Es que somos muy pobres

Esta semana pusimos nuestra mirada en el maestro Juan Rulfo. Hablamos de su vida, de su obra, de Pedro Páramo y analizamos tres de los cuentos de El llano en llamas: ¡Diles que no me maten!, Es que somos muy pobres y Talpa. Este último cuento ha sido llevado a escena por la compañía salmantina La Chana Teatro con el título de "Natalia".

Para conocer mejor al escritor recomendamos la entrevista que Joaaquín Serrano Soler le hizo en el programa "A fondo"en 1977. En ella nos encontramos con un Rulfo tímido, serio, introvertido que se sorprende con la documentación que maneja el entrevistador y el respeto con el que le invita a hablar de su vida y de su obra, algo que le costaba mucho al escritor. 




Rulfo habla a través de sus personajes con una viveza magistral. Prueba de ello son los cuentos leídos por él mismo y que fueron grabados en un vinilo editado por la UNAM en el año 1977. El escritor Félix Grande escribió en un artículo de El País:

Su voz tenía fuerza de gravedad; no escuchábamos esa voz: caíamos dentro de ella. Sonaba de un modo completamente verosímil y un poco ensimismada, como si por debajo de cada palabra palpitase un recuerdo lleno de pena. Hablaba despacio, amable y circunspecto, y uno tenía la sensación de estar oyendo, junto a la voz de un hombre mortal, la voz de una comunidad retraída por los padecimientos y, al mismo tiempo, incorporada por la resolución. Tenía aquella voz un poco de oculta arrogancia y a la vez unas briznas de remota congoja. A su manera pudorosa, era una voz fortísima, susurrante y completa. Para decirlo de una sola vez: aquella voz tenía la dignidad y la severidad del mendigo.En la década de los años sesenta, Juan Rulfo había grabado dos relatos de su libro El llano en llamas. En uno de ellos, Diles que no me maten (esa tristísima epopeya de la venganza), la voz del escritor era la voz del más desventurado de sus siempre desventurados personajes. Parecía como si todos los pobres que desfilan fúnebre y lentamente por las historias de Juan Rulfo se hubiesen reunido en asamblea para prestarle a su creador la voz más lastimosa y verdadera, más anhelante y más desengañada de todo México, quizá de toda Iberoamérica, para que justamente con esa voz, y no con otra, fuesen leídos, casi salmodiados, los párrafos de ese relato despacioso e incontenible. Tengo un ejemplar de aquel disco y he visto llorar a unos cuantos adultos mientras escuchaban la voz de Rulfo diciéndole al destino: "Diles que no me maten"

Y para comprender mejor su escritura recomendamos el excelente resumen que el escritor Israel Pintor hace de una conferencia que Juan Rulfo ofreció en la UNAM en el año 1963 con el título "El desafío de la creación" En ella explicó algunas de sus técnicas creativas.

Incluímos también en este breve post un artículo dónde puedes disfrutar del excelente trabajo fotográfico de Rulfo y un artículo sobre Clara Aparicio, la de "ojos azucaradas", en gran amor de juan Rulfo que falleció la semana pasada.

Propuesta de escritura

Escribe un cuento breve en el que su personaje principal esté inspirado en ese universo desolado que recrea Juan Rulfo. Trata de hacerlo a la manera del autor, incorporando un tono y un registro parecidos. Sitúa tu historia en el ámbito rural. Ponle un punto trágico o violento al texto. Cuida la voz del pesonaje, trata de ser sucinto y expresivo.

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Pantano

No escuchamos las advertencias, no tuvimos en cuenta las señales, por eso ahora estamos temerosos y nos lamentamos.
Mi padre se quedó sin trabajo porque ya era mayor y no rendía las 14 horas que el propietario del negocio deseaba. Así pues, de la noche a la mañana tuvimos un salario menos, por mísero que fuera, que ingresar en casa. Al día siguiente fue mi madre la que despidieron porque el dueño de la fábrica donde trabajaba decidió cerrar el negocio y despedir a todas las empleadas. Yo tuve que dejar de estudiar, pero no encontraba trabajo. Poco a poco nuestros ahorros fueron menguando y la comida en nuestra mesa iba faltando. Decidimos acudir a la iglesia del pueblo para conseguir ayuda.
El cura siempre nos animaba a asistir a la misa de los domingos y nos daba esperanzas para que nuestra situación se arreglara, pero mis padres o por pereza o más bien por vergüenza jamás acudieron a la cita religiosa. Yo dedicaba las horas del domingo a mendigar para conseguir algo de dinero. No mucho más tarde nos echaron de la casa y nos vimos abocados a vivir bajo el puente.
El cura me ofreció ayudar en la iglesia y así me convertí en monaguillo. Pero mis padres seguían sin acudir los domingos y esa fue su verdadera desgracia. Después de más de un año de sequías llegaron las lluvias. Llegaron un domingo mientras se celebraba la misa y prácticamente todo el pueblo estaba en el interior de la iglesia. Las lluvias fueron torrenciales y la tromba de agua arrasó con todo lo que encontró a su paso, incluida mi familia.
¿Tal vez el castigo fue no acudir a la iglesia los domingos? El agua, dice el cura, purifica y por ello debió de llevarse por delante a los que cometían pecado. El cura me acogió y, de momento, estoy a salvo de esa ira divina. Duermo bajo techo y tengo ropa y comida. Pero no sé qué ocurrirá cuando la iglesia desaparezca, pues nos han dicho que está previsto construir un pantano y que nuestro pueblo desaparecerá bajo las aguas. ¿Acaso el cura no realiza cada domingo la eucaristía? ¿Por qué Dios, entonces, nos castiga? He ido a ver al cura para que responda a mis dudas, pero me ha parecido verlo entrar en la “Pensión Minita”, no quiero importunarlo, esperaré a que termine de salvar las almas de las mujeres que allí trabajan y habitan.

Jaume Castejón
Grupo B


El pañuelo

Nemesia visita hoy, como cada jueves, a su hermana Sebastiana.
Mientras camina, el aire ya frío del otoño avanzado le sube la falda en remolino y ella la baja sin mucho empeño, porque Vitorino está asomado a la ventana, como cada jueves.
Nemesia todavía le ama aunque aquello no pudo ser, se malogró o se empeñaron en malograrlo. Pero los jueves pasa por la calle ancha donde vive su hermana, siempre a la misma hora para que él se asome y le clave los ojos del reproche muy dentro. Cada jueves se deja penetrar por esa mirada lánguida y azul que revuelve entrañas de recuerdos y olvidos.
Su hermana Sebastiana hace tres años que no sale, un día de enero se acatarró y acabó teniendo una neumonía que casi le hizo abandonar este mundo. Desde entonces se queda en casa, casi siempre en su cocina, que es donde hace menos frío y allí recibe las visitas de parientes y amigos.
Cuando alguien llama a la puerta Sebastiana se coloca un pañuelo en la boca, tan grande que le tapa casi toda la cara y para hablar levanta una esquinita para que salgan despacito palabras perezosas y luego se tapa rápidamente , temerosa de contagiarse con los bichos invisibles que hay en el aire.
Lleva tres años sin ir a la Iglesia. El cura, que sabe de su mal, va a verla los sábados y juntos rezan en un murmullo sibilante, aunque a Sebastiana apenas se la oye con el pañuelo, de seda para la ocasión, siempre pegado a los labios.
Las otras parroquianas, conocedoras de la visita, se acercan también los sábados para compartir al cura, que es de todas, y colocándose en círculo en la caldeada cocina de Sebastiana y dejando al cura en el centro, se tapan solidariamente las bocas con sendos pañuelos , no se les vayan a escapar los gérmenes.
Pero hoy es jueves, hoy no es día de curas ni de parroquianas, hoy es el día de la visita de su hermana Nemesia que, con la emoción de ser mirada, ha olvidado en casa el pañuelo protector.
Sebastiana abre la puerta y al ver la boca desnuda y desafiante de su hermana, trata de cerrar, pero Nemesia entra y la abraza llorando, exhalando en su aliento toda la rabia acumulada de los años. Sebastiana no puede zafarse del abrazo y tras el forcejeo, enferma de anticipación y prudencia, se desmaya en los brazos de su hermana, que sonriendo le retira el pañuelo y poniendo su boca muy cerca le susurra con descaro:” esto, por lo del Vitorino”…

Pilar Sánchez Barbero
Grupo B


El Santiaguito

La mañana que enterraron a Germán Buenaventura el pueblo entero se vistió de fiesta.
Ningún parroquiano renunció a un chato de vino en la taberna para brindar por todo lo alto.
Los niños tiraban petardos en la plaza, reían y gritaban, contagiados por la alegría general que flotaba en el ambiente. Ellos no alcanzaban a comprender la razón de tanta algarabía, pero el maestro había suspendido las clases y ese era motivo suficiente para celebrarlo como si fuese el día grande de las fiestas de Mayo.
“El Buenaventura” como era conocido en Monte Cruz y en su comarca, había aparecido muerto de madrugada, había salido a caballo para recorrer su hacienda y los criados extrañados por su tardanza salieron a buscarlo. Estaba sentado bajo un roble; la imagen era grotesca, su cabeza era una maraña de jirones ensangrentados, lo reconocieron por la ropa y por las botas, a su lado quieto y muy tranquilo su caballo, mudo testigo del asesinato.
Los enemigos “del buenaventura” se contaban por cientos, cualquiera podría haber cometido el crimen. Se los había ganado a pulso, él jamás permitió que el progreso llegara a sus dominios, era el cacique del pueblo, avaro, amargado, prepotente y envidioso, incapaz de reconocer las necesidades de sus vecinos, que vivían en la miseria, sometidos bajo su yugo, sin permitir una queja.
Todo el pueblo era suyo, cada piedra, cada tierra, cada árbol y la voluntad de todo hombre, mujer o niño que había tenido la mala fortuna de nacer en Monte Cruz.
El pueblo entero estalló de júbilo al enterarse de la desgracia del señorito, todos cruzaban las miradas intentando adivinar quién había tenido las agallas de matar a sangre fría a su opresor, todos callaban, no podían imaginar quien había sido el verdugo que les había librado de su cárcel particular.
Entre todos los habitantes del pueblo había uno que se había alegrado especialmente con la desgracia, el Santiaguito sonreía para sus adentros, la expresión de sus ojos no había cambiado un ápice, pero estaba feliz. Tenía el lado derecho de su cuerpo deformado, no le había crecido de igual modo que el izquierdo, caminaba encogido, con su mano derecha por debajo de la rodilla, era blanco de burlas y vejaciones por parte de los niños del pueblo que le perseguían y le tiraban piedras burlándose de él.
Al Santiaguito lo crió la Engracia, se hizo cargo de él en el mismo instante de su nacimiento, no le faltó de nada, excepto el cariño de su madre que murió minutos después de traerlo al mundo, la Engracia lo crió junto a sus ocho hijos, jamás le dio un beso ni le dijo una palabra cariñosa, se limitó a ponerle un plato de comida caliente en la mesa y a darle un jergón en el que acurrucarse cada noche. Y ya era bastante.
Era un monstruo para todos los vecinos de Monte Cruz, pero se habían acostumbrado a su presencia, siempre estaba en la plaza del pueblo sentado en un rincón, al lado de la fuente, haciendo cestos. Pese a su dificultad para manejarse con una sola mano, su trabajo era impecable, trenzaba el mimbre con una facilidad asombrosa, sus cestos tenían algo especial y eran famosos en la comarca por su resistencia.
No hablaba con nadie y a nadie le extrañaba que no hablara, pensaban que por su cuerpo deforme tendría nublado el entendimiento, pero nada más lejos de la realidad, su inteligencia era como la de cualquier otro, incluso superior, había aprendido a leer y a escribir, simplemente viendo a sus hermanos cada tarde al volver de la escuela. A él también le habría gustado ir al colegio, pero hasta ese privilegio le negaron. Nunca mostraba sus habilidades delante de la gente, él prefería que todos siguieran pensando que era tonto, así podía enterarse de la conversaciones ajenas, a nadie le preocupaba hablar de sus cosas delante de él, todos pensaban que no entendía y hablaban con total libertad. No sabían hasta qué punto se equivocaban.
Fue así como se enteró de que la Engracia no era su verdadera madre...
Una tarde se acercó a dos parroquianos que hablaban bajo los efectos del vino en la taberna, hablaban de la Engracia, el Santiaguito al escuchar el nombre de su madre se acercó para escuchar lo que decían.
Lo que escuchó le rompió el corazón, pero siguió escuchando imperturbable, supo así que el mismo día que nació su padre molió a palos a su madre hasta matarla, por no haber sido capaz de traer al mundo un niño sano, ordenó a la Engracia tirar al engendro a la pocilga para que fuera devorado por los cerdos, ella incapaz de cumplir la orden del señorito, lo limpió y se lo llevó a su casa, pensando que no pasaría de esa noche... Sobrevivió contra todo pronóstico
Supo que su madre verdadera había sido la muchacha más bonita de Monte Cruz, se llamaba Gloria y gloria fue precisamente lo que se ganó aguantando al que fue su marido, se encaprichó de ella cuando apenas tenía doce años, y cuando llegó a la edad de ser desposada se la compró a los padres a cambio de unas tierras, ellos que vivían en la miseria más absoluta no pudieron negarse.
La cara del Santiaguito se crispó al escuchar que Germán Buenaventura era su padre, jamás habría podido imaginar quien engendró su ser... Empezó a llorar de rabia, y a golpear el aire con su puño sano, pateó las sillas de la taberna y rompió unos cuantos vasos, lo echaron a patadas, nadie supo a ciencia cierta qué mosca le había picado.
En ese mismo instante urdió su venganza, con la misma maestría y paciencia con la tejía los cestos.
Esperaba cada día en un recodo del camino para ver pasar a su padre a lomos de su caballo, se escondía entre los árboles esperando el momento oportuno, no tenía prisa.
Fue una tarde, el sol estaba a punto de esconderse tras el horizonte, cuando le vio llegar, cogió una piedra y saltó sobre él, con el primer golpe lo tiró del caballo, una vez en el suelo, siguió golpeando su cabeza hasta que le dolió la mano.
Una vez cometido el crimen sentó el cadáver bajo un roble, se lavó en un arroyo y se marchó a casa feliz.
En su cara no se dibujó el remordimiento, notó que caminaba incluso más erguido orgulloso de haber sido capaz de vengar la muerte de su madre.

Aurora Zarco
Grupo B


Juego de niños

Allí íbamos de críos. A pegar patadas con el balón contra el muro. A veces entrábamos, para hacernos los valientes. Y más desde que Pedrito, el Lechuza, apareció una mañana flotando en la charca. Saltábamos la pared y jugábamos con él a pico, zorro, zaina. Seguía siendo nuestro amigo. Pedrito saltaba como uno más, se reía como nosotros y se enfadaba como cuando estaba vivo. Yo veía a los vecinos del Lechuza asomados a sus nichos, alegres, sonrientes. Nunca dije nada, no sé si mis amigos también los veían.
También veía a otros. Pero no estaban alegres. Íbamos al huerto del Arcediano. Lo teníamos prohibido, pero las manzanas merecían el castigo. Yo sabía que estaban allí, junto a las raíces de los frutales. Los sentía y los veía, abrazados a sus pequeños recuerdos: unas gafas, una foto, un sonajero, unos dados. Veía la tierra en sus bocas, en las cuencas de sus ojos tristes. Me suplicaban y yo no sabía qué hacer.
Ahora, treinta años después, abandonan la humedad y el olvido. Desfilan alegres, serenos: el maestro del pueblo, al alcalde con su hijo, Manolo el de los ultramarinos, Irene la Roja. Me sonríen agradecidos, mientras el arqueólogo da las órdenes al operario de la excavadora. Siento un brazo en mi hombro. Pedrito me sonríe orgulloso.

Tomás García Merino
Grupo B


Mudanza

Otro día más, soportando el mal humor del vecino, la sola presencia de Leo, le incomoda hasta el punto de haberme quitado el saludo.
Solo me habla para quejarse. Que si se mea en la entrada de su casa, que ladra mucho, que un día vamos a tener un disgusto.
Al principio no le hacía caso, pero ya empiezo a mosquearme y me temo lo peor.
Además hay otro inconveniente, que por mi trabajo paso semanas fuera de casa y el muy animal se la coge con mi mujer y mis hijas.
Por su nobleza, digamos que Leo es mucho más inteligente que este pedazo de alcornoque.
Este hombre no se atiene a razones y aunque intento dialogar con él, solo rebuzna.
Las broncas continuadas, de este energúmeno están desestabilizando mi matrimonio. Mi mujer dice que no aguanta más.
He aquí el dilema, después de mucho discutir solo había dos soluciones: Desprendernos de Leo o la más drástica, vender la casa.
Es tan grande el amor por Leo, que decidimos vender la casa.
Pasado un tiempo, al año de haber dejado Azuqueca, veo sorprendido en las noticias,que un hombre había sido atacado por un Pit Bull cuando salía de su casa, causándole graves heridas que le produjeron la muerte.
 
Pedro Gómez
Grupo C


¿Por qué te condenaron a muerte?

Días vívidos de un verano que te marchitaba mientras en mi cuerpo comenzaba a brotar una nueva vida.
Te condenaron a muerte, me condenaron a ver cómo te me morías sin saber cómo hacer para no perderte y a la vez, condenada a seguir disfrutando de aquella incipiente adolescencia, condenada a su vez a morir lentamente desde tu ausencia injusta. A ti te arrancaron la vida, a mí me robaron una parte importante que jamás recuperaría, que incluso ahora continúo buscando de vez en cuando dentro de las lágrimas de rabia que se me quedaron enquistadas en las pupilas.
Y te veía postrada en tu cama, cada vez más minúscula, más demacrada, con la piel machacada por una condena a muerte que me mató antes y me mataba cada día: “No hay nada que hacer”- había sentenciado el cirujano después de horas de luchar contra el dragón que te quemaba tan dentro. “Es cuestión de pocos meses.” Aquellas palabras me penetraron como navajas afiladas desangrándome hasta el aliento, coloreando de negro mi mundo inocente. Rasgando mis ganas de reír y de ser feliz como las otras compañeras de mi edad. Mayo era pero para mí fue un frío enero que se me heló en las venas convirtiéndome en un iceberg a la deriva.
Y me sentía culpable cada vez que deseaba salir a la calle a jugar con mi amiga en lugar de quedarme a tu vera, contemplando tus últimos instantes de ¿vida? Era una culpa traicionera e injusta.
El verano transcurría ignorante de nuestro sufrimiento y yo no quería sufrir viendo cómo te disipabas en aquella cama triste a pesar de los rayos del sol que se hacían hueco hasta ti como para darte una esperanza de vida. ¿Quién dijo que la esperanza es lo último que se pierde? ¡Miente! ¿Que mientras hay vida hay esperanza? ¡Mentira! La esperanza es una panacea, la excusa de quienes no miran a la cara la verdad o esconden el pescuezo en ella como los avestruces en la arena. Nada te salva cuando has sido condenada a muerte.
Porque te condenaron a muerte, a ti, a ti que no eras tú sino mi madre. Y a mí, que aunque no morí físicamente, quedé herida de muerte.
Salía a jugar con mi amiga intentando hacer como que nada ocurría en aquella casa, en aquella habitación donde me trajiste al mundo y donde exhalaste tu último momento de vida. Con un quejido triste y horrendo que retumbaría para siempre en mis oídos y ensordecería mi felicidad.
Cuando te condenaron a muerte, me condenaron a la imposibilidad de crecer porque permanecí asida a tus faldas protectoras, agarrada con tesón a una infancia que me quiso arrancar tu muerte.
Y es que… La muerte nos descompuso, mama, a ti la carne y a mí, el alma. Metástasis en mi ánimo para el resto mi vida.
El verano terminó y con él concluyó tu existencia, casi a la par, ¡qué paradoja!. En un díade fin de verano gris, lluvioso y feo, de un septiembre cruel, cenizo y maloliente.
Me quedé huérfana de tu cariño, de tus risas, de tus proverbios, de tus abrazos, de tus enfados, de la forma de mirarme con amor inmenso, con idolatría. Me quedé prendida a tu recuerdo, incapaz de ser más allá de una tristeza infinita.
Y sigo muriendo un poquito cada vez que recuerdo aquel extraño verano donde se juntaban mis ganas de superficialidad de adolescencia recién estrenada, con el peso insoportable de la toma de conciencia.
Mi tristeza sigue amarrada al ayer y una parte de mí también con ella. Suéltame de una vez, te imploro. Necesito dejar de ser ya tu niña. Pero, sobre todo, ¡no me sueltes!

Ibone Bueno Vicente
Grupo C


No había caído la noche, cuando Tomasa y Francisco llegaban a Aguilar del Afambre, un pequeño pueblo de Teruel.
Francisco era médico y le tocaba ese mes pasar consulta allí.
El pueblo tenía una casa destinada a esos menesteres pues eran muchos los médicos que por allí pasaban.
Paco, un hombre taciturno y pesimista donde los haya, despreció la casa en cuanto entró en ella. Tomasa era diferente, callada, conformista y hacendosa.
El primer paciente asignado al doctor era un chico de unos dieciocho años, Andrés se llamaba, cuya pierna había sido mordida por un perro sarnoso, arrancándole de cuajo varios trozos de carne. Con sólo una ojeada a la pierna, el doctor se llevó su pañuelo a la nariz y dijo algún que otro exabrupto como era habitual en él.
Los padres de Andrés esperaban ansiosos el diagnóstico del doctor, quien pasados unos tensos minutos, dijo : " Nada que hacer, hay que cortar la pierna" aquí no tenemos medios, habrá que llevarlo a Teruel. Una voz femenina pero severa dijo: " yo fui enfermera en la guerra y vi cosas peores que se curaron en los hospitales de los campos de batalla.
Se llamaba Ana y atendía a los pacientes al doctor de turno. " Es usted una ignorante" y ante el tesón de Ana y sus escasas ganas de atender a nadie, se marchó a casa dejando a Andrés en manos de Ana, bajo sus instrucciones.
El doctor llegó a casa maldiciendo y augurando lo peor para el chaval.
La pierna de Andrés, día a día fue mejorando con los cuidados y pócimas de Ana.
Durante el mes a todos los pacientes que por allí pasaron, jamás le dijo una palabra buena ni de ánimo. Todos salían horrorizados, poniéndose en lo peor y acudiendo a Ana con las recomendaciones del doctor.
Sólo una vez, a mediados de mes, un paciente falleció y no por una enfermedad, si no por una fractura de cuello tras una caída por un barranco.

Por fin, se acabó el mes, Francisco mandó a Tomasa a recoger todo para trasladarse al siguiente pueblo con la seguridad de que sería peor que esté.

Isabel Gallego
Grupo C


Entre castaños

Era tarde, apenas en el fondo del pantano se veía el reflejo de las últimas luces del invierno, mientras la silueta dentada de las montañas penetraba implacable en la mirada que olía a destino. Aserró durante muchos años, en aquel pueblo con nombre de santo, frontera entre la expectativa y el futuro. Dejó discurrir su vida apañando en los otoños sus castañas más preciadas, entendió de dichas y bailó a ritmos de espero y deseo, y sus ojos se entornaron arrugados y tristes, pero supo que su círculo de angustia se cerraba si no ahuyentaba sus miedos. Era el momento en el que Saul Ramos Buenaventura ejerciera de sí mismo.

-!Adiós gañán! , era la sombra del Tirso el de la Maracota.
-Tú puta madre, cabrón- silbó entre sus dientes.

Qué ganas le tenía, si aquel día la motosierra no hubiera fallado...
Cómo duelen las entrañas, cuando el paso del tiempo, engatusa la ira contra el deseo.
Aquel castaño encastrado en la tierra, sabía de sus raíces podridas por el rencor y el grito de guerra de una promesa incumplida.
Una fría mañana congeló su futuro bajo las ramas centenarias, y el viento helador sopló aromas de lumbres y matanzas...

Guadalupe Sanchón
Grupo C


A mi abuela, Carmen, a la que echo de menos desde 2021


Ya no hay nadie que se llame Carmen. No, al menos, con la resonancia y el sentimiento que tenía el nombre de mi abuela.

Para mí ya no hay nadie que se llame Carmen, porque Carmen era su sonrisa, sus manos frías –ella siempre decía que tenía las manos demasiado frías y que por eso siempre llevaba guantes–. Carmen era su pelo cano y cada vez más escaso, cogido con tubos un sábado por la noche para estar guapa el domingo para ir a misa y a comulgar. Carmen era la persona que me daba 20€ a escondidas en medio de una comida familiar, porque lo que se celebraba era mi cumpleaños. Y la que besaba a mi padre como si fuera su hijo, porque después de tantos años, ya le quería como tal.

Ya no hay nadie que se llame Carmen, pero existen muchas Cármenes en el mundo. En España. Y cada vez que escucho ese nombre se me remueve algo por dentro. Cada vez que alguien habla de su abuela, que también se llama Carmen, siento un pellizquito en el corazón que no hace más que recordarme que ella, mi Carmen, ya no está. 

Han pasado casi dos años, pero sigo echando mucho de menos a mi Carmen, aquella que el día de la madre de 2020 se emocionó porque sus nietos hicimos una videollamada conjunta con mi madre para que Carmen nos viese a todos.

“¿Pero os habéis juntado?”, preguntó ella, alarmada. Aún no se podía salir de casa y ella nos estaba viendo ahí, juntitos en el móvil de mi madre.

Para mí no hay más Cármenes, porque para mí Carmen solo era ella. ¿Es egoísta pensar que la única Carmen era mi abuela? Supongo que a todos nos pasa. Pero también sé, de primera mano aunque quizá de forma un poco subjetiva, que Carmen es más nombre de abuela. Porque era la mía.


Mª Ángeles García
Grupo B


La silla

A veces los muertos nos llegan dentro, sangrantes como los esperpentos de Halloween que pasean por las calles, solo que ellos son de carne y hueso, no son los reales.
La noche arreciaba en el frío que se colaba por las ventanas de cristales rotos, pegados a medias con celo, casi ya sin pegamento, las persianas colgaban de la frágil cuerda que las envolvía en forma de rulo por las mañanas, y las cortinas dejaron de ser de encaje hace ya tiempo, las polillas agujerearon a su antojo cualquier intento de lo que fueron.
Era una niña, y observaba como la leña luchaba entre seguir adelante o apagarse, quedaba solo una silla para sentarse. Entre el frio de la ventana y el fuego que apenas ya decía nada cruzaron su mirada con la mía, ellos acostumbrados al suelo no decían nada, yo seguí sentada en la única silla que podía salvarnos de unas horas de frío, a lo sumo dos, luego de nuevo el castigo de la manta compartida en el calor de los cuerpos como huida.
Esa noche terminó en llamas apagadas, mientras una lluvia incierta cubría mis ojos, al ver que la única silla se hacia cenizas en una chimenea que no parecía tener ninguna prisa en darnos calor, sino todo lo contrario se iba callando como los días inciertos en el calendario.
En la acera de enfrente todas las sillas tenían sus plazas bien calientes, y un fuego enorme totalmente ardiente en llamas, daba el calor junto a la mesa.
Dos mundos distintos, dos sobremesas pintadas de distintas acuarelas, aunque el frío era el mismo para ambos ahí fuera.
A veces los muertos nos llegan dentro, mientras nos dan calor en el intento.

Ana Sánchez Taramón
Grupo C


Le mató por un céntimo

—Le mató por un céntimo, ¿te puedes creer? Por un puto céntimo. Una mierda, tía. Pero yo ya se lo dije al principio: “Tato, esto va a acabar muy mal. Aquí no podemos estar los tres”. Pero él decía que sí, que ese portal era grande y cabíamos todos. “Tú y yo aquí, con nuestros cartones, y el ahí, con los suyos. Y no me importa su perro. Es un chucho pulgoso que parece una rata, pero no me importa”. Pero, tía, yo sé que no le gustaba el Pichu, lo que pasa es que le tenía miedo porque sabía que tenía amigos metidos en cosas de drogas, que son los peores. Joder, tía, el Pichu conocía a gente muy perra. Yo le vi más de una vez con unos que viajaban en un coche tuneado y llevaban pipas en el cinturón. Tato le tenía miedo, pero también estaba muy seguro con él. Además le daba vino. Y ya sabes, tía, cómo le gustaba a Tato el vino. Pero yo sabía que iban a acabar mal, porque al final los dos hacían lo mismo: coger latas, coger cartones, coger mierda en los contenedores y sabía que se iban a acabar pegando por eso. Porque al final Tato creía que todo el barrio era su territorio y los días malos que no cogía nada le echaba la culpa al Pichu. Así que a veces estaban de buenas y no pasaba nada, pero cuando se ponían de malas por lo que fuera se decían cosas horribles en el portal y parecía que se iban a matar. Alguna vez, tía, me tuve que poner a gritar para que no se mataran, pero yo sabía que alguna vez todo iba a acabar muy mal. ¿Y sabes lo peor, tía? Lo peor es que yo creo que Tato le mató por envidia. Tato estaba negro de envidia desde que el Pichu le dijo que le iban a dar la paguita. “Tengo un amigo que conoce a uno del ayuntamiento y va a hacer que desde el mes que viene me den la paguita”. Eso le dijo el Pichu a Tato. Y le dijo también que en cuanto que se la dieran ya se podía quedar él con todo el portal y con todos los cartones y con todos los piojos. Eso también se lo dijo, tía, el muy cabrón, para darle envidia. Y vaya que si se la dio. Desde entonces Tato le decía que se fuera de su portal, pero el Pichu se reía de él y le tiraba el cartón del vino en los zapatos y luego le decía que a él no le echaba nadie de ningún sitio y que tuviera cuidado porque tenía amigos. Ya ves qué imbécil, tía. Lo que no sabía el Pichu es que Tato estaba muy malo por dentro y por fuera. A mí el día que le mató ya me dijo por la mañana que le iba a matar, que en cuanto que le tocara las narices le mataría. Y ya ves, le mató por un céntimo. Una mierda de céntimo. Cogió el Pichu el céntimo del suelo y Tato se fue derecho a por él diciéndole que era suyo y que se lo diera. “Dame esa moneda, cabrón —le dijo—. Todo el dinero que hay en este portal es mío”. Y el Pichu se echó a reír como un idiota. Y cuando más se reía, llegó Tato y le clavó el cuchillo en la tripa. Fue horrible, tía. Y luego mató al perro, ¿te puedes creer? Le dio mil puñaladas al perro. No sabes lo que grité. Grité tanto que creía que me moría. Luego me caí al suelo y me eché a llorar tapándome los ojos. Y cuando los abrí, el Pichu estaba metido en el carro del Carrefour. “Ayúdame a taparle con los cartones”, me dijo Tato. Vaya mierda, tía. Luego le llevamos al basurero, y allí le hemos dejado, todo tapado con bolsas. Una mierda todo. Pero yo no puedo volver con él, tía. Yo no soy una asesina. Yo me largo de aquí.

Óscar Martín
Grupo A


En busca del maíz

Mañana me mudo para la capital y estoy que me lleva el tren.
Luego de temporadas muy difíciles con la cosechas de maíz decidí hablar con mi padre para irme a la Ciudad de México, a esa ciudad si, esa ciudad tan grande y violenta llena de bandidos trajeados.
Tengo que admitir que tengo el corazón apachurrado, la vida en Gisela es buena y tranquila, el campo es el más bonito y me crie aquí mero en el Rancho de la Cecilia, entre estas cosechas malditas que hoy no crecen como antes, aquí yo solía correr junto a mis primos Adrián y Luis hasta que las piernas nos dolían.
Allá tengo un nuevo trabajo que me consiguió el primo de un amigo, que disque en una fábrica de lácteos, pero esos lácteos no son reales como los que tenemos en Gisela, acá todo es fresco y puro, yo doy comer a nuestros animales con mis propias manos, les hablo, las acaricio y las llevo a pasear, a esas hijas mías las llevo siempre en mis pensamientos.
Y está también la Jimena que ayer vino a avisarme y sólo a avisarme, como ella me confirmó, que se casa con Don Carlos ahora que ya heredó las tierras y que yo me voy, así vino a reprochármelo. Malagradecida Jimena, pero yo se que se va a acordar de mí cuando el señor ese no le haga caso entre tantas nuevas tierras que va a recorrer.

Ni modo, hoy me toca sacrificarme en esa dichosa ciudad, pero volveré Gisela, volveré con dinero para levantar las cosechas y quizás de paso por Jimena.

Daniela Perales Bosque
Grupo C


Como un sueño

Aquel día había transcurrido sin ninguna novedad, como tantos otros desde que estaban en el hospital, se acercaba la hora de marchar y su tristeza aumentaba, no quería dejarlo sólo en aquella habitación que desde hacía unos meses se había convertido en el lugar de encuentro y refugio para ambos.

Que lento pasaba el tiempo durante el día pero que rápido llegaba el momento de la despedida.

Los dos sabían que sus días juntos estaban contados, tan solo unos meses atrás estaban en el Amazonas disfrutando de aquella aventura planeada con tanta ilusión, recorriendo tantos rincones imaginados. Todo aquello parecía tan lejano.

Pablo abrió los ojos despertando del sueño barbitúrico, la miró con aquel inmenso amor y agarrándole su mano le recordó que ya era hora de volver, debía apresurarse para no perder el último metro. A ella le costaba tanto separarse de él, deseaba tanto perderse en aquella mirada como una pluma ligera y volar juntos sin rumbo, pero debía marcharse a su pensión.

Se abrazaron y sus labios se fundieron con la intensidad del primero y último beso, Andrea le susurró temblorosamente, hasta mañana amor en unas horas estaré de nuevo a tu lado. Él la miró lleno de ternura, ella se alejó.

Pablo miró la puerta ya cerrada, cogió su Ipod, se puso los auriculares para escuchar una pieza para violonchelo de Bach que le reconfortaba.

Andrea salió a la calle, abrochó su gabardina y se apresuró para llegar a tiempo al último metro. En la estación pasó la barrera de control, miró el reloj de muñeca que él le había regalado y vió que tenía tiempo suficiente. Cada noche recorría aquellos pasillos interminables y vacíos, hoy caminaba tranquilamente absorta en sus pensamientos y recuerdos felices vividos junto a él, se habían conocido en el bachillerato, desde la primera mirada sintieron que estarían juntos para siempre, fue en aquella excursión de fin de curso cuando comenzaron su aventura, su amor y sus aficiones les habían complementado.

Hacía ya seis meses que habían realizado aquel viaje tan deseado, lo habían planeado hasta el último detalle, era el premio a su éxito en las oposiciones pero no podían imaginar la sorpresa que escondía, una rara enfermedad sobrevenida para la que no había cura.

Andrea piensa en los planes y sueños que ya no realizarán, y se refugia en rememorar los momentos vividos convirtiéndolos en su mejor película.

El ruido de su mente no le ha permitido escuchar los pasos que suenan a su espalda, una sombra le sigue a distancia desde el hospital. Siempre le ha agobiado la sensación de soledad y de ruidos que a veces cree imaginar, incluso en alguna ocasión le ha asustado su propia sombra, escucha de nuevo descubriendo que alguien se acerca apresuradamente, camina más rápido pero no mucho, no quiere parecer asustada, el sonido de ambos se confunde, no entiende porque esa persona va tan rápido cuando hay ningún tren a la vista, mira hacia el suelo y ve que una sombra está a punto de fundirse con la suya, de repente un fuerte viento y un ruido ensordecedor procedente de un convoy que pasa veloz le azota la cara, el cristal de una ventana del vagón le muestra la mano de un hombre que intenta asir su larga cola de caballo, aquella que tanto fascina a Pablo, el viento la desplaza y ella corre por un pasillo lateral sin rumbo fijo, aterrorizada avanza tan rápido como jamás podría haber imaginado, vislumbra una imagen al final del pasillo, es Pablo que la espera risueño, le agarra la mano y los dos se alejan juntos.

M. Teresa Benéitez
Grupo C


Vicente,“ El Sardina”

De niños, cuando salíamos de la escuela algunas tardes íbamos a jugar al fútbol a la era. El dueño del balón, era el que decidía quién jugaba cuando éramos muchos. Vicente el Sardina, solo jugaba cuando faltaba gente. Vicente era pobre, vivía con su padre en un chamizo camino del cementerio, no iba a la escuela y salía a pedir con su padre por el pueblo o por los pueblos de los alrededores para poder comer. Pronto se quedó huérfano, y empezó a trabajar de temporero en el campo, en el entresaque y posterior recogida de la remolacha, en las patatas, cuando había que descargar algún camión de cemento, siempre en los trabajos peor pagados. Vicente era mi amigo, vivíamos cerca, y mi padre y mi abuelo siempre les daban algo para que fueran subsistiendo, ropa, calzado, paja para el invierno, cosas necesarias. A Vicente, otros le llamaban “el destrozón “, porque todo lo que le daban le duraba poco. El siempre me decía lo mismo, no se porque me llaman así, todo lo que me dan ya esta viejo, yo nunca he estrenado nada. Por las fiestas de septiembre, de hace 50 años, un circo se instaló en la plaza del pueblo durante una semana, y a Vicente le ofrecieron irse con ellos, para montar y desmontar la carpa del circo por donde fueran actuando. A cambio, le daban de comer y dormir en una caravana. Vicente desapareció del pueblo. En todo este tiempo nadie supo nada de él. Un día por casualidad, paseando por Salamanca, alguien me toca la espalda y me dice: “Tu eres Luis”, claro, y “tu Vicente”, claro, me contó toda su vida en cinco minutos, y la verdad es que hay mucha gente que las pasa muy putas.

Luis Iglesias
Grupo B


Algo nefasto barrunté al toparme con Ramón, el hijo pequeño de Don Juan Beltrán, el dueño de todas estas tierras. No cuadraba que un muchacho de sus prendas anduviera triscando por estas breñas pobladas de escobas y jaras. Refulgía en sus ojos una mirada brillante y negra como el carbón. Parecía escudriñar el monte a la busca de liebres o tórtolas, pero vi que no llevaba escopeta ninguna. Al principio eso me desconcertó, pero enseguida un mal presentimiento me encogió el corazón con un crujido de cristales rotos.

-Lino -grité-. Lino. ¿Por dónde andas?

No obtuve respuesta ni escuché las esquilas de sus cabras. Debía haberse alejado buscando los prados de la ribera. Tampoco oí a su perro, ni atendió el animal a mis silbidos.

Recordé a madre suplicando a padre que no mandara al niño con el rebaño, que aún era muy tierno para andar solo por los vericuetos de la sierra.
-Calla, mujer, que ya ha de irse haciendo un hombre. Y allí cerca estará su hermano por si hubiera menester de algo -sentenció mi padre.

La oscura barba de tres días y la boina calada hasta las cejas le daban un aspecto tan fiero que ella no se atrevió a replicar.

-Lino, Lino -chillé mientras bajaba la ladera.

Dejé, sin dudarlo siquiera, mis ovejas abandonadas al cargo de los mastines. El aire frío me arrancaba lágrimas en las comisuras de los ojos. Esas fueron las primeras, luego, conforme tardaba en localizar a mi hermano, vinieron las de la impotencia y la zozobra. Seguía sin encontrarlo y la angustia, como estaca de olivo, me estragaba la garganta.

Cuando alcancé el chozo del tío Fermín vi el ganado disperso por la pradera junto al arroyo, más desparramado de lo que cualquier zagal se permitiría. Me pareció oír un lamento quedo, pero quise creer que sería el vagido de algún chivo.
-Lino -bramé con todas mis fuerzas.

Entonces, tras unas carrascas vi alzarse la figura de Ramón que, sin decir nada, se echó a correr como alma que lleva el diablo.

Me precipité rápido hacia aquel lugar con la congoja bloqueándome los pulmones. Detrás de unos cantuesos lo encontré inmóvil, indefenso, más niño de lo que aún era. Estaba tumbado en el suelo, desnudo de cintura para abajo, las manos en torno al cuello enrojecido y con un hilo de sangre manando lenta entre las nalgas. Tenía la boca desmesuradamente abierta, como si todo el aire del campo no le bastara.

No reaccionó ni a mis caricias, ni a mis llamadas, ni a mis zarandeos. Y entonces supe que estaba muerto, completa e irremediablemente muerto, que jamás volvería a escuchar su risa ni a mirarme en esos ojos del color de la noche.
Decidí enseguida lo que tenía que hacer y no se me ocultó lo que eso significaría para mi familia. Pero no lo dudé ni un momento. Ni todas las cárceles, ni todas las miserias del mundo torcerían mi determinación.

El perro no tardó en dar con su rastro y no nos costó mucho encontrarlo escondido como un gazapo asustado entre dos rocas.

Cuando le di la primera puñalada no había acabado la frase.
-Mi padre te dará...

Cayó de rodillas ante mí, la primera vez que un Beltràn lo hacía ante un Moreno, pero aquello no me dio el menor consuelo y si cabe aumentó mi rabia, una rabia que empujó a mi navaja a hundirse una y otra vez en su cuerpo. Tantas que en las últimas ni se movía, de seguro que ya estaba muerto.

Entonces me senté a aguardar a que cayera la noche. No me alejé del cuerpo en horas, como si descansara después de haber caminado leguas y leguas.
Despuntaba el sol cuando escuché las primeras voces. Una pareja de guardias civiles se acercaba seguida de cerca por el mayoral de los Beltrán. Detrás venía mi padre llorando y abrazando contra el pecho el cadáver de mi hermano. Después ya no oí nada.

Pepe Lorenzo
Grupo B


La Encarna

- ¡Que se calle el puto mocoso ya! ¡Que se calle o lo voy a ahogar con una almohada! ¡Haz que se calle!.

La orden le llega a la Encarna de la boca desdentada y apestosa de su madre. Y se dirige arrastrando los pies al niño de unos tres años que llora en el suelo. Por el camino le da una patada a una gallina, la Encarna está furiosa con ella porque hace dos días que no pone. Llega al pequeño que berrea, dos lágrimas van dejando sendos surcos en sus mejillas roñosas y se sorbe mocos espesos y abundantes de vez en cuando. La Encarna lo coge en brazos sin el menor atisbo de cariño y le limpia lágrimas y mocos con un pico de la falda. Lo mece pero no calla,¿como va a callar si solo ha comido un mendrugo de pan?.

- Que se calle, que se calle ya que me está volviendo loca. - Sigue gritando la madre.

Y la Encarna mece que mece. El crío se calma y empieza a adormilarse entre el movimiento y el sofoco del berrinche. Cuando por fin cierra los ojos, la Encarna lo deja en un pequeño camastro de trapos revueltos. Lo mira con rencor. Antes de llegar él su madre y ella malvivían mejor. El padre las había abandonado cuando la Encarna tenía seis años y solo recordaba de él gritos y golpes. El mocoso llegó años más tarde no sabe de dónde salió, ni quiere saberlo. Solo sabe que ahora la comida hay que repartirla entre tres y que él siempre pide más, siempre quiere más y la llena de rabia y hambre. Más tarde irá a mendigar un poco de leche a la vecina que tiene una vaca y que acostumbra a apiadarse de ella. A cambio eso sí, de que le cave el huerto, o le recoja patatas, o que vaya a buscar agua a la fuente. Pero vuelve a casa con un poco de leche, un mendrugo de pan duro o con suerte alguna patata o verdura. El año que se le estropeó la matanza por la humedad y le daba unos trozos de jamón que sabían a rayos pero jamón al fin y al cabo, lo recordaba la Encarna como el mejor de su vida, aún tuerce media sonrisa al recordarlo. La Encarna tiene 14 años más o menos y en la mirada tres o cuatro vidas enteras. Las manos callosas y un callo en el corazón. Se le notan todos los huesos y por las noches se entretiene recorriéndolos con las yemas de los dedos mientras espera que vuelva la madre de no se sabe dónde, con alguna moneda en el bolsillo que ella se afana por quitarle cuando se desmaya, agarrada a una botella de alcohol barato que consigue en la taberna del pueblo. La Encarna no sabe de dónde saca ese poco dinero, ni quiere saberlo. Sí sabe que al día siguiente podrá ir al ultramarinos y ella calmará apenas su hambre y el chiquillo no llorará tanto.

-Por fin se ha callado el mocoso, me va a volver loca, me va a volver loca y un día voy a hacer una locura.

La Encarna reza en silencio para que ese día llegue y con un poco de suerte se pueda deshacer de los dos. Sueña con su vida en solitario, en aquel cuchitril para ella sola, comiendo los pocos huevos que ponga la gallina, los alimentos que le mendiga a los vecinos y los pocos duros que gane haciendo faenas puntuales en el campo.

- Voy a coger moras-informa la Encarna.

- Sí, tú vete, déjame sola con todo el trabajo, no vales para nada. Como se despierte y berree no respondo de mí.

- Ojalá.- masculla la Encarna por lo bajo, y sale cerrando la puerta de un golpe.

Fuera hace calor, mucho calor pero lo prefiere a estar oyendo y oliendo a la madre. Su casa es la última del pueblo y enseguida sale al campo por caminos polvorientos arrastrando unas viejas alpargatas que encontró en el basurero. Sabe que tiene que caminar bastante porque las zarzas cercanas están ya arrasadas. Oye la chicharra y entre el hambre que tiene y el calor la vista se le vuelve borrosa. Oye a lo lejos un trueno y las primeras gotas de agua caen sobre su cabeza caliente. Primero recibe el agua con alivio pero esta arrecia y la cala entera. Empieza a caminar más deprisa aunque no sabe bien hacia dónde va. Intenta buscar en su memoria algún lugar por ese paraje para refugiarse, pero no lo encuentra. Mira hacia abajo, las alpargatas están mojadas y enfangadas, tuerce el gesto. Un rayo ilumina el cielo y casi simultáneamente el trueno. Sin darse cuenta ha estado corriendo hacia la tormenta y la tormenta hacia ella, la tiene encima y por primera vez siente miedo. Mira desesperada alrededor y solo ve un árbol solitario a pocos metros. Ha oído decenas de veces a las viejas del pueblo, cuando se arrima a algún corrillo en el verano, que nunca, nunca hay que refugiarse debajo de un árbol en una tormenta. -¿Os acordáis del tío José que murió atravesado por un rayo?- y todas asienten con la cabeza santiguándose. Y entonces lo decide, debajo de aquel árbol correrá la suerte que le toque. Llega al árbol, se queda quieta chorreando y mirando hacia arriba y… que sea.

Beatriz Gorjón Martín
Grupo A


Se mataron

Matías Chávez y Diego Morales se mataron en la majada del Cerro Gordo. Allí los enterramos según los encontramos, separaditos no más de diez metros el uno del otro. Ni los Chávez ni los Morales quisieron mover sus cuerpos ensangrentados. En el reseco pedregal metimos los cuerpos en las cajas, cavamos dos fosas, los sepultamos y plantamos dos cruces. Las dos familias no intercambiaron palabras, en silencio rezaron a los dos muertos y despidieron el duelo. Matías Chávez y Diego Morales habían estado enfrentados toda la vida desde que se conocieron cuando chavos en la escuela, donde los dos pugnaron por ser el más gallito y el más peleón. Así siguieron de chamacos, disputando por las morritas, por ser el mejor billarista del distrito, el que más fumara o el que más tequila aguantara. Mucho tuvimos que vigilarles para bajarles los huevos y que no se mataran entre ellos en más de una ocasión, pero no pudimos evitar que cada uno recibiera varias golpizaspor encargo del otro. Valeria y María Fernanda Juárez, mis dos hermanas, que acabaron por casarse con ellos, Valeria con Matías Chávez y María Fernanda con Diego Morales, consiguieron aplacar aquella corajina inacabable. Así anduvieron las cosas mientras les duró la euforia del casamiento y las hermanas Juárez les pudieron entibiar los ánimos, haciendo que prometieran olvidar sus enfrentamientos y se considerasen familias los Chávez y los Morales en razón de estar casados con ellas. Pero Matías Chávez y Diego Morales no fueron capaces de aguantar vara. Hasta el día que se mataron nunca volvieron a tener una agarrada entre ellos, pero siempre anduvieron buscándose para hacerse daño. Cuando las peleas de gallos, el mejor macho de Diego Morales apareció desplumado, con los espolones cortados y las tripas saliéndosele por una gran rajadura en la cloaca, después de que este hubiera vencido al gallo de Matías Chávez, dejándole la cabeza tan deshecha que no podían distinguirse la cresta, la orejilla, el ojo o la barbilla. No hubo pruebas de quien había quemado la moto Matías Chávez, pero este siempre atribuyó la encendida a Diego Morales, que había perdido la yincana popular de las fiestas de la Patrona Virgen de Guadalupe ganada por él a caballo de su vieja Triumph, que resultó más potente y competidora que la no menos vieja Indian de Diego Morales. Estas explosiones de hostilidad eran menos frecuentes, pero día a día iban surgiendo pendencias encubiertas, como los pequeños asaltos a las tienducas de una y otra familia, propagación de falsos rumores, zancadillas a las pacatas iniciativas que emprendían y corruptelas conchabadas con policías amigos. Solo mis hermanas conseguían sujetar a los dos machos para que no fueran a buscarse directamente, pero la malquerencia iban minándoles de poco a poco, como la carcoma o las termitas arruinan los edificios destinados a derrumbarse. Al final acabamos enterrándoles con cinco puñaladas cada uno. Pasadas unas semanas, Valeria y María Fernanda pasaron a visitarme y desahogarse conmigo, ya que ambas llevaban soñando de hacía un tiempo que Matías Chávez y Diego Morales seguían dándose puñaladas después de muertos, como queriendo descargar todo el odio y las afrentas que se habían tenido en vida. De un poquito que pude tranquilizarlas no duró el sosiego. Cinco días después volvieron a verme para llorarme a lágrima viva que cada poco se lesaparecían sus maridos peleándose más encarnizadamente en la otra vida. Así no más, decidí juntar una partida de valientes que me acompañaran a la majadadel Cerro Gordo. Allí quitamos las dos cruces, escarbamos la tierra y sacamos las dos cajas. Allí las abrimos para confirmar lo que ya me temía. Los cadáveres de Matías Chávez y de Diego Morales estaban cosidos a puñaladas, las cinco con las que los enterramos y otras muchas, más recientes, algunas de ellas de aquella misma noche. Resignados, arrojamos los dos cadáveres a la misma fosa, quitamos las cruces y los hundimos bajo muchas paladas de tierra para que pudieran acabar de matarse de una vez en la otra vida. Desde entonces, mis dos hermanas, Valeria y María Fernanda, duermen en paz.

Manuel Medarde
Grupo A


El circo

Solo Dios sabe lo que la quería. Nos conocíamos desde niños y siempre supe que ella sería para mí. A la escuela no fui, por eso no aprendí ni a leer ni a escribir.
Siempre trabajé de sol a sol la tierra del terrateniente Manuel, por un mísero sueldo que durante años guardé para casarme con Paula un radiante día de abril.
Ella cuidaba la casa, lavaba la ropa, cocinaba y adornaba con flores todas las estancias de nuestra casa.
Nuestra sencilla y feliz vida cambió con la llegada al pueblo de un circo, para regocijo de mayores y niños pero para mí, supuso el principio del fin.
Aquellos hombres recién llegados, con sus trajes de brillo, su falsa sonrisa blanca de porcelana y su maldita labia, llenaron de fantasía a las jóvenes y trastornaron a mi Paula.
Cuatro días fueron suficientes para poner mi vida del revés. El circo se marchó y Paula también. Solo dejó encima de la mesa un trozo de papel que el señor cura leyó, muy serio, cuando se lo mostré.
Desde que ella se fue, cada noche mientras duermo, viene a darme un beso; lo sé, porque el jarrón de la alcoba aparece cada mañana con flores recién cortadas.

Marian Pérez Benito
Grupo A


El flojo

Apuré el churro y le dije:

—“Yo puedo hacer lo mismo güey. Que estoy cabreado por estar de chapero de don Hilario, nomás. Usted consígame el arma”.

Gael me propuso el negocio. Había mucha lana pa ganar. Veníamos de cosechar la juanita, con los ojos rojos de tantas horas en el quemadero, sin ganar un chavo.Eso o la hueva.

Ya veía como mi madre moría, sin siquiera comprarle la saya que quería de mortaja.

—¿ Y por qué quieren ejecutarlo?
—¡Se metió en territorio de don Matías!
—Ese no perdona.
— Ya sé, si la chingamos estamos muertos. Órale.

Pensé que de todas maneras alguna vez hay que morir. Mejor esto que seguir con esta vida pinche. Con la plata mandaré a la madre y a mi hermana con mi tía Ximena, a El Rosario, a salir deste agujero.

El gacho huevón no doblaba y casi habíamos terminado los cargadores. Cuando cayó , Gael se acercó y le descerrajó otros dos en el camote, mientras yo vomitaba por las ñáñaras. Me llaman “el Flojo” porque ocurrió que devolví las tres primeras veces.

Diccionario:

Churro: cigarrillo de marihuana.
Chapero:Prostituto de hombres .
Lana: Dinero, efectivo, papel.
Juanita: Marihuana
Hueva: Zozobra. Congoja tan agobiante que no te deja hacer nada. Holganza forzosa
Chingamos: No cumplir, fallar. Joderla o cagarla en algún asunto.
Órale: Interjección. Expresión que se utiliza para animar a alguien o hacer algo.
Pinche: Ruin, deleznable, mezquino.
Gacho: Feo , malo, malvado.
Huevón: fig.- Ladrón. Persona que pretende conseguir algo fuera de las normas legales establecidas.
Camote: Miembro viril. Pene.
Ñáñaras: sensación de ansiedad, temor o nervios que provoca una situación visión o condición física desconocida.
Flojo: Que no tiene condiciones para realizar un trabajo. Vago, indolente.

Calgari
Grupo A


La casa de Jaifa

Me llamo Andresito, solo me llaman Andrés cuando hay que cargar algún peso o retorcerle el pescuezo a los pichones para comer. Vivo en la casa de una familia importante y documentada que me recogió cuando era un niño y murió mi madre. Ya ni me acuerdo cuando fue eso. Dicen que me falta una duela. Y que tengo que estar agradecido porque aun siendo medio chiflado,más que sea estoy comido y vestido. No me quejo, de mi suerte, la verdad. Con los años nos vamos pareciendo. Ellos se han ido haciendo viejos y ya no me dan mucho trabajo. Pa la fiesta de Santo Domingo, el cuatro de agosto, me aseo y me visto con ropa limpia y el dueñome lleva en coche a ver a mi hermano que vive en Tesjuates. Esos días son demucho calor, pero tienen de bueno que se come a voluntad porque matan un macho y las mujeres hacen carne mechada y puchero. Además hay higos y uvas frescosLos demás días del año se come queso, gofio y fruta pasada, eso no falla. Luego, lo que da la tierra. Si el año no es ruin, hay lentejas, chícharos, papas y garbanzas. La tierra es muy agradecida si llueve, claro.

Hay mucha pobreza en esta isla porque aquí no hay mas que tierra y cabras, pero agua, poca. Mis amos andan más sobrados que el resto del pueblo pero son muy trincados. Tienen una casa grande y hermosa;ya no es lo que erapero entovialuce poderosa. Una parte apenas se abre, a no ser que vengan los familiares de la Gran Canaria. Pero ahora eso es raro que ocurra porque andan todos peleados. En ese lado cerrado hay un cuarto importante, con el suelo de madera que se encera todos los años, tieneun escritorio y una caja de cedro donde se guardan las escrituras de las tierras de las que son dueños. Tienen muchas repartidas por todala isla, algunas con casas bien pertrechadasquecuidan los medianeros. Antes,cuando vivía Don Rafael y Doña Dolores y los hijos que eran ocho, se mudaban de un sitio a otrosegún la cosecha.En Jaifa solo quedanuna hermana viuda y otros dos, un hombre y una mujer, solterones. La casa tiene los techos planos salvo el del salón que es a cuatro aguas.Las paredes están pintadas con grandes cuadrosde color azul y hay colgada una foto de los dueños cuando se casaron. Eran muy guapos y distinguidos.Pal otro lado hay una galería llena de plantas y un dormitorio muy grande donde se hace la vida después de trabajar, las mujeres en la cocina y el dueño de acá pá allá, sin hacer nada porque las piernas no le responden y porque nunca fue muy trabajador. A él lo que le gustaba era ver los brazos y las piernas robustas de los jornaleros. En el centro de la casa hay un patio con un olorosoárbol grande de jazmín y unos rosales. Yo vivo fuera, en la era, en la parte de los animales, siempre arrullado por las palomas, me ocupo de atender a las cabras, ahora son pocas, no me dan trabajo,antes eran muchas y ademáshabía vacas y camellos. Mi echadero está en un torreón empinado que subo todas las noches, desde el que veo en la oscuridad inmensa, el cielo, aún mas grande, cuajadito de estrellas. Todos los días voy a la casa para hacer lo que me manden y a comer; siemprea distinta hora que ellos, me ponen mi ración en la cocina, en una mesa separada. Al oscurecer, también voy cuando ven la televisión en la alcoba donde hay un ropero y dos camas. En la parte de acá, a la izquierda de la puerta de entrada está la silla en la que siempre me siento y veo lo que ponen de lado.

Ahora la casa se esta cayendo, los dueños se murieron sin hacer el testamento.Los herederos que son un montón d’ellos están todos peleados y metidos en juicios. De vez en cuando pasaalguno más que nada para saber que sigo vivo. No saben que hacer conmigo.

Sagrario MB
Grupo B


El hijo del tío Jacinto

Se barruntaba tormenta, la atmosfera estaba cargada de electricidad, la espesura y densidad del aire era tal que hasta daba pereza respirar. Elisa pensó que debía darse mucha prisa y adelantar la hora en la que acostumbraba recoger al burrito, este como cada día del año pastaba alegre en el Prado de la picotera, al lado del huerto del tío Jacinto. El burrito cuando veía a Elsa sorteaba con brincos la distancia que le separaba del camino y comía de su mano la manzana coloradita que le ofrecía, luego se iban ambos trotando para el pueblo.

El tío Jacinto hasta su muerte sembraba el huerto de frejoles, tomates y chiles verdes con surcos que parecían labrados con regla y compas, el solito sin la ayuda de nadie. Su hijo ya no cultivaba esa tierra se limitaba a estar sentado al borde del camino viendo pasar la vida, parecía triste y abatido no hablaba con nadie hasta el punto de ser invisible a todos, que le miraban y trataban con indiferencia, como en ocasiones se hace con los distintas esos que se dice les falta un hervor o tal vez la cocción fue buena pero luego abusaron del alcohol.

Aquella tarde Elisa se entretuvo, cuanto se quiso dar cuenta la tormenta estruendosa, muy sonora y luminosa se había echado encima, se desencadeno un fuerte aguacero que no ceso hasta bien entrada la madrugada y, no fue a buscar al burrito.

Al día siguiente el burrito estaba muerto, apuñalado con las tripas desparramadas por el Prado la picotera, había sido el hijo del tío Jacinto que nomas apuñalo al animal hizo lo propio consigo mismo.
La mujer del difunto tío Jacinto sabia porque murió su marido y también el burrito , su hijo no estaba sentado al borde del camino viendo pasar la vida , solo esperaba cada tarde ver a Elisa.

Mª Victoria Guinaldo
Grupo B


Al tío Amós se le caían los dientes y, en el pueblo, no cesaban las habladurías.

-Eso le pasa por lo que hizo, decía su prima Manuela.
-Así es, respondía Ramona. Hay cosas que no se perdonan.
-No seáis malpensadas, les reprobaba la mujer de Amós. Está sufriendo lo suyo. No para por la noche, se levanta de la cama y anda, sonámbulo, tocando las paredes. Dice que hay alguien detrás que le arranca los dientes, mientras duerme.
-Tampoco te libras tú, le reprochó Manuela. Tuviste mucha culpa de lo que pasó. Tus hijos fueron los causantes, pero ni tu marido ni tú lo impedisteis.
-¡Dios mío¡ ¡Dios mío¡ Gemían las comadres. Es el castigo del cielo.

El cuchicheo no cesaba. Al atardecer, las voces se filtraban por las paredes y en todas las casas el rumor seguía imperturbable.
Hasta los perros dejaron de ladrar. Las malas noticias saltan como la pólvora. Había que encontrar a un culpable y los dedos señalaron a Amós.
Él lo había echado de su casa, él se había apoderado de todo lo suyo, nadie podía impedir que los dientes se fueran cayendo.
Las aguas del río devolvieron al anciano arropado por la bruma.

JB
Grupo C

La mirada de la escritora

La sesíón de esta semana estuvo dedicada al microrrelato. Y quién mejor para ilustrar con sus textos las claves de este género que la gran Ana María Shúa. 
Algunos de los participantes en el taller tuvimos el privilegio de conversar con ella en la librería Letras Corsarias al final del curso pasado donde repasamos su obra y analizamos la evolución del microrrelato desde aquel I Congreso de Minificción que reunió en Salamanca a la "internacional del microrrelato" como llama Clara Obligado a sus máximos exponentes.
Por aquel entonces aún se discutía sobre el término más apropiado para definir a esta categoría textual que ni siquiera era reconocida con toda su entidad como género. 
Aún está vivo el debate sobre si el microrrelato es una escisión del cuento o tiene naturaleza y características propias aunque la mayoría se decanta por esta última consideración. De hecho, Dolores M. Koch señalaba en "Escritos Disconformes. Nuevos modelos de lectura" (donde se recogen las actas y las ponencias de dicho Congreso) "diez recuersos para lograr la brevedad en el micro-relato"



Pero si hay algo que en sobresale la autora es en el uso de la metaficción en su trabajo, caracterízado también por una fina ironía y un gran sentido del humor. Hay un libro maravilloso de Esteban Peicovich, al que dedicamos una sesión en el taller, que se titula Poemas plagiados. Es una muestra poética que parte de lo cotidiano. Peicovich, que toma prestados los textos de la realidad, de ahí el título, nos enseña cómo añadiendo un título certero y un agudo pie de página a un texto surge la sorpresa y el extrañamiento. Y todo se vuelve poesía. Demuestra la importancia de los contextos y de cómo las palabras pueden aludir a otra realidad muy diferente dependiendo del contexto en que se empleen. En este libro hay un texto que dialoga perfectamente con uno de Ana María Shúa. El de Peicovich se titula “A toda vela”:

1. El patrón arriba hasta que el foque intenta trasluchar a orejas de mulo.
2. El patrón vuelve a orzar hasta que el foque retorna a su banda. El proel coloca la orza en la posición de trasluchar.
3. El patrón y el proel se avisan mutuamente de estar preparados para efectuar la maniobra.
4. El patrón caza la escota hasta que la botavara está cerca de la aleta, tira de la caña hacia sí y gira el cuerpo hacia popa. Mientras, el proel larga el foque y coge la nueva escota del foque.
5. Al pasar la botavara a la otra banda, el patrón se traslada a la crujía, pone la cuña a la vía y se sienta en la otra banda. El proel equilibra el barco lo necesario.
6. El patrón amolla escota de mayor. El proel amolla el foque. Ambos comprueban que la derrota del barco está despejada al nuevo rumbo.


(Los seis movimientos básicos de la trasluchada, del libro Navegación a vela, Blume Ediciones).

Y el microrrelato de Ana María Shúa señala la importancia de conocer el significado de las palabras en el contexto de la navegación:

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entre tanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Conviene tener a mano, a la hora de escribir, un buen diccionario al uso, un diccionario de sinónimos, incluso un diccionario de símbolos o un diccionario etimológico. Así evitaremos problemas de comprensión.

Shúa tiene una gran habilidad para traspasar todo tipo de fronteras, ya sea el sueño, un espejo, o la línea que separa la realidad de la ficción y logra crearnos cierto desasosiego en muchos de sus micrrorrelatos. Y también es una maestra en reunir en una historia personas y personajes de imaginarios o realidades muy diferentes. Esta es una de las claves del microrrelato. Solo necesita una manzana, por ejemplo, para congregar  a Guillermo Tell, Newton y Adán y Eva en un texto:

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de la gravedad.

O le basta con una calavera para poner en diálogo a dos personajes que nada tienen que ver entre sí como en este otro microrrelato de Temporada de fantasmas titulado “Tarzán”:

Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?

Ana María Shúa es poeta, además de narradora, y conoce bien la poesía clásica. En uno de sus textos recupera la palabra "somorgujar", usada por Garcilaso en su Égloga III para mostrarnos a una ninfa que introduce su cabeza bajo el agua (“somorgujó de nuevo su cabeza / y al fondo se dejó calar del río”). Este término, que existe como sustantivo para designar al somorgujo, un ave, ella nos lo presenta, al igual que el clásico, en forma de verbo:

Nunca somorgujes tu cabeza durante un lapso mayor del que recomiendan los manuales y mucho menos con los ojos abiertos. Los trescientos años de una ninfa de río no compensan la pérdida de tu existencia humana, y mucho menos la de tus lentes de contacto.

Puedes escuchar a la escritora y conocer algún detalle sobre su libro Cómo escribir un microrrelato en la entrevista que le hace Reynaldo Sietecase en "La inmensa minoría"




Tarea de escritura

Escribe un microrrelato donde estén presentes la metaficción, el sueño o una reflexión sobre el escritor, el lector, el narrador, los géneros literarios o el trabajo con las palabras. A la manera de Ana María Shúa.


El buscador de frases

Carlitos era un niño muy inquieto, le gustaba mucho leer y escuchar. Le encantaban las citas célebres. Conocía bastantes y las aplicaba en sus escritos y conversaciones. Siempre le venían bien y le habían sacado de muchos apuros en reuniones con familiares y amigos. Le daban un toque inteligente que a él le agradaba.
Empezó a pensar que tenía que buscar, que tenía que crear alguna frase, alguna cita que no estuviese escrita, algo que a nadie se le hubiese ocurrido antes.
Un día de verano, estando sentado en un parque a la sombra de los árboles se encontraba muy a gusto. Entonces, se le acercó una Paloma, caminó a su lado y le pareció escuchar: ¿estás a gusto? Sí le contestó; pues entonces ¡Quédate!. Carlitos se sorprendió y se inquietó, pero estaba seguro de haber escuchado a la Paloma.
Al cabo de un rato, comenzó a hacer calor y la sombra del árbol se fue marchando. Carlitos empezó a sudar. Entonces otra Paloma o quizá la misma de hacía un rato, volvió a pasar a su lado y le pareció escuchar: ¿estás a gusto? Pues no, le contestó Carlitos; entonces ¡vete! le dijo la Paloma.
Carlitos todo emocionado y contento llegó a su casa, tomó papel y lápiz y escribió:” si estás a gusto quédate, y si no, pues te vas”.
Por fin había encontrado una frase, un axioma, un refrán, algo inédito, algo sencillo, práctico, y que él nunca había leído.
Había encontrado una frase y en el futuro buscaría más.

José Luis Fonseca
Grupo A


Problemas de espacio

Tú me pides que huyamos de aquí, que viajemos muy lejos, a un lugar donde podamos vivir nuestro amor sin cadenas. Y yo te digo que nuestra historia de amor es tan hermosa, tan increíblemente bella, que no tiene cabida en tan solo veinticinco líneas. Nuestro amor se merece una novela.
—¿Qué haces con esa pistola? ¡Espera, no aprietes el…!
Veo que ya has elegido el final para la novela.

Tomás García Merino
Grupo B


Reflejos

Un hombre despierta junto a una mujer a la que no reconoce. Algunos rasgos le parecen familiares: Ese parpado caído le recuerda a…
Alarga los dedos para tocarla y la mujer le imita. El tacto frío del espejo le devuelve la realidad.

Tomás García Merino
Grupo B


Mono

Alicia se levantó esa mañana con un mono irrefrenable. Las ganas de fumar la estaban llevando a la necesidad de evadirse de alguna manera, de forma urgente. Estaba dejando el tabaco y le costaba, mucho más de lo que ella había imaginado. Se acicaló con cuidado y estrenó el mono de color verde que se había autorregalado por su cumpleaños. Salió de casa dispuesta a darle un nuevo aire a su vida y decidió buscar una actividad diferente a la rutina diaria. Empezaría —se dijo— por entrar en la cafetería de la esquina para tomar un café. Nunca había entrado en ese bar y le apetecía conocerlo. Le sorprendió ver a un mono encima de la barra, en un extremo del local. Lo miró de lejos porque le producía cierta aprensión aproximarse a un animal salvaje y, aunque dio por sentado que éste debía estar amaestrado, sus ansias de novedad no eran tan acuciantes. Ocupó una silla alejada del simio y solicitó la atención de un camarero muy mono que deambulaba entre las mesas. Iba a pedir un café descafeinado, con leche desnatada y azúcar moreno, como era su costumbre pero, de repente, decidió que no. Estaba resuelta a cambiar sus hábitos y pidió un té verde con miel. El mozo tomó nota y regresó rápidamente con el pedido. Pero, para horror de Alicia, no volvió solo, trajo consigo al animal sentado en su hombro. Ella, con mucha precaución, alargó la mano para coger su té, momento en que el mono saltó del hombro de aquel barman tan mono y derramó la infusión sobre el mono verde de Alicia. Todos los empleados de la cafetería acudieron a atenderla para aplacar el susto y eliminar los estragos del suceso. Una vez calmada y recompuesta salió a la calle con la idea de que los cambios no siempre son buenos. Y para calmar el mono que la atenazaba desde ya hacía una semana, dirigió sus pasos al estanco del barrio. Allí se sentía segura y feliz. 

Maxi Moreno
Grupo B


Un hombre despierta junto a una mujer a la que no reconoce.
Por la noche se había quedado dormido nada más llegar al albergue de peregrinos. Estaba muy cansado de la etapa de 50km que acaba de realizar, y se acostó en la primera cama que localizó vacía.
Los ruidos de la mañana le despertaron cuando todos los peregrinos se levantaban para iniciar una nueva etapa. Allí estaba ella, acurrucada a su lado, no sabía que decir, pero fue ella la que tomó la palabra, y sonriendo, le dijo “Amigo, como roncas”.

Luis Iglesias
Grupo B


La amo y ella ni lo sabe.

Jaume Castejón
Grupo B


En coma sin comas

La coma está en coma.
Cayó desplomada de un renglón a otro. Un golpe mortal de dos y medio de espaciado nada menos. ¡Menudo porrazo!
Comparte hospital con el acento caido en combate ante la dejadez y la falta de conocimiento linguistico. Enfermedad paranoica le diagnosticaron pues el pobre no sabe si solo esta solo o esta con esta o con cual ni como ni donde caerse muerto. Ha interpuesto un recurso contra la RAE por expropiacion indebida de acentos. El sindicato ortografico de la lengua maltratada ya ha tomado cartas en el asunto. Han declarado que menos mal que todavia nos queda el punto.
Recuerden escritores: no se coman la coma para que la falta de oxigeno en el lector sufridor no se lo coma.

Ibone Bueno Vicente
Grupo C


Esa luz que aparece
Soneto que quiso ser microrrelato

Me despierto -o sueño- de madrugada
a la dudosa, indefinida hora,
una difusa luz crea la aurora
y descubre la ausencia, y la nada.

Quizá sea la muerte, enamorada,
celosa de mi sueño que atesora
una imagen eterna, transgresora,
una quimera al alba, en ti encarnada.

No sé si sueño cuerdo, o sueño loco,
si es real tu figura en el espejo
fantasmal de las horas fronterizas

Si en la vida o en la muerte te convoco,
si acaso sólo somos el reflejo
del amor que sueñan nuestras cenizas.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


La mujer de mis sueños

Cuando desperté, ella todavía estaba allí.
 
Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Noa y la luna

Noa, estaba muy nerviosa ,
corría de un lado a otro del
Parque, se revolcaba en el húmedo césped, donde los riegos habían hecho su trabajo al caer la tarde.
Por encima de los árboles, una luna llena, inmensa, blanca en todo su esplendor,
se reflejaba más allá, en las tranquilas aguas del rio.
Al despertar, la luna había entrado por la ventana. Noa la miraba ensimismada.

Pedro Gómez
Grupo C


Juicio Onírico

—¿Se puede saber por qué ha matado a su marido? —le preguntó el juez a la acusada.
—Pues verá usted, Señoría. Llevaba yo ya cinco días soñando lo mismo: que me iba derecha a matarlo pero que al final no me decidía. Y para una vez que me decido, va y no es un sueño.


Óscar Martín
Grupo A


Genio y figura hasta la sepultura

El excéntrico y multimillonario señor Pickwick había dejado dicho que le hacía mucha ilusión asistir en vida a su propio sepelio y que ya se encargaría él mismo de marcharse al otro barrio como lo estimara oportuno. Por ello, aunque todos los presentes pudieron oír, inmediatamente después de que los operarios colocaran la losa, el disparo en el interior del panteón, nadie se sorprendió ni se asustó. Es más, lo que hubo fue un intercambio de miradas más bien risueñas, cómplices, para nada espantadas, acompañadas de alzamientos de cejas y bufidos que denotaban cierta estupefacción por un suceso tan insólito. Y es que el señor Pickwick había nombrado herederos a todos los vecinos del pueblo, a condición de que no se le llevara la contraria en lo más mínimo hasta el último momento de su existencia.

Óscar Martín
Grupo A


Pérdidas

El día que Tarzán perdió el taparrabos, el puñal de la cintura y el grito estentóreo, también perdió el león su melena, el elefante sus colmillos, el rinoceronte su cuerno, la hiena su risa, la cobra sus dientes ponzoñosos, el leopardo sus manchas y la mona Chita su gracia. Ese día solo quedaron el hombre desnudo y vulnerable y la selva inerme y vulnerable frente a las máquinas depredadoras de recursos naturales.

Manuel Medarde
Grupo A


Soñar con tu primer amor

El problema de soñar con tu primer amor no es que te seduzca la idea de volver a encontrarlo, recorrer un camino ficticio para imaginar un reencuentro precioso, único. Escuchar una conversación dulce, candorosa, otra vez su aliento. El problema no es la melancolía y añoranza o, incluso, la vieja punzada, que te sobrevienen al saber lo imposible o inaudito de volver a verlo en la realidad, tras toda una vida sin él. El problema, el gran problema de soñar con tu primer, tu gran amor es que, en el mismo sueño, en la misma noche, en el mismo giro sobre el mismo lado de la almohada, por inesperados caprichos de los sueños, se te aparezcan a la vez tu primer amor, el segundo, el tercero, y, sucesivamente, todos los demás. Ahí está el lío. Aquellos que no se conocieron en vida, van a confluir en la narcosis de una madrugada. Todas sus cabezas en fila india, despeluchadas sobre tu colchón. Todos a la vez, iracundos, fracasados, tristes, con sus reproches, o con sus chistes y bromas, con sus pecados, todos mirándose, queriendo ser los primeros en hablar, en recriminar, en discutir, a veces dirigiéndose a ti, aunque no te ven, y, en tu alucinación, están bien listos para la crítica, la condena y para la última contienda. Y, tras años de experiencia, ahora sí que saben, y no están dispuestos, ninguno de ellos, a claudicar.
Y todo porque la mancha seca de sangre sobre la almohada lava mal.

Marisa Sánchez García
Grupo C


El coleccionista

La verdadera afición de Matías Calderón salió a relucir el mismo día que cayó muerto sobre el mostrador de su tienda de antigüedades.
Una puerta al fondo de la trastienda guardaba bajo llave su secreto.
Cientos de ojos mirando a la nada desde botes de cristal llenos de formol.
A Matías siempre se le dieron bien las citas a ciegas.

Aurora Zarco
Grupo B


La carta

- Estas segura Sara, las palabras empleadas es esa carta son fuertes, poderosas, impetuosas, irrevocables, definitivas …
-No las he elegido yo, han sido las emociones las que se han servido de esas palabras, como si las palabras hubiera estados secuestradas , y ellas mismas se vieran obligadas a saltar de lo más profundo del abismo hasta la superficie en medio de contorsiones imposibles, configurando un sentido inesperado incluso para mí que las he escrito, esas palabras se aferraban al papel desafiantes destinadas; a sacudir, a perturbar, a trastornar, a alterar el orden preestablecido , no pueden ser borradas o tachadas, tampoco edulcoradas o mitigadas. Esas palabras y no otras, ascendían de mis entrañas deslizándose hacia la mano y caían sobre el papel para adherirse de forma indisoluble y perdurable.

M. Victoria GL.
Grupo B


Estrategia matemática

–En suma –concluyó el almirante­–, dividiremos la escuadra enemiga multiplicando nuestra potencia de fuego. Entonces ya solo restará ir, uno a uno, destruyéndolos hasta la raíz.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Duda

Al principio fueron unas muecas casi imperceptibles, pero claramente incongruentes con la naturaleza de los actos que realizaba. Luego una soterrada resistencia, tan mínima, que supuse que el lector no la percibiría. Más adelante su incomodidad llegó a ser tan notoria que, cuando se me encaró, no puedo decir que me sorprendiera.
–¡Por ahí no paso! Es indigno de un personaje de mi rango cometer una acción tan despreciable –me espetó enarcando las cejas con gesto altivo.
No he podido añadir una palabra más al relato. Me paraliza la duda de saber quién es el autor: él o yo.

Pepe Lorenzo
Grupo B


“MATEMÁTICAS INEXACTAS”

Aquel calculado día prometía problemas integrales en la pequeña localidad de Aritmética.
El primero en fugarse del recinto matemático “Máximo Común Divisor” fue un exponenteelevando los () de seguridad. Desde ese momento se colapsó el centro métrico debido a un incremento exponencial de factores afectados por el virus f(x), una variante derivada del f(y).
Un % fue el siguiente en fugarse para desesperación de todos los términos, provocando una escandalosa subida de los precios y los tipos de interés.
En cuanto pudo, el número π salió pitando y desde entonces ningún conjunto puede pegar ojo.
El seno y el coseno, cómplices, no tardaron en salir por la tangente. Ahora tienen desigualado el tráfico con sus indecisos movimientos oscilantes.
El sumatorio ∑ jefe ha organizado a sus sumandos en ecuaciones para que coloquen [ ] y{ }por todo el entorno de la función.
Es una incógnita cómo se resolverá la inecuación actual, especialmente por la desigualdad entre los partidarios de Álgebra y los seguidores de Cálculo.

Antonio Paniagua Moreno.
Grupo A


Selfie palustre

Dice el periódico que:“La grave sequía acaba con el escribano palustre”. No con el escritor ilustre, mala hierba donde las haya, capaz de vivir sin agua. La guerra calienta la tierra y con ella nos vamos secando. Desaparecen los humedales donde los pajaritos de colores venían en invierno a calentar y recuperar sus frágiles cuerpitos musicales. Gracias a ellos aprendimos a cantar. Ahora se nos seca la garganta, los ojos y el sexo.Nuestros cuerpos secos necesitan gotas y pomadas para no resquebrajarse. Solo queda el insomnio

Sagrario Martínez
Grupo B


Segunda vida

Unas manos primorosas dieron los últimos retoques, ya estábamos dispuestas para iniciar nuestro camino,sabíamos que por nuestro abolengo iba a ser “de rosas”. Sí, aquella niña nos recibió con un ¡qué bonitas, mi color preferido!, hasta nos dio un beso. Al principio estábamos reservadas para los días de fiesta: un cumpleaños, un bautizo, una visita a casa de las tías, pero ella quería llevarnos siempre, al cole, había que lucirnos, al parque, allí empezamos a conocer los árboles disfrutar de su sombra, las palomas se acercaban, temíamos que nos picotearan,aprendimos a jugar al pati, a la comba, nos columpiamos, nos tiramos por el tobogán. El paso del tiempo nos afectó, no crecíamos, ella sí. La mamá la convenció, nos diría adiós y, otra niña nos recibiría con tanta ilusión como ella. No os he dicho, somos unas “”Merceditas”, nuestra andadura empezó en el siglo XIX, eso lo contaremos otro día.

Inés Izquierdo
Grupo A


El enfado de Artemisa

El sol va caldeando los campos de Argañán mientras acecho oculto entre las matas. De pronto, una aparición: un ciervo avanza. Se acerca; mucho, no me ha detectado. Me estremezco. Palpito admirado y aterrorizado ante su totémica cornamenta. En mi espanto muevo una rama. Se gira y me mira, solo un instante, fuera del espacio y el tiempo. Y ya no está. Ni siquiera le veo mientras le escucho correr veloz y poderoso. Yo quería sorprenderlo y atrapar su imagen. Yo quería alcanzar a ver, comprender. Pero solo me ha quedado el vacío que deja tras su galope. Y entiendo que ahora, soy yo el preso de su ausencia. Ya veis, Artemisa que, muchos mitos después, sigue haciendo de las suyas.

José Carlos Gómez
Grupo A


En el bosque

Por fin se decidió a salir. Le gustaba arreglarse frente al espejo de cuerpo entero.Para la ocasión, eligió su camiseta de calaveras, a juego con sus pantalones negros preferidos.
Peinó su cresta naranja con mimo; se calzó las botas militares y adornó su cuello con el collar de pinchos.Cogió con rapidez la cesta y por último, se echó sobre los hombros la capa roja.
Cuando el lobo, agazapado entre unos matorrales, la vió...huyó despavorido.

M.L. Fidalgo
Grupo C


Cómo aliviar la soledad y mantenerse activo en la vejez

El viejo doctor termina de desayunar, se despide de su compañera, sentada a la mesacon la cabeza algo inclinada hacia adelante, como adormecida. Otros dos ancianos están sentados en el sofá frente al televisor.
El viejo forense jubilado sale a comprar el periódico. Al cruzar la planta baja echa un vistazo a la sala donde tiene su clínica, la mesa de operaciones, el instrumental, los armarios de aluminio.
En la entrada, bajo el porche, tumbado en un banco de cemento pegado al muro hay un vagabundo envuelto en harapos. Se remueve al oír la puerta cerrarse. Saluda al viejo médico, y con lengua de trapo le dice que se irá enseguida. El viejo doctor vuelve a entrar en la casa, va a la cocina y llena un vaso con zumo, pone unas galletas en la bandeja y se las baja al vagabundo. Entra de nuevo.
Un rato después sale con una camilla metálica, hace girar sobre ella el cuerpo del vagabundo -que duerme profundamente-, y lo lleva a la clínica, depositándolo en la mesa de operaciones.
Le quita la ropa con cuidado. Cuando comprueba que está muerto comienza el proceso de embalsamamiento. No sabe todavía dónde colocará a su nuevo invitado.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


El mirlo

Al atardecer, me hipnotizó un mirlo con su lenguaje musical. Me levanté con miedo mientras sus notas seguían latentes en mis oídos.
Al volver la vista atrás, lo percibí posado en el brazo de mi banco. Balanceaba, una y otra vez, su pico en un lugar muy concreto.
Al siguiente anochecer volví. Me coloqué en el mismo asiento y apoyé mi brazo en el sitio preciso. El mirlo empezó a cantarme sus vivencias. También yo melodiosamente le mostré mis secretos. La confianza mutua surgió de su poder hinóptico.
Al acabar cada día desde entonces nos vemos. Ya no hay secretos entre nosotros. Nadie me conoce mejor que él.

JB
Grupo C  


El anonimato de la picaresca

- Por enésima vez, Lázaro – replicó Raúl – “Vuestra” se escribe con v.
- Ay, sí, tenéis razón. No me aclaro con la be y la uve.
Lázaro desechó el nuevo pergamino, haciéndolo una pelota con las manos y lanzándolo contra el montón de pelotas iguales que había sobre la mesa. Raúl contó veinte.
El joven cogió la pluma con su mano derecha, la llevó al tintero y, con sumo cuidado, a una nueva hoja de pergamino.
Cuando Raúl Vacas le vio escribir, de nuevo, “Sepa buestra merced”, se desesperó.
- ¡Está bien! – le dijo – Yo escribiré tus memorias.
Lázaro, con una sonrisa que no podía exteriorizar, se acababa de salir con la suya. Prefería sentarse al lado de su profesor en la Casa de las Conchas y contarle, para librarse de pasarse horas y horas escribiendo con una pluma y una tinta que poco sabía manejar.
Cuando Lázaro empezó a dictarle lo que debía escribir, su reciente cronista hizo una última declaración:
- Escribiré tus memorias, pero me niego a firmarlas.

Mª Ángeles García Franco
Grupo A


El eterno candidato

La clase de literatura estaba repleta de genios. Cela sacaba su plumier de madera, perfectamente cuidado, mientras Gabriel García Márquez afilaba cada uno de sus lápices para empezar a tomar nota. Vicente Aleixandre abría su maletín para disponer los folios sobre la mesa, y Saramago releía la lección del día anterior.
Al fondo de la clase, Murakami hacía papiroflexia con los apuntes de hace una semana.

Mª Ángeles García Franco
Grupo A


De nada sirve...

Sale corriendo de la habitación, tira la corbata y se deshace de la chaqueta. Ojalá pudiese hacer lo mismo con lo que le oprime el pecho.
Ella tan alta, tan rotunda, con la lengua tan afilada…
Las palabras no son más que palabras, hasta que se clavan como esquirlas y te van haciendo añicos a fuego lento.
Lo has intentado.
Te lanzas al vacío, adoptas otro nombre, incluso te vistes con esmero.
De nada sirve, el Castillo de If siempre se alzará triunfante en tu interior.

Eva Hernández
Grupo A


Años de soledad

El tren se acercaba a su último destino con un grupo de saltimbanquispreparados para alegrar la fiesta organizada por el coronel Aureliano Buendía, en la casa familiar de Macondo, donde habitaba con sus progenitores y con los espíritus de sus antepasados pero la matriarca Úrsula Iguarán no permitiría jamás que nadie interrumpiera la soledad de su marido, que debajo del castaño del patio, contemplaba día y noche las estrellas.

Marian Pérez Benito
Grupo A


El plan

Sentados en su banco del parque, los dos amigos tramaban la manera de apropiarse de los libros prohibidos por la férrea censura vigente en su país, los cuales permanecían custodiados en el sótano de la antigua biblioteca a la espera de ser quemados.
Cuando su plan comenzaba a tomar forma, una gran explosión acompañada de un ruido ensordecedor y un fuerte temblor, llenaron de un denso humo todo a su alrededor.
Oscuridad, silencio, sangre y calor. No hubo más tiempo. En un segundo eterno, todo acabó.

Marian Pérez Benito 
Grupo A


Paco

Cómo todas las mañanas al amanecer, Pedro salía de su casa y se apostaba entre las raíces que sobresalían del suelo de un gran árbol.
Su única tarea consistía en proteger su casa y su familia, Amalia, su mujer y Juan y Laura, sus hijos.
Una mañana, cuando Pedro volvió a casa para desayunar, su hijo Juan le preguntó donde iba todas las mañanas tan temprano. Pedro, zanjó rápido el tema: " Mira hijo, nosotros, los nomos, al ser tan escasa estatura, tenemos la tarea de estar atentos para cualquier cosa que nos pueda pasar. Los humanos y los animales, aunque sin querer, pueden asustarnos, pisarnos e incluso destrozar nuestras pequeñas casa. Así viene ocurriendo desde hace miles de años".
Juan asintió y no dijo nada pues sabía que en unos años esa labor le correspondería a él.

Isabel Gallego
Grupo A


Reencuentro

Un hombre despierta junto a una mujer a la que no reconoce. No tiene dudas de donde se encuentra. La lámpara del techo, los muebles, las sábanas que sus padres compraron en Portugal, todo pertenece al cuarto de su adolescencia. Ella respira ruidosamente, aunque no ronca abiertamente.
Sigue sin reconocerla, intenta calcular su edad. Es más joven que él pero no tanto como cuando dormía allí.
El sonido de la respiración lo adormece, cuando de nuevo abre los ojos, la mujer ya no está, ha desaparecido. Un banderín de la Unión Deportiva Salamanca ocupa casi toda la pared que deja libre una estantería con libros. La habitación está igual que cuando vivía allí, cada cosa en su lugar, incluso la ventana desde la que espiaba a la vecina del piso de abajo. La recuerda tendiendo la ropa desde su cocina. Era una mujer joven con niños pequeños que, involuntariamente, participó en alguna de sus fantasías juveniles.
Ya no tiene dudas, la mujerera la vecina del segundo B. Se arrepiente de no haberla despertado para compartir su secreto.
Una voz conocida lo saca de estos pensamientos:
-Juan, levántate que ya son las seis y media.

Enrique Martínez
Grupo C


Oasis y dudas

Una frondosa vereda lleva a un desierto seco, duro, asfixiante de sol y arena. A lo lejos un oasis promete frescura y descanso, agua y alimento pero yo, tú, él, ella… todos, preferimos seguir a la tortuga centenaria que nos arrastra lentamente hacia las dunas y las dudas del páramo de la existencia.

Beatriz Gorjón
Grupo A


Condenado a suerte

El reo arrastra los pies encadenados a los sucesos fortuitos que lo han llevado hasta allí. La fortuna le fue esquiva, el azar lo descuidó, la ventura lo abandonó, era su sino, acabar en ese corredor sin salida vertical.

Beatriz Gorjón
Grupo A


Recuerdos anónimos

Se sientan en un circulo perfecto de miembros muy dispares. Están los felices, que dan bastante rabia a todos los demás. Los tristes, nadie quiere sentarse a su lado, salpican lagrimas. Los aburridos, que producen somnolencia al resto. Los divertidos, que son los más demandados para contar sus historias. Los angustiosos, a estos no los dejan hablar mucho porque provocan ansiedad. Cuando la sesión termina todos se levantan y toman café con unas selección de tartas que lleva siempre el de los recuerdos de la abuela.

Beatriz Gorjón
Grupo A


El último adiós

Cuanto más me alejo del momento en que me dijiste tu último adiós, inexorablemente más me voy acercando a ti. A veces, muchas veces, busco la inmediatez de poder darte un abrazo.

Ramón Sánchez Rodríguez
Grupo B


Perlas de jabón

Tras una noche de sueños inquietantes, creí haber llegado a la antecámara del reino de las musas. Trataba de buscar respuestas confiando en sus amplios conocimientos. Pero se habían mudado del Helicón al Parnaso a pasar el verano.
Cerca ya del amanecer sentí como surgía en mí la génesis, reveladora y primigenia, a la pregunta de la que hacía tiempo buscaba la respuesta. Y la saboreé entre las sabanas en la dulce penumbra de mi alcoba, pero no me levanté a escribirla.
El sol entró por mi ventana y educadamente le dije que se fuera. Traté de volver al goce interrumpido, pero el astro, obstinado en ganar su batalla, me obligó a utilizar el control de bajada de las persianas.
No quería despertarme todavía y busqué el arrullo del televisor en un documental sobre el mundo animal en… Tayikistán, pero quedé enganchado a una cadena que presumía de dar las “últimas noticias”. ¡Petulantes! Solamente enseñaban la antesala.
Apagué la pantalla, hastiado de la deriva de los medios. Daba repulsión, la manera en que pasaban de puntillas ante la desviación de poder, y rebajaban los efectos de la autocracia.
Pensé que no habíamos aprendido nada de la historia, de ahí que, desde que Calígula abrió la veda con Incitato, cualquier equino puede llegar a alcanzar las más altas cotas del poder.
Me acordé de mi padre cuando me decía:--”No olvides nunca hijo que, el dictador o el demagogo, suele ser una persona gris, con o sin bigote, que no puede desarrollar su delirio si no cuenta con el número suficiente de cómplices”
En vista de que mi psyché, había tomado un camino sin retorno al pasado que me alegró la alborada, decidí comenzar el día de una forma osada, y a modo de conexión con la irrealidad cotidiana, saqué un pie del edredón, pero el resto de mi cuerpo lo juzgó excesivo.
Para añadir un poco más de aspereza a mi despereza, comenzó a sonar con insistencia el timbre de mi casa. Un repartidor , sudoroso, traía un paquete de entrega urgente. Cuando lo abrí, contenía la más ardiente diatriba de Febo hacia mi persona.

Calgari
Grupo A


La mujer afortunada

Dicen que lo que soñamos al dormir es un reflejo de nuestros pensamientos diarios y más peligroso aún de nuestros deseos. Concha, mi amiga vino atormentada ayer porque soñó que perdía sus ahorros y Laura que quedaba viuda; Rosario en cambio constantemente sueña que se le caen los dientes y a mí me preguntan ¿que como hago?
—¿que como hago qué? —les pregunto
—¿cómo haces para soñar siempre cosas afortunadas? —
—Fácil— les digo. —Cuando despierto y descubro lo qué soñé, siempre agrego como debió haber sido, voy rápido al baño y me lo repito al espejo, entonces así siempre sueño lo que quiero.

Daniela Perales Bosque
Grupo C


- Puedo volar- dijo con la mirada en sus manos
-¿Cómo piloto?
-No, como Superman- Alzó la mirada esperando una sorpresa en su interlocutor que no encontró.
-Sabe usted que está en el Ecyl, aquí no me consta en mi lista ningún trabajo con esa cualidad.
-Pero ... quiero trabajar.
-Sí, pero tiene que traerme alguna formación reconocida.
-¿Quiere que se lo demuestre?
-Si todos los que volaran empezaran a demostrarlo esto sería Barajas. Tiene que traerme un título oficial.
-Yo no tengo, me viene de familia.
-Pues lo siento, pero no puedo incluirlo en su ficha. Al final, ¿quiere que le apunte para trabajar en la residencia sin formación?
-Si no hay otra cosa
-Perfecto, ya está. Seguro que en sus ratos libres podrá amenizar a los abuelos, ellos tienen todo el tiempo para entretenerse con esas peculiaridades.

Lidia Hidalgo
Grupo A


Bulería

Estuve toda la noche luchando en la cubierta contra el viento. Tenía el cuello dolorido de mirar al mástil, manejar las cuerdas y localizar los palos. Achicaba agua desde mi cajón de madera, cuando una gran ola me sacudió. Desperté agotada, me quedé dormida mientras con mi guitarra intentaba tocar una bulería y pensé “el flamenco siempre me transporta muy lejos”. A lo que no encuentro encaje es a la gaviota patiamarilla que graznaba en el extremo del mástil de mi guitarra.

A.M.F
Grupo C


Despersonalización

Desperté sobresaltado y le dijé al del espejo: ¿qué haces ahí mirándome?"

Marta Lozano
Grupo C


Mi frustrante historia de amor

Pedro camina con la mirada fija en el suelo. Lleva tiempo dándole vueltas al mismo tema.
Desde que era niño, siempre había querido escribir novelas y poemas de amor. ¿Pero cómo iba a hacerlo, si no sabía lo que era el desamor?
Ya estaba llegando al restaurante en el que Marta y él celebraban su décimo aniversario. Intentaba hacer memoria, pero la pareja nunca se había tambaleado.
Nada… ni celos, ni nadie que se entrometiera, ni arrepentimientos… ¿Cómo iba a escribir de desamor, si nunca lo había sufrido?
Luego estaban los padres de ambos. Quedaban cada jueves para jugar al mus y hacían escapadas los domingos… ¿No podían enemistarse, encerrarles en sus cuartos y prohibirles que se vieran durante el resto de sus vidas?
¿Y un amor nostálgico? ¿Nunca la había echado de menos? Lo máximo que habían estado separados fueron unas semanas en pandemia… y con Zoom se les hizo bastante llevadero.
¿Y antes de conocerse, no tuvo ningún amor no correspondido? Ni si quiera recordaba haberse sentido atraído por otra persona…
¿Cómo podía ser tan desdichado de no haber sufrido por amor? ¿Nunca escribiría una historia romántica con la que la gente empatizara?
Entró en el restaurante y vio a Marta sentada en una mesa en el fondo.

- ¿Qué tal?- preguntó mientras se sentaba.
- Tengo una noticia… -parecía ilusionada.
- ¿Sí? Cuéntame.
- Me han dado la beca, me voy a Estados Unidos.

Juan Salado
Grupo C


Amor binario

Con el secreto whasero, se han generado un sinfín de relaciones que el mundo no da abasto a crear ceros y unos, dando rienda suelta y a tope, a esas relaciones binarias.
Disfrutemos fingiendo, conversemos sin estar presentes, riamos solos, saquemos la lengua, hagamos muecas al receptor fantasma, festejemos nuestras desconexiones y brindemos por nuestros idilios delirantes.

Lola San Cayetano
Grupo C


La noche

La noche se hacía más oscura. Trino seguía jugando y bebiendo. Se levantó balaceándose, se dirigió hacia su casa, cayéndose y vomitando. El niño esperaba, sabía que sería una noche más. Le desnudó y limpió sus vómitos como pudo. Le acostó Al despertar se acercó, posó la mirada en el rostro de su padre y vio en los ojos el espanto del muerto. El niño se limpió el sudor frio de su frente. Intento vestirle No pudo, sus manos eran pequeñas. Continu-o mirándole. El niño reparó en la noche y su soledad.

Josefa Redondco
Grupo A


Juanito

El día que los cilindros de la fábrica dejaron de funcionar se preguntó que echaba de menos, dentro de lo habitual, el orden del mundo. El niño sentado en el apoyo de la puerta de su casa reflexionaba. Le suponía un gran esfuerzo pensar. Después de que su padre quedó sin trabajo ya no era el mismo, ya no había abrazos Se volvió invisible a los ojos de él. Cada noche regresaba borracho se tumbaba en el jergón y se quedaba dormido. El niño miraba al padre, no entendía nada. El miedo se adentraba en su cuerpo Cuando la agonía le daba dentro de su pecho se ponía a cantar y se le iba disipando.

Josefa Redondco
Grupo A


Mi frustrante historia de amor

Pedro camina con la mirada fija en el suelo. Lleva tiempo dándole vueltas al mismo tema.
Desde que era niño, siempre había querido escribir novelas y poemas de amor. ¿Pero cómo iba a hacerlo, si no sabía lo que era el desamor?
Ya estaba llegando al restaurante en el que Marta y él celebraban su décimo aniversario. Intentaba hacer memoria, pero la pareja nunca se había tambaleado.
Nada… ni celos, ni nadie que se entrometiera, ni arrepentimientos… ¿Cómo iba a escribir de desamor, si nunca lo había sufrido?
Luego estaban los padres de ambos. Quedaban cada jueves para jugar al mus y hacían escapadas los domingos… ¿No podían enemistarse, encerrarles en sus cuartos y prohibirles que se vieran durante el resto de sus vidas?
¿Y un amor nostálgico? ¿Nunca la había echado de menos? Lo máximo que habían estado separados fueron unas semanas en pandemia… y con Zoom se les hizo bastante llevadero.
¿Y antes de conocerse, no tuvo ningún amor no correspondido? Ni si quiera recordaba haberse sentido atraído por otra persona…
¿Cómo podía ser tan desdichado de no haber sufrido por amor? ¿Nunca escribiría una historia romántica con la que la gente empatizara?
Entró en el restaurante y vio a Marta sentada en una mesa en el fondo.

- ¿Qué tal?- preguntó mientras se sentaba.
- Tengo una noticia… -parecía ilusionada.
- ¿Sí? Cuéntame.
- Me han dado la beca, me voy a Estados Unidos.

Juan Salado
Grupo C


Bulería

Estuve toda la noche luchando en la cubierta contra el viento.
Tenía el cuello dolorido de mirar al mástil, manejar las cuerdas y localizar los palos. Achicaba agua desde mi cajón de madera cuando una gran ola me sacudió. Desperté sobresaltado, ni rastro de la ola, ni del barco.
Mi habitación y el ruido del ascensor me situaron. Me había quedado dormido mientras con mi guitarra intentaba tocar una bulería.
Ya más sosegado pensé “el flamenco siempre me transporta muy lejos”.
A lo que no encuentro encaje es a la gaviota patiamarilla que graznaba en el extremo del mástil de mi guitarra.

A.M.F
Grupo C

Escribo porque...

Iniciamos un nuevo curso de escritura creativa con tres grupos y más de sesenta participantes.
Muchos repiten, y no porque hayan obtenido malas calificaciones en la pasada edición, sino porque quieren continuar aprendiendo y escribiendo. Así que con renovadas energías emprendemos un nuevo trimestre en el que reflexionaremos sobre muchos temas y autores y someteremos algunos textos a la crítica.
El primer día siempre es relajado así que nos presentamos y hablamos de nuestras motivaciones para leer y escribir. 
-¿Por qué escribe usted? -le preguntaron al poema chileno Óscar Hahn. Y el respondió en forma de poema:

Porque el fantasma porque ayer porque hoy
porque mañana porque sí porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin
porque la bomba porque el medio porque el jardín
Porque góngora porque la tierra porque el sol
porque san juan porque la luna porque rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel
porque la carne porque la tinta porque la piel
Porque la noche porque me odio porque la luz
porque el infierno porque el cielo porque tú
Porque casi porque nada porque sed
porque el amor porque el grito porque no sé
Porque la muerte porque apenas porque más
porque algún día porque todos porque quizás


Óscar Hahn



La importancia de aprender a escribir a lápiz. https://www.abc.es/ Laura Peraita


“La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia” señaló Richard North Patterson. Algunos grandes libros fueron rechazados una y otra vez por las editorales hasta que encontraron su camino. El trabajo y la constancia serán claves en nuestra tarea y en la consecución de nuestros objetivos más allá de publicar o no. Hay quien escribe únicamente por gusto, sin ninguna pretensión.

Dejamos por aquí dos artículos que ahondan en los motivos para escribir: "Lo que enseñan los escritores cuando enseñan a escribir" , firmado por Bel Carrasco en Zenda y "Escritores escribiendo sobre escribir: John Scalzi y por qué los escritores no son magos" de Delfina Montagna en Redacción (Periodismo humano). Quizá sean de vuestro interés.
 
 

Propuesta de escritura

Cuéntanos en forma de poema, artículo, microrrelato o tuit los motivos por los que escribes



Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Bella sin alma

Leo para saber qué escribiría si leyera.
Escribo dejándome llevar, pero a contracorriente.

Fulanita era una niña de ojos azules como cristales. Compartíamos aula, y yo no podía dejar de mirarla, aunque a veces oyera algunas risas a mi espalda. Ella pasaba de mí, olímpicamente, creo que nunca me vio.

Sólo una vez se me acercó, con disimulado interés. Estábamos en el recreo, yo me había quedado en la clase, escribiendo en mi cuaderno. Ella entró para buscar algo en su mochila, también azul, me miró con su indiferencia habitual y se acercó, tratando de ver, disimuladamente, qué estaba haciendo. Por fortuna cerré el cuaderno, antes de que ella pudiera leer nada.

Acabó el curso, y no volvimos a vernos. Pero recuerdo, como si me estuviera muriendo, su coleta cimbreándose altiva, con una agitación que delataba una soberbia sin reposo. En aquel instante supe que sería escritor.

Conservé la hoja, con mis palabras escritas temblando como si fuera un balbuceo.

“Fulanita, te odio, te odio y te odio”. Fue el primer párrafo del resto de mi vida.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


¿Por qué escribo?

Escribo porque sí.

Manuel Medarde
Grupo A


CAE UN TALLER CLANDESTINO DE ESCRITURA CREATIVA
Martes, 8 de mayo de 2029

EFE.

Un taller clandestino de escritura creativa fue desarticulado ayer en Salamanca por la Unidad de Delincuencia Literaria de la Policía Nacional, tras una espectacular redada en la Biblioteca Pública de La Casa de las Conchas. Según fuentes consultadas, las pesquisas se iniciaron hace una semana con la detención de uno de los integrantes del taller, Óscar M., tras dar positivo en una prueba de fantasilemia que se le practicó tras salirse de la vía el vehículo que conducía en la glorieta de Brujas e impactar contra un semáforo. Dicho detenido, que quintuplicaba la tasa máxima de ebullición fantasiosa en el cerebro, reconoció en comisaría que inmediatamente antes de coger el coche había estado durante tres horas escribiendo un fragmento de un relato de ciencia ficción, en el cual iba pensando cuando entró en la rotonda, lo que motivó el despiste fatal. A pesar de que inicialmente manifestó a la policía que actuaba en solitario, al ser hallada en la guantera de su coche una carpeta con varias fichas presuntamente de un taller de escritura creativa, hubo al fin de reconocer, tras cuatro horas de interrogatorio, que era miembro activo de dicho taller, autodenominado “Grupo de las Cinco”, proporcionando asimismo información detallada sobre el lugar, día y hora de las reuniones.

De esta forma, y con la preceptiva autorización judicial, en la tarde de ayer lunes la UDELI de la Policía Nacional se presentó en la Biblioteca de La Casa de las Conchas, incautándose de gran cantidad de documentación y sorprendiendo in fraganti a la mayoría de los miembros del taller en una sala semioculta en el último piso del edificio. Durante la redada fueron detenidos, sin que opusieran resistencia, el cabecilla del grupo, Raúl V.P., viejo conocido de la policía y con un largo historial literario-delictivo, José Luis F., alias “Doctor”, brazo derecho del anterior, África G., José Ignacio P., Esther Y., Josefa A., Edwing V., Manuel M., Inés I., Eva H., Marian P. y Beatriz G.. A diferencia de los anteriores, el integrante del grupo Carlos G. R., intentó darse a la fuga saltando por una ventana, precipitándose al vacío y sufriendo como consecuencia de la caída un politraumatismo múltiple con pronóstico reservado, habiendo sido ingresado en la UCI del Hospital Virgen de la Vega, donde se halla bajo custodia policial.

Todos los detenidos, que se enfrentan a penas de entre tres y seis años de prisión, pasarán a disposición judicial a lo largo de la mañana de hoy, aunque ya en Comisaría han manifestado su pasión por la escritura creativa, siendo totalmente conscientes de que con ello operaban al margen de la ley.

Según la información proporcionada por el Gabinete de Prensa de la Policía Nacional, la operación aún no ha concluido, esperándose nuevos registros y detenciones en las próxima horas.

Desde la entrada en vigor, hace ya año y medio, de la Ley de Prevención de Pájaros en la Cabeza, cuya finalidad según se señala en su exposición de motivos es “ceñir el pensamiento de la población a la pura realidad, liberando las mentes de fantasías absurdas que no conducen a nada”, han sido desarticulados en España más de sesenta talleres clandestinos de escritura creativa, pese a lo cual, y según fuentes policiales consultadas, el número de estos talleres ilegales crece sin cesar pues “al final, la gente, sola o en grupo, acaba escribiendo lo que le da la gana por el motivo que sea, y esto es como ponerle puertas al campo”.

Óscar Martín
Grupo A


Motivos para la escritura

Me preguntan ahora por qué escribo.
Muchas veces me lo he preguntado.
Si sé que me leen me siento amado,
y yo escribiendo me siento muy vivo.
Por desgracia últimamente escribo,
lo tengo que tener todo apuntado.
Además, ha de estar bien señalado,
porque si no, casi siempre lo olvido.
Leo y escribo para recordar.
Quiero vivir escribiendo y leyendo.
No sé cómo me las voy a apañar.
A ninguna parte puedo ir corriendo,
pero, aunque me tengan que acompañar,
es mi deseo seguir escribiendo.

José Luis Fonseca
Grupo A


Escribir

Escribir, sobre vacíos eternos
para llenarlos,
por no saber cantar
con la palabra viva
y la música como milagro.
Escribir, para no callar,
para seguir y poder salir
del interior profundo
que apaga mi dicha,
aunque a veces la encienda
alguna chispa.
Escribir, en la palabra viva,
en la palabra muerta,
y seguir sin prisas
tras las puertas abiertas.
Escribir, una forma de vida
tan cierta, como incierta,
y aqui sigo
con el alma encerrada
en forma de letra,
mientras las palabras
vuelan sobre mi libreta.

Ana Sánchez Taramón
Grupo C


No cuento con plan b por eso escribo
no tengo escapatoria ni salida
ante un papel en blanco se me olvida
todo lo feo, oscuro y negativo.

Mi historia sin poemas no concibo
parece que con ellos voy vestida
la herida entre sus versos no es herida
con ellos sueño, sangro, rio y vivo.

Difícil alejarse del embrujo
que desprenden las musas caprichosas
al esconderse en todos los desvelos.

Si no puedo escribir me desdibujo
y no encuentro el sentido de las cosas
que dan cuerda al vaivén de mis anhelos.

Aurora Zarco
Grupo B


Escribir

para despertar el alma
para sentir el aire
para descubrir la mañana.
Escribir
para contar mis sueños,
para dibujar una sonrisa
con la mirada.
Escribir
el susurro del rio,
el hipnótico vuelo de los pájaros,
el cielo rosa del crepúsculo,
la risa de un niño,
el ladrido de un perro en la noche.
Escribir
al amor,
al desamor,
a la esperanza,
Escribir
a la soledad,
a la ausencia,
a la vida.

Pedro Gómez Rodríguez
Grupo C


Escribo porque,,,

Una tarde decidí cerrar la puerta, dejar el taller, pero, me llegó la voz: “Levántate y anda”, retomo mi andadura, tarea nada difícil porque me gusta escribir.
Encuentro escritos sobre este tema de otros años, los releo, me gustan, sigo sintiendo lo que entonces dije, me plagio a mí misma y, hago un remix con mis textos.
Eloy Tizón dice que escribir, “se parece un poco a la felicidad” y, yo me pregunto ¿quién no se ha sentido feliz con sus primeros garabatos, la redondita, la u de uvas, la m de mamá, aprender a poner su nombre, la primera carta a los Reyes?
Cuando tuve mi primera pizarra,dos, tres años, descubrí, que si aprendía a hacer las letras y las juntaba bien, podía decir cosas sin hablar, aprendí la magia de las letras y, aprender a leer y escribir fue como un juego para mí.
Era una niña sola, sin hermanos, mi muñeca, el cuaderno y lapicero, eran mi mundo, hablando con ellos pasaba largas tardes, a ella le cambiaba de vestido, le daba de comer y, cuando ya estaba dormida cogía mi cuaderno, que aún conservo y que cuesta leer, las letras están emborronadas, el lapicero no ha aguantado el paso del tiempo. Ahí están mis primeras fantasías
Cuando fui a la Preparatoria en el Instituto, para hacer el ingreso, la Maestra nos mandaba redacciones, escribiendo esas historias volví a descubrir cómo con las letras, con las palabras se puede soñar, transmitir y sentir emociones.
En la época del Instituto leí mucho y escribía, laescritura era mi compañera imprescindible, a la única que contaba mis sueños, mis alegrías, mis desencantos, en ella me refugiaba y, ¡cómo me entendía!, los sentimientos salían, las palabras fluían y limpiaban m corazón,¡ me sentía tan feliz escribiendo!
Me di cuenta que para escribir había que leer mucho y tener un buen bagaje de conocimientos, la sensibilidad y el gusto por escribir, sí lo tenía, cuando haya vivido más, cuando sea más mayor, aprenderé,-me decía- esperaría, sigo esperando, eso sí, cuando escribo lo hago con mucha ilusión y con el corazón, disfruto mucho, en este momento de mi vida sigue siendo tan placentero como cuando garateaba mi primer cuaderno.
Y, pasa el tiempo, descubro en la escritura mi refugio, el folio en blanco que me acoge al que contar los sentimientos íntimos, las dudas, ese ir descubriendo la vida tan distinta a los cuentos en los que son tan felices,que todos comen perdices, esos problemas que ni a la madre “ con la hermosa pesadez”, sólo conseguía un NADA, de la que nos habla Martín Gaite, en Nubosidad Variable, me atrevía a hablar, son esas letras que al juntarse van formando palabras, ideas que nos ayudan aún sin darnos soluciones , a liberarnos de los nubarrones que hace que todo a nuestro alrededor lo veamos negro y, cuando el folio lo recibe, cuando nos hemos vaciado, se siente al sol resplandecer.
Luego está, cuando se sale de sí mismo, y se escribe sobre la niña que pide que le regalen pelitos blancos, para que su mamá pueda echar una cana al aire, o sobre un medicamento “Keledén”, en cuya composición hayparacerfeliz y tramailusión, o de “Las Sinsombrero”, o una carta a Gloria Fuertes, o se hace un espantapájaros, al que se le pone un corazón y, se meten unos poemas en su bolsillo, para cuando se aburra, o se escribe Blancanieves sin príncipe,o un texto en el que todas las palabras empiezan por T, escribí “Cuando lleguen los abrazos”, fue difícil, pero me ayudó.
Por todo esto escribo.
El Profe nos ha preparado un buen plan.

Inés Izquierdo
Grupo A


Solo escribo

Para saber si es más largo
el amor que el olvido.
Para conocer que hay más allá
de los sueños.
Para expresar lo que de palabra
callo y no digo.
Para volar muy lejos con tan solo
un papel y un bolígrafo.
Para buscar consuelo en un mundo
que no es el mío.
Para saber si la roca más dura
tiene sentimientos.
Para decir a los que todavía no han nacido
que fui un aprendiz de escritor
cuyo tiempo terminó
antes de llegar a serlo.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Quizá la actividad más humana

Escribo porque me satisface. Es una actividad solitaria, incluso en el taller rodeado de otros escribiendo. Historias imaginadas, fantasías, deseos vienen aayudarte. Te conviertes en quien no eres, eres quien quieres aparentar. Los otros son inventados, puedes imaginarlos a tu gusto, con el aspecto y la personalidad que desees.

Y todo esto lo puedes realizar con un lápiz y una hoja de papel.Sin la colaboración de nadie, si nos olvidamos de la muchedumbre que ha sido necesaria, siglo tras siglo,para la formación de nuestro pensamiento y que, con sus aportaciones, ha hecho posible nuestro vicio privado. ¿Qué más se puede pedir?

Después, en ocasiones, en una muestra de impudicia,damos a conocer el producto de nuestro pecado a mirones, muchos o pocos, conocidos o desconocidos, que individualmente se recrean en nuestro acto íntimo.

La escritura es una actividad muy humana practicada por onanistas, exhibicionistas y voyeurs.

Enrique Martínez
Grupo C


La mejor herencia

Hacía semanas que mi madre había perdido el habla.Y, con el habla, la mirada. Y, con la mirada, la expresión de unos ojos que, aunque abiertos casi permanentemente, parecían los de un ciego que mira sin mirar. Horas y horas postrada en aquella cama de hospital. Esperando a que el reloj de arena dejara caer la última mota, —un gramo, un miligramo tal vez, no importa—.

Yo iba a verla cada día con la terrible angustia de saber que en cualquier momento mi madre dejaría de existir. Me sentaba a su lado, al pie de su cama, le cogía la mano y, muy bajito, como si quisiera que solo ella me oyera, le preguntaba por su vida, quién fue y a quién amó, qué la hizo feliz y qué desdichada, qué sintió al saberse embarazada de mí y en el momento en el que me vio nacer, sus recuerdos de niña, sus sueños de adolescente, sus miedos…Necesitaba saberlo. Saberlo todo de la persona que me había dado la vida; no una parte, o vagamente. Detalles, pinceladas precisas y, sobre todo, palabras, palabras y más palabras. Pero mi madre había perdido el habla.Y cuando una fría noche de noviembre le pregunté: «¿cómo estás?», ella me contestó: «me muero». Eso fue todo. Solo recuperó el habla para decir eso. A las pocas horas, su vida se apagaría para siempre.

Hoy, casi veinte años después, aun sabiendo que se trata de un deseo imposible, sigo preguntándole a mi madrequién fue. Su respuesta, envuelta en una niebla cada día más densa, me llega en forma de recuerdos antiguos, fotos amarillentas, ecos de sus palabras, flases de sus risas, de sus gestos… y ni una sola palabra.

Nadie debería morir sin antes haber escrito un cuento o un relato, un ensayo o una novela, un diario, cualquier cosa. Da igual si escribimos bien o mal, con un estilo u otro, —sin estilo, incluso—, faltas de ortografía incluidas, errores sintácticos, palabras malsonantes… Porque cuando uno escribe, escribe lo que es. Y el relato o la novela o el diario o los poemas que escribimos son tan solo formas de expresar lo que somosy, como tal, nuestro mejor patrimonio y, en consecuencia, nuestra mejor herencia.

Por eso escribo. Para que cuando, como mi madre, antes de marcharme y no volver pronuncie —para mí o para quienes en ese momento se encuentren a mi lado— esas palabras: «me muero», aquellos que se queden puedan sentarse en el sofá de su casa, o en un banco del parque, o a la orilla del mar y, con solo leer lo mucho o poco que dejé escrito, saber quién fui.

José Manuel Romero
Grupo A


Escribo para dejar de sentir tanto dentro.
El proceso vital de ebullición,
cuando por mis venas fluyen las palabras, un caos de fonemas
y un desorden de verbos.
Como un gorgoteo de letras,
en maridaje perfecto,
de sintaxis
entre escribo y siento,
y emanan sílabas que serán verso,
poemas que serán intento,
solo intento,
de plasmar lo que vive aquí,
en el silencio.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


Por qué escribo

Desde pequeña he sido muy imaginativa y por supuesto sigo siéndolo.
Cada cuento que le contaba a mi hija, cuando era pequeña, eran inventados por mí.
Escribo porque siento la necesidad de expresarme de ese modo. Soy una persona muy insegura y muy dependiente afectivamente. Cuando tengo que tomar una decisión, preguntar previamente a personas de mi confianza. Pues bien, eso no me pasa cuando escribo.
A veces tengo la cabeza tan llena de ideas que quiero expresar, que incluso si ya estoy acostada, me levanto y escribo para mí.
Cuando escribo cosas emotivas lloro. Fundamentalmente escribo cartas a mis seres queridos, con motivo de una celebración ( cumpleaños ,navidad) y también cuando necesito decir algo.
Habitualmente, cometo el gravísimo error de no releer lo que escribo, pues creo que lo que escribo desde el alma es lo más puro. Sé que es un hábito que tengo que corregir.
He leído lo que han escrito algunos de mis compañeros en el blog y realmente me siento fuera de lugar. Espero aprender mucho pues es algo que me hace muy feliz y que es únicamente mío.

Isabel Gallego Rodriguez
Grupo A


Escribo porque de niña leí a K

Escribo porque de niña leí a Kafka y quise convertirme en escarabajo. Luego, al escarabajo le salió colita de cerdo y se fue a vivir a un terrón del Toboso. ¡Qué solo estuvo durante cien años! Escribo porque de jovencita quise ser farera, ermitaña en San Saturio y pastora en un verde prado de rosas e flores. Escribo porque leí Fahrenheit 451 y quise vivir en el bosque con los hombres libro, aprenderme de memoria Yerma o Ana Karenina o Los Hermanos Karamázov o Por quién doblan las campanas, antes de que los convirtieran en cenizas. Escribo porque quise viajar con Odiseo y recorrerme el piélago en trirreme, ser libre, libre como el lobo. Escribo porque las sirenas me llaman, sus voces antiguas, que siguen aquí y ahora, solo hay que saber escuchar. Y me llama Safo y me llama Teresa y me llama Emily y me llama Virginia y me llama Svietlana, y me llaman Lucía, Elena, Margaret, Alice, Gloria, Luisa, Jane, Mary... Escribo porque todas ellas, desde su soledad y la seguridad de la muerte, me mandan ideas en forma de versos que me despiertan por la noche, y he de aprehenderlas, coserlas con punzón de luz de lluvia, pegarlas, aunque sea con desapegos, para luchar contra el olvido. Es la única manera.
No me interrumpas. Tengo prisa.

Marisa Sánchez García
Grupo C

Le pregunté a Rosalía por qué escribía y me contestó que para olvidar la morriña y no llorar a cada instante.
Escribía, me dijo, porque los versos se filtraban en sus venas y porque la ciudad la asfixiaba. Soñaba mares, meigas y las palabras se enlazaban asonantadas con ritmo trepidante.
Escribía porque las voces hilvanadas la salvaban, me dijo, mientras se fijaban en la página en blanco.
Y los sueños románticos de su melancolía se filtraban en los escondrijos de mi cuaderno silencioso.

JB
Grupo C


Y tú, ¿por qué escribes?

Porque dejo que la escritura me sorprenda y se vierta en palabras que además
puedo borrar…

PSB
Grupo A


ESCRIBO PORQUE…
Motivos para la escritura

¡Escribo porque quiero!

Escribo porque quiero, porque sí, porque me da la gana, porque me apetece, porque me sale de ahí, de aquí o de allí, yo qué sé, pero siempre de dentro.

Escribo porque quiero, porque amo, porque siento, porque aprecio, porque estimo, porque admiro, porque adoro y, también, porque odio.

Escribo porque quiero, porque deseo, porque anhelo, porque espero, porque aspiro y porque ojalá.

Antonio Paniagua
Grupo A


Yo no escribo

Yo no escribo porque no se me ocurren motivos para hacerlo.
No escribo, plasmo lo que mi boca no es capaz de expresar.
No escribo, me conozco o descubro a alguien que me suele caer bien.
No escribo, me detengo y veo las cosas desde otras perspectivas.
No escribo, soy capaz de hacer sentir a otros no una vez, sino cada vez que quieran.
No escribo, me sorprendo a mí mismo.
No escribo, presto atención a detalles que, de otra forma, pasarían desapercibidos.
No escribo, paro el tiempo para ver los problemas con más pausa.
No escribo, veo el mundo mucho más fácil de lo que parece.
No escribo, empatizo y otros empatizan conmigo.
No escribo, vuelvo a lugares y momentos.
No escribo, imagino el futuro.
No escribo, me calmo.
No escribo, me ilusiono.
No escribo, me analizo.
No escribo, me emociono y me hago reír.
No escribo, reflexiono, crezco y me siento vivo.
En definitiva, no escribo porque las palabras se las lleva el viento.

Juan Salado
Grupo C


Por qué escribir

Porque es mi mejor terapia, casi no recuerdo cuando comencé a hacerlo, me gusta, forma parte de mí y me ayuda a ser mejor persona.
Crecí escuchando cuentos y versos de los labios de mi madre, con su voz suave me los narraba cada día con tanta ternura que llegué a creer que las palabras eran mágicas y solas tejían aquellas historias llenas de aventuras. Cuando comencé a leer sola, lo hacía en voz alta imitando la suya, buscando aquella añorada armonía que me llevaría al país de mis cuentos con mis héroes soñados.
Con la lectura disfruté y sigo disfrutando de esos mundos imaginarios que otros autores me prestan para formar parte de sus sueños. Mi vida se alimenta de historias leídas que reposan en el rincón de mi mente, desde ese lugar tan mío cobran vida y me empujan a hilar mi propia aventura, pero la magia de las palabras necesita del oficio de enlazarlas, esa técnica que una vez aprendida hace encender la la chispa que da fuerza a la obra convirtiéndola en única así puede embelesar al lector que la tendrá en sus manos y casi sin darse cuenta formará parte de ella. Por eso me digo : quiero aprender a escribir bien.

Ma. Teresa Benéitez Ibáñez
Grupo C


¿Por qué escribes?

Esta vez la pregunta de Raúl se escapó de los muros de la Casa de las Conchas y, volando como un moscón inoportuno, se coló en mi dormitorio zumbándome en los oídos al poco de despertar: ¿Por qué escribes? ¿Por qué escribes?

Remoloneé un poco mientras trataba de hallar una respuesta, pero se me fueron enredando los pensamientos entre los pliegues de las sábanas y en el momento de levantarme aún seguía sin saber qué contestar. Sin embargo, un poco más tarde, cuando miraba mi cara soñolienta en el espejo del baño me llegó la iluminación. Saqué a toda prisa el cepillo de dientes de la boca y, esgrimiéndolo como una espada, exclamé: Las matemáticas.

Tranquilos, no me había vuelto loco. Dejadme que os explique.

A pesar de las reconvenciones de mi familia, siendo un niño caí en las peligrosas seducciones de la Aritmética y de la Geometría. Pasado el tiempo, ya podéis suponerlo, di con mis huesos en la Facultad de Ciencias estudiando lo que pomposamente se llamaban Ciencias Exactas. Como penitencia de semejante crimen, fui condenado durante casi cuarenta años a enseñar cosas como el teorema de Pitágoras, los misteriosos logaritmos y las denostadas integrales. Sigo sin arrepentirme y sin propósito de enmienda.

Pues bien, justamente esta mañana, con la boca rezumando espuma vine a darme cuenta de que buscaba en la escritura las mismas recompensas que en las Matemáticas. Y eso explica con total seguridad, por qué, en mi quehacer literario menudea más la agonía que el gozo.

Dadme un poco más de tiempo. Todo esto suena raro, pero voy a haceros ver que tiene sentido.

Estoy convencido de que escribo para lograr que mis textos sean elegantes, contundentes y precisos. Sí, la misma elegancia que posee una demostración geométrica o la contundencia de un teorema algebraico o la precisión de un razonamiento lógico. Y aquí reside mi aflicción, que nunca tengo por seguro haberlo conseguido. Porque la Literatura adolece de algo intrínseco a las Matemáticas: la certidumbre. Nadie se atrevería a cambiar una letra del teorema de Thales, pero todos nos sentimos capaces de enmendar una coma hasta al mismísimo Cervantes.

Por eso, solo unas cuantas veces, pocas, tras mil dudas y correcciones, alcanzo a dar por concluido un relato en el que creo haber rozado la perfección. Me parece haber conseguido contar exactamente lo que quería, y con el tono, el vocabulario y la precisión deseados. Entonces siento una enorme dicha. Exactamente la misma que cuando, tras varios días de pelea, consigo resolver un problema matemático. Ni más, ni menos. Claro, en el resto de las ocasiones, las más, peno por el resultado obtenido.

Lo sé, lo sé. Algunos os habréis llevado las manos a la cabeza ante semejante comparación. Sin embargo, os aseguro que no somos pocos los que sentimos un enorme bienestar en el instante en que logramos colocar todas las piezas de un argumento que demuestra de modo inequívoco una tesis matemática.

Pues ese es el bienestar que busco yo escribiendo y que logro en muy contadas ocasiones. Y esta no es una de ellas, por cierto.

Rebaja entonces tus expectativas, me diréis.

Sea, con muchas reticencias voy a dar por cierto lo que decís y a proponerme haceros caso en el inmediato futuro. A partir de ahora no voy a exigirme una perfección que, por otra parte, nunca tengo de certeza de haber conseguido. Y lo voy a hacer aun sabiendo que al seguir vuestra recomendación es seguro que el éxtasis nunca será completo, aunque, eso sí voy a reconocéroslo, de esa manera, se aligerará la carga de sufrimiento que me acarrea la escritura.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Tras la escapada

Huelo la humedad. Estoy flotando en el lago de las musas. Me siento formando parte, del interior del meollo, del momento más bello que recuerde haber pasado jamás.
Calíope cesa repentinamente de acariciarme. Terpsicore viene hacia mí acompañada de Euterpe que tañe una lira con velas verdes y rojas sibilantes. Tras ellas, anunciando infortunio, Melpómene con dos palas relucientes en sus manos.
El fluido viscoso que pringa mi pecho, se va evaporando al paso de la corriente de la brutal descarga que recibe. En mi cerebro se siembra la duda: “¿Deberé algún recibo de la luz?” La idea de la deuda, no satisfecha, comienza a taladrar mi cabeza hasta rebosar, como espuma de cerveza, y se derrama por las paredes cristalinas de mi torso.
Siento mi cuerpo como vaina de guisante con cremallera, que se va deslizando, mientras mi yo real sale de ella flotando. Desde la altura, veo a musas y faunos con batas, afanados alrededor de una cama, en la que yace una figura familiar, repleta de cables y tubos conectados a aparatos, corolados de lamparillas de colores, que acomodan su intenso destello al compás de los angustiantes pitidos que emiten.
Emprendo un vuelo ubicuo, preñado de olas de imágenes que vienen montadas en montañas rusas, para romper su vértigo ante el acantilado de mi conciencia.
Tras un trepidante desfile de sucesos pasados, mi foco se centra en una reunión clandestina. Cierro los ojos para degustar una lectura de “La mosca de pueblo II” a la que asisto invitado por su autor, mi amigo y colega Oscar. M. Revientan las puertas. Ladran órdenes que algunos protestamos y pedimos explicación. Responden con una ráfaga de disparos que horada las vetustas molduras del techo de la sala. Alguien corta la corriente.Trato de salir de aquella ratonera orientándome hacia la salida; pero, un altavoz que vocea la historia de un tesoro escondido, me confunde. Tropiezo y caigo envuelto en un estrépito de cristales.
Desde mi nube, observo cómo los de Unidad de Delincuencia Literaria, se los llevan esposados. Entiendo la tortura de la que van a ser objeto, al ver como les ponen las capuchas con la siglas del PELD (poetas, escritores y lectores, disidentes). Me conforta el hecho de que, al menos, no tendrán que exponer su incipiente calvicie (o los fallos de tinte), a la irreverente mirada del vulgo apesebrado.
Estoy en el espacio exterior, donde ni siquiera llega el brillo de las estrellas, rodeado de la más absoluta oscuridad. Ante mí, inmensas galaxias de puro azabache que, tras agitar mis dudas comienzan a reflejar un tenue fulgor. Se desplaza dibujando una espiral. Va conformando un tubo resplandeciente, que me absorbe de forma irremisible a su interior.
Al final del túnel, unos seres de luz sin facciones definidas (probablemente de la compañía eléctrica a la que supuestamente debo el suministro) que, sin embargo, me hacen sentir la eterna pertenencia a esa vieja familia de eónes. Me rodean y deliberan, hasta que uno, cuyo rostro se transforma en el mío propio, sentencia: “ Todavía no es tu momento, debes volver”.
Siento el dolor de la reentrada en mi cuerpo. Trato de hablar, pero tengo algo en mi boca que me lo impide y me arde la garganta. Intento moverme. Estoy atado y me encuentro confuso: “¡No puede ser!¿Todo esto por un puto recibo?”
Vuelven a mi mente viejos y amables recuerdos de otros tiempos, en los que te enviaban al cobrador del frac, cuando incluso podías decidir apagar el televisor al empezar Juego de Tronos, sin ser tildado de rancio, y leer un libro objetivo de historia. Cuando algunos, digamos, Elfos metidos a políticos, no habían abandonado aún los ropajes de la democracia para convertirse en Gollums.
Tras un tiempo indeterminado de terco silencio, comienzo a oír una extraña conversación:

– Parece que han pillado al núcleo duro.
–Es igual, verás cómo cuando vean que al fantasilemico no le caen ni dos años, proliferarán las CDEI ( células de escritores incipientes) como hongos.
–Ya, pero, es que ese se libra por colaborar. Es de justicia.
–¿Y éste?. Lo tiene crudo
– No creas. Si sale vivo, después de la cárcel, escribirá un libro contando la experiencia, marchará al exilio y llegará a diputado de la disidencia. El eterno ciclo de Samsara.
–¿De San quién? ¡Joder!, ¡Faundez cállate! Cualquier día nos van a trincar los de asuntos internos.
Ambos guardaron silencio y comencé a abrir los ojos. Eran gente de aspecto gris, vestida con monos negros. Policía de Represión del Pensamiento Libre (PRPL), seguramente.
Entraron dos personas. Uno, ante el que se cuadraron mis guardianes, iba revestido, tan solo, de un costoso traje de excelente alpaca; portaba en una de sus solapas la insignia del PRU( Partido de la Razón Única ) y en la otra la de la AFM (Agenda del Futuro Milenio). El otro, con la habitual bata blanca, sobre cuya pechera, caían los extremos de un fonendo, que llevaba colgado al cuello.
El de traje, le preguntó al de la bata: — “¿Cuándo podrá hablar?” El de blanco, después de darme los buenos días, sacó una pequeña linterna con la que observó la reacción de mis pupilas, al tiempo que me indicaba que tratara de seguir el pequeño rayo con mis ojos.
—“Cuando pueda respirar sin ayuda, contestó”. Y dirigiéndose a mí, con cierta retranca, me dijo:—“¡Anímese hombre! Ya ha vuelto a la vida”. Ambos se fueron.
A pesar del estado de estupor e impotencia que me invade, mi experiencia me hace capaz de distinguir al formado del deforme, al ducho del sicario, al servidor del cínico.
Barrunto que es la oscuridad lo que me ata aquí… y no la luz.

Calgari
Grupo A


Escribo porque las noches son muy largas...
Porque las mariposas blancas no revolotean y las hormigas han olvidado el bosque.
Escribo por las lágrimas azules y las risas contagiosas...
Por los techos de cristal, por las paredes agrietadas.
Por la lluvia amarilla.
Escribo por los ríos que desembocan en mi pecho, sin hallar mar en el que desembocar.

Eva Hernández
Grupo A


Escribo porque sí. Escribo, ¿por qué no?

Creo que escribir es algo inherente a mí, porque me recuerdo escribiendo desde siempre. Recuerdo los diarios que escribía con 7 u 8 años, y que aún tengo guardados. Y las cartas que me mandaba con mis amigas en el colegio, o con mis amigos, que vivían fuera, por correo postal. Las historias que escribía cuando iba a quinto o sexto de primaria, y aquel cuento que publicaron en la edición de Navidad de la revista del cole.
Pero, aunque me recuerde escribiendo desde siempre, el verdadero hábito de escribir me nació con “La Sorpresa”, una serie de relatos que he releído estos días, y que no eran más que el vínculo que me ha unido toda mi vida a mi grupo de amigos de verano.
Sí, por eso escribo. Escribo porque empecé a escribir “La Sorpresa” con doce años, y mantuve la escritura de esos relatos hasta los quince, cuando dejé de ver a esos amigos, cuando ese grupo se rompió.
Escribo porque el año siguiente fue el peor año de mi vida, entre otras cosas porque ellos ya no estaban, y escribir era lo que me mantenía fuerte, lo que me daba fuerzas para levantarme de la cama y enfrentarme al día.
Escribir era mi vínculo con ellos. Gracias a la escritura he llegado donde estoy ahora, y no puedo ser más feliz. 

Mª Ángeles Garcia Franco
Grupo A


Primero confesar que no escribo, y después podre decir que me anime a este taller, por mi amigo Enrique, por pertenecer a una actividad grupal con un nombre tan interesante, y después al escuchar a Raúl Vacas, me sentí pequeñita, pero decidí tomar asiento.
Que me gustaría, pues disfrutar, aprender disfrutando. Y si puedo que seguro que sí, empequeñecer a ese juez interior que tengo y dar rienda suelta a mi interior, serme fiel, conseguir perspectiva, ordenar en mi interior y cuando lo lea, este conforme. Se que hay mucha ambición en este me gustaría, pero que por soñar que no quede.

Lola San Cayetano
Grupo C


El poder de la escritura

La pregunta es ¿por qué escribo? Pero, ¿por qué no hacerlo? Si la escritura es alimento del alma.
Escribo porque tiene un poder transformador. Es a través de la escritura que me reinvento. Me deshago y me rehago. Soy libre para ser quien quiero ser.

Marta Lozano de la Fuente
Grupo C


A través de Oriente

Cierto día, un sabio de Samarcanda, quiso saber porque los humanos sienten a veces la necesidad de escribir. Pensó que la respuesta sería más genuina, si se la diera una persona que no pudiera hacerlo por sí mismo. Viajó hasta Damasco y buscó entre los ajusticiados por robo, pero nadie quiso ayudarle. Por fin, le indicaron la residencia de un poeta, que carecía de manos desde su nacimiento. Llegó hasta la casa del poeta manco, y le pidió permiso para explicarle su cuita. Una vez que el tullido escuchó por boca del sabio de qué trataba su estudio, estuvo de acuerdo en colaborar con él. —Sobre qué quieres preguntar, le dijo. —Me gustaría que me dijeras, por qué escribes. —Bueno comprenderás que yo no lo puedo hacer (dijo mostrando sus muñones), pero siempre tuve esa necesidad. Hasta que alguien, que tenía la necesidad de escribir me encontró, no pude sino declamar mis sentimientos. —Y, ¿te servía de algo recitar? —Por supuesto, de esta manera fue cómo se enamoró de mi la mujer de mis sueños, madre de mis hijos, llama de esta casa y dueña de mi corazón. Sin pretenderlo, al poner en palabras mis sentimientos más profundos y transcribirlos, vino a mi todo lo que mi alma anhelaba. El sabio le pidió consejo para seguir con su búsqueda y el poeta le dijo:—“Ve donde haya gente, que como yo, tenga problema en hacerlo. “Nadie mejor que el que tiene carencias, sabe de la importancia de lo que no tuvo o lo que perdió”. El sabio siguió su consejo y por indicación del anfitrión, marchó hasta el hospital de escribas de Bagdad. Al día siguiente se presentó ante el Gran Tabib del hospital, y le entregó la carta que el poeta de Damasco le había dado. El médico le llevó a una sala en la que se encontraban un hombre, que quedó tempranamente sordo, un ciego de nacimiento y un sordomudo. Rezaron juntos unas preces, para agradecer el hecho del encuentro. El sabio comenzó por presentarle la pregunta escrita al sordo:”¿Tú escribes? y ¿Por qué? El sordo le contesto que sí. Escribía con sus propias manos. Sobre todo notas musicales. Lo hacía, dijo:” Para adornar mi vida, y las de los que me rodeaban, de los sonidos que habitan mi mente, y en los que jamás había reparado antes de quedar sordo”. El sabio le dio las gracias. Se dirigió al ciego y le hizo, de palabra, la misma pregunta. Este, le informo que escribía aunque con bastante dificultad, con sus propias manos, y le dijo:--”Generalmente rimo versos de sucesos que, por su importancia, o por la conmoción que suscitaron, han dejado huella en la memoria de los creyentes, y yo los congelo en el tiempo a través de mi copla. Los transmito de esa forma para que vayan de boca en boca por las plazas, los mercados o en reuniones de amigos y familiares y sirvan de memoria colectiva. Le dio las gracias al ciego, pero este le interrumpió y dijo:--”También, cuento las impresiones que recibo al percibir un determinado olor, o mi tacto se desliza por un objeto que me dice algo especial, también cuando oigo una conversación o escucho tocar una música que me mueven a hacerlo”. —Y tú ¿por qué lo haces?, le preguntó al sabio. —Yo, como tú, trato de que no se pierdan conocimientos y por ello los escribo para que puedan ser consultados generación tras generación. Ambos se hicieron una leve inclinación de cabeza. El sabio entonces, poniéndose enfrente del sordo mudo para que éste pudiera leer bien su boca, le preguntó por qué escribía. El Sordomudo comenzó a presentarle ante sus ojos respuestas escritas que iba extrayendo de un cofre que portaba, como: “No puedo hablar”, “Habla despacio mirando a mis ojos” o “Mueve más tus labios”. Por fin, parece que encontró las que contestaban mi pregunta y que rezaban: “ Necesito escribir para expresar todo lo que quiero decir y no puede salir de mi boca”. El sabio observó que su escritura, aparecía garabateada de forma apresurada y así se lo manifestó por gestos. El sordomudo buscó la contestación:—“ siempre he temido morir pronto, pues tengo una salud muy débil, por eso escribo rápido” “Temo que la Parca venga tan de improviso, que no pueda llegar a escribir mis últimas palabras” El sabio satisfecho con la información que había recibido, comprendió que era el momento de regresar a Samarkanda.

Calgari
Grupo A


Escribo porque...

Yo escribo porque me cabreo con las musas.

Ramón Sánchez Rodríguez
Grupo B


Escribo porque…

Comparto con amigos, que están al otro lado del papel, que no conozco y tal vez nunca conoceré. Las cartas que escribo desde mi pequeño pueblo castellano son viajes sin salir de casa. Siempre escritas a mano, porque la pluma conecta mejor con el corazón y sirve de medio para expresar los sentimientos.
Unas cartas viajarán cientos de kilómetros, otras miles de kilómetros, con destino a lugares tan lejanos y poco conocidos como el lugar donde vivo y escribo.
El largo viaje de las cartas hace que sea un encuentro entre dos tiempos separados por semanas.
Una carta es la expresión de la tangibilidad de un diálogo.
Y como diálogo que es el acto de escribir cartas, también llegan a mi buzón; a veces desde países muy diferentes, con preciosas historias en su interior y en sobres primorosamente decorados que anticipan su contenido antes de abrirlos. Es una conexión sin fronteras.

Jesús Cabanillas
Grupo A


Por qué o para qué escribo

Borro más que escribo para fijarme y adquirir la destreza de convertir ensignos el huidizo pensamiento que como un enjambre de abejas me acompaña, en la agridulce certeza de que,aunque ese viaje no lleva a ningún sitio,tengo que hacerlo para cansarme, perderme y al final estarlimpita.
Borro más que escribo para no añadir otras mentiras al mundo diciendo que el rey no está desnudo.
Escribo para leerme porque en ese transito está la nada.
Difícil es que lo que digo no resulte hoy en día “autoayuda”; pero no, nadade esobusco. Mecuesta escribir porque hace falta un punto de vista y creo que es un peligro,tanto el parecer triste y que te lluevan terapias y terapeutas como el mostrarte feliz, y tener que hacer de gurú para alegrar la vida a la legión de tristes que poblamos este mundo. Las dos opciones son sospechosas y paralizan mi escritura.

Sagrario MB
Grupo B


Esto no va a quedar así

A su paso por uno de los pasillos de la comisaría, un empleado de mantenimiento deja caer una nota entre los barrotes del calabozo de los integrantes del Taller de Escritura Clandestina, recientemente desmantelado. Uno de los integrantes coge la nota y lee:
"Seguimos al pie del papel. Os sacaremos de ahí. Nos reuniremos el lunes 9 de octubre con el siguiente orden del día:
1. Utopías medioambientales: ¿puede la escritura contribuir a construir futuros justos y habitables?
2. Diarios: ¿nos gustará leerlos cuando seamos mayores?
3. Nuevo punto: ¿cómo usar la fantasía y la inventiva para fugarse de un calabozo?
Tendréis noticias nuestras."

Julia Díez
Grupo A


¿Por qué escribo?

Escribo por amor, por amor a las palabras. ¡Me enamoran, me apasionan, me sanan, me miman, me calman!
Las palabras mitigan mi dolor cuando tengo en carne viva el alma. Son mis mejores aliadas en los momentos de crisis. Porque están vivas y me contagian.
Escribo como terapia, terapia contra el abatimiento, contra la tristeza que, en ocasiones, se encarama a mi alma amenazando con dejármela maltrecha. La tristeza que extraigo a golpes de palabras.
Amo las palabras en orden y desordenadas. El sonido equilibrado de las sílabas revoloteando en mi cabeza. A veces evocadoras de emociones intensas, vividas o deseadas. A veces, juguetes banales sin más finalidad que el gozo y la diversión momentánea.
Amo leer para mis adentros lo que me sale de tan dentro. Fuente de placer, sublime orgasmo de palabras cuando consigo ensartarlas bien en los renglones.
Escribo por hedonismo. Por necesidad. Por rabia. Por el gusto de manipular entre mis dedos un lapicero o un bolígrafo o las teclas sonoras del ordenador: clic clicclic…
Y tachar, borrar, limar, modificar, imaginar. Porque todo lo que soy capaz de sentir, se puede materializar en frases hilvanadas. Creo. ¡Creo en el significado las palabras!
No escribo pensamientos, escribo sentimientos. Sin pretensiones… ¡Y me basta!

Ibone Bueno Vicente
Grupo C


Escribo cuando tengo ganas, y hoy, no me apetece.

Luis Iglesias
Grupo B


Porqué o para qué escribo

Borro más que escribo para fijarme y adquirir la destreza de convertir ensignos el huidizo pensamiento que como un enjambre de abejas me acompaña, en la agridulce certeza de que,aunque ese viaje no lleva a ningún sitio,tengo que hacerlo para cansarme, perderme y al final estarlimpita.
Borro más que escribo para no añadir otras mentiras al mundo diciendo que el rey no está desnudo.
Escribo para leerme porque en ese transito está la nada.
Difícil es que lo que digo no resulte hoy en día “autoayuda”; pero no, nadade esobusco. Mecuesta escribir porque hace falta un punto de vista y creo que es un peligro,tanto el parecer triste y que te lluevan terapias y terapeutas como el mostrarte feliz, y tener que hacer de gurú para alegrar la vida a la legión de tristes que poblamos este mundo. Las dos opciones son sospechosas y paralizan mi escritura.

Sagrario MB
Grupo B