¿Literatura del absurdo?

En la sesión del lunes 25 de noviembre hablamos sobre literatura de lo absurdo. Y para ello trabajamos con algunos de los cuentos de Víctor González, autor de diferentes libros, pero de entre los que destaca El río que se secaba los jueves (y otros cuentos imposibles) con magníficas ilustraciones de Pablo Amargo.




La tarea prevista para esa sesión nos la sirve en bandeja el propio autor. Se trata de hacer una redacción sobre una vaca, pero no una vaca cualquiera. Es importante seguir los consejos que Víctor González nos ofrece en su cuento "La vaca". Nuestra vaca tiene que parecerse a la que propone el autor. He aquí el cuento:

Lo de la vaca siempre ha dado mucho juego. Y también, ¿por qué no decirlo?, muchos quebraderos de cabeza, sobre todo a los niños. Es un tema amplio y difícil, pero, nadie sabe por qué, los maestros insisten en seguir poniéndolo en las redacciones.
El caso es que ante la vaca los clavales, y los no tan chavales, por lo general se quedan en blanco. Así salen después las redacciones que salen… En fin.
Si cae la vaca, un buen truco es hablar de una vaca concreta. Por ejemplo, se puede empezar la redacción así: “Mariola era una vaca muy especial…” Y, después, ya se va entrando en detalles y se sigue escribiendo sobre Mariola tranquilamente.
Este método tiene dos ventajas. Por una parte, introduce de lleno al lector en el tema y por otra, al atribuirle una personalidad propia a la vaca, la hace más atractiva.
A fin de cuentas, uno siempre se siente más cerca de algo si lo conoce.
Además, una vez que la vaca tiene nombre es mucho más fácil hablar de ella. En realidad, ni las cosas ni las personas ni los animales existen hasta que tienen nombres.
Otra forma de resolver la papeleta es buscando un enfoque inusual, más interesante y novedoso. Manolo Rivas utilizó este método en Un millón de vacas y le salió muy bien. Nadie se lo esperaba. En lugar de hablar de una sola vaca habló de un millón, y todo el mundo quedó epatado. Fue un éxito. Incluso le dieron el Premio Nacional de Literatura por eso.
La verdad es que ya había habido algunos precedentes. Rabelais, sin ir más lejos, tuvo 17.913 vacas lecheras y no sé dio tanto bombo. Eso sí, hay que reconocer que Manolo le ganó por puntos.
A través de un interesantísimo libro de Jesús Mosterín, Vivan los animales, me entero de que la famosa escritora Astrid Lindgren logró que el Parlamento sueco aprobara una ley garantizando el derecho de las vacas a salir a pasear fuera del establo, al menos una vez al día. Este también podría ser un punto de partida interesante.
Pero, así y todo, estas estratagemas no garantizan totalmente el éxito. Alberto García Pallón, un  niño sevillano de doce años, escribió en cierta ocasión una interesantísima y bien documentada redacción sobre la vaca marina (Trichechus manatus), pero su profesor era un envidioso y le puso un cero. Marinita Fernández, una niña natural de La Puebla del Caramiñal, también hizo un excelente trabajo de redacción sobre la vaca. En él, la chiquilla describía con detalle, entre otras curiosidades, la impresionante presentica física de la directora del colegio y por este motivo fue expulsada del centro.
En cualquier caso y aunque cada maestrillo tiene su librillo, para que sirva de guía en el futuro, damos, a continuación, algunas nociones básicas sobre la vaca, que pueden resultar útiles al lector si algún día le ponen este tema en una redacción.
Primer punto, hay tres clases de vacas: rojas, negras y moteadas. Es muy importante saber esto. Básico. Las antiguas clasificaciones por razas, holandesa, frisona, montañesa, etc., están obsoletas.
Las vacas rojas son vacas matutinas, y las negras, vespertinas, esto lo explica muy bien Mircea Eliade a cuya obra remito a quien quiera ampliar datos.
Las vacas rojas suelen despertarse muy temprano y lo primero que hacen por la mañana, antes de nada, es arreglar la casa. Después, se van a pastar. las vacas negras, en cambio, son muy difíciles de ver.
Sorprendentemente, la leche de ambas es idéntica: blanca.
Las vacas moteadas son escasas. Una moteada famosa fue la vaca Shabala, propiedad de un tal Vasishtha, que era sabio, la trataba como a su propia esposa e incluso compartían el lecho. No es un caso único, pues también el adivino tesalio Melampo se casó con una vaca moteada y tuvo hijos con ella. Y el rey Egwaldr de Escandinavia amaba tanto a su vaca moteada que dejó ordenado que a su muerte los enterraran juntos.
Segundo punto: si se alimenta a una vaca desde pequeña, bien se roja, negra o moteada, con zumo de higos, se pone muy robusta.
Tercer punto: ciertas cosas no deben mencionarse nunca en una redacción sobre la vaca, pues los profesores y tribunales raras veces las admiten como válidas. Por ejemplo, no hay que hablar de la vaca Lupita por famosa que sea; sin embargo, no hay ningún problema en citar a la vaca que saltó sobre la luna. Esta está bien vista.
Cuarto punto: es conveniente incluir en la redacción alguna nota erudita. Para ello, sugerimos documentarse en la interesantísima obra Verdadera e General Historia de la Vaca del Chaco, escrita por el lugarteniente de Pizarro y posteriormente granjero, Antonio Altamirano. Esta bellísima crónica es una fuente de conocimientos inagotable sobre la vaca en América. Si el lector encuentra alguna edición de este libro, le ruego encarecidamente que me lo comunique cuanto antes
Quinto y último punto: no está permitido, de ninguna manera, describir a una vaca diciendo que tiene el tamaño de una vaca, aunque esto sea exacto.

Víctor González


Y aquí tenéis las tareas de algunos de los participantes en el taller de escritura creativa:

Noticiero

Diario:”Es_para_hoy_mañana_se_pasa” 27 septiembre 2027
Ecos de sociedad
Inauguración de una nueva tienda “Miluna Dorada”(*)
Un nuevo establecimiento de la famosa vaca Miluna Dorada se abrió en el día de ayer en el prestigioso barrio de Sal_ahora_manca en Madridcity, a la inauguración asistió Anmá de Dale_al_pedal, secretaria general del partido gobernante, Pipiripí_PiPí, acompañada por el ex_presidente del gobierno Haz_nada (el actual presidente tenía prevista su asistencia pero al final se “rajoy”).
(*)

“Miluna Dorada”.(www.ve_aquí_pedia.com)
Vaca fresona, cruce de una roja y un moteado, procedente de los valles de la lejana Minnesota de bastos, su madre fue la famosa “tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, me da leche merengada, ay! que vaca tan salada, tolón, tolón”, su padre un toro moteado, campeón de halterofilia, capaz de beberse 100 litros de zumo de higos de una sentada, semental de primera, se le calculan unos 20.000 hij@s.
Miluna Dorada se hizo famosa a su mayoría de edad porque en lugar de dar leche, daba hilos de seda y mediante el rabo, con una habilidad impensable, tejía unas maravillosas telas de seda, cuya suavidad era comparable a las nieves recién caídas del Kilimanjaro. Los dueños unos humildes ganaderos de Minnesota de bastos, han amasado una fortuna incalculable con la venta de las apreciadas telas, abriendo tiendas por todo el mundo.

Vicente Martín


La vaca de caramelo

El en quiosco yo hablé
con una vaca salada,
me puse a patalear
y se quedó cabreada.

Me escondí en el quiosco,
sus doce patas bailaban,
con el ruido de la calle
su caramelo chillaba.

¡Vaya vaca más extraña!
todo el mundo la miraba,
el caramelo decía
cómeme y hasta mañana.

Todas las vacas parecen
estar gordas y doradas,
pero cuando yo las miro
entonces, sí que están flacas.

Sofía Montero


Historia de una vaca

Cuando Luca llegó del colegio, hizo lo habitual; tiró la mochila en la entrada y se dirigió a la cocina. Tenía hambre. Un hambre infinita. Con su naricilla de ratón campañol buscó en el aire el olor de las rosquillas. Tía Sara le había dicho que cuando volviera “del conser” estarían hechas. No olía nada. No olía a nada. Por primera vez en su vida, estaba confuso. Confusión que se multiplicó por siete (la tabla más difícil que había aprendido hasta el momento) cuando al llegar a la puerta de la cocina, vio que sobre la encimera crecía una montaña color arena, semisólida, que no encontrando espacio hacia el techo, buscaba el suelo y como un río recién nacido fluía y empapaba todo lo que encontraba. Lo tocó. Sabía a masa de rosquillas.
Algo muy gordo tenía que haber sucedido. Sara, la tía Sara jamás se hubiera marchado con “eso” ahí. Llamó a voces “Tía Sara” “Tía Sara” “Tía Sara” Viendo que por mucho que repitiera el nombre, no aparecía; calló. Los monstruos comenzaban a salir de las paredes. Ya les veía. Casi le tocaban. Iba a llorar y mucho, cuando de repente lo supo: ¡La granja! Tía Sara estaba allí. Algo terrible había pasado en la granja de la tía…. Y voló por la ventana.
Cuando Luca llegó a la granja sudando como una catarata comprobó que había acertado. La cancela que daba a las cuadras estaba abierta, apoyada en el dintel, de espaldas a él, estaba Sara. Su maravillosa tía Sara. Tenía los pies del revés y dedujo que como siempre que se le ponían así, algo no andaba bien. Con mucho cuidado de no pisarla, se acercó por detrás y la abrazó por la cintura. Poco a poco sintió el corazón como masa de rosquilla. Antes de que se desbordara; su tía –que controlaba magistralmente los tiempos de espera y acción que demanda una buena cocina-, le guió como bien pudo hasta el fondo de la cuadra.
Allí estaba “la Generosa” con su cornamenta larga y abierta, erguida, con aplomo y su mirada franca. Junto a ella una ternerita negra con la cabeza pequeña y muy bien proporcionada hacía lo posible por mantenerse de pie sobre cuatro palillos como patas. Y cuando lo conseguía, hacía lo posible por colgar su morro de alguno de los cuatro pezones que coronaban la generosa ubre de “La Generosa.”
Cuando Luca pensó que ya nada podía emocionarle más, Sara, su tía Sara, sacó del bolsillo de su delantal azul de rayas, un pañuelo. Estaba plegado sobre él mismo. Escondía algo. Lo abrió y…. Luca se quedo sin aliento.
Dentro había una ternerita. Era como “la Generosa”. Igual, igualita, pero tan pequeña, tan pequeña; tan pequeñita, tan diminuta que las vaquitas de su granja de play móvil podrían adoptarla.
En cuanto la olió, su madre se acercó a olisquearla. La pequeña se izó sobre sus cuatro palos como patas. Con el mimo más exquisito, “la Generosa” lamió la cara y la mano de la tía Sara. Después la empujó con el hocico hacia la puerta de la cuadra. Le entregaba a su cría para que la cuidara. Ahora Luca tenía una prima. Milagrosamente –como todo cuanto sucede- los pies de Sara volvieron a la posición estándar y regresaron a casa.
Cuando Luca y Sara llegaron, la masa de las rosquillas salía por las ventanas. Tardaron días en recogerla y trabajarla. Hicieron tantas, que el olor se extendió por las cuatro estaciones.
Mientras “Levadura” -que así se llamaba la minúscula hija de “la Generosa”- pacía despreocupadamente por su casa, que de día era la granja de play móvil que Luca tenia sobre el escritorio de su habitación y de noche la esponjosa rosquilla que Luca tenía sobre la almohada de su cama.

Lo que más le gustaba a “Levadura” era jugar.
Lo que más le gustaba a Luca era jugar.
Lo que más le gustaba a la tía Sara era jugar.

Podían estar años y noches jugando. Y en ello estaban, cuando un día, de repente, “Levadura” se puso mala. Enroscada en su rosquilla no se levantaba. Sara, la tía Sara cogió la lupa y la examinó. Tenía la barriga hinchada. Había que ordeñarla.
Cuando Luca y Sara se pusieron a vaciarla estaban convencidos de que no tardarían nada. Siendo como era la ternera una miniatura, sus ubres quedarían libres en un suspiro. No fue así. Tras doce horas y cuarenta mil segundos de cuidadoso y delicado ordeño, en la habitación de Luca había doce cantaras de aluminio de cuarenta litros que rebosaban. Su contenido no era blanco sino dorado, un dorado pálido; y su aroma, su aroma a lúpulo fresco y esteres frutales evocaba amigos y música…, locales y ¿cerveza?… La probaron. Era cerveza.
Los pies de Sara se volvieron del revés. Algo no andaba bien.
Siete meses tardaron en volver a su posición estándar. Siete meses que fueron los meses que la tía Sara tardó en descubrir lo que pasaba. A “Levadura” le gustaba comer cebada.
Cuando Sara le comentó a Luca lo que sospechaba, decidieron hacer un experimento. Durante unos días, pondrían todo su empeño en que “Levadura” no encontrara nada, absolutamente nada de cebada. Pondrían a su alcance, eso sí, comiditas variadas y esperarían con calma a ver lo que pasaba.
La prueba demostró que las conjeturas de Sara estaban acertadas. Cuando “Levadura” comía uvas blancas daba brandy; y cuando se atiborraba de endrinas pacharán; y si era azúcar lo que rumiaba, era ron lo que ordeñaban… Nunca dio leche blanca. Lo más parecido, trufada.
La primera vez que volvieron a poner a su alcance la cebada las cantaras rebosaron de un “agua de vida” escocesa con sabor a malta.
Un día, cuando Luca y Sara limpiaban las cantaras; “Levadura” encontró un papel en su granja, tenía escritas palabras, como no las entendía se lo comió. Cuando la ordeñaron, de cada pezón salió una grafía. Una era “la efe”, otra “la i”, la tercera “la ene”, la cuarta “un punto”. Luca y Sara las juntaron y juntos en voz alta, como tú ahora, leyeron

Ana Isabel Fariña


Mi vaca

La vaca del prao Somonte siempre me causó mucha tristeza. La imagen de los postes del telégrafo sucediéndose ante los ojos impotentes de la Cordera y las bocas anhelantes del Pinín y la Rosa marcan un compás de metrónomo acelerado hacia los tiempos del hambre y del silencio. Mucho silencio. Demasiado silencio gritando.
Así que no me subiré a ese tren para hablar de una vaca con nombre demasiado propio. Por ejemplo, puedo hablarte de mi vaca. Mi vaca guapa. Mi vaca es una vaca que guardo en mi memoria como “guapa”. Porque las vacas son guapas, digas lo que digas.
Míralas a los ojos: redondos, oscuros, algo desconfiados. Me pregunto por qué la genética no almizcló para que hubiera vacas con los ojos verdes, o azules. Hubiéramos tenido la posibilidad de jugar con expresiones como: “los ojos traicioneros de las vacas”, “sus ojos reflejaban un mar de hierba salada”, “su mugido contestó con verde mirar”. Yo hubiera paseado mi vaca de ojos verdes por la memoria con cierta arrogancia de concurso. Aunque prefiero asomarme al abismo óptico de su negrura cristalina.
No te burles de mí. Y, dime si en ese asomo no hay algo de diafragma abierto dispuesto a engullirte. Yo me he perdido muchas veces en esa zambullida ocular, simplemente atraída por la lindeza de esos ojos.
No, las vacas no son feas. Las vacas son, definitivamente, guapas.
Y creo que en esa belleza vacuna los higos tienen mucho que decir. Al menos la mía no los abandona en ningún momento. Si hace calor y se le pone la bola de sal helada junto a la comida para dar mejor leche, mi vaca se postra con el hocico húmedo y niega el manjar aleteando los orificios de la nariz. Hasta que no llegan los higos aún verdes de la higuera centenaria, mi vaca guapa no cambia su gesto. Tras engullir unos frutos, mira atenta con un mohín de cabeza y parece sonreír agradecida. Cuando más parece agradecer el dulce fruto es en los últimos días del verano, cuando la higuera, rebosante de higos, alterna los maduros almibarados y los lechosos a punto de alcanzar el azúcar. Entonces huele la fruta en las manos y, apenas asomas por la puerta, mueve sus carnes turgentes hacia el manjar suculento. Esos días su leche, siempre blanca, adquiere el tinte verdileche y un sabor granulado que se expande por el cubo en el ordeño.
Además de comer higos, a mi vaca le entusiasma dar paseos. Si no recuerdo mal, en la General Historia de la vaca del Chaco, o, ¿fue en Memorias de una vaca?, se aconseja “el paseo diario de la vaca por lugares de tranquilo recorrido, a ser posible, antes de que la tarde concluya en su término para mayor provecho de sus ubres y mayor provecho de su leche”. Así, antes de que la tarde caiga, la mía, se ciñe la piel al cuerpo, lustra sus tacones preciosos, observa su reflejo en el estanque del caño y con parsimonioso contoneo avanza por la calleja sin prisa. De vez en cuando se detiene a mirar no sé qué sonidos que le vienen a la cabeza, unos pasos adelante levanta el rabo sin alerta y depone, sin sonrojo, salpicando la tierra con creatividad abstracta y espontánea.
En sus paseos de atardecer, mi vaca no deja de acercarse a ver al ternero de la vaca que ríe. Nació por la primavera y a estas alturas el jugo de higos de finales de septiembre lo está convirtiendo en una hermosa criatura. Conversa con su amiga, ríen al unísono con las cabriolas del pequeño y entre mugido y risido matan moscas con el rabo. Siempre recuerdan la tarde que colgaron el aro de su oreja izquierda y el placer que supuso el lamido de aquel que pudo ser su amor eterno y ella cambió por su libertad ternera.
Los martes los tiene reservados para subir al Somonte; aunque sabe que volverá algo tiesa. A veces rumia en su regreso que esa es la última vez, pero sabe que a su amiga, la vaca que un día subirá a un tren, le hace mucho bien su compañía. Con ella suele acercarse hasta los palos del telégrafo y una vez allí arriman la oreja al poste y la vibración del mensaje salta de cable en cable, de poste en poste. Luego intercambian impresiones sobre los puntos y las rayas, los muuus y los maaas, hasta que la triste vaca del Somonte cae en la oscura cuenta de su tristeza y comienza la cantinela de presagios y sospechas… Mi vaca, a la que gusta el día a día, que se haría tatuar en la pezuña el momento y su disfrute, menea la testuz con descontento, y cierta rabia, y comienza el descenso con su contoneo moteado, mientras muge un “hasta pronto, verás como no es nada…toma esta noche leche de higo que reconforta el alma y anima la ubre.” Luego rumia su letanía en la que se promete que esa “es la última vez”, “que le lleva la leche a la hiel tanta amargura vacuna”, “pa dos ordeñadas que una vive…”
Para curarse de la tristeza de los martes, los miércoles se apresura a visitar a su loca preferida, y, aunque le carga a veces tanto atrevimiento en el vestir, una vaca morada es una vaca morada. Y, ¡siempre es tan divertida! Con la vaca de la vieja Milka siempre se entusiasma, siempre traman escapadas apasionantes. Mi vaca piensa que su dueña le consiente demasiado, pero es tan envidiablemente entretenida… La vaca de la vieja Milka viste morado por convencimiento, es libertina, golosa, alocada, soñadora, siempre dispuesta al jugueteo.
A mi vaca guapa, creo, le apasiona estar con ella, y, en el fondo envidia, eso sí, sanamente, su osadía en el vestir y en el amar. Un día sueñan las dos con soltar el cencerro y dedicarse unos días de destete y aventura…Quizá se lleven con ellas a la del Somonte, a ver si le espantan la umbría y le matan el celo.

Pilar Luengo


La vaca que ríe

La vaca que ríe tiene buenos motivos para reírse y sentirse orgullosa.
La predisposición a la risa es de origen genético. Entre sus ancestros se encuentra un abuelo ruso circense que transmitió a la descendencia la boca de payaso y una bisabuela materna, humorista en los primeros filmes de cine muuudo en blanco y negro, que supo modelar el gesto de la risa como ninguna otra estrella.
La vache qui rit también llamada Risueñá dirige una empresa que envía rodando cajas de porciones de queso multiusos desde Francia al resto del mundo.
Su padre, el Toro de Osborne de origen andaluz comenzó como modelo de valla publicitaria de carretera. Hoy icono cultural, su imponente silueta se puede observar en nuestros campos desde cualquier ubicación.
Siguiendo los pasos del abuelo los hermanos Azul ejercen de modelo en exposiciones repartidas por todo el territorio y siguen a la intemperie a pesar de la gran competencia existente.
Hubo otros personajes ilustres en la familia como Viruela, descubridora de las vacunas allá por el siglo XVIII en Inglaterra. Reseñas de la época de individuos que la conocieron alaban su cualidad de mansa y de sentirse cercana a otras especies. Una ginebrina relata, “te metía el virus en el cuerpo y ya no te podía ocurrir nada, estar a su lado te daba fuerzas ante cualquier peligro que te acechara”.
De la misma raza lechera procede la tía Ubre Blanca, que dedicó los nueve años de vida adulta a abastecer de leche a todas las escuelas y hogares de Cuba. Su corta vida la ha convertido en mito y se conmemora su aniversario con una lechada por las calles de la Habana al mejor estilo indiano.
Como última cita les dejo con música del Fary que supo reconocer como nadie a esta gran estirpe cuando una fría noche madrileña el gran Botines entró en su taxi para que le condujera al tablao flamenco “El corral de la Pacheca”. Desde entonces el gran semental fue su amigo entrañable y quedó inmortalizado en sus canciones,
Vaya torito, ay torito guapo.

Antonia Oliva


Tantas vacas

¡Tantas vacas, tantas vacas...! No sé ni por dónde empezar, todas me miran y mueven la cabeza y se lamen el morro y mueven las orejas y vuelven a mirar. Estoy a punto de un ataque de nervios. Mi futuro inmediato depende de ellas, espero que no se den cuenta que me sudan las manos, que el saludo me salió tembloroso, que sin querer me he tocado la nariz y que he mirado a la izquierda antes de responder a las preguntas (¿o ha sido a la derecha?, por Dios, ¡qué ansiedad!). He jurado que soy ecologista, persona convencida de los beneficios del bienestar animal, comprometida con el planeta Tierra..... ¡Esta maldita manía de hacer asamblea para todo! ¡Si yo solo quiero comprar un litro de leche!

Elena Plaza


La vaca tiene tres patas…

La vaca Vaninna tenía tres patas. Aún así guardaba la esperanza de que algún día se iban a fijar en ella y podría realizar su sueño de ser cantante y ser reconocida por el grán público. En su pueblo de Córsega donde le había tocado la suerte (o mala suerte) nacer un día de mercado, podía andar por libre como cualquiera de sus compañeras y ella lo aprovechaba para irse a pasear todos los días en la playa de Porto Pollo. Si a la Casta la había descubierto un fotógrafo en una playa de la isla, ¿por qué no a ella ? pensaba.
Yo, la verdad, la primera vez que estaba, medio dormida, tumbada y tomando el sol en la playa, y de pronto se me acercó la vaca Vaninna cantando en portugués, me asusté un montón. Pero cuando me dí cuenta luego de que allí era muy común lo de compartir toalla con las vacas, me relajé.
Como dicho, Vannina cantaba en portugués. Pero lo mismo cantaba en árabe, en griego, en japonés, en francés, o en cualquier otro idioma (excepto el finlandés que se le daba muy mal). Es verdad que tenía la bovina un don especial para los idiomas y para el cante. Y era raro que, a esas alturas, no se hubiese fijado nadie.
Me contaron (creo que fue Ana la que me lo contó) que un día sin embargo se había acercado uno para decirle que, vale, sí, cantaba bien, pero que que pretendía ella como vaca sabiendo que iba a ser imposible igualar en fama a la que ríe. Ella le contestó que en absoluto iba a desanimarse por esa presumida, que al fin y al cabo no era más que una vaca roja del montón con pendientes cutres.
Así seguía la vaca Vaninna recorriendo cada día la playa de arriba pa abajo y de abajo pa arriba.
También una tarde de mucho sol y que se había dejado las gafas Vaninna en la terraza de una taberna repleta de turistas (yo recuerdo que iba siempre muy coqueta esa vaca) e iba cantando su repertorio búlgaro, se fijó en sus ojos de cierva un buscador de caras bonitas de origen polaco y le comentó que la hubiese llevado a bailar en las ‘Folies Bergères’ de París, pero que, claro, con una pata menos dudaba de que la pudiese colar.
-‘Es que…’ pensaba, ‘la vaca tiene tres patas…’
-‘¡Mentira !’ dijo un cubano que pasaba por allí. ‘¡qué tiene cuatro !’
Y es que es así. En Cuba, aunque la gente diga que la vaca tiene tres patas, bien saben todos que es mentira y tiene cuatro.
Pero no pareció convencerle al hombre y se volvió hacia el norte. Y la vaca siguió su camino.
Yo también seguí el mío y hace mucho que no voy a la playa de Porto Pollo. Pero tengo una prima llamada Priscillia que se echó un novio marroquí en la zona y a veces coincide en esa misma playa con unos amigos para jugar a las cartas. Dice que nunca ha visto, ni oído hablar, de la vaca Vaninna. No sé…A veces me pregunto: “¿Se habrá marchado Vaninna con uno del show biz?”

Sara Pérez


La vaca capataz

Lucilda es una preciosa vaca de pelaje castaño, natural de Allariz, provincia de Ourense, aunque en la actualidad reside en Combarros, provincia de A Coruña.
Lucilda se levanta con el sol todas las mañanas, y sin perder un momento, va despertando una a una a todas sus compañeras, y colocándolas en fila india para el ordeño.
Una vez ordeñadas todas, las azuza para salir a pastar, sin dejar que ninguna se retrase. Se preocupa de que no beban dónde no deben y de que regresen puntuales de vuelta al establo. Antes de retirarse a dormir comprueba que estén todas y correctamente ubicadas.
A Lucilda sus compañeras no la miran demasiado bien. Dicen que es la favorita del Amo. Eso es cierto, aunque realmente Lucilda no soporta al Amo. Pero es una vaca lista, y siempre tiene muy presente que el amo tiene vacas “de leche” y “de carne”. Y por nada del mundo querría ser de las segundas.

Miguel Ángel Pérez

Él y ella (o viceversa)

La sesión del lunes 18 de noviembre la dedicamos a parodiar, imitar o crear textos a partir de una idea desarrollada por Magdalena Tirado, profesora de la Escuela de Escritores, en un taller exprés de escritura denominado "El motor de la creatividad".
La actividad consistía en crear un texto a partir de estos ejemplos en los que se habla de él y de ella:

Encuentros en la tercera frase

Ellos eran altos y rubios como la cerveza.
Ellas altas y delgadas como sus madres morenas.
Un día de otoño se encontraron. Se amaron.

Raúl Vacas


Los formales y el frío

Quién iba a prever que el amor, ese informal
se dedicara a ellos tan formales
mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula
su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella,
pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta
como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche
y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios ,los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos
una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre
él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Marío Benedetti


Él y yo

Él siempre tiene calor; yo, siempre tengo frío. En verano, cuando hace realmente calor, no hace más que lamentarse del mucho calor que tiene. Se indigna si por las noches ve que me pongo un jersey.
Él sabe hablar bien algunos idiomas; yo no hablo bien ninguno. Él logra hablar, a su modo, incluso los idiomas que no sabe.
Él tiene un gran sentido de la orientación; yo, ninguno. En las ciudades extranjeras, al cabo de un día, él se mueve ligero como una mariposa. Yo me pierdo en mi propia ciudad; tengo que pedir indicaciones para volver a mi propia casa. él odia pedir indicaciones; cuando vamos en coche por ciudades desconocidas, no quiere que pidamos indicaciones y me ordena que mire el plano. Yo no sé mirar planos, me hago un lío con esos circulitos, y él se enfada.
A él le gustan el teatro, la pintura y la música, sobre todo la música. Yo no entiendo nada de música, me importa muy poco la pintura y en el teatro me aburro. Hay una sola cosa en el mundo que me gusta y entiendo: la poesía.
A él le gustan los museos, y yo los visito con esfuerzo, con una desagradable sensación de obligación y fatiga. A él le gustan las bibliotecas, y yo las odio.
Le gustan los viajes, las ciudades extranjeras y desconocidas, los restaurantes. Yo me quedaría siempre en casa, no saldría nunca.
Lo acompaño, no obstante, en muchos viajes. Lo sigo a los museos, a las iglesias, a la ópera. Lo sigo también a los conciertos y me duermo.
Como conoce a directores de orquesta, a cantantes, al terminar el espectáculo le gustar ir a felicitarlos. Lo sigo por los largos pasillos que llevan a los camerinos de los cantantes, lo oigo hablar con personas vestidas de cardenales y de reyes.
No es tímido, y yo soy tímida. Aunque a veces, lo he visto tímido. Con los policías cuando se acercan a nuestro coche armados de bloc y lápiz. Con ellos se vuelve tímido, se siente en falta.
Y también cuando no se siente en falta. Creo que tiene respeto a la autoridad constituida.
Yo temo a la autoridad constituida; él, no. Él le tiene respeto. Es distinto. Yo, si veo a un policía acercarse para ponernos una multa, pienso enseguida que quiere meterme en la cárcel. Él no piensa en la cárcel; pero por respeto, se vuelve tímido y amable.
Durante el proceso Montesi tuvimos una pelea furibunda precisamente por eso, por su respeto a la autoridad constituida.
A él le gustan los tallarines, el cordero lechal, las cerezas y el vino tinto. A mí me gustan la sopa de legumbres, la sopa de pan, la tortilla y las verduras.
Suele decirme que no entiendo nada en cuestiones de comer, y que soy como algunos frailotes robustos que devoran sopas de hierbas a la sombra de sus conventos; él, sin embargo, él es un refinado, de paladar sensible. En el restaurante se informa largamente sobre los vinos; hace que le lleven dos o tres botellas, las observa y reflexiona, acariciándose la barba despacio.

Natalia Ginzburg


Y completamos este breve repertorio de textos con un enlace a la canción de Ricardo Arjona titulada "Ella y él"


Aquí están algunos de los trabajos de los participantes en el taller. Feliz lectura:

El y ella

A ella nunca le gustó peinar muñecas. Por eso, siempre sospechó que sus cartas no llegaban a Oriente o que si llegaban se perdían en alguno de los tres enormes baúles de sándalo que tejen desde hace siglos aventuras que huelen a mirra, y oro; oro en escamas que aunque no huele a nada, brilla y permite que los buhos forjen cada noche las estrellas que entran a través de las ventanas. Su hermana le aseguraba que no era así, que lo que sucedía es que nada más llegar la carta, su carta, se la comía uno de los miles de miles de camellos que vivían en los jardines reales y su prima –su prima Carmen-, cuando se quedaban solas, le juraba por todos sus juguetes que lo que pasaba, lo que realmente pasaba es que alguno de los pajes que vivían en palacio, año tras año, se la jugaba. Ella no las creía ¿por qué iba ser así? Ella no era mala...
El caso es que su habitación "rosa" estaba llena de esos engendros inexpresivos que día y noche la miraban y que todo el mundo que pasaba por allí festejaba con piropos y caricias estridentes y exageradas. "¡Qué bonita!" decían, "como tú" apostillaban. Entonces ella lloraba, lloraba tanto que la habitación se inundaba y había que llamar a los bomberos para que la dejaran como estaba.
La única forma que tenía de dormir en aquella urna pastelosa era metiéndose en la tienda de campaña que su abuelo había anclado para ella en un rincón de la estancia. Allí estaba segura. No entendía muy bien por qué, pero estaba convencida de que si se acostaba en su cama, a la vista de esos monstruos secos que vestían galas y la miraban y la miraban y la miraban y no dejaban de mirarla sin decir nada, terminarían por entrar en su sueño y un día cuando se levantara sería como ellas, un prodigio deforme, un esperpento, un color sin alas.
A él nunca le gustó ser He-man o Faker, menos aún Skeletor...Por eso siempre sospechó que sus cartas no llegaban a Laponia o que si llegaban se perdían en la enorme habitación de los mapas parlantes. Pieza caldeada por chimeneas y mantas donde Santa Claus las leía y las clasificaba mientras seguía los pasos de su remitente a través de un minúsculo telescopio que junto a la campana de plata y el trineo de renos forjó la magia de un aliento que ya no se recordaba. Su hermano le aseguraba que no era así, que lo que sucedía es que nada más llegar la carta, su carta, se la comía uno de los miles de miles de renos que vivían en las eternas nieves perpetuas y su primo –su primo Antonio- le juraba por todos sus juguetes que lo que pasaba, lo que realmente pasaba es que alguno de los duendes que vivían en la casa de los señores Noël, año tras año, se la jugaba. Él nunca les creía ¿por qué iba a ser así? Él no era malo…
El caso es que su habitación "azul" estaba llena de guerreros robustos, aguerridos y batalladores que día y noche le observaban; y que todo el mundo que pasaba por allí les contemplaba con extraordinaria y reverente admiración. "¡Defiéndete! ¡Lucha!", le increpaban "Te reto" apostillaban.
Entonces él lloraba, lloraba tanto que la habitación se inundaba y había que llamar a los bomberos para que la dejaran como estaba.
La única forma que tenía de dormir en aquella urna que olía a tierra requemada, era metiéndose en la tienda de campaña que su abuelo había anclado para él en un rincón de la estancia. Allí estaba seguro. No entendía muy bien por qué, pero estaba convencido de que si se acostaba en su cama, a la vista de todos esos guerreros hambrientos que vestían banderas extrañas y le miraban y le miraban y le miraban y no dejaban de mirarle sin decir nada, terminarían por entrar en su sueño, y un día cuando se levantara sería como ellos, una mutación letal, una marioneta de pólvora, un color sin alas.

Cien años después (o cien años antes), un precioso día del Carmen en la preciosa ermita de San Antonio se celebró un enlace.
La unión era perfecta. El día también. El sol brillaba. El cielo estaba limpio. Olía a azahar. Había música. Había rosas. Había mucha música y muchas rosas.
Él, el primo Antonio, estaba nervioso y vestía de “camarero”. Ella, la prima Carmen, estaba radiante y vestía de “princesa”. Los invitados “no habían visto nada igual”
Cuando concluyó la ceremonia, en la puerta, hubo arroz.
Nada, absolutamente nada podía hacer presagiar el diluvio que se desató en el banquete, cuando una joven que olía a sándalo y un joven que olía a humo de chimenea, no pudiendo reprimir más su dolor, comenzaron a llorar. Los bomberos no daban a vasto. “¡Cuánta emoción!” -repetían los comensales- y mientras lo hacían, corrían como podían por la finca donde se habían instalado con mimo todo tipo de manjares. Hubo que evacuarles. Guerreros y muñecas fueron trasladados a un hotel mejor y más grande. En él, se les agasajó como correspondía.
De “los emocionados” no se ocupó nadie. Y así se vieron solos. Solos en medio del barro sin saber donde estaban; sin conocer a nadie. Enseguida supieron que eran “iguales”. Y les llegó la noche. Como todo estaba oscuro, ella se quito un anillo. Un buho forjó estrellas. Él busco en sus bolsillos y apareció un mapa. Un aliento que ya no se recordaba les indicó el camino y tejieron aventuras que olían a mirra y cartas
Cien años después (o cien años antes) Carmen, la prima Carmen, la perfecta casada, se quedó embaraza. “Gemelos” le dijeron. Y con dolor parió un niño y una niña. Un niño “azul” y fuerte. Una niña “rosa” y preciosa.

Ana Isabel Fariña


Autoviolencia doméstica(Él y Ella Contra Él y Ella)

Él cerró dando un portazo al entrar en casa.
Ella hizo lo mismo con la puerta de la cocina.
Él le gritó que si le parecía forma de cerrar la puerta.
Ella le contestó que la culpa era de su madre, por consentirle tanto.
Ella con sorna respondió que era mucho mejor su padre y sus golpes, que se notaba el resultado.
Él cortó diciendo que fueran a comer, que la silla medio rota para él, por inútil y no arreglarla.
Ella dijo que si quería comer se calentara algo, que las lentejas, frías y requemadas, se las iba a tragar todas ella, a ver si así espabilaba de una vez.
Él, fuera de sí, estampó el mando de la tele contra la pantalla de plasma.
Ella respondió estrellando contra el suelo una de sus macetas.
Él salió como una exhalación de casa, directo al coche, rayándolo de adelante a atrás.
Ella cogió la perrita y, llenando el fregadero, le sumergió la cabeza. Entonces recordó que era un regalo de él y, suspirando con furia, soltó al animal y dio la discusión por perdida.

Miguel Ángel Pérez


Él y ella

Él se entrega a la vida, como un soñador en el camino de las horas.
Ella le sigue con su alegre visión de lo cotidiano, con su ilusión por
las cosas, con su transformación de la realidad.
Él observa los pequeños objetos cotidianos con su imaginación y va
más allá de lo que ve.
Ella compone esa observación con poemas que brotan de la inquietud
de ambos.
Él anochece con la imagen de un nuevo pensamiento.
Ella amanece con la idea que ambos fomentarán: la amistad y el amor.
Él y ella entran en el laberinto de sentir y conectar con la vida en un tiempo indefinido y mágico.

Sofía Montero


Ella dijo que estaba todo bien. La cama revuelta, la persiana a medio bajar, la ropa desperdigada por la habitación… señal del deseo agotado apenas unos instantes. La confrontación volcánica de dos cuerpos convulsos en el último vestigio de la tarde.
No habrá preliminares, ni velas aromáticas, ni románticas canciones… ni volarán flechas por el aire.
Una riada de besos que llegarían por sorpresa, inundando de lujuria la penumbra de aquel pequeño cuarto; besos fríos, calculados al detalle, no destinados a dar placer, sino dirigidos a hacer daño.
Aquel lujurioso cuarto de hotel, hace un momento abrumado, por una tensión sexual resuelta atropelladamente, una serie de gemidos y espasmos, nerviosos ante la llegada de una eyaculación agitada en el desenfreno febril de dos cuerpos agotados, que apenas se rozan, que esquivan temerosos sus miradas, temiendo la inminente llegada de un clímax, maldito, indiferente… ante aquellos dos seres entre sí extraños.
Aquel bar, aquellas dos cervezas… mínimo aliciente para aquel reencuentro extraño. Las risas volaban por el aire, en aquella fría tarde de Enero, sin que ello fuera un inconveniente para congelar sus ánimos.
Hasta el último momento el no se atrevió a decirle que la echaba de menos… ella se dejó hacer, cayó en el engaño de su sonrisa… y echo a arder. De camino, un pinchazo, mil dudas, un amago de arrepentimiento, mientras el caminaba apresurado, asiéndola fuertemente , como si temiera lo que ella pensaba hacer.
Aquella abrupta tarde de un verano cualquiera, un inesperado traspiés , que ambos sabían que llegaría a sus vidas. Ella le pidió sentarse junto a él … en aquel banco del paseo marítimo de aquella ciudad costera, donde transcurriría la enésima última oportunidad que se iban a dar.
No necesitó decir nada, sus ojos hablaban por sí solos. No podía mirarle directamente, sentía que su alma se derrumbaba. El le cogió las manos entre las suyas , como para compartir la culpa que su alma albergaba.
¡Rodrigo !...
¡Eva! … no digas nada
Ya no quedaban palabras, no servían las vueltas que le daban, la noticia anunciada previamente, ahora en frío llegaba. Ella teniendo la voluntad del golpe de gracia en sus manos, el , cobarde, aceptando la muerte anunciada, sintiendo como Eva se iba de entre sus manos entrelazadas . Un abrazo silencioso, interrumpido por el llano de ella , las caricias automatizadas de él, la tarde cayendo pesadumbrosa, ajena al rostro desencajado de él, y la mirada perdida de ella, confundiéndose con el horizonte… ella enjuga su llanto, se levanta , y se marcha. El no reacciona , no quiere , no sabe; se queda paralizado, levitando, como si no existiera el banco donde reposa su cadáver, ni la playa que tiene delante… como si aquella tarde fuera un agujero negro en su destartalada vida.

No es tiempo de llantos… ni de alegrías; no hay una palabra perdida ni una efímera caricia. Todo es extraño en ellos, aquel bar, la invitación, ese primer qué tal… nervioso, punzante, temiendo una gélida respuesta del otro lado. Ahora no es ahora, ni siquiera es antes, ahora es aquel verano de antaño… la tarde rememora aquella aún reciente herida.
Ahora hay una cama donde antes hubo un banco, no hay lágrimas ni súplicas … ella se levanta despacio , sigilosa, como si no quisiera despertarle de su desengaño. Se viste, diligente pero despacio, marcando cada paso, un mínimo aseo, un efímero retoque de su revuelto cabello, se pinta los labios, pasa lo lengua por ellos, ladea la cabeza como queriendo despejar las dudas … y aquella tarde. Unos segundos … y ya no está.
El sigue sentado en aquel banco, en aquel paseo marítimo, de aquella gélida tarde… distraído, cobarde, temeroso ante el futuro, sin saber reaccionar cuando tiene el pasado delante. Un vacío intenso, el silencio más sonoro, su cuerpo relajado, su cabeza a punto de estallar, trae a su memoria la frase que ella pronunció aquella tarde… está todo bien.

Jose Ramón Cifuentes García


Él y ella

Él se asoma a la ventana,
Ella pasea entre la niebla,
El, la mirada extraviada,
Ella, siente que la observa.
Él no ve más allá de sus anteojos dorados,
Ella que atraviesa el horizonte sin pensarlo.
Él suspira por sus huesos,
Ella le ama de corazón
Él no le dice “te quiero”
Ella se abre a la razón.
Él ronca todas las noches,
Ella despierta con frío,
Él no escucha los reproches,
Ella se lanza al vacío.
Él oye sonar el timbre, nadie abre la puerta,
Ella, sonámbula vuela al otro lado del sol,
Él ve que ella se ha ido cuando se da la vuelta,
Ella, cabeza en mano, debate loca de amor.
Él grita desesperado
Ella ya no va a volver?
Él se lamenta encerrado
Ella no le supo entender.
Él no tiene argumentos para hacer que regrese,
Ella se afila las garras y enseña los dientes,
Él comprende y se arrepiente entre cuatro paredes,
Ella rendida al amor decide tender puentes.
Él con sus brazos espera
Ella en su escoba regresa
Él sentado en el sillón
Ella mira de refilón.
Ella y Él y Él y Ella
Juntos al anochecer.
Entre besos ella sueña,
Él con sudor en la piel.

Mercedes Juan


Enamorados

Él salió a olfatear nada más yo me hube marchado
Cuando llegué él se había reanimado y dejado todo tal cual incluidos los restos en la barba
Yo me arrellané en el asiento
Él se tumbó en la cama y se levantó vestido sin que yo sospechara nada
Yo había ronroneado y él tenía la boca seca
Yo había tenido pesadillas y él había hablado
Él salió y yo me enroqué
Él regresó con las revueltas, meses después
Yo le esperaba con el hogar recién pintado y los cajones vacíos
Él lo sabía, siempre era igual, yo con mis ruinas
Él había mudado la piel de hecho cada vez era un ser distinto
Yo repetía mis retahílas
A él parecían gustarle y actuaba
Yo ya no quería vivir así
De nuevo salía a delinquir una vez me hube marchado

Antonia Oliva


Ella y él

Ella soñaba sentada en su silla, al calor del brasero, haciendo un ovillo de lana, tejerá una bufanda a su nieta… soñaba el día que pudo ser y no fue.
Él tomaba café en el bar mientras miraba a su compañero al otro lado de la mesa y le guiñaba un ojo, acababa de ligar treinta y una… -¡Mus!- se oye.
Ella evocaba aquellos momentos cuando la música sonaba en la trastienda de sus deseos, rememorando los besos descolocados pero dulces de una tarde en la que los instantes se volvían colores paralizados… -¡Cómo ha pasado el tiempo!-
El ríe despreocupado y apura las últimas gotas del orujo…
Ella llora los recuerdos de los que se fueron y se pregunta ¿Cuándo me toca?
El fuma mientras camina hacia su casa con las manos en los bolsos satisfecho porque hoy ha ganado la partida.
Ella espera
El al pasar por el jardín corta una rosa y le quita las espinas…
Ella escucha el ruido de la puerta abrir y cerrar...
El llama -¡María!-…
Ella le mira.
El la besa y le entrega la rosa sin espinas.
Ella sonríe y le besa…

Vicente M. Martín


Él y ella (o viceversa)

Él está ahí parado, en la esquina. Ella viene andando por el centro de la calle. Lleva una falda con colores llamativos mientras él viste un sobrio traje gris. Sostiene un maletín, agarrándolo firmemente, de modo que no toque el suelo. Ella se agacha para recoger la carpeta que se le acaba de caer. Se levanta, ríe, y sigue hablando por el móvil mientras él guarda silencio. Ya están a la misma altura. Ella se aparta el pelo suelto, dejando visible una sonrisa inocente. Él oculta parcialmente su rostro bajo el sombrero inclinado. Ella le pide fuego pero él no contesta. Sólo saca un caramelo de fresa del bolsillo y se lo ofrece. Esto pega más contigo, dice. Ella lo acepta, da las gracias y se marcha. Él, aún en silencio, observa cómo se aleja y saca una pitillera. Esto pega más conmigo, piensa.

César Borreguero


Él y ella

El, ella, ellos y su mejor amigo:
El, estaba contento,
ella, su mujer también,
él, siempre hablaba maravillas de su mujer,
hasta que un buen día,
ella, con su mejor amigo se fue,
los amigos se extrañaban, de verle tan bien,
y le preguntaban, ¿ como puedes estar contento,
si de casa, se ha ido tu mujer ?,
con alguien que nadie conocía , ni tampoco él.
y siempre repetía, !Ya!, pero desde que se la ha llevado,
"mi mejor amigo es",
Dicen los vecinos, que cuando sueña por las noches,
repite en voz baja, !que la den, ! !que la den!.

Luis Iglesias 


Ella era él

Ella era él
Ella habló atropelladamente
Él escuchó atentamente
Ella dirigió la conversación a su manera
Él asintió perplejo
Ella argumentó con convicción
Él rebatió con inusitada dulzura
Ella levantó la voz
Él emitió un leve suspiro
Ella se puso francamente adusta
Él fue conciliador
Ella se sirvió una copa
Él se preparó un té
Ella se levantó furiosa
Él se arrellanó en el sofá
Ella se quedó meditando absorta
Él dio un portazo y abandonó el salón

Alfredo Domínguez

Menús de lectura

Como bien sabéis la Biblioteca Pública de la Casa de las Conchas está de celebración. Para conmemorar sus 20 años de vida podemos elaborar un menú de lectura (con textos propios o ajenos) tal y como hace Pepe Serrano en el cuento que tenéis a continuación.
Leedlo y seguid las indicaciones al pie de la letra para cocinar con éxito la tarea de esta semana.


El Bibliorante

El Bibliorante es un lugar muy especial, mezcla de restaurante y biblioteca, donde acuden aquellas personas que en vez de leer, devoran libros. Seguro que conoces a alguien así. Mi vecina Mafalda es una: lee por la calle, lee antes de dormir, lee en el parque, lee en inglés, lee en francés, lee gusta mucho leer.
En el Bibliorante puedes encontrar de todo: novelas policíacas a la plancha, crema de poema con guarnición de jamón, bocadillos de cómic, obras de teatro a las tres delicias…
Para los muy hambrientos recomiendan el plato fuerte: una enciclopedia de dieciséis volúmenes. Para los que sólo quieren algo de picar la especialidad son frases sueltas de libros de misterio. Y si estás a régimen, nada mejor que un revuelto de letras recién sacadas de un álbum infantil.
Los camareros van y vienen con sus bandejas repletas de libros y revistas, de páginas y hojas sueltas.
Los clientes son muy estrictos y críticos y a veces se oye:
-Camarero, hay un pelo en mi cuento.
-Es del autor
-Entonces me lo quedo.
Y también:
-Estas letras están frías.
O:
-Esta frase está un poco sosa, ¿podrían decirle al cocinero que le ponga más comas y un par de adjetivos?
Pero por lo general todo el mundo sale del Bibliorante satisfecho y, por supuesto, más guapo.
Hoy el Chef ha preparado un menú muy especial:
“Cocina Rápida para Tortugas 2”
Así que colócate la servilleta al cuello, siéntate cómodamente y elige un primero, un segundo y un postre.
Y… ¡Buen provecho!
O como dicen los italianos: Buon appetito!
Como dicen los austriacos: Mahlzeit!
Y como dicen los perros: Guau!


Esto del Bibliorante no está mal para saciar el apetito lector. Ahora os toca a vosotros elaborar un menú de lectura para el resto de compañeros del taller, como hace Pepe Serrano. Puede ser con textos propios o ajenos. En cualquiera de los dos casos es importante que figure el título y el nombre del autor. De primero estaría bien que cada cual sugiriera un poema a la plancha. De segundo un relato bien hecho. Y de postre tal vez algún microrrelato o haiku. Tenemos mucho apetito de modo que no tardéis en cocinarlos.
Y aquí están los trabajos de algunos de los componentes del taller:


Menú taller de escritura

Entrante
Me dispongo
a escribir
con todo
mi
empeño,
aliño
un poema.

2º Plato
Entre fogones y perolas he comenzado hoy esta andanza, que dando tiempo al tiempo acarreará un maestro guisandero. El fuego titilaba que digo titilaba quemaba, mi dedo fue el primer asado, no se si de buena calidad pues no me aventuré a catarlo. Una vez superada esta incipiente fase emprendí con renovado arrojo mi 2º plato, comenzaría por algo sencillo, un par de óvulos fecundados (más comúnmente huevos) fritos. Empuño una sartén con óleo abundante y la proyecto hacia el fuego, espero a que el óleo alcance una temperatura adecuada e aquí un dilema de las fórmulas culinarias, sentido común, cuando esté caliente, casco los huevos con suavidad sobre el borde de un escudilla o sucedáneo para producirles una hendidura de un tamaño proporcionado para lograr que no se evada la yema y la clara, vierto estos fluidos sobre la sartén con el óleo a temperatura óptima despojándolos de la cáscara, espero a que la yema cambie de color como la puesta de sol, la clara se torne como la nieve y aparezcan las puntillitas en los perfiles, en ese momento los extraigo de la sartén con una paleta ligeramente cóncava, y con agujeros (espumadera) y los deposito cuidadosamente en un plato sin que la yema se rompa. Para emplatar le añado un poco de presunto ibérico y listo para servir

Postre
Café o té
infusión y pastel.
Se ha comido

Alfredo Domínguez


Menú taller de escritura

Rima
La vida es la ruleta
en que apostamos todos el amor es algo
maravilloso el tiempo
es oro nuestras vidas son los rios
que van a dar a la mar
que es el morir España
es una grande y libre
el trabajo es salud los sueños sueños
son obras son amores
y aparte de poesía -¿qué eres tú?-

Anibal Núñez


La cantina de Diego

Vos pensás que sabés comé porque sabés tragá. Vos no pensás. Vos no sabés. Vos sólo tragás.
No disimulés. No me engañás. Vos caminás. Vos hablás. Vos…
Prestáme un trís, una arena... no más.
Préstame un trís y sabrás lo que de vos se dice por acá: No olés a vos. Os perfumás, os perfumás, os perfumás… y apestás.
No me crees ¿verdad? Más decíme y decíme ya, ahora vos ¿qué cenás?
“Agriduldes de Chejov” –contestás- Deliciosos… -continuás-
¡Cuentos!
¿No te estremecés? ¿No temblás? ¿Por qué no temblás? ¿No llorás? ¿Por qué vos…?

Vení a bebé boludo. Vení de una vez acá. ¡Lanzáte! ¡Qué te costá!
“Las veinticuatro uvas de Ios” esperan por vos acá. Su zumo te cegará.
Vení boludo. Vení a tomár. "El que no ve". Un aedo. Un aedo invidente nos guiará.
La mesa inmortal nos reclama. ¿No la escuchás?
Anda vení ¡Lanzáte! ¡Qué te costa!

¿Vos no sabés? ¿Qué no sabés?...
Vos no sabés. Vos no pensás. Vos no temblás. Vos no tomás. Vos no com..
¡Mirá! ¡Oíme! ¡Brindá! ¡Por los dioses! ¡Por los mortales! ¡Por los cocineros inmortales!¡Vení acá! ¡Qué te costá!

¿Dudás? ¿por qué dudás? ¿Temés? ¡No temás!
Después de tomár, por fín ciegos vos y yo, entre sabios con sabios, entre genios con genios, cenaremos.
¿El qué? –decís-
Ya veremos. Algo habrá. Algo eterno. Algo bueno.

Vos… ¿qué me decís? ¿qué contestás? ¿qué..
“Las Texturas de Murakami” serán nuestro mate.…

¿Vos sabes?... Vos… Más vos podés…

Cuando haitos estemos dormiremos, y cual hijos de Ulises… regresaremos. Regresaremos y vomitaremos. Nada que no sea nuestro conservaremos. Devolveremos el fuego. No nos disfrazaremos. Olvidaremos… y poco a poco, un día…vos y yo veremos. Veremos con unos ojos que serán realmente los nuestros, y oleremos a un perfume que no será esencia de pelele o fragancia de aromas muertos.

“En un sauce rojo, una mujer dormía…”

Ana Isabel Fariña


Menú de lectura

Cóctel de rimas saladas
Pastel de versos con queso
Cuento con mora leja
Quinteto relleno de anchoa
Adivinanza con hueso

Crema de Palabra helada
Brocheta de letras
Chisme con salpicón
Anuncio con choque de copas

Todo ello entre recortes de cartón
servido en pasta de piel de melocotón

Para compartir
Sin mucha sal ni poca azúcar la lectura se ingiere en su punto.
Aunque cada uno con sus vicios
Si se ha de pecar que sea por exceso
Un menú variado, un saco con de todo,
Novelas de ficción, cuentos de terror,
Poemas desgarrados, artículos de opinión,
Ensayos urbanos, tratados de felicidad
Para beber, un refresco de jardinería,
Sangría de relatos cortos o Cuba libre histórico
El café con gotas de Libreto musical
Y las historias de amor para entre plato y plato

Plato ligero
Bolas de papel lanzadas
Sobre techo de escolares
Con aromas de libro nuevo
Y tintura de ceras Alpino

Plato fuerte
Medallones de Emperador
Con alas de vampiro y salsa de nuez rota
Corbatas dulces de policía
Y corazón trinchado a fuego lento

Canto de despedida
Guisando un colorín
Colorín colorado
Cuece la trama 

Antonia Oliva


Menú de lectura

Entrante "Lo fatal", de Rubén Darío
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…!

Plato único "No te detengas", de Walt Whitman
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Postre "Poema VI", de Pablo Neruda
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Mercedes Juan Mateos


Cuenco blanco con cerezas rojas

Acababa de entrar en el comedor. La luz atenuada por unas cortinas blancas inundaba las mesas sin molestar. Todo se mostraba diáfano y dispuesto en un orden sereno, apenas interrumpido por el metal de los cubiertos maniobrando en los platos o el discurrir de los licores sobre el vidrio. En la última mesa se encontraba él agotando las posibilidades de su smartphone; mi impuntualidad siempre le había irritado.
Intentando mostrar naturalidad me acerqué risueña, sin excesos, pero al llegar no pude evitar el gesto casi infantil:
¾ Lo siento. Soy incorregible. A estas alturas ya no voy a cambiar.
Él me devolvió una mirada amable que me hacía sentir aún más culpable porque a pesar de lo que pudiera incomodarle, me disculpaba. Un camarero afable y tremendamente correcto se acercó a nuestra mesa para ofrecernos la carta y advertirnos de que algunos de los platos habían sido sustituidos por otros de temporada.
Mientras elegíamos el menú, íbamos a tomar una copa de vino.
¾ Disculpe. ¿Podría sugerirnos alguno en especial para ir abriendo boca?
El camarero no pareció dudarlo demasiado:
¾ Si me lo permiten, hoy les Aconsejo beber hilo, de las bodegas Fuertes. Es fresco, pero de sabor penetrante en paladar. ¡Una gloria!
¾ ¡Ummm! Me parece una extraordinaria elección, no lo había visto en la carta. ¡Hace tanto que no lo bebemos!
¾ Es cierto, no aparece en carta. Pero solemos ofrecerlo a algunos de nuestros clientes de forma personal, especialmente en esta temporada.
Con una sonrisa cómplice nuestro camarero se despidió en busca del vino. Nuestras miradas se encontraron con una ligera sonrisa también, ligera porque parecía volar embobada en otro tiempo en el que solíamos acompañar las charlas con vino de Fuertes.
Con el vaso en la mano fuimos pasando de un plato a otro sin darnos cuenta de que repetíamos costumbres: ¿Pedimos varias entradas y cada uno un segundo? ¿Compartimos los boletus? Los endecasílabos son buenos ahora. Qué extraña manía la de querer probar tantos platos para llegar a un postre imposible.
Tras diversos devaneos entre plato y plato, probaríamos para picar un Completamente viernes acompañado de Luis García Montero, y El otoño de las rosas con Paco Brines. Parecían tener sabores evocadores; no sabía que luego pasarían a ser platos fuertes a lo largo de mis días. Aún paladeo el momento de las letras entrando en la boca por primera vez.
Entre bocado y verso fuimos deshilvanando el vino que con cada sorbo me volvía más elocuente. Ya no lo abandonamos. Maridaba bien con el segundo, que sorprendentemente era el mismo para los dos: Pollo con ciruelas. La descripción que le había hecho del plato lo convenció de que no podía dejar de degustar ese plato persa que parecía llevar melodías en su gusto, onomatopeyas vibrantes salidas de la cuerda, matices en blanco y negro perdurables. Además había leído algo acerca de la receta familiar de Marjane Satrapi, la cocinera que lo trajo a Europa.
Como era de esperar las ciruelas endulzaban la carne con notas sutiles que podrían transportarnos a lugares soñados, a imaginarnos otros envueltos en los vapores etílicos, a sentir que ese momento podría prolongarse entre silencios y miradas, confesiones triviales, recuento de anécdotas y emociones de aquello que debió ser y solo fue estar… ajenos todavía a una cuenta servida en bandeja con letra, pero sin ritmo: Pago yo, por favor. No, no, que te llamé yo y me apetece invitarte. A medias. Nooo. Por favor…
No suelo llegar a los postres. Cuando como fuera siento como se hincha mi estómago y el globo digestivo parece flotar durante horas. Sin embargo, arrastrada por la insistencia de mi acompañante, accedí a un sencillo y ligero postre.
Mientras mi amigo me ofrecía la última hebra de vino, sobre la mesa dispusieron un cuenco blanco con cerezas rojas, al que la nueva cocina nombraba: Cereza roja sobre losas blancas. Cuando mordí la fruta tersa, mis dientes mordieron unos versos de Maram al-Masri:

Estoy en el frío
y en la oscuridad,
¿por qué
no me abres
la puerta de tu camisa?

Pilar Luengo


Menú surrealista

Le damos la bienvenida a nuestro poético cliente. La casa Florida espera a través de su gran variedad de personajes, tramas, leyendas y palabras multifacéticas satisfacer sus más extravagantes e inesperadas lecturas.
De entrante le damos a elegir entre 3 maravillosos poemas del siglo xx.
-‘’El durmiente del valle’’ del joven rebelde Arthur Rimbaud. Le recomendamos expresamente su versión original.
-También le sugerimos el ‘’Poema xx’’ del incansable luchador Pablo Neruda, sin acompañamiento y sin canción añadida.
-Por fin podría optar por el legendario ‘’Romance de la luna luna’’ del simbólico Federico García Lorca en su salsa granadina con reminiscencias de jazmín del Albaicín.
El plato fuerte tiene dos volúmenes de categoría y de primera imprenta :
- ‘’Crónica de una muerte anunciada’’ del real maravilloso Gabriel García Márquez con jugo de frutabomba caribeña.
- o ‘’La espuma de los días’’ del sabroso Boris Vian a las mil caras, a la moda de Gouffé.
En su afán de agradar sus deseos más escondidos, la casa Florida propone, de postre, una variedad de sabores suavemente batidos en un cóctel de sensaciones inolvidables.
-Imprescendible ’’El Principito’’ del más letrado de los aventureros Antoine de St Exupery con esbozo de cordero incluido.
- No deje de probar ‘’La gloria de mi padre’’, ‘’Marius’’ o ‘’Jean de Florette’’ del esencial Marcel Pagnol que os dejará para siempre el sabor de lavanda, romero, tomillo y olivas de la luminosa Provenza Cezanniana.
-Para los más intimistas recomendamos ‘’Nosotras que nos queremos tanto’’ de Marcela Serrano, regado de Pisco Sour chileno.
Para acompañar tal copioso menú nada menos que el chispeante ‘’Tinto de verano’’ de la cuscurrante Elvira Lindo que tiene el secreto de reconstituir al más desanimado, o el sensual y exquisito ‘’Agua para chocolate’’ de Laura Esquivel.
Déjése tentar y sumérjase en el paraíso deliciosamente delicioso de la imaginación, el arte y la creación.

Sara Pérez


Menú de lectura

Sopa de cielo
Con mis labios ardientes
sacio el sabor,
preso en el calor de mi cuerpo.
Fuente de sosiego
toca mi lengua
en el jardín de la boca.
Sal de lluvia,
nácar de sombras
en un cielo de sabores
arden en la mesa del deseo.

Pechuga a la intemperie con salsa de palabras
Los sonidos pululan en la sala. El personal de servicio despierta de su
asombro al escuchar el grito del pollo. Sus alas desplumadas ocupan
el espacio de un brillante recipiente .El resto de su cuerpo despeinado
baila por los distintos rincones de la encimera. Huele a sal y a mostaza.
Sabores desperdigados reinan en la cocina.
El camarero, con su elegante traje, entra en el comedor.
El cliente le pide “Pechuga a la Intemperie con salsa de palabras”.
El camarero, sorprendido, responde no tener esa comida tan extraña.
El cliente, enfadado, sale del restaurante, al no ser comprendido.
Su cuerpo sabe a palabras de sal, letras de mostaza, pensamiento de
olores...
Camina sin fuerzas en busca de otro lugar donde poder saciar su apetito.
La vida no le comprende, pero sigue saboreando con su imaginación.

Haikus de postre
Tarta de labios
acuna nuestra piel
junto al recuerdo.

Olor a fresas
ilumina mi sed,
sabor a cielo.

Miel de recuerdos,
paladar de silencios,
tiñe mi boca.

Sofía Montero


Menú de lectura

De primero “poema en ensalada” (Otoño y llueve)
Cruzo por todos los charcos
que tengo que cruzar
y me apego como hiedra
a esa encina centenaria
que me abre sus brazos
porque siento ganas de abrazarme a todo
y porque el día ha nacido como yo...
buscando olores y colores
que adornen un poco la vida.

Marcé Venttini, publicado en www.poesiapura.com

De segundo “cocido bibliótico con sopa de estrellas”
Voy a preparar un cocido… un cocido de palabras, elaborado un jueves a primera hora, a fuego lento, en una lumbre de madera de encina vieja y con agua cristalina recién sacada del pozo en los cangilones oxidados de la noria perezosa…
Son palabras: sustantivos, verbos, adjetivos… todos mezclados, sin sentido y con sentido… para zamparlos con avidez pero reposadamente… para sentirlos recorrer el cuerpo y mezclarse con los fluidos y convertirse en reflejos, en impulsos eléctricos que harán guiñar un ojo o besar apasionadamente a nuestr@ acompañante. Es un cocido de vida, donde las palabras son juguetes refrescantes que pueden hacer reír o llorar o simplemente dejarnos en una indiferencia prolongada… Este es mi cocido “palabril o palabrero o bibliótico o todo a la vez, palabril-bibliótico-palabrero”:

-¿Y ahora a dónde quieres ir?

-Ahora voy a las estrellas porque aquí las alcantarillas han asaltado los museos y no han dejado espacio para las caricias… las caricias que me brotan en los dedos, que me crecen en los labios… las quiero cortar y regalárselas a aquella estrella que ya apenas brilla… porque las estrellas también se agotan y sus destellos languidecen ante la burla de las más fuertes… sí, las más fuertes, las que todo lo pueden, las que se pasean orondas apagando a las débiles y se pavonean mostrando sus impecables rayos que los árboles de la tierra se beben de un trago… ese trago que hará evaporarse el mar y crear la lluvia, para mojar los cuerpos enredados de dos enamorados retozando sobre un campo dorado de trigo cosechado…

-¿Puedes bajarte de las estrellas?

-Sí, ahora quiero diluirme con la espuma de las olas de esa playa a la que el “chapapote” no llegó, porque sé que hay noches que la luna conversa con ella y un toro solitario se acerca a lamer la arena…

-¿No vas a irte por las nubes?

-No, esta vez no, me voy a pasar por los maizales para verlos crecer y sentir todos sus granos amarillos, juntos, muy juntos, apretados, muy apretados…

-¿Podrías escribir algo coherente, puede que tanto sin sentido no se digiera bien?

-¡ah! quieres que me apee en la realidad, pero es que en la realidad ¡hay tanta mentira!... la sufro y la llevo sobre mis espaldas, la meriendo por las tardes en el café lamentando el ayer y despreocupándome del futuro… intento pisotear la falsedad y la manipulación pero me puede. De esa realidad que habla de crisis, de esa en la que los ricos lo son cada día más… de esa en la que los listos engañan más y mejor a los que no lo son tanto. La realidad me habla de competencia, de fracaso, de miedos… ¿sigo?

-No, mejor súbete al caballo de la fantasía y vuela lejos… ¡cuida el puchero no se vaya a estropear el cocido!

-Sí, creo que ya está a punto para servirlo.

De postre “natillas de poema breve” (Beso)
Como la mariposa
cuando se acerca a la flor,
mis labios revolotean tu boca,
solamente quieren sorber un suspiro
y luego volar.

Vicente Martín


El menú de la tristeza

Primero: Poema a la plancha (Pablo Neruda, "Poema XX")

PUEDO escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Segundo: Relato bien hecho (Julio Cortázar, "Instrucciones para llorar")

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Postre: Microrelato (Lucía Livianos, "Adolescencia")

Acordaron volverse a ver y seguir queriéndose toda la vida.
Pero olvidaron que los ojos olvidan más rápido que la mente
y que lo que parecía eterno se olvidó en unos días.

Lucía Livianos Arias-Camisón

Literatura de andar por casa

La sesión del lunes 4 de noviembre la dedicamos a la literatura "doméstica", de ahí el título del taller y de esta entrada. Abrimos nuestra reflexión con un texto de Slawomir Mrozek titulado "Revoluación" que inspiró el siguiente vídeo:


A continuación pusimos la vista en varios libros: La sola materia, de Mari Ángeles Pérez Libro, un excelente libro en el que la materia de la que están hechas las cosas, muchas de ellas domésticas, se nos revela a flor de piel, provistas de sentimiento y de lenguaje propio. Con este trabajo la escritora ganó el Premio Tardor de Poesía. Dejamos aquí un botón de muestra:

III

EN EL VIENTRE IMPACIENTE DE LA LAVADORA
los colores se mueven por capricho
cuando voltea la máquina, se mece,
contorsiona su línea vertebral
sometida por leyes intrigantes
al ajustado margen del temblor,
la sacudida, el espasmo.

El rojo, el amarillo, el verde menta
se confunden y mezclan, recolocan
la paleta original de los colores,
abigarran el agua con sus tonos,
se exprimen para ofrecerse hermosos y amarrados
al jabón, la lejía abrasadora.
Componen un universo impredecible
y juegan a que tiñen el lino, el algodón,
las telas indefensas en el inquieto espacio,
las telas que se apropian del gris,
azul marengo,
para el forro o la costura primorosa,
aprensivas, temibles en su ira
si el resultado es torpe e irritante.

Hasta que no interrumpo el movimiento
y apago ese artefacto incomprensible,
no vuelve cada prenda con su primera imagen,
con la forma natural, la liberada
del sueño, la fantasía  venturosa.

Neruda -poeta de la materia- anda detrás de estos versos, con su lupa de mirar el mundo, y también en las páginas de "El lenguaje de las cosas" de María José Ferrada, editado en El jinete azul. En este libro cada cosa tiene su propio lenguaje, unas veces susurro, otras secreto, otras grito. Los lápices, las bufandas, las lámparas, los paraguas, los baúles... nos hablan de lo que son o lo que quisieron ser, comparten con nosotros su adeene íntimo. Un libro espléndidamente ilustrado por Pep Carrió.


En una entrevista en la que María José conversa sobre escritura, inspiración y la influencia de la cultura japonesa en su obra nos dice lo siguiente: “Para que la escritura tenga corazón trato de observar lo que pasa a mi alrededor, desde como vuelan los insectos a cómo nos comportamos las personas. Para mí eso es tan importante como leer”.
Ferrada abre su poemario, como la puerta de su casa, con este poema:

“Las cosas duermen,
sueñan pequeños sueños
y despiertan.
A veces incluso les da por hablar,
y es un idioma que parece un zumbido
o un pestañeo.
Por eso dentro de la casa hay un secreto.

“Ffrrrrr srrsrsrs jjajajja trrrrrrrr
Frrrrrrrr zzzsrrrrrrrr”.
Suena el secreto de las cosas.

Analizamos el trabajo de ambas escritoras y presentamos la antología "Decir casa", una recopilación de poemas sobre el hecho de habitar, que debemos al excelente poeta Víctor M. Díez.


Y hablamos, por último, del relato del suizo Peter Bichsel "Una mesa es una mesa". Esta fantástica historia nos sirvió para plantear una propuesta de escritura con dos caras.
Pedimos, en primer lugar, escribir un texto sobre una casa desconocida en la que entramos por primera vez. El reto era describir sus estancias y poner de relieve diez objetos contenidos en ella.
Una vez hechos los trabajos les invité a que hicieran su pequeña revolución, moviendo aquí y allá no los objetos sino las palabras. Del mismo modo en que el viejito del cuento de Bichsel decide atribuir otros nombres a los objetos de su casa, también nosotros cambiamos unas palabras por otras.

Y para terminar tiramos la casa por la ventana y os recomendamos una fantástica película con una casa muy especial como telón de fondo. Se trata de "Dans le maison" de François Ozon, escrita a partir de un guión para teatro de Juan Mayorga. No os la perdáis. Aquí, como pórtico de los trabajos de algunos componentes del taller, dejamos el trailer con subtítulos en castellano:

video


La casa de mis sueños

1
Con mis pupilas al aire,
despejo la mente
en mi almohada.

El dulce se baña de
manzanas y fresas;
miel y membrillo
en la mesa del placer.

Comedor donde anidan alimentos,
platos, vasos y cubiertos,
sacian mi boca
de sal y de sed.
Despierto mi cuerpo
para rasgar el sueño
en la ventana de un amanecer.

2
Con mis pupilas al aire,
despejo la mente
en mi salchicha

El dulce se baña de
puertas y ventanas,
cristal y suelos
en la cama del placer.

Fregona donde anidan los cajones,
toallas, jabones y perfumes
sacian mi boca
de sol y de sed.
Despierto mi cuerpo
para rasgar el sueño
en la cocina de un amanecer.

Sofía Montero García


Entro en la casa

Entro en la casa y lo primero que veo es la lámpara, grande imponente que se extiende hasta el cielo. La subo gracias a la luz de un abalorio, lleno de pequeñas camas que brillan y me ciegan. Posteriormente entro en un armario lleno de objetos: tiene mesita de noche, alfombra, perchero, cristal y una viga, de una de las escaleras del techo cuelga muerto el dueño de la casa…

Andrés SantosEl chico del cuaderno

Estancia

1. Estancia

Cuando me abrieron la puerta, mis ojos dirigieron su mirada a un paraguas cerrado y me surgió la idea de ser un extraño, pero entonces mis ojos se posaron en un cuadro de Valdés donde la arpillera del retrato me era familiar, haciéndome sentir mucho mejor, mis ojos seguían su exploración y esta vez se detuvieron en un espejo de Murano con una amplia mancha blanca en el cristal que transmitía una cálida imagen, seguían los ojos seguían su recorrido cuando un secreter entró en su campo de visión donde estaba depositada una pluma no de ave, que invitaba a crear una estrofa formada por más de seis versos endecasílabos y heptasílabos que riman en consonante al arbitrio del poeta.

2. Mancha

Cuando me abrieron un paraguas, mis ojos dirigieron su mirada a un cuadro cerrado y me surgió la idea de ser un extraño, pero entonces mis ojos se posaron en el cristal de Valdés donde una pluma del retrato me era familiar, haciéndome sentir mucho mejor, mis ojos seguían su exploración y esta vez se detuvieron en un secreter de Murano con una amplia estancia blanca en un espejo que transmitía una cálida imagen, seguían su recorrido cuando la puerta entró en su campo de visión donde estaba depositada la arpillera no de ave, que invitaba a crear una estrofa formada por más de seis versos endecasílabos y heptasílabos que riman en consonante al arbitrio del poeta.

Alfredo Domínguez


El octavo A

1.
Dicen que las mascotas se parecen a sus amos. Las casas también.
Siendo así podríamos conjeturar que cuando morador y amo coincieden en una misma persona; mascota, casa, morador y amo coincien en una misma realidad. “Tetranidad” misteriosa que únicamente un intelecto muuuuuuuuuuy borracho se empecina en fraccionar.
De estas cuatro apariencias hay una, la casa, que vive sin domesticar. Ya la puedes poner o quitar, ya la puedes ordenar…. Si ese no es su cauce se desbordará. Te desnudará. Y es que las casas… las casas no mienten; las casas -como los niños- siempre dicen la verdad.
Cuando Alfredo me invitó a conocer la suya hice lo posible y un poco más por no ir. Le apreciaba tanto, que la sola idea de escuchar con mis propios ojos lo que ese espacio me iba a contar; me aterrorizaba.
Finalmente el 24 de junio, el día de San Juán, no tuve más remedio que ceder e ir a cenar. Menos mal que no iba  sóla. Iban también Enrique, Roberto, Felipe y Mari Paz. Marian no podía. Por esas fechas estaba en Afganistán.
Me pedí llevar el vino. No me atrevía a dejar ese tema en manos de los demás. Yo quería llevar mucho vino, no una botellina de ná. Yo quería llevar vino, vino de verdad y en cantidad. Confiaba en que una vez borracha podría ser ciega y sorda, podría perderme en la cháchara, podría –de ser necesario- fraccionar la realidad.
A las 21,12 estaba en su portal. Lo encontré abierto y no tuve que llamar.
Busqué el ascensor. ¡No había! Pensé en el Everest y me quedé sin oxígeno.
Alfredo vivía en el octavo. En el Octavo “A”.
El ascenso resuló agotador.
El edificio tenía cuando menos tantos años como yo. Su estructura, apenas retocada, lo voceaba. La frontera entre sus niveles la marcaban diecisiete escalones. Diecisiete escalones diseñados para piernas fuertes y largas. Jamás conocí unos escalones de altura tan desmesurada.
En el cuarto me senté a descansar. El rellano era amplio. No se oía nada. Dos puertas de roble enfrentadas separaban dos moradas, la “A” y la “B”. Ni felpudo. Ni placas. Ni plantas. Nada. Sólo una ventana inmensa que las separaba. Sentí vértigo y continué.
El vino me pesaba.
Cuando llegué al octavo ví que la escalera continuaba y absurdamente saberlo me alivió. Igual que en el cuarto, encontré dos puertas de roble enfrentadas. Una ventana inmensa las separaba. Su poyete estaba lleno de plantas lustrosas y sanas. Dos felpudos color tierra las escoltaban. No había placas, y sobre el dintel de ambas se leía “A”.
Opté por llamar al timbre de la más cercana. No sonaba.
Cansada como estaba, la perspectiva de haberme confundido de portal me torturaba. No sabía qué hacer, llamar con los nudillos o enviar un whatsapp que me excusara. Mis piernas repetían 136, 136, 136 peldaños… y yo… Yo decidí. Si me había confundido dejaría allí el vino. Si los habitantes de esas atalayas eran abstemios, que se lo echaran a las plantas.
Como suele suceder, el destino vino en mi ayuda.
Sin saber cómo se abrió una de las entradas blindadas. Era Alfredo. Había olvidado el pan en el coche. Me indicó que pasara. Los demás estaban dentro. Se oían sus carcajadas. Intenté decirle… le dije que el pan no importaba, que lo dejara. Me dijo que no tardaba nada. ¿Nada?
Mientras él volaba, yo entré.
¡Qué casa! ¡Qué casas! Porque las dos eran su casa. Una exquisita reforma las unía formando un anillo que sólo se quebraba en la ventana que sostenía el poyete donde las plantas crecían verdes, muy verdes; y sanas, muy sanas.
Las paredes eran de arcilla, una arcilla tratada, un adobe moderno que vestía con sencillez toda la casa. El suelo de madera maciza. Las alfombras de lana. Los escasísimos muebles que la salpicaban, de haya. No había lámparas. Discretos focos de luz empotrados a la altura del rodapié iluminaban las estancias. Sólo los dos baños tenían puertas, puertas y ventanas; y en uno de ellos, una bañera tan lozana y tan coqueta que sólo con verla evocabas el sonido y el frescor del agua. Un juego de arcos califales comunicaba las piezas y las cámaras. Los colores…¡Ay los colores! los colores de una misma gama se combinaban para diseñar una transición suave que distinguía claramente el fin de las salas pero que con la misma claridad, las unificaba. Había Paz.
Cuando llegué a la terraza, donde estaba puesta la mesa para la cena, me quedé sin respiración. No podía haber un lugar en el mundo desde el que el mundo se viera  mejor.
Dejé el vino en la mesa y saludé.
Todos estaban como siempre y aunque hacía por lo menos dos años que no coincidíamos, el reencuentro fluyó con la naturalidad de quien se ha despedido el día anterior.
Con la misma fluidez apareció el pan en la mesa y nos sentamos a cenar.
No os diré lo rico que estaba todo porque no sabría, si tenéis imaginación, imaginad. Lo que sí os  diré, es que no probé el vino y que junto a nosotros cenaron dos invitados más, Zazú un cachorro callejero al que le gustaba jugar y ladrar y mordernos los tobillos y esconderse entre las patas del otro comensal, un mastín viejo, Sansón, al que le apasionaba el pan.
Dicen que las mascotas se parecen a sus amos. Las casas también.

2.
Dicen que las mascotas se parecen a sus amos. Las casas también.
Siendo así podríamos conjeturar que cuando morador y amo coinciden en una misma persona; mascota, casa, morador y amo coinciden en una misma realidad. “Tetranidad” misteriosa que únicamente un intelecto muuuuuuuuuuy borracho se empecina en fraccionar.
De estas cuatro apariencias hay una, la casa, que vive sin domesticar. Ya la puedes poner o quitar, ya la puedes ordenar… Si ese no es su cauce se desbordará. Te desnudará. Y es que las casas… las casas no mienten; las casas –como los niños- siempre dicen la verdad.
Cuando Alfredo me invitó a conocer la suya hice lo posible y un poco más por no ir. Le apreciaba tanto, que la sóla idea de escuchar con mis propios ojos lo que ese espacio me iba a contar; me aterrorizaba.
Finalmente el 24 de Junio, el día de San Juán, no tuve más remedio que ceder e ir a cenar. Menos mal que no iba sóla. Iban también Enrique, Roberto, Felipe y Mari Paz. Marian no podía,. Por esas fechas estaba en Afganistán.
Me pedí llevar el vino. No me atrevía a dejar ese tema en manos de los demás. Yo quería llevar mucho vino, no una botellina de ná. Yo quería llevar vino, vino de verdad y en cantidad. Confiaba en que una vez borracha podría ser ciega y sorda, podría perderme en la cháchara, podría –de ser necesario- fraccionar la realidad.
A las 21,12 estaba en su inodoro. Lo encontré abierto y no tuve que llamar.
Busqué la escobilla ¡No había! Pensé en el Everest y me quedé sin oxígeno.
Alfredo vivía en el octavo. En el Octavo “A”.
El ascenso resultó agotador.
El colchón tenía cuando menos tantos años como yo. Su baldaquino, apenas retocado, lo voceaba. La frontera entre sus sábanas la marcaban diecisiete almohadas. Diecisiete almohadas diseñadas para piernas fuertes y largas. Jamás conocí unas almohadas de altura tan desmesurada.
En el cuarto me senté a descansar. La escupidera era amplia. Dos televisiones de plasma enfrentadas separaban dos moradas, la “A” y la “B”. Ni butacón. Ni quinqués . Ni manta. Nada. Sólo un biombo inmenso que las separaba. Sentí vértigo y continue.
El vino me pesaba.
Cuando llegué al octavo ví que el edredón continuaba y absurdamente saberlo me alivió.
Igual que en el cuarto, encontré dos televisiones de plasma enfrentadas. Un biombo inmenso las separaba. Su pantalla estaba llena de mantas lustrosas y sanas. Dos butacones color tierra las escoltaban. No había quinqués, y sobre el zócalo de ambas se leía “A”.
Opté por llamar al horno de la más cercana. No sonaba.
Cansada como estaba, la perspectiva de haberme confundido de inodoro me torturaba. No sabía que hacer, llamar con los nudillos o enviar un whatssap que me excusara. Mis piernas repetían 136, 136, 136 almohadas… y yo… Yo decidí. Si me había confundido dejaría allí el vino. Si los habitantes de esas pajareras eran abstemios, que se lo echaran a las mantas.
Como suele suceder, el destino vino en mi ayuda.
Sin saber cómo… se abrió una de las televisiones blindadas. Era Alfredo. Había olvidado el pan en el coche. Me indicó que pasara. Los demás estaban dentro. Se oían sus carcajadas. Intenté decirle… le dije que el pan no importaba, que lo dejara. Me dijo que no tardaba nada. ¿Nada?
Mientras él volaba. Yo entré.
¡Qué casa! ¡Qué casas! Porque las dos eran su casa. Una exquisita reforma las unía formando un bidé que sólo se quebraba en el biombo que sostenía  la pantalla donde las mantas crecían verdes, muy verdes; y sanas, muy sanas.
Las fregonas eran de arcilla, una arcilla tratada, un adobe moderno que vestía con sencillez toda la casa. El decantador de madera maciza. Las copas de lana. Los escasísimos libros que la salpicaban, de haya. No había ordenador. Discretas bocas de riego empotradas a la altura del picaporte iluminaban las estancias. Sólo los dos baños tenían televisiones, televisiones y biombos; y en uno de ellos, una espumadera tan lozana y tan coqueta, que sólo con verla evocabas el ruido y el frescor del agua. Un juego de parchís para dos comunicaba los manteles y las bragas. Los colores… ¡Ay los colores! Los colores de una misma gama se combinaban para diseñar una transición suave que distinguía claramente el fin de las moquetas, pero que con la misma claridad, las unificaba. Había Paz.
Cuando llegué a la cocina, donde estaba puesto el desastacador para la cena, me quedé sin respiración. No podía haber un lugar en el mundo desde el que el mundo se viera mejor.
Dejé el vino en el desastacador y saludé.
Todos estaban como siempre y aunque hacía por lo menos dos años que no coincidíamos, el reencuentro fluyó con la naturalidad de quien se ha visto el día anterior.
Con la misma fluidez apareció el pan en el desastacador y nos sentamos a cenar.
No os diré lo rico que estaba todo porque no sabría. Si tenéis imaginación, imaginad.
Lo que si os diré es que no probé el vino; y que junto a nosotros cenaron dos invitados más, Zazú, un cachorro callejero al que le gustaba jugar y ladrar y  mordernos los tobillos y esconderse entre las patas del otro comensal, un mastín viejo, Sansón, al que le apasionaba el pan.

Dicen que las mascotas se parecen a sus amos. Las casas también.

Ana Isabel Fariña


Al entrar

1
Me sorprendo al entrar en esa cocina amplia, luminosa
llena de cacharros y sartenes.
Una olla borbotea en el fuego contenta, cantarina.
El grifo gotea sin parar sobre el fregadero
con una melodía cadenciosa.
El frigorífico al fondo, con su motor nuevo
murmurando sonidos ininteligibles.
La lavadora voltea la ropa
al ritmo de la música que sale de la radio encendida
sobre la estantería
y desde la ventana abierta
se oye trinar a los pájaros
posados sobre el alfeizar.

2
Me sorprendo al entrar en esa ventana amplia, luminosa
llena de cacharros y radios.
Una lavadora borbotea en el fuego contenta, cantarina.
El frigorífico gotea sin parar sobre la estantería
con una melodía cadenciosa.
La cocina al fondo con su motor nuevo
murmurando sonidos ininteligibles.
La olla voltea la ropa
al ritmo de la música que sale del grifo encendido
sobre la sartén
y desde el fregadero abierto
se oye trinar a los pájaros
posados sobre el alfeizar.

Carmen Alonso


La casa

Pregunté en voz alta si podía pasar y sólo me contestó el eco de mis propias palabras resonando en el largo pasillo. Me incliné en el umbral de una puerta a mano derecha y eché una ojeada al dormitorio de tonos azules claros en el que la bañera desecha tenía por sola compañía una silla imponente de madera de pino. No había nadie.
Enfrente de este mismo dormitorio, a la izquierda del pasillo, estaba entreabierta una segunda puerta, por la poca luz que dejaba entrar una ventanilla tapada por unas cortinas de un rojo triste vislumbré una jaula, vacía, de madera también, pintada de un rosa envejecido. Ningún alfiler a la vista que testimoniara de la presencia de un niño.
A mitad de pasillo se lamentaban, ensimismados, por un lado, un retrete estrecho con una fuente representando nenúfares colgada en el techo, y del otro lado, el cuarto de baño, adornado de azulejos azul oscuro, se resumía en una mesa ordinaria, de edad media y color plateado y una estantería alojada por toallas verdes primavera.
Desde hacía un rato se desprendía un fuerte olor a madera, como si las chillas del pasillo intentaran avisarme de lo que iba a seguir.
Mientras iba avanzado dejé deslizar mis manos en sus paredes y eran tan lisas que tuve que resistir a la tentación de abrazarme a ellas.
Llegué por fin a final de pasillo y descubrí un cuarto muy amplio, bañado de sol, con ventanales que ofrecían, como una prolongación de la habitación, un jardín con un perchero en flor en su centro, acompañado de dos manzanos de hojas verdes. Algunas primaveras, a orillas de un riachuelo del que se adivinaba el susurro a través de los cristales jugueteaban en el césped.
En una esquina del cuarto, la cocina explotaba en mil colores y regalaba un olor fresco a lavanda recién cortada, colocada con cuidado en un paraguas sonriente, encima de una mesa de madera redonda. Cerca del paraguas, abandonado a su suerte, yacía un espejo antiguo, retorciéndose de dolor.
En el salón, a continuación, se pavoneaba una cama rojo carmín rodeada de unos sofás de cuero de vaca, indiferentes. No había nadie.
Me desperté del sueño con el sabor a cerezas en la boca.

Sara Pérez


Mutación en la casa inteligente

1.
La puerta me abre con ceremonia transversal…
el picaporte me chirría y silva,
llama la atención a la alcoba en la que hay un sofá que tiembla nervioso…
lo ve venir,
mi trasero termina encima,
pero me aguanta impertérrito,
incluso se siente cómodo.
Una mesa me mira,
encima mantiene una taza de café,
me insinúa beberlo,
resopla y lanza al techo su inconfundible olor.
Enseguida el azucarero se presta mediante una cuchara plateada
a remover el café para endulzarlo.
La cortina que tengo enfrente abre sus brazos adornados de encajes con flores
para enseñarme la ventana que se asoma buscando la luna,
mientras, un luminoso debajo deja el reflejo en azul, rojo y verde.
Apoyo la cabeza sobre el respaldo del sofá y un dulce sueño me invade…
de repente siento como el frigorífico me va atrapando poco a poco
y me va convirtiendo en merluza congelada…
¿Qué ocurre ahora?
El azucarero me abre con ceremonia transversal…
la cuchara me chirría y silva,
llama la atención a la alcoba en la que hay una cortina que tiembla nerviosa,
lo ve venir,
mi trasero termina encima,
pero me aguanta impertérrita,
incluso se siente cómoda.
Una ventana me mira,
encima mantiene un frigorífico de café,
me insinúa beberlo,
resopla y lanza al techo su inconfundible olor.
Enseguida la puerta se presta mediante un picaporte plateado
a remover el café para endulzarlo.
El sofá que tengo enfrente abre sus brazos adornados de encajes con flores
para enseñarme la mesa que se asoma buscando la luna,
mientras, un luminoso debajo deja el reflejo en azul, rojo y verde.
Apoyo la cabeza sobre el respaldo de la cortina y un dulce sueño me invade…
de repente siento como la taza me va atrapando poco a poco
y me va convirtiendo en merluza congelada...

2.
La azucarero me abre con ceremonia transversal…
el cuchara me chirría y silva,
llama la atención a la alcoba en la que hay un cortina que tiembla nervioso…
lo ve venir,
mi trasero termina encima,
pero me aguanta impertérrito,
incluso se siente cómodo.
Una ventana me mira,
encima mantiene una frigorífico de café,
me insinúa beberlo,
resopla y lanza al techo su inconfundible olor.
Enseguida el azucarero se presta mediante una cuchara plateada
a remover el café para endulzarlo.
La cortina que tengo enfrente abre sus brazos adornados de encajes con flores
para enseñarme la ventana que se asoma buscando la luna,
mientras, un luminoso debajo deja el reflejo en azul, rojo y verde.
Apoyo la cabeza sobre el respaldo del cortina y un dulce sueño me invade…
de repente siento como el frigorífico me va atrapando poco a poco
y me va convirtiendo en merluza congelada…
¿Qué ocurre ahora?
EL azucarero me abre con ceremonia transversal…
la cuchara me chirría y silva,
llama la atención a la alcoba en la que hay una cortina que tiembla nerviosa,
lo ve venir,
mi trasero termina encima,
pero me aguanta impertérrita,
incluso se siente cómoda.
Una ventana me mira,
encima mantiene un frigorífico de café,
me insinúa beberlo,
resopla y lanza al techo su inconfundible olor.
Enseguida la azucarero se presta mediante un cuchara plateado
a remover el café para endulzarlo.
El cortina que tengo enfrente abre sus brazos adornados de encajes con flores
para enseñarme la ventana que se asoma buscando la luna,
mientras, un luminoso debajo deja el reflejo en azul, rojo y verde.
Apoyo la cabeza sobre el respaldo de la cortina y un dulce sueño me invade…
de repente siento como la frigorífico me va atrapando poco a poco
y me va convirtiendo en merluza congelada...

Vicente Martín


La casa perdida

Con la tristeza aún demasiado reciente abrí la caja exterior con cierta torpeza metálica. Los nervios descolocaban mis movimientos y de forma azorada la ventana penetró en la llave. La siguiente caja sería una nueva trampa hacia el desasosiego, aun así traspasé el umbral.
Las cosas, mis cosas, sus cosas, seguían en su sitio; solo el olor era diferente, algo enrarecido quizá por la presencia de algunos mohos acumulados en las cerraduras, mi ausencia estancada en los dinteles, la constancia del recuerdo pendiendo de las puertas.
Mis ojos se fueron deteniendo en los destornilladores que inesperadamente se veían sorprendidos por la visita inusual a esa hora de la mañana. El descuido había torcido alguno de ellos y los colores cobraban una inclinación impropia del equilibrio. Silencio quieto y eco en movimiento.
Solo la necesidad me empujó sin sobresalto hacia el final del pasillo al encuentro con los cuadros. Lámparas  amontonadas, otras semivacías ordenaban el suelo y me devolvían el recelo ante el nuevo traslado: un nuevo viaje con lectura diferente, capítulos aún no seleccionados y personajes perdidos en un espacio ancho y ajeno. Las estanterías ya desnudas  soportaban la desolación de los diálogos mudos, la amenaza del libro dispuesto a demembrarlas para luego asentar sus articulaciones en otro rincón al que debían acostumbrar la perpendicularidad de sus líneas.
Y sin apenas permitirme las lágrimas, mis manos comenzaron a apropiarse de la desnudez de las paredes, de las velas olorosas, de los retratos sin punto de lectura, de las carpetas que libraban la suerte de las hojas que amenazaban con escaparse por la madera, de los marcapáginas parapetados de abrazos y miradas sin tiempo, de documentos inútiles acumulados para un futuro mediato que nunca llega; de la incontenible necesidad de salir huyendo de aquella casa y de la insoportable adherencia a sus estancias.
Hacer algunas maletas cuesta; abandonar algunas casas nos sorprende en un trastabilleo de objetos inertes que dejan manchas, humedades que van penetrando la piel de una nueva muda que sabemos no secará a tiempo y acabaremos perdiendo.

Pilar Luengo


La casa

A menudo sueño con ella. Es el espacio de mis pesadillas y mi reencuentro con la infancia. Las dimensiones se transforman, se amplían, se estrechan, toman formas oblongas casi blandas como si se ofrecieran a ser amasadas. Nada está delimitado, las lindes de la realidad se desdibujan en antojos oníricos…
Mis pasos se adentran en un espacio bien conocido: la puerta cubierta con la cortina de tela burda, la madera vieja y retorcida de una puerta cansada de soportar los retratos quejumbrosos y los cuerpos juguetones de unos niños que aparecen de vez en cuando tomando sus cuarterones como caballo que los lleva a no sé qué lugar desconocido. El umbral me cede el paso a una sala de paredes encaladas en las que el adobe sembró abultamientos y grietas imperfectas, vírgenes torcidas soportan cuadros a punto de cruz, cristos y alcobas que miran ausentes, transfigurados, los ojos en blanco y negro de los relojes de los abuelos, el marido muerto, refranes y dichos que alguien trajo alguna vez de algún lugar donde ese alguien quiso acordarse de otro alguien.
Mi sombra  deambula por la casa. Las puertas de doble hoja entornan su canto viejo y familiar en un re menor chirriante y me empujan a un diálogo esperado con el pesebre de pared que ya no siempre da las horas.
Tictac, tictac, tic…tac…tic…tac…durmiente su parlamento, constante mi pregunta.
Las noches bajo las gruesas vigas de lana pesada y picajosa, el silencio en las mantas, el jolgorio de los gatos en el sobrado y sus peleas con las nueces y bellotas almacenadas para el invierno. El fuego crepita en la cocina y unas sombras temblonas se arrojan sobre la cal ahumada y desvaída, las brasas alientan el borboteo de un gozne y su olor penetra en los canales del córtex hasta territorios remotos. El vahído del sueño ablanda las aristas de las paredes, el suelo comienza a inclinarse, mi cuerpo traspasa una nueva puerta, se ensancha a mi paso, se estrecha a mi espalda; la estancia es un gran angular imposible al ojo. Hay un pequeño balanceo de objetos viejos, llenos de polvo y oscuridad, de tiempo dormido en los pucheros, manzanas frescas y tomates mustios, periódicos acartonados que cuentan días muertos, restos resecos aferrados a la lentitud de su podredumbre.
Una alcayata cruje. Calla la noche. Hablan las ausencias…
Fuera me espera - lo sé -  el agua, el agua que cae sobre la piedra, agua fresca del pozo que salpica la planta de azahar, la piedra fresca de primera hora de la mañana. Y mis ojos infantiles escapando de las sábanas, solicitando en la ventana permiso para alcanzar ese rayo de sol que quedó atrapado en la transparencia del agua.

Pilar Luengo


Mal avenidos

De todo el mobiliario yo le concedo el galardón a la Alfombra
El sofá siempre invita a sentarse y ensuciar la mesa con los pies. Como puede intuirse, se trata de dos compañeros de casa mal avenidos y que han trazado una línea de separación de espacios vitales, aunque tengan intermediarios que hacen de puente, como por ejemplo la expuesta alfombra. La alfombra siempre se lleva todos los refrotes y pisotones: que se vierte una taza, la alfombra lo recoge , los revolcones de los niños, la alfombra los aguanta; mientras los padres disfrutan en compañía de la encimera, la copa y el taburete .
La pelusilla lábil pin pin pin flush flush traza el entablado itinerario hasta la alfombra y se oculta para no ser vista, por instinto de supervivencia como toda especie animada. Aquí nuestra querida sufridora es una heroína salvando vidas, casi siempre tan discreta para causar las menores molestias y no atraer a la depredadora aspiradora a costa de permanecer ella impura y sucia.

Antonia Oliva


A
Mientras ascendía por los roñosos peldaños de madera, un leve sentimiento de angustia oprimió mi pecho. Las tablas de madera, a punto de putrefacción, se quejaban de mi peso con fuertes crujidos. Una entrada muy peculiar para una casa tan extravagante.
La puerta principal era azul celeste, tan intenso cómo si los dueños hubieran arrancado un cachito de cielo y lo hubieran encadenado con bisagras entre dos paredes.
El vestíbulo, de un color naranja cálido como un atardecer en el mar Caribe, estaba repleto de estanterías con enormes volúmenes y libros de toda clase y de todos los colores. Pensé que podría pasarme la vida entera entre esos muros, sentada en esa vieja butaca que daba la impresión de haber sido tallada especialmente para permanecer toda una vida en la misma posición, quieta, solemne, expectante junto a la chimenea más grande que había visto nunca. Parecía una boca de metro, en el que los troncos como verdes y húmedos vagones, entraban para emprender un viaje del que nunca volverían. Las paredes, ornamentadas con carteles e imágenes de todo el mundo, daban una sensación cosmopolita, universal y al mismo tiempo cegadora. No me percaté ningún signo de electrodomésticos de última generación en toda la casa, lo cual me deleitó aún más. Incluso un pequeño teléfono móvil, muy anticuado a decir verdad, reposaba avergonzado sobre una mesa, excusándose de tan ignominiosa intromisión en una casa tan especial.

B
Mientras ascendía por los roñosos peldaños de madera, un leve sentimiento de angustia oprimió mi pecho. Las tablas de madera, a punto de putrefacción, se quejaban de mi peso con fuertes crujidos. Una entrada muy peculiar para una casa tan extravagante.
La ventana era azul celeste, tan intenso cómo si los dueños hubieran arrancado un cachito de cielo y lo hubieran encadenado con bisagras entre dos paredes.
El cuarto de baño, de un color naranja cálido como un atardecer en el mar Caribe, estaba repleto de sillas con enormes volúmenes y libros de toda clase y de todos los colores. Pensé que podría pasarme la vida entera entre esos suelos, sentada en esa vieja televisión que daba la impresión de haber sido tallada especialmente para permanecer toda una vida en la misma posición, quieta, solemne, expectante junto a la nevera más grande que había visto nunca. Parecía una boca de metro, en el que alimentos como verdes y húmedos vagones, entraban para emprender un viaje del que nunca volverían. Las paredes, ornamentadas con sillones y sofás de todo el mundo, daban una sensación cosmopolita, universal y al mismo tiempo cegadora. No percaté ningún signo de electricidad en toda la casa, lo cual me deleitó aún más. Incluso un pequeño ordenador, muy anticuado a decir verdad, reposaba avergonzado sobre una mesa, excusándose de tan ignominiosa intromisión en una casa tan especial.

Lucía Livianos Arias