro de felicidad construida con hogazas, chapatas, molletes, napolitanas, rosquillas, brioches, magdalenas y bollos suizos. Tú y yo solos, por fin.

Tomasa Madre  

Maite BT
Grupo A

Carta de la maestra al guardia civil D. Alférez Provisional

Valdeconchas del Páramo a 13 de Enero de 2026

Estimado Alférez:

Dado el lamentable incidente ocurrido recientemente, me dispongo dirigirme a su persona con el fiel propósito de solicitarle su estimable ayuda, para resolver el misterio que rodea al pueblo. Hace dos días, se difundió el rumor sobre un hombre encontrado sin vida dentro de un Seat-Panda.
Mis alumnos afirman haber visto a Clotilde Palique y Pilu Quin en una conversación tensa durante al recreo, (como buen conocedor de costumbres que usted es) sabe que son conocidas por su lengua afilada, que sus gritos interrumpieron sus juegos .¿Qué relación tiene esas dos mujeres para gritarse así? En este momento, y siempre siguiendo sus relatos, se detuvo un coche que, según mis investigaciones, coincidía con el coche del fallecido. Pilu Quin parece haber golpeado la puerta con fuerza, lo cual coincide con el coche encontrado. ¿Es posible que ambas estuvieran relacionadas con el fallecido?
Dejo esta pregunta en el aire, basándome en la información de estos alumnos, que si bien es cierto, coinciden en el relato, aún a sabiendas que la falta de información en los menores muy a menudo se convierte en crueldad y fantasía.
Mi intención es simplemente informarle de cualquier dato que pueda esclarecer este incidente que pone en duda la buena reputación del pueblo.

Atentamente

Ciclopedia Moyano.
Maestra del C.P Maria Moliner

Elena Domínguez
Grupo C


Carta de la peluquera al boticario, Don Cere Gumil

Estimado Do Cere:

Ya se habrá enterado del muerto aparecido delante de la Iglesia en un seat panda
Dicen que en el coche tenía un lote (que no le vendí yo) de productos capilares. ¿Pobre!. Se me ponen los pelos de punta. El hombre, según el retrato que le ha hecho no sé quién, era calvo como mi marido, y por eso le escribo. ¿Podría Usted facilitarme la visita a la morgue?. Sospecho que podría ser él, quiero decir mi exmarido (Pepe), el que desapareció con mi madre. No sé si se acuerda de ellos. Mi madre solía comprarle a Usted un callicida muy bueno todos los martes de carnaval.
Me sincero con Usted Sr. Gumil ¿Por qué a quién sino le voy a contar yo que mi madre se fugó con mi marido?. ¡Qué papelón!.
Si es así, podría yo pasar a ser la primera sospechosa, ya sabe motivo y ocasión. Pero Usted me conoce bien, hemos compartido momentos en la pelu o en su botica.
Abusando de su confianza le pido ayuda.

Pilu

PD.: le recuerdo que tiene Usted hora para arreglarle el pelo a su Mini mañana a las 9.


Email de Pilu Quín al diario "La Voz de Valdeconchas"

De: pilucaquin2001@gmail.com
Para:  lavozdevaldeconchas@yahoo.es
ASUNTO: Caso de Villaconchas del Párl diariamo

Hola:

Les escribo en relación con el muerto que apareció hace dos días en medio de nuestro querido pueblo. En este tiempo todos nuestros paisanos están buscando 3 pies al gato ya que se rumorea que no murió de muerte natural. La Guardia Civil mandó abrir el buzón de correos y leyeron todas nuestras cartas estuvieran o no en sobres cerrados. Sin nuestro permiso. Quiero manifestar mi repulsa. Considero que se ha vulnerado la protección de datos y nuestro derecho a la privacidad.
Estimada Directora, como lectora de su diario le agradezco con la delicadeza que han tratado el tema en "La voz de Valdeconchas" de ayer. Quizás lo del ajuste de cuentas ha sido un poco precipitado, no sé en que cotilleo se han basado, pero me encantó lo del buen aliño indumentario y lo de la belleza de nuestras mujeres por la cuenta que me trae. Soy una peluquera a la que le gusta personalizar su trabajo. No hay dos mujeres ni dos hombres con el mismo peinado en Villaconchas. Me esmero mucho y me gusta que me lo reconozcan.
En fin, gracias por todo y me pongo a su disposición por si necesitan de alguien que les mantenga informados con garantías de fiabilidad.
Atentamente

Piluca

Tlf.: 666 45 43 42
 
Araceli Sebastián
Grupo C


Carta del cura a la bibliotecaria

Amiga Marta Páginas:

No te creas lo que dicen las malas lenguas del pueblo, de que el muerto soy yo, Don Discípulo de Dios, porque es obvio, no te estaría escribiendo esta carta.
El muerto puede que sea una persona ajena a nuestro pueblo de Valdeconchas del Páramo, y que actualmente nadie sabe a ciencia cierta quién puede ser, ya que como bien sabes, hubo mercadillo esta semana, y ya conoces la cantidad de tenderetes que rodean la iglesia y la plaza del pueblo, con gente rara y desconocida por estos lugares.
Tengo entendido que el cuerpo del fallecido, está depositado en las dependencias de la guardia civil, y tan solo su cara ha sido vista por el Alférez Provisional, el cual debería comunicárselo a la alcaldesa Dª Rosa Mosquera, para que hiciera las gestiones pertinentes con el juez de paz D. Evaristo Parasentencia, la médico Dª Remedios Sanitas, por si tiene más datos que desconocemos el resto de los vecinos de nuestro querido pueblo de Valdeconchas del Páramo.

Atentamente

D. Discípulo de Dios

Luis Iglesias
Grupo B


Carta de Don Cere Gumil, boticario de Valdeconchas del Páramo a Dª Anuncia Bandos, alguacila de dicha localidad.

Estimada Anuncia

El motivo de esta carta está relacionado con el luctuoso suceso acaecido en Valdeconchas del Páramo: el hallazgo de un cadáver en el interior de un vehículo en circunstancias harto extrañas. He de comunicarle que el día anterior, el finado estuvo en mi botica, donde adquirió un lote de productos capilares, así mismo me presentó dos recetas, que , de inmediato, despertaron mi recelo, toda vez que se trataba de fármacos abortivos, por otra parte la firma de dichas recetas no era la de Dª Remedios Sanitas, nuestra médico, que hubiera identificado de inmediato. Ante mis preguntas sobre la procedencia de las recetas y la mujer a quien iban destinados los medicamentos, recibí respuestas vagas e inconcretas. Naturalmente me negué a dispensárselos. Creo que en las referidas recetas puede estar la clave de este homicidio, por lo que apelo a su responsabilidad como funcionaria del ayuntamiento para contribuir al esclarecimiento de este presunto crimen. Mi propuesta consiste en que pregone un bando en el que se anuncie el hallazgo de estas recetas e informe que serán entregadas a su dueña si acredita su titularidad. No soy tan ingenuo como para creer que esta mujer las reclame, pero podemos provocar un paso en falso que permita desvelar su identidad y poder seguir alguna pista fiable para el esclarecimiento de los hechos.

Agradezco de antemano su atención y quedo a la espera de sus noticias.

Fdo: D. Cere Gumil. 
Boticario de la villa de Valdeconchas del Páramo.


Carta de Don Cere Gumil, boticario de Valdeconchas del Páramo Doña Gracieta Recio Nal, directora de “La Voz de Valdeconchas”

Señora directora

Le escribo esta misiva solicitando su colaboración para el esclarecimiento del extraño suceso del cadáver hallado en el interior de un vehículo estacionado a la puerta de la parroquia. Dada la alarma social que ha generado este luctuoso suceso, juzgo necesario e incluso imprescindible, me atrevería a afirmar, que Ud, como representante del Cuarto Poder, tome cartas en el asunto. No se pueden obviar las circunstancias extraordinarias que rodean el crimen, como el lugar donde se halla el cuerpo, junto a la iglesia, ¿Estarán implicados los altos estamentos clericales? ¿Estaremos ante alguna oscura conspiración vaticana para tapar el escándalo de los abusos infantiles? Se han hallado también documentos oficiales del ayuntamiento que bien pudieran estar relacionados con cierta trama de corrupción municipal consistente en recalificaciones fraudulentas de terrenos que favorezcan a empresarios amigos de la alcaldesa. Así mismo, en el interior del vehículo se encontraron diversos productos alimenticios como leche, cerveza, jamón… objeto de subvenciones por parte de la U.E. y, por tanto, susceptibles de sospecha. Está también el albarán del taller mecánico, gremio éste íntimamente relacionado con las estafas vinculadas a la ITV. Por lo que se refiere a los productos capilares que carecen de registro sanitario, y las recetas supuestamente falsas halladas en junto al cadáver y que, con evidente mala intención, algún desaprensivo se ha encargado de difundir que fueron despachadas en mi botica, me parece una idea descabellada y fantasiosa, fruto de una mente fabuladora y, a todas luces interesada en desviar la atención. Agradeciendo de antemano su valiosa colaboración me despido atentamente, reciba un cordial saludo.

Fdo: D. Cere Gumil. 
Boticario de la villa de Valdeconchas del Páramo.

Pablo Pérez Matilla
Grupo B


Carta del boticario a la peluquera

Querida Pilu Quin, enterado de la triste noticia del presunto asesinato del finado que ha aparecido muerto en el interior de un SEAT panda, no deja de sorprenderme quien haya podido ser el culpable y, dado que por tu Peluquería pasa todo bicho viviente, puede ser que tengas conocimiento de quien haya podido cometer semejante fechoría.
Yo, acabo de hacer recuento de los medicamentos existentes y de las recetas despachadas en los días precedentes al lamentable suceso, por si se hubiera colado la que pudiera haber sido el arma asesina en manos de alguien, que por celos o despecho no pudiera contener sus ganas de venganza.
Estate muy atenta a toda conversación y chismes que puedan salir de tu clientela, ya que puede ser muy útil para que la Guardia Civil pueda dar luz a este escabroso asunto.

Siempre suyo,

Cere Gumil


Carta del boticario Don Cere Gumil a la directora del periódico “la voz de Valdeconchas” Doña Gracieta Recio Nal.

Estimada directora:

Sacudidos por el lamentable acontecimiento de la aparición de un cadáver en el interior de un SEAT panda, en nuestra localidad de Valdeconchas del Páramo, hecho puesto a disposición de la Benemérita, para recabar todo tipo de pruebas y esclarecer en primer lugar la identidad del finado, y que le había traído hasta nuestro pueblo, para abrir las diligencias pertinentes y dar con el presunto culpable o culpables de tan vil asesinato.
Distintos motivos presagian y esconden cuál pudo ser el móvil, para terminar con la vida del desconocido y qué le había acercado a nuestro pueblo.
Como responsable del periódico, le ruego nos tenga informados de cuantos acontecimientos vayan acaeciendo y poder estar tranquilos y libres de cualquier sospecha que cae sobre los habitantes de este pueblo, como espada de Damocles.

Afectuosamente,

El boticario.

P.G.
Grupo C


Carta de la panadera al juez de paz

Distinguido Señor Don Evaristo:

Soy Tomasa, la panadera. Le escribo para comunicarle mis sospechas de la autoría de este crimen que ha alterado la paz de este bendito pueblo. Sospecho que está implicada Pilu, la peluquera. Ya sabe usted que por la panadería pasa mucha gente y en alguna ocasión he escuchado comentarios de que el finado había acudido en varias ocasiones a la peluquería de Pilu, pues era un hombre coqueto muy preocupado por su incipiente calvicie. Me he enterado también de que el marido de Pilu, al que nadie tuvo el gusto de conocer, murió en extrañas circunstancias, creemos que tras administrarle Pilu una loción especial elaborada por ella misma y que vendía a precio de oro. Hemos sabido que se han encontrado en el coche del finado varias muestras de esta loción tóxica.
Ruego investiguen esta posibilidad, puesto que Pilu no es una mujer de fiar, está obsesionada con las revistas del corazón que continuamente lee en su peluquería, lo que la está llevando a perder el juicio. Hasta su propia madre se ha tenido que marchar del pueblo tras la muerte del yerno. ¿ Por qué se ha ido? Porque ella también quería que muriera…el marido de la peluquera. Ahí lo dejo.
Dios le guarde muchos años .

Tomasa

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C


Carta a Doña Gracieta Recio Nal
Directora de La Voz de Valdeconchas

Distinguida Sra:

Ha llegado a mis manos un documento relacionado con el crimen de Valdeconchas que considero debe ser de su interés. Se trata de una misiva de la enfermera Ana filáctico al dueño del bar del pueblo, Andy Soberano.
Antes de que se lo cuestione, le diré que no he acudido a la policía para evitar que me pregunte cómo la he obtenido. Y es que no puedo ni debo traicionar a mi querido amigo el cartero Amilcar Tas, quien de forma desinteresada me permite leer la correspondencia del vecindario con la única y exclusiva finalidad de velar por todos ellos.
Espero que esta información sirva para esclarecer los hechos acaecidos en Valdeconchas del Páramo y se tranquilice a la población. Le hago una copia del texto a renglón seguido:

Mi muy querido Andy

Creo que nos vamos a salvar de esta. Clotilde, la muy cotilla, está difundiendo por el pueblo un rumor sobre la autoría del crimen que tuvo lugar a la puerta de la iglesia. Según ella, todo apunta al cura, don Discípulo, cosa muy conveniente para nosotros porque desvía la atención.
Si te escribo, a pesar de que quedamos en no comunicarnos entre nosotros, es porque aún siento cómo me tiemblan las piernas. No por lo que tu y yo ya sabemos, que también, sino por el recuerdo del enfrentamiento con el “píldoras”, que el demonio se lo haya llevado al infierno.
El muy hijo de pu… pretendía chantajearme con sacar a la luz la venta de recetas de psicotrópicos que teníamos entre manos. ¡El muy traidor! ¡Con la de pasta que había ganado haciendo de intermediario! Pero, por suerte, estabas tu allí para pararle los pies.
Cierto es que se me fue un poco la mano con el cachiporrazo que le endiñé en plena cocorota. Pero, así, el tema se zanjó por completo. Lo único que me inquieta un poco es saber que en el coche del “píldoras” se han encontrado un par de recetas. Espero que, como soy enfermera, no las relacionen conmigo.
Vamos a tener que estar unos días sin vernos, por pura prudencia. Pero volveré a visitar tu bar en cuanto las aguas se hayan calmado. Y, así podremos proseguir con nuestro affaire. Entretanto no hables con nadie de lo ocurrido. Yo haré lo mismo.
Esperaré con ansia ese día, sabes que eres mi Soberano preferido.

Ana Filáctico

No cabe duda alguna sobre quiénes han sido los asesinos. Haga usted el uso que considere de esta correspondencia, eso sí, sin mencionarme en ningún momento, como es de esperar del cumplimiento de su código deontológico.

Atentamente


Clotilde Palique

M. Maximina Moreno
Grupo B


Cartas a dirección del diario "La Voz de Valdeconchas"

Estimada Doña Gracieta Recio Nal, directora de “La Voz de Valdeconchas”

Me dirijo a usted para comentarle lo que está sucediendo en Valdeconchas del Páramo, desde el día que apareció el cadáver de un hombre junto a la iglesia, dentro de su coche. Desde ese fatídico día nadie ha vuelto a ser el mismo.
Siempre hemos sido un pueblo tranquilo y ejemplar de vecinos bien avenidos, pero ahora con lo acontecido, el comportamiento de todos ha cambiado y se lo digo con conocimiento de causa, pues soy la dueña de la tienda de ultramarinos, y por ella pasan a diario los vecinos y comentan todo tipo de noticias y chismes, pero con este suceso, la sospecha, la desconfianza y el recelo, se han adueñado de todos.
Yo misma me noto distinta y cada persona que entra en la tienda, la veo con otros ojos. Pienso que cualquiera puede ser el asesino pues parece que el difunto no murió de forma natural, como lo confirman unas marcas en el cuello propias de un estrangulamiento.
Todo son especulaciones, pero unos dicen que puede tratarse de un amigo íntimo de la sobrina del Señor cura, otros que si chantajeaba a la peluquera, otros que el sepulturero llevaba mucho tiempo en paro y necesitaba movimiento…hasta hablan de la propia alcaldesa y del maestro, e incluso me han llegado a comentar que yo también estoy en boca de algunos, pues al parecer, el susodicho llevaba productos varios en su coche propios de un vendedor ambulante y podía hacerme una desleal competencia.
Todo esto es un escándalo. Por eso me dirijo a usted, para que investigue lo sucedido y entre todos poder ayudar a la guardia civil a esclarecer ese terrible suceso y vuelva a reinar la paz en el pueblo.
Le quedo muy agradecida por su interés. Un cordial saludo.
Benita del Norte, dueña de “Ultramarinos ASTRID”

Marian Pérez Benito
Grupo A


Carta a Don Discípulo de Dios 

En Salamanca a 13 de enero de 20216

Estimado don Discípulo:

Le escribo cariacontecida por el último y terrible suceso acaecido en nuestro hermoso pueblo.
Un lugar tan apacible, sacudido por lo que parece ser un asesinato,¿ o quizás un suicidio?
Sé que tengo fama de pitonisa, cosa que no es cierta, bien lo sabe Dios, puesto que mis hipótesis sobre diferentes asuntos son fruto de la observación y la investigación.
No dejo de pensar por qué el finado antes de fenecer entró en la Biblioteca y sacó venticinco libros todos sobre el mismo tema: ”La Vida después de la muerte”.
Por eso descarto de todo punto el rumor que corre por todo el pueblo (Cuyo origen, sabe de sobra) de que usted haya tenido algo que ver en esta tragedia.
Usted, que es hombre de Dios,reflexivo e imparcial,podrá ayudar a esclarecer el misterio.
Le besa la mano su fiel feligresa;

Marta Páginas


Carta a doña Graciela Recio Nal.Directora de “La Voz de Valdeconchas”

En Salamanca a 16 de enero de 2016

Distinguida doña Graciela:

Estoy segura de que usted, dada su probada inteligencia,sabe el motivo de esta carta, por lo tanto no voy a extenderme sobre el particular.
He consultado alguna de mis últimas lecturas sobre biografías de escritores, famosos o no y acudido a mis “supuestas” dotes de pitonisa. Después de una profunda reflexión y analizando pormenorizadamente todos los datos, he llegado a la conclusión de que el finado, se ha suicidado.
El nombre del fallecido es Liberio Hernández, un escritor fracasado, que emigró desde Tomelloso a París, con la esperanza de triunfar en tan noble oficio. Después de varios años de penurias sin fin y aceptando que en la ciudad de la luz, no lo conseguiría nunca, decidió afincarse en nuestro amado pueblo, al enterarse de la pasión de los valdeconchenses por la escritura.
Con gran dolor de su corazón, no tardó en comprobar que aquí no era bien acogido. Incapaz de soportar el látigo de la indiferencia, decidió acabar con su vida, ya carente de sentido.
Planeó el como llevarlo a cabo, de la forma más elegante posible: Primero leyó los veinticinco libros que tenía sobre la “Vida después de la muerte”, por saber a qué atenerse; luego dio buena cuenta de parte del jamón, al que acompañó con algunos litros de la cerveza del barril y por último, se bebió tres frascos de productos capilares, que como reza en el prospecto contienen cianuro (Según Pili Quin, el cianuro fortalece el folículo piloso y proporciona al cabello un brillo inigualable).
Acto seguido y por si el proceso fallaba, estampó su coche contra la pared del frontón de pelota, lo que explica la abolladura en la puerta del conductor.
Y esta señora mía, es mi hipótesis, que por ser tal, no deja de ser cierta.
Espero que mis averiguaciones sean tenidas en cuenta y ayuden a alguaciles y al juez de paz a aclarar este horrible y triste suceso.

Quedo a su disposición.

Un cordial saludo:

Marta Páginas

M. L. Fidalgo
Grupo C


El secreto guardado de Clotilde, la del palique

En Valdeconchas del Páramo, amanece entre nubarrones. Las campanas golpean sin descanso, mientras Amazoncito entrega una carta, destinatario: Torcuato y Mitad. Carnicería. Calle El Secreto,13.
Con manos ensangrentadas por la costilla en adobo, el carnicero abre el sobre, reconoce la letra de inmediato: "Mira Torcu, no quiero andarme con rodeos, ¿tas enterao de lo del muerto?, bueno, muerto, no sé yo, porque vete tú a saber si no se lo estaba haciendo, porque dicen que se movía...
Bueno, yo te pongo en sobre aviso, que siendo tú, huérfano y con cuchillos, te vendrá el Evaristo y te caerá la del Férrico. Que, como te iba diciendo, y no quiero malmeter, pero la Astrid, es una pelagata, y vino a este pueblo, cuando ya había productos nacionales de consumo, y no, claro, ella es muy suya y le ríe las gracias a Don Discípulo, y te digo yo, que se lo hace, ya me entiendes, con la panadera, o, no has visto a la Pánfila, comer pan a dos carrillos, ¡de dónde iba a sacar con las limosnas!. Mira, que tú piensa lo que quieras, pero pa mí que fue la sobrina , ahí lo dejo, que pilló al cura y al muerto saliendo del armario y de la sacristía los dos juntos...

Tú, ándate con cuidao, mi hombretón con atributos...

Tuya: La Cloti

*PD: Ya sabes, como siempre, nos vemos a las diez en tu trastienda.

GuADAlupe Sanchón
Grupo C


Carta de la sobrina del cura al enterrador

Mi Epitafio

Cuánta alegría por tu carta. Segura estoy que no leíste el aporte esclarecedor que hice a la investigación solicitada por la alcaldesa.
Siento decirte que los documentos que encontraste en el bolsillo de la victima eran falsos. Yo soy otra sinvergüenza como el muerto. He sufrido y sufro porque seré procesada por no haber denunciado los hechos del cual formo parte; reconozco que tu eres el mejor hombre de mi vida. Si hubiese recibido tu carta en la que limpias mi honor quizás pienses que no lo revelaría, pero no, me sentía obligada a no guardar por más tiempo la verdad.
Tu carta da fe de la buena persona que eres; pero la fe me dice que Fe es el símbolo de hierro y con ella endureceré mi alma y mi fuera para enfrentar lo que me espera; pero, espera, ven a mí, te lo suplico, que este corazón te espera con bolsos de peras para matar mi hambre en la cárcel que me espera.
Epitafio, tu carta me reconforta mucho, pero me pregunto ¿podrás ser como Jesucristo luego de conocer mi verdad? pienso en la mujer adultera que Jesús no castigó y que nadie quiso "lanzar su primera piedra".
Cambio de tema, estoy como loca ¿tú me has visto carita de hambre que quiere contentarme con tu huerto entre los muertos? ¿Sabe, me está pareciendo que como soy caribeña y no del primer mundo tú crees que me conformaré con ese huertito y esa casita humilde? te equivocas querido Epi eres sobre sin el tafio, pero sobre mi futuro hablo yo; y el aguardiente, no lo ofrezca que con ese me embriagaré para poder soportar lo que me espera, pero no olvides las peras.
Espero me recibas en tus brazos amo; pero cómo olvidar al lechero que aun está vivo y al herrero y al carnicero y al juez de paz y a Yimi Carter, al maetro y al boticario, todos han sido parte de mi "Circulo amoroso". Tú serás mi preferido.
Y por ultimo te pido que le cuentes al doctor y al juez que mi poliandria es patológica, que mis ancestros son del Himalaya.

Siempre tuya…(y de los demás) Pánfila Expósito.

pos data
Epi, recuerda que mi apellido está relacionado con el desamparo no me abandones pero no me tengas en un nicho, tenme fuera.


Caso cerrado

Gracieta Recio Nal
Directora del "La Voz de Valdesconchas"

Reconocida Sra.

Respondiendo a la proclama de Rosa Mosqueta, hago saber mi vínculo con la victima que apareció frente a la iglesia y confieso quién es el muerto y el asesino; además, esclarezco los hechos ocurridos. Trato de ser sucinta para poder enlazar en cinta corta todo lo acontecido.
Todo nace y muere y allá va el desenlace, que me complace y que además espero no rechace y me abrace, cosa que me satisface y que merezco por comunicarle quién es el asesino y quién yace en el cementerio Desolase y sepa que le cuento porque me place; espero de usted me defienda y acorace.
El asesinato ocurrió por un "cuadrado amoroso" en el cual yo soy el centro del mismo. Bien sabe ud que Clotilde con su palique y cotilleo desinforma e informa a la vez a este pueblo. Ella afirma que es el Cura en defensa propia, porque escuchó una conversación oscura en la taberna de Andy Soberano y sacó su propia conclusión.
Sra periodista, el enterrador Epitafio guarda en sus frases lapidarias el epitafio "Tierra a la vista"; es sabido que Rodrigo de Triana, por cierto, amigo de este Sr, fue quien dijo la frase al ver tierra firme en lo que es hoy el continente americano, mi continente, y la compartió con su amigo Epitafio. Este dato no debe ignorarlo.
En la taberna el Sr Epitafio conversaba con su amigo Rodrigo, éste solo conocido en el pueblo por el enterrador pues no vivía en "Valdesconchas". De Triana le comentó que odiaba a todos los curas porque los reyes de España no le dieron la recompensa que ofrecieron al primero que viera las nuevas tierras, como sabe ud, es América y a pesar de que su esposa América lo ayuda mucho a soltar el pasado, él sigue odiando todo lo que se relacione con el catolicismo. Epitafio le dice a Rodrigo: "Comparto tu desprecio hacia Don Discípulo de Dios, no por ser católico sino porque tenía de criada a quien fue mi amante, lavándole hasta los calzoncillos" y en ese momento dijo mi nombre. Como le comenté anteriormente, la cotilla del pueblo lo escuchó y chismoseó.
Por otra parte Leite Gaza, es uno de los cojos que frecuentaba el "Bar adentro" y a decir verdad era mi amante en ese momento, porque le confieso que antes de él fue Epitafio;
Leite entró a la taberna pero no se sumó a la conversación. Los tres: Leite, Epitafio y Rodrigo odiaban a mi tío por diversas razones; pero también Epitafio odiaba a Leite porque yo engañé al primero con el segundo. Espero que entienda los datos que enlaza la cinta sucinta.
Epitafio, como amigo de Rodrigo, le contaba lo feliz que había sido conmigo durante mi relación con él y Rodrigo se entusiasmó y ese día del asesinato lo sumé a mis amantes.
Aquella noche, increíble pero cierto, llegó a la Iglesia, Leite y yo detrás del altar con Rodrigo disfrutaba el mejor romance de mi vida; al vernos dijo en voz baja pero lleno de ira -casta y sencilla, "mosca muerta", no vas a la discotecas del pueblo a danzar pero vienes a "pegarme los tarros" en este lugar sagrado, y continua, -"al lechero no lo mataron por echarle agua a la leche" sino por matar a una ramera como tú. En eso Rodrigo de Triana se interpone entre los dos, pero Leite enfurecido le hizo tragar una pequeña campanilla que estaba al lado de la vinajera y de la patena. Rodrigo asfixiándose me miraba fijo hasta que expiró. Leite lo sacó para fuera del templo y se fue como si nada pasara, pero antes vi que llamó por el teléfono fijo de la Iglesia a Raúl Vacas y Mario Vaquerizo.
Periodista, ahí en el teléfono de la Iglesia están las huellas de Leite; él olvidó traer leche para borrarlas; y en la barriguita de la personita de Rodrigo está la evidencia, la campanita. Creo que más pruebas no necesita.

Lo de Epitafio fue hermoso / lo mío no tiene nombre / lo de Rodrigo fue horroroso / y con Leite suman cuatro / de este "cuadrado amoroso".

Pánfila Expósito

Miriam García Cabrera
Grupo A


Carta a Andy Soberano de Panfila Expósito:

Querido Andy Soberano

Espero te encuentres bien al recibir esta carta que escribo apresurada a escondidas de mi tío.
Apelo a nuestros gratos recuerdos para que puedas desviar los rumores de la cotilla Clotilde que me relacionan con el finado. Puede que el difunto te haya contado alguna cuestión que pudiera afectarme, alentado por ese soberano tan rico que tienes ,y confío en que la mantengas en secreto.
Sabes muy bien que Discípulo me ha prohibido acercarme a tu taberna y sobre todo a ese cuartito de atrás donde vivimos experiencias que me siguen ruborizando, pero prometo que me arriesgaré a reencontrarnos un día (o una noche) si seguimos apoyándonos en nuestro mutuo aprecio.

Te echa de menos,
tu querida Pánfila

Ana
Grupo C


Carta de Doña Ana Filáctico al señor cura de Valdeconchas del Páramo; Excelentísimo señor Reverendo Don Discípulo de Dios.

Querido Don Discípulo, espero que se encuentre usted bien y gozando de buena salud, lo cual puedo inferir dada su negativa de presentarse por esta humilde clínica que atiendo, desde hace tanto tiempo. No es un reproche, sé bien que es usted hombre ocupado y que sus asuntos son nada menos que los asuntos de Dios. Yo tampoco he tenido a bien pararme últimamente por su parroquia, debido, entre otras cosas, a una profunda crisis de fe que me aqueja. Una más en mi vida espiritual, sí, usted me conoce bien y sabe de mi carácter nostálgico y mi tendencia natural hacia el drama y el existencialismo más exacerbado del que se pueda tener noticia. No abundo más en ello y mejor procedo a explicar los motivos que hoy me obligan a escribir esta carta. Sabrá con toda seguridad del macabro hallazgo de apenas hace unos cuantos días acaecido en nuestro amado pueblo; Le estoy hablando, obviamente, del cadáver encontrado en una de nuestras calles, dentro de un automóvil. No se habla en nuestra comarca de otra cosa que no sea esto.

Verá, mi querido Don Disi, no tengo ningún dato certero para sospechar lo que sospecho, ni ninguna prueba fehaciente de esto que voy a escribir a usted, pero sí una intuición profunda, por ello es que tengo que decirle, aunque sea a modo de confesión lo siguiente: Creo saber la identidad del fallecido y, aún más, el motivo de su despedida de este mundo. Verá, puedo casi asegurar que se trató de un suicidio y que el cuerpo inerte pertenecía a quien en vida llevaba el nombre de Eutanasio Delbienmorir. Este desdichado estuvo alguna vez en mi clínica y le aseguro que sufría de una terrible enfermedad degenerativa que lo llevaría muy pronto al final irremediable que, por razones obvias, ya tuvo. A mí me tocó atenderle cuando llegara con fuertes dolencias, propias de su grave estado de salud, después de que Doña Remedios Sanitas lo enviara hasta mí, al término de hacerle una breve revisión médica y después de determinar que se trataba de un caso sin remedio, para que yo le suministrarse algún remedio paliativo. En cuanto me enteré del terrible suceso, del hallazgo del cadáver, quiero decir, no pude sino pensar que se trataba de este pobre infeliz. La vida es un verdadero paño de lágrimas, no cabe la menor duda. Tomarás tú, querido, las medidas pertinentes para el caso, después de leer estas líneas que te escribo, en lo referente al alma y el eterno descanso de este infortunado.

En fin Disi, que ya te lo he dicho. No podía más con estos pensamientos y necesitaba desahogarme de alguna forma, tú me conoces. Tú, tú me conoces como nadie, para qué mentir…? Nada, que te dejo en paz, con tus cosas de Dios, como lo he hecho siempre. Como han sido siempre las cosas entre tú yo; Tú a los asuntos celestiales y yo…Yo a lo mío, ya lo ves, a mis enfermos, mis vendajes, a mis medicamentos y a mis muestras de orina en diferentes tonalidades de amarillos. Es así.

Un día de estos me pasaré de nuevo por tu parroquia. Entraré por la puerta de la sacristía y, si acaso estás libre, podemos charlar un poco y debatir sobre la Santísima Trinidad o sobre lo que tú quieras…A lo mejor sobre aquella obra de Søren Kierkeegad que tantos debates suscitara entre nosotros El concepto de la angustia…Por qué no?...

Tuya siempre:

Fili…

Esperanza García
Grupo A


Carta del carnicero a la directora de "La voz de Valdeconchas"

Graci, querida:

Como bien sabrás, todo empezó el lunes 12 de enero sobre las cinco de la tarde. El Fundador nos informó de que había un cadáver a la puerta de la iglesia. Sé que no te va a gustar, pero lo primero que pensé es que ojalá hubiera sido tu madre en lugar del desconocido. Ya sabes que estoy harto de andar a escondidas y vernos sólo una vez a la semana. ¡Es que tu madre!
Nos fuimos congregando todos los que estábamos en el pueblo y dimos rienda suelta a nuestros pareceres sobre el hecho. Como no estabas presente, te informo de qué se habló y te comento mis impresiones. Más que del muerto, que nadie sabe quién es, ni qué pintaba en el pueblo, se rajó mucho de los pecados de la carne. Que si el Evaristo estaba liado con Tomasa, no veas lo melindrosos que se pusieron, empalagosos como merengues. Que si el cura cojeaba por Tendinitis. Que si había asunto entre Pánfila y el finado. Ya ves tú, Pánfila: "cándida, bobalicona, tarda en el obrar", si no hay nombre mejor puesto en todo el pueblo. ¡Ah! y de lo que pensamos de los maestros nada de nada. Que a los niños sí, pero entre ellos no se enseñan nada.
Temblando estaba de que saliera lo nuestro, pero ni mención. Parece que lo estamos haciendo bien y nadie sospecha. Ni siquiera Clotilde, con la que intercambié algunos comentarios, y ya sabes que tiene la lengua más afilada que mis cuchillos y la oreja fina como el papel de fumar.
La cosa fue bastante bien hasta que Demutuo, que es un listo y un averiguao, vino a decir que al desconocido lo había matado yo. Me hervía la sangre, pero me contuve de romperle la crisma. ¡Que uno es de carne y hueso, coño! Además, me barrunto que el infundio de que yo tengo algo de pluma ha salido de él. Tú sabes, Graci, cariño, que eso nos ha favorecido para mantener en secreto lo nuestro, pero él lo hizo con mala fe. Se inventó lo mío y no es capaz de ver lo que hay entre el tabernero y el Fundador. Si de toda la vida: "Fundador y Soberano siempre han ido de la mano". Bien podía haberse quedado en su pueblo, Puerto Seguro, allá en la raya.
Después, a solas, le pedí explicaciones y me aseguró que él no dijo que fuera culpable sino presunto culpable. No sé qué tiene que ver lo del presunto aquí. Como no sea por lo del jamón. Hablando de Portugal, qué recuerdos aquel fin de semana del 22, el único que hemos pasado juntos, cuando en aquel pueblito, al lado de Oporto, agarraditos de la mano, vimos el buzón dorado con el cartel: "Só cartas de amor". Pensarlo y ponerme tierno como el solomillo, todo uno.
Ya te digo que nadie tiene claro nada. Yo tampoco. Pero tengo mi teoría. Por cómo han pasado las cosas, lo que se ha dicho y callado, me parece que el que tiene las manos manchadas de sangre es el Fundador. Y te explico: hace y deshace a su antojo. Inventa como le interesa: el pueblo, el muerto, la marca del coche y a nosotros mismos. Es el que primero ve el cadáver y puede quitar o añadir pruebas. Aprovecha cuando reparte los personajes, y deja fuera a Alférez Provisional y a ti, que sois los que más conocimiento tenéis sobre cómo actuar en estos casos. Y enseguida Demutuo, su mano derecha, encontró un culpable. Me huele a chamusquina.
Claro que también puede que... ¡No quiero ni pensarlo!
Seguiré indagando el tema con Clotilde, que ya sabes que es el periódico local no impreso, aunque me cueste algunas piezas de casquería.

Nos vemos, como siempre, el viernes por la tarde, mientras tu madre echa la siesta.
Encarnecidamente tuyo, Torcuato

Nicolás Casillas
Grupo A


Carta de Don Epitafio Mármol a Doña Gracieta Recio Nal
Directora de “La voz de Valdeconchas”

NO SOMOS NADIE

Esta mañana hemos amanecido (que no es poco) con un caso que a todos nos preocupa:
Tenemos que cargar con un muerto.
Como sepulturera y desde este rotativo local, quiero comunicarles que he solicitado a nuestra alcaldesa que libere una partida presupuestaria para adquirir urnas funerarias pues solo nos queda alguna de color rosa chicle y otra con motivos atigresados, que no son siempre del gusto de todo el mundo viviente ( y no viviente). He solicitado también conocer la identidad del finado para esculpir su nombre y dedicarle uno de mis famosos epitafios. Sirva de ejemplo aquel que le dediqué a La Iluminada que decía “Mira que os dije que me estaba muriendo y no me hacíais caso”, o aquel otro en la tumba del señor Roque: “Se murió cuando dejó de beber”, que no es por nada, pero me lo copió un escritor americano. Recordad también el del militar que dice “Se sienten coño”. Y qué decir de aquél tan filosófico dedicado al mago que vino con un circo al pueblo: “Nada por aquí nada por allá”. Pero mi epitafio preferido es el del Amancio que reza: “Un amigo y yo apostemos quien aguantaba mas debajo del agua: gané”.
Mi creatividad no tiene límites y alcanza más allá de la muerte. Para el presente (cuerpo ) he pensado esculpir en mármol algo sencillo pero coquetón: “No tenía donde caerme muerto, y me vine a este barrio”.

Espero seguir siéndoles útil.

Fdo: Epitafio Mármol

Aurora Martín
Grupo C


Carta de la alcaldesa al enterrador

Valdeconchas del Páramo
13 y martes, 1 del 2026

Señor enterrador, Epitafio Mármol.

Le escribo, como representante del pueblo, para que adopte la aptitud más equilibrada en este triste acontecimiento: Una incineración abrasiva a fin de que no quede ni resquicio del finado. Entiéndame, no pretendo obstaculizar a la Justicia, sólo quiero no dejar huellas aquí y acullá de un hecho tan ignominioso para esta afamada villa.
En sus manos dejo el modo y manera de llevarla a efecto. Sé que le gusta coleccionar cadáveres, pero ahora no es lo propio.
Espero las cenizas lo antes posible.
Sin más, se despide atentamente la burgomaestra de Vadeconchas del Páramo.

Rosa Mosqueta.


Carta a Doña Gracieta Recio Nal, directora de “La voz de Valdeconchas”

Como representante, elegida democráticamente, por la mayoría de los valdeconchenses, 25 votos a favor y 1 en contra, me dirijo a usted para que, de una vez por todas, acaben los malentendidos que tanto perjuicio hacen a la pacífica vida de este singular pueblo, dominado por el carteo: “No me gusta la fruta”, dijo Alguien.
Así acudo a la prensa para manifestar que callen las habladurías, las palabras malintencionadas, los cuchicheos y que reine la paz entre nosotros.
No hubo crimen. El difunto, del que todo el mundo opina, murió de un atracón. Lo conocíamos bien, aunque ahora parece que nadie quiere acordarse de él.
Fue nuestro vecino hasta las elecciones celebradas hace 15 años y, si mal no recuerdo, el único que no me votó, de ahí que tuviera que poner tierra por medio, vistos los resultados electorales. No sé, a ciencia cierta, que lo trajo de nuevo, pero le aseguro, como representante, legítimamente elegida, que murió por empacho. Y así lo declarará la justicia, si la benemérita lleva el caso a juicio.
Sin más asuntos indiscretos que tratar, espero que publique esta carta en la primera página de su periódico, ya que mi nombre no puede aparecer en otras, por algo soy la representante legítima del pueblo.

Firmado: Rosa Mosqueta, burgomaestra de Vadeconchas del Páramo.

JB
Grupo C


Carta del Mecánico Yimi Carter a La Alguacila Anuncia Bandos

En Valdeconchas a 13 de enero de 2026


Estimada Anun:

Me pongo en contacto contigo para decirte que en lo relativo al suceso de la iglesia, puede que sepa algo. No quiero Anun que lo pregones a los 7 vientos porque te lo digo a tí por la amistad tan estrecha que siempre hemos tenido.
Puedo decir que al finado lo conocía desde hace algún tiempo porque me traía su Panda, que en realidad era un Ferrari comuflado con la carrocería de Seat, para hacerle el cambio de aceite y la puesta a punto. Lo sé porque tenía el Cavallino Rampante en la guantera y me pidió que le consiguiera la ese de Seat en algún desguace. Ayer mismo le dí la última factura. Si bien, también te diré, que estaba un poco nervioso y que al sacar el coche le dio en el frontal de la puerta. Pero lo que en realidad quería comentarte era que, como ya sabes, me gustan muchos los tatuajes, y el individuo , en cuestión, tenía uno muy bonito en el brazo con la palabra PAN en grande y me comentó que estaba dedicado a lo que quería más en esta vida. Yo pensé que era dedicado al rico manjar porque el siempre venía con su barra de bogavante bajo el brazo. Creo Anun que era el novio secreto de Panfila y el tatuaje no está dedicado al pan sino a ella.
A mi me gusta ser claro Anun y Don Disci no ha podido ser, ¡si es un santo varón! si estaba feliz con el novio secreto de Pan, porque a mi me lo había dicho. Yo creo que fue Pili Quin y por celos. Hace unos días pasó por el taller y me contó que había encontrado el hombre de su vida, que era muy rico y que se llamaba Amerto Fast pero que tenía que resolver una pequeña dificultad ya que pensaba que le ponía los cuernos con otra.
Mira Anun no quiero acusar a nadie pero con ese nombre no puede ser otro. Si acaso no tienes pregón hoy puedes dar un bando con el nombre del muerto, eso sí, sin dar las fuertes.
Un saludo, seguimos en contacto

Yimi Carter


Carta del Jimi Carter, Mecánico de Valdeconchas a la Directora de “La voz de Valdeconchas” Dña Gracieta Recio Nal

Estimada directora

Me dirijo a usted, en referencia a la noticia que sacó su periódico la semana pasada acerca del asesinato ocurrido en su localidad, para aportar algunos hechos que ustedes no han tenido en cuenta porque quizá lo desconozcan.
En primer lugar le diría que se han precipitado al dar como ciertas, algunas sospechas que son infundadas y sin verificar. Me temo que esa información que recogieron sólo puede venir de una persona, su prima La Palique, que todos sabemos que miente más que habla. Aquí pasan varias cosas que le voy a contar a usted: primero Amerto Fast, el finado, no era ningún desconocido en el Valdeconchas, lo conocía Don Discípulo, yo mismo y varias mujeres que andaban detrás de él. Lo conocía Dña Ciclopédia, la maestra, que fue la que le hizo el tatuaje con el nombre de PAN en el brazo, ya que fue tatuadora de joven y estaba enamoradísima de él. Lo conocía también Pili Quin que le daba las mechas todos los meses y le ponía alisador al pelo y esta última vez, el día de los hechos, le convenció para que se pusiera esas extensiones que la volvían loca. También Marta Pájinas le quería y por eso todos los libros que se encontraron en el coche tenían puntos de lectura de ganchillo que ella misma le hacía en sus ratos libres en la biblioteca, así como la manta que encontraron en el asiento de atrás. Pero el amor de Amerto fue Pánfila, con la que se veía todos los martes mientras su tío celebraba la misa de las 5 y media.
Todas ellas le adoraban, pero los hombres no se percataron de su presencia. Ninguno salvo uno, Evaristo Salvasentencias que llevaba muy mal le relación de Pan con Amerto Fast, ya que Don Disci siempre le había dicho que su sobrina hacía buena pareja con él y él claro...se había hecho sus ilusiones. Don Disci es incapaz de matar a una mosca y menos impedir que su sobrina fuera feliz.
Un periódico tiene que ser profesional y riguroso, que tenga como principios la veracidad, la profesionalidad, la ética y el servicio al pueblo. Señora directora, separe la opinión de la alcahueta de su prima con la información veraz y evite opiniones personales e ideológicos en la presentación de los hechos.

Atentamente

Yimi Carter

ELCA 
Grupo C


Carta de Torcuato y Mitad a Doña Clotilde Palique

Valdeconchas del Páramo, a quince de enero del año dos mil veintiséis

Doña Clotilde Palique Rumores
Calle del Cotilleo, sin número, bajinis
00000 VALDECONCHAS DEL PARAMO

Mi querida Cloti:

Hoy en la carnicería se cortaba la tensión, más que los filetes. Sin cuchillos, sólo con las miradas y los susurros. Un muerto inesperado en el pueblo y no parece que haya sido de miedo. Hablan, por lo bajo y en alto, de un rumor que a buen seguro has sido tú quien lo ha echado a correr. Cómo te encandilan los chismes y los cotilleos. Y nada menos que has metido en el ajo al cura, D, Discípulo, como ejecutor del finado. Pero si ese curita no tiene ni media hostia, no es capaz ni de meter miedo, cómo va a matar a nadie.
A pesar del gran aprecio que te procuro, he de relatarte lo que tú sabes que ha ocurrido, y que el insidioso pico de cotorra que adorna tu pequeña y bonita cabecita se apresta a burlar con falsas habladurías dichas a diestro y siniestro.
Antier tu marido pasó por la carnicería; esperó su turno, pues estaba antes el Andy que compraba orejas y morro para los pinchos de su taberna. Tu marido me sorprendió, pues a pesar de ser un completo rácano, se estiró y compró un estupendo jamón. Al pagar masculló unas palabras. Para disfrutar con mi amada, le entendí. El Andy recogió su paquete, me guiñó un ojo y por lo bajo, anunció: habrá fiesta en la cocina.
Como andaba mosca, el Andy esperó y vio a tu marido presto y contento con su jamón, doblar la esquina y subir a un Seat Panda en el que había otra persona. Se quedó de piedra, me contó luego. Casi seguro que era la Pánfila quien estaba en el Seat Panda, la sobrina del cura, la misma.
Que el Seat Panda parara frente a la Iglesia sería casualidad o la querencia de la Pánfila a frecuentarla por su afición al levantamiento de hostia que su tío practicaba cada rato y que a ella la arrebataba de aquella manera. Quizás fuera también casualidad que tú, mi estimada Cloti, fueras a esa misma hora a la Iglesia y te dieras de bruces con el espectáculo al que no te habían convocado, ni al que te hubieras apuntado. Ver a tu marido abrazado, pegado, ensamblado con la Pánfila.
Todo se complicó de repente: golpeaste el cristal, se despegaron, más despacio de lo que tu hubieras ordenado; tu marido vio tu cara, que ya no era de cotorra, abrió la puerta que golpeó la pared de la Iglesia, enredó sus piernas en el asiento del coche y cayó al suelo. La pánfila salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Cloti, querida, tu pensaste que todo era un mal susto. Y para verte libre de rumores, habladurías y chismes, metiste a tu marido como buenamente pudiste de nuevo en el Seat Panda y cerraste la puerta antes de salir a toda prisa a tu casa, mirando bien a todos lados por si algún vecino de Valdeconchas podría haber visto u oído algo de lo que allí había ocurrido. En esa última y fugaz panorámica visual sobre el coche, observaste claramente que en el asiento trasero había un jamón y varios libros y papeles desparramados.
Esto es lo que yo creo que sucedió, Cloti, mi perspicaz cotilla mayor.
O quizás fuera de otro modo. O que todo fuera una mala casualidad, o una ensoñación o sólo un chismorreo que tu pusiste en circulación en nuestro pueblo. Esos chismes que tanto divierten y alegran la vida a los pocos que todavía quedamos en este pueblo. O quizás ni siquiera eso; puede que Valdeconchas tampoco exista en realidad y todo sea fruto de la imaginación o de la alucinación de un grupo que se comporta como si se tratara realmente de escritores y no meros aprendices de contadores de pequeñas historias.
De todos modos, resulta entretenido y divertido trajinar este suceso y, por ello, dicen que escriba una carta a nuestro gran diario local “La voz de Valdeconchas”, dirigido desde siempre por la laureada, aunque también, malencarada y cruel, Doña Graciela Recio Nal, a fin de relatar mi versión sobre el presunto asesinato o simple muerte accidental o natural de tu marido, del cual tu estabas profundamente insatisfecha. Esto último, es lo que cada día pregonaba la Pilu a todas las que aturdía con los secadores en su peluquería.
A pesar de eso, no escribiré otra carta, para no dar más faena al amigo Epístulo, cartero de Valdeconchas, tan cargado de trabajo en estas fechas y porque resulta innecesario, pues el misterio se resolverá en cuanto D. Discípulo y la Pánfila, se dejen de hostias, y cuenten, al fin, lo realmente acontecido.

Tuyo siempre,

Torcuato y Mitad

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


Carta a la directora del diario "La voz de Valdeconchas"

Señora directora de mi admirado diario La voz de Valdeconchas

Es la primera vez que me dirijo a usted a pesar de los muchos años que llevo viviendo en Valdeconchas.
Hasta ahora mi tiempo y mi cabeza estaban dedicados a la atención y al cuidado de mi pequeña tienda, mi “Ultramarinos Astrid”, que tanto esfuerzo ha requerido hasta conseguir, en este momento, proporcionarme ciertos beneficios económicos que mejoran mi calidad de vida, junto a otros menesteres que no creo necesario exponer aquí. Pero las circunstancias acaecidas hace unos días me obligan a romper el silencio mantenido hasta ahora. Llegué a Valdeconchas guiada por las palabras, no habladas, pero sí escritas, soñando con encontrar un lugar donde mis recuerdos y sueños pudieran aterrizar sobre el papel en un acto de conocimiento de mí misma. Yo era el emisor y el receptor de mis cartas, e ignoraba el objeto y lugar más visitado y utilizado de Valdeconchas: el buzón de correos.
Pero…, la noticia de la aparición del cadáver de un hombre dentro de un coche me obliga a ponerme en contacto con usted. Este suceso ha provocado en nuestros vecinos, tal y como yo percibo entre mi clientela, un estado de locura y desazón junto a supuestas conjeturas e indagaciones sobre la causa del fallecimiento de este hombre. Las cartas van y vienen, unas con falsas noticias, otras señalando desconfianzas que pueden dañar la buena convivencia que siempre ha reinado entre los vecinos y vecinas y todo, así lo creo yo, por esa ansia de escribir, escribir, creyendo que conocen todo unos de otros.
Este acontecimiento tan inesperado puede dañar la naturalidad y buen uso de las palabras empleadas, hasta ahora, en esas cartas que siempre han volado de casa en casa, de vecino en vecino. De ahí mi deseo de que sea su diario quien inste a los habitantes de Valdeconchas a mantener la serenidad, que dejen que los pensamientos y la imaginación libres de culpas y falsas acusaciones, para que vuelvan a volar cartas escritas desde la imaginación, sí, pero también con palabras apasionadas escritas desde el corazón, porque a veces la imaginación coge un vuelo más alto y precipitado de lo deseado.
Sin más y agradeciendo el tiempo robado por mi carta se despide,

Benita del Norte.
“Ultramarinos Astrid”

María José Martín
Gurpo C