Un árbol de compañía

Las palabras son como semillas. Si elegimos un puñado y las sembramos a voleo sobre el papel en blanco tal vez echen raíz, germinen y prendan. Todas las palabras tienen una raíz o varias. Y un tronco común. El humus de la imaginación, y el trabajo, harán3
 asomen a la vida.
Si a las palabras les procuramos luz y las regamos con emoción crecerán como tallos que con sus brotes y yemas aspiran a ser árbol. Conformarán su tronco. Se harán texto. Y ese árbol extenderá sus ramas. Y esas ramas se poblarán de hojas y de frutos. Serán copa que envuelva los silencios desnudos y escriba en el cielo su verdor más alto.
Y sobre el papel brillará lo escrito, como anillo en el tronco. Y se hará libro. Y nos invitará a ser parte de sus hojas. Y será vida. Y habrá un lector que amanezca en su sombra, que se pierda en sus ramas, que escuche sus trinos, que varee sus frutos.

Esta semana la sala del taller de escritura creativa se convirtió en bosque, en un arboreto con muchos árboles de compañía. Las palabras y la emoción nos ayudaron a emboscarnos. Pero también algunos libros. Hablamos de Arbolidades, de David Hernández Sevillano, un libro de poemas que nos invita a conocer y disfrutar los árboles y los bosques. Desplegamos las páginas de ¡Sé un árbol!, un álbum ilustrado de María Gianferrari e ilustrado por Felicita Sala que nos muestran el parecido que tenemos con los árboles. Aprendimos a Dibujar un árbol con Bruno Munari. El artista italiano nos habla de la  forma y la estructura de los árboles y nos enseña cómo dibujarlos.

Y centramos la sesión en el libro Un árbol de compañía de Clara Obligado y Raúl de Tapia publicado por Páginas de Espuma, una editorial cuyo catálogo nos sirve de inspiración constante en el taller.




Si miramos en la cuarta de cubierta, que es la corteza del libro, podemos leer: "Un árbol de compañía habla de lo que nos une al suelo y de lo que nos hace devorar el aire. Es una bella y poderosa reflexión sobre la vida de nuestros árboles, su respiración, lo que significan para nuestras vidas".
Clara Obligado y Raúl de Tapia, intercambian nutrientes e información, como hacen las raíces de los árboles con ayuda de los hongos (las micorrizas). Ponen en común lo que cada cual sabe sobre su oficio: la escritura y la botánica. El libro es un diálogo entre dos idiomas, dos maneras de mirar, una objetiva y la otra subjetiva. ¿Ciencias o letras? Ambas suman, nos ayudan a conformar una idea mucho más completa del mundo. Un científico puede contarnos como es un átomo pero si después leemos la "Oda al átomo" de Pablo Neruda quizá comprendamos mejor su esencia.
Clara y Raúl derraman sobre el libro sus palabras, separan las ramas del árbol, miran en su interior, auscultan sus raíces, se van por las ramas. La escritura -dice Clara- es un enorme sistema de préstamos:

Le mando mis ideas. En cuanto las enuncio, cambio de opinión. Conversamos desde distintos lenguajes, rozamos los límites. Esos bordes. Van quedando, en el camino, las huellas de nuestra experiencia, la nostalgia de todo aquello que no somos y que la academia parcela. Ciencias o letras? Esa mutilación. ¿Se trata de mostrar que no estamos tan alejados, que nuestros caminos confluyen?
Ser parte. Caminar en la misma dirección.


En el mundo clásico las letras y las ciencias formaban parte de un todo, no había unas fronteras tan limitadas entre ambos campos del saber. Ni tanto encono.

Cuando la ciencia se queda sin palabras, la poesía viene en su auxilio [...] nos dicen en el libro Raúl y Clara.

Hay preguntas que la ciencia no alcanza a responder. ¿Y si la respuesta solo fuera viable desde la poesía? -se cuestiona Clara.
-La ciencia es poesía demostrada -le contesta Raúl.
De todo esto hablan.

Raúl es biólogo, botánico (o botanófilo), consultor ambiental y patrimonial, restaurador de paisajes, comunicador. A él le gusta definirse como “degustador de paisajes”. Cuando habla la gente lo mira con interés. Al editor de Clara le encanta. Pero Raúl también es oriolus oriolus (oropéndola). Oropéndola de Tapia, dice Clara en el libro. Le sienta bien. El ave y la esdrújula. Un ave que sabe de botánica. Pero Raúl también es erizo (los erizos parecen saber todo sobre algo). Si fuera árbol su raíz sería adventicia, conoce su punto de partida, a la intemperie. Sus árboles de compañía son un ciruelo japonés y un alcornoque de más de 500 años.

Clara es escritora y extranjera –como a ella le gusta llamarse- y es profesora de Escritura Creativa en la Escuela que lleva su nombre y allí donde la llaman. Pero también es nictálope, y es ñandú (rhea americana) un avestruz de la pampa argentina de poderosas piernas. Yo en otra vida fui avestruz, dice en varios de sus libros. Clara fue y es jacarandá pero desde que vive en la Vera también es encina. Y aromo. Y olivo. Su literatura es tejo. Clara es zorro (los zorros parecen saber algo sobre todo). Nació con raíz pivotante (atornillada a la tierra) pero el tiempo hizo que su raíz fuera epífita (como el clavel del aire o la orquídea). Clara se organiza en el aire, desarraigada.

Un árbol de compañía es un manual de vida, una cátedra sobre el árbol, una invitación a conocer, respetar y plantar árboles, a reflexionar y escribir sobre ellos, a encontrar nuestro propio árbol de compañía, aquel que arraigó en nuestra memoria y nuestro corazón y cuyas ramas y hojas vibran en nuestro interior.


Propuesta de escritura

En el taller escribisteis un pequeño poema sobre un árbol enraizado en vuestros recuerdos o vuestra emoción. La tarea para casa fue trasplantar esas palabras y esa emoción a un texto más amplio, con más tronco y más ramas. Y si además en ese texto dialoga vuestro yo científico con vuestro yo literario el texto ya sería para jardín botánico.


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


El árbol de mi vida

Majestuoso, frondoso, repleto de vitalidad.
Alcanzo a recordar cuando, agarrado de la mano de mi madre, miraba hacia la inmensidad por su imponente altura.
Años más tarde jugaba con mi pandilla bajo su sombra a pico, zorro, zaina, a la peonza o a cualquier otro entretenimiento infantil.
A medida que crecíamos trepábamos por sus fornidas ramas hasta el punto más alto presumiendo de coraje.
Inmortalizamos nuestros amores platónicos en su rugoso tronco.
Mis nupcias quedaron plasmadas bajo sus fragantes flores.
Ahora mis hijos caminan sobre sus raíces.
Pero han llegado vientos de cambio autoritarios.
Toca despedirse.
El verdugo preparó el instrumental.
Todos los vecinos se aglomeran en las proximidades pidiendo clemencia.
Los agentes contienen a la encolerizada multitud.
Llegó el momento.
Cierro los ojos y doy las gracias al centenario ente.
La trampilla se activó.
La soga se tensó.
Mi cuello crujió.

Max Ferlam
Grupo B


Mi olivo

Mi olivo tiene ahora veinticinco años. Es un árbol joven que crece fuerte, lleno de vitalidad. Recuerdo cuando era un retoño recién plantado en el rincón del jardincillo que sigue ocupando actualmente. No era el mejor lugar del mundo para un olivo, pero no dejé de cuidarlo y confiar en él. “Por mi olivo, yo me desvivo” —solía decir en aquellos días de su infancia, si alguien me cuestionaba los desvelos que le dedicaba al pequeño árbol. Así pasaron los años y en los anillos de mi olivo han quedado registrados los ataques del once de septiembre, las invasiones de Irak y Afganistán, la gran crisis financiera del dos mil ocho, el auge de los smartphones, la pandemia del COVID-19, el resurgimiento de la ultraderecha, los avances de la genética, el Brexit, el aumento de las catástrofes naturales, la llegada de la postverdad, la guerra de Ucrania, las guerras olvidadas, el desastre de Gaza y mucho más. Pero mi olivo resiste y sigue creciendo. Hoy me ha regalado cuatro kilogramos y medio de aceitunas, que endulzaré y aderezaré para disfrutar del fruto de su naturaleza. Y espero que siga creciendo y agregando anillos a su tronco, porque mi olivo es verdad y vida. Algún día yo no estaré para recoger sus aceitunas, pero él seguirá señorial, vivo, siendo testigo del devenir de los tiempos y yo habré hecho algo útil en la vida. Espero que mi olivo sea como un águila real que se eleva en los cielos y contempla desde la distancia como continúa la humanidad dándose cabezazos y peleando en este planeta atribulado. Y cuando todos los Trump, Putin, Xi Jinping y demás ralea, que se creían inmortales, haya desaparecido, él seguirá más fuerte, acumulando anillos y viendo venir el futuro que todos ellos trataron de domesticar.

Manuel Medarde
Grupo A


Bendecida cyca

Hoy regreso tras tus huellas, bueno por una de ellas; sabes Infancia, vine a La Jagua de Cuba por "Jacy", mi planta excepcional, mi cyca alfarera quien hizo tanto blanco en mí. Te cuento que un día…¡espera, espera! te dejo, veo a Jasy desde aquí.
Caminé rápido, casi corriendo le dije -¡Jacy querida!- frente a ella me incliné para reverenciarla; tomé entre mis dedos un penacho de sus punzantes foliolos sin temor a dañarme. Verdaderamente es un encuentro especial, mis palabras se entrecortaban y lágrimas rodaban por mis mejillas.
A pesar de sus 100 años y sus dos metros de altura la percibí erguida, y brillante; su figura circular en el centro de su corona de hojas me recordaba que es un pie femenino. Rocé mi cuerpo con su tronco escamoso a la vez que emitíamos señales dejando salir emociones y recuerdos.
Jacy me reconoció de modo sesgado; no percibió los cambios en mí. Brotando un perfume fuerte descifré su mensaje -¡Elena querida!- solo la magia que nos une podía sostener comunicación entre una especie Cyca revoluta y una especie Homo sapiens.
-Mira que te he pensado y te he soñado -le dije con voz entrecortada-; no imaginas cómo visitas mi mente. Sabes Jasy, te planté en mi nuevo jardín, - sonriente afirmé -, sí Jasy, simbólicamente, yo sé que no eres tú - dejé de hablar, sequé mis lagrimas y Jasy me pregunta:
- ¿Mi olor fuerte te hace llorar?
- No, no, - respondí-
- Es que cuando florezco despido olor almizclado -me aclaró-.
Sus hojas compuestas, verde satinadas, palmeadas y finas se movían nuevamente; decodifiqué su lenguaje; yo no la dejaba exponer las señales del pasado que nos pertenecen; al fin susurró:
-Querida niña, te vi nacer, crecer, te seguí cuando corrías por el jardín tras las mariposas; nunca entraste a tu casa sin antes dedicarme sonrisas, sin dejar de sentarte a mi lado y un día, para mí especial, arrodillada frente a mí con admiración y amor me juraste lealtad.
Hizo una pausa y preguntó esperando una respuesta afirmativa:
- ¿Aún lo recuerdas?
-Sí lo recuerdo -afirmé-
- Ese día supe que me amabas -y prosiguió-, aun te veo niña con tu pelito rubio y tu batica azul adornada en cordoncillo blanco.
Sepan, todo era verdad, que hermoso es sentir reciprocidad en el amor.
Sin retirar mis manos de su follaje agregué: Tienes que saber por qué vine hasta ti, -¡porque me amas!- asintió y sin dejarla terminar seguí: sí, cierto, eres parte de los recuerdos inolvidables en mi infancia, eres el "árbol de mi vida", alfarera de mis visiones y energía especial que acompaña mis días. Tengo mucho que decirte Jacy, cyca revoluta, cyca del Japón, palma de iglesia, como te quieran llamar.
¡Que especial esta pregunta!
-¿Y por qué hoy no te pusiste la batica azul con cordoncillo blanco?
Solo sonreí y acariciándola afirmé.
Volveré, te lo prometo. Ahora escucha este fragmentito del poemas que hice por mis siete décadas:

"Rio de La Jagua, bendición divina
frescura del rocío que me vio nacer y me arrulló, 
cyca que se yergue en mi Edén de infante.
Paraíso vivido con veneración…"

Di la espalda, volví la mirada para verla, percibí que era feliz en su entono. Sé que no me pertenece, pero siempre será mi recuerdo excepcional, mi bendecida cyca, mi bendecida infancia. Hasta nunca cyca, hasta nunca infancia.

Miriam García Cabrera
Grupo A


La higuera

Me da pena hablar de la higuera que había en el corral de mi casa.
Cuando mi padre compró la casa donde vivieron durante más de 50 años, estaba unida a un huerto en el cual había algunos árboles frutales y una higuera. Un pozo con agua a dos metros de profundidad, hacía viable sembrar todo tipo de hortalizas .
Mi padre era agricultor y llegó un momento que en una esquina del corral construyó una nave para meter los aperos de labranza, tractor, remolque, sembradora, abonos, trigo y cebada.
La higuera era muy curiosa, el tronco estaba dividido en dos partes diferenciadas, las ramas de la izquierda daban higos y las ramas de la otra mitad daban brevas. Los grajos también lo sabían y había que espantarlos porque si podían las picoteaban antes de que las recogiéramos.
Disfrutamos durante muchos años de las ricas brevas e higos que daba la higuera, hasta que una mañana la higuera apareció cortada.
Mi padre la cortó sin previo aviso, el motivo era que no daba la vuelta con el tractor y el remolque para cargar y descargar en la nave.
La bronca que le echó mi madre a mi padre aun la recuerdo, ni os lo imagináis.

Luis Iglesias 
Grupo B


Copa gigante
Pinus pinea. Pino piñorero.

Es de forma alargada y tronco cilíndrico.
Testigo silente de tiempos pasados, sus ramas abrazan al cielo y sus raíces, profundas, guardan secretos de la tierra.
Imperturbable, observa las estaciones que a su alrededor suceden; la vida del pino es un canto a la resistencia, un poema de fortaleza en la naturaleza.
Huele a frescura, marcado por notas resinosas, dulces y amaderadas.
El pino, gran guardián del bosque y testigo silencioso durante siglos.
El pino, inmóvil, como el tiempo, se despliega en calma, como el latido sereno en la tierra.
El pino, con sus alas, se convierte en mensajero de los vientos, surcando las nubes con sus ramas de plumaje verde.

Fernando Nieto
Grupo A


Liquidámbar (Liquidambar styraciflua)

Llegaste a nuestro jardín, como regalo de unos amigos por nuestra boda. Tu crecimiento fue lento en los comienzos; bastante rápido a partir del tercer o cuarto año; luego, te estancaste al alcanzar la madurez. Quizás seas un reflejo de nuestro amor.
Posees hojas palmadas y lobuladas, con un limbo de cinco lóbulos puntiagudos. En verano son de color verde oscuro, pero te transformas con la llegada de cada otoño. Los primeros años te teñías de rojos y púrpuras; después, con tonos naranjas; ahora, son solamente de un amarillo pálido. Quizás sean el reflejo de nuestra pasión.
Eres un árbol longevo, con una esperanza de vida, en condiciones favorables, cercana a los 150 años. Posees un carácter inconfundible, sobre todo a medida que la corteza, similar al corcho, forma en tus ramas surcos profundos y crestas al viento. Quizás sean un reflejo de las grietas que surcan nuestra tostada piel.
Debes tu nombre a que tu corteza segrega una resina aromática, llamada estoraque, de color ámbar traslúcido. Tu delicada piel huele a ríos de miel y azafrán.
Tus frutos son un sincarpo globoso, como una bola espinosa, que permanecen en tus ramas durante cada invierno. Parecen erizos de futuro, pues contienen las semillas encerradas en cápsulas. Quizás esas simientes sean el germen de nuestros proyectos, deseos y sueños que cabalgan por el océano.
Me sumerjo en las redes y descubro con sorpresa que eras un árbol bien conocido como planta medicinal por los nativos americanos, quienes ya usaban la resina, la corteza y las raíces, como antidiarreico, febrífugo y sedante. Eres, sin duda, un bálsamo para nuestros sentidos.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Nuestros árboles

En el pueblo de mi familia, siempre se ha respetado a los árboles. Mi abuela solía decir que, si los cuidas, ellos te cuidan a ti. En el monte abundan las encinas, cuya leña, en otros tiempos, servía para calentar el hogar y cocinar.
Cuando llegaba el otoño, toda la familia acudía a la viña para cosechar la fruta. Recuerdo una higuera enorme que marcaba la linde, con la tierra de los vecinos. Había también ciruelas claudias, manzanas y peras, que se cuidaban con esmero y duraban casi hasta Navidad.
En esa época también se recogían las almendras, que luego se vendían o se usaban para hacer dulces. Con las aceitunas se elaboraba aceite para la casa, y algunas se endulzaban para poder comerlas.
Años más tarde, cuando mis padres compraron una casa, le añadieron un patio grande. Sacamos muchísimo escombro y lo limpiamos con paciencia. Después, plantamos árboles: dos higueras, dos granados, un manzano, un peral (que se resiste a dar fruto), un ciruelo, un olivo, un almendro y, por supuesto, el pino.
Recuerdo perfectamente cuando nos regalaron el pino: venía en un tiesto diminuto, y ahora debe medir al menos diez metros. Desde hace años viven en él unas tórtolas que, cada primavera, vuelven a anidar y criar nuevos polluelos. Se sienten seguras allí, y a nosotros nos encanta escucharlas todas las mañanas.
Un verano, una de ellas apareció herida en un ala. No podía volar. Tú la cuidaste con paciencia, le hablabas, la alimentabas… hasta que un día, volvió a alzar el vuelo.
El patio y sus árboles forman un pequeño oasis donde el tiempo parece detenerse. En las tardes de verano, cientos de pájaros se refugian en sus ramas, para pasar la noche, formando una algarabía, que celebramos. Es nuestro refugio, un lugar lleno de sol, vida, memoria y paz.
Por eso te prometemos que por tu esfuerzo, y en tu memoria, seguiremos cuidándolos…

E.R.A
Grupo B


La morera

Compañera de infancia y adolescencia, muy lejanas pero que aún guardo en mi retina.
Durante los años que viví en la finca de mis abuelos, desde los siete a los catorce años (con mi abuela, ya que acababa de fallecer mi abuelo cuando cumplí los siete años), la morera formaba parte del patrimonio de la finca y desde el primer día sentí atracción por ella.
Aquellas tardes de verano, al lado del estanque, la veía grandiosa, con sus hojas de color verde oscuro mate, ásperas en el haz y ligeramente pubescentes en el envés. Su sombra me servía de excusa para burlar el marcaje de mi padre, por mi reticencia a los estudios.
Siempre con un libro entre las manos, que aunque el recuerdo es lejano, la mayoría de las veces, ni siquiera abría.
Nunca me faltó mi caja de gusanos de seda, bien alimentados con sus hojas.
Aun me viene el sabor de aquellas moras rojas que las comía con los ojos.
Pasó el tiempo y quiero creer que sigue en su sitio, lo cierto es, que yo nunca me olvidé de ella.

El granado

El tiempo pasa, como la vida. Y como la vida da muchas vueltas, nunca sabemos lo que nos tiene reservado.
El granado por decirlo de algún modo, fue adoptado.
En uno de mis traslados a mi actual residencia, decidimos plantar un árbol en nuestro jardín, elegimos un granado centenario.
Lleva plantado 25 años, ya que pasó a formar parte de nuestras vidas en el año dos mil.
La corteza del tronco es de color miel y es muy frondoso, con largas ramas, hojas verdes pequeñas y flores rojas.
Se encuentra en la entrada de la casa en el jardín.
Los primeros años daba fruto, alguna granada, que si no estábamos atentos, servían de comida para los pájaros.
Hoy más que nunca, pienso que los árboles también tienen sentimientos, y según los cuides, así se comportan.
Vuelvo, a lo que la vida nos tenía reservado.
Habían pasado nueve años, y la persona que más se había encaprichado con él, en Junio del 2009, se despidió definitivamente.
El granado no volvió a ser el mismo, dejó de dar fruto, la herida que se había abierto, en nosotros, también le afectó.

P.G.
Grupo C


Mi encina

Nací bajo el amparo de las encinas, en una tierra de despejados horizontes y silencios profundos que llaman el Campo Charro. Allí, donde el viento se enreda en las ramas de la encina y el sol desgarra su luz entre las hojas aprendí a mirar el mundo. Es la encina el árbol de mi infancia.
De niña caminé entre sus raíces como quien camina por las arterias de la tierra, las bellotas eran tesoros con los que fabriqué mis primeras joyas. Mi encina guardó mis risas, mis caídas y mis secretos susurrados al aire.
A veces pienso que crecí como ella despacio, echando raíces profundas en un suelo áspero. La encina me enseñó a sostenerme cuando soplaba el viento cierzo. A no quebrarme ante su empuje. Aprendí de ella la nobleza de resistir los inviernos sin perder ni una hoja.
Cuando regreso a ese mi campo, siento que me reconoce. Ella sigue allí tan regia como siempre. Me envuelve con sus silencios y yo siento su acogida y a veces pienso que vuelvo a ser la niña que corría descalza bajo su sombra.

Pilar Sánchez
Grupo B


Salyx Babylonia

El sauce llorón es la suavidad de unas ramas que acarician la orilla de un rio, el velo de sus hojas cuando rozaban mi trenza en la infancia.
Bajo el sauce llorón ideaba la forma más rápida de hacerme mayor, mientras, leía cuentos de hadas y princesas dormidas. Envidiaba el zapato de cristal de cenicienta. Ese zapato tenía tacón y yo tan pequeña, tan descalza, tan transparente…
El sauce llorón huele a la nostalgia liquida que desprende su sombra dulce, triste. La sabia de un perfume en ámbar.
Un día miré al sauce llorón y en su desnudez de invierno, vi mi reflejo consciente. Su corteza remedio para el dolor a mi cuerpo herido.
Si el sauce llorón tuviera alas tal vez, en sus raíces ahora libres, construiría de nuevo el lugar donde volver a creer en los cuentos de entonces, donde mirar la orilla de otros ríos hasta quedarme dormida a la sombra de sus ramas taciturnas.

Mamen Somar
Grupo C


Venganza

¡Por fin llueve! Ya sé que a ti no te gusta nada, pero a mí, me encanta. Lo necesito. Aunque tu me riegues en verano, cuando más calor hace, el resto del año preciso de esa hidratación para sobrevivir. Y no solo para eso, también me hace falta para ablandar esta tierra arcillosa en la que me has plantado. Tengo que poder alcanzar con mis raíces los sustratos que me ayudan a desarrollarme. Por que tu te llenas la boca alabando mis hojas y sobre todo mis flores, que para ti se convierten en frutos, pero olvidas mis ramas subterráneas, como si no existieran, como si no dependiera mi vida de ellas.
Estás parada ante la puerta contemplándome. Es otoño y la hojas cubren el patio. Para ti son un estorbo, solo piensas en quitarlas del medio. Es la primera tarea que abordas nada más llegar a casa para poder cruzar el patio sin resbalar o sin mancharte los zapatos. Y las recoges, primero con un rastrillo, luego pules el trabajo con una escoba. Así, el suelo queda limpio, pero yo me quedo sin comida, sin esos nutrientes que me regala la descomposición de mi propio cuerpo.
Me adoras. Presumes de mí ante tu gente. Muestras a tus visitas mi ramaje frondoso, el olor que doy a tu jardín, la sombra bajo la que te cobijas en las horas de calor. Utilizas mis flores para mil cosas. Te gustan. Las paladeas con deleite durante todo el verano haciendo mil recetas con ellas. Si, con los higos: dulces, carnosos. Haces conservas: mermeladas, me cueces en almíbar con un buen chorro de aguardiente, que les da ese punto tan especial… También los secas —cedazo arriba y abajo, sobeteo diario— para degustarlos en invierno. ¡Umm! que ricos los higos pasos, dices a menudo. Crees que me quieres, pero, en realidad, solo te sirves de mí: para tu sombra, para tus frutos; para aquello que te es útil. Me miras, pero no me ves.
Que poco advertiste las lágrimas que derramé cuando me amputaste una raíz. Que sí. Que comprendo que me había internado en tu hogar, que estaba levantando las baldosas. Pero es que no tuve más remedio que alargarme bajo tu cocina porque la tierra que tengo debajo es muy poco permeable. Fuiste tu quien me plantó encima de un montón de escombros superpuestos en una franja de barro impenetrable. Ahora tengo que abrir mi sistema radicular hacia otra parte del subsuelo. Una aventura incierta. Espero que tu vecino no sea como tú y, con el tiempo, decida que le molesto.
Tienes razón. Lo leo en tus ojos. Estoy resentido, no puedo evitarlo. Si yo te cortara un brazo porque alguna vez —más de una— has roto alguna de mis ramas más jóvenes, creerías que no era motivo suficiente. Pues sí, lo sería. O por lo menos tanto como el que tu has tenido para seccionar mi raíz.
No tengo más remedio que perdonarte e intentar seguir conviviendo contigo año tras año. En el fondo soy feliz en este pequeño jardín, regalándote mi sombra y mis flores. Eso no quita que el próximo año coseches higos amargos.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Centinelas

Había en la plaza —mi plaza— cinco alcornoques. Imponentes, protectores, tenaces. Cinco soldados en guardia perpetua. Con sus oscuras armaduras de corcho, sus brazos poderosos, el brillo verde de sus cotas de malla y los pies firmemente anclados en la tierra.
Había cinco alcornoques en la plaza que alguien decidió enlosar con geométricos adoquines de granito. La mano culpable arrasó con piedra inocente el cosmos subterráneo de abrazos y ofrendas.
Entristecidos y desmayados de hambre y soledad, mis árboles fueron rindiéndose hasta la claudicación total. Allí quedaron, marchitos y huérfanos de gorriones
Hace ya quince años que talaron sus esqueletos retorcidos e inermes. Un tocón en cada alcorque es cuanto queda de ellos, ruinas del castillo que un día fueron, testigos de su perdida fortaleza.
Me consuela pensar que, bajo el suelo, se repite un mundo invertido donde siempre es de noche. Y que, en él, mis árboles, mis queridos árboles, extienden sus raíces, imagen especular de las ramas que antaño peinaban los vientos, en busca de estrellas que no sé imaginar.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El cerezo

Aquel día fuimos a ver los cerezos, aquellos cerezos en aquel pueblo de la Sierra de Salamanca. Estaban tan cargados de frutos, que hubo que ponerles unos soportes en forma de y griega para que las ramas no se quebraran. Aquellas estacas eran a su vez trozos de otros árboles hermanos.
En aquel ambiente de belleza y frondosidad, nos cautivó el contraste de color entre el rojo y el verde. Combinación perfecta de colores, unido a un olor a fruta madura embriagador. En aquel ambiente se cruzaron nuestras miradas, y sin querer- queriendo, se rozaron nuestras manos. A partir de ese momento quedamos de alguna manera prendados.
Aquello fue la semilla, y como la semilla que hizo crecer aquel cerezo plagado de frutos, la nuestra también germinó, llegando a fructificar en un amor duradero.
Aquel día escuchamos, sin saberlo, una bella melodía ejecutada con instrumentos fabricados con madera de cerezo; también sentimos la lluvia de pétalos de las flores de los mismos árboles cayendo sobre nuestras cabezas.

José Luis Fonseca
Grupo A


El tilo de mi jardín

Cuando plantamos el tilo junto al cedro pensamos que había bastante distancia entre ellos, nunca imaginamos que un día sus ramas se entrelazarían juntando sus copas sin pudor. El cedro es ceniciento y a una familia de búhos le gusta vigilar el jardín al atardecer. En el tilo no se posan, son las tórtolas y los jilgueros quienes me arrullan en las siestas de verano. Bajo el tilo sueño la vida, no la de la prisa y las preocupaciones, sino la de las tardes largas, sin más oficio que cuidar el jardín y a quienes quiero. Serán las flores con su profundo aroma las que, como bálsamo dulzón, me llevan a los brazos de Orfeo con rapidez. Las flores del tilo se juntan en pequeños ramilletes unidos por un rabillo que cuelga de una hojuela, llamada bráctea, en forma de lengüeta, que tal vez sea la culpable de ese vuelo tan original al caer del árbol. No hay manera de comer sin que se te llene el plato de flores cuando, escapando del sol que da a esa hora en el porche, se nos ocurre poner la mesa debajo. Quienes son muy felices con tanta flor son las abejas, zumban y zumban libando con dedicación. Los mieleros dicen que la miel de la flor de tilo es una de las mejores, pues además de la fragancia tiene potentes sustancias curativas como flavonoides, aceites esenciales ricos en farnesol, mucílagos y gran cantidad de taninos y azúcares. La madera del tilo también se utiliza bastante, porque es blandita, muy apropiada para tallas, algunos muebles especiales y para las colmenas. Porque parece que, sí, que los tilos están muy ligados al mundo de las abejas. Pero para mí el tilo significa tiempo que transcurre sin relojes, tiempo de olores y sonrisas. El tilo significa verano.

Araceli Broncano
Grupo C


Ciprés del cementerio

Me gusta su color, su porte altivo,
su altura triangular tan elegante,
recuerda a un centinela vigilante,
parece que está siempre pensativo.

Custodiar el silencio es su objetivo,
la eternidad se oculta amenazante
en las rugosas ramas del gigante
que la trenza a su tronco primitivo.

¿Cuántos duelos ajenos padeciste,
cuántas penas regaron tu raíz,
cuántas almas buscaron tu guarida?

Ciprés del cementerio, no estés triste
que aunque la parca forje tu matriz
reluce esplendorosa así vestida.

Aurora Zarco
Grupo B


La higuera

No me importa su edad,
mas, yo la veo
vieja y temblorosa,
con ese atisbo de temor
de anciano desasosegado y triste
por lo perdido,
e incrédulo,
por la urgencia.
Es verdad:
sigue brotando en primavera,
desaliñada,
efusiva,
tan lejos la juventud,
como si nada,
a falta de poda,
no vaya a ser que,
con la tala,
se pierda, y, con ella,
la esencia y el origen
de la vida y de la tierra.
Aún fecunda en el verano
su falso fruto,
que es flor escondida
de miel y de deseo.
Me alarga la mano y me ofrece
fragancias de estío y siesta,
de recuerdos de niñez en el huerto
y placeres junto al mar ansiado.
Y mi paladar, hambriento.
El acceso es resbaladizo, tortuoso.
Hay que agacharse o estirarse,
pero, finalmente,
probamos la ambrosía,
sexo dulce que se cubre con las hojas de Adán y Eva.
En noches de invierno y brea,
sueño con Dionisos y la vieja higuera,
la vieja higuera.

Marisa Sánchez
Grupo C


Al final del pasillo, un bosque

Allí, la cama de castaño de mis padres que tanto me reconfortaba cuando, de niña, me levantaba de la mía y me echaba el último sueño sobre aquel colchón de borra, todavía el calor remanente de mis padres, que habían madrugado. Sobre el cabecero, el crucifijo tallado en madera de tilo. Castaño y tilo, los dos me protegían de la intemperie a la que no quería salir. Del mismo castaño eran también el armario y la mesilla. Aquel castaño lo había cortado el abuelo y había sido su regalo de bodas a mis padres. Luego pasó por las manos del carpintero que sisó toda la madera que pudo dejando las puertas y el cabecero huecos. ¡Menudo cabreo el de mi abuelo cuando hablaba de aquel castaño, que yo imaginaba imponente, que se había convertido en casi nada! Las vetas siguen ahí, haciendo un cuadro abstracto, de diferentes tonos ocres, marrones, cobrizos -el otoño en las puertas de un armario- con formas a veces simétricas, muy hermoso. Y en los cajones, las bolsas de hojas de laurel, milagroso guardián de la ropa. Sobre la mesilla, la pipa de mi padre, de brezo, tan olorosa. Al lado, el galán de haya, cuya procedencia mejor no recuerdo. Había también una caña de bambú con la que se sacudía el colchón de borra y estiraban bien las sábanas, el embozo, la colcha. La cama debía estar perfectamente hecha. Estaba también el arcón de nogal, tan antiguo y tan preciado, herencia de abuelos de abuelos, discreto testigo de tantas historias, ilusiones, secretos, penas. Frente a la cama, un cuadro con la bendición de Juan XIII a mis padres, que habían visitado Roma en el 59, por su matrimonio, su marco de roble, de la misma madera que el parquet del suelo, fundamento y pilar que nos sustentaba, duro y resistente.
En aquellas mañanas serenas, desde mi refugio en mi particular bosque, oía a mi madre trajinar en la cocina, cuchara de fresno en mano, removiendo la olla de membrillos, de peras de Roma o de ciruelas claudias, dulces cuya esencia ya me llegaba, o machando almendras, frutos que nos habían dado aquellos frutales tan generosos del huerto del abuelo. Quizá, a sus pies, se encontrara mi hermano pequeño jugando con su peonza de torneado boj. Otro hermano me despertaba intentando sacarle las primeras notas a su clarinete de brillante y denso ébano. Y yo me aislaba de aquellas peleas de mis hermanos, cuando mi abuelo los azuzaba y les decía: "¡Vamos, ahora que está verde!". Entonces ya pensaba que debía levantarme y practicar yo también un poco con mi guitarra de palosanto, que tanto les había costado a mis padres. Pero antes, abriría una caja de taracea, con cuadritos de palisandro, de limonero, de sándalo, de arce, que guardaba aquellos pequeños tesoros de mi madre.
Tras la ventana, la aliseda junto al río, chopos, alisos, el pinar junto a aquella anacrónica iglesia que olía a trementina, y la densa espesura del monte de robles, castaños, guindos, avellanos, fresnos.

Marisa Sánchez
Grupo C


Robledal

Reconozco mi curiosidad, me gusta preguntar cuando paseo por parques, jardines botánicos sin leyendas, y demás parajes, para saber de qué me rodeo, me atrae la fortaleza, robustez, frondosidad, longevidad y la relación de mis raíces con el roble.
Días de excursiones, desde niña, y la afición por la micología que rodea a los robledales acompañada de mi padre, los recuerdos de una pequeña cesta de paja descolorida colgada de mi brazo, inolvidables tardes húmedas de otoño que terminaban con el calor del hogar y el cobijo de la familia.
Rememoro y transmito aquella frase ahora tan de moda, pero que siempre, desde niña me ha acompañado con estas dos palabras “raíces y alas”
Viajo y trato de recordar esa raíz que siempre me acompaña cuando vuelo lejos.

Carmela
Grupo A


Olivo centenario

Le han cortado las ramas,
herido el tronco,
aniquilado sus frutos.

Ella, llora abrazada a él.

Cerca, un Jeep,
un soldado con un rifle
la mira impávido,
la apunta.
Le han cortado los brazos,
acribillado el pecho,
astillado el vientre.

Ya no dará más olivas para aliñar
y compartir con amigos.
Ya no habrá aceite para ablandar
la piel ajada
o untar en el escaso pan.

Ella llora sin consuelo
por el viejo olivo
de su tierra arrasada.
Como si fuera un caído más
en su familia.

Inés Díez
Grupo C


El castaño se hizo palabra

Las palabras frente al viento. Intemperie montañosa en un rincón ahumado. Caminaba a duras penas, salpicada de cenizas, olor a lumbre y a desierto, cada paso era un esfuerzo.
Cabarcos se erizaba como el gran desconocido. Un lugar hermoso entre montañas, próximo a la nada y lejos de todo. Mientras, el aire húmedo se infiltraba por cada poro de mi mente. Y las palabras emanaban para dar forma a mi relato. Mis ojos descubrían enormes monumentos esparcidos en aquel terreno imposible, con formas provocativas, cobijo de historias de guerras e inspiración de cuentos y leyendas. Eran hadas revoltosas de presagios y buenos augurios.
Las palabras revolucionan, desfilan, se entrecruzan, dan lugar a leyendas que viven de la tierra, nutrientes de lluvias y soles, nutrientes de usos y costumbres. Y en silencio, elevan savia que el tiempo convertirá en dichas. Y la magia del ocaso será árbol, con nombre de pincel de ocres: el castaño. De la familia de las fagáceas, su tronco se retuerce poderoso sobre pasados milenarios, sus ramas agreden el espacio de sus hojas lanceoladas, y sus flores despiertan en otoño en zurrones espinosos, que como erizos, abren en su caída esos frutos unidos por la magia del destino: castanea. Bellotas de Zeus que se expanden inclinadas en un Bierzo que se deshabita entre el humo del destierro.
Y el poder de la palabra fue escrito, mecido entre ramas, igual que el castaño que me cobija.
Cuando escampe la lluvia, bajaré despacio.

GuADAlupe
Grupo C


Mi catalpa

Compañera de viaje y de vida,
tus raíces en la oscura tierra
guardan los secretos
de quienes antes de ti, fueron.

En la quietud de tu áspero cuerpo
asciende la savia,
silenciosa, por el camino
de la tierra al infinito.

Tus brazos extendidos
acogen a golondrinas y mirlos
y los oídos se deleitan,
con sus melodías y trinos.

Tus grandes y hermosas hojas
contienen miles de letras
que el viento, al mecerlas,
convierte en pequeños poemas.

La primavera te engalana
y en tu máximo esplendor,
exhibes orgullosa
tus perlas blancas de amor.

El invierno te desnuda sin pudor,
mostrando tu alma de madera
y los cálidos latidos,
de tu corazón.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Un sauce llorón

Poesía de mi vida.
Camino de mis lágrimas.
Paseo cotidiano de mi memoria.
Recuerdo susurrante de las manos de mi madre, creadoras de maravillas.
Pájaro brillante cual esmeralda perdida.
Ave verde que descansa al lado del río. Verde, verde, como reflejo del agua en la fuente.
Vuelo de tus ojos al caer la tarde.
Rumor que se mece con el viento como suave murmullo.
Cabellera larga de niña triste. 

Esperanza García
Grupo A


El sauce y los vientos

Qué ancestral medusa esbozó el dibujo de tu cabellera verde que al descender, envuelve los secretos que trae el remolino a tu presencia.
Solo tú conoces la angustia que penetra tu interior, cuando el soplo que anuncia la venida de Tifón, el destructor, alborota la cortina esmeralda que cae de la cascada que brota de tus sienes, agita tus extremidades y deshace la quieta serenidad de tu melancolía.
Sólo él, es capaz de arrastrarte a la loca defensa de tu enclave y del casco de bronce patinado que orla tu cabeza, del que nacen grebas más bellas de las que jamás hubiera podido lucir Aquiles.
Así te encontré el día en que Hurakàn y Tifón se unieron para destruir las siembras de Gaia, atornillado al vértice esquinado del final del sendero, colérico y armado de cientos de brazos, como serpientes verdes dispuestas a luchar para preservar el secreto núcleo de tu hálito.
Cuando huía a resguardarme, acerté a ver cómo, antes de ser asaltado, levantabas un muro circular de energía cimentado por miles de las auras verdes de tus hermanos, en defensa de tu esencia, delineado por la miríada de puños que esconden tus ramas. 

Calgari
Grupo A


El ciprés, la paloma y el arcoíris


Araceli Sebastián
Grupo C


Los negrillos huecos de la plaza

Ya solo quedan
esperando al viento
algunas hojas

No recuerdo la primera vez que subí a un árbol. En mi infancia, encaramarse, trepar y dejarte la piel en sus sinuosas y estriadas cortezas era parte de la vida. Así fui conociendo los colores, el tacto, la dureza y si la rama resistiría mi peso. Crecer en un pueblo significa vivir oliendo a resina y musgo.
Los robles del monte público, ya en la sierra de mi pueblo, se plantaron cuando era pequeña. Esos árboles tienen mi edad.
Más tarde fueron bardales adolescentes como yo, y ahora me hablan como adultos a través del viento entre sus ramas y del trino de los pájaros.
Recuerdo subir a los negrillos centenarios de la plaza, ya huecos y heridos de tiempo. los habité desde que tengo memoria. No hay mejor herencia que haber tenido una casa árbol, y vivir junto a la descarnada madera que podíamos ver en los huecos que nos servían como refugio y escondite en los juegos de las largas tardes de la infancia.
Bajo esas copas y de las diferentes formas de la luz de sus vitrales está nuestra historia colectiva. Esas sombras moteadas han contenido nuestro mundo, los recreos, las fiestas con orquesta, el vendedor que extendía las sábanas del Burrito Blanco y de la Viuda de Tolrá cien por cien algodón, los bailes charros con tamborilero, los puestos de confites y garrapiñadas en días festivos, discursos de inauguraciones, correrías en carnaval y canciones con guitarra.
Saltábamos a la comba sobre sus nudosas raíces que afloraban por encima del suelo, y encaramados a la bici las cabalgábamos como si fueran el lomo de un gran dragón semienterrado.
Hoy esos árboles ya no están, los talaron. Pero no quiero recordar hoy ese duelo.
En mi familia arbórea también están los cerezos, con su brillante tronco cárdeno y su paleta impresionista en el otoño. Los fresnos, que cuando ya no tienen hojas parecen árboles aterrorizados, pidiendo ayuda con sus ramas verticales en medio del prado. Su corteza trenzada parece filigrana. En el Camino de la cortina, encontramos los castaños y la nogala con su olor fresco y abetunado. Pero quiénes presiden este árbol genealógico familiar de parientes vegetales son las encinas, cuyo corazón vermiculado y noble descubrí cuando se olivaban para dar forma a su copa. Como hongos gigantescos y robustos, se extienden en el paisaje grabado en mi retina.

Aurora Martín
Grupo C


La suerte de haber nacido árbol

La suerte de haber nacido árbol,
de poseer el título de pulmón.
Ser hijo y ser madre.
Anclado a la tierra,
succionando de su pecho.
Ramas y tallos siempre en contacto
con el cielo.
De copa generosa, embriaga con su aliento.
Se apea en todas las estaciones,
con desprendimiento absoluto, abre su maleta:
Hojas, flores y frutos…
Con o sin pretenderlo,
es casa de acogida.
Pero también hogar,
pues en él muchos se quedan.
Como a todo lo bueno, no le faltan enemigos,
que le perturban y acechan…
le exigen deberes y
sus derechos incendian.
¡Qué suerte haber nacido árbol!
Poner hermosura y belleza.

Eva Hernández
Grupo A


Un mundo bajo las copas

Desde el mar un horizonte de pinos define la línea de costa. Altivos como guardianes sobre las dunas, sus copas forman una muralla verde y oscura entre la arena doradla playa y los azules del cielo y el agua.

Aunque hoy los colores de la película se cubren de tintes rojizos frutos del paso del tiempo, mi mente los evoca con la certeza de la niña que ocupaba la proa de aquel barco.
La copiosa pinada, aún en su profundidad, olía a sal, a tierra húmeda de las marismas, a jara pringosa en primavera y resina caliente en las largas tardes de verano. La deseada sombra del estío nos llevaba a refugiarnos bajo las coníferas cuando huíamos del calor. Y entre ellas descubrimos una tarde el viejo pino centenario de Mazagón.
El centenario ejemplar, de porte achaparrado y extenso, no guardaba parecido alguno con el resto de sus congéneres. Sus ramas retorcidas crecían paralelas al suelo. No tardamos en adoptar el árbol como centro de nuestros juegos infantiles; con retamas y toallas nos construimos una caseta, trepábamos con facilidad por las pardas ramas para alcanzar piñas y nos sentábamos descalzos sobre la pinaza a vaciarlas de piñones.
Un día, no recuerdo la fecha, aún no habíamos terminado de comer cuando unos violentos golpes en la puerta importunaron la sobremesa. Un incendio provocado ardía sin control en la zona y debíamos abandonar la casa. Aturdidos dejamos el postre sin tocar y salimos asustados como el resto de vecinos hacia Ayamonte. Cuando nos vimos a salvo y comprendí la tragedia lloré desconsolada por nuestro árbol. Esa misma noche pudimos regresar a nuestras casas aunque el humo y el olor a madera quemada inundaba el pueblo.
Tardamos una semana en regresar al pinar y, esta vez, papá nos acompañó en coche hasta el Parador. Y, como si hubiera tenido alas, allí seguía, tal cual era el martes por la mañana; con el alma cubierta de cenizas, si, pero intacto entre los efectos devastadores del fuego, dispuesto a seguir siendo testigo del devenir de Doñana otros cien años más.

Romy Martínez
Grupo A


El árbol

No tengo recuerdos precisos de un árbol asociado a mi infancia. No hubo una relación intensa, personal, afectiva, con ninguno. Mis árboles eran más bien colectivos. Jugaba en el pinar, iba al robledal o correteaba entre las encinas, pero ninguno podía llamarse "mi árbol".
Ha sido después, en la madurez, cuando me he identificado con un árbol concreto. Cuando he creído entender qué me dice, qué necesita, qué me aporta. Y, como casi siempre, el azar, "el azar lo es todo", nos aproximó.
Era pleno verano y caminaba por el valle entre madroños, encinas, brezos, cantuesos y tomillos. Me fijé en un alcornoque al que habían quitado la corcha. Presentaba un llamativo aspecto con la franja canela del descorche, como si lo hubiera pillado a medio vestir. O a medio desnudar.
Lo sentí como un árbol de colores: gris ceniza pegado al suelo, rosáceo en la herida, otra vez ceniza retorcido en las ramas y al final el verde áspero de sus hojas pequeñas, ovaladas, coriáceas, perennes. Adiviné la promesa del cambio. Volví unas semanas después y el color de su zona desnuda ha mudado hacia un siena natural que me ofrece una nueva percepción. Un árbol que evoluciona y se adapta al proceso de curación de sus heridas. Retengo esa imagen de fuerza, de robustez, de resistencia ante la adversidad, ese afrontar el dolor con entereza, con confianza en el futuro.
Contemplo el alcornoque y me pregunto, le pregunto, si cuando lo desnudaron, golpes precisos de hacha y palanca, siente el dolor de un miembro amputado o, ya resignado, le resulta un pequeño malestar necesario. Un servicio más a los humanos, una contribución extra a mi disfrute cuando descorcho una botella. El dolor de uno imprescindible para el deleite del otro. Dolor y placer en el mismo proceso. No por repetido menos terrible. Y le pregunto si esos trozos de corteza, hijos emigrantes al fin, le han enseñado palabras nuevas: tempranillo, merlot, garnacha, reserva, crianza... y deseo que no le hayan enseñado maridaje.
Apoyo mi mano en su troco desnudo, y noto su lisura contrastando con la corcha áspera, de surcos profundos y retorcidos como los torrentes que bajan de la sierra. Y noto la dureza de su interior, de su madera, ¿Necesaria para resistir las heridas periódicas? ¿Los anillos son diferentes los años de la herida? ¿Son más anchos o más estrechos? ¿O sólo responde con sus frutos, más amargos los años de la saca por el estrés?
¿Ha notado mi mano como caricia benigna o como molestia de turista?
Me vuelvo hacia el coche, cabizbajo, mientras va oscureciendo. Y espero respuestas.
Quizás la oscuridad de la noche me aclaró algunas cosas, porque desde ese día, cada vez que bajo al valle, casi sin darme cuenta, voy directo a encontrarme con, ahora sí, "mi alcornoque".

Nicolás Casillas
Grupo A


El árbol

Es fuerte y protector. Bajo sus ramas sentí vidas misteriosas. Huele a sosiego. Un día quedé fascinada ante él y noté su presencia. Desde entonces me paso las horas muertas contemplándolo y conozco sus hendiduras al dedillo.
Sé de su existencia y, aunque no se han mostrado aún, persisto a diario esperando descubrirlos.
Si tuviera alas, volaría con él, acompañada por esos seres minúsculos que lo habitan, hasta encontrar un lugar seguro, en el que compartir nuestras vidas de ensueños.
Ha pasado mucho tiempo y sigo aquí esperando. Las tardes se alargan y al anochecer, siento su presencia. oigo un murmullo silencioso en el tronco. Sé que me observan y hasta he visto sus diminutas huellas.

JB
Grupo C





Maquilishuat (Tabebuia rosea) Del náhuat Makwil 'cinco' e Iswat 'hoja', 'pétalo'.

El Maquilishuat es el árbol nacional de una pequeña exrepública centroamericana. Sus raíces se alimentan con la sangre de los que dieron su vida por causas nobles y de aquellos a quienes se les arrebató sin deber nada a cambio. Esas raíces abrazan los cuerpos de los desaparecidos que el Estado se niega a investigar, porque en el «país más seguro del continente» ya no hay asesinatos. Para mantener el contador a cero es necesario no tener un cuerpo. «Sin cuerpo no hay delito», dijeron los infames.
Al Maquilishuat lo riegan las lágrimas de las madres que buscan a sus hijos, capturados injustamente bajo un régimen que criminaliza por ser pobre; las lágrimas de los que se fueron buscando un futuro mejor y de los que se quedaron sin más remedio.
En su tallo descansan por un breve instante los salvadoreños que, sin tener dinero en el bolsillo, salen en busca de lo que llaman vida, con la esperanza de ganarla. Por sus ramas se extienden los sueños de justicia y libertad de los que aman su tierra sin la venda del fanatismo, y sus flores de color rosa se elevan hacia el cielo como un clamor por un futuro mejor.

J.P.
Grupo B


El cerezo

Aquella tarde de abril salí a dar un paseo.
El aire olía distinto. Parecía que se había quitado su bufanda de invierno y se dejaba impregnar por la fragancia de todo lo que florecía a su paso.
Me asomé al camino de tierra que me llevaba directamente a la vieja vía del tren, ya inutilizada, pero me gustaba caminar por ella y rememorar mis viajes de cuando era niña.
Llegué hasta un terreno familiar y, al ver semejante espectáculo, me di cuenta de que, efectivamente, la primavera ya había llegado.
Aquel cerezo que me había acompañado toda la vida lucía majestuoso, aislado, para evitar que otros pies impidieran su crecimiento. Aún así, su aspecto era delicado, elegante en su sencillez.
Me senté bajo su sombra. Me gustaba hacerlo, cerrar los ojos y dejarme llevar.
El viento movía suavemente sus ramas y dejaba caer sus florecillas blancas como diminutas hadas del bosque dispuestas a entrar en mis sueños.
«Pequeños insectos acudirán pronto a visitarte, transportando el polen de una flor a otra hasta cerrar el ciclo de la polinización, permitiendo que tu fruto cobre vida», le dije. «Sobre el mes de junio, antes de que el sofocante calor haga gala de su presencia, nos reunirás bajo tu sombra, con nuestros cestos de mimbre para recoger tu fruto, tan rojo, tan brillante, tan apetecible que los ávidos pájaros estarán al acecho para arrebatarnos semejante manjar», añadí.
Y así, cada mes de abril vuelve a brillar con sus flores blancas, majestuoso, tan delicado y elegante en su sencillez.

Verónica S.S.
Grupo C


Bajo un roble

Te conocí bajo un roble en otoño.
Aún no sabía que te querría,
tampoco tardé en saberlo.

Nos besamos bajo un roble en invierno:
lo cambiamos por el muérdago.
En diciembre volveremos a hacerlo.

Me dijiste te quiero en abril.
También fue bajo un roble,
y yo, sincera, te lo devolví.

Entonces llegó el verano
Y los robles de los bosques se secaron
Bajo uno de ellos nos encontramos.

MAGF
Grupo A


Allí donde tienes un árbol, puedes tener un amigo.

Pasaste desapercibido, podría decirse que casi no nos dimos cuenta de tu llegada hasta pasados un par de años. Alguien te puso en la jardinera de la entrada para rellenar ese espacio que todavía estaba medio vacío, porque nunca pensamos que esa ramita con 4 hojas que un día trajo el electricista, llegara a ser un ser vivo. Compartías espacio con un hermoso ciprés que desde el principio desplegó toda su elegancia, con la persistente y robusta grevillea que iba adueñándose del espacio con sus hojas puntiagudas, también plantamos junto a tí un colorido y espinoso rosal que desprendía ya la fragancia de sus flores y como nos parecía poco en la jardinera de 8 metros cuadrados…pusimos también un carnoso aloe. Todo parecía armonioso, según la Guía de Jardinería que habíamos comprado, pero como ocurre en los humanos, aquellos seres vivos llevaron vidas diferentes a pesar de que compartían el mismo espacio. Y así un día, me di cuenta que el ciprés estaba oculto y sólo se intuía que estaba allí por un trocito de su copa que se veía por encima de ti, (los cipreses son árboles altos y tu eres un medio arbusto), que el aloe se había podrido por exceso de agua y que el rosal, buscando su subsistencia, se había ido rastreando fuera de la jardinera buscando el sol que no le llegaba. Durante algún tiempo bregaste con la grevillea pero al final te rendiste y te has habituado a ella, dejándola un gran hueco en tu copa generosa.
Cuando comienza el otoño eres el rey del jardín, primero te salen las flores de forma de búcaros blancos y después tus frutos rojos, como si fueras un árbol de Navidad, pero a veces se te antoja y disfrutamos de tu flor y tu fruto al mismo tiempo. Aunque siempre te presentan como rechoncho y bajito, yo he conseguido con la poda hacerte alto y robusto, con un tronco limpio y largo para que nos podamos arropar bajo tu sombra. Has pasado de ser la ramita insignificante de antaño a ser el favorito de todos y ser más nuestro, por eso nos fuimos poniendo a tu sombra, primero bien pegaditos y luego más separados porque cuando caen tus frutos nos pones perdidos. A tu lado se lee, se habla, se piensa, se duerme, se contempla…cuántos sueños allí contados, cuántas risas disfrutadas, cuántos secretos compartidos…y cuánto silencio gastado.
Los recuerdos se hacen más fuertes cuando los asociamos a los lugares donde hemos sido felices y la sombra de nuestro madroño siempre fue y es el espacio donde el tiempo nunca sobra.

ELCA
Grupo C

Un lugar mejor

La sesión de esta semana la dedicamos a Pedro Ugarte y su libro Un lugar mejor publicado por la editorial Páginas de Espuma. Doce historias que como un buen balizamiento nocturno dirigen nuestra mirada hacia la realidad y lo cotidiano y que nos interpelan desde el dolor y las preguntas. "La realidad es fuente de inspiración" -señala el autor. Y más aún cuando se indaga y se hurga en las relaciones y afectos entre amigos, parejas o familiares. A Ugarte le interesa especialmente la familia, ese lugar (tal vez aquí podríamos poner la palabra "constructo" que tanto gusta al autor) donde asoman todos los temas e intereses posibles para una buena historia a lo Carver o a lo Houellebecq.

El escritor bilbaíno radiografía, a través de los personajes, la debilidad de los afectos, la inconsistencia de los valores morales y éticos, la resonancia de la soledad, la maleabilidad de la mentira, la fugacidad del tiempo y el complicado tangram de la felicidad. Uno de sus personajes, Jorge, es el disfraz de neopreno que adopta Ugarte para hacer una inmersión más profunda en las historias y contarlas desde diferentes puntos de vista. Jorge es hijo en uno de los cuentos, en otro es pareja y en otro es padre. Este personaje, que recorre otros de sus libros, es en realidad una manera de explorar las vidas ajenas, y la propia de observar el mundo.


Elegimos dos cuentos para leer y analizar en el taller. El que da título al libro, "Un lugar mejor" y "Una isla sucia y olvidada". Pero también hablamos del cuento inaugural, "Éramos tan felices" y la cita de Lorrie Moore que lo apuntala: "Eres infeliz porque crees que existe una cosa que se llama ser feliz". Una historia que arranca con una revelación que nos sacude y descoloca: "VOY A HABLAR del periodo más feliz de nuestra vida: cuando a mi padre le diagnosticaron una enfermedad terminal". ¿Se imaginan iniciar el trayecto de un montaña rusa en el loop más alto? Pues a esto se parecen las primeras líneas de este cuento. En esta historia lo fantástico irrumpe con fuerza y provoca un seísmo en el desarrollo de los acontecimientos. Una historia poderosa, ensamblada como un buen mecano.

Pero volvamos a los cuentos elegidos. "Un lugar mejor" es una historia que nos habla de la obsolescencia programada del amor. Una enfermedad, la convivencia diaria o el desgaste que ocasiona el paso del tiempo hacen tambalear la realidad y el amor y quizá el único consuelo, o la única vía para salir por un momento de esa difícil rutina es la fantasía. Revivir dos veces -a diario- la intensidad y el fulgor del enamoramiento, aunque este sea improductivo y efímero es lo que hace el protagonista de esta historia, un hombre atrapado por la rutina y el trabajo y que no dedica a su pareja enferma el tiempo que quizá esta necesite. "ELEGÍA EN EL METRO, cada mañana, una mujer de la que enamorarme.", así comienza el cuento, con este juego rutinario que se repite varias veces a lo largo de la narración para transitar de la vida íntima de la pareja a ese escenario de la prisa y la multitud, un posado grupal que se deshace y recompone en cada estación. 
A leer estas líneas mi memoria lectora conectó el cuento de Ugarte, como sucede con las líneas del metro, con otros dos textos con el mismo escenario y el mismo tema. Un microrrelato de Beatriz Pérez-Moreno titulado "Toda una vida": Lo vio pasar en un vagón de metro y supo que era el hombre de su vida. Imaginó hablar, cenar, ir al cine, yacer, vivir con él. Dejó de interesarle. El otro texto es un poema de Óscar Hanh titulado "En una estación de metro":

Desventurados los que divisaron
a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por las estaciones

y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles

Y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre

Hay un párrafo al final del cuento que resulta decisivo para entender el trasunto de esta historia, el diseño de cubierta del libro (de Paul Viejo) y otros cuentos que componen esta mirada caleidoscópica de lo cotidiano de Pedro Ugarte:

La vida, como un tren de vía única, al que alguien te subió sin tu permiso, un tren que no puedes conducir, ni detener, ni demorar. La vida como un tren en el que viajas profundamente solo, recluido en un vagón donde hace frío, pero albergando la esperanza de que, a pesar de todo, te lleve a un lugar mejor.

El otro relato que comentamos, "Una isla sucia y olvidada" nos movió a hablar sobre el sentido de la amistad, la fragilidad de nuestras vidas, la asepsia de la palabra "solidaridad", la farsa y la mentira en nuestras vidas, la presión que ejerce el grupo y nuestra falta de argumentos para defender nuestros valores cuando alguien señala alguna de nuestras debilidades. De nuevo la soledad, muy presente en cada uno de los cuentos -y en nuestra sociedad-, perfuma la historia de tristeza y desesperanza. Quizá el propósito de Pedro Ugarte de colocar a los personajes "aparentemente estables" en un vagón de tren que les lleve a otro lugar mejor nos transmita unas dosis de esperanza entre tanto smog de dolor y tedio.

Te recomendamos la lectura atenta de la ficha que entregamos en la sesión, y asomarte a la entrevista que le hace María José Mielgo Busturia en Granada Costa. Pero si quieres conocer y escuchar al autor puedes hacerlo en esta otra entrevista hecha por Koldo para el blog "Un libro al día". Muy interesante todo lo que cuenta Ugarte sobre sus referentes, su manera de escribir y el proceso de edición del libro.

Propuesta de escritura

Tomamos prestado el título del primer cuento ("Éramos tan felices") para formular la propuesta de trabajo: escribir un cuento breve con el mismo título, en el que se refleje el paso del tiempo y que suceda en un contexto urbano similar al que el autor describe en otro de sus cuentos:

El paso del tiempo, en las ciudades, son bares que cambian de nombre, talleres que cierran para siempre, una peluquería sucede a un almacén, una avenida arbolada conquista el territorio que antes ocupaba la estación del tren de cercanías. Las ciudades son puzles compuestos por piezas infinitas. El tiempo borra algunas de ellas y las sustituye por otras. El tiempo, en las ciudades, es amanecer en una calle irreconocible, una calle de la que van arrancando todo lo que sabías sobre ella. Puedes vivir siempre en el mismo lugar, pero el pasado solo habita en la memoria, ahí lo reconstruyes obstinadamente, aunque a medida que pasan los años lo haces de forma cada vez más imperfecta e imprecisa. No importa que seas leal a un territorio: él jamás responde siendo leal a ti.

Y la ciudad mudaba, en una lenta metamorfosis. Las personas mayores morían. Las paradas de autobuses escolares reproducían año tras año la misma algarabía, pero los niños eran distintos. El mundo se organizaba con una engañosa sensación de permanencia dirigida a confundir, o disimular, la implacable pérdida de todo. En esa ciudad, que yo percibía cada vez más fugaz y contingente, solo se mantenía inalterable la imagen de mi padre, su melancólica mirada varada en medio de la realidad.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


En los pequeños detalles

Recuerdo la felicidad en esas duchas matutinas con agua muy caliente, el vaho empañando los espejos del cuarto de baño, y en ese olor a café recién hecho que producía una agradable sensación antes de haberlo degustado.
Qué feliz era siempre que iba quejándome al trabajo en mi pequeño utilitario, donde dos o tres veces maldecía a los conductores que cada mañana me acompañaban en el camino.
Qué maravillosa felicidad sentía cuando no encontraba sitio para aparcar, y tenía que dar varias vueltas por las calles, poniéndome nervioso, escrutando el reloj intentando detener con la mente el paso de los minutos para no llegar tarde.
La felicidad residía en las numerosas quejas que realizaba en mi parada matutina de mi jornada laboral, cuando protestaba porque la tortilla de patata que había preparado la cocinera del bar que estaba a dos manzanas estaba muy cuajada, o tenía mucha sal, o bien se había quemado.
Éramos tan felices todos los sábados cuando a regañadientes iba con mi pareja y mis dos hijos de cinco y siete años a hacer la compra semanal, aguantando colas, recibiendo empujones y malgastando el tiempo esperando, aumentaban mi ira de manera exponencial provocando, por supuesto, unos maravillosos fines de semana discutiendo con mi familia.
No sabíamos qué felices éramos. No disponíamos de una herramienta para medir la felicidad. Debemos compararnos con otra época, o con otras personas para determinar lo felices que somos, pero las necesidades creadas son tantas que no valoramos todo lo que tenemos.
Nuestra felicidad se truncó cuando aquel camión dirigido por un conductor ebrio nos embistió con su enorme masa, eliminando toda la alegría de mi vida. Ahora contemplo desde mi prisión horizontal como atraviesan los rayos de sol la ventana, y deseo poder acariciarlos junto a mi arrebatada familia.
Éramos tan felices que vuelvo en mis recuerdos a reinterpretar todas mis acciones y valorar cada segundo como no lo hice en su momento. Quiere, besa, abraza, ama y valora todo lo que tienes. Ahora.


La llamada

Mario me besó con pasión. El parque vibraba en una sinfonía de colores y sonidos armoniosos. Una señora de mediana edad danzaba con su perro mientras saltaba y jugaba. Los vehículos de la avenida cercana avanzaban al ritmo solemne de los tambores de una procesión de Semana Santa, deteniéndose y cediendo el paso con rostros sonrientes. Un grupo de jóvenes al otro lado del parque se divertían jugando con mímica y extraños gestos intentando adivinar alguna película o serie. Las hojas de los plataneros de sombra caían en espiral, balanceadas por una suave brisa, mientras se depositaban delicadamente, intentando completar un puzle de color ocre sobre el tapiz verdoso.
Mi teléfono comenzó a sonar. Contesté inquieta. Me agarré la frente con la cara desencajada. De mis ojos brotaron densas lágrimas de duelo. Me desplomé de rodillas sobre el césped dejando caer el móvil mientras me llevaba las dos manos a la cara. Malas noticias.
Una ventisca gélida se levantó. Las hojas se arremolinaron bruscamente golpeándome el rostro en su caída. Los adolescentes del extremo contrario del parque comenzaron a pegarse entre ellos. Un destello de metal brilló en las manos de uno. Los automóviles hacían sonar el claxon en un estridente concierto. Los conductores agitaban los brazos y gritaban, aunque sus voces solo resonaban dentro del habitáculo. El perro ladraba y tiraba de la correa. Su dueña, furiosa, profería maldiciones. El parque se había convertido en un lugar de colores tristes, apagados, sonidos incómodos y molestos que me empujaban a huir de aquel lugar.

Max Ferlam
Grupo B


Éramos tan felices...

Cuando mirábamos sin perspectiva y sin contexto. Éramos puntos suspensivos del pensamiento. Comas y comillas abiertas a la intemperie del universo.
Cuando el puzzle del subconsciente sólo tenía una pieza: la lealtad de los amigos. Las farolas intermitentes fueron testigos de aquellas noches de descampados y atardeceres furtivos. Besos escondidos, bajo aquel puente milenario que unía juventud con amaneceres somnolientos.
Probar todo o nada, mientras subíamos despacio al asfalto incipiente y una carretera sinuosa hacia el norte nos prometía aventuras y desvaríos. Trescientos kilómetros, para llegar y volver, una y otra vez, como espuma de aquel mar con olor a sidra.
Solo nosotros y el grupo. Aquel taller joven respondón y subversivo.
Soñábamos con ser felices.
Éramos tan felices. O tal vez...solo fue un sueño.

GuADAlupe
Grupo C


Éramos tan felices

Creamos un pequeño universo en el que danzaban, sin descanso, dos luceros que iluminaban nuestro cielo de naranja.
No teníamos nada ¿Lo recuerdas? Nos alimentábamos a base de caricias y comiéndonos a besos saciábamos el hambre.
Éramos tan felices que no nos dimos cuenta del momento exacto en el que nos invadió el invierno para instalarse, cruel, entre nosotros.
Y una tarde cualquiera, de la que solo recuerdo que el cielo era tan gris como el asfalto, al llegar a casa encontré a los luceros sobre la almohada, ya no querían bailar al son de nuestro pulso, no captaban su ritmo porque solo había ruido.
Los guardé en una caja y a veces, todavía, cuando siento nostalgia, la abro y los animo a volver a bailar...
Por si ahuyentan al frío.

Aurora Zarco
Grupo B


Éramos tan felices

El amanecer del cuarto día venía cargado de presagios. Las nubes grises como panza de burra dejaban filtrar haces de luz, haciendo más imponente el cielo tenebroso. Cuando todo está a favor, un amanecer gris puede alterar el estado de las cosas y producir un giro inesperado, un vuelco de la realidad y las expectativas. Justo entonces, en el momento en que éramos tan felices, después de tres días de vivir en el paraíso, la realidad se desplomó sobre nosotros con su color más deprimente. Ese cuarto día, Alicia se despertó con la angustia de una pesadilla.
—¡No vayas al taller, que está en un bajo y se va a inundar! —gritó, desesperada por la visión de la riada que se llevó a su padre dos décadas antes y que esporádicamente venía a inquietar sus sueños.
—No te preocupes. Han pasado muchos años desde lo de tu padre, todo está mejor ahora y no han dado ninguna alerta de peligro —contesté.
—Jacinto, ¡no vayas! —insistió Alicia— Puedes dejar de trabajar por hoy. Hace tres días que pagamos el final de la hipoteca, compramos el coche y nos confirmaron mi embarazo. ¡Han sido tres días maravillosos!
—Bueno. Solo iré por el coche, para ponerlo a resguardo y vuelvo para seguir celebrándolo —respondí, cogiendo las llaves mientras salía de casa.
Práctico, eficiente y resolutivo, como soy, no me podía dejar impresionar por un mal sueño o por un cielo amenazador. Caminé presuroso, sonriendo al recordar la angustia de la buena de Alicia. ¡Qué afortunado había sido cuando ella entró en mi vida! Finalmente llegué donde estaba aparcado el Mercedes, subí, arranqué y, al mirar por el retrovisor para iniciar la maniobra, vi venir la avenida. El rugido del agua es como un tren desbocado que puede arrollarte en cualquier momento.

Manuel Medarde
Grupo A
 
 
Éramos tan felices

La felicidad, es como un globo que se te escapa de las manos, y se lleva todas tus ilusiones y todos tus sueños.

Luis Iglesias
Grupo B


Éramos tan felices

Éramos tan felices planeando un viaje a Ciudad Rodrigo un domingo cualquiera...
Ambos vivíamos en Salamanca, mi amigo Laurentino y yo. Estudiábamos primero de carrera en esta Universidad, en facultades distintas; pero nos unía el haber vivido en el mismo pueblo y haber estudiado en el mismo instituto el Bachiller Superior.
Habíamos quedado esa mañana de domingo en el garaje Le Mans, sito en una esquina de la Plaza de los bandos, donde además de aparcamiento, alquilaban coches sin conductor. No pudimos elegir mucho y nos quedamos con un Simca 1000 de color marrón que, a mí, de entrada, no me pareció un coche elegante ni para presumir, ni mucho menos para ligar, pero nos lo quedamos; se lo quedó, mejor dicho, pues yo todavía no me había sacado el carné de conducir y aunque lo hubiese tenido, nunca me hubiese atrevido a alquilar un coche por mi cuenta y riesgo.
Laurentino era una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida. Sacaba sobresaliente en todas las asignaturas, fuesen de ciencias o de letras, y me consta que estudiaba poco, pues se sentaba en el pupitre anterior al mío en el estudio del internado. Los dos años que coincidimos en el Instituto, en quinto y sexto de bachillerato, le dieron el premio a la mejor nota media de todo el Instituto. En primero de carrera, le concedieron beca salario, por lo que disponía de mucho “dinerito” para gastar en sus dos pasiones favoritas: las mujeres y los coches.
Volviendo al garaje Le Mans. De allí salimos los dos con nuestro “flamante” Simca 1000, dispuestos a vivir la mayor y mejor aventura de nuestra vida. Nos ponemos en carretera, habiendo llenado el depósito de gasolina previamente, y como a mitad del camino, el coche se negó a continuar. Vamos, que se paró. No hubo manera de que volviera a arrancar. Tuvimos que pedir ayuda a un coche que pasaba por allí, (estoy hablando de 1969), tuvimos que llamar desde una cabina o desde un bar al garaje Le Mans y desde allí, más bien tarde, llegó la grúa que nos devolvió con coche incluido al lugar de origen: La Plaza de los Bandos.
Fuimos muy felices, soñando y planeando aventuras con coches deportivos y mujeres hermosas, pero la realidad fue muy distinta.

José Luis Fonseca
Grupo A


Éramos tan felices

Éramos tan felices, jóvenes, alocados, reivindicativos, nos gustaba pasear descalzos en la hierba del parque, tumbarnos en ella y ver pasar las nubes sin prisa.
Beber el tiempo juntos, y tomar por la noche en el pub, un café irlandés.
Acostarnos y alimentarnos el uno del otro, mientras la música y el sonido del río Cuerpo de hombre, liberaba su agua.
Me gustaba contemplarte cuando estudiabas el examen del día siguiente, como leías y subrayabas, los libros sobre conflictos y guerras, que tu me pedías y que yo te regalaba.
Cuando jugábamos al ajedrez y chuleabas con una jugada nueva aprendida, recortada del periódico.
El cine, de los viernes por la tarde, cuando enlazabas mis dedos, y como al caminar adelantabas el paso, mientras me lanzabas la mano, hacia atrás para alcanzarte, como si de una carrera de relevos, se tratara.
Cuando bromeabas y me tomabas el pelo, y te brillaban los ojos al oír mi risa.
Esas rosas que traías al descuido, debajo del brazo, el domingo, camino de casa, como si carecieran de importancia, mientras hojeabas distraído el periódico,
Tu paciencia, cuando te calentaba la cabeza con mis problemas, mientras resoplabas inquieto, restándole importancia, esperando a cambiar de tema,
Añoro esa felicidad, esa vida sin prisa, esa persona que eras, que me hizo tan feliz, toda una vida entera.

E.R.A
Grupo B.


Éramos tan felices

Soy un reloj que resuena en tu cabeza. Los segundos se suceden en un baile infinito de pulsos, pasos que dejan huella de su machacona insistencia entre los pliegues de la masa gris de tu cerebro.
Soy el surtidor que ahoga en cortisol neuronas y dendritas, el interruptor que enciende en tu mente una bomba atómica a punto de estallar.
Soy la vida hecha cifras. Números que se te incrustan en la memoria e invaden tus recuerdos hasta dejarlos reducidos a una cuenta de resultados.
Éramos tan felices. Juntos nos embarcamos en una carrera contra el tiempo. Ganar, ganar ante todo. Era lo único que nos movía. En aquel rascacielos gigante no existía el límite para nuestra ambición. Entre opas hostiles, tiburones financieros e inversores sin escrúpulos íbamos a por el todo. Días de eternas discusiones bursátiles y noches infinitas entretejidas con rayas de coca. Sabíamos que el dinero es una amante celosa y solo consiente de ti una entrega absoluta.
Pero tú decidiste abandonarla y por eso también te desprendiste de mí. De repente en tu boca empezaron a resonar palabras como “mindfullnes”, “conciencia cósmica”, “espíritu universal”, “energía tántrica” y “viaje interior”. Un día saliste de ese rascacielos donde tantas aventuras habíamos tenido juntos y ya no volviste a pisarlo. Sé que ahora estás lejos, en las montañas más altas de este planeta. Vives entregado a la contemplación de lo divino, dicen. Vistes una sencilla túnica, comes únicamente lo que puedes arrancar de la Tierra con tus propias manos y duermes en un mísero colchón.
Éramos tan felices, entregados los dos en cuerpo y alma a nuestra misión. Sin embargo, ahora en el interior de tu mente solo resuena el eco del vacío, la nada. Y yo echo de menos el todo.

Maite BT
Grupo A


Uría

Éramos tan felices
en aquella lejana tierra,
donde llegamos solo
con sueños en una maleta.

Allí creamos nuestro universo,
pequeño, pero inmenso
donde el tiempo lo media
un reloj sin minutero.

Fundidos en sus montes
y en su mar embravecido,
dejamos allí para siempre
nuestro paraíso perdido.

Al volver a tierra adentro,
todo parecía distinto
el paisaje, las calles y los amigos
pero nosotros tampoco…

…éramos los mismos.

Marian Pérez Benito
Grupo A


“Mi niño”

Nunca quise un gato. Fue Ana quien lo trajo, convencida de que un animal podría aportar ilusión a una relación carente de complicidad. La novedad se marchitó con la facilidad de un ramo de flores olvidado dentro del capó de un coche.
Lo llamaba mi niño, con ese exceso de ternura que solo ella aplica a lo que no le duele. Cuando le resultó molesto, fiel a su carácter, lo esterilizó. Desde entonces, el gato duerme en mi silla, ocupa mis silencios y me mira con una especie de tranquila conmiseración.
Hoy amaneció enfermo: tos breve y mirada inquisitiva, casi solícita. ¿Estará empatizando conmigo?
Ana, naturalmente, tenía la excusa de una reunión importante.
—Llévalo tú —dijo—, te tiene más confianza.
Yo más bien diría cariño o mutua lástima: somos los dos únicos de la casa que todavía fingen cuidarse.
La sala del veterinario parecía un congreso de interespecies resignadas. Un galgo con bufanda miraba hacia un horizonte interior; una cacatúa gritaba obscenidades a un bulldog sin babas; una tortuga dormitaba sobre la foto de una congénere en una revista de mascotas; un hámster aceleraba la rueda de su jaula como si temiera llegar tarde a algo; y un cerdo vietnamita resoplaba, dentro de un cochecito de bebé, con la dignidad de un senador retirado.
Nosotros, los dueños, compartíamos la misma confusión moral: no saber a ciencia cierta quién cuidaba a quién.
Entonces entró ella.
Una mujer exuberante, con un abrigo claro que resaltaba su rostro luminoso. Llevaba un ejemplar de bichón maltés en brazos. Era una perrita, pequeña, temblorosa y absurdamente perfumada.
Nuestras miradas se cruzaron. No hubo nada más que el presentimiento de algo.
La perrita trató de jugar con el gato que, a guisa de estatua, la miraba displicente.
Al segundo encuentro visual sentí la necesidad de ir al baño. Le pedí, por favor, que vigilara al minino.
Cuando regresé, me encontré con un cuadro de erótica animal: el felino —castrado, descreído, pero más mío que nunca— intentaba montar a la perrita. Ella reía, entre avergonzada y divertida.
Me disculpé.
—Tranquilo —dijo—. Se han caído bien.
Nos quedamos callados.
El veterinario pronunció mi apellido. Oí que ella lo repitió en voz baja, como sopesándolo.
Antes de que entráramos, preguntó:
—¿Cómo se llama?
—¿El gato o yo?
Esbozó una sonrisa genuina.
—Ambos.
Yo, por una vez, no tuve prisa en contestar. Tal vez porque empezaba a comprender, de la altanería gatuna, que el más puro deseo se oculta tras la máscara de la indiferencia.

Calgari
Grupo A


Fui tan feliz.

Fui tan feliz, cuando los besos
sabían a miel,
que aún en tu ausencia,
los recuerdos de aquellos días,
me hacen sentirme fiel,
porque sigues en el aire
que arrastra tu esencia;
te veo en las caras que dibujan
las nubes cuando se mueven,
en la sombra que deja la luna
entre los árboles,
en mis paseos por el parque.
Te recuerdo de mi mano
por la playa,
donde tu risa, silenciaba
el venir de las olas.
Te recuerdo en mis días oscuros
cuando eras el sol
que daba brillo y calor
a mi cuerpo y a mi alma.
Y, sigo siendo tan feliz,
porque nunca te has ido.

P.G.
Grupo C


Éramos tan felices

Éramos tan felices, repite una y otra vez, como una letanía monocorde, poniendo el acento en el tan, que resuena como un gong tibetano.

Yo le he preguntado que cuándo y solo he tenido el silencio como respuesta. ¿Cuándo eras tan feliz? -le he insistido y, al cabo de un rato, con la mirada perdida, ha comenzado a relatar sobre cuando era pequeño, primero de forma más vaga, luego con más nitidez.

Una tarde estaba jugando con Pablo al ping-pong, cuando un chico nos quiso echar de la mesa, no le dejamos y nos insultó. Llamó a su hermano mayor y nos echó de allí a raquetazos, abusando de su corpulencia… Era finales de la primavera… Usábamos unas palas de corcho y unas pelotas que, cuando las pisábamos, había que hervirlas para que recuperaran su forma original.

Para poder jugar había que hacer cola, esperando rigurosamente tu turno, procurando que todos pudiéramos disfrutar cuando menos una partida. Si perdías, te ibas afuera o nuevamente a la cola; si ganabas, seguías como el rey de la pista. Éramos tan felices…


Me habla sobre los moratones que le salieron días después, y percibo su rabia contenida por la injusticia de lo que les ocurrió aquel día.

Pablo, nuestro hermano mayor, fue su fiel compañero de aventuras y juegos, pues tan solo se llevaban quince meses de diferencia. Pablo ya no está, se marchó de este mundo, como si tuviera prisa, sin que pudiéramos decirle adiós, por un aneurisma intracraneal que le dejó en coma… Maldita palabra, aneurisma, esa pequeña protuberancia con forma de globo, de la que sería mejor ignorar su existencia. Fueron once días de inútil agonía, sobre todo para su mujer Sofía. No tuvieron hijos, no quisieron o no pudieron. Se le rompió un vaso sanguíneo en su cerebro, y poco después se quebró nuestra relación con nuestra cuñada, con la que hace años que no hablamos, ya no sé siquiera si está viva. A veces pienso en la muerte, cómo será dejar este mundo, cuándo nos llegará nuestra hora… ya no queda casi nadie de la familia, tan solo estoy yo para cuidar de Miguel.

Hoy he vuelto a la residencia donde está ingresado mi hermano, he sentido un escalofrío al coger sus gélidas manos y, después de un rato, consigo que me relate más cosas de esa infancia en la que parece vivir inmerso, como un barco anclado en una bahía propicia para la calma. Sin embargo, no se acuerda de lo que ha comido o no sabe qué día es hoy.

Era verano, con sus tardes infinitas, cuando nos sumergíamos en la piscina, en múltiples juegos, dar la vuelta debajo del agua, saltar del trampolín… aquellas tardes solamente interrumpidas por la llamada de mamá para tomar la merienda. Solíamos hacer aguadillas en broma, ¿te acuerdas? Mi juego preferido era aguantar sin respirar bajo el agua, contando hasta cien, sintiendo la presión en las sienes, soltando lentamente el aire de los pulmones a través de la boca, como si fuéramos peces globo. Éramos tan felices…

Ahora, contradicciones de la vida, vive conectado durante la noche a un respirador de oxígeno, con una mascarilla insufrible, que le tira de las orejas… Yo le comento que debería usarlo también por el día. Te aportaría un aire mejorado, -le digo, tratando de animarle. El médico de la residencia nos ha entregado un informe escrito, que le leo pues cada vez ve peor, y menos esta letra minúscula. El oxígeno es el nutriente más importante para la vida… No dice nada, la mirada ausente. Cuando la sangre, el cerebro y todo el sistema no se oxigenan adecuadamente, su vida corre peligro. Al cabo de un rato balbucea yo ya no estoy para correr. A pesar de su demencia, la verdad es que nunca le ha faltado el buen humor.

Hoy he vuelto a verle, trato de sacar alguna tarde libre más a la semana para poder estar con él, tengo la sensación de que ya no le queda mucho, cada día le encuentro más deteriorado. Lo cierto es que casi no tengo tiempo libre, pues trabajo demasiado; además solo me tiene a mí, bueno en realidad también está nuestra hermana Carmen, pero la verdad es que no sabemos nada de ella desde hace bastante tiempo.

Esta tarde hemos estado repasando el álbum familiar, la médico me ha dicho que conviene estimularle cognitivamente, que es bueno que su cerebro establezca conexiones neuronales. A ver, los hermanos, cómo nos llamamos, y en orden -le insisto.

El mayor, Pablo, y su mujer… después de un rato, dice Sofía, no sin mi ayuda que le susurro la ese inicial. Después vas tú -le digo, cómo te llamas, y escupe su nombre, Miguel. A ver, después… Carmen, -evoca vagamente. Y ahí parece acabar la enumeración fraternal. Falto yo, que soy el más pequeño, cómo me llamo… En ese momento, fugazmente parece que algo reacciona en su interior. Me mira a los ojos, como sorprendido, y no es capaz de nombrarme. Vas a tener que escribir mi nombre -le digo entre bromas, a ver si así te acuerdas de quién soy. La verdad es que yo ya estoy acostumbrado, entiendo que no me reconoce. La psicóloga de la residencia me comentó que es normal que no identifique a los familiares más cercanos.

Al cabo de un rato, comienza a repetir Éramos tan felices, una y otra vez, cada vez más lento, como una letanía monocorde. Al cabo de un rato, se arranca a contar una anécdota inédita, como si fuera un secreto bien guardado.

Una tarde de otoño estuve espiando al grupo de amigas de Carmen, para ver de qué hablaban, si decían algo de nosotros, quién les gustaba y esas cosas… Me escondí en el baño contiguo a su habitación, en silencio absoluto, tratando de escuchar a través del débil tabique que separaba ambas habitaciones. Me gusta Pablo… pude escuchar, y empecé a fabular una historia de amor, en la que la amiga de mi hermana me besaba en la boca.

Nuestra hermana Carmen dejó de hablarnos hace ya veinte años, o más, cuando discutimos amargamente, porque se empeñó en que no quería vender la casa heredada de nuestros padres. Para vosotros la perra chica, fueron las últimas palabras que nos dirigió.

Hoy estaba más hablador que de costumbre, poco después me ha contado de las tardes de invierno, cuando salía del colegio, camino de nuestra casa familiar, pero se detenía a jugar en una plazuela cercana, donde pasaba las tardes hasta el oscurecer.

Íbamos con la cartera de cuero a la espalda. Había un pretil y dentro, en la tierra, jugaba con las canicas, al clavo si había llovido y el terreno estaba algo húmedo… Otras veces, al escondite inglés… a saltar unos encima de otros, repitiendo aquella retahíla de pico, zorro, zaina. Lo que más me gustaba era el fútbol, en una calleja cercana a la plaza, haciendo las veces de portería la entrada de un taller de reparación de zapatos y el portal de una casa. En la zapatería trabajaba como aprendiz un joven con la cara quemada, al que mirábamos disimuladamente cuando salía para fumar un pitillo.

Al salir de la residencia, he ido dando un paseo hasta esa plazuela. Siempre he vivido ajeno a su infancia, la verdad es que me yo soy el benjamín de la familia, Miguel me lleva once años y yo ya no fui al mismo colegio que mis tres hermanos mayores. Me paro en medio de la plazuela, me imagino a Miguel jugando a las canicas, el murete de piedra ha desaparecido y ahora hay un jardín con árboles. Me acerco hasta la estrecha callejuela y trato de buscar las porterías, descubro que el taller de reparación de calzado desapareció y un diminuto bar de café se ha instalado para dar sustento matinal a los oficinistas de la zona.

Pocos días después, vuelvo a la residencia, estos últimas visitas se han convertido para mí en un bálsamo, he redescubierto a un hermano con el que la distancia física había supuesto un abismo en nuestra relación, y estoy encantado de conocerle a través de las aventuras de su infancia. Últimamente me ronda por la cabeza algo que leí en el móvil, menos producir, trabajar, hacer cosas y más sentir. Quizá ahí residía la felicidad.

Nada más entrar en el edificio, acude la trabajadora social a mi encuentro, lo siento, musita y me da dos besos. Me quedo descolocado, sabía que Miguel estaba deteriorándose de manera evidente, pero nunca pensé que fuera a ser tan rápido. Ha sido esta noche, se ha ido en paz y sin sufrir, me dice rápidamente tratando de consolarme. Me han dejado verle por última vez. Poco después me han entregado sus pertenecías. Al llegar a casa contemplo su reloj de oro y desdoblo sus ropas. De uno de los bolsillos de los pantalones extraigo un trozo de papel, parece una servilleta doblada en cuatro. La despliego. Seis enormes letras mayúsculas, con un trazo tembloroso, a lápiz. MANUEL.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Éramos tan felices

En su chat aparece un monosílabo: "ven". Y respondiendo a tan poca información llego a casa de Julio una tarde de junio.
Luego de su cálido abrazo charlarlamos, tomamos café y recorremos su sala-taller.
Mi amigo artista y maquetero comenta las siete piezas que exhibirá el 12 de julio en ExpoSam, sala de exposición de su actual ciudad San.
Julio hace su obra por motivo de los 150 años de fundada nuestra ciudad natal.
Luego de un rato se hablar sin decir nada, me suelta:
–Mira Elena, cada maqueta representa 10 años de evolución de la ciudad en las últimas 7 décadas. No tuve en cuenta los primeros 80 años, ¿sabes por qué? –dice mirando mi rostro–porque a la par de estos años va nuestra evolución física, mental y sentimental y quise hacerla coincidir –y como siempre, guiña su ojo derecho como cuando dice algo significativo—. Por tanto Elena, la pieza uno contiene los elementos que disfrutamos juntos en nuestra infancia, —pone su brazo en mi hombro y sonriente me dice –así que quiero que te encargues de avisarle a Fabián, Chispa, José, Magda y Marthica; sin ellos mis maquetas serán hojas de final del otoño.
Nos hace más que terminar de hablar y me marcho rápido, porque a las 10 pm comienza mi guardia de pediatría en el hospital infantil.
— Cuenta conmigo — le digo casi cerrando la puerta.
Llega el 12 de julio; la sala de exposición repleta; cinco de los seis amigos iniciamos junto a Julio el recorrido ¡que honor sentíamos!
Comenzamos por la sala A con la maqueta uno, que representaba la década de 1950 a 1960; para nosotros es lo mismo que decir INFANCIA.
Julio dirige la explicación de esa pieza, las restantes las hacían las guías de sala.
–Como ven –dice Julio, señalando un espacio verde– este parque tiene escasos aparatos, mas bién era un área de juegos libres, en la superficie se destacan varias depresiones del terreno –nosotros, sus amigos, junto a él, estamos llenos de emociones, vivimos un cálido pasado que no era capaz de producirlo el espacio que podía verse en la maqueta
siete, el mismo parque pero ahora con montaña rusa y aparatos de diversión sofisticados.
Así nuestro amigo artista-maquetista explicó estructuras, espacios, colores usados y cada pieza guardaba emoción inseparable como cara escudo en la moneda cubana.
Pasamos por las restante seis maquetas escuchando a la guía Pero al llegar a la tercera pieza (vinculados con nuestros 20 a 30 años de edad) interumpe a la guía de la sala y dice —este bar no estaba, es nuevo, este lo construyó "CHispa" un amigo inolvidable que nos decía –y mira a Fabián, Jose, Magda, Marthica y a mí— "estudiar da palabras pero quita tiempo". CHispa no pudo dejar su Bar para estar hoy con nosotros pero su mensaje no lo leo porque no podré controlar la emoción.
Termina todo el recorrido, llegamos en dos horas a nuestra ciudad natal al bar de CHispa, le mostramos las fotos y sonriente dice CHispa:
–Julio tu próxima obra son tres estatuas.
–¿De quiénes CHispa?
—De los tres personajes insignes de la infancia, Rafaela la loca, Kiko el improvisador y Trujillo el limpiabotas.
Abrazados y a viva voz se oyó no solo en la cafetería sino también en la plaza: ¡¡éramos tan felices!!

Miriam García Cabrera
Grupo A


Éramos tan felices

En la bulliciosa estación de Atocha, María y Juan se despidieron para oficializar todo. Con un nudo en la garganta, María vio partir el tren hacia Barcelona, llevándose consigo todos sus sueños de juventud. A pesar de la distancia, intentaron seguir, manteniendo el contacto, pero poco a poco la vida de adultos fue difuminando aquellos viejos recuerdos.
María se centró en su carrera profesional y Juan formó una familia en Barcelona. Aunque el destino los separó, ambos recordaban con cariño los días de felicidad en Madrid, donde habían compartido sus ilusiones y sus decepciones.
Durante los años de noviazgo vivieron momentos entrañables: pasearon por las calles, la Gran Vía y el parque de El Retiro; solían tomar cafés en terrazas acogedoras y realizaron varios viajes a ciudades como Valencia, Sevilla y otras, que se convirtieron en una vía de escape de su rutina diaria y les dejaron un montón de recuerdos felices.
Otro gran problema que tuvieron fueron las desavenencias entre familiares y otros miembros de la familia de Juan, que se entrometieron en su relación y en su vida privada. Esto trajo consigo la erosión entre ambos y, poco a poco, se fue la felicidad que tanto les había costado construir.

Fernando Nieto
Grupo A


Éramos tan felices

Éramos tan felices, que no notábamos lo que sucedía a nuestro alrededor.
Poco nos importaba que hubiera movidas en nuestra facultad, que se encerraran en Derecho o que en Medicina no fueran a clase.
Éramos tan felices esperando la hora del entrenamiento que no veíamos ningún problema a nuestro lado.
Nos daba igual que hubieran apaleado a algún compañero o que otros durmieran en la cárcel, al fin y al cabo, eso no era cosa nuestra.
Nosotros éramos felices aguardando la llegada del entrenador, al que queríamos con locura y al que seguíamos dónde nos dijera.
Las sentadas en el Aula Magna hasta altas horas de la madrugada no nos incumbían.
Nosotros soñábamos con un balón en las manos y una red para marcar tantos victoriosos.
Y éramos felices hasta que nuestro entrenador desapareció. Preguntamos aquí y allá. Nadie sabía qué había pasado. Nuestras alegrías se fundieron con la realidad y los golpes se tornaron bofetadas de tristeza.

JB
Grupo C


Éramos tan felices

Eran las 22:00 de un otoño frío. Mientras miraba su reloj, intentaba reflexionar desde lo alto de su piso. No se asomaba libremente a su ventana, pues desde hacía mucho tiempo lo invadía una extraña sensación: el temor de estar siendo observado. Corrió ligeramente la cortina, lo suficiente para asomar un ojo y echar un vistazo a la calle bien iluminada. Entrecerraba el ojo para que le pareciera diferente de lo que en realidad era; ahora parecía fría, solitaria y tenuemente iluminada. Bajo esas condiciones le resultaba un tanto más reconfortante.

No entendía por qué el ayuntamiento insistía en pavimentar dicha calle y otros días se arrepentía y la volvía a empedrar. Esta vez no había tenido suerte, estaba perfectamente reparada.

—Mañana será —exclamó.

Corrió nuevamente la cortina y se sentó a la mesa. Se percató de que la chica de la limpieza había vuelto a quitar el antiguo mantel que tanto le gustaba: aquel que estaba hecho de manta, bordado con flores y que muchos años atrás le tejió su abuela. En su lugar había uno de plástico color café con figuras que nunca lograba comprender. Esta vez decidió no decir nada; simplemente sentarse a tomar su té caliente y pensar.

Por su mente los recuerdos pasaban uno tras otro: a veces, dulcemente como un carrusel de feria; otras, como el tambor de un revólver listo para iniciar una ruleta rusa. En ese vaivén, las horas se habían ido volando. Otro día más que se escapaba de sus manos sin poder detenerlo. Ya era buena hora para ver qué habían hecho con la calle. Se puso en pie frente a la ventana y, antes de correr la cortina, suspiró como quien anhela algo, pero no encuentra palabras para expresarlo. Se asomó y, para su sorpresa, estaba volviendo a contemplar el bello empedrado de antaño. Entrecerró su ojo para darle el toque que más le gustaba y, por un instante, cual imagen cinematográfica antigua con efecto sepia, pudo revivir escenas de su infancia: cuando jugaba con sus dos hermanas menores correteando de un lado a otro, saltando entre charcos, jugando a las escondidas, riendo a carcajadas hasta llorar y quedarse sin aliento para luego terminar tumbados viendo al cielo, tratando de encontrar formas en las nubes y hablando de cómo sería todo en el futuro.

Esos momentos bastaron para despertar una melancolía interminable. En todos sus recuerdos miraba a sus hermanas siendo niñas; ya no podía recordar si ellas llegaron a vivir el futuro que tanto imaginaban. Eso lo entristeció. No pudo evitar que sus ojos se pusieran llorosos. Con su andar lento y la dificultad que los años traen, se desplazó hasta el viejo cajón donde guardaba sus cosas, sacó su libreta y escribió: “Querida Berta y Sara, hoy las he vuelto a ver y he vuelto a sentir lo bonito que es la vida desde la inocencia de la niñez. ¡Éramos tan felices! ¿Por qué queríamos crecer?”.

Como un río cuyo caudal no puede ser controlado, las lágrimas salieron y se quebró, echándose a llorar con el sentimiento con el que lloran los niños. Ese gesto bastó para que la chica que lo contemplaba interviniera.

—¡Venga, papá, otra vez no! —dijo con una mezcla de fastidio y decepción.

—Es que éramos tan… —no pudo terminar la frase, pues fue interrumpido, tomado del brazo y llevado en dirección a su habitación.

—¡Venga ya! Cuando tu hermana menor murió, no quisiste presentarte en su funeral, y con tu otra hermana llevas años sin hablarte. Ninguno quiere saber del otro. Lo único que quiere esa gente es tu dinero. Grábatelo.

Mientras era conducido hasta su habitación, intentaba recordar si esa chica era su hija, alguna familiar o simplemente alguien a quien algún día le alquiló una habitación. Sin embargo, no quiso reparar en eso; prefería pensar en los momentos que había logrado rememorar hoy.

J.P.
Grupo B


Éramos tan felices

Aquella mañana me desperté antes de lo normal para ser sábado.
La noche no había sido fácil. Parecía que algún que otro fantasma había rondado mis sueños. Aunque no era capaz de acordarme, una sensación de desasosiego me acompañó al abrir los ojos.
Aún somnolienta, me puse mi bata y me dirigí al salón. Sentada en el sofá vi tu foto. Es que, ¡éramos tan felices!
Mi corazón pegó un vuelco y comenzaron a brotar pequeñas perlas transparentes de mis ojos. Imposible de contener ese manantial, me agarré el pecho, respiré hondo intentando recuperar la calma perdida y volver a mi ser.
Entonces me levanté, y como si llegara tarde a una cita, comencé a arreglarme con urgencia y salí a la calle.
Era una preciosa mañana de noviembre. El cielo estaba nublado, pero, nuestro astro rey luchaba por hacerse un hueco entre las nubes. Él también quería ser testigo de esa mañana, sabedor de que su presencia siempre iluminaba alguna sonrisa.
Las calles estaban mojadas ya que no había parado de llover la noche anterior. Cómo te gustaba asomarte a la puerta de casa, observar el agua caer y respirar ese olor, como tú decías, “a tierra mojada”, ¡éramos tan felices!
Como ya he dicho antes, era sábado. La ciudad aún estaba despertando.
Es curioso, la marabunta del día anterior había desaparecido. ¿Dónde estarían? Ayer corrían, empujaban, gritaban y hoy… ni rastro.
Me centré en la poca gente que había en la calle y los observé.
A pesar del frío, caminaban pausados, con sus abrigos bien abrochados, sus guantes y sus gorros de lana. Charlaban animosamente, sonreían. Algunos iban de la mano, otros solos, otros paraban en el camino para abrazarse, besarse o acomodarse la indumentaria. Por supuesto no faltaban los selfis de rigor. Alguno que otro nos hicimos tú y yo, porque… ¡éramos tan felices!
De las cafeterías salía un olor muy agradable a café y bollería recién hecha, que inundaba el ambiente y te invitaba a hacer una visita. No te gustaba el café. Preferías tu bol de leche bien caliente con galletas o pan migado del día anterior. Solías sorber la leche haciendo ese ruido tan molesto que a mí no me importaría volver a escuchar porque… ¡éramos tan felices!
Como si de un autómata se tratara, llegué a ese parque en el que me gustaba sentarme a pensar, a leer o simplemente a ver pasar la vida.
No habíamos estado juntos jamás en este sitio. No es un lugar al que tú fueras por gusto, pero lo hubieras hecho por mí. Preferías sentarte en tu jardín con tus gatos trepando por tus pantalones para terminar descansando sobre tus piernas, mirándote, esperando que tendieras tu mano para acariciarlos y comenzar a ronronear. O, quizá, te acomodarías al amor de la lumbre, sin más intención que permanecer allí, adormilado, un buen rato.
Aun así, tu recuerdo me asaltó y empecé a imaginar cómo sería un “nosotros” en ese lugar.
Te sentarías a mi lado y quizás indagarías sobre cómo me iba la vida. Estabas orgulloso de mí y de mis logros. Lo único que deseabas era que viviera tranquila y feliz. O quizás permanecerías a mi vera en silencio. No nos hacía falta hablar. Nos bastaba con saber que tú estabas allí y yo estaba junto a ti. Solo con eso… ¡éramos tan felices!
Entonces los vi: ella corriendo hacia él que, con los brazos abiertos, la esperaba para acurrucarla en su regazo. Él tomándola de la mano, acariciándole el pelo, besándola en la mejilla. Ella le sonreía, con los ojos iluminados, con esa luz que se desprende cuando amas de verdad y sabes que será para siempre, que ni la muerte conseguirá romper ese vínculo. La misma a la que, sin más opciones, tuviste que entregarte un 6 de enero, sin preguntarme si yo estaba de acuerdo con tu abandono.
Ellos seguían allí, en ese parque, riendo, jugando, ajenos a todo y a todos.
Una sensación de vacío me invadió, el mismo vacío que había a mi lado en ese banco en el que continuaba sentada.
Con la palma de mis manos cubrí mis ojos y, entre sollozos, alcancé a decir en voz alta: “abuelo, por qué te fuiste si… ¡éramos tan felices!”.

Verónica S.S.
Grupo C


Calles luminosas, amplias avenidas.

Un sol brillante, vida desbordada en todas sus manifestaciones. Vida desbordada en esa luz clara, diáfana, en ese aíre cálido y suave, en el verde exuberante de la vegetación. En la belleza de las flores, de las rosas de los jardines y de las naranjas colgadas por montones de las ramas de los árboles, al los lados de las avenidas. Vida desborda entre la gente caminando tranquilamente por todas partes, gente despreocupada, tranquila, vestida de colores brillantes, con ropas ligeras, hablando, haciendo compras, riendo.
Vida desbordada por todas partes. Vida afuera, en la calle y vida adentro de aquel coche; en mi cuerpo adolescente, en los cuerpos de mis hermanas, también jóvenes, plenos de vida. Vida en nuestra piel de niñas, impoluta. Vida en nuestro cabello abundante, luminoso, lleno de luz, de sol, moviéndose al viento, libre.
Éramos felices…
Éramos felices y no, no lo sabíamos.

Esperanza García
Grupo A


Huida

Salí de mi tierra, me fui con la ilusión de nuevas libertades, no había ordenes ni desde fuera ni desde dentro. Había momentos de mucha felicidad pero como es este estado, cambiante, un día y otro dependiendo de las emociones. Y así pasamos de la adolescencia a la madurez, pensando que no se puede ser más feliz pero cierto día , se acabó todo.
La nueva vida fue distinta, la felicidad no era intermitente, era estable, nuevo estado de conciencia más elevado, el tiempo como disfrute, la muerte del ego , el perdón y la paz absoluta, invadió mi existencia.

Carmela
Grupo A


Cuando éramos felices.

Mi calle y yo tuvimos siempre una buena relación.
Fuimos creciendo a la vez. Hasta mis pantalones iban creciendo a su ritmo. Suelo de juegos infantiles que se convierte en asfalto, un porvenir por descubrir y una vida por construir. Casas bajas reconvertidas en pequeños bloques de tres plantas. Estudios para forjar un futuro. Garajes que se llenan de coches. Tiendas familiares de ultramarinos que vendían lo justo. Un trabajo que te permita vivir. Un par de baretos: uno a media calle y otro abajo, contra la avenida, donde tomas un café o una cerveza. Y saludas a la parroquia por su nombre. Hubo incluso un gimnasio y una pequeña inmobiliaria. ¡Mi calle conoció buenos tiempos¡
Nunca con tan poco fuimos tan dichosos.
Pero hemos cambiado. Mi calle de aspecto, de función y de sentido. Yo, de calle.
Se ha convertido en una calle dormitorio, de esas que, en esta ciudad, están a más de un cuarto de hora del centro. Estrecha, de dirección única, con tres bancos salpicados en la acera que no se utilizan y cuatro casas bajas que nadie quiso comprar en su día y hoy son casi palacetes a reformar. Y en esos bloques de tres plantas, con pisitos en los que viven mis otros yoes, habitan cada vez más recuerdos y menos esperanzas. No queda un árbol, ni un seto, ni siquiera un poco verdín entre las baldosas. Por solidaridad, por no molestar, o vete a saber, tampoco se ven plantas en los balcones que rompan el asfalto con una sombra asimétrica. Sin tiendas, sin un solo bar y, aquí, una calle sin bares es una calle muerta. Puede que la más triste de las calles.
Ahora mis cafés y mis cervezas son en bares del centro o en la avenida.
Me siento en una terraza mirando, como Fermín, a un malecón ficticio para tomarme una cerveza tostada de realidad. Y comparto con él soledades. Y entablo silencios. Y escucho las charlas de otros. Porque yo soy más de escuchar que de mirar, aunque al final las dos cosas llevan al mismo puerto: adivinar, inventar, conjeturar sobre las vidas de otros.
Esos momentos de pequeñas alegrías, incluso los compartidos con nadie, son probablemente los que luego recordaré como aquellos en los que fui afortunado.

Nicolás Casillas
Grupo A


Éramos tan felices

Nuestra risa jugueteaba por toda la casa. Salía al rellano, corría calle abajo, se posaba en el primer poste de la luz. Todo el barrio quedaba iluminado. Vecinos y desconocidos abrían puertas y ventanas, para que la magia también inundara sus hogares.
Éramos tan felices…
Ahora corro sola, de aquí para allá, voy encendiendo farolas con risas ajenas y gritando que abran las persianas. No nos merecemos vivir a oscuras, aunque su sonrisa ya no lleve mi nombre.

Eva Hernández
Grupo A


Fuimos tan felices…

El día de mi trigésimo cumpleaños quise regalarme un reencuentro con mi primer amor.
Llevábamos sin vernos trece años, desde mis diecisiete, cuando tuve que marcharme de la ciudad por el trabajo de mi padre. Nos fuimos a un pueblo pequeño a la otra punta del país, y perdí todo contacto con ella.
A mis veintidós me casé con otra mujer. No es que la hubiera olvidado, es que entendí que la distancia y el tiempo nos habían separado lo suficiente como para tener la obligación moral de rehacer nuestras vidas por separado. Eso y que los amores de instituto no suelen llegar demasiado lejos en la mayoría de los casos.
Después vino el boom de las redes sociales. Mi mujer, mis hermanos y toda la gente de mi alrededor me insistían en que me hiciera un perfil en cada una de ellas, pero siempre me negué. Me daba miedo encontrarla y verla feliz con otro. Como si yo no fuera feliz con alguien que no era ella.
Ni siquiera sé si fui feliz con mi mujer, puesto que nos separamos a los cinco años de casados. Veintisiete recién cumplidos y ya con la etiqueta de divorciado.
Fue entonces cuando empecé a planificar mi viaje. Recorrí toda España, de punta a punta, para reencontrarme con mi primer amor el día de mi trigésimo cumpleaños.
Llegué a la ciudad. Todo había cambiado pero a la vez seguía igual. Reconocí al instante el rincón donde nos dimos nuestro primer beso, aunque lo que lo rodeaba era distinto, y el parque en el que solíamos hacer botellón con nuestros amigos, donde ahora lo harían otros chavales. Mirando desde fuera el instituto donde la conocí volví a sentir eso mismo: que todo era igual, y nada era igual al mismo tiempo. Las pistas habían mejorado, la fachada había sido pintada, la verja era de otro color y ahora había un cartel de “Educación bilingüe” en la puerta.
Paseando por la ciudad vi cómo, lo que hace trece años eran tiendas de ropa locales, hamburgueserías o bares ahora se habían convertido en ZARAs, locales de ramen y Starbucks. La vida había cambiado.
Me encaminé, casi sin querer, a la que había sido la casa de sus padres. Me pregunté si aún vivirían allí. Supuse que ella, en sus casi treinta, ya se habría emancipado. Llamé al timbre con miedo.
Quizá se había casado, o estaba en pareja. Quizá vivía fuera, en otra ciudad, en otro país. Quizá era madre soltera. Quizá pasaba de todo eso porque solo quería centrarse en su trabajo, ser maestra de primaria, lo que siempre fue su sueño. Quizá era influencer y yo, ajeno a las redes sociales, no lo sabía. Quizá se había ido a vivir a Madrid a pagar millonadas por un piso.
Los pensamientos se agolparon en mi cabeza en el medio minuto que su madre tardó en salir a abrir la puerta. No había cambiado en exceso, aún tenía la cara de buena persona de siempre, de madre de familia, envejecida casi quince años desde la última vez que la vi.
Creo que me reconoció al instante, pues su semblante cambió de una benévola sonrisa a un rictus serio, diría que incluso triste.
Pregunté por ella con los nervios a flor de piel y la sonrisa tímida que siempre me caracterizó.
El día que cumplí treinta años supe que mi primer amor había muerto.

MAGF
Grupo A


Éramos tan felices

Éramos tan felices
en el quinto sin ascensor,
en la cama de 1.05.

Éramos tan felices
esquivando los coches,
paseando a la luz de las farolas.

Éramos tan felices
los viernes por la tarde,
descubriendo barrios.

Éramos tan felices
viviendo entre los sonidos
de tantas personas diferentes.

Éramos tan felices...
y no lo sabíamos.

Ana
Grupo C


Éramos tan felices

Era el final de los setenta. Esos años en los que bebimos la vida a tragos largos, en los que el tiempo corría más deprisa que el reloj. La edad en la que no nos preguntamos por la felicidad.
La universidad y la protesta permanente, las huelgas, las ansias de libertad, los sueños para salir de la mazmorra. Llenábamos las calles, empujando cada día un poco más, frente a los grises, con la esperanza de abrir rendijas de libertad y de alegría. Compartimos en grupo la velocidad de las carreras, el terror a las detenciones y la adrenalina de la protesta. Nos habíamos propuesto romper la nube negra de miedo y resignación que todo lo envolvía: calles, tiendas, edificios, casas, cines, escaparates.
Tardes y noches de reuniones y de bares. Bares inundados de rock y de todas las músicas prohibidas. Rincones sembrados de abrazos y de besos. Librerías abiertas a los libros expulsados que esperaban habitar de nuevo entre nosotros. Éramos tan felices, convencidos de que el paraíso estaba cerca.
El dolor vino después: la desesperanza, la desilusión y la tristeza.

Gabriel Risco
Grupo C


Cuando éramos felices

Tuve que llamar a mi amiga y compañera de internado para que el plural del verbo ser, en pasado, fuera necesario. Pillé a Carmen cenando, se extrañó de la hora tardía de mi llamada. Ella hace toda una vida que no reside en la casa familiar de renta antigua del Barrio Gótico de Barcelona, muy muy cerca de la Plaza Sant Jaume. Allí sólo queda su madre que aunque un poco cegata y un poco torpe en el andar, resiste en su casa de siempre con la ayuda de sus hijas y de alguno de sus nietos que para cuidarla hacen turnos. También pagan a una vecina que la lleva a un centro de día del Ayuntamiento de Barcelona cercano.
Carmen vive en La Llagosta en el Vallés Oriental, en un pueblo y un paisaje machacados por la industrialización y el capitalismo más salvaje; y, el sábado, la toca ir a hacer de cuidadora, por eso, le pregunto por su madre y por ella misma. Está cansada, me dice, ha ido a la compra y ha pillado una oferta de leche de soja; ¡dieciocho litros!. Me ha estado contando las peripecias para llegarse hasta el portal con el coche y dejar la compra. ¡Menos mal que tenemos ascensor!. Exclama. Lo debieron poner poco antes de 2020, como en otros muchos edificios antiguos de Barcelona “capital”. Tengo que decir, que yo que he subido en él da un poco de yuyu.
Después le suelto la pregunta: ¿quién era la quinta en aquel viaje “a dedo” que hicimos desde Zaragoza?. Con eso basta. Aquel viaje fue épico. Todas fuimos a su casa dónde en ese momento vivían: sus padres, sus tres hermanas y su abuelo. No tenemos ni una foto de la proeza. No teníamos ni máquina ni dinero pero éramos grandes fabuladoras porque lograr el permiso paterno era difícil pero lograr el permiso de nuestra “tutora” debió requerir ciertas dosis novelescas. Ella también se la jugaba si nos pasaba algo, y, ¡éramos cinco!. Pero sí, a mí y ahora, todas aquellas escapadas a Barcelona, Lleida, Soria etc. me parecen tan irreales como increíbles, tanto como hablar ayer con mi amiga la de Shanghái y ¡verla!.
A nosotras nuestros padres ni nos veían, ni nos olían, ni nos llamaban, ni los llamábamos porque menudo tostón era esperar la cola.¡ Dos teléfonos para 800 chicas! Y no todas tenían teléfono en casa. Aquello era imposible. Sólo cuando salíamos a Zaragoza y pillábamos una cabina libre y teníamos dinero, llamábamos. Pero escribía, escribía unas cartas de tres o cuatro folios y personalizaba mis sobres (Esto ya no está permitido). Eso sí, disfrutábamos de una piscina cubierta, un polideportivo, una biblioteca formidable, un salón de actos inmenso unos talleres de idiomas y de técnicas gráficas que no tenían en ningún otro colegio público, ni privado, al alcance de nuestras familias.
Toda estas peroratas nos estábamos soltando mutuamente, y, yo, hasta llegué hablar de resort, medio en broma medio en serio. Sabido por mí es que, Carmen sufrió más que yo la lejanía familiar; pero yo pasé más hambre que ella. En fin, llegadas a este punto formulé la pregunta por la que había llamado: ¿Tú crees que éramos felices?.
-Éramos inconscientes -soltó.
-Mujer, aquí estamos. No nos pasó nada malo. La vuelta, que yo recuerde, la hicimos las cinco en el mismo coche. Unos chicos muy majos que estaban haciendo la mili y nos dejaron en la garita de entrada...
-No me acuerdo. Éramos unas inconscientes -repitió.
Así que desde ayer pienso, incluso creo, que para ser feliz hay que ser inconsciente.

Araceli Sebastián
Grupo C