Cada lunes de aguas

Esta semana dedicamos la sesión al libro Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, un excelente volumen de relatos con una cuidada edición de Fulgencio Pimentel. El libro -el primero del autor- y algunos de los cuentos llevan el aval de varios premios, el Ignacio Aldecoa y el Premio Setenil entre ellos.
Dice María Fernanda Ampuero sobre estos cuentos: "Hay escenas que no puedo dejar de recordar con tristeza, con ternura, con angustia. Es básicamente lo que necesita un lector: que la hoja impresa en el libro se imprima también en su vida." Y así es. Al cerrar el libro un largo suspiro deja su rastro en el aire, como la estela de un avión. Angustia, misterio, tensión y un lenguaje cuidado son una amalgama perfecta en todas las historias.




Lo explica mejor esta espléndida reseña que hace Octavio Gómez en el diario 20 minutos titulada "El cuento español de Juan Montiel y 'Cada lunes de aguas' (Fulgencio Pimentel, 2025)". En ella cita una canción de "Más birras" que puede ser una buena banda sonora que acompañe la lectura del primero de los cuentos: "Ardides de Caín". La canción se titula "Hay una cruz en el saso". Hay también algunas imágenes con las anotaciones que Montiel hace antes de la escritura de los cuentos. Échales un ojo.


Propuesta de escritura

En el cuento que abre el libro y que comentamos en el taller Caín, el protagonista, dice: "Era verdad que la gente se iba poco a poco. Se fueron Casildo y la Garrota, los Mujeros, los Alpargateros y los Galla. Se fue Marica «Chullo», las Labranderas y Amaro. El cura de Añojal, el Ferrador y Alejo Zarandones. Hasta mi madre, harta de palos y penurias, se llevó a mi hermana a Albarracín, a casa de unos dones, y me dejó allí solo, reparando aladros con mi padre."
Elige alguno de estos personajes, ponte en su piel y cuenta en un texto breve por qué abandonó (o abandonaron si son varios) el pueblo. Si el personaje está vinculado a alguna profesión puedes incluir ocho o diez palabras afines a ese oficio.



Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:

Futuro incierto:

Se metió en el agua hasta las rodillas. Estaba exhausta y sintió alivio. Poco a poco fue mojándose con la palma de la mano. El agua traspasaba la combinación de nylon y la ropa interior. No se atrevía a bañarse desnuda.
Miró hacia la orilla del río, bajo los árboles, y entre el murmullo del agua vio las ropas y las mantas limpias extendidas como mosaicos de colores sobre las piedras y las escobas. El sol había perdido ya su fuerza y era hora de recoger la ropa, que estaba seca tras haber sido lavada y tendida desde la madrugada. Solo habían parado para comer un trozo de pan con tocino, y la debilidad comenzaba a hacerse notar en su cuerpo.
Como cada quincena, bajaban con la burra al río por los atajos para lavar la ropa de la familia y la de algún que otro obrero, que por una perra chica se la devolvían limpia y planchada. Estaba acostumbrada desde niña al trabajo duro: coger almendra, aceituna, acarrear, segar, cuidar la parva o el escaso ganado de la familia.
Pero tras la guerra nada había mejorado. Al contrario, la pobreza y el hambre acosaban a las familias. Muchos hombres habían muerto en ella y los que sobrevivieron lo hacían con grandes dificultades; no eran pocos los que habían vuelto mutilados o con lesiones que les impedían regresar al campo. El trabajo en las pequeñas tierras, apenas daba para subsistir, y si se trabajaba para los señores, pagaban mal y tarde, después de vender la aceituna o la almendra.
Los pocos jóvenes que quedaban habían emigrado en busca de un futuro menos incierto. Su hermano mayor, Antonio, se fue a Asturias a trabajar en la mina; Sebastián marchó a Barcelona como peón de la construcción. Las ciudades estaban devastadas y había que ayudar a levantar nuevos edificios. Leoncio se fue al seminario; nunca le gustó el campo. Y su hermana Pepa entró a trabajar en una fábrica de fajas en San Sebastián.
Su madre había envejecido mucho y presentaba una delgadez preocupante. Su padre se estaba quedando medio ciego. Pero todas las esperanzas estaban puestas en su José. Él se había librado de la guerra por ser hijo de viuda; no corrió la misma suerte que sus dos hermanos mayores, muertos en ella.
José y ella se conocían desde niños; se habían criado y querido juntos, por ser vecinos. También él decidió emigrar a la ciudad. Era comprensible, en aquellas tierras, entre la sequía y el abandono, ya no quedaban ni lagartos; como decía el mendrugo de Mariano: algo había que comer...
La noche antes de marcharse, hacía ya tres meses, durmieron juntos en el desván para consolidar su unión, ya que el cura don Francisco no quería casarlos sin las debidas amonestaciones. Él le prometió que volvería a por ella.
Detrás de unas peñas se cambió y cargaron la ropa en las alforjas. Después de abrevar a la burra en el río, emprendieron el camino de vuelta al pueblo por la carretera de tierra.
El sol se estaba poniendo y caminaba junto a su madre, llevando sobre la cabeza el barreño de zinc lleno de ropa seca. Se oían algunas voces tenues, conversaciones que se mezclaban con el murmullo del agua. Las mujeres regresaban en silencio, arrastrando los pies; alguna entonaba una canción triste.
Llegarían al pueblo ya de noche. Se tocó la tripa con emoción y vio el reflejo de su silueta en el agua del río. Pronto se le notaría. Pensó, entonces, que no tenía ropa ancha que ponerse.

E.R.A.
Grupo B


Amasando la memoria

El buche se me agitó al ver el sobre. Un matasellos de El Añigral. Dos lustros después, casi lo había enterrado. Firmaba Ramón Guerra. Ese nombre era de El Perra. “No me busquéis. Me he ido a Barcelona”. Tragué varias veces. Quedé mirando absorto.
Me llamaban Marica “Chullo”. Marica porque me gustaba estar solo, leer. “Chullo” por mi padre, “El Chanchullos” .Recuerdo poco de mi infancia. Con pocos años mi madre faltó por unas fiebres de malta. Como zagal dispar, me convertí en objetivo de los quintos del pueblo. Me cantaban los gallos. Me amarraron desnudo a la torre del campanario. Me tiraron al pilón el día de reyes.
A los once dejé la escuela, mi padre necesitaba una mano en el horno. A las dos de la mañana madrugaba, amasaba, horneaba y repartía con la panera. Me gustaba la labor. No pasaba frío, ni hambre. Los ratos libres buceaba entre novelas.
Ocho años después murió mi padre. Quedé huérfano.
Por ser hijo único me libré de la mili. El único de todos los quintos. Cuando regresaban, se casaban. Todos menos yo.
Pasaron años. Una noche de San Juan, Nieves, la mujer de El Perra, se presentó llorando, rogando por un chusco para alimentar a la niña. Su marido gastaba el jornal en aguardiente.
No tenía nada que ofrecerme. Se abrió la blusa. Unos pechos tersos y pálidos asomaron. Me ruboricé. Aparté la mirada. Cogí una hogaza y se la ofrecí.
Se cubrió rápidamente. Bajó la cabeza mientras su cuajo le impedía articular palabra.
Los siguientes días no pensé en otra cosa, mientras bregaba, horneaba o incluso en las paneras cuando repartía.
A los pocos días se ofreció a lavar mi ropa, en el regato. Remendó mis pantalones. Acarreó leña para el horno.
Unas lunas después regresó con la cara marcada. Lloraba desconsolada. La abracé. Se sobrecogió. Me besó. Arranqué su blusa. Apagué el quinqué. Nos amasamos. Sobre los sacos de harina, al calor del horno. Se quemó una hornada. Esa fue la primera vez. La primera de muchas. Mientras, El Perra dormía las monas.
Unos meses después los vecinos empezaban a emigrar. Prometían algo mejor. Tiempo después volvían con aires subidos y ropas modernas. Otros los seguían. Se marchó más de medio pueblo. Bajó un quintal la venta de pan.
Una mañana de noviembre apareció muerta la mujer de Casildo, el arriero, en el palomar. Tenía magulladuras y moratones. El lugar desprendía un olor a orín mezclado con ajo y huevos podridos. Se presentó el cura de Añojal. Echó un responso. Llegó una pareja de la guardia civil y certificó su defunción. Muerte natural.
Esa noche Nieves, apareció triste, apenada y aterrorizada.
— El Perra dijo que fue el Casildo. Vio como la malograba con un azadón. Dice que a mi me pasará lo mismo.
Se derrotó en mis brazos. Miré sus ojos ámbar:
— Prepárate. Mañana nos vamos. De madrugada. Tráete a la niña.
Ahora diez años después, regresó El Perra en forma de sobre. Entregué la carta a Nieves. Aposentó una mano en la boca y otra en el pecho. Su rostro se cuarteó y su respiración se agitaba. Miró hacia la ventana. La abracé para calmarla.
Nieves miraba nerviosa el sobre:
— No entiendo. No conocía las letras.
Apareció Candelera, la hija de Nieves y El Perra, una mujer recia, con diecisiete inviernos y el carácter de su padre, agarró el papel. Lo leyó.
— !Pero qué diantres¡. Mañana marcho al pueblo.
Nieves y yo nos miramos. Agachamos la cabeza. No volveríamos.

Max Ferlam
Grupo B


Los Zarandones

Siempre me ha gustado capar gorrinos, cortarles las cuernas a los terneros a pura sangre, y separar perros enganchados en la jodienda de un tajo seco y limpio de guadaña recién amolada.
En el Añigral se vivía a cuerpo, nadie echaba cuentas de nadie, pero todos andábamos amontonados como borregos en rediles de púas. Cada uno en su cubil nos ahogábamos de rebaño; ni aunque saliéramos a campo abierto, a triscar en el mato.
Quizá por eso, o vaya el demonio a saber, se fueron todos en un desmande de animales que escapan del fuego. Y no quedó alma en parte ninguna, atravesado el caserío por ruinas heladas como cuando se candaba la ribera del Truchas.
Yo me fui también, siguiendo el rastro del cuerpo turbio de la aladrera. Tratos teníamos desde hacía agostos, y el cornudo lo llevaba bien repartiendo correazos en la casa. Conmigo no se engallaba, yo era más recio y templado que él, corajudo sólo con crías y hembras. Alejo Zarandones me llamo, capaz de tumbar una acémila por las bravas.
En casa renombrada había ido ella a dar, por el fuero de Albarracín. Yo me acomodé en una tenada de la propiedad, y no me faltaba leche cruda, el pan que me traía la barragana, algún gamuso que yo mismo cazaba, y galguerías que me regalaba la niña. Cómo iba creciendo, de día en día, vaya hechuras de hembra fresca y jugosa, con unas cántaras que descosían las camisas. Pasó lo que tenía que pasar, y nadie hizo escándalo ni melindres. Los dones apadrinaron a la criatura, porque les hizo gracia quizá como se tiraba a las ubres, y también porque el señor estaba amancebado con la aladrera y le daba un tiento a su retoña cuando sentía ansias de cachorra en celo.
Total, que allí los dejamos, y nos volvimos la madre y yo al pueblo, a sabiendas por el cura de Añojal de que aquello era un desierto de ruinas y cencellada. Allí queríamos vivir, a la suelta, como animales salvajes.
Cuando llegamos apenas se veía al caer la tarde una luz de ceniza junto a la choza del leñero, por la loma de Añate. Hicimos noche amorrados al calor de una fogata de estiércol, y al amanecer, tiritándonos los huesos por la helada, subimos hasta la casa del Perra, la única que por aquellos andurriales mantenía la tejada. Junto al pozo se esparcían los despojos de dos cadáveres, devorados por las alimañas. Echamos los restos al pozo hediondo, y lo cegamos a base de cal y tierra.

Yo hice otro -a puro pico sobre la roca viva-, y una alberca donde chapoteaban sapos y culebras, abrevaban las bestias, y trinaban los arrendajos.
Ahora la nuestra es una casa de blasones viejos y tierras trabajadas por jornaleros de pan y corralas. Las nodrizas de toda la comarca vienen a amamantar los nuevos cachorros, y a aliviar mis ansias de carne joven y ubres reventonas. Pero sigo sintiendo la punzada de la coyunda con mi hembra de apareamiento mozo, y nos refocilamos a modo, aunque de vez en cuando tengo que usar la traílla para que no se haga la estrecha, maleducada con tantos miriñaques y finuras.

Ignacio Aparicio
Grupo A


En todos los sitios se cuecen habas

En mi pueblo hace algunos años, ocurrió un suceso que nunca podré olvidar.
Unos vecinos encontraron llorando a una niña camino de su casa, con la ropa toda sucia y un aspecto deplorable.
La madre ante la gravedad de los hechos, puso en conocimiento de lo ocurrido a la guardia civil, la cual se personó en la vivienda de un hombre mayor, acusado por la niña como agresor.
Este “depredador” reconoció todos los hechos que le fueron imputados, pero no hubo juicio para castigar y reparar el daño causado .
La vergüenza causada a toda su familia, y el odio generado en todo el pueblo, hizo que todos los integrantes se fueran yendo con rapidez a paraderos desconocidos.
Hoy día, este hecho es recordado, no olvidado, pero debería haberse juzgado y castigado.

Luis Iglesias
Grupo B


La carta

Los zapatos ya brillaban lo suficiente, pero insistí. Unté la punta del trapo de lana en la lata del sebo y volví a bruñir la piel. Tomé la lezna y perforé un par de agujeros más en la virilla: su pie era más ancho, había crecido, como el resto de su cuerpo. Ahora era toda una moza.
Me había aplicado en demasía en aquel par de zapatos. Los había remendado, los había soleado, y estaban listos para su uso. Hoy vendría a buscarlos. Volvería a ver esos ojos, ese revoltijo de pelo negro y salvaje, y esas curvas que me encendían la sangre.
Mi padre me miraba con gesto de desprecio, apoyado en aquella puerta siempre candada. Esa puerta cerrada para mí desde el día en que mi madre nos abandonó. La muy cabrona me dejó allí, solo, en ese infierno con olor a cuero y a grasa. Se marchó. No me llevó con ella. Renunció a mí. Me dejó solo con él y con una escueta carta de despedida.
Mi padre torcía el gesto y me sonreía: una sonrisa tan oscura como sus asquerosos dientes. Apretaba la bigornia entre las rodillas y el mandil de cuero; con el martinete golpeaba rítmicamente la vaqueta.
La campanilla de la puerta sonó. Tenía que ser ella. Deseaba que fuera ella. No la había vuelto a ver desde la fiesta de los quintos. Ese día la vi entre la multitud. Me miraba, solo tenía ojos para mí. Sentí ese ardor que me recorre el cuerpo cada vez que la veo. Se acercó y, sin decir palabra, me sonrió. Tomó el animal entre sus manos y lo empujó contra el suelo mientras sujetaba las inquietas patas. Cogí con fuerza el cuchillo afilado y, de un solo golpe, cercené el cuello del pobre gallo. Contemplé cómo se desangraba entre mis manos; sentí sus últimos estertores mientras su mirada fría me atravesaba.
—¡Buenos días, señor Melquiades! ¿Ya están listos mis zapatos? —dijo con voz cantarina.
Mi padre no contestó. Yo salté de la banqueta, me estiré el mandil y metí los dedos donde ella metería sus delicados pies. Posé, con cuidado, el par de brillantes zapatos sobre la palma de mi mano y, orgulloso, se los mostré.
—Ya están listos, Chari. Mira cómo brillan. Parecen nuevos —dije, babeando.
Los envolví en papel de estraza. Puso cuatro reales en mi mano y sus dedos me rozaron. Sentí la presión en la bragueta.
La campanilla volvió a sonar. Estábamos solos otra vez, mi padre, los viejos zapatos y yo.
Sus manos sujetaban con fuerza la tenaza; estiraba la badana sobre la horma y, con maestría, cogía un clavo de entre los labios y, de un solo golpe, fijaba la piel. Con oficio manejaba el tranchete afilado y rebanaba el sobrante. Un corte pulcro, perfecto. Me asustaba verle con la cuchilla entre las manos. Sus ojos, llenos de rabia, se clavaron en los míos.
—Son todas unas putas. No te fíes. ¡Mala peste se las lleve a todas! —escupía las palabras, mezcladas con su rabia—. Te usará y te abandonará como a un perro. Ja, ja.
Su risa resonó en el pequeño taller. Su cuerpo volvió a apoyarse en la puerta cerrada y vi el brillo en sus ojos encendidos.
A mí no me abandonarán. A mí no. Yo sí me iré de aquí. Chari y yo nos iremos, nos alejaremos de este infierno, como ya han hecho otros tantos. Se fue Pedro, el herrero, cuando ya no quedaron caballerías que calzar en el pueblo. Se fueron Casildo y Nicomedes, los pastores. Nos quedamos con la leña de Claudino el panadero cuando apagó el horno para siempre. Se marchó don Agustín, el maestro, cuando ya no quedaron niños a los que enseñar.
Y yo también me iré. Con Chari. Tendremos hijos que yo nunca abandonaré. No seré tan mala persona como mi madre. No se abandona a un hijo con solo cinco años. Eso no se hace. No se deja una carta de despedida porque no se deja a un hijo.
Ella desapareció un día, yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre me entregó un pequeño sobre con una nota dentro. Apenas cuatro palabras: «Te quiero mucho, hijo». Me costó leer esas letras torcidas; me costó olvidar aquel rostro hermoso que me despertaba cada mañana, aquella sonrisa en la que brillaba, orgulloso, su diente de oro. Me costó soportar el mal olor que durante un tiempo se instaló en la casa.
—Es la traición —decía mi padre—. Huele a esa mezcla fétida y rancia de huevos podridos y excrementos.
Me costó adaptarme al trabajo diario: suelas, talones, briznas, cerdas, badanas. Aprendí a cortar, a aparar, a montar, a clavar, a coser con cerda, a pespuntar, a bruñir, a remendar y a solear. Mi vida se reducía a los zapatos.
Mi padre llevaba unos días muy nervioso. Apoyado en la puerta cerrada, golpeaba con más fuerza las suelas; los clavos hundían sin remedio sus cabezas en las badanas, los cortes ya no eran tan perfectos. Chari me dijo que mis tías volvían al pueblo, asuntos de tierras y herencias, era el motivo.
Yo no había vuelto a saber nada de mi madre, ni de sus hermanas, ni de nadie de su familia. La odiaba a ella y a todo lo que me la recordara. Saqué de la mesilla la carta de despedida y estuve a punto de arrojarla al fuego del hogar.
—¿Qué haces que no estás en el taller? —me sobresalté; no había notado su presencia—. Hay que llevar las botas al cuartel. Y fíjate en que tengan buen lustre. No aprenderás nunca. Siempre pensando en las faldas de esas putas…
Guardé la nota en el bolsillo del pantalón.
Mi padre me observaba. La rabia encendía sus ojos. Su ancho cuerpo casi cubría la puerta cerrada a su espalda.
—¡Anda, ve! Y no vuelvas sin los cuartos. Son doce reales, ni uno más ni uno menos. ¿Entendido? Y no te entretengas.
Sus órdenes me descomponían el cuerpo. El miedo me atenazaba. Soñaba con perderlo de vista para siempre.
Conté los reales dos veces. Doce por el trabajo. El sargento me dio dos más de propina. Los guardé bien. No quería ni imaginar lo que me ocurriría si perdía una sola moneda.
En la plaza me encontré con Chari. Me puse nervioso; esa muchacha me volvía loco.
—Qué raro verte fuera de tu prisión —dijo con sorna.
—Vengo de entregar un encargo. Vuelvo a mi celda, como tú dices. Me alegro de haberte visto —contesté, con la voz temblorosa.
—Mira —extendió el brazo—. Esas son tus tías. ¿No las saludas?
Vi a dos señoras bien vestidas, elegantes, que se acercaban. Empecé a sudar. El rostro de una me recordó al de mi madre. Comencé a temblar. Quería huir. No me atreví. Mi cuerpo no respondía. Chari me miraba y sonreía.
—A lo mejor saben dónde está tu madre. Pregúntales —me azuzó.
—Tú eres… —me sonrió una de ellas—. Cómo te pareces a ella. Pobrecita.
—¡De pobre nada! ¡Una puta! —respondí—. Se marchó, me abandonó y me dejó aquí, solo con el animal de mi padre y una carta de despedida. ¡Una puta es lo que es!
Alcé la cabeza, orgulloso, y enderecé el cuerpo. Me disponía a escapar de aquella encerrona. Allí no pintaba nada.
—Espera —dijo una de mis tías—. ¿Has dicho una carta?
—¡Sí, esta! —saqué el papel arrugado y lo agité delante de sus narices.
—¿Me permites? —pidió con calma.
La leyó. Se la pasó a su hermana. Me miraron con pena y me devolvieron el papel.
—Nuestra hermana no sabía escribir.
De regreso al taller, mi cabeza reconstruyó el pasado. Me hervía la sangre. Las uñas me hicieron sangrar las palmas. Estaba fuera de mí. Debía actuar con cautela.
Le entregué las monedas a mi padre: doce, como Judas. Las guardó en la faltriquera sin apartar la espalda de la puerta cerrada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así? ¿Se han metido contigo en el cuartel? No les hagas caso, son unos cabrones. A trabajar.
Comenzó a golpear con el martinete el canto de una suela. Yo observaba cada movimiento. Lo veía allí, sentado, enmarcado por las jambas de una puerta cerrada a cal y canto. Una puerta que yo debía atravesar.
Los ronquidos me aseguraron que dormía. Me acerqué a la puerta y la forcé. Temí que el ruido lo despertara, pero el ronquido volvió, regular y espeso. Encendí un candil. La humedad del cuartucho me penetró en la nariz. Polvo y un par de sillas viejas me cortaban el paso. Tras ellas, en el suelo de tierra, descubrí una manta raída que cubría un bulto.
Intenté retirarla, pero se deshizo entre mis dedos. Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. A mis pies, un montón de huesos se removió. Me arrodillé, acerqué la luz temblorosa de la vela. Mis ojos se clavaron en las oscuras y vacías cuencas de la calavera. Un poco más abajo, en la pálida mandíbula, brillaba el diente de oro.

Tomás García Merino
Grupo B


Cuando tiembla el torno y el pueblo se hace talco

Corría la década de 1990, las fábricas de la Ciudad del Gallo se cerraban, Don Caos Leandor con sus leyes se convirtió en el "Hombre león" que engendró el caos en el pueblo.
Los trabajadores de diferentes profesiones tiraban sus títulos en casillas de olvido y las herramientas de los torneros se alistaban a las tropas del desuso.
El canto del gallo de Morón sin frontera no se oyó mas, sus bocinas se rompieron y el tornero Enrique ya no hace bujes, ni bridas, ni arañas metálicas; el bronce, el acero y el aluminio se van acabando y no llegarán mas.
Por la calle central del pueblo se fugan esos materiales en rastras, rumbo a la capital, y solo ha quedado el cobre, el cual, soportará el arranque de virutas hasta su fin.
Enrique, ese tornero principal de los talleres ferroviarios que hacia al gallo cantar y a los trenes anunciar su presencia con el claxon, o silbato, o corneta, o chiflo, no importa cómo llamarlo pero ese sonido alegraba a los viajeros que se dirigían a Vista Ciega, o los que iban de Santa Oscura a Nueviejitas pero ahora estaban tristes y olvidados.
Aquella tarde-noche Enriquito recogía en el taller buriles, mandriles, contrapuntos, micrómetros, el calibrador y su broca; si, esas herramientas de trabajo que descansaban al lado del torno. El señor Karelio Fernández quien conocía la historia de esos talleres ferroviarios que rehabilitaban ferrobuses, inaugurados en 1924 bajo la dirección del Coronel Tarafa, recordaba el valor patrimonial que se esfumaba. No menos la Estación, que con mármoles traído de Italia y trabajados por un marmolista de ese país y vitrales de calidad y belleza en su diseño, entregaba su cuerpo roto al suelo. Ella era la segunda estación más importante del país; un Monumento nacional que se dejaba destruir.
La cuchilla del tornero Enrique ranuraba su cerebro y el de Karelio también, y los mandriles mordían sus cuerpos.
Perucho un veterano conductor del tren de Santa Oscura a Nueviejita también acompañaba a Enriquito en ese difícil momento. El conductor puso sobre los pies del tornero el Contrapunto para sostenerlo. porque lo veía caer. Además, queriéndole animar, usando su apellido le dijo ."Sarmiento toma tu herramienta de rosca y asegura tu ajuste para que tus tornillos garanticen uniones seguras, evita sobrecargas hazte roscas valiosas y vota las virutas de tu corazón".
La ferocidad del "Hombre león" incapaz de renovar las viejas maquinarias paralizó el mantenimiento de las fabricas y talleres del pueblo, y por tanto, la vida laboral de sus trabajadores que empobrecían y emigraban buscando mejoras económicas.
Enrique no era el único tornero de allí, ni ese oficio el único afectado; era un ejército de profesionales quienes también abandonaban el pueblo en masa; eran trabajadores serios a los que no se les pagaba dignamente y emigraban.
La fábrica de zapatos fabricaba descalzos, la planta de hielo congelaba corazones, la fábrica de pastas secas producía desesperanza, las maquinas de Rafael en su industria de Bananina no alimenta a niños porque no había bananas ni latidos fuertes para generar esperanzas; la fábrica de refresco la marcharon para Vista Ciega sin motivo ni explicación. El pueblo migró y en el periódico "El Què" aparece escrita la huelga reprimida de los muchos desempleados y pocos empleados exigiendo salarios dignos, porque el pago que recibían no daba, ni da, para usarlos en compras que no se venden.
El tornero Enrique, quien fue médicos cirujanos de las maquinarias; capaz de "operar" para revivir lo que era fuente de bienes y servicios y de empleo de los habitantes de un pueblo que fue "diamante" y ahora es "talco"; miró al cielo, lugar para el cual partía y se encontraría con el Coronel Tarafa, patrocinador de ese proyecto ferroviario. En ese momento recordó al marmolista italiano y entonó la balada que habla de la nostalgia y de volver; precisamente es del grupo italiano I Santo California "Tornero" o Volveré y se le escuchó cantar a modo de despedida.

TORNERO

Vuelvo a ver el tren
Alejarse y tú
Que secas esa lagrima
Volveré…
Cuanta nostalgia
Sin ti …
Eres mi vida(amor, amor mío)…
Volveré…
Volveré.

Pero no solo se la dedicaba a su esposa, la Dra Maitee; también se la dedicaba a su "TORNO" (en español), a su taller ferroviario, a las fabricas cerradas por falta de mantenimiento o materia prima porque sencillamente; la administración de Caos Leandor lo dispuso así.
Los hijos de Enrique migraron, sus vecinos también, el talco prevalece el diamante no está y solo agrego EPD Enrique.

Nota.
Publicado en el diario "El Qué" con el título, "CUANDO TIEMBLA EL TORNO Y EL PUEBLO SE HACE TALCO"

Miriam García Cabrera
Grupo A


El olor de la sangre

Aquí las estaciones no existen. Los meses se suceden en una perpetua niebla gris que te envuelve el cuerpo con su frío denso y húmedo. Lo pasé mal al principio. Me dolía el cuerpo, sobre todo los pies y las manos. Era como si millares de cristales se te clavaran y te penetraran en el cuerpo. Fuera, en la calle, es insoportable, pero dentro, en la nave de despiece, es muchísimo peor. Nadie de aquí quiere este trabajo, por eso lo hacemos nosotros. Los dedos y la nariz a veces me arden por el congelamiento. La sangre coagulada y los restos de piel se me quedan en las grietas que los sabañones me producen en las manos. Al poco de venir aquí soñaba con los chillidos de los animales. También estaba ese olor horrible a putrefacción que al principio sientes como ajeno pero que se luego se te impregna en la piel. Por mucho que me lavara y me duchara, por mucho que me frotara el cuerpo hasta incluso sangrarme, esa peste permanecía y no me podía desprender de ella. Me envolvía con cada aliento de mi respiración de tal manera que se transformó en una capa invisible que acabó siendo parte de mi ser.
Es cierto que el frío era una sensación totalmente nueva para mí. No puedo decir lo mismo de los gritos de desesperación ante la muerte y del apestoso hedor que desprenden los cadáveres en descomposición. Ya los conocía de antes. Quizás por eso se adueñaron de mi mente, invadiendo mis noches con horribles pesadillas.
El único remedio que me funcionó fue trabajar sin descanso. Así no tengo tiempo para lamentos. A veces incluso tengo una sensación de calma y paz; quizás sea eso lo que la gente llama felicidad. Mañana y tarde en el matadero, fines de semana haciendo apaños de costura. Esto último es lo único bueno que aprendí en el pueblo porque al colegio apenas fui, y eso que yo era una chavala despierta y espabilada con muchas ganas de aprender. Así se lo hizo saber el maestro a mi madre y a mi tía Antonia, su hermana. Por eso ellas le suplicaron a padre que no me pusiera a trabajar. Aún me viene a la cabeza la imagen de mi tía retorciéndose sobre un charco de sangre en el suelo y a mi padre gritándola e insultándola, como si no hubiese tenido suficiente y quisiera más. Ese día fue cuando descubrí ese hedor a muerte. Madre estaba en su cuarto llorando, yo creo que no se atrevía a salir de allí. Percibí primero un aroma extraño que se iba convirtiendo en una peste insoportable según me acercaba al pozo, ese agujero oscuro y lúgubre al que me obligaba padre a asomarme cuando era niña mientras me amenazaba con lanzarme allí dentro. No pude soportarlo. Unos horribles pensamientos asomaron en mi cabeza pero yo los expulsé enseguida. Sentí una mano apoyarse en mi hombro. Por un momento pensé que esa mano me arrojaría al pozo y que allí acabarían mis días. Fue un instante de desesperación seguido de un largo momento de alivio, porque era madre quien estaba a mi lado y ahora me envolvía en un interminable abrazo. No hubo palabras. No eran necesarias. Ambas sabíamos que no seguiríamos allí ni un minuto más. El maldito viejo nos estaba contagiando un odio que nos pudría el alma. Era una casa de enfermos, y esa enfermedad se llama maldad.
Me fui lo más lejos que pude, a un país con ese idioma impronunciable que suena como si el mismísimo Diablo estuviera gruñendo. Pero ya he conseguido domesticarlo, con muchísimo esfuerzo, a base de mis noches, el único tiempo que me pertenece; clases nocturnas y libros de biblioteca han sido mis profesores. Por fin ya no soy una extraña. Siento que este es mi sitio. Además, por primera vez mi vida me pertenece, juego a imaginar un futuro que puede que esté al alcance de mi mano y a olvidar un pasado que todavía asoma en mis interminables noches de insomnio para burlarse de mí.
Me tuve que enfrentar a ese mismo pasado el día que recibí una carta mal escrita por mi madre en la que decía que mi hermano se casaba. Con saña rompí ese maldito papel. No quería saber nada de esa gente que supuestamente es mi familia. Luego recapacité. Quizás podría regresar para escupir en su tumba o, mejor aún, destruir el pozo. Además, podría mostrarme tal como soy ahora delante de esas pobretonas mujerzuelas de pueblo: una ciudadana del mundo que ha prosperado.
Cuando vi a Caín en su boda percibí esa mirada de odio y maldad que tanto me había aterrado en mi niñez. Era igual que él, los mismos gestos, la misma postura, ese mal beber que le transforma en una tormenta de furia que destruye todo a su alrededor. Me mantuve al margen todo lo que pude, fingiendo una alegría inexistente e imponiéndome una sonrisa falsa en la cara para no desentonar. En el último momento madre me lanzó una mirada de soslayo. Ella sí sabía escudriñar mi alma. Ahí quedó todo dicho. Me acerqué a Caín para despedirme. Antes de que se metiera en casa con su nueva esposa le pregunté:
-Caín, ¿qué pasó con padre?-
Levantó el brazo mientras su cara reflejaba una mezcla de alivio y preocupación. Señaló un lugar. No hizo falta más explicaciones. No pude caminar mucho hacia allí porque al poco tuve que echarme a un lado para vomitar de asco. ¡Ese maldito olor…! Jamás podré desprenderme de él. Seguirá ocupando mis noches de pesadillas pero a partir de ahora también mis días de rutinas absorbentes y recuerdos ahogados.
No regresé nunca al pueblo, ni pienso hacerlo. Aunque hay lugares que por mucho que huyas siempre seguirás tú estando ahí, porque aunque no habites en ellos, ellos sí habitarán en ti.

Maite BT
Grupo A


Marica Chullo

Añojal era un pueblo más, perdido en la dehesa extremeña donde solo las avutardas parecían comer y vivir en paz.
Algunas casas mal encaladas y una ruinosa iglesia componían el conjunto, que de lejos se podía confundir con un camposanto de pasillos estrechos, polvorientos en verano y enfangados en invierno.
La iglesia era una construcción sencilla, sobre el descascarillado suelo descansaban algunos bancos solo usados para despedir a los muertos, un Jesucristo marchito se intuía en un lienzo que enmarcaba el humilde altar, lo más notorio quizá fuera el candelabro de votivas, regalado por el cacique del pueblo, don Ramón del Río, que en gloria esté. El cura le pidió una escuela para el pueblo porque nadie leía pero don Ramón pensó que mejor un candelabro, así el temor haría rezar.
Antaño, el pueblo tenía gritos, risas y bestias tirando de carros, la vida era dura, sí, pero era vida, ahora la roña campaba a sus anchas: las últimas mulas habían muerto hacía ya no pocos inviernos y si alguna quedaba era muy a su pesar; los gritos solo se oían por las peleas de borrachos, porque el vino quita el hambre y también el frío y las risas se dibujaban en labios torcidos.
El cura había pasado mala noche, solo el confesionario quizá arreglara el día, Marica Chullo acudía con frecuencia, largas y sudorosas confesiones que aliviaban al cura tanto como al Chullo…porque de algo había que vivir.
Marica Chullo no hablaba y tampoco sentía, no era un mudo de nacimiento, solo fue que su padre lo vio tocarse donde no debía con quien no debía, el vecinillo pudo escapar pero Marica Chullo no, la tunda de palos le cayó con fuerza y en semanas no pudo andar. Quedó mudo y también cojo, la cojera por rotura mal curada y la mudez porque su lengua ya no quiso hablar ni su corazón saber.
Pero Chullo ese día no llegaba, al pasar por la taberna un par de borrachos berrearon lo de siempre, ese día no lo quiso oír, a grandes zancadas se encaminó a ellos y con la misma botella que sostenía el más voceras les rajó la cara.
Corrió al patio de la iglesia, la perra recién parida se dejaba hacer por sus cachorros que mamaban con vigor, la acarició y junto a la manta, en la tierra, dibujó: un sol, muchas casas y un mar con veleros. El cura lo entendería: huir de aquel maldito campo de miseria y dolor.
Los lugareños oteaban el horizonte con desconfianza: “más vale malo conocido que bueno por conocer” susurraban si algún paisano dejaba de verse, pero Chullo recelaba, nadie había vuelto.

Teresa Fernández Pacheco
Grupo C


El último golpe en el yunque

El viento del norte venía a cuchillo por la sierra de Albarracín, colándose por las callejuelas de Gea, como un lamento antiguo. No traía lluvia ni esperanza; solo traía polvo y el eco de las puertas.
Elías miró sus manos. Eran manos de herrero, anchas, callosas, teñidas de un hollín perpetuo que ni el agua helada del río Guadalaviar podía limpiar. Sin embargo, llevaba semanas limpias, demasiado limpias.
En su herrería, el fuego estaba apagado. El yunque, que durante generaciones había cantado la música del progreso del pueblo, ahora dormía frío y mudo. No había hierro que forjar, ni mulas que herrar; y lo más grave: no había nadie que pudiera pagar por ello.
—Elías, la sopa está lista —llamó María con voz tenue desde la cocina.
La sopa era agua turbia, con unas pocas hierbas y un trozo de pan duro que había guardado como oro en paño. En la mesa, sus hijas esperaban con los ojos grandes y hundidos; esa miseria que en Gea se había vuelto tan común como las piedras.

La Casona de los Valdeolivas

Al otro lado de la calle mayor, la realidad era distinta. La casa de los Valdeolivas se alzaba imponente, con su escudo de armas en la fachada de piedra y balcones de forja que el abuelo de Elías los había trabajado con orgullo.
Allí no había sopa de agua. A través de las ventanas entreabiertas escapaba el aroma insultante del cordero asado y la leña de encina ardiendo con alegría. Don Anselmo Valdeolivas paseaba por el pueblo con su abrigo de paño inglés y botas lustrosas, saludando con una inclinación de cabeza que no era saludo, sino una confirmación de su estatus social.
—Se van los Martínez mañana —comentó Don Anselmo a otro terrateniente en la plaza, mientras encendía un cigarro grueso—. Dicen que a Valencia… Pobre gente. No saben que en la ciudad el hambre muerde igual, pero sin techo.
D. Anselmo no entendía, o no quería entender. Para él, Gea era su reino: sus tierras, su casa. La hambruna era inconveniente climático, no una tragedia vital. Mientras los jornaleros y artesanos vendían sus pocas pertenencias por un saco de harina, los señores compraban esas tierras a precio de saldo, ensanchando sus dominios mientras el pueblo se encogía.

“La decisión del hierro”

Esa noche Elías no pudo dormir. El contraste le quemaba más que el fuego de su fragua. Escuchaba el carruaje de los señores, mientras en su casa el silencio era tan denso que dolía.
Bajó al taller; acarició el martillo. Durante siglos, su familia había sido el corazón de Gea. Sin el herrero no había arados para el campo, ni herraduras para el transporte, ni clavos para las casas. Pero el campo ya no era de quien lo trabajaba y el transporte ahora iba hacia una sola dirección: la huida.
Sacó una carta arrugada de su bolsillo. Venía de Barcelona; un primo suyo trabajaba en una fábrica metalúrgica.
“Aquí el hierro no se ama, Elías; solo se funde en serie, pero pagan cada semana y hay comida”, decía la letra temblorosa.
Elías encendió la fragua una última vez, quemando los últimos restos de carbón que le quedaban. No para trabajar, sino para despedirse. Calentó un pequeño trozo de metal hasta el rojo vivo y, con un golpe seco y certero, lo partió en dos.
El sonido metálico resonó en la noche de Gea, como un disparo, despertando a los perros de Valdeolivas.
Fue el tañido final: la rendición del artesano.

“El adiós”

Al amanecer, la niebla cubría el acueducto romano excavado en la roca. La familia de Elías estaba en la parada del coche de línea, junto a otras tres familias. Llevaban maletas de cartón atadas con cuerdas y abrigos remendados.
Elías cerró la puerta de su casa y del taller. Giró la llave dos veces. El sonido de la cerradura fue el último trabajo de hierro que haría en aquel pueblo.
Don Anselmo pasó por allí en ese momento, camino a la misa primera. Se detuvo un instante, mirando al herrero; luego, a las maletas.
—¿Tú también, Elías? —preguntó con una mezcla de sorpresa y de decepción, como si le ofendiera que le quitaran una pieza de su tablero de ajedrez—. ¿Quién me arreglará ahora la reja del patio?
Elías lo miró a los ojos por primera vez, sin bajar la vista, sin la humildad del sirviente, sino con la dignidad del que ya no tiene nada que perder.
—El óxido, Don Anselmo —respondió Elías, con voz ronca—. Deje que se la arregle el óxido.
El autobús llegó levantando polvo. Elías subió el último, ayudando a María. Mientras el vehículo se alejaba serpenteando por la carretera, Gea de Albarracín se hacía pequeña a sus espaldas. Quedaban atrás las piedras nobles, el convento de las Capuchinas y la riqueza de unos pocos; pero también quedaba atrás el hambre.
El taller del herrero quedó en silencio y, con él, un pedazo de alma del pueblo se apagó para siempre. El yunque tampoco vibró más, dejando a los señores dueños de un reino cada vez más vacío.

Fernando Nieto
Grupo A


Dos secretos

Mi nombre es Adrián, pero todo el mundo me conoce como Adrián el de los “Alpargateros”. Soy hijo de José, que era alpargatero, y nieto de Francisco, quien también dedicó toda su vida a hacer alpargatas de cáñamo. Soy la tercera generación de un oficio muy antiguo, siempre urdiendo las suelas y cosiendo con las agujas de capellar, pero a mí lo que mejor se me da es pespuntear las morreras que rematan las alpargatas por delante.
Era por el verano, a mediados de julio, cuando íbamos todos los chiquillos hasta los prados del barranco del Cañigral para recoger el cáñamo. Lo hacíamos a primera hora del día, antes de que apretara la calor. Mi padre era un buen segador, abrazaba las garbas con la sobremanga sobre su huesudo brazo, a la vez que tajaba con la afilada corvilla a ras de suelo. Un golpe certero y ya está, nos decía. La chiquillería cogíamos las gavillas y las arrastrábamos hasta la balsa. Los gruesos goterones de sudor resbalaban por sus mejillas, se le oía resollar como acezan los perros cuando persiguen a los conejos. Recuerdo una noche, no podía dormir de la calor que hacía, cuando me pareció oír unas voces, ven acá, puta. Me levanté y me acerqué hasta la alcoba de mis padres, allí entre sombras le vi, ebrio de vino, cómo tenía agarrada a mi madre y aunque trataba de zafarse de su apestoso aliento, le oí cómo jadeaba, parecía el chon montando a la marrana, al poco soltó un rugido tres veces y se hizo el silencio. No podía moverme, solo escuché el ulular del búho roto por los sollozos de mi madre. Me volví a la cama, pero ya no pude dormirme. Después de aquel sucedido, fueron muchas las noches en las que volví a oír los golpes, los insultos, yo no podía hacer nada, solo resoplaba por la nariz, mordía la manta y apretaba fuertemente los ojos.
Una noche de septiembre, mi hermana y yo estábamos ya acostados cuando llamaron con insistencia a la puerta. Por la voz reconocí a Antonio el “Chapita”, el hijo del Casildo y la Garrota, quien le echaba en cara a mi padre que había cogido la agramadora sin su permiso y no se la había devuelto. Bajaron a buscarla al taller, yo detrás, procurando no hacer ruido al poner mis pies descalzos en las frías losas, muy despacio, apoyándome a tientas en las paredes para no tropezar. Me escondí detrás de un montón de garbas de cáñamo, y les oí discutir, Antonio le dijo algo de ratero de mierda… Mi padre le agarró por la pechera y le empujó con violencia, el Chapita dio unos torpes pasos hacia atrás, se tropezó con el banco, se cayó sobre la púa del rastrillador y se le abrió un enorme boquete en la espalda que le quebró el aliento. Mi padre se acercó hasta él, arrimó su hocico hasta su cuello y masculló… serás hijo de puta, así tú no me vuelves a llamar chorizo. Lo envolvió en un saco de esparto y lo ató con una trenza de las que hacíamos sin parar, siempre con un cabo más corto, para que no se enredaran abajo. Lo arrastró hasta la cuadra de la casa y lo subió a lomos de la mula. Yo estaba petrificado, no podía mover un músculo; cuando conseguí salir de mi escondrijo me vio, debió volver para limpiar el charco de sangre y, llevándose el dedo índice a la boca, me susurro: Tú no has visto nada, será nuestro secreto. Como se te ocurra contárselo a tu madre, te mato. Yo tenía los labios sellados con resina y le vi salir, con aquel fardo a lomos de la mula, en una noche oscura. Se lo llevó Dios sabe dónde para enterrarlo, aunque por el camino que cogió siempre pensé que lo había tirado por el agujero de la cueva de la Mora, con una piedra al cuello, como hacíamos con los gatos recién paridos. Me volví a la cama, mi hermana dormía, pero no conseguí pegar ojo.
Tres años después, un 17 de enero, lo recuerdo perfectamente porque fue después de la fiesta de San Antón, pasó lo que tenía que pasar. Hacía un frío que pelaba. Todos los vecinos reunidos en torno a la hoguera, comiendo patatas asadas y tortas dormidas. Ya entrada la noche, llamaron a la puerta con tres golpes secos. Yo me pensé que eran los mozos del pueblo, que iban con las esquilas al cuello formando un gran alboroto, molestando por las casas del pueblo. Volvieron a repetirse los tres golpes, ahora más fuertes. Bajamos a abrirles, y allí estaban, como dos estatuas, la pareja de los guardias civiles. Dijeron algo de la autoridad competente y se llevaron preso a mi padre, con las esposas en sus huesudas manos. Mi madre lloraba sin parar; yo casi me alegré de que desapareciera de nuestras vidas, se acabaron las palizas y los insultos, los encargos de trabajos inútiles y el pestazo a vino y tabaco que emanaba por su bocaza. Ya nunca más lo volvimos a ver. Lo metieron en presidio, en la cárcel de Alicante, hasta que poco después llegó una carta donde decía que había fallecido por una neumonía. La noche que se llevaron preso a mi padre cayó una nevada impresionante, y a la mañana siguiente no pudimos salir de casa, pues teníamos la ventisca había acumulado más de un metro de nieve que taponaba la entrada de la casa. Hacía un frío tremendo entre aquellas cuatro paredes, siempre nos pegábamos por sentarnos en el escaño de la cocina, frente a la pequeña chimenea. Mi madre me dijo que a partir de aquel día yo iba a ser el encargado de traer piñas y braceos de aliagas para encender la lumbre. No os arriméis tanto, que un día os caéis en las brasas, nos repetía cada poco.
Mi hermana Luisa, que me sacaba quince meses, era la encargada de traer agua, todos los días con las cántaras a cuestas, desde la fuente del Tornajuelo. Allí solía verse con el Marica, de los “Chullos”, que era un mozo bien plantao, de tez morena, la mirada turbia, algo bizco como secuela de una reyerta en la taberna del pueblo. A mí nunca me gustó, era un creído, alardeaba de que tenía a todas las mozas bebiendo de su mano. Muchas tardes, yo la acompañaba, y allí que se presentaba el Marica, que me ignoraba y a mí no se dirigía, como si no me viera. Siempre tonteaba con ella, unas risas por aquí, un déjame que te ayude por allá y ponía sus oscuras manazas en la espalda de mi hermana. La Luisa era ya una buena moza, con sus buenas caderas y su enorme pecho, siempre alegre y dicharachera, brotaban las sonrisas en su enorme boca. Aunque yo bien me sé lo que el Marica quería de mi hermana, le sobaba cada tarde los hombros y los brazos, y arrimaba su sucia boca por el cuello, con la sola idea de montarla en el pajar de vuelta a casa. Poco después, ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Un día la Luisa llegó a casa y contó que estaba preñada. Mi madre empezó a llorar y yo empecé a despotricar como un jabalí herido, cogí la escopeta y me puse hecho una furia. Eres la deshonra de la familia, le escupí como una ametralladora. Mi madre consiguió apaciguarme, poco a poco. Hijo, hay cosas peor, me dijo. Esto se soluciona casando a la moza con el Marica, que es de los “Chullos”, no te das cuenta que es de las familias más ricas del pueblo. Era cierto, pues llegaron a tener más de mil cabezas de ovejas. Así que, poco después de san Antonio, allá por el 13 de junio, hicieron la boda en la iglesia y se besaron a la salida. Hubo convite con un guiso de perdiz y después baile al son del acordeón, hasta caer reventados, en el local de la escuela. Desde el día siguiente, mi hermana pasó a trabajar como una bestia con las borregas y corderos de los Chullos, que si atar a las merinas para esquilarlas, ordeñarlas dos veces cada día, subir hasta la hoya de los Romanos o bajar desde los Sabinones, apartar los corderos, siempre de sol a sol. Ya nunca más oí su risa de su preciosa boca.
Todos los inviernos ella se iba, como cocinera, a hacer la trashumancia hasta la zona de Campo de Cartagena, ya cerca de Murcia. Era una hembra muy bragada, eran muy pocas las mujeres que bajaban y la que probaba un año, no volvía; ella estuvo ocho temporadas de continuo. Preparaba unos guisos estupendos con los que llenar el buche a aquella cuadrilla de pastores. Le quedaban muy bien las migas de pan con longaniza y su plato estrella eran los caracoles chupaeros, que quitaban el sentido. Solían bajar tres amos con sus rebaños, siempre con las abarcas de goma, el pantalón de pana, la boina negra, la bota colgada al hombro, una petaca y tabaco para liar. Llevaban tres o cuatro mudas, que lavaban la Luisa o alguna otra mujer del camino. El Marica solía ir a caballo, donde llevaban las mantas, el vino o la paja; y si hacía falta durante el viaje, se acercaba a algún pueblo cercano para buscar provisiones. Tardaban poco más de tres semanas, aunque si las ovejas iban pariendo, aquello se alargaba algunas jornadas más. Hacía arriba, de vuelta a la sierra de Javalón, tardaban diecinueve o veinte días, porque por el mes de abril, amanecía antes y se andaban más horas. Yo siempre contaba los días, esperando su vuelta. Cada año, antes de partir, le cosía unas alpargatas nuevas, con las morreras en rojo, que siempre volvían rotas y maltrechas, deshilachadas con las piedras de las cañadas y las veredas. Así durante ocho años, hasta que un día llegó descalza, las alpargatas en la mano, el ojo morado y el gesto torcido. Me contó lo que ella siempre había callado, aunque era un secreto a voces. El Marica, que mal rayo le parta, abusaba de mi hermana, le pegaba, la trataba como una esclava, siempre de acá para allá, de sol a sol, y por si esto fuera poco, muchas noches le ponía la mano encima y la insultaba.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Dos días hacía que habían vuelto, y yo rumiando sus palabras, me imaginaba la mala vida que aquel desgraciado le daba a mi hermana. Y sucedió lo que tenía que suceder. Fue un veintinueve de abril, cuando me fui como un miura hasta la majada donde guardaba el ganado. Aproveché que mi hermana había bajado al río a lavar y me encaré con él. Llevaba la lezna de coser escondida en la manga de la camisa y la afilada corvilla en la espalda, sujeta con el pantalón. De camino recordé a mi padre sentado en el banco del oscuro taller, urdiendo las suelas y atravesando el alma del cáñamo, haciendo fuerza contra la estaquilla de la mesa. Esto atraviesa el alma, decía. Me llegué hasta el pajar donde guardaba a las borregas. Allí lo vi, estaba apartando los corderos. Apestaba a orines y boñiga, un olor pegadizo en aquel aprisco. Los recentales balaban sin parar. Me acerqué hasta tenerlo frente a mí, me soltó que la Luisa era una malnacida, maldita tu casta, y que no valía ni pa darme hijos. Se me abalanzó con las manos hacia el cuello, yo saqué la lezna de la manga con mi mano izquierda. Así le atravesé el costado por dos veces, aflojó sus sucios dedos de mi garganta, y en menos que canta un gallo conseguí zafarme, saqué la corvilla con la mano derecha y rebané su cuello con un golpe certero. No hizo falta más... Cayó hecho un guiñapo. Se acabaron las palizas y los insultos de ese hideputa. Después me deshice del fiambre en un serón de aceitunas, que enterré aquella misma mañana saliendo por detrás, hacia la Umbría Negra, junto al pinar del Ocejón. Nadie me vio. Me deshice de la camisa ensangrentada, me lavé en el regato y volví a casa para el almuerzo como si tal cosa. Por la noche ya le echaron en falta y se organizó una batida para dar con él. Todo fue inútil. Unos meses después apareció por el pueblo un tal Antón el “Campanillero”, que se dedicaba a la venta ambulante de ropa, telas, agujas y demás cachivaches. Dijo que había visto al Marica en una taberna de Campillo, acompañado de una mujer de mala vida. Todo el mundo pensó que había desaparecido por su voluntad, dando por válido que el Marica “Chullo” anduviera lejos con algún lío de faldas, encoñado por ahí como era propio de un mujeriego como él. Todo el mundo murmuraba y criticaba a mi hermana. Vaya mujer, no saber cómo atender a su hombre -decían.
Una noche de otoño sonó como si llamaran a la puerta de casa. Al principio pensé que era el viento, que arremetía contra el portón de la cuadra, pero cuando insistieron, bajé y mi sorpresa fue ver a mi hermana, con una maleta en su mano y los ojos humedecidos. Solo alcanzó a decir: ¡No aguanto más! ¡Vámonos de aquí!
Despertamos a madre y preparamos todo. Ensillé la mula, comimos un cacho, dejamos sin recoger la cocina, sin tiempo que perder y antes de que saliera el sol, ya estábamos de camino a Barcelona por la Cuesta del Bardal. Anduvimos todo el día, sin volver la vista atrás y sin parar casi, como si huyéramos del diablo, hasta no poder más. Aquella misma noche, nos acurrucamos bajo las mantas, junto a la lumbre, cuando le musité a la Luisa que tenía un secreto que contarle.
-No hace falta, los secretos, secretos son. Yo también tengo algo para ti: ¡Gracias, hermano! -dijo sollozando.
La miré fijamente, puse mis manos sobre sus mejillas y una leve sonrisa se esbozó en sus carnosos labios.

Jesús García
Grupo A


El señor Amaro

Nos estamos quedando solos en el pueblo, nos vamos vaciando pausadamente y los que quedamos ocupamos más espacio, se nos ve más Antes, si te cruzabas con alguien y no saludabas apenas se notaba, ahora sí , porque nadie pasa desapercibido. El aire se ha vuelto más denso, pero se deja respirar mejor.
Yo apenas echo de menos a los que se fueron, allá ellos si prefieren la ciudad. Cuando vienen de visita se pasean ufanos por el pueblo. “Ya vienen los indígenas”, dice mi padre..y ya no estamos tan cómodos.
En realidad, al único que echo de menos es al señor Amaro, que se fue el mes pasado. Amaro se encargaba del bar que lleva su nombre y servía un café tan amargo que te despertaba las entrañas para todo el día y te quitaba el cansancio de un trago. Ahora lo lleva su hijo, Amaretto, pero el café ya no es el mismo.
Dicen que Amaro no se ha ido a la ciudad sino a otros pueblos para difundir su manera de hacer café y se ha llevado consigo su cafetera italiana. Nos ha dejado más soñolientos y menos espabilados, por eso ahora hay gente que se queda dormida en la barra y hay que sacudirlos con fuerza para que vayan a coger sus tractores y se entreguen a sus faenas, pero a las dos horas regresan de nuevo al bar muertos de sueño a por su siguiente dosis de café.
Dice Amaretto que el café es la bebida de los hombres cansados y que todos pertenecemos a la sociedad del cansancio, no sé qué querrá decir eso.

Ayer llegó una carta del señor Amaro en la que dice que no va a volver, que confiemos en que Amaretto irá aprendiendo y la cafetera nueva irá cogiendo solera. Ha dicho también que lo importante es que sigamos reuniéndonos en el bar para contarnos nuestras cosas y que él va a ir por los pueblos a enseñar a otros a hacer un buen café como el suyo para que todos vayan poco a poco despertando. Y que una cosa es pertenecer a la España vaciada y otra a la España dormida y cansada.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo C


Yo también me voy.

Yo también me voy. Uno menos a caminar por las calles de este pueblo maldito. Porque ustedes han de llevarme, señores. No pueden negarse. No hay otro arreglo, me han de llevar.
Pasen, pasen ustedes. Sin ansia y sin miedo, ya no hay lugar para ello. De venir ayer a afligirla otro gallo cantaría. Si hubieran venido a aginarla se habrían topado con el filo de mi faca. Pero ¿qué necesidad hay ahora si está muerta? ¡No me importa si la ven yaciendo en la cama donde tanto nos quisimos! O si toquetean sus tarros y sus mejunjes. A ella ya no habrán de causarle molestia, ni incomodarla siquiera.
Miren, la casa está casi vacía. Todo lo empeñé en viandas que no la restablecieron y en boticas que de poco sirvieron. Lo restante, esa cama, esa cómoda, esa mesilla de noche, no las vendí por si ella las echaba en falta.
¿Y las pocas herramientas? Si ya no me han de servir los sachos, las hoces, las segurejas o el liendro. No voy a hincarlas en la tierra, ni a segar las mieses, ni a aventar la parva…
Pase también, doctor, no le tengo coraje, aunque de poco valieron las pócimas. Al fin, remitieron sus males. Mire la imagen de ángel que se le ha dibujado en la cara. No veía en ella ese gesto de sosiego desde hace meses, ni la frente bruñida y lisa, ni los labios serenos como si se le fuera a escapar una sonrisa. Por fin descansa después de lo padecido en esta vida ingrata.
Ahora solo quisiera enterrarla, solo ese favor les pido: aguarden, déjenme acompañarla hasta el nicho del cementerio. Allí me ha de esperar, pero no por mucho tiempo. Allí, junto al zagal que se nos murió de repente; ni dos meses tenía la criatura.
Llévenme preso, señores guardias. No quiero volver a pisar estas losas, ni abrir estas ventanas, ni salir por esa puerta. Métanme en el presidio más solitario y lejano. Déjenme pudrir en una oscura celda hasta que muera. Nada se me ha perdido desde que ella me falta.
¡Ea, atiendan! No merezco el rencor de sus miradas. Apiádense de mí. No fui un canalla ni un vil ni una bestia sin alma. ¿Qué iba a hacer yo, señores, cuando perdimos toda esperanza? Cuando el médico bajó la cabeza y dijo que todos los días serían un tormento. ¿Qué iba a hacer si me lo pedía en silencio? Una y otra vez. Y yo negando y negando. Pero ella sabía que no podría soportar aquel sufrimiento, los quejidos rotos, su agonía. ¡Tanto como la quería!
Fui yo, no me avergüenza gritarlo ante todos. Yo fui quien puso sobre su boca la almohada y la sostuvo hasta detener su último aliento.
Lo juro por Dios: no tengo de qué arrepentirme, no lo lamento. Así lo digo y así lo siento, aunque eso me lleve derecho al infierno.
Llévenme, por caridad, llévenme.

Un recuerdo a «El embargo» de Gabriel y Galán.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El destino de Alejo Zarandones

Le conocí el otoño que precedió a los luctuosos hechos acaecidos en el invierno. Entonces, yo frecuentaba los tugurios próximos al puerto, donde podía encontrar soplones dispuestos a venderse por un precio razonable. Era cuando yo perseguía pistas sobre los atracadores de varias joyerías, unos tipos zafios y violentos, desprovistos de la finura de los auténticos expertos. Los parroquianos de aquellos antros eran, fundamentalmente, pobre gente lanzada a la ciudad por la corriente que arrastraba a los más menesterosos de cada aldea a la gran urbe, para buscarse la vida en algún quehacer más o menos decoroso, más o menos lícito.
El pobre desgraciado lloraba en un rincón, ajeno al tumulto habitual en el lugar. Como nunca se sabe donde puede saltar una pista o un nuevo dato esclarecedor, me acerqué a él y le pregunté por sus desdichas.
—Vengo de un pueblo de la sierra. La poca tierra que tenía no servía ni para mantenerme a mí, que no tengo ni mujer ni hijos. No había trabajo, ni nada que me atara a aquellos pedregales. Viendo los pocos que quedábamos, seguí el camino de los muchos que nunca volvieron al pueblo. Metí en la maleta de cartón las cuatro cosas que más valor tenían: la ropa y el poco dinero, y me vine para acá. Sin sitio donde ir, me quedé dormido en la estación y amanecí postrado en un banco y sin maleta. Desde entonces llevo tres días vagando, comiendo lo que pillo y durmiendo donde puedo —me dijo atropelladamente, contestando rápido por el simple hecho de que alguien le había hablado.
—Yo te pago un bocadillo de sardinas si me puedes decir algo sobre… —comencé a exponerle, pretendiendo centrar la conversación sobre lo que a mí me interesaba, pero él me cortó rápidamente.
—Alejo Zarandones, a su disposición —Se explicaba con una voz lánguida, que solo demandaba un poco de comida para su estómago y para su corazón. Continuó contando trazos de su vida mientras bebíamos vino peleón, él comía con ansia y yo le aproximaba a mis intereses. De esta forma le convencí para que frecuentara aquellos tugurios y se fuera acercando a los maleantes que andaban a la busca de colegas o de compinches para hacer algún trabajito.
Alejo, con su aspecto tosco y cara bobalicona, resultaba idóneo para que se confiara en él, ya que podría considerársele un pánfilo capaz de aportar su aspecto montaraz, de pocas luces como para atreverse a delatar a nadie y, llegado el caso, servir de chivo expiatorio. Así comenzó a colaborar conmigo a cambio de un dinero que le ayudaba a completar, junto con trabajos esporádicos como estibador o como peón de la construcción, lo justo para ir tirando.
Al principio no me proporcionó información valiosa, pero un poco por pena y otro poco por no abandonar demasiado pronto, continué aportándole semanalmente lo convenido. Finalmente, cuando enero tocaba a su fin, me comentó algo sobre el ofrecimiento de un papel secundario, adecuado a su perfil, en el atraco a una joyería. Alejo poseía esa inteligencia particular que tiene la gente de campo y fue capaz de darme la información necesaria para concluir que aquella era la banda, la que había estado persiguiendo durante meses.
Mis pesquisas se demoraron durante algunas semanas. Fatalmente, el atraco se adelantó, para hacerlo coincidir con el día de San Valentín. Quiso la casualidad que ese día Alejo estuviera inutilizado por un flemón y una fiebre elevada. Todo salió mal. Alejo no pudo hacer la maniobra de distracción planeada, el joyero y una clienta resultaron heridos de gravedad por arma de fuego, el botín era muy menguado porque las existencias y el dinero habían disminuido por las compras realizadas los días precedentes. Los malhechores no fueron pillados in fraganti, pero gracias a los soplos de Alejo, fueron cazados al poco tiempo. Para entonces, Alejo Zarandones había desaparecido.
Pasadas varias semanas me llamaron los forenses para reconocer un cadáver devuelto por el mar, al que habían borrado las huellas dactilares. En la morgue pude ver el cuerpo de un hombre grande, con una apariencia semejante a la de Alejo, pero del que no podía afirmar que fuera el mismo hombre que había confiado en mí. Alejo carecía de historial médico, nunca había acudido a un dentista, no tenía tatuajes, no tenía marcas, no tenía familiares próximos o conocidos interesados en reconocerlo. Los forenses no pudieron sacar ninguna información útil sobre la identidad del fallecido.
Nunca más se volvió a saber de Alejo, pero yo, cada mes de febrero, llevo unas flores al nicho donde descansan los restos del hombre devuelto por el mar. Al cabo de los años y ya jubilado, todavía sigo teniendo un gran remordimiento.

Manuel Medarde
Grupo A


Es tarde para volver

Camino despacio hacia la Churrería San Román, entre Castillejos y Gran Vía, al lado del Encante. Dos años ya, desde que la Garrota me dejó con mis recuerdos, en una ciudad que molió a palos de humedad mis huesos de pizarrero. La Seat, alineó mis sueños y descompuso el ansiado progreso en unos hijos sin nombre, que nunca fueron. La Garrota malparió tres veces y la dejó seca por los siglos.
Cuando me subía desde Gestoso, en aquel motocarro, para luchar contra los brotes de olores resecos por la pizarra, en una montaña donde las excavadoras engullían pedazos de negra roca, yo sentía cada chirrido del carro, sobre los raíles, y el traqueteo de la sierra. Como una ola de vaivén ahuyentaba los malos espíritus, exfoliando la dureza, de una piedra que brotó para resistir. Tonio "el Marqués"y Edu, "el Sardina", labraban, a martillo y a cincel, mientras el "Sin Sentido", el hijo del alguacil y yo mismo, el Casildo para servirles, recortábamos los bordes cuarenta por veinte, y a mazo goma, hacíamos los palés. Diez años de pulmones negros y esputos de flemas sanguinolentas, terminaron en un finiquito "mejor llegamos a un acuerdo" y con veinticuatro años y una moza recién estrenada.
Resti, el de Lubián, me puso en contacto con el charnego mas codicioso que conocía madre, pero que me enchufó como obrero en la Seat, después de venderle el finiquito y las alianzas.
La Garrota y yo, en cinco años pasamos de una pensión con moho a un piso de protección oficial en Ciudad Meridiana. Vendimos la casa del pueblo y cuatro tierras para pagar un médico particular y una residencia, porque La Garrota estaba ausente y me llamaba Andrés como su padre. Pero ahora ya no me llama.
Voy al Hogar a jugar a la brisca, mientras camino despacio con este andador que destila pasado y llanto.
Es pronto para volver.

GuADAlupe
Grupo C


El tío Amós

Mi tío se fue con lo puesto, una maleta de cartón y cuatro mudas. No quedaba otra. Tenía cuatro hijos y la tierra no daba para más. Hacía alpargatas, pero casi no quedaba gente en el pueblo que las comprara.
Prometió a mi tía María que le enviaría dinero porque en Bilbao había trabajo, ya ves a los Musiquines como vienen en las fiestas, hechos unos señorones.
Pasaron unos meses y no dio señales de vida. Mi tío era un currito pero en Bilbao necesitaban gente que entendiera de metales y él era alpargatero. Se llevó en su hatillo unas suelas de esparto, retales de lino, agujas curvas para coser las suelas, hilo grueso, un estirador de agujas y unos alicates.
El desánimo no se instaló en la familia. Pudieron sobrevivir con las cabras, las cuatro gallinas, lo poco que daba el huerto y el marrano.
El tío Amós fue un valiente. Empezó, con lo poco que llevaba, a hacer alpargatas para la familia que le acogió, los Musiquines, que llevaban en Bilbao casi seis años. Eran tan bonitas que pronto su fama circuló por doquier y todas las chicas del barrio de Uretamendi querían unas.
Al cabo de un tiempo, se fue con él su hijo mayor, al que siguieron los demás, así hasta que le llegó el turno a mi prima Luisa, que protestó lo suyo, porque la ciudad no era para ella.
Hoy vive con su familia en un adosado en Indautxu, uno de los mejores barrios de Bilbao.

JB
Grupo C


España vaciada

En aquella ocasión, hasta que vi la película” Los Santos Inocentes” me parecía imposible que esto ocurriera en España, o mejor dicho, en algunas provincias españolas.
Yo conocía, cuando me encontré con esta realidad, a los que se iban, a las personas del éxodo que sin someterse a la servidumbre del amo, en sus pequeños pueblos, huyeron durante la revolución industrial, preferían ser mano de obra bien remunerada aunque fuera lejos de su terruño tan amado y lo único conocido y llegaban donde yo residía en una vida cómoda y ajena a lo que ocurría en otros lugares de nuestra querida España.
Allí, la historia que se encontraron fue un medio para salir de la pobreza, gentes que les trataron sin recelos, con cariño y valorando su trabajo debidamente, remunerado y con posibilidad de volver a su tierra abandonada en otro tiempo , y poder hablar de tu a tu a los de su feligresia.
Ya no recogerían mas las perdices del amo, las cazarian ellos.
Los años sesenta de Extremadura, Andalucía y otras regiones cercanas emigraron, algunos a Europa y otros a las zonas industriales.
No quiero dejar de narrar la vida de la zona rural en esas regiones industriales en la misma época.
Cultivar las hortalizas y cuidar el ganado, e ir al mercado a vender, la mano de obra era familiar o con alguna persona a su cargo, remunerada y fuera del abuso del casero.
Los caseríos estaban rodeados de pequeñas tierras y apenas había pobreza ni hambruna,
Podía ser que la industria fuera también el complemento de algunos campesinos que además de trabajar el campo aprovechaban la facilidad de trabajar en cualquier oficio, tornero, herrero, encofrador, marinero, damasquinador, todos los oficios de la zona y de los que venían de todas partes.
Durante las crisis industriales, algunos regresaron a sus añorados pueblos definitivamente, y para sorpresa de los que se quedaron, vinieron con nuevos horizontes difíciles de olvidar.

Carmela
Grupo A


Patrón

Isolina tenía 13 años cuando empezó a recorrer los alrededores del pueblo de casa en casa, al principio remendando y cogiendo dobladillos, pero poco a poco se extendió a fornituras, forros y entretelas hasta llegar a boleros, pinzas y drapeados. En un año la acompañó su hermana Fina y las dos partieron alegres de alejarse de las duras faenas de montaña y conocer otras casas, otras personas, otras historias. Fina se inició en el hilván, los pespuntes, atraques y remates. Las dos hermanas iban recorriendo cada vez más lugares y aumentando su cotización, desde una exigua propina con el alojamiento y la comida a perronas que disminuyeron la miseria de sus padres y abuelos y, sobre todo, proporcionaron la entrada a la ansiada máquina de coser. Con el artilugio llegó también la maleta y el abandono del pueblo. Se sumaron a los miles de inmigrantes de la ciudad, donde habían soñado vivir y se turnaron día y noche con los pedaleos para dar las puntadas que permitieron pagar la Singer, la habitación, malcomer y enviar dinero al pueblo.

Ana
Taller C


Galla, el cantero

Llegaron caminando por la senda que lleva desde el pueblo a lo alto del monte. Los dos, padre e hija. Ella dos pasos por detrás. Se había hecho una buena moza, Candelera. Pelo crespo y rojo, ojos de almendra, carnes abundantes pero prietas.
Me la quedé mirando un poco más de lo que hubiera debido. No había muchas muchachas en el pueblo. Cuando logré desprender la mirada de sus tetas, me encontré con la sonrisa oblicua de Ramón el Perra, entre taimada y comprensiva. Ya sé, ya sé, me decía con su expresión.
Yo me había traído a trabajar a la cantera al Pato, una semana después de que a mi hermana se la llevara el tétanos. Yo nunca había visto a nadie morir de tétanos. Bueno, nunca había visto morir a nadie. Pero morir de tétanos no os lo aconsejo. Se le rompió el espinazo de los espasmos. La cara como congelada, como riendo.
La cantera está cerquita del pueblo y es de mármol negro. El Pato es mi cuñado, y como los patos, que nadan, vuelan y andan, es capaz de hacer muchas cosas, pero ninguna bien. Por eso me lo traje, porque sin mi hermana estaba despistado, y no iba a saber continuar con el negocio de las alpargatas.
Una mañana estábamos tallando unas piezas que acabábamos de soltar, con las falcas y las cuñas, de un bloque grande que habíamos partido a ley la tarde anterior. El Pato escuadraba los sillares con el escalfilador y la maza desdobladora, y yo, con la gradina, perfilaba las superficies. El negocio no va bien desde que en Albarracín instalaron, para dar servicio a las canteras de allí, un taller con maquinaria eléctrica de corte y percusión. No es que ya no se demande la piedra, es que los precios que los maestros de obra están dispuestos a pagar por ella han bajado tanto que nosotros, para sacar un solo jornal, tenemos que trabajar dos en lo mismo o hacer dos jornadas cada uno.
Por el sendero que llegaba desde el monte a la cantera vi acercarse al Perra. Cuando se llegó a mí, me dijo que quería hablar conmigo a solas, y entonces yo le pedí al Pato que se acercara a la caseta, a afilar la herramienta, y que me aguardara allí. Ramón me contó cómo, con los vientos y los chaparrones de las galernas del invierno anterior, casi todo el tejado de su establo se había derrumbado, llevándose consigo una buena parte del mampuesto de la pared del lado de poniente. Y que le gustaría repararlo, a poder ser con sillares, para dejarlo bien dispuesto frente a nuevos accidentes. Pero también me dijo que no podía pagar con dinero lo que él sabía que costaba un apaño como ese. Y que se le había ocurrido que, para que le saliera de balde, podía cambiarme los sillares por los favores de Candelera. Que él podía garantizarme la satisfacción si aceptaba.
Me alegré de no tener en las manos la maza grande, porque le hubiera escalabrado allí mismo. Le hubiera roto la cabeza por cabrón y por mal padre. Sin responderle, me di la vuelta y me alejé de él. ¡Tú te lo pierdes!, me gritó mientras se iba.
Me he venido a Albarracín y me he traído al Pato conmigo. Ya no aguantaba más aquello. Se acabó. Vivimos de alquiler en casa de una prima suya. El trabajo en el taller de cantería es menos bonito, con todas esas sierras y martillos mecánicos, pero ganamos lo nuestro sin preocuparnos más que de hacerlo bien. 

Carlos Coca
Grupo C


A tiro de piedra

No encontrarán mi cuerpo. Hallarán la patera a la deriva. Abandono la lucha, el braceo y pataleo desesperado. Boqueadas de agua salada me inundan y anegan mis pulmones, mientras me voy hundiendo con suaves vaivenes de ahogado. Fin del viaje, adiós a todo. Lejos de los orígenes, de lo cotidiano. No lejos de los míos porque ellos están a mi lado, a cien metros de arena, sal, agua y soledad.
¿Qué será de ellos? Miseria por miseria es preferible esta miseria esperanzada que la miseria eterna que dejamos. Sara, en el pueblo la Garrota, es fuerte, lista, de gran entereza, es el referente de la familia y sacará adelante a la niña y lo que viene en camino. Apenas falta un mes para que nazca pero no me sobresaltará su llanto, ni dormirá en mis brazos al arrullo de este mar cálido, suave y mortal que conocimos hace pocas semanas. Ni siquiera veré mi primer sueldo. Cien duros. Muchas patatas y poca carne. Pero son seguros. ¿Le quedará alguna paga?
Ya hemos llegado. El barquero nos ayuda a bajar las cosas. Las maletas llenas y la cama, una mesa con dos sillas, la cocina de petróleo y un quinqué que compramos en el pueblo grande. Es todo para empezar. Los compañeros se han acercado a ayudar, a saludar.
Aquí sólo vivimos nosotros cinco y el almadrabero. Lo que necesitemos hay que ir a buscarlo a la otra orilla, al Rompido. Cada dos días cruzamos uno a buscar el pan y lo más necesario. Allí, en la tienda de la Calañesa tienes de todo. Tú no te preocupes, aprenderás enseguida. Han visto el miedo en mis ojos. Cruzar esos doscientos metros remando... yo, que sólo he visto agua abundante en los charcos del regato y los pilones del ganado.
Nos llevan a ver la casa. Es una choza con paredes y suelo de barro, un hueco para entrar y salir, sin puerta, un pequeño ventanuco y un techo de cañas y barro. Dentro una cocina sin nada y una habitación con menos. Aquí viviremos. Rodeados de arena, de juncos, retamas, clavellinas y un mar que se acerca a saludar en la puerta misma de la casa.
-En cuanto esté limpia, con unas cortinas y unas plantas quedará muy bien- me dice Sara, que puede con todo.
Y pregunta dónde está el agua, dónde se recoge leña, si hay sitio para sembrar un huerto o para tener gallinas.
Celedonio me ha adoptado, me lleva y me trae, me cuenta, me enseña. Cogemos chocos, quisquillas, cañaíllas y aprendemos a encontrar en la arena coquinas y navajas. Disfruto viendo cómo María goza con esta comida. Hasta la niña ríe alegre, bobalicona. Celedonio es de la zona y conoce el sitio y la gente. Me acompaña las primeras veces que me toca cruzar el brazo de mar y me enseña a bogar.
-Casildo, ya sabes lo necesario. La próxima vez irás sólo.
El Fili nos lleva en el taxi a la estación más cercana.
-Ya había oído que vosotros también os marcháis. Pues que haya suerte y os pinte.
La despedida ha sido rápida, seca. En la familia no somos muy dados a arrumacos ni a cariños en público. Un escueto: "Escribe pronto y cuéntanos cómo es aquello y qué tal os va". Yo ya deseando salir y que todo vaya quedando atrás. Dos maletas llenas de ropa, escaso capital con el que empezar, y una cesta de mimbre con la comida para los casi dos días de viaje. Bocadillos y algo de chacina como despensa.
Una larga espera en Extremadura, muchas horas de traqueteo rítmico, llantos de la niña y escasas conversaciones con algún viajero ocasional que pregunta, más que nada por entretener, dónde vamos, cuánto le falta a María para salir de cuentas... Así hasta Cartaya. Allí hubo que alquilar un coche. Luego una barca para cruzar el río Piedras y llegar al destino.
Hemos acabado de eras. El verano ha sido más duro que otros porque se nota la falta de los dos hermanos mayores: José Manuel se fue a una portería a Zaragoza y Fermín anda de cartero en Madrid. Y aun así padre nos dice que esto no da, que hay que buscarse los garbanzos en otra parte. No le falta razón. Sara y yo lo hemos hablado muchas veces. Mejor sería irnos del pueblo.
-Y no nos volveremos como hizo mi padre. Nunca más volveré a ser la Garrota.
Su padre anduvo un par de años por Cataluña antes de la guerra, pero se volvió. Puso una ferretería que, al poco, tuvo que cerrar. Aquí sigue malviviendo con las cuatro tierras y algún jornal. A veces la nostalgia es mala consejera y nubla el juicio.
Tampoco es plan seguir viviendo en la casa de los padres y más desde que nació la niña. Además, fuera del verano ¿de qué comemos? Los jornales, treinta pesetas secas, son pocos y los más de los días estoy sin trabajar. Y María quiere su casa, nuestra casa. No nos casamos para estar siempre en casa de los padres.
Hablo con Matías que está de permiso y me ha informado de cómo es lo suyo.
-Se gana poco, pero te dan casa y es seguro. Y el trabajo se lleva bien. Eso sí, tienes que aprobar el examen.
Sara está de acuerdo, así que decidido. Nos iremos.

Nicolás Casillas
Grupo A


Solos se quedan los valles

La necesidad, el hambre y el desamparo obligan a ir en busca de una vida mejor. Así fue como al comenzar el mes de mayo de 1952, Casildo, aladrero de profesión - como antes lo fueron su padre y su abuelo - y su esposa Vicenta, a la que todos llamaban La Garrota, cerraron la puerta de su humilde casa de adobe y chapa. Con sus pocas pertenencias guardadas en una maleta de cartón y unos pocos ahorros, envueltos en un pañuelo muy bien anudado, salieron de madrugada del pueblo sin volver la vista atrás.
Dejaron cubierta de grama y malas hierbas la tierra que, durante años, les había proporcionado sustento.
Recorrieron el polvoriento camino hasta la carretera, sin mirarse y sin hablar; les pesaba más la incertidumbre y la desesperanza que la maleta, con apenas dos mudas, un pantalón de pana, una camisa mil veces remendada, una chaqueta, un bolso y unas medias de cristal.
Al anochecer llegaron a la capital. Allí nadie les esperaba pero en un papel tenían la dirección de un primo lejano que había marchado unos años antes en busca de un porvenir. Después de mucho caminar y preguntar, llegaron a dicha dirección pero nadie supo decirles nada de la persona que buscaban. Agotados por el viaje y por tan gran decepción, se sentaron en un banco del parque en el centro de la ciudad y allí pasaron su primera noche llena de temor y desilusión.
El amanecer de un nuevo día les trajo un poco de esperanza y después de un tiempo de búsqueda, Casildo comenzó a trabajar en la cuenca minera, a pocos kilómetros de la capital.
Cada día al bajar a la oscuridad de las entrañas de la tierra, recordaba el valle que había dejado atrás pero, al menos, con su trabajo no pasarían más penurias. Vicenta encontró trabajo de lavandera en una casa de gente adinerada, siempre temerosa de que su hombre se quedara enterrado en la mina y alimentando el sueño de volver a su valle convertida en una gran señora.
Su sueño nunca se cumplió pues Casildo enfermó de silicosis y al poco tiempo murió. Ella volvió a su valle y allí permaneció hasta que la tosferina se la llevó en mayo del 82.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Esperando carta de Hermelinda

No sé que voy a hacer con madre.
Lo llevo rumiando mucho tiempo, dándole al magín como un burro alrededor de una noria. No sé si aguantaremos el invierno, estamos de deudas hasta el corvejón, y mira que trabajé este verano como una acémila, que hice la parva yo solo, trillé dos carros de algarrobas y tres de centeno, que deshice los haces y esparcí el bálago, y yo mismo dirigí los trillos y arreglé las pernales, aunque de trillique vino Tomasín, que el mocito se las arreglaba con la ijada y no dejó caer ni un cagajón fuera de la pala. Pero quedé templao de dar vueltas para no pasar por la misma rodera, de tornar yo sólo el cereal y de levantar el bieldo como un loco para limpiar el grano. ¡no había naide que me pudiera arrimar el hombro. Pero aquí se trabaja de balde, que sé si tendremos para apajar al ganao todo el invierno.
En verano le dije a madre que tendría que irme de forastero un tiempo, a trabajar fuera como los otros, “¡Como la Herme, madre”¡ Pero ella se persignó, se aguchó y mirando fijamente los rescoldos de las brasas, arrimó los rachones de la lumbre y rezongando por lo bajo, siguió con sus letanías, que no sabe si reza o maldice. Ayer le hablé de Delfín que se fue a los altos hornos, pero ella salió a escape, como si le hubiera mentao al maligno, espantá como una vaca cuando le pica un tábano.
“¡Aguarde madre, escúcheme¡”, pero ella corre a vigilar el caldero, a colocar los morilles de la chimenea o a atender el puchero con las pencas de berzas. Ella barrunta que algo me desazona.
“¡Esto no es vida!”, “¡Que ya no hay baile ni fachenda en el pueblo¡” me dijo el Zaca mientras echábamos vicio en los canteros de la huerta desde los mudarales.
Se cerró la taberna y se fue Eladio el tamborilero, que nos alegraba los seranos.
Se cerró la escuela.
¡Y se fue Hermelinda!
¿Qué hago yo con madre?.
Dice el médico que el cáncer ya está chamuscao pero que las visiones son del riego, que por eso se olvida del fuego y antier casi chisca la casa.
Unas veces pienso en irme de chofer a la ciudad y llevármela, pero la probita se moriría solo al subir al coche de línea. “¡A ver si me muero hijo y así quitas el cuidao!” me dice adrede, sabiendo que me duele, entonces me conformo y le digo sonriendo “¡madre usté no se preocupe, que todo tié salida¡” y entonces se le encienden los ojillos y se ríe enseñando las los pocos dientes que le quedan y me besa en la frente y así embaímos la vida, esperando carta de Hermelinda, o que venga la muerte o que vengan los veraneantes.

Aurora Martín Fiz
Grupo C


Casildo y La Garrota

Salía de casa sin ser de día, se ponía su delantal, cogía su garrota y se dirigía a la cuadra donde le esperaban sus ocho vacas lecheras. Lo llevaba haciendo desde que era niña, al principio acompañando a su padre y después ella sola porque Casildo se dedicaba a las huertas. También con su padre aprendió el oficio de garrotera. No había garrotas como las de Eusebia, aunque en el pueblo nadie la llamaba por su nombre, todos la llamaban La Garrota.
Y con su rebaño de vacas, se dirigía al monte con paso recio y con su palo rústico curvado con el que las arreaba hasta llegar al arroyo de La Serpiente, allí se paraba en seco y colocaba sus “almorzas” en aquel riachuelo de agua cristalina y brillante que salía de entre las piedras, se lo había visto hacer a su padre cientos de veces. Después seguía el sendero hasta llegar al castañar. El castaño es el árbol perfecto para las garrotas: es flexible y a la vez fuerte y duro. Eusebia, revisaba cada rama que había dejado atada en los castaños y examinaba la curvatura, quitaba los chupones que hubieran salido y dejaba sólo el último, porque la savia tenía que recorrer toda la garrota hasta el extremo donde se encontraba el final de la rama. Todo esto lo hacía sin apenas aminorar el paso y era una tarea diaria que hacía Eusebia para asegurarse que, una vez pasados los dos años en que se formaba la garrota, no tuviera ningún nudo y evitar mucho trabajo a la hora del acabado. Sus vecinos la intentaban imitar con ramas de membrillos y avellanos, pero no tenían nunca la dureza y belleza de las garrotas de Eusebia porque las de ella se destacaban por la fina terminación de su curvatura.
Hoy Casildo espera sentado al sol pero no a su Eusebia, ni en su pueblo, espera a su nieto en el patio del colegio y recuerda aquellos días en los que ayudaba a Eusebia a terminar los pedidos de garrotas, aquellos días en los que la oía ir a la cuadra a media noche porque había parido una vaca, aquellos golpes de la garrota que retumbaban en el suelo de madera de toda la casa sin haber amanecido, aquel tazón de leche repleto de rebanadas de pan que le dejaba todas las mañanas…porque Casildo no tiene apenas recuerdos antes de conocer a Eusebia. Nunca se separaron hasta ahora, por eso le duele tanto tener tan buena memoria.
Pero llegaron los días de las últimas cosas, el primer día que olvidó levantarse, el primer día que no sabía donde tenia la garrota, el primer día que no se acordó de su nombre…y la tristeza inundó las cuadras, la misma casa y hasta las garrotas se secaron de la poca savia que llegaba al extremo porque a Eusebia también se le olvidó romper los chupones. Casildo fue viendo transparente el presente de Eusebia; veía junto a imágenes de su niñez, las de su vejez, veía a sus hijas con los pastos de sus vacas, las caras de los vecinos con las de sus cuidadores y también veía muchos nombres que no se sabía a quien pertenecían.
Las cualidades de la garrota son la resistencia, la flexibilidad y la constancia, esas siempre las tuvo Eusebia, pero le falto la tercera, la durabilidad. Casildo visita todos los días a su mujer y le gustaría quitarle los nudos que tiene en su cerebro con la destreza con la que ella quitaba los chupones de los castaños pero no puede porque han crecido demasiado, pero también sabe que es feliz porque ella misma diseñó su vida y eso le da calma cuando la ve y fluye con ella todas las tardes a aquellos lugares donde los dos fueron tan felices
Dicen todos que no habla pero él sabe que no es así, es porque no saben escucharla.

ELCA
Grupo C


Viaje a ninguna parte

El Amaro es labrador. Le gusta la tierra, le gusta arar, sujetar la mancera mientras el arado abre con cuidado el cerro y la tierra respira. Los bueyes marcan el ritmo, tamboril y flauta, arado y tierra. Habla con la tierra más que con la gente. Esta tierra es de fiar, es generosa, piensa.
Amaro mira cada día el campo, extenso, grande, bonito y maldice su suerte: su mujer y su hijo hablan cada día con el hambre. Al Amaro se le notan todos los huesos, como si la carne le hubiera abandonado a su suerte. Maldita estampa. Por eso, no gasta en nada, ni siquiera en palabras. El Amaro es como la tierra, duro, recio, callado.
Siempre hay algo que hacer, le dice a su hijo. Siempre hay que estar ocupado, “a la gente demás, la tienta el diablo”, añade, y su hijo le mira sin entender. Llueve. Es el tiempo de arreglar todo lo que necesitará cuando escampe. Aguzar las rejas, apretar la mancera, limar las cuñas, fijar las orejeras, repasar las coyundas, limpiar los yugos, cambiar las puntas de las medias y cuartillas de medir. Queda todavía por terminar la sementera. Y si queda tiempo, preparará para la matanza: las artesas y los cuchillos de matar, el puño para mover la sangre y el gancho para traer el marrano.
Queda poca luz, se termina la tarde y la Avelina prepara los pucheros para la cena; las sopas de ajo y las sobras del tocino ya están en la mesa. El silencio llena la cocina. El niño callado, cuidando no hacer ruido y no molestar, si no, ya sabe que el manotazo le llegara rápido.
Ya no podemos aguantar más, no hay nada en la despensa; la matanza se acabó, ni tocino añejo queda ya, dice la Avelina, mirando al Amaro y luego a su niño. Pues hay que dar la senara a mi padre, apostilla el Amaro. Tu padre ha vivido y comido. Ahora que coma tu niño y también nosotros, alzó la cabeza Avelina. Los ojos del Amaro buscan a quien golpear, su voz ordena: a la cama. El niño tiene nueve años, ya es un hombre, oye decir a su padre.
El niño pelea contra el frío que inunda la casa, la alcoba y la cama; se ovilla encogido y guarda el calor de su aliento. Silencio. Contiene la respiración y escucha a sus padres en la alcoba pegada. La madre habla de una carta de su hermana: que nos vayamos a Madrid. Hay trabajo de portero; casa en la portería y da para comer. Y yo puedo limpiar escaleras. ¿Y la tierra? ¿Y el pueblo? Apenas logra oír un hilo de voz de su padre, que se lamenta, más que habla.
- ¿Tierra? – La madre alza la voz, ahora. – Ya sabes que esa tierra por muy generosa que sea nos matará de hambre y sólo servirá para recoger nuestros huesos –
El padre insiste. El Venancio dice que “antes porquero que portero”. No quiere irse a Madrid para limpiar la mierda a los señoritos y para “levantar gorros”. Oye a la madre, con voz clara. – Claro, ellos que sí tienen tierra para comer, pueden hablar.
El Amaro no duerme. Un dolor más frío que el frío de la noche invernal ha entrado en su costado y su barriga. Y el miedo. El miedo a servir, a no saber. El miedo y la vergüenza de no poder defender a su familia, a su hijo. El miedo y el temor a lo que hagan de ellos.
Antes de que llegue la mañana, recuerda aquellas palabras del Venancio: aguantaré aquí, araré más abajo, criaré marranos y los venderé. Algo haremos. Los hijos tendrán que marcharse de esta miseria; allá ellos. Que estudien y sean algo más que nosotros.
El Amaro sabe que ha perdido esta partida. Le toca ahora cambiar su tierra y su vida por la tristeza de la cabeza baja. Piensa: levantar gorros y bajar la cabeza.

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


La huida

Madre, ayúdeme a preparar el hato de la Jacinta, que nos vamos de madrugada.
—Pero, hija, ¿qué va a ser de vosotras?
—No se preocupe, madre, nos marchamos con el Amaro.
—¡Hija, con ese! Si es pasmao como su padre, que no tienen afición a las mujeres. ¿No podías haber trillau a otro?
—¿A quién, madre? Si aquí, hombres… hombres que quieran amorisquiar, solo quedan tres, y uno es el cura.
—Pues trata con esos.
—Ya da igual, madre; he acordao tapar al Amaro. Él me mantendrá y cuidará también de Jacinta hasta que case.
—¿Y qué va a ser de mí y de tu padre?
—Descuide, cuando pueda vendré o mandaré a buscarla, pero a padre… ¡mal rayo lo parta! No quiero poner más el bollo pa darle a comer.
—Pero tu padre no lo ha hecho por malicia; es sólo porque está impedio. Antes que tú, era yo quien iba de noche al Ocejón a fiarme por un celemín al molinero. ¿O de ande crees que vino la Jacinta?
—Por eso, madre; no quiero que ella tenga que ir a pedir el costal y quedar en la noche con su padre… o su hermano.
—¿Y qué vais a hacer? ¿De qué vais a vivir?
—Su primo, el Saturio, el de Terriente, le ha buscao una portería en Barcelona.
—¡Pero esos dos se entienden!
—Madre, a mí ya me es igual. Yo no quiero que me toquen más los hombres. Si me quedo aquí, cualquier día ni baños de mandrágora ni palanganas de perejil me salvarán de parir.
—¿Y la Jacinta, qué dice?
—La Jacinta no es como yo, madre. Si no la llevo de aquí, cualquier día estallará y acabará matando.
—Ya hablaré con ella y le diré de ande viene. Volveré yo a pedir, aunque sea un cuartillo.
—No, madre; la Jacinta ya tiene pensao pa enterrarlos en el barranco del Añigral, aonde el Cerretillo. Lleva bien afilada la vara de gavilanes para esmocharles los sesos en cuanto la pongan la mano encima.
—Entonces es mejor que us marchéis, o terminarán dándonos garrote a unas pur otras.
—No llore usted, madre; terminemos el hatillo de la Jacinta antes que llegue el Amaro y nos pille gimotiando a las dos.

Calgari
Grupo A

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