Palabra sobre palabra

La sesión del lunes 23 de febrero la dedicamos a las palabras. El taller se inició con el álbum ilustrado La gran fábrica de las palabras, una historia de amor en la que las palabras tienen sus valor y su precio.
En la ficha de trabajo reunimos textos de Víctor Moreno, Juan José Millás, Pablo Neruda, Manuel Vicent, Jesús Marchamalo y Mario Benedetti.


Francisco Vila Guillén


Reproducimos aquí el articuento de Millás titulado “Palabras”:

Si al abrir la boca, en lugar de palabras, nos salieran libélulas, estudiaríamos entomología para conocernos mejor. Pero las palabras son también formas biológicas perfectamente articuladas que segregan ideas como las serpientes veneno o las abejas miel.
El entomólogo de las palabras es el lexicógrafo, al que no es raro ver en las esquinas armado de una red con la que atrapa voces que luego ordena, al modo de una colección de insectos, en el interior de un volumen. La diferencia entre el diccionario y las cajas de escarabajos atravesados por un alfiler es que en un buen diccionario de uso las palabras se mantienen vivas. Las hay con cabeza, tórax y abdomen, o con caparazón, artejos, aguijones y labros. Muchas poseen unas formaciones oscuras que al levantarse con el misterio de las faldas dejan ver esa suerte de lencería fina, los élitros, con los que vuelan alrededor de los labios de las mujeres y los hombres antes de diluirse en el aire como el hielo en agua.
Hay palabras que dicen lo contrario de lo que significan y palabras que aun no significando nada consiguen atravesar la barrera de los dientes y aletear como un pájaro ciego durante unos instantes ante nuestros oídos. Algunas viven siglos y otras desaparecen a las 24 horas de ser alumbradas. Muchas sólo nacen para fecundar el lenguaje, por el que son devoradas una vez cumplida su función reproductora. A ciertas voces, después de haber sido encerradas dentro de una definición, se les escapa el significado, como el jugo de una fruta abierta, y cuando vuelves a usarlas no tienen sentido o han adquirido uno nuevo y sorprendente.
Un diccionario, pues, viene a ser un terrario en el que en lugar de ver salamandras o ranas o tritones vemos la palabra “salamandra”, la palabra “rana”, la palabra “tritón”, incluso la palabra “palabra”, mostrándonos sus hábitos significativos o formales, sus articulaciones, su extracción social, sus intereses.
Aguilar acaba de publicar el de Manuel Seco, que constituye hoy por hoy el mejor zoológico de términos vivos conocido. Al recorrerlo, uno se da cuenta de que estamos hechos de palabras, como la Biblia o el Quijote, a cuyo lado debería de haber siempre un diccionario.


La tarea de escritura que propusimos fue: escribe un texto inspirado en alguna de estas expresiones:

1. Pedir la palabra
2. Dejar a alguien con la palabra en la boca.
3. Ni media palabra.
4. Tomar la palabra.
5. No tener más que palabras.


Y estos son los trabajos de algunos de los participantes del taller:

Palabras

Palabras voladoras
idea, viento, platón.

Palabras soñadoras
caballo de cartón.

Despalabras
desarraigo, desesperanza, desamor.

Palabras rotas acabadas en to
ma, arreba, terremo

Enpalabras
Enternecido, ensueño, enamorar

Palabras bellas
a la amanecida.

Palabra dios
creación.

Palabras infierno
estrangular, decapitar, apátrida.

Palabras sin gloria
sacacorchos,

Palabras viajeras
esperanza, sonrisa, chucuchú.

Palabras sin palabras que esperan en una estación.

Aronbanda


Consejo de poeta

La noche más breve del año estaba a punto de terminar. Los primeros rayos de sol se agolpaban frente a las puertas del salón esperando el permiso para poder entrar y disolver el esperado baile de graduación. Carlos y Laura, mientras tanto, permanecían sentados junto a la banda cuando empezó a sonar la canción de despedida.

– Oh Laura, ¡no sabes cuánto me gusta esta canción! La habré escuchado miles de veces tumbado en mi cama o en el coche; en la oficina y también cocinando. Podría deletrear, si tú me lo propusieras, todas y cada una de las palabras que dan forma a los versos que argamasan, a su vez, sus cinco estrofas y su estribillo. Podría reconocer, en medio del tumulto que acompaña a una furibunda tormenta, su base melódica y sus acordes. Podría contártelo todo acerca de su gestación en un pobre y rudimentario garaje de Los Ángeles y decirte que, como sucede tantas y tantas veces, todo fue una graciosa casualidad, quizá una simple señal del destino. En fin, ya sabes cómo es esto, el genio les pilló trabajando y, bueno, de ahí esta exaltación de los sentidos que tuvieron a bien compartir con el mundo entero. ¿No te gusta?

Pero Laura ya no estaba allí para responderle. Carlos recorrió el salón con desespero y preguntó a unos y otros sin esperar una respuesta. Exhausto, tras más de treinta minutos de intensa búsqueda, volvió a sentarse junto al escenario, sobre el que la banda recogía ya todos sus bártulos. El guitarrista, viéndolo triste y meditabundo, abandonó la tarea y se sentó en la silla que antes había ocupado Laura.

– En un beso, sabrás todo lo que he callado.
– ¿Bruce Springsteen?
– No, Pablo Neruda. Y créeme, sabía más del amor que tú y que yo.
– Que yo seguro.

Juan José Nieto Lobato


La lavadora de palabras

Lavó y centrifugó " Me haces tilín" hasta que salió " Libre te quiero"
Desde entonces, vigilan juntos las mareas.

Elena Vicente


El ilusionista de palabras

No tenía más que palabras.
Al fin y al cabo, a eso se dedicaba: a moldearlas hasta que adquirían en matiz que deseaba y a unirlas a su antojo. Las decía y las grababa en tinta o en pixeles, esperando que cumplieran el propósito que buscaba. Y dichas o escritas, lo cierto es que ahí quedaban. Con el significado esperado en la superficie y el significado más puro y verdadero bien escondido. Y, con toda su alma, esperaba que siguiera oculto, pues, como un ilusionista maquilla su arte, él maquillaba con palabras grandilocuentes, llenas de sentimientos e ideales de virtud, aquello que no le quería decir en voz alta, aquello que ni se atrevía a formularse en lo más intimo de su ser, aquello sobre lo que se mentía hasta a sí mismo, la peor clase de mentira que existe ya que se corre el riesgo de acabar creyendo que la farsa es la propia realidad. Y por falta de valor, falta de honor, lo guardaba incluso de su conciencia sepultado bajo mil palabras bien dichas.
¿Qué iba a hacer? No tenía más que palabras. Como un diccionario, sin nada detrás del vacuo significado semántico.
Y, realmente, en cuanto ella quiso romperse en mil pedazos en vez de ir sufriendo la lenta agonía de saberlo sin saberlo, y buscó la realidad tras sus bonitas palabras, se dio cuenta de que eran infértiles y vacías, como él. Porque habían quedado marcadas en ella, que se las había creído esperando, deseando, que él no fuera de esos que miran a los ojos y mienten y engañándose, sabiendo la verdad, había dejado que él se la ocultara con sus agridulces discursos. Clavadas en su memoria y en su alma, le evidenciaron, al término, la hipocresía de él y el autoengaño de ella.
Y es que de poco sirve poseer todos los vocablos cuando se es alguien cuya palabra carece de valor.

Leticia Vicente


No tener más que palabras

Mi idea es un pincel de sensaciones,
un juego de conceptos
que brota en la mirada del otro.
Miles de palabras
revolotean entre mi piel,
gritan en la mente
para llenar el vacío
que roba mis silencios.
Fuente de sonidos
se preña de letras
en el papel de la ilusión.
Palabra tras palabra,
trenzada en mi pensamiento,
vive con su imagen
acariciando el gesto.
Tacto y olor
se unen a la metáfora
barnizada de color,
rincones de la magia
en el sentir de mis días.

Sofía Montero


Palabras sobre Palabras... Epigramas
(Palabras amontonadas)

La Palabra sin compromiso es como un Dios sin alma.

Llanto en el parto: primera Palabra.

¿Cómo soportar el peso de las Palabras que , aun, no hemos aprendido a pronunciar?

Era tan pobre que no tenía más que Palabras.

Me dejo con la Palabra en la boca: atragantado.

Era tan pobre , de espíritu, que ni Palabras tenía.

La ultima Palabra siempre queda por decir.

Uso la Palabra rompecabezas... Y sangre.

De la A a la Z : distancia por recorrer, Palabras por inventar.

Cambio Palabras por... No tuvo más que decir.

Word y world ... Una Palabra contiene a la otra

¿Cuantas Palabras son precisas para hacer verdad de una mentira.?

Invento la Palabra océano para ahogar las Palabras que hieren.

Pa... Y no dijo ni media Palabra.

Al pie de la Palabra .... La coma.

De boca cerrada no salen Palabras.

La ultima Palabra esta, aun , por decir.

En boca cerrada ...se agolpan Palabras.

¡Palabrota! grito: y la Palabra lloro.

Palabrero: dicese del artesano que, utilizando la Palabrería, es capaz de inventar historias y componer versos.

Palabrería: conjunto de reglas, métricas y Palabras, usadas por el Palabrero en su hacer (afán)

El silencio no es la ausencia de todo, pero de Palabras si.

Me hizo un regalo: me dio su Palabra.

Las Palabras olvidadas, esperando ser borradas , se agolpaban ante el portón del que colgaba un cartel , que decía: cementerio de palabras......

Se quedo sin Palabras : se le mudo hasta la cara .

El ciego vislumbra Palabras que el necio no es capaz de imaginar.

No hay Palabras mal dichas ... Si la pronuncias bien.

La mortaja fue la Palabra... FIN

Fernando de Castro


Dicciófago
(Sobre la expresión “ni media palabra”)

A Bruno, desde muy pequeñito, le encantaban las palabras. Le daban igual sustantivos que adverbios, adjetivos que preposiciones, Bruno era insaciable. Cuando aprendió a leer, tardó poco en descubrir el diccionario. Devoró con fruición una palabra tras otra. Ahora tiene un empacho léxico terrible; pero es normal, no dejó ni media palabra.

Miguel Angel Pegarz


Comanda
Sobre la expresión “tomar la palabra”

Sírvase usted a servirme una ensalada de verbos,
pero por bien de mi estómago, contróleme los adverbios.
Para plato principal, unos buenos sustantivos.
Tráigalos usted al punto, con tres o cuatro adjetivos.
Y de postre, si le queda, alguna preposición.
Y para regarlo todo, una buena puntuación.

Miguel Angel Pegarz


Un hombre de Palabras
Sobre la expresión “no tener más que palabras”

Marco había perdido su empleo, no tenía ya techo, su dinero se acababa y apenas conseguía algo que comer. Así que tomó su mochila y se echó al camino, para pasar su vergüenza donde nadie le conociera. Se cruzaba con mucha gente y veía a mucha otra. Y fuese a él o a otros, la mayoría no sabía que decir. Marco no tenía más que palabras, pero, ante lo que pasaba frente a sus ojos, tuvo una idea. Extendió su manta en el suelo y comenzó a desperdigar sus palabras por ella. Poco a poco, la gente se fue acercando; primero a curiosear, luego comenzaron a animarse y a comprarle sus palabras. Marco tenía la que cada uno precisaba.
No le ha dado para hacerse rico, pero ahora vive en una pequeña casita a las afueras, y tiene algo que llevarse diariamente a la boca. Y, además, vive en una ciudad mucho más feliz.

Miguel Angel Pegarz


Pedir la palabra
(Sobre la expresión “pedir la palabra”)

En la tribu de los onovaris nacen sin nombre. Les llaman por el nombre de su madre, seguido de la palabra hijo, y el ordinal si procede. Cuando alcanzan la adolescencia comienzan a vivir casi independientes de sus progenitores, en un gran pabellón en un extremo del poblado. Éste tiene una balconada desde la cual los chicos son observados por sus mayores. Allí sucede su vida durante dos años.
Cuando el miembro de la tribu en cuestión alcanza los diecisiete años lunares, vuelve a sus padres y pregunta si es digno de que le presenten ante el Consejo de Ancianos. Es entonces cuando en joven onovari pedirá la palabra al consejo.
El Consejo se tomará el tiempo que considere necesario para otorgar esa palabra, meditando cual ha de ser. Una vez que al joven le sea dada la palabra, por ella será conocido hasta el fin de los días.

Miguel Angel Pegarz


Palabras Mortales
(Sobre la expresión “dejar a alguien con la palabra en la boca”)

René había empleado toda su voluntad en vencer sus miedos e invitar a Eloísa a tomar un café. Aunque no las tenía todas consigo, aceptó.
Llevaba los dos días que mediaban entre la solicitud y la cita rumiando las mil cosas que quería decirle y no había encontrado valor ni ocasión. Veía a Eloísa especialmente guapa esa tarde, lo cual no le facilitaba las cosas. Temblaba como un flan y hasta tartamudeaba mientras charlaban de intrascendencias, que le servían para dejar hueco en su boca para las palabras que realmente quería pronunciar. Las palabras se iban acumulando en la boca de René, hasta el punto de que no necesitaría ya valor, pues tenía la boca llena hasta tal punto que su discurso caería solo. Justo cuando iban a brotar de sus labios como un torrente, Eloísa recibió una llamada, se disculpó, y se fue precipitadamente. René tuvo que tragar saliva, y con ella todas las palabras que inundaban su boca; tantas que se atragantó con ellas. Por guardarlas demasiado tiempo, acabaron por ahogarle.

Miguel Angel Pegarz


Pedir la palabra

Se suele pedir la palabra cuando se quiere dar una opinión, y puede ser a favor o en contra de lo que se haya escuchado; pero siempre con respeto y tratando de aportar algo útil, y así se tendrá en cuenta lo dicho.
Las palabras bonitas, siempre se agradece escucharlas, por lo que se debe fomentar su utilización, pues aportan alegría y satisfacción a las que personas que son dirigidas.
Las palabras llamadas "feas", se utilizan para desacreditar, descalificar, crear polémica y nunca van acompañadas de soluciones.
El cantante Patxi Andión, en una canción, decía: "Odio a los que regalan palabras como si fueran flores".
Hay que pedir la palabra, para callar a los demagogos y a los vendedores de humo, porque últimamente proliferan en todos los medios.
Curioso el caso de un oftalmólogo (brusco y patoso, al dar el resultado a los pacientes; les decía: "Vd. tiene cataratas", "Vd. tiene miopía", les metía el ombligo para dentro) . El novio de Ana ,sabedor de esta fama, le solicitó le diera por escrito el resultado de la revisión de su novia y así poder comunicárselo el mismo.
El resultado de lo que ocurrió fue lo siguiente: ! Cariño, eres miope!.
La contestación de Ana, fue: ! Si cariño, soy tu ope!.

Luis Iglesias


El Faro

Pedí la palabra y me la dieron. Tomé la palabra y la usé. Fue un instante, una minúscula eternidad que aún recuerdo. Creía ser pintor.  Mi voz la tintura con la que dibujar retratos, conceptos, paisajes. Todos, incluso los mas pequeños, grandes, muy grandes. Me dejaron con la palabra en la boca. A los pocos minutos, cuantos me escuchaban abandonaron la sala. Mientras se iban repetían: "No tiene más que palabras". No había desprecio en su afirmación, si acaso, un oscuro desencanto. Me quedé sólo. Poco después,  el encargado, el que yo suponía encargado, un hombre de mirada viva y verbo corto, me indicó la salida.  Bajé por la escalera exterior. La arena estaba fria. No llevaba calzado. El camino fue largo.
Cuando llegué a casa mi aspecto debía ser lamentable. Nadie dijo ni media palabra.
No cené. No dormí. No entendía. Si yo tenía palabras, si en mi garganta vivía  el color ¿por qué los ancianos que moraban en el faro  no querían escucharlas?
Al dia siguiente, volví.
Pedí la palabra y me la dieron. Tomé la palabra y la usé. Fue un instante, una minúscula eternidad que aún recuerdo. Creía ser compositor. Un compositor magistral. Mi voz era música viva, sólo sabía de Arte. Me dejaron con la palabra en la boca. A los pocos minutos, todos los que me escuchaban abandonaron la sala. Mientras se iban repetían "No tiene más que palabras". No había  desprecio en su afirmación, si acaso, un oscuro desencanto. Me quedé  sólo. Un hombre de mirada viva me indicó la salida. La arena estaba fria. El camino fue largo.
En casa nadie dijo ni media palabra. No cené.  No dormí.
Repetí el mismo ritual durante años y siglos.
Un día,  el encargado, ese hombre parco en palabras, me acompañó a la salida. "Les falta alma". Eso fue lo que dijo, lo juro. Lo dijo y desapareció tras el portón. Me quedé solo. La arena estaba fría.  No llevaba calzado. El camino fue mas largo de lo habitual.
Cuando llegué a casa estaba como yo, vacía.
El eco de la palabra alma me arrulló durante años y siglos.
Olvidé quién me habían dicho que era. El desierto es duro. El aire borra las huellas. No hay mapas que marquen rutas. No hay rutas que guien pasos. No hay pasos que tracen destinos, no hay partituras, no hay nada.
Una noche, llamaron a mi puerta. Era el encargado. Estaba agotado. Le acompañaban un león y un lobo. Ambos de un tamaño descomunal. Tenían un ojo azul y otro amarillo. Una rareza. No tuve miedo.  Curiosamente, no me sorprendió cuando las bestias tomaron  la palabra. Era su hablar melodioso y pausado. Conversamos. El tiempo fluyó sin notarlo. Mientras, en la habitación de al lado, el hombre dormía.
Cuando despertó, nos pusimos en camino. Fue un camino corto. Apenas duró un instante.
El portón que yo conocía estaba roto. Muchas manos habían forzado su entrada. La explanada que rodeaba el faro estaba rodeada por miles y cientos de guerreros que pugnaban por imponer su color y su canto. Había sangre. Había cuerpos decapitados. Había jaulas que ardían, hogueras que se alimentaban de las voces capturadas. Voces que se nutrían de tinturas adulteradas, de notas disonantes y opacas. Los que aún sobrevivían, se afanaban por avanzar, por poseer un palmo mas de terreno. Debían  llegar a lo más alto. Desde allí, conquistada la luz, obrarían el milagro. Una sola voz. Un solo canto.
Me quedé sin palabras.
Alguien apretó mi mano. Era uno de los ancianos. No estaba sólo  No estábamos solos. La duna era un alfombra tejida con la tristeza de cientos y miles de bestias, un puñado de humanos y nueve de los  que antaño, con razón, no me escucharon. Todos tenían un ojo azul y otro amarillo.
Juntos iniciamos un largo viaje. Un viaje que dura siglos.

Es fácil perderse en la forma, convertir los fonemas en grafías desprovistas de sustancia, trasformar el alma en arma. Babel es una torre que se construye cada día. Sus paredes son vistosas, promesas de oro y lapislázuli. Mas algún dia, la palabra renacerá, sus tinturas serán tan variadas como francas, sus notas claras. Entonces si, entonces se diluirán los muros y la barbarie conocerá su fin.

Ana Isabel Fariña


Un ritmo

No tengo más que palabras y silencios. Y solo con eso me basta, no necesito más para tener ritmo. Luz, Pasión, Azul, Macedonia, Golondrina, Cúrcuma, Magia, Amor, -silencio- Para tenerlo todo, tiempo -silencio- Violín, Cien, Bailar –silencio- Lo real y lo irreal, -silencio- Boom, Zelandia, Loa, Lalalá -silencio- Viajar, -silencio- Lila, Pedro, Violeta –silencio- Trè bien, -silencio- René, L´amour, Au Revoir ,-silencio- Alegría, Alegría soplo de Mar -silencio- Encontrar Abril, perder Lluvia –silencio- Xenopsyla, Listeria –silencio- Más allá la Estrella –silencio- Mamá Materia –silencio- Tocar el Cielo, saltar por los Aires –silencio- Siempre nos quedarán las palabras. Son solo palabras, palabras entre silencios.

Antonia Oliva


LITTLE KING

A las 7:00 de la tarde, como todos los días, salí del trabajo. Lejos de ser normal, ese día fue diferente a los demás pues sentía un hambre perruna. Mis tripas rugían de la misma forma que el león de la “Metro Golden Mayer” en una sala de cine al inicio de una película.

Como, raro en mí, no tenía ningún compromiso y no debía correr para llegar a ningún lugar, me disponía a entrar en la pastelería de debajo de la escuela y, de esa forma, engañar a mi estómago hasta la hora de la cena. Repentinamente me detuve en seco al pasar por una marquesina y toparme de bruces con la imagen de una superhamburguesa gigante a un precio irrisorio: 1,99 euros. Este anuncio lo había visto miles de veces por toda la ciudad sin prestarle mucha atención ya que nunca me han llamado mucho ni este tipo de comida ni estos restaurantes de multinacionales que salen en todos los medios de comunicación y son adorados por miles de personas de todas las edades. Pero esta ocasión era diferente porque el hambre hacía estragos.

Inmediatamente vinieron a mi recuerdo esos anuncios televisivos de la empresa que había visto, por activa y por pasiva, en los que los alimentos caen del cielo a una velocidad pausada, casi flotando, como si cayeran en un mullido colchón que los hace rebotar una y otra vez. El pan, la hamburguesa, el queso, los pepinillos, la cebolla y la lechuga fresca, fresquísima e incluso, el ketchup y la mostaza, parecían un conjunto de plumas que caen balanceándose y llenando lentamente el espacio hasta alcanzar su destino final.

La boca se me hizo agua en ese momento. No hacía más que salivar y, sin dudarlo un momento, me dirigí al restaurante más cercano para degustar esa maravilla que me ofrecía la vida. Además, con ese nombre, Big King, me imaginaba un milagro culinario. Por fuerza, tenía que tratarse del número uno de las Hamburguesas.

Todo el camino hacia el restaurante no pensé nada más que en el momento en que introdujera los alimentos en la boca y pudiera degustar tal mezcla de sabores y sabrosos ingredientes tomando contacto con mi paladar.

Al entrar y observar la gran variedad de menús y posibilidades que se podían adquirir me quedé impresionada. Sin embargo, no me dejé apabullar ni distraer por semejante expositor y sin vacilar un instante pedí a la chica de sonrisa “profident” una Big King, que era mi principal objetivo. Ella muy amablemente me preguntó si quería acompañar la hamburguesa con algún otro producto: patatas fritas, alguna bebida, un helado u otro postre, pero imaginando el tamaño de la Big King, supuse que no podría meter nada más en el estómago si no quería salir de allí quejándome por la hinchazón de barriga.

A los pocos minutos tenía ante mí una bandeja con una caja de cartón que contenía mi pedido. “Muchas gracias y que la disfrute”, añadió muy sonriente la jovencísima chica.

Tras un rápido “gracias”, me senté ansiosamente en una solitaria mesa mientras iba tarareando la conocidísima canción del italiano Umberto Tozzi, que conocía de memoria, y que había servido de banda sonora a otra publicidad de la misma multinacional para anunciar un menú especial que, sin duda, sabía a gloria. “Gloria, faltas en el aire, falta tu presencia, cálida inocencia, faltas en mi boca…” Y cuando ya iba por el segundo “Gloria” me detuve en seco al abrir la caja y ver la hamburguesa que tenía delante. Se detuvo hasta la música en mi cabeza, como si alguien hubiera empujado la aguja de un tocadiscos y la canción se hubiera quedado en suspenso de repente. ¿La superhamburguesa gigante que había visto en la foto de la marquesina era la miniatura que tenía ante mis ojos o, por algún motivo inexplicable, me había equivocado de multinacional? Miré con disimulo el logotipo que estaba impreso en la caja y levanté la cabeza para observar que todo a mi alrededor me indicaba que no; no me había equivocado de restaurante. Estaba en el punto exacto.

¡Qué desilusión! ¡Con el hambre que yo tenía! Me comí con desgana la hamburguesa y, cuando acabé, me di cuenta de que no se había saciado mi hambre. Así que, con tristeza y desencanto, me acerqué de nuevo al mostrador y pedí otra Big King. A lo mejor, con otra más, me iba a casa y no tenía que preparar la cena de ese día.

La amable y sonriente dependienta me comentó: “¡Ah! repite usted nuestra hamburguesa. Esta buenísima ¿verdad?”

En ese momento no pude articular ni media palabra. Tan asombrada estaba de su comentario que de mi boca sólo pudo salir un tenue gruñido que ella interpretó como una rotunda afirmación. ¿Qué le podía decir a ella? Su trabajo era intachable y no tenía la culpa del engaño perpetrado por sus jefes. Su labor era vender el mayor número posible de superlativas hamburguesas, por decir algo, y así lo hacía.

Me comí el segundo ejemplar de hamburguesa y al salir del local, decidí no volverme a dejar llevar por la engañosa publicidad ni consumir ese tipo de comida minimalista, y no por las formas geométricas que caracterizan a este tipo de cocina, no, sino por la mínima cantidad de la que se puede disfrutar al módico precio de 1,99 euros x 2. Bien pensado, por ese precio, la próxima vez que tuviera hambre, aunque tuviera que desplazarme un poco más, me iría a comer una superhamburguesa producto “made in Spain” a cualquier local de barrio como el “Gema”, al “Gigantes” o al “Superbestias” donde, parece ser, las hamburguesas no se las salta un gitano. Y seguramente, la relación calidad-precio no me defraudaría ni me dejaría sin palabras.

Toñi Martín del Rey


Pedir la palabra

Yo era la rara, la rara de la clase.
Cuando el profesor salía por la puerta, se formaba un barullo impresionante en clase.
Todo el mundo hablaba, comentaba, decía.
Y yo, yo...callada tomaba apuntes o añadía algo de las últimas explicaciones.
En cuanto entraba el profesor, el barullo seguía revolucionando el aula.
Yo, esperaba, a que todo el mundo se callara.
Y entonces levantaba la mano, con la intención de pedir la palabra.
Hacía turnos enteros, esperaba incluso varias horas.
Hasta que el profesor, paraba el barullo y decía: "Adelante, Iria, cuando quieras".
Menos mal- pensaba- menuda tortura de clase.
¿Acaso no he esperado lo suficiente para pedir la palabra?

Iria Costa

Pido la palabra…
Buenos días…
Pido la palabra…
Hoy me pido la palabra,
La palabra medida,
La palabra diferenciadora
La palabra que defina
Que me defina
Que distinga.
Palabra que se deja
Palabra que no llora
Que suena y sueña
Que canta y baila
La palabra nunca dicha
Y la que provoca dicha
Palabra y palabras
Enunciadas para rimar y no rimar
Pero que acarician
Que no insultan
Que no mienten
Que aman sin pronunciarse
Y que cuando se pronuncian
Evocan la ternura de las estrellas
O la mirada de la luna en febrero
Palabras que son olas en playas desiertas
Abiertas al sol de mayo

¿Quién me da la palabra?
Pido la palabra
La palabra deseo
La palabra anhelo
La palabra vida
Y transparencia
Y Dios y libertad y justicia y humanidad (tal vez esta no, ¿acaso humanidad ofrece algo? Lo tendrían que de mostrar)
Pido la palabra que libere
Que permita volar, convertirse en nube, convertirse en lluvia y en mar y en tierra
Palabra que sosiegue que deje dormir, dormir, dormir… solo dormir
Pido la palabra que deje dormir en paz… que bese la frente
Que dulce, suave acaricie el brazo y mire a los ojos y empape la yema del dedo con una lágrima
Solo una lágrima
Solo una palabra
O un suspiro
Un rumor
Niebla, humo, polvo, nada…
No, nada no
Ni silencio
Una palabra, tal vez:
Amor

Vicente M. Martín


Minerva

No sabía que las palabras, si no están convenientemente utilizadas, pueden dar lugar a una gran confusión. Hasta en el juego de la mentira, todo puede llegar a parecernos un cristal que refleja todo lo que nos gustaría ver, asomándonos cerca y lejos, difuminando nuestra imagen hasta convertirla en la imagen que ni nosotros mismos reconocemos. Un paso, sólo uno, fue el que dio Minerva aquella tarde frente al cristal de la cafetería donde se despidió de la persona más importante de su vida, utilizando palabras sin vocales, sin acentos, sin sonido.
Escapaba de su vida. Había encontrado la brújula que le indicaba el Sur, aquel sitio al que tantas veces quiso regresar. Se despidió de Mario diciéndole un hasta siempre, prometiéndole que algún día volvería a por él, tal vez cuando, de nuevo, las golondrinas regresaran de Malabo. Le cerró los ojos poniendo sus labios en ellos y sin más palabras que pronunciar, se marchó dejando un halo del color del azahar de limonero tras de sí.
Mario le perdió la pista. Minerva se asomó aquella tarde a la esquina de la calle que confluye con el camino que lleva hasta la carretera principal, aquella por donde los coches se escapan y no vuelven en mucho tiempo y, cuando lo hacen, regresan con esas mismas personas ya transformadas en otras, diferentes en pensamiento y en mirada. Como decía… Minerva, asomó la cabeza, agitó su mano derecha y desapareció.
No supo decir nada. Perdió las palabras. Enmudeció. Sus labios no articularon movimiento alguno. Sus brazos se agitaron brevemente al verla partir, hasta que desapareció en un espacio breve de tiempo, tiempo que no consiguió detener, como no consiguió detener sus pasos, esos que la llevaron hacia el coche con el cual se perdió en el horizonte. Corrió tras ella, tras el coche, inalcanzable. Gritó por fin su nombre cuyas letras quedaron sueltas en el viento que, estoy seguro, atravesaron los cristales de sus ventanillas cerradas…
¡M I N E R V A…!
Y así fue. Minerva recogió las palabras que fueron llegando una a una a través de las ventanas del coche. Las guardó y atesoró como el regalo más preciado que pudo recibir aquella tibia mañana del mes de marzo, las envolvió en un pequeño trozo de papel que llevaba en su bolso y, tal como si las planchara, las guardó dentro de su libro favorito que le acompañaría en aquel largo viaje.
La plaza quedaba en silencio tras la despedida del ronco sonido del motor de aquel Citroen C6. Sólo se escuchó una palabra a lo lejos, un nombre propio con gafas y bigote, un nombre que había sido todo y, ahora, era tan sólo eso, una palabra de cinco letras, tres de ellas vocales. Y el viento, borró las consonantes, y el nombre se convirtió en un sonido del que sólo un pequeño rastro quedó sobre los cables de la luz que recorrían el largo de la carretera.

Tina Martín Mora

6 comentarios:

  1. Aronbanda:
    ¡Qué bien otra ver por aquí! Y sin perder facultades. Me gusta tu texto, claro, sencillo, evocador.
    “Palabras voladoras
    idea, viento, platón.”
    Genial tu tarea. Me pido la palabra: viento

    Juan José:
    Mucha poesía desprende tu texto… me gusta. Buen comienzo en el taller, espero poder disfrutar de tus escritos muchas semanas.
    “-En un beso, sabrás todo lo que he callado.
    – ¿Bruce Springsteen?
    – No, Pablo Neruda. Y créeme, sabía más del amor que tú y que yo.”
    Del amor sabemos todos más de lo que pensamos. Me pido la palabra: beso

    Elena:
    San Irakozy, te ilumina… ¡bien! Me pido la palabra: tilín

    Leticia:
    Hondo, herido, mágico… Buena, Leticia, muy buena.
    “Y, realmente, en cuanto ella quiso romperse en mil pedazos en vez de ir sufriendo la lenta agonía de saberlo sin saberlo, y buscó la realidad tras sus bonitas palabras, se dio cuenta de que eran infértiles y vacías, como él. Porque habían quedado marcadas en ella, que se las había creído esperando, deseando, que él no fuera de esos que miran a los ojos y mienten y engañándose, sabiendo la verdad, había dejado que él se la ocultara con sus agridulces discursos.”
    Me pido la palabra: agonía

    Sofía:
    “Mi idea es un pincel de sensaciones,
    un juego de conceptos
    que brota en la mirada del otro.”
    Bien Sofía. Me pido la palabra: pincel

    Fernando:
    Genial, me has dejado sin palabras…
    “Me hizo un regalo: me dio su Palabra.”
    Me pido la palabra: palabra

    Miguel Ángel:
    Dicciófago: gracioso…
    Comanda: curioso
    Un hombre de palabras: ingenioso
    Pedir la palabra: meticuloso
    Palabras mortales: portentoso
    En resumen Miguel Ángel, buen trabajo.
    Me pido la palabra: valor

    Luis:
    Muy bien Luis, con esa gracia tuya que siempre llevas guardada en la manga para entretener con desenfado, sin pretensiones, maravillosamente. Gracias Luis eres “buenagente”.
    Me pido la palabra: alegría

    Ana:
    Yo no soy como el Patxi Andión de Luis a mí me gusta regalar palabras como si fueran flores. Te voy a regalar la palabra: GRACIAS. Esa palabra que se fabrica muy cerca del corazón y que a veces cuesta tanto pronunciar. Gracias porque nos llevas regalando durante tres años todas las semanas de taller, sin faltar uno, tus deliciosos escritos con mano magistral. GRACIAS.
    Tu texto es sencillamente maravilloso, con ese estilo que te caracteriza, donde todas las palabras tienen algo que decir, algo que expresar, algo que marcar… con ese ritmo magistral que lo envuelve todo y que lo envuelve a uno al leer. Podría seguir pero prefiero tus palabras…
    “Es fácil perderse en la forma, convertir los fonemas en grafías desprovistas de sustancia, trasformar el alma en arma. Babel es una torre que se construye cada día. Sus paredes son vistosas, promesas de oro y lapislázuli. Mas algún día, la palabra renacerá, sus tinturas serán tan variadas como francas, sus notas claras. Entonces sí, entonces se diluirán los muros y la barbarie conocerá su fin.”
    Me pido la palabra: lapislázuli
    También me pido la palabra: Ana

    Antonia:
    Me encanta, Antonia, es precioso.
    “Siempre nos quedarán las palabras. Son solo palabras, palabras entre silencios.”
    Me pido la palabra: pasión

    Toñi:
    Refrescante, nutritivo, sencillo, claro, actual, el día a día reflejado en tu texto, una realidad de las muchas que nos dejan sin palabras. Magnífico Toñi.
    Me pido la palabra: diferente

    Iria:
    Bien Iria.
    Me pido la palabra: rara

    Vicente:
    Me pido la palabra: amor

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    1. De nada...
      Gracias a ti por leerlas.

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  2. Te regalo "tilín", pero que conste que te has ganado "libre te quiero", tan lavadas y centrifugadas que están ellas, que hasta les he puesto suavizante. Mi cargo de conciencia va en aumento de sesión en sesión, primero por no ir y luego por no comentar nada. Pero se agradece infinitamente que alguien lo haga. Yo ya tengo propósito de enmienda, así que a ver si después de Semana Santa lo logro. Mil gracias de nuevo.

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    1. Gracias por tus palabras...
      Que no te cargue la conciencia y no te enmiendes si no te apetece...
      Esto se hace porque se tiene tiempo y se disfruta y ya lo dice un dicho popular (si que eran "dichos" estos populares): "sarna con gusto no pica"...

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    2. Tina:
      Muy guapo tu texto... cargado de ternura, de nostalgia, tal vez tristeza de ese todo pasa, todo cambia inapelable...
      "Le cerró los ojos poniendo sus labios en ellos y sin más palabras que pronunciar, se marchó dejando un halo del color del azahar de limonero tras de sí."
      Precioso Tina. Enhorabuena y gracias.

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