El río que se secaba los jueves

La sesión del lunes pasado la dedicamos al humor y al absurdo en la literatura. Tomamos como referencia dos libros: Historia del hombre que hablaba por los codos y otros cuentos imposibles de Alonso Palacios y El río que se secaba los jueves y otros cuentos imposibles de Víctor González.

Si abrimos el primero nos encontraremos con un repertorio de cuentos mínimos hechos a partir de frases hechas. En el texto de la contracubierta del libro leemos:

A partir de expresiones del habla corriente, como hablar por los codos, tener la cabeza llena de pájaros o estar mas sordo que una tapia, Alonso Palacios ha creado un valioso conjunto de relatos cortos cargados del humor y muy imaginativos. Junto a los textos, las inconfundibles y artísticas ilustraciones de Miguel Calatayud convierten este libro en una auténtica joya.

El propio autor habla de sus historias en el siguiente vídeo.
Y aquí podemos escuchar a Alonso Palacios leyendo el cuento  "La historia de una mujer que dormía a pierna suelta".



Con relación al libro "El río que se secaba los jueves y otros cuentos imposibles" hay que decir que estamos de enhorabuena. La editorial Kalandraka lo ha reeditado en otro formato pero con las ilustraciones de Pablo Amargo.

Recuperamos aquí el prólogo de la primera edición del libro, en Anaya, de la que se ocupó Samuel Alonso Omeñaca. Comienza con una cita de G. K. Chesterton que señala el curso del libro: “Mientras veamos un árbol como un objeto obvio, creado natural y razonablemente para servirle de alimento a las jirafas, no podemos maravillarnos ante él.”:

El río que se secaba los jueves (y otros cuentos imposibles) es un libro que contiene historias increíbles. En sus páginas encontramos una mujer que tiene seis pares de orejas, un árbol infinito o una gallina bebedora de cerveza. Estos son algunos ejemplos de las sorpresas que el libro nos depara, y cuyo conjunto conforma este original catálogo de caprichos literarios.

Leer a Víctor González es llegar a sentir que la vida puede mirarse y escribirse desde el humor. Un humor que a su vez contiene la ironía, la inteligencia, la imaginación, y todo ello, de manera medida, exacta, precisa. Y mientras intento definir qué caracteriza estos cuentos, descubro que la letra que define a Víctor González es la “i”. Consulto el diccionario para cerciorarme, y este me lo confirma: inclasificable, ilimitable, ilustre, imberbe, impactante, impertérrito, imprevisible, iconoclasta, impresionista, impúdico, imprescindible, inagotable, inapelable, inasible, inaudito, incisivo, incólume, increíble, independiente, interruptor –perdón, esto no– inimitable, sí.

Víctor González construye su universo literario partiendo de la cuentística tradicional, del cancionero popular, e incluso de aquellas noticias absurdas que tantas veces recoge la prensa local. De igual modo puede aparecer la China milenaria, como escenario de uno de estos cuentos, que puede surgir la Grecia clásica, o los personajes de la literatura universal. Con todos estos ingrediente, el autor compone un variado mosaico de historias en clave de parodia, ironía, nonsense, etc.

Y si a Víctor González le adjudicamos la “i” minúscula, a Pablo Amargo, el ilustrador, le otorgamos el punto que la acompaña. Sus composiciones aportarían lo que nombramos al referirnos a un buen guiso cuando decimos “está en su punto”. Incluso podríamos adjetivarlo: el punto filosófico, el punto fuerte, un punto y aparte, el punto crítico… En todas estas ilustraciones, Pablo Amargo construye un imaginario paralelo, en el que recrea mediante metáforas, hipérboles y sinécdoques los textos del autor. Un universo tan sugerente como eficaz, contrapunto equilibrado del literario.

Amigo lector, ningún texto “existe” mientras no lo completa una mirada que lo hace propio, la tuya es única y diferente a todas las demás, y en ese itinerario yo no puedo acompañarte. Camina por estas páginas con la sola brújula de tu intuición. Suerte.





Y completamos este post con uno de los cuentos de libro: "Los reyes godos y la mnemotecnia".

Los reyes godos dieron mucho la lata a los estudiantes españoles de los años de 1950. Esto es verídico.
Por alguna extraña razón que nunca ha logrado descubrirse, tal vez porque no se ha investigado en serio, a los muchachos de entonces les resultaba extraordinariamente difícil recordarlos todos.
Por suerte ya no se obliga a nadie a saberse la lista entera de memoria, pero si se hiciera, no dudamos de que los chicos de hoy no tendrían ningún problema. Los actuales métodos de enseñanza acompañados de audiovisuales y trabajos de campo, y las modernas técnicas de estudio, harían que les resultara muy fácil.
Doy aquí la lista completa para aquellos que no la conozcan y, a continuación, algunas notas y trucos mnemotécnicos que sin duda serán de gran ayuda a los interesados en aprendérsela. Puede haberlos.
Los Reyes:
Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodoredo, Turismundo, Teodorico, Eurico, Alarico II, Gesaleico, Teodorico el Amalo, Amalarico, Teudis, Teudisclo, Agila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo, Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Égica, Witiza y Rodrigo.
Cómo memorizarlos:
Ataúlfo. Este es fácil porque es el primero. Si no consigue aprendérselo de memoria, desista de intentarlo con el resto.
El segundo fue Sigerico, que también es fácil, en este caso por tres razones. Una: asesinó a Ataúlfo. Dos: ordenó degollar a sus seis hijos. Tres: duró siete días en el trono.
Le siguió Walia. Para aprenderse el nombre de este, una buena forma es echar mano de la conocida canción satírica: “Walia mató a Sigerico, ay qué dolor, qué dolor, qué pena”.
El cuarto, el quinto y el sexto, aprovechando que empiezan por “T”, se aprenden juntos con una musiquilla: Teo-do-re-do-Tu-ris-min-do-Teo-do-ri-co. Así se le quedan grabados a cualquiera en un plis-plas. Sobre todo Turismundo, que parece una agencia de viajes.
Al sexto, Teodorico, le sucedió su hermano Eurico que, al igual que Sigerico, se hizo con el trono mediante el asesinato, un sistema de reconocida eficacia al que estos reyes fueron muy aficionados. Es fácil recordar a Eurico porque casi parece un apócope de Teodorico.
Un pareado nos ayudará a memorizar el octavo: Tuvo un hijo Eurico que se llamó Alarico: Voilá.
El noveno es Gesaleico. Era hijo ilegítimo de Alarico. Por suerte, fue elegido rey en lugar del hijo legítimo, Amalarico. Si Amalarico hubiese sido coronado en ese momento en lugar de Gesaleico, nos hubiera complicado mucho las cosas ya que irían seguidos Teodorico, Eurico, Alarico, Amalarico y otro Teodorico. O sea un lío monumental. Sería mucho más difícil de memorizar.
Por suerte no fue así.
A Gesaleico le siguen otro Teodorico (el Amalo) y Amalarico. Esta pareja también tiene su regla mnemotécnica: las tres primeras sílabas del nombre del segundo son las mismas que las del sobrenombre del primero (Amala-Amalo). Además, como usted, que es un lector agudo, ya habrá adivinado, Amalarico es el hijo legítimo de Alarico del que ya hemos hablado más arriba.
Los dos siguientes también hay que aprenderlos juntos: Teudis y Teudisclo. El de nombre más largo tuvo un reinado muy corto; solo seis meses. Sin embargo, en tan breve período consiguió beneficiarse a todas las esposas de los nobles del reino, a consecuencia de lo cual estos lo mataron al alimón durante una fiesta.
Después viene Atanagildo y ojo al dato: fue el primero de esta pandilla que murió en la cama tranquilamente, de muerte natural.
Le siguieron Liuva y su hermano Leovigildo. Este último es difícil de olvidar porque inventó la Hacienda Pública y los impuestos.
Recaredo ocupa el puesto 18 de la lista. Si no ha oído nunca hablar de este rey es que la enseñanza ha empeorado mucho en los últimos años.
Para acordarse de él puede utilizar el siguiente truco: imagíneselo (con corona y todo) llevando a toda prisa un mandado de Leovigildo, su predecesor, a Liuva II, el siguiente rey. Una vez que tenga dicha imagen bien grabada en la memoria no podrá olvidar su nombre. Este es un truco mnemotécnico clásico.
Como ya hemos apuntado, a Recaredo le siguió su hijo Liuva II.
Puesto que ya ha memorizado usted un Liuva I en el puesto 16, no tendrá ningún problema en hacer lo mismo con este en el 19. Puede ayudarle lo siguiente: reinó 19 meses. 19-19, ¿lo coge?
Otro trío: Witerico, Gundemaro, Sisebuto. Reconozco que estos no son fáciles de aprender, pero en algún momento habrá que hincar los codos. Ande, trabaje algo, que se lo estoy dando todo hecho. Un consejo: no ponga estos nombres a sus hijos.
El vigesimosegundo fue Recaredo II. Utilice el mismo truco que con el primer Recaredo y con los Liuva. Este Recaredo, el segundo, está en el puesto 22, así que la regla sale sola: 22-II.
Le siguió Suintila, un hombre más listo que muchos de sus predecesores ya que abdicó en Sisenando antes de que este lo hiciera matar. N oes que este rey tuviera dotes proféticas, sino que se había leído la historia.
Sisenando, y ya estamos acabando, era íntimo amigo de Isidoro de Sevilla. Apréndase la coplilla.
El vigesimoquinto fue Chintila. Este rey tiene un nombre tan absurdo que es imposible que se le olvide. Al igual que el de su hijo y sucesor: Tulga.
Los tres siguientes son facilísimos. No doy ninguna regla porque los conoce todo el mundo: Chindasvinto, Recesvinto y Wamba.
A continuación vinieron Ervigio y Égica. Estos dos se los tiene que aprender por las bravas. No hay otra forma.
Égica fue un tipo muy hábil que hizo acuñar moneda con la leyenda “Égica Rey-Witiza Rey”. Una jugada muy inteligente pues Witiza era su hijo. Como la cosa ya estaba hecha, efectivamente quedó así, y le sucedió Witiza. Algo parecido a lo que hacen los constructores hoy en día con las obras ilegales.
El trigesimocuarto y último fue Rodrigo. Supongo que no necesitará ninguna regla para este; seguro que conoce a alguien que se llama así. Y si no, acuérdese del Cid.
En fin, ya está. Después de Rodrigo vendría el moro Muza, pero esa ya es otra historia…
Como ve ha sido fácil. Ya se sabe usted la lista entera. Ahora, sorprenda a sus amigos en las fiestas, y recítela también en orden inverso.






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Propuesta de escritura:
La tarea prevista para esa sesión nos la sirve en bandeja el propio autor. Se trata de hacer una redacción sobre una vaca, pero no una vaca cualquiera. Es importante seguir los consejos que Víctor González nos ofrece en su cuento "La vaca". Nuestra vaca tiene que parecerse a la que propone el autor. He aquí el cuento:


Lo de la vaca siempre ha dado mucho juego. Y también, ¿por qué no decirlo?, muchos quebraderos de cabeza, sobre todo a los niños. Es un tema amplio y difícil, pero, nadie sabe por qué, los maestros insisten en seguir poniéndolo en las redacciones.

El caso es que ante la vaca los chavales, y los no tan chavales, por lo general se quedan en blanco. Así salen después las redacciones que salen… En fin.

Si cae la vaca, un buen truco es hablar de una vaca concreta. Por ejemplo, se puede empezar la redacción así: “Mariola era una vaca muy especial…” Y, después, ya se va entrando en detalles y se sigue escribiendo sobre Mariola tranquilamente.

Este método tiene dos ventajas. Por una parte, introduce de lleno al lector en el tema y por otra, al atribuirle una personalidad propia a la vaca, la hace más atractiva.

A fin de cuentas, uno siempre se siente más cerca de algo si lo conoce.

Además, una vez que la vaca tiene nombre es mucho más fácil hablar de ella. En realidad, ni las cosas ni las personas ni los animales existen hasta que tienen nombres.

Otra forma de resolver la papeleta es buscando un enfoque inusual, más interesante y novedoso. Manolo Rivas utilizó este método en Un millón de vacas y le salió muy bien. Nadie se lo esperaba. En lugar de hablar de una sola vaca habló de un millón, y todo el mundo quedó epatado. Fue un éxito. Incluso le dieron el Premio Nacional de Literatura por eso.

La verdad es que ya había habido algunos precedentes. Rabelais, sin ir más lejos, tuvo 17.913 vacas lecheras y no se dio tanto bombo. Eso sí, hay que reconocer que Manolo le ganó por puntos.

A través de un interesantísimo libro de Jesús Mosterín, Vivan los animales, me entero de que la famosa escritora Astrid Lindgren logró que el Parlamento sueco aprobara una ley garantizando el derecho de las vacas a salir a pasear fuera del establo, al menos una vez al día. Este también podría ser un punto de partida interesante.

Pero, así y todo, estas estratagemas no garantizan totalmente el éxito. Alberto García Pallón, un niño sevillano de doce años, escribió en cierta ocasión una interesantísima y bien documentada redacción sobre la vaca marina (Trichechus manatus), pero su profesor era un envidioso y le puso un cero. Marinita Fernández, una niña natural de La Puebla del Caramiñal, también hizo un excelente trabajo de redacción sobre la vaca. En él, la chiquilla describía con detalle, entre otras curiosidades, la impresionante presencia física de la directora del colegio y por este motivo fue expulsada del centro.

En cualquier caso y aunque cada maestrillo tiene su librillo, para que sirva de guía en el futuro, damos, a continuación, algunas nociones básicas sobre la vaca, que pueden resultar útiles al lector si algún día le ponen este tema en una redacción.

Primer punto, hay tres clases de vacas: rojas, negras y moteadas. Es muy importante saber esto. Básico. Las antiguas clasificaciones por razas, holandesa, frisona, montañesa, etc., están obsoletas.

Las vacas rojas son vacas matutinas, y las negras, vespertinas, esto lo explica muy bien Mircea Eliade a cuya obra remito a quien quiera ampliar datos.

Las vacas rojas suelen despertarse muy temprano y lo primero que hacen por la mañana, antes de nada, es arreglar la casa. Después, se van a pastar. Las vacas negras, en cambio, son muy difíciles de ver.

Sorprendentemente, la leche de ambas es idéntica: blanca.

Las vacas moteadas son escasas. Una moteada famosa fue la vaca Shabala, propiedad de un tal Vasishtha, que era sabio, la trataba como a su propia esposa e incluso compartían el lecho. No es un caso único, pues también el adivino tesalio Melampo se casó con una vaca moteada y tuvo hijos con ella. Y el rey Egwaldr de Escandinavia amaba tanto a su vaca moteada que dejó ordenado que a su muerte los enterraran juntos.

Segundo punto: si se alimenta a una vaca desde pequeña, bien sea roja, negra o moteada, con zumo de higos, se pone muy robusta.

Tercer punto: ciertas cosas no deben mencionarse nunca en una redacción sobre la vaca, pues los profesores y tribunales raras veces las admiten como válidas. Por ejemplo, no hay que hablar de la vaca Lupita por famosa que sea; sin embargo, no hay ningún problema en citar a la vaca que saltó sobre la luna. Esta está bien vista.

Cuarto punto: es conveniente incluir en la redacción alguna nota erudita. Para ello, sugerimos documentarse en la interesantísima obra Verdadera e General Historia de la Vaca del Chaco, escrita por el lugarteniente de Pizarro y posteriormente granjero, Antonio Altamirano. Esta bellísima crónica es una fuente de conocimientos inagotable sobre la vaca en América. Si el lector encuentra alguna edición de este libro, le ruego encarecidamente que me lo comunique cuanto antes.

Quinto y último punto: no está permitido, de ninguna manera, describir a una vaca diciendo que tiene el tamaño de una vaca, aunque esto sea exacto.




Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Mariola

“Mariola era una vaca muy especial”. Todos conocemos alguna persona especial; bueno, pues como esa persona, pero en vaca. Mariola hubiera podido llegar a Ministra de Agricultura, Pesca y Alimentación... si hubiera tenido carné del partido y hubiese sabido hablar; aunque no está muy claro que esto último sea condición sine qua non. De cualquier modo, el cupo de sexo no masculino parece ser que estaba cubierto.

Mariola, decíamos, era una vaca muy especial. Un día se le cayó al amo un folio cuando pasaba por delante del comedero y ella lo recogió. Ser especial Mariola quiere decir por ejemplo que sabía leer. Así que se lo leyó enterito con muchísima atención y al día siguiente ya recitaba entera (para sus adentros, claro) la lista de los reyes godos: Ataúlfo, Sigerico, Walia... hasta terminar con Witiza y Rodrigo, pero sin faltarle ninguno de los del medio, que es lo bueno. Treinta y cinco en total, las vacas son de mucho rumiar.

El amo de la vaca era un chico espabilado. Baste decir que no dejaba lunes sin acudir al taller de la bibli, sala de Fondo Local (de ahí el papelito), y le salían ya unos textos la mar de majos. Y como era tan espabilado, enseguida cayó en la cuenta de que Mariola no merecía estar en la nave y se la llevó a casa con él.

El amo, además de pasarle el periódico cuando él había terminado, la dejaba estar en el salón y ver a su lado la tele. Era él quien seleccionaba los canales, eso sí. Un día que jugaban el Barça y el Madrid, se sentaron los dos ante el televisor, el amo con palomitas y Mariola con un pequeño montoncito de alfalfa, que es lo que más le gustaba para picar. Gol del Madrid y el amo levantó los brazos gritando desaforado su contento. Qué cosas los humanos, se dijo Mariola, pero le hizo coro con un mugido soberbio y el amo en agradecimiento le palmeó las ancas, le dio un besito en el cuerno derecho y le incrementó el montoncito de alfalfa. Mariola bien se fijó, el balón había entrado por entre los tres palos blancos. Nuevo gol —aquello era otro gol, sin duda, se dijo Mariola que aprendía deprisa— y soltó un mugido más potente aún que el anterior. La expresión del amo sin embargo era muy otra de la que se le vio cuando el gol primero.

Al descanso el amo, fruncido el ceño, se llevó a Mariola a la nave con las demás vacas. “Maldita culé”, se le oyó rezongar cuando se retiraba.

Siempre acaba pagando el pato quien menos culpa tiene porque... vale que Mariola no se hubiera fijado en que la portería era la contraria, y encima gol en fuera de juego clarísimo que no pitó el árbitro. Pero ¿y el amo los reyes godos? ¿se sabe el amo los reyes godos? ¿a que no?

Pues eso.

Pascual Martín
Grupo B


El origen insospechado de la famosa canción

Hace años tuve la gran suerte, gracias a una recomendación de mi tío el arzobispo, de acceder a los archivos secretos del Vaticano.
No sabía por dónde empezar, cientos de pasillos y miles de pliegos, papiros y pergaminos.
Me interno en la historia de Roma, siglo primero antes de Cristo y encuentro: Cicerón, historia de una canción. Aquel título llamó mi atención y comencé a leer los pergaminos con fruición.
Resulta que Marco Tulio tenia un finca en Italia con árboles frutales y ganado. Entre sesión y sesión del Senado pasaba temporadas en su finca que era labrada por varios esclavos
El se sentaba a la sombra de un melocotonero y escribía sus discursos, pero cuando escribía " quousque tandem Catilina adbutare patientia mea", pasó a su lado una vaca moteada que era su favorita, pues le proporcionaba leche fresca todas las mañanas. Deja los discursos y le compone unos versos en latín como rezan a continuación:

Habeo una vaca lactante,
non est vacam cualiqumque,
ambulabat per praderam.
mata moscam cum rabonem.

Tolón , tolón.

Lo de tolón tolón lo añadió al final, debido al ruido del cencerro que llevaba colgado al cuello, para que los esclavos supiesen en todo momento por donde andaba, pues la vaquita en cuestión, se llamaba Asunción, y era un poco pendón.
La cuestión es que Cicerón habló con su amigo Dídimo, quien compuso la música de la canción que todos hemos cantado alguna vez.
A partir de ahora, gracias a mi investigación en los archivos secretos, cada vez que cantemos aquello de " no es una vaca cualquiera", recordaremos a nuestra amiga Asunción la vaca pinta de Cicerón.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


La vaca

La vaca flaca es una vaca muy orgullosa de su familia. Un día, mientras pastaba en el prado junto a sus congéneres presumía ante ellas.
-- ¡ Han elegido a mi hijo para toro de lidia ! -- les decía al tiempo que levantaba su testuz para dar más notoriedad a su alusión.
Algunas vacas, las más envidiosas, las que solo habían parido terneros para carne obviaban el comentario y seguían pastando en el prado con indiferencia.
Muy al contrario, su amiga más íntima, la que siempre iba con ella a abrevar al arroyo si se interesó por el magnifico futuro que le aguardaba al hijo de la vaca flaca.
--¿ Y cuando debuta? -- le pregunta su amiga con sumo interés
-- El domingo que viene, en la plaza principal -- le responde jactanciosa
-- ¿ Y volverá pronto? --
-- Al día siguiente, en el primer tren de a mañana -- asevera sin reparos la vaca flaca.
La mañana del lunes la pradera estaba abarrotada de vacas, todas esperaban con impaciencia la llegada triunfal del hijo de la vaca flaca. Al atardecer, el toro todavía no ha regresado.
Hoy se cumplen treinta días de la partida del toro que fue elegido para la lidia; pero esta tarde tampoco ha venido. Esa es la razón por la que cada vez que pasa un tren todas las vacas se quedan mirando con expectación.

Eugenio Madrid
Grupo A


La vaca negra

La misión secreta estaba a punto de iniciarse. Manolito, Juana y Javier sincronizaron sus relojes. A las doce en punto de aquella noche sin luna, ataviados con pasamontañas y jerseys negros, con el rostro tiznado de betún azabache, salieron del todoterreno sin hacer ruido. A toda prisa se dirigieron a la pradera donde, supuestamente, dormitaban las vacas negras, tan difíciles de ver.

Arrastrándose por el suelo embarrado, fueron acercándose hasta el pequeño roble que había en el centro del prado, pues habían leído que las vacas negras se refugiaban bajo los árboles para sentirse protegidas mientras dormían. Cada uno se acercaba por un lado distinto para cubrir mejor el terreno. A las doce y cuarto, el momento acordado, encendieron las linternas de luz negra, apuntando hacia el roble.

Por un instante pudo verse la vaca negra, fluorescente por efecto de la luz negra de las linternas, pero asustada corrió a esconderse hacia el límite lejano del prado, seguramente donde dormitaban otras de su especie. Manolito, Juana y Javier saltaron y se abrazaron mientras reían y proferían gritos de alegría, satisfechos porque la misión había sido un éxito y habían logrado ver una de las misteriosas vacas negras.

Jaume Castejón
Grupo B


La vaca mirando desde el tren

Aquella mañana de julio, cuando subí al tren que me llevaría a Santander, sentí de nuevo la misma sensación: cuando arrancó parecía que estaba inmóvil y era el otro tren el que retrocedía. Había sacado billete junto a la ventanilla, así podría disfrutar del paisaje. Aunque, a veces (hasta que empieza a verse la montaña palentina) prefiero mirar dentro y jugar a observar discretamente a los otros viajeros, imaginar en qué piensan, de dónde vienen, quién les esperará en la estación, hasta perderme en mis cosas.

Al rato me sorprendí al contemplar los campos verdes, y ahí estaban las vacas viendo pasar el tren, estupefactas, inmóviles, indiferentes. Seguro que no era la primera vez: según Leopoldo Alas, la primera vez que su vaca Cordera lo vio se volvió loca. Me pregunté qué pensarían ellas al ver pasar el tren, y llegando a Reinosa no podía imaginar que esa duda la iba a resolver en breve, porque en esa parada se subió al vagón una de ellas, que tenía billete junto a mí y se presentó como "Vaquita".

Me contó que estaba cansada de verlo pasar todos los días a la misma hora,imaginándose cómo sería por dentro, ardiendo en deseos de subirse a él. Por eso, cuando su novio "Vaquito" le invitó a un espectáculo en la plaza de toros de Santander en el que participaba esa tarde, no desaprovechó la oportunidad. A él le hacía ilusión que estuviera allí para apoyarle, por eso se había puesto sus mejores galas y tenía una entrada reservada en la barrera. Estaba un poco nerviosa, y no dejaba de mirar por la ventanilla a sus compañeras, sorprendiéndose al ver cómo tenían la misma actitud impasible.

Por fin llegamos a nuestro destino, la estación de Santander. Allí nos despedimos, le deseé que lo pasara muy bien y que su novio tuviese mucha suerte. En las noticias de la noche comprobé que así había sido, cuando escuché que el quinto toro de la tarde, de 510 kilos y llamado "Vaquito" había sido indultado en la plaza de toros de Cuatro Caminos de Santander.

África Gómez
Grupo A


La vaca Lola

Dicen que los niños nacen con un pan debajo del brazo. Tópicos. Matilde, mi pequeña, lo que trajo al nacer fue un cántaro alto y estrecho de cuello largo con dos asas. Estaba en su garganta. Es un “ánfora minoica” dijo la matrona y nos mandó a casa.
Mis tetas, ya de natural enormes, habían adquirido durante el embarazo un tamaño asombroso.
Treinta y seis horas después del parto, como era de esperar, reventaron.
Verlas manar era como contemplar la caída del Niágara. A pesar de ello, resultaron insuficientes. Matilde con dos chupetazos las dejaba secas. Quería más. El generoso sistema de producción del que me había dotado la naturaleza no era capaz de cubrir tanta demanda. La criatura lloraba.
Tuvimos que buscar una nodriza.
A la oferta contestaron una cabra, una oveja y una vaca. Las tres certificadas con la más alta calidad. Cualquiera de ellas podía acreditar desde el Naturland hasta la norma ISO 9009:2022.
La selección se hizo sola.
La cabra, un animal espléndido, se excluyó a si misma. Tenía una oferta paralela. Le tiraba más el monte.
Dolly, la oveja, un ejemplar fantástico, cinco minutos después de iniciar la entrevista se excusó. El instituto Roslin de Edimburgo la había localizado a través de las redes de Linkedin. Querían clonarla. Y lo hicieron.
Finalmente quien se convirtió en nodriza fue Lola, la vaca.
Tenía unas ubres majestuosas y conocía muuuuuuchas nanas.
Su pareja era un toro que lidiaba con las letras por placer. Con un cuerno escribía ensayos del tipo “Cómo torear a un torero” o “Cómo ganar a un ganadero”; con el otro, sólo le salían poemarios “Sueño de una hoja de encina”, “Un suelo vacío de bellotas”, “Siempre la madre hierba”. Solo los topos de nariz estrellada los devoraban
Tuvimos que hacer obra en casa. Poca cosa. Tirar algún tabique, cambiar las puertas por arcos de medio punto, remodelar el baño y poner un ascensor de carga. Lo más difícil fue encontrar un inodoro del tamaño de sus nalgas y las tuberías adecuadas. ¡Es todo tan estándar!
Mereció la pena. Gracias a Lola, Matilde pudo llenar su ánfora. El llanto cesó.
No sé si alguno de vosotros ha visto en algún documental a un bebé de humano mamar de una vaca. Es un caramelo delicioso. Si no lo habéis hecho, en YouTube hay varios. Mi favorito es el que colgaron hace dos meses. Os dejo la dirección hptt://blog de mascotas.country. Le falta algo de nitidez, pero su realizador, Claude Bourgelat, capta en pocas imágenes la esencia del momento.
Esta mañana me dijo la ginecóloga que estoy preñada de nuevo. Por la forma del ombligo, deduce que de un niño. Espero que esta vez traiga, tal y como se afirma, un pan debajo del brazo, y que no sea ni muy grande, ni muy duro.
Matilde ya tiene dos años. Ojalá, ella y su hermano hagan buenas migas.
Con Lola mantengo contacto casi a diario. El móvil quita mucho pero también da algo.
Ahora reside en una mansión rodeada de pastos, muy cerca de París. Innovation Enterprice S.A., una empresa especializada en energías renovables, la contrató poco después del destete de mi niña. Parece ser que el metano de sus pedos es de excelente calidad. Está pensando en mudarse a California. Una clínica estética demanda sus servicios por la misma razón. “Antiage Living” creo que se llama. Duda. Su pareja es feliz en L`lsle-Adam. Le gusta rumiar rodeado del aliento de Hugo, Proust, Balzac, Zola, Flaubert y tantos otros. Además, asegura que allí hay muchos topos de nariz estrellada.
Esta misma noche le escribiré un correo. Hay ciertos temas que no me gusta tratar por whatsapp. Yo Tampoco quiero que se vaya. Tengo la sensación de que Francia está a una manzana de camino.
Soy egoísta. Cuando el pequeño nazca, durante una temporada, la cuna de Matilde se llenará de moscas. Sería bueno que Lola con su hermosa cola me ayudara a espantarlas.
Somos amigas. No puedo presionarla. Pero os juro que rezaré al buen Apis para que no se vaya.

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Redacción: La vaca

Y siguiendo la costumbre, ¿de dónde venía? ¿Sería que a Rousseau se le ocurrió decir que para los niños, conocer y hablar de las vacas no les iba a contaminar ni corromper, y eso todos los aspirantes a maestros lo habían leído? Aquella maestra también mandó hacer una redacción sobre la vaca. Y por si era verdad, que por ella no quedara, preparó bien el tema. Conocieron a La vaca llorona, La vaca estudiosa, La vaca ciega… unos rieron por su musicalidad, ritmo y humor, pero con la vaca ciega hubo que hacer una reflexión. Se completó con una clase de ciencias. La vaca, animal vertebrado, mamífero y rumiante.

Y al día siguiente recogió los cuadernos y ¡hala! a corregir Esperaba pasar un buen rato estaba acostumbrada a sus ocurrencias y originalidades.

“A mí no me gustan las vacas, son un fastidio, por su culpa no puedo ir a jugar a la era, tengo que ayudara mi padre, que anda con la ciática y me toca llevarlas y traerlas al prao. Además me toca recoger esas plastas que echan, que no me extraña estando todo el día comiendo, ¡bueno! ¿será verdad eso de que lo tragan y lo vuelven a la boca?, no entiendo por qué. Cuando lleno el cubo lo llevo a la linde del huerto, que dicen que es muy buena para que crezcan las patatas y toda la siembra. La Rubia anda algo coja, como me he acordado de la ciega me he acercado a ella, la he cogido la pata y he visto que tenía clavado un guijarro. Me miró que parecía que me daba las gracias. Hoy casi me ha gustado no poder ir a la era.”

Resulta que Pedro, no es tan brutote como le gusta aparentar, le ha ablandado una vaca. Tengo que aclararle un par de cosas.

“Mi tío Higinio es el carnicero del pueblo. Es el único que me puede ayudar, tengo que ir a hablar con él. ¡Eso de que las vacas tienen cuatro estómagos…! Pues tengo que verlos y sobre todo el libro. Si esto es verdad, como lo ha dicho la maestra, será. Ya sé lo que haré, le pido al tío que me regale el libro de las vacas, que yo creo que nadie lo pedirá ¿A quién le interesa lo que diga una vaca?, si lo dijeran las Campos o la Esteban, habría cola para pedirlo. Pero yo estoy muy intrigada. ¿Qué escribirán o leerán? porque digo yo que si las han hecho con un libro para algo será. Estoy muy contenta porque voy a tener una colección de libros. Tengo que decir a la Maestra que me enseñe a leerlos, que ella sabe mucho de las vacas, seguro que ahí ha aprendido esas poesías tan bonitas”.

Prohibido decir que me gustan los callos.

“ He oído a mi padre decir que el toro ha montado a la Canela, cuando era más chica no sabía que era eso, ahora sí. Me he alegrado por ella, por haber sido la elegida, porque va a ser madre y, ella es mi vaca preferida. No sé qué tiene de especial, pero es distinta a las otras. Algunas tardes me quedo en el prado, me llevo el cuaderno de las tareas y la merienda, me recuesto en el álamo que hay junto al arrollo que está en la linde y la Canela en cuanto me ve viene junto a mí. Unas veces se tumba a mi lado, y nos ponemos a parlar, yo hablo, ella bien me escucha, se lo noto por la cara que pone, me dice sí o no moviendo la cabeza, a veces arruga el morro y cómo me mira, cuando es algo divertido le brillan mucho lo ojos, es como si por las noches, cuando las pasa en el prado le cayera polvo de estrellas en ellos. Otras veces chapoteamos juntas en el arroyo, las ranas y pececillos nos acompañan. Por eso cuando me he enterado que está preñada me he alegrado tanto. Tengo que hacerle muchas preguntas, pero no sé si entenderé las respuestas, ahora a esperar los 283 días que me ha dicho mi padre”.

Durante los meses de espera le preguntaré por su vaca Canela, intentaré ayudarla con sus preguntas.

Con estas muestras Victor G. se habrá enterado de por qué los maestros mandan redacciones sobre las vacas. Ni los chicos de la escuela, ni los de Raúl se quedan en blanco si se les motiva.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


La vaca

Ganas, optimismo, anhelo, fuerza, ilusión, fe, ánimo, confianza; bueno, y cielo, estrellas. Ya está, diez palabras, esa es la propuesta; diez palabras para trazar la historia de una emigración y un exilio. Lo que se deja señalado no debería faltar nunca en la maleta de quien deja su patria; sin eso podía resultarle dura en exceso la prueba.

—Qué, Marito, esta noche no habrás llorado, ¿eh?

—No... bueno, un poco. Pero no creas, me dormí enseguida.

—Anda, tonto —la mano de Carmeli, apretó la mía como ella sabe hacerlo.

Carmeli tiene la mano suave como el terciopelo. Carmeli es mayor, ella dice que tiene catorce años, pero yo creo que son más, hay niños que han dicho lo de los catorce para que los dejaran subir al barco.

—Es que yo... —intenté argumentarle—. Me da mucha pena, estamos muy lejos. ¿Cuantos días llevamos ya de viaje?

—A ver, mira... nueve desde que zarpamos de Burdeos; entonces, diecinueve desde que salimos de Barcelona en tren.

—Pues fíjate.

—¿Y eso qué tiene, Marito? El Mexique es un barco precioso. Y ya verás Morelia. Estamos llegando a Veracruz; hoy, o mañana a más tardar. Verás qué bien nos reciben.

—Si, como en Cuba, que no nos dejaron bajar del barco.

—Eso es otra cosa, bonito. Es que tú eres muy niño, ¿cuántos años dijiste, seis? A los seis años hay cosas que no se entienden del todo, ya verás cuando crezcas.

—Es que yo, Carmeli, me acuerdo mucho de los de casa, de mi mamá sobre todo. Yo quiero estar allí, aunque vengan los aviones y tiren bombas.

—Todos nos acordamos de nuestros padres, pero estamos aquí por nuestro bien. Tú síguete acordándote de mamá, ¿qué te dijo en la despedida?

—No sé, no me acuerdo... «Mi niño», eso me dijo, sí; y me besó arriba del pelo, en la cabeza. Pero yo es que me siento muy solo. Aunque te tengo a ti, que me quieres mucho, que lo sé. A veces, ¿sabes?, me duele como aquí, en esta parte, donde el corazón.

—Ya, si lo entiendo, Marito, no llores; los hombres no deben llorar. Yo no lloro, ya ves, y soy mujer. Tú piensa en mamá. Y en papá, que él te quiere igual. ¿Qué te dijo él cuando os despedíais? ¿Lo mismo?

—No, él no es de besar. Él anda con sus cosas de no sé qué. Me dijo algo así como... a ver si me acuerdo... Sí, dijo: «Tienes que ser valiente, hijo. Tú cuando lleguéis, has de saludar fuerte, que se te oiga bien. Pero mucho cuidado no vayas a olvidarte; con el puño en alto, ¿eh?». ¿Tú crees, Carmeli?

Todavía no había comenzado lo peor.

Teresa Sanz
Grupo B


Una vaca especial

Felipe era un granjero enamorado de sus animales, tenía 29 cabras,65 conejos.mas de 100 gallinas 5 gallos,6 cerdos, 10 vacas Rojas y 1 negra,que llamaba SALTARINA,esta era una vaca especial.las demás se alimentaban con lo que es normal en una granja. Pero SALTARINA, siempre se alejaba y FELIPE tenía que ir a esa lugar favorito para ella,unos cercanos viñedos que siempre fueron de su familia.Ella se alimentaba de zumo de higos y racimos de uvas.Puede que fuera por su alimentación o ALGO diferente a lo normal y habitual, pero SALTARINA cuando era ordeñada, daba vino,de excelente calidad. Era muy conocida por la zona, y para FELIPE paso a ser la vaca más valorada y protegida. El veterinario quería que fuera montada por un buen semental de zona Alpina, pero el dueño protector no se lo permitía.SALTARINA,solo era montada por un novillo joven que él se encargaba de emborrachar previamente.Un grupo de investigadores biólogos y veterinarios están muy interesados en estudiar a esta vaca especial.

Pepa Agustín
Grupo B


CLEM

Se llamaba Sabina y no sabía mugir. Pastar y dormir era su vida. Además de, cada mañana, ser ordeñada por Paquito, el hijo de Paco, su dueño (y de otras 14 vacas).

Paquito era un tipo afable, muy simpático, con una sonrisa que le llenaba el rostro. Durante la tarea, siempre cantaba o tarareaba las canciones de sus grupos favoritos, destacando “Héroes del Silencio”1, como buen maño que era. – Sabi, algún día mugirás, y eso me hará tan, tan, feliz – en ocasiones le decía al despedirse. – “He oído que la noche es toda magia. Y que un duende te invita a soñar” – se alejaba cantando. – “Si las estrellas te iluminan. Oh, y te sirven de guía. Te sientes tan fuerte que piensas que nadie te puede tocar.”

Entre sus compañeras vacas se encontraban Marga y Rita, podría decirse sus dos mejores amigas. Pasaban horas y horas chismorreando sobre asuntos vacunos, y otros menesteres, lo que ocurría en la granja, y alguna de las cosas que pasaban fuera de ésta. Y diréis, “¿cómo una vaca que no es capaz de mugir pasa horas cotilleando con dos grandes mugidoras?”, pues bien, Sabina se comunicaba perfectamente utilizando gestos faciales, todos los músculos que formaban su cara, junto a sus ojos y a su enorme lengua, eran capaces de combinarse y dar forma a cualquier cosa que ella quisiera dar a entender a sus interlocutoras. Y no sólo se comunicaba para cotillear, era incluso capaz de inventar historias, relatos elaborados con su riquísima imaginación.

- Si fueses humana serías una gran escritora – le decía Rita.

- Pero no es humana, – sentenciaba Marga - ¿has visto alguna vez un animal que escribiese? Que haga lo que se supone que tiene que hacer como vaca. Si se esfuerza, tal vez hasta logre mugir. Mírame a mí, si fuese humana, sería una gran tonadillera, pero soy vaca, y sólo vosotras sois capaces de apreciar mi voz.

“Yo me esfuerzo, sólo que soy incapaz” comunicaba ella de la forma que sabía. Pero ese día no dijo nada, sin comprender por qué, pensó en “la noche mágica” y “el duende que te invita a soñar”. Se convenció de que saldría de la granja, encontraría a ese duende y él le regalaría el don de mugir. Y dio la noche, y así hizo.

Avanzaba temerosa, pues el mundo exterior era algo aterrador para ella, no por nada, pero lo desconocido siempre da miedo, a la mayoría de los seres. Sabina era como la mayoría.

- ¿Qué haces sola por aquí? – Un ser negro, alado y pequeñito, parecía ser quien había dicho esas palabras. Sus ojos grandes, como platos, la miraban inquisitivamente.

“¿Eres el duende?” preguntó Sabina moviendo su cara, gesticulando.

- ¡Eres muda! ¡Una vaca muda! ¡Sola, y avanzando por la noche! – Bueno, “Vaca Muda”, desconozco qué quieres decirme. Soy Edgar. “Edgar el cuervo” me llaman por estos lares. Si tú quieres puedo acompañarte un rato. Nadie conoce como yo esta zona, y la verdad me aburro. No tengo nada mejor que hacer – argumentó Edgar. – Además, con tu impedimento fonético, requeriré tiempo para descubrir tu historia. Y si quiero llamarme escritor, debo procurar saciar mi curiosidad, y tú, amiga mía, me la has despertado. Así qué… ¿te acompaño?

“Sí” asintió Sabina con su cabeza de vaca. A la vez que pensaba lo equivocadas que estaban en la granja, pues sí había animales escritores, y seguramente habría cantantes.

Volvería mugiendo, haría sonreír a Paquito, y abriría los ojos de sus amigas. Edgar sería un buen acompañante, en la oscura noche, en su búsqueda del duende.

- Bueno “Vaca Muda”, no quiero seguir llamándote “Vaca Muda”. Te voy a llamar Clem, espero te guste. Mira, Clem, yo no descifro tu forma de comunicarte, pero sé de alguien que tal vez pueda ayudarnos.

“El duende. Tal vez conoce al duende”, pensó Sabina.

- Por cierto, busco la respuesta a una adivinanza. Tú, aunque la sepas, ojalá la sepas, no serás capaz de comunicármela. Pero aun así quiero planteártela. Y ahí la tienes: “¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?” Extraña, ¿verdad? Mi tío abuelo Lewis nos lo planteó, creo que ni él sabía la solución. Nos dijo “tenéis una semana para decírmelo”. Pero pasó la semana y él… se esfumó, ya no estaba. Se había ido. Desapareció de nuestras vidas. En fin, dramas familiares. Cosas de cuervos. Clem, clem, clem. Me caes bien, Clem.

Así avanzaron, mientras, la noche se fue extinguiendo y dejó nacer a un nuevo día. El día fue agotándose (al igual que ellos), y apareció una nueva noche. Entonces, durmieron. Al día siguiente llegaron a ver al ser más sabio de la zona, el “alguien que podría ayudarles”. No pudo. Desconocía las intenciones de Sabina.

- ¡Pero si no es tan difícil! – dijo Edgar – Mira, cuando hace esto – empezó a hacer una mueca con su negra cara – quiere decir… ¡Oh, cielos! ¡Clem! ¡Soy capaz de… ! ¡Puedo leerte! – gritó - ¡Sé lo que quieres!

Los ojos de Sabina brillaban esperanzados. Y comenzó a gesticular.

- Te llamas Sabina, y eres incapaz de mugir. ¡Clem, voy a ayudarte! – Sabina siguió gesticulando. – Te voy a seguir llamando Clem, te pega más. Mira, no conozco ningún duende, pero sé de un hombre que quizás logre ayudarte. Se llama Sigmund2. Vive lejos. En un lugar llamado Viena. – Se quedó pensativo, y tras un pequeño instante - Por cierto, ¿te acuerdas de la adivinanza? ¿Sabes la solución?

Sabina sonrió. “A Viena” - sentenció.

- En realidad no esperaba que la supieses. – el cuervecito parecía desilusionado.

“Amigo” – los ojos de Sabina miraban a Edgar agradecidos.

- ¡Clem! Sí… ¡A Viena! – gritó el cuervo, exultante.

La historia es muchísimo más larga. Incluso más larga que los 2117 km que separan Zaragoza de Viena; pasando por Barcelona, Marsella, Génova y Venecia.

Así pues, cortando y cosiendo el argumento, trasladémosnos directamente a Viena, donde llegaron a ver a Sigmund. Y Sigmund al igual que aquel ser sabio, en los bosques de Aragón, fue incapaz de ayudarles.

- ¡Lo siento, Clem! Tiene que existir alguien que te pueda ayudar. ¡Encontraremos a alguien!

“Tranquilo. Estoy bien. Tal vez debamos volver a casa.”

- Bueno… y si antes escuchamos un poquito de música. Dicen que hay un grupo de músicos de Bremen3 que está de paso por Viena.

Así conocieron a un burro, a un perro, a un gato y a un gallo, que juntos hacían una música muy bella. Y los siguieron, ciudad tras ciudad, durante un tiempo.

El cuervo y la vaca comenzaron a escribir letras. Parece ser que las canciones más exitosas de “Los Cuatro de Bremen” fueron creadas en colaboración con ellos.

Edgar nunca supo cómo resolver la adivinanza, pero se convirtió en el escritor más famoso de la zona. Planteando y resolviendo sus propias adivinanzas, se expandió en otros géneros, siempre con brillante resultado. “Nunca más. Reflexiones de un cuervo” – su obra más importante acaparó casi tantos premios como elogios.

Sabina, ahora todo el mundo la llamaba Clem, nunca logró mugir, pero logró que su “voz” sonara fuerte por el mundo. Y sabía que, a una distancia considerable, un hombre llamado Paquito, cantaba y tarareaba letras que ella había ideado. Era una vaca feliz.


1. Héroes del Silencio. Grupo de rock español radicado en Zaragoza. Su período de actividad va desde 1984 a 1996.

2. Sigmund Freud. (1856-1939). Médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis.

3. Los Cuatro de Bremen. En la colección de cuentos de los Hermanos Grimm, es el número 27. Jakob Grimm, su escritor (1785-1863).

Nota del Autor. Se recomienda al lector hacer un pequeño esfuerzo e imaginar (ya está dando por válido el concepto “animal parlante”) un mundo diferente al nuestro, evidentemente, en el que estos personajes fueron coetáneos, incluso reales (si fuese necesario). Todo sea por la felicidad de Clem.


Diego Rico Suárez

Grupo A


Algoritmo de la vaca

Para redactar el algoritmo de la vaca debe definir de qué tipo de vaca se trata. Si es una vaca real, imaginaria o entera. Si es desnatada, no comprenderá nada y no podrá ejecutar el programa.

Asegúrese de poner fin a cada instrucción. No vaya a ser que el animal se confunda por la falta de límites y le cuelgue el procesador. Es mejor tener los procesadores en tierra firme.

Si es un código de vaca blanca puede relajarse, pero las vacas de sombrero negro sufren de voyerismo y es mejor tenerlas vigiladas. Una vez, una vaca negra ingresó en todas las cuentas de los ganaderos de Salamanca y trasfirió los fondos a una asociación de anarquistas veganos, que aún siguen discutiendo en asamblea qué harán con esas ganancias inesperada. No se puede reclamar el dinero porque los desfalcos realizados por vacunos no están contemplados en la ley.

Determine el número de núcleos en el que va a correr su vaca. Pueden correr varias vacas en paralelo si tiene múltiples núcleos, pero tenga cuidado si su máquina es “dual core”, no disponen de espacio suficiente y sólo aceptan una vaca a la vez. No podrá visualizar ni escuchar listas de video, ni actualizar su muro mientras la vaca esté corriendo.

Si es una vaca rayada, recuerde poner los dos puntos después de cada línea. Si es una vaca sólida, podrá ejecutarla en cualquier sistema.

Si ha entendido el procedimiento, entonces, proceda a redactar el algoritmo de su vaca, sino, vuelva al inicio. FIN

Silvana Revollar
Grupo B


CRISTETA, LA VACA ZEN

Me llamo Cristeta y soy una vaca.
Podrían haberme llamado Margarita como esa vaca de Castilla y León, o Paca como esa que siempre ha sido tan famosa. Pero no, me pusieron por nombre Cristeta quizá en honor a mi condición de vaca lechera -como bien sabéis, la ubre en estos casos cobra especial relevancia-.
Eso debieron pensar ellos, que yo iba a ser lechera así, de por vida… Nada les llevó a imaginar que sería una vaca distinta o, dicho en otros términos, rarita. “Única y especial”, como diría algún escritor de autoayuda.

Para empezar, soy una vaca ilustrada. Sé leer y, como veis, también sé escribir. No porque mi dueño me enseñara, no, sino porque a su hija que siempre fue una niña fantasiosa que bien podría ser catalogada también como rara, se le ocurrió pensar que yo aprendería a hacerlo y todas las tardes, cuando su padre le ordenaba ordeñarme, aprovechaba para leerme historias.

En atención a su atención hacia mí que no había cesado desde que, aún siendo ternera, me daba la leche en polvo, cuando me apartaron de la teta de mi madre, y después se quedaba conmigo un buen rato haciéndome compañía acariciándome y mirando mis ojos tristes; yo la escuchaba sin entender nada pero sin decir ni mú. Hasta que un buen día, tuvo la genial idea de contarme la primera historia de vacas. ¡Vacas a mí! Nada me motivó tanto para querer saber leer como escuchar aquellas historias sobre algunas de las chicas de mi especie. De ese modo, podría saber de ellas aún cuando mi amiga no estuviera a mi lado.
He de decir, que no llegué a dar leche merengada como aquella vaca tan salada, tolón, tolón. A mí me dio por pensar, tachín, tachán y, exclamar ¡eureka! como cierta gallina clueca, sólo fue cuestión de pasar por algunas buenas rumiaciones.

Y pensé y pensé… Y pensé que por cada cinco lúdicos minutos que propiciaba el robusto toro dispuesto a solazarse con cualquier vaca a tono que campara por los verdes prados que frecuentábamos; yo tenía que pasar por nueve meses de preñez, por un parto y por un dolor de tetas inimaginable a veces, gracias a los embites del ternerillo, pobre hijo mío, producto de aquel divertimento; por la pena que me provocaba el separarme de éste un poco más tarde y, pasar desde ese momento a ser blanco de los toqueteos tetiles de cuantos se encargaban de ordeñarme. Esto por no contar lo mal que me sentaba que, cuando más a gusto estaba rumiando debajo de un árbol, era cuando lo tenía que dejar para acudir al establo a ser literalmente exprimida.

Y leí y leí y rumié y rumié hasta ir dando forma al modo en que podría librarme de aquel destino aciago. He de admitir, que el hecho de estar muchas horas también al aire libre, y en soledad cuando quería rumiar a mi bola, me facilitó mucho las cosas.

Habida cuenta de lo desagradable que le resultaban a mi dueño los pedos de las vacas, y a sabiendas de que algunas hierbas producían más gases que otras, las empecé a coger gustillo. ¡Qué placer sentía yo cuando, cada vez que iba a ordeñarme, le obsequiaba con un metanoso "pun" de los míos y él juraba y perjuraba!
Si a esto añado que tenía que hacer más ejercicio para buscarlas y que eran menos propicias para favorecer la producción de leche, ni que decir tiene que perdí peso y volumen ubril y con ello puntos para permanecer en la granja. Mi dueño empezó a pensar en darme el finiquito. Esto podía ser para mí una oportunidad si lograba evadirme cuando me sacaran de allí para ser vendida. Pero asimismo, si no lo lograba, podría suponer mi condena de muerte a descarga vil. ¡Algo había de hacer al respecto!

Gracias a mi perfecta y completa visión panorámica, un día mientras estaban rumiando esta y otras hierbas, pude divisar detrás de mí, al otro lado de la valla, un hermoso toro que parecía mirarme con atención. Me levanté y me acerqué a él confiada a sabiendas de que no estaba en época de correr peligro.
Se llamaba Rosendo y tenía una muy particular manera de vivir. Sin saber muy bien por qué, le conté lo que me ocurría. ¡Bendito momento, porque acto seguido con un berrido me señaló una salida por un sitio por donde la valla estaba rota!

Salí y me fui con él porque sin saber por qué sentía en su compañía un calorcillo delicioso en mi nariz y sin pretenderlo, mis orejas se movían contentas.

Estuvimos varios días vagando, mugiéndonos nuestras alegrías y penas, respirando a veces con los ojos cerrados el maravillosamente aromatizado aire de los campos. Por si no lo sabéis, una vaca con los ojos cerrados hace leche concentrada. Pues bien, de tanto cerrarlos, a mí se me concentró tanto la leche que dejé de producirla. Gran bendición. Además de la alegría por vida tan reposada en compañía de aquel gentil toro, pude de una vez por todas decir adiós al dolor de tetas.

Un día, le conté a mi amigo las ansias que sentía por conocer nuevas tierras y él que eran un bovino avispado que había oído muchas historias, mugiéndome seriamente, me dio una gran pista: -Cristeta, si vivieras en La India serías sagrada y si lo hicieras en Inglaterra estarías loca.

Ni que decir tiene, que ante esta disyuntiva no necesité rumiar mucho para decidirme por Asia,. De modo que me despedí de mi amigo con un sentido mugido de “adiós con el corazón” y, días después, embarqué rumbo a La India. Describir aquí cómo lo logré sería arduo y seguramente no querríais conocer algunos detalles, así que no lo haré. Tampoco describiré como acabé en un monasterio budista en Bodh Gaya. Este monasterio está rodeado por campos indescriptibles de deliciosas hierbas y el “jefe”, tiene prohibido por ley molestar a una vaca seca como yo.

Si bien al principio me acordaba de mi amigo el toro y deseaba a veces que hubiera podido conocer este paraíso, al cabo del tiempo, gracias a los consejos que el jefe monje da a los “monaguillos” sobre el apego, y a los relajados ratos que paso a la sombra de algún ficus rumiando incluso sin “rumiar”, huelga decir que me he convertido en una feliz vaca zen.

Mercedes González
Grupo A


La vaca de Avelino

Romualda, que así llamaba Avelino a su vaca preferida, era una vaca normal, negra con pintas blancas. Todos los años renovaba su cabaña de 20 vacas, compraba o vendía alguna, pero Romualda era intocable. A los que intentaban comprársela, les decía que era la vaca que ponía orden en el corral y eso que nunca la oyó decir ni mu.

Luis Iglesias
Grupo B


Una vaca diez

Dicen mis amigos, y aquellos que aseguran quererme bien, que soy algo excéntrica porque me he comprado una vaca. Y yo les digo que de ningún modo el que tenga una vaca en mi casa, excede en nada a que mi vecina tenga una docena de gatos. Si ellos, los que se interesan por mi bienestar, supieran lo relajante que resulta cruzarse en el portal de la casa con los gatos maullando y la vaca mugiendo, comprenderían. Es un compendio de sonidos tan bien orquestado, que ya no sabes si es la vaca la maullante, o los gatos los mugientes. Por mi parte, considero este modo de expresión algo así como un canto gregoriano. Tanto es así, que los vecinos prefieren escucharla con la puerta de sus viviendas cerrada a cal y canto para disfrutarla mejor. Cierto, que un día bajó un vecino diciendo que estaba hasta los mismísimos conyones de berridos disonantes que lastimaban su sensibilidad auditiva. Bien sé yo, que no fue a mala fe, mi Rubi le arreó un pisotón que rebotaron por el losetaje del portal los metatarsos, cuneiformes y falanges al son de lamentos y ayes del accidentado. Menos mal que eran gatos, que si llegan a ser perros, se los hubieran merendado sin la venia de su amo.

Hace un año de este frugal suceso, y va para larga la recuperación del pie. Desde aquel día, el interfecto no ha vuelto a decir ni mu.

Mi vaca es de color rojo escarlata. Diurna de condición como el diamante del día, y es un amor. Lo mismo da clase de solfeo a los gatos, que borda los paños para la iglesia, que recita a Pope, y además, se sabe de corrido la última edición de la R.A.E. Y no digamos, si hablamos de escribir, más que el Tostado. Vamos, lo que se dice, una vaca del renacimiento, o una polímata, que viene a ser ídem. También es madrugadora, hacendosa, sociable y sin malicia consciente. En los últimos meses se me ha afiliado al partido animalista para abogar por la causa que afecta a sus congéneres y vean, vean que labia la suya.

Amigas, hermanas, compañeras:

Nos hemos reunido en este coso taurino, escenario que de hecho, nos va como anillo a la nariz bobina, para manifestarnos y reivindicar nuestros derechos como criaturas que no solo comen y defecan, que es en lo único que se fija la humanidad cuando invade nuestro territorio, sino que también sienten. Y no es de recibo, que ya sobrepasada la linde del segundo milenio, se siga practicando el mismo método de marcación a las vacas que en, digamos, la prehistoria. ¡Estamos infravaloradas! ¡Nadie se ocupa de nuestros derechos! ¡Que los tenemos! ¡Es hora de alzar la voz! ¡Que se nos oiga! ¿Dónde está la Protectora de Animales que no aboga por nuestra causa? Somos ejecutadas en masa para alimento de nuestros verdugos, y ¿qué obtenemos a cambio? ¡Nada! ¡Un hierro candente en el trasero! Repito, tenemos que reivindicar nuestros derechos y los de nuestra futura prole para que cambie el sistema y se nos dé un trato digno. Solo pedimos que nos miren como a seres que sienten, y en lugar de aplicarnos el hierro candente, utilicen el nitrógeno líquido, cosa que hacen con los caballos. A esto, compañeras, se le llama ¡discriminación! Somos tan merecedoras como los equinos de este método indoloro. Que no se engañe el ejecutivo. Tenemos ya rumiadas más de un millón de firmas que avalan nuestros derechos, derechos por los cuales lucharemos hasta nuestro último aliento” Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los “cómos”.


¡Esta es mi Rubi!.

Un año ya que me abandonó. La convencieron para que cambiara de chaqueta y mediara con sus hermanas a la hora de aplicarles la quemazón del hierro. Ahora tiene un chalet en Lanzarote, una casa en Madrid y un yate en el Ibiza Magna. Está muuuu bien pagada.

Pepita Sánchez
Grupo B

Contar el exilio

La sesión del lunes pasado la dedicamos a la guerra y al exilio. ¿Son las palabras eficaces en contextos tan duros como éstos? Claro que sí. Las palabras avivan y espolean pero también abrigan, reconfortan, fijan la memoria. 
Hablamos de los libros "Emigrantes", "Migrar", "Los niños de la guerra", "La isla", "Un largo viaje", "Alma y la Isla" pero centramos nuestra reflexión en el álbum ilustrado "Mexique. El nombre del barco" de María José Ferrada publicado por El Zorro Rojo.





También comentamos algunas cuestiones sobre el documental "Los niños de Morelia"  de Juan Pablo Villaseñor que nos ayudó a situar la historia años después y saber qué fue de esos niños.
En la entrada de la Wikipedia de "Niños de Morelia" podéis ver tres imágenes con el listado completo de niños que viajaron en el Mexique: lista 1, lista 2 y lista 3.

Aquí dejamos un booktrailer de "Mexique"



Y también parte del texto:

Por la noche cierro los ojos y siento cómo las olas golpean.
Creo que algo le dicen al barco.
Mexique, así se llama.
¿Sabrán eso las olas?
¿Guardará el mar el nombre de todos los barcos?

No recuerdo bien dónde está el país al que iremos,
pero queda lejos.
Estaremos allí hasta que todo se calme.
Tres o cuatro meses.
Como unas vacaciones un poco largas. Eso dijo mi mamá.
Mi mamá que cuando se despidió dijo: “mi niño”.

1,2,3…
78, 79, 80…
221,222,223…
312,313,314…
409,410,411…
456 niños y niñas a bordo.

La guerra es un ruido fuertísimo.
La guerra es una mano enorme que te sacude y te arroja dentro de un barco.

Zarpamos y los adultos se quedan en la orilla hasta volverse minúsculos.
Padres, madres son ahora estrellas que se miran de lejos,
fuegos que alguien encendió hace un millón de años.

Me quedo atrás, pero una mano me sujeta.
Una mano que termina en el cuerpo de una niña.
Porque están los mayores y estamos los pequeños.
Los pequeños nos sujetamos a hermanas que antes no teníamos.
Mi familia tiene once o doce años.
Se llama Clara.

A veces cantamos.
Comienza uno y seguimos los demás.
Las canciones siempre estuvieron en los bolsillos,
entre la poca ropa que llevamos.

¿Qué es la república?
La república es una casa.
La república es un puño que se levanta. Un pájaro.

Existen guerras grandes y guerras pequeñas.
(465 niños y niñas a bordo.)
Porque están los grandes y estamos los pequeños.
Y las maletas de los grandes menguan,
así como la luna que miramos desde la noche del barco.
¿Será la misma luna que alumbraba allá?
¿Será la misma luna que alumbra las ventanas de mi casa?

[...]

El texto continúa pero lo interrumpimos aquí para no hacer spoiler del libro. ;-)
Acompañamos esta entrada con alguna de las imágenes de Ana Penyas, ilustradora del álbum que este año ha ganado el Premio Nacional de Cómic con su obra "Estamos todas bien".



El vapor correo Mexique hizo más viajes a México. En dicho barco se hacía un periódico. Podéis consultar y descargar el diario de a bordo de la 3ª Expedición de Republicanos españoles a México aquí.


Propuesta de escritura

1. Piensa diez palabras que tracen la historia de una migración y un exilio.
2. Reúne información acerca de la historia real sobre la que quieres escribir. Apóyate en la hemeroteca o en internet para este trabajo.
3. Cuenta dicha historia desde el punto de vista del migrante o exiliado.
3. Busca elementos poéticos que resalten la narración.
4. Imagina esa historia en clave visual. ¿Qué imágenes (ilustración o fotografía) podrían acompañar al texto que has escrito?

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


El emigrante
tramoya disonante
una persona

Alfredo Domínguez
Grupo B


Los niños de la guerra

—Qué, Marito, esta noche no habrás llorado, ¿eh?
—No... bueno, un poco. Pero no creas, me dormí enseguida.
—Anda, tonto —la mano de Carmeli, apretó la mía como ella sabe hacerlo.

Carmeli tiene la mano suave como el terciopelo. Carmeli es mayor, ella dice que tiene catorce años, pero yo creo que son más, hay niños que han dicho lo de los catorce para que los dejaran subir al barco que nos lleva a Méjico, dicen que para librarnos de la guerra.

—Es que yo... —intenté justificarme—, no puedo menos, me da mucha pena, estamos muy lejos. ¿Cuánto llevamos ya de viaje?
—A ver... pues mira, nueve días desde que zarpamos de Burdeos; entonces, diecinueve desde que salimos de Barcelona en tren.
—Pues fíjate.
—¿Y eso qué tiene, Marito? El Mexique es un barco precioso. Y ya verás Morelia. Estamos llegando a Veracruz; hoy, o mañana a más tardar. Veracruz ya es Méjico. Verás qué bien nos reciben.
—Si, como en Cuba, que no nos dejaron bajar del barco.
—Eso es otra cosa, bonito. Es que tú eres muy niño, ¿cuántos años dijiste, ocho? A los ocho años hay cosas que no se entienden del todo, ya verás cuando crezcas.
—Es que yo, Carmeli, me acuerdo mucho de los de casa, de mi mamá sobre todo. Yo quiero estar allí, aunque vengan los aviones y tiren bombas.
—Todos nos acordamos de nuestros padres, pero estamos aquí por nuestro bien. Tú sigue acordándote de mamá, ¿qué te dijo en la despedida?
—No me acuerdo. Bueno, sí... «Mi niño», eso me dijo; y me besó arriba del pelo, en la cabeza. Pero yo es que me siento muy solo. Aunque te tengo a ti, que me quieres mucho, que lo sé. A veces, ¿sabes?, me duele como aquí, en esta parte, donde el corazón.
—Ya, si lo entiendo, Marito, pero no llores; los hombres no deben llorar. Yo no lloro, ya ves, y soy mujer. Déjame que te limpie esas lágrimas, cariño. Tú piensa en mamá. Y en papá, que él te quiere igual. ¿Qué te dijo él cuando os despedíais? ¿Lo mismo?
—No, él no es de besar. Él anda muy ocupado con sus cosas de no sé qué. Me dijo algo así como... déjame pensar... Sí, dijo: «Tienes que ser valiente, hijo. Tú cuando lleguéis, has de saludar fuerte; con voz fuerte quiero decir, que se te oiga bien. Pero mucho cuidado ¿eh?, no vayas a olvidarte; con el puño en alto». ¿Tú crees, Carmeli?

Pascual Martín
Grupo B


En busca de la esperanza

Dejé el pueblo, mi casa y mi familia,
mi esposa me hizo la maleta.
No volverás a usar la escopeta,
rezaré por ti en la homilía.

La guerra nos sumió en la pobreza,
en este país no veo futuro,
pasarán muchos años seguro,
hasta que veamos algo de riqueza.

El viaje en tren se hizo muy largo,
deseando llegar a mi destino.
Tengo mujer e hijos a mi cargo.

No volveré por el mismo camino,
he de pasar el trago más amargo,
porque nada puede ser tan dañino.

José Luis Juan Fonseca 
Grupo A


Exilio forzado

Siempre me llamó la atención de niña una foto que colgaba el la salita de la abuela. Se trataba de un hermano de ella vestido de militar.

Un día pregunté por él y ella me contó que lo reclutaron para hacer la mili durante tres enormes años lejos, en Tenerife, sin saber si había regreso para él.

De tarde en tarde llegaban cartas en las que contaba penalidades mil, hambre y heridas. Una de ellas, en la cabeza fue tan cruel que tuvieron que ponerle medio casco de metal. Desde entonces las cartas fueron tan escasas que mi

abuela iba sospechando lo peor aunque su hermano disimulaba: se estaba muriendo lentamente entre nubes de pólvora cruel.

A los dos años, mi abuela recibió el escueto y fatal telegrama con una mención de honor que él nunca habría deseado. La vida suele hacer de nosotros lo que nunca pensamos. El tío había sufrido el exilio militar y la prisión temporal de un tiempo de miseria y violencia.

Llegó al tiempo otra carta de un amigo en la que daba señas un poco vagas

de dónde había sido enterrado y exaltando el valor de aquel soldado.

Pasaron décadas de olvido, pero un hermano mío, hace como tres años, hizo trámites, pateó media isla y encontró en un viejo cementerio ahogado por la maleza los vestigios de una tumba en la que aduras penas podía leerse el nombre y apellidos de nuestro familiar.

La abuela nunca lo supo.

Emilia González 
Grupo B


Migrar y emigrar

Un día después de que radio nacional comunicara a los españoles que la guerra civil española había acabado, mi abuelo que vivía en un pueblo de la provincia de Salamanca, con una cesta de mimbre, repleta de patatas, tocino, chorizo, garbanzos y alubias, cogía el tren que le llevaba a Bilbao. Con el nombre de su hermana y su cuñado y una dirección anotada en un papel de periódico, contempló los desmanes de la guerra y pudo abrazarlos, apenas habían tenido noticias de ellos durante el conflicto. Cuando alguna vez nos lo contaba, se le caían las lágrimas.
En mi pueblo, como en la mayoría de los pueblos después de la guerra civil, apenas había trabajo, y la gente empezó a emigrar principalmente a Francia , Suiza y Alemania.
Primero iba uno de la familia y cuando encontraba trabajo y veía que necesitaban más gente, llamaba al resto, esta era la práctica habitual. Aunque les adjudicaban los peores tareas, estos países necesitaban reconstruir carreteras, edificios y hacer el metro en las grandes ciudades. De los que se fueron muchos ya no han vuelto, sus hijos nacieron y se criaron en estos países, tiene la doble nacionalidad y apenas conocen sus orígenes, otros en cuanto conseguían un dinero, volvían montaban negocios, hacían casas y no querían saber nada de volver ya que no se adaptaron, lo pasaron muy mal, dormían en barracones de madera, mal comían y pasaron muchas calamidades, aparte del idioma que les era desconocido.
Como anécdota, recuerdo el caso de un amigo de mi padre, que ilusionado por lo que contaba un vecino que trabajaba en Suiza, decidió irse con él a trabajar.
La costumbre en mi pueblo era que toda la familia acudía a la estación del tren a despedir al que partía, pues mínimo tardaban un año en volver.
En este caso al que me remito, a los seis meses escribe una carta, comunicando que vuelve.
Toda la familia en la estación del tren a esperarlo.
Apenas acabó de poner píe en el andén, y los familiares querían conocer lo que les traía a cada uno.
Dicen que solo dijo unas palabras: “No he traído nada, demasiado que haya vuelto yo”.
Millones de historias han surgido de la emigración, por lo que ahora los gobiernos y las personas tendríamos que ser más solidarios y acoger a todos los que llegan huyendo de la pobreza, las guerras, la miseria, y procurarles una vida más digna.

Luis Iglesias
Grupo B


“Sin Memoria”

Helia date la vuelta. El puerto está lleno.
No se puede salir a la mar.

Detrás vienen soldados. Nos quieren matar.

Si consigues llegar, después ¿dónde irás?
Los vigilantes son muchos,
no te dejarán marchar.

Hasta Argelia y más allá.


Nos espera una nueva vida. Nos podremos salvar.

Aquello no es seguro. Te esclavizarán.
¡Hay guerra en tantos sitios!
No podrás aguantar.

Aunque los gobiernos no quieran,
la gente nos ayudará.

Helia date la vuelta. No se puede salir a la mar.

Aisha no vayas. En Europa no te quieren.
A muchos se los tragó la mar.

La muerte nos persigue. No puedo regresar.

El viaje es largo y,
más allá de esas playas,
muros y vallas encontrarás.

Fuerte he de remar.


Nos espera una nueva vida. Nos podremos salvar.

Aquello no es seguro. Te esclavizarán.
¡Hay guerra en tantos sitios!
No podrás aguantar.

Aunque los gobiernos no quieran,
la gente nos ayudará.

Aisha no vayas. A muchos se los tragó la mar.


Helia González – ilicitana - salió con 4 años del puerto de Alicante en el Stanbrook, el último barco que consiguió salir con exiliados republicanos rumbo a Orán. Aisha – siria – llegó a España hace poco tiempo, huyendo de la violencia y el hambre. Ambas viven en Elche. Allí han podido conocerse.

Javier Portilla
Grupo A


Después del exilio

El drama del exilio, de la inmigración, de la ruptura que supone abandonar todo lo que conoces está desgraciadamente vigente en distintas épocas, de la historia, desde que el mundo es mundo. Todo se acentúa cuando es un niño el protagonista de semejante atrocidad.

Yo fui una de las niñas de Morelia. Viajé en el Mexique desde Burdeos a Veracruz y luego a Morelia, acompañada de mis 3 hermanos varones.

La sensación que experimenté cuando mis hermanos y yo nos despedimos de nuestros padres, no he sido capaz de describirla con palabras hasta muchos años después.

Algo se me rompió por dentro, tuve muchísimo miedo, a pesar de que mis padres y mis 3 hermanos, que eran mayores que yo, me prometieron que cuidarían de mí.

Esa escena me vino muchas veces a la memoria. Más tarde me di cuenta que se repetía cada vez que me sentía abandonada o rechazada por alguien.

Después de una larga y no menos azarosa travesía en barco, ingresamos en un internado del que tengo recuerdos buenos y malos en una proporción casi equivalente.

Recuerdo con cariño a algunos de mis profesores, el amor y la protección de mis hermanos y la hospitalidad que nos brindó la ciudad de Morelia, cuyos habitantes nos ofrecieron sus hogares los domingos, nos daban dinero con frecuencia y contribuían al mantenimiento de nuestro colegio.

A algunos de ellos los recuerdo como si hubieran sido los tíos, los abuelos o incluso los padres de los que me separaron.

Los malos recuerdos los relaciono con la comida, con el chile que nos hacían tragar en todos los guisos y con algunos profesores y personal del centro, que abusaban sistemáticamente de nuestra vulnerabilidad y de los que a veces resultaba muy difícil defenderse.

Tardé muchos, muchísimos años en entender y más todavía en perdonar por qué nos separaron de nuestros padres y nos llevaron tan lejos.

Mis hermanos me aseguraban que era la única salida, cuestión de supervivencia en un país en guerra, teniendo en cuenta que nuestros padres estaban muy involucrados en el bando que luego resultó perdedor.

Fueron las lágrimas de mi madre, en nuestro reencuentro, cuando ella ya era muy mayor, las que me convencieron de que fue lo mejor que pudieron hacer por nosotros.

A mi padre lo mataron en un campo de concentración alemán, después de huir a Francia.

En cuanto a los políticos ¿qué quieren que les diga?

Creo que nos han utilizado como arma arrojadiza para sus intereses. Los republicanos, para que fuéramos la avanzadilla de un importante contingente de sus adeptos en el exterior.

Los otros, los que ganaron la guerra querían que regresáramos para formar parte de su propaganda, para intentar paliar el aislamiento a que se veían sometidos por la Comunidad Internacional.

España no ha reconocido nuestro esfuerzo ni simbólica ni materialmente.

Vivimos de nuestro trabajo y después de nuestras exiguas pensiones y se nos ha considerado peyorativamente como “no contributivos”

La única esperanza que me queda es que esto no vuelva a suceder.

Por eso escribo este testimonio.

Fdo.
María Antonia Santos Martínez

Teresa Sanz
Grupo B


Amén

Es la guerra gusano de seda que se nutre de creencias

Hojas de un árbol fatuo
Raíces profundas, tan débiles como férreas
Sostén inclemente, tronco, ornato
Poca madera

Mucha corteza

El soberbio follaje de su copa cobija el pico que calla si el viento susurra otros credos. Son sonidos de savia herética

Da igual como se llame, blasfemia, opinión, crítica, disidencia

No hay espacio en sus ramas para el nido que reniega de la cama en que se acuesta

Es preciso abortar la figura que ensucia una partitura

La altura del pensamiento se ubica en un pentagrama.

La clave es siempre una nana

Si esta se altera, el sueño se arruga

Un vástago profanado solo conoce un destino. El peso del hacha

Mariposas negras las manejan

En ocasiones el exilio se parece a la Santa Compaña

Macabra procesión de trinos fantasma sin más casa que su garganta

Extraño rosario de velas expatriadas.

Nadie las ve

Mariposas negras las ocultan

A su paso, huele a cera.

Cuando el árbol confunde el río con un espejo, sus flores son sintéticas, sus frutos pergaminos sordomudos. Cartón piedra.

Ninguna madrastra deja crecer libre a Blancanieves

En todos los nidos vive una bruja que maldice a los polluelos.

Un huso perforará sus alas.

Vivos dormirán el letargo eterno

Por los siglos de los siglos, una nana sin disonancias arrullará sus vuelos

Si alguno despierta, por el efecto de un beso, el capullo de un gusano se abrirá de nuevo.

No se puede ser perdiz y dinamitar la seda de un cuento

Hay mariposas negras que custodian un espejo

Ana Isabel Fariña
Grupo B




Me llamo Aylan Kurdi

Algunos de vosotros tal vez me recordéis. Otros muchos, por el contrario, ya me habréis olvidado. Las personas mayores os pensáis fuertes, poderosas, y no lo sois, salvo mi padre que sí lo era y es el único de nuestra familia que, como superviviente, sigue siéndolo. Sois frágiles. Vuestra memoria también. Pero no os guardo rencor por el olvido. No estoy aquí para culparos.

Nací en un país en guerra. “Guerra” es una palabra que oí muchas veces de labios de mi padre y que, como un murmullo, recorría las calles de nuestro barrio, en Kobani. Imagino que tendría algo que ver con el hambre, con ese olor asqueroso que respirábamos a cada paso, con casas destruidas, con el ruido de los disparos, con la sangre por las calles… Un día tuvimos que abandonar nuestra casa. Ya nunca volveríamos. Anduvimos kilómetros y kilómetros hasta llegar a un lugar lleno de una especie de cuevas hechas con telas y con palos. Galip dijo, ¡pero si son tiendas de campaña, quiero volver a casa! Pero nos quedamos y allí permanecimos hasta el día en el que mamá y papá decidieron que teníamos que salir otra vez de viaje, esta vez por mar.

Yo era muy pequeño entonces. Tres años. Ha pasado mucho tiempo pero mi recuerdo, ahora, sigue tan reciente como si el tic-tac se hubiera detenido aquel día en el que mi historia conmovió a muchos de vosotros.

Era martes, lo recuerdo bien. Lo recuerdo por el tamaño del sol, por la forma de las nubes y por la luz de aquella mañana en la que mamá, como siempre, me había llenado de besos para despertarme. Después, vendría la oscuridad y ese olor y sabor a salitre que nos acompañaría en nuestro último viaje.

Aprendí a contar las horas fijándome en los distintos olores y colores que adquieren los objetos en un momento u otro del día. En nuestra familia nadie usa reloj. Ni siquiera papá. Un día le pregunté por qué y su respuesta fue, a su vez, una pregunta: ¿para qué? Noté, por su forma de mirarme, que lo decía triste. Sus ojos caídos, como si le pesaran.

Mamá me vistió aquel martes como para una fiesta. Yo nunca había ido a ninguna, pero sabía que existía aquella palabra porque una tarde papá me había contado una historia preciosa de cuando él era pequeño y, al contarla, parecía feliz. Fue la primera vez –puede que también fuera la última- que oí la palabra fiesta.

Aquel día hacía calor y mamá me puso una camiseta roja. No sé de dónde la habría sacado. Me quedaba muy pequeña. Al intentar pasármela por la cabeza tiró con fuerza; con rabia, parecía. Me hizo daño. Y lloré. Y mamá me acarició después el pelo y me besó en la cara y creo que también lloró. Luego me puso unos pantalones cortos de un color azul oscuro que me quedaban grandes. Casi se me caían, así que mamá colocó una cuerda a su alrededor y los ajustó bien. Y sonrió. Por último, me calzó unos zapatos que anudó tirando una y otra vez de las puntas de sus cordones hasta que consiguió atarlos bien. Me cogió las manos, me miró con la última mirada que recuerdo de ella –luego solo tendríamos ojos para el mar- y me abrazó con ternura; cálida, como era ella. A la hora de dormir me dijo, acuéstate así, Aylan, no hace falta que te quites los zapatos. Me extrañó. ¿Cómo iba a dormir con los zapatos puestos?

Papá dijo, será mejor que esperemos a que sea noche cerrada. Yo no sabía que las noches pudieran cerrarse, pero si papá lo decía, tenía que ser verdad. Mamá estaba nerviosa. Caminaba de un lado para otro pero sin ir a ningún sitio. De repente, sin saber por qué, me gritaba. Yo la miraba con ojos de no entender. Me acariciaba el pelo y me besaba. Galip, mi hermano mayor, parecía estar muy atento a lo que mi padre le decía. Agachaba la cabeza como diciendo a todo que sí, que sí. No recuerdo que papá lo abrazara o besara como mamá hacía conmigo. Debía de ser porque era mayor. Y yo me entristecí pensando que tan solo en un par de años, los mismos que tenía ahora Galip, tal vez mamá dejaría de abrazarme y de besarme.

Un día, papá, mamá y Galip me dijeron, hoy es tu cumpleaños. Mamá me besó muy fuerte en las mejillas, Galip me dio una palmada en el hombro –no sé por qué no me besó- y papá me acarició el pelo y me dijo, tres años, Aylan, qué barbaridad, ya eres todo un hombre. Y se rio. Ya no volvería a oír más aquella risa.

Recuerdo que ese martes pasé las horas como casi siempre: corriendo de un lado para otro jugando con los niños de mi edad. Ya tarde, cuando el sol se había marchado y faltaba poco para irnos a dormir, mamá me dio un trozo grande de pan grande y me dijo, guárdalo como un tesoro. Y llegó la noche. Galip y yo dormíamos en nuestra tienda de campaña cuando oímos la voz de mamá: ¡Galip! ¡Aylan! ¡Deprisa! ¡Vamos! ¡Arriba! Aquello me extrañó. Aún era de noche y todo estaba negro. Muy negro ¿Por qué mamá nos despertaba a esas horas? Galip se levantó rápido y salió corriendo de la tienda. Yo no me moví. De repente, me había entrado mucho miedo. Entonces, mamá se agachó, me aupó y me cogió en brazos y corrimos hasta la orilla de la playa. Vi a un grupo de hombres, mujeres y niños, algunos conocidos, otros no. Y allí estaban papá y Galip. Al verlos se me quitó el miedo. Papá era fuerte a pesar de lo delgado que estaba y Galip siempre me defendía cuando algún niño intentaba pegarme y quitarme el plato de comida. En las peleas, a veces la comida se caía al suelo. Entonces las ratas se lanzaban veloces sobre ella. Las ratas me dan miedo. Cuando les disputas las comida se quedan quietas, te miran y te sacan los dientes. Nadie, ni siquiera papá, se atrevía a acercarse a ellas. A veces, las apartaba a patadas y si alguna se le agarraba al pie papá gritaba fuerte y decía palabrotas y, entonces, sí: la cogía del cuello y apretaba con todas sus fuerzas hasta que se la arrancaba del pie. Luego, con un palo, la golpeaba y golpeaba y papá gritaba más fuerte aún y seguía golpeándola en el suelo hasta que la sangre de la rata lo salpicaba todo, se mezclaba con la del pie de papá y, juntas, resbalaban cayendo hasta la tierra.

Mamá me bajó de sus brazos, me cogió de la mano y nos acercamos a donde estaban papá y Galip. No sé si nos vieron. No nos dijeron nada. De pronto, papá hizo un gesto rápido con la mano y mamá tiró con fuerza de mí, casi arrastrándome, hasta llegar a una de las dos barcas que estaban a unos cuantos metros de la orilla. Fui a quitarme los zapatos para que no se mojaran, pero mamá tiró entonces con más fuerza. ¡Vamos, Aylan, no te pares!, me gritó. Parecía como si aquellos zapatos tuvieran que acompañarme siempre a todas partes.

Ya dentro de la barca, mamá hizo que me sentara sobre una tabla que estaba en el suelo, cogió una de las mantas que estaba a nuestro lado y me tapó con ella. Me abrazó fuerte –todo lo hacía con fuerza aquella noche-. Y me llenó de besos. Me gustaban aquellos besos y a la vez me asustaban. No entendía.

Poco a poco fue llegando más gente y subían a la barca, que se movía toda y yo pensaba, nos vamos a caer, y me acurrucaba y me envolvía en la manta y miraba a mamá con miedo. Pero ella no se fijaba en mí. Su cara era una cara desconocida. Su expresión era nueva y extraña.

En seguida, llegaron papá y Galip. Mi hermano ni me miró. Parecía asustado y eso no me gustó. Yo seguía acurrucado y, de repente, sentí una mano que me acariciaba la cabeza. Aylan, ya sabes, eres todo un hombre. Seguí así. No levanté la vista y dejé que papá siguiera acariciándome con aquellas manos que hubieran destrozado al animal más fuerte de la tierra. Esas manos con las que agarraba a las ratas y les apretaba el cuello hasta estrangularlas.

No cabía nadie ya en la barca y entonces unos hombres, los más fuertes, empezaron a empujar. Cuando el agua ya les llegaba a la cintura, de un salto, se tiraron sobre nosotros para luego colocarse cerca de sus mujeres y de sus hijos. Los más viejos se habían quedado en el campamento; no sé por qué. Papá se puso al lado de mamá. No dijo nada. Había mucho silencio. Nadie hablaba. Por eso, el ruido de las olas casi hacía que me dolieran los oídos.

Fuimos entrando cada vez más y más en aquella masa oscura mientras las luces del campamento se hacían cada vez más pequeñitas y parecía como si se juntaran entre sí. Eran las únicas luces que se veían. No había estrellas. Tampoco luna. Mientras navegábamos yo siempre miraba hacia atrás. Mirar hacia delante me daba miedo. Todo era negro y sólo se oía el ruido del mar en medio del silencio de todos nosotros. Y llegó el frío y me puse a temblar.

Mamá me acarició la cabeza, me abrazó y empezó a cantarme una canción al oído, muy bajito. Y me quedé dormido.

De repente, un frío horrible me despertó. Un frío húmedo que, en un segundo, recorrió todo mi cuerpo. Abrí los ojos y me los froté. Todo lo veía borroso. Una enorme mancha que no desaparecía por mucho que lo intentara. Era una inmensa tela pegada a mi ojos. Respiré y, en vez de aire, lo que respiré fue un chorro de agua salada; tanta que me puse a toser y a vomitar. Tragaba y vomitaba agua, tragaba y vomitaba agua. Sentí que mi cuerpo caía. ¿Hacia dónde? A un lugar cada vez más oscuro. Y frío. Quería subir. Movía mis manos, mis pies. Intentaba agarrar el agua y escalar. Y volvía a respirar y todo lo que respiraba era agua. Y otra vez la tos. Y el vómito. Miré hacia abajo y vi mis zapatos, aún en mis pies, que se movían deprisa, muy deprisa. Y no oía nada. Mis oídos taponados, todos los sonidos apagados. ¿Dónde estaba? ¿Y la barca? ¿Y mamá? ¿Y papá? ¿Y Galip? ¿Dónde estaban todos? Vi manos, brazos y piernas que se agitaban. Cuerpos quietos que descendían rápido. Algunos me rozaban. Sentí una mano y una cara muy pegada a la mía. ¡Mamá!, grité, pero ella no me oía. Tampoco yo me oía. Seguí gritando aunque sin oírme y vi los ojos de mamá abiertos, sin mirarme, fijos no sé dónde. Y comencé a llorar. Mamá, mamá, mamá…

Lo siguiente que recuerdo es el contacto con la arena y las cosquillas del agua recorriendo mi cuerpo, mis piernas y mis manos. Sentí unos brazos fuertes que me cogían. Empecé a escuchar voces; voces que no entendía. Me froté los ojos y, ahora sí, vi una playa que no era la mía y en ella, a la orilla, muy cerca del agua, un niño boca abajo, su pelo negro, una camiseta roja muy pequeña, unos pantalones cortos de color azul oscuro y unos zapatos en sus pies. Y me reconocí. Y miré a un lado y a otro buscando a mamá, papá, Galip…pero nada. Nadie.

Ha pasado tiempo desde entonces. Ahora soy mayor. Mayor de verdad. Todo un hombre, que diría papá. Pero Aylan sigue estando ahí, en la misma orilla, recibiendo la única caricia, la de las suaves olas del mar.

A lo largo de este tiempo he mantenido la esperanza de que los hombres cambiaríais. Quise pensar que lo que me ocurrió a mí, a mamá, a Galip y a muchos de los que iban con nosotros, fuera el último acto injusto de esa sociedad que habéis creado. Pero, al igual que yo, han sido miles los que han muerto sin que les dierais ni tan siquiera la oportunidad de quitarse los zapatos para que sus pies pudieran sentir la hospitalidad de una tierra hermosa y justa.

He seguido, cada una de vuestras mañanas, con la mirada puesta en otros muchos campamentos como el mío. Una mirada llena de ilusión. Y me he encontrado siempre con un paisaje desolado en el que el olor a hambre y el silencio de la muerte merodea dentro y fuera de todas y cada una de las tiendas donde se encierran el dolor y la tristeza de muchos niños y niñas como yo o como Galip. Un paisaje gris de llanto contenido de muchos padres que lo esconden por miedo a que sus hijos puedan sufrir aún más de lo que sufren cada día; casi a cada minuto. Quisiera ver un mañana hermoso, un mañana justo, pero tan sólo llego a ver un reguero de sangre que surca la tierra sucia, embarrada, hedionda, mientras oigo el chillido de las ratas que corren con trozos de comida entre sus dientes.

Muchos de vosotros me llorasteis. Ahora probablemente lloraréis a otros. Siempre hay víctimas y siempre hay un motivo para el desconsuelo. Os habéis convertido en plañideros que hacen de su llanto su razón de ser, de sus lágrimas la redención a todas sus culpas. Pero no vine aquí para juzgaros. Vine para pediros a todos, allá donde os encontréis, que debéis hacer que desaparezca todo el mal que habéis ido generando a lo largo de los siglos. Tenéis en vuestras manos el botón con el que destruir la pobreza, la injusticia, el hambre, todo lo que vi y con lo que crecí durante los tres años que se me permitió vivir. Sé que es una súplica en vano, pero sigo conservando la inocencia, el deseo y el sueño de los niños. Allí donde estéis, os lo suplico: detened las guerras, la miseria. Hay mucho sufrimiento, mucho dolor en vuestro mundo, que fue el mío. Ya que no podéis devolverme a mamá, a Galip o llevarme junto a papá, haced, al menos, que el relato de mi vida sea el último. Que mi muerte no se quede tan sólo en la imagen de un niño en la arena de una playa con su camiseta roja, sus pantalones cortos azul oscuro y sus zapatos en unos pies que no pudieron sentir jamás el contacto hermoso de una tierra justa.

José Manuel Romero
Grupo A


2187

Son las 4 de la mañana. Con un suave click cierro la valija electrónica. Todo está dentro, al menos todo lo que puedo llevar conmigo. Son muchas más las cosas que quedan fuera: objetos físicos de todo tipo, dispositivos electrónicos, hologramas, paneles virtuales, … Podría haber vendido todo aquello para sacar algunos créditos más, pero habría sido arriesgado, habría despertado demasiadas sospechas. De todos modos, lo más importante es lo que llevo dentro de mí y, por supuesto, lo que vive en los chips que llevo implantados en el casco. Representan lo que he sido, lo que soy, y con eso me basta para comenzar una nueva vida.

Mi hija entra en la sala arrastrando su pequeña valija y me mira con cierto reproche. La cojo en brazos y beso su frente.

- Papá, ¿dónde vamos?

- A un lugar muy lejano. No te preocupes cariño, allí serás feliz. Además, puedes llevarte a Jason, y a Luke, y a todas tus mascotas virtuales, … Será un lugar nuevo, pero estaremos juntos, y eso es lo más importante. Todo va a salir bien, te lo prometo.

- ¿Pero, por qué tenemos que irnos? ¿Hemos hecho algo malo?

- No cariño, no hemos hecho nada malo. Todo lo contrario. Pero otras personas sí, y no debemos ser las víctimas que paguen por sus errores. No mientras haya una alternativa. Algún día lo entenderás, pero, por ahora, tan sólo confía en mí.

- ¿La Tierra va a morir papá? ¿Es un lugar malo?

- ¿Cómo …? No pequeña, la Tierra era, … es un lugar maravilloso. Aún. Pero tú te mereces una Tierra mejor, llena de vida y de esperanza. Aunque tenga otro nombre. Otros colores, otra gente.

- Pero aquí también hay gente … Y encima tenemos todos esos fuegos artificiales por las noches ¡Me gusta mirarlos desde la ventana con el telescopio!

- Sí, hay gente, pero pronto todos se habrán ido también, de una u otra manera. Créeme. Y los fuegos artificiales … bueno, ya te dije que no son buenos. Puede que te guste mirar todos esos colores, y las siluetas que forman en el cielo, pero recuerda que son los culpables de tus problemas de salud. Y de los de papi. Y a ti no te gusta eso, ¿verdad?

- No papá … Pero están muy lejos, ¿por qué nos hacen daño?

- Es difícil de explicar cariño. Allá en la distancia son peligrosos, así que imagínate si estuvieran más cerca. Y lo estarán. Pronto. Mira, ¿recuerdas cuando íbamos al zoo y te quedabas mirando al Megalodón? Con esa enorme boca y todos aquellos dientes …. ¿Qué habría pasado si no hubiera habido un cristal entre él y nosotros?

- Pues que nos habría comido … ¡ñam, ñam, ñam!

- Sí, nos habría devorado. Por eso debemos irnos, porque todavía tenemos un delgado cristal frente a nosotros, y no queremos que se acabe de romper. Allá donde vamos el cristal será muuuuucho más grueso, y no habrá fuegos artificiales. Pero tendrás muchas otras cosas maravillosas que mirar con tu nuevo telescopio. Te lo juro.

- Pero papá … podemos utilizar un pegamento muy fuerte, ese molecular que anuncian en la holoTV, y reparar el cristal. Yo … no quiero irme. Sí, hay hombres malos, y dices que esos fuegos artificiales son peligros, … pero, aun así, me gusta todo esto. La escuela virtual, mis holoamigos, mis juguetes virtuales, las cosas que mamá me dejó …. Además, tenemos píldoras de comida, y todas esas medicinas, …. Podemos seguir viviendo aquí, ¿por qué no? Si nos vamos perderemos todo esto. Y no sabemos si allá donde vamos tendrás lo mismo …

- Cariño, mírame a los ojos. Escucha … ni siquiera ese pegamento podría arreglar el cristal. Está roto, se va a desintegrar en millones de trocitos y finalmente desaparecerá. Y todas esas cosas malas vendrán a buscarnos, a todos. No quedará nada de lo que dices. Y si queda algo, será diferente, será peor que ahora. Además, no te preocupes, puedes llevarte esos recuerdos en la memoria de tu casco. Siempre estarán contigo, y podrás utilizarlos para no olvidar quien eres y de donde vienes. Créeme pequeña, debemos huir de este lugar.

- Pero, ¿huir no es de cobardes?

- No mi vida, a veces huir representa el mayor acto de valentía. Y nosotros somos valientes, ¿verdad?

- Sí papá. Sólo que …

- Sssshhhh. No digas nada más ¿Has metido todo lo necesario en tu valija electrónica?

- Sí, papá.

- ¿Seguro? A ver, vamos a pasar lista.

- Que sííííí … Ropa, mis homeo-medicinas, la holotablet, mi diccionario de Antaresiano, y algo de comida ¿Contento?

- Muy bien pequeña. Y no olvides el casco, es lo más importante de todo. En él llevarás tu antes, tu vida aquí. Para poder comenzar tu vida allí.

- Vaaaaale. Ahora lo cojo. Voy a despedirme de la casa y te espero abajo.

- Venga, date prisa ¿No querrás que perdamos la aeronave? Ya sabes que papá ha gastado todos sus créditos en este viaje. Y no vamos a desperdiciarlo. Será un viaje largo, muy largo. Pero cuando vuelvas a abrir los ojos y salgas de la cápsula de hibernación, todo será mejor. Nosotros seremos mejores. Te lo prometo.

La niña sale de la habitación y me quedo a solas frente a la ventana. A lo lejos veo los pequeños destellos de luz que resuenan en la noche cerrada. Agacho la cabeza y resoplo con fuerza. Me pregunto si no habré sobreactuado demasiado. Creo en todo lo que le he dicho, pero, ¿hasta qué punto puedo asegurarlo? ¿Qué nos espera realmente allí? Da igual, la decisión está tomada. Debemos marcharnos de aquí.

Una vocecita suena de nuevo desde el umbral de la puerta.

- Papá, … ¿qué es la esperanza?

- Algo que no debes perder nunca. Y que no podrás encontrar en el casco.

Jorge Martín
Grupo B


Puzle

Pieza de puzle en lugar incorrecto.
No apliques fuerza, no encajaré.
Desarraigado.
Suave me acerco y tus ojos me niegan,
o algo, tal vez, peor.

Al otro lado del Mar,
cruel y salvador Mar, caprichoso,
Mar inmenso,
al otro lado, mi hogar. Ya no existe.

Evitaré mi retorno, donde nada me espera.
Allí, prisioneros de una guerra que no quiere terminar.
Han sangrado, y sangrarán. Mi familia.
Han respirado, ya no todos son capaces.

He visto cosas que tú no soportarías, ¿y te crees superior?
Teñidas, sucias, rojas. Entre ellas, incluso, mis manos.

(A esa edad los tuyos ríen, y ríen, felices)

¿Por qué hay tuyos y hay míos, cuándo todos respiramos?
Todos podemos sentir, o igual yo me equivoco,
pues osas negarme esperanza.

Y mi hambre, ¿no merece ser saciada?
La oportunidad, oportunista, cuando no es inexistente.
Tú, explotas mi desventaja.
Pues, dices, he invadido tu tierra.

Telas de colores, madres de la intolerancia.
Líneas inventadas, usadas equívocamente.
Mis ojos siguen abiertos,
y sin embargo, tu mente…
En fin, [cerrada], se vive mejor.

Diego Rico Suárez 
Grupo A


Mi primer viaje

Cuando se llevaron el sofá vi una lágrima en la cara de mi madre. Luego fueron desapareciendo la cómoda, las alfombras. En el suelo quedaron tres maletas, en una de ellas estaba mi balón azul desinflado, el único juguete que pude llevarme el día que cogimos el bus a Timisoara.

Papá me dijo que íbamos a un sitio en el que tendría más juguetes y buenos amigos. Yo no entendía porque teníamos que ir allí si me gustaban mis juguetes y mis amigos, pero mamá dijo que volveríamos pronto.

El viaje fue largo, primero el autobús, luego la caja oscura de un camión y lenguas extrañas. Debí dormir mucho porque no entendía a nadie y estaba aburrido y hambriento.

Una vez salté del camión a un barco en medio del mar gris, como el cielo, plano e inmenso. Hacía frío.

Creí que el viaje había terminado cuando llegamos a un albergue. Papá, mamá y yo dormíamos en una habitación de veinte camas con mucha gente. Había arañas en el techo, pero no podía matarlas porque mamá decía que en ese país daba mala suerte aplastar arañas.

Cuando inflamos mi balón azul pude jugar al fútbol con Marco, un niño que me dejó su camión y, aunque hablaba raro como los demás, nos reíamos mucho cuando volcaba el camión o metíamos goles.

Tardé muchos años en entender por qué no podía ir con Marco a la playa que veía a lo lejos o al pueblo, por qué el podía salir y entrar con sus padres por la puerta del albergue y yo no podía atravesar la valla que lo rodeaba.

Un día volví a subir a otra caja de camión oscura, hacia no sabía donde. ¡Me sentía tan solo!

“¿Por qué no volvemos a casa?” . “Yo vivía mejor allí mamá”.

Belén Pérez Zurdo
Grupo A



Muerte de un ruiseñor

Septiembre del 2015
Una fotografía da la vuelta al mundo. Aylan Kurdi fue conocido por aparecer ahogado en una playa. Su madre y otro hermano también murieron en el intento de llegar a un lugar donde poder vivir en paz. Canadá los podía haber acogido, tenían familia dispuesta a ello pero la burocracia y el papeleo no lo hizo posible. Esa fotografía provocó diálogos y mucha palabrería. Hoy, 27 de octubre, siguen sin poder llegar muchos, no solo sirios, africanos, ahora son también Hispanos que en su país les falta lo más básico.
Cuando se logrará vivir sin necesidad de emigrar? Creo que esto es un sueño muy difícil de ser real.14.000 niños sin nombre y la cifra de adultos me produce escalofríos. De todo esto siempre hay seres que dicen ser humanos,y son carroñeros que buscan un beneficio económico, traficando con personas necesitadas de vivir en paz y con lo básico, algo que a los políticos y dirigentes no parece preocupar. Siempre hay algo que es la causa de tanta sinrazón, provocando tanta muerte y desolación. El ser humano no quiere rendirse,sigue con fe y esperanza arriesgando su vida en busca de un mundo mejor.

Pepa Agustín
Grupo B


Títeres de guerra

Hoy hace una semana que subimos al barco, pero llevo ya tres días que todo me sabe a sal. Incluso el aire, impregnado de las lágrimas de todos nosotros y del agua del mar, que me cala los huesos hasta dentro de los camarotes.
En cubierta, los niños juegan a la guerra. Casi suena como una broma. Eso le digo a Carmen, mientras juega con su hermana a las muñecas.

—¿No ves que la están llamando? —le grito, enfadada, mientras veo a mi hermano Blas persiguiendo a otros niños con la mano en forma de pistola e imitando los ruidos de los disparos.
—¿A quién llaman? —pregunta Carmen sin apartar la mirada de la muñeca de trapo que agita frente a su hermana pequeña.
—A la guerra, Carmen. Llaman a la guerra. Se ríen de nuestras familias muertas. ¿No te molesta?
—Nuestros papás no están muertos —replica la pequeña Rosita. Parece que está a punto de llorar, y ya no hace caso a la muñeca que le ofrece su hermana.
—No, no lo están —se apresura a contestar Carmen, cortante—. Y deja de asustarla, Elvira.
—Pero pronto lo estarán...

A penas me sale la voz. Estoy llorando otra vez, y me siento tan avergonzada que escondo la cabeza entre las rodillas mientras las lágrimas me caen por las mejillas y me mojan las medias. Carmen me acaricia la cabeza, pero yo no me muevo. Fuera el mar ruge con furia.

—Te dije que la estaban llamando —farfullo entre dientes—. Ya está aquí. Nos ha seguido, nos va a seguir hasta el fin del mundo y nos va a matar a todos, uno por uno, y no nos va a dejar en paz hasta que estemos todos muertos. Eso es lo que hace la guerra.

Carmen me intenta tranquilizar, como siempre. Ella es de Barcelona y tiene la misma edad que yo, aunque no se lo he dicho. Tampoco le he dicho de dónde soy. Temo que, si lo digo en voz alta, la guerra me oirá y volverá a buscar a mamá.

—Elvira, solo es una tormenta. La guerra no puede seguirnos. Estamos a salvo, y cuando volvamos a casa todo volverá a ser como siempre.

Levanto la cabeza y miro a Carmen. Veo en su cara que está tan asustada como yo y que tampoco se cree lo que está diciendo. Me extiende la muñeca de trapo de Rosita y yo la cojo por una pierna.

—Esto es lo que hace la guerra con nosotros, Carmen —murmuro mientras la agito—. Lo pone todo patas arriba y nos zarandea como títeres hasta que nos lo ha quitado todo.

Elena Alonso Pinilla
Grupo A


CONTAR EL EXILIO

Guerra, bombas, dolor, muerte.
Subimos al barco. Voces, brazos agitados, sonrisas forzadas, lágrimas.

Durante el viaje los días pasan rápido, risas, juegos, canciones. Y las noches lentas, miedo, sollozos, pesadillas. Los mayores intentamos consolar a los pequeños con un nudo en la garganta.

Llegamos a nuestro destino, vuelve la ilusión y una palabra resuena constantemente a nuestro alrededor, Morelia. Palabra desconocida hasta entonces. Morelia, nueva vida, amigos, familia, ausencias, ¿ hogar?.

Y pasan los días, meses, años y la esperanza da paso a la resignación. Intentamos hacernos un hueco, unos lo consiguen otros no. Recuerdos, gratitud, nostalgia. Apátridas.

Beatriz Gorjón Martín
Grupo A


Los aviones de la guerra

Vamos Esperancita, que vienen los aviones. Apresúrate que el peligro no espera.

–Ya voy mamá. Vamos Mari Paz, que vienen los aviones y el peligro no espera. Te quedarás sola en casa y luego llorarás porque te da miedo el ruido de las bombas.
–Mamá ¿que son las bombas?
–Algo muy malo. Corramos que ya no queda nadie en el edificio.
–Voy mamá. Y ¿por qué los aviones quieren matarnos?
–Esas cosas son de mayores. Eres muy pequeña para comprenderlo.
– ¿Qué son cosas de mayores, mami?
– ¡Ay! ¡Por favor, hija! ¡Deja de hacer preguntas! No es el momento.
– ¿Cuándo es el momento?
– ¡No lo sé! No me angusties más.
– ¿Por qué cuando vienen los aviones bajamos al refugio?
–Deja ya de preguntar, y ten cuidado al bajar las escaleras no vayas a caerte. Y siéntate a mi lado sin molestar a la gente.
–Sabes, Mari Paz, papá no tiene miedo porque los papás son tan altos como el cielo y el miedo no puede alcanzarlos. Solo a los pequeños como tú y como yo. Pero tú no tengas miedo que yo te protegeré. Y deja ya de preguntar, que no es el momento.

Papá no viene a casa, pero mamá dice que nos quiere mucho. Él está subido en una escalera muy larga descolgando los aviones del cielo para que no nos hagan daño. También mamá irá a ayudar a papá a descolgar aviones cuando nosotras estemos lejos. Pero yo le he dicho que no quiero ir a otro país, que ya tengo uno, y si me voy seguro que lloraré mucho y querré volver a casa. Pero ella dice que si queremos vivir juntos y ser felices, tenemos que sacrificarnos. Por eso tú y yo nos iremos en un barco por el mar del color azul del cielo. Sabes, un barco es un gran caballo de madera que puede caminar sobre el agua llevando a muchos niños dentro de su tripa. Pero tú eres muy pequeña para comprenderlo

Mamá dice que ir a la guerra es pegarse un tiro en la nuca, pero que no queda otra. Que la guerra es una cárcel para los vencidos. Que la guerra son los campos sin flores, la mesa sin pan, y los días sin colores porque todo es gris y negro, solo la sangre roja aúlla en las calles, Que la guerra es cuando las familias tienen que separarse para después volver a encontrarse lejos de la patria. Que la guerra es la lucha por la justicia. Luego están los malos y los buenos. Papá y mamá son de los buenos y luchan para hacer un mundo mejor. Los malos son los aviones que vienen rugiendo y quieren matarnos.

Mañana tú y yo embarcaremos para una ciudad que está muy lejos, muy lejos que se llama Morelia. Habrá muchos niños con los que podremos jugar y reír, porque como allí no hay guerra, la gente ríe mucho. Pero solo estaremos unos meses. Hasta que papá y mamá descuelguen todos los aviones del cielo y vengan a buscarnos.

No te preocupes Mari Paz. Estaremos juntas por siempre jamás. Seguro dejan subir a bordo también a las muñecas.

Pepita Sánchez 
Grupo B


EN TODOS LOS BOSQUES, LOS ÁRBOLES SEÑALAN A DIOS

Aquella tarde de mayo podría resumirse en la palabra lluvia.
Lluvia en el cielo. Lluvia en el suelo. Lluvia en los ojos…
Sin embargo, extrañamente, yo no lloraba.

La sorpresa y el miedo que sentí inicialmente cuando mi madre nos anunció a mi hermano Pedro y a mí, que pronto viajaríamos rumbo a Rusia donde pasaríamos algunos meses lejos de la guerra, habían sido reemplazados esa tarde por la expectación. Y, por la curiosidad. Había pasado la noche anterior, fantaseando sobre el barco y también sobre cómo sería el lugar donde íbamos. La curiosidad y la fantasía son también poderosas armas en tiempos de guerra.

Sólo sentí un nudo que oprimía mi garganta, en el momento en que mi madre se agachó y, abrazándome tiernamente, me susurró muy quedamente al oído : -¡estarás bien! . Entonces la besé brevemente y me separé de ella con prisa. No quería que también hubiera lluvia en mis ojos.

Las madres saben. Saben sin saber nada a ciencia cierta. Saben sin saberlo. Saben porque sienten.

Justo en aquel momento, mi hermano–tres años mayor que yo-, me cogió de la mano y tiró de mí. Sus ojos llorosos. Sus dientes apretados. En su gesto, la determinación.

No volvimos la vista atrás mientras subíamos por la escalerilla del bar co. Sólo desde cubierta, me atreví a mirar y entonces ví la lluvia en los ojos de mamá mientras un sol tenue brillaba en su sonrisa. Fue entonces cuando una lágrima tan salada como el agua del mar, resbaló por mi rostro infantil. Apreté la mano de Pedro. Aquella reconfortante y protectora mano que me recordaba que no estaba solo porque estaba con mi hermano que condensaba en ese instante a toda mi familia y a todos mis amigos. Ni siquiera llevé conmigo aquel muñeco que todavía, secretamente, me acompañaba algunas noches cuando me iba a dormir. A mis siete años, bien podía prescindir de él, me dije. A esa edad y con la seriedad con que los niños juegan, comencé la más determinante partida del gran juego de mi vida. Justo en el momento en que sin darme cuenta dejé de ser eso, un niño.

Salimos por fin desde el puerto de Bilbao.

Mi primera decepción fue ver que no podría explorar el barco libremente sin perderme entre tanta gente. Sí, me avergonzaba reconocerlo, pero me aterraba perderme. Además, Pedro no quería soltarme de la mano. Se lo había prometido a mamá.

Y así, en aquel navío con nombre de oeste, el Habana, partimos rumbo al este, a Rusia. ¡Qué ironía tan curiosa!. Sí, Rusia esperaba por nosotros, un bien nutrido grupo de pequeños españolitos, de entre seis y catorce años, a quienes nuestros padres creían haber puesto a salvo de la guerra. Y también a algunas personas adultas que nos acompañaban y que eran maestros, médicos, etc que se encargarían de cuidarnos. No, no íbamos solos. No del todo. No más solos de lo que cada uno pudiera sentirse.

La aventura comenzó.
Primero llegamos a Francia y desde allí en otro barco, salimos rumbo a Rusia.
Leningrado… luego Obninsk, nuestro destino a 100 km de Moscú.

En Obninsk estaba aquella enorme casa escuela que albergaba a 500 niños españoles separados por niveles educativos. En Obninsk estaban aquellos bosques cuyos árboles apuntaban al cielo y en cuyas ramas se posaban multitud de pájaros cantantes y sonantes.
¡Obninsk!… donde fui feliz. ¡Obninsk!… donde conocí también el desamparo y aquel enorme vacío, el de la soledad, sólo comparable al gran espacio que ocupaba en mí la tristeza, cuando mi hermano fue trasladado a estudiar a Leningrado. No volvería a verlo hasta muchos años después.
Ni en las más tenebrosas noches en que el viento ululaba fuera y me venía el recuerdo de mi madre, me había sentido así.

Nunca olvidaré aquel lugar, ni sus bosques, ni sus campos…¡ ni su río!. Nunca olvidaré a aquellos con los que allí compartí esos años.

Me pusieron a salvo de la guerra en España, que aun siéndolo, no era mía.

Ironías del destino: en los bosques de Rusia aprendí a evitar las bombas y también tuvieron que ponerme a salvo de otra guerra, de la suya, evacuándome junto a mis compañeros, a Saratov.

La guerra rusa era aún más fría y yo pasaba más hambre, sobre todo en invierno. También allí se moría de enfermedades evitables en su ausencia.
En medio de aquella guerra, encontré gente buena como “El Doctor”, que me brindó amparo y protección, y también algunos villanos. Aunque estos encuentros se dan también en tiempos de paz, en los de guerra se viven con singular intensidad.

Como en otras, en aquella, la astucia y a veces el pillaje servían para sobrevivir. Sabido es que el hambre aguza el ingenio (y la inconsciencia, la audacia). Y en aquella extensa tierra, era la guerra un monstruo mucho más grande, tenía cara de yeti, y pisaba fuerte, muy, muy fuerte así que, en mayor o menor medida que otros de mis compañeros, en mi lucha por la supervivencia, nunca fui tan ingenioso ni tan audaz como en aquellos años en Rusia.

La guerra en efecto pisaba tan fuerte que a mí, a modo de daño colateral, me dejó sin piernas. No fueron las bombas. Ni las del cielo, ni las del suelo. Fue gracias al descarrilamiento del tren en el que volvía de trabajar en una fábrica militar. Tenía trece años.

En el hospital, el hambre mataba más que las heridas. Pero yo tuve la suerte de poder contar con la inestimable ayuda de algunos compatriotas que no sólo aliviaron mi estómago. También alimentaron mi espíritu con esa sutil forma de amor que es el humor: ¡ gran recurso de la mente para mantenerse en forma hasta cuando la forma cambia! Y la mía había cambiado literalmente, aunque no tanto como aquel acontecimiento me cambió la vida.

En la guerra pues , también se ríe. Y se llora de tanto reir como se ríe, en ocasiones, de tanto llorar.

Sin embargo, curiosamente, tampoco yo ahora lloraba. Al menos, no de ojos para afuera; salvo a veces, por la risa.

Vino entonces mi retorno a la casa de niños, mi trabajo como zapatero, la conciencia clara de que los rusos fueron mejores con nosotros –de hecho, los españoles éramos en muchos aspectos unos privilegiados con respecto a los propios rusos- de lo que lo eran los responsables políticos españoles del PCE también en el exilio; la no menos clara conciencia del valor y la bondad de los maestros que nos acompañaron ; el fin de la Segunda Guerra Mundial y nuestra evacuación a Najabino, cerca de Moscú.

Luego llegaron mis prótesis y con ellas, poco a poco, de nuevo mi autonomía personal. A medida que fui apaciguando mi hambre, pasé de ser feliz sólo con poder comer patatas a querer ir más allá. E ir más allá, consistió en un primer momento en llegar a Moscú donde pude reencontrarme con Pedro, mi hermano, que estaba en un sanatorio enfermo de tuberculosis. Allí murió y yo también lo hice un poco con él.

Después, las cartillas de racionamiento y mi ingreso gracias a una beca en el Magisterio de Lebedian. ¡La gloria para mí!. Hice buenos amigos, todos rusos del ámbito rural. Aprendí a tocar el acordeón. Hice prácticas en Troecúrovo donde además de amenizar de vez en cuando a los niños en clase, me contrataban como acordeonista. Acabada la carrera de Magisterio, ingresé en la Facultad de Medicina en Riazan. Aquí, mis amigos fueron mayoritariamente españoles y gracias al motocarro que facilitaba el Estado a los inválidos de guerra o trabajo, pude conocer los alrededores. Más tarde trabajé de instructor de conducción de motocarros para los minusválidos del hospital. ¡Cosas de la vida!


En 1956, a punto de acabar la carrera de Medicina, empezó la repatriación hacia España. Lo pensé mucho y finalmente decidí volver. Lo hice en el barco Crimea que atracó en Castellón de la Plana. Desde allí volví a Bilbao. Me esperaban, muy emocionada, mi madre y mi hermano menor que en 1937 era muy pequeño para viajar a Rusia.

El entrar en la casa de la que había salido a la edad de siete años, fui inconscientemente en busca de la caja donde había dejado aquel muñeco de mi infancia. No estaba… Entonces, sí. Entonces la lluvia cayó desde mis ojos inundandolo todo. Había estado tan ocupado durante tantos años en el “aquí y ahora” de la supervivencia que nunca tuve conciencia hasta entonces de lo que dejé con él aquella lluviosa y lejana tarde de mayo. Y lloré, lloré ya hombre, lo que nunca pude permitirme llorar de niño.

Pero ya no pertenecía al lugar donde nací. Tampoco a Rusia. Sin embargo, comprendiendo que había cometido una estupidez saliendo de allí sin haber terminado la carrera de Medicina, decidí volver. Y tras algunas vicisitudes para lograr llegar de nuevo a Moscú, lo conseguí.

Acabé la carrera. Trabajé en Sajalin. Volví a Moscú y me especialicé en Neurorradiología. Luego me doctoré. Conseguí vivienda gracias en parte a mi condición de minusválido. Y aunque era compartida, este último hecho me hacía profundamente feliz.

Luego me casé con una rusa de la que muy pronto me divorcié. Tras esto y ante la dificultad que suponía volver a conseguir vivienda porque teóricamente ya tenía una habitación en la que en realidad vivía mi ex mujer, decidí volver a España si bien, antes intenté viajar a Cuba donde necesitaban médicos especialistas. Sin embargo, como no pertenecía al Partido Comunista, me denegaron la solicitud.
Como había sido declarado prófugo cuando decidí años atrás volver a Moscú, decidí entrar en España por las bravas y gracias a las influencias de un familiar, finalmente lo logré.

Sin llegar del todo a sentirme de aquí ni de allá, aquí en el país que me vio nacer he vivido desde entonces y he sido a ratos feliz.

Pude despedir a mi madre que en su aliento final musitó “estarás bien”. Lo hice abrazándola tiernamente, mientras muy quedo le susurré al oído “estoy bien”.

Las madres siempre saben. Saben sin saber nada a ciencia cierta. Saben sin saberlo. Saben porque sienten.
Ahora que siento, yo también sé.

Vivo retirado en una pequeña aldea en el campo. Cerca de mi casa hay un bosque atravesado por un río, que me recuerda a aquel de Obninsk, cuyos enormes árboles apuntaban al cielo. Y hoy se me antoja que, aunque no soy creyente, los árboles de mi bosque y de todos los bosques señalan a Dios.

Mercedes González
Grupo A


Toque de Queda

Estaba muy pequeña cuando salimos del Perú, apenas había cumplido tres años. Del viaje y los primeros dos años en Venezuela, tengo algún recuerdo borroso, que ya no sé si es mío, o lo que me quedó de alguna conversación que escuché o si he rellenado parte de esa historia con mi imaginación. Tengo una imagen de mi papá despidiéndose desde la puerta de un autobús, y luego el recuerdo de un avión muy grande del que subimos o bajamos por escaleras.

En alguna conversación escuché a mi papá contar que de bebé tuvieron que llevarme al hospital, sacando un pañal por la ventana del coche porque había toque de queda. Era el año 75 y en el Perú había una dictadura militar. Mi mamá decía que no se conseguía leche para los niños, y que un día llegó mi papa a decirle, así, sin anestesia, que nos íbamos a vivir a Venezuela. Mi papá viajó primero, empezó a trabajar como médico rural en un pueblito de los llanos venezolanos que se llamaba Tucupido, y a los seis meses viajamos nosotros (mi mamá, mi hermano, que iba en brazos, y creo que mi bisabuela, porque sale en las fotos).

A veces tengo un sentimiento, que casi tiene cuerpo y alma, y sé exactamente las situaciones que lo producen. Cuando veo las fotos de mi infancia lo entiendo perfectamente, tenía una familia enorme que se reunía con frecuencia y muchos primos de mi edad que ahora ni conozco. Cuando nos subimos a ese avión, mi familia se redujo a 4 personas: mamá, papá y mi hermano. He vuelto al Perú 4 veces, de vacaciones, es muy extraño que te traten con tanta familiaridad personas que no conoces.

Nos adaptamos a las lluvias torrenciales, que para mis padres eran impresionantes porque en el Callao (donde vivían en el Perú, apenas llovía), a los zancudos, a los sapos gigantescos y, mis padres, al modo de ser venezolano, mucho más abiertos, espontáneos y desvergonzados* que los peruanos. Recuerdo que en la escuela se burlaban de mí por el uso de algunas palabras, por ejemplo, porque decía chompa cuando ellos decían suéter, o decía caño y ellos lavamanos.

A pesar de todo, nos fue muy bien. Diez años después, vivíamos en Maracay, una ciudad de un millón de habitantes a 100 km de Caracas. Mi hermana menor nació allí. En 1989, fue el Caracazo. Con 14 años algo podía comprender de lo que pasaba, políticos corruptos, el país endeudado, intervino el FMI con un “paquete de medidas”, que incluía el aumento del precio de la gasolina, y se produjo un estallido social. Esa semana hubo manifestaciones de estudiantes todos los días, y el día del Caracazo, yo estaba en clase, y los padres de mis compañeros empezaron a venir por ellos. Una profesora me llevó a mi casa, y en el camino veía militares en las calles. Recuerdo que me asusté mucho porque escuchamos ráfagas de ametralladora por la avenida por donde debía venir mi mamá. Los supermercados y pequeños comercios de la zona habían sido saqueados. Esa noche anunciaron el toque de queda. Después de las 6pm no se podía salir. Eso duró 4 o 5 días, hasta que se calmaron los ánimos. Y se creó el mito de que aumentar el precio de la gasolina produciría un nuevo estallido social. Hace una semana, mi papá, que está en Venezuela, me contaba que iba caminando de una gasolinera a otra, a ver si alguna tenía gasolina, y eso me hace pensar en lo absurdo de ese temor.

No lo sabía, pero después de eso Venezuela no volvería a ser la misma. En septiembre de 1991 empecé a estudiar en la universidad, me fui a Caracas. Durante seis meses hubo rumores de alzamiento militar, ya era como el cuento del lobo, hasta que ocurrió de verdad. Un 4 de febrero. Todo era confuso, pero parecía que habían salido de la base aérea de Maracay (frente al hospital donde trabajaba mi papá), y se estaban enfrentando los militares leales al gobierno con los que se rebelaron. No sé en qué momento pude hablar con mi papá y me dijo que “estaba viendo un bonito combate aéreo”. En las casas que estaban entre el hospital y la base aérea entraron soldados y pidieron a las respectivas familias que se fueran, que iban a atacar. En una, conservaron durante años una bomba que cayó en su patio y no estalló. Anunciaron el toque de queda. Una semana después volvimos a la normalidad.

El mismo 4 de febrero del 92, salió Hugo Chávez en la televisión, pidiendo a sus compañeros que se entregaran, que “por ahora” no habían cumplido sus objetivos. Los cumplió seis años después cuando fue electo presidente. Fue el año que me gradué y empecé a trabajar en la universidad.

Entre el 2001 y 2002, hubo manifestaciones contra el gobierno de Hugo Chávez por motivos diversos, en especial en la industria petrolera. Un grupo de militares acampó en una plaza, pidiendo su renuncia. El 11 de abril de 2002 una manifestación se dirigió al palacio de gobierno, y ocurrió una matanza. La palabra que mejor define lo que pasó esos tres días es: confusión. Un militar que anuncia la renuncia de Chávez, un gobierno inexplicable formado en un día, un militar que desconoce ese gobierno y trae a Chávez. Toque de queda. Dos días después todo sigue como si no hubiera pasado nada. Aunque el militar que anunció la renuncia de Chávez luego fue condecorado, y el que lo trajo de vuelta, ahora está preso.

En noviembre de 2002 vine a Salamanca por primera vez, por tres semanas a hacer una estancia de investigación. Justo cuando volví, se inició el paro petrolero, que acabó tres meses después con el despido de más de 10 mil empleados que se habían unido a la protesta acusados de sabotaje y daños a la industria. No sé que habrá pasado en otros lugares, pero tengo clarísimo que desde el laboratorio de un instituto de investigación no puedes hacer grandes daños a las instalaciones de la industria. Quedaron marcados como traidores y no los dejaron trabajar en Petróleos de Venezuela, ni filiales, ni socios, ni en ninguna empresa privada que prestara servicios a la petrolera. Y por eso me despedí de mi amigo Luis, que vive en Canadá como muchos ex empleados de petróleos de Venezuela. No pudo ni recoger las cosas de su despacho, dejando ahí el saco del traje que compró bajo protesta, pero era obligatorio, ni el calendario de Mafalda que le regalé. Tampoco recuperó lo que le cotizó por caja de ahorros y por prestaciones sociales.

Después del paro petrolero la situación política y económica fue empeorando. Fueron años de manifestaciones, protestas, tragar “gas del bueno” como decía Hugo Chávez en cadena nacional. De meses sin cobrar porque no había recursos para las universidades. De investigar con las uñas, porque no había material para los laboratorios, ni dinero para pagar la suscripción a las revistas científicas. En medio de eso, seguía viniendo a Salamanca a hacer estancias de investigación, con el dinero contado porque no se puede cambiar libremente Bs a Eur y porque tampoco tenía muchos Bs. En el 2011 me gané una beca de la AECID para quedarme dos años. Además de la investigación tenía otra motivación, pero después de dos años de convivencia, se acabó la motivación, la beca y las ganas de estar en Salamanca. Quería volver a Venezuela y recuperar mi trabajo en la universidad, pero podían contratarme para investigar en el proyecto en el que había estado trabajando en la USal. Fue cuando Hugo Chávez murió. Se hicieron elecciones, había la posibilidad de un cambio. Casualmente estaba en Venezuela y pude votar. Pero nada cambió, y decidí volver a Salamanca.

No ha sido fácil, me he tenido que acostumbre a la ausencia de lluvias torrenciales, y que no haya animales, ni plantas. Al frío, al calor. Al carácter áspero de los Salmantinos, a las posiciones extremas. Creo que he conseguido un huequito donde puedo estar, entre los menos ásperos. Acá el suéter es una sudadera y el lavamanos es lavabo. A veces ser ríen de mi forma de hablar, porque digo de repente para decir “quizás”, o ustedes en lugar de vosotros (vosotras), o no pronuncio la c ni la z. Me da igual, hace años aprendí que nadie tiene que decirme cómo hablar.

Hace cuatro años que no voy a Venezuela. Son 4 años que no veo a mi padre y a mi hermano, que son los que quedan ahí. Estuve año y medio sin poder renovar mi pasaporte caducado. Cuando lo hice, mi padre me dijo que no quiere que vaya. La expresión toque de queda empieza a tener un significado más amplio, y se va pareciendo al exilio.

Silvana Revollar
Grupo B


Contar el exilio

Conocí a una persona que tuvo que salir de su país, Marruecos, una ciudad pequeña del Norte,en busca de una solución para su problema de salud.Insuficiencia renal,necesitaba Hemodiálisis para seguir viviendo.Su marido, mecánico de profesión consiguió trabajo en Renault,De Salamanca y se vino toda la familia.Era la primavera del año 2000.La necesitada era ella,madre de familia de 3 hijos.Chica de 15 años,chico de 13 y el pequeño de 3 años. Ella empezó sus sesiones de Hemodiálisis y todos se iván adaptando a su nueva costumbres,comidas idioma.Ella al principio,lo.paso muy mal, también percibía el rechazo de algunos compañeros también pacientes, que se incomodaban por su vestimenta y por ser de Marruecos.Su carácter era dulce y de mirada profunda siempre de agradecimiento.cuando había logrado integrarse en la ciudad los niños en sus colegios y ella en sus sesiones de Hemodiálisis,surgió un nuevo problema. Ella empezó a sufrir malos tratos por parte del marido.Y antes de que la matará hubo que trasladarlos a otra ciudad,la señal de alarma la dio la maestra del colegio del pequeño,y luego ella que una tarde llegó a su sesión con magulladuras y mucho miedo.Ahora afortunadamente esta de nuevo en la ciudad que los acogió y dio remedio a su problema de salud.Al marido le enviaron de nuevo a Marruecos,eso o cárcel,después del juicio que se celebró al cursar la denuncia por los malos tratos.En esta ocasión el exilió termino bien.18 años han dado para muchos cambios para esta familia que conozco y quiero.

Pepa Agustín
Grupo B