Una imagen y mil palabras

La sesión del día 11 de abril estuvo dedicada al fotógrafo García de Marina y a sus imágenes poéticas recogidas en el libro Nimius.
Todas ellas entrañan una significación poética y alumbran una intuición, una sonrisa, una crítica pero tal vez encierran más allá de ese deslumbramiento primero una historia hecha con mil palabras. Uno de los objetivos de la sesión era averiguar si una imagen vale más que mil palabras por eso marcamos como consigna de partida elaborar un texto con mil palabras pero sin perder de vista la imagen que nos tocó en suerte o que elegimos de entre muchas posibles.



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Estos son los textos enviados por algunos de los participantes en el taller de escritura:


Mil palabras

Es verdad que una imagen vale más que mil palabras pero nunca está demás explicar en mil palabras una imagen la imagen que yo voy a comentar es la hoja de un calendario, concretamente la de septiembre de dos mil quince a esta hoja se le han desprendido los últimos números del mes que se esparcen por una especie de suelo como perdidos Está claro el primer número que se cae es el veintiuno el inicio del otoño igual que las hojas se desprenden de sus ramas y vuelan y vuelan vapuleados por el viento para acumularse en cualquier esquina los números se caen de esa página que semeja nuestras vidas en la que los días también se pierden caídos en la inapelable cadencia del tiempo y es el olvido el viento que los arrincona a unos recuerdos que como el humo se perderán No puedo explicar la imagen porque o creo que una imagen vale más que mil palabras pero pretendo demostrar que con mil palabras no explico claramente esta imagen Otra cosa es crear una imagen con mil palabras Puedo hablar del calendario si es de papel o de cartón o de otro material cualquiera Comentar el tipo del que son los números Si la están impresos en una imprenta o se han realizado en una impresora doméstica con tóner reciclado Qué medida tiene el espacio que separa cada número o el área del cuadrado en los que están insertados Creo que necesitaría más de mil palabras para ese menester Puedo preguntarme si esa hoja de calendario es de esos publicitarios o por el contrario es de los que se pueden adquirir en cualquier librería. Quizás me ocupe de las estaciones del año. Está claro que el veintiuno de septiembre es el primer día que se cae del calendario justo cuando se inicia el otoño. Yo creo que a estas alturas del texto el lector está completamente aburrido y que diga los que diga va a dar exactamente lo mismo. el calendario el tiempo las hojas de los árboles, los días que vuelan. Estoy seguro que ni una persona se va a entretener en leer estas mil palabras.

No pienso corregir nada mi objetivo es decir sea lo que sea para llegar a las mil palabras exigidas. La imagen ya se explica por ella sola. La realidad del tiempo es lo que verdaderamente te aplasta. Ver como todo va pasando y solo se puede deleitar uno en los pocos recuerdos agradables que le quedan de la juventud ya tan lejos. Ahora se desayuna con el fracaso con la frustración con las mentiras que una sociedad corrupta se encarga de mantener. Claro que sí, hay que levantarse no se puede quedar uno sentado contemplando como la televisión y los medios manipulan. Es ir a cualquier sitio y ver manipulación. Hay poetas que se desgañitan en gritar en dejar con sus palabras los lamentos de tanta gente que sufre. Pero Por qué no hay nadie que diga claramente donde está la raíz del mal y cortarla de una vez. Estamos manipulados no cabe la menor duda. Pero me desvío de la explicación de la imagen. Pues bien como he quedado que esto no lo va a leer ni dios y este mucho menos porque debe estar muy ocupado poniendo el mundo patas arriba con tanto fanatismo religioso que sus acólitos más allegados se encargan muy bien de gestionar. Parece como que en este escrito me estoy desahogando eso está muy bien. Estoy pasando olímpicamente de los signos de puntuación, pero de esos no hemos dicho nada. Hablaba del tiempo o de qué carajos hablaba de los calendarios de los días que se van y que miras para atrás y los ves lejanos en el recuerdo. Mi tiempo ya se pasó han caído demasiados días de ese calendario imaginario donde los días caen como las hojas de los árboles en el otoño. Lloro mi pasado esos días caídos de un viejo calendario que se perdieron en el olvido. Es nostalgia lo que me transmite este poema visual de García Marina. La nostalgia de mi propia vida que quiero adornar con la poesía y se queda amarrada a la impotencia de lo que pudo ser y no fue. Ahora ya solo quedan los sueños que quieren fundirse con los recuerdos y dejar de vez en cuando unos momentos de felicidad. Pero está la realidad, esa realidad que se empeña en agarrarte por los tobillos y no dejar caminar. Cuando no te estrangula directamente. Es el lloriqueo de alguien que empieza a sentirse viejo. Esto ni es malo ni es bueno. Al final puede uno considerarse un privilegiado. No hay que trabajar, recibes una pensión. Cuántos quisieran estar como tú. Entiendo los argumentos. No entiendo la justicia social. No comparto para nada el camino que marca la sociedad. Todo quiere ser manipulado. ¿Dónde está la verdad? Filosofía barata tecnología que avanza a pasos agigantados pero cuántas cosas se nos van quedando en el camino. Los días caen de su espacio el tiempo barre los desperdicios de una humanidad que no es más qué quién tiene más quién puede más. Un comercio sin escrúpulos, una mentira continuada. Si te creas ilusiones, no tardará mucho en que llegue alguien y te las pisotee. El autoengaño es lo único que hace mantenerse vivo. Las esperanzas también se desprenden del tronco que las sujeta. Y es que todo cae. Todo pasa el tiempo inapelable como un viento incapaz de pararse se lo lleva. Ahora somos dentro de nada porque está Claro que los días son nada se nos irán cayendo las ideas los pensamientos los recuerdos nuestras células se harán pesadas, nuestro caminar también. ¿La salvación está en la religión? Creo que voy a ir dejando tanta palabrería y las cuarenta últimas palabras quiero que sea un verdadero canto a la vida. Porque no cabe la menor que la vida es un auténtico milagro cada ser es una máquina increíble irrepetible. Cada día es un fascinante regalo único.

Marcé Venttini




Palomas del pensamiento

Sal de luz
brilla en la mirada.

Granos de miel
desfilan corpóreos,
desnudos bajo la nieve.

Nube de pétalos
baila en silencio,
pinta de blanco
el cielo de la tarde.

Lluvia de maíz
desgrana su amor.

La imagen vuela
al desnudar sus lágrimas.

Sofía Montero




Historia de una cinta de audio y una antena
Estoy de acuerdo con la expresión, de que una imagen vale por lo menos mil palabras. Pero todas las imágenes, suelen esconder detrás , una o varias historias encadenadas, como ocurre en este caso. Por eso, merece la pena recordar la historia que hoy voy a tratar de contar.

Corría el año 1972, cuando a finales del mes de Setiembre, por mera casualidad, alguien del pueblo se acordó de mí, y me ofrecieron la posibilidad de hacerme responsable de la recogida del girasol, de los pueblos cercanos al mío.

El trabajo era sencillo, los agricultores de esta comarca, a primeros de Octubre, empezarían a cosechar el girasol. Este año por primera vez, una empresa de Valladolid, compraría todo lo que se le ofreciera durante las dos semanas, que aproximadamente estaba previsto durara la recogida de las pipas de girasol.

En aquella época , yo tenía dieciocho años, en el verano ayudaba a mi padre en las tares agrícolas, recogida de cebada, trigo, riego de remolacha.

La facultad no empezaba hasta la segunda quincena del mes de Octubre y nada me impedía decir que no, a una propuesta muy interesante, obtener unos ingresos extras, y así afrontar el nuevo curso con algo de dinero, pues en aquella época, todo lo que fueran ingresos, eran bien recibidos.

Después de aceptar, me explicaron en que consistía el trabajo y porqué había sido yo el elegido.

Mi padre ese año tenía sembrado también girasol, y varios agricultores habían dado el visto bueno a mi persona, por considerarme serio y de buena familia.
Era el primer año que iban a entregarlo a una empresa de Valladolid, de la cual no tenían apenas datos, solo que los almacenes estaban en Nava del Rey y que el año anterior lo habían recogido en otros pueblos cercano, y no había habido ningún problema en el cobro; sabido es, que el agricultor es por naturaleza algo desconfiado, y suele tener motivos, por otras ocasiones, que han vendido a gente desconocida y han tenido problemas en el cobro.

Un representante de la empresa, contactó conmigo y me explicó como llevarlo a cabo, para que no surgiera ningún problema.

Seleccioné una era de un amigo, para depositar las pipas de girasol, y a primeros de Octubre, ya empezaron a llegar los primeros tractores con su remolques llenos de girasol recién cosechado.

Les acompaño al silo del pueblo, situado a lado de la estación del tren, en donde existía una báscula apropiada para pesar todo conjuntamente, tractor y remolque, tomo nota del peso y acto seguido vamos a la era, descargamos, y vuelta a la báscula a pesar ya de vacío, emito un albarán con el nombre del agricultor, peso total - peso de vacío = total girasol entregado, así en cada viaje.

Hay que matizar, que de cada carga , recojo en una bolsa de plástico una pequeña muestra del girasol, para que sea analizada en los laboratorios de la empresa, poder aplicar el precio en cada envío, según limpieza, humedad, riqueza.

El día 20 de Octubre, termina la recogida del girasol de los pueblos asignados, doy parte a la empresa, y acto seguido los camiones de la propia empresa, recogen todo el girasol y se lo llevan a los almacenes de Nava del Rey.

El día 22 de Octubre, me acerco a Valladolid a la oficina de la empresa, llevo los últimos albaranes entregados, con su muestras correspondientes.

Recuerdo un recibimiento muy cordial, todo había transcurrido sin problemas, me pagaron lo acordado verbalmente más una pequeña gratificación, lo que alcanzó un total de 22.000 pesetas, de las de antes.

Más contento que unas castañuelas me fui para el pueblo, y se las ofrecí a mi madre, la cual recuerdo me dijo, "Adminístralas y utilízalas en cosas necesarias".

El curso, empezó al poco tiempo y comencé a invertir lo ganado. Lo primero que hice fue comprar un reproductor de música de casetes de la marca Philips , un pequeño transistor de la misma marca, y una calculadora científica de la marca Casio, el resto lo fui utilizando para no pedir dinero a casa, comprar bolígrafos, cuadernos o algún libro.

La forma del Philips, era rectangular, de unos 25 cm de largo, unos 20 cm de ancho y de unos 5 cm de grosor. En el frontal llevaba una pequeña palanca, la cual al empujarla para adelante ponía en funcionamiento la cinta, y tirando para atrás se paraba; a derecha e izquierda se rebobinaba la cinta. Los altavoces estaban al final de la carcasa donde se metía la cinta.

En la parte lateral derecha, estaba el el volumen y una clavija para poder introducir un cable con micrófono y poder graba.

Este fue mi primer equipo de música, lo recuerdo con mucho cariño, pues le saque gran provecho, me hinché a grabar cintas, primero de la radio, donde había programas de disco solicitados, y emisoras que transmitían música que apenas conocíamos, jazz, blues.

También aprovechamos el grabar las lecciones antes de los exámenes, o grabar canciones que algún amigo tocaba a la guitarra. (Aún conservo cientos de cintas de todos estos años en los que utilicé el Philips), aprendimos a limpiar los cabezales con alcohol especial, a arreglar cintas que se enganchaban para no perderlas.

Comprábamos las cintas de cinco en cinco, las normales y las cintas de cromo que se oían mejor( sus marcas TDK, Sonny ), aprendimos a grabar de un equipo a otro con un cable especial; como se podía llevar a cualquier parte se lo dejaba a los amigos que lo pedían, todos sacamos partido al dichoso PHilips.

El siguiente equipo de música, venía con una estantería de madera, tocadiscos por un lado, sintonizador y casete por otro, dos altavoces individuales, emitían en estero, lo traje de Madrid y lo monte por teléfono desde el pueblo, grababa directamente del tocadiscos al casete y con un cable de otro equipo al mio, era mejor, pero recuerdo con nostalgia el primero.

Luis Iglesias




Deseo inalcanzable

Sábado por la mañana. Asun se despertó, alargó el brazo hasta el otro lado de la cama y supo que estaba vacío. Enrique, como todos los sábados, se había ido a correr con el grupo de running. Estaba sola. Se quedó en la cama mirando al vacío sin ganas de levantarse. Así pasaron más de diez minutos hasta que se dijo: “quedándote en la cama no se va a solucionar nada”. Con gran esfuerzo, se levantó y se arrastró hasta la cocina para desayunar. Se preparó su habitual taza de café con leche y sus tostadas. Se sentó en la mesa a comerlas y, al mirar nuevamente la espuma dentro de la taza, sin saber por qué, estalló en un incontenible llanto. Las lágrimas le resbalaban veloces y abundantes por sus mejillas. Hacía tiempo que deseaba desahogarse, pero no podía. Y, de repente, las compuertas del corazón y de los ojos, sin motivo aparente, se habían abierto como si de un embalse se tratara. Mientras, su cabeza no paraba de pensar en el tema que la llevaba torturando desde hacía tanto tiempo.

La noche anterior había follado con Enrique, su marido. Sí, pero ya nada era como antes. Ahora follaban, o lo que fuera eso. Tiempo atrás hacían el amor apasionadamente. Cualquier momento de acercamiento sexual se convertía en una fiesta y se buscaban para disfrutar del placer que se proporcionaban el uno al otro. Sin embargo, todo había cambiado. Desde que la sombra del hijo deseado se había asentado en sus vidas, ya nada era igual. Todo se había convertido en una obligación.

Al principio Enrique se hacía el dormido para no tener que cumplir con las imposiciones del calendario de fertilidad que ella seguía a rajatabla. Asun, lo perseguía por toda la casa. Cualquier momento podía ser el adecuado para alcanzar la ansiada fecundación. Por el contrario, ahora era ella la que fingía estar dormida. La falta de resultados la estaba matando. No quería, no tenía ganas de mantener relaciones sexuales con Enrique. La obligación estaba haciendo que no sintiera ningún deseo por su marido, que no sintiera nada acostándose con él. Bueno sí, hastío.

Primero fue la resignación, mes tras mes, al descubrir que ese bebé no llegaría en los 9 siguientes. Ésta se fue convirtiendo en desesperación, rabia. Ya llevaban cinco inseminaciones artificiales fallidas y varias in vitro. Y nada. Aunque Enrique se quejaba de la frialdad de la masturbación en aquella sala llena de revistas porno y la entrega del semen a la simpática señorita de la clínica, no se podía hacer una idea del peso que había soportado ella: los pinchazos para preparar la ovulación, las medicinas de apoyo, los cambios hormonales en su cuerpo, los controles con el ginecólogo, el contar su vida a un desconocido y abrirse de piernas una y otra vez ante él, las inseminaciones, sus cambios de humor, la larga espera. Y todo para nada.

No sólo eso. Ahí estaban los consejos de los listillos de turno: “Cuando os relajéis, entonces ocurrirá sin pensarlo”. Pero, ¿quién les había pedido opinión a ellos? ¿cómo se podían relajar su marido y ella con la constante presión de la insensible familia, de la sociedad? Asun tenía que escuchar una y otra vez: “Un matrimonio sin hijos, no es nada”. “Los hijos dan la felicidad”. “¿Y para cuando los niños?” “¿No estáis esperando demasiado?” “Se os va a pasar el arroz”. “El reloj biológico no espera”. Lo único que quería era gritarles: “Iros todos a la mierda. Dejadnos en paz”. Pero, ellos qué sabían del tema. Tampoco era plan el ir contando a todo el mundo la vida íntima de la pareja: “No, si llevamos intentándolo tres años sin resultados”. Mejor sufrir la pena en silencio.

De nada servían las frases de apoyo que algunas personas, conocedoras del tema, les regalaban a veces. Claro que no iba a pasar nada si no tenían hijos. No tendrían responsabilidades con nadie. Menos problemas que resolver. Menos quebraderos de cabeza. Disfrutarían de la pareja, de la vida. Podrían salir de fiesta, de cena, dormir, viajar, conocer mundo. Todo sin ataduras. Pero ellos deseaban ese hijo a toda costa.

Cuántas veces había recordado esa obra de teatro que tuvo que leer en el instituto. Ya entonces le causó cierta impresión, aunque no consiguió entenderla del todo. Ahora ya la comprendía y pensaba constantemente en su nombre equivocado. Su nombre debería ser Yerma, como el del personaje de Lorca, pues estaba tan seca, tan árida como ella. Y como ella, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. Incluso vender su alma al diablo, si era preciso.

Aunque, a lo mejor no era necesario recurrir a esto. Existían otras opciones como la adopción. Pero… A Asun no le importaba adoptar. Sin embargo, Enrique no transigía. Él quería algo de los dos. Si no era así, nada. O blanco, o negro. Ninguna escala de gris de por medio. No lo entendía. A otros hombres no les importaba tener hijos que no fueran de su sangre. Si lo importante es la educación. Y claro, ante esta negativa, lo único que le quedaba era adoptar sola. ¿Quería separarse de él? Pues, hasta ahora no se lo había planteado. ¿Deseaba a Enrique más que a ese hijo? Desde luego, ahora no. Sólo quería estrechar a ese ser en sus brazos.

¿Y el vientre de alquiler? Todavía no lo contemplaba la legislación española. Además, otra mujer que sintiera en sus entrañas lo que debería ser suyo. Ni pensarlo.

No quedaban muchas alternativas más. Sólo había que tener esperanza. Tal vez… Por si acaso, ella ya tenía elegidos los nombres. Los dos muy simbólicos. Si era niño, Víctor. Si era niña, Milagros. No podía ser de otra manera. ¡Qué ironía! Si sabía que los milagros no existen y las victorias no se prodigan con tanta frecuencia como las lágrimas. Pero, aun así, mantenía viva esa remota posibilidad.

¡Ay! Ese hijo, todavía inexistente salvo en su imaginación, ¡qué sombra tan larga tenía!¡Cuánto pesaba en su vientre infecundo!

Toñi Martín del Rey


El Jardín prohibido

"Ser o no ser...
¡Oh veleta! ¿Hay acaso viento?"


Tengo en la mesita de noche que hay al lado de mi cama un discurso de mil palabras. Ni una más, ni una menos. Lo redacté yo. Tardé mil años. Ni uno más, ni uno menos. Como podréis imaginar, lo escribí con mil bolígrafos. Ni uno más, ni uno menos.

El papel donde reposa está viejo, la letra es ilegible, la redacción defectuosa; y sin embargo, os puedo asegurar, que en ese espejo de papel y tinta, soy. Cada una de sus palabras es lo más próximo a la sinceridad que conozco. Ni burladeros. Ni censura. Ni condicionales. Sé que la excusa es el perfume que usa una mente cerrada. Gangrena el aire. He probado el vino que se almacena en las bodegas de la culpa o el "si". Siempre es vinagre.

En ese papiro mil veces milenario, hay luz.

Soy adicta a su lectura. Me estimula. Me relaja. Me duerme. Me despierta. Su respuesta es tan variada porque no es. Depende siempre de mí. No es la única. Tengo mil. Ni una más. Ni una menos. Las he contado. Son hijas del jardín de lo prohibido. Todas tienen una misma textura, aunque sus colores son heterogéneos. Hoy fluyen en mi savia. El injerto resultó sencillo. Solo tuve que esperar a que el deseo fuera más fuerte que el miedo. Cuando el temor se diluye, lo imposible crece. Puedo asegurar que el bouquet de mis hábitos es exclusivo.

Recuerdo la primera vez que me adentré en el país proscrito. No fue un accidente. Lo busqué. Ni era de noche, ni estaba perdida. Atravesé el umbral del reino maldito con total conocimiento.

Quienes habían cruzado sus lindes hablaban mucho sobre él. "Más allá de lo conocido existe una tierra amable -decían-. Una partitura donde las notas se combinan para diluir la existencia opaca y sucia que bautiza a los cobardes. Su música es una sinfonía orgásmica de sensaciones sin nombre. No hay tiempo. Ni materia. Ni distancia. El cuerpo cede su cetro rígido y confuso. La magia de la plenitud emerge y te bendice. "

Quienes creían haber vencido la fuerza de la gravedad que desprende ese predio execrable, también se habían pronunciado. Su arenga era un alegato terrorífico. Apelaban a la voluntad y la resistencia, al sacrificio y la fe. Puntos cardinales de la dignidad humana. "La decencia es el camino de la felicidad. Sus baldosines, las normas que lo pautan." Según ellos, elegir el paso erróneo, visitar -aunque solo fuera un momento- la espesura que la sabiduría había vedado, era condenar la libertad. La tentación existía. Ceder a ella convertía al hombre en un despojo. "No hay sirenas nobles". Como veis, La existencia más allá de los hitos tabulados era una pesadilla. En ocasiones, su credo era más gráfico. "Detrás de la frontera -pontificaban-, habitan monstruos. Seres malignos que embaucaban a los incautos. Lobos con piel de cordero que prometen la paz, la dicha y los sueños más sublimes. Trampas de seda para inocentes y pusilánimes. Iniciado el ritual, la salvación es imposible. El acólito paga con su vida. Los vampiros solo conocen una cosa: el hambre. Nadie abandona esa fosa séptica sin una roca atada en la espalda. Su peso crece de forma exponencial. El alivio exige volver. Postrarse ante el poder de sus artífices, rogar su favor y alimentarlos. El reloj del veneno -concluían- tiene unas manecillas de velocidad progresiva. Nunca se para. Nunca se retrasa. Su avance es inversamente proporcional al líquido sanguíneo no contaminado."

Ante predicamentos tan dispares, el fuego de la curiosidad me consumía. La duda poseyó mi mente con tanta intensidad que me convertí en su sombra. Como bien sabréis, la incertidumbre es un cáncer. Mina la vigilia y el descanso. La única cura posible es el conocimiento. Cualquier idea ajena por muy argumentada que este, no es más que un paliativo. Merma el sufrimiento no la dolencia. El fin siempre es trágico. Necesitaba saber.

Nada, y cuando digo nada es nada, sucedió como tenía previsto.

Yo esperaba deslizarme entre la hiedra y hallar algo parecido al edén. Un dominio donde ser auténtica. Creía en su existencia. Había escuchado a todos. Algo me hacía conjeturar que lo que buscaba podía dormir tras su follaje. Disfrutar del paraíso demandaba una confianza inmaculada -lo sabía por los cuentos- Si cedía al brillo de uno solo de sus tesoros, olvidaría mi propósito. Vagaría entre espejismos. Tenía que abrazar sus dones con pasión y prescindir de ellos sin dolor. Todo era mío. Nada era mío. En ese momento desconocía que esta premisa era la madre de un grupo de disidentes.

Me recibió una bomba.

Aquel lugar no era un espacio secreto. Millones de personas circulaban por sus senderos. Muchos eran aquellos predicadores maniqueos que con una periodicidad férrea visitaban los hogares para vomitar censuras. Comían, bebían, fumaban y fornicaban sin mesura. Yo los vi. Ninguno amaba la danza que bailaba. Pretendían borrar un abismo. La sima crecía. Ellos se desdibujaban. Tras la consumación de sus actos, al compás del "confiterol" se fustigaban.

Recordé a Dante. Invoqué a Beatrice y vino. Sin moverme del sitio, viajé. "Todos los lugares están en el mimo punto. Lo que buscas está en tí. Cuando tengas el poder de hacer, dispondrás del poder de no hacer" -eso dijo y desapareció- Recorrí la espiral de acero que atraviesa el inframundo hasta llegar a un tintero. Supe que como arriba era abajo. Como dentro, fuera. "Los dignos" portaban a su espalda los cuatro puntos cardinales. "Los furtivos" su desenfreno. La muerte y su ejército de sufrimientos se reía de ellos.

Me abracé a su guadaña y bailamos en su filo. La comunión fue completa. El espectáculo sensual y macabro. Cuando la música cesó, pensé que estaba muerta. Los disidentes me acogieron. Llevo aquí mil años. Ni uno más. Ni uno menos. Amo lo hago. Soy lo que amo. Un pincel. Un pitillo que arde más allá de los límites de un cenicero.

Ana Isabel Fariña




La aritmética de los botones

Al abrir el clóset encontró el tesoro, el que había escondido hacía mucho tiempo. Tintineaban como doblones de corsario, pero sin cofre. Estaban amontonados en una bolsa informe que comenzaba a desgarrarse. Ni oro, ni plata o siquiera cobre. Solo una bolsa llena de botones. Como si fuera poca cosa. Hablemos con propiedad: una espectacular bolsa de botones.

Sin pensárselo dos veces derramó la mitad de los contenidos sobre la mesa del comedor. Hacía mucho que ansiaba tener un sábado libre, verdaderamente libre. Otros sábados habían sido dedicados al trabajo puro y duro. También hubo sábados de escoba, trapo y polvo. De manguera, basura y reciclaje. Hubo sábados de libros y sábados de televisión. Hubo sábados de playa y de cine. Hubo sábados de expediciones y sábados de museo. Y hubo sábados letárgicos manchados por la culpa de un deber escrito en el aire, del deber de ocupar el tiempo en tareas inscritas en el catálogo de lo transcendental. Pero este era un sábado soleado de límpido cielo azul sin nubes. Un sábado cubierto de botones.

No era una cuestión fetichista este encuentro con los botones. Bueno, hagamos una concesión y digamos que sí había cierto goce perturbador en ese zambullir la mano en la bolsa y dejar que los dedos se pincharan entre los botones. Fuera de esto, se trataba más bien de un placer nacido de la belleza de lo inútil. Detengámonos un momento a explicar mejor esta afición. La gente, a veces, tiene algo que se llama pasatiempo. Existen variedad de pasatiempos: observación de pájaros, colección de sellos, macramé, baile de salón, en fin, que hay para todos los gustos. La magia de estas actividades radica en que no aportan nada concreto, pues como su nombre dice, son para ver pasar el tiempo. El pasatiempo de nuestra protagonista era preparar libros y otras artesanías con papeles, tijeras y otras tantas cosas inservibles. Ese día había decidido crear un libro de recuerdos con algunas fotos que tenía acumuladas. Fue entonces cuando abrió el armario y descubrió los botones.

Resulta curiosa esa tarea de crear libros de recuerdos en un mundo en el que prácticamente vivimos en el pasado, rodeados de fotos y mementos de lo que hicimos hace uno, dos, tres años. Sí, un día como hoy hace un año te comiste un pan con queso. Cómo pasa el tiempo… Sin embargo, los libros de recuerdos, scrapbooks para los que entienden inglés, que quizás para algunos ignorantes sean solo álbumes de fotos glorificados, son algo más. Son una encarnación tangible y juguetona de la memoria. Son poesía visual. Son el producto de tomar esa masa de fotos, impresas o reveladas, reveladoras, juntarlas con entradas de cine o de teatro, recibos de restaurantes, monedas de otros países, cuentas de collares rotos y crear un artefacto lúdico. ¿Acaso no luce más enternecedora esa sonrisa desenfocada tuya enmarcada entre cintas y botones?

Los de la bolsa no eran botones cualesquiera. Eran de todos los tamaños, colores y formas. Había botones en forma de estrella, en forma de corazón, alargados, cuadrados, triangulares y, por supuesto, los redondos de toda la vida. Algunos ostentaban diseños y texturas. Había también botones más refinados. Algunos, de nácar; otros, que imitaban perlas, delicados como gotas de rocío.

No le preocupaba que el tesoro se encontrara en una bolsa rota puesto que acababan de regalarle una caja plástica segmentada en compartimentos para la que hasta el momento no tenía uso, así que los botones que no entraran en su nuevo libro podría guardarlos allí. Tenía claro que sobrarían y eso también la ilusionaba. ¿Qué hacer con aquella abundancia de botones? Quizás pegarlos al cristal de una mesa en un mosaico. Tal vez tejerlos a un bolso de ganchillo o hacer un par de pulseras. En una ocasión vio en una tienda de artesanías una muñequita cuyos brazos y piernas estaban hechos de botones. También había visto un móvil de botones. Colgarían los unos junto a los otros y reirían cuando los agitara el viento. ¡Tantos proyectos!

“Divide y vencerás” dice el refrán. Así que empezó a clasificar los botones sobre la mesa, separándolos por color, tamaño y forma, lo lógico. Sin embargo, a medida que lo hacía, le salieron al paso otras inesperadas clasificaciones. Los botones que usaría para su nuevo proyecto, los botones regalados, los botones comprados, los botones perdidos, los botones con historia y pasado. Aquel botón azul era de la blusa que se había puesto la noche del concierto. Aquel botón amarillo adornaba unos pantalones cortos que se ponía para ir a la playa. Ese otro era de un pantalón que a su madre nunca le cerraba del todo y que siempre se combinaba con una blusa larga para disimular. Aquellos botones grises fingían ser gemelos, pero, mientras uno se aferraba al ojal con insistencia, el otro se desabrochaba entre risas.

Dejándose llevar por estas clasificaciones absurdas los fue metiendo en la caja y, de paso, los fue contando. Cuando terminó el inventario, se sorprendió con la suma: 997 botones.

Cuando ya creía haber terminado cayeron tres botones al suelo, los tres botones más extraños, insólitos y absurdos de la colección. Tres botones blancos, redondos, sin adornos, con cuatro agujeritos dispuestos formando un cuadrado. No lograba ubicarlos ni en el tiempo ni en el espacio. No recordaba su historia. Era una señal. Fue de nuevo al armario y sacó hilo y aguja. Prendería los botones de la primera página del libro. Guio el hilo negro por los agujeros de los botones inspirada por una fuerza externa y, entonces, lo vio claramente. Eran botones milagro. Eran botones matemáticos.

Primero, la suma de los afectos, de los momentos felices. Entonces, la multiplicación de los panes, de los peces, de los botones con forma de peces y los peces con forma de botones, de las palabras. La multiplicación de estos momentos desechables y sublimes. La resta de las dudas; o bien, la división y reparto de toda esa abundancia. Como lo veas.

Ismarie Díaz



La lata

En la imagen número dos podemos ver una lata de sardinas con dos pequeños remos.

A primera vista podría representar una barca de paseo, la típica barca que aparece en las películas americanas cuando los protagonistas, casi siempre una pareja, acuden a un lago a pasar la tarde y, en ocasiones, el varón termina en el agua.

Pero no, se trata más bien de una humilde barca para faenar, una de las barcas empleadas por miles de pescadores en todo el mundo para lograr su sustento y conseguir alimentos que podemos comprar en cualquier supermercado.

Podría ser que esta barca no llevase remos y, en su lugar, llevase un motor que permitiese al pescador navegar más rápido y cansarse menos en sus labores.

Sin embargo, esto es un detalle nimio, ya que lo muestra la lata de sardinas es la endeblez, la humildad del medio de transporte. Da igual que la barca tenga o no un motor, que cuente con remos o, incluso, con pedales: lo que importa es la fragilidad de la barca que ante un fuerte temporal o ante la aparición de una ola de considerable tamaño puede sucumbir y darse la vuelta.

El pescador que, presumiblemente, se ha levantado a altas horas de la madrugada cuando la mayoría de los mortales duerme, se encuentra encerrado hasta mediodía o el inicio de la tarde en un espacio muy reducido, similar al que posee una sardina en una lata.

Son sardinas lo que el hombre pesca y, paradójicamente, se encuentra encerrado como una sardina en su lata.

Se podría llegar a decir que el hombre se llega a mimetizar con su presa o con su producto. Y, desgraciadamente, su profesión es de alto riesgo: si las sardinas perecen poco después de ser pescadas, el marinero puede perecer también si se cae del bote.

Podría haber alguien que diga: no todos los marineros pescan en una barca de reducido tamaño e impulsada por remos o por un pequeño motor. No,-diría- la flota pesquera española está formada por barcos de gran calado y preparados para faenar lejos de la costa. De hecho, hay barcos que pasan semanas y semanas, e incluso meses y meses en el Atlántico Norte, cerca de Groenlandia, pescando especies marinas como el atún. Sin lugar a dudas, la imagen de un gran barco se aleja de la de esta lata de sardinas comprada en el Eroski o en el Carrefour. Tendíamos un navío de considerable tamaño, dotado de grúas, de enormes redes de arrastre, de un preciso timón, radar, comunicaciones vía satélite y de varios camarotes.

No obstante, si lo pensamos más detalladamente podemos ver como, a lo mejor, no hay tanta diferencia entre la lata y el gran navío pues es espacio en ambas es exiguo: los marineros no se pueden desplazar libremente y están rodeados por las aguas del mar. Los marineros viven en su lata y no salen de ella hasta que concluya la temporada y pueden regresar a sus casas. Las horas se consumen en la lata lentamente pero cuando éstas terminan no se arroja la lata a la basura sino que los marineros salen de ella. Más adelante volverán a ella. Esta lata no es una lata de usar y tirar sino que se reaprovecha. No es una lata que se compra en el Árbol sino que se compra en una exclusiva tienda de lujo situada en un rascacielos de Dubai, Hong Kong o Singapur. Como vemos, la diferencia entre una lata y otra es de precio o, si así se prefiere, de la gama y de las prestaciones del producto pero no así de concepto. Todas ellas son latas que navegan solitarias en el mar.

Hemos dicho antes que los barcos no se tiran una vez usados. Hemos de matizar esta afirmación:

Los barcos y las barcas terminan en la chatarra, no lo hacen hoy, no lo hacen mañana, pero cuando concluyen sus días, cuando se oxidan, cuando su equipamiento ha quedado obsoleto o ha dejado de funcionar, son abandonados en la basura y se pierden en el olvido.

Les ocurre como a las latas una vez que las sardinas desaparecen y el aceite de la lata se vierte en el fregadero. Las latas se tiran al contenedor general si el consumidor es una persona que no está especialmente interesada en el medioambiente y a un contenedor específico para reciclaje si el consumidor, en cambio, si está preocupado por éste. Al parecer, gran parte de los materiales con los que se construyen los navíos también se reciclan. Como vemos, la vida y la muerte de todas estas realidades aparentemente tan lejanas pero, de hecho, muy cercanas, es similar.

Lector, cuando veas una lata de sardinas o una lata de atún recuerda su similitud con un barco. Recuerda cuando vayas a la costa, cuando acudas a un puerto y veas un gran trasatlántico o cuando cojas un crucero de siete pisos por el Mediterráneo, el Báltico o el Caribe, que estos barcos colosales también se asemejan a una lata de sardinas. Lógicamente, la función de estos barcos no es la misma que la de un barco pesquero pero si, siguen recordando a una lata de sardinas y, en último término, a un humilde barco para faenar.

En conclusión, la imagen refleja la relación del hombre con el mar, como el hombre arriesga su vida para ganársela, sus infinitos esfuerzos para mejorar su situación y proporcionar un alimento que generalmente se consume sin que nadie se pregunte como se ha obtenido.

Sin lugar a dudas, la foto realza una actividad muchas veces infravalorada, casi siempre alejada de los focos de los medios de comunicación, en definitiva, una actividad olvidada como una lata de sardinas ante las grandes ofertas de un supermercado anunciadas con carteles y luces de colores. Y es que quizás lo más importante en esta vida se encuentra siempre fuera de las luces de los telediarios, de la lista de reproducciones de Youtube y de los “Trending Topic” de Twitter.

Óscar Fernández
        



Bajo la sombra del primer árbol,
he dejado mi funda de las gafas,
dentro las he dejado, pero las he dejado
divididas.

Las he separado, para poder ver mejor
el mundo,
así y tan solo de esta manera poder
contemplarlo y visualizarlo como
te gustaría en un futuro.

Aunque, a partir de todos, siempre cuesta visualizar
el mundo desde tantos puntos de vista.

Iria Costa


Mil palabras

Al despertar por la mañana, empiezo a ojear libros de viajes donde me gustaría hacer mi próximo viaje, recuerdo mi último viaje que hice a Estados Unidos hace hoy unos cuatro años, eran muchas horas de viaje en avión, mereció la pena, tuve la oportunidad de conocer aquel país .

Saco de la estantería la bola del mundo, además recuerdo otro destino que tuve la oportunidad de conocer, México, recuerdo que cuando llegue a aquel país hacia mucho calor, además pude conocer la cultura de ese país, también tuve la oportunidad de ir a las playas de la ciudad de México, me encantan aunque tiene otro estilo diferente al que tenemos en España las playas, además pude conocer gente hermosa de aquel país, todavía conservo esas amistades, para mi no ha pasado el tiempo desde la ultima vez que fui a aquel viaje. Después de haber conocido tuve la oportunidad de conocer del país que me habían hablado de maravilla y que lo sigue siendo, me refiero a India, estoy recordando cuando llegué a aquel país me entusiasmó desde el primer momento, pude recorrer por los monumentos típicos de aquel país, me lo imaginaba de otra manera, cuando lo veía por televisión lo veía de otra forma, tener que ir para la India me hizo verlo de otra forma distinta.

Haciendo limpieza de las cosas que me traje de aquellos países que tuve la oportunidad de conocer, me hizo saber que tengo que seguir viajando para conocer aquellos países que me gustaría conocer,
Hace unos diez años tuve la oportunidad de irme de intercambio a otro país para aprender el idioma, me refiero a Inglaterra, me gustaba aquel país aunque la calidad es muy diferente a la de España .

Cuando ya me había acostumbrado a vivir en Inglaterra tenía que regresar a España, al principio lo pasé mal al tener que abandonar Inglaterra para volverme otra vez para España, en aquel país aprendí el inglés, además conocí a amigos que todavía mantengo contacto con ellos, recuerdo el otro día que estuvimos hablando por SCAI , me estuvieron convencieron para que fuera a Inglaterra, yo les dije os invito a que vengáis a España así podéis conocer España y aprender el español .

Después de recordar mi paso por Inglaterra cojo de la estantería un libro y empiezo a ver el destino que es Grecia , me imagino como si estuviera en aquel país, me encantaría conocer su cultura que es parecida al país de la india .

Dicen que en esos países hay buena energía, espero conocer Grecia para ver si es verdad y me traigo energía positiva de aquel país.

Recuerdo otro país que fui y estuve viendo una temporada fue Portugal, recuerdo que cuando llegue de España a Portugal me lleve una mala impresión de aquel país no me gustaba su forma de ser a la que tiene España, también aprendí el idioma de portugués que es parecido al gallego.

Cuando estaba viviendo en Portugal iba como una ver a mi país, para ver a los amigos y familiares , al principio de me daba pena tener que volver al país donde estaba viviendo, hasta que te acostumbras .
Cuando ya me estaba acostumbrando la vida en aquel país tuve que regresar a España, en aquel país aprendí el idioma del portugués, todavía recuerdo algunas palabras de aquel país , además conservo viejas amistades de aquel país, nos podemos ver como dos veces al año , recuerdo que la ultima vez que vinieron a España , no me los esperaba verlos , yo estaba pasando un momento de bajón y ellos vinieron a España para que nos viéramos y desconectaba , recuerdo esos momentos mágicos que vivimos esos días , aunque fueran pocos días y se terminara pronto .

Además tengo otra amiga portuguesa que se vino a España cuando yo vine , se vino conmigo por que yo le había hablado maravilla de mi país , ella quería comprobarlo , desde el primer momento que mi amiga piso España , le gusto el país , al principio nos veíamos a menudo ahora nos podemos ver como una vez al mes , todavía mantenemos ese contacto ya sea por teléfono que por correo , cuando nos vemos solemos hablar en portugués y español para no perder las costumbres.

La ultima vez que estuve con mi amiga le dije que estuve viendo una película que a ella y a mi nos gusta y que la vimos cuando yo estuve viviendo en Portugal .

Mirando algunas fotos recuerdo con mucho cariño otro país que tuve la oportunidad de conocer fue Italia , recuerdo que cuando llegue a Italia desde el primer momento me gusto conocer las costumbres de aquel país , también me gustaba el idioma del italiano , tuve que aprenderlo , al principio me costaba un poco hasta que aprendí el idioma de aquel país , recuerdo que también me gustaba la comida típica de aquel país , además cuando hablaba con mi familia y amigos les hablada en italiano , ellos al principio no me entendían hasta que se acostumbraron cuando me oían hablar en italiano , además ellos también aprendían hablar en italiano , ese viaje lo recuerdo con mucho cariño porque conocí a gente de ese país que todavía conservo amistad , y conocí la cultura de aquel país.

Mirando con la bola del mundo miro que países me faltan por conocer y cual me gustaría conocer en mi siguiente viaje , espero que sea muy pronto y poder vivirlo con mucho entusiasmo como hasta hora los países que he tenido la oportunidad de conocer y seguir conociendo su cultura y tradiciones de esos países.

David Álvarez

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