La sesión del taller de escritura creativa de esta semana cotizó en bolsa al alza. Ya nos conocen en Wall Street. Las letras que intercambiamos fueron del tesoro. Fajos y fajos de sustantivos y adjetivos. Con banda sonora de Paco Ibáñez, quien prestó su voz al poema “Poderoso caballero” de Don Francisco de Quevedo, hablamos de dinero, contante y sonante, y de su relación con la literatura. Y reivindicamos el gran valor de las palabras. "La poesía es un arma cargada de futuro" dice en un verso Gabriel Celaya. Y Roger Wolfe añade: "Y el futuro es del Banco de Santander".
Abrimos la revista-cartera titulada “Tú” de La más bella para depositar sobre la mesa algunas de las propuestas artísticas contenidas en su interior: un ticket de compra desglosado de “El Corte Inglés” con todo lo necesario para colocar un artefacto explosivo en Madrid y huir del lugar, un billete por valor de “Cien besos”, otro de mil pesetas con dos agujeros para convertirlo, tras añadir una goma elástica, en antifaz. Todo cuanto forma parte de esta propuesta artística y poética parece recordarnos que somos lo que nuestra cartera contiene y representa. Muchas veces me quedé con ganas de acercarme a una sucursal bancaria para ingresar en mi cuenta ese billete de "Cien besos" o de recitarle unos versos a la empleada del banco que me tocara en suerte, tras guardar mi turno. Tal y como hace Darío Grandinetti en la película "El lado oscuro del corazón"
Desconozco el precio en monedas de una gallina pero no faltaron en la sesión. No la de los huevos de
oro, sino “Las gallinas ponedoras”, un álbum ilustrado de Lucía Marín, editado
por La Guarida, que señala como la codicia puede acabar en explotación y
pervertir el orden natural y la vida austera de unas pobres gallinas. Puedes descargar en este enlace el
libreto teatral que la editorial salmantina La Guarida preparó para representar la obra con tus hijos y nietos en lugar de jugar al
Monopoly, un juego que consiste en celebrar la ruina y el
desahucio del contrincante levantando un imperio de casas y hoteles en las
calles más codiciadas de Madrid.
Además las gallinas ponedoras hubo otras gallinas, las del cuento de Rafael Barret, que acaban convirtiendo a un hombre tranquilo –con su catre y sus libros– en un propietario que recela y desconfía de su prójimo y acaba enfrentándose a él. El conflicto va escalando línea a línea y sus protagonistas se pertrechan de las mejores armas para vencer a su rival. ¿Qué puede acabar con el perro del vecino? ¿Un revólver?
Otro de los cuentos de Barret que comentamos fue el titulado “La cartera”, en que un hombre honrado le devuelve este preciado objeto extraviado a un hombre rico que desprecia su gesto y acaba afeándole la conducta por no quedársela y con el dinero de su interior cuidar de su mujer enferma. Los billetes acaban finalmente en la chimenea y el diálogo en trifulca. El hombre rico, que tiene más poder –económico y físico– que el honrado acaba reduciéndole y echándole de su casa después de que el pobre hombre se lanzase a su cuello para vengar su ofensa.
Ambas historias nos remueven –ese es justo el propósito de Barret– y agitan en nuestra cabeza y nuestro ánimo cuestiones relativas a la moral individual y social, al sentido de la palabra “honradez”, a la importancia del otro frente al yo y los problemas que plantea el no ser responsables de nuestro poder y nuestra propiedad privada cuando perdemos de vista nuestra condición humana y nuestro sentido ético.
El tema dio mucho de sí. Barret, todo un personaje y un escritor reconocido por Borges, Galeano, Benedetti y Augusto Roa Bastos, supo tentarnos y provocarnos para
batirnos en duelo con nuestras diferencias acerca de las muchas cuestiones que
sus textos revelan. Este escritor, bastante desconocido en nuestro país pero
toda una institución en Paraguay era igual de incisivo con la pluma que con su
espada y a pesar de haber tenido buena cuna y una juventud un tanto calavera
quiso ponerse del lado del trabajador, del indefenso y del explotado cuando
conoció de cerca la problemática de muchos hombres paraguayos. Gallinas es un
magnífico libro en una cuidada y sorprendente edición de “El zorro rojo” en la
que las ilustraciones de Clara Iris Ramos construyen una crítica aún más feroz. La edición es de la genial Piu Martínez. Si quieres conocer algún detalle más de este libro recomendamos la video-reseña de Rafael Cañete.
Otro de sus libros Moralidades actuales, publicado por Pepitas de Calabaza, recoge una nutrida selección de sus artículos, pequeñas “polaroids” en las que el escritor y periodista retrata los males de su realidad más cercana y del mundo, desde sus perspectiva anarquista. Sorprende la actualidad de todos esos textos, escritos de manera concisa y con la poderosa herramienta de la sátira. Hay quien señala el estilo de Barret, conciso pero implacable, como próximo al de Larra.
Completamos la sesión con una buen repertorio de textos extraídos de la antología A mi trabajo acudo, con mi dinero pago, otro gran libro que debe su prólogo y la recopilación de textos a José Carlos Rosales. Vaso roto es la editorial que lo publica. Comprobamos que desde el Arcipreste de Hita a Antonio Orihuela o Amalia Bautista, el tema del dinero, la pobreza y la riqueza, atraviesan nuestra Literatura.
Dejamos aquí un fragmento de "Entre la piedra y la flor" de Octavio Paz como muestra:
IVEl dinero y su rueda,
el dinero y sus números huecos,
el dinero y su rebaño de espectros.
El dinero es una fastuosa geografía:
montañas de oro y cobre,
ríos de plata y níquel,
árboles de jade
y la hojarasca del papel moneda.
Sus jardines son asépticos,
su primavera perpetua está congelada,
son flores son piedras preciosas sin olor,
sus pájaros vuelan en ascensor,
sus estaciones giran al compás del reloj.
El planeta se vuelve dinero,
el dinero se vuelve número,
el número se come al tiempo,
el tiempo se come al hombre,
el dinero se come al tiempo.
La muerte es un sueño que no sueña el dinero.
El dinero no dice tú eres:
el dinero dice cuánto.
Más malo que no tener dinero
es tener mucho dinero.
Saber contar no es saber cantar.
Alegría y pena
ni se compran ni se venden.
La pirámide niega al dinero,
el ídolo niega al dinero,
el brujo niega al dinero,
la Virgen, el Niño y el Santito
niegan al dinero.
El analfabetismo es una sabiduría
ignorada por el dinero.
El dinero abre las puertas de la casa del rey,
cierra las puertas del perdón.
El dinero es el gran prestidigitador.
Evapora todo lo que toca:
tu sangre y tu sudor,
tu lágrima y tu idea.
El dinero te vuelve ninguno.
Entre todos construimos
el palacio del dinero:
el gran cero.
No el trabajo: el dinero es el castigo.
El trabajo nos da de comer y dormir:
el dinero es la araña y el hombre la mosca!
El trabajo hace las cosas:
el dinero chupa la sangre de las cosas.
El trabajo es el techo, la mesa, la cama:
el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma.
El dinero seca la sangre del mundo,
sorbe el seso del hombre.
Escalera de horas y meses y años:
allá arriba encontramos a nadie.
Monumento que tu muerte levanta a la muerte.
Propuesta de escritura
¿Te animas a contar el dinero? No a contar monedas sino a escribir un cuento sobre el dinero en cualquiera de sus formas: perras chicas, pesetas, euros, Letras del Tesoro, acciones bursátiles, billetes convencionales o criptomonedas.
Si lo tuyo no es contar puedes escribir un poema a favor del dinero (una elegía o una oda) o un panegírico crítico.
Si tu economía de tiempo está muy ajustada puedes escribir un haiku o una greguería.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
1)
El Desahucio:
Elías llevaba cuarenta años viviendo en el último piso de un edificio gris que olía a humedad, a rancio y café. Allí había acumulado recuerdos: la voz de su esposa cantando mientras fregaba, las risas de su hija cuando aún era pequeña, el sonido del viejo reloj de cuerda, que seguía funcionando aunque todo lo demás pareciera haberse detenido.
El casero, en cambio, se llamaba Benigno. Nadie lo había visto sonreír jamás. Vestía siempre de traje negro, raído y muy sucio en el cuello y bordes de los bolsillos. Había acumulado mucho dinero, que bien invertido, le hacía dueño de diez pisos, además de dicho edificio. Nunca preguntaba nombres, solo deudas., y hablaba con una voz seca, y tajante. Para él, los inquilinos no eran personas, sino números atrasados.
Aquella mañana subió las escaleras sin tocar la barandilla, como si temiera contagiarse de la miseria y el polvo del lugar.
Tocó con fuerza la puerta.
-“Elías, ¡Ya se lo advertí“!, dijo, sin saludar y con desprecio, mientras miraba su reloj. Tiene tres meses de deuda. Mañana viene el desahucio.
Elías, bajó la mirada. En sus manos temblaba un sobre con monedas contadas una por una.
- “Es todo lo que tengo. La pensión no me alcanza… pero si me da tiempo, la trabajadora social del ayuntamiento prometió ayudarme”.
- “Las promesas no pagan las facturas”, argumentó Benigno.
-”Señor Benigno, por favor”… dijo Elías, con voz gastada. “He ido al ayuntamiento, he pedido ayudas. Me dijeron que espere”.
-”Yo no soy el ayuntamiento. Yo quiero el dinero”.
Don Elías le tendió el sobre con las monedas y algunos billetes arrugados: -Es poco, lo sé… pero es todo lo que tengo. No me eche a la calle, ¿a dónde voy a ir?
Benigno abrió el sobre, contó rápido y lo devolvió: “Con esto no me paga ni la paciencia”.
-”Por favor”. Rogó Elías. “Aquí vivió mi mujer hasta que murió. Aquí nació mi hija. No me quite lo único que me queda”.
Benigno suspiró, molesto: “Las historias no figuran en el contrato”.
Al día siguiente, dos hombres llegaron con una orden judicial.
Don Eusebio guardó sus cosas en una maleta pequeña, tan liviana como su vida: un abrigo viejo, una foto en blanco y negro, y el reloj. Salió del piso y desde la puerta, miró una última vez al interior.
-”Aquí fui feliz”, dijo, sin esperar respuesta.
Benigno observó la escena desde la escalera. Por primera vez dudó, pero el momento se le pasó rápido.
Cuando el anciano se perdió en la calle, todo quedó en silencio.
En la puerta colgaba un cartel: “Edificio en Reformas. Se alquilan pisos. Precio a consultar.”
Esa misma noche, Elías se sentó en un banco de la estación, con la maleta a los pies. El frío era intenso. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. A la mañana siguiente, un trabajador encontró su cuerpo cubierto de escarcha.
El reloj de Elías, olvidado dentro de la maleta, seguía funcionando. Pero ya no había nadie que le diera cuerda, ni escuchara su tic-tac.
E.R.A.
Grupo B.
2)
El sistema T.R.A.C.E:
Cuando Tomás heredó el dinero, de sus padres, también heredó poder. Ya no era solo rico: era influyente. Bastaba una llamada suya para abrir puertas, mover médicos, cambiar decisiones. Con ese poder salvó su salud. Con ese poder compró tiempo.
Le gustaba el poder y la dominación desde que era niño. Recordó sus inicios, la primera vez que se presentó a delegado de curso, como representante de su grupo ante los profesores y la institución. Sus funciones eran muchas, pero en lugar de defender los intereses del curso de forma respetuosa., se dedicó a buscar los suyos propios.
Más tarde, cuando entró a trabajar en un banco, busco su provecho. Sólo hablaba y tomaba café con aquellos compañeros de finanzas. No era interés por ellos, sino sacar rédito de los consejos de inversión que escuchaba, y que le permitieron multiplicar su dinero.
Mientras terminaba Derecho, conoció a Juan por casualidad, en una cafetería. Lo vio sentado con su ordenador. Era un crack: había diseñado una aplicación para la detección visual del rostro de las personas en la calle.
Le mostró su interés y le animo a desarrollarla, prestándole algo de dinero, no sin antes hacerle firmar un buen acuerdo.
Tiempo después se la arrebataría legalmente, y comenzó a alquilarla a empresas de seguridad. Un negocio que le hizo más rico, e influyente, introduciéndolo en la alta sociedad y en la política.
Hoy día ya no sabe que hacer con el dinero y se le ha ocurrido convertirse en Dios. Un dios omnipotente, omnipresente y poderoso controlador de todo lo social.
Por eso desde su puesto político y de guardián de la seguridad, espía a cuantos ciudadanos le parece, sobre todo emigrantes, gente pobre, sin techo, pero también ciudadanos corrientes.
Desde que el sistema T.R.A.C.E. (Tracking & Recognition Automated for Citizen Evaluation), fue activado, nada ni nadie volvió a estar sin control.
Porque al sistema de identificación facial, le unió un programa de geolocalización. Y, a través de los móviles, y de las aplicaciones, que estos se descargaban, espía, obtiene y persigue a cuantos le parece o le molestan.
Tomás está satisfecho porque comprende que el dinero compra recursos y personas,
que la salud da presencia, que el poder da control, pero el amor es lo único que no obedece. Ya no.
Y, sin embargo, lo único que verdaderamente le gusta es el “CONTROL”
E.R.A.
Grupo B.
El asesino no siempre es el mayordomo
Con mi viejo abrigo raído, la gorra calada, y la mascarilla, subo al autobús y voy a mi destino.
Siempre elijo un portal oscuro, y, sobre todo, cerca de un contenedor de basura. Previamente me he asegurado de que no haya por los alrededores ninguna cámara de vigilancia, lo que no me cuesta mucho, casi tengo ya memorizadas las de toda la ciudad. Y si no, miro el plano de la policía.
Una vez allí no pasa mucho tiempo hasta que viene algún desgraciado y se pone a rebuscar entre la basura. Coge algunos despojos que le parecen comestibles y un par de cartones que usará como colchón. Me acerco a él -o ella, mucho mejor-, y le digo que tengo un hueco en mi portal, por si quiere pasar la noche bajo techo. A veces desconfían, y entonces saco el tetra brik de vino Don Simón, y ya me siguen como corderitos al matadero.
Una vez han llenado la tripa y acabado el tintorro caen en un sueño beatífico, como si fueran al cielo. Y van al cielo. Les clavo el estilete en la nunca y no dicen ni pio.
Practico la necrofilia heteropatriarcal, quiero decir que a las mujeres me las follo in situ. Acto seguido me echo los cuerpos a la espalda, y si no hay moros en la cosa -literal, en estos barrios siempre los hay, asquerosos-, los tiro al contenedor. Unos cartones de camuflaje por encima y poco más. Espero al camión de la basura, y cuando ha limpiado la escena del crimen me largo de allí. Previamente, que se me olvidaba un detalle esencial, arrebato a los infelices los billetes que llevan entre sus andrajos (la vida te da sorpresas). Las monedas las tiro salvo aquellas en las que aparece la efigie del rey, por respeto al Régimen del 78.
Vuelvo al autobús, y me bajo siempre en distintas paradas no muy lejos del centro. Una vez allí voy caminando hasta la puerta del Ayuntamiento. Ya he dado la vuelta al abrigo, que ahora muestra una piel de cuero brillante e impecable, me he quitado la mascarilla y he guardado la gorra de visera en uno de los bolsillos. Entro al Ayuntamiento, con mi llave, por la puerta de atrás, y subo hasta mi despacho. Junto a él hay una estancia con una cama “King Size” de Roche Bobois, donde me espera la última becaria jovencita que hemos arrancado de las garras de la droga. Alcalde 24 horas, decía en mi campaña electoral. Y también que iba a acabar con los vagos y maleantes, y con los sin hogar que infestan nuestras ciudades.
Me enciendo un habano -de los que tienen la vitola de Fidel Castro- con los billetes que me he ganado honradamente, si bien en negro, cazando indeseables.
Y después de tirarme a la yonki duermo como un angelito, pensando que he hecho honor a mi palabra en el cartel electoral: “Cayetano cumple”.
Ignacio Aparicio
Grupo A
“El dinero es una forma de poesía”
Wallace Stevens
Muy al contrario, la poesía surgió del dinero.
Dice la IA copiando, como de costumbre, a la Wikipedia:
“La escritura se originó hacia el 3300-3000 a.C. en Mesopotamia, principalmente para satisfacer la necesidad de registrar deudas, transacciones comerciales y administrar tributos de templos y palacios. Los sumerios utilizaban tablillas de arcilla con escritura cuneiforme para contabilizar cereales, ovejas y mercancías, marcando el inicio de la contabilidad.”
Las endechas de amor y los cantos a la luna vinieron mucho más tarde. Y, hablando de contabilidad, son sus deudores.
Por si faltaba algo para demostrarlo, The New Yorker acaba de publicar una entrevista a Donald Trump. A la pregunta sobre sus gustos literarios el magnate ha declarado:
“The best verse ever written appears on dollar bills: In Gold We Trust”.
Ignacio Aparicio
Grupo A
La búsqueda del consenso
Siempre fui más de lengua que de puños. Por eso traté de darle las mejores razones para convencerle. Él viajaba en carroza mientras yo trastabillaba por aquel camino fatigoso. Aproveché una parada —también los ricos han de descargar el vientre— para acercarme a él. Allí acuclillado, con el culo al aire, no parecía hombre de honor ni tampoco de posibles. Le pedí plaza en el pescante junto al muchacho que guiaba el mulo. Él, entre apretón y apretón, dio en negar con mucha vehemencia.
De nada valieron mis lamentos, ni las explicaciones de lo lejano de mi destino, de lo hiriente del frío ni de lo empinado de la senda. Volvió a negarme la venia cuando se subió los calzones. Hice un llamado a su cordura haciéndole ver la poca sombra que su constitución hacía a mi envergadura. No lo entendió, a pesar de las evidencias. No así el zagal que, una vez oyó mis argumentos, se esfumó sin reclamar paga alguna. Ofrecíme de cochero y ni aun así rindió su terquedad.
Viendo su aversión a compartir el transporte, cambié de táctica y le supliqué unas pocas monedas. Otra intentona inútil. Alegó escaseces cuando yo había visto su gruesa faltriquera en el momento de alzarse la vestimenta.
Le hice ver que mis manos eran bastante convincentes y que, si no tenía con ellas suficiente, aún podía sumar el acero de mi puñal. No se avino al acuerdo; es más, con semblante ceñudo, me dio la espalda y puso un pie en el estribo. Le advertí de lo poco cristiano de su comportamiento, clamé lastimero a su piedad, presentándome como un alma desgraciada que padecía, como él, en este valle de lágrimas.
Porfió en subir sin atender a mis humildes solicitudes, así que lo detuve sujetándole del brazo. Nunca lo hubiera hecho, pues de inmediato se amoscó y, con el rostro avinagrado por la ira, comenzó a blasfemar malamente, y levantando la mano la preparó para descargarla con furia sobre mi cabeza.
Prefiero los argumentos a las golpadas, lo juro por lo más sagrado, pero, en aquel instante, con la paciencia exhausta y la inminencia de la calabazada, solo se me ocurrió abrir camino a mis razonamientos con la punta de mi daga. Con tan buena pericia que hice regular hueco entre dos de sus costillas. Mi respuesta debió de resultarle tan persuasiva que, en lugar de bajar la mano sobre mi mollera, se la llevó al pecho en lo que creí un signo de aceptación, o tal vez simplemente trataba de contener la sangría. Visto lo acertado de mi acción, decidí repetir la operación en un par de ocasiones más y darle de ese modo más consistencia a mi postura. El pobre no daba abasto a contener la riada: le sobraban grifos o le faltaban manos. Finalmente cayó derrumbado contra una rueda. Entre estertor y estertor se puso a maldecirme. Yo le requería para que dispusiera su alma para el divino juicio, pero, lejos de hacerme caso, siguió insultándome como si no fuera su avaricia, y no yo, quien lo enviaba al infierno.
Pepe Lorenzo
Grupo B
Dinero justo
Necesito dinero, para vivir y avanzar,
pagar las facturas y no naufragar.
Con lo justo en la cartera
cada día es un desafío.
Toda la vida ha sido así,
y así quiero que siga
con metas y sin agonías.
M. Pilar Sánchez
Grupo B
Un trozo de papel
Una soleada tarde de primavera, un abuelo y su nieto disfrutaban de un paseo por el parque de una gran ciudad. Habían soltado a Zeus, que correteaba oliendo todos los árboles.
—Abuelo, ¿por qué tienen que trabajar tanto papá y mamá?
—Porque hay que pagar la casa, la comida, la ropa y muchas cosas más.
—Pues, podríamos hacer fotocopias del dinero —sus ojos se iluminaron.
—Iríamos a la cárcel —cortó secamente el abuelo.
—Vaya rollo, ¿no se puede fabricar el dinero?
—Sí, se puede fabricar. Pero nadie confiaría en ese dinero fabricado.
—Y ¿cómo se consigue la confianza?
El abuelo se detuvo. Miró el reloj. Se rascó la cabeza, pensativo.
—Tu madre se vuelve a retrasar. Vamos a hacer un experimento mientras tanto. Llamó al perro, que vino trotando, moviendo la cola. El abuelo sacó un billete de cincuenta euros y un taco de jamón. Puso uno en cada mano y preguntó:
—Zeus, ¿qué prefieres? ¿el billete o el jamón?
El perro se apresuró a comerse el trozo de jamón. Se sentó y los miró fijamente en espera de otro pedazo. El niño le observó intrigado. Miró a Zeus, y volvió a dirigirse al abuelo. El abuelo sonrió.
—Está bien, vamos a hacer otro experimento. Dibuja un billete con tus pinturas.
El niño sacó su estuche, se arrodilló en el suelo y comenzó a dibujar sobre el banco. Diez minutos después, había pintado un billete colorido. El abuelo lo recortó con las tijeras, colocó la correa al perro y se dirigió hacia la heladería que había al final del parque.
—Vamos a probar si el heladero confía en tu dinero nuevo. Pide un helado. El que quieras. En una mano llevas el billete que has dibujado, y en la otra, este de cinco euros.
El heladero le entregó su selección. El niño sonrió. Miró a su abuelo. Entregó el dibujo y el heladero lo observó curioso. Cogió los cinco euros y le devolvió el cambio.
El niño se quedó absorto mirando las monedas. Dejó caer el billete pintado al suelo. Se giró, encogió los hombros y se alejó cabizbajo.
Unos minutos más tarde su madre apareció por otro extremo del parque.
—¡Mamá! —chilló el niño mientras corría con las manos pringadas de helado.
El abuelo se dirigió hacia su hija. Sacó un billete de cincuenta euros y el que había pintado su nieto.
—Hija, ¿cuál prefieres? —preguntó.
La mamá cogió con cuidado el billete pintado por su hijo. Lo miró y sonrió. Levantó la vista hacia el abuelo. Tenía los ojos vidriosos, le temblaban las manos, con la frente sudorosa y se mostraba inquieta. Había recaído. Soltó el dibujo y agarró el billete de cincuenta euros.
—Ahora mismo vuelvo.
El abuelo no pudo contener las lágrimas mientras guardaba el billete de su nieto en la cartera.
Max Ferlam
Grupo B
Un saco de patatas
Me viene de perillas el relato de “la cartera”, para elaborar mi relato semanal, de cómo se comportan los ricos, con las otras personas que no son ricos, simplemente son normales.
Recuerdo que tendría yo unos ocho años, cuando un día mi padre me dijo que de las patatas depositadas en la panera de la casa, escogiera en un saco, a ser posible las más gordas, y se las llevara con el carretillo, a un vecino que era de los más ricos del pueblo.
Yo no entendía nada, y le pregunté a mi padre, porque las más gordas.
Hijo, a los ricos hay que tratarlos bien, ellos nunca nos darán nada, pero tenemos que conformarnos, que no nos pidan mucho.
Aquel año, mi padre consiguió que el citado vecino rico, les arrendara una tierra para poder sembrar. A lo mejor se acordó del saco de patatas que mi padre le regaló, y encima las más gordas.
Luis Iglesias
Tengo el poder y tengo el dinero
Tengo el poder y tengo el dinero
¿Qué más puedo pedir?
¿Inteligencia?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos dirán que soy el más inteligente
y nadie se atreverá a ponerlo en duda.
¿Belleza?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos dirán que soy el más bello
y nadie se atreverá a ponerlo en duda.
¿Cultura?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos obviarán mi falta de conocimiento
y nadie se atreverá a burlarse.
¿Forma física?
¿Para qué si tengo el poder y tengo el dinero?
todos estarán dispuestos a dejarse ganar
y nadie se atreverá a ponerme en ridículo.
¿Empatía?
¿Alguien ha dicho empatía?
no hay nada más inútil,
si tienes el poder y tienes el dinero
la empatía es cosa de débiles y de pobres.
Si tienes el poder y tienes el dinero
solo existe el interés.
Manuel Medarde
Grupo A


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