Y comieron perdices

Este lunes dedicamos la sesión a la felicidad y los finales felices. Así que nos pasamos la hora y media de sesión comiendo perdices escabechadas. Estábamos tan felices que casi se nos corta la digestión por entrar de lleno a los textos.
Comentamos brevemente un artículo sobre "Literatura y felicidad" de Marcelo Ortale. Leímos un fragmento de Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite y otro de Obabakoak de Bernardo Atxaga. Y completamos la lectura, tras una breve charla a cerca de los finales de las historias, con otros dos textos, uno de Eduardo Galeano y otro de Clarice Lispector.

Sobre la felicidad

“Nos convencemos a nosotros mismos de que la vida será mejor después de casarnos, después de tener un hijo y entonces después de tener otro. Entonces nos sentimos frustrados porque los hijos no son lo suficientemente grandes y que seremos más felices cuando lo sean. Después de eso nos frustramos porque son adolescentes (difíciles de tratar). Ciertamente seremos más felices cuando salgan de esta etapa. Nos decimos que nuestra vida estará completa cuando a nuestro esposo (a) le vaya mejor, cuando tengamos un mejor carro o una mejor casa, cuando nos podamos ir de vacaciones, cuando estemos retirados.”
“La verdad es que no hay mejor momento para ser felices que ahora. Si no es ahora, ¿cuándo? Tu vida estará siempre llena de retos. Es mejor admitirlo y decidir ser felices de todas formas. Una de mis frases: “Por largo tiempo me parecía que la vida estaba a punto de comenzar. La vida de verdad. Pero siempre había algún obstáculo en el camino, algo que resolver primero, algún asunto sin terminar, tiempo por pasar, una deuda que pagar. Sólo entonces la vida comenzaría. Hasta que me di cuenta que esos obstáculos eran mi vida”. Esta perspectiva me ha ayudado a ver que no hay un camino a la felicidad.”
“La felicidad “es” el camino; así que atesora cada momento que tienes y atesóralo más cuando lo compartiste con alguien especial, lo suficientemente especial para compartir tu tiempo y recuerda que el tiempo no espera por nadie... así que deja de esperar hasta que bajes cinco kilos, hasta que te cases, hasta que te divorcies, hasta el viernes por la noche, hasta el domingo por la mañana, hasta la primavera, el verano, el otoño o el invierno o hasta que te mueras, para decidir que no hay mejor momento que éste para ser feliz... la felicidad es un trayecto, no un destino!

Eduardo Galeano

La felicidad clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísimas palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: “Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña”. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.
Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector


Propuesta de escritura:

Escribe un texto sobre la felicidad. No importa que el final no se feliz. ;-)


Y estos son algunos de los textos que nos han llegado hasta ahora


Perpetua y Felicidad... ¡Esas infelices mártires!
(o de como no intentar ser feliz)

Si usted quiere ser feliz sin morir en el intento, no debe pretender a esa brillante chica llamada Felicidad. Ha de saber que es muy suya y no le gusta que la apremien. Sólo se presentará ante usted cuando ella quiera y, a sabiendas de que aun a riesgo de no ser ante sus ojos, del todo reconocible, será bien recibida.

De igual modo, tampoco debe pretender que si ella decide hacerse visible para usted, lo haga en compañía de Perpetua ya que nunca congeniaron bien. De hecho, ha de saber que Perpetua-Felicidad o Felicidad-Perpetua, sólo hicieron un buen tándem cuando tras ser perseguidas; juntas en un final salto, se asomaron a lo eterno.

Mercedes González
Grupo A


Buscando la felicidad

Sin saber cómo, un día cualquiera, anidó en mi interior una sensación de paz, largamente olvidada. No, no podía tratarse de la felicidad. Imposible que dejara atraparse de forma tan despreocupada. La había buscado cada día, cada noche, hasta desfallecer. Había rastreado lugares absurdos e inimaginables, sumergido en el líquido ardiente de vasos, infinitas veces llenos e infinitas veces vacíos. Visité garitos inmundos y peligrosos, tratando de descubrirla en el amor barato, de precio establecido. Transité alucinantes mundos psicodélicos que abocaban todos en la destrucción total del cuerpo y del espíritu. No me quedaron caminos por explorar. Y no estaba.

Pero… un día sin más, anidó en mi interior una extraña sensación de paz, y me aferré a ella. Me sorprendió el despertar del sol cada mañana, y me embelese con los atardeceres rojizos del verano. Me dejé cautivar por el murmullo lejano de las olas, o la fresca brisa estrellándose en mi rostro. Descubrí la emoción del abrazo tierno de mi niña chica o el mirar sereno de la dulce esposa. Gocé el canto alegre de la vida estallando en primavera; y el olor a tierra mojada me devolvió a una infancia feliz pero lejana…

He abandonado la loca carrera de alcanzar a esa utópica diosa inalcanzable. Me conformo con esta paz cercana de pequeñas cosas.

Pero he de perdonarme y me perdono. Necesito mi perdón. No puedo flagelar mi espíritu con el pasado.

Evaristo Hernández 
Grupo B


David

David se despertó en medio de una tormenta lluviosa, un Domingo que tenía que repasar los últimos apuntes anotados de la clase de Body balance que daría la próxima semana, y él aun no se sabía los apartados de los equilibrios.
Miró como el agua caía, y formaba enormes charcos.
Hacía un año que Sergio se había ido, y lo añoraba, era su compañero su amigo… añoraba su cariño, y luego ella…que le sentía lejos y lo seguía queriendo.
La verdad era que no quería levantarse de la cama, ¿para que?
Con ese día… abrió la ventana el aire fresco de lluvia entró y fue inundando su habitación.
Se puso a repasar y echó un último vistazo.
Perfecto- se dijo- puedo hacerlo.
El tobillo le seguía molestando, sin embargo, después de desayunar lo intentó.
Me lo encontré cojeando por el gimnasio.
- Pero David- me lanzó una mirada persuasiva- tu tobillo.
- Si lo sé, no te preocupes.
Durante la presentación, note que estaba un poco más flojo, pero lo consiguió.
Hoy, me miró al espejo y me digo: puedo hacerlo, lo sé
Me lo enseñó David.

Iria Costa
Grupo B


¡La felicidad es una utopía!

Siempre he pensado y según pasa el tiempo más aún, que si uno quiere ser feliz, debe procurar no analizar las cosas racionalmente.

Me suelo hacer muchas preguntas:

¿Cuándo consideramos que una persona es feliz? ¿Cuándo no tiene enemigos? ¿Cuándo es apreciado por los que te conocen? ¿Cuándo duermes siete horas seguidas sin despertarte sobresaltado por algún problema? ¿Cuándo eres capaz de esquivar todas las dudas que surgen en la vida diaria? ¿Quién es más feliz, el que más tiene o el que menos necesita? ¿Qué es más importante, mirar para atrás o mirar para adelante? ¿Conocer el final de las personas, cambiaría la vida diaria?

***

El poeta Muslih Saadi intercambia opiniones sobre la felicidad con un grupo de mendigos Sufíes supervivientes de la invasión mongol en Persia.

El hombre reconoce únicamente su felicidad
en la medida de la desgracia que haya experimentado. Muslih Saadi

Jamás será feliz quien no ha llorado,
quien no ha perdido el mar o acaso un puerto,
quien no ha tocado un cuerpo despidiéndose,
quien no ha saboreado la derrota.

Jamás será feliz quien no ha medido
la luz de su tristeza
en su esperanza.




Del libro “Baile de Máscaras” de José Manuel Díez:

Luis Iglesias
Grupo B


En Invierno

Es en invierno sobre todo cuando María José adelanta el momento de irse a la cama. Le gusta meterse entre sábanas despacito, demorando, hasta lograr esa postura fetal de las rodillas poco menos que pegadas al pecho para mejor sentir a su espalda el calor amable del cuerpo de Roberto. Le resultaría difícil conciliar el sueño sin esa dulce sensación que la llena por completo; ella guardando quietud absoluta para no romper lo mágico del momento. Roberto, siempre Roberto.

Roberto, del colegio, del instituto más adelante, de la facultad por último. Roberto, su novio. Roberto, luego su marido. Y tras el divorcio, Roberto lo mismo. Es en invierno más que nunca, ya se dice. En invierno y en el lecho tantas veces compartido, mientras oye ulular el viento en las ramas desnudas de los árboles. Delicado, suave, tierno ese calorcillo de Roberto a su espalda. Como antes, qué importa si ahora es figurado y se alimenta del recuerdo; nadie tiene muy claro dónde se halla la divisoria entre lo fantaseado y eso que hemos convenido en llamar realidad.

Todo ha de suceder en el más estricto de los secretos. Y sucede, ya se ocupa de ello María José. Cualquiera sabe cómo lo tomarían las compañeras de la Asociación de Mujeres Separadas, ella la presidenta recién reelegida.

Pascual Martín 
Grupo B


La Venganza (final)

...cuando una hora después se presentó el juez y determinó el levantamiento del cadáver, los vecinos del pueblo colaboraron descolgando el cuerpo. Era en la casa palacio como dejo dicho, en la parte habitada por Valeria y su madre. Una punta de la verja del jardín había atravesado la pata del pantalón, y el cuerpo quedó colgando, sin acabar de rasgarse la tela. Se había desplomado hacia el interior y ahí fue donde sin duda se disparó la escopeta de caza que llevaría de la mano. El cadáver de Rogelio Buitrago colgaba desmadejado, trágica postura, los brazos abiertos y lo mismo la pierna libre, la cabeza como a un metro del suelo, el rostro por completo desfigurado.

Pese a lo dramático del suceso, no aprecié consternación en la gente que se arremolinaba en torno. Tampoco yo la sentía, la verdad. Fácil imaginar la intención que movería al ahora fallecido cuando trepó la verja.

Pascual Martín 
Grupo B


“Wanted.”

Fue un androide feliz hasta que perdió la fe en el ser humano.

Ignacio Aparicio Pérez-Lucas
Grupo A


Infinita felicidad

He escondido el espejo que tenía a la salida de la habitación, para no ver mi reflejo en un tiempo, ni tener que echar de menos el reflejo de tu cuerpo junto al mío.

Estos días, cuando cruzo el umbral, sólo encuentro frente a mí la alcayata que sujetó durante tantos años nuestro reflejo, nuestras miradas y gestos. Fuimos felices frente al espejo y es por eso que cuando lo guardé dentro del armario, intenté con ello envolver en papel de seda nuestra felicidad para que se mantuviera intacta cada vez que piense en ella. Aún creo escuchar risas que salen por las rendijas del armario, acompañadas de la flor del pensamiento con olor a pelargonio.

Algunas noches, cuando no puedo dormir, dejo entreabierta la puerta de la habitación y de lejos, entre la tenue luz que la persiana a medio bajar del salón, deja entrar desde la calle, imagino que aún sigue ahí, recogiendo tu sonrisa y el remover de tu coleta al pasar.

Y me pregunto, a ratos, si la felicidad estuvo sentada frente a mí y no supe entenderla, dejándola escapar.

Encuentro tu ausencia repartida en cada espacio de esta casa, ahora medio deshabitada, pero tu ausencia no es tristeza, la he transformado en felicidad infinita por todo aquello que me diste, por todo lo que dejaste aquí, impregnando con tus recuerdos el ambiente de mi hogar perfumado ahora con tu nombre, a cada paso que doy por él.

He pensado mucho en ello y ahora sé que la felicidad no tiene fecha de caducidad. Podría asegurar que es infinita, como tu recuerdo frente al espejo. Mientras piense en ella, siempre me devolverá el reflejo de lo que fue, aunque esté ausente, como tú.

Podría tocar tus manos sin tenerlas cerca, sólo con el recuerdo y envolverte cada tarde en una primavera nueva, aunque siempre fuera invierno…

Tina Martín Mora
Grupo A


Felicidad por decreto

Me manda mi maestro escribir un texto sobre la felicidad. Me pregunto si es posible escribir sobre un estado de ánimo cargado de tanta subjetividad. Difícil tarea. Felicidad: palabra mágica, llena de misterios, que todos perseguimos. Nos pasamos la vida buscando, apenas disfrutamos y somos esclavos de ella porque el Corte Inglés y otras hierbas nos dan la matraca con ella un día sí y otro también acerca de cómo ser felices llevando una bolsa de la mano.

Si ya teníamos bastante con estos mensajes llenos de un claro contenido economicista, llevamos un tiempo que llueven de las nubes digitales mensajes ñoños que utilizan frívolamente esta palabra. Vivimos por tanto envueltos en un entramado de redes que utilizan para tejerla palabras felices, pero que realmente, poco ayudan a conseguir ese estado.

¿Hay evaluación posible de la felicidad? Pues no. Y ahí está el problema. Nos empeñamos en conseguir dosis de felicidad para competir en cantidad, no en calidad. Se nos pasa la vida en ello, para intentar mostrar nuestra felicidad ante los demás. La verdadera felicidad, ni se compra, ni se vende, pertenece a lo más íntimo de cada uno, formando parte de tu caminar por la vida Empieza con estar a gusto consigo mismo, a partir de ahí, tendrá nombre y apellidos, conseguirá ir ensanchando su territorio, que te permitirá disfrutar, amar, ilusionar, contagiar, compartir,…con todo lo que tienes a tu alrededor, en el día a día.

Que no nos vendan felicidades enlatadas, calendarios de días felices, viajes sin esfuerzo, porque todo camino exige un esfuerzo y el de la felicidad aún más, pues te lleva a volar por la vida. No buscarla es el mejor síntoma de que eres feliz cada día, disfrutando de las pequeñas cosas, incluso hasta del trabajo, como hacer esta tarea. Todo menos alcanzarla por decreto.

Antonio Castaño Moreno
Grupo A


Vivir momentos de felicidad

Me siento empujada a escribir sobre la felicidad, porque yo creo en la felicidad; para afirmarlo de una manera tan contundente tengo que reflexionar qué es para mí la felicidad.

Pero, ya que reflexionar cuesta más, y con esto entro en materia, voy a empezar por lo más fácil, rememoro que este verano fui a unos grandes almacenes, sección hogar, voy buscando un mantel antimanchas, que no necesite plancha y que me guste, ¡casi nada!, tuve suerte, lo encontré. En la mesa de mi cocina lo pongo para el desayuno y ahí está todo el día. Fondo blanco roto, palabras cada una de un tamaño, letras mayúsculas de distinto color: azul, rojo, amarillo, verde, que con gran fuerza y de forma repetitiva me dicen: despertarse, vivir, disfrutar del sol, un café recién hecho, tostadas, desayunar juntos, empezar el día con buen pie, sonreír, un buen té con alegría, ser optimista. Esas palabras, ese mantel van creando ambiente, aparece una sensación placentera y eso para mí ya es felicidad; la considero como la capacidad para saber vivir intensamente todo lo que va apareciendo, todo: el dolor, las frustraciones, las ausencias, las buenas noticias, las alegrías, una puesta de sol, una mano amiga, una palabra, un encuentro, un ver la botella medio llena; saber superar las adversidades aprovechando y viviendo lo bueno que hay alrededor; aceptar los momentos de pena como algo natural; que el disfrutar de momentos de felicidad, “la felicidad no es perpetua”, no depende de los bienes materiales que poseas, sino de tu actitud.

Yo me agarro a todo esto y sí vivo momentos de felicidad.

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


El eco de la felicidad

Unas orejas de Dumbo aleteando sobre una cuna.
Mis primeros pasos en la playa pequeña, detrás de los suyos, viejo gigante.
Frente al mar, dos cuerpos vibrantes saludando a las olas y en diálogo con ellas, dejarse arrastrar a la orilla, en un torbellino de risas y espuma.
Las mañanas sin cole en las que me zambullía en tu cama y te suplicaba, animando tu imaginación desbordante, que me contaras cuentos. Cuentos que tú inventabas solo para mí. “La cigüeña Sebastiana”, “la bombilla verde”…
Una niña de ojos curiosos que perseguía por todas partes a un culo de elefante, hasta en las ocasiones menos oportunas.
Las sopas humeantes de la abuela que, empeñada en que nos escaldásemos la lengua, combatías con tus huracanados resoplidos que llegaban hasta mi plato y ese chorrito de agua con que lo regabas, tú siempre cómplice, ella ajena a nuestro pacto de camaradas.
Viernes y sábados, noches de fiesta. Recién duchada, mi pelo mojado, sentada en un viejo butacón pegado al tuyo. “Crónicas de un pueblo”, “Directísimo”, “300 millones”…
Días torcidos de escuela. Mi mano temblona y fría, anidando en la tuya, cálida y serena.
Un Taunus gris. Paseos vespertinos por el campo charro. Las cuatro estaciones. También las de Don Antonio, “el cura pelirrojillo”.
La primavera. El descubrimiento de los colores en las flores de las cunetas, en donde competían en esplendor, las amapolas, los dientes de león, las margaritas, los acianos, mezclados con los distintos tonos del verde al amarillo de las espigas.
Las sensaciones del otoño. El reseco crujido de las hojas de los falsos plátanos que tapizaban el camino a nuestro paso y ese olor concentrado de vida y de muerte que emanaba de la húmeda tierra. La tibieza del sol acariciando nuestras caras. Una boda de pájaros, otra. El apresurado adiós del día. El “rose di sera”.
El invierno era el tiempo que destinábamos a luchar rabiosamente contra el olvido. Tardes de faldillas y chocolate con churros, en las que nunca faltaban moviendo sus viejos engranajes, sus hermanos acompañados de todo su repertorio. La tía Luisa, la tía Lola, el tío Jacinto, el ausente tío Pepe (siempre presente) al igual que Carmencita, la pequeña, que no llegó a cumplir los cinco porque una meningitis se la llevó, poco después del nacimiento del siglo.
Mientras ellos conversaban, reían, muchas veces callaban, por entonces yo solo escuchaba, ávida de historias familiares dentro de un mundo al que no pertenecía pero del que me sabía parte.
Y del limón natural, al zumo de tomate con unas gotitas de tabasco y de ahí, al Martini rojo. Los veranos se fueron desgranando como las uvas y fue en su pueblo, en la comarca de Sayago, con sus amigos, Marcial, Evaristo, Aresio y Don Abelardo, a quienes se les soltaba la lengua de aquélla manera entre chato y chato, los que me regalaron con sus animadas charlas, enseñanzas de la vida que de otra manera no hubiera aprendido.
Los viajes a Madrid. Los despertares en el hotel Liabeny. Las espinacas con bechamel del “California”. Las tardes de zarzuela en los teatros de la Gran Vía. Una estancia en Portugal. Algunos otros por el Norte.
Una habitación de hospital. Una canción para él. Una despedida sostenida en mi mejor versión del “Maitechu mía”.
Despierto. Sobre mi mesilla, como cada mañana, mis ojos se posan en ella.
Contemplo aquélla tarde de finales de mayo. Los vencejos ya han llegado. Dos rostros reflejan orgullosos la alegría de saberse juntos, los brazos entrelazados, casi fundidos. Han pasado cuarenta años. Soy feliz.

Concha González 
Grupo A


Una mala noticia puede ser motivo de alegría

Javi, se llamaba Javi. Recuerdo aquella mirada angustiada, mirada de socorro, mirada de súplica, de petición de ayuda, de alguien que necesita que le solucionen un problema serio.

Me contó que le dolía el pecho, que se cansaba cada vez más, y que últimamente había notado dificultad al tragar. Me advirtió muy serio, que no fingía ni exageraba, que lo que le estaba pasando era algo muy real.

Tras una pequeña charla acerca de su vida y de sus estudios, vi que era un adolescente responsable y le creí.

Le pedí una radiografía, se la hacen en el momento y no aprecio ninguna anomalía. Le pido otra prueba-una espirometria- y allí se insinuaba que había algo alrededor de la tráquea que le impedía respirar con normalidad. Al fin una pista.

Pienso: se que estas ahí cacho cabrón, aunque no te veo, se que estás ahí.

Hablé con su madre , le dije lo que temía, y que iba a poner en marcha toda la mecánica para agilizar el proceso.

Llamé a hematologia y dudaron. Insistí y tras hablar con un conocido, accedieron a ver en consulta al joven en unos días.

A los quince días me llaman de hematologia para decirme que se trataba de un tumor maligno, en tratamiento, y con buen pronóstico debido a que habíamos llegado a tiempo.

Al cabo de otros días, subió su madre a verme, me "comió a besos" y me trajo un regalo de su hijo.

El regalo era una galleta grande, muy bonita, con la siguiente inscripción:" gracias por todo. Javi".

José Luis Juan Fonseca
Grupo A


Felicidad

Estado de ánimo inestable.
Cautiva de mi lento despertar.
Fuente de lo divino.
Petición al genio obligada.
Motor de mis pensamientos.
Alas para volar.

Luisa Sánchez Mayorga
Grupo A


Una Buena Amiga

María Luisa, es mi amiga más querida. Una mujer celosa de su privacidad, aunque esto no le impide interferir en la vida de los demás. Siendo como ella es, dulce y complaciente, es bienvenida en todos los círculos sociales ya sean humildes o refinados, y esto es el evangelio. Personalmente reconozco su valía y sus dotes innatas para ganarse a la gente. Es hermosa, seductora, deseable, dinámica, caprichosa, imprevisible, emancipada, inteligente, culta, y aunque me duele decirlo, también infiel y desdeñosa. Teniendo en cuenta sus muchas cualidades, a mis ojos envidiables, cualquier traición infringida a sus conquistas, se considera banal por ser dueña de una economía muy saludable. Y que una mujer hable bien de otra, ya es meritorio. Desde que la conozco, no miento si digo, que siempre ha tenido adeptos a compartir con ella techo, cama y mantel de por vida. Sin embargo, mi amiga se mantiene firme en su situación de independencia autocrática.

A pesar de todos estos dones con que la naturaleza alfombró su camino, a veces me pregunto si en esta situación egocéntrica es feliz. En cierto modo creo que sí, pero… ¿y si la felicidad es otra cosa? ¿Y si a ella le gustaría ser una mujer corriente? ¿Acaso siente dolor al reconocer la deslealtad a sus conquistas? ¿Acaso se siente deseada, no por ella misma, sino por lo que representa? Esto es un enigma que solo ella tiene poder para descifrar. Sin embargo, quiero pensar que es feliz, porque las amigas son las amigas.

Sé, de tiempo atrás, que mi marido es adepto a mi amiga María Luisa, lo leo en sus ojos cuando me besa, cuando me mira, cuando me toca, y sé que la busca en mí, cuando hacemos el amor. Esto despierta en mí unos celos egoístas porque quiero a mi marido para mí sola, pero tampoco quiero perder la amistad de mi amiga.

En realidad mi amiga María Luisa es la amante de mi marido. Y en confianza, su nombre no es María Luisa, se llama Felicidad. Pero como no puedo competir con este nombre, me gusta llamarla María Luisa.

Pepita Sánchez
Grupo B

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