¿Quién da la vez?

Todo en la vida es consumo. Con sumo gusto se lo explico: consumimos en el supermercado, en el quiosco, en las tiendas de regalos, en los estancos, en los bares, en las aceras, en los barrios marginales. En ocasiones nos consumimos, perdemos la paciencia, nos dejamos arrastrar por la rutina. Consumimos las horas del reloj, consumimos las energías, consumimos electricidad, consumimos los besos. En Colombia y Costa Rica consumir es zambullirse en el agua, consumimos, pues el agua. Pero también consumimos los recuerdos, los odios, la nostalgia. Y consumimos y consumamos el amor, consumimos la vida. Y consumimos la muerte. Entonces todo está consumido y consumado.




En la última sesión del taller de escritura creativa de la Casa de las Conchas hablamos de consumismo y de supermercados. Pero también hablamos de amor. Prueba de ello es el poema de Óscar Hahn:

Caminamos de la mano por el supermercado
entre las filas de cereales y detergentes
Avanzamos de estante en estante
hasta llegar a los tarros de conserva
Examinamos el nuevo producto
anunciado por la televisión
Y de pronto nos miramos a los ojos
y nos sumimos el uno en el otro
y nos consumimos.

También pudimos degustar el poema "Un supermercado en California" de Allen Ginsberg traducido por el poeta Andrés Catalán:

Cuánto he pensado en ti esta noche, Walt Whitman, hoy que bajo los árboles he recorrido las callejuelas mientras me dolía la cabeza mirando afectadamente la luna llena.

¡En mi hambrienta fatiga, en busca de imágenes, entré
en el supermercado de frutas de neón, soñando con tus enumeraciones!
 ¡Qué melocotones y qué penumbras! ¡Familias enteras
de compras por la noche! ¡Pasillos repletos de maridos! ¡Esposas
entre los aguacates, bebés en los tomates!—y tú, García Lorca, ¿qué
estabas haciendo tú allí junto a las sandías?

Te vi, Walt Whitman, sin retoños, solitario y viejo zapador,
asomándote entre las carnes del refrigerador y espiando a los jóvenes
reponedores.

Te oí preguntarle a cada uno: ¿Quién asesinó a las
chuletas de cerdo? ¿A qué precio los plátanos? ¿Sois vos mi ángel?
       Paseé, yendo y viniendo de las pilas de latas relucientes
persiguiéndote, y perseguido en mi imaginación por el guarda de seguridad
del establecimiento.
        A grandes zancadas recorrimos juntos los extensos pasillos
cada uno a su antojo catando alcachofas, apoderándonos de cada
congelado manjar, y nunca pasando por la caja.
       ¿A dónde vamos, Walt Whitman? Las puertas cierran
dentro de una hora. ¿Qué camino te señala esta noche la barba?
       (Acaricio tu libro y sueño con nuestra odisea en el
supermercado y me siento ridículo).
        ¿Caminaremos toda la noche por calles solitarias? Los árboles
a la sombra añaden sombra, en las casas las luces apagadas, ambos
vamos a sentirnos solos.

        ¿Pasearemos soñando con la perdida América del amor,
dejando atrás coches azules en los aparcamientos, hacia nuestro silencioso chalet?
        Ah, querido padre, viejales, solitario viejo maestro del coraje,
¿Qué America te encontraste cuando Caronte dejó de impulsar su barcaza y
te bajaste en una orilla llena de humo y te quedaste allí mirando cómo la barca
se perdía en las oscuras aguas del Leteo?

Y comentamos un fragmento de la novela Tajos, de Rafael Courtoisie:

1
Me gustan las navajas.
-¿Cuánto vale esta?
-Cien
-La llevo.

2
Salgo a la calle.
Entro a un supermercado.
Tajeo las bolsas de azúcar. Me alejo. Viene un supervisor. No se explica el desastre. Voy impertérrito. Parezco manso.
El peso del contenido empuja los labios del tajo. Salta el azúcar sólido, la hemorragia blanca en el piso.
Sigo inmaculado. Como un doctor.  Sigo con la navaja.
La clavo. Sigo.
Clavo la navaja otra vez.
Sigo sin prisa.
Los tomates sangran.

Malogré un racimo, castré una sandía. Apuñalé tubérculos, perforé huevos. Las llamas amarillas de las yemas me conmovieron un instante. Pero enseguida me alejé del escrúpulo.
Tomé una lata de arvejas y una botella de vino.
Las arvejas estaban puras. Perlas verdes.
No contenían conservadores ni estabilizantes. El vino era de joven crianza, fresco y cordial, era un vino coherente, no muy fuerte. “Apenas perlado y seco”, anunciaba la etiqueta. Un vino lleno de luces. Me dirigí a la caja lentamente.

En el supermercado todo sangraba. Había pinchado las botellas de plástico de los refrescos. La cocacola manaba y manaba a borbotones pardos. Había tajeado las panzas gruesas de las botellas de plástico, había provocado una cesárea en los envases incautos. Las bebidas morían de sed. No había ninguna belleza.
Sólo unos perros de porcelana se alejaban del desastre. Pero los alcancé. Eran unos perros azules, dibujados en la cáscara blanca de unas tazas de té. El azucarero hacía juego con el diseño de las tazas: un mastín dibujado, bestial y oscuro, saltaba en la porcelana.

Tiré todo al piso. La materia de las tazas se partió y el perro del azucarero cayó sin ladrar. Todo de un golpe.
El supermercado era extenso, prácticamente inabarcable. Mi rabia no puedo con todo.
No pude con el vino, pero alcancé a arrancar la pierna de una ternera y lanzar un jamón más allá de mi vista.
Deposité la pierna de la ternera muerta entre las postas de atún, sobre el hielo picado de una vidriera.

Derramé el orégano, rompí los envases de celofán del chocolate molido. Escupí sobre el cadáver de unas aves sólidas, congeladas.
Los patos sin cabeza me parecieron puros, pero no supe qué hacer con las gallinas. Rocié insecticida en los cereales.
Sólo el pan quedó quieto. El pan honesto. No hice nada con el pan. No pude.
Tal vez la navaja estaba cansada. Tal vez mi mente se enfrentó al silencio del pan y quedó muda.  El pan tiene significado.
En la blancura del pan debe haber una verdad.

Clavé la navaja en el cuerpo de una manzana y me fui.

Dejamos aquí un vídeo de la película "El club de las madres rebeldes":




Din, don. Señorita Susana, por favor, acuda a caja. Pregunta por usted un joven, de complexión media, bien dotado, tal vez treinta, que afirma que ayer noche se metió en su cama y hoy, al despertar dijo que soñó con besos deshuesados, con pechos de manzana golden, con palabras cuatro estaciones y alientos afrodisíacos. Y dice que llegó hasta aquí siguiendo el rastro de los bígalos en oferta.


Propuestas de escritura
Tomadas del blog de escritura de Iraide Talavera "Palabritis aguda"

1. Piensa en un personaje que llega a un supermercado y se lo encuentra vacío. No hay en él gente, ni productos. ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Por qué está en ese estado?

2. Escribe un relato ambientado en un mundo sin supermercados. ¿Cómo es? ¿Cómo está organizado? ¿Cómo se siente la gente, más o menos feliz?

3. Narra la historia de una gran superficie en la que solo haya un producto: solo papel de aluminio, o melocotones… ¿En qué clase de mundo puede ocurrir esto? ¿Cómo son los compradores de ese lugar?

4. Cuenta un relato ambientado en un supermercado robótico. ¿Tal vez te ofrece los productos que te puedan gustar? ¿O te obliga a seguir una dieta determinada? ¿O se dedica a tomarte el pelo y te cobra más de lo debido?

5. ¿Cómo sería un súper en el que las personas estuvieran en venta y los alimentos fueran los compradores? ¿Podrías darle vida a través de un cuento?


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


¿Sueñan los abuelos con tarros de miel?

Me aburre soberanamente ir al supermercado con mi abuelo. Pero, ¿qué le voy a hacer? Él ya no puede cargar con las decenas y decenas de tabletas sintéticas que compra. Mis padres y mi hermana están ocupados. Además, no tenemos el dinero suficiente para que un dron le lleve la comida a casa.

Me aburre porque siempre me cuenta la misma historia: que si antes de la guerra y de que una inmensa nube de polvo ocultase la luz del sol durante cuatro años el supermercado era un sitio lleno de colorido. Melocotones, naranjas, manzanas, judías, lasaña, pan, leche, zumos, huevos, mantequilla, sal, azúcar, harina, yogures, queso, jamón, galletas, chocolate, aceite de girasol, aceite de oliva, miel... dice mi abuelo que había en el supermercado. ¡Y ahora sólo hay unas grises tabletas sintéticas que no saben a nada!, añade con pesar.

Siempre con la misma historia. Siempre con la misma historia… Pero, veamos, eso pasó hace ya mucho tiempo: ni mis padres habían nacido. Y lo más importante de todo: ¿Cuánto tiempo debían perder mis abuelos cocinando?

Oscar Fernández
Grupo B


Crónica de una compra anunciada

El día en que lo iban a matar... de hambre, Gabriel se levantó como cualquier otro sábado. Desayunó un café, un croissant de chocolate y salió a la calle dispuesto a hacer la compra semanal.

Era el primer día que iba a hacerlo desde que el último supermercado tradicional había cerrado para dejar paso a las tiendas automatizadas, todo mucho más rápido y accesible para el consumidor, según las autoridades pertinentes...

A simple vista estas tiendas parecían un cajero automático, todo frío, falto de calor humano, pero más ajustado a nuestras necesidades y deseos, según las autoridades pertinentes...

- Buenos días, le atiende “SICA” -Sistema Interactivo de Compra Automatizada-, ¿en qué puedo ayudarle? -dijo una robótica voz nada mas cruzar la puerta.
- Buenos días, me gustaría comprar unas napolitanas de chocolate.
- Lo sentimos, pero ese articulo no es compatible con los estándares de vida saludable según la OMS. ¿Puedo recomendarle unos yogures naturales, desnatados y sin azúcares añadidos?.

Confuso, Gabriel trato de comprar algo más atrevido.

- ¿Qué tal un pack de 6 cervezas? - preguntó intrigado.
- Lo sentimos, pero ese articulo no es compatible con los estándares de vida saludable según la OMS. ¿Puedo recomendarle una botella de agua mineral, natural La buena vida?.

Entornó los ojos, no tenía tiempo para esto...

- Me estás dando la mañana... -Murmuró para sí.
- Lo siento, no le he entendido, ¿puede repetirlo? - replicó SICA con un tono que a Gabriel le pareció una burla.
- ¿Me puedes dar una barra de pan? -resignado.
- Lo sentimos, pero ese articulo no es compatible con los estándares de vida saludable según la OMS. ¿Puedo recomendarle Pan de molde integral 6 semillas?

- ¡Me cago en el pan, en las seis semillas y en tu puta madre!
- Lo siento, no le he entendido, ¿puede repetirlo?
- ¡Dame un revolver y una bala para que acabe con todo esto!
- Lo sentimos pero el artículo seleccionado está agotado.

Enrique Rodríguez González
Grupo A


Cuando no había supermercados

Cuando era niño, un día mi madre me llevó al mercado. Entonces no había supermercados, solamente existían las tiendas de ultramarinos, los economatos y el mercado. El mercado sigue siendo el mismo, con sus puestos de carnes, pescados, pollos y aves, frutas y verduras. Desde aquel día he visitado cientos de mercados y me siguen gustando. Aquel día fue mi primer día. Nos pusimos en la cola del puesto donde vendían pollos, pues la intención de mi madre era comprar uno. En la cola hablaba con las demás mujeres. Sólo había mujeres aquel día en aquel mercado. Hablaban de sus cosas, de lo cara que estaba la vida y otras historias familiares. Debía de estar todo muy caro,pues al tocarnos la vez y después de hablar con el tendero, nos dimos la vuelta sin el ansiado pollo. Compramos algunas verduras, algo de fruta y nos fuimos a casa.

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


Nuevos tiempos

Estaba yo a la puerta del súper, con Roby3 y Roby5, el turno de las 11:00, cuando se acerca el tipo; toda la pinta de selenity, una cara de pánfilo que ni te cuento. Me dije nada más verlo: este paisano me toca a mí, fijo. Y me tocó. Fue llegar y como si los otros dos no existieran, que si por favor podía yo echarle una mano. Así que me levanto de la silla, le tomo del brazo y, ¡hala!, a recorrer los pasillos ayudándole a decidir. Cada día viene más gente que todo son dudas.

Menos mal que nos tienen bien aleccionados acerca de la manera mejor de acordar con estos individuos. Un poco al principio, como que ponía pegas, pero uno tiene su método. Llenamos el carro en un periquete. Le tuve hasta que sacar los cunys del bolsillo para pagar en caja.

Luego, ya en el aparcamiento, le ayudé a meter la compra en el maletero del bugy; un Sideraly precioso, por cierto. El servicio, nos tienen dicho, ha de ser lo más completo posible. El individuo seguía con la misma cara de panoli que a la llegada. «¿Sabe usted, señor robot?» —señor y todo, eso dijo al subir a bordo—, «yo solo venía por una libreta y un boli. Como los de antes, no sé si me explico».

Ya ves, una libreta y un boli. Algunos deben creerse que aún estamos en el siglo XXI.

Pascual Martín
Grupo B


Dignidad

Ella la encontró en la puerta del supermercado, era una joven con unos preciosos ojos azules, su piel muy blanca como esta hoja a la que me enfrento para escribir esta pequeña historia.
Su imagen virginal , digna de ser modelo de un gran escultor y musa de pintores.
Percibió el esfuerzo que representaba para ella pedir ayuda, de hecho no mendigaba, su dignidad se lo impedía, solo hacía acto de presencia con su mirada perdida por si alguien quería ofrecerle ayuda .
Le dio la mano y entraron juntas, su entusiasmo empezó a aflorar esbozando una sonrisa, se pasearon en silencio entre el laberinto de pasillos parándose en la zona de los dulces y abrieron directamente un paquete de bizcochos.
Hubo más visitas al supermercado con palabras incluidas, tertulias al lado de los huesos, quesos y jamones.
Un día desapareció y no recuerda su nombre, pero su presencia impactante forma parte de sus recuerdos.

Luisa Sánchez Mayorga
Grupo A


Se inaugura una tienda

Aquella soleada mañana de un otoño que parecía pavonearse, estaba en boca de todos, ¡vaya tiempo que nos está regalando!, ¡si no fuera por la falta de lluvia!, María paseaba por la Avenida de la Real Academia y de pronto se encontró con que se había inaugurado una nueva tienda, su aspecto era espectacular, tan atractivo que invitaba a entrar, en otro momento lo haría, ahora tenía prisa. Su nombre, Supermercado de las Palabras, fue como un imán, no pudo resistirse, al ponerse ante las puertas y verse dentro, una amable jovencita le entregó unos folios en blanco y un boli, invitándola a entrar, le dijo que podía llevarse todas las palabras que quisiera, o si prefería podía usarlas allí mismo, no salía de su asombro.

Amplios pasillos, sillas con pala, cartulinas con frases, muy sugerentes “En el proceso de la escritura la imaginación y la memoria se confunden”, “La pluma es la lengua del alma”…

El silencio era total, la sorpresa se veía en todas las caras, caminaban lentos por los pasillos, observaban y no entendían qué se esperaba de ellos. Decidió dejar de mirar a la gente y centrarse en lo que tenía delante. Rincón de las palabras capicúas, sonrió, decidió copiar algunas, algo haría con ellas:

Reconocer allá, acá,
solos somos ese eje,
ama, aviva, acurruca.

Pasó por la estantería de las palabras polisémicas.
Allí encontró un oso que dijo:

yo oso llamar mono, a un mono,
de cara muy fea,
a la llama, no le llama nada.
Un alce le dice a una carpa,
sal de la carpa, ayúdame para que la alce,
un gato lleva un gato a cuestas
así vino otro ayudante.
Oso, mono, llama, alce, carpa, gato.
están en un banco, se comen un mango.

Aquello era alucinante, mirar a su alrededor y observar a la gente, todo tipo de gente, jugar con las palabras, unirlas, mezclarlas, con imaginación y fantasía.

Ya tenía que irse, desde el fondo de su corazón dio un aplauso a esta iniciativa, una forma de abrir la puerta a la cultura.

Inés Izquierdo
Grupo A


El regalo

“Se miró al espejo. Poco a poco fue deshaciéndose de aquella máscara que cubría su cuerpo. Colgó el pantalón ajustado que remarcaba sus caderas huesudas, aquella 32 que la hacía gorda, dijeran lo que dijeran, y el top de cachemir granate que ensalzaba el piercing de su ombligo, ese de color blanco que había comprado mil veces, siempre se rompía. No entendía por qué el blanco y no los otros, al igual que no entendía aquellos repliegues inclementes en su piel. Colocó la ropa con parsimonia en la percha que enganchó tras la puerta. Ya no había prisa. Mientras la bañera se llenaba vació medio bote de gel sabor a coco, le gustaba el agua caliente y con mucha espuma. Soplar la espuma. Con los ojos cerrados. El espejo empezó a cubrirse de una fina capa de vaho, con la toalla trazó un arco y pensó que ya no necesitaría la crema antiarrugas. La taza del wáter alcanzaba a reflejarse en la imagen, tampoco la necesitaría más. La cuchilla de afeitar haría el resto."

Jaime cerró el libro, después lo volvió a colocar en la estantería, sección Best Seller del hipermercado. Tal vez para el regalo. Dudó. Cogió el siguiente.

“Me gusta hablar sin que el otro escuche. A su regreso mirará las letras como quien observa lo profundo del estanque. No fluye, todo es quietud. Resulta agradable, el tiempo se para. Podría seguir escribiendo toda la noche y no sucedería nada. Absolutamente nada.”

Ángela Mayor
Grupo B


Supermercado

Que vivan los colores en galerna,
deseos van y vienen,
oleadas de gentes y vientos de miradas;
muchas manos acechan objetos salvadores
que entretienen la espera de lo que nunca llega,
escaleras histéricas no cesan
de elevar los deseos, las ansias inflamadas
de tapar tantos huecos con goma-espuma y látex.
Las músicas domadas,
la voz meliflua y fértil,
de las recolectoras de dinero,
las danzas indolentes
de las ninfas varadas, maniquíes,
que en lugar de pecados ofrecen frío y máscara.

Emilia González
Grupo B


¿Quién da la vez?

Se deshizo de casi todo lo que ya no tenía lugar en su vida, y lo tendría menos a partir de entonces. Su cuerpo ya no tenía fuerzas para usar el cuchillo jamonero, y sus mandíbulas menos aún para disfrutar comiendo jamón, cuyo aroma le producía tan agradables sensaciones. La caja de preservativos, sin abrir, había caducado hacía décadas, quedándose entre la ropa interior que se petrificó al fondo del cajón. Ella siempre se debatió entre la ilusión y el miedo en cuestiones de cama, igual que entre sus anhelos y las habladurías. El pueblo como un ser con vida propia imponiendo normas a sus gentes.

Nunca supo qué hacer con esa bonita lata que le trajeron de un viaje y que rezaba “caviar iraní”. La había guardado en el armarito del baño, sin saber si era un betún para los zapatos o una crema para la cara. Recordaba la ilusión en el rostro de su sobrina cuando se la dio y le dijo “te gustará, disfrútalo”. Aún no pudo decidir qué hacer con ella.

Sin embargo guardó en la maleta las hojillas de afeitar: hacía muchos años que le empezaron a salir molestos pelos en la barbilla y aprendió a solucionarlo sin andarse por las ramas.

Y por supuesto cogió también el juego de toallas, el último regalo que le hizo su hermano, que fue el hombre más cercano a ella durante toda su vida. A veces tuvo un detalle, aunque tenía la costumbre de reírse de ella como si fuera tonta. En el fondo se querían aunque no se comprendieran. La vida les mantuvo unidos durante largos años.

Preparaba sus cosas para irse, quizá no volvería. Se había ido quedando sola: su padre murió siendo ella niña, su madre hacía ya treinta años, su hermano casi diez. La residencia estaba a la salida del pueblo, junto a la ermita del Cristo, y allí se sentiría cómoda y acompañada.

Manuela Sánchez
Grupo A


Esto no es un Supermercado

Si hoy es lunes, deberíamos estar en Bruselas, la cuestión es qué día es hoy. Este viaje organizado lo ha contratado mi mujer, y yo me dejo llevar, como siempre, aunque a veces no me entere mucho de las cosas. Ella me lo perdona todo.

Me ha mandado a hacer unas compras al Supermercado que está justo enfrente del Hotel. Entro y lo veo completamente vacío. Limpio como la patena, perfectamente iluminado. Se oye el piano de Glenn Gould, irreal, como si estuviera a punto de detenerse en cada nota. Pero no hay nada, ningún artículo, nadie. Esto no es un Supermercado, pienso, debo de haber entrado en un cuadro de Magritte. Perplejo, evoco un relato de Rafael Courtoisie. Quizá pasó por este lugar el poeta vengador con su bonita navaja, y el director se ha visto obligado a reparar la escabechina haciendo limpieza general. El pan –pan de Dios- es nuevo cada día.

O ha habido una rebelión de todas las cosas destinadas a la venta, lo que sería comprensible, dado el ensañamiento. Y, como en una película animada de Pixar pasada por Stephen King, todos los artículos han tomado conciencia de su opresión y están en su cuartel general elaborando el plan de ataque definitivo.

En las estanterías, en los expositores, frigoríficos, vitrinas, bandejas invitando a probar algún producto fresco, me veo. En latas, tetra-briks, botellas de zumo, productos congelados, en la mortadela plastificada, en los envases rellenos al vacío, en la carne picada, me reconozco.

Intento imaginar cualquier cosa para escapar a esa pesadilla. Este Supermercado desierto es una metáfora del fin de los Supermercados. En el mundo del consumo global, se habría convertido en una reliquia. Un Museo. Quizá mañana, después de que reponedores perfectamente automatizados rellenen el local de todo tipo de sucedáneos digitales –exactos en forma, textura, olores y sabores- pasarán por aquí los consumidores homologados para disfrutar de una experiencia virtualmente real de cómo eran las cosas en otros tiempos, como quien visita un diorama de cuevas prehistóricas.

Me dejo llevar por la tentación de fantasear con un supermercado futurista, cibernético, robótico, donde pueda elegir una perfecta amante artificial, una réplica de Sean Young en Blade Runner, exacta en todos sus detalles, particularmente en el modo de encender un cigarrillo, con esas manos –esos dedos finos y alargados, de perfectas y suavemente agudas uñas rojas- que sostienen un cigarro como si estuvieran anunciando el pecado; y el humo como una gasa flotando sobre su rostro; y su peinado de venus antigua, y sus labios carnales y desengañados, y su perfil imperial de Nefertiti. Huyo.

Vuelvo al hotel y le digo a mi mujer que el Supermercado estaba vacío. Dónde te habrás metido, dice ella. Y sale a por la compra.

Vuelve en menos de diez minutos con la bolsa llena. Me ofrece una lata de cerveza perfectamente fría, y me dice lo que espera de mí a partir de ese momento. Yo obedezco sin ofrecer resistencia.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Lucha antiarrugas

Había terminado de afeitarse con sus hojillas como lo llevaba haciendo ni se sabe cuánto tiempo. Se miró al espejo como de costumbre, para ver si los surcos de sus arrugas, con los que mantenía una dura pelea , avanzaban hacia las profundidades de su piel. Justo cuando iba a coger el fino estropajo para darse la crema antiarrugas, como si de una fresa se tratara, cayó en la cuenta de que ese día era su cumpleaños, comenzaba la década de los sesenta.

Miró de nuevo al espejo, con mirada pícara, a ver qué le decía. Pero de sobra sabía que con aquel método que escuchó en la cola del supermercado hacía tres años, había conseguido pocos resultados positivos. Soltó el estropajo, salió a la galería a sentir en la piel el fresco de la mañana, miró las bolsas de sustrato amontonadas, que había comprado en una oferta de 2x3, que nunca sabía qué hacer con ellas.

Llenó una maceta de sustrato, introdujo dos cebollas con las que pensaba recolectar cebolletas para hacerse una mascarilla facial, con el fin de empezar una nueva batalla antiarrugas. Mientras, prepararía su piel para el nuevo tratamiento, tomando el fresco matinal mientras cultivaba sus cebollas.

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


El dinero virtual vació el supermercado

Llegó al supermercado un poco más acelerado que de costumbre. El día había sido especialmente complicado. Había comenzado en el pueblo una experiencia piloto para dejar de utilizar billetes y monedas, usando sólo dinero virtual. Por ese motivo, a la oficina llegaron grandes avalanchas que reclamaban contraseñas olvidadas, bandas magnéticas que no se leían, comisiones que le cobrarían, cuentas bloqueadas...un auténtico caos.

Entró por una puerta distinta de otros días, cogió su cesta de una forma automática, su mente estaba en blanco. Recorrió 10 metros hasta el puesto de la carne, justo cuando fue a coger una bandeja de pechugas de pollo, se dio cuenta de que toda la carnicería estaba vacía. Su asombro se disparó al girarse, comprobando que todas las estanterías del pasillo estaban completamente desiertas. Según fue avanzando pudo comprobar que en el supermercado no había ningún producto, ni tampoco gente.

Después de superar el impacto emocional al ver que no podía comprar nada, se dio cuenta lo que era capaz de hacer el dinero físico. Estaba claro que nadie se fiaba del dinero virtual, del dinero de plástico, por lo que los habitantes del pueblo arramplaron con todos los productos del supermercado utilizando su dinero de toda la vida, antes de que ya no lo pudiesen utilizar, llenando hasta los topes sus despensas.

Y él, que tanto tiempo le había dedicado a organizar la experiencia, se quedó con la despensa vacía, con una tarjeta, que en el cajero no le daba su bandeja de pechugas.

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


Abrió los ojos lentamente.Estaba en la misma habitación de hospital que había sido su última visión antes de perder el conocimiento. Una mujer, curiosamente sin el uniforme de enfermera, le sonreía.
Hola.Seguro que te encuentras mejor.Vístete, y salgamos a dar un paseo.
Abrumado por la situación, no supo razonar ni inquirir nada a su extraña acompañante.Encontró la ropa con la que había entrado al hospital, perfectamente lavada y planchada. Se la puso, y cogió
de la mano a su acompañante. Curiosamente, cuando salían del hospital éste empezó a desvanecerse.
Atravesaron calles y alamedas.Era una población anodina, pero faltaba una cosa: supermercados.
-¿ Por qué no hay supermercados?
-Porque no hacen falta.
-¿?
-Porque esto es el cielo

Ricardo Alberto Paternina
Grupo A


El bazar de los remedios

Para una noche con sofocos, una mañana de Campofrío. 
Para cuando me retenga Morfeo y el trabajo me reclame, un pack de pastas Gallo y de chocolates La Campana. 
Para alimentar sueños de quinceañera, una boca de fresa. 
Para engañar al espejo tras un atracón, unas piernas de palillo. 
Para luchar contra el mal de ojo de la vecina del tercero, una ramita de romero. 
Para combatir el tedio de los paniaguados que te asaltan cuando menos te lo esperas, sal y pimienta a puñados. 
Para los días de perros, una buena remesa de conservas Miau. 
Para los miedos inconfesables, una ristra de ajos siempre a mano. 
Para circular airosa por el pasillo de mi casa, limpiasuelos Bosque Verde. 
Para cuando los niños me pongan la cabeza como un bombo, un tambor de Dixan. Para un rato de escapismo, quesitos El Caserío. 
Para cuando sufra mal de amores, un frasco de Abrótano Macho o de Varon Dandy. 
Para cuando nadie llame a mi puerta, ni siquiera Avon, Mr. Proper. 
Para cuando la cabra tire al monte y la montaña quede lejos, caldos Aneto. 
Para cuando la jornada me reserve su cara más dura, suavizante Mimosín. 
Para cuando venga agotada del curro, mi pijama del Lidl y un susurro. 
Para cuando pierda el Norte, un brick de La Asturiana. 
Para cuando haya olvidado el sabor del mediterráneo, arroz La Fallera. 
Y para digerir la DUI en Cataluña, que no me falten 155 aceitunas La Española.

Concha González
Grupo A


Instrucciones para cocinarte

Paso 1: Encontrar tu metáfora en las pieles de las cebollas. Separar sus capas una a una. Mientras, hervir cuidadosamente la percha en un lecho de gel de baño sabor vainilla

Paso 2: Saltear las cebollas en líquido revelador y añadir una pizca de sustrato de luz. Medida total permitida: Un asa de bolsa. Añadir un toque de caviar iraní.

Tirar la mezcla, y echarse a llorar honestamente.

Leyre León
Grupo B


Después de una largo paseo por el campo al atardecer, decidí darme un baño. Dejé todo encima de la cama preparada: la caja de preservativos, una toalla, y el patito de goma que me regalaste aquel día.
Me enjaboné con el gel de baño, tan delicado como es el Monogotas Vainilla. Y salí con mi aroma aún en la piel, me envolví en la toalla y me tumbé en la cama esperando tu regreso después de un largo día de trabajo en comisaría.
Llegaste muy puntual y el suave aroma en mi piel te provocó una reacción instantánea.
No especifico. Solo un preservativo fue suficiente. Luego, hiciste sonar el patito de goma como si fuera una última llamada.
Te pedí que me dieras el polvo de talco sobre mi rozadura entre las piernas.

Iria Costa
Grupo B


De compras por el supermercado

Obsesionado por el paso del tiempo, habiendo consumido ya más de tres cuartos de siglo existencial, el anciano no deja pasar un minuto, siempre el primero de la mañana, el recién estrenado, sin pararse ante el espejo que cubre los más de dos metros cuadrados de la pared que tiene ante sí en su dormitorio; repasarse de arriba abajo y preguntarse si existe una fórmula mágica de retroceso temporal, un elixir que le devuelva la juventud perdida, su atormentada adolescencia o, por qué no, su más tierna infancia, esa que todos rememoramos y de la que tan sólo recordamos un lienzo hecho de trazos vagos, gruesos, vacilantes.

Son todos los días. Son todas las mañanas. Todos esos minutos, los primeros.
Hoy es uno de ellos.

Retira lento, con suavidad, pesadez y nostalgia, la sábana que le ha protegido del miedo y de la soledad durante la noche. Se incorpora en un movimiento perezoso, de desgana y desgaste, de cansancio acumulado. Reposa sus pies; primero y siempre el derecho por superstición adquirida, luego, el izquierdo, sobre una alfombra que amortigua aún más el golpe. Se mira, se ve y se observa en un intento de encontrarse y encontrar siempre esa fórmula mágica.

Se calza. Yergue su cuerpo en un ascenso hacia la posición homínida y camina.

Sentado a la mesa tiene ante sí el desayuno que le acompaña cada mañana. En la misma medida y variedad, en la misma proporción, a igual temperatura y entre los mismos aromas y colores.

Todo es lento. Casi detenido. Sus movimientos, sus gestos, su respiración, su pulso, sus palabras pensadas, su mirada hacia atrás.

Quisiera parar, detener o, al menos, ralentizar al máximo el golpear inexorable del tiempo y sólo encuentra en la quietud, en el ritmo desacelerado que se impone desde el primer segundo de cada día, una sensación placentera aunque insuficiente: la intensidad de un segundo que navega a lo largo de sesenta minutos. Pero esos minutos pasan y esa hora atrapada y envuelta por un segundo tan sólo…también pasa.

Se desprende de sus compañeros de mesa poniendo, después, a cada uno en su sitio, en el lugar que les corresponde. Ni un cambio, ni un desplazamiento por milimétrico que parezca.

El día, la vida acortada en cada tic-tac, continúa.

Abre la puerta del armario, desplaza algunas prendas que de inmediato ignora, y descuelga el abrigo de paño color verde regalo de sus hijos en su setenta aniversario, hace ahora poco más de cinco años.

Es una mañana clara pero fría. Comprueba sus bolsillos. La billetera, el teléfono móvil, las llaves de casa…Todo en orden.

Sale a la calle y siente de repente un golpe seco y frío, tremendamente frío, que corta su rostro. ¿Una bufanda? Es tarde para regresar. Levanta el cuello de su abrigo, mete las manos en los bolsillos y camina a través del tiempo. Siempre el tiempo.

La puerta de acceso se abre en cuanto sus pies están a menos de un metro de distancia. Busca una moneda en el interior del bolsillo derecho de su pantalón, elige una entre las que ha extraído, la introduce en la rendija del carro de la compra que espera su turno y, juntos, inician un viaje por espacios donde se compra para, después, consumir.

Un viaje, esta vez, sin rumbo fijo –olvidó hacer la lista antes de salir de casa-, sin itinerario marcado, sin recorrido establecido previamente. Tiene un poco la sensación del peregrino, del nómada, del explorador al que sorprende cada una de las piedras que encuentra en su camino.

Sus pasos le llevan al sendero de la droguería. Un sendero iluminado por luz artificial. Una luz fría. Cientos de productos se ordenan a derecha e izquierda. Son como un ejército que se cuadrara impávido, enhiesto al paso su general que pasa revista.

Geles de baño, cremas suavizantes, servilletas de papel, dentífricos…

Alarga la mano y, sin detenerse en el detalle del precio ni en la marca, coge una crema antiarrugas y la deposita con extremo cuidado en el carro de la compra.

Continúa su andadura a través del pasillo, girando la cabeza a izquierda y a derecha, observando, y, de nuevo, con un movimiento firme, sin titubeos, acerca su mano a la fila de la derecha, a una estantería situada a media altura, atraído por la elegante combinación de los colores blanco, azul y rosa de su envase y lee: “polvos de talco”. No duda y, con suavidad exagerada, con una ligera cadencia, lo coloca al lado de la crema antiarrugas.

Cinco o seis pasos más le obligan a girar a la izquierda. Allí, de nuevo, un ejército uniformado se cuadra y le presenta honores.

Sigue su recorrido. Fija la mirada a un lado y otro y aprecia, esta vez, una atmósfera menos áspera, más espontánea, más alegre, más auténtica. Se encuentra franqueado por productos infantiles: pañales, leches de crecimiento, chupetes…y patitos de goma. Coge uno; es amarillo, suave al tacto, blando a la presión de sus dedos. Hace un hueco entre el resto de los compañeros de viaje y lo coloca a su lado. Sin presentaciones, sin permisos previos; firme en su decisión.

Continúa y, a punto de girar de nuevo, un sonido multicolor atrae su atención. Se vuelve, indaga, curiosea, explora y finalmente descubre. Allí, a menos de dos metros, arropado por otros compañeros de formación castrense, se deja ver: es un sonajero. Lo coge. Lo agita entre deseo y orden con la que volver a escuchar sonidos de su infancia y, también, como lo viene haciendo en su paseo triunfal, lo extrae de la fila marcial donde se encuentra, lo protege entre sus manos y, delicadamente, vuelve a buscar el lugar preciso en donde acomodarlo.

Piensa, mira su carro y repasa mentalmente, en alto:

- “Crema antiarrugas”.
- “Polvos de talco”.
- “Un patito de goma”.
- “Un sonajero”.

Una pareja de jóvenes coinciden en su pasillo. Van en dirección opuesta. Él dirige el carrito de la compra. Ella apoya su mano sobre una de las de él. La acaricia. En sus rostros sonrisas que se cruzan, miradas que se atrapan, labios que se buscan.

El suyo es también un viaje hacia el consumo, una demostración contumaz y fehaciente de lo efímero. Pero es un viaje compartido y no un peregrinar en solitario.

Ávidos de deseos que serán recuerdos al paso de los años, van llenando su lugar de acogida con botes de tomate, refrescos edulcorados, algún que otro plato precocinado, productos lácteos, latas de cervezas y, ahora, en la distancia corta que los separa del anciano, pañales, leches infantiles, un set de platos, vaso y cubiertos con colores vivos, con dibujos de Walt Disney, potitos de fruta y verduras, polvos de talco, un patito de goma, un sonajero…casualidades. No hay crema antiarrugas.

Ellos miran, rápido y de soslayo, el carrito del anciano. Sonríen, murmuran frases al oído y continúan. Probablemente recorrerán la gran superficie toda. Sin prisas, observándolo los detalles, toqueteándolo, eligiendo, comparando, vaciando espacios, llenando su vida de caducidades a corto, medio o largo plazo. Y queriéndose. Y amándose.

¿Es la vida un ir de compras por el supermercado?
¿Necesitamos comprar para sentirnos vivos?
¿Por qué unos productos y no otros?
¿Por qué vamos solos, unas veces, y acompañados, otras?
¿Es posible comprar amor en un supermercado? Esos dos jóvenes tal vez lo hicieran con sus caricias y sus besos.
¿Puede la felicidad envasarse para su venta? Por qué no si lo hacemos en forma de tarta de cumpleaños de un niño o de un nonagenario rodeado de los seres más queridos que le acompañan y le quieren y le abrazan y le besan en este día ¿Y la ilusión? ¿Se puede? Por supuesto. Y si no ¿por qué los Reyes Magos la compran por kilos cada año, la cargan a lomos de sus camellos y la reparten luego por miles y miles de hogares?
¿Y el dolor? ¿Cómo lo comercializaríamos? ¿En envases de cristal con la intención de romperlos para que se desparramara por los pasillos y así evitar tener que llevárnoslo a casa? ¿En tamaño grande, de veinte litros porque nos sale más barato? ¿De usar y tirar para que su efecto dure el menor tiempo posible?
¿Y las heridas? En cualquier caso tenemos la solución al alcance de las manos: agua oxigenada, alcohol, tiritas, vendas…
¿ Y el olor en sus múltiples variedades? ¿Y la luz en sus distintas tonalidades? ¿Y las miradas de esos viajeros que se cruzan a nuestro paso? ¿Sus voces de rabia, de angustia, de explosión de alegría, de tristeza, de soledad, de prisas porque se me quema la comida o no llego a recoger a los niños a la salida del colegio?
¿Y qué ocurre con la muerte? Esa corbata negra, ese pañuelo oscuro de mujer, esas gafas de sol que utilizamos en un espacio interior, umbrío para ocultar ante los demás la tristeza que nubla nuestros ojos.

¡Cuántas cosas!

¿Qué más podemos comprar en un supermercado? ¿Qué productos incluir en esa lista de la compra? ¿Amor, felicidad, ilusión, luz, vida, muerte?

Probablemente.

¿Y el tiempo?

Eso es, precisamente, todo lo que más desea comprar el anciano en esta mañana clara y fría.

Quiere comprar tiempo. No para congelarlo. No. Un tiempo que, a base de kilos y kilos, y su equivalente en años, vaya ganando y sirva para restar y restar y restar.

La crema antiarrugas devolverá a su rostro la suavidad de aquella lejana piel de cuando era niño. Los polvos de talco revivirán las manos de su madre rociándolos sobre la desnudez de su cuerpo casi recién nacido. Ese patito de goma flotando en él en la bañera, compañero de naufragio y bote salvavidas al mismo tiempo es su infancia. El sonajero que le acerca aquellos sonidos de la vida, una vida inocente, de estreno que ahora queda lejos, muy lejos, casi olvidada.

Podría haber comprado más, mucho más. Pero y si ,a la hora de pasar por caja y calculado el importe total de la compra, el dinero que lleva encima –nunca utiliza tarjetas de crédito o de débito- resulta insuficiente? ¿Qué artículo dejaría y cuál no? ¿Por qué generar una duda más en su existencia? No. Mejor así.

Dirige sus pasos a la zona de cajas, selecciona la “caja rápida, máximo 10 artículos” y deposita sobre la cinta transportadora uno a uno los productos que minutos antes se habían acomodado en el fondo del carro. La cajera, como cómplice de la estrategia, lejos de utilizar movimientos rápidos, bruscos, propios de su oficio productivo, parece como si los acariciara, los acerca con suave lentitud hasta el escáner.

En un lenguaje de compra-venta, a través del diálogo entre los productos y el cristal del escáner, el anciano escucha:

- ¿Una crema antiarrugas?
- 5€.
- ¿Unos polvos de talco?
- 0,90€
- ¿Un patito de goma?
- 2,25€
- ¿Un sonajero?
- 4,90€
-¿Hasta aquí? –pregunta la cajera-.
-Hasta aquí –responde el anciano-.

La cajera no puede evitar una sonrisa mezcla burlona y de extrañeza y dice:

-Para estos cuatro artículos podría usted haber cogido una cesta en lugar de un carro.
-Sí, tiene usted razón. Podría –responde desde la ausencia el anciano-.
-¿Total? –vuelve a levantar la voz el lenguaje de las cifras-
- Son 13,05€.

El anciano extiende un billete de 20€ y piensa: “es cierto que aún podría haber comprado más, pero no importa. Volveré mañana y pasado mañana y al otro y al siguiente. Al fin he descubierto la fórmula mágica, el elixir de la eterna juventud, del regreso a mi infancia. Ahora, finalmente, sé que el tiempo es un producto a la venta. Sólo bastan objetos nunca usados antes, seleccionar unos cuantos, introducirlos en el carrito de la compra, pasar por caja, pagarlos…y ya está. Compras tiempo al peso. Canjeas años por productos”.

Al día siguiente, desde un nuevo amanecer, desde ese primer minuto cara ante el espejo; en ese ritual mágico que repite desde hace años, el anciano se repasa de arriba abajo, se observa y se ve viejo, más viejo, un día más viejo, unas horas al menos.

Retira lento, con suavidad, pesadez y nostalgia la sábana que le ha protegido del miedo y de la soledad durante la noche. Intenta, como todos los días, incorporarse, reiniciar sus movimientos diarios que le lleven a vivir un día más. Pero esta vez no. No puede –o no quiere-. Y, en un movimiento inverso, deja reposar suave su cuerpo entero sobre la cama. Se cubre de nuevo con las sábanas protectoras y se deja envolver a la espera de la llegada de un sueño que no le produzca miedo ya y que le acompañe ahora y para siempre.

José Manuel Romero Vicente
Grupo A


Oferta de Halloween, agotada
(O la inexplicable historia de un supermercado vacío)

El film transparente gemía por la forzada labor de separación que supuso encontrar el extremo inicial del mismo entre las patas del coleóptero que intentaba, sin éxito, desenvolverse (en ambos sentidos de la palabra) de entre la deslizante sábana de plástico que se abría frente a sus virulentas patas a medio oxidar.
Un manantial de polietileno comenzó a brotar entre las arrogantes zanahorias, que abandonaban su despuntada melena sobre el lustrado calabacín y los esbeltos puerros bicolor.
La circunstancia que, al encargado del almacén le hizo cambiar el giro de su mirada, del enfoque de sus hipnotizados pensamientos, se instaló en aquel prematuro momento del día en el que, a un mismo tiempo, atravesaba el umbral de la mañana y del supermercado donde trabajaba el susodicho, desde hacía más de nueve años.
El coleóptero había crecido sobremanera innatural tras haber ingerido cientos de metros de polietileno imperecedero que encontró en muchas estanterías del supermercado, incluso como envoltorio de la gran mayoría de las verduras. Adicción, sin duda. Por casualidad, probó aquel fino plástico y no supo cómo detener el voraz apetito que le sedujo hasta hacerle terminar, incluso, con toda la materia comestible que se hallaba en el supermercado, haciéndole de forma incomprensible e impredecible, aumentar el tamaño de su cuerpo hasta más de cien veces, multiplicadas por diez.
Todo hubiera sido inexplicable igualmente, si cualquier otro día se hubiera encontrado el supermercado en  una situación en peligro de extinción pero, al menos,  hubiera concebido la idea poco a poco, de cómo ocurrió, del porqué del eco en las estanterías y del volar de las polillas en el interior del congelador. Podía llegar a pensar, incluso, en que se hubiera producido un robo… ¡Qué simpleza!
Pero en esa mañana del treinta de octubre, todo parecía sobrepasar la línea de la razón. La gravedad que experimentó semejante caso era casi inabarcable a la capacidad de entendimiento del ser humano. Frente a la puerta del almacén, ya vacío, decenas de negros y marrones coleópteros de casi medio metro de diámetro clavaban la mirada en la única persona que encontraron frente a ellos.
La puerta de un segundo almacén permanecía entreabierta, donde una hilera de estanterías ocupadas con rollos de polietileno sin estrenar, comenzaban a vibrar.

Tina Martín Mora
Grupo B

Puedes darte una vuelta por su blog


Supermercado vacío

En el centro de Madrid, vive Pepe, famoso escritor y autor de varias novelas en las que disfraza la palabra con su creación literaria.
Una mañana de otoño ve que su frigorífico no tiene alimentos. Apaga el ordenador y se acerca al supermercado, lo encuentra vacío, sin gente ni productos. Se extraña enormemente, no puede creer lo que ven sus ojos. Busca al vigilante de seguridad para que le informe sobre este extraño suceso. El agente está tan sorprendido como él, no tiene ni la más remota idea de lo que ocurre. Pepe se queda perplejo, no comprende su reacción, le dice que tiene la obligación de saber lo que pasa. Su mirada le fulmina. Pasan unos minutos. Decide ir a otro supermercado. Queda atónito al ver que ocurre exactamente lo mismo. Piensa: los comerciantes estarán en huelga, pero tendrá que haber servicios mínimos, ¿cómo podría enterarme? no hay ningún cartel pegado en el cristal. Pepe comienza a angustiarse, el hambre le devora, tiene que buscar una solución. Se acerca al supermercado 24h, allí si hay gente y productos. ¡Qué alivio! Sin preguntar lo que pasa, compra en cantidad los alimentos que necesita y se marcha a casa. Su único objetivo es llenar el estómago y relajarse en el impresionante sillón del comedor. Después de un delicioso sueño, pone la televisión. En el programa de la 2 anuncian la existencia de una huelga de supermercados durante una semana con servicios mínimos. Nervioso por la situación, se conecta al ordenador para continuar su última novela, ilusionado con diseñar historias abiertas a nuevos sentimientos.

Sofía Montero
Grupo B


¿Quién da la vez?

La falta de imaginación de las personas encargadas del marketing ideado para la captación de clientes en el gran supermercado provocó que fuese el mismo el que pusiera en marcha un plan novedoso para la promoción del establecimiento.

Todo empezó cuando la caja central se quejó de la falta de clientes que últimamente estaba capturando la cámara de seguridad de la entrada, la cual se quejaba de que a ratos incluso se aburría porque no tenia a nadie a quien mirar, otras cámaras tenían más suerte (a veces veían a los reponedores), la caja registradora después de advertir que nadie mejor que ellos mismos, los productos, conocían más a los clientes que nadie, pensó hacer un experimento a través del cual demostrar este hecho a las personas que se creían el alma del supermercado.

Para ello la caja registradora junto con la cámara de los lácteos seleccionaron a los artículos en los que más confiaban dado su sentido común y eso haría que ellos mismos supiesen a que cliente elegir y en queé cesta de compra acomodarse para este fin.

Eligieron un día cualquiera, de diario, y el mecanismo de apertura de puertas sería quien decidiera qué clientes serían sometidos a esta prueba, ese día, diez de sus clientes no tendrían derecho a elegir su compra, serían los propios artículos los que se acomodarían en su cesta de compra, eso si, una vez adquirida la compra, cualquiera de esos diez clientes podría rechazar cualquier articulo, e incluso adquirir alguno más, cada articulo solo quería saber quién los deseaba.

Los productos estaban nerviosos y expectantes. No lo tenían muy difícil con la ayuda de la cámara de seguridad de la entrada pero todos querían salir de allí en la cesta acertada.

9.15h. de la mañana: entra el primer elegido, el viejo conocido de las mañanas iba tranquilo e impecablemente vestido, recién afeitado, saluda amablemente, como siempre, sus ojos bonachones dejan ver la serenidad del que tiene en la vida todo resuelto; rápidamente y sin asomo de duda alguna saltan a su cesta una barra de pan, 4 yogures con bífidus , pañuelos de papel y un cartón de leche semidesnatada.

10.05h. de la mañana: segunda persona que elegida, ella entra con paso cansado, dignamente vestida para el cometido cotidiano de una compra diaria, zapato plano, solo le falta una sesión de peluquería para que creamos que es feliz, arrastra su rutina, los artículos la conocen bien por lo que rápidamente se dirigen hacia ella una bandeja de 400 gs. De carne de pollo, unos macarrones de los más económicos y una gran botella de lejía con detergente que ofrece gratis en promoción un estropajo verde.

12.14h. Ella camina muy despacio, sus pies se arrastran tan sutilmente que ni se oyen, su respiración es aun más sonora, hoy tiene la mirada más iluminada que otros días, seguro que pronto espera la visita de sus nietos y esto la hace sentirse menos sola, en vista de su cara, saltan a su cesta un kilo de lentejas un chorizo salmantino y una docena de huevos, al fin y al cabo no entiende de comidas que no sean caseras, las de siempre y por otra parte la comida que sus nietos esperan de ella.

13.14h. Esta vez la puerta de entrada nos presenta a nuestro cuarto cliente, va despistada y a su rollo, viste sandalias y una falda muy larga que combina con su fular en el cuello, la vemos, pacifica y exigente, se cree especial y necesita todo en orden, sabe muy bien lo que quiere pero odia los supermercados por lo que su decisión es firme, a su cesta salta una lechuga un bloque de tófu y una salsa de soja, todo perfecto hasta ahora, a no ser por que en la línea de caja, mira hacia los lados y decide introducir en su compra un par de Donuts.

14.20h. nuestro sujeto va con prisas, su pantalón formal y su americana nos dicen que ha salido del trabajo y está de pasada, camina rápido, ojos vivaces y patillas caneadas, quizá tenga el coche mal estacionado, lo productos suponen que aprovecha ahora para abastecer el fin de semana de fútbol, rápido se lanzan a su cesta 12 cervezas de lata y snaks como para parar un tren de mercancías, una coca cola zero y una bolsa de pipas Tijuana finiquitan su abastecimiento.

16.20h. Ella entra con paso firme. Muy firme, golpeando con sus tacones el suelo, su talla la perfecta, su pelo mechado divino y su edad, la suficiente como para no carecer de nada salvo de humildad, no es asidua pero algunos artículos se lanzan a la aventura, el salmón ahumado y el foie grass entier, algún modesto articulo decide que ella no podrá hacerlo sin una buena servilleta, aunque de papel de calidad, y siguiendo los cánones actuales de belleza, al fin y al cabo odia los supermercados.

17.50h. Él entra despacio, lleva unas zapatillas gastadas y la ropa arrugada, o sucia, o las dos cosas, barba de dos días una mirada triste que nos dice que tiene una necesidad hecha deseo o un deseo hecho necesidad, los productos dudan como nunca, al final el gel de baño se lanza a la cesta, y detrás le sigue un cepillo de dientes y unas toallitas para bebes, este cliente marca el gran fracaso del día, decide desechar todos los artículos que le han elegido y pone en la cesta 4 tetra bricks de vino tinto de marca blanca, sale por la caja como si no le importara nada.

18.25h. Da saltitos al andar con sus vaqueros cómodos y su camiseta, se siente libre y bien por que la vida aún no le ha dado ninguna razón para caminar con más atención, el vino otra vez, esta vez blanco salta a su cesta, el refresco de cola marca nisu rellenan la cesta junto a unos regalices. Él no decide dejar nada ni coger nada pero, le pide a un amable cliente mayor de edad que le pase el vino por la caja.

17.50h. Le falta poco para correr, ropa ligera como de andar por casa y un agobio en su mirada en la que se dibujan todas sus tareas académicas pendientes. La bolsa se llena rápidamente con dos pizzas para microondas, una tortilla de patatas ya elaborada y una bolsa de pistachos, antes de salir el chico decide comprar unas cuantas bebidas con taurina, después sale corriendo.

20.16h. la puerta no abre a más clientes, pero hay alguien fuera, la única que lleva bolsa de compra y la única que no va a comprar, tiene hijos, y un marido en paro, y pocas ganas de seguir adelante, como por arte de magia se abre la puerta, un montón de artículos saltan a su bolsa, ella no desecha ninguno, da las gracias, se despide del establecimiento y camina feliz hacia su casa.

Esther Yubero
Grupo A


Aquella sonrisa perdida

Era el supermercado de los sueños y allí te encontré, dispuesta como la espiga madura. En tu cesta había una hogaza con forma de corazón y quilo y medio de besos. Yo llevaba un paquete de noches de placer y un tarro de luciérnagas verdes.

La carne de oferta congelada por el invierno. El pescado al alza y fresco. Las peras en su punto, el plátano marca España. Vi en tu mano una manzana y compré la caja entera.

Era el supermercado de los sueños y allí te encontré, ausente como los santos de los cuadros, navegando entre etiquetas y frascos, intentando recordar, el aroma de la espuma de afeitar y aquella sonrisa perdida.

Carlos Matas Gómez
Grupo A


Historias de supermercado

Jorge Javier era un chico bastante atractivo, sí, aunque últimamente había descuidado un poco su aspecto, lo reconocía ; por eso, no podía creer que Laura, una mujer guapísima a la que él ”perseguía desde hacía algún tiempo, hubiera aceptado su invitación para cenar en su casa esa noche. Estaba contento, había entrado a trabajar en una gran empresa hacía unos meses y su sueldo le permitía vivir cómodamente permitiéndose incluso algunos caprichos no al alcance de cualquiera…

Ahora estaba en el supermercado, se le notaba un poco nervioso recorriendo los diferentes stands sin decidirse a coger nada de ellos..Al fin sacó la lista de la compra que había preparado para no olvidar nada .Lo primero que aparecía en ella era “un cuchillo jamonero”y fue a por él sin demora: con “el Guijuelo” que tenía en su casa seguro que triunfaría y si además, como había pensado , añadía a la cena un caviar iraní, el éxito estaría asegurado.Metió en su cesta una lata que tenía un aspecto estupendo.

Después, siguió el recorrido hasta detenerse delante del Stand dónde estaban las hojillas de afeitar: cogió un paquete; había decidido darle un nuevo aspecto a su cara, rasurar esa incipiente barba que le daba un aspecto descuidado.Tenía que intentar,por todos los medios, que esa fuera “ su gran noche”..y, puestos a soñar, ¿ por qué no proveerse de una caja de preservativos? Si la ocasión se presentaba no iba a desperdiciarla..Y después..¡ ay ¡ después le propondría una buena ducha en su recién instalada cabina-jacuzzi; ¡ qué placer inmenso sería el sentir, los dos abrazados, el agua deslizándose por sus cuerpos!..Se dirigió a la Sección” Hogar “ y añadió a su compra un juego de toallas de vivos colores ( siempre le había parecido divertido la palabra “juego” asociada a las toallas) se había dado cuenta de que las que tenía estaban ya bastante desgastadas y no eran las apropiadas.

Ahora sí,la compra estaba completa; el resto de los componentes de la cena, ya los tenía .Se dirigió a una de las Cajas para pagar. De vuelta a casa, pasaría por una floristería cercana para comprar unas flores, sabía que a Laura le gustaban esos detalles…Estaba impaciente por saber qué le depararía el destino esa noche .

Rosa Celia González
Grupo B


El fuerte

Con el escurreverduras en la cabeza y el cuchillo jamonero colgado del cinturón, Simoneta se miró en el espejo de cuerpo entero que presidía la entrada de su casa. Parecía Napoleón. Bueno no. Faltaba algo. Puso la mano derecha sobre el pecho, cerca de la boca del estómago. Ahora si. "Igual, igual, Igualita" -pensó- y como tenía por costumbre, se enredó en rumiar las escasas pinceladas de la biografía de su gemelo histórico. Que si qué personaje, que si Waterloo, que si Wellintong, que si el imperio, que si la cárcel, que si Santa Elena ¿dónde estaba Santa Elena? en algún mar, en algún libro, en algún cadalso, en algún altar, en

El pitido intermitente de un móvil -el suyo- abortó la espiral de asociaciones que la poseía antes de convertirse en tornado. Era la alarma de la agenda. Desde hacía tres meses, tres días y tres horas, sonaba cada poco. No es que hubiera perdido la memoria, no, es que después de asumir la gravedad de su diagnóstico -que lo suyo le costó -, consideró que sería una táctica eficaz esa de permitir que alguien o algo le recordara que recordara. Debía parar los vientos antes de que se unieran a la tormenta. Estar alerta. Evitar que el embudo se creara. Un collar de simplezas no debía hacerle perder su corona. Einstein debería de haber estudiado el alma humana.

Eran las diez y cuarto, hora de ir al super. En casa, todos menos las perras, el pájaro y la cobaya dormían. Los animales no saben de sábados.

Cogió el bolso que había dejado la noche anterior en el segundo peldaño de la escalera, abrió y cerró la puerta con cuidado, llamó al ascensor y repasó la lista de la compra. "polvos de talco y estropajos ¿nanas? ¡Mira que llamarle nanas! ¿quién le pondría ese nombre? Algún poeta fijo. Solo ellos saben que hay que fregar bien los sueños para que las noches sean claras. Solo

En el rellano, a las puertas del elevador, estaba la vecina del quinto, Purita. No era normal. En esa época del año, ella y Samuel -su marido- tenían por costumbre trasladar su residencia. Ibiza, Formentera,... alguna Pitiusa de esas. Allí, al parecer se vive de lujo. El sol, el mar, la arena, la comida, todo, lo que se dice todo es maravilloso, más aún, maravillosisisísisimo, genial, supercuqui como decía Juliet, su alocada hija adolescente. Si pudiera dejarla una temporadita en Santa Elena

- Simoneta
- ¡Puri! ¿qué haces aquí? Quiero decir. Quería decir. Ya sabes a qué me refiero. Yo pensaba, bueno tú sabes. Es que así de pronto. Por cierto ¿cuándo fue? El miércoles creo, me encontré con Edward. Estaba en el centro comercial. Jane ¡qué bonita esta! quería un libro de colorear y
- ¿Y no te dijo nada?
- Nada ¿de qué?
- De su padre
- No. ¿por qué? ¿debería? ¿le pasa algo a Sam?
- ¡Qué si le pasa! ¡Ay Simoneta! En esta vida todo son tristezas. Samuel tiene cáncer de gafas. Ya ves tú. ¡Hasta las patillas estan afectadas!. No se sostienen.Y el puente ¡Ay el puente! Ya sabes lo que supone eso. Jane crecerá sin su abuelo, Edward se quedará huérfano y yo viuda. Viuda y sola. Totalmente sola. ¡Con lo que he luchado!
- Pero Puri. Hoy esas
- ¡Calla por Dios! No hables como el bobo de mi hijo. No me consuela. Más aún, me hace daño. Tu lo sabes. Hoy es como siempre. Las medicinas, los adelantos son cuentos. Mi Sam está muerto. Mañana cogemos un vuelo para Houston. Hay una clínica especializada en cambio y ajuste de monturas. Es un taller carísimo. Volaré con un cadáver. Lo sé. Tiraré el dinero. ¡Cómo si fuera fácil conseguirlo! Pero Edward esta loco. No hace más que hablar de esperanza. ¡Paparruchas! ¡Qué situación Simoneta! ¡Qué situación! Un difunto, un loco y lo que venga. Y yo sola, total y absolutamente sola
- Yo creo que lo que Edw
- Yo creo, yo creo. Que no Simoneta, que no. Edward está ciego. Siempre lo ha estado. Por eso hace lo que hace. Escribe historias para niños en lugar de llevar las empresas de su padre. Y hasta ahora podía permitírselo, pero ¿y ahora? ¿qué va a pasar ahora? Estoy sola. ¡Maldita sea! ¿por qué no habré tenido un hijo normal? ¿por qué Simoneta? ¿por qué?
- Tal vez esa normalidad de la que hablas...
- ¿De la que hablo? Pero qué dices Simoneta. No existe otra. La normalidad es hacerse adulto. Edward no lo es. Un adulto sabe que el chocolate, los algodones de azúcar y las piruletas terminan, las mariposas son bichos, y eso que llaman amor, eso que llaman alegría, o ilusión o paz o mandangas fritas con caramelo y canela es humo. Los duendes y las hadas no existen. Eres una mujer informada. Trabajas como periodista internacional. Has sido corresponsal en mil lugares diferentes. Estás en contacto con la verdad del mundo. Lo sabes. A todos nos alimentan con la misma bolsa. Un sutrato universal y pesado. En la tierra, digan lo que digan, solo crecen crisantemos. Ni orquideas, ni camelias. Nadie nace riendo. Un presagio ¿no te parece? No deberíamos olvidarlo nunca. Ni engañar a los pequeños con olores de bosque. Vivir es un castigo. Hay que surfear entre penas. No hay descanso. Las olas son inclementes. Siempre estan hambrientas. Nunca se llega a la arena. Hay que ser fuerte. Curtir la piel. Endurecer la mirada. Mantenerse firme. Y aún así, ya ves tú, creas un imperio y se lo come un cáncer de gafas. Estoy sola Simoneta. Total y

La melodía de "el vuelo del moscardón" interrumpió su discurso.

- Perdona bonita, es Edward. Estos aparatos son hijos del demonio. Da recuerdos a Marcelo. A los niños un beso. ¿Siguen tan...

No escuchó más. Las puertas metálicas del ascensor tenían las hojas demasiado gruesas. Una vez cerradas, nada ni nadie entraba o salía de su minúsculo reino.

El coche estaba helado. Desenvainó el cuchillo -tal y como le había enseñado la doctora Rhys- y con él bien agarrado se dispuso a rascar la escarcha del parabrisas. Estaba dura. La música de Korsakov continuaba en su cabeza. El ave-cisne mágico, el hijo del zar, las instrucciones para convertirse en insecto y volar. El deseo de decir al zar que es él y que sigue vivo. ¡Qué belleza! ¿Conocería Puri la dramática historia que narra ese interludio tan vivaz?

Cuando la mitad del cristal estuvo limpia, Simoneta subió al coche y encendió la calefacción. Las noticias estaban puestas, siempre estaban puestas. Deformación del trabajo. El informativo era un rosario trágico. No había ningún misterio glorioso. Cambió el dial. Los limpias iban y venian. En una emisora hablaba su doctora. Reconoció su voz. Era Charlotte. Justo la noche anterior habían conversado por sky de su dolencia. La misma que ahora comentaban en el programa que conducía Iker Jiménez. Le dió rabia. Su inclusión en ese entorno, haría que los oyentes la escucharan con escepticismo.

- "... Cuando el nivel de cebolla en sangre es elevado, la conjuntiva se resiente. Es por el ácido sulfúrico. Al principio, en sus fases iniciales produce ese lacrimeo molesto que todos hemos sufrido en alguna ocasión. Si se cronifica anula el descanso nocturno y por lo tanto la visión. Algunos pacientes refieren que cualquier cosa o persona que haya a su alrededor huele a huevos podridos. Ierran. Son ellos. Es su piel la que contaminada por el ácido sulfhídrico desprende ese aroma molesto que les acompaña allí donde vayan. El que ve y lo visto son una misma cosa. El que huele y lo olido también. La circulación se bloquea. La dermis que nace para ser puerta, muta. Los poros se cubren de cerrojos. La barrera es infranqueble.

- ¿Puede morir el paciente? ¿puede morir doctora?
- Si usted entiende que morir es ahogarse en penas aunque se mantengan las constantes vitales, si
- ¿Y hay muchos casos de esta patología tan tremenda que nos relata? ¿hay muchos casos doctora?
- El índice de prevalencia de esta dolencia es elevado. Prácticamente la totalidad de los adultos la sufren
- Y por último doctora, por si alguno de nuestros oyentes considera que puede estar afectado por ella ¿tiene solución doctora? ¿tiene solución?
- Por supuesto. ¿Qué no?
- Bueno esa pregunta tal vez nos llevaría a otro debate, pero como el tiempo nos apremia ¿podría decirnos alguno de esos remedios doctora? ¿podría decirnos alguno?
- Un colador, un cedazo o un escurreverduras y una chispita de sal
- ¿Cómo dice doctora? Supongo que no soy yo el único al que le ha sorprendido su respuesta. ¿Podría explicarse doctora? ¿podría explicarse?

El cristal ya estaba limpio. Simoneta apagó la radio. Sabía la respuesta. El colador o similares para distinguir la desgracia de la fantasía del dolor. Sacralizar el mundo subjetivo hace del sufrimiento un verdugo. La sal para deshacer la escarcha que oculta el intenso sabor del chocolate.

Arrancó el coche. El relincho de más de mil caballos la hicieron sentir Gerónimo y la carretera por la que circulaba se convirtió en una llanura. Ella era un apache. Su tierra estaba libre de reservas y se dirigía a un fuerte, un supermercado. Habría un ejército de espejismos. Trajes vistosos. Galones brillantes. Mentiras sutiles y enormes postverdades. Imperios tan absurdos como grandes. Pero esta vez no la engañarían. Era una salvaje sorda al toque de corneta. Necesitaba polvos de talco. Estaban allí. Los cogería y saldría. Como todo lo importante, era fácil. ¡Y nanas! También cogería nanas. La piel volvía a picarle. No volvería a rascarse. Las noches pueden ser claras. Cosa de ácidos.

A pesar del frio, abrió la ventanilla. Olía divinamente.

Ana Isabel Fariña
Grupo B


Supermercado

Don Ramiro Puntilla contó los treinta pasos que le separaban del supermercado. Uno más le hubiera arruinado el día. Cruzó el umbral y volvió a salir para entrar con el pie derecho. Doce pasos hasta cruzar la barrera de acceso a los productos, quince hasta la frutería para ponerse el guante de plástico con el que agarrar el carrito, veinte hasta la estantería del pan, catorce hasta la botella de leche. Le quedaban veinticinco para terminar, faltaba la lechuga. En este proceso matemático se hallaba cuando vio venir de frente a doña Julia, su vecina, con la que había tenido roces serios a causa de su gato, bicho inmundo que había matado a su canario que era un matrícula de honor tras haber ganado cuatro concursos. Y eso no era todo, aún llevaba candente en su mejilla el código de barras que socavó con su zarpa asesina una noche que se coló en su cama, además de otras picias no menos gravosas. Y lo peor, le había llamado maniático. Se agachó para evitar saludarla simulando atarse el cordón del zapato. La vecina pasó a su lado y el saludo vino con ella, “Buenos días don Ramiro. ¡Qué! ¿Haciendo la prueba del algodón? ¿Está limpio el piso?”. Dijo con su sonrisa de hiena al ver el clínex en su mano. Don Ramiro se levantó y con furia ciega cogió al azar algunos productos que estrelló contra el carrito.

Mientras esperaba en la larga cola de caja con paciencia jobbiana, miraba el contenido del carrito, una cebolla, un pato de goma, un cuchillo jamonero, papel higiénico y una latita de caviar iraní. ¿Qué voy a hacer con esto? se preguntaba. De pronto se encendió la bombilla en su cabeza. Con el patito de goma atraería al minino que a pesar de ser un mal bicho era juguetón, le rebanaría el pescuezo con el cuchillo jamonero y lo echaría a la cazuela con abundante cebolla. Luego limpiaría la sangre con papel higiénico que echaría al wáter. El mejor lugar para destruir la prueba del delito. Y se daría un banquete con entrante de caviar y estofado de gato delincuente. Tenía entendido que esta carne era muy sabrosa.

Ya saliendo a la calle se dijo. Bueno, si no consigo matarlo a la quinta intentona, estoy a dos de conseguirlo, es voz pópuli que siete vidas tiene un gato. Y por otro lado Siempre me quedará París” mi psiquiatra me felicitará al ver que estoy en proceso de recuperación. No conté los pasos hasta la lechuga.

Pepita Sánchez
Grupo A


Primera lista de compra

Por fin habia escapado. Volvi del supermercado con una bolsa con lo imprescindible para pasar la primera noche en mi nueva casa. Gel de baño y champú para mi aseo personal, así como papel higiénico. Un cuchillo jamonero para poder cortar el único alimento que tenia en esta mi nueva vida. Habia conseguido llevarme lo que quedaba de nuestro último jamón a medias, nuestro último "a medias". Y una percha de plastico para colgar la gabardina que habia conseguido ponerme ya saliendo por la puerta encima de un pijama de Mickey Mouse viejo y raido.

Beatriz Gorjón
Grupo B


La vida enlatada

En el mundo futuro todo se conserva en una lata. Cuando naces te proporcionan un montón de ellas. Todo lo que necesitas a lo largo de tu vida se guarda en latas de distintos tamaños y colores. Por eso, en los supermercados, solo se venen abrelatas. Grandes superficies llenas de interminables pasilos con largas estanterias llenas de ellas. Los hay pequeños y suaves que liberan preciosos peluches que hacen mas llevaderas las noches de tu infancia. Las hay decoradas con siniestras sonrisas de clown que dejan escapar risas que, aunque huecas, completan los dias que te sientes gracioso y necesitas confirmación. Abrelatas sexys con forma femenina o masculina, según tus gustos, que desbloquean una fragacia que inunda tu cuerpo y te hace irresistible para aquel o aquella que haya abierto la lata que completa la tuya, "amor seguro", sin la incertidumbre del si o el no. Y asi todo , todo bien cerrado y conservado, para una vida tranquila, de un feliz control, de certezas, sin sobresaltos. Hasta el dia que cansado de esa vida sin sorpresas, sin sufrimientos por deseos no cumplidos, sin anhelos aunmentdos por el tiempo, sin una incetidumbre por la vida te diriges al supermercado, a una sección siempre al fondo y poco iluminada, a por un abrelatas decorado con una calavera sobre fondo oscuro y destapas la lata de tu fin.

Beatriz Gorjón
Grupo B


Roboticolóquica historia en el supermercado

"Con la lista de la compra que le ha hecho su mujer, sale a la calle Paco (apodado “el manitas”, por su habilidad con el bricolaje) con paso cansino, de camino al supermercado más cercano a su casa.

No es esta una actividad que le entusiasme mucho a nuestro personaje un sábado por la mañana, pero menos aún le gusta pasar la aspiradora que, a su ritmo, siempre entona la misma canción monocorde mientras absorbe el poblado aire de suelos y rincones…

Sumido en sus pensamientos y, a punto de cruzar la puerta corredera de acceso al supermercado que se abre a su paso, oye un pitido. Confuso y sorprendido, mira a su alrededor. Nadie le mira. Retrocede. Repite en el intento de entrar. Pitido. Paso atrás. Mira alrededor. Algunos de los de alrededor le miran. Vuelve a repetir su acción. Pitido. Nuevo retroceso. Nueva mirada alrededor. Muchos de los de alrededor le miran. Repite. Pitido. Retroceso. Enésima mirada alrededor. ¡Ya todos los de alrededor le miran! En sus caras, incredulidad, sorpresa, algún gesto de enfado de quienes intentan entrar tras él y se ven entorpecidos. ¡Y pitidos! : uno por cada cliente que consigue franquear la entrada sorteando a Paco en su indeciso vaivén.

Por fin, un abúlico guardia de seguridad se acerca malhumorado y le pregunta si no tiene nada mejor en qué pasar el rato. Paco, cuya cara a lo largo del proceso, ha ido adquiriendo un crecientemente cambiante en intensidad tono rosado; le mira atónito y le explica que, incomprensiblemente, la puerta de entrada pita cuando intenta entrar, no salir, y que es algo que no comprende puesto que él no lleva nada más que su cartera. Aún no ha tenido la oportunidad de comprar ni de coger nada.

El guardia con cara de no dar crédito a lo que oye, le pregunta si es la primera vez que va al supermercado.

La cara de Paco es ahora un poema. Se ha tornado completamente roja debido a un sentimiento que oscila entre la indignación que siente al oir las palabras del guardia y la vergüenza que le da sentir muchos pares de asombrados ojos puestos en él y otras tantas parejas de oídos prestos a escucharle.

-¿Es la primera vez que viene al supermercado? –Repite el guardia más sorprendido aún al ver el gesto de Paco.

- Por supuesto que no. –Contesta Paco airado- ¡Sólo es la primera vez que me ocurre esto!

- ¿Es la primera vez que su código de barras personal ha sido leído correctamente por los lectores conectados a la puerta?

-¿ Mi código de barras? – Paco no da crédito a lo que oye.

Todos los clientes se miran intrigados entre sí y todos miran a Paco de una forma extraña.

- Señor, no estoy aquí para perder el tiempo y hoy no es el Día de los Santos Inocentes. Si realmente ha venido usted con la intención de comprar algo, entre y hágalo. Si no, por favor, tenga la bondad de irse. Usted tiene su código de barras correctamente implantado, -añade pasando un lector-sensor muy cerca de la oreja de Paco- y la puerta de entrada funciona correctamente avisándole de que así es y puede pasar.

Paco, no puede sino preguntarse si está viviendo una pesadilla pero, de repente, se acuerda de la lista de la compra que le ha hecho su mujer y de que debería cumplir con el encargo lo antes posible. Este requerimiento de su esposa, siempre ha surtido efecto en él. ¡Ella es así de impaciente! ¡Y él así de dispuesto a cumplir sus deseos!

Así que, muy a su pesar, se decide a entrar y saca la lista. Hace un repaso rápido de la misma para hacerse una composición mental de por dónde empezar.
Levanta la cabeza y no da crédito a lo que ve: una señorita con aspecto robótico está frente a él. Con robótica voz, se presenta como Marina.
Marina levanta su robótico brazo y su robótica mano acaricia suavemente la cabeza de Paco a la altura de su oreja derecha. Él, atónito, se deja hacer.
Acto seguido y con una melosa y también robótica voz, Marina le indica que le acompañe. Le dice también que, ya leído su código de barras, irá robóticamente depositando los productos en su cesta. Él sólo ha de seguirla por los pasillos y al finalizar el proceso de compra y, siempre acompañado por ella; deberá pasar por caja, donde por el admitido medio habitual de pago, a través de tarjeta de crédito; deberá abonar el importe de su compra.

Sin poder dar crédito a lo que acontece pero como hipnotizado por la situación y por la peculiar y siempre robótica Marina, Paco comienza a seguirla portando su cesta. Y portando su cesta estupefacto escucha:

- Una caja de condones para las ocasiones. (Y el producto cae en la cesta)
- Este caviar iraní, ideal para la gachí. (En la cesta cae el caviar y Paco se ha de levantar)
- Con el champán que le des, ella caerá a tus pies. (Una botella de champán francés es depositado a su vez)
- Aceite esencia de rosas… volarás cual mariposa. (Ya los ojos chiviritas le hacen a Paco, el manitas)
- Un librito con sus versos que recitarás muy quedo. (Paco está a punto de desmayarse. Nunca se le ha dado muy bien el arte poético).
- Con este extracto de besos se pirrará por tus huesos. (Marina deposita ahora un frasquito muy chiquito donde al parecer hay besos en polvo).

Completado el pedido que Marina leyó en el código de barras implantado tras la oreja de derecha del estupefacto cliente; ambos se encaminan hacia la caja. Paco paga sin rechistar la cuenta. No piensa en el montante. No piensa ya en el extraño supermercado. No piensa en su robótica asistenta. Sólo su esposa se asoma insistentemente a su mente. No sabe qué hacer. No sabe cómo explicarle lo que ha pasado cuando llegue a casa, con los productos que nada tienen que ver con el pedido escrito en la lista original que ella le hizo. Siente ganas de huir corriendo pero… ¡correr es de cobardes!

De repente, siente algo que le inunda y una imagen ocupa todo su pensamiento. Es la imagen de su mujer. Su imagen en aquel momento en que la conoció.
Su corazón se expande y su imaginación vuela.

Y es sábado…"

Mercedes González
Grupo A


“Poca compra para una gran decisión”
Extraigo de mi cesta de la compra cinco objetos, con ellos voy a reconstruir, de un hombre, solo su cuerpo. Para la cabeza un condón, me parece muy apropiado, lo hincharé hasta que tome la forma de su cara, alargada y de plástico, tal vez le pinte unos ojos y una pequeña sonrisa, aún no se. Sobre la percha de plástico colocaré las toallas, mojadas como escayola para redondear los hombros y avanzar moldeando el tórax, amplio y rotundo, remarcaré bien las costillas con la felpa suave y verde. Las piernecillas azules, como un pantalón vaquero, con dos toallas de baño grandes y de rizo americano. Cuando haya terminado de conformarlo y por si no me da ninguna pena, tengo pensado cortar la cebolla, a ver si por fin se me escapa un lágrima. Finalmente Abriré la bolsa de sustrato y lo extenderé por el suelo, abundante, marrón y sin abono, que no hace ninguna falta.

Ya lo tengo decidido… voy a plantar a mi novio.

Paz Mateos Corbella
Grupo B

3 comentarios:

  1. Reconociendo el esfuerzo de todos los que habéis escrito cosas muy interesantes, y también de los que - como yo - no hemos podido hacerlo, hoy me quedo con la sonrisa que me ha provocado el "bazar de los remedios" de Concha. Ese inventario sin pretensiones es ingenioso, simpático, realista y - como corresponde a los buenos textos - con un "pelín" de sorna de actualidad. Me ha gustado mucho.

    Javier P.

    ResponderEliminar
  2. Me ha encantado Paz Mateos tu escrito. Ya nos dirás si ha crecido la planta. Jaja...

    También me ha gustado "el bazar de los remedios" de Concha. No hay nada como encontrar remedio a todo desde el humor y la ironía. Y es que quien no se consuela es porque no quiere.

    ResponderEliminar