David Roas es un escritor que se mueve como cuervo en el aire en los territorios de lo fantástico. Lo conocimos hace ya tiempo.
Y estos son algunos de los trabajos recibidos hasta ahora:
Presencias
Nunca olvidaré mis primeros días en este edificio, en mi piso. Mi primera vivienda propia... Bueno, propia, propia lo que es propia la hipoteca. Tarde en venir después de firmar las escrituras (no eran sagradas, pero baratas tampoco. Faltaba la instalación eléctrica o algo parecido. Ahora ni lo recuerdo. Han pasado 14 años ya- En el pueblo solo había paisanos de familias de toda la vida de allí. Era el primer “extranjero”. Yo saludaba a todo el mundo, pero no siempre recibía otro de la persona con la que cruzaba. A las cuatro de la tarde de agosto, pero yo me quedaba helado.
La única persona joven regentaba el bar, o taberna como quería que se dijese el tabernero. Lo llevaba bien, pero no salía rentable. La historia de la muerte del bar y su posterior reaparición trece años después a medio kilómetro del fenecido no es de agrohorror, pero si un putadón.
Centrándonos ya en mi terrorífica experiencia. Probablemente no lo fue tanto como la firma con la directora del banco… Perdonen que me repita, pero sigo pasando miedo cada vez que el Banco Central Europeo amaga con subir los tipos. De interés, no interesantes como algunos de mis ya paisanos.
Una noche de diciembre, llevando yo ya viviendo en mi pisito bonito (y pequeñito para una familia, ideal para mí), medio año, se abrió la puerta del balcón sola. Sin viento. Sin un roce mío. No. Se abrió sola. Entro el gélido frío del ya invierno mesetario, pero, además, sentí algo extraño. Algo ya no frío, helador. De repente oí pasos en el piso deshabitado de arriba. Vaya, el de Tecnocasa (sí, esos de la corbata verde, qué pasa) me había asegurado de que tendría compañía en febrero, y aun faltaba para eso. Pero tal vez habían traído muebles, o querían asegurarse de que no les habían robado la caldera, lo que fuese.
Subí las escaleras nervioso, porque seguía sintiendo algo helándome el corazón. Se había abierto las ventanas de casa, solas. De una en una, como si una mano invisible las fuera abriendo habitación tras habitación. Solo se salvó el cuarto de baño por un motivo. No había ventana.
Llamé al timbre. La puerta se abrió… Sola. Igual que la del balcón. Se abrieron todas las ventanas, de una en una como en mi piso. Salí corriendo, pero no hacía mi piso. Ese no era lugar seguro.
Quería huir. Algo me decía que era perentorio huir de esa mano invisible abrepuertas. ¿Sería solo una mano? ¿Habría brazo? ¿Tronco? ¿Cabeza? Ya eran las diez de la noche, y o ahí no me quedaba. Así que, en pijama como estaba, me fui al coche. ¿Saben ustedes que paso para mi estupor, sorpresa, y sobre todo horror? Ya lo habrán adivinado. Se abrió solo. No me servía de nada. Las llaves me las había dejado en el bolso donde siempre llevo mis cuatro cosas: tarjetero, llaves de casa, llaves del coche y móvil. He ahí que tenía un coche abierto, todas las puertas del edificio abiertas, así como las ventanas, y un canguelo que no vean. El coche arrancó. Empezó a moverse. Corriendo me dispuse a subir las escaleras para… ¿Para qué? ¡La “presencia” ya había tomado el edificio entero!
Por supuesto, la puerta del garaje se abrió. Sola. Con miedo, más miedo que el que pase viendo “The Ring” o escuchando historias de fogata en campamentos en mi infancia, no sabía que demonios (fijo que algún demonio andaría por allí, claro) salí corriendo por la puerta de la calle. Ya, no les voy a decir quién o, mejor dicho, cómo, se abrió, porque ya lo saben. Dónde ir… Mi auto, mi utilitario blanco iba hacía mí. Me quedé perplejo. Corrí calle arriba, hacía la plaza. Y allí, en la puerta del ayuntamiento, que no se abrió, me encontraba, acorralado por mi propio coche. De repente paro. Entre mi auto y mi cuerpo se interponía un ser oscuro. Oscuro como la noche. Oscuro como las profundidades abisales. Con un sonido que no reconocí detuvo el coche. Sí, sí. Lo detuvo él. Mi blanco (pero no impoluto) medio de transporte puso punto muerto. Acto seguido paro el motor.
No sabía dónde pedir auxilio (me iban a tomar por loco) ni sin volver a casa. La “nueva presencia” me llevo (solo veía un bulto oscuro, pero me había salvado del hospital (o peor aún de San Carlos Borromeo) hasta mi casa. Confiando en ella subí al piso. La puerta de porta estaba abierta, pero no se cerro sola, tuve que dejarla entornada. Entre al piso. Todo estaba abierto. Cerré todavía en penumbra todas las puertas y ventanas. Del primer piso ya me encargaría de día…
Encendí la luz, con miedo. Todavía no sabía qué o quién me había rescatado. Entonces supe que mi coche de más de 13.000 euros era un cobarde. Había bastado un bufido de gato, mejor dicho, gata, para detenerlo. Mi bienhechora tenía hambre, y yo gambas en la nevera…
Desde entonces Tess, mi negra panterita rescatadora, ostenta el cargo de dueña y señora, y yo, en agradecimiento a los servicios prestados, siervo obediente. Pero, por supuesto, nada valiente.
Javi Martín
Grupo A
La sima de los huesos
Esto que os voy a contar es real como la vida misma, y, como veréis, yo fui uno de los protagonistas. Ya sé que algunos -muchos- de vosotros poneis en duda mi palabra, sobre todo desde aquel día en el Alcaraván, en el que os dije lo de mi historia con Elsa Pataky, aquella memorable ocasión en que me la encontré en la discoteca Hindagala, de felices recuerdos e inolvidables resacas. Bueno, no quiero insistir, pero lo de Elsa fue verdad, tal cual. Ella -resumo- estaba en Salamanca para la presentación de una película suya en los cines Van Dyck, y harta de charlas y cenas de trabajo, se escabulló de su grupo y se fue a tomar una copa a la discoteca. En aquella época la Pataki no era tan famosa, de modo que podía salir por la noche a un bar de copas de provincias -perdón, charros- y beber y bailar sin que nadie la reconociera. Desapercibida, eso no, porque menuda cara y menudo cuerpazo tenía (y tiene, a juzgar por los reportajes del Hola). Termino la anécdota, totalmente verdadera, no sé ni cómo ligué con ella. Una o dos de horas después salimos del Hindagala dando tumbos, y, por si me pasaba algo -había muchas tías borrachas por la calle a esas horas-, se ofreció a acompañarme hasta mi casa. Subimos en el ascensor, sin perder el tiempo en el trayecto, entramos en mi piso y fuimos al dormitorio. Ahí cierro la puerta y mi boca, un caballero no debe contar según qué cosas, sobre todo aquellas en las que interviene una señorita y suceden, aunque no exclusivamente, en una cama de matrimonio (iba a decir tálamo nupcial, qué cursi soy, joder)
Vale, pues no me creáis lo de aquella noche gloriosa, pero esto que os voy a contar ahora es absolutamente cierto. Pondría vuestra mano en el fuego, si hiciera falta.
Y ahora la historia de terror rural. Centrémonos, y a ver si abrevio. Villar de Peralonso, mi pueblo, una casa de piedra que se anunciaba para alquilar en algo parecido al Airbnb (quiero decir farolas, comercios, incluso anuncios en El Adelanto). Dos pisos, sótano, doblado y chimenea. Yo me ganaba unas pesetas haciendo la limpieza cuando había turistas. Tenía dos empleos en la capital, pero apenas me daban para pagar la hipoteca, así que, si quería irme de vacaciones tenía que buscarme la vida. Era un sin vivir de oficios y carreras de un lado a otro. Pero a la fuerza ahorcan.
El fondo buitre -un Black Rock de la época- que me contrataba para la limpieza me llamó para que me encargara de la casa en aquel puente o acueducto. La habían reservado unos turistas. Yo iba alrededor de medio día, y tenía que hacer las camas, pasar la fregona, limpiar el fregadero, recoger la basura, y tal. Esas cosas propias de mi sexo de pluriempleado. Bueno, con aquellas perrillas completaba mis esforzados ahorros para irme a pasar unos días a la costa portuguesa, concretamente a Praia de Barra, Aveiro. Ya estaba relamiéndome por anticipado con el caldo verde, los pescados a la brasa, las mil formas de cocinar el bacalao, y el café portugués, que, nacionalismos aparte, no admite comparación.
A ver si voy al grano ya de una vez. Los turistas resultaron ser una secta de veganos que adoraba a Gaia y practicaba el poliamor. Los hombres gastaban barbas, coleta y tatuajes con signos inescrutables. Ellas eran todas jovencitas, iban descalzas, y llevaban unos atuendos floridos, con faldas cortas, hombros al aire y generosos escotes.
Total, que invadieron el pueblo como si trajeran la buena nueva anunciando el apocalipsis, y, lo peor de todo, tratándonos como a paganos paletos, pobrecillos que había que sacar de su ignorancia ancestral, y culturizar.
En la cantina del pueblo -que también hacía las funciones de colmado y teleclub- los parroquianos no vieron con buenos ojos cuando esta tribu milenarista entró allí como elefante en una cacharrería, pidiendo zumos de fruta recién exprimidos, leche de soja sostenible, y pan de centeno integral hecho con masa (de su puta) madre. Carne, no la probaban, porque decían que tenía que estar totalmente purificada, o no sé qué; recién cortado el cordón umbilical, eso entendí yo, grosso modo.
Así que estaban los vecinos jugando sus parchises y sus cartas, fumando como descosidos y viendo la televisión -deportes, el Santa Marta vs Ponferradina, por ejemplo; o algún programa del corazón- cuando llegaban estos profetas del fin del mundo y apagaban la tele, los cigarrillos, tiraban las cartas a las brasas de la chimenea, y, lo que peor llevaban los parroquianos, los ponían a todos a cantar el Hare Krishna, hare, hare.
Ya sé, colegas del taller de escritura, que estáis pensando que tres o cuatro días no dan tanto de sí, y ya os estoy viendo tapándoos la cara y riéndoos por lo bajini como cuando os cuento alguna de mis aventuras eróticas. Veo a Marian diciéndome que no tengo edad para decir tantas tonterías; a Sonia, mirándome severamente; a Espe, pensando que menudos fantoches los conquistadores. Vale, como queráis, pero esto que os cuento, aparte de terrorífico -el horror, el horror- es literal.
Al segundo o tercer día el bebé de la Juani desapareció. Según parece, dejó al recién nacido en la cuna porque le dio un apretón y tuvo que ir a evacuar al corral. Cuando volvió, el niño ya no estaba allí. Su marido, el Tiburcio -al que apodaban Urtain en el pueblo- no se lo tomó bien, y la molió a palos. Un mal golpe, dijo, a cualquiera le pasa. Nadie lo denunció porque, total, era costumbre muy arraigada, y en el pueblo, sobre todo, respetamos las tradiciones.
El caso es que, al día siguiente, cuando fui a la casa a limpiar, algo me llamó la atención. Unos huesillos, como de conejo, pollo, no sé, algún animal pequeño, estaban a medio quemar sobre las cenizas de la chimenea.
Coño, esto sí que es raro, si esta gente no come carne, pensé.
A ver si acabo, ya imagino a los colegas mirándome raro y pensando que soy un pesado, y que no dejo hablar a nadie. Además, ya sé que tenéis envidia porque la camarera del Alcaraván -de natural recio- me pone la cerveza y los manises, y me sonríe.
Abrevio. Tal como habían venido, los adoradores de Gaia desaparecieron. La gente pudo volver a fumar en el bar, a jugar al tute subastado, a ver otro Unionistas vs Fuentesaúco, o cualquier programa de esos tan bonitos que presentaba -y presenta, per sécula seculorum- Jordi Hurtado.
Nadie vino a preguntar por ellos; no debían tener ni dirección, no digamos Dni, y seguro que no habían declarado el Irpf en su puta vida. Total, ciudadanos invisibles.
Cerca del pueblo había algunas cuevas profundas. A veces venían urbanitas a hacer lo que ellos llamaban espeleología, vete tú a saber qué coño es eso. Llevaban cascos con linternas, sogas, uniformes como de bomberos sucios…
Una de las cuevas, la que los vecinos desde tiempos inmemoriales llamaban el pozo del infierno, se tapó. Se le echó tierra encima.
Así que ningún gilipollas de esos con cascos ha podido volver a entrar en ella. Ya no existe. Desapareció del mapa. El topógrafo de la diputación era primo del alcalde.
Sólo en la cantina algún parroquiano habla, cuando se le calienta la boca, de “la sima de los huesos”, y aunque lo diga en voz baja y sin apenas vocalizar, todo el mundo deja por un momento de ver el partido, jugar a las cartas o cotillear sobre la mujer del panadero, y, dicho en dos palabras, se descojonan vivos.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Fallido Agro horror
En la Escuela de escribir me han puesto, de tarea,
contar algún temor, que el agro pudiera a mí inspirarme.
Y he buscado, con mi torpe intelecto, alguna idea,
tratando de hallar una con la que regalarme.
No la he encontrado. He hallado sólo un sentimiento
de cercanía con la feraz naturaleza.
Yo, que soy de ciudad, enamorado estoy del viento
que, si camino a la intemperie, ventila mi cabeza.
No me infundieron terror los espacios abiertos,
ni me causaron pavor las intrincadas brañas.
Me espanté, eso sí, el descubrir los muchos huertos
en los que algunos cultivan siniestras telarañas,
pegajosas de egoísmo, de ira, de complejos
vericuetos para atrapar al prójimo en sus hilos,
rebosantes de oscuros, podridos odios viejos,
que cortan, como navajas de siniestros filos.
No siento fobia al lado del maíz o la cebada,
los garbanzos, el rotundo trigo o el centeno;
me fascina ver colza luciendo engalanada.
De brillante amarillo el mundo lleno.
Me horrorizan, declaro, tantos malos instintos,
comunes en las calles, comunes en las dehesas.
Las xenofobias con los que son distintos,
la estulticia del que cree a la maldad y a sus promesas.
Siento pavor al ver ganar, al violento, terreno,
sin más esfuerzo que mostrar al mundo su barbarie.
Me asusta el dolor del débil, no sé sentirlo ajeno,
el temblor del indefenso, del que le falta el aire.
La brutal indiferencia del poderoso fiero.
Carlos Coca
Grupo C
Sucedió en Galicia
Los pueblos que voy a nombrar, los conocí cuando estuve haciendo el Camino de Santiago hace unos años. Allí un gallego bastante mayor, yo creo que pasaba de los 90 años, en una parada de descanso en el camino, entre Mondoñedo y Lourenzá, nos contó la siguiente historia. En una aldea llamada Couboeria, desde hace más de setenta años, vivían el matrimonio formado por Xoel y Lúa. Ambos muy conocidos en toda la zona, había sido alcalde, juez de paz y empleado de Caixa Galicia, por lo que conocía a toda la gente de la zona y había hecho muchos favores.
En las fiestas de As San Lucas de Mondoñedo, el 18 de Octubre, se celebra la Gran Feira
Tradicional de Gando Cabalar rAs San Lucas, donde se pueden ver todos los caballos que semilibertad en todos los montes aledaños. Estando allí de espectador con su mujer, se sintió indispuesto y lo tuvieron que llevar a su casa, donde fue atendido por el médico de guardía, el cual no pudo hacer nada del infarto que le repitió varias veces.
Al día siguiente del fallecimiento, Xoel fue enterrado en el cementerio familiar de Couboeria, después de una misa oficiada por tres sacerdotes, con la iglesia repleta de gente, y calculaban más de dos mil personas fuera, para dar la condolencia a la esposa.
Xoel, durante toda su vida, tuvo fama de bromista, y a todos los amigos, alguna vez les contó que su mayor ilusión era poder ir un día a México, para conocer a su hermano gemelo, porque su madre le había contado, que cuando él nació, tuvo otro hermano que se lo cedió a una hermana de la madre, que no podía tener hijos, y esta se lo llevó a México.
No había pasado aún un mes del fallecimiento de Xoel, cuando aparece por Couboeria, el doble de Xoel, con un “carro “ Mastreta MXT, haciéndose notar y preguntando por la casa de su hermano Xoel , para dar el pésame a la viuda, su cuñada, a la cual solo la conocía por fotografías que le mandaba su hermano a México cada año.
Según fueron pasando los días, la viuda de Xoel apenas salía de casa, y cuando la veían salir los vecinos, era de noche y siempre con su cuñado.
Galicia, es Galicia, y los gallegos tienen fama de reservados, trabajadores y un humor sutil, por lo que en el pueblo empezaron hablar y hablar, y al más amigo de Xoel se le ocurrió una idea. Por la noche sin pedir permiso a nadie, la pandilla de Xoel, se acercaron al cementerio para exhumar el cadáver y salir de dudas.
Dentro del ataúd no había nadie.
Luis Iglesias
Grupo B
En el campo de lentejas
Recién comenzadas las vacaciones de verano, no sabíamos muy bien qué hacer. Como andábamos muy escasos de dinerito, siempre se nos ocurría alguna historia para ganar un extra, pues nuestros padres nos tenían muy ajustada la paga semanal: a mi amigo Pepe y a mí nos daban 25 pesetas a la semana con las que teníamos que hacer juegos malabares para que nos llegara; no solo nos llegaba, sino que incluso éramos capaces de ahorrar algo.
Aquel verano del 67 decidimos buscar trabajo.
En los pueblos no hace falta poner carteles ni anuncios de ningún tipo, enseguida se corre la voz, y una tal Celedonia, vecina del lugar, nos comunicó que un paisano del pueblo, apodado Tomás “marica”, podía darnos trabajo.
Ni cortos ni perezosos, nos dirigimos a su casa: era una casona de paredes de piedra. con dos alturas y balcón encima de la puerta principal; tenía una hermosa aldaba en forma de puño para llamar. Golpeamos la puerta con fuerza, y salió a abrirnos una señora vestida de negro con edad indeterminada. ¿Qué queréis?, nos dijo. Venimos a buscar trabajo, pues nos han comunicado que D. Tomás tiene algo que ofrecernos.
Podéis pasar.
En la misma entrada, había un pequeño patio con un escaño de madera labrada de color negro, donde nos fuimos a sentar.
Apareció Tío Tomás, hombre bajito, enjuto, con lento caminar, pero estirado; ataviado con una capa marrón oscura y un sombrero de fieltro haciendo juego. Se acercó a nosotros y nos preguntó que qué queríamos. Nos gustaría ganar algunas perrillas y nos han dicho que usted puede darnos trabajo, le dijimos.
Efectivamente, nos contestó, tengo un campo de lentejas que ya están a punto para recoger. Podéis venir mañana temprano; os facilitaremos unas guadañas de pequeño tamaño, acordes con vuestra fuerza y estatura y a trabajar. Si aguantáis la jornada entera, os pagaré un salario, y si solo aguantáis media, pues la mitad; así que hasta mañana nos dijo, se dio la vuelta y nos despidió.
Bien de madrugada acudimos a la casona y ya nos estaba esperando tío Tomás ataviado con la misma capa y el mismo sombrero; nos saludó y se despidió con una sonrisa burlona haciendo brillar su diente de oro. A pesar de todo, no nos achantamos y cargando con aquellas guadañas infantiles salimos hacia las tierras acompañados por un criado del susodicho Tomás.
Ya en el campo nos explicaron cómo había que hacer y nos pusimos a ello con gran entusiasmo, y teniendo gran cuidado de no segarnos las piernas.
Al cabo de un par de horas empezó a calentar, empezamos a sudar, y las guadañas ya se empezaban a resbalar de las manos; encima no habíamos llevado ni gorra ni sombrero. Nos miramos y nos dijimos: habrá que aguantar, aunque nada más sea media jornada.
Seguimos dos o tres horas más, no recuerdo exactamente, pero antes del mediodía ya estábamos de vuelta en aquella casona donde por lo menos hacía fresquito.
Apareció Tío Tomás ataviado de la misma manera; reconozco que eran un tío elegante. (Lo del “mote” supongo que era por ser algo amanerado y estar soltero), nos sonrió con cierta maldad para lucir el diente de oro y nos pagó. ¡Nos pagó media jornada a cada uno!
Llegamos a casa como cubiertos por una especie de barrillo negruzco, derechitos a la bañera, pero con la satisfacción de haber ganado unas pesetillas, y con la seguridad, como así ha sido, de que no volveríamos a trabajar de aquella manera.
José Luis Fonseca
Grupo A
La terrible desgracia
—¡La tía Pascuala se ha quemado!
La noticia corría por el pueblo de boca en boca. Los hombres se echaban las manos a la cabeza y las mujeres a los pañuelos, los niños corrían a las faldas de sus madres y las abuelas se santiguaban mirando al cielo.
—Se veía venir —dijo Felipa, insidiosa, mientras recibía una mirada furibunda de su marido.
—Eso también lo digo yo —replicó Martina, encarándose a los aldeanos que se habían congregado frente a la casa incendiada, con gesto desafiante.
La vecindad se mostraba consternada por el suceso. La mayoría cuchicheaba sin expresar libremente su opinión por temor a la reacción de Suso y Teresa.
Ellos también estaban allí, entre el público. Eran los futuros herederos de la tía Pascuala a la que habían jurado cuidar y proteger hasta su fallecimiento, a cambio de sus dineros y sus heredades. Pero Pascuala estaba llegando a los cien años y su salud seguía intacta. Sus piernas y su cabeza seguían siendo capaces de tirar otros cien más. La pareja ya no aguantaba más, ni a ella ni a sus rarezas. Y llevaban peor aún la escasez de recursos con la que tenían que vivir ellos y sus tres hijos.
Felipa lanzó otra andanada, mirando de frente a Teresa:
—Hay quien parece llorar, pero en el fondo está muy contenta.
Felipa y Martina eran dos hermanas cuyas viviendas lindaban, pared por pared, a ambos lados de la que se había quemado. Hacía años que esa familia andaba detrás de la casa para ampliar las suyas y construir un huerto medianil, pero la tía Pascuala nunca aceptó.
Teresa y Suso, que se habían mantenido juntos en una esquina de la plaza, recibieron aquella puya como si les hubieran atravesado el corazón. ¿Cómo podían pensar que ellos hubieran tenido algo que ver con el incendio? Teresa se dio la vuelta y sin responder palabra alguna se encaminó a su casa. Suso se permitió devolver la acusación a las hermanas calumniadoras por ser las dueñas de las casas colindantes.
—Algunas pensarán que ahora las paredes medianeras se expandirán sobre las ruinas del hogar de Tía Pascuala —dijo señalando a los edificios aledaños—. Tal vez están tan ufanas porque piensan que con esta desgracia la podrán conseguir más barata.
Los aldeanos asistían consternados al enfrentamiento y murmuraban entre ellos, sin querer intervenir. Poco a poco, la plaza se fue despejando y solo quedaron los hombres más jóvenes, que junto a Suso se aseguraron de que el fuego estuviese totalmente sofocado.
Al día siguiente, el pueblo entero asistió al funeral por el alma de la tía Pascuala, puesto que del cuerpo solo quedó un patético cúmulo de huesos calcinados. El cura no hizo mención de las sospechas aireadas en la plaza. El alguacil dictaminó que el incendio se había producido por accidente, al prenderse las sayas de la anciana con la lumbre. El médico forense dio por bueno el diagnóstico de muerte por un desgraciado hecho fortuito. Enterraron a tía Pascuala en silencio respetuoso.
Suso, Teresa, Felipa y Martina arreglaron sus diferencias con la venta del solar. Nunca más se habló en voz alta del asunto. Pero, las gentes del lugar aún elucubran sobre las verdaderas causas de lo que para siempre se llamó “la terrible desgracia”.
M. Maximina Moreno
Grupo B
El medio cántaro
Eva, mi flamante novia, me dijo que no era buena idea negarme a pagar el medio cántaro de vino a los mozos, y menos cuando empezaban las fiestas del pueblo.
También me advirtió sobre la estupidez de aceptar, el reto de Fernando, su exnovio, cuando fuimos a la bodega, para ver quién aguantaba más tiempo respirando óxido nitroso. Me empezaba a cansar el jueguecito que se traía. Él seguía riendo junto a los otros, mientras la devoraba con una mirada que nada tenía de festiva.
La combinación de la vibración temblorosa del suelo, el fuerte olor a gasóleo y el crujido de vegetación seca recién cortada, junto con el ruido intenso de un motor, me despertó sobresaltado. Lo último que recordaba era esa risa machacona, como un mantra mareante, de Fernando y su grupo de amigos.
Una cosechadora se me echaba encima a medida que iba cercenando los tallos de los girasoles. Quise creer que no me alcanzaría; que, tumbado y atado como me habían dejado, el filo de corte del cabezal no me tocaría. Traté de fundirme con el fondo del surco. Las cuchillas pasaron arañando mi piel y dejando parte de mi ropa hecha jirones.
Fue entonces cuando lo vi.
Justo detrás venía Fernando, con su cara desencajada por la risa, conduciendo la empacadora hacia mí.
Calgari
Grupo A
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