El mar será

Esta semana en el taller de escritura creativa de la Casa de las Conchas "nos ocupamos del mar", como dice la canción de Alberto Pérez en aquel mítico disco de "La mandrágora": "nos ocupamos del mar / y tenemos dividida la tarea / ella cuida de las olas / yo vigilo la marea". 
Nos saludamos al entrar con un "ola", así, con minúsculas, para acercarnos después a la orilla y adentrarnos poco a poco en el agua. Es lo bueno que tiene la imaginación, que uno puede sentir que llega a nado hasta ultramar.
De eso hablamos, de imaginar el mar, de rememorar el momento en que lo descubrimos, de cómo pensábamos que era antes de descubrirlo, de los que aún no lo han visto. Dice José Luis Morante que "Siempre que descubro que alguien no lee pienso en esa gente que no ha visto el mar". Y así es.
La voz de Juan Carlos Mestre nos regaló una poética "Lección de geografía" con la que iniciamos nuestro periplo. Pablo Neruda, poeta marítimo, nos meció con sus palabras con su "Oda al mar". Algunos recordaron la escena de "El cartero y Pablo Neruda" en que el poeta recita al cartero algunos de sus versos y este improvisa su primera metáfora.



Acuarela de Cesc Farré


Mostré el libro Mares y cielos con acuarelas de Cesc Farré a las que un grupo de escritores y escritoras pusimos nuestros textos. Cesc es uno de los grandes especialistas en el tratamiento del mar con acuarelas. Podéis escucharle y disfrutar de una pequeña muestra de sus trabajo en este vídeo.
Iniciamos después el recorrido de los textos recogidos en la ficha de trabajo con el poema de Mario Benedetti titulado "El mar": en él se pregunta qué es el mar, por qué seduce, por qué nos tienta, por qué nos fascina. El poema dio pie a la conversación. Algunos afirmaron que sienten fascinados con su inmensidad (¿Cuántos ríos caben en ese mar? -eso le preguntaba María Victoria a su madre cuando era pequeña), otros por mostraron su fascinación por su color (una variada gama cromática que va del más intenso azul al verde más transparente), otros por su ruido (ese gran motor que no descansa nunca) y la mayoría por su misterio.
Leimos a continuación un artículo titulado "Imaginar el mar con Pavese" para certificar que no es necesario conocer el mar para imaginarlo. En el cuento de Pavese el protagonista se lo imagina como un cielo sereno visto a través del agua. Después comentamos el texto "El mar en todas partes", una preciosa historia que encontré en la Revista Clarín y que forma parte del libro El idioma marterno. Después pusimos en común los pecios recogidos en de la ficha y hablamos de nuestro primer encuentro con el mar.
La última parte de la sesión la dedicamos al cuadernillo que el maestro catatán Antoni Benaiges hizo con los niños y niñas de la escuela de Bañuelos de Bureba: "El Mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca". La historia de este maestro fue rescatada por el fotógrafo Sergi Bernal. Lo cuenta en su blog, donde, además de éste, están los otros cuadernos que el maestro hizo con los niños en la escuela y que se pueden descargar para imprimir. La editorial Blume ha publicado recientemente en una maravillosa edición los 13 cuadernos:

Cuando llegué a Mont-roig del Camp en 2010 para entrevistar a la familia Benaiges, los dos sobrinos nietos de Antoni: Elisa y Jaume me esperaban con aquello que habían conservado durante años: eran recuerdos y objetos que los relacionaban con el tío desaparecido en la guerra: todo lo que conservaban de él se encontraba en el interior de una pequeña caja de cartón: algunas fotografías, entre ellas la del maestro con sus alumnos, una carta manuscrita en tinta roja y 13 antiguos cuadernos, impresos con prensa Freinet en la escuela de Bañuelos de Bureba y redactados por los propios escolares.

La historia de Benaiges la cuenta Alberto Conejero en el libro homónimo. Xabier Bobés hizo un maravilloso espectáculo de teatro de objetos con el mismo título y que yo pude disfrutar en el Teatro Abadía con un coloquio posterior con el actor Sergi Torrecilla y el fotógrafo Sergi Bernal. Aquí tenéis más información sobre el espectáculo, así como el teaser, y aquí el coloquio posterior. La historia también fue llevada al cine bajo la dirección de Patricia Font con el título de "El maestro que prometió el mar". 
Y el Museo Marítimo de Barcelona hizo una exposición interactiva que podéis ver en este enlace (puedes moverte con el ratón o el cursor por las diferentes propuestas)

El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca. contiene los textos de los escolares en los que reflejan cómo se imaginan el mar, sus miedos y sus sueños. Ninguno de los niños lo había visto nunca. El maestro les promete que aquel mismo verano del 36 los llevará a Cataluña para que lo conozcan. Esa promesa quedó incumplida por que un 25 de julio fusilaron al maestro.
Presentamos aquí algunos de esos textos:

I
El mar será muy ancho y muy grande. Pero sobre todo hondo. El agua estará más caliente que la de los ríos. Y debe ser muy salada. El mar es donde se va a baños. Por él pasan los barcos. Al lado habrá alguna casilla, para secarse cuando salen de bañarse. En la orilla debe haber arena. Anita Ortiz

II
El mar es muy grande y para pasar a otro pueblo hay que pasar en barco y me figuro que a veces estará más de una hora. José Cuesta

III
El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo. La gente va allí a bañarse. Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos. Yo digo que no voy a ir, porque tengo miedo que me voy a ahogar. Lucía Carranza.

IV
El mar será muy grande, muy ancho, muy hondo. Dice Fernando que será como de Vallejopablo al cerro de Quebrantamolinos de ancho, metros y metros de hondo. Antonio García


Propuestas de escritura

1. Durante  el trascurso del taller hicimos la siguiente propuesta: En el libro de Esteban Peicovich Poemas plagiados aparece este texto con el título de "Poesía":
Mar del frío, mar de las lluvias, mar de los vapores, mar de las nubes, mar de la humedad, mar de la serenidad, mar de la crisis, mar de la fertilidad, mar de los néctares.
(Nombres dados por la ciencia a distintas zonas de la cara de la Luna que se ve).


Además de los citados por Peicovich existen otras mares en la luna: Mar de la Serpiente, Mar Austral, Mar Conocido, Mar de Alexander von Humboldt, Mar del Ingenio, Mar de las Islas, Mar Marginal, Mar de Moscovia, Mar Oriental, Mar de William Henry Smyth, Mar Espumoso, Mar de la Tranquilidad y Mar de las Olas. Hay también una región lunar que se clasificó como mar Mare Desiderii (Mar de los Deseos), pero ya no lo es.
Beaiges invitó a sus niños a imaginar el mar y escribir sobre él. Yo os invisto a que eligáis uno o varios mares y escribáis sobre ellos. Mi promesa de llevaros a ver esos mares también quedará incumplida. Los viajes a la Luna son escasos y me imagino que muy caros. 

2. Para casa propusimos un texto (poema, microrrelato, cuento breve...) inspirado en el mar. 


Estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Este mar

Este mar tan azul,
que parece un espejo en las postales
al reflejar la luz sobre su espuma,
es un ogro sin alma
que se lleva entre sus garras la inocencia.

Este mar, que no entiende de anhelos,
solo aspira a arrastrar en su locura
todo lo que se le ponga por delante.

Este mar, cabalga poseído por la rabia
y le cierra los párpados
a aquellos que se atreven a imaginar
que existe un mundo nuevo en la otra orilla.

Este, el mismo mar,
que besa mis tobillos,
es un fantasma cruel
que juega a sepultar sueños por las noches.

Aurora Zarco
Grupo B


Primera visión del mar

Tenía 17 años cumplidos, cuando vi el mar por primera vez.
Casi todo en la vida tiene una explicación, y en mi caso es muy sencilla. Vivir en un pueblo del interior, estudiar en el pueblo, y trabajar en el verano en el pueblo, para poder luego ir a estudiar más tarde a la capital. Vacaciones, excursiones, salidas al extranjero, como hacían otros compañeros, como que no.
Un cúmulo de circunstancias, originó la primera visita a conocer el mar. Un primo mío que trabajaba en Alicante, ese año acudió a la fiesta del pueblo, que se celebraba a primeros de junio, y mis padres dejaron que mi hermana, que por entonces tenía 10 años, se fuera con ellos a pasar unas pequeñas vacaciones.
Claro, alguien debería ir a buscarla, y me tocó a mi, y nada más acabar el curso, en Alicante aparecí, después de coger no sé cuántos autobuses.
Aquí no acaba la cosa, mi experiencia con el mar, !fatal!, primer día que me llevan a la playa, sin darme ninguna crema, yo que soy blanco de piel, y con el aire calentorro que hacía, ¡me quemé !, sobre todo la espalda. Durmiendo boca abajo, cinco días, en carne viva, me pelé, se me pegaba la camisa a la piel. Cuando me recuperé un poco, volví al pueblo, con mi hermana protestando por regresar tan pronto.

Luis Iglesias
Grupo B


Mar

Mar condenado a la huída, mar adentro, mar sediento,
mar de dudas, mar sin tiempo.
Mar abierto, desgarrado,
vas y vuelves, traes y llevas,
caracolas de silencio.
Mar sin miedo, mar de besos, mar de veranos y juegos,
de ríos precipitados
y de barquitos veleros.
Mar de azul envuelto en agua,
lleno de olas presurosas que se rompen a destiempo.
Mar de brisa, mar de arena,
mar de risas y recuerdos,
Mar revuelto y tenebroso,
que mata sin pretenderlo.
Mar de sombra, mar de luna,
mar dormido, mar eterno.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Nana del mar

Si vamos al mar
Podremos pescar
Espuma en un cubo
Y algún calamar.

Si vamos al mar
No puedes llorar
Que el agua no ahoga
Te quiere abrazar.

Si vamos al mar
Podremos cantar
Canciones de brisa
Con gotas de azahar.

Si vamos al mar
Podremos jugar
Con arena y viento
Mezclado con sal.

Duérmete mi niña
Y ven a buscar
Caracolas nuevas
Repletas de mar.

Pilar Sánchez barbero
Grupo A


Mi mar

El maestro nos leía sobre el mar. Ninguno de nosotros conocíamos el mar. Todos teníamos una vaga idea. Mar embravecido. Mar en calma. Olas incansables. Buscar conchas por la playa. Bañarse. Castillos de arena. De vuelta a casa, sin libros ni televisión, esa vendría más tarde, solo podía imaginar mares. Todos los mares posibles. Grandes, pequeños. Azules, verdes, marrones, grises.

Vivíamos en la casa del vaquero, en mitad de la gran finca en la que mi padre trabajaba en el oficio. La escuela y el rato que jugaba con los amigos ocupaban mi único tiempo en el pueblo. El resto lo empleaba en descubrir los rincones de la finca, en compañía del hijo del otro vaquero, que tendría unos cuatro o cinco años más que yo. Un día, después de una semana entera en que yo no había dejado de hablar del mar, él me dijo muy serio —Mañana voy a llevarte a conocer el mar—. Me entusiasmé con la idea. Nada más volver de la escuela me preparé, fui a su casa corriendo, le llamé y emprendimos el camino. Me llevó por sendas conocidas hasta un espeso robledal en el que nunca había entrado.—¿Tienes miedo?— me preguntó. Yo nunca lo había tenido en el campo en el que me había criado, pero aquella parte era nueva para mí y sentía un ligero cosquilleo, pero respondí con un rotundo —¡No!—. Atravesamos el robledal, subimos a un cueto, bajamos por unos empinados escarpes, llegando a un magnífico encinar. Nos adentramos en él. Después de caminar durante un buen rato, escondido entre encinas centenarias, pude finalmente descubrir el mar. Era enorme, nunca había visto tanta agua junta. Al otro extremo, los árboles parecían pequeños carrascos. El mar estaba en calma, no había olasni se veían las gaviotas que describía el libro del maestro. Pero era grandioso y lleno de vida. Con mis pocos años, el mar no me defraudó.

Cuando el maestro nos mandó redactar una descripción del mar, yo lo hice de la siguiente manera:

“El mar tiene mucha agua y es muy tranquilo. No tiene olas, como los mares de los libros, ni ballenas, ni gaviotas, ni algas, ni es salado. Tampoco hay arena, ni bañistas. Pero el mar tiene vacas y ovejas bebiendo en la orilla, pueden verse jabalíes a lo lejos, hay tencas, garzas, patos y nutrias, pero estas casi no se dejan ver. También hay ranas y culebras”. El maestro me dijo que estaba muy bien y que yo tenía mucha imaginación, ya que mi mar se parecía más a una charca que a un mar de verdad.

Cuando años más tarde pude ver el mar por primera vez, me pareció grandioso, vivo, misterioso, bellísimo, pero no me produjo la misma emoción intensa que me produjo la visión de la gran charca de la finca de mi niñez.

Manuel Medarde
Grupo A


El Mar

Espacio infinito
entre el cielo y la tierra
que embriaga y cautiva
a quienes lo admiran,
desde la orilla.

Con su danza
de arena y olas,
te enamora y te acuna
con su armoniosa música.

Testigo de aventuras
y desventuras
de intrépidos navegantes
en busca de fortunas
y de sangrientas batallas,
entre griegos, romanos y persas.

Majestuoso e inmenso,
sereno e impetuoso,
salvaje y poderoso,
libre desde el principio
de los tiempos.

Nosotros, los de tierra adentro
tan solo somos
islasa la deriva,
en un mar de piedra,
sin olas
ni mareas.

Marian Pérez Benito
Grupo A


La Poza

“Vaya poza” dijo la abuela al vislumbrar el mar a lo lejos. A medida que se iba acercando salían de su boca expresiones de asombro. Pero cuando tuvo el agua a sus pies enmudeció. Su garganta no fue capaz de producir más palabras. Los ojos gobernaban su cuerpo y su mente y solo daban paso a la mirada hipnótica que se proyectaba hacia el horizonte. Allá, en lontananza, un minúsculo barco navegaba mar adentro. Le dio vértigo. Y se volvió de espaldas para no marearse.
La abuela no había visto nunca el mar. Tenía más de sesenta años cuando su hijo la llevó a orillas del Cantábrico. El contraste de aquella inmensidad con su reducido mundo interior la empequeñeció aún más y sintió miedo. “Vámonos, hijo” pidió, por temor a los monstruos que pudieran surgir de aquella masa de agua en movimiento.

M. Maxi Moreno 
Grupo B


Mares de la luna

Se me antojó cómo sería el Mare Desideri pero una ola zigzagueante proveniente del Mar de la Serpiente se me enredó en los caprichos secando hasta su nombre y dejándome sólo un puñado de sal.
Entonces, decidí elucubrar sobre cómo sería el Mar Conocido. Sin embargo, bien pronto comprendí que es trabajo inútil imaginar algo que ya se conoce. La fantasía no tiene cabida en semejante lugar.
Piensa, Ibone, piensa... Mientras mi mirada iba y venía, como las olas de un mar enfadado sobre el pedazo de papel que contenía tantos mares como lunares en un vestido de faraláis.
¿Cómo será... el Mar Marginal? Una extensión contenida de agua que baña recelosa unas costas olvidadas, las cuales nadie elegiría para veranear.
Un mar descuidado, repleto de historias que ningún poeta desearía rimar. ¿Quién las querría comprar?
El Mar Marginal...
En sus playas sin socorrista, se reúne una multitud de individuos interplanetarios arrojados allí desde naves nodrizas carentes de alma: saturnianos, venusianos, marcianos, plutonianos, danzan al son de ritmos tribales para mitigar su penuria infinita. Mientras sus retoños, vestidos de harapos, escarban en la arena sucia, privada de vida.
El Mar Marginal...
En su profundo (hondo) lecho marino se apiñan estériles las mil esperanzas de cuerpos alienígenas que nunca podrán contemplar el contorno azulado de la minúscula Tierrani el reflejo dorado, cálido, de algún rayo solar.
Son pobladores de galaxias en vía de extinción; fugitivos maltratados de océanos de A-mar-gura, soñadores de un pedacito de A-mar, a-mar-rados a su desdicha.
Azules, verdes, rojos, púrpura, remando siempre contracorriente en el intento de alcanzar una costa cada vez menos cercana. Sin ningún buen sa-mar-itano que se ofrezca ayudar.
Porque no basta con saber nadar para mantenerse a flote... en el Mar Marginal.

Ibone Bueno Vicente
Grupo C


Imaginar el mar

Primero se extendió el rumor de que las obras de la presa llegaban a su fin. Luego comenzó el éxodo. Al principio fueron deserciones esporádicas que dejaban un pupitre vacío en la escuela y un puesto en el equipo de fútbol. Nos molestaba, sí, pero creímos que era una ola más, de esas que traían y se llevaban familias en aquel pueblo hecho de retales, de gentes venidas de todos los rincones de España. Sin embargo, cuando se fue Jose Maxi y luego, Juan Luis, cuando los Ávila, los Cuadra y otras familias se marcharon empezamos a preocuparnos. Los camiones llenos de muebles tomaban camino hacia las obras de Cortes, en Valencia, o Cedillo, cerca de Portugal. Eran nombres que jamás habíamos oído y que inmediatamente adquirían las mismas resonancias aventureras que los de Samarcanda, La Habana o Puerto Príncipe, que habíamos descubierto en las películas. Entonces se nos despertaron dos sentimientos de índoles opuestas. Por un lado, la tristeza de perder un amigo que intuíamos no volveríamos a ver, por otro, la envidia de no ser el que se marchaba traspasando horizontes más lejanos que Zarza, o Ahigal, o que la mismísima Plasencia, el lugar más remoto que nuestros pies habían hollado.

Uno de aquellos días, durante el partido de fútbol que jugábamos en los recreos escolares, un chico un par de años mayor que yo pronunciódirigiéndose a míuna frase,una acusación que me hizo sentir como un desertor: Vosotros os vais a vivir a Sevilla.

No dudé de la veracidad de aquellas palabras, pues en mi casa, las decisiones se fraguaban en la alcoba de mis padres, en un conciliábulo del que estábamos excluidos mis hermanos y yo. Me guardé el secreto toda la tarde y fui incapaz de, llegada la noche, hacer ningún comentario durante la cena, ni después. Temía el humor intempestivo y tormentoso con que mi padrepodía reaccionar. Yo sabía que le sulfuraría el hecho de que se hubieradivulgado uno de sus proyectos, antes de que estuviera lo suficientemente maduro como para dárnoslo a conocer a sus hijos. Decidí buscar, en la mañana siguiente, algún momento de intimidad para preguntarle a mi madre, cuyas tormentas eran más atronadoras, pero menos peligrosas.

Esa noche, al irme a la cama, renuncié a leer el tebeo nuevecito que me aguardaba en la mesilla. Se quedaron allí esperándomemis buenos amigos: el Capitán Trueno, Goliath y Crispín. Yo me había impuesto una tarea más importante: imaginar el mar.

Una de mis mayores ilusiones era conocer el mar, sumergirme en sus aguas, tal vez, navegar. Recordaba la ubicación de Sevillaen el mapa que colgaba en una pared del aula. Sabía que no estaba al borde del océano, pero que este no quedaba demasiado lejos. Supuse que, una vez viviéramos allí, sería probable que, tarde o temprano, mis padres nos llevaran a pisar sus playas.

Así que reuní todas las imágenes que guardaba del mar: las de las películas de piratas, las de romanos, aquellas españolas en blanco y negro de la conquista de América. Recordaba también algunas fotos de revistas y las que mi imaginación había forjado leyendo las historias de Salgari, de Julio Verne o de RidderHaggard, pero sentía que eso no era suficiente. Necesitaba algo palpable, algo que me permitiera evocar con precisión aromas, colores, sensaciones… Entonces me di cuenta de que yo tenía nuestro río, el río que la presa había embalsado formando un lago de respetables dimensiones.

A partir de ahí todo fue muy fácil. Yo tenía las olas y las espumas si el viento se enfurecía. También los azules del agua: los celestes de los días serenos, los turquesas de los soleados, el marino si además se sumaban los aires del oeste, el plateado de los días nublados. Podía recordar los horizontes, los de las sierras de Francia, de las Hurdes y de Gata, inclusosi se desdibujaban cuando la niebla lo cubría todo y soñábamos con que un barco pirata rompiera por sorpresa el velo de nubes. Y tenía los territorios de las orillas lejanas, La Pesga, Pinofranqueado, La Alberca. Lugares remotos de los que había oído hablar, pero que nunca había conocido a ninguno de sus nativos.

Con todos esos ingredientes construí una imagen vívida que estaba impaciente por contrastar con la realidad. Distraído en esos anhelos caí dormido.

La mañana siguiente pareció alargarse hasta el infinito pues las horas pasaban sin que encontrara el momento de interrogar a mi madre. Finalmente, me pidió ayuda para tender la ropa y allí, entre los alcornoques donde se asoleaba la colada, pude hacer la pregunta:

–Mama, ¿nos vamos a ir Sevilla?

–¿Acaso no eres feliz aquí? –repuso y sonó como un reproche­–. De aquí no nos vamos a mover nunca.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Mare Desiderii

De cómo un mar se convierte en antimar.
El mar de los deseos en su estado primigenio era tranquilo, casi plano, con marejadillas apenas perceptibles, pero en el empuje imparable del tiempo y la inevitable entropía, se convirtió en océano de tempestades.
La saturación de deseos provocó una implosión y aquel mar que luego fué océano se convirtió en un agujero negro líquido, una singularidad en la que el agua se convirtió en antiagua, y los deseos en antideseos. Hay disparidad de opiniones en cuanto a la nueva aritmética de las olas y las nuevas coordenadas del antiocéano resultante.

AMF
Grúa C


El mar marginal

Uno de los muchos mares que hay en la Luna recibe el nombre de “Mar Marginal”. Es éste un mar difícil de ver; imposible, en realidad, con un telescopio convencional. Pero desde los observatorios espaciales se da cuenta de este raro ejemplar que se halla justo en la linde entre la cara oculta y la cara visible de la Luna. Puesto que nada de especial tiene a simple vista, su estudio se ha abordado desde un ángulo puramente psicológico. ¿Por qué es marginal el “Mar Marginal”? ¿Será, quizás, su personalidad retraída, de mareas en constante reflujo y olas acomplejadas, lo que le ha llevado a automarginarse? ¿O quizás adolecerá de algún defecto, tormentoso e inasimilable para el resto de la comunidad de los mares de la Luna, que habrá motivado su rechazo y marginación? ¿Será una marginalidad complaciente y satisfecha, relajada en sus playas de fina arena, o una marginalidad doliente y resentida, que se golpea furiosa en el pecho de sus propios acantilados? El resultado del test de personalidad encargado al psicólogo de la NASA nos dará, sin duda, las oportunas respuestas a éstas y otras preguntas de máximo interés.

Óscar Martín
Grupo A


Romance del primer mar

En la noche de los tiempos,
cuando aún era dulce el mar
y no tenía tormentas,
ni galernas, ni maldad,
un pesquero fue a pescar
y de la pesca volvió,
para sorpresa de todos,
con un pez particular.

Una niña pelirroja,
que entre las olas nadaba,
se enmarañó con las redes
y en ellas quedó atrapada.

El patrón y el marinero,
la tripulación total,
recibieron al pescado
con talante muy jovial.

Era un pescadito alegre
de piel blanca cual la luna
de ojos azules, brillantes
y destellantes de espuma.

“Este pez será mi hija,
y hará feliz a tu madre,
que tendrá en lo sucesivo
mocita que la acompañe.”

Así decía el patrón,
mientras se alegraba el hijo,
pues no otro era el marinero,
que oía con regocijo.

Cuando llegaron a casa
todo fue deleite y dicha.
La niña estaba contenta.
La madre más todavía.

Al día siguiente el pueblo
felicitaba a los cuatro.
¡Qué familia encantadora.
Bien merecen su regalo!

Un día se fue la niña
con su cubo, su toalla,
y su pala de madera
a entretenerse en la playa.

“¿Adónde vas con el cubo,
con la pala y la toalla?
Que te acompañe tu hermano,
si quieres ir a la playa.”

Así le dijo su madre.
Y la niña, sonriendo,
le dijo que se iba sola,
antes de salir corriendo.

Llegó la niña a la playa,
y allí se puso a cavar
un hoyo tan, tan profundo
que cupiera dentro el mar.

Entonces llegó el farero,
un hombre orondo y afable,
a quien llamó la atención
hoyo tan considerable.

“¿Para qué haces ese hoyo,
niña del mejor patrón?”
Intrigado y sorprendido
el hombre le preguntó.

“Hago este hoyo, señor,
para meter el mar dentro.”
Respondió ella con candor,
sin detenerse un momento.

“¿Y no crees que es poco hoyo
para un mar tan gigantesco?”
Se rio entonces el farero
de proyecto tan grotesco.

“Yo soy la reina del mar
y hago con él lo que quiero.”
Le dijo entonces la niña,
ahora con el gesto fiero.

Ante esos ojos ferinos,
y esa voz tan disgustada,
soltó el farero al instante
una buena risotada.

La niña se incorporó
y le apuntó con la pala,
diciéndole a viva voz,
poniendo cara de mala:

“Incrédulo mamarracho,
ahora mismo te aseguro
que puedo meter si quiero
todo el mar dentro del cubo.”

El farero, algo alterado,
le sostuvo la mirada,
negándole con el dedo,
negándole con la cara.

Entonces se fue la niña
a meterse al mar derecha,
y a su paso levantaba
un torbellino de arena.

Metió los pies en el mar,
metió luego en él el cubo,
y a una orden de la niña
hubo mar y no lo hubo.

Volvió con el cubo lleno
de un agua negra y plomiza,
allegándose al farero,
que temblaba y se moría,
y miraba al horizonte
y veía que no había
ni mar ni barcos flotando;
tan solo tierra baldía.

“Yo soy la reina del mar,
y este mar es solo mío.
Si quiero me tiro dentro
o lo devuelvo ahora mismo.”

Díjole aquellas palabras
al farero muerto y mudo,
para después de un segundo
lanzarse dentro del cubo.

El farero, desolado,
gritó la ausencia del mar,
y sobre el agua del cubo
rompió a llorar sin cesar.

La gente que andaba cerca,
anegada de terror,
adonde estaba el farero
caminaba en procesión.

Miraban dentro del cubo
y se echaban a llorar,
Maldiciendo su futuro
donde ya no habría mar.

Tantas lágrimas vertieron
que el cubo se desbordó
y un charco de agua salada
se formó a su alrededor.

Enterado del asunto,
el buen padre y buen patrón
que pescó aquel pescadito
a la playa se acercó.

Se abrió paso entre el gentío,
cogió el cubo, lo abrazó,
lloró en él también sus lágrimas,
lleno de rabia y dolor.

Luego avanzó lentamente
hasta donde estuvo el mar
y lanzó el agua el cubo,
y lanzó un beso a la par.

Y luego dijo: “mi niña
perdón si te hicimos mal
sacándote de tu reino
donde tu trono ha de estar.
Pero un pueblo marinero
que se ha quedado sin mar
ni tiene luz, ni alegría,
ni vida, ni sol, ni pan.
¡Devuélvenos, pues, el mar!

Y volvió el mar a la playa,
y los barcos a flotar,
y la gente, alborozada,
chilló de felicidad.

Pero los lloros aquellos,
sobre el cubo de metal,
volvieron la mar salada
para por siempre jamás.

Óscar Martín
Grupo A


El mar

El verano pasado en la casa de la Sierra, una tarde bochornosa, a la hora de la siesta, decidí subir al desván a poner un poco de orden en la caótica amalgama de cosas y objetos allí acumulados.
Cuando subí me llamó la atención una caja grande de cartón plastificado de grandes cuadros rojos y verdes. La abrí y en la tapa superior interior, con letra característica de mi madre, una letra preciosista y muy singular, se leía; “COSAS PARA NO TIRAR “. Contenía esa caja redacciones infantiles de mis hermanos y mías hechas con ocasión del día de la madre y del padre. También contenida un librito de tapas duras nacaradas con letras doradas que ponía; Diario de mi primera Comunión “.
El diario era mío. En la primera hoja se leía una dedicatoria hecha a mano por mi madrina y abajo impresa con letra inglesa una frase; “Nulla dies sine línea. Plinio el Viejo “. Consejo que cumplí, con una caligrafía cuidada, hecha con mimo, había escrito todas y cada una de las hojitas del diario. En la página correspondiente al día 5 de agosto escribí: “tengo siete años y el día 2 de julio hice la primera comunión junto con mi hermano mayor, bueno solo por 11 meses. Me convenció para pedir a nuestros padres un único regalo. Dijo que si lo pedíamos los dos no se podrían negar, y así fue.
Con nuestro Seat seiscientos verde oliva, que se calentaba el motor y teníamos que parar para echar agua fresquita, fuimos a Barcelona, antes dormimos y visitamos la ciudad de zaragoza. En Barcelona conocimos a “Copito de Nieve “ese era el regalo que habíamos pedido, conocer al gorila blanco que vivía en el Zoo de Barcelona. Fue estupendo ver por primera vez al gorila y otros animales salvajes, pero lo mas impresionante fue ver el mar. El mar es grande, muy grande y cambiante, unas veces es como el cielo azul del verano, pero sin nubes, el mar tiene olas que se mueven y olor a pescado fresco, otras veces es negro y da miedo. Les pregunte a mis padres ¿cuántos ríos caben en el mar? No contestaron, solo se rieron “.
¡Ah que no se me olvide! como siempre mi madre tenía razón, no pude tirar nada del contenido de aquella caja grande de cartón plastificado de grandes cuadros rojos y verdes. Contenía verdaderos tesoros, entre ellos el recuerdo de la primera vez que vi el mar.

Maria Victoria G.L.
Grupo B


M A R E A N D O

Me dejo mecer por una ola
gigante, que nace de los ojos
cerrados y del blanco puro
de la mente;
de los momentos azules
y verdes, de los silencios que
surgen de las melodías silbadas
por el viento.

Quiero ser hija de la lluvia, llover
serenidad…

Amanecer en mares lejanos,
sembrar huellas de libertad…

Eva Hernández
Grupo A


Me espera el mar

Siento en la lejanía
el rumor de sus olas.
Sobre mi cabeza aletean
blancas gaviotas.
Mis labios saben a sal,
mis pies buscan la arena
que impaciente me espera
para pasear una vez más,
con los últimos rayos de sol,
mirando a la luna,
Impaciente, buscándote
bajo las estrellas.

Pedro Gómez Rodríguez
Grupo C


Mar de nubes

Alguien me preguntó:
¿Y por qué el mar?
El mar es un camino,
una tabla de salvación
para mis días tristes.
Cuando voy volando
entre el mar de nubes
siento su llamada
y raudo voy, a su reclamo.
nos hablamos sin palabras
solo con la mirada.
El mar, es la posibilidad de cambio,
de reflexión, soltar amarras,
respirar otro aroma, otra vida,
otra música.
La playa tranquila,
las olas, rompiendo en la roca,
libres, bajo el cielo azul,
las aves duermen en el espigón,
las gaviotas, con su graznido,
emprenden el vuelo
al amanecer.

Pedro Gómez Rodríguez
Grupo C


El mar / la mar

Amo el mar. Su presencia me relaja, me libera. Veo como vienen las olas, y al final perecen. Mi mirada, vacía, se pierde en la lejanía sobre el oleaje y deja mi imaginación libre cual gaviota sosegada que se mece en las alturas. Es hermosa la estampa. Y mi mirada llega hasta el horizonte, donde la bruma oculta el lazo fuerte y amoroso entre el cielo y la tierra. Y Dios, en esa fusión, escribe sobre el agua sus mensajes que nos envía a través de las olas. Renglones perfectos que se suceden hasta desvanecerse. Es un texto divino, lleno de buenos consejos. ¡Qué torpe soy! Por mucho que lo intento, no puedo leerlos. Imagino versos de métrica perfecta, quizá sonetos…o misivas cariñosas llenas de enseñanzas, que soy incapaz de leer a pesar de mi esfuerzo. Luego, cuando reparo en la arena, donde muere la ola, veo burbujas que imagino sean los puntos seguidos o puntos y aparte de las frases del mensaje.
Amo el mar. Desde la atalaya de mi mente, lo contemplo. Entre cresta y cresta de las olas, viene un pentagrama cargado de fusas, semifusas, corcheas…creando un acorde sinfónico lleno de armonía y belleza. No desafina ningún instrumento y todos intervienen en el momento preciso. Los sonidos se desgranan del arpegio, como los granos maduros de la espiga. Intuyo que, desde el horizonte, el Supremo Hacedor dirija el concierto…o consienta que, desde una isla remota, las sirenas viertan sus cánticos al mar y nos envíen sus melodías.
Hoy llueve sobre el mar. El espacio se puebla de gotas de agua que, al caer, se alargan y forman tildes para el escrito…o notas para el pentagrama. Y las olas continúan llegando a morir en la playa, creando una música dulce, suave, armónica. No muy lejos, el oleaje choca con violencia contra un farallón y rompe la apacible monotonía reinante con un sonido más grave, más denso. Pero también esa estridencia forma parte del concierto, y se prolonga por el tiempo justo que marca el movimiento.
Ahora el sol reposa sobre el agua en el horizonte. El mar, poco a poco, lo va engullendo. Y como protesta, lanza los últimos rayos al corazón de las nubes que lo circundan. Y sus saetas punzantes las hace sangrar llenándolo todo de un color rojo intenso.
Una luna muy grande aparece en el horizonte. Toda la superficie del mar parece de plata. Y sobre esa superficie blanca, mentalmente camino adentrándome en él, buscando su principio que no alcanzo, intentando llegar a ver el momento justo del abrazo entre tierra y cielo. Y sólo alguna ola grande, que rompe el suelo plateado, me vuelve a la realidad.

Ramón Sánchez Rodríguez
Grupo B


Marina I

Desde Tarifa se ve el mar, a veces bravo y traicionero. No te puedes fiar de los vientos de levante que te llevan con su fiereza. La arena duele en la mirada, en la piel. Las olas son gigantes fauces líquidas de monstruos insaciables. Como los seres mitológicos, se transforman para demostrar su poder e infundir más miedo. Tan solo los faros altivos sobre los acantilados y algunos intrépidos los desafían con sus tablas y velas. Desde Tarifa se ve el mar y África. Tan cerca, tan lejos. Casi se puede saltar con una pértiga hasta ese gran bloque de tierra al otro lado, ignoto. Desde Tarifa se ve el mar, estrechándose entre las dos costas, entre los dos mares. A este lado, una playa solitaria de piedras, paredes abruptas, el viento y la Breña, mar de matas verdes, que son refugio. Al otro, África. En medio, unos bultos negros sobre una balsa negra, sobre una espuma negra, sobre unas aguas negras, se enfrentan a una fuerza de titanes, a su caprichoso, desenfrenado y mortífero movimiento. Unos bultos negros aterrorizados y llenos de esperanza al mismo tiempo, si eso es posible. Sí, es posible. Algunas siluetas negras llegan nadando o arrastradas con vida a la orilla. Se conforman con un cigarrillo, una toalla, un matorral donde esconderse unos días. Aún sonríen a la fuerza iracunda. Han llegado. Corren, corren. Ya son viento y Breña. Otros bultos no llegarán: son tristes fardos de sueños, basura inerte, antes humana, negra, odres de tiempo que flotan a la deriva. Ya son marea y océano, y nada.

A todos esos intrépidos Odiseos, héroes de leyenda, alguien los echará de menos. No el mar, impasible, frío, cruel, insensible, ciego.

Marisa Sánchez García
Grupo C


Agosto 2074

Seguro, ya seguro que este verano nos vamos de vacaciones a los Mares de la luna.Se ha empeñado mi madre, por eso lo sé con una certeza total y absoluta.
El itinerario ya está elaborado, pero no definitivamente.
Yo me pido bañarme en el Mar del Ingenio.Le imagino de agua muy muy fría y tansparente.El que entra en él sale bien mojado, aterido y con un color un tanto verdoso, por lo del basalto, pero muchísimo más listo, que es en definitiva, lo que a mí me interesa.

M.L.Fidalgo
Grupo C


El submarino

El capitán de corbeta Sánchez ordena cerrar escotillas y la inmersión del submarino. Poco a poco la bestia de metal desciende a las profundidades marinas. Fuffffffffffffffffffffhhhhhhh
Al capitán de corbeta Sánchez siempre le ha fascinado el mar y las criaturas misteriosas que viven en él. Su misión es ocultarse de los enemigos y vigilarlos. Y si llega el caso, usar los torpedos. Lanzar torpedos es lo que más le gusta el capitán de corbeta Sanchez, la sensación de poder, el tacto del botón antes de apretarlo y sentir como el proyectil se desliza vertiginosamente por el agua. ¡Shhhhhhhhhhhhhhhhh!¡Pum!. El buque enemigo estalla en mil pedazos y el agua se eleva por cientos de metros. ¡Splash!
- ¡Antonio Sánchez Martín!¡Mira cómo estás poniendo todo de agua!. En buena hora te compramos ese submarino de plástico. ¡Salde la bañera!
Y Antonio, Toño, se apresura a salir, su madre le ha llamado por su nombre completo. Agarra fuertemente su submarino con miedo a que sea confiscado, sale del agua y sueña con poder jugar con él en el mar.

Beatriz Gorjón
Grupo A


Black Fort

Sí, lo sé. Nuestra relación es compleja.
Es dependiente,
es caprichosa,
es imprevisible,
es violenta, delirante.

Así convivimos.
Somos ya muy viejos y no vamos a cambiar.
Así nos queremos y el resto del mundo
disfruta de este espectáculo salvaje.

Yo reconozco que siempre es por mi culpa,
y es que me agota que seas tan frío.
Puedo estar tranquila durante un tiempo,
pero después no lo soporto.
la calma se termina por hacer insufrible.
Entonces necesito desahogarme, liberar toda la energía
y explotar
contra tí: amor y rival.

Reúno toda mi furia.
Rujo y me lanzo contra tí.
Te muerdo y te beso.
Me rechazas pues te resistes impasible.
Exhalo, me recompongo y vuelvo a embestir
hasta acabar por arañarte,
desgarrarte
y perfilar tu piel
que refleja el caos
de las eternas noches de lucha
en las que solo estamos tú y yo.

Y después del primer año juntos,
el primer siglo,
y los primeros miles de siglos;
así seguimos: igual.
¿No crees?

Todo esto le dijo la mar al acantilado, pero este se quedó inmóvil.
La luna llena —que cuando sale nos espía— dijo: armonía

Manuel Delgado Sánchez
Grupo C


Cómo es el mar

¿Cómo te lo explicaría yo? Imagínate una cantidad inmensa de agua que puedes pisar que puedes tocar que puedes ver. Que, al levantar la mirada, en el infinito se Junta con el cielo. Que puede ser de color verdoso y en la línea del horizonte se funde con el azul. Que se mueve, que está activo y además lleno de vida.
En él te puedes bañar, puedes nadar igual que en el río, pero no debes beber su agua pues está muy salada. Tiene algo peculiar: que cuando el agua llega a la orilla, choca con el suelo y aparece una espuma blanquecina; el agua se eleva en forma de cresta y luego cae a la orilla, estos movimientos son los que llamamos olas, que en ocasiones son altas grandes y poderosas, de forma que arrastran piedras y llegan a horadar las orillas, llegando incluso a perforar las rocas.
¿Que cómo es de ancho? pues mucho, pero mucho mucho. Si nadando lo quisieras atravesar, durante años tendrías que nadar. Para llegar al fondo en su zona más profunda deberías bucear durante días y días hasta tocar el suelo.
Durante el trayecto en la superficie encontrarás delfines y peces que te acompañarán, que estarán a tu lado, y aves que volarán sobre tu cabeza. Al bucear en la zona más profunda encontrarás criaturas extrañas que generan su propia luz, que se iluminan a sí mismas para que las puedas ver, pues hasta allí abajo no llega la luz del Sol.
Todo esto encierra el mar, todo esto y mucho más, mucho más de lo que pudieras llegar ni siquiera a imaginar, querido niño.

José Luis Fonseca
Grupo A


El mar y yo

Nací en Salamanca pero nunca ha faltado el mar en mi vida. Bien porque mis padres eran bastante viajeros, herencia genética de la que les estoy inmensamente agradecida; bien por mi simbiosis con esa extensión infinita de colores y formas cambiantes, mi presencia junto al mar o sobre él ha sido constante desde pequeñita. De hecho, no recuerdo cuál fue la primera vez que mis pupilas se toparon con su majestuosidad.
Más allá de lo mucho que disfruto tomando el sol en la playa, única vía de relajación que no me provoca estrés, en mi atracción marítima influye decisivamente el hecho de no encontrar nunca un mar igual a pesar de ser el mismo. Esa variedad, esa transformación persistente se me antojan irresistibles.
He vivido muchas historias, no todas agradables, entre sus aguas. Incluso ha habido algún momento de peligro y de pánico como aquella vez en Somorrostro, cuando la fuerte resaca del Cantábrico me arrastró sin poder oponer resistencia. La pericia y rapidez del novio de una amiga consiguió sacarme arrancándome a la violencia del agua que me engullía.
Recuerdo con especial nitidez aquella vez en Gijón con mis padres. De pequeña tuve siempre una salud bastante delicada con un episodio importante de fiebres reumáticas y velocidad en la sangre. Por ese motivo y porque mi madre me tenía entre bambalinas, era extraño que me dejasen entrar en el agua. Sin embargo, aquel día mi madre me había prometido dejarme bañar por fin. Yo estaba entusiasmada con la idea. Por supuesto, no contaba con la trampa que me tenía preparada.
De camino hacia la playa, entramos en una pastelería. Si hay algo que siempre he adorado, son las empanadillas, de carne y de atún. Mi madre, conociéndome tan bien, me invitó a comerme dos. Obviamente, yo no pude resistirme a la invitación y me zampé dos deliciosas empanadillas.
Una vez en la playa, sombrilla y bañador preparados, le recordé a mi madre su promesa de dejarme meter en el agua. Ella, mirándome inocentemente, me recordó que me acababa de comer dos empanadillas por lo que no podía bañarme hasta hacer la digestión. Evidentemente, eso no sucedió nunca ya que en aquellos entonces, las digestiones requerían mínimo tres horas y nosotros nos fuimos antes para coger el tren de vuelta a Salamanca (¡Sí! Hubo una vez en la que Salamanca estaba comunicada por tren con el norte y el sur, gracias al Ruta de la Plata. Eso, antes de ser una maravillosa capital cultural europea además de ciudad marginal y olvidada en lo referido a telecomunicaciones e infraestructuras. ¡Ups! Creo que me he salido un poco del tema).
Recuerdo perfectamente el sentimiento de rencor hacia mi madre la cual había orquestado todo con minucioso maquiavelismo para evitar que yo pudiese acercarme al agua. Y es probable que nunca llegase a perdonárselo.
Tengo que confesar que, a lo largo de mi vida, me he desquitado con creces de aquella profunda decepción llegando a la simbiosis a la que aludí al principio: el mar y yo.

Ibone Bueno Vicente
Grupo C

Niños, de David Roas

Esta semana dedicamos la sesión del taller de escritura creativa a los niños. Pero no a los niños y niñas que corretean por la infancia y la inocencia y lo perfuman todo de ternura y candor sino a los crueles y monstruosos que encontramos en muchas películas y libros de terror y que tienen a angelitos rubios, niñas poseídas e infantes terribles como protagonistas. Hicimos un breve inventario que podéis consultar en estas dos páginas: "Los niños más terroríficos del cine" y "Novelas de terror protagonizadas por niños".




Centramos luego nuestra reflexión en el libro Niños, de David Roas, publicado en la editorial Páginas de Espuma. Leemos en la cuarta de cubierta (mal llamada contraportada) :

¿Quién no tiene una huella de infancia que recorre pasillos oscuros a medianoche, que inspecciona debajo de la cama antes de dormir, que no se reconoce en el brillo de un espejo? ¿Quién no teme al monstruo que acecha dentro del armario, los pasos al otro lado de una puerta, la sombra que golpea el cristal de la ventana? Los niños y las niñas que fuimos recorren los cuentos fantásticos de David Roas recordándonos lo vivos que están nuestros miedos infantiles. Y a su vez, los adultos que somos o seremos no podemos dejar de estremecernos ante esa niñez que observa y habla con quien no vemos, que está poseída por una mano ajena o cuyas pesadillas se convierten en nuestra realidad. Los niños juegan, corren y bailan para escapar del terror o precisamente lo hacen porque ellos son el terror. Y tú, ¿de qué has tenido siempre miedo?

Esta pregunta nos permitió hablar de los miedos de nuestra infancia: la noche, el desván, el sótano, las muñecas, el cementerio, los precipicios, los insectos, las ratas, los perros, las historias, los cuentos…
Después leímos y analizamos dos de los historias de Roas; las tituladas "Espejismos" y "Vinieron de dentro de". El primero está relacionado con el siguiente cortometraje:


 

Hablamos también de otro de los cuentos: "La (otra) lotería". Dice el autor en una entrevista recogida en el dossier de comunicación de la editorial:

“La lotería” es uno de mis cuentos preferidos. Shirley Jackson es una de mis autoras de cabecera, y en ese relato alcanzó la perfección. La perfección del horror. El retrato de nuestra monstruosidad y nuestros absurdos, del abrumador peso de la tradición, de la barbarie.... Desde que lo descubrí cuando era estudiante en la universidad, no he podido escapar de él, lo utilizo en mis clases, lo releo una y otra vez… Y fue en una de esas clases cuando -ya metido de lleno en la escritura del libro- se me ocurrió la idea de qué hubiera ocurrido si el relato lo contara un niño… Y el cuento empezó a fluir. Fue un trabajo muy extraño y complicado, pues nunca antes había hecho algo así. Una cosa es parodiar un texto o una película, jugar con elementos argumentales o convenciones de un género y transformarlos en otra cosa. Mi intención aquí era mantener todo el horror del cuento de Shirley Jackson, su frialdad e inhumanidad, pero intensificándolos al ponerlo en boca de un niño que ya ha pasado varias veces por esa lotería, que sabe lo que significa, pero que debe participar… Una metáfora de la vida y de la muerte. Del sinsentido que nos rodea. Y también de esos miedos paternales a los que antes me refería. 

Si no has leído el cuento de Shirley Jackson al que se refiere David Roas puedes hacerlo aquí.
Y puedes ampliar información sobre Niños en el artículo "La imaginación de los niños" de Javier Ignacio Alarcón


Propuesta de escritura:

1. En el taller propusimos una tarea que partía de una cita con la que se abre el libro: “Los adultos pueden hacer frente a rodillas despellejadas, helados caídos al suelo y muñecas perdidas, pero si llegaran a sospechar las verdaderas razones que nos hacen llorar; nos echarían de sus brazos con horror y repugnancia”. ¿Os animáis a escribir un texto que comience: “El llanto de aquel niño no era normal…”? En él hay que tratar de desvelar cuáles son esas verdaderas razones que hacen llorar a un niño.

2. La tarea para casa tiene que ver con uno de los cuentos del libro (“Zoltar speaks”) en el que unos padres llevan a su hijo a las ferias. Cuando pierden de vista por unos instantes al niño que da vueltas en un carrusel piensan que le ha pasado algo. En este caso el trabajo se centrará en los miedos de los padres a perder de vista, aunque sea por unos instantes, a su hijo, y mucho más en un contexto donde hay mucha gente. Un párrafo literal del cuento dice: “Aunque era evidente que nadie (¿nadie?) podría secuestrarlo en plena marcha y a la vista de todo el mundo, en nuestras mentes ya habíamos escrito muchos y variados capítulos del “Catálogo de horrores sufridos por hijos que se pierden de vista” como para permanecer tranquilos cuando desaparecía por unos instantes de la pantalla de nuestro radar.” La propuesta es escribir sobre un niño que se pierde (o no) y los horrores por los que sus padres piensan que puede pasar, de ese modo contribuimos a escribir el catálogo de horrores al que se refiere el cuento.

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Niños

El llanto de aquel niño no era normal, cuando su madre le preguntaba por qué lloraba, él siempre respondía, “porqué me da la gana”. (Mi madre me lo recordó muchas veces).
Recuerdo con mucho cariño, una feria del libro en Salamanca, cuando mis hijos tenían 6 y 7 años. Mi mujer y yo, acudimos con ellos a la plaza mayor, sobre las 12 de la mañana. Allí, estaban todas las librerías expuestas bajo los soportales. En el stand situado debajo del reloj del ayuntamiento, estuvimos mirando un libro ilustrado de “ los Aurones “, a mi hijo le encantó, y se empeñó a toda costa que se lo compráramos, en aquella época valía 1000 pts, y decidimos hacernos los locos y seguir mirando. Continuamos viendo los siguientes stand, y de pronto el niño había desaparecido. La primera reacción fue asustarnos, y dar la vuelta sobre los stand recorridos, y allí estaba con el libro de “los Aurones” en la mano viendo los dibujos. No tuvimos más remedio que comprarlo.

Luis Iglesias 
Grupo B


Cinco semanas

Me fastidia tener siempre razón y vaya si la tenía. Se lo dije a mi mujer, pero como en tantas otras ocasiones no me hizo ni caso. Se lo pedí a mi hijo, se lo supliqué: «Ahí, no, que es peligroso. Móntate en ese caballito, mira qué bonito es, blanco y marrón, como el de los indios», pero como el que oye llover. Me miró con esos ojos que todo lo pueden y un mohín, amago de rabieta, acabó por convencerme. Yo no me quedé tranquilo, estaba vigilante. Cuando dio la primera vuelta y él seguía allí me emocioné, con la segunda vuelta me sosegué. El carrusel giraba y a los dos siguientes giros me atreví a saludarle como el resto de los padres. Se le veía tan feliz bajo aquel precioso globo, sentado en la barquilla de mimbre, parecía un aventurero, un experto explorador. Mi esposa saludaba sin mirar, hablaba con la vecina de sus cosas. Yo había conseguido relajarme, no había peligros a la vista. El carrusel giró de nuevo y no le vi, me había despistado un momento y no llegué a verle. Otra vuelta más y no aparecía, mi hijo había desaparecido. Yo no daba crédito y mi mujer no dejaba de gritar. ¿Dónde está? ¿Quién se lo ha llevado?
—¡Allí, allí! —gritaban dos chavales con los brazos extendidos apuntando hacia el cielo.
Allí estaba mi hijo. Surcando los cielos, a bordo de un globo, saludando con su manita, cada vez más alto, cada segundo más lejos. El globo se fue haciendo más pequeño. Sin darnos cuenta dejamos de verle. Ese puntito en el firmamento ya no estaba. Había desaparecido. Mi hijo había desaparecido.
Fueron días difíciles, noches sin dormir, horas sin hablar, sin saber dónde buscar. Los aviones abandonaron su búsqueda sin éxito. Las autoridades le dieron por desaparecido. «El niño del globo está en el cielo», se podía leer en la portada del periódico.
Habían pasado cinco semanas y el timbre de nuestra triste casa sonó. Abrí y allí estaba mi hijo, con un Salacot cubriéndole la cabecita, en una mano sostenía un sextante y en la otra una jaula de bambú con dos aves exóticas en su interior. Me miró con alegría en sus ojos. Me fijé en su rostro moreno y comencé a llorar.
—¡Ha sido fantástico, papá! ¡Una verdadera aventura! —me dijo entusiasmado y entró en casa como si nada.

Tomás García Merino
Grupo B


Renacer

Después de 97 años de vida, de superar un cáncer que duró de los 39 a los 42, de perder a mis dos hijos, uno de ellos en un accidente de tráfico y el otro de un infarto a sus 27 años, después de todo ello me dispuse a morir en la cama que compartía con mi esposa. Había dejado de tomar las pastillas del corazón hacía ya una semana cuando vi a la Parca venir a por mí. “Ven conmigo –me dijo–, te voy a llevar a un sitio que te va a encantar”.
Desperté ensangrentado, llorando por el dolor del viaje, sobre las manos cubiertas con guantes de un médico. Supe entonces que había vuelto a nacer y que la rueda de la vida, con su horror, sus enfermedades y sus desgracias volvía a empezar. Todos los presentes en aquel frío quirófano se quedaron en silencio, solo se escuchaba mi llanto. Se miraron entre sí preguntándose por qué un recién nacido lloraría con tanto horror, con tanto desasosiego.
Estaba claro que aquel llanto no era normal.

Mª Ángeles García Franco
Grupo A


El llanto de aquel niño no era normal.
—Mamá! Hoy, no quiero ir a la escuela.
—¿te encuentras mal?
— ¡No! Anoche, soñé con un cuervo que merodeaba mi cama.
Era el mismo cuervo que vi en la escuela y sentí verdadero pánico.

Pedro Gómez Rodríguez
Grupo C


Recordé a mi madre... Cuando me extravié en Bolivia en Copacabana tenía cuatro años.
Había un bullicio enorme y el ruido era ensordecedor. Fueron diez minutos, no más, que se me hicieron eternos.
—Me quede quieta— . No quise llorar. ¡¡tranquila!! Ella te encontrará —me dije—Y así fue. Nunca olvidaré ese rostro de madre. Luego todo el trayecto me tuvo de la mano. Si ella, no me hubiera hallado, hoy sería boliviana.
Tampoco conocería el mar, Bolivia no tiene salida al mar, solo comparte con Perú el lago Titicaca.. Jaja ja.. y no te conocería porque hablaría en Aymara (un dialecto). Las experiencias con mi madre me fortalecen.. Tú, mi Lucy, me costaste una fortuna, pero no me arrepiento. “Decía ella”.

Pedro Gómez Rodríguez
Grupo C


El llanto de aquel niño no era normal. Era un llanto furioso e irascible, pero nadie se alarmó; porque, de todas formas, había nacido con el cordón umbilical extrañamente anudado a su garganta. Aunque tampoco era normal la mueca de terror conque había nacido su hermano gemelo muerto.

Jesús Vicente Elvira
Grupo C


Padres malvados

Siempre oí decir: es mejor que llore el niño a que llore el padre.
Mis hijos de pequeños habitualmente andaban a su aire, no estaban pendientes de sus padres; sabían a ciencia cierta que nosotros les estábamos observando constantemente, y por ende, no se preocupaban.
Hartos de esta situación decidimos darles una lección.
Nuestro hijo mayor tendría unos cuatro o cinco años cuando un día paseando por Logroño, y concretamente en el espolón; quizá se despistó contemplando los atributos del caballo de Espartero, empezó a mirar en su derredor, y no nos vio; comenzó a caminar cada vez más rápido, como pollo sin cabeza, hasta que llegó a una esquina de la plaza, y justo antes de salir de la misma, decidió enfilar por una calle que no le iba a llevar a su casa precisamente. En ese momento le echamos el alto.
Otro tanto sucedió con nuestro hijo pequeño. Esta vez fue en euro Disney. Tenía entonces siete años. Después de advertirle en numerosas ocasiones que estuviese atento y hacer caso omiso, decidimos dejar que se perdiera. Nosotros no le perdimos de vista en ningún momento y además tuvimos que ponernos de acuerdo nueve personas, pues íbamos un grupo de diez. Conseguimos que nos perdiera de vista. Buscaba con la mirada, caminaba en pequeños círculos..., no nos localizaba. Al cabo de unos minutos empezó a poner cara de angustia y rompió a llorar. Se acercó un adulto que pasaba por allí a interesarse por él, y entonces salimos corriendo de nuestro escondite y acudimos al rescate.
A partir de estas experiencias que ambos tuvieron, nunca más se volvieron a despistar, y aunque guardasen distancias con nosotros, nunca nos perdieron de vista. Nunca se volvieron a perder.

José Luis Fonseca
Grupo A


No sé muy bien cómo explicar lo agotador que es juntarse con tres bebés en poco más de año y medio. Ariadna tenía 19 meses cuando nacieron las mellizas y entre que una no callaba y las otras dos no dejaban de llorar me faltó poco para volverme loca.
Ari empezó a hablar con apenas un año y con el ¿A qué sí mami? Qué utilizaba de coletilla a todo lo que decía me ponía la cabeza como un bombo, así que, cuando su padre me dijo que bajaba al patio a lavar el coche me faltó tiempo para vestir a la niña y emplumársela para que le diera la mañana a él.
Después de preparar biberones, cambiar pañales y de pasar un buen rato intentando dormir a dos fierecillas caí en cuenta de que hacía mucho tiempo que no me preocupaba por saber que hacía la otra en la calle.
Me asomo a la ventana del salón y veo a mi marido bien atareado limpiando los cristales del coche y cuando le pregunto por la niña me dice tan pichi que sí, que la baje y yo ¿Pero cómo que la baje? Si la bajé hace un buen rato y ahí empezaron los minutos más angustiosos de mi vida.
Vivíamos en Sepúlveda, en el cuartel de la guardia civil, al final del pueblo, después del cuartel solo está el monasterio de la Virgen de la Peña y detrás de dicho monasterio empiezan las hoces del Río Duratón, con sus buenos barrancos, un terreno muy escapado por el que, si no tienes cuidado, es fácil caer.
Después de buscar a la niña por todos los recovecos del cuartel sin éxito no era muy descabellado pensar que podía haber salido tranquilamente por la puerta sin que nadie la hubiera visto, puesto que el guardia encargado de vigilar la puerta no podía verla desde donde estaba sentado. Al ser tan pequeña podía haber salido perfectamente pasando debajo de la ventana del cuarto de puertas sin llamar la atención. Físicamente era imposible que la hubiera visto salir.
Como siempre en estos casos lo fácil es pensar en lo peor, dejé a las pequeñas a cargo de una vecina y salí histérica perdida a buscarla por los alrededores.
Un sábado de julio por la mañana Sepúlveda estaba hasta arriba de turistas cualquiera se la podía haber llevado.
No sé la cantidad de barbaridades que pasan por la cabeza cada décima de segundo y todas eran malas.
La ventaja de vivir en un cuartel es que tienes a la guardia civil allí mismo y todos, incluso los que no estaban de servicio, se movilizaron en cuestión de minutos; el seprona de dirigió a las hoces mientras los demás en grupos de dos o tres personas empezamos a buscar por cada rincón y nada que la niña no aparecía.
No recuerdo bien el tiempo que pasó, fue como una eternidad a cámara lenta en el que experimenté todo tipo de sentimientos, culpa, rabia, tristeza, angustia... Con el corazón a mil por hora, me fallaban hasta las piernas.
Cuando empezaba a darlo todo por perdido algo se iluminó en mi cabeza y recordé que días antes habíamos estado jugando al escondite y habíamos encontrado el rinche perfecto en las duchas de un pabellón que estaba sin habitar, entré a mirar por descartar otro sitio y ¡Sorpresa! Allí estaba la mocosa, apoyada en la pared con las manitas para atrás, partiéndose de risa y diciendo: Ahora te escondes tú ¿A qué sí mami?

Aurora Zarco
Grupo B


El llanto de aquel niño no era normal.
Habían pasado cinco días desde que aterrizamos en Barajas. Mario empezó a llorar al subir al avión y no ha parado desde entonces, ni de día ni de noche. Ha pasado por los brazos de toda la familia y nadie ha sido capaz de calmarlo, eso sí, cada uno tiene su propia teoría: Son los dientes, son los oídos, ni el médico encuentra explicación a tanta angustia.
Esta noche se ha colado una voz por el interfono que tenemos al lado de la cuna.
Creo que nos hemos traído un curioso y original souvenir de nuestro viaje; el espíritu de un antiguo faraón se ha venido con nosotros desde Egipto.

Aurora Zarco
Grupo B


Aparición

Seamos sinceros, mi niño es un pequeño demonio. En el cole se pelea con todo el mundo, especialmente con los del sexo masculino que se atreven -son pocos, afortunadamente- a salir del armario y se declaran heterosexuales. Al menos con los profesores no hace ningún tipo de discriminación, insulta y amenaza a todos, independientemente de su raza, sexo, religión, etc.
Los sicólogos insisten en que hay que intentar moderar estos impulsos “no normativos”, pero hay que ponerse en su lugar; la separación de sus padres, los cambios de colegio -coño, porque lo expulsan de todos-, el hecho de haber mantenido la lactancia materna demasiado tiempo… Pero sin reprimirle, porque tal cosa le podría convertir en un sicópata antisocial. Como si no lo fuera, pienso yo, pero me tengo que callar.
Por suerte, durante el proceso de divorcio el niño quedó bajo la custodia de la madre -ayudó que yo fuera presidente de la asociación Malos Padres-, me echaron de casa, y me tuve que buscar un zulo -un cielo, ahora que lo pienso- que mis raquíticos medios -después de pagar la confiscación judicial- me podían permitir.
En treinta metros mal contados tengo mi cama -un jergón cartujano-, la cocina -un hornillo Camping gas-, el baño -un plato de ducha que cabe en un baldosín, un wáter diminuto, un lavabo en el que me doy de cabeza con el techo inclinado-. Pero, en definitiva, un paraíso, comparado con nuestro hogar, dulce hogar, anterior.
Me las prometía muy felices, desde la desaparición de mi hijo; hasta hoy. A primera hora de la mañana se me ha presentado un agente judicial acompañado del pequeño diablo. Que su mamá ha renunciado a la custodia alegando problemas sicológicos -neurosis maniaco depresiva, anorexia post separación, síndrome de Estocolmo, y más cosas, todo con los consiguientes certificados siquiátricos-, de modo que, por imperativo legal, el niño queda bajo mi tutela y responsabilidad, sin posibilidad de recurso.
Ahora tengo que compartir con él mi zulo, del cielo al infierno. Tirarme por la ventana no es una opción, porque no tengo ventanas y además es un primero, como mucho me quedaría tullido, completamente a su merced. En fin, tierra, trágame.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Big Bang

Conocí una nueva dimensión del tiempo y del espacio aquella mañana soleada de enero cuando mi hija, de apenas tres años, se soltó de mi mano y en menos de un segundo, la perdí de vista en plena Plaza Mayor.
Se desencadenó en mi interior una reacción en cadena de inusitada magnitud. Pensamientos confusos, sentimientos contradictorios, latidos incontrolables, escalofríos seguidos de sudoración, temblores, llanto, miedo, mucho miedo, pánico, terror, desesperación y una claridad meridiana de que no volvería a verla nunca más. Eso era lo que más dolía.
Sentí el más absoluto y oscuro vacío donde la nada era todo y todo se convertía en nada. Imposible medir el tiempo que duró la separación. Pero nunca olvidaré el momento tan intenso del encuentro y su pregunta al verme:
- Mami, ¿me leerás el cuento de los peces de colores esta noche?
- Si, hija mía, te lo leeré hasta el final.

Marian Pérez Benito
Grupo A


El llanto

El llanto de aquel niño no era normal. Provenía de un lugar extraño y lejano.Era un llanto aterrador porque ese niño lloraba para sí mismo, se lloraba. Era como si le dolieran las entrañas muy dentro, como si no hubiera querido nacer y le hubieran obligado, de hecho lo sacaron con fórceps porque él no quería salir. Sabía que estaba hecho para hacer daño y salió ya desgarrando los tejidos y dando patadas, se colocó de nalgas y se retorció el cordón umbilical en el cuello a ver si se ahorcaba, pero el ginecólogo era muy habilidoso y consiguió sacarlo vivo. No hubo que provocarle el llanto; cuando sintió la luz lloró amargamente porque traía consigo tragedias inevitables y la prueba inequívoca de la existencia del mal. Su madre, que lo intuía, lloró amargamente al verlo pues sabía que iba a tener que contrarrestar tanto dolor.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Locura transitoria

Experiencia cercana a la locura, eso es lo que se siente cuando dejas de ver a un niño en medio de una multitud. Primero es soportar el golpe que te sacude el corazón al darte cuenta que ha desaparecido, luego la velocidad que alcanzan los ojos en la búsqueda, la agudeza visual casi supera el umbral humano conocido. Y al tiempo en el pensamiento intentas recordar de qué color es su jersey, su abrigo, y recuerdas que era beige, “no la voy a encontrar” y en una ráfaga de pensamiento te reprochas lo poco que has pensado la ropa que le iba a poner. Una vez más te llamas idiota y con mucha rapidez, ni siquiera tu cerebro lo registra, piensas que a partir de ahora si aparece le vestirás de fosforito, o mejor: “No saldremos de casa”.
A la vez que te insultas, hiperventilas y tus ojos se desorbitan, llamas a la policía y a tu familia : ¡Venid hay que hacer una redada!
Todo sucede a la vez en nuestro cerebro y elaboras las hipótesis de peor pronóstico 
Lo han raptado,
Se ha perdido, estará aterrado, llorando, y lo maltratarán,
No lo volveré a ver.

Tomamos conciencia del cráter que tenemos en el estómago al pensar en el Tráfico de órganos y en la Mafia, y recuerdas todas las películas de Liam Neeson que de manera frecuente echan por la tele. Yo no me veo en los bajos fondos, pero si es necesario…..
Sigues hiperventilando, y te dan ganas de gritar (Quizás ya lo estás haciendo) y a todo esto aparece el futuro: “Si no aparece me suicido”,“ no he sabido cuidarlo” tenía que haberle llevado amarrado de la mano”.
Y cuando te has vuelto loca, te esta dando un infarto, los ojos en ráfagas, y tienes decidido el suicidio, de aquel fondo negro, aparece la figura beige del niño sonriendo.
Sin saber aún qué polaridad tiene la emoción, le aprietas muy fuerte y le gritas con todas tus fuerzas, sin que sepa nunca que ha hecho para despertar la peor versión de su madre.

AMF
Grupo C


Pichoncito

Al niño lo llamaban "Pichoncito". El nombre se lo puso el abuelo al ver que el niño comía poco y se movía a saltitos, como los pajaritos de la plaza. El niño era especial, estaba claro. Pichoncito no lloraba nunca, lo cual era muy extraño. De bebé solo hacía gorgoritos, pequeños gorjeos. Cuando empezó a ir al parque y descubrir cosas de su entorno, el juego favorito de Pichoncito era revolver entre la hojarasca y coger semillas, que traía en sus palmas bien cerradas. A Pichoncito le gustaba enseñarlas: "Mía, emilitas", y te pedía que se las guardaras. Podías encontrarte "emilitas" de acacia, de diente de león, de trébol, de amapolas, de morera, de manzanilla, de avena silvestre... en tus bolsillos y bolsos. A veces se las llevaba a la boca. "No, Pichoncito, eso no se come". Pero Pichoncito insistía.
Un día empezó a coger pequeños insectos de entre la tierra del arenero, hormigas, escarabajos, arañas, alguna larva de los troncos de los árboles. De la misma manera, los guardaba o se los comía. "Me gustan los bichitos", decía. Una vez, incluso, metió un hormiguero entero en su cubo y quiso llevárselo a casa.
Así, pasaron los primeros cuatro años de su vida. Su nombre se acortó y lo llamaban Chito. Chito cogía semillas e insectos que, en ocasiones, se comía. Los padres vieron que no le causaba ningún daño y, lo que fue una preocupación importante al principio, con consulta a pediatras incluida, dejó de preocuparles. El padre pensó que el niño llegaría a ser científico, botánico o entomólogo, tal era su afición, y decidió crear una colección de semillas e insectos que guardaban en cajitas de cerillas. A pesar de esta afición, Chito era un niño normal, poco hablador, pero gran observador, aunque sus ojos profundamente negros eran muy pequeños, que movía muy rápidamente y en todas direcciones. Chito había empezado también a imitar el canto de los pájaros: era capaz de producir chirridos, silbidos, trinos y muchos más. Sus padres presumían de Chito y de sus aptitudes. Tan pequeño y qué pronto aprendía. Si aprende tan rápido el sonido de las aves, puede aprender cualquier lengua, francés, alemán, incluso chino. Un genio.
Una tarde de buen tiempo cuando el parque estaba abarrotado de gente, perdieron de vista a Chito. Tenía cinco años. Le llamaron. Le buscaron por todas partes, entre los setos, en los árboles por si se había conseguido subir a uno de ellos. Junto al lago. A la madre le dio un ataque de ansiedad: gritaba su nombre, no podía parar de llorar imaginándose que alguien pudiera haberse llevado a Chito. Por supuesto, muchas personas ayudaron a buscarle. Intervino la policía, Protección Civil, y los psicólogos de emergencias. No había ni rastro de Chito. Los padres se abrazaban, intentaban dormir, pero era imposible. Pasaron días de espera y angustia, mucha angustia. Chito no aparecía. Se pegaron fotografías de Chito, con su naricilla un poco aguileña y sus ojos negros, en todas las farolas, en todos los bares, en colegios, estaciones, plazas, parques infantiles. Para la policía se convirtió en un caso prioritario y salieron fotografías de Chito en todas las cadenas de televisión. Nada.
Pasó un tiempo. Los padres adquirieron la rutina de pasear cada día por el lugar donde habían visto a Chito por última vez. Apesadumbrados, no esperaban ya encontrarlo, pero y si... Y al girar por un recodo de un sendero, allí estaba Chito, rodeado de gorriones. Había cambiado un poco, sí, pero era él. ¡Qué alegría! ¡No se lo podían creer! Chito estaba ahí, en el mismo parque, cogiendo sus semillas y bichitos. Se acercaron a él. Lo hablaron suavemente: “Chito, Chito, pequeño Chito”. y lo envolvieron en una bufanda. ¡Estaban tan felices!
Por fin en su hogar, lo metieron en una jaula. Chito trinó con gran alegría desde la pequeña pértiga. Ya estaba en casa.

Marisa Sánchez
Grupo C



La familia que te toca

Estoy muy cansada, el parto me ha dejado agotada. Y ahora todo parece frío y hostil. Con lo a gusto queestaba en esa especie de limbo calentito y húmedo que es el útero de mamá. Toda la familia a mi alrededor, todos alabando mi peso e intentando sacarme parecido con cada uno de ellos.Y yo deseando no parecerme a ninguno. Tengo mensajes para todos y ninguno bueno.Menos mal que todavía no sé hablar. Al abuelo Pepe, que me mira embobado, que su hermano sabe lo que le hizo a su hija cuando era pequeña y que ya ajustarán cuentas cuando se vuelvan a ver. Al tío Enrique que su madre, mi abuela, ha descubierto que fue él y no un ladrón el que le robó el dinero que tenía escondido en casa y que si le parece bonito robar a una madre para pagar sus vicios. A la abuela Carmen que el abuelo Juan sabe que dilapidó gran parte del dinero en el juego, arruinando a la familia, motivo por el que se termino suicidando creyendo único culpable de la desgracia familiar. Y a papá de su hermano, fallecido hace pocos meses, que cuide bien de mi, su única hija. Lo de quedar con la parte de la familia que esta al otro lado antes de nacer no fue buena idea. Rompo a llorar con desesperación y me miran sorprendidos. Pero como no voy a llorar así con la familia que me ha tocado.

Beatriz.Gorjón
Grupo A


El otro lado de la cama

El llanto de aquel niño no era normal. Hacía ya un año que no necesitaba pañal, ni incluso para dormir. Podía pedir perfectamente comida si tenía hambre. Sin embargo, no quería salir de la cama y si lo queríamos levantar, él lloraba, lloraba y lloraba con un desconsuelo que llegaba a producir tal hartazgo, que lo fuimos dejando.
Tras año y medio en esta situación, mi pareja se estaba resquebrajando, los vecinos me miraban con ojos censores, y mis jefes me sorprendieron alguna vez distraído, con un rictus de ira reflejado en el semblante, cuando me encontraba en las reuniones semanales de empresa.
Un día mi padre, su abuelo, llegó con un perrito de no más de tres meses y se dirigió a la habitación donde se encontraba el niño . Éste, al ver a la cría, dejó de llorar y con su lengua de trapo instó al abuelo, para que la dejara con él en la cama.
Degustamos cada minuto de aquel profundo silencio que cayó como un bálsamo sobre la casa, pues el niño pasó todo el día jugando con la mascota sin exhalar ni un suspiro. Aun así, fue imposible lograr que hiciera un amago para levantarse de la cama a buscar al cachorro.
Le planteé seriamente a mi padre la necesidad de lograr que el niño abandonara la cama. Él me dijo que aprovechara el momento para descansar y “que lo dejara correr”. Y así lo hice, en la esperanza de que la presencia del perro cambiará las situación. Aquella noche dormí tan plácidamente, que en la mañana se me pegaron las sábanas.
Me desperté bruscamente cuando sentí el lloro aparatoso e incesante del niño. Salí escopeteado hacia su habitación para tratar de calmarlo. Rápidamente eché en falta la presencia del cachorro. Le pregunté pacientemente por si él me pudiera aclarar algo, pero gemía de forma cada vez más preocupante, cuando le mentaba al perrito.
Mi padre y yo, buscamos y rebuscamos en la cama y por la habitación, después por toda la casa y aledaños, pero parecía como si el animalito hubiera sido objeto de un extraño acto de prestidigitación.
Visto el desconsuelo del niño, mi padre le trajo un gato. El niño en cuanto lo vio, repitió el mismo comportamiento que había adoptado con el perro: se calmó y pasó toda la jornada tranquilo, en la cama.
Pero al día siguiente se repitió el inusual misterio. Cuando llegué a la habitación, el niño estaba llorando y el animal se había volatilizado. Su búsqueda resultó infructuosa.
El llanto del niño alcanzaba tonos exorbitantes cada vez que le preguntaba por el gato; mi padre sufrió una crisis de ansiedad; el presidente de la comunidad, que es pediatra, tocó al timbre para interesarse por el estado del niño.
Llamé a mi empresa excusándome por no poder ir al trabajo y a pesar de que se oía claramente por el teléfono el desmesurado lamento del niño, el motivo que esgrimí para justificar mi ausencia, no sentó bien en el departamento de personal.
Un día después llegó mi padre, esta vez con un loro. Era precioso y de vistosos colores. Pero el niño, al verlo, siguió llorando y llorando hasta que el loro fue revoloteando hasta su cama y comenzó a imitar su llanto. Entonces el niño cesó en el suyo y comenzó a jugar con el loro.
A la mañana siguiente, me despertó el llanto desaforado de mi hijo, mucho antes de la hora normal en la que él se despertaba y me despertaba.
Medio dormido, me levanté y fui corriendo hacia su habitación. Descubrí al loro llorando desconsoladamente metido en la cama. Del niño, ni rastro.

Calgari
Grupo A


Los disgustos

Eran 8 hermanos, seguidos uno detrás de otro, sin más pausa que los obligados nueve meses y algún día. Solían venir de visita, desde el pueblo a mi casa una vez al año, lo que, por supuesto, era más que suficiente. Mis padres, tíos de los progenitores, recién empezaban a respirar de quitarse de encima a su prole por lo que andaban sobrados de revivir aquellas algarabías. Los invitados como sabían mejor que nadie los desaguisados que ocasionaban se llamaban a sí mismos, “Los Disgustos”.
Cuando venían, los primeros instantes de presentación y reconocimiento consistían en volver a aprender la retahíla de sus nombres, reconocer lo mucho que habían crecido y fijarnos en el recién nacido que estaba en el capazo -el último, según decían aún con dudas sus padres-; luego empezaba el zafarrancho. Mi madre acomodaba a los progenitores en la sala de estar e inmediatamente ellos soltaban amarras y aquella prole se dispersaba por la casa. A partir de entonces en medio de continuos intentos de conversacion que no iban a ningún lado, se sentían ruidos, risas, llantos y cosas que caían. Lo padres, lejos y ausentes, tardaban en intervenir, pero al final no tenían más remedio que hacerlo, bien por el tono que impedía cualquier entendimiento, bien porque se acercara alguno a dar el parte de la situación. Entonces no podían dejar de enterarse de que la más pequeña, no la del capazo que dormía, se había meado en el sillón y que los otros andaban saltando en las camas, menos la que venía a chivarse porque le habían metido un lápiz en el ojo. La ocasión y nuestra presencia alentaba a la madre medio llorosa, a decir que iban a acabar con ella y a reclamar a su marido que se impusiera con autoridad a aquellas fieras; dando a entender que por su debilidad eran tan malcriados. Ante tal acusación, el pobre Juanito, que así se llamaba, amenazaba a aquellas criaturas con darles una zurra si no se calmaban. Mi madre, haciendo alarde de una calma que no tenía, disimulaba diciendo que nada de lo que pasaba le sorprendía porque ya se sabía que los niños eran así. Aunque después de irse la visita se echaba manos a la cabeza del estropicio que dejaban atrás . Mi padre conociendo lo que había, y dado que esa familia no era propia sino política, desaparecía del mapa antes de que llegara la visita.
Normalmente “Los Disgustos” aprovechaban el viaje para hacer una batida por las distintas casas de la parentela. Entonces todos éramos familia, más o menos lejana, pero familia al fin y al cabo. En su periplo avisaban con antelación para que hubiera tiempo de salvar las cosas que tuvieran especial cuidado. De todas formas, no sé porqué lo hacían, en las casas que yo conocía apenas había bienes ornamentales y valioso lo que se dice valioso, no era casi nada. Todo solía ser de uso, menos algunos objetos que se cuidaban, ordenaban y guardaban en alto como en un altarcillo en alguna estantería dentro de la sala. Ahí estaban las cosas protegidas, no tanto porque tuvieran valor como porque habían sobrevivido al paso del tiempo. A la sala apenas se acudía salvo cuando venían las visitas a las que se ofrecía unas galletas surtidas que venían en una lata cuadrada grande que se llamaba TeaTime y una copita de licor que venía en una botella de cristal con forma de una manilla de plátanos.
En aquellos tiempos, todos teníamos familias numerosas. Había niños a montones, parecíamos bandadas de palomas en las calles de tierra. Habíamos nacido cuando ya no se hablaba de la guerra. Eso sí que era una felicidad aunque idealismos aparte, diría que no éramos hijos del amor sino de la miseria.

Sagrario Martínez Berriel
Grupo B


En la puerta de la escuela

Puntual a su cita diaria, Rosalía espera en la puerta de la escuela la salida de Manuel, su único hijo. Quizás no fuese necesario, viven bastante cerca, pero en eso Manu y ella han estado siempre de acuerdo: Manuel debe encontrar una cara conocida a la salida de clase y, además, tal como está el mundo hay que ser precavidos.Se oyen y se leen unas cosas que dan susto al miedo. Se turnan en función de sus horarios y compromisos. Se coordinan para no fallar en ese deber.
En su espera, Rosalía piensa que desde mucho antes de que conocieran su existencia, Manuel ha sido querido y deseado. Con casi cuarenta años no lefue fácil quedar encinta. Los dos se sometieron a todas las pruebas conocidas en aquellos tiempos. No había nada que impidiera un embarazo pero éste no llegaba. Los médicos del centro de fertilidad propusieron varios tratamientos para conseguirlo. A pesar de lo unidos que Manu y ella siempre han estado, estos tratamientos se interpusieron entre ellos. Hacer el amor en momentospredeterminados después de días de abstinencia obligatoria no es la mejor forma de llevar adelante la vida a dos. Poco a poco fueron sintiéndose como una pareja reproductora, él apenas un semental, ella una hembra receptiva. El resultado fue una sucesión de decepciones. Cada mes esperaban con ilusión el momento de conocer si había funcionado el tratamientoy encadenaron algunos chascos. El peor de todos, aquella vez en que, tras un breve retraso, las ilusiones se dispararon para a los pocos días desinflarse. Ella no cejó en su empeño, Manu tampoco. A los pocos meses, reciberon un nuevo retraso con mucha cautela, estaban escarmentados. El positivo de la prueba casera se confirmó tras unos días con análisis más fiables. Qué época, suspira.
Mira el reloj, es casi la hora.
Vuelve a sus recuerdos. Los primeros cumpleaños en los que no faltó de nada, incluso contrataron unos payasos buenísimos a los que Manuel no hizo ni caso. Sobraron algunas personas desagradables como aquel amigote de Manu al que sentó tan mal el mordisquito que Manuel le propinó en la pantorrilla. Con lo sensible que es, no dejó de llorar hasta que empezamos a darle los regalos.
Los primeros compañeros de clase comienzan a salir, Manuel no va en el grupo. Sabe lo remolón que es y no le da importancia. Qué guapo estaba en la primera comunión, recuerda. Tanto que su prima, llena de envidia, lloraba inconsolable después de que Manuel le gastara aquella broma inocente. Aún no sabe de donde saco las tijeras para cortarle la trenza.
Pasan los minutos y sigue sin aparecer. Poco a poco un sentimiento de angustia se apodera de ella. ¿Dónde estará? ¿Por qué no habrá salido con sus compañeros? En la cabeza comienza a imaginar escenarios catastróficos, sienteel corazón galopar en su pecho y una presión creciente en las sienes. Entre aquella multitud que sale de la escuela no hay nadie a quien preguntar. Sus compañeros ya se han alejado y ella no puede entrar en la Escuela de Ingeniería, Manuel se lo prohibiócuando comenzó segundocursoy dejóde contestar a sus llamadas.Esta desgracia no les puede suceder a ellos que siempre han estado tan vigilantes.
No sabe a quien recurrir hasta que decide llamar a Manu para darle la noticia de la desaparición.
-Sí, Rosalía.
-Manu, no encuentro al nene. Estoy muy nerviosa. No sé que hacer.
- Lo primero, tranquilizarte. No hay nada de extraño en que al salir de clase se haya quedado con los amigos en la cafetería.
-Pero él sabe que yo estoy aquí afuera esperándolo, sin poder entrar por esa manía de que no lo haga. Que sea lo que dios quiera, voy a entrar en la caferería a ver que pasa. Y si no está denunciar su desaparición cuanto antes. Las primeras horas son las más importantes, lo he oído en un programa sobre desapariciones de la tele.
-No te preocupes, ya me encargo yo de solucionarlo.
-Me quedo más tranquila pero no te olvides de que está desaparecido
Manuel padre hizo lo que todos los días cuando Rosalía, nerviosa, lo llama para darle cuenta de una catátrofe, seguir trabajando y al acabar volver a casa donde a esa hora ya habría llegado el hijo.

Enrique Martínez
Grupo C


El niño perdido en el rastro

Dieron las doce en el reloj de la catedral. Hacía un calor infernal y los mosquitos nos acosaban sin piedad. El aire se estaba enrareciendo, y de la parte del río salía un mortificante tufillo a fritanga de panceta y salchichas reventonas; el sol era una enorme parrillada de chuletas, pero eso no era lo peor.

—¡Jo, tío, está todo roto y viejo! —, saltó el crio.

Me había comprometido a cuidar de mi sobrino durante el fin de semana. Al principio me pareció una idea genial; así podría desplegar mis dotes de mando, era una oportunidad única para atemperar mi capacidad de liderazgo; pero poco a poco vi como mi moral se estaba minando.

Allí estábamos, en el ojo del huracán, en el epicentro del Rastro de Salamanca. “No le quites el ojo de encima, que en cuanto te descuides te la lía parda”, fue la última advertencia de mi hermana.

—Me aburro un montón, tío —insistió el niño.

El olor a fritanga me perseguía por todas partes, si mi sobrino no tuviera sus escasos nueve años, ya habría tomado una determinación más acorde con las circunstancias; pero era tan solo un crio, había que cuidar de él, y cuanto más tardara en encontrar el camino de la perdición; mejor para él.

—Nos tomamos un aperitivo, ¿chaval?
—¡No, ha dicho mi mamá que nada de bares ni cervezas! ¡Si acaso un helado!
—Majo, es que a mí los helados no me gustan.

Ya no sabía que hacer: ni libros ni pelis ni cromos ni patinetes ni petardos ni cristo que lo fundó; nada de lo que vendían en el rastro le gustaba al muchacho ¡Si por lo menos lloviera…!

Acerté a pasar al lado de un puesto de gitanos que vendían los más horripilantes ingenios del momento: el mono saltarín, la araña voladora o la serpiente diabólica.

—¡La Sierpe Diabólica! ¡Señores, el último engendro de la naturaleza! ¡Denle un susto de muerte a la suegra! ¡Éxito garantizado! —Se desgañitaba un gitano alto como una montaña, barbilampiño y con voz de gorrión.
—¡Er mono sartarín, er mono sartarín! ¡Dos por el precio de uno! —pregonaba la gitana derramando gracia y desparpajo por los cuatro costados.
—¡Quiero una serpiente diabólica! —me espetó el muchacho, intentando zafarse de mi mano.
—¡Pero si tú no tienes suegra, mamón!
—¡Es igual, quiero la diabólica!

El gitano nos entregó una caja cuadrangular y alargada de la que sacamos un par de piezas, también alargadas, que intentamos armar sobre el suelo. El artilugio era simple pero espeluznante, daba repelús verlo allí tendido a lo largo en el suelo que parecía que estaba al acecho de algún incauto paseante. Consistía éste en una serie de canutillos unidos uno a continuación del otro formando una retahíla de vértebras, de unos ochenta centímetros de largo, que se articulaban bajo un revoltijo de plumas en espiral, brillantes e irisadas, que al tacto parecían telarañas a punto de eclosionar algo virulento y mortífero. Se intuía algo tenebroso bajo aquella lúgubre capa de seudoplumas, y aunque yo sabía que eran simples canutillos de cartón, no por ello dejaba de sentir escalofríos cada vez que lo tocaba. El mocoso no, el mocoso lo toqueteaba todo con la pericia de un entendido y lo componía como si fuera un experto ensalmador de huesos. El cuerpo principal terminaba en un triángulo por donde asomaba una lengua bífida inmóvil, pero no por eso menos peligrosa. Sobre los otros dos vértices del triángulo resplandecían fulgurantes dos ojos de vidrio que parecían permanecer prestos a cobrar vida de un momento a otro. Acompañaba a todo esto una varilla metálica, de un metro aproximadamente, imprescindible para su control y buen gobierno. Un extremo de la varilla estaba adaptado para ser introducido en un agujero, practicado al efecto, entre la base de la cabeza y la primera vertebra, y que había que introducir presionando con fuerza y determinación, para así accionar el mecanismo y las ruedecillas alojadas bajo la cabeza del bífido luciferino. El otro extremo de la varilla tenía una especie de manija que servía para controlar los movimientos del ingenio.

Saqué las instrucciones y las desplegué ante nuestros ojos: aquello era una Piedra Rosseta. Su funcionamiento venía detallado en varios idiomas, pero ninguno en castellano. El rapaz, sin mirar el manual, montó el artilugio en un plisplás, cogió la varilla y la insertó en el agujero presionando con toda su fuerza contra el suelo. Entonces la serpiente tomó vida, movió su indecisa lengua bífida hacia un lado y hacia el otro, tanteando como para orientarse, de sus ojos salieron unos inquietantes rayos verdes, y emitiendo un chirrido lastimero, se lanzó rauda como un rayo rumbo a lo desconocido. Mi sobrino se cayó de culo quedándose con la varilla en la mano. El artefacto continuó inmutable su camino, pero al faltarle el impulso vital, dudó un momento, y poco a poco se paró, pero no obstante, aprovechó la poca inercia que le quedaba para trepar y enroscarse amorosamente en lo primero que encontró, que fue la pierna de una señora que en ese momento vacilaba entre adquirir un mono saltarín o la araña voladora. La señora lanzó un grito tremebundo y cayó al suelo desvanecida. El marido viendo que violentaban a su señora, con la garrota separó el fistro infernal de la pierna de su amada clamando:

—¡Tente bicha! ¡¡Tente bichaaa!!

Y diciendo esto descargó tal ensalada de palos sobre la sierpe, que en un visto y no visto, allí mismo la dejó tendida, cuan larga, era mordiendo el polvo. Mi sobrino se arrojó encima de la serpiente, defendiéndola con su propio cuerpo. Temiendo por la integridad de mí sobrino me enfurecí y dirigiéndome hacia el vil marido cogí su bastón y lo hice pedazos.

Había que ver como lloraba desconsolado mi sobrino, con la serpiente entre sus manos, tan angustiado estaba que parecía que era a él al que le habían arrebatado la vida. Me afectó tanto que quitándole la culebra de sus manos le dije:

—¡déjame a mí! —tomé el cuerpo inerte en mis manos y, lo analicé detenidamente, comprobando que aparentemente no sufría daños irreparables. Volví a insertar la varilla en el maldito agujero y presioné sin miramientos; no sé si por falta del rodaje adecuado o porque el terraplén estaba demasiado cerca, total, que perdí el equilibrio y trastabillé. La diabólica tomó un rumbo desconcertante y temerario; trotó sobre el borde del abismo; salvó un desnivel imposible, y yo frenético tras el bicho guiado por un impulso fatídico; pasamos bajo un arbusto y, como ciego que guía a otro ciego; sorteamos al toro que dio la cornada al lazarillo y nos precipitamos terraplén abajo, hasta dar con nuestros huesos en el Tormes. Solté la manija, pero ya era demasiado tarde, la diabólica se precipitó en el rio y desapareció bajo un torbellino de plumas, volvió a emerger, si cabe con más brío, pero no pudo superar la fuerza de la corriente, que la tragó, arrastrándola sin piedad rio abajo hasta que desapareció en el primer recodo.

Cuando me di la vuelta el crio había desaparecido. Mi primer temor fue que hubiera caído al rio. Miré por todas partes, pero por allí no aparecía ni niño ni niña. Pregunté a todo vicho viviente y nadie le había visto. Nadie había visto a un niño de nueve años con pantalón vaquero, polo rojo y zapatillas blancas, nadie había visto a un niño con melena rubia y pecas en la cara. Estaba tan compungido y daba tanta pena que la gente se apartaba temerosa y me evitaba creyendo que les iba a pedir una moneda.

Preguntaría al vendedor de serpientes. Él lo había visto todo. Me dirigí como último recurso al kiosco origen de todas mis desdichas, pero al acercarme, el gitano montaraz, maldita sea mi suerte, sacó una estaca de algún sitio y vino hacia mí con no muy buenas intenciones, creo que hasta echaba espuma por la boca: tal vez me olvidé de pagarle la serpiente. Sin pensarlo puse pies en polvorosa y al llegar a la vía central del rastro pude darle esquinazo, me metí entre el hueco de dos tiendas de lona, una de ellas tenía la lona rasgada y me introduje por el roto. Me escondí tras un montón de ropa, y allí me parapeté tras un amasijo maloliente de camisas, camisetas, pantalones y un sinfín de prendas de segunda mano. Hacía mucho calor, pero allí aguantaría estoico hasta que campeara el temporal. Fuera de la tienda se había formado un grupo de gente que comentaba: “Por lo visto, han secuestrado a un niño”. “Si, si, fue un señor calvo y con gafas”: dijo otra señora. De repente recordé la severa advertencia de mi hermana “¡¡Te dije que no le quitaras el ojo de encima!!”. Esto espoleó mi ánimo y decidí ir a pedir ayuda a la policía. No me había dado cuenta de que una señora se estaba probando un sujetador y empezó a gritar como si en ello le fuera la vida. No la hice el menor caso y salí por la grieta principal de la tenducha empujando a todo el que se ponía por delante. Volví a tomar la vía principal del rastro sin detenerme ante nada ni ante nadie, avancé lo más rápido que pude hasta poder llegar al puesto más cercano de policía. Ya divisaba la entrada del rastro, cuando allí, justo al final, se hallaba un niño con pantalón vaquero y polo rojo dando explicaciones a un policía.

—¡¡Señor poli, señor poli!! ¡Que mi tío se ha perdido!
—¿Dices que se ha perdido tu tío?
—¡Si, no aparece por ninguna parte!
—Habrá que avisar por megafonía. ¿Cómo dices es tu tío? ¿Qué aspecto tiene?
—Que qué aspecto tiene… ¡como todos los tíos: calvo y con gafas! —Uno de los policías tomaba notas detalladamente en una libreta.
—¿Dónde dices que lo viste por última vez?
—No sé, la última vez iba como un loco tras una serpiente.

Un trueno sonó a lo lejos. Ya estaba al lado, pero oí un revuelo a mis espaldas que me hizo volver la vista. Una turba enfurecida seguía mis pasos profiriendo amenazas incomprensibles. El más enfurecido era un gitano que gritaba desaforado blandiendo un palo en su mano derecha.

—¡Ése es! —Gritaba el loco del palo—. ¡Ese! ¡Ese! ¡Engaña a los niños regalándoles juguetes que luego no paga!
Creo que en la otra mano llevaba escondida una piedra, porque alzó la mano y fue tan certero el lanzamiento que me dio de lleno en toda la frente.
Empezó a llover a cántaros, mi sobrino me cubrió con una paraguas. Allí estaba yo tirado en el suelo descalabrado, esperando una ambulancia que nunca llegaba: pero feliz porque al fin mi sobrino había aparecido y estaba a salvo a mi lado.

Jesús Vicente Elvira
Grupo C


La peor pesadilla
(Basado en episodios reales afortunadamente no acaecidos)

Era el primer viaje de toda la familia junta.
Habían elegido aquel destino con la convicción de que era una ciudad segura.
Sin embargo, apenas se sentó en el autobús que unía el aeropuerto con el centro de la ciudad, la advertencia de la mujer que ocupaba el asiento de enfrente, la puso en guardia ahogando su tranquilidad.
-¡Qué niña tan bonita! ¡Tan rubita y con los ojos tan azules!
Ella esbozó una sonrisa que pronto se esfumaría.
-No quiero asustarla pero procure no perderla de vista. Por aquí, las niñas pequeñas de piel blanquita como su hija, desaparecen a menudo y no vuelven a verlas. Aprovechan las paradas para raptarlas. ¡No la suelte nunca, señora! Se lo digo por su bien.
Inquieta, con un escalofrío que de repente recorrió su espalda, sentó instintivamente a la pequeña sobre sus muslos amarrándola entre sus brazos con fuerza.
Para recuperar la calma, buscó con la mirada a su marido que estaba sentado algunas filas más atrás con su hija de siete años.¡Qué diferente de su hermana! Con su pelo castaño, sus ojos negros y su tez morena.
El trayecto se le antojó eterno. El cansancio del viaje y la falta de sueño la arrojaron pronto a los brazos de Morfeo. “¡Sólo una cabezadita!”, pensó mientras apretaba aún más a su hija contra su pecho.
Despertó con una sensación extraña. Sintió una punción seca, dolorosa y brutal en su corazón. ¿Dónde estaba la niña?
Se levantó con violencia buscando entre los asientos. Ni rastro de ella. Su angustia aumentaba, los latidos de su corazónretumbaban en sus sienes. El terror ensombreció su mirada.
Su comportamiento fuera de lo normal alertó a su marido:
-¿Se puede saber qué sucede? ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca?
-¡La niña! ¡Ha desaparecido! ¡Me quedé dormida y…!-las lágrimas ahogaron sus palabras.
-Pero, ¿qué estás diciendo? ¡Si la tenías en brazos! -el hombre intentaba apaciguar la histeria que se había apoderado de su mujer y que la obligaba a convulsionar descontroladamente.
-Mami, ¿dónde está Dafne? -los ojos negros de Violeta la atravesaban aterrorizados.
-¡Se la han llevado! ¡Mi niña! ¡Se han llevado a mi hija! ¡Paren el autobús! ¡PAREN! -su voz temblorosa se mezclaba con fuertes alaridos desgarradores. Le quemaban los ojos. La garganta ardía en carne viva. La impotencia le abrasaba las entrañas. El remordimiento la aniquilaba.
Registraron el autobús conciendudamente, controlando incluso en el maletero. Todo fue infructuoso. No había rastro de su pequeña.
Sintió cómo se le escapaba la vida y cómo la vida dejaba de valer la pena.
-Mami, mami, ¡despetta! ¡Quelo agua!¿Mami?
Abrió los ojos ¿de nuevo? Dafne, con su manita blanca y rechoncha, la zarandeaba.
-¡Agua, mami, agua!                              
¡No era posible! Dafne estaba allí iluminando su mundo con el azul de sus pupilas.
La agarró casi lastimándola, manoseándola para asegurarse de no estar soñando besando su carita, su cabecita, su precioso pelo claro. ¡Era real!Lo otro sí había sido un sueño. Una pesadilla producto de la sugestión inducida por las palabras de aquella mujer.
Se volvió para compartir la felicidad, la dicha recobrada con su familia.
Su marido dormía profundamente. Junto a él, el asiento vacío de su hija Violeta.

Ibone Bueno Vicente
Grupo C
(Tren a Madrid-25 mayo 2024)


El llanto de aquel niño no era normal

Escuchaba sus gemidos que, con incesante insistencia, estaban destrozando sus tímpanos.
Había ingresado en Maternidad el día antes justo en el mismo momento que su compañera de habitación con la cual sintió una conexión inexplicable desde la primera mirada que intercambiaron. Era como si la conociese perfectamente aunque en ningún momento intermediaran palabra.
Ambas fueron llevadas a paritorios a la misma hora después de romper aguas prácticamente a la vez.
Su embarazo no había sido fácil sino, más bien, todo lo contrario. Continuos sustos que la habían obligado a permanecer en cos últimos cuatro meses. Menos mal que ya no quedaba nada para el nacimiento de su bebé.
El parto se complicó. Mientras se dejaba mecer por el sopor de la anestesia, le llegaban ecos de voces inquietas y preocupadas. Retazos de frasesinconexasque se agolpaban en su cerebro adormecido: hipoxia, cordónenredado, gruposanguíneo, plasma, ¡Lo hemosperdido!, ¡Era un niño!
Luchó contra sus párpados que le pesaban como losas hasta conseguir abrirlos ojos. Sólo conseguía vislumbrar penumbra mientras el llanto anormal de aquella criatura le perforaba con elaborada precisión los oídos. Intentó sin éxito poner orden en sus ideas.
Se sentía débil, triste, apocada, confundida.
Aun así, logró descender con gran esfuerzo de la cama blanca e impersonal. La cabeza le daba vueltas como en una noria descontrolada. Le temblaban las piernas. Se apoyó en la mesilla metálica haciendo caer un vaso con agua que había encima. El líquido se derramó mientras los cristales rotos se esparcían por doquier.
Arrastrando sus pies descalzos sobre el suelo resbaladizo, avanzó hacia el cuco del que provenía aquel llanto utilizando el porta suero para no desplomarse.
Vio, en una cama blanca e impersonal como la suya, a la madre del bebé. ¿Cómo podía dormir en medio de aquel escándalo?, se preguntó.
Alzó su brazo debilitado y clavó el pedazo de cristal que agarraba su mano en el pecho de la mujer destiñendo su camisón azul de un rojo brillante e intenso.
A continuación, se volvió hacia la pequeña cuna y repitiósu gesto.
El llanto cesó. El silencio engulló la habitación.
“Mi pequeñín querido, ya no estarás solo. Ellos te van a hacer compañía”, murmuró con un hilo de voz.
Despacio, con gran dificultad, se giró para volver a su lecho. Se sentía exhausta y acabada.
En ese instante, sus pupilas se toparon con el cristal de la ventana que le devolvió una imagen macabra: en su camisón azul, a la altura del pecho, una mancha roja brillante e intensa se desparramaba rauda.
Se dejó caer en la única cama que había en la habitación mientras sus ojos se cerraban.

IboneBuenoVicente
Grupo C