© Tito Abellán
Richard Ford en uno de sus múltiples viajes señaló lo siguiente a cerca de las mulas y de sus dueños. Nótese la ironía:
“Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande”.
Rematamos esta entrada con dos poemas. Uno de Mayte Gómez Molina, de su libro Los trabajos sin Hércules y otro de Antonio Machado:
La noria
La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.
Y estos son los trabajos recibidos hasta ahora:
La mula
A Vale no lo cristianaron así. Le han abreviado incluso el apodo: a muchos con su nombre les dicen Valen, y todo el mundo reconoce el seudónimo. Pero él, para todos es Vale.
El maestro - aunque hace mucho que él no va a la escuela – se sigue refiriendo a él como Valentín el Afortunado, argumentando que, si lo apostilla así, es porque todo el mundo le da su beneplácito cuando lo llaman por su nombre: Vale.
Sostiene el maestro que se trata de una aquiescencia universal con su persona.
Aunque ahora mismo parece que la diosa Fortuna le haya dado la espalda, porque lo encontramos con una lágrima abriéndosele paso por el polvo acumulado en la mejilla. Y el mismo no está seguro del porqué.
Podría ser por el despecho que siente por lo que le acaba de ocurrir. O por la preocupación de cómo se lo va a decir al Dioni, cuando lo vea. Quizás la salada gota resbala en honor de la mercancía y el beneficio perdidos. A lo mejor llora de la rabia que le da el que se le esté cayendo una lágrima, porque como bien sabe todo el mundo, en esos duros años de posguerra, los hombres no lloran. Y él es ya todo un hombre con sus diecisiete años, recién estrenados el mes pasado.
Menos mal que aquí arriba, aparte de las águilas, los lobos y las cabras de las majadas de algunos cabreros, nadie es testigo.
Se lo dijo al cabo de la Guardia Civil, cuando este le abordó en la Plaza de la Independencia el otro día, para decirle: - Mira, chaval, sabemos en qué te andas metiendo. Te aconsejo que no sigas con eso. Tu padre me caía bien, y tú no tienes porqué caerme mal, pero no esperes ningún trato de favor. Si te pillamos en una revuelta del camino del rebollar con las acémilas cargadas de lo que no tienen que ir cargadas, se te cae el pelo.
Vale le contestó: - Mire, mi cabo, le agradezco el consejo, pero yo no estoy metido en el estraperlo, si es eso lo que me está diciendo. Pero que sepa que, si alguna vez tuviera que elegir entre el hambre de mi madre y mis hermanos o el peligro de que me metan preso, por contrabandear o por lo que sea, elegiría sin dudarlo lo segundo. Sin dudarlo. Aunque ya le digo que le han informado mal al respecto, y yo no sé nada de esos alijos de los que me habla sin referirse a ellos.
Así de clarito se lo dejó.
Mira que el Dioni se lo había avisado: - Vale, te voy a dejar la mula porque no dormiría a gusto esta noche si no lo hiciera, pero dos cosas te digo. Una, que si me preguntan si lo hice, diré que no y que fuiste tú el que te la tomaste prestada del corral. Y la otra, que tengas cuidado con ella. Que, si las mulas son tercas por naturaleza, esta no es terca, es Juan Martín el Empecinado. Si le da por no moverse, ya le puedes dar palos, que no se mueve hasta que no le da la gana.
Jala de la reata Vale, mientras el sol se va asomando por sobre la Sierra de Tormantos y se reconcome por no haber hecho caso del aviso y no haber dejado la mula en paz. Ahora, a lo hecho, pecho.
Había salido de Puerto Castilla un poco antes de que oscureciera del todo. Con tres caballos: uno suyo y dos de su tío Julián. Y la dichosa mula.
Cargados hasta arriba con sacos del trigo de las llanuras de la Meseta que justo allí dejaban atrás. La mula un poco más cargada. Era más alta, más fuerte y más dura que los caballos.
Como no podía pasar por el Puerto sin arriesgarse a ser visto por las patrullas que lo frecuentaban, al acercarse al collado viró al este para tomar el antiguo camino empedrado que sube a la sierra, dejando el valle del río Jerte a la derecha.
Caminó por la cuerda varias horas. Hubo de vadear algunos arroyos pues evitaba las zonas donde existían puentecillos, que era donde más fácilmente, acechando junto a los obligados pasos, podía haber guardias.
Con la primera claridad llegó a la garganta Grande, que iba rebosante del agua del deshielo. No se lo pensó mucho. Descargó las bestias, se desnudó – mucho mejor helarse un rato, que seguir hasta el pueblo chorreando agua -, pasó uno a uno a los caballos y a la mula, tirando de la reata de cada uno, medio nadando, medio andando, por el vado que encontró con menos corriente. Después construyó una mínima almadia con cuatro maderos secos, que le ayudó a cruzar los sacos sin mojarlos.
Entonces, al reiniciar el camino los vio. Fugazmente. A menos de media legua, a la altura del Puente del Sacristán, andando. Pensó que no le habían visto, pero comprobó que, aunque así fuera, caminaban en su dirección. El cabo Ortuño y un número al que no reconoció.
Y encima, llegaba al tramo más complicado de todo el camino. Un barranco profundo sobre una gargantilla, en el que la estrecha senda se abría paso por uno de sus lados, semiexcavada en el terraplén rocoso.
Y se acordó del Dioni. Porque la mula, que iba la última de la recua, se detuvo en seco, en medio del angosto paso. Y no hubo manera de hacerla continuar. Los varazos, los empujones, los tirones de la soga; nada la hizo moverse. Y los corchetes acercándose.
Vale se vio obligado a tomar una difícil decisión. Que para eso era ya un hombre hecho y derecho.
O se quedaba allí, esperando a los picoletos o hacía algo para poder seguir.
Eligiendo el mal menor, y mientras recitaba, entre blasfemias, un monólogo en el que hacía referencia a la estirpe entera de esa mula en concreto y de la raza mular en general, empujó de lado a la acémila, logrando que, al recular ésta un corto trecho, perdiera pie y se despeñara barranco abajo.
Así de simple, la decisión.
Ahora, si retornamos al instante inmediatamente posterior a aquel en el que conocimos a Vale, le veremos enjugando con el dorso de la mano la lágrima del rostro, antes de que ésta le llegue a los labios.
Parece ser que, a la mañana siguiente, al Dioni le interrogaron sobre la mula que había aparecido en lo profundo del torrente, cargada todavía con sacos de cereal en los que brillaba por su ausencia el sello del Servicio Nacional del Trigo. Declaró que se la habían robado la noche anterior y que estaba pendiente de terminar las faenas del día para ir a denunciar la desaparición del animal al cuartelillo.
Carlos Coca
Grupo C
Las mulas, motor de Castilla
En los campos de Castilla, por el año 1952, donde el sol aprieta con ganas, no hay más motor que el que respira, suda y tiene muy mala leche: la mula.
Aquí lo que manda, lo que te da pan o te entierra en la miseria, es tener una buena yunta de mulas. Si a un cristiano se le moría la mula de un cólico miserere, ya podía echarse a llorar, porque detrás de la mula iba la ruina de toda la familia; era nuestro banco, nuestro motor y, a ratos, nuestra cruz.
Empezaba antes de que el sol saliera, sobre las cinco de la mañana, con una rasca que pelaba los sarmientos. Bajabas a la cuadra con un candil, y allí estaban ellas. Yo tenía a la Generala y a la Carbonera: dos mulas pardas, fuertes como demonios y testarudas como ellas solas.
Lo primero era echarles la cebada y las algarrobas al pesebre, mientras masticaban haciendo ese ruido que te llenaba la cuadra de vida; a continuación, tocaba el calvario de ponerles los arreos, la manta; se les ajustaban las colleras de paja y cuero para que no se hicieran mataduras en el cuello; luego la retranca, el sillín y los tiros. Tenías que andar con mucho cuidado, porque, como a la Carbonera le saliera el día cruzado, te soltaba una coz que te mandaba lejos. Le apretabas las cinchas y, listas para iniciar el camino al campo, que se hacía medio dormido, cabalgando de lado sobre los albardos.
Al llegar al tajo, enganchabas el arado romano, agarrabas la esteva y a sudar sin parar.
El trabajo era muy duro. Se pasaban el día tirando con las venas del cuello hinchadas, envueltas en una nube de polvo y moscas puñeteras que se les metían en los ojos. Tú ibas detrás, tragando la misma tierra, con las alpargatas destrozadas.
Sabían perfectamente la hora del almuerzo. El sol pegaba en lo alto y era el momento de descanso y de alimentarse tanto los mulos como el labriego.
Fernando Nieto
Grupo A
La mula Migula
Nació el año que murió madre, el mismo en que tomé la primera comunión. Padre lo permitió en honor a madre, porque era anarquista, y no comulgaba con la iglesia.
Estuve presente cuando cruzó el umbral a la vida. Un gran rebuzno estremeció la cuadra, y allí apareció, cubierta de una fina membrana rosácea. Observaba el entorno con curiosidad. En pocos minutos se incorporó, se acercó, me olisqueó y cosquilleó mi vientre. Tenía ojos grandes y brillantes, un lomo de pelo duro plateado con una gran mancha de color negro que simulaba la silueta de un ángel. Era el día de San Miguel. Migula la llamé. A padre no le desagradó.
La visitaba todos los días, perdía horas con ella, la paseaba y me seguía. Se entusiasmaba con las mondas y rumiajos que le guardaba.
Los años avanzaban, terminé la escuela y ayudaba a padre en las tareas de la casa, a labrar, cosechar, cazar, pescar, trampear. Me convertí en una prometedora adolescente.
Una noche de agosto cuando el pueblo hervía porque había estallado la guerra, aporrearon la puerta de la casa.
—Encámate —susurró padre.
Un griterío se apoderó de la planta baja.
Una cabeza coronada por un gorrillo con borla roja se asomó por la puerta de la escotilla donde yo dormía. Asomaron unos ojos fríos e inexpresivos acompañados de media sonrisa. Rápidamente desapareció.
Unos golpes seguidos de insultos se oían al no poder trasladar a Migula, la mula.
—Pégale un tiro y la troceamos —oí gritar.
—Mi sargento, déjeme a mí. Con paciencia la arreo de aquí —otra voz intervino.
El silencio cuajó. Dos minutos más tarde, la cabeza volvió a asomar por la trampilla. Tiró con fuerza de la manta que me cubría. Me deslicé rápidamente escaleras abajo, pero me atrapó en la cuadra. Rajó el camisón y quedé expuesta bajo sus pies. Cerré los ojos. El miedo me atenazaba. Separó mis piernas. Una certera coz en la cabeza de ese demonio, me liberó. Murió al instante.
Enterré el cuerpo bajo el montón de estiércol. Durante tres semanas, permanecí abrazada a la mula, hasta que terminamos el agua del abrevadero. No regresaron.
No volví a ver a padre. Rebusqué en las viejas rutinas. Vivía con temor y sobresaltos. Siempre caminaba acompañada del equino. Para evitar a los indeseables, me acicalaba con orín y heces de perro. Hasta la mula caminaba alejada un metro de mí. Éramos inseparables. Me apodaron la mulatera. Cuando alguien se acercaba, ella los espantaba, incluso a los perros.
Con determinación superé días de miseria y hambre. Años más tarde, en una feria de ganado, conocí a Francisco. Migula dio su aprobación. Congeniaron.
Una mañana de Marzo desapareció el montón de estiércol. Francisco no preguntó. Yo no pregunté.
Los años pasaban y cubrían las heridas del pasado. La vida sonrió, me llenó de hijos, y me coronó con un buen marido, trabajador, fiel y excelente padre. Únicamente la mirada de la mula conseguía rememorar historias oxidadas.
Migula murió cuando el más pequeño de mis hijos cumplió cinco años. Había cuidado de todos los míos, como hizo conmigo.
La enterramos en la cortina de Arroyomuerto, bajo el peral que tantas veces la había obsequiado con su fruta preferida. Todos los años, por San Miguel, llevo una pera a su tumba para honrarla.
Max Ferlam
Grupo B
Senderos desgastados
Mula terca y huesuda,
que mueves el mundo,
que raes el paso del tiempo,
aminora el trote.
¡Escucha!
No encuentras tu destino,
por más vueltas que rotes,
que un trabajo sin fin,
huelga decir,
no aumenta el valor en el alma.
Mula testaruda,
condenada en tu origen,
al desamor sin progenie,
resignada en tu faena bajo la noria.
¡Para!
Rompe tu maleficio,
que es cierto el mito,
detrás de tus viseras,
no hay solo sombras,
más allá de la niebla.
Mula terca y huesuda,
escucha la brisa del cierzo,
olfatea los trinos del alba,
no te empeñes, no,
no es el destino,
que es disfrutar del camino
el verdadero premio.
Mula testaruda,
de andares calculados,
yerra en el sendero,
ensucia tus cascos
con frescos terrones.
¡Frena!
Mula terca y huesuda,
no arrastres más tu rutina,
cruza el paso horadado,
pisa el verde impoluto,
que al asomar por la cueva,
cualquier luz te lastima.
¡Por Dios! ¡Para!
Deshoja la vida,
¡Destrípala!
Cocina sabrosos amaneceres
de intensos latidos y adobados amores.
Que hasta el más diminuto segundo,
es parte de sueños e ilusiones
que se escurren rápidamente hacia el pasado.
Max Ferlam
Grupo B
Adivina, adivinanza ..
Algunos dicen que soy terca y cabezota,
pero mi raza inspiró a poetas...
y tesón para el trabajo...
el surco dejo labrado ..
doy vueltas sin parar..
y si me sueltas la soga, hacia allí camino sola ..
como mulato, muletas y algunas máquinas…
y como artista lucí...
No soy una burra, ni una yegua,
soy una mula muy dicharachera...
E.R.A
Grupo B
La Mula del Polvorín
En el polvorín del ejército de un pueblo de Cuenca, donde el viento siempre parecía arrastrar polvo y secretos, había un personaje más famoso que el propio suboficial al mando: la mula fea, una bestia testaruda, fuerte como un roble y con más horas de servicio que la mayoría de los reclutas.
El suboficial, el Sargento Roldán, la trataba como si fuera una reliquia militar. No porque le tuviera cariño —que también—, sino porque la mula era, digamos, el centro de un pequeño “ecosistema económico” que funcionaba al margen de los partes oficiales.
A la mula la cuidaban tres soldados que estaban prestando el servicio militar:
Martínez, que era el cerebro;
Lobo, que era la fuerza;
y Pacheco, que era… bueno, Pacheco, que siempre estaba allí sin que nadie supiera muy bien por qué.
Ellos se encargaban de alimentarla, cepillarla y, sobre todo, mantener en marcha el negocio de las pacas de paja. El ejército pagaba una cantidad generosa para que la mula estuviera bien alimentada, pero curiosamente la mula comía menos de lo que decía el inventario. El resto de la paja, aparentemente “sobrante”, acababa vendida a ganaderos de la zona que preferían no hacer demasiadas preguntas.
Además, en un rincón del polvorín, detrás de unas cajas que nadie revisaba desde la Guerra Fría, tenían un pequeño gallinero clandestino. Las gallinas ponían huevos como si les fuera la vida en ello, y los soldados los vendían en el pueblo. “Huevos de campo, de calidad militar”, decía Martínez, como si eso fuera un sello de excelencia.
Pero lo más curioso del asunto era el uso estratégico de la mula. El animal, acostumbrado a cargar sacos, cajas y hasta algún soldado despistado, tenía una habilidad especial: sabía acercarse a la parte más baja de la verja del recinto, donde el alambre cedía un poco. Allí, con un empujón de la mula y un salto bien calculado, los soldados podían salir discretamente a “estirar las piernas”.
Y al otro lado, en los descampados donde se montaban ferias improvisadas y reuniones al caer la tarde, había grupos de gente del lugar que conocían bien a los soldados. Entre ellas, algunas jóvenes que disfrutaban del ambiente, de la música y, por qué no, de charlar con los reclutas que se escapaban del polvorín con la excusa de “dar de comer a la mula”.
El sargento Roldán, por supuesto, lo sabía todo. No era tonto. Pero mientras la mula estuviera lustrosa, los informes cuadraran y nadie causara problemas, él miraba hacia otro lado. A veces incluso sonreía cuando veía a los tres soldados volver al amanecer, despeinados y con olor a hoguera.
—La mula está bien, mi sargento —decía Martínez, intentando parecer formal.
—Ya lo veo —respondía Roldán, con una ceja levantada—. Y vosotros también parecéis muy… bien alimentados.
El polvorín seguía funcionando, la mula seguía siendo la reina del lugar, y los soldados continuaban con su pequeña red de supervivencia rural. Era un equilibrio extraño, casi mágico, que solo podía darse en un sitio perdido entre encinas, polvo y secretos compartidos.
Y así, mientras nadie hiciera demasiadas preguntas, la mula fea seguiría siendo la pieza clave del polvorín más pintoresco de toda la región.
Áfrika Gómez G.
Grupo A
La mula de mi abuelo
Veo la mula de mi abuelo dando vueltas a la noria., vueltas y más vueltas; a ello le dedicaba varias horas los días que había que regar el huerto.
Los nietos jugábamos y observábamos a la mula, que entonces nos parecía una imagen absolutamente normal; sabíamos que existían aquellos animales y la utilidad que tenían: transporte de carga y en algunos pueblos incluso se utilizaban para tirar del arado.
Nosotros estábamos deseando que descansase para poderla montar. No recuerdo si era mula o mulo, lo que sí recuerdo claramente es su color: pardo oscuro, casi negro, con su boca grande; mi abuelo nos tenía muy advertidos del peligro de un mordisco o de una coz, por lo que nunca nos poníamos a tiro, ni por delante ni por detrás.
Pasaron los años y aquella mula terca que se frotaba contra las paredes para hacerme sangrar en la pierna.; (entonces yo llevaba pantalón corto, fuese verano o invierno, pantalón corto hasta que tuve pelos en las piernas y mi madre decidió ponerme los largos.); pues bien, aquella mula envejeció y se hizo más mansa, Ya no saltaba para hacerme caer ni corría hacia la pared para despellejarme las piernas; se dejaba montar y acariciar y caminaba despacio conmigo encima. Como premio recuerdo regalarle algún corazón de manzana, lo que íbamos a tirar después de comernos la pulpa; ella lo comía y trituraba con fruición, haciendo que cayesen al suelo algunas semillas. A mí me parecía que sonreía de agradecimiento cuando me enseñaba su enorme dentadura.
José Luis Fonseca
Grupo A
La mascota inesperada de los neorrurales
-¿En serio?, ¿me lo tengo que quedar?
-Pues sí. En el contrato viene especificado que el terreno y la casa contiene una serie de objetos tanto inertes como vivos que tienen que ser cuidados por usted; no puede desprenderse de ninguno.
-¡¿Así que me tengo que quedar este bicho que no sé ni lo que es, esta especie de burro piojosos…?
-Mula, es una mula. ¿Qué pasa? ¿No has visto ninguna hasta ahora? Son muy diferentes a las que aparecen en las películas de dibujos animados, ¿verdad? Vaya señoritingo de ciudad-
Esto último lo dijo el funcionario del ayuntamiento sin que Abel lo pudiera oír. Sí se percató de la falsa sonrisa de su cara, algo así como un gesto entre la ironía y la burla. No le sorprendió. Clara siempre reprochó precisamente eso mismo, que no iba a ser fácil la adaptación ni que les recibirían con los brazos abiertos como maná caído del cielo, pero a Abel le pudo más la ilusión y los sueños peregrinos de encontrar un lugar en el que arraigarse. Ahora su máxima aspiración era que su pequeño, que ya estaba al caer, creciera en un entorno idóneo, en mitad de la naturaleza, en un pequeño pueblo paradisíaco rodeado de montes y bosques, con un río de agua clara y el sonido envolvente de los pájaros por las mañanas. Nada de ese maldito tráfico, de ese ir y venir sin parar en un trajín interminable que te atrapa y te devora en una angustia permanente, apilados en un cuchitril mugriento por el que hay que pagar una riñonada.
Clara se acariciaba la prominente tripa de treinta y cuatro semanas mirando fijamente a la mula. De repente, sin venir a cuento, soltó:
-Abel, esta cosa seguro que transmite enfermedades.
-¡No me jodas, Clara! De toda la vida han existido animales de granja conviviendo con humanos en la misma ubicación. Simplemente lo dejamos suelto por el terreno durante el día y por la noche metemos a eso, a la mula, quiero decir, en el cobertizo.
-Seguro que tiene cantidad de parásitos, Habrá que consultarlo con el pediatra cuanto antes. No me apetece que nazca Miguel y que tengamos esa fuente de infecciones tan cerca.
Y así, mientras mantenían una discusión que subía de tono por momentos, con unos cuantos reproches aunque sin llegar a los insultos, la joven pareja se metió en la casa. La mula siguió a lo suyo, ajena a las disquisiciones de estos nuevos amos humanos que habían surgido de un lugar desconocido, quizás de una galaxia muy lejana o incluso de otra dimensión. Qué más da. Lo importante es que iba a seguir disfrutando de la vida como una señora marquesa, que es lo que se merecía después de tantos años cargando aperos y fardos, subiendo cuestas con un peso que le había machacado la espalda. De hecho, tenía alguna vértebra fastidiada y un principio de artrosis que le provocaba un intenso dolor en la pata delantera izquierda, herencia de su madre, una yegua percherona que con la edad padecía dolores recurrentes en las articulaciones. Nada que ver con la familia paterna, poderosos burros de carga que mantuvieron todos una vida laboral bastante longeva. No se va a lamentar nuestra mula de no poder ir al fisio para curarse la lesión puesto que no están disponibles para burros, asnos y similares. Seguirá con su apacible estar, paseando por la pradera que la acoge como hogar desde hace ya una década, comiendo la suculenta hierba que en esta época del año brota más tierna que nunca. Hay que decirlo todo: esta mula también ayuda lo suyo contribuyendo a que el campo se mantenga verde y hermoso, abonando recurrentemente mientras camina, pero no me apetece ofrecer más detalles al respecto. A lo lejos se escucha la discusión de la pareja de humanos raros e imberbes que han venido a domesticarla de nuevo. Su cerebro equino se empeña en guardar en la memoria la cara entre pasmada e idiota con que estos dos seres la miran sin atreverse siquiera a alargar la mano ni menos aún a acercarse. Qué más le da a ella, extasiada como está con su pasatiempo favorito. El sabor de la hierba recién cortada se esparce por su boca mientras las alargadas hojas verdes y húmedas revolotean por lengua, dientes y mandíbula. El día comienza a apagarse y nuestra mula ya sabe que tendrá que pasar la noche en el acogedor establo que la resguarda con calorcito en invierno y frescura en verano. Otro día más de paz y serenidad para los seres de cuatro patas. Lo que les ocurra a los de dos ni le interesa ni es de su incumbencia.
Maite Bustos
Grupo A
La mula trémula
Harta ya de pecar está la mula,
sus errores se ha ido a confesar,
el cura los escucha y disimula,
pero al final no le quiso dar la bula.
La penitente acémila se vio burlada
pues al morir su madre, prometió,que sería una mula Inmaculada.
Atrapada en el escaso margen de su rima, la mula,
Confusa con el sesgo de su vida, especula,
y los riesgos del cambio no calcula.
La pobre bestia se da la fiesta,
se interna en su vigilia y en su siesta
pero tampoco le sale bien la apuesta.
Contrariada por todo se echa al monte
en busca de otra historia, otro horizonte.
A llevar mercancías con los arrieros
que les gritan blasfemias a molineros.
Siempre en compañía de aventureros
cabalga noche y día por los senderos
Y cuando llega al mar, a la mula,
le fascina la pureza de ese azul y la atribula
su vaivén constante que la vida emula.
Cae la noche y el equino fabula.
La hierba del bosque sacia su gula.
A lo lejos, en su árbol, el búho ulula.
al son perenne de las olas su ser deambula.
Frente al azul que el horizonte ondula,
su ansia de libertad se le estimula;
no es ya el miedo el que su vida regula,
es su propia alma quien al fin la tripula.
Calgari
Grupo A
Camila
Nadie en la familia aceptó de buen grado la extraña actitud del abuelo. Solo su hija, mi madre, mostró alguna comprensión: «Es la pena», lo justificó. La abuela María había muerto unas semanas antes. Paco y ella habían formado una pareja bien avenida y cariñosa durante más de cincuenta años. Siempre se quisieron con locura. Al contrario que la mayoría de los abuelos de mis amigos, se hacían continuas muestras de cariño. Un beso cada mañana, una caricia al cruzarse en el pasillo, un guiño cómplice…
Por eso no comprendimos que una mañana se levantara temprano, rellenara una alforja con algunos alimentos, fuera a buscar a Camila y se marcharan juntos al prado del Lombo Alto. Regresaron al anochecer y no dio ninguna explicación. Nadie se atrevió a preguntarle pues todos temíamos su humor intempestivo cuando se le incomodaba. Por supuesto, tampoco le preguntamos a ella.
El asombro llegó cuando eso mismo se repitió todos los días durante dos semanas. A mi padre se lo llevaban los demonios con las rarezas de su suegro: «No está bien de la cabeza, ya lo dice todo el pueblo». Mi madre le tiraba disimuladamente de la manga y le pedía que se callara.
La situación explotó cuando, una noche en torno a la mesa de la cocina, mi abuelo anunció que a partir de esa noche, Camila y él dormirían en su cama. «Y el mes que viene nos casaremos», añadió desafiante. Mi padre no pudo contenerse y soltó unas palabrotas que nunca le habíamos oído. Pero el abuelo no se arredró y aseguró que, si no pasaban la noche juntos en su cuarto, él se iría con ella a la cuadra.
«¡Dormir con una mula! Paco, tú te has vuelto loco», le gritó mi padre.
Nos dio mucha pena cuando la ambulancia se lo llevó al manicomio de Plasencia.
Pepe Lorenzo
Grupo B
Mestizos
La mula y el burdégano se enamoraron a primera vista. Fue un flechazo inesperado, cuando ella daba vueltas en su noria de todos los días y él pasaba por el camino llevando una carga de leña. Lo que empezó con una mirada tierna y un rebuzno tímido fue pasando a mayores, llegando a una pasión incontrolada. Por aquellos entonces el rumor empezó a tomar cuerpo, llegando a oídos de la burra madre de él. Lista, pero mala y muy tradicional. Para empezar, tenía en muy alta estima el linaje que había engendrado al yacer con el caballo más apuesto de toda la comarca, que casualmente, era el caballo preferido del rico del pueblo, con el que se paseaba en días de fiesta, haciendo lucir su poder y su riqueza.
—¡Tú no puedes liarte con una mestiza como esa! Su padre es un burro que no tiene donde caerse muerto y su madre una yegua parda, que se iba con cualquiera.
Así le decía, sin contemplaciones la madre al burdégano enamorado.
—Bueno burra (era la forma en que estas caballerías se dirigían a sus progenitores, por el nombre de la especie de cada uno de ellos), no exageres. Al fin y al cabo yo también soy un mestizo, madre burra y padre caballo.
—¡Donde vas comparando a esos dos desarrapados pulgosos y sarnosos con la clase y la presencia de tu padre, el más apuesto de la caballada del amo, y las mías, la burra más aseada, limpia y cepillada de todos los alrededores!
—Yo no estoy comparando nada. La mula me gusta y quiero unirme con ella para toda la vida. Es trabajadora y cariñosa, me entiende y yo la amo apasionadamente.
—¡Tú eres un majadero! —terció el padre caballo— Yo no quiero que tires todo nuestro prestigio por la borda de una coz. No he trabajado para que tú lo malgastes todo con un amor de burdeganito tonto.
De esta manera transcurría la conversación entre la familia de equinos del burdégano. Más o menos a la vez, en casa de la mula tenía lugar una conversación sobre el mismo tema.
—Hija, no te fíes de ese burdégano, que lo único que quiere es yacer contigo y cuando quedes preñada, olvidarse de ti y buscarse otras. Que menudo aprovechado era su padre caballo.
—Yegua, te recuerdo que tanto los burdéganos como las mulas somos estériles. Que tenemos 63 cromosomas. Nunca me quedaré preñada. Además, mi burdégano no es como su padre caballo. Es fiel y está enamoradísimo.
—Eso parecen todos al principio, pero luego, si te he visto no me acuerdo. Nosotros somo honrados y trabajadores y la familia de tu burdégano siempre ha estado enfrentada a nuestra familia de mulas.
El padre burro no se metía en estas discusiones, pero también mantenía vivo el rescoldo que enfrentaba a la caballerías del amo del burdégano con las caballerías del amo de las mulas.
La historia trascurrió por las veredas que un lector inteligente bien puede imaginar. Pasado el tiempo acabó sucediendo lo inevitable, una desgracia que acabó llevando al burdégano y a la mula a la tumba. Por cierto, el burdégano se llamaba Romeo y la mula Julieta, casualidades de la vida.
Manuel Medarde
Grupo A
Pasos y cascos
Al alba, el arriero y su mula
bajan de la montaña al llano
por un sendero de piedras,
midiendo cada paso.
Sus alforjas van cargadas
con el peso de los años
con penurias, con tristezas
y con sueños olvidados.
Arriero y mula, mula y arriero
bajan cada jornada
entre desfiladeros,
buscando su sustento.
Escuchando al viento.
Empapados de lluvia.
Mirando al cielo.
Rodeados de silencio.
Al regresar, cada paso,
es una oración sin palabras
y su albarda va repleta
de renovados sueños y esperanza.
Su vida siempre será así,
bajar y después subir
por el mismo camino
que parece no tener fin.
Marian Pérez Benito
Grupo A
Fons y el cencerro
Fons Muniz nació en La Jagua, al lado de un rio y entre surcos; no conoció otra escuela que la madrugada.
Tenía un arria de mulos y una espalda hecha al mismo molde: ancha, callada, resistente. Trabajó como un mulo toda la vida y la pobreza se le quedó de sombra, fiel como sus animales.
No hubo suerte ni herencia. Solo caminos de polvo, cargas de leña, sacos de grano y un cencerro colgado del cuello del mulo guía.
Ese cencerro era otra cosa.
Al amanecer, su tintineo bajaba por el rio y la cañada y despertaba a los ordeñadores de las vacas de la Sra Micaela, antes que los gallos cantaran. “Ya viene Fons”, decían, y el día dolía menos. La leche parecía más blanca con esa música pobre.
Al atardecer, el mismo sonido cruzaba los palmares hasta la puerta de su casa. Siete cabezas de hijos se levantaban de golpe: “Papá viene”. Sabían que la comida sería escasa, harina de maiz, con leche si Micaela le regalaba. Pero sus hijos sabían también que detrás del portón venía un hombre con las manos agrietadas y el corazón desbordante, repartiendo abrazos como quien reparte pan sin tenerlo.
Fons no dejó tierras ni ahorros. Dejó un sonido.
Cuando murió, los mulos ya no estaban. Pero en el caserío de La Jagua, todavía hay quien jura que algunas madrugadas, si el viento viene del norte, se oye un cencerro alegre abriéndose paso por el callejón, entre la niebla.
Y hay siete hijos, ya viejos, que siguen poniendo la mesa con un plato de más.
Miriam Esther García
Grupo A
La ópera
Muchos de mis conocidos dicen que soy un poco gilipollas. Ignorantes. Gentes simples que nunca entenderán a aquellos que, como yo, estamos destinados a distinguirnos de la mayoría, a marcar nuevas sendas en el devenir social. Yo acepto mi responsabilidad como representante de una estirpe de rancio abolengo, obligado a mantener unas tradiciones y, a la vez, ser capaz de explorar nuevas formas de comportamiento de los ciudadanos. Cierto que, en ocasiones, también me veo influido por los nuevos usos y costumbres que van apareciendo. Es el caso de lo que ha sucedido con la moda de las mascotas, esos animalitos que, como antes pasó con los coches, tienen estatus de miembro familiar. También yo elegí mi mascota. Ni cánido ni minino, ni animalito exótico de esos que tanto abundan. No, yo elegí una mascota acorde a mis orígenes: próxima, pero absolutamente diferente a lo habitual, sobria a la par que elegante, austera y noble. Llevó tiempo adaptar una zona de La Casa a sus necesidades: con su ducha, su spa, los armarios con ropa, el calzado, muy importante el calzado, incluso hubo que preparar su zona de paseo y otra de cultivo para que tuviera su alimento fresco, natural, ecológico. Y contraté a Santos para que se encargara de atenderla, de limpiarla, de preparar y cosechar su alimento, de comprobar que todo estaba a su gusto, que todas sus necesidades estaban bien atendidas. Hemos tenido diferencias sobre cómo tratar a Gertru, pero yo no acepto sugerencias de mis fámulos. Hacer lo que se le dice y cumplir, esa es su obligación. No hay alternativa, bueno sí la hay, en la calle siempre encontrará sitio. Parece que lo ha entendido porque no ha vuelto a contrariarme.
Hoy quería hacer la presentación de Gertru en sociedad. Quería llevarla a la ópera. Solicité que adaptasen el palco familiar para que esté cómoda y tenga comida y agua de la misma forma que los demás socios tenemos nuestras bebidas y canapés. No podrá ser, un incidente me tendrá alejado de los actos sociales durante una temporada. Recibí un fuerte golpe en la boca que me rompió varios dientes y me fracturó la mandíbula así que debo someterme a un período de cuidados médicos.
Llevo unos meses en este trabajo y les aseguro que no me aburro. La de caprichitos que puede tener un señor rico. Y yo a cumplir con ellos. El caso es que el señor decidió, por hacerse el diferente, el distinguido, que su mascota sería una mula. No podía ser un perro, un gato o, pongamos por caso, un cerdo vietnamita. No, él erre que erre, terco con la mula. Y compró una mula maragata con su certificado de pedigrí. Preparó un ala de La Casa como el mejor hotel y luego empezó la olimpiada de las tonterías. ¡Ropa! Válgame Dios, qué desatino. Pues nada, que vino su sastre a tomarle medidas al animal para hacerle trajes. Y luego lo del sombrero: un borsalino y un canotier, que yo ni idea de qué era. Intenté hacerle entrar en razón, pero sólo entramos en conflicto. Me dejó muy clarito que pagaba él, y mandar, pues también. Y me explicó que la elegancia viene de cuna, que es lo que distingue a un perfecto caballero y que la mula era una prolongación de sí mismo y de su familia. Será por eso por lo que ha colocado el certificado de pedigrí junto a los retratos de sus antepasados.
Ayer me dijo que preparase bien al animal porque hoy iba a vestirla de etiqueta para llevarla a la ópera. Joder, qué ganas de reírme en su cara, de decirle no cuatro sino al menos ocho cosas. Pero callé y preparé al animal: lavado, cepillado, herraduras nuevas, buen forraje. Ha venido el sastre con un esmoquin para la mula y una pedicura ¡para pintarle las pezuñas! No hacían vida de la pobre mula en su intento de vestirla y acicalarla. El señor se acercó a ver como estaban las correas por detrás y en ese momento, justicia divina, Gertru le tiró una taina y le dio en todos los morros. Le saltó varios dientes y parece que le rompió la mandíbula. Cómo me reí, para mis adentros, claro, al verlo caído en el suelo, atontado. Como postre Gertru le obsequió con unos cagajones recién horneados que le cayeron encima.
Yo me digo que si la elegancia viene de cuna también de cuna vendrá la gilipollez. Y el señor es un perfecto gilipollas.
Nicolás Casillas
Grupo A
Mula terca
No eres hermosa como una yegua,
tampoco tan insignificante como una burra.
Naciste, como un engendro y te utilizaron para la carga.
Nunca recibiste palabras bonitas, solo palos y gritos de un amo, “terco”, como un mulo.
Nunca te cepillaron, ni recibiste una sola caricia, aunque fuera fingida.
¡Ay, mula terca!
¡Tan poca vida!
Servir, comer y dormir, para con el alba,
comenzar con la carga de un nuevo día.
P.G.
Grupo C

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