El niño que comía lana

Las tres sesiones del taller de escritura creativa de esta semana estuvieron dedicadas a Cristina Sánchez-Andrade y a su libro de cuentos El niño que comía lana, una obra que mereció el XVII Premio Setenil y con una gran acogida entre la crítica y sus colegas escritores. Hablamos de los temas y personajes que recorren el libro pero nos detuvimos especialmente en dos de sus cuentos; "Las amígdalas de Pepín" y "Melocotones en almíbar", dos historias que tienen en común a un mismo protagonista. En el primero de los cuentos Tranquilino es un niño al que su madre apenas le muestra atención. Este hecho tendrá su consecuencia en el segundo cuento pues Tranquilino, ya anciano, vuelve a recordar su niñez y con ella se agitan los recuerdos de su mala madre.

Para entender mejor la literatura de esta gran escritora recomendamos el artículo de Manuel Hidalgo "Sánchez-Andrade, voz del dolor". Y para tener alguna clave más del libro puedes acercarte a la reseña que hace Lecturafilia de él.




Propuesta de escritura

Escribe un breve relato o microrrelato e incorpora en él un objeto que sea determinante para la historia. Pero no te olvides de él porque dicho objeto, ya sea el mismo o recreado, tendrá su correlación con otro texto posterior. El segundo puede ser un desencadenante del primero, o una consecuencia del mismo.
Toma como ejemplo el frasco que contiene en formol la piltrafa de las amígdalas de Tranquilino en el cuento "Las amígdalas de Pepín" y el tarro o frasco de melocotones en "Melocotones en almíbar"

Esto son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Empezar desde lo sencillo

No tenía por dónde empezar y fue entonces cuando entró por la puerta de mi clase y rompió el gélido glaciar que había creado en mi mente, mi profesor de lengua para hacer un anuncio sobre el viaje de fin de curso.
Ha sido ahí cuando me han venido a la mente una serie de títulos destacables referentes a la literatura de los dos últimos siglos, títulos que leí ayer aunque esa no fue la primera vez que habían resonado en mi cabeza.
Llevaba tiempo, a la par que estudiaba, que estos títulos me llenaban de ideas para escribir, sin embargo no era capaz de articular las palabras adecuadas para formular frases, frases que tuvieran sentido en párrafos, enfatizados por puntos, comas, quizá alguna exclamación; párrafos que den significado a un texto, uno de esos textos míos que parecen gustarle a la gente.
En ese momento pienso que escribir es una de mis maneras preferidas de expresarme y que me sirve de guía para conducir mis pensamientos.
Es curioso, son un conjunto de letras, un conjunto de letras son palabras y un conjunto de palabras configuran un párrafo y los párrafos brindan sentido a un texto, un texto que te puede llegar hasta lo más hondo.
Todos mis textos tienen un trasfondo, un doble sentido que es hermoso porque el sentido que este texto cobra cuando alguien lo lee es diferente al que cobra cuando lo lee otra persona, para mí eso es lo bello de escribir, lo que me motiva.
Cuando era pequeña ya escribía, cuentos, más mayor, alguna que otra fábula, después comencé a formular metáforas y ahora soy capaz de escribir estos textos llenos de significado.
Hasta ahora no me había parado a pensar en que resulta que en clase de lengua analizamos textos, los resumimos, analizamos el tema en una frase, la tesis, los argumentos, escribimos nuestra subjetiva opinión personal y luego analizamos minuciosamente un par de frases del texto.
Una vez hecho esto, analizamos unas cuantas palabras y por lo menos yo me he dado cuenta de que el sentido del texto cambiaría si cambiamos una palabra, cambiaría una frase, que a su vez cambiaría un párrafo y este modificaría el texto que probablemente ya no estaría acorde con el título.
¿No es así?

Claudia García Santos
Grupo C


El conjunto de las partes

A lo largo de toda mi vida, he pasado horas y horas analizando mi cuerpo, parte por parte, viendo fallos en cada una de ellas y ansiando cambiar, haciendo de todo por hacerlo, aunque he de decir que no he conseguido nada positivo.
Todos los ríos desembocan en un mar, en un océano que está conectado con todo el planeta y curiosamente si lo miras de otra manera, cada río tiene sus afluentes que dan agua a toda una ciudad, un pueblo, una familia.
Como dijo un filósofo “ el todo es el conjunto de las partes”.
Una ciudad no sería una ciudad sin el conjunto de pueblos, los pueblos no lo serían sin el conjunto de aldeas y estas no lo serían sin el conjunto de casas, de familias.
Tal y como las regiones no tendrían agua si los afluentes de los ríos no pasaran por su zona.
El mar no sería mar si los ríos no desembocaran en él, si estuvieran estancados.
Es por eso mismo que yo no podría haber escrito estos textos si no utilizara todas las partes de mi cuerpo y si no supiera que están conectadas, fluyendo correctamente para que atraviesan sin cesar mi mente, letras, palabras y que gracias a eso consiga encontrar la manera de expresar lo que siento, si no las tuviera, no podría formar frases, si no sé lo que significan las palabras y no podría conjugar párrafos que dieran sentido a un texto y que además fuera fácil de entender.
¿Por qué entonces me obsesiona tanto lo que hay fuera?
Necesito partir de cosas tan sencillas como estas para explicar las cosas más grandes.
Piénsalo, ¿acaso leerías un texto formado solo por palabras sueltas?, ¿ tendría sentido?, ¿sería lo mismo el sentido que le das a la palabra en sí misma que el que le das a esa misma palabra en una frase?, ¿esa frase significaría lo mismo en otro contexto?
Hoy yo me he dado cuenta, analizando morfosintácticamente una oración que el sentido de cada palabra, cada frase o una simple coma, punto, acento; cambia el significado de la oración. Al igual que tú no serías tú sin el conjunto de tus partes.
Realmente la filosófica frase no es como la he descrito, esta es “el todo es más que el conjunto de las partes”, sin embargo, creo que este filósofo estaba equivocado, aunque yo no soy quién para decir que un sabio no tenía razón, simplemente lo veo de otra manera.
- Por favor, lea el texto número tres.
- Sí profesor, ya voy.

Claudia García Santos
Grupo C


El Reloj

Un tal Segundo Leirado fue a servir al rey cuando la última guerra carlista, y como era muy jinete, estaba en la escolta de Primo de Rivera, el primer marqués de Estella. El rey Alfonso XII llegó al frente del Norte con un gran catarro, y los Leirado aseguraban que el médico rural, un tal Sánchez Camisón, escuchó a su abuelo, el señor Segundo, y le puso al monarca la leche de burra. Segundo Leirado encontrara una burra francesa, muy pacífica, en Puente la Reina, que daba la leche muy gorda, que es lo pedido.
Alfonso XII, cuando se fue para casa desde el frente, le dio a Segundo, complacido, un reloj de plata. Le hizo entrega al general Dabán, quien para la ocasión dijo solemne:
—¡Este reloj de plata para el lancero Segundo Leirado, con la gratitud expresa de Su Majestad el Rey!
Según Freire de Rego, en la casa de los Leirado conservaban el reloj de plata envuelto en un paño de terciopelo verde.

***

Damián el de Guitiriz, terminó de leer y me entregó los papeles.

—¿Qué te parece? —le pregunté.
—Un texto bonito, Gerardo. Aunque yo no entiendo mucho, pienso que vas mejorando —dijo él mientras se llevaba a la boca un par de rodajas de pulpo. Le debía yo una al de Guitiriz y estábamos en mi casa de Villagarcía.
—Es bueno el texto, razón tienes —concedí—, pero no es mío, sino de Álvaro Cunqueiro, ya puede ser bonito.
—¡Ah!, bueno —debió caer en la cuenta el de Guitiriz de repente—, que tú de segundo te apellidas Leirado, claro. ¿Y qué fue del reloj?
—Leirado, sí, el lancero fue mi bisabuelo. En cuanto al reloj… —y ahí fue cuando me levanté al cajón del aparador.
Lo del reloj ahora es para no contar, o al menos yo me había prometido no contarlo. Pero no hay promesa que resista un albariño de calidad cuando estás en buena compañía y lo maridas con pulpo a la gallega, pimentón poco picante, como está mandado. Volví a la mesa con el paño de terciopelo verde y lo desenvolví despacito, dándole al momento la pausa que requería.
—El reloj, mi amigo —se lo ofrecí, y él lo tomó en sus manos con mimo.
—¡Precioso!, Gerardo. De plata dijiste, ¿no?
—De plata, sí, regalo de Alfonso XII, que no salía de catarros. Pero no lo manipules demasiado por si las meigas.
—¿Cómo por si las meigas? —se sorprendió Damián.
Ya dije del albariño, capaz de vencer la resistencia del más dispuesto a guardar un secreto. Fallé otra vez.
—Sí, mi amigo, está enmeigado. Debió ser cosa del curandero, el de la leche de burra que leíste. Aunque en este caso, se trata de meigas abanderadas del bien. O al menos yo así lo veo.
—Pues como no te expliques…
Di un sorbo al albariño y me lancé a contar confiando en que Damián lo entendería, aunque él es del Celta.
—Yo soy madridista cien por cien, como sabes. Cuando el momento lo requiere, saco el reloj, le doy cuerda, lo vuelvo al paño y al cajón. Allí lo dejo hasta que se le acaba la cuerda. Y ganamos siempre, ya viste las remontadas el año pasado.
—¡Venga ya!, eso no cuela. Si eso fuera cierto ganaríais siempre.
—¿Y para qué vamos a ganar siempre? No conviene abusar, a mí me basta con saber que somos el mejor equipo del mundo.
Se quedó así, un poco aplanado el celtiña, tal que si no le hubiera dado al vino de la tierra. Me apresuré a socorrerle:
—Pero tú tranquilo, Damián, nunca lo pongo en marcha cuando jugamos contra equipos gallegos. Venga, echa p’acá ese vaso.

Pascual Martín
Grupo B


Un día de mucho calor

Recuerdo ese día. Fue el día que más calor y más vergüenza he pasado en mi vida. Ese día también murió mi madre.

Era junio y hacía bastante calor. Yo estaba en clase de gimnasia con manga larga y cuello alto. Sudaba como un pollo. Pero no quería que nadie viera las marcas sobre mi piel. Estaba avergonzado y muy preocupado por mi hermano. Él había corrido peor suerte, no había podido venir a la escuela, los moratones en la cara habrían dado que hablar.

Mi madre había empeorado en los últimos días, desde que mi padre nos abandonó no había vuelto a ser la misma. Ayer se le fue la mano. Yo pensaba en hablar con ella cuando estuviera más calmada, las cosas no podían seguir así.

Iba camino de casa con ganas de librarme de mi sudada ropa y refrescarme con la manguera.

Con la manguera estaban los bomberos tratando de sofocar el incendio que había devorado mi casa. Junto a la acera estaba mi hermano, en una mano su osito de peluche y en la otra la firme mano del sargento de la guardia civil.

—¡Lo siento, Manolo! No hemos podido salvarla —me dijo con voz paternal el agente.

Mi hermano tenía la mirada perdida. Me pareció ver una ligera sonrisa en su rostro. Nunca entenderé como quería tanto a ese pequeño oso. No pude refrescarme con la manguera.

Tomás García Merino
Grupo B


Regalo de cumpleaños

Mi hermano cumplía setenta años. Desde hacía diez ocupaba una habitación en la residencia con su inseparable compañero, el alzhéimer. Era su cumpleaños, pero él no sabría ni cuál era su nombre.

Lo vi sentado en el sillón, junto a la ventana. Le habían cortado el pelo y olía a heno de Pravia. Sentí la dureza de su barba en mi mejilla. Le limpié un resto de baba de la comisura de los labios. Dejé los pastelitos sobre la mesa camilla y a punto estuve de llorar. Me fijé en el peluche sobre la estantería. El osito estaba tan viejo como su dueño. El tiempo había borrado el color del muñeco como había ocurrido con la memoria de mi hermano. Una gran pena me inundó y me entraron ganas de salir corriendo, me faltó valor. El mismo valor que nunca tuve para preguntarle si él había tenido algo que ver en la muerte de mi madre. Pero ya daba igual, ya nadie podría responderme. Lo miré con pena, sus pequeños ojos brillaban, y una leve sonrisa amaneció en su rostro.

—No te preocupes. Mamá no pasará frío —me dijo.
 
Tomás García Merino
Grupo B


La abuela

La abuela Esperanza murió a la edad de Cristo con un bolsito apretado entre las manos, tenía la barriga llagada y a medio coser, pues fue desahuciada por el médico del pueblo después de varios embarazos fallidos aún no se sabe porqué. El bolsito imitación de piel era negro con forma de trapecio y tenía una cadenita plateada que contenía en medio un asa de tira negra desgastada por el paso del tiempo. Esperanza se deleitaba abriéndolo y ordenándolo y a su hijo Valentín, que contaba con 6 años de edad, le gustaba investigarlo y abrir y cerrar, abrir y cerrar, click, clack, click, clack.

El bolso fue un regalo del abuelo Bernabé cuando aún eran novios, el único regalo que le habían hecho en su vida, cuando se lo iba a regalar el abuelo le pidió a su madre que le hiciera un escapulario, la bisabuela pespunteó el escapulario de tela color café con la imagen de la Virgen del Carmen y una leyenda oculta que decía: " el que muera con él no padecerá el fuego eterno". Bernabé llevó el escapulario a bendecir al párroco y una vez bendecido y con mucha delicadeza lo introdujo en el pequeño bolso interior del bolsitode forma de trapecio a modo de sorpresa. Valentín nació seis meses después de la fabricación del amuleto, zambullido entre el dolor y los "mea culpa" de su madre y fue un niño robusto y el único superviviente de los tres hermanos nacidos y no nacidos.

La abuela Esperanza había sido una mujer fuerte, esbelta, de amplios hombros y pómulos, pero no pudo resistir tanto dolor provocado por las muertes de sus hijos. Cada día, por las tardes después de comer, repeinaba a su primogénito y ambos deambulaban en silencio durante una hora hasta el cementerio donde estaban enterrados sus hijos; de la mano derecha el niño, de la izquierda el bolsito.

Cuando murió la madre el niño cumplía 7 años de edad ysi la echaba de menos abría el bolso y lo olía, click, clack, click, clack y el silencio.

Aronbanda
Grupo B


Esperanza

El deseo del padre de Esperanza fue siempre desde que tuvo 7 años de edad tener una hija y llamarla como su madre. La niña nació en contra del deseo de su propia madre, que cuando se preñó tenía un bebé varón de meses entre sus brazos. Cuando nació el niño Valentín dijo: "tendremos otro, será niña y se llamará Esperanza, como mi madre". La niña de amplias mejillas creció recia, alegre y juguetona, aunque algo complicada de carácter por el rechazo que su propia madre le transmitía.

Cuando su madre salía a comprar al mercadillo del barrio dejaba a la niña dormida -o eso creía ella, a la niña le producía gran placer hacerse la dormida-. En lo que la madre compraba dos kilos de naranjas y patatas en la frutería de Leandro, medio kilo de magro de cerdo en filetes en la carnicería de Pepe y un pan y dos barras en la panadería de la Tensi, la niña Esperanza aprovechaba para hacer de las suyas, su juego favorito era sacar los anillos del joyero de la madre, ponérselos todos uno por uno bailones en sus deditos menudos y sentarse en el orinal a esperar a que la madre volviese de la compra; en sus manitas cargadas portaba el bolsito de la abuela y esperaba en silencio, jugando con el cierre del bolso, click, clack, click,clack.

Cuando Valentín envejeció y se dio cuenta de que le iba abandonando la cabeza, le pasó a su hija los papeles escritos con perfecta caligrafía del abuelo Bernabé de cuando había sido Secretario de pueblo -y Maestro cuando no había- y el bolsito de la abuela que contenía un espejito redondo de lata con publicidad por detrás, un pañuelo verde de seda arrugado y lleno de lágrimas con un bordado de la falange que olía a la abuela Esperanza y el escapulario cargado de culpas y arrepentimientos de la abuela. Esperanza rebuscó entre sus pertenencias los anillos de su madre fallecida, los introdujo en el bolso, lo cerró –clack. Sonrió en silencio y no volvió a abrirlo jamás.

Aronbanda
Grupo B


Pelo azabache

Se adentró en un cajón, en el fondo, detrás de todo, donde apenas llegaba ni el polvo, para buscar un viejo diario olvidado, que fue amarilleando el tiempo, lo abrazó como quien abraza a alguien que no ve hace años y recibe la sorpresa de su presencia en los ojos. Una foto cayó al suelo y una lagrima se deslizó por sus mejillas, era tarde la noche amenazaba tormenta y las ventanas seguían abiertas por el calor de la tarde.
La puerta se abrió de repente, era una mañana soleada, dos chiquillas corrían en el patio con sonrisas y chillidos de juegos infantiles, ella los miraba desde la ventana mientras preparaba la comida, su piel era tersa y su barriga crecía, alguien por detrás la acarició y echo su aliento recién refrescado en la comisura de sus labios.
El invierno nevó todas las montañas de alrededor sin avisar, la puerta quedó atrapada por dos metros de nieve, las tres niñas desayunaban en la cocina viendo caer los copos que cada vez eran mas gordos, la chimenea ardía en un fuego que le hacía soñar, era la mas pequeña, su pelo en apenas unos años le llegaba por la cintura, era negro brillante, como el caballo Furia.
Pasadas varias primaveras, se miró una tarde al espejo, el sol como una luz luminosa caída del cielo la alumbró, se miró a los ojos mas allá de lo que había detrás de aquel cristal que reflejaba su rostro, y tijera en mano dejó caer los mechones de pelo azabache que jamás cortó su madre. En el armario dejó un pantalón colgado, una camisa, y una chaqueta, el resto lo dejó encima de la cama envuelto en un hatillo para donarlo a los huérfanos.
Al entrar a la cocina nadie dijo nada, su madre entristecida miraba su rostro, sus hermanas lo abrazaron, y él sin mediar palabra le dio un beso en la frente a quien le dio la vida y marchó en solitario por la senda de una nueva vida.
 
Ana Sánchez Taramon
Grupo C


La peluca

Javier se encontraba en la ciudad lleno de papeles de oficina, a veces cuando entraba alguno de sus empleados para que le firmara algún documento, apenas podían verlo detrás de la mesa, solo oían su voz que de alguna manera le delataba que estaba allí al hablar por teléfono.
Pero la mañana de un 9 de marzo de 2022, la oficina se quedó en silencio, el helor de invierno cortó su voz en el hilo del teléfono, sus ojos negros se quedaron clavados, casi sin vida, María su hermana gemela mayor le llamó para decirle que su madre había muerto, el cáncer finalmente había terminado con su vida después de muchos años de lucha y sufrimiento .
Salió del despacho sin decir nada, su vida para todos era un misterio, un secreto a voces que nadie se atrevía ni siquiera a cuchichear, ni entre medio de un sorbo de café.
Cogió el coche, y a toda velocidad se adentró en la autopista , el asfalto gris se mezclaba con las nubes grises del cielo que amenazaba tormenta, de repente se acordó que dejó las ventanas del piso abiertas, pero enseguida se olvidó de ello.
Había nevado, la puerta de casa tenía dos metros de espesor de nieve a su alrededor, la habitación mantenía el calor de un cuerpo todavía caliente, mientras la muerte cubría el resto. La miró con sus ojos abiertos en los ojos ya cerrados, las lágrimas de amor se deslizaron por su rostro, al ver que una peluca de color azabache le cubría la cabeza y se enredaba delicadamente en sus manos.

Ana Sánchez Taramon
Grupo C


Lo nunca visto

Ahora que tengo tiempo, he cogido la costumbre de acercarme por las mañanas hasta la residencia donde está mi padre. Dejé el coche al lado de la verja y caminé unos cien metros hasta la entrada principal. Según me voy aproximando, oigo un jolgorio que nunca había percibido, pues el silencio allí dentro es casi sepulcral.
En la planta de abajo, me cruzo en el pasillo con residentes que van en sillas de ruedas, otros con andadores más deprisa de lo habitual, y ya por fin veo a Manolo, un vecino de mi padre con el cual a veces hecho un parlado y me cuenta lo que van a comer o como ha pasado la noche mi padre. Le pregunto qué está pasando y todo contento me dice que la médico de la residencia acaba de atender a una mujer que se ha puesto de parto y que ha nacido una niña esta mañana.
Acto seguido me encuentro con Rosita una de las enfermeras de la residencia y me lo confirma, una mujer embaraza había ido a ver a su tía Juana, una mujer de 98 años, y se encontró indispuesta y allí mismo en una habitación, la médico de la residencia había atendido el parto.
Y claro, la noticia corrió como la pólvora y todos los residentes querían ver a la recién nacida, pues lo normal no es que nazca nadie, sino lo contrario.
He de decir, como en los cuentos con final feliz, que a la recién nacida la pusieron Milagros, y que la noticia trascendió por todas las residencias de la capital, y el periodista enviado para cubrir la noticia, puso de título: “Milagro, en una residencia de ancianos, nace una niña”.

Luis Iglesias
Grupo B


La bicicleta

Desde los diez años se montar en bicicleta, en bicicletas más bien pues era en Las bicicletas de otros.
Desde los diez años le llevo pidiendo a mis padres que me compren una bicicleta.
—Cuando apruebes primero de bachiller, decía mi padre.
Aprobé primero y me dijo que cuando aprobase segundo.
Aprobé segundo y me dijo que cuando aprobase la reválida de cuarto; el muy listo consiguió 2 años de prórroga.
Con quince años y viviendo en Fuenteguinaldo, hubo una oferta de bicicletas desechables de la Guardia Civil, y mi padre y otros dos guardias de aquel puesto nos compraron una bici a cada uno por 100 pesetas.
Eran bicis con barra y casi no llegábamos a los pedales. No tenían frenos. Pero nada nos importó. Nada nos impidió ser los más felices del mundo.
Frenábamos con la suela de la zapatilla metiéndola entre una barra de la bicicleta y apoyándola en la rueda de atrás, que por supuesto no llevaba guardabarros. Tampoco llevaba marchas, eran de piñón fijo, por lo que las cuestas arriba eran realmente duras. Se llaneaba muy bien y las cuestas abajo eran de vértigo. Recuerdo las cuestas de El bodón. Cómo las bajábamos a una velocidad enorme, y sin posibilidad de frenada. Todavía se me erizan los pelos cuando recuerdo aquella bajada.
Al volver cuesta arriba, algunos tramos los hacíamos andando y charlando; Recordando el momento de disfrute máximo que habíamos tenido, y comentando entre nosotros que nadie debía saber hasta dónde habíamos llegado, pues sabíamos muy bien lo que nos esperaba, si nuestros padres se llegaban a enterar.
Con aquellas bicicletas recorrimos todo el rebollar. Llegamos a Navasfrías y a Ciudad Rodrigo. En 30 km a la redonda todo era terreno conocido, y no sólo en carretera, si no también a través de caminos.
Aquella aventura duró 3 años, al cabo de los cuales cambiamos de domicilio.
Mi bicicleta quedó en el cuartel y algún otro “hijo del cuerpo” supongo que la terminaría de destrozar.

José Luis Fonseca
Grupo A


Reorganizando el trastero

Hace unos días María y yo bajamos a organizar un poco el trastero. Tenemos filosofías distintas al respecto. María es de guardar “por si acaso”, yo soy de tirar lo que nunca volveremos a utilizar. Ella dice que soy el tío “todo lo tira” , y yo le digo que es la tía “todo lo guardo”.
Allí estaban, en un rincón, ocupando un sitio, dos objetos que probablemente nunca vuelva a usar: mis dos bicicletas. Una de ruedas muy estrechas, dos platos y 5 piñones. La otra de ruedas anchas, dos platos y 6 piñones. De 10 y de 12 velocidades como decíamos. Las ruedas desinfladas pero el resto en perfecto o “cuasi” perfecto estado.
—Podíamos tirar Las bicicletas, o mejor regalárselas a alguien que quisiera utilizarlas, digo.
Al verlas comienzo a relatar: ¿te acuerdas de la primera bici que tuve a los 15 años?
Casi sin dejarme terminar la frase me contesta: ¿ la que te compró tu padre por 100 pesetas, que no tenía frenos, y con la que os recorristeis cientos de kilómetros sin abriros la cabeza?. Por supuesto, me contesta. Me lo has contado a mí y a tus hijos unas mil veces.
Escucho su voz a lo lejos, ya que estoy otra vez bajando a toda velocidad las cuestas de El Bodón.

José Luis Fonseca
Grupo A


Sueños de niña

Transcurrían los primeros años de la postguerra, allá por los años cuarenta.
Flora era una niña como tantas otras de la época, con sueños e ilusiones truncados por el miedo y la falta de alimentos que llevarse a la boca.
Eran las primeras navidades después de la guerra y en la escuela, la maestra enseñaba a las niñas a redactar la carta para los reyes magos.
Flora, lloraba en silencio; en su casa a penas había para hacer una sopa y llevarse un mendrugo de pan a la boca, que su padre conseguía del contrabando a cualquier precio.
Su ilusión era que Baltasar —su rey favorito— le dejara un muñeco para abrazarlo y dormir con él para que las noches no fueran tan negras y no se le hicieran tan eternas.
Llevaba tiempo esperando el deseado muñeco, al que le pondría nombre, pero su madre entre lágrimas le decía que los reyes no llegaban a la casa de los pobres porque no había leche para dar a los camellos.

***

Zacarías, un joven resignado a seguir en su pueblo, envuelto en la miseria y el hambre que había dejado la guerra, con la ilusión que dan los dieciocho años, se alista en la División Azul y marcha rumbo a la helada estepa rusa.
Después de ver caer en la batalla a su mejor amigo, es apresado y llevado a un campo de concentración en San Petersburgo.
Pasados unos años es liberado y llega a su pueblo el olor de multitud y condecorado con todos los honores. Pero el hecho de decir que no había sido maltratado el tiempo que pasó recluido, se volvió en su contra.
Conoció a Flora, una joven que le hizo más felices sus días que algunos que le quisieron arruinar la vida y le obligaron a exiliarse a Francia.
Nada más llegar a Burdeos, Flora quedó embarazada y todo fue alegría hasta que nació el pequeño Zacarías.
Era un niño precioso, parecía un muñeco. Muy inquieto, se pasaba el día llorando y no había forma de pasar una noche tranquila.
Flora, cada día que pasaba era presa de sus nervios y una mañana con él en los brazos lo lanzó por la ventana de un segundo piso.
El niño sobrevivió, pero con daños cerebrales fue separado de sus padres.
Flora, fue internada en un Centro, donde pasaba sus días sentada en un banco, con la mirada perdida, abrazando a un muñeco entre sus brazos.

Pedro Gómez
Grupo C


La caja de música

Bajo un sol sofocante en un recóndito pueblo sureño, unos pies descalzos caminan por un camino polvoriento hacia el basurero cuyo hedor asfixiante, junto al revoloteo de pegajosas moscas, le indican la llegada a su destino.
Con la raída ropa pegada al sudoroso cuerpo, Adrián Pereira sufre en silencio su dura vida. Todos los días busca y rebusca entre montones de basura algo de valor para venderlo y obtener unas pocas monedas que muy orgulloso entrega a su madre.
Aquel lunes de julio al regresar a casa, encontró junto a un árbol una bonita caja de madera lacada, fascinado la tomó entre sus manos y al levantar la tapa comenzó a sonar la más bella música que jamás había escuchado y su sorpresa fue mayor al contemplar una bailarina que daba vueltas al mismo tiempo.
Emocionado, corrió a enseñar el hallazgo a su madre que, al verle tan feliz le abrazó con ternura.
Colocó su tesoro en la desvencijada mesa de la cocina y juntos contemplaron una y otra vez, esa maravilla.
La madre exclamó:
-¡Hijo mío, si la vendemos ganaremos muchas monedas!
-Madre, no la vendas, por favor. No me importa seguir comiendo todos los días la sopa de pan que haces tan rica.
 

Desde la puerta

Sentado en la puerta de su carpintería, Adrián Pereira contempla a sus dos hijos como emprenden el camino a la escuela. Le gusta mirarlos con su ropa limpia y sus zapatos brillantes. Está orgulloso de poder darles una vida mejor que la que él tuvo.
Han pasado más de treinta años desde que abandonó su pueblo y marchó a la ciudad en busca de una vida mejor. Gracias a sus delicados trabajos, realizados con sus manos, la vida al fin le sonrió y junto a Rosario ha formado una bonita familia.
Viven en una casa blanca, limpia y sencilla al lado de la carpintería. En la entrada, en una hornacina, está la caja lacada que encontró cuando era niño. Con regocijo sus hijos la abren y cierran para mirar como la bailarina da vueltas y más vueltas mientras suena la melodía.
Todavía se emociona al recordar las penurias de su infancia y la felicidad que le embargó al encontrarla. Hoy, como entonces, sigue maravillado de la belleza tan grande que se puede guardar dentro de una caja tan pequeña.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Juguetes

1
Después del entierro, mientras sus hermanos habían entrado en el bar de abajo a tomar unos vinos -y una ración de jeta-, ella subió a echar un vistazo en el piso vacío. Se puso a ordenar un poco el dormitorio de su madre, sintiendo todavía el olor a su vieja colonia, cuando encontró, al fondo de uno de los cajones del armario empotrado, un consolador. Cilíndrico, plateado, terminado en una punta cónica y redondeada; un poco delgado, le pareció.
Algo avergonzada, como si estuviera profanando una intimidad que no hubiera deseado conocer, y también para evitar que sus hermanos lo supieran, lo metió en su bolso, salió del piso y lo tiró a un contenedor de basura asegurándose de que nadie la estaba observando.

2
El dormitorio de su hija de catorce años estaba hecho unos zorros, para variar. Ropa tirada de cualquier manera; libros de cole -que parecían, de tan nuevos, como envueltos en celofán- por el suelo; una pancarta medio rota reclamando la Abolición de las Cárceles. La cama, más que deshecha, parecía un jergón destripado. Movió un poco el colchón para colocarla, y cuando iba a poner la sábana bajera se topó con un objeto que, en un primer momento, no identificó. Claro que enseguida se dio cuenta de que no era uno de esos nuevos artilugios de cocina que se habían puesto de moda con Masterchef, y luego se acababan tirando porque nunca se usaban. Era un satisfyer, ella había visto alguno en una revista mientras esperaba turno en la peluquería. Recordó que había pasado rápido la página, como si le diera vergüenza que la vieran leyendo ese artículo. No tenía arreglo, se dijo. Por un momento se le pasó por la cabeza comprar uno. Su Pepe y ella desde hacía tiempo, nada de nada. Y mira que se querían, iban de la mano cuando salían de paseo, se besaban, en la mejilla, con cariño. Ella no se quejaba como casi todas -bueno, todas- sus amigas, el suyo había sido un matrimonio feliz.
En fin, pensó hacer la cama de la niña -aquí se estremeció un poco-y dejar aquello oculto de nuevo bajo el colchón, pero desistió porque seguramente su hija se daría cuenta de que lo había visto, y le hubiera dado mucho apuro hablar de eso con ella. Así que dejó aquella leonera como estaba -esto también le costó lo suyo-, y se fue en dirección a la cocina, o, mejor dicho, sus pies la llevaron a la cocina por la fuerza de la costumbre.
Pensó en ir haciendo las croquetas de jamón con pistachos y cúrcuma -una receta del libro “Guarrindongadas” de Robin Food-, pero se sentó un momento y se preparó un café. Sus recuerdos la llevaron años atrás, a aquel día en que habían enterrado a su madre y ella, casi adolescente, había subido al piso para ordenarlo un poco, mientras sus hermanos aliviaban el duelo con el vino del Sebas, y -creía recordar-, pinchos de morro, la especialidad de su mujer.
Dio otro sorbo al café, su marido no volvería hasta la hora de comer, la niña quizá hasta la tarde, después de las actividades extraescolares -aquel día tocaban Prácticas de Asertividad para Adolescentes Sicópatas-. Qué coño, se dijo, y fue de nuevo al cuarto de la hija. Cogió el aparato y se dirigió al baño, asegurándose de que cerraba bien la puerta.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


A traición

Galo se siente afortunado. La bolsa de monedas que ha encontrado va a servirle para llevar a cabo sus planes. En un primer momento, ha tenido la intención de devolverla o entregársela a su amo pero ha decidido escapar con ella.
La vida de los esclavos no es fácil, la mayor parte de ellos no salen de la casa de sus dueños ni tienen experiencia para desenvolverse en el mundo exterior. Él se ha ganando poco a poco la confianza de Sulpicia, la señora, que le hace encargos; al principio eran cercanos, dentro de la ciudad, después ha ido incrementando la confianza y la distancia. Esto le ha permitido conocer lugares más apartados y saber cómo moverse con el salvoconducto. También utiliza ropas más decorosas que los otros esclavos.
En sus planes cuenta con la complicidad de Lisco, porquero de la casa en la que se queda a dormir cuando está en Brigecio. Son de origen eduo, pueblo galo vencido por Roma. Tras una corta espera, se reunen a solas en las pocilgas de la casa. Lleno de emoción, Galo comparte su suerte con Lisco:
-Nuestros anhelos están más cerca desde hoy. El día en el que seremos libres está próximo.
-¿Cómo quieres que escapemos de esta mierda de vida con las cuatro monedas de cobre que tenemos?-preguntó Lisco -Siempre estás con tus quimeras.
Antes de caer prisioneros y convertirse en esclavos, pertenecían a la clase dirigente y guerrera de su tribu. Hablan con libertad pues no son entendidos por los que los rodean.
En un gesto de confianza y complicidad, Galo le enseña la bolsa y su contenido del que ha retirado una moneda que guarda para si entre sus ropas. Le ha impresionado el animal que puede verse en una cara. Es un animal corpulento con un hocico alargado. Además, es la que más pesa.
Sin mediar palabra Lisco le atiza un golpe en la cabeza. Está aturdido, siente que unas manos le oprimen el cuello. El traidor jadea tras el esfuerzo. Lentamente va recobrando el resuello. Comprueba que el otro no respira y arroja el cuerpo al lugar en el que se dehacen de los animales muertos. Sonríe y esconde la bolsa en un hueco de la pared.


Actividades extraescolares

El Museo Arqueológico Municipal de Benavente es muy modesto. Los restos importantes fueron a la capital de la provincia o incluso al Arqueológico Nacional en Madrid. En unas salas no muy amplias se exhibe lo que ha quedado.
Todos los martes recibe la visita de un centro de enseñanza. Hoy es el turno del IES León Felipe, en concreto de cuarto de la ESO. El resto de la semana apenas viene algún turista despistado que, al poco de llegar, abandona el edificio.
El profesor está dando las explicaciones que repite año tras año. Hace tiempo que el museo no recibe novedades.
Gala atiende las explicaciones; sin saber por qué siente una atracción especial por la vitrina de la que el profesor está hablando. Destaca una pieza especial , un denario de la época de Julio César.
-En la cara de la moneda podemos ver los atributos de Cesar como pontifex maximus y la inscripción CAESAR -explica mientras señala la moneda y piensa en La vida de Brian-. Y en la cruz…
-En el otro lado está la figura de un elefante -.interrumpe Gala.
Nunca antes ha visto la moneda. Lo ha intuido.
-¿Cómo lo has sabido?¿Conoces esta moneda? -interroga el profesor.
Gala niega con la cabeza sin poder apartar la mirada de la vitrina mientras se tienta la ropa en busca de no sabe qué.

EMM
Grupo C


Elefante

1

Se llama Obama, pero no ha sido presidente; bueno, en realidad sí: ha presidido su puesto , su puesto-manta donde coloca con esmero bolsos, zapatillas y sobre todo elefantes tallados en madera , perfectamente alineados y perfectamente africanos. Hoy tiene sueño Obama, pero no puede dormirse, tiene que presidir su manta y si una pequeña ráfaga de viento levanta una esquinita se apresura a colocarla pasando repetidamente sus manos sobre ella para que quede todo en su sitio. Ese puesto - manta le coloca en aquel mundo extraño y ajeno , le da un sentido y una función. Los ojos permanecen abiertos, pero una especie de sopor le adormece por dentro, está despierto dormido. Cerca de él escucha las risas del chico del puesto-puesto que está al lado: Obama, que te duermes, ya verás como venga la poli a ver cómo recoges todas esas baratijas si estás sobao … Pero lo oye lejos , como en sueños y se fija en los ojos de una niña ' i Elisa !- la llama su padre - deja ya de mirar los elefantes ' coño, que no llegamos !
Al fondo de la calle aparece el coche de la policía y Obama recoge su manta que es su sitio - mundo a toda velocidad. Elisa le mira extrañada mientras piensa: " sale huyendo porque he hecho algo malo, es mi culpa …" Su padre grita de nuevo y esta vez zarandea a Elisa. Obama sale corriendo y de la manta cae un pequeño elefante de madera . Se para en seco, retrocede piensa decide actúa y aún tiene tiempo para sonreír a Elisa, que recoge el elefante temerosa y lo aprieta fuertemente en su puño.

2

El sol se derrama sobre las aceras. Está contenta, Elisa .Como siempre llega un poco tarde a recoger a su marido, que al ver el coche hace una señal como de guardia de tráfico y vocifera :" Es que no hay manera contigo, no tienes nada que hacer en todo el día y todavía me toca esperar , hay que joderse . .. " Antes de que abra la portezuela Elisa decide no frenar del todo y poco después acelera derrapando. Obama sonríe meciéndose colgado en el espejo retrovisor.


Pilar S.B.
Grupo B


El desván

La niña subió las escaleras despacio. Abrió con cuidado la puerta que chirrió rompiendo el silencio de la tarde. El ruido la sobresaltó. Sintió pánico. El desván era un misterio para sus doce años. Allí descansaban las vidas de sus ancestros.
Sintió el olor a polvo marchito y estuvo a punto de desandar los peldaños, pero el misterio de lo desconocido pudo más y franqueó la puerta. Un mundo de recuerdos se apoderó de ella.
Desde aquel día, cuando la casa se vaciaba, la niña subía la escalera para reencontrarse con el pasado. Allí descubrió esa foto de un niño pequeño con el que entabló una entrañable convivencia. No sabía su nombre, para ella fue su hermano, aquel que no conoció pues aún ella no había nacido, cuando sucedió la tragedia.
La niña le hablaba de sus aprendizajes, se reía con él mientras le relataba las anécdotas de la clase. Siempre estaba anhelante, esperando que abandonaran la casa, para refugiarse en el desván. Su madre tenía prohibido a toda la familia subir, sólo ella conservaba intacta en su mente la tragedia.
La niña desobedeció y, en ese desconocido lugar, pudo recuperar a su hermano. Nadie lo supo nunca.


El desván olvidado

La casa guardaba un silencio de duelo. Sólo se oía el tictac del reloj del pasillo. Las comadres tenían los ojos fijos, secos de tantas lágrimas derramadas. La madre acariciaba las manos del niño, su hijo, su primogénito, su orgullo y su esperanza para un futuro mejor.
Nadie osaba decirle que tenía que asearse, que tenía que beber agua. Llevaba más de doce horas de pie junto al féretro. ¿Cómo pudo pasar esta tragedia? ¿Por qué el camionero no miró por el espejo retrovisor al poner la marcha atrás?
Sólo guardó de él una pequeña foto en el desván- Era su tesoro y no lo compartió con nadie.

JB
Grupo C



La Determinación

Cuando la conocí, era una joven de una belleza inusual , con el desasosiego pintado en la cara. Parecía que el futuro no la llevaba a ninguna parte, y a pesar de su edad, comenzaba a tener las manías típicas de las personas que se sienten amenazadas. Sólo parecía detener su ansiedad, cuando manoseaba una pulsera deshilachada y descolorida, que en su día, seguramente contuvo los colores de la bandera de su país de origen.
Comencé a interrogarla, con mi detestable francés, en relación a su situación ilegal. Solo logré que sus ojos parecieran aún más grandes.
Aún así, me contó dos cosas, chapurreando cómo pudo: Su llegada dentro de la caravana de unos turistas australianos, (sorprendidos por semejante polizón) y su determinación a traer aquí a su familia.
Le di mi tarjeta , le recomendé un hostal barato y honesto. Le advertí que no se metiera en líos.
Pronto encontró trabajo en una empresa de limpieza de hospitales.
A los dos meses de estar aquí, comenzó la pandemia y se contagió.
A pesar de lo grave que estuvo logró superar la enfermedad y mandar noticias a sus familiares de que aún se encontraba viva. Pero había determinado traer a una hija y a un hermano pequeño, y el sueldo en la empresa de limpiezas era insuficiente.
Se puso a hacer de camello, por cuya razón tuve que interrogarla de nuevo. Traté de apartarla de aquello buscándole cobijo en una hospedería de monjas. Comenzó a coquetear con la prostitución, creyendo que esa sería la solución para traer a su familia…
Un día recibí la llamada de un amigo del ministerio, para que me hiciera cargo (en segundo plano),de un asunto turbio de prostitución y drogas, en el que estaban involucrados varios diputados y altos cargos de la administración.
Cuando me personé en la escena del crimen, contemplé el rostro desfigurado de una mujer joven en medio de un gran charco de sangre. A pesar de ello, reconocí inmediatamente la pulsera colorida y deshilachada que llevaba la chica, que un año antes había interrogado como polizón de una caravana de turistas australianos.


El Concierto

Mi hijo, que era miembro de un exitoso grupo de rock, me había invitado a verlo entre bastidores.
Aunque no me llama la atención el tipo de música que tocan, decidí aceptar por no desairarlo y porque el concierto se celebraba en el estadio del club de mis amores. También porque me presentaría a la famosa vocalista del grupo y a sus otros compañeros.
Ya dentro del estadio, nos dirigimos a la zona en que se encontraban los camerinos. Mi hijo me dejó en compañía de una azafata y me dijo que volvería antes del comienzo, para presentarme a su grupo.

***

Se encontraba algo tensa y pidió agua a su asistente. Comenzó a hacer ejercicios vocales y canalizó su respiración por el diafragma para matizar el sonido de su voz.
La verdad es que no estaba especialmente nerviosa, a pesar de que dentro de veinte minutos saldría al escenario de aquel gran estadio, para recibir la reverencia y el aplauso de un público entregado de antemano.
El camino hasta allí no había sido fácil. Desde niña ayudaba a su madre a eliminar las basuras de los edificios que limpiaban.
Comenzó a cantar por los largos y mal iluminados pasillos para ahuyentar el miedo. Un día la oyó un inquilino, que era promotor musical, y decidió hacerle una prueba.
Ella tenía la misma edad que su abuela cuando esta murió, y llevaba más de diez años cantando.
Su madre había llegado al país con un tío de su misma edad, para enterrar a su propia madre.
Su abuela, había muerto en extrañas circunstancias en el transcurso de una orgía, celebrada en las postrimerías del año de la gran pandemia .
Para tapar el asunto, bastante turbio y con ramificaciones políticas, les concedieron una pensión y la inmediata nacionalización.
Ella vino al mundo, cuando su madre y su tío abuelo comenzaron a hacerse adultos.
Ahora, se encontraba segura y determinada a invertir la posición del reloj de arena, que lastraba a su saga familiar.
Cuando le indicaron que faltaban diez minutos para actuar, comenzó a circundarla la ansiedad. Pidió a su ayudante que le trajera el joyero. Se puso unos pendientes de Cartier, que había comprado para ese evento. Buscó una pulsera en el estuche, se la puso y se entretuvo dándole vueltas sobre su muñeca. Esto siempre la relajaba…
Antes de la primera llamada a escena, mi hijo y yo entramos en el camerino para presentármela.
Era una joven de una belleza inusual, con la seguridad pintada en su cara. Me llamaron poderosamente la atención sus grandes y hermosos ojos. Su rostro me evocaba a alguien. Me sonrió con afecto y me ofreció su mano. Al instante, reparé en la deshilachada y descolorida pulsera que en su día, seguramente, contuvo los colores de la bandera de su país de origen.

Calgari
Grupo A


La niña

La niña vive en una casa grande con su madre, muy grande, y solo están ellas dos. De su padre no sabe nada. La niña corre por el largo pasillo y cuando llega al final ya está cansada. La niña se aburre y a veces lee y otras veces se tumba en el suelo sin hacer nada, con la mirada perdida en el techo. La madre, a veces la observa preocupada, le compra muñecas de vistosos vestidos. A ella le habrían hecho muy feliz cuando era pequeña, pero la niña casi ni las mira y si juega algún rato con ellas es para contentar a la madre. A la niña le da miedo subir al desván, siempre hay ruidos raros y la única bombilla que cuelga del techo proyecta sombras tétricas que ella imagina como marionetas dirigidas por el mismo diablo, pero la madre siempre le dice que no tiene que tener miedo, no tiene que tener miedo de nada y la manda a ir a buscar las patatas para la cena. La niña protesta, lloriquea e incluso patalea un poco pero la mirada inflexible de la madre no le da opción. Entonces sube lo más deprisa que puede coge las patatas, las mete en un cubo pequeño y corre otra vez escaleras abajo oyendo lo que es el viento silbando entre las tejas y ella imaginaba como fantasmas persiguiéndola.

Una tarde comiendo un bocadillo de chorizo, la niña nota que un diente le falla, se lleva un dedito a él y al notar que se mueve sin querer los ojos se le llenan de lágrimas, no del dolor, sino del miedo a lo desconocido. Corre buscando a la madre. La madre ríe ante el pavor de la niña y le dice que no se preocupe que eso es así, que esos dientes se tienen que caer todos, pero que es una cosa buena porque cuando se cae un diente por la noche se mete bajo la almohada y al dormir viene un ratón que se lo lleva y deja en su lugar un regalo. A la niña aquello de que un ratón se pasee por su cama cuando ella duerme no le hace mucha gracia, pero si deja un regalo la cosa cambia. El diente cada vez se mueve más y duele más. La madre ya cansada de ver a la niña todo el día tocándolo le dice, que le va a atar un hilo y a tirar despacito para quitarlo. La niña no está muy convencida pero accede. En cuanto el hilo ya está sujeto y la madre preparada para tirar la niña dice ¡NO! más rotundo de su todavía corta vida y se aparta de la madre con el hilo colgando por la comisura de sus labios. La madre intenta convencerla pero no hay manera. Venga que solo te voy a desatar el hilo no vas a dormir así que te lo puedes tragar y te ahogarás, pero la niña no se deja convencer y duerme así con el hilo atado al diente, pero dentro de la boca, por miedo a que la madre aproveche que está dormida y tire de él. Por suerte, a la mañana siguiente en el desayuno el diente se suelta solo y la niña escupe en la manita una mezcla de saliva, sangre, restos de las magdalenas y el hilo. Después se mueven más dientes, pero ya no hay más hilos. Después de los primeros la madre se cansa de lo del ratoncito Pérez y le dice la verdad a la niña y los últimos dientes y muelas que se le caen esta los va guardando en una caja de cerillas sin que la vea la madre. A veces cuando esta a sola saca los dientes, los aprieta fuerte contra las encías, en las que apenas asoman los nuevos, y se quedan sujetos un rato, la niña juega a que nunca se han caído. Un día que la madre la sorprende mirándose al espejo con esos dientes puestos le dice que es una guarrería, que cogerá una infección y se pondrá mala y le arrebata la caja con ira. ¡Esto a la basura inmediatamente!. La niña ahora solo lee, parece que es lo único que no enfada a la madre y ella puede sumergirse en historias y aventuras que nunca vivirá de otra forma.

La vieja

¡Que te he dicho que quiero pollo en pepitoria!, grita la vieja con aquella boca desdentada que hace difícil entenderla, mientras silba el aire por su boca como en un desván viejo una noche de invierno. La hija intenta acercar de nuevo la cuchara cargada de un puré espeso y amarillo, la vieja alarga el brazo y con la mano huesuda y tétrica aleja la cuchara. ¡Que quiero tostón cuchifrito bien crujiente! que el puré te lo comas tú desgraciada, escupía de nuevo la vieja literal y metafóricamente. La hija cierra unos segundos los ojos con resignación para calmarse y no tirarle el plato a la cabeza. Intenta razonar con ella, a ver madre que ya no tiene dientes, que solo puede comer purés, que este ya lleva su carne, pero pasada por la batidora, solo tiene que abrir la boca y tragar. Que te he dicho que no, rumia de nuevo la vieja con aquella boca mellada que parece una cueva oscura. La garra de la vieja esta vez alcanza la cuchara y aquella espesa pasta sale volando por toda la habitación. Un grumo pegajoso se escurre desde la frente por la cara de la hija roja de ira. ¡Que te he dicho que quiero cabrito asado! vuelve a vocear la vieja. La hija desiste y murmura por lo bajo, ya tendrás hambre ya, y me pedirás el puré, ya.

Al día siguiente la hija decide dejarle unos trocitos pequeños de carne nadando encima del puré, quizás así piensa pueda engañar a la vieja. La vieja esta muy callada para lo que en ella es habitual, la hija cree oír unas risitas por lo bajini, de esas que salen cuando haces alguna maldad pero piensa que son imaginaciones suyas. Mira mamá que hoy tienes carne en el puré, veras como hoy sí te gusta, tiene carnecita como tú quieres. La vieja mueve la cabeza negando furiosamente. ¡Que no tienes dientes mamá y tienes que comer así, ya está bien de tonterías! Una carcajada escalofriante rebosa la habitación. ¡Quiero un chuletón!, reclama la vieja, ¡mira! y señalando la boca con un dedo deja ver una dentadura amarillenta, de piezas pequeñas y desordenadas que hace que la hija recule tirando silla, puré y cubiertos. ¿De donde ha sacado la vieja esos dientes, si hace años que no sale de casa? Mientras la vieja sigue riendo espectralmente y clavando la mirada seca y deshabitada en la suya, abre lentamente la mano enseñándole una caja de cerillas que la hija recuerda bien.

Beatriz Gorjón
Grupo A


Destino cruel

—¡Joder, Torrijos, acaba ya de una vez! —le gritaba el cabo Villalón, parapetado tras un tronco a unos veinte metros de su subordinado—. ¡Ya están aquí, coño! ¡No nos va a dar tiempo a retirarnos!
Pero el soldado Torrijos, que andaba enterrando una mina en una pequeña hondonada junto al camino arenoso del pinar, no estaba muy por la labor de obedecer.
—¡Dame un segundo, hostias, que ya termino! —gritó a su vez furioso al cabo— ¡Ya verás como vuelan los cachos del primer fascista hijo de puta que pase por aquí!
—¡Medio minuto tienes, cabrón! —le advirtió Villalón—. Luego me voy y te quedas sin cobertura.

***

Nota de Prensa

Madrid. 17 de agosto de 2008

Un operario municipal de Titulcia, última víctima de la guerra civil.

Han pasado ya setenta y seis años desde que concluyó la guerra civil española y, sin embargo, en el día de ayer se cobró su última víctima: un operario de la empresa de colectores Enatras S.A., que se encontraba trabajando en una zanja para efectuar una acometida de alcantarillado en un terreno recientemente declarado urbanizable. El trabajador tuvo la desgracia de pisar una mina allí enterrada durante la guerra civil, que detonó fatalmente provocándole heridas de extrema gravedad. A pesar de que los servicios de urgencia se personaron en el lugar del siniestro a los pocos minutos y fue trasladado de inmediato al hospital de Arganda del Rey, nada se pudo hacer por salvar su vida. Se da la circunstancia de que el operario fallecido, Laureano Torrijos Rodríguez, era hijo del laureado miliciano Luis Torrijos Pérez, que esta misma semana ha sido declarado hijo predilecto de la villa, otorgándosele el nombre de una calle para honrar su memoria.

Óscar Martín
Grupo A


Los orines de la Violeta

La señora Jacinta alarga el brazo con el que sujeta el recipiente de un azumbre. —Coje el orín de la vaca antes de que se agote— ordena a la chiquilla sin soltar la ubre de la Violeta. Siguiendo la costumbre, tantas veces repetida, recogea duras penas el caliente líquido amarilloso hasta llenar el recipiente y quedar su mandil mojado de salpicaduras con olor a pis de vaca. —Ahora rellena las dos cántaras de leche, hasta arriba— volvió a mandarJacinta a su hija Mariola. El acre olor a excrementos mezclados con la paja producen un profundo rechazo en la niña. —Ah! y cuando termines, saca la vaca al prado y limpia todo esto— dice la madre sin un gesto de cariño. Mariola barre las inmundicias del establo, afectada por la humedad del ambiente, adecenta entre arcadas lo que puede y enjuaga el azumbre en el agua oscura del desagüe. La vaca, cuatro gallinas, poco prado y poca huerta consumen las fuerzas de la madre y la hija desde que el padre desapareció en el naufragio. Mucha hambre y poca alegría en la aldea de tejados de pizarra. Los días de viento y algo de sol Mariola lava el mandil sucio, frotando con jabón de grasa y cenizas en el agua fría del riachuelo. Con muchos restregones y manos doloridas, el mandil queda limpio y luminoso. Mariola no es fea y sus doce años brillan con esa ropa limpia. —¡Qué guapa estás Mariola!— dice el alguacil, que todos los días pasacamino de la casa del consejo. —Uhmm— responde la niña. —Enséñame la vaca— insiste él. —Nooom— niega ella, entre atemorizada por el hombre y temerosa de volver a manchar el mandil limpio. —¡No seas niña! Que además te daré unos caramelos—. Sin fuerza para resistir, él la lleva a trompicones hasta dentro del establo, tirando de ella con su mano sebosa. Junto a la vaca, el hombre de barriga generosa y aliento aguardentoso, poco pelo en la cabeza y mucho en los brazos y asomando por la camisa, quiere llevar hasta el final lo que había imaginado tantas veces. Mariola detesta el olor del hombre, el olor del establo, el olor del ambiente, el olor de los orines de vaca… Al acordarse de estos, también se acuerda del azumbre que está colgado junto al pesebre. El recipiente de latón estrellado por la niña en la cabeza del alguacil y un pisotón de la vaca Violeta, alterada por las voces de Mariola, tronchan irremediablemente el cuello de aquel hombre grande y fofo.

Aguardiente y Sauvage Elixir

Cada día, Ernesto llega a casa satisfecho de sí mismo y de como le marchan los negocios. Llegado del pueblo con nociones de fontanería, tuvo la suerte o el acierto de dedicarse a todo tipo de instalaciones durante el boom inmobiliario. Ahora viste de Armani, usa corbatas de seda y huele a Sauvage Elixir de Dior. En su casa hay maderas nobles, lámparas de cristal, adornos de porcelana y cubiertos de plata. En su garaje hay un mercedes y un cuatro por cuatro de alta gama y cilindrada. Del pueblo sólo conserva una notable rudeza, que únicamente aflora en los momentos de gran tensión, y el secreto gusto por el aguardiente casero. Últimamente, Ernesto piensa que su único problema es su mujer. Ha olvidado que ella fue la que le ayudó a prosperar, trabajando en la casa, trabajando en el taller, haciendo de administradora y secretaria en los tiempos duros, cuando recién casados estaban solos en la gran ciudad. Después de pasar por la inclusa y dos años de noviciado, María Inmaculada coincidió con Ernesto cuando él acudió como fontanero a la oficina en la que ella acababa de entrar a trabajar como auxiliar o secretaria para todo.Era guapa, ciertamente inteligente y había aprovechado los años anteriores aprendiendo cualquier cosa que las cuidadoras de la inclusa y las monjas del noviciado pudieran enseñarle. Su noviazgo fue muy corto y su boda rápida. Ernesto y María Inmaculada no habían tenido hijos, por lo que, siendo trabajadores tenaces, habían prosperado largamente. Ahora, frisando la cincuentena, Ernesto piensa que su mujer ha perdido lozanía, ha ganado bastantes quilos, ya no le hace falta para los negocios y empieza a considerarla un estorbo. Especialmente, desde que ella le mira despectivamente cuando llega tarde a casa, ya que se ha enterado de que Ernesto frecuenta a una jovencita.—¿Dónde has estado hasta las cuatro de la madrugada?— interpela María Inmaculada a Ernesto, después de una semana en que se han sucedido las salidas nocturnas del marido.—A mijs adsundtos—responde él con voz y ademanes de haberse pasado de la bebida. —Yo también debería contar entre tus asuntos—. El hombre se acerca encrespado a su mujer, la mira de arriba abajo y le responde con acritud —Estás gorzda y viedja, dno me sirves pa na y ya me he candsado de ti—. María Inmaculada sabe que no puede amilanarse, que tiene que plantar cara, que tiene que ganarse los siguientes años echándole valor, como ha hecho otras veces a lo largo de su vida. —Lo que pasa es que ya no sirves como hombre—. Estas palabras encolerizan más a Ernesto, que claramente fuera de sí pregunta —¿A quéj te rdefieres?—. Con énfasis, con tranquilidad y aplomo ella le contesta —A todo. Ni en los negocios te aprecian como antes, los amigos te van dejando, en casa no sabes hacer nada y en la cama te has vuelto un desastre—. A estas palabras, la reacción es descontrolada —¡Edso zí que no. Sigo sciendo un hongbre muy hongbre y te lo voy a demostrar!—. Ernesto se aproxima a María Inmaculada, bajándose la cremallera y haciendo ademán de soltarse el cinturón. Ella dice con seguridad —No. No estoy dispuesta a acostarme con un borracho que pretende humillarme—. La situación se va tensando hasta que Ernesto la acorrala junto a la chimenea y se abalanza sobre ella. El olor empalagoso de la colonia, el sudor, el aliento aguardentoso hacen revivir a María Inmaculada otra situación anterior y recuerda el recipiente de un azumbre que decorala repisa de la chimenea. Ese recipiente que Ernesto detesta, porque nunca entendió el cariño que su mujer tiene a este objeto. María Inmaculada vuelve a ser Mariola y se defiende de Ernesto golpeándole con el azumbre. Ernesto cae, golpeándose con el salvachispas y quedando definitivamente tendido como el hombre grande y fofo en el que se ha convertido.

Manuel Medarde
Grupo A


El Oráculo de la cafetera

Abrió los ojos y la realidad le pegó como un guante de boxeador. Hasta tenía los ojos inflamados haciendo juego con la metáfora. No tenía sueño y sin embargo los ojos le pesaban. Los párpados hinchados la engañaban diciéndole que necesitaba dormir. Dormir. La idea la tentaba, quedarse en la cama y dejar que todo pase, que la cama la engulla, la esconda y la proteja. Que la proteja de ese hueco en el pecho que físicamente le dolía.

“¿Por qué llorás? No llores”. ¿Por qué va a ser estúpido? Porque no va haber nueva temporada de “Las Chicas del Cable”. Tres años invertidos en una relación para que me digas no llores.

La cafetera se lo había dicho y ella no escuchó. El día que le pidió “un tiempo para pensar porque estoy confundido”, el café no se había dignado a subir. Gorjeo de aquí, gorjeo de allá, pero cuando levantó la tapa, el brebaje marrón no había dónde encontrarlo. El famoso “tiempo”. “Andá a la puta que te parió, sabés lo que podés hacer con el tiempo”. ¿Para qué pasar por esa agonía de mierda? Si se sabía que todo se iba a ir al carajo. Y sin embargo, siempre, siempre, se tiene ese atisbo de esperanza. Y como se sabe que la situación es una mierda, a ese atisbo se lo deja crecer. Y la llamita de la vela de repente se convierte en hoguera. Quizás en realidad se estaba persiguiendo. Quizás no es tan así. “Seguro que si lo hablamos va a estar todo bien. Claro que va a estar todo bien. Me dijo que se quería mudar conmigo”. JA, idiota.

El día que finalmente apareció en su casa para darle “la conclusión” de sus confusiones, lo mismo. La cafetera se había declarado en huelga. Sabía que no iba a atravesar la situación con el orgullo intacto, pero por lo menos con la dignidad lo menos magullada posible. Le ofreció café que el sinvergüenza aceptó, ¡encima! Y el cacharro, nada. Repitió los precarios pasos que te lleva hacer café en una cafetera italiana y niente. Iba a intentar una tercera vez, pero pensó “¿Vale la pena darle café a este hijo de puta?” “¿Por qué llorás? No llorés”. ¡Cómo mierda no querés que llore! Lo siento, soy humano y cuando te dicen que no te quieren más y sentís que ya no aplicás como ser humano, lloro. Lo siento.

Se levantó, y reptó hasta el baño. El espejo le devolvió la realidad, ni todo el stock de L’Oreal iba poder arreglar eso. Abrió la ducha y mientras esperaba el agua caliente entendió que la ducha de hoy iba a ser rápida. Como antes de dormirse, siempre imaginaba distintos escenarios en la ducha: discusiones ganadas con filosos argumentos, diálogos profundos y porqué no hasta discursos de premios recibidos. Claro que a medida que maduraba los escenarios cambiaban, pero el concepto era el mismo. Sin embargo, en el momento que saltó a la ducha, era un ser humano más. Anestesiada. Un “adulto” tratando de ver para dónde arrancaba. El agua caliente la encontró arrinconada hecha un ovillo en la bañera llorando descontrolada. Todo su cuerpo se convulsionaba con cada gimoteo. La boca abierta en una mueca ridícula con los labios contraídos. Sexy.

Con la bata puesta se acercó a la cafetera y en voz alta le imploró que no la defraude. “Porfa, necesito café, porfa porfa, no seas así”. Ese trozo de metal dictaba su vida y hoy necesitaba una buena. El café subió solo por la mitad. “La puta que te parió ¡Por qué, por qué me hago esto! Si te puedo cambiar por algo más útil, por qué sigo esclava de un trasto”. Apoya la frente sobre la cerámica fría de la encimera, y empieza a llorar por esa ínfima frustración, como cuándo al nene le dicen que no. “¡A la mierda! No tengo la energía para esto”. Cuando estuvo pseudo lista para salir, abandonó su caja de zapatos y dio el portazo que todo su drama le permitió.

En la calle, la primavera incipiente le devolvió un nanosegundo de buen humor, hasta que vio una pareja explorándose las amígdalas mutuamente. “¡Me cago en Dios!” Con cada paso el cuerpo anestesiado le imploraba café. Enfiló hacia una de esas cafeterías trend, donde sabía que el café está super mega-hiper-archi-sobrevalorado. “No importa, hoy me lo merezco”, se mintió.

Cuando estaba abriendo la puerta de la cafetería, se cruzó con una de esas chicas que, en un día normal la tomaría por “promedio”, pero hoy la hizo sentirse tan nada. No iba femme fatale como cada vez que tenía que volver al ruedo y eso le mostró el nivel en el que estaba, arrastrando su humanidad por la vereda. Iba como ella y rezaba que el mundo la acogiera así, por lo menos por hoy. Cuando escuchó su nombre fue como la alarma que la despertó, iba perdida en todo y en nada a la vez. El barista le entregó el tesoro envuelto en el cartón cilíndrico blanco. Le sonrío y le guiñó el ojo. Dudó que hubiera sido a ella, pero soñar es gratis. Ya en las arterias de la ciudad de la furia dio vuelta el vaso, un número de teléfono. WHAT.

Ding. Mensaje. Es él. Quiere quedar. De fondo se escucha el gorjeo profético que a ella se le antoja como rugido del mar. Se acerca, con ceremonia levanta la tapa y sí, es lo que se imaginaba.


Rugido del mar

Camino por la orilla y el viento con su cachetada me quita el aire. Es gracioso como la intensidad de su soplido imita mi interior. El ritmo se encrespa y amaina tal como mis emociones. Eso, ni siquiera pensamientos, sino emociones. Hace rato que no pienso; si pensara, no estaría de pie a la orilla del mar en pleno invierno. Pero siempre quise hacerme la bohemia, la romántica, tener hasta una banda sonora para mis momentos más importantes. Siempre puse muchas expectativas en los momentos decisivos, aunque, no sé si era yo, o lo que pensaba que debía hacer. Es como si gran parte de mi vida hubiera estado regida por agentes externos. Regida por historias construidas por otros, sean libros o películas, o cualquier tipo de ficción. Ni siquiera regida por la sociedad, porque siempre tuve la no tan leve sospecha que la sociedad se rige también por las expectativas de historias ficticias.

Recuerdo cuando decidimos casarnos. Porque uno decide casarse entre los dos. Así ha funcionado toda la vida y así funcionará, no tengo dudas. Porque cuando conocés a alguien, sabés. Y eso se habla en la pareja desde el vamos, aunque sea dejando volar la imaginación, siempre suspendido en el aire. Al principio, conteniendo el aire, para que esas expectativas no se vuelen frente al menor movimiento. ¡Qué desilusión, igual! Siempre esperé esas pedidas de mano como en las películas, sabía que no podría ser un gesto avasallador, con público esperando a ver qué iba a contestar. Pero al menos algo privado, simple, romántico, un mini momento donde me dijera qué significaba para él que nos casemos. Pero no. A algunas de mis amigas se lo pidieron así. De todas maneras, siempre dije (o me quise convencer), que el romanticismo está en otra parte, en los pequeños detalles del día a día. Y fui feliz con eso mientras duró. “Te compré el chocolate que sé que te gusta.” Hablarnos en frases de series que veíamos una y otra vez.

Me da bronca, me da muchísima bronca pensar en estas cosas. Porque ni siquiera puede considerarse pensar. Tengo mucho que ofrecer, y siempre termino en temas rosas. Ser mujer es más que rosa. Me enfurece que están cosas se cuelen en mi vocabulario mental, como si fuera lo único en el mundo.

Siempre quise ser escritora y siempre tuve la capacidad de cagarla. Necesito un lugar para escribir, con una vista que me inspire, con música que acompañe. En casa en esa habitación claustrofóbica, no. Mejor me voy a un café. ¡Ah! pero el café tiene la música muy alta y no puedo pensar. Tengo un doctorado en diferir. Por eso terminé acá, en este pueblo de mierda. Siguiendo mi veta bohemia. Ahora que estoy jubilada me voy a ir al mar y voy a escribir porque el mar inspira. Y ahora, en la playa, en lo único que puedo pensar es en que estoy cagada de frío, con un dolor en el ciático por la puta humedad. Y todo para qué, para tener la vista del mar en mi ventana. Dejame decirte algo, las vistas están sobrevaloradas. Porque la vista inspira el primer mes, pero luego no cambia, queda congelada. El mismo edificio de enfrente todos los días. El mismo árbol semana tras semana. Ya te da absolutamente igual la estética del paisaje porque va a estar ahí rutinariamente. Inamovible. Y todas tus construcciones en el aire cambian las plumas por zapatos.

Me cansé del viento, me cansé de estar a su merced de avanzar para atrás. Chau al rosa. Adiós, romanticismo. Bon voyage, expectativas. See you later, inspiración. Me voy a casa a aprender a enamorarme de lo simple, a tener atracción sexual con lo cotidiano y a ponerme cachonda con la rutina.

Me preparo el café de la media mañana. ¡Cómo un cacharro metálico puede llenarme tanto! Cuando la vida me pegó un gancho de izquierda, y de repente me quedé sola, lo único que me hizo sentir en casa fue la cafetera. El alfa y el omega. Tantos años, tantos. Además de ella, tuve como compinche un tipo llamado Miedo. Miedo era uno de esos a los que invitás pero como no te responde pensás que no va a venir, hasta que te cae de sorpresa. En este caso el apellido de Miedo era: voy a morir sola. Y sí, Miedo estuvo invitado varias veces a mi vida. Pero tengo la sensación que le cayó mal que me casase, porque ya no se sentía bienvenido. Sin embargo, hace unos años que se viene riendo de mí. ¡Qué puta que es la vida! Cuando subís de nivel, te baja de un hondazo para recordarte que sos un mero mortal y que eso de andar, así sin inseguridades, no corresponde.

Miro por la ventana del salón, esa que da a la vista inmóvil del mar. Me pregunto si en algún momento llegaré a escribir un libro. Decora la incertidumbre la banda sonora del momento: el canto gutural de mi compañera. La única amiga que me queda en la que puedo confiar con su honestidad bruta. Al principio lo confundo con el rugido del mar, pero empieza a envolverme esa cobija perfumada con el calor marrón. A ver qué me depara el destino.

Vanina Palomo
Grupo C


Los sueños de mi abuela

Unos buñuelos de viento y un té bien caliente, y Martín y yo recuperábamos a la abuela. Desde que había empezado a tener aquellos sueños sentía que la perdíamos. Ella nos seguía cuidando, pero lo hacía con ojos vidriosos y mirada distante. ¿En qué piensas, abuelita? Le preguntaba Martín. Yo no le preguntaba nada, pero en sus peores días bajaba a comprarle buñuelos para merendar, ella sonreía y mientras comíamos nos contaba de nuevo las historias del pueblo. A veces pienso que en realidad no se acordaba de aquellos sueños, y que vivía en el desamparo de aquel que sufre por algo que olvidó.

La angustia que precede al vuelo

Teodoro había perdido la cuenta entre tantas salas infinitas de cadenas de producción. Cientos de magdalenas dispuestas en filas de dieces hasta dónde llega la vista; escaleras de polvorones envueltos en color carmín, jazmín y esmeralda; finísimas obleas superpuestas en tacos de 25 y acumuladas en brutas columnas que lentamente llegaban a alcanzar el techo. Teodoro se estaba empezando a angustiar, y con el peso del desamparo empuja el portón gris de una última sala. Un instante de oscuridad y ¡por fin! Un buñuelo de viento en un platito de cristal. Fue tan solo necesario un primer mordisco y Teo ya estaba volando.

Rosalía Pérez Lorenzo
Grupo B

Realismo mágico

A la sesión del taller de escritura creativa de esta semana se unieron una madre y su hija, vestidas de riguroso luto; un cura con acusada calvicie y su hermana, un fantasma obstinado en desordenar las rosas de su propio altar y la amiga de toda la vida, o toda la muerte; un dentista sin título y un alcalde corrupto y tirano, además de muchos curiosos recién levantados de la siesta. Fue una sesión muy animada. Puro realismo mágico. 

Gabriel García Márquez fue el protagonista. Sobre el tapete tres cuentos importantes en su biografía como escritor: Un día de estos, La siesta del martes y Alguien desordena estas rosas. De este último cuento (página 52) puedes leer otra versión aquí para contrastar el trabajo de corrección del escritor, quien volvía una y otra vez sobre los textos para apuntalar la redacción y el estilo.

Para entender mejor el realismo mágico en el que se inscriben estas historias tomamos como punto de partida el texto de Andrea Imaginario en la página Cultura Genial




Ilustración Norma Editorial


En el artículo se señalan una serie de características propias de este movimiento literario:
  • Parte de la observación de la realidad.
  • Incorpora el universo de valores simbólicos de las culturas latinoamericanas, a las que reconoce como parte de esa realidad sin apelar a una mirada vertical.
  • Normaliza las peculiaridades en lugar de sustituir la realidad por un mundo fantástico o alterno.
  • El narrador no ofrece explicaciones sobre los acontecimientos insólitos.
  • Los personajes no demuestran extrañeza ante los fenómenos insólitos.
  • Valora la percepción sensorial de la realidad.
  • Rompe la linealidad temporal del relato.
  • Expone realidades yuxtapuestas.
  • Tiende a desarrollar ampliamente la metaficción.

Propuesta de escritura

Escribe un cuento no muy largo donde se vean más o menos explícitas estas características del realismo mágico.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


La piedra

Cuando Jesusín llegó con los padres al otro lado del pueblo, a casa de los abuelos, ya estaban los espejos tapados con paños, las cortinas echadas, y en la sala chica la abuela tendida en el santo suelo, ataviada con la saya nueva de negro sin gastar y los zapatos de tacón y majuela. Pasaron los tres y había una tabla encima del cuerpo de la abuela y una piedra enorme sobre la madera. Un cuerpo muerto si se enfría no hay luego quien lo enderece, dijo el tío Rogelio, y estaba también tía Reme. A ver, Jesusín, dale un beso a la abuela, hijo, que ella te quería mucho y vienes muy guapo; a ella le gustabas así, con el pantalón de terciopelo y tan peinadito. El niño se arrodilló y la abuela estaba tan arrugada como siempre pero la piel fría y de un color amarillo; le extrañó que besar a un muerto supiera así. Hala, hijo, vete para la cocina que nosotros tenemos que hacer. Y los mayores siguieron a lo suyo, porque las vecinas traían sillas y había que irlas colocando donde se podía, con vistas sobre todo a la noche. Mama, ¿puedo darle otro beso a la abuela? Y mama dijo que bueno, pero que un momentín nada más. Qué pena, la abuela seguía estirada y con aquella enorme piedra encima. No parecía la abuela, a la abuela Ricarda siempre la conoció Jesusín encorvada. ¡Niño!, levantaba la voz ella desde el portalillo, ¿vienes, que me quiero meter para adentro, que ya siento frío? Y el niño acudía, y la mano de la abuela en su hombro pesaba como un pajarín, pero con eso le bastaba para llegar a la cocina a sentarse en el sillón de mimbre de junto a la chimenea, encorvada como ella era, claro. Dios te lo pague, Jesusín, hijo. Cuando empezaron a doblar las campanas la gente se aceleró un poco más y a la abuela le quitaron el pedruscón aquel de encima que cualquiera sabe lo que pesaría y la sacaron para la sala grande donde ya estaban los cirios encendidos y las flores de trapo y la metieron en la caja abierta. Quedó muy aparente pero estirada, seguía sin parecer ella. No tardaron en llegar el cura y el sacristán, y el mayordomo de la Hermandad, con el Cristo de marfil. Se fue apartando la gente y se quitaban los hombres la gorra y el cura entró en la sala y empezó los rezos con voz ronca, en latín algo pero que se entendía, y la gente iba contestando, unos más y otros menos, aunque la abuela seguía estirada como ella no era. El señor cura cerró el libro de pasta negra y canto rojo y echó mano al hisopo y lo sacudió en dirección al cadáver. ¡Ahora!, pensó el niño, tiene que ser ahora. Y sí, fue en ese momento cuando el cuerpo de la abuela dobló las rodillas, que le sonaron un poco los huesos, y otro poco levantó hacia arriba la cabeza y empezó a parecerse a la abuela de siempre; color amarillo, pero eso qué tiene, y aquella cara de pasmo que se les puso a todos, qué torpones los mayores, se iba diciendo Jesusín camino al portalillo, ese sol de invierno que tanto le gustaba a la abuela Ricarda.

Pascual Martín
Grupo B


La piedra (narra el niño – sugerido en el taller)

Cuando llegué con papa y mama al otro lado del pueblo, a casa de los abuelos, ya estaban los espejos tapados con paños, las cortinas echadas y en la sala chica el cuerpo de la abuela, tendido en el santo suelo.
Lo tenían vestido con la saya nueva de negro sin gastar y los zapatos de tacón y majuela. Encima del cuerpo, sobre las rodillas, le habían colocado una tabla de madera y encima de ésta una piedra enorme. Los niños no entendemos, pero el tío Rogelio estaba atento y enseguida y me lo aclaró:
—Un cuerpo muerto, Jesusín, si se enfría no hay luego quien lo enderece.
Vino entonces la tía Reme, que tenía ojos de haber llorado, y me cogió de la mano:
—A ver, Jesusín, dale un beso a la abuela, hijo, que ella te quería mucho y vienes muy guapo; a ella le gustabas así, con el pantalón de terciopelo y tan peinadito.
Me arrodillé y la abuela estaba tan arrugada como siempre pero la piel fría y de un color amarillo como la cera. Cómo podía yo suponer que al besar a un cadáver se notara ese sabor.
—Hala, hijo, vete para la cocina que nosotros tenemos que hacer.
Llegué frente a la chimenea y cogí una tajuela y me senté mientras los mayores continuaban a lo suyo. Las vecinas trajeron sillas y había que irlas colocando donde se podía. Con vistas a la noche, oí decir. Me acerqué a mama un momento que quedó libre y le pregunté si podía darle otro beso a la abuela.
—Bueno, hijo, pero un momentín nada más.
Qué pena, la abuela seguía estirada y con aquella enorme piedra encima. No parecía la abuela, a la abuela Ricarda siempre la conocí encorvada. «¡Niño!» levantaba la voz ella desde el portalillo, «¿vienes, que me quiero meter para adentro, que ya siento frío?». Y yo iba y la mano de la abuela en mi hombro pesaba como un pajarín, pero con eso le bastaba para llegar a la cocina y sentarse en el sillón de mimbre de junto a la chimenea, encorvada como ella era, claro. «Dios te lo pague, Jesusín, hijo».
Cuando empezaron a doblar las campanas, la gente de casa se aceleró un poco más y a la abuela le quitaron el pedruscón aquel de encima que cualquiera sabe lo que pesaría y la llevaron a la sala grande donde ya estaban los cirios encendidos y las flores de trapo y la metieron en la caja abierta. Quedó muy aparente pero estirada, seguía sin parecer ella.
No tardaron en llegar el cura y el sacristán, y el mayordomo de la Hermandad con el Cristo de marfil. Se fue apartando la gente y se quitaban los hombres la gorra y los tres entraron a la sala y el cura empezó los rezos con voz ronca, en latín a veces pero que se entendía, y la gente iba contestando, unos más y otros menos, aunque la abuela seguía estirada como ella no era.
El señor cura cerró el libro de pasta negra y canto rojo y echó mano al hisopo y lo sacudió en dirección al cadáver. «¡Ahora!» me pensé yo, «tiene que ser ahora».
Y sí, fue justo en ese momento cuando el cuerpo de la abuela dobló muy despacito las rodillas, que le sonaron un poco los huesos, y otro poco levantó hacia arriba la cabeza; y así, mientras se doblaba, es cuando empezó a parecerse a la abuela de siempre; color amarillo, pero eso qué tiene. La cara de pasmo que se les puso a todos.
Qué torpones los mayores, oye, me iba diciendo yo camino al portalillo. Lo que yo imaginaba, lucía ese sol amable de invierno que tanto disfrutaba la abuela Ricarda.

Pascual Martín
Grupo B


Persistente llovizna

El pitido de la locomotora me sobresalta. Aún estoy adormilado. La humareda exhalada por la chimenea se embarulla con la neblina sobre las copas de los árboles. Con el cercano pitido, las mujeres de la aldea ya han comenzado a danzar para ocupar su sitio junto a la vía férrea. Mi madre y su mandil me azuzan, como lo han hecho de madrugada con las pobres vacas, para que avecine las cántaras todo lo posible al anciano madero de la durmiente traviesa. El viejo tren solo se detiene unos minutos en el apeadero y el que no suba no vende la leche, no come, no sonríe.

Me siento con los pies colgando del viejo vagón, sujeto con fuerza el templado metal que contiene el sustento de la semana y me fijo en el pobre barro agarrado a la madreña de mi madre. El pitido del tren hace estremecer al convoy. La curva antes del túnel provoca el estrépito de los viejos vagones. Me froto los ojos, me limpio el rostro tiznado por el polvo fugitivo del carbón y me tenso. Sé que a la salida del túnel voy a ver a Anxo. Mi mirada busca el viejo castaño y ahí está, sentado en la rama, en esa maldita rama. Me hace señas con los brazos, me sonríe, se encarama y me saluda con la mano. El tren me aleja de allí. La persistente llovizna moja mi rostro, cala mi alma y hiela mi corazón.

Desde hace diez años mi madre me despierta cada mañana para ayudarla a llevar la leche a la ciudad. Los mismos años que han pasado desde que Anxo nos dejó. Ese día fuimos a robar huevos de los nidos de los inocentes pardales. La vieja rama del castaño crujió y la vida de mi amigo se quebró. Pero sigue esperándome, cada día, para que le acompañe por el bosque. A veces pienso que yo soy el único que lo ve.

Tomás García Merino
Grupo B


Invierno siempre

Dio un golpe en la mesa, ella que jamás levanta la voz. Saltó la taza, con un seco estruendo se hizo pedazos contra el piso. Una lluvia de café, migas de pan y sirope de fresa, caló los huesos de Javier y el suelo de la cocina.

–Estás loca, solo te estoy pidiendo que disimules, que…
–Una vez más, aulló, ¿Por qué no? Solo, una vez más, un día más… un invierno más. Siempre es invierno a tu lado…
–No puedo hacer otra cosa, no tengo opción…
–No quieres hacer otra cosa, tú siempre en el lado más cómodo de la cama… (risas), así eres tú. No te das cuenta que en ese pasillo en el que habitas, caminan más transeúntes a los que no les dejas alcanzar el jardín.
–No sé de qué hablas, estás loca, eres…
–Tú nunca sabes, pero tienes la certeza que se hará tu santa voluntad.

¿Puedes recoger esto…? Por favor. Puedes querido, ¿verdad que puedes?.–le dijo con una sonrisa sarcástica…

Me está matando esta jaqueca…

Eva Hernández
Grupo A


Un día cualquiera en el internado

Un jueves por la tarde, justo cuando teníamos libre, se puso a llover y se cumplió el refrán:” la suerte perra bien nos amuela, porque siempre llueve cuando no hay escuela”. De esta guisa nos refugiamos en el salón que había al lado del patio, adecuado para estos menesteres.

Para entretener el tiempo cada cual se ocupaba de distintos quehaceres y mira tú por dónde a mí me tocó presenciar el espectáculo que nos ofrecía un compañero de internado, aunque no de curso, pues era algo más joven.

El amigo Chivite saca la mano izquierda del bolsillo y con el dedo índice y el pulgar separa los párpados del ojo izquierdo, y acto seguido acerca su dedo índice de la mano derecha al globo ocular, lo frota y lo introduce con fricción por todo su alrededor; no lo humedece con saliva para evitar asperezas, en seco. Parpadea dos o tres veces y nos muestra el ojo indemne, ni siquiera ha enrojecido un poco.

A continuación, se aleja de nosotros por un instante y al cabo vuelve mostrando el puño cerrado de la mano derecha; lo va abriendo con mucha parsimonia y nos muestra la mosca que acaba de atrapar; nos la enseña, la sujeta por las alas, y le arranca una con mucha delicadeza;” para que no escape” nos dice; seguidamente abre la boca, saca la lengua , deposita la mosca todavía viva, cierra la boca y traga. Inmediatamente abre la boca y nos la muestra vacía en todos sus ángulos. La mosca ha “volado”.

Después de reflexionar un momento, le pregunto: ¿a qué sabe?

­-No lo sé, contesta. La trago sin masticar.

Como se termina el recreo, nos dirigimos nuevamente a las aulas situadas en el primer piso. Según íbamos caminando, Emilio Chivite nos dice: otro día que esté soleado y vea avispas revoloteando, os enseñaré cómo las capturo con la mano sin que me lleguen a picar.

José Luis Fonseca
Grupo A


En tierra de nadie

Cuando se metía en la cama cada noche, procedía siempre de la misma forma, tanto en sus pensamientos como en sus actos. Pensaba en la oscuridad de la mina y en la oscuridad del dormitorio, y en el bullicio de la mina y en la paz del dormitorio, todo a un mismo tiempo, pareciéndole las dos caras de una misma moneda. Oía el sempiterno pitido que tenía en sus oídos, completamente imperceptible cuando estaba allá, picando, y era lo mismo que oír el chirrido constante de las vagonetas en sus idas y venidas por los raíles de las galerías. Tardaba en acomodarse, moviendo una y otra vez la almohada para encajarla en su cabeza de la forma más propicia en aras de conciliar pronto el sueño, y luego se empleaba con la sábana y la manta, ciñéndoselas hasta la barbilla y las orejas, pero no por frío sino para sentirse a salvo. Cuanto más arropado, más a salvo se sentía. Después de todo aquello, deslizaba la mano hacia donde estaba su mamá y le tocaba ligeramente el hombro. Saber que tenía a su mamá cerca lo tranquilizaba. Sólo entonces, rezaba sus oraciones: un Padre Nuestro y tres Ave Marías. Aunque en realidad, sólo rezaba la primera parte de aquellas oraciones, pues la segunda debía rezarlas su mamá.

—Siempre rezas tu parte demasiado deprisa, mamá —le decía a menudo.

Pero como ya se había dormido, porque ella se dormía instantáneamente, le embargaba la sensación de estarle hablando al cabecero de la cama.

—Buenas noches, mamá —le decía, no obstante. Y le lanzaba con sumo cuidado un beso anudado a un suspiro muy grande, con el que pareciera que quisiera impregnar de hollín todo el aire del dormitorio.

A veces, el sueño lo atrapaba en cuestión de segundos, e invariablemente aparecía camino de la mina, sobre un cielo de fuego y humo, agarrado de la mano de su padre, una mano negra como el tizón, que apretaba la suya, pequeña y frágil, para que no pudiera escaparse del sueño, porque era importante que soñara el sueño hasta su desenlace. Su padre caminaba dando grandes zancadas, dejando en la tierra ocre las marcas de sus pisadas, levantando a cada paso tal cantidad de polvo que el aire se volvía nebuloso e irrespirable. A él le tocaba caminar deprisa, jadeando, con la mano apretada dolorida y con los ojos escocidos.

—Rápido —le apremiaba su padre—. Tenemos que llegar a tiempo de que lo veas. Así no necesitarás más explicaciones.

—Si ya lo sé, papá —le replicaba él—. Si ya lo he visto muchas veces. No hace falta que me lleves.

Pero su padre no hacía caso de sus razones y seguía caminando más y más deprisa, mirando cada poco a su hijo, al que veía con lágrimas en los ojos.

—Mira, ya se oye el estruendo —decía su padre.

—Tengo miedo, papá —lloraba él—. No quiero ir a la mina. Se está derrumbando.

—Pero tienes que venir, hijo —insistía su padre, con voz autoritaria y los ojos vidriosos—. Tienes que verlo. Tienes que verme allí, atrapado y sin poder salir. Por eso no os pude ayudar, hijo. Yo no podía salir de allí. Nunca he podido, ni podré jamás.

A medida que avanzaban, el pitido de sus oídos se hacía más y más agudo, hasta que lo despertaba, encontrándose bañado en el mismo sudor de la mina. Entonces, abría los ojos al máximo como si no pudiera prestar atención de otra forma, y se quedaba pétreo hasta que se tranquilizaba, procediendo a continuación a recolocarse la almohada, a arroparse de nuevo hasta el mentón con la ropa camera y a deslizar su mano, insensible como el yunque del mazo con el que trabajaba en la mina, a tocar el hombro de su mamá. Todo el tiempo, repetía maquinalmente:

—Ha sido un sueño, ha sido un sueño, ha sido un sueño.

Y cuando por fin la respiración se apausaba, prestaba atención al tic-tac de su reloj despertador, que sonaba con la cadencia con que golpeaba la piedra de la mina con su mazo, sin que supiera exactamente en la negrura del dormitorio si el pitido que escuchaba era el de sus oídos o el del chirriar de las vagonetas. Entonces, desvelado, se resignaba a esperar a que llegara su padre a casa, aguzando el oído para oír, en cuanto se hicieran notar, las pisadas de sus zapatos subiendo las escaleras. Cuando esto sucedía, sentía calor en las fosas nasales, como si le insuflaran una corriente de olor a cable quemado, y agarraba con fuerza el hombro de su mamá, mientras la lengua se le pegaba al paladar. Luego, oía el tintineo de las llaves, el girar de la cerradura, el chirrido de los goznes de la puerta y el impacto de ésta contra el marco al cerrarse. Entonces, se incorporaba en la cama y fijaba la vista en la ranura de luz que asomaba por debajo de la puerta de su dormitorio. Y sin atreverse a levantarse de la cama, llamaba a su padre.

—¿Estás ahí, papá? —la primera vez muy bajito—. ¿Estás ahí? —ahora más alto—. ¡Buenas noches, papá! —finalmente, casi a voz en grito.

Después de lo cual, se giraba hacia su mamá, temiendo que la pudiera haber despertado. Pero ahora, sabedor de que toda su soledad estaba en orden, se sentía mucho más relajado. Y otra vez se recolocaba la almohada, se subía la sábana y la manta hasta la barbilla, le tocaba el hombro a su mamá y se dormía profundamente, hasta lo más hondo de la mina.

Óscar Martín
Grupo A


El muñeco de nieve

El viejo sentía pasar la muerte por los pasillos de la residencia. La reconoció desde el primer momento, sin verla. Era aquella niña, su amiga de infancia, llevaba un vestido blanco, y tenía una rosa, también blanca, en la mano, igual que en su ataúd. Siempre iba descalza. A través de la puerta la sentía. Caminaba por los pasillos como si levitara. Se paraba frente a alguna habitación, y dejaba la rosa frente a la puerta. Cuando algún empleado veía la rosa ni siquiera entraba, se acercaba a recepción y avisaba al médico, que acudía para certificar la defunción.

El cuarto del viejo estaba en la planta principal y tenía una ventana con un pequeño paso -casi a la altura del suelo- que daba al jardín trasero, separado por una alambrada del patio donde jugaban los niños del colegio. Durante los recreos se podía escuchar una algarabía que al viejo le recordaba el alboroto de cientos de gorriones disputándose las mejores ramas de los árboles, al anochecer.

El viejo solitario siempre había esperado el momento de reunirse con la niña. La llamaba en silencio, pero ella pasaba de largo, seguía andando, descalza, como si se moviera entre algodones. Se detenía frente a otra habitación. Dejaba la rosa blanca.

El día había sido helador, anochecía, ya se habían apagado las luces del jardín. Comenzó a nevar suavemente, pequeños copos blancos que se veían apenas por el reflejo amortiguado de la luna. La nieve sonaba, al caer, como los pasos silenciosos de la niña.

El viejo lo supo. Se vistió con la ropa del domingo, la que usaba para recibir las visitas que nunca llegaban. Ordenó un poco su mesilla, metió las gafas en la funda y cerró el cajón. Ya no las iba a necesitar.

Abrió la ventana y salió al jardín. Casi tropieza, pero se sujetó con el marco y se recompuso. Se sentó en el banco que estaba frente al colegio infantil. Se acomodó y esbozó una sonrisa como de nostalgia cumplida. Ella vendría a su encuentro. Los copos de nieve, cada vez más grandes, seguían cayendo.

La pelota quedó junto al banco. Los niños, entre gritos y risas llamaron a la profesora para que viera el muñeco de nieve.

Casi invisible, a su lado, había una rosa blanca.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


El difunto

El sonido de las campanas recordaba a los vecinos la fugacidad de la existencia. El féretro esperaba para ser introducido en el templo.
El cielo amenazaba con descargar su furia y pocos vecinos se atrevieron a acompañar al muerto en su último viaje.
En el interior de la iglesia, el mínimo acompañamiento al difunto; sólo su sufrida esposa y su hijo bastardo, además del lacayo que nunca defraudó, evidenciaba el poco aprecioque había sentido quien había sido el cacique del pueblo.
En el exterior, la lechuza solemne e inexpresiva, posada sobre la rama vencida de un tejo, recordaba a la enlutada dama, que el alma del allí fallecido ya había sido robada.
Al lacayo no le temblaron las manos mientras apretaba el cuello de su señor. Le robó el alma para vengar su traición.
Una imagen que se quedó pegada en su mente y que el viento, por mucho que gritase, no dejaba que se marchara. Las campanas doblaron con ímpetu acompañando a la lluvia, que decidió clavar sus púas en la tierra embarrada.
El brillo de los ojos de la mujer enlutada alumbraba la locura del momento. El hijo bastardo escupió al féretro, mientras la lechuza prendió el vuelo y se llevó el alma de cada uno de los acompañantes del difunto.

JB
Grupo C


Mensajes

A las chabolas que se aprietan en el barrio suburbial de la gran urbe la cobertura llega a ráfagas, como la carne o la fruta. Para José, la cultura llega entre entre el barro de las calles, las peleas, las sirenas de las redadas policiales y el bienintencionado empeño de algunos voluntarios. La escuela marginal algo le ayuda, pero él sabe a golpe de realidad que su vida y su futuro están muy alejados del centro y de los barrios residenciales. Por ello, José es taciturno y distante, un marginado en un barrio de marginados. Pero sueña, a veces sueña y rebusca en la caja de cartón que le sirve de armario y se viste la ropa seminueva que una vez compró en un mercadillo y se acerca a ese centro distante.

La niña Teresa tiene rizos rubios, ropa de marca y unos apellidos que siempre ayudan. Camina firme, segura de si misma y de su futuro. Tan segura que, a veces, sale de su barrio residencial y se acerca al centro donde puede alternar entre clubs exclusivos y bares populares. La niña Teresa se comerá el mundo cuando cumpla los ciclos establecidos.

José y la niña Teresa coinciden en el Café Acapulco, cuando ella pide un vermouth blanco y él mira ese mundo vedado. José memoriza el número que la niña Teresa le pasa al chico alto y moreno que está a su lado.

Todas las noches, José vuelca su corazón en un mensaje y pulsa enviar en el viejo móvil que fue de su padre. Todas las noches, antes de dormirse, la niña Teresa encuentra el mensaje de un número desconocido, que le envía poesías teñidas de realidad. Muy diferente de los mensajes edulcorados de sus redes sociales o de sus amistades de barrio acomodado.

El padre de la niña Teresa tiene influencias y amigos a los que recurrir para saber quien le envía los mensajes a su hija. Pero el número no está dado de alta en ninguna compañía telefónica y la familia del último poseedor lo dio de baja cinco años antes, cuando este falleció de enfermedad curable.

La niña Teresa, que hoy se casa, sigue añorando los mensajes anónimos. Esos trozos de poesía que le hacían sentir una vida más verdadera. Sin motivo, dejó de recibirlos hace un año, el mismo día que las máquinas excavadoras del chico alto y moreno, con el que se va a casar, derribaron la última chabola del barrio suburbial. La chabola de José, que se había encerrado en ella en un gesto de protesta y desesperación.

Manuel Medarde
Grupo A


Pili la peluquera

Entró apresuradamente en la peluquería y dejó el paraguas.

-¡Vaya un día que hace, Pili!

-¡Y lo que te rondaré, morena! -dijo Pili, la peluquera.

Era un día espeso de puro gris, de un gris ceniza, un día de” polvo eres”…Para levantarse de la cama tuvo que sacudirse el sueño pegajoso de los párpados cansados.

-¿Por qué dices eso, Pili?

-Porque se avecina eso que llaman clitogénesis…

-Ciclogénesis -la corrigió-.

-Bueno, pues eso, no te olvides el paraguas al salir, que tengo ahí una retahíla de ellos.

Y así era.Para ella la peluquería de Pili era como el salón de su casa, llevaba treinta años yendo cada semana a peinarse, pero sobre todo a ver a Pili, su peluquera, que llevaba desde los quince años trabajando en la profesión. Para Pili sus clientas eran sus feligresas y cuando llegaban, siempre apresuradas, las recibía con el sillón preparado a modo de confesionario , de manera que, cuando se sentaban colocaba pesadamente las manos sobre sus hombros y presionaba como diciendo:”te tengo, cuenta tus secretos”. Ellas los contaban, vaya que si los contaban, exponían sin reticencias toda su intimidad porque Pili disparaba como una metralleta una batería de preguntas que las dejaba extenuadas , Pili de pie y ellas sentadas, solas y con el pelo revuelto, mojado y pegado a la cara se sentían inseguras y pequeñas.

Realmente Pili era una buena confidente, si no fuera porque confundía a menudo las respuestas y entremezclaba a las clientas de manera que reconstruía sus vidas con retazos de unas y otras y acababa inventando vidas nuevas.

-¿Qué tal tus nietos?-decía

-¿Mis nietos?

-¿No me dijiste que tenías tres nietos?

-¿Yo? ¡Si no tengo hijos, Pili!

-¿Y no me dijiste que tu nieta quería ponerse extensiones?

-Que no, Pili, que me confundes con otra.

Y así era, pero a Pili no le importaba confundirlas porque para ella todas eran la misma mujer, pasaba delicadamente las manos por sus cabezas y manoseaba sus universos femeninos como queriendo extraer todas las preocupaciones.

Aquel día plomizo ella era la única clienta y Pili podía dedicarle todo el tiempo, por eso se detuvo especialmente en el peinado concentrándose en cada mechón, pero algo extraño ocurría: aquel pelo se desprendía como lana desmadejada y caía lentamente, pero Pili se apresuraba a recogerlo y lo pegaba de nuevo en la cabeza con una habilidad extraordinaria, Pili robot, el secador en una mano, el cepillo en la otra y en la boca, pinzas y horquillas que hacían su modo de hablar infantil y balbuciente.

Cuando terminó le preguntó :Pili, qué te debo. Pili la abrazó, ya a su altura y le dijo que nada, porque en la vida había que ponerse guapa todos los días, aunque lloviera.

Ella salió a la calle y un aire morado le revolvió el escaso cabello que ahora sentía como una hermosa melena. Por supuesto, se olvidó el paraguas.

Pilar SB
Grupo B


Infancia perdida

Sergio Ramírez de tan solo diez años huye de la maldita guerra que asola su pueblo. Solo y empapado hasta los huesos atraviesa los campos quemados; la soledad, la ausencia, el hambre, el frío y el miedo le acompañan en su huida.
Su infancia ha quedado sepultada entre los escombros de su casa que un obús destrozó al impactar en el tejado, sin ninguna compasión, el domingo por la mañana. De repente se ha hecho un hombre sin ninguna transición y el peso de la vida le encorva la espalda.
Sonidos y ruidos desconocidos atenazan su espíritu y agotan su cuerpo. Se sienta junto a un árbol al que abraza buscando protección y cobijo. El viento sopla con fuerza y unas gotas de lluvia anuncian una tormenta como aquellas que pasaba junto a su añorada madre en su casa junto al fuego, sin miedo y con la palmatoria cerca por si se apagaba la luz, pero sabiendo que su mano estaba cerca, siempre que él la buscaba, asustado por el ruido de los truenos y por el resplandor que invadía la estancia, dibujando en las paredes sombras para él aterradoras.
En sus noches en soledad y lejos de su hogar pese a sus incesantes lágrimas, podía contemplar la imagen de su madre con total claridad que sonriendo le decía: hijo mío te voy a contar esta noche el más hermoso cuento que nadie ha escrito jamás.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Viaje a Tacna

La tarde venía calurosa, la bruma se esparcía sobre la ciudad de Lima. El cielo, gris plomizo, para no variar como casi todos los días del año. La luna, más que ver, se adivinaba escondida entre las nubes negras amenazando lluvia.
Lucy, después de varios meses de posponer el viaje a Tacna por los momentos convulsos de la destitución del presidente Pedro Castillo, por fin puede preparar el viaje al sur, a su tierra natal y encontrarse con sus hermanas.
Antes de hacer sus maletas, visita a su tía, un ser muy especial que ha hecho muy bella su estadía todos los años aquí en Lima y le ha dado un lugar dentro de los suyos. La abrazó, la consoló y resondró las ausencias. Su principio de gratitud es muy grande para con ella y está preocupada por su salud debido a su edad avanzada.
Le hizo prometer que estaría pendiente de su familia. Toda su familia es de Huaraz, una tierra serrana muy linda. Ahí está el nevado más grande peruano donde el frío llega a menos seis. Ahí se encuentra la reserva natural de agua, hay más de veintitrés lagunas; la más conocida : —Conococha—. Cada vez más reducida.
Por fin llega el momento de partir al sur.
He deshecho cinco veces la maleta y no se que sucede, creo que aquí el destino existe y está jugando una mala pasada. Hoy fue la quinta vez. Debía estar con Yuyu en Ica, pero su turno en el hospital, se ha prolongado.
Ayer comenzaron la cosecha de la papa en —Hazno Aycahu— ; es la tierra de los abuelos de Yuyu.
Sábado, recién empieza el día, ordenaré mis cosas. Mi Arthur y Yuyu llegarán a la una . Saldré a visitar a mi tía a las 6 pm y cenaré con mi amiga Monica — será abuela por primera vez.
Por fin a las 8pm nos vamos de viaje. Estoy muy contenta de iniciar por fin mi viaje de 20 horas en autobús. A los primeros rayos de luz, Lucy, abre sus ojos camino del Sur.
Es un momento hermosísimo pasar por la costa y ver el mar impresionante, embravecido.
A 20 minutos de llegar, me siento feliz de estar con mis hermanas. Aquí las vacaciones ya terminan. Creo que necesitaba distraer mi mente; fueron muchas actividades.
Por fin en Tacna; aquí la gente ha trasnochado celebrando el día de la amistad. Fui con mi amiga Lucy Lisset.
Es maravilloso despertar con los primeros rayos de este hermoso día. Me siento feliz como una avecilla en un bosque lleno de árboles.
Hoy me dio tiempo para ayudar a mi hermana en la limpieza de la casa, vi una caracola, regresé a la infancia y sonreí. Yo, buscando una caracola y estaba al alcance de mis ojos!
Es un privilegio ver el sol todos los días. Cuando estoy en Lima, casi ni se ve.
La noche anterior fue maravillosa. En este lugar divisé todas las estrellas y algunas constelaciones. Una experiencia diferente.
Hoy se me hizo muy tarde por la alegría de ver a mi hermana menor. Fuimos a probar platos dulces tradicionales. Después del desayuno fuimos a la playa Boca del Rio a pasar la mañana. Por la tarde ya en casa esperando el crepúsculo donde descansa el sol, el cerro Intiorko.
Después de mucho tiempo he disfrutado un domingo en Tacna con mi familia. Aquí se como como mineros.
El que ha aprovechó un buen viaje fue Arthur que está en —Cajamarca— , la tierra del Inca, una de las ciudades más representativas de Peru junto a Cusco y Pino.
El viernes retornaré a Lima. No soporto el enorme calor.
Aquí también se celebran los carnavales. En la sierra los bailes tradicionales son multicolores. Lo hacen los sábados.
Hoy fue u0 Un lindo lugar —Pachia— tierra de uvas. La felicidad es familia y me encanta por armonía, hacer mi parte en este punto que se llama tierra.
El día ha sido muy cansado y creo que no debo quedarme más días. En Lima hay pendientes que no pueden esperar.
Estoy mirando el cielo… bajo el hechizo del viento… es mi música, mis preguntas, mis miedos.
Disfrutaré de estos dos días antes de partir. Este domingo apoyaré a mi amiga Rosita en una elección. Seré su personera . Espero de corazón que gane.
Mi hermana menor nos invitó al campo a tomar vino de chacra. Lo estoy pasando bonito. He probado bondiola.
Hoy, desde muy temprano estoy apoyando a mi amiga como personera en otro distrito. Estoy muy contenta por los resultados. Ganó!! Rosita. Me emocionó el resultado.
Es el momento !!! Voy saliendo rumbo a Lima. Mañana será un despertar diferente; sin sol, sin luna, sin brisas… y mis risas de cada día dejará en mi hermana, más historias a contar… Y como sucede siempre, siento lluvia sobre mis ojos.

Pedro Gómez
Grupo C


Los cementerios son lugares muy concurridos

Los cementerios son lugares muy concurridos. Los vivos solo nos acercamos en fechas señaladas. Sin embargo, sus moradores no salen nunca de allí. Cada uno en su sitio, perfectamente ordenados e identificados.

Me gusta visitarlos sin más motivo que la curiosidad. Las inscripciones de las lápidas apenas dan algún detalle biográfico de las personas enterradas. Su nombre, las fechas de naciemiento y muerte, y poco más. En ocasiones es posible conocer si eran hijos, hermanos, padres y otros detalles. Esto permite imaginar una vida que, con certeza, no se va a corresponder con la que tuvieron. Las fotos ayudan a la imaginación a volar libre entre los cipreses y otros árboles. Algunos detalles dan alguna pista: es un nicho junto al suelo o uno en la última trama a la que solo se puede acceder subido a una escalera. Luego están los enterramientos de los más ricos, esos mausoleos que parecen chalets estupendos.

Visito con frecuencia el de Salamanca acompañando a mi esposa que tiene allí a sus padres. Cuando decide que vayamos a verlos, accedo y en el camino de ida desde la puerta y en el de vuelta siempre me fijo en algunas tumbas y comienzo a fabular sobre las vidas de sus inquilinos. Cuando estamos delante de mis suegros, yo procuro acercarme un momento para que vean que sigo allí y luego me retiro para que puedan tener un momento de intimidad con su hija. No creo en la trascendencia pero no me gusta molestar. Al despedirse, ella siempre pone un beso en su mano y lo deja en la lápida. Después comentamos con disgusto la falta de la tilde en el apellido del padre, estos marmolistas dejan mucho que desear, con lo fácil que es hoy en día consultar la ortografía correcta.

En una visita reciente a mi ciudad, Valencia, decidí ir el Cementerio General. Me estaba quedando en casa de mi hermana y desde allí se aprecia la magnitud de la necropolis. He acompañado a mi madre infinidad de veces a “arreglar” los nichos de mis abuelos pero no hubiera sido capaz de encontrarlos de memoria. Afortunadamente en la entrada hay un servicio en el que te dan las coordenadas donde reposan los restos de una persona con solo dar su nombre. Si el nombre es muy común, se puede acotar con la fecha de defunción, aunque sea aproximada.

Mis abuelos maternos reposan en un nicho muy concurrido. Además de los ocupantes originales, mi bisabuela y su segundo marido, también están el hermano de mi abuela y mi abuela con todos los datos en la lápida. Después a modo de ocupas o porque no cupieron más nombres, están anónimamente una hemana de mi madre y mi abuelo, el recién llegado, en terminos de eternidad que lleve allí casi sesenta años no es mucho. No sé si se llevan bien.

Por el contrario, mi abuelo paterno reposa solo, en la época en la que murió mi abuela, los recursos de la familia no permitieron un enterramiento duradero y su segunda esposa nunca tuvo buenas relaciones con mi padre y sus hermanos.

Cuando visito a mis padres todo es más impreciso y romántico. Decidimos dispersar las cenizas de ambos en el cauce de Turia antes de entrar en la ciudad. Allí todavía parece un río. La visita es muy agradable, un paseo junto a los huertos que hay cerca de la orilla. Aunque los hermanos no nos ponemos de acuerdo sobre el lugar exacto.

Durante el paseo siempre pasamos cerca de ellos y eso consuela.

EMM
Grupo B



Tengo mis dos euros con cincuenta esperándote. Bailan ansiosas en el tafetán de mi bolsillo. Por no importunarte y sentirme a millas de ti, son todas igual de circulares a las tuyas. Veinte céntimos dorados y diez, como los que sueles recibir según calles. Huelen a madrugada, a magnolia mía, con cedro del Atlas. Hoy haré algo que te prometí. Los dos somos protagonistas del cruce de azar. Calor excesivo en nuestras carnes entre vetadas, nos unen en puente colgante

En esa mañana tras la correa de mi lazarillo, fue verte y llamarte hermano. Curiosa hasta el fin, seguí tus pasos danzarines de brazos nórdicos separados y escrupulosamente rítmicos sin mangas y pantalón corto en invierno. Tu sonrisa justo ahí. Comisura de unión conclave para el que cruza a locomotora en iris grises de negras pestañas. Ángulo regado con un “buenos días” para todos. Logarítmicamente intenté subirme a alguno de tus vagones en la aurora. En tus templos pregunté por tu nombre. En algunos te conocían y en otros incomodabas. Carlos, mugri o mugroso, para algún estúpido avatar. Ese dato en mi sueño, reveló al despertar, que eras ese ser mágico que destaca por su lomo perlado al descubierto. Dragón que te encumbras en el rechazo de tu vuelo hacia los necios.

Sigo aquí, a las siete y media. Estás por llegar. Llueve de enamorar, refresca a mi jaguar sediento. En tu cáscara de nuez, cruzaría hasta el otro lado de la ciudad rebotando por las azoteas. Con nuestro caminar de Gulliver a zancadas por las farolas, de ocho a nueve, conseguiríamos termo de café y mate, para tus compañeros de habitación sin techo. Todo gratis. Seríamos cornucopias holandesas a repartir. Suelo radiante para tus pies caravaggienses, por orden del señor alcalde.

Cual agujero negro nuestra realidad adsorbió nuestra materia temporal al decirnos nuestro embriagador: ¡Buenos días! En tu universo cuántico ya habías a esas horas ordenado las mesas de tus santuarios, barrido la entrada de cinco comunidades, retirado los materiales que el camión dejó, colgados los churros en los pomos, picado el pan duro para tus feroces voladoras, atusado cada lebrel a tu paso, etc. Desayunamos juntos, era nuestro objetivo atómico. Tapaste las-tus-mis-monedas con tu mano y cada uno pagó lo suyo. Volví con todas las latas que otros no vieron, despertando a algún vecino. No me extraña que seas el buda del barrio, nos unes a todos. Personas como tú hacen que nuestros cuatro elementos químicos al dormir sobre la almohada, despierten a máxima vitalidad, en lechos que a ti te faltan.

Lidia Merchán
Grupo A


Las uvas del desván

Atrás se habían quedadas poblaciones muy pequeñas de adobe y teja árabe, dedicados a la agricultura extensiva de secano y a la ganadería ovina. Los campos del Cea estaban sembrados con trigo de invierno, los que se plantan en el otoño y se cosecha a mediados de mayo. A medida que el vehículo avanzaba el trigo se balanceaba con el viento formando grandes olas amarillas, invitando a surfear con la mirada, creando una armonía difícil de describir.

Después de un tiempo impreciso, el vehículo redujo la velocidad, comenzando a circular lentamente por una sinuosa carretera. Las cunetas estaban llenas de la planta de la jara, el tomillo de los prados y el romero todos florecidos, por la ventana del conductor apenas abierta, se colaba el olor de la primavera. El campo se tornó del amarillo al verde, cubierto por un tapiz vegetal en el que se alternaban pastizales, brezales y piornales con magníficos bosques de hayas y robles.

Los dos hombres que ocupaban las plazas delanteras del vehículo, hablaban sin parar, eran oriundos de la misma localidad y pasaban de una conversación a otra, todas intrascendentes refiriéndose a personas que identifican por sus motes. El conductor del vehículo era un hombre de aspecto vulgar , con la nariz muy ancha y coloradota , que había desarrollado la habilidad de hablar sin quitarse el purito de la boca .El copiloto de mediana edad saltaba a la vista que era “ un simple “.Era hijo de una viuda con parientes muy bien relacionados, que le habían proporcionado trabajo de agente interino en el Juzgado único y mixto ubicado en la localidad más poblada del partido judicial .Puesto de trabajo en el que se había perpetuado desde hacía años , y en el que seguro se jubilaría llegado el momento .

La parte trasera del vehículo estaba ocupaba por una joven Juez en su primer destino y un hombre maduro, experimentado y curtido en su profesión de forense. Estaban en silencio, escuchaban a los dos hombres que ocupaban las plazas delanteras del vehículo, pero sin ningún interés, como quien escucha llover a buen resguardo y se enreda en pensamientos ajenos a la lluvia.

El vehículo se adentro por un camino ancho y bien cuidado, se detuvo frente a dos viviendas; la más próxima moderna de nueva construcción sin interés arquitectónico, y la otra a la que se dirigió la comitiva judicial era de piedra, con una gran puerta de entrada en forma de arco, una puerta de madera de nogal envejecida por los años con llamadores dorados. Se apreciaba que había sido concebida en su origen como casa señorial de postín, estaba dividida en dos plantas con un precioso patio interior rodeado de columnas de piedra. En el patio se paseaban unas gallinas con pintas blancas y negras, estaban gordas y bien cuidadas; “gallinas puras flor de almendro “dijo el agente judicial” muy buenas para carne”. y otras más flacas color marrón, “para poner huevos” comento de nuevo el agente, sin que nadie le preguntara. Estas últimas corrían de forma ruidosa y despavoridas, huían de un llamativo gallo de plumaje vistoso con una gran cresta roja, que ajeno a la tragedia del momento, pretendía iniciar el ritual de la fertilidad.

La comitiva judicial, precedida de dos agentes de la Guardia civil, que se encontraban ya en el lugar, tras atravesar el patio subieron por unas escaleras de peldaños estrechos a la zona alta, al desván. Este era de buena altura, no había que agacharse, la cubierta era a dos aguas con bigas solidas de pino que se entrecruzaban, de cada viga colgaban en ristra racimos y racimos de uvas de un color oscuro, que milagrosamente se conservaban sin pudrir, pese a estar ya lejano el otoño, al estar en un sitio oscuro, ventilado y seco se habían convertido en uvas pasas, pero aún conservaba gran lozanía.

Por unos segundos la joven juez, sin olvidar que le había llevado a ese lugar, se quedó embelesada mirando el espectáculo; “un bosque de racimos de uvas colgados del techo del desván “.

¡Allí Señoría …!, dijo uno de los agentes, señalando un lateral del desván. Y si allí, como si fuera un racimo gigante estaba colgado un hombre todavía joven, el cadáver de un hombre vestido de domingo, aunque era martes.

Tras la autopsia, como se había hecho tarde, la comitiva judicial se detuvo a comer en un bar de carretera, se sentaron en dos mesas muy separadas; en una el agente con el taxista y en otra el forense y la joven juez. Aquellos parlamentaban de forma ruidosa, aunque la lejanía no permitía conocer sus temas de conversación. En la otra mesa, y en silencio el forense estaba concentrado en comer un buen chuletón partido de forma perpendicular que le garantizaba un asado uniforme y en su punto. La joven juez desplazaba de un lado a otro de su plato una simple ensalada mixta, los racimos de uvas del desván, y sobre todo el mas grande, le habían formado un nudo en la garganta que apenas le dejaba tragar su saliva.

María Victoria G.L.
Grupo B


No se fue

Lo miraba, lo miraba con la vista perdida en su conciencia, con la furia contenida que deja un muerto, pero a su vez le llenaba de viveza la raíz, esa que dejó de estar viva hace ya tiempo.
Se quedó sola en esa habitación vacía que le llenaba de vida de quien se fue, quería asegurarse que jamás saldría de esa caja, ni siquiera su fantasma en forma de alma, esa que nunca tuvo, tenía que estar encerrada de por vida, por la rabia que siempre calló.
Y ahí estaba con su rostro pálido, con su boca cerrada sin una sonrisa, ni siquiera esa con la que te penetraba sin palabra alguna, fría y cortante como los ojos con los que te miraba, con las manos en el pecho como si estuviera rezando, cosa que nunca hizo, no sabía de la existencia de Dios, su lugar era el infierno, haciendo de las brasas llamas imborrables.
Y ahí estaba en el silencio de una sala fría como su cuerpo, envuelto en un traje negro, como si el también estuviera de luto, pero no lo estaba, porque nunca conoció la pena, ni una lágrima vertida, jamás se condenó por nada, ni siquiera por su inclemencia.
Pasó la noche observándolo, como si esperara que abriera los ojos para poder clavarle la mirada de su ira que nunca pudo mostrarle por miedo, no por ser cobarde. Miraba de vez en cuando a los rincones del techo por si su ánima vagara por allí observándola y apareciera en cualquier instante, no vio nada, quedó dormida tan profundamente como el muerto al que vigilaba.
Una voz le fue hablando en el oido suave, sigilosamente le dijo que el puñal de la culpa se lo llevaba consigo, creyó en ello, hasta que un rayo de luz iluminó el ataúd de repente y la despertó. La noche era intensa, oscura, fría a las puertas de un verano caluroso.
A la mañana siguiente solo se escuchaban lágrimas mientras llevaban su cuerpo cargado a hombros hacia el cementerio, la misa fue corta, el cura tenía un casamiento, utilizaron las mismas flores del muerto.
Ella solo observaba la tapa del ataúd , para que el muerto no saliera y volviera a buscarla sin que nadie lo supiera, llevaba la cruz a cuesta de su penitencia .
Quedó encerrado para siempre dentro de un nicho cualquiera, detrás de una lápida que decía:
“Descansa en paz, tu familia”, 1915-1993. Ella sonreía.
Al entrar del jardín los papeles enganchados detrás de la puerta de la cocina se habían caído. La esencia estaba, aunque su presencia hubiera sido enterrada, la niña que fuera entonces volvió a estar asustada.

Ana Sánchez Taramón
Grupo C


Escapada

Desde hacía ya mucho tiempo, quizás desde que tenía memoria, Inés había sentido que ese no era su sitio.
Como todos los días, subió la escalera de madera, evitando el crujido del último peldaño, abrió la puerta con sumo cuidado y entró en su habitación preferida: el pequeño estudio de pintura.
Apoyadas en las paredes, se encontraban, colocadas con mimo, sus obras ya concluídas, y en el caballete reposaba la copia, recientemente terminada, de la Noche estrellada de Van Gogh.
-¡Madre, que ya me voy!
-¡Ya sabes, hija, no vuelvas tarde!
-¡Ya sé, madre, ya sé!
Inés miró con satisfacción su último lienzo. Se acercó a él todo lo que pudo y a los pocos segundos, tal y como esperaba, entró por la ventana entreabierta el Viento Amigo.
Enseguida se encontró junto al retorcido ciprés.
A lo lejos, el pueblo parecía dormitar. Sólo algunas y tenues luces de pocas casas permanecían aún encendidas. Se tumbó junto al árbol. Dirigió la mirada hacia el azulísimo cielo, observó con deleite las múltiples ondulaciones del firmamento, las rutilantes estrellas, la gran luna amarilla….Respiró profunda y sosegadamente. Se sintió completamente feliz.
Cuando el sol del amanecer comenzó a asomarse entre las montañas, oyó la voz de su madre, a lo lejos:
-Inés, hija ¿Ya estás aquí?
-¡Voy, madre, ya voy! ¡Estoy bajando!
-¿Dónde vas a viajar mañana, cariño?

M.L. Fidalgo
Grupo C


Ifigienia, la Santa

A esas horas de la tarde el sol entraba a través de alguna rendija del sobrao relleno de paja, una sencilla y ligera escalera de palos se inclinaba desde el suelo para acceder al pajar. Un olor agrio e intenso a cabra y excrementos secos inundaba la atmosfera, y un haz de luz vespertina se proyectaba dejando ver las partículas de polvo flotando.

Flora sentada en una silla baja y bajo el chorro de luz, se afana zurciendo el calcañal de un calcetín de lana.

Ifigenia la de los ángeles entreabrió el portón y una nube de moscas que se afanaban en una boñiga rompió el silencio levantando el vuelo.

−Flora, vengo a traerte ciacinas pa la chapa de la lumbre −Flora levantó la vista y se colocó el pelo que ligeramente se había salido del pañuelo negro que llevaba a la cabeza −¿Ande has ido a buscarlas?

Figenia la de los ángeles se sentó en un rachón de encina que servía de asiento en aquel corral que parecía un zoco árabe, mazorcas de maíz colgadas, trancos de madera de donde colgaban unos cencerros, palas y bieldos colocados en tijera y sacos de grano, de cisco, de arena….

−Antier por la calleja de las Barbalinas, por la Hoja Abajo, y en aquel vallejo contra la finca del marqués, ay ayyy Flora bajaron todos los ángeles esta vez −y levantando las manos y los ojos– y como cantaban, era como estar en el la misma gloria.

−¿Y qué te dicen Figenia?
−Yo barrunto que quieren llevarme con ellos y eso me dijo el Jere el de la Fina que vino con ellos.
−Pero Figenia el Jere desde que murió Fina ¡que en gloria estéa)se lo llevaron los hijos a Bilbao.
−Malobado ¡Pues allí estaba y cantaba como un monaguillo!

Un tañer de campanas familiar rompió el diálogo de las dos mujeres

−¡Están doblando! −dijo Flora

Y una voz se oyó desde la calle, Miguel el Coscurro dijo:

−Ha muerto Jere el de Fina, se conoce que lo entierran aquí.

Aurora Martin
Grupo C


La mujer roja

Por fin había llegado el martes. Acompañada por las horas, la lluvia había pasado y el cielo rosa se aparecía tímido entre las nubes, como quien espera en una plaza abarrotada a su cita vespertina.

Mario llegaba tarde desde ayer. La sensación de que su cuerpo imaginado iba siempre un paso por delante de su cuerpo real hacía que esa arruga esporádica del entrecejo se volviese atributo permanente de su rostro. Caminaba sintiéndose como una camisa recién sacada de la lavadora, por la arruga y por la humedad. Esa mañana la ducha se le había pegado a la piel y la toalla plastificada del hotel le había terminado de incrustar las gotas de agua en cada poro de sus hombros, de su espalda, de sus muslos.

Mientras se bajaba del tranvía, Mario se preguntaba cómo podía levantarse un día cualquiera siendo tan consciente de su propia corporalidad. De cada pelo que saliendo por cada folículo capilar se quedaba aplastado entre cabeza y gorro, asfixiándose, asfixiándole. Eran pensamiento obsesivos e inútiles que no alcanzaban a conectar el problema con la solución, quitarse el gorro.

Sorteando a la muchedumbre de la avenida comercial, se dio un respiro y se reconoció nervioso. Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Sabía que solo tenía que reunirse con Martina en el puente, y que después todo se esfumaría. Hasta su propia piel mojada.

Anoche le prometió a Martina que saltaría con ella. Daba igual que fuera febrero, que el puente fuera el más alto de la ciudad y también el más concurrido. Martina le dijo que lo importante era que no hubiese barcos debajo, eso resultaría en un episodio poco delicado, aparatoso de más. Había que caerse al agua; eso le repitió anoche varias veces: caerse. No había que tirarse al agua fría del Moldava había que caerse en ella.

Él no terminaba de entender cómo iban a caerse al río tirándose por el puente, pero no se lo llegó a preguntar porque sabía que si lo hacía, ella se limitaría a sostenerle la mirada. Con la barbilla apuntando hacia el cielo y esos ojos negros que te dicen que lo saben todo, y que no te lo van a explicar, le sostendría la mirada acompañándola de una sonrisa mal disimulada. Mario no se ve capaz de soportar ese episodio de nuevo, y con cierto resquemor piensa que antes preferiría adelantarse y saltar haciendo un esfuerzo tremendo por tirarse y no caer. Solo para joderla.

La vio apoyada en el muro gris. Iba vestida de rojo fresa, el pañuelo verde oscuro de su madre haciendo de tallo. Entre las figuras grises del invierno, era como una amapola florecida temprano. Se paró a su lado sin decir palabra, y esperó a que ella se girase buscando sus ojos. Mario lo supo en el mismo momento en el que ella la miraba. También supo que ella ya lo sabía. Siempre has sido un cobarde, le dijo con esa forma curiosa que tenía de lanzar insultos disfrazados de mera información. Te odio, le respondió él sin pensar. Ella se giró de nuevo hacia el río. Eso también ha pasado siempre. Aunque a veces lo confundiésemos con amor.

Los periódicos del miércoles sacan en portada la historia de una mujer hallada en la vera del Moldava. Algunos se refieren a ella como la mujer roja; por su ropa y su piel, que al congelarse se había sonrosado. Horas más tarde, un hombre acude a testificar en a la guardia urbana. No se tiró se cayó, fue lo primero que dijo. Bailaba subida al muro de piedra mientras miraba a un hombre alejarse por el puente. Y cuando se tropezó y comenzó a caer, toda ella ya era roja. Parecía una flor de primavera, como las que se tiran al agua en recuerdo de los que ya se han ido.

Rosalía Pérez Lorenzo
Grupo B