Tus amigos no te olvidan

La sesión del lunes, día 20 de marzo, la dedicamos a la muerte, una de la tres heridas que el poeta Miguel Hernández señala en su poema "Llegó con tres heridas".
La muerte está muy presente en la literatura. Es uno de sus temas principales. Luis Carandell lo sabía y por eso decidió abordar la cuestión desde diferentes puntos de vista. Para ello recorrió innumerables cementerios con Nuñéz Larraz, fotógrafo salmantino. En esos "corrales de muertos", como los llamaba Miguel de Unamuno, encontraron epitafios, tumbas y esquelas curiosas. Esa información, así como una buena relación de textos sobre la muerte y otros materiales de interés conforman el libro "Tus amigos no te olvidan".


Jesús A. Courel escribe en su columna del Diario de León lo siguiente:

Luis Carandell publicó una obra humorística sobre la muerte titulada Tus amigos no te olvidan (1975). Tras muchos años de visitas a cementerios, Carandell afirmaba que no se podía conocer a los vivos sin haber visitado antes a los muertos. Para un periodista la muerte es un tema de «palpitante actualidad», pues no hay día que las esquelas no se sirvan con los churros del desayuno. Como la de aquel catalán que, al morir su esposa y viendo lo caros que eran los anuncios en el periódico, eligió ahorrarse uno redactando el siguiente texto: «Murió Rosa. Vendo Opel Corsa». En España la presencia de la muerte es tan abrumadora que Quevedo escribe: «No hallé cosa en que poner los ojos, que no fuera recuerdo de la muerte». Nuestro culto desmedido a lo fúnebre nos empuja al morir a «estar más muertos que en otros sitios». Por eso, cuando al joven Valle-Inclán le preguntaron que quería ser de mayor, él respondió: «Difunto». Los finados tienen en nuestro país rango superior. Para Larra: «Los muertos hablan en voz bien alta y ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar». Ni siquiera a los enterrados en los cementerios civiles, los llamados «corralillos», de los que Jiménez Lozano escribió un completo estudio en 1978. Cita este autor que, tras la Revolución de 1854, comienza la construcción de los cementerios civiles en España. Los destinatarios de los corralillos eran, según la ley canónica: paganos, herejes, apóstatas, cismáticos, suicidas, duelistas, los que se hacen incinerar, pecadores públicos que mueren sin confesión, los que incumplen el precepto pascual, los niños muertos sin bautismo y los que únicamente hayan contraído matrimonio civil. Eran muchas las parejas que se juntaban sin pasar por la vicaría o el juzgado que algún cementerio andaluz fue conocido como de los «amancebaos». El primer cadáver enterrado en el cementero civil de Madrid fue el de Julián Sanz del Río, siendo los epitafios de este cementerio un ejemplo de la fuerza moral de los allí sepultados, frente a la creciente uniformidad que domina en los cementerios católicos. Así en la tumba de Nicolás Salmerón se puede leer que fue tal su nobleza y dignidad que «dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte».

El libro de Luis Carandell está plagado de epitafios jocosos como la de aquella copla que dice: «Antigua la moda es: a los héroes y a los justos les matamos a disgustos y les lloramos después». Esa lucha enconada de los españoles lleva a Larra a sentenciar, en su celebrado discurso del día de Ánimas de 1836: «Aquí yace media España que murió de la otra media»… Había que hacer algo.

www.diariodeleon.es


Propuesta de escritura

En esta ocasión propusimos como tarea escribir un texto en el que un adulto responde a un niño o niña qué pregunta acerca de la muerte.


Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora


Que viene la parca
En esta noche de luna llena de verano los niños juegan al “dao”. Corren por las calles aledañas a la plazuela, gritando: “que vieene la paaarca”, “que vieeene la paaarca”.

Eloy mira atento el juego de esos niños mayores que él. Cuando alguno de ellos es alcanzado por la parca -“dao” “muerto”- cae al suelo.

- Eloy, ¡venga!, recoge tus cosas que nos vamos.
- Ya voy mamá. “Corre, corre, que viene la parca, que viene la parca” –tararea feliz-. Que vieeeneee la paaarcaaa, que vieeeneee la paaarcaaa. ¿Qué es la parca mamá?

La madre hace una mueca de asombro incrédula y sonríe.

- La parca es uno de los nombres de la muerte.
- ¿y cómo más se llama?
- Tiene muchos nombres: la Huesuda, la Muda, la Pálida, la Dentona, la Fría, la Pelona, la Impía, Thanatos, Anubis, El ángel de la muerte…
- ¿Cómo es?
- Unos la pintan como un esqueleto con una guadaña que va cortando cabezas. Otros como un hombre con cabeza de perro o chacal.
- La muerte es una guerrera, mamá, y una cazadora.
- ¿En qué trabaja la muerte?
- Es profesora de matemáticas, explica muy bien el uno, el cero y la resta, también da clases de filosofía, sobre el principio y el fin, es la dulce enfermera que alivia el sufrimiento de las personas, o mece en su cuna a los viejos cansados de vivir. Tiene muchos oficios la muerte, hijo.
- ¿Tu la has visto?
- Nadie la ha visto, pero pone pistas, cuando va a venir a visitar a alguien lo anuncia.
- ¿pone un anuncio?
- Se anuncia en el rostro de la persona que va a visitar mientras duerme, cuando ésta se despierta ya tiene otro aspecto y luego paciente se sienta a su lado, la peina con su guadaña, la acompaña en su sufrimiento, se hace su amiga y le habla de un sitio estupendo dónde la va a llevar.
- ¿Vive ella allí?
- Ella vive allí y aquí, para estar allí necesita venir aquí.
- Como cuando vamos a nuestra casa de campo. Mamá… ¿Y qué come?
- No come, corazón, se alimenta sólo de sentarse al lado de las personas.
- Pokemon Anubis, con muchos poderes. ¿Sabes mamá?, la parca es una señora muy importante.

Aronbanda
Grupo B


La muerte
Si contestamos a un niño que la muerte es el fin de la vida, es probable que nos siga preguntando más cosas:
¿ Cuantos años vive una persona ?, para no contestar !Depende!, tendríamos que matizar, matizar y matizar...
Mira hijo, si llevas una vida sana y sin excesivos riesgos, puedes vivir más, que si no te cuidas o haces barbaridades.
Pero existen factores hereditarios, accidentes, enfermedades que no se pueden controlar y que acortan la vida.
La vida es alegría, la muerte tristeza, y una actitud positiva en la vida puede que esta se alargue, pero no es seguro.
Vivir en paz con uno mismo y con los demás, seguro que la alarga y sino que sea lo que Dios quiera.

Luis Iglesias
Grupo B


El sentido

El día era soleado, luminoso. El ánimo parecía tender a expandirse ante ese primer sol de primavera, constante, cercano, tan anhelado. El ánimo intentando abrirse entre las murallas de Eva, quien seguía sumida en el gris, el desorden y el cansancio tras la muerte de Pedro. No sólo ella se sentía así, las caras del resto de sus compañeros de clase también anunciaban desconexión. Iba a ser difícil acostumbrarse de nuevo a las clases, darse la oportunidad de seguir disfrutando de aquellos estudios qué tanto le gustaban. Habían pasado dos semanas, pero todo parecía seguir del revés. Hasta eso, lo que más compartía con Pedro, la ilusión de aprender para darse a los demás, las ganas de formarse en una profesión que sirviera para sumar granitos de arena en la construcción de un mundo más justo, menos egoísta. Ilusión dormida, suplantada por una especie de confrontación constante, la conquista de su espacio por la rabia, la pena, la angustia. Toda ella, y todo lo que ambos querían ser, enterrado ahora era una caverna.

Su familia, y sus compañeros de clase estaban preocupados. Todos habían sufrido la muerte de Pedro, pero sabían que ella lo hacía mucho más. Esa relación tan especial, tan apasionada, donde no hacía falta que la etiqueta se rellenase con ninguna palabra. Simplemente ellos, Eva y Pedro.

Y ahora, Eva sin Pedro.

Juan le dice en medio de la clase de Interculturalidad que quiere hablar con ella en el recreo. Eva esperaba ese momento, sabia que su tutor, al que tanto admiraban, al que sentían tan cercano, iba a acabar interviniendo en su duelo. En el fondo lo necesitaba, pero también sentía miedo de que le moviesen un ápice del dolor que sentía. Ese dolor tan profundo, tan personal, tan vinculado a lo que él era para ella. Así que en el recreo va Eva por el pasillo repitiendo para sus adentros, “no me vais a separar de él, no lo vais a hacer” Y "toc-toc" en la puerta con las manos temblorosas, y la angustia veloz subiendo por el pecho.

Juan está sentado en la mesa, tiene muy mala cara. Eva se sorprende de verle así. Él, que siempre es tan activo en clase, tan rápido, tan alegre.

-Quería hablar contigo de Pedro, Eva.
-Me lo imaginaba- contesta ella con la voz entrecortada.
-Te imaginabas, ¿qué? ¿Que te llamaría para venir a mi despacho y darte dos o tres lecciones básicas de que la vida es así, hay que mirar hacia delante, ser fuerte, etc?
-Sí, algo así.
-Pues no, Eva. Te he llamado para pedirte ayuda. Desde la muerte de Pedro no consigo avanzar, y me temo que a tus compañeros les pasa lo mismo, y no consigo aliviarles. Le echo mucho de menos, Eva, necesito que nos ayudes.

Eva se sorprende al escuchar a su profesor. Lo primero que siente son unas ganas inmensas de gritar, de decirle que cómo es tan egoísta de pedirle ayuda a ella, que era su mejor amiga, su cómplice, su principal persona. A ella, que era quien más le quería y quien peor lo está pasando. Se le ocurre decirle todo eso, salir por la puerta del despacho, no volver nunca al instituto. Se le ocurre irse de casa, allí tampoco su familia está entendiendo su dolor. Se le ocurre quedarse a vivir para siempre en su caverna. Va a decir algo, va a salir de aquel maldito despacho, pero no puede moverse, y vuelve a escuchar a su profesor.

- Todos le queríamos mucho, Eva. Tus compañeros, su familia, yo, pero tú eras su persona. Tú eres la única que nos puedes explicar cómo hacer. En parte tú eres lo que más nos queda de él, tú eres él más que nadie, y por eso te pido el favor.

De repente la caverna de Eva recibe luz. Han sido tres palabras “tú eres él” y todo ha explosionado en su interior. A la luz le sigue un automático orden y sentido, la caverna ordenada que vislumbra una salida, y en la salida él, sentirse cerca de él y por tanto, el mundo.

- Lo intentaré Juan- y se marcha a casa. Allí le da un abrazo largo a sus padres mientras no deja de llorar. Y les explica que al día siguiente va a decirles a sus compañeros y a su profesor que Pedro no creía en ninguna vida después de la muerte, pero sí creía en una vida que sumase vidas en la vida. Que así era él, que en eso fue Pedro la mayor vida que ella jamás había conocido, y que ya no dependía de él seguir siendo, sino de todos ellos. Se lo iba a decir, se lo iba a pedir: “Sigamos sumando chicos, contad con él, contad conmigo”.

Néstor Valverde Merlo 
Grupo A


Un niño pregunta por la muerte

“Mueren las rosas a pesar de la lluvia”,
-¿Lo comprendes ya, hijo?
-Si beben, ¿ por qué mueren como el abuelo.?
-Los pétalos se van en el viento,

El abuelo se durmió para siempre,
estaba muy cansado.

Pero la rosa ha dejado su perfume,
su belleza,
tu abuelo ha dejado su sabiduría,
su bondad.

-¿Dónde?,
-En ti, en todos.

Él se fue como los pétalos
que alimentan la tierra

-¿Está en la tierra?
-Sí, y en la belleza de las rosas
que salen de sus cenizas.

Él no está aquí,
pero todo vuestro amor es para siempre,
te alimentará como una rosa nueva.

Emilia González Fernández
Grupo B


Otra oportunidad

“Me imagino que viajas por un país lejano / de donde es muy difícil, ¡muy difícil tornar! […] Un día en cualquier parte me cogerá la muerte / y me echará en tus brazos, ¡por fin, por fin, por fin!”

Cuando leí el poema El viaje, de Amado Nervo, ¡hace mucho tiempo!, cuando aún nadie de mis seres queridos había sacado el billete para ese largo viaje, me llegó al fondo, me identifiqué con el poeta, pensé que era así como yo querría sentir la muerte, un largo viaje con un final feliz: el encuentro.

Un amanecer la muerte se coló por una rendija en mí casa, una invisible rendija, la puerta estaba cerrada, no esperábamos a nadie. “Me duele mucho la cabeza”, solo eso. Y entró de lleno, empujando, con prisa.

Había que luchar contra ella, pero ya había saboreado su presa, aquel día buscaba algo exquisito.

“Hay que operar, pero es probable que muera en la mesa de operaciones”.

Una mirada, un fuerte apretón de manos, una decisión, “Donamos sus órganos”.

¿Valientes, generosos?, no, más bien querer ganar a la muerte. No podía irse así, tan pronto, todavía le quedaba mucho por hacer.

Y llegaron cartas.

“Seis familias condenadas a la angustia, el dolor y la enfermedad sin remedio, han podido comprobar que en este materializado mundo, existe todavía un resquicio para la esperanza. Permítanme resaltar el caso del niño de once años…”

Y más, y más.

En Navidad con letra de niño han llegado tarjetas.

Para nosotros, un consuelo. Él feliz, ha tenido la oportunidad de vivir más vidas, de hacer felices a otros, nosotros nos lo hemos perdido, pero a él no, solo que no le vemos, le sentimos, nos acompaña.

Este no es un relato triste, que nadie lo vea así. Más bien que sea una reflexión. Donar órganos, es regalar vida, es de alguna manera vencer a la muerte.

“Mi corazón te espera, es lo único que queda de mí, estoy dentro de otra. Búscame”.

Inés Izquierdo
Grupo A


Soneto
No teme el más allá esta alma mía,
Que el dolor sólo llega hasta la muerte.
Me bato de buen grado con la suerte,
Procurando las rosas a porfía.

Renacer es tarea de cada día;
Enfermedad, dolor, último aliento,
Fatales amenazas que descuento
Si enciendes la mañana, amiga mía.

Vida y muerte van ardiendo en el fuego
Que consume la pena y la alegría,
De mano dada en comunión fraterna.

Noblemente aceptemos este juego,
Neguemos la aplazada fantasía,
Qué aburrimiento, dios, la vida eterna.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Carta para el sexto cumpleaños

Querido Alberto:

Sé que llevas un tiempo pasándolo mal; que lloras día y noche; que las pesadillas perturban tus sueños y que te despiertas empapado en sudor y lágrimas gritando y preguntando por mamá.

Es normal que tu corta edad no consiga entender el motivo de mi abandono. Pero, créeme, mamá no quería dejarte. Luché con todas mis fuerzas para seguir a tu lado, para vivir contigo cada minuto de tu vida. Si no quería marcharme de tu mundo, era precisamente por ti. Sólo quería verte crecer y aprender con tus experiencias; reír con tus alegrías y llorar con tus penas. Pero fue imposible. Las fuerzas flaqueaban día a día. Mis ganas no fueron suficientes. Ya aprenderás que, a veces, nos toca volar solos y a ti, por desgracia, te ha tocado demasiado pronto. Pero sé que lo harás. Aprenderás a volar muy alto. Eres fuerte, como lo era yo, y lo conseguirás. Además, yo estaré a tu lado, desde la distancia, dándote aliento o levantándote siempre que te caigas. Velaré por ti al igual que velaba tus sueños el poco tiempo que estuvimos juntos.

Piensa, mi amor, que no eres el único que sufre. Tu padre, tus abuelos, tus tíos. Todos lloran mi marcha a tus espaldas para no causarte más dolor. Y desde aquí, yo…… Sólo puedo decirte, aunque ahora no lo entiendas, que el tiempo todo lo cura. Tanto ellos como tú, aprenderéis a vivir sin mí; con mi recuerdo. Allí quedan muchas fotos, muchos vídeos que te acompañarán siempre. Cuando quieras estar a mi lado, sólo tienes que cerrar los ojos y pensar en mí. Te prometo que estaré contigo para acompañarte, pues sigo viva cada vez que me recuerdas.

Una cosa más: no quiero que sientas rencor o miedo hacia la muerte. Ella llevaba tiempo acechándome. Yo, pensando en ti, le pedía siempre una prórroga que, por lástima, ella me concedía. Pero, ambas sabíamos que este aplazamiento no sería eterno. Hasta que, una noche, llegó y, cuando te miró y vio cómo yo intentaba abrir mis labios una vez más, me los selló con su dedo y se sentó a mi lado. Entonces, llegó el final de todo.

También el de mi sufrimiento. El que sentía por ti y el que intentaba ignorar para que no me doliera más. Pero ella sabía. Ella todo lo sabe. Quiso ahorrarme más pena y me trajo a un lugar lleno de calma. Aquí, ya no duele nada.

He hecho muchos amigos como tú hiciste al llegar al cole. Al principio es duro pues ninguno quiere viajar hasta este lugar. Sin embargo, con los días te acostumbras; la tristeza va volviéndose alegría. Se empiezan a olvidar los problemas, las enfermedades, la vejez, las situaciones que nos traen a este otro lado. Aquí se alcanza la felicidad, la tranquilidad, el silencio tan difícil de conseguir en ese mundo. Porque este no es el lado oscuro, mi amor. Lo llamamos así porque lo desconocemos. Pero ese mundo tan radiante y luminoso donde tú te encuentras ahora, es más negro que este. Ya me darás la razón.

Toñi Martín del Rey
Grupo B


Melocotones debajo del sofá

Cuando Lucía llegó del colegio, Bruno no salió a recibirla. Como llevaba una temporada malito, la pequeña pensó que estaría descansando. Los catarros se curan con calor y reposo. Eso es lo que le decían a ella cuando tenía un refriado.

Sin quitarse el abrigo, puso la mochila en el suelo y fue en su busca. No se dió cuenta de que nada más dejarla en casa, sus padres salían. Lucía tenía prisa. Quería darle un buen achuchón. Eso siempre es una buena medicina. Para no asustarlo, decidió anunciar su regreso. Su voz se escuchó por toda la casa:

- Ya estoy aquiiiiiiiiiiiiiii
- He vueeeeeeeeeeeeelto
- ¿Dónde estaaaaaaaaaaaaas?
- Peludiiiiiiiiiiiiiiiiito...
- Pelu, pelu, peludiiiiito

Ni un ladrido.

Fué directa a la cocina. Hacía casi dos meses que ya no dormía en su cuarto. Era duro. Él siempre había estado con ella. Desde que nació. Al principio, cuando era una pequeñaja, al lado de su cuna. Más adelante, cuando se hizo una niña mayor, junto a su cama.

Sus padres decían que las escaleras le fatigaban y era cierto. Ella misma lo había comprobado.

Sus padres decían que Bruno necesitaba un lugar estable, cálido y tranquilo, un espacio cómodo para él. Un ambiente adecuado a su estado. Solo así podría intentar reponerse. También era cierto. Allí estaba bien. Cerquita del radiador, a los pies de la enorme cristalera que daba al jardín, en el punto exacto desde el que dominar todo lo que sucedía en el salón. Nunca estaba solo. Los horarios de su familia eran bastante irregulares. Casi siempre había alguien despierto. Y las noches que ella sabía que todos dormían, cogía el edredón y se acostaba en el sofá. El perro la veía. Ella le veía a él. Estaban juntos y eso era suficiente.

Lucía entró en la cocina. Su abuela ponía la mesa como siempre. No la vió.

- ¡Hola Lucy! ¿qué tal en el cole? Ven que te quite el abrigo

No la escuchó

Bruno estaba en su camita. Su postura era extraña. No se ovillaba sobre el mismo como tenía por costumbre. Solo podía ver su cabecita erguida sobre uno de los respaldos verticales de su cama. Respiraba con dificultad. El resto de su cuerpo estaba cubierto por su manta de terciopelo verde.

- Peludito. ¿Qué te pasa?

Bruno, haciendo un esfuerzo enorme, giró la cabecita hacia ella. La manta se movió un poquito. Casi sin fuerza. Intentaba mover su colita. Estaba alegre. Su amiga estaba alli. El cansancio le pudo y volvió a quedarse quieto.

La pequeña se arrodilló junto a él. Acarició sus lanas gris perla una y otra vez. En silencio. Un dolor desconocido apretaba tanto su garganta que cualquier palabra se ahogaba antes de ser pronunciada. Lloró como nunca lo había hecho, sin hacer un ruido.

Ella no lo notó, pero sus lágrimas caían sobre la cabeza de Bruno. Dos breves lametazos en la mano de la pequeña fueron su última respuesta. No hubo más.

Justo en ese momento entraban sus padres con el veterinario.

- Lucía
- Mamá, peludito no está bien
- Lo sé cariño. Ven. Deja que Don Tomás lo examine.
- Pero...
- Ven cariño, nosotros no podemos hacer nada por él.

Antes de que Don Tomás se acercara a Bruno, ya sabía que había muerto. No obstante, lo revisó con mimo. Luego se levantó y dijo: - Ha muerto. Ahora no sufre.

- Póngale una de esas inyecciones o dos o tres. Fijo que se recupera. Vamos. Yo se donde estan. Se las traigo en un momento. Espere. No se vaya. Yo, yo
- Lucía ( dijo su padre) ya no sirven. Bruno se ha ido
- Noooooo
- Si cari

Sin que pudiera terminar la frase, Lucía subió las escaleras y se refugió en su cuarto.

Cuando su abuela consideró que habia trascurrido un tiempo prudencial llamó a su puerta. Como era de esperar no hubo contestación. Entró. Lucía lloraba sentada en la cama. En sus manos tenía la pelota roja de Bruno.

- Hola Lucy ¿puedo sentarme un ratito contigo? Estoy algo triste y me gustaría hablar con alguien que me entienda.

La niña le hizo un hueco.

- ¿Por qué estás triste abu?
- Es por las pompas de jabón. Son tan hermosas. Cuando estallan en el aire, durante un ratito me apeno. Se que se pasará cuando abra la puerta del armario. Pero a veces me cuesta tanto llegar a él. Hoy por ejemplo
- Abu no te enfades, pero ahora mismo no tengo ganas de cuentos
- No es un cuento Lucy. Es verdad. Pensé que tu me entenderías. Eres la única persona que puede hacerlo. Tus padres son tan mayores
- Abu tu si que eres mayor
- Solo de aspecto cariño. Solo de aspecto.

La abuela se levantó y se dirigió a la puerta. Antes de salir, la niña le preguntó

- ¿Qué hay dentro de ese armario?
- ¿De verdad quieres saberlo?

Con un gesto de la mano sobre la cama, la pequeña le indicó que se sentara

- Dentro o detrás, no se muy bien, está el país de los recuerdos. Un lugar maravilloso si sabes caminar por él.
- ¿ Y si no sabes?
- Si no sabes es un lugar terrible cariño
- Terible ¿por qué?
- Porque igual que en los cuentos, hay personajes oscuros que merodean sus hermosos jardines. Si un vivo entra en él y escucha su murmullo de lamentos debe huir inmediatamente. De lo contrario, quedará atrapado en ellos
- ¿Y entonces?
- Entonces mi amor, algunos se convierten en piedra y otros en hielo. Cuando regresan, mutilados, parecen los mismos pero estan secos.
- Yo no quiero ir. Fijo que los monstruos me atrapan
- Todos vamos queramos o no queramos. Por eso es mejor ser consciente, ir preparado.
- Y ¿cómo me preparo? yo no se luchar
- Jeje, no hace falta. Mira, cuando vayas a entrar o cuando sin querer hacerlo, te veas dentro, busca un recuerdo muy alegre y agárrate a él. Ningún ser oscuro es capaz de vencer esa alegria.
- ¿Y que tiene que ver ese país con las pompas de jabón?
- Mucho. Verás, cuando una pompa de jabón estalla en el aire, todos sus colores, los que dibujó mientras bailaba con el aire, van allí. Se convierten en semillas. La tierra les acoge. Pueden florecer o marchitarse.
- No entiendo nada abu
- Lo entenderás, date tiempo. Si el visitante las riega solo con lágrimas, las semillas se pudren y las pompas de jabón que volaban con ellas antes de estallar, se deforman. Se vuelven opacas. El murmullo de los seres oscuros consume su frescura. Sin embargo, si el visitante las riega con el cariño compartido, las semillas se abren de una forma inimaginable y las pompas de jabón que volaban con ellas antes de estallar, multiplican su gracia y sus colores.
- Pero abu, una pompa de jabón es
- Una pompa de jabón es todo ser vivo. Nace no se sabe muy bien por qué, vuela, dibuja figuras entre brisas y tempestades. Un día estalla. Es su condición.
- ¿Yo soy una pompa de jabón?
- Si mi amor. Y papá. Y mamá. Y yo. Y Bruno
- ¿Y estallar es morir?
- Si mi amor
- ¿Te vas a morir abu?
- Algún día cariño. Y tú también. Solo espero que cuando llegue ese momento mis semillas o las tuyas no se pudran entre lágrimas y mis colores y los tuyos brillen en las pompas de jabón con las que compartimos el vuelo. Sabes Lucy, has sido muy afortunada. Peludito te espero. Pudiste despedirte de él. No siempre es así. Eso hace más difícil abrir el armario.
- Pero abu ¿porque hay que estallar? ¿por qué morir? ¿por qué
- No lo se Lucy. Pero ¿por qué hay que nacer? ¿por qué estamos aquí? Tal vez, la muerte, esa extraña compañera de vuelo, permita que si la miramos cara a cara, cada pincelada que tracemos sea luminosa.

La abuela se levantó y se dirigió a la puerta. Cuando iba abrirla se giró y le dijo a la pequeña: "Bruno te quiso tanto como tú a él, no dejes que sus semillas se pudran. No lo merece. ¡Ah! y gracias por escucharme. Ya estoy mejor. ¿Tienes hambre?"

Lucía negó con la cabeza.

Ese mismo año, un día de primavera, un sábado por la tarde, Lucía merendaba y jugaba con sus amigos en el jardín de su casa. Su padre la llamó. Tenía algo entre los brazos. Cuando estuvo junto a él, vió lo que era

- Un cachorrito papá
- Cachorrita, es cachorrita. La perra de un compañero de trabajo ha tenido una camada numerosa y no saben qué hacer con ella. Yo no le he dicho nada seguro. Primero quería preguntarte...
- ¿Nos la podemos quedar papi?
- Eso iba a preguntar...
- ¡Una cachorrita! ¡Una cachorrita! ¡Una cachorrita en casa! ¿Puedo cogerla?
- Claro, pero ten cuidado, es muy chiquitina

Los juegos de hace un rato se olvidaron. La merienda quedó donde estaba. Todos los niños y niñas querían verla, tocarla. Y es que no hay nada mas atractivo que la vida. Pronto oscureció y los padres de los chiquillos fueron a recogerlos. Todos querían un perro.

Cuando Lucía se quedó sola con su nueva amiga, la llevó junto al melocotonero y la dejó en el suelo. Era minúscula.

- ¿Sabes cosita? Aquí está Bruno. Bueno su cuerpo. Yo llevo sus colores. Son preciosos. Te contaré todo sobre él para que tu, si quieres y te gustan, también los lleves.
- Lucía, a cenar (gritó su madre)

La pequeña recogió a su amiguita del suelo y se dirigió a la casa. Tenía mucha hambre.

Cuando se sentó en la mesa, su padre le preguntó :"¿Ya sabes como se va a llamar?"

- Burbuja contestó la pequeña
- ¿Burbuja? ¿Qué nombre es ese?
- Uno precioso papi
- Per
- Algún día lo entenderás, tranquilo. Date tiempo.
- Lucy ¿quieres más croquetas?
- Claro que si abu. Me encantan las croquetas. Me gustan casi tanto como las pompas de jabón. Jejeje

Los padres de la niña estaban algo desconcertados. No esperaban esa reacción. La muerte de Bruno aún era cercana. Su abuela, sin embargo, era feliz. Posiblemente no le quedara mucho tiempo de vuelo, pero su nieta, su Lucy, sabría regar sus semillas.

- Papá, ¿crees que a Burbuja también le gustará esconder los melocotones debajo del sofá?
- Espero que no. Si lo hace ya sabes quien tendrá que recogerlos. Por cierto, eso que veo desde aquí ¿es un pis?
- Y bien grande para lo pequeña que es. Jeje. Ven aquí cosita, ¿sabes? eso no se hace, vaya no se hace aquí. Tenemos mucho que aprender. Ahora a tu camita. Esta es improvisada, mañana buscaremos otra, y cuando crezcas un poquito, vendrás a mi cuarto.

La cachorrita le lamía las manos y la cara

- ¡Es preciosa! Y yo creo que me entiende. ¿Qué os parece?
- Lo que me parece Lucía es que es algo tarde. Anda, mira que hora es y aún tienes que bañarte
- Voy. Hasta luego cosita

Unas horas más tarde, toda la casa estaba en silencio. Solo en la cocina, de vez en cuando, se oía algo parecido a un ladrido.

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Qué ocurre

Ni hoy ni ayer he visto a mi abuelo.
Anteayer mamá lloraba y papá me dijo que el abuelo se había marchado.
Antes oí a mi tía decir que le había ocurrido algo a su corazón.
El abuelo caminaba muy despacio, tosía mucho y mi abuela iba rápido, siempre con él.
Hoy por la calle nos hemos encontrado con su amigo y ha comentado que el cuerpo le dejó de funcionar, que se encontraba muy gastado. Después se secó la nariz con el pañuelo y me besó en la frente.
Lo que creo que pasa es que tenemos una pila, posiblemente en el corazón, a mí me suena como un reloj cuando corro, y a la edad del abuelo funciona cada día peor hasta que se para. Es igual que a Keko que, aparte de faltarle pilas, la semana pasada La Chata le quitó un brazo después le retorció todo el cuerpecito y Mami no consiguió arreglarlo, ahora Keko tiene las piernas al revés y le falta un ojo. La Chata ya no juega con él, está abandonado en el fondo del cajón. Keko ha muerto como el abuelo.
Claro que si se hubiera marchado, no podría haber ido muy lejos. Tal vez lo tenga la abuela metido en algún cajón.
Aunque en verdad pienso que puede ser que esté en otra ciudad. El último sábado que me acompañó a Los Baños, mientras me ayudaba a cambiar la ropa mojada, me dijo que no intentara buscarlo cuando ya no estuviera, ya que pensaba marchar a visitar a amigos y familiares que hacía mucho tiempo que no veía. Me animó el que comentara que yo haré lo mismo cuando tenga muchos amigos y los eche de menos, por que también podré verle a él. Pero para eso, mi Reyezuelo, falta mucho tiempo todavía, me susurró mientras me peinaba.

Antonia Oliva
Grupo B


Cómo explicar la muerte a un niño

Según mi opinión la forma más fácil, sencilla y natural de explicar el concepto de la muerte a un niño es hacerlo mediante la observación de la naturaleza. Viendo, mirando, observando, contemplando todos los maravillosos e increíbles regalos que se despliegan a nuestro alrededor a lo largo de las distintas épocas del año. Para ello ayuda muchísimo si se tiene la fortuna de vivir en el campo abrazado, mimado, querido por la madre naturaleza. Pero, si no se es tan afortunado y se vive en una ciudad, siempre hay a mano en ellas algún pequeño, o no tan pequeño, parque donde se puede ir y practicar el maravilloso arte de la contemplación, (por cierto asignatura ésta que de ser yo gerifalte del ministerio de educación, cultura y deporte sería la más obligatoria de todas las asignaturas). Pero, si se hubiera tenido la terrible y malísima suerte de vivir en un lugar donde los depredadores inmobiliarios hubieran arrasado con la más pequeña porción de tierra, siempre se encuentra, incluso en las más superpobladas urbes, una pequeñísima grieta donde todos los años germina, crece, florece y muere alguna criatura milagrosa. Para todos los interesados en el tema os remito al libro Naturalistas Proscritos, Ediciones Universidad de Salamanca, en el capítulo, “ENTRE LA CONSPIRACION Y EL EXILIO. MARIANO LAGASCA (1776-1839), UN DESTERRADO LIBERAL EN EL REINO UNIDO, en este libro, José Luis Maldonado Polo, en la página 73 trata el punto al que me refiero. Así mismo, el interesantísimo proyecto puesto en marcha en los últimos años en la ciudad francesa de Nantes, Las “malas buenas” hierbas de Nantes, la ciudad francesa deja crecer la vegetación silvestre y reduce en un 97´5 % el uso de pesticidas, también esta iniciativa ayuda a poner en práctica e ilustrar como explicar a un niño el concepto de la muerte. Por supuesto, el recurso de los siempre útiles y versátiles envases vacios de los yogures, con ellos podemos crear nuestro particular jardín para el alfeizar de la ventana o el balcón, rellenarlos con un poquito de tierra humedecida poner la lenteja, garbanzo, alubia, arroz, etc… y a esperar casi nada a que el milagro ocurra…

Finalmente este pequeñito poema también puede ayudar, bien recitándolo o cantándolo mientras se van preparando y realizando los trabajos:

Una, dos y tres
Una, dos y tres
la semilla germina
y al cabo del tiempo
nace un bebé.
Una, dos y tres
Una, dos y tres
la semilla germina
y al cabo del tiempo
la semilla se estira, se estira
primero un rabito crece para abajo
Una, dos y tres
Una, dos y tres
después la pequeña cabecita hacia arriba va
crece, crece y crece
cada día más y más
Una, dos y tres
Una, dos y tres
más tarde aparecen las tiernas hojitas
de color muy muy verde
muy estiraditas
Una, dos y tres
Una, dos y tres
si húmeda está
Una, dos y tres
Una, dos y tres
crecerá y crecerá a gran velocidad
Una, dos y tres
Una, dos y tres
Mas, si regarla olvidas
triste se pondrá
Una, dos y tres
Una, dos y tres
Y en poquito tiempo
Y sin darte cuenta
La plantita no sobrevivirá
Una, dos y tres
Una, dos y tres
La plantita ha muerto
bien muertecita ya está
Una, dos y tres
Una, dos y tres.

Mª Nieves C. Martín Magdalena
Grupo B

Se ha escrito un crimen

La muerte es un tema que suscita reservas, sin embargo para apreciar la vida es importante profundizar en ella y aprender a conocerla y si esa aproximación es desde la escritura creativa mucho mejor.
Se ha escrito un crimen” es un taller en el que se habla de poesía, de filosofía y de autopsias. Porque el trabajo que ejercen poetas, forenses y filósofos es similar.
¿Quién no recuerda a la escritora de novelas policiacas Jessica Fletcher, interpretada por Angela Lansbury? ¿O al detective Hércules Poirot de Ágatha Christie?
Los participantes de este taller tendrán que resolver, a través de diferentes técnicas de escritura creativa, un caso de lo más extraño. Todo apunta a que es un crimen pero nunca se sabe.





Propuestas de escritura

Escribe la biografía del personaje que te haya tocado


Y estos son los trabajos enviados hasta ahora:


Gustavo Pocapasta

Gustavo Pocapasta nació en Soria en 1805, hijo del acomodado industrial Gustavo Muchapasta. Cambió de apellido al ser desheredado en 1825 debido a sus inclinaciones literarias.

A la temprana edad de doce años su madre se empeñó en suministrarle unas cápsulas vitamínicas, lo que le provocó una especial sensibilidad a las injusticias que se generaban a su alrededor, cualidad esta que mezclada con las propias del liberalismo que comenzaba a triunfar en la ciudad, le llevó a frecuentar a mujeres de dudosa moralidad a las que se empeñaba en regalar el último invento del momento, comercializado por su padre, el – posteriormente – famoso pintalabios.

Además de semejante artilugio – y como correspondía a su esmerada educación – intentaba con poco éxito emular a los clásicos que habitaban en su corazón, escribiendo sonetos amorosos que no eran apreciados ni por sus receptoras, ni por el único editor que habitaba en la ciudad, ni – por supuesto – por su desesperado padre que lejos de encontrar un digno sucesor acabó echándole de casa acusándolo de vago, pervertido y vividor.

Comenzó a tener problemas con los dueños de los establecimientos que frecuentaba; “ser una rosa no me da de comer” llegó a escribir en una de sus últimas obras, cuando ya estaba solo, sin blanca y con un avanzado problema hepático.

Esta mañana ha aparecido su cuerpo sin vida. A falta de los exámenes que determinen la causa final de su muerte, lo cierto es que él ya era consciente de su próximo fin y en uno de sus bolsillos apareció una nota que decía: “A quien me encuentre; me gustaría que se me recordara con el siguiente epitafio: “Soria existe. Yo, ya no.”

Javier Portilla
Grupo A


Raquel Secante
Raquel, nació en Madrid en 1910. Su padre trabajador del museo del Prado, pronto le metió el gusanillo del arte, hasta tal punto que cuando de mayor salieron plazas para trabajar en el museo, Raquel pronto tuvo acceso a una de ellas, empezando como vigilante de sala, para después ir pasando por distintas secciones.

Al principio de su trabajo, se involucró tanto en el mismo, que para poder dormir tuvo que tomar unas cápsulas para tranquilizarse, llegó a conocer todos los cuadros y sus historias; para entretenerse llevaba un bloc, donde dibujaba las caras más pintorescas y componía poemas y relatos entre los personajes de los cuadros.

Raquel vestía con un uniforme del museo, color azul, en el cual llevaba puesto en el ojal de la chaqueta una rosa de cerámica , regalo de un turista japonés; solía pintarse los labios con un rojo carmesí, que le resaltaba un poco su cara pálida.

Su corazón siempre lo tuvo dividido entre el museo y su familia.

Falleció un día estando en el museo, a la edad de 80 años, nadie vio como ocurrió, su cuerpo quedó tendido en el suelo, frente al cuadro “Los viajes de Mona Lisa Gioconda”

Luis Iglesias
Grupo B


Rocco Macoco
Profesión: Sus negocios.
Detroit, 1880 - Penal de Alcatraz, 1936

Era Rocco Macoco, el “ma coco” de la familia. No porque fuera poco agraciado físicamente, al contrario, siempre llamaron la atención sus enormes ojos azules y su pelo dorado, sino más bien porque presentaba cierta tendencia al mal.

Así, desde bien pequeño, campa Rocco por sus anchas en la ancha Detroit, sumido en peleas callejeras y metido en bandas de mala muerte. Sus hermanas viven atemorizadas, apenas le saludan cuando marchan a la Iglesia. Su madre no sabe qué hacer -pronto lo sabrá-, su padre bastante tiene con su trabajo en el ferrocarril.

Con 7 años roba en la fonda del barrio, con 14 protagoniza una brutal paliza a dos esclavos negros, con 16 es ya la mano derecha del principal mafioso de la ciudad. Cuando su madre lo ve eligiendo trabajadoras para uno de los burdeles de su jefe, decide que aquella es la cápsula que colma el vaso y huye a Nueva York con sus hijas. Pronto el tren del padre se queda sin carbón, y Rocco se queda sin familia.

Sólo en casa, Rocco se convierte en el principal mafioso de principios de siglo en Detroit. Extorsión, robos, prostitución y asesinatos, son su labor diaria. Pero llegada la noche, se retira Rocco a su habitación harto de besar a mujeres y sus barras de labios, sin conseguir emocionarse, para emocionarse escribiendo cartas a su madre.

-Cuánto te quiero mamá, soy un líder mamá, por qué no me entendiste mamá, etc…

Con el corazón en su madre, sin corazón para el resto, decide Rocco ampliar negocio en Nueva York. Allá viaja en diligencia, pues es todo un clásico: “ha llegado a su destino señor, bienvenido”, y en un par de años es uno de los jefes de las bandas locales, que entre peleas continuas, dirigen la gran ciudad.

Mafioso evolucionado, también lo hace en las letras, donde pasa de las cartas a los poemas. “El gran jefe Rocco; al que todos temen; todos ganan; porque sin su jefa, es la nada”

Sucede en 1930. Paseando con sus secuaces por la Quinta Avenida, ve a una mujer sosteniendo un ramo de flores. Es ella, sin duda, y el poeta se estremece, mientras el mafioso advierte que está acompañada por un par de mozos con curioso parecido con él. Ambos se dirigen hacia la musa, quien al percatarse de la llegada Rocco, grita de pánico: ¡No!. Y el “no materno” parte el corazón del poeta, mientras el mafioso parte la cabeza de sus hermanastros con un bate de beisbol. Mamá vuelve a huir, Rocco es detenido.

¿Un última voluntad?, resuena una voz en la sala de la silla de Alcatraz, mientras las chispas se mezclan con algunos versos.

Néstor Valverde
Grupo A


La bailaora
A la orilla del Guadalquivir
nace Lola, Lolita Farola
Como una perla de sol morena
Con un clavel y una pena

Veloz infancia la de esta niña
Cuatro años y fandangos baila
La mano extiende en la ronda y dice:
“ te xapurreo lo que tu quiera”, mi arma

Cada día y cada noche
Por las tabernas una joven pasea
Y sin nadie pedirlo
Sin no más que tapas, pitos y palmas, danza

A la luz de la farola
Luce su arte y seduce La Lola
La sirena la aclama y rescata
En el Puerto de la Plata

Con Tango se casa y se tuerce,
Deslumbra, de éxito enloquece
Coquetea y se despeña
Alguien en la sombra, aparece

Lola, flor marchita soy
Prefiero la muerte a vivir sin tango,
Bulerías ni fandangos
Y así me despido, adiós

Antonia OlivaGrupo B


Marisa Floja
Marisa floja nació en Río de Janeiro, en el seno de una familia acomodada. Corría el año de 1965, que empezó con grandes expectativas y acabó como todos los años. El padre era “Registrador da Propriedade e Administrador de Condominios”, y la madre “Inspectora do Tesouro Público”. Al mirarlos desde la cuna empezó a reírse, ya fuera por el aspecto grave y ridículo que tenían, o como reacción a un primer pálpito de soledad que no iba a abandonarla nunca. Para callarla el médico le recetó cápsulas de saudade, que la tranquilizaban.

Usaba, ya cuando era joven y empezó a participar en una Escuela de samba, una barra de labios roja con la que se pintaba una especie de soles en las mejillas, y que le servía también para escribir mensajes cuando le daban accesos de silencio y melancolía.

A pesar de su belleza nunca la nombraron reina, ni la invitaron a la carroza principal porque no era nada sexy que se desternillase tanto de la risa. Tuvo algunos novios, que la terminaban abandonando porque no la entendían.

Así que con gran dolor de su corazón dejó la samba y empezó a pensar en qué iba a hacer cuando fuera mayor.

Se ponía seria, incluso triste, cuando estaba sola, pero en sociedad, o en familia –con el registrador, con la inspectora, tan circunspectos- no podía evitar una risa que a veces atacaba sus defensas y casi llegaba a asfixiarla. Por eso –y para controlar esa risa floja, enormemente contagiosa pero con un final anémico- llevaba siempre consigo las cápsulas de saudade, igual que los enfermos del corazón llevan sus pastillas para prevenir el infarto.

En un anuncio de un circo que iba a pasar por la ciudad habían escrito este poema:

“Los payasos son la Sal
Los niños son la Vida
Y en el Mar de nuestro circo
Su Risa juega con las olas.”

Marisa leyó aquellos versos y se sintió predestinada. Así que se hizo payasa. Aparte de la nariz postiza, y el rojo de labios, y la flor en el pecho -con su chorrito de agua para el payaso tonto- y la risa floja, Marisa no tenía nada más en el mundo. Bueno, la herida en el corazón, como ocurre a veces con los mejores payasos.

En Rio de la Plata le ocurrió un hecho extraordinario y totalmente inédito. Estaba en la pista central haciendo su número cuando sintió que un silencio extraño y ominoso invadía hasta el último rincón de la carpa. Ella continuó riendo, en completa soledad, cuando todo el mundo había abandonado sus asientos.

Al día siguiente la encontraron sin vida en el centro de la pista. Si fue la incontinencia de su risa que la dejó sin fuerzas y sin aire, o fue la soledad, o el desamor, o simplemente que ese día había olvidado sus pastillas de saudade, no lo sabremos nunca.

En el espejo de su camerino había escrito con su querido lápiz de labios rojo, la siguiente frase, que le sirvió de epitafio:

“A llorar de risa.” 

Ignacio AparicioGrupo A 


Sueños rotos
En el hogar del matrimonio formado por Dña. Casilda Mendoza y Díaz de Guzmán y D. Pedro Pizarro, un caluroso día de julio de 1920, en la ciudad de Trujillo, y tras los muros de un viejo caserón, vino al mundo su primera hija, hecho insólito que trascendió no solo por Cáceres, sino por toda Extremadura. La tal señora contaba con cuarenta y seis años de edad. De este hecho también se comentaba que la niña, en lugar del llanto del recién nacido, emitió unos sonoros “la, la, la” que sorprendieron a los presentes, y la dificultad que tuvieron para ponerle sus primeros patucos, tal era la fuerza de su pataleo. A esto había que añadir que el día de su bautizo, cuando el Sacerdote le impuso el nombre, Casilda Dominica del Pilar, dio tal salto que faltó poco para que cayera en la pila bautismal, de los acompañantes salió un “¡oooh!” por eso y porque ella les regaló una amplia sonrisa.

La niña crecía rodeada del cariño de sus padres. Era una niña guapa e inteligente, muy simpática y dicharachera, ¿Cómo iba a ser Casilda o Dominica?, tenía que ser Pili, que es como se hizo llamar, inadecuado para una señorita, según su madre.

A la hora de los juegos, más que al corro, a las tabas o la comba, le gustaba jugar a hacer comedias, inventaba personajes, el suyo siempre bailaba, cantaba, contaba chistes, el armario de su madre le proporcionaba el vestuario, algunas veces hacía de señora elegante. Una institutriz venida de Francia se encargaba de ampliar los conocimientos que recibía de las monjas de su colegio, así se inició en el aprendizaje del francés, con ella desarrolló su afición por la música, por el baile.

Fue descubriendo un mundo más allá del que vislumbraba desde el torreón de su casona, los libros que leía y las revistas que le proporcionaba Madeleine, le dieron a conocer otra forma de vida, sintió que los muros le aprisionaban, que necesitaba, igual que sus antecesores salir, buscar nuevos mundos y vivir otra vida.

Al cumplir los dieciocho años, acompañada por Madeleine, marchó a Madrid bajo pretexto de acudir a una Escuela de Música. Con frecuencia acudía a fiestas en casa de amigos de Madeleine, allí conoció a Lys que le habló de su trabajo, quedó deslumbrada, descubrió que esa era la vida que ella quería.

Y un día la llevó al teatro, la esperaban, el encargado quedó impresionado. Lys no había añadido ni una palabra al describirla: joven, bellísima, morena, su cuerpo bien ajustado a los cánones de la época, una verdadera joya, quedó contratada. El primer paso que hubo de dar fue elegir un apellido adecuado, recordó un circo que pasó en ferias por su pueblo, Circo Hollyday, desde aquel día sería Pili Hollyday.

Para su primera actuación, Lys le animó a tomar una cápsula, “sustancias naturales” le dijo. Pasaron unos cuantos meses y llegó a ser una más del grupo, una chica de conjunto, como les llamaban, si bien ella destacaba por su simpatía, su picardía al entonar las cancines, sus bailes en la barra, sus labios pintados con una barra de un rojo intenso, que hacían la delicias de los hombres, pero ese ambiente lujurioso, no era con lo que ella soñaba.

Una de las chicas le leyó un poema, hablaba de sueños, de ilusiones, de juguetes rotos, por un momento voló sobre ella una nube de melancolía, que los acordes de un piano borraron al instante.

Y un día, uno de los jefes le propuso salir de allí, formar su propia compañía, su corazón dio un vuelco, dejaría de ser Pili Hollyday, la chica de conjunto, y ser una vedette respetada y admirada. Él la introduciría y acompañaría en su nueva andadura. El destino que le propuso, Singapur, le sorprendió, pero se dejó convencer por el paraíso que él le aseguraba que encontraría allí, le hizo ver su nombre con luces de neón. Partió con una maleta llena de sueños.

Unas líneas del periódico local de Trujillo, del13 de febrero de 1943, recogió la noticia. Ha sido encontrada sin vida en un callejón de Singapur, la joven Casilda Dominica Pilar Pizarro Mendoza. En su autopsia encontraron su corazón roto, en su cráneo una maleta llena de sueños sin realizar y junto a ella una rosa. Nuestras más sentidas condolencias a sus padres. ¡Descansa en paz Pili Hollyday!

Inés Izquierdo PérezGrupo A


Marisa Floja
(Payasa de profesión) 18 de marzo de 2017

Marisa Floja nació en Río de Janeiro en 1965. Haciendo honor a su apellido era realmente una floja flojísima. Cuando tenía 10 o 12 años decidió que quería ser payasa de profesión. Cuando se lo comunicó a sus padres, estos creyeron morir y enfermaron de forma tan grave, sobre todo el padre, que fue necesario hospitalizarlo y se le tuvo que administrar cápsulas tranquilizantes a tutiplén porque bien creyeron todos que moría del tremendo ataque de disgusto y rabieta que le poseyó durante un largo periodo de tiempo, imposible de determinar con precisión. Pero, Marisa Floja era terca a morir y no dio su brazo a torcer. De modo que, se convirtió en payasa y de ello hizo su profesión. Los años fueron pasando rápidamente, la payasa Marisa Floja ponía mucho empeño en ejercer dignamente su profesión, pero el éxito no la acompañaba, sus chistes no provocaban la risa ni en grandes ni en chicos de todos los espectadores que acudían a diario a las representaciones circenses del circo ambulante que ahora era su hogar. Un día, a Marisa se le ocurrió la idea de pintarse los labios con una barra de labios multicolor para distraer a la audiencia con sus muecas, de este modo conseguía distraerlos de lo flojos, insulsos y faltos de gracia que eran sus insípidos chistes. Aunque realmente y en honor a la verdad, hay que reconocer que la pobre Marisa ponía todo su empeño y corazón esforzándose al máximo. Sin embargo, nada había gracioso ni en sus actuaciones ni en ella misma. Al cabo de veinte años de profesión de payasa, en continuo tour por todos los lugares más recónditos del cono sur americano y por supuesto todo Brasil, un día decidió que cambiaría los chistes por la lectura de sus poemas en sus actuaciones. Siempre había escrito poemas desde muy temprana edad, ya que era algo que no interfería con su flojera innata. De modo que, en lugar de dedicar y perder energías en encontrar chistes nuevos y situaciones graciosas, concentró todos sus esfuerzos en escribir poemas. Así fue como consiguió ser tan buena poetisa, que fue incluso laureada en los mejores circos a miles de kilómetros a la redonda. Desgraciadamente en el verano austral de 2014, un poeta fracasado y celoso de Marisa Floja le envió una rosa envenenada cuando estaba en plena actuación en Río de la Plata. Marisa Floja, cayó fulminada en el mismo centro de la pista central nada más aspirar el perfume de la mortífera flor. Y,¡colorín colorado el cuento de la Payasa Marisa la Floja ha terminado!

RIP

Descanse en Paz
Ja, ja, qué risa.
La gran Marisa Floja:
Payasa fracasada
Pero sobre todo gran poetisa

Mª Nieves C. Martín Magdalena
Grupo B


Yanis CarambolosMillonario. Atenas, 1912 - Beisut, 1997

Yanis Carambolos nace en Atenas en el año 1912, es el tercero de los hermanos, su familia es de clase alta, se dedican a la agricultura y la ganadería. Yanis recuerda el día que le detectaron los dolores en el cuerpo y por eso tiene que tomarse unas cápsulas para el dolor, a la hermana de Yanis le gusta pintarse los labios.
Ademas Yanis recuerda que no ha tenido suerte en el amor y que le han roto el corazón, algunas parejas que han tenido.
Yanis en sus ratos libres le gusta escribir poesía, recuerda el día que se presentó a un concurso y ganó. Fue el día más feliz de su vida.
Yanis murió en el año 1997, de madrugada, su familia y amigos le dejaron flores en la tumba y se despidieron de él como merecía.
Yanis quiere que se le recuerde por su forma de escribir .

David Álvarez Sánchez
Grupo B


Gustavo Pocapasta 
Soria, 1805-1830


Gustavo Pocapasta fue un reconocido poeta soriano, pese a su corta vida (El apellido, hoy en día parecería ser una burla del destino pues, sus padres, acomodados hidalgos, no carecían de fortuna pero en su época no tenía ningún matiz peyorativo)
Fue un niño enclenque desde su nacimiento, a menudo estaba enfermo, y sus progenitores no sabían qué hacer para fortalecer a su retoño .Afortunadamente, unas cápsulas medicinales recién inventadas, hicieron su labor y el niño mejoró notablemente y pudo llevar una vida normal, aunque siempre bajo cuidados especiales por parte de sus padres.
Desde niño se sintió atraído por la poesía, sin duda influído por su maestro de escuela, el cual les recitaba frecuentemente poemas que les hacía aprender y declamar. También en casa, su madre, mujer culta y refinada, le inculcó, desde muy pequeño, el gusto por la literatura. Gustavo la adoraba y la escuchaba con embeleso, cuando cada noche le leía algún cuento o poema. Y cuando iba a buscarlo a la salida de la escuela, se sentía el niño más feliz, se le salía el corazón de gozo al verla allí, tan guapa, con sus labios rojos que a él le llamaban especialmente la atención ( y ella, mujer coqueta, no salía de casa sin sus labios bien pintados y la barra de carmín en su bolso por si tuviera que retocárselos)
Acabados brillantemente sus estudios en un instituto soriano, se traslada a Madrid para cursar carrera de Letras . Lleva en su equipaje, un montón de poemas que ha escrito en su adolescencia ,y el sueño de llegar a ser un día un poeta reconocido . Se instala en una Residencia estudiantil y comienza una carrera que termina brillantemente.A los 22 años es ya un licenciado en Letras¡ Su estancia en Madrid, durante sus años de estudio, ha sido muy fructífera, ha contactado con otros poetas, entre ellos Espronceda, el poeta pacense al que admira y que ya tiene cierto prestigio en los círculos literarios. Animado por él y otros escritores, decide presentar sus poemas a un editor que , entusiasmado con su poemario, decide publicárselos. Gustavo no podía creer que el sueño que albergaba al dejar su Soria natal iba a hacerse realidad.
El libro es un éxito y Gustavo empieza a ser reconocido en el mundo literario. En Soria, le hacen diversos homenajes , reconociendo su valía.Sus padres no pueden sentirse más orgullosos de su retoño. Consigue un puesto de profesor en un instituto madrileño y sigue editando pequeños poemarios. Corre el año 1924 y en el otoño empieza a sentirse mal, tose, se encuentra muy cansado y su rostro tiene un aspecto bastante macilento pero, no le da demasiada importancia y no acude al médico . Llega la Navidad, y como todos los años, va a Soria para pasar las fiestas con su familia, aquejado ahora de fiebres altas y ya muy debilitado.Su estado es muy deplorable y sus padres alarmados, acuden a los mejores médicos.Demasiado tarde : el diagnóstico es terrible : tuberculosis aguda, no hay nada que hacer. Muere el 15 de Enero de 1830. Una rosa roja,de procedencia desconocida acompañaba su tumba ...

Rosa Celia González Monterrubio
Grupo B

¿Algo que sucede en el pasado?

La sesión del lunes, 7 de marzo, la dedicamos a la lluvia. La sala de Fondo Local fue cubriéndose de nubes grises que amenazaban agua. Comenzó a llover. Primero una lluvia fina de ideas y de palabras: aguja, nostalgia, lágrimas, charcos, infancia, música. Después una lluvia rítmica y acompasada. Finalmente un aguacero.
Hablamos de la presencia de la lluvia en las canciones tradicionales, de recuerdos de infancia asociados a la lluvia, de cómo las palabras nos empapan, de lo diferente que es la lluvia cuando es deseada o cuando es inesperada, de lo importante que supone mojarnos en las situaciones sociales que demandan nuestro compromiso.

Primero llenamos la mirada de lluvia. Y en esa labor nos ayudaron algunos pintores:




Seascape Study with Rain Cloud de Constable



Calveros de flores después de la lluvia de Kandinsky



Camposanto en la lluvia de Van Gogh



Paisaje con lluvia de Kandinsky



Snow Storm  de Turner



Viajeros en la lluvia de Hiroshige


Después empapamos bien las palabras en lluvia. Neruda y Borges nos ayudaron con sus poemas:

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado 
Porque ya cae la lluvia minuciosa. 
Cae o cayó. La lluvia es una cosa 
Que sin duda sucede en el pasado. 

Quien la oye caer ha recobrado 
El tiempo en que la suerte venturosa 
Le reveló una flor llamada rosa 
Y el curioso color del colorado. 

Esta lluvia que ciega los cristales 
Alegrará en perdidos arrabales 
Las negras uvas de una parra en cierto 

Patio que ya no existe. La mojada 
Tarde me trae la voz, la voz deseada, 
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Jorge Luis Borges

Llueve

Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas
de mi amor sempiterno,
la sal de cada día:
regresa lluvia a tu nido anterior,
vuelve con tus agujas al pasado:
hoy quiero el espacio blanco,
el tiempo de papel para una rama
de rosal verde y de rosas doradas:
algo de la infinita primavera
que hoy esperaba, con el cielo abierto
y el papel esperaba,
cuando volvió la lluvia
a tocar tristemente
la ventana,
luego a bailar con furia desmedida
sobre mi corazón y sobre el techo,
reclamando
su sitio,
pidiéndome una copa
para llenarla una vez más de agujas,
de tiempo transparente,
de lágrimas.

Pablo Neruda

Y cerramos con un microrrelato en el que un pequeño detalle meteorológico tiene una enorme trascendencia:

Amor de lluvia

Siempre he amado la lluvia.
Aquella mañana de sábado, las gotas recorrían su frente tras resbalar de su pelo rubio, hasta alcanzar ese ardiente escote y morir en sus volcanes. Luego de esquivar un último charco, nos secamos la lluvia bajo sus sábanas rosas, envueltos en la melodía del agua contra sus cristales.
Ya sólo me restaba concretar mi coartada para evitar las sospechas y preguntas de mi mujer. En mi móvil, yo guardaba fotos de comidas y cenas de trabajo, así como de mi oficina. Como únicas premisas: nada de selfies (mi pelo, barba e indumentaria podrían indicar que la foto no fue tomada en tiempo real), ni de relojes ni calendarios. Para la ocasión, escogí una foto interior de mi oficina, y le añadí el texto “finalizando inesperadas tareas de un aburrido sábado”, justo antes de enviarla a mi querida esposa. Inmediatamente, borré la imagen para no volver a utilizar esa misma en el futuro. Las nuevas tecnologías podían ser las cadenas que me mantenían localizado y controlado, pero también la herramienta para evitar esa condena.
Al llegar a mi casa, la encontré vacía. Mi mujer no respondía mis llamadas y mensajes. Ni una nota, ni una pista… salvo el ordenador encendido.
Desbloqueé la pantalla, y apareció la foto que yo le había enviado a su móvil. A esa escala, se apreciaban mejor los detalles: montañas de papeles ordenados sobre mi mesa, un teléfono, bolígrafos, la parte posterior de mi monitor… y en la esquina superior derecha de la imagen, una esquina inferior izquierda… ¿de qué?
Al ampliar la foto, en esa zona se distinguía una mínima fracción de una pequeña ventana. Mostrando un cielo rabiosamente azul y ajeno a la belleza de la lluvia que había empapado el día sin conceder un respiro.
Siempre he amado la lluvia. Hasta ese maldito sábado en que me costó un divorcio.

Pedro J. Martínez


Calados de palabras hasta los huesos nos preguntamos finalmente si tenía razón Borges cuándo decía que la lluvia es algo que sucede en el pasado. Y la voz de El Cabrero rompió a llover:




Propuesta de escritura

Propusimos como tarea trabajar con diez palabras relacionadas con el término "nube" y con las ilustraciones que Elena Odriozola hizo para el libro UR: LIBRO DE LLUVIA, con Juan Kruz Igerabide y Oihane Igerabide publicado por Cénlit Ediciones







Y estos son algunos de los trabajos enviados hasta ahora:


Hombre mojándose y caído en el suelo

Al salir de casa para ir al trabajo, pensé en llevarme un chubasquero, ya que el telediario amenazaba un día de lluvia. Comenzó a llover de repente y aceleré el paso para tratar de llegar a unos soportales próximos.
Con las prisas me resbalé con una baldosa movible del suelo y me senté en un pequeño charco. Una pareja que pasaba riéndose debajo de un paraguas no me hizo ni caso, una señora desde la ventana miraba a la calle.
Yo siempre había pensado que la lluvia era riqueza para el campo, los ríos se llenaban de agua, se aprovechaba el día para estar en casa y leer, y al fin lo precioso de ver salir el arco iris.
Creo que a partir de hoy mi visión sobre la lluvia va a cambiar un poco.

Luis Iglesias
Grupo B


Lluvia en la piel

Lágrimas de cielo
tintinean en el aire.
La piel se hidrata,
limpia su textura,
barnizada de amor.
Lluvia de deseos,
 peina la alegría
en un perro silencioso.
Vuelo de gotas
salpica su pelaje de algodón,
empapa los sentidos
para envolver de luz
el mar de su mirada.

Sofía Montero
Gupo B


Un perro bajo la lluvia

Serían las 4:00 de la tarde cuando me dio la peste a perro mojado. Esperaba a que vinieran por mí en el banquito justo bajo el alero. De todas formas, la cara se me llenó de gotitas diminutas y frías, pues aunque la lluvia había amainado y ya era más bien leve, caía en diagonal. Siempre había perros realengos por allí. Algunos se escondían bajo los autos estacionados, mientras otros husmeaban por el puesto que vendía sándwiches.
La más que me conmovía era la perrita amarillenta que solía acostarse bajo el banco junto al que estaba sentada. Era grande y mansa. Arrastraba dos hileras de tetitas hinchadas. No faltaba quien le llevara algo de comer. Ese día no la vi. Me pregunté si ya algún carro la habría golpeado o si alguien la habría adoptado, dos destinos válidos para una criatura como aquella.
Miré en derredor, nada, ni uno solo de aquellos animales. Supuse que habrían buscado resguardo, pero el olor rancio, inconfundible, persistía. Me puse en pie al ver que llegaban por mí. Tuve que abrir el paraguas y caminar un tramo. Entonces vi al perro mojado, muy peludo, la pelambre blanca y grisácea chorreando. Apenas se le veían los ojos cubiertos por los pelos. Traté de esquivarlo y me ladró dos veces. No en son de amenaza, sino como si me saludara, como si hiciera un comentario banal sobre el mal tiempo o me preguntara por un conocido en común. Le sonreí y siguió su camino. Maloliente y sin paraguas, abría grande la boca para que se le llenara de agua.

Ismarie Díaz Flores
Grupo B


La estación de las lluvias

Tus ojos no paraban de llover; han sido días de silencio y de miradas. Primero, me huías, te escondías, volabas ligera camino del sol ardiente como si quisieras –mariposa- que acabara contigo de una vez por todas.

Llegaron las nubes y  tu tristeza era aún más grande vestida de gris, más inaccesible si cabe, con toda la sed acumulada de noches y noches sin agua.

Hoy ha amanecido lloviendo; parecía que el cielo se desplomaría sobre nosotras. Todo está mojado y no tiene pinta de parar. Hasta Leo, el perro de las vecinas, ha venido a cobijarse al alero de nuestra casa. Y estando sentadas, juntas, como hipnotizadas por el continuo repiqueteo de esa cortina de lágrimas, ha sucedido el hechizo y has comenzado a hablar y ya nada podía pararte.

Con tus palabras se ha formado un río que se ha llevado corriente abajo tu dolor pasado, tu vergüenza, tu no entender, tus porqués sin respuesta. Y cuando a Leo le ha dado por sacudirse con todas sus fuerzas y nos ha puesto perdidas de agua, las lágrimas se han tornado en risas y las risas en abrazos y – como activadas por un resorte- hemos salido del portalillo y nos hemos sumergido en ese lago vertical que, a fuerza de risas, de agua y de lágrimas nos ha purificado. Y cuando me has mirado a los ojos he sabido que sabías y que – por fin- comenzaba a amanecer.

Mientras volvíamos hacia la casa con Leo saltando a nuestro alrededor, una monja nos miraba desde una ventana con gesto de desaprobación.

Javier Portilla
Grupo A


Llueve sobre Mojados

Bárbara escuchó aquellos latidos irregulares provenientes del canalón y supo instantáneamente que la lluvia se asomaba a las ventanas de su casa. Se levantó de la silla como un resorte y, con cuidado, caminó aprisa hasta llegar al patio de luces. Por suerte, la casa no tenía secretos para ella. La terraza daba a un hoyo blanco sorteado de oscuros tragaluces de los que colgaban prendas recién lavadas. Una vez más, ganó a su madre y a su hermano detectando el chaparrón, y llegó justo a tiempo para retirar la ropa seca antes de que terminara pasada por agua. De vez en cuando, con las prisas, a Bárbara se le escapaba algún calcetín que acababa cayendo en el patio del primero. Pero su madre se guardaba el secreto y bajaba a pedírselo a la vecina en silencio, dejando a Bárbara disfrutar de su momento. Adelantarse y recoger la colada antes que nadie era una de las pocas cosas que le devolvían la ilusión desde el accidente.
Con el tiempo, la joven había conseguido reconciliarse con la lluvia hasta llegar a perdonarle el papel que tuvo en el accidente. Pasó meses enteros repitiéndose machaconamente la misma pregunta, sin encontrar respuesta alguna: “¿por qué decidimos coger el coche en medio de la tormenta?”. Y una corriente de tristeza y dolor recorría su cuerpo cada vez que el aguacero caía sobre las calles de su pueblo castellano. Apenas guardaba imágenes del accidente, pero sufría el dolor del recuerdo posterior. Tenía grabado su despertar, el momento en el que tuvo que despejar la incógnita de la ecuación más difícil de su vida. Y es que la combinación fatal entre tempestad y tráfico dio como resultado la ausencia de un padre para siempre.
Los médicos le dijeron a su madre que “había vuelto a nacer”. Eso sí, no en las mismas condiciones. El milagro no había sido gratis: esta segunda oportunidad la pasaría viviendo a ciegas y en un cuerpo remendado de arriba abajo. Por ello, Bárbara se terminó dando cuenta de que, privada de la vista, la lluvia era uno de los pocos elementos atmosféricos que podía sentir en una tierra asolanada, cuyo paisaje estaba definido casi siempre por la intensidad variante de los rayos del sol. Porque, a pesar de que su pueblo se llamase “Mojados”, no era excepción a la regla castellana.
En otro tiempo, el agua había sido un incordio para ella. Odiaba caminar con los pies mojados, arrastrar los bajos del pantalón llenos de barro y llevar las gafas moteadas de gotas que emborronaban su visión. Esos días grises privaban del buen ánimo a cualquiera y más en una tierra tan poco acostumbrada. Sin embargo, en su nueva situación, Bárbara había aprendido a admirar los días de lluvia: ya le daba igual pasear con las gafas chorreando y se había comprado unas botas de agua para caminar sin miedo sobre los charcos.
Faltaban pocos días para la fecha del fatídico aniversario y aunque había recuperado cierta normalidad en su vida e incluso había vuelto al instituto, seguía sintiendo miedo. Mojados no era muy grande pero lo suficiente para perderse y acabar siendo, una vez más, el tema de conversación. También sentía miedo ante la perspectiva de tropezar y sufrir otro percance de nuevo. Por eso, nunca salía sola a la calle, su hermano o su madre siempre la guiaban. Y sin embargo, sabía que aquello no podía durar para siempre. Necesitaba volver a ser dueña de sus pasos y aceptar, por fin, su ceguera.
Y aún tenía una deuda pendiente con su padre, casi un año después. Le habían enterrado mientras ella estaba en el hospital con un pie en otro mundo. Y Bárbara nunca llegó a ir al cementerio, por evitarles el mal trago a sus acompañantes. Hasta aquel sábado gris. Si estaba lloviendo, tan cerca de la fecha, era por algo. Bárbara siempre decía que, en Castilla, la lluvia elegía sus momentos a conciencia. Por ello, aprovechó un instante de soledad en casa para enfundarse su chubasquero y sus botas de agua, mientras agudizaba sus oídos, buscando identificar el tipo de lluvia al que se iba a enfrentar. Había empezado siendo un sirimiri pero ya pinteaba; era una lluvia agradable.
No cogió paraguas, no se manejaba bien con él y con el bastón a la vez. Bajó las escaleras con sigilo, haciendo memoria y ordenando la ruta que debía seguir. El cementerio se encontraba relativamente cerca de su casa. Abrió la puerta del portal y recibió una bofetada de humedad y aroma a tierra mojada. Desde el umbral, sacó la palma de su mano para medir el calibre de las gotas. Adelantó su bastón y dio el primer paso, intentando desterrar los terribles pensamientos que acampaban en su cabeza desde hacía un año.
El viaje tenía algo de iniciático. Bárbara andaba despacio, pero no tenía prisa: hasta mediodía no volverían a casa. Las vibraciones constantes de los adoquines rayados en las aceras dieron paso a la superficie silenciosa del asfalto. Ya casi fuera de Mojados, las calles se estrechaban y las aceras desaparecían. Sabía que iba en buena dirección gracias a las ráfagas de sonido que dejaban los coches tras de sí y que sentía cada vez más cerca. El cementerio estaba a las afueras, justo al lado de la transitada carretera que conectaba el pueblo con la autovía. Pronto dejó atrás el asfalto y sintió cómo sus botas se hundían en el embarrado camino que desembocaba en el cementerio.
El bastón se deslizaba con mayor dificultad por la irregularidad del terreno, lleno de piedras. La lluvia arreció y cobró fuerza, pero no le importó. El viento soplaba con fiereza, libre de edificios a su alrededor. Pero ya estaba casi llegando y no le prestó atención. Por dentro, Bárbara repasaba las nítidas imágenes que le quedaban de su padre en la memoria. Sintió cómo lágrimas calientes comenzaban a almacenarse en sus ojos lastimados.
Y tropezó. El bastón, mojado, no frenó la caída y, de pronto, Bárbara se vio con las rodillas hundidas en el barro y las manos ardiendo de haber parado el golpe. Sintió los latidos del corazón, acelerados, sacudiendo sus sienes y recordó por un segundo el golpe que le dejó sin vista y sin padre. La tromba de agua le llovió en la espalda, inmisericorde. Y rompió a llorar en silencio, petrificada bajo la lluvia, anclada en el barro. El tiempo se desdibujó y las fisuras en su cuerpo y mente quedaron a la luz, reflejadas en el agua de los charcos que la rodeaban.
Hasta que aflojó la lluvia, dando paso a una cierta claridad que no pudo ver. Con las gafas anegadas de agua por dentro y por fuera tanteó la viscosa tierra a su alrededor, en busca del bastón que se había escapado de su mano. Se incorporó lentamente mientras escuchaba el ruido de fondo de los coches alborotando los charcos en la carretera, todos ellos ajenos a su tragedia.

Beatriz González
Grupo B


Lluvia

“ Llueve en mi corazón…” ( como dice en uno de sus poemas Paul Verlaine) al ritmo de la lluvia que incesante cae fuera.  En estos días grises me invade la  melancolía, pero es una sensación que no me disgusta.
Estoy en casa, oyendo el tintineo de la lluvia al chocar contra los cristales empañados de mi habitación.
Decido, una vez más, salir a dar un paseo por un bosque cercano. Me calzo mis botas katiuskas, cojo el paraguas y salgo de casa, dispuesta a chapotear en todos los charcos que encuentre en mi camino; desde niña tengo esta infantil costumbre. El olor a tierra mojada inunda mis sentidos y  me siento relajada.
Cuando llego al bosque, una leve brisa envuelve el ambiente y observo como las nubes van despejándose, al tiempo que un  arco-iris empieza a mostrarse..Cierro el paraguas para sentir sobre mi rostro, las débiles y esparcidas gotas que aún caen; es algo muy placentero que me invita a soñar.
Elijo caminar por un sendero. Apenas he recorrido unos metros, cuando piso unas hojas mojadas , resbalo y caigo de espaldas, soltando al aire mi paraguas .Un pequeño susto, lo confieso pero afortunadamente, un lecho mullido, como si estuviera esperándome,   me acoge suavemente  y no me hago ningún daño. Me quedo allí unos instantes, contemplando la hojarasca entre las nubes.
 Después me levanto lentamente , estoy un poco mojada pero no me importa; sacudo mi gabardina, ahora manchada de barro; una leve sonrisa inunda   mi rostro, recupero mi paraguas y, reanudo mi camino..Me siento bien.

Rosa Celia González
Grupo B


Esperando el autobús

Junto a la marquesina de una parada del autobús, se encuentran cuatro personas. Dos de ellas son jóvenes, a continuación un hombre, que viste una gabardina clara, y   por  último una mujer con un abrigo oscuro. No parecen conocerse entre ellas, salvo los jóvenes, varón y hembra, que ataviados con una vestimenta  similar, podrían ser alumnos de un colegio próximo. La tarde está en calma, la temperatura es benigna y el cielo con algunas nubes que con frecuencia ocultan los rayos solares. Todos esperan la llegada del autobús. Para aliviar la espera, los jóvenes abren sus libros de texto y leen, el hombre de la gabardina mira hacia arriba –presiente que en cualquier momento puede empezar a llover- y la mujer, con una mirada difusa, parece estar embebida en recuerdos felices.
El autobús no llega. La carretera está ocupada por diversos coches que circulan a diferente velocidad dejando un ruido en el ambiente, que se hace monótono.  De pronto, comienza a llover.  Finas gotas empiezan a caer y en su itinerario hacia el suelo, se dejan mecer por una leve brisa, que parece acunarlas. Los  colegiales cierran sus libros y al igual que las otras dos personas se refugian bajo la visera de la marquesina. La lluvia arrecia. El ambiente, en breves instantes, se inunda de un agradable olor a tierra mojada, que tantos recuerdos evoca. El autobús no llega. Las gotas de agua al caer con fuerza sobre el cristal de la marquesina crean extraños acordes simulando una orquesta en la que predominan los instrumentos de percusión. La espera se hace angustiosa, ante la tardanza del vehículo esperado. Para hacerla más soportable contemplan el fenómeno climático. Entonces se produce un hecho extraordinario: entre las plomizas nubes se filtra un rayo de sol que al incidir con las gotas de agua llena todo el espacio de perlas. Parece un milagro de la naturaleza. Y las perlas son de distintos tamaños y colores. Por un momento parece como si el cielo se desprendiese de todas sus joyas y las enviase a la tierra a través de la lluvia.
 Al fin, en la lontananza se columbra un vehículo alto que pudiera ser el esperado. La lluvia sigue cayendo. Poco tiempo después, el autobús llega, y tras una breve parada para que suban los viajeros, arranca hacia su destino.
Ya en el autobús, por una de las ventanas laterales, se divisa en el horizonte un bellísimo Arco-Iris de colores muy intensos que orla, como si fuese una corona, un templo de elevado campanario construido sobre un cerro.

Ramón Sánchez Rodríguez
Grupo B


La niña
Caen recuerdos con la lluvia.
Hoy llueve en charcos de lodo. Es lluvia turbia que cuando cae remueve el fango aunque también florecen flores.
Hay tensión de lágrimas en los cristales que no quieren correr.
Recuerdos de invierno de calles vacías y lluvia clara que desfilaba por la cuesta entre el empedrado limpio para acabar en un cauce dónde se junta con mucha más lluvia y se forma otro cada vez más y más caudaloso hasta que llega a la boca que lo engulle.
A la salida del colegio una niña quiere representar bajo la lluvia su Obra, “¿Letras o gotas?”.
Mientras el narrador lee el cuaderno, la niña recoge las palabras en un bombín que ha depositado en el suelo
La moraleja es que si las letras se pueden fundir en lluvia, a las guerras se las puede llevar la corriente.

Antonia Oliva
Grupo B


Arco iris
Claros y nubes están anunciados chubascos, el sol se asoma de forma tímida, ¿quién podrá más? En mis planes para aquella tarde estaba darme un largo paseo hasta El Puntal, necesitaba mover las piernas, necesitaba que la brisa del mar me refrescase por dentro y por fuera, tenía que aclarar ideas, tomar decisiones, pensar, pensar mucho. La mañana había sido dura, la actitud de María, sus palabras, me habían caído como un jarro de agua fría, ¡menudo chaparrón me cayó!, sentí que nuestros planes se esfumaban, tendríamos que volver sobre el tema, replantearnos nuestra situación, había que dar algunas explicaciones, pero no era aquel el mejor momento, no se habría avenido a escuchar ni oír con serenidad, dentro de ella había una tormenta de sensaciones, rayos y centellas salían de sus ojos y boca, ¿cómo había llegado a esas conclusiones?, ¿ cómo podía pensar, dudar de que mi amor no era sincero, fuerte, verdadero, que era tan imbécil cómo para preferir una timba, como despectivamente la llamaba ella y, que en aquel momento yo también maldije?, había perdido parte del dinero destinado a nuestras vacaciones. Yo tampoco estaba en el mejor momento para un diálogo tranquilo. Opté por la retirada, seguro que ella también reflexionaría, confiaba que después de la tempestad llegaría la calma y al día siguiente podríamos hablar sosegadamente, siempre que llueve escampa, pues en eso confiaba yo, que esos nubarrones negros, que habían descargado tanta agua y parecía que arrasado nuestras ilusiones, y habían sido como un rayo destructor, al vaciarse, el sol brillaría con todo su esplendor y el arco iris volviera a lucir en nuestros planes.

Y sí salió el sol y, sí hubo arco iris, reflexionamos y nos dimos otra oportunidad, venció el amor a la tormenta. Una lluvia suave, serenita, lavó las malas sensaciones.

Inés Izquierdo
Grupo A


Perro mojado por la lluvia
Se había acercado al acantilado, el perro empapado por la lluvia.
Se acercó donde un grupo de narcisos adornaban el borde y donde la lluvia provenía del mar con frío, nubes oscuras terminó completamente por empaparle.
Por la noche siguió lloviendo con fuerza, y la melancolía acercó al perro a la orilla del mar, donde la arena empapada dibujaba el contorno de las olas que iba acercándose al lugar donde estaba el animal.
La pasión se adueñó del alma del perro cuando un niño fue a acariciarle: con mucho amor y ternura le rodeó en sus brazos. Se había echo tarde, el perro acompañado del niño fue acercándole a su hogar, donde los padres del niño le esperaban impaciente y preocupados.

Iria Costa
Grupo B


Lluvia

Después de clase Jaime y sus compañeros de clase deciden jugar un partido de fútbol pese hacer mal tiempo.
Al primer minuto de partido empieza a caer una borrasca.
Jaime y sus compañeros de clase se meten debajo de un soportal para protegerse de la gran lluvia que ha empezado.
Después de estar más de cuarenta y cinco minutos debajo del soportal deciden irse cada uno a su casa.
De camino, mientras va Jaime a su casa le pilla otra ver la lluvia, encima ha empezado a caer una granizada. Jaime para ir mas rápido y que no le pille la lluvia pasa por encima de los charcos para mojarse las piernas.

David Álvarez
Grupo B


Hoy llueve

Tengo que ir al cole ¡Qué aventura!
Me pongo mi disfraz de cocodrila y entro sigilosa en este charco.
Salgo y abro mi bocota  alzando el cuello.
Ahora visto mi disfraz de hipopótama y aplasto el lodo con mis patas.
Salgo y mis botas están embarradas.
Soy alfarera y amaso la arcilla con mis manos.
Salgo y pinto mis manos en la pared.
Soy gorrión y agito mis alas en el agua.
Salgo y me sacudo.
Soy una exploradora y franqueo territorios peligrosos.
Miro mi brújula y  marca cole.


Aronbanda
Grupo B