Este blog del taller de escritura creativa de la Casa de las Conchas suele estar inactivo en verano. Pero nos ha llegado una colaboración especial. Se trata de un cuento inspirado en la figura del Lazarillo de Tormes que reivindica el valor de los libros y de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Su autor es Darío Fernández-Pacheco
NUEVO GORRILLA
EN EL TORMES
En defensa de la Feria del Libro Antiguo de Salamanca y en contra de su desmembramiento.
Frente a la fachada de la Casa Lis, distinguí a una familia de alemanes, ingleses o suecos (cualesquiera de esas estirpes) por el tono fresa de sus pieles bajo el sol. El niño lloraba mientras la madre limpiaba la crema de sus ojos, y el padre agitaba sobre su cara lo que era un mapa antes de mezclarse con el sudor y la desesperación. Tras mis respectivas condolencias internas, seguí mi camino con una resiliencia que duró veinte pasos. Me senté en un banco a la sombra frente al parking del Puente Romano.
Mientras trataba de liarme un cigarro, un sujeto de camiseta amarilla, gorra y riñonera daba indicaciones a un conductor que aparcaba marcha atrás. Cualquiera diría que nuestro gorrilla, por sus efusivas gesticulaciones, estuviera sacando un coche de un garaje en llamas, o ahuyentando mosquitos malariosos en mitad de la selva. Pero cuando empezó a gritar izquierda y derecha, giraba la gorra sobre su cabeza imitando el volante. Entonces me decanté por el garaje en llamas. En la otra acera, un grupo de turistas también parecía especular sobre el ecosistema mental del protagonista del momento.
Una vez el conductor despachó a nuestro personaje con un par de monedas, el gorrilla le dedicó una reverencia y se acercó a mi banco.
Se identificó como Lazarillo de Tormes. En favor de tal argumento, bien se podría creer, por su dentadura, que un ciego le hubiera estampado la boca contra un toro de piedra, o bien que sus encías, simplemente, estuvieran administradas por una inmobiliaria madrileña. Nuestro gorrilla vivía una situación similar a la de sus dientes: hacía unos días le desahuciaron.
—Vuestra Merced escuche mis razones. Años ha que tuve un ciego amo al que asistí por las localidades de Almorox, Escalona y Salamanca. Bajo su custodia, tornáronme las piernas en patas de gallo, pues pareciera que quisiera darme bocado después de recuperar la videncia. Y a cada vez que yo empleaba de mis ardides para alentar mis tripas, quedárame varios días sin ningún sentido por sus severas sanciones. Tal vez él no entendiese de colores, pero sí de palos y piedras. Rapaz era, e ignorando las antojadizas voluntades de la fortuna, me desprendí de tal amo y encontré otro más ruin. La ración que descubrí fue la de una cebolla cada cuatro amaneceres. Entráronse en disputa mis huesos con mi estómago, recriminándole su falta de trabajo. Yo, como intermediario, absorbíme los dolores de ambas partes. A tal estancia llegó la discordia, que, como mi amo tratárase de un clérigo y yo seguíale a cada quehacer que él tuviere, sentíme invidia de los receptores de las extremaunciones.
El gorrilla divisó un coche husmeando por el aparcamiento y me abandonó al instante, posponiendo la resolución de su relato. En esta ocasión, al volante había una pobre anciana que tardó diez minutos en encajar el coche entre las líneas blancas, lo que prolongó el show lo suficiente como para agrupar a una docena de turistas, que, asombrados, grababan a nuestro pintoresco sujeto con más interés que a la Plaza Mayor y sus terrazas.
Una vez besada la mano de la señora, volvió al banco y, como se llenó el parking, tuvo ocasión de relatarme los detalles de sus demás amos, que, a excepción del último que le ocasionó el desahucio, todos se parecían en misericordia a los dos primeros. Esto fue lo que me narró de su último amo:
—Remóntome a mis juveniles orígenes para desvelar la condición a la que yo y otros mortales estamos sometidos. De mis inclementes andanzas (acaeció alguna más dichosa, aunque no se prolongó mucho) concluí que en los cielos, o algún lugar para mí oculto, hállase un creador que emplea sus días en bien formar las cosas que entre nosotros vemos, y que, de cuando en cuando, complicósele otorgar el don de la vida, enviando a nuestros suelos gatos ciegos o vecinos cojos. Y ansí, llegámonos al mundo mi último amo y yo. Pocos años ha que él, en un momento en que yo hube de salir de Toledo, y no pudiendo yo encontrar un porvenir en Salamanca (nadie quísome al mencionar mi nombre), acogióme en sus servicios en la Calle de la Compañía. Tratóme siempre con simpatía y la liberalidad que él pudiere. Apenas eché en falta bocado y pasárame las noches durmiendo entre libros y manuscritos, pues el oficio de mi amo era profesar con su establecimiento el arte de las letras. Entonces parecióseme haber alcanzado duradera posición, al ser Salamanca ciudad insigne dellas, pero antes mencioné que él y yo compartíamos condición, al recaer nuestro devenir en la naturaleza y temperamento de nuestros amos. En este punto, si el creador de los cielos se hubiera decantado por otorgar a mi amo, en un mesmo tiempo, una cojera, una ceguera y una sordera, prefiriéralo él indubitablemente con tal de no padecer a su presente dueño, que guardóle buena ojeriza al considerarle prescindible, e incluso inoportuno, después de incrustar en la Plaza Mayor un grabado dorado con la inscripción: “Salamanca, Ciudad de Cultura y Saberes”. La quemazón del dueño de mi amo llegóse a tal punto que sus impedimentos llevaron a mi amo a hallar por remedio deshacerse de los libros y marcharse a trabajar a un hotel de Cambrils. Por mi parte, hube de abandonar el establecimiento y residir en el lugar donde un día nací.
Luego me aclaró que vivía en el río Tormes, bajo el puente de Enrique Esteban. Se excusó para ayudar a un coche a salir del aparcamiento y no me dio tiempo a ofrecerle ayuda, porque llegaron dos patrullas de policías locales a colocarle unas esposas.
—Queda usted detenío por un delito de daños a bienes municipales, por otro contra la seguridad vial y otro de usurpación de funciones públicas —dijo uno de ellos.
Examinaron la
zona y sacaron un bote de pintura blanca de detrás de un árbol. Entonces
recordé que en mi último paseo las líneas del aparcamiento eran azules.
Obra registrada bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
© Darío Fernández-Pacheco, 2026 | ID: 2608016609842
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