En el año 1755 Lisboa tembló. Tras el terremoto que ocasionó cerca de 100.000 muertes, Voltaire escribió el "Poema sobre desastre de Lisboa" recogido en el artículo "1755: VOLTAIRE, ROUSSEAU y el sismo de Lisboa". En dicho texto pone en duda el axioma de Leibniz "Todo está bien". El 18 de agosto de 1756 Rousseau escribió a Voltaire una carta de más de veinte páginas (en el mismo documento hay un resumen de dicha carta) en la que le achaca su fatalismo y le reprocha que el optimismo que a él tanto le molesta a él le consuela. Voltaire no contestó a dicha réplica aunque sí le diera acuso de recibo a Rousseau. Su obra "Cándido" sería, en realidad, su respuesta. Aquí tienes el PDF del libro en una edición de la Fundación Carlos Slim traducida por Enrique Pezzoni
Muchos han sido cándidos sin saberlo. Muchos siguen creyendo que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Aunque cada vez tengamos menos razones para pensarlo. Voltaire disparó con este cuento moral contra el orden establecido, el fanatismo religioso, el optimismo acrítico y la codicia humana, porque el mundo era un lugar «bien loco y bien abominable» en 1759. En muchos aspectos, lo sigue siendo, y en otros, lo es aún más. Un clásico más moderno que nunca. Y necesario como siempre.
Comentamos el artículo de Santiago Alba Rico titulado "Contra el optimsmo", publicado en la revista Ctxt (Contexto y Acción). Al final de sus palabras hay una mención al cierre de la película "Senderos de gloria" de Stanley Kubrick.
También comentamos el poema "Salutation de optimista" de Mario Benedetti, quien también escribió otro poema titulado "Chau pesimismo":
A instancias de mis amigos cuerdos y cautelosos
que ya no saben si diagnosticarme
prematuro candor o simple chifladura
abro el expediente de mi optimismo
y uno por uno repaso los datos
allá en el paisito quedó mi casa
con mi gente mis libros y mi aire
desde sus ventanas grandes conmovedoras
se ven otras ventanas y otras gentes
se oye cómo pasa aullando la muerte
son los mismos aullidos verdes y azules son
los que acribillaron a mis hermanos
los cementerios están lejos pero
los hemos acercado con graves excursiones
detrás de primaveras y ataúdes
y de sueños quebrados
y de miradas fijas
los calabozos están lejos pero
los hemos acercado a nuestro invierno
sobre un lecho de odios duermen sin pesadillas
muchachos y muchachas que arribaron juntos
a la tortura y a la madurez
pero hay que aclarar que otras y otros los sueñan
noche a noche en las casas oscuras y a la espera
la gente
la vulgar y la silvestre
no los filatélicos de hectáreas y vaquitas
va al exilio a cavar despacio su nostalgia
y en las calles vacías y furiosas
queda apenas uno que otro mendigo
para ver como pasa el presidente
en la cola del hambre nadie habla
de fútbol ni de ovnis
hay que ahorrar argumentos y saliva
y las criaturas que iban a nacer
regresan con espanto al confort de la nada
ésta es la absurda foja de mi duro optimismo
prematuro candor o simple chifladura
lo cierto es que debajo de estas calamidades
descubro una sencilla descomunal ausencia
cuando los diez tarados mesiánicos de turno
tratan de congregar la obediente asamblea
el pueblo no hace quorum
por eso
porque falta sin aviso
a la convocatoria de los viejos blasfemos
porque toma partido por la historia
y no tiene vergüenza de sus odios
por eso aprendo y dicto mi lección de optimismo
y ocupo mi lugar en la esperanza.
Nos gustó mucho el final de este poema. Todos, optimistas o pesimistas, deberíamos ocupar nuestro lugar en la esperanza, militar en ella en menor o mayor grado. La esperanza es una ganancia, no una pérdida.
Juan José Millás afirma en su artículo "El pesimismo es una mierda" que se escribe desde la pesimismo aunque estamos obligados a mostrarnos optimistas. También afirma que el pesimismo es reaccionario. O eso es lo que al menos sostuvo durante los años 2021 y 2023 en los que fue invitado a participar en varias charlas sobre "Pesimismo y literatura". Este es el final de dicho artículo:
—Hasta ahora se ha referido usted al corto plazo. ¿Qué ocurrirá en el largo plazo?
Había olvidado por completo el largo plazo, pero el reaccionario que llevo dentro saltó ante este estímulo.
—En el largo plazo —expuse— las cosas no pintan bien. Los hombres estamos perdiendo calidad y cantidad espermática y alcanzaremos en pocos años el umbral de la infertilidad. En otras palabras, la especie tiene los días contados
Se escuchó un murmullo de desolación y vi cómo mis compañeros de mesa (éramos todos hombres, igual, por cierto, que el año anterior) me miraban con lástima, como a un pobre reaccionario.
—La buena noticia —tercié enseguida— es que los óvulos nunca han gozado de una salud tan buena.
—¿Para qué queremos óvulos buenos si vuestros espermatozoides son una mierda? —preguntó una joven—. ¿Nos veremos obligadas a autofertilizarnos? ¿Hasta cuándo tendremos que ocuparnos las mujeres de arreglar todo lo que venís haciendo mal los hombres?
Tuve que admitir que la pregunta era pertinente, pero logré sobreponerme manifestando que jamás el carpe diem había tenido tanto sentido como ahora.
—¡Escuchemos a Horacio! —añadí—. ¡Vivamos cada hora como si fuera la última! En realidad, nadie sabe lo que nos deparará el futuro.
Pensé que la cita latina calmaría los ánimos, pero las intervenciones del resto de los escritores que componían la mesa empeoraron mi situación. Salieron a relucir de nuevo Voltaire y Schopenhauer y Cioran y Heráclito y Parménides, de modo que el encuentro adquirió un tono académico que dejó en buen lugar a todos los participantes menos a mí.
De vuelta a casa, mi mujer me preguntó si había logrado evitar a Schopenhauer.
—Más o menos —dije, y me metí en la cama lleno de amargura reaccionaria.
Al día siguiente volví a relatarle el suceso a mi psicoanalista, que no dijo nada. Interpreté su silencio como un reproche, como si me dijera: “No aprende usted”.
Y llevaba razón, no aprendía.
—Quizá —añadí tras unos minutos de silencio— debería aceptar que soy un pesimista reaccionario y abandonar esta lucha conmigo mismo que me deja exhausto.
Mi psicoanalista, que sin duda es progresista (para reaccionarios ya están los conductistas), dejó escapar un suspiro que interpreté como una censura.
—Está usted muy decepcionada conmigo, ¿verdad? —dije.
—De ser así, ¿le importaría a usted mi decepción o la decepción de la persona a quien yo represento? —preguntó.
Se refería a mi madre, pues no es raro que el terapeuta o la terapeuta se conviertan, a lo largo del proceso analítico, en trasuntos de las figuras paternas.
—Pero mi madre —aduje— era muy pesimista, y muy reaccionaria, para decirlo todo.
—¿Y eso impide que le hubiera gustado tener un hijo progresista?
Entonces, hice memoria y me acordé de que cuando publiqué mi primera novela, al leer mi madre las primeras líneas, dijo, evidentemente desilusionada: “¡Qué pena, me pareció por la portada que sería un libro para niños!”.
Abandoné, perplejo, la consulta y me metí en una cafetería, donde pedí un gin tonic para celebrar el descubrimiento. ¡Era mi madre la que quería que me dedicara a la literatura infantil, no yo! Despejada esta cuestión, me dije que uno no viene al mundo a satisfacer los deseos de sus padres. Bastante tiene con cumplir los propios. Había hecho bien, pues, en dedicarme a la literatura de adultos. Si mi madre necesitaba literatura infantil, que se la hubiera escrito ella a sí misma.
En esto, sonó el teléfono y estuve a punto de no cogerlo pensando que era mi madre desde el más allá. Descolgué finalmente. Se trataba de una periodista que quería saber cómo afrontaba yo el año que estaba a punto de empezar.
—Con enorme optimismo —me escuché decir—, se arreglará sin duda todo lo que está estropeado y yo podré dedicarme a lo que he deseado toda la vida.
—¿Y qué es lo que ha deseado usted toda la vida?
—Ser un escritor de literatura infantil.
En fin.
Propuesta de escritura:
El vaso medio lleno
Dos ancianos disfrutaban del fresco en el jardín de un geriátrico, a la sombra de unas hayas, a primera hora de la mañana. Las altas temperaturas de la ola de calor hacían imposible estar allí en otro horario.
—Vaya calores. Nunca en mi vida he vivido tanto calor de manera continuada —exclamó Domingo.
Domingo era un residente que tenía noventa y dos años, natural de Nava de Francia, un pequeño pueblo de la sierra salmantina. Cuando le presentaban a alguien fruncía el ceño y se mantenía en silencio. Antes de entablar conversación, intentaba adivinar su verdadero propósito. No se creía lo que le decían hasta que lo contrastaba y protestaba por cualquier acción que no le agradara. Para Domingo, ningún gesto era inocente. Si alguien le ofrecía ayuda, buscaba la trampa. Si alguien sonreía, analizaba el motivo. En todas sus conclusiones se posicionaba en el peor de los escenarios.
—Igual que todos los veranos. Lo que pasa es que ahora estamos acostumbrados a las comodidades y notamos más este bochorno —contestó Saturnino.
Saturnino, residente de noventa y un años, natural de Salamanca capital, por costumbre ofrecía sonrisas al personal y a sus compañeros del centro a los que hacía bromas para animar el ambiente. Intentaba aportar una nota de humor allá donde estuviera. Estaba convencido de que todo pasaba por algún motivo y solía ver la parte positiva de la vida.
—Satur, amigo, ¿cuándo has vivido temperaturas de cuarenta y dos grados? Dime algún registro —cuestionó molesto Domingo.
—¡Ya estamos otra vez! Domingo, compañero. No quiero entrar en otro debate estéril contigo. ¿Nunca hemos sufrido cuarenta y dos grados en la península? —ironizó Saturnino.
El debate se fue intensificando de tal manera que las palabras cordiales fueron elevándose de tono, y las formalidades dieron paso a descalificaciones y posteriormente insultos.
Una auxiliar que atendía a una residente en silla de ruedas alzó la mirada ante el volumen que había adquirido la discusión y corrió en busca de una ayuda que calmara los ánimos.
—Tú lo que eres es un pesimista de mierda —le dijo Saturnino haciendo unas muecas de burla.
Domingo se quedó mirando a su interlocutor.
—Y tú un mentiroso que te inventas datos solo para quedar bien delante de todo el mundo. Eres un hipócrita y un cornudo. ¡Que a tu mujer se la ha repasado toda la residencia!
Saturnino estiró su sonrisa a la vez que hacía rechinar sus dientes. Sus músculos se tensaron.
—No voy a tolerar más humillaciones ni descalificaciones. De mi esposa, en paz descanse, no se burla nadie —gritó mirando fijamente a Domingo.
—¿Cómo la llamaban? ¿La tana? ¿No? La puri…tana —se carcajeó Domingo.
Saturnino se levantó con dificultad. Aferró el bastón con ambas manos y lo descargó sobre la cabeza de Domingo, abriéndole una brecha. Después sacó una pequeña navaja del bolsillo. La abrió despacio, con delicadeza, mientras Domingo intentaba incorporarse. Entonces le abrió el cuello de lado a lado.
La residente que estaba a unos metros en silla de ruedas miraba con asombro la escena. Sus ojos parecían que se iban a salir de sus órbitas.
Saturnino se sentó en el sitio que ocupaba previamente y dijo:
—Buena mañana se ha quedado. Ya no vas a pasar más calor. En la vida hay que ser más optimista. Esta no la has visto venir. Tú, que siempre te preparabas para lo peor, ¿te das cuenta? —gritaba fuera de sí dirigiéndose al recién fallecido—. Siempre puede mejorar el día. No esperabas que hoy acabarían tus sufrimientos, molestias y quejas.
Abrió el periódico, sonrió y levantó la taza en dirección a la señora que lo miraba temblorosa tapándose la boca con las manos.
Hizo un brindis al aire y dio un pequeño sorbo al té.
Max Ferlam
Grupo B
Del gris a la luz
Hubo un tiempo en que yo veía el mundo a través de una ventana empañada. Cada mañana parecía una repetición de la anterior. Si llovía, pensaba que el día estaba perdido; si hacía sol, imaginaba que pronto llegarían las nubes. Siempre encontraba un motivo para preocuparme.
Cuando caminaba por las calles de Salamanca, observaba las prisas de la gente y me preguntaba para qué servía tanto esfuerzo. Los años pasaban y yo sentía que el tiempo corría más deprisa que mis ilusiones.
Un día, sentado en un banco de un parque, vi a un anciano que daba migas de pan a los pájaros. Sonreía mientras los observaba revolotear a su alrededor. Me sorprendió aquella felicidad tan sencilla. Pensé que quizás había algo que yo no estaba viendo.
Desde entonces, empecé a prestar atención a pequeños detalles: el saludo de un vecino, la llamada inesperada de un amigo o una conversación agradable en el Centro San Juan de Mata. Descubrí que la vida no siempre está formada por grandes acontecimientos; muchas veces se sostiene sobre momentos diminutos.
No cambié de un día para otro. Seguía teniendo dudas y preocupaciones. Sin embargo, aprendí a preguntarme no solo qué podía salir mal, sino también qué podía salir bien.
Con el paso de los meses, empecé a llevar una libreta en la que anotaba las cosas buenas que me ocurrían. Algunas eran sencillas: una lectura interesante, una canción compartida o una tarde de conversación con compañeros. Otras eran más importantes. Pero todas tenían algo en común: me recordaban que la realidad era mucho más amplia que mis temores.
Entonces comprendí que el optimismo no consiste en ignorar los problemas. Consiste en reconocerlos sin permitir que ocupen todo el paisaje.
Es como mirar un campo después de la lluvia: hay barro, sí, pero también flores que empiezan a crecer.
Hoy sigo siendo la misma persona que fui ayer, pero ya no miro el mundo a través de una ventana empañada. Ahora la abro. Dejo entrar el aire, la luz y las voces de quienes me rodean. Y, cuando aparece alguna nube, recuerdo algo que aprendí con los años: detrás de ella, aunque no pueda verla, el sol sigue estando allí.
Fernando Nieto
Grupo A
“Pesimismo optimista”
La frase “Ver la botella medio llena o medio vacía” se interpreta como la diferencia de actitudes ante la vida de dos posiciones extremas y antagónicas, el optimismo y el pesimismo. Depende, en realidad ambos ven la botella a medias. El carácter que tiende a la alegría o el que tiende a la tristeza verá el mundo -la botella en este caso- color de rosa o en tonos sombríos. Pero eso ya son estados de ánimo, sicología, incluso diferencias en los mecanismos de la percepción; en suma, daltonismos mentales. Simplemente, unos y otros miran el mundo con cristales de distintos colores. Pero el mundo está ahí, tal cual, y no cambia por mucho que cambie nuestra mirada. En definitiva, no cambia por nuestras ideas, cambia por la fuerza de los hechos.
“Hay que cultivar nuestro jardín”, esa frase rotunda y afortunada atañe tanto al optimista como al pesimista; cambiemos el mundo mejorándolo con nuestras acciones, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestra pequeñísima escala, a sabiendas de que el tiempo, antes o después, se llevará todo por delante. Si actuamos de ese modo podremos ser vencidos -y lo seremos-, pero no derrotados.
“Que chacun fait son métier”, decía algún siglo después -y en línea con Voltaire- Albert Camus. Responsabilidad individual, honestidad, esfuerzo, esas pequeñas rebeldías que pueden cambiar el mundo a mejor, la revolución bien entendida sin menoscabo de otras, la revolución casi invisible de lo cotidiano. No por sus ideas, por sus obras los conoceréis. Nuestros actos, ahí es donde nos expresamos genuinamente y sin caretas. Las primeras son a menudo un mero espejismo, un trampantojo, hipocresías, sepulcros blanqueados, que quedan en evidencia ante la obstinación de los hechos. Dicho según la celebrada expresión del político norteamericano Daniel Patrick Moynihan: “Usted tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”. Opinar es gratis, lo hace cualquiera, incluso el mindundi abajo firmante.
Por eso suena un poco hueca -marca de la casa- la frase de Benedetti, “Un pesimista es solo un optimista bien informado”; un a modo de haiku -cinco siete cinco- ante el que el profesor Vicente Haya pondría el grito en el cielo (y no es para menos).
Porque igualmente se podría decir -replicando al autor de “Rincón de haikus”- que un optimista es un pesimista inasequible al desaliento. En todo caso es un falso debate, hay días buenos y días malos, nos levantamos con el pie derecho o con el izquierdo, vemos las cosas con nuestros prejuicios de colores; pero desde luego, eso al mundo -a la realidad, a los hechos- nada le importa.
¿Vivimos en el mejor de los mundos posibles?, pues a ojo de buen cubero, si pensamos que estamos habitando un grano de arena cuántico en medio de un universo infinito, indiferente y hostil, se diría que no hay otra conclusión sino afirmar que somos enormemente afortunados. Y en nuestro grano de arena, ¿hemos progresado desde que vivíamos en cuevas, desde la época de los imperios clásicos, basados en la esclavitud, desde los tiempos en que las pestes asolaban a la humanidad, incluso desde hace cien o doscientos años, en los que el noventa por ciento de la población mundial era analfabeta y la sanidad universal una entelequia inimaginable? Poca duda cabe.
Ahora bien, cosmogonías religiosas aparte, si ponemos el foco en que todo esto empezó con el pandemonio del Big Bang, que nuestras pequeñas vidas individuales son un pestañazo efímero, que la especie humana está llamada a desaparecer sin contemplaciones como lo han hecho tantas otras, y que el universo tendrá igualmente un final -vía gran explosión o gran implosión, ahí me pierdo- porque nada es eterno, entonces tendremos que reconocer que el panorama es bastante deprimente.
Así que, ¿la botella está medio llena o medio vacía?
Qué más da. Lo importante es cómo encaremos esa condición humana infinitamente frágil y efímera, y la mejor manera de hacerlo es con la actitud del poeta: “Si he de morir, quiero morirme vivo”.
Aunque sea a medias, porque, esto ya es una opinión, siempre estamos vivos a medias.
Ignacio Aparicio
Grupo A
Inocencio
En un sencillo ático de Madrid, en el número veintiuno de la calle del Desengaño, vivía Inocencio, al que todos los vecinos respetaban y trataban con afecto. Era una persona sensata, muy responsable en su trabajo, honrado hasta la médula y con una gran preocupación por el mundo que le había tocado vivir. En la placa del buzón aparecía su nombre completo, Don Inocencio Coco Alegre, pero todas personas del barrio que le conocían le llamaban cariñosamente Ino.
Cada mañana, nada más levantarse temprano, Inocencio acostumbraba a sentarse en la cocina y ponerse al día con las noticias del caótico y convulso planeta en el que vivía. Encendía la televisión y escuchaba las novedades del informativo matinal de las siete y media, mientras calentaba la leche en el microondas y pelaba la fruta con parsimonia. La verdad es que había heredado un intestino perezoso y sufría episodios de estreñimiento. La doctora le había indicado que debía tener una dieta rica en fibra, beber dos litros de agua al día, evitar el sedentarismo y tratar de ir al baño siempre a la misma hora.
El lunes comenzaba una nueva semana laboral con grandes proyectos internacionales que rematar en su estudio de arquitectura del barrio de Malasaña, a diez minutos de su casa. Se sentía especialmente ilusionado con la idea de rematar los planos y presupuestos de varios encargos que se traía entre manos desde hacía meses. Mientras untaba las tostadas de pan integral, se detuvo al oír que un devastador incendio asolaba la sierra de la Culebra, en la provincia de Zamora. El origen parecía haber sido una tormenta seca. Treinta y cinco mil novecientas setenta hectáreas arrasadas por el fuego, comentó la periodista. Las imágenes eran deprimentes. Pensó que el cambio climático estaba detrás de esta catástrofe, a lo que se añadía una gestión discutible desde las instituciones autonómicas. Siguió con su rutina para ir al trabajo: se sentó en el retrete, se duchó, se vistió y salió a la calle. Pensó que quizá podía ir a su despacho andando, hoy que andaba sobrado de tiempo, en lugar de mover su coche particular, un diésel que contaminaba lo suyo.
El martes se levantó al oír el despertador. Había descansado bastante bien, y ciertamente no le dolía casi nada, lo que consideraba como un milagro, pues con sus cincuenta y seis años, los amigos de su quinta no hacían más que quejarse de las rodillas, que si la cadera, la próstata, la presbicia… La verdad es que él se sentía afortunado, pues se encontraba en plenitud de facultades. Bajó a la cocina a prepararse su desayuno, con el extra de un zumo de naranja. Encendió la televisión y cuando acabó el ruido ensordecedor del exprimidor, el presentador captó sobremanera su atención. Un millón de personas, en torno a un 20% de libaneses, se han visto obligadas a desplazarse en el sur del país ante el ataque continuado del ejército israelí. Volvió a poner las tostadas un poco más de tiempo. Mientras esperaba, repensaba aquellas contundentes cifras: uno de cada cinco libaneses ha tenido que dejar su casa… Era desolador, Inocencio no daba crédito. Cuando asomaron las rebanadas de pan nuevamente, estaban quemadas y tuvo que tirarlas a la basura. Hace poco oyó en la radio que la acrilamida, que aparecía en los alimentos ricos en almidón expuestos a altas temperaturas, era una sustancia potencialmente cancerígena. Le entraron unas ganas locas de no enviar el proyecto de la nueva factoría de Mobileye en Jerusalén. Una empresa puntera en tecnología de visión artificial, que parecía haberse quedado ciega ante tanta barbarie.
El miércoles nuestro querido don Inocencio se despertó con las primeras luces. Salió a regar su jardín, pues ya llevaba varios días sumido en una ola de calor que prometía batir todos los récords registrados en los últimos cincuenta años. Puso en marcha el televisor y se dispuso a desayunar. Las imágenes de niños desnutridos en el cuerno de África eran impactantes y le dejaron petrificado, mientras escuchaba la letanía monocorde: Alrededor de 6,2 millones de personas, la mitad de la población de Somalia, sufren inseguridad alimentaria o necesitan ayuda para subsistir. La grave sequía ha acabado con la cosecha de la que mayoría de los somalíes dependen para alimentarse. Preparó dos vasos de agua y pensó que estas personas a más de seis mil kilómetros no tenían ni siquiera algo de agua para saciar su sed. Esa mañana redujo su habitual desayuno y solo se tomó un kiwi, la verdad es que se le había hecho un nudo en el estómago y no tenía demasiadas ganas. Qué podía hacer por aquellas criaturas, pensó. No era fácil, quizá efectuar una donación para alguna oenegé, él que ya era socio de Médicos sin Fronteras y de otra asociación cuyo nombre no recordaba, era algo de ayuda a los refugiados. ¿Serviría de algo enviar dinero? Y con ese runrún estuvo toda la mañana.
La semana avanzaba y don Inocencio se levantó el jueves con algo menos de humor. Había dormido fatal por culpa de una noche tropical, dando vueltas en la cama sin parar y sin poder conciliar el sueño. La verdad es que los áticos en Madrid son fríos en invierno y calurosos en verano. Sin duda había sido una buena inversión, ahora que la vivienda se había puesto tan cara en las grandes ciudades. Como curiosidad, vivía en el mismo edificio donde hace años se había rodado la serie de televisión ¡Aquí no hay quien viva! Era un poco más tarde que otros días, pues parecía que se había quedado dormido un ratillo después de apagar el despertador. Se miró al espejo, se vio una ojeras enormes y la cara flácida. Se lavó con agua, se espabiló y se dispuso a afrontar una nueva jornada lleno de vitalidad. Se preparó un café con leche, bien caliente, como a él le gustaba. Cuando encendió la televisión el informativo de las ocho ya había acabado y estaban en una especie de tertulia, comentando el caso de un joven de La Coruña, apaleado por su condición homosexual. Aquello le afectaba sobremanera, él que siempre había defendido los derechos a la igualdad y la no discriminación de las personas por su orientación sexual. La verdad es que últimamente había numerosas noticias que ponían de manifiesto la radicalización de los jóvenes, capaces de cometer un asesinato homófobo como este. ¡Era deplorable, increíble! Por más azúcar que añadió, el café le supo especialmente amargo aquella mañana.
Por fin llegó el viernes. Nada más salir de la cama bostezó un par de veces. La semana estaba siendo dura y cada vez se le hacía más cuesta arriba. Hoy pensó en tomar su habitual tentempié mañanero relajado, así que colocó el café con leche, las tostadas y la fruta pelada en una bandeja. Se fue al salón con todo preparado para no tener que encender la televisión. Últimamente no hablaban más que de catástrofes, calamidades o desgracias. Y ya no digamos de los últimos casos de políticos de diferentes ideologías implicados en juicios por corrupción, el caso mascarillas, las presuntas mordidas, la malversación de fondos públicos, apropiación indebida, cohecho, prevaricación, tráfico de influencias, fraude fiscal… A punto de entrar en depresión con aquel amasijo de términos jurídicos. Cogió una pequeña radio en la que solía escuchar música clásica, cuando al tratar de sintonizar su emisora favorita, se topó con una mujer muere en un hospital, víctima de una violación salvaje en un autobús de Nueva Delhi. Apagó rápidamente, pero aquel breve enunciado se repitió en su cerebro a cámara lenta, como tratando de asimilar aquellas palabras que seguían flotando en el aire. Se terminó de preparar para ir a trabajar, hoy era el último día para rematar y enviar varios proyectos. En su camino al estudio no podía dejar de pensar en aquella mujer hindú. ¿Por qué siempre las noticias destacaban lo más ruin del ser humano? Al rato se preguntaba por qué en la India se trata tan mal a las mujeres. ¿Solamente en la India? Esto ocurre por desgracia a diario en todos los rincones del planeta.
El sábado se presentaba como un día relajado. Ciertamente habían finalizado todos los trabajos previstos para esa semana. Sin duda, contaba con un buen equipo humano y él gozaba de cierto prestigio por su seriedad y profesionalidad en el mundillo de los arquitectos. Desayunó tranquilamente, fue a la compra y preparó algunos platos para los próximos días. Le encantaba llegar a casa y poder comer sin tener que manchar la cocina todos los días. Por la tarde, un rato de lectura y luego había quedado con Esperanza, la vecina de enfrente que se había ofrecido para plantarle algunas alegrías y unas lavandas en su pequeña terraza. A él le encantaban las plantas. Aunque no tenía muy buena mano para ellas, al menos lo intentaba. Después acudieron juntos a una conferencia en la biblioteca municipal del barrio de Malasaña. El título era ¿Ser optimista en los tiempos actuales?, impartida por el psicólogo Luis Cardui. Le encantó aquello del "efecto mariposa", consistente en generar pequeños cambios en tu actitud y en tus decisiones diarias, que pueden devolverle a uno la ilusión y suponen una mejora en el ánimo. Al acabar, se tomaron unas cervezas con un pincho en un bar cercano y se despidieron en el rellano que daba acceso a sus áticos. La verdad es que Esperanza tenía una mirada clara, celeste y profunda. Se acordó de los ojos garzos ha la niña, aquel verso que aprendió de memoria en su infancia.
El domingo era el día que más le gustaba. Recordaba aquella frase bíblica que había aprendido en el colegio de jesuitas donde estudió. Y al séptimo día descansó. Aunque nuestro amigo don Inocencio se consideraba agnóstico, pensó que seguramente Dios no necesitaría reponer fuerzas. Él no afirmaba ni negaba la existencia de ninguna divinidad. Pero la verdad es que el modelo cíclico semanal suponía una pausa en su actividad laboral y le permitía un mayor tiempo para la reflexión y poder dedicarse a otras actividades. La verdad es que el tiempo parecía detenerse cuando salía con su cámara al cuello, dispuesto a capturar una araña lince en su buganvilla o retratar los contraluces de la vida del barrio. Se sentía especialmente atraído por la fotografía minimalista.
Aquella mañana había decidido firmemente no encender la televisión y tampoco se atrevió a poner música en la radio. Se dispuso a reponer fuerzas para afrontar los próximos siete días sin miedo a desfallecer. Al poco rato, le pareció oír el timbre de la puerta. Al abrir le sorprendió encontrarse con Esperanza, quien le traía una hortensia que había comprado en el rastro dominical. ¡Buenos días, Ino! Te traigo para tu terraza esta hortensia, que es algo delicada, pero estoy segura de que tú serás capaz de cuidarla.
El pesimista:
Iba mi amigo Pedro por la carretera conduciendo una noche fría y cerrada, sin luna, y hete aquí que nota un estallido y que se le desvía el coche; frena y comprueba que ha pinchado una rueda. Cuando se dispone a cambiarla, se da cuenta que no tiene un gato para levantar el coche Se caga en todo lo que está escrito y maldice su suerte perra; una vez tranquilizado, otea el horizonte y llega a ver una lucecita a lo lejos. Estoy salvado, se dice. Comienza a caminar en busca de ayuda, pero empiezan a asaltarle las dudas: puede que no me abran la puerta; puede que no me quieran ayudar; puede que me pidan dinero a cambio; puede que me quieran pegar; puede que me quieran violar o incluso secuestrar. Con estos pensamientos cada vez más incisivos y peligrosos, llega y llama a la puerta: le abre una viejecita, y sin ni siquiera dejarla hablar, le da un empujón y le dice: sabe lo que le digo, que puede meterse el gato por donde le quepa. Se dio la vuelta, se quedó sin gato y sin ayuda. Además, se marchó con el ceño fruncido y amargado.
El optimista:
En otro momento, y en otro lugar, iba a mi amigo Juan por la carretera una noche oscura y tuvo un pinchazo. Al ir a cambiar la rueda se dio cuenta de que no tenía gato. Vaya por Dios, se dijo. Esperemos que alguien me ayude. Miró a lo lejos y vio una lucecita. Con lo que pensó: alabado sea Dios, voy a tener suerte. Siguió caminando y pensando: encontraré a alguien bondadoso que me quiera ayudar. Seguro que me acompañan incluso hasta el coche y me ayudan a cambiar la rueda. Con estos pensamientos, y queriendo agradecer y compensar la ayuda recibida, llegó a la casa y llamó a la puerta. Le abre una cara conocida, que resulta ser un antiguo compañero de bachiller y que al verle le dio un abrazo. No solo le ayudó, sino que también le invitó a cenar. Se marchó de allí cenado y con la rueda cambiada. Además de llevar el semblante sonriente.
José Luis Fonseca
Grupo A
Informe de la comisión multidisciplinar para el abordaje de la plaga de X3
Estimados miembros de la Asamblea:
Los firmantes de esta memoria nos sentimos honrados por haber sido elegidos para tan trascendental tarea a la que nos hemos entregado con todos nuestros ánimos y conocimientos. Los datos y conclusiones aquí reflejadas no habrían sido posibles sin el generoso trabajo de numerosos investigadores y de las instituciones que los respaldan.
Adjuntos a estas líneas se aportan los documentos que validan el diagnóstico y justifican las propuestas de actuación.
No obstante, se expondrán aquí unos pocos números que revelan, sin ningún género de dudas, la magnitud del problema.
Según las informaciones de los principales organismos de control de las poblaciones animales, se estima que el censo actual de individuos de la especie X3 es de aproximadamente diez mil millones distribuidos en todos los continentes y ocupando casi todos los hábitats de la Tierra. Las exitosas capacidades de reproducción de este tipo de organismos hacen que se haya previsto que en solo tres décadas esa población podría duplicarse. La presión que ejercen sobre el planeta y las consecuencias sobre la viabilidad del mismo han hecho que esta Asamblea se plantee la cuestión y nos haya encargado la evaluación del alcance del conflicto y la propuesta de medidas correctoras.
Hay unos cien millones de kilómetros cuadrados de superficie habitable en nuestro mundo. Eso significa que la densidad poblacional es de unos 100 ejemplares por km2. Conviene aquí mencionar que hay un acuerdo mayoritario entre los especialistas de que la densidad máxima idónea es de menos de 2 por km2. Esa desproporción revela lo desmedido de la situación.
Considérese solamente que en el planeta hay unos 35 millones de km3 de agua dulce y que para obtener los alimentos que consume diariamente un espécimen adulto de X3 se precisan unos 2.000 litros. Eso quiere decir que se destinan cada día unos 40.000 km3 de agua dulce para alimentar a esa especie que a la nuestra aporta solamente perjuicios. En términos relativos eso significa que, en solo tres años, la producción de sus alimentos consume el equivalente a todo el agua dulce de la Tierra.
Por destacar otro dato que permite ver las proporciones del dilema al que se enfrenta esta Asamblea de naciones, considérense las deposiciones de estos animales. Se estima que cada uno emite una media de 200 g al día. Eso supone que se vierten en los ríos y mares una cantidad diaria de 20 millones de toneladas de heces, es decir, más o menos, una tonelada de desperdicios orgánicos sobre cada km3 de agua dulce. Solo esos números revelan la insostenibilidad de la situación, incluso en el corto plazo.
Tomando en consideración el escaso aporte positivo que esta especie produce al medio natural, esta comisión considera que se tienen que implantar de manera inmediata una serie de disposiciones dirigidas a reducir drásticamente el número de miembros de la plaga.
Es sabido que un número inferior a cien millones de individuos dejaría de ser peligroso para la supervivencia del planeta y de los demás animales. No obstante, después de un profundo debate se ha decidido proponer la supresión completa de los X3, pues ello beneficiaría drásticamente al entorno natural y reportaría a nuestra sociedad ganancias innegables.
La erradicación inmediata y total de la plaga tendría unos costes económicos inabordables, además de aumentar de forma peligrosa los residuos orgánicos. Por ello, proponemos que se establezca un programa de eliminación paulatina para que al cabo de cincuenta o sesenta años la crisis haya sido solventada en su totalidad. Dicho programa consistiría en tres medidas de aplicación sostenida en el tiempo. A saber:
1. Inutilización de los órganos reproductores de todas las hembras en edad fértil.
2. Supresión de toda hembra preñada.
3. Desaparición de todas las crías de menos de un año.
Entendemos, y así lo han corroborado los académicos del área económica, que este esquema sería perfectamente abordable sin incrementar de manera excesivamente gravosa los presupuestos anuales de la Organización Mundial de la Salud.
Los nueve miembros de esta comisión abajo firmantes expresan su acuerdo unánime sobre estos análisis y recomendaciones, y advierten que seguir ignorando el problema de superpoblación de los X3, antes llamados humanos, acabaría en unos pocos años conduciéndonos a la mayor de las hecatombes.
Nueva York, a 22 de junio de 2026
Dirigido a la Organización de Naciones Ratunas del Mundo (ONRM).
Pepe Lorenzo
Grupo B
La señora María
De entre mi vecindario, recuerdo, cuando todavía era un crío, a la señora María.
Tenía siempre los ojos brillantes y una sonrisa en la cara, a pesar de la dificultad con la que respiraba. En las mañanas de verano, que eran cuando yo me levantaba pronto y me iba a jugar con los amigos a la calle, ella siempre salía a darle un beso al señor Juan, su esposo, maestro albañil. Y cuando él estaba ya en la calle, desde el escalón más alto de los tres que permitían el acceso al porche de su casa, le quitaba la gorra y le arreglaba los cuatro pelos que adornaban parte de su prominente calva.
La señora María siempre tenía tiempo para hablar con el panadero, el heladero, el cartero o cualquier vecino o vecina que pasara en aquel momento por la calle.
Pedro, el cartero, era un hombre con un deje de tristeza en los ojos. Me daba la sensación de cargar constantemente con una pena tan grande como la magnífica y descomunal cartera de cuero en la que llevaba todo tipo de cartas y pequeños paquetes. Si llovía, Pedro, que era un hombre fuerte y bien plantado, parecía mirar al cielo haciéndolo responsable de sus sinsabores.
Siempre pensé que debía tener a su familia enferma en casa, hasta que un día le pregunté a mi madre y me dijo que no era el caso. Me explicó que era un hombre que normalmente se alimentaba de su propia tristeza.
En cambio, la señora María, cuando hablaba con él y llovía, le decía que se alegrara, porque estaban cayendo ideas nuevas desde el cielo, con esa voz suya, tan característica —algo dura para el habla de una mujer—, que mezclaba toses y sibilancias asmáticas perfectamente audibles.
Cuando ella oía a Esteban, el heladero, movía su cuerpo rechoncho, haciendo cola como un niño más, para degustar los divinos helados mantecados que hacía aquel hombre.
Esteban era un hombre crítico, que siempre estaba poniendo el ojo en el mal funcionamiento de las cosas, aunque tenía una chispa capaz de volver jocosa cualquier conversación que tomara un sesgo demasiado pesimista.
Esteban tenía un humor con bastante mala leche a veces, con la que afortunadamente no fabricaba sus helados. Recuerdo que siempre saludaba a don Luis el Sordo, el cantinero, que era amigo suyo, con la frase: “¿A quién matas?”, y el cantinero invariablemente le respondía: ”Adiós”. Cosa que a nosotros nos hacía retorcernos de la risa.
Cuando coincidían los tres, Pedro tiraba la piedra de lo difícil que era llegar a final de mes. Esteban trataba de bromear con el asunto, y le decía a Pedro que le dejara la piedra al final de mes que le pondría una bolita de helado encima. Ambos le achacaban a María su desorbitado optimismo y ella terminaba la discusión con uno de sus frecuentes ataques de tos que angustiaban al más pintado. Tras de lo cual afirmaba: “bueno que tengamos salud que es lo principal”.
Pero la sensación que a mí me da al recordar ahora a la señora María es que se trataba de una persona que no es que negara la realidad —sabía perfectamente cuándo algo iba mal—, sino que tenía el don de encontrarle a cada situación el lado bueno. Su optimismo era casi un oficio.
Calgari
Grupo A

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