Cuentos de viejas

La sesión de ayer hubiera cundido aún más con un vino de Toro, un pan de Fermoselle y unas tapas de queso de Coreses.  Y es que Zamora fue la protagonista. Hablamos de etnografía, de voces auténticas, de ese gran archivo de vida en forma de historias y cuentos del poniente zamorano que José Luis Gutiérrez "Guti" y Leticia Ruifernández han recogido en su maravilloso libro "Cuaderno de últimas voces". Dice la web de la editorial "Papel continuo" que Cuaderno de últimas voces son "palabras e imágenes fruto de un viaje a la memoria de las gentes de la Raya, la tierra fronteriza del oeste; palabras al borde del olvido en un entorno que se extingue [...] Veinte voces y cincuenta acuarelas que muestran los rostros y los lugares donde afloran las historias que explican la manera de pensar, de vivir y de organizarse de esas comunidades. Son estas historias pequeñas, a veces cómicas, a veces terribles, líricas o radicalmente hirientes las que entendidas de manera coral explican eso que llamamos cultura, modo de vida". El libro cuenta con la participación de Julio Llamazares quien destaca en su epílogo la calidad humanística de estos hombres y mujeres. Puedes descargar aquí las primeras páginas.

Si todas estas historias, transcritas tal y como se las contaron, las tratáramos de mudar al lenguaje culto y fino perderían todo su valor etnográfico y literario, se quederían sin alma, sin identidad. Con un lenguaje plagado de palabras de entonces y expresiones llenas de poesía estas mujeres, a las que Guti llama cariñosamente "sus viejas", y también algunos hombres cuentan sus recuerdos, sus vidas. Y lo hacen mientras trasiegan en las cocinas o al calor del hogar, al serano. 


Nos adentros en este asunto del contar con el interesante artículo "Cuentos de viejos, cuentos de viejas: poética, tradición y multiculturalismo de un concepto literario (de la antigüedad al Barroco)" de José Manuel Pedrosa, experto en cuentos y narración oral. De sus palabras, que recorren diferentes tradicones orales, se deduce que los cuentos de viejos y viejas son un auténtico subgénero de la literatura oral.

Compartimos aquí, como quien comparte el pan, un par de historias interesantes. La primera el cuento "El zurrón que cantaba" en la voz de Pep Bruno, otro de los grandes narradores de este país. Lo escuchamos en el programa "Esto me suena a pueblo" donde tiene una sección denominada "Cuentos de viejas". Se trata de una historia recogida por Luis Cortés Vázquez en el libro "Cuentos porpulares salmantinos" (vol. 2). El propio Pep habla de estos cuentos en su blog.

Iniciamos la sesión con uno de los cuentos que Guti incluye en su espectáculo "Lobadías (historias de lobos". Quisimos ponerle voz a quien en esta ocasión fija sobre el papel esas historias que cuenta, sentado en una silla con alma, como si las estuvieran contando sus viejos y viejas: con la misma entonación y prosodia, con el mismo lenguaje y con el mismo alma. Dejamos por aquí otra historia, esta vez contada desde su casa, titulada "La hortelana y los frailes". Disfrutaréis.

Y trancamos estas palabras de presentación del tema de esta seman con unas aleluyas de mi cosecha que nos hablan de esos lugares que conforman lo que hoy se ha venido en llamar como "España vaciada", esos pueblos que han perdido mucho patrimonio material pero corren el riesgo de perder algo aún más valioso, su patrimonio inmaterial, las historias que se transmitieron de generación en generación hasta que se escacharró el rúter y la señal de la transmisión. Historias que por desgracia desapareceran con sus protagonistas si no lo remediamo.

Aleluyas de la despoblación

Hoy todo el campo es baldío.
La chicharra del estío
que da la murga en las siestas
ya solo canta en las fiestas.
Y cada casa vacía
muere de melancolía.
Ya no hay tren ni hay cobertura,
solo caras de amargura.
Y firma el señor alcalde
-que a veces está de balde-
la carta de defunción
de otro pueblo en extinción.
Ya no hay niños ni hay escuelas
solo quedan cuatro abuelas.

El último abuelo muerto
regó con llanto su huerto.
Y el último de los mozos
se despidió entre sollozos.
Y el médico de familia
también del pueblo se exilia.
Y el cura predica en misa
que es el demonio la prisa.
Y hay quien busca con un trago
la memoria bajo el lago.
Ya no llueve en la besana.
Hoy es tiempo de galbana.
Ya nadie sueña en la aldea,
la cosa se pone fea.

Y a pesar de nuestra lucha
el político no escucha.
Hay quien cerró su postigo
y del recuerdo al abrigo
dejó sin agua la noria,
no pudo con esta historia.
El capitalismo urbano
deja a los pueblos sin grano
y a la espiga sin futuro.
Y el porvenir es oscuro
en la España vaciada
por los de siempre expoliada.
El abandono rural
harina es de otro costal.

Ya no llega el tapicero,
solo se ve al chatarrero.
Ya la señora Apolínea.
no viaja en coche de línea.
Y ya el señor Telesforo
vendió todo el tiempo en oro.
Y la hija del Meranio
se intoxicó con uranio.
Y el fuego asoló la era
y ya nada es como era.
Y que no haya buen transporte
parece que a nadie importe.
Y la gente está cansada
de luchar por casi nada.

***

En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
En casa del tío Vicente
no queda gente, ¿qué pasará?
Son las mocitas del pueblo, leré,
que se han marchado, leré,
a la ciudad.

Doña Melitona ya no amasa el pan.
Doña Melitona ya no amasa el plan.
porque una mañana se marchó a Pamplona
por eso no amasa la tía Melitona.

Los mozos de Monleón
ya no van a arar temprano.
Ya no hay bueyes ni tractores,
sólo granjas de marranos.

Raúl Vacas


Tarea de escritura

Planteamos escribir, o transcribir, una historia vinculada a la tradición y que haya resonado en algún momento en la voz de algún abuelo o abuela. Si no tienes una historia de pueblo o de andar por casa, puedes inventarla pero tendrás que ponerla en boca de algún viejo o vieja. Ah. Y una condición imprescindible: usar diez palabras reales del dialecto vulgar o del habla del lugar de donde procede la historia. Si tampoco atesoras esas palabras puedes inventarlas, pero no las mudes demasiado, que haya algún hilo del que tirar para poder intuir el significado dentro del contexto en el que las emplees. Buena tarea.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:

Reproducimos los textos sin cursivas y sin negritas para que todas las palabras, y sobre todo las incluídas a petición de la tarea, tengan la misma visibilidad.


Noche de bodas

No es fácil que una mujer de las de antes, cuente lo de su noche de bodas. Tía Patri en cambio, un encanto de mujer, ningún empacho en hablarlo conmigo, su sobrino predilecto, doce años cumplidos. A ella en su día se le había ocurrido matrimoniar nada menos que con Chago Belorta, de Barbadillo.

Chago (luego tío Santiago) era un respetado mozo de labor, noblote pero bruto un montón. Nadie como el Belorta en la yugada, o hiscalando haces en la era, o manejando las alpacas de heno; y sin duda el mejor de los ahijadores.

La boda se celebró en Salamanca, huyendo tía Patri de las “bromas” que a buen seguro les dispensarían en el pueblo. «Podían obligarnos a aricar una besana uñidos al yugo; ya ves, sobrino, como los bués. Aunque no se sabe, también podían conformarse con hacernos pasear el pueblo ataos a las varas del carro y los mozos arriba con la tralla».

De modo que a casarse a Salamanca. Banquetazo en Casa Fraile, en El Corrillo, una garantía. Y para la noche, Hotel Universal, en la Rúa. Pero dijo el encargado al llegar:

—Mejor no subáis a la habitación, muchachos, que tenéis dentro a media docena de mozos, que no he sido capaz de sujetarlos.

De modo que, media vuelta y al cine. Al Taramona. «¿Qué película era, tía?». «¡Huy, sobrino!, pa películas estaba yo con la soba que me traía encima de las vísperas y la madrugá del día. Desque puse el culo en la butaca me dormí en diez minutos». Chago, ya se dijo, era lo suficiente bruto. Esa noche le daría la venada y viéndola dormida se debió decir: «Pues empezamos bien. Como me haga yo maniego…».

Se levantó sin más, largándose para la Rúa. Pidió la llave, abrió su habitación y “sacó” de debajo de la cama a la gañanía que estaba allí aconchada, amonaos todos como lebratos; implaos a vino, eso sí, que se habían subido unas botellas para endulzar la espera. El Birojo, Luis Gandulas, Quico Boniato, El Mugre… «Venga, galanes, salid de ahí, que nos vamos».

—Pasarían la noche como la pasaran —compuso un gesto de comprensión la tía—, cualquiera sabe. No les faltaría el Chino se supone, para al menos acabar tupiéndose de vino.

Ahora toca imaginar la corribanda de la tía Patri, en la noche. Desde el Taramona (entonces en las afueras de la ciudad) hasta la Rúa. «En aquellos tiempos, Toñín, la noche era solo para los lobos y la gente de mal vivir. Llegué al hotel echando el bofe y no veas la flaquera; y a mayores calá de lo que llovía».

—Así que… —intentó aclararse el niño que yo era entonces.
—Así que, Toñín, rematé la noche de bodas en la habitación del hotel. Yo solita, naufragada en un mar de lágrimas.

Naufragada, qué cosas. Con el tiempo a tía Patri le había dado por la poesía.

—No, si decía yo…
—Lo siento, ya no hay más, Toñín. Te conté de la noche de bodas, que no todas lo hacen —a tía Patri le bailaba en el rostro una sonrisa nueva—. De la noche de tornaboda no me voy a explicar ni de respabilón, que menudo era tu tío. Aunque no creas, con lo escuajaringaos que estábamos los dos.

Pascual Martín
Grupo B


En aquellos tiempos...

Con cierta nostalgia y con el abrego azotándonos en la cara, mi padre me narraba su experiencia con un tema bastante controvertido actualmente, pero antaño necesario para sobrevivir.

Durante todo el año, la familia carecía de privilegios para poder comprar comida tal y como ahora se hace, no tenían esa facilidad de ir al supermercado y comprar aquello que se les antojase.

Mi familia paterna pasaba el año cuidando un “marrano” aunque no se preocupaban de albeitar al cochino en exceso para sacrificarlo el día de Todos Los Santos, una fecha destacable ahora en nuestro calendario. Cada año acudimos al pueblo para honrar a toda nuestra familia que nos dejó estas historias, que cuidó de nosotros, nos enseñó a sobrevivir y sus palabras trascendieron de generación en generación, así como sus actos, supongo que tendrían extravagante para descansar en paz.

En algunos lugares adelantan la matanza coincidiendo con el día de San Lucas, el18 de octubre, o con el día de San Simón y San Judas, el 28 de octubre,

–No es aconsejable precipitarse, puesto que quien mata su marrano temprano, tiene buen invierno y mal verano, y el que mata por los Santos, en el verano come cantos. El día uno de noviembre todavía es demasiado pronto, y no digamos San Lucas o San Simón –decía mi padre recordando las anécdotas de mi abuela–. Tu abuela, hija, preparaba la carne que sacaba de sacrificar al marrano en condiciones, Unos le metían especias, otros algo más de sal, siempre tenían a mano la alcuza con aceite de oliva no tan refinado como el de ahora pero seguro que de mejor calidad, Preparaba el mondongo en las tablas de madera de quebracho.

Algo que me llamó en especial la atención fue que mi abuela le añadía como condimento a la carne zumo de naranja para que así al macerar quedara con un delicioso regusto.

–Vaciaba las tripas del marrano, que perfectamente podía pesar un arroba, en las aguas del río, lo hacía tu abuela mientras tu abuelo despedazaba el cochino, era hombre, así era –decía.

–Una vez vaciadas y limpiadas las rellenaba con el mondongo y… madre mía ¡qué recuerdos! La morcilla de tu abuela era deliciosa, con algún fruche, algunos menudos o conociencias lo acompañaría tu abuela, lo que daría yo por volver. Parece que la estoy viendo sentada a la mesa con su mantón –me contaba con emoción. Hija, puedes pensar que se generaba una gran barahúnda con este sacrificio pero lo cierto es que se mantenía un silencio abrumador, se mantenía mucho respeto a estas tradiciones, ya no hay nada de eso querida.

Es curioso porque a pesar de que seguramente vivieran muchas más penalidades que nosotros en la actualidad, lo recuerdan con un cariño especial y desearían en muchas ocasiones besanar hacia aquellos momentos.

Ahora es fácil, vas al supermercado, o haces una simple llamada telefónica y tienes en tu
puerta toda clase de ultraprocesados a la carta.

Antes la gente se hacía fuerte debido a las situaciones que le tocaba vivir, era dura como la roca, seguro que no estaba pendiente de las bobadas de hoy en día, cómo le diría yo a mi abuela que mi hermana no sabe ni de qué está hecha la morcilla.

–Ni por un cuento habría cambiado yo estas tradiciones –afirma con seguridad mi padre.

En fin, tradiciones que se quedarán en modo de anécdota gracias al boca a boca y gracias a eso sus memorias no se perderán nunca.

Claudia García
Grupo C


Provisiones

Os digo que pasó como os lo cuentu. Que no tengo espelde pá bobás y retrancas. Que tengo entoavía el mieu en el cuerpo como si ahora mismo lo estuviera viviendo.

Al Sotas le gustaba el alaque y las tabernas más que l'azá y la tierra. También los naipes, que por eso lo llamaban el Sotas. Que pa' rey no tenía merecemiento. Bajo los efectos de tres o cuatro chatos, ¿quién podía saber qué era verdad y qué invento?

El Sotas mayormente trabajaba la fachina, menos cuando estaba durmiendo la torza, que era casi siempre. A veces se buscaba la vida en Hervás, en el castaño o la mimbre. Subía sierra arriba, por la zona de la Fuenfria y bajaba hasta la profundidad del valle, al otro lado. Oscura zona de alimañas, la Muela.

Contaba historias de encuentros con las bestias.

Dormía al raso, bajo algún castaño, junto a la trampa lobera que hay en aquellas picorotas de la sierra. La ruta es dura y larga. Dos noches de estupor y frío. Hay que ser hombre, aunque no le creyeran.

Que os digo que me quedé dormíu bajo al castaño que hay junto a la fuente, tras el canchal grande. Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo. Me quedé dormíu, con la segureja en el morral. Espantau estoy entoavía. Me despertó la mierla y su graznar. Que a partir de ahora la respetaré como mi salvadora. Frío no sentía. Claro, el bichu m'habia cubierto de hojas. Estaba como enterrao bajo un mantón de plantas y yerbas, bien extendías, como la verdolaga. El lobo me tapó pa' tenerme ahí mesmo, provisiones pa' la despensa. Yo pensé que lo había soñao: que el animal me trancaba con cudiao, oía su resuello y notaba como olfateaba mi jubón. Que volvería más tarde, de eso estoy seguro, con toda la corrobla. Maldito bicho. Bajé corriendo hasta el pueblo, que había visto al diablo mesmo. Mil veces me santigüé. Que otros no volvieron...

¿Pero lo viste o no?

Que no, que yo al bichu no lo vi.... Iba a velo... Pero allí estaba yo tapao con una cuarta de hojarasca, una cuarta.....que no lo juro .. que jurar es pecao mortal... Pero por mi mare que me pasó tal como lo cuento... Que la mierla vino a rebuscar entre la montonera sobre mi cuerpo y m'espabiló.

Andarías a tientas, que la pitarra de Hervás pega mucho.

Qué pitarra ni qué pitarra... Que el bichu m'enterró vivo y bien vivo. Y que le iba a servir d'almuerza. Miren el tihne con el que bajé. Cagüentó. Y no iba a quedar ni un escurriajo de mi, si no fuera por el pájaro. Ni manío ni escuchimizau que estuviera.

Ea. Me voy pa' otra parroquia, que esta está mu yena y el vino se m'avinagrao con tanto remilgao y tanta coña.. Vayan ustés tós con Dios.

Así salía del Tolo, el pecho henchido, más chulo que una sota.

Adiós, Sotas... a dormirla...

Marisa Sánchez
Grupo C


Mi abuelo Antonio

Estábamos un día mi abuelo y yo en el corral de su casa en Casillas de flores charlando amigablemente. En la tinada al lado de la mula, me contaba como aparejar la vertedera para utilizarla en la labranza.

Sonó con gran estruendo la aldaba en forma de arandela que había a la entrada, y salí corriendo para abrir el portón. Apareció un portugués y me preguntó por Antonio “pezón”, a lo que yo contesté que allí no vivía nadie con ese nombre. Mi abuelo que ya me había alcanzado, me retiró de la escena con una colleja, diciéndole al portugués que era él por quien preguntaba.

Aquel día me enteré de mi mote familiar, desde entonces yo soy José Luis pezón hijo de Jesús y nieto de Antonio; con estos datos todos los vecinos del pueblo de Casillas saben quién soy.

Aquel portugués quería comprar vigas de pino para postes telefónicos o de la luz, pues mi abuelo tenía un pinar.

Al día siguiente nos juntamos unos cuantos primos en aquel corral; puso mi abuelo una mesa en el centro, y rodeados de gallinas y gatos nos pusimos a merendar. Merienda sencilla: pan con queso y agua. Yo estaba acostumbrado al pan con chocolate y aquel queso curado me pareció apestoso. Después de olerlo y de cambiar miradas cómplices con mis primos, empezamos a hacer gracietas y gestos de rechazo. Inmediatamente mi abuelo armado de un bastón de madera de olivo dio un golpe fuerte en la mesa y exclamó: a merendar todo el mundo. Así lo hicimos todos en silencio; a ver quién tiene agallas para decir ni pío pensé yo.

Desde entonces, y hasta la fecha de hoy, soy un gran devoto del queso curado.

José Luis Fonseca
Grupo A


Boda a las bravas

Pues eso, que la cosa fue que cuando la Alejandra le dijo a su padre, el señor Rufino, que estaba empreñada y quienquie la había empreñao, que era un hijo del Sinforiano, un tal Anselmo, que no quería ni a tiros de saber nada de la criatura, y del casorio ni olerlo…; cogió el señor Rufino, se fue a la era, ande estaba su hijo, el Teodoro, y luego se fueron los dos pa casa del tío Nazario, que tenía una humanidad que de una torta te aventaba las muelas, y se fueron los tres enmachados en la serré ande vivía el Sinforiano, que era del otro pueblo la linde. Y en dispués que llega ande vivía el prenda y le da al aldabón que se caía la casa, y entonces va y aparece un zagal y sin mediar palabra le cincha el Rufino por el cuello y le dice que ánde está el Anselmo, que le tié que decir una cosa y que si no sale que entra a por él y que va a ser la de Cristo en el Calvario. Y en estas que asoma la trocha el Sinforiano, al oír las voces del Rufino, todo estirado él y con cara perro, a preguntar qué pasa y cuando el otro le amoja lo que hay, entonces el Sinforiano llama a su hijo y aparece con sus cuatro hermanos, que eran todos como choparios de grandes. Y entonces va el Rufino y le dice al Anselmo que si ha dejado en estado a su hija, a la Alejandra. Y en dispués va el Anselmo, más chulo que un chotis, y va y dice que no conoce a su hija de ná y que si está empreñá será de cualquier moruelas. Y buenoooo, la que se armó entonces. Porque va el Rufino y le dice que si está llamando a su hija puta y mentirosa. ¡Y zas!, va y le suelta un piñazo en tos los morrongos el Rufino al Anselmo que lo tiró patas arriba que creían que lo había matao del golpe. Entonces los hermanos del Anselmo, oye, que eran todos unos cudriales, se tiraron como lobos a por el Rufino, el Teodoro y el tío Nazario, y empezaron como batanes a darse una tunda del demonio, y empezaron los gritos de las mujeres de la casa, gritando ¡que se matan, que se matan! ¡Llamar a los seviles! Y en medio de la friega, va y aparece uno de los hijos del Anselmo, que se había quedado en una esquina del portalón sin habla y como un san sirolé, apareció, digo, el chigre con un cuchillo matancero pa irse derecho a indiñárselo al tío Nazario, porque le había roto la nariz de un sopapo, y cuando el tío Nazario lo vio venir, brincó como un gamo hasta una puerta ande había una trianque enorme, la cogió y se la llevó a la cabeza pa estampársela al otro en la crisma y menos mal que entonces, el Anselmo, ya ves cómo vería de sipeliado a su hermano, que pegó un salto de galuta y se intreponió entre las dos fieras y dijo: “¡quietos ahí! Y oye, toos callaos y quietos como mojones del camino que se quedaron. Y en dispués va y dice el Anselmo: “ pues mira, sí. La Alejandra está empreñá y yo voy a ser el padre”. Y va y le dice a su padre, al Sinforiano: “¿entiende usted, padre? ¡Que esa con la que me quiere usted casar, aunque sea rica y le adinere, es sosa como agua de babas y fea como un abortao y no hay macho en el mundo que puá ser feliz con ella. Y yo a quien quiero es a la Alejandra. ¡Dicho queda!” Y aluego se hizo un silencio de camposanto hasta que la mujer del Sinforiano dijo “ay” y se cayó al suelo como un fardo. Y aluego le metió un bofetón el Sinforiano a su hijo, que se oyó hasta en la capital. Asín calcabunrrato, iban en la serré vuelta al pueblo el Rufino, el Teodoro, el tío Nazario y el Anselmo, que llevaba un hato con los cuatro bártulos que le dio tiempo a coger antes de que su padre le echara de casa. Pero bueno, bien está lo que bien está, y lo cierto es que se casaron, y mira, les fue muy requetebién.

Óscar Martín
Grupo A


Recuerdos de la tía Rufina

Se le venían los recuerdos y, todos escuchábamos con mucha atención, así llegamos a conocer los chascarrillos y cuentos que circulaban por el pueblo, los de antaño los recuerdo bien, enque, han pasado buenos lustros, los de hogaño - nos decía- los contaréis vosotros.

Pues escuchad, hoy os hablaré de don Pedro, el hombre que trajo la luz y el agua corriente al pueblo, de chico lo llamaban barandel, su madre le hacía usar una cachucha decía que para que no se le debilitara el pelo y, para que no se le escaparan las ideas, era un socotroco, su cabeza era tan grande como la del tío Jero, la María no quería que se hablara de eso, aunque estaba en boca de las tripicalleras, este recuerdo lo dejo para otro día, sigo con el Pedro, era un muchacho socostrón le gustaba amolar a sus vecinos, aunque su preferencia era ir cada día a buscar al chorato, oía el remudiar de la vaca llamando a la cría y, allí en la pradera, después de comerse el cacho y sacar de su zurrón el cuaderno y lápiz, dibujaba y escribía todo lo que veía a su alrededor, ese Pedro llenó su cabeza de todo lo que leía en los libros y, siempre recordando lo que aprendía en la escuela. Así llegó a ser don Pedro. 

Inés Izquierdo
Grupo A


Historias

Allí fuimos todos unos chavales de barrio, éramos cinco, cada uno con sus motes heredados como la mejor fortuna que teníamos en unos bolsillos vacíos como el hambre que nos colgaba del estómago.

Como es de buena educación aunque ya esté entrado en años y la vida haya ya dado mas vueltas que el mundo os los voy a presentar: Farfollas era el mayor de todos, siempre nos metía en líos y luego nos regañaba como si el no tuviera nada que ver, salía victorioso de cada encuentro con los vecinos, pero luego el tirón de orejas se lo daba su padre que eran primos hermanos en todas las trastadas, las historias venían de largo en esa casa centenaria donde decían que se escuchaban voces por la noche, no sabemos de quien, si de la botella vacía o de las paredes de cal, el misterio se mantiene a día de hoy. Mihilla, era chiquitín no crecía al ritmo de los demás, el decía que era el Peter Pan del pueblo, su padre era el alcalde, también lo fue su abuelo y su bisabuelo, pero el quería hacer atletismo, siempre nos entraba la risa, y le decíamos zancajoso. Revenío era el mas simpático siempre estaba de broma, nunca se enfadaba y su sonrisa era eterna, ahora ya no esta con nosotros marchó a mejor vida o eso dicen porque nadie vuelve. Apollardao era el mas listo, todo el mundo decía que iba para ministro, incluso consiguió una beca para ir a la Universidad de Sevilla, al final se quedó en el pueblo cuidando el rebaño de ovejas de su padre, pero el seguía leyendo, siempre con su libro bajo el brazo. Y aquí yo presente para todos ustedes Aliquindoi, siempre he dicho que mi mote es de marqués, pero solo soy el quiosquero y el sereno del barrio para ganarme el jornal y alimentar a mis siete aliquindoires que si les dejara se lo comían todo en una noche, los tengo a ración diaria pero van creciendo.

Me acuerdo que cuando éramos unos renacuajos nos dijeron a los cinco si queríamos hacer un mandaillo para ganarnos unas perras gordas, no era fácil pues teníamos que atravesar el bosque encantado del pueblo donde decían que en el camino en una cabaña de madera de roble un tanto descuidada vivía un expresidiario centenario que un día mató por celos a su mujer y su amante a los que pilló en la cama, desde ese día la locura se sembró en su cabeza con raíces hacía los pies. Se entregó escopeta en mano y después de cumplir condena se alejo en el bosque sin querer ver a nadie, y amenazó a quien pasara por allí de que no saldría del lugar.

Como éramos unos tarambanas no hicimos caso a ese correveidile que siempre vino de una familia del pueblo que apenas hablaba con nadie, se decía que era la familia del amante que desde entonces vivía atemorizada por si venía a terminar su venganza.

Con cinco palos en mano para defendernos por si acaso había algo de verdad en toda aquella historia, fuimos atravesando el bosque en una mañana de lluvia intensa, y con más frío que pelando rábanos. Pensando que toda aquella paparrucha eran simples habladurías, cuando a mitad de camino una sombra alargada fue acercándose a nosotros con una respiración de estertor de muerte, en el camino quedaron los cinco palos tirados cubiertos de lluvia y lodo.

El resto, el resto es historia…

Ana Sánchez Taramón
Grupo C


Alegría

Tío Toño me contó la historia de Alegría: Era un emboscado de los picos de Europa, pero también era un vecino de la Riera donde vivía mi familia. Alegría, se llamaba Fernando Prieto Moro, pero le pusieron ese mote porque siempre estaba cantando. Había participado en la Revolución de 1934 y después de la guerra se echó al monte para no servir a la dictadura. Por la orografía del terreno y su conocimiento desde niño le era fácil esconderse y pasar de un valle a otro. Mientras los guardias civiles le buscaban por un sitio, él esculucaba su posición y aparecía en el pico de enfrente haciéndoles burla. A veces se metía en cualquier furacu o se ponía en la piqueta de piedra situada por encima de la curva del buen suceso y cerca de la entrada del túnel para controlar el paso de los soldados. Se iba pasando de un valle a otro para despistarlos y hacerles burla. Les insultaba: “¡Eh! ¡Que estoy aquí, cabrones! ¡Venid a por mí, si os atrevéis!” Y Cuando querían llegar a dónde estaba, él les llamaba desde otro valle: “¡Eh! Que estoy aquí, hijos de puta”.

Cuentan que era un tipo muy singular. No tenía miedo. A veces bajaba al pueblo y se sentaba a la puerta de su hermana, en un banco de piedra junto a otros vecinos. Pasaban los guardias por la carretera, por delante, y él ni se movía, seguía retolicando como si nada. Le prestaban mucho esas situaciones de peligro en las que se movía como pez en el agua.

De pequeño, mi tío se había encontrado muchas veces con él cuando estaba en el prau. Otro tío mío, el mayor, Pepete, era amigo de Alegría y, a menudo, le facilitaba comida y ropa porque, aunque el emboscado tenía mucha habilidad para la caza: todo el mundo sabía que agarraba las liebres con la mano o pillaba el campanu en el Sella, necesitaba de otros alimentos complementarios como leche, queso, fabes o pan. Cuando aparecía por nuestra finca y estaba Toño delante, ambos amigos disimulaban como si no se conociesen, “pero las bombas de piña en el cinturón no dejaban duda de quién era —me decía Toño”.

Alegría murió por envenenamiento. Toño conocía la historia de primera mano y así me la transmitió: “Hay voces que comentan que la Guardia Civil lo atrapó y que se produjo una pelea, pero eso no es cierto. Murió envenenado, y no fue la Guardia civil, fue un vecino de Corao quien lo pilló. Era un pariente lejano. Le invitó a cenar en su casa de la aldea y acudió sin recelo porque era un hombre sencillo y confiado. Y en esa cena fue envenenado. Mientras yacía debajo de la mesa por efecto del bebedizo, avisaron a los guardias, que lo único que hicieron fue llevarse el cadáver”.

Justo en esos días Pepete estaba negociando con un sargento de la comandancia de Covadonga la entrega de su amigo el emboscado. Se trataba de que no se tomaran represalias contra él porque no había cometido ningún delito más que el de ocultarse. Pero era el año 1945, cuando ya había terminado la guerra mundial y entonces Alegría cambió de opinión. Dijo que ya no se entregaba, porque confiaba en que los aliados iban a rescatar el país.

La traición hacia Alegría está documentada y publicada en varios artículos. Todos apuntan a Pablo José Modroño Álvarez. Había sido miembro del Ejército popular y, cuando apenas habían transcurrido dos o tres semanas de su incorporación, inopinadamente se pasó a los sublevados aportando una relación precisa del emplazamiento de polvorines y comandancias republicanas, que fueron certeramente bombardeadas por la aviación rebelde. Modroño, que había sido compañero de Alegria le hizo llegar una invitación para cenar en su casa recordando tiempos anteriores y haciéndose valer de que estaban emparentados, aunque de lejos, como todos en aquellas aldeas asturianas. El emboscado, que siempre andaba afamiau y con ganas de compañía venció los recelos primeros y se sentó a la mesa con su antiguo amigo y pariente para caer desplomado al poco de tomar las primeras fabes de aquel pote mortal, la madrugada del 4 de noviembre de 1945.

Para no perjudicar al felón, se dijo que Alegría había caído en una trampa de la Guardia Civil, que lo abatió a tiros. Pero la gente sabía lo que había pasado. Unos meses más tarde Modroño huyó a Argentina, después de que una partida compuesta por 16 guerrilleros de la Brigada Machado puso cerco a su domicilio y trató de reventar la puerta sirviéndose de un poste de teléfono como ariete, aunque no logró su propósito. Una tormenta de las que sólo se ven en los Picos de Europa y la advertencia de que la Guardia Civil estaba cerca, les hizo huir.

Dicen que Modroño murió asesinado en Argentina. “No te extrañe, sobrina. Muchos tuvieron que marchar de Asturias rumbo a América. A saber con quién se encontró allá y qué cuentas tenían pendientes”.

M. Maximina Moreno
Grupo B


La posada

En casa la tía Isabel siempre había huéspedes que se acomodaban como podían en unas pequeñas habitaciones con un jergón en el suelo. Llegaban al pueblo arrieros, colchoneros, castañeros y hasta una familia de titarateros hungaros. La tía Isabel tenia fama de buena guisandera y de dar de comer en abondo. Era normal encontrarla sentada en una silla baja al lado de la lumbre, con la cara aborrajada, dando vueltas a una olla de hierro. Tenia siempre rondando por allí a un par de rapaces que le hacían los recados por un trozo de pan o un cacho chorizo. Todos los años mataba un par de cebones que le hacían el avío para todo el año. Por la cocina también merodeaba un gato llamado Mateo apañando lo que podía. Pero la gran atracción de la casa era un loro que le había traído un pariente lejano de las indias. El loro era un metomentodo y varias veces ya se había llevado un pescozón por hablar más de la cuenta. No había acabado ya en el puchero porque la tía Isabel sabía que andaba en boca de los que transitaban los caminos y muchos de sus huéspedes paraban allí solo por verlo.

Un día en que la tía Isabel se encontró con mas bocas de las esperadas para comer, no le quedo otra que matar una cabra vieja para salir del paso. Cortó la carne en cachos pequeños y dijo a todo aquel que se arrimaba a la lumbre engarañado por el frio, que era cabrito. Sí, sí un cabrito mu rico y mu tierno que ma traído el sobrino del pueblo de al lado. Ya verán ustedes como se van a chupar los dedos, que naide guisa el cabrito como yo. El loro, que andaba por allí empezó a decir sin parar, ¡es cabra!, ¡es cabra!,¡es cabra!. La tía Isabel que no se andaba con remilgos casi despluma al pobre loro, se le quitaron las ganas de hablar por un tiempo y de entrar en la cocina. Otro día que vio salir corriendo al gato con la tía Isabel detrás pegando escobazos le dijo, Mateo ¿dijiste tú también que era cabra?.

Beatriz Gorjón
Grupo A


El ranzón

Mi “País de Nunca Jamás” era la casa de mis abuelos. Esperaba cada visita a aquel caserón con mucha más ilusión que la venida de los Reyes Magos o la celebración de mi cumpleaños.

Mi abuela Juliana era capaz de convertir cada una de las tareas domésticas en un secreto ritual del que solo a mí me hacía partícipe. La ayudaba a hacer las camas de colchones de lana que, para mi disfrute, me permitía apalear sin piedad; pelar los tomates para la conserva venía siempre acompañado del relato de algún misterioso acontecimiento acaecido en el pueblo; o preparar el “verbajo”, como ella llamaba a la comida de los cerdos, se convertía en una ceremonia de brujería en la que echábamos al caldero colgado dentro de la inmensa chimenea los más variados ingredientes y coreábamos juntas las más extrañas jaculatorias y conjuros. La abuela oficiaba de bruja y yo era su embelesada ayudante.

Pero aún me apasionaba más el mundo enigmático en que vivía mi abuelo y los seres reales o imaginarios con los que compartía sus días y sus conversaciones. A mí me permitía conocerlos a través de los relatos de misterio que con tanta verosimilitud me contaba mientras realizábamos las tareas ordinarias.

Como una vez que le acompañé al gallinero, una caseta que él mismo había construido con maderas viejas y tela metálica herrumbrosa. Se apoyaba en un viejo carro ya inservible que era el dormidero de una docena de gallinas.

–¡Mira prenda, han nacío los pollos!
–¡Quiero un pollito, abuelo! –grité con entusiasmo.

Aunque no pareció gustarle la idea accedió a dejarme tomar uno de ellos sujetándolo con las dos manos.

–Llévalo junto al cuerpo que estas criaturas necesitan mucha ardentía.
–¡Vale! –Acepté metiendo las dos manos bajo la camiseta para que mi tripa le sirviera de calentador.
–Así. Mu bien. Pero mira pal suelo no te vayas a pegar una tumba.
–Se ha hecho una rosca, está quietecito disfrutando del calor de la barriga.

Él echó a las gallinas las mondas que llevaba en la calderilla de cinc y se puso a recoger los huevos de la puesta. Salimos del gallinero atrancando con cuidado la desvencijada puerta. Entonces el abuelo dejó uno de los huevos junto al portillo. Extrañada pregunté:

–¿Por qué lo dejas ahí?
–Es el ranzón de la raposa –profirió enigmático.
–¿Qué?

–El ranzón es un rescate que es menester pagarle. Mira, te contaré una historia que quizás te cueste creer, aunque juro que es tan cierta como que roznan los burros.

Y comenzó:

–Antier, mu de mañana, después de aviar al guarrapo, vine a abrir las gallinas y por el ruido me barrunté que algo había pasao. No me equivocaba que me las encontré toas alborotás y espelujás. Corrían de un lao pa otro, cacareaban aterrorizás, unas se metían en el carro, otras salían de él despavorías y el resto se escondía bajo la pértiga; en fin, un disloque. Supuse que estarían asustás porque, por algún buraco, habría entrao un hurón o un meloncillo en el gallinero. Tomé un palitroque y me iba a poner a buscarlo cuando escuché estas palabras.

–Tranquilo, amigo. ­–Alcé la vista y me di cuenta de que la voz salía de una zorra encaramá en un varal del carro. Me quedé sorprendío igual que estás tú ahora mismo. Pero te juro como me llamo Teodoro que el animal me miraba de fijo, me sonreía y me estaba hablando.

–He venío a cuidarte las gallinas –me dijo con sorna­–. Hay mucha alimaña más allá de los bardales interesá en darse un festín con ellas.
–¡Valiente cuidadora! –le respondí–. Poco me fío de ti.
–Si no me quieres de guardiana las dejaré a su cuidado. No creo que sobrevivan una noche.
–¿Y qué ganarías tú vigilándome a estas pobres? –le pregunté desconfiao.
–El ranzón que has de pagarme –me soltó con desparpajo la zorra.
–¿Y cuál habría de ser? –Entavía estaba mu escamao y de buena gana le hubiera arreao un buen zurriagazo.
–Déjame un huevo cada tarde en el lumbral y yo me cuidaré de que ningún animal se atreva a molestar a tus pollas.
–Sea –transigí después de considerarlo un buen rato–. Acepto el trato.
–Pero abuelo –le dije yo–, ¿cómo va a hablar una zorra?
–En estos campos no solo los hombres hablan. Nada más hay que saber escuchar… –me contestó enigmático.
–¿Y ha cumplido su trato? –pregunté.
–Ya lo ves, las gallinas están sanas y salvas y cuando llego cada mañana, el huevo ha desaparecío.
–No sé si creerte, abuelo –exclamé sonriendo recelosa de que se estuviera burlando de mí.

Él me respondió muy serio y con un gesto brusco de la mano, como si cerrara una puerta y con ello toda posible disputa, trató de acallar mis incertidumbres:

–Las cosas podían haber sucedío de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron talmente como te las he contao.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Fiestas del Cristo

Se despedía el verano, allá por el 15 de septiembre se celebraban las fiestas del Cristo en Cristóbal de la Sierra, localidad integrada dentro de la comarca de la Sierra de Béjar, perteneciente al partido judicial de Béjar.
Aun se encontraban las mozas del pueblo consumiendo sus últimos días de vacaciones, a golpe de charanga.
Yo, era un adolescente de trece años, que aún no había saboreado las tradicionales fiestas de los pueblos de la comarca, nada que ver con mis vivencias en la ciudad de Béjar.
Fui invitado por la madrina de mi madre, Iluminada, conocida por “Lumi”, nombre que ni pintado le venía al pelo. Su esposo, Feliciano se pasaba todo el día en el campo, de sol a sol, con las labores de la tierra. Su hijo “Tinin” que se ocupaba del ganado (vacas y cabras) me fue a recoger en su mulo a Béjar e iniciamos camino del ventorro de Pelayo, bajada de Belisario, rectas de Sangusin (río con más arena que agua) para una vez en las llamadas curvas de Cristóbal ya se podía divisar el pueblo en un palmo. Esos veinte kilometros que separan el pueblo de la ciudad, aún los tengo clavados en mis posaderas.
Para mi fue todo un acontecimiento el disfrutar del campo acompañando a Tinín a recoger y encerrar el ganado cuando caía la tarde con los últimos rayos de sol.
En mi retina guardo el recuerdo de la primera tarde que presagiaba tormenta y de pronto bruñó los nubarrones negros y el sol se fue a cada lado, los cogollos altos de los árboles de un color de naranja se tiñeron y a bocanás el aire nos traía los ruidos de lo lejos y el toque de oración de las campanas De la Iglesia del pueblo.
Llegó el día de la fiesta del Cristo y para tal ocasión en casa de la madrina Lumi habían elegido un chivo para sacrificar, todo un ritual que me costó presenciar y que aún al recordarlo se me eriza la piel, como despellejaban después de sacrificar aquel animalito indefenso que un día antes retozaba con su madre. Una vez guisado por Lumi, daríamos buena cuenta de él. No se si por vergüenza o por el enfado que se removía en mi interior, me costó empezar a digerir tal manjar que se encontraba en una enorme fuente en el centro de la mesa de madera a cuyo alrededor se encontraban además de Lumi, Feliciano y Tinin, los hermanos de Lumi, uno de ellos, un buen carpintero que construía carros de madera.
Lumi, me vio tan afligido que me dijo: Come zagal! No tengas vergüenza!Me llevó a un lado de la sala y sacó cinco duros de su faldiquera; para que te los gastes esta noche con las mozas en el baile.
Por un momento desapareció de la sala, regresó con una botella de aguardiente de su propia cosecha elaborado en el alambique que se encontraba escondido en la bodega de la casa. Secreto a voces que conocía todo el pueblo y los de alrededor de la Sierra.
Fue la primera vez que probé el ardiente y prohibido licor, por un momento pensé que había quemado mis cuerdas vocales.
Los demás comensales reían y yo no sabía donde meterme de la vergüenza. Mi cara estaba roja como un tomate. Unas perrunillas y mantecados aliviaron la sensación de fuego que aún corría por mi garganta y pasaba por mi pecho hasta el estómago.
Fue cayendo la tarde alrededor de la mesa junto a una baraja de cartas.
Lo mejor estaba por llegar, nos alicatamos, fuimos hacia la plaza del pueblo donde se encontraba el Ayuntamiento.
Sobre una tarima al lado del bar de la Plaza, sonaban los primeros paso dobles a manos de la orquesta contratada para la ocasión.
Mis ojos chispeantes miraban furtivamente a una de las muchachas, quien mucho más atrevida que yo me invitó a bailar, me dejé llevar ensimismado por aquella cara que a mi me parecía la más guapa del lugar.
Después del baile, me costó conciliar el sueño, no deseaba otra cosa que ver a la muchacha que había removido mis entrañas a ritmo de paso doble.
Al día siguiente, aprovechando las fiestas proyectaron la película Love Store en el bar del pueblo. Cada uno llevábamos nuestra silla de casa.
Busqué entre la gente allí presente a la muchacha de mis sueños, a quien nunca volví a ver y aún recuerdo.
Pasaron los días, después de una semana disfrutando de los amaneceres y atardeceres, acompañando a Tinin con el ganado, regresé a mi Ciudad a lomos del mismo mulo a la espalda de Tinin, para volver a la rutina de un nuevo curso en el Colegio de curas y con el pensamiento de volver a ver en las próximas fiestas a la muchacha que me había embrujado.

P.G.
Grupo C


Algarabía de vecinas

El reloj de la plaza marca las cinco de la tarde y cinco mujeres banqueta en mano y moviendo sus sayas de paño negro se acercan a la puerta de la Agapita que sentada en el poyo de su puerta, las espera con impaciencia. 
Después de un breve saludo se sientan alrededor del brasero de cisco que ella ha encendido, para que no pasen frio sus vecinas. Una vez acomodadas y bien abrigadas con sus refajos debajo de la enagua y en su regazo la toquilla, por si empieza a soplar el ábrego, se disponen a chardear al mismo tiempo que zurcen calcetines, hacen ganchillo o encaje de bolillos. 
Comienzan la charla por orden de jerarquías: 
- (La Sinforosa): he oído que Herminia, la viuda, está preña´ otra vez y se dice que la criatura es del albéitar, que cuando fue a curarle la mula....ya podéis suponer lo que sucedió también. 
- ¡Es una vergüenza lo de esa mujer! - exclamaron todas a la vez. 
- Si su marido se levantase de la tumba...se volvería a morir otra vez. 
- (La Jacinta): pues yo esta mañana escuché que el hijo de Don Manuel, cogió el tarbadillo cuando se fue a Teruel y desde entonces no se le ha vuelto a ver. 
- ¡Que Dios nos libre del mal que viene de fuera! - corearon con aspavientos todas al tiempo. 
- (La Teófila): parece que la maestra, Doña Mercedes, ha cogido la coqueluche y no podrá ir a la escuela hasta que no esté bien. Los niños están de fiesta 
- ¡Esto no puede ser! - dijeron a coro después. 
- (La Engracia): dicen que Don Pedro a su hija por dote, le ha dado una tierra sembrada con un celemín de trigo. 
- ¡Qué tacaño! - murmuraron - pa´ una hija que tiene…claro que el yerno no tiene donde caerse muerto y como es forastero, vaya usted a saber. 
- (La Eufrasia): se comenta que el Sacristán, después de acabar la misa sale de la sacristía todo despelujao, dicen que es cosa de brujería o del aire que hace en la capilla. 
- Con el demonio hemos topao´ . Bendito sea Dios. 
- (La Agapita): dicen que el gachupín Venancio, tan listo que parecía y vino escamao´ de la capital. Ahora va al monte pa´ cuidar el rebaño de ovejas de su padre. Ya lo decía su madre que su hijo era un jeringao y la buena mujer sabía lo que decía. 
Por hoy, aquí lo dejamos vecinas - dijo la prudente Agapita - que tengo el pote en las trébedes haciendo el potaje a mi hombre que viene con hambre del bar y no le gusta esperar. No quiere cenar de noche para no encender el candil, así nos acostamos temprano para que la noche de mucho de sí. Menos mal que el candil no alumbra que si no, lo que llegaríamos a ver. 
Todas se santiguan, se ríen y se despiden. 
- Hasta mañana vecinas. Que vuestra noche sea tan buena como la mía. 
El reloj de la plaza marca las siete y diez.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Cuando éramos niñas

–Juanita, ¿te acuerdas cuando éramos niñas y vivíamos en aquella casa tan bonita de Coloncito? Andábamos por todos lados en puropié. Y después venía mamá y nos caía a cholazos por cochinas. Decía que las niñas no podían ser así, arrastraás; que eso era de varones, eso era pa’ nuestros hermanos. ¡Ay, cómo eran esos tiempos! Teníamos qué entender desde chiquiticos todo, y sino carajazo contigo…Ahora mis nietos salen desnudos por toda la casa, tocándose el pipí, y la totona, y abriéndose los cachetes para mostrarle a uno el culo.

(Juanita revienta a carcajadas):

–Cata, y es que nosotras sabíamos que eso iba a ser así, no hay Santa Lucía que valga después de ojo sacao; pero allí íbamos, a hacer lo que estaba prohibido. Es que esa tontería tenía su encanto en ese momento: el piso frío del largo zaguán, saltar sobre los charquitos que se hacían alrededor de la fuente del patio central; y la arenilla que dejaban los adoquines de barro, ya desgastados por el tiempo, que se nos pegaba a la planta de los pies y no raspaba. Sentíamos un dolor placentero mientras corríamos en círculos… Yo creo que teníamos necesidad de hacer otra cosa que no fueran las órdenes de las cachifas que nos cuidaban, o las de mamá, que era una generala. Todo eso era mejor que nada, aunque después viniera la paliza. Pero lo de tus nietos es…tus nietos son unos chiflados.

–Eso le digo yo a mi hija, pero ella y el papá les ríen las gracias. Me dicen que hay que darles libertad para que se expresen; para que crezcan sin represiones, como si lo único que fueran hacer fuera tirar, y entonces cuándo van a estudiar, cuándo trabajarán si están pensando todo el día en quitarse el calentón de encima. Lo máximo que nosotros hacíamos era desnudarnos los pies. Te acuerdas que cuando correteábamos sin zapatos era justo antes de que nos metieran en el cuarto de costura, qué aburrido era el costureo… Y dígame antes de hacer la Primera Comunión, nos metían en el mismo cuarto para aprendernos todos los rezos y cocer hasta que nos salían callos en los dedos. Y ni siquiera podíamos hablar…

–Cata, a mí me gustaba coser, porque mientras cosía me imaginaba cosas…

–¿Qué cosas mijita?

–En eso, pues…

(Juanita sonríe pícaramente y levanta sus cejas varias veces)

–¿Qué es eso Juanita, desembucha, que yo ya no estoy pa’ adivinar?

–En eso que te conté que me dijo primo Oscar, cuando ya era casi un hombrecito y tenía una novia vieja, como de veinte años, y que con ella se quedaba como muerto en vida cuando hacían el amor… Y yo me ponía a imaginar cómo podía ser eso…

–¡Tan chiquita! Estabas peor que mis nietos. Y ¿qué te imaginabas? Porque te cuento que yo nunca sentí naíta. Eso era más bien como una paliza con chola de las que nos daba mamá, pero por dentro de la totona, doloroso qué jode…Pa’ lo único que sirvió esa guarandinga fue para quedar empreñada de mis hijas.

–Bueno mija, lo primero fue que empecé a aguantar la respiración hasta que no podía más pa’ vé si estando cerca de morirme alguna alegría sentiría mi cuerpo . Imagínate lo boba que era. Un día casi me muero como una pendeja poniéndome una bolsa en la cabeza hasta casi ahogarme para ver si podía sentir algún vaina, y por supuesto nanain nanain…

(Las dos hermanas rieron)

–Y después, cuando eso fue de verdad, verdadaíta ¿qué sentiste con Rodríguez?

–Pues con Rodríguez empecé a jugar a que yo estaba muerta y que él tenía que hacer lo posible por revivirme, a cómo diera lugar. Eso sí es verdad que funcionó…

(Las viejas ríen y siguen tomándose el guayoyito de la tarde).

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Aquel estío

Todos los veranos, mi madre me hacía una pequeña maleta y me dejaba al cargo de algún amigo o familiar, para que me acompañara en el autobús de línea, rumbo al pueblo donde mis padres nacieron.
Nos dábamos unas pequeñas vacaciones mutuas ya que, en una o dos semanas, ella y mi padre también se irían para el pueblo unos días.
Al llegar ya me estaba esperando, mi tía Margarita, hermana de mi madre , y sobre todo, mi primo José Antonio, con dos o tres amigos de la pandilla.
Tras los besos de rigor, le daba la maleta a mi tía y marchaba camino de las bodegas con los amigos, a que me pusieran al día de lo que se cocía por allí.
Desde la zarcera de la bodega de mi abuelo, podíamos divisar la mayor parte del pueblo, controlar las idas y venidas de la gente y hablar al abrigo de curiosos.
José María dijo que había descubierto un nido con corbatos, pero que estaban en la tenada del corral de Remigio y habría que idear la forma de verlos sin que él se enterara.
Les conté que había metido en la maleta, sin que mi madre lo supiera , unas tiras de goma de cámara de rueda de camión. Ellos me relataron que habían estado recogiendo horquillas de las podas y retales de las pieles de las borregas. Por fin ese año, todos tendríamos tiradores.
Mi primo detalló que había conseguido siete ballestas, por lo que tendríamos que hacernos con un bote de sartigallos, para poner el cebo en las pajareras.
Rufi nos aseguró, que había visto varios nidos con crías de arrecajel, en el tejadillo de la traseras de mi tío Francisco. Si mi primo se hacía con una escalera, podríamos hacerles una visita, y de paso estrenar la linterna de petaca que me habían comprado.
Pregunté por Azabache, el burro de mi abuela, mi primo contó que estaba a vimar, que vendría al caer la tarde cuando las cabras. Nos advirtió que tendríamos que apurar si queríamos jugar a la chirumba antes de que vinieran.
Se nos hizo la hora un minuto, hasta que vino mi primo Ismael a amolar y acabamos con el juego.
Nos fuimos a casa de mi abuela a merendar.
Mi abuela me comió a besos, estaba encantada de verme. Nos puso el panenvino con azúcar y
nos sentamos a comer en el escaño.
Empezamos a enredar con las galgas, hasta que mi abuela nos llamó indinos y amablemente nos mandó a la calle.
Cuando salimos caía el sol , entre la nube de polvo que levantaba el rebaño y el barullo de sus balidos, oí un rebuzno , divisé a Azabache, que volvía al pueblo mezclado entre las cabras, y corrí a saludarlo.
Tras un buen rato acariciándole las quijadas y el belfo, sentí como si me invitara a montarlo, y así lo hice.
Me regaló un trote largo hacia la era de mi tío Eustasio, en su querencia de ir a beber a la noria de la huerta de al lado.
Mientras cabalgaba, la brisa traía un aroma de guisantes recién regados, mezclados con el olor del trigo al limpiarse en las aventadoras de las eras; al tiempo que el ocaso, en su plenitud, ostentaba un horizonte repleto de colores.
En aquel instante a lomos de Azabache , me sentí uno con el cielo y la tierra.

Calgari
Grupo A


Los mozos de Villadrón

Había ido pa Villadrón muchas veces, que si a comprar útiles en casa de tío Eustaquio, que si a llevar unos sacos de harina a la Hospedería Mariví, que si pa las fiestas de la Virgen de Agosto o la romería de la ermita de San Roque. Pero esta vez era más de serio, que por entonces había estao yo pretendiendo a la Lucía, la hija mediana de los Sanchineses, que llevaba medio año insinuándose pero sin dejarme acercar ni sacarla a bailar en las verbenas de la plaza. Pa cuando casi había desistido y empezao a echarle el ojo a otras mozas, la Lucía me invitó a su casa pa que iría a conocer a sus padres. Ya le dije que casi no la conocía, pero me contestó que la conocía de sobras de tanto mirarla y preguntar por ella a sus amigas. Así que llegué a la casa to fue mu formal y mu serio. Que si los Sánchez (Sanchineses es el mote de familia) somos gente honrada y trabajadora, que si la Lucía valía mucho y estaba mu sana. Eso sí ques verdá, que está rolliza y de buen color. Que si cuanto ganao tenía el padre, que si el comercio rendía bien, que si pagábamos muchos jornales, que cuantas fincas irían para mi parte cuando padre no estuviera,… . Como que al salir de la casa, después de más de dos horas que parecieron mas largas que veinte misas, no atiné a me escabullir antes de que me se allegaran el José, el Nicos, el Tomasín, el Tobías y el Marceliano. Que no los vi venir. Aunque poco los conocía, como que se hacía amigos míos de toa la vida. Entre abrazos y empujones fuimos de bar en bar y les pagué cuatro rondas. Pa la quinta ronda íbamos pa la tasca la Parra, que está donde para la línea. Ellos tiraban pa la era y yo les decía que por allí no era. Y ellos, que sí, que son del pueblo y lo saben mejor que yo que soy forastero. Y entre risas, collejas y hacerse los borrachos me fueron llevando pa onde querían. Hasta que en un descuido me agarraron entre los cinco, que me levantaron como un fardo y me tiraron al pilón.

Que ahora son amigos de verdad y yo uno más de Villadrón, pero entonces los habría matao a tos.

Manuel Medarde
Grupo A


Al otro lado de la cadena

Estimado amigo Joao, ahora que regreso a mi pueblo querido y cuando mis huesos sienten el peso de un tiempo que fue, quiero hablarte mientras paseo por las calles empedradas de tu Río Onor camino de Braganza y entrelazo mis manos con la vara de la justicia que tanto significó para tí.
Siempre hablaban de fronteras, de límites y de cadenas. Pero tu y yo éramos meninos siameses, yo, del povo de cima camino de Puebla, y tú del povo de abaixo puerta de Montesinho. Una cadena nos separó durante años, hasta que te llevaron preso, hablaban de contrabando, y yo emigré a los astilleros.
Eras sabio Joao, de palabras bellas: "Só espero que quando a noite chegar você lembre que o día valen a pena lembrar.
Lembre-se de cómo é importante amar e se sentir amado, mesmo que os caminhos sejam estreitos " me decías. Siempre los dos cuceando demasiado, metidos en baburrinas y andurriales.
¡Eu carrego você em minha alma, bandido!
Aquí dejo la tala, junto al castaño. Marcho pal otro lado en breve.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


Un deu

Se trata de un burro que tenía Sergio. Yo tenía en la mano un dedo doblao por una enfermedad que se llama Diputren. Lo cogí por el ronzal, pegó un tirón y me enderechó un deu, y casi no haz falta operame ya, operome el burro.

Sofía Sánchez
Grupo C

Paraísos del suicida

La sesión de esta semana la dedicamos a un tema duro, difícil, el suicidio. La extensa nómina de escritores y escritoras que decidieron quitarse la vida y el incrmento de los datos de intentos de suicido, sobre todo entre la población joven, después de la pandemia han hecho que reparemos en esta cuestión desde un punto de vista literario y social.
Comenzamos la sesión con el cortometraje "Albert", un trabajo de Fran García protagonizado por Edwing Vladimir, compañero del taller de escritura, y que incide en la necesidad de pedir ayuda cuando la vida se desboca y el suicidio se presenta como una opción para acabar con todo. Un cortometraje que nos invita a luchar por todo lo que merece la pena aunque la oscuridad se ciegue sobre nosotros.
Recomendamos también el documental "Escritors suicidas" de del programa "La otra aventura" conducido por Rafael Pérez Gay.. 
Con la versión de "Alfonsina y el mar" que hizo Rosalía nos adentramos en el terreno de la escritura y hablomos de dos libros fundamentales: 
La Antología de poetas suicidas, de José Luis Gallero, una selección de textos de una larga nómina de escritores, en su mayoría poetas, que acabaron con sus vidas.


Señala José Luis en el prólogo:

"Puede decirse que con el envenenamiento de Chatterton (1770) inicia el suicidio su edad moderna. La muerte del jovencísimo Chatterton es cantada por Keats, Coleridge, Shelley, Vigny. Su suicidio en la realidad y el de Werther en la novela proporcionan status intelectual a un acto que antes de eso se consideraba de pésimo gusto, a no ser que fuera motivado por falta de liquidez o cualquier otro capricho. El suicida sigue sin poder reposar en tierra sagrada, pero en adelante ocupará un puesto de honor en la mitología artística. A la hora de hacer una «anatomía del suicidio» llama la atención que se den por igual los suicidas de vocación y los súbitamente inspirados. Entre los primeros, Kleist, Maiakovski, Crevel, József, Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe... Pero más que la premeditación acaso admira la insistencia en el gesto. ¿De qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para sumergirse otra vez en la corriente helada? ¿Qué le da fuerzas a Yávorov, ciego a resultas de un anterior intento de suicidio, para ingerir veneno y, en previsión de algún accidente benéfico, volarse luego la tapa de los sesos? ¿Y a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas? Costas Cariotakis, la noche del 20 de julio de 1928, se dirige al agitado Mediterráneo con la intención de acabar con su vida. Diez horas después la corriente le devuelve sano y salvo a la playa. Entonces regresa a su casa, se cambia de ropa, sale a desayunar, compra una pistola y se dispara una bala en el corazón... Huían de su propia vida, de sus fracasos artísticos, de sus deseos siempre insatisfechos, de su exacerbada sensibilidad. Exploradores de vastos territorios del alma, expuestos a las más inclementes contradicciones, se encuentran en ocasiones en la tesitura de elegir la sensibilidad o la supervivencia. En todo caso no debemos creer que los poetas suicidas son una especie lánguida, sumida en un desánimo que le impide percibir lo que de grato tiene la existencia. Las vidas de estos muertos son un ejemplo de vitalidad extraordinaria. El peso de su sufrimiento no lastraba su paso, sino que por el contrario parecía dotarles de una maravillosa ligereza".


Y el libro "Paraísos del suicida" de Luis Felipe Comendador, ganador de la sexta edición del premio Tardor de Poesía, y donde dialoga con una buena representación de poetas suicidas y  las circunstancias de sus muertes. 





Dejamos aquí algunos poemas a modo de ejemplo:


JOSÉ ASUNCIÓN SILVA SE HACE 
DIBUJAR UN CORAZÓN EN EL PECHO

Conociendo con precisión exacta
cada punto vital
y rodeándolo con una diana cierta,
tendré siempre constancia
de que la muerte habita
en el justo lugar donde la vida late.

Dibújeme, doctor,
un corazón gemelo
al que mi pecho encierra,
y hágalo en el lugar justo que ocupa.

No soy buen tirador,
usted me entiende.


COSTAS CARIOTAKIS ESCRIBE
EN EL “CAFÉ CELESTIAL”

Vuelan los grajos en bandadas
hacia los abedules como un velo de muerte;
sus graznidos
no pueden volar solos,
no pueden vivir solos.

Miro el Mediterrráneo desde el acantilado,
el mar,
el Mar...
pero no veo su fauna,
esos seres del agua en constante acabamiento,
en eterno final.

Soy como un pájaro enamorado del abismo
y de las olas;
un pájaro sin escamas de pez, sin branquias ni pulmones,
un pájaro inexistente que sólo sabe caer...
y es demasiado.

¿Cómo será la nada del abismo?
¿Cómo será la muerte?


ALEJANDRA PIZARNIK SE HACE UN MUERTO

Podad mi cuerpo
cada primavera,
y que crezcan
con fuerzas renovadas,
en su tumba,
mis esquejes.


ANNE SEXTON SE ENCIERRA EN SU COCHERA

Una casa con patio y jardincito,
con cinco habitaciones y dos baños,
una cocina grande
con todos los inventos electrónicos,
un sobrado con libros
donde escribir las cartas
y los poemas íntimos,
un salón-comedor
con un chester marrón
de piel bobina acaso,
una cochera, un coche
y un poco de ese anhídrido carbónico
que bien dosificado
te hace dormir tranquila
para no despertar de nuevo 
al tedio

de los días.


Propuesta de escritura

Tomamos como referencia el texto "La carta del suicida" de Javier Villafañe para elaborar nuestra propuesta de escritura para casa: escribir una nota de suicidio como la que  apareció en el abrigo que compró en el El Rastro y que había pertenecido a un suicida:

[...] El abrigo que Maese Javier compró en El Rastro había pertenecido a un suicida. Soportó varios inviernos. Es de color tabaco, con los cuellos y los puños lustrosos. En un bolsillo encontraron una carta escrita en alemán. Uno de los mesoneros que trabajó varios años en Fracncurt tradujo la carta. Decía así: Berta: Te veo como eras en Hamburgo, en la Posada del Caballito Blanco. Te veo caminando bajo la lluvia. Te veo hojeando libros en la librería de nuestro amigo, el viejo judío músico que quería volar con el violín y el asno de Chagall. Te veo con una sombrilla y un sombrero de paja. Eres lo único que tengo aunque tú no seas mía, porque además nadie es de nadie. Hermosa y triste muchacha que dibujaba a mi lado en esa vieja escuela de Bellas Artes que quisimos quemarla tantas veces por inútil como son todas las Escuelas de Bellas Artes. Te amaba y te amo. Recuerdo el retrato que te hice una vez en la nieve con la punta de la bota de mi pie izquierdo. No era la bota -te aclaro-, eran los cinco dedos de mi pie descalzo. Mis manos te conocían de memoria. Ellas te dibujaban con los ojos cerrados en las paredes, en el viento , en la arena, en el agua , en los árboles, en las servilletas de papel. Sabía que al dibujarte en la nieve tu imagen iba a vivir la eternidad de unos minutos. Hay que dibujar y pintar en la nieve. "Construye con aire y humo Y siempre con humo en el aire." Madrid me da el último abrazo de sol. Voy a vender mi abrigo para seguir bebiendo. No puedo más. Recuérdame a veces. Ya no estaré después. Quizá mañana. Carolus.


Estos son los trabajos enviados por algunos de los participantes en el taller de escritura:


A veces, es mejor no escribir

—¡Hola! —nadie contestó—. ¡Manuel, hola!

La lista de Spotify sonaba en el salón. Se asomó a la cocina, buscó en la habitación, pero no encontró a su marido. Sobre la mesa del escritorio estaba su móvil, y sus llaves de casa. Empezó a ponerse nerviosa. Él siempre estaba en casa cuando ella regresaba de trabajar. No sabía qué le podía haber ocurrido. Que las llaves estuvieran allí le dejaba pocas posibilidades de encontrar un motivo justificado, algo a lo que agarrarse, algo que apartara de un manotazo todos los malos pensamientos.

Junto al teléfono y las llaves había un folio. Lo tomó y comenzó a leer: «Querida Elena: no sé por dónde empezar…». Las manos le temblaban.

Una lágrima cayó sobre el texto, emborronó el primer «te quiero». Su corazón aceleraba el ritmo, tratando de alcanzar la presteza en la lectura de Elena. «Lo siento…, es lo mejor…, te he fallado…,la vida no tiene sentido…». Sus ojos viajaban a la velocidad de la luz sobre los trazos de tinta, se saltaba los te quiero, y las peticiones de perdón. Buscaba el final feliz, confiaba encontrar algo que explicara aquel sin sentido. No necesitó levantar el pulgar para leer las cinco letras que, con trazo firme, como una condena, se ocultaban bajo su dedo: «Adiós».

El folio arrugado, acariciaba su rostro húmedo. Su cuerpo se estremecía con cada sollozo. Encogida, tratando de hacerse pequeña, intentando desaparecer, volver a atrás en el tiempo, aunque solo fueran unos minutos antes de que su amor comenzara a escribir esa cruel carta de despedida, se culpaba. ¿Por qué se había detenido a hablar con Montse, su vecina? No se lo perdonaría en la vida. ¿Por qué no enfermó ese día para no ir al trabajo? ¿Por qué no supo ver las señales antes? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?...

Sonó el timbre de la entrada. Corrió hacia ella con la carta arrugada entre sus blancos nudillos. Abrió la puerta y allí estaba él, cabizbajo, pálido.

—Lo siento, se me olvidaron las llaves —trató de construir algo parecido a una sonrisa. Ella, sorprendida, con los ojos esperando una respuesta, le mostraba la carta marchita en su puño.

—Ese texto es la tarea para el taller de escritura —mintió—. ¿Te ha gustado?

Tomás García Merno
Grupo B


Adiós, para siempre

No puedo más. La presión de todo esto me supera. Si solo fuera nuestro fracaso al frente del negocio... Pero lo tuyo no me lo esperaba. De él cualquier cosa, pero de tí no. Has despilfarrado mi confianza, mi amor, mi entrega. En defintiva, mi todo. Sabes perfectamente como me siento cuando todo va en mí contra y que necesito tu apoyo. Siempre ha sido reciproco, un digamos “quid pro quo” de dos personas que se quieren y se respetan. Puede que me sigas queriendo, no lo sé. Pero respetarme no lo has hecho. Sin tí esto no tiene sentido. Adiós, para siempre.
Pues mira no, ahora te jodes y me soportas. No te voy a dar el gusto de desaprecer cómodamente de tu vida, destruyendo la mía, que merece la pena, aunque sea solo a ratos. Ya irá mejorando la cosa.

Javi Martín
Grupo A


Sin carta de despedida (¿y si realmente fuera así?)

Julián era consciente de que acabaría sus días suicidándose. Lo tenía interiorizado, como también lo aceptaban todos los habitantes del lugar. La vida era así y así transcurría. Desde tiempo inmemorial, la única forma de trascender al más allá en aquellas tierras era el suicidio. En la práctica, poco cambiaba en relación a otros lugares, unos morían más jóvenes y la mayoría más viejos. Sin embargo, la aceptación del suicidio como la forma natural de morir, había hecho a los habitantes más pacíficos. Mucho, mucho más tranquilos, menos agresivos, más solidarios. No había violencia. Todos eran dueños de sus vidas y únicamente se marcharían cuando estuvieran preparados para hacer el tránsito. A Julián lo único que todavía le preocupaba era la organización de la fiesta de despedida, que tenía lugar cuando alguien decidía partir. Y no era necesario escribir una carta de despedida. Nadie lo hacía.

Manuel Medarde
Grupo A


Ausencia

Te fuiste sin hacer ruido
Lentamente
Sin una palabra
La mirada perdida
Te llevaste el cariño
Clavado en tu alma
Te llevaste el mío
En la soledad infinita
De nuestra casa
No cabe el olvido
Tu ausencia me arrastra
A un solo destino
Veo entre sueños
Tenderme tus manos
Alcanzarlas quiero
Para irme contigo
Las mañanas son eternas
El sol ya no es el mismo
En mi jardín no hay primavera
Mi granado está herido
Si tu no estás
nada tiene sentido.

Pedro Gómez
Grupo C


Nota de despedida

Siempre odié los funerales y por ende no quiero que nadie asista al mío.
Quiero que se me niegue el entierro en campo Santo, no quiero estar en ningún cementerio.
Deseo que me incineren y así convertido parcialmente en humo, subir al cielo en el que no creo, y el resto, mis cenizas, que sean arrojadas en el mar y así poder alimentar a los peces.
En realidad, lo que busco es perdurar, cambiar de forma, pero no desaparecer. Quiero dejar de vivir, pero no dejar de ser, de forma que, aunque no me veáis yo seguiré.
Ya no seré yo, serán mis componentes, mis moléculas, mis átomos; estos últimos ya no tienen personalidad pues todos son iguales; estos átomos que ahora forman parte de mí, a posteriori formarán parte de otros seres animados o inanimados.
No sé por qué cuento estas historias, no sé por qué me voy por los cerros de Úbeda, si lo que quiero hacer en realidad es despedirme de este mundo, de esta forma de vida y comunicar a todos mis seres queridos que lo dejo, que estoy cansado, que estoy harto de seguir vivo. “Ya estoy volviendo a enrollarme otra vez”.
En resumen, que estoy pensando suicidarme.
Todavía no he decidido la forma ni la fecha. Lo que sí tengo claro es que seré yo el que decida y no esperar a que decida por mí la de la guadaña.

José Luis Fonseca
Grupo A


La carta

La transcripción que hace Virginia Woolf de la carta ofrece pocas dudas acerca de la magnitud del drama: «No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció.» «…no puedo pasar otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme.» «Sé que estoy destrozando tu vida…».
Años ya de aquel terrible suceso. Me estoy refiriendo ahora a lo del amigo JM, tanto tiempo buscándole yo explicación a lo que pudo haber pasado por su mente cuando hizo lo que hizo. Ahora se me ofrece clara la razón.
Puedo no acertar en todo, pero de otro modo no pudo suceder, se me antoja, que como lo imagino: JM debió encontrar la carta, pese a no haber llegado aún el momento en que MT, su mujer, pensaba dejarla al alcance de su vista. «No me queda nada excepto la certeza de tu bondad.» «Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente.»
No pudo con ello el corazón sensible de JM y decidió ahorrar el sufrimiento último a su esposa. La “suicidó”. Se suicidó él mismo a continuación, sentado junto a la cama donde ya dormía ella la paz eterna. Otra sobredosis de barbitúricos.
La memoria es débil y en los tiempos que corren, además, el suceso más trágico desaparece pronto de las páginas de los diarios. A los del barrio sin embargo, y sobre todo a los que nos tomábamos una cañita de vez en cuando con la pareja, el recuerdo tarda más en írsenos de la mente. Puede mantenerse incluso hasta que somos capaces de encontrar su lado hermoso a lo sucedido.

Pascual Martín
Grupo B


Alberto

Alberto lentamente caminó hasta el borde del acantilado. Se detuvo y cerró los ojos. Había salido de casa a las 7 de la mañana. No pensaba volver al instituto. Llevaba días sin levantar cabeza. Demasiado duro para sus catorce años. Tercero de la ESO se le había atragantado. Era un buen estudiante, sin embargo no rendía lo suficiente en los controles y sus compañeros se burlaban de su ineficacia, incluso sus amigos de siempre no lograban entender la situación. En casa no sabían nada y las notas estaban al caer.

Sus pasos le llevaron hasta lo más alto la sierra Gelada. Odiaba el paisaje que dejaba a sus espaldas, sentía náuseas ante el mar sucio que golpeaba frenético en las rocas, solo el azul limpio del horizonte le atraía. Los gritos de las gaviotas le producían dolor en los oídos. Se arremolinaban husmeando los desperdicios humanos.

No entendía cómo había llegado a esta situación, no le interesaba nada, ni siquiera el deporte, que tantas satisfacciones le había dado en el pasado. Ahora solo quería desaparecer. El viento fuerte y el ruido de las olas allí abajo le invitaban a volar.

Antes, de niño solía soñar que volaba. Era muy fácil, se izaba en el suelo y como una hoja suavemente acariciaba las copas de los árboles, el vuelo se alargaba en el sueño y al despertar lo recordaba con toda claridad. Hacía dos años que ya no soñaba.

Alberto lentamente caminó hasta el borde del acantilado. Se detuvo, cerró los ojos y volvió a volar como en los sueños. Se dejó llevar como las gaviotas, acariciando las limpias olas del horizonte.

Josefa Briz
Grupo C


Despedida

Por todo lo que tuve
y ya no tengo.

Por todo lo que quise
y ya no quiero.

Por saber que no seré
ni recuerdo, ni olvido.

Por pasar por la vida
como un pasajero
sin maleta, sin arraigo
sin veleta y sin cariño.

Por caminar sin rumbo
hacía ningún sitio.

Por eso y por mucho más
que callo y no digo,
moriré tranquila
esta tarde de domingo.

Encontraré por fin
la oscuridad luminosa
y el silencio infinito
al terminar este camino.

El fin está próximo,
el veneno comienza
a surtir efec...

Marian Pérez Benito
Grupo A


Aviso para suicidas

Has tomado una decisión muy grave, pero yo la respeto, no te puedes imaginar cuánto. Y es probable que estés considerando remitir una carta de despedida para explicar tu decisión y exonerar a los demás de responsabilidades. Antes de hacerlo, escucha mi historia. Quizá eso te ayude a no cometer los mismos errores en que caí yo.
Verás, yo envié a varios familiares y amigos unas líneas para informarles de que había tomado la decisión de arrojarme a las vías del tren. Se lo anunciaba con quince días de antelación. Dicho aviso tenía dos loables propósitos: el primero que no se enteraran de mi muerte de forma inesperada y que ello les provocara, por repentino, un enorme disgusto. Y el segundo: que se pudieran preparar, con tiempo y sosiego, para mi definitiva ausencia.
Esa deferencia por mi parte fue un error mayúsculo que me ha traído a la angustiosa situación en que ahora me encuentro. Como imaginarás, tras recibir la carta, la mayoría se presentó en mi casa o me llamó por teléfono. Eso me permitió realizar un trabajo de investigación que analizaba la estructura de las numerosas conversaciones que mantuve, que ahora, en el obligado reposo en que me encuentro, he podido sistematizar y que te ofrezco a continuación.

Todas las entrevistas siguieron un proceso que he dividido en fases:

1. Incredulidad. «Esto es una broma, ¿verdad?», «siempre con tus extravagancias» o «lo haces por llamar la atención, ¿no?».

Me costó mucho. Tuve que ser muy asertivo, pero, al final, se dieron cuenta de que no se trataba de ninguna payasada y de que estaba completamente determinado a llevar el suicidio a término. Esta aceptación dio paso inmediato a la segunda fase:

2. Perplejidad. «¿Acaso estás enfermo?, ¿un cáncer o algo así?».

Cuando conseguí convencerles de que mi salud no se había deteriorado ni estaba previsto que lo hiciera en breve, pasaron sin transición a una etapa más afirmativa:

3. Diagnostico. «Tú lo que estás es deprimido. ¡Claro, viviendo tan solo en una casa tan grande! ¡Con tu familia lejos!».

Aquí se hacían sordos a mis explicaciones y se negaban a aceptar que mi estado mental era sereno y equilibrado. De inmediato cambiaban de actitud:

4. Interrogatorio. «Explícamelo, por favor», «no has debido madurarlo suficiente, cuéntame», «¿es que no has sido feliz?», «¿lo has pensado bien?».

Con mucha paciencia yo les aclaré que habiendo superado ya los ochenta, gozando de una salud aceptable y de una autonomía suficiente, y considerando que mis condiciones vitales en el próximo futuro iban a empeorar inevitablemente, y a limitar mis horizontes de vida hasta extremos que consideraba indignos para una existencia decente, la solución que había elegido me parecía la más adecuada para mí y para todos.

Argumenté también que a mi edad ya tenía una idea bastante certera de lo que era la vida, con las felicidades que trae y las desgracias que lleva. Les aseguré, además, que había sido moderadamente feliz y medianamente desgraciado y que ello liberaba a mi decisión de sesgos de desconocimiento e improvisación.

Esto dio pie a que abrieran la siguiente fase:

5. Culpabilización. «¿Has tenido presente a tu hija?, ¿has reflexionado sobre el dolor que nos causarás a familiares y amigos?, ¿no estás siendo horriblemente egoísta?».

A lo que yo, impertérrito, les hacía ver que había tomado la decisión pensado en ellos y en mí. Y les sugerí que quizá eran ellos los que debían recapacitar sobre el respeto debido a una decisión tan bien meditada.

Finalmente, se llegó al último punto:

6. Negación de capacidad. «Tú no estás bien», «necesitas ayuda», «eres un peligro para ti mismo».

Lo peor es que como no pudieron oponer argumentos convincentes a mi razonamiento decidieron que yo había alcanzado un estado de incapacidad que me impedía regir mi vida con la debida cordura. Con el apoyo de un juez me enviaron a este hospital siquiátrico. Aquí me desposeyeron de cinturones, corbatas y objetos punzantes de modo que no pudiera atentar contra lo que ya, legalmente, no es “mi vida” sino la “suya”.

Así que, aprende la lección, y si tienes planeado enviarles una carta, asegúrate de que llegue a su destinatario con posterioridad a tu fallecimiento. Te lo recomienda un suicida frustrado.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Que parezca un accidente

Se podría pensar que es una tontería pero tengo que reconocer que lo que me ha impedido llevar a cabo mis planes ha sido el dolor que iba a causar a los que me rodean. ¿Quién encontraría el cuerpo?¿Que sentimientos de culpa generaría en ellos? No tengo derecho a causar un daño tan duradero. Sería condenar a los que están cerca de mí a una pena perpetua sin posibilidades de redención. Pena permanente no revisable.
Además dejaría en herencia un estigma para los que vinieran después. Dentro de mucho tiempo, alguien podría comentar:

-Tiene a quien parecerse, es el nieto del suicida.
-No sé a quién te refireres.
-Sí, hombre, el que se tiró al tren, o el que apareció colgado en el pajar.
-Ya me acuerdo, pero eso pasó hace años.

Definitivamente no puedo hacerles una cosa así. Debe parecer un accidente, un accidente que no involucre a nadie. Un choque contra un árbol. En la carretera que va a la finca hay varios que me servirían para ese propósito. Es una lástima destrozar árboles tan hermosos, pero no veo otra solución. Claro que, pensándolo bien, haría sufrir a las personas que me socorrieran antes de la llegada de los equipos de emergencia. No, en el pueblo no puede ser. Mejor en la autopista. A esa velocidad, el impacto contra un muro o el pilar de un puente sería definitivo sin duda. Los guardias, los sanitarios y los bomberos están acostumbrados a afrontar este tipo sucesos, la muerte de un medio anciano no impresiona a nadie.

Con el tiempo todos aceptarán el hecho. Marisa continuará feliz con su nuevo marido, tanto lío con el divorcio y yo se lo hubiera solucionado fácilmente. Espero que Juan asista al entierro, hace año y medio que no me coge las llamadas y solo sé de él por mi ex. Laurita no creo que se entere hasta dentro de unos meses. Cuando se le acabe el dinero y venga a sablearnos le darán la noticia.

El que peor lo pasará es Tomás, siempre nos hemos querido mucho y hemos estado muy unidos. No me cabe duda de que lo que me hizo con la herencia de papá y mamá fue por la mala influencia de mi cuñada. No es mala persona pero no estuvo bien asesorada.

A los amigos les dejo un dinerillo para que se tomen unos vinos a mi salud. Espero conseguir reunirlos con este motivo.

Me quedo más tranquilo, voy a dormir, mañana seguiré perfeccionando mi plan.

Enrique Martínez
Grupo C


Broma de mal gusto

Nicasio, era un obrero del campo, al que todo en la vida le iba muy mal. Más de una vez pensó en suicidarse, como le había dicho su padre que lo hacían en su familia.

En el corral de la casa del pueblo, tenían un pozo para abastecerse de agua potable y para dar de beber al ganado que criaban. El pozo siempre estaba cubierto con una tapa de metal, y cerrado con un candado, para evitar que los niños pudieran caerse.

Un día que estaba de bajón, ideó un plan un poco macabro. Quito la tapa de metal del pozo, la puso a un lado y en el brocal del pozo, dejó la boina que usaba normalmente y que todos en su familia sabían que era la suya. Después se subió al sobrado de la casa desde donde podía verse perfectamente el pozo y desde donde se podía oír lo que hablaran cuando se fueron enterando de su desaparición.

Pronto empezaron los familiares más cercanos a preguntar por Nicasio y a acercarse al pozo ante las sospechas de que hubiera hecho una barbaridad. Allí, al lado del pozo, se oyó de todo, quejidos, lloros, palabrotas contra Nicasio por lo que pensaban que había hecho.

Cuando todos ya daban por hecho el suicidio de Nicasio y estaban dispuestos a bajar al pozo para ver donde estaba y sacarlo, apareció Nicasio con una botella en la mano, haciéndose el borracho y tomando el pelo a todos los presentes.

Luis Iglesias
Grupo B


PUES QUE ASÍ SEA

Como el inquilino del ático andaba algo mareado, decidió salir a la terraza a tomar un poco el aire. Allí fuera, avanzó hasta la balaustrada, respiró hondo y cerró los ojos. Pero de pronto le dio un vahído, perdió el equilibrio y cuando quiso darse cuenta estaba en el aire, precipitándose al vacío. Gritó entonces desesperado y con la faz aterrada ante lo que fatalmente le había de ocurrir. Pero a medida que caía, fue viendo a través de las ventanas de los distintos pisos escenas fugaces de la vida íntima de sus vecinos: la paliza que le estaba dando el sinvergüenza del piso de debajo a su mujer, el llanto desesperado del parado del décimo, la parálisis cerebral que tenía en cama al joven del noveno, la borrachera hedionda del vecino del octavo, el chute que se estaba metiendo el colgado del séptimo, la pelea a mordiscos entre los hermanos del sexto, la infidelidad del vecino del quinto con la portera del edificio, la infidelidad de la vecina del quinto con el vecino del cuarto en casa de ese último, el cadáver en descomposición del anciano solitario del tercero, la sesión de esoterismo de pago con “pardillos” de la vecina del segundo y el recuento que hacía el concejal de urbanismo de unos fajos de quinientos euros que tenía sobre una mesa camilla, en ese primero que le había regalado una constructora. Así que, cuando ya estaba a punto de estamparse contra el suelo, pensó que realmente no merecía la pena vivir la vida, y como le andaba ya dando vueltas a la idea de quitarse de en medio, dio por bueno su destino inmediato.

Óscar Martín
Grupo A


ESTACIÓN TÉRMINO EN EL “PARAÍSO GLOBALISTA”

“Señor Doctor:

Cuando reciba usted esta carta yo ya estaré muerto. Quizás, incluso, ya sabrá de mi suicidio por haberle llegado la noticia de algún modo. Si no es así, me recordará como un paciente tan cumplido que quiso informar personalmente a su psiquiatra de su muerte después de acaecida ésta. Pero, yendo al grano, el motivo por el que he ejercido finalmente el derecho constitucionalmente reconocido al suicidio ha sido, precisamente, el hecho de que usted tratara, en aquella última reunión que mantuvimos en el parque del Oeste, de convencerme de que no lo hiciera, cosa que logró aunque fuera a duras penas. Abundando en detalles le diré que tengo un amigo que es policía y está destinado en la UGEDCO (la Unidad de Garantías en el Ejercicio de los Derechos Constitucionales). Pues bien, ese amigo me dio el “chivatazo” de que nuestra conversación en el parque fue grabada por las cámaras de vigilancia. Me dijo entonces que meditara bien lo que iba a hacer. No hace falta que le diga que tal grabación le deja a usted en una posición comprometidísima, pues la ley le prohíbe intentar convencer a sus pacientes de que desistan de ejercer cualquier derecho constitucionalmente consagrado. Por lo tanto, si no me suicido, y según me informó mi amigo, se abriría en breve una investigación y usted seguramente sería expulsado del Colegio de Psiquiatría e inhabilitado para ejercer cualquier cargo público de por vida; cosa que, como comprenderá, me habría causado una desazón y un dolor insoportables. Este hecho, unido a que las circunstancias que me llevaban a pensar en suicidarme no han desaparecido, ni han de desaparecer, es lo que me ha llevado a tomar una decisión que, si ya no es enteramente libre, no deja de ser justa y razonable, estando su carrera en juego. Naturalmente, he rellanado y remitido a la Policía el impreso “Modelo 766”, haciendo constar en el apartado de “observaciones” que nuestra conversación en el parque del Oeste se mantuvo en el marco de una serie de encuentros de “discernimiento” gracias a los cuales he podido tomar de forma totalmente libre y consciente la decisión de ejercer mi derecho al suicidio, lo que deja enteramente a salvo su reputación y futuro profesional.

Le deseo una vida tranquila y una muerte lejana y en paz.

F. J. G. T.”

P.d.: Por cierto, tengo razones para pensar que el “chivatazo” de mi amigo en realidad no es tal, sino parte del protocolo policial para que no dejen de ejercitarse derechos consagrados en la Constitución por culpa de actuaciones ilegales como la que, a fin de cuentas, ha sido la suya.

Óscar Martín
Grupo A


Carta a nadie

No sé cómo dirigirme a la persona que esté leyendo esta carta. ¿Es un juez? ¿Un policía? Qué más me da. Lo único que deseo es que con ella les quede clara la causa de mi fallecimiento.
He sido yo y nadie más que yo. Mi muerte ha sido un suicidio. He decidido quitarme la vida por propia voluntad y sin ningún otro motivo que considerar que no pinto nada en esta vida. Me voy para no estorbar ni ser estorbada. No estoy deprimida. Tengo toda la lucidez en mi cabeza. Mi decisión es firme y libre, sobre todo, libre.
Yo tenía una vida normal y tranquila. Era feliz con mi esposo y nuestras rutinas. Pero su muerte me ha dejado vacía. Nuestras complicidades, que eran el motor de nuestra convivencia, ya no existen. No tengo hijos por los que resistir. Mis intereses mundanos son nulos. Carezco de perspectivas o ilusiones. No tengo nada que me vincule a este mundo que ya me es ajeno. Nada puede modificar estas circunstancias. Ya no quiero vivir.
Si alguien cree que hubiese podido convencerme de lo contrario, está muy equivocado. Nadie es culpable de mi muerte, salvo yo. Únicamente lamento no haber podido hacerlo de forma menos sangrienta, pero no encontré otra opción. Ahora estoy en paz.
Espero que usted también.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Fragmentos de su adiós

“… Cuando llegabas al bar en el que estaba tirado apostando mi alma, de repente había algo más que esas fichas desgastadas a las que mirar. Si me cogías la mano, mi mano estaba libre. Y libres de mí mismo, mis ojos y mi mano, me convencían para levantarme de aquella butaca sucia y seguir tu nuca. Nunca, ni después de esto, olvidaré tu nuca.


Si dejo esta carta aquí, a mi lado, tal vez parece me queda una esperanza: que me leas, aunque yo ya me haya ido. Pero me voy a matar y me mato sabiendo que ni siquiera esto podrá alcanzarte. Yo ya no existo y tú existes demasiado. Porque no estás tú, pero existe tu ausencia.


Debe ser que este cuerpo vacío escribe entonces por inercia. Que no te escribe a ti, que escribe al cielo. Eres lo más cerca que hemos estado de dios. No se va triste, ni desesperado. Se marcha tranquilo; ha dejado de temer morir. Tú que siempre me dijiste que es como dormir para siempre.
Ya casi estoy dormido. Adiós, mi cielo.”

Rosalía Pérez Lorenzo.
Grupo B


CERRANDO TRATOS

He intentado hacer negocios con la vida y tratos con la muerte y ha ganado la segunda. Me ofrece estabilidad y yo en estos momentos es lo que necesito. No pienses que es locura esta fiebre que me recorre de pies a cabeza. Es más bien apatía. Sufro de anemia en el seso y en el corazón.
No voy a decir que la vida ha sido perra conmigo, sería un insulto hacia Chocolate, el único que ha restado pulgas a mis miserias. ¡Cómo voy a echar de menos el abrigo de sus ojos negros y el peso de sus patas sobre mi costado! Mi único encargo es que te hagas cargo de él. He visto como os miráis… Será el sosiego que pocas veces te ofrecí y tantas veces soñé con darte.
El más allá pinta bien, la de la guadaña no para de sonreír…

Eva Hernández
Grupo A


Un salto al vacío

En qué laberintos mentales que distorsionaron tu realidad, en qué lugares cenagosos andaba tu cabeza, entraste en un alucinante mundo que te aprisionó, no pudiste salir de él.
Fuiste un buen alumno, diría de los mejores que he tenido, nunca te he podido olvidar, por eso hoy, ahora, estoy contigo, tu energía, esa “que no se crea, ni se destruye” anda girando alrededor de los que te quisimos.
Me visitaste, estabas en Madrid, “Ciencias Exactas” se decía entonces, llegaste para darme un abrazo, quisiste manifestarme tu pesar por la muerte de mi hijo, tu misma edad, me emocionaste mucho.
Tu madre me dio la noticia, una tarde de domingo te lanzaste al vacío, me dio una copia de la carta que dejaste, pensaste en todos, menos en ti. Luis, un fuerte abrazo.

Inés Izquierdo
Grupo A


Certeza

Con la misma cantidad de duda que de certeza

decido dar

                   el

                           salto

Con la seguridad de que

                                          en

                                                  la

                                                      caída

Encontraré tu abrazo

Pilar Sánchez Barbero
Grupo ´C


Tobogán

Vamos al parque. No sabría cuál elegir. Carmín sobre metal con pintura verde desgastada por la niñez o plástico amarillo manchado patrióticamente. El contraste de la desesperación con el frío metálico, me atrae. Sobre el pvc reciclado, sería mi último juramento de bandera. Procedo a desprenderme de no poder tragar saliva siquiera. Sentir deslizar mi plasma humeante en la madrugada, me libera. Primero incisiones rectas de cirujano. Vena lenta o arteria por cada latido? Así hago cuenta atrás. Menos mal que tú me acompañas amiga, eres la mejor! Cómo me coloco? Piernas colgando hacia las escaleras con glúteos y lumbar mirando la luna en cuarenta y cinco grados con brazos extendidos hacia abajo. En el cuello un par de cortes de remate. Lo tenemos. Esta vez, sí.

En el tobogán se fijaron en rojo mis manos ensangrentadas y mi pelo congelado. Ahora sí era bella, sin rastro de vida en los ojos.

Pero de nuevo, volví a ser niña en tu regazo.

Lidia Merchán
Grupo A


Así no

¿Por qué te miro mi niño de nana? ¿Por qué te extraño mi pequeño?. Aquí sentada, junto a tu cama fría, en este cuarto de golpe y destierro. Despierta y dime por qué fuiste libre, déjame la ira de tu soledad, quiero sentir para entender y quiero amar para creer.
Demasiada carga de luchas, aquí serás cobijo, aguanta mi niño. Déjame que te piense.
¿Cómo mis ojos no vieron? ¿Cómo mi paz no entendió?, que en aquella tarde de vida, tus años y tu combate eran oscuras pesadillas, sueños frustados y dolor, mucho dolor.
Me abandono a tu risa, déjame soñarte, pero así no, por favor. Universo perfecto, no permitas vidas de caos, te lo ruego, así no.

Guadalupe Sanchón
Grupo C


Quién me llorará

A quien corresponda,

Si he llegado a este punto es porque quiero darle una respuesta a la pregunta que a todos se nos ha cruzado alguna vez por la cabeza, quién me llorará cuando no esté. O para ponerle suspense a la cosa y un giro filosófico, ¿alguien me llorará?

Me cansé del piloto automático, me cansé de esforzarme. Tengo los brazos moralmente cansados de remar. Y es que con mi mediocridad me alcanzó para un solo remo. Y por más empeño que ponga solo logro hacer círculos para terminar en el mismo lugar.

No ha habido situación en la que no me haya sentido de esta década, siglo, o siquiera universo. El patito feo hasta en un momento se descubrió bello, yo ni eso. Nunca encajé. Ni lo suficientemente funcional para ser normal, ni lo suficientemente raro para ser excéntrico, ni lo suficientemente raro para ser raro. Pero la verdad, mejor así, cuando ya lo sabes de antemano, menos problema. No te complicas, vas por los días sabiendo que no tienes que buscar tu lugar, porque simplemente no hay para ti, y ya está.

La verdad, es que no necesito que nadie me llore, yo me lloro solo. Como todo lo que he hecho en esta existencia, porque la palabra vida me queda grande. Todo solo. Ya estoy acostumbrado. Me vine solo por el canal y solo me voy. No necesito que me lloren, ya me lloré bastante.

Nunca me he sentido digno de cariño, ni materno, ni romántico, ni nada del estilo. Tanto es así que a la hora de adoptar una mascota en lugar de perro, esos bichos que te aman incondicionalmente, no importa qué especie seas, fui por el gato, criatura indiferente a cualquier otra cosa que no sea sí mismo.

Ese es mi único lamento, no que no me lloren, eso ya lo tengo establecido, sino quién le dará de comer al michi si no estoy. Ahora pensándolo bien, quizás, entonces, dejo todo esto para mañana. Primero tengo que comprar sus croquetas favoritas.

Vanina Palomo
Grupo C