La nueva normalidad

Después de haber pasado por una cuarentena y un confinamiento. Después de haber ido superando las fases de una desescalada que nos sitúa de nuevo en la calle y, en muchos casos, en el trabajo estamos en lo que se ha denominado "la nueva normalidad". Pero, ¿qué es lo normal? ¿Únicamente lo que atiende a norma?
Enfrentamos un futuro con incertidumbre pero también con esperanza. Para conocer hay que nombrar así que a la luz de diferentes ideas y conceptos concretados en diferentes frases pronunciadas por escritores y escritoras reflexionaremos sobre este y otros conceptos. Veremos también en la ficha de trabajo un repertorio de microrrelatos que incorporan la palabra normal o alguno de sus derivados.

En el articulo "La necesaria frecuencia de la anormalidad" Gonzalo Rojas May señala: "Normalidad, ¿qué es eso?, ¿qué fue de ella?, ¿existió?, ¿era mejor que lo que tenemos hoy y lo que se nos viene? Hay tantas preguntas que hacerse en estos días, se supone que tenemos tiempo –en las cuarentenas que recorren el planeta–, podría incluso sobrarnos, pero muchas veces sentimos que no tenemos ni la fuerza, ni la claridad mental para poder contestarlas."

“De cerca nadie es normal” señala Caetano Veloso para que podamos discernir sobre la riqueza y la profundad de los demás. Afirma también que la "normalización tiene su origen en la generalización y los estereotipos" de ahí que sea un camino en el que tenemos que indagar, preguntar, dejarnos impactar.




Coral Herrera Gómez señala en su artículo "¿Qué es lo normal? ¿Quién es normal? que "lo normal, la normalidad, lo normativo, son conceptos que hemos creado para tratar de definir el conjunto de normas que regulan nuestra convivencia, el comportamiento de las mayorías, los lugares comunes, la lógica de nuestra sociedad."

Rumiemos con calma todo este asunto de la normalidad para sentarnos después a escribir algún texto fuera de lo normal, o dentro.


Propuesta de escritura

Escribe un texto, verso o prosa, que incorpore el concepto de "lo normal" o "normalidad" desde tu punto de vista, después de llegar a tus propias conclusiones a partir de lo leído.

Estos son algunos trabajos:


Receta Bizcocho “Nueva Normalidad”

Era el primer fin de semana que tenía libre, se levantó del sofá y fue hacia la cocina, abrió el frigorífico, luego el mueble, allí estaba aquella amasadora que había comprado con tanta ilusión, no le daba mucho uso, pensó que todo lo que podía realizar con ella engordaba, hoy era el día para activar esas varillas y darle vida. Abrió un viejo libro de recetas. Entre sus páginas encontró lo que buscaba, no estaba demasiado segura, pero podría ser una buena idea de desayuno para comenzar la jornada cada mañana.
Receta “bizcocho nueva normalidad”, catalogada como dificultad media. Siguió leyendo con más interés,”máxima precaución en la realización del último paso, suele ser raro pero en ocasiones se apelmaza la masa y debe de hacerse una nueva", los ingredientes no son difíciles de localizar, solemos tenerlos en casa, si falta alguno siempre podremos recurrir a los vecinos. ¡Qué curioso todas las marcas de los ingredientes principales comenzaban por “r”de recuerdo! Había una nota al margen, “no cambiar la marca de ningún ingrediente, si no fuera posible conseguirlos, pasaremos de un delicioso bizcocho a un producto desagradable”

320 gr. de huevos,aproximadamente cuatro huevos marca “Responsabilidad”
160 gr. de azúcar, marca “Respeto”
80 gr. de harina, marca “Racionalidad”
80 gr. almendra rallada, en este caso podemos utilizar varias marcas
"Comprensión”,”Agradecimiento”,”Optimismo”,”Paciencia”,”Tranquilidad”
Una pizca de sal “Alegría”

Se baten los huevos y el azúcar hasta conseguir doblar su tamaño, poco a poco iremos agregando la harina y los demás ingredientes, lentamente con movimientos suaves para no bajar el tamaño conseguido, siempre con mucho cuidado.
Una vez finalizado introducir en el horno ya precalentado a temperatura media, mucha precaución con los últimos pasos podemos perder un resultado apetitoso, cremoso, dulce, jugoso; en fin, suculento, por un resultado amargo y empalagoso.
Desmoldar su nueva creación y colocarla sobre una bandeja. ¡La verdad, no había quedado tan mal!, seguramente lo compartiría con sus vecinos.

Josefina Félix 
Grupo A


Lupus

Amanecía. Un rayo de luz se coló por las rendijas de la persiana. Alberto abrió los ojos, molesto por la intensidad del haz luminoso que caía directamente sobre sus párpados. La habitación era un caos y eso hizo que espabilase. De un salto se puso de pie y levantó la persiana para poder ver mejor. Estaba desnudo, pero había rastros de sangre por todo su cuerpo y también por el suelo. Nervioso, con la respiración agitada, levantó la vista para intentar averiguar qué había podido suceder.

Sobre la cama, completamente revuelta, estaba el cuerpo de una mujer. Tenía la mirada vacía y una mueca de horror en su rostro. Al bajar la vista descubrió que su garganta estaba destrozada, igual que su vientre. Las vísceras eran visibles y Alberto estaba cada vez más aterrado, mientras le invadía un sudor helado. Se veía el hígado mordisqueado, el bazo, los músculos abdominales desgarrados y chorretones de sangre seca que habían quedado detenidos en las piernas de la muchacha.

Alberto tuvo náuseas al ver el espectáculo macabro que sus ojos le ofrecían. No pudo reprimir la arcada y el vómito agrio se derramó por encima del cadáver de aquella infeliz. Quiso bajar la persiana para que nadie pudiese observar lo sucedido, pero la luna llena, todavía visible en el cielo de aquella madrugada, le hizo recordar, de repente, que era normal que cada 28 días su enfermedad se manifestase.

Jaume Castejón
Grupo B


¿Qué hay de nuevo, viejo? (nUEVA nORMALIDAD) 

La "nueva normalidad" es una búsqueda para volver a una normalidad anterior. No se busca “novedad”, sino partir de lo que objetivamente se hizo mejor en una normalidad anterior que se toma como modelo. De ahí la responsabilidad de los que fijan los cánones.

Calgari

La nueva normalidad es la realidad disfrazada de esperanza.
La normalidad nunca es nueva, te la pintan así para ocultar los problemas de chapa.
Lo anormal es que lo normal dure al menos una generación.
El ser humano cree que todo lo que salga de sus rutinas es anormal.
Lo normal es que, cuando todo parece normal, un anormal lo desnormalice.
Lo normal en la anormalidad, es que sea habitual.
Lo normal es como el sillón de espera de la consulta del dentista.
Normalidad nueva: acabó la anterior, que obviamente era mejor.
Lo anormal de la normalidad es que sea habitual.
Lo novedoso de lo nuevo es que efectivamente lo sea.
La anormalidad repetida se convierte en referente.
La nueva normalidad es una normalidad conseguida a base de ”botox”.
Lo anormal de la anormalidad es su propia anomalía.
No es tan importante que cualquier tiempo pasado fuera mejor, si lo es, que el futuro lo mejore.
Nada hay que supere a la realidad, incluso la propia realidad.

Carlos García Riesco
Grupo A


Post presente

Cuando acabe la ilusoria nueva normalidad, entonces seguiremos en el mismo camino silencioso de la omisión. El vecino ha tenido que convivir con mi tos y mis ruinosas alergias. Pero pronto tocará a mi puerta para pedirme más discreción. Las flores de la vecina ya no caerán al patio interior del edificio, habrá podado sus ramas extendidas. Los pájaros en las avenidas de Salamanca ya no podrán, con sus trinos, dar el concierto alegórico a la alegría de vivir, serán espantados con ruidos castigadores por su atrevimiento. La paz de los hogares es fundamental. Tampoco habrá ya que inquietarse por el gasto excesivo del agua, del plástico y de los coches, reabrirán las fundaciones encargadas de estos asuntos. Fue bonito ver a los animales tan cerca, muchos niños no tuvieron que ir al zoológico, ni abrir las pantallas con la pinza de sus dedos para conocerlos. Y los animales marinos que se acercaron a nuestras orillas, como pidiendo reconciliación, volverán a su trajinada faena de evitación, las flotas armadas con artilugios industriales están de vuelta. Pero lo más importante es que la noticia alarmante de mayor pobreza en los países pobres solo será considerada como una lógica lineal, es necesario ocuparse solo de lo propio.

En la nueva normalidad hay un profundo deseo de volver a la antigua normalidad, no solo para amasar los abrazos y los húmedos besos que nos han prohibido, sino porque se anhela esa antigua “felicidad” subrogada.

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Nada volverá a ser igual

La vida. Cambio constante de nuestras realidades, momentos que nos sumergen en un escenario fuera de lo cotidiano. Cada uno de nosotros hemos visto afectada nuestra normalidad en varias ocasiones, si no es así, es que no hemos vivido lo suficiente, mi definición de nueva normalidad la cambiaria por… “nada volverá a ser igual”

Ejemplos de nueva normalidad:

El que por un golpe del destino se enfrenta a la muerte de una persona importante en su vida desprovisto de fuerzas para superarlo, sabe que nada volverá a ser igual.
El drogadicto que ha tocado fondo y con sus garras se abraza a la vida sin sustancias toxicas llevando la mochila del pasado.
El que deja su país frente a un futuro incierto dejándolo todo atrás y buscando una vida mejor también sabe que nada volverá nunca a ser igual.
El que sale de la consulta de un medico con un diagnostico terrible en la mano sabe que cambiará su vida para siempre.
El que recibe un hachazo del destino y se despierta a cada momento sabiendo que un accidente arrebató a su familia sabe que vivirá siempre en otra realidad.
El que sale de prisión después de años con la esperanza por sombrero. El que acierta los 6 números de la primitiva. El que es abandonado por un ser amado al que entregó todo. El que sufre un infarto y sobrevive débilmente. El que vive la sinrazón de una guerra y sabe que hay que continuar caminando hacia donde salga el sol.
O el que pasa por una pandemia global.
Nuestra realidad actual no es muy diferente a la vida, simplemente esta vez lo hacemos todos juntos, nadie se ha llevado nuestro queso, es solamente que nada volverá a ser igual.

Esther Yubero
Grupo A


Todo... aproximadamente igual

—Puedes besar a la novia —dijo el cura, extendiendo sus manos fragrantes de hidrogel.
Entonces, bajándose la mascarilla, sellaron su compromiso de amor con un cinemascópico beso. Y la madre del novio, que era policía local, no pudo reprimir una lagrimita de emoción mientras les ponía una multa por no guardar la distancia social de seguridad.

Óscar Martín
Grupo A


No, gracias

No, no, muchas zankius mis queridos gobernantes. Alguien habrá que esté deseando introducir cambios en su vida, pero no es mi caso. No les tengo escuchado a ustedes ―y tampoco leído ni visto en televisión―, que adaptarse a la “nueva normalidad” haya de ser solo para insatisfechos, para rendidos, para los que tienen vocación de derrotados. A los que tenemos la suerte de vivir la vida en plenitud, mejor si nos dejan ustedes en paz, que podríamos salir perdiendo. Estimo en lo que vale su intención, pero mejor dejamos las cosas como están. Y repito las zankius. Aparte de que si de entrada ya le dicen ustedes “nueva”, no puede ser muy normal, ¿o es que no era “normal” la de antes? Pero bueno, esa es otra cuestión.
Entiendo que se nos ha de tener en cuenta a las personas ―ciudadanos si lo prefieren― que miramos la botella y la vemos medio llena. Lo cual nos permite disfrutar lo bueno que la vida ofrece; con y sin reclusiones, con y sin mascarillas, con y sin distancia social de seguridad. Incluso con y sin “coronavirus”, que por cierto siempre los hubo, no es nada nuevo aunque a este se le haya bautizado Covid19 para diferenciar. Por suerte, repito, aún queda gente feliz y que aspira a continuar siéndolo.
Así que mejor si se dejan de gaitas y promueven que el personal ―perdón, el pueblo― haga suya la filosofía de buscar el lado amable de las cosas para saborear la vida en condiciones. Pese a los políticos. Es de cajón de madera de árbol, me permito la expresión. Y está luego que, “normalidad” por “normalidad”, cualquiera sabe; con la de antes a ustedes bien les ha ido. A ver si resulta que con la “nueva” le va a dar a la gente por ponerse a pensar. No sé si me explico.

Pascual Martín 
Grupo B


La nueva normalidad

Salía de casa cada día con ganas de comerme el mundo.
Siempre he sido así. Y de repente, todo el mundo confinado en casa.
La unidad familiar y tú. Ni un beso ni un abrazo. Solo los justos y necesarios entre nosotros dentro del núcleo familiar.
Daba besos y abrazos hasta a mis vecinas y ahora solo podía hablar con ellas durante los aplausos y a duras penas.
Nos veíamos a través del balcón.
Nunca imaginé que podía llegar a suceder algo así.
Y tras 4 largos meses en casa. Comenzó la desescalada donde las mascarillas, el gel hidroalcohólico y las distancias de seguridad eran el protagonista principal.
Lo nunca impensable, estaba pasando de verdad. Y daba igual porque todo seguía igual. Solo añoraba los besos y abrazos de cada día.

Iria Costa
Grupo B

Los abrazos prohibidos

Los abrazos siempre fueron importantes. Pero en este contexto de pandemia y distancia social la necesidad de contacto hace que los valoremos aún más.
José R. Ubieto explora en su artículo "El duelo por los abrazos" por qué es tan importante para nosotros más que para otras culturas el abrazo al otro.
El pintor Juan Genovés que murió semanas atrás sabía del valor real y simbólico del abrazo y así lo expresó en su obra "El abrazo". Dejamos aquí una de las últimas entrevistas que hizo en la que analiza esta obra:




Este déficit de abrazos llevó a Vetusta Morla a homenajear a los trabajadores de la sanidad pública con una canción titulada "Los abrazos prohibidos" que nació del poema colectivo "El vals de los salvavidas" un texto creado por Benjamín Prado y Elvira Sastre y al que se unieron Andrea Valbuena, Andrés Suárez, Guille Galván, Irene G., Jorge Drexler, Leiva, Loreto Sesma, Marwan, Raquel Lanseros y Rozalén. El poema fue adaptado por Benjamín Prado y Guille Galván:

Por los ángeles de alas verdes de los quirófanos
Por los ángeles de alas blancas del hospital
Por los que hacen del verbo cuidar su bandera y tu casa
Y luchan porque nadie muera en soledad
Por esas centinelas que no duermen
Para que el enfermo sueñe que va a despertar
Sin temerle a su miedo y usando su piel como escudo
Moviendo las camillas del peligro como un vals
Por los que hacen del trabajo sucio
La labor más hermosa del mundo
Y pintan de azul la oscuridad
Cada noche aplaudimos en los balcones
La muerte huye con sus dragones
Callamos al silencio un día más
Nunca olvidaremos vuestro ejemplo
Nunca olvidaremos la dedicación
Nunca olvidaremos el esfuerzo
Vuestro amor es nuestra inspiración
Por los que nunca miran el reloj mientras curan
Por los que hacen suyas las heridas de los demás
Por los que merecen los abrazos prohibidos
Y se meten contigo en la boca del lobo sin mirar atrás
Por los que hacen del trabajo sucio
La labor más hermosa del mundo
Y pintan, y pintan de azul la oscuridad
Cada noche aplaudimos en los balcones
La muerte huye con sus dragones
Callamos la boca al silencio un día más
Porque ya os habéis ganado a pulso
El aplauso más largo del mundo
Respeto y dignidad
Cada vez que salimos a los balcones
El miedo huye con sus dragones
Y callamos al silencio un día más
Supervivientes sí, maldita sea
Nunca me cansaré de celebrarlo



El cantante Juan Valderrama también expresa este deseo de que vuelvan, entre otras muchas cosas maravillosas, los abrazos. Escucha su canción "Que vuelva"

Propuesta de escritura

La Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Alcorcón puso en marcha un concurso de microrrelatos en colaboración con la Cadena Ser. Su título "Cuando vuelvan los abrazos". Esa misma tarea es la que proponemos para esta semana. Escribir un texto que no supere las 20 líneas y que incluya este lema, ya sea al inicio, al final o en el cuerpo de dicho texto y que exprese el deseo y la importancia del abrazo


Estos son los trabajos recibidos:


Detrás de la alambrada

Ya no voy a lo mío. Sólo quiero lo nuestro. Volver a sentir tu calor. Descansar mi corazón en tu pecho, como siempre hicimos. Recorrer el mapa de esa sonrisa con mis manos, y junto con las tuyas, cómplices, emprender el viaje. Qué bien olía tu abrazo sereno, lo echo tanto de menos…Demasiado tiempo sin ti detrás de la alambrada.

Carmen Pedrero Robles
Grupo A


Abrazos necesarios

Quiero abrazos que colmen la esperanza
y los quiero que alegren mis sentidos,
de los que siempre estrechan la alianza
en la ocasión en que estemos reunidos.
Abrazos largos, a la vieja usanza,
que no teman a las mezclas de fluidos,
que van bordeando el fiel de la balanza
entre los entrañables o prohibidos.
Abrazos en perfecta mezcolanza
reservados a los seres queridos,
como muestra de respeto y confianza.
Para tiempos de guerra o de bonanza.
Para días en que estamos abatidos.
Abrazos, contra la desesperanza.

Carlos Garcia Riesco
Grupo A


En otro momento

Se fue sin un adiós. Las circunstancias impedían el acercamiento, más aún el contacto personal. Pero ¿cómo despedirnos de aquella forma? Sin los abrazos y los besos que nos habían unido a lo largo de la vida; sin intercambiar el calor que había mantenido viva la llama del cariño; sin el roce de las manos ni el olor de nuestros cuerpos. La agonía se convirtió en tortura cuando la tuvimos que vivir en soledad, él postrado en la cama del hospital, yo alejada de su maléfica influencia.
El azote del SIDA castigaba duramente i estigmatizaba a los jóvenes de los ochenta, como ahora lo hace el COVID19 con los ancianos, o como en los años cuarenta lo hizo la tuberculosis con toda la población. Las pandemias, suponen una amenaza tan grave para la especie humana, que hacen tambalear los pilares de nuestra cultura, de tal manera que nos volvemos más individualistas. Las medidas sanitarias, las precauciones y, sobre todo, el miedo son los mejores aliados para un desarraigo al que no quisiera sucumbir.
Han pasado más de veinte años y conservo intacta la imagen de la última vez que le vi. Ni siquiera se despertó, quise acercarme a su rostro para darle el que seguramente iba a ser el último beso, pero el calor que irradiaba su cara consumida por la fiebre, y la severa advertencia de la enfermera me lo impidieron
Pensé que, a lo mejor, en otro momento… Perdí mi última oportunidad, porqué ese momento nunca llegó.

Maxi Moreno
Grupo B


Volverán 

Estoy seguro, Mábel, habrán de volver los abrazos. No sabemos cuándo, cielo, pero más pronto que tarde, confío. Entretanto, habremos de tener un poco de paciencia. Maldito coronavirus.
Te recomiendo paciencia y en realidad debería de recomendármela yo mismo. Se me hace más duro cada día, lo confieso. Mira que es mala suerte que nos haya cogido el estado de alarma tú en Madrid y yo aquí, separados. Y que a nuestros gobernantes se les haya ocurrido prohibir los desplazamientos. Si a lo mejor tiene que ser así, oye, pero hay razones de tipo emocional, o afectivo, no sé cómo decirlo, para las excepciones, y en eso ellos no han caído.
A lo mejor tú entiendes, Mábel, que lo nuestro podría ser lo mismo sin ese abrazo, pero ya conoces mi manera de pensar. Yo entiendo que un abrazo sincero, amistoso, no debe faltar; lo bien hecho bien parece, como dicen en mi pueblo. Me reprocharía toda la vida, cariño, el haber comenzado los trámites de nuestro divorcio sin ese abrazo previo con el que sueño.
Adolfo.

Pascual Martín 
Grupo B


Un nuevo paraíso

Tantas muestras dio el hombre de su incapacidad para lograr que el mundo fuera un lugar donde se pudiera vivir en paz, que al final los animales, cansados de tanta salvajada, decidieron mostrarle el camino. Así que el guepardo abrazó a la gacela, el lobo a la oveja, el cocodrilo al antílope (cuando cruzaba el río), el águila al conejo, el león al ñu, la pantera al venado, el oso al salmón, la orca a la foca, la lechuza al jerbo, el zorro a la gallina, y hasta la araña a la mosca, e incluso el elefante al ratón. Y el hombre, avergonzado, tomando nota de la lección se avino a vivir en paz. Entonces se deshizo de las jaulas donde tenía encerrados a los animales y cambió el nombre del recinto por otro más apropiado para los nuevos tiempos: abrazoológico.

Óscar Martín 
Grupo A


Tres abrazos

Martín miró a los niños. Estaban tan distraídos jugando en la arena que creyó que podía alejarse sin inquietarlos. Llegó hasta el alcornoque, tocó su corteza y extendiendo los brazos rodeó el tronco. Era tan grueso que sus manos no alcanzaban a tocarse. Cuando apoyó la mejilla contra la áspera superficie oyó el grito perentorio de su hija teñido con una gota de pánico.

–¡Papaaaá!
–Estoy aquí, Isabel –la llamó.

La niña corrió y él se agachó para acogerla en su regazo. Prolongó el abrazo para impedir que ella viera sus lágrimas.

–¿Por qué te fuiste tan lejos? –le reprochó su hija.
–Estaba aquí, cariño. Ven, acércate al árbol y estréchalo conmigo.
–¿Por qué?
–Mamá me dijo que podíamos hacerlo cuando nos apeteciera recordarla.
–¡Pica! –protestó Isabel cuando apoyó sus bracitos.

La superficie tenía un color de sangre seca. Lo habían despojado del corcho hacía poco y su piel había ido recorriendo una gama de colores que venía del crema y ahora alcanzaba al rojo. Mientras tocaba las manitas de su hija cerrando el círculo recordó las palabras que pronunció Maribel allí mismo, cuando la estrechaba por última vez.

–Si marcáramos nuestros nombres en el tronco el corcho los acabaría cubriendo. Así que, abracemos este árbol, y recuerda: cada vez que lo hagas estarás abrazándome a mí

Pepe Lorenzo
Grupo B


Testimonio de sobrevivencia

Cuando vuelvan los abrazos, estaré a solo un abrazo de enamorarme de tu piel. Cada métrica poética de esta distancia se ha llenado de a poco del olor ya desvaído de tus manos, del beso que te doy con el soplo de una vela, insuflado de ternura y miedo. He transitado silenciosa por los recodos de tu cuello, resguardado. He imaginado tu espalda, tu abdomen, tan encubiertos ahora.
Un día atisbé tus ojos: tu mirada, casi perdida.
No hace falta ni una sola palabra más para describir el vacío. Lo hemos repleto de flores, de inventos, de fantasías que no han caído del cielo, sino que han emergido del infierno, donde los instintos, como las almas, pulsan por salir:
Nuestra supervivencia no ha sido del más apto, sino del más enamorado…

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Los abrazos perdidos

Os abracos perdidos (portugués), les calins perdus (francés), die verlorenen Umarmugen (alemán), zagubiones usciski (polaco), the lost hugs (inglés), les abracades perduts (catalán), de verloren knuffels (holandés) Ushinawareta hoyo (japonés) Ob”yatiye poteryal (ruso), abbbraccio perduto (italiano), yougbao diushi (chino); lo importante no es el idioma en que se diga, lo importante es que estos no volverán.

Luis Iglesias
Grupo B


Tus abrazos

Cuando llegue ese día, cuando vuelvan los abrazos, no podré abrazarte como lo hacía antes, pero he aprendido a abrazarte ya sin verte. Abrazo los recuerdos, ¡tantos!, tantos que hemos vivido intensamente juntos, abrazo los sueños que se quedaron, solo en eso y, esos abrazos tienen tanta fuerza, que los siento, que me trasmiten la tuya, me ayudan a seguir viviendo, acurrucándome en ellos, a veces llega el sueño, y quiero que ese sueño me traigan más abrazos.
Cuando vuelvan los abrazos, seguiré sintiendo tus abrazos.

Inés Izquierdo
Grupo A


Abrazos prohibidos

                 a mi madre

Ella le pidió que la abrazara. Él la habló de las olas del mar.
Ella extendió sus brazos. Él le cantó a la primavera.
Las lágrimas bañaron sus labios. Él la pidió que no llorara.
Sus arrugadas manos suplicaban calor. Él no supo que decir.
Acurrucada en la cueva del olvido. Solo un reflejo en la mampara.
Cantaba con flores a María. Él quiso llevarla al fin del mundo.
Pero ella ya habitaba allí. Cruel epidemia de tristeza.
Hablaron como dos desconocidos.
Regresa a buscarme. Cuando vuelvan los abrazos.

Tomás García Merino
Grupo B


Besos y abrazos

Besos y abrazos
volved a nuestras vidas
venid conmigo.

Besos y abrazos
nos fueron prohibidos
eran veneno.

Besos y abrazos
muy limpios de verdad
debéis volver.

José Luis Fonseca
Grupo A


El amor no admite sucedáneos

El amor no admite sucedáneos,
cuando vuelvan los abrazos
se estremecerá la tierra,
florecerán las pieles
y los huesos del alma.
Recobraremos el calor
que sólo dan brazos humanos,
se condecorarán los pechos
de los hombres y mujeres de verdad,
los que han amado tanto
pues no hay otra manera
de adquirir el honor de ser seres superiores,
aún en la muerte.
sólo desde el abrazo y el amor,
puede el dolor ser vencido,
puede inventarse otro mundo.

Emilia González 
Grupo B


Abrazos en sueños

Por fin llegó el momento tan esperado. Lo he imaginado muchas veces. Pensé que podría ser a finales de abril o principios de mayo. Dejé de ponerle fecha cuando comprendí que me angustiaba mucho más. Ahora estoy a punto de entrar en casa de mi madre, esa casa que yo llamo también mía. Nunca hemos estado tanto tiempo sin vernos, ni siquiera cuando yo estaba interna en un colegio en Alicante y solo venía en vacaciones.
Abre la puerta y ninguna de las dos decimos nada. Nos fundimos en un abrazo. Sin palabras, le digo que he pasado más miedo por ella que por mí misma. Si se hubiera contagiado y no me hubiera podido despedir de ella, como les pasó a tantos, el dolor hubiera sido infinito. Las dos sabemos lo importantes que son las despedidas. Mientras nuestras lágrimas se juntaban, le he agradecido la fuerza que me ha dado como tantas veces, a pesar de que por edad, podría haber sido al contrario.
Sin palabras y con la fuerza de mi abrazo le he dicho lo que la quiero y lo que la necesito.
Después me he separado de ella y me he puesto a saltar de alegría.
En uno de esos Saltos, desperté. Pasados unos segundos, me di cuenta de que era domingo, 21 de junio, 6 de la mañana y también de que tendré que abrazarla a distancia.
No sé cómo se hace eso. 

Teresa Sanz
Grupo B


Abrazo postrero

Abrazo postrero, el que le faltó a ella. El abrazo más necesario que nunca, y, a la vez, un abrazo prohibido. En la UCI, en estos días oscuros, son las visitas prohibidas por necesidad, necesarias por necesidad. Nada más triste que partir solo, o sola. Probablemente, con calidad humana, alguien le dio la mano mientras se despedía de este mundo, nunca otras veces tan difícil. Duro para quien se va, y para quien se queda. Nunca, nunca, podrá recordar su familia sus últimas palabras, que hubieran sido de cariño, puesto que no las hubo para ellos. Maldito, maldito, maldito abrazo prohibido.

Javi Martín
Grupo A


Reencuentro

Con la duda en la espalda
decidí sortear el destino
y caminé hacia ti .
Hablamos con las miradas
llenas de recuerdos
y surgió la magia y el deseo.
Entonces me abrazaste
y descubrí en ti las fortalezas
que ya creía olvidadas.

Áfrika Gómez García
Grupo A


Rápido abrazo
del metro al autobús
una quimera

Alfredo Domínguez
Grupo B


Abrazos

Abrazos de sol
Abrazos de amor
Abrazos bajo la calma de la lluvia.
Abrazos de metal
Abrazos de ternura
Abrazos de curiosidad
Abrazos de hierba recién cortada
como el domingo en la cama toda la mañana envuelta en sábanas de amor.
Abrazos con sabor a helado de limón
Abrazos de tormenta, tras la tempestad.
Abrazos, abrazos... yo sigo queriendo seguirte aunque me cueste eternamente en abrazos de sol.
Abrazos prohibidos.
Abrazos aún de buen amor.

Iria Costa
Grupo B

Sonatina burocrática. ¿Trabajas o teletrabajas?

La sesión de la próxima semana la dedicaremos al trabajo y el teletrabajo. Y hemos elegido como título "Sonatina burocrática", una de las composiciones del genial Erik Satie.
Pensemos en qué ha supuesto para muchos ver cómo todo el trabajo de un trimestre se desplomaba como consecuencia del Covid-19, cómo muchos han tenido que acogerse al teletrabajo para desempeñar una tarea que, en muchos de los casos, es presencial. Y cómo la mayoría están deseando recuperar la normalidad y la vuelta a su puesto laboral.
Escuchad la "Sonatina burocrática" y leed el texto que Satie escribió para acompañar la pieza:






I. Allegro

Ya ha salido.
Va alegremente a su despacho “gavilándose”.
Mueve la cabeza contento.
Le gusta una guapa dama muy elegante.
También le gustan su portaplumas,
sus mangas de lustrina verde y su gorrito chino.
Da grandes zancadas:
se precipita a las escaleras que sube a cuestas.
¡Qué ventolera!
Sentado en su sillón
está feliz y lo demuestra.

II. Andante

Reflexiona sobre su ascenso.
Tal vez obtenga un aumento
sin necesidad de ascender.
Cuenta con trasladarse el próximo trimestre.
Ha echado el ojo a un piso.
¡Ojalá ascienda o aumente!
Nuevo sueño sobre el aumento.

III. Vivaca

Canturrea un viejo aire peruano
que ha recogido en la baja Bretaña de un sordomudo.
Un piano vecino toca una pieza de Clémenti.
Qué triste es todo esto.
Osa valsar (él, no el piano).
Todo esto es muy triste.
El piano reanuda su ejecución.
Nuestro amigo se interroga con benevolencia.
El frío aire peruano se le sube a la cabeza.
El piano continúa.
Lástima, tiene que abandonar su despacho,
su bonito despacho.

Ánimo, vámonos, dice.


En la ficha de trabajo hemos incorporado textos variados. En todos ellos se reflexiona sobre el trabajo, sobre las nuevas herramientas con que se lleva a cabo ese trabajo.
Hay quien se toma este asunto del teletrabajo con mucho ritmo y mucha paciencia y hay quiénes vislumbran un futuro maquinista y mecanizado alejado de lo humano:




Propuesta de tarea

Proponemos como tarea escribir un texto, real o de ficción, que ponga de relieve cómo vemos el presente y el futuro laboral propio o ajeno. 

Estos son algunos de los trabajos recibidos:


Una anomalía irreversible

Era el último día importante en la vida de Masaki y Sayumi. Masaki, metamorfoseada ya en una maravillosa crisálida, había puesto el día anterior sus dos huevecitos y, como ordenaba el Ministerio de Sanidad, había enviado en el acto la exploración ecográfica que ella misma les había hecho al Instituto de Salud Ovípara de Yamanashi. En unos minutos tenían cita virtual en la consulta del doctor Takura, quien les había de informar de los resultados de la exploración. Masaki estaba infundadamente nerviosa, pues los huevos, exteriormente al menos, tenían un magnífico aspecto. Sin embargo tenía un mal presentimiento y no dejaba de caminar de un lado a otro de la sala de hardware moviendo compulsivamente sus alas sin separarse de su botella de licor de morera. Sayumi, en cambio, estaba mucho más relajado, y se limitaba a esperar a que llegase la hora de la cita sentado en su sillón de conexión mientras se fumaba un puro ecológico de auténtica hoja de morera china. Cuando por fin llegó la hora de la cita, Masaki se sentó en su sillón y ambos conectaron sus cuerpos al hardware doméstico. De inmediato, el holograma del doctor Takura se hizo presente ante ellos. Y no había más que ver su cara para intuir malas nuevas. Masaki y Sayumi se agarraron sus pegajosas y febles manos para darse aliento y, después de un saludo breve, el doctor fue al grano.

—El huevo de la hembra está en perfecto estado y será una larva sana y feliz durante los sesenta años de su existencia.

—¿Y el del macho? —se adelantó a preguntar Sayumi, con el corazón acelerado.

—Me temo que tengo malas noticias respecto del macho —se le encapotó la mirada al doctor Takura—. Se pueden apreciar en el feto larval algunas anomalías serias, sobre todo en sus extremidades superiores e inferiores, que semejan en todo a las del humano de hace doscientos mil años. Es un fenómeno muy raro, pero, por desgracia, a veces ocurre.

—¿Y eso tiene solución, doctor? —se apresuró a preguntar Masaki.

—Desde luego es operable y, en ese sentido, podría hacer hasta vida más o menos normal, pero… —parecía que por momentos se abotargaba el doctor, sumiéndose en un silencio que estremeció a la pareja—. Pero el feto tiene una anomalía mayor, y ésta no es operable…

—¡Díganoslo de una vez, doctor! —se enervó Masaki— ¿Qué le ocurre a nuestro hijo?

—Su vientre carece de puerto USB —y se desinflaron sus carrillos al dar la noticia.

—¡Dios mío, pero eso no puede ser! —ahogó un grito Masaki, mientras dos lagrimones de seda le empezaban a rodar por la mejillas.

—Sin puerto USB no podrá conectar su cuerpo al hardware y no podrá estudiar ni interactuar virtualmente con los demás niños —se llevó Sayumi las manos a la cabeza mientras hablaba—. Y cuando sea adulto ¡no podrá teletrabajar! ¿Qué va a ser de él, doctor?

—Lo siento, lo siento de verás —se disculpaba Takura, como si él mismo tuviera alguna culpa.

—Y no hay ningún remedio, no sé, algo que sirva para paliar su desgracia —buscó Masaki alguna luz a la desesperada.

—Bueno, siempre están las prótesis…, ya sabe, los teclados y esas cosas. Pero no es ni remotamente lo mismo. Y ahora —tragó saliva morérica el doctor—, mi obligación es recordarles que tienen derecho a solicitar la destrucción del huevo.

—Eso jamás, doctor —se encorajinó Masaki. Y luego de echar una mirada a su pareja, que asintió sin reservas, añadió—: Va en contra de nuestras convicciones.

—Bien, son ustedes libres de hacer lo que quieran. Por mi parte no tengo nada más que añadir —se mostró ahora más seco el doctor Takura.

Concluida la consulta, Masaki y Sayumi se fundieron en un abrazo y desbordaron la estancia de lágrimas de hilo de seda. Poco quedaba ya por hacer. Masaki preparó el lecho de hojas de morera en el cuarto con vistas al monte Fuji donde los dos habían de morir definitivamente, mientras Sayumi depositaba junto al huevo del macho un objeto arqueológico semejante a un martillo, con la esperanza de que de alguna forma le pudiera servir. Al amanecer del día siguiente, el sol nacía sobre el monte Fuji y sus almas volaban a hacia la eternidad.

Óscar Martín 
Grupo A


“El amor en los tiempos del Confinamiento”

Yo tenía teletrabajo, hasta que se puso de moda el teletrabajo por causa del virus, pero para entonces ya nos habían echado a todos.

¿Recuerdan esas llamadas -que dejaron de oír durante el confinamiento- a cualquier hora, para ofrecerles un seguro, una cuenta bancaria, un descuento en la factura de su móvil, un perrito piloto? Pues ese era yo. Les digo cuál era la filosofía de la Empresa: había que vender a toda costa, y en el menor tiempo posible; total, no pedían nada. El Cuadro de Honor -que daba al empleado puntos para unas futuras vacaciones en el Caribe, pagadas por la empresa- se componía de estas dos variables, tiempo y efectividad. No era nada fácil, pónganse en mi lugar, porque, por lo general, pillabas al cliente en la ducha, no sé si me explico, en el momento más inoportuno. -No me interesa, perdone -contestaba la mayoría-, lógico, pensabas tú, sobre todo ahora, que estás en una reunión de trabajo, o discutiendo con tu mujer mientras hacéis la comida, o esperabas a que te atendiera la tutora de tu hijo en el Cole, a ver qué había pasado con otro niño que le acusaba de haberle puesto un ojo a la virulé.

La fórmula era siempre agarrar al cliente por el pescuezo telefónico, y decirle -en un tono neutro, pero asertivo- que cómo sabía que no le interesaba, si todavía no le habíamos dicho en qué consistía la oferta: ¿No quiere ahorrar dinero? Puro sadismo. Yo tenía compañeros que lo bordaban, sobre todo cuando pillaban a una de esas personas educadas que son incapaces de colgarte el teléfono sin disculparse varias veces, entonces se cebaban con ellos, y muchas veces, sacaban sus puntitos.

Pero volvamos al principio. Yo teletrabajaba y me echaron, por el virus, y llegó el confinamiento. Y mi mujer y yo bastantes problemas teníamos hasta entonces, como para tener que aguantarnos veinticuatro horas al día, siete días a la semana, en el reducido espacio de nuestro piso, que hasta habíamos cerrado el balcón para ganar un par de metros. Con dos niños, que no entendían tampoco por qué tenían que estar encerrados con dos extraños -antes de eso, no los veíamos mucho, la verdad- que, además, se ocupaban más en sacar a pasear al perrito -por turnos, varias veces al día- que en ellos. Y así, todo el día, rebotados, todo el mundo de morros menos el chucho, que estaba encantado. No había dios que aguantara.

Así que, en cuanto pudimos, firmamos los papeles del divorcio exprés, a través de un bufete de abogados “low cost”, por Internet. De mutuo acuerdo. La primera cosa que hacíamos de mutuo acuerdo desde hacía años. Iniciábamos, sin saberlo, una tradición, porque cuando nos llamaron en el Juzgado, algún tiempo después, para ratificar el divorcio, también nos pusimos de acuerdo -milagros del Coronavirus y sus secuelas- en que no íbamos a ratificar nada. Llegamos cogidos de la mano, y le dijimos al Señor Juez -para que no se mosqueara y pensara que tomábamos la Justicia a cachondeo- que lo habíamos pensado mejor, y nos íbamos a dar un tiempo.

Por lo menos -eso ya quedó entre nosotros- hasta que se solucionara la Economía, y nos dieran trabajo a los dos, porque ni con un sueldo post virus seríamos capaces de mantener dos casas, pensiones compensatorias, y mucho menos dos niños, que ahora no se conformaban con la Play de toda la vida, si no que te pedían -a través de los directores de sus Coles- ordenadores, móviles, y otros artilugios –“gadgets”, dicen, hay que joderse con los anglicismos- para la educación a distancia.

Total, que teletrabajaba y me echaron del teletrabajo cuando se puso de moda el teletrabajo, y firmé los papeles del divorcio, y no firmé los papeles del divorcio, todo por causa del dichoso virus. En fin, un sindios.

Lo que fue, todo, una bendición visto con perspectiva, ahora que el tiempo -y Cupido- han jugado a nuestro favor.

Resumo. Mi mujer encontró un buen trabajo, y yo me ocupo de la casa y de los pequeños, que, al sentirse atendidos por su padre se han vuelto dos cachorritos deseando que les saque a dar un paseo, y hasta el Cole nos ha tramitado los papeles para que nos subvencionen los gastos en ordenadores y herramientas varias. Visto retrospectivamente no mentimos al Juez, mi mujer y yo estamos acarameladísimos, como en una segunda luna de miel, bueno, casi la primera porque en el viaje de novios tuvimos cada bronca. . .

El mundo se derrumbaba, y nosotros nos enamoramos. Hemos sido capaces de “revertir la situación”, en palabras de una amiga nuestra, sicóloga. El tutor de “mindfulness” lo llama “catarsis”.

Lo que yo le digo a mi chica: entre tú y yo, cariño, bendito Coronavirus. -Sí, corazón -me contesta ella- lo nuestro es que da para una novela.

¿O no?

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


¡Quién tiene una bola de cristal!

Cuando me licencié en Económicas hace algo así como “mil” años, la palabra economía se definía escuetamente : “con pocos medios satisfacer muchas necesidades” .
A lo largo de los años, he de decir, que los “gurús” de la economía, sólo aciertan a “posteriori”, es como hacer la quiniela de fútbol los lunes, lo bonito es hacerla bien el sábado y que se cumpla, aunque sea poniendo muchos triples (previsiones).
Durante la carrera, el catedrático de economía financiera, al explicarnos el funcionamiento de la bolsa, nos decía que él nunca “jugaba”, porque no sabía lo que tenía pensado hacer el Consejo de Administración de la Empresa.....
En otra ocasión, el profesor de Marketing, nos ponía el ejemplo, del vendedor optimista y del vendedor pesimista; en una reunión de una empresa de calzados, les enviaban a vender zapatos a Marruecos, el pesimista dijo “yo allí no voy porque están acostumbrados a andar descalzos y no vendo nínguno”; el optimista manifestó, allí me forro a vender zapatos porque no tiene nadie.
Otro lumbreras de profesor, como ejemplo ponía cómo ganar un millón de pesetas diariamente; “muy fácil”, se compran un millón de gallinas ponedoras, cada gallina come diariamente 20 pesetas de pienso, si quiero ganar un millón, con darles 19 pesetas de pienso,( que no lo notaran), ya tenemos el millón, si queremos ganar dos millones, ya sabemos lo que tenemos que hacer....
Si como dicen los expertos, el futuro está en la robótica, nos tendrán que dar un salario mínimo vital a todos y que trabajen y paguen impuestos los ordenadores.
Hasta que esto ocurra, mi opinión es que toda persona que su futuro laboral se lo tenga que currar sin ningún tipo de “ayudas”, debe prepararse concienzudamente en la profesión que le guste,(y tenga aptitudes), ser honrado, trabajador, manejar idiomas, y disponibilidad a viajar a otros países, porque aquí el tema está jodido.

Luis Iglesias 
Grupo B


Teletrabajo compartido

El viernes, 13 de marzo, tuvimos una cena de empresa. Celebrábamos una venta muy importante que había costado varios meses de negociaciones. La cena, pagada por el jefe de nuestra sección, tuvo lugar en un lujoso hotel de la ciudad. Allí conocí a Beatriz, Bea, como le gusta que la llamen.
Beatriz es la secretaria del jefe, una mujer muy guapa, muy interesante. Me tocó sentarme a su lado y al principio me sentí algo incómodo, pues era el último en incorporarme a la empresa, el nuevo, vamos, y no conocía a nadie. Pero las risas, el vino y la simpatía de Beatriz hicieron que la cena fuese más llevadera. Después de la cena fuimos a un bar. La música sonaba a un exagerado volumen, lo que me permitió seguir la conversación con mi nueva conocida, a una distancia más personal, hasta que traspasamos la frontera de lo que ahora conocemos como la distancia social.
El domingo por la mañana, muy temprano, después de un fin de semana intenso, íntimo y confidente, me levanté de la cama y recogí y ordené la casa y la cocina. Con la bolsa de basura llena de desperdicios, bajé a la calle, para reciclar en unos contenedores. Enseguida se acercaron dos policías que, al principio, me sobresaltaron.

—Buenos días —saludaron muy amables—. ¿Vive usted por aquí?
—¿Cómo? —pregunté sin entender.
—Desde ayer estamos en estado de alarma —me informaron como si yo ya supiese qué estaba ocurriendo—. No puede usted salir de casa si no es a trabajar, con el debido justificante, a comprar o a cualquier actividad esencial. Contravenir las órdenes puede acarrearle una multa de 601 euros.
—Sí, ya… —intenté procesar lo que me estaban comunicando—. Bajé a echar la basura. Vivo aquí mismo —dije señalando el portal de Bea.

Por suerte llevaba las llaves en el bolsillo y ellos esperaron hasta que estuve dentro para cerciorarse de la veracidad de mis explicaciones. Una vez en el piso le expliqué lo ocurrido. Pusimos la tele, miramos en internet, sorprendidos entendimos que estábamos confinados, sin movilidad. No podía volver a mi casa.
Han pasado dos meses maravilloso. Seguimos juntos. Teletrabajando, bueno, compartiendo teletrabajo y ordenador, el mío sigue en mi casa. Deseando que no llegue la fase 1, aunque yo creo, ahora que no me oye Bea, que cuando llegue el momento no me va a pedir que me marche.

Jaume Castejón 
Grupo B


Futuro laboral

Covid 19, enclaustramiento, crisis económica, pierdes el empleo; las desgracias nunca vienen solas, se dice Sulpicio Bernáldez. Pero se lo dice en suave, no son lamentos amargos, el amigo Sulpicio si en alguien confía es en sí mismo, se sabe persona de recursos. Es una virtud que tuvo siempre, le conozco desde chico. Daba poca chispa en la escuela del pueblo y toda su aspiración era ser verdugo de mayor, pero tampoco resultó difícil convencerlo de que ese oficio tenía poco futuro. «¿Cuántos verdugos puede haber en el país?» le dijo un día su madre, «es como si a estas alturas te empeñaras en ser arriero como el abuelo».

Así que Sulpicio Bernáldez cambió su vocación sobre la marcha y, mira, le ha ido bien en la vida. Con el puñetero coronavirus no contaba nadie, pero bien seguro estoy de que él se las apañará también con eso.

―Lo del ERTE no es para mucho confiar ―me confesó ayer, que me lo encontré por la calle―. Otra no queda sino reinventarse uno, le doy mucho al coco, ya me conoces. De momento estoy desechando posibilidades. Inventor de estupideces lo tengo descartado, mucha competencia, fíjate las que nos están ofreciendo en televisión día sí día también; además de que no me veo yo muy capacitado. En algo relacionado con la honradez y el sentido común tampoco se puede pensar; eso pasó a la historia, es como lo de los arrieros.
―Si me admites una sugerencia, Sulpi…

Me la admitió. Pero no sé si llegué a pronunciar cuatro palabras.

―Precisamente ―me cortó―, ando sopesando eso ahora y... sí, pienso que terminaré metido en política. Me falta solo calcularme qué partido ganará las próximas elecciones. Una vez resuelto eso, lo demás ningún problema. Ya me contarás: no se requiere título, no te cierran la empresa, no tienes que exprimirte la meninge, buen sueldo, el trabajo es llevadero, jubilación requeteanticipada y responsabilidad ninguna.
―Hombre ―intenté oponerle― tanto como ninguna responsabilidad…
―Ninguna, te lo digo yo, responsabilidad ninguna; si te ves perdido haces una declaración diciendo que la asumes y santas pascuas. Lo que sí has de estar atento es a sacar a relucir de vez en cuando tu Gran Espíritu De Servicio A La Comunidad.

Le irá bien. A Sulpicio Bernáldez le veo muy centrado. Esas últimas palabras las pronunció tal y como se ven escritas, con mayúscula.

Pascual Martín 
Grupo B


La carta

Dime tú, rapaz, que eres muy sabido y podrás explicármelo mejor que nadie. Teresina, la tu hermana, por lo regular visitábame una vez por semana, pues ayer, después de faltar un mes, asomóse por aquí. Y todo lo que supo decirme es que teletrabajaba. ¿Y esu qué ye, o?, se me escapó de seguido. Pues que trabajo en casa con el ordenador así que me quedo en el pueblo y no bajo a Gijón más que una vez cada cuatro o cinco semanas, díjome quedándose tan pancha.
Y yo te pregunto, Alfredín, ¿no teletrabaja Begoña, la secretaria de la residencia? Todo el día se lo pasa mirando la ventanina del ordenador. Que da miedo lo que ve allí esa neña. El jueves adivinó que yo era de la parroquia de Celorio en Llanes y el nombre de mis padres, y el de mi difunto marido, tu abuelo, que en gloria esté.
Pues también teleloquesea la Rosina, la de Caja Asturias, que en cuanto se asoma a la ventanina ya sabe si cobré la pensión, si pagáronme la renta del piso del Rinconín y cualquiera cosa que yo quiera preguntarle.
Pues si la Rosina y la Begoña teletrabajan, pero vienen todos los días a su oficina ¿por qué tu hermana no? ¿No será que se hartó de visitar a esta vieja con la cabeza echada a perder?
Anda cariño mándame unas letras, que tú siempre has tenido la mano suelta para escribir y explícame bien, pero bien clarito, ese asunto tan engorroso.
Ya sabes que tu abuela quiérete a porfía.
Queda con Dios.

Pepe Lorenzo 
Grupo B


Telesanitarios

Todo comenzó con una llamada procedente de mi jefe, Señor Martínez, quiero que me represente en Cuba en una convención de la empresa .He pensado en usted porque que a mi juicio es una persona coherente y sensata. Mi secretaria le facilitará los billetes y toda la documentación del viaje. Manténgame informado de todo.
No había estado en Cuba nunca y la verdad que me parecía una buena oportunidad, para conocer la isla.
Desde mucho antes de mi partida, tuve que soportar infinitas advertencias no carentes de envidia por parte de compañeros de trabajo, en referencia a la playas, mujeres cubanas y mojitos.
Me alojé en el Hotel Meliá Cohiba, un hotel de lujo frente al Malecón, y ya el primer día después del desayuno, la organización de la convención nos tenía preparado una ruta con guía por la Habana Vieja. Gracias a ella descubrimos su historia, muchos secretos y algunos espacios con encanto como Havana 1971 o La Casa del Café. Hicimos también una parada -casi obligatoria por su historia- en la Bodeguita del Medio aunque, he de reconocer, que parte de su encanto se ha ido al traste por las pintadas y grafitis sin sentido de miles de turistas. Al terminar el recorrido, ya por mi cuenta, alquilé un convertible americano para apreciar la arquitectura de la ciudad -que es de película- y llegar hasta el bosque de La Habana. Es una turistada de serie, pero en mi opinión de las que merecen la pena.
Las reuniones de trabajo eran agotadoras sobre todo porque vivíamos la noche cubana a tope y no dormíamos apenas, cada día recorríamos diferentes lugares de fiesta con buen ambiente en toda la isla .
Me aficioné a las fiestas de Fomo in Habana ,que hacen de la ubicación un acontecimiento sorpresa para todos , sólo el día de la fiesta se conoce la dirección , puede ser una casa con piscina en la zona residencial Siboney o un hermoso jardín de una alejada casona de Nuevo Vedado. Aprovechando que en Cuba ya se tiene mejor internet, los pre-tickets se venden online, a través de contactos que aparecen en sus redes sociales. Estas fiestas son muy variadas en materia musical, y aunque la electrónica sea la reina , se mezcla con ritmos afrocubanos, salsa,reguetón y hasta trap .
Todo era estupendo hasta el quinto día cuando empecé a encontrar muy mal, con mucha fiebre , malestar general, y sin apenas mantenerme en pié. De urgencia me llevaron a un centro privado al que sólo tienen acceso los turistas.
Es un hospital ultramoderno con todo tipo de avances y totalmente automatizado ,con robots que con una programación minuciosa pueden realizar determinadas técnicas de diagnóstico como realización de extracción de muestras para análisis, radiografías y cuidados con seguridad, aplicar medicación con precisión, hacer cambios posturales, auxiliar en el transporte de pacientes en camilla a las camas y de éstas a las sillas de ruedas, además de transportar y administrar las comidas y los medicamentos en los horarios programados con antelación .Todos ellos controlados por personal sanitario ,en modo teletrabajo desde casa, aunque cuenta con un equipo de profesionales de guardia para las incidencias¨ in situ “.
Me asignaron una habitación al ingresar y tuve que descargar una app en el móvil con la que podía comunicarme con los sanitarios, así ellos tenían disponible toda mi información en el suyo y podían comunicarse en cualquier momento conmigo y con el resto de compañeros ,para una correcta coordinación.
Llegué a la habitación y al momento entró rodando el robot, tenía dos pantallas en el frontal , en la inferior se mostraba información, y en la superior aparecía la cara de un profesional con un conjunto de auriculares y micrófono, diseño como el de la película The Big Bang Theory, diseñado por Sheldon,y que el médico utilizó para llegar hasta a mí sin tener que moverse del sitio.
Era un robot Veebot capaz de extraer sangre ,poner vías venosas sin errores, y con el mínimo dolor posible analizar el brazo para detectar el mejor lugar para el pinchazo, con una precisión a la hora de introducir la aguja superior a la de cualquier humano, lo pude comprobar cuando me hizo una extracción de sangre para la analítica y me dejó conectado un suero con un antitérmico.
A continuación moviéndose alrededor de mi cuerpo realizó una radiografía.
En todo momento la enfermera a través de la pantalla me daba instrucciones de una forma muy profesional ,algo que agradecí ,pero no evitó mi sensación de frialdad y desamparo, hubiese deseado más cercanía.
Durante el resto del día, recibí varias vistas del robot, e interactué con el equipo, además de con el médico y las enfermeras, con los técnicos auxiliares en la toma de constantes vitales, comida y aseo a las horas programadas.
Por la noche tardé en dormirme, realmente no estaba solo, pero sí con sensación de soledad, y pensaba, en la importancia que tiene el que los profesionales de la medicina nunca olviden a sus pacientes ,porque si se pierde de vista el factor humano, si se olvida que detrás de los resultados de un algoritmo, detrás de una pantalla, hay una persona, corremos el riesgo de que los hospitales pasen a ser talleres, en los que los pacientes entren y salgan, sin importar cómo.
Creo que los robots en ningún caso, al menos en un futuro próximo, podrán sustituir por completo los conocimientos y la atención sanitaria que pueden ofrecer los profesionales de la salud, aunque sí puedan ser perfectos ayudantes de los mismos ,los humanos son irreemplazables en trabajos que requieren creatividad, habilidades sociales o inteligencia emocional y sobre todo empatía.
Por la mañana apareció de nuevo el robot y en la pantalla el médico me informaba del resultado de los análisis y el tratamiento que también el robot me iba a administrar.
El diagnóstico según él estaba claro ,una infección asociada a una enfermedad de transmisión sexual y que según mi localización de esos días por los datos que tenían de mi móvil y los algoritmos del robot , coincidía con el de otras dos pacientes ingresadas en habitaciones contiguas la mía, que habían estado en las fiestas de Fono in Habana.
Me dispuse a llamar al jefe para comentarle que me iba a retrasar unos días porque estaba en el hospital , algo que no tuve necesidad de hacer pues tenía una llamada suya entrante que descolgué sin darme cuenta y había escuchado mi conversación con el médico.

Áfrika Gómez G. 
Grupo A


Nadie trabaja en 2222

Suena una voz agradable en el ambiente que me invita a levantarme. A continuación, una música envolvente que cada vez va haciéndose más “vivace” para animarme a efectuar mis ejercicios matutinos. Después de mis aseos personales, un buen desayuno que ya está servido y calculado según mis necesidades nutricionales y mis gustos. Una delicia.
Hoy tengo programada la visita al museo de personajes ilustres.
Después de pasear por el museo observando hologramas de grandes hombres y mujeres de la ciencia, el arte, la cultura y el deporte, observo que en una sala la gente se arremolina. Me acerco y observo: un holograma de un agricultor riojano del siglo XX acapara la atención del personal. El robot guía con su voz metálica comienza a relatar: “allá por 1960 en un pueblecito de la Rioja Alavesa nació, vivió y murió un paisano que pasó toda su vida sin trabajar como ocurre actualmente. Lo que ahora es la norma, entonces era inimaginable.
El susodicho riojano nació en el seno de una familia de agricultores, viviendo a costa de sus padres sin trabajar; siempre encontraba una excusa para no hacerlo. Pasan los años y se casa con una mujer del pueblo, pero sigue viviendo en casa y a costa de sus padres. Tienen varios hijos que terminan haciéndose cargo de la hacienda de los abuelos y le siguen manteniendo.
Sus quehaceres diarios eran sencillos: por la mañana paseo, vigilar a los que trabajan y dar conversación a los que vigilaban a los trabajadores. Por las tardes café completo y partidita de mus. Así día tras día con pequeñas variantes.
Esta historia está ratificada y contrastada por el que fue su médico de cabecera, el cual le puso el apodo de -Visor de Visores -, porque no se conformaba con vigilar la obra, sino que vigilaba a los vigilantes.”
Al finalizar la exposición se oyó un comentario en francés: - il faut le faire-, con el que todos estábamos de acuerdo. Todo está inventado. Nosotros que pensábamos, que nos creíamos los creadores de este “modus vivendi”.

José Luis Fonseca
Grupo A


Robótica y Telecomunicación
(Escenas hogareñas del 2033)

Señor, perdone, tiene una llamada de D. Ricardo

-Pásamela Q.
-Hola Ricardo, ¿cómo te va?
-Bien , aquí en casa metido, teletrabajando en el cuarto insonorizado.
-Y eso!?
-El jodido robot asistente, me temo que me espía todas las conversaciones.
-Qué quieres que te cuente, me pasa lo mismo y encima, como mis hijos al regalármelo le pusieron un programa tipo “madre antigua”, el puñetero, no me deja salir de casa sin que haya terminado de hacer los deberes.
-Ya… ¿Y quién cojones, se arroga el derecho de ponértelos, a estas alturas?.
-Pues todos los que ganan manteniéndome vivo y los que no quieren que les salga muy caro antes de morir. Mis hijos, el cardiólogo o por defecto el robot. O sea, ¡todo dios menos yo!
-Pues sí que lo tienes crudo.
-Y que lo digas.
-Pues ahora que no me oye el mío, te cuento que cuando se pone en plan coñazo, tengo un lápiz que lo insertó en el teléfono, cuando está fregando o manejando agua y le pego unas descargas del copón y cuando está así, aprovecho y lo meto en la bañera.
-Jajaja, joder que chulada, jajaja, tienes que pasármelo.
-Oye, jijiji, y lo bueno es que no se acuerda de nada después. Aunque a veces me mira de una manera, que me da pena oye, jijiji.
-Que vais a hacer hoy?.
-Para eso te llamaba, tenemos mus esta tarde, si te apuntas o te deja ese tontolaba.
-Por supuesto que iré, ¡ que le den a este tarao de Q !.
-A las siete en el Costa.
-Ok.

***

A ver chicos, son las siete y media y este no ha venido ni ha llamado, me extraña con lo puntual que es. Voy a llamarlo a ver qué pasa.

-Residencia de Sr. Jovella, nos complace atender su llamada.
-Oye Q, ¿ que pasa con D. Tomás que no ha aparecido a echar la partida?.
-Que no puede salir Sr, por no haber acabado su programa de mantenimiento. Ya he conversado esta tarde con su HUA(home unit assistant) para que se lo comunicara.
-Menuda bobada, él viene a jugar tenga o no obligaciones.
-Ya Sr, pero comprenda que se altera, se excita mucho y trata de desprogramarme y... yo tengo instrucciones precisas.
-¡Que instrucciones ni qué coño! ¡Pásamelo!
-No puedo Sr.
-¿Por qué?
-Porque estoy bañando al Sr…, siguiendo las indicaciones de la aplicación encriptada que Vd. le envió esta tarde. Por cierto Sr., ¿piensa Vd. ir pronto hoy a su casa?
-Tu tu tu tu tu tu tu.

Carlos García Riesco
Grupo A


Sonatina burocrática

Manía de escribir,
no soltar el papel.

Gastar tinta, revolviendo los versos mil veces.
Cambiando, moviendo, escribiendo de nuevo.
Tachando, haciendo huecos.
Quedándose de madrugada, poniendo de mil maneras a tu padre.
Volviendo la cabeza loca a tu madre,
añadiendo puntos, y comas, signos de interrogación.
Y tirando páginas y páginas sin haber escrito nada aún.
Rellenando huecos y espacios. O requeteañadiendo algo más.

- últimos dos minutos...
Alcé la mirada en el taller de escritura. Todos escribiendo. Hipermegaconcentrados.
Tick tack.
¡Como echo de menos esos lunes de trabajo!

Iria Costa
Grupo B


Los desapercibidos

Sabían que iban a morir, aquellos individuos, vestidos con un atuendo raro; lanzaban indiscriminadamente algo húmedo que cuando penetraba en sus membranas les producía una quemazón insoportable, haciéndoles retorcerse de dolor y dar sus últimos coletazos.

Mientras saboreaba su café, retumba en su cabeza siempre la misma frase “quédate en casa”, “quédate en casa”…, cabizbaja y con su mochila al hombro, cruza el umbral de su puerta que tanto miedo le da; ¡otro día enfrentándose a ese maldito bicho! ; Le tiemblan las piernas y sus manos sudan tanto, que al agarrar el pomo se resbalan y no consigue cerrarla; ¡tenía claro lo que debía de hacer! ; ¡tantas veces habían menospreciado su trabajo!, y ahora formaba parte importante de la guerra que se había preparado en el mundo ;eran otros tiempos y el trabajo se podía realizar en casa ; pero no era su caso , el bicho no se podía enfrentar desde la retaguardia había que hacerlo en el frente ,¡ quedaba tanto tiempo para conseguir la fórmula magistral !.Consiguió cerrar la puerta y partió.

Josefina Félix 
Grupo A


Tele-trabajo

15 de marzo
Hoy estoy muy contento. En mi trabajo me han dado todas las directrices para realizar mi tarea desde casa, ya no tendré que conducir esos tres cuartos de hora hasta la oficina solo para pasar datos al ordenador y tramitar albaranes hora tras hora, menos estrés, más momentos para mi, oportunidades mil, dejar aparcada la fiambrera que me alimenta por el día y que preparo por la noche, llevo cinco años haciendo lo mismo y lo tengo muy dominado, es por eso, que aunque resulte feo me hace pensar que bendito este covid y este nuevo mundo de oportunidades.

23 de marzo
Puedo levantarme más tarde, puedo poner hasta una lavadora mientras trabajo, fumar sin salir del espacio ni pedir permiso, ahorro en combustible en tiempo y en calidad de vida, parece todo fantástico.

5 de abril
Todo funciona bien desde aquí, con el confinamiento no tengo problemas, es más, es cómodo, no tengo que afeitarme cada día y lo que no acabo en un día lo continuo más tarde o por la noche, me permito parar para ver en la tele una serie que me ha enganchado, lo de la lavadora no hace tanta falta por que hay días que no me tengo que cambiar y tiro todo el día con el mismo chándal, ese que ya hace años tenia escondido y que saque del armario para hacer deporte todos los días con youtube aunque después de las agujetas de los primeros días paré un poco.

20 de abril
Continúo en casa, y el trabajo va bien, quizá un poco atrasado, nada que no pueda solucionar porque como el mundo está parado el trabajo se realiza a medias, me ha crecido mucho el pelo porque no hay peluquerías así que he aprovechado para verme con barba y pelo largo. No me queda mal. Y creo que estoy cogiendo un poco de peso, no pasa nada, nunca he tenido problema con esas cosas, yo, Por mi me quedaría así para siempre.

10 de mayo
Empiezo a estar un poco harto de no salir de casa pero es que me da mucha pereza y encima tendría que ducharme, vestirme y arreglar un poco esta leonera,

24 de mayo
Ya se puede salir pero le he dicho a mis amigos que no puedo porque tengo mucho trabajo pendiente. Me ha llamado mi jefe, está un poco enfadado, no entiendo por qué, supongo que también él está un poco harto de esta situación, yo por mi parte estoy bastante tranquilo, además ahora todo lo que necesito me lo traen a casa, lo compro on line, por mí esto podría durar más, aquí estoy bien.

28 de mayo
Hoy no he salido de la cama en todo el día, maratón de Netflix, mañana me pongo al día.

5 de junio
Pasando de fase, pero yo no necesito nada, si alguien quiere verme que venga, ya no salgo de aquí hasta la fase 2, entonces mi jefe quiere verme en la oficina, yo no sé si tengo ganas de ir, por eso seguiré esperando hasta ver qué pasa.

8 de junio
Fase 2, no me va a quedar otra que salir, maldita sea. Ahora como arreglo yo todo esto. Son 100 días de retraso en mi vida.

8 de julio
Ya no tengo trabajo, ya no TELE-TRABAJO, solo TELE…

Esther Yubero
Grupo A


¿Qué hacemos con el reloj de fichar?

Pertenezco al consejo de administración de una empresa desde hace 20 años. Nos hemos ganado un hueco en el sector en el que trabajamos, con gran esfuerzo y toda la dedicación del mundo.
Tenemos una forma peculiar de aplicar lo que se ha escrito y publicado sobre recursos humanos. Contamos con un importante equipo sobre la materia formado en las mejores escuelas del mundo. Nuestra característica diferencial es que aplicamos todos los principios, recomendaciones, teorías y directrices de recursos humanos, pero al revés.
¿El capital humano es lo más importante de una empresa? Mentira, el trabajador se aprovecha de los medios de la empresa para sus intereses y si no hay nadie que lo controle, acaba por arruinarla.
¿De dónde se habrán sacado que un buen gestor tiene que sacar lo mejor de cada miembro de su equipo? Un jefe debe hacerles saber quién manda y que no se les olvide.
Por no hablar de todas esas teorías absurdas sobre la motivación en el trabajo. No hay por qué asignarle a alguien el cometido que le pueda gustar, al contrario, que se esfuercen y hagan lo que se les pide, si no les gusta, mejor.
El ambiente de trabajo es el ambiente de trabajo. No tiene por qué ser bueno. Al trabajo no se va a pasarlo bien ni a hacer amigos.
Somos punteros en el control de presencia. Tenemos un reloj de fichar que controla hasta las milésimas de segundo. Tenemos una trabajadora dedicada en exclusiva a calcular irregularidades respecto del cumplimiento de horario, tales como faltas de puntualidad o asistencia, retrasos en la hora del desayuno, pérdida de tiempo por acudir a consultas médicas o por enfermedad de un familiar. Estamos dándole vueltas a un sistema que nos permita ver la cantidad de tiempo que los trabajadores pierden en el baño, pero no es fácil con la legislación actual ¡maldita protección de datos, derecho al honor, rémoras de los empresarios!
Nuestra experta en el reloj puede calcular el tiempo que pierde un trabajador al mes, al año o al lustro. Lo saca en curvas, en tablas de doble entrada, en informes sin gráficos... Como se lo pidamos. A ella le encanta su trabajo. Es la única trabajadora motivada de la empresa, además del consejo de administración.
Enseñarle esa tarea no fue fácil. Nos llevó muchísimo tiempo y el reloj fue carísimo y la aplicación que tuvimos que instalar, sencillamente, prohibitiva.
Con la pandemia, el confinamiento, el estado de alarma y el teletrabajo, cuando salgamos del ERTE no sé qué vamos a hacer.
Nuestra empresa no realiza trabajos denominados esenciales y los clientes van a reducir sus visitas físicas a la mínima expresión. Por seguridad y responsabilidad no tendremos más remedio que dejar a la mayoría de la plantilla trabajando en casa.
Tenemos varios retos por delante, algo tendremos que buscar para dar contenido a la jornada de Paqui, no sé cómo va a controlar las horas, no podrá hacer sus curvas, gráficos e informes.
¿Qué hacemos con el reloj de fichar?
¡No lo hemos terminado de pagar todavía!

Teresa Sanz
Grupo B


Enseñanza burocrática

La Nueva Educación “on line”, nos dicen,
efectiva, aséptica utilísima,
(Suponemos para el NUEVO SISTEMA),
el GRAN RELATO es necesario.
La enseñanza parece disponerse
a olvidar el pasado,
qué insensatez la gran literatura,
usando sólo libros nuestros ojos,
perdiendo el tiempo miserablemente,
contaminando a los alumnos
del amor por los clásicos, gozando
con esos anticuados profesores
de Shakespeare, de la Ilíada, de Poe,,
de Keats, de Byron, de Cernuda,
de Juan Ramón, Cervantes, Baudelaire…
Desfachatez antigua en pleno siglo
veintiuno, ardiendo ordenadores,
no perdamos dinero y sensatez,
hay mucho que ordenar,
Orwell era otro inútil.

Emilia González
Grupo B


ON-OFF

Cuando el miedo invade, no hay alternativa, veo la televisión. Antes de que sucediera todo esto, él tenía que irse (porque…) Yo comienzo el día usando la misma ropa y comiendo (lo que no me gusta) con bajas calorías. Luego continúo con lo habitual: uso la PC, el móvil, y de allí otra vez a la pantalla principal. Las luces están apagadas, es de día, presiento la oscuridad. Él se ha ido, aunque sigue en el sofá, y en mi cama. En la casa siempre hay trabajo, ahora hay un poco más. Anteriormente, las despedidas también habían sido mudas e inusuales. Me voy a quedar en casa. En la calle la vida se desprende de mi cabeza, choca contra el pavimento. La acera se ensucia de sangre, fluye silenciosa por las venas. Pero al cruzar frente al semáforo se recoge por sí misma. Mis piernas han comenzado a andar, no piensan a dónde irán. Si llego a algún lugar, será conocido. Nadie me ve. No veo a nadie. Al regresar enciendo las luces, luego las apago, para comenzar de nuevo. Este tiempo, en este espacio, se parece mucho a la antigua normalidad. Sin novedad. Todos seguimos adelante.

Durante la pandemia, cuando salía de mi piso, justo debajo del balcón de un vecino, una planta de pomposas flores rosadas dejaba caer al patio interno los retoños que ya habían envejecido. Aun cuando los pimpollos estaban agónicos, conservaban su belleza. Comencé a recoger esas flores que excedían de aquella planta, y las fui colocando equidistantes en el rellano de la pared del pasillo de la entrada. Allí exhibían su última flama, hasta que la trabajadora de la limpieza venía, y las desechaba. Algún vecino quiso al igual que yo dar al traste con tanta normalidad, y comenzó a hacer lo mismo. Las flores con su apariencia rosa viejo, expuestas en la salida edificio, fueron con complicidad, la alegría de un instante.

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Tele-confinamiento

Otro día más. Otro día más enchufado al escritorio virtual, facilitado por nuestra queridísima Dirección General a solo el 25% de la plantilla. El otro 75 % se divide entre el 10% que va en días puntuales a la oficina, y el 65% que está mano sobre mano. Lamentable. No me quejo por tener teletrabajo mientras otros están apagados o fuera de cobertura. Mi descontento viene por el mal servicio que damos a la ciudadanía, con unas prestaciones ralentizadas, por falta de personal gracias a los gerifaltes de Madrid.
La bandeja de correos electrónicos está vacía, puesto que son las ocho. Así que empezarán a llegar, poco a poco, y luego de golpe. Con lo cual mi jornada empieza a las ocho y acaba depende del día. Nunca antes de las ocho de la tarde. De forma intermitente. Paro para comer, descansar, sacar a Athos, y hacer el tonto en redes sociales. Vamos, que ritmo de trabajo continuo no llevo, y es un desastre. Así no hay quien se concentre.
Cuando diseñaron esta movida se les olvido que el grueso de trabajo diario empieza a las doce del mediodía. También es verdad que puedo empezar a las cuatro de la tarde, y acostarme a las cuatro de la mañana.
Sin que los otros dos compañeros de la sección trabajen presencial o telemáticamente el volumen de trabajo es ingente, de ahí tantas horas. No hay límite. Hay tareas no tan urgentes que se van demorando. Los plazos administrativos están suspendidos, pero, a pesar de que los expedientes no haya que resolverlos legalmente sin plazo no significa que revistan la importancia que tiene para el ciudadano. Las prestaciones hay que pagarlas cuanto antes, marque o no marque el BOE los plazos. No vendemos chinchetas, sino que gestionamos prestaciones de gente que tiene que comer y pagar recibos, como nosotros mismos. Somos unos afortunados. Ni nos plantan un ERTE, ni dejamos de percibir ingreso a la par que pagamos seguros sociales
La una, hora del aperitivo. Siempre está el dilema. ¿Ribera, Toro o Verdejo? Es la tarea más complicada de la mañana, puesto que los tres están particularmente buenos. Quince minutos y a seguir.
Cuatro de la tarde. Hoy toca ensalada de quínoa con remolacha, y salchichas de tofú con aros de cebolla. Ventilo rápido, porque cocinar cocino poco. Antes de ser vegano no cocinaba,, ahora tampoco.
Cinco de la tarde. La gente se vuelve loca entre las doce y las cuatro, con lo cual tengo tele tarea hasta las diez fijo.
Cinco y media de la tarde, llamada del Mando. Le ha llamado una gestoría para que agilice sus trámites. Vamos a ver, si envías algo a las cinco, no puedes pretender que lo haga antes de lo que estoy trabajando enviado a las dos. Nada, el que manda manda. A mí, ni me pagan para mandar, ni me pagan por pensar.
Nueve de la noche. Como si fuera una película, poco antes del emocionante final saco a Athos de nuevo. Mi único compañero. No me cruzo con nadie. Vivir en un pueblo de la "España vaciada" hace que te cruces con poca gente, así que en este confinamiento menos aún. Ángel con Sandra tal vez. que no son chico y chica, sino paisano y perra. Siento el ruido de tus vecinos, porque hay cuatro niños pequeños en la comunidad y eso da vidilla a la escalera, eso reconforta, saber que no estás tan solo.
Once de la noche. Esto se ha alargado. Continuo . No puedo permitirte dejar trabajo sin hacer. Nunca sabes que puede llegar mañana.
Medianoche. Reviso el correo. Cinco de cinco sindicatos, contando lo mismo. Cuatro de compañeros con diversas cuestiones, a resolver ya, y uno de Pepe, que como se aburre me cuenta su vida. Mañana lo hare yo. Reciprocidad ante todo.
Una de la mañana. Apago, no sin antes meterme de lleno por unos instantes en el juicio a Dimitri, por haber asesinado a su despreciable padre. No es presunto asesino porque en la Rusia del siglo XIX las cosas nunca son presuntas. Es como el bicho, no es un presunto asesino,, sino un asesino, al que, gracias al confinamiento, incluyendo entre sus medidas el teletrabajo, venceremos, aunque perdamos intimidad, tiempo de descanso y horas de tele-visión.

Javi Martín
Grupo A

Vecinos. Literatura de rellano y de balcón

Esta semana dedicaremos la sesión del taller de escritura creativa a los vecinos y vecinas que viven en nuestra comunidad, barrio o pueblo. Esos vecinos que están ahí, que siempre estuvieron pero con los que únicamente hemos coincidido en la escalera, el ascensor o una de las juntas de la comunidad.
Desde que comenzamos a salir a aplaudir a los sanitarios al balcón e hicimos de éste el nuevo rellano de la escalera o el patio de luces hay quien ha descubierto la verdadera naturaleza de sus vecinos


Ilustración: Troche


Tomamos como referencia dos cortometrajes, uno de Paco León titulado “Vecino” y otro de María Díaz Megías y Alfonso Rodríguez Naranjo titulado “A dos metros de distancia” para reflexionar sobre los vecinos de nuestra comunidad o nuestro barrio.







La canción de Joaquín Sabina “Mi vecino de arriba” y el cuento de Raymond Carver titulado “Vecinos”, junto con los poemas y microrrelatos que podrás ver en la ficha dibujan el contexto en el que tendremos que situar nuestra tarea de escritura:


Vecinos 

Somos felices hasta que dejamos de serlo. Quizás porque en realidad nunca lo fuimos. Este relato nos habla de ello. A continuación, puedes leer Vecinos, un cuento de Raymond Carver.
Vecinos, un cuento de Raymond Carver
Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.
Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.
—¡Divertíos! —dijo Bill a Harriet.
—Desde luego —respondió Harriet—. Divertíos también.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le guiñó un ojo.
—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!
—Así lo haré —respondió Arlene.
—¡Divertíos! ―dijo Bill.
—Por supuesto —dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo—. Y gracias de nuevo.
Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.
—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros —dijo Bill.
—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones —dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.
Después de cenar Arlene dijo:
—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche.
"Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador"
Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.
Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.
Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata con su comida se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones, y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.
Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose de que la puerta quedara cerrada. Tenía la sensación de que había dejado algo.
—¿Qué te ha retenido? —dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.
—Nada. Jugando con Kitty —dijo él, y se acercó adonde estaba ella y le tocó los senos.
—Vámonos a la cama, cariño —dijo él.
Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entrara al edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.
—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano —dijo ella.
Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejó que usara su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.
—Vámonos a la cama —dijo él.
—¿Ahora? —rió ella—. ¿Qué te pasa?
—Nada. Quítate el vestido —la agarró toscamente, y ella le dijo:
—¡Dios mío! Bill.
Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.
—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo ella.
—Estaba en este momento pensando en eso —dijo él—. Iré ahora mismo.
Escogió una lata con sabor a pescado, después llenó la jarra y fue a regar las plantas. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja. Bill abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cóctel, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.
—¿Qué te ha retenido tanto? —dijo Arlene—. Llevas más de una hora aquí.
—¿De verdad? —respondió él.
—Sí, de verdad —dijo ella.
—Tuve que ir al baño —dijo él.
—Tienes tu propio baño —dijo ella.
—No me pude aguantar —dijo él.
Aquella noche volvieron a hacer el amor.
Le había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a coger la llave.
En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuándo regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o de la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.
Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se sirvió una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.
En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.
No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.
—Ponte cómodo mientras voy a su casa —dijo ella. Lee el periódico o haz algo—. Cerró los dedos sobre la llave. Parecía ―dijo ella― algo cansado.
Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.
—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? —llamó él.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
—¿Estuve mucho tiempo aquí? —dijo ella.
—Bueno, sí estuviste —dijo él.
—¿De verdad? —dijo ella—. Supongo que he debido estar jugando con Kitty.
La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.
—Es divertido —dijo ella—. Sabes, ir a la casa de alguien más así—.  Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su apartamento.
—Es divertido —dijo él.
Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.
—¡Jolines! —dijo ella—. Jooliines —cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos—. Me acabo de acordar de que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró, ¿no es eso tonto?
―No lo creo —dijo él—. Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.
Ella esperó hasta que él cerrara con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo, más arriba del codo, y dijo:
—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.
Él se paró en medio del vestíbulo.
—¿Qué clase de fotografías?
—Ya las verás tú mismo —dijo ella y le miró con atención.
—No estarás bromeando —sonrió él—. ¿Dónde?
—En un cajón —dijo ella.
—No bromeas —dijo él.
Y entonces ella dijo:
—Tal vez no regresarán —e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.
—Es posible —dijo él—. Todo es posible.
—O tal vez regresarán y… —pero no terminó.
Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.
—La llave —dijo él—. Dámela.
—¿Qué? —dijo ella—. Miró fijamente a la puerta.
—La llave —dijo él—. Tú tienes la llave.
—¡Dios mío! —dijo ella—. Dejé la llave dentro.
—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban abiertos, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.
—No te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el 

Raymond Carver
Título: De qué hablamos cuando hablamos de amor. Editorial Anagrama


Propuesta de escritura

En estos tiempos de coronavirus mucha gente ha conocido, a través de los balcones, a vecinos con los nunca había mantenido trato alguno.
Escribe un texto -relacionado o no con la pandemia y el confinamiento- en el que los vecinos sean los protagonistas.

Aquí están los trabajos recibidos:


Obsesión lenticular

En la noche del veinticuatro de abril de dos mil diecinueve, Simón Arkadievich, que se aprestaba a contemplar una lluvia de estrellas desde la terraza del ático donde vivía, situado en el número trece de la calle Gagarin, le pegó un codazo sin querer a su telescopio escolar, poco más potente en realidad que unos buenos prismáticos, y al asomar su ojo a la lente la vio por primera vez. En aquel momento la indiscreción se limitó a verla subirse la cremallera de un ceñidísimo vestido color ciruela. Y a medida que la cremallera subía, su contorno se iba mostrando preñado de curvas de vértigo. De inmediato desapareció para volver a aparecer en el salón, contiguo al dormitorio en que se había vestido, donde cogió una chaqueta y un bolso que colgaban del respaldo de una silla. Luego, se miró a un espejo y se contoneó de una forma que a Simón Arkadievich le pareció llena gracia y elegancia. Instantes después desapareció, cruzando una puerta de la que nuestro observador sólo podía ver su parte inferior, pero para entonces ya se había prendado de ella.

Pasado un mes, de tanto como la había espiado, usando siempre su telescopio escolar, se conocía de memoria su ropa interior, sus vestidos, sus zapatos y sus bolsos. También se sabía sus horarios de entrada y de salida. Y por supuesto se sabía al dedillo todas sus curvas. Sin embargo, le picaba la curiosidad por conocer otras cosas de ella que la agudeza de la lente de su telescopio no era capaz de delatar. Y como Simón Arkadievich era pobre y no tenía dinero para comprarse otro telescopio más potente, le devoraba la frustración. Pero un día descubrió que en la calle Soyuz se alquilaba un piso desde el que a buen seguro podría observar a la dama de sus sueños con mucho más detalle, ya que estaba dos manzanas más cerca de donde ella vivía. Y como el precio del alquiler era incluso algo más barato que el que pagaba por el ático de la calle Gagarin, allá que se fue. Y el gozo que experimentó conociendo los títulos de las revistas y de los libros que leía, los detalles de los adornos de su casa, los programas de la televisión que veía, que se reflejaban en el espejo del salón, y hasta las comidas que se hacía, le proporcionaron una suerte de felicidad que sólo se amustió cuando se dio cuenta de que su cuerpo le pedía más.

Al cabo de otro mes, Simón Arkadievich se mudó de la calle Soyuz a la calle Laika, desde donde podía contemplar el único objeto de sus pensamientos a tan sólo doscientos metros de distancia. El alquiler era más caro, pero ahora le daba igual reducir a dos el número de sus comidas. A cambio podía observarla con su telescopio escolar tan de cerca que podía hasta darse perfecta cuenta de si se le había corrido el rímel o si se le estaba quitando el esmalte de las uñas. Sin embargo, conociendo como conocía todos sus secretos, qué poco se le hacía en comparación con lo único que ya anhelaba: conocerla en persona.

La mañana del uno de septiembre de dos mil diecinueve Simón Arkadievich se enteró de que se alquilaba el piso contiguo al de su único y verdadero amor, y sin pensárselo dos veces, corrió a la agencia inmobiliaria a firmar el contrato. Aquello suponía reducir a una el número de sus comidas diarias, tan caro era el arriendo. Pero nada le importaba y a mediodía ya se había mudado. A las siete de la tarde, se vistió con sus pobres mejores ropas, se armó de valor y salió a llamar a la puerta de su nueva vecina a pedirle un poco de sal para un bizcocho que iba a hacer. Cuando le abrió la puerta sintió mil mariposas revoloteando a su alrededor, pareciéndole más bella que nunca. Por supuesto, ella fue a la cocina y volvió toda risueña con la sal.

—Muchas gracias, señorita —le titilaban aquellos ojos que tantas veces la habían devorado—. Me llamo Simón, y creo que vamos a ser vecinos. Buenos vecinos, espero…

—Me temo que no —le hizo ella un mohín casi displicente—. Acabo de alquilar un ático en la calle Gagarin y me mudo mañana. Es en el número trece, pero no soy supersticiosa —y ahora se rió, deliciosa.

Corrió entonces Simón Arkadievich, completamente enloquecido, a colocar su telescopio escolar en la ventana de su dormitorio, con la esperanza de que, a la inversa de como lo hiciera una vez, pudiera seguir observándola. Pero no era así: a la inversa sólo se veía la barandilla de la terraza del ático. Se subió entonces a una silla y cogió el telescopio a pulso. Se veía algo más. Abrió la ventana y se arrodilló en el alféizar. Estiró bien el cuello. Ahora parecía que se podría quizás…

Nadie sobrevive a una caída desde un undécimo piso. Y Simón Arkadievich no fue una excepción.

Óscar Martín 
Grupo A


Quinto C

Esperaba ilusionado a las ocho de la tarde para salir al balcón, a los aplausos. Sobre todo desde que había descubierto que la vecina del 5º C, del edifico de enfrente, le sonreía y le saludaba mientras aplaudían.
Seis días le costó la espera hasta que alguien de los del edificio de enfrente salió del portal. Se coló para mirar en la plaquita del buzón el nombre de la inquilina del 5º C. Maribel Torrelodosa Martínez. Lo repitió mentalmente varias veces, encontrando en cada ocasión un placer prohibido hasta memorizarlo.
De nuevo, a las ocho, los aplausos y aquella sonrisa, aquel saludo. Ahora sabía su nombre completo y se sentía eufórico como si del descubrimiento de un secreto arcano se tratase. Él le correspondía con otro saludo y con una interminable sonrisa, tras los aplausos, hasta que ella desaparecía hacia el interior de su vivienda.
Un mes después se armó de valor y a las ocho y cinco, cuando ella ya se metía hacia su casa, la llamó por su nombre. Ella se quedó inmóvil unos segundos antes de girarse de nuevo hacia él. Aprovechó para sonreírle una vez más y la invitó a tomar algo, juntos, cuando la fase lo permitiese. Ella aceptó entre agradecida y confundida.
Al día siguiente, Maribel, no apareció en el balcón del 5º C. Ni al siguiente, ni al otro. Ya no había saludo, ya no había sonrisa. A la semana, él tampoco salió a aplaudir. Decidió hacerlo desde la ventana del baño, que daba al interior de la manzana. Su ilusión se había esfumado.
Maribel seguía aplaudiendo desde la ventana de la cocina del 5º C, que daba a la parte trasera del edificio, saludando y sonriendo a los nuevos vecinos descubiertos desde ese nuevo ángulo.

Jaume Castejón 
Grupo B


Gonza


Le supongo como un poliedro sin determinar, pero a mí me muestra la cara más hostil. No empastamos bien, eso es así. Gonza es como mi patio, particular. La cuestión es que él vive justamente arriba, pero lejos de incitarme a la lascivia, la única tentación que me provoca es la del exterminio. Lo digo sin acritud. Ya podía haberme tocado en suerte, una Marilyn, civilizada y hermosa o en su defecto un Ñu. Seguramente éste sería más civilizado en mitad de la Sabana que él. A raíz de la última bronca, y aprovechando la visita inesperada de un par de despistadas cucarachas, he colocado trampas en las esquinas de su rellano, a ver si se da por aludido. A saber. En este punto, debería poner un emoticono de esos con los ojos vueltos del WhatsApp, a modo de… ¡Señor, qué Cruz! Mi parte espiritual ha sucumbido al demonio mundano que todos cargamos dentro, y escribirlo, mi exorcismo. Durante todo este tiempo de reflexión, llevo dándole vueltas y vueltas a su comportamiento, llegando a la conclusión de que el confinamiento le ha “confitado” definitivamente su cerebro reduciéndose en su propio jugo. De un día para otro, ha cambiado las cuerdas del tendedero por alambres. Quizá haya cambiado la gestoría para trabajar de funambulista en un circo. Bueno, por eso y por su forma de colgar la ropa, sobre todo los gayumbos, que a duras penas se sostienen con esas astillas con forma de pinzas que están a punto de fenecer. Colecciono las que caen encima de mis macetas, y cuando reúno unas cuantas, se las meto en una bolsa, dejándoselas antes de entrar en Territorio Comanche, no vaya a ser que, dada la tensión que se respira, me caiga una denuncia por apropiamiento indebido-Emoticono ojos vueltos- .
Reconozco que estoy un poco obsesionada. Me he inventado un amigo policía llamado Ramón, y en el silencio, cuando sé que Gonza está en plena siesta, simulo una conversación a lo Gila en tono más bien fuerte, para meterle el miedo en el cuerpo:
- ¿Qué pasa Ramón?¿ Cómo estáis?…Yoo , ya sabes , aguantando, …No no, de momento no voy a denunciar, pero si os queréis dar una vueltecita por aquí…Sí sí, el sábado que suele haber jarana…
El miedo no sé, porque es de los que se envalentona a lo Rambo cuando se siente amenazado, pero que se ha enterado, doy fe. Y no digo más….CONTINUARÁ

Carmen Pedrero
Grupo A


Vecinos y amigos

El agente sorteó los niños que jugaban en el rellano y accedió a la vivienda, la puerta estaba abierta, el pasillo llevaba al salón, sobre el sofá dos mujeres se abrazaban, una lloraba, la otra trataba de consolarla.

—Buenos días —dijo el agente golpeando la puerta con sus nudillos— ¿han llamado a la comisaría?
—Sí, sí —dijo entre lágrimas— he sido yo. He llamado para denunciar una desaparición.
—¿Cual es su nombre, por favor?
—Me llamo Maruja —los gritos de los niños llegaban hasta el salón— ¿podéis dejar de dar voces? No podemos ni hablar.
—¿Son todos hijos suyos?
—No solo tres, los otros dos son hijos de mi vecina Pepi —. La mujer que consolaba se levantó y estrechó la mano del agente.
—Pues se parecen mucho, como si fueran hermanos. Dígame, ¿quién ha desaparecido?

La mujer volvió a gimotear, le explicó que desde el día anterior por la mañana su marido no había vuelto a dar señales de vida, no había venido a comer, ni a cenar, ni a dormir. Era la primera vez que eso ocurría, entre sollozo y sollozo le contaba las veces que lo había llamado, no contestó ninguna llamada el llanto la impedía seguir hablando, fue su vecina Pepi la que continuó con el relato.

—Yo, aparte de vecina, soy su amiga, bueno la familia entera, somos vecinos y amigos, lo hacemos todo juntos, nos conocemos desde hace más de veinte años, cuando compramos nuestra casa, esa de ahí, vivimos puerta con puerta. Los miércoles tenemos noche de parchís, los viernes peli y palomitas, sábados barbacoa y los domingos todos al campo, ya ve, somos como una familia.
—Ya, ya, ¿sabe si tenían algún problema?
—Hombre, me imagino que como todas las parejas, pero yo me paso todo el día fuera, por mi trabajo, mi marido es el que se encarga de las tareas del hogar y el que está todo el día en casa, pero no me ha comentado nada, si hubiera pasado algo me lo habría contado.
—Entonces —se acercó hasta Maruja— su marido se fue ayer al trabajo por la mañana, y …
—Bueno al trabajo no —dijo Maruja secándose las lágrimas— fue al médico, tenía que hacerse unas pruebas.
—No sabía nada, ¿qué le ocurre? —saltó Pepi extrañada— ¿el colesterol? tanta carne, tanto vino, como si lo viera, mira que se lo decimos veces, pero él como el que oye llover.
—No, no es el colesterol, es que me da un poco de vergüenza —el agente y Pepi la miraban fijamente esperando la revelación—, bueno hemos decidido, cerrar el grifo, ¿cómo se dice? ¿bastaestoesmia?, cortarse la coleta, eso.
—¡Va-sec-to-mí-a! , Maruja, se dice vasectomía, ¡no me habías contado nada!
—¿Cuántas veces lo llamó por teléfono? —el agente cortó la conversación— ¿Puede dejarme su teléfono para ver la hora de las llamadas? —Maruja le tendió el teléfono, agachó su rostro tratando de ocultar su sonrojo.

El agente comenzó a trastear en el teléfono y a tomar nota de los datos de las llamadas realizadas, en ese momento el aparato vibró, acababa de entrar un mensaje de whatsapp, «Whatsapp Vicente 12:10».

—¿Su marido se llama Vicente?
—¿Cómo lo sabe? —frunció las cejas.
—Acaba de entrar un mensaje de whatsapp —la dijo dándola el móvil.

Se quedó blanca, movía la boca y no emitía ningún sonido, su amiga Pepi le arrancó el teléfono de las manos y leyó en voz alta: «No me busques, para ti como si estuviera muerto. Y ten un poco de dignidad y cuéntaselo a tu amiga Pepi, hasta nunca zorra»

El agente cerró la libreta y la guardó en el bolsillo de su pantalón, Maruja se desvaneció sobre el sofá y Pepi la interrogaba a voces.

—Adiós chicos, que os divirtáis —los críos miraban fijamente el uniforme del agente.

Tomás García Merino
Grupo B


Desde mi batiscafo

La tormenta de esta noche ha amainado pronto, gracias a los dioses. Las sábanas me pesan como una losa, llegar al pasillo y acercarme a la puerta es como atravesar el Cabo de Hornos. Pego mi cara al periscopio, todo es oscuridad, oigo unos pasos, un clic ilumina el horizonte, los pasos se oyen cada vez más cerca, es el del primero B, seguro, esa forma de pisar es inconfundible, siempre sale con prisas, pasa como una exhalación delante de mi puerta, apenas puedo distinguir su cara con mi periscopio. Miro mi reloj, faltan dos minutos, este es puntual, tiene una vida muy ordenada. Suena la cerradura, una, dos vueltas a la llave y la puerta se abre ante mí, es como descubrir una isla perdida, sus habitantes salen al rellano, mi vecino del bajo A, con sus dos hijos, bien peinados, guapísimos los dos, con sus mochilas a la espalda. Mientras su padre les abrocha los abrigos yo observo a través de la puerta ese paraíso que se abre ante mí, vida más allá de mi casa, un pasillo con fotos en las paredes, fotos de ese mundo que no conoceré, una playa donde juegan los niños, una verde montaña que rodea un hermoso lago, es lo más cerca que estaré del mundo real. Un aparador con una bandeja de nácar con sobres cerrados y unas llaves, llaves que abren puertas, al fondo un salón con una mesa baja, una lámpara, veo un trozo del sofá, un sofá donde las personas se sentarán unas cercas de otras, tiemblo solo de pensarlo, la puerta se cierra. Desfilan delante de mi puerta, despacio, les veo las caras alegres, son una buena familia. Esto es lo más cerca que estaré del exterior, mi psiquiatra dice que lo conseguiré, pero solo pensar poner la mano sobre el pomo de la puerta me hace temblar, si consiguiera soltar lastre saldría a la superficie, no creo que esto ocurra jamás. Miro el reloj, pronto bajará la del tercero C, es enfermera y esta semana tiene turno de mañana, a esta la conozco bien, es muy coqueta y se detiene frente al espejo del portal a darse los últimos retoques, siempre se despide del espejo con una leve sonrisa, ¡que maja! Hasta la noche mi contacto con la vida real ha terminado. Soy un naufrago en mi propia isla, mi casa, en medio del océano, sin posibilidad de libertad, nadie viene a rescatarme. Enciendo el iMac, a través de la portilla accedo a mi vida virtual, dos notificaciones aparecen en el escritorio: “consulta con la psiquiatra, 9:30” “llamar al editor 9:30”, decido llamar primero al psiquiatra, espero me de fuerzas para aguantar luego al editor, llevo dos meses de retraso en la entrega. “Algún día terminaré la novela, algún día abriré la puerta y pondré un pie en el mundo, abandonaré mi isla, dejaré atrás todas las sombras, todos los miedos, todas las tormentas, seré libre, seré dueño de mi destino”, cierro el cuaderno de bitácora, otro día más de singladura, seguiré navegando.

Tomás García Merino 
Grupo B


Mi nuevo vecino

Pasaba ese olor de colonia masculina que tanto me volvía loca.
Subía en el ascensor y embriagaba todo el bloque.
Iba a coger el correo de mi buzón y llenaba su mirada de amor.
Y yo no podía evitar mirarle.
A esos ojos azules que inundaban mi resistencia femenina de querer besarlo continuamente.
-¿Te ayudo a subir algo?
A ver que hago, esperar a comérmelo. Pasadas las doce de la noche, puse un capítulo de la serie que estaba viendo y llamaron a la puerta. No lo dudé
-Hacía un rato no te oía y pensé que te había pasado algo y subí si estaba todo bien.
-No- le contesté- no importa. ¿Quieres algo? Déjame ofrecerte una coca cola al menos
Desde ese momento, todo fue a mejor. Pero seguía sintiendo algo por él.

Iria Costa
Grupo B


Vecinos de antes

Todos parecen muy buenos,
Todos saludan temprano,
Algunos te dan la mano,
Hablamos del tiempo al menos,
Pero todos nos queremos.
A veces los necesito:
Azúcar en un vasito.
En la escalera o ascensor,
Cotilleando sin pudor.
Hasta luego vecinito.

Vecinos de ahora

Nos vemos en el balcón
A las ocho por las tardes.
Haciendo muchos alardes
Algunos con un pregón.
Todos aplauden con pasión
Gritamos agradecidos,
Estamos muy convencidos
Que lo importante es la salud.
Resistiremos el alud
Estando todos unidos.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


Para eso estamos los vecinos

Buenos, días, buenos días, qué tal, bien, bien, vaya calor, lo único que aquí pasa rápido, ya lo creo, sin darnos cuenta y estamos en Navidades, adiós, adiós.
La vecina del piso de arriba, una viejita de ochenta y tantos años, charlas de ascensor. Y una gotera en el techo de mi cocina, porque se le olvidó cerrar el grifo del fregadero, y menos mal que la asistenta llegó a tiempo de evitar que el agua provocara las cataratas del Niágara, que según la mancha que me ha quedado debió de ser algo parecido.
Yo no soy mucho de hablar con mis vecinos, vivo un poco de espaldas a mi comunidad, hasta lo de la gotera lo llevo por mi cuenta, con el Administrador y los Seguros. Me sabe mal, quizá debería ser más amistoso, ofrecerme para ayudarla en cualquier cosa, preguntarle qué tal está, simplemente.
Me hacía estas reflexiones cuando vino lo del Coronavirus, y la abuela se fue uno de aquellos días, en una camilla, rodeada de funcionarios que parecían personajes de “Encuentros en la Tercera Fase”, sea cual fuera -jamás lo supe- la Fase en la que nos encontrábamos.
Nunca volvió.
Algún tiempo después, cuando ya estábamos empezando a olvidar aquella pesadilla inmunizados por la vacuna, coincidí en el ascensor con una señora mayor, que resultó ser su hermana y había heredado el piso, de lo que me enteré, más tarde, por el portero, porque ese día llevaba mucha prisa y apenas hablé con la mujer. Está sola, me dijo el portero, viene de vez en cuando una nieta suya -así, guapa y gordita- a ocuparse de sus cosas. Parece que quiere llevarla a uno de esos Centros para la Tercera Juventud, que ahora no es como antes, funcionan de maravilla.
Me hago el propósito de pasarme por su piso, y ofrecerme para ayudarla en lo que pueda. Ayer casi me paré a hablar con ella en el portal, pero me llamaron en ese momento por el móvil, una llamada importante.
Hola, ¿qué tal?, ya sabe, soy su vecino de abajo, lo que necesite, por favor, no tiene más que decirme, ya te comento, le digo a su nieta, guapa y gordita -me pierden las gorditas guapas- mientras bajamos en el ascensor, en cuanto a la gotera no te preocupes, es el cuento de nunca acabar, pero ya lo he solucionado con el Administrador, lo único que a ver si quedamos un día a tomar un café y firmamos los papeles, puro trámite, yo me encargo de todo, y dile a tu abuela que aquí me tiene para lo que haga falta, pero también te digo, sinceramente, donde mejor va a estar es en uno de esos nuevos Resorts para Seniors, si ahora son como hoteles de cinco estrellas, si quieres te doy mi teléfono, para que estemos en contacto, cualquier cosa que necesites, para eso estamos los vecinos.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Mi barrio

Hace unos años reformé bastante mi casa. Cambié tuberías, suelos, ventanas, pinté. No parece la misma. Decidí que no quería cambiar de casa ni de barrio.
Después de esta experiencia de confinamiento, me reafirmo en las dos cosas. Diría que mi casa ha sido mi barrio.
He sentido apoyo verdadero, concreto y sincero.
Una de las dependientas de la farmacia a la que voy normalmente me preguntó si necesitaba algo cuando estaba en la calle con mi perro. Se lo agradecí y le dije que había cogido todo lo que necesitaba de la farmacia, pero me dijo que no tenía por qué ser solo de allí, que si necesitaba cualquier otra compra, ella estaba trabajando y sabía dónde podría encontrarla.
Me llamaron del herbolario al que voy para decirme que hacían reparto a domicilio, que podía pedir cosas tanto de allí como de otro establecimiento.
Uno de los empleados del supermercado me dijo un día al traerme la compra que si algún día necesitaba cosas sueltas, un pedido pequeño, él me lo traería, aunque tuviera que hacerlo después de salir de trabajar.
En la frutería y la carnicería también me traen lo que necesite, da igual que sea mucho o poco.
No puedo olvidarme de Silvia y de Laura,, nos hemos conocido aplaudiendo y me ofrecieron su ayuda sincera desde el primer día. Hemos cantado y hemos aplaudido juntas, nos hemos emocionado y tenemos pendientes unas cañitas en una terraza.
El barrio ha llegado estos días donde no han podido llegar la familia y los amigos. Han traspasado las pantallas que me han separado de ellos y me han hecho sentir acompañada y protegida.
¡Yo no me muevo de aquí!

Teresa Sanz
Grupo B



El mantón de manila

“A Jaume”
Yo nunca había hecho de mi balcón estudio,
ni conocía al vecino de al lado,
pero al salir las tardes del Corona
veía a Maria Gracia;
su butaca de mimbre, sus rosales,
con un libro en las manos
y un mantón de Manila abrazando sus hombros.
Se lo alabé, pues la seda me pierde,
un día le pedí que me enseñara
aquel diseño a medias misterioso,
y con sus brazos débiles
me extendió el microcosmos de belleza.
Un fondo verde menta muy sutil,
destacaba una rosa tan granate
como un amor antiguo muy profundo,
derivando hacia cien matices rosa
pétalos exteriores fugándose hacia el blanco,
en halo color luna;
irradiaban de ella mil tallos con sus hojas
en un intenso verde sobre verde
hacia ignoto lugar.
Aquellas tardes me mostraba
tal cuadro de hermosura,
como don de amistad, yo le contaba historias,
como fondo la Ruta de la Seda
y respondía hablando
de aquel marido amante que regaló el tesoro.
Ahora cuando miro
la butaca vacía y las rosas resecas,
pienso en aquel mantón
que nos salvó unas tardes de tristeza.

Emilia González
Grupo B


Vecinos

Agradezco llegar a este final de etapa, y no tener que arrepentirme de ningún enganche desafortunado con mis vecinos, los que van de por libre. "Para ellos las normas no existen". Bueno las suyas SI.
No han sabido lo que son las mascarillas, y si lo han sabido les ha dado igual. No las utilizan, y todas las tardes después del aplauso se han reunido en el banco que hay delante del portal, y es su lugar de tertulia, perfecto, hay que socializar, pero por favor hacerlo siguiendo las normas!. NO.
Ya digo que eso no va con ellos. Estos días oigo :"que está pandemia, nos va a cambiar." Yo, no lo creo.
Ojalá fuera cierto, no me importaría nada estar confundida en este sentido.
Hay personas, que son diferentes y les cuesta integrarse en una comunidad, los que vivimos cerca de ellos lo sabemos y padecemos. Y este es otro tipo de virus para el que tampoco hay vacuna. Sólo es cuestión de educación, respeto y saber convivir. Algo que no entra en algunos esquemas. "Menos mal que soñar es gratis."

Pepa Agustín
Grupo B


Hormigas

Una a una vinieron las hormigas. Primero recelosas, vigilantes, en fila india. La encargada de explorar nuevos territorios guiaba a su comuna hacia una mínima rendija de la ventana, que había quedado abierta. La hormiga guía ya las había llevado a ese lugar. Pero lamentablemente habían tenido muchas bajas, porque la familia Millán había reaccionado muy agresivamente ante su presencia, utilizando armas letales. Esta vez había notado que las sombras de su gigantesca presencia no se habían asomado a ver la primavera. El terreno vecino baldío, donde las hormigas tenían su nido principal, estaba repleto de diminutas margaritas y amapolas incandescentes, que la familia siempre fotografiaba. Los Millán se habían ido al pueblo.

Pasaron tres meses, o cuatro, y una línea interminable de hormigas seguía entrando en el piso de los Millán. Habían desplegado tal nivel de organización, que su trabajo de depredación, construcción de nuevos nidos, centros de recreación y de almacenaje, estaba clasificado por áreas. En las noches se hacía una fila de salida con las trabajadoras que llevaban parte de las reservas hacia el nido originario. Otras se quedaban disfrutando del dominio conquistado, comiendo y ordenándolo todo obsesivamente; y unas cuantas dejaban con placer su esperma en los huevos de las nuevas hormigas reinas que habían crecido a la par de sus súbditos. Ellas parían y esparcían sus productos por doquier. Las obreras se encargan de alimentar sus larvas.

En los cuartos los formícidos habían ocupado la silueta y el interior del rastro que habían dejado los niños en sus camas. A lo lejos, reunidos por el olor vivo y dulce de la piel impregnada en los edredones, parecían la sombra desprendida de esos cuerpos, que se empeñaba en quedarse en casa. Mientras recorrían el espacio mordisqueaban la tela del cobertor, y se cargaban una parte a sus espaldas para el armazón de los nidos.

En la cocina estaban las más fuertes y devoradoras de su especie. Se les requería destruir materiales duros para poder introducirse a almacenes herméticos de comida, especias, y elementos desgranados, así como en recónditos espacios de climas helados que ponían en riesgo su integridad física.

El grupo que se fue a la biblioteca familiar había erigido el nido más grande. Arrancaron letra por letra, punto por punto, las comas, hasta la diéresis de las “u”, e incluso los signos de puntuación de cada página de cada libro. Pero tuvieron la delicadeza y la inteligencia para rasgar letras grandes que no engulleron, sino que dejaron intactas para hacer un aviso, ante la posible llegada de los Millán. Lo colgaron en la pared del recinto de la entrada. Decía así:

SoMos suS veCInAs HeMos OcuPAdo eL piso en VisTa de Su abanDono

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Mis vecinos los pájaros

La visión desde mi terraza sería la misma de siempre si no fuera por lo invisible, ese tema omnipresente en estos días. El enemigo al alcance de la mano o nosotros a su alcance, esperándonos escondido en las infinitas superficies y flotando fugazmente en el aire ahora más limpio, algo que tampoco es visible, aunque me parece notar que la ciudad se divisa más resplandeciente.
Durante el aislamiento, disfruto del silencio ante la ausencia de coches, tren y viandantes, aprovechando la oportunidad de ver, escuchar algo diferente y a la vez escucharme.
Me atrae una luz suave que comienza a levantarse sobre el mundo que aviva y la belleza de las melodías que se elevan a través de los pájaros hacia los rayos del sol, a la vez me asalta un recuerdo de la infancia, algo que me enseñó mi madre sobre los gorriones, que no les gusta caminar si no saltos, y cuando quieren desaparecer sacan su salas de la nada como por arte de magia.
Además de gorriones, estos días me acompañan como únicos vecinos palomas, jilgueros, estorninos, vencejos, canarios, urracas, golondrinas e incluso transitando por el cielo algunas cigüeñas transportando ramas hacia su nido de la catedral ,a la hora de los aplausos, todos ellos con sus aleteos rítmicos y sus enigmáticos cantos parecían unirse a la causa .
El más cercano ha sido un agapornis papillero con su brillante plumaje naranja y verde, que después de permanecer acomodado en las antenas de televisión, un día se posó en la barandilla y no dudo en acercarse a picotear unas migas de pan en mi mano, mi sospecha de que se hubiese escapado de la jaula de algún vecino se confirmó al ver un anuncio en el portal, en el que se ofrecía una recompensa por él porque su pareja y cinco polluelos le estaban esperando. Al final una jaula abierta con comida, el sonido de su melodía en un móvil y mucha paciencia, obraron el milagro de su captura y regresó con los suyos.
Cada día muy temprano observo el vuelo de todos ellos sin ser capaz de saber exactamente hacia donde se dirigen, y aunque en una ocasión me contaron que según el movimiento se podía predecir si después vendría la lluvia, dudo si es muy científica la teoría y la verdad tampoco me preocupa. En ese momento disfruto de ese vuelo libre e instintivo de todos y a la vez del cálido resplandor de un nuevo día, siento un atisbo de esperanza y contemplo cuánto tiempo ha pasado, desde que empecé a sentirme libre como esos pájaros con su alegre canción.

Áfrika Gómez
Grupo A


La metamorfosis

Cuando nos encontrábamos en la escalera envarabas la espalda, girabas levemente la cabeza y alzabas un punto la barbilla para mirarme a los ojos en un escorzo lleno de displicencia y altanería. Te dirigías a mí como nadie lo hace, empleando mi nombre de pila y remarcando cada una de las sílabas, era una manera muy tuya de marcar distancias, de hacerme perceptible la diferencia social que tu alzabas entre los dos.

Pero estos meses de confinamiento lo han cambiado todo. Comenzaste a llamarme por teléfono con los motivos más baladíes: El funcionamiento del ascensor, la limpieza de la escalera… Tu tono había cambiado, aunque seguía siendo quejoso contra la obstinación de los demás en complicarnos la vida, yo sentía que me excluías de esa confabulación y percibía en tus lamentaciones un grito ahogado por la culpa. Notaba que te dolías por no protegerme suficientemente, por no haber sabido luchar a brazo partido y derrotar la incuria y la torpeza que siempre nos acechan.

Solo nos hemos visto una vez en la cuarentena. Fue en el supermercado y se interponía entre nosotros una selva de lechugas, acelgas y puerros. Tenías un aire nuevo, tan romántico, con tu gorra de conspirador bolchevique o, tal vez de capitán vencido y decrépito, comandante de un barco varado en algún puerto neblinoso y olvidado. Te dirigiste a mí, otra vez con mi nombre completo, pero oí ecos de ternura y de sincera alegría y sentí una renuencia a la precipitación, como si estuvieras saboreando todas y cada una de las sílabas. Repetiste tu postura orgullosa, aunque me pareció producto del azoramiento que mi presencia te provocaba. Incluso tu mirada, esquiva y desviada, como siempre, tenía un matiz de desvalimiento, quizás te girabas para ofrecerme tu oído más fino, no querías perder la más insignificante de mis palabras. Fue una conversación breve, cortada con los patrones de la cortesía más convencional, sin embargo, percibí un sustrato de emoción contenida, de paciente expectativa.

Ahora vuelvo a escuchar tus pasos leves en mi cabeza y el ronroneo lejano de tu equipo de música. Suena muy suave, no obstante, he podido reconocer, premonitoria, la melodía de: I just called to say I love you de Stevie Wonder

¡Ay! Demetrio. Me sonaba tu nombre anticuado y pueblerino y si ahora ha adquirido resonancias de decrépita nobleza moscovita, ¿será porque acaso me estoy enamorando?

Pepe Lorenzo 
Grupo B


Al otro lado de mi pared

Subí el volumen del televisor, ¡ no me podía estar pasando a mí! . Ayer, cuando después de dos largos meses me reencontré con la calle; la vi, estaba radiante con su vestido rojo. 

Los gritos son cada vez más penetrantes; mis manos, protegen mis oídos; los paseos agitados por mi pasillo buscando una solución; mi corazón, late tan excitado, que va a salir disparado por mi boca en un diminuto espacio de tiempo, mi vista, se nubla hasta perder el concepto de espacio; ¡no sé qué hacer!, ¡donde ir! , ¡a quien llamar! . Siempre tomando decisiones tan importante y es este instante paralizada; sin percatarme, el silencio hace su aparición; de fondo el sonido del aparato que relata un sinfín de noticias incompresibles para mí. La tranquilidad invade mi ser, mis órganos, empiezan a retomar su ritmo normal, ¡y ahora que! comienza mi momento de templanza, de reflexión; sosegada después de esa dura tormenta; ¡un inusitado golpe! , ¡Un grito desgarrador! arruina mi tranquilidad.

Josefina Félix 
Grupo A


Hay que ser previsor para lo que venga

El estar confinado tanto tiempo, hace que el “coco” empiece a dar muchas vueltas, sacar conclusiones para la próxima vez que nos ocurra, y esperar a que Dios nos coja confesados.
Me acordé de Dios y del convento de mi pueblo, de sus dulces, de sus huevos de gallinas en cautividad nunca mejor dicho, y de como se relacionan las monjas con el resto de los mortales.
Aquí aparece “el torno”, y es que estos meses pasados el vecino se ofreció a traerme la compra, le pasaba la nota por whatsApp, me dejaba las bolsas en la puerta y le hacía el ingreso del importe por internet a su número de cuenta; cuando llegaba algún paquete, hablaba con el interlocutor con la puerta cerrada, me pedían el número del DNI y me lo dejaban en la puerta; cuando una vecina hacia un bollo maimón o un bizcocho, nos llamaba y nos dejaba colgada la bolsa del pomo de la puerta, y así muchos más casos; y claro yo me acordé de las monjas de mi pueblo, las cuales llevan encerradas mas de cien años y nunca han tenido problemas, todo lo solucionan con el dichoso torno, por lo que estoy pensando proponerlo en la próxima reunión de comunidad, para que el vecino que lo deseé, instale un “torno” en su vivienda, y así estamos protegidos como las monjas de mi pueblo.

Luis Iglesias
Grupo B


Confinamiento

Sobre las siete y media de la tarde comienza el reloj a ralentizar su marcha. O a mí me lo parece, que para los efectos viene a ser lo mismo. Treinta minutos que se estiran como chicle, Aunque, bueno, veintiocho nada más, porque la verdad es que a las ocho menos dos minutos ya la gente sale a los balcones con el aplauso preparado. Así es hoy también. Salimos.

Ya, ya sé, ahora en el balcón de enfrente ha de aparecer una mujer de un palmito espléndido, cabellos de oro, sonriente, que mira como de reojo en dirección a donde yo me encuentro y que en el colmo del atrevimiento a las ocho en punto dirige el abrir y cerrar de las palmas de sus manos hacia mí en gesto inequívoco. Esto es lo que debería de ocurrir… y eso es lo que ocurre. Marigel, hoy con su vestido color salmón que la ofrece tan deseable.

Marigel, espléndida, cabellos de oro y todo lo demás. Nada tiene de particular que me haga partícipe de su gozo. Los primeros tiempos de cada relación son los de mayor felicidad y yo he sido quien ha hecho posible que los disfrute junto a Ricardo, en este momento a su lado y también aplaudiendo, aunque él sin mala uva, pienso. El vestido color salmón de Marigel ciñe un tesoro que bien conozco yo, pero siempre he sido perezoso para las descripciones. Lo que hay a sus espaldas, también me lo sé pues en esa casa hemos vivido ambos la felicidad que decía de los primeros tiempos, nuestros primeros tiempos. En los divorcios, ya se sabe, el piso por lo general queda para la mujer y el hombre es quien tiene que salir del hogar.

A mi lado, Toñi. Exactamente lo mismo en su caso, el marido fuera de casa y a rey muerto rey puesto; servidor es el rey puesto. Toñi se acicala todos los días con esmero para el momento y no quiero fijarme en ella mientras el aplauso por temor a verla de ojos brillantes, mirando justo al balcón a donde yo miro. Aunque si bien lo piensas, por qué no ha de hacerlo así, al fin y al cabo Ricardo no deja de ser su ex y tendrían sus tiempos de bonanza.

Cualquiera sabe quién haya salido ganando y quién perdencioso. Estas situaciones, no sé, lo mismo tienen marcha atrás a dúo. Dos dúos, me refiero.

Pascual Martín
Grupo B


El arrebatamiento de Dª Cristina

Doña Cristina, había sido Maestra Nacional, parecía sacada de un cuadro de la época victoriana, vestida siempre de negro sobrecuello blanco con camafeo de azabache y puños de ganchillo no siempre inmaculados, salía siempre de casa con guantes a juego y velo negro sobre la cabeza.
Rostro severo de boca pequeña, nariz aguileña y ojos no muy grandes de mirar directo, que quizás podrían haber participado en antiguas conversaciones de abanico.
Enjuta y de corta estatura, tenía el tono de voz característico de una vicetiple aquejada de flemas, que manejaba con enérgica vehemencia a la mínima contrariedad, lo que unido a su nula capacidad para la sonrisa, la hacían parecer algo antipática.
Hablaba a todo el mundo de usted, incluso a nosotros los niños y a pesar de su formal amabilidad, en la pandilla la percibíamos con sentimientos encontrados entre el asombro y el desasosiego.
En fin, tenía una mixtura de dama antigua y bruja de la Bella Durmiente que la hacían merecedora de ser tema de información y conversación, cuando en nuestras casas los mayores comentaban algún detalle de su vida.
Viuda, vivía completamente sola en el primer piso de un modesto edificio de dos plantas, con terraza y corral traseros, muy común en nuestra calle.
Fue Manoli, la que un día nos informó de que en su casa habían dicho que Dª Cristina tenía un hijo en América, lo que suscitó un intenso debate entre los que no creían que una mujer así pudiera tener hijos y los que pensaban que, de tenerlo, no viviría sola.
Un día que jugábamos a encaramarnos al olivo del pozo de la lechería, oímos los gritos de auxilio que daba Dª Cristina, salía humo desde la terraza trasera de su casa y rápidamente alertamos al lechero, quien a su vez lo hizo a los vecinos del bajo y de la casa contigua.
La cosa se solventó sin mayores contratiempos, pero amparados por el barullo, pudimos acceder y curiosear por toda la casa.
Pero la impresión más fuerte, fue verla en bata, despeinada y desprovista de su sempiterna imagen, parecía un perro sin amo.
A partir de ese día, se empezó a mostrar como una anciana, que hablaba sola por la calle a la que salía a veces en bata o tan solo con el camisón y a la que sus vecinas, con abnegado cuidado, intentaban convencer para que volviera a casa y a la que incluso algunos de nosotros ayudábamos a subir la compra.
Ya no daba miedo, solo prestábamos atención a sus acalorados soliloquios en mitad de la calle rebozándose en el por qué de su soledad y a medida que avanzaba el verano se iba pareciendo cada vez más a un quijote de corta de estatura.
Pero un día saltó el notición, la señora María, su vecina de abajo, comunicó que había recibido carta del hijo de D. Cristina y que vendría a hacerse cargo de ella.
La noticia nos causó una tremenda curiosidad acerca del hijo y un gran alivio al saber que al menos ya no estaría sola.
Por una conversación entre el señor Marciano y mi padre, que hablaban del descuido del hijo de Dª Cristina con cierto enfado, me enteré de que este, era cónsul en Méjico. aquello sonaba muy exótico y fui a comentárselo a la pandilla.
Un día al salir a la calle, vi aparcado un coche de los que solo se veían en el cine, pregunté a mi hermana y me dijo que el hijo de Dª Cristina, había venido a llevársela.
Después de una mañana de espera, vimos salir a una señora muy guapa que se sentó al volante del coche y detrás y apoyándose en el brazo de un hombre, de la edad de mi padre, apareció Dª Cristina ataviada con sus mejores galas que fue ayudada entre el hombre y las vecinas a entrar en la parte posterior del vehículo.
La señora María e incluso mi madre lloraban, mientras que Dª Cristina saludando desde el coche con ademán semejante a los príncipes extranjeros que veíamos en el NO-DO y exhibiendo una sonrisa rayana al éxtasis, partía de la que durante muchos años fue su calle.

Carlos Garcia Riesco
Grupo A


Vecinos animales

Somos todos nuevos en el pueblo, como en el edificio de al lado. Yo soy de los más "antiguos" y solo llevo ocho años. El mío es uno de esos pueblos a unos kilómetros de la capital, donde muchos jóvenes, y no tan jóvenes, hemos comprado nuestra nueva vivienda. En el caso de este no se trata de un pueblo con servicios y urbanizaciones. No hay ni siquiera bar, y lo único que tenemos es, afortunadamente, una farmacia, donde nos atienden mejor que en cualquier botica capitalina.
Al poco de llegar el barrio (más bien deberíamos llamarlo la zona, el pueblo completo no da para barrio, propiamente dicho) se ha llenado de niños. La mayoría de mis vecinos jóvenes son parejas, la mayoría casados, y han decidido repoblar una población despoblada. A mí, sinceramente, los niños no me habían gustado hasta hace no demasiado. Mis amigos ahora son padres, y eso genera cierta aproximación. En verano la población infantil se multiplica por cuatro, ya que vienen los realmente nacidos aquí, con sus hijos, que han ido creciendo, y ahora, como adolescentes, se han convertido en más molestos.
Tengo pocas cosas en común con los vecinos de la zona. Pero al menos, con muchos, comparto el amor por los animales. En mi edificio vivimos casi tantas personas como animales , si bien tal proporción se debe a que yo tengo tantos gatos como niños tienen los demás. A veces creo que me gustan más los perros de mis vecinos que sus hijos...
En mi calle viven Nala y Blue, a los que conozco desde cachorros, y otros dos cuyo nombre nunca recuerdo, y que son lo suficientemente grandes como para que el dueño los sujete, no vayan a acabar conmigo en el suelo. Otros chicos nuevos, tienen otro pero no recuerdo su nombre.
En el edificio de la esquina un matrimonio joven tiene tres sabuesos muy cariñosos, con mucha energía. No sé como Emilio puede sacarlos a todos a la vez. Soraya es un caso especial. Da de comer a los gatos de los alrededores. De esos gatos de pueblo, que no tienen dueño, y que, al no estar castrados aumentan su población con bastante descontrol. Ha ayudado a muchos. Rescató a Romy (el nombre se lo puse yo, sé de alguien que se reirá leyendo esto), a la que yo me llevé a la protectora de la que soy voluntaria), cuando estaba preñada. Esa gata había perdido los dos ojos. La vida en la calle es dura. De su camada de sobrevivieron tres. Ahora vive adoptada con uno de ellos, Leo. Recientemente, Soraya me trajo una gatita de un mes y medio. Sus hermanos se le habían muerto en casa, unas horas después de haberlos salvado de la calle, sin su madre. No pude ayudar a Ari, a pesar de su ingreso urgente en el veterinario. Murió, voló un alma pura, como son para mí todos ellos.
Hace dos semanas un final similar tuvo Nora. Me avisaron porque la había encontrado el amigo de un amigo, que, como no, le dio mi teléfono, con una patita rota. La llevé al veterinario. El fémur roto, algo que se hubiera podido solucionar. Pero una hemorragia interna no tenía remedio. Hubo que dormirla. Estaba sufriendo, y no podíamos hacer nada por ella. Por muchas veces que pasas por algo así no te insensibilizar. Le acaricié hasta el final, mientras le hacía efecto el sedante, y mientras le ponía la inyección letal Mónica, una de mis veterinarias.
No todo son finales amargos. Hace años rescaté a cuatro gatos del contenedor de al lado de casa, con su cordón umbilical, y menos de veinticuatro horas de existencia. Los había tirado mi octogenaria y bruja vecina Vicenta. Así me lo dijo ella. Tuve que volcar el cubo de basura y sacarlos como pude. No sabía qué hacer. Les di calor como pude. Se fueron con una compañeras de la protectora. Robín murió. De otros dos sé que salieron adelante, pero nada más . Bombón vive con mi amiga Minerva, y es un hermoso gato blanco de siete kilos.
No solo me he cruzado con gatos en mi camino. A cien metros de mi casa dejaron a Thor, un cachorrón de pastor alemán de un año, ya adoptado. Le faltaba un lazo con mi nombre. De Fer dieron el aviso en el Mesón de la carretera, la Guardia Civil no dio solución, y me lo llevé al refugio. Encontramos un hogar poco tiempo después. Soraya y yo dimos de comer durante semanas a una pareja de galguitos, hasta que otra protectora pudo venir a por ellos...
Supongo que me encontraré más casos así, es mi sino. Espero no cambiar nunca en ese sentido, y ayudar siempre a todos los animales que se crucen en mi camino, además de a los de la protectora. Tal vez mi misión no sea formar una familia, sino ayudar a estas almas puras a encontrar un hogar, o, al menos, poner a salvo en un lugar segura. Y, en los peores casos, ayudarles a llegar al final en paz.

Javi Martín
Grupo A