En nuestra play list musical sobre el tema escuchamos otras canciones sobre hombres y mujeres licántropos. Entre ellas la que el grupo Luar na Lubre tituló "Cantar de Romasanta", inspirada en las coplas de ciego escritas sobre Romasanta, el hombre lobo de Allariz.
Recomendamos los artículos "El enigma de la licantropía" de Encarna Lorenzo, publicado en el blog "Tinieblas en el corazón. Pensar la Antropología", y "El lobo da xente, el más cruel y aterrador de los licántropos" publicado en el blog Fantasía Celta.
Pero un día sucedió lo siguiente: la loba da xente entró en una cabaña en la que se secaban castañas. Había en el interior un joven que, asustado, se escondió sobre el secadero. La chica penetró en el interior de la cabaña y, creyendo que no había nadie, se desprendió de su piel de loba. Ante la visión del bello cuerpo desnudo de la joven, el mozo no perdió el tiempo. Con una larga vara que había sobre el secadero enganchó la piel y la lanzó al fuego. La joven gritó y quiso impedirlo, pero ya era tarde, pues la piel ardía. Cuando se hubo consumido, la joven recobró su condición humana. Le relató al mozo su historia y se cuenta que acabaron casándose.
Para los que disponéis de tiempo o tenéis curiosidad aquí dejamos el enlace de dos cuentos; "El hombre lobo" de Boris Vian y "El niño lobo del Cine Mari" de José María Merino. Yo recomiendo este último en especial.
Propuesta de escritura
1. En el transcurso del taller propusimos escribir un texto breve a partir de una frase. Y para ello recurrimos al espacio radiofónico "Relatos en cadena", de la Cadena SER, que junto con la Escuela de Escritores promueven un concurso con ese planteamiento. «El hombre lobo más orgulloso de la provincia» fue la frase de inicio obligatoria en la convocatoria de la Semana 33 de la XVIII edición del prestigioso concurso.
2. La tarea propuesta para casa fue más abierta. Escribir un texto (microrrelato, poema, breve cuento) sobre un hombre, mujer, niño o niña licántropos o sobre un niño o niña que conviviera o fuera criado por lobos.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
El hombre lobo más orgulloso de la provincia
Si alguien me convirtiera en hombre lobo sería el hombre lobo más orgulloso de la provincia. Saldría cada noche a gritarle al cielo y a mis camaradas. Buscaría piñas que mordisquear y cenaría cuando tuviera hambre, lo que me entrara en el estómago, hasta hartarme. Convocaría a todo el mundo que se agazapa entre las urces a la fiesta nocturna, y haría reverencias estirando las manos y elevando mi culo, así, sin más, por el mero placer de jugar. Si alguien por fin me convirtiera en hombre lobo mi vida estaría desprovista de conflicto, más allá del conflicto de la espera. Contaría ansioso las horas que me quedan hasta la próxima luna llena y luego PAM, me comería un ternero, o medio, y lo que sobre pa quien lo quiera. Y después nada más. Al amanecer, despertarme con el olor de las jaras de verano. Que Conrado el ganadero, rifle en mano, me encuentre desnudo, mordisqueando una castaña en otoño, desperezándome entre la bruma del invierno, con un chupamieles entre los dientes en primavera, sorbiendo el agua de un regato. Y nada más.
Pero lo cierto es que nadie me ha convertido en hombre lobo. Así que espero. A veces mastico plantas y bebo del regato, por si acaso. Salgo hacia el brezal las noches de luna llena y me desnudo y me quedo dormido al raso. En cuanto puedo, busco a la manada. Primero las huellas alargadas, en línea recta. Después las heces de pelo duro y sangre seca. De vez en cuando encuentro un colmillo entre los deshechos que yo me cuelgo del abrigo. Sigo el rastro y acecho a la loba, esperando que me pegue un ñasco. Y nada más.
Ana Rapado
Grupo B
Remordimientos
Era una familia de hombres lobo; marido, mujer, niño y niña lobos. En las noches de luna llena, como es propio de su naturaleza, preparaban alguna escabechina entre los vecinos de su comarca. Pero por la mañana, cuando veían la carnicería que habían montado -sobre todo si se habían comido a algún familiar o amigo entrañable- se arrepentían. Entre lágrimas, quemaban los restos en la chimenea, con la leña del sándalo que crecía en su jardín, que perfumaba el olor a carne quemada, y unas ramas de laurel que añadía la mamá loba, siempre atenta al detalle culinario, todo lo cual daba al humo que salía del hogar un olor a guiso exquisito, que superaba con mucho el de los banquetes que preparaba el señor alcalde para todo el pueblo, antes de las elecciones. La mujer loba tenía en la aldea, como es lógico, fama de gran cocinera, y cuando -generalmente al salir de misa, los domingos- las vecinas le preguntaban cuál era el secreto de la chef, ella respondía, sin darse importancia, que el secreto estaba en seleccionar muy bien el producto.
Pero el remordimiento les desgarraba el corazón, y cuando se comieron al muchacho del que estaba enamorada -era su compañero de pupitre en la escuela- la niña loba, aunque les supiera a gloria, ya no pudieron más con el sentimiento de culpa y pecado (eran de misa diaria).
Al amor de la lumbre, la noche siguiente, la familia licántropa debatió en asamblea democrática cómo solucionar aquel problema que les indigestaba las entrañas. El padre lobo propuso que en las noches de luna llena se adentraran en el bosque, para que así, lejos de la aldea, no tuvieran aquella tentación feroz al metamorfosearse fatalmente en lobos. Hay que decir que el marido lobo tenía una amante, la hija del molinero, de carnes blancas, prietas y generosas, y no soportaba la idea de que, en alguno de aquellos trances licántropos, se convirtiera en el menú familiar. La mamá y los niños lobos estuvieron de acuerdo, y por unanimidad, aprobaron la moción.
Así que la siguiente noche de luna llena se adentraron en lo más profundo del bosque, y se refugiaron en una vieja choza de pastores. Pero cuando se transformaron en lobos, tuvieron el impulso irrefrenable de salir de caza. Había cerca un aprisco de ovejas, y se dirigieron hacia allí, relamiéndose las fauces por anticipado.
De camino se encontraron con otra manada de lobos con los que acordaron, después de unos olfatos de reconocimiento, y según la costumbre de su especie, ir a cazar juntos.
Babeando, porque el olor a oveja, a vaca recién parida, y a macho cabrío era muy intenso, llegaron a la majada. Para su desgracia el pastor había encerrado a sus animales en una nave construida recientemente -los ataques al ganado eran cada vez mayores, y las autoridades apenas daban magras subvenciones que no compensaban sus pérdidas-, y la puerta estaba cerrada con un candado que les impedía el asalto.
Así que, hambrienta, la manada decidió volver a sus cubiles; al menos allí tenían algunos restos de caza con los que podrían hacerse la ilusión de matar el gusanillo.
La familia de hombre, mujer, niño y niña lobos, les siguió monte arriba. Todavía quedaba noche por delante, y el sentimiento de culpa en su cerebro reptiliano, pero sapiens, les impedía volver a su aldea. No sin alguna reticencia por parte de la mujer lobo, que se olía el adulterio de su marido, y tenía a la molinera como el manjar principal de su próximo banquete.
En los altos cubiles de la sierra, la manada de lobos dio fin a los pocos huesos de conejos, ratas y topillos que les quedaban. Y se echaron a dormir, con un agujero en el estómago.
El final es fácil de suponer, pero no hagamos espóiler, no lo destripemos todavía. Vayamos bocado a bocado.
En la profundidad de la cueva la luz del alba quedaba muy lejos de la negrura y de las sombras. Eso no impidió que, como está descrito, el reloj interno de los hombres lobo -hombre, mujer, etc.-, les volviera a metamorfosear, aunque profundamente dormidos por aquella noche tan agitada, en inofensivos seres humanos.
La manada fue despertándose -con un hambre lobuna, como es de suponer-, y miraron, gratamente sorprendidos, aquellos cuerpos de carne blanca, inocente y apetitosa.
Que el lector, con su proverbial inteligencia, ponga el desgarrador y sangriento punto final a esta historia de licántropos devorados por los remordimientos.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Cazador cazado
El hombre lobo más orgulloso de la provincia sale por la noche de copas. Por supuesto, hay luna llena. Trabaja con método, sentado a la barra del bar muestra su perfil más amable y seductor. Pero los colmillos de sus ojos le delatan. Ella lo reconoció al instante. Se dejó invitar a una copa. Se dejó llevar como una corderita a su casa. Pero, ya en la cama, lo devoró, una y otra vez. El hombre lobo, totalmente rendido a sus encantos, se tuvo que comer su orgullo, mientras ella se ensañaba, gozosamente, con su cuello.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Mujer loba, diáspora y luna
La Luna: ¿Por qué aúllas a las doce de la noche?
La Mujer: Porque estoy sola, Luna. Soy de la diáspora. Dejé mi tierra, mi gente, mi monte. Aquí, solo te tengo a ti.
La Luna: Pero tú no eres solo mujer.
La Mujer: No. Cuando tú subes llena, me transformo en loba. Recobro la fuerza en mis colmillos. Huelo a selva. Mis ojos ardientes iluminan caminos nuevos y mi voz aulla.
La Luna: Tu aullido da miedo.
La Mujer: No es miedo, es mi ferocidad mezclada con mi alma protectora. Aúllo para acompañar mi soledad, por mi estirpe de mujer que nadie domó.
Sabes, la sangre de mis víctimas las convierto en aroma porque el aroma ennoblece el recuerdo.
Soy licántropo aliado del bien sin ignorar los vampiros, mis eternos enemigos.
La Luna: ¿Hasta cuándo es tu misión?
La Mujer: El nuevo monte me la dio: hasta que el desierto sea fértil, el manantial se seque, la nieve se derrita con el calor y la lluvia seque las plantas.
Mi misión termina cuando pueda llevar en mis dedos anillos de plata.
La Luna: Te veo distinta a las tres y media de la madrugada.
La Mujer: Sí, recupero mi alma. Recuerdo quién soy y de dónde vengo.
La Luna: ¿Y después?
La Mujer: Mis colmillos pierden el filo agudo y punzante, mi piel germina y mi corazón se dilata.
La Luna: A las seis, me diste otra impresión, ¿por qué cambias tanto?
La Mujer: Porque mis ojos se apagan y resurge la pelirroja, y tú luna, te convierte en mi diadema. Me muestro confortable y amable, perseverante y fiel, con mi manada delante.
La Luna: ¿Y delante de tu manada qué hay?
La Mujer: El oso. El oso es mi desafío. No me da miedo, me hace más fuerte. Porque ya no estoy sola. A esa hora me llega la razón, siento la manada al frente ¿y tú? tú como diadema cuentas.
La Luna: Entonces, aúlla.
La Mujer: Aúllo, sí aullo por todas las mujeres de la diáspora que de noche son lobas y de día son pelirrojas, con la luna en la frente, los anillos de plata en los dedos y la manada en frente.
Miriam Esther Garcia
Grupo A
El hombre lobo
Fue su madre quién le introdujo el gusto por la sangre. Era un niño enclenque, poca cosa, y ella para criarlo bien, comenzó a sacrificar animales y ofrecerle su sangre. Al principio era de gallina, después cordero, o sangre de cerdo.
De joven su constitución y aspecto no habían mejorado. Seguía siendo poca cosa. Pero en su interior fue creciendo la sensación de poder, y acabó por creerse un hombre lobo.
En las noches de luna llena, se cuerpo se transformaba. Se cubría de pelo, se alargaba su hocico, sus orejas se volvían puntiagudas, sus colmillos se afilaban, y sus uñas se convertían largas garras. Salía al bosque y entre luces y sombras, convertido en lobo, corría rápido, saltaba con grandes zancadas, sintiendo una fuerza superior y atacando a pequeños animales.
Cada vez necesitaba más, y pasó a atacar bueyes, cerdos en las casas de las aldeas, cercanas, hasta que comenzó a atacar a personas de la aldea.
El miedo se extendió por la zona, y se iniciaron batidas, para cazar al lobo.
Y por eso decidió abandonar el lugar y hacerse vendedor ambulante de los artículos de mercería que sus padres vendían en la tienda.
Caminaba de una aldea a otra, de casa en casa con sus dos mulas, cargadas de hilos, botones, tejidos, puntillas, ofreciendo sus artículos a mujeres, sobre todo a las jóvenes casaderas.
Se acercaba de día a ellas, les enseñaba sus productos y así transcurría tranquilo, sin levantar sospechas, pues nadie imaginaba, al ver su aspecto de hombre débil, el secreto que escondía.
La mayoría del tiempo llovía, y la luna llena no se dejaba ver, y permanecía tranquilo, pero en la primavera y verano, con las noches claras, su apetito se acentuaba, y donde estuviera, tenía que cazar una presa.
Una tarde al anochecer, asomando la luna llena, acercándose a una aldea, coincidió en el camino con una joven que conducía los bueyes de vuelta a casa.
Y no pudo aguantarse. Ató a un castaño las mulas, se escondió entre los helechos del bosque y cuando la joven pasó, se lanzo a por ella, con un ágil salto y en un momento la desangró.
Los ataques eran cada vez más frecuentes, teniendo que extender el radio de sus ventas, alejándose cada vez más, de los lugares conocidos, a la vez que la leyenda del lobo que mataba a personas, se extendía por todas las provincias.
Así llegó a una aldea, apartada, que no conocía. Se le había hecho de noche, la fina lluvia del día, le había calado. Buscó la casa más alejada, y llamó a su puerta solicitando cobijo para el y sus mulas.
Una bella moza salió a abrirle, y se mostró dispuesta a acogerle.
Después de ofrecerle e una taza de caldo caliente, le mostró una cama limpia y seca donde descansar.
Biem entrada la noche vanto sintiendo una gran sed de sangre y sin pensarlo demasiado se dirigió al cuarto de la joven., donde dormía de espaldas a l apuetrta.
Con sigilo, se dirigío hacía ella, mientars se deleitaba con la sensación de tomar su sangre, cuando la joven se volvió hacía el, y mostrando su cuerpo cubierto de pelo, su hocico, sus orejas puntiagudas y sus grandes garras, le dijo porque has tardado tanto?, a la vez que hundía sus colmillos enel cuerpo enclenque del vendedor…y un cuchillo de plata.
Emilia Ruiz Antúnez
Grupo B
Aullidos
¡Auuuullidos!Auuuullidos
Auuuu auuuu ¡auxilio!
Auuuuu auuuu ¡ayúdenme!
Aúnnnnn aúuun sin sitio
Corro por mi vida, ¡escóndeme!
El pequeño lobito,
clama con pavor,
pues un hombre aguerrido
que es de ovejas, un pastor,
me persigue sin motivos,
de un devenir atroz.
Mi vida es un castigo.
Niño lobo soy.
En manada me he criado,
a la luna llena siempre voy.
Con fauces feroces,
no mañana, sino hoy,
pierdo la esperanza
de coger mi convoy.
Licántropo es mi destino,
pues una loba me arañó.
Necesito algo de plata
que anule mi condición
Me transformo con sigilo,
en un monstruo aterrador
Entre convulsiones nace el vello
-¡Soy enorme! ¡Qué horror!
Auuu auuuuu audaz es mi mirada.
Auuu auuuu aumenta mi tamaño.
Auuuu auuuu ausente mi conciencia.
Se acerca, lo presiento, es tarde,
te haré daño...
Sin consuelo, cumpliendo condena.
Me escondo entre maleza.
Pido al cielo por favor,
que las noches de luna llena,
me atraviesen el corazón.
Ya he perdido la cuenta
de la gente que maté.
Con las pieles de ovejas
entre sollozos me tapé.
Auuu auuu astuto
Auuu auuu audaz
Me verás salir corriendo
Esta es mi vida de verdad
Virginia Rodríguez
Grupo B
Un colmillo genuino
Terminaba de usar el teléfono. Mi estómago se revolvió otra vez. ¿Otra víctima? La tercera en apenas dos semanas. Me dirigí hacia mi coche. Desde muy niña tenía clara mi vocación. Quería ser policía. Investigar y detener a los malos. Por primera vez en mi vida me preguntaba si realmente estaba preparada para ello.
Mientras me dirigía al escenario del crimen, recordaba las dos víctimas anteriores: dos mujeres jóvenes, menores de veinticinco años, a primera hora de la mañana, a las afueras de la ciudad y salvajemente mutiladas.
Aparqué detrás de un coche patrulla. Inspiré hondo y me miré en el espejo retrovisor. Me tomé unos segundos antes de bajar.
—Buenos días, compis. ¿Quién me pone al día? —saludé a una pareja de compañeros que mantenían acordonada la zona.
—El hombretón del traje —me indicó la policía con una sonrisa mientras señalaba con el dedo en dirección a unos contenedores de reciclaje.
Me acerqué con calma. Inspiraba lentamente mientras soltaba aire a la misma velocidad. Intentaba prepararme para lo que me iba a encontrar. El hombretón al que hizo referencia la compañera no lo conocía. Debía de estar en comisión de servicio. Era cierto que no pasaba inadvertido. Muy alto, de hombros anchos y brazos robustos, estaba en forma. Calculé que no tendría más de cuarenta años. Se encontraba apuntando en un cuaderno mientras miraba entre dos contenedores.
—Buenos días. ¿Quién me informa? —interrumpí con seriedad.
Se giró hacia mí. Tenía facciones angulosas, unas patillas prominentes que le llegaban hasta la base de la mandíbula. Sus cejas eran negras y pobladas. Alzó sus ojos de color miel y su mirada chocó con la mía. Llevaba una camisa suficientemente abierta para dejar ver una mata de pelo en el pecho. Sobre ella descansaba un colgante dorado con la silueta de una encina.
Mi estómago se agitó. No como antes, ahora parecía cosquillear.
—Buenos días —dijo mientras extendía su brazo—. Soy el inspector López de Alcañices. Estoy comisionado aquí en apoyo a la investigación de los últimos crímenes.
Su nariz aleteó profusamente mientras inhalaba como si quisiera conocerme a través de mi olor.
—Deberían… deberían haberme avisado, ¿no? —titubeé mientras estrechaba su imponente mano—. Debería haberse presentado ante mí primero, ¿no?
—Discúlpeme. Acabo de llegar. Escuché la emisora y me acerqué —dijo mientras se acercaba dando un paso.
Mi cuerpo se sentía atraído por su presencia, arrastrado por su olor primitivo, mezcla de hierba seca recién trillada y tierra mojada.
Aparté la vista e intenté centrarme en el motivo de nuestro cometido.
Otra joven, en este caso de pelo castaño, con mallas ajustadas y zapatillas de deporte. Tenía el torso desfigurado y multitud de cortes a través de todo el pecho y abdomen. El cuello estaba parcialmente desgarrado. Un gran charco de sangre rodeaba el cuerpo.
Me aparté mirando hacia arriba y alrededor. Quería mostrar mi interés en las posibles cámaras que alguna empresa tuviera instaladas en los alrededores. Pero, en realidad, necesitaba coger aire y calmarme para no derrumbarme a llorar. ¿Qué salvaje podía cometer estos crímenes?
López se encontraba en cuclillas escrutando con detenimiento el cuerpo de la joven.
—Parece la obra de un hombre lobo —detrás de mí unos compañeros cuchicheaban—. Tres muertes iguales. Tiene que ser un hombre lobo. Mi abuela me contaba historias. Su presencia es habitual en estas tierras.
—¿Un hombre lobo? ¿Estamos tontos? —grité enojada—. Somos policías. Hay que ser un poco más serios.
El inspector López se acercó y puso su mano sobre mi espalda.
—No, no es un hombre lobo, pero diría que el asesino pretende imitar a uno —comentó con esa voz que me acunaba.
Me giré para contestarle. No quería consejos de alguien que acababa de llegar, puenteándome. Nuevamente me quedé eclipsada ante su porte.
Bajé la vista sin decir nada y me dirigí hacia el coche. En esta ocasión no se había revuelto mi estómago, pero estaba… estaba como atontada. ¿Me estaba enamorando? ¡Qué tontería!
Me alejé, pero mi mente seguía pensando en el inspector López. Por una parte afloraba mi cabreo, pero por otra, por otra… prefería no pensar en ello.
Por la tarde tomé varios chupitos de tequila. No conseguía centrarme. Parecía como si estuviera incubando una gripe. Era cierto que estábamos a ciegas, no teníamos ninguna pista de los crímenes.
No sé si fue por el efecto del tequila, o por la incipiente gripe o por ambas, que adopté una decisión equivocada: acercarme al lugar donde había aparecido muerta la víctima.
Era de noche ya, hacía poco que habían cambiado la hora. A las ocho de la tarde no había rastros de la luz del sol. Varias personas salían de una nave cercana al finalizar su turno de trabajo. La calle se quedó en silencio. Decidí recorrerla hasta el final del polígono. Justo al terminar se abría un camino de tierra que se dirigía hacia el bosque cercano, a unos trescientos metros. Palpé el interior de mi cazadora y saqué la linterna que me acompañaba siempre.
Continué por el camino en dirección a la arboleda. Una luz blanca y fría iluminaba los árboles y los campos de alrededor. Miré hacia arriba. La luna llena presidía el manto nocturno.
Estaba a punto de adentrarme en la espesura y mi cerebro me boicoteó: ¿Hombre lobo más luna llena? Paré y me giré. Me sentí observada. Un miedo ancestral se instaló en mi interior. Saqué mi arma. Me adentré en el bosque. No sabía qué estaba haciendo. Una parte de mí quería salir corriendo. Otra, la más estúpida, tenía un pálpito. Una sensación extraña se apoderó de mí. Mi estómago comenzó a cosquillear.
Sentí un golpe en mi cabeza y caí al suelo desorientada.
—Otra puta… otra que quiere morir. Vas a probar las garras del macho alfa —oí una voz de hombre aguda y nerviosa—. Sois todas iguales jijiji —reía.
El agresor sacaba de una caja lo que parecían unas garras metálicas que se ajustaban sobre sus manos.
Instintivamente subí mi mano hacia la cartuchera, pero estaba vacía. El golpe en la cabeza provocó que se me cayera el arma. La busqué mientras palpaba el terreno.
Intenté levantarme, pero el agresor apoyaba su rodilla sobre mi pecho, lo que impedía moverme. Terminó de acoplarse las garras. Sentí cómo situaba una en mi cuello. Estaba fría. Del golpe que había recibido no conseguía coordinar mis pensamientos.
Un aullido quebró el silencio. Era profundo, potente y helador. Pensé que lo había emitido mi agresor, pero estaba asustado mientras miraba a su alrededor.
—¿Quién… quién anda ahí? —susurró.
Rebuscó nervioso en los bolsillos de su cazadora pero las garras le impedían introducir las manos.
En ese instante una sombra negra se abalanzó sobre él y su peso desapareció de mi pecho. Me giré en la dirección del alboroto.
A unos seis metros oí como el hombre intentaba desembarazarse de una bestia que emitía unos gruñidos salvajes. El forcejeo duró poco. Unos chasquidos secos acompañados de rugidos acabaron con sus chillidos en pocos segundos.
Palpaba el terreno con mis palmas en busca de mi arma. Miré con temor hacia el escenario donde se encontraba la bestia. Un ser enorme, de cuerpo humano desproporcionado, cabeza de lobo cubierta de pelo y enormes garras en manos y pies. Movía la cabeza de un lado a otro para arrancar un trozo de carne. Terminó con su víctima y me miró. Unos colmillos enormes sobresalían de sus fauces, pero sus ojos… sus ojos color miel no eran los de un ser salvaje. Me transmitieron humanidad. Entonces algo resplandeció a la altura de su cuello. Era el brillo del colgante de un árbol. Tan rápido como había aparecido, desapareció.
Cogí mi teléfono del interior del pantalón. Pedí ayuda a mis compañeros mientras intentaba recordar mi ubicación exacta. Doce minutos más tarde aparecieron numerosas luces seguidas de varias unidades de compañeros. A mi lado un hombre menudo, menor de treinta años, medio calvo y con dos garras metálicas en las manos yacía despedazado. Le faltaba el corazón y parte del cuello.
Una ambulancia me llevó al hospital donde me dejaron ingresada para vigilar la evolución del traumatismo sufrido. No pude dormir. Intentaba racionalizar lo que había visto.
Al día siguiente el inspector López apareció en mi habitación con unas flores. Eran peonías silvestres, con su corazón dorado y sus pétalos rosáceos. Mi abuela las llamaba rosas del lobo. Mi respiración, mi corazón y mi cuerpo se agitaron. El inspector tenía un rasguño a la altura del cuello, cerca de su colgante. Era el mismo colgante que recordaba del ataque de la noche anterior.
—¿Qué tal está, inspectora? —preguntó con su voz grave y una gran sonrisa que mostraba una dentadura perfecta, donde destacaban sus colmillos—. Le informo que la persona que apareció muerta a su lado era el asesino de las tres jóvenes. En su casa han encontrado anillos, collares y pendientes de las víctimas que tenía a modo de trofeos.
Con mi índice apunté a mi cuello, a la altura de su arañazo.
—¿Esto? Nada, anoche salvé una gatita del ataque de un perro callejero —dijo mientras me miraba con sus ojos color miel.
Sabía que mentía, pero sus ojos transmitían bondad y serenidad.
—Pspspsps —susurré de manera inaudible.
López acercó su oído a mi cara. Su aura me inundó. Un impulso primitivo se apoderó de mi cordura.
—Muérdeme y arrástrame contigo —le dije mientras le besaba el cuello.
Max Ferlam
Grupo B
La loba presumida
Alicia llegó al gabinete de estética a las nueve en punto. Aún no habían abierto. Se impacientó. Siempre la hacían esperar. Al momento llegó Berta, la dueña del centro.
—Buenos días Alicia —le dijo—. Tú, como siempre, sin pedir cita. Pues hoy lo tengo complicado. Tendrás que esperarte un poco.
Alicia se presentaba indefectiblemente sin llamar porque le invadía una gran urgencia. La noche anterior hubo luna llena. Cuando esto ocurría, se cubría con una gran capa y salía a la calle a celebrarlo. Recorría todos los bares del barrio buscando al conejito que iba a ser su trofeo. Al amanecer lo llevaba al bosque. Una vez allí, segura de la fuerza descomunal que le había dado la luna, iniciaba un proceso amatorio al que el conejito se prestaba entusiasmado. Alicia lo envolvía en un abrazo mientras tanteaba su cuello buscando la última vértebra cervical. Solo quedaba presionar con su mano poderosa hasta que la presa caía inerte.
Las dos horas de espera hasta que Berta la atendió le dieron pie a reflexionar sobre su momento. Estaba hecha polvo, pero satisfecha. No sabía bien por qué. Nunca se acordaba de la noche anterior. Pero, cada mañana siguiente estaba resacosa por la ingesta de alcohol y psicotrópicos. Sentía que le había nacido pelo en todas las partes del cuerpo y que le habían crecido las uñas de forma desmesurada. Entonces le sobrevenía una imperiosa necesidad y corría al centro de depilación para que la liberasen del bello que cubría su piel y le hicieran manicura y pedicura.
Berta la hizo pasar a la cabina y le indicó la camilla para que se tumbase. Salió al pasillo y se cruzó con la empleada que, guiñándole el ojo, le dijo en voz baja
—¿Otra vez la loca de la depilación integral? ¡Pero si no tiene ni un pelo, de tantas sesiones de laser!
—Lo peor —replicó— son los tremendos aullidos que emite cada vez que le paso la pistola de rayos.
M. Maximina Moreno
Grupo B
En la provincia de Santander, en una zona montañosa y en lo más profundo del bosque, donde los árboles parecían guardar secretos, vivía una manada de lobos. Son animales muy fuertes, con patas resistentes y mandíbulas de hacerse respetar.
En las noches aullaban para anunciar que esa zona del bosque ya tenía dueño.
Había un viejo lobo al que todos llamaban Cenizo. Durante su juventud, había dirigido la manada, encontrando caminos seguros y participando en numerosas cacerías.
Un día, Cenizo intentó morder un hueso que había encontrado junto a un arroyo. Sus mandíbulas se cerraron con dificultad. Le faltaban varios dientes y los que conservaba no podían cumplir con su función. Lo volvió a intentar por segunda vez, hasta que desistió y abandonó el hueso.
Había confundido la fuerza con el derecho a mandar, la juventud con la eternidad.
Ahora, cuando necesitaba alimento, dependía de lo que los otros estuvieran dispuestos a compartir.
Los lobeznos, que nunca habían conocido su antiguo poder, lo miraban con curiosidad. Unos se acercaban, otros jugaban retirados de él.
Cenizo comprendió entonces que la edad no solo le había quitado fuerzas, también le estaba enseñando a mirar desde arriba. Ahora, desde el suelo, descubría cosas que antes no había visto: la paciencia de las hembras, el esfuerzo de los jóvenes, el miedo de los más pequeños y la generosidad de quienes no necesitaban demostrar su superioridad.
Su dentadura se había debilitado, pero quizá estaba aprendiendo a utilizar otra clase de fuerza.
No muy lejos de aquel bosque había una pequeña aldea. Sus habitantes escuchaban por las noches los aullidos de los lobos y les tenían miedo. Los consideraban animales feroces y peligrosos, sin imaginar que, entre aquellos árboles, también existían la solidaridad, el respeto y el cuidado de los más débiles.
Los habitantes de aquella aldea contaban una antigua leyenda: cuando aparecía la luna llena, algunos hombres se transformaban en hombres lobo.
Nadie podía explicar cómo sucedía. Unos decían que eran maldiciones; otros, secretos familiares.
La leyenda decía que, durante la noche, el hombre perdía su rostro y adquiría el cuerpo del animal.
Algunos no necesitaban cambiar de piel para convertirse en lobos.
Fernando Nieto
Grupo A
El hombre lobo
En Caperucita, Los tres cerditos, Los siete cabritillos, Pedro y el lobo; en todos estos cuentos infantiles, el lobo era el malo. Era el que hacía daño, y había que matarlo.
Ahora el lobo es el bueno, hay que cuidarlo y protegerlo, dejar que campe por sus fueros, y se coma, más bien se "mal- coma," las ovejas y las terneras que desee.
Antes tenía miedo de que me mordiera uno, pues podría convertirme en hombre- lobo en las lunas llenas; sería perseguido por los aldeanos del lugar y me dispararían con balas de plata para acabar conmigo.
Ahora salgo por las noches de Luna llena. (En verano, claro), y me tumbo desnudo en el campo esperando que alguno me muerda. (No mucho, por supuesto), para así transmitirme el virus que me convierta en hombre lobo. Si lo consigo, me tratarán con respeto, "a todo trapo", con todo tipo de miramientos. Me dejarán que salga las noches de Luna llena convertido en hombre lobo, y pueda matar y comerme a quien me apetezca.
O. Tempora. O mores.
¿Qué hay para cenar ?
Cerró la puerta del frigorífico de forma suave, acolchada. Nada, allí no había nada para cenar. Tenía que salir a buscar algo. Iría a la carnicería.
Involuntariamente se activaron sus instintos. Buscaría algo tierno y jugoso. Ese pensamiento la convertía en una mujer de rompe y rasga. Afilaba sus dientes, babeaba de placer y convertía en agudas espinas el vello de su espalda. Conocía los cazaderos y los rituales que regían el tardeo. Sentada en una terraza, oculta la mirada tras la discreta oscuridad de sus Ray-Ban, otearía las mesas próximas. Percibió su olor antes de verlo. Ese olor suave, afrutado, envolvente, pero a la vez fresco y húmedo como el pozo en el que arrojaba los restos de sus presas. El olor de la inocencia. Él jugueteaba con una taza de café, en un entretenido divertimento, con aspecto de párvulo desvalido, cual Johnny Deep en The Tourist, a mirada descubierta.
Fue fácil el contacto, las sonrisas, la seducción de una veterana predadora a un cándido novato que no acaba de creer lo que le estaba pasando. Ella era Angelina Jolie en versión perversa. Él, sí a todo.
Apenas cerrada la puerta de casa lo abrazó. Mordió su cuello, sus hombros, clavó sus garras en prolongada caricia desde la nuca hasta la cintura. No lo hizo con saña, con el disfrute de la fiera descuartizando su presa, sino que, de forma extraña, incomprensible para ella, pareció mitigarse la llamada salvaje del instinto y una oleada de ternura se impuso a su condición. Él tampoco pareció extrañado, ni dolorido, sólo emitió suaves ronroneos que podían ser aullidos quejumbrosos o placenteros. Y en ese momento, cuando la duda y la sorpresa la tenían paralizada, se dio cuenta que era ella la que estaba a su merced. Él la cogió por la cintura y la giró suave, lentamente, colocándose a su espalda con delicadeza y, tras mordisquear el cuello, la besó. Besos níveos, que fueron cayendo delicadamente, como copos de nieve, húmedos, algodonosos, que le produjeron escalofríos y después quemaban en su piel. Copo a copo cubrió sus hombros, su nuca, su espalda, activando en ella el despertar de sensaciones, ¿o eran sentimientos? desconocidos.
Nicolás Casillas
Grupo A
Lo que no sucede
Otra vez, al asomarse a la ventana, ve la luz plateada de la luna, que vuelve a dibujar un círculo perfecto en el cielo, y ella siente que quizá esta vez sí, que esta noche podría suceder por fin. Y como cada luna llena sale al bosque, descalza, caminando horas por el mismo sendero que podría recorrer casi a ciegas. No le importan las piedras que se le clavan entre los dedos de los pies. No siente el frío cortante en la cara, ni el miedo cada vez que escucha un ruido que no conoce. Sólo puede caminar, movida por una fuerza que la domina, hasta llegar al mismo claro de siempre, rodeado de tres enormes árboles con las ramas caídas, y ligeramente iluminado por la luz de la luna.
Se queda quieta, sentada sobre sus rodillas, como si esperara que el universo la atravesara a través de la tierra, en la que hunde sus manos que ya no sienten nada. Los ojos cerrados, los pies ensangrentados, y el pecho caliente, esperando que algo dentro de ella despierte por fin esta vez.
Un minuto, y otro, y otro más, y una hora, y otra hora… Y ella, inmóvil, se aferra a la certeza de que aquello que espera acabará llegando… Bajo sus párpados, la noche comienza a desteñirse en pequeñas manchas rojizas y blanquecinas, que le hacen contraer el rostro; los párpados le tiemblan y el escozor la obliga a apretarlos todavía más. En su cabeza sólo una frase: no puede ser no puede ser no puede ser no puede ser nopuede ser nopuedeser nopuedeser. Pero ya es… es de día. El sol de invierno brilla con intensidad entre las hojas de los árboles, que caen despacio en una perezosa e indolente coreografía.
Abre los ojos y la realidad está ahí, a su lado, descarada y fría. No ha sucedido… sigue sin suceder ese cambio que cada mes espera, esa transformación que la conecte por fin con ese aullido que le grita desde dentro, ese instinto animal que le hierve en la sangre, y que se derrama en sus lágrimas, que ahora caen por su mejilla, congeladas, como ella.
Mientras camina de vuelta, sucia y ensangrentada, ve a lo lejos unos cachorros que se abren paso por el pelaje de su madre. Algunos juegan y se revuelcan, y otros se enganchan a la teta como si les fuera la vida. El pelaje gris de la madre brilla bajo el sol, cada vez más alto, y un destello se clava en los ojos de la loba, azules como un océano infinito. La muchacha tiembla asustada. Nunca ha visto una loba tan de cerca… y como todo el mundo sabe, los lobos son peligrosos. Así se lo explicaron de niña, cuando su abuela y su mamá la arropaban por las noches le acariciaban la frente y dibujaban una crucecita en su pecho infantil para guardarla de todos los males de la noche… y del lobo, que podría venir a buscarla si tardara mucho en conciliar el sueño.
Sin embargo, avanza unos pasos más, atraída hacia la loba por algo que no alcanza a comprender. Está tumbada, con el vientre hinchado y el cuerpo exhausto y dolorido, pero no aparta la mirada de sus crías. Las cobija bajo su pelaje, las limpia con su ancha lengua y las deja buscar a tientas el alimento, acomodándose apenas para hacerles sitio. A veces cierra los ojos un instante, como si el cansancio pudiera más que ella, pero vuelve a abrirlos enseguida, alerta a cualquier ruido que venga del bosque.
Las miradas de las dos se encuentran y permanecen así durante unos instantes. La muchacha siente una punzada en el pecho al contemplar a la mamífera rodeada de sus crías. Piensa en sus brazos, que nunca acunarán a un bebé, en su cuerpo, que nunca estrechará contra el suyo otro cuerpo pequeño y tibio. Y, sin embargo, no aparta la mirada. Hay algo en aquellos ojos azules que la inquieta y la atrae al mismo tiempo, algo que le resulta extrañamente familiar. La loba la observa serena, aunque alerta, como si también tratara de descubrir qué hay en aquella criatura que la contempla desde fuera. La muchacha siente que podría quedarse allí para siempre, mirándola, sin tener que fingir que no le duele, sin tener que luchar contra aquello que no puede cambiar. Por un instante, el dolor sigue ahí, pero ya no ocupa todo el espacio. Es como si intentaran averiguar qué parte de una habita en la otra, qué secreto comparten sin saberlo.
Un cachorro se aparta de los demás y la loba vuelve la cabeza hacia él. Se incorpora con torpeza, aún dolorida por el parto y con la leche derramándose de sus mamas. Sus crías se agitan a su alrededor, reclamando su atención, y ella comienza a alejarse con toda su ruidosa prole tras de sí. Uno de los lobitos se queda rezagado. La madre se detiene, lo recoge suavemente con la boca y reanuda la marcha. Los demás la siguen hasta que, poco a poco, todos desaparecen en la profundidad del bosque.
La lágrimas empiezan a nublarle la vista. Sus ojos son una vidriera borrosa y empañada que termina quebrándose en sus mejillas. Se pregunta qué sentirá esa loba que protegía y alimentaba a sus crías. Se pregunta también qué hay de malo en ella, en su propio cuerpo. Por qué cada luna llena la sangre vuelve, no crece su vientre, ni se hinchan sus pechos. Por qué, mientras el cuerpo de otras parece conocer un camino que el suyo ignora, la felina que habita en ella permanece en una hibernación interminable.
Quizá esa transformación que sueña no vaya a llegar nunca…
Ya de regreso en el hogar, se desviste por completo, y se deja caer en la bañera blanca. Deja que el agua le caiga en la cabeza y le resbale por toda la piel, hasta formar un charquito en la cavidad de su ombligo. Recuerda los ojos de la loba, serenos, pero siempre alerta, que la miraron por unos minutos. Hay algo en esa mirada que la perturba pero que a la vez le resulta extremadamente familiar.
Al salir de la bañera, está totalmente empapada, y se pasea desnuda por la casa, dejando tras de sí un sendero de huellas húmedas. Al llegar frente al espejo, observa sorprendida que ya no es la misma, que algo ha cambiado en ella a pesar de que su cuerpo sigue idéntico al del día anterior. Pero se siente fuerte, capaz, poderosa, enraizada con la tierra de una forma que aún desconoce, pero que ya puede intuir.
Ahora puede verlo: sus ojos ya no son pequeños y marrones, ahora son azules y profundos. Su melena negra ahora es plateada, incluso blanca, tiene unas preciosas uñas largas y afiladas, una silueta estilizada y suave, y una extraña sonrisa rojiza en los labios.
Al final, esta luna llena sí la ha transformado: ahora es una mujer fuerte, una preciosa loba a la que nadie puede herir, que lucha para cuidar de sí misma. Y sonríe, porque su vientre sigue y seguirá vacío, no hay cachorros a los que deba alimentar, pero tiene el alma llena, y puede caminar ligera y libre.
Al mes siguiente, abre la ventana, y ahí vuelve a estar la luna llena desafiante. Ella la mira, y sus ojos se hacen más más claros aún con su reflejo.
Algo es diferente: ahora, sólo duerme.
Lucía Álvarez
Grupo D
Lobo solitario
El hombre lobo más orgulloso de Manhattan merodea sigiloso a cuatro patas vestido con traje azul y corbata roja. Suele hacerlo de noche, camuflándose entre el follaje de Central Park.
Trota, jadea, aulla, afloja su corbata y otea a su alredador en busca de su presa.
Llueve. Ante su vista aparece una tierna muchacha vestida con chubasquero rojo con capucha. Sus negras pupilas brillan a la luz de la luna llena. Su mirada impacta sobre la de la niña, esta se estremece, retrocede y cae al suelo. Luego tiembla y convulsiona. Su chubasquero rojo es atravesado por púas que al instante se transforman en pelo, sus orejas crecen puntiagudas perforando la capucha, su boca se alarga en forma de hocico, muestra sus dientes en una clara señal de advertencia.
Se han encontrado. Ahora juntos corren a cuatro patas en busca del resto de la manada.
Auuuuuuuu!
Aronbanda
Grupo B
La luna del barista
El dolor de los huesos al desplegarse bajo la piel
Y la luna al acecho tan redonda como la mirilla de un cazador
Las farolas exhalan el frío de enero, se curvan metódicamente en La Calle Compañía.
Sentado en el borde de las escaleras hecho un ovillo, agotado, solo.
No amanece aún, espero.
La humedad de las escalones se filtra por el pelaje nuevo
El silencio absoluto me indica que te acercas…
Que pude ser tu alimento aquella noche al salir del trabajo,
Pero te mostré mi carne, te miré a los ojos
Y te dije – Te conozco. Tú también a mí, elígeme-
-¿Tienes miedo?- examinaste mi rostro con una mueca mordaz
-Tengo miedo, aun así, elígeme- respondí
En ese momento clavaste tus fauces en mi pecho y cuando la sangre brotó
Tu lengua cerró la herida sin dejar apenas cicatriz.
-Sobrevive al plenilunio de enero y volveré a buscarte aquí mismo-
Murmuraste asentando tus garras en mi nuez.
El frío no da tregua.
Todo se rompe y se entreteje en mi interior bajo el abrigo,
pero no grito. Espero.
Silencio. Te veo, sonrío.
Te conozco, pequeña bibliotecaria licántropa adicta al café con canela de Ceilán y tres de azúcar.
Mamen Somar
Grupo C
El primer perro
Sucedió cuando Siku se dirigía al espíritu del onagro que habíamos cazado, pidiéndole que nos perdonara por su muerte, alabando su fuerza, su hermoso pelaje y su juventud y lograr así, mediante el halago, que el nombre del joven asno pudiera pasar a un futuro miembro de su manada.
Amaruk había venteado a los lobos antes de que pudiéramos verlos. No eran más de media docena, que, al igual que nosotros, llevaban muchas horas siguiendo el rastro de la manada. Y ahora se habían decidido a tentar a la suerte y robarnos nuestra presa si conseguían atemorizarnos y hacer que la abandonásemos.
No lo lograron. Nuestra respuesta a su intento, con Natsik, el jefe de nuestro clan al frente, les hizo cambiar de opinión y retirarse.
Amaruk siguió a una hembra, y le propinó una lanzada que debió de herirla en el corazón, pues después de correr una corta distancia cayó muerta.
Lo que le costó, más tarde, la amonestación de Siku, nuestra mujer- medicina, que antes del banquete, lo apartó de la hoguera para no avergonzarlo delante de todos. Aunque no la oíamos, el discurso estaba claro a través de los gestos: la loba ya huía, no había porqué matarla. El orgulloso clan del Alce Negro, del que formábamos parte, no mataba a los otros hijos de la tierra sin una razón.
De vuelta al vivac que habíamos establecido junto al arroyo, Tuktu, mi hijo menor, encontró a la cachorra de lobo, que temblando aterrorizada, se acurrucaba en un pliegue del terreno.
Se acercó a la pequeña huérfana, con la intención de verla de cerca, pero Natsik soltó un gruñido que mi hijo interpretó correctamente, dando media vuelta de inmediato.
Pero ocurrió que la lobita empezó a seguir a mi hijo, con pasos indecisos primero y luego decididamente. Los otro miembros del clan le lanzaban miradas de reojo: sorpresa en todas ellas, y simpatía o desaprobación.
Cuando caída ya la noche, Tuktu escondió un trozo del hígado del onagro que ya se estaba asando, y empezó a alejarse del vivac y del campo visual de Natsik, comprendí de inmediato sus intenciones.
Una semana más tarde, la cachorra ya se mantenía cerca del hogar común y seguía a mi vástago por todas partes.
Una noche hubo que decidir, ante las quejas de algunos miembros del clan, si el animal podía seguir a nuestro lado o no. Se decidió que sí, probablemente por la simpatía a la que se hacía acreedor el que se había convertido en valedor del animal.
Y también porque cuando se cumplió la primera luna desde su aparición, y con el clan en torno a la hoguera, la loba se había presentado con un gazapo en la boca, que depositó cuidadosamente frente a Tuktu. La pequeña gran cazadora.
Natsik, aceptó la decisión con la condición de que, en la reunión anual de clanes del equinoccio de primavera, se sometiera al Gran consejo. Y si allí también la decisión resultaba favorable, se podría darle un nombre a la loba.
Yo me llamo Ayla y soy una de las mujeres jóvenes del clan del Alce Negro. Ella se llama ahora Amaruq, es decir "lobo gris". Ese nombre invoca la astucia y la resistencia en la caza.
Y con el nombre, ha adquirido su derecho a pertenecer al clan.
Grupo C
La llamada de la luna
«¡Otra vez, no!», se lamentó. Estaba convencido de que el tratamiento había surtido efecto. De hecho, así fue en los últimos catorce meses, las últimas catorce lunas. Nunca había disfrutado de un periodo de felicidad tan largo.
Pero, en este momento, todo había cambiado. Los síntomas eran inequívocos. El ardor en las piernas y en los antebrazos no le permitía albergar ninguna duda: la transformación comenzaba.
«¡Ahora, no! ¡Esta vez la quiero!», lloró anticipando los signos de la enfermedad que aparecerían a continuación: el espantoso crujido de las mandíbulas, el fuego en las últimas vértebras, las punzadas en el nacimiento de las uñas…
Alzó la vista hacia el cielo. Empezaba a teñirse de púrpura hacia el oeste. No tardaría mucho en anochecer y levantarse esa luna llena que tenía por inofensiva.
«A las otras apenas las conocía. Me arrepentí a la mañana siguiente, aún con su sangre manchando las comisuras de mi boca», reconoció, pero enseguida excusó aquellos actos, achacándolos a la impetuosa naturaleza de su lado animal. «Eran presas y yo una fiera hambrienta. La ley de la montaña, nada más».
Ahora, sin embargo, era muy distinto: Paula había eliminado la oscuridad de su vida abriendo su mundo interior para que un aire purísimo barriera todos los desechos. Por primera vez se sentía limpio y dichoso de vivir. Poco a poco, ella se había convertido en su centro de gravedad.
Un picor desvió sus pensamientos; se rascó una pierna y se asustó al comprobar que el vello le iba cubriendo toda la piel. Le acometió el miedo a lo atávico.
Se puso en pie y salió de la cabaña que compartían. Caminó un centenar de pasos antes de volverse para ver la luz en la ventana. Oyó a Paula pronunciar su nombre. Con tristeza se puso a cuatro patas y se echó a correr, alejándose de allí en dirección al barranco por cuya cima comenzaba a despuntar la luna. Percibió el viento frío balanceando los pelos de su cola y el dolor de las zarpas desnudas golpeando el suelo pedregoso. Notaba, en fin, su alma salvaje cuajándose en la saliva.
Alcanzó el borde y se detuvo. Su estampa se recortó durante unos segundos contra un cielo ya oscurecido. Y sintió un hambre descomunal.
Con esfuerzo logró contener el impulso de cazador. Se obligó a detenerse en lo más alto del roquedo y tratar de recuperar la imagen de su amada. Cuando al fin lo consiguió, dos lágrimas corrieron sobre su pelaje. Miró hacia la luz de la casita donde ella le estaría esperando y volvió a aullar: un aullido lúgubre jamás escuchado por esos montes, un alarido escasamente humano resonando en la noche: Paula.
Tras un tenso silencio, encaró a la luna y se lanzó al abismo.
Pepe Lorenzo
Grupo B
La sonrisa de la luna
La luz parpadeante me obligó a mirar el móvil que había puesto a cargar en la mesilla. Alguien había colgado un meme en Teams con mi foto de perfil. Abría y cerraba la boca mecánicamente: «no, no, no funciona…no, no, no funciona…», repetía y repetía. Los ojos desorbitados, el pelo erizado. Gruesas gotas de sudor caían en un cubo a sus pies. Al fondo, la pantalla del maldito PowerPoint aparecía y desaparecía. Un meme muy logrado, seguro que había sido Sergio, que es un crack de la informática. Inmediatamente empezaron los «ja, ja, ja» en el chat. Me levanté de un salto. La rabia competía con los latidos que inflamaban mi garganta. ¿Eso eran compañeros? ¿Es que nadie se había quedado en blanco en una presentación? Tanto tiempo preparando el PowerPoint del proyecto y se cae el sistema. No supe reaccionar, es cierto. Las ideas se fugaron inesperadamente, un vacío se abrió en mi cabeza. Salí de la sala con una disculpa sobre un repentino mareo. Pero ¿ahora esto?, ¿quién se creían que era yo? Me puse el pantalón del chándal y las deportivas. La casa de Sergio estaba al final del parque.
Un golpeteo en la columna me dobló al suelo y la luna sonrió al aullido salvaje, complacida por el despertar de uno de sus hijos. La noche se tiñó de rojo y cientos de olores me golpearon el hocico. Una fuerza brutal impulsó mis garras. Cinco conejos, ocho ardillas y diez palomas. El sabor metálico de la sangre se mezclaba con pelos y plumas. La valla era baja; no supuso nada ir dejando las presas sobre los pensamientos y crisantemos que adornaban la puerta. Veintidós piezas desgarradas, tiñendo con su sangre los pétalos coloridos.
Esa mañana esperé unos minutos en el recibidor hasta comprobar que todos estaban en su sitio. Lentamente atravesé el pasillo con un nuevo fulgor en la mirada; una leve sonrisa dejaba asomar ligeramente el pico de los colmillos. Nadie osó levantar los ojos del ordenador, pero el hedor de su miedo atravesaba las mamparas de los cubículos.
Araceli Broncano
Grupo C
Metamorfosis
Marta leía una carta que había recibido esa mañana. Solo pude ver que estaba manuscrita, una letra temblorosa trazada con bolígrafo de color azul.
Se limpió varias lágrimas que deslizaban por sus mejillas.
—¿Estás bien? ¿Son malas noticias? —pregunté intrigado.
Me miró, apretó los labios y miró al techo mientras respiraba hondo.
—Tengo que irme —dijo con el semblante triste.
—¿Cuándo volverás? —pregunté sin entender su respuesta.
—No volveré —me dijo mientras las lágrimas volvían a brotar de sus ojos.
Marta era mi pareja. Intuí que eso era un adiós, no solo a su trabajo y su vida actual, sino también a nosotros como futuro. Trabajábamos juntos en una consultoría ambiental, evaluábamos que las empresas cumplieran con los criterios exigidos en materia medioambiental. Los dos éramos muy escrupulosos. Nuestro amor por la naturaleza y los animales nos acercó hasta que congeniamos y terminamos conviviendo.
—Tienes que darme una explicación —la increpé agarrándola del brazo antes de que se marchara con sus maletas—. No puedes dejarme así. ¿Qué ha pasado?
—Mi padre está mayor, no puede valerse por sí solo. Tiene problemas en el pueblo. Tengo que volver. No te puedo explicar nada más —me dijo mirándome fijamente. Sus ojos vibraban. No me sostenía la mirada.
—Me voy contigo —le dije mientras la besaba con pasión.
—No, no puedes. Tienes un futuro brillante aquí. No puedes. Quédate por favor —me dijo moviendo la cabeza mientras lloraba.
—No puedes decirme lo que sí puedo o no puedo hacer. Tú te vas. Yo me voy contigo —le dije sin analizar las consecuencias.
Me dirigí a mi habitación y comencé a preparar unas maletas.
Veinte minutos más tarde estaba preparado. Marta ya se había marchado. Había dejado una nota en el mueble de la entrada. “Lo siento. No puedes venir conmigo. Te quiero”.
Me negué. Iría a buscarla, pero no sabía dónde. Rebusqué entre sus papeles. Lo único que conocía de ella era que procedía de la comarca de Aliste en Zamora y que su padre tenía una granja de ovejas y elaboraba queso casero.
Reposté completamente el vehículo y me dirigí a Zamora. Nunca había estado en aquella zona. Me llamó la atención la irregularidad del terreno, la abundancia de zonas verdes y la cantidad de rocas graníticas que había diseminadas por todas partes. Las construcciones eran de piedra, igual que la mayoría de las paredes de las fincas.
Esa tarde recorrí doce pueblos en los que nadie conocía a Marta ni a su familia. Se hizo de noche.
Como buen biólogo, no tenía problemas para dormir en mitad del campo. Tumbé el asiento del vehículo y me acurruqué. En mitad de la noche un aullido cercano me sobresaltó. Sabía que estaba en tierra de lobos. Lo oí muy cerca, profundo y continuo. Era intenso, primitivo y conmovedor. Me bajé del vehículo para ver si conseguía atisbar al lobo.
Salí con cautela, en silencio para no asustar al animal. Rodeé el vehículo y me adentré en una zona de carrascos y encinas que se encontraba a pocos metros del coche. La luna, gibosa creciente, se mostraba en el horizonte. Faltaban uno o dos días para que fuera luna llena. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. El viento soplaba de cara, por lo que no olería mi rastro. Avancé varios metros, pero no vi nada.
Justo cuando me iba a dar la vuelta sentí como si hubiera quedado atrapado en un cepo. Me giré y me asusté con lo que vi. Diría que era un lobo, pero anormalmente grande, con el pelaje grisáceo. Me había mordido el tobillo. Caí al suelo e intenté golpearlo con la otra pierna. No era un lobo normal, era mucho más grande con características antropomórficas, mitad lobo, mitad hombre. Otro apareció detrás de él y de un empujón desplazó al que me había mordido. Se acercó despacio, me olfateó y los dos desaparecieron.
Tardé dos minutos en recomponerme intentando racionalizar qué había ocurrido.
Volví al coche y cerré las puertas con seguridad. Cogí el botiquín y me limpié la herida. Tenía las marcas de su dentadura, pero lo peor eran los incisivos que habían penetrado lo suficiente para que me preocupara.
—Hala, a ponerme la vacuna de la rabia mañana sin falta —susurré.
Al día siguiente me levanté con dolor de cabeza, un poco desorientado. El coche apestaba a sándwich de jamón y queso que tenía en la mochila. Arranqué el coche y abrí la ventana. Una sinfonía de olores se apoderó de mi pituitaria: hierba mojada, estiércol, encinas, robles. Aquella mañana estaba especialmente sensible. El ruido del motor del coche me molestaba. Cerré la ventana. Alguna junta debía haberse soltado porque sonaba estrepitosamente.
Avancé unos diez minutos y encontré el pueblo de Marta. Me lo indicaron unas señoras muy amables. Vivía a las afueras del pueblo. Era una casa baja de piedra, irregular. Llamé a la puerta y abrió un hombre entrado en años, con el pelo blanco, curtido por el sol y el quehacer diario. Tenía cara amable, bueno la tuvo hasta que pregunté por su hija. Su expresión cambió rápidamente.
—Soy Mikel, la pareja de su hija —le expliqué con amabilidad.
Extendió la mano y apretó con fuerza. Mis nudillos se retorcieron. Intenté no hacer ninguna mueca, pero el hombre no paró hasta que me quejé de dolor.
—¡Papá! —exclamó Marta que apareció por la parte trasera—. No seas cruel.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras —me recriminó dándome un puntapié justo donde la noche anterior me había mordido la bestia. No me quejé.
Marta me enseñó el lugar, las ovejas y la pequeña quesería que tenía su padre. Me explicó que no podía mantenerla solo y necesitaba su ayuda.
—Yo me quedo contigo. Quiero pasar mi vida contigo —le dije y la besé.
—No, no, no, no lo entiendes. No puedes. Hay algo que no entiendes —me dijo con cara de preocupación.
Nos sentamos a comer alrededor de la lumbre. Aníbal, que así se llamaba el padre de Marta, estaba asando unas chuletillas de cordero. Yo era vegetariano, pero el olor de aquella carne dorándose me produjo una increíble salivación. Me relamía con frenesí. Agarré un trozo y me di cuenta de que Marta me observaba con preocupación. Intenté contenerme.
—El pan está exquisito —dije mientras intentaba desviar la atención.
Por la tarde fuimos a dar un paseo por el pueblo. Vimos llegar tres vehículos todoterreno de los que bajaron unos hombres que por su indumentaria parecían un comando militar. Se tomaron decenas de cervezas en la terraza del bar. Nosotros nos habíamos sentado en unos bancos de piedra que había al lado de la iglesia. Desde allí oía la conversación de los hombres, aunque estaban a más de treinta metros. Estaba asombrado.
—…hoy es luna llena y los últimos avistamientos han sido por esta zona. Esta noche lo cazamos. Ya verás, va a ser un hito histórico… —dijo uno de los forasteros mientras daba un puñetazo sobre la mesa.
Marta tiró de mi mano con celeridad. Me llevó hacia su casa.
—Padre, padre. Tenía razón. Están en el bar. Esta noche le acecharán —dijo preocupada.
Observaba la conversación, pero era incapaz de entender qué estaba pasando.
Aníbal se levantó y comenzó a recorrer la estancia de un lado a otro. Se quedó mirando el fuego y terminó mirándome a mí.
—A éste o lo mandas a la ciudad o lo encierras —dijo secamente mientras me apuntaba con la mano.
Miré a Marta. No entendía nada. Yo no había hecho nada. No sabía por qué. No había captado nada de la conversación. ¿Qué pasaba?
Marta me encerró en su habitación. Lo acepté con tal de que me dejara quedarme con ella. La mordedura de la noche anterior me dolía cada vez más. Entendí que seguramente estaba infectada.
A través del ventanuco me quedé mirando cómo la luna llena comenzaba a despuntar en el cielo oscuro. Algo en mi interior comenzó a vibrar. Los dedos empezaron a dolerme. La sangre hervía. Los huesos me quemaban.
Pensé en la cena, algo me había sentado mal, o quizá había sido la comida, mi estómago no estaba acostumbrado a devorar tanta carne.
El dolor no disminuía. Sentía como si me estuvieran estirando todas las extremidades a la vez. La mandíbula parecía desencajarse. Salivaba abundantemente.
Pensé en la mordedura que había sufrido, pero no podía ser la rabia porque el tiempo de incubación del virus era de varios días. Me picaba todo el cuerpo, un picor inaguantable.
¿Podría ser alguna reacción alérgica? Fue lo último que pensé. Agarré la mochila para coger un calmante, pero no me dio tiempo a tomármelo.
El dolor se hizo muy intenso. Me retorcía en el suelo. No quería gritar para no asustar a Marta, pero no pude contenerme. Grité de dolor con todas mis fuerzas. Noté cómo se quebraban todas mis costillas. Mi caja torácica se expandió. Todas mis uñas me dolían como si me las hubieran arrancado. No había parte de mi cuerpo que no me doliera.
Oí unos disparos. Me incorporé rápidamente. Los dolores desaparecieron en el momento. Me sentí fuerte y ágil. De un empujón derribé la puerta. No había nadie en casa. Salí en dirección al sonido de las detonaciones. El olor a pólvora me indicaba la dirección que debía tomar.
Comencé a correr en esa dirección. Saltaba los muros de las cortinas sin esfuerzo, de un brinco. En la distancia vi a varios hombres alrededor de un cuerpo que se retorcía en el suelo. Era un animal grande, con pelaje grisáceo. Enseguida lo reconocí. Era la bestia que me había mordido la noche anterior.
Pensé en Marta. Una furia desproporcionada se apoderó de mí. No tenía miedo. No estaba asustado. Corrí hacia ellos, salté y en ese instante fui consciente de mi aspecto. Mis manos eran garras enormes cubiertas de pelo. No me detuve. Una furia descontrolada había tomado el control de mis acciones.
De tres empujones aparté a cinco cazadores. Intentaron reaccionar con sus armas, pero rápidamente despedacé sus rifles de un golpe. A mi derecha uno había conseguido reponerse y me apuntaba con el arma.
Apareció Marta. La reconocí por su olor. De un salto lo desarmó. Me fijé en su aspecto, era similar al mío. Estaba preciosa. En cuestión de tres minutos degollamos y dejamos sin vida a los furtivos asesinos. Marta se arrodilló ante el cuerpo de su padre que exhalaba su último aliento y paulatinamente recuperó su forma humana. Marta lloraba desconsolada.
Al día siguiente dimos sepultura a mi suegro Aníbal en el cementerio del pueblo. Ya ha pasado un año. Hoy hemos dejado flores en su tumba.
Nuestra vida ha cambiado para mejor. Nos hemos hecho cargo de la quesería. Vivimos en plena naturaleza, la sentimos, la disfrutamos y la respetamos. Entre los dos hacemos lo posible por protegerla.
En primavera esperamos cachorros.
Max Ferlam
Grupo B
¿A quiénes acechamos en el día de hoy?
Nada me da tanto asco como la soberbia. Presumir de lo que nunca fuiste y jamás conseguirás me parece de seres patéticos. Yo soy de los que prefieren ir con la verdad por delante y enseñar los colmillos antes incluso de ver el peligro asomar. Por si acaso.
Vivo rodeado de otros como yo. Acechamos a nuestras presas, pobres indefensos, hasta dejar unos pocos restos que más adelanta servirán de suculento aperitivo a los carroñeros. No lo hacemos por alimentarnos. Qué excusa tan vulgar. En el fondo nos encanta esa sensación de estar delante de una pobre alma indefensa, asustada, huidiza, para después abalanzarnos sobre ella, morderla en la yugular y sentir cómo la vida se desprende hasta dejar un cuerpo inerte tirado en el suelo.
Oculto mi pelaje con un anodino uniforme de traje y corbata. En la ciudad no me hace falta mostrar mi silueta canina así que prefiero erguirme sobre las dos patas traseras para caminar como un vulgar humano. Me dirijo a la guarida donde habito junto al resto de la manada. Es un enorme rascacielos de ventanas acristaladas y luces de neón que anuncian nuestra presencia.
Aquí nos desenvolvemos entre computadoras, gráficos, números y estadísticas que parecen no decir nada y que solo sirven para esconder el dolor de las gentes que servirán para alimentar nuestros estómagos. Me alegro de no estar en tu lugar, pobre víctima de nuestra ansia devoradora. El hambre no descansa. Aúlla en mi tripa y me incita a la búsqueda. Ahora te he encontrado a ti. Mañana será otro desgraciado como tú que vino a cruzarse por mi camino.
Fauces implacables, colmillos afilados y furia desatada. Eso es lo que somos. Mis hermanos aullarán discursos interminables sobre la responsabilidad, la obligación de cumplir con tus obligaciones, de saldar tus deudas, de leer los contratos hipotecarios antes de firmarlos. Yo, no. Me niego a inventar relatos para presumir de algo que nunca hice. Ya te dije al principio que odio la soberbia. Eso no quita para que me encante la hipocresía. Me sirve para poder mirarme al espejo sin tener que limpiar la sangre que ensucia mi camisa al haber engullido tus escasos ahorros, tus insignificantes posesiones, tus preciados y míseros bienes. Y todo eso tan solo para engordar la cuenta de resultados de los inversores, otros hermanos predadores como yo.
Maite BT
Grupo C
Loba inuit
“Cuenta la leyenda que hace miles de años, las luces de la aurora boreal quedaron atrapadas dentro de las rocas debido a una gran tormenta dejando al cielo en completa oscuridad.
Esto provocó un gran temor en la población que extrañaba ver los colores danzar en la noche.
Para solucionar el problema, un valiente guerrero inuit caminó hasta la costa guiado por un extraño resplandor.
Al encontrar las piedras opacas, tomó su lanza y las golpeó con fuerza. El impacto rompió las rocas y liberó la mayor parte de las luces, las cuales, ascendieron al firmamento, devolviendo la aurora boreal al cielo.
Sin embargo, el guerrero no logró golpear todas las piedras. Una parte de las luces místicas quedó atrapada para siempre en las rocas profundas, dando origen a la labradorita”
Ésa era la leyenda que le gustaba oír a Ericka. La contaba su abuela dentro de un tipi al calor de la hoguera, sosteniendo entre sus manos dos piedras que resplandecían y cambiaban de color según les diera la luz.
Desde niña ella siempre se sintió especial al regazo de los suyos. Tenía un olfato muy desarrollado, un hambre voraz y una larga cabellera cubría sus enormes ojos verdes. Era muy independiente y segura de si misma, lo que ahuyentaba a todos los pretendientes de la tribu. Su habilidad para despiezar alimentos con sus manos tampoco ayudaba mucho. La consideraban demasiado salvaje.
Se movía con sigilo por las noches para trepar a lo alto de los montes y observar la luna, a veces en el cielo. Otras, reflejada en los riachuelos.
Se decía que las auroras boreales, la última luna llena de Octubre, bajarían a tocar la tierra, dando a cada uno de los adolescentes su pequeño lugar en la tribu y su gran poder.
Todos ansiaban poder ser grandes cazadores, tener un buen tótem, un guía que los acompañara siempre. Algunos, soñaban con ser águila para vislumbrar el horizonte, otros caballos, otros hurones, incluso había los que querían ser osos u hormigas.
Sin embargo, la noche llegó con una noticia nefasta. Tiara, la abuela de Ericka, quedó dormida en un largo sueño, del que ya no despertaría. Ericka, al conocer la noticia salió corriendo al bosque en busca de algún remedio que pudiera aliviar su rabia y su tristeza que acudieron rápido a su cara. No podía dejarla así en ese momento. No, en su día especial.
Encontró entre los matorrales, centeno con cornezuelo y belladona y los tomó rápidamente. Su dolor era insoportable. No se había despedido de su abuela. Quería verla por última vez. Juntó los ingredientes y los tomó con un sorbo de agua recogida de unos helechos.
Pasados unos segundos empezó a notar como su cuerpo convulsionaba ferózmente. Sus manos se tornaron espeluznantes, con garras en lugar de uñas. Sus piernas eran patas. Tenía mucha fuerza. Su voz era gutural. No puede ser verdad! Se había convertido en una lubin!
Corrió, sin descanso a lo alto de un risco, justo donde la aurora boreal tocaría la tierra, con la idea de poner fin a su vida. No sólo había perdido a Tiara sino que ahora era un lobo! Y su tribu encima le daría caza!!!
Se reunían ya cerca del fuego de la hoguera para que los más sabios del lugar guiaran los pasos de los pequeños hacia su animal espiritual. Tótem que llevarían en sus lanzas tallados en madera para recordarles sus dones. Sólo tenían que dejar volar su conciencia, mirar al cielo estrellado y su animal protector aparecería.
Los innumerables colores de la aurora boreal danzaban en el cielo y justo cuando Ericka llegó a la cima e iba a saltar al vacío, un rayo verde, azul, naranja, amarillo la alcanzó en el pecho. Quedó inconsciente pero su mente voló como nunca.
- Despierta Ericka,- Le hablaba una lupin envejecida pero con ojos vibrantes.
- Llevas en tu ADN la sangre de tu manada. Tu tótem es el lobo. Eres fuerte, valiente y tu guía siempre te acompañará. No debiste ingerir aquellos ingredientes porque tu vida pende de un hilo ahora. Más como me has seguido hasta las estrellas que sepas que tu maldición de convertirte en loba solo será los días de luna llena. El resto del tiempo serás mortal, pero esos días recuerda quedarte en tu guarida.
Tras un tierno abrazo se despidieron.
La tribu, al no saber de Ericka emprendió una búsqueda y pasados dos días la encontraron magullada y con una piedra verde entre sus manos.
Virginia Rodríguez Fariña
Grupo B


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