Teoría del tacto

La escritura requiere de tacto, también la vida. Esta semana tratamos de descubrir, sobre la práctica de la lectura, lo que el tacto revela. Y para ello elegimos el libro Teoría del tacto, de Fernanda García Lao. Un libro perturbador con "una voz que se queda resonando por un tiempo en la conciencia del lector, como una psicofonía" como señala Mario Cuenca Sandoval en Cuadernos del Sur. En la página de la editorial Candaya tienes más detalles de estos cuentos que han sido finalistas en la edición del Premio Setenil de este año.
En las sesión comentamos los relatos "Persona en alquiler" y "Titanio". El primero un texto duro, descarnado, del que sales con ganas de llorar como un bebé y abrir la ventana para contemplar la tormenta. Una mujer joven está a punto de marcharse, o no, tras haber llevado en su vientre alquilado una bebé. El contrato señalaba claramente que ella no era la madre verdadera. Un pulso entre el apego y el desapego. Una herida que rezuma leche, que duele. El segundo texto cuenta cómo una mujer escribe para encontrar sobre la historia que late en la pantalla la felicidad que no tiene en su vida. Un compañero ausente, un bebé a quien atender, una madre gris como el titanio que repara su cadera rota. Podría ser esta un historia autobiográfica aunque no lo es. Sí la última pieza del libro, donde aborda su pasado. Muchos de los textos que recorren la piel de las páginas están salpicados de esquirlas reales, de anotaciones que Fernanda hace de la vida y el dolor, de sus visitas al hospital, del cinexín de sus recuerdos, de los quistes del pasado, del la experiencia del vello soliviantado por el deseo. Fernanda dispara cuando escribe. Son ráfagas breves que acribillan el texto con una poética de lo incómodo, con  un lenguaje en el que las palabras son capaces de volar más, incluso, que ella.


Puedes escuchar a Fernanda García Leo en el programa "Efecto Doppler" de Radio Nacional de España. Descubrirás que le encanta llevar la contraria. Empujarnos al interior del texto para tratar de comprender o al menos no tambalearnos ante la historia, de mostrarnos a unos personajes rotos que retratan esta sociedad en la que vivimos, textos claustrofóbicos en los que nos movemos a tientas y que han sido perfumados con poesía, sarcasmo y crudeza.
Dejamos aquí una breve muestra de su literatura y celebramos que este libro estrene su segunda edición:

Teoría del tacto

Ver es cálculo. El sonido, sugestión. Las palabras están crudas. Si las pruebo, ¿me enveneno?

Caza y pesca

Tu cuerpo será pimienta negra en mi boca, eso me digo al salir de la cabaña, en dirección a tu casa. Perorata silenciosa es el deseo. Llegó el verano suave y sin perfume, preciso el tuyo. La noche arde. Me da risa pensar que voy a morderte, que serás mía y yo, la trampa. Pero al llegar, no hay señales y las luces también faltan. Te llamo a voces. Como no hay viento, el llamado se cae al piso. De la casa de al lado me responde el ladrido de un perro viejo, una tos, algo cansado de existir. Vuelvo a la cabaña y encaro hacia la orilla con mis aperos. Una luna histérica va y viene tras la negrura de pocas nubes. Me pongo las botas. Me introduzco. El mar repite sus cosas, menudea seres de adentro hacia afuera. Algo pica y no sos vos. La cosa se hunde. Por no soltar termino resbalando. Trago agua, persevero en la disputa. No quiero perder la noche dos veces. Pero el bicho da pelea. Estamos un rato tironeando por su vida. Lo imagino conmigo, en la sartén, pensando en tu cuerpo. Lo dejo ir. Rompería la tanza con los dientes.

Incorrección final

Amor. Hola. No puedo creer. Me enteré. Supe. Te vieron el otro día con. Hace un mes que no sé nada de vos imagino que sos casi feliz sin mí y me resulta increíble raro que no hayas venido al festejo. No se cumplen 60 58 53 años todos los días. Espero que seas feliz, me perdones, no me guardes rencor pases de vez en cuando por mi cama, casa, el barrio, acá. Como amigo te lo digo, mi cuerpo es un musco del tacto, tengo ordenada por sectores cada huella dactilar tuya. Lo nuestro fue. Podemos ser. Dejarte fue una qué bien te queda la libertad. Un beso ahí. Saludos.

Puedes conocer un poco más a la escritora en esta entrevista publicada en "Todo Literatura". 


Propuesta de escritura

Teoría del tacto es un catálogo de personajes situados en el vórtice de sí mismos. Los temas con que Fernanda aborda el sinsentido en el que vivimos recorren realidades como los vientres de alquiler, la pornografía, la prostitución, la locura, la muerte, las redes sociales, el duelo y la enfermedad. Elige uno de esos temas y muéstralo en un texto a través de los personajes. Una vez escrito el relato, trata de rehacerlo con la mitad de la historia. Trabaja la síntesis, el ritmo, la elipsis. El lenguaje directo con alguna que otra licencia poética.


Estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora;


Ivana...

Mi cuerpo ya no es mi cuerpo. Dejó de serlo en el mismo instante en que subí a aquella furgoneta y allí mismo tres hombres me lo arrebataron.
Me trajeron desde Rumanía. Dicen que he contraído una deuda que debo pagar para ser libre. Tengo 16 años.
No salgo de este cuarto, aquí ¿Vivo? Entran muchos hombres. Me dan asco. Me agarro al único rayo de sol que se cuela por la ventana. Me empuja, me eleva y me lleva a un prado inmenso. El rocío me cubre la piel. No, no es el rocío, es su sudor. Contengo las náuseas. Termina. Se va sin despedirse. Me preparo para el siguiente. Soy la novedad. Todos quieren pasar por mí. Dentro de poco vendrá nueva mercancía. Será otra la que viva este infierno y yo podré dormir.
Mi cuerpo ya no es un cuerpo. Creen poseerlo. De piel para adentro ni me rozan. No saben lo que soy ni lo que siento. Mi cuerpo ya no es mi cuerpo. Jamás será de ellos.

Aurora Zarco
Grupo B


Optimista

Resulta que tengo que darles a los chicos de la clase de mi hija una charleta sobre redes sociales. Me ha dicho su profe que, en mi condición de profesor de física de partículas, yo era, de entre todos los padres, lo más cercano que tenían a un experto en comunicación digital. Alucina. Ella sabrá, yo no he querido sacarla del error.

El caso es que me he puesto a esbozar la cosa y me ha salido muy contradictoria. Menos mal que al final he sido capaz de simplificar tachando todo lo que me parecía que podía inducir al pesimismo, sobre todo para demostrarle a mi amigo Roberto, que dice que tengo un espíritu crítico excesivo, que también puedo ser optimista y positivo en mis juicios.

Aunque al contárselo a los críos me enrolle hablando para que no parezca que no me lo he trabajado, el llamémosle guion, una vez simplificado, sería algo así:

Queridos niños: En las redes sociales hay, hoy en día, sobre todo detritus. Son como esos inmensos basureros de las grandes ciudades del mundo pobre, donde los más pobres tratan de encontrar objetos que tengan algún valor y donde a veces, en honor a la verdad, hay que decir que se encuentran cosas de interés.

Crean vínculos entre vosotros y os permiten estar siempre comunicados y en contacto sin que nadie ajeno a vuestro grupo venga a molestar. Así se facilita, cuando se produce, el abuso, el acoso sobre los que sois más débiles, lo que ahora llamáis bullying. Los abusones podéis fastidiarles las 24 horas y a domicilio.

Además, ya fuera de vuestros círculos, os permiten, mejor que cualquier otro medio haceros sentir que os relacionáis de verdad con los que las mismas redes denominan amigos, y que no son más que paupérrimos sustitutos de una inexistente amistad.

Con las redes sociales ya no tenéis que salir de casa a ensuciaros las zapatillas pateando el barrio. Por fin el contacto personal ya no es necesario. Podéis ahorraros muchos de esos incómodos momentos en los que a diario os veíais obligados a oler el perfume del chico o la chica que os gusta, aguantarle la mirada, tocarle, interpretar el tono de sus palabras.

Podéis cuidar y mejorar la imagen que ofrecéis tanto como queráis, podéis mentir para mostraros más atractivos e interesantes de lo que sois, contar historias, engañar y ocultar vuestros defectos adjudicándoos un falso papel protagonista en vuestra novela inventada.

No podéis confiar en que la información que os brindan cuando navegáis no sea la que dictan intereses comerciales o ideológicos no declarados. No podéis confiar en que los algoritmos supuestamente inocuos e imparciales de los que son propietarios oscuros y ambiciosos personajes no se vean afectados por sesgadas opiniones.

Tic Tok, Youtube y las demás os ahorran un montón de ese tiempo que perderíais en ver cosas que no os interesan generando círculos viciosos de búsqueda en bucle, siempre a favor de vuestros gustos y vuestras creencias borrando de vuestras jóvenes vidas lo que es tan básico para la convivencia: el contraste de opiniones y el conocimiento de lo que opinan los que no opinan como vosotros.  

En fin, yo creo que con esto bastará. No me gustaría aburrirles a los pobres con tantos halagos a Elon y a Mark.

Voy a enseñárselo a Roberto, para que me felicite por el esfuerzo.  

Carlos Coca
Grupo B


Voces e indiferencia

Muchos de mis amigos se han convertido en mis enemigos, muchos enemigos han hecho amistad conmigo, pero los indiferentes me han permanecido fieles.

Stanislaw Jerzy Lec



Me queda cada vez menos. Me lo están quitando todo. No merecen confianza. No puedo estar todo el tiempo vigilando. Me canso. En casa estuve a salvo. Ya no. Papá me complica. La ventana tiene dentro la luna, que salta y se tiñe. A veces verde, y pasa a amarillenta como marfil cuando se queda quieta. Papá dice que no la mire y que duerma. No se puede. La luna está ahí para que se la vea. Nunca comprende lo que está claro. Piensa raro. Pero no voy a hacer caso por más que se me repita siempre lo mismo. Tengo derecho a pensar y a decidir si lo hago. No actúo al dictado. Yo tengo mi criterio. A papá se le respeta. Ya está bien. Mi padre no me abraza, y no comprende nada. Yo no me veo capaz porque sé que se hace el indiferente. ¡Que no! No haré caso por más que se me repita y se me repita. Tomo pastillas por mi bien. Y por el suyo. Todo es indulgencia y se hace permeable, silencioso. Mal dicho “silencioso”. Resuenan soterrados susurros que ni durmiendo callan. Acabará ardiendo mi cama un día. Y todos.
Mi hermana está ahí, como está la luna, para que le cuente. Habla poco, mira bien. Le digo lo que me viene, y que un día puedo matar a papá. Las voces son perentorias. Me mira muy seria, pone mi cabeza en su pecho y me besa el pelo. Se me pasa y ni los susurros se escuchan. Dura poco. No tener a mamá acaba siendo bueno. No me pueden pedir nada con ella. Con mamá están callados. Me abrazaba y yo le pasaba los dedos por el poco pelo que le iba quedando. Se fue y me corté ese día en el brazo y en una pierna para sentir. Pienso en mamá y veo una cuchilla de afeitar.
Confiaba y son un fraude. Mi hermana no. No contaba y ahora... Mi padre nunca fue nada. La indiferencia es como las rayas de los aviones en el cielo. No te tocan, no sirven.
Por más que me griten y me susurren al oído, papá es papá, y un hijo no...
Aunque los indiferentes son los peores…

Juan Delgado
Grupo A


Tirado en la esquina

La cinta del pelo rodeando mi cabeza y el poncho que pretende protegerme del frío, es todo lo que queda de la imagen que inventé hace veinte años. Ya no están la guitarra Gibson LesPaul, ni los pantalones de cuero, ni la camiseta amarilla de tirantes, ni la chaqueta vaquera de color rojo fuego, ni las botas claveteadas, ni todos aquellos complementos, ni la caja de jeringuillas y el polvo blanco. Ahora, postrado en este suelo húmedo de lanchas de piedra, no me reconozco, ni me reconocen los pocos viejos conocidos que no se han marchado y siguen pateando la ciudad. Mis pómulos hundidos, las arrugas de mi frente y el color ceniciento de mi rostro hacen difícilmente imaginable que su dueño fuera el guitarra rutilante de entonces. Era el ayer. Horas de ensayo, muchas horas de conciertos y muchas más horas de fiesta y palmaditas en la espalda. Me comía el mundo con diecinueve años recién cumplidos. Muchas horas de todo lo demás, sin límites. Vivíamos como si no hubiera un mañana. Pero sí lo había. Ese mañana es hoy. Jonhy, el batería, lo dejó por los estudios de derecho. Gundi, el bajo, callado y multifacético, no salió de aquella última depresión. Alex, guitarra de acompañamiento, perdió un brazo con la moto y se refugió en el negocio familiar. Y Patty, la vocalista, la trasgresora, la avanzada, la pretendida de todos, la que me eligió a mí pero, llegado el momento desdichado, se casó con el mánager y se olvidaron de la banda. El destino decidió que todo sucediera el mismo mes de abril de hace veinte años. El mañana de aquel mes de abril es este hoy gris en el que no he vuelto a saber nada de ellos. Es este hoy gris en el que una altiva Pilar González, Patty, le ha dado una patada descuidada a mi pañuelo depositado en el suelo con las pocas monedas conseguidas limosneando.

Manuel Medarde
Grupo A


El día de antes de fin de año

A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que ya haces casi de forma mecánica. Abrir la trapa, desconectar la alarma, revisar el correo, las redes sociales, los pedidos que llegan, los pedidos que se van, atender con una sonrisa, aguantar pesados con una sonrisa, hacer tareas para las que no estoy contratada con una sonrisa, la caja, la alarma, la trapa. Y a casa. A veces rasco unos minutos para escribir. Me siento mal cuando lo hago, porque no está en mi contrato. Sigo haciéndolo. Pienso en las otras cosas que no paga mi contrato. Convertirme en una especie de guardiana del secreto de confesión, por ejemplo. A veces son confidencias simpáticas. Otras enfadan por su descaro. Todas tienen un poso común y, sin embargo, albergan relatos de lo más granado. Ninguna deja indiferente. De vez en cuando, llega una que cala y abre un agujero negro en el estómago.
El día de antes de fin de año, una muchacha vino a la tienda. Con la confianza que da hablar con un desconocido, desnudó su alma y me partió por dentro en dos. Ella no lo sabe, pero su novio la viola. Ella no lo sabe, pero yo sí. Tengo que vivir con ello. No puedo hacer nada más que tender una mano hacia ella. No la coge. Cógela. Coge mi mano. Es lo único que puedo hacer. Escucharte y tender una mano. La viola una vez al día, dos. El trabajo no me paga el psicólogo. Me tiembla el labio mientras lo escribo. La viola cuatro veces a la semana, cinco. Coge mi mano, por favor. Tiene una sonrisa de dientes torcidos y oscuros, aunque no tanto como el corazón de su pareja. Tiene una sonrisa que no llega a los ojos. Lloro. No sabrá nunca que lloro por una desconocida.
Hay cosas que no te paga una nómina.
Como llorar por ella.
A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que haces casi de forma mecánica. Luego me encuentro llorando por una conversación de veinte minutos con una desconocida que sufre. El día de antes de fin de año, determino que he de buscar un nuevo trabajo.

Sara GL Terrén
Grupo C

Historias de ascensor

Esta semana solo tuvimos sesión del taller de escritura con el grupo C, así que recuperamos un tema ya tratado en años anteriores con los otros dos grupos. El tiempo se pasó en un suspiro de tanto subir y bajar en ascensor. Y mira que pulsamos el botón de "Stop" y el botón de alarma para detenernos una y otra vez y recrearnos aún más en el viaje. Le pusimos a la sesión un nombre con empaque: Ascensum. Lo tomamos prestado de la iniciativa que con ese mismo nombre permitió a muchos ciudadanos contemplar de cerca la fachada de la Universidad de Salamanca durante su última remodelación. Puedes ver un breve reportaje aquí.
Comentamos algunos de los textos de "Cien viajes en ascensor" de Alfonso Zurro, un libro que recoge cien piezas breves que transcurren en el interior de un ascensor.
Señala María Jesús Orozco en el prólogo: “Todas estas minipiezas, todos estos encuentros fortuitos, constituyen los fragmentos de un puzzle, estructura coral que no se atiene a una mera relación sin objetivo, puesto que conforma una unidad muy bien urdida. Así, si las primeras minipiezas evocan más bien un clímax más distendido, iniciando la serie con uno de los tópicos que más se asocian al ascensor, “hablar del tiempo”, continuando en su desarrollo con un repaso de las principales lacras del siglo XXI, las últimas muestran un perfil más desolador -la decadencia, el castigo, la purgación de las faltas cometidas- que concluirá con el apocalipsis, la destrucción de ese “no lugar” y el extermino del ser humano. Así se revela en la última minipieza, “Espalda”.




Se imaginan que alguien entra en el portal y dice Perdone... ¿es éste el ascensor donde se ha aparecido la Virgen? o que coincides en un ascensor con una mujer disfrazada de albóndiga y un hombre de reina de España. Estas y otras muchas escenas son las que presenta Alfonso Zurro en Cien viajes en ascensor. Un calidoscopio de la sociedad en que vivimos.

Dejamos aquí como muestra el texto "Pajarito", una de las piezas incluídas en el inicio del libro:

Un hombre y una mujer se encuentran en el ascensor.
–Buenas tardes…
–Y calurosas…, la que está cayendo… son bofetadas de fuego.
–Y aún más… mire lo que llevo en la cabeza.
–Eso… ¿qué es?
–Un pájaro, un pájaro muerto… Este calor lo ha debido abatir mientras volaba y el pajarito ha ido a desplomarse sobre mi peinado… he intentado quitármelo, pero ha sido imposible, se ha quedado enganchado entre los rizos.
–También es casualidad y puntería.
–Una mala suerte, el dichoso pajarito ya me ha chafado el día. Imagínese, salgo de la peluquería, doy cuatro pasos y plas… pajarazo en el moño.
–Quizá sea una señal…
–Mi madre ya lo advertía: esta niña tiene la cabeza a pájaros…, no iba desencaminada, sus augurios se han cumplido.
–Si quiere le echo una mano
–¿Qué insinúa?
–Oh… perdone por lo equívoco de la expresión…, me refiero a ayudarle con el pájaro y los pelos.
–Disculpe por la confusión…, es tan extraño encontrarse hoy día a auténticos caballeros.
–Si no le importa…
–Muy al contrario, se lo agradezco… Intente salvarme lo que pueda del peinado, las peluquerías tienen unos precios…
–Es un gorriato, está como si en un último aliento de vida hubiera intentado agarrarse a cualquier sitio…, y encontró su pelo… Poco a poco…
–Un hombre busca entre la selva de tus cabellos un pajarito muerto…, ¿no le suena poético?
–Lírico, endiabladamente lírico, ¿es usted poeta?
–Dios me libre, la poesía amansa a las fieras, no está hecha para mí, prefiero escuchar el rugir de la leona que llevo dentro.
–Ya está…, aquí tiene el pájaro.
–Bueno… ¿Y qué hago yo ahora con este animalito?
–Tirarlo
–Es tan poquita cosa…, si me hubiera caído una perdiz ya estaría pensando en alguna receta suculenta… ¿Sabe? Soy una estupenda cocinera, pero con este pajarín poco se puede hacer…, la verdad es que soy incapaz de arrojarlo a la basura, lo siento como algo mío…, estoy conmovida… debería enterrarlo.
–Dada la naturaleza del suceso no estaría nada mal, si necesita de un monaguillo en mi juventud ejercí esas labores y recuerdo el pater noster latino.
–Le tomo la palabra, lo enterraremos en una maceta de siemprevivas, será un funeral sencillo, ambientado con música de Bach.
–Está usted afligida, se le nota que tiene un espíritu harto sensible… Si no le importa, después de la ceremonia la invito a cenar en mi casa al amparo del aire acondicionado…, me llamo Manolo.
–Y yo Pepa, después de todo, el suceso se ilumina como portador de buenos augurios, le espero en media hora. Voy a preparar todo para el sepelio… Ah, no es necesario que se ponga corbata negra.
El ascensor de detiene. Ella sabe garbosa…, él la ve alejarse por el pasillo con el pajarito entre las manos.

Incluimos, a continuación, una lectura dramatizada de los alumnos del Aula de Teatro del Patronato Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan de varias escenas de Zurro:





Y nos referimos ahora a varios cuentos sobre ascensores: El ascensor que bajó al infierno de Pär Lagerkvist o El milagro del ascensor de Alejo Carpentier, uno de los primeros cuentos que el escritor cedió para Hojas Universitarias por la Fundación Alejo Carpentier de La Habana, en Cuba.

La empresa de ascensores IASA promovió años atrás un premio de Microrrelatos. La ganadora de la primera edición fue Paloma Hidalgo Díez con el texto "El rascacielos":

Él se enamoró de mí cuando el ascensor alcanzó la segunda planta. Yo ya le amaba en la primera. En la décima acepté el anillo; la boda, íntima, la celebramos en la decimoquinta. Tres más arriba llegaron los gemelos y la hipoteca. Elevarnos sueños juntos una docena de plantas más, un tiempo perfecto en el que conjugamos el verbo amar hasta tener a Lea, plantamos el cerezo, y nos aficionamos a volar en globo. Pero en la trigésima subió ella, la mujer que ahora vive en sus pupilas. Rezo para que se baje en la siguiente, yo tendría, otra vez, dos plantas para enamorarle antes de alcanzar la última.

Incluimos también un texto de Mario Benedetti titulado "Ascensor":

La muchacha y el hombre ingresaron en el ascensor en la Planta Baja. Ella marcó el 5º piso y él marcó el 7º. Pero de pronto sobrevino un apagón y el ascensor se detuvo, naturalmente a oscuras, entre el 2º y el 3º. Él dijo: «Caramba», y ella: «Qué miedo».
Permanecieron un rato en aquel lóbrego silencio, pero al fin el hombre dijo: «Al menos podríamos presentarnos. Mi nombre es Juan Eduardo».Y ella: «Soy Lucia».
Él decidió mover de a poco el brazo izquierdo, y así, a tientas, llegó a tocar algo que le pareció un hombro de la chica. Allí se quedó, esperanzado. Ella levantó una mano y la posó sobre aquel brazo intruso. «Tenés un lindo hombro —dijo él—, parece el de una estatua». Ella apenas balbuceó: «Tu mano me gusta, al menos es cálida».
Entonces, ya mejor orientado, el brazo masculino bajó hasta la cintura femenina. Ella tembló un poco, pero acabó sintiendo. En realidad, no tuvo tiempo de preguntar nada, porque él le cerró la boca con su boca. Lucía, un poco asombrada, sintió que aquel beso le gustaba y respondió con otro, éste de su cosecha.
Así quedaron un buen rato en aquella tenebrosa intimidad. Él preguntó: «¿Sos soltera?». «Sí, ¿y vos?»; «Viudo». Inauguraron un abrazo inédito, y así permanecieron, disfrutando.
De pronto se acabó el apagón, pero el ascensor todavía quedó inmóvil. Ambos, ya con luz, se estudiaron los rostros y sobre todo las miradas. Hubo un mutuo visto bueno.
Él dijo: «No estuvo mal, ¿verdad?». Y ella: «Estuvo lindo». Él «Me parece que el ascensor va a empezar a moverse. En Planta Baja marcaste el 5º. ¿Vas allí?». Y ella: «No, ahora voy al 7º».
Al final el ascensor arrancó y los llevó como lo haría un padrino.

Y por último, en esta rápida selección de textos, transcribimos "El ascensor para las estrellas" de Gianni Rodari:

Cuando Romulito tenía dieciocho años entró a trabajar como mozo en la pizzería “Italia”. Le   encargaban los servicios a domicilio. Durante todo el día corría arriba y abajo por las calles y escaleras, llevando en equilibrio bandejas cargadas de deliciosas  pizzas, bebidas, papas fritas y otros comestibles.
Una  mañana telefoneó a la pizzería el inquilino 14 del número 103: quería una pizza napolitana y una bebida grande.
– Pero inmediatamente, o lo echo por la ventana –añadió con voz ronca el marqués Venancio, el terror de los mozos a domicilio.
El ascensor del número 103 era de aquellos prohibidísimos, pero Romulito sabía cómo burlar la vigilancia de la portera, que dormitaba en su mostrador: logró meterse en el ascensor, cerró la puerta, pulsó el botón del quinto piso y el ascensor partió crujiendo.
Primer piso, segundo, tercero. Después del cuarto piso, en lugar de aminorar su marcha, el ascensor la aceleró y cruzó el rellano del piso del marqués Venancio sin detenerse, y antes de que Romulito tuviera siquiera tiempo de asombrarse.
Toda Roma yacía a sus pies y el ascensor subía a la velocidad de un cohete hacia un cielo tan azul que parecía negro.
Con la mano izquierda continuaba sosteniendo en equilibrio la bandeja con la consumición, lo cual era más bien absurdo considerando que alrededor del ascensor se extendía ya a los cuatro vientos el espacio interplanetario, mientras la Tierra, allá abajo, al fondo  del  abismo celeste, rodaba sobre sí  misma arrastrando en su carrera al marqués
Venancio, que estaba esperando la pizza napolitana y su bebida grande.
– ¡Córcholis! –exclamó–. Estamos aterrizando en la Luna. ¿Qué estoy haciendo yo aquí?
Los famosos cráteres lunares se acercaban rápidamente. Romulito corrió a apretar alguno de los botones de la caja de mandos con la mano libre, pero se detuvo:
– ¡Alto! –Se dijo antes de pulsar un botón cualquiera–, reflexionemos un momentito.
Examinó la hilera de botones. El último de abajo llevaba escrita en rojo la letra “P”, que significa “Planta baja”, o sea la Tierra.
– ¡Probemos! Suspiró Romulito.
Pulsó el botón de la planta   baja y el ascensor invirtió inmediatamente su ruta. Pocos minutos después volvía a atravesar el cielo de Roma, el techo del número 103, el hueco de las escaleras, y aterrizaba junto a la conocida portería, donde la portera, ignorando aquel drama interplanetario, seguía dormitando.
Romulito salió precipitadamente, sin detenerse siquiera para cerrar la puerta. Subió las escaleras a pie. Llamó al número 14 y escuchó cabizbajo y sin respirar las protestas del marqués Venancio:
-Pero bueno, ¿dónde te has metido en todo este tiempo? ¿Sabes que desde que he ordenado esa maldita pizza napolitana y bebida grande han transcurrido catorce minutos?
Si Gagarin hubiera estado en tu lugar, habría tenido tiempo de ir a la Luna. 

Recuerdo aquí, por último, un excelente cuento de Clara Obligado titulado "El enviado" (Las otras vidas, Páginas de Espuma) que comienza así:

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.
Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.
Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:
–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

[...]

Vimos un breve vídeo titulado "El elevador" de Magaby García en el que se plantea ese cotidiano conflicto de saber si hemos pulsado o no el botón para llamar al ascensor y si éste va a obedecernos. Y recomendamos el libro "El ascensor" de Yael Frankel de Ediciones El limonero. 


Propuesta de escritura

Escribe un texto, ya sea monólogo, diálogo o cuento, que transcurra en el interior de un ascensor

Estos son algunos de los trabajos enviados hasta ahora:


El Ascensor que yo quiero

Quiero un ascensor
para subir al cielo.
Un ascensor lleno de espejos,
que me miren sin decir nada.
Dar los buenos días a las cigüeñas
porque las vi reflejadas
entre los pisos del alba,
en la niebla que me indica
el camino,
hacia un arco Iris
de sueños y miedos.
llegar al último piso y,
descender a la profundidad
del océano, enredado por el aire
en un suspiro,
y, perderme entre corales
peces de colores y algas.

P.G.
Grupo C


Ascender, descender, trascender

Al entrar en el ascensor, recorrió con la mirada cada esquina y eligió aquella en la que pasar más desapercibida: lo último que quería era verse obligada a entablar otra absurda conversación insustancial sobre el tiempo. Ajustó la amplia bufanda alrededor del cuello, porque a pesar de no querer hablar del tiempo sabía que hacía demasiado frío. Todo parecía demasiado frío desde hacía demasiado tiempo. Guardó la nariz debajo y los cristales de las gafas no se empañaron. ¿Funcionaba aquel stick ani vaho, finalmente? La meca de los miopes, sin duda.
Siempre sintió respeto por aquellas cajas metálicas que subían y bajaban por los edificios como ataúdes para el cómodo transporte de los vivos. Como los aviones, en esencia. Los años y la meditación consiguieron que pudiera usar los primeros, las «benzos» hicieron lo propio con los segundos. Las «benzos» y las gominolas, primas hermanas para los adultos inestables.
Imaginó a quien dio nombre por vez primera al invento. Ascensor, porque asciende. Tenía lógica, pero ojo, que también desciende. ¿«Descensor» no sonaba bien? Desde luego que ahora chirriaba en el oído, aunque era innegable que descendía igual que ascendía. Igual era la aspiración humana: el ascenso a un puesto suculento, a unas vistas privilegiadas, a un lugar mejor. Descender quedaba para el pie de calle más mundano, hacia el abismo. No asciendes a los infiernos.
Si aquel ascensor se parara en ese mismo instante… ¿Habría alguien al otro lado del botón de emergencias? Si el ascensor cayera al vacío del foso desde el decimoctavo… ¿Se elevaría ella cómo si no existiera la gravedad, durante unos instantes, solo para acabar como una masa de sangre y cerebro desparramado? No recordaba que aquel viaje durara tanto. Tenía que haber tomado más benzodiazepinas para cogerlo.
—No: han sido suficientes —anunció una voz metálica desde el altavoz—. Pero aún puedes elegir el destino.
Apenas mudó el gesto cuando sacó el bote del medicamento del bolsillo y lo agitó el el aire, escuchando la nada. Contrajo el pecho en una carcajada muda y apenas un hilo de aire salió de su cuerpo.
Estudió los botones del cuadro de control, comprobando que no apretó ninguno al entrar. Cerró los ojos un instante antes de tomar la decisión de presionar el adecuado.
Esta vez sí, sonrió al hacerlo.

Sara Terrén
Grupo C


La buena educación

La chica entró apresuradamente en el ascensor cuando yo iba a pulsar el botón de mi piso.
-¿A qué piso va?- pregunté en tono amable.
-Da lo mismo, me escondo de un hombre que me persigue, pulse antes de que me vea.
-Bueno, en ese caso, si no sabe a que piso quiere ir, sólo podemos hablar del tiempo- dije mientras pulsaba mi piso.
Ella me dio la espalda sin contestar.
-¡Qué falta de educación!- pensé

Enrique Martínez
Grupo C


Ascensor

Entraron abrazados en el ascensor y sin apenas soltarla, él marcó el 9º.
“¿Has puesto bien el piso?”, dijo ella, sofocada y casi sin aliento. –“Sí, vamos a tu casa, es en el 9º”, respondió y añadió, con voz apresurada, “lo podíamos hacer ya, aquí tenemos tiempo”. –“No es el lugar adecuado, Daniel, ten paciencia; además puede parar en cualquier piso y asomar algún vecino”.
“Pues estoy empezando a sudar de tanto estar pegado”. “Ten paciencia, te he dicho”, le increpó, Eloisa.
“Venga”, ronroneó Daniel, “ya no me puedo aguantar el placer de descubrir cómo se siente en el tacto ese volumen que tienes en el abrazo y que tanto hemos esperado, para disfrutarlo juntos”. “Sólo un momento para sentirlo y catarlo, lo hacemos rápidamente”, insistió Daniel.
De pronto el ascensor paró, lentamente la puerta se abrió. Era el vecino del 8º y ella clavó los ojos en su uniforme bien planchado. El vecino los miró de arriba abajo: -“¿dónde vais tan sudorosos y excitados?”. Nada le respondieron; pero al moverse Daniel, para hacerle sitio, una de las bolsas se abrió y de ella empezaron a salir billetes de cien, doscientos y algunos de quinientos euros.
“Esto sí que es mala suerte”, dijo Eloisa, “para una vez que nos había salido bien el atraco”. “Y ni siquiera nos ha dado tiempo a contarlo”.

Gabriel Risco Ávila
Grupo C


Dos bolsas de granadas en el ascensor

Esto es un cuento de Navidad y empieza con la sorpresa que se lleva Sucinta, la vecina del segundo B, la más madrugadora, al coger el ascensor un día normal de diciembre. Sucinta saca todos los días a su westie a pasear a las 7 de la mañana. Ese día de diciembre, previo a la Navidad, cogen Sucinta y su westie, llamado Sur, el ascensor, Sucinta bien abrigada, y se sorprende con la visión de dos bolsas llenas de granadas sobre el suelo del ascensor. Son dos bolsas de papel decorativo con motivos navideños. Sur, también sorprendido, ladra a las coloridas bolsas, sabiendo que no deberían estar allí. “Sí, ¿qué hacen dos bolsas llenas de granadas en el ascensor?”, se pregunta Sucinta. “Alguien se las habrá dejado olvidadas. Le preguntaré a Olvido”. Olvido es la vecina del Bajo A. Lleva toda la vida viviendo en ese bloque de pisos. Tampoco son tantos vecinos, diez, cuatro pisos y el bajo, puertas A y B. No puede ser tan difícil averiguar de dónde han salido las dos bolsas de granadas. Además, Olvido controla todo el descansillo y el ir y venir de la gente, y lo recuerda todo.
Cuando vuelve Sucinta de su paseo, se encuentra con el joven vecino del tercero A, Galo se llama, que sale a trabajar, pero tiene que volver a casa porque se ha dejado la bufanda. Así que, vuelve a coger el ascensor. Dos pisos y dos bolsas de granadas perdidas en un ascensor dan para mucha conversación. Un mínimo comentario al frío que hace y se pasa directamente a las bolsas de granadas. “No, no son mías”, comenta Galo. “Pero me encanta esta fruta de temporada. Su color, su sabor, su jugo rojo. Solo abrir la granada, ya siento un gusto y un placer intenso. Las como con cuchara o en ensaladas. ¡Qué ricas!” Sucinta también habla de su gusto por las granadas. Y también se atreve a contarle a Galo algún recuerdo de su juventud compartiendo una granada con su difunto marido. “¡Cómo nos reíamos cuando nos saltaba el jugo a la ropa! ¡Era un fruto de lujo! ”. “No sabía. Es que en mi tierra hay muchas”, responde Galo. Sucinta sale con su perrito en el segundo y Galo sube al tercero a rescatar su bufanda. Los dos siguen pensando en las bolsas de granadas. Galo estará todo el día rememorando su tierra, las granadas que cogía en el huerto de su abuelo. También pensará en el pasado de Sucinta, en esos años de carestía en los que una pieza de fruta significaba opulencia. Piensa en la suerte de Sucinta por poder compartir la fruta con la persona amada. “Cuando me la vuelva a cruzar, se lo comentaré”, piensa. Sucinta también pasará el día pensando en las granadas y en Galo. “¡Qué joven tan agradable!”, piensa. Espera el momento de llamar al timbre de Olvido. Con lo que le gusta hablar a Sucinta. Ninguno se ha atrevido a tocarlas, por supuesto. Ya aparecerá el dueño.
A partir de las nueve y media ya empieza a haber más movimiento. Baja la mujer que vive en el cuarto B con su marido y sus hijos. Viena va con prisa porque llegan tarde al colegio. Cogen el ascensor y se quedan con la boca abierta. Los niños, Ibis, Robin y Paloma, de nueve, siete y cinco años, se lanzan a las granadas como pajaritos a un trozo de pan. Quieren cogerlas y llevárselas, uno para comerla en el recreo, otro para jugar al fútbol con ella, la más pequeña para enseñársela a su maestra. Viena se lo impide y les pide que se comporten, enfadada. En ese momento, el ascensor se para en el segundo y entra Frida, la actriz que vive en el segundo A. Frida es muy guapa, famosa por sus papeles en televisión, pero tímida y habla poco con los vecinos. Está a punto de no subirse, pero los niños quieren contarle, todos a la vez, que han aparecido unas granadas en el ascensor. Frida entra y se da cuenta de la existencia de la fruta. Les dice a los niños que quizá haya llegado con antelación algún paje de los Reyes Magos. Les cuenta que en Holanda el que trae los regalos a los niños es San Nicolás el 6 de diciembre. Quizá haya sido él. Los niños le preguntan si ha estado en Holanda. Y ella les dice que vivió unos años, que habla holandés y que algún día pueden ir a su casa y les puede contar historias de ese país y darles galletas típicas.”¿Os gustan las galletas?” “Algún día que actúe en el teatro, podéis venir a verme. Y vuestra mamá también”. Llegan al bajo y se separan. Se sonríen y Viena le da las gracias y piensa que qué mujer tan agradable. En la oficina, Viena soñará todo el día con viajar a Holanda. Frida soñará con pasar las Navidades rodeada de niños.
De once a una está Coro, la mujer de la limpieza. Coro deja el cubo de fregar junto a las granadas y decide llamar a varios pisos para preguntar si alguien se ha dejado las bolsas navideñas en el ascensor. Aprovecha para preguntarle al presidente de la comunidad, que vive en el tercero B, se llama Raúl y es poeta, si puede comprar fregonas y bayetas nuevas. También se interesa por la salud de los vecinos que conoce de toda la vida. Con algunos hace mucho que no habla. “¡Qué raro! Qué poco se habla últimamente!”, piensa.
El padre de los niños, Notorio, que trabaja en una empresa de marketing y lo hace on line, baja a media mañana a comprar tabaco. Percibe las granadas. Su olor, mezclado con el del tabaco de su ropa, no le agrada mucho. Está a punto de darle una patada a las granadas cuando se abre el ascensor en el segundo y entra la amiga de Frida, Nacha. Nacha y Frida comparten piso. Las dos son la sensación de la escalera. Notorio disimula y comenta: “¡Qué curioso! Han aparecido unas granadas en el ascensor. Alguien se las habrá dejado. Si son suyas, se las puedo acercar a casa. Que deben de pesar”. “No, no son mías, gracias. Muy amable”. Notorio se siente satisfecho. “Me ha sonreído. Creo que le gusto”, piensa. Nacha piensa con un poco de ingenuidad que todavía quedan hombres caballerosos.
En el portal coinciden un repartidor de comida y Sixto, que llega del trabajo de su turno de noche. El repartidor se llama Joel. A los dos les hace gracia la aparición de las granadas. “Será una broma”, comenta Sixto, “y eso que no son Los Santos Inocentes todavía. Todavía no he desayunado, que, si no, me cogía una y me la comía. Y usted, ¿ha desayunado? Venga, que le pongo un café caliente. Trabajar en la calle en estos días tiene que ser muy duro.” “Pues, vale, gracias, en un vaso de plástico, si tiene, y me lo llevo”. Se paran en el primero, donde vive Sixto y le saca un café. Joel va al cuarto A, donde vive Felisa, que está en silla de ruedas y hay que llevarle la comida. Felisa coge poco el ascensor, sólo cuando va al médico, pero espera con impaciencia a Joel, que le pone al día de todas las noticias. Felisa, por supuesto quiere salir al rellano y ver las granadas con sus propios ojos. Felisa, que es muy religiosa, le cuenta a Joel que la granada es el símbolo de la resurrección y de la vida eterna. A Joel le gusta charlar con Felisa y le da las gracias por sus lecciones. “¡Cuánto aprendo con usted!”, le agradece Joel. Felisa se siente contenta y piensa que qué agradable es ese chico. Joel se marcha bebiéndose su café y pensando qué que majo es el vecino del primero B.
El del bajo B, Don Huraño, que nadie sabe si es mote, pero todos le conocen por ese nombre, nunca coge el ascensor, como es de suponer, ni habla con nadie. Aunque un día lo coge para subir a la azotea para observar las estrellas. Ve la bolsa. “Esperaré unos días para coger una y se la pondré a los gorriones, que ahora no tienen mucho que comer”, piensa.
Pasan dos días. Las dos bolsas de granadas, subiendo y bajando, provocando sorpresa y curiosidad, siendo el tema de conversación, un hecho tan singular y extraordinario, evocando recuerdos, inspirando afectos. Incluso el presidente, el poeta, escribe una Oda a las Granadas.
Al tercer día, aparece una nota que dice:
Pueden coger una o dos granadas, si les place. Disfrútenlas.
Y, ¡Feliz Navidad!
Firmado YO, vecina del ¿…?

Marisa Sánchez
Grupo C


Encerrados

Detecto su presencia anodina e insignificante, depositada en el suelo húmedo y brillante del ascensor.
Dentro de mi pecho algo se desboca cuando despegamos y ya no hay vuelta atrás.
Me concentro en su contorno naranja y tenue, en el movimiento apenas perceptible del agua, ajeno al sonido amenazante de poleas y a los ruidos que mi amígdala reptiliana detecta cuando este aparato roza las paredes.
Pero ella está en el ángulo oscuro y alguien sabe que estamos aquí. Depositaria de esperanza, es mi seguro de vida en este viaje y en este tiempo que apenas discurre.
Alguien la necesita y vendrá a por nosotros.
Un palo de madera, apoyado descuidadamente con su extremo rastrero y sucio, ahora elevado al rango de amigo.
Estamos juntos en esta trinchera de anticipación y miedo. No estoy solo.
Un ruido imperceptible para cualquiera, detona mi corazón, mi mente se dispara ¡Se ha parado entre dos pisos¡ enterrado, olvidado, me faltará el aire y no habrá cobertura. Retiro de mi cabeza la idea de arañar paredes.
Trato de calmarme en el temblor del agua en mi particular y turbio océano, contenido en el pequeño planeta familiar de color naranja.
Un frenazo repentino nos sacude a los tres, náufragos emparedados.
El ascensor se ha detenido y se abren las puertas.
Estoy a salvo, y mientras pienso en llevarla conmigo o darle un beso, el portero aparece y pregunta si estaba dentro su fregona.
Si señor, afortunadamente ahí estaba.

AMF
Grupo C


¡Sorpresa!

Mi tía Gertru vivía en la cuarta planta de un bloque de viviendas de Galapagar. Nunca íbamos a su casa porque había que subir andando o eso era el pretexto que ponía ella para que no se nos ocurriera visitarla. Así que la invitación que nos llegó para comer una paella en su casa, nos sorprendió y mucho.
Y en la calle Los Ángeles número 12, estábamos entrando en su portal, el mismísimo día que estrenaban el ascensor en el bloque de mi tía Gertru. Esa era la sorpresa que nos tenía preparada. Lo primero que vimos fue un enorme prisma metálico en el medio del portal y un montón de gente esperando, que daba la vez para subir al recién estrenado ascensor. Éste era de cristal transparente como el del Reina Sofía, de tal forma que según subías en él, podías ver a tus vecinos, por la escalera o abriendo la puerta de su casa o regando las flores del rellano... también saludaban desde el interior a los que veían afuera, ¡adiós Macarena! decía el de dentro, ¿ya vas para casa? decía la de fuera, ¿has estrenado traje Mauricio?, ¡qué grande ya está tu nieto, Mati!, ¡voy a la pelu Lupita!, ¡tened cuidado que sois 5 ...! Aquello parecía el mercadillo de los domingos, conversaciones a voces entre los que iban dentro y los de fuera.
Por fin nos tocó el turno a nosotros pero el ascensor también era peculiar por ser rectangular, podría decirse muy rectangular, de tal forma que si entrabas de cara, salías de culo y viceversa. Mi tío Honorato que está fuerte, por decirlo suave, no pudo entrar por las estrecheces del ascensor y así se lo indicaron los vecinos al verlo, ¡no, usted no entra!, mi padre que ha perdido 10 kilos este otoño entró por los pelos, yo el otro día subí con los gemelos de mi hija y solo pude tener agarrado a uno y el otro lo rescaté en el 4° porque me lo metieron al fondo y no había manera de sacarlo...Subimos todos menos mi tío Honorato que tuvo que hacerlo a pie. Mi tía Gertru estaba efervescente y no hacía más que contarnos las bondades de su nuevo ascensor
A las 2 nos dimos cuenta de que no teníamos pan y me ofrecí voluntaria a bajar a comprarlo. Llamé al ascensor y me metí pero antes de que pudiera picar al 0 empezó a bajar y se detuvo en el 1°, aquí subieron dos vecinos y me fui al fondo, pegadito al espejo. Seguido subio al 2° y ya éramos otro más. Por fin bajo al 0 pero como estaba situada al fondo del ascensor me pidieron los del 1° que si no me importaba ya subían al 3° a saludar a unos vecinos, pero en el 3 ° subieron 3 hermanos y así me volví a quedar en el fondo del ascensor. Los 3 hermanos me contaron que si eso ya ellos bajaban antes al 2° a ver a su abuela...y allí se subió Claudio que quería bajar al 1° a ver a su amiga Pepita, pero los que habían subido en el 1° lo pensaron mejor y picaron en el 2°para coger unos esquejes de las plantas del rellano. Después de bajadas y subidas por fin bajé al 0 con 2 testigos de Jehová que se apiadaron de mí pero habían olvidado la biblia en el 1°, así que paramos y me pidieron que les esperara con la puerta abierta. Pero bien se veía que era hora punta y aquello empezó a pitar y a llamarnos de todo a través de la escalera, yo me asusté, cerré la puerta y aquello ya fue una montaña rusa para arriba y para abajo eso sí conseguí darme la vuelta y por lo menos poner cara a los vecinos. Pasadas 2 horas conseguí quedarme sola en el ascensor y por fin piqué al 4° y llamé a la puerta de mi tía con los ojos llenos de lágrimas y escuchando a mi tía decir "está niña se parece mucho a mí, ¡es muy sensible! Yo hija también me emocioné mucho con el ascensor y no es para menos".

Elvira Callejo
Grupo C

Se abre el telón

"Se abre el telón". Estas cuatro palabras con las que se iniciaban muchos chistes hace años son en la dramaturgia el equivalente al "érase una vez" de los cuentos. La función comienza y acaba con la apertura o el cierre de esta tela. Al menos en el teatro clásico.
Comenzamos la sesión hablando de bestiarios pues el libro que nos invita a conocer la singular fauna que puebla los teatros se titula así, Bestiario de teatro. Su autor, Pepe Viyuela nos adentra en esa extraña república a través de la metáfora y el símil, en unos textos imaginativos, sutiles, profundos, llenos de matices. Son greguerías extendidas, brochazos poéticos, definiciones cargadas de lirismo que consiguen iluminar los textos.
¿Pueden parecerse los focos que cuelgan de las patas que hay sobre el escenario a murciélagos? ¿Son los aplausos del público palomas mensajeras? En la mayoría de los textos hay un animal o una bestia que ayudan al cómico y escritor a dibujar con detalladas descripciones muchos de los elementos, conceptos o protagonistas del ámbito del teatro. Un libro sugerente que dice mucho del profundo conocimiento que Viyuela tiene del arte de las tablas.



Aunque una de las bestias es la improvisación, el autor no da pie (término muy teatral) a ella. Las palabras acaban por iluminar a los animales o bestias a los que dan cuerpo, como en los bestiarios medievales. allí las imágenes daban cuenta de los extraños seres que conviven con nosotros a un lado y otro de la frontera que divide lo real de lo imaginario.
Julio Cortázar, Borges, Juan Perucho, Pablo Neruda, Ferrer Lerín, Tolkien, Lovecraft, Javier Tomeo, Dulce María Loynaz... es larga la lista de quienes escribieron su bestiario. En este artículo puedes conocer más de cerca alguno de los textos de Bestiarium, libro escrito por la escritora cubana durante su etapa escolar.
En el artículo "Nuestros bestiarios medievales y contemporáneos favoritos" Jaume Gómez nos muestra algunos de sus favoritos. Nos ha gustado especialmente el de Josep Baqué. Nosotros daremos continuidad a esa tradición de hacer bestiarios y también haremos uno que será paralelo al de Pepe Viyuela. Lo explicamos en la propuesta de escritura.

Pero antes dejemos por aquí algunas de las bestias como botón de muestra:

ORATOR OCCULTI
Apuntador

El apuntador es un quelonio de tamaño más que natural que habita en los proscenios y de cuya boca emanan textos inconexos que buscan iluminar la memoria perdida de los náufragos, de las almas en pena que pierden el norte en mitad de una escena.
En su voz habita la luz y tiene lengua de candil, de la que brota una llama que calienta pero no quema, que acaricia el oído y devuelve a la vida a todos aquellos que cayeron en el abismo.
El apuntador vive escondido, oculto a la vista, es un francotirador inverso que salva la vida de aquel a quien dispara, apuntando directamente a la diana del olvido. Habita orillas y espacios de sombra en los que se agazapa, dispuesto siempre a lanzar la red salvadora que arrebate a los desmemoriados de las garras del público. Los susurros que emite son chalecos salvavidas que permiten llegar a tierra al nadador exhausto y sin fuerzas.
Se alimenta de palabras, las consume a toneladas con la única intención de vomitarlas, llegado el caso, en el oído del actor trémulo que las perdió. Es un nexo entre la vida y la muerte, el bálsamo que resucita las almas muertas de los personajes que han quedado varados, la piedra filosofal que convierte la sombra en luz y que devuelve el color a las mejillas pálidas de quienes sufren la enfermedad del olvido.
El apuntador se encuentra prácticamente en extinción. Algunas de sus conchas aún pueden encontrarse en estado fósil en los trasteros y fosos de los teatros más antiguos.


APPLAUSUS ADULATIO
Aplauso

El Applausus es una paloma mensajera de carácter invisible que anida en palomares de cinco dedos, desde alli levanta el vuelo y surca la distancia que separa continentes. Aunque no puede ser vista, si se puede oír y presentir su vuelo.
Se alimenta de emoción y se distingue del resto de aves por la fuerza de su aleteo, que puede llegar a provocar tempestades de alegría o frustraciones sin cuento.
Cuando la bandada se alza en tropel y al unísono desde el silencio, el aire se llena de misivas redactadas con la sangre de decenas, cientos o miles de corazones; de estallidos que parecen de fusil, pero que en realidad son los latidos que provoca el batir de sus dos alas; de estampidos que rompen la velocidad de la exaltación y de salvas que coronan a los reyes de la noche.
En cambio, cuando no alza el vuelo y queda oculta y agazapada entre los dedos, ocupan el cielo bandadas de buitres negros que acaban devorando los cadáveres que provoca su ausencia.
A veces no sabe si volar o no, se produce entonces un tableteo como de ametralladora descompuesta que provoca un gran desasosiego y acribilla a los cómicos llenándoles el alma de agujeros.
El Applausus es un ser vivo necesario, un ave capaz de hacer remontar la pesadumbre, hecha de un metal ligero y transparente más preciado que el oro, que no puede adquirirse en ningún bazar porque su vuelo no tiene precio. Es un maná que llueve cuando el cielo, en lugar de nubes, se llena de admiración.
Una vez que la bandada acaba el vuelo, cada ejemplar vuelve a casa y allí se instala de nuevo, dispuesta a esperar la próxima función.


Propuesta de escritura

1. Propusimos escribir un breve texto sobre el teatro a partir de unos pies dados: "El teatro es...", "En el teatro yo...", "El teatro se parece a...", Un día fui al teatro y..." y "Al salir del teatro...". La tarea fue rápida pues se trataba de improvisar, de dejarse llevar por intuiciones sin pensar demasiado.

2. Para la tarea de casa entregamos un papel pero no para memorizar la alocución de un personaje que sería el significado de "papel" en dicho ámbito. Se trataba de un trozo de papel con un término vinculado al teatro tomado de un glosario de términos teatrales. Cada cual desveló su palabra y entre todos tratamos de pensar en un posible animal que pudiera identificarse con dicha palabra. ¿Qué extraños animales podrían ser las candilejas? ¿Sería un vodevil un acto de cortejo animal como la berrea? ¿Es el bulubú un ave migratoria solitario?

Dejamos a renglón seguido algunos términos tomados de Littera para que podáis hacer la tarea quienes no pudisteis ir a la sesión:

1. Claque.- Persona que en el teatro tenía como profesión aplaudir.
2. Diabla.- Batería de luces que cuelga del peine entre bambalinas.
3. Melopea.- Canto monótono.
4. Mojiganga.- Pequeña obra dramática con finalidad cómica, con personajes ridículos y extravagantes.
5. Ambigú.- Establecimiento para adquirir bebidas o comida situado en los pasillos de un cine o un teatro.
6. Bambalina.- Cada una de las franjas de tela que cuelgan del telar de un teatro, de un lado a otro del escenario, y figuran la parte superior de lo que la decoración representa.
7. Amebeo.- Recitado en el que toman parte dos o más personas alternativamente. Es frecuente en las églogas.
8. Corbata.- Espacio fuera del marco de la escena que ocupa el proscenio adelantado, muy utilizado cuando el actor se dirige al público.
9. Trampa.- Orificio en el piso del escenario por el cual puede entrar o salir un actor.

Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:



Proscenio

En el bosque
helado
No halle que
Comer,
busqué el
ganado
y a veces
comí
ganado
y pastor.

Rubén Darío

En el proscenio se erige el lobo astuto, que avanza majestuoso. Con su aullido desafiante convoca a la audiencia, mientras las sombras habitan el escenario. Es el guardián de las historias que se van a suceder, el que acecha al abrir el telón. Su mirada intensa revela secretos, mientras su presencia evoca misterio y temor. Se convierte en el maestro de ceremonias del escenario donde hace alarde de su fuerza y astucia. Atrapa a los personajes en bucles de tragedia. Le desconcierta la improvisación. Todos los actores actúan airosos en su presencia, cada paso que dan es un giro reflejo de la vida misma. El lobo es el guía de la noche ,nos enseña que en cada acto hay un mundo por descubrir y que los caminos inciertos los valientes han de explorar.

M. Pilar Sánchez
Grupo B


Medusa

En cierta ocasión fui a ver una obra de teatro y resultó que había únicamente dos intérpretes, un actor y una actriz. Lo recuerdo perfectamente porque en el patio de butacas sólo había un espectador, o sea, yo.
La cosa iba de una pareja que reñía y se echaba en cara un montón de reproches, y tal. Claro, si se llevaran bien y estuvieran felices comiendo perdices y viendo la televisión, no habría obra, porque qué iban a decir, si estarían con sus palomitas, mirando el reflejo de sus ojos en la caja tonta.
Total, que se quejaban amargamente el uno del otro. La tele podría haber sido el sainete que se desarrollaba entre el escenario y el patio de butacas, y para mí una ansiada, en aquella tesitura, línea de fuga (a la sazón analógica “seiscientas veinticinco líneas”). La tele -uno de mis temas estrella- es un bestiario completo, una auténtica parada de monstruos, una antología del frikismo. La Bestia por antonomasia. Entre ver la tele eternamente o quemarme en las llamas del Infierno, yo elijo el mal menor, prefiero, de largo, a Mefistófeles con todos sus demonios antes que el sainete de Jorge Luis Vázquez, Belén Esteban, Lydia Lozano, María Patiño y Kiko Matamoros (“Sálvame”, Wikipedia). ¿Y quién no?
Pero volvamos a La Malquerida, donde estaba un servidor siendo protagonista de aquella Comedia del Arte, a solas los tres, el marido, la mujer y yo, ellos haciendo su trabajo como si tal cosa, yo, solo y avergonzado, diciendo “¡tierra, trágame!”. Qué hubiera dado por compartir con ellos las palomitas y unas cervezas, viendo la tele, ese parásito con antenas que te sorbe los sesos, el tiempo y la vida.
En algún momento terminó la obra de teatro -la del escenario- pero yo seguía paralizado, inmóvil, porque sentía que era también protagonista, pero sin palabras; ¿cómo decirlo?, me sentía un espectador congelado ante el mutis imposible de la cuarta pared.
Entonces los actores levantaron los brazos, mirándome, y simularon que aplaudían. Después de unos segundos eternos, como un mono que repite el gesto del domador, aplaudí.
Salí a la calle y el teatro del mundo continuaba. Llegué a casa, abrí una botella de pitarra, me la eché al morro, y encendí la tele. Allí estaba el sainete, pero yo sólo podía ver -en mi “delirium tremens”- la cabeza de Medusa.

Ignacio Aparicio
Grupo A

Claque

Para mí, el pingüino, es la representación de animal simpático, por su manera de moverse, con caídas incluidas, con sus aleteos, que parece que está continuamente aplaudiendo y dando ánimos contagiosos al público y a los actores, por su manera de moverse para ir a buscar comida y proteger a sus crías cuando tienen hambre y hace frío. Por eso y por muchas cosas más, aplaudo al pingüino.

Luis Iglesias
Grupo B

Bambalinas
Decoratio super caput actorum

1. f. Teatro. Cada una de las tiras colgadas del telar a lo ancho del escenario, que ocultan la parte superior de este y establecen la altura de la escena. Entre bambalinas. 1. loc. adv. entre bastidores. U. t. c. loc. adj.

Junto con los telones de fondo y los bastidores delimitan el universo en el que se desarrolla la función y flotan, como nubes pomposas, sobre el escenario.
Son perros pastores que no permiten que el tropel de acontecimientos que el argumento va desgranando se salga de madre, manteniéndolo a raya, sin dejarle abandonar el prado donde pasta.
Pueden adoptar cualquier color: aquí habría que admitir a los perros verdes.
Si desaparecieran, el universo que el autor quiso tramar también se desvanecería y la visión de la maquinaría, la diabla de luces, desvelaría a los espectadores que lo narrado era un cuento. Provocaría que dejaran de emocionarse, pues todo era mentira, cosa que ellos ya sabían, pero que se ocultaban a sí mismos durante el rato que duraba la función.
También puede uno imaginarlas como una bandada de estorninos sobre las torres, pero cubriendo en este caso, no las torres sino, el de otro modo destechado espacio escénico.
Si te sitúas entre ellas – entre bambalinas - se comportan como un gran cardumen de pececillos que ocultan los manejos confesables y también los inconfesables.
Porque si estás entre bambalinas, entre bastidores, puedes hacer lo que quieras sin ser visto.

Carlos Coca
Grupo A


Melopea
Bubobubobubo melopensis

El bubobubobubo melopensis es un estrígido de plumaje largo y oscuro, tiene negras ojeras alrededor de sus ojos de no dormir y de estar siempre alerta, y pobladas cejas a modo de pequeños cuernos diabólicos. Su vuelo es silencioso, de tal forma que su presa no lo oye cuando llega. Y es diestro en atrapar a sus víctimas con sus garras de amargura. Sale sobre todo de noche y entona melodías repetitivas, "bu bu bu bu bu bu", como un coro de ancianas enlutadas, suplicantes que se lamentan, no paran de llorar y recitar letanías tristes "bu bu bu bu bu" al ritmo del aulós, y recuerdan a hijos que perdieron su juventud en la guerra, a hijas que parieron monstruos "bubububububu", a tiranos que acechan en la oscuridad e impiden el sueño y la vida. Buuuuuuu.... El bubobubobubo podría adormecerte con la monotonía de su canto, pero produce justo el efecto contrario. Es un canto inquietante y grave que anuncia malos presagios y causa una desazón profunda al ritmo de los latidos de tu corazón, bu-bú bu-bú bu-bú bu-bú. Como se puede imaginar, es un ave que se asocia a la tragedia. La diosa Melpómene lo protege. Su canto es la voz del oráculo del que no se puede escapar.
Si, en la noche, oyes el lamento de una melopea, probablemente sentirás cómo se contrae tu corazón y sentirás un gran pesar. Te darán ganas de decir: “¡Basta ya! Siempre la misma melancólica cantinela". Pero no podrás, porque el canto te hipnotizará, te embriagará. Antígona escuchó el cantar de la melopea, al corifeo amenazador, y no pudo evitar su trágico fin. Has de taparte los oídos, como cuando oyes el canto de las sirenas.

Marisa Sánchez García
Grupo C


Vodevil
Paradisaeidae Spectaculum

Se va a abrir el telón y un pajarito se afana por limpiar el escenario, todo lo de color brillante fuera. No quiere distracciones.
Ha ensayado la danza una y mil veces, sabe todos los pasos, su juego de patas es fantástico.
Una hembra se posa suavemente en una rama. Es su momento. Empieza el baile. Busca la mejor luz y abre sus alas: Movimiento sexi de plumas con paso lateral, brinquito con movimiento de cabeza, vueltas a toda velocidad sobre una pata.
No quiere ni mirar, está nervioso, pero intuye que tiene la atención de su estimado público.
Va llegando el final del espectáculo y ha reservado un truco magistral impresionante. Se coloca en el centro la pista y con un solo movimiento abre su cola de colores mientras canta una canción irresistible.
La hembra enloquece con tanto despliegue de talento; el cortejo ha sido un éxito y antes de que se cierre el telón han entrelazado sus plumas y se marchan los dos enamorados.

Aurora Zarco
Grupo B


La mujer araña

No saben que estoy aquí. Este refugio me permite seguir viva. Desde lo alto tejo la tela que me asegura la supervivencia a mí y a mis hijas. Nadie repara en el último lienzo. La atención se centra en las tablas.
—Hay razones del corazón que la razón no entiende —dice uno de los actores.
Y yo, colgada del bastidor, me identifico con él. Porque la seguridad que las bambalinas dan a quienes amo, me reprime las ansias de atravesar la cuarta pared y recorrer todos los rincones de este teatro, revisar una por una cada butaca, llegar hasta el ambigú, conocer a los que viven allí y mezclarme con ellos. Empezar una nueva vida.
—Es que habría que saber aceptar las cosas como se dan, y apreciar lo bueno que te pase, aunque no dure. Porque nada es para siempre —oigo en el escenario.
Claro, pienso. Tal vez es eso. El telón de foro es el nido en el que las leyes de la naturaleza hacen que desarrolle mi ciclo vital. Los machos se acercan y depositan sus huevos en la red para mi fecundación. No tengo ni que rozarme con ellos, aunque a veces me gustaría, por lo menos para saber qué se siente en una cópula. Pero yo no soy de esas, tampoco de las que se comen al macho para aprovechar sus nutrientes. Yo soy de las que esperan la llegada del repartidor y recojo el paquete. Como si hubiese encargado un pedido a los riders de Globo. Tal vez, algún día, pueda abandonar esta cárcel.
“Nada es para siempre”. La frase retumba en mi cabeza y sueño con el momento de poder acercarme a las candilejas. ¡Oh! Cómo me atraen esas luces diminutas. Cómo me gustaría tejer un manto entre ellas y balancearme envuelta en su calidez.
—Vos sos loco, ¡Viví el momento! , ¡Aprovechá! , ¿Te vas a amargar la comida pensando en lo que va a pasar mañana? – dice Molina.
Y yo, que ya me sé la obra de memoria, repito con Valentín: “No creo en eso de vivir el momento, Molina, nadie vive el momento. Eso queda para el paraíso terrenal”.
Um! Se acerca una polilla de la ropa. Esas están siempre merodeando por el guardarropía para ver si cazan alguna prenda descuidada. He percibido su sinfonía ultrasónica antes de verla. Ella no ha advertido mi presencia, tampoco ha descubierto los hilos de seda en los que, sin remedio, quedará atrapada. Con un poco de suerte consigo comida para varios días.
—Tengo una curiosidad... ¿Te daba mucha repulsión darme un beso? —Dice Molina.
—Debe haber sido de miedo que te convirtieras en pantera, como aquella de la primera película que me contaste.
—Yo no soy la mujer pantera.
—Es cierto, no sos la mujer pantera.
—Es muy triste ser mujer pantera, nadie la puede besar. Ni nada.
—Vos sos la mujer araña, que atrapa a los hombres en su tela —Concluye Valentín.
Tendré que buscar nuevos anclajes para ampliar la telaraña. Este lugar se está volviendo peligroso. Cada vez hay más depredadores que se arriesgan a subir hasta aquí. Debo reforzar mis defensas.

M. Maximina Moreno
Grupo B


Acotación

Si tengo que pensar en un animal para “acotación” el primero que me viene a la cabeza es la urraca, pero en el fondo, yo diría que es más una señora, la señora Acotación, Coty para las amigas, que dicho sea de paso, me cae bastante mal y no sólo por ser una cotilla….
Es la típica señora que lo sabe todo, que suele decir a todo el mundo lo que tiene que hacer y que suele ir en el centro llevando del brazo a un par de personas a modo de paréntesis, siendo ella el centro, claro está. Se comunica en cursiva para realzar lo que dice y si no se la escucha suele pegar un tirón del brazo de los acompañantes para que se le preste la debida atención. Dice que está al servicio de la escena, pero sólo se sirve a sí misma. Adula continuamente al dramaturgo para que le dé cada vez más intervenciones, en cursiva y entre paréntesis, para seguir dando órdenes a todos: ponte aquí, haz este gesto…. . Terrible, la Acotación….

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Ñaque 
Dardanus calidus y Calliactis parasitica

1. m. Compañía ambulante de teatro que estaba compuesta por dos cómicos.

2. m. p. us. Conjunto o montón de cosas inútiles y ridículas.


El ñaque es una simbiosis entre dos individuos como el cangrejo ermitaño (Dardanus calidus) y su anémona (Calliactis parasitica). Los dos se benefician, aunque sean muy distintos y tengan diferentes habilidades. Uno representa la fuerza motriz, el que busca la comida y se encarga de poner la infraestructura. Sería el componente del ñaque más avezado en la administración de las actividades, búsqueda de nuevas plazas para actuar y tratar con las autoridades, conseguir actuaciones con algo de beneficio. La anémona pone la agudeza, la parte picante de la pareja y defiende a ambos de los embates del entorno. El componente inteligente que aporta la comicidad y hace funcionar la pareja como un espectáculo populachero.
La pareja simbiótica se arrastra por el fondo, buscando lugares propicios donde desplegar su actividad, donde encontrar unas migajas que llevarse a la boca. Unas veces encuentra auténticos banquetes, mientras que en la mayoría de los casos deben sobrevivir con unos desperdicios y seguir en busca de otros hábitats mas propicios, con más posibilidades, con más riqueza y algo de alimento de sobra. El ñaque se traslada de pueblo en pueblo, encontrando la escéptica acogida de los lugareños, buscando una efímera benevolencia, que nunca se prolongará más allá de un par de días y que puede terminar en la agresión de los más violentos y pendencieros.
Esta pareja lleva una vida penosa, ambulante, cómica y aunque pueda parecer inútil y ridícula, siempre echaremos en falta que hayan desaparecido los ñaques y otros cómicos ambulantes de nuestros pueblos. ¿Qué o quien los ha sustituido?

(En la obra ”El viaje entretenido”, escrita por Agustín de Rojas Villandrando, en 1603, se citan ocho tipos de comediantes ambulantes de la época: bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía.)

Manuel Medarde
Grupo A


De pronto se abrió el telón
y me encontré
ante el mayor espectáculo
jamás imaginado.
Todo azul, desparramado,
azul de cielo , azul de mar,
azules de sal y llanto.
Barcas a la deriva,
cuántas lágrimas vivas,
cuántos cuerpos destrozados,
flotando bajo las estrellas
en un mar ensangrentado.

P.G.
Grupo C


La cuarta pared, la mariposa y el actor novato.

Un director de escena se dirige a un actor novato en estos términos:

- Felicidades, muchacho; has sido seleccionado entre varios aspirantes, y eso significa que eras el mejor de ese grupo, pero poco más. No has tenido antes un papel importante, pero hemos pensado que tienes talento para afrontar el que te asignaremos. En todo caso, quiero creer que has tenido experiencia con las cuatro paredes del teatro…
- Disculpe, director, ¿no son tres paredes?
- Mal empezamos. Son cuatro.
- Vale, vale. He oído aquello de la cuarta pared, pero siempre me ha parecido una forma como en argot para referirse al público.
- Vamos a ver, jovencito, la cuarta pared no es el público, es una pared. Y me preocupa que todavía no te hayas dado cuenta, porque significa que no sabes de teatro, que puedes haber pisado un escenario varias veces, pero no has aprendido mucho.

La conversación terminó ahí, el director salió del escenario y dejó al actor novato perplejo y preocupado. ¡Ah!, pensó: se debe tratar de una novatada, que esta gente del equipo les da así la lata a los nuevos. Como no lo dudó, decidió llevar la broma un poco más lejos. Se dirigió al proscenio, levantó los brazos y fingió encontrar una pared, haciendo el famoso número de mover las manos contra un cristal invisible. La verdad es que no le salió mal, salvo porque el director no estaba para humoradas.

- ¿Qué diablos estás haciendo?
- Localizar la cuarta pared…
- Me estoy planteando pasar al segundo candidato y mandarte a ti a la escuela. ¿Es esa dramaturgia todo lo que se te ocurre para imaginar lo que es la cuarta pared?
- ¿No es una broma para novatos esto de la cuarta pared?
- ¡Tú eres bobo, chaval!

El director de escena volvió a salir del escenario a sus ocupaciones. Apareció entre cajas un viejo actor que había asistido al incidente. Pasando su brazo tras los hombros del novato, le dijo:

- Mira, querido, no juegues con el mal día de nadie. El director está hoy insufrible.
- Es que yo pensaba que era una novatada…
- No. La cuarta pared parece el público, pero no lo es. Desde la escena no ves a los espectadores hasta que se encienden las luces de la sala, y la pared está ahí. El público también necesita la cuarta pared para creer en lo que está sucediendo en la escena.
- Es, entonces, un pacto entre escena y público.
- Vas bien por ahí. ¿Conoces la mariposa de alas de cristal?
- No.
- Es una mariposa de alas transparentes que, si se mueve rápido apenas si se ve. Bueno, puedes imaginar la cuarta pared como una nube de mariposas de alas de cristal en vuelo entre el público y la acción escénica. Y tienen una característica especial: huyen cuando el actor se dirige al espectador, o cuando un energúmeno de la platea o un palco interrumpe la acción, por ejemplo, con el sonido de un teléfono que no ha apagado antes de empezar la representación. Las mariposas de la cuarta pared son muy sensibles. Nuestro deber es mantenerlas volando…

Juan Delgado
Grupo A


El Esperpento

El esperpento es un ornitorrinco desatado de imaginación, cuya virtud principal le lleva a ser un pato desfasado capaz de generar hilaridad.
Convive con la ironía tanto, que resulta imposible no reír ante la desfachatez de sus inteligentes picardías subacuáticas.
Es el artífice de las sacudidas más excéntricas en un escenario. Con su aguijón malicioso destruye toda moralidad y nadie se salva de su veneno burlón.
La tragedia esperpéntica trata de ser una buena madre, sin embargo no tiene pezones por lo que sus crías lamen su piel para seguir haciendo reír y así sobrevivir.
Resulta imposible encasillarlo en un subgénero literario. Es, por sí mismo, único y ahí se mueve de manera tragicómica, para denunciar tropelías políticas de la época, con su extraordinaria sagacidad.
“Max.-Paco, las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!”*
No está en peligro de extinción. Sigue vivo. Cien años después de su estreno, no quedan entradas en el teatro Español de Madrid, donde, cada día lo resucitan las risas del público.

*Son las palabras de Max Estrella al ministro de turno en la obra “Luces de Bohemia” de Valle Inclán. 

JB
Grupo C


Proscenio

El proscenio es un paquidermo imponente que camina lentamente pero con garbo y que ha ido evolucionando a través del tiempo por su fuerza descomunal y presencia majestuosa.
Su área de distribución se encuentra por encima de los tres metros sobre el nivel del público y es una inmensa y hermosa bestia desde cuya grupa pueden verse paisajes soñados, como una platea abarrotada o un público entregado, o contemplar emociones intensas como carnes de gallina, pelos de punta, carcajadas o expresiones faciales alteradas por la fuerza de la representación.
Pero cabalgar un proscenio tiene también su complicación, y puedes sentir vértigo, náuseas, desmayos o tremendos disgustos si lo que lo que llega desde la primeras filas de la platea son toses, ruidos de pipas, conversaciones por el móvil o caras de aburrimiento.
Al proscenio le gusta compartir espacio con otros animalillos como la mirada atenta, el silentium populi y vive muy cerca del Orator Oculti. Pero por encima de todo le gusta vivir cerca de las bandadas de esa especie de paloma tan preciada en estos territorios, como es el applausus adulatio y por cuya querencia, el proscenio es capaz de un trompazo, romper la cuarta pared, para escuchar su sonido y sentir su deseada vibración.

AMF
Grupo C


Bululú
Actoris pedestresis macropodidae walabī 

Mezcla surgida de un Marsupial original de Australia y la Isla de Nueva Guinea, con especie humanoide desconocida de la Europa Occidental. Tiene por peculiaridad una sobresaliente capacidad para representar obras teatrales cortas y entremeses variados, viajando de pueblo en pueblo a lo largo de toda la Península ibérica. Puede caminar en dos patas sin problema alguno y recorrer grandes distancias. Posee un pelaje suave y casi blanco, sus ojos suelen ser de color claro y es dueño de una voz templada y cálida que usa para realizar sus representaciones teatrales cortas.
Es un embaucador profesional. 

Esperanza García
Grupo A


Tramoya

TRAMOYA: conjunto de la maquinaria que sirve para las mutaciones escénicas.
TRAMOYISTA: persona que inventa, construye o dirige tramoyas de teatro.

CASTORIS TRAMA (tramoyista): Roedor de fuertes patas y cola, con una habilidad natural para realizar la construcción y cambios necesarios en cualquier escenario. Sus potentes incisivos son su mejor y más valida herramienta. Pulen aquí, retocan allá…
Descansan durante el día, para por la noche darlo todo, tanto antes como durante y después de la función. Velan porque todo esté impecable.
Son un río de efectividad.

Eva Hernández
Grupo A


Loa
Laudatio prologuis

La Loa es una zorra (vulpes habilis) que aparece antes que nadie, capaz de convencer al público para que atentamente escuche las bondades de la obra y de su autor, que a poco van a conocer. La zorra tiene labia, entretiene al paciente público que espera a que en el proscenio aparezcan los actores y tenga lugar el teatro por el que han venido a disfrutar. Busca su sitio, se cuela entre bambalinas y, de repente, aparece en el centro de la escena.
La zorra es hábil, certera y breve y ha aprendido bien la lección: tiene que alabar, adular, hacer la pelota al autor de la obra que más tarde empezará. Los nervios le llegan a la cola y los dientes le hacen temblar, pero cerca ve al apuntador (Orator Occulti): no hay peligro, piensa enseguida, este me salvará, en caso de que venga el “Albus inimicus” y me deje en blanco. Así, empieza a recitar y recitar y el público entusiasmado no para de reír. Lo hace bien. Mas, ¡diantre!, ¿qué está ocurriendo? Sólo habla de un ladrón y no del autor.
Maldita zorra, se oye decir al Director, que en esta loa nos la ha jugado igual que al cuervo; y ahora ya todos corren tras ella, que escapa entre las cajas, mientras grita bien alto: arriba el telón y que empiece ya, de una vez, el teatro y la función.

Gabriel Risco
Grupo C



Bululú
(Struthio andarinus)

Ave triscadora de caminos en permanente migración. Es reacia a aposentarse en lugar ninguno. De recia constitución y pelaje alborotado gusta de representar comedias y recitar romances. Hace en las obras todos los papeles pues nunca se vio una compañía de cómicos más solitaria. A pesar de su naturaleza vagabunda no emplea alas en sus desplazamientos y solo las luce cuando la función requiere de la presencia de un ángel o un demonio. Es poseedor de un pico plano del que surgen todo tipo de versos y letrillas. Aunque no canta y, dado el caso de que tuviera que interpretar una pieza musical, enmascara su ronco siseo tras el rasgueo de la guitarra o los aires del acordeón.
Tiene fama de cobarde, de esconder la cabeza a la menor amenaza. Nada hay más falso, lo que sucede es que su prudencia se confunde con cobardía. Si bien es cierto que, de venir mal dadas, toma las de Villadiego dejando tras de sí un ruido de galope oculto en una espesa nube de polvo; no lo es menos que, si se siente acorralado no vacila en patear al importuno con sus musculosas piernas. Y pone en ello tal energía y violencia que, en la mayoría de los casos, la víctima, si no resulta mortalmente herida, escapa y evitará en adelante cualquier conflicto con un bululú.
Es un animal de costumbres nocturnas ya que es en medio de la oscuridad cuando más brillan sus dotes para embelesar a pequeños y mayores con su descomunal talento. Es de apetito omnívoro, que lo mismo se desayuna un sainete, que se merienda un entremés o cena un vodevil.
Los ritos de apareamiento son rápidos, pero van aderezados de abundante parafernalia y ceremonial. Eso sí, una vez consumada la conquista, se esfuma sin dejar rastro ni compromiso de atender a la descendencia. No se ha podido comprobar fehacientemente, pero se sospecha que las hembras ponen los huevos en nidos de otras aves o en los tornos de hospicios y conventos.

Pepe Lorenzo
Grupo B


El utillaje teatral

En las penumbras tras el telón, lejos de los aplausos y las miradas, habita el peculiar reino del utillaje teatral, una colección de seres tan vivos como la imaginación de quienes los emplean. Cada uno de ellos desempeña un papel imprescindible en el gran rito escénico y guarda su propia historia y temperamento.
La silla errante es una criatura camaleónica que puede hacer el papel de un trono real o el asiento de un mendigo. Su madera cruje como si susurrara secretos olvidados de otras obras. Se dice que, cuando nadie la observa, se mueve por el escenario, probando posiciones para asegurarse de estar en su sitio perfecto cuando le llegue el momento de actuar. Es muy amiga de un espejo que no solo refleja, sino que devora las emociones. Frente a él, los actores no ven su propio rostro, sino las verdades ocultas de sus personajes. Algunos temen acercarse, pues juran haber visto en su cristal algo más que un reflejo: la sombra de quienes lo usaron antes. Además, siempre refleja la llama de un candelabro antiguo, cargado de cera endurecida. Su luz no solo ilumina, sino que transforma, convirtiendo un escenario vacío en un salón de baile o en una mazmorra lúgubre. Quienes lo tocan afirman sentir un leve calor, como si en su interior habitara una chispa de vida propia. El espejo, a veces, refleja también la silueta de una daga traidora, que no solo corta carne. También se atreve con las almas. Siempre encuentra el lugar perfecto para caer al suelo en los momentos de mayor tensión, arrancando un estruendo que nadie espera. Hasta susurra a los actores, recordándoles que su filo no es real, pero su presencia lo es todo.
La superficie roja del telón voraz es el más grande de los seres del utillaje teatral. Su ondulante superficie roja es como la piel de un dragón dormido. Cuando se despliega, engulle la luz y el sonido, tragándose los secretos del escenario. En ocasiones, quienes se quedan solos tras el telón aseguran escuchar el eco de risas y sollozos pasados.
El más admirado de todos es el bastón de las mil voces, que igual puede ser el báculo de un rey, el cayado de un anciano o el arma de un viajero errante. Cuando se golpea contra el suelo, parece resonar con las voces de todos sus antiguos portadores. Los tramoyistas aseguran que, si se le escucha con atención, puede sugerir nuevas líneas al texto de la obra.
Una de mis favoritas es la máscara de las mil caras, sencilla y de apariencia neutra. Una criatura enigmática que toma la identidad que más necesita el actor que la porta. De cerca, sus rasgos parecen cambiar sutilmente bajo la luz, como si fuera una superficie de agua en constante movimiento. Los actores más veteranos aseguran que, si la llevas mucho tiempo, comienza a susurrar historias en lenguas olvidadas, y le gusta guarda el dramatismo de la obra y sentir el peso emocional de los recuerdos.
Mi más temido es el reloj de las agujas detenidas o girando al revés. En escena, parece marcar la urgencia del paso del tiempo, pero tras el telón se dice que no obedece a ninguna lógica humana. Los tramoyistas aseguran que, si lo miras por demasiado tiempo, puedes escuchar el eco de aplausos de funciones pasadas o sentir la brisa de futuros aún no escritos.
Es importante cerrar el almacén del utillaje al finalizar las obras. Hay obras que parecen no tener final. Es como si el telón nunca acabara de bajar del todo.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A


Tres cabalgan juntas
(Tragicomedia, con un pizzicato bufo, en un solo acto)

Acto I; Escena primera:

{ La Guerra , La Peste y El Hambre, están sobre el escenario. Se sube el telón y el Hambre, con su escuálida figura se queja amargamente a los otros dos jinetes:}

–Miradme, siempre en penuria, con ese ruido de fondo de tripas faltas de alimento mordiendo mi estómago, erosionando mi interés por la vida, taladrando continuamente mi cerebro. Seguro es, que pocas formas hay más crueles de morir.

Habló entonces La Peste:

–Mira quien habla (declama dirigiéndose a La Guerra y al público).
¿Has reparado en mi aspecto? ¿Quién puede creer que este despojo sanguinolento y lleno de bubas, fue antes un ser humano? Alguien al que sus propios hermanos, amigos y vecinos enterraron en vida o prendieron fuego a su casa, con él y su familia dentro.

Terció La Guerra:
 
–Si, os entiendo, pero tú Hambre, te acabas cuando vuelven las lluvias a los campos y los árboles dan sus frutos. Y tú Peste, terminas cuando el exterminio de las ratas, el fuego y el jabón, hacen su efecto.

–Además, la mayor parte de las personas con las que acabáis, son las insanas e improductivas.
–Pero yo, reclamo a generaciones enteras en la flor de la vida y si no las mato, les dejo en el alma heridas imperecederas.
Quedaron los tres callados, cada cual absorto en su lamento, salmodiando en su interior, la letanía de sus propias desdichas.
Desde el fondo del escenario, comienza a extenderse una neblina oscura , que cada vez se va haciendo más densa. Los tres jinetes, al percatarse del fenómeno se juntan (como para protegerse) a un lado del escenario y permanecen en un expectante silencio.
Del centro de la nube, comienza a formarse un círculo de luz blanca que, al agrandarse, tiene el aspecto de un largo y luminoso túnel, por el que comienza a percibirse, la flotante presencia de un ser radiante, de figura femenina que se dirige a ellos:
–Parecéis extrañados de verme a pesar que me habéis estado invocando.

{Los tres jinetes se miran y la miran con asombro. La recién llegada, prosigue}:

–No se que pensar de vuestra conversación. ¿Os quejabais por las desgracias que provocáis o presumíais de quien es mas destructivo? Os creéis imprescindibles, pero…:
Tú, Hambre puedes ser burlada por La Previsión y La Solidaridad. Las primitivas Ciudades-Estado te desterraron de sus graneros.
Tú, Peste tienes en contra a la Investigación y a la Medicina que llevan siglos luchando contra ti. A la postre encuentran la cura y tienes que andar mutando siempre para ser capaz de alcanzar tus primeros éxitos.
Tú, Guerra siempre andas en beligerancia con la Paz y en pendencia con el Olvido de los primeros ideales que defendiste. Ahora solo comercias con el desastre.

–¿Cómo es que pretendes conocernos tanto? (Preguntan los jinetes al unísono)
–¡Porque vuestro padre, El Principio y Yo, os creamos!. Pero…
Solamente Yo, os puedo hacer tolerables o completamente odiosas.
Solamente Yo, puedo inclinar la balanza entre la Desesperación y la Esperanza. Solamente Yo, dictamino cómo, cuándo y dónde se producirá el término de la existencia.
–¿Entonces tú eres El Final?
–Si. Y sólo Yo os sobreviviré. En cuanto a vosotras, colaborareis conmigo como meros instrumentos, cuando decida decretar la extinción y así volver al seno de mi único amor, El Principio.

{Los jinetes quedan confusos ante la revelación de su madre y le manifiestan su preocupación por estar ante una Parca loca de amor. A lo que esta les responde}

–El Amor es el arma más poderosa del universo, sobre todo cuando es manejada por El Principio. Por tanto, os libero de vuestras preocupaciones con amor, como haría una buena madre. ¡Venid pues conmigo, hijos míos, cogeos de mi capa.!

{Los tres extienden sus manos y se aferran a Ella. Al darse la vuelta para introducirse en el túnel comienza a tornar el color, de su otrora blanco vestido, en una oscura capa rematada por negra capucha, que contiene el rostro de una descarnada anciana, de ojos intensamente incandescentes}

Mientras los últimos destellos de la brillante luz del túnel, se extinguen y la sombría nube se apodera de la escena, va cayendo el ..

TELÓN

Calgari
Grupo A  


Croation Teatrorum
Monólogo
Obra o parte de ella, en la que solo habla un personaje

Cinco horas con Mario, Lola Herrera, Nuria Espert, y otros muchos actores nos deleitan con sus interpretaciones, y alguna amiga ,ahora famosa, empezó como guionista monologuista.
Anuro saltador, alegre, suelta música croando monótonamente , como si fueran en grupo, artistas monologuistas que se mueven rápidamente con su mente ágil, ávida de ideas y con mucha variedad de personajes e imitaciones.
Valorados por sus amigos y enemigos son capaces de divertir y entretener durante horas y finalizan soltando una sonora carcajada y muchos aplausos.

CLU
Grupo B

Suerte de tener una amiga de infancia que se ha hecho muy famosa haciendo cine, pero sus inicios fueron como monologuista, escribía sus propios guiones, una gran amiga que me hizo amar el teatro desde mi juventud, porque además el pueblo de donde es oriunda, es un pueblo donde hay mucha actividad musical, cine y teatro

Para gustos los colores

Ayer me puse rojo cuando un abuelo, entre risas, me contó un chiste verde. Yo no me reí. Tú eres un lila, me espetó y a punto estuvo de escupir también su dentadura. Me pone negro que alguien me insulte. Estuve a punto de sacarle los colores a ese viejo verde pero había demasiada gente junto al quiosco y no quise ponerle verde. Algunos comentaban los titulares de las portadas de la prensa rosa, otros se quejaban del amarillismo en algunos diarios. Hay quien se empeñaba en verlo todo negro o quien afirmaba que la vida es de color rosa. ¿No hay medias tintas? Los de sangre azul, comentaban, se ponen morados de punta en blanco con su dinero negro y otros sin blanca, con la cuenta en números rojos y verdes de envidia. Menudo marrón. Pero así es la vida y para gustos los colores. Menos mal que tenemos salud, que estamos como una rosa y que tenemos humor negro y amarillo.
Esta entrada aún está muy verde pero no todo es negro sobre blanco. ¿Quién dijo que escribir es un camino de rosas? Hay que tener materia gris y no es fácil dar en el blanco, sobre todo si uno tiene la negra o se queda en blanco.


Pues sí. Todo es de color, como dice la canción. O al menos del color con que se mira. Esta semana hablamos de colores. Jugamos como Rimbaud a ponerle color a las vocales, a practicar la sinestesia a buscar el color de nuestra infancia o el color con miramos el futuro.
Leímos, para abrir boca, las palabras que Lorenzo Saval firma -a modo de pórtico- en el monográfico de la Revista Litoral, una clara constatación de la amplia literatura que hay sobre este tema. Una paleta de textos e imágenes, organizados por colores, que para cualquier amante del arte resulta imprescindible. La revista incluye numerosas obras de arte en cada apartado de color. Si quieres explorar en qué obras predomina un color determinado puedes jugar con esta aplicación. 
Recomendamos los artículos "La paleta de colores en la literatura" y "El círculo cromático de la literatura". El primero recorre numerosas novelas en cuyo título se incorpora algún color. ¿Por qué "El manuscrito carmesí" tiene que ser de ese color y no azul? ¿Por qué tituló Doris Lessing su novela "El cuaderno dorado" y no "El cuaderno", a secas?  La literatura requiere especificidad para romper los arquetipos, nos dice. En el segundo encontramos un proyecto realizado por el estudio de diseño Dorothy: una recopilación de 300 libros colocados -de manera un tanto subjetiva- en un círculo cromático donde se pueden percibir los diferentes matices de color. ¿Qué diferencia al rojo de La letra escarlata del de Meridiano de sangre? Un curioso experimento.


Portada de la revista Litoral


En este asunto del color, a pesar de algunas evidencias científicas y del estudio del color desde distintas disciplinas todo es muy arbitrario y subjetivo pues son muchos los factores que influyen en la percepción que tenemos del color. El hecho cultural también es evidente. Pero nos gusta jugar y prueba de ello es también el proyecto "Firmas de color" de la artista británica Jaz Parkinson, donde demuestra que cada libro tiene su propio espectro de color. Lo cuenta Alejandro Gamero en "La piedra de Sísifo" donde firma el artículo "Como sería traducir un libro a colores". Todo un juego sinestésico.
Si alguien quiere profundizar en ese vínculo entre literatura y color puede asomarse a los trabajos "El color en la literatura del modernismo" de José Luis Bernal Muñoz y "Estudio del color verde en la obra de Lorca" de Lara Gómez Urquía.
Carlos del Amor hizo un reportaje en RTVE sobre el libro "El color del tiempo". En dicho libro la artista Marina Amaral y el historiador Dan Jones colorean las imágenes del pasado para narrar un historia del mundo contemporáneo. Algunos amantes del blanco y negro no han visto con buenos ojos esta idea. Y es que para gustos también el blanco y negro.
Hay en la revista Litoral hay un texto que firma Eva Díaz con el título "Magenta, el color de la guerra" donde se explica cómo este color nació en la batalla de Magenta, en Lombardía. Hasta ese momento había sido el fucsina. En el artículo "Magenta, un color de guerra para pintar la paz" tienes más información sobre este hecho.
En la literatura infantil y juvenil encontramos libros tan interesantes como "Pequeño azul y pequeño amarillo" de Leo Lionni (puedes disfrutarlo en este enlace) o "Caperucita Roja, Verde, Amarilla, Azul y Blanca" de Bruno Munari y Enrica agostinelli. En este último, Munari recrea el cuento clásico con cada uno de los colores del título. La caperucita amarilla será niña urbana y la azul, por citar solo dos, tendrá que cruzar el mar para llevarle una cestita con cosas azules a su abuela Celeste.
Los niños, como el ratón Frederick de Leo Lionni, recogen palabras y colores para pasar el invierno gris y la vida. Y todo lo comparten cuando no queda ya más provisión. La escritora Emily Roberts aprendió el color azul con su padre. Lo dice en verso en el poema "Mi padre me enseñó el color azul" publicado en el libro Parliament Hill, en el editorial Vaso Roto: 

Cuando mis padres eran pobres, y jóvenes, y felices,
heredaron (heredé) su primer árbol de Navidad.


Yo tenía
dos años
y aún no conocía
el color azul.

Hay un vídeo en VHS donde mi padre me pregunta
cuál es mi bola favorita.
Eran viejas. Prestadas. Con un brillo hortera de todo a cien
-aún no había chinos-,
abundaban rosas y amarillas.

Mi padre escogió la bola azul
en lo alto del árbol.
Era la única bola
azul.

Yo seguí su dedo y la señalé también,
sin saber aún su nombre.

-Azul, la bola azul.
-Azul –repetí.

Y supe que desde entonces
yo quería ser azul.


Dejamos aquí, por último, un poema de Eloy Sánchez Rosillo titulado "Colores". Coincidimos con él en que éstos, cada uno en la pureza de sí mismos, hacen más habitable el mundo:

Qué sería de mí sin el azul.
Mas no el azul del cielo,
ni el del Mediterráneo o del zafiro,
sino el azul tan sólo, ese color.

E igualmente diría
del amarillo, el blanco, el rojo, el verde.
También el negro es mío.
Y no me es necesario imaginarlos
en el amanecer, en la pradera
donde puso sus nieves el invierno,
en unos bellos labios de muchacha,
sobre la hierba que de marzo brota
en la más honda noche.

Los medito en su ser; a cada uno,
aislado en la pureza de sí mismo.
Los contemplo en abstracto, y me deleita
y me asombra el misterio
de que la forma llegue siempre al ojo
envuelta en el albur de los colores.

Después, como en un sueño, van mis manos
mezclándolos a todos.
combinando en mil modos su inocencia
con la fascinación de tanto hechizo
Y siento como nunca que por ellos
por ellos más que nada.
es habitable el mundo.

Ahora, con todos los colores en los bolsillos, o en la mirada, puedes disfrutar de un paseo por "La tierra vista desde el cielo" con las imágenes de Yann Arthus-Bertrand. Un libro que es un regalo para los sentidos. 


Propuesta de escritura

Elige un color. El que más te guste, el que te defina, el que te inspire. Haz un listado con las primeras diez palabras que vengan a tu mente relacionadas con ese color. Escribe un texto sobre el color elegido poniendo en juego dichas palabras.


Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:


Ayer, todo era azul

Por la mañana acudí a la estación de ferrocarril para sacar un billete de ida y vuelta a Valladolid, y la sorpresa empieza, por ser días azules, el precio era el 50% más barato.
El cielo estaba completamente azul claro, sin una nube que se viera en el horizonte, y enseguida me percato, que voy vestido de azul, camisa, pantalón, slip, calcetines, zapatos, corbata, chaqueta, bolígrafo, móvil, tarjeta crédito, tarjeta bonobús, tarjeta de sanidad.
No es posible tanta coincidencia, cuando vuelvo a casa por la noche, en la estantería del hall de la entrada, tengo cientos de búhos, mirándome todos con sus ojos azules, me dispongo a tomar un café y la encimera de la cocina era azul jaspeado, la botella de leche de pascual con su nombre en azul, los cojines del sofá eran azules, las zapatillas de estar en casa eran azules y sobre la cama estaba un pijama azul.
Ahora caigo, soy una gnomo.

Luis Iglesias
Grupo B


Lilas

Gumersindo I de Prompabalia fue el primer Gumersindo y el último rey de este recóndito país, situado entre las Montañas Mandusias y el mar de Carpaslán. La caída de la dinastía Almampénida fue un hecho singular, ejemplo paradigmático en los libros de Historia. Corría el año tricentésimo vigésimo cuarto desde que los almampénidas accedieron al poder, cuando tuvieron lugar los acontecimientos que precipitaron el final de su caudillaje sobre los prompabálidos. Sucedió que en aquel año, el Consejo de Ministros del reino decidió adquirir cinco barcos de guerra, con el fin de tener una flota con la que hacerse valer ante el resto de sus vecinos: los bandulianos del norte y los albarguenses del sur. Como la economía estaba relativamente saneada, había dinero para afrontar la inversión y todos los implicados se llevaron sus mordidas, los cinco navíos estuvieron disponibles en el plazo previsto. Una vez constituida la marina prompabaliana, faltaba dotarla de una bandera propia, que la distinguiera de otras armadas y lo hiciera con una enseña completamente diferente a todas las vistas hasta el momento. Para este fin el ministerio de marina contaba con sus asesores, el ministerio de arte con los suyos, el de comunicación con otros cuantos, el de presidencia con algunos más y el de asuntos sociales con consultores expertos, juntando entre todos estos organismos un total de cinco mil cuatrocientos veintitrés asesores, que tras arduas reflexiones decidieron que la bandera debía de ser de color lila, ya que no existía en el mundo otra con el mismo color ni tan original. Un barco de vela en el centro sería el emblema adecuado para esta bandera. Sin embargo, no consiguieron ponerse de acuerdo en el tono de color lila a emplear, existiendo dos tendencias opuestas al respecto: color lila tono malva y color lila tono amatista. Ante tal tesitura, habiendo razones de peso a favor de cada una de las dos posibilidades, se decidió hacer un referéndum para escoger la bandera más adecuada para la Real Marina de Prompabalia. A tal efecto se dispuso una dotación generosa para que los partidarios de una u otra opción pudieran hacer campaña en favor de su preferencia. Este fue el gran error cometido por el Consejo de Ministros, según la mayor parte de los historiadores y de los cronistas de la época.



Ante la perspectiva de conseguir subvenciones lo más abultadas posibles, los partidarios de la bandera malva iniciaron una agresiva campaña de captación de adeptos, mediante buzoneos, televisión, radio, redes sociales, eventos, conciertos, verbenas y anuncios de todo tipo, incluidas las camisetas de algún equipo de fútbol. Fue un éxito y los promotores se embolsaron suculentas cantidades de dinero. Pero los partidarios de la bandera amatista no se quedaron atrás en la captación de adeptos y por métodos parecidos también consiguieron suculentas cantidades de dinero. En esta situación, con el fin de engrosar los beneficios, ambos contendientes decidieron calentar sus campañas, hasta conseguir que los adeptos se convirtieran en afiliados y posteriormente en fieles de una de las nuevas doctrinas: “Con el malva, Pompabalia primero” y “El amatista hará nuevamente grande a Pompabalia”. Las campañas fueron otra vez grandes éxitos, hasta conseguir la polarización total de la población en dos bandos irreconciliables. Las manifestaciones detrás de cada una de las banderas derivaron en tumultos, luego en enfrentamientos y finalmente en auténticas batallas campales. Ni siquiera la dificultad para bastantes de los seguidores de distinguir el tono malva del tono amatista, lo que muchas veces les hacía mezclarse fortuitamente y provocar incidentes sangrientos, hizo que se calmaran los ánimos. Solo el nombre malva o amatista encrespaba a los seguidores y les ponía en pie de guerra. La división se extendió por toda Pompabalia, haciendo inútiles los llamamientos a la calma de toda la familia real de los Almampénidas. Incluso el ejército se escindió en dos facciones. También la Real Marina se dividió, con dos barcos de bandera malva y dos de bandera amatista, quedando fuera el quinto barco que se había hundido al chocar mientras su dotación discutía sobre el bando al que deberían unirse. El deterioro acabó en una guerra civil, que aprovecharon los bandulianos del norte y los albarguenses del sur para repartirse Pompabalia y enviar al destierro a Gumersindo I.

Manuel Medarde
Grupo A


Gris

Voy a escribir del Gris, versos mayores,
y mejor es empezar por declararlo:
No puedo adjetivar - podéis imaginarlo -
sólo con adjetivos de colores.

Si he de hablar del mar embravecido,
¿qué epíteto ponerle a tanto estruendo?
¿Creéis que pueda hacerme el estupendo
y decir que es un gris de mar teñido?

La ceniza es gris, gris ceniciento.
Sería un no-color, con añoranza
del fuego que alumbró por un momento
el nórdico abedul, que en su ígnea danza
perdió en la hoguera su gris sin un lamento.
Su sacrificio sería su enseñanza

Y los líquenes que al abedul se habían ceñido,
¿de qué color dirán ellos que son?
Quizá gris somnoliento, algo marrón,
algo pardos, como el bosque en que han crecido.

Las rocas grises de los acantilados
que sirven a los faros de pilares,
¿tienen el mismo gris que los sillares
en los muros graníticos tallados?

¿Qué gris muestra la tarde
cuando se ha desatado la tormenta?
¿Es un gris tembloroso, un gris cobarde?,
¿Acongojado, triste? Tal vez sienta
el temor de que en lo oscuro aguarde
una velada atribulada y lenta.

No quisiera escribir “labios de hastío”
aunque yo ya luzca el pelo cano.
El gris que escribió el poeta de su mano
no quiero manejarlo a mi albedrío

Ni tampoco quiero ser como aquel nota
del traje gris al que cantó Sabina.
Junto a su desmañada imagen quien camina,
no es otra que la áspera derrota.

Se me terminan ya los diez países
de color gris de los que, a hablar, me había comprometido.
Solo me quedan ya las nubes grises.
Y me alegro de haberlo compartido.
Solo te pido, s’il vous plaît, que no revises
la métrica algo ilegal que me ha salido.

Carlos Coca
Grupo A


Azul

se posó el azul
sobre las espigas de oro
de las tierras de Castilla.
Las praderas verdes
se llenaron de azul.
Los ríos, arrastraron su azul
al mar,
donde se juntó con el cielo
en la antesala de un mar
de nubes blancas.
Todo se lleno de azul,
las alas de los pájaros,
el amanecer, la noche,
tus ojos.

P.G.
Grupo C


El día que falleció mi padre, mi madre no se vistió de negro. Eligió para la ocasión un vestido violeta con mariposas.
¡Estaba tan bonita! Su pelo negro acariciaba sus hombros y sus ojos capturaban el color del vestido, parecían dos amatistas brillantes que yo no dejaba de mirar por si en algún momento estallaban y teñían de morado toda la habitación.
Ese día en ella todo era luz, se había pintado la sonrisa y, a pesar de las habladurías de las viejas del pueblo, nadie podía negar que estaba radiante.
Es la mujer más valiente que conozco. Siempre intentó ocultarme los moratones pero yo sabía que mi padre la molía a palos. Aguantó cada golpe con la fuerza de un titán y jamás salió de su boca ni una queja.
—Ya pasará la tormenta, Manuel, me repetía y me abrazaba hasta que me quedaba dormido. Sus brazos eran como un paraguas que protegían mi sueño e impedían que mi padre pudiera hacerme daño.
Nada más acabar el entierro me cogió en brazos y me dijo:
—Manuel, desde hoy para nosotros será siempre primavera y juro que en ese mismo instante percibí un suave olor de lilas y lavanda a pesar de que el viento cortante mordía la piel pues el invierno golpeaba mi cara con su furia de enero.

Color: Violeta.
Palabras: Mujer, amatista, lilas, mariposas, paraguas, tormenta, golpe, invierno, lavanda, moratón.


Aurora Zarco
Grupo B


Amarillo infancia

Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.

Miguel Hernández, “El rayo que no cesa” (1934–1935)


Una vez leí un estudio que decía que la mayoría de personas tiene por color favorito el azul porque es un color que nos recuerda a nuestra infancia[1], y yo me consideraba una de esas personas. Sin embargo, aunque no me retracto porque me gusta cualquier tonalidad de azul, con este relato trato de desmentir que no es mi favorito por el recuerdo de una infancia feliz. Para mí, el color de mi infancia es el amarillo. En esta serie de descripciones encontrarán los motivos. Pasen y lean.

***

Unas manos pequeñas, de unos cinco años, abren un estuche y sacan, de dos o tres veces, un puñado de ceras Plastidecor para esparcirlas sobre la mesa. Al lado, un folio en blanco, la hoja arrancada –o no– de un cuaderno Campus, o cualquier otra superficie sobre la que pintar.
La mano derecha, pequeña, va decidida a por una cera en concreto, por la que empieza a dibujar siempre, que casi no tiene punta. Eso hace que tenga que esperar a que su compañero se vuelva a sentar y la papelera quede libre para poder levantarse, con su sacapuntas rojo y su Plastidecor amarillo, para poder afilarlo.
Se vuelve a sentar, y comienza a dibujar, con tiento y en una esquina del folio, un cuarto de círculo amarillo que no representa otra cosa que al sol. El resto del espacio lo copan un cuadrado y un triángulo que forman una casa, un pequeño rectángulo que hace de chimenea y un garabato gris, de humo. Una especie de árbol al lado de la casa y varias líneas, hechas con un Plastidecor verde, que simulan hierba en el margen inferior del papel.

***

Unas manos pequeñas, de unos seis años, sostienen dos rebanadas de pan Bimbo entre las que habitan un par de quesitos del Caserío. Es la hora de la merienda, y en la tele –en la 2– están echando Arthur, una serie de dibujos, si lo piensas, un poco surrealista: un ratón hormiguero –no un oso– con un jersey amarillo, cuyo mejor amigo es un conejo y que tiene un perro como mascota. Las manos pequeñas vuelven a atender al bocadillo de queso mientras suena la cabecera (and I say hey!), y su dueña saborea uno de los quesitos atrapados entre las dos rebanadas de pan.

***

Un día de la madre, a principios de mayo, una mano pequeña, de unos seis años, está sostenida por la de su madre. Unos pies pequeños y unas piernas cortas tienen que caminar más rápido que sus acompañantes para seguir el ritmo. A pesar de que el cielo amenaza tormenta, la niña ha salido de casa de su abuela para “ir a ver la colza” que sembró su tío a principios de otoño. Un camino que no se le hace corto, pero tampoco largo, y que no sabe que recorrerá decenas de veces a lo largo de su vida. Al menos, una vez cada mes de mayo. Cuando llegan, después de haber recorrido demasiados pasos debido a su corta estatura, un pequeño dedo índice señala el campo cubierto de amarillo. Se asombra al ver la gran explanada de color que adorna un día tan gris.

***

Unas manos algo más grandes, de apenas unos diez años, sostienen la mochila intentando restar algo del peso que están cargando los hombros. Cuando termina de bajar las escaleras del colegio, casi echa a correr por la calle sorteando todo lo que encuentra por el camino: niños, adultos, mochilas y piedras que están fuera de lugar. Llega a casa y apenas son las dos y diez. Se sienta a comer, y su mano derecha sostiene la cuchara. Hoy hay cocido. Su sitio, frente a la tele. Su padre cambia de canal, para que ella pueda disfrutar durante el cocido de su ratito de ocio antes de empezar a hacer los deberes. Comienza la sintonía y ella se prepara para poner sus cinco sentidos en la tele para ver, en Antena 3, Los Simpson.

***

Los dedos de la misma mano, ahora con unos doce años, pasean entre la hierba hasta encontrar lo que estaban buscando. Una margarita. “Y ahora –comienza la voz de su mejor amiga– mira a ver si te quiere”. Y esa mano, de unos doce años, empieza a arrancar pétalos blancos y tirarlos al suelo al ritmo de “Me quiere, no me quiere”, hasta deshojar del todo la margarita y quedarse con un “No me quiere” en el último pétalo. En su mano izquierda, el cadáver de la margarita se corona con el polen amarillo del centro. De mayor aprenderá que no es polen, sino que ese centro amarillo de las margaritas no es más que un montón de pequeñas flores que se forman en círculo y se protegen por los pétalos blancos que hay alrededor.

María Ángeles García
Grupo A

[1] https://www.bbc.com/future/article/20220601-what-your-favourite-colour-says-about-you


Blanco
(ballena, fantasma, pureza, sudario, terror, ceguera, luz, novia, nieve, página).

La novia de Ahab persigue a la ballena blanca
sobre olas de espuma que mancillan su luto,
como gotas de sangre en un traje de nieve
convertido en sudario.
Pureza maltratada, ceguera de la luz,
se diría un fantasma navegando el terror
en el fondo abisal de la página en blanco.
La novia sumergida en los mares profundos
-la tierra es solo agua, el agua de la muerte,
corrientes despeñadas entre pálidos surcos -
con su piel marchitada de inocencia sin rumbo,
ahogada en un destino que dictaron espectros.
Océano sarcófago,
que en su centro maldito le reserva un sepulcro,
junto a un suicida insomne y su infierno blanco.

Ignacio Aparicio
Grupo A


Presagio

A Juan siempre le había gustado el color azul, por su sencillez que podía cambiar del cobalto de la cúpula de la iglesia al turquesa del vestido que llevaba su prima Luisa el día del bautizo de su hermano pequeño, del índigo del amanecer al de los ojos zarcos de la hermana mayor de Paco.
Aquella mañana llevaba la camisa celeste que su madre le había planchado, sabía cuanto le gustaba. En la escalera se encontró con Felipe. ¡Qué bonito es el nuevo periquito que tienes en el patio! , le dijo. No es preciso repetir su color. El día se presentaba azulado, de esos en los que todo sucedía como esperaba.
Un aguamarina colgando del cuello de una desconocida, el cielo comenzaba a pintarse de añil, un coche marino, el guardapolvo del tendero, todo buenos augurios.
Tentó el paquete de panfletos que llevaba oculto bajo el anorak reversible que siempre mostraba la misma cara.
El encuentro era a las ocho en la escalinata de la Facultad de Ciencias. Se apeó del autobús con tiempo para dar un rodeo antes de la cita. Era una medida de precaución que nunca estaba de más.
A partir de ese momento sólo encontró grises, nubes en el cielo, el mar quedaba lejos y seguramente luciría ese tono plateado que tanto lo inquietaba.
Casi en la puerta, dos hombres trajeados salían de un coche y se abalanzaban sobre Virginia para introducirla en él. Trató de mantener la calma, debía presentarse en la cita de seguridad para dar cuenta de la detención. Dos grises llegados en una lechera blanquísima lo metieron dentro sin que pudiera zafarse.
Había interpretado mal las señales y ahora se encontraba dentro de un vehículo policial con las luces azules de la sirena apagadas.

Enrique Martínez
Grupo C


Mi color favorito

Es un color compuesto entre el rojo y el azul, con un ligero toque de verde.
Entre el rojo y el azul, más cercano al violeta, pero sin ser tan frío ni tan intenso. Combina la energía del rojo y la tranquilidad del azul, lo que le confiere un carácter tanto vigoroso como sereno.
Se le vincula con la sabiduría y la creatividad.
Siempre fue un color caro y difícil de obtener, por lo que se le asocia con la realeza, el poder, y la nobleza.
Lo vestían los emperadores romanos:” nos vestimos la púrpura”, decían señalando el color.
Lo citó Quevedo:” no es justo que la púrpura del rico se tiña con la sangre del pobre”.
A mí me recuerda algún atardecer; en las mejores puestas de sol está siempre presente.
También lo asocio a la madurez: El color de una ciruela madura.
El mangostán es una fruta púrpura por fuera y blanca por dentro.
Es un color que me envuelve, me protege, me abriga, y cada vez que lo utilizo en la pintura noto un sabor agridulce en la boca.

José Luis Fonseca
Grupo A


Haikus de rojo

“La vida es roja como el amor,
ardiente y fugaz”

Pablo Neruda


Luz del ocaso
rojo fuego en el cielo
sueños que se van.

Amapolas
bajo la primavera
danzan sin parar.

Fuego que nace
rugido de la tierra
volcán en llamas.

Herida abierta
sangre que no olvida
eco del dolor.

Susurros suaves
dos corazones laten
amor ahora.

Rojo en la vida
destello fulminante
latidos fuertes.

M Pilar Sánchez 
Grupo B


El marrón de la pana y el barro

En la pana de los campos,
la carretera de seda…
- ¡Caminante sin camino,
ya llega el pueblo, ya llega!


(…)

Juan Alcaide. Romances de la llanura.
De su libro “Llanura”, 1933.



Esta historia no ha ocurrido como voy a contarla, pero se parece en lo esencial a una que se vivió hace muchos años en una ciudad de La Mancha, de cuyo nombre bien me acuerdo, nací en ella.
El personaje que lleva el hilo de la trama no se llamaba Jerónimo, ni le llamaban Jeromo, pero hay que fingir que ese era su nombre. Tenía un apodo, como todos lo teníamos en los años sesenta y setenta. A mi familia se la conocía por el nombre de una ciudad a la que iba mucho mi bisabuelo, y a Jeromo, por la fuerza que tenía su estirpe, se le conocía como “tiragaleras”, porque se le consideraba capaz arrastrar ese carro inmenso con sus manos y apretando los riñones. Esta no es la historia de Jeromo Tiragaleras, pero se le da un aire.
Se dedicaba este hombre a labrar los campos de aquellos que los tenían o los habían heredado; araba, sembraba, aporcaba las cepas, podaba olivos, vendimiaba, cogía aceituna... Como le sobraba experiencia en esos trabajos, dirigía a otros. Dicho con propiedad, era el manijero que mandaba a un par de gañanes o más; y su azada era la primera que entraba en la tierra, su mula la primera que arreaba para clavar la reja en los campos y airearlos. Trabajaba muchos días con aquella mula de pelo terroso, guiñando sus ojos castaños para que no los quemase el sol, como tenía abrasada la piel de la cara y de las manos, casi del mismo color que sus viejos y pardos pantalones de pana, la pana de los campos.
Algunas tardes de sábado, aunque esta historia no es exacta, jugaba al truque con el herrero y con el señorito y su hermano, que una cosa es una cosa y la otra, otra. Se escuchaban en el patio o en el rincón de la chimenea, dependiendo del tiempo, carcajadas y grandes gritos, parecidos a estos:
- Envido…
- Que te lo has creído…
- Pues si te rajas, una más que vas a perder, ¡que te lo haces en los pantalones…!
- Ah, lo mismo tiene algo que decir mi compañero…
- Pues digo que yo ahora envido, pero ¡envido la falta y truco!
- ¡Joé con tu compañero!
- Quién se va ahora de vareta… ja, ja, jaaaa.
La mujer del señorito, que les llevaba muchas veces de comer morcillejas y queso, y vino el que querían, protestaba por las voces y el vocabulario soez y vulgar – que los señoritos usan estas palabras que Jeromo y el herrero ni conocían y su marido y su cuñado no solían pronunciar –, pero estaba satisfecha, y sonreían por lo bajo ella y la mujer del hermano del señorito. Tenían a sus hombres en casa y no por ahí quien sabe en qué andurriales.
Jeromo era un hombrón alto y de espalda encorvada y piernas abiertas en arco, magro de carnes y de piel oscura y agrietada, y es que el trabajo en el campo no perdona y deforma y tiñe los dedos y el cuerpo entero.
Vivía en una casa de planta baja unos cientos de metros más allá, hacia las afueras de la ciudad. Carmen, su mujer, era una señora de luto, como vestían muchas, que siempre falta alguien querido, bien plantada y de ojos castaños brillantes, morena y con la pobre elegancia que da la dignidad. Con ella hacía Jeromo la vida, hizo la vida hasta un día de verano.
El 1 de julio de 1979 una tormenta desbordó el arroyo de La Veguilla en Valdepeñas y se llevó la vida de veintidós personas en una riada atroz. La ciudad se tiñó de barro de un marrón rojizo, color del campo de esa tierra manchega, hasta más de dos metros de altura. Carmen, la mujer de Jeromo Tiragaleras fue una de las veintidós que dejó su vida arrastrada por otro más de los múltiples tonos de marrón que la habían acompañado desde siempre.
Pero lo advertí al principio, esta historia no ocurrió exactamente como la he contado: por lo pronto, los nombres de las personas no coinciden con los nombres de los personajes. Y, aunque todo lo demás se parece bastante a cómo fueron las cosas, podría parecer inventado.
Jeromo murió aquel 1 de julio, aunque siguió viviendo unos pocos años. Desde aquel día no volvimos a verle.

Juan Delgado
Grupo A


Verde

“Yo no me atrevo”, te dijo, vestido de verde sueño.Y fue verde la mentira, verdes las horas y el tiempo, verde cobarde y enfermo, verde la tarde marchita y verdes tus pensamientos, como tu uniforme verde, verde inmaduro, indiscreto, verde color maldito que te arrebató los sueños.
Con cuánta pasión se vive cuando se dice “te quiero” y qué negra negra negra es esta madurez insulsa sin programar huidas, sin vivirse en cada encuentro, levedad insoportable la de esta espera de muertos. ¡Ojalá volviera el verde y se llevara este negro!

Pilar Sánchez Barbero
Grupo A


Azul

No tengo los ojos ni la sangre azul, y ni siquiera he sido un príncipe de ese color, pero he creído en el azul de los mares, los cielos y los horizontes. En lo del balón, más blanco que azulgrana, con infancia de veranos azules y algunos sueños que llevaban sobre las nubes el mismo color. De la poesía, Rubén Darío y el modernismo de su Azul. Hasta he escrito versos sobre azulejo, con serigrafía cobalto, turquesa, zafiro y algunas rimas de gaviotas y ultramar.

Azul es el viento que cruza la mar,
el velo que cubre la cima serena
de la calma que nos invita a soñar
en los espejos del cielo sobre la arena.

Azul es el crepitar eterno de la llama,
la sombra oscura de los silencios
en ese fuego que nunca apaga
la luz encendida de los misterios.

Azul es la vida que late en lo eterno,
canto del mundo en su vasto existir,
visillos de niebla, susurros del viento,
color del invierno en su frío sentir.

Francisco Antonio Martín Iglesias
Grupo A


Consuetudinario naranja

La mochila naranja como estandarte.
Sigue caminando y se incorpora al tráfico soleado y tranquilo de las doce .
Su figura erguida recibe de forma consuetudianaria las campanadas del reloj.
Se dirige al Mercado Central.
Comprará un buen trozo de bonito para almorzar.
Ve su reflejo a la entrada.
Las puertas acristaladas -abatibles- le permitirán el acceso al recinto.
Observa aún más detenidamente ese reflejo.
Creo que no me vendría nada mal un buen descanso.
Presunción de inocencia.
¿Y eso cómo se come ?
Volvió a invadirle ese aturdimiento tan especial.
Y un reflujo amable le dio los buenos días.

Naranja, mochila, reloj, estandarte, figura, reflejo (¿reflujo ?) , descanso, aturdimiento, presunción, bonito (¡pez!). Palabras que derivaron inconscientemente al requerimiento del color naranja. Dudo si apareció reflejo o reflujo.

Ismael Marcos
Grupo B


Colores en el lienzo de otoño

Ven conmigo y contempla...
Este desierto de otoño, 
cuando el sol comienza a
ocultarse tras las dunas,
tiñendo el cielo de un vibrante mostaza.
Las espigas doradas se mecen suavemente 
susurrando secretos al viento 
como hojas secas que crujen bajo los pies, 
de quiénes nos aventuramos 
a caminar por su tapiz dorado. 
Cada paso es un eco de la calidez del día,
una sinfonía de colores y
texturas que llenan el aire.
Ven conmigo y contempla...
El atardecer, con su luz suave y cálida 
acariciándonos la piel, mientras un aroma sutil 
de tierra y hierbas secas se mezcla
con la frescura que anuncia la noche.
En el horizonte, las sombras 
de las montañas se alargan
dibujando formas que danzan al ritmo del crepúsculo.
Los colores del cielo estallan en un festival 
de sensaciones; el mostaza
de las nubes se funde con el oro del sol, 
y el paisaje se transforma en un lienzo de ensueño.
Es un momento en que el
tiempo se detiene, la vista,
el olfato y tacto se unen en
una experiencia única, 
dejando impreso en el corazón la belleza del instante.
 
Leonor Martín Merchán
Grupo A


Ámbar

Observo, desde mi ventana, corazones ocres, óvalos pardos, manos doradas, diamantes rubios, lágrimas rojizas que bailan su fragilidad sobre los árboles al ritmo del viento de otoño. Su ámbar, ocre, cobre reverberan para luego caer y tapizar la calle, los parterres del parque, junto a los bancos, la fuente y el columpio. Ese es su destino. Mañana ya quedarán menos formas y colores sobre las copas. La música de noviembre es la de la palpitante lluvia ámbar. Pienso: si mi perro se acostara sobre esa placentera cama de hojas, no podría distinguir su cuerpo. Él también es de los colores de este frío día de ocaso y espasmo. Y, si fuera también mi lecho, tampoco se distinguiría mi cuerpo en este día ventoso, que mi destino fuera también ámbar …

Ocaso. Las luces del atardecer también son del ámbar que avisa. Las nubes, cándidas, corren a prisa, se deslizan por ese blanco roto y grisáceo. Por un instante, el cielo se abre al sol y al azul y se vuelve, de nuevo, ámbar, dorado, almagre, bronce, rojo, rosáceo, anaranjado. Me admiro: ¡qué bien le sienta el arrebol al aire alto, alto! Las nubes coronan la llama. A veces, son de un gris amargo. Cambiantes, juegan con nuestra mirada que, si te dejas, se vuelve inevitablemente del color del crepúsculo sobre el valle. El horizonte es una resina sólida de millones de años, la tierra, los bosques de castaños y robles melados. Del color de tus ojos, de tu chaqueta de cuero, de mi pelo y vientre con veinte años, del color de la cerveza que tanto nos gusta, del color del té de jengibre y melisa, del color de la miel y la cera. Y aquella gema que traje de aquella playa del norte ya tan lejano, traslúcida, como el color del recuerdo y del ocaso que anuncia algo o quizá nada. Ámbar. El color del presentimiento es ámbar. 

Marisa Sánchez
Grupo C


Violetas

Su presencia embellece
los campos en primavera,
cubriendo con un manto malva
la dormida tierra.

Violeta es un color, un verso,
una fragancia, un destello
el sabor de un beso, la belleza
de un amor secreto.

En el firmamento aparece
al alba y al atardecer
dejando un halo delicado,
de elegancia y sencillez.

Surge tras la tormenta
como un puente de color,
entre gotas de lluvia
y tímidos rayos de sol.

Violetas, lilas y lavanda
hermosa monocromía
de múltiples tonos,
gamas y armonía.

Marian Pérez Benito
Grupo A


Juego familiar

Con un cinco saco dos fichas amarillas. Mi cuñada pone el grito en el cielo. ¡Eres una suertuda!
Su cubilete azul escupe el dado. ¡Amarga derrota! Sigue sin poder salir.
Mi hermana roja agita el pañuelo cuando coloca a sus jugadoras en la pista.
Mientras, mi prima verde se sirve un té con limón para pasar el trago de la cárcel.
Consigo dos seises y un cinco. Suenan trompetas celestiales.
La azul ha podido salir de casa y situarse en el tablero. Hace el saludo al sol, en reconocimiento.
La roja, que ya salió hace dos turnos, se cree la selección y se hincha como un pollito por los puntos obtenidos.
La verde se levanta de la mesa para ir a hacer pis. Se aburre al no poder sacar las piezas mientras amarillas, azules y rojas avanzan por el tablero.
Las amarillas, brillantes como el oro, acosan a las rojas. Intentan comerse a las que están sueltas en el tablero, pero los dados no quieren ser sus cómplices.
Hermana roja se queda al acecho con una ficha delante y otra detrás de la casilla de salida de prima verde, con la esperanza de comérsela en cuanto salga.
Por detrás llega cuñada azul y se zampa la pieza roja desamparada entre dos seguros. Se pone loca de contento.
Verde ya ha salido y se encuentra con un despliegue de contrincantes entorno a su casa. ¡Difícil mantenerse ilesa!
Mato a mi prima. Cuento veinte. De rebote me como a mi cuñada y entro en la senda final.
Me odian. Sí. Lo sé. ¡Se ponen como locas!
Hermanas, primas y cuñada nos enzarzamos en una lucha sin cuartel para pasar la tarde entretenidas, pero sin perder de vista el verdadero juego.
Se trata de hacer encajar dados, fichas y cubiletes en el tablero de la familia.

Palabras relacionadas: Grito, pollito, limón, loco, pañuelo, oro, sol, trompeta, amargo, pis.
   

M. Maximina Moreno
Grupo B


El gran viaje

Soñado con anhelo, en un tren, rápido, cómodo, no pude recrear ni ver con demasiado detalle ni atención ,los paisajes herbales, ni el mar en el trayecto.
No obstante si pude averiguar la relación regia entre una misa, Paris y el color verde.

CLU
Grupo B


Amarillo

Ha llegado el verano. Otra vez, como cada año. El esplendoroso y radiante sol no desaparece hasta que pasan las diez. Eso hace que el calor tarde aún más en disiparse. Aunque la noche no mejora el asunto. Las noches veraniegas sustituyen la arena del desierto por vapor de petróleo. Sus efluvios tóxicos se adentran en las casas, acompañándose de algún que otro mosquito para animar el sueño y cargarlo de actividad.
Por la mañana, una caminata por el paseo marítimo te ayuda a calmar las quince picaduras con las que has amanecido. La humedad hace que tu sedoso cuerpo se embadurne con una buena capa de miel. La ropa, empapada como si hubiera pasado por un mal centrifugado, se adhiere a tu piel como el papel mojado en un retrete. Mientras luchas contra la pesadez del ambiente te vas cruzando con chorreosos corredores que muestran sus ridículos torsos como canarios henchidos.
Te detienes en un chiringuito para recuperar algún que otro electrolito que se ha evaporado por el camino y te plantan un vaso de agua con más huellas dactilares que el escenario de un crimen. Sobre la superficie del agua flota una triste rodaja de limón. Parece un náufrago deshidratado y chamuscado por el ardiente sol. De alguna forma, logra expulsar su último estertor, haciendo que el agua luzca como una micción de mediodía. Decides dejar el vaso intacto y reanudas la marcha buscando otro lugar en el que hidratarte. Terminas comprando una botella de agua en un chino. Te clavan 4€ por 0,33 cl., pero al menos está fresquita y no parece que vaya a producirte diarrea.
Volviendo al paseo reparas en unas nubes lejanas, tan oscuras, que parecen haber absorbido el petróleo nocturno. Poco a poco van cubriéndolo todo. Cuando tu corteza prefrontal decide que la idea más sensata es guarecerse en un bar, te encuentras con que todos están a rebosar. Parecen píxeles apiñados en una pantalla OLED.
En cuestión de segundo la repentina tormenta lo agita todo a su paso. Cargada de furiosa electricidad, lanza rayos y truenos como si no hubiera un mañana. El mar, asustado por la inesperada visita, se revuelve con una energía atroz. Te alejas del paseo marítimo y callejeas tratando de llegar lo antes posible a casa. La pegajosidad de tu cuerpo ha desaparecido; ahora sientes que escapas de una piscina en la que te han tirado los matones de clase.
Accedes al portal de tu casa y la lluvia se detiene de inmediato. El ratito que tardas en subir hasta el 4º piso por las escaleras es suficiente para que al abrir la puerta unos potentes rayos de sol atraviesen tu retina. Te deslumbran y durante unos segundos los fosfenos enturbian tu visión. Cuando el centelleo desaparece, te quitas las deportivas y esperas la bronca de tu madre por empapar el parqué.

Lucía Sabater
Grupo A


La niña de la trenza de espiga y el cocodrilo de los ojos amarillos

El grito asustó al cocodrilo de los ojos amarillos. Y la niña de la trenza de espiga, cuanto más gritaba, más se asustaba.
Ella buscaba refugio entre los girasoles y él en cualquier charco, aunque fuese uno formado por la lluvia amarilla, caída esa misma tarde.
Los rayos de sol abrasaban sus cabecitas…
La niña de la trenza de espiga huía porque no quería ponerse la fea gorra amarilla de su hermano y el cocodrilo de los ojos amarillos se había despistado de su familia, siguiendo el zumbido de las alegres abejas que saltaban de girasol en girasol.
¡Le había pisado la cola! ¿y encima era ella la que gritaba? No entendía a los suaves y tiernos humanos.
Sus tres párpados caían una y otra vez sobre los ojos amarillos, lo que a la niña de la trenza de espiga le hacía gritar más fuerte todavía.
Ante tanto alboroto, se acercó un pastor chino que estaba cuidando a sus ovejas amarillas. La niña de la trenza de espiga y el cocodrilo de los ojos amarillos estaban tan perdidos como asustados.
Los sentó a los dos sobre una alpaca de paja y compartiendo con ellos su bocadillo de pechuga rebozada, trató de explicarles lo importante que era no separarse de sus papás cuando estaban lejos de casa. Seguro estarían muy preocupados.
El pastor chino que era muy listo, enseguida supo que hacer y devolvió felices a la niña de la trenza de espiga y al cocodrilo de los ojos amarillos a sus familias.
Y colorín colorado este cuento amarillo se ha acabado.

Color: Amarillo
Palabras: Cocodrilo de los ojos amarillos, grito, espiga, girasoles, lluvia amarilla, rayo de sol, gorra amarilla, abejas, chino, alpaca de paja, pechuga rebozada.

Eva Hernández
Grupo A


Hablando con el pasado

Mi querido Virîdis:
Aquí estoy, después de muchos años de ausencia, cuando los campos brotan, siguiendo la vereda de subida, a esta colina de tiempos ocultos y secretos guardados.
Aquí me encuentro, sentada como un diamante pulido por los años, apaleada por esa esperanza que nunca fue.
Mi viejo verde y testarudo, en el que te habías convertido, según me dijeron.
Aquí regreso, cuando el destino me devuelve a mis entrañas y tú, ya habías cabalgado al trote, por los campos y entre difuminadas sendas de brumas y llovizna, al otro lado del camino.
Y ahora, te veo en un nombre y una fecha, junto a unas flores de ramas marchitas, que fueron vida para ser tristeza, que fueron miradas para ser abrazos.
Tú, te quedaste y sufriste.
Yo, marché en tiempos de esperanza, y regreso con esta maldita artrosis que me mata.
Siento la mentira del olvido y tu carcajada bajo el castaño con forma de "V" y de "A".
Aquí reposas como el sueño que te vio marchar.
Ahora, bajaré despacio.
Siempre tuya

Aurora

GuADAlupe
Grupo C


Solo soy VIOLETA

Bostezó al mismo tiempo que sus ojos de un MARRÓN intenso comenzaban a abrirse.
Había tenido una pesadilla GRIS, intentó recordar unos instantes, sin una explicación razonable y descubrió el color NARANJA en su zozobra. ¿Tendría algo que ver con Donald Trump y Elon Musk? ¿Tenía algo q ver con un planeta AZUL en manos NEGRAS de quienes deciden que el mundo es un lugar para pocos? Dudó unos segundos y decidió arrancar sus BLANCAS piernas de entre las sábanas multicolores y casi transparentes que arropaban sus solitarias noches. Determinó en cuestión de segundos que sería un día completo, enterraría las malas vibraciones nocturnas y saldría a batirse con ese pesimismo mañanero, fruto de sus desasosiegos trasnochadores.
Recordó que hacía unos días, al "destapar" ese buzón latoso y viejo, que apenas nadie abría ya, exhibió un completo abanico de panfletos anunciando la inauguración de un nuevo centro-ventas de colores, al mismo tiempo que dedujo cómo todos sus vecinos, depositaban en la hendidura de su casillero, los anuncios que ya no requerían su atención.
Se vistió con esa falda dibujada de margaritas AMARILLAS y fondo VERDE, se puso sus zapatos color MOSTAZA y antes de cerrar la puerta, agarró el bolso vintage ROSA y cadena DORADA.
El día se apreciaba plomizo, casi amenazante, pero ella no se dio por aludida, levantó el mentón desafiante al cielo y se volvió a repetir una vez más que ese día le pertenecía únicamente a ella. Ojeó uno de los muchos papeles que habían depositado en su buzón y se sorprendió de la pequeña entrada que tenía el nuevo establecimiento. Penetró en su puerta traslúcida y se abrió un arco-iris mágico de color. Allí estaban colores primarios, secundarios, complementarios, suplementarios…cada mostrador de su color se hacía corresponder con un dependiente acorde con su matiz de tinte; a la derecha estaba el NEGRO triste, opaco, oscuro; a la izquierda un resplandeciente BLANCO, luminoso, despejado; de frente los básicos: AMARILLO, ROJO y AZUL sonrientes y risueños. Erguida y sintiéndose observada, caminó hacia los mostradores centrales donde pausadamente sugirió que buscaba el color VIOLETA para adaptarlo a su nueva vida. La dependienta, esbelta y elegante, le propuso amablemente, que quizá debería cambiar de color, ya que el VIOLETA, que no es básico, requiere cierta dedicación de tonalidad al mezclar AZUL y ROSA, a la vez que este último necesita el complemento del ROJO y BLANCO para su creación, pero ella, que dicho sea de paso se llama VIOLETA, observó maliciosamente su aclaración profesional y en tono seco le comunicó que no estaba decidida a que otra opinión, por muy profesional que fuera, modificara su decisión.
La chica esbelta y elegante, colocó una cajita de cristal violeta en su mano. Perdone señora, ¿Por qué violeta? Mi vida es esto querida, ROJO pasión, BLANCO firmeza y cuando lo decido AZUL frio o AZUL serenidad.

Elena Domínguez
Grupo C


Para gustos los colores. "Todo depende del cristal (color) con que se mira"

“Y es que, en el mundo traidor,
Nada hay verdad, ni mentira,
Todo es según el color
Del cristal con que se mira”

Ramón de Campoamor


Los colores en el arte, en la literatura; los colores en el campo: todo depende del cristal, del color con que se mira. La infancia marcada por el campo, sin colores; o, ¿si había colores?
Era marrón el otoño cuando la tierra, dura y cansada, duerme tranquila después de arrancarle los frutos que, con tanto amor, ha engendrado en el último año. Reposa y espera los cuidados que harán posible el próximo ciclo del trigo: será abierta, penetrada por el arado, de forma suave si la lluvia ha sido generosa y la ha empapado, o violenta si el cielo se ha negado a regarla con el agua milagrosa.
Todo parece marrón en estos campos, solo veteado por las grises lindes que separan las besanas. Ese marrón tan intenso, volteado, sembrado, abonado, dará paso en poco tiempo, antes del inicio del invierno, a un verde preciso, precioso, que concentra toda la esperanza de la cosecha que vendrá.
Esta tierra, que ahora soporta el frio y el hielo forzoso para que el fruto se haga fuerte, es generosa como la madre y se volverá fértil convirtiendo el campo en un verde eterno, en un mar que abarca hasta la línea del infinito; el mar en el que navegan los hombres que cuidan su tierra dándole puntualmente el alimento que necesita
Rojo. Cientos y cientos de amapolas que tiñen de valiente rojo los largos prados que meses después, en el verano, serán las eras del calor y de la trilla. Rojo intenso de la sangre que los humildes labradores se dejan cuando las hoces les rasgan los dedos, mientras limpian de malas hierbas su futura cosecha.
Amarillo que trae la primavera y lo extiende finamente sobre las fincas ahora desiguales en los tonos de color: la paleta de colores con la que el sol ha pintado estos campos no tenía el mismo amarillo para todas. Amarillo ya dorado cuando se acerca el verano y el campo se llena de espigas que bailan al son del viento. Ese viento suave, transparente, que trae historias de los confines del mundo. Campos dorados, refugio de amantes de ocasión, trigos y espigas que acogen sus caricias en un ardiente tálamo abierto a las estrellas.
Azul redondo del cielo que se abre y deja pasar el sol, la inmensa luz del verano que llega empujado por el cálido final de la primavera.
Blanco. Margaritas blancas en los prados; nenúfares que crecen en las charcas, repletas de agua y de color, como si hubiera nieve en primavera.
Blanco despreciable de las camisas blancas que usan los amos los domingos en la misa, y se junta allí con el blanco del hábito del cura que adoctrina y amedranta a los labradores para que no salgan del redil.
Negro odioso de los espesos nubarrones. Nubes negras que amenazan y traen tormentas poderosas con rayos infinitos, piedras que caen del cielo, compuertas abiertas en el firmamento, ríos de agua que todo lo arrastran y matan de un zarpazo la esperanza de todo un año, la ilusión de la buena cosecha.
Morado. En las eras ya nacen las vivarachas quitameriendas con su color morado y anuncian el fin del verano, la llegada lenta, poco a poco, del otoño.
Más tarde, todo vuelve a empezar: la fuerza del marrón para engendrar nueva cosecha; la esperanza del verde; la valentía del rojo; el crecimiento y la armonía del amarillo y del dorado; la confianza del azul en el buen cielo; el miedo y amenaza del blanco y del negro y por fin, todo ha terminado con la llegada del morado.

G.R.A.
Grupo C