Exilio

El tema que ocupó las sesiones del taller de escritura de esta semana fue el exilio. Esta semana se presentó el último libro de Clara Obligado con ese título: Exilio
La sesión comenzó con música y poesía. Escuchamos en la voz de Daniel Viglieti y Mario Benedetti los poemas "Por detrás de mi voz" de Circe Maia y "Desaparecidos" de Mario Benedetti. El primero de ellos aparece en el colofón del libro de Clara. 
Con este recuerdo de los más de 30.000 desaparecidos y muertos que dejó el golpe de estado del año 76 y la dictadura de Argentina iniciamos nuestro recorrido por diferentes historias vinculadas al exilio. 
Hablamos de Ernestina de Champourcín y su libro Primer Exilio y de la canción que Sheila Blanco incluyó en su trabajo Cantando a las poetas del 27
Recordamos los poemas que Pablo Neruda y Álvaro Mutis esciribieron sobre el exilio:

Exilio

Entre castillos de piedra cansada,
calles de Praga bella,
sonrisas y abedules siberianos,
Capri, fuego en el mar, aroma
de romero amargo

y el último, el amor,
el esencial amor se unió a mi vida
en la paz generosa,
mientras tanto,
entre una mano y otra mano amiga
se iba cavando un agujero oscuro
en la piedra de mi alma
y allí mi patria ardía
llamándome, esperándome, incitándome
a ser, a preservar, a padecer.

El destierro es redondo:
un círculo, un anillo:
le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra,
no es tu tierra,
te despierta la luz, y no es tu luz,
la noche llega: faltan tus estrellas,
hallas hermanos: pero no es tu sangre.
eres como un fantasma avergonzado
de no amar más que a los que tanto te aman,
y aún es tan extraño que te falten
las hostiles espinas de tu patria,
el ronco desamparo de tu pueblo,
los asuntos amargos que te esperan
y que te ladrarán desde la puerta.

Pero con corazón irremediable
recordé cada signo innecesario
como si sólo deliciosa miel
se anidara en el árbol de mi tierra
y esperé en cada pájaro
el más remoto trino,
el que me despertó desde la infancia
bajo la luz mojada.
Me pareció mejor la tierra pobre
de mi país, el cráter, las arenas,
el rostro mineral de los desiertos
que la copa de luz que me brindaron.

Me sentí solo en el jardín, perdido:
fui un rústico enemigo de la estatua,
de lo que muchos siglos decidieron
entre abejas de plata y simetría.
Destierros! La distancia
se hace espesa,
respiramos el aire por la herida:
vivir es un precepto obligatorio.

Así es de injusta el alma sin raíces:
Rechaza la belleza que le ofrecen:
Busca su desdichado territorio:
Y sólo allí el martirio o el sosiego.

Pablo Neruda

Exilio 

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.

Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.

Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

Álvaro Mutis


Hablamos también de los niños de Morelia que viajaron a esa ciudad mexicana a bordo del Mexique huyendo de la guerra civil española. Dos de ellos contaron en un artículo  de Francesc Relea titulado "Aquellos niños, aquellos recuerdos" sus recuerdos. 
Esto es lo que Amparo Batanero le contó al periodista: "Al llegar a México me enteré de que algunas familias nos querían adoptar. Cárdenas lo prohibió porque creía que pronto regresaríamos a España. Cuando el tiempo se alargó, el general firmó en 1938 un decreto por el que nos nombró hijos adoptivos de México". Amparo volvió 23 años después a España: "Fue una gran decepción. Encontré mi país peor que México. Madrid estaba muy atrasada". El reencuentro entre madre e hija fue en el aeropuerto. "Vi a una señora apoyada en una cristalera. Enseguida supe que era ella. A su lado estaba mi hermana, la niña de tres años que había visto en la estación de Valencia". Estuvo tres meses allí sin sus cinco hijos, que dejó en México.
Joaquín Quimet García también removió en aquella entrevista sus recuerdos: "Si nos hubiéramos quedado en España no habríamos sobrevivido. Los bombardeos eran diarios en Barcelona. Vivíamos más en el refugio que en casa. Pero no es sólo eso. Nuestras familias no tenían para comer. Por eso enviaron a los hijos más pequeños a otro lugar, donde les pudieran alimentar. Fue un sacrificio de amor enviarnos a México, para que nos pudiéramos salvar".



Clara Obligado toma como referencia un texto publicado en su libro Las otras vidas y lo amplía y completa con otras historias y reflexiones sobre el exilio repartidas por otros libros. La literatura le permite cauterizar la herida que supuso para ella abandonar su país en el año 76. "El exilio no se termina nunca" dirá en boca de uno de los protagonistas de una historia que es a la vez muchas historias. Parece que Clara jugara con aquellas propuesta de Rodari de la hipótesis fantástica. Que hubiera sucedido si una decisión o un hecho concreto hubiera conducido su historia y la historia de su familia por otros caminos. En este libro parece que todos esos caminos conducen al exilio o al "insilio". Cincuenta años después de aquel viaje en un avión de Iberia Clara aporta su voz actual, la que escribe apegada a la realidad de ahora, sobre el significado del exilio.
Quienes conocemos a Clara sabemos de su gusto por la etimología. La palabra exilio tiene diferentes sinónimos pero la palabra "insilio" aún no tiene una acepción en el diccionario de la Real Academia de La Lengua. Difícil explicar lo que no tiene nombre. Recomendamos el artículo "Insilio, o la urgencia de una palabra" de Gabriela Saidon para entnder mejor esta realidad.

Reproducimos aquí un fragmento del libro que nos sirvió para plantear la tarea de escritura. Se trata de la historia de Saturnino:

LLEGUÉ A MADRID EN UN AVIÓN DE IBERIA. EN EL ASIENTO CONTIguo había un señor de unos sesenta años que parecía más nervioso que yo, para matar el tiempo nos pusimos a conversar. Era gallego, de una aldea minúscula muy cercana a Santiago de Compostela.
Al principio le había ido muy bien en Uruguay, me dijo, con un acento español tremendo. Más tarde se había casado con una argentina. Había vuelto a emigrar y regentaba, en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, un almacén de ramos generales.
-Cuando llegué a Uruguay me fui lo más lejos que pude de la ciudad-me dijo. Si no, cómo pagarme una habitación.
-Me decían Gallego-me dijo también, y con ese nombre seguí viviendo, aunque me llamo Saturnino.
Ahora, cuarenta años más tarde, la comarca había progresado mucho y él también. Tenía, además del almacén, un tractor y una cosechadora que alquilaba a los chacareros.
Así pudo ahorrar para el pasaje y volvía a la aldea para contárselo a su madre.
-No sabe que tiene tres nietos, susurró.
Y también:
-Es la primera vez que me subo a un avión y la primera vez que salgo de ese pueblo. Con el primer viaje me quedé cansado.
-¿Por qué se fue? le dije, asombrada de que eligiera el destierro.
-Por la pobreza. Por la guerra.
-¿Y no se escribía con su madre?
El hombre me miró como si estuviera diciendo algo absurdo.
-Mi madre no sabe leer.
-¿Le avisó que llegaría?
-No-me contestó-, no le dije nada. Quiero darle una sorpresa.
-¿Una sorpresa? Le va a dar un infarto...

***

SIEMPRE HE QUERIDO SABER SI LA MADRE GALLEGA DEL PASAJERO que viajaba a mi lado en el avión de Iberia que me trajo a Madrid, allá por 1976, habrá reconocido a su hijo.

¿Qué se siente si alguien regresa al cabo de tantos años? ¿Recordaría el hombre la aldea de la que partió? ¿La rutina del campo, el aroma del fuego, el color del cielo a través de los robles? ¿Tendría la madre, en su terruño remoto, alguna posibilidad de comprender la vida del emigrante? ¿Sabrían acaso formular las preguntas que podrían acercarlos? ¿Qué sintieron al abrazarse?

Y, por fin, ¿qué pasó con los tres niños que viajaban solos?



Propuesta de escritura

¿Te animas a contar el encuentro de Saturnino con su madre? Las preguntas que se hace Clara y lo que le cuenta el "Gallego" pueden servirte para recrear tu historia. O incluso puedes ensayar diferentes historias, como hace Clara. 

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


El vendedor de sueños

Ezequiel, siempre había sido un tipo raro, raro, raro.
Ya de pequeño, empezó a destacar del resto de los niños, no jugaba con ninguno, ni le importaba lo más mínimo, se entretenía el solo, le gustaba mucho leer, leía sobre todo cuentos de aventuras, cuentos fantásticos, simulaba pasear con naves espaciales creadas por el mismo en su imaginación, conocía todos los planetas al dedillo, hablaba con sus habitantes, pero sus padres no estaban preocupados, ya que el primer maestro que le dio clase en la guardería, les dijo que Ezequiel “no era un niño botijo”.
Los niños se hacen mayores, y Ezequiel también, su vida solitaria y estudiosa, le llevó a ser un excelente psiquiatra, comprendía y trataba con una certeza nunca vista los problemas de la gente, a su consulta particular acudían personas de todo el mundo, los cuales quedaban plenamente satisfechos y curados de todos sus problemas..
A todos sus clientes les convencía de los sueños que les vendrían bien tener, para vivir en esta vida tan loca, sueños individuales a medida de cada persona que trataba, nunca nadie se quejó de Ezequiel, pues hizo feliz a mucha gente.
El maestro que predijo que Ezequiel no era un niño botijo, no se equivocó en nada.

Luis Iglesias
Grupo B


Apenas recuerdo su último beso

El viaje en taxi desde el aeropuerto fue la gota que colmó su corazón cansado. Ya se había perdido dos veces por aquellas carreteras del infierno y el conductor hablaba y hablaba. Pero a Saturnino no le interesaba si el Compostela había subido de categoría o si el presidente era un tío cojonudo. Él únicamente pensaba en qué palabras utilizaría cuando la tuviera frente a frente, después de cuarenta años sin mirarse a la cara; qué podría decir para atravesar aquel océano de décadas de separación.
La luz del crepúsculo se cernía sobre los cansados tejados de las casas de la aldea. Los faros del vehículo alumbraban, buscando recuerdos.
Ese poyo, ese dintel, esa parra esquelética…
—¡Pare, pare, es ahí!
A través de la ventana se vislumbraba una tenue luz. Había alguien en aquella casa.
Depositó la pesada maleta sobre la tierra húmeda. Se arregló la corbata y el valor y el ansia golpearon dos veces en la puerta: toc, toc.
Nadie contestó. El miedo se paseó arriba y abajo por la garganta de Saturnino. Arrastró las plantas de los pies sobre la arena, como un toro a punto de embestir, y volvió a llamar, más fuerte, con más esperanza.
—¿Quién va? —La voz sonó temblorosa, ajada, como salida de un pozo cegado por los años.
—Soy yo, madre. Saturnino, tu hijo.
Nadie contestó. Solo los perros ladraron.
—¡Ya voy! —La jovial voz, con cierto acento uruguayo, sorprendió al visitante.
La destartalada puerta se abrió y en el interior no había más claridad que en el exterior. Una joven de baja estatura, morena de piel y de ojos vivarachos, apareció en el vano. Saturnino la recorrió de arriba abajo con la mirada. Aquella imagen no encajaba entre sus recuerdos. Saludó amablemente y entró en el hogar.
Sobre un desgastado sillón reposaba el enjuto cuerpo de la anciana, que se incorporó con una agilidad sorprendente. Saturnino fijó su mirada en ella y, por un momento, pensó en lo que la joven del avión le había dicho:
—Le va a dar un infarto.
Pero no pudo contenerse.
—¡Madre! —sollozó mientras la abrazaba—. ¡Madre, soy Satur, tu hijo!
—Hiiiijo… —titubeó—. Hijo, qué…
—¡He regresado, madre! ¡Por fin estoy en casa! —y volvió a abrazarla con lágrimas en los ojos, tratando de recordar aquel último beso que su madre le dio en el muelle, justo antes de embarcar hacia un viaje incierto.
La joven criada observaba la escena con la boca abierta.
—¡Bienvenido, hijo! —masculló ella, e intentó separarse un poco del visitante, que no dejaba de lloriquear.
Se miraron, se abrazaron varias veces más y las palabras dieron paso a las caricias.
La humildad de la casa los acogía y sus sombras bailaban entrelazadas a la luz del hogar.
—Necesito ir al servicio —pidió Saturnino.
—Yamila… —dijo la anciana.
—No se preocupe, madre. Recuerdo bien dónde está la letrina —y salió a la calle dejando la puerta entreabierta.
—Pero, señora, ¿por qué ha dicho que es su madre? Si usted no tiene hijos, ni nunca los ha tenido.
—No sé, hija. Me he dejado llevar. Lo vi tan ilusionado que no supe reaccionar. Pobrecito… Hace cuarenta años que no ve a su madre. No nos cuesta nada hacerlo feliz.
Fuera, junto a la entrada de la maloliente letrina, destemplado por el frío del ocaso y por la escena vivida, Saturnino lloraba desconsoladamente. Añoraba a su verdadera madre.

Tomás García Merino
Grupo B


Regreso a ninguna aldea

Bajo del avión y me subo a un taxi para ir a Muiños. El conductor me asombrado - ¿Pero en que barrio queda eso? – Le respondo para ser más concreto – Perdone, es el concejo de Cabreiro, barrio de Culleredo, parroquia de Cancelo y aldea de Muiños. – Me comenta el taxista que me había entendido mal, que pensaba que yo iba a Madrid. Le sacó de su error, indicándole que mi aldea queda a 10 kilómetros de Santiago de Compostela, provincia de La Coruña, Galicia, para más señas. No vaya a confundirse más el chófer. Como buen profesional del taxi público en la época digital lo busca en el GPS de su flamante Ford Mondeo, y luego en Google Statview. – Tendrá que perdonarme usted, señor pero Google me muestra que Muiños está totalmente derruido.
Siento que la tierra que piso, que no es la mía, se hunde, y algo que no sabía que existía desde hace tiempo me invade. Morriña, ese sentir tan profundo que solo un gallego puede experimentar. ¿Mis orígenes perdidos? ¿Mi familia? ¿Mi candorosa madre?
No puedo rendirme tan pronto. Ya he cruzado el Charco, así que recorrer media Península para buscar a mi madre no se me antoja tan descabellado. Si pude pasar de Uruguay a Buenos Aires, regentar un almacén propio con éxito, y sacar una familia que presentar, aunque sea en fotos, a mi madre, podré iniciar esta particular aventura.
Le pido al taxista información para ir en tren a Santiago. Sale de A. Veamos la hora. Son las dos de la tarde, hay un AVE que va a Coruña. De allí seguro que hay coches de línea a la ciudad del Apóstol. No entiendo que es “un AVE”. ¿Un avión? No un tren de Alta Velocidad Española. Es muy rápido. Pues vamos para allá le digo.
En la estación consigo uno de los pocos billetes que quedan. En 3 horas estaré en Coruña. Todo un adelanto. Hace 40 años era impensable tal velocidad. En Argentina vendrían bien esos trenes, dadas las distancias.
En mi asiento voy reflexionando sobre todo lo que quiero contarle a mi madre, y como contárselo. Hablarle de Juana, Teresa y Antonio. De lo buena que es mi Andrea. Tal vez le aburra si le explicó los detalles del almacén. O no.
Claro, para esto he de encontrarla, y que siga viva. No como Muiños, derruido. Todavía no se ha hecho a la idea que el Paraíso de su infancia ya no exista. Crecí entre helechos, lejos del olor a salitre de Vigo, Coruña o Pontevedra. Conocí poco el Océano. Mi abuela era de Mugía y pasé allí un único verano. La Costa de la Muerte siempre daba respeto. Incluso miedo.
Ya he llegado a Santiago, tras cuatro horas esperando un autobús en La Coruña. Es tarde, debería dormir, pero estoy ansioso. ¿Cómo llegar ya de noche a unas ruinas? Veamos, lo mejor es que descansé. No he parado desde Buenos Aires. Busco una pensión. La primera que veo es una con un letrero luminoso con cuatro letras fundidas: C*a*a**. Bueno, si están tan mal conservado todo será barato. Le dice la matrona que queda una habitación sin baño, que tendrá que compartir el común . Son 20 euros la noche, sin comidas.
Total, para pasar la noche. ..Mañana tomaré un taxi para ir a Muiños, o lo que quede de él.
Bien, estamos llegando. Todo es verde, como recordaba. Vegetación y más vegetación, ese olor a tierra mojada que le resulta tan familiar lo impregna todo. Paramos en Cabreiroa, pero el ayuntamiento está cerrado. Quería información sobre mi aldea. Toca ir hasta allí, a verificar y certificar su muerte en mi cabeza y mi corazón.
Nuestro destino se acerca, las distancias aquí son mínimas, los barrios son de pocas parroquias, y estás con aldeas de tres casas. Se ven paisanos que deben de ir al campo, a trabajar en eso que yo nunca hice. Escapé de ser labrador, algo terriblemente duro. Sobre todo, cuando no tienes más que una misera hectárea que cultivar Me fui de Galicia no por gusto, sino porque había que comer. En una familia como la mía, mi madre viuda tras una reyerta vecinal que nunca entendí, con seis bocas que alimentar, no podía seguir. Les mandé dinero durante mucho tiempo, pero cuando llegué a Argentina tenía lo justo para montar el almacén. Envié una larga misiva en lugar de billetes. No esperaba respuesta. Mi madre no sabía leer cuando me fui, no sé si habrá aprendido alguna vez. Probablemente algún hermano la leyera. Efectivamente, nadie me escribió ¿Se habrían olvidado de mí? Yo de ellos no.
Llegamos al lugar donde estaba la aldea. ¿Estaba? No, sigue estando. La búsqueda tal vez no sea en vano. Hay una casa con flores en sus jardineras, llenando los balcones de hortensias. En ella reconoce el que fue su hogar, con las flores favoritas de su madre.
Afortunadamente Google se equívoco. He llegado a Muiños, a casa. ¿Estará mi madre?
Tiemblo de arriba abajo. La emoción me embarga, pero más lo hace el miedo a un reencuentro inesperado por parte de ella.
Llamo a la puerta y…

Javi Martín
Grupo A


El gallego vuelve al hogar

Llegó en avión al aeropuerto de Santiago de Compostela, recogió la maleta, y a la salida acudió a información para ver si había autobuses hasta su pueblo.
Es una pequeña aldea casi despoblada con lo que han dejado de pasar los coches de línea y tiene que coger un taxi.
Al llegar al pueblo, lo recuerda distinto, ha cambiado mucho, algunas calles están asfaltadas; ya no son aquellos caminos de polvo en verano y barrizales en invierno.
Al pasear por el pueblo le saludó un paisano y él se identificó: soy Saturnino, el hijo de Paco y de Antonia, si hombre, Saturnino, el nieto del “cestero” y de la “botera”, (como llamaban a su familia). El paisano le reconoció, asoció a la familia, y le indicó dónde vivía su madre, pues llevaba más de cuarenta años sin pisar por el pueblo y no lo recordaba con exactitud.
Caminó unos metros y llegó a la puerta de su casa. Estaba parecida, aunque la habían enjalbegado y remozado, sobre todo la fachada. La puerta de madera de medio tablero y la gatera se mantenían casi igual, quizás algo más descascarillada.
Satur no sabía qué hacer, estaba emocionado y paralizado, pero al final se decidió a llamar.
Tras unos segundos de espera que se le hicieron tensos, se escucharon unas pisadas renqueantes y la puerta se abrió.
Se miraron, se reconocieron, y se abrazaron.

José Luis Fonseca
Grupo A


Cuarenta años de sueños

Calado hasta los huesos regreso despacio. Las luces de mi aldea centelleaban a lo lejos y un aroma a eucalipto, a bosque de tierra húmeda .El corazón late a ritmo de candombe y las campanas de la ermita de San Lázaro repican lluvia fina, y yo, acelero el paso. Mis manos ante el pomo erizado por el temor.
—Nai, nai, ¿Hay alguien?, nai, soy Satur, tu fillo. ¿Onde estás ?--. Nadie contesta, la puerta abre sin resistencia y en dos pasos todo estaba en su sitio, el lugar de las cosas del pasado. Una sombra entre el visillo y la cama, entre el sonido de la lechuza y el traqueteo del tren que se alejaba desde Santiago a Muxía.
—Nai, soy yo, Satur, tu fillo, estoy aquí, he venido desde Uruguay--.
—Nai, ¿Cómo estás?, tal vez duermes, es tarde. Mañana hablamos--. Mis labios rozan la frente alisada y aprietan la mano nervada por el tiempo.
Cierro la puerta con cuidado.
Un suspiro sonoro y un sollozo, cerró los ojos, otra vez el sueño repetido durante cuarenta años.
—"Ayyy fillo mío..."

GuADAlupe
Grupo C


Para cuando llegue

Viajaba al lado de una chica en un avión de la línea aérea Iberia, desde América a Madrid. La joven me llenó de preguntas a las que yo, en muchos casos, no sabía responder.
Al fin supo que iba para Vedragen, mi aldea natal en Galicia, y que mi mamá debía estar allí, aunque hacía 40 años que no sabía de ella.
Al llegar a Barajas renté un coche y me dirigí a Galicia.
Al atardecer estaba en tierras de Santiago de Compostela.
Miraba atento el entorno. Era el mes de octubre y las plantaciones de maíz comenzaban a cosecharse. Quería comparar el paisaje entre Uruguay, Argentina y España, pero la diferencia era evidente: el maíz está en los tres, pero ¡esto es Galicia!
José José entonaba la canción _40 y 20_ y yo organizaba el otoño de mi propia vida con 20 y 40.
Estaba a solo tres kilómetros de mi aldea, Vedragen, cuando vi a tres mujeres en el lado derecho de la autopista. Me detuve y pregunté para dónde iban. A coro respondieron: “Para Vedragen”.
Durante el tiempo en el cual conducía iba reinventándome:
“Soy Saturnino, no gallego. Mi acento es el que tengo que tener”, como decía Nicolás Guillén. Pero ahora comencé a buscar, no a buscarme. Buscaba a una señora de 76 años con un lunar en la mejilla izquierda, una mujer con canas. Bueno, realmente no lo sabía, pero seguro estaban presentes; una madre que guardaba sufrimiento y amor.
En ese corto espacio recorrido hablé con las tres como un orate. Dije que tenía tres hijas, que a una la nombré como su abuela, que venía de América, que hacía 40 años que estaba fuera de España. Pero recordando a la joven del avión, que me dijo que a mi madre le podía dar un infarto, y suponiendo que una de ellas fuera mamá, no decía ni el nombre ni contaba mi historia con detalles.
Yo miraba por el retrovisor a las tres, buscaba el lunar, los rasgos, buscaba todo lo que necesitaba ver para identificar a mamá.
La que venía en el medio preguntó:
—¿Viniste en un vuelo de Iberia?
—¡Síí!, respondí.
—Ahí vienen tres biznietos de mi hermana; mi sobrino, su abuelo, fue a esperarlos.
—¿Vienen solos los niños?, pregunté, a lo que me respondió afirmativamente.
Llegamos a la aldea y me ofrecí para llevarlas a sus casas. Créanme: a pesar de los cambios ocurridos en el lugar, era capaz de ir directo a mi viejo hogar, de pobreza pero cálido de amor, y giré hacia la izquierda.
La señora del medio, nerviosa, con voz entrecortada, se escuchó:
—¿Sabes dónde vivimos?
—No, le respondí, imposible señora.
Avancé 50 metros y me volví a detener. Ahora la de la izquierda afirmó, un poco sorprendida:
—Aquí nos quedamos, las tres vivimos cerca.
—Eulalia —la que ocupaba el asiento del medio me dijo—:
Señor, espere un momento, le agradeceré la cortesía de traernos.
Eulalia era mi tía y traía a Nina en su silla de ruedas, con su lunar aún presente pero tenue, como lo que se va apagando. Pero ella no dudó. Al verme, plantó su pierna enyesada y, entre lágrimas, balbuceó:
—Nino..., Nino querido...
Te busqué en cada rostro durante cuarenta años, te esperé a cualquier hora.
Pero su abrazo habló de sufrimiento, de alegría, de esperanza. Dando gracias a Dios.
Sacó de un imperdible que llevaba en su sostenedor una llavecita pequeña y dijo:
—Eulalia, busca en mi cofre marrón del baúl un trozo de papel que dice: “Para cuando Nino llegue”.
Sepan que mi madre aprendió a leer y a escribir para leer oraciones y escribir para mí, aunque yo no leyera.
Eulalia leía un apunte hecho con letra poco legible que decía así:
Para cuando llegue Nino, estos versos:
Se hará un caldo gallego
con pulpo a feira y lacón,
y con empanada gallega se cantará una canción.

Será el banquete que esta madre pondrá al hijo presente,
sin que falten el cocido bien gallego, la ternera y el pimiento del Padrón.

Miriam Esther García
Grupo A


Saturnino, vuelve a casa

Después de muchos años en el exilio, Saturnino decide regresar a su casa, tan lejana en el tiempo, que le cuesta situarla en el mapa. Una aldea pequeñita, entre la montaña y el mar, que le vio nacer, y un día, cuando dejó atrás la adolescencia y empezaba a ser hombre, con el canto del gallo, con los primeros rayos de sol, llenó su maleta de ilusiones, besó a su madre, mirando hacia otro lado para esconder dos lagrimas que resbalaban por su mejilla y, se subió al autobús que le llevaría hasta el aeropuerto, donde un avión, le separó de su país y de su gente.
Después de cuarenta años, en Curasao, donde se labró una nueva vida, una voz en su interior le pidió volver a casa, era el momento de regresar a su aldea, de abrazar a su madre, a quien no había vuelto a ver.
Una mujer, arrugada por el viento y la sal del mar y el paso de los años, con el pelo blanco y un pañuelo negro sobre su cabeza, como Penélope, no dejó de esperar ese autobús, que una mañana salió de la aldea.
Ya, en el avión de vuelta, el corazón de Saturnino, bombeaba a ritmo de taquicardia, según se acercaba a su destino.
Una vez en el autobús, comenzó a imaginar, cómo habrían pasado los años en la pequeña aldea, y como estaría aquella mujer, que un día despidió, con dos lágrimas ocultas.
El autobús llegó serpenteando por la montaña, hacia la aldea, bañada por un mar azul.
El susurro de la brisa, se acercaba hacia una mujer, con el pelo blanco, y la cara curtida por los años.
Saturnino, se paró para preguntarle por la casa, y, Penelope, con lágrimas en los ojos, le respondió: has vuelto.

P.G.
Grupo C


El argentino

Saturnino deseó suerte a su compañera de viaje mientras seguía la fila en dirección al control de pasaportes. Unos recuerdos que creía olvidados le asaltaron al ver a una pareja de guardia civil con tricornios, escoltando la entrada con un cetme colgado del hombro.
Su respiración se entrecortó. Aunque toda la información que había obtenido antes de embarcarse hacia España indicaba que era un país seguro, se estremeció.
Comenzó a toser. Arrastraba una enfermedad respiratoria mal curada, que padecía por años de duro trabajo. Unos minutos después se recuperó.
Respiró profundamente.
—Algo que declarar —le dijo con mirada seria el agente mientras cogía su pasaporte.
Saturnino titubeó.
—No. Unos dulces típicos de la Argentina, una figura de una virgen y unos libros.
Dos gotas resbalaban por su frente. Por un momento, pensó que lo detendrían y saldría esposado.
—Feliz estancia y bienvenido —le comentó el guardia mientras le devolvía la documentación.
Se dirigió a la salida, a la zona de taxis.
—Buenos días, a la estación Chamartín —dijo con marcado acento argentino.
—¿Es usted del país de la plata? —preguntó interesado el taxista.
—No, en realidad soy de acá, pero llevo muchos años allá. —lo cortó secamente.
Un silencio incómodo continuó durante el resto del trayecto.
—Son quinientas pesetas.
Saturnino sacó la billetera y le entregó cinco billetes de cien pesetas, asegurándose de no equivocarse.
Casi mil quinientos pesos —pensó.
Había traído moneda española desde su lugar de residencia, porque no quería que le timaran con el cambio de divisa.
—Un billete para Santiago de Compostela —dijo con voz pausada en la ventanilla de la estación de Chamartín.
—A Compostela no hay línea directa. Tendrá que tomar el de La Coruña. Allí puede hacer un transbordo hasta Compostela. Resignado compró un billete.
Sacó su diario de la maleta y se dispuso a repasarlo.
—Hijo haces bien marchándote de aquí. Hay porvenir en otros países. Aquí solo encontrarás miseria y muerte. —le había dicho su madre el último día que la vio cuarenta años atrás.— Disfruta de tu vida al máximo. Escribe un diario y cuando regreses me cuentas tus vivencias con detalle.
Su vida había sido dura, había tenido que trabajar con tesón para poder salir adelante, y su diario no destacaba por su brillantez y variedad. Sus dedos arrugados y encallecidos sostenían con dificultad un bolígrafo.
Llegó de madrugada y no encontró un sitio donde descansar. Se enrolló en un rincón y durmió poco y mal. La tos volvió. El frío y la humedad del suelo acentuaban su mal.
A las nueve de la mañana se embarcó en un autobús hacia Santiago. No reconocía los paisajes, pero el olor de la zona y el acento de aquella gente le evocaba recuerdos de su juventud.
En menos de una hora llegó a la ciudad compostelana. Estaba visiblemente agitado.
—A Cacheiras por favor—le dijo al taxista que estaba en la parada.
Diez minutos después comenzó a reconocer el horizonte, aunque muy cambiado. Ahora le parecía un lugar tranquilo, relajante y muy diferente del que tenía grabado en su mente.
Se bajó del taxi con la maleta asida del brazo. La casa en la que había vivido en su juventud seguía en el mismo sitio, en lo alto de la loma. No parecía haber sufrido ningún cambio. Unos metros más adelante una ambulancia estacionó sobre el arcén. Una técnica sanitaria bajó del vehículo y entabló conversación con una mujer de edad avanzada que estaba sentada en el poyete de la entrada de su domicilio.
—Hola, preguntaba por Nicolasa— exclamó con una sonrisa.
La técnica sanitaria y la vecina alzaron la mirada con curiosidad.
—¿Quién pregunta por ella?
—Soy Saturnino, su hijo —comentó visiblemente nervioso.
—¿El argentino? —preguntó repasando su vestimenta desde arriba hacia abajo.
—No, el argentino no. El que se fue a la Argentina.
—Todos los días habla de usted. De lo prósperos que han sido sus negocios. Lo importante que es usted allí. Que si es asesor del presidente, o que viaja por muchos países.
Saturnino se quedó en silencio, sin saber qué decir.
—Allí está, en su casa —señalando en la dirección que conocía perfectamente.
—Venimos a verla todos los días porque ya prácticamente no ve, pero no quiere ir a una residencia. Sigue esperando a que usted vuelva y le cuente sus andanzas.
Saturnino bajó la cabeza mientras intentaba contener las lágrimas.
La casa estaba igual que recordaba. Sentada a la lumbre en la cocina centrada en sus pensamientos removía un puchero una anciana vestida de negro con un pañuelo del mismo color que le cubría la cabeza.
—¿Madre? Madre soy Saturnino.
Su madre se giró sobresaltada.
—Saturnino, meniño —unas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Sí madre. He vuelto. —Se fundieron en un gran abrazo, mientras lloraban profusamente los dos.
—Meniño, cuéntame, cuéntame tus aventuras. Habrás conocido mil lugares diferentes —su cara parecía iluminarse.
Saturnino rebuscó entre sus libros y extrajo uno. Antes de comenzar a leer le dijo:
—Sí madre, le voy a contar una de mis grandes aventuras. Cómo di la vuelta al mundo en ochenta días a raíz de una apuesta que hice con un lord inglés.

Max Ferlam
Grupo B

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