Meeting point. Encuentros y desencuentros

Esta ha sido una semana de encuentros y desencuentros. Un "hola" y un "adiós" pronunciados en la misma frase pero con distinto ánimo. Un elixir de presencias regado con un aroma de ausencias. Un antes y un después, el anverso y el reverso de una circunstancia de vida.
Este tema, propuesto por las compañeras Esperanza García y Maite Bustos, del grupo A, será motivo de un encuentro entre los tres grupos de taller el día 18 de abril. El patio de la Biblioteca Pública de la Casa de las Conchas acogerá un concierto-recital donde la literatura, la música y el baile serán nuestro equipaje a compartir con quienes gusten encontrarse con nosotros.
Abrimos la cancela de este tema tan amplio con unas citas pero no citas a ciegas protagonistas de muchos encuentros sino frases literarias.
Julio Cortázar afirma que "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado", Vinicius de Moraes está convencido de que "La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida" y Edgar Oceransky nos deja una frase para tatuarla en la piel: "No sé cuantas vidas me faltan, pero en cada una espero encontrarme contigo".




Leímos y comentamos los relatos "Encuentro" de Octavio Paz y "La determinación" de Quim Monzó. Disfrutamos con el maravillo cuento "Tristán García" de Álvaro Cunqueiro, una historia que conocí en galego gracias a Quico Cadaval y que puedes escuchar en su voz o también puedes disfrutarla en la adaptación a la pantalla que hizo Xosé Cermeño para la Televisión Gallega.
Recomendamos el libro "Desencuentros" de Jimmy Liao cuya historia puedes conocer en este enlace. Y también hablamos del libro "El Encuentro" de Enrique Flores.



 
Otros relatos que mencionamos fueron "Amigas" de Mercedes Abad o "No es nada" de Carlos Castán, ambos forman parte del libro de relatos "Encuentros y desencuentros", una selección de relatos para estudiantes de español como lengua extranjera.
Cerramos este entrada en el blog con el deseo de que con la presente os encontréis bien, una fórmula epistolar que no podía faltar en las cartas.


Propuesta escritura

Escribe un texto sobre un encuentro o desencuentro. Puede ser contigo mismo, con un fantasma, con algún amigo, con tu ex, con tu pareja, con una persona con la que te has citado. Un encuentro que lleva a un desencuentro. Un desencuentro sin encuentro. Un encuentro sin desencuentro.
Busca la manera no te vayas por las ramas. Quien busca, halla.


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Encuentros en la piel.

El sueño llegó despacio, sin ruido, con calma. Caminaba por el parque al atardecer. Entonces lo vi. No parecía sorprendido de verme, como si supiera que tarde o temprano nos encontraríamos allí. Sonreía con esa tranquilidad que siempre transmitía.
Él me tendió su mano. Me puse a su altura y caminamos. Sentí una paz muy grande, como si todo el dolor que durante tanto tiempo había sentido ahogándome el pecho ahora se aligerara.
Hablamos de los pequeños momentos vividos. De que iba a ser abuelo, esta vez de una niña. Él escuchaba con atención, como siempre lo hacía, con ojos de amor y ternura.
El viento movía suavemente las hojas de los árboles. Por un instante sentí que el tiempo se detenía. Antes de despedirme, me rodeó con sus brazos como siempre, y apoyando mi cabeza sobre su pecho, disfruté de su olor y su calor.
Desperté. La habitación estaba en silencio. Aún era de noche. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. En mi mente y en mi piel permanecía el abrazo. Lo sentía, era real, estaba presente, podía percibir su olor y su calor.
En el pecho me invadía una calma profunda, como si el sueño hubiera sido un pequeño reencuentro que el corazón pedía. Sentí que no estaba sola y me preparé para soñar de nuevo con él.

E.R.A.
Grupo B


Encuentros en el metro

Como cada mañana, a la misma hora, descendía hacia el andén del metro. Siempre se subía al tercer vagón. Y como cada día, él ya estaba dentro.
Al principio parecía una coincidencia. Un rostro entre muchos. Pero con el tiempo, ambos empezaban a reconocerse sin querer. Ese instante breve, en el que sus miradas se cruzaban y fingían mirar otra cosa: el móvil, el libro...
Nunca habían hablado, pero en sus cabezas discurrían conversaciones enteras. Ella jugaba a adivinar su profesión e imaginaba que tocaba el piano, porque él no paraba de tamborilear sus dedos sobre sus rodillas, de forma rítmica, como si repasara una partitura.
Él imaginaba que un día el tren se detenía entre estaciones, y en medio del silencio incómodo del vagón, ella decía: ¡Vaya, hoy llegamos tarde!.
Se reían y, tras la primera sorpresa, todos los días se saludaban y hablaban. Al principio de cosas sencillas: del frío de las mañanas, del café que él siempre llevaba en la mano, de los libros que veía que ella leía.
En su fantasía, ambos imaginaban que bajaban en la estación de siempre. El le cedía el paso y decidían tomarse su primer café juntos, aunque ese día llegaran tarde al trabajo.
Ambos sonreían nerviosos. Después caminaban juntos por la calle, cada uno hacia su local, prometiendo volver a encontrarse al día siguiente.
Pero en la realidad, el tren seguía llegando cada mañana. Las puertas se abrían. La gente entraba y salía. A veces sus miradas se encontraban apenas un segundo más de lo habitual. Un segundo que parecía decir muchas cosas que ninguno se atrevía a pronunciar.
Dos desconocidos compartiendo el mismo trayecto, las mismas paradas y una pequeña historia silenciosa que solo existía en sus mentes y entre una mirada y otra. Tal vez un día alguno hablara. Mientras tanto, cada mañana el metro seguía avanzando, llevando con él todas esas historias que todavía no habían comenzado.

E.R.A.
Grupo B


Yo, el otro

Me busco, pero no me encuentro. Así me ha pasado toda la vida, tengo un yo muy escurridizo, un Houdini de la auto conciencia, un Wally de mi identidad, que sé que está ahí -aquí, mejor dicho-, pero me resulta completamente imposible localizar; aquí, pero ¿dónde? Se ve que le gusta jugar conmigo -y consigo mismo- al escondite.
Me como mucho el coco, ¿acaso hay más de un aquí? Eso rompería todos mis esquemas, es absurdo, científicamente imposible. Se podría explicar con la mandanga de los universos paralelos, pero nunca he creído en esas cosas, a los astrofísicos se les va mucho la olla, pensar en un solo universo infinito ya es casi inconcebible, así que más de uno, -más de un Big Bang- simplemente demuestra que les ha estallado la cabeza; y no es para menos.
“Usted está aquí”, dicen los planos de la ciudad, señalando un punto. Pero yo, por más que miro, no me veo; veo el puto punto, pero nada más. Así que localizo el bar más cercano y me dirijo allí. En la pared, detrás de la barra, hay un gran espejo con baldas de aluminio llenas de botellas de todos los colores. Me veo en el espejo, tengo una pequeña alucinación, creo haberme, por fin, encontrado, ¡eureka!; pero enseguida caigo en la cuenta -sólo me he tomado una copa- de que no soy yo, es simplemente mi reflejo, total, que mi gozo en un pozo.
Se me ocurre una cosa -a la tercera o cuarta copa, vete a saber-; me pongo a mirarme, fijamente, en el espejo. Se trata -es una idea genial, a ver si es que me ha estallado la cabeza como a los astrofísicos-, de invocar a mi imagen, como si estuviera practicando una ouija, para que se corporeice en mí. Una especie de teletransportación cuántica -tengo que dejar de ver divulgación científica, aunque quizá ya sea demasiado tarde- de modo que por fin me encuentre a mí mismo.
Después de unos nanosegundos que parecen una eternidad, un tiempo expandido, la imagen se ha hecho carne en mí. Ya estoy completo, me he encontrado, yo soy yo. Pido la cuenta, embriagado de felicidad -y de varias copas más de la cuenta-, convencido de que mi búsqueda existencial ha llegado, gloriosamente y para siempre, a su fin.
El camarero saca el ticket, lo pone en una de esas bandejitas, y, cuando ya estoy abriendo la cartera para pagar, me da la espalda, y se la ofrece al espejo. Suena un tintineo de monedas, y se oye una voz -que no es la mía, pero es la mía- que dice: - Gracias Manolo, hasta luego.
A mí se me cae el alma a los pies, pero ya ni me molesto en recogerla. Salgo sin despedirme de Manolo.

Ignacio Aparicio
Grupo A


La mano tendida

El viento soplaba con fuerza. El vértigo me empujaba al vacío. Cerré los ojos. Un pequeño salto y todo terminaría. Dicen que toda tu vida transcurre en un aleteo, en los últimos momentos de tu existencia.
Recuerdo la primera vez que chocaron nuestras miradas. Me enamoré al instante. De su pelo lacio, sus pómulos sonrosados y su tierna sonrisa. Del calor suave que transmitía su mano cuando corríamos agarrados por el patio del colegio, como si voláramos. Un día desapareció. El tutor nos explicó que su padre había sido destinado a otra ciudad.
Cuatro años después nos volvimos a encontrar. Era verano, se alojaba en casa de sus tíos. Formábamos una pandilla de siete adolescentes, pero ella y yo éramos inseparables. De excursión a la montaña, a la piscina, al cine, siempre agarrados de la mano. El último día, la besé. Me arrepentí. Debí besarla el primer día.
Pasaron seis años. Terminaba Medicina cuando una esquela en el barrio me turbó. Su padre había fallecido. Me acerqué a mostrar mis condolencias. Vestía de negro, con velo de luto y mantilla. Llevaba unos guantes largos y agradecía las muestras de afecto. El duelo no ocultaba su belleza. Me vio esperando turno para dar el pésame a su familia. Se retiró el velo y se quitó los guantes para atender a la señora que me precedía. Me tendió la mano. Reconocí su sonrisa, sus ojos, su rostro, la calidez de su piel. Nos miramos sin decir palabra. Una vieja que esperaba detrás me propinó un puntapié.
Unos meses después me enteré de que su madre la había prometido en matrimonio. Superé mi aflicción centrándome en mi reciente trabajo.
Pasaron ocho años. Era especialista en cardiología y un referente nacional en los incipientes trasplantes de corazón. Una mañana de abril se presentó en mi consulta, prendida del brazo de su marido. Él estaba gravemente enfermo. Ella había insistido en que solo yo podía atenderle. Me tendió la mano y me miró a los ojos. Los suyos habían perdido la pureza, parecían tristes, pero su sonrisa era la misma. Apretó mi mano con fuerza antes de decir: —Salve mi vida, doctor.
El trasplante fue un éxito. Nunca me lo agradeció.
Diez años después, un familiar suyo me dijo que estaba moribunda. Me desplacé para verla.
Me tendió la mano. Sus ojos mortecinos me observaban. Dos lágrimas recorrían sus marchitas mejillas. Su sonrisa había desaparecido.
—Necio —me dijo.
Me soltó la mano y se dio la vuelta.
Murió ayer.
Inspiro profundamente. El viento sopla con fuerza. Presiento su mano tendida en el vacío. Retrocedo dos pasos y me echo a llorar.

Max Ferlam.
Grupo B


Diario desencuentro

Tengo un Yo, optimista impenitente,
que me susurra que esto tiene algún sentido,
que vivir es disfrutar de lo vivido,
que morir es sólo estar ausente.

Que “carpe diem”, que siga tan tranquilo,
sin esperar que nada me ilumine;
que disfrute antes de que todo se termine,
que apure la copa, que siga el hilo.

Y tengo otro heterónimo, llamado
“Don Buscador del Sentido de la Vida”,
que me insiste en que ha de haber una medida,
un canon que seguir, un credo amado.

Que es imposible existir sin un destino,
sin practicar un mito al que agarrarse,
quimera razonable. Que es mejor engatusarse,
que es más cuerdo seguir algún camino.

Y se encuentran los dos, casi a diario,
y discuten, cada uno a su manera,
para ganar el premio en la carrera
de ser la letra A en mi abecedario.

Y una y otra vez se desencuentran.

Carlos Coca
Grupo C


Los algoritmos del amor

Se conocieron por casualidad. Él era profesor de matemáticas de secundaria, aunque no le gustaba mucho dar clase a adolescentes sin el más mínimo interés por las ecuaciones diferenciales, los polinomios o la probabilidad. Ella trabajaba como representante comercial de una conocida marca de productos lácteos. Coincidieron en una degustación gratuita de una feria de quesos. Para él, aquel encuentro fue como trazar una tangente en un punto de la curva. Los abrazos y caricias iniciales trajeron consigo dos hijos y una casa hipotecada. Sin embargo, los seis últimos meses habían derivado hacia un distanciamiento progresivo, con miles de silencios velados y palabras rotas. La atmósfera se hizo irrespirable y opresiva. Tras diez años de matrimonio dejaron de compartir cama; la comunicación se redujo al buenos días, ¿recoges tú a los niños? o un escueto ¡hasta mañana! Sus vidas se habían convertido en un sistema de ecuaciones incompatible. Aquello terminó con un asfixiante convenio regulador y un divorcio en toda regla.
Él atravesó una mala temporada, estaba saliendo de aquel pozo de tristeza, rabia y confusión. Cuando la conoció por casualidad. Ella era soltera, una mujer de carácter entregada a su trabajo, policía nacional en Zamora. Coincidieron en el gimnasio y rápidamente hubo química, ¡vaya si la hubo! Quedaron varias mañanas a tomar algo en una cafetería cercana, y la dopamina disparó el deseo intenso de continuar compartiendo sudores y jadeos. Sus encuentros fueron apasionados, ideales para recuperar el hambre atrasada. Una relación loca, salvaje, obsesiva. Una atracción desenfrenada como si se tratara de una función exponencial. Después de seis meses ella fue destinada a Pamplona. Cuatrocientos treinta kilómetros fueron suficientes para abrir sutiles grietas. La relación se fue diluyendo con la distancia, los tiempos compartidos cada vez eran menos, surgieron los malentendidos, el ambiente se fue enfriando… Hasta que una mañana de domingo ella le comunicó que había decidido dejarlo.
Ella trataba de sobrevivir en medio de aquella existencia anodina. Hasta que le conoció por casualidad. Comenzó a coincidir en el autobús, casi todas las mañanas, con un joven con gabardina y gafas de pasta. Era atractivo, con ese pelo rizado que tan bien le sentaba. ¿Cómo se llamaría? ¿Dónde trabajaría? Un día atisbó a ver el título del libro que él devoraba. Se lo compró de inmediato: Icebraker, de Hannah Grace. Cuatrocientas cuarenta y ocho páginas con numerosas escenas apasionadas de sexo explícito. Disfrutaba con la lectura compartida de esa historia salpicada de múltiples momentos picantes, hasta el punto que las endorfinas generadas aliviaban el estrés que le provocaban las guardias de la comisaría. Una mañana decidió romper el hielo e iniciar una conversación casual con aquel hombre tan encantador. Sin embargo, aquel día no coincidió con él, las jornadas siguientes tampoco lo vio. No sabía qué podría haberle pasado… Se sentía abatida.
Poco después, ambos se registraron en diferentes aplicaciones de citas. Ella se decidió por Meetic, donde se presentó con un perfil sincero y unas fotos en las que parecía desenfadada. Chateaba con sus parejas en un juego sin fin. Se sentía insegura, quedaba con hombres para tomar un café, pasear sin rumbo o hablar de libros interesantes, aunque al final se cansó de tener que espantarlos como moscas, pues ellos acudían solícitos con una única intención. ¡Los tío van a lo que van! Ciertamente, ella buscaba otra cosa.
Él eligió Tinder, donde creó un perfil sin cargas familiares y con cinco años menos. Todo se reducía a la probabilidad de la compatibilidad con su potencial compañera de vida. Leyó en el móvil sobre la regla de los tres días, las tres semanas y los tres meses, aunque no entendía demasiado. Aquello, sin duda, era más complicado que el cálculo infinitesimal. Él se dedicaba a descomponer sus encuentros amorosos, como si fueran integrales o derivadas, para intentar comprender el complejo sistema de los algoritmos del amor.

Jesús García
Grupo A


El único inconveniente

Son las seis. Una mujer se acerca y empuja la puerta con desenvoltura. Seguro que es ella. Conversa con el camarero y este le acompaña hasta una mesa cerca del ventanal. Ella le sonríe mientras aprieta un pequeño libro de pasta ajadas contra el pecho y pide un café. Se sienta, pero antes cuelga el bolso en uno de los brazos de la silla. Lo coge de nuevo. Introduce su mano y revuelve hasta hallar un paquete de tabaco y el mechero. Cierra la cremallera y lo deja esta vez en la silla de enfrente. Abre el libro por la página que tiene una pequeña doblez en la esquina. Instantes después lo cierra y mira de reojo el reloj que lleva en la muñeca. El café humea sobre la mesa. Justo a su lado hay un espejo que refleja a una joven sentada junto a la puerta. Lleva el pelo largo y suelto, enreda algunos mechones en su dedo índice una y otra vez mientras mira embobada a un hombre que está en la barra hablando por teléfono. Él se acerca y la besa antes de retirarle la silla para marcharse. Los sigue con la mirada hasta que la puerta se cierra. Después, se ladea un poco para mirarse en el espejo. Coloca algunos rizos que se han soltado del peinado y tantea con suavidad el cabello de la nuca. Examina de nuevo su reloj, esta vez de frente. Enciende un cigarrillo aspirando profundamente el humo. Se sienta más erguida mientras acaricia cada una de sus uñas con la yema de su dedo meñique. Vuelve a la lectura de la página señalada. Cruza las piernas. Un reloj enorme que esta al fondo de la cafetería señala las seis y media. Apaga el cigarro. Manosea su tobillo izquierdo por debajo de la mesa sin quitarle los ojos a la hoja del libro que lee esta vez, con insistencia. Bebe un sorbo de café y retira la taza. Juega con la cadena del reloj haciéndola girar sin reparar en ella. Cierra el libro para volver de nuevo a su reflejo en el cristal. Una a una, retira las horquillas del cabello que cae con suavidad sobre su espalda. Se peina el flequillo con los dedos y coloca el mechón que cubre una de sus mejillas, detrás de la oreja. Enciende el último cigarro que le queda en el paquete de tabaco. Llama al camarero y haciendo una señal con la mano, le pide la cuenta. Mientras se levanta, coge su bolso y saca unas monedas. Las pone encima del ticket que el camarero trajo en una pequeña bandeja de porcelana. Camino de la puerta se detiene en el último escalón que da a la calle y regresa a la mesa para recoger el libro olvidado sobre la mesa. Veinte poemas de amor, de Neruda.
Lo sé porque es mi libro favorito, como lo es también el suyo. Nuestra clave de reconocimiento.
Abre la puerta con elegancia y camina con pasos pequeños y sensuales. Se aleja Marina es verdaderamente hermosa.
El único inconveniente, llamémoslo así, es que no creo en las citas a ciegas. Por eso nunca me presento a ninguna.

Mamen Somar
Grupo C


Encuentro y desencuentro

No quise encontrarme contigo,
tus ojos transparentes
romperían el curso de mis días.

Te lo dije:
no quiero tu mirada clara
destruyendo la penumbra que me envuelve.

Sabía que tu cintura
marcaría los ritmos de mis pasos
y aún así
me quedé allí,
quieta, desolada,
incapaz de ordenar el caos que me habita.

Sabía que pasaría:
pondrías mi mundo ordenado y cómodo
a tu antojo
mientras yo te pediría
que te quedaras
solo un momento más.

Tú simplemente me miraste,
caminaste sin dejar huella
hacia un lugar
al que no podía seguirte.

Desapareciste en la nada
sin apenas hacer ruido
mientras yo,
solitaria y torpe,
trataba de recoger
los pedazos de sueños
que me arrancaste un día.

Elena Domínguez
Grupo C


Secreto de amigos

Lo recuerdo como si fuera ayer, pero ya ha pasado media vida, desde que sucedió lo que voy a contaros, como un secreto entre dos amigos.
Era el último día de las fiestas de septiembre en nuestro pueblo, estaba empezando a anochecer, cuando un amigo se me acerca y me dice que quiere hablar seriamente conmigo.
En principio me sorprendió tanto misterio, pero cuando empezó hablar, no pude menos que reírme y darle un abrazo.
Este amigo vivía y trabajaba en el país vasco, y todos los años acudía a las fiestas de los toros del pueblo.
Alguien le había comentado que yo salía en Salamanca con una amiga común, y me preguntaba si era o no cierto, porque estaba dispuesto a pedirla relaciones “serias”, si estaba “libre”.
La alabé todo lo que pude, pues era verdad que era una chica estupenda, le conté que íbamos y veníamos al pueblo muchas veces juntos en el tren o en la “serrana” , y que yo ya tenía novia en Salamanca, por lo que podía estar tranquilo, y empecé a echarle un capote, en los siguientes viajes.
Ella, yo creo que no sabe nada de esta conversación entre dos amigos, no tardaron mucho en casarse y formar una familia en el país vasco, pero siguen acudiendo a las fiestas del pueblo todos los años, y cuando hablo o me cruzo con ellos, mi amigo y yo, nos miramos y nos echamos una ligera sonrisa.

Luis Iglesias
Grupo B


Mi corazón lleno de recuerdos

Hoy, diecinueve de marzo,
desperté buscándote
más allá del océano.
Una cortina de húmedas gotas
resbalaban por mis ojos.
Y, lejos, muy lejos,
vi tu cara,
tu inmensa sonrisa.
El sol resplandecía
sobre tus cabellos,
caminabas con paso firme
por la arena
de la mano del viento.
De pronto cayó la tarde,
y, con el crepúsculo,
fui a tu encuentro.

P.G.
Grupo C


Cambio de planes

Me enviaron con billete de ida a Salamanca en los años 80, para empezar el nuevo curso de Medicina, cuando mi idea era ir a la Coruña a ver a un chico que había conocido de casualidad en Salamanca
No era fácil escapar a los designios paternos, pero tenía que hacer algo antes de llegar al destino.
No había Google ni Internet, solo sabía que Venta de Baños era mi única solución, un nudo ferroviario con el tren que iba a Coruña. Viajaba con una hermana nada transgresora, y lo decidí en 2 minutos.
Bajar en Venta de Baños y enterarme, con la única compañía de un maletón con enseres para 2 o 3 meses de estancia en Salamanca , cuándo salía un tren con destino a Galicia.
Ante el asombro de la “Cándida”, mi hermana obediente, en cuanto paró en la estación , bajé al andén y dije adiós al tren que me debería llevar al destino que mis padres creían iba a llegar y no llegué el día previsto-
Me bajé del tren en la parada , a las 11 de la mañana y cuando fui a enterarme, el único que podía coger era a la una de la madrugada.
Ante la imposibilidad de consigna, época de terrorismo y prohibición de coger bultos a nadie, me fui con la maleta al cine a ver una película que no recuerdo para nada.
Si recuerdo algo, Que me esperaba en la Coruña un amor que duró 25 años.

Carmela
Grupo A


Donde le dejamos, allí le encontramos.

Eran los años 60, acabábamos de cumplir los 18. Ya teníamos el carné de conducir, y la escasa disponibilidad de vehículos cuando nos los dejaban nuestros padres.
Vivíamos en los pueblos de la raya, próximos a Ciudad Rodrigo. Y por aquel entonces se celebraba el festival del Águeda. Era una copia pobre del festival de Benidorm, pero para nosotros era algo espectacular.
No sé cómo, pero mi amigo Paco consiguió coche y permiso para acudir al festejo. Yo estaba apuntado de antemano al mismo, pero en aquella ocasión se añadió un vecino algo más joven que nosotros, que estaba de vacaciones en el pueblo y era francés; se llamaba Patrick, y nosotros, para facilitar el lenguaje, le habíamos bautizado como “patuco”; la cuestión es que su abuela nos agradeció que sacáramos a su nieto de casa y nos lo lleváramos.
Llegados a Ciudad Rodrigo y para entrar en faena, nos acercamos a un bar y nos tomamos unos cubatas para irnos entonando. Paco y yo, acto seguido, nos fuimos a ver el festival con la clara intención de ligar lo que pudiésemos. El amigo añadido, “patuco” no nos quiso acompañar y se quedó en el bar.
Al cabo de un par de horas aproximadamente volvimos al sitio donde habíamos dejado al amigo y hete aquí que lo encontramos en el mismo sitio donde lo habíamos dejado, pero sentado en el suelo debajo de la barra; ¿os podéis imaginar el “colocón” que tenía el muchacho? Le recogimos entre los dos, le llevamos al coche, le sentamos en la parte de atrás y nos fuimos; no sin antes haber bajado dos o tres dedos el cristal de la ventanilla para que no se nos ahogase, pues era verano y hacía calor.
Ya de madrugada volvimos a casa y devolvimos a nuestro acompañante a su domicilio. Llegó bien fresquito, pues ya llevaba la “cogorza” bien dormida y despejada.
Su abuela nos lo agradeció invitándonos a comer un día. Nos preparó “pollo a la cerveza”, un plato que era su especialidad y que nos supo a gloria.

José Luis Fonseca
Grupo B


No volveré

No volveré a tus pagos ni a tus riegos.
Muros en el asfalto, espesa niebla,
vetarán el paso de sueños ciegos,
bálsamo y marea que la garza puebla.

No me hablarás de Mahler ni sonatas,
ni me hablarás del tiempo o de la liga,
en roca añil de monte me constatas,
del abrazo al abismo me castigas.

Yo soy hija de la escarcha y del invierno,
lágrimas de una filigrana gélida
pegaré en mi álbum de niñez interno.

Y templaré la incógnita y la umbría,
yo, blanda hermana del valiente Pélida,
con áurea manta del calor de Hestía.

Marisa Sánchez
Grupo C

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