Resultados Certamen de Escritura Creativa. Grupo A

Aquí están los resultados del I Certamen de Escritura Creativa (Grupo A)

Hay que decir que la votación ha estado muy igualada. Emitieron sus votos Beatriz, Inés, Mercedes, Romy, Ignacio, José Luis, África, Alejandro, Óscar, Luisa, José Manuel, Javier y Esther.
Y aquí están los cinco textos más votados

Primer premio (14 votos):
Texto 1 "Insomnio" de Beatriz Gorjón.

Segundo premio (12 votos):
Texto 7 "Vendimia" de Ignacio Aparicio

Tercer premio (11 votos):
Texto 11 "Frases hechas" de Javier Portilla

Y mención especial (9 votos)
Texto 10 "Con amor" de Alejandro López
Texto 9 "Una ocasión especial" de Romy Martínez

Enhorabuena a los más votados, y a quiénes habéis participado en el Concurso.

Textos Certamen Grupo A

Texto 1. Insomnio

Mil noches quebrantadas
desnudando sueños,
remendando marionetas,
naufragando en lagunas de esperanza,
errando como títeres de plastilina,
arañando los pilares del tiempo,
sospechando del silencio de la luna,
retozando sobre nudos de conciencia,
robando instantes a la verdad,
inundando paraísos de nostalgia,
clavando rencores en la escarcha,
lavando pesadillas con palabras.
Mil y una noche quebrantadas…


Texto 2
Diez amores tiene mal de amores
(lectura boba para una fría y otoñal tarde de domingo)

"Era una bonita mañana de primavera y Segundo Diez Amores un hombre joven de ciudad, que estaba pasando unos días de vacaciones en el pueblo de sus abuelos, había dormido poco y mal pensando en Linda Viuda de Casado; el único amor que había tenido en su vida y que le había dejado plantado recientemente.
Haciendo acopio de la poca voluntad que últimamente le acompañaba, decidió tras un breve desayuno, dar un paseo por el campo donde el aire fresco de la mañana y el alegre trino de los pajarillos, tal vez lograran sacarle de aquel semicatatónico estado en el que últimamente se hallaba sumido.
A pesar de que su casa estaba situada a las afueras del pueblo y desde allí podría haberse dirigido directamente hacia campestres caminos, decidió ir en dirección al río y cruzar por ello varias calles del pueblo pensando que a tan temprana hora, no encontraría a nadie transitando por ellas.
Necesitaba estar completamente solo y en contacto con la naturaleza.
Necesitaba pensar y replantearse su vida.
Sin embargo, apenas hubo cerrado la puerta, apareció Modesto Barrio Bobo quien había quedado en encontrarse con Narciso Calle Hermosa que vivía desde niño, en un callejón cuya única salida iba a dar casi puerta con puerta con la suya.
Modesto estaba también tristón por aquel entonces, debido a que Augusto Guerrero Bravo, que siempre había sido un mosca muerta, había logrado conquistar y "robarle" a base de tesón y poesía a Amor Escolar, su novia de toda la vida.
Modesto y Narciso eran amigos casi desde su nacimiento y, curiosamente ambos hacían honor a sus nombres. Modesto, era modesto y algo descuidado en su aspecto a pesar de ser bastante guapo e inteligente en comparación con Narciso, el cual era un “narciso” que solía verse a sí mismo muy bien parecido y gustaba de pararse, mirarse al espejo y echarse a sí mismo algunas flores. Pero es de justicia decir que tenía también sus corazoncito y, al igual que su amigo de siempre para él; el presumido Narciso, tenía para Modesto reservado un rincón muy especial en aquel.
Y poseía otra virtud muy útil para los momentos tristes. Era capaz de hacer reír a un muerto cuando se lo proponía y aún sin proponérselo porque la vida, como él mismo decía, a veces de por sí, tiene su guasa.
Por ello, a pesar de que había trasnochado y era domingo, no dudó en madrugar y, en el mismo sitio y a la misma hora, coincidieron Diez Amores, Barrio Bobo y Calle Hermosa.
Narciso que salió por la puerta de su casa como un pimpollo y con una energía que no da ni el colacao, saludó a su alicaído amigo con una jovial palmada en la espalda y a Segundo con un apretón de manos que casi lo coloca el primero en la cola de urgencias del hospital más cercano.
Tras sobreponerse a tan efusivo saludo, Diez Amores intentó dejarles solos, pero tanto Modesto como Narciso que no habían planeado ir a ningún lugar concreto, insistieron en acompañarlo hasta el río. De modo que los tres emprendieron ruta. Narciso muy animado, los otros dos, algo cabizbajos.
Atravesando el pueblo, vieron que el párroco, Don Santos Rincón de Dios ya estaba tomando el fresco de la mañana apaciblemente sentado en un "machadero" próximo a la ermita, junto con la beata Esperanza Parra Santa y el sacristán Plácido Escudero Mañoso.
Ambos saludaron y preguntaron si habían visto a Tomás Moro de la Iglesia y a Inocente Borrego de Dios, los monaguillos que tenían que ayudar ese día en misa. El cura aprovechó para indicar a Segundo, Modesto y Narciso que no se alejaran mucho y fueran puntuales que el tema del sermón del día sería el amor. Todos asintieron y se miraron divertidos mientras proseguían su camino.
Un poco más adelante respondieron también al apresurado saludo del cabo Casto Teniente Churro que iba en una vespa junto a Avelino Palomo Lagunero, recientemente incorporado al cuartel del pueblo. Palomo Lagunero, se encontraba en la villa como en la gloria, pues tras haber sufrido burlas varias y constantes por sus apellidos desde pequeño en la capital; allí pasaba desapercibido por esta cuestión.
Ambos iban persiguiendo a Honorio Negro Ferrari y a Abelardo Tocino Prieto que corrían como alma que lleva el diablo porque el señor Ángel Recio y Santo Carnicero les había pillado corriendo detrás de sus gallinas, las únicas que quedaban ya en el pueblo, y había avisado a la Benemérita.
A medida que avanzaban, iba tornándose en elegre el humor de Diez Amores y Barrio Bobo. Calle Hermosa, a quién no se le escapaba una, aprovechó la ocasión para llamar a la puerta de Amador Leite Pascual e instarle a que les acompañara también.
Amador era más amante del orujo que de la leche y antes de salir, les ofreció un traguito que los otros aceptaron por cortesía y porque iba acompañado de unas perrunillas que hacía su madre y que dejaban sin sentido.
Era Amador un juerguista natural y junto con Narciso, ya en el camino del río empezaron a bromear sobre los curiosos apellidos que todos tenían en el pueblo, y al saber que también Diez Amores sufría como Barrio Bobo, mal de amores; empezó a contar algunas anécdotas relacionadas que hubieran dado buena "cuerda" ;) para una película.
Fue así como Modesto se enteró de que Ronaldo Macarrilla Franco siempre había sido en su etapa escolar, blanco de las burlas de Paco Mier de Cilla, porque jugaba fatal al fútbol y alguna vez llegó a meter gol en su propia portería.
También de que Pepe Lotudo había andado detrás durante mucho tiempo de Ana Tomía pero que ésta, finalmente decidió casarse con Cojoncio Lucas Trado, lo que supuso un duro golpe para Pepe, del cual se recuperó, meses más tarde, al enamorarse perdidamente de Debora Dora de Cabezas, con la que se casó poco tiempo después de que Cupido hiciera blanco con su flecha en los pechos de ambos.
Y, ¡cómo no!, de la sonada historia del hijo de aquella primera familia hispano marroquí que se instaló en el pueblo; Omar Icón, quien tras mantener dos tórridos y comentados romances con Lucila Tanga y Presentación de Piernas respectivamente; terminó diciéndole el "Sí, quiero" ante Don Santos Rincón de Dios y toda la población de la villa y de los alrededores, a la ya dos veces viuda, Perpetua Viuda de Inocente...
Entre esas y otras historias, ya de por sí con su "miga", y la guasa con la que las contaban Narciso y Amador; tanto Segundo como Modesto fueron olvidando las penas que les hicieron salir tristes de su casa hacía rato y llegada la hora de la comida, sin haber reparado en que se habían perdido el recomendado sermón del amor en misa; volvieron al pueblo con la intención de repetir los paseos cada vez que se presentara la oportunidad.
Diez Amores ahora tenía más que diez increíbles historias en memoria.
Tras esos días en contacto con los prados, montañas y flores y con las gentes del lugar; volvía a ver el lado bueno de la vida. Y fue así como volvió con renovadas energías a su aburrido trabajo en la ciudad, prometiéndose que algún día lo cambiaría por alguno que le permitiera estar más en contacto con la Naturaleza, o no! :D—


Texto 3
Cuento triste con final feliz

"Había una vez las únicas perdices que salían en el cuento"


Texto 4
Las eternas preguntas

El enigma de nuestro origen, se atempera con la ignorancia sobre nuestra función específica sobre esta roca, que se traslada a más de cien mil kilómetros por hora, a la deriva en un sistema estelar peculiar y dentro de una galaxia con su mega agujero negro en el centro y en franca ruta de colisión con al menos otra( en nuestro caso con Messier 90).
Lo único seguro es que venimos de no se sabe dónde, ni por cuánto tiempo y que la certeza de nuestra desaparición tras la muerte, nos es aborrecible, lo que da lugar a toda serie de especulaciones de tipo religioso o filosófico.
Resulta conmovedor ver cómo el ser humano utiliza de forma oral, escrita o por otros medios, la palabra “certeza” como representación de lo inexistente.
Lo único que "no ignoramos", es que morimos y todos en algún momento acabamos temiendo nuestra único futuro cierto.(por cierto también tememos lo que ignoramos, curiosa antítesis)
Para afrontar toda esa dosis de positivismo con que fuimos bendecidos por… ¿la Naturaleza? ¿los Dioses? El Creador?(u otras acepciones de la duda), contamos con los sueños e ilusiones, que son sin duda, el tejido con el que cortamos en el ahora, los vestidos que pretendemos ponernos en el mañana.
En fin, no sabemos de dónde venimos , qué hacemos aquí, e incluso la esperanza nos hace dudar de adonde vamos.
De todo esto podemos inferir que : El futuro, es semejante al pasado anterior a nuestra venida al presente.

Las eternas preguntas

Tras de la creación primigenia
¿qué cúmulo de hilos se tejieron?
¿qué fue lo que los dioses coligieron?
¿Y “Quien” o “Que” a estos les dio venia?

¿Son solo cosas que la mente ingenia?
¿Que encima de esta roca nos pusieron?
¿Que nada de sus planes compartieron?
¿Por Quien fue decretada la ontogenia?

¿De que potencias nuestro ser emana
y cuáles de ellas nuestras vidas rigen?
¿Hay algo tras la muerte soberana?

Extraño sino de la especie humana,
preguntándose siempre por su origen,
temiendo siempre su fatal mañana


Texto 5
Monstruos marinos

Nada como dos días para disfrutar de una buena excursión con los compañeros de clase, me iba por primera vez fuera de casa, sin padres, y encima, a Vigo. Preciosa ciudad gallega pero a mí lo que verdaderamente me atraía era el mar, ese que yo por primera vez iba a ver. Esa era mi ilusión, ese era mi deseo.
Salimos un viernes, el viaje fue divertido aunque cansado, nos llevaron a un hotel lleno de literas, preparado para grupos, después de tomar posesiones y de dejar nuestras cosas, tuvimos nuestra primera salida, y resultó ser también la más interesante, íbamos al puerto. Eso era lo mejor, íbamos ver llegar a barcos pescadores con sus mercancías. La playa era para la mañana del día siguiente.
Estando allí, llegó un barco enorme que había pasado en alta mar algunas semanas, todos los familiares estaban esperándoles, se dieron besos y abrazos al llegar, después de todas esas lágrimas y achuchones, empezaron a descargar sus capturas. Era tremenda la variedad de animales diferentes que yo vi aquel día, incluso lo que era un pequeño tiburón,
Yo, con mi carita redonda y la inocente simpatía de niño curioso, iba todo el rato preguntándole a un hombre como se llamaba cada cosa, ¡que paciencia el pobre! hasta que de repente los vi; eran tres extraños seres que me parecieron verdaderos monstruos, eran claramente arañas gigantes, no tenían ocho, sino diez patas amenazantes que no dejaban de moverse, se me antojaron que eran crías del más espantoso de los monstruos marinos, estaban en un cesto, negras, ojos miopes y su caparazón estaba lleno de espinas y de suciedad de los mares, me dio un poco de miedo, pregunte al pescador que era aquello tan raro, a lo que el me respondió diciendo; “si tú no sabes lo que es, llévaselo a tu madre que ella si sabe” los metió en un saco y me los entregó sonriendo.
El monitor nos reunía a todos para volver al hotel, entonces, me apartó y me lo dijo: “estos bichos que llevas pueden hacerte esta noche mucho mal o a alguno de tus compañeros y si alguno de ellos muriera se descompondría rápidamente y su olor podría ser fatal”, se los entregué y me sentí liberado, un poco por su peso, y otro poco por el miedo que tenia a un ataque de esos seres que no parecían de este mundo.
El sábado tocó ir a la playa, diversión para todos, sentí lo que se siente cuando por primera vez ves el mar en toda su extensión, la playa era amable pero yo sabía que dentro de aquella magnitud de aguas calmadas, existía un mundo plagado de monstruos, oscuro y hostil.
Incómodos de sal y arena, regresamos al hotel para coger nuestras cosas y pasar todos por las duchas. El cansancio del juego en el mar y la monotonía del viaje hicieron que no nos enterásemos de tanto kilómetro, pasando todo el viaje dormidos.
Al llegar nos esperaban nuestros padres a pie de autocar, nos preguntaban que tal y nos besaban como si hubieran pasado años, los monitores se fueron solos, en sus coches a casa a descansar, cada uno de ellos llevaba una bolsa donde una de esas arañas no dejaba de moverse, los mismos bichos de los que me habían liberado un día antes.
Supuse que cada uno se llevaba uno para examinarlos detenidamente y explicarnos después en clase que tipo de animal era.
Por eso cada uno llevaba uno de esos frescos, grandes y ricos centollos.


Texto 6
Todo final tiene un principio

Buenos días.
Buenos días vecino.
Otra vez te vas a encerrar en casa.
Desde luego.
¿Qué andas haciendo?.
Estoy metido en un estudio nuevo. No se que resultará. Espero que sea revolucionario.
Ya me contarás.
Entro en casa, y de forma automática cando la puerta.
Toda la casa es un laboratorio; no se distinguen dormitorios, ni cocina, ni cuartos de baño; todo está lleno de artilugios para realizar experimentos.
Después de años de pruebas, he conseguido fabricar vida en su más mínima expresión. Combinando aminoácidos esenciales y proteínas en un caldo de cultivo similar a la "sopa primigenia", surgió algo parecido a una bacteria muy elemental.
Tratándola con infinito cariño, temperatura adecuada,y medio líquido rico en glucosa, consiguió duplicarse y duplicarse, y al cabo de unas semanas ya tenia la primera colonia.
Había conseguido crear vida partiendo de elementos simples y un ambiente adecuado, algo similar a lo que sucedió en nuestro planeta hace miles de millones de años.
Bien, pensé, hay que buscarle utilidad a este hallazgo. Comencé a disminuir la glucosa de la dieta, añadiendo celulosa al principio y al cabo de un tiempo le añadí polietileno. El crecimiento de la colonia se detuvo al principio, pero posteriormente, se adaptó a la nueva dieta y creció de forma exponencial; de forma que ahora crecen y crecen, alimentadas exclusivamente a base de plástico.
Tengo la bañera llena de una masa gelatinosa que se mueve de forma ondulatoria. Me siento a ratos, arrojo una botella de plástico y un par de bolsas y observo como van desapareciendo en pocos minutos.
Por mi cabeza pasan muchas historias: revistas científicas, premio Nobel, prensa, radio, televisión, fama, riqueza...
Al final decido seguir en el anonimato, y tiro del tapón del desagüe de la bañera.
Los millones y millones de mis queridas bacterias, de mis "moraditas" como las he llegado a llamar. las colonias presentan un precioso color lila, equiparable a esos bellísimos tonos de algunas puestas de sol, salen vía fluvial en busca del mar. Allí vais a encontrar alimento abundante, y de paso solucionareis uno de los principales problemas que tenemos en la Tierra.
Las "moraditas" se encuentran como pez en el agua y continúan con su labor: comer, beber y multiplicarse. Se adaptaron al agua salada y terminaron con todos las plásticos de los océanos.
Por las playas y acantilados salieron en busca de vertederos; hallaron basureros y en ellos comieron. Comieron y comieron hasta que acabaron con todos los plásticos de la Tierra.
Algunas colonias se adaptaron enseguida a comer celulosa, pues de hecho, yo las había alimentado como paso previo al plástico. Terminado el plástico comenzaron con la madera.
Comieron y comieron: plantas, árboles y la madera de los bancos y las casas.
Terminaron con las plantas y comenzaron con los animales.
Después de los animales vinieron los humanos.
Acabaron con todo.
Al acabar con los nutrientes, comenzaron a morir.
Murieron y murieron a millones, pero después de tantas y tantas divisiones, surgió una especie celular nueva, una colonia diferente que se adaptó a vivir en el mar, se agrupó y llegó a formar las primeras plantas y los primeros animales unicelulares, de donde surgirá toda una vida nueva.
Ahora no se si estoy escribiendo sobre el futuro o sobre el pasado, pero todo final tiene un principio.


Texto 7
Vendimia

La luz de otoño es una luz suave
que nos llega del cielo como un beso de uvas.
Los pámpanos ofrecen
un elixir de vida en tu cuerpo desnudo,
y tu vendimia llega como fuente a mi boca.
Se encuentran nuestras manos,
racimos del deseo madurando en el tiempo,
eres llena de soles, y miro hacia ti
como mira en la noche el náufrago a su faro.
Me quedo sin raíces, y me hundo
despacio en lágrimas de vino,
despierto y soy arena,
anónimo infinito esperando tus olas
en mi embriaguez de espuma,
flotando en esa fiebre.
Imagino palabras, mensajes de tu cuerpo,
y navego en tu boca, borracho de un abrazo
cosechado en tu sexo.
Yo quería beber vino como bebía el mar,
derramando en tu pecho
una sed insaciable.


Texto 8
Deseos

Y
yo
les
pido
soñar,
sentir
abrazos
amorosos.

Y
os
veo
cada
noche,
siento
vuestro
murmullo.

Y
en
una
fría
noche
sentir
cálidas
palabras.


Texto 9
Una ocasión especial
I

Cada mañana nos encontrábamos en el parque, yo apurando mis pasos, ellos demorando el tiempo juntos, camino del colegio; daba igual que lloviera o soplara un vendaval, parecía que iban de paseo y lo disfrutaban. La niña sostenía con fuerza la mano de su padre y conversaban sin descanso. Se convirtieron en mi referencia cronológica: si los veía antes de entrar en el pinar, ya sabía que ese día llegaba tarde al trabajo.
Me gustaba observarlos a lo lejos, su caminar lento y acompasado transmitía complicidad. Más adelante, durante esos brevísimos segundos que tardábamos en rebasarnos, me atreví a examinarlos oculta tras mis gafas de sol. Un frío día de agua, él me miró bajo la protección de su paraguas. No hizo falta disimular más; a partir de entonces nos sonreíamos, a modo de saludo, al cruzar nuestras miradas.
La primavera llegó contundente un viernes veinte de marzo, con un sol espléndido, temperatura agradable y los árboles engalanados de un verde tierno tras las últimas lluvias. Estaba tan feliz contemplando el milagro después de varios días enferma, que no me di cuenta de su ausencia hasta que los tuve frente a mí esperando que el semáforo de la avenida cambiase de color. La niña estiró dos veces del brazo de su padre y el hombre levantó la mirada, se fijó en mi presencia y con regocijo cabeceó al cruzarnos en mitad de la calzada.

II

Me debían horas en el trabajo. Pedí libre la tarde del miércoles; necesitaba cambiar los cristales de las gafas y, por mis horarios, decidí acercarme al centro comercial. La óptica parecía un espacio de diseño minimalista, diáfano y bien iluminado, con cuatro dependientes trajeados y con lentes, de aspecto impecable y de bonitas sonrisas, como si posaran para un anuncio publicitario; uno de ellos se me acercó amablemente en cuanto entré. Expuse lo que deseaba y con la receta del oftalmólogo del seguro tomó nota del pedido.
-¿No le gustaría probar unas lentillas desechables para ocasiones especiales?, me preguntó el muchacho con la mejor de sus sonrisas.
- ¿Por qué no? - me dije; ya no veía bien sin las gafas y mi coquetería me impedía salir con ellas a tomar una copa cualquier noche con mis amigos. Quedé en realizar la prueba el viernes al ir a recoger el encargo.
Y llegó el viernes por la tarde: peluquería y tarde de compras. A las séis ya estaba en la óptica para la prueba y me recibió encantado el mismo dependiente de la vez anterior; me comentó que me esperaba ya el optometrista y me acompañó hasta la sala de consulta, a donde me hizo pasar. Al entrar me recibió un hombre de espaldas a la puerta que se afanaba en colocar un historial en el archivo de la habitación. Se dio la vuelta disculpándose con una voz cálida, tendiendo su mano de forma cordial y, cuando me miró, su amplia sonrisa me hizo comprender quien era.
Nos reconocimos felices y temerosos; nunca habíamos estado tan cerca. Se recompuso y, de manera que intentó parecer profesional, me pidió sentarme frente a la mesa con espejo y procedió a enseñarme a manejar una lente de contacto. Me temblaban las manos; me sentía acalorada y ya no podía escuchar más que los latidos de mi corazón; era guapo, más de lo que recordaba, y su voz me desarmó. Desde luego que no fui capaz de colocarme aquel pequeño redondel de plástico.
Se colocó delante de mí e inclinó mi rostro hacia el suyo, abrió el párpado de mi ojo derecho con delicadeza y deslizó la lente de forma sutil; la sentí fría y húmeda. ¡Y él olía tan bien...! Una gota se deslizó lenta desde el lagrimal. Me agarró la cara con ambas manos y con una ternura infinita me la retiró con su pulgar izquierdo y lo llevó a su boca.
- Irene duerme hoy con sus abuelos y yo termino a las ocho. ¿Querrás esperarme?


Texto 10
Con Amor

Ana, luz de mi vida, deseo de mis entrañas. Vicio mío, veneno mío, carne de mi carne. Solo me queda tinta por darte. Te recuerdo tan distante, tan sola entre mis labios. Te recuerdo sin las letras de tu nombre: al desnudo, con el miedo de tus ojos alumbrando mi mirada. Te recuerdo y me recuerdo.
Tú tan café con leche y yo tan café solo, tú tan subjuntivo y yo tan indicativo, tú tan cercana desde lejos, y yo tan distante desde cerca. Siempre estuvimos marcados para soñarnos.
Pienso en ti siempre que me siento solo, desobediente. Cuando pierdo el sentido de mi vida y me atrevo a escribir. Y mientras palpita la sangre de mis venas en la tinta del papel te tengo más cerca que nunca, justo entre las goteras de mis sueños.
Quizás sea porque tengo miedo a la realidad. Quizás sea porque siempre te amé desde que naciste como un milagro traído del cielo. Quizás sea porque no he vuelto a ser el de antes, el de siempre, desde que te traicioné.
He decidido escribirte ahora que estás en el baño de la cafetería, buscando una forma de avivar las palabras. Porque soy un cobarde y un llorica, y soy débil, como lo es el sol cuando se esconde. No quiero ver cómo te hago cosquillas en la nostalgia y te dejo en la estacada. De nuevo, sola con esta carta y mi recuerdo.
No quiero que te encariñes de mí y te abandones al tiempo. Estás bendita, Ana, como el poeta cuando sueña sin saber que sueña, o el niño cuando juega sin saber que juega. Estás bendita, Ana. Eres pura e inmortal y, a este paso, me conducirás al peor de los pecados: el de amar.
Soy ruin, mezquino y cobarde. Soy el negro humo, el gigante demente, y el pecado del deseo que te arrancará nervio tras nervio, sonrisa tras sonrisa, hasta que solo sean tuyas las letras de tu nombre y la tempestad de tu vida.
No mereces conocerme. No mereces que te conozca. No mereces desearme. No mereces que te desee. Porque no puedo, ni debo cambiar. Porque no puedes, ni debes cambiar. Y aún me arrepiento de volver, como el perro sarnoso que soy, con el rabo entre las piernas. Solo para darte esperanzas de que algún dia, podría haber un mañana diferente
Te recuerdo, Ana, cuando te asaltaba la incertidumbre y corrías por las olas de camino a casa. Te recuerdo, cuando dormías en los escapares de mi cuerpo, con la expresión vacía de mi sonrisa y el cariño húmedo de tu boca. Y espero que el tiempo vacíe mis recuerdos y te deje pura de nuevo, lista para que otro te de sus sueños.
Vete antes de que te quiera, o será demasiado tarde para que te salves.
Todo tuyo, desde hoy, hasta el dia de mi muerte.
Tu padre


Texto 11
"Frases hechas”

La cosa no podía acabar bien. Cada mañana la misma historia: no había pregunta que el repelente tipo de la primera fila no se esforzara en contestar con rapidez y precisión, cual concursante de un “pasapalabra” cualquiera a punto de llevarse el bote millonario que le arreglara la vida.
Pero aquí no había millones, ni premios. Aquí no había segundero, ni concursantes. Solo éramos una puñetera clase de chavales de tercero de primaria y un pobre desgraciado – quien esto escribe, señoría – que intentaba cumplir con la noble misión encomendada de enseñar al que no sabe.
Pero aquel personaje impedía cualquier respuesta que no fueran las suyas. Lo mismo daba que multiplicáramos o que hablásemos del sustantivo: ante cualquier pregunta – por retórica que fuera – entraba en éxtasis, se encaramaba al pupitre y antes de que nadie pudiera decir absolutamente nada, ya había dado la contestación oportuna, mientras un hilillo de satisfecha espuma se le escapaba entre la comisura de los labios.
Aquel día, antes de que él pudiera decir nada, yo solo pronuncié la maldita frase, causa de mi desdicha: “Y usted, señor González, ¿puede morderse la lengua, por favor?” Lo que siguió fue espantoso. Por el solo hecho de responder correctamente aquel chiquillo se desangró, sin que nadie pudiera liberar su lengua de tan terribles fauces. Señoría, no lo dude. El responsable soy yo.

Va sobre ruedas

La sesión del lunes pasado ha hicimos en bici. Con el título de "Va sobre ruedas" recorrimos la cercana distancia entre la literatura, la bicicleta y la memoria.
La bicicleta, nadie puede negarlo, es el medio de locomoción que mejor evoca nuestros recuerdos de infancia. Subirse a una bicicleta, después de muchos años sin hacerlo, es subirse a la palabra nostalgia. Así que recordamos mil y una historias, mil y una caídas, el día en que aprendimos a montar sin ayuda de nadie ni accesorios, el día en que aprendimos a pedalear sin manos o el día en que abandonamos, en el pueblo, nuestra bicicleta.


Muchos directores de cine, cantautores, poetas, fotógrafos, artistas plásticos han visto en la bicicleta un auténtica pieza de arte. No vamos a hacer aquí inventario de todas ellas. Basta únicamente teclear en google la palabra “bicicleta” para tomar conciencia de hasta dónde ha sido capaz de llegar con sus pedales este vehículo y de cómo muchos usuarios, como dice Mario Benedetti, decidieron “dejarse media vida en los pedales de la bicicleta”.

Sería interesante que todo artista incluyera en su repertorio la bicicleta. Y sería aún más interesante que las bibliotecas les dedicaran alguna guía bibliográfica o alguna sección. 
Queremos que estas bicis con historia y muchos recuerdos, formen parte de vuestras vidas. Que os evoquen vuestras propias historias. Que os animen a compartir vuestros sueños.

En muchos de estos escritores se advierte una admiración personal por la bicicleta, otros incluso se sienten comprometidos con las Asociaciones que defienden su protagonismo en la ciudad. Miguel D’Ors, incluso, llegó a escribir, pedaleando, algún que otro poema.

Julio Cortázar nos recuerda, señalando a Horacio: “Más cosas hay en una bicicleta de las que imagina tu filosofía”. Nosotros hacemos nuestra esta idea para invitaros a imaginar las historias que callan cada una de estas bicicletas: cuántas manos, piernas, miradas, ideales habrán movido la cadena de cada una de estas bicicletas. Una de ellas, diseñada por Schindler, tal vez salvó del holocausto a algún judío. Otra paseó a más de una mujer, sin temor de que sus finísimos vestidos se engancharan en los radios. Otra enseñó a más de una pareja a ver la vida en común. Otra avivó la ilusión en muchos niños de ser auténticos caballeros. Otra tal vez sirvió de utilidad a algún limpiacristales. Y otra enseñó, a más de una mirada, que la imaginación también se asienta sobre una bicicleta. 
Bicis curiosas, raras, con historia que alientan nuestra fantasía y nos invitan a pensar en una ciudad de verdad donde todo puede ir sobre ruedas, o donde, tal y como dijo Benedetti en un poema, “los concejales vayan en bicicleta / del otoño al verano y viceversa”.

Leímos los poemas "Canción para pedir más carril bici" de Juan Antonio González Iglesias y "Balada de la bicicleta con alas" de Rafael Alberti.

Canción para pedir más carril bici

Ir por el carril bici
persiguiendo
el origen del río
durante media hora,
paralelo a los peces,
paralelo
al piragüista
de torso grande
adelantarlo,
escalar hasta el puente
peatonal, transmutarme
en perpendicular
al agua 
de Gredos por aquí,
dar media vuelta,
bajar formando parte
del viento, ser
tan físicamente 
feliz, correr ahora
más rápido que el Tormes,
dejar atrás los juncos,
la lavanda, las sombras de las frondas,
los niños, los atletas,
la plata de los peces
y al tenaz piragüista.
Ir por el carril bici
durante media hora,
ser centauro recién 
nacido, me parece
más de lo que merezco
en este día casi
víspera de septiembre.

Pero reclamo más.


Balada de la bicicleta con alas

1
A los 50 años, hoy, tengo una bicicleta.
Muchos tienen un yate
y muchos más un automóvil
y hay muchos que también tienen un avión.
Pero yo,
a mis 50 años justos, tengo sólo una bicicleta.
He escrito y publicado innumerables versos.
Casi todos hablan del mar
y también de los bosques, los ángeles y las llanuras.
He cantado las guerras justificadas,
la paz y las revoluciones.
Ahora soy nada más que un desterrado.
Y a miles de kilómetros de mi hermoso país,
con una pipa curva entre los labios,
un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas.

2
Es morada mi bicicleta
y alegre y plateada como cualquier otra.
Mas cuando gira el sol en sus ruedas veloces,
de cada uno de sus radios llueven chispas
y entonces es como un antílope,
como un macho cabrío, largo de llamas blancas,
o un novillo de fuego que embistiera los azules del día.

3
¿Qué nombre le pondría, hoy, en esta mañana,
después que me ha traído,
que me ha dejado sin decírmelo apenas
al pie de estas orillas de bambúes y sauces
y la miro dormida, abrazada de yerbas dulcemente,
sobre un tronco caído?
Carlanco de los bosques.
Estrella voladora de las hadas.
Telaraña encendida de los silfos.
Rosa doble del viento.
Margarita bicorne de los prados.
Cabra feliz de las pendientes.
Eral de las cañadas.
Niña escapada de la aurora.
Luna perdida.
Gabriel arcángel.
La llamaré con ese frágil nombre.
Porque son sus dos alas blancas las que me llevan,
Anunciándome al aire de todos los caminos.

4
Yo sé que tiene alas.
Que por las noches sueña
en alta voz la brisa
de plata de sus ruedas.
Yo sé que tiene alas.
Que canta cuando vuela
dormida, abriendo al sueño
una celeste senda.
Yo sé que tiene alas.
Que volando me lleva
por prados que no acaban
y mares que no empiezan.
Yo sé que tiene alas.
Que el día que ella quiera,
los cielos de la ida
ya nunca tendrán vuelta.



Hicimos una especie de cadáver exquisito contestando a las preguntas ¿quién?, ¿qué?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿por qué?. El resultado fueron unas historias un tanto disparatadas. Dichas historias  fueron pasando de mano en mano y el único requisito era que apareciera en ellas una bicicleta, algún ciclista o algo alusivo a este medio de locomoción.
Estas son algunas de las historias:

El ciclista
iba al río a bañarse
apoyando una pierna sobre el suelo, las manos firmes sobre el manillar y la entrepierna fija en la barra
por la mañana
suenan las campanas.

Un abogado
Reparte pan
Lentamente y entre sollozos
En la taberna
El jueves por la noche
Por desengaño, por angustia, por la necesidad de chillar

El panadero
se toma un café a las 4 de la mañana,
espumosamente.
A la salida del gimnasio,
al atardecer
quiere jugar con los niños.

Un borracho joven enamorado
Monta en bicicleta
Con ganas y entusiasmo
En el campo florido
Todos los domingos
El muchacho vigila suspicaz los anónimos personajes intentando captar alguna verdad sospechosa.

El vendedor de flores
corre muy deprisa por la naturaleza, el viernes, porque es cuando puede
en bañador
por las calles del barrio viejo
necesita repartir las cartas
porque siempre que asiste a un juicio va en bicicleta.



Tratamos de recordar nuestra primera bicicleta, el lugar más insólito al que viajamos con ella, la aventura más emocionante, nuestra primera y última caídas, el primer beso en bicicleta.
Intentamos contestar a la pregunta de Ángel González: "¿Por qué en los días de lluvia cruza una bicicleta en silencio por nuestro corazón?”
Y también nos preguntamos, como Rafael Alberti, de qué otro modo podemos nombrar a la bicicleta. ¿Cuál sería nuestra definición, nuestra greguería o nuestra metáfora acerca de la bicicleta?


Propuesta de tarea

Sube a una bicicleta a algún escritor, escritora, personalidad, personaje famoso y cuéntanos un paseo por su vida, su obra o cualquier otro lugar a dónde te apetezca llevarnos.


Y estos son algunos de los trabajos:


Cántico espiritual, en bici, de San Juan de la Cruz

¿Adónde te escondiste
amado, y me dejaste con gemido?
Veloz, como ciclista, te perdiste,
habiéndome herido.
Tras ti fui pedaleando, y eras ido.

Transeúntes, si mirasteis
el paso rumoroso de sus ruedas,
y al cabo mi silueta,
triángulo confuso que tras ellas
apremia a la cadena,
mostradme de sus cámaras las huellas.

Buscando mis amores,
sobre un duro sillín de gruesos muelles,
ni temeré sudores,
ni callos que en las manos me salieren,
ni pinchazos, ni radios que cedieren.

Descubre tu aposento
usando de tu timbre tan cromado.
Y cincelando el viento,
haré a cada momento
alegres abanicos a tu lado.

Oh, luces de dinamo,
Oh, vivos, flameantes banderines,
aquí van mayestáticos,
mis viejos neumáticos
besando con pasión los adoquines.

Y un solo pensamiento entre guijarros,
 por rutas no asfaltadas:
“seguir tus pedaladas,
cruzando entre los carros,
uncido al manillar y al salvabarros”.

Mil gracias derrapando
pasó por estas metas con presura,
y en círculos girando
dejó de su figura
destellos niquelados de hermosura.

Y a todos cuantos deja a cada lado
regala refulgente maravilla,
de espíritu embalado:
reflejos de su espejo ladeado
rielando entre el cemento y la gravilla…


Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos fundiremos,
y tándem velocípedo seremos.

Óscar Martín
Grupo A


Blanca Nieves feminista

Pasó toda la noche sin dormir, pensando todo lo que tenía que hacer antes de empezar a vivir su nueva vida y haciendo preparativos. Convirtió la falda amarilla de su antiguo vestido en unos pantalones, mucho más prácticos.

Redactó una carta para los enanitos, despidiéndose de ellos. Confeccionó una hoja de instrucciones y aclaraciones de las cuestiones domésticas, para que ellos pudieran sobrevivir. Tenía muy claro que no quería seguir ocupándose de su casa, su ropa y su comida, pero los enanos habían sido buenos con ella y les estaba agradecida.

En la cabecera de su cama, dejó una nota para ese príncipe en el que había dejado de creer, por si aparecía. Las buenas formas no pensaba perderlas Blanca Nieves.

La nota decía así: “ Me voy. He dejado de creer que alguien que no sea yo misma, pueda rescatarme de estar sometida a mi madrastra, a los enanos, a un supuesto salvador. Los enanos son hospitalarios. Seguro que te dejan pasar aquí algún día para descansar del viaje. Quizá encuentres alguna otra princesa, pero tendrás que esforzarte, porque cada vez hay menos.”

Al amanecer, Blanca Nieves se subió en una vieja bicicleta que había logrado reparar y echó a correr por el bosque cantando a pleno pulmón.

Teresa Sanz
Grupo B

Autobús de Fermoselle

El lunes, 10 de junio, tuvimos una invitada de excepción en el taller, Maribel Andrés Llamero.
Llegó con paso lento para hablarnos de La lentitud del liberto y para invitarnos a un paseo emocionado hacia su infancia en el Autobús de Fermoselle, libro con el que ha obtenido el XXXIV Premio de Poesía Hiperión, compartido ex aequo con el libro Los días hábiles de Carlos Catena Cózar.
Iniciamos la marcha y el paisaje poco a poco se vuelve amarillo, como la portada del libro.




El amarillo de los trigos y de la tierra seca, curtida, va dibujando el paisaje, va colocándonos en ese secarral que es a veces la tierra de Castilla pero donde también fluye el agua.
Abrimos el paisaje del libro y tras reconocer a Maribel en el asiento principal nos encontramos con un texto hermoso "Campos de tierra":

Esto es Castilla,
                           mi cuerpo tan seco,
esta carne prieta y dura como alpaca,
levantada por leves lomas, colinas
modestas, algún apacible remanso.
Esto es Castilla,
los ojos oscuros color de barro,
la piel y las trenzas recias, pardas.

Vengo de la tierra del pan y del vino,
donde otros antes que yo
escondieron la cebada
que no saciaría su hambre ni su sed.
Soy nieta de emigrantes, carbón humano,
las entrañas unidas con alambre,
mujeres y hombres ceñidos de esparto
y entregados al delito del trabajo
manual. Ellos me levantaron el alma
con golpes de azada que aún retumban
en el amor áspero y tierno que me puebla
los surcos de las severas costillas.
En frágiles pasos de albarcas me han traído
para que un día yo soltara
las hoces de la siega, la esteva del arado
y cantara estos poemas;
me han colmado la boca de trigales,
me han confiado toda la luz,
la digna primavera de la maleza.

Soy de un hogar que se seca y se adhiere
como costra en los codos de la tez morena.
Soy de un hogar compacto hasta la grieta,
donde el roble solo sangra si lo partes.

Ay del agua oculta -dentro siempre dentro-
en nuestro pecho, quién oirá este canto
de labranza que cargo en las espaldas,
quién este ruido de savia entre los huesos.

Esto es Castilla,
y todos los árboles
que me brotan en hilera
señalan que debajo
fluye un río.


Maribel se desnuda ante nosotros. Nos muestra su paisaje exterior, antes de conducirnos hacia dentro, pero también nos muestra en conjunción y mímesis con ella la geografía de una tierra que es la suya, Castilla, a la que tantos poetas prestaron su voz: Antonio Machado, Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda...

Hay varias citas al inicio del libro que nos sirven de guía, y que son parte del itinerario lector de Maribel. Pero nos llama la atención una en particular. Dice José Emilio Pacheco:

No amo mi patria.
[...] Pero (aunque suene mal)
   daría la vida
por diez lugares suyos,
   cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
[...] -y tres o cuatro ríos


Este es un ovillo que Maribel hace suyo y comienza a desenvolver, a través de la memoria, en su viaje. Entre esa "cierta gente" están sus abuelos, los que nunca se fueron, y en especial su abuela Isabel para la que teje estos recuerdos con forma de abrazo.

Tras el poema inicial, que es presentación de Castilla y de sí misma, Maribel comienza a interpretar el entorno. Ya estamos el pleno viaje. Ya la evocación ha activado el súper del recuerdo.
Así que por sus poemas transitan su bisabuela Consolación -a la que conoció tras una vitrina-, la nieta del molinero, su padre, los vacíos de la vida, la vaca que ordeñó de niña, la estela de la vuelta ciclista, la llanura del far west, los ríos -siempre los ríos-, los oasis perdidos, el verano...

Detengamos aquí el autobús, en medio del estío. ¿Es la infancia una postal del verano?
Maribel nos dice en su poema "No habrá más verano":

Este alma de pizarra ha soñado
otra vez con el mar, y con el trigal tan dulce
que fue playa dorada en mi recuerdo.
No traigan fotos, que nadie me hable
de estampas de una cala mallorquina.
Las cigarras aumentaban los grados del sol,
e indicaban que era hora
del lodazal pedregoso de la orilla,
de las cangrejeras,
del terreno de jaras que retoñan
en la ladera que recoge al pantano.
Los padres cerca, hermano, abuela.
Mi pasado de amapolas y zarzales
se rompe en cuatro sensaciones
y un par de olores que hacen
que me salten las entrañas.
Llegaba a nosotros siempre demorado
el buen tiempo que irrumpía como fiesta
abrupta, con sus colores olvidados,
su florecer, su redención del mundo.
Digan lo que digan los anuncios de cerveza,
nada será nunca más verano
que el aroma de la jara en flor.


Es este un libro pleno de emoción, donde comparten verso las historias sencillas, cotidianas, con el temblor que provocan en la sístole y diástole muchos años después.
Porque el recuerdo es niebla que insiste, que perdura, que desdibuja unas horas el paisaje para mostrarlo después con una luz especial.
Autobús de Fermoselle no es libro alegre. Castilla casi nunca lo es. Es un paseo con sus baches y su curvas. La herida, la guerra, el tiempo arrebatado, la soledad y el vacío dibujan ese recuerdo alto, emocionado, que conforta y que duele y por el que transitamos para llegar a un destino, la celebración de la vida.

Todo el que suba a este autobús llegará hasta su infancia. Y bajará los peldaños del auto trastocado, con una leve sensación de mareo. La que provoca ese viaje hacia uno mismo en busca del primer latido, el primer beso, el primer baño. Un viaje de ida y vuelta en el que apenas sabremos de Fermoselle -es una excusa- pero sí de quiénes fuimos, de quiénes somos, de quién venimos.

Cerramos este recorrido en coche de línea con el texto "Defensa de la retama":

Vuelvo de mis anhelos trashumantes
y se me hacen de plata todas las rutas,
de azafrán las carreteras, las retamas
custodian mi camino a casa.
Y qué importa que nadie a acompañarnos baje,
siendo tú tan recia y sencilla.
Yo puedo habitar tu soledad
con las vacas de mi abuelo: Guinda y Viboreta;
con las piernas delgadas de mamá;
con mi padre sacando al choto a los ríos;
la abuela cuidando la nogal.
las amapolas y las lilas pueblan
estas páginas de primavera.

Esto es Castilla,
nunca fue la mejor, solo la nuestra.
Esto es Castilla, lo que somos,
mi cuerpo, preso como arbusto a este suelo,
el espacio donde habitan los abrazos
urdidos, mimbre, con empeño.

Tengo estos prados metidos en los ojos
y cuando brotan me salvan
como al paisaje. El horizonte
se nos talló en el pecho
siempre en pie para recomenzar.
ya vamos, Castilla, ya vamos.
Seguimos avanzando campo horizontal,
campo tenaz.


Propuesta de escritura

Ve a la estación. Saca un billete de ida y vuelta a tu infancia. Sube al coche de línea. Paséanos por ella. Cuéntanos sus paisajes, los tuyos. Condúcete. Condúcenos.


Y estas son las tareas recibidas hasta el momento:


Al cruce de Castresanz

Los viajes entonces eran así. O, mejor dicho, con el señor Alicio podían resultar así; cogías el coche de línea y sabías la hora de salida pero nunca la hora en que podías estar en Ciudad Romero de regreso. Que llegabas era fijo, aunque algunos días hubo que reparar dos o tres pinchazos por el camino y eso lleva su tiempo. A veces el señor Alicio renegaba si no habría que volver a “los macizos”; yo tenía quince años y viajaba casi a diario, así que me tocaba echar una mano. Tiempos de posguerra, faltaba de todo, las cubiertas se remendaban y las cámaras lucían más goma de parches que de la suya propia.

Ese día iba el coche completo, incluso gente de pie. El señor Alicio conducía quizá con más precaución que de costumbre, la bilbaína ladeada y camisa de mangas recogidas, pendiente como siempre de la gente a bordo. Con él no regía lo de “prohibido hablar con el conductor”; en realidad es a él a quien había que haberle colgado el cartelito de prohibido hablar con los viajeros.

Al cruce de Castresanz llovía con ganas. El señor Alicio paró el coche al lado del hombrito que vestía pantalón y chaqueta de pana remendados; estaría calado hasta los huesos. Yo era de los iba adelante, sentado en la tapa del motor. El señor Alicio me dijo que abriera la puerta y le urgió al otro:

—Venga, suba rápido, que menuda tenemos la tarde.

El hombrito sacudió a un lado y otro la cabeza.

—Venga, hombre —se impacientó el señor Alicio—. Suba que nos vamos.

Negó de nuevo el hombrito, aunque se oponía con menos convicción, eso juzgué yo. El señor Alicio me incitó con un gesto, yo encajé la cabeza entre los hombros para librar algo del aguacero; bajé y eché mano al otro por el brazo. Lo empujé arriba con no demasiado miramiento y quedó adelante, junto al motor.

—A ver, agárrese a la barra, no se vaya usted a caer —invitó el señor Alicio desde el volante, y me pareció que debía ocuparme yo de que así lo hiciera el recién incorporado, al que veía yo corto como las mangas de un chaleco.

—No le cobro —dijo el señor Alicio en voz baja—, porque encima de la mojadura que lleva usted encima...

No fue hasta llegando a Sanctipetrus que le preguntó:

—Estamos en Sanctipetrus, ¿se baja usted aquí, o en Valdeolleros?

Sanctipetrus y Valdeolleros son las dos últimas paradas antes de Ciudad Romero. El hombrito, hasta ese momento ni palabra. Fue entonces cuando se agachó sobre el oído del señor Alicio. Yo, sentado en el motor, alcancé a oírlo. Bien seguro que fui el único en enterarse, menos mal.

Cuando en Sanctipetrus hicimos la maniobra para desandar camino, una mujer ya de edad y pañuelo a la cabeza, de las sentadas en la primera fila, dijo con sorna zumbona: «¿Ahora p’atrás Alicio? ¿Seguro que no se te ha olvidao el oficio? A ver si te pasa como al herrero machacón». «Tú déjame a mí, ¿me meto yo acaso en cómo preparas tú en la cocina?». El señor Alicio se las arreglaba para decir lo que fuese en tono que nadie podía sentirse ofendido.

No fue demasiado ese día; como una hora de retraso cuando llegamos a Ciudad Romero. El señor Alicio me retuvo por la manga mientras los viajeros iban saliendo cada uno para su casa.

—Mira, muchacho, tú eres muy joven. Yo soy de meterme en todos los charcos pero a mí, a mis años, ya no hay quien me cambie. Tú sin embargo estás a tiempo y sería una pena. La prudencia nunca sobra, tenlo presente. No acudas a donde no te llaman, como hace el hijo de mi madre, porque puede pasar que... bueno, ya lo has visto.

La cuestión es que —ahora ya se puede contar—, había dejado casi de llover cuando llegamos de segundas al cruce de Castresanz, ocho kilómetros de «p’atrás» como decía la señora. Abrí otra vez la puerta del autobús y ayudé al hombrito a bajarse. Mismo junto a la cuneta se quedó; empapado, pero más lo estaría si hubiese aguantado media hora más a cielo abierto. Y, en efecto, allí estaba el burro.

Ya lo dejé contado más arriba, nadie había oído al hombrito, menos mal, cuando el señor Alicio le preguntó que si se apeaba en Sanctipetrus o en Valdeolleros. Yo sí que pude oírlo; estaba mismo al lado. El hombrito dijo: «Yo ande usté diga, pero cuanti antes mejor, que tengo que volver p’atrás al cruce, que es ande tengo el burro estacao, que es ande mejor está la yerba, que este año con la sequía...».

Pascual Martín
Grupo B


Paseando mis recuerdos

Noe y yo nos hicimos novios, aunque poco rato. Fue un jueves por la tarde.

Los jueves ni los niños ni las niñas teníamos escuela, pero había que ir a la doctrina con D. Cura. Nos enseñaba cosas de Dios y de la Virgen. Teníamos que aprender de memoria el catecismo y si te equivocabas en más de una palabra, te pegaba un macocazo con los nudillos de los dedos.

Yo era el número dos del catecismo. Delante de mí estaba Juanito el Foti, y eso porque tenía dos tías monjas, y un hermano seminarista. Todas las niñas coincidían en que yo debería estar delante. Que lo tenía enchufado se notaba en las preguntas. La más difícil que le hacía, cuando iba el obispo del Pueblo Grande, era:

- ¿Dónde está Dios?. Y hasta el Malacara lo recitaba con él:

Dios está en el cielo, en la tierra y en todas las partes.

Luego se ponía frente a mí, frotándose las manos y soltaba:

- A ver tú Balarrasa: ¿Cómo se realizó la encarnación del hijo de Dios?

Yo me hinchaba, resoplaba, cogía carrerilla y soltaba de un tirón:

“La Encarnación del Hijo de Dios se realizó cuando el Espíritu Santo, de las purísimas entrañas de la Virgen María, formó un cuerpo perfectísimo, sin pecado, y creó un alma nobilísima que unió a aquel cuerpo; de tal manera que en aquel mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios y de esta forma el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre, igual a todos los hombres en todo, menos en el pecado”

Si estaba Noe, me aturullaba y me atrancaba en nobilísima. D. Cura no tenía paciencia, me soltaba otro coscorrón y añadía:

- Ves, si tienes la cabeza hueca.

Malacara y Tomasorro se frotaban los ojos como si yo fuera a llorar, por hacerme burla. Pero con Noe delante, nunca lloraba.

Lo de cabeza hueca no fue duradero. Al poco me dijo que la tenía llena de serrín. Me puse contento, pues me incluía en el grupo de Narci, Canito, Juanmi y las gemelas.

En una doctrina del jueves, mientras D. Cura estaba entretenido explicándoles a la Mechi y a la Nines el misterio de la Santísima Trinidad, arranqué un cacho de papel del cuaderno y se lo tiré a Noe. Le había escrito, con la mejor de todas las letras que podía hacer, si quería ser mi novia. Lo leyó, escribió algo debajo, lo doblo y me lo lanzó. D. Cura lo vio, se agachó, lo cogió, lo desdobló, lo leyó y se lo guardó. Noe se puso colorada.

D. Cura siguió con la doctrina, pero cuando íbamos a salir, con la mirada en el techo y un baile de pies que me inquietó bastante, con mucho boato y retintín, informó que próximamente se pondría en contacto con los padres de unos tortolitos para fijar la fecha de la boda. Noe se volvió a poner colorada.

En la calle me dijo que ya no era mi novia, que como su mamá se enterase le reñía y no la dejaría salir a jugar durante una buena temporada.

Así y todo, a Canito le dejé claro que, aunque ella no podía ser mi novia, yo continuaría siendo su novio, ¡que ni se le ocurriera!. Se portó. Advirtió a todos que si alguno intentaba quitármela, cargaría el tirachinas con rollos redondos del regato, y apuntaría a la cabeza. Cumplió hasta que tuvo que dejar la escuela para cuidar las cabras de su papá.

A mí, me llevaron a un colegio del Pueblo Grande. Cuando nos tocaba lectura con D. Aris, me dedicaba a escribirle cartas. Las guardaba entre las hojas de los libros. Un día se me cayó una en el pasillo del comedor y aunque los curas pusieron todo su empeño en descubrirme, no lo consiguieron.

Pasado el tiempo, recibí carta de Narci en la que me contaba que la oveja Barrosa le había parido dos corderos, que el burro tordo le había dado una coz al señor Mariano, que se había muerto la abuela de Juancar y que Noe se había hecho novia de Canito. Cuando lo leí, se me anudaron los higadillos y se me disgustó el alma. No probé bocado en todo el día. En el recreo de las once de la mañana siguiente, en un trozo de cartón, le dibujé a Lara un corazón atravesado con una flecha goteando sangre por todas partes y por encima de la flecha escribí: “yo por ti”. Se lo envié por la hermana pequeña de Floren, que se acercó a la verja que separaba a las niñas de los niños. Tardó muy poco en regresar y me devolvió el cartón. Debajo de la flecha, con pinturas de colores había escrito: “y yo por tus güesos”. Se me desanudaron los higadillos, se me alegró el alma y perdoné a Noe.

Evaristo Hernández 
Grupo B


Volver a casa
En tren, bajo el ocaso: masa de trigo encendido,
con amapolas despistadas…
Es mi planicie querida,
casi nada, el sol y el cielo,
todo horizonte que se pierde
en una nada mística.
Tierra pura que da pan
en un mar interminable, verde, ocre dorado.

Un día, una niña se sintió diluida entre los cereales
y el cielo cenital, sin tiempo, sin espacio.

Otros días se tiró en la yerba,
disfrutó del nogal y lo lloró,
del olor entrañable de la paja,
y respiró el amor en una casa
de ladrillo mudéjar.

Al fin encontró lilas,
su esencia tras la pared ajena,
y por primera vez,
se topó con la poesía
en una noche de verano
de luna llena esplendorosa.

Emilia González
Grupo B


Viajando en tren

Mi viaje a la infancia tengo que hacerlo en tren. Fui a Barcelona con mis padres cuando solo tenía 4 meses. Para ellos fue el viaje más largo que habían hecho hasta entonces. Seguramente, no habían traspasado los límites de su provincia, pero el mejor oftalmólogo de España estaba en Barcelona y había que ir. Viajábamos de noche. Yo me pasé el viaje llorando y un viajero al que molestaba mi llanto, se lo pasó protestando. Otro llevaba una gallina en una cesta que no dejaba de cacarear, entonces se hacían esas cosas. ¡Como para dormir!.
Unos años más tarde, mi destino era Alicante, donde estudiaba. También viajábamos por la noche. Mi padre y mi madre se turnaban, para que uno de los dos pudiera quedarse atendiendo a mis hermanos. Recuerdo que iba tumbada, tapada con una bata o una toalla, ocupando mi sitio y seguramente, el de quien me acompañaba.
Unos años más tarde se organizaban grupos de alumnas desde y hasta Madrid , acompañadas por una cuidadora del colegio.
Los viajes eran muy largos, nada que ver con las velocidades de los trenes de ahora. Te podías encontrar personas muy pintorescas. Nadie llevaba móvil, ni cascos, seguramente, tampoco era muy habitual llevar algo para leer.
La gente se entretenía hablando con los compañeros de viaje o haciendo un interrogatorio de tercer grado, según la curiosidad de cada cual.
En aquellos trenes no había cafetería. Había que llevar el bocadillo o la fiambrera y hasta el agua. Que se lo cuenten a mi madre, que tuvo que protestar, porque la cuidadora que iba con nosotras no llevaba ni comida ni bebida y aprovechaba su autoridad para cenar a nuestra costa.
Aquellos trenes eran larguísimos, con compartimentos de 8 personas y unos pasillos enormes.
Entre sueños, escuchaba pregonar las tortas de Alcázar de San Juan o las navajas de Albacete.
Eran otros tiempos, los de la infancia.

Teresa Sanz
Grupo B

Literatura y westerm

En la sesión del lunes pasado hablamos de Literatura y Western. El ambiente era tranquilo en la cantina. El pianista aún no había recibido ningún impacto de bala. Sobre la barra corría como pólvora la zarzaparrilla.
Pero todo enmudeció en un instante, cuando dos hombres sellaron con un trago su duelo al sol.

Leímos los poemas "Con sombrero vaquero", de Diego Navarro, "Farwell", de Pere Gimferrer y "La canción del oeste" de Luis Cernuda:

(Con sombrero vaquero)

Hecho el aire de pólvora ligera,
navega verde-azul a noche viva,
mientras la gracia del jinete estriba
en el volumen de su cartuchera.

Galopa a espuela y crin la carretera,
con emoción de angustia primitiva,
y una doncella corre a la deriva,
loca de sol, de tiros y de espera.

Músculos de primor, fríos, tirantes,
hierros bajo el percal de la camisa,
firman el gozo de una valor sin tacha.

Ya hacia el Oeste van lunas y amantes
a conquistar, audaces, la sonrisa
de un jazmín sin olor, rubio y muchacha.


Farewell

Como Shane, el hombre de los valles perdidos,
que tenía los ojos azules y cantaba viejas baladas del Oeste,
como Shane, que tenía dos pistolas nacaradas
y la alegría de la inmortalidad en sus pupilas,
como Shane, que hablaba de lejanas praderas y bosques, de sosos y
serpiente de cascabel,
de puertos y tifones y sirenas
y del Buque Fantasma,
y era joven como el agua y como ella reflejaba la luna cambiante y
amarilla de abril,
y era joven como el amor y sus mariposas encendidas,
y era joven como la tristeza,
y tenía los ojos azules y dos pistolas en su canana,
como Shane el luminoso,
joven como la luz,
como Shane y sus valles perdidos bajo las temblorosas estrellas...


La canción del oeste

Jinete sin cabeza,
Jinete como un niño buscando entre rastrojos
Llaves recién cortadas,
Víboras seductoras, desastres suntuosos,
Navíos para tierra lentamente de carne,
De carne hasta morir igual que muere un hombre.

A lo lejos
Una hoguera transforma en ceniza recuerdos,
Noches como una sola estrella,
Sangre extraviada por las venas un día,
Furia color de amor,
Amor color de olvido,
Aptos ya solamente para triste buhardilla.

Lejos canta el oeste,
Aquel oeste que las manos antaño
Creyeron apresar como el aire a la luna;
Mas la una es madera, las manos se liquidan
Gota a gota, idénticas a lágrimas.

Olvidemos pues todo, incluso al mismo oeste;
Olvidemos que un día las miradas de ahora
Lucirán a la noche, como tantos amantes,
Sobre el lejano oeste,
Sobre amor más lejano.


Y centramos después nuestra atención en el libro "Duelo al sol" de Manuel Marsol, publicado por Fulgencio Pimentel
Si nos asomamos a la web de la editorial leemos:

Western atípico de la mano de uno de nuestros ilustradores más internacionales, Duelo al sol es el primer tributo que Manuel Marsol dedica a su pasión por el lejano Oeste, un dilatado y tenso duelo entre dos mundos, lleno de humor y ternura, que acaba convirtiéndose en una parábola sobre la necesidad de entendimiento.

Un sol ardiente, una calavera reseca y un matorral que pasa girando vertiginosamente junto a nuestros pies. Dos hombres se miran fijamente a los ojos: separados por un arroyo, el indio y el vaquero solo esperan a esa señal invisible que marque el inicio del duelo, abocado a un final fatídico. Es entonces cuando mil y un contratiempos retrasan sus planes: un pájaro se posa en el revólver del vaquero y más tarde hace caca en su sombrero; una nube de formas caprichosas los enreda en un diálogo de besugos; el estruendo de una locomotora impide momentáneamente el entendimiento; los caballos se impacientan y prefieren mantener un idilio por su cuenta; un enorme bisonte pone en fuga al vaquero, que acaba refugiándose… en los brazos de su rival. Pasan las horas, el sol se pone sobre nuestros amigos. ¿Adónde nos lleva todo esto?


Galardonado por la Asociación de Librerías Sorcieres (ASLJ) y la Asociación de Bibliotecarios de Francia (ABF) con el premio Carrément Sorciere Fiction 2019, y por la Feria del Libro y la prensa juvenil de Montreuil con el premio Pépite 2018 al Mejor libro ilustrado, Duelo al sol se presenta como un film en Technicolor (sin olvidar incluso el clásico The End seguido de los créditos finales). El multipremiado autor de El tiempo del gigante y Yokai (ambos junto a Carmen Chica) se sitúa así en uno de sus escenarios favoritos, solo que sublimando la violencia implícita del western para hilvanar una comedia inevitablemente humana y llena de imprevistos que apelan a la unión y la solidaridad entre iguales.



Jugamos después a recrear un duelo al sol moderno, en un ámbito diferente al del desierto o el poblado oeste.

Y  leímos la carta de Toro Sentado al presidente Franklin Pierce:

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.
¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.
Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras.
Más, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.
No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.
El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.
Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.
Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.
Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la superv
ivencia...".


Propuesta de escritura

Escribe a Toro sentado para contarle tu impresión sobre su carta. O también puedes escribir la respuesta que podrías dar -si fueras presidente- a las reclamaciones del pueblo indio.

Y estos son los trabajos recibidos hasta el momento:


Carta a toro sentado

Querido Toro Sentado, hijo de la tierra del sol y del viento:
querido porque despiertas amor, porque dices la verdad.
Santa y sagrada la tierra que te tiene en su seno, el sol que ungió tu rostro,
el viento que te permitió oler la yerba.

Tengo que decirte que en este siglo XXI, hay millones de hombres que sólo
pisan asfalto, no la sagrada tierra, no miran la puesta del sol, suprema
hermosura, no respiran aire limpio sino contaminación.

Siguen buscando ¿qué riquezas?… Esquilman la naturaleza,
quieren comprarlo todo nos hacen adorar falsas imágenes,
distraen y destruyen nuestras almas, adoran colorines de plástico, 
dañan, esquilman, no tienen derecho

No se han enterado de nada, atacan nuestro derecho a ser
hijos de la tierra dignos…

Toro Sentado, no hemos cambiado casi nada,
oigo tus palabras en los ecos del trueno en la tormenta.
Gracias, Gran Hijo de la tierra que nos sostiene a todos.
Un día devorará la vegetación los rascacielos.
Tus palabras de yerba vencerán.

Emilia González 
Grupo B


Salvados por el móvil

El reloj de la plaza dio siete campanadas, las siete de la tarde de un sábado caluroso de mayo, donde el bullicio y el colorido la inundaban. Las mujeres, cansadas del largo invierno, habían guardado sus grises y marrones, lucían verdes, amarillos, rojos, que junto con el dorado que el sol iba dejando sobre la piedra, hacía que todos, foráneos y turistas disfrutaran del ambiente, completado aquella tarde por las casetas donde encontrar los libros más variados y curiosos y, con un poco de suerte, oír o ver a alguno de sus autores, feria del libro, uno de los eventos que la engrandecen aún más. Lugar de encuentro. “Nos vemos en la plaza”. “Vamos a dar una vuelta hasta la plaza”.

Las terrazas estaban a tope, encontrar una mesa libre era tarea de titanes, había que estar al acecho, adivinar movimientos, algunos más decididos hasta preguntaban si pensaban quedarse mucho. Nosotros éramos de los afortunados, teníamos mesa a la sombra y, desde ese palco privilegiado, además de disfrutar de un rico helado, una conversación poco trascendental, mas bien nos sorprendían las que oíamos, observábamos cuanto acontecía a nuestro alrededor. Nos fijamos en ella, una señora bien parecida, algo entrada en carnes, de unos sesenta años, era de las que estaba al acecho. Y en él, un chico de veintitantos, majete y también buscando su presa. En la mesa contigua a la nuestra hubo movimiento, los dos llegaron a ella, había una pareja, él se puso de pie y nuestro chico se apoyó sobre el brazo de su silla, esperando que quedara libre y sentarse, nuestra señora, sin esperar, se sentó en una de las sillas que había libre.

-Señora, lo siento pero he llegado antes que usted, esta mesa es para mí-
- Tú dirás lo que quieras, pero la que estoy sentada soy yo, no me pienso mover-
-Usted tiene más cara que culo ¿y sabe lo que le digo? , que yo tampoco me muevo-
- ¡Grosero, maleducado!-
-Y usted una aprovechada, que llegó a empujones.-
- ¡Sinvergüenza, más que sinvergüenza!-
-¿Usted sabe lo que es la vergüenza?-

El tono iba subiendo, el camarero presto a intervenir. De pronto sonaron dos móviles.

–Si Juan, ya tengo mesa, estoy en el Novelty.-
-Sí Carmen , tengo mesa, estoy en el Novelty.

Al momento distinguió a su marido, un poco despistado.

- ¡Juan estoy aquí!- Gritó a pleno pulmón.
- No te veía Maruja, veía la mesa ocupada por este joven.-
-Nunca mejor dicho, ocupada, ¡menudo okupa tenemos aquí!, me ha querido quitar la mesa y me ha insultado.-
-¿Cómo te atreves, muchacho?-
-Si todas las verdades que le cuenta son como esta, ¡menuda joya tiene usted!-

De pronto las miradas se dirigieron a una mano que se agitaba a modo de saludo, su sonrisa de oreja a oreja.

-Pero bueno, ¿cómo es que estáis los tres juntos? ¡Vaya sorpresa!, ahora me lo contaréis.-

Era Carmen, hija de nuestra señora, y la Carmen a la que esperaba nuestro chico. Las miradas que cruzaron entre ellos antes de empezar a hablar, hubiera sido impensable hacía unos minutos, se entendieron como no lo habían hecho antes. Se debieron sentir tan avergonzados de su comportamiento, o por querer cortar la expectación que habían creado a su alrededor, lo que oímos no tenía nada que ver con el duelo que esperábamos.

-Ya ves hija, este joven, tan educado y atento me ha permitido compartir su mesa-Nosotros percibimos un cierto tonillo, que entendíamos.
-¿Cómo iba me iba a permitir ocupar yo solo una mesa, que tuve la suerte de que quedase libre, viendo que ella también la quería?, así que la invité a sentarse, suponiendo que tú lo entenderías.-

Ahí también hubo un tonillo sarcástico

- Papá, ¡vaya suerte que tenemos con nuestras parejas!

Decidimos irnos, preferimos suponer distintos finales.

Inés Izquierdo
Grupo A


Al hombre blanco y culto

Yo descendiente espiritual de Tatanka Iyotanka, más conocido como Toro Sentado, jefe guerrero y espiritual de los sioux y otras tribus, me dirijo a vosotros, hombres blancos y cultos, para demandar el cumplimiento de las promesas con las que, respaldadas por las armas, lo obligasteis a vender las tierras que por generaciones dieron cobijo y sustento a su pueblo.

Sus palabras siguen inmutable y permanentes en el viento y en las rocas, en la lluvia y en las cenizas de sus muertos, en tanto vuestros contratos, pomposos y grandilocuentes, apenas si duraron lo la vida del conejo en las garras del águila.

Gran Toro Sentado no vendió nada que no pudiera ser tasado con un precio; y jamás anido en su mente vender cualquier bien cuyo importe pudiera computarse en valor. Sabed, pues, que no os vendió el aire, ni el centelleo del agua, ni la lluvia, ni el aliento que da vida a los animales y a las plantas; tampoco el rumor del viento, o el azul del cielo, donde las nubes componían transparentes gotas que se derramaban copiosas sobre la tierra. A nadie, salvo a la Vida, pueden pertenecer los riachuelos, juguetones y cantarines. Todo cuanto os cedió fue a condición de que lo transmitiríais en el mismo estado a vuestros hermanos del futuro.

Sin embargo, vosotros, hombres blancos y cultos, sois crueles e insolidarios. Hicisteis putrefactos ríos de las cristalinas aguas que os prestaron, emponzoñándolas, sin afligiros en vuestra conciencia el que nuestros hermanos peces se debatan moribundos.

Perforasteis la tierra hasta lo más profundo para, en vuestra inconsciencia, derrochar, sin tino y sin escrúpulos, la riqueza que tanto tiempo y esfuerzo llevó atesorar.

Desde mi pobre atalaya, trato de recrearme en el verdor que envolvía la tierra y también lo habéis destruido. Su piel está desnuda y calcinada, por tanta irresponsabilidad, por tanto egoísmo, por tanta locura. Un ruido insoportable martillea mis sienes duramente, mientras oigo el lamento de cada árbol centenario que hicisteis alimento de las llamas, y el triste quejido de la jungla a la que no cesáis de fustigar.

Me hiere vuestra sordera al dolor de las madres que, entre sollozos, arrullan el hambre de sus hijos; o cómo vuestra insensibilidad impide un sitio a quienes diferencia únicamente el color de la piel o de la raza.

Yo, rústico e inculto campesino, descendiente espiritual de Tatanka Iyotanka, jefe guerrero y espiritual de los sioux y otras tribus, depositario del legado de mis antepasados, reclamo y exijo piedad con los cuerpos marchitos y encorvados por los años y el trabajo. Nuestros antepasados nos enseñaron a valorar a los ancianos, manantiales de sapiencia y de templanza, y a asignarles el puesto de honor que por justicia les corresponde.

Quiero recordaros a vosotros, hombres blancos y cultos, palabras de Toro Sentado, escritas en el viento y en las rocas, que nunca os detuvisteis a meditar: “La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Lo que ocurre a la tierra, ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Esta tierra es preciosa para Dios”.

Evaristo Hernández
Grupo B


Duelo al sol

Como un rayo, el hombre que vestía de negro desenfundó disparando dos veces con el acierto de siempre. Su contrincante ni siquiera había llegado a tocar la culata de su revólver; se estremeció con cada uno de los proyectiles que impactaron en su pecho y cayó fulminado al suelo polvoriento de la calle. Al instante un rosetón rojo comenzó a extenderse por su camisa a la altura del corazón. El tercer muerto en la mañana; el de negro tenía sin duda el oficio bien aprendido. Ahora, con parsimonia, sopló el cañón de su colt, extrajo del tambor los casquillos sustituyéndolos por dos cartuchos nuevos que tomó de la canana y girando el arma sobre su dedo índice la volvió a la funda sin mirar, con expresión vacía que hubiera suscrito el propio Clint Eastwood.

—¡Corten! —gritó el director—. A partir de ahora continuaremos con armas de fogueo; no vamos a ganar para actores secundarios.

Pascual Martín 
Grupo B


Grandes Jefes
Amigo/a remitente:

El/la remitente eres tú, compañero/a del taller que ha dirigido una carta al Gran Jefe Toro Sentado, habiendo leído previamente la que él envió al Gran Jefe de Washington.

Qué bonitos textos los vuestros. Pero es fácil —perdonadme, no pretendo minimizar vuestro trabajo— escribir dejándose llevar por sentimientos “buenos”. Quiero decir, de los que esta sociedad en la que vivimos tiene catalogados como “buenos”. No digamos ya si nos enciende la cosa poética y nos entregamos a estigmatizar lo “malo”.

Todo muy cierto lo que decís, pero es solo —entiendo— una parte de la verdad. El Gran Jefe de Washington pretendía “comprar” las tierras a los de Toro Sentado. No lo entendería muy bien el gran Tatanka Iyotanka, no es fácil que los siouxs comprasen tierras a los de otras tribus con los que guerreaban; debía ser otro el procedimiento para hacerse con ellas.

Amigos del taller: de acuerdo, el progreso acaba con todas esas cosas preciosas que detalláis; y el progreso es obra del hombre blanco, no tenemos otra que entonar el mea culpa.

Pero es gracias al progreso quizá, que vosotros habéis podido escribir vuestras cartas; no sé si habéis pensado en ello. No me refiero al ordenador que el hombre de piel blanca creó y puso a vuestro alcance (que también), sino al hecho de que muchos de nosotros ni siquiera existiríamos si no fuera por el progreso. Cuando yo estudiaba, los que sabían de eso (maltusianistas, qué palabro) defendían que dado el modo como crecían la población por un lado y los recursos por otro, si no era “gracias” a las guerras, la peste, etc., la humanidad acabaría muriendo de hambre. Pues ya veis, compañeros, 7.600 millones de personas cabemos en el mundo (de momento); y no comemos menos que antes; y vivimos más tiempo; y más sanos. A lo mejor nosotros formamos parte, ¿por qué no?, de ese “extra” que existe gracias al progreso.

¿Que de haber ganado los sioux hubiera sido lo mismo? Yo no lo tengo tan claro, me quedo con la certeza de lo que podemos disfrutar hoy día; aunque las paredes de mi casa no se adornen con cabelleras de mis enemigos.

En palabras del propio Toro Sentado, «Esta tierra es preciosa para Dios». ¡Toma, claro!, y todas las tierras, creo yo. ¿Y no es preciosa para Dios la existencia de esa mitad (por lo menos la mitad) de hombres y mujeres que hoy puebla la Tierra gracias al progreso? Aparte de que Dios nos hizo como nos hizo de inteligentes para algo. También, por supuesto, para que escribamos cartas bonitas al Gran Jefe sioux y valoremos en grande su manera de vivir en comunión con la naturaleza. Es posible, no sé, que haya muy poca gente que ame a la Naturaleza tanto como el que suscribe, pero esa es otra cuestión.

Compañero/a del taller: ¿me perdonas el atrevimiento, verdad? Muchas gracias. Es que yo, ¿sabes?, tengo la manía puñetera de felicitarme por lo que se ha puesto a mi alcance; prefiero eso a lamentarme de lo que me falta. Muchas gracias, repito. Un abrazo.

Pascual Martín
Grupo B


Carta a Toro Sentado

Después de leer atentamente su carta y de analizar la relación del hombre blanco con su entorno, tengo que decirle que sus reclamaciones están plenamente vigentes en el siglo XXI. existen organizaciones que luchan por la conservación del planeta, porque seguimos destrozándolo, llenándolo de residuos que tardan muchísimo en desaparecer, extinguiendo animales y plantas, deshaciendo glaciares y hasta hemos conseguido cambiar el clima.

Todo esto se está volviendo contra nosotros y si no ponemos remedio, el futuro que dejamos es aterrador.

Quizá entendimos que el dios del hombre blanco dijo que había que someter a la tierra y a los animales, no quisimos darnos cuenta de que respetar lo que nos rodea y entender que es tan importante y necesario como nuestra especie, nos haría vivir mejor, en el presente y en el futuro.

Con todo esto, no podemos presumir de ser más civilizados que su pueblo.

Le saluda atentamente:

El hombre blanco.

Teresa Sanz
Grupo B

I Certamen "Literatura Creativa" Grupo B

I Certamen "Literatura Creativa". Grupo B
Género: Microrrelato, relato corto, greguería, poesía, haiku, aforismo…
Premio: Un aplauso generalizado y varias sonrisas.
Abierto a: Los participantes del taller de literatura creativa de las 19,00 h.


BASES

• Se podrá presentar solo una obra, escrita en lengua castellana y tener un máximo de un folio por una cara. Se presentará a doble espacio, en letra tamaño 12, “Times New Roman” o similar y con márgenes estándar.

• La obra será original, inédita, no premiada anteriormente en ningún otro concurso, ni sujeta a compromiso de edición. Tampoco podrá estar pendiente de fallo en cualquier otro concurso en la fecha en que finalice el plazo de presentación a éste. Debe ser una obra original y creada para este concurso.

• En el asunto del mail, se especificará: I Certamen “Taller de Literatura Creativa” e irá acompañada de la obra que se presenta al concurso.

• El plazo para presentarse al concurso finaliza a las 20 h. del domingo día 9 de junio de 2019. Antes de esa hora la obra deberá ser remitida al correo de Raúl Vacas que la colgará ese día o el día siguiente en el blog del Taller. Si la obra llega fuera de plazo no formará parte del certamen.

• Desde el martes 11 de junio hasta el sábado 15 de junio a las 20h, todos los participantes del taller de Literatura Creativa podremos leer todas las obras en el blog y votar las tres, solo las tres, que a nuestro juicio son mejores, con tres, dos y un punto. Esa votación se enviará a Raúl Vacas mediante un mail escueto y sin aditivos. Las votaciones fuera de plazo no serán contabilizadas.

• El lunes 17 de junio, penúltimo día de taller, Raúl hará públicos, solo los tres textos con mayor puntuación.

PD: ¿Alguna pregunta?

- ¿Se puede no participar y votar? Sí
- ¿Se puede participar y no votar? Sí
- ¿Puedo votarme a mí mismo? No


Estos son los trabajos presentados a Concurso:


1

Rosa

Cada pétalo que cae, 
me dejó una herida
de la espina que se clavó aquel día.

De los sentimientos compartidos, 
del dolor de haberle visto marchar.

Ese ramo que dejé en mi salón 
de la despedida en el rincón.

Una herida aún sin cerrar, 
que pude compartir.

Una rosa vuelve a caer al estanque.

Donde dejé caer la última tras tu regreso.



2

Sebastián  bajaba  por la escarpada pendiente que unía su casa en la alquería con el pueblo. Veinte kilómetros que, entre surcos, rocas y algún pequeño tramo de sendero de tierra,  recorría entre saltos y apresuradas carreras que detenía, a veces,  para recuperar el resuello. Tenía que llegar al pueblo antes del cierre de la taberna.  En los bolsillos de su vieja chaqueta de pana llevaba  unos cuantos cartuchos y apoyada en el hombro la vieja escopeta de caza heredada de su  padre.  Mientras caminaba  pensaba en  Engracia, su  mujer, que  era con su tez dorada por el sol del  y su espigada figura la mujer más atractiva que había visto en su vida y que atraía las miradas de los hombres.  Se casaron muy jóvenes al poco tiempo de conocerse. Decían que eran la pareja más guapa de la comarca. Aun recordaba con emoción y deseo contenido la noche de boda y todas las noches siguientes en las que el deseo de ella parecía no tener límite. Después de diez años de matrimonio era ella la que, cada noche en la cama, le solicitaba y  buscaba y no paraba en su empeño hasta conseguir lo que deseaba. A  su memoria acudían  recuerdos  a los que ahora  encontraba un significado que antes no había  percibido: Las numerosas ocasiones  en las que ella volvía a casa al anochecer con las mejillas enrojecidas y el pelo  alborotado  y que,  inocente el, atribuía a la prisa con la que ella volvía a casal. Cuantos años había estado ciego. Cuantos años la había amado como nadie era capaz amar. Fue Don Juan, el terrateniente, que entre risas y desprecio le había contado que  “Vicente el alcalde,  Pepe el andaluz y  Manuel  se jactaban y reían cada noche en la taberna relatando con todo detalle lo que hacían en el bosque con su mujer y que  el tabernero y todos los presentes reían también a placer comentándolo y ridiculizando a Sebastián”.
 Recorrió  los pocos pasos que le separaban de la taberna cargando  la escopeta. Empujó la puerta, entró y dando dos pasos apuntó a Manuel y apretó el gatillo. Luego le siguió el andaluz y, no dándole tiempo a cargar de nuevo, destrozó el cráneo de Vicente dándole un fuerte golpe  con la escopeta.
 Quince años sin saber nada de ella  había hecho más dura su existencia en la cárcel. Allí  aprendió a leer y supo de una enfermedad que  producía un deseo sexual irrefrenable  e incontrolable. El día que lo leyó en la biblioteca lloró amargamente y  comprendió y perdonó a Engracia. Agotado por el largo viaje de varios días  desde el penal, realizado en su mayor parte caminando, y con la figura encorvada  y encanecido su cabello por la dureza de su reclusión, pero con un amor que había permanecido intacto, abrió  la puerta de su casa y allí estaba ella en la semioscuridad de la cocina  iluminada por el rescoldo de la leña. Aún conservaba su espléndida belleza.   Se   abrazaron en silencio. Ella  le miró fijamente a los ojos y pidiéndole perdón le dijo que cada día y cada noche había pensado en él y que ya no la dominaban   los anhelos y deseos anteriores hacia otros y que el resto de su vida lo pasaría únicamente en su compañía.

(Este relato está basado en unos hechos  acontecidos en los años cuarenta del pasado siglo en Las Hurdes)


3

Las mariposas son los abanicos de las flores.

Maxi Moreno


4
Lluvia de otoño

Aquella mañana me sorprendió la lluvia de otoño cuando miraba a través de mi ventana. En otoño, la lluvia tiene un color especial porque el bosque que rodea mi casa está lleno de hojas amarillas, rojizas, ocres... y el suelo, húmedo, empieza a descomponerlas. Además huele a setas. Después de la lluvia los colores son más intensos, tal vez por el contraste con el gris oscuro del cielo. Entonces sonó el teléfono y tu voz seductora me recordó el rojo encendido de la arcilla mojada.
Cada otoño, con las lluvias, el viento me trae el recuerdo de tu voz y las gotas contra los cristales me transportan a los besos húmedos que siempre me entregaste...


5
Se posa algunas veces
la luz sobre lo que antes
nunca habías mirado,
y entonces se hace nueva
la ciudad, y te trae
sensaciones, matices
de lugares ignotos
y también conocidos:
Faltan las melodías
no oídas, el sabor
de lo nunca probado.
Mas cómo habla la luz
a todos los sentidos,
cómo alza y despierta
lo que yacía callado.


6
Algunas ideas para dominar el mundo

Aprovecha todas las oportunidades
A mi compañero de trabajo lo echaron de la empresa por insistir en que uno de los monos que vigilaba, le hablaba constantemente del funcionamiento del cerebro. Ese mismo día, la dirección del zoo me obligó a realizar sus tareas, además de las mías, por el mismo salario.
—Aguanta, —dijo mi marido, durante la cena —necesitamos tu trabajo y —añadió bromeando —  si el mono te habla, dale un buen golpe en la cabeza.
Y así lo hice.
Tres años después de esa conversación, y apenas unos minutos desde que me concedieran el Nobel, agarré fuerte al mono y lo molí a palos. Al día siguiente destruí todas sus grabaciones y me divorcié.

Aprende a aprovechar todas tus oportunidades.
Tras el escándalo, la reciente premio Nobel en medicina negó haber escrito la nota manuscrita en la que supuestamente confesaba el asesinato de un mono, para robarle unas teorías que han revolucionado el tratamiento del Alzheimer.
Aunque el cadáver del mono ha sido encontrado enterrado en su jardín y su ex marido ha declarado que todas las imputaciones son ciertas; la Nobel ha pedido sensatez a la comunidad científica: “¿De verdad puede creerse alguien que un mono pudo ser el autor de tamaña investigación?”


7
Último concierto

Homenaje a Fernando Maés

Allí estábamos todos sus amigos. Fernando, unos meses antes había decidido hacer una parada en sus actuaciones y, para ello, como despedida, había elegido “La chica de Ayer”, un local de moda en la noche salmantina.
Su mujer estaba en la entrada recibiendo a todos los asistentes, haciéndoles entrega de un sobre lacrado que tenía en la portada unas palabras de Fernando y su firma original; dentro, una lámina con la fotografía de cada uno de sus seis discos y una canción impresa.
En el escenario la banda al completo: sus cuatro componentes radiaban alegría, también tristeza. El comienzo fue un poco duro con la mención a los últimos diez años de gira por toda la geografía española. Empezaron tocando canciones de sus primeros discos, letras llenas de nostalgia, tarareadas por los asistentes. Según iba avanzando el concierto algunas lágrimas empezaban a caer sin poder remediarlo, la gente no es de piedra.
Los textos de las canciones parecen poesías cantadas, dardos al corazón:

- No creas que la vida no te va a pasar factura...
- Hace ya muchos días que miro por los tejados viendo pájaros pasar...
- Solo quiero despertar a tu espalda...
- Te llevaré una rosa cada vez que pueda..
- Una habitación cerrada, luego fueron dos miradas, que no volverán entre tu y yo...
- Los girasoles tristes, los que tienen miedo...
- Pero nada me importa si me quedo contigo..

Después de tres horas de concierto... Nadie deseaba que se acabara pero todo lo que tiene un principio tiene un final y este llegó, entre aplausos y abrazos con los asistentes.
Últimas palabras de despedida y una promesa de Fernando: necesito descansar y componer nuevas canciones, por lo que creo que volveré, y no tardando mucho.


 8
¿Y si todo fuera un espejismo?

- Si no supiera " reírle "a la vida al despertar 
- Si cada mañana no pudiera sentir, al acercarme a su cama, el respirar sosegado de mi madre
- Si no pudiera sacudirme los miedos que me invaden a menudo
- Si , ante un derrame de nostalgia, no supiera reaccionar para ponerle freno
- Si no pudiera vivir con esas muertes tempranas que siempre me acompañan
- Si no supiera amar sin medida, aunque a veces duela
- Si no tuviera la capacidad de " comerme la vida a dentelladas " sintiendo su fugacidad
- Si ya no tuviera sueños que alentaran mi día a día
- Si no tuviera la quietud de la noche para jugar ...
Si no fuera como soy..! No sería yo.


9
En unas horas nos vemos

El muchacho, con el ritmo acelerado y la respiración disparada se detiene en medio del descampado. A pesar del sudor que invade sus ojos consigue centrar la vista y descifrar los dígitos impresos en la pantalla led de su smartwatch. 4.828 metros, 36:27 minutos, 110 pulsaciones. Bastante bien, pero aún puede mejorar. Las pruebas de acceso a la Policía Nacional se acercan y quiere estar a tope para conseguir la tan deseada plaza. Sabe que de ello depende su futuro y no debe relajarse.
Lejos de considerarlo macabro, le gusta detenerse en aquel apartado lugar por la sensación de soledad que lo impregna todo. La gente suele evitarlo al haberse convertido en un punto marcado por la tragedia y el dolor. Algunos dicen que allí se puede respirar la muerte y el sufrimiento con tan solo cerrar los ojos y escuchar el silencio. No es para menos. Aquella bestia de más de 35 toneladas perdió el control y, tras varios kilómetros de caída en picado, acabó convertida en una gran bola de fuego que segó la vida de las 157 personas que viajaban en su interior. 157 almas desintegradas incluso antes de llegar al suelo. Como un diminuto Auschwitz, o un World Trade Center a escala, la cultura popular ha convertido el lugar en un enclave maldito.
Pero él no cree en todo aquello. Lo que pasó, pasó y ya está. La tierra simplemente se tragó aquellos cuerpos y siguió su camino, al igual que todos los bomberos, policías, periodistas o curiosos que invadieron la zona durante semanas. El recuerdo de lo ocurrido vivirá para siempre en la cabeza de los familiares y en las hemerotecas, pero para el resto, la vida sigue su curso sin mirar atrás. Incluso para aquel pedazo de tierra, cuyas heridas fueron cicatrizadas con todos esos rastrojos y flores silvestres que lo inundan y consiguen ocultar su pasado.
El chico camina despreocupado por el terreno cuando una traicionera raíz le hace tropezar. Indignado por su torpeza patea con rabia la zona del suelo que ha provocado el accidente y un objeto sale disparado de la tierra deteniéndose a unos dos metros de su posición. Con cierto reparo lo toma en sus manos y dedica unos segundos a eliminar la capa de barro seco y suciedad que lo cubre por completo. Es un móvil, no cabe duda. Un primer impulso le lleva a presionar el botón de encendido con la vaga esperanza de que el teléfono reaccione. Nada. Llevado por la curiosidad saca la batería portátil de su mochila y lo conecta a ella. Dos minutos después el móvil se enciende y le invita a introducir el número PIN. Para evitar bloquear el dispositivo, retira la tarjeta SIM y accede a la pantalla principal, donde con un par de pulsaciones consigue activar el wifi que comparte desde su propio móvil. Justo en ese momento el familiar sonido de una notificación rompe el silencio y comienza el camino que una vez debió haber recorrido.
Cientos de kilómetros al norte de aquel lugar una mujer observa la calle desde la pequeña terraza de su ático. El sonido del móvil la saca de sus ensoñaciones devolviéndola a la realidad, y lo que lee en la pantalla disipa sus dudas y la termina de convencer.
“Cariño, estoy embarcando. En unas horas nos vemos. Te quiero”.
La mujer rompe a llorar en silencio y con manos temblorosas responde al mensaje.
“En unas horas no, mi vida, nos vemos en unos minutos”
Su frágil cuerpo impacta con el asfalto justo en el momento en el que un desconocido lee su epitafio en la otra punta del país.


10
“El anguila”

Solo había dos formas de salir de la prisión estatal de Bismarck, en Dakota del Norte, en una camilla con las piernas por delante o con el plan que Joe Williams había diseñado durante los catorce años que llevaba encerrado en aquel lugar. “El anguila” se pasaba las tardes en el taller de carpintería de la prisión y a pesar de su menudo cuerpo, manejaba el escoplo y el formón con una destreza increíble. En ese taller se abrió la vía de emergencia para escapar del tunel infinito por el que discurría su vida. Sin sustos, sin pistolas, sin heridos.
“El anguila” se dio cuenta que en el último año, los almacenes Robinson Lumber, no solo encargaban al taller el corte de las maderas de nogal según los patrones, sino que también habían empezado a delegar en ellos el envío de los muebles más pesados a sus clientes. Joe Williams pronto solicitó cambiarse de departamento, pasando del lijado y tallado al de embalaje. Seis meses depués ya tenía orquestado, con la ayuda del viejo Sam Satriani, un plan casi infalible.
El viernes 26 de agosto de 1996, “el anguila” cruzaba las puertas de la prisión de Bismarck, en Dakota del Norte, dentro de un pedido a Lincoln, metido en una cocina rústica, sin cajones, encogido en posición fetal y en una caja grande, plastificada, con espacio suficiente para respirar más de treinta minutos. Era viernes. Los envíos se recogían a las once y media. Antes de las doce el furgón ya estaría en pleno bosque de Apple creek. Tiempo suficiente para romper el embalaje con una gubia de 135 milímetros y huir en la primera parada de la furgoneta.
Entonces “el anguila” ya estaría más cerca de encontrar al verdadero asesino de su mujer.


11
Adiós amigo, adiós
  
Andrés no lloró. Desde la infancia, ante el lecho mortuorio de su madre, no había vuelto a hacerlo. Un nudo en la garganta le impidió hablar. El animal yacía sobre la acera desangrándose y todavía emitía un alarido cada vez más débil hasta que se extinguió.
-¡Ánimo! – se gritó para sus adentros.
Antes, una frenada, un golpe seco… y un exabrupto:”¡Ten cuidado por donde pasas!”. Luego un acelerón, un chirrido de cubiertas y un punto de luces rojas que se perdió en la oscuridad de la noche. Todo ocurrió de repente.
La fina lluvia seguía cayendo, ajena a la tragedia. La despoblada calle presenció  la escena. Y allí se encontraba él con su único amigo moribundo. Acarició con ternura el pelo hirsuto del animal y, embriagado por la emoción, continuó en cuclillas hasta percibir su último suspiro. Luego dejó que su cabeza reposara sobre la acera y se irguió. No reparó que estaba empapado y quiso pensar que por efecto de la lluvia la mirada se le había vuelto vidriosa cuando por última vez miró a su perro, ya cadáver.
Llevaban haciéndose mutua compañía más de dos lustros. Un día que paseaba por la ciudad, lo encontró. Adivinó en la mirada del animal soledad y ternura. Lo llamó y, moviendo la cola, se acercó a él dejándose acariciar. Su misantropía la rompió con él, su único amigo, y ahora terminaba de perderlo.
Dolorido por el fatal desenlace permaneció con él durante largo tiempo, ignorando la lluvia. Cuando salió del ensimismamiento en que se encontraba, y tuvo consciencia de la mojadura que le calaba hasta los huesos, se fue del lugar lentamente, compungido, hasta fundirse en la oscuridad de la noche.  

12
La rana de la Universidad
La calavera
el trono de la rana,
no saltará.

Gata blanca
Copos de nieve
se agrupan y la forman,
bajo mi mano

Santos y cantos
Murallas ocre,
se elevan en el aire,
ciudad del cielo.


13
Masha

El último día de vacaciones venían lo Reyes y se iban mis padres. Era horrible. Mi habitación se llenaba de juguetes. La casa de los abuelos se encogía. Solo Masha, una vieja muñeca de trapo, podía calmar mi angustia
Un siete de enero de hace muchos años comencé a dirigir la empresa textil de la familia. Hoy es un imperio. Fue fácil. Renuncia y sacrificio. Masha lo sabe. Los Reyes lo saben. Uno de mis hijos aún no lo sabe. Teje poemas que no lee nadie. Afirma que si no acaricia palabras el mundo se encoje.


14
Sólo dolor
  
No me veía.  Aunque sus ojos seguían clavados en los míos, no me veía.  Estaba ausente. Su mirada transmitía  abandono. No solicitaba clemencia, ni compasión, ni ayuda.  De vez en cuando dejaba escapar algún ay,  que ni siquiera expresaba dolor. No le pertenecían, como tampoco la voluntad que le habían secuestrado. En sus pómulos se dibujaban senderos de sangre seca.  El labio superior, engordecido, camuflaba  el moratón que comenzaba a invadir la mejilla derecha. Intenté hablarle, pero las palabras quedaron pegadas en el lodazal de odio y asco acumulado en mi garganta. Hice ademán de sacar  un pañuelo para limpiar tanta suciedad adherida a su rostro, y al movimiento de mi mano giró, como autómata, la cara y emitió un nuevo gruñido. Cuando pude, le hablé dulce, casi susurrando, para transmitirle  un poquito de calma. Intenté persuadirla de que sólo pretendía ayudarla. Probablemente no entendió.  O tal vez le daba igual. Era un trapo, una muñeca sucia y abandonada, agredida y humillada.  Sin duda, no me diferenciaba de la bestia que horas antes tiró con fuerza de su pelo, le hizo girar su cabeza y amordazó su boca con mano despiadada y repugnante.  Imposible  pedir auxilio. Desprevenida y sujeta forcejeó, mientras una lluvia de golpes caía sobre su cara, hasta que uno, seco y más fuerte, la derribó al suelo.  Perdió el conocimiento. Su perro continuaba jugueteando tras los árboles que bordeaban el camino.
¿Por qué yo?. ¿Por qué a mí?. ¿Qué he hecho?. No he provocado. He tratado de pasar desapercibida. … Mamá, Ani. …  Estarán preocupadas. Ellas sí me creerán; no dudarán. … Y mis abuelos…  Mis abuelitos. Morirán de dolor. Mejor que no me hayáis visto en este estado. … ¿Qué hora es?...
  Por su cabeza desfilaban preguntas sin respuesta. Tenía su cuerpo dolorido, y el alma destrozada.  Se miró. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba desnuda de cintura para abajo y rasgada la camisa por delante. Una sombra difusa atravesó su mente. Sentía marearse. No quería pensar. No quería ser. No quería existir.  Y aquella sombra volvía y se iba, hasta dibujarse con rasgos conocidos y familiares.
Le propuse llevarla al hospital y se rebeló. Se lo rogué. Se lo supliqué. Puse mi carnet en su mano como prueba de confianza. Ni siquiera lo miró. Se desmayó y su cuerpo  produjo un sonido sordo al choque con el suelo.
En el hospital certificaron agresión sexual y física, con secuelas psicológicas de larga duración. Seguía ausente. Ani y su madre la abrazaron, pero ella permaneció inmutable. En su boca habitaba el silencio y  en su interior afloró la  vergüenza.  La sociedad seguía siendo benevolente con criminales de esta calaña y recelosa con las víctimas.
En casa, la abuela regó de llanto, besos y delicadeza a aquella niña de la que había sido mitad madre y toda abuela.  Mientras, el abuelo, distante, ocultaba la cara entre las manos, sentado en su sillón de mimbre. Cuando la emoción y llanto de ambas cesaron, trabajosamente, se levantó, la estrechó fuerte y con un apenas perceptible hilo de voz cargado de determinación, le dijo:
Habrá justicia, mi niña, habrá justicia.
Pero la justicia tomó caminos inesperados e incomprensibles para aquella familia de sentimientos nobles. Cuando llegó, no hizo sino ahondar la herida para que siguiera borbotando lágrimas de impotencia. Nadie se ocupó de conocer atenuantes, ni influencias, con las que el juez premió en la condena, a aquel  primo suyo, compañero de juegos en tantos atardeceres infantiles, a quien el poder y su podredumbre, lo transformaron en un individuo sin escrúpulos ni miramientos.  No toleraba barreras  a sus caprichos ni soportaba rechazos a sus propuestas rechazadas. Cuestión de honor.
La abuela no pudo resistir el sufrimiento y, una mañana, se durmió para siempre. El cielo era negro y pesado. El abuelo se sintió desvalido y deseó seguir la llamada amorosa de su compañera de vida. Su corazón se iba debilitando.
Nadie logró sonsacarle dónde había pasado la mañana. Prometió que jamás volvería a castigarlos con otra incierta y angustiosa espera.
En el correr de los días, la justicia, ciega al dolor, danzaba de plazo en plazo, burlándose de la promesa del abuelo,
Se presentó en el cuartel de la Guardia Civil, con las sombras del atardecer.  Colocó sobre el mostrador la pistola adquirida la mañana de su desaparición, y con voz pausada y tranquila, les relató que junto al camino, yacía inerte el cuerpo de quien ufano se mofaba del dolor de una familia destrozada. Les explicó que aunque no se consideraba un asesino, aceptaría su pena, que, sin duda, no sería larga, pues la muerte llevaba tiempo reclamándolo con insistencia. Esperaba, al menos, que consideraran atenuante el haber administrado justicia con toda la magnanimidad  que  atesora un hombre de bien.


15
Punto de inflexión

 Sola y a solas con mi rabia y mi sufrimiento, mientras el mundo sigue girando. El médico desprovisto de prudencia, en cinco minutos me acaba de confirmar el diagnóstico. La angustia se apodera de mis entrañas. Silencio… No hay consuelo, ni siquiera palabras. Salgo de la consulta con un mazazo increíble. Todo me parece irrelevante. Necesito que alguien atenúe el desconocimiento que alimenta mis miedos, pero eso es una tarea ardua. Sólo el destino sabrá del alcance de este huésped, que ha anidado en mi pecho y quién sabe si mutilará mis sueños. Hoy camino envuelta en sombras, atrapada en una encrucijada de pavor e impotencia sin escapatoria. Pero… mañana entregaré mis  temores al viento y comenzará la lucha; mi lucha.


16
Secreto

El mismo día que Leonor cumple la mayoría de edad, pierde a su madre víctima del cáncer, Alfonso el hermano de Isabel le desvela a Leonor un gran secreto que ha estado guardando por mucho tiempo y va siento la hora de desvelártelo. En primer lugar no soy tu tío mi hermana Isabel si hizo cargo de ti al morir tus padres en aquel accidente estás hablando en serio tío.
Sé que nunca nos hemos llevado bien, porque has estado esperando todo este tiempo para desvelarme el secreto que has estado guardando por mucho tiempo.
Leonor,  le hice la promesa a mi hermana de no desvelar su secreto que ha estado guardo por bastante tiempo.
Joaquín, sabes quienes fueron mis padres Leonor tus padres eran amigos de mi hermana Leonor estudiaron juntos a raíz de estudiar en la misma clase se hicieron inseparables. Leonor le pregunta a Joaquín sabes dónde puedo encontrar a mis tíos por parte de padre y madre, Leonor no tengo ninguna dirección donde puedas contactar con tus tíos lo siento Leonor me voy a preparar que voy a ir al tanatorio donde está mi hermana espera que te acompaño Leonor si no te importa me gustaría ir solo donde se encuentra mi hermana.


17
El otro lado

-¡Hola, tío! -exclamé alegremente como cada mañana cuando me encaro con el espejo. Hoy, extrañamente, tuve la sensación de estar enfrentándome a una persona real. Creí ver, incluso, una sonrisa burlona en el rostro que me miraba.
Me duché y volví a colocarme ante el espejo para afeitarme. Afuera resonaba una tormenta que poco a poco iba cerniéndose sobre la casa. A través de las cortinas del dormitorio destellaban los relámpagos y se reflejaban atenuados dentro del baño. Los truenos sonaban cada vez más próximos y amenazantes. Aún no llovía pero la humedad impregnaba el aire.
Comencé a afeitarme y, otra vez, tuve la sensación de estar ante alguien ajeno. Me observé con curiosidad renovada. Una arruga inesperada, un lunar que no recordaba, un rictus en los labios desconocido...
Cuando ya había retirado la mayor parte de la espuma el estruendo de un potente trueno me sobresaltó. Instintivamente separé la hojilla de la cara para evitar cortarme. Me sorprendió verme, paralizado ante el espejo, con la maquinilla en la mano izquierda. Una mano demasiado torpe para afeitarse sin riegos. Sin embargo me animé a concluir la tarea con ella y lo hice con una habilidad insospechada.
El verdadero susto llegó un poco después. Me sequé con la toalla y me apliqué una crema para aliviar la quemazón y, entonces, inesperadamente, mi imagen del espejo, simplemente se marchó; y yo me quedé allí, inmóvil, como petrificado.
-María, María -llamé a mi mujer que aún dormía.
Yo estaba tan asombrado que de mi boca surgió solo un débil murmullo. No quería moverme para que ella fuera testigo de ese hecho tan extraordinario. Pensé que debía estar soñando pero me encontraba extremadamente lúcido. Oscuras premoniciones comenzaron a inquietarme.
-¡María! -grité ya asustado.
Ella debería haberse despertado con tal alarido. Y con los que lancé después. Pero aún transcurrieron más de quince angustiosos minutos antes de que entrara en el baño. Se acercó al lavabo y vi su cara somnolienta mirarme sin sobresalto. Dijo algunas palabras pero no pude oírla. Parecía dirigirse a alguien fuera de la habitación. Se lavó la cara tranquilamente y, a pesar de mis aspavientos y chillidos, salió sin hacerme caso.
Yo solo quiero saltar al otro lado... Al otro lado.


18
La verdad y la mentira

No voy a entrar en profundidades filosóficas. Conozco a personas que mienten de forma habitual y sistemática. Cuando una de esas personas  me propone mentir para salvar alguna situación pienso que lo hará conmigo cuando la ocasión lo requiera, según su criterio. Hay que tener una memoria prodigiosa para que las mentiras cuadren y no delatarse. Por otra parte, sospecho que estas personas creen que todos los demás decimos siempre toda la verdad y nada más que la verdad y eso, nadie lo sabe, quizá no sea así.
Recuerdo una frase que decía y sigue diciendo mi madre, a quien yo no calificaría de mentirosa. “mentira que aprovecha no es pecado” Así se justifican algunas mentirijillas o excusas que no plantean grandes problemas de conciencia.
También  recuerdo un cuento que escuché de pequeña en el colegio. A un niño le dijeron sus padres que había que decir siempre la verdad. Se lo tomó al pie de la letra y le dijo al conserje del colegio que era más feo que Picio. Se encontró con una amiga de la familia y ante la excusa de ella por no haber podido ir a ver a sus padres el  niño le dijo que no pasaba nada, que así se habían podido comer la tarta que tenían guardada para la ocasión y habían tocado a una ración más grande. El niño llegó a casa magullado y aprendió que hay verdades que vale más callárselas.
¿Qué sería de nosotros  si nos leyeran el pensamiento cuando por educación disimulamos el fastidio, la incomodidad o la inoportunidad del comportamiento de otros? Acabaríamos poco más o menos como el niño del cuento…….
No hay que olvidar la sobre actuación, que a veces es una mentira que nadie se cree.  Hay personas a las que les falta mucha verdad en su forma de actuar. A mí me cansa la relación con ellas, porque creo que sentiría un cansancio enorme si me comportara así.
 Supongo que convivimos con dosis de mentira y verdad tolerables que nos impone la convivencia y las reglas sociales y luego cada cual añade más de una o de otra según su forma de ser.


19
El hechicero

Hombres y mujeres se afanaban por igual en las tareas de construcción del poblado; solo dos guerreros vigilaban apartados, con sus lanzas enhiestas. El sol calentaba, se podía prescindir de las pieles que les abrigaran tantos días mientras erraban por tierras inhóspitas, gentes belicosas que no siempre fueron capaces de sortear. El hechicero había fijado el lugar de emplazamiento. Comenzaban a tomar forma los muros circulares de las cabañas.
En una de ellas, al excavar, apareció una extraña máquina (pero entonces no existían las máquinas) y avisaron al hechicero de la tribu, que ordenó desenterrarla. Se dio entonces a una danza complicada, salmodiando palabras llenas de misterio a la vez que agitaba sobre aquello, lo que fuese, sus mágicas plumas de lechuza y las raíces de mandrágora. Con ello —aseguró— el peligro quedaba conjurado, pero así y todo, preferible no seguir con los trabajos. Y que volvieran aquello a su sitio y lo cubrieran con tierra de nuevo; elegiría otro emplazamiento, necesitaba unos días.
El viejo hechicero se retiró solemne y pensativo para internarse en el bosque, a solas con sus presunciones. La extraña figura de color rojo, metálica, brillante, guardaba cierto parecido con una carreta de las que él tenía en memoria, si bien era más baja; las ruedas, cuatro, bastante más pequeñas y negras; cuatro eran lo mismo esa especie de puertas que sonaban al cerrar; dentro había dos cadáveres de humanos, que aparecían como sentados; ¿y eran ojos aquellos dos huecos de adelante?
Decidió aguardar a la noche; precisamente habría luna llena, la más propicia para conectar con la inteligencia universal. Difícil no obstante que llegase a concluir la verdad: que hubo un siglo XXI y que a partir de las grandes explosiones atómicas en cadena, el tiempo comenzó a fluir hacia atrás.


20
De mi cuaderno de viajes 
15 de marzo de 2006, visita a La Alhambra y El Generalife

Llegué a la Alhambra en un taxi que cogí en Puerta Real, mi amiga M. me acompañó hasta allí, después de haber ido al BBVA a comprar la entrada para poder realizar la visita, en el banco únicamente se vendían las entradas anticipadas, las del mismo día de la visita se sacaban en la Alhambra (¡tiempos aquellos en que no todo se hacía por internet!).

A las 10 de una gloriosa mañana primaveral ya me encontraba dentro de este paraíso terrenal, seguro que el de Adán y Eva no fue mejor. Para hacer tiempo hasta las 11.30 a 12 que tenía mi hora de visita a los Palacios Nazaríes, paseé por los jardines, disfrutando con todos los sentidos de los olores, colores, sonidos como el canto de los pájaros, escuchando el diálogo entre el agua de las fuentes, las hojas de los árboles y la suave brisa matutina que bajaba de las cumbres blancas de Sierra Nevada… Toda aquella belleza virgen permanece nítida aún en mí como si lo estuviese viviendo en este momento. Más que describirla, hay que vivirla y sumergirse en la atmósfera mágica que rezuma ese lugar, afortunadamente solitario a esa hora de la mañana, aún temprana para las hordas de turistas…

A las 11.15 ya me encontraba esperando a la puerta para visitar los Palacios Nazaríes. No recordaba el complejo y maravilloso entorno en el que se asientan estos palacios, que al lado de la mole del palacio de Carlos V, parecen incrementar su maravillosa y misteriosa belleza. Recordé que la primera y única vez que había estado aquí antes tenía 14 años, no había vuelto, sin darme cuenta, ¡ya pasaron unas cuantas décadas!

El salón del trono con las alcobas laterales, el oratorio mirando en dirección a la Meca, El balcón pasadizo de madera que conecta el Patio de los Leones y otras dependencias con los corredores con ventanas, las vistas que se aprecian desde ellas, son realmente soberbias. Pero lo más impresionante, para mí, son los patios, las fuentes, las flores, los árboles, el follaje, los olores, los jardines, la naturaleza toda en que está sumergida La Alhambra. Conversé con uno de los jardineros que estaba regando, de la misma forma tradicional en que hacían nuestros antepasados árabes, y aprendí que todo el agua que se utiliza en la Alhambra procede de Sierra Nevada y desde allí baja de forma natural conducida por las mismas acequias que ellos construyeron, también son originales los estanques y depósitos donde se almacena. En el patio con un estanque grande con peces de colores, morada de Astasio de Bracamonte, escudero del magnífico Conde de Tendilla, alcaide de esta fortaleza con un arco de herradura, me detuve a descansar y escribir estas líneas, di de comer a los pajarillos que acudían por docenas. Después paseé por los Jardines del Partal, escalonados y en solitario…

Paré para un pequeño refrigerio en el jardín del Parador, descansé, apagué mi sed y sosegué mi espíritu después de tantas emociones, con la maravillosa vista del Generalife frente a mí. Recordé a todos mis seres queridos, me sentí feliz sintiendo el abrazo del sol en mi espalda. Pienso que hay lugares en el mundo donde la “felicidad” se encuentra más al alcance de los mortales, o puede ser que los que nos precedieron tuvieron la sabiduría y suerte de encontrar el lugar donde vivir en comunión con la naturaleza, siendo sabios por su elección. Ese sentimiento es el que yo respiro aquí y que me llevaré conmigo de vuelta a casa, me acompañará hasta el momento en que tenga la dicha de regresar.

En la Alhambra el tiempo se detiene, podría permanecer en este lugar indefinidamente. Tengo que volver y volveré, no dejaré que pase tanto tiempo sin hacerlo, su magia me ha hechizado y ya nunca me veré libre de su hechizo.

Flecos del alma buscan la felicidad,
la blanca cabellera de la vigilante señora
la cuida, la mima y por siempre así será…