Disfrutamos con la capacidad evocadora de la música y de la arquitectura exacta de las palabras. Alicia demuestra en esta novela su capacidad para contar desde la memoria de lo íntimo, para señalar los asombros propios del haiku en cada descubrimiento y cada revelación de una niña de once años, Ivet, un verano que le cambió la vida. El despertar del deseo, el encuentro con la naturaleza, la emoción que vibra en las teclas negras y blancas hacen de este libro una novela piano que se lee y escucha al tiempo.
El lector se conmueve con la intensidad de lo poético y la perfección que Alicia administra al lenguaje tanto es así que incluso podemos sentir un pellizco de pudor ante ese relato tan íntimo.
Hablamos también de la novela Hilatura, y de cómo las primeros párrafos del libro nos invitan a descubrir la historia de Aurelia en la travesía de las páginas. También aquí el lenguaje y la destreza narrativa de la autora configuran las atmósferas y la personalidad y psicología de los personajes. Una obra que se asemeja a una bobina de hilo en la que se enhebran la fábula y el realismo mágico y que invitan al lector a imaginar un lugar que no existe pero que toma forma a medida en que el hilo se devana.
Esta es la carta de presentación de "Arden los estanques", novela que recibió el XII Premio de Novela corta Fundación MonteLeón
Existen veranos que duran toda una vida. Arden los estanques explora el laberinto de la memoria, la persistencia de imágenes, sonidos y sueños con los que construimos nuestro pasado.
Una Ivet adulta evoca aquel verano de sus once años, en una finca del sur de Francia, que lo cambió todo. El encuentro con Natsu, su profesora de piano, supuso una revelación interior, el descubrimiento de una forma de contar el mundo a través de la música. También el despertar del cuerpo y las contradicciones del amor. Los ángulos oscuros del deseo marcarán una biografía sentimental que Ivet despliega como un mapa mientras recorre las calles de Tokio, ciudad de origen de su Gran Maestra Oriental, como ella misma ironiza.
Camina Ivet en distintos tiempos, extiende el tapiz de una memoria sonora y se pregunta si es posible amar al menos una vez en la vida, cuánto hay de realidad o de invención en el relato de nuestros días.
Arden los estanques es una atmósfera, una sala vacía en cuyo centro alguien toca el piano. Una novela que más que leerse, se escucha.
Ivet quiere conocer la historia de su maestra de piano y pregunta a Natsu por su abuelo. Esta le cuenta su historia con las notas del piano. Así es como aprende que tocar el piano es mucho más que hacer sonar sus teclas. Cada canción encierra una historia y es preciso contarla. La música le desvela que los abuelos de Natsu se conocieron el día en que tembló la tierra en Japón, ambos salvaron sus vidas en aquella tragedia que asoló la región de Kanto. Te recomendamos un artículo de Miguel García Álvarez titulado “El gran desastre deTokio de 1923: Terremoto, incendios, desinformación y racismo” si quieres saber más sobre este suceso. Y en este enlace puedes ver imágenes e infografías sobre lo ocurrido.
En el interior de Ivet también tiene lugar otro seísmo, el que provoca la emoción a través del recuerdo de aquel verano. Años después, en un viaje a Tokio, recompone los fragmentos de su historia para entender adonde le condujeron aquellos días y todo lo que sucedió después.
El jurado del premio destacó la plasticidad de las metáforas de Alicia y la elaboración psicológica de los personajes. El relato es una sinfonía que resuena en el lector.
Dejamos aquí un fragmento en el que Ivet descubre que el silencio es mucho más que las figuras que lo representan sobre una partitura. Este texto respira haimi, sabor de haiku, desde las primeras líneas:
A Tokio. Os fuisteis a Tokio y tu abuelo no volvió a cultivar la tierra. Recordabas que lo hacía en silencio, como Françoise, concentrándose en la semilla. Quise saber si Kibuku consiguió ser feliz en la ciudad pero no hubo respuesta. Con la música sucede lo mismo que con la tierra, continuaste. Todo viene del silencio y a él regresará, temerlo es tan inútil como huir de tu sombra. Los artistas se rebelan contra el vacío pero la batalla está perdida. Mejor asumirlo y respetar sus huecos. Si quieres saber quién era Stravinsky escucha sus silencios, ahí te lo está diciendo todo. Como mi abuelo. Toca con atención esos espacios, que tus manos aprendan a esperar. También esperan las raíces en invierno. La espera siempre es ciega.
Acercaste tu oído a un surco y yo te imité.
Escucha.
Dentro, la tierra callaba.
Escucha.
Apreté la mejilla contra el terrón. Me pareció que los topos detenían su marcha. El viento removiendo los maizales, el runrún de las lombrices trepando a las vainas más tiernas, mi arritmia. Todo redujo su vibración hasta hacerse inaudible. Me quedé así, fuera de tiempo, a medio camino entre el sonido y aquella masa densa y blanca, invisible, que era el tuétano de todas las cosas. De esa ausencia surgió el aullido de tubérculos y minerales; el chispazo de la primera noche, en la que todo estalló sin un solo testigo. Debajo las raíces se entrelazaban, multiplicaban su volumen de un modo horizontal y descentrado. Cerré los ojos y el silencio se hizo más compacto. Tuve miedo, aunque no supe nombrarlo. Había algo ciego en aquel vacío y escucharlo era como despeñarse por un barranco. Allí estaba yo. Tenía once años y avanzaba a tientas entre las tinieblas, mi vida era un ruido estéril. Agárrame fuerte, quise gritar, no me dejes caer.
A lo lejos un ladrido me trajo de vuelta. Tras él llegó el zumbido de una abeja, los escarabajos deambulando entre las flores de patata.
Picaba la piel en contacto con el surco y una hilera de hormigas ascendía por tu mano. Sonreíste, y me pregunté si habrías sentido el mismo vértigo, pero el diminuto sonido del roce de tu mano borró mi duda.
Ivet.
Mi nombre en tus labios sonó extranjero.
Ya nada será igual, dijiste.
Vamos a tomar como referencia un fragmento del libro:
EL desangelado cuarto de las clases de piano adquirió nuevas dimensiones. El Sueño de amor de Liszt convirtió la sala en un jardín de lirios y peonías donde tres hermanas vestidas con vaporosos trajes blancos corrían a esconderse tras los abedules. Su Consolación nº3 me transportó al dormitorio italiano en el que un joven poeta convalecía sobre una chaise longe con vistas a la escalinata de la Piazza de Spagna, Roma. Un haz de luz traspasaba las cortinas buscando su rostro demacrado, casi una máscara mortuoria. «Toda la belleza del mundo está ahí fuera -lamentaba- y yo solo puedo escupir sangre». La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres de Bohemia que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.
Te proponemos elegir una de las tres historias que se insinúan brevemente en el libro. Si decides escribir sobre las tres hermanas hazlo con "El sueño de Liszt" de fondo.
Si prefieres escribir sobre el joven poeta déjate acompañar por la "Consolación n1 3" del mismo compositor. Pero si prefieres darle voz a los jugadores de cartas que lloran y que cantan a bordo del navío escucha "La Barcarola" de Tachikovsky. Deja que la música permee en el texto. Que las palabras se impregnen de música.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
Mi último poema
Desde mi lecho de muerte
escribo estos postreros versos, envuelto en delirios de fiebre,
y aunque me fatigo, quiero desenredar -por si me lees- mis oscuros anhelos.
Sufro desvaríos y quimeras. Una nube negra de estorninos
merodea en torno a mi maltrecho catre,
escucho sus ásperos chasquidos y silbidos
entre el rumor de artistas, viajeros
y vendedores ambulantes de la Piazza.
Suenan las campanas de la Trinitá, sus repiques
y volteos me parecen el alegre toque de vísperas.
Pronto tañerán a muerto, tres tañidos lentos,
monocordes y solemnes, suspendidos en el aire.
Me duele este pecho que ansía tus caricias,
apenas puedo respirar, entreabro débilmente los ojos
y evoco tu fragancia a violetas y alhelí.
Siempre te deseé, mas nunca te lo conté.
Soñé con acariciar tus caderas,
hundirme en tus negros luceros
y bucear entre tus tiernos labios.
Me falta el aire en mis pulmones,
inundados como las huertas anegadas del Tíber,
y curo en silencio las llagas y chancros de mi boca;
ya no podré libar las cerezas de tu pecho,
tú quizás ya no querrás besarme.
Construí conversaciones, como castillos en el aire,
en las que te confesaba mi amor.
Ahora me arrepiento, pero nunca fui valiente,
tan solo dejé ahogar mis pasiones.
Cae la tarde y aumentan los graznidos de las chillonas patiamarillas,
que pelean por sobrevivir mientras mi alma se hunde como la Barcaccia.
Abro los ojos y veo estas manos llenas de sarpullidos,
ya no tengo fuerzas para luchar;
me incorporo con dificultad y atisbo mi demacrado rostro
en los reflejos del ventanal, apenas entreveo mi máscara mortuoria.
Un débil haz de luz atraviesa las cortinas,
entorno los párpados y veo tu figura, una seductora silueta,
un tentador talle que me cautiva,
escucho tu dulce voz que apacigua el vacío del mundo que llevo dentro.
Muchas tardes te busqué entre las sombras de la plaza,
ahora mis cansados pies ya no podrán subir más por la escalinata.
Ya no aguanto más esta enfermedad de Cupido,
mi débil torso arranca a toser, tan solo puedo escupir sangre.
Cierro los ojos por última vez y escribo a ciegas,
toda la belleza del mundo está ahí fuera.
Jesús García Espinosa
Grupo A
Melancolía
La desorientación se había instalado en mi consciencia. El sol hacía media hora que se había escondido detrás de las imponentes hayas de la selva de Bohemia. Me había embarcado en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto de Moldaba al Elba, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranza y becherovka. Oscuros hombres que esnifaban rapé y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.
Salí de mi mugriento camarote. Aborrecía el olor a humedad, sudor y licor del que estaba impregnado el estrecho pasillo. Era especialmente intenso. Abrí la escotilla que daba paso a la cubierta de estribor. La luna me saludó con su fría presencia. La brisa fresca arrastraba aromas de las incipientes flores que anunciaban el comienzo de su brote estacional.
Me asomé por la borda. El agua estaba negra y revuelta, como mis pensamientos.
—Hace mucho frío para que una bella mujer deambule por aquí sola —una voz joven y alegre sonó desde el puente.
Me giré hacia el sonido. Un atractivo y cálido joven sonreía mientras se abrochaba el gabán. Bajó la escalera de gato y se acercó mientras se contorneaba intentando disimular una leve cojera.
Su olor a vainilla mezclada con miel, me atrajo, pero el hedor que desprendía su garganta, producto de cervezas fermentadas en su estómago, me provocó repulsión. Una amarga mezcla.
Un deseo irrefrenable me perseguía. Su calor me atraía, me empujaba, me desinhibía. Sentía un frío interior lacerante que me absorbía hasta las cuencas cansadas de mis ojos.
—Aquí es difícil pasar tiempo sola —me insinué.
Clavé mis ojos sobre los suyos, que me miraban con una mezcla de excitación y curiosidad. Se acercaba lentamente. Sutilmente se quitó el anillo que llevaba en su mano derecha.
—Si me permite puedo invitarle a una copita de trece dentro, más al abrigo. Hoy estoy de suerte. He ganado buenas manos y tengo dinero para gastar —me cortejaba con su atractiva sonrisa.
—Estamos más tranquilos aquí. Solos —mientras me acerqué a sus labios con descaro.
Exhaló una carcajada de sorpresa y seguridad. Agarró mi cintura y me olió sin tocar mi rostro.
Acerqué mis labios a los suyos, lo justo para separarlos lentamente. Me besó con pasión. Su lengua cálida y húmeda se unió con la mía fría y seca.
—Estás helada mujer —dijo mientras agarraba con firmeza mis glúteos. Mi nariz se instaló en su cuello, al calor de su piel, el olor de su pelo, el sonido de sus latidos. Esa sensación interna extraña y dolorosa empujó mis entrañas. Empecé a besar su cuello, notaba sus pulsaciones a través de mi lengua, sentí un dolor extraño en mi paladar a la vez que un líquido cálido y espeso brotaba de su yugular. Su vigor penetraba en mi cuerpo y mi frío interior se calmaba, mis pelos se erizaban. Su calor me inundó. Un ardor ancestral se apoderó de mi ser.
El joven, embelesado, disfrutaba de esa extraña sensación. A medida que succionaba con más ímpetu el hombre iba perdiendo su energía. Lentamente se fue apagando, marchitando. Su rostro antes enérgico ahora estaba pálido, sin energía, huero. Sus rodillas tocaron el suelo y su cabeza se acomodó sobre mis brazos. Me giré. Lo arrojé por encima de la barandilla. Se hundió en la inmensa oscuridad salteada por los reflejos de la luna que la intermitente bruma dejaba entrever.
Mi fuego interno se había calmado. Otra aflicción asomaba. Un martirio mental. Un poderoso arrepentimiento, que sacudía mis concurridos pensamientos. Un pesado ancla que me arrastraba al fondo de mi pesar, de mi culpa. Con ideas recurrentes sobre el destino del joven, de su familia, de sus hijos. ¿En qué me había convertido?
Estaba desorientada. Abrí la compuerta y accedí al interior del barco. Un ruido ensordecedor de jugadores borrachos con un olor penetrante a sudor me golpeó.
—Hola preciosa. ¿Quieres tomar una?
Max Ferlam
Grupo B
El lento Balanceo
“La Barcarola de Tchaikovsky me embarcó en el decadente navío fluvial que cubría el trayecto del Moldava al ElBa, rodeada de jugadores de cartas borrachos de añoranzas y becherovka. Oscuros hombres de bohemia, que esnifaban rape y por la noche lloraban y cantaban tambaleándose.”
Nadie parecía sorprendido de que la música brotara del fonógrafo viejo, como si de una máquina oxidada se tratara. En aquel barco todo era anacrónico. El tiempo se había detenido en una resaca eterna.
Los jugadores de cartas apostaban hasta sus últimos recuerdos en lugar de dinero, mientras apuraban esa bebida espesa que olía a hierbas y a invierno. Reían con carcajadas bruscas y rotas, pero sus ojos eran de una incurable tristeza.
Entre ellos desfilaban los llamados poetas, aunque ya no escribían. Esnifaban rape para mantenerse despiertos y se balanceaban al ritmo del río, como si el agua les dictara viejas canciones que nadie más recordaba.
Yo observaba en silencio, sintiendo que no viajaba hacia una ciudad, sino hacia un estado de ánimo. El Moldava se estrechaba, el Elba parecía un rumor lejano, y la Barcarola se repetía una y otra vez, hipnótica, como una promesa de algo que jamás llegaría.
Desde la barca, algunas noches se percibía la orilla de alguna tierra. Pueblos que no aparecían en los mapas, con casas bajas, sin luces, de madera clara, que crujían como barcos viejos que sueñan con volver a navegar.
Una de esas noches, cuando la niebla se superponía al río, me pareció ver a unos pescadores levitar sobre el agua. Con rostros olvidados, desfilaban sobre la superficie como si la realidad fuera apenas una sugerencia. Al amanecer, los pescadores desaparecieron.
Entonces comprendí: aquel barco no transportaba personas, sino nostalgias. Cada pasajero estaba condenado a navegar eternamente entre lo que fue y lo que nunca sería. Cuando quise bajar, el muelle ya no existía. Solo quedaba la música, el río y ese lento balanceo que, como un hechizo, me había convertido en parte del viaje.
E.R.A
Grupo B

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