La última frase

Yo que soy un hombre de principios ayer comencé la sesión del taller de escritura creativa por el final. Se acabó. Esto ha sido todo. Ite misa est. Fin de la cita. Sefiní. Esta última palabra, escrita de este modo, me recuerda el cabaret de la película "El lado oscuro del corazón" de Eliseo Subiela. Sefiní. Qué buen lugar para tomar la penúltima o la última copa. Allí recitó Mario Benedetti su poema "No te salves" en un perfecto alemán y allí encontró Oliverio Girondo a María Luisa, la que sabía volar. Con esta película me pasa como con muchos poemas y muchas novelas; recuerdo el inicio, lo sé incluso de memoria, pero no recuerdo el cierre, la última frase. Está claro. Soy un hombre de principios.
Siempre me inquietó el cartel "Últimas existencias" en los escaparates de los negocios que liquidaban sus último artículos. Y soy muy amigo de ultimatos. Si no me marcan una fecha de entrega de un trabajo, un tope último corro el riesgo de demorarme en el camino. Hablando de cosas últimas. ¿Quieren un último cuento? Aquí está. Lo firma Juan Carlos García Rey. se titula así, "Último cuento":

-En sus cuentos breves el tema de la muerte suele aparecer con cierta frecuencia, ¿a qué se debe?
-No es un tema privativo de mis cuentos, habrá notado que en la vida también suele aparecer con cierta frecuencia.
-¿No teme jugar con la muerte?
-Soy un escritor temerario.
-¿Qué está escribiendo ahora?
-Un cuento trivial: el escritor que dialoga con la Muerte y la muy pícara lo sorprende en la mitad de una palabra.
-¿Cuál palabra?
-No sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu


¿Quieren ahora decidir su propio final para una historia conocida? René Alivés Fabila nos ofrece esa posibilidad en su microrrelato "Franz Kafka":

Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia el espejo y horrorizado pudo comprobar que
a. seguía siendo Kafka,
b. no estaba convertido en un monstruoso insecto,
c. su figura era todavía humana.
Seleccione el final que más le agrade marcándolo con una equis.


La sesión de esta semana la dedicamos a las últimas frases de los libros. Y qué mejor manera de hacerlo que con La última frase de Camila Cañeque, editado por La uña rota. Un libro que no deseas que acabe.




No me he equivocado. Esta es la portada del libro, sí, no la contra. Cuando Camila Cañeque le propuso a Carlos Rod, su editor, esta idea se echó a temblar. Hay editores que asumen riesgos pero ¿tantos? Un libro tiene su clave de acceso en el título y en el diseño de cubierta. Seguro que en alguna ocasión vieron una portada o un título que les llamó la atención, ¡eh, estoy aquí!, y se animaron a pasar al interior. En este caso el título y el nombre de la autora están en la contra. A esto se le llama ir a la contra. La editorial "La uña rota" sabe mucho de eso. Al final triunfó el concepto. Tratándose de una artista conceptual era lo esperado. Si quieres ser consecuente con un trabajo de prospección en el que has elegido minuciosamente 472 finales de novelas (en su mayoría), relatos o poemas quizá tengas que dejarlo claro desde el principio, o desde el final, en este caso.
Este libro, como bien dice Enrique Vila-Matas en su reseña de El País es un "hipnótico artefacto literario". No se trata de un inventario de finales sino de un diálogo con ellos, de una reflexión sobre el desenlace y la finitud de todo ya sea un libro, una obra de arte, un atardecer, la vida.
Camila escribe: "Soy adicta. Soy adicta al final. Estoy enganchada al final. Reconozco mi fascinación por ese instante, mi empeño por habitarlo. Mi incapacidad de dejar que lo que se acaba se acabe. Mi necesidad de vivir en la prórroga, en el un poco más, cinco minutos más. Mi no aceptar lo que viene después, mi sólo querer esta aquí. En el borde del barranco".
Un mes antes de publicarse este libro Camila Cañeque murió mientras dormía. Fue una muerte súbita. Dice Vila-Matas: "Por una de esas conexiones extrañas entre vida y literatura, se ha convertido de alguna forma en la última frase de Camila Cañeque." Este fue su primer y su último libro.
Parece hasta consecuente este final de una artista del punto final que en una performance con el título de "Dead End" reflexionaba sobre la inmovilidad, la quietud o la muerte.
Miguel de Cervantes cerró así Los trabajos de Persiles y Sigismunda: ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida! Poco después moría, como si esta hubiese sido también su propia despedida.
Camila explica en el inicio del libro cómo se inició este proyecto y cómo fue repartiendo últimas frases en distintas carpetas. En ocasiones las juntaba en torno a una misma idea, la lluvia, por ejemplo. Son muchos los libros que se cierran con lluvia. O el mar, o la vuelta o el regreso a casa. O las últimas frases encabezadas por una i griega. O cierres con monosílabos, incluso.
Las últimas frases recorren todo el libro. Camila las administra con precisión. Son hitos que recorren la lectura. Que sirven de nexo y de hilván para la reflexión de la escritora. En ocasiones las cose unas con otras formando una almazuela:

Los ojos y los rostros se volvieron hacia mí, y guiándome por ellos, como por un hilo mágico, entré en la habitación277.
Durante un segundo casi los oí respirar.278
Recordé sobre todo la longevidad de los cactus: ochenta años o más en una tierra seca y cobriza. 279
Tropecé con una silla... y salí. 280
Mozart me estaba esperando. 281

Comparten esta escena Sylvia Plath, Siri Hustvedt, Guadalupe Nettel, Roberto Arlt y Hermann Hesse que eligieron esa última frase para cerrar La campana de cristal, El mundo deslumbrante, ("Bonsái") Pétalos y otras historias incómodas, El juguete rabioso y El lobo estepario, respecticamente.
Camila sostenía que "El mayor encanto de empezar una novela es saber que termina" pero no le resultó fácil cerrar su propio libro, elegir la última frase de La última frase. Trató de demorarse en el punto final pero lo hizo de la mejor manera posible, con la última palabra de uno de los grandes libros de nuestra literatura. 
Para conocer mejor esta obra y a su autora recomendamos el artículo de Jordi Sabaté "La última frase, el libro póstumo de Camila Cañeque que reivindica y reflexiona sobre el final de las cosa". Y si queréis investigar sobre su obra os recomendamos su página web y el artículo de Ramón Peco "La artista censurada en ARCO cuando simbolizaba la muerte de España"

La última frase de la sesión fue "que tengáis un buen final de día y de semana" pero antes aprovechamos para hablar y poner en común algún final. Nos sorprendió descubrir que sabemos cómo comienza Pedro Páramo, Moby Dick, El Principito, El coronel no tiene quien le escriba o Don Quijote de la Mancha pero no recordamos su final. 
En este artículo que firma Carlos Mayoral en la revista Jotdawn te recordamos doce grandes finales: "Doce finales que justifican cualquier medio"
Hablamos de cómo Quim Monzo inventa otro final para la el cuento de la Cenicienta en "La Monarquía", cómo Azorín imagina a Calisto y Melibea casados y con una hija, como Jorge Luis Borges elige otro final para la suerte de Abel en manos de Caín o cómo Bernardo Atxaga, en Obabakoak, elige otro final para el cuento del criado del rico mercader (en otras versiones el jardinero del rey) que se esconde en Ispahán para huir de la muerte. Dejamos aquí una versión de esta historia contada por Quico Cadaval. ¿O es quizá la historia original? La historia de Manuel
Quizá sea buena idea hacer como Gianni Rodari e inventar tres posibles finales para nuestros cuentos y que sea el lector quien decida cual es el que más le gusta.

Cerramos este post con una recomendación de Gabriel Wolfson quien señalaba en su muro de facebook en que la competencia por la gran frase no inicial sino final de un libro, su candidata es:

"Y yo, que apenas alcanzaba a dar cabida en mi antiguo cuerpo a las tempestades de mi imaginación, recibí el último suspiro de mi hermano". Es el cierre de Caballería roja de Isaak Bábe.


Propuesta de escritura

1. En el transcurso del taller propusimos buscar un final para "El extraño suceso del auto rosa Liberty" de Enrique Jardiel Poncela (Lecturas para analfabetos):

Galileo (esquina a Rodríguez San Pedro)

Vi en la otra acera un «taxi» parado y me dirigí a él resueltamente.
La carrocería de aquel auto estaba pintada de color rosa liberty y esto fue lo que me atrajo más que nada.
Y ahora fijaos bien, fijaos muy bien en lo que voy a deciros. Para comprender lo sucedido después, es preciso fijarse bien en estos detalles:

1. El auto estaba parado junto a la acera.
2. Yo me dirigí a tomar el auto por la parte del empedrado de la calle.
3. Al abrir la portezuela, el chófer estaba mirando hacia la acera y de espaldas a mí.
4. En el momento en que hice aquella operación yo iba muy distraído y un poco nervioso.
5. Y así que entré en el coche, éste se puso en marcha.

El súbito arranque del coche me hizo caer sobre el asiento. Al caer, noté que caía en blando, pero antes de que tuviera tiempo de volverme para averiguar la causa de tal blandura, oí a mi espalda un gemido, un debilísimo gemido. Entonces me incorporé y miré hacia atrás. En el asiento había una mujer medio derribada. Aquella mujer tenía un puñalito clavado en el pecho. El mango del puñalito era de oro y diamantes. En el contador del auto iban apareciendo sucesivamente estas cifras: 40-50-60-70-80...
Íbamos a ochenta kilómetros por hora.

***

Y ahora que no deje de decirme el lector qué es lo que él hubiera hecho de hallarse en idéntica situación que yo. He consultado ya a tres amigos.
Uno me ha dicho:
-Yo me habría tirado en marcha.
Otro me ha dicho:
-Yo me hubiera desmayado.
Y el tercero me ha dicho:
-Yo la hubiera quitado del pecho el puñalito, lo habría limpiado y lo habría empeñado en el Monte.
Y el lector, ¿qué dice?
¿Pero es que no dice nada el lector?
¡Para que uno se fíe de los lectores!

2. Y para casa propusimos elegir una historia conocida (un relato bíblico, un cuento clásico, un libro conocido, un microrrelato) y plantear otro final diferente. Insistimos en el cuidado de la última frase, la que cierra la historia.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Los cuatro elementos

La tierra

El aire está quieto. Desde que se ha ido el sol, ha ido imponiéndose la humedad. Las estrellas ya han salido y titilan a lo lejos, pero hay todavía un ínfimo resplandor en el oeste.
Se asoma una luna nueva mínima, que ofrece muy poca luz. La tierra está seca por el caluroso día.
El mundo está silencioso, como a la espera de que algo suceda.

El aire

El mundo está silencioso, como a la espera de que algo suceda.
Rasputín, el ratoncito, – Rasputín es un nombre muy adecuado para un ratón de campo - sopesa las alternativas que se le ofrecen si quiere ir a por las zanahorias silvestres que olfatea.
Esta tarde ha visto la egagrópila recién regurgitada por la lechuza Maruja, producto de la digestión de su primo Alberto – Alberto no es tan buen nombre de ratón, pero es lo que hay -. Tiene miedo de empezar y terminar la noche en el estómago de Maruja.
Se decide a abandonar la hura porque la ha escuchado chirriar, pero lejos.
Confiado en eso sale, pero, nada más salir, un imprevisto y feroz azor se abalanza sobre él desde el aire, planeando a baja altura y en un plis plas lo devora.

El agua

El mundo está silencioso, como a la espera de que algo suceda.
Mi hermana Amalia y yo estamos tumbados en su cama, esperando a que nuestros padres pongan la tele, para, amparándonos en su ruido, salir por la ventana de la habitación hacia las dunas que se yerguen junto a la playa.
Hemos quedado con Raquel en que pasará a buscarnos cuando ella misma pueda largarse de casa. Iremos a disfrutar de un baño nocturno. Entre la frescura de la noche, la tentación de lo prohibido y el miedo al agua oscura.
Vemos acercarse a una desolada Raquel que camina junto a su madre, que la acompaña con el evidente propósito de chivarse de nuestros frustrados planes.

El fuego

El mundo está silencioso, como a la espera de que algo suceda.
La sargento Svitlana siente como se le duermen las piernas, pero no quiere hacer ningún movimiento.
Es maestra. Lo es cuando deja el fusil de asalto en la mañana y se va a abrir la escuela. Sus padres viven en Kiev, lejos del frente.
Se pensó mucho lo de presentarse voluntaria para formar parte de las Brujas de Bucha, porque ya tiene una edad. Son todas mujeres y están especializadas en abatir los drones rusos.
Con gestos mínimos les indica a las soldados Natalya y Valentyna que permanezcan quietas. El dron que vienen escuchando puede que no tenga visor infrarrojo, pero puede que sí. Mejor no salir de la protección de la genista. Que no les vea el calor.
El dron de pronto se detiene sobre ellas y comienza a descender.
Svitlana ya lleva tiempo en esto y no es parca en reflejos. Grita: ¡fuego!, y ella misma dispara una ráfaga que no acierta al dron. Sus dos compañeras tardan un segundo en apuntar y disparar. Lo destrozan un instante después de que haya soltado la carga explosiva de bolas de fragmentación.

Carlos Coca Senande
Grupo A


El extraño suceso del auto rosa Liberty. Segunda parte
Enrique Jardiel Poncela (convencido de que no se puede uno fiar de los lectores).

Subí al taxi, y me encontré a la mujer, gimiendo, con un puñalito con incrustaciones de oro y diamantes incrustado en su pecho.
-Vamos a comisaría, dije al taxista. Rápido.
-¿No será mejor que vayamos primero a la morgue?, contestó.
-Obedezca, está detenido.
-¿Cómo detenido, si vamos a ochenta por hora, quiere que corra más? ¿Me detiene por defecto de velocidad?
-Tenga cuidado, usted no sabe con quién está hablando, ¿qué ha pasado aquí?
-Aquí nada. Si se refiere a esa señora, me han llamado de Palacio, allí la he recogido, me dijeron que tenía que llevarla urgentemente al hospital post mortem, que no había manera de que les mandaran una ambulancia medicalizada para eutanasias.
-Sí, pero, ¿por qué tiene clavado un puñal en el pecho?
-Intento de suicidio, según me dijo el Gran Chambelán.
-Falso, la inclinación del puñal indica que se lo habría clavado con la mano derecha, y esta mujer es zurda. Observe la diferencia de maquillaje en las dos mejillas. No hay duda, alguien lo hizo para que pareciera un suicidio, me refiero al puñal, no al maquillaje.
-Lo que sea, yo soy un mandado. Mientras iba al crematorio me he parado en un semáforo y ha entrado usted en mi taxi, subrepticiamente.
-Venga, confiese, será mejor para usted, sé de lo que hablo. ¿Cómo ha podido cometer semejante crimen?
-Y dale. Mire, el jefe de la Casa Real me dijo, off the récord, que la mujer era una limpiadora de Palacio, pero que no la habían dado de alta en la Seguridad Social para ahorrarse las cotizaciones, y que, por razón de estado, nada de eso podía llegar a saberse. Amenazó con denunciar a la Corona. Yo soy un patriota, y sólo estoy cumpliendo con mi deber.
-Vamos a comisaría, está detenido, basta de monsergas, allí tenemos al forense de guardia, que hará una autopsia en vivo para determinar las causas de la puñalada.
-¿Pero usted quién se ha creído que es?, ¿el comisario Villarejo?
-Lo soy, aquí tiene mi placa.
-Y yo soy el rey.
-Estaba seguro. Dígame, Majestad, ¿cómo ha podido cometer semejante crimen? No puedo creer que haya mandado pintar su taxi oficial de color rosa Liberty.
-Es una larga historia, empezó en el palacio de Versalles, ¿ha visto horterada mayor?, lo llevamos en la sangre azul, pompa y circunstancia. Por cierto, esta mujer está volviendo en sí, no podemos desentendernos de ella, hay que darle el finiquito según la legislación laboral monárquica, es una orden comisario Villarejo. Luego la enterraremos, siguiendo el protocolo habitual, en las cloacas de Palacio, cuando terminen las obras de ampliación.

Ignacio Aparicio
Grupo A


La verdadera historia de Josué

Josué ganaba todas las batallas, pues tenía un poderoso aliado: Dios.
Solo perdió la batalla de Hai, y fue por un acto de orgullo creyéndose más que nadie, y no consultando esta vez con el Todopoderoso.
Se había venido muy arriba cuando conquistó Jericó. Tuvo que dar 7 vueltas alrededor de las murallas tocando las trompetas; Dios le había dicho a qué frecuencia y con qué intensidad tenía que tocar, para que las murallas, hasta entonces indestructibles, se resquebrajaran y se viniesen abajo. Pudo así entrar en la ciudad y conquistarla.
Durante años se dedicó a guerrear contra múltiples tribus de Canaán: hebreos, hititas, amorreos, pereceos, jebuseos y gabaonitas.
Estando luchando contra los amorreos, iba ganando, pero le faltaba tiempo para concluir la batalla y derrotar por completo al enemigo. Entonces mandó parar al Sol y a la Luna. No iba a parar a uno si y a la otra no, pensó con muy poca lógica, pues a quien debería haber mandado parar era a la tierra; el muy ignorante pensaba que era el Sol el que se movía alrededor de la Tierra. Pues bien, Dios le dijo que eso no podía ser, que si paraba la tierra se colapsaría y se destruiría. Josué insistió en que necesitaba más tiempo para terminar la batalla; entonces Dios le propuso enviar una fuerte tormenta con rayos y lluvia torrencial contra los amorreos. Josué accedió, pero al avanzar en la contienda, los rayos y la lluvia les empezaron a caer a ellos, con lo que volvió a decirle a Dios que la cosa no iba bien, que su teoría de parar el Sol y la Luna como él había pensado, habría sido una idea mejor.
Al final Dios se cabreó y terminó diciendo: ¡olvídate de mí!

José Luis Fonseca
Grupo A


No me cuentes cuentos

—¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho?
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! Se me ha ido la mano. Yo no quería… ¡Te lo juro! ¡Ha sido un accidente…! Lo siento. La empujé y se golpeó con la repisa de la chimenea.
—Deja de llorar y cuéntame. Tranquilízate —dejó el hacha apoyada junto al paragüero y se acercó hasta ella. La rodeó con sus fuertes brazos y la atrajo hacia él—. Tranquila, mi niña, tranquila.
—Sabía lo nuestro —sollozaba sobre su pecho. Con cada suspiro, el olor a resina y a leña recién cortada le invadía la pituitaria—. Me ha amenazado con contárselo a todo el mundo. Solo con un tuit suyo se enteraría medio planeta. Tiene millones de seguidores, ya lo sabes. No entiendo cómo puede haberse enterado de nuestra intención de huir. Yo hice todo lo que me pediste… —le mostraba sus temblorosas manos manchadas de sangre.
—Lo vamos a solucionar, no te preocupes —trataba de calmarla mientras analizaba la escena que tenía delante.
El pequeño cuerpo de la abuela, yacía inerte junto a la chimenea. Su moño gris, amarrado por las horquillas, naufragaba en el charco de sangre. Remangado sobre la cintura había quedado el faldón negro, dejando a la vista la flácida y blanquecina carne de sus piernas. Una media negra, con una carrera a la altura del tobillo, mantenía prisionero el lacio gemelo. El aguerrido leñador, con pasos lentos, rodeaba el cuerpo de la víctima. Con cada pisada, una pequeña nube de serrín quedaba flotando junto al cadáver. El hombre trataba de encontrar una salida a ese contratiempo. No se creía lo que estaba sucediendo. Tenían todo preparado para huir de allí para siempre, los dos juntos. Se amaban y querían cambiar sus destinos. Le daba vueltas a la cabeza. Con los dedos gordos de las manos estiraba una y otra vez los tirantes. No le venían ideas a su mente. Por un momento pensó en abandonar, dejar que todo siguiera su curso…
—Déjame tu capa roja, voy a limpiar ese charco de sangre. Tenemos que deshacernos del cuerpo…
Los golpes en la puerta les sorprendieron. Se miraron con el susto en el rostro. El leñador frunció las cejas, interrogándola. Ella, elevó los hombros inconscientemente.
—¿Quién es? —preguntó la joven con voz temblorosa.
—¡Ábreme, niña! Soy Lupus, el vecino de tu abuela.
La chica se llevó la mano a la boca y su cuerpo se estremeció. Todo había acabado. La habían descubierto. Pasaría el resto de su vida entre rejas. El leñador se agachó junto a Caperucita y le susurró al oído.
—Coge tu móvil y escribe un tuit.
—¿Qué dices?
—Hazme caso y escribe: «Acabo de ver a Lupus merodeando en la casa de mi abuela. Creo que mi pobre abuelita está en peligro. Ayuda, por favor».
—¡Hazlo! Y dile al lobo que espere un momento —le pidió en voz baja—. Cuando yo te diga, le abres la puerta.
—¡Hola, Lupus! Espera un momentito, por favor.
El leñador se colocó junto a la entrada, agarró su hacha con fuerza y le dio la señal a su amada para que abriera la puerta.
—¡Hola, Lupus! ¡Uy, qué boca más grande! ¡Y qué suerte que vinieras!
Sobre la cubierta del buque, el leñador cubría con su chaqueta de pana los hombros de Caperucita, el sol se estaba poniendo en el horizonte y la brisa del mar refrescaba. Ella le miró ensimismada.
Muy lejos de allí:
—Quedas detenido por el asesinato de la abuela de Caperucita.
—¡Yo no he sido! ¡Ella estaba aquí! ¡Alguien me golpeó en la cabeza! ¡Yo no…!
—¡Ya, y yo soy el Gato con botas, no te jode! ¡Camina, y no me cuentes cuentos!

Tomás García Merino
Grupo B


Las dudas de Monterroso

Se había establecido una comunión entre el hombre y el animal. Por eso, cuando se despertó el dinosaurio, todavía estaba allí.
Se había establecido una comunión entre el hombre y el animal. Por eso, cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Finales alternativos

Homenaje a Monterroso
Cuando despertó, el humano seguía mirándole como si nunca hubiera visto un dinosaurio.

Zapato de cristal
La harapienta chica puso los ojos en blanco.
—¿En serio, tío? —preguntó, con incredulidad, moviendo el pie embutido en el zapato de cristal—. ¿Dos horas bailando y no recuerdas mi cara?
—Perdón, es que tengo prosopagnosia.

De besos y dragonas
Tras el beso no consentido, Aurora se giró por última vez, extendiendo el dedo corazón hacia Felipe, montó a lomos de la dragona, y ambas surcaron los cielos muy lejos del reino.

Manzanas prohibidas
La serpiente siseó en el árbol y ofreció una manzana a Eva.
—No —rechazó la oferta.
Y vivieron felices para siempre en el jardín del Edén.

Sara GL Terrén
Grupo C


La princesa y el guisante
Hans Christian Andersen, traducción de Enrique Bernárdez. Final alternativo

Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero tenía que ser una princesa de verdad. Así que viajó por todo el mundo para encontrar alguna. Pero siempre había algún problema: princesas había de sobra, pero que fueran princesas de verdad no estaba del todo claro; siempre había algo que no estaba del todo bien. Así que volvió a su casa preocupado, porque tenía muchas ganas de encontrar una auténtica princesa.
Una noche, hacía un tiempo espantoso. Había relámpagos y truenos, y llovía a cántaros. ¡Era horrible! Llamaron a la puerta y el viejo rey fue a abrir.
Allí fuera había una princesa. ¡Pero, Dios mío, qué aspecto tenía, con aquella lluvia y aquella tormenta! El agua le escurría por el pelo y la ropa, le caía desde la nariz a las punteras de los zapatos y salía por los talones. Y dijo que era una princesa de verdad.
«Bueno, ahora veremos», pensó la anciana reina, pero no dijo nada.
Entró en el dormitorio, quitó toda la ropa de la cama y puso un guisante sobre el somier de tablas; luego cogió veinte colchones, los puso encima del guisante, y luego veinte edredones de plumas encima de los colchones.
Allí dormiría aquella noche la princesa.
Por la mañana le preguntaron qué tal había dormido.
-¡Oh, terriblemente mal! -dijo la princesa-. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. Dios sabe lo que habría en esa cama. Debajo había algo duro y tengo todo el cuerpo lleno de moratones. ¡Es horrible!
Así pudieron comprobar que era una princesa de verdad, pues había notado el guisante a pesar de los veinte colchones, y los veinte edredones. No podía haber nadie tan sensible, a no ser una auténtica princesa.
El príncipe, decepcionado, rechazó a la delicada princesa, porque, aunque había encontrado una de verdad, tuvo miedo de desposarla por ser sensible en exceso. Imaginó cuántas ocasiones habría durante el matrimonio de molestar a tan hiperestésica alma. Además, la belleza de la princesa era escasa, más bien al príncipe le parecía una mujer muy fea.
Así, volvió sus ojos y su corazón a la princesa de un reino adyacente, cuya belleza se veía acompañada por la bondad de su corazón y su dulzura de carácter. Era una verdadera princesa en todo ello.
El guisante acabó en el museo, y allí sigue para que lo vean, si no se lo ha llevado nadie.
Niños, recordad que la búsqueda de la perfección a veces nos lleva demasiado lejos, y que hay virtudes suficientes y satisfactorias en lo que tenemos cerca.
¡Esta historia sí que es bonita!

Juan Delgado Sánchez
Grupo A


Talpa (de El Llano en llamas – Juan Rulfo)

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

*****

Dos meses hace de aquello, que han venido siendo como dos años que nos han servido para olvidarnos de Tanilo y de la madre de Natalia. Igualito que las golondrinas vienen y se vuelven a marchar, la vida tiene que seguir y al fin nosotros no hicimos nada malo, que el mismo Tanilo nos lo pidió cada mañana y cada atardecida, que lo lleváramos a Talpa de peregrinaje. Entre aquel amontonadero de gente, entre el polvo, las plegarias y las sufrideras que no abandonaban aquellos cuerpos adoloridos, lo empujamos hasta llegar donde la Virgen. Que no hicimos nada malo, solo nos juntamos por darnos consuelo y para aliviarle la soledad de sus piernas. Cada noche nos apretábamos hasta que el frío de la mañana enfriaba aquel ardor. Ahorita, ya de casi se nos va perdiendo la memoria de las llagas abiertas en el cuerpo de mi hermano Tanilo, el humor amarilloso de las supuraciones y sus lágrimas. Ya Natalia, su mujer, no recuerda como le lavaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan. Solo el olor se me viene a veces a la nariz. Tanilo es un fantasma que raramente viene a visitarnos a Natalia y a mí. La Virgen de Talpa hizo el milagro de que las pasadas penurias, las de la gente pobre como nosotros, se hayan desprendido de nuestras memorias. Vivimos acostumbrados, como el resto de este enjambre de desventurados que habita el Llano. Todo es simple y austero como los días de todos los días, solo estoy arrebujado por las ampollas moradas que me han brotado en brazos y piernas, dejando un olor conocida en nuestra cama.

Manuel Medarde
Grupo A


La sirena enamorada

La tarde camina hacia el ocaso,
el cielo se viste de un rosa intenso,
la arena dorada sobre la playa;
las montañas se alejan
por cimas de vacíos
se asoman los silencios,
ceden las olas, los minutos,
pero la mar y yo bien lo sabemos
que habitas en sus aguas.
Esperas a que llegue la noche
con tu cola de coral,
tu traje de escamas
y, tus labios sedientos.
Voy a tu encuentro, y , una ola enorme
me despierta del sueño.

P.G.
Grupo C


La perla
Final alternativo de “La perla” de John Steinbeek.
El entrecomillado y cursiva es del autor

"Kino resbalaba por la ladera silencioso como una sombra. Un pie desnudo avanzaba unas pulgadas hasta que los dedos se afianzaban en el escalón de piedra, luego descendía el otro pie, y la palma de la mano le seguía. Después la otra y al final el cuerpo entero, sin que pareciera haberse movido, estaba más abajo. Kino llevaba la boca abierta para que su respiración no fuera ruidosa, porque sabía que no era invisible."
Luego, se quedó quieto. Divisó a sus tres perseguidores. A su mente acudieron veloces imágenes: la picadura del escorpión de su pequeño Coyotito, su fiel compañera Juana, la inigualable perla que había encontrado, las luchas, la huida… Estaba muy próximo de los tres hombres que habían logrado seguir su rastro. Sólo uno se mantenía despierto aferrado a su rifle, tratando de escudriñar cualquier sonido o movimiento al amparo de la escasa luz que ofrecía la luna. A los oídos de Kino acudió la Canción del Mal. Todo su cuerpo se tensó, sujetó firmemente el cuchillo y saltó la escasa distancia que le separaba del rifle. La hoja del cuchillo penetró en la piel sorprendida por la rabia de Kino y todos sus ancestros de 400 años de dominación. El vigía no tuvo ninguna oportunidad, la sangre y la vida escaparon de su cuello. Un pequeño alarido rasgó la noche y se amortiguó al instante con los disparos del rifle. La persecución había acabado.
Kino reconoció en la lejanía el llanto de Coyotito, amortiguado por los abrazos amorosos de Juana. La Canción Familiar volvió a sonar y aumentó de volumen cuando tocó la Perla.

Ana María Calvo
Grupo C


La melancolía de Ulises

Tal le habló, creció en él un afán de gemir y lloraba apretando en su pecho a la esposa leal y entrañable.
Cual de grata se muestra la tierra a unos hombres que nadan, cuya nave rompió Poseidón en el mar, agredida por la fuerza del viento y el recio oleaje, y muy pocos a la costa escaparon a nado del agua grisácea con la piel recubierta de costra salina, y contentos en la tierra afirmaron el pie tras rehuir la desgracia, tal de dulce mostrábase a ella el esposo al mirarle sin poder desprender de su cuello los cándidos brazos.

Odisea, Canto XXIII

“Laértida, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides!
Tente y haz que termine esta lucha, este combate igualmente funesto para todos…”

Odisea, Canto XXIV

Mas Ulises, tras tanta sangre derramada, no encontró la ansiada paz junto a su leal esposa Penélope y su hijo Telémaco. A pesar de ser un rey justo y gran benefactor, amado por su pueblo, y, a pesar de que Palas Atenea, la de brillantes ojos de lechuza, siguiera protegiéndolo con la apariencia de su consejero Méntor, esta no pudo impedir que, con el tiempo, Ulises entrara en un profundo estado de melancolía que nadie, ni su fiel esposa, ni su amado hijo, pudieron aliviar. Y no era el mismo sentimiento de tristeza que sintió en su largo y peligroso periplo hasta llegar a Ítaca. No podían ser sus deseos de volver, sus ganas de estar con los suyos, de besar su tierra, de abrazar a su esposa e hijo. ¡Cuántos obstáculos tuvo que sortear para llegar por fin a su ansiada patria! ¡Cuántas lágrimas derramadas al estar tan lejos de su tierra! ¡Por cuántas penalidades había pasado para encontrar el camino de regreso a su hogar! No, no era eso. Él ya estaba en casa. Lo había conseguido. Pocos lo habían hecho.
Una nube espesa le cubría su ser, su visión, su paisaje. Todo lo enterraba la niebla y podría parecer que habitaba en el inframundo, un inframundo en el que pasaba de la desesperación a la ataraxia, un inframundo en el que se le aparecían todos sus amigos muertos en la batalla, a quienes no había podido ayudar. Y él, a quien nunca le habían abandonado la esperanza ni la fortaleza de espíritu, no encontraba la salida. La rutina de palacio le ahogaba. Su padre Laertes, que había sido un gran consuelo y le habría aconsejado bien, había muerto. Ni las visitas de otros señores de Ítaca, ni la caza, ni los banquetes, ni las fiestas con aedos y danza, conseguían sacarlo de su decaimiento, cada vez más visible. Las fuerzas le abandonaban. ¿Qué dios le ponía ahora a prueba ya en su vejez?
Ulises consultó al oráculo. Necesitaba saber cómo curarse de esa aflicción. Necesitaba recuperar la audacia y la alegría de ánimo. Pronto supo la razón de su abulia y apatía. Eran precisamente los veinte años de acción, viajes y aventuras lo que ahora añoraba, lo que le causaba esa gran nostalgia y desazón. La senda de la libertad que había vívido durante años. Una saeta se le clavaba en el pecho y le abatía cada día sabiendo que su edad le impediría emprender viajes como los del pasado.
La Pitia habló: "Oh, Ulises, hijo de Laertes, gran héroe de Troya, una manera hay de que seas por siempre el gran aventurero. Convoca a las musas. Ellas te darán la respuesta".
Así, Ulises, invocó a Clío, musa de la historia y de la memoria, a Calíope, musa de la poesía y de la épica, a Talía, musa de la comedia, a Polimnia, musa de la armonía, a Euterpe, musa de la música. A todas ellas invocó y agasajó. Ellas le darían el secreto de la escritura y el arte de los aedos, para poder repetir sus hazañas, que serían transmitidas por los siglos de los siglos. Ulises se empeñó en ese cometido con alegría y sabiendo que tendría la libertad de escribir sus gestas y adquiriría honor y fama. Ulises, que ya conocía la invención y había sido gran fabulador, se puso a la tarea de la escritura con gran afán y pericia. Las musas le bendijeron con la historia, con la memoria, con la poesía, con la comedia y la armonía, y escribió y escribió y escribió y no cejó hasta que una última Aurora llegó esparciendo su rocío sobre la tierra y, con ella, su viaje sin retorno.

Marisa Sánchez
Grupo C


David y Goliat

La historia comienza cuando nuestro protagonista, un niño , tiene que ir a otra ciudad porque a su padre le han trasladado de empresa,
Allí encuentra un colegio y unos compañeros que se ríen de él.
Se mofan, le tiran al suelo, le insultan sibilinamente para que los profesores no los pillen, hay un cabecilla y sus cobardes seguidores compinches que con sus bravuconadas se creen invencibles, y poderosos.
El niño no cuenta nada, pero tiene un sufrimiento terrible , solo aliviado cuando llega a su casa. Se siente a salvo con los suyos.
Hay muchos David y Goliat con diferentes disfraces en nuestras vidas, pero las historias no siempre acaban tan bien como en el contexto de nuestros bíblicos personajes.
El niño de nuestro relato cambió nuevamente de ciudad, y se acabó el acoso, pero otros niños posiblemente lo sufrirán en el mismo colegio y en la misma ciudad .

Basado en el cuento "El acoso a Marita"

Carmen Lazcano Urbieta
Grupo B


Guillermo Tell

Nos remontamos mucho tiempo atrás en un país europeo bajo la dominación de un imperio.
Imaginemos a súbditos y lacayos trabajando en tierras de unos señores poderosos a los que debían pleitesía y agradecimiento constante.
Como en toda historia hay un personaje que destaca por su valentía y por su fortaleza de espíritu inconformista, y ahí poner a prueba a los mandatarios que son valientes con el poder en la mano, y no soportan que nadie se subleve.
Guillermo Tell estaba harto de las injusticias, diestro con la ballesta realizaba su propia guerra y con sus hazañas épicas, llegó a oídos de su capataz su destreza , y éste buscó la manera de poner a prueba su valentía antes de ordenar matarlo, seguro de que no podría superar el mandato.
La historia, verdadera o falsa acabó con la muerte del alguacil y con la salvación del protagonista y su hijo.

Carmen Lazcano Urbieta
Grupo B


Soñemos

Todos conocemos el final de Fanny. Todos.
Ojalá hubiera sido distinto.
Vamos a jugar un juego, si? Qué le parece?
Vamos a jugar a que no conocemos su final y a imaginar un final distinto. A ensayar un desenlace diferente al que todos, tristemente conocemos.
Imaginemos que Fanny, en vez de abordar ese avión en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, para ir a buscar a su hermana menor a Roma, imaginemos que nunca lo hizo. Imaginemos que llegó tarde, que tuvo que esperar al siguiente vuelo y que nunca murió como murió, despedazada, calcinada, irreconocible. Que nunca su belleza se perdió en mil pedazos y que nunca hubo que ir a reconocer sus restos sobre una fría mesa de metal, para luego, luego enviar lo que quedó de ella hasta México y, entonces, poderla enterrar y llorar.
Soñemos.
Atreviendo nos a soñar, pensemos en una Fanny que envejeció como envejeció mi madre, y su hermana Blanquita, y la misma Antonieta. Pensemos en ella, llena de canas, tomando rompope en aquellas plácidas tardes de café, de galletitas y rompope, entre rosas, bugambilias y porcelanas de Lladró. Soñemos que un día, se atrevió como Irma, nuestra tigresa, a soltarle un zarpazo a su siniestro amante y librarse de él y de su yugo, librarse del poder que sobre ella ejercía. Imaginemos una Fanny libre y valiente.
Imaginemos.
Bueno, ya sé que los finales felices rara vez existen. Ya sé que a veces, soñar no vale para mucho.
Sí, todos conocemos el final y no hay más.
Fanny terminó aquel invierno de 1983, partida en mil pedacitos en mitad de una pista del aeropuerto de Madrid. Sus restos volaron hasta México, donde los recibió la familia, rodeada de periodistas y curiosos. Su amante, Luis Echeverría no hizo acto alguno de presencia, ni declaración ante la prensa, vaya, ni siquiera llamó para dar el pésame a los deudos. Si la lloró o la extrañó, fue a solas y en silencio.
Es lo que hay. Pero, soñar siempre vale, no cree usted?

Esperanza García
Grupo A


Adán y Eva

Adán paseaba por el inmenso Jardín del Edén, “El Paraíso”, entre árboles, parterres y fuentes, absorto en sus pensamientos: ¿sería verdad que los filósofos aclararían algún día la razón por la cual Dios les había prohibido comer de la fruta que daba aquel cerezo tan delicado: cerezas rojas y tentadoras? ¿Estaba bien; estaba mal?
De pronto, al doblar un recodo del sendero, apareció un zorro que le dijo sin rodeos:
- Adán, lleváis muchísimo tiempo en este Jardín del Edén y aún no habéis probado las cerezas del árbol que Dios os prohibió.
- Estamos bien así. Eva y yo somos felices, no nos falta nada; es realmente un paraíso – le respondió Adán.
El zorro sacudió su cabeza con contrariedad: - Tenéis que salir de vuestra zona de confort; experimentar nuevos retos y aventuras. Si coméis unas cerezas ni siquiera Dios os podrá desahuciar nunca; ningún Dios podrá cambiar este destino onírico del que disfrutáis, y podréis probar nuevas experiencias, incluso espaciales. Eso sí, -añadió el zorro- tenéis que comer cerezas los dos, Eva y tú. Tendrás que convencerla.
Adán siguió su paseo, al llegar a la mansión que ocupaban, llamó a Eva y le dijo:
- ¿Por qué no nos decidimos y probamos las cerezas del árbol que Dios nos ha prohibido? Me ha dicho el zorro que, además de este bello jardín, tendremos nuevas aventuras y andanzas, y nadie, ni los dioses, nos podrán quitar “El Paraíso”.
Eva lo miró de arriba abajo y con media sonrisa, le contestó, - ¿Otra vez con lo mismo? ¿Eres tonto, o lo parece? ¿No ves que es Dios quien ha mandado ese zorro para lograr que comamos las cerezas del árbol prohibido? ¿No te das cuenta de que es una trampa? Sólo quiere tener la excusa para echarnos del Paraíso y que se nos acabe esta vida lujuriosa, de la que parece que te aburres. - Adán, definitivamente, no.
Siguieron para siempre en el Edén: las mujeres no parieron los hijos con dolor, no se sometieron al marido; tampoco fue necesario ganar el pan con el sudor de la frente.

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


Abiertos a la vida

El único lugar que había conocido era una pequeña charca, sus alrededores, su familia y pocos más. Con el rechazo de los suyos, sólo por ser diferente, sentía que ya nada la retenia alli.
La patita muy triste, desalentada, sin ganas de vivir, insegura, fue alejándose poco a poco y adentrándose en lo desconocido.
Siempre fue muy observadora. Sus ojos al principio temerosos, se fueron abriendo cada vez más. Descubriendo nuevas charcas, árboles, ríos y todo tipo de animales, etc. Se fijó que todos eran diferentes, que se esforzaban en cada momento por sobrevivir. Los había solitarios como ella, en familia y en grupos grandes. Esto le hacía recordar su dolor, su soledad y las razones por las que se había alejado de su entorno familiar. Al descubrir este amplio mundo, empezó a sentirse aventurera. Se daba cuenta de lo que se habría perdido quedándose con su familia. Pero el apego todavía estaba en ella. Comprendió que sin juicios, sin desprecios y su mente en constante sorpresa y aprendizaje, cada día se sentía más fuerte y disfrutona. Aunque tenía que estar alerta por si surgía algún peligro.
Con la curiosidad de verlo todo por primera vez, sus patas y alas se desarrollaron tanto que parecía mucho más mayor. Cuando algo despertaba sus traumas pasados, revivía ese dolor que tenía grabado en su mente como con hierro candente. Esta extrema experiencia, de sobrevivir con sobresaltos, de observar el comportamiento de todas las especies que nunca hubiera imaginado que existían y de disfrutar de la belleza por doquier, poco a poco, fueron sacando fuera su tristeza.
Fue consciente de que la vida tiene inmensas formas de manifestarse, sobre todo, de que no podía creer lo que veía: un gusano se arrastraba, comía hojas, rompió su coraza y se transformó en una mariposa de colores brillantes. Impresionante, y encima volaba.
Esto le hizo pensar en sí misma, cuando salió de su charca cabizbaja y sin ganas de vivir. Apenas daba pasos y mucho menos volar. Pero paso a paso, todas las experiencias dolorosas y bellas le habían transformado en un ser valiente, fuerte, sensible, alegre y segura de sí misma. Cuando se miraba en las aguas remansadas se gustaba, se sentía feliz y orgullosa de que ella sola hubiera llegado tan lejos. Ahora sabe que nunca dejará que llenen su cabeza de malos pensamientos. Ya se conoce muy bien.
En unos de sus largos vuelos le deslumbró una luz muy intensa, brillante, que no tenía fin. Era el reflejo del sol en un lago enorme que parecía el mar. Fue percibiendo un ruido ensordecedor y extraño. Acercándose oyó una atronadora algarabía y un olor intenso a excremento de aves. Una nube rosa, cambiante, viva, se movía bruscamente de un lado a otro y de arriba a abajo. Eran miles de flamencos, algunas grullas y patos disfrutando de este paraíso, hasta volver a migrar a climas más templados. Nunca había visto tantas aves juntas, tan ruidosas y tan diferentes entre sí. Había mucha competencia y brusquedad defendiendo su territorio y comida.
Con el tiempo conoció a un pato. Para llamar su atención realizaba acrobacias arriesgadas y graciosas. Traía la comida más exquisita para compartirla con ella. Él también era un sobreviviente. Como ella, también tenía cicatrices en el alma. Eso no impidió que fuera bondadoso, educado, sencillo, alegre y deseoso de aventuras. Los dos se estuvieron observando y vieron que tenían muchas cosas en común. Él valoró su valentía, seguridad, alegría y lo aventurera que era. Quiso acompañarla por los confines de la tierra aceptando sus pequeñas diferencias, disfrutando de todo y abiertos a la vida.

Oliva S.
Grupo B

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