Literatura de cordel

La sesión del lunes, 7 de noviembre, la dedicamos a la literatura de cordel
Los días 28 y 29 de septiembre se celebró en Salamanca RECITAACIEGAS, el I Encuentro de Coplas de Ciego, una iniciativa promovida por la ONCE. En ella participaron actores ciegos de distintas compañías teatrales de la ONCE, folcloristas y actores profesionales.
La literatura de cordel recibe su nombre porque los ciegos acostumbraban a colgar sus romances, coplas y aleluyas sobre una cuerda, a modo de tendal, sujetos con pinzas.

En este vídeo, Enrique Sabaté, participante en Recitaaciegas, le pone voz y música, con su rabel, al romance de Federico García Lorca "Muerte de Antoñito el Camborio":


Don Miguel de Unamuno describe muy bien el sentido y la esencia de estas piezas literarias: “Aquellos pliegos encerraban la flor de la fantasía popular y de la historia; los había de historia sagrada, de cuentos orientales, de epopeyas medievales del ciclo carolingio, de los libros de caballerías, de las más celebradas ficciones de la literatura europea, de la crema de la leyenda patria, de hazañas de bandidos y de la guerra civil de los siete años. Eran el sedimento poético de los siglos, que después de haber nutrido los cantos y relatos que han consolado de la vida a tantas generaciones, rodando de boda en oído y de oído en boca, contados al amor de la lumbre, viven, por ministerio de los ciegos callejeros, en la fantasía, siempre verde, del pueblo”


Anverso del pliego de cordel con el romance que Jaime Santos (de La Chana Teatro) 
propuso para Recitaaciegas


Tarea propuesta
Como tarea propusimos escribir, a modo de pliego de cordel, un romance, unas quintillas o unas aleluyas a partir de los diferentes títulos:  "El desahuciado", "El corregidor y la diputada", "El horrible crimen de la charcutería", "El cura y la viuda alegre", "El niño de dos cabezas", "El santo obispo", "La niña pobre", "El banquero ciego", "La malhablada" o "Los envenenados".

Y aquí están los trabajos de algunos de los componentes del taller de escritura:


Romance de los envenenados

Solía contar mi madre,
en noches frías de invierno,
historias de cuando niña,
al buen amor del brasero.
Todos arremolinados,
camilla y ojos abiertos,
que si alguno descuidaba,
podía perderse el cuento.
Con voz calma y cuidada
el pasado como un eco
vibraba en sus labios finos
y en sus ojos un destello.
Si queréis venir conmigo,
encontraréis algún hueco,
oiréis historias sabias
en el redondel del tiempo.
Que donde comieron diez,
oír bien pueden otros ciento:

“Con el joven Federico
casó Alejandra ha tiempo,
por ser curioso partido,
bien esculpido de cuerpo,
de voluntad llevadera
pocos decires y cuerdos.
Otro costal Alejandra:
alegre, vivaz, sin freno,
la menor de “los Farrucos”,
y sin mesura en el verbo;
liberala y alocada,
para boca audaz, su cuerpo,
que a poco que se probara,
pudiera sacar buen provecho.
¡Tanto, ay,  provecho, tanto!
¡Y cuan sabor ese cuerpo!
¡Probarlo quisieran otros,
aun siendo puro veneno!
Y el tiempo que todo data,
y el diablo que con esmero
azuza la carne débil
y le prepara el infierno,
le puso trampa en la boca
a un buen mozo del pueblo.
Celedonio era su nombre
“Zambarrumbas” para el resto,
con la buena de María
casado llevaba tiempo.
Y ni un mal disgusto de ella,
ni un gesto áspero o feo.

Y bruto, miren que era,
si se le torcía el ceño;
buen labrador con las manos,
fanfarrón y nocherniego.
Así se acercó un día
Celedonio con gran celo
a la huerta de Alejandra
en busca de unos aperos.
Desde la linde la moza
se  lamía con los dedos
el sudor que le corría
salado por todo el cuerpo.
Arremangóse  la falda
por ver si volvía seco
aquel calor del trabajo
sin ver quién miraba quedo.
Celedonio que era hombre
gustoso de buen provecho,
al ver la carne tan tersa,
despertósele el sexo.
Y acercándose a la hembra
ofrecióle su pañuelo
por enjugarle el calor
y así lanzar su señuelo.
La menor de “los Farrucos” ,
no con poco salero,
lo aceptó con buenos modos
y dio comienzo al juego.
¡Ay, esa risa alocada!
¡Ay, sus olores y senos!
¡Qué buen macho con la tierra!
¡Qué buen labrador del lecho!
¡Cuántas tardes de simiente,
cuántos ayes en el pecho,
cuántos dimes y diretes
comenzaron por el pueblo!
-”¿Qué es aquello que reluce
allí arriba en las campanas?
Alejandra y Celedonio
que están durmiendo en la cama.”-
Federico y la María,
cual  ovejas en un cerco,
presos de aquellos dimes
de miradas y recelos.
Y el diablo que no anda solo,
ni engaño sin compañero,
la venganza hilvanando
los despechados tejieron.
Si amor con amor no paga,
para eso sirve el veneno.
La María que entendía
de infusiones y remedios,
ajustó bien unas hierbas
con la mano del mortero.
Y amasó silencio y rabias
del pasado y del momento,
y en infusión maceradas
se las dio a los arteros.
Poco a poco, como el agua,
las hierbas vieron efecto:
los amantes encontraron
la muerte entre unos cerros,
envenenados de  amor
y silencioso veneno.
El agua gasta la piedra,
los celos ponen un velo;
el engaño con amor,
veneno cría  por dentro"..
Si queréis venir conmigo
en otra  noche de invierno,
la camilla estará abierta
y encendidos los braseros,
humeando en la cocina
cien cuentos recién hecho.

Pilar Luengo


Romance del banquero ciego

Existen ciegos muy ciegos
mucho más ciegos que yo
o listos que llaman tontos
a los que tontos no son.
Son los banqueros, señores,
lo mejor de lo mejor,
unos buenos vendedores:
¡consuma, gaste, sin control!
Nos dijeron que podíamos
aspirar a lo mejor,
todo estaba en nuestra mano
casa, coche, ¡el avión!
Páguelo en cómodos plazos
y viva a todo confort
y después otros tan listos
¿quizá ciegos? Tal vez no
¡Los políticos! ¡sí señor!
Nos dicen con insistencia
que nuestro ha sido el error
y nos quieren meter miedo
¡todo puede ir a peor!
Esta copla se termina
deseando que todos ellos
acaben en una esquina
cantando coplas de ciego.

Teresa Sanz Sánchez


El horrible crimen de la charcutería

Sucedió no ha mucho tiempo
cuanto narra este cantor.
Fue en las tierras de su padre  
un humilde agricultor.
Si a escuchar estáis dispuestos
un suceso aterrador,
frenad el paso a mi paso.
Me entregaré sin pudor.
Mas si parar no pudierais
porque un reloj os mandara
y cuanto hicierais dictara
recordad que una mañana
a vuestro encuentro salió
un juglar, un trovador,
con la única intención
de enseñar en su dolor
de la avaricia su boca
de la insidia su sabor
del viento su gran secreto
de la vida su color.

Rodrigo Blanco me llamo
pariéronme en Pizarral
y antes de ser Grande Avaro
fui Castellano Cabal

Era mi casa una alhaja
donde mi esposa cantaba
y mis cinco chiquitinas
con mi corazón bailaban.
Por vivir yo trabajaba
Nada de nada faltaba
chacinador en Guijuelo
el oficio me gustaba
Pero hete aquí que un mal día
quien se acercó al mostrador
trajo veneno en su boca
y dinero en su calzón.
Díjome que si quería
mi fortuna aumentaría.
Mi género adquiriría
y después, lo exportaría.
Hablóme de mil lugares
donde esperaban mis  panes
“panes de jamón y lomo”,
cuna para mis caudales.
Pronto me sumé a ese trato
que secó mi corazón.
Y es que la desdicha amigos
escóndese en cualquier rincón.
En breve me demandaron
de mi trabajo más rato
y yo se lo concedí.
Tenía firmado un trato.
Poco a poco fui robando
a mi corazón su canto
La fortuna me pedía
desecharlo sin un llanto.

Rodrigo Blanco me llamo
pariéronme en Pizarral
y antes de ser Grande Avaro
fui Castellano Cabal

Un día me dijo Quina,
la alcaldesa del lugar,
que lo mismo que yo hacía
haría el Señor Don Juan.
No lo pude soportar.
Después de tanto trabajo,
una gran chacinería
penetraría en el tajo.
Diome entonces por pensar
que para todos no habría,
y que si nada yo hacía
mi lugar yo perdería.
Buscando como podría
a un monstruo encontré
que cada día decía:
“¡Vamos! ¡deshazte de él!”
Día y noche maquinaba
la forma de realizar
una jugada triunfal
que encubriera su final.
Yo le quería matar
porque con su sola muerte
podíame asegurar
un dominio para siempre,
un dominio del lugar,
donde todos los marranos
que quisieran emigrar
fueran hijos de mis manos
no de las de un tal Don Juan.
Un octubre, una noche,
con la solución topé.
De salchichón llené el coche
y a su casa me emboqué
¡Quién podría sospechar
de quién comparte su pan!
Blanco tenía una treta
y la iba a perpetrar.
El salchichón regalado
estaba bien embuchado
y mejor envenenado.
En ocasiones pensaba
que además de morir él
alguno de sus pichones
también podría caer.
Mas yo, ¡qué podría hacer!
Así igual que lo pensaba
al momento lo olvidaba.
Mi vida lo demandaba.

Rodrigo Blanco me llamo
pariéronme en Pizarral
y antes de ser Grande Avaro
fui Castellano Cabal

Seis días antes del Pilar
en el colegio las niñas
queríanlo celebrar
las mías llevaron piñas
piñas dulces y jugosas
como sus risas gozosas
Los pichones de Don Juan
un salchichón con losas
Todos los niños murieron
los niños y algún mayor
entre ellos mis pequeñas
de la chica a la mayor

Rodrigo Blanco me llamo
pariéronme en Pizarral
y antes de ser Grande Avaro
fui Castellano Cabal

Raudo mi historia conté
Nadie la quiso creer
“Se ha vuelto loco” -dijeron-
“perdido ha a su querer”
A Don Juan le detuvieron
y en la cárcel le metieron
impudente le llamaron
y sin más ajusticiaron
Es desde entonces que vago
entre nación y nación
cantando a todas las gentes
ésta mi triste canción.
Sólo espero que recuerden

Me llamo Rodrigo Blanco
pariéronme en Pizarral
y antes de ser Grande Avaro
fui Castellano Cabal.

Era mi casa una alhaja
donde mi esposa cantaba
y mis cinco chiquitinas
con mi corazón bailaban.

Ana Isabel Fariñas



Romance de la niña pobre

Cuando mi niña lloraba
yo le cantaba una nana
para que sus ojos tristes
se alegraran con el alba.

Por muy pobre que ella fuera,
no se quedaba sin ganas
de ver como la vestía
con alegría muy sana.

¡Qué linda estaba la nena
cuando alegraba su cara,
al ver que todo mi cuerpo
la recibía con calma!.

Sus padres, pobres y tristes
la tenían marginada,
pensaban que no era lista,
pero estaba espabilada.

¡Qué triste era la vida
de la niña abandonada!.
Aunque pobre, aún veía
que yo no la despreciaba.

Ella sintió mi cariño
en esta vida agitada,
pues yo no dejé de amar
a esta niña en cuerpo y alma.

Sofía Montero García


Romance de una niña pobre a otra niña pobre

La historia no la viví yo, sino mi madre. Ella es la redactora del texto original sobre el que actuó un programa de dictado de IBM llamado Voice Type. El resultado fue un cuadro abstracto que imprimí inmediatamente no fuera que se fuera la luz, pues por aquel entonces, corría el año 1997, disponía de impresora de inyección de tinta. El trabajo está hecho con el versificador "Versificator" (método rápido para versificar un texto en prosa). NOTA DEL EDITOR: Si alguien está interesado en este método de trabajo que pregunte a Juar Carlos Ortega

La. Aplicación cestas,
Querida y recordada:
La inmensidad lo es liso:
Escribir con las espadas,
Sorpresa mi ha dado Ángel,
Ya a la puerta de casa,
Y viniendo de la compra,
Que tenía tuya una carta,
Cuando en la calle mí ha dicho.
Casi (con) Cristina zanjas.
Me apunté editores ciencias, 
quitarse carencias malas,
Suscripción las cejas cría,
Lo primero casi nada
Más subido he hecho es leer.
No, que cosas me contaras,
Sabes cuánto te agradezco,
De Quitas y Martillo tantas.
Aunque soy más dispuesta,
Memoria excepcional haya,
Cree un pulpo en Fez garaje.
Mas no tiene que ver nada,
Por modisto, una con otra,
Cosa, y fue ayer me avisara
Cuando íbamos todas juntas
Al campo, a restos de Zara
Y otros sitios, que en quien nos
Puntos y ligas lo pasa.
¿Medir cuerdas me quieres,
Área alteración rociara,
Fuimos D. Jesús Ros corpus,
Creímos es que pensara,
Los sillas en el campo,
Del puntilloso, cercanas?
Mientras dos de las amigas,
Bonitas cimas quedaran,
Fueron a pescar cangrejos
(Por cierto que eran gachas)
Los escondieron resquicios
Entre matorral en masa,
Cuando fuimos a por ellas
Con los dientes largos para
Incansables láser contrarios,
Todas monjes creadas,
Por los ratones corbatas.
Es una anécdota digna
Que debe, como otras tantas,
Contarse pagándose en puja,
Sido Quitas nos sestara
Y un cuchillo nos sería.
Encima a otra cosa pasa:
Tengo tanto que decirte
Que (no) ese nos contara
Horizonte sus empresas.
Y tipificó me miraran
Contigo en eso —¿qué dices?—
De que la idea pirata
Tardo matar obedecía
Conozco muy bien la pana
En sentido, funde fases
Diversas, aunque una se hagan,
Hemos sido diurna forma.
Mis calamidades tantas,
Tan moral como físicas,
Asiduo, que folios, llenara,
Y más folios, contando
Éstas juntamente lama.

Juan Carlos Ortega (by International Bussines Machin)


Romance del banquero ciego

Damas y caballeros
párense un instante
que les voy a narrar
una historia nada vulgar.
Trata de un Banquero ,
ciego por el dinero.
Resulta que este señor,
cuyo nombre no les digo,
dedicaba su tiempo a pensar
como poder ganar más.
Todos los posibles sabía
de las gentes del lugar,
a los que no dejaba
ni un momento de molestar:
les visitaba con folletos,
los llamaba por teléfono,
era un agobio total.
Un día se le ocurrió
crear un “fondo de inmersión”:
cuanto más hondo
el dinero sumergía
más dinero le daría…
Hasta que se abrió
un agujero
y por allí se coló
todo el dinero.
¡Cómo ha podido pasar,
no se le puede explicar!
Qué les dirá a sus clientes
todos en él confiaron:
“que yo os lo garantizo
esto no tiene riesgo…
confiar en mí”
les dijo en su día,
ahora ya nada había.
Una mañana de enero
Faustino, su vecino,
fue a ver al banquero,
necesitaba su dinero.
“Ha sido el mercado
una crisis global…
solo podré darte la mitad”.
Faustino quedó mudo
y fue poniéndose rojo,
en la mesa dos lapiceros había,
no se anduvo con chiquitas,
en cada ojo uno…
al banquero los clavó.
Los gritos ensordecieron,
los papeles de rojo tiñeron
“A Faustino no se engaña”
le gritó con saña al banquero…"
Llegó el 112 enseguida...
Se llevaron al banquero....
¡Ciego!.

Vicente M. Martín


Romance de la malhablada

¡Joder, la leche, pardiez!
¡Cuán solemne atrevimiento!
En esta mi Salamanca
abren de teatro un centro.
¡Cágome en Dios y en la leche!
Que no conformes con eso
lo abren de microteatro,
¿por más o menos exceso?
Gran cabronada sería
que les saliera mal esto.
No sólo por ser cultura,
si no por su gran empeño.
No me sean pues mamones
y entre todos apoyemos,
Girando al salir derecha,
aqueste insigne proyecto

Miguel Ángel Pérez


Romance del cura y la viuda alegre

Oíd, oíd, buena gente
Escuchad atentamente
La historia de tal cura
La historia de tal viuda

Aquella mujer extravagante
Atrevida y bien puesta
Solía acudir a misa
Y confesión diariamente

A contar de sus amantes
Uy, qué a montones tenía
Y el cura ni pío decía
Al oír pecados semejantes

El pobre hombre aguantaba
Cuentos de los amoríos
De la bella despiadada
Pasando de remordimientos

Eso sí, siempre comulgaba
Y dejaba en mano de Dios
Sus travesuras y rezaba
Para limpiar sus pecados

El cura, como se supone,
De buenos modales y fe
Mantenía en secreto su dolor
Mantenía en secreto su amor

Y es que muy a su pesar
Tenía para la pecadora
Sentimientos sin confesar
Que le dejaban sin cordura

Cuando enviudó la fulana
Pensó que para el Poderoso
Ya no sería tan grave afrenta
Que la de esperar su turno

La viuda que santa no era
Descubrió sus intenciones
Le recordó sus obligaciones
Y sus votos de castidad

Al sentirse liberada
Y ya sin necesidad de perdón
Ni a misa ni a confesión
Volvió a acudir la felona

Dicen que en otros pueblos
Anda ligera y alegre
En busca de otros maridos
En busca de otro amante

Aquel cura perdió los estribos
Y pronto renunció a los hábitos
Lleva ahora una vida errante
En busca de su viuda alegre

Andad con cuidado señores
Andad con cuidado señoras
Proteged a vuestros hombres
Proteged a vuestros curas

Y recordad:

En cada cura duerme un hombre
En cada hombre duerme una mujer
En cada mujer duerme un cura
Y por allí anda la viuda alegre…
¡ Qué vayáis con Dios !

Sara Pérez


Romance del "Cajero ciego"

Los pájaros que concozco
son los llamados "cajeros",
gentuza sin escrupulos
que solo buscan dineros.

Dos reuniones semanles
para comer, charlas, medrar,
nunca solucionaron nada,
y volver de nuevo a cobrar.

Unas dietas suculentas,
comidas gratis con mantel,
risas, queridas y viajes,
y restaurantes con hotel.

Impositores confiados,
creían que gestionaban bien,
les daban cuatro regalos,
mientras ellos se llevaban cien.

Se cierran Entidades,
el gobierno financiará,
el Banco España está detrás,
a los empleados se les echará.

Pasa el tiempo despacito,
nadie en la trena acabará,
el rico no paga nunca,
al pobre se le embargará.

Moraleja del "cajero":
con el rico nadie podrá,
y si el pobre reclamará,
la justicia le detendrá.

Anónimo (Luis Iglesias)


Romance de los envenenados
Escúchame ahora, buen oyente
a mala hora recuerdo ese julio.
¡Mírame el rostro azorado!
Aquí, rodeado de tanta gente.

Contaré un secreto a voces
de este mío pasado joven
verás quizá las luces
es mucho lo que ellos esconden.

Muy lejos, cruzando el mar,
no somos tan diferentes,
esta intensidad del joven amar,
la llevamos hasta en los dientes.

Llega un día ésta dulce en vestido
bajo la sombra recuesta el dorso
abre un libro, queda sumida en su gozo,
allá la está mirando un buen mozo.

No es una difícil ecuación
me incluyo en esa suma de dos
despeja la x, te pido
somos mi mejor amigo y yo.

¡Bien dicen: qué no se mezclen los amigos!,
bien debería saberlo yo ahora.
Nos presento, somos los envenenados,
esos que en julio pecamos.

Ángela Berbetti


Romance de La Malhablada
Noble villa castellana
pa más señas Salamanca
albergaba a una dama
que no era coja ni manca.
Chica era de buena cuna
a su familia estimaban
pero muy pronto se vio
la niña se desviaba.
Desde pequeña anunciaba
una conducta malsana
a su familia y vecinos
malamente contestaba.
Margarita la bautizan
y Margarita la llaman
aunque por su mala lengua
malhablada la proclaman.
De su boca salen dardos
contra el caballero y damas
certeros y envenenados
que empiezan a darle fama :
“El párroco es una grulla
calva, vieja y arrugada
que lascivo se propasa
con el chico de doña Ana;
las hermanas, pedigüeñas
ocultan , pías y castas
una vida disoluta
entre oraciones y pastas”.
Con todo este proceder
pasa los días en danza
y con veneno y disgustos
a su pobre madre mata.
Su padre desesperado
se decide por casarla
que aunque mala y deslenguada
en dote y por moza gana.
Aunque mucho empeño pone
no consigue desposarla
no hay valiente en todo el Reino
para ésta brava muchacha.
Así que pa vestir santos
y nada desconsolada
sigue dando sus mandobles
a to quisqui y a mansalva.
No pasan los días y años
por su lengua envenenada
pero quiere la fortuna
hacer quebrar su garganta,
ya ninguna nota sale
de sus afiladas cuerdas
poco a poco pierde voz
y así gana el pueblo en calma.
No soporta su silencio
y el veneno que acumula
hace que nuble su mente
y la locura le invada,
decidiéndose a saltar
desde la torre más alta
desde donde muchas veces
su veneno declamara.
Ni en tan trágico momento
la vida de uno se apiada,
queda su cuerpo chafado,
su hiriente voz apagada.
Aquí termina la historia
de esta chica malhablada
si desean más veneno
queda su historia enlatada.

José Ramón Cifuentes García


Romance de los envenenados

Caminaban por el bosque
por fin el sol calentaba
después de tanta tormenta
las setas están sembradas
Juan de esto sabe poquito
la que más entiende es Ana
son muchos años de ver
Cardos, Trufas y Anisadas.
Cocina Lenguas de gato
Clitocibe y Cleopatra
y por probar ha probado
de Amanitas, la Cesárea
Mira Ana esta que chula
que tiene forma alargada
voy a echarla en la banasta
¿estará buena guisada?
Céntrate en los rebellones
y espabila que no comes
otro día si tu quieres
ya vendremos a por Rollex
El pinar ya está esquilmado
llenas las cestas y a casa
que esta tarde para doce
prepararemos las brasas
Los Níscalos con jamón
en la casa de Joaquina,
harán fiesta en la cocina
ella nunca los probó.
Será pues la última cena
entre todos los sabores
se han colado en los fogones
dos Amanitas Faloides.

Paz Mateos


Romance del niño de dos cabezas
La voz que todo lo anuncia
resuena por todo el pueblo
son campanas que repican
con nuevas de un nacimiento.
Un niño con dos cabezas
ha salido de mi cuerpo,
les grita desesperada
la hija del tabernero
deseando que este monstruo
hubiera nacido muerto.
¡Qué una madre diga eso!
¿Será miedo lo que siento?
Ávidos de carne fresca
curiosos salen corriendo
a propagar la noticia
al ver al extraño engendro.
Allí estaban en la plaza
el hijo de la Tomasa
seguido de medio pueblo
para seguir con la guasa.
Y según iba creciendo
unos con poca fortuna
comentaban sin reparo:
¡Es mejor cortarle una!
Otros más avispados
sacan provecho a miseria,
entre risas murmuraban:
¡Que se lo lleve la feria!
Comía su doble ración,
su doble ración bebía,
en esto sí lo envidiaban,
¡vaya suerte que tenía!
Así es el género humano
que a todos nos ha de mostrar
mediando las apetencias
el más vil acto de envidiar
Y como todo vecino
de nombre estaba dotado,
se le ocurrió a su padre
apodarlo “Felizyano”.
Feliz mira a la derecha,
es casual, no se equivoquen!
a quien mira a la izquierda
le tocó más feo el nombre.
El afortunado Feliz
con la sonrisa en la boca,
tenía un mundo tan bonito
que enamoraba a las mozas.
Y Ano con sus grandes ojos,
ventanas de monasterio,
alejaba a las paisanas
con el rictus siempre serio.
A la diestra, qué paisaje,
nubes de espuma colgante,
las montañas y los valles,
la maravilla del arte.
Siniestra la otra mirada
hacia la burla y la mofa,
eran sus mismas entrañas
albergue de la congoja.
Los árboles con sus ramas
y las raíces ancladas,
milagros de vida verde
en lo más hondo del alma.
Eso eran para uno,
otro pensaba en la soga
que le librara al colgarse
del tormento que le ahoga.
No se ven, pero sí sienten
aquel mismo cuerpo albergar
a los dos seres viviendo
de una forma tan dispar.
Hasta habían ignorado
lo que había al otro lado,
tan unidos que eran lo mismo
ambos dos se anularon.
Iba contra todo el mundo,
el miedo le hacía ser malo,
¡Sin piedad! era su lema.
Egoísta, acomplejado.
Compasivo y generoso,
su opuesto era la esperanza,
la empatía y la constancia,
el amor todo lo alcanza.
Ano harto de tanta chanza
tomó de Feliz la fuerza.
De la izquierda cambió el rumbo
que le hizo olvidar la cuerda.
Con esfuerzo y valentía
sus cabezas van girando,
cediendo poquito a poco
en el centro se encontraron.
Es tan difícil aceptar
lo que a uno es tan contrario!
La vida, lucha sin cuartel
donde no hay adversario.
La gran luz y la gran sombra
que en cada uno habita,
en una sola cabeza
ahora esto palpita.
Izquierda y derecha juntas
llegaron a la alcaldía,
y lo que era bicéfalo
le dio al pueblo sabiduría.
Y es que el nombre nada importa,
¡No hagamos asociaciones!
las etiquetas anulan
el potencial de naciones.
Conseguir de dos la unidad
lo que hizo alcanzar el triunfo,
pues por todos es sabido
dos piensan mejor en uno.
Así termina la historia
del niño con dos cabezas,
que es una alegoría
de la cruel sociedad nuestra.

M. Mercedes Juan Mateos


Romance del cura y la viuda alegre

En el pueblo de Allavamos
a tres leguas de Volvamos
ha llegado un nuevo cura
con prestancia y compostura.

Sin sotana y con mostacho
Ato, sin ser estirado
parece ser buen muchacho.
Se le nota espabilado.

Ya hay alguno que supone
en tertulias y corrillos.
Y a la razón se antepone
pues sus lenguas ya son grillos.

El alguacil, no sin celo
cuenta sin cortarse un pelo
que el cura es muy jovenzuelo
y será carne de anzuelo.

Enlutada hasta la entraña
con dolor de una jornada,
eludiendo la mirada
hasta el respirar le extraña.

Esta mujer, buena gente,
que a este verso se presenta
es la viuda de un teniente
que feneció en una afrenta.

Y el sacerdote a sus misas
Y a las cotillas sus risas
Y la vida va sin prisas
Y la viuda ajusta sisas.

Pues ha llegado el calor,
el luto se relajó,
sus faldas tiene color
y su risa renació.

Pues no hay mal que cien años dure
ni dolor que más perdure

Felipe Cortés

El objeto encontrado

La última sesión del curso la dedicamos al "objeto encontrado" y la figura de Antonio Pérez, un "cazador de instantes" como lo han definido algunos de sus amigos.
Gonzalo Ugidos, en un artículo titulado "Antonio Pérez, un histórico de la bohemia" dice lo siguiente:
"El museo inacabable de Antonio Pérez nació en los bolsillos de su pantalón corto. Desde doncel, en Sigüenza, recogía cosas que guardaba como un tesoro, sobre todo vilanos, esos abuelitos o flores de cardo que al soplarlos explotan en la satisfacción de un deseo. Los encerraba en un tarro de cristal sin la conciencia de ser un eco de Marcel Duchamp. Su padre era arriero, conducía una recua de mulas vendiendo pimentón. Al menor de sus 12 hijos, Antonio, el negocio familiar no le interesaba; pero sí saborear el polvo de los caminos, vagabundear como un nómada de brújula loca"

Este es el tráiler del documental Objeto encontrado que narra la vida y obra de Antonio Pérez:


Y estas son algunas de las piezas expuestas en la Fundación Antonio Pérez descrita así en su página web:
En Octubre de 1998 se procedió a inagurar oficialmente las salas de exposiciones de la Fundación ANTONIO PÉREZ, con ellas se amplía en Cuenca un nuevo foro cultural que sirve para revitalizar el ámbito artístico de una ciudad con una gran tradición pictórica desde los años 60, cuando tuvo lugar la creación del Museo de Arte Abstracto Español (en el que están representados artistas como Chillida, Guerrero, Millares, Palazuelo, Saura, Torner, Zóbel...) y cuando importantes figuras de la plástica española decidieron quedarse a vivir en Cuenca, atraídos por un cierto halo que sigue latente y que, sin duda, esta Fundación pretende perpetuar.
Desde su creación, en 1997, la Fundación que lleva el nombre del artista para unos, coleccionista para todos, ha llevado a cabo un gran número de exposiciones de obra gráfica original, que han recorrido diversas poblaciones conquenses, acercando a las gentes, a los pueblos, las creaciones artísticas de pintores que son o han sido parte del mundo vital de Antonio Pérez, de ese círculo artístico en el que sigue inmerso.
El objetivo, pues, de la Fundación está en el conocimiento y difusión del arte creado en este siglo, partiendo de un conjunto de fondos pictóricos que son, fundamentalmente, creaciones de artistas de la generación del fundador, pero también las de aquellos otros, más jovenes, que han merecido su atenta mirada.
Ubicada en el que un día fue Convento de las Carmelitas Descalzas, la Fundación ha creado un nuevo espacio donde confluyen pasado y futuro, donde conviven en armonía formas creadas por el Hombre con formas de la Naturaleza, y que producen, amén de toda una variedad de sugerencias, emoción plástica.


Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer



Sobresauras


Los castrati


Somier. Homenaje a Sempere


La propuesta de escritura prevista para esta sesión guarda una relación directa con Lautrémont quien hablaba del encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección. Pues ahí, en esos tres elementos (paraguas, máquina de coser y mesa de disección) está el reto.
Estos son los trabajos de algunos de los participantes en el taller:

La máquina de coser, el paraguas y la mesa de disección

En la mitad del desierto
lamida por las arenas
que van y van y van
está LA MAQUINA DE COSER
remendando al viento frío de la última mañana
le ayuda EL PARAGUAS de varillas de oro
los dos se afanan muy concentrados sobre LA MESA DE DISECCION
en recomponer una tarde desmembrada a la que se le termina de morir la lluvia…
El aire huele a pena
y una voz perdida que no sé de donde sale llama a merendar…
Es que el mundo se ha acabado
las cosas están descolocadas
van, van, van… sin saber dónde…
LA MAQUINA DE COSER
EL PARAGUAS
y LA MESA DE DISECCION
han firmado un tratado internacional “I+D+H+Y+Z” de colaboración…
ahora son aliados.

Vicente M. Martín


Juan, el Sr. Paraguas

La llamó un poco apurado, Juan el Sr. Paraguas a Rosita, la maquina de coser para reunirse y poder hablar sin que nadie los oyera.
Quedaron en la sala de una morgue en la que vivía su amiga Casilda la mesa de disección.
Se conocieron un buen día lluvioso, le llevó su dueño, el forense al trabajo. A la salida del mismo no llovía y se lo dejó olvidado.
Allí quedó solo y a oscuras en esa sala fría y comenzó a llorar asustado.
De pronto oyó que le decían: -No tengas miedo, no pasa nada.
-¿Quien esta ahí?, ¿quién habla?.
Soy yo, Casilda, la mesa. Llevo aquí muchos años soportando cadáveres que colocan encima de mi y sintiendo todos los fluidos y olores que se desparraman, así que tranquilízate y descansa.
Juan le contó el día que nació, de como una máquina de coser juntó con mucha delicadeza las piezas de tela que irían en su armazón y de cómo se hicieron amigos él y Rosita.
Ahora habían quedado allí porque el Sr. Paraguas se había enamorado de una joven sombrilla que había conocido un día en el parque y quería saber cómo podría volver a verla.
Eran sus únicos amigos y necesitaba su ayuda.
Cuando llegó su amiga Rosita, los presentó y comenzó a contarles su historia y a darles detalles de cómo era esta sombrilla. Era fina y esbelta, con unos bordados de lunas y estrellas en su fina tela de un color azul cielo, tan suave que case se hacía transparente.
Al describirla, Casilda la reconoció, comentó que ella la había visto, que la ayudante del forense la había traído algún dia de mucho calor.
La máquina de coser había bordado los dibujos en su tela y sabía que se llamaba Mariquita.
¿Que podían hacer para volverse a ver?
A la mesa de disección se le ocurrió la idea que cuando sus dueños les volvieran a traer, ella disimuladamente les haría un roto en su tela y de esta manera tendrían que llevarlos a reparar.
Y así fue, todo sucedió como habían previsto y volvieron a encontrarse junto con la máquina de escribir.

Carmen Alonso


Dedos de Novia

Todos los instantes esconden como mínimo un misterio. No lo advertimos porque habitualmente vemos con un mirar tan cargado de nosotros que nuestro ojo todo lo percibe con la luz de sus apetencias y sus temores. Así, la retina –nuestra retina-, únicamente es capaz de captar imágenes cautivas. Sin embargo, hay ocasiones, donde alguien sin saber cómo ni por qué, sin saber siquiera que lo hace, se niega a castrar su mirada y entonces ve cosas. Cosas que siempre están ahí.
Tábata era un personaje con estas características. Siendo muy pequeña –después de someterla a una interminable procesión médica sin llegar a eucaristía alguna- su familia decidió que “le faltaba un hervor”. Abrumados por la situación, los suyos no sabían qué hacer con ella más que quererla. Hasta que un día, el día que la pequeña cumplía tres años, apareció en escena Ivanna, la excéntrica tía Ivanna.
Si creéis que el amor a primera vista existe, tenéis que creerme cuando os digo que eso, justamente eso, fue lo que ocurrió cuando tía y sobrina se encontraron. Y es que a las dos “les sobraban hervores”.
No había pasado un mes, cuando Tábata –con el parabién de sus amorosos padres- había trasladado el universo que se estiraba y se multiplicaba caprichosamente y cuando menos lo esperaba   en su cuarto, a otra pieza que la tía Ivanna había considerado  oportuno habilitarle  en su casa. Una casa minúscula capaz de adquirir proporciones infinitas cuando ellas estaban dentro.
De eso hacía quince años. Quince maravillosos años en los que Tábata había tenido que aprender a disfrutar y callar. A protegerse de los que vivían “al dente”.
Esa noche, la noche de la que os hablo, la empresa de limpieza para la que trabajaba le adjudicó el Hospital más grande de la ciudad : el “Marcé Venttini”. Adjudicación inesperada que respondió a una baja fortuita y que modificó por completo el devenir de aquella noche y por lo tanto –como el aleteo de una mariposa- del mundo.
“El Venttini” era y es famoso por  su  profesionalidad. Varios premios le convierten en un centro de referencia para cualquier experto en temas de salud o investigación médica. Trabajar en él es una fortuna. La doctora Georgina –directora del lugar- era y es sinónimo de esperanza para el enfermo y de aprendizaje y entrega para el  sanador comprometido.
Tábata nunca había ido.
Hasta el momento en que esto que os voy a relatar sucedió, su trabajo se había ceñido a los almacenes “Salam”. Almacenes –como bien sabéis- ubicados en el corazón de la ciudad, donde a ella además de limpiar, le gustaba escuchar y jugar con el pálpito acelerado o lento que ocultan los días y las  noches.
Cuando puso su pie en el Hospital, supo que algo grande la esperaba. Desde lejos, se escuchaba su latido.
El joven Dexter –un celador rubicundo de pocas palabras y cara de sueño-  la recibió y  guió al lugar exacto por donde debía comenzar: La sala de disección. Un hábitat frio que para la mayoría hablaba de finales. Finales abruptos que preferían eludir porque les robaban el sueño de la inmortalidad, -como si su elusión se la garantizara-.
Pero como os he dicho, Tábata no era como la mayoría.
Nadie sabe si los muertos viven más allá de lo que dura el recuerdo de quienes les amaron; igual que nadie desconoce que existe un tipo de muerto que conmueve profundamente a conocidos y extraños: “Los inesperados.” Máxime si son bellos, jóvenes y acaban de contraer matrimonio. Demasiado perfume náufrago para no estremecerse.
Aquella noche el “Marcé Venttini” estaba turbado, profundamente turbado.
Justo en el momento en que la luna tomara posesión de su tiempo, la policía había dejado en sus dependencias el cuerpo de una joven. Era maravillosa. Más que muerta parecía dormida. Su rostro reflejaba la placidez del bebé que descansa abandonado en la seguridad de un pecho que conoce. Su cuerpo era perfecto, con la perfección pura que brota del no saberse y un extraordinario vestido de seda blanco –aún húmedo- se abrazaba a él. Algún que otro desgarrón, alguna que otra mancha de barro y la extraña ausencia de todos los dedos de sus manos, eran los únicos signos que evocaban la posible violencia que la había habitado. Quienes la veían lamentaban sinceramente su destino. ¡Pobre Novia! –decían- ¡Qué desgracia!  -afirmaban-. No veían, se veían.
Cuando Tábata se quedó sola en la sala de disección no sabía nada de lo que os acabo de contar, y sin embargo sonrió. El aire olía a Hada. Era un olor inconfundible pero débil. Un ligero aroma que está y se desvanece a la vez. Guiada por su olfato, se dirigió a la mesa central. Había un bulto bajo una sábana. Era un cuerpo. Levantó el lienzo y allí estaba. Una Ninfa a punto de ser desposada. (Las desposadas huelen a manzana caramelizada). Era maravillosa. La más maravillosa que había conocido hasta el momento. Estaba tan profundamente dormida que parecía muerta. La examinó con detenimiento. Había viajado desde muy lejos. Había tenido que pagar peajes. Había tenido que pagar diez peajes. El precio de cada uno: un dedo. Porque como bien sabéis sólo con un dedo de hada se pueden crear puentes que unan los universos sin que el viajero perezca en su aventura o se olvide de si mismo y sus orígenes. No le quedaba nada.  Si alguien  no la ayudaba, cuando despertara  no podría –en caso de querer- volver a casa. Olvidaría quien era. ¡Pobre Hada!  -pensó- ¡Qué desgracia! –sintió-
Entonces, Tábata, la joven Tábata sacó de su bolsillo el frasquito verde de pompas que siempre llevaba con ella, y comenzó a soplar. Burbujas de jabón llenaron la estancia. En una de ellas, por un instante, apareció la tía Ivanna y  atravesando la membrana de agua que la envolvía con un paraguas, se esfumó. El paraguas rebotó en el suelo y se irguió. Era el viejo paraguas  que acompañaba  a su tía en las ocasiones especiales.
A Tábata, siempre le había hecho gracia el andar estirado de ese palo con tela que se desplazaba a brincos y cuando abría sus brazos dejaba al descubierto los millones de agujeros que anidaban en su tela -como si los ratones se hubieran dado un banquete a su costa-. Cualquiera le hubiera desechado por inútil, por parecer más un colador que un quitasol o quitaaguas.
Amable –como siempre- se levantó del suelo, se colocó bien la pajarita que se abotonaba en su cuello y engalanaba su mango y se acercó a la joven que descansaba sobre la mesa de hierro. Enseguida la reconoció. Era la hija de Naya, la nieta de Aldara. Si estaba allí, sólo podía ser por una razón: necesitaban ayuda y no sólo para volver. Algo terrible tenía que haber sucedido.
Haciendo un esfuerzo para desprenderse del dolor que ese conocimiento le había producido, extendió sus varillas. De los millones de huecos que anidaban en su campana de tela, comenzó a brotar luz –como si millones de faros repentinamente desadormecidos se hubieran concentrado entre las varillas de un paraguas que se abría en una sala de disección-. No era una luz cualquiera, era una luz irisada que cuando cubría tu piel te hacía sentir incorpóreo, imaginario. Una de las sensaciones que más le gustaban a Tábata.
La doncella despertó.
Si os he dicho antes,  que en su estado de letargo era maravillosa, ahora cuando lo invisible la definía como realmente era, resultaba deliciosa. Verla era respirar la paz, la dicha más profunda. La alegría más imborrable. Y es que –si habéis visto alguna, lo sabréis ya- la impresión que producen las hadas es siempre indeleble.
Mientras todo esto sucedía –sin que nadie lo supiera- del suelo sobre el que hace un momento se asentaba el mundo, brotaron diez flores desconocidas que olían a canela y ruda. Cuando los capullos se esponjaron, de su interior salieron diez melodías libres que se posaron en las manos de la hija de Naya. De ahí, por el arte de la magia más ancestral que escondía el bastón de un paraguas, crecieron diez dedos. Diez dedos blancos, largos, desnudos como batutas vírgenes y experimentadas, como pinceles huérfanos de colores a fuerza de alimentarse de ellos, como varitas recién estrenadas que saben todo por no saber nada. Diez dedos capaces de suplir aquellos otros que  generosamente se entregaron sabiendo el riesgo que suponía su regalo. Los dedos de un Hada.
Obrado el prodigio, el paraguas plegó sus varillas y se cerró. Estaba agotado.
Tábata se acercó a él, le aflojó la pajarita para que respirara mejor y le tumbó sobre sus piernas mientras le cantaba.
La hija de Naya miraba. Tranquila esperaba. Sabía que así debía de ser. Cuando se realiza un esfuerzo muy grande, da igual lo mágico que seas, hay que descansar para recuperarse.
Cuando despertó –esta vez el paraguas-, se levantó, se colocó bien su pajarita y a brincos, muy estirado se dirigió hacia la nieta de Aldara. La abrazó como cuando era niña y juntos jugaban en su casa. Ella lloraba, también le recordaba. Era el paraguas que siempre se llamó paraguas. Sólo paraguas.
Mientras sus lágrimas resbalaban por el cuerpo del quitasol, sin decir nada, él supo lo que pasaba, por qué estaba allí la joven y milenaria hija de Naya.
Alguien –no se puede decir su nombre- había roto la continuidad de las tierras donde habitaban. No podían desplazarse libremente por todos los universos que existen y amaban. La fractura era tan grande que en el intento de saltarla, perecían porque se olvidaban. Muchas hermanas se habían perdido ya en las sombras y el miedo avanzaba y cada vez era más difícil pensar en rescatarlas. Dejarían de ser hadas. Y sin Hadas, los universos, el mundo….
Tras un momento de reflexión, Paraguas se acercó a Tábata y le pidió que hiciera pompas de jabón.
Tábata hizo lo que le indicaban; y la habitación volvió a cubrirse con burbujas de agua que a la luz del Hada resplandecían de forma insospechada. En una de ellas había una grafía que representaba el universo de los universos. Perfectamente se discernían la fallas que le fracturaban.
Es peor de lo que imaginaba –afirmó  Paraguas-                               
Hay que llamar a Casandra.
Tábata seguía haciendo globos de agua. Dentro de cada uno, como ya habéis visto se esconde algo o alguien. Ahora en uno de ellos había que encontrar a Casandra. Hacía tanto tiempo que nadie la llamaba que dormía profundamente y cuando escuchó su nombre pensó que soñaba. Pero la llamada de Tábata era tan insistente, que despertó. Volaba en una burbuja de jabón –como cuando…-, eso sólo podía ser magia. Se le alegraron las bobinas, y se preparó para una labor de costura delicada.
Estaba tan emocionada que no vió la columna y chocó. La membrana de agua se había roto y ella yacía dolorida en el suelo de una estancia que olía a canela, a ruda y a hada. ¡Qué bien huelen las hadas!
Antes de que se repusiera de la impresión, un quitasol, un paraguas, un amigo de toda la vida la empujaba y la increpaba:
- Vamos Casandra, no hay tiempo, te necesitan las hadas.
Ella quiso volar como sabía pero estaba tan desaceitada… Hacia tanto que nadie la llamaba…..
- Mira….
Lo que vio Casandra, fue suficiente para que reaccionara. El universo se rompía. Voló.
Buscó el hilo, lo enhebró dos veces, colocó la rueda, preparó la superficie, midió la presión y la tensión necesaria; colocó a la dulce nieta de Aldara bajo su boca y comenzó a remendarla. Con cada puntada que daba en el desgarrado vestido del Hada, la grafía que mostraba las fallas que separaban los universos y alimentaban el abismo de hermanos  y hermanas se reducía, la tierra volvía a unir sus jirones, se hacía más compacta. El Hada era como todas las hadas el mapa de su tierra. Coser sus desgarrones era –según Paraguas- la única forma de borrar esas malditas fallas. Casandra era una máquina de coser extraordinaria, nieta de los husos más legendarios, podía conseguirlo. Unir los rotos sin dejar huella era extraordinariamente difícil.
Trabajó sin descanso hasta que todo estuvo terminado. El resultado fue impecable. Nadie podría descifrar el lugar donde un día la tela estuvo rota y la tierra fracturada. Ahora el olor de Hada era más penetrante. Tábata estaba encantada. Casandra, drogada. Ese olor intenso la alteraba. Sin darse cuenta comenzó una danza. Las pompas de jabón la acompañaban, algunas se rompían y la sala cada vez estaba más llena de objetos curiosos y seres extraños que se conocían desde siempre y danzaban. ¡Cómo danzaban!
Cuando el baile terminó, todo era dicha, dicha y paz.
Bueno todo, menos la hija de Naya. Ahora yacía en el mismo lugar en el que se encontrara al principio de la historia pero ya no olía a nada. Su luz parecía haberse consumido en la danza. Algo iba mal. Tal vez, al salvar el universo, el Hada…
Se hizo el silencio.
Casandra lloraba, paraguas lloraba, todos lloraban.
Todos menos Tábata, que acercándose con su bote verde de pompas de jabón a la deliciosa joven que dormía o moría sobre una mesa en una sala de disección, sopló y sopló hasta conseguir una burbuja tan grande que fuera capaz de arroparla. Lo consiguió. La envolvió con su membrana de agua y con la caricia de un beso y un aliento suave la devolvió a casa. Allí ya no hacía nada.  Según se alejaba, se vio como la hermosa nieta de Aldara sonreía. Todo estaba bien.
Justo en ese momento se abrió la puerta que daba  a las escaleras que daban a la sala de disección. Un equipo buscaba a la novia sin dedos. Tenían que diseccionarla.
La mesa estaba vacía.
Preguntaron a Tábata que aún limpiaba.
Ella no había visto nada.
La creyeron. ¡Cómo iba a mentir con esa cara! Y además ¡Qué podría haber hecho una criatura como ella! ¡Nada!
Llamaron a la policía. Había que encontrar a la Novia. Alguien la había robado. Había que descubrí el misterio de sus dedos. Alguien la había mutilado.
En medio del ruido salió Tábata. En el bolsillo de su bata una burbuja de jabón de membrana resistente albergaba un paraguas y una máquina de coser “Casandra”, recordaban aventuras de tiempos remotos, muy muy remotos; tiempos donde todo era magia. Ella les oía. Reían, lloraban, se enfadaban… no había duda de que se amaban.
Al salir a planta, una ancianita esperaba en una silla de ruedas a que alguien la curara. Estaba sola. Sobre su regazo llevaba una caja. Si te acercabas, podías comprobar que olía un poquitín a Hada, seguro que lo había sido y lo había olvidado.
Tábata se acercó a ella, la llamaba. Quería agua.
Se la llevó y buscó a alguien que la recogiera y la curara. Dexter estaba cerca. La reconoció. La escuchó y se acercó a la anciana. Poco después tenía adjudicada habitación y cama.
Antes de que se la llevaran, la viejecita, le dijo: Toma Tábata. Es para ti.  Para ti y para Ivanna. Seguro que os gustan. Son dedos de novia. Lo más parecido a los dedos de un Hada. Los hizo Aldara, la vieja Aldara cuando supo de la misión de su nieta,  la hija de Naya. Lo has hecho bien. Serás amada.  Y dándole un beso y un anillo de hojalata , se marchó.
Al día siguiente, cuando Naya preguntó por ella en el hospital nadie sabía nada. Dexter tampoco. De hecho, de lo único que al día siguiente se hablaba era de la extraña desaparición de una maravillosa novia mutilada. La directora Georgina salía en todos los telediarios para garantizar que se habían adoptado las medidas pertinentes y que el caso estaba en manos de quien correspondía y que en breve se desvelaría el misterio. Las conjeturas más disparatadas se escuchaban por todas partes. El “Venttini” multiplicó su fama como Tábata sus espacios.
Y esa misma noche volvió  al “Salam”. Con un imperceptible aleteo de mariposa se había reincorporado la persona que estaba de baja.

Ana Isabel Fariña

Paisaje y paisanaje en Salamanca

La sesión del día 17 de junio la dedicamos a Manuel Díaz Luis, escritor de la tierra que se definía así en las solapas de su libro Las aguas esmaltadas:

"Me llamo Manuel Díaz Luis y nací el 3 de junio de 1956 en Campillo de Salvatierra (Salamanca) a las ocho de la mañana (jamás he vuelto a levantarme a esas horas desde entonces). Empecé Historias y me cansé de la mía propia. Hice quinto de Psicología –hasta tres veces-, pero como el título se lo dan a cualquiera, a mí no me lo han dado todavía y en la actualidad no soy sino un paciente más de la metodología oficial. A juzgar por los dineros y las hambres, yo diría que soy escritor. Escribo porque está de moda y se lleva; además, los libros, todo hay que decirlo, adornan mucho. ¡Qué dirán las visitas!
Solo quiero añadir que, empezada en 1983, esta obra se fue produciendo durante los años 84, 85, 86, 87, 88 y parte de 1989, concretamente hasta el día 28 de junio 8san Ireneo), en que decidí ponerle el fin.
La novela no hubiese sido posible sin la luminosa inspiración de mis espíritus carnales de la Sierra de Francia –cuasi santos-, verdaderas musas que se me aparecían colgando de los techos de las tabernas y tabernáculos en forma de lenguas de fuego tinto”.


El crítico Santos Villanueva publicó una reseña sobre el libro Las aguas esmaltadas en el suplemento “Libros”, de Diario 16, titulada “Visiones de dos mundos” (pues comentaba también en el mismo texto la novela La isla del viento de Juan Luis Cebrián). Esto es lo que decía:

"Es el entorno inactual, primitivo, casi caricatura a base de querer convertirse en mítico, de un mínimo pueblecito salmantino allá por los años cuarenta. […]
Las aguas esmaltadas es la novela colectiva del vivir cotidiano de unos lugareños. Algo tienen de la literatura y el drama ruralista; algo, también, de la sucesión de historietas de sabor agridulce de la picaresca. Pero, en particular, es suma de excentricidades y bestialidades servida por tipos primitivos y energúmenos y adobada con gracietas lingüísticas o con pinceladas escatológicas: herencia clara del carpetovetonismo cultivado por Cela, de quien hay huellas en el estilo e incluso en el gusto por cierta onomástica (mozalbetes que se apodan Carnero Mocho o Burrablanca; adultos víctimas del martirologio como Adeodato, Orófila, Livino o Procopio)."


Pero hablamos también de uno de sus libros de poemas, Labor del hombre. José Luis Puerto, amigo y gran conocedor de la obra de Manuel, señala con relación a este libro:
"Se trata de un libro en el que se nos despliegan, de un modo lírico y muy puro, los signos cenitales del territorio primordial de Manuel Díaz Luis: la Naturaleza, la niñez, la geografía salmantina del sur (Monleón, la Sierra de Francia, Batuecas), los elementos cósmico (la luz, el viento, el agua…), ciertas claves religiosas, las estaciones, la familia (el abuelo, Marina…)…, es decir, toda la urdimbre en el que el poeta se reconoce y en la que teje su sentido vital, en busca de una plenitud, que él nombra en ocasiones como resurrección.
Y todo ello dicho con claridad, con sencillez, con naturalidad, sin rebuscamiento alguno, casi como si nos estuviera transmitiendo un mensaje al oído, a cada uno de nosotros a solas. Su orientación hacia lo popular le hace en ciertos poemas acudir a la asonancia, otros tienen la forma de la canción lírica y todos nos traen un aire fresco del que carece gran parte de la poesía actual. Por eso nos parece que Labor del hombre es un libro de poemas que no tendría que  pasar desapercibido, pues aporta un mundo y un decir infrecuentes en la poesía de ahora mismo."
Dejamos aquí unos poemas:

Valdrá la pena

Si no quedara nada para hablar
De lo que fuimos

Si la vida del hombre y su labor
Fueran baldías

Sólo por respirar en plenitud
Y haber amado

Valdría la pena ser abono y ser
Sustento y suelo

De otros que han de seguir 
         [los mismos pasos

Labor del hombre

Como ir abriendo puertas
Así es siempre al principio.
Como ir abriendo puertas 
                [al sol y a la mañana,
Al canto de los hombres,
Al mundo que se ensancha.

Siemrpe es así al principio, 
              [hasta que un día
El niño entra en el tiempo
-Conciencia de la muerte-
Y entonces no se puede
Volver, están cortados
Los pasos que anduvimos.
Todo ha quedado atrás y nos espera
Delante la gran puerta
Final, la más terrible.
Allí, ¿qué nos aguarda?

¿Y por qué esperar nada? Hay que llegar
Con la tarea cumplida
De haber amado tanto
Que nuestra recompensa sea la vida.

Y estos son los textos de algunos de los participantes del taller que decidieron explorar en sus recuerdos y hablarnos de personajes curiosos de su infancia o adolescencia.

Personajes típicos de mi pueblo

Recuerdo y he oído contar anécdotas referentes a personas que vivieron en mi pueblo, unas agrandadas y otras minimizadas, algunas trataré de narrarlas.
En todos los pueblos hay un tonto o más. En el mío, uno se llamaba "Manolín", se dedicaba a llevar agua en un carretillo con dos cantaros a las casas que se lo solicitaban. La fuente estaba en la plaza y casi siempre estaba por los alrededores, la gente cuando pasaba a su lado le decía algo, ! Manolín, hace buen día ¡, a lo que él les contestaba, ! Llevo ya doce viajes ¡, entonces comprendí el refrán aquel de decía " Cada tonto con su tema".
También había maestros, de los de antes. Uno de ellos se llamaba Ramón y como era alto y delgado, le apodaban "Cazabrevas". Miope a más no poder, vivía con su hermana también soltera y también miope. Las clases con D. Ramón, eran muy divertidas, empezaban con 40 alumnos y terminaban solo con la primera fila, pues los niños, corrían las sillas, hacían una gatera y se iban de clase. Pobre D. Ramón y pobre hermana, los mató un camión un día que paseaban cogidos del brazo por una carretera.
Ricos, ricos, tan solo dos. Uno se llamaba Porras y le apodaban el "Estirao", un déspota, insultaba a la gente y la amenazaba, era un broncas. El otro rico era el llamado "Solterón", era mejor persona. Este le recriminaba a su amigo, que a los pobres para no darles nada, no había que hablarles mal.
¡Que buena persona era el solterón!
Curioso el caso de un labrador, apodado "El Echacuentas", siempre estaba haciendo números, aunque era analfabeto. Fue famoso, porque tenía dos mulas, "La torda" y la "Andaluza", y un buen día ,"La torda", dio una coz a la mujer y la quedó en el sitio. El día del funeral, al que asistió todo el pueblo, a la salida del cementerio, la gente le daba el pésame, la mayoría le decía la consabida frase, ! te acompaño en el sentimiento", otros se acercaban al oído y le decían " Te compro la mula ".
Cuando se casó "Memias", la gente del pueblo se acercó a la iglesia a ver a los novios. Cuentan los familiares que apenas terminada la boda se fueron para su casa y estuvieron una semana sin salir. Los vecinos estaban preocupados, las ventanas bajadas, la puerta cerrada. Nadie se atrevió a llamar por si pasaba algo. Justo a la semana, "Memias" y su mujer salen de casa todo contentos y se suben al coche de línea que les llevaba a la ciudad. Cuando un vecino se acercó y le preguntó a donde iban, "Memias" le contestó ,"Vamos a médico para ver si la mujer está embarazada".

PD: En mi pueblo hay personajes para escribir un libro, de esos llamados "gordos".

Luis Iglesias


El pañuelo

Todos sabíamos que “la Lurucha” era la bruja más peligrosa que había en el mundo. Con sólo mirarte podía conseguir que enfermaras de enfermedad mortal y te consumieras poquito a poco como los verracos de “Manolo Panza” cuando el otoño pasado escaparon de su granja por la noche y tuvieron el mal sino de embocarse por el camino prohibido.
Fueron “los Reculos” quienes encontraron su rastro mientras perseguían a sus gallinas sin cola. Aves que misteriosamente, el mismo día, pero un poco más tarde –con la esclarecía-, también habían decidido huir.
Nadie sabe cómo consiguieron que los marranos volvieran sobre sus pasos sin que ellos tuvieran que poner un pie en la vereda que no se pisa. Pero lo hicieron. Las pruebas eran concluyentes por mucho que “el remache” lo cuestionara.
Ninguna de sus gallinas enfermó.
Sin embargo, con los cochinos no hubo solución. De vuelta a casa, dejaron de comer y comenzaron a gruñir sin descanso.
Oírles dolía.
Hubo que sacrificarles.
Rafaela “la Negra” fue a verles y dijo a “Manolo Panza”: “Están malditos. Si no mueren como deben morir, toda la casa se contagiará de su mal. No se salvará nadie”.
Así, en la primera hora de la noche, del primer viernes del mes de julio, -cuando los que habían sido animales lozanos se habían trasformado en una masa informe de carne doliente-, “el tio Pirracas” entró en la cuadra donde a oscuras se consumían; y uno a uno les sajó el cuello. Cuando se hizo el silencio, él mismo ayudado por “el colorao”; les puso boca abajo para que se desangraran y cuando ya estuvieron secos, ambos -bajo la supervisión de “la negra”- prepararon en el patio que se abría frente a la casa; una hoguera gigantesca con varas de romero, tallos de lavanda y hojas de helecho. Allí fue donde les lanzaron. ¡Los siete ardieron!
El olor era insoportable. Sin embargo todo el pueblo miraba.
Las mujeres de la casa, sabían lo que tenían que hacer y una a otra se fueron cortando el espeso mechón de su melena que crecía sobre su coronilla y lo quemaron en la misma pira. Las niñas perdieron sus enormes coletas y ganaron una tonsura que ninguna deseaba, pero no se podía arriesgar con ellas –eran demasiado tiernas-. Los hombres por su parte; si tenían cabello se rapaban, recogían sus pelambreras y las lanzaban igualmente al fuego; si calveaban, lo que quemaban era el pañuelo con el que cubrían sus claros durante la labranza.
Mientras;“el tío Pirracas”, “el Colorao” y “la negra” lanzaban a las llamas diminutas hierbas que extraían de unas bolsas que llevaban colgadas a la cintura –los tres torsos desnudos- y cantaban con palabras extrañas canciones aún más extrañas.
Antes de que la hoguera se extinguiera por completo, se escuchó un grito de angustia agudo y penetrante que nos dejó a todos –si cabe- con menos respiración. “Es la Lurucha que arde en su propio fuego” sentenciaron los ancianos. Cuando las brasas sólo eran ceniza, todos pasamos a ver el milagro. En el suelo, perfectamente definida había una cara. Era la de la bruja.
He de reconocer que a mí me costó verla, pero es que ¡era tan pequeño…! Y tenía ¡tanto miedo!
Recuerdo que “el Pistón”, un vecino de aspecto hercúleo por naturaleza y hablar bronco por idéntica razón, cuando se acercó al rescoldó escupió sobre él. Muchos siguieron su ejemplo.

El 16 de Julio, el día de la Virgen del Carmen, son las fiestas de mi pueblo. La ley marca que según el número caiga en jueves o lunes los festejos durarán más o menos. Así lo había decidido hacía años el alcalde “Don Vitín”; “Pitolindo” para unos; “Pitofeo” para otros.
Ese año la festividad cayó en jueves. Por lo tanto, el jolgorio duraría cuatro días y cuatro noches.
Lo sucedido la semana anterior estaba aún demasiado presente para que se saborearan sus preparativos como en otras ocasiones. Ver a “los Panza” sin pelo era recordatorio suficiente. Había miedo. Hasta “los tamañines” que en esa fecha se crecían por ser los encargados de portar el paso de la Santísima Virgen y presidir la procesión, estaban en su ser, encogidos, retacos, “retacados”.
Ese pantano era el que nos alimentaba cuando un nuevo imprevisto sacudió el verano y cambió mi vida. “El ricachón”, “El Dios de Turra” murió repentinamente.
Su muerte acaeció el lunes previo a las celebraciones. Las causas de su fallecimiento no eran claras. Lo encontró “la Ricachona” tieso, en la silla que tenía él para él, en el porche donde solía rematar la comida con un buen vino y un buen habano. (No tomaba café porque le quitaba el sueño).
En Turra, -como en muchos otros lugares-; las defunciones eran un acontecimiento. Unían a todos alrededor de una pena y muchos recuerdos. Hasta que la tierra cubriera definitivamente al difunto, las rencillas y guerras familiares estaban de vacaciones.
Esa noche, el pueblo entero estaría en casa de “la Ricachona” acompañándola en su duelo y consolando a sus dos hijitas, que a pesar de ser hijas de quienes eran; todos llamábamos “chosquitas” dada la poca visión con que la vida había bendecido a las gemelas y las enormes y ostentosas gafas que su madre les había comprado para paliar esa falta. Lentes que siempre llevaban atadas por la parte de atrás de la cabeza con un enorme lazo de colores “para que no se perdieran”.
Fueron los dos nietos más pequeños de “los tamañines”: “el charcas” y “el zapatones” los que movieron todo.
El verano pasado, todos los niños del pueblo –como los niños de todos los pueblos- nos habíamos juntado para construir una casa enorme uniendo las copas de dos árboles con un puente de cuerda. Era un lugar secreto. Sólo nosotros sabíamos de él. Había que adentrarse mucho en el bosque para descubrirlo, y además estaba tan bien hecha que o te fijabas con detenimiento o no lo percibías. Hacerlo fue una aventura fantástica. Tan fantástica como la caseta.
Sin embargo, desgraciadamente, “los tilanes”, los niños del pueblo vecino la habían descubierto y se habían apoderado de ella. No había razones. Ellos argüían que como descubridores era suya. Nos agradecían el esfuerzo y como compensación nos dejaban encaramarnos a ella –bajo su supervisión- dos horas la tarde del lunes y el jueves. Como nos negamos, empezó la batalla. No había niño de Turra o Tilán que no estuviera cubierto de brechas, heridas y moratones. El antiguo molino era nuestro cuartel general, allí dábamos rienda suelta a nuestra rabia y perfilábamos nuestras estrategias.
Cuando “el charcas” y “el zapatones” supieron de la muerte del “ricachón” cogieron sus bicis y tocando la estrambótica bocina roja que le habían puesto, usando el código sonoro que únicamente entendíamos nosotros convocaron una reunión de urgencia en el molino. Habían tenido una idea.
En menos de nada, todos estábamos allí.
Ese lunes por la mañana “el Güita”, el más pequeño de los nuestros, llevaría a “los tilanes” un mensaje, un reto. Le dejarían subir, era nuestra hora y no podían hacerle nada, además hacerle algo al pequeño sería de muy cobardes. Nosotros esperaríamos entre los árboles la respuesta.
El reto consistía en aprovechar la noche de duelo donde nuestros mayores abandonarían sus casas y se amontonarían en la de “la Ricachona”, para acercarnos a la vereda que no se pisa –pisarla-, embocarnos a la casa maldita y entrar. El primero que lo hiciera y trajera una prueba de ello, ganaría el uso exclusivo de la caseta por todos los veranos del mundo. Era un reto de valor. De mucho valor.
Por “La lurucha” no había que temer. No había que temer que estuviera. Esa noche tenía trabajo. Ella también iría a la casa y entre las sombras esperaría que el alma del “Ricachón” abandonara definitivamente su cuerpo –después de despedirse de los suyos- para apropiársela con encantamientos y aumentar así su malévolo poder.
Cuando “Zapatones” terminó de exponer su plan, no sabíamos que decir. Que ella no estuviera en la casa no garantizaba que no corriéramos peligro. “Charcas” entusiasmado con el proyecto, pensaba que no aceptarían el reto y tendrían que huir como ratas y abandonar como tales la casa que nunca había sido suya. Ese argumento nos animó un poco. Casi sonreímos. Pero no fue así.
Cuando “el Güita” volvió de su peligrosa misión –sano y salvo- traía en sus manos un papel. Aceptaban el reto. A las doce nos veríamos en el cruce.
Esa tarde no pudo ser más larga.
Cuando llegó la hora, “el Chino”, “el Búho” , “el Indio”, “el Gitano”, “el Güita”, “el Zapatones”, “el Charcas”, “el rubio” y yo mismo “el faroles” estábamos en nuestro lugar. Frente a nosotros la pandilla “del trampas” con “el Varillas” y “el Cañonete” a sus lados.
Eran más y más grandes.
No había vuelta atrás.
Como éramos demasiados, allí mismo decidimos que la misión era misión de una sola persona y nos jugamos a la vara más corta quién representaría a cada equipo. De su parte, salió alguien que no esperábamos ninguno que estuviera allí; Miguel “el negro”, el hijo de Rafaela “la negra” –Tilano por parte de padre según decían “las lerchas”. Perdimos el aliento. Él tenía que saber algo que nosotros desconocíamos. Su madre era la única en toda la comarca capaz de conjurar los maleficios.
Nada estaba saliendo como esperábamos.
De nuestra parte, salí yo. No teníamos oportunidad alguna. Perderíamos. Lo perderíamos todo. Ellos la caseta, yo la vida, acabaría en una hoguera hecha por la madre de mi rival después de que mi cuello… Ese año no probaría los algodones dulces… Casi me meo.
En el mismo ritual se decidió que lo que se presentaría como prueba sería uno de los pañuelos que “la Lurucha” anudaba a su fea cabeza. Había que encontrarlos. Eso o su bastón. Como únicos elementos de defensa podíamos llevar una linterna y una navaja. Lo de la linterna lo entendía un poco, pero ¿la navaja?
Tras untarnos la cara con barro –como hacían los héroes de las películas- comenzamos a adentrarnos en la vereda que no se pisa. Yo sudaba. Sólo dejé de hacerlo un poco, cuando “zapatones” se acercó a mi oreja y adentrándose en el camino prohibido me susurró “tranquilo, todos estaremos contigo”.
Unas simples palabras y me crecí como “los tamañines” el día del Carmen en la Procesión.

“El negro” caminaba ligero y pronto le perdí de vista. Yo; aunque crecido, tenía un avanzar más prudente.
La casa estaba oscura. Era inmensa. Por dónde entrar…
La rodeé. Temía que algún animal infernal la vigilara, pero sólo encontré un cachorro de mastín con tanto sueño que no quería ni jugar. Cuando me vio, se limitó a alzar las orejas, mover la cola y volver a su descanso. No sé por qué, pero me pareció una buena señal.
Continué observando a oscuras. Encender la linterna era hacerme visible. Tropecé varias veces, una de ellas la rodilla se abrió, pero no lo noté. Tenía que encontrar algún sitio para acceder a la casa. Y en esas andaba, cuando de repente, una ventana inmensa, abierta de par en par, casi a ras de suelo, me tentó. Recordé que en el bolsillo del pantalón había metido un puñadito de sal –los libros decían que ahuyentaba a los malos, incluso a los demonios- y me lo eché por encima. Nada más hacerlo, salté. Estaba dentro.
Me rodeaba un salón enorme lleno de libros que cubrían de arriba abajo las paredes y un pie de esos donde se ponen los lienzos para pintar. Sobre él había una madera con un dibujo que parecía el rostro de un niño. Un niño más pequeño que “el Güita” jugando con un gato.
¿Sería una de sus víctimas? –pensé- y se me encogió el corazón.
Olía a aguarrás. Era un olor muy fuerte. Por eso estarían abiertas las ventanas.
Busqué la puerta y la abrí. ¿dónde guardaría sus pañuelos? ¿En el dormitorio? ¿en la cocina? ¿dónde?....
Una escalera de caracol llamó mi atención. Comencé a subirla. Los peldaños de madera chirriaban ligeramente. Rezando sin parar continué el ascenso. Cuando iba a dar el quinto pasó, vi en lo alto que una sombra se movía, iba a bajar la escalera y llevaba algo de la mano. Sin prudencia de ningún tipo, salí corriendo, me dirigí a la ventana y salté. Aún no sé cómo, tropecé, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.
Cuando desperté estaba tumbado en un cómodo sofá verdoso y una anciana de aspecto afable me limpiaba el rostro mientras tarareaba una melodía dulce. Me dolía la pierna. La rodilla me ardía. Y el ojo izquierdo apenas podía abrirlo. Volví a dormirme.
En mi segundo despertar comprobé que no soñaba. La anciana seguía a mi lado tarareando como antes. La pierna apenas me dolía. Me incorporé y la miré de frente con mi ojo tapado, ella me sonrió como nunca nadie lo había hecho. En una pequeña mesita que había delante del sofá reposaban dos tazones de leche y galletas ¡qué galletas! Es hoy y aún no sé si eran más bonitas que ricas o más ricas que bonitas. Tenía hambre y comí. Ella me acompañó. Y entre sorbo y muerdo le narré el por qué de mi presencia en su casa. Noté que según lo hacía, sus ojos se entristecían un poquito. Pero otro poquito después ya era la que yo había visto al principio. Recuerdo que también le dije que seguro que me había equivocado de casa y que lo sentía muchísimo.
Ella sonrió. Me aseguró que no me había confundido de hogar y que la persona que buscaba era ella.
Yo no sabía qué hacer, ni que pensar… podía ser una trampa, tal vez de buenos modos me había envenenado. “Ah! Que lista es la maldad” pensaba; pero igual que lo pensaba, algo me decía que no tenía razón para pensar así.
Este dilema que tanto me torturaba llegó a su punto más elevado, cuando ella abandonó la salita en la que nos hallábamos sin decir palabra y me quedé sólo con él. No sé cuanto tardó en regresar, supongo que poco; pero yo viví una vida y media en ese lapso.
Cuando regresó traía un pañuelo de cabeza de su mano.
Toma –dijo-. Cuando te marches, llévate éste que es el que más conoce todo el mundo. Ganarás el reto y recuperaréis la caseta. Y al salir, haz el favor de cerrar la puerta.
Y se fue. Y apagó la luz.
Allí me quedé otra vez, sin saber qué hacer, comiendo galletas con un cachorro de mastín que me lavaba la cara con su lengua áspera y cariñosa. Un cachorro que debía de haber entrado cuando ella salió.
Fue la voz de “Zapatones” que entraba por la ventana llamando “al Indio” y “al Búho” para que le ayudaran a entrar la que me hizo reaccionar. Salté –esta vez con más cuidado- . No quería que entraran.
Nada más verme me abrazaron y tiraron de mí con fuerza. Hablaban muy rápido. Estaban aterrados. Por lo visto “el negro” había caído enfermo –como los verracos-. Había tenido que abandonar la misión porque al entrar en la habitación de la bruja, le atacó un monstruo que solo con el aliento fétido que desprendía le había lanzado contra el suelo y le había roto el tobillo. Y efectivamente, en el suelo, chillando de dolor; Miguel “el Negro” repetía su historia.
Al verme me preguntaron con miedo ¿Y tú?
Mi única respuesta fue mostrar el pañuelo.
Desde ese día la caseta fue nuestra. Pero yo había encontrado otra caseta aún más escondida donde vivía un cachorro de mastín al que le gustaban los algodones de azúcar más que a mí y una ancianita solitaria sobre la que pendía una leyenda falsa, que hacía las galletas más bonitas y más ricas que jamás he probado y que pintaba los cuadros más hermosos que jamás he visto.
Fue ella la que me pidió que no desvelara su secreto, después de tantos años de soledad se había acostumbrado a ese tipo de vida y le asustaba la gente capaz de hacer con una mentira daños tan grandes.
“Cuando los cerditos salieron de aquí, sólo estaban empachados. Una dieta hubiera sido remedio suficiente”.

Ana Isabel Fariña


En la frente

A orillas de la sierra de Francia, entre robles, castaños y encinas, se encuentra el pueblo en el que nació mi madre. De niño me encantaba ir los veranos a ver a los abuelos y jugar con los chicos de mi edad; éramos cinco, todos con mote: el Pinzas, el Carrete, el Porqui, El Turmas y yo que me llamaban el Tomillo, porque siempre llevaba un ramito en el bolsillo que olía de vez en cuando. Mi mejor amigo era el Pinzas, pasamos juntos muy buenos momentos recorriendo el monte. Los cinco teníamos una afición común: las chicas…
El Turmas, mi primo, era más bruto que un arado, no perdía ocasión para preparar alguna pifia. Cada vez que me miro en el espejo y veo la cicatriz de la ceja izquierda me acuerdo de él… sucedió a los pocos días de llegar al pueblo en el verano del 55; mi tío (el padre de Turmas) tenía dos burros que le ayudaban en las faenas agrícolas: el Federico y el Romualdo… no había cosa que más me divirtiera que montarme en el Romualdo… pues bien, mi primo me propuso una carrera, él en el Federico y yo en el Romualdo (de todos es sabido que los burros no cruzan ni arroyos ni regatos… entonces yo no lo sabía y El turmas sabía que no lo sabía), se cuidó de que a mitad del recorrido cruzáramos por uno. En la salida mi primo tomó la delantera, yo confiaba en el buen hacer de Romualdo y lo animaba con rabia, cuando ya estaba a la altura del Federico noto como ralentiza la marcha y gira hacia la derecha… ya fue tarde, el Romualdo llegó al arroyo y se paró… clavó las orejas en la orilla y salí disparado por encima aterrizando en mitad del arroyo de bruces… El Turmas se tronchaba de risa, el muy capullo. Salí, como pude, del arroyo todo empapado y con un fuerte dolor en la frente, que me sangraba… llegué corriendo a la casa de los abuelos, mi abuela me puso una toalla para parar la sangre y me llevó al médico… con siete puntos de sutura y la sonrisa del médico, cuando le conté lo sucedido, quedó marcada para siempre “la bromita”.

Vicente M. Martín


Bajábamos todos a jugar a la calle. No había tele, así que en casa sobrábamos.
Mi madre, ama de casa; aunque es un decir, porque ella no era ama ni de casa ni de su vida, siempre andaba limpiando, fregando, lavando la ropa a mano y cuando estábamos en casa, mis hermanos la preparaban rompiendo algo; lo poco que había.
Tenían afición a desmontar el despertador que luego y como era de esperar, no sabían poner las piezas y cuando se daba cuenta mi padre, llovían las tortas.
O como un día, mi hermano Fernando; el albóndigas porque siempre andaba hurgándose en la nariz, se subió a la barandilla del balcón- vivíamos en un tercero- y bajó la vecina a avisar a mi madre y lo sacó a palos.
Mis hermanos jugaban con el Ocicoperro, el Patamarrana, el Mañu Pilatos. Acababan peleándose entre el polvo del camino, unas veces a mamporro limpio, otras se canteaban.
Alguna vez subía mi hermano mayor al que le llamaban el espantapájaros con una brecha en la cabeza y mi padre le sacudía. Por bobo le decía ¿cómo te has dejado pegar por ese idiota, si no vale tres tortas.
En otoño robábamos patatas de la huerta del Sr. Marcelino - el Tirifilo- por su aspecto demacrado y flaco y las asábamos junto a la tapia que había detrás de casa, al remanso del viento que a veces soplaba y nos quedábamos como pajaritos, pero con el entusiasmo de comerlas soportábamos lo que fuera.
Después había bronca para ver la que nos tocaba. El gorila, que era mayor que nosotros y grandote, se cogía las mejores y pobre del que protestara porque alguna torta repartía, sobre todo al patata que era bastante canijo y con muy mala hostia, no se callaba para nada y así le iba, todo el mundo le sacudía.
En verano nos íbamos a las huertas a robar peras, manzanas, cerezas, ciruelas. Unos nos quedábamos abajo vigilando y los demás se subían a los arboles y nos la iban pasando. Si aparecía el dueño salíamos todos corriendo perdiendo algo del botín. Luego, cuando veíamos que se había vuelta a su casa, volvíamos para recuperar la fruta caída.
Y como con las patatas, el reparto siempre era un abuso, sobre todo para las chicas, nos decían que nos tocaba menos por no subir a los árboles, y no arriesgábamos.

Carmen Alonso


Mamagrifos

Israel era un chico afable, incluso alegre. Tenía unas cualidades físicas envidiables, corría como si peligrase su vida y saltaba como si la gravedad no fuera con él. No era “futbolero”, su pasión era el atletismo, y se le daba bien. Pero no sería recordado por eso. Sería recordado por no dejar caer una gota de agua. Y es que cuando Israel tenía sed, se aferraba al grifo como niño al pecho materno, y succionaba como si tuviese que bombear el líquido elemento. Por eso, pocos recuerdan a Israel, sino a “Mamagrifos”. Puedes oír hablar de él en muchas partes, menos en su pueblo natal. Hemos descrito a Israel como un dechado de virtudes, pero para ser justos, tenía un mal pronto, que tardaba en llegar pero era explosivo. Un día estaba bebiendo, a su peculiar modo, entre las burlas de sus compañeros. Tratando de controlarse, Mamagrifos siguió como si nada, pero lentamente la furia iba poseyéndole ¿No les gustaba su forma de beber? Pues se acabó el beber. Mamagrifos succionó incansable, parecía no tener fondo bebiendo agua. El pueblo de Israel es un pueblo fantasma ahora. Todos emigraron. No se puede vivir sin agua.

Miguel Ángel Pérez

Fuera de juego (escribir sobre fútbol)

La sesión del lunes, 10 de junio, la dedicamos al fútbol y la literatura.
Hablamos de cómo Miguel Hernández escribió un poema titulado "Elegía al guardameta", tal vez por imitación a Rafael Alberti quien hizo lo propio con Platko, portero húngaro que militó en las filas del F.C. Barcelona en los años 20 y del que Alberti quedó prendido.
Hicimos inventario de las novelas y libros de cuentos que se han publicado sobre fútbol y pusimos la mirada en dos antologías de poemas sobre fútbol: El gol nuestro de cada día (Francisco J. Uriz), de la editorial Vaso Roto y Un balón envenenado (Jesús García Sánchez y Luis García Montero), de la editorial Visor.
Dejamos aquí, tras el chiste de Forges, una breve antología de textos de ambos libros:




Como un motor en el centro

Estaba muy cabreado cuando dijo que no aguantaba más que el periódico dijera siempre que era como un motor en el centro y que eso estaba afectando también su vida privada porque en cuanto apagaban las luces y con el partido a punto de empezar ella le susurraba al oído: sé como un motor en el centro

Elísabet Jokulsdóttir

Desde la ventanilla del bus

Veo unas vacas
en una cancha de fútbol

dos pasan 
rozando un palo

la tercera
es gol

Claudio Bertoni

Los diez mandamientos del futbolista

I. Amarás al Creador 
que hizo perfecto para el juego,
para el placer, para el regate,
tu cuerpo irrepetible y milagroso.

II. No tomarás en vano el nombre de la Vida
que es triunfo del Amor en Movimiento.

III. Santificarás cada segundo
de esfuerzo y plenitud, 
de pálpito y sudor,
de santa adrenalina sobre el césped.

IV. Honrarás a los que en ti
alcanzan la victoria que no hubieron.

V. No dejarán los tacos de tus botas
huella de daño sobre el cuerpo de tu hermano.

VI. No ceses de gozar sobre la hierba.
No hay nada condenable en el placer:
no hay acto más impuro que no amar.

VII. Robarás el balón siempre que puedas.
(Cuando le di las tablas a Moisés
el fútbol no existía).

VIII. Mentir es autogol:
la fuerza del guerrero –tú lo eres-
reside en la verdad y en la limpieza.

IX. No seas marrullero:
el fútbol italiano no me gusta.

X. Si ganas o si pierdes,
no dejes de abrazar al adversario:
la envidia engendra monstruos
y el modo de jugar
es modo de vivir y es ya victoria.

Antonio Praena

Villancico del futbolista

Porque ha nacido el Señor
mañana no habrá partido.
¡Acércate, jugador,
a ver al recién nacido…!
Con su camiseta a rayas
llega el muchacho risueño.
¡Silencio, amigo, no vayas
a despertar al pequeño…!
José, que no conocía
las reglas del balompié,
le ha preguntado a María:
¡Cómo saberlo podría
si no lo sabe José!
José pregunta; “¿Has venido
a rendirle pleitesía?”
Y el jugador, sorprendido,
dice que no, que él creía
que era el Portal portería
de algún celeste partido.
Jesús, con sus manos bellas
le está pidiendo el balón
y recibe la ovación
de un graderío de estrellas.

Chuta el Niño a la primera;
María exclama: “¡Es un sol!”
José dice: “¡Aquí hay madera!”
Y en la Creación entera,
bien claro y en español,
los demonios gritan: “¡Fuera!”
los ángeles gritan: “¡Gol!”

José María Fernández Nieto

El hincha

Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno. Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música. Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval. 

Eduardo Galeano

El aficionado

En verdad era un hombre muy extraño.
Solamente iba a ver
los partidos de fútbol
para animar al árbitro.

Miguel Ángel Arcas


Dejamos aquí el tráiler de la película "Matías, juez de línea", una divertida comedia sobre fútbol:



Y estos son los trabajos de algunos de los participantes en el taller:

Fútbol Vs Rugby

Aunque parezca mentira el fútbol siempre pierde con el rugby
En fútbol un equipo 11 jugadores, en rugby 15
En fútbol el partido en dos tiempos, en rugby tres (dos en el campo y uno en el bar)
En fútbol odio, en rugby lucha y amistad
Triste encuentro del deporte rey

Alfredo Domínguez


Zidanne
El ángel caído (nos rompimos las alas)

‘La victoria está en nosotros’
Ponían en los carteles entonces
Con sólo mirarte a los ojos
Unos se olvidaban hasta de tus orígenes.

Te hicimos ángel, te hicimos Dios,
parisienses, tolosanos y por supuesto marselleses,
Entonces todos nos sentíamos hermanos
Tus compañeros de suburbio y los de todas clases.

Hicimos de tu humildad un símbolo
Convertimos tu genio en nuestro orgullo
Hasta que en el minuto crucial, de un solo cabezazo,
Te volviste Hombre, y la Francia multicolor enmudeció.

Nos quedaremos con tus antológicos regateos
Recordaremos para siempre tus goles heroicos
El fervor colectivo y fraterno de esos años
Tu generosidad a la hora de cumplir tus sueños.

Yo, creo, me quedaré con aquella pintura,
Tu retrato en una desusada fachada de Marsella,
Tus ojos mirando hacia el mar y el más allá,
Tus ojos verdes azules mirando hacia Argelia.

Sara Pérez


El gol

Pasiones desatadas
penetran en la red,
juegan en el verde.
Gritos de la mente,
en un fuego de miradas,
deshacen el pensamiento
para colmar deseos,
para rasgar palabras
en tiempos sin espacio,
reflejos de un movimiento
perfilado entre los pies
con la pelota en el cuadro,
la reina del universo.

Sofía Montero García


Futboleando

Cuando era niño no había ordenadores y muy pocas teles, pero sí que tenía la calle, los rincones de casa con “sobrao”, galería y patio; pero sobre todo tenía la imaginación… sí, porque me encantaba imaginarme cosas, sobre todo el sentirme héroe y protagonista… uno de los sueños despiertos que más me gustaba era el de futbolista… me veía en un impresionante estadio repleto de gente, en un partido crucial que se necesitaba ganar imperiosamente… y ahí estaba, vestido de futbolista (por entonces las camisetas y las botas no se conseguían con facilidad), notaba los gritos y el aliento de la gente:
- ¡Vii-cen- te, Vii-cen-te, Vii-cen-te!
Me pasaban el balón, entonces era imparable…driblaba a uno, dos, tres… y el final siempre era el mismo:
- ¡GOOOOOOOOOOL!...
Aplausos, muchos aplausos… el estadio “en pie”, los compañeros felicitándome encima, casi no me dejaban respirar… pero estaba satisfecho, muy satisfecho…
A veces veo jugar a Messi y revivo mi sueño de niñez, sin duda me habría gustado ser como él, así, bajito, poca cosa pero un mago con el balón… claro que en mi sueño no entraba que me pillaran defraudando a Hacienda… ¡en fin!... ¡la realidad es “cruda” pero terriblemente maravillosa!

Vicente M. Martín


¿Tú hoy de qué juegas?

Ayer, pedí a unos jovencitos que me explicaran eso del fútbol.
Como no sabía nada; con una paciencia impropia para su edad, empezaron por el principio: los jugadores. Los once jugadores y el público por supuesto: el jugador número doce.
He de reconocer que me sorprendieron.
Según describían los perfiles y las funciones de cada uno de ellos, el tema adquiría un interés que jamás sospeché. De hecho, mientras hablaban con la excitación propia del apasionado, en ningún momento me sentí “fuera de juego”. El fondo me resultaba afín. Y es que yo, aunque no he tocado un balón en mi vida, he jugado. ¡Vaya que si he jugado!
Mis primeros pases los hice de delantero. He de reconocer que fuí un buen delantero, un muy buen delantero. Un pichichi. Metía un gol y otro gol y otro más y mil y millones de ellos. Ilusa, saboreaba el triunfo como si fuera un logro solitario, ajena por completo, a que si existían, su existencia se debía en gran medida a la extraordinaria jugada que unos centrocampistas profesionales habían planeado. Afirmar que su actuación fue siempre de media punta, defensiva o de extremo sería una osadía. Visto desde la distancia sólo puedo decir que como centrocampistas fueron todoterreno, y que su técnica, su velocidad, sus regates… fueron algo que en todo momento intentó adecuarse a las necesidades del partido. Según avanzaba el tiempo, mucho antes incluso de que la segunda parte comenzara; aletargaron su papel y cediéndome sus números me lanzaron al campo de juego. Un campo de juego viejo, que conocía desde siempre –había nacido en él-; pero que ante su letargo, me olía a nuevo. Un olor que me asustaba.
Al principio sólo me defendía. Era un escudo y si era menester una espada. No podía, no quería que nadie entrara en mi área pequeña. La protegía con fuerza. “Salía a los cortes”. Aguantaba el balón y si podía remataba de cabeza. Planear, no planeaba.
Después, casi sin darme cuenta, comencé a jugar también de centrocampista. Hice pases al hueco, pases largos y jugué en los laterales. Como un estilete, centré en muchas ocasiones. Corrí hasta agotarme. No siempre me salieron bien las jugadas. De hecho, hay veces que pienso que si lo hubiera planeado peor hubiera salido mejor.
Últimamente, juego de portero. No es la primera vez que lo hago. En el campo, hay momentos en los que los balones golpean de continuo, y hay que estar alerta para que no te tumben. Eso sería el fin. Para evitarlo, los escudos y las espadas no siempre valen. Hay movimientos ante los cuales el jugador no puede defenderse. Cuando el delantero contrario es un buen cañonero sólo queda saber encajar su juego. Ser un excelente cancerbero. Ahí estoy.
No obstante, cuando el rival me da un respiro; sigo paseando por el campo, desde él, veo a los míos jugar y a veces no puedo evitar entrar en su terreno y defender desde los laterales, incluso en ocasiones iniciar algún pase o preparar alguna jugada con tanto sigilo y tanta finura que el resultado –su resultado- sea gol. Un gol que ellos, ilusos, consideren sólo suyo. Porque se puede ser mal centrocampista en campo propio y excelente en campo ajeno. De hecho es lo más fácil. Si no que se lo pregunten al jugador número 12.
Ayer pensaba que no sabía nada de fútbol. Hoy sé que he jugado. Que todos estamos jugando y que si bien es cierto que el fútbol es un juego de equipo; también lo es que es un juego solitario.
Mañana me explicarán con detalle las jugadas. Seguro que también las sé.
Por cierto ¿Tú hoy de qué juegas?

“Er fubol”

En calzón y calcetines
los veintidós figurines,
sobre el césped, entre gradas,
se lanzan a dar patadas.

Quienes miran siempre gritan,
y con sus gritos, se excitan;
“pero ¿qué haces cabrón?
¿No le pitas? ¡Maricón!”

Lo de menos, el buen juego
Lo de más, el buen borrego
que ciego y domesticado
a su club vive entregado

En el campo, en el sillón,
en el bar y en el colchón
clama el borrego bufón:
“Voy a ser el campeón”

Y sin dar una patada,
ni pensar una jugada,
cual pichichi se proclama
merecedor de su fama.

O cual mártir te refiere,
que si justicia hubiere,
otro gallo le cantara
al pringao que le arbitrara

Y entre tantas bufonadas
millones y billonadas
¡a paladas!, tres listillos,
se reparten los muy pillos.

¡Ay Señor, qué situación!
Tiene mala solución.
Lo de menos, el buen juego.
Lo de más, el buen…

cegado con sus humores
vive para sus colores
y sufre de grande dolor
si canta el gol otro color

Más, qué sencillo sería
y qué placer supondría
si ganara quien ganara
sólo el buen juego triunfara.

Ana Isabel Fariñas


Conversación sacada de un campo de fútbol entre un delantero y un defensa, al poco de comenzar el partido:

Delantero: No me toques la espinilla, que me voy a enfadar.
Defensa: Como me vuelvas a dejar en ridículo, ! Ya, sabes ¡, o pasas tú o pasa el balón, pero desde luego los dos no.

Luis Iglesias

El subjuntivo

La semana pasada dedicamos la sesión del Taller de Escritura Creativa al Subjuntivo.
Hace años tuve la oportunidad de escuchar a Gabriel Janer en una extraordinaria conferencia. En ella defendió la creación de una Asociación de Amigos del Subjuntivo para poner en valor este modo verbal.
"El subjuntivo -señaló Janer- es el único que puede expresar el tiempo de la hipótesis y de la posibilidad, de la no realidad. El subjuntivo suspende mi pensamiento en el espacio virtual y me permite expresar la condición, la posibilidad, la duda, el deseo, el futuro incierto, la hipótesis transgresora que funda la vida".
Hilario Barrero, por su parte, dedica uno de sus poemas al subjuntivo:

Y tener que explicar de nuevo el subjuntivo,
acechante la tiza de la noche del encerado en luto,
ahora que ellos entregan sus cuerpos a la hoguera
cuando lo que desean es sentir el mordisco
que tatúa con rosas coaguladas sus cuellos ofrecidos
y olvidarse del viejo profesor que les roba
su tiempo inútilmente.

Mientras copian los signos del lenguaje,
emotion, doubt, volition, fear, joy…,
y usando el subjuntivo de mi lengua de humo
mi deseo es que tengan un amor como el nuestro,
pero sé que no escuchan la frase
que les pongo para ilustrar su duda
ansiosos como están de usar indicativo.
Este será su más feliz verano
el que recordarán mañana
cuando la soledad y la rutina
les hayan destrozado su belleza,
la rosa sin perfume, los cuerpos asaltados,
ajadas las espinas de sus labios.
Pero hoy tienen prisa, como la tuve yo,
por salir a la noche, por disfrutar la vida,
por conocer el rostro de la muerte.

Incluimos aquí una breve antología de poemas que se recrean en el uso del subjuntivo:

Te dijera de veras alegría

Te dijera de veras alegría
mira esa nube en forma de cupido
vamos a contar mentiras
flechando tralará
la rosa de los vientos
si no fuera al alcance
de la mano este oscuro
vivir contra corriente
a dos pasos de la espiga desahuciada
el mañana perdido
en la última estación
tanto no que callar
y cierto el muro
buscando la salida de poderte decir
rescatadas palabras:
CIELO, AZUL
ya no sea
cegar una ventana ya cegada.

Aníbal Núñez

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—; entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
                     Oigo
constelaciones: existes.
                        Creo en ti. Eres. Me basta).

Ángel González

El fornicio

Te besara en la punta de las pestañas
[y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?
Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia, riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!


Gonzalo Rojas


Y también una canción de Joaquín Sabina:


Y estos son los trabajos de algunos de los participantes en el taller:

Si te dijera pide un deseo, pedirías volverte más joven con tu experiencia o revivir la etapa más feliz de tu vida en la que eras inocente y nada malo a tu alrededor te afectaba.
Aunque fueras pobre, llegarías dónde otros.
Si quisiera engañar no sabría como hacerlo pero podría aprender de los demás en el día a día.

Ojala olvidara volver
Espere o no regresar
Aunque pudiera buscar
Siempre debiera seguir
Vaya donde vaya, enseñar

Reprimas la risa
Mires el bosque
Cuentes zancadas
Aprendas a morir
Disimules la tendencia
Abuses del azul
Montes tu espectáculo
Desconfíes del esfuerzo
Descubras los cimientos
Cambies algo mínimo
Agotes el reciclaje
Midas por actos

Antonia Oliva


Subjuntivo

Si pudiera sostener mi mirada
y no tener miedo. Nada de miedo.
Si yo pudiera reir sin denuedo
con la alegría aún asilvestrada.

Si pudiera, de ira despojada
hablar siempre desnuda, con el quedo
credo que omitiera el cedes o cedo.
Si pudiera volar entre esta nada.

Si pudiera olvidar, sin olvidarme
Tal vez dormir en paz estando viva
Si tan solo pudiera recordarme.

Moriría sóla, más no cautiva
¡Ay si aún pudiera recordarme!
Reina sería. Reina fugitiva.

Ana Isabel Fariña


Deseos

Daría mi libertad
con un silencio de nubes,
frente a la luna,
en el calor de la distancia.
Soñaría entre almohadones
que robaran palabras a mis pupilas,
imágenes en mi boca,
oasis entre mi piel.
Volaría el pensamiento
para romper ideas
empolvadas de vida
atadas a la existencia.
Hablaría al viento
con el sonido de las horas,
en sombras de agua,
de azul enamoradas.

Sofía Montero


Desencuentro

Sólo si tú quisieras
bajaría la luna
o un rebaño de estrellas
a tus noches oscuras
Sólo si tú quisieras
mataría dragones,
resolvería quimeras…
por hacerte la corte.
Tú mientras quisieses
un paseo en la tarde,
un café con leche,
y la mano darme.
Tú mientras quisieses
un trabajo serio
y que te abrazase
cuando estoy durmiendo
Sólo si tú quisieras
conquistaría el mundo
para que lo pudieras
sentir entero tuyo.
Sólo si tú quisieras
mataría por vos
y serías mi Reina
por encima de Dios.
Tú mientras quisieses
sencilla alegría,
un abrazo fuerte,
besos y caricias.
Tú mientras quisieses
sentara cabeza
que tuyo yo fuese
y entregarte plena.
Y aunque lo quisiera
yo no se me atar
tan firme a esa tierra
que huele tan real.

El chico invisible

Hubiera ido al gimnasio a trabajar mis músculos hasta tener un cuerpo que desearas. Hubiera dejado las gafas y utilizado lentillas. Hubiera visto amanecer al salir de los bares. Hubiera bebido, fumado, peleado, follado en baños y hasta tonteado con otras para despertar tus celos. Todo hubiera hecho si para ti, tan siquiera, hubiese existido.

Miguel Ángel Pérez


Soñarte

Si fuera capaz de volar entre los árboles,
adornaría las hojas con tus besos.
Si pudiera convertirme en viento
soplaría tu pelo de diosa
para que flotara como las amapolas de la primavera.
Quisiera rodar por la montaña
y convertirme en agua de arroyo
que busca el mar
y acaba en una playa acariciando tu cuerpo entre la arena.
Y si me volviera mariposa
me escondería en esa flor que te regala su perfume.
Es tan bonito soñar...
ojalá que nunca despertara,
porque es duro solo soñarte.

Vicente M. Martín


¡Ay, si tú me dejaras!

Si tú me dejaras acercarme,
seguro, que me acercaría.

Si tú me dejaras mirarte,
seguro, que te miraría.

Si tú me dejaras acariciarte,
seguro, que te acariciaría.

Si tú me dejaras besarte,
seguro , que te besaría.

Si tú me dejaras amarte,
seguro, que te amaría,

Si tú me dejaras soñar contigo,
seguro, que no me despertaría.

Si tú me dejaras,
yo, despacito y en silencio me iría,
tú, algún día te arrepentirías.

Luis Iglesias