Mi infancia son recuerdos

La sesión de esta semana la dedicamos a la infancia, ese paraíso del que somos expulsados cuando vamos sumando años y restando asombros. ¿Son iguales todas las infancias? ¿La de un niño de pueblo y la de una niño de ciudad? ¿La de una niña y la de un niño? ¿La de un niño africano y la de un niño americano? Com en casi todo, siempre hay matices. 
En la sesión hablamos de babis y de libertad, de la banda sonora de aquellos años (posiblemente la sintonía de muchos de los dibujos animados de entonces como Heidi o Marco), de nuestros recuerdos y de nuestros héroes reales o de ficción. 


Ilustración de Iván Torres


Transcribimos aquí el microrrelato "Peter Pan" de Fernando Iwasaki en el que un niño manifiesta su descontento porque su padre, a diferencia del resto de sus amigos, no es ningún héroe o ningún villano, tan sólo un vendedor de seguros. El niño entonces busca un modo de remedia esa situación que le avergüenza:

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme, porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Recomendamos el trabajo de Francisca Noguerol titulado "Infancia y microrrelato". En él se analiza la infancia como motivo central de algunos microrrelatos pero también otros textos donde el personaje principal o el narrador son niños o niñas. El trabajo se centra, fundamentalmente, en textos de Ana María Matute, Fernando Iwasaki y Ana María Shúa aunque nos ofrece otros muchos ejemplos.

Os invitamos a conocer los cortometrajes "Piquinu" y "Tiempu de medrar" de Sonia Fernández en el que los protagonistas son dos niños. Podéis verlos y ampliar la información en este enlace..

Y dejamos por aquí un breve repertorio de textos leídos en el taller y que configuran diferentes ángulos de visión sobre la infancia: un poema de José Asunción Silva titulado "Infancia", un poema de Mario Benedetti con el título de "Cuando éramos niños" y un microrrelato de Ana Sarrias titulado "El espectador" que obtuvo el primer premio "Relatos en cadena" de la Cadena Ser en 2016:

Esos recuerdos con olor de helecho
Son el idilio de la edad primera.
G.G.G.


Con el recuerdo vago de las cosas
que embellecen el tiempo y la distancia,
retornan a las almas cariñosas,
cual bandadas de blancas mariposas,
los plácidos recuerdos de la infancia.

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños
liliputienses, Gulliver gigante
que flotáis en las brumas de los sueños,
aquí tended las alas,
que yo con alegría
llamaré para haceros compañía
al ratoncito Pérez y a Urdimalas!

¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos
donde la idea brilla,
de la maestra la cansada mano,
sobre los grandes caracteres rojos
de la rota cartilla,
donde el esbozo de un bosquejo vago,
fruto de instantes de infantil despecho,
las separadas letras juntas puso
bajo la sombra de impasible techo.

En alas de la brisa
del luminoso Agosto, blanca, inquieta
a la región de las errantes nubes
hacer que se levante la cometa
en húmeda mañana;
con el vestido nuevo hecho jirones,
en las ramas gomosas del cerezo
el nido sorprender de copetones;
escuchar de la abuela
las sencillas historias peregrinas;
perseguir las errantes golondrinas,
abandonar la escuela
y organizar horrísona batalla
en donde hacen las piedras de metralla
y el ajado pañuelo de bandera;
componer el pesebre
de los silos del monte levantados;
tras el largo paseo bullicioso
traer la grama leve,
los corales, el musgo codiciado,
y en extraños paisajes peregrinos
y perspectivas nunca imaginadas,
hacer de áureas arenas los caminos
y del talco brillante las cascadas.

Los Reyes colocar en la colina
y colgada del techo
la estrella que sus pasos encamina,
y en el portal el Niño-Dios riente
sobre el mullido lecho
de musgo gris y verdecino helecho.

¡Alma blanca, mejillas sonrosadas,
cutis de níveo armiño,
cabellera de oro,
ojos vivos de plácidas miradas,
cuán bello hacéis al inocente niño!...

Infancia, valle ameno,
de calma y de frescura bendecida
donde es süave el rayo
del sol que abrasa el resto de la vida.
¡Cómo es de santa tu inocencia pura,
cómo tus breves dichas transitorias,
cómo es de dulce en horas de amargura
dirigir al pasado la mirada
y evocar tus memorias!

***

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.


***

El puñetero ojo de la cerradura sigue rozando. Pero mi llave abre de todos modos, como siempre. Me descalzo y voy cruzando de puntillas el pasillo hasta la habitación de los niños. Están preciosos. Parece mentira todo lo que han crecido en un año. Les doy un beso en la frente y les arropo. Después entro en la habitación de los padres. Me acerco hasta su cama y les observo conteniendo la respiración. Me pregunto por qué no pudimos ser nosotros. Cómo se torció todo. Y cómo es que nunca cambiaron el bombín.

Propuesta de escritura

Escribe un texto (poema, microrrelato, cuento o reflexión...) en el que reflejes algún hecho vinculado a la infancia o cómo fueron aquellos primeros años de vida.

Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:



Juanillo, el monaguillo más pillo

Hola, mi nombre es Juan y quiero contaros algunas anécdotas que si bien pueden estar alejadas de la realidad, yo las conservo en mi mente desde la infancia e intentare pasarlas a papel lo más fielmente posible.
Mi primer contacto con el clero:
Era una mañana de sábado cuando mi madre me informó que debía ir a la iglesia (a catequesis) porque el señor cura había dicho que “ya tenía la edad”.
Quiero hacer hincapié en que no tenía más de 6 años y dudo mucho de mi capacidad de entendimiento en ciertas cuestiones, ya que, mi educación había sido hasta entonces “la nada“ este sería el primer año en ir a la escuela
Mis padres eran campesinos, apenas sabían leer y escribir, solo tenían tiempo para el campo y los animales. Ellos me dejaban normalmente al cuidado de una vecina impedida físicamente, muy mayor, que poco podía aportarme, solo me decía: “tráeme esto o pon esto en tal sitio” para mantenerme entretenido.
Aquella mañana de sábado yo me senté como los demás niños en la iglesia, (en los asientos sin respaldo de adelante, reservados para los niños) no eran más de cuatro bancos.
Después de saludarnos el señor cura muy atento, se dirigió a mi como nuevo y me preguntó...
-A ver tu ¿cómo te llamas? que es tu primer día.
-Juan, -contesté tímidamente muy avergonzado 
-¡Dinos el padre nuestro!
A lo cual mi respuesta fue con toda sinceridad y encogiéndome de hombros...
-No me lo sé.
Sin mediar tiempo, palabra, ni mirada de reproche, aquel señor cura ha hecho impactar su mano contra mi cara, lo que se puede describir como “una ostia a mano abierta” de tal manera que me ha subido tanto calor a la cabeza que se me nubló la vista.
Acto seguido ha dicho con claridad.
-Anda y vete con tu madre que te lo enseñe y no vuelvas hasta que te lo sepas.
Yo salí camino a casa: andando deprisa, ahora si, llorando. Era un llanto contenido cargado de rabia e impotencia por no saber que había pasado, ¿cual había sido mi pecado?

La Educación que en casa me habían trasmitido estaba clara.
1.- Cuando hablan los mayores se callan los pequeños.
2.- No hacer nada para que la gente no hable de ti y no avergonzar a los padres.
3.- Obedecer a todo el mundo.
4.- Ser educado y dar los buenos días y las buenas noches, esto último lo aprendí bien de una hermana de mi madre que además era vecina y todas las mañanas me decía: “buenos días, tía María, buenas noches, tío calboches” y me daba calboches (castañas asadas)”.
5.- Otra regla era no correr porque las calles del pueblo eran muy empinadas y el golpe siempre era grande.

Nunca nadie había hablado de padres nuestros.
Mi única anécdota de la misa en la iglesia hasta entonces era la que me contaban las señoras mayores
Yo ya hablaba y decía: “mama teta” para pedir mi comida.
Unos años más tarde el mismo señor cura pediría a mis padres y a los de otro amigo que fuésemos monaguillos para ayudar en misa, a lo que mis padres accedieron y me convencieron. Yo no le tenía demasiado aprecio al sacerdote, pero ya había aprendido varias cosas de rezos y todo eso (ya que, a mi madre no se le daban mal los rezos) y después de del golpe (ostión) se puso a enseñarme para evitarme problemas.
Mis padres siempre eran de buenas intenciones, demasiadas veces sin conseguirlo por mi tendencia hacia lo bueno, hasta lo bonito y gusto por ciertos placeres.
De ahí me convertí en monaguillo de pleno derecho aunque algo torcido.
Si, si; de aquellos de saya blanca y sobrepeto de encaje rojo.
Si, si; de los que llevan la cruz, pasan la cesta para las limosnas y de los que tocan la campanilla cuando levanta la sstia el cura.
Un ayudante ejemplar.
Bueno, eso fue al principio porque yo el concepto de rezar y creer y ser bueno y obedecer pues no se…yo tenía mis inquietudes… jajaajajjaaja
Me gustaba escuchar las confesiones de las mujeres…y como era un angelito pues pasaba desapercibido…
Por ejemplo, para poneros en contexto:
Antes de ser monaguillo allá por los cinco años, recuerdo otra vecina que me cuidaba, que tendría uno dieciséis años, con la cual jugaba a escondidas. La chica olía toda ella a hierba fresca. Además jugábamos a que era mi mamá y me amamantaba, lo cual, indicaba que yo era muy hábil (pues hacía poco tiempo que lo había dejado) ¿qué queréis que os diga?, era muy placentero, aquello me sentaba bien.
Por lo tanto, para mí el pecado era malo, lo bueno no podía ser pecado ¡estaba claro! Aquello era muy bueno, ergo; no era pecado
Comerle los membrillos de la huerta del tío Jesús, no era pecado, pecado era no saberse el padre nuestro pues te daban una ostia no sagrada (ostiaban pero bien).
El señor cura fumaba y de vez en cuando le quitaba los cigarros para dárselos a un chico mayor del pueblo. Ahí mataba dos pájaros de un tiro, pues le quitaba del vicio del señor cura que olía mal y se los daba al otro chico que me defendía de los abusones. Todo eran buenas acciones.
Lo más sabroso eran las obleas;“mangar, sisar las ostias de la comunión" y el siguiente festín, por ahí empecé mis andaduras de pillo.
Seguí con pequeños sorbos de vino y así en aumento (hasta que un día di tres sorbos y se me nubló mi vista en plena misa), pero mantuve el tipo. ¿Sería acaso esta la experiencia que sentía el cura y con el vino se acercaba al cielo de nuestro señor?
Yo también disfrutaba con mi trabajo de monaguillo.(a la vista está)
Un día murió alguien importante del pueblo y el señor sacristán me dijo como tocar las campanas a muerto
Allí estaba yo con unos 7 años y pico, en lo alto del campanario, tirando de unos badajos de hierro que me doblaban en peso, dentro de campanas que me triplicaban en tamaño y sacudiendo el metal contra metal con todas mis fuerzas. Ping. Decía la campana pequeña, dong la grande…si si, las campanas hablaban y desde tan cerca se ponen los pelos de punta con el sonido.
42 dong seguidas y 3 separadas era la primera llamada a misa media hora antes del comienzo de esta.
21 dong seguidas y 2 veces separada era la segunda llamada a misa 15 minutos antes y 10 dong seguidos y una separada era que ya empezaba la misa y salía el cura de la sacristía..
Aquel monaguillo pronto cobraba visibilidad y hacía amigos mayores, unas veces los chicos se acercaban a él para contactar con la niñera que hacía de madre y otras por el típico gamberreo de pueblo que no pasaba de tirar piedras. Caminaba por las calles del pueblo empedradas y vacías de decorados, calles labradas en la peña por el agua y la mayor parte llenas de zarzas.
Mi padre decía que todo en el pueblo eran piedras, cuando sembraba decía que solo le daba vueltas a las piedras y el trigo solo crecía alrededor de las piedras y debajo de las piedras solo había alacranes.
Porque mi pueblo, escondido en las montañas de la vieja Castilla, nunca fue productivo, nunca fue famoso, siempre estuvo perdido.
Era un pueblo de esos de pan y miel; de trigo, algarrobas y paja, sobre todo paja para animales.
Cada familia de sus habitantes no poseía más de 10 ovejas para obtener lana y corderos, 5 cabras para la leche y 2 vacas con las que labraban el campo, había pocos perros ya que se consideraba que no aportaban nada a la casa.
Eso si, lo que más había eran gallinas, el pueblo entero estaba lleno de gallinas y gallos.
Si bien los gallos podían resultar peligrosos y agresivos, también era cierto que se podían encontrar huevos de gallina sembrados en cualquier calle, un tío abuelo me enseñó como se hacía un agujero abajo del huevo y otro arriba y se sorbía por el de abajo, por lo que el manjar de los huevos estaba garantizado. Si comías más de tres, sabias que te dolería la barriga o no podrías comer la comida de casa, lo cual, me acarrearía problemas pues mi madre considera al que no come un enfermo.
Tampoco se veía bien comer los huevos de la calle pues las gallinas tenían dueño.
Otro manjar era ordeñar las cabras, las cabras recién paridas se cargaban de leche y era un alivio para ellas que se les sacara la leche. Yo era muy fino en esos menesteres, con mis manos tiernas y hábiles. Cuando no había recipiente se ordeñaba directamente a la boca y para ser más rápido se mamaba directamente de la teta de la cabra que siempre estaba caliente y era abundante el chorro.
Muy claro me lo había explicado mi padre cuando me enseñó a tratar con los animales: “no debes hacerle daño a los animales”. Yo sabía que la cabra me lo agradecía pues ninguna ponía reparo a mis manos y mi boca. Solo el cuidador del rebaño se alteraba muchísimo y daba muchas voces cuando me veía, pero corría poco, punto a mi favor.

[...]

Juan Manuel Elvira
Grupo C


Recuerdos de mi infancia

La niña torpe
La niña confunde las palabras. Llama a la sandía melona y a la coliflor, repollo. Las palabras son un auténtico lío. No es que pronuncie mal, no es eso. No es que se coma sílabas, ni cecee, ni pronuncie mal la erre como les pasa a otros niños. Pronuncia muy claritas las palabras melona o repollo, que es muy difícil de decir. Es solo que llama a las cosas como le vienen. Así que, madre teme mandarla a la tienda del señor Chino, al que llaman Chino, y ese nombre no lo confunde, bien se lo sabe, porque tiene los ojos achinados, que no para de mirarlos cuando va a la tiendita con madre, y piensa en la hucha del chinito del Dómun de la mesa de doña Claudia, la maestra.
Cuando va sola, la niña volverá sin compra o con una lata de sardinas en vez de una bolsa de escabeche. Madre a veces opta por hacerle una lista de la compra, pero, o la pierde por la cuesta donde se entretiene con los niños que juegan a las chapas o a las canicas, o la letra no la entiende. Ella se la da al señor Chino, pero tampoco la consigue leer con esas gafas que el señor posa sobre la punta de la nariz.

Leer es descifrar sueños
En la bodega de la Muralla es más fácil comprar porque allí no hay que hablar ni decir lo que quiere. La niña se empina, pone el sifón sobre el mostrador y la señora, tras comentar cuánto ha crecido, lo toma y recoge las dos perras gordas que cuesta rellenarlo, monedas que guarda en el puño bien apretado para no perderlas. De regreso a casa, tendrá que tener cuidado para no dejar caer la botella. A veces dan ganas de darle al grifo. Los hermanos se pelean por hacerlo a la hora de mezclarlo con el vino diario del abuelo. Siempre ganan ellos.
La niña quiere hacer compras, demostrar que puede, pero el día que más se esfuerza pierde cincuenta pesetas, que es mucho dinero, incluso se olvida totalmente de que su destino es la tienda y madre la llama a voces y le pregunta por el mandado que no ha hecho. Madre se disgusta, la regaña y es lo peor que le puede pasar a la niña. Madre se enfada y se disgusta.

Pobrecita. Una calamidad...
La niña es buena pero no es muy lista, no como sus hermanos mayores que leen muy bien y tienen muy buena letra y ya suman y restan números de tres cifras. Tampoco se les llenan las uñas de barro, y no las tienen que esconder por vergüenza para las fotos de la escuela.
La niña a veces llora cuando oye a los adultos y a otros niños hacer comentarios sobre su torpeza. Es como una punzada en el pecho. Aunque a veces también se ríe porque descubre que es mejor reírse con ellos, aunque tenga muchas, muchas ganas de llorar y éste ahí la punzada.

Reír con una punzada en el pecho.
Por eso siempre tiene ojeras y no tendrá amigos. Con los amigos a veces hay que hablar y es mejor no hacerlo para que no salgan las palabras que no son. No hablar. Es mejor sentarse al brasero y observar el cuadro de la abuela, el del joven fuerte de melena rubia que atraviesa un dragón con su lanza. Se lo sabe de memoria y lo puede recordar mientras escucha el tictac del reloj de la salita. Junto al reloj, hay algunos libros de la tía soltera. Cuando la gente lee no tiene que hablar, de eso también se ha dado cuenta. Eso es lo que más desea: aprender a leer y a escribir con buena letra para no tener que hablar, para que no se le hagan un gran lío las palabras cuando salen al aire desde su boca.

Leer para no tener que hablar.
Quizás poder descifrar sueños.

Marisa Sánchez
Grupo C


Infancia

Infancia es una niña que no quiere crecer.
Infancia es una niña que grita, pero que los adultos mandan callar.
Infancia es una niña a la que los adultos enterramos.
Infancia es la niña de la que no se quiere hablar porque duele.

¿Y qué de dolorosa va a ser Infancia en el siglo XXI?
Si no ha vivido hambrunas.
Si no ha visto guerras.
Si tiene todas las consolas habidas y por haber.

¿Cómo va a sufrir de depresión?
¿Cómo va a tener ansiedad?
Si estás mal, Infancia, es porque quieres.
Pero claro, los adultos no tienen tiempo para tonterías.
No tienen tiempo para ti, Infancia.

Y cuando ocurre algo,
todo es “cosa de niños”:

Si te levantan la falda,
es cosa de niños.
Si te tiran piedras,
es cosa de niños.
Si te hacen el vacío,
es cosa de niños.
Si te insultan,
es cosa de niños.

Infancia no tiene la culpa de nacer.
Infancia no tiene la culpa de venir a este mundo sin cariño y amor.

Cuándo nos haremos cargo los adultos de nuestras frustraciones
para que no recaigan sobre nuestros niños.
Cuándo les dejaremos ser luz,
sin que se coman nuestros problemas y movidas.
Cuándo dejaremos de mirarnos el culo
y mirar de verdad qué necesitan nuestros niños.
Siempre son adultos hablando de Infancia
y no con Infancia.
Alguien que se agache a su altura
y pregunte qué es lo que le ocurre.

Nuria Fernández
Grupo C


Érase una vez el recuerdo

Siento infancia de olores,
respiro esencia con aromas
de amapolas en sendas soleadas,
amanecían veranos pedregosos de siestas y tormentas.
Amo mi infancia entre abrazos,
acunando sueños y
sonatas con ritmos de columpio,
escondites y secretos.
Campos de maíz y brisa polvorienta,
tardes oscuras, brillos de cometas.
Infancia en reposo del olvido,
entre letras y escritos.
Curiosa de ojos abiertos
preguntas soñadas,
respuesta entre silencios.
Era rebelde interior
que forjé vida amando destellos y raíces,
emoción de pertenencia libre.

Camino despacio, converso con las palabras
desde dentro.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


Añoranzas

Yo soy una niña de ciudad pero siempre he querido ser una de pueblo. Me preguntaréis por qué y os lo voy a contar.

Durante mi infancia pasaba los veranos en un pueblo de la sierra. Allí transcurrían tres meses de libertad casi absoluta. Hice muchos amigos que me enseñaron a valorar sus conocimientos, sus experiencias ante los peligros y su enorme valentía. La naturaleza les hacía sabios ante mis ojos.

Recuerdo a Charo, una chiquilla de nueve años que una tarde me relató su encuentro con un lobo en plena naturaleza y lejos de cualquier ser humano. Volvía de llevar la comida a su padre que trabajaba en la cantera de su pueblo. Hacía calor pues era verano. El arroyo casi no llevaba agua, así que lo cruzó tranquilamente, al levantar la vista vio lo que, en principio, creyó que era un perro. Le pareció raro, así que se mostró sigilosa y sin hacer el menor ruido fue alejándose del animal; que actuó igual que ella. Se fue retirando del arroyo en dirección a la sierra de Tonda. Cuando llegó a casa y contó su encuentro con el perro, su abuelo le dijo que era un lobo porque los perros no van solos por el campo, siempre acompañan al ganado o a los amos.

La niña de ciudad que era yo tejió una tela de amistad entrañable con esa niña de pueblo que había actuado con la cordura del lobo y había sobrevivido a un peligro evidente. Desde entonces, nos hicimos inseparables. Me enseñó los senderos de la sierra, escuchábamos en el atardecer al arrendajo que nos decía adiós ruidosamente y buscábamos secretos entre los árboles.

Mi infancia tiene muchos recuerdos, sin embargo los más entrañables son los que viví en aquel pueblo, rodeada de chavales que me enseñaron a respetar y a amar la naturaleza sin saberlo.

Josefa Briz Hernández
Grupo C


Retrato escolar

En la foto debo tener cinco años. Casi con seguridad es el primer retrato escolar que me hicieron. Recuerdo otras visitas del fotógrafo a la escuela, ésta no. Refleja la infancia que viví, en blanco y negro, claro.
Sentado a la mesa del maestro, sotengo un libro entre las manos. Sobre la mesa, delante del libro, hay un tintero; a los lados dos figuras, la de la izquierda es de una valenciana y la de la izquierda de una asturiana.
A mi espalda la pizarra con la frase ”España es mi patria, yo la amo” escrita en tiza con una caligrafía muy cuidada y la bandera pintada con el mismo material, no sé si en color.
En esa puesta en escena, un repeinado protagonista, con un babi de rayitas abotonado hasta el cuello, mira a la cámara con una inmensa cara de pena. Soy la imagen del desvalimiento.

Enrique Martínez
Grupo C


El ratoncito Pérez

Pase lo de que mi abuela superara las pruebas para astronauta y ahora viva en una estrella. Acepto a regañadientes lo de que me crezca la nariz cuando miento. Tampoco pongo reparos, no soy tonto, a que tres extraños se cuelen por la chimenea con sus camellos y me dejen regalos. Pero lo de que un ratón ande hurgando bajo mi almohada, sinceramente, es demasiado. Además me da muchísimo asco. Y encima, para cambiar un diente por una moneda, ¡bah!

Pepe Lorenzo
Grupo B


Dos rombos

Mi infancia fue muy corta. Duró menos que lo que tardas en saborear una rebanada de pan bien cargada de nocilla. Y no es que yo quisiera ser mayor, a mí me expulsó del país de nunca jamás el cine, bueno, para ser precisa, una película: El Resplandor. Si yo no hubiera visto esa película con diez años, mi vida hubiera sido otra muy distinta.
Yo era una niña miedosa, me asustaba el lobo de Caperucita, los ogros de los cuentos, los vampiros. Pero a lo que más le temía era que a mi madre le ocurriera lago. Mi madre era una diosa para mí. Sus besos, sus caricias, me daban la vida, me daban la fuerza para enfrentarme a todos los malos de los cuentos.
Por desgracia ese día mi padre se quedó dormido en el sillón. Yo debía estar en la cama, pero no, me quedé frente al televisor, viendo esa película con dos rombos, arriba, a la derecha de la pantalla. Durante muchos días tuve pesadillas, no era capaz de dormir sola. Me escapaba hasta la cama de mi madre. Sus dolores y sus gemidos me mantenían alerta noche tras noche. Algo malo le estaba sucediendo, su tripa se hinchaba y se retorcía de dolor. Yo trataba de calmarla con mis besos.
Una tarde regresaron de visitar al doctor, pasaron a buscarme por la casa de la vecina. Mi madre no traía buena cara. Me quedé espiando tras la puerta de la alcoba y descubrí la causa que provocaba todo el sufrimiento a mi querida madre. «Bueno, pues ya sabemos que son las gemelas las que te están ocasionando todos los males», dijo mi padre. Enseguida supe que debía hacer.
Los gritos alertaron a mi padre. Cuando entró en la habitación, yo todavía blandía las ensangrentadas tijeras en mi mano.
—¿Qué has hecho, Carrie?

Tomás García Merino
Grupo B


Infancia

Yo fui la pequeña de diez hermanos.
Viví mi infancia y adolescencia con mis padres y algunos de mis hermanos en un pueblo de la provincia de Salamanca.
Recuerdo los años de la niñez en completa libertad. Mis padres no me ponían normas como a otras niñas de mi colegio o de mi calle.
Uno de mis traumas, por llamarlo de alguna manera, era el Día de los Reyes Magos. A mí nunca me traían lo que pedía. En la cabalgata que se celebraba la tarde antes del Día de Reyes nunca se nombró mi nombre para darme
el regalo correspondiente. A mi vecina Anabel le llenaban de regalos. Yo pedía año tras año una cocina que tuviera muebles, y siempre me traían una cocinilla de tres fuegos plana. Yo no lo entendía; y una vez le llegué a preguntar a mi vecina qué era lo que ponía ella en la carta a los Reyes Magos, si COCINA o COCINILLA. Al siguiente año puse lo que me había dicho, pero me llegó la misma placa plana de tres fuegos de todos los años, un poco más grande o más pequeña. No lo recuerdo.
Yo me lo pasaba bien jugando, sobre todo, con mis vecinas en la calle o en sus casas. Para mí no existían horarios, al contrario que para ellas. También jugaba con las amigas de la escuela.
Ya en casa, recuerdo que el dinero no sobraba, es más el dinero para llegar a fin de mes faltaba. Los yogures eran un "artículo de lujo". Eso me producía angustia.
Mi padre tenía mucho carácter y a veces daba voces porque se ponía nervioso al ver que no llegaba el dinero. A mi madre siempre le tuve amor eterno e incondicional. No me gustaba nada que mi padre a mi madre le diera voces, tampoco que se las diera a mis hermanos.
Lo que sí he constatado con agrado y con el tiempo es la solidaridad que había entre hermanos y la generosidad hacia mis padres por parte de los hermanos que ya tenían independencia económica.
Según se iban haciendo mayores, aparte de superar con buena nota los cursos académicos, para así tener becas o becas salario - una beca extra de más dinero, pero que exigía tener muy buenas notas -, los veranos se iban a trabajar al extranjero o a Sanfermines para ayudar en la economía familiar.
Esa solidaridad y esa generosidad ha quedado impregnada en mi forma de ser y de actuar con las personas de mi familia que lo han necesitado o lo necesitan actualmente.

Teresa González Caballo
Grupo C


La propina

Cuando mi madre decidió hacerlo yo tenía once años. No lo hizo mi padre sino mi madre porque mi padre traía el dinero a casa pero la dueña del dinero era mi madre. Mi madre era en casa el Fuero de los Españoles, la Constitución, el Código de Hammurabi, la Carta de Juan Sin Tierra…, la ley encarnada, en definitiva. Y entonces dijo: “en lo sucesivo os voy a dar propina”. Aquella buena nueva hizo brotar ipso facto en mi mente y en la de mis cuatro hermanos (aún quedaba alguno más por venir) la misma y esencial pregunta: ¿cuánto? La respuesta no se hizo esperar: “tres pesetas por año”. De esta forma, quedé yo tasado en treinta y tres pesetas. Treinta y tres. ¿Era aquello mucho o poco? Pues depende de para qué. Eran, en todo caso, tres menos que las que recibía mi hermano Fran, seis menos que mi hermana Gema (eso ya era dinero), nueve menos que Susan ¡y quince menos que Mayte! Menudo pastón recibía mi hermana mayor. “¡Qué suerte ser mayor!”, seguro que pensé en algún instante de frustración. La segunda pregunta: “¿y cuándo?” Respuesta inmediata: “los domingos, antes de ir a misa”. Treinta y tres pesetas, treinta y tres. Y ocho quioscos en la plaza mayor de Medina donde darles acomodo… ¿a cambio de qué? Porque qué poco dinero era para la infinidad de chuches y fruslerías que exhibían los escaparates de esas cuevas de Alí-Babá para infantes que eran los quioscos. Treinta y tres pesetas, treinta y tres: una moneda de cinco duros, que para mí era la capitana y si no era de plata a fe que lo parecía. Ya fuera con su águila imponente o con su majestuosa corona, me sentía con ella en el puño como un potentado recién regresado de las Américas. Luego estaba la de cinco pesetas, a la que daba el grado de sargento, tan funcional, tan apañada por ser aquel el precio exacto de tantas cosas, desde la bolsa de pipas hasta el sobre de cromos. Y finalmente las tres pesetas, que eran la tropilla, la infantería de a pie; ésas con las que disparabas a la gominola, a la nube, a la barra de regaliz, e iban cayendo una a una sobre el mostrador como abatidas por francotirador. Sí, treinta y tres pesetas me aguardaban los domingos y hacía piña con mis hermanos a eso de las once de la mañana, esperando como polluelos en nido a que mi madre apareciese con el monedero en ristre, que era para mí como un furgón del Banco de España, pues sabía que allí había billetes de todos los colores con cifras mareantes. Luego, camino de misa venía la especulación, el devanarse los sesos sobre la mejor forma en que podía gastarme el botín. A veces se me hacía poquísimo para todo lo que se me antojaba; otras, en cambio, me daba por pensar que mejor era ahorrar algo para comprar algún juguetillo de empaque. “Si junto dos capitanas tendré un general”, que así llamaba a la moneda de cincuenta, tan gruesa ella, tan preñada de valor, tan hipnótica. Y con cincuenta pesetas me podía comprar incluso un click de Famobil. Pero generalmente me podía el ansia. Y así, a eso de las doce del mediodía, salía de un templo y me iba corriendo al otro, donde un sacerdote algo más mundano satisfacía sin rechistar si no todos mis apetitos infantiles sí, al menos, los más acuciantes. Y con eso, la tranquilidad del hogar y buenos alimentos de todo orden se iba tejiendo mi feliz infancia. Bendita niñez.

Óscar Martín
Grupo A


Mi primer día de escuela

Mi madre me llevo a la escuela en mi primer día, entonces yo tenía 4 años de edad, iba muy contento e ilusionado por las cosas que me habían contado.
Al llegar nos recibió la maestra. La vi y me negué a entrar. Por más que mi madre lo intentó y la maestra me habló, no hubo manera de convencerme. Me negué a entrar y no entré.
Volvimos a casa, y en el trayecto le dije a mi madre que me sentía engañado; me había presentado días antes a una chica joven y guapa que estudiaba magisterio, y yo me había hecho a la idea de que la maestra, mi maestra, iba a ser una mujer joven y guapa. Al llegar a la escuela y encontrar a la que me recibió que era vieja y fea no pude entrar, no pude, no hubo ningún argumento capaz de convencerme de que entrara.
Al día siguiente fue mi padre el que me acompañó. Al llegar a la escuela yo me volví a negar a entrar, entonces mi padre me convenció rápidamente, pues me sacudió unos azotes en el culo y con este argumento lo entendí a la primera.
A partir de ese día la maestra me pareció un encanto de persona como lo era en realidad.

José Luis Fonseca
Grupo A


Cuando vayas a las higueras

Cuando vayas a las higueras primero notarás el olor a tierra, olor a malpaís. La tierra huele a malpaís porque el malpaís es la tierra arrancada de lo más profundo del centro de todo. Es la tierra primera, tierra sobre lo que se fundó el mundo. Cuando llegues a las higueras te bajarás del coche y solo verás negrura infinita, roca de volcán. La roca negra se extiende hacia el mar azul allá lejos, sube por la falda del gigante hasta desaparecer por su cono y, si insistes, se vuelve cielo. Cuando vayas abrígate porque irás por la tarde: el sol se relaja y aflora el viento. El viento de las higueras no es como cualquier viento, es viento de volcán: feroz, constante, rítmico, inagotable. Caminarás alejándote del coche y entenderás que solo él te protegía del gigante natural: del paisaje volcán. Frente a tu indefenso caminar el viento aprovechará para declararle la guerra a tu cuerpo, te inundará la cara y te zarandeará bum bum no se detendrá hasta que tú también explotes.

No vayas a las higueras sin mi madre, ella conoce los secretos. El volcán la vio crecer, ablanda su furia. Ella te prestará un pañuelo de flores, fíjate cómo se lo pone, enrollándoselo en torno a la cabeza, con el pelo negro cayendo sobre los hombros, dejando como juguete al viento. Es cierto que en las higueras tu pelo puede ser de otro color, pero es mejor que sea negro azabache, qué digo, negro malpaís; cuestión de mímesis con el paisaje. Pero escúchame: las orejas. Con el pañuelo de flores mi madre, mi abuela mi bisabuela, se tapan las orejas. Es la forma, mejor forma, forma histórica, de evitar que el viento entre por una de ellas, oreja derecha si miras al volcán, oreja izquierda si le das la espalda, y que se filtre por tu oído retumbándote, retronándote la cabeza antes de salir e irse volando. Si no tuvieses ese pañuelo que te va a dar mi madre cuando vayas con ella a las higueras te volverías loca en tan solo una tarde. No te darías cuenta pero tus pensamientos se volverían viento. Un simple pañuelo, lo sé, instrumento para la conservación de la cordura.

Rosalía Pérez
Grupo B


Mi tío

¿Te imaginas que tuviéramos que contar nosotros (los que no hemos llegado aún a los ocho años me refiero) un relato de mayores? Bueno, pues ya me dirás por qué los mayores van a tener que contar de nosotros; lo más fácil es que les salga un churro. Bueno, pues dice mi tío que eso es lo que le han pedido en el taller de escritura, que escriban de la infancia. Y que le eche una mano yo, a ver si le queda apañadito. Supongo se refiere a que no tiene que notarse que él no sabe de la cosa; o sea, que lo sabía de niño pero se le ha olvidado. Para mí que nosotros con el tiempo vamos aprendiendo y los mayores desaprenden.
Desaprenden, pero según qué cosas. Por ejemplo la ortografía no, en eso se esfuerzan, se ve que les costó metérsela en la mollera y claro, la cuidan. Mi tío con la ortografía se pone de un pesao que no veas; dice que benir tiene que ponerse con uve siempre; como acer tiene que ir con hache. Pero no dejan de ser tonterías, porque también decía que vaca con uve y luego resulta que cuando a él le parece lo pone con be y no pasa nada.
Pues eso que decía, que a ver cómo me las apaño para echarle una mano a mi tío, que yo lo quiero mucho, se porta fenómeno conmigo, sobre todo cuando bienen Reyes. Se debe creer que a los siete años todavía nos chupamos el dedo; pero bueno, renta más no desengañarlo. Le contaré, estoy pensando, todo lo que yo sé y él que escoja lo más potavle. A lo mejor potavle es con be de burro, vete a saber.
Lo que sí le voy a pedir a mi tío es que luego me deje leer en el blog, cuando lo habra (o abra) él, que se lo mira todos los días. Más que nada lo digo por ver como vienen (¿ves?, me acordé: con uve) del rollo ese de la ortografía los textos. Si no tienen faltas es que no se los han revisado los sobrinos.
Yo de mayor quiero seguir siendo niño.

Pascual Martín
Grupo B


Infancia

La casa tenía un patio y un corral con gallinas, ahí pasábamos mucho tiempo jugando.
Emilio era callado, serio, responsable, fui una afortunada de tenerlo como hermano pequeño.
Recuerdo que siendo chiquitos nos acostaban con mi padre para que no incordiaramos, mientras mi hermana Blanqui limpiaba. Ella cantaba muy bien la copla.
Otas veces nos preguntaba sobre matemáticas. Me ganaba siempre, era muy raudo en contestar, ahora también. En geografia le ganaba yo.
Siendo chiquitos los Reyes Magos nos trajeron un tren eléctrico, no llegamos a verlo funcionar, los hermanos mayores estuvieron jugando toda la noche
Emilo quería una gabardina que no le compraban. Parece que lo estoy viendo en un día de tormenta en medio del patio, empapándose. Únicamente entró en casa cuando oyó a su padre decir que se la compraran.
Llegó la televisión, en pocas casa las tenian, pero si en los bares, Emilio pasaba horas viendola en primera fila. Aquí viene lo bueno: se le pusieron los ojos malos. Mi madre me mandó que fuera al oftalmólogo, entró y le dijo al médico:
-Mire, mi hermano tenia un ojo ayer y hoy el otro, contestación, n
-No sabia yo que un día se tiene un ojo y otro dia otro, fue la contestación. Qué verguenza pasé. Que pronto nos hacian responsables y que poca importancia les daban a las enfermedades.
Los recuerdos que más nos marcó a todos.
En invierno nos sentábamos alrededor de una camilla, al calor del brasero de cisco. Mi padre nos leía un libro de humanidades de Edmundo Amoceis Corazón, a Gabriel Galán, a Campoamor. Él lloraba de emoción y nos hacia llorar a nosotros.
Mientras tanto la mujeres zurcíamos los calcetines.
En fin quedañ muchos recuerdos
Continuará...

Josefa Redondo
Grupo A


El Vidal

Mamá se secó las manos en el rodillo (paño de cocina) y sin más explicaciones le soltó a Ali:

- Cuando comience la escuela, te llevo por las orejas a la de Celia, (la del Farruco no, la otra). Celia recogía a los niños chicos, durante las mañanas, en la Escuela de los Cagones.

Ali comenzó a gimotear y yo a reírme y llamarlo muñeca de porcelana. Había oído al Jacinto llamar así a su hermano pequeño, quien se enrabietaba, pataleaba y le lanzaba la primera piedra que encontrara. Ali dejó de llorar pero, cuando mamá se dio la vuelta, me sacudió un sonoro vardascazo con la vara de mimbre que acababa de cortar en la Peña El Cuervo. Mamá se giró, levantó la mano, y, sin preguntar nada, me señaló y dijo:

- Y tú también.

Protesté, porque yo no le había pegado al Narci, ni roto la claraboya del señor Mariano, como él. Ni siquiera tenía tirachinas. Papá me lo había quitado cuando Laureano Calzones le chivó que apostaba con el Vidal a ver quien atinaba mejor a las bombillas del pueblo.

Yo no quería ir a escuela, aunque Epaminondas dijera que jugaban en clase. Mi héroe era el Vidal. Las muchachas lo llamaba El Bruto, porque con la honda de tirar a las vacas, lo mismo mataba abubillas que rompía cristales de las ventanas de D. Fede, el cura, o de la Tarambaina. No anhelaba ser como él; deseaba ser él y pasar el día cuidando vacas y ovejas con su padre y así localizar nidos, poner lazos a los conejos en las gateras de las paredes, o cortarles la cola a las lagartijas, para luego alimentar a los pollos de aguilucho que criaba en una caja agujereada de cartón.

Mamá se mostró inflexible. Lloré un buen rato, sorbiéndome los mocos. Ali me sacaba la lengua y simulaba pedorretas. Cuando mamá desapareció, le di una patada en la barriga y sus chillidos no se diferenciaban de los de la niña chica de la señora Matilde, que despertaba a medio pueblo por la noche. El muy chivato corrió a contárselo a papá. Papá debía estar enfadado porque se había muerto el cordero negro de la oveja Barrosa. Nos miró con la superioridad de un padre y, sin levantar la voz, nos prohibió resbalarnos por la Peña Gorda hasta el sábado. Por el modo en que lo dijo, debían de ser muchos días.

El uno de mayo, mamá nos puso un delantal a rayas, guardó en el cabás una pizarra y un pizarrín para cada uno, nos cogió de la mano y nos llevó a los soportales viejos de la plaza grande, donde estaba la escuela.

Celia era muy guapa. Yo me la pedí de novia, pero Ali me dijo que ni se me ocurriera o Fabi me daría tal paliza que se me olvidaría hablar, porque Celia era su mamá. Renuncié. Mejor con Noe, la hermana de Tinín, que también iba a escuela y era más guapa. Además, un día que nos encontramos en la panadería, me puso ojitos.

Cuando llegamos, ya estaban allí la Tarambaina, Feli, Loren, Magda la del Gabriel, y Luci La Demonia. De muchachos: Canito, Gonza, el Narci, Epaminondas y el Riñones. Aún no habían llegado ni Isidoro ni Tinín. En el pueblo había más niños y más niñas, pero no los conocéis.

Celia hacía las clases divertidas. Trazaba palotes y garabatos con tizas de colores en un pizarrón clavado por José El Murciélago en una de las paredes. Nos mandaba dibujarlos en nuestras pizarras y juntos repetir: AAAAA, muy larga y cantada. Más adelante EEEEE y así las demás vocales. Todo lo complicó cuando comenzó a juntar letras. Aquello era un desbarajuste; no atinábamos una. Al llegar a LA J CON LA A, unos decía CU, otros BI, otros GA ….

Un día, Canito y yo no nos portamos mal y nos premió con una gominola de menta y un chicle de fresa a cada uno. Tomasorro me quitó el chicle de menta. Se lo dije a Ali quien, a la llamada de la sangre, cerró el puño, se lo puso debajo de la barbilla y no vi si Tomasorro bajó la cabeza de golpe o Ali subió rápido el puño, pero Tomasorro se derrumbó como un costal de trigo.

El Vidal llegó a la escuela casi un mes después que nosotros. Se presentó solo, durante la clase de números, mientras voceábamos: uno y uno, dos; dos y dos cuatro; tres y tres, seis….. Llevaba roto el pantalón en el culo y las uñas negras. Malacara y Tomasorro se rieron de él. Celia lo tomó en brazos y le dio un achuchón fuerte. Luego lo sentó junto a Epaminondas.

El Vidal no necesitaba de nadie que lo defendiera. Para que todos se enteraran, en el recreo, sacó la honda del morral en que guardaba el pizarrín y apuntó a la bombilla del cebonero de la señora Balbina. Se oyó plufff y cristales chocando contra las piedras del suelo. A todos se les dibujó un gesto de admiración y el silencio se apoderó de la plaza, como si hubiera hecho aparición el Señor Jonás, con su fusil de madera y el tricornio de guardia civil.

Tengo muchos recuerdos de esta etapa, pero no podría aclarar cuales fueron reales o imaginarios. Asun dice que mis recuerdos y yo somos pura fantasía. ¡Mentira!, es mi realidad, a veces imaginaria. Salto de una a otra y de otra a una. Es divertido. Juego con ellas y ellas conmigo. Y cuando las arideces de la vida me maltratan, busco allí el sosiego que me niega éste mundo asqueroso y estropeado.

Evaristo Hernández
Grupo B


Recuerdos de mi infancia

El 10 de enero de 1940, las murallas de Ávila oyeron el llanto de una niña, yo. MI madre me ha dicho que era tan pequeña como una muñeca de perra chica, tengo la prueba de que no exageraba: mi traje de cristianar, como se decía entonces, y también que había nacido de pie. Cuando luego he oído que “nacer de pie”, se dice de alguien que tiene mucha suerte, me he sonreído, sí, suerte por vivir, por haber tenido una niñez feliz, intensa.
¡Bueno¡ pues me voy a poner a escarbar, no sé por dónde empezar, son tantos. Voy a contar algo que cuando lo recuerdo me sorprende siempre, es casi increíble, lo he querido borrar, pero es real, así que hoy lo cuento.
Veo a una “Inesita” vivaracha, juguetona decían que muy lista, era la niña de mis vecinas, recuerdo sobre todo a Ciriaca, por ella tengo esta vivencia, que como digo no he podido borrar. Cada día iba a su casa y me decía, “enséñame la lengua, para ver qué letras tienes hoy”, yo no lo entendía, sacaba mi lengua y, ella observaba, veía letras , “eso quiere decir algo”, decía, y me hablaba de poderes, yo la escuchaba, me gustaba oírla. Luego me iba a mi casa, me miraba en el espejo y, es verdad que en la lengua veía unos cercos blancos. Mi madre me decía “boberías”, cosas de Ciriaca, pero me miraba la lengua. ¿Quién no ha tenido premociones?, yo sí, bastantes, y la memoria se va a esas letras, me sonrío. Este es uno de los recuerdos de mi niñez.
Y está mi calle, era el lugar donde jugábamos chicos y chicas, ¡qué felicidad! y el jardín de mi casa donde me puse en contacto con rosales y lilos, me ponía triste que las lilas durasen tan poco, pero su perfume aún perdura en mí, donde empecé a mirar las estrellas, donde tuve mi primer columpio, donde empecé a fantasear, allí empezaría a soñar con mi príncipe azul, que sí encontré.
¿Más recuerdos?, mis tirabuzones, no sé si sería por mi pelo o la habilidad de mi madre para hacerlos, que llamaban la atención, pero…aquí empezó un pero en mi vida, se enredaban tanto, que lloraba cuando me los desenredaba, entonces ella, ¡cómo lo recuerdo!, me hablaba de los Reyes Magos, de los regalos que me traerían, si no lloraba, y yo soñaba con muñecas, cocinitas, peladillas, la verdad es que siempre se portaron bien. Cuando hice la Comunión me cortaron los tirabuzones y no he vuelto a tener el pelo largo, se quedó ahí algo de mi niñez.
Y al recordar mi niñez y, recrearme en ella, no puedo olvidar mi libro de poesías, cuando no sabía lo que significa “malaquita”, “tisú”, Rubén Darío, me enseñó el ritmo, la musicalidad del poema y, me fui con la princesa a buscar la estrella.
Y esa niñez que viví, fue el cimiento de la larga carrera que llevo recorrida.
Como contrapunto a mi niñez, voy a reflejar aquí cómo me veo en mi momento, lo copio del libro que estoy leyendo "…Conservan la belleza de esas ancianas que a pesar de las arrugas, mantienen la elegancia de cultivar lo que fueron.” 

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


Recuerdos de la infancia

Mi infancia es un coctel de sensaciones, olores y sabores, que crean una atmosfera propicia para un placido duermevela, sin necesidad de siesta.

En ese duermevela me observó saltando de una cama de sabanas rosas bordadas por mi madre, con margarita blancas y amarillas. Me levanto aspirando el olor a café portugués recién hecho – molido la noche anterior en el molinillo de hierro esmaltado de rojo con algún que otro “coscorrón “ – puedo ver la cafetera plateada “burbujeando” sobre la cocina de leña y carbón instalada en una habitación grande – éramos familia numerosa – con una ventana también grande con vistas a las montañas , y entonces vuelvo a paladear con placer el café con leche – de las vacas del “seños Elías” , que cada atardecer con nuestra propia lechera íbamos a comprar – y tostadas - hechas con el pan horneado en la tahona del “ señor Isidro”- hechas con el aceite procedente de los olivos de la familia , árboles que conocían a mis antepasados mejor que yo misma .

Vuelvo a oler el jazmín que florecía todo el año (¡me parecía un milagro… ¡nada sabia entonces de microclimas mediterráneos en plena meseta central) plantado a la entrada de la puerta principal de la casa familiar, y a saborear con deleite -jugando en el atrio de la Iglesia a policías y ladrones- el bocadillo de chorizo de las meriendas en tiempos de matanza .Puedo sentir en mis manos el calorcito reconfortante de las castañas asadas recolectadas “ espulgando los erizos “ que nos ofrecían aquellos árboles que , como a Don Quijote con los molinos , se me antojaban gigantes buenos que nos daban su fruto solo a cambio de algún que otro arañazo , y sobre todo vuelvo a escuchar las palabras sabias del maestro del pueblo, mi PADRE , vuelvo a sentir su mano protectora sobre mi frente , y me envuelvo en la armonía que generaba y trasmitía mi MADRE , que pintaba cuadros hermosos y dibujó nuestras vidas con brillantes colores .

¡Si, mi infancia fue feliz, muy feliz, pero entonces yo no lo sabía!

M.ª. Victoria G.L.
Grupo B


Desde Ella hasta ELLA

Ella. Esa chica... A estas alturas ya no es esa chica, es esa mujer. Siempre ha habido una "ella". Es inevitable. No lo puedes negar. Aquella chica rubia de los ojos azules que en segundo de EGB adorabas en silencio. Pensabas en lo maravilloso que sería que te diese un beso. No un beso de esos que le daba Harrison Ford a Carrie Fischer, aunque tú los conocías como Han Solo y princesa Leia. No. Era un beso como los que te daba todo el mundo. Porque a los siete años menos el taxista o el quiosquero (bueno el Sr. Amable no se sabe, que es muy buena gente) te besa todo el mundo. Por cualquier cosa. Pero tú piensas que ese beso en la mejilla de aquella chica sería maravilloso. Te gusta acercarte a ella y sus amigas en el patio del colegio. Ella no te mira y no te habla. Tú a ella le miras, de forma discreta. Lo más discreto que se puede ser a esa edad. Hablarle... Eso sería toda una temeridad.

Sigues, puede que otras chicas te parezcan guapas pero ella es la más guapa. Llegas a quinto de EGB. Un día en una excursión se lo dices a tu amigo de turno, porque tú cambias de amigos como de camisa (o ellos se cansan de ti, probablemente) y ya esta liada. Se entera toda la clase en menos de cinco minutos. En el autobús ya estamos con"en la puerta del colegio, egio, hay un charco y no ha llovido, son las lagrimas de... porque... no ha venido" Ya te vacilaban porque eras el bajito de la clase y el primero en tener gafas. Y ahora esto. Pero para ella era peor. Porque tu no eras el chico alto y que sacaba buenas notas. Sacabas buenas notas, pero nada más. Corría un fundado rumor de que te habías leído la Espasa Calpe (¡ ciento y pico tomos!) ). Más bien leías la serie roja del barco de vapor y los libros de gran angular que eran mucho para la mayoría. Querías ser Bastián en la historia interminable. Pero no tenías Emperatriz Infantil.

Seguía la historia. Al año siguiente sigue el cachondeo . Bueno, podía haber sido peor. Se podía haber sabido en segundo en vez de en quinto. Ahora esta en sexto. como se te ocurren locuras (estas algo chalado, reconócelo) vas y le compras un anillo. Ella lo rechaza... Pero vamos ya se lió.

Y luego resulta que eras el subdelegado y apuntabas los datos para el censo del consejo escolar (consigues quedar cuarto y primer suplente, al año siguiente pasas, pero esa es el principio de otra historia y merece ser contada en otra ocasión) junto al delegado. como él era el repetidor y tenías q mantener su reputación de "maleante" y tú no te quedabas atrás (así te ganas las ost... que te daban) cogéis y hacéis una lista. LA LISTA. La mágica lista con los teléfonos de todas las chicas de la clase. Y se armó. Se armó porque todos los chicos se pasaron dos semanas llamando a las casas de las chicas y haciendo el panoli.

Eso no ayuda mucho. Porque ya eras un payaso para ella. Bueno EL payaso. Y nada, todo Díos metiéndose contigo, y con ella, que como lo tenía que estar pasando la pobre. A esas alturas lo del beso en la mejilla ya había pasado a un segundo plano. Ahora querías burgués king (el mc donalds quedaba para las ciudades guays por aquella época) y cine. Lo llevabas claro.

Cambiáis de aula por obras. Y la tutora, profesora de inglés, naturales y matemáticas, como se sabe el culebrón y está de "tu parte" te sienta con ella aprovechando que el día que se reparten los sitios ella no está. Madre mía. Dices SÏII . Menudo cabreo el de "ella".

Un día pasa algo extraño. La naturaleza parece que va más deprisa para los niños que para las niñas. "Ella" se pone a llorar y se va al servicio. Con una compañera claro, las costumbres comienzan por entonces. Evidentemente nadie se da cuenta de lo que pasa. Pero tú crees que lo sabes. Ella era la más desarrollada de todas. Así que... El despertar de una mujer. Tú no entiendes de eso así que te callas.

Y bueno, doce años. Te empiezan a preocupar otras cosas. Tu abuelo muere. Inevitable, no es el primer abuelo de tu clase q se muere. Pero claro es el tuyo, y encima tiene (o tenía) demencia senil. Y va y al pobre le da por escribir una nota en uno de sus momentos de lucidez (q duro tiene q ser eso) y va y a volar... Te dicen q se mareo. No eres tonto. Y lo sabes. Un tal Induráin empieza a despuntar en el Tour. Sigues viendo con tu padre el fútbol, sobre todo el europeo de su equipo. Tú recuerdas poco. Lo del fuera de juego lo ves complicado. ¿Y por q levanta el árbitro el brazo unas veces y otras no? Tú llevas las aceitunas y la tónica tu padre q para eso estas. Pero te va enganchando. Y llega el día. Tu padre dice q ese es el partido más importante de la historia de su equipo. Bueno, a ver q pasa. El partido muy largo. Ni un gol. Ahora juegan más todavía. Parece q te deberías ir a la cama. Pero nadie dice nada. Y llega el momento que te marcaría para siempre futbolísticamente hablando. El árbitro pita algo cerca del área del otro equipo, que era italiano y de Génova te parece, done Marco Polo y de Marco. Esta vez no ha levantado el brazo. Hay un tío larguirucho y mal afeitado, parece joven. Y un rubio muy rubio. Y tiran. Y meten gol. Y tu padre empieza a pegarle golpes a la mesa. GOOOOOOOL Y tú... GOOOOL. Y en ese momento empieza una cosa: tu amor no al fútbol, tu amor al Barça. En tu clase eran todos del Madrid. Tú vas y te tiras el pisto en clase. No tienes ni idea pero con saber que el del gol era un tal Koeman, holandés, y el Barça había ganado la Copa de Europa te valía. Tenías doce años. Dos desde la comunión.

Pero ese jueves Ella sigue en clase. Y sigue. Estás en séptimo. Al final acabas harto del vacile y de los menosprecios de Ella. Hay más chicas. Y descubres que te gusta media clase. Y empiezas a mirar culos. Pero culos ya habías visto. Pero había algo nuevo. ¡A las chicas le crecían tetas! Díoooooooooooooooooooos En octavo te chocas con la chica con las tetas más grandes de clase mientras corres huyendo de un compañero al q le habrás hecho algo. ¡Qué blanditas! Ella se pone roja. Tú también. Ahora el cine y el McDonalds son una bobada... En el campamento de verano ya te habías enamorado de otra chica y te habías olvidado de Ella. Bueno, la recordabas como una creída. Pero bueno, la del campamento, que os tenía a todos loquitos se "lía" con el duro y ligón de turno. Pero, ¡no pasa de ti! De hecho te escribirás con ella mucho tiempo. Aún guardas con cariño la foto que te dió, junto a la de tu primera novia.

Y adiós al colegio. Ella va al mismo instituto pero no sabes ni a qué clase ni te importa. Ahora te gusta otra. Y esta te hace caso. Te llama "Peque" como casi todas las chicas. Pasas el metro y medio por los pelos y encima te han salido granos (y lo que te queda)Pero es un encanto. No piensas en sexo, todavía. Y consigues sentarte detrás de ellas en algunas clases. En los exámenes tipo Tes. de Ciencias le dices las respuestas, bueno a ella y a unos cuantos más.

Otro curso, otra chica. Esta también te hace caso. Bastante. Piensas q nunca has estado enamorado y q esa es la primera vez. No sabes como decírselo. Un amigo lo sabe pero no dice nada. Ahora ya no eres el rarillo de la clase. Aunque has crecido hasta poco más de los ciento sesenta centímetros y tienes más granos que el año pasado eres el que mejores notas sacas. Y eso hace mucho. A esa edad las chicas-mujeres empiezan a valorar la inteligencia. Tú, aparentemente lo eres, o eso dicen. Va llegando el final de curso. n. Le escribes una carta. No de amor. Pero si íntima, para lo que es íntimo en esa edad. Te dice q tenéis que quedar un día para tomar un café. SIIII Tú no te lo crees. Ella había sido testigo de tu primer borrachera. Poco más un litro de sidra y tu habitual ausencia del ridículo hacen qur acabes cantando canciones que es mejor no recordar y diciendo tonterías. Y te había visto hacer eso y decía q teníais que tomar un café.

Pero te fuiste a otra ciudad. A un pueblo tal vez. No la olvidabas. Te empezó a gustar otra. La delegada. A ti te eligieron subdelegado. Bueno, nunca eras delegado pero ahí estabas. Pero no la olvidabas. Quedáis un par de veces. Viene una amiga suya. La cual, por cierto, se confirma contigo al año siguiente. Y un día quedáis en veros a solas. A las siete en un bar de litros con unas patatas bravas... Llegas siete minutos tarde. Esperas. Te parecen días los segundos, y edades los minutos. Y veinte. Te vas. Huyes. Nunca sabrás si ella llegó antes. O después.

Vuelves a tu ciudad. Sigues colado por ella. Y ella debe saberlo. Vas a verla en los recreos. Haces amigos nuevos, gracias a un amigo q conociste en primero. Y nada. Has perdido tu timidez. Ya no eres el niño q tenía siete años. Pero no te atreves.

Se acerca fin de curso. Tú ya no eres el de las buenas notas. Tampoco te preocupa. La carrera que tienes que hacer es tan chunga q no la coge ni el tato. Te metes en mil cosas. Te atreves con todo. Con chavales en un voluntariado. Y con padres y entrenadores / delegados en campos de fútbol. Te llaman Ronaldo. El Barça iba de capa caída pero este tío es un crack. Copa y Recopa. Pero vamos, te llaman Ronaldo porque eres el que peor juega de la residencia donde estas. Más tarde volverás a vivir a casa, pero esta vez solo. Pues eso, q llega fin de curso.

Es 19 de abril. Tus amigos y tú os ponéis relativamente guapos. Uno esta tan animado que quiere poner sus cintas en la fiesta. Llueve. Empieza la fiesta. Baile lento. Uy, chungo. Tu compañero de pupitre te anima pero te cortas y al final baila él con ella. Que envidia. Bueno, el momento. Nunca te has atrevido. Pero es que nunca has sentido eso por nadie. Y piensas que sólo lo sentirás por ELLA. Sí, con mayúsculas. Es ELLA.

Le dices "¿podemos salir fuera un momento?" .ELLA parece que no entiende nada. Sigue lloviendo. El director en la puerta. Tú no sabes qué decir. Y le dices que desde hace mucho tiempo te gusta. Y qué sí quiere salir contigo. La pregunta es absurda y lo sabes. Has sabido siempre la respuesta. La has temido siempre. Y es un no. No es un no hiriente. ELLA es así. Díos mío. Es que es perfecta. Lo único malo es que no sale contigo. Te dice que no es por ti, que es que acaba de dejarlo con otro chico. Bueno, no quieres explicaciones. Sientes que el suelo se derrumba a tus pies. Si llovía fuera ahora llueve dentro.

Se acaba la fiesta. Bueno, se acaban muchas cosas. Ya no tendrás que pensar "cuando me atreveré". Ya te has atrevido. No ha pasado nada. Estás vivo. Estas vivo pero te vas con uno de tus nuevos amigos al portal de tu casa a comerte el tarro. Bueno, el está también en un mar de dudas. Los encoñamientos a esa edad son muy malos.

Acaba el instituto. Hay un periódico gratis para universitarios. Con una sección curiosa. La gente se manda mensajes. De todo tipo. Y tú le mandas uno a ELLA. Ya ni te acuerdas como era. ¿Decía algo de su pelo? ¿De su silueta? Fuiste muy explicito con el destinatario y se entero toda su clase. La firma era una fecha. Cómo no. 19 de Abril.

Vendrán más chicas detrás. Tú primer beso, tú primera novia, tus romances.. Ya eres "mayor". Pero sigues siendo un irresponsable. Lo sabes y te da igual. Te siguen gustando todas. Tú eres el típico que va diciendo burradas a las tías para vergüenza de esos amigos que conociste en COU y que ahora se han convertido en "tus amigos de toda la vida".

Y ahí queda todo. ELLA, la chica por la que tanto suspiraste en esa época difícil y a la vez maravillosa que es el instituto. Ya ni te acuerdas. Bueno, alguna vez. Realmente siempre recordaras a las chicas que te gustaron en algún momento de tu vida. La mayoría nunca lo supieron ni lo sabrán. Otras lo supieron pero no te atreviste a preguntar. Y saliste con aquellas que creyeron en ti y tú en ellas. Ahora estas solo y esperas a esa persona especial con la que compartir el champú, tus ilusiones,tus amaneceres... En definitiva, tu vida.

Javi Martín
Grupo A


Recuerdos

Mi infancia son recuerdos 
de juegos con amigos, 
en la calle del olvido. 

 Mi infancia son recuerdos 
de aromas marchitos y perdidos, 
a lo largo del camino. 

 Mi infancia son recuerdos 
del beso de mi madre 
a la puerta del colegio 
y de lágrimas furtivas, 
guardadas en el pañuelo. 

Mi infancia son recuerdos 
de risas en un trillo 
respirando el aroma, 
del heno y del trigo. 

Mi infancia son recuerdos 
de un niño dormido que 
despierta de su sueño,
y se enfrenta a su destino. 

Mi infancia son recuerdos 
del amor que he conocido 
de mis padres, hermanos, 
abuelos, primos y amigos. 

Mi infancia son recuerdos 
de todo lo aprendido 
de amores, miedos, 
progresos y principios. 

Mi infancia son recuerdos 
de una cuna mecida por el viento 
mientras unas amorosas manos, 
tejían hermosos sueños. 

Mi infancia son recuerdos 
de un adorado padre 
que cansado del trabajo, 
jugaba un rato conmigo. 

Mi infancia son recuerdos 
de un largo llanto, 
reclamando cariño. 

Mi infancia son recuerdos 
de un corazón latiendo 
al compás de unos besos que 
inundaban de alegría, 
mi cuerpo, tan pequeño.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Poco antes de perder el Paraíso

Recuerdo que había ido con mi hermana Dori a casa de Aniceto, para recoger hojas de morera. No se quien, nos había regalado unas huevas del gusano de la seda, que habían nacido y tenían que comer.
El moral, con un grueso tronco y un montón de hojas que tenían la forma de una gran pera, parecía muy gateable. Me ofrecí a encaramarme a él, para poder escoger las mejores que tuviera, pero cuando ya estaba arriba y tras pasarle a mi hermana, una gran cantidad de ellas, lo que realmente yo quería era conocer, recorrer, jugar con el árbol.
Me puse a construir, por no sé cuánto tiempo, una casa entre sus ramas, afanándome en recoger todos los restos del terrible naufragio que me llevó a aquella isla. Conseguí a duras penas, repeler un ataque pirata que acabó cuando la voz de Aniceto me advirtió que tuviera cuidado, y que sería mejor que me bajara.
Desde mi atalaya, pude ver cómo él mantenía a raya, con una manguera, a un ejército de tomates y pimientos, parapetado tras un árbol de membrillo. En vista de que los piratas habían huido, llamé con mi más ensayado grito de Tarzán a Chita , (lo que sorprendió a Dori y a Aniceto y me valió la segunda advertencia de este) y al instante Chita apareció acompañada de varios elefantes. Ambos, volando por la selva colgados de las lianas( seguidos desde tierra por los elefantes), recorrimos una gran distancia para llegar al río y poder salvar a Manoli de las fauces de un cocodrilo, con el que tuve que luchar a muerte.
Reanimé a Manoli con un beso y junto con Chita, nos montamos sobre los elefantes y volvimos al refugio de la casa del árbol. Cuando estaba dudando si montar una tienda sioux o hacer que el árbol fuera un cohete contra los platillos volantes, Manoli me tomó de la mano y me llevó a contemplar las estrellas.
Manoli, me provocaba una inquietud desconocida hasta entonces, que empezó a apoderarse de mí con tan solo acordarme de ella.
Recordé que seguramente esta nueva forma de percibirla tenía que ver (y bastante), con el pecado mortal del que nos había advertido el párroco, don Miguel, en la catequesis de la primera comunión. De repente me vi expulsado del Paraíso, como les pasó a nuestros primeros padres, y empecé a temer el momento en que me tendría que confesar con él
Entonces, oí en la lejanía, los gritos de mi hermana para que bajara del árbol y a Aniceto, amenazándome con un par de manguerazos, si no lo hacía al instante.
Cuando estamos volviendo a casa, me veo como un lobo de mar, completamente empapado, que habiendo sobrevivido al temporal y al cañoneo del bajel de Aniceto, por fin diviso las costas de mi patria. Allí me esperan mis padres, la pandilla y los compañeros del colegio que me aclaman
Por un instante, vuelve la imagen de don Miguel lanzándome rayos por los ojos desde el confesionario, pero acaricio el collar de flores exóticas que Manoli colgó de mi cuello al llegar a puerto. La visión del encuentro con don Miguel comienza a esfumarse en el horizonte.

Carlos García Riesco
Grupo A


Mi infancia

Algunas pinceladas.
Algunas.
Pocas.
Olor a barro mojado en el cuchitril de Cristino. Cristino hace botijos y pucheros con el cigarrillo enquistado entre los labios. Y apagado. Lo moja más cada vez que intenta dar una chupada.
El aro de hierro dando tumbos por las calles ahítas de baches y torrenteras y cristales y puntas oxidadas.
Terraplén próximo a las vías del ferrocarril . Vagones de mercancías aparcados en el limbo. Caerse al vacío lleno de piedras.
Cuidado.
‘Puerta de los Carros’. Verjas con pinchos en forma de lanza.
Cuidado.
Accidente sin mucho sentido pero muy aparatoso y crucial.
Get on your knees . Los Canarios y Teddy Bautista.
Olvido .
Más olvido , porfa .

Ismael Marcos
Grupo B


Se armó el Belén

Todos los años, hacia el quince de Diciembre, se sacaban las cajas del trastero y se ponía la decoración navideña. Las bolas de colores, el espumillón, las velas, las cintas, los tarjetones que iban llegando a casa y por supuesto se empezaba a montar el Belén. Poco a poco iban colocándose los diversos elementos, entre los que no faltaban un rio hecho de papel de plata, las praderas de musgo, las montañas y las casas de corcho, la nieve de harina, las figuritas de barro,… no existía el plástico. Había algunos detalles que hacían las delicias del más pequeño de la casa, un mocoso que no hacía mucho había comenzado a caminar. Le gustaban especialmente el pescador que, no sabía como, sacaba del río un pez permanentemente colgado de la caña. También le gustaban los soldados en lo alto de la montaña, vigilando el castillo de Herodes, los animales: ovejas, gallinas, ocas y alguna que otra vaca, que estaban distribuidos por prados y establos. Pero a los que prestaba mayor atención eran los majestuosos Reyes Magos, que a lomos de sus camellos aparecían en la parte más alejada del Portal.

Aquel año, después de colocar las pequeñas bombillas de colores que, conectadas por un largo cablere corrían toda la instalación, iluminando de noche el rincón de la casa convertido en un recuerdo de algo muy lejano que sucedió alguna vez, el pequeño oyó decir a su hermano mayor

- Madre, ¡ya está montado el Belén!

El hermano pequeño era todo ojos contemplando los detalles de ese universo que se recreaba cada año en el extremo de la casa. Ardía en deseos de intervenir, de colocar alguna pieza o poner algo nuevo en el Belén. ¡Él tenía que hacer su pequeña aportación!. Pasó un par de días pensándolo, hasta que encontró algo suyo propio, original y que podía ser una gran contribución, ¡el león de su juego de animales!. Daba igual que el tamaño fuera desproporcionado en relación con el resto de las figuras, poco importaba que no fuera de barro, ni sabía si existían leones en Judea cuando nació el Niño Jesús. Para que no le dijeran nada, decidió colocar su león en una gruta escondida en lo más alto de la montaña del castillo, a la hora de la siesta, aprovechando que el resto de la familia estaba durmiendo o distraída en diversos afanes. Con mucho cuidado colocó una silla, se subió encima de la larga mesa donde estaba montado el Belén e intentó colocar el león dentro de la gruta. Pero había calculado mal, el león era bastante más grande que el hueco disponible. Con este contratiempo empezaron a entrarle los nervios y decidió cambiar rápidamente el león por una cabra, de bastante menor tamaño y de la que también disponía en su colección de animales. Con la precipitación propia de su edad se bajó como un rayo de la mesa a la silla y salió corriendo a buscar la cabra. No se percató de que una de las patas del león se había enganchado en el cable que recorría todo el Belén. Con un gran estrépito casi todo se cayó al suelo, la mayor parte de las figuras de barro se rompieron o sufrieron desperfectos irreparables, los edificios de corcho se rompieron y todos los elementos restantes se mezclaron de mala manera. Toda la familia se asustó, pensando en una gran desgracia (como así podría ser considerada), acudiendo al fondo de la casa a comprobar qué había pasado. Todos salieron de dudas cuando el hermano mayor exclamó:

- ¡Madre, el pequeño ha desarmado el Belén!

Manuel Medarde
Grupo A


La higuera y los ciempiés

Cuando tenía cinco años me despedí de la higuera que estaba sembrada en medio del patio de la casa de mis abuelos. Mi abuela acababa de morir, no pude despedirme de ella, no me dejaron. Ella acostumbraba a hacer higos confitados bañados por un dulce de leche, cortado con el jugo de un limón. Era una merienda exquisita, que jamás volví a probar. Desde entonces, el recuerdo de la higuera y de mi abuela han permanecido unidos: no puedo comer higos sin recordarla, ni recordarla sin evocar el aroma de los higos dulces.
Nos mudamos a la capital luego de la muerte de mi abuela. Mis padres habían alquilado una casa muy bonita de una sola planta, con un patio grande (al menos así lo veía yo). Fue el lugar donde más tiempo me quedaba jugando, con o sin mis dos hermanos. Convivir con ellos de nuevo, sin la protección de mis abuelos fue un desafío. En todos los juegos me planteaban una competencia y como yo era la menor, y de una contextura frágil y pequeña, no podía ganarles ni una.
Cuando llovía el piso del patio se llenaba de esos animalitos tan curiosos: tan largos como mi dedo meñique y tan gruesos como una aguja de tejer. Caminaban de manera persistente sin tener un rumbo fijo.Huían de los aguaceros que dejaban el césped inundado por horas. Salían a buscar alguna piedrita que los protegiera del diluvio. Observé que unos caminaban más rápido que los otros, pero cuando chocaban entre sí se enroscan, por instinto, a manera de espiral, para defenderse de un posible ataque. Entonces quise comprobar si un toque con la yema de mis dedos les haría el mismo efecto:cuando el roce era muy suave seguían su camino, incluso lo rectificaban, logrando un trayecto más rectilíneo, menos zigzagueante. Sin embargo, cuando me afanaba por corregir su marcha el toque brusco a los diminutos cuerpos lo resentían, y se enroscaban hasta por un minuto, mientras comprobaban que podían seguir su camino a salvo.
Me volví una experta corrigiendo la marcha de los ciempiés. Y fue cuando les propuse a mis hermanos jugar a la carrera con ciempiés. Inmediatamente aceptaron: todo lo que tenía que ver con competir, ya lo dije, era la oportunidad de oro para demostrar la supremacía de los hermanos mayores (varones).
Fuimos al patio y cada uno cogió su competidor. Les expliqué lo que tenían que hacer con sus dedos para ir corrigiendo la marcha de los centípedos. También les advertí que un roce brusco les generaría la detención por enroscamiento. De hecho al coger a los corredores debíamos esperar en la línea de inicio que se desenroscaran para comenzar la competencia. Lo que ocurrió después fue lo esperado: el ansia de ganar los llevó (sobretodo a mi hermano mayor) a asustar a los pobres animalitos hasta caer en el pánico, y cada vez el tiempo de enrosque fue más y más prolongado. Sin contar que los gritos empeoraron la fluidez de la carrera, incluso para mi representante. Vivimos momentos tensos, pero mis quilópodos (con nombres tan variados e impositivos como este) y yo, invariablemente fuimos los ganadores.
Así fue como me forjé el respeto y el terreno de juegos con mis hermanos, aún cuando no quisieron volver a competir conmigo y mis ciempiés.

(He vuelto a comer higos confitados en los fríos otoños de Salamanca).

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Modelaje, plasticidad e instinto. Dentadura emergente, volátil y duradera. Nunca hizo falta subirse a una montaña rusa. Envidio al mundo que pasa sobre una misma línea, a veces. Esto empieza o te dicen, que va a empezar y te agarras al dragón de la vida bien fuerte, te meneas hacia todos los lados, incluso a veces, tu vejiga aguanta más de lo que te crees. Es todo hacer y volver a hacer. Es todo esperar y esperar. Es todo recibir como venga…. Esquivar y mirarte fijamente. En un instante puedes aprender y hacerte anciano.
Menos mal que la memoria se modela, se recubre de bondad, perdona y a base de ir viviendo se olvida, porque crees en ocasiones que es lo mejor. Pero sin esos paseos después de comer contigo, no hubiera aprendido a ver. Teníamos que coger una bolsa de tela o rejilla arrugada en mi pantalón, siempre esperaba a extenderse alisándose para engordarla con unos higos, un puñao´ de almendras, tomillo y lavanda para mi armario, unos trigueritos para la cena, aceitunas verdes espachurradas para hacer experimentos que junto a los grillos en un frasco de cristal quedaban divinos. Eso sí, el morral nunca se llenaba, ya que aprendí a recolectar lo justo, para ese sábado o domingo antes de marchar. Nosotros llenos de barro y olores impregnados de olor a jara, laurel, manzanilla, chimenea, flan de manzana y lágrimas escondidas de vuelta a la ciudad. Con calcetines llenos de tomates de todas variedades. Con rotos y rasguños en la ropa, te desprendías de todo aquello pensando en lo siguiente y te entristecía la rutina de la cena sin cacerola de barro. Los domingos por la noche, aún llena la dermis de dibujos dalinianos, sabías que esas costras te iban llevando cada día, sin quererlo a regenerarte y salir de tu crisálida para calzar un treinta y ocho de pie. Te acordabas de la niebla del bar : “Dos coca-colas con limón, por favor” A tres sorbos por cabeza en la sesión de tarde de la 1, en torno a una mesa nos apiñábamos todos una hora y media, sin saber porqué nos echaban de casa todos los mayores de alrededor tenían también sus rutinas semanales, supongo. Antes de terminar, iba corriendo a casa para coger la BH grande roja con ruedas blancas de mi hermano mayor y escaparme por los caminos hacia el río, el cementerio, la ermita, el vertedero, la cruz, la atalaya…Cuando sigilosamente sin mucho ruido dejaba la bici limpia tras pasar por el abrevadero, sorteaba el enfado del robado y su espera. Me preparaba un bocata de aupa y me iba al rompeolas del cruce a enterarme de los chascarillos propiedad de boinas y bastones. Apoyados con los codos en el cartel a Samarcanda, tragabamos restos de combustible fósil de distintas cilindradas. En la vuelta, pegándote al bajo de los alerones y adobe, sorteabas puertas chismosas con mujeres que rápidamente se lo contaban todo. ”Pero, dónde has estado toda la tarde?” “ No sé, no me acuerdo…” así de niña, en la libertad exterior aprendí latín, griego y acentos lejanos que hice míos. La calidez de la lluvia, el abrazo del frío de enero, el equilibrio del cuerpo al cruzar un lodazal, las piedras dentro de la bota, el susto de los perros pastores, los chicos que te perseguían por ser guapa y de fuera, las incursiones a casas, iglesias, palomares y tendales abandonados, los saltos a los huertos, los escondites dentro de los remolques. Todo lo que buscaba, lo toleraba, excepto la fría pared del hogar. Yo también quería llevar un pámpano dulce colgado de mis labios para hidratarme a diario como hacían en el pueblo. Jugar al esconderite y comer acenorias y lavarme con el frio sobre una jofaina, y hacer rosquillas y jabón y mirar al chinero para ver el pastorcillo de sal de máxima vanguardia y tecnología punta de predicción meteorológica de borrascas. El hogar, la casa donde me hacían vivir, no podía colorearlo por más que quisiera, excepto leyendo todo lo que hubiera a mi alrededor en mi submarino de páginas y pintando a escondidas debajo de los deberes. Hoy, esa huida encerrada por la ventana de la habitación, hace poder entrar y salir de la cárcel con una familiaridad pasmosa. Estés en un hábitat selvático o llanura infernal. Al comenzar el año en septiembre, siempre empezaba a hacerme menos niña, lo único que cambiaba era que antes de despedirme del pueblo, llevaba a mi patito de verano dentro de una caja de fontaneda al torno de las monjas. Siempre me decían para convencerme que los cuidaban de maravilla y que podía visitarlo cuando quisiera, excepto a la hora de la pepitoria. Ahora, que cuando ya iba por un treinta y cinco, me vengué de todas ellas hasta la catarsis después del ave purísima, haciendo rodar el torno hasta los topes de ensaimadas duras por fuera y frescas por dentro de mamá vaca. Ahí, pillas el punto aldente a la pasta y te sazonas con sueldo.
De niña practicas a guardar tanto silencio, que en las tormentas de mayor alumbrarán diluvios de gritos y torrentes de risas sinceras, ingredientes que bien cocinados harán que viajen y cobijen de calor y tiritas, a esos ojos gemelos e inocentes que encuentras y no pudieron llorar tanta niñez.

Lydia Merchán
Grupo A


El destino es caprichoso

En mi pueblo, antes se acababa la escuela cuando los niños cumplían 10 años.
Aquí empezaba el futuro para muchos niños, unos dejaban de estudiar y ayudaban a sus padres en el oficio que tuvieran, otros buscaban un seminario para poder seguir enganchado a los libros y los menos iban a colegios particulares de la capital.
En mi caso, junto con otros once niños del pueblo, estábamos apuntados al colegio San Viator de Valladolid, en principio seminario, donde se impartían las mismas asignaturas que en los demás colegios nacionales.
Pero, durante el verano ocurrió, que se empezó hablar de la instalación de un instituto de formación secundaria en mi pueblo, cosa que se confirmó a principios de septiembre, por lo que lo de ir a Valladolid, quedaba totalmente descartado.
Así pudimos estudiar en el pueblo hasta los 14 años, y yendo a examinarnos a Salamanca de cuarto y reválida.
Pero a lo que voy con el destino de cada persona, si hubiéramos tenido que ir a un seminario para ampliar los estudios, alguno hubiera terminado de seminarista, como así ocurría en algunas ocasiones.
Mis hijos, cuando les cuento esta casualidad del destino, siempre me dicen lo mismo: “No te imaginamos de cura echando sermones por los pueblos de Salamanca”.

Luis Iglesias 
Grupo B


Pajarito

“Me lo ha dicho un pajarito”. Fueron innumerables las veces escuché esto durante mi infancia. Yo no era una niña muy traviesa, pero las veces que hacia algo “malo” mi madre se acababa enterando. Y cuando yo preguntaba inocentemente, delatándome, qué cómo se había enterado ella siempre me respondía, “Me lo ha dicho un pajarito”. Y yo me lo creía. Además me amenazaba con él, “Pórtate bien que si no, me lo dice el pajarito”. Yo lo odiaba aunque nunca llegué a verlo. Qué bien se esconde, recuerdo que pensaba.
Ahora, cuando mi madre me dice que le ponga el pajarito azul en el móvil yo le digo que no, que no le va a gustar, que mejor siga con el Facebook. Ahora soy la que controla el pajarito y mi madre nunca tendrá Twitter.

Beatriz Gorjón
Grupo A.


Tonos Saudade

Mi infancia está vinculada a la imagen de mi madre. Recuerdo con que devoción nos vestía y nos peinaba a mis hermanas y a mí. Después, nos sentaba en sillas que tenía colocadas en las cuatro esquinas del salón y sacaba de un cajón con tres vueltas de llave, su caja blanca de madera. En su interior, arriba, un espejo algo rallado y viejo. En la parte de abajo, colocado en pequeños apartados, se encontraban aquellos tesoros que yo tanto admiraba y que eran intocables para cualquiera de nosotras, pobres mortales. En una orilla, la polvera de maderas de oriente, en su reverso la palabra “ayer” (supe años después que era el nombre del matiz del maquillaje. Pensaba entonces que aquellos polvos eran la raíz de su eterna tristeza sólo por llevar esa palabra grabada en el dorso). En el centro de la caja blanca de madera, cuatro brochas de pelo suave y una, con una pequeña esponja en su punta. Al lado, la sombra de color verde, el mismo verde oliva de los ojos de mi madre. Encima, un estuche de cartón con los bordes ajados y una pasta negra en su interior junto a un cepillo diminuto con el que se peinaba las pestañas. Siempre su mirada, siempre. Aportó a mi vida amor y reproche a partes iguales, nunca sabré si para bien. Un lápiz de ojos y una barra de labios rosa que olía a besos. Mi menoría de aquellos años es el perfume de aquella caja, el silencio y el placer de ver a mi madre absorta en el espejo; ajena a la mirada de sus hijas aislada del mundo, por ese lapso de tiempo que empleaba sólo para ella. Últimamente, casi diría que desde que se fue, he encontrado consuelo en el espejo en el que me miro cada mañana. Justo cuando termino de maquillar mi ojo derecho, algo me obliga a mirar en su interior por un segundo más. Observo el verde oliva que ella dejo por herencia en mis pupilas y susurro con tanto amor como reproche –Buenos días mama y ahora ¿dónde me siento para verte?-.

Mamen Somar
Grupo C


La infancia en la garganta

A Alecito le faltó el aire como si hubiera dado un discurso, pero no dio un discurso, al menos no uno como el que usted imagina, aunque el efecto haya sido igualmente emancipador. Alecito se atragantó a propósito con el cuerpo de Cristo durante la comunión y gracias a eso pudo abandonar la misa.
Sabíamos que frente a la iglesia había una pantalla gigante transmitiendo el partido de Paraguay. 
Le seguimos dos o tres más tempranos apóstatas. Y qué libres nuestras gargantas cuando gritábamos gol.

César Aponte
Grupo C

La escritura

La primera sesión de este curso tuvo como tema principal la escritura. ¿Por qué escribimos?, ¿Para qué escribimos? Escribir es tal vez encender un fuego. Las palabras adquieren, como piedras de sílex, el temblor de la chispa que ha de convertirlas en hogueras altas que arden en la mirada y en el corazón. Palabra sobre palabra, como Ángel González, o verso a verso, como Antonio Machado toma cuerpo el incendio en el que late el cuento o el poema desde su raíz misma en un viaje hacia el sentido o la belleza..

En un texto publicado en el libro "Al fondo a la derecha" traté de escribir una póetica. Estas fueron las palabras:

Nunca escribí una poética. Ni la intuí siquiera. Todo lo que sea interpretar lo que escribo y lo que toco o respiro creo que no me corresponde a mí sino al lector. Yo no sé por qué escribo, ni me importa saberlo. Yo sólo escribo.
Creo en el poema. Como creo en las ninfas azules sin dolor de ovarios y en los cíclopes que se emborrachan los domingos y en los cachorros de pantera y en el país de las corbatas. El resto no quiero saberlo. Igual que la muerte.
Buscad ahí, entre los poemas, sin revolver las vísceras. Adivinar las cosas que no dicen. Merodear en sus envases térmicos las huellas y las sombras, el semen de los sueños, la sangre y la cerveza bombeadas noche a noche. Y si al final de todas las preguntas resulta que escribir es respirar y es una forma de medir el óxido que suman nuestros ojos, entonces quizá escriba. O alguien dentro de mí se encargue de ello aunque jamás razone su existencia; aunque jamás lo vuelva a ver después de la anestesia; aunque jamás vuelva a pensar que en todas las radiografías de todos los hombres y mujeres hay un poeta arrinconado. Un esqueleto sensible e imaginativo al que la carne pone límite. Un tramoyista sin contrato que articula nuestros ruidos. Una explosión, quizá de cuatro tiempos, que nos ayuda a comprender o confundir el mundo y al antropoide anónimo y social que desde siempre nos habita.
Porque resulta que escribir es capturar, desinfectar, diagnosticar, descifrar, autopsiar todo cuanto está en el límite de nuestros ojos, oídos, labios o tacto, las únicas posibles coartadas para el engaño de las musas, las herramientas que dan forma a una palabra o una lágrima o un beso rojo de mujer. Y aquí no hay fórmulas de agua o mecanismos de reloj que expliquen cuanto pasa.

Y en medio del poema y sus tendones, cuando se ablande el hielo, germinarán la noche y los aullidos y un galgo de ochocientos miligramos perseguirá las letras una a una para explicar el tiempo y el amor y el crucigrama de la muerte.

La escritora Leila Guerrero nos habla del pan en su texto "Escribir":

Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan. Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después. Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie. Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa. Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.

Clara Obligado afirma en "Todo lo que crece":


No soy yo la que escribe, es alguien que me habita. Yo soy la que baña a mis hijas, prepara garbanzos, inventa mermeladas.
La que trabaja, lee y habla con sus amigos, escucha a su hermana, la que siempre está cansada. Dentro de mi hay otra que no quiere dormir y escribe hasta la aurora y espera que píe el primer pájaro para cerrar el cuaderno y descansar. Esa que no soy yo imagina y poda los textos hasta dejarlos en nada, viaja a la semilla, se sorprende con sus propias ideas, baila con el ritmo de las palabras. Esa que no soy yo airea y ablanda las frases, las deja en remojo, busca estructuras fértiles donde sembrar historias. La otra es la que poda las plantas y aprende sus nombres en latín, estudia los catálogos de semillas y es desordenada. La que escribe, en cambio, es exigente, relee en la cama, tacha y comprende que, una vez más, no lo ha logrado. El yo doméstico hace pules. El que escribe encaja las piezas de una vida en la que nunca hay tiempo suficiente par a mí. Escribir es como plantar un jardín.


Y Emilie Pine en "Todo lo que no puedo decir" señala;

Cuando era pequeña y mi padre comenzaba a lidiar con la depresión que ha caracterizado su vida adulta, me hizo prometerle que de mayor no me haría escritora. Pronuncié solemnemente la promesa. Pero en mi interior sabía que haría lo contrario. Porque lo que en realidad me había enseñado mi padre, tal vez a su pesar, era que escribir es una manera de que el mundo cobre sentido, un modo de procesar -de poseer- pensamientos y emociones, un modo de sacar provecho del dolor. Y, por tanto, inevitablemente, sentada su lado en aquellas habitaciones del hospital de Grecia, me pregunté cómo describiría la habitación y al hombre postrado, como si una y otro fueran parte de un decorado. Me pregunté cómo contaría la historia de sangre, de enfermeras y guantes, de médicos y esperas. Me pregunté quién era el protagonista, si mi padre o yo. Y me pregunté cómo emplearía estas notas, si podía, como medio para comprender la historia completa de mi padre y yo.


Propuesta de escritura

Escribir la sinopsis del libro que te gustaría escribir. Busca un título, piensa en el género (poesía, narrativa, cuento, microrrelato…) y dinos de qué trata.


Estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Potraje de letrejas

Lo mismo trespa montallas empinosas, que se sumelgue en ocíanos profunderos o corrie los 3.000 mentros oscánulos. Un fortinable ascleta Rubiralto Punticómez.

Pascual Martín
Gurpo B


Descenso a la galería del pozo 13 (Poesía)
Sinopsis

El autor nos invita a acompañarle en el descenso a las galerías de su alma. Nos incita a excavar en las profundidades de las cavidades de su alma en busca de ricos minerales. Poco a poco va colocando puntales en las brechas abiertas para que nada colapse. De su mano, el lector descubrirá pequeñas joyas, aunque para ello necesite apartar muchos minerales de ganga. De una forma, casi irreverente, el autor nos sitúa al borde del pozo para ver la oscura profundidad. Cuando has caminado, agachado, casi sin oxigeno, por las galerías del alma, el lector no sabe en qué pozo está cavando, si en el del autor, o en el suyo propio.

Tomás García Merino
Grupo B


La posada del cuervo

Año 2051 del tercer milenio, la caída del nivel del agua de los ríos y los últimos hackeos informáticos anuncian un apagón energético en Turquía, la guerra con Bielorrusia durante décadas ha dejado tras de sí a la ciudad de Estambul sumida en el desánimo y el abatimiento.
Ayla de 12 años y Amina, su madre, se encaminan a la estación de tren para llegar hasta Çamlik, su ciudad natal donde se encontrarán con su hermano Kadir. Desde allí partirán a Sainte Foy La Grande en Francia, donde su tía Umay regenta “La posada del cuervo”, una antigua pensión reformada que encubre el trajín de una poderosa logia secreta masónica.
Francia es una de las grandes potencias mundiales, allí confían en encontrar una vida mejor.
En la estación de tren de Sirkeci aúllan las alarmas, se provoca un gran tumulto, la multitud corre agitada y grita. Los sublevados visten de negro, se han manifestado hoy por las restricciones energéticas y las limitaciones a la movilidad que se anuncian, arrojan piedras y queman todo lo que encuentran a su paso al grito de “muera la esposa del Virrey Sambali”.
Ayla es arrastrada por la marabunta, todo alrededor se apaga, el griterío tartamudea, se torna sordo.
Cuando la muchacha despierta se encuentra en Bombay, una bella mujer vestida con Sari dorado y violeta le ofrece pan chapati con queso y cilantro...
Ayla tardará años en deducir quién es esa mujer y los secretos de su propio destino.

Aronbanda
Grupo B


Tras el rastro de Julia

Marcos esta hipnotizado con la misteriosa belleza de Julia, una belleza que se proyecta más allá de un físico extraordinario, ha intentado reiteradamente, pero sin éxito acercarse a ella. Está convencido de que julia debe haber experimentado, como las libélulas, sucesivas mudas que le han permitido crecer hasta alcanzar su singular metamorfosis.
Para llegar a julia, Marcos emprende un camino; “en busca de las exuvias de julia”, (exuvias son las cutículas o cubiertas exteriores, exoesqueletos abandonados por los artrópodos, insectos crustáceos o arácnidos).
Marco busca y colecciona incansablemente las pieles que ha dejado Julia tras de sí, ese rastro serán las pistas que le expliquen su esquivo talante.
En este camino que Marcos comparte con el lector, no solo conseguirá desentrañar el misterio de julia, sino que también conseguirá completar su propio ciclo bilógico.

María Victoria GL
Grupo B


Lo que las palabras ocultan

El cuerpo de Herminio yace inerte, con una certera puñalada en el corazón, junto a la puerta de la Casa de las Conchas en Salamanca. Julia, la detective encargada del caso, baraja como detonante de tan horrible crimen, un mensaje de audio enviado, erróneamente, por la victima al grupo de wasap del taller de escritura al que había asistido, por primera vez, apenas unas horas antes de su fallecimiento. En el mismo expresaba a su esposa —o eso creía él— su desasosiego ante el inesperado y desagradable encuentro, en dicha actividad, con la persona que tanto había hecho sufrir, en el pasado, al matrimonio; y su intención de acudir, sin demora, a la policía.

La carrera de Julia pende de un hilo. Encontrar al culpable del asesinato, entre los diecinueve participantes en el taller, es la última oportunidad que tiene para demostrar a su jefe que ha superado sus problemas con el alcohol. Un compañero, del grupo de terapia, le había recomendado apuntarse al mismo. Escribir ayuda a sanar el alma —le había dicho—. Al principio, no reconoció, en la ronda de presentaciones, al entrañable anciano que bromeaba con la pérdida de sus gafas. Habían transcurrido casi quince años desde aquella sentencia en la cual se otorgaba la custodia completa de su hijo a su exmarido, desmoronando la vida de Julia por completo. Ahora, el juez que la había dictado estaba muerto.

Patricia García
Grupo B


Y ahora hablemos un poco

En la España de los años 60, la forma más barata de hacer el bachillerato era el seminario o algún colegio "de curas"; léase internados de las distintas órdenes religiosas, en las que te formaban para ser "uno de ellos".
El libro trata de las desventuras de un niño de 10 años, que estuvo interno en un colegio de Escolapios durante 4 años consecutivos.
El régimen de internado era realmente duro, hasta tal punto que este niño al hacerse mayor y tener que ir a la "mili", aquella le pareció un paseo por el parque comparado con el rigor y la disciplina del colegio de frailes.
Uno de los mejores momentos en aquel colegio era cuando el profesor de francés al terminar el rollo teórico de verbos y reglas gramaticales, hacía una pausa, les hacía cerrar libros y apuntes, y decía: "mentenant parlons un peu". Era un momento sublime, el paso de la teoría a la práctica, del terreno pedregoso al prado verde, del fondo de la mina a la superficie soleada. Entonces empezaban a conocer el idioma en realidad, y entre ellos surgía un clima de complicidad y atrevimiento buscando el ingenio, la chispa que les ofrecía de libertad y a la vez el sentirse compañeros; también en alguna medida el agradar al profesor.
El libro trata de como aquel niño se las apañó para salir airoso de aquella experiencia, cómo la vivió y cómo la vivieron sus compañeros, la forma en que aquello les unió y ayudó a resolver unas situaciones tan peculiares que hoy en día nos resultarían muy difíciles de entender.

José Luis Fonseca
Grupo A


Papel en blanco

Yo no quiero escribir un libro, quiero que el libro se escriba solo, que el papel en blanco vaya dictando a mi mano las palabras que debe ir trazando. Me gustaría que este libro contuviera todos los estilos, todos los géneros, todas las palabras, todos los idiomas, que mezclara la realidad con la ficción, que fuera el orden y el caos. ¿Por qué y para quien escribir el libro?. No hay razón ni hay destinatario ni intención, solo puedo decir que el papel en blanco está ahí y mi mano espera su mensaje para empezar el baile.

Manuel Medarde
Grupo A


La hija del ebanista

La niña Amparo se ve pequeña en el espejo fabricado por su padre, tan pequeña como aquella estrella en la inmensidad de la noche. La niña, como el espejo, está hecha de poesía y taracea, de luz de luna, de talla fina. La niña Amparo sueña hasta que la gripe del 18 se lleva primero a él, más tarde a ella. Amparito lee y cose, y se enamora del soldado apuesto, bruto y airado. En sus días de permiso, engendrarán niños y tristezas. Tendrá los primeros brotes en la frialdad del olvidado taller junto al Santiago Matamoros que talló su padre. Se esconderá en los confesionarios y gritará de guerra. Quizás encuentre el consuelo, el amparo, la niña Amparo, en aquella casa ya derruida al otro lado del puente.

Marisa Sánchez
Grupo C


Historia de un bolígrafo

Pablo, siempre ha tenido guardado un secreto sobre el bolígrafo con el que escribe los relatos del taller de escritura de la casa de las conchas.

Una amiga del taller, un buen día le regaló un bolígrafo, solo le dijo que a partir de ahora cada vez que escribiera un relato se acordaría de ella ...

Luis Iglesias
Grupo B


El club

María entró en la biblioteca sin ser notada. Sintió desasosiego al verle entre los asistentes. El inesperado encuentro la llevó a las páginas tantas veces leídas, a los autores tan queridos, a las palabras nunca olvidadas y a los turbios sentimientos que su presencia le provocaba.
Lo amaba y lo odiaba al tiempo. Amaba su sabiduría y odiaba esa pose del que lo sabe todo. Su solvencia literaria era indiscutible, sin embargo resultaba intolerable el sarcasmo que se intuía en sus silencios.
Recordó mientras se dirigía a la salida aquel libro que tanto interés le había suscitado en el club de lectura. Su autora pasó muchas calamidades en su vida y, a pesar de todo, fue capaz de salir de su propia penuria para dejarnos sus escritos. Leímos con ansiedad “Manual para mujeres de la limpieza” en el que la encumbrada Lucía Berlín desmenuzaba las miserias de los seres humanos. Aún sentía su poderosa voz en sus oídos al recordar la cita: “Adoro la mirada de la agonía porque sé que no miente” y las palabras siguieron ahí, flotando en la sala. Nadie se atrevió a decir nada aquel día. Hoy después del tiempo trascurrido seguía pensando lo complicado que resultaba ser auténtico en ese trance. Nadie habló, sin embargo muchos pensaban como ella.
En la calle, el frescor mañanero la despejó y de un plumazo olvidó aquellas terribles sesiones a las que no podía faltar. No volvería a verlo. Había sido capaz de abandonar la sala y su influjo se disipaba por las calles. No daba crédito a lo que sus ojos habían visto. Emilio estaba otra vez en el mismo grupo que ella, aunque se había cambiado de biblioteca. No estaba dispuesta a seguir soportándolo.
Al llegar a casa, se sintió decepcionada. Había perdido una batalla, pero no estaba dispuesta a perder más. Lucharía para mantenerse viva en medio de la incertidumbre. Sus ojos se fijaron en la lejanía y la luz del Mediterráneo la reconfortó.
Se sentó al ordenador y abrió un documento, ese en el que iba anotando las reflexiones que le producían los comentarios de sus compañeros
Escuchaba las bonitas palabras de Julia recreándose en el extraordinario Erik de Luca: “Se me habían ido las matemáticas de la cabeza” dichas en su boca, sonaban con la inocencia del protagonista, un niño que besaba con los ojos abiertos abriéndose la adolescencia.
Recordó a Emilio mientras llevaba de la mano entre las tumbas de Comala y las palabras de Susana, el último capricho de Pedro Páramo, permanecían en su subconsciente y deseaba, como ella, hundirse en el mar para sentirse mujer.
María se odiaba por dejarse golpear por los ímpetus literarios de este lector de entrelíneas, rastreador de palabras mágicas, buceando en las profundidades marinas.
El timbre del móvil la devolvió al presente. Allí estaba él. Vaciló unos instantes, pero su orgullo la obligó a contestar.

–Hola, ¿cómo estás?
–Muy bien, ¿y tú? No viniste hoy al estreno del nuevo club de lectura. La coordinadora leyó tu nombre y me encantó oírlo, ¡qué bonita coincidencia! No podía creerlo. Así seguiremos adentrándonos en los libros y buscando esas sorpresas que tanto nos gustan y por las que tantas veces peleamos.
–No sé qué haré, estoy dudando aún. Me ata demasiado pertenecer a cualquier grupo.
–No lo dudes, leer te gusta y descubrir autores siempre es gratificante, además me tendrás a tu lado y podremos soñar, como tantas veces.
–Lo pensaré.
–Me encantará tenerte cerca. Stefan Zweig te va a sorprender, es nuestro autor en este nuevo club de lectura. Lee “Carta de una desconocida”, es deslumbrante.

Al terminar la llamada, esas palabras le removieron el subconsciente y supo de antemano que volvería a escucharle, a quedarse ensimismada ante sus comentarios y que odiaría su pose, como otras veces.
Buscó en las estanterías y leyó, con fruición, esa carta de una niña que por amor, se hace mujer, incluso madre y que prefiere la muerte, antes de confesar sus sentimientos. Setenta páginas de la literatura más humana que uno pueda imaginar.
Supo de antemano que el escritor austriaco la llevaría hasta sus brazos y que permanecería en ellos más allá de todas las palabras.

Josefa Briz
Grupo C


La casa de los girasoles.

Marcos decidió regresar a su país y ha olvidado por qué. Ha olvidado por qué escogió una ciudad pequeña para vivir, alejada de su barrio en la capital, de sus amigos ahora más viejos, de esa vida que extrañaba cuando estaba fuera. No entiende por qué quiso mudarse a esa casa de ventanas azules y girasoles en las paredes, una casa bonita y luminosa pero una casa vacía y solitaria. Marcos cree que ha olvidado tanto en los últimos meses que también se ha olvidado a sí mismo, a su yo más cercano, aquel que le gustaba y al que quería mantener vivo. Y en su mesa de madera frente a la ventana, contemplando los tonos verdes del parque, Marcos intenta recordar.

Lía Pérez
Grupo B


La silla azul

Anita , cuando cumplió los cinco años, su vecina Ciriaca le regaló una silla azul. Cada día iba a su casa, en la sala y, sentada en ella, escuchando sus historias, volópor un mundo de fantasía. Con la caracola que tenía de adorno, oía las olas del mar con el que soñaba ver algún día. Le hablaba de señoras elegantes de Madrid, algunas un poco pendonas, eso le sonaba a algo malo, la llevaba a las verbenas, chotis, churros; se ponía triste, se le escapaba una lágrima cuando le hablaba del ruido de las sirenas, las bombas, una de ellas alcanzó a Mariano, su novio, el que había hecho la silla azul.Ciriaca y Anita nos llevan con gran ternura por un mundo de recuerdos.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


Verano del 75

En ese verano sucedieron muchas cosas, teníamos dieciocho años, aunque seguiríamos siendo menores de edad hasta los veintiuno. Tras mi catastrófico primer año en la Universidad, disponía de todo el tiempo salvo del poco que me quitaban las clases particulares que me permitían una cierta autonomía económica. Mis padres, mis hermanos y sobre todo mis amigos son los personajes principales de este relato que sólo pretende recordar la época en la que nos tocó conocer la vida adulta. Valencia, la casa familiar, el puerto, la Malvarrosa, el Saler son los escenarios a los que íbamos generalmente a pie o en autobús. Esporádicamente podíamos utilizar el seiscientos del trabajo de Vicente o el Simca 1000 de mi padre en el que nunca hice el amor. ­­­­­

Enrique Martínez
Grupo C


Horizontes infinitos
Poesía

Sola frente al horizonte, ante su infinitud, la autora, despliega velas, y a merced de vientos alisios, sucumbe en territorios transgresores, íntimos e incluso apocalípticos.
El arte y la música, se unen a las palabras, y configuran un lienzo paisajístico y una bella partitura intimista.
Después de "Desde mi patio interior", la autora se siente observadora, y contempla, sin más pretensiones que acompañar su paz interior con el ritmo y la magia de las palabras. Tiempos concretos en horizontes infinitos.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


Inevitable

Tarde o temprano tenía que suceder. No has encontrado este libro por casualidad. Una serie de historias que te llevaran hacia un laberinto de preguntas donde hallarás la respuesta en su letra pequeña. Una decisión importante o tal vez sólo el argumento de una excusa, son las claves para salir de un conflicto o hacer de él un atolladero para cada uno de los protagonistas de esta obra, en un momento clave de sus vidas. Razones como el miedo, la ira, la nostalgia, la venganza, el amor o la burla harán, que esta serie de cuentos de lectura rápida pero de digestión lenta, sea algo del todo inevitable.

Mamen Somar
Grupo C


Mi voz ahogada

Hay personas que se desvanecen y pasan a formar parte de un añorado recuerdo.
Hay puertas que se cierran de golpe, sin ninguna posibilidad de volver a abrirse. Tras el portazo innumerables emociones quedan atrapadas, suspendidas sin encontrar un rumbo, vagando en el vacío.
Las voces de lo “no dicho” permanecerán ahogadas en las gargantas sin un receptor que las escuche.
Estas páginas recogen esas voces, esas palabras “no dichas”, ese angustioso silencio que no dejará al lector indiferente.

Toñi Martín del Rey
Grupo B


Filo, la gallega
(Cuando el silencio esconde algo más que palabras. Faro de Fisterra)

Caminábamos en silencio por la carretera que nos llevaba a Fisterra. El camino era extremo en belleza y tranquilidad. La naturaleza espléndida nos ofrecía a nuestra paso frutos exquisitos que nos deleitaban. Eran momentos de entrega a nuestros pensamientos. De pronto, escuchamos unos lamentos que provenían de un jardín semiabandonado. Corrimos a toda prisa y encontramos tumbada en la tierra a una mujer de caso noventa años de una fragilidad absoluta. Nos llama entre gemidos. Se presenta; es Filomena, La Filo... y entre lágrimas nos hace partícipes de su vida... Comienza un desahogo sin límites. Este encuentro transformó el sentido de nuestro camino. Ahora tenemos una misión...

M Pilar Sánchez 
Grupo B


"Quizás un amigo"

Eran una pareja singular. Ella, Verónica, trabajaba de relaciones públicas en una discoteca de la ciudad. Él, Pepe, tenía un despacho de abogados.
Llevaban una vida tranquila. Y eran felices.
Hasta que una tercera persona, Víctor, apareció de repente y todo cambió para ellos.
Qué pasó para que dos personas que se amaban, que vivían en un remanso de paz, se dejaran arrastrar por una serie de circunstancias que puso todo del revés.

Teresa González Caballo
Grupo C


El laberinto

Paseando por el parque vi un hermoso laberinto al fondo. Me invita a entrar. El camino es ancho con árboles a los lados dando sombras, me embriaga su olor,
Después de un tiempo caminando, observo que lo estaba haciendo en círculos. Detengo mis pasos bloqueada por el miedo. Está oscureciendo, agotada sin saber por donde salir me siento y poco a poco caigo en un estado de ensoñación.. Me parece oír una voz que dice: Todo es más simple. El laberinto te invita a perderte, una y otra vez, pero también te enseña a encontrar la salida. Representa nuestras propias vivencias

Josefa Redondo
Grupo A


El libro más comentado de los últimos años

Consulta obligada y de referencia para diversos colectivos, (desde Okupas and Sons hasta Davos Procers; desde la Ndrangheta a Open Arm and other subsidiaries and company)

Bendecido por la dirigida clase política de los países del mundo desarrollado.

Consultado en secreto por dictadores a la antigua usanza o por vendedores de igualdad y prosperidad,(para ellos mismos) de otras áreas geográficas del planeta .

Unánimemente reconocida por la aristocracia del mundo árabe y demás componentes del Here Is Oil Club.

Ha recibido los comentarios favorables de las personalidades más relevantes del mundo social, empresarial y de la farándula:
-Brillante” Cheng Yu
-Nos introduce en una red de riqueza” Bill Puertas
-Por fin alguien que comprende y desvela la filosofía dominante en el mundo tras la segunda mitad de cualquier siglo” Jorge Soro
-Otro anuncio más de cómo voy a desarrollar el futuro “ Melón Ask.
-Bien lo podía haber escrito yo. Princesa Belén.

Las secciones literarias de los periódicos más prestigiosos no han escapado a su magnetismo:
-Auténtico camino de iniciación al empoderamiento personal”. Unsupportive Herald Enquirer of NY
-Revela un oficio aún más antiguo que el considerado más antiguo del mundo” The Old and Modern Times of London.
-Por fin alguien pone en letra impresa lo que aquí se lleva practicando desde el Paleolítico“. Aves Ces de Madrid

Con prestigiosas líneas editoriales discrepantes:
-Ataque directo a la revolución. Debemos de estar vigilantes con esas prácticas únicamente reservadas y comprendidas por el Comité” Hong Kong Question Tribune.
“¡Que el cielo lo confunda!” Resaltao Entrekebab hagg Teherán.
“No deja a nadie indiferente”, "Sexta edición agotada.

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Pasta gansa: “El libro”.

Carlos García Riesco
Grupo A


Trasiego

Los versos sueltos en las hojas de este libro serán tan mullidos y volátiles como nubes. Cada palabra dará forma a una imagen, que se desvanecerá en el suspiro final de la lectura. Esto obligará a reiniciar el recorrido por cada poema, una y otra vez, hasta reescribirse en la fantasía del lector; y convertirse en un anexo inesperado de su historia; en una memoria que le ha invadido desde afuera. Será un encuentro telúrico de viento, niebla y sol, que podrá ser capaz de aligerar o acelerar sus tiempos, según las necesidades de economía cronológica. Los nubarrones también atravesarán la metafísica de quien lo lea, y los matices serán mucho más fáciles de apreciar. Habrá humedad, porque las inesperadas formas de las nubes finalmente se transformarán en ese llanto que decanta variados contenidos, esenciales o no (la obviedad también tendrá un lugar).
Puede ser que la sonoridad lingüística de la que esté hecho este libro llegue a los oídos del lector como una plegaria. En este caso no tendría de qué preocuparse: el autor no tiene la intención de aleccionar, ni adoctrinar a nadie. Pero si un mantra o una plegaria se le revela desde los desvanes del poemario, es porque el lector ha aquietado el dibujo de su nube que viaja en ese mismo cielo.

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Años y poemas

Profunda e intimista historia de una mujer que busca la manera de transformar su prosaica realidad en otra llena de color y fantasía, a través de la poesía, que cada día escribe, entre muchas lágrimas y alguna sonrisa.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Ananúr y la voz del fuego

Una niña perdida en medio del campo.
Una niña llena de letras.
Una luna que perdió su brillo, a pesar de estar llena.
Una piscina, ni demasiado grande ni demasiado pequeña.
Aguadillas y miedo. Aguadillas y miedo.
Ananúr no quiere estar con Primo.
Ananúr odia a Primo.
Ella sueña con historias de fantasía.
Con volar más allá de los sueños.
Con vivir una vida que no sea la suya.
Con dar vida a ese grito que ahogaron en la piscina.

Nuria Fernández
Grupo C


Luces de emergencia

Recopilación de pequeños relatos,anécdotas, aforismos y poemas para reflejar el atractivo y sorprendente paralelismo entre el transitar en nuestra vida y el conducir y/o discurrir en la carretera.
La trayectoria y el tránsito.
La carretera como trasunto de la vida.
Así, a modo de ejemplo, la reflexión sobre el “ángulo muerto” que todos tenemos y que sólo nosotros mismos somos incapaces de ver.

Aurora Martín
Grupo C


COPAS AZULADAS,
una obra de teatro

Martín y Julia son dos viejos amigos de la universidad, que se reencuentran por la casualidad en el casco antiguo de la ciudad de su juventud y deciden ir a tomar algo en el garito en el que solían parar.
En la mesa de al lado, un grupo de jóvenes disfruta de otro día normal.
Gracias a un incidente con el camarero, Martín y Julia comienzan a revivir su juventud en diálogos, y descubren los paralelismos entre su pasado y el presente de los universitarios.

PERSONAJES

- MARTÍN: uno de los dos protagonistas. Es un adulto fuerte, de rostro cansado, con un estilo de vestir juvenil y poco acorde con su forma de ser. Se muestra empático y desesperanzado con el futuro. Para él, lo mejor siempre está en el pasado.
- JULIA: una de los protagonistas. Es el cliché de mujer empiédrala, segura de sí misma y orgullosa de haber llegado a donde esta, pero siente una profunda añoranza por el pasado y una gran decepción con su presente, pues se siente alienada por su trabajo y hogar.
- CAMARERO: personaje secundario que tiene gran relevancia para la trama. Gracias a él, se establece un vínculo entre los estudiantes y los trabajadores. Interviene únicamente en momentos imprescindibles y carece de personalidad.
- TINA: es una adolescente con un aspecto bastante descuidado, una estética que se mueve entre lo Vasco y lo grunge. Lleva una camiseta de “La Raíz” y sigue teniendo la esperanza de poder cambiar las cosas.
- BERTO: otro de los adolescentes. Viste con camiseta negra y vaqueros, cuida mucho su aspecto. Es un joven serio y de pocas palabras, que quiere tratar de vivir la experiencia universitaria aunque todo le aburra.
- LUIS: un joven alegre, que siempre tiene una sonrisa y se muestra ilusionado ante los pequeños detalles. Está de acuerdo con Luisa en que se puede cambiar el mundo, pero no cree que su método sea el correcto.
- CARLOTA: es estudiante en la universidad, y si bien su ropa es alegre y colorida, transmite un mensaje de desprecio por todo lo humano. Tiene esperanza con su futuro.
- MIGUEL: otro de los estudiantes. Pertenece al “rollo” vistiendo, y apenas muestra interés por la conversación de sus amigos, que le parece un sinsentido. Lo único importante para él es comer y tener un hogar, además de pasárselo bien.

Sofía Sánchez
Grupo C


Corazón sin pecho 
Sinopsis de libro aún no escrito

Corazón sin pecho es el poemario debut de César Aponte. Un libro sumamente necesario para revisar los cánones literarios, hacia abajo.
Es difícil comprender que se haya procedido a su publicación. Pero sí puede entenderse la renuncia posterior de editores y correctores, del personal de mantenimiento, o la negativa de los riders a llevar pizzas hasta la oficina de la editorial, ahora vacía y fría, de amorfas sombras y gélidos ecos, como los versos que esta obra componen.
Los referentes de la literatura y el arte que prestaron sus servicios como lectores beta fueron unánimes a la hora de expresar su arrepentimiento luego de esta lectura, que se siguió de una persistente sensación de arenilla en los ojos, y de que la pena reemplazaba al calcio en sus huesos, de tiesos a huecos.

“Desperdicio de árboles” (Greenpeace)
“Tarjeta roja como sangre de inocentes” (Marca) “
En verdad, en verdad os digo, que quien esto escribió no puede ser salvo” (Jesús)

César Aponte
Grupo C


El viaje de Davinia

Sinopsis:
Davinia había nacido en el seno de una familia humilde. Supo desde muy pronto que era una niña distinta, diferente a todos los demás niños de su barrio. La aparición en su vida de Bobby, aquel tierno pastor alemán que sus tíos le habían regalado unas navidades, era en muchas ocasiones su único amigo y compañero de aventuras.
Juntos, descubren y viven las múltiples posibilidades que la vida brinda: alejada de quehaceres mundanos, y sumergida en su mundo interior, afrontan con miedo pero también
con determinación todos los avatares y retos que ésta le brinda: el descubrimiento del yo, las primeras amistades, el primer amor, los cambios que se producen dentro de sí al llegar
a la adolescencia, la madurez, la soledad, y también el aprender a despedirse.

La historia de Davinia es la historia de muchas niñas que hoy en día se enfrentan a la aventura de vivir en un mundo complejo y cambiante, lleno de retos y aventuras, y en donde
el coraje y la valentía, a la par que el miedo y cómo se relaciona con éste, son la piedra angular de una vida que pueda ser la de muchas.

Rubén Maneiro
Grupo C


El Proyecto Lazarillo

"El Proyecto Lazarillo" se trata de un pequeño relato de ficción y aventuras.
Juan Manuel nos hace llegar una historia ambientada en la misteriosa, antigua y poética ciudad de Salamanca.
Miguel Ángel, el protagonista, se verá sorprendido por la vida y descubrirá un mundo paralelo que le sembrará conflictos con los valores humanos aprendidos.
La tecnología futurista invadirá la vida del protagonista y le obligará a sopesar temas como el amor, el machismo y la imperfección de los seres humanos. Miguel Ángel tendrá que esforzarse mucho para adaptarse a su nueva vida cargada de retos morales.

Crítica:
(Asociación por la libertad de las mujeres) - Machista, retrógrado y viejuno
(Asociación de hombres libres)- El proyecto es viable, hay que hacerlo realidad

Juan Manuel Elvira
Grupo C


Almar

Los estantes vacíos, la librería cerrada. Tan sólo un libro asoma entre las baldas de madera, bajo la íntima luz. Estoy en una biblioteca, casi todas las otras piezas y estanterías están llenas, pero es este espacio frente a mí el que me llama. Me acerco, abro la puerta de cristal, leo la portada del libro: Almar, curioso título, y empiezo a leerlo: “Quiero almar las palabras con mis manos…” y me ha enganchado ya.

Marian de Vicente
Grupo B

Fundido en negro


La última sesión del curso la dedicamos al género negro y al terror. Después de colocar las gabardinas y sombreros en el perchero y preparar la lupa nos dispusimos a desentrañar "El caso de la rubia platino" de Joaquín Sabina:


Carmen Morán señala en el artículo que reseñamos a continuación que apenas acertamos a entrever cual es el caso de la rubia platino y menos aún una posible resolución. Esta canción, afirma la autora, es una excelente recreación posmoderna del género negro y en ella aparecen numerosos tópicos y clichés que recrean la atmósfera perfecta para la canción. La intención de Sabina es mucho más lírica y estética que argumental.

Hablamos de Sherlock Holmes, de Hercules Poirot, de Miss Murple, de Jessica Fletcher, del comisario Montalbano, de Pepe Carvalho y otros tantos detectives que han pasado a la historia de la literatura y el cine. Del otro lado, el de los malhechores, podríamos nombrar a John Dillinger o Bonnie and Clyde.
Victoriano Crémer escribió un largo poema titulado Fábula de la persecución y muerte de Dillinger y Alberto Santamaría Herencia del humo. La Historia de Bonnie y Clyde. Dejamos aquí el texto "Oda a Bonnie Parker ahora que el agua de sifón sabe a pie dormido"

En la sesión recomendamos la antología de microrrelatos policiales "Disparas tú o disparo yo" (Revista Brevilla, 2017) y el artículo de Juan Carlos Galindo "23 novelas negras y una antología para el verano" (El País). Y también el excelente trabajo de Carmen Morán Rodríguez titulado "Verso libre con cargos: Huellas del género negro en la poesía española contemporánea" en el que analiza algunos poemas como los que mostramos a continuación:

Poema XI 
Luis García Montero

Sospechan de nosotros. Ha pasado
el primer autobús, y nos sorprende
en el lugar del crimen,
desatados los cuellos y las manos
a punto de morir, abandonándose.

Nos da el alto la luz,
sentimos su revólver por la espalda,
demasiado indeciso,
su temblor en nosotros, encubierto,
bajo el pequeño bosque de las sábanas.

¡Corre!
¡Coge el amor y corre cuerpo adentro!
Hay un desfiladero sin leyes en los labios,
un laberinto ardiendo de salidas.
Mira tu corazón o tu cintura,
ese castillo en alto
que mis muslos coronan como un lago de
                             [niebla.

¡Corre!
Atiende solo al viento de la piel
pasando y regresando.
Y que suenen las ráfagas,
que suenen los disparos,
que las sirenas suenen a tu espalda.

Nightmare
Felipe Benítez Reyes

En medio de este túnel,
tropezando con sombras de asesinos
y paredes manchadas por la sangre
de las niñas suicidas, te persigo y no avanzo,
y ya zarpa ese buque, ya se oye su sirena
espectral, alejándose,
y alguien tiende guirnaldas en el puente.

Está la noche rara y el agua adormecida.
Un avión corta el aire y la moneda
de nieve de la luna, y me pregunto
adónde te has marchado y por qué,
agitando pistolas, banderas y cirios encendidos.
llamándome canalla y queriendo matarme.

¿Por qué te besas tú con ese tipo?

Estamos en un bar lleno de gente, y a mi espalda
oigo el leve chasquido glacial de una navaja
automática.
                                Y de nuevo
el barco que se aleja, y de nuevo los hombres
que al parecer han puesto su honor en liquidarme.

Esta noche –lo sé— estoy perdido.
Te has fugado dejándome la ira
de todos tus amantes, que reclaman
tus joyas, tu abrigos,
tu piel de plata oscura que brillaba.

¿Qué son esas estrellas y ese fuego?
¿Por qué gritan los niños y vuelan sobre el agua?

Ese barco se hunde, reina mía,
y he perdido de vista a tus lacayos.

Ahora estás en el túnel, con las piernas cruzadas,
pintándote los labios, sin saber
que te apunto, sin saber
que tu cara de ángel va a arder en el Infierno.

Un viejo silba coplas por la calle.


De la poesía pasamos al microrrelato y comentamos algunos textos de género negro como los seleccionados en "Policías y ladrones: certamen de microrrelatos policiacos" promovido por La linterna del traductor y otros pertenecientes a la antología Por favor, sea breve, 


UNA GRAN OBRA
Guadalupe Aznar Barea

Comprobó que el revólver seguía en la mesilla de noche, apuntando a la puerta. Como era habitual al despertar, le resultó imposible recordar dónde se encontraba. A tientas, encendió la luz y buscó los zapatos: el izquierdo apuntaba al sur, el derecho al oeste: estaba en Lisboa.
Echó un vistazo bajo las sábanas: vestido, siempre listo para saltar de la cama. Fue hasta la ventana. Un barrio céntrico, un cuarto piso, un patio interior: una huida difícil. Debió haber estudiado las vías de escape antes de acostarse, como solía hacer. Se desvistió, sacó la ropa sin estrenar de la maleta y fue poniéndosela con atención, como un actor a punto de salir a escena. Estuvo ensayando frente al espejo toda la tarde, asomando y escondiendo el revólver entre los pliegues del pañuelo de seda que llevaría.
De recepción, por fin, subieron un recado: Teatro da Trindade, fila 4, butaca 10.

HOMBRE DE PALABRA
Ana Ibáñez

Cuando el asesino atravesó su corazón con el puñal comenzaron a brotar de su pecho las palabras hasta caer exangüe. Tras borrar su rastro, el homicida emprendió la huida con los bolsillos repletos de adjetivos, sustantivos, verbos y hasta alguna que otra frase hecha.
A la policía le resultó imposible esclarecer el suceso pues en el escenario del crimen, entre las palabras que el asesino, por descuido o deliberadamente, dejó, había demasiadas conjunciones disyuntivas.

LISTA DE LA COMPRA DE JACK THE RIPPER
Laura Atas


Huevos
Limones
5 plátanos
3 onzas de patatas
2 m de cuerda
Pan
Espinacas
3 navajas de diferentes tamaños
Tomates
Carne picada
5 pares de guantes
Detergente
1 Trituradora

NOVELA POLICIACA
Paul M. Viejo

Lo que más me molestó, irritó, por lo que me juré no volver a hacerlo más, por muy motivado que estuviera, por mucha fama que estuviese esperándome, fue que, tras ordenar de una forma coherente toda la historia en mi cabeza, dar los antecedentes de lo ocurrido, explicar la importancia de la mujer rubia en todo esto, atar cuanto cabo permaneciera suelto y procurar no dejarme ningún cadáver sin mencionar, todo narrado despacito y con buena letra, hora tras hora, al final de interrogatorio al policía sólo se le ocurrió decir que quién era yo, que después de tantas preguntas como hizo ya se le había olvidado incluso de qué se me acusaba.


Y dejamos para el final el misterio y el terror. Dos autores fueron los grandes protagonistas, Patricia Esteban Erlés con su Casa de muñecas  (podéis ver aquí un breve reportaje en "La aventura del saber") y Ajuar funerario de Fernando Iwasaki. Dejamos aquí algunos de sus textos junto con otro microrrelatos:

PRIMER PLATO
Patricia Esteban Erlés

Poco después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.

CARNE FRESCA
Patricia Esteban Erlés

Me gusta abrir el frigorífico y que tú estés ahí.

CENTRIFUGADO
Patricia Esteban Erlés

La cabeza del hombre que amó da vueltas en interior de la lavadora, acompañada de una colada de desquiciadas bragas viejas. Ella sonríe cuando se encuentra con sus ojos de ahogado iracundo anegados de jabón, al otro lado del bombo. Ya verás cómo pronto se te pasa el enfado, amor, le dice mientras añade un cazo de suavizante aroma frescor de primavera y programa media hora más de centrifugado.

LA HABITACIÓN MALDITA
Fernando Iwasaki

Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, mas yo estaba muy cansado y subí sin hacerles caso.
La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme amortajado.
Un clavo de frío me despertó, y junto a la cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: «¿Por qué has sido tan imprudente? Ahora te quedas tú». Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez.

ABUELITA ESTÁ EN EL CIELO
Fernando Iwasaki

Mamá decía que abuelita había sido la mujer más buena del mundo, que todos la querían y que nunca le hizo daño a nadie. «Abuelita está en el cielo, mi amor», señalaba mamá con el dedo, «rodeada de ángeles y santos». Pero mamá no quiere verla cuando viene de noche a mi cuarto, llorando y toda despeinada, arrastrando un bebito encadenado.
Seguro que tiene hambre porque a veces lo muerde.

EFECTOS SECUNDARIOS
Miguel Ángel Hernández-Navarro

Con el lógico nerviosismo de la primera noche, el hijo del sepulturero ayudó a su padre a colocar la lápida de una tumba. Mientras sostenía el mármol, escuchó golpes y gritos en el interior del panteón. Miró a su padre con el rostro desencajado por el terror. Pero la voz de la experiencia logró tranquilizarlo. «No te preocupes. Es normal. Enseguida se les pasa».

EL MÉTODO DEDUCTIVO
Gabriel Jiménez Emán

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba esde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante.

DESTINO
Miguel Á. Hernández-Navarro

Todas la noches la misma historia. El marido entra en la cocina, la tira al suelo y la acuchilla una y otra vez. Luego, como si nada hubiera sucedido, ella se levanta, ordena la casa y limpia los rastros de sangre. No sabe por qué sigue ocurriendo. Lo único que tiene claro es que debe limpiar con esmero. Los niños no tienen por qué enterarse.


Propuesta de escritura

1. En el taller propusimos continuar el poema de Luis García Montero "El lugar del crimen"; (“Date por muerta, / amor, / es un atraco. / Tus labios o la vida).
2. Para casa sugerimos escribir un microrrelato de terror o policíaco con la lista que Laura Atas propone en su microrrelato "Lista de la compra de Jack the ripper": Té, huevos, limones, 5 plátanos, 3 onzas de patatas, 2 m de cuerda, pan, espinacas, 3 navajas de diferentes tamaños. tomates, carne picada, 5 pares de guantes, detergente y 1 Trituradora


Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:

Puntos de vista

- Date por muerta, amor, es un atraco. Tus labios o la vida.
- Te doy la vida. Seré tuya para siempre.
El atracador se acercó la pistola a la sien y disparó.
¡Pum!

Enrique Martínez
Grupo C


Lista de la compra

Jack preparó concienzudamente la lista de la compra para ese día en que llevaría a cabo el primer acto de su estudiado plan. Se acercó a Brompton Road y entró en Harrods, donde esperaba adquirir todos los artículos recogidos en su lista. Cuando volvió a casa únicamente había podido comprar té, huevos, limones, cinco plátanos, tres onzas de patatas, pan, espinacas, tomates y carne picada, pero había fracasado en el intento de hacerse con dos metros de cuerda, tres navajas de diferentes tamaños, cinco pares de guantes, detergente y la trituradora. Se preparó un potaje de espinacas, una tortilla de patatas, unas hamburguesas y se obsequió con una espléndida “dinner”. Una prostituta salvó la vida esa noche, pero Jack volvió a intentar su plan al día siguiente y así nació el personaje “Jack the Ripper”.

Manuel Medarde
Grupo A


Y ella me besó

“Date por muerta, amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida”.

Y ella me besó, armada de sus labios.
Esto era un atraco,
me robó el corazón.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Muerte en el Bronx

El sargento se inclina sobre el cadáver, las faldas de la gabardina barriendo el suelo ensangrentado. “¡Tiene huevos! Escapar de Sicilia para venir a morir sobre una caja de tomates italianos en Nueva York”, piensa.
Toma, de las manos del muerto, la lista de la compra y, alzando el ala de su sombrero, se pone a examinarla con detenimiento.

5 plátanos
4 manojos de espinacas
3 onzas de patatas
2 limones
1 barra de pan
0

“¡Qué tipo más meticuloso! Pero ¿quién compra cero de nada? ¿Qué puede significar?”
Empuja el cuerpo para darle la vuelta. Ve entonces las heridas en la espalda. Las cachas de las tres navajas brillando sobre su traje claro. Una mancha oscura rodea cada una.
“Va a hacer falta mucha costura y mucho detergente para arreglar esta americana”, prosigue. “¿Tres asesinos? Entonces, ¿por qué hay cinco pares de guantes en el suelo?”. Repara también en los dos metros de cuerda que le sujetan las manos. Han debido arrastrarlo pues tiene las muñecas tan maceradas que parecen la sonrosada carne picada que sale de una trituradora.
“Pobre Velone, la venganza le ha alcanzado al otro lado del mar”, se dice.
“Pero no será un caso fácil”, predice viendo como los cinco jóvenes esposados suben al furgón policial. “No habrá huellas y nadie habrá visto ni oído nada. La mafia sabe cómo cerrar las bocas”

Pepe Lorenzo
Grupo B


El atraco

Ya no son los tiempos lo que eran, se lamenta el hombre en la soledad de su celda, donde todo es ahora un recuerdo amargo. Quién podía suponer. Porque lo había dicho él con la firmeza de siempre, en el tono de siempre, y empuñando la Browning también de siempre (descargada, eso sí, pero…): «Date por muerta, / amor, / es un atraco. / Tus labios o la vida».
Fue decir eso él y a la dama de torneadas piernas y un generoso busto —evoca el preso las imágenes—, se le dibujó en el rostro una sonrisa prometedora de paraíso. Pero quién puede fiar en promesas de mujer; a él no iba dirigido el gesto, sino al que llegaba. «Tú como siempre tan a punto, Julio, no querrás que entregue al señor mis labios imagino, así que vete con él, mi vida. O mejor llévatelo tú a él, como prefieras».
La esposa del comisario de policía don Julio Rimero tenía esas cosas. Además, claro, de unas piernas torneadas que daba gloria y aquel busto que tanto sugería. Pero hay cosas que se aprenden demasiado tarde.

Pascual Martín
Grupo B


El encargo de Bethsy

El hombre acercó el carro de la compra y comenzó a sacar todo. A medida que iba colocando las cosas en la encimera, recitaba:

—5 plátanos, 3 onzas de patatas, limones, los 2 m de cuerda para el tendedero, pan, espinacas, los tomates bien maduros, una navaja, la carne picada, la trituradora, los 5 pares de guantes, la navaja pequeña; y el detergente, que hay que ver la obsesión tuya con la limpieza, Bethsy.
—Eres un cielo, cariño —dijo la rubia platino empinándose sobre las puntas de sus pies para depositar un beso en los labios del hombre—, no olvidaste nada. ¿Y esas otras dos navajas grandes?
—Eres hermosa como un atardecer de verano, Bethsy, a ti te basta con eso para triunfar en la vida.

A los ojos del hombre le nació una sombra inquietante, y ahora podría parecer que al autor se le hubiera ido el santo al cielo. Pero no. Prosiguió diciendo el hombre, sí que mientras posaba como al descuido su mano sobre la mayor de las navajas:

—Entiéndelo, Bethsy, todos no tenemos tu suerte y de algo nos habremos de valer para pasar a la historia los que solo podemos presumir de llamarnos Jack y ser de Whitechapel.

Pascual Martín
Grupo B


Date por muerta, amor
es un atraco.
Tus labios o la vida…
No sabías que contestar, dudaste como lo había hecho siempre, ya me había acostumbrado a tu indefinición. Cogiste el lápiz de labios, y con un brillo deslumbrante perfilaste tu boca. Con lentitud te acercaste, sentí mi cuerpo sucumbir. Saqué el revólver y bajo un beso desesperado, caíste fulminada. Cogí el dinero y salí.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


LA BUENA ANFITRIONA

Hacía varios años que estaba distanciada de sus antiguos amigos. Se conocían desde la adolescencia. Ella había decidido sacar a todos de su vida. Sin motivo aparente ni explicaciones.
Por eso los cuatro se extrañaron al recibir una invitación suya, proponiéndoles pasar un día de campo juntos y ponerse al día de cómo eran sus vidas en la actualidad. Además decía, en terreno neutral, ni casa ni ciudad donde viviera ninguno.
Tampoco les extrañó mucho. Ella siempre fue así de rara e imprevisible.
Además la notaron tan alegre y decidida a organizarlo todo que llegaron a la cita con similar alegría y hasta ilusionados.
Comenzó el día preparando el desayuno: Torrijas (compró PAN el día anterior) con un excelente sabor a LIMÓN y canela, HUEVOS revueltos y TÉ para todos.
A mediodía preparó una tortilla de PATATAS y otra de ESPINACAS, para comenzar y de plato fuerte un pastel de CARNE PICADA, con unos TOMATES en rodajas, sólo con sal y un chorrito de aceite de oliva. (Recordó que hacía años había comprado una TRITURADORA de cocina, y ¡qué mejor momento para estrenarla!)
De postre sacó CINCO PLÁTANOS, que flambeó en el momento, acompañados de otros licores.
Como estaban en el campo, delante de una preciosa casita que había alquilado, en lugar de cuchillos para todos, había comprado TRES NAVAJAS DE DIFERENTES TAMAÑOS para trocear la comida. Del resto no se anduvo complicando y casi todo era de plástico.
Eufóricos admiraron y agradecieron la dedicación y generosidad de la anfitriona.
Antes de comer sólo les había hecho una petición, que la ayudasen a dejar todo limpio y recogido. Impecable, fue la palabra que utilizó. Así que antes de continuar la diversión sacó los CINCO PARES DE GUANTES, se puso ella los suyos y todos se emplearon a fondo, con el DETERGENTE con lejía que les dio, dejando todo impoluto en pocos minutos, entre risas, como si se tratase del primer juego.
Siguieron las bromas y los recuerdos comunes que afloraban, hasta que Ella les propuso un verdadero “juego de mesa” pero que en esta ocasión lo iban a jugar “sin manos”. Nadie lo dudó. A todos hizo gracia la ocurrencia y la ayudaron, para que les atase, a trocear DOS METROS DE CUERDA que llevaba en el maletero de su coche. Les ató las manos a la espalda y al respaldo del las pesadas sillas de hierro del patio.
Rogó silencio. Se apartó para recoger una caja de madera cerrada y ponerla encima, en el centro, de la limpísima mesa y levantó la tapa. Los demás se fijaron que Ella se había cambiado de guantes.
Algo sigiloso se movió en la caja. A los pocos segundos vieron emerger sendas cabezas de dos serpientes cascabel (hoy puede comprarse cualquier cosa por internet).
Ella también sabía que en zonas de pedregal los escorpiones salen de sus escondrijos al atardecer. Y si mueves o golpeas dos o tres piedras salen más rápido. Es lo que hizo antes de introducirse en su coche, preparado y con las llaves puestas.
Cerró la puerta y arrancó.

J. Haro
Grupo C


Date por muerta, amor,/ es un atraco./ Tus labios o la vida.
Te regalaría mis labios, amor… si desde que nos conocemos no te hubieses empleado, despacio y con éxito, en irme robando la vida.

J. Haro
Grupo C


Date por muerta, amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida.
Si es un atraco a manos armadas de sensualidad, te doy todo mi cuerpo, no solo los labios. Pero, si lo prefieres, mátame de placer.

José Carlos Arroyo
Grupo C


Noche movida

Huevos fritos con patatas, pocas, tres onzas como mucho, el desayuno perfecto si no hubiese olvidado traer limones para el . Con dos dedos tomó un pedazo de pan para mojar la yema, delicioso. Se encontraba más tranquilo, alzó la mirada para observar el huerto de tomates. Pensó que estaban al final de la temporada, pronto plantaría espinacas o coles de Bruselas.
Era hora de terminar el trabajo, lo primero limpiar la pila y los utensilios que había utilizado. Cogió el detergente y observó que sólo le quedaban cinco pares de guantes desechables, empezó a fregar las tres navajas de diferentes tamaños y añadió a su lista de compras mental reponer el cordel del tendedero que había utilizado para atar a aquel chantajista imprudente. Dos metros de cuerda fina serían suficientes.
Fue un error descuartizar el cadáver para deshacerse de él. Con aquellas navajas sin filo había quedado como carne picada. Hubiese sido más sencillo enterrarlo en el huerto.
En la trituradora de papel eliminó los comprometedores documentos con los que lo amenazó aquel mentecato.
Todo volvía a estar en orden, suspiró y tomó uno de los cinco plátanos que había en el frutero.

Enrique Martínez
Grupo C