Bajo tu casta sombra

La sesión del lunes, 3 de abril, la dedicamos a los árboles. Y pusimos la mirada de manera especial en la encina. Es nuestra manera de colaborar con la Plataforma Stop Uranio y de denunciar el desastre medioambiental que está provocando la empresa Berkeley en Retortillo (Salamanca).



Comenzamos hablando de "El príncipe de los enredos", un álbum ilustrado escrito por Roberto Aliaga e ilustrado por Roger Olmos muy a propósito para el contenido de la sesión.
Después leímos y contemos un breve repertorio de textos sobre las encinas.
Yo aporté un breve artículo que publiqué hace años en un periódico local:

La encina (en terminología botánica Quercus ilex) es, tal vez, uno de los árboles más admirables, no sólo por su longevidad sino por su belleza. Florece de abril a mayo y reparte sus frutos de octubre a noviembre.
Pasear entre encinas viejas es como asistir a una reunión de animales prehistóricos o mitológicos. Las formas retorcidas de sus ramas; el diámetro de sus troncos; la dimensión oculta de sus raíces; su corteza cenicienta y las señales que en su dura madera han dejado el paso del tiempo, las motosierras e incluso algunos rayos, avivan en la imaginación cientos de historias.
Plantar una encina es posiblemente el mayor acto de generosidad con los hijos y los nietos por nacer, y el mejor modo de sembrar en el presente la palabra futuro. 
Cuántos de nosotros no habremos jugado a colocarnos en los dedos los cascabillos (o cascabuyos) de las bellotas. Cuántos pastores no habrán dormido bajo sus extensas sombras. Cuántos niños no habremos seguido el rastro de las hormigas hasta lo más alto de sus copas. Y cuántas noches de invierno no habremos agradecido a la encina el calor de nuestras casas.
De un pueblo llamando La Encina* era el notable alumno de Nebrija, Juan del Enzina, músico, poeta y dramaturgo que dispensó su arte a reyes y papas y hoy da nombre a un teatro abandonado de Salamanca.
La Encina fue también el nombre de un sínodo, calificado de herético por Roma, que congregó a cuarenta y cinco obispos cerca de Calcedonia. Y Encinas es el apellido de un conocido músico y guitarrista salmantino.
Pero tal vez el mejor homenaje que podemos rendir a este árbol es con palabras de Claudio Rodríguez: “La encina, que conserva más un rayo / de sol que todo un mes de primavera, / no siente lo espontáneo de su sombra, / la sencillez del crecimiento, / apenas si conoce el terreno en que ha brotado.”

* Su lugar de nacimiento no está claro. Algunos autores lo sitúan en Fermoselle (actualmente en la provincia de Zamora) y otros en alguno de los municipios de la provincia de Salamanca que llevan la palabra encina en el nombre como Encina de San Silvestre o La Encina. 
Son muchos los poeta que han escrito sobre la encina. Destacamos dos textos, el primero de Leopoldo Panero y el segundo de Claudio Rodríguez:

La gracia cenicienta de la encina,
hondamente celeste y castellana,
remansa su hermosura cotidiana
en la paz otoñal de la colina.
Como el silencio de la nieve fina,
vuela la abeja y el romero mana,
y empapa el corazón a la mañana
de su secreta soledad divina.
La luz afirma la unidad del cielo
en el agua dorada del remanso
y en la miel franciscana del aroma,
y asida a la esperanza por el vuelo
la verde encina de horizonte manso
siente el toque de Dios en la paloma

* * *

La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.

Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.

Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.

Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.

Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.

Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?

Y para cerrar este breve muestrario de textos "El mar de encinas" de Miguel de Unamuno, un escritor al que gustaba pasear bajo ellas y escribir y dibujar a las gentes y animales del campo:

En este mar de encinas castellano
los siglos resbalaron con sosiego
lejos de las tormentas de la historia,
lejos del sueño
que a otras tierras la vida sacudiera;
sobre este mar de encinas tiende el cielo
su paz engendradora de reposo,
su paz sin tedio.
Sobre este mar que guarda en sus entrañas
de toda tradición el manadero
esperan una voz de hondo conjuro
largos silencios.
Cuando desuella estío la llanura
cuando la pela el riguroso invierno,
brinda al azul el piélago de encinas
su verde viejo.
Como los días, van sus recias hojas
rodando una tras otra al pudridero,
y siempre verde el mar, de lo divino
nos es espejo.
Su perenne verdura es de la infancia
de nuestra tierra, vieja ya, recuerdo,
de aquella edad en que esperando al hombre
se henchía el seno
de regalados frutos. Es su calma
manantial de esperanza eterna eterno.
Cuando aún no nació el hombre él verdecía
mirando al cielo,
y le acompaña su verdura grave
tal vez hasta dejarle en el lindero
en que roto ya el viejo, nazca al día
un hombre nuevo.
Es su verdura flor de las entrañas
de esta rocosa tierra, toda hueso,
es flor de piedra su verdor perenne
pardo y austero.
Es, todo corazón, la noble encina
floración secular del noble suelo
que, todo corazón de firme roca,
brotó del fuego
de las entrañas de la madre tierra.
Lustrales aguas le han lavado el pecho
que hacia el desnudo cielo alza desnudo
su verde vello.
Y no palpita, aguarda en un respiro
de la bóveda toda el fuerte beso,
a que el cielo y la tierra se confundan
en lazo eterno.
Aguarda el día del supremo abrazo
con un respiro poderoso y quieto
mientras, pasando, mensajeras nubes
templan su anhelo.
En este mar de encinas castellano
vestido de su pardo verde viejo
que no deja, del pueblo a que cobija
místico espejo.



Propuesta de escritura

Quienes formamos parte del taller de escritura creativa de la Casa de las Conchas estamos convencidos de que escribir es un trabajo de reforestación permanente pues las palabras nos ayudan a recobrar la memoria, a fijarla sobre el papel.
De modo que por cada encina talada en Retortillo nosotros escribiremos un texto (poema o prosa).


Y estos son algunos de los trabajos enviados:


Réquiem por mil encinas asesinadas

Desandar los pasos y
volver a nacer:
Ser árbol,
mujer encina.

Busca la tierra mis piernas,
las atrapa hasta hundirme
en ella. Dos metros y medio,
tal vez más,
a esa profundidad encuentro
el agua de la vida.

¡Permaneceré en este lugar
hasta que mis raíces se sequen!

Un leve bostezo al amanecer y
comienzan a brotar mis brazos
llenándose de vida: Hojas,
nervios, color. Una auténtica explosión
de enormes ganas de querer
tocar el cielo.

Mimada por el sol, el viento y
las estrellas, siento la complacencia de
los astros hacia mí, hacia la tierra y
los árboles que me rodean, hacia el hombre
que vive generación tras generación
recreándose en mí, columpiando
sus risas en mis ramas -ramas de encina-
bajo cualquier atardecer,
llevando su memoria
hacia la eternidad.

Desandar esta primavera que
no ha de llegar,
que no verán mis ojos, ni los de
de la extensa planicie de una parte
del campo de Castilla.

Esta primavera abortada
que gime de dolor,
el profundo dolor de
unas entrañas vacías allí
donde cayeron los brazos de
mil encinas mutiladas, desangradas,
muertas: Asesinadas.

Ya el horizonte queda desnudo
a la espera de una
primavera nuclear que
florecerá a partir del espectro
de un paisaje sin brazos,
sin ramas, sin raíces.

Desandar el camino y
volverlo a empezar,
con ellas vivas.

Muere, lentamente, el alma
de una parte
del paisaje de Castilla.

Tina Martín Mora
Grupo A
http://tinamartinmora.wixsite.com/tinamartinmora/single-post/2017/03/28/R%C3%89QUIEM-POR-MIL-ENCINAS-ASESINADAS


Soneto a la encina

Me quedaría mirando eternamente
En el hogar tus brasas crepitando,
Música celestial que va acunando
Recuerdos ancestrales en mi mente.

Tus anillos, del tiempo son memoria,
Sabiduría del fuego para el hombre,
Bendito sea, encina, tu buen nombre,
Tu humilde porte que nos hace historia.

Poderosa, amable y dura encina,
Son tus brazos, tu copa y tu corteza
Que entre el bosque y las casas habitamos

La lumbre en que tu leña se calcina,
Doméstica y culta naturaleza
Que abrazo, y acaricio con mis manos.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas.
Grupo A


Parda Encina

Hacía tiempo que no me trataban con tanto mimo, con tanto esmero, cuando tus manos me han cogido ha sido como una caricia, me has mirado, me has elegido y me has puesto en el sitio preciso para sacar de mí lo mejor que ya puedo dar, mi luz, mi calor, cuando la fuerza del viento prendiera la chispa, iban a salir de mi llamas cual “rojas lenguas de fuego”, que a ti te sumirían en un ambiente plácido, de ensoñación y que yo aprovecharía para sumirme en mis recuerdos, tú y yo teníamos mucho en común, tu enfermedad te hacía pensar en un final próximo, el mío lo estaba, quedaría reducida a cenizas.

Pero quería terminar feliz, reviviendo aquel mi encinar, “un mar verde”, donde el viento unas veces nos mecía suavemente y nuestras hojas al rozarse parecía que cantaban una nana, pero cuando el viento nos azotaba con fuerza era como si la fuerza de las olas chocaran contra el acantilado, allí se hacía sentir nuestra bravura, nuestra fuerza, nuestro recio ser. Y recordaba el griterío de los chiquillos revoloteando a mi alrededor recogiendo mis frutos, iban a bellotas, y también oía el bramido de la manada de toros que en una charca muy próxima a mí, se refrescaban en aquellos ardorosos días del verano y a la piara de cerdos que se contoneaban, merodeaban a mi alrededor y alimentándose con mis bellotas producían los mejores jamones.

Los susurros del viento me contaron muchas cosas, que mi otro nombre, un nombre muy raro, significaba “árbol hermoso”, que nuestra leña era muy apreciada y junto al carbón de encina era el combustible en muchas casas, que hacia muchísimos años los hombres nos consideraban árboles “sagrados”, formábamos “encinares sagrados”. ¡Me contaron tantas cosas!

Estoy oyendo un chisporroteo, mi fuerza se va debilitando, pero todavía me queda para añorar aquellos tiempos en que se nos valoraba tanto, entonces los hombres nos respetaban, daban preferencia a nuestra existencia sobre otros intereses que lleva a una tala masiva.

Y recuerdo un poema que alguien susurró junto a mí “Y el campo mismo se hizo árbol en ti parda Encina”.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


El Roble

Cerca de mi casa del pueblo está el roble. Sus raíces se emplean para algunos remedios caseros. Recuerdo el día en que mi vecina hizo un preparado para que le cicatrizaran las heridas de la lenta curación de las hemorroides .
Al caminar por los calles del pueblo me acerco al roble. Tiene un olor penetrante a la tierra, madera y hierva.
Esta mañana pasaba por los alrededores de mi casa y vi que al roble le falta varias ramas caídas, el otro día en el pueblo dijeron que alguien se está dedicando a romper las ramas del roble.
Antes de irme para mi casa me imagino que si el roble tuviera alas se podría mover.

David Álvarez
Grupo B


La encina

Te tengo entre mis recuerdos de niña.
En las primeras miradas que te dediqué, te vi como un árbol elitista , vivías cerca de la gran ciudad , y para mí eras un árbol de las lejanías .
Te adjudiqué movimiento , pero no movimiento en tus hojas , te movías majestuosamente . Los árboles de mi pueblo, no se movían, pero tú sí.
Te conocí camino de Salamanca, a través de los cristales del autobús , te veía venir hacia mí.
El autobús avanza y tú te acercas a nosotros , vienes a nuestro encuentro, después, te dejamos atrás y de nuevo te pierdes en la lejanía .
Me pregunté ?Qué árbol es ese que se mueve con elegante libertad?
Me contestaste, soy La Encina.
Todavía cuando voy en un medio de transporte , y te veo, a través de sus cristales me evocas los primeros momentos en que te descubrí , y te sigo considerando el árbol de la libertad

Mª del Carmen Ledesma Martín
Grupo A


La encina


Verde eterno
descansa entre las ramas.

Madurez, abierta al pensamiento,
brota de tu imagen,
despierta eternidad
en un tiempo
que vive la inquietud de las horas.

Piel de hojas
permanece entre las ramas,
cobija con su sombra
un sol amanecido
que irradia con su luz
el tronco centenario de una vida.

Sofía Montero
Grupo B


La encina
Que en el taller del lunes se habló de la encina, le dije. La encina sonrió complacida. Yo no sabía que las encinas sonreían.
Y que qué pasaría si los árboles tuvieran alas, añadí; que eso se preguntó en la propuesta de texto. La encina abrió unos ojos incrédulos, como de encina esperanzada. Yo no sabía que las encinas podían abrir esos ojos.
Que, naturalmente, se trataba de una metáfora —me creí en la obligación de advertirle—, que cómo va a levantar el vuelo un árbol y marcharse a otro lugar. A la encina se le cayeron unos lagrimones que partían el alma. Yo no sabía que las encinas lloraban.
Al día siguiente llegaban las máquinas de la Berkeley.
(O este último párrafo lo cambiamos por: «Tampoco sabía yo, pero me enteré después, que al día siguiente llegaban las máquinas de la Berkeley»).

Pascual Martín
Grupo A


Ecosistema


Los niños juegan en el campo marrón de pintitas verde oscuro
Dentro de un tronco habita un hada que los hace desaparecer
Por eso es la encina el mejor escondite

Un pájaro tiene allí su casa
Los niños le llaman Quirquir por que es lo que repite al piar
Quirquir sale cerca y regresa enseguida

El sol lanza sus agujas
Que atraviesan a los niños y pegan contra el tronco
Y Las ramas crecen para alcanzarlas primero y quedárselas

Alguna noche me acerco a mi encina
El hada y el pájaro cenan a la luz de la barita, bajo la luna
Les veo en mis sueños

Varios buitres recorren el paisaje
A veces la noche se manifiesta ejecutora
Quirquir aprovecha y regresa

La encina es testigo de vida
Unos se irán y otros ya vienen

Antonia Oliva
Grupo B


Haikus 

Nadie la observa
acabó con su vida
la mina mortal

Mucho viviste
dehesa centenaria
ahora mueres

Un agujero
donde preexistía vida
nada perdura

Encina muerta
acaricia el suelo
sin reverdecer

Encina corté
nada consideré
historia rota

Un árbol vivo
no ofrece resistencia
sufre talado

Encina caída
arrancada de cuajo
excavadora

Madera cisco
arcaico carbonero
nada tendrás

Contemplarás
uranio suicida
la nada mortal

Historia viva
quedará en la memoria
de ningún mortal

Parque Natural
turismo sostenible
fuera la mina

Frondosos árboles
futuro sin existencia
minera mortal

Una catedral
en la naturaleza
herida mortal

A cielo abierto
Retortillo olvidado
abandonado

Exhumación
agujero rojizo
uranio mortal

Perennifolio
que ya no lo será
error habrá

Rojo por verde
mineral por vegetal
cambio monstruoso

En la dehesa
árboles centenarios
no existirán

Tronco robusto
poderoso copete
una fagácea

Amentiformes
color amarillento
flores de encina

Alfredo Domínguez
Grupo B


Morir de pie

Has muerto de pie.
Después de toda una vida dando sombra y cobijo,
despertando amaneceres, cantando soledades,
volando letanías, acariciando brisas, criando retoños.

Has muerto de pie.
Un siglo después de romper a vivir sin poder contarlo,
tal vez sin saberlo, sin más constancia de ti misma que cuatro papeles
– ya ajados- y el cariño de los tuyos que quedaron
y que –pronto- habrán olvidado.

Has muerto de pie.
Atrás quedaron los esfuerzos,
la miseria, la alegría, las –muchas-penas,
las tormentas y el pedrisco, los aromas a incienso,
los silencios y los ruidos.

Has muerto de pie, alma de la Meseta,
mujer mutada en encina,
encina en mujer transformada.
¿Quién te arrancó de la tierra sin permitirte ni un solo grito?
La vida pasó a tu lado, pero talaron tus raíces
y –ahora- ya no queda nada: ni sombra, ni aliento, ni refugio.
Ni siquiera tu esperanza de un mejor mañana.

Javier Portilla
Grupo A


¡300 encinas, o más!

Se me ponen los pelos de punta ( y eso que tengo pocos), cuando me entero, del comienzo de una posible explotación de una mina de uranio a cielo abierto, en la provincia donde vivo.
Es curioso de entrada, que una empresa australiana sea la encargada de dicha explotación, cuando Australia es la nación con más reservas del mundo.
Ya han comprado, 3000 has, y obtenido el permiso para hacer una planta para la obtención de concentrado de uranio.
La empresa solo habla de creación de empleo en la zona.
Prohibido hablar de tala de encinas, de contaminación radiológica, de gases, de partículas en suspensión, de residuos radiactivos, contaminación de ríos y acuíferos, metales pesados, radio 226, radio 222, lixiviar, cromo, vanadio, molibdeno, cobre, níquel, cobalto, ácido sulfúrico, carbonatos, bióxidos, enfermedades, etc.

Espero que prime la cordura, abandonen el proyecto y la encinas taladas sean repuestas, por el bien de todos y no de unos pocos.

No al Uranio- Si a la Vida- Stop Uranio. Campos de Salamanca.

Luis Iglesias
Grupo B


La encina

A través de mi ventana, veo campos, los campos de mi querida Castilla.
Campos donde han crecido miles de encinas.
Y entre todas y cada una de esas encinas, se encuentra la que nos dio sombra cuando más calor hacía.
Y un pequeño arroyo fluía al lado.
Y llevaba siempre mucha agua
incluso en la época de mayor sequía.

Rodeada siempre de flores, de muchos y tantos colores.
Volvió sobre el mismo lugar,
donde se cortaron tantas,
sin el mayor cuidado y afectando
a las demás.

De sus fabulosas raíces,
de su poderosa savia
y de sus lujosas ramas,
iba brotando la vida.

Porque ella siempre estará en ese lugar tan especial.

Donde guardó en su cajita
nuestros deseos, nuestros sueños.
y hasta nuestros fabulosos viajes,

Daría lo que fuera por volverla a ver, tocar sus ramas, dejarme llevar por la tranquilidad del lugar.
Tanto daría por volverla a cultivar,
en mi hogar.
Por volverla a soñar
en mis largas y calurosas
noches de verano
al lado del mar.

Daría lo que fuera
por terminar con esta masacre,
que nos involucra a todos.

Muchos son testigos y no hacen nada para evitarlo.

Te echaré de menos, mi querida encina,
incluso cuando las demás luces se apaguen y la tuya se encienda alumbrándome el camino.

Iria Costa

Grupo B

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