Leer nos da sueños

Entré de puntillas en la sala de Fondo Local. Los participantes en el taller dormían profundamente recostados en sus sillas. Unos con el cuerpo en un extraño escorzo, rendidos a un lado u otro del reposabrazos. Otros con la cabeza suspendida hacia atrás y los ojos cerrados clavados en el artesonado del techo. Dos o tres derramados sobre la mesa con los brazos como almohada. Y uno con la mejilla acolchada sobre un hombro ajeno. Sintonicé unos breves ronquidos. El silencio era abisal. Di unas palmadas y todos se despertaron sobresaltados. Cuando despertaron el dinosaurio todavía estaba allí.




Esta semana dedicamos la sesión del taller de escritura creativa al sueño. El título lo tomamos prestado del lema que la Asociación La SAL eligió este año para su VI Salón del Libro Infantil y Juvenil: "Leer nos da sueños" que se celebra en la ciudad hasta mediados de enero.
Si quieres descargar la guía de lectura que han elaborado para niños y jóvenes sobre este tema puedes hacerlo en este enlace. Es muy recomendable.

El sueño es uno de los grandes temas del arte y la literatura. Libros como Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll o la Metamorfosis de Franz Kafka tienen sus punto de partida y su sentido en el sueño. Hablamos de los diferentes tipos de sueño, si soñamos en color o en blanco y negro, si llegamos a la fase REM o nuestros sueños son más superficiales, si alguna vez hemos anotado algún sueño completo o alguna idea sobre la que articular un texto. 
Iniciamos nuestro repaso a la ficha de lectura con un poema de los "Antisalmos del que se acuesta", una serie de textos nadaístas que son parte del libro Antisalmos de Francisco Pino. En ellos el nuevo lenguaje que recrea el poeta sugiere la deformación fonética de las palabras en el transcurso del bostezo. La forma aquí responde a lo que señalaba Vicente Huidobro: "La forma debe surgir de la idea". Para la lectura y comprensión de estos poemas el autor ofrece una clave que nos ayuda a codificarlos. 
También hablamos de La sueñera de Ana María Shúa, un libro de microrrelatos que transita lo onírico, lo absurdo, lo fantástico. Dejamos aquí dos píldoras para abrir boca:

1.
Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?

6
En la selva del insomnio no es necesario internarse. Crece a mi alrededor. No hay bestias más feroces que los grillos. En un claro, creo divisar el sueño. Me acerco lentamente, acallando, para no despertarlo, el rumor de mis pasos. Sin embargo, cuando recojo la red, está vacía. Para volver a encontrar la pista tengo muchos recursos: enumerar los árboles del bosque, olvidarlos, concentrarme en el curso de las aguas de un río, tomar café con leche (varias tazas), recordar hacia atrás o hacia adelante. Entretanto, por un momento, me distraigo, y el sueño se arroja sobre mí. Me duermo tan feliz que no recuerdo ya quién era el cazador y quién la presa.

No podía faltar en este breve catálogo de libros sobre el sueño Murdo. El libro de los sueños de Alex Cousseau y Éva Offredo publicado por Librooks. También ofrecemos aquí varios ejemplos de lo que sueña este entrañable yeti:

4.
Siempre he soñado con pasar el invierno
en un árbol. No dentro, sino debajo.
Siempre he soñado con excavar una
madriguera en el bosque.
Con un techo de raíces.
Sería mi refugio.
Pondría una mesita de centro
y unos taburetes para mis amigos
King y Kong.
Y no me olvidaría de las velas.
Velas muy pequeñitas,
para ver bien sin deslumbrar
a las raíces. También me llevaría
lo necesario para pintar, algunos libros,
juguetes y algo de comer.
Siempre he soñado con mordisquear
un trozo de chocolate bajo tierra,
escuchando cómo cae la nieve.

5.
Siempre he soñado con tejer un jersey con las palabras de un poema.
Cada palabra sería un trozo de lana.
Un ovillo de palabras para mantenerse caliente.
Sería un poema con palabras muy sencillas.
Y, de vez en cuando, algunas más misteriosas. Palabras que pican.
Otras que no te dejan cerrar los ojos.
Sería un poema para ponerme justo antes de la noche.
Un poema que ya no me quitaría, mientras miro pasar las estrellas.
Podría ser un poema de amor, y entonces seríamos dos
los que nos meteríamos en él.
Siempre he soñado con compartir un jersey con alguien.

Otro libro que ocupó nuestros comentarios fue "El sueño dentro del sueño y otros poemas" de Ana Blandiana publicado en edición bilingüe por Visor. Puedes leer aquí algunos poemas, además del que te ofrecemos con el agua recién cambiada. Se titula "Un vaso con margaritas silvestres":

Un vaso con margaritas silvestres
Sobre la mesa blanca
En la que escribo
Más libre de lo que soy;
Alrededor,
Un seductor olor a heno
Que conduce al sueño
Del que quizás gotee
Una palabra;
Dulce cielo en el ocaso,
Tan dulce como los rebaños
Que regresaban antaño.
Amor por todo lo que fue,
Por todo lo que va a desaparecer,
Amor sin sentido,
Amor sin límites…
La sombra de los álamos,
Rejas cercando el campo,
Margaritas silvestres
En un vaso.

Y nos recreamos, por último, en Los sueños de Helena de Eduardo Galeano, un libro magníficamente editado por "Libros del zorro rojo" e ilustrado por Isidro Ferrer. Dice el autor en el prólogo: «Helena me humilla cada mañana, a la hora del desayuno, contándome sus sueños prodigiosos. Ella entra en la noche como en un cine, y cada noche un sueño nuevo la espera. Mientras ella cuenta, yo bebo mi café en silencio. Más me vale callar. Los pocos sueños míos que consigo recordar son de una bochornosa estupidez. Para vengarme, escribo los sueños que ella vuela.». Cerramos esta entrada y echamos la trapa a los sueños con dos muestras de dicho libro:

El país de los sueños
Era un inmenso campamento al aire libre.
De las galeras de los magos brotaban lechugas cantoras y ajíes luminosos y por todas partes había gente ofreciendo sueños en canje. Había quien quería cambiar un sueño de viajes por un sueño de amores, y había quien ofrecía un sueño para reír en trueque por un sueño para llorar un llanto bien gustoso.
Un señor andaba por ahí buscando los pedacitos de su sueño, desbaratado por alguien que se lo había llevado por delante: el doliente iba recogiendo los pedacitos, y los pegaba, y con ellos intentaba hacer un estandarte de colores que era bastante mamarracho.
El aguatero de los sueños llevaba agua a quienes sentían sed mientras dormían. Llevaba el agua a la espalda, en una vasija, y la brindaba en altas copas.
Sobre una torre había una mujer, de túnica blanca, peinándose la cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueños, con todos sus personajes, sueños que salían del pelo y se iban al aire.

Te pido que me sueñes
Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados.
Helena no podía soñarlos a todos, no había caso, no había manera. 
Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:
-Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.  
También hacían la cola unos cuantos sueños nuevos jamás soñados, pero entre ellos Helena reconocía al intruso de siempre, ese bobo, ese pesado, y a otros sueños que decían ser nuevos pero eran viejos conocidos de sus noches de volanderías y navegaciones.


Propuesta de escritura

Tomamos como referencia el poema "Sueños" de Nicanor Parra para elegir como título un verso y desarrollarlo en el cuerpo del texto.

Sueño con una mesa y una silla
Sueño que me doy vuelta en automóvil
Sueño que estoy filmando una película
Sueño con una bomba de bencina
Sueño que soy un turista de lujo
Sueño que estoy colgando de una cruz
Sueño que estoy comiendo pejerreyes
Sueño que voy atravesando un puente
Sueño con un aviso luminoso
Sueño con una dama de bigotes
Sueño que voy bajando una escalera
Sueño que le doy cuerda a una vitrola
Sueño que se me rompen los anteojos
Sueño que estoy haciendo un ataúd
Sueño con el sistema planetario
Sueño con una hoja de afeitar
Sueño que estoy luchando con un perro
Sueño que estoy matando una serpiente
Sueño con pajarillos voladores
Sueño que voy arrastrando un cadáver
Sueño que me condenan a la horca
Sueño con el diluvio universal
Sueño que soy una mata de cardo.
Sueño también que se me cae el pelo.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;



Sueño que arrastro un cadáver

Sueño que arrastro un cadáver. Está envuelto en una manta de felpa. La calzada está empedrada. Por el reflejo del pavimento intuyo que ha llovido, pero no lo recuerdo. Es de noche. Miro hacia los lados. No veo a nadie. El corazón se agita. Agarro los pies con ambas manos y tiro con fuerza. No se mueve, parece que está anclado al adoquinado. La angustia se apodera de mi ser mientras examino los alrededores. Nadie. No tardará en aparecer alguien. Intento desplazarlo suavemente. Se mueve. Una sensación extraña me inunda. Es vértigo. El cuerpo sigue anclado a la calzada. Es la ciudad la que se mueve. Aprecio cómo se desplazan los edificios a través del rabillo del ojo. Respiro agitado. Tiro con fuerza del cadáver. No se mueve. Inspiro hondo. Arrastro suave y de nuevo las edificaciones, los árboles, las farolas avanzan, pero el adoquinado no cambia.
Llego a un cruce de calles. Tengo que actuar con rapidez. Estoy expuesto. Me siento observado. Intento relajarme. Lo remolco hacia una zona de arboleda al sur, pero, me adentro en el corazón de la ciudad. Paro y reflexiono. Tengo que cambiar de sentido. Suavemente lo agarro y me dirijo hacia lo más bullicioso de la ciudad. En un parpadeo estoy a las afueras.
La zona está oscura. Conecto la linterna del teléfono móvil. Se hace de día de repente. Me asusto. Me van a descubrir. Apago el foco de luz. La noche vuelve. Mi corazón cabalga al galope. Oigo unas voces. Parece un grupo de estudiantes. Me agacho para que no me vean. El griterío se acerca. Caminan en mi dirección. Me va a dar un ataque de pánico. Se me ocurre una idea descabellada. Me levanto y agito los brazos. Suenan sirenas. Los jóvenes se alejan persiguiendo el sonido.
Pero ¿quién es este cadáver? ¿Por qué me siento responsable? No tengo recuerdos. No se aprecian signos de violencia, no entiendo qué ha pasado. ¿Lo he matado yo? ¿Cómo? ¿Cuándo? Me acerco, despejo la manta. Es un hombre corpulento. Viste unos pantalones vaqueros y una sudadera de color negro. Tiene una marca en la barbilla. Esa marca me resulta familiar. No puede ser.
Despierto agitado. Era una pesadilla. Una sensación de ridículo me inunda. Era una estúpida pesadilla. Intento alcanzar el teléfono móvil para ver qué hora es. No puedo moverme. El colchón está muy duro. Es irregular. Siento la espalda mojada. De repente, alguien me agarra por los pies e intenta arrastrarme. Con desesperación me agarro como puedo al firme.

Max Ferlam
Grupo B


Sueño que soy una mata de cardo

Sueño que soy una mata de cardo
en monte castellano crezco erguido
donde no asoma el mundano ruido,
la brisa huelo, la quietud amaso.

En este reino de Morfeo, soy quien quiero,
rudo es mi abrigo, seguro me siento.
Si respeto no traes, mis pinchos te ofrezco.
Sin forzadas sonrisas, en mudo silencio.

El momento saboreo, el despertar retraso,
mullidos abejorros aleteando disfruto,
que mi malva corona cortejan
y con sinfonías de mariposas disputan.

En la mañana cristalina más musas atraigo,
maduras granas despuntan mientras me peinan
y con dulces melodías saldan cuentas,
qué bellos jilgueros, cómo me embelesan.

Retumba el horizonte,
chirría el grillo
el reino de la vigilia me arrastra.
Me aferro. Irme no quiero.

Suelto todas mis anclas,
pero no hay manera.
Yo quiero ser una mata de cardo,
que hasta muerto permanezco altivo.

Max Ferlam
Grupo B


Sueño

Sueño con pajarillos voladores. Yo voy con ellos, volando también. Hacemos carreras y cabriolas sobre un precioso campo verde, y río feliz mientras el viento me alborota el pelo y el alma. De pronto ¡tac! Noto un golpe en la cabeza. Me giro, más extrañado que dolorido, pero solo veo a mis pajarillos, revoloteando a mi alrededor. Uno de ellos se acerca jovial pero, sin previo aviso, ¡tac! me suelta otro picotazo, ¿A qué ha venido eso? Empiezo a alejarme lentamente de la bandada, receloso, pero me siguen y, cada poco rato ¡tac! picotazo. El ritmo empieza a incrementar ¡tac! ¡tac! ¡tac! Trato de huir, pero el aire se ha vuelto denso y apenas puedo avanzar. La bandada me rodea, picoteándome ya de manera totalmente desquiciada ¡tactactactactac! Sobrepasado, pierdo el equilibrio y empiezo a caer (¿tan alto estaba?), más y más rápido, hasta que llega el impacto… que es sorprendentemente mullido. Estoy en mi cama. Era un sueño. De pronto ¡tac! Me incorporo sobresaltado para descubrir a mi hermano mayor estirando el brazo desde su cama, dándome con la zapatilla porque estoy -según él- “respirando fuerte”.
Me vuelvo a dormir. Sueño que voy arrastrando un cadáver. Se parece bastante a mi hermano.

Alfonso Jiménez
Grupo B


Soñar

Soñé que construía un ataúd con mis manos,
de madera Palo Rosa,
forrado en su interior con seda blanca.
Mientras lo hacía pensaba en ti,
para darle forma y cuidado a tu ausencia.
Tú te sentabas sonriente en el centro,
como si de una canoa se tratase,
sereno, mirándome sin prisa.
Cada tabla era un recuerdo compartido,
cada clavo una palabra que no supe decir a tiempo,
y que ahora alarga el silencio entre nosotros.
Me pongo mi mejor traje de noche
y me preparo para compartir contigo el viaje.
Remaremos juntos, hacia la otra orilla,
donde el dolor ya no pesa
y la memoria no duele.
Al despertar comprendo
que no te estoy despidiendo,
que sigo aprendiendo a vivir con el espacio que dejaste.
El lugar de mis sueños,
aún permite encontrarnos.
Espérame, Amor,
la cita es cada noche.

E.R.A
Grupo B


Sueño con un aviso luminoso

Una gran flecha de neón
me señala el camino:
cambio de sentido, salida
a la realidad.
Sonámbulo, giro el volante firmemente
hacia el otro lado,
pero el coche me ignora
y sigue la dirección de la flecha.
Estará dormido, pienso,
debe de ser una IA defectuosa,
quizá sueña que es libre.
Yo le grito desaforado, le digo que pare,
doy golpes al volante como si estuviera poseído
por una pesadilla,
grito:
cuando me pase por el concesionario
me van a oír, no pienso pagar
ninguna letra más.
Mientras, el coche autónomo sigue por una carretera
en medio de un bosque cerrado y tenebroso.
En una curva, inesperadamente,
aparece una mujer desnuda haciendo gestos con las manos,
la reconozco, es la mujer de mi vida,
y me está diciendo adiós.
Ahora toca la travesía del desierto,
el coche circula por caminos de tierra,
no hay nada en un horizonte inalcanzable
que me rodea con su cola de escorpión,
aquí y allá alguna planta suculenta,
verde,
con sus depósitos de agua y gasolina sin plomo,
95 octanos.
El cielo es el límite del viaje,
debe de ser que la máquina es ecológica
y funciona con energía solar.
El aviso luminoso, ahora,
señala el área de servicio; gasolinera,
restaurante y un gigantesco toro negro,
como una enorme postal de carretera.
Ya he visto mucho mundo, pienso,
vamos a tomarnos un descanso,
el poema está escrito, me digo,
y cierro los ojos con fuerza, para despertarme.
Pero el coche inteligente
me sigue soñando,
y está claro que no se dirige
al concesionario,
-quizá a la materia oscura-,
porque no quiere que rellene
ninguna hoja de reclamación.
Sin duda, tiene miedo a morir.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Sueños

Era una tarde de domingo
puedo decirte, por ejemplo, que ayer soñé contigo.
Íbamos alegres caminando de la mano;
era una tarde blanca y azul, alegre de verano.
La brisa, de un mar caprichoso, jugaba con tu pelo,
yo, en la comisura de tus labios con mis dedos.
Un golpe de mar nos sorprendió de lejos,
empapados de amor y sal, nos despertó del sueño.

P.G.
Grupo C


Sueño que voy bajando una escalera

No puedo recordar cuándo la subí. Pienso que todo lo que baja, es porque antes ha subido, ¿O es que todo lo que sube baja?.. No lo tengo claro.
¿Por qué demonios no hay barandilla? No sé cómo voy a seguir bajando. No me fío. Esto es peligroso. Un tropezón y ¡ adiós para siempre!
Quiero parar y no puedo. Mi cabeza me dice que suba, que esta escalera no lleva a ninguna parte, pero mis pies no me obedecen y siguen bajando. He perdido el control sobre mis pies. ¡Hala, lo que faltaba!
En un último intento, a la desesperada, me tiro de la cama:¡CATAPÚM!
Me enredo con el nórdico.Por lo menos he caido en blando.Por fín me despierto: Estoy a salvo.
Decididamente prefiero soñar con pajaritos voladores y si son de colores, mucho mejor.

M.L. Fidalgo
Grupo C

Espiral

Sueño que estoy bajando una escalera,
pero no encuentro el último escalón,
de vez en cuando doy un tropezón
que provoca que cruja la madera.

Y no me importa nada lo de fuera,
solo debo seguir la dirección
sin perder ni un minuto la atención
de esta absurda e insólita carrera.

Sé que solo es un sueño que me agobia,
que me llena de dudas la cabeza
y me deja una huella misteriosa.

Pues siento en mi interior la claustrofobia
de estar buscando a tientas la certeza
que me aligere el peso de esta losa.

Aurora Zarco
Grupo B


El sueño de la mesa y la silla

La niebla espesa y silenciosa lo cubría todo, en ese ambiente frío y húmedo me vi inmersa en la última matanza familiar, un ritual que era trabajo ,celebración, alegría y cansancio.
Mi abuela que era una matriarca al uso, estaba sentada en la única silla que había y mis primas y yo en los tajos de tres patas a los costados de la mesa choricera, testigo de todas las matanzas familiares durante muchos años que se convertía en la protagonista del evento. Allí se colocaron las tripas lavadas, la carne adobada picada y se hacían los chorizos, y nosotras los estábamos atando para luego colgarlos a curar. El humo, el olor, las voces, los cánticos, las risas, los chascarrillos, todo era parte de un jolgorio que parecía eterno.
Pero de repente, como ocurre en los sueños, las escenas se deshicieron en la niebla. Ya no había carne ni cuchillos, ni risas alrededor de la mesa. Me vi discutiendo con mis primas, con una vehemencia que me sorprendía. No peleábamos por la carne ni por los chorizos, sino por la herencia de la mesa y la silla. Aquellos objetos, tan sencillos y gastados, se habían convertido en símbolos de pertenencia, de memoria, de raíz.
Las discusiones eran tremendas, como si en ellas se jugara algo más que un mueble: se jugaba la continuidad de la infancia, la posesión de un recuerdo. Al final, incapaces de ponernos de acuerdo, decidimos echarlo a suertes. El azar, frío y cruel, me dejó sin la mesa y sin la silla.
Sentí entonces una pena inmensa, como si me arrancaran un pedazo de mi historia. La niebla se cerró aún más, y el frío me devolvió al presente. Desperté con el corazón encogido, sabiendo que aquel sueño no era solo un sueño: era la nostalgia disfrazada de disputa, la memoria reclamando su lugar en el tiempo.

Áfrika Gómez G.
Grupo A


Sueño con una hoja de afeitar

Hubo un tiempo
que luchaba por llegar a la meta.
Hoy, que no puedo volver
al punto de partida,
y ha sido tanto lo vivido,
solo me quedan los sueños
repartidos en noches desquiciadas,
desayunos llenos de resaca,
el sol a través de la ventana,
como una invitación a la esperanza
de un día envuelto en soledad.
sueño con puentes colgantes,
con áticos de edificios enormes,
desde donde puedo ver el mar.
Sueño con bañeras llenas de agua tibia,
donde sumerjo mi tristeza.
Sueño con una hoja de afeitar.

P.G.
Grupo C


Sueño con el diluvio universal

Noé, es considerado como el primer meteorólogo universal, ya que un año antes de que se produjera el famoso diluvio, se puso a construir un arca, donde poder cobijar una pareja de animales de cada especie.

Luis Iglesias
Grupo B


El diluvio universal

Camino por la calle y no para de llover. No llevo paraguas. No hace frío y el contacto con la lluvia me resulta agradable. Continúa lloviendo y no me he cruzado con nadie. La situación deja de ser grata y cada vez resulta menos satisfactoria. Camino sin saber hacia dónde, pues casi no se ve debido al espesor de la lluvia y que al caer en la cara empaña mis ojos. Continuó caminando completamente empapado. Terminan las calles, se acaba la ciudad y salgo a campo abierto. Cada vez llueve con más intensidad y me voy sintiendo molesto, incómodo, desapacible, hasta llegar a sentirme enojado. Me hago un sinfín de preguntas y de reproches, pero no llegó a saber cómo empezó todo. Cuando más ensimismado estaba, descubrí a lo cerca, (pues con tanta intensidad de lluvia no se podía ver a lo lejos) una puerta de grandes dimensiones que traspasé, y por lo menos en el interior ya no llovía.
Olía raro y hacía calorcito. Caminé a tientas y me recosté entre pajas. Había mantas con las que pude secarme y taparme y me quedé dormido. Para dormir utilicé la técnica de subir escaleras con la inspiración, bajar escaleras con la espiración y sentarme un instante antes de comenzar a subir inspirando.
Me despertaron unos ruidos que identifiqué como rugidos de grandes felinos.
Me sacaron a empujones dos jóvenes que decían ser hijos de un tal Noé. Me subieron a cubierta y me arrojaron por la borda, murmurando entre ellos que aquel lugar no era para mí, que yo no había sido ninguno de los “elegidos”.
Al caer al agua que lo cubría todo, ya no había tierra, con el golpe me desperté. Esta vez sí me desperté y me alegré de que todo hubiese sido un sueño.

José Luis Fonseca
Grupo A


La noche tenía colmillos

Primero era un crujido de ramas secas, lento y deliberado, proveniente de los arbustos que bordeaban el camino de entrada. Me levanté, sintiendo esa pesadez típica de los sueños en los que tus piernas parecen hechas de plomo y cada movimiento requiere un esfuerzo titánico. Entorné los ojos hacia la oscuridad.
De las sombras emergió una silueta. Al principio pensé que era un lobo, por el tamaño, pero al acercarse a la franja de luz del porche vi que era un perro, pero no un perro cualquiera. Era una bestia inmensa, un mestizo de pelaje apelmazado, sucio, lleno de cicatrices y calvas en la piel. Sus ojos no reflejaban la luz; eran dos pozos negros fijos en mí.
—¡Vete! —intenté gritar, pero mi voz salió ahogada, como un susurro rasposo. El animal no ladró; simplemente tensó los músculos y, con una velocidad antinatural, se abalanzó sobre mí.
El impacto fue brutal. Sentí el golpe de su pecho contra el mío, un choque seco que me sacó el aire de los pulmones y me derribó de espaldas contra la madera del suelo. El dolor fue vívido, demasiado real para un sueño. Sentí las astillas del suelo clavándose en mis codos.
La pelea fue sucia y desesperada. El perro estaba encima de mí, una masa de músculo caliente y olor a podredumbre y tierra mojada. Pude sentir su aliento rancio golpeándome la cara mientras sus fauces buscaban mi garganta. Por instinto levanté el antebrazo izquierdo justo a tiempo.
Sentí la presión de su boca cerrándose sobre mi brazo. No sentí dolor agudo, sino una presión inmensa, como si una prensa hidráulica me estuviera triturando el hueso. En el sueño, el pánico se mezcló con una furia primitiva. No era miedo a morir; era una necesidad violenta de sobrevivir en mi propia casa.
Con la mano derecha libre, busqué a tientas algo, lo que fuera. Mis dedos rozaron una piedra suelta del borde del porche. La agarré con fuerza, sintiendo sus aristas frías y cortantes. Comencé a golpear, varios golpes sobre el animal. El perro gruñó con un sonido gutural que vibró en mi propio pecho, pero no me soltó.
Al contrario, sacudió la cabeza con violencia, tirando de mi brazo atrapado y arrastrándome unos centímetros por el suelo. Sentí como si mi hombro se dislocara con un chasquido repugnante.
—¡Suéltame! —grité, esta vez con voz clara, rompiendo la mudez del sueño. Me impulsé con las piernas, pateando frenéticamente contra su vientre. Sentía sus costillas bajo mis botas, duras y rígidas. En un momento de lucidez, dejé de golpear el pecho y con la piedra le di varias veces en el hocico.
El impacto fue certero. El perro aulló con un sonido agudo y humano que me heló la sangre y aflojó la mandíbula. Aproveché esos segundos de libertad para arrastrarme hacia atrás y poder liberarme del todo de él.
El perro se recuperó de mis golpes y al fin salió corriendo hacia el descampado. En ese instante fue cuando me desperté. Me reincorporé en mi cama poco a poco y tomé una bocanada de aire, ahogado. Estaba en mi cama, en mi casa, con las sábanas empapadas del sudor de este terrible sueño, de una pelea tan dantesca con un animal al que siempre he tenido mucho cariño.

Fernando Nieto
Grupo A


Sueño que estoy comiendo pejerreyes

¡Qué lata! Llevo varios días que ando como un zombi. Ayer dormí tres horas, no más. Y hoy se presenta otra noche horrorosa, pues no consigo conciliar el sueño. La doctora me recomendó que tratara de relajarme, no te achaquís por eso -me dijo; en esas situaciones tenés que hacer una respiración más profunda e imaginar lugares tranquilos y apacibles, ¿cachai? Me concentro con todos mis sentidos en ello, mi cerebro empieza a viajar a mi infancia en Chile junto al mar… Sí, me parece que ya lo estoy consiguiendo… Amanece un día luminoso, espléndido, con un sol radiante que se aleja del horizonte, cuyos rayos alcanzan desde primera hora a los acantilados rocosos donde estoy en pie. Frente a las vastas aguas que baten sus espumas, contemplo el mar que se abre ante mí. Solo se oyen los graznidos de las gaviotas argénteas. Veo las comisuras de mi amarillo pico y extiendo mis alas para secar mi negro plumaje en el tibio ambiente del día que comienza. Miro a un lado y otro y descubro las miradas verdes de otros cormoranes. Decido remontar el río Chiloé en busca de comida. Bato las alas enérgicamente y me elevo a ras del agua, voy remontando con facilidad el curso del río. Sueño que vuelo, es cachán, me invade una sensación de placidez. Descubro varias barcas de pescadores y algunas garzas reales en las orillas. Voy surcando el aire sin apenas esfuerzo, no me canso, y me asusto deslumbrado por el brillo azul metálico de un martín pescador que cruza delante de mi sombra. ¡Vaya huevón, casi se choca! Me poso en un viejo tronco que asoma en el río para reponer fuerzas. Desde lo alto de esta atalaya diviso un plateado banco de peces con los que llenar el buche. Nadan sincronizadamente y me lanzo a por ellos propulsado por mis palmeadas patas. Sueño que buceo y puedo comer hasta tener la guata llena. Son matungos, mis favoritos, por fin puedo hartarme de ellos. Sueño que estoy comiendo pejerreyes.

Jesús García Espinosa
Grupo A


Sueño que voy atravesando un puente

Todavía me hundía en la somnolencia, en aquel despertar denso y viscoso del que, más que haber dormido, regresa de una vida pasada para reencarnarse en un cuerpo que no es el suyo. Atrapada en la rugosidad cálida y envolvente de las sábanas, aún me resonaba el recuerdo de aquel amasijo de hierros oxidados, coches aplastados y restos de camiones, un humo denso que envuelve este paisaje de catástrofe y destrucción. Alzo mi cuerpo para mirar por la ventana y comprobar, con alivio, que el puente sigue ahí, imponente, con su incesante ir y venir de vehículos.
José viene hasta mí para rozarme la frente con sus labios. Apenas noto el olor de la taza de café humeante que me trae ni veo la sonrisa que ilumina su cara. -Buenos días, dormilona. Yo me tengo que marchar, ya llego tarde- Súbitamente, su sonrisa se desvanece. Me mira inquieto. – Otra vez esa horrible pesadilla, ¿verdad?- Sí, pero esta vez era tan real. Por favor, no vayas, quédate aquí conmigo. No quiero perderte así. - Mi voz es un susurro inaudible que se pierde en el aire mientras él sale de la habitación.
Observo atentamente a través del cristal. Sí es hermoso este puente. Los coches parecen una riada multicolor que muta en ambos sentidos. La niebla matutina se enreda con las columnas y los pilares creando un efecto óptico de sombra gris que se entreteje a sí misma. El movimiento da paso al temblor, apenas imperceptible al principio pero evidente al cabo de unos segundos. También el sonido es diferente. Ya no son simplemente chillidos de claxon y ronroneo del girar de ruedas. Hay un tono distinto que crece, un enano que se transforma en gigante según avanzan los segundos. Ese ruido, ese temblor. Ya los conozco. Son demasiado familiares para mí. Demasiadas noches me han acompañado; los noto perfectamente cada vez que cierro los ojos y caigo rendida al sueño.
Un temor atraviesa mi cerebro. José estará ahora mismo en su Audi gris oscuro esperando el semáforo para atravesar el puente. Como un vendaval corro a toda velocidad. Me pongo de ropa lo primero que encuentro. Cuando salgo a la calle todavía estoy abrochándome los vaqueros. Si corro por el atajo llegaré a tiempo antes de que él… no quiero ni pensarlo. Es una imagen que invade mi cabeza no sólo en mis noches en vela sino también en mis días insomnes de cansancio y fatiga infinita.
Por fin llego. El semáforo antes de la subida a la plataforma principal del puente. Los coches están ahora quietos así que aprovecho para ponerme en mitad de la carretera. Chillo, agito los brazos, muevo las piernas de un lado a otro como una loca poseída, Me gritan para que me aparte, lanzan sus insultos. Yo les ignoro. Semáforo en verde. Coches que rozan, otros que amenazan con atropellarme. El ruido de los insultos y de los cláxones se incrementa exponencialmente mientras mi corazón se agita aceleradamente chocando contra mi sien. Un enorme camión volquete se acerca lenta y torpemente. Le cuesta avanzar por carga que soporta. Se aproxima pero yo no presto atención. Quiere cambiar de carril pero el giro es difícil; tantos coches parados, otros intentando frenar en el último momento, unos cuantos que intentan escapar de aquel remolino de caos del cual soy la única responsable. Mientras, yo sigo a lo mío, esquivándoles, moviéndome nerviosa de un lado a otro. No me percato de que el camión volquete ya está casi encima. Se oscila de un lado a otro, dubitativo entre uno u otro carril, no se decide o, más bien, no puede. Miro de frente, ahí está, Apenas me percato de la cara nerviosa del conductor mientras esa mole se me echa encima. No puedo hacer nada. Estoy paralizada por el miedo pero, sorprendentemente, eso hará que salve mi vida. Un volantazo en el último momento. Toda esa enormidad de toneladas de arena se estampa contra el pilar del puente. Unos segundos después me rodea un humo denso. Ya lo he visto anteriormente. Sé lo que esconde. Me doy la vuelta para contemplar el amasijo de hierros oxidados, coches aplastados y restos de camiones que forman este paisaje de catástrofe y destrucción.
Un único pensamiento cruza mi mente. ¡José! Ahí está, dentro del Audi gris oscuro que ahora mismo…. No me atrevo ni siquiera a imaginarlo. Corro, al igual que la gente que me rodea, presa de la histeria ¡José, José! Mis labios apenas pueden despegarse para invocar su nombre. No sé a dónde voy, apenas el sonido de los bomberos y de las ambulancias, los policías que tratan de sujetarme. El humo me envuelve cada vez más y, a pesar de ello, me sumerjo en su oscuridad. Penetra en mis pulmones y apenas puedo respirar, pero tengo una meta, un objetivo que cumplir, y nada me va a desviar. Tengo que encontrarle, tengo que abrazarle, necesito saber que sigue ahí, sentir su presencia a mi lado una vez más. ¡Quiero que esté vivo!
Una mano me agarra el brazo desde atrás. Cedo a su fuerza. Hay algo que me resulta familiar, ese tacto, ese olor, esa presencia. Me giro y ¡ahí está! La sonrisa que me regaló por la mañana vuelve a ser mía, iluminando su cara y ofreciéndome calor y alegría. En este paisaje de caos y destrucción la muerte es la reina que todo lo domina. Sin embargo, estamos también nosotros dos, seres en los que la vida brilla más que nunca. Me río y doy gracias como nunca. Volveré a ser la dueña de mis noches. Ahora comprendo que las pesadillas son efímeras gotas que jamás encharcará mi existencia.

Maite BT
Grupo A


43 Escalones

Todavía sueño con aquella escalera
de cálida madera
y testigo de mi infancia,
en aquella casa de la plaza.

Sus 43 escalones guardaron
los pasos, juegos y anhelos
de los que tantas veces
por ella bajaron.

En mi sueño subo deprisa
hasta llegar a una puerta cerrada,
con mirilla dorada y llamador de latón,
con forma de garra de águila.

Grito: “soy yo”, pero nadie responde.
Solo escucho los ecos de las voces,
guardadas en las enyesadas paredes,
de los que allí vivieron antes.

Bajo agarrada a la baranda,
cubierta de polvo y años
por la que tantas veces me deslicé,
pero ya no me reconoce.

Al despertar siento el vértigo de la duda,
si de verdad la vi, pero con la certeza
de que ya no lleva a ningún sitio,
excepto a lo que fui.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Sueño que arrastro un cadáver

La calle está vacía. Suenan las llaves del sereno a lo lejos. Le digo a Geñín que podemos bajarla, que nadie nos verá. Él no puede con las muletas. Bastante le cuestan ya las escaleras. Tendré que arrastrarla sola. Menos mal que es un primer piso. El portal se alarga, oscuro como el túnel de un tren. Las paredes son blandas, se hunden cuando roza el cadáver de la señora Bene. Una sustancia pegajosa va cubriendo el saco. Qué asco. Parece que arrastro una babosa.
Todas las farolas están apagadas. Nadie nos verá. Geñín se adelanta hacia el camino de Peñagrande, donde las chabolas. A pesar de mis siete años, arrastro el saco con la babosa Bene como si fuese una crisálida de mariposa. Me entra la risa. Menuda mariposa con gafas de culo de vaso y el pelo pringoso. La señora Bene era fea, pero me gusta imaginármela como una mariposa. Luego me pongo triste. Las lágrimas no me dejan ver. No tenía derecho. El señor Ezequiel no tenía derecho a tratar así a la señora Bene. Vale que fue mala suerte que se cayese sobre el borde picudo del aparador, pero si no le hubiese tirado la olla con el cocido del día siguiente no se habría abierto la cabeza.
Geñín uso la cuerda que teníamos para hablar por la ventana.
-Baja, baja corriendo- me dijo por la lata de tomate.
Bajé con el pijama de bambis. El señor Ezequiel estaba roncando en el suelo, borracho como siempre.
- Tenemos que esconderla antes de que nos vea nadie. Y menos la guardia civil. Se llevarán a mi padre. Hay que llevarla hasta el montón de basura que hay donde las chabolas – me dijo mi mejor amigo.
No tenía cara de pena. Parecía un viejo esa noche. Hasta tenía arrugas alrededor de la boca. Muchas arrugas.
Ya estábamos en la carretera de Peñagrande cuando, de pronto, la carretera empezó a moverse al revés. Cada vez estábamos más lejos y más lejos. Nos llevaba a Mirasierra. Y allí están los chales y hay muchas luces. Nosotros corríamos hacia Peñagrande, pero cuanto más corríamos más deprisa se movía la carretera. Se iba a hacer de día. No llegaríamos.
-Mira, ahí también hay un montón de basura muy alto. La echamos ahí- dijo Geñín.
Pero la carretera empezó a girar y girar. Nos mareábamos. No podíamos bajar. Las babas del saco me subían por los brazos. No lo podía soltar.
-Levántate, que ya tienes el colacao. Hoy ha traído churros, tío. Como todos los domingos.
Abro los ojos.
-Ay, tiita, dame un beso. Te quiero mucho. Qué sueño tan raro he tenido esta noche.

Araceli Broncano Rodríguez
Grupo C


El sueño de una vuelta con automóvil

Otra vez este sueño en blanco y negro, sudoroso, pegajoso, en el que todo parece de goma. Circula un automóvil por una carretera que cada vez se estrecha más. Es un coche ya viejo, sin marca, ni modelo. Allá al fondo se divisa el pueblo, pero de repente aparece una escalera; la dichosa escalera de los sueños. El automóvil resiste y sigue circulando por la escalera, que se estrecha cada vez más. Ahora aparece el miedo a caer, pero el coche resiste y sigue circulando, incluso sube a una montaña y después a unas rocas. El auto continúa moviéndose de manera imposible, esa forma que sólo ocurre en los sueños. Seguimos adelante, ya no hay pueblo, ni escaleras, sólo hay precipicio y vacío del que no hay manera de escapar. Es preciso salir del sueño y despierto en el salón de la casa. Es la hora de la siesta.
Por la cabeza asoman, de repente, los sueños imposibles que a lo largo de la vida ha ido reuniendo con paciencia y guardado en la memoria, esa pequeña cajita del cerebro en la que descansan los recuerdos más queridos.
Un dulce sopor me invade y, sin llamar, entra de nuevo un sueño. Ahora el automóvil lo conduce un detective. Este sueño es en color. Un sueño de aventuras: policías que son los malos, periodistas corruptos, ladrones que se ganan la vida honradamente y mujeres fatales que triunfan cada día. Una aventura que empieza bien, el detective conduce un Buick amarillo del 69, el automóvil de las novelas negras que se repiten en los sueños.

Gabriel Risco
Grupo C


Sueño con el sistema planetario

Sueño con el sistema planetario y con Plutón, el repudiado, el apartado al cinturón de Kuiper, un pedrusco helado, frío y rocoso, que no es merecedor de la categoría de planeta.
Sueño que Plutón, rey del inframundo y de los muertos, poseedor de las riquezas, capaz de raptar a Proserpina, se incomoda en su órbita elíptica, cada vez más inclinada y cada vez más entrecruzada con la de su hermano Neptuno.
Sueño que Plutón, dios temible por su estricta aplicación de la justicia, acaba, en su desquiciada desestabilización orbital, por cruzarse en el camino de su vecino-hermano, incapaz de apartarse por no ceder su preferencia.
Sueño que la desestabilización producida se traslada rápidamente a todo el sistema planetario y tanto los poderosos planetas gigantes como los más pequeños y cercanos al Sol, no pueden escapar al cataclismo general.
Sueño que la vorágine desatada en un área pequeña del brazo de Orión, una de las ramificaciones menores de la galaxia, una zona tranquila, hace que su alrededor se vea sacudido por una perturbación inesperada.
Sueño que el brazo de Orión colapsa y arrastra en su desintegración a los brazos de Perseo, Norma, Sagitario y Escudo-Centauro, que voltean hacia el bulbo galáctico, produciendo una acumulación de materia y energía generadora de una supernova galáctica.
Sueño que se produce la gran explosión, alterando a las sucesivas galaxias que encuentra en su expansión, provocando un desmoronamiento general de todo el universo observable. Tantas galaxias desintegrándose como neuronas en un cerebro humano.
Sueño que mis neuronas van sucumbiendo acompañando al cataclismo galáctico. Dos espectáculos colosales de una plasticidad indescriptible. Cien mil millones de galaxias desintegrándose, cien mil millones de neuronas descomponiéndose, varios billones de conexiones sinápticas destruyéndose. El universo desaparece y mi cerebro desaparece.
Entonces sueño que me despierto, abro los ojos y veo que la luna sigue allí, en lo alto, y la Vía Láctea sigue allá, en lo alto, y mi cerebro sigue aquí, en lo alto, y el universo continúa y yo estoy vivo.

Manuel Medarde
Grupo A


Sueño que estoy colgando de una cruz…

Un sudor frío me recorre el cuerpo, un temblor sacude mis extremidades inferiores, me despierto de un golpe. Estoy sentada en la cama, gritando, llorando.
Son las tres y cuarenta y cinco de la madrugada…,¿qué hago despierta a éstas horas?¿qué estaba soñando?¿por qué lloro?
Enciende la luz, estaba soñando.
Un cuervo, había un cuervo negro, enorme, que sobrevolaba por allí, por los aires. Abajo, abajo había mucha gente, hombres, mujeres en mitad de un desierto infinito. Mujeres, tres mujeres vestidas de negro llorando ¿por qué lloraban? Y ese chorro de sangre que escurría y escurría sin parar ¿de dónde procedía?¿de dónde podría emanar esa cantidad inconmensurable de sangre?
-Mujer, he allí a tu hijo…
Y yo, yo estoy colgando desnuda de una cruz. Una cruz de madera, vieja, raída. Apenas y puedo respirar, el corazón me late tan fuerte que siento que se me escapa del pecho, que se me va volando, volando como ese cuervo enorme que no me deja.
El cuervo, de nuevo el cuervo. Que se aleje, que se aleje, me da miedo. No lo soporto, me da pánico. Se acerca a mis ojos…No.
Ya no puedo llorar, ya no tengo lágrimas, sólo chorros de sangre escurren por mis mejillas chamuscadas por el sol ardiente de ese infinito desierto. Ya no puedo llorar, sólo sangro.
-Yo te lo digo…Estarás conmigo en el reino de los cielos.
Despierta, despierta, es un sueño, sólo un sueño. Una pesadilla más.
Son las tres y cuarenta y cinco de la madrugada. 

Esperanza García
Grupo A


Un sueño

Recuerdo un sueño interesante con un final sorprendente, si puede definirse así un final tratándose del mundo onírico.
Sabido es que en esa realidad paralela que son los sueños el tiempo tiene su propia medida, pero me pareció que aquel sueño duró mucho. Había caballos, un jinete, muchas letras y siete palabras.Todo sucedió, en mi propia habitación, donde podría decirse que había una nevada de letras.
Letras corpóreas, con peso específico, letras que se desordenaban para seguir mi rastro, que se movían a voluntad del viento, que iban y venían, que pasaban en un delgado hilo a través del cuello de un reloj de arena. De repente hacían sombras, se reflejaban en el suelo traspasadas por un rayo de sol y en el suelo quedó proyectada una palabra : “Dia”. Pero las letras se hicieron trizas y se volvieron viento, casi ideas, para más tarde formar olas en un río y trotaban las palabras y así se formó la palabra “Caballo”. Me despierto en medio del oleaje con una frase enigmática en mi cabeza y en mis labios:
Un día un hombre encontró un caballo.

Aurora Martín
Grupo C


Sueño que se me rompen los anteojos.

"Llámese todo lo que se pone por delante de los ojos", así se define : El anteojo, (en el caso del pirata, parche, en el caso de la modelo, rímel y en el caso que nos ocupa, lentes o lentillas).
Una vez alcanzada la fase REM, todo se descompone, los anteojos "barra" lentes, estallan por el exceso de visión, no tanto por lo que se ve sino, por lo que se quisiera ver. De repente, los diez metros que separan al sujeto de algo indescriptible, son distancias siderales. Un borrón azul con amorfas manchas negras, y un ocaso de acuarela sin definir, enmarcan la obra abstracta en la que se encuentra. Parpadeo diez veces, y soy, yo misma, la que me instalo en medio de una playa. Por el tacto deduzco que hay arena, pero no puedo contar sus granos, por no entretenerme. Camino sin rumbo y sin definición. ¿Dónde migraron mis anteojos?. Un boceto de acuarela que se esfuma en mi retina , y mientras visualizo las obras de Philip Barlow, descubro que una dioptría astigmática ha roto mis lentes en dos pedazos. El arte de la magia de los sueños, me conduce por los pasillos del Apsley House de Londres, donde Don Francisco de Quevedo, me ofrece gentilmente sus anteojos. Comprobación efectuada: OI (Ojo Izquierdo) (-0,50), OD (Ojo Derecho) (- 2 ), cilindro (-1) y eje en 45°. Perfectos.
Ahora, todo se ve con mas claridad.

GuADAlupe
Grupo C


María soñaba con pajaritos de colores. Sueños de mar. Iba en bici y sin saber cómo, se hallaba en el cabo de Huertas. La dejó tirada y se acercó a las rocas. Buscó lapas, el agua le cubría parte de sus piernas y los cangrejos se acercaban a mirarla.
Y allí estaba él, sentado en la orilla, esperando.
Se restregó los ojos y la sábana se arrugó entre sus piernas.
Intentó volver al cabo y casi lo consiguió, pero una medusa le clavó su arpón y de nuevo se retorció buscándole entre las rocas al atardecer y ya no estaba donde lo había dejado hacía tan poco tiempo.
Buscó los pajaritos voladores, los que la llenaban de esperanza. A veces estaban ahí, al lado.
-No abras los ojos, le decían, sigue buscando lapas, lo encontrarás.

JB
Grupo C


Sueño

Salamanca, 22 de diciembre de 2025

Hola Sueño,

¿Qué tal te va diciembre? Quiero compartir contigo lo que me he propuesto en este Adviento; tú sabes que es un tiempo muy significativo para los cristianos, se vive como etapa de preparación, cambio, esperanza y reflexión; y este año te escogí como punto principal de inflexión de mi vida.
Sueño, tú te presentas cada noche con diferentes tramas y tú lo sabes. Cuando recuerdo tu presencia te veo casi siempre como ficción, otras veces como terror o como si fueras una novela negra ¿Imaginas amigo cómo he drenado emociones a través de ti? ¿imaginas cómo he sufrido y como he disfrutado tu variada presencia? ¿Cuántos sentimientos? ¿no crees que es hora de reflexionar para cambiar, para rediseñarte de otras maneras?
Escúchame mi propuesta; el adviento me ha hecho un llamado y lo estoy cumpliendo; perdóname por no haber contado contigo antes, porque a decir verdad no quiero matar tu autodeterminación, pero el árbol que soy tiene muchos anillos, unos claros, otros oscuros, unos anchos y otros estrechos y necesita construir los que le faltan, no son muchos, pero cuentan, y tu también estás en ellos. Quiero que llegues en mis noches contando historias felices, positivas donde la alegría me haga levantar desafiando retos y oportunidades para crecer; quiero soñar un poco la fantasía, tenerte como autoayuda y así, mis próximos anillos puedan ser anchos y claros, antes de ser carbón.
Es este el cambio que te propongo, es mi esperanza, es mi reflexión de adviento para llegar a la navidad renovada.
Solo me resta darte las gracias por llegar cada noche a mi cama, vivir tus fases, verte en momentos anticipado o después de cada hecho.
Gracias por estar en mis anillos, por sentir emociones que matizaran mi realidad.
Quiero llegar a la Navidad con proyectos renovados, con alegría y profunda espiritualidad.
Un abrazo inmenso para ti; te quiero mucho compañero de vida. Hasta pronto MEGC

PS

Te prometo no esperar el adviento próximo para renovarte y renovarme ¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ 2026!

Miriam García Cabrera
Grupo A


Y los sueños sueños son. (Calderón)

Soñar despierta o soñar dormida, he aquí la cuestión.
Me paseo por un firmamento lleno de ecuaciones a donde he subido sin escalera. El color del cielo es el mismo que el del papel que compré para el belén de casa. Un azul profundo con sus estrellas blancas. Alguien me llama desde el más allá. Las X e Y, , los signos matemáticos, los números naturales y los irracionales se me muestran luminosos. Yo acudo, sólo soy vista y oído. La mano del Dios de la Capilla Sixtina toca mi mano. Floto. El Ser me habla y yo entiendo.
Fundido a negro.
Al amanecer despierto pensando que he solucionado el problema.

Araceli Sebastián
Grupo C

Literatura de cordel

La sesión del martes pasado la dedicamos a la literatura de cordel. Primero hablamos de las aleluyas o aucas. Después de enmarcarlas en la denominada "Literatura de cordel" y de hablar de los romances y las coplas de ciego pasamos a señalar algunos de los aspectos más importantes en las aleluyas y a leer numerosos ejemplos para hacer oído.
Pertenecientes al subgénero del pliego de cordel, las llamadas aucas (en catalán) o aleluyas, se convirtieron entre los siglos XVIII y XIX en una forma de literatura narrada en voz alta. Consistían en series de viñetas, impresas sobre una pieza de papel, donde la iconografía se complementaba con un breve texto de frases pareadas. Así se narraban noticias o historias de diversa índole en un intento por construir o recrear de alguna manera el imaginario popular del momento.



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Dejamos aquí las famosas aleluyas "Vida del hombre flaco" de José Moreno Villa:

Largo como una cerilla
el flaco nació en Castilla.

Los chiquillos se mofaban
cuando al paso lo encontraban.

Querían apedrearle
pero no lograban darle.

Olvidando su largueza
se pegaba en la cabeza.

Enciende una tagarmina
en el farol de la esquina.

Cuando bebe en una fuente
parece el arco de un puente.

Si la casa no está abierta 
entra por bajo la puerta.

Hace el amor a una dama
y ella no ve quien le ama.

Triste y sin una peseta
decide hacerse poeta.

Coge fruta con la mano
en un copudo manzano.

Un avión lo enganchó
y en el aire lo dejó.

Rota la espina dorsal
se murió en un hospital.


Y transcribimos a continuación un delicioso texto de Alonso Zamora Viente, en el que recuerda las aleluyas:

―¡Aleluyas de toos los colores! ¿Para tirar al paso del Santísimo! […]  Flotaban al vientecillo cobarde, levantándose por un extremo, sujetas por el otro a un listón con una pinza de ropa. Indecisión curiosa, azoramiento siempre renovado al escoger un pliego (¡enséñame los cuartos primero!), si Felipe o la muerte del Espartero, la Reina Regente y la guerra de Cuba, o la guerra carlista, o el crimen de doña Baldomera y las niñas desaparecidas […]. 
En casa, los chiquillos recortábamos cuidadosamente los recuadros, que, una vez mezclados los colores, se arrojaban al paso de las procesiones. […] La aleluya era para nosotros un simple color, regalo fácil a la brisa de la tarde con campanas, con música, olor a fiesta sorprendente, quizá buena merienda, gentes extrañas que vienen a aprovecharse del balcón. […]
―¡Aleluyas de toos los colores! El pregón se levantaba en primavera. Placer infinito ir haciendo crecer el montón de recortes, los cuadros a un lado, lo inservible a otro. […] Nosotros no mirábamos siquiera los pliegos, lo importante era cortarlos […] y suenan las tijeras con su chirrido minúsculo, guiño brillante, y mirad qué toro, es el que mató a Joselito, hijo, y más explicaciones sobre Talavera y su plaza, y Dios sepa cuántas cosas más, mientras el montón de cuadritos va creciendo, creciendo, celosamente cuidado […] Y se guardan los cuadraditos a la espera del impulso fiero de mezclar los colores, bien mezclados, que no queden esos dos iguales juntos, picazón en los dedos, tan apretadas estaban las tijeras.
Las aleluyas bajaban, indecisas, un distraído vuelo sin orden, locas alejándose, súbita elevación luego, vacilantemente hundiéndose en la siesta olorosa […] y siento que alguien me levanta en brazos para que pueda ver la custodia por encima de la barandilla, y reveo el desfile de personajes, que pisotean, insensibles, a la Reina Madre azul, a Felipe amarillo, a los bolcheviques, revueltos con pétalos de rosa, flores, incienso, gritos, y la paciente tarea del recorte, sí, aleluyas de todos los colores al paso del Santísimo. 


La literatura de cordel recibe su nombre porque los ciegos acostumbraban a colgar sus romances, coplas y aleluyas sobre una cuerda, a modo de tendal, sujetos con pinzas.

En el año 2013 la ONCE convocó en Salamanca a muchos copleros y copleras de ciego en una iniciativa que recorrió las calles del centro de Salamanca. Aquí tenéis un vídeo.

Don Miguel de Unamuno describe muy bien el sentido y la esencia de estas piezas literarias: 

“Aquellos pliegos encerraban la flor de la fantasía popular y de la historia; los había de historia sagrada, de cuentos orientales, de epopeyas medievales del ciclo carolingio, de los libros de caballerías, de las más celebradas ficciones de la literatura europea, de la crema de la leyenda patria, de hazañas de bandidos y de la guerra civil de los siete años. Eran el sedimento poético de los siglos, que después de haber nutrido los cantos y relatos que han consolado de la vida a tantas generaciones, rodando de boda en oído y de oído en boca, contados al amor de la lumbre, viven, por ministerio de los ciegos callejeros, en la fantasía, siempre verde, del pueblo”


Propuestas de escritura:

1, Escribe un romance a partir del título que te fue asignado

2, Propuestas de escritura: Aunque inicialmente no estaban pensadas para ellos los niños se apropiaron de las aleluyas para “mirar los santos”. Las recortaban para jugar a la lotería o a las cartas, o también para levantar las viñetas a golpe de mano ahuecada (como después se haría con los cromos y miniaturas). Haz inventario y escribe, en forma de aleluyas, tu vida o la de algún personaje real o de ficción. También puedes recopilar besos, juegos, caricias, amores y desamores, sueños o recuerdos. 

Y estos son algunos de los trabajos recibidos:


Aleluyas de la niña pobre

Pobre de solemnidad
no tenía ni un real.

Ni siquiera un abrigo
para protegerse del frío.

Ni unos zapatos decentes
como utiliza la gente.

Un día de invierno crudo
en busca de algún chanchullo

en el suelo del asfalto
vio un no sé qué era algo.

El corazón le dio un brinco
los ojos se le saltaron

Un décimo de lotería
la estaba mirando.

Con un alegre semblante
lo recogió, exultante.

El milagro se produjo
no cabía en sí, del gusto.

Dejó la pobreza atrás
y no lo pensó más.

Quiso vivir en verano
por lo de ser más sano.

En secreto lo mantuvo
y se dio la vuelta al mundo.

Vivió un vida de ensueño
con su novio brasileño.

M. L, Fidalgo
Grupo C


Romance de los envenenados

Escuchar vuestras mercedes
pues traigo una historia
nunca jamás escuchada
para su mayor gloria.

Ana reina de su pazo
pasaba los días en paz
con su hija Ana Bella
en un estado ideal.

Con sus ojos como el mar
Ana Bella conquistaba
a cualquier jovenzuelo
que en ella se miraba.

Gerinaldo con esmero
en su jardín trabajaba
apuesto, gallardo era
a Ana Bella amaba.

Entre las flores ocultos
en secreto se citaban
a la sombra del cerezo
mientras las horas pasaban.

Ana los descubrió un día
de la mano paseaban
quedose paralizada
al ver cómo se besaban.

- No lo puedo consentir
mi hija de alta cuna
él no más que un plebeyo
sin renombre ni fortuna.

De ladrón fue a acusar
al apuesto jardinero
ventilando su delito
como hecho verdadero.

Envenenado el pueblo
con ese bulo lanzado
a por Gerinaldo fueron
del pueblo fue expulsado.

Ana Bella sin consuelo
lloraba todo el día
encerrada en su cuarto
ni comía ni bebía.

Su madre preocupada
a buscar al jardinero
salió una mañana
bajo la luz del lucero.

Todos los envenenados
su vuelta esperaban
con piedras y antorchas
su regreso alumbraban.

Ana desmintió el bulo
ante la turba armada
quedando a Gerinaldo
su afrenta exculpada.

Los amantes en el pazo
un día se desposaron
viviendo en felicidad
como siempre lo soñaron.

Moraleja:

Una vida inocente
puedes venir a arruinar
si de los envenenados
te llegaras a fiar.

Verónica S.S.
Grupo C


Del cura y la viuda alegre

Les voy a contar la historia de Antonia que enviudó, de Adolfo que murió y del cura de Arcediano, pueblo recio y muy callado.
Allí Antonia vivía, joven, guapa y decidida que sin embargo penaba los maltratos del marido: de palabra la humillaba y con palos cada poco le arreaba. Adolfo se llamaba, era el señorito tan rico que dueño se creía de personas, tierras y haciendas. Todo el pueblo lo sabía, pero nadie se metía, solo murmuraban bajito, que Adolfo era un borrico y más cuando bebía.
El cura también lo sabía y por eso predicaba cada domingo muy alto: no se pega a quien se ama, aunque se crea muy cristiana. Y que el rezar no lo limpia por muchas cruces que haga, que el maltrato se pega al alma como la sanguijuela a la entraña.
Un día de tormenta oscura y de muchas trombas de agua, el señorito Adolfito bajo las gavillas del trigo allí mismo se metió para refugiarse del agua, él solito lo pensó. Pero la tormenta arreció y en medio del cobertizo un rayo vino a caer. Adolfo cayó fulminado y muerto el maltratador. Los criados lo encontraron y al pueblo se lo llevaron, con llantos y mucho ruido, pues era su señor. A Antonia le dijeron que viuda se había quedado y ella para sus adentros así reflexionó: al fin había descansado de las palizas y broncas que el malnacido le había dado.
Desde aquel día Antonia la Iglesia frecuentó, por si allí podía encontrar paz por alegrarse del morir de su marido que tanto sufrir le había dado y que el final de su vida tan rápido le visitó.
Allí encontró la viuda consuelo, pues el cura comprendía la soledad y tristeza que a Antonia le invadía. El joven cura atendió a la viuda cada día, con sus consejos vicarios y sus palabras de fe: que todo en la vida pasa y que Dios a ella quería.
De las palabras pasaron a abrazarse lentamente, a hablarse sólo en susurros por temor a ser oídos y de tanto susurrar sus labios ya se sellaron del amor que se tenían que era divino y humano. Por las tardes el cura de Arcediano rezaba por no pecar y por las noches pecaba ya sin parar; y la viuda, tan alegre, sólo quería seguir, se negaba a descansar. Que el amor de este curita sí que es bueno de gozar.
Ya todo el pueblo sabía que la viuda de Adolfito tan alegre vive ya, que ni recuerdos le quedan del maltratador sin par, que un rayo mató y bien muerto se quedó.
En el pueblo algunas gentes si tienen un gran pesar por no haber hecho frente al violento, al chulo Adolfito, el señorito pegón, y ayudado a Antonia a proteger su vida y su corazón.

Y llega la moraleja que esta historia se merece,
Quien bien te quiere te hará reír,
Gozar, disfrutar y todo lo que te place.

P.S.

Como no soy un poeta
No ha salido el romance
Raúl no me dará nota
Para seguir adelante

Gabriel Risco
Grupo C


La travesía

A lo lejos de la senda
veo gente caminar,
van ligeros de equipaje
muy deprisa y al compás.
Caminan por el sendero
del río que va hacia el mar,
van pasando una arboleda
pero no pueden parar.
Lo dijeron al principio
“¡a la hora hay que llegar
a comer a esa colina
y media hora allí estar!”.
Pasan arces y castaños,
a la izquierda un encinar,
naranjos, pinos y sauces
pero no se detendrán,
su objetivo es aquel monte,
demostrar que sé es capaz
de llegar hasta la cima
y eso es todo ya su afán.
Cuando uno se detiene
los otros lo adelantarán,
mas ese mismo paisaje
no volverán a pisar.
Una bandada de pájaros
les frena el paso voraz
pero les esquivan pronto
aunque sea un ave rapaz.
Ovejas, cabras y vacas,
el rebaño universal,
ganado ovino y caprino,
todo lo dejan atrás.
El grupo sigue su paso
y tú a seguir nada más.

Moraleja

Caminar acompañado
es cosa muy natural
pero no dejes las riendas
de tu vida a un capitán.
El ritmo de cada uno
no lo entregarás jamás.
¡No te acompases con otros
y pierdas tu libertad!

ELCA
Grupo C

El hombre del saco

Esta semana visitó el taller de escritura creativa de la Casa de las Conchas el tío Camuñas. Nos habían advertido que si no hacíamos bien las tareas, si no conjugábamos correctamente los pluscuamperfectos y si no contábamos bien las sílabas de un endecasílabo vendría y nos llevaría en su saco.
Afortunadamente no había saco y Camuñas sólo era un personaje de libro, de un álbum infantil escrito por Margarita del Mazo e ilustrado por Charlotte Pardi. Aquí tienes su historia.


El cuento de Camuñas ha sido convertido en espectáculo de teatro de títeres por la compañía salmantina Katua@Galea Teatro, con la que tengo el gusto de colaborar desde hace años. Yo mismo me he encargado de adaptar la historia, de crear nuevos personajes y de escribir las letras de las canciones que Chloé Bird ha compuesto y musicado. Ella es la intérprete de varias de ellas, otras las cantan los personajes de la historia, sobre todo Camuñas que no es ningún cantamañanas sino un excelente cantante. Más adelante os daremos cuenta de dicho espectáculo.
El personaje de Camuñas, y el estreno de la obra en el Teatro Liceo, han sido la excusa perfecta para tratar el tema de los asustaniños, personajes entre los que incluimos al hombre del saco, al sacamantecas y al coco.
Comenzamos la sesión con el cuento "El zurrón que cantaba" recogido por Luis Cortés Vázquez en Cuentos populares salmantinos. Lo escuchamos en la voz de Pep Bruno en el programa de Radio Nacional "Esto me sabe a pueblo". Te recomendamos los artículos "Aún viene el coco. Origen, pervivencia y transformación de un clásico del miedo infantil" de Alberto del Campo Tejedor y Fernando C. Ruiz Morales y "Figuras del miedo en la infancia: el hombre del saco, el sacamantecas y otros "asustachicos" de Manuel Hijano del Río, Carmen Lasso de la Vega González y Fernando C. Ruiz Morales.
Tienes mucha información en esta recopilación de cocos o asustaniños; "Cocos o asustaniños del folclore ibérico"
Y si tienes interés sobre el mundo mágico y encantado de nuestra comunidad puedes descargarte
el libro "El mundo encantado de Castilla y León" de Jesús Callejo, ilustrado por Tomás Hijo. Así lo anuncia la contraportada: Los orígenes de la historia de los pueblos hay que buscarlos en sus leyendas, transmitidas de boca en boca y de generación en generación y en ocasiones aumentadas con dosis generosas de fantasía popular. En muchos pueblos saben que su castillo, su laguna, su fuente o su cueva guarda un secreto protegido por algún tabú, misterio o ser de otro mundo. Un ser que está deseando contar su historia si antes somos capaces de sonsacar esos secretos, si logramos entender que el mundo mágico no está tan distante del mundo real.
¿Estás preparado para digerir 30 píldoras, algunas explosivas, con la forma genuina de extraños personajes? ¿Estás dispuesto a entrar en el mundo encantado de Castilla y León y enfrentarte a sus desafíos?


Propuesta de escritura

¿Qué asustaniños fue protagonista de tu infancia? ¿Te asustaban con cuentos o leyendas? ¿Te dormían con nanas en las que te llevaba el coco? Escribe una historia que refleje estos miedos y las advertencias de portarnos bien, no dejar nada en el plato e irse a la cama a dormir al llegar la noche. Puede ser un poema (nana), un microrrelato, un breve cuento o un texto con carácter de leyenda.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora;


Detrás de mí
Este es el camuñas particular de miles de mujeres

El silencio era tan profundo que parecía tragarse la noche, aún así Laura escuchaba con nitidez los pasos y la respiración de la sombra que caminaba muchos metros detrás de ella.
Intentó calmarse, diciéndose a sí misma que era normal que alguien más transitara por las calles vacías pero su instinto le decía que algo no iba bien.
Cruzó la avenida y de reojo pudo ver que la sombra cruzaba también al otro lado.
Apretó el paso con el corazón latiéndole muy fuerte en la garganta. Sentía un hormigueo en la nuca que le hacía estar alerta.
Agarró las llaves con fuerza como había visto en uno de los miles de vídeos que corren por las redes dando consejos a las chicas que caminan solas por la calle por si en algún momento tenían que defenderse. Laura sabía en lo más profundo de su ser que el momento había llegado.
Ya no quedaba mucho para llegar a casa, sus pensamientos iban a toda velocidad:
Pensó si sería mejor atravesar el parque y tardar menos o callejear para intentar despirtarlo... Cualquier opción era una mala opción, intentó correr pero el temblor de sus piernas se lo impidió.
A medida que se acercaba al portal escuchaba a la sombra más cerca, demasiado cerca y estaba sola, demasiado sola, unos metros más y estaría a salvo.
Cuando fue capaz de meter la llave en la cerradura miró por encima del hombro y le vio, ahogó un grito y con un movimiento rápido entró y cerró la puerta con tanta fuerza que se hizo daño en las manos.
A través del cristal le vio allí, inmóvil, mirándola a los ojos, amenazante.
Con el corazón en un puño sacó el móvil y le hizo una foto, sería su prueba para la denuncia, pensó que sin foto nadie la creería.
Subió a toda velocidad las escaleras y una vez en casa sintió como si una muralla pudiera protegerla, solo allí, sintiéndose a salvo pudo respirar tranquila, solo allí fue capaz de desarmarse y deshacerse en lágrimas.

Aurora Zarco
Grupo B



El hombre del saco roto

Ese día un hombre deambulaba al anochecer por el pueblo buscando a Miguel un niño vagabundo por encargo de un médico para hacer experimentos .Después de recorrer varias calles le sorprendió adormilado en un granero recostado sobre un saco de trigo por lo que le costó muy poco meterlo en un saco viejo y desgastado con varios agujeros .Al verse sorprendido por ruidos del exterior lo escondió en un rincón y salió para asegurarse que no había peligro, regresando poco tiempo después a recogerlo .
En ese momento los ratones que vivían en el granero y habían compartido muchas noches con Miguel acudieron a su auxilio introduciéndose en el saco por los pequeños agujeros que ellos mismos habían realizado para sacar el trigo y poder alimentarse.
Cuando volvió el hombre, al levantar el saco comenzaron a salir cantidad de pequeños ratones con sus ojos brillantes y bigotes temblorosos, correteando por el suelo. El hombre, al ver a los ratones, pareció exasperado. Se agachó para intentar atraparlos, pero los ratones eran demasiado rápidos y escurridizos.
Mientras el hombre estaba distraído con los ratones, Miguel vio su oportunidad. Giró sobre sus talones y corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. De regreso hacia el pueblo no miró atrás, pero podía escuchar los frustrados gritos del hombre y el correteo de los ratones.
Gracias a la intervención de los ratones, el cuento del hombre del saco posee otra versión.

Áfrika Gómez
Grupo A



Mis miedos

Me sumerjo en mi infancia, muevo mis emociones, navego por aquellos años y no consigo encontrar hombres del saco o del unto, cocos, tampoco aparecen tíos Camuñas ni demás sacamantecas. Quizás fuera porque era obediente y nunca hizo falta asustarme recurriendo a estos terribles personajes. O también porque mis padres me educaron en un ambiente más urbano, ambos procedían de Madrid, alejados del folklore rural y ajenos a los asustadores de niños.
Sigo rastreando como un sabueso, porque sí que puedo atisbar momentos en los que esa sensación desagradable del miedo se apoderaba de mí, me tensaba mis músculos, ante la percepción de algún peligro… eso es, de pequeño le tenía miedo, mucho miedo, a los perros y a los gatos. El origen de esta doble aversión se debía a dos episodios desagradables en los que me sentí literalmente atacado.
Ahora lo recuerdo, por los años 1970 debía ser, yo tenía unos seis años, cuando estábamos de vacaciones familiares en La Antilla, un sencillo pueblo de pescadores de la costa onubense que despertaba al desarrollismo del turismo de costa. El viaje fue de noche, en un Seat 850, con mis padres en los asientos delanteros, mi hermano mayor en la banqueta trasera, mi hermana pequeña -tendría 4 o 5 años, en la bandeja trasera y yo en el suelo, en un camastro improvisado. El primer día mi madre nos mandó a jugar abajo, en lo que terminaban de preparar las cosas para ir a la playa. Tened cuidado -nos avisó, que hay una perra en la entrada del apartamento que acaba de parir. Allí estaba, en su cajón de madera, una preciosa perra dálmata, con sus nueve cachorros. Era increíble, una camada tan grande; y, claro, mi curiosidad y ternura infantil hicieron que me acercara a tocar el suave pelo de las crías, lo que la perra entendió como una violación de su maternidad y defendió a su pequeñín ladrando, dándome un arañazo y mordiéndome en el brazo. Lloré tan fuerte, que mi madre bajó asustada a ver qué había pasado. Desde entonces, tuve una aversión tremenda a los perros; hoy soy capaz de tolerarlos, pero no me gustan.
Tampoco soy muy amigo de los gatos. La casa de mis padres, en el salmantino paseo de Canalejas, contaba con un sótano, donde se guardaban trastos viejos y se recogía la basura que los vecinos tirábamos por un hueco desde cada piso. Aquellos desperdicios propiciaban la aparición de roedores, por lo que el portero del edificio decidió tener allí una pareja de gatos, que con el tiempo fueron ampliando la familia. Nosotros guardábamos allí una flamante bicicleta de carreras, que nos habían traído por los Reyes. Y cada vez que bajábamos a buscarla o a dejarla, los inquietos gatos nos arañaban las piernas, con sus afiladas púas. Ahora pienso que no sé si se agarraban a las pantorrillas para expulsar al intruso o porque querían jugar con alguien que les hiciera caso. Desde entonces, tuve una aversión tremenda a los gatos; hoy soy capaz de tolerarlos, pero tampoco me gustan.

Jesús García Espinosa
Grupo B


Que viene el coco

— Me rindo — dijo Germán mientras entraba en la cocina.— Soy incapaz de que dejen las tablets y se acuesten sin montar una rabieta.
— Déjame a mí — intervino la abuela Tomasa, desvelando con su rostro que algo tramaba.
— Mamá por favor, sin gritos — contestó Susana.— Sabes lo que pensamos de la educación en valores, comunicación y diálogo.
— No te preocupes hija. Tan mal no lo he hecho contigo, ¿no? — sonrió guiñando un ojo.
La abuela entró en la habitación de sus nietos saludando.
— Hola abuela — corearon los tres nietos, Raúl y Roberto, gemelos de seis años y Ricardo de siete años y medio; lo hicieron sin levantar la mirada de las pantallas.
— ¿Sabéis quién es el coco? — preguntó.
— El coco es el yogur que a veces no da mamá, ¿no? — respondió Ricardo sin levantar la mirada.
— No cariño. El coco, al que también llaman robaniños, es un monstruo con uñas afiladas como cuchillos, y unos dientes en forma de sierra que se ven incluso cuando cierra su boca. Tiene ojos anaranjados que te hipnotizan cuando le miras fijamente. Está cubierto de pelo enmarañado y oscuro. Y a su espalda lleva un gran saco roído y sucio donde mete a sus víctimas.
— Abuela, ¿quiénes son sus víctimas? —preguntó Ricardo que como sus hermanos habían apartado la tablet y escuchaba atentamente la historia.
— Sus víctimas son niños, niños que desobedecen a sus padres, niños que no se comen la comida y protestan, pero sobre todo aquellos niños que llegada la hora de dormir no se meten en la cama. El coco se acerca por las noches, revisa todas las ventanas . Si los ve y no están acostados con los ojos cerrados. Se adentra en el hogar. Corta la luz. Se desplaza como un susurro a través de las paredes. Y… justo antes de atraparlos emite un gruñido. Un sonido ahogado que recuerda el croar de una rana. Se desliza en la habitación. Los hipnotiza mirándolos a los ojos. Los mete en el saco. Y luego los devora tranquilamente en su casa.
— ¿Dónde está su casa? — preguntó con voz temerosa Ricardo, mientras Raúl y Roberto se habían acercado uno al otro abrazándose sin dejar de mirar a su abuela.
— Recordáis la caseta que hay cerca del parque, que está vallada, y tiene un rayo de color amarillo muy grande. Ese es el aviso de que no se pueden acercar los niños porque el coco los metería en el saco para comérselos.
La abuela se levantó y les dio un beso a cada uno. — Hasta mañana — dijo cerrando la puerta.
Los niños se miraron entre ellos asimilando la historia que le había contado su abuela.
Un minuto después, un golpe seco sonó en el pasillo. Se apagó la luz. Algo rozaba la pared. Un momento de quietud. Y, de repente, un croar rompió el silencio.
Un chillido al unísono se oyó desde la habitación de los niños.
Susana, su madre, se acercó corriendo, abrió la puerta y vio como sus hijos estaban escondidos bajo las sábanas en el más absoluto silencio.
Cerró la puerta despacio.
Miró hacia el fondo del pasillo.
La abuela sonreía.

Max Ferlam
Grupo B


El Coco alérgico al polvo

Leo tenía su cuarto hecho un lío: libros en la cama, ropa y juguetes por el suelo.
Una noche, mientras intentaban dormir, escuchó un ¡Aaaachú! tan fuerte que hizo vibrar su cama. Primero pensó que estaba soñando, o que sería el ruidito de alguno de sus coches, pero el segundo ¡AaaaaAACHÚ!, observó que salía desde debajo de la cama.
Con una valentía desconocida, Leo se agachó, levantó el edredón y… ¡allí estaba! Una figura peluda, con ojos brillantes y nariz roja como un tomate.
¡Hola!. - Soy el Coco, el monstruo de la oscuridad y del fondo del armario... ¡AACHÚ!
Leo le miró sorprendido, y recordó que su abuela una tarde de lluvia torrencial en que no podían salir al parque, le había contado un cuento titulado: Que viene el coco. El Coco, contaba, era un monstruo fantasmal, se escondía en la oscuridad para llevarse a los niños desobedientes o que no quieren dormir.
Se lo había imaginado como un ser oscuro, peludo, desaliñado y con un aspecto monstruoso. Pero el que le observaba saliendo de debajo de la cama, sacudiéndose el polvo, no era muy grande.
Su cuerpo estaba cubierto de un pelaje grueso y suave de color morado, ¡su color favorito!, con lunares de color verdoso, con dos cuernos cortos en la parte superior de su cabeza, y una cresta de colores, que le hacía parecer gracioso, con brazos muy flacos y largos, piernas más cortas, y un gran culo, de donde le salía una larga cola que arrastraba. Le recordó a "Sulley", de la película Monstruos S.A.
Leo le preguntó -¿Porque viniste?
-Para asustar a los niños, aprovechando la obscuridad y la noche. Sentí que estabas preocupado. El miedo crece en la oscuridad si nadie lo escucha. Y yo cuido que esos miedos no se vuelvan gigantes.
Leo tragó saliva. - Yo… yo tengo miedo de no poder dormir porque a veces, sueño cosas malas.
El Coco extendió su mano y salieron pequeñas chispitas de luz y colores que flotaron, y se instalaron en paredes y techo.
-Los miedos no desaparecen porque sí – dijo el Coco-. Pero si los compartes, se hacen más pequeños. Pero con este desorden en la habitación no puedo ni entrar. En el armario no tengo sitio, resbalé dos veces en un calcetín sucio de dinosaurios, y casi me rompo una de mis enormes garras. Además tengo alergia al polvo, y debajo de tu cama, se han formado tantos ovillos que parecen arizónicas del desierto.
Leo, que ya no tenía miedo, se rió a carcajadas…
-Si te apetece, puedes ayudarme a recogerlo todo y después puedo compartir contigo la leche y galletas de chocolate que no me tomé…- dijo Leo
Así lo hicieron, y como era la hora de dormir, el Coco se preparó para despedirse.
Cuando tengas miedo, mira al techo y paredes y piensa en mis colores, -le dijo el Coco. Le dio un abrazo a Leo que sonreía aliviado, y se desvaneció tras una nube de polvo brillante… y un último estornudo.
Leo se metió en su cama y recordó las palabras de el Coco: Recuerda la noche no siempre es peligrosa. A veces solo necesita que alguien la comprenda.
Y se durmió.

E.R.A
Grupo B.


El hombre del saco y la pérdida.

El cuento del hombre del saco, se ha trasmitido de generación en generación. Rondaba las calles al caer la noche, cargando con un saco grande. Si los niños desobedecían a sus padres o se apartaba demasiado de casa, los atraparía y lo metería en su saco, llevándoselos lejos, a un lugar donde nadie podría encontrarlos nunca más.
Las abuelas al amor de la lumbre advertían: "El Hombre del Saco solo se lleva a los niños que desobedecen, que se pierden, que se van con desconocidos, o se alejan de su hogar y olvidan el amor y la protección de sus padres."
No es solo una leyenda, es una advertencia. Representa un temor profundo que aparece cuando menos lo esperamos. No tiene rostro, no habla, pero su presencia pesa. Su misión es arrebatar algo valioso: suele ser un niño, la inocencia o la seguridad.
De manera similar, la pérdida de alguien querido también llega como una sombra silenciosa. No avisa, no negocia y, cuando se presenta, deja un vacío tan grande como ese saco oscuro que el personaje mítico arrastra. En ambos casos, el mundo se vuelve desconocido y hostil.
El Hombre del Saco se lleva algo: un niño, una tranquilidad, un fragmento de la vida cotidiana. La pérdida de un ser querido también se lleva algo irrecuperable: una voz, una presencia, una rutina que ya no vuelve. No importa cuánto uno grite o corra; aquello que se llevó no regresa igual.
Se manifiestan como una sombra persistente. Incluso después de desaparecer, ambos dejan un eco, un miedo, un recordatorio de que no siempre estamos a salvo. La pérdida deja tristeza, una sombra que nos sigue aunque tratemos de avanzar. Nos dicen que hay ausencias que permanecen más tiempo que las presencias.
Supone una lección oculta. El cuento no solo asusta; también enseña. La pérdida, por dura que sea, también enseña algo: A valorar lo que tenemos. A apreciar el tiempo. A crecer a través del dolor. Tanto el mito como la realidad comparten un propósito: obligarnos a mirar aquello que damos por sentado.
Y ofrece una transformación. Tras un cuento del Hombre del Saco, el niño nunca será el mismo. Tras una pérdida real, la persona tampoco vuelve a ser igual. Ambas experiencias nos marcan, moldean y cambian la forma de ver el mundo y lo que nos rodea.
El cuento pertenece al mundo de las leyendas; la pérdida a la vida misma. Pero ambos nos recuerdan que el amor y la seguridad son frágiles, y que, aunque el miedo o la tristeza puedan atraparnos, siempre existe alguien en quién apoyarnos y un camino para seguir adelante.

E.R.A
Grupo B


Padre e hijo

—¡Papá, papá, yo no quero sopa! —dijo el hijo, con esa voz, entre suplicante y exigente, que suelen sacar a flote los pequeños cuando quieren negarse a algo que no les gusta.
Era el hijo único de un honrado trabajador, que con grandes esfuerzos conseguía sacar adelante a su familia. Aquella noche, el padre había previsto salir a buscar aprovisionamiento, que necesitaba para hacer los preparados que vendía en la tiendezuca que regentaba. Por ello, tenía algo de prisa y quería conseguir que el niño terminara pronto de cenar.
—Tienes que tomártela y así entrarás en calor. Después hay un huevo duro con tomate y unas natillas, que tanto te gustan —respondió el padre con tono cariñoso.
El pequeño refunfuñó un poco y tomó media cucharada, pero inmediatamente escupió lo poco que había introducido en la boca.
—Puaajjjjj, ¡Qué ajscoo! —exclamó el pequeño, con la media lengua que empleaba cuando estaba de malas.— ¡No quero sopa!
—Anda hijo, haz un esfuerzo, que seguro que al final te acaba gustando, que es muy rica y nutritiva.
—¡No, no, no y no! —repitió el pequeño, entre enfadado y lloroso.
El padre, conmovido por la actitud de su hijo, decidió cambiar de estrategia y en lugar de seguir por la senda del convencimiento, recurrió a la promesa de recompensas que sabía que le gustaban al niño y que otras veces le habían dado excelentes resultados.
—Si te tomas la sopa, el domingo te llevo a la feria —prometió zalameramente— y además te compro un juguete de madera.
Pero la estrategia no pareció tener resultado positivo.
—¡No me guzta la sopa! ¡y tapoco los juguetes de madera! —mintió el crío, tozudo en su negativa, sintiendo que iba a conseguir salirse con la suya.
—Pues también había pensado que podías montar en los poneis que traen los feriantes. —propuso el padre, haciendo un último esfuerzo por convencer al chico.
—¡Sniff… no, no, que noooo!
A punto de perder la paciencia, aunque era un hombre templado, trató por última vez de persuadir al muchacho. Para no trastornarle, empleó un tono de voz suave, que no delatara el enfado que iba acumulando, y sin dejar de dedicarle palabras cariñosas, se dirigió a él por última vez.
—Hijo querido, yo me tengo que ir y tu tienes que cenar. Si no tomas la sopa, dejamos todo para que desayunes mañana. Pero recuerda lo que dice todo el mundo.
—¿Qué dice? —inquirió el zagal.
—Que si te vas a la cama sin cenar, no te duermes y si duermes poco, viene el hombre del saco que se lleva a los niños que duermen poco.
—Me da igual. Yo no teno medo al hombre de saco.
Así pues, el hombre preparó el material para una noche de trabajo, puso el pijama al niño, le acompañó mientras hacía pis y se lavaba los dientes, lo llevó en brazos a la cama y lo acostó con cuidado. Apagó la luz y cuando se disponía a salir de la habitación, oyó al chico que preguntaba:
—Papá, ¿es verdad que hombe de saco lleva niños?
—Ja, ja, ja… claro que no. ¡Son historias que se inventan para asustar a los niños como tú y que hagan caso a los padres a la hora de comer y a la de acostarse! Ni el hombre del saco, ni todos esos asustaniños existen.
Dando un beso a su hijo, el hombre se despidió de él, dejándolo tranquilizado. Salió a trabajar con una sonrisa en los labios.
Cuando a la mañana siguiente regresó a casa, cargado con el botín conseguido durante la noche, el hijo del Sacamantecas había desaparecido.

Manuel Medarde
Grupo A


El bosque y la noche.

La noche es fría, el cielo está despejado, entre algunas nubes grises, se esconde la luna llena, e invita a adentrarse en el bosque.
Caen los primeros copos de nieve y las copas de los árboles se visten de blanco.
De pronto se oyen aullidos que no parecen ser de ningún perro.
La silueta de un lobo se divisa entre la nieve, el miedo se apodera de mi; siento un escalofrío que recorre como un relámpago mi espalda.
Vuelvo a mi miedo de niño, cuando me decían que era muy peligroso ir solo al bosque cuando caía la tarde y me podía sorprender la noche.
Más de una vez haciendo oídos sordos, en compañía de mis amigos, nos perdíamos entre las sombras buscando a aquella bruja, de la que nos hablaban nuestras abuelas y que creíamos descubrir en las ramas de los árboles.

P.G.
Grupo C


Los tiempos cambian, los miedos no

— ¿Nombre? —preguntó Marisa sin levantar la mirada del teclado.
Llevaba catorce años tecleando en aquella oficina del Servicio Público de Empleo. Un trabajo monótono, rutinario. Se limitaba a pedir datos, registrar nombres y dar consejos básicos sobre búsqueda de empleo.
— ¿Nombre y apellidos? —repitió mientras levantaba la cabeza y miraba al individuo que acababa de sentarse frente a su mesa.
Era un hombre desaliñado, de pelo largo y enmarañado, con las facciones curtidas por el frío y vestía un jersey de lana verde, viejo y deshilachado. La miraba impasible.
— Su nombre completo, por favor.
— Camuñas, tío Camuñas —dijo el hombre.
— ¿Apellido?
— Del Saco —contestó tío Camuñas.
Marisa miró hacia los lados, escrutando a sus compañeros, por si aquello era una broma.
— ¿Dirección?
— No tengo vivienda fija, aquí y allá. Unas veces en un sobrao, otras en una cuadra — respondió tío Camuñas.
Marisa lo observó unos segundos.
— ¿Cuál es el motivo de su visita?
— Verá, ya no hay trabajo de lo mío y necesito vivir como todo el mundo. Y busco otro empleo.
— ¿De qué trabajaba?
— Soy asustador profesional. Me llaman de muchas formas: el tío del saco, el coco, el sacamantecas. Antes me contrataban las madres y las abuelas, para meter miedo a los pequeños y que obedecieran. Por las noches, hacía mi ronda, asustaba, me daban comida y un sitio donde caerme. Pero ahora, todo son pantallas. Nadie me llama.
Marisa había vivido de todo en catorce años, pero estaba segura de que ese día no se le olvidaría.
Se quedó pensativa y un minuto después le dijo:
— Está bien tío Camuñas. Un momentito que voy a hacer una consulta.
Se levantó y se dirigió hacia un despacho en el fondo donde un cartel indicaba “Dirección”.
Al cabo de cinco minutos volvió con una gran sonrisa. Se sentó en su silla y comenzó a teclear entusiasmada.
— Tío Camuñas. Tenemos un trabajo para usted. Tendrá que cambiar de indumentaria. Pero seguirá asustando.
El tío Camuñas abrió los ojos sorprendido.
— ¿Y cómo es eso?
— Trabajará para Hacienda. Recaudador de impuestos. Y tendrá que meter mucho miedo.
Los tiempos cambian, el miedo no.

Max Ferlam
Grupo B


Blancanieves

Era viernes, el día que pasaba Blancanieves, el carbonero, por nuestro barrio. Me precipité a la ventana, sentía una atracción irresistible por aquel hombre encorvado, de cejas como alas de un cuervo abriéndose al vuelo. El miedo no frenaba mi curiosidad. Rosarito me había contado que Blancanieves escondía un saco manchado de sangre debajo del carbón de su carretilla, y que en el saco llevaba una “máquina chupasangre”, y vete a saber qué más. Rosarito sabía todo lo que ocurría en el barrio Lacoma, como lo de la señora Bene, que había desaparecido una noche, justo después de que el sereno abriese el portal 135 de su casa. ¿Qué había pasado en ese portal? Era un misterio al que dábamos muchas vueltas en la trastienda de la librería del padre de Rosarito, cuando salíamos del colegio. Precisamente el día anterior, jueves, habíamos intentado dibujar el chupasangre porque Elena, en el recreo, nos contó que su prima le había dicho que tenía un tubo largo terminado en una aguja que clavaba en la tripa de los niños. Y lo sabía porque su madre era enfermera en el hospital al que Blancanieves vendía la sangre de contrabando. Allí llegaban los cadáveres de los niños hechos un higo paso y los metían por la puerta de atrás.
Desde mi ventana vi a Blancanieves cruzar la carretera y dirigirse detrás de mi casa, hacia la fábrica de baldosines, donde los montones de arena en los que yo jugaba. Tenía que ver qué iba a hacer allí; era mi territorio. Bajé corriendo y me escondí en la cancela de la casa abandonada al principio de la explanada. Blancanieves hurgó en el carbón y cogió el saco donde guardaba el chupasangre. Luego torció su negruzca cabezota hacia la casa y dos luces rojas, bajo sus cejas de alas de cuervo, se dirigieron hacia mí. Ya no había remedio, me había localizado, me sacaría toda la sangre y dejaría mi cuerpo seco en la puerta de atrás del hospital. Pero ¿cómo sabía que yo estaba allí? No me había visto; hasta ese momento no había levantado la cabeza de la carretilla que empujaba. Lentamente, como el cura cuando abría el sagrario en la misa, se acercaba a mi escondite. Pensé que, cuando llegase hasta mí, ya no iba a encontrar su preciado tesoro si mi corazón estallaba. Parecía un tambor en mi garganta que no me dejaba respirar.
Yo me había pegado como una salamandra a la pared cuando, de pronto, giró la carretilla hacia la derecha de la casa y se dirigió al huerto del señor Lucas. abrió la portezuela, desenrolló el alambre del hierro de su máquina y pinchó al pobre conejo que había en una trampa. Ya dejaría para siempre de robar las zanahorias al señor Lucas. Luego metió el conejo en un saco y preparó la trampa para la próxima víctima. Aproveché ese momento para escapar y corrí hasta mi casa.
Nadie me iba a creer lo del conejo, así que al día siguiente le conté a Rosarito y a Elena que había un niño pequeño jugando solo en el huerto del Señor Lucas y que Blancanieves lo había metido en el saco. Yo también tenía ya una historia que contar. Lo malo es que, por la noche, en las sombras que hacía la ropa colgada en la pared de mi habitación, veía a Blancanieves. Y me decía: “Chupo la sangre a los niños ¿verdad? Pues ahora te la chuparé a ti, por mentirosa”. Yo metía la cabeza debajo de la manta y repetía hasta quedarme dormida: “Era un conejo, era un conejo”.

Araceli Broncano Rodríguez
Grupo C


La Papurra

Era una mujer grande, superaba con creces la altura de cualquier otra señora del pueblo. Sus brazos eran largos; sus manos, inmensas; sus pies, gigantescos. Tenía unos ojos tan negros que destacaban sobre la oscuridad de su piel. Caminaba torpemente, parecía que cada paso le costaba la vida, pero siempre andaba de acá para allá. A veces iba con sacos, con cubos o cántaros que cargaba con mucha dificultad a las caderas o a la espalda. Se llamaba Teodora, pero la llamaban la Papurra, que era el mote de la familia.
Vivía justo en la esquina de nuestra calle, por eso el abuelo la veía pasar todos los días de arriba para abajo. Eso decía él, aunque, en realidad, no la veía porque era ciego, pero sabía cuándo ella se movía a su alrededor. Aseguraba que era por el olor. Decía que olía a mala. Que por eso la distinguía.
Mis hermanos y yo la veíamos muy a menudo porque estábamos siempre en la calle jugando con toda la muchachería, enredando entre nosotros, metiéndonos en líos y, en definitiva, disfrutando de nuestra infancia, aunque, en aquellos momentos no lo supiéramos. Ella pasaba muchas veces por nuestro lado y yo me apartaba. Me daba miedo, su porte me intimidaba y el movimiento de sus manazas me hacía retroceder. Temía cuando ella se acercaba a nuestra puerta sobre todo porque mi abuelo torcía la nariz y se santiguaba.
La curiosidad y sobre todo el temor me llevaron a la cocina, donde estaban mi madre y mi abuela. Pregunté quién era esa enorme señora de mirada atroz. Mamá salió al quite enseguida y me contó que se trataba de una mujer pobre con una prole numerosa: tenía siete hijos y un nieto a los que alimentar. Su marido era un desventurado pastor de ovejas, que no ganaba lo suficiente para el sustento de la familia y que, además, se había dado al vino. No obstante, la señora Teodora, que es como la llamaba ella, nunca había renegado del hombre, bien al contrario, procuraba atenderle en todo lo que fuera posible. “Y cada vez que venía de las ovejas, le hacía otro hijo” —dijo mamá entre dientes, para que lo escuchara solo la abuela, a la que se le escapó una sonrisa de medio lado. Pero yo también lo oí.
El abuelo, que tenía un oído muy fino, fruto, seguramente de su ceguera, dijo alto y claro: “Es una puta. Todo el pueblo lo sabe y, sobre todo los hombres que han pagado su cama”.
Mamá levantó la voz para salir en defensa de nuestra vecina y reprender a su suegro. “Abuelo —dijo— no hay que ofender. Teodora es una buena mujer a la que no le ha tocado otra que ganarse la vida de mala manera”. Y acabó: “A saber a qué llegaríamos nosotros por proteger a nuestros hijos”. Se volvió hacia mí y me dijo: “no debes temerla, no te hará ningún daño, al contrario, si te acercas a ella, te tratará con cariño”.
Yo no entendí muy bien de qué iba la conversación entre el abuelo y mi madre, pero di por buena la explicación. Bastaba con que mamá dijera que era una buena persona para que se me quitara la aprensión hacia la Papurra y empezara a mirarla con otros ojos.

Maxi Moreno
Grupo B


Se veía venir

D. Trump, desde muy pequeño, era distinto al resto de los niños. En la guardería cuando las niñas se reían del color de su pelo, las pegaba y les quitaba las golosinas. De chaval, como era el dueño del balón y del campo, solo jugaban sus amigos, al resto les cobraba para jugar o les insultaba por no tener dinero. La mansión donde vivía era muy grande, y no le gustaba dormir solo, por lo que cada día solicitaba le acompañará una criada distinta. Sus padres para que se fuera a la cama pronto a descansar, trataron al principio de meterle miedo, con el hombre del saco, el sacamantecas o el coco. Pero el pequeño Donald cuando su madre le decía “Donald, vete a la cama, que si no llamo al coco”, él siempre contestaba lo mismo. “ Yo, al coco le doy por culo”.

Luis Iglesias
Grupo B


Poldo

Se llamaba Poldo. El hombre del saco que vagaba por las calles de mi pueblo se llamaba Poldo. Bastaba que alguien anunciara que lo había visto llegando a la ermita, para que todos los niños huyéramos y la plaza se quedara vacía.
Mi hermano y yo teníamos suerte, pues vivíamos allí mismo, al lado de las escuelas.
—¡Mama, que viene Poldo! —entrábamos gritando
Corríamos hacia nuestro cuarto y nos atrincherábamos como para resistir un asedio. Muchas veces el monstruo golpeaba la puerta y entonces nos estremecíamos de terror y lamentábamos que nuestra habitación no tuviera cerrojos. Luego la curiosidad vencía al miedo y, al poco, nos apostábamos junto a la ventana y entreabríamos las contraventanas para espiar al mendigo. Era un tipo viejo, eso nos parecía a los niños, de espalda encorvada y andar titubeante. Vestía ropa de pana oscura, remendada y sucia, y llevaba calado un sombrero de fieltro negro cuyas alas caían hasta juntarse con una barba tupida y canosa. Algunos aseguraban que no tenía cara.
—Una caridad —le pedía a mi madre.
Nos maravillaba la valentía de ella, que lejos de mostrarse temerosa, le hablaba con un tono respetuoso y solícito. Como si su venida fuera un rito incómodo, pero que no podía soslayarse.
Ella —luego nos lo contaba— le entregaba unas monedas, unos mendrugos de pan y algún tasajo de carne. Y si era el tiempo, un par de manzanas o un racimo de uvas. Lo veíamos guardar todo en el mugriento saco de arpillera que portaba al hombro.
Mis padres nunca necesitaron asustarnos con el hombre del saco, nosotros lo conocíamos y era suficiente con mencionar su nombre para que las rodillas se nos echaran a temblar.
Yo le temía más aún que mi hermano, pues en una ocasión, me encontré solo frente a él. Habían golpeado la puerta y yo, que pasaba cerca, la abrí sin pensar. Verlo en el umbral me dejó paralizado. Era un viejo menudo en el que todo era oscuro menos las dos brasas que tenía por ojos. Me alcanzó su peste a sudor y humo. Antes de que pudiera reaccionar él extendió una mano de uñas renegridas y suplicó:
—Una limosna, zagal.
Di un portazo y corrí hacia la cocina donde se hallaba mi madre. Me abrazó y, con mucha ternura, me animó a demostrar coraje y a acompañarla. Me negué y me acurruqué en una silla mientras ella iba a socorrer al mendigo.
Pasó el tiempo y la inocencia infantil. Supe que aquel pobre hombre no era más que un enfermo sin recursos que sobrevivía de la mendicidad. Y olvidé su nombre y su amenaza.
Pero hoy lo he recordado de golpe y también el pavor que me causaba el simple hecho de nombrarlo. Porque hoy, más de sesenta años después, he sentido el mismo miedo. Cuando desperté de mi desvanecimiento había un alboroto de enfermeras y doctores afanándose sobre mi cuerpo. Me aturdieron las voces y el ajetreo. Por eso tardé en descubrir, tras ellos, la cara de Poldo, su sombrero, la barba, sus ojos. Estaba allí, yo lo veía, pero los demás parecían ignorarlo. Me llegó, incluso, su olor rancio. Entonces noté que su mano de uñas negras tiraba con fuerza de mi tobillo. Las piernas me temblaron como cuando era un niño.
Hoy no ha conseguido arrojarme dentro del saco. Quizás la próxima vez.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El hombre del saco

Al caer la noche
por callejuelas y caminos
camina, sigiloso,
el hombre del saco.

La luna alumbra sus pasos,
enormes y largos.
Su sombra asusta al viento
y hace esconder a los pájaros.

Un sombrero de fieltro negro
esconde su imaginada cara
y una raída capa verde
cubre su espalda encorvada.

Cansado y viejo se retira
el tan temido hombre del saco.
Los padres no le necesitan.
Los tiempos han cambiado.

En su saco lleva ahora
los “te quiero”, no dichos
y los besos, no dados
de los niños de antaño.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Duérmete niño, duérmete ya

Se abre la puerta
y entran los escalofríos.
Su aliento alcoholizado es una premonición;
el tambaleo de su cuerpo
provoca terremotos en mi interior.

Por el pasillo se arrastra
entre botellas y ropa sucia,
con gemidos de dolor,
rompiendo juguetes a su paso.

Su boca es un lagar de sangre y dientes,
y sus ojos son dos golondrinas
aplastadas contra el suelo.

—se aproxima—

Con la carne de sus dedos
araña las paredes;
avanza gritando auxilio
y mascullando amenazas.

—se desploma—

Y comienza a llorar
como una alimaña herida.
Buenas noches, papá —susurro—.
Duérmete niño, duérmete ya.

Mencey Guerra
Grupo A


Sombras del pasado

--Madre, una sombra pequeñita me persigue.
--Verás, mi niñito, como esa sombra se hará grande y algún día será humo.
Puerta entreabierta, discusiones de adultos, madre enfurecida, padre que golpea, un vaso estalla por los aires, el agua se desliza entre el silencio.
Miedo atroz, que convierte en gusanos de pánico, las mariposas del estómago sediento.
Duele cada rendija de vida. Pequeño aliento.
--Madre, la sombra se hizo grande y se hizo hielo.
--No, mi niño, la sombra cuando se haga hombre, será cielo.
Escalofríos de noches de escarcha, centellea el rocío.
--Duele el alma, madre.
--Tranquilo mi hijo. La sombra, tu sombra, ya no serán tus miedos. Sólo tus sueños.
7:00 Comienza un nuevo día. Despierto.

GuADAlupe
Grupo C


Contar el miedo

Acababan de instalarse en la casa nueva. Con sus tres plantas, su garaje subterráneo, su bodega y un bajo cubierta que acondicionarían como estudio. En una urbanización a las afueras, con piscina, jardines, eso que ahora se llaman zonas verdes, y bien comunicada. Rodeada de tierras. Vamos, lo que es un falso campo. Porque ese era su sueño y era lo mejor para todos. Y en ese todos estaba incluido él: Tu padre. Verás qué bien estará tu padre en el chalet. Con mucha luz, zonas verdes y campos alrededor. Además, su habitación en el piso de abajo para no tener que subir y bajar escaleras.
Él, tu padre, se instaló en su nueva habitación. Amplia, con una gran ventana que daba al parque, un baño próximo y la puerta de bajada al garaje al lado. La primera noche en la nueva casa él se levantó y, adormilado, abrió la puerta, y pulsó el interruptor de la luz. Comenzó a bajar las escaleras, peldaños de terrazo frío. Notó que sus pisadas eran otras. Escuchó claramente el crujir infantil de los escalones de madera que bajaban a la cuadra desde la mediocasa. Oyó el ruido que hacía la trampilla de madera al abrirse y sintió en sus manos el frío metálico de la argolla que utilizaban como asa. Y allí el hueco oscuro, negro, enigmático, que le reprodujo aquella desazón que ya tenía olvidada. Había que bajar a tientas varios peldaños. ¿Cuántos? La de veces que los contó para no recordarlo nunca. Sí recordó la luz mortecina de la cuadra. Una única bombilla en la que el polvo se quedó a vivir, aquella luz que no mitigaba la oscuridad, ni atenuaba sus miedos. Adobes y tabiques a media altura para sujetar los pesebres de troncos huecos. Quedaban sólo unas gallinas y algunos conejos. Percibió el olor cotidiano, un vaho tibio que subía desde el suelo: excrementos, paja y estiércol. Ese olor casi protector. Y el frío, cuando en invierno cruzaba aquel espacio mesetario para aliviarse entre la noche. En ocasiones el frío le pudo y había mojado la cama por no bajar a la cuadra. ¿O no fue por el frío? Y acabar, acabar rápido, porque allí abajo, en lo más oscuro de la cuadra, se reunían, él los oía a veces, el hombre del saco, el sacamantecas, el lobo, el tío camuñas. Un grupo de conocidos que sus padres le mentaban con frecuencia. Ellos están en comisaría hablando con un policía. Le cuentan que él ha desaparecido, que últimamente estaba raro, ausente, como asustado. Que pasaba el tiempo mirando por la ventana y apenas salía. Ya sabe que los mayores tienen sus manías, son como niños.
¿Cómo le explicaban al policía lo que había pasado? No les creería. Pensaría que estaban locos.
El joven policía los miró serio, circunspecto, profesional. Ninguna duda, dijo. !Se lo ha llevado el hombre del saco!

Nicolás Casillas
Grupo A


Nanas

En laberintos escondidos de mi memoria resuena esta nana no dedicada:
“Duérmete niña,
duérmete ya,
que si no viene el coco
y te comerá.”

No escucho voz, sólo siento la amenaza de lo intangible que me obliga a fingir la quietud del abrazo de Morfeo.
30 años después, susurraba una nana muy diferente y en poco tiempo se convirtió en una melodía diaria cantada a 2 voces:
“Te acuesta mamá,
te acuesta mamá,
con tus sábanas y tus mantitas.
Te acuesta mamá,
para descansar
y para mañana
poder jugar”

Y me he dado cuenta de que asustar niños no es lo mío…

Ana Calvo
Grupo C


No maltrates a tus muñecas…

-No trates así a tus muñecas , no les cortes el cabello, no les pintes la cara. Cuídalas. Que estén siempre limpias y bien peinadas, con sus vestidos bien puestos, con sus zapatos, sus medias, todo.
Me lo dijo tantas veces María. Pero yo, yo no hacía caso.
-Sabes lo que pasa cuando una muñeca es maltratada ¿no?...
A mí me gustaba cortarles el pelo, ensayar nuevos maquillajes en sus pequeñas caritas y vestirlas y desvestirlas una y otra vez, luego, sus ropas se me perdían entre tantas cosas, entre tantos otros juguetes y al final, las pobrecitas quedaban con nada puesto, con los cabellos cortos, las caras manchadas y arrojadas por cualquier parte.
-A las muñecas no les gusta que las traten mal. No les gusta estar en cueros, ni pelonas. Tampoco les gusta que les pintarrajen las caras. Se enojan si les haces eso ¿te he contado lo que pasa en la noche con las muñecas enojadas? ¿te he contado lo que hacen?
María Regalado, una mujer gruesa, morena de unos cuarenta y tantos años que servía en mi casa y que muchas veces se encargaba de llevarme a la cama a dormir.
María Regalado, cómo la recuerdo. Gustaba mucho de contarme historias extrañas, historias de muertos, de aparecidos, de brujas.
-Por la noche, las muñecas enojadas porque las maltratan, ladran como perros, se ponen en pie y caminan por todos lados, pero no caminan así nomás, como tú o como yo, no, se sacan las piernas y vuelan, como las brujas.
Sus ojos oscuros tenían un brillo extraño cuando contaba esas terroríficas historias, antes de irse y apagar la luz, dejándome muerta de miedo al cerrar la puerta de la habitación.
-En esas ramas del árbol que tocan tu ventana, allí se sientan a mirarte mientras duermes. Un día, un día va a pasar que van a estar tan enojadas por lo que les haces, que se van a juntar todas en la noche y te van a dejar igual que ellas; Pelona, encuerada y tirada por allí, sin piernas. Sigue, sigue niña tratándolas así y, vas a ver lo que te pasa…
Dejé que jugar con muñecas. Ya no quería más tener miedo de que se levantaran por la noche e hicieran todo lo que María decía. Las guardé en sus estantes, en sus cajas, traté de reponerles sus vestidos y lavarles las caras. Sus cabellos no podían crecer, pero, al menos, sus piernas seguían en su lugar.
María se fue de casa un día, regresó a su pueblo y nunca más volvimos a verla, pero sus historias de terror se quedaron para siempre en mi memoria. Desde entonces cuido mucho a mis muñecas, procuro que estén vestidas, peinadas y con la cara limpia…De todas formas, en la noche las espío, a ver si no se ponen a ladrar como perros o se quitan las piernas y salen volando.
Ah, y desde entonces, también evito las habitaciones con árboles cuyas ramas toquen las ventanas…No vaya a ser.

Esperanza García
Grupo A


Monstruos para que os quiero

El niño, mi niño, me miraba con una mezcla de insumisión, soberbia y sabia determinación. Estaba decidido en ese preciso instante a desobedecerme, no había otro tiempo verbal para él. El recibidor de la casa era el territorio de la batalla,un lustro de vida, su experiencia. Seis lustros los míos.
¬¬ Así que ¿te quieres ir?. ¿A dónde?..
¬¬ Sí. Me voy. No quiero cenar. Me quiero ir.
¬¬ Es de noche, muy de noche. Está muy oscuro en la calle. Vete a saber quien anda por ahí.
¬¬ Me voy. Estoy harto¬¬ Dijo abrazándose a sí mismo.
¬¬ Hace mucho frío en la calle. Hay perros vagabundos y hambrientos ¿dónde vas a dormir?¬¬ yo, francamente preocupada por la tozudez de mi hijo. Invocando a Jung y a todos los pedagogos que en el mundo han sido.
¬¬Me voy¬¬ Lo dijo ya agarrado al picaporte de la puerta como si fuera una liana dúctil.
¬¬Está bien, dije y pensé plan B, apoya su decisión.
¬¬ Pero, llevate algo de abrigo para pasar la noche
Me miró sorprendido sin soltar el picaporte.
¬¬Espera, te hago un hatillo¬¬. Y metí en un pañuelón que colgaba de una silla: una mantita del sofá ,un gorro y creo que un pijama y un trozo de pan. El esperaba de brazos caídos. En ese momento me dio pena, no quería ser la mala de la película en su guión particular pero, una había leído sobre la “la buena educación” y estaba dispuesta a llevar a termino aquella absurda situación.
Le ayudé a colocarse el hatillo, abrí la puerta de casa de par en par y le empujé al descansillo. No dí la luz. Cerré tras él y observé por la mirilla. No se rendía, el muy cabezota. Pasé a ponerme unos zapatos y una chaqueta, corriendo corriendo. ¿Por qué no tenía miedo? ¿Por qué?. Yo estaba asustadísima. Y, si se iba a la calle. Me asomé a la mirilla. Se había sentado en el primer escalón que descendía. No abandonaba el rellano, menos mal. Esperé.... Seguí esperando. Pasó mucho tiempo hasta que me decidí a abrir la puerta. Di la luz de la escalera.
¬¬Miguel, hijo. Ven¬¬ Casi susurré.
El negó con la cabeza y los hombros. Me acerqué muy despacio, me senté a su lado y lo abracé. Estaba llorando. Lo seguí abrazando. Le ayudé a levantarse y con mucho cuidado lo guié hacia la luz de nuestra casa. Cerré la puerta en silencio. Después le ofrecí un colacao con galletas y un cuento del delfín Sinfín y el tiburón Sinfón.
El durmió como un lirón y olvidó, yo no.

Araceli Sebastián
Grupo C


El coco vendrá

-Duérmete mi niño, duérmete ya, que si no vendrá el coco y te comerá.
-No mamá, no lo hará. Por el contrario, mi amigo será.
-Ven hijo, acércate. Mira el cielo, hoy la luna está muy redondita. ¿Recuerdas cómo te dije que se llamaba la luna cuando estaba así?
-Luna llena, mamá. Brilla mucho, por eso no me da miedo la oscuridad. Ella ilumina mi habitación.
-Cuando la luna está así de llena, las brujas, el hombre del saco y el coco salen en busca de los niños que no quieren dormir. Entran en su habitación, los sacan de sus camas y se los llevan para nunca más regresar.
-Si vienen les daré un vaso de leche con galletas. Les enseñaré mis juguetes y jugaremos toda la noche hasta que caigan rendidos de sueño. Cuando se haga de día ya no podrán hacerme daño y volverán con sus mamás, y una nueva historia les contarán. Si aún así deciden llevarme, correré y en tu regazo me refugiaré para que no puedan encontrarme.
-Algún día entenderás que esos monstruos nunca se irán. Acechándote siempre estarán. Tendrás que ser muy valiente para defenderte de esa escoria. Pero, hasta que lo puedas entender, yo velaré tus sueños y despierta los esperaré. Ahora duérmete y no temas, que mamá te protejerá.
Pasados los años comprendí lo que mi madre quería decirme. Me estaba avisando de los peligros reales de la vida, de aquellos monstruos a los que realmente debía temer, de los que debía cuidarme, de los que son de carne y hueso y no de los que vivían en mi mente.
Descubrí que efectivamente hay brujas y brujos que con sus discursos nos hechizan, nos nublan el entendimiento y nos convierten en títeres en sus manos.
Que hay hombres del saco capaces de minar la tranquilidad y la felicidad de familias enteras, sesgando la vida de inocentes sin siquiera temblarles el pulso.
Que el coco espera pacientemente un descuido para entrar en tu mente, en tu cuerpo y poner patas arriba tu existencia.
Todos estos monstruos caminan a diario a tu lado, con diferente aspecto. Los puedes encontrar en el autobús, comprando en una tienda o, simplemente, dentro de tu propia casa porque, un día, sin saber quienes eran, los dejaste entrar.
La valentía de la que hablaba mi madre no es otra que la gran tarea de convivir con ellos. Seguir y enfrentarlos es la mejor manera de derribarlos. Porque no hay nada peor para tu enemigo que verte de pie, luchando y buscando eso que llaman felicidad.

Verónica S.S.
Grupo C


El rincón de la tinaja

En aquel requiebro del pasillo pintado de azulina, habitaban los monstruos. Allí no llegaba la luz de la bombilla del pasillo ni tampoco, en ningún momento del día, llegaba un resquicio de luz natural. Solo a veces, con la puerta bien abierta de la cocina, se proyectaban remotas sombras desde la lumbre.
Allí estaba depositada la tinaja de agua, patria de fantasmas, demonios y brujas y residencia de monstruos y princesas afligidas.
Cada vez que pasaba por ese rincón inquietante yo apretaba la marcha y procuraba no mirar aquel hueco oscuro que disparaba mi imaginación.
Solía venir a mi mente aquel cuento repetitivo y circular: “Érase una vez un rey que tenía tres hijas, las metió en botija y las tapó con pez”. Aquella retahíla la contábamos repetidamente: “¿Quieres que te lo cuente otra vez?”. Yo escuchaba esperando con curiosidad el final de aquella triste historia e Imaginaba a las tres princesas encerradas bajo la tapadera de corcho, sin saber por entonces que era una botija y que era la pez.
Aquella tinaja cuyo fondo nunca veíamos se llenaba todos los días con agua a base de herradas que acarreamos desde el pilar más cercano. Mi abuela la vaciaba de vez en cuando “para limpiar el fondo, por si hay algún gusarapo”. Y en mayo, antes de la la fiesta de la Cruz, cuando se pintaban con cal las paredes y se sacaban todos los enseres al corral, se solía mover la tinaja para remedar en la pared, los ronchones de las humedades y darle un baño de linaza al barro del que estaba fabricada. Yo aprovechaba para observar profundamente e intentar adivinar dónde estaban las princesas encerradas por el malvado rey.
Entonces, bajo la luz del sol, la tinaja parecía inocente e incluso vulgar y yo olvidaba hasta que pasaba el verano, los monstruos y las princesas fantasmas.

Aurora Martín
Grupo C


El castillo de la Mota, guardián de leyendas

El castillo de la Mota, en Medina del Campo, no es solo una fortaleza. Es casi una persona: un viejo gigante de ladrillo que observa la meseta, guarda silencio y, al caer la noche, deja escapar historias. Sus murallas han visto guerras, encierros y alianzas rotas; pero, sobre todo, han aprendido a guardar secretos. Por eso, al hablar de leyendas, más que un simple escenario, la Mota parece un gran contenedor de recuerdos y apariciones, un personaje mítico hecho de piedra y de niebla.
Durante siglos, el castillo fue prisión de Estado y escenario de episodios dramáticos. En sus salas frías y en sus pasillos estrechos se mezclaron el miedo, la ambición y la soledad. Las leyendas que nacen ahí hablan de figuras encerradas, de reinas sin trono, de jóvenes enamoradas a quienes la política les robó la vida. Quizá por eso muchas historias insisten en la misma imagen: una silueta blanca que se asoma a las almenas o desciende lentamente por las escaleras, como si aún estuviera buscando algo que perdió hace mucho tiempo.
Una de esas figuras es la Dama Blanca, asociada a la reina Juana la Beltraneja, recluida entre estos muros a finales del siglo XV. Dicen que su espíritu recorre todavía las galerías interiores, vestida de blanco, silenciosa, detenida para siempre en el momento de su derrota. No hay pruebas de fenómenos extraños, pero quienes han pasado la noche en la Mota hablan de pasos lejanos, susurros que parecen salir de las torres y un eco que se repite como un lamento. Tal vez sea sólo el viento, pero en un castillo cargado de historia, el viento sabe imitar muy bien la voz de los fantasmas.
Otra leyenda cuenta la historia de una sobrina de un rey, enamorada de un habitante del pueblo. El monarca había decidido casarla con un noble de la corte, y cuando descubrió el amor secreto, mandó encerrar al muchacho en una torre. La joven, desesperada, se arrojó a las aguas del foso del castillo. Él fue decapitado poco después. Desde entonces, dicen que, cuando el verano aprieta y el campo se seca, la lluvia llega de golpe como si fueran las lágrimas de la joven derramándose sobre la muralla. Y si las tormentas hinchan el foso, hay quien asegura ver una sombra que se asoma en la superficie del agua.
También se habla de cadenas que se arrastran por los pasillos, golpes metálicos en los muros y pasos que se detienen bruscamente, como si alguien hubiera caído al suelo. La acústica del castillo, el eco del viento al colarse por troneras y saeteras, y las vibraciones que produce el propio edificio pueden explicar muchos de estos ruidos. Pero precisamente esa mezcla de sonidos reales y miedos antiguos es lo que alimenta el imaginario popular. Cada crujido se convierte en mensaje, cada corriente de aire en un suspiro, cada sombra en un visitante que regresa desde otro tiempo.
Por eso, el castillo de la Mota sigue vivo, aunque sus cañones estén mudos y sus salas se hayan convertido en espacio de visitas. De día, muestra su rostro de monumento histórico; de noche, recupera su papel de narrador silencioso. Cada torre guarda una historia, cada piedra recuerda un paso, cada corriente de aire abre la puerta a una nueva interpretación. Así, más que un simple edificio, la Mota se levanta como un personaje que ha escuchado demasiadas confesiones para permanecer callado. A través de sus fantasmas, nos recuerda que la historia no está hecha sólo de grandes victorias, sino también de vidas rotas, amores prohibidos y promesas incumplidas. Y mientras alguien siga dispuesto a contar o escuchar estas historias, el castillo continuará, noche tras noche, cumpliendo su papel de guardián de leyendas.

Fernando Nieto
Grupo A


Miedos reales

Allá por 1967, donde no había móviles para llamar a alertcops, los niños no tenían la compañía de sus mamás y papás para ir al colegio; iban solos. En este marco escénico , se podían vivir algunas situaciones de película de miedo. Cuando íbamos con algún amigo o hermano, entonces el miedo no se percibía como amenazante , pero yendo solos era un pánico que hacía latir tu corazón a tal velocidad que parecía salir de tu cuerpo.
Cierto día me acompañó una sombra hasta llegar al portal e incluso subió hasta el rellano de mi casa.
Era un hombre que inmediatamente después de que yo franqueara la puerta de mi casa con la llave, tocó el timbre en la oscuridad permaneciendo allí un instante.
En nuestra casa vivía con nosotros una tía que fue testigo del estado de nerviosismo cuando llegué, y como tocaron el timbre seguidamente y no quisimos abrir, pero miramos por la mirilla y estaba la luz apagada y no abrimos hasta que volvieron a tocar, volvimos a mirar y ya vimos a nuestra vecina que se encontró con mi perseguidor que bajaba las escaleras de mi portal sin ascensor.
Tocó el timbre y nos dijo : He visto a un señor que bajaba desde vuestro piso cuando yo subia. Ella vivía en el segundo, no era vecino, corroboró.
No hizo falta prueba gráfica

Carmela
Grupo A


El malentendido

Vengo de enterrar a mi buen y casi único amigo, Adrián (¡que el diablo se lleve!). Era casi un año menor que yo.
Tengo la buena o mala suerte de saber que solo faltan días, puede que horas, para seguirlo.
Todavía estoy tratando de asimilar lo que me contó en su lecho de muerte, y la verdad es que ni siquiera me apetece que exista la posibilidad de volverlo a ver.
Nací en Nueva York el 24 de octubre de 1929. Mi padre era el síndico de Wall Street y en vez de suicidarse, como muchos otros, nos llevó a la Argentina, de donde era mi madre.
Mis abuelos, unos de los más importantes terratenientes de aquel país, me pagaron el internado donde conocí a Adrián. Resultó ser también vecino mío, lo que facilitó que terminara convirtiéndose en mi amigo más entrañable.
En el internado fue el único que se aproximó a mí cuando todos me hacían el vacío y me trataban como si fuera un apestado.
Ya en la adolescencia fue el único que se interesó por mis amoríos a su manera. Se hizo novio de Victoria, la única chica a la que amé en mi vida y a la que, años después, dejó casi al borde del altar y con serios problemas psicológicos.
Con veinte años nos embarcamos en un negocio discográfico que a él le resultó sumamente rentable, aunque a mí me fue un penoso quebradero de cabeza, que por pura suerte no me llevó directamente a la bancarrota, como a nuestros otros socios.
Al final, el cúmulo de desaciertos de Adrián resultó ser una experiencia enriquecedora, porque a partir de entonces, y haciendo exactamente lo contrario a sus consejos de inversión, me convertí en un brillante hombre de negocios.
No obstante, en lo que a mi vida social se refiere, todo parecía una prolongación del tétrico ambiente del internado. Sólo Adrián, al que mujer, hijos y amigos habían abandonado, y un enjambre de socios había demandado, continuaba siendo mi único gran amigo.
Hace un par de meses enfermó gravemente y di las instrucciones pertinentes para que fuera acogido en mi casa, en la que organicé un hospital con todo lo necesario para atenderlo.
El día antes de su entierro, cuando llegué a casa, el mayordomo me dijo que Adrián había preguntado insistentemente por mi. Necesitaba hablar conmigo.
En su lecho de muerte, me confesó entre risas (eso sí, porque a él nunca le faltó el buen humor) que, debido a un malentendido, había revelado lo que él creía, el secreto de mi procedencia.
Cuando éramos niños, había oído a sus padres hablar sobre sus vecinos recién llegados. Respecto a mi padre, dijeron que era algo así como “el hombre de la bolsa”. Adrián me contó que no pudo con el peso de tan extraordinaria noticia y lo comentó con los compañeros del internado.
Quedé estupefacto y solo acerté a preguntarle por qué, cuando supo que se había equivocado, no desmintió el infundio. Pero él ya solo reía.
Aferré una almohada mientras lo oía toser, congestionado por la risa, y volqué en ella toda la ira de una vida.
Asistí atónito al hecho de cómo aquel hijo de cien mil padres, en un solo y falso acto de contrición, en una sola de sus carcajadas, había desgranado la epifanía de mi vida.

Calgari
Grupo A


El hombre del saco

Vi una causa procesada
por el miedo que infundía
un hombre que aparecía
y a los niños atrapaba.

Fue llevado a un tribunal
acusado por terror
para pagar por su error,
nos informó su fiscal.

En juicio del forajido
presente estaba la prensa,
el abogado defensa,
jueces y niños testigos.

Declara Juan a la sala:
-mi papá me advertía,
al saco vas cualquier día
por tu conducta tan mala.

Dijo Elena a la audiencia:
-Llevo años con mal dormir,
viendo un hombre y saco venir
¡Esa es mi triste vivencia!

-¡Clemencia pal` acusado!
¡no es el único culpable!
-dijo el abogado loable-,
los padres lo han cultivado.

El fiscal está ofendido
insiste en su petición
¡Pues, no tengan compasión,
es asustador poseído.

Le permitieron hablar
y a viva voz se escuchó
-"lance la primera piedra",
quien realmente a mí me vio.

La sentencia va a inquietar:
-¡ABSUELTO! nos faltan pruebas.
Y el fiscal pronto reprueba,
-Pues sepan, yo voy a apelar…

Falló el Tribunal Supremo
y se declara sentencia
informando así a la audiencia
- tres años le proponemos.

-Y a padres amenazantes
un proceso le merece;
así, pagarán con creces
el maltrato a los infantes.

Miriam García Cabrera
Grupo A


El hombre del saco

Un estallido de risas burlonas resonó en la noche, alrededor de las últimas llamas de una hoguera languideciente, entre cuyo humo aún flotaba el olor dulce de nubes tostadas. Le siguió un coro de airadas protestas:
- ¡Buuh, fueraa!
- ¡El hombre del saco es para niños!
- ¡No asusta ni a mi hermanita de 2 años!
Sentado en el corro, un veterano monitor alzaba las manos, tratando de aplacar a la caterva de chavales amotinados por su insultante elección de historia de terror.
- ¡Shhhh silencio! ¡Dejadme hablar! ¡Callad un momento!
A sus 12 años, Pablo jaleaba como el que más, aunque en el fondo agradecía que el bonachón de Isaac hubiera frenado la escalada de historias de miedo, a cada cual más truculenta, que los mayores habían estado contando en torno al fuego. Fue de los primeros en callarse para dejar al pobre hombre justificarse. Cuando por fin logró calmar la algarabía, el monitor empezó a explicar con su característico tono afable:
- A ver, ya sé que las historias que conocéis del hombre del saco son una bobada para críos... pero es que ninguna de esas es la verdadera historia. Muy pocos la conocen, en realidad, porque que muy pocos han sobrevivido para contarla. Pero yo sí la conozco, y de primera mano, además.
Notando que empezaba a captar la atención de los niños, Isaac se alumbró la cara con la linterna, tratando -con poco éxito- dar a sus rechonchos rasgos el aire fantasmagórico de rigor.
- Cuando yo tenía la edad de algunos de vosotros -prosiguió, procurando dar a su voz un tono gutural- un niño del barrio desapareció. ¡Puff! Un día se esfumó de forma inexplicable. Durante 12 días lo estuvieron buscando, en vano. No había ni rastro de él. Al decimotercer día, cuando empezaban a perder la esperanza, lo encontraron, casi por casualidad. Estaba solo. Vivo...pero incompleto. No es que le faltara un brazo o una pierna, no…mucho peor.
Los chavales, que al principio se reían, se fueron acomodando.
- Dicen los cuentos que el hombre del saco se come a los niños -continuó- que les saca las mantecas o los tuétanos. Y a lo mejor es verdad, pero solo cuando ya ha devorado su verdadero alimento...el alma. A ese pobre niño no llegó a comérselo, cierto, pero durante esos doce días estuvo arrebatándole su espíritu, sus sueños, su humanidad…pedacito a pedacito.

Un par de chavales se movieron inquietos. Pablo sintió un escalofrío que no supo si atribuir al fresco o a la historia. El monitor dejó que el silencio reinara unos segundos antes de proseguir con un susurro confidencial:
- ¿Queréis saber algo que no dicen las historias? El saco que el hombre lleva consigo no es, como se cree, para llevarse a los niños, sino para llevar…disfraces. Sí, disfraces. El hombre del saco no busca a niños desobedientes las noches de luna llena ¿Por qué iba a hacer esa tontería? No, el hombre del saco acecha a plena luz del día, camuflado como una persona cualquiera -el tendero de la esquina, un amable vecino, un policía...-. Seguramente todos hayáis pasado alguna vez junto a él sin saberlo, mientras estudia a sus presas y busca el momento para guiarlas con engaños lejos de sus casas, lejos de sus padres, para alimentarse hasta no dejar nada. Bueno…casi nada.
Isaac bajó aún más la voz, obligando a los niños a inclinarse para oírlo, nerviosos pero intrigados. -Ese niño me contó un detalle más, un detalle espeluznante…el saco no era un saco normal, sino que estaba hecho...de pelo. ¡Pelo humano! ¡EL PELO QUE OS ESTOY TOMANDO!
Las risas de Isaac se mezclaron con los gritos asustados de los niños, que pronto se volvieron griterío de protesta por la mala baba del monitor, que se carcajeaba satisfecho mientras le llovían insultos y manojos de hierba.
Varios meses después, un sábado a medio día, Pablo volvía a casa después de un partido de fútbol en el que había estado especialmente sembrado. Repasaba mentalmente las jugadas cuando una voz lo saco de su ensimismamiento.
- ¡Pablete! ¿Dónde vas tan empanao?!
Pablo alzó la cabeza y vio a Isaac, saludándolo divertido desde el coche. Le devolvió el saludo, y la sonrisa, y se acercó a la ventanilla.
- Del campo de fútbol -explicó-. Hoy tenía partido.
- Ya veo, ya. ¿Y cómo ha ido? ¿Habéis ganado?
- Pues sí, 4 a 2. Yo he metido dos goles y he dado una asistencia – anunció, tratando de sonar más o menos modesto.
- ¡Toma ya! ¡Pablo balón de Oro! - Jaleó el monitor, sonriente. - Oye, si quieres sube y te acerco a casa. Y así me cuentas cómo han sido esos golazos…
Cansado y deseoso de llegar cuánto antes, Pablo se sentó confiado en el asiento del copiloto, contándole a Isaac con pelos y señales sus momentos de gloria, encantado por las exclamaciones de asombro y admiración que levantaba en el afable monitor.
Tan enfrascado estaba en su relato que no notó el cambio de rumbo hasta que el coché abandonó la ciudad.
- Isaac… estás yendo mal, por aquí no se va a mi casa.
El hombre no respondió. Siguió conduciendo y, con un clic discreto, casi delicado, apretó el botón de bloqueo de las puertas. Pablo sintió el mismo escalofrío que en la hoguera, pero esta vez sin nubes de azúcar ni risas alrededor.
- ¿I..Isaac…?
El hombre lo miró de soslayo, la simpática sonrisa quebrándose en una mueca ladeada. Los ojos tras las gafas ya no se veían cálidos ni amables, sino vacíos y afilados, y su corpachón, tan campechano y torpón, se erguía ahora amenazante.
- Ay Pablito, Pablito...- dijo con una risa áspera y salivosa, de hiena oliendo sangre.- No dirás que no avisé...

Alfonso Jiménez
Grupo B