Fiesta de los maniquíes

Esta semana el tema que centró nuestro interés en el taller fue el maniquí. No el del bazar de un gran modisto, famoso en París, como el maniquí parisién al que cantaba Sara Montiel sino los del fotógrafo Victorino García Calderón. Así que el taller se convirtió en una "Fiesta de los maniquíes" como la canción de Golpes Bajos.
Trescientos sesenta rostros de niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, seres andróginos, una extraña multitud que te mira, te escucha y te interpela cuando los visitas en la sala Tragaluz, en Santa Marta de Tormes, lugar en que está expuesto este espléndido trabajo del fotógrafo.
Inspirado en los escaparates de Eugène Atget, en el París de 1900, Victorino comienza a coleccionar imágenes de maniquís allá por donde le llevó el destino. Francia, Suiza, Turquía, Portugal y España son algunos de los países de procedencia de su catálogo de maniquís. Un trabajo de más de treinta año y un millar de fotografías recién salido del cajón para ocupar las paredes de una sala. Un proyecto y un sueño hechos realidad.
Este asunto del maniquí no viene de ahora, ni siquiera de ese París que refleja Atget. Ya en Egipto existía el maniquí, y no nos referimos a las momias que también tienen alma, o mejor aún, carcasa de maniquí, sino a los que servían para la confección y entallado de los vestidos y trajes de los faraones.
El maniquí es un trasunto de lo que somos, un alter ego, nuestra conciencia. El título de la exposición "Nos-otros" refleja muy bien en qué medida esos otros cuerpos inanimados forman parte de nuestra vida y nosotros de la de ellos. Un "otros" que se convierte en "nosotros". El maniquí es portador, en muchos casos, de la expresión de un deseo o un sueño: un traje de novia, un abrigo, un chaqué o un prenda deportiva o vaquera. Pero también el maniquí porta un cabello, postizo o natural; una joya o un menú en sus manos en la puerta de un restaurante.


El maniquí forma parte de las obsesiones de muchos artistas. Ramón Gómez de la Serna tenía en su torreón una muñeca de cera. Era su musa, su confidente, su amante, la que le inspiró su libro "Senos". Puedes conocer su historia en este artículo de Eva Díaz publicado en El Mundo. El artista salmantino Enrique Marty convive con "muñecos catódicos": niños y adultos inquietantes salidos de una pesadilla o fruto de una mutación. El pintor pintor Kokoschka mandó hacer un maniquí cera con el que paseaba por las calles de Dresde o iba al teatro.
Pero también son muchos los textos inspirados en maniquís, desde poemas y microrrelatos como los que leímos en la ficha del taller a cuentos como el de Vicente Blasco Ibáñez titulado "Maniquí".
El maniquí también aparece en una de las obras del teatro imposible de Federico García Lorca. En la obra Así que pasen cinco años hay un diálogo dramático y lírico entre un joven que no cumplió su deseo de ser esposo y padre y un maniquí que simboliza su conciencia. Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos señala que el maniquí es una imagen del alma en la mentalidad primitiva, como el espantapájaros o los muñecos. Si tienes interés en la obra de Lorca puedes descargártela en este enlace. Aquí transcribimos ese diálogo teatral:

(Entra en escena el Maniquí con vestido de novia. Este personaje tiene la cara gris y las cejas y los labios dorados como un maniquí de escaparate de lujo. Lleva peluca y guantes de oro. Trae puesto con cierto embarazo un espléndido traje de novia blanco, con larga cola y velo.)

MANIQUÍ. (Canta y llora.)

¿Quién usará la plata buena
de la novia chiquita y morena?
Mi cola se pierde por el mar
y la luna lleva puesta mi corona de azahar.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo,
se hundió por las arenas del espejo.
¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?
Se lo pondrá la ría grande para casarse con el mar.

JOVEN.

¿Qué cantas, dime?

MANIQUÍ.

Yo canto
muerte que no tuve nunca,
dolor de velo sin uso,
con llanto de seda y pluma.
Ropa interior que se queda
helada de nieve oscura,
sin que los encajes puedan
competir con las espumas.
Telas que cubren la carne
serán para el agua turbia.
Y en vez de rumor caliente,
quebrado torso de lluvia.
¿Quién usará la ropa buena
de la novia chiquita y morena?

JOVEN.

Se la pondrá el aire oscuro
jugando al alba en su gruta,
ligas de raso los juncos,
medias de seda la luna.
Dale el velo a las arañas
para que coman y cubran
las palomas, enredadas
en sus hilos de hermosura.
Nadie se pondrá tu traje,
forma blanca y luz confusa,
que seda y escarcha fueron
livianas arquitecturas.

MANIQUÍ.

Mi cola se pierde por el mar.

JOVEN.

Y la luna lleva en vilo tu corona de azahar.

MANIQUÍ. (Irritado.)

No quiero. Mis sedas tienen,
hilo a hilo y una a una,
ansia de calor de boda.
Y mi camisa pregunta
dónde están las manos tibias
que oprimen en la cintura.

JOVEN.

Yo también pregunto. ¡Calla!

MANIQUÍ.

Mientes. Tú tienes la culpa.
Pudiste ser para mí
potro de plomo y espuma,
el aire roto en el freno
y el mar atado en la grupa.
Pudiste ser un relincho
y eres dormida laguna,
con hojas secas y musgo
donde este traje se pudra.
Mi anillo, señor, mi anillo de oro viejo.

JOVEN.

¡Se hundió por las arenas del espejo!

MANIQUÍ.

¿Por qué no viniste antes?
Ella esperaba desnuda
como una sierpe de viento
desmayada por las puntas.

JOVEN. (Levantándose.)

Silencio. Déjame. ¡Vete!,
o te romperé con furia
las iniciales de nardo,
que la blanca seda oculta.
Vete a la calle a buscar
hombros de virgen nocturna
o guitarras que te lloren
seis largos gritos de música.
Nadie se pondrá tu traje.

MANIQUÍ.

Te seguiré siempre.

JOVEN.

¡Nunca!

MANIQUÍ.

¡Déjame hablarte!

JOVEN.

¡Es inútil!
¡No quiero saber!

MANIQUÍ.

Escucha.
Mira.

JOVEN.

¿Que?

MANIQUÍ.

Un trajecito
que robé de la costura.

(Enseña un traje rosa de niño.)

Dos fuentes de leche blanca
mojan mis sedas de angustia
y un dolor blanco de abejas
cubre de rayos mi nuca.
Mi hijo. ¡Quiero a mi hijo!
Por mi falda lo dibujan
estas cintas que me estallan
de alegría en la cintura.
¡Y es tu hijo!

JOVEN. (Coge el trajecito.)

Sí, mi hijo:
donde llegan y se juntan
pájaros de sueño loco
y jazmines de cordura.

(Angustiado.)

¿Y si mi niño no llega...?
Pájaro que el aire cruza
¿no puede cantar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

¿Y si mi niño no llega...?
Velero que el agua surca
¿no puede nadar?

MANIQUÍ.

No puede.

JOVEN.

Quieta el arpa de la lluvia,
un mar hecho piedra ríe
últimas olas oscuras.

MANIQUÍ.

¿Quién se pondrá mi traje? ¿Quién se lo pondrá?

JOVEN. (Entusiasmado y rotundo.)

Se lo pondrá mujer que espera por las orillas de la mar.

MANIQUÍ.

Te espera siempre, ¿recuerdas?
Estaba en tu casa oculta.
Ella te amaba y se fue.
Tu niño canta en su cuna
y como es niño de nieve
espera la sangre tuya.
Corre, a buscarla, ¡deprisa!,
y entrégamela desnuda
para que mis sedas puedan,
hilo a hilo y una a una,
abrir la rosa que cubre
su vientre de carne rubia.

JOVEN.

He de vivir.

MANIQUÍ.

¡Sin espera!

JOVEN.

Mi niño canta en su cuna,
y como es niño de nieve
aguarda calor y ayuda.

MANIQUÍ. (Por el traje del niño.)

¡Dame el traje!

JOVEN. (Dulce.)

No.

MANIQUÍ. (Arrebatándoselo.)

¡Lo quiero!
Mientras tú vences y buscas,
yo cantaré una canción
sobre sus tiernas arrugas. (Lo besa.)

JOVEN.

¡Pronto! ¿Dónde está?

MANIQUÍ.

En la calle.

JOVEN.

Antes que la roja luna
limpie con sangre de eclipse
la perfección de su curva,
traeré temblando de amor
mi propia mujer desnuda.

(La luz es de un azul intenso. Entra la Criada por la izquierda con un candelabro y la escena toma suavemente su luz normal, sin descuidar la luz azul de los balcones abiertos de par en par que hay en el fondo. En el momento que aparece la Criada, el Maniquí queda rígido con una postura de escaparate. La cabeza inclinada y las manos levantadas en actitud delicadísima. La Criada deja el candelabro sobre la mesa del tocador. Siempre en actitud compungida y mirando al joven. En este momento aparece el Viejo por una puerta de la derecha. La luz crece.)

***

En la sesión recomendamos el artículo "¿Tienen los maniquíes una vida secreta?" y leímos un texto de Millás inspirado en una fotografía que mostramos a continuación seguida de sus palabras.



Quizá no salga nunca

¿Qué le pasa al maniquí? ¿Se ha vuelto loco y está tirando la ropa del escaparate? En realidad son manifestantes saqueando una tienda en Barcelona durante la pasada huelga general.
Quizá el hábito no haga al monje, pero es evidente que el escaparate hace al maniquí. Un maniquí es lo que parece el chico que vemos al otro lado del cristal. Observen su postura, sus proporciones, su vestimenta… Sabemos que es un joven de carne y hueso por lo que decía el pie de foto y porque parece el responsable del vuelo de los pantalones vaqueros, también extrañamente detenidos en el aire. ¿No deberían haber salido movidos, desenfocados, borrosos?
Pues no, ya ven, se aprecian sus costuras, sus etiquetas, su color… El movimiento está representado por quienes esperan, alborozados, la caída de las prendas que se llevarán a casa sin pagar. Quizá, piensa uno, no caigan nunca, quizá el chaval no salga jamás del interior del escaparate.
El escaparate es, por definición, “el otro lado”. Si se pudieran calcular las horas que el que suscribe ha pasado con la cara pegada al cristal de un escaparate, el resultado nos asombraría. De haber empleado ese tiempo en estudiar, podría ser notario.
Los escaparates de las pastelerías, de las jugueterías, de las librerías… Los escaparates de las tiendas de confección, donde reinaban mujeres indiferentes, de mirada perdida. Los escaparates de las tiendas del sexo, de las ferreterías, de los ordenadores portátiles.
Los de los grandes almacenes, los de las tiendas de ultramarinos, los de las agencias de viajes. Los escaparates pertenecían a una dimensión paralela a la realidad. Jamás se nos ocurrió que se pudiera entrar en ellos sin devenir en un maniquí. Es lo que le ha ocurrido al chico de la foto.


Propuesta de escritura

1. Tarea durante el taller: Contesta a esta preguntas en un texto breve: ¿Qué hacen lo maniquíes cuando se apaga la luz del escaparate y se cierra la tienda? ¿Tienen una doble vida?

2. Tarea para casa: Elige uno de los 360 maniquíes de la exposición de Victorino García Calderón que te guste, que te interpele, que te asuste, que te enamore. ¿Qué piensa? ¿Qué dice su mirada? ¿Qué historia te dicta al oído? ¿Qué piensa de ti? ¿Cuál es su identidad su vida? 


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Copiloto

Solo necesitaba una sonrisa. Un leve movimiento de la comisura del labio; me daba igual la derecha que la izquierda. Un gesto insignificante, eso era todo lo que te pedía. Una sonrisa o un sonriso, no voy a entrar en eso. Pero tú… Tú, nada. Seguiste ahí, como un pasmarote, con la mirada gélida perdida en el horizonte y el rostro inexpresivo, como si no ocurriera nada. Y yo… Yo con el corazón desbocado, los nervios agarrotándome los músculos.
No sé si estaba realmente tan asustado o si, por un instante, intenté imitarte: permanecer inmóvil, sin mover un solo músculo, sin pestañear, sin respirar. Aunque tú qué vas a saber de músculos… Ahí seguías, a mi lado, en el asiento del copiloto, como si nada, sin inmutarte. No sé cuánto tardé en reaccionar. ¿Tres, cuatro segundos? A mí me parecieron una eternidad.
El agente golpeaba el cristal de la ventanilla con el anillo de casado y yo me estremecía con cada impacto. Cada vez lo hacía con más fuerza, pero yo no respondía. No podía. Mi cuerpo se negaba a obedecerme. Por un instante, solo por un instante, creo que llegué a comprender lo que debes sentir. Lo que tiene que ser vivir atrapado en un cuerpo que no responde a tu voluntad, a tus deseos… Aunque tú no tienes ni deseos ni voluntad. Tú solo eres un cuerpo.
Te pedí un gesto, una mueca, un guiño. Cualquier cosa. No fuiste capaz.
Nos conocemos desde hace… ¿Dos años? No, desde hace veintitrés meses recorremos este trayecto dos veces al día, de lunes a viernes. Nos hemos tragado atascos colosales, en Semana Santa, en Navidad. Hemos visto amanecer sobre las torres de Chamartín y cómo, al final de una dura jornada de trabajo, el sol se ocultaba tras la sierra de Madrid. Cada día, juntos, como dos buenos colegas. Escuchando las noticias, disfrutando de la misma música, tarareando las canciones… Bueno, tú no. Tú no cantas, no hablas, no dices nada. Ni siquiera eres capaz de llorar.
Y aquí estamos los dos, encerrados en esta celda mugrienta. Detenidos. Somos el hazmerreír de la comisaría. Creo que no queda un solo agente en tres kilómetros a la redonda que no haya pasado por aquí para contemplar el espectáculo: tú y yo, detenidos. Tú, impasible; yo, muerto de vergüenza. Y ellos… Ellos desternillándose de risa.
¿No tienes nada que decir? Claro, qué vas a decir…
Voy a serte sincero, aunque te duela. Dentro de un par de horas estaré fuera, con una buena multa —esa no me la quita nadie— y una vergüenza monumental. Seré carne de meme. Ya me imagino los titulares.
¿Pero y tú? Tú te quedarás aquí. Te meterán en una fría bolsa de plástico, te pegarán una etiqueta con un nombre y un número: Prueba 1. Después te bajarán al sótano, a un lugar oscuro y helado, y allí te quedarás. Se acabaron los viajes, las confidencias, las risas…
Solo te pedí una sonrisa.

El País: "Cazan" a un conductor en Madrid con un maniquí para usar el carril de alta ocupación de la A-6. Sorprendidos se quedaron los agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cuando interceptaron el pasado 2 de julio a las ocho de la mañana por el bus-VAO —sistema para poder circular por el carril para autobuses y vehículos de alta ocupación— de la autovía de A Coruña (A-6) a un conductor que llevaba en el asiento del copiloto un maniquí perfectamente caracterizado y vestido, como si se tratara de un pasajero.

Tomás García Merino
Grupo B

La mujer del escaparate

El efluvio familiar del taller, aquella cálida melancolía que olía a cera de abeja, a barniz añejo y al aroma penetrante del aguarrás, se filtraba por cada rendija, impregnaba los monos de trabajo y se aferraba a las fosas nasales de los obreros.
El maestro artesano observaba sus manos nudosas mientras empujaba la escofina y, a su espalda, escuchaba las bromas y las risas de los jóvenes aprendices. Contemplaba sus rostros imberbes, sus miradas todavía limpias, y se preguntaba cuánto había cambiado el mundo. ¿Dónde había quedado el respeto? ¿Adónde se habían llevado la obediencia? ¿En qué planeta remoto se había refugiado el sentido común?
Quizá el problema fuera él. Los años comenzaban a pesarle demasiado. Soñaba con dejarlo todo, jubilarse y descansar. Quería pasear sin rumbo, contemplar cómo otros madrugaban y se dejaban la piel para sacar adelante a sus familias, mientras él encendía un pitillo y disfrutaba de las mañanas sin prisas ni sobresaltos.
Pero no encontraba a nadie dispuesto a hacerse cargo del taller. Ya nadie quería trabajar con las manos, y los jóvenes, menos que nadie. Y, sin embargo, cada día llegaban más encargos a aquel viejo establecimiento. «Eres un santo», le decía su mujer. Y no le faltaba razón: era incapaz de negarse a nada.
—¡Vamos, al tajo! ¡Los chismes, para la hora del descanso! Hoy tenemos que entregar los dos encargos; de lo contrario, nos sacarán a nosotros en procesión. ¡A trabajar!
Sus voces retumbaron entre las vigas carcomidas. Los jóvenes interrumpieron las chanzas y volvieron a sus puestos.
—¡Y tratadlas con mucho cariño! ¡Tienen que quedar como nuevas! —advirtió, alzando de nuevo la voz.
Cuando el párroco le había encomendado la restauración de la Virgen, no había sabido cómo excusarse. No era el momento más oportuno para acometer semejante trabajo y, con la festividad de la patrona tan próxima, sabía que tendrían que emplearse a fondo.
La talla descansaba en un rincón del taller, rodeada de maniquíes. Los Grandes Almacenes preparaban la campaña de verano y, cómo no, también ellos querían su encargo para anteayer. Las prisas ajenas siempre acababan convirtiéndose en urgencias propias.
El maestro se acercó a los aprendices y examinó el resultado. Sus ojos recorrieron la superficie restaurada, las líneas recuperadas, los detalles minuciosamente resueltos. Era un trabajo pulcro, casi profesional. Tal vez la juventud no estuviera tan perdida como él había llegado a creer.
—¡Enhorabuena, muchachos! ¡Lo hemos conseguido! Raúl, encárgate de entregar los trabajos. Te dejo al mando.
Se enfundó la chaqueta, introduciendo con esfuerzo sus manos encallecidas por las mangas, y torció el gesto al comprobar que el traje, el único que poseía, le quedaba cada año más holgado. Los años no pasaban en balde, se dijo.
—¡Qué elegante estás! —lo halagó su mujer.
Salieron a pasear por el pueblo. Las calles bullían de animación ante la inminencia de las fiestas patronales. Frente al escaparate de los Grandes Almacenes se arremolinaban las mujeres, y el incesante trasiego de clientes que entraban y salían no pasaba inadvertido.
—Habrá rebajas. Mira cuánta gente. Vamos a echar un vistazo —propuso su esposa.
El escaparate resplandecía con una luz casi irreal. Los transeúntes se detenían junto al cristal, fascinados por el vestido de alta costura que lucía uno de los maniquíes. Contemplaban, como hechizados, la belleza de aquel rostro y, después de unos instantes de silenciosa admiración, entraban en la tienda dispuestos a comprar aquellas prendas. Todos querían parecerse a ella, a aquella figura femenina, a aquella presencia casi divina que les sonreía desde el otro lado del cristal.
El maestro artesano se aproximó distraídamente al escaparate, pero, de pronto, sus ojos quedaron prendidos del rostro del maniquí.
Se quedó petrificado. Abrió los ojos desmesuradamente y sintió que la mandíbula le temblaba. Intentó hablar, pero de su garganta no brotó palabra alguna. Aferró la mano de su esposa y se apartó de la multitud con una urgencia que ella no alcanzaba a comprender.
—¿Adónde me llevas? —protestó la mujer, obligada a seguir sus pasos.
—A la iglesia. Tengo que confesarme. Vamos.
Atravesó la penumbra del templo y avanzó hacia el altar sin detenerse siquiera a persignarse. Su esposa, desconcertada, se santiguó y murmuró una oración antes de seguirlo.
Cuando llegó al ábside, lo encontró de pie junto a la Virgen, con el rostro alzado y la mirada fija en la imagen, como si hubiera quedado hechizado. Ella no entendía nada. Él tampoco. Al contemplar el rostro que asomaba bajo el manto de la Virgen, comprendió que había sucedido algo que jamás tendría que haber ocurrido.
A su espalda, un grupo de beatas rezaba en voz baja mientras desgranaba las cuentas desgastadas de sus rosarios. El artesano temblaba. No conseguía explicarse cómo había podido ocurrir aquello.
—La Virgen está más guapa que nunca —comentó una voz a sus espaldas.
Se volvió. Bajo el pañuelo negro de una anciana descubrió una sonrisa serena y un brillo cómplice en los ojos.
—Más guapa que nunca —repitió ella, antes de dedicarle un discreto gesto de gratitud.
El artesano abandonó la iglesia del brazo de su esposa. Todavía turbado, se detuvo bajo el pórtico y volvió la cabeza para contemplar una última vez la imagen de la Virgen.
—Tienes que estar muy orgulloso. Has hecho un trabajo precioso —le susurró su mujer.
Él sonrió, pero no respondió.
Hay cosas que es mejor no contar.

Tomás García Merino
Grupo B


De ocho a seis

A las ocho en punto se apagan las luces. Miriam y Antonia se desperezan. Empieza su día.
Lo primero, desembarazarse de las pelucas y de esos disfraces absurdos con que las visten. Mantienen el maquillaje para no perder más tiempo y se dirigen a la sección infantil a recoger a sus hijos. Luego van a la planta de caballeros donde se encuentran con sus maridos. Las dos familias suben a la azotea para contemplar la luna de primavera y hablar de sus cosas. Es el momento de las confidencias, de los cotilleos del día y del calor hogareño.
Llevan el sushi de la tienda gourmet y los refrescos de la cafetería. Los niños se demoran en la juguetería escogiendo el cachivache más atractivo para su corta edad.
Tienen tiempo hasta las seis de la mañana, que es cuando llega el personal de mantenimiento y limpieza. A esa hora han regresado todos a su sitio, vestidos y adoptando la pose adjudicada por la dependienta de turno.
No se quejan. Pueden conciliar el mundo laboral y el familiar. El trabajo es monótono, pero no pesado. De ocho a seis son felices. Hay muchos que no pueden decir lo mismo.

M. Maximina Moreno
Grupo B



¡No me mires así!

Celestino miraba con nostalgia las paredes de su sastrería. Deslizó la palma de la mano por una de ellas, como si quisiera acariciarla.
Se detuvo frente a su viejo maniquí: Marilyn. Se quedó mirándolo con ternura.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo.
—
—No podía hacer otra cosa. Sabes que ya no hay clientas como antes. Ahora todas compran en Zara o en H&M. Es imposible sobrevivir.
—
—Sí, claro. ¿Y cómo pago la luz, el agua y los demás gastos?
—
—Pues… quiero vender el local… y quien lo compre se quedará contigo.
—
—¿Cómo? ¿A casa? Sabes que a Manuela nunca le has gustado. Ella piensa que tengo una aventura contigo. ¡Qué estupidez!
—
—No, sabes que no he querido decir eso. Tú no eres estúpida. Sabes perfectamente lo que siento por ti.
—
—No empieces, cariño. ¿Qué quieres que te diga? No puedo hacer otra cosa.
—
—Sí, te quiero. Te lo he dicho muchas veces, pero… ahora estoy…. soy mayor ya… quiero jubilarme y descansar.
—
—¿En B? ¿Desde casa? Pues… no es mala idea.
—
—Sí, claro. La señora Asunción… Carmen, la hermana de la Puri… Rosa, la viuda de Moreta, el panadero. Podría seguir haciendo cuatro cosillas y te podrías venir conmigo.
—
—Yo también, cariño. Tú sí que eres increíble.
Celestino terminó de recoger y envolvió a Marilyn en una sábana, con delicadeza. Vivía a doscientos metros de la sastrería, en la sexta planta de un gran edificio.
Abrió la puerta de su piso y entró con sumo cuidado para que el maniquí no recibiera ningún golpe.
—¿Qué hace eso aquí? —inquirió Manuela nada más verlo.
—Sí… eh... bueno… he pensado que podría seguir realizando trabajillos a las clientas que aún me quedan, desde casa, en B, para sacar un dinerillo extra —respondió a su mujer con una amplia sonrisa buscando su aprobación.
—Llévatela de aquí. Sabes que me da mal fario. No te hace falta la muñeca. Me utilizas a mí para probar los vestidos —dijo Manuela visiblemente enfadada.
—Bueno… ya estamos… mira, voy a buscar lo que queda y luego lo hablamos tranquilamente. —Celestino sonrió y se acercó a darle un beso.
Manuela lo apartó.
—No quiero eso aquí —respondió girándose y dirigiéndose a la cocina.
Celestino colocó a Marilyn al lado de la ventana con vistas al balcón porque desde allí se veía la sastrería.
—¡Ahora vengo! —chilló mientras cerraba la puerta.
Media hora más tarde subía cargado con varias bolsas en cada mano. Llevaba todas sus herramientas de trabajo: patrones, tijeras, reglas, etc. Subía la cuesta hacia su domicilio, apenado. Tantos años de trabajo y acababa de cerrar la sastrería para siempre.
—Comienza otra etapa —dijo intentando animarse.
En la distancia observó un tumulto. Un corro de personas a la altura del portal de su casa. Una ambulancia llegaba con las luces de emergencia y la sirena encendidas que se apagaron al estacionar en el lugar. En el edificio los vecinos tenían edad avanzada y era habitual que las ambulancias acudieran al lugar. Sin embargo, sí que se sorprendió al ver dos vehículos policiales.
Cuando estaba lo suficientemente cerca, distinguió un cuerpo que yacía en la calzada, pegado a la acera. Parecía el de una mujer. Estaba tapado con una manta plateada.
—¡Se ha tirado! —cuchicheaban los presentes.
Todas las miradas se centraron en Celestino. Miró hacia arriba. En los balcones permanecían asomados los vecinos mientras observaban la escena. En su balcón no había nadie, pero intuyó el perfil de Marilyn, como si estuviera escondida entre las cortinas.
—Es Manuela —le confesó Dolores, la vecina del primero, mientras le agarraba del brazo en señal de dolor.
Celestino dejó caer las bolsas y se acercó. Un policía lo detuvo y lo alejó del cadáver.
—¿Es mi mujer? ¡Manuela! —exclamó fuera de sí.
El policía lo acompañó hasta el portal. Le pidió que abriera la puerta de su casa para comprobar qué había pasado. Celestino estaba conmocionado. Intentaba razonar, pero no podía.
Al llegar a su planta, una pareja de policías llamaba al timbre, mientras hablaba con su vecina María. Lo miraron analizando sus reacciones y le dejaron paso para que abriera la puerta.
Los policías revisaron el lugar. Celestino se acercó al salón, donde la puerta del balcón permanecía abierta. Se quedó mirando al maniquí, absorto, con la mirada perdida. Marilyn le devolvía la mirada, en silencio.
—¡No me mires así! Era cuestión de tiempo —dijo Marilyn.
El policía que examinaba el balcón se volvió:
—¿Ha dicho usted algo?

Max Ferlam
Grupo B




Maniquí

Por vencer el miedo de besarla a usted (bolero)

Buena la hiciste, tendero.
Por miedo de sonrojarte
no quisiste declararle
tu amor, que era verdadero.

Por no decirle: te quiero,
te necesito a mi lado,
te mantuviste callado,
lo convertiste en bolero.

Ella se fue, y te entregaste
a soportar el desgaste,
y, colmo del desatino,
aunque vicario placer,
asumiste el menester
de esculpirla en yeso fino

Y ahora en el escaparate
fondo blanco, cristal mate,
aunque de todos, es tuya.
Siempre la puedes mirar
y abandonarte a dejar
que el dolor fluya y refluya.

Carlos Coca
Grupo C

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