Sala de préstamos. La biblioteca en la Literatura

¿Es una redundancia hablar sobre bibliotecas en una biblioteca? Son muchos los años que llevamos con este taller de escritura creativa y nunca, hasta ahora, habíamos abordado ese tema. Así que decidimos entrar en él como entramos todos los lunes y martes a la Biblioteca, con emoción.
Antes de abordar la ficha de trabajo y comentar "La biblioteca de Babel" de Borges y un texto de Juan Villoro donde habla de la Biblioteca Negativa, aquellas que recoge los libros expósitos y las sobras completas" de la literatura, escuchamos la canción de Pedro Pastor "La niña de la biblioteca" donde afirma "estudio más por verte que por vocación". Ay, esos amores platónicos de biblioteca.

Recomendamos el artículo "La biblioteca en la narrativa. Una imagen oculta en el espejo" de Francisco Solano. En él aborda la biblioteca como espacio, nos acerca a la imagen mal parada en algunos libros y películas de los bibliotecarios y de cómo el hecho de leer se convierte en un placer cuando el silencio inunda la biblioteca. Dejamos aquí un fragmento en el que Francisco Umbral recuerda su primer encuentro con una biblioteca: 

"Liberado yo, como he dicho, de disciplinas escolares y franquistas, mamá me habia insertado en el árbol de la ciencia, es decir, en la biblioteca. Habla en el edificio una gran biblioteca municipal, donde ella me presentó como hijo suyo, y adonde tuve libre acceso desde entonces. Así que ella se metía en su oficina y yo me iba a la biblioteca, que estaba en otro piso. Años cuarenta, años cincuenta, y jamás he encontrado luego una biblioteca pública tan densa, acogedora, surtida, hospitalaria y libre como aquella biblioteca municipal, siempre concurrida. Mamá, antes de abandonarme, me entregaba a la manigua acogedora, tibia y profusa de los libros, me dejaba en el regazo ancho y sabio de la cultura, donde yo leí de todo, desde Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, que no me hicieron ninguna gracia (humor alemán de un país sin humod, hasta Harry Step hen Keller, la gran novela policiaca norteamericana, pasando por el pri mer Cá"tico de Jorge Guillén, que me encegueció con el descubrimiento de la poesía, hasta García Lorca, en cuyo Rorna/lctrO faltaba "La casada infiel", como luego comprobé, y me confirmó mi gran amigo José Maria de Cossío, que faltaba en la biblioteca del Ateneo de Madrid, página arrancada por un censor fanático o por un erotómano igualmente fanáti co. También leí una historia completa de la planta del café, que entonces me interesó mucho y que hoy soportaría. Estaba realizando yo, sin saber lo, el mito borgiano de la Biblioteca como Mundo, formulado por Borges muchos siglos más tarde".

Jesús Marchamalo tiene el privilegio de haber conocido de cerca algunas bibliotecas de escritores y escritoras. Y de lo que allí encontró habla en "Tocar los libros", una publicación que se ha reeditado en tres ocasiones y con diferentes editoriales y que es un homenaje a los libros, las bibliotecas y la lectura.
Si sientes envidia de Marchamalo puedes entrar en la biblioteca de Ana María Shúa y conocer los criterios con que la ordena. O pasar al interior del caos de Juan José Millás. O conocer de mano de Luis Mateo Díez, Luis Alberto de Cuenca o Mario Vargas Llosa la intimidad de sus bibliotecas.

Decía Cicerón: "Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada.", Borges fue aún más allá que Cicerón al imaginar el paraíso como una biblioteca. Y así vivió, de paraíso en paraíso. Hasta que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, su paraíso personal -y no porque estuviera hecha con tecnología punta en ese momento: iluminación eléctrica, teléfono, calefacción y el segundo ascensor del país, marca Otis-. Su nombramiento coincidió con el momento en que se declaró su ceguera. Así lo recuerda el escritor durante la conferencia que impartió en 1977 en el Teatro Odeón: “Yo he recibido en mi vida muchos inmerecidos honores pero hay uno que me ha alegrado más que ninguno; fue el honor de que me nombraran director de la Biblioteca Nacional (1955-1973). Esto se hizo por razones menos literarias que políticas, lo hizo el Gobierno de la Revolución Libertadora. Yo jamás había soñado la posibilidad de ser director de la Biblioteca […] Y entonces fui comprendiendo la extraña ironía de los hechos. Yo siempre me había imaginado el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Otras personas piensan en un jardín, otras tal vez en un palacio. Yo siempre la imaginé como mi paraíso, mi paraíso personal y allí estaba yo, y era de algún modo el centro, de novecientos mil libros en tantos idiomas, y al mismo tiempo comprendí que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos de los libros. Entonces escribí aquel poema titulado “Poema de los dones”.

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.


En dicho poema Borges menciona a Paul-François Groussac, escritor, historiador, crítico literario y bibliotecario que, también ciego, dirigió la Biblioteca Nacional de 1885 a 1929. 
Borges no sabía, cuando escribió este poema, que otro poeta ciego, José Mármol, también dirigió la Biblioteca Nacional de 1858 a 1871
“El número tres parece cerrar las cosas –dirá Borges–. Dos es una mera coincidencia pero tres ya es una confirmación, una confirmación de orden ternario, una confirmación de algún modo divina”.
A pesar de esa ironía de Dios o de la vida Borges fue feliz durante los dieciocho años que dirigió la Biblioteca. María Kodama recuerda que ese nombramiento fue “la materialización de un sueño y de ese cuento fascinante que es “La Biblioteca de Babel”.
A Borges le gustaba tanto su cargo como director que pensó en establecer su residencia en la biblioteca. Fue su madre la que le disuadió de aquella idea. ¿Se imaginan los argumentos de la mamá para convencerle de que era una locura?
Cuando presentó su renuncia como director extrañaba tanto la Biblioteca que no dejó de caminar a diario desde su casa hasta allí.

Recomendamos los artículos "Libros en los que las bibliotecas son protagonistas" de Francisco Javier Palazón y "La imagen de la biblioteca y las/los bibliotecarios en la LIJ" de Verónica Juárez.
Y también el poema "El incendio de un sueño" de Charles Bukowski o el cuento "Cómo me deshice de quinientos libros" de Augusto Monterroso


Propuesta de escritura

En esta ocasión planteamos dos trabajos. 
1. Escribir la sinopsis de los libros "Trueno peinado" y "El calambre del yeso". Ambos están tomados del cuento de "La biblioteca de Babel" de Borges.
2. Escribir un poema, cuento o microrrelato relacionado con la biblioteca personal.

Y estos son algunos de los textos que me han ido llegando:


El trueno peinado

“El trueno peinado” es un libro desconcertante por su sorprendente hallazgo, en uno de los gabinetes destinados a la necesidad final de los bibliotecarios de la Biblioteca de Babel. Se desconoce a que nivel, a que hexágono y a que anaquel estaría destinado, ni cuanto tiempo, limitado o infinito, llevaría situado en el lugar en el que fue encontrado.
En sus cuatrocientas diez páginas, únicamente contiene una sucesión continua de la letra u, salpicada de forma arbitraria por algunas letras: b, r, m, c, a, pero de ninguna otra, aunque en ocasiones podrían ser: h, v, n, o, q, por la indefinición de los signos utilizados. La estructura de este texto remite a la esencia del ser humano y a la insondable profundidad del universo y sus billones de cuerpos celestes. A lo largo de sus páginas pueden encontrarse las respuestas a las grandes cuestiones existenciales que han sacudido a toda la estirpe de Adán y Eva, aunque, dada la irreproducible naturaleza del texto, son inmemorizables e inmediatamente se olvidan.
La única palabra de un millón trescientas doce mil letras, que ocupa las cuatrocientas diez páginas del libro, contiene en si misma el bien y el mal, a Zeus y Hera, a Siddhartha y Yu Huang, a Gilgamesh y Enkidu, al Yin y al Yang. Podría decirse que “El trueno peinado” es, aparentemente, un mensaje críptico, pero su lectura va desvelando los significados más insondables de sus reflexiones de una manera caótica, destemplada e inclemente, hasta llegar a exasperar las conciencias más benévolas. No se trata, por tanto, del libro cíclico que es Dios, lo evidencian su forma y su localización, ni se trata de unos de los inaccesibles libros preciosos, ni mucho del libro total. Las letras del lomo, una sucesión de doscientas veintitrés letras u, no desvela su título, que sin embargo es evidente para cualquier habitante de la Biblioteca que lo ha tenido en sus manos.
El libro es de obligado estudio para los lectores situados en los hexágonos de los circuitos doce cuarenta y tres al noventa y cuatro cincuenta y dos. También debería ser de lectura forzosa la magnífica sentencia contenida en la página setenta y siete, renglones siete y ocho:

bruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmbruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmbrouuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmm.1

(1. Un analista espurio ha sugerido, sin aportar razones o sinrazones, que el libro es simplemente una larguísima onomatopeya del sonido de un trueno, lo que automáticamente lo descalifica como analista y como persona)

Manuel Medarde
Grupo A


El calambre del yeso

Pepe, era un eficiente albañil, especializado en dar yeso a las paredes de los pisos donde trabajaba. Un mal día, mientras trabajaba, siempre cantando canciones de Manolo Escobar, para hacer más llevadero el trabajo, se despisto un poco, y al extender el yeso por la pared, topó con un cable de la luz que estaba pelado, y al contacto le sacudió una pequeña descarga, que le tiró de la escalera donde estaba subido.
Desde entonces en su empresa, le apodan el tío calambre.

Luis Iglesias
Grupo B


Cómo buscar un libro entre los cientos de una biblioteca

A Yago. Mi profesor de lengua y literatura de 2º de la ESO. Por enseñarme cómo buscar un libro en una biblioteca.

Miércoles. 10:25. Hora del primer recreo.

El horario de este instituto tiene dos recreos. No sé si es algo habitual, pero desde luego en mis años de interinidad no he conocido ningún otro centro con este horario. Sin embargo, creo que es una buena opción. Son recreos de 20 minutos así que, en total, los chavales tienen diez minutos más de descanso.
El timbre sonó hace diez minutos, y la avalancha de chicos y chicas de entre trece y dieciocho años cruzó el pasillo en cuestión de un minuto: nunca serán tan rápidos para volver a clase.
En cuanto el pasillo se despejó, entré en el aula de 2ºA, mi primera clase después del recreo. He preparado una clase diferente que, espero, logre captar la atención incluso de Miguel, el chico más problemático del aula. Miguel ha repetido dos cursos y es el más popular de la clase. Solo espero que no consiga arrastrar al resto a lo largo del curso.
Cojo una tiza y empiezo a dibujar en la pizarra. Hace un par de veranos me inscribí en un curso de dibujo y encontré una nueva pasión en las caricaturas. Así que eso garabateo en la pizarra: una caricatura de mí mismo, resaltando mis rasgos más característicos: la nariz, el pelo y las gafas. Al terminar, abro un bocadillo al lado del dibujo y escribo en mayúsculas “Os espero en la biblioteca”.
Me escabullo antes de que suene el timbre de vuelta del recreo, y espero en la biblioteca a que los quince chicos y chicas de 2ºA lean el mensaje. A los cinco minutos, cuando ya reina el silencio en los pasillos porque todo el mundo está ya en clase, empiezan a entrar y a sentarse en las mesas y sillas dispuestas por la sala.

– ¿Alguien sabe buscar libros en una biblioteca? – empiezo cuando ya están todos acomodados en sus asientos. Un murmullo invade la clase, pero nadie responde; doy por hecho que no.

Así que empieza mi explicación: géneros, autores, signaturas… Esta es mi clase favorita cada año: explicar durante media hora cómo buscar un libro concreto entre las estanterías de una biblioteca, para después hacer un breve concurso. Cuando termino mi explicación, veo bastantes caras de aburrimiento, pero dos o tres de absoluto entusiasmo: las de las personas a las que les gusta leer. Sin duda, es por esas dos personas por las que merece la pena esta profesión, las que mantienen las ganas de enseñar cómo buscar libros para que no tengan que volver a preguntar nunca a un bibliotecario dónde pueden encontrar el libro que buscan. El porcentaje es muy pequeño: dos personas de quince. Pero merece absolutamente la pena.

Yago, yo fui una de esas dos personas.
Siempre fuiste mi profesor favorito, no porque me enseñaste qué es una signatura ni porque cada vez que entro en una biblioteca recuerdo que fuiste tú quien me enseñó a buscar un libro o autor en concreto. Fuiste mi profesor favorito porque gracias a ti leí el que a día de hoy sigue siendo uno de los mejores libros que he leído, La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne.
Fuiste mi profesor favorito porque me enseñaste a amar la lectura y la escritura. Me enseñaste qué es una rima asonante y una consonante, aunque la poesía no es mi fuerte –y creo que no lo será nunca–. Contigo aprendí qué es un soneto, que ahora se ha convertido en mi reto literario más acuciante. Y me animaste a seguir escribiendo como nunca nadie lo ha hecho; y eso, con catorce años, te prometo que me marcó el camino a seguir.
Yago, me enseñaste a amar la literatura, y creo que eso es un regalo que jamás voy a poder agradecerte lo suficiente, ni siquiera dedicándote este pequeño texto sobre la biblioteca.
Solo soy una alumna a la que diste clase hace dieciséis años, pero que no ha olvidado el cariño con el que, durante aquel 2º de la ESO, nos enseñaste a buscar libros en una biblioteca.

MAGF.
Grupo A

Hablando de mi Biblioteca

Cada vez que ordeno la biblioteca, la vuelvo a dejar desordenada.
Casi nunca encuentro el libro que busco, pero me alegro al descubrir ejemplares que no he leído y que tenía por perdidos.
Tengo siempre a mano mis favoritos, sé dónde encontrarlos, los leo, releo, y vuelvo a leer, y cada vez encuentro en ellos cosas nuevas que aprender. Puede ser porque la memoria me va fallando y al releer me parezca encontrar cosas nuevas, aunque la realidad pueda ser que muchas ya las había olvidado.
Mi biblioteca está ordenada por temas y tamaños, y si tengo que mezclarlos, pues lo que priva es el tamaño de los ejemplares; pudiendo encontrar los evangelios apócrifos, un tratado de cardiología, y una historia de la pintura muy próximos, debido a su gran volumen.
He disfrutado mucho leyéndo, y he leído bastante. Dependiendo de la edad iban variando los argumentos. Hubo también una época que elegía a los autores, leía varias obras de uno hasta cansarme, y pasaba a otro a continuación. También en otra época me dio por los temas: aventuras, novela negra, suspense y al final, novela histórica. (En la que ya conocía de antemano quién era el asesino).
Me apasionó durante una temporada el antiguo Egipto y las también antiguas Grecia y Roma. De todo ello conservo varios ejemplares en la biblioteca.
También guardo libros de dibujo, pintura, ajedrez y manuales de escritura.
Tengo un libro favorito: un libro con el que me iría a una isla esierta. (Con este libro y múltiples artilugios de dibujo y escritura, por supuesto). Su título es: La vida de las abejas, la vida de los termes, la vida de las hormigas. Su autor es Maurice Maeterlinck.

José Luis Fonseca
Grupo A


Las bibliotecas

Bibliotecas nacionales,
ciudadanas, pueblerinas,
montadas en autobuses,
viajeras empedernidas.

Las hubo en Alejandria,
de egipcios helenizados:
el Universo en un Junco
lo cuenta Irene Vallejo.

En Nínive los asirios
las construyeron de arcilla.
La de Babel la hizo un ciego,
Borges y sus pesadillas.

La del nombre de la rosa
la pergeñó Umberto Eco.
Las de mi ciudad son mías,
propiedad desde hace tiempo.

Entro en ellas como en casa.
Descubro siempre un secreto.
¿Se acabarán algún día?
¿Veremos su muerte lenta?

Seguro que sí y lo siento

Carlos Coca
Grupo C


La Biblioteca que respiraba

Una mañana decidí poner orden en mi biblioteca. Miré los estantes de cada uno de los distintos lugares de mi casa y pensé que ya era hora de que cada libro encontrara su lugar.

Había novelas, libros deportivos, historias, poesías, viajes y varios diccionarios, y también antiguos cuadernos llenos de notas. Comencé con mucho entusiasmo; coloqué juntos todos los libros por materias: historia, deporte, novelas, poesías. Las novelas las reuní por autores; parecía que todo empezaba a funcionar y que ahora, cuando se buscaba un libro, todo resultaba más fácil.
De repente encontré un volumen que me había acompañado durante años. Lo abrí para recordar un pasaje, pero terminé leyendo varias páginas; luego apareció otro y otro más. Cada uno me llevaba a un recuerdo distinto, un viaje, un día de campo o una conversación olvidada.
Sin darme cuenta, comenzaron a amontonarse libros sobre mi mesa y sobre una silla, incluso en el suelo. Se mezclaron todos unos con otros, de tal manera que pensé: mejor dejarlo para otro día.
Al caer la tarde observé el resultado. La biblioteca estaba más desordenada que al principio, pero sonreí porque había pasado el día viajando de una página a otra, redescubriendo historias que creí olvidadas.
Entonces comprendí que las bibliotecas tienen dos formas de ordenarse: una siguiendo reglas y categorías; otra, siguiendo los caminos de la memoria. Y aquella tarde, aunque los estantes estuvieran revueltos, mi biblioteca estaba perfectamente ordenada en el lugar más importante: mis recuerdos.

Fernando Nieto
Grupo A


El calambre de yeso

Mundial 2026. Se juega la final de fútbol entre Argentina y Brasil. El ídolo argentino Policarpo Valdivieso, alias “Yeso”, en el minuto noventa de partido encara en solitario la portería rival. La afición argentina se levanta para celebrar el gol. Supondrá la victoria para el conjunto celeste. En el instante preciso que solo tiene que empujar el balón, sufre un calambre en la pierna que provoca la pérdida del balón a merced del equipo brasileño, que aprovecha la ocasión y gana la final. El héroe, aclamado hasta entonces por todo el país, se convierte en un villano denostado por todos sus compatriotas.
Una historia de Anacleto Quevedo que nos cuenta el declive de un hombre que se encuentra en el zénit de su carrera y ante una desafortunada fatalidad sufre la caída y el rechazo de todos sus amigos y vecinos.

Trueno peinado

Mundial 2026. Se juega la final de fútbol entre Brasil y Argentina. Benavides Gonzalvez, alias “Trueno”, es un jugador brasileño caído en desgracia. No ha jugado ningún minuto en todo el mundial. Convocado de última hora, causa un gran revuelo, por su fama de gafe. Cada partido que ha jugado con la selección lo han perdido. Lo apodan trueno desde joven por sus pelos revueltos. A cinco minutos para el final el lateral izquierdo Rubiales se lesiona. El entrenador no tiene más opciones. Ese día Trueno se ha fijado el pelo con gomina. Los aficionados brasileños pitan en señal de desaprobación. Recién incorporado se hace con un balón que ha perdido “Yeso”, corre la banda y chuta al centro del campo. Es un mal centro, desviado, pero que va directo a portería convirtiéndose en un golazo épico. Ese día pasó de ser el repudiado a convertirse en el héroe de la selección.
Anacleto Quevedo nos cuenta una historia peculiar. Ante el éxito obtenido con su anterior obra “El calambre de Yeso”, nos habla del otro protagonista de ese momento. Una novela sobre la importancia del azar, capaz de transformar en héroe nacional a quien hasta momentos antes era considerado un gafe.

Max Ferlam
Grupo B


Conversaciones en el tiempo

Dice Mijaíl Bajtín que somos seres dialógicos, nuestra mente es una polifonía de voces de quienes han conversado con nosotros. Las cruzamos, las interrogamos, las aceptamos o las negamos. Y así las vamos haciendo nuestras. Cuando leemos revivimos la voz de quien escribe y las voces de sus personajes. Voces cercanas y del más allá traspasan el tiempo y el espacio para formar parte de nosotros mismos.
Miro mi biblioteca y siento que es una radiografía de mi mismidad, en ella descubro mi yo actual y mi historia. El orden de los estantes muestra con quién converso ahora mismo, a quiénes he alejado y quiénes son mi sostén permanente. Y así veo El camino inesperado de Rebecca Solnit, Inclinaciones de Adriana Cavarero, o El fin de la masculinidad de Luciano Lutereau en el estante más cercano, al alcance de mi mano con solo girarme. No hay un fin de la Historia, como dice Fukuyama, la desesperanza no cubre para siempre el horizonte, hay caminos inesperados. La inclinación femenina, la vulnerabilidad, reta la horizontalidad del hombre patriarcal, quien muestra su histrionismo actual. A su lado Suzuran de Aki Shimazaki, Hojas rojas de Can Xue y Te siguen de Belén Gopegui. Desde Viento del Este, viento del Oeste de Pearl S. Buck, en mi adolescencia, siempre he tenido cerca alguna novela china o japonesa. Culturas llenas de rituales, conocedoras de su poder para regular la vida cotidiana, donde las pasiones se muestran en gestos contenidos y las emociones tienen múltiples matices. Y Gopegui, que narra vidas dedicadas al activismo social, la otra forma de política, la no institucional.
Y, de pronto, en este recorrido por mi biblioteca, echo en falta la poesía y me pregunto por qué la he llevado a la estantería de otra habitación. Recuerdo cuando siempre tenía cerca a Kavafis, a Baudelaire, a Cernuda, a Rilke… Un tiempo pleno de futuro, de romper límites, de vivir cada momento sin miedo a que las emociones me desbordasen. Un tiempo de juventud. Ahora tal vez los haikus pueden ser un paso para recuperar la poesía, pequeños momentos de sentir la unión con la naturaleza, de formar parte indisoluble de ella, de sus cambios, de sus ciclos.
Sigo el recorrido por los estantes, arriba del todo las novelas de ciencia ficción de la época de la Movida, mundos paralelos que me alejaron temporalmente de una Transición que muchos vivimos como una traición. Al lado novelas y más novelas best sellers. Luego los estantes de marxismo y anarquismo, y los de Historia. Mucho más abajo la filosofía y la psicología. En el centro las novelas clásicas.

Ya no tengo el ejemplar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, mi regalo a los seis años cuando me caí jugando y tuve que guardar cama una semana porque se infectó la herida. Con él se despertó mi interés por la lectura. Me identificaba con Tom, siempre buscando aventuras y metiéndose en líos. Muchos héroes y heroínas literarios me han servido de espejo ideal a lo largo de mi vida. Cada cierto tiempo cambio el orden de mi biblioteca, seguramente cuando siento la necesidad de un cambio en mi vida, pero no me había dado cuenta hasta ahora de que los libros son una parte más de mi cuerpo. Con ellos pienso y siento, con ellos miro el mundo y lo reto, con ellos descubro la rica singularidad de los seres que pueblan y han poblado el universo.

Araceli Broncano
Grupo C


Carta a mis compañeros del taller

"Al partir ¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente! ¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo la noche cubre con su opaco velo, como cubre el dolor mi triste frente... ¡Adiós!... Ya cruje la turgente vela... el ancla se alza... el buque, estremecido, las olas corta y silencioso vuela".

Estimados compañeros: 

Comencé con unos versos del soneto “Al partir”, de la poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ella, sin desearlo, partió para España definitivamente. Ustedes comprenderán. Alguien dijo: “La actitud es el camino de una elección, y el para qué es el sentido, la luz y guía de ese camino”. Esta frase me retumbó incesantemente una noche de junio, en la que la idea de deshacerme de los libros de mi biblioteca personal me exigía una clasificación para que, al desorganizarla, cada uno siguiera el destino merecido, teniendo en cuenta que eran pedazos de mí

Miriam Esther García
Grupo A

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