Las patas muy cortas

Ayer no hubo taller de escritura creativa porque nadie se acercó a la Sala de Fondo Local. La tarde vestía un ropaje extraño. Tampoco había Sala de Fondo Local, ni siquiera Biblioteca. El día era plomizo y gris vanguardia y las mentiras caían del cielo como lluvia mansa ¿Es la escritura un engaño? ¿El escritor miente? ¿Nos engaña la memoria? ¿Qué matices -si los hay- diferencian a la mentira del engaño? ¿Por qué no hay que asociar la ficción y la mentira en el mismo campo semántico? Todo eso nos preguntamos en una sesión que sí exitió como también existió todo lo demás. Trataba de engañaros.



Ilustración: Ángel Boligán Corbo.

Así es. La sesión de esta semana estuvo dedicada al engaño y la mentira en la Literatura, como tema y como trasunto. Dijo Antonio Machado; "Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa". Y de eso hablamos de mentiras y de fantasías. Salieron a relucir el pastor mentiroso, de Pinocho, las liebres que corren por el mar y las sardinas que lo hacen por el monte, el ratoncito Pèrez, los Reyes Magos, el día de los Inocentes. De las mentiras que trataban de salvaguardar la fantasía y la ilusión de los niños o que nos interpelaban para señalar esas "mentirijillas" con las que convivíamos a diario. De las mentiras para aparentar. De las mentiras para gastar una broma. Las otras grandes mentiras las fuimos descubriendo después como muestra Lupe Estéves en su espectáculo "Donde siempre, siempre". Dos artículos intereseantes sobre el binomio "mentira y cuento" son  el escrito por Ricardo Gómez y titulado "Literatura, mentira y ficción" y otro firmado por Estrella Ortiz titulado "Cuentos: la verdad de las mentiras". Andrés Neuman no estaría muy de acuerdo con la afirmación de Gómez: "En cualquier caso, partiendo de algo real o imaginario, construimos una especie de andamiaje que es mentira en el sentido de que nunca las cosas ocurren tal y como las cuenta una única persona, porque los hechos siempre tienen distintas caras. A esta mentira blanca es a lo que damos en llamar ficción." Estrella Ortgiz, por su parte nos señalará las trampas de la memoria que barniza con su pincel mentiroso la realidad: "las dificultades que tiene la memoria para continuar fiel a un hecho del pasado, y cómo el recuerdo se va llenando de polvo y olvidos involuntarios: “si la memoria no me engaña…” Y sí, la memoria engaña irremediablemente. En castellano la palabra mentira proviene de la raíz latina mens, mente. La mentira, pues, se identifica como un producto de la mente, o lo que es lo mismo, de la imaginación." Clara Obligado afirma a este respecto: Nada de lo que recordamos es verdad. Nada de lo que imaginamos es mentira

Hablamos del arte del engaño, de la mentira literaria y de escritores o artistas que pasaron a la historia con una identidad, y una obra incluso, inventadas. ¿Existió Isidoro Capdepón? ¿Has leído la poesía de Emiliano Sandoval y Lindoré? ¿Existieron Marcelo Chiriboga y Jusep Torres Campalans? ¿Existe Violeta C. Rangel? Quizá en los archivos del padrón no, pero sí en la literatura y el arte.

Luis Mateo Díez en un artículo titulado "La condena del mentiroso" publicado en los años ochenta: "Siempre fui, y de ello me vanagloriaba, un embustero pertinaz, con el inocuo agravante de intentar llegar a convertirme en un embustero divertido. Nada en la vida me satisfacía más que aquella fabuladora reconversión de medias verdades sospechosas, de esquinadas certezas inciertas, de bondadosas memorias malévolamente simuladas. Y puedo jurar que tengo conciencia de no haber perjudicado a nadie, de ser un mentiroso apacible y hasta querido como tal, aunque, eso sí, cada vez más disparatado y menos discreto. Un embustero de tomo y lomo predispuesto -como el pastorcillo de "que viene el lobo"- a caer en mi propia e ingenua trampa."

Dedicamos una atención especial a Joan Fontcuberta, un prestigioso fotógrafo que reflexiona en sus obras sobre los peligros de la credulidad. Yo tuve lo suerte de conocer, de primera mano, su exposición "La sirena del Tormes". Otro de su proyecto titulado "Sputnik" causó un gran revuelo en los años 90.  

Recomendamos en la sesión libros como "La verdad de las mentiras" de Mario Vargas Llosa, "La literatura como mentira" de Giorgo Manganelli o "El arte del engaño" de Daniel Tubau y el artículo "La pasarela de los escritores falsos" de Xavi Alén (Jot Down) en el que descubriremos al escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga, al pintor Jusep Torres Campalans, inventor del cubismo, y a Jeremiah Terminator Leroy, apóstol del nihilismo grunge.

Cerramos esta entrada con dos poemas, el primero de Ida Vitale y el segundo de Mario Benedetti. ¿Será que en Uruguay reflexionan más sobre la mentira?

La mentira

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.

¿Quién no tiene un cachorro de mentira?
¿Quién no le da su fiesta acostumbrada,
lo impone en campo imaginario?
¿Quién no draga o airea
su mínima mentira, sea gris o grandiosa,
y la lleva
donde los pájaros, las mariposas vuelan,
verdaderos, cada uno a lo suyo?

Y cuántos
celan la mentira del otro
mientras sin malicia los mira
la honestísima muerte.


Últimas palabras

Hay mentiras que vuelan como albatros
y otras que vibran como colibríes
embustes enormes como aconcaguas
y otros pequeñísimos como tréboles

suele mentirse como se respira
como se pestañea o se estornuda
mentir en el amor es más difícil
porque en el beso suenan las alarmas

la verdad es tan pulcra tan extraña
como el atajo que atraviesa un bosque
no obstante lo peor lo imperdonable
es mentir en momentos decisivos
por ejemplo en las últimas palabras


Propuesta de escritura:

Hoy vamos a contar mentiras, tralará. Escribe un texto en el que la mentira tenga una consecuencia o una repercusión. Falsea una historia real y trata de convencernos de que todo fue cierto. Inventa a un escritor falso y escribe uno de los textos de un libro que nunca publicó porque no existió. Haz una loa o un elogio a la mentira. 


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Dinero fácil

“Mentía únicamente a la hora de la verdad”.
Isidoro Capdepón Fernández.


“Miento, luego existo”.
Ramón Gómez de la Serna.


Ayer por la tarde iba yo paseando con mi galguita Nare por la calle Los novios -así se llamaba antes, ahora no lo sé, tendría que mirarlo-, cuando se me acercó una señora -no diría elegante, pero muy estilosa sí- y me preguntó si no me importaba hablar un momento con ella. Bueno, la verdad es que sí me importaba, dado mi carácter solitario, misántropo y algo esquizoide -si digo yo esto, ¿qué dirán mis amigos? -, pero le contesté que no, que no me importaba, ese es otro problema que tengo, los reflejos condicionados de la (vieja) buena educación.
Me paré, aunque mi mecanismo de defensa automático activó enseguida la mirada, en busca de una línea de fuga.
La mujer, guapa, mediana edad, vestida de una manera informal, en contraste con su perfume que me pareció un tanto agresivo, me miró, hizo un ademán de saludar a mi perrita -que tiró para atrás, es más miedosa que yo-, y habló.
-Disculpe por interrumpirle, no le voy a entretener mucho tiempo. Depende de si le interesa a usted, o no, lo que le voy a proponer (¿proposiciones?, pensé yo, uy, uy). Mire, estamos buscando modelos de la tercera edad, somos una agencia publicitaria, la mejor, a riesgo de parecer presuntuosa. Trabajamos para las grandes marcas, todo tipo de anuncios en los medios más potentes. Mi propuesta es que trabaje con nosotros como modelo, tiene usted algo especial, le pagaremos bien, simplemente tendrá que viajar de vez en cuando y posar para nuestros fotógrafos. Son los mejores, y saben tratar a la gente, estoy segura de que la experiencia le resultará muy agradable. ¿Qué me dice?
Lo primero que me vino a la mente -ahora lo estoy reelaborando, con tiempo para pensar, pero en ese momento fue un flash- fue “Night on Earth”, aquella maravillosa película de Jim Jarmusch -me he acordado del nombre a la primera- que contiene varias historias, una de las cuales protagoniza una muy joven y hermosa -qué ojazos- Wynona Ryder, que maneja un taxi nocturno en una gran ciudad americana, no recuerdo cuál. Bueno, se sube al taxi Gena Rowlands -me ha costado recordar el nombre, igual que el de su marido, John Cassavetes, pero lo he conseguido sin tirar de Google- que por alguna razón se fija en la chica que lleva el taxi, y tiene el impulso de preguntarle si le gustaría actuar en alguna película. Gena, bueno su personaje, es productora, o tiene relaciones con grandes compañías cinematográficas, y ha visto en Wynona -su belleza, su desparpajo, la fotogenia de sus ojos en el espejo retrovisor, lo que sea- grandes posibilidades. Y eso, le propone, como a mí esta mujer que me ha asaltado -quizá no sea esa la palabra- en medio de la calle, que pruebe en el mundo de la interpretación, cine, Hollywood y todo eso.
Wynona se queda un poco sorprendida o perpleja -igual que yo- y al principio no sabe qué contestar. Gena Rowlands -qué pedazo de actriz- insiste, sin presionarla demasiado, pero insiste, hablando de las posibilidades que se le abren en la vida, una oportunidad que seguramente no se le va a volver a presentar. Bueno, los que hemos visto la película ya sabemos lo que pasó, Wynona le dice que le gusta su trabajo, y que prefiere seguir llevando su taxi (por las noches, en una macro urbe norteamericana cualquiera).
Yo le dije a la señora más o menos lo mismo.
El dinero siempre es importante, sobre todo cuando no lo tienes. Mi pensión me da para llegar a fin de mes, sin demasiadas alegrías, pero, bueno, me da (y cuando no, trapicheo con algunos recuerdos de familia, por su valor sentimetal). Aparte, lo que ya he dicho, soy una persona solitaria, un misántropo, quizá cosas peores, quién sabe. Los cambios me asustan, en fin, aunque creo que lo que me decidió desde el primer momento fue mi perrita. No tengo con quién dejarla, es muy nerviosa y asustadiza, incluso cuando salgo de casa a dar una vuelta y no la llevo conmigo la oigo lloriquear tras la puerta.
Le dije a la señora que no. Ella se despidió dándome las gracias por haberla escuchado, se ve que también es una persona educada. Lo que me decepcionó un poco es que insistió menos que Gena Rowlands, no sé cómo decirlo, me sentí rechazado, otra de mis neurosis, no me falta de nada. Y cuando seguí mi camino con Nare pensé durante unos momentos que me había equivocado, podía volver atrás, llamar a la mujer antes de que desapareciera, decirle que, bueno, podíamos probar. Pero en seguida volví a mi ser. Pensé: yo no soy Wynona Ryder. La inseguridad, la poca autoestima, en fin, otra ocasión frustrada de demostrarle al mundo lo que valgo. La historia de mi vida.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Juan y José

Juan conoció a Soraya en las circunstancias más normales. Recién llegado a la ciudad por motivos de trabajo, se acercó a la biblioteca para recoger algún libro que leer. Allí coincidió con ella en el mostrador. También quiso el destino que volvieran a coincidir en el autobús, donde empezaron hablando de los libros que habían recogido. Se cayeron bien y un par de encuentros después, azares del destino, intercambiaron los teléfonos. Juan no sabía nada de Soraya y Soraya no sabía nada de Juan, solo que tenían gustos parecidos, lo pasaban bien juntos y estaban en disposición de iniciar una relación, que prometía ser larga y gratificante. Poco a poco se fueron conociendo mejor: de donde era él, de donde era ella, por qué razones había acabado cada uno en aquella ciudad, en qué trabajaban, qué amigos iban haciendo, qué familia tenían, etc…
Pasados los días y los meses, Juan y Soraya eran una pareja estable y sin sobresaltos. En una ocasión, Juan se puso algo más trascendente, buscó un momento apropiado y le dijo a Soraya que tenía que revelarle un secreto. Ella tuvo un instante de inquietud, que se transformó en sorpresa cuando, creyendo conocer todo la referente a Juan, este le confesó que tenía un hermano gemelo llamado José, con el que había perdido la relación por una cuestión de herencia y un lío de faldas. Pasada la perplejidad de conocer un secreto que había tardado meses en desvelarle, ella consideró que era algo ajeno a su relación en la que Juan siempre era sincero y franco.
Dos semanas después de esta revelación, estando sentada en una terraza, Soraya vio pasar a Juan, aunque apreciaba algo diferente en el peinado, la ropa y la actitud general. Le llamó, pero él no contestó y se diluyó entre la gente de la calle. La situación se repitió unos días después, en el mismo lugar en el que ella solía tomar su café de media mañana, pero esta vez Soraya abordó al que parecía Juan y le preguntó directamente por su extraña actitud. A pesar de que algo sospechaba, no dejó de sorprenderle la respuesta —Me llamo José, debe haberse confundido con mi hermano gemelo.
Este primer encuentro no tuvo ninguna trascendencia, pero en la siguiente ocasión, fue José quien abordó a Soraya e inició una conversación que se alargó más de lo esperado. Soraya quedó impactada por la situación, estaba con un doble exacto de Juan, pero más extrovertido, simpático, aunque algo menos culto y menos leído, pero con mejor paladar para la música y la bebida, por lo que no dejaba de ser una auténtica tentación. Afortunadamente, la relación con Juan, tratándose de dos profesionales liberales, con horarios amplios, le daba libertad para hacer su vida independiente durante muchas horas al día. En esas circunstancias sucedió lo que parecía inevitable, Soraya inició una relación con José, no muy exigente pero muy satisfactoria. José resultó ser un buen amante, con juegos y entretenimientos diferentes y hasta cierto punto, más divertidos y atrevidos que los de Juan. Así pasaron bastantes semanas, en las que Soraya disfrutaba algún rato a lo largo del día, fundamentalmente dedicado al sexo con el hermano divertido y algo calavera, y el resto del día a partir de media tarde con el hermano más formal y sensato. Por fortuna, Juan no sospechaba nada, ya que, aparte de notar más contenta a Soraya, no se había producido ningún cambio en su relación con ella. Todo lo achacaba a que el trabajo iba bien y no tenían preocupaciones especiales. Ella era feliz y nunca se había sentido tan viva y animada. Le hubiera gustado mantener indefinidamente aquella mentira, que no perjudicaba a nadie y tan positivamente influía en su vida.
Algunas veces, Soraya tenía momentos de zozobra, temiendo que todo se descubriera y su relación con Juan naufragara. No quería eso, Juan no dejaba de crecer como persona y a pesar de su punto serio, era un compañero casi perfecto. No quería perder a Juan, pero se resistía a renunciar a los momentos en compañía de José. Todo iba perfectamente y la mentira se sostenía bastante bien. Pero la vida está llena de sorpresas y lo inesperado puede brotar en cualquier sitio y en cualquier momento. Un día, al regresar a casa, el armario de Juan no tenía la puerta completamente cerrada y Soraya decidió hacerlo, aunque observó que uno de los pantalones de Juan no estaba bien colgado. Al colocarlo, notó que había algo en uno de los bolsillos y, para su sorpresa ya que Juan no fumaba, comprobó que se trataba de un mechero. ¡El mechero de José, con el que encendía un cigarrillo después de hacer el amor!
Soraya esperó sentada en el sofá, bebiendo un vermut, a que llegara Juan. Le enseñó el mechero y le interrogó con la mirada. Antes de escuchar la respuesta ya sabía cual iba a ser, no en vano había convivido bastante tiempo con Juan y con José.
—En realidad no tengo ningún hermano gemelo.

Manuel Medarde
Grupo A


Ángela

Querido Mario:

Ante todo, espero que, al recibo de la presente, te encuentres bien.
No te lo vas a creer, pero otra vez la bendita Cristina ha tenido a bien privarnos del fin de semana, a cuenta, dice, de terminar la presentación que necesitan los jefazos para convencer a los clientes esos de la bebida carbónica de que abran con nosotros una cuenta de publicidad.
O sea, que el fin de semana que tanto habíamos esperado se ha venido abajo y no podremos pasarlo juntos.
Te juro que últimamente pienso muchas veces en dejar este trabajo en el que no puedo ni siquiera planear unos días con la persona que más me apetece estar.
Pero también pienso que en nuestros proyectos de futuro entran dos empleos y una situación económica suficiente para educar a nuestros hijos con lo mejor que podamos conseguir para ellos.
Dale recuerdos a tu madre de mi parte y dile que echo mucho de menos verla y disfrutar de su paella de marisco, ahí en Denia.
Y dile que no me critique mucho. Que tenga un poco de compasión de esa novia que tienes desde hace tanto, pero que siempre está tan ocupada que no tiene tiempo ni de fijar definitivamente una fecha para la boda.
Te quiere.

Angela


¿Cómo va todo, Antoñito guapo?
Todavía estoy flipando en colores con el recuerdo de lo bien que nos enrollamos el puente de Los Santos. Vaya fiestuqui guay.
Antes de que Gonzalo nos presentara no me imaginaba que todavía pudiera quedarme enganchada tanto de un tío.
Y te aseguro que no fueron ni la priva ni la farlopa (bien guapa, por cierto), las que me hicieron fijarme en ti. Mas bien es ese estilo que te gastas entre desinteresado e interesante lo que me atrajo. Esa manera que tienes de pasar de los malos rollos y de los compromisos que a tanta gente le encarcelan la vida.
Y, ahora que ya te he piropeado, te cuento lo jodido: no vamos a poder escaparnos a Ibiza el finde como habíamos quedado.
Una movida chunga en el curro, que ya te contaré, no me va dejar moverme de aquí.
O sea, que por esta vez no vamos a poder lanzarnos a quemar la noche mediterránea.
Pero todo se andará porque me tienes loquita y no pienso dejarte escapar.
Un montón de besazos.
Te llamo.

Angela


Hola, Luis cielo.
Menos mal que al final a la jefa no se le ha ocurrido hacernos trabajar este fin de semana, como me temí que pasara, y que además he podido anular la cita que tenía con Mamen para ir a Denia. ¿Te acuerdas que te hablé de Mamen?
Y menos mal que después de tanta incertidumbre al final hayas podido venir a Madrid.
Si estás aquí el viernes a última hora, te espero despierta porque no pienso privarme ni un solo rato del placer de estar contigo, de charlar contigo, de compartirlo todo contigo.
Nada hay que me guste más que curiosear juntos las librerías de viejo de la Cuesta de Moyano la mañana del domingo.
Me encantan el Prado y sus maravillas cuando las puedo contemplar a tu lado escuchando tus comentarios sobre la pintura de los clásicos.
Y adoro elegir una obra de teatro o una sesión de jazz en el Café Central para disfrutarlos al alimón.
No creo que haya nada mejor que todo eso, si exceptúo el terminar esas deliciosas jornadas haciendo el amor plácidamente, solitos tú y yo.
Con muchísima impaciencia.

AngelaCarlos Coca Senande
Grupo A


ALTER

Como todos sabemos hay una réplica de nosotros mismos a la que podemos recurrir ocasionalmente incluso para que nos suplante si viene al caso.
Sin embargo hoy no sé qué pasa, que llamo a gritos a Alter y no responde. Es extraño porque siempre acude a mi llamada al instante, a veces se retrasa diez minutos en lo que la sustancia que dice que es se apodera de mi cuerpo y hace lo que le pido, es decir, cosas que no me apetece hacer a mí. Pero llevo un rato llamándole incluso con nombre y apellido: Alteeer!!! Egoooo!!!!
¿ Qué le habrá pasado? Quizás se haya confundido y se haya metido en otro cuerpo….¡ la que habrá liado! Pero…. ¿ y si se ha muerto?
Me tiene desesperada, ya no tengo ninguna confianza en él y cuando venga le voy a poner muchas restricciones. Como me canse le voy a someter a un proceso de hipnosis y me hago yo el Alter Ego suyo, a ver qué pasa.
No puede ser, acabo de ver una nota que me ha dejado escrita, dice que me ha suplantado del todo y que se va donde siempre quise ir yo, que se atreve, y que me deja solo, qué miedo….

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


La mentira

La vi en tus ojos,
no era necesario
que me hablaras.
Hay verdades que duelen
y mentiras que se dicen
para no hacer daño.
¡Tú callaste tu verdad!
¡Yo jugué con el engaño!
Pasaron los años,
y con ellos
nuestro amor de mentira.

P.G.
Grupo C


Rumore, rumore, rumore...

He escuchado a una vecina
que decía, que contaba
que la del cuarto pensaba
que la Mari no cocina;
Que si espera en una esquina
a que llegue algún cliente
para que le clave el diente
al cuello y a la cartera
y no es que yo esto lo viera
son rumores de la gente.

¿Sabías que la Carmina
ha cambiado de marido?
Es que el anterior se ha ido
con una chavala china.
Me lo ha dicho una sobrina
que se lo dijo su novio,
no lo sé seguro, es obvio,
pero te apuesto que es cierto
y si no, pues me divierto
así salgo de este agobio.

Son rumores solamente
pero vamos, me los creo,
ni siquiera me planteo
que son cuentos de la gente.
No creo que nadie invente
cosas así, al buen tun tun,
y cuando suena el runrún
seguro que son verdades
pero espera, ¡No te enfades!
Que tengo chismes aún.

Mira, juro que no miento,
solo digo lo que escucho
y aunque lo exagero mucho
es verdad lo que te cuento.
Espera y mientras me ducho
te digo lo de la Elvira
¿Tú sabías que suspira
por el hijo de la Inés?
a su lado un niño, ¿Ves?
Si es que parece mentira.

¡No soy una mentirosa!
¡Vamos, vaya atrevimiento!
Solo digo lo que siento
¡Vete un poco al cuerno, hermosa!
¡Ah! Y te digo otra cosa:
¡Cuídate de los rumores!
porque tu amiga Dolores
no veas como te pone
te quiere, sí, se supone.
No quiero yo esos amores.

Me voy a hacer la comida
que ya me has entretenido
después llega mi marido
y cree que he estado dormida.
Es que no me da la vida,
eso que estoy aquí sola
te invito a una merendola
y nos ponemos al día.
¡Adiós, adiós, Alegría,
me ha gustado la parola!

Aurora Zarco
Grupo B


Recuerdos de la infancia

Cuando era niño, recuerdo un día en el pueblo de mi padre, que después de cenar me entró un retortijón y salí al corral sujetando el vientre con la mano izquierda, a la vez que tomaba una vara de mimbre con la derecha. La vara o el palo o algo similar había que llevarlo cuando ibas a hacer “aguas mayores” al corral, para espantar a las gallinas que inmediatamente te iban a acosar por querer ser las primeras en comer caliente.
Estaba yo manteniendo el equilibrio en cuclillas, cuando vi moverse una figura negruzca que saltaba por los tejados colindantes, y que en un momento se paró: me miró con unos ojos rojos y penetrantes a la vez que brillantes, de tal forma que me dejó helado; se me cortó el flujo de la deposición y me quedé paralizado. Tras unos instantes que me parecieron horas, en los cuales hasta las gallinas se quedaron petrificadas, la figura negra comenzó a moverse; me pareció que tenía brazos y piernas y que estaba desnudo, era del tamaño de un niño grande, más o menos de mi edad, pero absolútamente negro y sin arrugas; con los ojos de un rojo intenso que parecían dos ascuas después de haber soplado sobre ellas. Se puso erguido sobre las piernas y caminando por el tejado saltó hacia dentro del corral, pasó a mi lado y desapareció de inmediato.
Cuando pude recobrar la compostura me limpié el trasero con un trozo de papel higiénico marca “el Elefante”, que solo limpiaba por una cara, pues la otra era como de plástico. Dejé que las gallinas pudieran cenar con tranquilidad y me fui corriendo a contarle a mis abuelos que había visto al Demonio.
Mi abuelo me comentó que habría sido algún gato negro y grande, que podría haberse puesto a dos patas y que contaba con la agilidad suficiente que yo describía. Yo, a pesar de que me tranquilizó y que me sentía muy protegido ante su presencia, me acosté convencido de que aquella noche había visto a Satanás.

José Luis Fonseca
Grupo A


Frank Stein filósofo

“La mentira -como la caridad bien entendida- empieza por uno mismo.”

Frank Stein


La conocida frase del filósofo de origen judío, nacido en Allegheny, Pensilvania, hermano de la novelista, poeta y mecenas de arte contemporáneo Gertrude Stein -inmortalizada en un retrato de Pablo Picasso-, resume de alguna manera su “Corpus” filosófico, que señala “el mecanismo biológico de supervivencia” como el motor principal de los actos humanos, superior y a la vez subyacente, a las “Bellas Palabras” (“Beautiful Words”, título de su Tratado fundamental).
Ambas estrategias, la mentira, la caridad bien entendida, así como otros impulsos básicos: la procreación, la acumulación de bienes -“Property eagerness”-, el impulso identitario, o la violencia como “ultima ratio”, proveen al individuo, y por elevación a sus organizaciones sociales, de las herramientas necesarias para su preservación individual y colectiva –“Supremacist Preservation”, en palabras del filósofo-.
Centrándonos en la Mentira –“Essential Lies”, segundo tomo de sus Obras Completas- Frank Stein viene a afirmar que no hay mentiras buenas y malas, sino mentiras eficaces y mentiras estériles, ninguna de las cuales, en su opinión, tiene un contenido moral, sino que deben valorarse únicamente en función del resultado, esto es, el éxito o el fracaso de la preservación del individuo y su grupo.
Y para tener éxito esta “Mentira Ganadora” -“Winner Lie”- debe empezar por el autoengaño, individual y social, de modo que se presente como verdad “ab initio”, porque tanto el individuo como el grupo necesitan creer lo que les conviene creer para asegurar su supervivencia, o según el dicho populista “Hay que decirle a la gente lo que la gente quiere oír”.
En resumen, Frank Stein lo que hace es desarrollar las ideas darwinianas, no de la supervivencia del más fuerte -simplificación muy extendida, pero falsa-, sino de la supervivencia adaptativa, aquella que obliga a sumarse siempre al colectivo ganador.
Richard Dawkins, en “El gen egoísta”, desarrolló y actualizó las líneas esenciales de esta tradición evolucionista y filosófica.

(Siguen referencias, bibliografía y links, que desarrollan y amplían este resumen, necesariamente escueto, redactado por IA, que a su vez toma como fuente una suma, abigarrada y extensa, de artículos publicados en Wikipedia).

Ignacio Aparicio
Grupo A


El disfraz de la mentira

En un pequeño pueblo,
La gente hablaba de un elixir mágico que prometía
curar cualquier enfermedad. La noticia se esparció como pólvora, llenando los corazones de los enfermos de una esperanza renovada.
Cada día, los habitantes acudían al mercado, ansiosos por comprar esa poción milagrosa. Sin embargo, el vendedor, con una sonrisa engañosa, sabía que el elixir era solo
agua coloreada. Aún así,
disfrutaba de ver como la
fe de la comunidad florecía. La mentira disfrazada de esperanza, se convirtió en el refugio de aquellos que anhelaban un cambio. En su búsqueda, ignoraron la cruda realidad que los rodeaba.

Leonor Martin Merchán
Grupo A


Verdad-Mentira

Cuando tu miras, lo que yo miro, miramos lo mismo, pero vemos distinto. Parte de una canción de un grupo argentino, que actuó en la plaza de los bandos de Salamanca, hace bastantes años.
Si en vez de usar el verbo mirar, lo cambiamos por otros verbos distintos, nos hace pensar lo diferentes que somos, incluso en temas triviales.

Ocurrió de Verdad:

Tengo la costumbre de jugar a la quiniela de fútbol desde hace bastante tiempo, con un amigo que vive en Burgos, cada uno hacemos una quiniela distinta y nos la enviamos al móvil, antes de que empiecen los partidos.
Puedo decir que hasta ahora no hemos tenido premios dignos de mencionar, salvo un jueves, en los partidos de Copa de Europa, que al llegar a casa por la noche y mirar la quiniela, comprobé que tenía acertados los 14, habiendo fallado el número 15. La quiniela prometía, habían salido 6 doses, 4 equis y cuatro unos.
Hablé con mi amigo, dándole la noticia, y durante la noche yo estuve, despertándome continuamente para comprobar, si ya habían colocado el recuento del escrutinio, tanto en la televisión, como en el ordenador.
A las 5 de la mañana, en un fichero del ordenador, aparece la quiniela millonaria que tanto estábamos esperando. Calculadora en mano, sume todas la cantidades premiadas, dividido entre y dos y descontando el 20% para Hacienda. Nos quedaban a cada uno, 120.000 euros, y aunque eran horas intempestivas, la noticia no podía demorarse y le llamé para darle la buena nueva.
Alfredo, más prudente que yo, no encontraba en su ordenador el resultado del escrutinio.
A las siete de la mañana, en aquella época otro amigo y yo, salíamos andar unos 8 km, y a la vuelta a casa, mi mujer me dijo, que Alfredo había llamado varias veces, comentando que donde yo había visto los resultados era una página pirata, y que el verdadero premio son 500 euros para repartir entre los dos.

Luis Iglesias
Grupo B


Mentiras

I

Al mirar hacia atrás comprendí
la gran mentira de la vida.
Te ofrece besos y caricias,
te convierte en ninfa
y en diosa poderosa.
Te hace sentir eterna
bella, reina y señora.
Que desilusión descubrir
al llegar al final del camino,
que la gran verdad de la vida
ha sido una piadosa mentira.

II

Me quisiste pero
ya no me quieres.
No te atreves a decirlo,
te lo guardas dentro.

Sin mentir, me mentiste
porque la verdad duele
y deja huella en el alma,
de quien amado ha sido.

Más el que huye
porque engaña,
no merece, ni siquiera,
el olvido de quien
abandonado ha sido.

*Sacado del poemario de Lorenzo Balmes

Marian Pérez Benito
Grupo A


Tres Avemarías

Me hicieron creer que me saldrían manchas blancas en las uñas por no decir la verdad, que lo del 6 de enero debía creérmelo para no jugarme las sorpresas. Antes de vestir el traje de marinero me hicieron contarle a un hombre con sotana negra las veces que manifesté lo contrario a lo que sabía, creía o pensaba, y encima me hizo rezar por ello. Y mira que antes había vivido en mi pueblo un niño que llegó a escribir que “la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos” Él decía que no sabía muchas cosas, pero sabía bien de todos los cuentos.
También tuve que tragar con lo de las cigüeñas y las semillitas. Me engañaron en lo de las bases científicas de la vida, con lo de que llegaban a ser piadosas aquellas maneras de enmascarar la veracidad. Y seguí creciendo, luchando y firmando públicamente que los amores tenían que ser sin falsificación alguna. Hasta Hacienda se esmeraba en que fuera correcto con los números y, de no hacerlo, ya no había avemarías por medio. Las penitencias eran económicas y con purgatorios en forma de intereses de demora. Luego me hice mayor, me apunté a un taller de escritura y me ha tocado escribir sobre lo mismo, aunque bien lo podría haber hecho sobre los políticos, las redes sociales y todas las formas actuales que llenarían las uñas de manchas blancas a sus protagonistas. Id en busca del cojo, que no sé si seréis capaces de atraparme antes que a él. Aunque solo ha habido algo en lo que no he hablado con sinceridad. Todo lo demás ha sido y sigue siendo cierto.
Lo que menos me gusta de todo esto son las palabras embustero, patrañero, fulero, bolero, cuentista, farolero, falso. Volveré a creer en los Reyes Magos y en los capazos de la cigüeña. La inocencia pudo ser también aquella pequeña toquilla blanca de flecos en la que se acunaron mis primeras felicidades.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A


Déjate de cuentos

Érase una vez un mayordomo de palacio al que la reina le encomendó la misión de llevar a su hija hasta la hechicera del bosque para que esta le proporcionase a la niña una poción mágica para su mal de pulmones. En un descuido del sirviente la niña se perdió y ni la niña ni el hombre volvieron jamás a palacio. El mayordomo quedó proscrito en el bosque bajo amenaza de pena de decapitación si volvía a aparecer.
La niña de tez blanca fue encontrada por siete extraños y deformes hermanos de pequeña estatura que vivían de forma marginal fuera de los dominios de la reina. Llevaron a la niña a su diminuta casa donde vivían hacinados y esta fue utilizada como criada durante años. Barría, cosía, fregaba y cocinaba sin parar hasta que los hermanos volvían de su trabajo en la mina y si en alguna ocasión por cualquier razón no encontraban a su vuelta la casa limpia y la comida a punto la niña era encerrada el resto del día en un cuarto oscuro.
No muy lejos de allí vivía otra niña solitaria, la cual tenía en buena compañía a un lobito bueno que conoció cuando aún ambos eran cachorros. Saltaban alegres y jugaban con palos y piedras. Cuando la niña fue creciendo lobito bueno seguía a la niña siempre en sus paseos por el bosque para protegerla.
Por allí merodeaba a menudo el proscrito, que para sobrevivir se había convertido en cazador y ladrón, por esos días ya contaba con antecedentes por el robo del zapato de cenicienta y la varita mágica del hada madrina, gracias a la cual consiguió su escopeta. Además de ladrón y pendenciero, tenía la fea costumbre de vituperar y vilipendiar a otros personajes de cuento: “que si la madrastra era mala, que si la reina era una bruja y además celosa…”. Era un personaje con mucho cuento que sabía venderse bien y presumía de haber salvado al abuelo de la niña de rojo de un lobo feroz, cuando era el mismo el que entraba de noche a robar en la casa de un pobre anciano que vivía solo y no podía defenderse pues permanecía postrado en su cama hasta que llegada la mañana la niña de caperuza roja iba a levantarle, asearle y darle el desayuno.
Una mañana la niña de capucha roja le dijo a lobito;
- Corre, adelántate hasta la casa de mi abuelo. Me ha puesto un whatsapp y dice que le duele mucho la tripa pues está nervioso pues ha oído ruidos esta noche en casa y cree que hay ladrones que han entrado a robar.
La sensación del abuelo era cierta, la primera vez que oyó ruidos habían entrado a robar Hansel y Gretel, que al caer la noche sintieron mucha hambre. Hurgaron en la olla de las longanizas, tomaron un trozo de pan de la despensa y prosiguieron su camino en busca de una casa con padres.
Cuando el lobo bueno llegó a la casa el cazador andaba buscando sustento en la cántara de la manteca que contenía algunas viandas.
Al oír el aullido del lobo salí corriendo, tropezó y la escopeta se disparó sola alcanzándole en una pierna -justo castigo para el malo del cuento-.
El animal se recostó al lado del abuelo para calmarle. Juntaron lomo con lomo y este le dijo:
- Lobito, lobito, que ojos más grandes tienes.
- Para vigilarte y cuidarte mejor.
Ni que decir tiene que los chismes que difundía el cazador llegaban a los oídos de la gente aburrida del pueblo, entre otros ya mencionados, también decía que una niña a la que el puso de mote Cenicienta tenía una madrastra mala que era una abusadora y tenía a la niña todo el día limpiando y viviendo entre cenizas, cuando la verdad es que la madre había adoptado a la niña con todos los papeles en regla y con mucho amor cosía para ella trajes de princesa para las fiestas de disfraces del cole.
También el maldito cazador tapaba con frecuencia los abusos del príncipe del reino vecino, que tenía la mala costumbre de envenenar con un preparando a base de burundanga a niñas y jóvenes a las que ofrecía apetitosas manzanas para luego besarlas sin su consentimiento cuando se quedaban dormidas.
Y colorín colorado, déjate de cuentos se ha acabado.

Aronbanda
Grupo B


La loba del cuento

De hoy no pasa, se dijo.
Recolocó sus pechos en el corsé rojo y con fingido gesto desvalido, atravesó la pista, sorteando un ciento de cuerpos celestes en movimiento.
Él estaba al final de la luz, con su aire despistado habitual y la mirada ausente. Algo que la invitaba una y otra vez a querer comérselo.
-Perdona, me podrías indicar la salida, me encuentro bastante mareada.
-Por supuesto, deja que te acompañe, dijo. (Al tiempo que la tomaba entre sus brazos, evitando que cayese a sus pies).
Con aire infantil y una estudiada caída de párpados, se dejó llevar.
En un giro el neón iluminó su sonrisa lobuna, se pudo ver como se vanagloriaba de su perspicacia. Mientras el chico repetía “respira, respira, tranquila... casi estamos fuera”.

Eva Hernández
Grupo A


Respiro, pestañeo, estornudo.

Mario Benedetti en su poema Últimas palabras, que aparece en el final de la introducción semanal del blog, dice que se miente como se respira, como se pestañea, como se estornuda. Y que es imperdonable mentir cuando uno emite las que pueden ser sus últimas palabras. Pues eso.

La verdad es que no sé qué contar, señor, y no comprendo qué hago aquí, ni por qué se me investiga. Es cierto que yo conducía el coche que atropelló a ese chico, pero es que él se me puso delante, saltó, perdóneme, pero creo que saltó delante buscando suicidarse. Ya ve que no traté de huir y que intenté ayudar, que llamé a una ambulancia y a la policía, que estuve junto al chico todo el tiempo y que aguanté su mirada vidriosa, incluso sus insultos, con la poca voz que tenía, que creo que ya estaba preparando su estrategia para culparme por la vergüenza que debía sentir al no haber muerto como pretendía. Al mismo tiempo que la ambulancia llegó también la policía y todos se dieron cuenta de mi afán por ayudar, por colaborar en el atestado y en que se aclarase todo. No comprendo cómo han dicho que estaba nervioso y alterado cuando soy una persona calmada, creo que no he hiperventilado en mi vida, y cuando es la primera vez que tengo un problema con la justicia. Bueno, la segunda, porque hace muchos años dijeron que conducía bebido y que iba a no sé qué exageración de velocidad que midió el radar. Pero ya pagué mi deuda con la justicia y con el tiempo recuperé mi carné de conducir. Estoy limpio. Tengo intactos mis derechos civiles.
Tampoco es cierto que yo insultase al policía que me detuvo. Ya sé que la que vale es su declaración, pero eso es algo que nos deja indefensos, que si le caes mal al agente o tiene prejuicios contra los que llevamos el pelo tan corto como yo, pues imagínese. Le dije que no era necesario que me sujetara o que me empujase hacia abajo la cabeza al entrar al coche de la policía, que estuvo a punto de lesionarme el cuello, cuando yo ni pestañeaba, y él reaccionó mal, me llamó “escoria”, lo que también quiero ahora denunciar ante usted, señor, y me amenazó con ponerme las esposas si no me callaba. Por supuesto, yo no estaba hablando.
Y, finalmente, de pasar dos noches en el calabozo, que es el lugar más frío del mundo, tengo un catarro que me sangra la nariz cada vez que estornudo. Y no es porque me meta nada, que lo dejé hace mucho tiempo, pero, perdone señor, es que las cárceles y calabozos de este país dejan mucho que desear.
He sabido que el chico declaró barbaridades en mi contra, que me lo ha dicho un amigo que tengo en los juzgados, pero yo le digo a usted que se abalanzó contra mi coche y que si salió disparado fue por el salto que dio contra el parabrisas, que me lo dejó destrozado cuando intentó suicidarse. También es mala suerte que me eligiese a mí al volante. Sé que está en la UCI y que la cosa está chunga, pero no comprendo cómo aun así mantiene una versión que no se sostiene. Yo es que no entiendo a la gente.

Juan Delgado
Grupo A


¡Cuánto invento!

Mintió cuando le robó el chupete a su hermanita pequeña, y sollozaba "mío, mío, e mío". Mintió cuando se despertó mojado, el pijama mojado, en la cama mojada, y lloraba gritando "yo no he sido, yo no he sido". Mintió cuando llegó a casa con un balón nuevo y decía que se lo había encontrado en el callejón del Tuerto. Mintió cuando presumía de que era huérfano de padre o de madre o de hermana, a la que engañaba con chuches a cambio de tocarle por debajo de la falda. Mintió cuando escondió las notas y dijo que todavía no habían salido. Mintió cuando llegó a casa, su aliento con olor a cigarrillos y él insistía "que no, que lo juro, que yo no fumo". Mintió cuando desaparecieron las mil pesetas de la lata del Colacao, las que guardaban sus padres para imprevistos. Mintió cuando besó a Rebeca, a Susana y a Consuelo, y a las tres les decía lo mismo. Falsificó el carnet para entrar en la disco. Mintió cuando se llevó el coche sin permiso. Y con él, a Rebeca, y le mintió y la convenció para hacerlo. Que no pasaba nada, se mentía a sí mismo. Mintió cuando le dio el "sí, quiero", joven e ignorante. Eso fue delante del cura y de todo el mundo. Mintió en su currículum. “¡Qué más da un currículum!” Mintió a su jefe cuando se despertaba a las diez. A su mujer le mintió mil veces. Que si esto, que si lo otro, que si una reunión del partido. ¿El Mercedes? Que se había convertido en un empresario con recursos. ¿Las vacaciones de lujo? ¡Qué menos! Mintió sobre las medidas de seguridad de aquel pobre trabajador que cayó de tres metros. Le mintió a su segunda mujer con su sensibilidad para la música, el arte y los libros. Me diréis que eso es mucho, pero pasa. Le mintió a Hacienda cada año. Falseaba documentos, permisos. Mentiría a sus amigos. No sé si ellos también mentían. Calumniaba a diestro y siniestro cuando alguien ponía sus mentiras en tela de juicio. Bulos, todos bulos. Falsedades, envidias. Más tarde incurriría en perjurio ante el juez con tal de librarse de una pena por sus delitos. Si se libraba, quizá, con el tiempo, podría llegar a ser diputado.
Mintió, mintió, mintió, mintió.
Pero, si os fijáis bien, aquí, en realidad, la única que miente soy yo. Lo anterior es un simple personaje ficticio, verosímil, quizá, pero ficticio. ¡Cuánto invento!

Marisa Sánchez
Grupo C


Mentirse

Observó su mentira,
desde el amanecer del olvido,
triste y deshabitado,
corazón solitario.
Y vivió su propio engaño,
el mundo,
donde se mecen,
los deseos de felicidad,
la indigencia
y el desatino.
Su autorretrato,
de lenguaje
con palabras vacías.
Su humillada existencia,
eran caminos recorridos
entre vallas de espinos.
Limpia senda,
ocaso de la nada.
Sintió, la vida perfecta,
y ajena.
Su propia mentira.
Un llanto amarró su corazón,
y sus lágrimas,
eclipsaron
la noche de suspiros.
Paseó su mentira,
entre gritos y aspavientos,
fingió un amor de silencio.
Y atrás quedaron la ventana del adiós,
y sus sueños,
que de mentira fueron.
Le avisaron del peligro...
cuando el tren decidió
la parada del tiempo.
Elegir entre la distancia y
la tristeza.
Abrigar los abrazos,
cobijarse,
bajo las brasas
de mantenerse en la mentira
o ser uno mismo...
Y como el árbol,
sintió la verdad de sus raíces,
fortaleza de lo cierto.

GuADAlupe
Grupo C


Galletas de mantequilla

Mi abuela es mi persona favorita. No sé cómo lo hace, pero siempre saca la mejor versión de mi misma. Sabe tantas historias que podría alimentar a cualquiera con independencia de su credo culinario.
El martes por la tarde cuando llegué a casa estaba haciendo galletas de mantequilla. Mis favoritas. El olor es suficiente para despertar el hambre de vida.
Dejé la equipación deportiva en la escalera y me dirigí a la cocina. Allí estaba ella limpiando las huellas que deja el arte de la repostería
- Hola Abu
- Hola tesoro. ¿Qué tal las piruetas?
- Difíciles como siempre, pero posibles, creo
- ¿Ya sabes cuándo será la exhibición?
- El 11 de Junio
- ¡Anda! El día de tu cumpleaños
- Si Abu, el día de mi cumpleaños
- Al final ¿Suelo o pelota?
- Los dos. Suelo individual y pelota en equipo
- Vas a tener que entrenar mucho
- Lo sé Abu, lo sé. Oye ¿Has escuchado las noticias?
- ¿Las noticias?
- Si, lo de las elecciones americanas
- Algo he oído
- Es tremendo ¿no crees?
El horno pitó. La última tanda de galletas estaba lista
Cuando fui a buscar la bandeja que usábamos siempre, ví que estaba ocupada y que, junto a ella, la paellera y la olla rebosaban galletas
- Has hecho muchas Abu
- Sí, he hecho muchas
- ¿Y eso?
- Me entretuve pensando, rumiando historias. Pero no te preocupes cariño, las comeremos todas
- Pero Abu…
- Puedes compartir con el equipo
- Si Abu… pero… ¿y en qué pensabas
- En muchas cosas Candela, en muchas cosas., pero sobretodo en el Minotauro
- ¿En el Minotauro?
- Si, ya sabes, ese monstruo hijo del engaño que se alimentaba de carne humana
- ¿El que mató Dédalo?
- No Candela, Dédalo construyó el laberinto donde encerrar el fruto de la mentira. Acabó con él Teseo, el hijo del Rey de Atenas. Un héroe que se ofreció como sacrificio y al que Ariadna ayudó entregándole un hilo con el que marcar el camino de salida si su gesta tenía éxito.
- Es verdad, es verdad ¿no fue el mismo que después abandonó a la joven en la isla de Naos?
- El mismo ¿Una galleta?
- Están buenísimas como siempre. Pero Abu ¿Por qué te has acordado de esa historia?
- No lo sé. Me acordé sin más
- Abu ¿No crees que estaría bien que en algún lugar del universo Ariadna nos regalara un hilo con el que poder encontrar el camino a….. ¡las galletas de mantequilla! Jeje… - y con tres galletas en las manos empecé a hacer malabares-
- ¡Pero Candela…! Si esa joven existiera es posible que tuviera la madeja llena de nudos, y entonces
- ¿Entonces qué?
- Entonces nada. Por cierto, Candela, te llamó Nilo. Olvidaste el móvil. Le dije que cuando llegaras lo llamabas
- ¿Nilo?
- Si. Me cae bien ese muchacho ¡Es tan patoso!

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Un encuentro de verdad

El salón del hotel era un tanto hortera, repleto de cortinas y floreros, pero había algo bueno: camareros que no dejaban de pasar con bandejas de bebidas y algo de comida. Allí estaba Carlos Luis en la fiesta de antiguos compañeros de estudios del colegio, después de haber soportado discursos, saludos efusivos, incluso sonoros, y alguna canción desafinada de la época juvenil. Iba ya por su tercera copa y al darse la vuelta para seguir mirando a Raquel, que siempre le gustó, y que con el paso del tiempo le seguía pareciendo guapa y aún más atractiva, se encontró de bruces con aquel compañero que siempre lo sabía todo y del que no recordaba su nombre.
- Hola, ¿qué tal te va la vida? Veo que no me recuerdas, soy David.
- Ah claro, ya me acuerdo, tu fuiste el más listo, el que lo sabía todo., ¿qué tal?
- Muy bien, la verdad. Trabajo en el banco “Contigo hasta el final”, en el departamento de inversiones de alto riesgo. Me va genial. Cada día hay más gente que cree que puede hacerse rico o muy rico e invierte su dinero de forma desaprensiva: el banco y yo nos quedamos con su dinero, poco a poco, unas veces y en un santiamén, otras.
Carlos Luis, dio un trago largo a su vaso, comió un canapé y, sin saber muy bien de donde salían sus palabras, se metió de lleno en su papel. – terminé los estudios y mis ilusiones se han hecho realidad, como si fueran estrellas enviadas para mí. Con mi curriculum logré un buen trabajo; sin que me costara una especial atención me casé con una mujer estupenda, disfruto de la vida a cada instante; además, viajes y amigos. En fin, un sueño atravesando la realidad. Se despiden. David tiene prisa por reunirse con la mujer que le acompaña.

En la mesa de al lado hay una bandeja, busca un aperitivo y encuentra al simpático y gracioso de la clase: Méndez. – Oye, le dice, te he visto hablando con el más listo, no le hagas caso, es un fantasma, siempre dice que es el más feliz; nada de lo que te haya contado es verdad.

La fiesta se va apagando. Carlos Luis sigue bebiendo. Poco a poco, todos abandonan la fiesta, con sus parejas o en grupo. Vamos al Diablo Rojo, allí habrá más copas, dice alguien al salir.
Carlos Luis está cansado y un poco bebido. Decide volver a casa dando un paseo. Y lo hace despacio, resignado, le gustaría no llegar nunca. Le espera una fría habitación en un piso que comparte con personas a las que detesta. Otro fin de semana solo. El lunes volverá al trabajo mal pagado que ahora tiene; a soportar al inane y fatuo de su jefe y a escuchar sus bobadas del fin de semana en su chalet, rodeado de su familia y amigos.
Se despierta sobresaltado por unos ruidos extraños. Se levanta. Ya ha amanecido. En el salón la luz azul de la mañana se cuela por los ventanales, todo le parece luminoso y claro Se sienta, revuelve los folios que la noche anterior había escrito con letra apresurada y casi ilegible. No reconoce su escritura. Los lee despacio, Descubre que ahí está el comienzo de una historia que navega por su cabeza y que le angustia desde hace tiempo: la verdad y sus mentiras.

Toni Romano
Grupo C


Verdades y mentiras

No quiero verdades como puños, ni quiero oír la simple y cruda verdad.
No vengas con ella por delante, pues seguro que alguna espina me traerá
Yo no creo que la verdad me haga libre aunque venga de la boca de un chaval.
No la quiero ni pura ni desnuda porque ya sé que es amarga la verdad
Y, por favor, no me la digas toda, ni me digas nada más que la verdad
Consabido es que no tiene remedio, o acaso ya te olvidaste de Serrat.

Y al igual que el viejo Sabina, si tengo que elegir, entre todas tus vidas escojo
la de ese viejo truhan y embustero que se puso la patraña por sombrero
Por eso, sin dudarlo, te ruego: cuéntame la mentira más piadosa y quizás
vuelva creer en las hadas, en los Reyes Magos y en el barco de Simbad
Y si por cansancio ante mi insistencia acabaras rendido a mis antojos
a pies juntillas me creeré todo cuanto salga de tus labios hechiceros

Ya sabes lo que te pido: miente aunque la nariz te crezca, miente como hay dios,
miente como un bellaco, como una rata o miente como mienten todos los boleros.
Miénteme y dime que todavía me quieres. Que me quieres como te quiero yo.
Que me estuviste esperando todos estos años, ¿recuerdas a Johnny Guitar?
Di que aún me amas y que, aunque lo intentaras, no me conseguiste olvidar
Que algo tuyo se quedó siempre a mi lado, que nunca te llegaste a marchar.

En verdad, en verdad te pido miente, miénteme sin mesura, miénteme más y más.
De verdad, de verdad miente, miénteme sin medida, miénteme sin parar.
Miente, miente, miente, miénteme más, mucho, mucho, mucho más.

Pepe Lorenzo
Grupo B


La danza de las mentiras

“La verdad, a pesar de la vivacidad de su mirada,
concentraba en su rostro todas las arrugas cosechadas
por los primeros descendientes de Adán.
No en vano lidiaba a diario con tanto embuste.
Ella solo era una y las mentiras muchas.”

(Raclós Àragíc, dramaturgo. Wien 1953)

Asistía a aquel baile invitada como acompañante por mi prima Alethea, que a veces se empeñaba en llevarme de carabina disuasoria, en actos sociales de obligada asistencia.
A pesar de mi ceguera de nacimiento, ella recurría a mí, por mi facilidad para captar y valorar las conversaciones de fondo, que comúnmente revolotean en todo evento que se precie de tal nombre, para luego explayarnos ella y yo en posteriores ocasiones cuando quedábamos para confrontar los hechos.
Alethea, había recibido el convite para el baile que, bienalmente, celebraba la RAMUME(Real Asociación Mundial de la Mentira). Por tratarse de ella, y de lo que representaba, su asistencia era obligatoria por mera regla protocolaria no escrita.
Y allí estaba yo, en medio del jolgorio típico de este tipo de reuniones con mis antenas desplegadas, para captar el mayor número posible de comentarios y conversaciones de los asistentes. Conocía la mayoría de los timbres de las voces que podía escuchar, así como sus nombres y cargos.
Llevaba ya rato oyendo minucias, cuando comenzó el baile. Las conversaciones entre parejas o corros, fluían en corrientes de informaciones más desinhibidas y acordes con la catadura de los promotores de la fiesta. Algunas despertaron mi curiosidad. Parecía como si estuvieran compitiendo para ver quién decía la mentira más grande o elaborada y que, de paso, menospreciara las actividades de sus oponentes.
Puse mi atención en la conversación de la mentira piadosa y la patriótica:
–Piedad: Estoy excitadísima, ya tengo a gran parte de la humanidad convencida de que todo sufrimiento tiene su razón de ser. Dentro de poco, los tendré rezando para agradecer por cada mala noticia.
–Patri: ¡Ando yo empeñado en que el mundo crea lo imposible! Por ejemplo, que empleamos sus impuestos de forma apartidista y transparente.
Mientras Piedad sonreía con condescendencia, se les unió Conspiranoia, que iba tocada con un sombrero de aluminio y un traje de tela de Faraday, donde llevaba prendidos diversos emblemas del estilo lo inverosímil es lo cierto, o cambiemos la mentiras del poder, por el poder de las mentiras. Nada más llegar les espetó:
–Veo que seguís tramando minucias, cuando en realidad podíamos contar verdades que nadie cree. La forma piramidal de construir, la enseñaron los marcianos a los hombres. Desde una base en el fondo del mar, entrenaron a tortugas gigantes, que fueron las que las construyeron.
Piedad y Patri le iban a contestar a Conspiranoia, cuando apareció Descarada y comentó:
–¿ Estás loca? ¿Marcianos? Es evidente que desconoces que la ONU está controlada por una nave sita en la cara oculta de la Luna. Eso es más creíble que tus tortugas marcianas.
En ese momento Alucina y Desmedido se unieron al grupo. Alucina habló:
–¿Estáis seguros de que alguno de vosotros realmente exista? ¿No pensáis que tal vez yo sea la única mentira real en esta fiesta?
–Bueno, aquí nadie te quita el mérito de vivir en tu propio engaño, dijo Desmesurado, pero ninguno es capaz, como yo, de convencer a la humanidad de que los malos siempre reciben su castigo. La gente no hace nada contra los malos, solo espera a que alguien les dé su merecido.
–No hace falta ser tan exagerado, intervino Piadosa, yo los he convencido de que existe el amor verdadero y cuando no lo encuentran se sienten culpables.
Hubo un murmullo de general admiración, que fue roto por la llegada al corro de Marchante que dijo:
–No quiero minusvalorar vuestros logros, pero soy el responsable de que la gente use desodorantes de olor a limones del caribe, del bótox y el retinol para detener la vejez o del gin-tonic con arándanos y semilla de cardamomo e incluso de la viagra sin deseo. Básicamente inventé la tontería y encima me pagan ¿Quien puede superar eso?
Intervino entonces Esperanza, que vestía un precioso traje color esmeralda y el reflejo de su nombre pintado en el semblante. Hasta ese momento había permanecido sopesando los argumentos de unas y otros y comunicó lo siguiente:
–La verdad es que tienen mucho mérito vuestras aportaciones a la confusión humana pero, yo soy la única que, fuertemente respaldada por mis primos Perjurio y Desinformado, ha logrado que los humanos crean que va a haber un cambio cada vez que hay elecciones. Soy la mentira que sostiene a los gobiernos del mundo entero.
De pronto todos comenzaron a hablar a la vez y entre el barullo solo pude oír algunos retazos de las afirmaciones de Conspiranoia:¡La tierra es plana!¡los vigilantes desviarán el asteroide! También de Patri: Llevo milenios consiguiendo que los humanos den la vida en conflictos de intereses espurios, haciéndoles creer que es por amor a su patria.
Sobre el general parloteo se oyó la voz de Alucina:
–¿Y si en realidad…todo esto no fuera más que otra mentira? O peor aún,¿Y si nosotras somos … una parte de la verdad?
Entonces, hubo un carcajeo general, pasado el cual, Omisión, por alusiones intervino y dijo:
–No soy cómplice de nadie ni de nada, solo me limito a callar.
En ese momento mi prima Alethea, se acercó al corro, y los saludó diciendo:
–Queridas amigas, ¿seguís creyendo que la humanidad va a ser tan estúpida, que nunca se de cuenta de la esclavitud a la que la arrastráis?
Entonces Raquítica, una liliputiense muy maquillada, que tenía más soberbia qué tamaño, y a la que por su absoluto mutismo yo no había percibido, arrastró sus deformes piernas, supongo que para ponerse ante Alethea y le dijo:
–¿En verdad te crees única?¿ No te das cuenta que no interesas a nadie? Eres implacable, rigurosa, inflexible y a veces cruel. Tan…directa y aburrida. A los humanos les gustan las cosas más…especiadas. Todos sabemos que solo duras unos minutos antes de que alguien te adorne, te suavice, o te convierta en meme. Dando la espalda a Alethea, arengó sus compañeras y les gritó:
–¡Dejemos a esta perdedora a solas y vayámonos a brindar con agua de la fuente de la eterna juventud! Todos los concurrentes prorrumpieron en vítores y aplausos ante la diatriba y posterior propuesta de Raquítica.
Alethea esbozó una amplia sonrisa y dirigiéndose al grupo sin amilanarse les dijo:
–No olvidéis nunca que, solo hace falta una pizca de mí para haceros desaparecer, o bien para triunfar, pues solo revestidas de verdad alcanzáis vuestro propósito. Me odiáis porque dependéis de mi existencia.
La advertencia resonó como un mazazo que provocó un clamor de silencio en la estancia, por lo que pude oír perfectamente los pasos de Alethea acercándose hacia donde yo me encontraba. Fue entonces cuando di por concluida la audiencia.

Ráclos Aragic Roisec Jr.  Budapest 2024/11/11
Grupo A  


Mentiras

Miénteme, engáñame con la verdad, la razón.
Así te pierdes por la boca, pero te salvas por el corazón.

Los Suaves



A veces lanzo al aire una mentira muy descarada. Hay que tener la mirada serena y la sonrisa socarrona, ese punto de confianza en uno mismo que permita dudar a la otra persona. Ahí radica la belleza de la mentira bien contada: el aplomo del gesto y el poso de una verdad plausible que ejerza de base.
Sin embargo, a mí no me gusta contar mentiras. Yo prefiero las medias verdades. Esas que te salvan de desnudarte con una verdad dolorosa. Por eso ahora noto la tensión en la comisura de los labios y el remolino en las entrañas, debatiéndome entre la mentira pura y dura y la verdad a medias, porque la verdad no está entre mis opciones.
—Estate tranquilo: estoy convencida de que nunca encontrarán el cuerpo sin ayuda.
Él parece liberarse de un peso invisible al escuchar mis palabras, completamente ignorante de que ya he contactado de forma anónima con la policía.

Sara GL Terrén
Grupo C


Mentira dulce

Mentira que aprovecha no es pecado.
Esta frase de mi madre me ha sido muy útil para diferenciar las mentiras más reprobables de aquellas que en base al fin que persiguen, no lo son tanto. No sé si ya conocía esta frase cuando ocurrió lo que relataré a continuación, pero quizá hubiera actuado de la misma forma.
Empezaré por decir que me encanta el queso, en cualquiera de sus variedades. Sin embargo, la tarta de queso me parece un invento extraño. El queso no es dulce. Lo meten en una masa dulce y le quitan su sabor. Además, esa masa puede tener textura de flan, lo que hace que para mí sea directamente incomestible. En contadísimas ocasiones, he podido disfrutar de una buena tarta de queso, con sabor a queso de verdad. En esos casos, los golosos protestan porque la tarta de queso sabe mucho a queso, valga la contradicción. Será que no les gusta. Puede pasarles lo que a mí con la cerveza, que como no me gusta, la tomo con limón. También está el caso de los que prefieren el chocolate blanco al negro. Pienso que no les gusta el chocolate, porque el blanco no tiene esa categoría.
Dejo a un lado las discusiones culinarias y me centro en lo que quiero contar.
Hace muchos años yo estaba estudiando en Madrid y volvía a casa los fines de semana. En una ocasión, mi madre me anunció con su tono habitual de darme una sorpresa que había comprado una cosa muy rica para mí: una tarta de queso. Era la primera vez que ella la veía. Entonces no eran nada habituales. No las ponían en los restaurantes y al menos yo, no había escuchado hablar de ellas.
La probé y no me gustó. No sé cómo no me lo notaron en la cara, porque me han dicho que soy bastante expresiva cuando algo no me gusta.
El caso es que mentí miserablemente para no defraudar a mi madre. Lo peor fue la consecuencia de aquella mentira: un montón de tartas de queso que me comí con la misma resignación otros tantos fines de semana.
Pasado un tiempo, mi madre dejó de llevar a casa aquellas tartas, quizá porque las dejaron de llevar a la carnicería donde las compraba.
Cuando yo me había olvidado de aquel episodio, en el cumpleaños de una de mis hermanas, volvió a aparecer la tarta de queso, esta vez casera. Reaccioné instintivamente y dije sin contemplaciones que no me gustaba. Mi madre se dio cuenta y a partir de entonces, tenemos una anécdota divertida para contar.
Yo aprendí la lección: no he vuelto a mentir sobre lo que no me gusta comer. Quien me conoce, ya sabe que soy muy rara para los postres y no intenta agradarme con ellos.

Teresa Sanz
Grupo B


Carne rebozada para cenar

En la cocina hace frío. Ayer de tarde hacía calor, pero hoy me he levanté aún medio enredado en las sábanos y no pensé en el frío que calaría las paredes de la casa al llegar las nueve y media de la noche.
Me senté en una silla de madera mucho más rígida de lo que parecía a golpe de vista y esperé. Diez minutos, veinte minutos, treinta minutos. Media hora. Mi estómago crujía al compás de las agujas del reloj. ¿Cuándo se iba a abrir la puerta? Tendría que haberse abierto hace ya… media hora. No podía esperar más.
Me levanté y caminé. La nevera podría haber sido Japón y la silla España. Abrí la puerta del electrodoméstico y me golpeó en la cara un frío más frío que el del resto de la casa. Un tupper con filetes rebozados. Esa fue la promesa de la cena. Busqué y rebusqué entre la leche fría, el caldo comprado, el embutido abierto, la fruta poniéndose mala y no encontré nada.
Di media vuelta y abrí la puerta del armario. Macarrones, macarrones, macarrones. Pota, agua, hervir, sal. Sartén, nata, queso rallado. Colador, plato hondo, tenedor mezclar. Abrir boca, macarrón, masticar. Baño, cepillo, pasta de dientes, agua. Pijama, ropa en la silla, cama deshecha. Manta, calor. Una de la mañana, foto en la mesita, una esquela doblada. La certeza de que no volverá.

Sofia Sánchez Meléndez
Grupo C

Algias. Escribir el dolor

-Ay, dijo uno. -Uy, replicó otra. No, la sesión de esta semana del taller de escritura creativa no estuvo dedicada a las interjecciones sino al dolor y su relación con la escritura. La Sala de Fondo Local se convirtió en una gran sala de espera donde compartimos dolores antes de entrar a la consulta de Biblioterapia.
¿Podemos curarnos con libros? Tal vez sí, esa es la terapia que Ella Berhtoud y Susan Elderkin proponen en el libro Manual de Remedios Literarios publicado por la editorial Siruela. Esta es la prescripción que leemos en las primeras páginas; "La biblioterapia ha gozado de popularidad durante décadas en forma de libros de autoayuda. Pero los amantes de la literatura llevan usando las novelas como bálsamos -consciente o inconscientemente- desde hace siblos. La próxima vez que necesites algo que te estimule, o que requieras ayuda dcon algún embrollo emocional, recurre a una novela. Nuestra creencia en que las obras de ficción ofrecen la mejor biblioterapia, ademásd de la más pura, está basada en nuestra propia experiencia con nuestras pa ienes y reforzada por una enorme cantidad de casos de los que tenemos conocimiento".
Hay muchas dolencias que pueden paliarse con este libro, desde el hipo o la hipocondria hasta la angustia, la depresión o la calvicie. Sólo hay que consultar la novela adecuada. Más que un libro es una pequeña biblioteca o guía de lectura que te pone en contacto con todo tipo de dolencias de la a hasta la z. Un buen receterio de novelas en el que echo en falta la poesía. Otro libro que puede ayudarnos con las dolencias del alma es La pequeña farmacia literaria, una novela de Elena Molini sobre una librería en la que los libros son remedios para curar los dolores de adentro. Lo publicó la editorial Maeva.



Pero vivimos en un país dónde la primera alternativa para paliar el dolor no son los libros, sino la medicación, la farmacopea. Solo hay que echar un vistazo en los botiquines que tenemos en casa. Nos gusta automedicarnos y más ahora que algunos medicamentos saben a naranja o a limón. ¿Para cuando las medicinas con sabor a torrezno? Pronto. Parodiando a Machado puedo afirmar que infancia son recuerdos de una botica de Matilla, pueblo de la provincia de la farmacia. Me gustaba ayudar a mi tía, la farmacéutica, a colocar los medicamenos en sus correspondientes estanterías cuando llegan los pedidos que hacía al Centro Farmaceútico. Este es lodo que me quedó de aquellos polvos:

Ardine, Alugelibys, Aspirina,
Ornade, Frenadol, Polaramine,
Feldene, Mucorama, Betadine,
Bio-Hubber, Oralsone, Buscapina,

Prozac, Celestoderm, Maxicilina,
Septrín, Cefalexgobens, Augmentine,
Saldeva, Ferromorgens, Oraldine,
Vaspit, Oftalmolosa, Biodramina,

Isdinium, Hibitane, Nolotil,
Fluidasa, Termalgin, Rinofrenal,
Orudis, Tanakene, Clamoxyl.

Adiro, Conductasa, Senioral,
Profer, Optalidón, Gelocatil,
Zantac, Aureomicina y Hemoal


¿Cuántos de estos medicamentos conoces? Dime y te diré quién eres. El soneto se titula "Vademecum" y puedes escucharlo aquí en la voz de Tomás Galindo. 
Juan José Millás afirma que hubo una generación enganchada al "Optalidón" y yo que viví en una farmacia de pueblo lo corroboro. Cuando leo este soneto en una Residencia de ancianos compruebo que la mayoría conocen todos o casi todos los medicamentos que aparecen en el poema. ¿Cuál será la causa?
La editorial Maeva publicó hace años un estuche con diferentes "medicamentos" que contenían versos convencidos de que la poesía podía curar. Yo conservo una caja de calmantes, de los Laboratorios Gustavo Adolfo Bécquer. Clava tu pupila negra, que no azul, en este enlace. Ya verás. La poesía siempre fue un buen colirio, nos ayuda a mirar con más profundizar y en alta definición. Este asunto de inventar medicamentos literarios ha dado mucho juego en muchos Institutos donde son adictos al Lorcazepam o al Cervantium. Morten Sondergaard, un poeta danés, creó cajas de medicamentos con categorías gramaticales. Un proyecto fantástico que puedes curiosear aquí. Y José Mercé se atrevió a cantar el prospecto del Bisolvon en el programa "Crónicas marcianas"
Pero dejemos a un lado la medicación y pasemos a hablar del dolor. "¿Cómo escribir acerca del dolor cuando nuestra lengua solo cuenta con dicha palabra para denominarlo?" se pregunta Ana Castro en el artículo "Ellas rompen su silencio y escriben sobre su dolor" publicado en la revista El Salto. Te recomendamos su lectura. En el artículo descrubrirás diferentes libros que hablan de todo tipo de dolores. Desde Susan Sontag o Virginia Woolf hasta Maite Casares o Yolanda Padilla. Aquí la poesía tiene su dosis con el libro Rojo-Dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor, un libro pionero publicado por la editorial Renacimiento. En él encontramos poemas como el de María Mercé Marcal:

Cuerpo mío: ¿qué me dices?
Como un crucificado
hablas por la herida abierta
que no quiere cicatrizar
hasta cerrarse en la mudez:
inarticulada
palabra viva.


Otros artículos que dan cuenta de la relación tan estrecha entre la literatura y el dolor y la enfermedad son "Literatura de la enfermedad" de Queral Castillo Cerezuela, publicado en La Marea y "Radiografía del dolor en la literatura" de Jaime Cedillo, publicado en El Español. En este último Cedillo afirma que  el diario es quizá el género que mejor se presta a la hora de abordar textos sobre la enfermedad. Prueba de ello son los diferentes libros que pone como ejemplo.
Una autora que ha profundizado en la relación entre el dolor y la escritura es Chantal Maillard. En su maravilloso texto titulado "Escribir" (que forma parte del libro Matar a Platón con el que recibió el Premio Nacional de Poesía en ) leemos:

escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

Y también:

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra

Maillard cierra su poema preguntánsose si hay que hacer literatura al escribir sobre el dolor y ella misma se responde afirmando que "hay demasiado dolor / en el pozo de este cuerpo / para que me resulte importante / una cuestión de este tipo". Sergio del Molino, quien conoce en carne propia la experiencia del dolor, afirma que él no esconde el dolor y que trata de darle un carácter literario para que no sea un reguero de lágrimas. Hay pacatos, dice el escritor, que opinan que mostrar ese dolor es "pornografía emocional". Seguro que desconocen toda la literatura sustentada en esta premisa.
Recomendamos la intervención de Chantal en el ciclo de diálogos "Demasiado humanos" dirigido por el Dr.Jose Antonio Trujillo, que toma prestado su título de Nietzsche. Maillard reflexiona sobre el sentido del dolor y la enfermedad en nuestra vida. Puedes verlo y escucharlo aquí. Otro libro fundamental de la autora es La mujer de pie.
Cerramos este post con cuatro píldoras literarias: un cuento de Ana María Shúa titulado "Un canto a la vida" y que nos habla de la cruralgia; un libro impulsado por la Asociación de Divulgación de Fibromialgia y dirigido a todas las edades en el que veinticinco mujeres le ponen piel -en forma de texto, ilustración y voz- a la fibromialgia y que se titula Los cuentos de Mingabe, y dos espléndidos poemas, uno de Luis Rosales, el primero, y otro de José Hierro titulado "Alegría":

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,
quien socava las almas
como socavan la ribera las orillas del río,
y yo he sentido su calambre desde hace mucho
tiempo,
y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,
nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,
y nos empuja, y nos sigue empujando hasta
juntarnos
en esta habitación que es ya un rescoldo mío,
en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco
y ya no vuelven a encajar en su sitio
como la tierra removida ya no cabe en su hoyo:
tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual…


***

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.


Propuestas de escritura;

1. En el transcurso del taller hicimos una breve y divertida tarea tomada del Cuadernito de Escritura Creativa del Hematocrítico: Quieres proptestar por los acontecimientos que viviste en un hospital la semana pasada. Te ingresaron para quitarte un pellejito de la uña y lo que ocurrió fue que... Los participantes en el taller completaron una hoja de reclamaciones donde expusieron los hechos.
2. Para casa propusimos relacionar las palabras "escribir" y "dolor" con alguna de las muchas preposiciones de modo que hay quien escribirá a dolor, bajo el dolor, contra el dolor, sobre el dolor, desde el dolor o según el dolor. Y quizá haya quien escriba hasta el dolor (de muñeca) o para el dolor (si tiene algún familiar en alguna farmaceútica). 

Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Propofol

El propofol es un anestésico general de acción rápida que actúa en el sistema nervioso central. Su mecanismo de acción se basa en la potenciación de la actividad del neurotransmisor GABA, lo que produce una inhibición de la actividad neuronal y una disminución de la conciencia y la respuesta a estímulos Su vida media es corta, se desintegra pasados entre unos minutos y una hora. La conciencia del paciente se activa si no se inyectan nuevas dosis.

Mi cabeza está aquí de nuevo, sólo por un momento.
Voz de Manuel: - ¿Cuánto hemos dicho que pesa?
Voz femenina: - 88 kilos
Voz de Manuel: - Vale, inyéctale media ampolla de Eparina y 10 miligramos de …… (nunca he oído hablar de esa sustancia)
Me da tiempo de volver a ver de reojo a todo el mundo, una pantalla enorme a mi izquierda, una consola como para jugar que sólo ve un cirujano (el muy egoísta), y a sentir que en este quirófano sigue haciendo un montón de frío y que la mesa sobre la que estoy me resulta muy estrecha. La pantalla gigante muestra siempre una gran mancha de color rojo con gusanitos amarillos que se mueven mientras los cirujanos hablan.
Fundido en negro. Otra vez la inconsciencia.
Otra vez la consciencia. Vuelvo a estar aquí. Nunca sé cuánto tiempo ha transcurrido desde la vez anterior.
El médico más joven - no sé su nombre – está diciendo:
- Ahora no se ve bien, cámbialo, ponlo más abajo, ¡ahí, ahí, déjalo ahí!
Creo que se lo dice al operador del brazo articulado colgado del techo del quirófano que sostiene y mueve muy rápido sobre mí lo que parece ¿una cámara sin óptica?, ¿un sensor?, ¿un platillo volante?
Es el mismo médico que había dicho con agobio en mi primer regreso al mundo de los vivos:
- Yo a este hombre no le encuentro la vena, la tiene muy profunda.
Os podéis imaginar la tranquilidad y la confianza enormes que me embargaron cuando se lo escuché, como manifestación de lo difícil que le estaba resultando introducir todo aquel cableado por la femoral, desde la ingle hasta mi corazoncito.
Adiós de nuevo y de nuevo vuelta a otro destello de conciencia.
Manuel está diciendo:
- Tiene las venas complicadísimas -tortuosas creo que dijo –
Aquí me arrepentí de la broma de hacer preguntas metafísicas (ahora os explico) y, como esta vez fue la única en la que me vi con la capacidad de hablar, le dije:
- ¿Cómo va eso, Manuel?
Y me respondió – con preocupación - que mi sistema vascular era muy enrevesado.
Yo le dije:
- Ya lo siento.
Y él:
- No es culpa tuya.
Lo de la broma fue al principio:
- Hola, me llamo Manuel. ¿Quieres hacerme alguna pregunta?
- Sí, pero se trata de preguntas metafísicas del tipo quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos.
No me responde. Creo que no le ha gustado. El otro médico no dice nada.
Antes le había preguntado al celador que me transportaba en la silla de ruedas cuando llegamos al quirófano, el porqué de tantos espectadores (había mucha gente, la verdad) y me dijo que no sabía. Yo imaginé que en la operación debía de haber alguna novedad de enjundia, porque por guapo no creo que fuera.
Tres enfermeras y dos cirujanos. La más enérgica de las enfermeras lleva la voz cantante y no deja de hablarme sobre cómo tenderme, sobre la vía que me coloca en el brazo y sobre no sé qué más, y todo lo acompaña con cariños y cielos que no me molestan porque sé que en realidad sólo trata de decirme que todo va a salir bien y que no debo preocuparme, y porque en esas circunstancias a uno le parece bien hasta que le llamen cariño si se trata de que todo el circo acabe con la condena al destierro de esas arritmias que me traen por la calle de la amargura.
Pero ahora el negocio se nota intrincado, y yo recibo retazos de conversación en cada renacer al mundo de la vigilia que no van dirigidos a mí: diálogos, órdenes y quejas sobre mi querido órgano cardiaco que se ve en aquella pantalla en cinemascope, y aunque comprendo que las dudas y las maldiciones son normales en cualquier trabajo, para mí son la única pista de cómo está yendo.
Mal, vaya.
Good bye otra vez y otra vez los sentidos de vuelta.
El joven:
- Tienes que abrir otra vía en el brazo izquierdo, a ver si así llega mejor.
¿El qué?, me pregunto.
Antes de irme de nuevo siento (¿siento?) como la enfermera resolutiva me manipula el brazo izquierdo, pero no noto el pinchazo.
Otro fundido en negro.
Y entonces sucedió.
Las puertas del cielo debieron abrirse un instante antes de mi enésima vuelta a la consciencia y hete aquí que habían dejado entrar en escena al arcángel San Gabriel o San Rafael o alguno de sus primos arcángeles. La forma que adoptó fue la de un individuo mayor que los otros dos (en la cincuentena debía estar, pelo crespo, cano y corto) y de las muchas virtudes que en seguida le supuse no era la menor la de poseer una voz que me pareció de locutor de radio.
La consola, que ahora manejaba él, casi no me permitía verle la ligera sonrisa irónica - como la de Mona Lisa, pensé – pero si escuchar su timbre grave y seguro, diciendo:
- Ahora sólo voy a dejar una marca en la orejuela, solo la marca; porque luego voy a volver
O:
- Veis, aquí sí que puedo quemar ahora.
Y yo alternaba la mirada entre lo que veía de él y los gusanitos moviéndose en la pantalla a mi izquierda.
Claro que tampoco entendía nada del ahora monólogo, pero no me hacía falta; lo comprendí todo a través de la sonrisa etrusca, el tono didáctico y la evidente calma que se gastaba, mientras jugaba a los marcianitos en aquella Play Station que sólo el veía.
Para que luego se organicen disputas en torno a la importancia relativa del fondo y la forma. Ese día me quedó claro que la forma es mucho más importante.
Y entonces me iluminó una epifanía: el nerviosismo de Manuel y de su compañero era un nerviosismo de novatos. Lo mío no era tan complicado: San Gabriel dixit.
Porque ahora - ¡aleluya! - habían llamado al más listo, al que habían mantenido en el banquillo (vaya usted a saber por qué, estaría ocupado en otro sitio), y que sabía manejar la cosa robótica aquella y no le asustaba mi enrevesado sistema vascular.
Otra vez fundido en negro, pero esta vez feliz.
Volví en mí por última vez al sentirme llevado en volandas cuando entre seis - 88 kilos - me cambiaban a la camilla móvil. Pregunté la hora. Cinco horas y media. Con tanto ir y venir al limbo de los justos se me habían hecho cortas.

Carlos Coca Senande
Grupo A


Contra el dolor, las palabras

El psicólogo las utiliza; el médico de cabecera, ante tanto vocablo digital, hace uso de los sinónimos; el grupo sanguíneo lleva una letra; hay enfermedades de tres caracteres; en las operaciones hay que firmar la letra pequeña… incluso, en los momentos de recibir la noticia de algún fatal desenlace, sentimos que nos llegamos a quedar sin palabras.
Hay frases hechas para consolar, dar el pésame… y hasta las unidades del dolor llegan a tener verbos y términos que alivian en algunos casos tanto como los mismísimos calmantes. Los diccionarios son el almacén más completo de remedios contra el sufrimiento: amparo, calma, refugio, paz, respiro, ternura, sosiego, fortaleza, esperanza, renacer, luz, consuelo, gratitud, bálsamo, caricia, serenidad, esperanza, comprensión, dulzura, resiliencia, descanso… Se pueden leer y recibir antes y después de las comidas, sin separación de horas entre ellos. Se toman manuscritos, de forma oral, por el oído, tatuados, grabados y, si van acompañados de los abrazos, de forma intramuscular. Y solo tienen un efecto primario: el alivio. Además, ni se precisa receta para adquirirlos o recibirlos y no tienen fecha de caducidad. El lenguaje siempre es uno de los mejores laboratorios del alma. Solo eso. Todo eso.

Francisco Antonio Martín Iglesias 
Grupo A


Todas las preposiciones

Aún no habían aparecido los filos del alba cuando Emilia se levantó de la cama y se fue directa al estudio. Sin peinar, sin lavar, sin desayunar. En pijama, se sentó frente al ordenador y puso en marcha el equipo. Tenía que plasmar en la pantalla lo que le bullía en la cabeza. Y no era nada bueno.
La noche se había mostrado inmisericorde, no había por qué alargarla. A pesar de las mil vueltas que dio en la cama no consiguió dormir ni siquiera dos horas. El problema no era la cama, ni siquiera la postura en que estuviese tendida. El mal estaba en la cabeza donde se concentraban baterías de insufribles pinchazos que, a veces, por su intensidad y duración, llegaban a desconectarla de la realidad. ¿Migraña? ¿Neuralgia? ¿Tumor? Qué más daba el nombre que le diera a ese castigo inhumano que la postraba, cada vez más seguido.
Por eso, cuando tenía un momento de lucidez, se lanzaba al escritorio. Escribía por el dolor, y para el dolor. De hecho, entre escribir y dolor podría intercalar todas y cada una de las preposiciones del diccionario español. Puesto que en su vida solo existían esas dos palabras.
Escribir era una terapia contra el dolor. Por eso se enfrascaba en un texto infinito que le permitiera afrontarlo. En él le hablaba de tú a tú y, en esta ocasión, le conminaba, a acabar de una vez por todas.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Escribir (y leer) con dolor.

(…) El dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre,
que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales; (…)
y yo quiero deciros que el dolor es un don,
porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre. (…)
Ahora que estamos juntos
quiero deciros algo,
quiero deciros que el dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre vayas a donde vayas,
es un largo viaje, con estaciones de regreso,
con estaciones que no volverás nunca a visitar,
donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía. (…)

Luis Rosales


Por una necesidad que se comprenderá de inmediato, visité la consulta de un médico traumatólogo que me trataba amigablemente, y le conté que me dolía la zona lumbar, que pasaba temporadas en que me afligía más y otras menos, y que en ese momento me estaba molestando intensamente. Los médicos, ya lo dejó escrito Bob Dylan – God gave name to all the animals, in the begining, in the begining – que son mucho menos poderosos que Dios, también les ponen nombre a todas las cosas, y así mi traumatólogo, que era un conspicuo representante de tan admirable profesión, me dijo que yo padecía una “lumbalgia crónica recidivante”. Noté, sin darle trabajo al cacumen, y en respetuoso silencio, que eso era exactamente lo que yo le había dicho antes a mi afable médico, sólo que con más palabras.
Hace muchos años, lo que empezó como una recidiva más de mi lumbalgia crónica, al levantarme una mañana, se convirtió en un dolor agudo que martirizaba atrás en el muslo izquierdo, cuya tortura descendía por la cara interna de la rodilla, alcanzaba el suplicio la parte exterior del pie, pasando la aflicción por la pantorrilla sin respetar músculos, ligamentos, tendones ni, lo peor de todo, nervios, que se manifestaron irritados hasta la exasperación, y que me dejaban en la más rotunda indefensión, desesperado, incapaz.
A partir de ese día, poco importaba que me sentase en posturas cuasi acrobáticas, que me echase en la cama de frente o de perfil, que permaneciese de pie o tratase de caminar, el dolor era absolutamente desquiciante. Muchas noches me levantaba de la cama, e iba a apoyarme ligeramente inclinado en el respaldo de un sillón o una butaca en otra habitación, lo que me proporcionaba dos alivios: dejaba de molestar a mi pobre esposa que trataba de dormir a mi lado, y el cambio de postura permitía que el dolor se mudase a otro domicilio anatómico cercano.
Más visitas médicas y algunas pruebas pusieron de manifiesto que la última vértebra lumbar y la primera sacra – vaya nombre para un trozo de columna que estaba implicado en el peor dolor que nunca había padecido (creo que este detalle me alejo definitivamente de ese mundo) – habían permitido que un disco intervertebral – que uno también sabe utilizar palabras de cinco sílabas[1] – se desplazase a coquetear con una raíz nerviosa del mismo barrio.
El dolor era tan incapacitante que me mantuvo con diversos tratamientos farmacológicos aproximadamente dos meses en reposo.
Y ese forzado descanso me condujo a lo que quiero contar finalmente: leí con un placer inmenso la novela “Doctor Fausto”, de Thomas Mann. Al irla leyendo, recordé que hacía muchos años estaba entre mis libros “La novela de una novela”, del mismo autor, en la que narra en qué condiciones históricas y artísticas abordó la escritura de tal obra maestra (calificativo que no es solo mío, obviamente). Y aquí viene lo interesante, lo leí para saber cómo surgió la historia de Adrian Lewerkühn y encontré en las primeras páginas este texto:
“(…) Los periodos de bienestar físico y de rebosante salud, los periodos sin perturbaciones, cuando uno tiene el paso firme, no tienen por qué ser los más productivos. He escrito los mejores capítulos de Carlota en Weimar entre los tormentos, que no pueden describirse a quien no los ha experimentado, de una ciática infecciosa que me tuvo más de medio año con enloquecedores dolores, para evitar los cuales me pasaba en vano noche y día buscando la posición conveniente. Después de noches de cuya repetición quiera guardarme Dios, el desayuno solía procurar un poco de calma al nervio inflamado y, sentándome de alguna manera, un poco de través, al escritorio, realizaba una unio mystica con Él, con el “Astro de la más bella altura”. Claro está que la ciática no es una enfermedad que toque profundamente a la vida y, a pesar de todas sus torturas, no se la considera enfermedad grave.”

La novela de una novela. Ed. Sur, Buenos Aires, 1961. Págs. 10 – 11. Traducción de Alberto Luis Bixio.

Es evidente que, del mismo modo que quien camina con muletas acaba encontrando muchos colegas con ellas en la calle, y las embarazadas encuentran también con facilidad muchas más mujeres en tan prometedor estado, mi nervio ciático también alcanzó una “unión mística” con el texto antecitado, y leí con sorpresa y solidaridad el párrafo que tan bien reflejaba mi padecimiento.
Y, lo que resulta aún más evidente, esas lecturas me condujeron, una vez más, al convencimiento de que escribir correctamente no es fácil, pero hacerlo con el “gran estilo” de los autores clásicos que admiro está tan lejos de mi alcance que hace innecesario que declare que soy un modesto escritorzuelo; leerlos, simplemente, no me deja otra opción que ser humilde.


[1] Se cuenta que John Lennon se burlaba con aviesa intención de su compañero Paul McCartney diciendo que era de ese tipo de gente petulante que utilizaba palabras de cuatro sílabas o más…

Juan Delgado
Grupo A


Escribir sobre el dolor y la herencia

Empezó la niñez con barro helado en el patio y en las rodillas. ¡Qué frío! ¡Cómo dolían los pies y las manos! En tercero dolía el anillo de doña Rosa y en cuarto, la regla de don Manuel. ¡Cómo dolía la regla sobre los dedos pasmados! También la vergüenza. Y las muelas, mucho.
A la abuela Herminia no le dolían las muelas, ¡no tenía ni una! Le dolía el reuma y la artrosis, y al abuelo Armengol, la cicatriz de aquella vez que le corneó la ternera en el costado. A los dos, el hijo que perdieron en los años de miseria. A su padre le dolía la guerra, el hambre, la cazuela de berzas, los curas sádicos del colegio en aquel gran edificio de piedra. También le dolía su madre y, demasiadas veces, el bolsillo. A su madre, la bofetada que le dio la abuela cuando se cortó las trenzas, allá por el 56. También le dolían sus hijos, que eran muchos, pero era buena maestra de cómo sobrevivir al dolor. Al abuelo Gabino le dolían las piernas, quizás fuera la gota. Y a la abuela Prudencia le dolían las despedidas de los domingos y la ausencia. A su tía Reme siempre le dolió la soledad y los ojos de tanto zurcir piezas. Y a sus tíos, digo, a uno, Use, la extrañeza de la ciudad, a otro, Vito, la desazón de las injusticias, a otro, Benjamín, las listas de la secreta. Sigo. Su hermano mayor, Quico, se caía mil veces, era duro, pero algo le dolería, se supone. A su hermana Mona, le dolían, sobre todo, el orgullo y la soberbia. Luego le dolieron los partos y el marido. Más tarde, la pobre, se rompió en mil pedazos y vive enganchada a cócteles de la farmacia. A sus hermanos más jóvenes les dolía el poco caso que se les hacía, se comprende. Al pequeño, Mariano, le dolían los insultos de otros niños de la escuela. Ella tuvo una hija, Marieta, y ahora, a su hija le duelen su padre y los fracasos. Está en edad de ello.
Y a ella, ¿qué le duele a ella? Le duele su hija, le duele su padre, le duele su hermana, le duelen sus hermanos, le duelen sus padres y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres, sus tíos. La garganta ya no el duele, pero le duelen el nervio ciático y el simpático, las rodillas, la casa vacía, las cajas de la mudanza, los adioses, el cáncer, la pérdida, la carencia y la herencia, la vejez y el poco tiempo que queda. A veces, la cabeza.
Pero, no todo es malo, muchas veces le ha dolido la tripa de reírse tanto. 

Marisa Sánchez
Grupo C


Te escribo sin dolor

Ya no escucho el silencio de tu tacto
aprendí a volar en su espesura,
ya no guardo su huella en mi cintura
ni siquiera recuerdo su contacto.

Soy consciente de aquel momento exacto
en el que me olvidé de tu figura
y le puse a tus males una cura
que me hizo revivir casi en el acto.

Ahora, sin dolor, puedo nombrarte,
ya no quema tu ausencia en mis entrañas,
logré salir intacta de tu engaño.

Ahora, ya feliz en otra parte,
me río de tus cuentos y patrañas
pues pude renacer después del daño.

Aurora Zarco
Grupo B


Escribir mediante dolor

El dolor inspira la mejor literatura. En los libros los vemos de todo tipo. Dolor físico, crónico, intermitente, del espíritu, mal de amores, molestias leves, dolor de muelas, y más. A estos debemos añadir todos los miedos a que nos llevan las situaciones dolorosas, el terror a sufrir y al final el espanto de desaparecer.
Por este motivo, y por otros más, nunca escribiré con calidad literaria. Para sentir es preciso tener alma y yo soy una desalmada, me la extirparon tras una crisis de fe. Mi umbral de dolor sorprende, debe ser tan alto como el ojo del puente Vasco da Gama bajo el que pasan los poéticos veleros y los codiciosos portacontenedores con millares de ellos a bordo.
Mientras tanto, asisto emboscada a este taller donde otros son capaces de transmitir sus emociones con palabras.
Lástima que, tras la crisis, también perdí la esperanza. Caridad nunca he tenido.
Una desalmada

Enrique Martínez
Grupo C


Entre el dolor y la pena

La luna de otoño
se enreda entre las ramas
de los árboles.
Entre el dolor y la pena
se cruzan mis brazos
tratando de calmar
esa angustia que duerme
en mi pecho.
Mis ojos imploran al cielo
buscando el remedio
para tanto dolor.
Me quedo con la pena
que me persigue
desde hace tiempo.
No hay tratamiento
para la nostalgia
ni para la tristeza.
Dicen que el tiempo
lo cura todo,
pero hay sombras
que no tienen tratamiento.

P.G.
Grupo C


Era noviembre

Íbamos caminando
de la mano
por un camino alfombrado
de hojas amarillas,
despacio, entre castaños.
Hoy, que me acerco
hacia el otoño,
te busco en las sombras
de la tarde,
Imploro tu nombre
y no te encuentro.
Secos de ausencia,
mis labios, buscan consuelo
en la fuente del camino.

P.G.
Grupo C


Tras el dolor

La causa de aquel dolor fue una pérdida importante. Una vez superada, aceptada o atenuada, se volvió a sentir a salvo.
El dolor lo inundó todo. El sentimiento permanente de la pérdida, a cualquier hora y en cualquier momento. Las ganas de compartirlo al principio, pero la certeza de que cada vez interesaba menos al resto de las personas que, por otra parte, salvo escuchar, poco podían hacer por remediarlo.
Los recuerdos llevaban a acontecimientos dolorosos y los pensamientos sobre el futuro eran desoladores.
La tristeza llegó acompañada de la necesidad de huir de ella. Para eso, cualquiera tiene recomendaciones y consejos.
Quizá en el mundo en que vivimos, pretendemos solucionarlo todo con una receta, una lista de cosas que hay que hacer y el problema desaparece.
El dolor no desaparecía. Es más, se somatizaba. Los oídos, el estómago, las articulaciones…….
Después llegó el vacío.
La última etapa de aquella experiencia fue reconocer que el dolor estaba ahí y que hacía mucho daño.
Después de todo ese camino, piensa que ha aprendido tanto como para sentirse a salvo de las garras del dolor.
¡Reconocer que es parte de la vida es tan doloroso!

Teresa Sanz
Grupo B


Contra el dolor... Humor

Saliendo un día de casa camino del yoga, iba pensando en el humor de Gila: la historia del padrastro que tirando tirando, pellejito a pellejito llegó a despellejarse vivo; el petardo que le pusieron en aquel pueblo al forastero en la oreja y al hacerlo estallar y rompérsela en mil pedazos, le dijeron a su mujer que si no sabía aguantar una broma que se fuese del pueblo; y de aquel otro que se agarró a los cables de alta tensión y quedó como la ceniza de un puro... Iba yo cavilando cuando me crucé con mi amigo Manolo, me paro y se me ocurre preguntarle ¿qué tal estás? ; error, ¡craso error!, me contó todos sus males, bueno casi todos pues al despedirme me voceó: ¡también estoy sordo!. El pobre tiene cinco hernias discales lumbares (tiene casi más hernias que vértebras), también las tiene cervicales; ¡madre mía!, con lo que debe doler eso. Le duelen las dos rodillas, camina cojeando y con gesto doloroso; de una, me cuenta ya le han operado de menisco, y de la otra le van a operar en breve poniéndole una prótesis; no sé cómo quedaré, me dice, pero peor que estoy no creo que quede, así que me voy a arriesgar. Tengo miedo, me cuenta, porque en una ocasión después de una intervención me quedó retención de orina, y tuve que estar varios meses con la sonda puesta.
Continué caminando rápidamente a la vez que iba pensando que le recomendaría la lectura de un libro gordo, más gordo que El Quijote y que se titula: Patología Médica. Al leerlo en cada capítulo se reconocerá como protagonista, dirá: mira de este que están hablando, pues mira tú, ese soy yo. Se sentirá Sancho escuchando las historias del autor del libro y viéndose en muchos de ellos reflejado. Cada noche al leer un capítulo y cerrar el libro se dirá: hoy nos hemos operado de una hernia y hemos quedado bien; mañana nos operaremos de otra y a ver qué tal nos va.
Vivir con dolor, pero siempre con humor. De todas formas, siempre nos quedará poder darnos un golpe en el hueso de la risa.

José Luis Fonseca
Grupo A


Escribir doler

Escribir para doler
cuando no tenemos más que dolor
anclado en nuestras llagas
sangrando aliento de desconsuelo y rabia.

Escribir ante el dolor
de rodillas, suplicando
arrastrar el veneno de su aguijón
atemperando pasajeras tempestades.

Escribir sobre el dolor
cuando ya nos había arrebatado todo
desabrigados, sin mirarnos a los ojos
culpándonos de aquello que perdimos, que no fue.

Escribir con dolor
postrados, adorando a un dios que no te ve
extraviando miradas, espantando brazos
silenciando el paso.

Escribir sin dolor
de la mano, deseando los cuerpos desnudos
exprimidos entre dientes
gritando sin pudor nuestros nombres
arrebatado al sexo dormido
desgranando alientos lascivos.

Elena Domínguez
Grupo C


Seas como seas

Seas como seas… agudo como alfiler en el acerico, hiriente como puñalada en el costado, irreductible cual numantino, insistente como son los amantes despechados, constante como la corriente del río, expansivo como la mancha de sangre bajo un cadáver, aterrador y ardiente a la manera de volcán en erupción, infame como quien maltrata a un niño, insoportable como todas las arengas, exasperante como uña sobre pizarra, persistente a la manera de la carcoma, inoportuno como mosca en invierno, omnipresente cual dios vengativo, palpitante como corazón enamorado…
Seas como seas, dolor, ay dolor, nunca eres bien recibido.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Escritura analgésica con tratamiento de choque
El dolor y las preposiciones

A veces, ante la inminencia de los primeros síntomas del dolor, bajo los efectos ya menguantes de las pastillas, sin esperanza de poder evitar su zarpazo y consciente de que la noche va a ser dura e interminable, con un esfuerzo contra natura de mi cuerpo herido consigo levantarme de la cama, y desde mi cuarto voy hacia el escritorio sentado en mi silla de ruedas, sobre la que circulo por el pasillo de mi casa mediante el uso del mando, entre botones que mis dedos ya manejan con una cierta destreza, hasta que logro situarme frente al ordenador, lo enciendo, y tras unos segundos de espera, que aprovecho para mirar las estanterías de la biblioteca, llenas de libros en los que, cabe decir, siempre he depositado todas mis complacencias, abusando de la cita bíblica so pena de ser considerado irreverente por los guardianes de la fe, vía fanatismo versus conocimiento, y según tengo ya por costumbre como el mejor antídoto frente al asalto del dolor, me pongo a escribir durante el tiempo necesario para que consiga distraerlo hasta que pueda tomar una nueva dosis del anestésico, lo que no impide que sienta su despiadada presencia, pero al menos hace que todo pase más rápido, esperando que llegue mi querida enfermera, a primera hora de la mañana, con el libro que le encargué ayer, como una promesa en el bolsillo de la bata que le regalé y le sienta tan bien, quizá un poco ajustada, lo que ha resuelto con su proverbial diligencia quitándose algunas prendas, para embutirse en ella como si fuera una segunda piel.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Sobre la Vida y el Dolor

Sobre el ocaso y el alba,
en mi cuerpo apareces
y sin permiso te alojas,
a hurtadillas, sin pudor.

Sobre mis sentidos, luchas
como amo, dueño y señor
y en tan desigual batalla
no aceptas rendición.

Sobre mi piel, tus huellas dejas
a golpe de cincel y dolor,
indelebles y profundas
como el mejor grabador.

Sobre mi alma, la esperanza
de un tenue rayo de luz
que atraviese con su espada
el peso de mi cruz.

Sobre el eco de un llanto,
el dolor no será en vano
sí al despertar a la vida
sobre mis brazos, estás tú.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Escribir

A pecho descubierto
Ante ojos analíticos y
Bajo los efectos del sentimiento
Cabe decir susurrando
Con la suspicacia propia adquirida
Contra toda recomendación
De los mayores miedos hablamos
Desde ese recoveco invisible del corazón
Durante los días del desánimo
En habitaciones sin ordenar
Entre papeles arrugados
Hacia un horizonte incierto
Hasta que el cuerpo aguante
Mediante quién sabe qué drogas
Para anestesiar el alma
Por tremenda y cobarde huída
Según llegue o no el día
Sin futuro ni esperanza
So pretexto de no verme
Sobre sábanas sucias luchando
Tras torres caídas
Versus ese demonio informe
Vía la garganta descarnada del

Dolor

Sara GL Terrén
Grupo C


Escribir desde el dolor para el dolor

Con los párpados semicerrados y las sienes palpitando.
Para que sepa lo ruinoso que llega a ser.
Para que se calle de una puta vez, y grite en este inmaculado papel;
que lo manche de rojo, de negro…
¡Qué el incendio se haga letra!
Que quede plasmado, para que sepan los que han de saber.
Para cerrar el círculo.
Para compartir piel y papel.

Eva Hernández
Grupo A


Preposicionando el dolor

Escribirle AL (A+el) dolor es una mala elección. Si puedes, elige otro destinatario más agradecido; de lo contrario, te salpicará la pena y, al mirarte al espejo, no podrás evitarlo y arrancarás a llorar; no te quepa duda.
Escribir ANTE el dolor es una insensatez. Es como plantarle cara al primo de Zumosol, que te la partirá por chulo (la cara). Mejor no te hagas el valiente, deja que lo hagan otros y que se la partan a ellos.
Escribir BAJO el dolor es como soportar el peso de un fardo de patatas de cincuenta kilos, o más. Acabarás que no eres persona, una auténtica piltrafilla. Mi consejo es que, si no te queda más remedio, cojas un paraguas bien resistente y te cobijes hasta que pase la tormenta; pues, como dice el refrán, después de la tempestad…
Escribir CABE el dolor, según dice la RAE, resulta arcaico, en desuso, por lo que no pasa nada si no lo haces, se te permite. En cualquier caso, es una lástima que la RAE casi como que se lo haya quitado de un plumazo, porque con su significado de estar “cerca de” “junto a”, podría resultar una buena estrategia esa de ponerse cerquita del dolor; mejor eso que tocarle las narices, vamos.
Escribir CON el dolor es una postura inteligente. Te haces su cómplice, te conviertes en su colega; pues, como dijo San Lupo de Troyes: «Si no puedes con tu enemigo, únete a él».
Escribir CONTRA el dolor es de imbéciles. Evítalo si puedes, pasa de ello; solo te reportará quebraderos de cabeza y que acabes hasta los mismísimos; es mucho más fuerte de lo que te piensas.
Escribir DEL (De+el) dolor es soportable; pero solo si marcas distancias; pasará de ser una emoción dolorosa a convertirse en tema de conversación sin más: como escribir de fútbol, del tiempo, de la comida o de cualquier otra cosa vana; tómatelo de esa manera.
Escribir DESDE el dolor está bien siempre y cuando mantengas con él una relación erótica, de amistad íntima, o paterno-filial, y crees esa zona de confort en la que te encuentras más a gusto que un arbusto.
Escribir DURANTE el dolor tiene la ventaja de que sabes que no es para siempre, que es pasajero; por eso apenas si te duele mientras escribes, como que lo haces inconscientemente, no se te ocurrió otra cosa mejor que hacer y vas y te sientas a escribir, a esperar a que se pase, como el marido que se sienta a comer pipas en un banco para hacer tiempo hasta que llegue su mujer y pedirle el divorcio.
Escribir EN el dolor es como si te cayeras a un pozo y el equipo de salvamento no pudiera acudir en tu ayuda porque está de vacaciones, o atendiendo una emergencia, o porque no le da la gana ir. Vamos, que ahí te quedas, apáñatelas.
Escribir ENTRE el dolor, eso sí que está bien. Al principio, cuando te llega, es jodido, te acuerdas de todos sus muertos, pero una vez que consigues vencer ese primer obstáculo, oye, que te encuentras a las mil maravillas, muy arropadito entre sus brazos.
Escribir HACIA el dolor es de tontos de capirote. ¿Qué se te ha perdido a ti en el dolor como para que vayas a su encuentro? Déjalo y no malgastes tus fuerzas; el día que menos te lo esperes lo tendrás delante de tus narices y ese día sí que las necesitarás, ya lo creo.
Escribir HASTA el dolor es hacerle un corte de mangas. Vas por la vereda veredita verde de tu vida tan agustirrinín, sin preocuparte por nada, y cuando vislumbras su sombra —cerca o lejos— te dices: «¡Ah, no!», y te das la vuelta, o cambias de rumbo; esa línea roja que has marcado y que te recuerda que de ahí no puedes pasar.
Escribir MEDIANTE el dolor es muy parecido a lo de escribir CON, pero más reconfortante. Es como cuando estás enfermo pero tienes a alguien que te cuida, casi hasta te mima.
Escribir PARA el dolor es como escribir AL (A+l) dolor, pero con mayor entusiasmo; vamos, que te lo tomas más en serio, como si tuvieras que demostrarle que lo sabes hacer, que la cosa no va de cachondeo.
Escribir POR el dolor está justificado en sí mismo. Relación causa efecto, que se llama; como el que se moja porque llueve, o come porque tiene hambre, o se queda en la cama porque le da la gana.
Escribir SEGÚN el dolor no deja escapatoria para la improvisación, es lo malo. Escribes en función de lo que a él le dé la gana; eres un asalariado vilmente explotado por un patrón del todo intolerante; a obedecer toca.
Escribir SIN dolor; eso sí que está bien. Vamos, que le has plantado cara y, con dos cojones, le has dicho que contigo no se juega, que se vaya a la mierda. Esto en la cultura occidental, porque en la oriental sería algo así como que has llegado al nirvana, y en ese estado ya sabemos que el dolor tiene poco que hacer, salvo agachar la cabeza y rendirse.
Escribir SO el dolor (como en el caso de CABE) la RAE dice que su uso es arcaico; como si nuestros ancestros sintieran el dolor de una manera diferente. Bueno, si quieres saber cómo sentían el dolor aquellos hombres y mujeres de otros tiempos, escribe SO el dolor y lo comprenderás.
Escribir SOBRE el dolor depende; si lo haces bajo la acepción de «encima de» está genial; eres todo un vencedor, una especie de superhéroe; pero si eliges el significado de «acerca de», prepárate, es como si tuvieras que escribir una tesis; aparte de sufrir, vas a tener que documentarte mucho y acabarás dolorido.
Escribir TRAS el dolor es un poco de cobardes, parece como que te escondieras; pero, oye, tampoco está la cosa como para sacar pecho; así que, si puedes, hazlo y escóndete detrás de él.
Escribir VERSUS el dolor es lo mismo que decir CONTRA pero en latín; me parece una idiotez por parte de la RAE; o sea, que tacha «cabe» y «so» de arcaico, pero luego va y te mete otra preposición en una lengua, no ya arcaica, sino muerta; y aunque dicen que donde manda patrón no manda marinero, en este caso el marinero, que soy yo, me niego a obedecer y lo del VERSUS el dolor va a ser que no pienso ponerlo en práctica.
Por último, escribir VÍA el dolor resulta interesantillo; es como un tiempo muerto, esa escala que te obligan a hacer, siempre incómoda, para llegar a tu destino pero que es así, es lo que toca.
En fin, que «escribir» y «dolor» dan para mucho. Utiliza, pues, la preposición que más asco te dé y… a soportarlo.

José Manuel Romero
Grupo C


Por el Dolor
Para María. Diario de una preadolescente.

Tendría si acaso doce años, el cabello largo y oscuro, un cuerpo todavía de niña que empezaba apenas a cambiar al de una adolescente y montones de hormonas que iniciaban su loca carrera hacia la pubertad. Un uniforme de colegiala; falda tableada tela de cuadritos en tonos azules, rojos, verdes y grises. Blusa blanca de manga corta, chaleco y jersey rojos, calcetas también en blanco y zapatos cerrados, serios, en negro. Colegio de monjas.
Una mañana desperté con un profundo dolor de muelas. Después de la ducha y el café con leche de cada mañana, me subí al coche junto a mis hermanas, como cada día, para comenzar la jornada diaria del colegio; La formación como ciudadana de bien y la educación católica a la que toda chica de buena sociedad de aquellos tiempos, correspondía. Eran los años ochenta.
El dolor comenzó a hacerse cada vez más intenso, más agudo. Punzadas en pómulo izquierdo cada vez más fuertes, después en el derecho, luego en toda la cara, al final, en toda la cabeza, estaba volviéndome loca. Pedí a la profesora de química, una mujer enorme, gorda y masculina que me permitiera dejar para otro día su brillante exposición sobre la tabla periódica de los elementos y me dejase ir a la enfermería. Accedió a regañadientes, ella sabía que nada me apasionaba menos que ese desfile de nombres raros y numeritos definiendo Dios sabría qué, pero, al final, me creyó, se dio cuenta que aquella vez estaba diciendo la verdad y me dejó salir.
Ya en la enfermería pude pedir auxilio a la monja enfermera para curar ese dolor que estaba terminando con mi de por sí débil cordura de preadolescente.
-Ofrécele tu Dolor a María dijo con aire de santidad la madre Espíritu Santo, mientras me alargaba una aspirina y un vaso de agua hasta la camilla donde me tenía recostada. Vamos a llamar a tu casa para que vengan por ti. Ofrécele tu dolor a María y al Sagrado Corazón de Jesús.
Aquella misma tarde mi madre consiguió una cita de urgencia con el dentista y antes de poderme dar siquiera cuenta, estaba ya en aquella silla de las torturas con el taladro adentro de mi boca. En medio del espantoso sonido del taladro destructor de dientes, mis cuatro muelas del juicio fueron extirpadas. Sangre, dolor y lágrimas. Tal vez, debido a esa tremenda mutilación dentífrica, nunca he sido ni seré una mujer juiciosa. Destino.
Ofrécele tu dolor a María. Resonaban las piadosas palabras salidas de la boca de Sor María del Espíritu Santo en mi cabeza. Ofrécele tu dolor a María.
Dos semanas estuve con la cara deforme por la hinchazón de la boca y las mejillas. Apenas y me reconocía en el espejo. No comí en esos días más que caldo de pollo y no bebí más que agua. Las calcetas del uniforme se me bajaban hasta el tobillo pues las piernas se me adelgazaron de tal manera que no las rellenaba. También hubo que recorrer el botón de la falda tableada del uniforme y rellenar el fondo de los corpiños con algodones cuando a los chicos del colegio de los Maristas les daba por pasearse enfrente de la puerta de salida a las tres de la tarde. No se podía vivir con esa ausencia total de atractivos físicos.
Ofrécele tu dolor a María.
 
Esperanza García
Grupo A


Génesis, 3:16


“En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos ; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”

- ¡Oooogh! -Carmen aulló doblada sobre sí misma al borde de la cama.
- ¿Algo va mal? - la interpeló Jaime mirando con indulgencia a su mujer con el sueño aún pegado a sus pestañas.
- Creo que nuestra “Rosquillita” se acerca a la meta - le sonrió ella entre soplidos espaciados para enfrentar el dolor.
- ¿Salimos yaaaaa? Un momento; cojo la maleta y bajo a por el coche –exclamó el futuro padre aturullado por la emoción.
- ¡Jaime, calma!. El proceso es largo y, la verdad, prefiero aguantar en casa hasta ver cómo evoluciona el parto. ¡No me apetece parecer una histérica primeriza!. Además, un buen desayuno casero me animará el espíritu. Por cierto ¿qué hora es? -
- Las 4:54 h. cariño, y es la tercera contracción más o menos regular. ¿Estás segura de querer esperar? 
- ¡Totalmente!. Anoche hablé con Estrella, mi matrona, y deseo ser yo quien imponga mi ritmo y dirija el alumbramiento. 
Jaime apartó suavemente un mechón de su cara y la besó con dulzura en la frente. Ambos lograron tranquilizarse. Pero ella no podía dormir; se acarició el pronunciado vientre con ilusión imaginando el momento en que se miraran por fin a los ojos. No sentía angustia ni temor al dolor pues el resultado de su esfuerzo iba a merecer la pena.
Desayunaron en la mesa de la cocina sin prisas. Carmen pensó que no se reconocía a sí misma. Y sin precipitación llegaron al hospital poco antes del medio día con dolores cada diez minutos y una dilatación de 4 cm.
De Urgencias la derivaron inmediatamente a Paritorios. Nada más llegar, y sin haber visto aún a su matrona, le propusieron inyectarle oxitocina para acelerar el parto, pero ella se negó: no deseaba sufrir contracciones más dolorosas de las que ahora toleraba ni sentirse atrapada en una cama sin posibilidad de moverse. Todo transcurría normal: los latidos de María eran fuertes y Carmen confiaba en el ritmo sabio de la naturaleza. Su cuerpo estaba diseñado para abrirse y traer a su bebé al mundo.
Jaime no se apartaba de su lado; caminaba junto a ella y le sostenía fuertemente la mano izquierda cuando arreciaba el dolor: - Venga cielo, que tu puedes! – Y continuaban el peregrinaje por la habitación. A medida que el momento se acercaba y la niña comenzó a coronar, el joven padre intentó insuflar ánimo a aquella mujer que yacía exhausta sobre la mesa de partos:
- ¡Venga chata, que lo que queda es pan comido! 
- ¡Oooooooooht! ¡Que te follen!
- ¡Bueno cariño, así fue como nos metimos en este lío!

Romy Martinez
Grupo A


“Sin”

Escribir sin dolor es el anhelo que siempre busco. Encontrar los sustantivos, los adjetivos y los verbos adecuados para mostrar la belleza en lo escrito.
Así al alcanzar la cima y asomarme al abismo, ser capaz de que los que me lean, sientan la naturaleza como la veo yo. Notar el frío en tu cara al tiempo que tus ojos se alejan hasta el infinito, recordando la senda de robles otoñales por la que has subido. Sentir las hojas en tus acolchados, notar los latidos de tus compañeros y sus risas que te acompañan hasta la cumbre. Mientras los buitres sobrevolando nos vigilan.
El descenso se presentaba fácil. Los senderos ocultos para la mayoría, nos iban a mostrar otros bosques de troncos alineados, siempre Klim entre las filas arbóreas.
Escribir sin dolor el paseo por la charca en una tarde inexplicable de luz. El sol se filtraba entre las nubes mientras la garza levantaba el vuelo al sentir nuestras risas.
Allí estaban, sobre el agua, las sombras de los primerizos escritores, empeñados en encontrar el ritmo de las palabras y su belleza para atrapar a futuros lectores.

JB
Grupo C


Desde el dolor

La propuesta de tarea de esta semana, es escribir utilizando una o varias proposiciones, sobre el dolor.
Repaso escritos de otras épocas, diarios y reflexiones mediatizadas por el dolor, contra el dolor o tras el dolor, y no me resulta fácil bucear en la memoria, buscar entre cenizas que parecían apagadas. El mero hecho de escarbar en ellas produce desasosiego y temor. ¿Es posible que aún queden rescoldos que creía apagados?
Muchas veces escribí como terapia, con rabia, desesperación, nostalgia o dolor físico. Cuando vuelvo sobre aquellos pasos dolorosos y la intensidad emocional que subyace, apenas me reconozco.
Es como si otra persona lo suscribiera, y me cuesta evocar aquellas palabras que no por extrañas dejan de sobresaltarme y producir cierto deseo de huida. Recuerdo temporadas difíciles, en genérico, pero había olvidado como lo reflejé en en una hoja de papel.
Quedaron esos momentos atenuados por otras capas de la memoria, postergados por la rapidez del paso del tiempo, almacenados en un lugar profundo para que no duelan, atrofiados por la urgencia de vivir.
Me veo escribiendo frente a una ventana y apretando el bolígrafo con fuerza, más que dibujar letras, estaba rompiendo el papel a modo de lamento o grito gráfico, a dolor vivo (otra preposición).
No quiero volver allí.
La pugna entre el olvido y la memoria.
Y sin embargo, asumo esas palabras escritas con dolor, cicatrices familiares que dan sentido al presente.

AMF
Grupo C


Desde el dolor

―Me han pedido que escriba acerca del dolor.
―¿Qué tipo de dolor?
―Físico.
―¡Qué interesante!
―Bueno…
―¿No te lo parece?
―No sé… No mucho.
―¿Por?
―Nunca he sufrido ningún dolor destacable.
―Seguro que sí, pero no te acordarás.
―Si me hubiera dolido de verdad lo recordaría.
―No puedo creer que nunca te hayas hecho daño.
―Claro que me he hecho daño.
―Entonces has sentido dolor.
―Sí, pero nada insoportable.
―Dime qué significa para ti “nada insoportable”.
―Pues… Me rompí la barbilla con 5 años. Tuvieron que darme seis puntos, pero lo que más me dolió fue que se bañara en sangre mi camiseta favorita. Nunca salieron las manchas…
―Tuvo que dolerte una barbaridad. Otra cosa es que el tiempo haya hecho que se te olvide.
―Me acuerdo perfectamente. Te doy otro ejemplo: cuando me quitaron las cuatro muelas del juicio estuve una semana sin poder tragar ni mi propia saliva y cada vez que hacía un gesto con la cara, por pequeño que fuera, saltaba algún punto y la boca se me llenaba de sangre. Más que doloroso, fue asqueroso.
―Ya… Eso tampoco suena doloroso... ¿Y no te ha pasado nada más?
―Claro que sí. Por ir con prisas me tropecé en el metro, lo que hizo que me clavara el borde picudo de las escaleras mecánicas y me destrozara el tendón rotuliano, me caí de la bici en una bajada yendo a más de 50 km/h, tuve un absceso sacrocoxígeo que no dejaba de supurar sangre y tuve que esperar casi tres meses a que me operaran y he albergado en mi estómago un par de úlceras.
―¿Me estás vacilando? Con esa lista puedes escribir perfectamente acerca del dolor.
―Suena a que si no lo hago es porque no quiero.
―Un poco, sí.
―Pero es que ninguna de esas veces sentí que mi vida girara en torno al dolor.
―Si a mí me hubiera pasado lo que a ti lo habría pasado fatal.
―Eres un exagerado.
―Será que tienes el umbral del dolor muy alto. De hecho… A lo mejor padeces un dolor crónico insufrible y no te has dado cuenta.
―No lo creo.
―Igualmente, me parece que tienes material de sobras para escribir acerca del dolor.
―Creo que el problema es la preposición.
―¿A qué te refieres?
―Si escribo es idealizando el dolor. Ese que se siente por el mero gusto de padecerlo, de regodearse en él; un dolor visceral, irreflexivo. Un dolor profundamente egoísta y apasionado.
―No te sigo.
―Escribo desde el dolor; un dolor metafísico.
―En ese caso, el problema no es sólo la preposición, sino el dolor en sí.
―Exacto. Por eso no puedo hacer los deberes. 

Lucía Sabater
Grupo A


¿Cabe mayor dolor que el que no duele?

El que quiere dar mate a tu partida
el que no halla un canal donde salir
el que no te amenaza con morir
pero hace que respires por la herida.

Y solo este dolor da la medida
de lo que de lo tú soportes tu sufrir
si pretendes que puedes eludir
que la Parca te tome por la brida.

Cuando la pena te quiere destruir
o solo te acompaña la tristeza
convierte en un calvario tu existir.

No encontrarás un lugar adonde ir
si la aflicción reside en tu cabeza
Solo queda tratar de resistir.

Pues, ¡no hay mayor dolor que el que no duele!

Calgari
Grupo A


Lourdes Lucha La doLencia:

o Lienzo limpio libre
o Libertad legal
o Limpieza loca lírica
o Localizar lugares lejanos
o Lima laminada lisa
o Lectura libre
o Lápiz/Lengua lían letras lindas
o Lágrimas longitudinales
o Lío largo
o Luz libre
o Local lírico latino
o Lamentarse lentamente
o Librerías longevas largas
o Lana liada lógicamente
o Lugar localizado limpio
o Localidades luminosas
o Liar lazos leales
o Lentamente limar luchas largas
o El Limón + el Larios + lírica lenguas libres
o Locución leal ( logopeda)
o Liderar lucha lógica
o Luna linda lejos

Anónimo
Grupo B


El árbol de la vida

Nunca imaginé que el invierno llegaría tan pronto
Que adiós sería una palabra tan larga, tan húmeda, tan obtusamente despiadada
Nunca imaginé que tu ausencia ocuparía tanto
Que la suma de dos términos “para”+”siempre” daría como resultado un cero tan férreo, tan seco, tan intensamente corrosivo.
Nunca imaginé una casa sin mantas
Cuando un lobo aúlla a la luna nueva, entregarse a la mar parece la única salida
Nada tiene que perder quien antes de naufragar, naufraga.
Nunca imaginé que hubiera luz en el abismo
Que el sufrimiento sería una palabra alargada que se alarga. El altar ante el que se postran los fieles de una religión egoísta y fanática. Pudre todo lo que toca
Nunca imaginé que si el dolor no se escribe en falso sus letras no supuran
Cuando un lobo aúlla a la luna nueva, su herida puede ser faro
Nada tiene que perder quien alcanza la orilla donde dos términos “eterno” y “fugaz” imprimen la misma tinta a la huella que dibujan en un papel blanco.
Nunca imaginé que solo el amor que se da es manta
En un jardín desconocido navega un árbol. Es un árbol misterioso.
Si las larvas no agusanan sus ramas, nacen mariposas.

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Dolor

Todavía recuerdo aquella mañana aciaga, de un viaje en coche de tres personas desde Madrid a Salamanca. Han transcurrido veinte años, y me parece que bien pudo haber sido ayer mismo. A una clínica privada de Madrid, nos remitieron unos oftalmólogos de Salamanca, para operar a mi padre de cataratas y glaucoma. Después de varias visitas previas a la operación, nos aseguraron que mejoraría la visión, si nos decidimos a llevarla a cabo. La operación aunque era muy cara, decidimos arriesgarnos, todo por la calidad de vida, para un hombre de 70 años, que se movía por el pueblo con soltura, montando en bicicleta y llevando una vida normal, sin ninguna otra enfermedad aparente.
El día que nos indicaron, acudimos por la tarde para citada operación, previamente con el resguardo de abono de la cantidad que nos dijeron costaba la operación.
La operación apenas duró una hora, al terminar mi padre apareció con los ojos vendados, indicándonos volver a la mañana siguiente , para quitar el vendaje y ver el resultado.
No pegamos ojo en toda la noche, esperando llegar por la mañana y ver a mi padre curado.
A las 11 era la consulta, y media hora antes ya estábamos allí, con cierta intranquilidad.
Un doctor muy joven, se acercó a la sala de espera y preguntó por los familiares de Luis.
Palabras textuales, dichas como un jarro de agua fría, “sentimos decirles, que el ojo no ha respondido”. La pregunta siguiente, fue la mía, ¿Que nos quiere decir doctor?, este doctor apenas podía hablar, trato de disculparse diciéndonos que había venido en mal estado, pero que tuviéramos esperanzas, porque había unas investigaciones con células madre y que en un futuro manteniendo el ojo con un tratamiento de gotas podrían volver a operar.
Ciego, era la palabra que no dijeron, no nos dieron ningún justificante de lo que le habían hecho, ni se disculpó el hospital.
El viaje de vuelta a Salamanca, horroroso, todos llorando, acordándonos de las células madre, para la siguiente operación que nunca llegó.
Veinte años más vivió mi padre ciego desde aquella operación, pero con optimismo, que nos daba ejemplo a todos. Dolor si lo tenía no nos lo manifestaba, dolor, rabia , e impotencia la nuestra, ante todos los casos que existan como los de mi padre.

Luis Iglesias
Grupo B