Con buen pie

Aún resuena el taconeo de nuestros pasos por la Biblioteca de la Casa de las Conchas. Lo cierto es que allí las pisadas suenan más que en cualquier otra biblioteca. El piso cruje y parece resquebrajarse al caminar y en ocasiones, dicen, son los zapatos los que guían nuestros pasos hacia los libros y no al revés. Durante la sesión hablamos de las muchas referencias literarias y cinematográficas que nos traen a la cabeza los zapatos. Sonia Betancort dice de ellos que son "el ave fénix de la infancia" y así es, los zapatos nos traen muchos recuerdos de nuestros primeros pasos en el mundo, allí donde arraigamos.

                                                                © Chema Madoz


Esa presencia del zapato es más que evidente en el folclore y la tradición popular. Federico García Lorca lo sabía y por eso puso su mirada en las leznas y las hormas para escribir "La zapatera prodigiosa". Dejamos aquí el final de dicha obra, en formato de títeres, de la compañía L'Específica:

Te recomendamos el artículo de Eugenia de la Torriente titulado "Si el zapato ajusta..." para conocer alguna que otra curiosidad relativa a la relación entre calzado y literatura y también la lectura del articuento "Zapatos" de Juan José Millás y la greguería de Ramón Gómez de la Serna "Los zapatos":

Me senté en la cama para calzarme, pero los zapatos habían desaparecido. Miré alrededor y vi asomar la puntera de uno de ellos, el izquierdo, me parece, por debajo de la cortina, aunque se retiró enseguida hacia el interior como si presintiera que había sido descubierto. Me levanté, la corrí de golpe y trotaron hasta encontrar refugio debajo de la cama, de donde logré espantarlos con una escoba. Entonces se escondieron detrás de un armario grande y tan pegado a la pared que no me entraba el brazo. Envié a dos zapatillas de mucha confianza a por ellos, pero regresaron al poco pisoteadas y maltrechas. Su inferioridad era evidente. Esa noche me envolví los pies en una manta por miedo a que los zapatos me los devoraran durante el sueño: no sabía hasta dónde serían capaces de llevar aquella rebelión. Pero ni siquiera se acercaron a la cama. De madrugada los oí recorriendo el pasillo desesperadamente hasta que dieron con la salida a las habitaciones de la memoria, que se hallaban de forma simultánea al otro lado de la puerta y en el interior de mi cabeza. No vi los lugares que atravesaban, pero reconocí por los pasos los diferentes suelos que yo mismo había recorrido para llegar hasta este punto de la vida.
Por la mañana, cuando me incorporé sobre la cama para comenzar el día, los vi a mis pies de nuevo, dóciles, como los coches oscuros de un subsecretario. Traían la suela sucia y entre el barro se distinguían pelos de alfombras caras mezclados con basura de lugares remotos y fragmentos de cucarachas aplastadas en hoteles de horror. Les sobraban razones para mostrar aquel aspecto de cansancio, como a mí mismo, como a usted en esta época del año. Me metí en ellos y supe que en el futuro sólo iría ya a donde quisieran llevarme, incluso aunque no me conviniera. Felices Pascuas.


***

Los zapatos andan solos... Avanzan en la noche muy de puntillas, sin crujimientos, pegados al zócalo de las paredes... Esto no se sabe, nunca se les ha pillado in fraganti, pero se presiente y se tienen muchas pruebas de cargo para creerlo: se les encuentra distantes del sitio en que debían estar, muy extraviados; a veces se pierde solo uno de los dos, se le busca por todas partes, y al fin aparece muy lejos, en el pasillo, quizá en la cocina o quizá en algún sitio lejano, al que resulta incomprensible cómo pudo llegar; a veces son los dos que desaparecen, y entonces se puede pensar que se han ido para no volver. ¿Dónde desapareció aquel par mío que estaba todavía nuevo? Es uno de los misterios que no he podido resolver nunca; el mayor de todos.

Propusimos como tarea para realizar durante la sesión continuar la frase propuesta por Juan José Millás para el concurso de microrrelatos "El mejor final de la historia" (Cadena Ser y Escuela de Escritores): "El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande" y contrastamos dichos trabajos con el que resultó ganador en dicho concurso, el firmado por Lola Sanabria García:

El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. Encendí la luz. Uno era el zapato de mi fiesta de graduación y el otro era de mi madre. Todo empezó cuando mi padre comenzó a llamarme con el nombre de ella. Luego metió en mi armario algunos de sus vestidos y por último aquel revuelto de zapatos. Esto no podía seguir así. Debía aceptar que mamá ya no estaba con nosotros. Dos golpecitos en la puerta y él asomó la cabeza y dijo: "María, el desayuno está listo". Abrí la boca para decirle que yo era su hija Rosa, pero me salió: "Ahora mismo bajo".


Propuesta de escritura

El personaje protagonista se encuentra junto a su cama, al levantarse por la mañana, unos zapatos que no le pertenecen. A partir de aquí, anota 5 motivos que expliquen la situación y 5 posibles personajes para protagonizarla. No te preocupes porque tus respuestas sean disparatadas o sin sentido. Escríbelas sin preocuparte, déjate llevar.
Recuerda: ¿Quién es el protagonista? ¿A quién pertenecen los zapatos y cómo han llegado hasta allí?
Cuando hayas terminado la lista, elige el personaje y el motivo que más te gusten. Con estos elementos, crea un texto de al menos 300 palabras y que tenga un inicio (presentación breve de la situación), un nudo o medio (desarrollo de la situación o de la acción) y un desenlace (en el que se soluciona la situación).

(Propuesta tomada de la página Literautas.com


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


¿De quién pueden ser estos zapatos?

Veo junto a mi cama unos zapatos que no me pertenecen.
Me preguntó: ¿de quién pueden ser estos zapatos?; ¿quién los ha dejado aquí?
Primera posibilidad: Son de la que ha pasado conmigo la noche y ahora mismo está en la ducha.
Segunda: Una de las amantes de mi vecino de arriba, al escapar por la cornisa con prisa, los ha dejado caer y han entrado por la ventana.
Tercera: El gracioso de mi primo que estuvo ayer en casa, los ha dejado adrede para confundirme.
Cuarta: Los puso mi hermana, confundida de habitación, para que le dejasen los juguetes los Reyes Magos.
Quinta: Los ha traído un dron, se ha confundido de casa, y los ha dejado en esta al tener la ventana abierta.
De todas las posibilidades, la que más me seduce es la primera, ergo... La solución probablemente a esta situación conflictiva y confusa, me la estoy imaginando aparecer por la puerta, con poca ropa y con una sonrisa de satisfacción que me despejará dos dudas: La de saber quién es la dueña de los zapatos, y la de haber pasado una" nochebuena", de la que ahora casi no tengo recuerdos nítidos.
Pensando, pensando, intentando recordar, mirando hacia la puerta, me voy ya abrazando a la almohada, la respiración se me hace pausada, y vuelvo a quedarme dormido.
Al despertar, solo me veo y solo me vuelvo a encontrar. Nadie a mi lado, nadie deambulando por la casa. Miró hacia la ventana, y tampoco están los zapatitos con los que había soñado.

José Luis Fonseca
Grupo A


“Cuestión de tamaño”

El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. Eran un regalo de mi mujer, y estábamos pasando una pequeña crisis en nuestra relación. Una más, aunque nos queremos mucho. En definitiva, había que andarse con pies de plomo, no podía dar un paso en falso.
Además, lo reconozco, le tengo un poco de miedo, los días que se levanta con el pie izquierdo puede ser muy sarcástica. Ya me la imagino contestándome, ¿pero no eras tú el que decía que el tamaño no importa, cariño?
Para no darle pie a ello me propuse solucionarlo por mi cuenta. Eran unos zapatos de cordones, así que el izquierdo me lo ponía sin cordones, y el derecho, con los cordones bien apretados. Algo mejoraba, pero andaba un poco raro, como si no se supiera de qué pie cojeaba.
Los calcetines -pensé- me quito el calcetín del pie izquierdo, y me pongo los dos en el derecho (los calcetines son ambidextros, por suerte). Un poco mejor, pero tampoco se podía decir que los zapatos me quedaran como un guante. Así que empecé a pensar en soluciones más radicales. Cortarme las uñas, por ejemplo, pero solo las del pie izquierdo, y dejarme largas las del derecho; con esa avanzadilla -a modo de prótesis- seguro que podría rellenar los últimos reductos del zapato, sería como meter la puntita un poco más, hasta el fondo.
Pero no lo suficiente. Como ya iba lanzado, decidí ir al podólogo. Quíteme por favor -le dije- las durezas, rugosidades y callos, pero sólo las del pie izquierdo, le pagaré como si me hubiera hecho los dos. Nada, era como si me enfrentara a la horma de mi zapato.
En fin, próximo a la desesperación, me operé del juanete en el pie izquierdo (aunque era bastante más grande el del otro pie). Empezaba a tener un problema de identidad, de falta de empatía conmigo mismo, como si no fuera capaz de ponerme en mis zapatos, por así decir.
Antes de perder pie por completo decidí comprarme otro par de zapatos, exactamente iguales, para que mi mujer no notara la diferencia. Nunca sé qué número calzo, no me aclaro con las diferentes tallas, quiero decir que ahora vienen marcados de distinta forma según su origen, UK, USA, UE…un lío. Así que miré en la lengüeta del izquierdo, y ya por curiosidad -llámenlo intuición- en la del derecho. Había dos tallas de diferencia entre ellos, ¿cómo no me di cuenta antes? Qué resbalón.
Conservaba el tique, así que me fui a la tienda a cambiarlos. Ya estaban usados, pero era evidente que había sido un fallo suyo. Me encontraba delante de la zapatería, a través de los cristales del escaparate se veía el interior, y a mi mujer atendida por el zapatero, un chico joven y apuesto que solía decirle -yo la acompañaba, a veces, cuando hacía compras- que tenía unos pies maravillosos. Tenía su pie descalzo -el de mi mujer- en sus manos, y le sonreía como buen vendedor. Entré en la tienda. Saludé (buenos días, hola, cariño), y dije a lo que venía. Hubo un momento un poco confuso, pero al final todo se resolvió sin problemas. Me cambiaron los zapatos, mi mujer -la de los pies maravillosos- compró los suyos, nos despedimos -no sin que antes el joven se disculpara por el error- (yo diría que mirándola a ella), y salimos.
-Cariño, tenemos que hablar, me dijo mi mujer nada más entrar en casa.
Me sentí tropezar.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. Siempre quise hacerme unos zaparos a medida. Tengo el pie izquierdo mayor que el derecho, por lo que tengo que comprar dos pares del mismo modelo de diferente número para utilizar únicamente uno desemparejado. Nunca he encontrado a nadie con un problema que compensara el mío. No hubiese sido difícil ponernos de acuerdo en los gustos y reducir, así, la cuenta de la zapatería a la mitad.
Esta necesidad me hizo visitar a aquel zapatero que anunciaba zapatos a medida . Los modelos que ofrecía no eran los clásicos zapatos ortopédicos de los hechos a medida, los precios asequibles para mi bolsillo. No di importancia al hecho de que hubiera varios errores en la escritura del pedido, en él, mi apellido era Garica en lugar de García, tampoco al hecho de que sus explicaciones de como salir a la calle Ancha fueran incomprensibles para mí.
Tras varias semanas de espera fui muy ilusionado a recoger el par de zapatos que luciría en la boda de Lucía y Pablo la semana siguiente. La decepción fue grande, el zapatero confesó su dislexia que le dificultaba distinguir la derecha de la izquierda. El zapato izquierdo tenía las medidas de mi pie derecho y el derecho las del izquierdo. Sin tiempo para terminar otro par antes de la fecha de la boda, y a modo de indemnización, me regaló un par de calcetines de talla única.
Acabo de recoger el nuevo par que me viene como anillo al dedo. También me ha regalado el par con las medidas equivocadas, a él no le sirve para nada y a mi me ayuda a completar la colección de zapatos desemparejados para el día en que encuentre a la persona que tiene las medidas inventadas por el zapatero.

Enrique Martínez
Grupo C


Los zapatos

Vincenzo Sciglia se despertó sobresaltado y con la respiración acelerada. Incorporado en la cama, tardó aún varios segundos en darse cuenta de que acababa de tener una pesadilla. Encendió la luz de la mesita de noche y al mirar su reloj de pulsera se sorprendió de que hubiera podido dormir tantas horas seguidas; eran ya las diez de la mañana. Un poco atolondradamente paseó la mirada de un lado a otro por la habitación del hotel en el que se llevaba alojando desde hacía más de una semana. Ya más tranquilo, reparó en un traje que descansaba sobre la única butaca que había en el cuarto, preguntándose cómo demonios habría llegado hasta allí. Se levantó entonces, descorrió las cortinas y abrió la ventana, derramándose una luz radiante y la fragancia del aire primaveral por toda la estancia. Respiró hondo y se sintió un hombre feliz. Después, volvió de nuevo la vista sobre el traje y recordó en el acto que la policía le había dicho que le haría llegar ropa decente para el día que pudiera salir a calle. Y después de diez días enclaustrado, ese momento había llegado.

—Algún agente lo habrá dejado aquí mientras dormía —se dijo a media voz.

Cogió entonces por el gancho la percha en la que estaba colocado el traje y lo examinó al tacto. Era un traje corriente, de color beige, acompañado de camisa blanca y corbata rayada en rojo y ocre. No eran aquellos sus colores favoritos, pero parecía un buen traje. Casi sin querer, reparó en un grueso bigote postizo que había sobre el asiento de la butaca. Vincenzo, entonces, sonrió.

—Estaré irreconocible con este bigote —se dijo.

Finalmente, sus ojos se toparon con un par de zapatos negros que estaban a los pies de la mesita de noche. Eran zapatos de cordones, adornados con elegante puntilla y de pronunciada punta. Al verlos, se sentó en la cama, cogió uno de ellos y lo examinó de cerca, sintiéndose igualmente complacido. Al ver el número en la suela, que era el mismo que calzaba, pensó que la policía lo tenía todo controlado hasta el más mínimo detalle. Muy satisfecho, dejó el zapato junto al otro y se precipitó al aseo, ansioso por lavarse, acicalarse, vestirse y salir por fin a la calle.

Veinte minutos después Vicenzo Sciglia se encontraba ya vestido, faltándole únicamente ponerse los zapatos. Se sentó entonces en la butaca y, con un poco de recelo, se puso el izquierdo. Siempre había tenido problemas con los zapatos, y temía que le pudieran apretar por algún sitio. Sin embargo, así, de pronto, después de atárselo, le pareció que le quedaba como un guante. Un poco más confiado, se puso el derecho. La sensación fue la misma. Se levantó entonces y camino por la habitación. Una sonrisa le iluminó el rostro. Se miró los zapatos, sin cejar en su sonrisa y les dijo:

—El señor Vincenzo os va a sacar de paseo. ¿Estáis preparados?

Pero en el mismo momento en que agarró el picaporte de la puerta para salir de la habitación, sonó el teléfono. Vincenzo levantó una ceja e hinchó un carrillo, acercándose al aparato.

—¡Ah, es usted, inspector Watson! Me disponía a salir a la calle en este momento.

—Muy bien —le animó el inspector—. Hace un día hermoso para pasear. Únicamente le llamaba para cerciorarme de que todo va bien.

—Bien, no, inspector. De maravilla

—O.k. Pues salga y disfrute de su nueva vida. Y no deje de ponerse el bigote postizo. Realmente le cambia a uno la fisonomía.

—No se preocupe, lo llevo puesto —le tranquilizó Vincenzo—. Y muchas gracias por el traje; me queda estupendamente. Y también los zapatos.

—¿Zapatos? —se extrañó mucho el inspector— No le hemos dado ningunos zapatos. Solo le hemos llevado el traje.

—Pues ahora mismo llevo puesto unos zapatos nuevos que estaban junto a la cama cuando…

En ese instante Vicenzo sintió un dolor punzante y agudo en el dedo gordo de su pie derecho. Tan punzante y tan agudo que no pudo evitar soltar un grito lastimero, cayéndosele el teléfono al suelo. Atenazado por un dolor espantoso, y con un súbito castañeteo de dientes, se sentó sobre la cama y se quitó a toda prisa el zapato y el calcetín. Se miró el dedo, pero no vio nada anómalo, al menos superficialmente. Entonces se acercó el zapato a los ojos e intentó ver el interior hasta donde podía. Tampoco vio nada raro. Metió al fin la mano en el zapato y tocó con los dedos la puntera por la parte interior. Ninguna anomalía. Y cuando se estaba preguntando, completamente anonadado y con la mano aún metida en el zapato, por el origen de aquel dolor, vio que le subía tranquilamente por el antebrazo una pequeña araña que lucía unas marcas rojas inconfundibles en el abdomen, negro y redondo como una canica. Vicenzo se dejó caer entonces sobre la cama y, rompiendo a llorar, pensó en lo ingenuo que había sido. La mafia nunca deja irse de rositas a los chivatos.

Óscar Martín
Grupo A


Asesar

Mi amigo Chencho Lomeras, el solterón de oro de Otero del Valle, será de sueño pesado pero el coco le rige y bien seguro estaba —me contó— de que la noche anterior al meterse entre sábanas, tan solo quedaron sobre la alfombra sus deportivas. Bueno, pues al despertar (algo se traería él entre ceja y ceja) empezó a tantear con el pie bajo la suntuosa cama del Ritz y pudo comprobar que allí había cinco pares de zapatos, unos incluso de mujer, tacón de aguja.

Chencho va mayor, sus mejores tiempos ya pasaron y los años traen el amortecer de los bríos. Nada tiene de particular por tanto —se razonó él— que a la prosti más elegante de todo Madrid se le ocurra buscar rentabilidad a los tiempos muertos; o séase, los tiempos de placidez en el sueño de su compañero de noche. Todos tenemos nuestro corazoncito y Mari Puri (a qué reseñar sus otros merecimientos) no iba a ser la excepción.

Pero si los años traen flojera como se dice, traen también que asesas (con “s”). Es un dicho de la gente mayor y sentenciosa de Otero del Valle, aunque allí algunos lo pronuncian con la “x” la segunda. Y por qué no vas a hacer tuyas las sabidurías de los demás; nada de tirar los pies por alto, que la prudencia es la madre de la ciencia. De modo que Chencho remetió a golpecitos el calzado bajo la cama de nuevo y tras vestirse y el beso de rigor a la dama, dejó la room.

Luego, a la puerta del Ritz, en la calle, fue identificando a los hombres conforme salían, uno por uno. El azoramiento los delataba cuando él se les ponía delante mirándolos directamente a los ojos. Y lo mismo con la despampanante jovencita, que salió la última. Tenía la moza una hermosa melena color de mies en sazón, y no desmerecía en absoluto a su digamos anfitriona. También la dejó marchar sin objeción alguna. No hay como haber asesado.

Volvió a subir a la habitación y lo habló civilizadamente con Mari Puri. Que se hiciera cargo: «…yo pagano de favores puedo ser, pero no de los dispensados a otros». Entre los dones de Mari Puri está el ser comprensiva, así que a Chencho no le llevó más de diez minutos dejar fijado el plan de futuro.

Desde aquel día todo funciona de maravilla, se lo tengo escuchado. Él sigue dándose los «homenajes capitalinos» como le gusta llamar a sus desahogos. A lo mejor (pero eso lo digo yo), los menudea un poco más. Hay que entenderlo, ahora cada mañana que despierta en el Ritz lo hace sabiendo que bajo la cama no habrá zapatos de caballero. De mujer, sí, dos pares.

A Chencho Lomeras se le ve feliz; más feliz que antes, quiero decir. Me tiene prometido que un día me contará las delicias de ambas en comparanza. De ambas damas, me refiero, Mari Puri y la jovencita que luce melena color mies en sazón y que según parece está saliendo una alumna aventajada.

Pascual Martín
Grupo B


Zapatos extranjeros

Aquel día de mediados de enero me costó mucho abrir los ojos y, más aún, levantarme. Tan pronto como puse los pies en el suelo, sobre las cuatro de la tarde, vi unos zapatos que no conocía de nada. Me miraban fijamente y yo a ellos. Lo único que tuve claro en aquel intercambio de miradas fue que no eran míos. Varias semanas después lo entendí todo.
Mis amigos de Erasmus y yo habíamos pasado la noche entre gente, cervezas, conversaciones en inglés, bailes, desmadres y yo qué sé qué más… Nos habían invitado a una fiesta en un bar del centro de Salamanca, creo. Supongo que me lo pasé muy bien, porque me levanté en otra habitación que no era la mía y en otro piso que no era el que compartía con mis amigos. Algo extraordinario habría pasado.
La chica que estaba leyendo sentada en el sofá del salón de este piso, y que no conocía de nada, me estuvo explicando cómo acabé allí y cómo mi acompañante se había enfadado conmigo porque no le pude dar lo que le había ofrecido en aquel céntrico bar, del que solo recuerdo eso: que era del centro. Lo que, al parecer, iba a ser una noche sexual fantástica e inolvidable se había convertido en una tarde de resaca buscando al dueño de los zapatos.
Sabía que no podían ser de Willy, el de Manchester, porque siempre los lleva de colores chillones y aquellos con los que me fui para mi casa eran blancos y negros. Parecían vacas bajitas. Podrían haber sido suyos, pues eran tan extremadamente alternativos como los que él siempre lleva. Con la poca batería que le quedaba a mi móvil, le escribí para preguntarle y me corroboró que no. Tampoco supo decirme de quién serían. Estaba tan resacoso como yo. No quería ni hablar para no molestar a su cabeza, siempre utilizaba esta frase. Estudiar estudiaba poco, pero se estaba doctorando con nota en la fiesta salmantina.
Podrían haber sido del de Lyon, pero este siempre lleva zapatillas de deporte. Creo que nunca le he visto con zapatos. Dice que dan seriedad incoherente a los que visten con ropa deportiva e informal como él. No es que no tenga una buena relación con ellos, es que ni siquiera se relaciona. Ni le pregunté para no gastar batería. Tenía que volver a casa, en la avenida de Portugal, y no sabía ni dónde estaba. Llamar a un taxi estaba cogiendo protagonismo en mi mente.
Me convencí entonces de que serían de Luca, el de Florencia. Eran muy de su estilo. Tenían tanta pluma y eran tan llamativos como él. Así que, convencido, lo llamé para ver si estaba en lo cierto, pero no, más equivocado no podría estar. No insistí y corté enseguida.
Ya no sabía qué pensar. Solo me faltaba Mark, el de Hamburgo. Siempre lleva botines en invierno y debe de usar un sesenta por lo menos, pero, no obstante, le escribí para preguntarle por si sabía algo. No sabía ni de lo que le estaba hablando. Me dijo que lo dejara en paz hasta dentro de tres días. No podía ni con su alma. Otro que está cursando un máster en fiesta charra. ¡Me encanta esta palabra: charra!
Así que, me los puse y me fui para casa. Allí estaban todos, aunque Mark y Willy se recuperaban en sus habitaciones. Junto a Luca y al de Lyon, que nunca me acuerdo de su nombre, estuvimos recordando cómo había sido la noche. El francés me explicó cómo era la chica a la que aún le debo un encuentro sexual. Una chica muy guapa y alternativa para ser turca, me dijo. Y ahí invertimos unas dos horas: hablando sobre los prejuicios. ¡Para eso estoy acabando de estudiar psicología!
Yo ni me acordaba de su belleza ni de ese aspecto físico y mental alternativo. No me acordaba de nada. Solo de la chica del salón que, al parecer vivía con la turca. Al menos, pude hablar holandés con ella, aunque poco, pues mi resaca me impedía abrir mucho la boca.
Guardé los zapatos como único recuerdo de aquella noche y con la esperanza de que alguien se pusiera en contacto conmigo para que se los devolviera. Al cabo de varias semanas, pasé por la calle donde había dormido aquella noche. Creo que me perdí y aparecí allí por casualidad. Lo supe cuando vi aquella fuente redonda. Enseguida tuve la imagen mental de que había tirado mis zapatos al agua. Fui a ver si los encontraba, pero ya no estaban. ¿Quizá nos lo tiré?
Mientras daba vueltas alrededor de la fuente, suelo hacerlo varias veces cuando busco algo, noté como alguien me tocaba la espalda. Me di la vuelta y mi mirada se clavó en los ojos negros de aquella chica.

-Soy Farah, ¿te acuerdas de mí? _me preguntó con un inglés raro y sonriendo al verme.
-Me encantaría acordarme, créeme. ¡Lo siento, pero te confundes!

Tendría que haberle dicho que no sé ni cómo había podido olvidarme de una chica tan guapa como ella. Pero si me costó una eternidad poder articular palabra, ¡cómo iba a formar una frase con sentido!

-Hace cinco semanas que tienes unos zapatos míos. Te los presté antes de irme a clase. Puse los tuyos a secar en mi balcón. Allí siguen. ¿Vienes a buscarlos?

Asentí con la cabeza antes de pestañear. Solo me quedaba algo de lenguaje no verbal. El otro se había perdido en sus bellos ojos.

-Ya me devolverás los míos, no te preocupes. Así nos veremos otro día, que aún me debes algo y te voy a cobrar intereses -me dijo guiñándome aquella enorme ventana negra.

José Carlos Arroyo Sánchez
Grupo C


La oportunidad

Contra su costumbre, hoy se levantó de un brinco. A él, que suele remolonear sin prisa entre las sábanas, parecía que un resorte lo había hecho incorporarse de golpe. Sentado, con los pies descalzos sobre las frías baldosas, buscó con la mirada las zapatillas que anoche dejó junto a la cama. Lo que descubrió fueron unas alpargatas azules asomando paralelas desde el abismo de la sombra. Nunca había tenido unas esparteñas así que siguió buscando asomándose esta vez debajo del somier, aún estaba más sorprendido que alarmado. Nada. Se incorporó confuso preguntándose quién habría podido sustituir sus pantuflas de fieltro por la áspera frialdad de aquel calzado.

Miró a su alrededor, en la luz lechosa del amanecer descubrió las formas de un armario de cornisa labrada y, pegada a la cabecera, una robusta mesilla de madera oscura. Tampoco eran los muebles de su habitación, aunque había en ellos un aire familiar que suavizó la lógica inquietud que debería habérsele provocado. Era como si se hallara en un cuarto conocido, pero casi olvidado, como si hubiera despertado en el dormitorio que usaba de niño en la casa de sus abuelos. Esa idea le produjo un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Un pie golpeó una de las alpargatas que quedó volteada sobre la otra. Vio una suela estriada como si fuera una huella dactilar. Y pensó que en esa suela estarían grabados todos los caminos recorridos, como una marca identificativa e irrepetible. E imaginó las sendas de su vida marcadas en sus desgastados zapatos, los itinerarios inútiles, las calles sin salida… ¡Debo estar durmiendo!, se dijo sacudiendo la cabeza tratando de salir de ese sueño indeseado. Pero no, se sentía totalmente despierto, dueño de sus miembros, gobernador de sus sentidos. No, no dormía. Y entonces, ¿qué significa esto?, se preguntó.

Dirigió su mirada hacia la silla donde reposaban sus ropas y no las reconoció, dudó incluso que fueran de su talla. Tomó el jersey y lo colocó contra su pecho. Le quedaba pequeño, no había duda. Un ligero meneo de la colcha le recordó que no estaba solo en el dormitorio, su mujer se había acostado la noche anterior junto a él. La miró con prevención esperándose alguna sorpresa desagradable. Solo la cabeza sobresalía del embozo y en ella no reconoció las facciones de Carmen. Sin embargo, tampoco le parecieron los de una extraña. Volvió a examinarlos con más atención e inmediatamente le vino a la memoria el retrato colgado en la sala del caserón de su suegra. A fuerza de haberlo oído tantas veces sabía que aquellos rostros de rasgos desvaídos eran los de los bisabuelos Efrén y Magarita.

A pesar de todas las incongruencias más propias de un sueño que de la vigilia, él se sabía despierto, no podía más consciente. ¿Qué significa esto? Volvió a preguntarse, ahora ya sin la zozobra que antes le angustiaba. No pudo responderse. Alzó las manos y creyó encontrarles una piel nueva, tan suave como cuando era joven. Se palpó el torso y no halló las carnes descolgadas que proclamaban sin compasión su cercana vejez. Tenían sus piernas una dureza olvidada como lo era la fuerza que emanaba de sus brazos. Aunque le hubiera gustado tener un espejo, le bastaron sus dedos para decirle que su cara había perdido las arrugas y cicatrices que tenía ayer.

En ese mismo momento supo que el vaticinio se había cumplido: una nueva oportunidad le había sido concedida. Lentamente se puso en pie y se quitó el pijama como una culebra se despoja de su piel vieja. Y, desnudo y descalzo, alcanzó la puerta y salió de la casa con determinación. Volvería a empezar de nuevo.

Pepe Lorenzo
Grupo B


Cinco zapatitos

Al despertar aquel día, entre duermevelas brumosos como me suele acontecer últimamente, después de dar varias vueltas en la cama, la presencia de cinco zapatitos al pie de la misma me acabó de despertar como un jarro de agua fría en pleno invierno. ¡Cinco zapatitos de niña en mi habitación de juerguista impenitente!. Cinco zapatitos de números increíblemente pequeños, adornados con encajes y filigranas exquisitas, bordados florales y figuras geométricas que los hacían parecer auténticas joyas, cinco zapatitos diferentes que llenaron mi cabeza de preguntas inquietantes. ¿Cuántas niñas habían estado en mi habitación? ¿Serían realmente niñas? ¿No se trataría de algún tipo de calzado ortopédico de diseño? ¿De donde habían salido aquellos zapatitos de liliputiense?¿Como era posible que no recordara nada de lo que había sucedido? ¿Si siempre memorizaba todas mis conquistas con el ánimo de contarlo al día siguiente y presumir, como se me escapaba un hecho tan notorio como el de los cinco zapatitos?¿Si en mi dilatada vida de crápula siempre había evitado el contacto con menores, como podía haberme atrevido con cinco niñas?.

Llamé a mi amigo Javier, abogado de casos indefendibles.

- ¿Cinco niñas? ¿Y te has quedado con los zapatos?. Lo tienes chungo, ¡pero que muy chungo!- exclamó, mientras la alarma iba haciendo mella en mi ánimo.

- ¿Estás seguro de que son zapatos de niña? – siguió preguntando.

- Completamente, muy adornaditos, de 10 a 15 centímetros, lo que viene a equivaler a unas tallas entre 16 y 23 – respondí acongojado.

- ¡Eso no puede ser, con ese pie serían niñas de uno o a lo sumo dos años!

- ¡Joder! ¡Como puedo haber sido capaz!. Yo no soy así, bien lo sabes.

- A mí también me parece imposible -apostilló mi amigo. - No te muevas de casa y esconde los zapatitos, que nadie los vea, y volvemos hablar cuando recuerdes algo.

Finalmente recordé algo que podría ayudarme. La noche anterior había quedado con mi compinche Eduardo para celebrar ese dinero sustancioso que habíamos conseguido de forma “irregular”, por decirlo de alguna manera.

- Hola Eduardo ¿qué pasó anoche?. No me acuerdo de nada.

- Lo normal, primero fueron las cañas, después los cubatas, entre medias alguna raya, lo que hacemos cuando quedamos para celebrar algo que lo merece.

- Pero ¿no ligamos?.

- Nada esta vez. Tu no estabas a punto para la batalla.

- ¿Y eso?.

- Porque estabas fuera de control. Empeñado en hacer algún trabajito esa misma noche, sin preparación ni nada.

- Pues eso ya no lo recuerdo. ¿Hicimos el trabajito o nos volvimos para casa sin más?-. Indagué sin querer dar pistas a Eduardo sobre el problema de los zapatitos de niña y mis fundados temores.

- Si que hicimos un trabajito, el más ridículo de los hayamos hecho juntos. Se te metió entre ceja y ceja robar algo no previsto, antes de irnos a dormir.

- ¿Y lo hicimos?

- Claro que lo hicimos, ya te lo he dicho.

- ¿Y qué robamos? ¿Dónde lo robamos?.

-Ya te digo. En el museo etnológico chino, unos zapatos de pie loto de oro, cinco desemparejados que te empeñaste en llevar antes que las cosas de auténtico valor. Entonces sonó la alarma y nos tuvimos que ir por pies. Eres una calamidad, me dan ganas de no volver a hacer algo contigo-. Exclamó Eduardo y colgó el teléfono bruscamente.

Tranquilizado de mis temores y después de buscar en Internet de qué iba eso de los zapatos chinos para pies loto de oro, llamé nuevamente a Javier.

- Javier, todo aclarado. Seré un canalla, pero no soy un pederasta y además me siento mejor persona después de conocer lo que era la técnica del vendado para conseguir los pies de loto.

Manuel Medarde
Grupo A


Ciudades y Zapatos

Historia nº 1

Despierto con la cabeza embotada. La noche de fiesta me pasa factura y la luz del día se me hace insoportable. Observo mi habitación y al otro lado de la cama. Veo unos zapatos de caballero de una conocida marca italiana. En cuyo interior, hay un papel con un número de teléfono y una escueta nota: “Por favor llámame”.

¿Qué hacen ahí esos zapatos?¿a quién pertenecerán?. ¡Ah! serán de Paolo, el chico que me presentó mi amiga Laura en la inauguración de su galería de arte ayer en Manhattan. Pero, ¿cómo han llegado hasta aquí? La duda me acompañará siempre.

Historia nº 2 

En la habitación de un pequeño hotel en el centro de Ámsterdam, me tumbo agotada después de una dura jornada de visitas a museos, dar paseos en bicicleta y surcar las aguas del gran canal en una barca de turistas. El sueño no tardó en aparecer y al despertar, vi en medio de la habitación unos impresionantes zapatos rojos de charol con altísimos tacones de aguja. Me recordaron a la joven morena de enormes ojos verdes que miraba con insistencia a través del cristal a la gente que pasaba delante del escaparate, donde mostraba su desnuda belleza adornada con aquellos zapatos que, para ella, eran su más valiosa herramienta de trabajo.

Historia nº 3

La sección de zapatería de las galerías Lafayette, en el centro de París, es una de mis favoritas que recomiendo visitar por la belleza y originalidad de sus exclusivos diseños y por la exquisita atención de sus empleados que, con gran profesionalidad, muestran e informan de las últimas tendencias de la moda en lo referente a todo lo relacionado con el calzado en general.

Después de haber estado allí de compras, al volver al hotel donde me alojaba, encima de la cama tenía unos zapatos negros de salón con una hebilla dorada en forma de corazón. Junto a ellos, una tarjeta donde se leía: “Los zapatos te recordaran siempre a París”.

Historia nº 4

Sucedió en Roma en el mes de abril en la habitación de un céntrico hotel. Después de una tarde muy cultural solo deseaba darme una ducha, descansar para recuperar fuerzas y comenzar una visita nocturna para disfrutar de la artística iluminación que embellecían, aún más, los monumentos más emblemáticos de la Ciudad.

Me disponía a salir de la habitación cuando vi al pie de mi cama unos extraños zapatos que llamaron toda mi atención. ¿Quién habría puesto allí ese par de zapatos?.

Llamé a recepción para preguntar y, tan sorprendidos como yo, no supieron encontrar una explicación. Con una gran sonrisa el recepcionista dijo:

- En Roma es normal que pasen estas cosas a la gente que la visita por primera vez y que es tan encantadora como usted.

Al regresar de madrugada al hotel, me esperaban los zapatos a la cabecera de la cama.

Marian Pérez Benito
Grupo A


De zapatos, zapatillas y chanclas

Esta mañana, antes de que mi cerebro despertara, escudriñé el suelo buscando mis zapatillas, aún sin gafas percibí que aquellos zapatones no eran míos.
Esa madrugada en que el sabor amargo de boca y la sed me empujaban a beberme el Gran Lago, apeé las piernas de la cama e intenté calzarme las zapatillas sin tocar el frío terrazo. No pude, eran demasiado pequeñas, no eran las mías.
Aquella amanecida, en que el Diazepan aún no me había abandonado, sonó el maldito despertador del móvil, y como de costumbre me alarmé. Apoyé los pies en la tarima, di la luz tenue de la mesilla y ahí estaban dos monstruosas zapatillas, con una cara de payaso a cual más terrorífica, sonriéndome ¿Quién idea estas cosas? Y, lo más terrible, no eran mías.
Aquella tarde de verano después de una siesta indefinida en el tiempo en que lo único que logré pensar es en que era tarde ¿Para qué? ¿Cuánto había dormido? Me levanté descalza camino del aseo, allí me esperaban unos inmensos zapatos granates, de cordones, sólidos, cerrados. ¿Dónde estaban mis chanclas? ¿De quién eran esos monstruos invernales?
Me costó abrir los ojos, los abría, los cerraba y entre esas dos voluntades dormía un ratito. Al final decidí despertarme. Estaba en el sofá. Vestida. Hice el esfuerzo necesario para sentarme y contemplar el grabado de la pared de enfrente, malamente porque estaba sin gafas. La luz cálida de la lámpara de pié iluminaba tibiamente el salón. No pensaba en nada, momento zem. Al fín reaccioné, me levanté con brío. Busqué mis zapatillas. Estaba descalza entre la mesa y el sofá. Fuera de ese rectángulo que era la alfombra me esperaba el gélido terrazo. Enfoqué en busca de mis maravillosas zapatillas. Aquellos dos objetos oscuros, a mi derecha, me sonreían, o ¿se reían?. Busqué las gafas entre las mantitas del tresillo. Allí estaban. Enfoqué de nuevo aquellos dos bloques, eran unos zapatos y no eran míos. En la televisión un tiburón daba vueltas alrededor de un submarinista. No me atrevía a salir de la alfombra. ¿Estaba sola? Miré que había en la mesa baja para defenderme. Les tiré un catalogo de viajes y logré separar a la pareja de zapatones. Cogí otra revista y también dí en el blanco. Aproveché para salir corriendo hacia la puerta. Objetivo: llegar a mi habitación, cerrar la puerta y subirme a la cama. No logré cerrar la puerta, dí la luz potente del dormitorio y es entonces cuando intenté gritar y no pude, oí su voz. ¿qué te pasa? ¿que te pasa? Abrí los ojos y la vi. Era mi enorme amiga Carmen que me zarandeaba suavemente. Iba descalza, en pijama de felpa rosa. Me dirigió a mi cama, ella se volvió a la suya quejándose de la frialdad del suelo. Sólo dijo: “buenas noches y demasiado vino,compañera”. Mis chanclas se habían escondido debajo de la mesilla de noche. Cobardes. Para encontrar a mis zapatillas tuve que ponerme de rodillas y sacarlas de debajo del sofá de un zarpazo al día siguiente. Otras malditas cobardes.

Araceli Sebastián
Grupo C


Sin red

En realidad, a nadie le importaba lo más mínimo dónde podían haber ido a parar los zapatos de Nadia la funambulista. Desde que decidiera descalzarse para vivir en suspensión de forma permanente, los rumores apuntaban cada vez más fuerte, a que fue ella misma en su locura, la que los desterró al baúl del olvido. Sincronía o no, ese mismo día de madrugada, con la urgencia de ir al baño, tanteé con los pies buscando mis zapatillas peludas de invierno. En su lugar, tropecé con unos extraños artefactos, que al encender la luz, resultaron ser unos stilettos rojos aterciopelados. Lejos de inquietarme o preguntarme, quién podía haber sido el artífice de tan peregrina broma, me los enfundé sin pensar, emocionado, como si hubiesen sido hechos a medida para mí, comenzando a caminar instintivamente sobre un misterioso hilo dorado que se iba dibujando a cada paso que daba sobre el suelo metálico de la roulotte. El subidón de adrenalina hizo el resto. Me desnudé, paseando como Dios me trajo al mundo, en aquellos tacones de vértigo, realizando equilibrismos imposibles, sobre ese alambre imaginaria entre nebulosas de estrellas a kilómetros luz de la faz de la Tierra. Al despertar, supe que habitaba en la piel de Nadia. Comprendí las razones que le habían empujado a bajarse de este mundo y quedarse en las alturas. Ahora ya somos dos los que vivimos de manera permanente en la cuerda floja, felices. Eso sí, sin miedo, sin red, como los grandes.

Carmen Pedrero
Grupo A


Las botas de fútbol

Todas las noches tomaba un somnífero para poder dormir, aún así a las cinco de la mañana ya se despertaba. Decidió levantarse a tomar un vaso de leche templada que a veces le ayudaba a dormir un poco más. Al intentar meter los pies en las pantuflas no le entraban, encendió la lampara y vio con asombro que sus viejas zapatillas no estaban y en su lugar había unas pequeñas botas de futbol. ¿ Pero qué broma era esa ? Se iba a enterar Mariano, su nuevo asistente, lo iba a despedir, a él no le gustaban ese tipo de bromas. Él era un hombre de negocios serio y reputado que no tenia tiempo ni ganas para ese tipo de diversiones. Se fijó un poco más en las pequeñas botas, se parecían mucho a unas que tuvo de pequeño. Se agachó para cogerlas e inspeccionarlas más a fondo y una pequeña sonrisa melancólica apareció en su rictus siempre huraño y las acarició con ternura. Por inercia levantó la lengüeta de la bota derecha y allí estaba P.G, sus iniciales, Pablo Suarez. Eran las suyas, las había marcado porque había sido la primera cosa que había sido suya y solo suya. Las había estrenado él después de toda una vida heredando la ropa y calzado de sus hermanos mayores. Aquellas botas se las habían comprado sus padres, haciendo un gran esfuerzo, para que hiciera lo que mas le gustaba, jugar al futbol. Recordaba su ilusión y la de ellos en el momento de dárselas viéndolo tan contento. Su infancia había sido feliz, se había sentido siempre querido. Se recordaba como un niño simpático y alegre, con ansias de cambiar el mundo y convertirlo en algo mejor que dejar a las generaciones futuras. ¡Cuánto habían cambiado sus ideales y sus prioridades!. El tiempo y la vida lo habían convertido en un hombre de negocios sin escrúpulos, capaz de pisar a quien hiciera falta para ganar dinero y ahora era un viejo solitario, huraño y rencoroso que no tenia relación ni con su familia. Solo se relacionaba con sus empleados a los que trataba de la manera más déspota que podía. Y con aquellas pequeñas botas en la mano sintió una pequeña lagrima surcar su rostro, tan pequeña que se le quedó a media cara, aún así era la primera desde hacía decenas de años. Movió la cabeza enérgicamente, deshaciéndose de todos aquellos recuerdos que le hacían sentir vulnerable y tiró las botas con rabia a un rincón de la habitación. Abrió el cajón de la mesilla y se tragó otro somnífero, algo que nunca hacía aunque no volviera a dormir en toda la noche, y se volvió a acostar deseando olvidar aquel momento de debilidad. No quería ya ni saber quién ni por qué había dejado aquellas botas allí. Si a la mañana siguiente no habían desaparecido, le diría a Mariano que las tiraras la basura como él se había desecho hace años de sus ilusiones, ideales y principios.

Beatriz Gorjón
Grupo A


Los zapatos de mi madre

No sé cómo habían llegado hasta allí. Es verdad que tenemos el mismo número de pie y que a veces ella me deja algún par si no se los pone, si me gustan o cree que me pueden venir bien. No era el caso. Hacía un mes que no iba a visitarla y la última vez que la vi no hubo cambio de zapatos. Pero además, al lado de la cama suelen estar mis zapatillas de estar en casa. Más bien a los pies, porque al lado izquierdo de la cama, que es el que yo ocupo, está la cama delos perros. El caso es que me los puse, ya que estaban allí y eran cómodos.
Vestida y calzada, bajé a la perra, que es mi primera tarea del día. Ella fue la primera sorprendida. Aquel día jugó con todos los perros del parque, saludó conmigo a varias personas del barrio y se dejó acariciar plácidamente por 2 niños.
Después de desayunar, me entraron unas ganas tremendas de hacer una tortilla de patata para la cena y unos filetes rusos con tomate para la comida. No tarde nada en hacerlo y me quedaron estupendos, con un olor y una presencia que solo son capaces de alcanzar las madres cuando cocinan, porque les echan cariño como ingrediente y eso se nota.
Me pasé toda la mañana limpiando y la perra persiguiéndome.
Casi al mediodía, llamó mi vecino de abajo para decir que estaba haciendo mucho ruido al pisar, que por favor me quitara los zapatos. Después de ofrecerle mis más sinceras disculpas, accedí a su petición y entonces fue cuando me di cuenta de que llevando los zapatos de mi madre, me había convertido un poco en ella.
Nuevamente la perra fue quien más lo notó. Cuando salimos a mediodía ya no hubo juegos ni carantoñas. Nos limitamos a lo establecido para ella.

Teresa Sanz
Grupo B


5 pares de zapatos extraños

5 posibilidades:

1.- Soy cleptómana. Pero siempre olvido que llevo a casa algo que no me pertenece. Al despertar, veo las pruebas del delito.
Esta vez encuentro 5 pares de zapatos que no son míos.

2.- Preparo una fiesta, pero los invitados acuden con otros, no invitados. Se me va el control completamente de las manos.
Al despertar veo que no soy la única descontrolada de la noche. En mi habitación dejaron olvidados, 5 personas, sus zapatos.

3.- Por la mañana veo en mi habitación 5 pares de zapatos que no son míos. Intento probarme un par, pero ¡imposible!
Me doy cuenta entonces, que no son físicos. Son hologramas. Estamos en 2048... Entonces me despierto.

4.- A mis hijos les gusta estar en mi habitación hasta tarde. Estoy sola con ellos. Me hartan!... Les echo de allí. Al despertar, veo que ninguno de los 5 se llevó sus zapatos.

5.- Era un largo fin de semana, un puente.
Desde hacía más de año y medio no habíamos conseguido coincidir todos los hermanos, somos seis, en espacio y tiempo.

En distintas épocas del año sí habían venido y nos habíamos podido abrazar, casi de uno en uno, solos o con sus familias; pero conseguir reunir, también a primos, cuñados ( habían ido desapareciendo algunos)... tíos, sobrinos un par de días largos, no había sido fácil.
Los jóvenes pronto se quitaron del medio. Se perdieron de vista de la casa durante casi los 2 días.
Tras el fallecimiento de los padres, no habíamos vuelto a hablar entre nosotros.
No fue fácil, no... Rencores, rencillas, falta de afinidades o simplemente pequeñas envidias, como en cualquier familia, y más si es una familia tan numerosa.
Al final, resultó positiva la experiencia, aunque, a ratos, fue dura.
No sé cuándo podremos repetirlo, o si se repetirá alguna otra vez.
Yo soy la única que no se fué a vivir lejos de los padres/abuelos y sigo en la grande y vieja vivienda familiar.
Cada uno de los otros cinco tiene su vivienda propia.
Al levantarme por la mañana, el lunes, ví que cada uno de ellos me había dejado como recuerdo un par de zapatos, más que viejos, antiguos... y usados ... en cada par habían escrito una fecha diferente...
Los cinco saben lo que para mí esas fechas significaron.
Nunca pensé que lo tuvieran en cuenta.

J. Haro
Grupo C


Ya se han ido todos

Ya se han ido todos, estoy absoluta y completamente solo y sin más remedio que repasar el penoso, difícil y doloroso momento, al que he llegado, tras años de ardua lucha por evitarlo.
Me resisto a entrar en la habitación que tantos años compartimos, ante la triste certeza de que jamás volverás a habitarla.
Pero no hay más remedio, debo hacerlo aunque solo sea para coger un poco de ropa para cambiarme o bien mudarme por un tiempo a otro lugar.
Mudarme a otro lugar?
Y de que servirá eso si mi pesar también viene en la maleta.
Por fin entro en nuestra habitación y me siento extraño. Nada ocurre pero nada huele igual, aparentemente todo está en su sitio, pero tu ausencia es patente y desoladora.
Solo atisbo a ver la ordenada repisa de tu mesilla y debajo el último calzado que llevaste.
Ni siquiera la muerte, quiso meterse en tus zapatos.

Calgari
Grupo A

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