El que menos sabe

Ayer desenvolvimos -con la misma ilusión que un niño el día de Reyes- la programación del taller de escritura creativa para este trimestre. 
Pero antes nos abrazamos y nos felicitamos el año pues aún no había prescrito el ritual de los buenos deseos.
Después nos acercamos con respeto y admiración a la poesía de Tomás Sánchez Santiago. Él ha sido el elegido para nuestra lección inaugural. Los motivos son muchos pero fundamentalmente la precisión, exactitud y profundidad de sus palabras. Hay quien da la bienvenida al año con un baño en el mar. Nosotros nos sumergimos en la hondura de sus palabras que también son baño y mar.
Es quizá El que menos sabe el libro de Tomás en el que más se transparenta su modo de entender la escritura, la vida, la amistad, y también la pérdida. Late en su poesía el pulso de todo lo pequeño, se hace visible la claridad -que no el brillo- de las cosas, se oye respirar al poeta, sentir su pérdida, su amor por la vida. Su lectura mueve y conmueve. Los poemas, sobre todo los de la última parte, se anudan a la garganta y cuesta remontar las palabras, y los ojos su nublan con alguna lágrima.



Tomás es un gran novelista, un buen articulista y un excelente poeta. Puedes escucharle en una defensa de las bibliotecas como espacios de resistencia y prestándole su voz a Cavafis y a José Corredor Mateos en este video. Y si quieres conocerlo mejor y también su libro te recomendamos una excelente entrevista de Vicente Duque en Tamtampress con el siguiente titular "Nombrarlo todo de otro modo".

En la cuarta de cubierta del libro, editado primorosamente por Eolas, reclaman nuestra atención estas palabras: 

Los poemas de El que menos sabe merodean por los territorios limítrofes con lo olvidado, lo humilde y desatendido. Son las afueras de las consignas, de las frases hechas y lo estridente: es la vida de otro modo. El autor de La belleza de lo pequeño se desentiende, deja de saber(se) como rechazo a la oquedad y a lo pactado, también al pacto nunca verdaderamente acordado con la inexistencia de los que ya se han ido. La escritura de Tomás Sánchez Santiago, igualmente fronteriza entre los ritmos poéticos y la viveza narrativa de la oralidad, «aguanta el oído contra el mundo» hasta convertirse en un intento conmovedor de restituir el vínculo roto y devolvernos los seres y las cosas en toda su dignidad insobornable, en toda su claridad ajena al brillo.
La resonancia de motivos y preocupaciones hondamente afincadas en la conciencia y la confluencia armoniosa de formas expresivas híbridas hacen de El que menos sabe una entrega culminante en la trayectoria literaria del autor.

Tomás hace inventario de recuerdos y los presenta en forma de almanaques, profundiza en la tarea encomendada a quien escribe, celebra la amistad con sus versos y nos da a conocer artistas con los que comparte inspiración y aliento o que han influido en su poesía. "Quieta casa ya", las últimas páginas del libro, son el diario del "deshuesado" de una casa, la familiar, tras la muerte de su madre. Un largo poema profundo y emotivo que a quienes hemos pasado por un momento similar nos interpela y araña. Gracias, Tomás, por ponerle palabras a algo que muchos no pudimos o supimos.
Hay dos poemas que son pura claridad, el homenaje que Tomás hace al escritor Tomás Salvador González y el que dedica a Ana Blandiana y a un mujer del Barrio de San Lázaro. Ambos muestran cómo es el poeta, su sensibilidad, su precisión a la hora de encontrar las palabras exactas para compartir el aliento o la tristeza y hacer de un acontecimiento casual un hermoso poema, lleno de luz.

Dejamos aquí unas hebras de esa luz, de esa claridad:

Todo lo que él podía llevar
(Tomás Salvador González)

¿Ni un triste óbolo con que pagar
al barquero si se acerca?
PHILIPPE JACOTTET

en los bolsillos solo algunas hierbas
y unos cuantos botones
muy gastados,
mordidos por el uso

¿así fuiste a cruzar ese día? ¿sin saldo ni defensas
en las manos?

quiero imaginarlo

era mayo
¿aún sabías canciones de resurrección?¿las oíste
otra vez levantarse
y salir de tu memoria
despertando de lejos la boca de los niños?
al menos
eso pudiste llevar contigo al viaje:
un cargamento de pequeñas decisiones
—quién sabe si algo más:
miguitas de pan quieto, monedas sonámbulas, cabos
de lápices—
y un silbato frutal
de hueso
para convocar tú a quien ya te esperaba
con la primera merienda
al otro lado

en el confín

yo sé oler los sueños, eso dirías también allí
con tu voz de licores oscuros
para salvar la última aduana, la de la nada

(igual nos lo dijiste una vez en Galicia,
en aquel viaje de juventud sin cáscaras
y de pensiones húmedas)

y luego
abrirías tus manos para pasar,
enseñarías
lo simple y lo indefenso
todas tus pertenencias
esto es lo que me nombra, algo así dejarías
de recado final

te fuiste solo,
ninguno te sentimos salir aquel día último,
lograste evitar los ademanes de las despedidas,
solo el chapoteo de los remos estrellados
contra esa agua de la vida, el agua
donde quedó flotando para siempre
la clara menudencia de tu caligrafía,
un alfabeto blanco que nadie más conoce

sémola mínima


Propuesta de escritura

¿Quién no guarda en su casa -ya sea en el desván o a mano- una caja de lata llena de recuerdos propios y ajenos? O tal vez una maleta, o una caja de madera.
Quizá al abrirla encontremos algunas fotografías en blanco y negro, un viejo carné, algunas monedas, unas cartas, un escapulario, alguna estampita, botones, sellos... Objetos y reliquias del pasado que nos permiten recorrer, de hito en hito, nuestra vida.
Todos esos recuerdos conforman nuestro almanaque de vida, nuestro tránsito por los meses, estaciones y los años vividos.
Imagina que ahora lo abres y nos cuentas que contiene. Qué dicen de ti y de los tuyos todos esos objetos que encierran en sí mismos un recuerdo. Cuéntanoslo en forma de poema, carta, breve relato. Danos a conocer las cosas por su nombre.

En el transcurso del taller hicimos también un pequeño ejercicio de disección poética y léxica, tal y como hace Tomás un su poema "Desperfectos" que comienza así:

A veces
aún me pasa. Se cruza
ante la cara una palabra que vuelve
la cabeza, se detiene y se queda
conmigo, me llena la hora
de su luz,
de la carne atendida de sus sílabas.

Esta palabra, por ejemplo: desperfectos.

La desmonto sin ruido
como una naranja en dos mitades vivas 
y desiguales, 
y son ya solo dos embarcaciones desamparadas, 
hinchadas sus maderas de humedad verbal.
Solo ahora caigo 
en esa suma extraña: des
perfectos. [...]

Sugerimos elegir una palabra compuesta y partirla en dos para observar por separado sus entrañas y su piel y su manera de ensamblarse en un todo. Y lo hicimos. También por aquí aparecerán algunos ejemplos.

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


¿Qué guardamos en las cajas de madera?

Mi vuelo de regreso no salía hasta el día siguiente. Hice caso a mi hermano y aprovechamos para echar un vistazo a la casa. Llevaba más de veinte años sin pisar allí. Al cruzar la puerta, tuve la impresión de retroceder en el tiempo. La decoración, el estado de las paredes, el olor… Pensé que se trataba de un puro trámite: una revisión ocular rápida, ver si algo merecía la pena, cerrar esa puerta para siempre, y no volver jamás. Mi hermano se movía desenvuelto por las habitaciones. Fue directo a la habitación de mi madre, pasé por delante de la que un día fue la mía. No me atreví, en un primer momento, a volver a entrar allí. Sucumbí a la curiosidad. Me costó empujar la puerta, parecía atascada. La humedad, el tiempo, el polvo, pensé. Arrimé el hombro y conseguí abrir un hueco, metí la cabeza como pude y la saqué todo lo rápido de lo que fui capaz. La habitación de mi niñez se había convertido en un trastero. No quedaban ni mis recuerdos. Tragué saliva y fui al comedor. Me sentí extraño, yo no pertenecía a ese lugar y parece, que el lugar tampoco me pertenecía. Mi hermano regresó con una caja de madera en las manos. «Aquí guardaba mamá lo importante. Si hay algo que merezca la pena, está aquí. El resto ya lo ves», me dijo colocando la caja sobre la camilla. Un teléfono comenzó a sonar. Mi hermano atendió la llamada, se colocó su melena rubia detrás de la oreja y comenzó a hablar moviéndose por el comedor. Con reparo, comencé a hurgar en el contenido de esa caja. Una bolsa, de terciopelo negro, atada con un cordoncito. La abrí y vacié su contenido sobre la palma de la mano. Unos cuantos dientes de leche aparecieron, me dio un poco de repelús. Levanté la mirada y mi hermano me sonreía mostrándome una dentadura perfecta. Entendí que eran sus dientes, de cuando era pequeño. En la caja había un pequeño camafeo con una pestañita. Apreté y la tapa se levantó. Guardaba un mechón de cabello rubio. La cerré y no lo pensé más. Debajo apareció un sobre. Estaba lleno de recortes de prensa. Mi hermano recibiendo el premio de El Corte Inglés tras ganar el concurso de pintura, mi hermano en un pódium, en lo más alto, recibiendo la medalla de oro de la prueba de los mil quinientos metros lisos de mano del alcalde. ¡Qué recuerdos! Alcé la vista y mi hermano me hacía la señal de victoria sin dejar de hablar al teléfono. Repasé el resto de recortes: mi hermano en…, mi hermano con…, el ganador ha sido… mi hermano. No había ningún recorte sobre mí, no había ninguna noticia sobre mí. Yo sí había ganado algún concurso en mi infancia, ¿o no? Ya dudaba. Debajo del sobre, había unas fotos: mi hermano el día de su graduación, mi hermano en la jura de bandera, mi hermano con la Reina, mi hermano con el presidente de la comunidad. Busqué la foto de su boda, no la encontré porque él no se había casado. La mía tampoco estaba. Siempre pensé que mi madre, en lo más profundo de su corazón, sí me quería. Me he estado engañando toda la vida. Metí todos los recuerdos en la caja, igual que poco antes metimos los restos de mi madre en el ataúd. Cerré la caja, malhumorado, y pensé en la última vez en que les había dicho a mis hijas que las quería. Miré el reloj, el que me regalaron mis hijas por mi último cumpleaños. Ahora era yo el que hablaba por teléfono. Conseguí adelantar el vuelo de vuelta. Tenía solo un par de horas para subir a ese avión que me devolvería a mi vida. Allí, en esa vieja casa, no había nada mío. En esa caja de madera, tampoco, ni siquiera recuerdos.

Tomás García Merino
Grupo B


Almanaque de recuerdos

Un día cualquiera, mi hermana y yo abrimos una caja donde estaban guardados algunos objetos que mi madre siempre había tenido colocados en los armarios, a la vista de todo el mundo y de los cuales presumía: este me lo trajo mi hijo de cuando estuvo en..., este me lo trajo mi hija de cuando viajó a..., este me lo trajo mi sobrino.
Para ella esta serie de objetos coma y todos con un trasfondo religioso, significaban una prueba de cariño y acercamiento por parte de los que se los habíamos llevado.
Aparecieron dos rosarios: uno procedente del Vaticano, bendecido por el Papa me dijeron, otro de Santiago de Compostela con su característica cruz. Una Virgen de Guadalupe, de Guadalupe de México. Una Virgen de Santa María de Guadalupe de Cáceres. Una ”Moreneta” de Montserrat. Una Virgen del Pilar. Una imagen de la Virgen de Lourdes. Un nacimiento pequeño de madera, supuestamente de olivo del monte de los olivos de Jerusalén. Un frasquito de arena con figuritas de camellos, arena obtenida del monte Nebo.
Al final apareció una figura del Sagrado Corazón de Jesús; esta última se la regalé yo y me costó bastante obtenerla, pues me tocó en una rifa en los escolapios, pero para poder obtener esta posibilidad, había que haber ganado un concurso previamente. La tuve todo el año en mi mesilla de noche, y al acabar el curso se la regalé. Siempre la tuvo en lugar preferente y a la vista de todo el mundo.
Sabíamos que estos regalos le gustaban, pues era una mujer devota y religiosa. Probablemente para ella significaba sentirse querida. Estos regalos se los fuimos haciendo a lo largo de toda nuestra vida de forma continua, aprovechando cualquier viaje que hiciésemos.
Uno siempre acierta con los regalos, cuando se conoce y se quiere a la persona a la que vas a hacérselos.

José Luis Fonseca
Grupo A


Almanaque desconcertado

Tan lejos en el tiempo
y tan cerca en los recuerdos.
Ese álbum bajo la mesa,
tú y yo como descansando
de tantas batallas hechas.
Solo yo, para recordarlas
y hablar con la soledad de la tarde,
que cae plomiza sobre este cuerpo
en barbecho.
Ahí, guardado como un tesoro,
tu risa,
todo el azul del océano
en tus ojos.
la inmensidad del cielo
sobre las montañas blancas
que un día no muy lejano
cruzamos y fuiste más allá
del horizonte que divisabas,
desde donde venía el viento ,
donde duerme el silencio.

P.G.
Grupo C


Un salto de 12.000 años en el Almanaque

Ayla

Soy Ayla. Con mi clan, llevo caminando hacia el sur desde hace casi una luna. Las manadas de ñus empezaron a desplazarse en cuanto olieron el frío en el viento del otoño. Somos cazadores y los animales que nos alimentan migran con las estaciones. Estableceremos un campamento para pasar el invierno en algún lugar propicio, en cuanto alcancemos el Gran Río.
Creb, nuestro guía se ha parado al llegar arriba de la colina y nos hace señas para que nos acerquemos. Desde allí divisamos algo de lo que habíamos oído hablar en la Reunión Anual de los Clanes del Oeste, pero que no habíamos visto todavía. Es un poblado.
Una mujer sale a nuestro encuentro. Entiendo parte de lo que dice: que saben quiénes somos y que podemos descansar con ellos antes de continuar nuestro viaje. Delante de una hoguera nocturna me explica su vida. Se llama Iza. Hace muchas lunas que los padres de sus padres decidieron sembrar las semillas que recogían en el otoño y esperar a cosechar el grano al final de la primavera, y ellos han seguido haciéndolo. Mientras tanto se alimentan de lo cosechado el año anterior, aunque no desdeñan la caza menor y la recolección de bayas y hongos. Cuidan de lo sembrado. Nunca se desplazan. Viven tranquilos, dice Iza. Sin sobresaltos. Sin necesidad de grandes y peligrosos desplazamientos llevando a los niños pequeños y a las mujeres embarazadas. Pueden acumular comida, herramientas y ropas pues tienen donde guardarlo en esas chozas de madera y cañas donde viven.
Iza me dice que su vida es mejor. Pero yo no lo comparto. Nosotros no somos así. Nuestra casa no es pequeña y oscura. Nuestra casa es el bosque y la estepa y nos cubren las estrellas en la noche y el sol cuando es de día. No esperamos temerosos que la suerte sea propicia y que los elementos no destruyan la cosecha. No nos doblamos sobre la Tierra para ararla. Somos el Clan del Oso Cavernario, orgullosos cazadores de ñus y de antílopes. No aguardamos a la Fortuna; la buscamos con nuestra fuerza y nuestra astucia. Nuestro horizonte es infinito; a un lugar no nos ata nada más que la abundancia de caza. Somos libres.
En la mañana agradecemos a Iza su hospitalidad y le regalamos un collar de cuentas del que también cuelga un pequeño trozo de marfil grabado con nuestro tótem: un oso de las cavernas.
La niebla nos acompaña cuando partimos.

Álvaro

Me llamo Álvaro. Soy físico de la especialidad de cálculo automático. Acabo de llegar a Hanoi después de diez y seis horas de viaje y me siento tremendamente despistado. No es sólo el atontamiento del avión. Es un mundo que me resulta distinto. He quedado con los de una agencia inmobiliaria que me han preparado la visita a un par de apartamentos del centro.
Cuando salí de Madrid quedé con mi amigo Luis en Barajas. Me expuso por enésima vez sus ideas respecto a mis desplazamientos.
Me llamó otra vez “emigrante por afición” y se asombró de nuevo de ver cómo alguien puede elegir moverse tanto. Dice que permanecer en el mismo lugar es fundamental para el equilibrio mental, que la estabilidad permite a la cabeza procesar el presente y manejar mejor la propia vida. Que, si te mueves, pierdes los amigos.
Pero yo soy un nómada. Un nómada digital. Todo mi trabajo lo llevo a cabo delante de un ordenador. Desarrollo aplicaciones a medida, que luego paso a los programadores. Ahora mismo estoy con el organigrama de la nueva línea 6 del metro de Sao Paulo.
Y no necesito esa estabilidad de la que me habla Luis.
No se parar en un lugar. Mi vida se alimenta de la novedad. Me emociono cada vez que llego al sitio que he elegido esa vez para vivir. Sólo necesito una conexión rápida a Internet. Nada más. Y así me siento bien. Me siento libre. Soy libre.
Antes de embarcar le regalo a Luis un par de entradas para la ópera que había comprado antes de decidir el viaje a Vietnam.
Sobre la pista hay jirones de niebla que el despegue de los aviones no logra disolver. 

Carlos Coca Senande
Grupo A


Palabras compuestas

Me deslumbra
tu forma de mirar,
algo oculto y oscuro
que guardas para ti,
para tratar de convencer
a los demás;
que no saben de artimañas
y mucho menos
de triquiñuelas infundadas.
Te desdoblas
sin apenas apariencia,
pasas de lado sin hacer ruido,
con el convencimiento
del que tienes enfrente.

P.G.
Grupo C


En el alto

Subir al alto de la casa de mi abuelo era como subir a un mundo tenebroso y desconocido, lleno de telarañas y sorpresas escondidas en cualquier lúgubre rincón. Los claroscuros de aquel espacio aguardillado y la profusión de objetos amontonados desordenadamente a lo largo de muchas vidas, hacían del alto un lugar aterrador, lleno de misterio, a los ojos del niño que yo era.
Ha pasado medio siglo desde que subí la última vez. Mis abuelos y mis padres hace tiempo que partieron. El polvo y las telarañas se han vuelto decadentes y ya no me aterran, muchos de los objetos aparecen inservibles, corroídos y absolutamente desvencijados. Parece que nada aprovechable ha superado los envites del tiempo y del olvido. Lo poco valioso que alguna vez pobló el alto ya ha sido vendido o acaparado por algún familiar avispado. Esta visita me deja claro que el destino del alto es ser vaciado de esta basura inservible, saneado, remodelado en profundidad y convertido en dos estancias acogedoras, con sus respectivos cuartos de baño, para añadirlos a la oferta de la casa rural en que se va a convertir el viejo edificio.
Echo un último vistazo antes de bajar del alto y mis ojos tropiezan con una gran caja de cartón en la que un desvaído papel informa de su contenido. A duras penas consigo descifrar que se trata de los juguetes de goma de mi infancia. ¡Cuánto me habían hecho disfrutar! Tenía muchos, con ellos jugaba y me divertía solo o con mis hermanos y mis amigos. ¡Cuántas peleas y cuántas batallas había inventado entonces! Rinocerontes contra leones, elefantes contra búfalos, cocodrilos contra tigres, juntos o por separado, cacerías del ciervo por una manada compuesta de lobos, gatos y osos polares. Todas las combinaciones eran posibles, más teniendo en cuenta que disponía al menos de dos ejemplares de cada especie. También estarán en la caja los indios y los vaqueros —a todos les llamábamos vaqueros aunque, desde el sheriff al pistolero cojo, muchos de ellos no hubieran visto una vaca en su vida—. Indios y vaqueros enzarzados en peleas interminables que siempre perdían los desdichados nativos. También había un fuerte hecho de troncos en el que estaban acuarteladas un par de patrullas del ejército federal y el famoso pastor alemán Rin-tin-tin. Las escaramuzas de vaqueros y federales contra indios se intercalaban con cacerías de animales, que en no pocos casos salían victoriosos por la admiración que yo tenía por la fauna salvaje. Todas las luchas imaginables tenían lugar entre aquellas reproducciones de goma. Pero lo que nunca me había imaginado es lo que encuentro al abrir la caja. Los animales de goma que yo tenía se encuentran acompañados de una multitud de crías, pequeños descendientes de los rinocerontes, osos pardos y polares, pandas, tigres, panteras, águilas… y sobre todo gazapos y jabatos. Como si de verdaderos animales de carne y hueso se tratara, mis animales de goma se han reproducido engendrando cientos y cientos de crías. La imparable Naturaleza en estado puro a escala de juguetes de goma. ¿Y el fuerte de troncos de madera? Ha perdido su carácter militar y se ha convertido en una escuela, a la que asisten un gran número de niños blancos, indios, negros, orientales y muchos mestizos. Ya no se distinguen vaqueros, indios y federales, que definitivamente se han fumado muchas pipas de la paz. Todos ellos se han convertido en una muchedumbre variopinta de tipos, unos estrafalarios y otros formales. Por un momento pienso que el eslogan preferido durante mi preadolescencia: “Haz el amor, no la guerra” ha sido la pauta de conducta que han seguido mis juguetes de goma. ¡Vaya historia!
No acabo de salir de mi sorpresa y todavía estoy empezando a digerir este prodigio cuando una gran algarabía llama mi atención. Acabo localizando de donde viene el jaleo, justo al lado de la caja de mis juguetes. Es de la casa de muñecas que fue de mi hermana, en la que una placa indica claramente que se trata de “La casa de Barbie, Ken y sus amigos”. No quiero saber que me puedo encontrar dentro. Bajo del alto y me dirijo directamente al bar dispuesto a tomarme un par de copas.

Manuel Medarde
Grupo A


En la caja de tu recuerdo

Un sueño por cumplir,
una quimera,
un fuego desatado
que ya no quema,
eternas madrugadas
de eterna espera,
estrellas sin su brillo
y nubes negras.

Colección de cenizas
y una certeza,
recuerdos ordenados
por hora y fecha,
los ecos de un silencio
que no resuenan
y miles de reproches
que me golpean.

Un nombre que taladra
mi mente entera,
un vendaval interno
que me atraviesa,
una niebla en el alma
que ya me pesa
y una cuenta pendiente
con la inocencia.

Aurora Zarco
Grupo B  


Espantapájaros

Todavía no he sido capaz de espantar los pájaros que, desde siempre, me habitan la cabeza.

Aurora Zarco
Grupo B


El fardel de los botones

Siempre he creído plenamente en el poder evocador de las cosas. Me cuesta desprenderme de todo aquello a lo que le veo el mínimo valor sentimental. De niño, una de mis aficiones favoritas era hurgar en el canastillo familiar de la costura, al calorcillo invernal de la camilla. Me deleitaba (cuando me dejaban) abriendo y cerrando la tijera encintada, vaciando los alfileteros, desenrollando el metro de la cinta amarilla… y haciendo dibujos imposibles con el afilado jabón de marcar. Uno de mis pasatiempos favoritos era esparcir sobre el tapete el contenido del fardel blanco en el que se guardaban los botones. Siempre encontraba en él algún “tesoro”, y me sentía como un pequeño arqueólogo de las tertulias al brasero.
Heredé por la nostalgia y el deseo el que formó parte de mis curiosidades infantiles. Por todo ello, y animado por las iniciativas creadoras del taller de escritura, he vuelto a sentarme como antaño, entre las patas sin faldillas de la mesa de mi comedor. No había sobre ella ningún tazón de aceite con lamparillas, ni el filamento a medio encender de ninguna bombilla de 125. Algunos portarretratos y unos mandos a distancia eran los nuevos inquilinos de la actual mesa familiar. Y me dispuse a derramar con rapidez su contenido sobre unas hojas de periódico. Lo hice como si estuviese abriendo el contenido intacto de una de las cajas negras de mis recuerdos.
Saqué lápiz y papel para la ocasión. Además de botones y otros objetos difíciles de identificar, aparecieron algunas cosas de las que me fue complicado recordar su nombre. Pero me resultó divertida su clasificación: chinchetas, fichas de dominó, argollas de cortinas, hebillas, corchetes, imperdibles, horquillas, gemelos, broches, cascabeles… Fui poniendo a un lado todo lo que me despertaba la curiosidad: medallas de aluminio, un crucifijo, el platillo de una pandereta, la llave de dar cuerda a un reloj, un cascabel, una barra de lacre, los colgantes de un escapulario bordado en tela… y hasta la palomilla de afinar las cuerdas a una guitarra.
El poder evocador de las cosas, como decía al principio. Cada pequeño elemento de aquel extenso contenido desempolvó a tiempo real las imágenes de mi recuerdoteca sequereña. Un par de alfileres de cabeza negra me trasladaron al murmullo de las novenas y los rosarios, al prendido minucioso del velo en el moño de las mujeres serranas y a los recogimientos de fe con el misal en mano sobre los ya olvidados y carcomidos reclinatorios. Aparecieron botones de madera, de nácar, de tela, metálicos, los del traje de marinero de la primera comunión… Inconfundibles también los que llegaron a formar parte de algún uniforme militar, con sus dorados, sus águilas bicéfalas y el montón de anécdotas familiares que sobre la mili sacaban a la palestra.
Escarbé con la badila en el brasero de mi imaginación, asomado como un numismático en prácticas a las perras gordas de la señora sentada y el león. Me tentó frotarlas en la suela de mis zapatos para limpiarlas de los óxidos, pero la vibración de un wasap me volvió a la realidad. Era alguien del taller de escritura agradeciendo el último libro de Ignacio. Pero tuve tiempo suficiente para sentir que aquel disco duro familiar revestido de tela seguía eternamente cargado con las baterías del corazón.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A

De niña la bautizaron ROSA, a los tres meses alguien comentó que ya sonreía y, para que quedase constancia de ello, la empezaron a llamar ROSARIO. De mayor se hizo monja, y alguien dijo que había terminado rezando su nombre.

Francisco Antonio Martín Iglesias
GRUPO A 


Desarmar a un cuentacuentos

Érase una vez el arma más poderosa del mundo: la imaginación.
Érase una vez un tirano.
Érase una vez un cuentacuentos que vivía de su imaginación.
Érase una vez un público –infantil o no– que disfrutaba del incontrolable poder de la imaginación de otros.
Érase una vez una prohibición.
Y el cuentacuentos nunca más lo fue.

Mª Ángeles García Franco
Grupo A


Memoria y olvido

Recuerdos, en tu casa
se van acumulando los recuerdos,
es el tiempo, que va dejando sus reliquias
como cenizas prematuras,
pecios a la deriva del mar sin olas
de tu olvido y sus nombres,
de tu memoria varada y anónima,
incierta en difusas coordenadas.
Fotos antiguas de familiares,
desconocidos,
próximos remotos,
libros, cuadros, objetos,
pequeñas herencias
de un extraño árbol genealógico,
hundidas ya en la arena leve
de las horas paradas.
Viejas cosas inútiles,
estorbos amables,
como fantasmas que invitan
a tropezar con el pasado,
y revivirlo con la sonrisa triste
de la nostalgia;
sólo entonces los ves,
enredados en sus telarañas
o envueltos para regalo.
Recuerdos de familia,
de viejos amigos
y amores,
historias
que siempre te acompañan,
sentimientos errantes
en tu casa solitaria.
Tu nicho, ibas a decir,
donde estás refugiado,
aún vivo en este sueño
mientras llega la muerte
-la vieja compañera,
sin prisas ni retrasos-
arrugando el espejo
de tu piel y sus cosas.
Al acecho, tan cerca,
pero aún derrotada
la eterna vencedora.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Antiparras

Tiene trece años. Su madre le enseña un reloj de bolsillo de su padre, el abuelo del chico, que murió años antes, cuando ella era joven. El reloj acabará mal. Al fin y al cabo, a quién se le ocurre dejar esa maquinaria delicada y antigua a un adolescente curioso y manazas…
También le enseña las gafas de su padre. Están compuestas por dos lentes de cristal circulares montados sobre aros finos de carey, dos patillas metálicas cortas, también cubiertas de esas irisaciones crema y marrón. El puente es fino, curvo y delicado. Las lentes están graduadas para una ligera presbicia.
Las gafas del abuelo le han hecho abrir los ojos como platos, mirar a su madre, que sonríe divertida, ponérselas y correr al espejo del armario de tres cuerpos de la alcoba de sus padres. Se ve cara de ratoncillo, pero se pone interesante y gira la cabeza a un lado y al otro, la levanta, la inclina. Sin remedio, le parecen las gafas más chulas del mundo. Como las de John Lennon, pero ¡mucho antes de John Lennon!
La madre le dice que si sabe cómo se llaman esas gafas. Él contesta que cómo se van a llamar, pues gafas. No, dice la sonriente mamá, se llaman también espejuelos o, como prefería el abuelo, antiparras.
¡Antiparras! Con ese nombre todo se hace todavía más mágico. No son simplemente unas gafas con las que el abuelo leía, son sus antiparras. ¡Por Dios, qué cosa más extraordinaria! ¡Antiparras! Pregunta de inmediato de dónde viene ese nombre, por qué se llaman así. La madre no lo sabe.
El chico, que trece años dan para mucho, corre a la biblioteca a buscar en la enciclopedia. No viene nada entre “antipapa” y “antipartículas”. Busca en el diccionario. Dice que viene de “antipara” y que son unas gafas o anteojos. Joder con los académicos, piensa. Y busca en “antipara”. Aquí la sorpresa: viene de “ante” y “para”. “Anti-para” una palabra que tiene dos palabras dentro, aunque eso no ayuda. Definición: “Cancel o biombo que se pone delante de una cosa para encubrirla”. No busca “cancel” porque sabe lo que es un biombo.
Como todo chico listo, se da cuenta de que las antiparras se ponen delante de los ojos, pero no para encubrir nada, sino para descubrir otras cosas, otros mundos. El abuelo leía con sus anteojos, sus espejuelos, ¡sus antiparras! Ahora él las tiene en la mano y pasan por su imaginación las páginas que pudo leer. Se ha creado otro puente fino, curvo y delicado entre aquellos ojos que leían con antiparras y los que miran ahora el fascinante objeto.
El reloj de plata del abuelo se averió pronto, por ahí sigue en un cajón. Sus gafas redonditas siguen en perfecto estado y se limpian cada poco. “Ante” él, “para” él, las antiparras del abuelo. Las conservará siempre, se dice. Sabe, y confirmará con el paso del tiempo, que es imprescindible conservar todo aquello que haga revivir las palabras que dan sentido a la vida: anteojos, espejuelos, antiparras, abuelo, madre…

Juan Delgado
Grupo A


Objetos y emociones

Ahora que todos se han marchado y la nostalgia se adueña del alma, me asomo al pequeño universo guardado en una caja de madera labrada, donde reposan los objetos que fueron testigos de momentos vividos y, aunque alejados en el tiempo, permanecerán para siempre en el recuerdo.
Contemplo con ternura la vieja fotografía en blanco y negro de aquella niña que fui, con esa mirada quieta y la tímida sonrisa de marfil.
El dedal de mi madre me provoca alguna lágrima al recordar las tardes de invierno en aquella cálida cocina alrededor de una camilla, jugando con mi hermana mientras ella cosía, con esmero, la ropa que el uso rompía.
La poesía que mi padre escribió el día que cumplí nueve años con su perfecta caligrafía, hoy un poco borrosa, pero igual de hermosa.
Una hoja de arce con el nombre de un enamorado de verano.
Una caja de cerillas del año sesenta y cuatro, recuerdo de aquel juego de la pandilla de antaño y que solo conocemos unos cuantos.
Una piedra en forma de corazón con fecha de septiembre del sesenta y dos.
Un mechero de gasolina, una cinta de seda, un mechón de cabello, una estampa, un dibujo de un corazón atravesado con la flecha del amor, unos cromos, una flor…
…fragmentos de una vida que el tiempo dejó atrás.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Recuerdo

Reconozco mi falta de apego a lo material, mis recuerdos son inmateriales, y quizás mis viajes, mis cambios de domicilio y cuando he tenido que deshacer lo vivido, han sido determinantes para el desapego. Siendo ya mayor, los recuerdos de mis hijos han quedado en mi corazón o en el lugar donde habité en la época de su infancia.
La casa familiar la recuerdo con telas, lanas, mantelerías, mantas, comto si fuera un bazar, y cuando nadie me veía, lo tiraba y nadie echaba de menos lo tirado.
Diógenes en mi casa subía la basura en lugar de tirarla.
Me gusta el orden y ordeno hasta los trasteros, igual no soy normal, pero me gustan las cosas útiles.
El amor no se puede guardar y es el verdadero tesoro, hasta que la memoria me acompañe , escribo historias vividas en cuadernos, ordenador y mi maleta está en mi corazón.
Espero seguir practicando el pragmatismo, durante mucho tiempo.
Los trasteros son útiles para no guardar trastos, parece sin sentido, pero guardar recuerdos propios en cajones que algún día serán superfluos en otras manos es otro sin sentido.

CLU
Grupo B


Tiovivo

Descubrí tiovivos en una ciudad del norte. Fascinación , ilusión y alegría se mezclaban hasta conseguir montar en aquel carrusel, que daba vueltas y mientras sonaba la música, giraba y giraba y cuando paraba, aparecían tus padres para ayudarte a bajar, parecía un gigante en medio de los jardines de Alderdi Eder, que evocaba a la Belle Epoque.
Al parar te sentías mareado y al descender a veces hasta te caías, pero sentías verdadera atracción y querías volver a subir.
Sigo teniendo ese recuerdo fantástico y espero poder montar a mis descendientes con la misma ilusión que cuando era niña.

CLU
Grupo B


Mamá ha muerto

Estaba al fondo del armario como un animal amedrentado. Cuando la tomé entre las manos resonó un tamborileo metálico. Presioné la endeble chapa hasta que la tapa se abrió. Solo había un sobre en la caja, naufragado como un barco en el fondo del océano. La carta, cubierta con la caligrafía puntiaguda de mi madre, estaba lista para ser franqueada y echada en el buzón. Leí mi dirección escrita en el frente y, por detrás, el nombre de ella desbordando la solapa pegada. ¿Qué querría hacerme saber que no pudiera decirme en una de mis visitas semanales? ¿Cuál era la naturaleza de esas misteriosas palabras que, temerosa de que se disolvieran en el aire, prefirió cuajarlas en tinta y verterlas sobre el papel?
Sostuve la carta largo rato entre mis dedos, indeciso. ¿Qué misterios podían estar agazapados detrás de aquellos elegantes trazos? Una desazón en el estómago me advertía del riesgo de abrir el sobre. Releí el remite como si en sus rasgos pudiera presentir el efecto que, provocarían en mí los secretos que –era seguro– se desvelaban en su interior. Quizás respondería la pregunta, la eterna pregunta, el puñal que ha desgarrado mi pecho desde qué era un niño: ¿Por qué mamá nunca me quiso? ¿Por qué era cariñosa con mis dos hermanos pequeños y conmigo se mostraba distante y fría?
Jamás me atreví a preguntárselo. Jamás se atrevió a explicármelo.
Rasgué el sobre y extendí la cuartilla. Mi nombre se hallaba en el centro de la primera línea. A secas, sin un querido, un estimado, ni otro adjetivo cariñoso; nada que permitiese desechar mis premoniciones de desdicha.
Siento no haberte querido tanto como te merecías, venía a decir el primer párrafo. Le seguía una jaculatoria de demandas de perdón, de súplicas de generosidad, de solicitudes de comprensión. Y, sin previo aviso, ya casi al final, el disparo. “Tú no eres hijo mío. No lo eres. Tu padre te tuvo con una desventurada que murió en el parto. Te trajo a casa y no me supe negar a acogerte. Te crie, te cuidé, pero nunca pude quererte”.
Nada más, ni un detalle, ni un nombre, ni un lugar, ni una fecha, nada. Un tiro a quemarropa que dejó el cadáver del hombre que había sido hasta ese mismo día y dio aliento a un fantasma vacío, inseguro y perdido.
Mis prevenciones estaban justificadas. Leer esa carta ha sido el acto capital de mi existencia. ¿Con qué ojos voy a mirar de ahora en adelante? ¿Quién es el verdadero dueño del corazón que palpita en mi pecho? ¿Qué vida puedo construir con estas que ya no son mis manos?

Pepe Lorenzo
Grupo B


Soy un provocador

Cada vez que voy a mi casa del pueblo descubro algo nuevo en un cajón, en una estantería o en un mueble medio abandonado.
Hará un mes mas o menos, al abrir un armario, en el fondo, divisé una caja metálica de Cola-Cao, atada con un cordón de zapatos, y la curiosidad me llevó a abrirla para ver lo que contenía. Allí estaban una peonza de cuando era pequeño, un llavero con un dado, varios sellos de 1 peseta, y una baraja de cartas sin abrir, con la carátula de la Caja Postal, que me había enviado mi primo desde la oficina donde trabajaba en Madrid.
Casualidades del destino, a la semana siguiente una compañera del taller me pregunta si sabía jugar al mus, a lo que respondí que yo no es que supiera jugar al mus, sino que yo daba clases jugando al mus. Bueno, pues me eligieron para echar una partida el siguiente lunes. Llevaba toda la vida jugando al mus, pero nunca había jugado con mujeres y la curiosidad superó las expectativas.
Allí estaba yo a las cinco de la tarde, en el bar que me dijeron, con mi baraja de la Caja Postal, un tapete verde de la Caja Rural y los amarracos correspondientes.
Cuando no se conoce al enemigo, en este caso, contrincantes, hay que estudiarlo primero, para ver cómo pajea, porque te puede coger el toro a las primeras de cambio. El juego me empezó el juego a resultar muy divertido desde el principio: como cogían las cartas, las miradas que se echaban, los comentarios durante la partida, como daban las señas.
Resumiré la partida del primer día, a tres juegos de treinta chinos. Toda la gente que me conoce, me dice que soy un provocador, y esta táctica la puse en práctica a la hora de jugar, consiguiendo “picar” a mi contrincante de la derecha: tras varios envites saqué de la chistera tres órdagos, a lo que me respondió las tres veces “Te quiero”. Y claro, perdió.
Ese día me fui tan contento para casa: había conseguido tres “te quiero” de una mujer, y aunque sea en el juego, mi autoestima creció, para mí era una frase olvidada
A la semana siguiente, a las cinco de la tarde, acudimos al mismo bar, pero eran cinco mujeres las que me acompañaban para la partida. Les expliqué que el juego era el mismo, pero que podíamos jugar tres contra tres y que sería igual o más divertido que dos contra dos.
El juego estuvo muy igualado y entretenido, hasta el punto que llegamos a estar empatados a dos, y todo estaba por dilucidar en el quinto juego.
Era la última jugada y las cartas las daba yo. Tras varios descartes, mi contrincante de la derecha, corta el juego después de hablar con sus compañeras: se las veía eufóricas, comentarios de todo tipo, yo era el último en hablar y a mis dos compañeras les dije me dejaran hacer a mi la jugada.
Después de hablar de grande, chica y pares, tocaba hablar de juego, todos teníamos juego. Ellas, ganando el juego, ganaban la partida: todas reían. Una frase de mi contrincante de la derecha me llegó al alma: “Anda, guapo, echa ahora si te atreves”.
Estuve pensativo unos segundos, las miré a las tres, y las dije: “Me veo obligado a echar órdago”. Como cuando salta un resorte con fuerza, las tres al unísono me responden “te queremos”. Las tres tenían treinta y una, y yo también tenía treinta y una, pero... la mía era la real.
Ese lunes conseguí que tres mujeres a la vez me dijeran “Te queremos”. No se acordaron que yo era un provocador.

P.D. Parte del relato es ficticio y parte real.

Luis Iglesias
Grupo B


Lo que Quedó de Aquel Naufragio

Pocas cosas pudieron rescatarse de aquel naufragio.
Lo miraron todos a lo lejos, entre las aguas de La Manga y San Javier, en el Mar Menor. Era verano, hacía un calor insoportable, eran los últimos días de Agosto y los primeros de Septiembre. El pequeño navío se alcanzó a mirar a lo lejos, tratando de salvar las gigantescas olas que se levantaron sin piedad aquella noche, en mitad de esa feroz y atípica tormenta.
La gente se arremolinaba en la playa de San Pedro de La Rivera para ver qué podía sacar de todo aquello, pero, además de trozos de madera podrida y pedazos de telas en girones, poco había que sacar de allí.
Muchos recuerdos, eso sí, muchos.
Las hojas de un libro que hablaban acerca de la situación política y económica de México, una bota de tacón con lazos anudados al frente, la manga de un abrigo que debió ser de lana color perla. Una pequeña libreta color de rosa con la imagen de María Antonieta, rota y llena de garabatos ilegibles, hecha pedazos. Las hojas de un pasaporte mexicano, un guante del mismo color que la manga cercenada del abrigo de lana color perla, un pase de abordaje de Ciudad México a París, llegando por Charles de Gaulle, y poco más. Nada que valiera la pena realmente. Recuerdos y nada más, recuerdos, pedazos de una vida que se fue.
La gente, decepcionada al ver que nada de eso tenía valor alguno, abandonó aquellos despojos en mitad de la arena, cerca de las olas. Al caer la noche, cuentan algunos que oyeron cantar a las sirenas que rondan cotidianamente por esos mares del sur y juran que vislumbraron llegar hasta la playa a dos de ellas, una con una larga cabellera azul, como el mar y la otra, con cabellera color púrpura, como los atardeceres de aquellas tierras, y que presurosas recogieron los despojos del naufragio, los vestigios de esa vida que se fue.
Al día siguiente todos supieron que se trataba de los restos de un baúl que perteneciera una sirena que había perdido su cola de pescado tiempo atrás y que sus hermanas de las profundidades marinas se apresuraron a rescatar, arriesgándose a llegar hasta la playa, por tratarse de los únicos recuerdos de su hermana perdida.
La gente se alejó del lugar y olvidó el incidente. Nada había que rescatar de todo aquello, a fin de cuentas, se trataba solamente de recuerdos de una vida que se fue. 

Esperanza García
Grupo A


En el desván

La encontró por casualidad. No la buscaba. Subió al desván, como tantas veces en el pasado, para soñar. Allí podía perderse entre revistas desgastadas y periódicos amarillentos. A nadie molestaba y las horas pasaban lentas entre historias llenas de palabras.
La vio removiendo un puñado de páginas arrugadas y notó como su corazón latía apresuradamente. Era pequeña, poco más que una caja de cerillas, muy cuidada, blanca y con un minúsculo candado.
-¿Cómo habría llegado hasta allí? Se preguntó.
La recordó, en la caja de cristal que su madre guardaba, bajo llave, en la oscuridad del armario, y ahora la tenía a mano, para ella sola. El minúsculo candado no se le resistiría. Estaba decidida. Lograría, al fin, descubrir el secreto toda la vida escondido.
Buscó, entre los utensilios abandonados al azar, alguno lo suficientemente fuerte para doblegar el misterio.
-Sí, ese destornillador oxidado serviría, se dijo.
Lo colocó en el candado y lo giró con toda su fuerza. La caja salió disparada, golpeó la pared y cayó al suelo.
Ahí estaba a punto de descubrir el secreto, sin embargo, las voces del pasado retumbaron en sus oídos: -La caja no debía abrirse jamás. Las piernas le empezaron a temblar.
Silenciosamente bajó las escaleras, después de depositar la caja entre las palabras amarillentas.

JB
Grupo C


Almanaque del baúl

Sin tener el síndrome de Diógenes, voy acumulando en un baúl pequeño procedente de la India objetos que en su día guardaban un significado especial y despiertan mi memoria al volverlos a tener en mis manos. Si los enumerara uno por uno, serían una fuente inagotable de ideas para convertirlas en historias, muchas ellas de ficción y otras las escribiría intentando plasmar la realidad según puedo recordar.
La tarde tranquila de un miércoles con mucho frío invita a quedarse en casa ,y aprovecho para enredar en mi baúl con la idea de entretenerme buscando objetos que se correspondan con los doce meses de cualquier año….
De enero .Una pluma estilográfica Parker que me trajeron los reyes, venía en un estuche que además contenía un tintero Pelikan con su correspondiente tarjeta secante. A partir de ese día durante mucho tiempo, el diario lo escribía con la pluma.
De febrero .El único jersey de punto que he confeccionado en mi vida, se lo hice a mi hijo el mayor que nació en este mes. Teniendo en cuenta todas las veces que tuve que deshacerlo por sugerencia de mi madre, tardé el mismo tiempo que ella en hacerle tres.
De marzo. Un babero que bordé con punto de cruz para el nacimiento de mi hijo pequeño .No le hice jersey por la experiencia anterior y heredó el de su hermano.
De abril .Una carta que me escribió mi padre en mi etapa de estudiante cuando estaba interna en colegio, animándome a estudiar el último trimestre para terminar bien el curso. Cumplió su objetivo, terminé muy bien quinto de bachillerato.
De mayo .Una cajita de cerámica, regalo del día de la madre en la que se aprecian restos de pegamento, mis dos hijos querían ser protagonistas de la entrega y cayó al suelo, provocando el correspondiente disgusto para todos.
De junio. Un cuaderno de caligrafía azul, con una pluma en la portada de cuando tenía cuatro años, con muestras de letras como ma me mi mo mu.
De julio. Unas fotografías junto a las mujeres de la selva Maya en mi viaje de una ONG con las que disfruté de una experiencia maravillosa.
De agosto .Un pañuelo de la Peña de fiestas de mi pueblo firmado por los amigos,que me trae recuerdos de horas compartiendo risas , bailes , música y muchas confidencias .
De septiembre. Una fotografía con una de mis hermanas en el circo Price con los payasos en ferias. Fue la última de nuestra vida.
De Octubre. Mi primer reloj regalo de la madrina, uno de los regalos de cumpleaños que más ilusión me ha hecho en la vida.
De noviembre Un mechero zippo regalo de un amigo grabado con sus iniciales del nombre y apellidos cuando fumábamos a escondidas.
De diciembre. Un Cd de la última Nochebuena que pasamos todos los hermanos con nuestra madre, estaba ya muy malita pero hizo un gran esfuerzo para dejarnos un buen recuerdo y gran ejemplo de fortaleza ante la enfermedad.
Al finalizar cierro la tapa , la nostalgia del pasado me deja sumida en mis pensamientos interrumpidos por el teléfono , una persona muy querida me invita a ir al cine ,me vendrá bien para desconectar .Otro día volveré a refugiarme de nuevo en mi baúl.

Áfrika G.G.
Grupo A


El cajón de los secretillos

En realidad son 3 cajones, de la mesita de noche que queda más cerca de la puerta de mi habitación. Contienen objetos cuyo sitio es exactamente este y otros que no podrían estar en otro sitio y que quiero conservar. Veamos:
Una caja pequeña de metal que un día tuvo caramelos. No recuerdo quién me la regaló, pero me gusta.
Una carraca de madera. La usamos en unas actuaciones que llamamos recita a ciegas en Salamanca en el 2013. Lo sé porque lo pone en Braille en el mismo objeto.
Un llavero que tiene la forma y la textura de la cola de un animal. Es de color marrón oscuro. Me lo regalaron hace muchos años en una peletería y lo guardo porque es suave y agradable al tacto.
Mi muñeca de comunión. Era morena. La pedí yo así, porque no entendía por qué todas las muñecas eran rubias.
Mechón de pelo. Era de mi sobrina mayor y un día fue cobrizo. Su textura es exactamente igual que la de ahora.
Mazorca de maíz. Tiene el color exacto de la voz de mi padre.
He descolocado un poco estos objetos para sacarlos y yo también me he quedado un poco descolocada.

Teresa Sanz
Grupo B


Aquella caja hexagonal de lata

Aquella lluvia anunciaba presagios oscuros, no sólo ensombrecía cirros y cúmulos, también afligía el corazón de la pequeña barriada que se extendía a lo largo del rio Ancora. Cuando la tormenta desencadenó su furor, atónitos y sorprendidos, sólo fueron capaces de huir hacia lugares más altos.
Adela cogió a su hijo en brazos, huyendo de toda dirección lógica, escaló hacía el pico llamado
de la Esperanza, y sin entender muy bien por qué, comenzó a trepar con un furor desasosegado; la lluvia empezó a arrastrar tiempos pasados y creó inciertos futuros. Ella miró aterrada cómo remolcaban sus recuerdos entre un barro pegajoso y denso; retiró el mechón húmedo de la cara pálida y flaca de su pequeño y depositó sobre su mejilla un beso fuerte y abatido. Creyó vivir horas observando cómo el agua caía incesantemente hasta que descubrió que en apenas quince minutos la riada arrastraba el almanaque de su joven vida. Calle abajo naufragaba su memoria, reminiscencias pasadas que ya no volvería a tener en sus recuerdos.
Atisbó su casa y comprendió que ahora todo iba a ser futuro, y lo mejor de todo: Lo crearía ella. Ella cruzaría el laberinto del tiempo, concebiría un pasado diferente para su hijo, donde todo sería posible.
Habían pasado casi 50 años de aquella triste catástrofe, Álvaro recorrió aquel yermo pueblecito con una evocación que solo había guardado en su fantasía, nada de lo que sus ojos divisaban enfocaban la realidad que había creído. Recordó la cajita hexagonal de lata oxidada, donde su madre Adela atesoraba recuerdos enmohecidos; aquella foto de su abuelo risueño y espigado, generoso y afable, aquel reloj de muñeca chiquito y dorado de su abuela, la tarjeta de cumpleaños donde el año parecía borrado por una gran mancha de alcohol, la cinta de terciopelo rosa que ya no guardaba su color original, el verso de aquel padre que nunca vio, el almanaque del año de su nacimiento, catálogo dividido en meses donde predicciones astronómicas le auguraban un futuro con todos los astros a su favor, y aquel velo, comido por alguna polilla, que ella utilizaba, cabizbaja, al cruzar las arquivoltas de la iglesia. Él sabía desde hacía mucho tiempo que nada de ello era verdad; aquél abuelo afable y risueño fue un mal padre, huraño y hostil, sin amor; aquel que siempre me hizo creer que era, nunca fue, era solo la imagen comprada en cualquier mercadillo donde es fácil adquirir un pasado imaginario. El reloj de la abuela nunca fue verdad, las estrecheces económicas de aquellos años no hubieran permitido semejantes lujos, ella lo compró a aquel anticuario para mí, para crear una historia que nunca fue, como tampoco la tarjeta de cumpleaños, ni aquel verso empalagoso y sin ritmo de aquel padre que nunca vi. Aquella caja hexagonal solo guardaba de verdad, los restos de su velo negro y agujereado, empapado de vergüenza, aquel velo que significaba todo el pecado que ella nunca había cometido.
Aquella noche lluviosa y triste, Adela abandono el pueblo; se llevo a su hijo en brazos y una caja hexagonal de lata vacía que ella fue llenando de recuerdos hermosos para mí.

Elena Domínguez
Grupo C


La llave del diario

Después de recibir aquella llamada, con la voz de alerta y orden de abandono del país, sólo disponía de tres horas para decidir. El pasaporte preparado y un único motivo para continuar: su pasado. Esa historia que navega entre la arteria izquierda de su corazón y el hemisferio central de su cerebro. Y que se recluía en aquella caja con olor a rancia naftalina, con aromas de momentos, con secretos ocultos tras el ocre desteñido de las asas, su tapa color azul destino y la base de amapolas acolchadas. Allí se tejían telas de araña entre el instante preciso, la rutina de la merienda en los últimos días de agosto y el primer beso junto a los pinos. No pudo retenerla, ella se marchó con “la kodak” del recuerdo y la nariz de payaso en el “fotomatón”. Con la mirada de “tal vez nos encontremos en otra vida” y el silbato de “listos, ya”.
La llave minúscula del diario, abrazaba las cenefas rosas y las letras que bailaban con ritmo de bolero. Tres por cuatro…uno dos…
Era tarde. El reflejo del pasado que hibernaba junto a la nostalgia del estallido de huida, fue la brasa dolorosa. El fuego envolvió la emoción de pertenencia y su vida quedó aniquilada sin rastro.
Comenzaba a llover, recogió una pequeña maleta y el colgante de la abuela Zsuzna. El vuelo anunciado: “KGM4 de las Fuerzas Militares Internacionales, puerta G19”.
En la Sala de Embarque, lloró frente al reflejo de su cuerpo apelmazado, y sintió la soledad mas infinita. Solo allí recordó, que había olvidado la llave de su diario, cuando las hojas del festón rosa crepitaban junto a las cenizas.
En la mitad de la noche, el frio del aeropuerto informó: “Vuelo KGM4 CANCELADO”

GuADAlupe
Grupo C


Tenía 11 años cuando escuché a mi abuelo decir: «vamos, que se plantaron allí y dieron hostias a cascoporro». Nunca había escuchado ese nombre. ¿Quién sería Cascoporro? Seguramente fuera un amigo de mi abuelo. Debía de llevar el pelo cortado a tazón. O quizá un gorro a modo de casco. ¿Y eso de porro? Una vez mi tío dijo que los jóvenes fumaban muchos porros. No tenía ni idea de qué eran los porros, pero estaba claro que, si se fumaban, aquel Cascoporro debía de ser el que más fumaba de todo el pueblo. Los apodos se ganan por algo. Cascoporro. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi rostro. Visualicé al amigo de mi abuelo: era delgado, vestía con ropa desgastada, llevaba el pelo cortado a tazón y siempre tenía un porro en la boca. Mis deducciones estaban a la altura de Sherlock Holmes.

Lucía Sabater Gálvez
Grupo A


El tren avanzaba impasible, transformando la ventana en un cuadro impresionista. Los sonidos lo acompañaban trazando formas arbitrarias. Miraba sin ver; oía sin escuchar. El tiempo se había encapsulado en ketamina.
Llegué a Barcelona sin estar y regresé a Madrid sin marcharme. Lo único que saqué de aquel viaje fue una caja de madera del tamaño de mi mano. Dentro de ella había tres objetos cuyos nombres carecían de significado. El primero de ellos era una fotografía en blanco y negro, doblada por la mitad y con la palabra “sueños” escrita con una caligrafía preciosa en el reverso. En la foto aparecía un joven junto a una Vespa con aire risueño. Aunque sólo podía tratarse de mi abuelo, me costó reconocer en aquella cálida mirada la dureza de su rostro. El segundo objeto era una tuerca normal y corriente; el tercero, una brújula lensática con el cristal roto. Irónicamente, la grieta coincidía con el norte magnético; la mente de mi abuelo terminó como su brújula.
Mi abuelo nunca hablaba del pasado. Se pasaba el día sentado en la mesa con la tele encendida despotricando acerca del presente. Crecí junto a él sin conocer sus sueños; envejeció junto a mí sin mostrar su corazón. Y ahora esa caja era lo único que quedaba de su paso por la vida.
Quizá me estuviera hablando a través de ella.
Quizá, lo que para mí era una simple brújula, para él fuera un navegador de sueños.
Quizá, lo que para mí era una insignificante tuerca, para él fuera un motor de sueños.
Quizá, y sólo quizá, aquel joven de la fotografía fuera mi abuelo en sueños.

Lucía Sabater Gálvez
Grupo A


El reloj

Abre la caja y entre varios relojes en desuso aparece, descansando, el viejo reloj que había sido de su padre. Un reloj sencillo, barato, como a él le gustaba; si marcaba bien la hora era ya suficiente. El reloj del manco que tuvo que aprender a usar la vida con una sola mano. La otra, la que más utilizaba, se la robó una máquina hambrienta de las vidas de los humildes hombres que huyeron de la pobreza del campo.
Este reloj que ahora miro y acaricio me trae a la memoria la necesidad de ponerlo y quitarlo. Un objeto tan sencillo. Unas tareas tan simples. Ponerme el reloj; quitarme el reloj. Tareas que se convierten en una lucha eterna cuando sólo te queda una mano y cinco dedos.
El reloj que mide el paso del tiempo. El tiempo que se va con el reloj. No hay ya ni tiempo, ni reloj que vuelva a poner la vida en su sitio, si tienes que vivir con una sola mano. ¿Cómo se puede aprender de nuevo a escribir con la mano inútil cuando la vida ya no está para aprender a escribir?
El recuerdo ahora entrelazado en la memoria de la vida que pasó: un reloj sencillo, barato, en la única muñeca de un hombre sencillo, silencioso, amante de los niños y de la vida.

Gabriel Risco
Grupo C


Si una noche

El olor penetrante del alcanfor y el mentol que desprende la cajita verde de Vicks vaporubs es un aliento proveniente del pasado, que me asalta cuando abro el único cajón de la vieja mesilla.
Una palmatoria y una vela, por si fallaba la luz durante la noche.
Y un rosario marrón, gastado por el rutinario roce de los dedos que desgranaban, a modo de calendario, el paso del tiempo y sus misterios: dolorosos, gozosos, gloriosos y luminosos.
Y un libro con oraciones de consuelo.
Un kit de supervivencia.
Cada vez que pienso en restaurar la mesilla, o decido deshacerme de lo innecesario, vuelvo a salvar el kit de supervivencia, por si una noche..

AMF
Grupo C


Mi atifle

¡Por el tiempo disfrutado
por las horas compartidas
por lo que me has enseñado
y por todo lo vivido!
En ese lugar de encuentro
en ese taller con vida
he encontrado mi sosiego,
mi calma y mi armonía.
Aros, cuerdas, estropajos,
bayetas y piedrecillas,
trapos, periódicos, libros,
tapones y redecillas.
Paredes llenas de arte de imaginación curtida, donde las vidas anidan
donde el sol allí se esconde
entrando…por la pared cristalina.
Donde la puerta se abre
a cualquier persona viva
aunque los muertos queridos
los recordamos con vida.
Hemos bailado, cantado,
reído y hasta llorado
vivimos tantos momentos
esmaltados y cocidos...
que cuando salen del horno
son nuestros seres queridos.
Gracias amiga del alma
por compartir tantas cosas
por poner alma en las piezas
y por ser tan dadivosa.
Mil historias nos contamos
de esas que ya no se enquistan
porque salieron del alma
porque en el taller habitan
y al entrar por la mañana
nos saludan y nos gritan;
"entrad, queridas, entrad
hoy las musas nos visitan

Illiberris
Grupo C

Teoría del tacto

La escritura requiere de tacto, también la vida. Esta semana tratamos de descubrir, sobre la práctica de la lectura, lo que el tacto revela. Y para ello elegimos el libro Teoría del tacto, de Fernanda García Lao. Un libro perturbador con "una voz que se queda resonando por un tiempo en la conciencia del lector, como una psicofonía" como señala Mario Cuenca Sandoval en Cuadernos del Sur. En la página de la editorial Candaya tienes más detalles de estos cuentos que han sido finalistas en la edición del Premio Setenil de este año.
En las sesión comentamos los relatos "Persona en alquiler" y "Titanio". El primero un texto duro, descarnado, del que sales con ganas de llorar como un bebé y abrir la ventana para contemplar la tormenta. Una mujer joven está a punto de marcharse, o no, tras haber llevado en su vientre alquilado una bebé. El contrato señalaba claramente que ella no era la madre verdadera. Un pulso entre el apego y el desapego. Una herida que rezuma leche, que duele. El segundo texto cuenta cómo una mujer escribe para encontrar sobre la historia que late en la pantalla la felicidad que no tiene en su vida. Un compañero ausente, un bebé a quien atender, una madre gris como el titanio que repara su cadera rota. Podría ser esta un historia autobiográfica aunque no lo es. Sí la última pieza del libro, donde aborda su pasado. Muchos de los textos que recorren la piel de las páginas están salpicados de esquirlas reales, de anotaciones que Fernanda hace de la vida y el dolor, de sus visitas al hospital, del cinexín de sus recuerdos, de los quistes del pasado, del la experiencia del vello soliviantado por el deseo. Fernanda dispara cuando escribe. Son ráfagas breves que acribillan el texto con una poética de lo incómodo, con  un lenguaje en el que las palabras son capaces de volar más, incluso, que ella.


Puedes escuchar a Fernanda García Leo en el programa "Efecto Doppler" de Radio Nacional de España. Descubrirás que le encanta llevar la contraria. Empujarnos al interior del texto para tratar de comprender o al menos no tambalearnos ante la historia, de mostrarnos a unos personajes rotos que retratan esta sociedad en la que vivimos, textos claustrofóbicos en los que nos movemos a tientas y que han sido perfumados con poesía, sarcasmo y crudeza.
Dejamos aquí una breve muestra de su literatura y celebramos que este libro estrene su segunda edición:

Teoría del tacto

Ver es cálculo. El sonido, sugestión. Las palabras están crudas. Si las pruebo, ¿me enveneno?

Caza y pesca

Tu cuerpo será pimienta negra en mi boca, eso me digo al salir de la cabaña, en dirección a tu casa. Perorata silenciosa es el deseo. Llegó el verano suave y sin perfume, preciso el tuyo. La noche arde. Me da risa pensar que voy a morderte, que serás mía y yo, la trampa. Pero al llegar, no hay señales y las luces también faltan. Te llamo a voces. Como no hay viento, el llamado se cae al piso. De la casa de al lado me responde el ladrido de un perro viejo, una tos, algo cansado de existir. Vuelvo a la cabaña y encaro hacia la orilla con mis aperos. Una luna histérica va y viene tras la negrura de pocas nubes. Me pongo las botas. Me introduzco. El mar repite sus cosas, menudea seres de adentro hacia afuera. Algo pica y no sos vos. La cosa se hunde. Por no soltar termino resbalando. Trago agua, persevero en la disputa. No quiero perder la noche dos veces. Pero el bicho da pelea. Estamos un rato tironeando por su vida. Lo imagino conmigo, en la sartén, pensando en tu cuerpo. Lo dejo ir. Rompería la tanza con los dientes.

Incorrección final

Amor. Hola. No puedo creer. Me enteré. Supe. Te vieron el otro día con. Hace un mes que no sé nada de vos imagino que sos casi feliz sin mí y me resulta increíble raro que no hayas venido al festejo. No se cumplen 60 58 53 años todos los días. Espero que seas feliz, me perdones, no me guardes rencor pases de vez en cuando por mi cama, casa, el barrio, acá. Como amigo te lo digo, mi cuerpo es un musco del tacto, tengo ordenada por sectores cada huella dactilar tuya. Lo nuestro fue. Podemos ser. Dejarte fue una qué bien te queda la libertad. Un beso ahí. Saludos.

Puedes conocer un poco más a la escritora en esta entrevista publicada en "Todo Literatura". 


Propuesta de escritura

Teoría del tacto es un catálogo de personajes situados en el vórtice de sí mismos. Los temas con que Fernanda aborda el sinsentido en el que vivimos recorren realidades como los vientres de alquiler, la pornografía, la prostitución, la locura, la muerte, las redes sociales, el duelo y la enfermedad. Elige uno de esos temas y muéstralo en un texto a través de los personajes. Una vez escrito el relato, trata de rehacerlo con la mitad de la historia. Trabaja la síntesis, el ritmo, la elipsis. El lenguaje directo con alguna que otra licencia poética.


Estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora;


Ivana...

Mi cuerpo ya no es mi cuerpo. Dejó de serlo en el mismo instante en que subí a aquella furgoneta y allí mismo tres hombres me lo arrebataron.
Me trajeron desde Rumanía. Dicen que he contraído una deuda que debo pagar para ser libre. Tengo 16 años.
No salgo de este cuarto, aquí ¿Vivo? Entran muchos hombres. Me dan asco. Me agarro al único rayo de sol que se cuela por la ventana. Me empuja, me eleva y me lleva a un prado inmenso. El rocío me cubre la piel. No, no es el rocío, es su sudor. Contengo las náuseas. Termina. Se va sin despedirse. Me preparo para el siguiente. Soy la novedad. Todos quieren pasar por mí. Dentro de poco vendrá nueva mercancía. Será otra la que viva este infierno y yo podré dormir.
Mi cuerpo ya no es un cuerpo. Creen poseerlo. De piel para adentro ni me rozan. No saben lo que soy ni lo que siento. Mi cuerpo ya no es mi cuerpo. Jamás será de ellos.

Aurora Zarco
Grupo B


Optimista

Resulta que tengo que darles a los chicos de la clase de mi hija una charleta sobre redes sociales. Me ha dicho su profe que, en mi condición de profesor de física de partículas, yo era, de entre todos los padres, lo más cercano que tenían a un experto en comunicación digital. Alucina. Ella sabrá, yo no he querido sacarla del error.

El caso es que me he puesto a esbozar la cosa y me ha salido muy contradictoria. Menos mal que al final he sido capaz de simplificar tachando todo lo que me parecía que podía inducir al pesimismo, sobre todo para demostrarle a mi amigo Roberto, que dice que tengo un espíritu crítico excesivo, que también puedo ser optimista y positivo en mis juicios.

Aunque al contárselo a los críos me enrolle hablando para que no parezca que no me lo he trabajado, el llamémosle guion, una vez simplificado, sería algo así:

Queridos niños: En las redes sociales hay, hoy en día, sobre todo detritus. Son como esos inmensos basureros de las grandes ciudades del mundo pobre, donde los más pobres tratan de encontrar objetos que tengan algún valor y donde a veces, en honor a la verdad, hay que decir que se encuentran cosas de interés.

Crean vínculos entre vosotros y os permiten estar siempre comunicados y en contacto sin que nadie ajeno a vuestro grupo venga a molestar. Así se facilita, cuando se produce, el abuso, el acoso sobre los que sois más débiles, lo que ahora llamáis bullying. Los abusones podéis fastidiarles las 24 horas y a domicilio.

Además, ya fuera de vuestros círculos, os permiten, mejor que cualquier otro medio haceros sentir que os relacionáis de verdad con los que las mismas redes denominan amigos, y que no son más que paupérrimos sustitutos de una inexistente amistad.

Con las redes sociales ya no tenéis que salir de casa a ensuciaros las zapatillas pateando el barrio. Por fin el contacto personal ya no es necesario. Podéis ahorraros muchos de esos incómodos momentos en los que a diario os veíais obligados a oler el perfume del chico o la chica que os gusta, aguantarle la mirada, tocarle, interpretar el tono de sus palabras.

Podéis cuidar y mejorar la imagen que ofrecéis tanto como queráis, podéis mentir para mostraros más atractivos e interesantes de lo que sois, contar historias, engañar y ocultar vuestros defectos adjudicándoos un falso papel protagonista en vuestra novela inventada.

No podéis confiar en que la información que os brindan cuando navegáis no sea la que dictan intereses comerciales o ideológicos no declarados. No podéis confiar en que los algoritmos supuestamente inocuos e imparciales de los que son propietarios oscuros y ambiciosos personajes no se vean afectados por sesgadas opiniones.

Tic Tok, Youtube y las demás os ahorran un montón de ese tiempo que perderíais en ver cosas que no os interesan generando círculos viciosos de búsqueda en bucle, siempre a favor de vuestros gustos y vuestras creencias borrando de vuestras jóvenes vidas lo que es tan básico para la convivencia: el contraste de opiniones y el conocimiento de lo que opinan los que no opinan como vosotros.  

En fin, yo creo que con esto bastará. No me gustaría aburrirles a los pobres con tantos halagos a Elon y a Mark.

Voy a enseñárselo a Roberto, para que me felicite por el esfuerzo.  

Carlos Coca
Grupo B


Voces e indiferencia

Muchos de mis amigos se han convertido en mis enemigos, muchos enemigos han hecho amistad conmigo, pero los indiferentes me han permanecido fieles.

Stanislaw Jerzy Lec



Me queda cada vez menos. Me lo están quitando todo. No merecen confianza. No puedo estar todo el tiempo vigilando. Me canso. En casa estuve a salvo. Ya no. Papá me complica. La ventana tiene dentro la luna, que salta y se tiñe. A veces verde, y pasa a amarillenta como marfil cuando se queda quieta. Papá dice que no la mire y que duerma. No se puede. La luna está ahí para que se la vea. Nunca comprende lo que está claro. Piensa raro. Pero no voy a hacer caso por más que se me repita siempre lo mismo. Tengo derecho a pensar y a decidir si lo hago. No actúo al dictado. Yo tengo mi criterio. A papá se le respeta. Ya está bien. Mi padre no me abraza, y no comprende nada. Yo no me veo capaz porque sé que se hace el indiferente. ¡Que no! No haré caso por más que se me repita y se me repita. Tomo pastillas por mi bien. Y por el suyo. Todo es indulgencia y se hace permeable, silencioso. Mal dicho “silencioso”. Resuenan soterrados susurros que ni durmiendo callan. Acabará ardiendo mi cama un día. Y todos.
Mi hermana está ahí, como está la luna, para que le cuente. Habla poco, mira bien. Le digo lo que me viene, y que un día puedo matar a papá. Las voces son perentorias. Me mira muy seria, pone mi cabeza en su pecho y me besa el pelo. Se me pasa y ni los susurros se escuchan. Dura poco. No tener a mamá acaba siendo bueno. No me pueden pedir nada con ella. Con mamá están callados. Me abrazaba y yo le pasaba los dedos por el poco pelo que le iba quedando. Se fue y me corté ese día en el brazo y en una pierna para sentir. Pienso en mamá y veo una cuchilla de afeitar.
Confiaba y son un fraude. Mi hermana no. No contaba y ahora... Mi padre nunca fue nada. La indiferencia es como las rayas de los aviones en el cielo. No te tocan, no sirven.
Por más que me griten y me susurren al oído, papá es papá, y un hijo no...
Aunque los indiferentes son los peores…

Juan Delgado
Grupo A


Tirado en la esquina

La cinta del pelo rodeando mi cabeza y el poncho que pretende protegerme del frío, es todo lo que queda de la imagen que inventé hace veinte años. Ya no están la guitarra Gibson LesPaul, ni los pantalones de cuero, ni la camiseta amarilla de tirantes, ni la chaqueta vaquera de color rojo fuego, ni las botas claveteadas, ni todos aquellos complementos, ni la caja de jeringuillas y el polvo blanco. Ahora, postrado en este suelo húmedo de lanchas de piedra, no me reconozco, ni me reconocen los pocos viejos conocidos que no se han marchado y siguen pateando la ciudad. Mis pómulos hundidos, las arrugas de mi frente y el color ceniciento de mi rostro hacen difícilmente imaginable que su dueño fuera el guitarra rutilante de entonces. Era el ayer. Horas de ensayo, muchas horas de conciertos y muchas más horas de fiesta y palmaditas en la espalda. Me comía el mundo con diecinueve años recién cumplidos. Muchas horas de todo lo demás, sin límites. Vivíamos como si no hubiera un mañana. Pero sí lo había. Ese mañana es hoy. Jonhy, el batería, lo dejó por los estudios de derecho. Gundi, el bajo, callado y multifacético, no salió de aquella última depresión. Alex, guitarra de acompañamiento, perdió un brazo con la moto y se refugió en el negocio familiar. Y Patty, la vocalista, la trasgresora, la avanzada, la pretendida de todos, la que me eligió a mí pero, llegado el momento desdichado, se casó con el mánager y se olvidaron de la banda. El destino decidió que todo sucediera el mismo mes de abril de hace veinte años. El mañana de aquel mes de abril es este hoy gris en el que no he vuelto a saber nada de ellos. Es este hoy gris en el que una altiva Pilar González, Patty, le ha dado una patada descuidada a mi pañuelo depositado en el suelo con las pocas monedas conseguidas limosneando.

Manuel Medarde
Grupo A


El día de antes de fin de año

A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que ya haces casi de forma mecánica. Abrir la trapa, desconectar la alarma, revisar el correo, las redes sociales, los pedidos que llegan, los pedidos que se van, atender con una sonrisa, aguantar pesados con una sonrisa, hacer tareas para las que no estoy contratada con una sonrisa, la caja, la alarma, la trapa. Y a casa. A veces rasco unos minutos para escribir. Me siento mal cuando lo hago, porque no está en mi contrato. Sigo haciéndolo. Pienso en las otras cosas que no paga mi contrato. Convertirme en una especie de guardiana del secreto de confesión, por ejemplo. A veces son confidencias simpáticas. Otras enfadan por su descaro. Todas tienen un poso común y, sin embargo, albergan relatos de lo más granado. Ninguna deja indiferente. De vez en cuando, llega una que cala y abre un agujero negro en el estómago.
El día de antes de fin de año, una muchacha vino a la tienda. Con la confianza que da hablar con un desconocido, desnudó su alma y me partió por dentro en dos. Ella no lo sabe, pero su novio la viola. Ella no lo sabe, pero yo sí. Tengo que vivir con ello. No puedo hacer nada más que tender una mano hacia ella. No la coge. Cógela. Coge mi mano. Es lo único que puedo hacer. Escucharte y tender una mano. La viola una vez al día, dos. El trabajo no me paga el psicólogo. Me tiembla el labio mientras lo escribo. La viola cuatro veces a la semana, cinco. Coge mi mano, por favor. Tiene una sonrisa de dientes torcidos y oscuros, aunque no tanto como el corazón de su pareja. Tiene una sonrisa que no llega a los ojos. Lloro. No sabrá nunca que lloro por una desconocida.
Hay cosas que no te paga una nómina.
Como llorar por ella.
A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que haces casi de forma mecánica. Luego me encuentro llorando por una conversación de veinte minutos con una desconocida que sufre. El día de antes de fin de año, determino que he de buscar un nuevo trabajo.

Sara GL Terrén
Grupo C

Historias de ascensor

Esta semana solo tuvimos sesión del taller de escritura con el grupo C, así que recuperamos un tema ya tratado en años anteriores con los otros dos grupos. El tiempo se pasó en un suspiro de tanto subir y bajar en ascensor. Y mira que pulsamos el botón de "Stop" y el botón de alarma para detenernos una y otra vez y recrearnos aún más en el viaje. Le pusimos a la sesión un nombre con empaque: Ascensum. Lo tomamos prestado de la iniciativa que con ese mismo nombre permitió a muchos ciudadanos contemplar de cerca la fachada de la Universidad de Salamanca durante su última remodelación. Puedes ver un breve reportaje aquí.
Comentamos algunos de los textos de "Cien viajes en ascensor" de Alfonso Zurro, un libro que recoge cien piezas breves que transcurren en el interior de un ascensor.
Señala María Jesús Orozco en el prólogo: “Todas estas minipiezas, todos estos encuentros fortuitos, constituyen los fragmentos de un puzzle, estructura coral que no se atiene a una mera relación sin objetivo, puesto que conforma una unidad muy bien urdida. Así, si las primeras minipiezas evocan más bien un clímax más distendido, iniciando la serie con uno de los tópicos que más se asocian al ascensor, “hablar del tiempo”, continuando en su desarrollo con un repaso de las principales lacras del siglo XXI, las últimas muestran un perfil más desolador -la decadencia, el castigo, la purgación de las faltas cometidas- que concluirá con el apocalipsis, la destrucción de ese “no lugar” y el extermino del ser humano. Así se revela en la última minipieza, “Espalda”.




Se imaginan que alguien entra en el portal y dice Perdone... ¿es éste el ascensor donde se ha aparecido la Virgen? o que coincides en un ascensor con una mujer disfrazada de albóndiga y un hombre de reina de España. Estas y otras muchas escenas son las que presenta Alfonso Zurro en Cien viajes en ascensor. Un calidoscopio de la sociedad en que vivimos.

Dejamos aquí como muestra el texto "Pajarito", una de las piezas incluídas en el inicio del libro:

Un hombre y una mujer se encuentran en el ascensor.
–Buenas tardes…
–Y calurosas…, la que está cayendo… son bofetadas de fuego.
–Y aún más… mire lo que llevo en la cabeza.
–Eso… ¿qué es?
–Un pájaro, un pájaro muerto… Este calor lo ha debido abatir mientras volaba y el pajarito ha ido a desplomarse sobre mi peinado… he intentado quitármelo, pero ha sido imposible, se ha quedado enganchado entre los rizos.
–También es casualidad y puntería.
–Una mala suerte, el dichoso pajarito ya me ha chafado el día. Imagínese, salgo de la peluquería, doy cuatro pasos y plas… pajarazo en el moño.
–Quizá sea una señal…
–Mi madre ya lo advertía: esta niña tiene la cabeza a pájaros…, no iba desencaminada, sus augurios se han cumplido.
–Si quiere le echo una mano
–¿Qué insinúa?
–Oh… perdone por lo equívoco de la expresión…, me refiero a ayudarle con el pájaro y los pelos.
–Disculpe por la confusión…, es tan extraño encontrarse hoy día a auténticos caballeros.
–Si no le importa…
–Muy al contrario, se lo agradezco… Intente salvarme lo que pueda del peinado, las peluquerías tienen unos precios…
–Es un gorriato, está como si en un último aliento de vida hubiera intentado agarrarse a cualquier sitio…, y encontró su pelo… Poco a poco…
–Un hombre busca entre la selva de tus cabellos un pajarito muerto…, ¿no le suena poético?
–Lírico, endiabladamente lírico, ¿es usted poeta?
–Dios me libre, la poesía amansa a las fieras, no está hecha para mí, prefiero escuchar el rugir de la leona que llevo dentro.
–Ya está…, aquí tiene el pájaro.
–Bueno… ¿Y qué hago yo ahora con este animalito?
–Tirarlo
–Es tan poquita cosa…, si me hubiera caído una perdiz ya estaría pensando en alguna receta suculenta… ¿Sabe? Soy una estupenda cocinera, pero con este pajarín poco se puede hacer…, la verdad es que soy incapaz de arrojarlo a la basura, lo siento como algo mío…, estoy conmovida… debería enterrarlo.
–Dada la naturaleza del suceso no estaría nada mal, si necesita de un monaguillo en mi juventud ejercí esas labores y recuerdo el pater noster latino.
–Le tomo la palabra, lo enterraremos en una maceta de siemprevivas, será un funeral sencillo, ambientado con música de Bach.
–Está usted afligida, se le nota que tiene un espíritu harto sensible… Si no le importa, después de la ceremonia la invito a cenar en mi casa al amparo del aire acondicionado…, me llamo Manolo.
–Y yo Pepa, después de todo, el suceso se ilumina como portador de buenos augurios, le espero en media hora. Voy a preparar todo para el sepelio… Ah, no es necesario que se ponga corbata negra.
El ascensor de detiene. Ella sabe garbosa…, él la ve alejarse por el pasillo con el pajarito entre las manos.

Incluimos, a continuación, una lectura dramatizada de los alumnos del Aula de Teatro del Patronato Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan de varias escenas de Zurro:





Y nos referimos ahora a varios cuentos sobre ascensores: El ascensor que bajó al infierno de Pär Lagerkvist o El milagro del ascensor de Alejo Carpentier, uno de los primeros cuentos que el escritor cedió para Hojas Universitarias por la Fundación Alejo Carpentier de La Habana, en Cuba.

La empresa de ascensores IASA promovió años atrás un premio de Microrrelatos. La ganadora de la primera edición fue Paloma Hidalgo Díez con el texto "El rascacielos":

Él se enamoró de mí cuando el ascensor alcanzó la segunda planta. Yo ya le amaba en la primera. En la décima acepté el anillo; la boda, íntima, la celebramos en la decimoquinta. Tres más arriba llegaron los gemelos y la hipoteca. Elevarnos sueños juntos una docena de plantas más, un tiempo perfecto en el que conjugamos el verbo amar hasta tener a Lea, plantamos el cerezo, y nos aficionamos a volar en globo. Pero en la trigésima subió ella, la mujer que ahora vive en sus pupilas. Rezo para que se baje en la siguiente, yo tendría, otra vez, dos plantas para enamorarle antes de alcanzar la última.

Incluimos también un texto de Mario Benedetti titulado "Ascensor":

La muchacha y el hombre ingresaron en el ascensor en la Planta Baja. Ella marcó el 5º piso y él marcó el 7º. Pero de pronto sobrevino un apagón y el ascensor se detuvo, naturalmente a oscuras, entre el 2º y el 3º. Él dijo: «Caramba», y ella: «Qué miedo».
Permanecieron un rato en aquel lóbrego silencio, pero al fin el hombre dijo: «Al menos podríamos presentarnos. Mi nombre es Juan Eduardo».Y ella: «Soy Lucia».
Él decidió mover de a poco el brazo izquierdo, y así, a tientas, llegó a tocar algo que le pareció un hombro de la chica. Allí se quedó, esperanzado. Ella levantó una mano y la posó sobre aquel brazo intruso. «Tenés un lindo hombro —dijo él—, parece el de una estatua». Ella apenas balbuceó: «Tu mano me gusta, al menos es cálida».
Entonces, ya mejor orientado, el brazo masculino bajó hasta la cintura femenina. Ella tembló un poco, pero acabó sintiendo. En realidad, no tuvo tiempo de preguntar nada, porque él le cerró la boca con su boca. Lucía, un poco asombrada, sintió que aquel beso le gustaba y respondió con otro, éste de su cosecha.
Así quedaron un buen rato en aquella tenebrosa intimidad. Él preguntó: «¿Sos soltera?». «Sí, ¿y vos?»; «Viudo». Inauguraron un abrazo inédito, y así permanecieron, disfrutando.
De pronto se acabó el apagón, pero el ascensor todavía quedó inmóvil. Ambos, ya con luz, se estudiaron los rostros y sobre todo las miradas. Hubo un mutuo visto bueno.
Él dijo: «No estuvo mal, ¿verdad?». Y ella: «Estuvo lindo». Él «Me parece que el ascensor va a empezar a moverse. En Planta Baja marcaste el 5º. ¿Vas allí?». Y ella: «No, ahora voy al 7º».
Al final el ascensor arrancó y los llevó como lo haría un padrino.

Y por último, en esta rápida selección de textos, transcribimos "El ascensor para las estrellas" de Gianni Rodari:

Cuando Romulito tenía dieciocho años entró a trabajar como mozo en la pizzería “Italia”. Le   encargaban los servicios a domicilio. Durante todo el día corría arriba y abajo por las calles y escaleras, llevando en equilibrio bandejas cargadas de deliciosas  pizzas, bebidas, papas fritas y otros comestibles.
Una  mañana telefoneó a la pizzería el inquilino 14 del número 103: quería una pizza napolitana y una bebida grande.
– Pero inmediatamente, o lo echo por la ventana –añadió con voz ronca el marqués Venancio, el terror de los mozos a domicilio.
El ascensor del número 103 era de aquellos prohibidísimos, pero Romulito sabía cómo burlar la vigilancia de la portera, que dormitaba en su mostrador: logró meterse en el ascensor, cerró la puerta, pulsó el botón del quinto piso y el ascensor partió crujiendo.
Primer piso, segundo, tercero. Después del cuarto piso, en lugar de aminorar su marcha, el ascensor la aceleró y cruzó el rellano del piso del marqués Venancio sin detenerse, y antes de que Romulito tuviera siquiera tiempo de asombrarse.
Toda Roma yacía a sus pies y el ascensor subía a la velocidad de un cohete hacia un cielo tan azul que parecía negro.
Con la mano izquierda continuaba sosteniendo en equilibrio la bandeja con la consumición, lo cual era más bien absurdo considerando que alrededor del ascensor se extendía ya a los cuatro vientos el espacio interplanetario, mientras la Tierra, allá abajo, al fondo  del  abismo celeste, rodaba sobre sí  misma arrastrando en su carrera al marqués
Venancio, que estaba esperando la pizza napolitana y su bebida grande.
– ¡Córcholis! –exclamó–. Estamos aterrizando en la Luna. ¿Qué estoy haciendo yo aquí?
Los famosos cráteres lunares se acercaban rápidamente. Romulito corrió a apretar alguno de los botones de la caja de mandos con la mano libre, pero se detuvo:
– ¡Alto! –Se dijo antes de pulsar un botón cualquiera–, reflexionemos un momentito.
Examinó la hilera de botones. El último de abajo llevaba escrita en rojo la letra “P”, que significa “Planta baja”, o sea la Tierra.
– ¡Probemos! Suspiró Romulito.
Pulsó el botón de la planta   baja y el ascensor invirtió inmediatamente su ruta. Pocos minutos después volvía a atravesar el cielo de Roma, el techo del número 103, el hueco de las escaleras, y aterrizaba junto a la conocida portería, donde la portera, ignorando aquel drama interplanetario, seguía dormitando.
Romulito salió precipitadamente, sin detenerse siquiera para cerrar la puerta. Subió las escaleras a pie. Llamó al número 14 y escuchó cabizbajo y sin respirar las protestas del marqués Venancio:
-Pero bueno, ¿dónde te has metido en todo este tiempo? ¿Sabes que desde que he ordenado esa maldita pizza napolitana y bebida grande han transcurrido catorce minutos?
Si Gagarin hubiera estado en tu lugar, habría tenido tiempo de ir a la Luna. 

Recuerdo aquí, por último, un excelente cuento de Clara Obligado titulado "El enviado" (Las otras vidas, Páginas de Espuma) que comienza así:

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.
Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.
Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:
–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

[...]

Vimos un breve vídeo titulado "El elevador" de Magaby García en el que se plantea ese cotidiano conflicto de saber si hemos pulsado o no el botón para llamar al ascensor y si éste va a obedecernos. Y recomendamos el libro "El ascensor" de Yael Frankel de Ediciones El limonero. 


Propuesta de escritura

Escribe un texto, ya sea monólogo, diálogo o cuento, que transcurra en el interior de un ascensor

Estos son algunos de los trabajos enviados hasta ahora:


El Ascensor que yo quiero

Quiero un ascensor
para subir al cielo.
Un ascensor lleno de espejos,
que me miren sin decir nada.
Dar los buenos días a las cigüeñas
porque las vi reflejadas
entre los pisos del alba,
en la niebla que me indica
el camino,
hacia un arco Iris
de sueños y miedos.
llegar al último piso y,
descender a la profundidad
del océano, enredado por el aire
en un suspiro,
y, perderme entre corales
peces de colores y algas.

P.G.
Grupo C


Ascender, descender, trascender

Al entrar en el ascensor, recorrió con la mirada cada esquina y eligió aquella en la que pasar más desapercibida: lo último que quería era verse obligada a entablar otra absurda conversación insustancial sobre el tiempo. Ajustó la amplia bufanda alrededor del cuello, porque a pesar de no querer hablar del tiempo sabía que hacía demasiado frío. Todo parecía demasiado frío desde hacía demasiado tiempo. Guardó la nariz debajo y los cristales de las gafas no se empañaron. ¿Funcionaba aquel stick ani vaho, finalmente? La meca de los miopes, sin duda.
Siempre sintió respeto por aquellas cajas metálicas que subían y bajaban por los edificios como ataúdes para el cómodo transporte de los vivos. Como los aviones, en esencia. Los años y la meditación consiguieron que pudiera usar los primeros, las «benzos» hicieron lo propio con los segundos. Las «benzos» y las gominolas, primas hermanas para los adultos inestables.
Imaginó a quien dio nombre por vez primera al invento. Ascensor, porque asciende. Tenía lógica, pero ojo, que también desciende. ¿«Descensor» no sonaba bien? Desde luego que ahora chirriaba en el oído, aunque era innegable que descendía igual que ascendía. Igual era la aspiración humana: el ascenso a un puesto suculento, a unas vistas privilegiadas, a un lugar mejor. Descender quedaba para el pie de calle más mundano, hacia el abismo. No asciendes a los infiernos.
Si aquel ascensor se parara en ese mismo instante… ¿Habría alguien al otro lado del botón de emergencias? Si el ascensor cayera al vacío del foso desde el decimoctavo… ¿Se elevaría ella cómo si no existiera la gravedad, durante unos instantes, solo para acabar como una masa de sangre y cerebro desparramado? No recordaba que aquel viaje durara tanto. Tenía que haber tomado más benzodiazepinas para cogerlo.
—No: han sido suficientes —anunció una voz metálica desde el altavoz—. Pero aún puedes elegir el destino.
Apenas mudó el gesto cuando sacó el bote del medicamento del bolsillo y lo agitó el el aire, escuchando la nada. Contrajo el pecho en una carcajada muda y apenas un hilo de aire salió de su cuerpo.
Estudió los botones del cuadro de control, comprobando que no apretó ninguno al entrar. Cerró los ojos un instante antes de tomar la decisión de presionar el adecuado.
Esta vez sí, sonrió al hacerlo.

Sara Terrén
Grupo C


La buena educación

La chica entró apresuradamente en el ascensor cuando yo iba a pulsar el botón de mi piso.
-¿A qué piso va?- pregunté en tono amable.
-Da lo mismo, me escondo de un hombre que me persigue, pulse antes de que me vea.
-Bueno, en ese caso, si no sabe a que piso quiere ir, sólo podemos hablar del tiempo- dije mientras pulsaba mi piso.
Ella me dio la espalda sin contestar.
-¡Qué falta de educación!- pensé

Enrique Martínez
Grupo C


Ascensor

Entraron abrazados en el ascensor y sin apenas soltarla, él marcó el 9º.
“¿Has puesto bien el piso?”, dijo ella, sofocada y casi sin aliento. –“Sí, vamos a tu casa, es en el 9º”, respondió y añadió, con voz apresurada, “lo podíamos hacer ya, aquí tenemos tiempo”. –“No es el lugar adecuado, Daniel, ten paciencia; además puede parar en cualquier piso y asomar algún vecino”.
“Pues estoy empezando a sudar de tanto estar pegado”. “Ten paciencia, te he dicho”, le increpó, Eloisa.
“Venga”, ronroneó Daniel, “ya no me puedo aguantar el placer de descubrir cómo se siente en el tacto ese volumen que tienes en el abrazo y que tanto hemos esperado, para disfrutarlo juntos”. “Sólo un momento para sentirlo y catarlo, lo hacemos rápidamente”, insistió Daniel.
De pronto el ascensor paró, lentamente la puerta se abrió. Era el vecino del 8º y ella clavó los ojos en su uniforme bien planchado. El vecino los miró de arriba abajo: -“¿dónde vais tan sudorosos y excitados?”. Nada le respondieron; pero al moverse Daniel, para hacerle sitio, una de las bolsas se abrió y de ella empezaron a salir billetes de cien, doscientos y algunos de quinientos euros.
“Esto sí que es mala suerte”, dijo Eloisa, “para una vez que nos había salido bien el atraco”. “Y ni siquiera nos ha dado tiempo a contarlo”.

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


Dos bolsas de granadas en el ascensor

Esto es un cuento de Navidad y empieza con la sorpresa que se lleva Sucinta, la vecina del segundo B, la más madrugadora, al coger el ascensor un día normal de diciembre. Sucinta saca todos los días a su westie a pasear a las 7 de la mañana. Ese día de diciembre, previo a la Navidad, cogen Sucinta y su westie, llamado Sur, el ascensor, Sucinta bien abrigada, y se sorprende con la visión de dos bolsas llenas de granadas sobre el suelo del ascensor. Son dos bolsas de papel decorativo con motivos navideños. Sur, también sorprendido, ladra a las coloridas bolsas, sabiendo que no deberían estar allí. “Sí, ¿qué hacen dos bolsas llenas de granadas en el ascensor?”, se pregunta Sucinta. “Alguien se las habrá dejado olvidadas. Le preguntaré a Olvido”. Olvido es la vecina del Bajo A. Lleva toda la vida viviendo en ese bloque de pisos. Tampoco son tantos vecinos, diez, cuatro pisos y el bajo, puertas A y B. No puede ser tan difícil averiguar de dónde han salido las dos bolsas de granadas. Además, Olvido controla todo el descansillo y el ir y venir de la gente, y lo recuerda todo.
Cuando vuelve Sucinta de su paseo, se encuentra con el joven vecino del tercero A, Galo se llama, que sale a trabajar, pero tiene que volver a casa porque se ha dejado la bufanda. Así que, vuelve a coger el ascensor. Dos pisos y dos bolsas de granadas perdidas en un ascensor dan para mucha conversación. Un mínimo comentario al frío que hace y se pasa directamente a las bolsas de granadas. “No, no son mías”, comenta Galo. “Pero me encanta esta fruta de temporada. Su color, su sabor, su jugo rojo. Solo abrir la granada, ya siento un gusto y un placer intenso. Las como con cuchara o en ensaladas. ¡Qué ricas!” Sucinta también habla de su gusto por las granadas. Y también se atreve a contarle a Galo algún recuerdo de su juventud compartiendo una granada con su difunto marido. “¡Cómo nos reíamos cuando nos saltaba el jugo a la ropa! ¡Era un fruto de lujo! ”. “No sabía. Es que en mi tierra hay muchas”, responde Galo. Sucinta sale con su perrito en el segundo y Galo sube al tercero a rescatar su bufanda. Los dos siguen pensando en las bolsas de granadas. Galo estará todo el día rememorando su tierra, las granadas que cogía en el huerto de su abuelo. También pensará en el pasado de Sucinta, en esos años de carestía en los que una pieza de fruta significaba opulencia. Piensa en la suerte de Sucinta por poder compartir la fruta con la persona amada. “Cuando me la vuelva a cruzar, se lo comentaré”, piensa. Sucinta también pasará el día pensando en las granadas y en Galo. “¡Qué joven tan agradable!”, piensa. Espera el momento de llamar al timbre de Olvido. Con lo que le gusta hablar a Sucinta. Ninguno se ha atrevido a tocarlas, por supuesto. Ya aparecerá el dueño.
A partir de las nueve y media ya empieza a haber más movimiento. Baja la mujer que vive en el cuarto B con su marido y sus hijos. Viena va con prisa porque llegan tarde al colegio. Cogen el ascensor y se quedan con la boca abierta. Los niños, Ibis, Robin y Paloma, de nueve, siete y cinco años, se lanzan a las granadas como pajaritos a un trozo de pan. Quieren cogerlas y llevárselas, uno para comerla en el recreo, otro para jugar al fútbol con ella, la más pequeña para enseñársela a su maestra. Viena se lo impide y les pide que se comporten, enfadada. En ese momento, el ascensor se para en el segundo y entra Frida, la actriz que vive en el segundo A. Frida es muy guapa, famosa por sus papeles en televisión, pero tímida y habla poco con los vecinos. Está a punto de no subirse, pero los niños quieren contarle, todos a la vez, que han aparecido unas granadas en el ascensor. Frida entra y se da cuenta de la existencia de la fruta. Les dice a los niños que quizá haya llegado con antelación algún paje de los Reyes Magos. Les cuenta que en Holanda el que trae los regalos a los niños es San Nicolás el 6 de diciembre. Quizá haya sido él. Los niños le preguntan si ha estado en Holanda. Y ella les dice que vivió unos años, que habla holandés y que algún día pueden ir a su casa y les puede contar historias de ese país y darles galletas típicas.”¿Os gustan las galletas?” “Algún día que actúe en el teatro, podéis venir a verme. Y vuestra mamá también”. Llegan al bajo y se separan. Se sonríen y Viena le da las gracias y piensa que qué mujer tan agradable. En la oficina, Viena soñará todo el día con viajar a Holanda. Frida soñará con pasar las Navidades rodeada de niños.
De once a una está Coro, la mujer de la limpieza. Coro deja el cubo de fregar junto a las granadas y decide llamar a varios pisos para preguntar si alguien se ha dejado las bolsas navideñas en el ascensor. Aprovecha para preguntarle al presidente de la comunidad, que vive en el tercero B, se llama Raúl y es poeta, si puede comprar fregonas y bayetas nuevas. También se interesa por la salud de los vecinos que conoce de toda la vida. Con algunos hace mucho que no habla. “¡Qué raro! Qué poco se habla últimamente!”, piensa.
El padre de los niños, Notorio, que trabaja en una empresa de marketing y lo hace on line, baja a media mañana a comprar tabaco. Percibe las granadas. Su olor, mezclado con el del tabaco de su ropa, no le agrada mucho. Está a punto de darle una patada a las granadas cuando se abre el ascensor en el segundo y entra la amiga de Frida, Nacha. Nacha y Frida comparten piso. Las dos son la sensación de la escalera. Notorio disimula y comenta: “¡Qué curioso! Han aparecido unas granadas en el ascensor. Alguien se las habrá dejado. Si son suyas, se las puedo acercar a casa. Que deben de pesar”. “No, no son mías, gracias. Muy amable”. Notorio se siente satisfecho. “Me ha sonreído. Creo que le gusto”, piensa. Nacha piensa con un poco de ingenuidad que todavía quedan hombres caballerosos.
En el portal coinciden un repartidor de comida y Sixto, que llega del trabajo de su turno de noche. El repartidor se llama Joel. A los dos les hace gracia la aparición de las granadas. “Será una broma”, comenta Sixto, “y eso que no son Los Santos Inocentes todavía. Todavía no he desayunado, que, si no, me cogía una y me la comía. Y usted, ¿ha desayunado? Venga, que le pongo un café caliente. Trabajar en la calle en estos días tiene que ser muy duro.” “Pues, vale, gracias, en un vaso de plástico, si tiene, y me lo llevo”. Se paran en el primero, donde vive Sixto y le saca un café. Joel va al cuarto A, donde vive Felisa, que está en silla de ruedas y hay que llevarle la comida. Felisa coge poco el ascensor, sólo cuando va al médico, pero espera con impaciencia a Joel, que le pone al día de todas las noticias. Felisa, por supuesto quiere salir al rellano y ver las granadas con sus propios ojos. Felisa, que es muy religiosa, le cuenta a Joel que la granada es el símbolo de la resurrección y de la vida eterna. A Joel le gusta charlar con Felisa y le da las gracias por sus lecciones. “¡Cuánto aprendo con usted!”, le agradece Joel. Felisa se siente contenta y piensa que qué agradable es ese chico. Joel se marcha bebiéndose su café y pensando qué que majo es el vecino del primero B.
El del bajo B, Don Huraño, que nadie sabe si es mote, pero todos le conocen por ese nombre, nunca coge el ascensor, como es de suponer, ni habla con nadie. Aunque un día lo coge para subir a la azotea para observar las estrellas. Ve la bolsa. “Esperaré unos días para coger una y se la pondré a los gorriones, que ahora no tienen mucho que comer”, piensa.
Pasan dos días. Las dos bolsas de granadas, subiendo y bajando, provocando sorpresa y curiosidad, siendo el tema de conversación, un hecho tan singular y extraordinario, evocando recuerdos, inspirando afectos. Incluso el presidente, el poeta, escribe una Oda a las Granadas.
Al tercer día, aparece una nota que dice:
Pueden coger una o dos granadas, si les place. Disfrútenlas.
Y, ¡Feliz Navidad!
Firmado YO, vecina del ¿…?

Marisa Sánchez
Grupo C


Encerrados

Detecto su presencia anodina e insignificante, depositada en el suelo húmedo y brillante del ascensor.
Dentro de mi pecho algo se desboca cuando despegamos y ya no hay vuelta atrás.
Me concentro en su contorno naranja y tenue, en el movimiento apenas perceptible del agua, ajeno al sonido amenazante de poleas y a los ruidos que mi amígdala reptiliana detecta cuando este aparato roza las paredes.
Pero ella está en el ángulo oscuro y alguien sabe que estamos aquí. Depositaria de esperanza, es mi seguro de vida en este viaje y en este tiempo que apenas discurre.
Alguien la necesita y vendrá a por nosotros.
Un palo de madera, apoyado descuidadamente con su extremo rastrero y sucio, ahora elevado al rango de amigo.
Estamos juntos en esta trinchera de anticipación y miedo. No estoy solo.
Un ruido imperceptible para cualquiera, detona mi corazón, mi mente se dispara ¡Se ha parado entre dos pisos¡ enterrado, olvidado, me faltará el aire y no habrá cobertura. Retiro de mi cabeza la idea de arañar paredes.
Trato de calmarme en el temblor del agua en mi particular y turbio océano, contenido en el pequeño planeta familiar de color naranja.
Un frenazo repentino nos sacude a los tres, náufragos emparedados.
El ascensor se ha detenido y se abren las puertas.
Estoy a salvo, y mientras pienso en llevarla conmigo o darle un beso, el portero aparece y pregunta si estaba dentro su fregona.
Si señor, afortunadamente ahí estaba.

AMF
Grupo C


¡Sorpresa!

Mi tía Gertru vivía en la cuarta planta de un bloque de viviendas de Galapagar. Nunca íbamos a su casa porque había que subir andando o eso era el pretexto que ponía ella para que no se nos ocurriera visitarla. Así que la invitación que nos llegó para comer una paella en su casa, nos sorprendió y mucho.
Y en la calle Los Ángeles número 12, estábamos entrando en su portal, el mismísimo día que estrenaban el ascensor en el bloque de mi tía Gertru. Esa era la sorpresa que nos tenía preparada. Lo primero que vimos fue un enorme prisma metálico en el medio del portal y un montón de gente esperando, que daba la vez para subir al recién estrenado ascensor. Éste era de cristal transparente como el del Reina Sofía, de tal forma que según subías en él, podías ver a tus vecinos, por la escalera o abriendo la puerta de su casa o regando las flores del rellano... también saludaban desde el interior a los que veían afuera, ¡adiós Macarena! decía el de dentro, ¿ya vas para casa? decía la de fuera, ¿has estrenado traje Mauricio?, ¡qué grande ya está tu nieto, Mati!, ¡voy a la pelu Lupita!, ¡tened cuidado que sois 5 ...! Aquello parecía el mercadillo de los domingos, conversaciones a voces entre los que iban dentro y los de fuera.
Por fin nos tocó el turno a nosotros pero el ascensor también era peculiar por ser rectangular, podría decirse muy rectangular, de tal forma que si entrabas de cara, salías de culo y viceversa. Mi tío Honorato que está fuerte, por decirlo suave, no pudo entrar por las estrecheces del ascensor y así se lo indicaron los vecinos al verlo, ¡no, usted no entra!, mi padre que ha perdido 10 kilos este otoño entró por los pelos, yo el otro día subí con los gemelos de mi hija y solo pude tener agarrado a uno y el otro lo rescaté en el 4° porque me lo metieron al fondo y no había manera de sacarlo...Subimos todos menos mi tío Honorato que tuvo que hacerlo a pie. Mi tía Gertru estaba efervescente y no hacía más que contarnos las bondades de su nuevo ascensor
A las 2 nos dimos cuenta de que no teníamos pan y me ofrecí voluntaria a bajar a comprarlo. Llamé al ascensor y me metí pero antes de que pudiera picar al 0 empezó a bajar y se detuvo en el 1°, aquí subieron dos vecinos y me fui al fondo, pegadito al espejo. Seguido subio al 2° y ya éramos otro más. Por fin bajo al 0 pero como estaba situada al fondo del ascensor me pidieron los del 1° que si no me importaba ya subían al 3° a saludar a unos vecinos, pero en el 3 ° subieron 3 hermanos y así me volví a quedar en el fondo del ascensor. Los 3 hermanos me contaron que si eso ya ellos bajaban antes al 2° a ver a su abuela...y allí se subió Claudio que quería bajar al 1° a ver a su amiga Pepita, pero los que habían subido en el 1° lo pensaron mejor y picaron en el 2°para coger unos esquejes de las plantas del rellano. Después de bajadas y subidas por fin bajé al 0 con 2 testigos de Jehová que se apiadaron de mí pero habían olvidado la biblia en el 1°, así que paramos y me pidieron que les esperara con la puerta abierta. Pero bien se veía que era hora punta y aquello empezó a pitar y a llamarnos de todo a través de la escalera, yo me asusté, cerré la puerta y aquello ya fue una montaña rusa para arriba y para abajo eso sí conseguí darme la vuelta y por lo menos poner cara a los vecinos. Pasadas 2 horas conseguí quedarme sola en el ascensor y por fin piqué al 4° y llamé a la puerta de mi tía con los ojos llenos de lágrimas y escuchando a mi tía decir "está niña se parece mucho a mí, ¡es muy sensible! Yo hija también me emocioné mucho con el ascensor y no es para menos".

Elvira Callejo
Grupo C

Se abre el telón

"Se abre el telón". Estas cuatro palabras con las que se iniciaban muchos chistes hace años son en la dramaturgia el equivalente al "érase una vez" de los cuentos. La función comienza y acaba con la apertura o el cierre de esta tela. Al menos en el teatro clásico.
Comenzamos la sesión hablando de bestiarios pues el libro que nos invita a conocer la singular fauna que puebla los teatros se titula así, Bestiario de teatro. Su autor, Pepe Viyuela nos adentra en esa extraña república a través de la metáfora y el símil, en unos textos imaginativos, sutiles, profundos, llenos de matices. Son greguerías extendidas, brochazos poéticos, definiciones cargadas de lirismo que consiguen iluminar los textos.
¿Pueden parecerse los focos que cuelgan de las patas que hay sobre el escenario a murciélagos? ¿Son los aplausos del público palomas mensajeras? En la mayoría de los textos hay un animal o una bestia que ayudan al cómico y escritor a dibujar con detalladas descripciones muchos de los elementos, conceptos o protagonistas del ámbito del teatro. Un libro sugerente que dice mucho del profundo conocimiento que Viyuela tiene del arte de las tablas.



Aunque una de las bestias es la improvisación, el autor no da pie (término muy teatral) a ella. Las palabras acaban por iluminar a los animales o bestias a los que dan cuerpo, como en los bestiarios medievales. allí las imágenes daban cuenta de los extraños seres que conviven con nosotros a un lado y otro de la frontera que divide lo real de lo imaginario.
Julio Cortázar, Borges, Juan Perucho, Pablo Neruda, Ferrer Lerín, Tolkien, Lovecraft, Javier Tomeo, Dulce María Loynaz... es larga la lista de quienes escribieron su bestiario. En este artículo puedes conocer más de cerca alguno de los textos de Bestiarium, libro escrito por la escritora cubana durante su etapa escolar.
En el artículo "Nuestros bestiarios medievales y contemporáneos favoritos" Jaume Gómez nos muestra algunos de sus favoritos. Nos ha gustado especialmente el de Josep Baqué. Nosotros daremos continuidad a esa tradición de hacer bestiarios y también haremos uno que será paralelo al de Pepe Viyuela. Lo explicamos en la propuesta de escritura.

Pero antes dejemos por aquí algunas de las bestias como botón de muestra:

ORATOR OCCULTI
Apuntador

El apuntador es un quelonio de tamaño más que natural que habita en los proscenios y de cuya boca emanan textos inconexos que buscan iluminar la memoria perdida de los náufragos, de las almas en pena que pierden el norte en mitad de una escena.
En su voz habita la luz y tiene lengua de candil, de la que brota una llama que calienta pero no quema, que acaricia el oído y devuelve a la vida a todos aquellos que cayeron en el abismo.
El apuntador vive escondido, oculto a la vista, es un francotirador inverso que salva la vida de aquel a quien dispara, apuntando directamente a la diana del olvido. Habita orillas y espacios de sombra en los que se agazapa, dispuesto siempre a lanzar la red salvadora que arrebate a los desmemoriados de las garras del público. Los susurros que emite son chalecos salvavidas que permiten llegar a tierra al nadador exhausto y sin fuerzas.
Se alimenta de palabras, las consume a toneladas con la única intención de vomitarlas, llegado el caso, en el oído del actor trémulo que las perdió. Es un nexo entre la vida y la muerte, el bálsamo que resucita las almas muertas de los personajes que han quedado varados, la piedra filosofal que convierte la sombra en luz y que devuelve el color a las mejillas pálidas de quienes sufren la enfermedad del olvido.
El apuntador se encuentra prácticamente en extinción. Algunas de sus conchas aún pueden encontrarse en estado fósil en los trasteros y fosos de los teatros más antiguos.


APPLAUSUS ADULATIO
Aplauso

El Applausus es una paloma mensajera de carácter invisible que anida en palomares de cinco dedos, desde alli levanta el vuelo y surca la distancia que separa continentes. Aunque no puede ser vista, si se puede oír y presentir su vuelo.
Se alimenta de emoción y se distingue del resto de aves por la fuerza de su aleteo, que puede llegar a provocar tempestades de alegría o frustraciones sin cuento.
Cuando la bandada se alza en tropel y al unísono desde el silencio, el aire se llena de misivas redactadas con la sangre de decenas, cientos o miles de corazones; de estallidos que parecen de fusil, pero que en realidad son los latidos que provoca el batir de sus dos alas; de estampidos que rompen la velocidad de la exaltación y de salvas que coronan a los reyes de la noche.
En cambio, cuando no alza el vuelo y queda oculta y agazapada entre los dedos, ocupan el cielo bandadas de buitres negros que acaban devorando los cadáveres que provoca su ausencia.
A veces no sabe si volar o no, se produce entonces un tableteo como de ametralladora descompuesta que provoca un gran desasosiego y acribilla a los cómicos llenándoles el alma de agujeros.
El Applausus es un ser vivo necesario, un ave capaz de hacer remontar la pesadumbre, hecha de un metal ligero y transparente más preciado que el oro, que no puede adquirirse en ningún bazar porque su vuelo no tiene precio. Es un maná que llueve cuando el cielo, en lugar de nubes, se llena de admiración.
Una vez que la bandada acaba el vuelo, cada ejemplar vuelve a casa y allí se instala de nuevo, dispuesta a esperar la próxima función.


Propuesta de escritura

1. Propusimos escribir un breve texto sobre el teatro a partir de unos pies dados: "El teatro es...", "En el teatro yo...", "El teatro se parece a...", Un día fui al teatro y..." y "Al salir del teatro...". La tarea fue rápida pues se trataba de improvisar, de dejarse llevar por intuiciones sin pensar demasiado.

2. Para la tarea de casa entregamos un papel pero no para memorizar la alocución de un personaje que sería el significado de "papel" en dicho ámbito. Se trataba de un trozo de papel con un término vinculado al teatro tomado de un glosario de términos teatrales. Cada cual desveló su palabra y entre todos tratamos de pensar en un posible animal que pudiera identificarse con dicha palabra. ¿Qué extraños animales podrían ser las candilejas? ¿Sería un vodevil un acto de cortejo animal como la berrea? ¿Es el bulubú un ave migratoria solitario?

Dejamos a renglón seguido algunos términos tomados de Littera para que podáis hacer la tarea quienes no pudisteis ir a la sesión:

1. Claque.- Persona que en el teatro tenía como profesión aplaudir.
2. Diabla.- Batería de luces que cuelga del peine entre bambalinas.
3. Melopea.- Canto monótono.
4. Mojiganga.- Pequeña obra dramática con finalidad cómica, con personajes ridículos y extravagantes.
5. Ambigú.- Establecimiento para adquirir bebidas o comida situado en los pasillos de un cine o un teatro.
6. Bambalina.- Cada una de las franjas de tela que cuelgan del telar de un teatro, de un lado a otro del escenario, y figuran la parte superior de lo que la decoración representa.
7. Amebeo.- Recitado en el que toman parte dos o más personas alternativamente. Es frecuente en las églogas.
8. Corbata.- Espacio fuera del marco de la escena que ocupa el proscenio adelantado, muy utilizado cuando el actor se dirige al público.
9. Trampa.- Orificio en el piso del escenario por el cual puede entrar o salir un actor.

Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Proscenio

En el bosque
helado
No halle que
Comer,
busqué el
ganado
y a veces
comí
ganado
y pastor.

Rubén Darío

En el proscenio se erige el lobo astuto, que avanza majestuoso. Con su aullido desafiante convoca a la audiencia, mientras las sombras habitan el escenario. Es el guardián de las historias que se van a suceder, el que acecha al abrir el telón. Su mirada intensa revela secretos, mientras su presencia evoca misterio y temor. Se convierte en el maestro de ceremonias del escenario donde hace alarde de su fuerza y astucia. Atrapa a los personajes en bucles de tragedia. Le desconcierta la improvisación. Todos los actores actúan airosos en su presencia, cada paso que dan es un giro reflejo de la vida misma. El lobo es el guía de la noche ,nos enseña que en cada acto hay un mundo por descubrir y que los caminos inciertos los valientes han de explorar.

M. Pilar Sánchez
Grupo B


Medusa

En cierta ocasión fui a ver una obra de teatro y resultó que había únicamente dos intérpretes, un actor y una actriz. Lo recuerdo perfectamente porque en el patio de butacas sólo había un espectador, o sea, yo.
La cosa iba de una pareja que reñía y se echaba en cara un montón de reproches, y tal. Claro, si se llevaran bien y estuvieran felices comiendo perdices y viendo la televisión, no habría obra, porque qué iban a decir, si estarían con sus palomitas, mirando el reflejo de sus ojos en la caja tonta.
Total, que se quejaban amargamente el uno del otro. La tele podría haber sido el sainete que se desarrollaba entre el escenario y el patio de butacas, y para mí una ansiada, en aquella tesitura, línea de fuga (a la sazón analógica “seiscientas veinticinco líneas”). La tele -uno de mis temas estrella- es un bestiario completo, una auténtica parada de monstruos, una antología del frikismo. La Bestia por antonomasia. Entre ver la tele eternamente o quemarme en las llamas del Infierno, yo elijo el mal menor, prefiero, de largo, a Mefistófeles con todos sus demonios antes que el sainete de Jorge Luis Vázquez, Belén Esteban, Lydia Lozano, María Patiño y Kiko Matamoros (“Sálvame”, Wikipedia). ¿Y quién no?
Pero volvamos a La Malquerida, donde estaba un servidor siendo protagonista de aquella Comedia del Arte, a solas los tres, el marido, la mujer y yo, ellos haciendo su trabajo como si tal cosa, yo, solo y avergonzado, diciendo “¡tierra, trágame!”. Qué hubiera dado por compartir con ellos las palomitas y unas cervezas, viendo la tele, ese parásito con antenas que te sorbe los sesos, el tiempo y la vida.
En algún momento terminó la obra de teatro -la del escenario- pero yo seguía paralizado, inmóvil, porque sentía que era también protagonista, pero sin palabras; ¿cómo decirlo?, me sentía un espectador congelado ante el mutis imposible de la cuarta pared.
Entonces los actores levantaron los brazos, mirándome, y simularon que aplaudían. Después de unos segundos eternos, como un mono que repite el gesto del domador, aplaudí.
Salí a la calle y el teatro del mundo continuaba. Llegué a casa, abrí una botella de pitarra, me la eché al morro, y encendí la tele. Allí estaba el sainete, pero yo sólo podía ver -en mi “delirium tremens”- la cabeza de Medusa.

Ignacio Aparicio
Grupo A

Claque

Para mí, el pingüino, es la representación de animal simpático, por su manera de moverse, con caídas incluidas, con sus aleteos, que parece que está continuamente aplaudiendo y dando ánimos contagiosos al público y a los actores, por su manera de moverse para ir a buscar comida y proteger a sus crías cuando tienen hambre y hace frío. Por eso y por muchas cosas más, aplaudo al pingüino.

Luis Iglesias
Grupo B

Bambalinas
Decoratio super caput actorum

1. f. Teatro. Cada una de las tiras colgadas del telar a lo ancho del escenario, que ocultan la parte superior de este y establecen la altura de la escena. Entre bambalinas. 1. loc. adv. entre bastidores. U. t. c. loc. adj.

Junto con los telones de fondo y los bastidores delimitan el universo en el que se desarrolla la función y flotan, como nubes pomposas, sobre el escenario.
Son perros pastores que no permiten que el tropel de acontecimientos que el argumento va desgranando se salga de madre, manteniéndolo a raya, sin dejarle abandonar el prado donde pasta.
Pueden adoptar cualquier color: aquí habría que admitir a los perros verdes.
Si desaparecieran, el universo que el autor quiso tramar también se desvanecería y la visión de la maquinaría, la diabla de luces, desvelaría a los espectadores que lo narrado era un cuento. Provocaría que dejaran de emocionarse, pues todo era mentira, cosa que ellos ya sabían, pero que se ocultaban a sí mismos durante el rato que duraba la función.
También puede uno imaginarlas como una bandada de estorninos sobre las torres, pero cubriendo en este caso, no las torres sino, el de otro modo destechado espacio escénico.
Si te sitúas entre ellas – entre bambalinas - se comportan como un gran cardumen de pececillos que ocultan los manejos confesables y también los inconfesables.
Porque si estás entre bambalinas, entre bastidores, puedes hacer lo que quieras sin ser visto.

Carlos Coca
Grupo A


Melopea
Bubobubobubo melopensis

El bubobubobubo melopensis es un estrígido de plumaje largo y oscuro, tiene negras ojeras alrededor de sus ojos de no dormir y de estar siempre alerta, y pobladas cejas a modo de pequeños cuernos diabólicos. Su vuelo es silencioso, de tal forma que su presa no lo oye cuando llega. Y es diestro en atrapar a sus víctimas con sus garras de amargura. Sale sobre todo de noche y entona melodías repetitivas, "bu bu bu bu bu bu", como un coro de ancianas enlutadas, suplicantes que se lamentan, no paran de llorar y recitar letanías tristes "bu bu bu bu bu" al ritmo del aulós, y recuerdan a hijos que perdieron su juventud en la guerra, a hijas que parieron monstruos "bubububububu", a tiranos que acechan en la oscuridad e impiden el sueño y la vida. Buuuuuuu.... El bubobubobubo podría adormecerte con la monotonía de su canto, pero produce justo el efecto contrario. Es un canto inquietante y grave que anuncia malos presagios y causa una desazón profunda al ritmo de los latidos de tu corazón, bu-bú bu-bú bu-bú bu-bú. Como se puede imaginar, es un ave que se asocia a la tragedia. La diosa Melpómene lo protege. Su canto es la voz del oráculo del que no se puede escapar.
Si, en la noche, oyes el lamento de una melopea, probablemente sentirás cómo se contrae tu corazón y sentirás un gran pesar. Te darán ganas de decir: “¡Basta ya! Siempre la misma melancólica cantinela". Pero no podrás, porque el canto te hipnotizará, te embriagará. Antígona escuchó el cantar de la melopea, al corifeo amenazador, y no pudo evitar su trágico fin. Has de taparte los oídos, como cuando oyes el canto de las sirenas.

Marisa Sánchez García
Grupo C


Vodevil
Paradisaeidae Spectaculum

Se va a abrir el telón y un pajarito se afana por limpiar el escenario, todo lo de color brillante fuera. No quiere distracciones.
Ha ensayado la danza una y mil veces, sabe todos los pasos, su juego de patas es fantástico.
Una hembra se posa suavemente en una rama. Es su momento. Empieza el baile. Busca la mejor luz y abre sus alas: Movimiento sexi de plumas con paso lateral, brinquito con movimiento de cabeza, vueltas a toda velocidad sobre una pata.
No quiere ni mirar, está nervioso, pero intuye que tiene la atención de su estimado público.
Va llegando el final del espectáculo y ha reservado un truco magistral impresionante. Se coloca en el centro la pista y con un solo movimiento abre su cola de colores mientras canta una canción irresistible.
La hembra enloquece con tanto despliegue de talento; el cortejo ha sido un éxito y antes de que se cierre el telón han entrelazado sus plumas y se marchan los dos enamorados.

Aurora Zarco
Grupo B


La mujer araña

No saben que estoy aquí. Este refugio me permite seguir viva. Desde lo alto tejo la tela que me asegura la supervivencia a mí y a mis hijas. Nadie repara en el último lienzo. La atención se centra en las tablas.
—Hay razones del corazón que la razón no entiende —dice uno de los actores.
Y yo, colgada del bastidor, me identifico con él. Porque la seguridad que las bambalinas dan a quienes amo, me reprime las ansias de atravesar la cuarta pared y recorrer todos los rincones de este teatro, revisar una por una cada butaca, llegar hasta el ambigú, conocer a los que viven allí y mezclarme con ellos. Empezar una nueva vida.
—Es que habría que saber aceptar las cosas como se dan, y apreciar lo bueno que te pase, aunque no dure. Porque nada es para siempre —oigo en el escenario.
Claro, pienso. Tal vez es eso. El telón de foro es el nido en el que las leyes de la naturaleza hacen que desarrolle mi ciclo vital. Los machos se acercan y depositan sus huevos en la red para mi fecundación. No tengo ni que rozarme con ellos, aunque a veces me gustaría, por lo menos para saber qué se siente en una cópula. Pero yo no soy de esas, tampoco de las que se comen al macho para aprovechar sus nutrientes. Yo soy de las que esperan la llegada del repartidor y recojo el paquete. Como si hubiese encargado un pedido a los riders de Globo. Tal vez, algún día, pueda abandonar esta cárcel.
“Nada es para siempre”. La frase retumba en mi cabeza y sueño con el momento de poder acercarme a las candilejas. ¡Oh! Cómo me atraen esas luces diminutas. Cómo me gustaría tejer un manto entre ellas y balancearme envuelta en su calidez.
—Vos sos loco, ¡Viví el momento! , ¡Aprovechá! , ¿Te vas a amargar la comida pensando en lo que va a pasar mañana? – dice Molina.
Y yo, que ya me sé la obra de memoria, repito con Valentín: “No creo en eso de vivir el momento, Molina, nadie vive el momento. Eso queda para el paraíso terrenal”.
Um! Se acerca una polilla de la ropa. Esas están siempre merodeando por el guardarropía para ver si cazan alguna prenda descuidada. He percibido su sinfonía ultrasónica antes de verla. Ella no ha advertido mi presencia, tampoco ha descubierto los hilos de seda en los que, sin remedio, quedará atrapada. Con un poco de suerte consigo comida para varios días.
—Tengo una curiosidad... ¿Te daba mucha repulsión darme un beso? —Dice Molina.
—Debe haber sido de miedo que te convirtieras en pantera, como aquella de la primera película que me contaste.
—Yo no soy la mujer pantera.
—Es cierto, no sos la mujer pantera.
—Es muy triste ser mujer pantera, nadie la puede besar. Ni nada.
—Vos sos la mujer araña, que atrapa a los hombres en su tela —Concluye Valentín.
Tendré que buscar nuevos anclajes para ampliar la telaraña. Este lugar se está volviendo peligroso. Cada vez hay más depredadores que se arriesgan a subir hasta aquí. Debo reforzar mis defensas.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Acotación

Si tengo que pensar en un animal para “acotación” el primero que me viene a la cabeza es la urraca, pero en el fondo, yo diría que es más una señora, la señora Acotación, Coty para las amigas, que dicho sea de paso, me cae bastante mal y no sólo por ser una cotilla….
Es la típica señora que lo sabe todo, que suele decir a todo el mundo lo que tiene que hacer y que suele ir en el centro llevando del brazo a un par de personas a modo de paréntesis, siendo ella el centro, claro está. Se comunica en cursiva para realzar lo que dice y si no se la escucha suele pegar un tirón del brazo de los acompañantes para que se le preste la debida atención. Dice que está al servicio de la escena, pero sólo se sirve a sí misma. Adula continuamente al dramaturgo para que le dé cada vez más intervenciones, en cursiva y entre paréntesis, para seguir dando órdenes a todos: ponte aquí, haz este gesto…. . Terrible, la Acotación….

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Ñaque 
Dardanus calidus y Calliactis parasitica

1. m. Compañía ambulante de teatro que estaba compuesta por dos cómicos.

2. m. p. us. Conjunto o montón de cosas inútiles y ridículas.


El ñaque es una simbiosis entre dos individuos como el cangrejo ermitaño (Dardanus calidus) y su anémona (Calliactis parasitica). Los dos se benefician, aunque sean muy distintos y tengan diferentes habilidades. Uno representa la fuerza motriz, el que busca la comida y se encarga de poner la infraestructura. Sería el componente del ñaque más avezado en la administración de las actividades, búsqueda de nuevas plazas para actuar y tratar con las autoridades, conseguir actuaciones con algo de beneficio. La anémona pone la agudeza, la parte picante de la pareja y defiende a ambos de los embates del entorno. El componente inteligente que aporta la comicidad y hace funcionar la pareja como un espectáculo populachero.
La pareja simbiótica se arrastra por el fondo, buscando lugares propicios donde desplegar su actividad, donde encontrar unas migajas que llevarse a la boca. Unas veces encuentra auténticos banquetes, mientras que en la mayoría de los casos deben sobrevivir con unos desperdicios y seguir en busca de otros hábitats mas propicios, con más posibilidades, con más riqueza y algo de alimento de sobra. El ñaque se traslada de pueblo en pueblo, encontrando la escéptica acogida de los lugareños, buscando una efímera benevolencia, que nunca se prolongará más allá de un par de días y que puede terminar en la agresión de los más violentos y pendencieros.
Esta pareja lleva una vida penosa, ambulante, cómica y aunque pueda parecer inútil y ridícula, siempre echaremos en falta que hayan desaparecido los ñaques y otros cómicos ambulantes de nuestros pueblos. ¿Qué o quien los ha sustituido?

(En la obra ”El viaje entretenido”, escrita por Agustín de Rojas Villandrando, en 1603, se citan ocho tipos de comediantes ambulantes de la época: bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía.)

Manuel Medarde
Grupo A


De pronto se abrió el telón
y me encontré
ante el mayor espectáculo
jamás imaginado.
Todo azul, desparramado,
azul de cielo , azul de mar,
azules de sal y llanto.
Barcas a la deriva,
cuántas lágrimas vivas,
cuántos cuerpos destrozados,
flotando bajo las estrellas
en un mar ensangrentado.

P.G.
Grupo C


La cuarta pared, la mariposa y el actor novato.

Un director de escena se dirige a un actor novato en estos términos:

- Felicidades, muchacho; has sido seleccionado entre varios aspirantes, y eso significa que eras el mejor de ese grupo, pero poco más. No has tenido antes un papel importante, pero hemos pensado que tienes talento para afrontar el que te asignaremos. En todo caso, quiero creer que has tenido experiencia con las cuatro paredes del teatro…
- Disculpe, director, ¿no son tres paredes?
- Mal empezamos. Son cuatro.
- Vale, vale. He oído aquello de la cuarta pared, pero siempre me ha parecido una forma como en argot para referirse al público.
- Vamos a ver, jovencito, la cuarta pared no es el público, es una pared. Y me preocupa que todavía no te hayas dado cuenta, porque significa que no sabes de teatro, que puedes haber pisado un escenario varias veces, pero no has aprendido mucho.

La conversación terminó ahí, el director salió del escenario y dejó al actor novato perplejo y preocupado. ¡Ah!, pensó: se debe tratar de una novatada, que esta gente del equipo les da así la lata a los nuevos. Como no lo dudó, decidió llevar la broma un poco más lejos. Se dirigió al proscenio, levantó los brazos y fingió encontrar una pared, haciendo el famoso número de mover las manos contra un cristal invisible. La verdad es que no le salió mal, salvo porque el director no estaba para humoradas.

- ¿Qué diablos estás haciendo?
- Localizar la cuarta pared…
- Me estoy planteando pasar al segundo candidato y mandarte a ti a la escuela. ¿Es esa dramaturgia todo lo que se te ocurre para imaginar lo que es la cuarta pared?
- ¿No es una broma para novatos esto de la cuarta pared?
- ¡Tú eres bobo, chaval!

El director de escena volvió a salir del escenario a sus ocupaciones. Apareció entre cajas un viejo actor que había asistido al incidente. Pasando su brazo tras los hombros del novato, le dijo:

- Mira, querido, no juegues con el mal día de nadie. El director está hoy insufrible.
- Es que yo pensaba que era una novatada…
- No. La cuarta pared parece el público, pero no lo es. Desde la escena no ves a los espectadores hasta que se encienden las luces de la sala, y la pared está ahí. El público también necesita la cuarta pared para creer en lo que está sucediendo en la escena.
- Es, entonces, un pacto entre escena y público.
- Vas bien por ahí. ¿Conoces la mariposa de alas de cristal?
- No.
- Es una mariposa de alas transparentes que, si se mueve rápido apenas si se ve. Bueno, puedes imaginar la cuarta pared como una nube de mariposas de alas de cristal en vuelo entre el público y la acción escénica. Y tienen una característica especial: huyen cuando el actor se dirige al espectador, o cuando un energúmeno de la platea o un palco interrumpe la acción, por ejemplo, con el sonido de un teléfono que no ha apagado antes de empezar la representación. Las mariposas de la cuarta pared son muy sensibles. Nuestro deber es mantenerlas volando…

Juan Delgado
Grupo A


El Esperpento

El esperpento es un ornitorrinco desatado de imaginación, cuya virtud principal le lleva a ser un pato desfasado capaz de generar hilaridad.
Convive con la ironía tanto, que resulta imposible no reír ante la desfachatez de sus inteligentes picardías subacuáticas.
Es el artífice de las sacudidas más excéntricas en un escenario. Con su aguijón malicioso destruye toda moralidad y nadie se salva de su veneno burlón.
La tragedia esperpéntica trata de ser una buena madre, sin embargo no tiene pezones por lo que sus crías lamen su piel para seguir haciendo reír y así sobrevivir.
Resulta imposible encasillarlo en un subgénero literario. Es, por sí mismo, único y ahí se mueve de manera tragicómica, para denunciar tropelías políticas de la época, con su extraordinaria sagacidad.
“Max.-Paco, las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!”*
No está en peligro de extinción. Sigue vivo. Cien años después de su estreno, no quedan entradas en el teatro Español de Madrid, donde, cada día lo resucitan las risas del público.

*Son las palabras de Max Estrella al ministro de turno en la obra “Luces de Bohemia” de Valle Inclán. 

JB
Grupo C


Proscenio

El proscenio es un paquidermo imponente que camina lentamente pero con garbo y que ha ido evolucionando a través del tiempo por su fuerza descomunal y presencia majestuosa.
Su área de distribución se encuentra por encima de los tres metros sobre el nivel del público y es una inmensa y hermosa bestia desde cuya grupa pueden verse paisajes soñados, como una platea abarrotada o un público entregado, o contemplar emociones intensas como carnes de gallina, pelos de punta, carcajadas o expresiones faciales alteradas por la fuerza de la representación.
Pero cabalgar un proscenio tiene también su complicación, y puedes sentir vértigo, náuseas, desmayos o tremendos disgustos si lo que lo que llega desde la primeras filas de la platea son toses, ruidos de pipas, conversaciones por el móvil o caras de aburrimiento.
Al proscenio le gusta compartir espacio con otros animalillos como la mirada atenta, el silentium populi y vive muy cerca del Orator Oculti. Pero por encima de todo le gusta vivir cerca de las bandadas de esa especie de paloma tan preciada en estos territorios, como es el applausus adulatio y por cuya querencia, el proscenio es capaz de un trompazo, romper la cuarta pared, para escuchar su sonido y sentir su deseada vibración.

AMF
Grupo C


Bululú
Actoris pedestresis macropodidae walabī 

Mezcla surgida de un Marsupial original de Australia y la Isla de Nueva Guinea, con especie humanoide desconocida de la Europa Occidental. Tiene por peculiaridad una sobresaliente capacidad para representar obras teatrales cortas y entremeses variados, viajando de pueblo en pueblo a lo largo de toda la Península ibérica. Puede caminar en dos patas sin problema alguno y recorrer grandes distancias. Posee un pelaje suave y casi blanco, sus ojos suelen ser de color claro y es dueño de una voz templada y cálida que usa para realizar sus representaciones teatrales cortas.
Es un embaucador profesional. 

Esperanza García
Grupo A


Tramoya

TRAMOYA: conjunto de la maquinaria que sirve para las mutaciones escénicas.
TRAMOYISTA: persona que inventa, construye o dirige tramoyas de teatro.

CASTORIS TRAMA (tramoyista): Roedor de fuertes patas y cola, con una habilidad natural para realizar la construcción y cambios necesarios en cualquier escenario. Sus potentes incisivos son su mejor y más valida herramienta. Pulen aquí, retocan allá…
Descansan durante el día, para por la noche darlo todo, tanto antes como durante y después de la función. Velan porque todo esté impecable.
Son un río de efectividad.

Eva Hernández
Grupo A


Loa
Laudatio prologuis

La Loa es una zorra (vulpes habilis) que aparece antes que nadie, capaz de convencer al público para que atentamente escuche las bondades de la obra y de su autor, que a poco van a conocer. La zorra tiene labia, entretiene al paciente público que espera a que en el proscenio aparezcan los actores y tenga lugar el teatro por el que han venido a disfrutar. Busca su sitio, se cuela entre bambalinas y, de repente, aparece en el centro de la escena.
La zorra es hábil, certera y breve y ha aprendido bien la lección: tiene que alabar, adular, hacer la pelota al autor de la obra que más tarde empezará. Los nervios le llegan a la cola y los dientes le hacen temblar, pero cerca ve al apuntador (Orator Occulti): no hay peligro, piensa enseguida, este me salvará, en caso de que venga el “Albus inimicus” y me deje en blanco. Así, empieza a recitar y recitar y el público entusiasmado no para de reír. Lo hace bien. Mas, ¡diantre!, ¿qué está ocurriendo? Sólo habla de un ladrón y no del autor.
Maldita zorra, se oye decir al Director, que en esta loa nos la ha jugado igual que al cuervo; y ahora ya todos corren tras ella, que escapa entre las cajas, mientras grita bien alto: arriba el telón y que empiece ya, de una vez, el teatro y la función.

Gabriel Risco
Grupo C



Bululú
(Struthio andarinus)

Ave triscadora de caminos en permanente migración. Es reacia a aposentarse en lugar ninguno. De recia constitución y pelaje alborotado gusta de representar comedias y recitar romances. Hace en las obras todos los papeles pues nunca se vio una compañía de cómicos más solitaria. A pesar de su naturaleza vagabunda no emplea alas en sus desplazamientos y solo las luce cuando la función requiere de la presencia de un ángel o un demonio. Es poseedor de un pico plano del que surgen todo tipo de versos y letrillas. Aunque no canta y, dado el caso de que tuviera que interpretar una pieza musical, enmascara su ronco siseo tras el rasgueo de la guitarra o los aires del acordeón.
Tiene fama de cobarde, de esconder la cabeza a la menor amenaza. Nada hay más falso, lo que sucede es que su prudencia se confunde con cobardía. Si bien es cierto que, de venir mal dadas, toma las de Villadiego dejando tras de sí un ruido de galope oculto en una espesa nube de polvo; no lo es menos que, si se siente acorralado no vacila en patear al importuno con sus musculosas piernas. Y pone en ello tal energía y violencia que, en la mayoría de los casos, la víctima, si no resulta mortalmente herida, escapa y evitará en adelante cualquier conflicto con un bululú.
Es un animal de costumbres nocturnas ya que es en medio de la oscuridad cuando más brillan sus dotes para embelesar a pequeños y mayores con su descomunal talento. Es de apetito omnívoro, que lo mismo se desayuna un sainete, que se merienda un entremés o cena un vodevil.
Los ritos de apareamiento son rápidos, pero van aderezados de abundante parafernalia y ceremonial. Eso sí, una vez consumada la conquista, se esfuma sin dejar rastro ni compromiso de atender a la descendencia. No se ha podido comprobar fehacientemente, pero se sospecha que las hembras ponen los huevos en nidos de otras aves o en los tornos de hospicios y conventos.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El utillaje teatral

En las penumbras tras el telón, lejos de los aplausos y las miradas, habita el peculiar reino del utillaje teatral, una colección de seres tan vivos como la imaginación de quienes los emplean. Cada uno de ellos desempeña un papel imprescindible en el gran rito escénico y guarda su propia historia y temperamento.
La silla errante es una criatura camaleónica que puede hacer el papel de un trono real o el asiento de un mendigo. Su madera cruje como si susurrara secretos olvidados de otras obras. Se dice que, cuando nadie la observa, se mueve por el escenario, probando posiciones para asegurarse de estar en su sitio perfecto cuando le llegue el momento de actuar. Es muy amiga de un espejo que no solo refleja, sino que devora las emociones. Frente a él, los actores no ven su propio rostro, sino las verdades ocultas de sus personajes. Algunos temen acercarse, pues juran haber visto en su cristal algo más que un reflejo: la sombra de quienes lo usaron antes. Además, siempre refleja la llama de un candelabro antiguo, cargado de cera endurecida. Su luz no solo ilumina, sino que transforma, convirtiendo un escenario vacío en un salón de baile o en una mazmorra lúgubre. Quienes lo tocan afirman sentir un leve calor, como si en su interior habitara una chispa de vida propia. El espejo, a veces, refleja también la silueta de una daga traidora, que no solo corta carne. También se atreve con las almas. Siempre encuentra el lugar perfecto para caer al suelo en los momentos de mayor tensión, arrancando un estruendo que nadie espera. Hasta susurra a los actores, recordándoles que su filo no es real, pero su presencia lo es todo.
La superficie roja del telón voraz es el más grande de los seres del utillaje teatral. Su ondulante superficie roja es como la piel de un dragón dormido. Cuando se despliega, engulle la luz y el sonido, tragándose los secretos del escenario. En ocasiones, quienes se quedan solos tras el telón aseguran escuchar el eco de risas y sollozos pasados.
El más admirado de todos es el bastón de las mil voces, que igual puede ser el báculo de un rey, el cayado de un anciano o el arma de un viajero errante. Cuando se golpea contra el suelo, parece resonar con las voces de todos sus antiguos portadores. Los tramoyistas aseguran que, si se le escucha con atención, puede sugerir nuevas líneas al texto de la obra.
Una de mis favoritas es la máscara de las mil caras, sencilla y de apariencia neutra. Una criatura enigmática que toma la identidad que más necesita el actor que la porta. De cerca, sus rasgos parecen cambiar sutilmente bajo la luz, como si fuera una superficie de agua en constante movimiento. Los actores más veteranos aseguran que, si la llevas mucho tiempo, comienza a susurrar historias en lenguas olvidadas, y le gusta guarda el dramatismo de la obra y sentir el peso emocional de los recuerdos.
Mi más temido es el reloj de las agujas detenidas o girando al revés. En escena, parece marcar la urgencia del paso del tiempo, pero tras el telón se dice que no obedece a ninguna lógica humana. Los tramoyistas aseguran que, si lo miras por demasiado tiempo, puedes escuchar el eco de aplausos de funciones pasadas o sentir la brisa de futuros aún no escritos.
Es importante cerrar el almacén del utillaje al finalizar las obras. Hay obras que parecen no tener final. Es como si el telón nunca acabara de bajar del todo.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A


Tres cabalgan juntas
(Tragicomedia, con un pizzicato bufo, en un solo acto)

Acto I; Escena primera:

{ La Guerra , La Peste y El Hambre, están sobre el escenario. Se sube el telón y el Hambre, con su escuálida figura se queja amargamente a los otros dos jinetes:}

–Miradme, siempre en penuria, con ese ruido de fondo de tripas faltas de alimento mordiendo mi estómago, erosionando mi interés por la vida, taladrando continuamente mi cerebro. Seguro es, que pocas formas hay más crueles de morir.

Habló entonces La Peste:

–Mira quien habla (declama dirigiéndose a La Guerra y al público).
¿Has reparado en mi aspecto? ¿Quién puede creer que este despojo sanguinolento y lleno de bubas, fue antes un ser humano? Alguien al que sus propios hermanos, amigos y vecinos enterraron en vida o prendieron fuego a su casa, con él y su familia dentro.

Terció La Guerra:
 
–Si, os entiendo, pero tú Hambre, te acabas cuando vuelven las lluvias a los campos y los árboles dan sus frutos. Y tú Peste, terminas cuando el exterminio de las ratas, el fuego y el jabón, hacen su efecto.

–Además, la mayor parte de las personas con las que acabáis, son las insanas e improductivas.
–Pero yo, reclamo a generaciones enteras en la flor de la vida y si no las mato, les dejo en el alma heridas imperecederas.
Quedaron los tres callados, cada cual absorto en su lamento, salmodiando en su interior, la letanía de sus propias desdichas.
Desde el fondo del escenario, comienza a extenderse una neblina oscura , que cada vez se va haciendo más densa. Los tres jinetes, al percatarse del fenómeno se juntan (como para protegerse) a un lado del escenario y permanecen en un expectante silencio.
Del centro de la nube, comienza a formarse un círculo de luz blanca que, al agrandarse, tiene el aspecto de un largo y luminoso túnel, por el que comienza a percibirse, la flotante presencia de un ser radiante, de figura femenina que se dirige a ellos:
–Parecéis extrañados de verme a pesar que me habéis estado invocando.

{Los tres jinetes se miran y la miran con asombro. La recién llegada, prosigue}:

–No se que pensar de vuestra conversación. ¿Os quejabais por las desgracias que provocáis o presumíais de quien es mas destructivo? Os creéis imprescindibles, pero…:
Tú, Hambre puedes ser burlada por La Previsión y La Solidaridad. Las primitivas Ciudades-Estado te desterraron de sus graneros.
Tú, Peste tienes en contra a la Investigación y a la Medicina que llevan siglos luchando contra ti. A la postre encuentran la cura y tienes que andar mutando siempre para ser capaz de alcanzar tus primeros éxitos.
Tú, Guerra siempre andas en beligerancia con la Paz y en pendencia con el Olvido de los primeros ideales que defendiste. Ahora solo comercias con el desastre.

–¿Cómo es que pretendes conocernos tanto? (Preguntan los jinetes al unísono)
–¡Porque vuestro padre, El Principio y Yo, os creamos!. Pero…
Solamente Yo, os puedo hacer tolerables o completamente odiosas.
Solamente Yo, puedo inclinar la balanza entre la Desesperación y la Esperanza. Solamente Yo, dictamino cómo, cuándo y dónde se producirá el término de la existencia.
–¿Entonces tú eres El Final?
–Si. Y sólo Yo os sobreviviré. En cuanto a vosotras, colaborareis conmigo como meros instrumentos, cuando decida decretar la extinción y así volver al seno de mi único amor, El Principio.

{Los jinetes quedan confusos ante la revelación de su madre y le manifiestan su preocupación por estar ante una Parca loca de amor. A lo que esta les responde}

–El Amor es el arma más poderosa del universo, sobre todo cuando es manejada por El Principio. Por tanto, os libero de vuestras preocupaciones con amor, como haría una buena madre. ¡Venid pues conmigo, hijos míos, cogeos de mi capa.!

{Los tres extienden sus manos y se aferran a Ella. Al darse la vuelta para introducirse en el túnel comienza a tornar el color, de su otrora blanco vestido, en una oscura capa rematada por negra capucha, que contiene el rostro de una descarnada anciana, de ojos intensamente incandescentes}

Mientras los últimos destellos de la brillante luz del túnel, se extinguen y la sombría nube se apodera de la escena, va cayendo el ..

TELÓN

Calgari
Grupo A  


Croation Teatrorum
Monólogo
Obra o parte de ella, en la que solo habla un personaje

Cinco horas con Mario, Lola Herrera, Nuria Espert, y otros muchos actores nos deleitan con sus interpretaciones, y alguna amiga ,ahora famosa, empezó como guionista monologuista.
Anuro saltador, alegre, suelta música croando monótonamente , como si fueran en grupo, artistas monologuistas que se mueven rápidamente con su mente ágil, ávida de ideas y con mucha variedad de personajes e imitaciones.
Valorados por sus amigos y enemigos son capaces de divertir y entretener durante horas y finalizan soltando una sonora carcajada y muchos aplausos.

CLU
Grupo B

Suerte de tener una amiga de infancia que se ha hecho muy famosa haciendo cine, pero sus inicios fueron como monologuista, escribía sus propios guiones, una gran amiga que me hizo amar el teatro desde mi juventud, porque además el pueblo de donde es oriunda, es un pueblo donde hay mucha actividad musical, cine y teatro