Algias. Escribir el dolor

-Ay, dijo uno. -Uy, replicó otra. No, la sesión de esta semana del taller de escritura creativa no estuvo dedicada a las interjecciones sino al dolor y su relación con la escritura. La Sala de Fondo Local se convirtió en una gran sala de espera donde compartimos dolores antes de entrar a la consulta de Biblioterapia.
¿Podemos curarnos con libros? Tal vez sí, esa es la terapia que Ella Berhtoud y Susan Elderkin proponen en el libro Manual de Remedios Literarios publicado por la editorial Siruela. Esta es la prescripción que leemos en las primeras páginas; "La biblioterapia ha gozado de popularidad durante décadas en forma de libros de autoayuda. Pero los amantes de la literatura llevan usando las novelas como bálsamos -consciente o inconscientemente- desde hace siblos. La próxima vez que necesites algo que te estimule, o que requieras ayuda dcon algún embrollo emocional, recurre a una novela. Nuestra creencia en que las obras de ficción ofrecen la mejor biblioterapia, ademásd de la más pura, está basada en nuestra propia experiencia con nuestras pa ienes y reforzada por una enorme cantidad de casos de los que tenemos conocimiento".
Hay muchas dolencias que pueden paliarse con este libro, desde el hipo o la hipocondria hasta la angustia, la depresión o la calvicie. Sólo hay que consultar la novela adecuada. Más que un libro es una pequeña biblioteca o guía de lectura que te pone en contacto con todo tipo de dolencias de la a hasta la z. Un buen receterio de novelas en el que echo en falta la poesía. Otro libro que puede ayudarnos con las dolencias del alma es La pequeña farmacia literaria, una novela de Elena Molini sobre una librería en la que los libros son remedios para curar los dolores de adentro. Lo publicó la editorial Maeva.



Pero vivimos en un país dónde la primera alternativa para paliar el dolor no son los libros, sino la medicación, la farmacopea. Solo hay que echar un vistazo en los botiquines que tenemos en casa. Nos gusta automedicarnos y más ahora que algunos medicamentos saben a naranja o a limón. ¿Para cuando las medicinas con sabor a torrezno? Pronto. Parodiando a Machado puedo afirmar que infancia son recuerdos de una botica de Matilla, pueblo de la provincia de la farmacia. Me gustaba ayudar a mi tía, la farmacéutica, a colocar los medicamenos en sus correspondientes estanterías cuando llegan los pedidos que hacía al Centro Farmaceútico. Este es lodo que me quedó de aquellos polvos:

Ardine, Alugelibys, Aspirina,
Ornade, Frenadol, Polaramine,
Feldene, Mucorama, Betadine,
Bio-Hubber, Oralsone, Buscapina,

Prozac, Celestoderm, Maxicilina,
Septrín, Cefalexgobens, Augmentine,
Saldeva, Ferromorgens, Oraldine,
Vaspit, Oftalmolosa, Biodramina,

Isdinium, Hibitane, Nolotil,
Fluidasa, Termalgin, Rinofrenal,
Orudis, Tanakene, Clamoxyl.

Adiro, Conductasa, Senioral,
Profer, Optalidón, Gelocatil,
Zantac, Aureomicina y Hemoal


¿Cuántos de estos medicamentos conoces? Dime y te diré quién eres. El soneto se titula "Vademecum" y puedes escucharlo aquí en la voz de Tomás Galindo. 
Juan José Millás afirma que hubo una generación enganchada al "Optalidón" y yo que viví en una farmacia de pueblo lo corroboro. Cuando leo este soneto en una Residencia de ancianos compruebo que la mayoría conocen todos o casi todos los medicamentos que aparecen en el poema. ¿Cuál será la causa?
La editorial Maeva publicó hace años un estuche con diferentes "medicamentos" que contenían versos convencidos de que la poesía podía curar. Yo conservo una caja de calmantes, de los Laboratorios Gustavo Adolfo Bécquer. Clava tu pupila negra, que no azul, en este enlace. Ya verás. La poesía siempre fue un buen colirio, nos ayuda a mirar con más profundizar y en alta definición. Este asunto de inventar medicamentos literarios ha dado mucho juego en muchos Institutos donde son adictos al Lorcazepam o al Cervantium. Morten Sondergaard, un poeta danés, creó cajas de medicamentos con categorías gramaticales. Un proyecto fantástico que puedes curiosear aquí. Y José Mercé se atrevió a cantar el prospecto del Bisolvon en el programa "Crónicas marcianas"
Pero dejemos a un lado la medicación y pasemos a hablar del dolor. "¿Cómo escribir acerca del dolor cuando nuestra lengua solo cuenta con dicha palabra para denominarlo?" se pregunta Ana Castro en el artículo "Ellas rompen su silencio y escriben sobre su dolor" publicado en la revista El Salto. Te recomendamos su lectura. En el artículo descrubrirás diferentes libros que hablan de todo tipo de dolores. Desde Susan Sontag o Virginia Woolf hasta Maite Casares o Yolanda Padilla. Aquí la poesía tiene su dosis con el libro Rojo-Dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor, un libro pionero publicado por la editorial Renacimiento. En él encontramos poemas como el de María Mercé Marcal:

Cuerpo mío: ¿qué me dices?
Como un crucificado
hablas por la herida abierta
que no quiere cicatrizar
hasta cerrarse en la mudez:
inarticulada
palabra viva.


Otros artículos que dan cuenta de la relación tan estrecha entre la literatura y el dolor y la enfermedad son "Literatura de la enfermedad" de Queral Castillo Cerezuela, publicado en La Marea y "Radiografía del dolor en la literatura" de Jaime Cedillo, publicado en El Español. En este último Cedillo afirma que  el diario es quizá el género que mejor se presta a la hora de abordar textos sobre la enfermedad. Prueba de ello son los diferentes libros que pone como ejemplo.
Una autora que ha profundizado en la relación entre el dolor y la escritura es Chantal Maillard. En su maravilloso texto titulado "Escribir" (que forma parte del libro Matar a Platón con el que recibió el Premio Nacional de Poesía en ) leemos:

escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

Y también:

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra

Maillard cierra su poema preguntánsose si hay que hacer literatura al escribir sobre el dolor y ella misma se responde afirmando que "hay demasiado dolor / en el pozo de este cuerpo / para que me resulte importante / una cuestión de este tipo". Sergio del Molino, quien conoce en carne propia la experiencia del dolor, afirma que él no esconde el dolor y que trata de darle un carácter literario para que no sea un reguero de lágrimas. Hay pacatos, dice el escritor, que opinan que mostrar ese dolor es "pornografía emocional". Seguro que desconocen toda la literatura sustentada en esta premisa.
Recomendamos la intervención de Chantal en el ciclo de diálogos "Demasiado humanos" dirigido por el Dr.Jose Antonio Trujillo, que toma prestado su título de Nietzsche. Maillard reflexiona sobre el sentido del dolor y la enfermedad en nuestra vida. Puedes verlo y escucharlo aquí. Otro libro fundamental de la autora es La mujer de pie.
Cerramos este post con cuatro píldoras literarias: un cuento de Ana María Shúa titulado "Un canto a la vida" y que nos habla de la cruralgia; un libro impulsado por la Asociación de Divulgación de Fibromialgia y dirigido a todas las edades en el que veinticinco mujeres le ponen piel -en forma de texto, ilustración y voz- a la fibromialgia y que se titula Los cuentos de Mingabe, y dos espléndidos poemas, uno de Luis Rosales, el primero, y otro de José Hierro titulado "Alegría":

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,
quien socava las almas
como socavan la ribera las orillas del río,
y yo he sentido su calambre desde hace mucho
tiempo,
y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,
nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,
y nos empuja, y nos sigue empujando hasta
juntarnos
en esta habitación que es ya un rescoldo mío,
en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco
y ya no vuelven a encajar en su sitio
como la tierra removida ya no cabe en su hoyo:
tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual…


***

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.


Propuestas de escritura;

1. En el transcurso del taller hicimos una breve y divertida tarea tomada del Cuadernito de Escritura Creativa del Hematocrítico: Quieres proptestar por los acontecimientos que viviste en un hospital la semana pasada. Te ingresaron para quitarte un pellejito de la uña y lo que ocurrió fue que... Los participantes en el taller completaron una hoja de reclamaciones donde expusieron los hechos.
2. Para casa propusimos relacionar las palabras "escribir" y "dolor" con alguna de las muchas preposiciones de modo que hay quien escribirá a dolor, bajo el dolor, contra el dolor, sobre el dolor, desde el dolor o según el dolor. Y quizá haya quien escriba hasta el dolor (de muñeca) o para el dolor (si tiene algún familiar en alguna farmaceútica). 

Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


Propofol

El propofol es un anestésico general de acción rápida que actúa en el sistema nervioso central. Su mecanismo de acción se basa en la potenciación de la actividad del neurotransmisor GABA, lo que produce una inhibición de la actividad neuronal y una disminución de la conciencia y la respuesta a estímulos Su vida media es corta, se desintegra pasados entre unos minutos y una hora. La conciencia del paciente se activa si no se inyectan nuevas dosis.

Mi cabeza está aquí de nuevo, sólo por un momento.
Voz de Manuel: - ¿Cuánto hemos dicho que pesa?
Voz femenina: - 88 kilos
Voz de Manuel: - Vale, inyéctale media ampolla de Eparina y 10 miligramos de …… (nunca he oído hablar de esa sustancia)
Me da tiempo de volver a ver de reojo a todo el mundo, una pantalla enorme a mi izquierda, una consola como para jugar que sólo ve un cirujano (el muy egoísta), y a sentir que en este quirófano sigue haciendo un montón de frío y que la mesa sobre la que estoy me resulta muy estrecha. La pantalla gigante muestra siempre una gran mancha de color rojo con gusanitos amarillos que se mueven mientras los cirujanos hablan.
Fundido en negro. Otra vez la inconsciencia.
Otra vez la consciencia. Vuelvo a estar aquí. Nunca sé cuánto tiempo ha transcurrido desde la vez anterior.
El médico más joven - no sé su nombre – está diciendo:
- Ahora no se ve bien, cámbialo, ponlo más abajo, ¡ahí, ahí, déjalo ahí!
Creo que se lo dice al operador del brazo articulado colgado del techo del quirófano que sostiene y mueve muy rápido sobre mí lo que parece ¿una cámara sin óptica?, ¿un sensor?, ¿un platillo volante?
Es el mismo médico que había dicho con agobio en mi primer regreso al mundo de los vivos:
- Yo a este hombre no le encuentro la vena, la tiene muy profunda.
Os podéis imaginar la tranquilidad y la confianza enormes que me embargaron cuando se lo escuché, como manifestación de lo difícil que le estaba resultando introducir todo aquel cableado por la femoral, desde la ingle hasta mi corazoncito.
Adiós de nuevo y de nuevo vuelta a otro destello de conciencia.
Manuel está diciendo:
- Tiene las venas complicadísimas -tortuosas creo que dijo –
Aquí me arrepentí de la broma de hacer preguntas metafísicas (ahora os explico) y, como esta vez fue la única en la que me vi con la capacidad de hablar, le dije:
- ¿Cómo va eso, Manuel?
Y me respondió – con preocupación - que mi sistema vascular era muy enrevesado.
Yo le dije:
- Ya lo siento.
Y él:
- No es culpa tuya.
Lo de la broma fue al principio:
- Hola, me llamo Manuel. ¿Quieres hacerme alguna pregunta?
- Sí, pero se trata de preguntas metafísicas del tipo quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos.
No me responde. Creo que no le ha gustado. El otro médico no dice nada.
Antes le había preguntado al celador que me transportaba en la silla de ruedas cuando llegamos al quirófano, el porqué de tantos espectadores (había mucha gente, la verdad) y me dijo que no sabía. Yo imaginé que en la operación debía de haber alguna novedad de enjundia, porque por guapo no creo que fuera.
Tres enfermeras y dos cirujanos. La más enérgica de las enfermeras lleva la voz cantante y no deja de hablarme sobre cómo tenderme, sobre la vía que me coloca en el brazo y sobre no sé qué más, y todo lo acompaña con cariños y cielos que no me molestan porque sé que en realidad sólo trata de decirme que todo va a salir bien y que no debo preocuparme, y porque en esas circunstancias a uno le parece bien hasta que le llamen cariño si se trata de que todo el circo acabe con la condena al destierro de esas arritmias que me traen por la calle de la amargura.
Pero ahora el negocio se nota intrincado, y yo recibo retazos de conversación en cada renacer al mundo de la vigilia que no van dirigidos a mí: diálogos, órdenes y quejas sobre mi querido órgano cardiaco que se ve en aquella pantalla en cinemascope, y aunque comprendo que las dudas y las maldiciones son normales en cualquier trabajo, para mí son la única pista de cómo está yendo.
Mal, vaya.
Good bye otra vez y otra vez los sentidos de vuelta.
El joven:
- Tienes que abrir otra vía en el brazo izquierdo, a ver si así llega mejor.
¿El qué?, me pregunto.
Antes de irme de nuevo siento (¿siento?) como la enfermera resolutiva me manipula el brazo izquierdo, pero no noto el pinchazo.
Otro fundido en negro.
Y entonces sucedió.
Las puertas del cielo debieron abrirse un instante antes de mi enésima vuelta a la consciencia y hete aquí que habían dejado entrar en escena al arcángel San Gabriel o San Rafael o alguno de sus primos arcángeles. La forma que adoptó fue la de un individuo mayor que los otros dos (en la cincuentena debía estar, pelo crespo, cano y corto) y de las muchas virtudes que en seguida le supuse no era la menor la de poseer una voz que me pareció de locutor de radio.
La consola, que ahora manejaba él, casi no me permitía verle la ligera sonrisa irónica - como la de Mona Lisa, pensé – pero si escuchar su timbre grave y seguro, diciendo:
- Ahora sólo voy a dejar una marca en la orejuela, solo la marca; porque luego voy a volver
O:
- Veis, aquí sí que puedo quemar ahora.
Y yo alternaba la mirada entre lo que veía de él y los gusanitos moviéndose en la pantalla a mi izquierda.
Claro que tampoco entendía nada del ahora monólogo, pero no me hacía falta; lo comprendí todo a través de la sonrisa etrusca, el tono didáctico y la evidente calma que se gastaba, mientras jugaba a los marcianitos en aquella Play Station que sólo el veía.
Para que luego se organicen disputas en torno a la importancia relativa del fondo y la forma. Ese día me quedó claro que la forma es mucho más importante.
Y entonces me iluminó una epifanía: el nerviosismo de Manuel y de su compañero era un nerviosismo de novatos. Lo mío no era tan complicado: San Gabriel dixit.
Porque ahora - ¡aleluya! - habían llamado al más listo, al que habían mantenido en el banquillo (vaya usted a saber por qué, estaría ocupado en otro sitio), y que sabía manejar la cosa robótica aquella y no le asustaba mi enrevesado sistema vascular.
Otra vez fundido en negro, pero esta vez feliz.
Volví en mí por última vez al sentirme llevado en volandas cuando entre seis - 88 kilos - me cambiaban a la camilla móvil. Pregunté la hora. Cinco horas y media. Con tanto ir y venir al limbo de los justos se me habían hecho cortas.

Carlos Coca Senande
Grupo A


Contra el dolor, las palabras

El psicólogo las utiliza; el médico de cabecera, ante tanto vocablo digital, hace uso de los sinónimos; el grupo sanguíneo lleva una letra; hay enfermedades de tres caracteres; en las operaciones hay que firmar la letra pequeña… incluso, en los momentos de recibir la noticia de algún fatal desenlace, sentimos que nos llegamos a quedar sin palabras.
Hay frases hechas para consolar, dar el pésame… y hasta las unidades del dolor llegan a tener verbos y términos que alivian en algunos casos tanto como los mismísimos calmantes. Los diccionarios son el almacén más completo de remedios contra el sufrimiento: amparo, calma, refugio, paz, respiro, ternura, sosiego, fortaleza, esperanza, renacer, luz, consuelo, gratitud, bálsamo, caricia, serenidad, esperanza, comprensión, dulzura, resiliencia, descanso… Se pueden leer y recibir antes y después de las comidas, sin separación de horas entre ellos. Se toman manuscritos, de forma oral, por el oído, tatuados, grabados y, si van acompañados de los abrazos, de forma intramuscular. Y solo tienen un efecto primario: el alivio. Además, ni se precisa receta para adquirirlos o recibirlos y no tienen fecha de caducidad. El lenguaje siempre es uno de los mejores laboratorios del alma. Solo eso. Todo eso.

Francisco Antonio Martín Iglesias 
Grupo A


Todas las preposiciones

Aún no habían aparecido los filos del alba cuando Emilia se levantó de la cama y se fue directa al estudio. Sin peinar, sin lavar, sin desayunar. En pijama, se sentó frente al ordenador y puso en marcha el equipo. Tenía que plasmar en la pantalla lo que le bullía en la cabeza. Y no era nada bueno.
La noche se había mostrado inmisericorde, no había por qué alargarla. A pesar de las mil vueltas que dio en la cama no consiguió dormir ni siquiera dos horas. El problema no era la cama, ni siquiera la postura en que estuviese tendida. El mal estaba en la cabeza donde se concentraban baterías de insufribles pinchazos que, a veces, por su intensidad y duración, llegaban a desconectarla de la realidad. ¿Migraña? ¿Neuralgia? ¿Tumor? Qué más daba el nombre que le diera a ese castigo inhumano que la postraba, cada vez más seguido.
Por eso, cuando tenía un momento de lucidez, se lanzaba al escritorio. Escribía por el dolor, y para el dolor. De hecho, entre escribir y dolor podría intercalar todas y cada una de las preposiciones del diccionario español. Puesto que en su vida solo existían esas dos palabras.
Escribir era una terapia contra el dolor. Por eso se enfrascaba en un texto infinito que le permitiera afrontarlo. En él le hablaba de tú a tú y, en esta ocasión, le conminaba, a acabar de una vez por todas.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Escribir (y leer) con dolor.

(…) El dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre,
que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales; (…)
y yo quiero deciros que el dolor es un don,
porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre. (…)
Ahora que estamos juntos
quiero deciros algo,
quiero deciros que el dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre vayas a donde vayas,
es un largo viaje, con estaciones de regreso,
con estaciones que no volverás nunca a visitar,
donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía. (…)

Luis Rosales


Por una necesidad que se comprenderá de inmediato, visité la consulta de un médico traumatólogo que me trataba amigablemente, y le conté que me dolía la zona lumbar, que pasaba temporadas en que me afligía más y otras menos, y que en ese momento me estaba molestando intensamente. Los médicos, ya lo dejó escrito Bob Dylan – God gave name to all the animals, in the begining, in the begining – que son mucho menos poderosos que Dios, también les ponen nombre a todas las cosas, y así mi traumatólogo, que era un conspicuo representante de tan admirable profesión, me dijo que yo padecía una “lumbalgia crónica recidivante”. Noté, sin darle trabajo al cacumen, y en respetuoso silencio, que eso era exactamente lo que yo le había dicho antes a mi afable médico, sólo que con más palabras.
Hace muchos años, lo que empezó como una recidiva más de mi lumbalgia crónica, al levantarme una mañana, se convirtió en un dolor agudo que martirizaba atrás en el muslo izquierdo, cuya tortura descendía por la cara interna de la rodilla, alcanzaba el suplicio la parte exterior del pie, pasando la aflicción por la pantorrilla sin respetar músculos, ligamentos, tendones ni, lo peor de todo, nervios, que se manifestaron irritados hasta la exasperación, y que me dejaban en la más rotunda indefensión, desesperado, incapaz.
A partir de ese día, poco importaba que me sentase en posturas cuasi acrobáticas, que me echase en la cama de frente o de perfil, que permaneciese de pie o tratase de caminar, el dolor era absolutamente desquiciante. Muchas noches me levantaba de la cama, e iba a apoyarme ligeramente inclinado en el respaldo de un sillón o una butaca en otra habitación, lo que me proporcionaba dos alivios: dejaba de molestar a mi pobre esposa que trataba de dormir a mi lado, y el cambio de postura permitía que el dolor se mudase a otro domicilio anatómico cercano.
Más visitas médicas y algunas pruebas pusieron de manifiesto que la última vértebra lumbar y la primera sacra – vaya nombre para un trozo de columna que estaba implicado en el peor dolor que nunca había padecido (creo que este detalle me alejo definitivamente de ese mundo) – habían permitido que un disco intervertebral – que uno también sabe utilizar palabras de cinco sílabas[1] – se desplazase a coquetear con una raíz nerviosa del mismo barrio.
El dolor era tan incapacitante que me mantuvo con diversos tratamientos farmacológicos aproximadamente dos meses en reposo.
Y ese forzado descanso me condujo a lo que quiero contar finalmente: leí con un placer inmenso la novela “Doctor Fausto”, de Thomas Mann. Al irla leyendo, recordé que hacía muchos años estaba entre mis libros “La novela de una novela”, del mismo autor, en la que narra en qué condiciones históricas y artísticas abordó la escritura de tal obra maestra (calificativo que no es solo mío, obviamente). Y aquí viene lo interesante, lo leí para saber cómo surgió la historia de Adrian Lewerkühn y encontré en las primeras páginas este texto:
“(…) Los periodos de bienestar físico y de rebosante salud, los periodos sin perturbaciones, cuando uno tiene el paso firme, no tienen por qué ser los más productivos. He escrito los mejores capítulos de Carlota en Weimar entre los tormentos, que no pueden describirse a quien no los ha experimentado, de una ciática infecciosa que me tuvo más de medio año con enloquecedores dolores, para evitar los cuales me pasaba en vano noche y día buscando la posición conveniente. Después de noches de cuya repetición quiera guardarme Dios, el desayuno solía procurar un poco de calma al nervio inflamado y, sentándome de alguna manera, un poco de través, al escritorio, realizaba una unio mystica con Él, con el “Astro de la más bella altura”. Claro está que la ciática no es una enfermedad que toque profundamente a la vida y, a pesar de todas sus torturas, no se la considera enfermedad grave.”

La novela de una novela. Ed. Sur, Buenos Aires, 1961. Págs. 10 – 11. Traducción de Alberto Luis Bixio.

Es evidente que, del mismo modo que quien camina con muletas acaba encontrando muchos colegas con ellas en la calle, y las embarazadas encuentran también con facilidad muchas más mujeres en tan prometedor estado, mi nervio ciático también alcanzó una “unión mística” con el texto antecitado, y leí con sorpresa y solidaridad el párrafo que tan bien reflejaba mi padecimiento.
Y, lo que resulta aún más evidente, esas lecturas me condujeron, una vez más, al convencimiento de que escribir correctamente no es fácil, pero hacerlo con el “gran estilo” de los autores clásicos que admiro está tan lejos de mi alcance que hace innecesario que declare que soy un modesto escritorzuelo; leerlos, simplemente, no me deja otra opción que ser humilde.


[1] Se cuenta que John Lennon se burlaba con aviesa intención de su compañero Paul McCartney diciendo que era de ese tipo de gente petulante que utilizaba palabras de cuatro sílabas o más…

Juan Delgado
Grupo A


Escribir sobre el dolor y la herencia

Empezó la niñez con barro helado en el patio y en las rodillas. ¡Qué frío! ¡Cómo dolían los pies y las manos! En tercero dolía el anillo de doña Rosa y en cuarto, la regla de don Manuel. ¡Cómo dolía la regla sobre los dedos pasmados! También la vergüenza. Y las muelas, mucho.
A la abuela Herminia no le dolían las muelas, ¡no tenía ni una! Le dolía el reuma y la artrosis, y al abuelo Armengol, la cicatriz de aquella vez que le corneó la ternera en el costado. A los dos, el hijo que perdieron en los años de miseria. A su padre le dolía la guerra, el hambre, la cazuela de berzas, los curas sádicos del colegio en aquel gran edificio de piedra. También le dolía su madre y, demasiadas veces, el bolsillo. A su madre, la bofetada que le dio la abuela cuando se cortó las trenzas, allá por el 56. También le dolían sus hijos, que eran muchos, pero era buena maestra de cómo sobrevivir al dolor. Al abuelo Gabino le dolían las piernas, quizás fuera la gota. Y a la abuela Prudencia le dolían las despedidas de los domingos y la ausencia. A su tía Reme siempre le dolió la soledad y los ojos de tanto zurcir piezas. Y a sus tíos, digo, a uno, Use, la extrañeza de la ciudad, a otro, Vito, la desazón de las injusticias, a otro, Benjamín, las listas de la secreta. Sigo. Su hermano mayor, Quico, se caía mil veces, era duro, pero algo le dolería, se supone. A su hermana Mona, le dolían, sobre todo, el orgullo y la soberbia. Luego le dolieron los partos y el marido. Más tarde, la pobre, se rompió en mil pedazos y vive enganchada a cócteles de la farmacia. A sus hermanos más jóvenes les dolía el poco caso que se les hacía, se comprende. Al pequeño, Mariano, le dolían los insultos de otros niños de la escuela. Ella tuvo una hija, Marieta, y ahora, a su hija le duelen su padre y los fracasos. Está en edad de ello.
Y a ella, ¿qué le duele a ella? Le duele su hija, le duele su padre, le duele su hermana, le duelen sus hermanos, le duelen sus padres y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres, sus tíos. La garganta ya no el duele, pero le duelen el nervio ciático y el simpático, las rodillas, la casa vacía, las cajas de la mudanza, los adioses, el cáncer, la pérdida, la carencia y la herencia, la vejez y el poco tiempo que queda. A veces, la cabeza.
Pero, no todo es malo, muchas veces le ha dolido la tripa de reírse tanto. 

Marisa Sánchez
Grupo C


Te escribo sin dolor

Ya no escucho el silencio de tu tacto
aprendí a volar en su espesura,
ya no guardo su huella en mi cintura
ni siquiera recuerdo su contacto.

Soy consciente de aquel momento exacto
en el que me olvidé de tu figura
y le puse a tus males una cura
que me hizo revivir casi en el acto.

Ahora, sin dolor, puedo nombrarte,
ya no quema tu ausencia en mis entrañas,
logré salir intacta de tu engaño.

Ahora, ya feliz en otra parte,
me río de tus cuentos y patrañas
pues pude renacer después del daño.

Aurora Zarco
Grupo B


Escribir mediante dolor

El dolor inspira la mejor literatura. En los libros los vemos de todo tipo. Dolor físico, crónico, intermitente, del espíritu, mal de amores, molestias leves, dolor de muelas, y más. A estos debemos añadir todos los miedos a que nos llevan las situaciones dolorosas, el terror a sufrir y al final el espanto de desaparecer.
Por este motivo, y por otros más, nunca escribiré con calidad literaria. Para sentir es preciso tener alma y yo soy una desalmada, me la extirparon tras una crisis de fe. Mi umbral de dolor sorprende, debe ser tan alto como el ojo del puente Vasco da Gama bajo el que pasan los poéticos veleros y los codiciosos portacontenedores con millares de ellos a bordo.
Mientras tanto, asisto emboscada a este taller donde otros son capaces de transmitir sus emociones con palabras.
Lástima que, tras la crisis, también perdí la esperanza. Caridad nunca he tenido.
Una desalmada

Enrique Martínez
Grupo C


Entre el dolor y la pena

La luna de otoño
se enreda entre las ramas
de los árboles.
Entre el dolor y la pena
se cruzan mis brazos
tratando de calmar
esa angustia que duerme
en mi pecho.
Mis ojos imploran al cielo
buscando el remedio
para tanto dolor.
Me quedo con la pena
que me persigue
desde hace tiempo.
No hay tratamiento
para la nostalgia
ni para la tristeza.
Dicen que el tiempo
lo cura todo,
pero hay sombras
que no tienen tratamiento.

P.G.
Grupo C


Era noviembre

Íbamos caminando
de la mano
por un camino alfombrado
de hojas amarillas,
despacio, entre castaños.
Hoy, que me acerco
hacia el otoño,
te busco en las sombras
de la tarde,
Imploro tu nombre
y no te encuentro.
Secos de ausencia,
mis labios, buscan consuelo
en la fuente del camino.

P.G.
Grupo C


Tras el dolor

La causa de aquel dolor fue una pérdida importante. Una vez superada, aceptada o atenuada, se volvió a sentir a salvo.
El dolor lo inundó todo. El sentimiento permanente de la pérdida, a cualquier hora y en cualquier momento. Las ganas de compartirlo al principio, pero la certeza de que cada vez interesaba menos al resto de las personas que, por otra parte, salvo escuchar, poco podían hacer por remediarlo.
Los recuerdos llevaban a acontecimientos dolorosos y los pensamientos sobre el futuro eran desoladores.
La tristeza llegó acompañada de la necesidad de huir de ella. Para eso, cualquiera tiene recomendaciones y consejos.
Quizá en el mundo en que vivimos, pretendemos solucionarlo todo con una receta, una lista de cosas que hay que hacer y el problema desaparece.
El dolor no desaparecía. Es más, se somatizaba. Los oídos, el estómago, las articulaciones…….
Después llegó el vacío.
La última etapa de aquella experiencia fue reconocer que el dolor estaba ahí y que hacía mucho daño.
Después de todo ese camino, piensa que ha aprendido tanto como para sentirse a salvo de las garras del dolor.
¡Reconocer que es parte de la vida es tan doloroso!

Teresa Sanz
Grupo B


Contra el dolor... Humor

Saliendo un día de casa camino del yoga, iba pensando en el humor de Gila: la historia del padrastro que tirando tirando, pellejito a pellejito llegó a despellejarse vivo; el petardo que le pusieron en aquel pueblo al forastero en la oreja y al hacerlo estallar y rompérsela en mil pedazos, le dijeron a su mujer que si no sabía aguantar una broma que se fuese del pueblo; y de aquel otro que se agarró a los cables de alta tensión y quedó como la ceniza de un puro... Iba yo cavilando cuando me crucé con mi amigo Manolo, me paro y se me ocurre preguntarle ¿qué tal estás? ; error, ¡craso error!, me contó todos sus males, bueno casi todos pues al despedirme me voceó: ¡también estoy sordo!. El pobre tiene cinco hernias discales lumbares (tiene casi más hernias que vértebras), también las tiene cervicales; ¡madre mía!, con lo que debe doler eso. Le duelen las dos rodillas, camina cojeando y con gesto doloroso; de una, me cuenta ya le han operado de menisco, y de la otra le van a operar en breve poniéndole una prótesis; no sé cómo quedaré, me dice, pero peor que estoy no creo que quede, así que me voy a arriesgar. Tengo miedo, me cuenta, porque en una ocasión después de una intervención me quedó retención de orina, y tuve que estar varios meses con la sonda puesta.
Continué caminando rápidamente a la vez que iba pensando que le recomendaría la lectura de un libro gordo, más gordo que El Quijote y que se titula: Patología Médica. Al leerlo en cada capítulo se reconocerá como protagonista, dirá: mira de este que están hablando, pues mira tú, ese soy yo. Se sentirá Sancho escuchando las historias del autor del libro y viéndose en muchos de ellos reflejado. Cada noche al leer un capítulo y cerrar el libro se dirá: hoy nos hemos operado de una hernia y hemos quedado bien; mañana nos operaremos de otra y a ver qué tal nos va.
Vivir con dolor, pero siempre con humor. De todas formas, siempre nos quedará poder darnos un golpe en el hueso de la risa.

José Luis Fonseca
Grupo A


Escribir doler

Escribir para doler
cuando no tenemos más que dolor
anclado en nuestras llagas
sangrando aliento de desconsuelo y rabia.

Escribir ante el dolor
de rodillas, suplicando
arrastrar el veneno de su aguijón
atemperando pasajeras tempestades.

Escribir sobre el dolor
cuando ya nos había arrebatado todo
desabrigados, sin mirarnos a los ojos
culpándonos de aquello que perdimos, que no fue.

Escribir con dolor
postrados, adorando a un dios que no te ve
extraviando miradas, espantando brazos
silenciando el paso.

Escribir sin dolor
de la mano, deseando los cuerpos desnudos
exprimidos entre dientes
gritando sin pudor nuestros nombres
arrebatado al sexo dormido
desgranando alientos lascivos.

Elena Domínguez
Grupo C


Seas como seas

Seas como seas… agudo como alfiler en el acerico, hiriente como puñalada en el costado, irreductible cual numantino, insistente como son los amantes despechados, constante como la corriente del río, expansivo como la mancha de sangre bajo un cadáver, aterrador y ardiente a la manera de volcán en erupción, infame como quien maltrata a un niño, insoportable como todas las arengas, exasperante como uña sobre pizarra, persistente a la manera de la carcoma, inoportuno como mosca en invierno, omnipresente cual dios vengativo, palpitante como corazón enamorado…
Seas como seas, dolor, ay dolor, nunca eres bien recibido.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Escritura analgésica con tratamiento de choque
El dolor y las preposiciones

A veces, ante la inminencia de los primeros síntomas del dolor, bajo los efectos ya menguantes de las pastillas, sin esperanza de poder evitar su zarpazo y consciente de que la noche va a ser dura e interminable, con un esfuerzo contra natura de mi cuerpo herido consigo levantarme de la cama, y desde mi cuarto voy hacia el escritorio sentado en mi silla de ruedas, sobre la que circulo por el pasillo de mi casa mediante el uso del mando, entre botones que mis dedos ya manejan con una cierta destreza, hasta que logro situarme frente al ordenador, lo enciendo, y tras unos segundos de espera, que aprovecho para mirar las estanterías de la biblioteca, llenas de libros en los que, cabe decir, siempre he depositado todas mis complacencias, abusando de la cita bíblica so pena de ser considerado irreverente por los guardianes de la fe, vía fanatismo versus conocimiento, y según tengo ya por costumbre como el mejor antídoto frente al asalto del dolor, me pongo a escribir durante el tiempo necesario para que consiga distraerlo hasta que pueda tomar una nueva dosis del anestésico, lo que no impide que sienta su despiadada presencia, pero al menos hace que todo pase más rápido, esperando que llegue mi querida enfermera, a primera hora de la mañana, con el libro que le encargué ayer, como una promesa en el bolsillo de la bata que le regalé y le sienta tan bien, quizá un poco ajustada, lo que ha resuelto con su proverbial diligencia quitándose algunas prendas, para embutirse en ella como si fuera una segunda piel.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Sobre la Vida y el Dolor

Sobre el ocaso y el alba,
en mi cuerpo apareces
y sin permiso te alojas,
a hurtadillas, sin pudor.

Sobre mis sentidos, luchas
como amo, dueño y señor
y en tan desigual batalla
no aceptas rendición.

Sobre mi piel, tus huellas dejas
a golpe de cincel y dolor,
indelebles y profundas
como el mejor grabador.

Sobre mi alma, la esperanza
de un tenue rayo de luz
que atraviese con su espada
el peso de mi cruz.

Sobre el eco de un llanto,
el dolor no será en vano
sí al despertar a la vida
sobre mis brazos, estás tú.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Escribir

A pecho descubierto
Ante ojos analíticos y
Bajo los efectos del sentimiento
Cabe decir susurrando
Con la suspicacia propia adquirida
Contra toda recomendación
De los mayores miedos hablamos
Desde ese recoveco invisible del corazón
Durante los días del desánimo
En habitaciones sin ordenar
Entre papeles arrugados
Hacia un horizonte incierto
Hasta que el cuerpo aguante
Mediante quién sabe qué drogas
Para anestesiar el alma
Por tremenda y cobarde huída
Según llegue o no el día
Sin futuro ni esperanza
So pretexto de no verme
Sobre sábanas sucias luchando
Tras torres caídas
Versus ese demonio informe
Vía la garganta descarnada del

Dolor

Sara GL Terrén
Grupo C


Escribir desde el dolor para el dolor

Con los párpados semicerrados y las sienes palpitando.
Para que sepa lo ruinoso que llega a ser.
Para que se calle de una puta vez, y grite en este inmaculado papel;
que lo manche de rojo, de negro…
¡Qué el incendio se haga letra!
Que quede plasmado, para que sepan los que han de saber.
Para cerrar el círculo.
Para compartir piel y papel.

Eva Hernández
Grupo A


Preposicionando el dolor

Escribirle AL (A+el) dolor es una mala elección. Si puedes, elige otro destinatario más agradecido; de lo contrario, te salpicará la pena y, al mirarte al espejo, no podrás evitarlo y arrancarás a llorar; no te quepa duda.
Escribir ANTE el dolor es una insensatez. Es como plantarle cara al primo de Zumosol, que te la partirá por chulo (la cara). Mejor no te hagas el valiente, deja que lo hagan otros y que se la partan a ellos.
Escribir BAJO el dolor es como soportar el peso de un fardo de patatas de cincuenta kilos, o más. Acabarás que no eres persona, una auténtica piltrafilla. Mi consejo es que, si no te queda más remedio, cojas un paraguas bien resistente y te cobijes hasta que pase la tormenta; pues, como dice el refrán, después de la tempestad…
Escribir CABE el dolor, según dice la RAE, resulta arcaico, en desuso, por lo que no pasa nada si no lo haces, se te permite. En cualquier caso, es una lástima que la RAE casi como que se lo haya quitado de un plumazo, porque con su significado de estar “cerca de” “junto a”, podría resultar una buena estrategia esa de ponerse cerquita del dolor; mejor eso que tocarle las narices, vamos.
Escribir CON el dolor es una postura inteligente. Te haces su cómplice, te conviertes en su colega; pues, como dijo San Lupo de Troyes: «Si no puedes con tu enemigo, únete a él».
Escribir CONTRA el dolor es de imbéciles. Evítalo si puedes, pasa de ello; solo te reportará quebraderos de cabeza y que acabes hasta los mismísimos; es mucho más fuerte de lo que te piensas.
Escribir DEL (De+el) dolor es soportable; pero solo si marcas distancias; pasará de ser una emoción dolorosa a convertirse en tema de conversación sin más: como escribir de fútbol, del tiempo, de la comida o de cualquier otra cosa vana; tómatelo de esa manera.
Escribir DESDE el dolor está bien siempre y cuando mantengas con él una relación erótica, de amistad íntima, o paterno-filial, y crees esa zona de confort en la que te encuentras más a gusto que un arbusto.
Escribir DURANTE el dolor tiene la ventaja de que sabes que no es para siempre, que es pasajero; por eso apenas si te duele mientras escribes, como que lo haces inconscientemente, no se te ocurrió otra cosa mejor que hacer y vas y te sientas a escribir, a esperar a que se pase, como el marido que se sienta a comer pipas en un banco para hacer tiempo hasta que llegue su mujer y pedirle el divorcio.
Escribir EN el dolor es como si te cayeras a un pozo y el equipo de salvamento no pudiera acudir en tu ayuda porque está de vacaciones, o atendiendo una emergencia, o porque no le da la gana ir. Vamos, que ahí te quedas, apáñatelas.
Escribir ENTRE el dolor, eso sí que está bien. Al principio, cuando te llega, es jodido, te acuerdas de todos sus muertos, pero una vez que consigues vencer ese primer obstáculo, oye, que te encuentras a las mil maravillas, muy arropadito entre sus brazos.
Escribir HACIA el dolor es de tontos de capirote. ¿Qué se te ha perdido a ti en el dolor como para que vayas a su encuentro? Déjalo y no malgastes tus fuerzas; el día que menos te lo esperes lo tendrás delante de tus narices y ese día sí que las necesitarás, ya lo creo.
Escribir HASTA el dolor es hacerle un corte de mangas. Vas por la vereda veredita verde de tu vida tan agustirrinín, sin preocuparte por nada, y cuando vislumbras su sombra —cerca o lejos— te dices: «¡Ah, no!», y te das la vuelta, o cambias de rumbo; esa línea roja que has marcado y que te recuerda que de ahí no puedes pasar.
Escribir MEDIANTE el dolor es muy parecido a lo de escribir CON, pero más reconfortante. Es como cuando estás enfermo pero tienes a alguien que te cuida, casi hasta te mima.
Escribir PARA el dolor es como escribir AL (A+l) dolor, pero con mayor entusiasmo; vamos, que te lo tomas más en serio, como si tuvieras que demostrarle que lo sabes hacer, que la cosa no va de cachondeo.
Escribir POR el dolor está justificado en sí mismo. Relación causa efecto, que se llama; como el que se moja porque llueve, o come porque tiene hambre, o se queda en la cama porque le da la gana.
Escribir SEGÚN el dolor no deja escapatoria para la improvisación, es lo malo. Escribes en función de lo que a él le dé la gana; eres un asalariado vilmente explotado por un patrón del todo intolerante; a obedecer toca.
Escribir SIN dolor; eso sí que está bien. Vamos, que le has plantado cara y, con dos cojones, le has dicho que contigo no se juega, que se vaya a la mierda. Esto en la cultura occidental, porque en la oriental sería algo así como que has llegado al nirvana, y en ese estado ya sabemos que el dolor tiene poco que hacer, salvo agachar la cabeza y rendirse.
Escribir SO el dolor (como en el caso de CABE) la RAE dice que su uso es arcaico; como si nuestros ancestros sintieran el dolor de una manera diferente. Bueno, si quieres saber cómo sentían el dolor aquellos hombres y mujeres de otros tiempos, escribe SO el dolor y lo comprenderás.
Escribir SOBRE el dolor depende; si lo haces bajo la acepción de «encima de» está genial; eres todo un vencedor, una especie de superhéroe; pero si eliges el significado de «acerca de», prepárate, es como si tuvieras que escribir una tesis; aparte de sufrir, vas a tener que documentarte mucho y acabarás dolorido.
Escribir TRAS el dolor es un poco de cobardes, parece como que te escondieras; pero, oye, tampoco está la cosa como para sacar pecho; así que, si puedes, hazlo y escóndete detrás de él.
Escribir VERSUS el dolor es lo mismo que decir CONTRA pero en latín; me parece una idiotez por parte de la RAE; o sea, que tacha «cabe» y «so» de arcaico, pero luego va y te mete otra preposición en una lengua, no ya arcaica, sino muerta; y aunque dicen que donde manda patrón no manda marinero, en este caso el marinero, que soy yo, me niego a obedecer y lo del VERSUS el dolor va a ser que no pienso ponerlo en práctica.
Por último, escribir VÍA el dolor resulta interesantillo; es como un tiempo muerto, esa escala que te obligan a hacer, siempre incómoda, para llegar a tu destino pero que es así, es lo que toca.
En fin, que «escribir» y «dolor» dan para mucho. Utiliza, pues, la preposición que más asco te dé y… a soportarlo.

José Manuel Romero
Grupo C


Por el Dolor
Para María. Diario de una preadolescente.

Tendría si acaso doce años, el cabello largo y oscuro, un cuerpo todavía de niña que empezaba apenas a cambiar al de una adolescente y montones de hormonas que iniciaban su loca carrera hacia la pubertad. Un uniforme de colegiala; falda tableada tela de cuadritos en tonos azules, rojos, verdes y grises. Blusa blanca de manga corta, chaleco y jersey rojos, calcetas también en blanco y zapatos cerrados, serios, en negro. Colegio de monjas.
Una mañana desperté con un profundo dolor de muelas. Después de la ducha y el café con leche de cada mañana, me subí al coche junto a mis hermanas, como cada día, para comenzar la jornada diaria del colegio; La formación como ciudadana de bien y la educación católica a la que toda chica de buena sociedad de aquellos tiempos, correspondía. Eran los años ochenta.
El dolor comenzó a hacerse cada vez más intenso, más agudo. Punzadas en pómulo izquierdo cada vez más fuertes, después en el derecho, luego en toda la cara, al final, en toda la cabeza, estaba volviéndome loca. Pedí a la profesora de química, una mujer enorme, gorda y masculina que me permitiera dejar para otro día su brillante exposición sobre la tabla periódica de los elementos y me dejase ir a la enfermería. Accedió a regañadientes, ella sabía que nada me apasionaba menos que ese desfile de nombres raros y numeritos definiendo Dios sabría qué, pero, al final, me creyó, se dio cuenta que aquella vez estaba diciendo la verdad y me dejó salir.
Ya en la enfermería pude pedir auxilio a la monja enfermera para curar ese dolor que estaba terminando con mi de por sí débil cordura de preadolescente.
-Ofrécele tu Dolor a María dijo con aire de santidad la madre Espíritu Santo, mientras me alargaba una aspirina y un vaso de agua hasta la camilla donde me tenía recostada. Vamos a llamar a tu casa para que vengan por ti. Ofrécele tu dolor a María y al Sagrado Corazón de Jesús.
Aquella misma tarde mi madre consiguió una cita de urgencia con el dentista y antes de poderme dar siquiera cuenta, estaba ya en aquella silla de las torturas con el taladro adentro de mi boca. En medio del espantoso sonido del taladro destructor de dientes, mis cuatro muelas del juicio fueron extirpadas. Sangre, dolor y lágrimas. Tal vez, debido a esa tremenda mutilación dentífrica, nunca he sido ni seré una mujer juiciosa. Destino.
Ofrécele tu dolor a María. Resonaban las piadosas palabras salidas de la boca de Sor María del Espíritu Santo en mi cabeza. Ofrécele tu dolor a María.
Dos semanas estuve con la cara deforme por la hinchazón de la boca y las mejillas. Apenas y me reconocía en el espejo. No comí en esos días más que caldo de pollo y no bebí más que agua. Las calcetas del uniforme se me bajaban hasta el tobillo pues las piernas se me adelgazaron de tal manera que no las rellenaba. También hubo que recorrer el botón de la falda tableada del uniforme y rellenar el fondo de los corpiños con algodones cuando a los chicos del colegio de los Maristas les daba por pasearse enfrente de la puerta de salida a las tres de la tarde. No se podía vivir con esa ausencia total de atractivos físicos.
Ofrécele tu dolor a María.
 
Esperanza García
Grupo A


Génesis, 3:16


“En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos ; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”

- ¡Oooogh! -Carmen aulló doblada sobre sí misma al borde de la cama.
- ¿Algo va mal? - la interpeló Jaime mirando con indulgencia a su mujer con el sueño aún pegado a sus pestañas.
- Creo que nuestra “Rosquillita” se acerca a la meta - le sonrió ella entre soplidos espaciados para enfrentar el dolor.
- ¿Salimos yaaaaa? Un momento; cojo la maleta y bajo a por el coche –exclamó el futuro padre aturullado por la emoción.
- ¡Jaime, calma!. El proceso es largo y, la verdad, prefiero aguantar en casa hasta ver cómo evoluciona el parto. ¡No me apetece parecer una histérica primeriza!. Además, un buen desayuno casero me animará el espíritu. Por cierto ¿qué hora es? -
- Las 4:54 h. cariño, y es la tercera contracción más o menos regular. ¿Estás segura de querer esperar? 
- ¡Totalmente!. Anoche hablé con Estrella, mi matrona, y deseo ser yo quien imponga mi ritmo y dirija el alumbramiento. 
Jaime apartó suavemente un mechón de su cara y la besó con dulzura en la frente. Ambos lograron tranquilizarse. Pero ella no podía dormir; se acarició el pronunciado vientre con ilusión imaginando el momento en que se miraran por fin a los ojos. No sentía angustia ni temor al dolor pues el resultado de su esfuerzo iba a merecer la pena.
Desayunaron en la mesa de la cocina sin prisas. Carmen pensó que no se reconocía a sí misma. Y sin precipitación llegaron al hospital poco antes del medio día con dolores cada diez minutos y una dilatación de 4 cm.
De Urgencias la derivaron inmediatamente a Paritorios. Nada más llegar, y sin haber visto aún a su matrona, le propusieron inyectarle oxitocina para acelerar el parto, pero ella se negó: no deseaba sufrir contracciones más dolorosas de las que ahora toleraba ni sentirse atrapada en una cama sin posibilidad de moverse. Todo transcurría normal: los latidos de María eran fuertes y Carmen confiaba en el ritmo sabio de la naturaleza. Su cuerpo estaba diseñado para abrirse y traer a su bebé al mundo.
Jaime no se apartaba de su lado; caminaba junto a ella y le sostenía fuertemente la mano izquierda cuando arreciaba el dolor: - Venga cielo, que tu puedes! – Y continuaban el peregrinaje por la habitación. A medida que el momento se acercaba y la niña comenzó a coronar, el joven padre intentó insuflar ánimo a aquella mujer que yacía exhausta sobre la mesa de partos:
- ¡Venga chata, que lo que queda es pan comido! 
- ¡Oooooooooht! ¡Que te follen!
- ¡Bueno cariño, así fue como nos metimos en este lío!

Romy Martinez
Grupo A


“Sin”

Escribir sin dolor es el anhelo que siempre busco. Encontrar los sustantivos, los adjetivos y los verbos adecuados para mostrar la belleza en lo escrito.
Así al alcanzar la cima y asomarme al abismo, ser capaz de que los que me lean, sientan la naturaleza como la veo yo. Notar el frío en tu cara al tiempo que tus ojos se alejan hasta el infinito, recordando la senda de robles otoñales por la que has subido. Sentir las hojas en tus acolchados, notar los latidos de tus compañeros y sus risas que te acompañan hasta la cumbre. Mientras los buitres sobrevolando nos vigilan.
El descenso se presentaba fácil. Los senderos ocultos para la mayoría, nos iban a mostrar otros bosques de troncos alineados, siempre Klim entre las filas arbóreas.
Escribir sin dolor el paseo por la charca en una tarde inexplicable de luz. El sol se filtraba entre las nubes mientras la garza levantaba el vuelo al sentir nuestras risas.
Allí estaban, sobre el agua, las sombras de los primerizos escritores, empeñados en encontrar el ritmo de las palabras y su belleza para atrapar a futuros lectores.

JB
Grupo C


Desde el dolor

La propuesta de tarea de esta semana, es escribir utilizando una o varias proposiciones, sobre el dolor.
Repaso escritos de otras épocas, diarios y reflexiones mediatizadas por el dolor, contra el dolor o tras el dolor, y no me resulta fácil bucear en la memoria, buscar entre cenizas que parecían apagadas. El mero hecho de escarbar en ellas produce desasosiego y temor. ¿Es posible que aún queden rescoldos que creía apagados?
Muchas veces escribí como terapia, con rabia, desesperación, nostalgia o dolor físico. Cuando vuelvo sobre aquellos pasos dolorosos y la intensidad emocional que subyace, apenas me reconozco.
Es como si otra persona lo suscribiera, y me cuesta evocar aquellas palabras que no por extrañas dejan de sobresaltarme y producir cierto deseo de huida. Recuerdo temporadas difíciles, en genérico, pero había olvidado como lo reflejé en en una hoja de papel.
Quedaron esos momentos atenuados por otras capas de la memoria, postergados por la rapidez del paso del tiempo, almacenados en un lugar profundo para que no duelan, atrofiados por la urgencia de vivir.
Me veo escribiendo frente a una ventana y apretando el bolígrafo con fuerza, más que dibujar letras, estaba rompiendo el papel a modo de lamento o grito gráfico, a dolor vivo (otra preposición).
No quiero volver allí.
La pugna entre el olvido y la memoria.
Y sin embargo, asumo esas palabras escritas con dolor, cicatrices familiares que dan sentido al presente.

AMF
Grupo C


Desde el dolor

―Me han pedido que escriba acerca del dolor.
―¿Qué tipo de dolor?
―Físico.
―¡Qué interesante!
―Bueno…
―¿No te lo parece?
―No sé… No mucho.
―¿Por?
―Nunca he sufrido ningún dolor destacable.
―Seguro que sí, pero no te acordarás.
―Si me hubiera dolido de verdad lo recordaría.
―No puedo creer que nunca te hayas hecho daño.
―Claro que me he hecho daño.
―Entonces has sentido dolor.
―Sí, pero nada insoportable.
―Dime qué significa para ti “nada insoportable”.
―Pues… Me rompí la barbilla con 5 años. Tuvieron que darme seis puntos, pero lo que más me dolió fue que se bañara en sangre mi camiseta favorita. Nunca salieron las manchas…
―Tuvo que dolerte una barbaridad. Otra cosa es que el tiempo haya hecho que se te olvide.
―Me acuerdo perfectamente. Te doy otro ejemplo: cuando me quitaron las cuatro muelas del juicio estuve una semana sin poder tragar ni mi propia saliva y cada vez que hacía un gesto con la cara, por pequeño que fuera, saltaba algún punto y la boca se me llenaba de sangre. Más que doloroso, fue asqueroso.
―Ya… Eso tampoco suena doloroso... ¿Y no te ha pasado nada más?
―Claro que sí. Por ir con prisas me tropecé en el metro, lo que hizo que me clavara el borde picudo de las escaleras mecánicas y me destrozara el tendón rotuliano, me caí de la bici en una bajada yendo a más de 50 km/h, tuve un absceso sacrocoxígeo que no dejaba de supurar sangre y tuve que esperar casi tres meses a que me operaran y he albergado en mi estómago un par de úlceras.
―¿Me estás vacilando? Con esa lista puedes escribir perfectamente acerca del dolor.
―Suena a que si no lo hago es porque no quiero.
―Un poco, sí.
―Pero es que ninguna de esas veces sentí que mi vida girara en torno al dolor.
―Si a mí me hubiera pasado lo que a ti lo habría pasado fatal.
―Eres un exagerado.
―Será que tienes el umbral del dolor muy alto. De hecho… A lo mejor padeces un dolor crónico insufrible y no te has dado cuenta.
―No lo creo.
―Igualmente, me parece que tienes material de sobras para escribir acerca del dolor.
―Creo que el problema es la preposición.
―¿A qué te refieres?
―Si escribo es idealizando el dolor. Ese que se siente por el mero gusto de padecerlo, de regodearse en él; un dolor visceral, irreflexivo. Un dolor profundamente egoísta y apasionado.
―No te sigo.
―Escribo desde el dolor; un dolor metafísico.
―En ese caso, el problema no es sólo la preposición, sino el dolor en sí.
―Exacto. Por eso no puedo hacer los deberes. 

Lucía Sabater
Grupo A


¿Cabe mayor dolor que el que no duele?

El que quiere dar mate a tu partida
el que no halla un canal donde salir
el que no te amenaza con morir
pero hace que respires por la herida.

Y solo este dolor da la medida
de lo que de lo tú soportes tu sufrir
si pretendes que puedes eludir
que la Parca te tome por la brida.

Cuando la pena te quiere destruir
o solo te acompaña la tristeza
convierte en un calvario tu existir.

No encontrarás un lugar adonde ir
si la aflicción reside en tu cabeza
Solo queda tratar de resistir.

Pues, ¡no hay mayor dolor que el que no duele!

Calgari
Grupo A


Lourdes Lucha La doLencia:

o Lienzo limpio libre
o Libertad legal
o Limpieza loca lírica
o Localizar lugares lejanos
o Lima laminada lisa
o Lectura libre
o Lápiz/Lengua lían letras lindas
o Lágrimas longitudinales
o Lío largo
o Luz libre
o Local lírico latino
o Lamentarse lentamente
o Librerías longevas largas
o Lana liada lógicamente
o Lugar localizado limpio
o Localidades luminosas
o Liar lazos leales
o Lentamente limar luchas largas
o El Limón + el Larios + lírica lenguas libres
o Locución leal ( logopeda)
o Liderar lucha lógica
o Luna linda lejos

Lourdes libra
Lista B


El árbol de la vida

Nunca imaginé que el invierno llegaría tan pronto
Que adiós sería una palabra tan larga, tan húmeda, tan obtusamente despiadada
Nunca imaginé que tu ausencia ocuparía tanto
Que la suma de dos términos “para”+”siempre” daría como resultado un cero tan férreo, tan seco, tan intensamente corrosivo.
Nunca imaginé una casa sin mantas
Cuando un lobo aúlla a la luna nueva, entregarse a la mar parece la única salida
Nada tiene que perder quien antes de naufragar, naufraga.
Nunca imaginé que hubiera luz en el abismo
Que el sufrimiento sería una palabra alargada que se alarga. El altar ante el que se postran los fieles de una religión egoísta y fanática. Pudre todo lo que toca
Nunca imaginé que si el dolor no se escribe en falso sus letras no supuran
Cuando un lobo aúlla a la luna nueva, su herida puede ser faro
Nada tiene que perder quien alcanza la orilla donde dos términos “eterno” y “fugaz” imprimen la misma tinta a la huella que dibujan en un papel blanco.
Nunca imaginé que solo el amor que se da es manta
En un jardín desconocido navega un árbol. Es un árbol misterioso.
Si las larvas no agusanan sus ramas, nacen mariposas.

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Dolor

Todavía recuerdo aquella mañana aciaga, de un viaje en coche de tres personas desde Madrid a Salamanca. Han transcurrido veinte años, y me parece que bien pudo haber sido ayer mismo. A una clínica privada de Madrid, nos remitieron unos oftalmólogos de Salamanca, para operar a mi padre de cataratas y glaucoma. Después de varias visitas previas a la operación, nos aseguraron que mejoraría la visión, si nos decidimos a llevarla a cabo. La operación aunque era muy cara, decidimos arriesgarnos, todo por la calidad de vida, para un hombre de 70 años, que se movía por el pueblo con soltura, montando en bicicleta y llevando una vida normal, sin ninguna otra enfermedad aparente.
El día que nos indicaron, acudimos por la tarde para citada operación, previamente con el resguardo de abono de la cantidad que nos dijeron costaba la operación.
La operación apenas duró una hora, al terminar mi padre apareció con los ojos vendados, indicándonos volver a la mañana siguiente , para quitar el vendaje y ver el resultado.
No pegamos ojo en toda la noche, esperando llegar por la mañana y ver a mi padre curado.
A las 11 era la consulta, y media hora antes ya estábamos allí, con cierta intranquilidad.
Un doctor muy joven, se acercó a la sala de espera y preguntó por los familiares de Luis.
Palabras textuales, dichas como un jarro de agua fría, “sentimos decirles, que el ojo no ha respondido”. La pregunta siguiente, fue la mía, ¿Que nos quiere decir doctor?, este doctor apenas podía hablar, trato de disculparse diciéndonos que había venido en mal estado, pero que tuviéramos esperanzas, porque había unas investigaciones con células madre y que en un futuro manteniendo el ojo con un tratamiento de gotas podrían volver a operar.
Ciego, era la palabra que no dijeron, no nos dieron ningún justificante de lo que le habían hecho, ni se disculpó el hospital.
El viaje de vuelta a Salamanca, horroroso, todos llorando, acordándonos de las células madre, para la siguiente operación que nunca llegó.
Veinte años más vivió mi padre ciego desde aquella operación, pero con optimismo, que nos daba ejemplo a todos. Dolor si lo tenía no nos lo manifestaba, dolor, rabia , e impotencia la nuestra, ante todos los casos que existan como los de mi padre.

Luis Iglesias
Grupo B

Tres maneras de decir adiós

Decir adiós no es fácil. Sobre todo si esa despedida atañe al corazón y al recuerdo. Quiénes abandonan su casa por circunastancias no elegidas, quiénes cierran una relación con una herida aún caliente donde resuena el pulso, quiénes despiden a un ser querido entre lágrimas o brindando con champàn para festejar que fuimos saben muy bien lo que significa decir adiós.
En el cine hay despedidas que todos recordamos. Como la de Reth y Escarlata en "Lo que el viento se llevó", la de Ilsa y Rick en "Casablanca" o la de Eliot y E.T. en "E.T. El extraterrestre" por cirtar solo algunas. En este artículo puedes leer y recordar muchas otras; "Las veinte despedidas más memorables del cine".
En la literatura la despedida también tiene su presencia, valga la paradoja. Don Miguel de Cervantes escribe en el prólogo de Persiles y Segismunda: ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida! Poco después, moriría, esta vez de verdad, mascullando sus propias palabras.

Rosalía de Castro se despide de su tierra en un poema que muchos también disfrutaron en forma de canción. Ofrecemos aquí algunos pétalos:

Adiós, ríos; adiós, fuentes;
adiós, arroyos pequeños;
adiós, vista de mis ojos,
no sé cuando nos veremos.

Tierra mía, tierra mía,
tierra donde me crié,
huertecilla que tanto amo
higueruelas que planté.

Prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
pajarillos piadores,
casitas de mi contento.


Yo, como hijo de emigrante, me emocioné muchas veces cuando escuchaba la canción de Juanito Valderrama tras despedir de año en año a mi padre en la estación de autobuses o en el aeropuerto:

Adiós mi España querida,
Dentro de mi alma
Te llevo metida,
Aunque soy un emigrante
Jamás en la vida,
Yo podré olvidarte.

En el libro Tres maneras de decir adiós suena en forma de cita y en las primeras páginas la voz de Atahualpa Yupanqui cantando "Dicen que no son tristes / las despedidas / decile al que te lo dijo / que se despida.". Es «La huanchaqueña» y puedes disfrutarla en este enlace.





En su último libro, Clara Obligado nos muestra con su maestría de siempre diferentes formas y texturas del adiós. Un reportero de guerra al que su mujer no pudo despedir porque la muerte hizo de él su instantanea, una despedida trágica de un hijo que se cruzó en el trayecto de una bala, unos personajes que dicen adiós a quién les dio vida, una mujer que huye del pasado en busca de esperanza, un joven que despide a la que podría haber sido la mujer de su vida.
La muerte, la pérdida, la ausencia, el duelo, el viaje... forman parte del catálogo de temas que la escritora aborda en este libro de cuentos tejido como una novela y en el que también indaga en las maneras de contar. En una historia, dice Clara, es muy importante, la estructura. Y ella estructura y desestructura a su antojo superponiendo las capas de la realidad y la ficción y haciendo que se entremezclen y confundan. En la epidermis del libro y de la historia laten otras lecturas. También lo dice Emma, su personaje central, que no entiende la escritura sin en el abono de la lectura. La idea de contar tres momentos separados en el tiempo en tres lugares diferentes en la vida de una mujer la toma prestada de Alice Munro. Pero en los posos de su narrativa también está el sabor reciente de la escritura de Socorro Benegas y Mónica Ojeda.
Clara no da puntada sin hilo, un hilo rojo como la sangre con el que Silvana teje el motivo de portada. Dos mujeres que comparten historia y trenza y que podrían ser una madre y una hija o la misma mujer con edades distintas. Hay personajes y objetos que Obligado trasplanta de otras historias y otros libros anteriores en éste, como un valioso camafeo, en ese juego calidoscópico en el que consiste su escritura. Quizá en su próximo libro haya un florero. Lo ha dejado por escrito, Enmma. Esta forma de hilar nos obliga, como lectores, a no perder el hilo. Cada libro obedece a una búsqueda que tiene que ver con un libro anterior, dice Clara. En Tres maneras de decir adiós teje una suerte de cadeneta entre las tres historias con el mismo hilván. Su literatura es una almazuela hecha con retales de vida pasados por la rueca de la ficción. Lo borda. Las palabras y lo que dicen son como una inmensa red de raíces entrelazadas que comparten savia y carbono. Una micorreiza literaria. Un tapiz.
Puedes ver la presentación que hizo junto a Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma y amigo, en el Instituto Cervantes de Madrid. Es un diálogo ameno. Una reunión en la que participan personas y personajes cercanos a la autora y en la que se muestran algunos de los planos o patrones de su costura narrativa. Puedes verla si tiras del cabo de este hilo
Él heroe, un Ulises reportero gráfico que salió en busca de una foto épica y murió lejos de su Ítaca; la heroína que espera y desespera y se niega a ser una abuela atada a su ganchillo (una Penélope hippie) y el hijo que busca de historia en historia su lugar en el mundo y en el amor (Telémaco) son el bastidor sobre el que Clara enhebra y da vida a sus personajes. 
En el taller de escritura de la Casa de las Conchas trabajamos con la segunda historia del libro, la que lleva por título "Tan lleno el corazón de alegría". En el inicio hay varios pespuntes con los pronombres "yo", "tú", "ella" para ensayar las distintas voces narrativas hasta que probado el traje narrativo opta por el "tú¨. ¡Qué alegría vivir en los pronombres! decía Salinas.
Celebramos el Día de la Mujer Escritora con una gran escritora, Clara, y con Emma, su personaje, también escritora que es madre y es abuela. Le gustan las matrioskas. En esta historia se hilvanan muchos temas: el paso del tiempo, el valor que concedemos a la última edad, las relaciones madre e hija, las ausencias y la tarea de escribir con todo lo que entraña cuando quien lo hace es una mujer.
Se atreve incluso a indagar en un patrón que hasta ahora no había bordado, el de la distopía. Y lo hace con humor en una suerte de caricatura que tiene una lectura y una reflexión muy asentada en esta realidad. La historia te pincha, sin dedal, y te hace herida más allá de lo estúpido.
Quizá de ese futuro incierto nos salve la escritura. Casi todo lo arreglamos, o al menos remendamos, con ella, como hace Emma, como hace Clara.


Propuesta de escritura

Escribe un texto sobre una despedida. Puede ser un poema. La elegía es patrón para despedir o rememorar la vida de un ser querido. Puede ser un microrrelato o también un relato brevísimo. Somos de los que tratan de hacer breve este trance amargo de decir adiós.
Y si en un mismo texto tejes tres maneras de decir adiós genial. Tu consideración crecerá rápido en el taller, en el de escritura y en el de costura.

Y estos son algunos de los textos recogidos hasta ahora.


Crónica de un suicidio anunciado

Lo siento, ha llegado el momento. Es una situación dura, lo sé. Para mí es insoportable. Ya no queda nada, me siento vacío. Mi vida se ahoga, gota a gota se pierde por el sumidero y yo no quiero verlo. Siempre dije, siempre escribí, que llegado el momento, hay que ser valiente, por lo menos parecerlo. Alzo la vista y miro por la ventana, no veo futuro, no veo historias, solo el borroso reflejo de mi decrepitud en el empañado cristal. Voy a ausentarme sin hacer ruido. No quiero alharacas, nunca las he necesitado. Cambiaré los puntos suspensivos por un punto final. Observo el brillo de la caja de madera con forma de ataúd y sé que sobre ese suave terciopelo color sangre terminará todo.

En los últimos días… ¡Vaya frasecita! Pero así es, en estos días he recibido mensajes de ánimo, muchos, la mayoría, vanos, frases hechas. Nimias palabras que únicamente conseguían arrancarme, una sonrisa tan vacía como sus intenciones. Acaricio el frío vidrio del frasco con las pastillas y observo con crueldad el vaso de agua, disfruto contemplando como una pobre mosca lucha para no morir ahogada. ¡Todo llega a su fin, amiga!

No quiero dilatar la agonía. Solo una frase más: agradezco, de todo corazón, a mi esposa, todo su apoyo y su amor. Te quiero. Te quiero. Repito la frase porque será la última frase que escriba. No volveré a escribir. Coloco con mucho cariño el capuchón de la pluma estilográfica y, con movimientos ceremoniosos, la introduzco en su caja de caoba y bajo la tapa, para siempre.

—¡No te olvides la pastilla del colesterol! —mi mujer siempre pendiente.

Adiós a la escritura, empieza mi nueva vida.

Tomás García Merino
Grupo B


Viaje en tren

Se agarra mi brazo como a un salvavidas. Veo su mano de mármol veteada de azul. Pero no le miro a los ojos, ni a María, pues no estoy seguro de poder contener el llanto. Él necesita de mi fortaleza y de mi certidumbre en lo que nos aguarda. Se ha entregado dócil a nuestra decisión. Es su última oportunidad, quizás él también lo intuya.
María le hace fotos cuando está adormilado. Un intento de retener su imagen aún lozana a pesar de su fragilidad. A mí me sabe a despedida. Porque su madre y yo conocemos los estragos que esta maldita enfermedad va a causarle durante los próximos meses.

–¿Quieres una manzana? –le dice ella.
–No, mamá –contesta él en un susurro.

El tren se acerca a Madrid. Dentro de una hora cruzaremos las puertas del Hospital Ramón y Cajal, para nosotros, las puertas del purgatorio.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El adiós
(Siete coplas manriqueñas)

Don’t think twice. It`s all right.
Bob Dylan.

Porque la quería ….
Joan Manuel Serrat


Con ganas de entrelazarnos
empezamos la carrera
del amor.
Y probamos a mirarnos
de aquella nueva manera,
con calor.

Mas por no pecar de niños,
de impúberes sempiternos,
no dejamos
que el calor hiciera guiños,
que nos volviera más tiernos,
más cercanos.

No es moda comprometerse.
Mejor hacer del amor
divertimento.
Mejor es no entrometerse,
no hacer caso del clamor
por el momento.

Dejar pasar la ocasión
de vivir las emociones
intuidas.
Dejar pasar la pasión
y dejar nuestras pasiones
destruidas.

Y ahora pagamos el precio
de negarnos compromisos.
Olvidamos
que la nave acaba en pecio
si el rumbo, cuando es preciso,
no alteramos.

Se nos enfrió el cariño
por falta de cobertura
suficiente.
No vimos que ya era un niño,
que no era literatura
complaciente

Adversarios del futuro,
la soledad nos hereda.
¡Que tristeza!
Separarnos será duro,
mas del árbol solo queda
la corteza.

Carlos Coca Senande
Grupo A


Me dejaste tu adiós sobre la cama
y ya no sé muy bien qué hacer con él
¿Lo plasmo con un boli en un papel
o dejo que me sirva de pijama?

Es frío pero quema como llama
y escuece en cada poro de mi piel,
las lágrimas ahora son de hiel
y cada gota amarga te reclama.

¿Con qué puedo llenar este vacío
saturado de ausencia y de silencio
si no funciona nada en mi cabeza?

No sale el sol y todo está sombrío,
las horas del reloj no diferencio
desde esta plaza fija en la tristeza.

Se rompe alguna pieza
después de cada nueva despedida.
¡Cómo duele olvidar a quien te olvida!

Aurora Zarco
Grupo B


1

El dolor es tan profundo
cuando en la espera,
se que no volverás.
El cielo no es azul,
las nubes, de un color ocre,
rompen a llorar
lo mismo que mis ojos
perdidos en tu ausencia,
no pueden contener la lluvia
de mis lágrimas.
Compartimos tanto amor,
que cada día
es más difícil vivir sin ti.


2. Tarde de otoño

Nunca dejé de nombrarla
está presente
en cada instante,
en cada verso,
en una nube,
en una estrella,
en cualquier atardecer
en el canto de un pájaro
en el arrullo del río,
en el aire cuando aúlla,
en la lluvia cuando paseando
moja mi cara y,
sin querer extiendo mi mano
sintiendo el calor de la suya.
En cualquier canción,
en la lectura de un libro,
en las cuatro paredes
de esta casa,
de donde nunca se ha ido.

3

Parecía que nunca
Iba a poder despedirme
de los sueños que inventamos
cuando nada importaba
más que nosotros.
Vivimos cada instante
como si fuera el último.
No había horas ni días,
todo era luz y alegría, cuando,
se desató el incendio y,
nos sorprendió la noche.

P.G.
Grupo C


El cerebro mueve la cabeza

Parecía que estaba dormida, los ojos cerrados, una carita suave, como pensando, pero los oídos atentos.
Me acerqué a ella y le hice tres preguntas, mirándola a los ojos por si acertaba a abrirlos, tres últimas preguntas, sin respuesta verbal, pero asintiendo a cada una de ellas con la cabeza.
¿Sabes que eres la rubia más guapa del hospital?
¿Sabes que tienes unos ojos verdes muy bonitos?
¿Sabes que te queremos mucho?

Luis Iglesias
Grupo B


Adiós a mis años duros de internado

Me miro en el espejo y me veo lejos, lejos de cómo y dónde viví, lejos muy lejos de aquellos años en que estuve interno en los escolapios. Allí pasé cuatro años, tres en Estella y uno en Orendain, el inicio de la adolescencia. Allí terminé el bachiller elemental finalizando con la reválida de cuarto, reválida que hice en el Instituto de San Sebastián. Los exámenes eran por libre, es decir te lo jugabas todo a una carta. Preparabas las asignaturas durante el curso y luego ibas al instituto y te examinabas. Le dábamos varios repasos a las asignaturas, para llevarlas bien “trilladas”, pues en unas horas tenías que demostrar que dominabas las materias. Nos examinábamos de todas las asignaturas en un día, lo cual podía llegar a ser extenuante. Recuerdo la primera vez que lo pasé fatal, incluso llegué a vomitar de la angustia que tenía encima. Un examen, un rato de descanso, otro examen, otro descanso, otro examen… a comer y por la tarde continuar. Tenías que olvidarte de lo que habías hecho y concentrarte en lo que tenías que hacer a continuación. Esto para un niño de once años era realmente traumático, pero me adapté y aquello me pareció normal; porque además de las asignaturas de cada curso teníamos solfeo, música, canto gregoriano y normas de urbanidad. Estas clases por supuesto eran obligatorias; allí todo era obligatorio, incluso jugar en el patio. Había que permanecer activo durante las 24 horas del día, todo estaba absolutamente reglado y programado, desde que te levantabas hasta que te acostabas, tanto los días de diario como los festivos. Si algún día no jugabas en el frontón o en el patio, o en un salón enorme con mesas donde nos refugiábamos los días de lluvia; por la noche antes de acostar, en la velada del “examen de conciencia,” donde el padre maestro nos hacía recordar lo que habíamos hecho durante el día, pues allí salía tu nombre indicando que no habías colaborado lo suficiente en la armonía del grupo.
Aquel verano después de la reválida de cuarto, me subí al tren con la maleta y emprendí el viaje hacia Ciudad Rodrigo.
El paisaje verde se fue transformando a medida que pasaban los kilómetros. Estaba diciéndole adiós sin saberlo, a un colorido lleno de tonalidades verdes y amarillas, por otro en el que dominaban los ocres y marrones. No supe que me despedía hasta dos meses después. No fue un adiós en aquel instante, pues siempre pensé volver.
Al cabo de un tiempo dije adiós desde la distancia, a aquellos colegios donde había pasado 4 años de mi vida.
A pesar de la dureza a la que nos sometieron en aquellos años, supe adaptarme bien, e incluso recuerdo que fui bastante feliz.

José Luis Fonseca
Grupo A


Tres maneras de no decir adiós

1
Últimas palabras

Segundos antes de fallecer vio una luz al final del túnel. Sólo tuvo tiempo de balbucear “Me cago en…” cuando el kamikaze se estampó contra él.

2
No somos nadie

Aquel filósofo dedicó toda su vida a prepararse para la muerte. Después de sesudas reflexiones optó por “Eternity Corporation”, una empresa del magnate Elon Bezos-Zuckerberg, que criogenizaba pacientes terminales hasta que se descubriera la cura de su enfermedad. Firmó un precontrato de muchas páginas, que incluía un texto de despedida para sus seres queridos, anticipando que en esa penosa coyuntura no estuviera en condiciones de redactarlo.
Pero al final se fue sin decir adiós porque tuvo la mala suerte de fallecer sin previo aviso. La muerte no estaba en su agenda.

3
Tenemos que hablar

Abrí la puerta y allí me la encontré, en el sofá “conversation”, de rochebobois, esperándome con su cara de no haber roto nunca un plato, la muy felona.
Cariño, tenemos que hablar, me dijo. No, cariño, le dije yo, y sin más preámbulos le mostré los papeles de la solicitud de divorcio que habían redactado mis abogados. Con un anexo de la agencia de detectives en la que no quedaba lugar a dudas de sus múltiples infidelidades, perfectamente documentadas, con imágenes que hubieran escandalizado a la mismísima Stormy Daniels. Ya hablarán nuestros abogados, le dije; por cierto, cariño, olvídate de lo de la incompatibilidad de caracteres, de mi multimillonario patrimonio no vas a sacar un céntimo. Ya sabes, mi amor, el pequeño detalle acerca del adulterio que incluimos en nuestro contrato prematrimonial (los honorarios del bufete son astronómicos, pero poco me parece).
Ella no dijo esta boca pecadora -elocuente en las fotos, sin necesidad de palabras- es mía, se levantó muy ofendida, aunque trastabillando un poco, y se fue. Sin decir adiós.
Yo me serví una copa, más que nada para pasar el trago. Qué disgusto, la quería tanto…

Ignacio Aparicio
Grupo A


El adiós de un viejo descreído

Luna de amor que nunca conociste el ocaso,
que te remontas una y otra vez en el cielo,
¡cuántas y cuántas veces tratarás de buscarme
en el mismo jardín, y todo será inútil!

Omar Kheyyam. Rubaiyat. Cuarteta 247.


Pienso a veces en las personas con los que he compartido el tiempo en el mundo. No tengo responsabilidad en ello, es evidente. Simplemente nací en unos años en los que estaban vivos Charles Chaplin (hasta los días de mi bautismo laboral), Albert Einstein (por pocos años) o Dmitri Shostakóvich, con quien compartí algo más de cuatro lustros en el mundo.
Vienen a la memoria sin pensar mucho, pero me permiten dibujar un tiempo que se fue, y hacerlo con la excusa de recordar una idea de Borges: un día murió la última persona que vio vivo a Cristo. Así, un día morirá la última persona que ha visto a la gente con la que yo he convivido, un día morirá la última persona que pensó en mí, o que me vio, o que escuchó alguna de mis monsergas, o la última que me amó. Y entonces se dice que uno ha muerto del todo. Aunque creo que, como tantas frasecitas biempensantes, ésta tampoco sirve de nada.
Un ejemplo de lo que quiero decir: pudo haber ocurrido que un día encontrase a cierta persona en una calle de cualquier ciudad y pude haber dicho:
- Bueno, pero si es Sir Charles Laughton,
y haberme alegrado de ver al curioso personaje. Pero el verdadero señor Laughton, aquél que vistió trajes ya pasados de moda en los cuarenta y cincuenta en las películas en las que participó, que se puso británica peluca de letrado en “Testigo de cargo”, que leyó un día la lista de los derechos humanos en una rememorada secuencia de “Esta tierra es mía”, ese hombre era una persona que vestía pijama o camisón por la noche, que se levantaba a deshoras de madrugada a aliviar la vejiga, que duchaba o lavaba sus copiosas carnes en la intimidad y que en ella murió un día como un humano cualquiera, lo que todos somos, para siempre jamás.
Recuerdo con frecuencia a aquellas personas llamadas inmortales, cientos, con las que he compartido el tiempo (María Zambrano, Ortega y Gasset, Berlanga o Carmen Laforet, entre otros muchos de los nuestros), pero eso no significa que ellos se mantengan vivos en modo alguno, mucho menos que los mantenga vivos yo (¡pobre de mí!) al rememorarlos. La inmortalidad en la memoria es un cuento. La inmortalidad es un cuento.
Proust pretendió recuperar el tiempo y, trágicamente, tal vez consiguió evocarlo. La última novela del ciclo, “El tiempo recobrado”, muestra cabalmente cómo todo concluye, que los recuerdos se estrellan contra la decadencia, la muerte o la brutal realidad del momento en que se vive, y no se recupera nada. Podemos ansiar rejuvenecer nuestros recuerdos, o a nosotros mismos, pero con el riesgo de que el intento nos precipite a la ridícula indecencia del maquillaje –del propio recuerdo o del infame cuerpo– como el atildado Barón de Charlus, o como Dirk Bogarde en el melindre papel de Gustav von Aschenbach, pintados y acicalados en pleno declive, lo que solo añade patetismo a la vía regia hacia la aniquilación que es la vejez poco lúcida. Gil de Biedma añadió:

“Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra”.


Quienes vivieron y han muerto mientras yo he estado vivo (Alfred Hitchcock, Pio Baroja, Luis de Pablos) han desaparecido para siempre jamás, aunque hoy nos estremezcan muchas veces sus líneas, su música o sus películas. No basta con que exista el nombre de alguien para que esté vivo, como dicen aquellos que hablan más de lo que saben, y hablan siempre.
Si los míos me recuerdan con una sonrisa – todos mis deseos para mi adiós se cifran en eso – cuando me haya ido de este valle de pesadillas y sueños utópicos, eso no me mantendrá vivo. Y los pájaros seguirán volando y los vientos soplando y los amantes escondiéndose, pero toda mi inmortalidad quedará en unas pocas cenizas que tal vez se dispersen para, en el mejor caso, servir de abono a un pedazo de tierra en la que crezcan matojos, arbustos o cardos. Y seguirá la vida, sin George Steiner, sin Martin Luther King, sin Ana María Matute, y sin mi insignificante cuerpo.
Si la energía no se crea ni se destruye, simplemente, se transforma, la vida de un ser humano se crea, se transforma y se destruye. Y así está bien.

Juan Delgado
Grupo A


El adiós de un viejo hedonista

Olvida la sapiencia de los sabios, y enrédate
en el sedoso pelo de una mujer bonita.
Antes que el Hado pueda verter tu sangre en tierra,
derrama tú la sangre de la jarra en tu copa.

Omar Kheyyam. Rubaiyat. Cuarteta 121.


Si me preguntan qué personas, qué hechos, que obras de arte o que libros recuerdo a estas alturas, suelo encoger los hombros y pensar poco. Lo que venga a mis labios me parece bien siempre. No encuentro preferible recordar a Joan Crawford que a Ana Mariscal; ni la caída del muro de Berlín a mayo del 68; tanto me da contemplar las tres gracias de Rubens como escuchar el clave bien temperado de Bach; disfruto con la prosa ágil y brillante de Elizabeth Hardwick tanto como con las arriesgadas locuras de David Foster Wallace, créanlo o no.
Ahora que lo pienso, y viene al caso, hace años que no veo a Elvira, mi adorada amiga. La conocí cuando trabajaba de aprendiz en la mercería de Pablo, allá en mi pueblo, porque yo nací en una ciudad manchega, de cuyo nombre bien me acuerdo… Bueno, iba a contar que una mañana vino Elvira, éramos muy jóvenes, casi adolescentes (entonces tener trece años no impedía trabajar), a comprar unas medias, porque en esos años las chicas usaban tan erótica prenda, y a mí se me ocurrió ofrecerme a probárselas. Primero me miró con los ojos muy abiertos, después, al ver mi sonrisa de pánfilo, le entró la risa y me dijo que no, que ya sabía bien ella qué talla usaba y que no quería que las rompiese con mis manazas – a las medias les salían “carreras”, nombre que siempre me pareció un despropósito –. A lo que íbamos, que desde ese día nos saludábamos al vernos por la calle, más tarde salimos juntos con la pandilla, y siempre fuimos amigos. Cuando la veía de lejos sabía que era Elvira, porque tenía el pelo largo suavemente rizado y rojizo. No llegaba a lo que en los manchegos llamábamos pelo jaro, porque era más bien pelirroja, pero de un rojo pálido muy brillante.
He hablado de mi amiga porque con ella comenzaron mis aventuras con la cultura (no con lo que llaman ahora “cultura” los mercachifles). Su familia había reunido una buena biblioteca y en ella fui descubriendo a Galdós, que me sigue pareciendo el mejor; también a Georgie Borges, como le llamaban los suyos, con quien estoy de acuerdo en que no hay que escribir voluminosos libros si la historia se puede contar cabalmente, dice él, en unas pocas páginas; después a Lawrence Durrell y sus novelas en cuartetos (Alejandría) y quintetos (Aviñón), que me gustaron más esos años que ahora. Disfruté también de su colección de discos barrocos: Henry Purcell, Corelli, Telemann, Scarlatti, entre los que me descubrí y me resultaron más atractivos.

Pero no, lo que más me atraía era la cara y el cabello de Elvira, sin entrar en los detalles que un caballero nunca debe hacer públicos, que tampoco fueron tantos como yo hubiese ansiado entonces. De sus deseos tuve pistas no muy claras, a decir verdad.
No fuimos novios formales, no seguimos juntos. Los dos dejamos el pueblo para ir a estudiar o a trabajar a otras ciudades. Al principio intercambiamos voluminosas cartas, lo que con certera palabra se llamaba correspondencia, porque cada uno correspondió a las confidencias del otro en confianza. Poco a poco las cartas adelgazaron y se espaciaron. Cada uno encontró su placer y su conveniencia lejos del otro. Yo conocí a la que fue mi esposa en días de vino y rosas – que no acabaron como los de Joe y Kirsten en la película – que continúan ahora, muchos años después, pero también adelgazando los ramos y espaciando las copas. A esta edad provecta, pienso que he alcanzado lo que Gil de Biedma consideraba una buena vida:

“En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.”


Así creo que he logrado vivir, y hoy, excepcionalmente, escribo porque me quedan algunas ganas de recordar, y es amable rememorar a Elvira, aquella Gilberte íntima cuando viví a la proustiana sombra de las muchachas en flor. La recuerdo sin nostalgia, si acaso con el ánimo en suspenso, porque nunca nos dijimos adiós del todo, aunque dudo que nunca volvamos a vernos. Poco importa. Tuvimos nuestros años jóvenes, el primer estremecimiento al estrechar su cuerpo y oler el delicado aroma de sus cabellos, el tacto de aquella melena pelirroja. Perdidos los años, los olores y los temblores, perdido el tacto de aquellos rizos suaves, cómo podría olvidar, cómo fingiría decir adiós entre sollozos. A su memoria corresponde una sonrisa y una despedida con el amable vino de mi tierra.

Juan Delgado
Grupo A


Los adioses de Francisco

La mañana se había despertado clara y sonrosada, como todos aquellos días de octubre en que la tormenta geomagnética, debida a la ola de plasma desprendida por el sol, llegaba a la Tierra. Tú te levantaste pronto, preparaste el desayuno de toda la familia, te aseaste, te vestiste y te despediste de Alicia, tu mujer.
—Adiós cariño, vendré tarde a comer. —Dándole un beso de hasta luego.
También de tus hijos, que se agarraban a tus piernas, no queriéndote dejar marchar, en un último intento de que en lugar de darles besos les contaras un nuevo cuento de su personaje favorito, el dragón Faustino que tú habías inventado para ellos. Conseguiste escapar del abrazo de Paula y Pablo, que entre risas pretendían retenerte unos segundos más. Te despediste de ellos con una promesa.
—Cuando volváis esta tarde, os contaré la aventura de Faustino en las montañas de África —dijiste, abandonando la casa mientras hacías el ademán de lanzarles un beso.
En la puerta del edificio, Rosa la limpiadora se afanaba con los cristales. Una gran trabajadora, madre de dos gemelos a los que ella sola sacaba adelante.
—¿Qué tal van los hijos, Rosa?
—Bien, hechos unos diablillos.
—Te he hecho una participación de 5 euros de la lotería de Navidad.
—Muchas gracias. Es usted muy amable.
—Te lo mereces. A ver si nos toca una ayudita —comentaste mientras salías a la calle y te despediste—: Hasta mañana, aunque me iré pronto y no creo que nos veamos.
Eusebio, el quiosquero, un hombre afable, con una sonrisa siempre en su boca, te saludó como de costumbre.
—Buenos días Francisco, le tengo el número de National Geographic de esta semana ¿se lo lleva ahora?
—No gracias, voy un poco apurado de tiempo. Esta tarde lo recojo y echo un vistazo a otras revistas.
—Sin problema.
—Adiós Eusebio, cuídate esa pierna que parece que hoy cojeas un poco más —dijiste mientras te subías al coche para ir al trabajo.
Juan llevaba desempeñando el puesto de conserje de la empresa desde hacía quince años, a pesar de ello no conseguiste simpatizar con él, siempre con su cara de amargado. Lo has intentado y finalmente has renunciado, pero decidiste tratarle con amabilidad y un punto de comprensión por los problemas que, se comenta, tiene en su vida particular y parece sobrellevar estoicamente.
—Buenos días señor Juan ¿Alguna novedad esta mañana?
—Bueeenas. Ninguna.
—¿Hasta que hora tiene hoy el turno?
—Las tres.
—Pues hasta mañana. Hoy tengo mucho trabajo y saldré tarde, así que no le veré al salir. Que tenga un buen día.
—Uhm. —Un gruñido fue la respuesta de Juan a la despedida de Francisco.
Subiste a pie los cinco pisos hasta llegar a tu despacho, habías decidido incorporar este pequeño ejercicio a tus rutinas diarias. Joaquín, el secretario, no estaba en su mesa trabajando en el ordenador y respondiendo al teléfono, como habitualmente, pero tenía los documentos y los informes necesarios colocados en sus respectivas bandejas, era un administrativo educado y eficaz. La jornada fue intensa, con una pequeña interrupción para tomar café con Alberto, el compañero que había entrado en la empresa a la vez que tú.
—¿Como te va la vida desde ayer? —preguntaste por decir algo, pero te quedaste sorprendido por la respuesta.
—Hoy es mi último día, me han concedido el ascenso y mañana salgo para ocupar el puesto de la delegación de Helsinki.
—¡Vaya cambio!¡Por fin lo has logrado!
—Sí, pero estoy un poco asustado, va a ser mucho cambio.
—No te preocupes. —Intentaste animarle y seguisteis hablando durante un buen rato, hasta que tocó despedirse.
—Ya sabes que te deseo lo mejor. Te conozco desde hace mucho tiempo y sé que vas a triunfar. Adiós amigo, nos vemos en Navidad. —Con un fuerte abrazo y un pequeño nudo en la garganta te volviste a tu despacho.
El resto de la jornada transcurrió sin nada especial que reseñar. Resolver varios asuntos, dos videoconferencias con miembros del equipo de diversas localidades y una breve conservación con Laura, tu jefa directa, eficiente, exigente, capaz de resolver casi cualquier cuestión que requiriese su dirección, inteligente y algo distante en lo personal.
—Ya tengo a punto los tres expedientes de Baleares y la resolución sobre el asunto de Almería —informaste.
—Correcto. Ahora debemos realizar una prospección sobre la situación de las charcas para ganado en la provincia de Salamanca —comento, explicando brevemente la razón—. Es un encargo del Ministerio de Medio Ambiente.
—¿Alguna otra cosa? ¿Algo que comentar sobre el informe de Matalascañas?
—No nada. Buenas tardes.
—Buenas tardes —dijiste algo dubitativo al comprobar que no había nada que añadir sobre aquel informe en el que te habías esmerado especialmente. E intentaste añadir un remate a la despedida, pero solo pudiste balbucir—: Ehmm… Adiós.
Acabado el trabajo del día, recogiste documentación variada, la introdujiste en la cartera y, con la gabardina debajo del brazo, saliste del despacho y cerraste. Joaquín se encontraba ultimando alguna tarea, por lo que te entretuviste poco hablando con él.
—¿Qué tal la jornada? Casi no nos hemos visto. —Iniciaste de este modo la conversación.
—Nada de particular. He dejado archivados todos los informes y documentos que estaban pendientes. ¿Alguna cosa para mañana? —inquirió el interpelado.
—No queda nada por hacer. Mañana toca empezar con nuevo trabajo —comentaste brevemente y te despediste con un afable—: Diviértete viendo el partido de esta tarde. ¡Y que ganéis!
Antes de cruzar la calle, entraste en el bar Manolo para tomar una caña y un pincho de calamares, siempre reconfortante a esas horas. Acabaste rápido y te despediste.
—Cada día te quedan mejor los calamares.
—Lo mismo que los veinte años que llevo haciéndolos —respondió Manolo. —Lo que pasa es que hoy has venido algo más tarde y con algo más de hambre.
—Debe ser eso —corroboraste. Sin perder más tiempo añadiste—: Bueno, adiós que tengo prisa.
Era la novena vez que te despedías a lo largo del día. ¿En qué habrían cambiado aquellos adioses si hubieras sabido que ese camión, que perdió los frenos mientras tú atravesabas la calle, las convertiría en tus últimas despedidas?

Manuel Medarde
Grupo A


Elegía

La muerte aletea y consigue tu abrazo, nadie te pregunta si quieres exhibirla y para que no opines te atan la boca con un pañuelo y tú, tranquilamente , como si no pasara nada, repartes besos de mármol y nos regalas tragedia de magnitud inmensa sin apenas darte cuenta de que no podías irte.
Nosotros, desconcertados, vestimos de negro doliente para acrecentar el drama. Qué sencillo habría sido darle color a los días y contrarrestar la pena , pero el luto se imponía solo, sin poder sustraernos nosotros a su reivindicación negra.
Nadie se rebeló ante la fuerza de lo oscuro y tú te llevaste el color y la vida esparciendo a tu alrededor la nada vacía. Nos dejaste solos y huérfanos de sentido y de historia. Te despediste entre gente, como pasaste la vida, casi repartiendo alegría en una mueca imposible.
Nosotros, rodeados de asombro y asomados al abismo, intuíamos la caída inexorable, inminente .
¡Qué sola me ha dejado tu beso de mármol frío!... para siempre herida el alma, para siempre el sinsentido.

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Decir a Dios

Quiero decirte diosito, así entre susurros, esperando que no me despidas de tu centro inexistente, cómo permites, cómo exiges que la vida circule por dónde tú manejas el hilo, a contracorriente.
Acaso, ¿no viste su mirada azul caoba, acuosa por el viento y por la huida? Y en frente, rectos horizontes sin sentido, camino firme y espalda con mochila de "hasta siempre", mientras los fogonazos de los fusiles , se cruzaban con el vuelo limpio de las aves.
Decir adiós con las alas del futuro, y mecerse por el dolor del presente.
Tal vez, ¿no intuiste que la mente despedía al cuerpo, una noche de verano, con el recuerdo vibrante de unas manos agrietadas por la lucha y un corazón dañado, con ritmo de desvarío que trepaba con la melodía del olvido?.
Decir adiós, lento, sucesivamente, mientras se difumina el abrazo del desconocido.
Dime, si no eres capaz de sentir el adiós más profundo, de la carta dejada sobre la mesa del que huye de sí mismo, razones de muerte y recuerdos de vida y seguido, os quiero, he tenido que hacerlo. Adiós
Aprender a decir adiós, el reto casi perfecto.

GuADAlupe Sanchón
Grupo C


Habitación con vistas... al más allá

Una luz blanca del techo parpadeaba débilmente, casi al ritmo de los goteros, y proyectaba sombras inquietas en las paredes. Ella, inmóvil, sentía el peso del silencio aplastándole el pecho más que la propia enfermedad. Las máquinas seguían su rutina indiferente, cada señal luminosa era un recordatorio de todo lo poco que aún quedaba de ella. A su alrededor, el vacío: ninguna mano que la tocara, ningún rostro conocido. De pronto, empezaron a pitar todas las máquinas a la vez, se aceleraron las carreras por los pasillos, y alguien certificó lo que ya habían adelantado con acierto los del 112, ese número fatídico y salvador que tanto nos ayuda y socorre.
Un celador abrió el bolso de sus pertenencias. Ningún teléfono, nadie para poder avisar; solo un DNI de caducidad permanente, un paquete de pañuelos de papel, la estampa arrugada de una Virgen morena, una botella de agua y una nota manuscrita que dejó a toda la planta con el brocal de los ojos brillosos por la humedad: “Decidle a alguien, al que sea, que ya me he ido. No quiero irme sin que nadie lo sepa. No temo la partida, solo lamento las horas que dejé pasar sin amor. La soledad no duele cuando sabes que ya no hay más caminos por recorrer. He escrito esto para que sepan que no me sentí sola. Al final, la soledad se convierte en la mejor de las compañías. Todos llegamos a ser ese suspiro que se apaga. No dejo herencia ni recuerdos, pero este adiós es todo lo que queda de mí, sin lágrimas ni tristeza. Solo mi última página escrita. Me voy en silencio, como viví. Que el olvido sea ligero. No sé si alguien leerá esto, pero necesitaba despedirme, aunque fuera de nadie”.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A


Hola y adiós

La vida se compone de encuentros y de despedidas. Se trata de ir y venir. De conocer y de ignorar. De amar y de odiar. Son dos caras de la misma moneda, que no tienen que ver con lo positivo y lo negativo. Ambas tienen cargas en los dos sentidos. Todo es relativo. A veces he pensado: ¡Maldita la hora en que conocí a…! o ¡Por fin me he deshecho de…! Qué duro es desprenderse de un objeto querido y qué gratificante es encontrar a alguien afín, y viceversa. Se trate de persona, animal o cosa, el sentimiento es el mismo. Solo lo diferencia la intensidad.

M. Maximina Moreno
Grupo B


La hora de la verdad

Quiero escribirla, mas no sé por dónde empezar, madre.
Al atardecer, los estorninos atravesaron la ciudad en busca de un dormidero; sin embargo, yo no puedo conciliar el sueño, madre.
Su presagio de agua fue certero, y el pertinaz ritmo que impone la lluvia acelera la desazón de mi espíritu. Mi cuerpo aterido se rebela a su finitud. Soy demasiado joven para morir, madre.
Me arrebatarán la vida, pero no la dignidad. Por ti; por padre. Me quedo con su cariño y con el recuerdo de los ojos garzos y la sonrisa encendida de Sara, en la verbena de san Juan, cuando recibí el único beso enamorado que me llevo, madre.
El tamborileo lejano de un pájaro carpintero anula el quejumbroso portazo que ha dado el padre Castelló al abandonar este mugriento cubil donde llevo encerrado nueve días. Esa rancia alimaña pretendía otorgar redención a mis faltas. Pero yo no me considero pecador, madre.
Llega el alba. Dejo una fría y húmeda mañana, pero no llore. No merezco sus lágrimas, madre, si no la convicción de que un día volveremos a reunirnos. Marcho en paz.
¡Hasta Luego!

Romy Martínez
Grupo A


Sin palabras

Pronunciaste el silencio
con los ojos.
Y no quise robarte la palabra que intuí desvanecida al aire,
porque acaso...
ya no me hiciera falta.

Erguido cómplice
de matiz sereno
hilvanando sutilmente
tu arrogancia.

Las palabras se las lleva el viento,
pero hay miradas que se graban en el alma.

Leonor Martín Merchán 
"Extraído de mi poemario TÁLAMO"
Grupo A


En el último suspiro de mi vida

Yo me fui de París al caer la tarde. Te dejé sobre la cómoda, debajo del espejo, las llaves de tu piso, de mi corazón y de mi vida. Las acomodé cuidadosamente antes de cerrar la puerta, justo debajo del enorme espejo con tintes lavanda que adorna su entrada. Cerré la puerta, cerré los ojos y el alma y muy dentro de mi, guardé aquellos recuerdos de nuestro tiempo en la Calle del Dragón.
Me alejé de París, dejándote endosado mi corazón, sin más respuesta tuya que una sonrisa entrecortada, un beso apresurado y un escueto adiós. Así han sido siempre las cosas entre tú y yo y no tenían por qué haber sido diferentes aquella tarde.
Horas antes nos habíamos despedido, sentados frente a frente en la mesita del salón. Serviste una copa de Champagne y me sonreíste casi sin mirarme, tenías miedo, lo noté en tus palabras, en tu mirada y en el temblor de tus manos, tenías miedo del adiós, tenías tanto miedo como yo. Tal vez hubieras querido abrazarme, besarme, hacerme el amor una vez más, pero no te atreviste, te conformaste con mirarme y brindar conmigo por última vez, sabe Dios en cuánto tiempo. Yo me perdí en la vista de las burbujas que explotaban en el interior de mi copa, como explotaba mi corazón en el interior de mi cuerpo. Sentada delante de ti, crucé las piernas, bebí un trago más de Champagne y saqué del interior de mi bolso aquel libro que me regalaste en esa nuestra última mañana en Ciudad de México. “En aquella despedida no me atreví a pedirte que me lo dedicaras, ésta vez sí “ Te dije alargando el brazo y poniendo el libro delante de ti. En ese libro tuyo, en su título, podría leerse el destino de nuestro amor suspendido en el tiempo y esa pregunta que ha atormentado a tu corazón desde siempre, esa pregunta por el misterio insondable del alma de los mexicanos. Tengo que decírtelo, ese libro tuyo me ha acompañado desde aquella mañana tibia y dorada de invierno mexicano en que nos dijimos adiós por primera vez y desde entonces, ya ves, me ha acompañado como un compañero fiel, como un destino, o como marca en mi piel.
Tomaste el libro entre tus manos y con una letra apresurada, garabateada, escribiste sobre el tiempo, los lugares y los placeres que hemos compartido juntos en este nuestro amor. Tiempo, lugares, placeres. Nuestro amor.
La tarde siguió y antes de caer la noche, te fuiste calle abajo, dejando atrás París. Te fuiste sin mirar atrás, como haces siempre tú. Ibas a cenar con un amigo tuyo de toda la vida a las afueras de la ciudad, yo salí más tarde, después de haberme dado una ducha caliente, ya con la noche sobre mis espaldas y con el dolor inminente de tu ausencia.
Paso a paso fui dejando atrás nuestra Calle del Dragón, nuestro cielo de París poblado de dragones y nuestras noches de amor. Paso a paso, dejé atrás tu piso, tu barrio elegante, tus ventanales, tus brazos, tu aliento y mirada azul de hielo.
Dejé atrás tus tejados grises con sus vistas de la Torre Eiffel recortada en sus atardeceres poblados de nubes rosadas, azules y violetas. Se quedaron atrás esos cielos atravesados por el vuelo de los cuervos, cuyas negras alas desgarran los horizontes, así como tu ausencia y tus silencios desgarran mi corazón.
Sin dejar de mirar mis pasos sobre las piedras mojadas por la lluvia, simplemente seguí caminando. Seguí caminando, mientras un sentimiento de fatalidad me embargaba, seguí caminando y mirando mi andar sobre esas piedras pequeñas, grises y húmedas, alejándome irremediablemente de ti. Paso a paso, abandoné todas mis esperanzas y dejé que las pobres cayeran al piso una a una, como perlas de un collar roto. Cayeron pesadas mis esperanzas como caen las sábanas limpias y blancas, impolutas, sobre las alfombras después de hacer el amor.
Sábanas blancas sobre alfombras rojas. Sábanas arrojadas sobre el piso, a un lado de las camas, caídas y manchadas, sábanas que nadie quiere recoger.
Me fui, atravesé la noche francesa, fría, distante y lejana como tu mirada azul D'Artagnan.
Me fui, como siempre, sin más adiós tuyo que un beso apresurado de tus labios y un “Siempre, siempre tendremos a París,

Esperanza G. García
Grupo A


Tristeza

Mi casa vacía,
mi alma dormida,
mi cama solitaria y fría.

La primavera
se vistió de otoño
el día de tu partida.

Ya no hay flores,
ni hierba,
ni risas.

Los ruiseñores callan,
lloran las golondrinas,
las acacias desnudas
exhiben sus espinas.

Al compás de una nana
se mece el despecho
dentro, muy dentro.

Mañana me vestiré de gala
para decirle al viento,
que se lleve mi pena
lejos, muy lejos.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Despedida

Hacía mucho tiempo que no me sentaba frente al escritorio para escribir una carta. De hecho, creo que es la primera vez que escribo una. De mi puño y letra, quiero decir. Seguramente esto sea lo que más te llame la atención cuando encuentres el sobre en tu buzón. Un buzón tangible… ¿Sabes que no sé dónde poner el sello? Sé que es en la parte posterior, pero ¿arriba a la derecha o arriba a la izquierda? Incluso dudo del lugar en el que se escribe la dirección. Juraría que es detrás, igual que el sello. Sea como fuere, esto no es relevante ahora. Si estoy rellenando una hoja en blanco con un bolígrafo BIC de color negro es porque quiero contarte algo importante.
Me resulta bastante complicado hablar de ello. Por más que intento buscar las palabras adecuadas, de mi mente sólo brotan frases sin sentido. Eso me ha hecho pensar en que, quizá, no las encuentre porque no existen. ¿Es posible que haya sentimientos sin palabras? El mundo de las emociones me resulta abrumador; pura neurofisiología. Sin embargo, los sentimientos son el resultado de esas emociones y, teóricamente, pueden verbalizarse. ¿Por qué, entonces, me veo incapaz de hacerlo?
Llevo un buen rato mirando un ratón que hay dibujado en la pared. Parece un rayajo, pero he logrado identificar los bigotes y las orejas. O quizá sí que sea un rayajo que se parece al dibujo de un ratón. Ahora lo dudo…
Al final he salido a dar un paseo. Caminar siempre me ayuda a ordenar los pensamientos. El espléndido sol de principios del otoño y la agradable temperatura me han puesto de buen humor. Los árboles, con sus ramas desplegadas, me arropaban. La luz se filtraba a través de las hojas formando un juego de luces y sombras que me ha transportado al fondo marino. He cerrado los ojos y me he concentrado en los sonidos que me rodeaban. El crujido de la tierra bajo mis deportivas resultaba hipnótico. Bailando con la velocidad y manteniendo los ojos cerrados he seguido avanzando durante un buen rato. Ha sido en ese momento cuando las palabras han venido a mí.
Esa ligereza que siento al caminar, esa sensación de que puedo huir de todo lo malo, de que no he de demostrar nada a nadie, esa libertad es la que anhelo en mi vida.
Puede que esta frase te resulte decepcionante tras la expectación generada en los párrafos anteriores, pero, a pesar de ser únicamente dos líneas, transmiten el mensaje que necesitaba contarte.
En fin, hasta aquí mi primera y última carta. No la voy a firmar porque sabes perfectamente quién soy.
Doblé el folio por la mitad y lo introduje en un sobre. Pegué el sello en la parte superior derecha, escribí la dirección del destinatario y fui hasta el buzón más cercano para echarla. Deshice mis pasos, pero esta vez no me detuve en el 9º piso. Continué subiendo por las escaleras hasta alcanzar la azotea en el vigésimo piso. Me aproximé hasta el borde y contemplé cómo el sol se fundía en el horizonte. Las vistas eran espectaculares. La quietud que imperaba a mi alrededor me hizo experimentar una paz verdaderamente agradable. Sentía cómo mi corazón se henchía de cálidas tonalidades. Aquello debía de ser la auténtica felicidad. Respiré profundamente. Por fin había llegado el momento. Subí al borde sin dificultad alguna, cerré los ojos sintiendo el viento acariciar mi rostro y di un paso al frente.

Lucía Sabater
Grupo A


Nunca decir adiós

De repente, una llamarada recorre tu cuerpo. No es una llamarada, más bien un calor incierto, un calor de ignición que te quema por dentro. Como cuando se enciende la hierba corta y seca. Se quema, pero se apaga a la vez que se enciende, inmediatamente, dibujando un rescoldo rojo y negro. Son esas cicatrices de fuego que a veces resultan en un conato de incendio. Es una serpiente de ascuas que va subiendo desde tus pies hasta tus labios, tus ojos, tu frente. Ya no te asusta. No hay peligro. Al notar la quemazón, te despiertas, respiras despacio y el aire mismo es una brisa, una lluvia que apaga la abrasión. No pasa nada. Antes, la serpiente era un cuchillo que te hería, envenenaba las llagas, que tardaban en cerrar. Sentías el desgarro. Ahora es solo inquietud, el reptil de la inquietud de la pérdida, la inquietud de siempre. Ya la conoces. Siempre contigo, aunque te sientes desvalido, indigente, inerme y muy solo. También culpable. Por la noche, de día, eres otro. Tus ojos se abren a la oscuridad de la noche, sabiendo que hace frío y sintiendo el calor que desprendes entre las mantas. Entonces repites su nombre, como tantas otras veces. Tu mantra. Tu fórmula para espantar al ofidio. Veinte años, nueve meses, doce días y dos horas. ¿Cuántas veces se puede repetir un nombre? Decenas de miles. Así has salido siempre de la desesperación. Es una llamada, una invocación. Lo importante es no olvidar, que el recuerdo siga vivo, que no se borre. Lo fundamental es nunca decirle adiós. NUNCA DECIR ADIÓS. Recorres mentalmente lugares, evocas momentos, su olor, su voz, su tacto, su risa. Haces inventario. Es un ejercicio intelectual y místico al mismo tiempo. Un ritual para el reencuentro. Sacas una prenda, una de tantas que aún llenan los armarios y cajones. Puede que todo sea difuso. A veces no funciona, pero sientes quietud al intentarlo, y te duermes apretando el suéter sobre tu pecho, antes de poder rememorar algo. Ya saldrá mañana. O lo soñarás, un sueño muy vivo e intenso. Lo importante es agarrarte a esos sueños y a esos recuerdos mientras vivas, mantenerlos vivos. Que habiten dentro de ti, y nunca, nunca decir adiós. ¿Acaso se despide el musgo de la roca cuando se agosta? Y la roca mantiene esa sombra de lo que fue su verde manto. ¿Acaso se despide el rocío de la aurora o el chaparrón de la nube? ¿Se despide con su vuelo la garza de la marisma? Absurdo. Igualmente tú no te despides. Ni caso a los que te dicen que pases página, que olvides. Tan sólo te tienes que hacer amigo de la serpiente. Nunca dirás adiós. Tampoco lo confesarás. Soltarlo sería dejarte caer al vacío, al abismo. Nunca.

Marisa Sánchez
Grupo C


Adiós

Siempre me gustó decir “hasta luego”.
Nunca me gustó decir “adiós”.
Y ahora tengo que aprender a decir “adiós”
Adiós.
Tengo que repetirlo,
para intentar hacerme a la idea.
Adiós. Adiós.
Te fuiste sin avisar.
Adiós. Adiós. Adiós.
Y aquí estoy,
intentando hacerme a la idea.
Adiós. Adiós. Adiós. Adiós
Los últimos años te dije muchas veces “te quiero”, casi siempre que hablábamos.
Y tú contestabas: “yo también te quiero mucho Ana María”
Al principio, sentí tu sorpresa. Después, sentía tu sonrisa a través del teléfono.
Te fuiste y todavía no me lo creo.
Me quedaron muchas cosas por saber de ti. No era fácil conversar. Era fácil quererte.
Te fuiste y todavía espero descubrir en uno de tus cajones, en una de tus libretas, en uno de tus escritos,… cómo eras.
Adiós. Adiós. Adiós. Adiós. Adiós papá.

Axira
Grupo C


Partida

No sé cómo pudo hacerlo. Su comportamiento fue inexplicable. No dijo nada. Desapareció sin más.
Cada mañana la esperaba. Quería sentir su piel en sus remansos, notar su entrañable caminar, sucumbir ante los latinos de su corazón al alejarse y desear atraerla a las profundidades más cálidas.
Soñaba con su sonrisa al amanecer. La veía llegar y buscaba mostrarle su cara más amable. Sus olas la acariciaban mientras su cuerpo se estremecía. Poco a poco sucumbía ante el placer más intenso y buscaba la lejanía hasta quedar exhausta.
Notaba sus palpitaciones aceleradas. La envolvía en un suave confort arrastrándola hasta la orilla. Así un día y otro, un mes, un año, casi hasta el infinito.
Sabía que lo adoraba. La complicidad era mutua, lo percibía al verla bajar hasta el fondo y perder el aliento, aún veía su sonrisa mientras él la elevaba a la superficie.
Sus brazos ondulantes la siguen esperando cada mañana, sin entender esta desafortunada e inexistente partida.

JB
Grupo C


El primer adiós

Me fui despertando lentamente, mientras oía a lo lejos las campanadas del carillón de la catedral. Todavía me encontraba aletargado en el sofá y no hice ningún esfuerzo para contarlas.
Al entreabrir los ojos, observé a Guillermo que estaba sentado en una silla pasando las hojas de un álbum de fotografías. A su lado, el llamativo teléfono de color rojo del que últimamente no se separaba.
Violeta entró en el salón y se sentó junto a Guillermo. Este descolgó el auricular y simuló hacer una llamada.
Violeta apartó el libro de entre los muslos de Guillermo, que desvió su atención del receptor y trató de volver a colocar el álbum en su posición original. Mientras tanto ella se apropió del teléfono y caminó hacia la puerta con intención de llevárselo.
Él dejó el libro, se levantó rápidamente y trató de rescatar el objeto de las manos de ella.
De repente comenzó un intenso y silente forcejeo entre ambos para ver quién se hacía con el preciado aparato.
Al fin Guillermo, que es algo más alto, dio un tirón, lo cogió y lo levantó por encima de su cabeza.
Violeta rompió en un rabioso e impotente llanto y Guillermo hizo ademán de bajar los brazos para entregárselo. Momento que ella aprovechó para darle un empujón, que hizo que Guillermo, mientras caía a la alfombra, soltara el teléfono.
En ese instante, y desde la altura en la que ahora se encontraba Violeta, le gritó a Guillermo:—¡Ya no te quiedo de novio! ¡No te ajunto mad! ¡Me voy con mi mamá!
Y con la imponente gravedad que le daban sus cuatro años y dos meses, salió llorando del salón sin volver la vista atrás.
Me incorporé en el sofá y el niño y yo nos miramos fijamente. Noté un asomo de perplejidad en su mirada, me encogí de hombros y le sonreí.

Calgari
Grupo A


Los adioses

—¿Quién vive preparado para el adiós?
Él me mira. No hay un ápice de ironía en la pregunta.
Encojo los hombros y poso el vaso sobre la mesa, cuyo tintineo provocado por el choque de los hielos queda amordazado por una música que está demasiado alta. Al menos en esta mesa no tenemos que soportar los empujones de aquellos que tratan de llegar a la barra. El precio de tener el altavoz encima es algo que pagamos con gusto y el pago es invadir nuestros espacios personales para poder escucharnos.
—La ironía hace que tengamos que rendir pleitesía a esa palabra de forma irremediable y con una constancia mayor de la que nos gustaría. Hablamos de adioses variados que pueden tocarnos de forma más o menos profunda. Nadie escapa de aquellos que producen un dolor infinito de los que oprimen el pecho y queman en la garganta como una plancha de hierro al rojo vivo.
«¿Acaso no has llorado alguna vez hasta que las cuerdas vocales acaban dañadas? ¿Hasta que lo siguiente que sale de tu garganta no es más que un silencio infinito de ojos hinchados por las lágrimas?» No formulo las preguntas. Sé que lo ha hecho. Me lo contó aquel día en que casi nos deslizamos en el vórtice de un algo que nunca ha llegado a ser nada. Pero aquel día, casi.
—Están los adioses y los ADIOSES.

-La inocencia que pierdes para siempre cuando descubres los secretos navideños de los adultos.
-La mascota a la que quieres más que a la mayoría de personas que conoces y de la que ya no podrás sentir su ronroneo en las mañanas frías de invierno acurrucada a tu lado.
-Ese momento en el que bajas a comprar tu queso favorito y descubres que la fábrica ha cerrado y nunca más volverá a comercializar.
-La niñez desterrada por obligación a la llegada de la primera menstruación.
-El último cigarro de la cajetilla antes de dejarlo para siempre.
-La amiga que una noche decide tomar un bote de pastillas.
-El libro que perdiste y no podrás recuperar porque fue descatalogado.
-El primer amor, ese que hace que los cuentos que acaban con un “y vivieron felices para siempre” pierdan el significado.
-El amor más irracional, ese que cala hasta el alma y tratará de aferrarse a los recodos de tu memoria por el resto de tus días.
-El amor adulto y responsable, con el que todo es fácil como el respirar y que sabes que llevará tantos años construir de nuevo que no te molestarás ni en intentarlo de nuevo.
-La rotura de tus gafas preferidas, esas cuya montura ha pasado de moda y sabes que nunca volverás a tener.
-Ese disco duro que se quema con todas tus fotos de las que nunca hiciste copia.
-El olor de tu bebé que se ha hecho grande y más impertinente de lo que creías haber educado.
-El vecino de toda la vida que cogió el coche por la mañana y no volverá a hablar contigo sobre el tiempo en el ascensor.
-El tumor que desaparece de tu cuerpo con incansables sesiones de quimioterapia que destruyen todo lo malo y lo bueno a su paso.
-Aquella planta que has tratado de mantener con tanto cariño.
-La vida de un familiar que se apagó como una vela, consumido por un final inexorable.
-Están los adioses y los ADIOSES.
El aire cargado de humo falso, como los de los conciertos, nos envuelve en su abrazo sintético. Noto su sabor en lo hondo del paladar. Lo odio.
—La misma palabra puede sentirse más grande o pequeña en función del paso del tiempo, del humor del momento, de encadenar anécdotas que te hacen estallar en risas o llanto —valora tras unos segundos de silencio—. Aprendemos a vivir con ello, a claudicar a su inevitabilidad y, a pesar de todo el esfuerzo por comprender su significado, el adiós siempre es diferente y nunca terminamos de estar del todo preparados para afrontarlo.
Me atrevo a tomar su mano. Tiene los dedos fríos y tiembla. No es por mí, ni por lo que hablamos. Siempre tiembla, como los dientes castañetean en las mañanas de invierno. Esbozo una sonrisa que no llega hasta los ojos.
—Ojalá convertir los adioses tristes en hasta luegos agradecidos, que nos abracen dentro del pecho con sus brazos invisibles y cálidos.

Sara GL Terren
Grupo C


El portazo

Era una tarde de septiembre cuando di el último portazo de mi vida.
La mañana había sido larga; la conversación, dura; la tarde, insoportable; tanto, que no me quedó más remedio que salir corriendo de allí.
Puede ser que un portazo sea una de las peores formas de decir adiós. Porque el dolor de la despedida no queda solo en ti, sino también en los cimientos de la casa, en el temblor de la puerta durante los cinco milisegundos que resuena tras el golpe.
O puede que el portazo sea la única manera de salir. Para hacer ver que te has ido, que no has aguantado más, que todo lo que has contenido durante demasiado tiempo te ha desbordado, se ha desbordado, lo ha inundado todo y no te ha dejado otra opción más que irte de ahí.
Resulta que hace poco di un portazo. Una tarde de septiembre, decía. Pero me quedé con la duda de si montar semejante escándalo había sido la mejor manera de salir. ¿Es mejor salir alzando la voz o cuidando el tono? ¿Despedirse o marcharse por la puerta de atrás? Cuántas veces he querido decir adiós y, por no saber cómo hacerlo, me he quedado ahí, agazapada en una esquina del cuarto.
Tarde. Esta vez me marché demasiado tarde. Sé que debí hacerlo antes, recibí demasiadas señales para irme mucho antes de lo que me fui. Pero ahí me quedé, agazapada, esperando un momento que no quería que llegara nunca.
A veces nos tenemos que ir sin querer. ¿La mayoría? Puede ser. Alguien me dijo una vez que es preferible perder a alguien que perderte a ti por mantenerlo. Y ahora yo me pregunto si quizá un portazo sea la manera que tiene tu vida de decirte que te fuiste porque no podías más. Que finjas lo que quieras, pero que no podías permanecer ahí ni un segundo más.
Zas. Y de repente todo se esfuma. Una tarde de septiembre, un día de inicios de otoño en el que aún hace demasiado calor y la lluvia ni está, ni se la espera. Pero ya llegarán los días de lluvia, y vendrán a limpiarlo todo. El calor, las lágrimas y todo lo que dejó atrás ese portazo.
O quizá todo se derrumbe con el paso de la lluvia. Si el portazo lo dejó todo tan débil, tan frágil, como siempre me han hecho sentir las despedidas… quizá la lluvia de otoño llegue y termine de demoler lo poco que queda sin doler.

M Ángeles García Franco
Grupo A


Das con /e/ + Pedir

¡Qué bien suena así¡
¡¡¡Pero, esto no es real!!!
Y yo no lo quise vivir
Aunque, aun lo puedo palpar.
Trataré de escribirlo igual- menos sí.

DAR = AGRADECER

Nunca me lo imaginé
pero, gracias daré
por el lugar en el que trabajé
y mi compañera me avisó
que lo único bueno era
despedir al decir.

Yo la odié
cuando la escuché.
Pero, el tiempo me llevó
a cuidarle, hablarle
y dentro de la enfermedad susurrarle.

Navidad resuena a tu ayuda
para bajar los adornos de las alturas,
a cascarme nueces con tus manos
para ese turrón de pobres
poder saborear con tu dulzura.

Las últimas fueron especiales
por la pandemia más aún se complicó
Pero, en la decoración Margañán no faltó
y cantar, cantar, se cantó.

No puedo por más que dar
o divulgar odio por
tu hablar quitar, ya que esa persona afable
quería y no podía hablar bonito
a todos los oiditos.

Mil gracias puedo dar
hasta hojas acabar,
por tu alegría, tus pellizcos,
por aportarme bailar y
por los buenos días dar,
¿me los das? Así, de nuevo empezar…

Para terminar con el “dar”
¡Cómo no voy a dar gracias
por disfrutar de una persona tan mágica,
tan especial en todo su caminar!
Con solo decir que
hasta fecha sin igual:
los cero el 29/7/1944
y el 7/6/2022 a los 77.

PEDIR HASTA EL INFINITO

Disculpas te debo pedir
porque al tanto cuidarte
tu espacio no te dí

Desearía que me cuidaras,
a veces tu presencia noto,
ya que antes siempre me advertías
de lo que realmente pasaría.

Quiero pensar
que en la paz estás
tomando algo alegremente
con los que aquí ya no están.

Sentí ocultarte
noticias dolorosas
en los últimos momentos
de esa enfermedad tan asquerosa.

Mil gracias doy a la vida,
pese a la maldita enfermedad
y médicos sin medida,
porque pudimos “disfrutar” de la vida
Así que, que siga así
tu día a día.

Ahora solo queda el presente
y la familia que dejaste ausente.
Por eso deseo que sigas aplaudiendo
con las celebraciones de la familia
y permanezca reinando el mensaje
de la flanera de Crescencía la tía
para poder mantener a la familia unida.

+ = INFINITO

Lourdes Vicente
Grupo B


Manzanilla, tila, hinojo

Cogiste mi cara con las dos manos. Acercaste tu boca a la mía, y por un segundo, nuestros labios se anudaron. Detrás de ti estaba la puerta cerrada, y detrás estaba tu novio esperando a que volvieses. Te daba igual. Querías regalarme un beso.
Antes de cruzar la puerta de la casa mi cuerpo ya te echaba de menos. Las lágrimas empezaban a rebelarse, pero no dejé que venciesen. En mi salón desconecté el teléfono para no escribirte cuánto te echaba en falta. Era un día para el luto; la vida que conocía en la ciudad se había muerto.
A las cinco de la tarde alguien picó a la puerta. Sabía que era mi novio, pero no quería saber nada de sus besos. Me quedé mirando al vacío, pensando, pensando en cómo sería mi vida sin ti.
Cada vez que mis ojeras iban a desgastarse de lágrimas me hacía otra infusión. Dejaba que el agua recién hervido me quemase las manos y el paladar. Nada borraba de mí la sombra de tu ausencia.
A las nueve abandoné la pena. Nunca iba a acostumbrarme a tener que pensar en la ciudad sin el sonido de tus pasos.
Volví a conectar el teléfono. Tenía 30 llamadas perdidas.

Sofía Sánchez Meléndez
Grupo C