Escaparates. Mirar con detalle

Ayer nos fuimos de escaparates. Llevamos tanto tiempo mirando a las pantallas y encerrados en casa que decidimos salir de tiendas y desahogar la vista.
El origen de la palabra "escaparate" hay que buscarlo en el neerlandés, en la palabra schaprede (alacena, armario) que se compone de la voz schapp o "estante" y reden o "preparar".
Esta palabra nace vinculada a lo doméstico, a esas vitrinas de los armarios donde se guardaba la cubertería de plata (quien la tuviere) o la loza buena o a una especie de bandejas donde se mostraban o exhibían los objetos. Ese es el uso que le da Miguel de Cervantes a dicha palabra en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. El concepto de escaparate irá evolucionando con el tiempo y en 1880 comienza la historia del escaparatismo moderno con el uso del vidrio en los escaparates de las tiendas de Nueva York. El concepto de tienda moderna llega a España con el siglo XX y tuvo tanto éxito que comienza a acuñarse la expresión "ir de escaparates".



La tienda de juguetes, de Thomas_Kenningt

Transcribimos un artículo titulado "La novela de los escaparates" publicado en el Diario de Mallorca y del que desconocemos la autoría  pero que nos ha resultado muy interesante:

Palma, como cualquier otra ciudad, consiste en sus escaparates. El escaparate no sólo nos sirve para contemplar los objetos que en él se exponen, sino para quedarse obnubilado o en estado de meditación transitoria. El escaparate es poca cosa sin sus hermosas y descalzas escaparatistas. Me encanta verlas arreglar con mimo y ternura esos lugares expuestos a la curiosidad del transeúnte, siempre tan proclive al ensueño peripatético. La ciudad se expresa mediante sus escaparates. Hay algunos paupérrimos y desangelados, un poco sórdidos para la mirada del paseante, que lo que busca es, precisamente, ser seducido. Sin embargo, también tienen su encanto, aunque sea por defecto. Los hay suntuosos, barrocos, confusos como una novela oceánica y estereoscópica. Entonces, es menester que el caminante se detenga durante unos minutos para descifrar ese texto expuesto ante sus ojos. Los hay minimalistas, casi japoneses, como si fueran haikus, concisos, de una pureza asombrosa. Y es, entonces, cuando aparece la poeta del escaparate con sus cuidados y con todo su aprendizaje de lo bello para ponerlo en práctica. Los escaparates, no lo olvidemos, son el retrovisor de los peatones. Sin darnos la vuelta, hemos visto a personas conocidas cruzando la calle o mirando, embelesados como nosotros, ese mismo escaparate o, quién sabe, esa escaparatista descalza. Los escaparates, tampoco lo olvidemos, también son los espejos en los que contemplamos nuestros rostros vivaces o apesadumbrados. El curioso espejo a través del cual nos vemos mirar sin tapujos. A veces, he entrado en una tienda sólo con la intención de departir unos momentos con la escaparatista, aunque la excusa haya sido el precio de unos zapatos o de una camisa. Las escaparatistas suelen hablar en voz baja, una voz que acaricia el oído y eso, tras soportar el fragor de los automóviles, supone un descanso para el espíritu un tanto ajetreado a causa del ruido. La ciudad es una novela extensa que se compone de muchos párrafos que son los escaparates. Los capítulos los escriben los propios transeúntes, nunca los alcaldes o los concejales, por mucho que se empeñen en subrayarnos o, aún peor, en apostrofarnos. El pie descalzo de la escaparatista lo habría explotado como se merece el fetichismo de Buñuel. Menos humana, aunque no por ello menos bella, la maniquí también se merece un canto o una buena glosa. Admiramos su perfecta impavidez y esa ropa que tan bien le sienta. Gracias a los escaparates nos enteramos de las nuevas tendencias. Sombrererías, estancos, cafeterías, pastelerías, librerías, zapaterías, peluquerías (no hay que perderse los rápidos tijeretazos de los barberos y los afeitados a los clientes de toda la vida), galerías de arte (no hay que perderse las expresiones faciales que adoptan los visitantes, de asombro o indiferencia. Dejaremos para otro día sus comentarios en voz baja), farmacias (albricias, un nuevo crecepelo), tiendas de ropa interior femenina (de momento, es difícil acceder sin ser detenido a los probadores), tiendas de discos (Oh no, Mick Jagger y Keith Richards disfrazados de Papa Nöel), y un sinfín de párrafos de esa novela que siempre es una ciudad bien o mal escrita. Ese es otro tema. Y, por supuesto, el silencio gatuno de las escaparatistas cuya misión es una de las más dignas: la de embellecer el rostro de la ciudad.

En el taller hablamos de los escaparates del barrio rojo de Amsterdam, de Magila Gorila, una mascota que vivió muchos años tras el escaparate de la tienda de animales del Señor Peebles y que aguardaba a un comprador comiendo bananas. Mencionamos también las canciones "De cartón piedra" de Joan Manuel Serrat, "El escaparate" de Alejandro Sanz y "Extraños en el escaparate" de Miguel Ríos. Y cómo olvidar la canción de Golpes Bajos titulada "Fiesta de los maniquíes".
Hablamos también del papel de las redes sociales convertidas en nuestros propios escaparates, tal y como señala José Ovejero en su cuento "Escaparates". Y comentamos esta moda nórdica de cocinar tras una cristalera en los restaurantes o mostrar cuanto ocurre al otro lado del cristal como en las barberías y los gimnasios. 

Y aportamos algunos textos que reflejan la fascinación que despiertan los escaparates como el cuento de Ana María Matute "El escaparate de la pastelería":

El niño pequeño, de los pies descalzos y sucios, soñaba todas las noches que entraba dentro del escaparate. Tras el cristal había tartas de manzana, guindas rojas y salsa de caramelo, que brillaba. Aquel niño pequeño iba siempre seguido de un perro descolorido, delgado. Un perro de perfil.
Una noche, el niño se levantó con los ojos extrañamente abiertos. Los ojos de aquel niño estaban barnizados de almíbar, y su boca tenía dientecillos agudos, ansiosos. Llegó al escaparate y apoyó la frente en el cristal, que estaba frío. Sintió gran desolación en las palmas de las manos. Todo estaba apagado, y nada veía. Pero aquel niño sonámbulo volvió a su choza con las redondas pupilas, de color de miel y azúcar tostado, muy abiertas. El sol llegó, grande, y el niño lo vio entrar. No podía cerrar los ojos y suspiraba. En aquel momento una señora caritativa asomó la cabeza por la puerta. Traía un cazo lleno de garbanzos que le habían sobrado.
-Yo no tengo hambre . Yo no tengo hambre- dijo el niño . Y la señora caritativa , escandalizada , se fue a contarlo a todo el mundo. "Yo no tengo hambre", repitió el niño, interminablemente.
El flaco perrillo se marchó de allí, con el corazón oprimido. Volvió , trayendo en la boca un trozo de escarcha , que brillaba al sol como un gran caramelo. El niño lo chupó durante toda la mañana, sin que se fundiera en su boca fría , con toda la nostalgia.

También comentamos el articuento de Juan José Millás titulado "Quizá no salga nunca":

¿Qué le pasa al maniquí? ¿Se ha vuelto loco y está tirando la ropa del escaparate? En realidad son manifestantes saqueando una tienda en Barcelona durante la pasada huelga general.
Quizá el hábito no haga al monje, pero es evidente que el escaparate hace al maniquí. Un maniquí es lo que parece el chico que vemos al otro lado del cristal. Observen su postura, sus proporciones, su vestimenta… Sabemos que es un joven de carne y hueso por lo que decía el pie de foto y porque parece el responsable del vuelo de los pantalones vaqueros, también extrañamente detenidos en el aire. ¿No deberían haber salido movidos, desenfocados, borrosos? Pues no, ya ven, se aprecian sus costuras, sus etiquetas, su color… El movimiento está representado por quienes esperan, alborozados, la caída de las prendas que se llevarán a casa sin pagar. Quizá, piensa uno, no caigan nunca, quizá el chaval no salga jamás del interior del escaparate.
El escaparate es, por definición, “el otro lado”. Si se pudieran calcular las horas que el que suscribe ha pasado con la cara pegada al cristal de un escaparate, el resultado nos asombraría. De haber empleado ese tiempo en estudiar, podría ser notario. Los escaparates de las pastelerías, de las jugueterías, de las librerías… Los escaparates de las tiendas de confección, donde reinaban mujeres indiferentes, de mirada perdida. Los escaparates de las tiendas del sexo, de las ferreterías, de los ordenadores portátiles. Los de los grandes almacenes, los de las tiendas de ultramarinos, los de las agencias de viajes. Los escaparates pertenecían a una dimensión paralela a la realidad. Jamás se nos ocurrió que se pudiera entrar en ellos sin devenir en un maniquí. Es lo que le ha ocurrido al chico de la foto.

Dejamos aquí, por último, el artículo "En la feria" publicado por Antonio Muñoz Molina en el suplemento Babelia de El País en mayo de 2010:

En mi ciudad, en los escaparates de las papelerías, solía quedarme mirando las cubiertas de unos pocos libros que permanecían meses en el mismo lugar invariable, entre cuadernos, pisapapeles, álbumes de comunión, estuches de lápices de coles. en algunos de aquellos escaparates los colores de las portadas se habían ido amortiguando según pasaba el tiempo. en un solo puesto de la feria de Madrid había tantos libros que uno podía estarse horas enteras mirando sin haberlos visto todos. No recuerdo si vi a algún escritor, aunque no creo que hubiera reconocido a ninguno. Los escritores a los que yo leía –Julio Verne, Dumas, Gustavo Adolfo Bécquer- llevaban muertos mucho tiempo, de modo que tal vez no acababa de imaginarme que la literatura fuese un oficio que alguien pudiera ejercer el tiempo presente. Yo a veces me imaginaba escritor, pero menos por vocación que por fantasía caprichosa, igual que me imaginaba astronauta o corresponsal de guerra o naufrago en una isla desierta. Como un niño solo en el edificio entero de una juguetería, me maree entre los libros, el calor y la gente, mirando precios, contando el poco dinero que llevaba, con mucha cautela, porque me habían advertido que Madrid era una ciudad llena de carteristas. Absurdamente me acabé comprando el Martín Fierro y una historia de la Mafia. Volvía tan tarde a la pensión que mis abuelos ya temían que me hubiera perdido, que me hubiera pasado algo en aquella ciudad que, en el fondo, nos daba tanto miedo.

Tarea de escritura

Lee la siguiente noticia "Una mujer de 87 años se queda atrapada en una tienda por la noche: "Salí al escaparate y enseguida me sacaron" . Escribe un poema, un microrrelato o un cuento inspirados en esta historia de escaparate.



Y estos son algunos de los textos recibidos hasta ahora:


El escaparte

La Sra. Teresa —¡por fin!— se decidió a salir de casa. Necesitaba comprar dos macetas para hacer el cambio de dos tiestos que se le habían quedado pequeños. El tener 87 años le había hecho ser más precavida y miedosa, apenas salía a pasear y la compra de alimentación la pedía por teléfono o se la llevaba una vecina. Pero se la había metido en la cabeza que la compra de las macetas las haría ella, porque su vecina Manoli, la del 4ºA, le habló de la apertura de un gran Bazar Chino al lado de su casa.
Una tarde decidió acudir al bazar. Nada más entrar preguntó al chino de la entrada dónde se encontraban las macetas, este no sé si la entendió o no, pero la mandó al fondo del todo. Mientras llegaba se iba parando por todo lo que veía, por lo que se entretuvo más de lo esperado... Y en esto se apagaron las luces y nadie se percató que la Sra. Teresa se había quedado encerrada.
Al estar todo oscuro, empezó a andar despacio, chocando contra las estanterías, hasta que divisó algo de luz y, a trancas y barrancas, consiguió llegar hasta allí; divisó un escenario lleno de maniquíes, desde donde veía la calle y las personas que estaban paseando.
Empezó a aporrear con las dos macetas los cristales blindados del escaparate y una pareja que la vio llamó a la policía. Estos enseguida se lo comunicaron a los dueños del bazar, la pudieron sacar y llevar a su casa.
La Sra. Teresa, al día siguiente, se presentó de nuevo en el bazar a pagar las macetas, pero los dueños no se las cobraron.

Luis Iglesias
Grupo B


ENCERRADA 

Como ella suponía, era del escaparate aquella luz que algo alumbraba al final del largo pasillo. Había logrado asomar a él tras recorrer en total oscuridad los tramos más cortos del rincón. Una imprudencia el haber entrado al servicio sin avisar, sabiendo como sabía que faltaban dos minutos para las nueve. Se ve que hoy el chino del bazar tenía prisa y cerró sin más a la hora en punto. 

Marcela, ochenta y siete años de buen ver, es viuda como corresponde a su edad, pero en absoluto miedosa. Claro que, a cualquiera impresiona recorrer en tiniebla la estrechez de senderos formados por estanterías atiborradas de los más impensables utensilios. Lo importante es que al fin había logrado salir a la luz. Expectación al otro lado de la luna, en la acera. Una chica rubia y pelo caído se soltó del brazo de su pareja y marcó en el móvil. En apenas tres minutos se presentó el coche de policía. Una pareja de agentes jóvenes, bien plantados, guapos a rabiar, cómo puede una tener cabeza —se extraña Marcela— para tales averiguaciones en momentos así. 

No tardó en llegar el chino, que tras abrir la puerta entró para dar la luz. Se deshizo en disculpas el señor Li. Todo resuelto. La noche estaba fría y empezó a desaparecer la gente de la acera. Pero Marcela estaba en sus cosas y se puso a bucear en el bolso. 

—¡Ay!, perdone —indicó al agente; al más guapo quizá, que fácil no era diferenciar—, el monedero, me falta el monedero, seguro que lo he dejado caer en el servicio; espere un momento que voy… 

«Por favor, señora, deje usted que para eso estamos nosotros». Finezas de policía. «Pues muchas gracias, muy amable». Y cuando él ya se adentraba en la tienda: «Por favor, mire usted también en el de caballeros, que con el nerviosismo…». 

Era el más guapo de la pareja, ya se dijo, pero guapos eran los dos, también se dijo. Al poco el agente volvió con el ladrón esposado, Marcela no sabía cómo eran unas esposas de policía. Y que del monedero, nada. 

—Tendremos que registrar, señora; cualquiera sabe dónde lo haya podido esconder. 
—No, deje usted —se disculpó Marcela—, si lo tenía en un rincón del bolso y no me di cuenta, qué tonta se pone una, me tendrá que perdonar. 

Al ladrón se lo llevó el segundo coche del 091. 

La pareja del primero, todo amabilidad, se empeñó en llevarla a casa: «Por favor, señora, las horas que son, permítanos». A ver cómo ella se lo contaba luego a Conchi la nieta pequeña. Y a ver si se lo creía, la gente piensa que las abuelas ya no reciben cortesías de la vida. 

Fue a la puerta de casa ya cuando habló el otro, el más callado de los policías: 

—Si me permite señora, lo del monedero… 
—Ya, ya, si me dije: eso no cuela, Marcela. Que encima rima y todo, ya ve usted. Pero es que si lo cuento tal y como fue de verdad, lo mismo luego todo se vuelven mareos de testificar y declaraciones y mandangas, y una tiene los años que tiene, ustedes se hacen cargo, ¿verdad? Es que estaba yo en el servicio; en el de mujeres, claro, cuando todo se quedó a oscuras, y empecé a oler a humo de tabaco, y al otro lado alguien tosió y me dije, digo: cuidao Marcela que esto no puede ser más que un ladrón, no sé si me explico. Y se me ocurrió lo del monedero y… Pero eso no es faltar a la ley, ¿verdá ustedes?

Pascual Martín 
Grupo B 


CUENTOS CHINOS A JUICIO

Antes de comenzar el interrogatorio, el Juez elevó con el dedo índice sus espejuelos, acomodándolos al nacimiento de la nariz, y se quedó mirando al acusado con tal intensidad que pareciera que fuese su intención extraerle las respuestas mediante un encendido ejercicio de hipnosis. Y cuando al cabo lo intuyó bien macerado, comenzó con él.

—Señor Lin Chun, ¿cuánto tiempo lleva usted regentando su negocio?

El señor Lin Chun, con la mirada atrapada en la telaraña tejida sobre los cristales de los espejuelos, respiró profundamente antes de lanzarse a contestar.

—Catolce años, Señolía.
—Y en todo este tiempo, ¿ha tenido algún problema con la Justicia?
—No, Señolía.
—Bien. ¿Desde cuándo conocía usted a la señora Gertrudis?
—Desde hace casi cuatlo años, Señolía.
—¿Y cómo la conoció?
—Ella se quedó un día encel-lada en el bazal. Al día siguiente, ablí la tienda y cuando ya llevaba dos holas tlabajando un cliente me avisó de que había una señola muy mayol dolmida en el escapalate.
—¿Y usted qué hizo entonces?
—Dejé que siguiela dulmiendo.
—¿Y por qué hizo tal cosa?
—La señola dolmía muy plácidamente, Señolía, y se había puesto una almohada que yo vendo, y una manta que yo vendo, y un antifaz que yo vendo, y unas zapatillas que yo vendo. Y en las dos holas que yo tlabajal antes de que me avisalan, yo vendí muchas almohadas y muchas mantas y muchas zapatillas y muchos antifaces—respondió Lin Chun sin poder evitar que se le iluminara la cara.
—Ya —asintió el juez con la cabeza—. O sea, que usted vio que se estaba forrando a costa de que la señora le hiciera las veces de maniquí. Bien, ¿y qué pasó cuando la señora se despertó?
—La señola me pidió agua y también quelía il al baño.
—Absténgase, por favor, de detalles sin importancia y vaya al grano.
—La señola me dijo que ela de Bilbao y que estaba de paso con una exculsión a Fátima. Me pidió que llamala a una agencia de viajes pala que la fuelan a buscal. Pelo yo le dije: “señola, yo no llamo agencia, yo quielo hacel tlato con usted. Usted hace de maniquí en mi escapalate y yo le pago bien. Yo le pago diez eulos la hola”. Entonces la señola me dijo que le palecía bien, polque no tenía familia y tenía muchas deudas que no sabía cómo pagal. Pelo me pidió que avisala a la paloquia Nuestla Señola de Alánzazu, de Bilbao, y que les dijela que estaba bien pelo que no iba a volvel.
—Y desde entonces trabajó para usted haciendo de maniquí en su escaparate…
—Sí, Señolía.
—¿Cuántas horas permanecía en su escaparate cada día?
—De nueve de la mañana a doce de la noche, Señolía, que es el mismo holalio que hago yo.
—Y cuando terminaba su jornada, se iba a su casa, supongo…
—No, Señolía. La señola Geltudis no tenía casa y pol las noches se quedaba en un cualto pequeño que hay en el bazal y que yo le conveltí en apaltamento.
—¿Le cobraba alquiler? —avanzó la cabeza el juez hacia el acusado.
—No, Señolía… Bueno, sí… pelo muy poco alquilel.

El juez, en aquel punto, retiró la vista del acusado para ir a fijarla en el atestado policial, dedicándose durante unos largos segundos a leer una página del mismo.

—Ha dicho usted —prosiguió al fin— que no ha tenido nunca problemas con la justicia, pero en el atestado policial se hace constar que durante una temporada tuvo problemas vecinales que incluso en alguna ocasión terminaron con la presencia de la policía local a las puertas de su negocio. ¿A qué se debieron esos problemas?
—Eso fue polque a los vecinos no les gustaba el nuevo tlabajo que empezó a hacel la señola Geltudis.
—¿A qué trabajo se refiere?
—Un día, Señolía, le mendé a la señola Geltudis que se pusiela unas medias y un picaldías y se vendielon muchas medias y muchos picaldías ese día. Pelo pol la noche llegalon unos jubilados holandeses y me dijelon que quelían fol-lal con la señola. Yo le plegunté a la señola Geltudis y ella me dijo que sí, que pol cien eulos cada uno ella fol-lalía en el apaltamento. Entonces todos los fines de semana llegaban muchos jubilados holandeses, muchos, muchos, pala fol-lal con la señola y a los vecinos no gustal polque decían que ela un velgüenza.
—¿Y usted qué hizo?
—Yo cambié el nomble del bazal, de “Bazal Lin Chun” a “Bazal Balio Lojo de Amsteldam”.
—¿Y no le daba a usted vergüenza lo que hacía la señora Gertrudis en su bazar?
—No, Señolía. Los holandeses me complaban mucho génelo antes de malchalse. Mucho suvenil, mucho.
—Bien —se removió sobre su sillón el juez antes de proseguir—. Ahora cuénteme cuándo y cómo se murió la señora Gertrudis.
—De un golpe de calol, Señolía. Se quedó dolmida un domingo de julio en el escapalate y se estlopeó el aile acondicionado. Como no pasaba nadie pol la calle, nadie me dijo nada, polque yo estaba dentlo de la tienda y no la podía vel.
—¿Y qué hizo usted cuando vio que estaba muerta?
—Llamé a mi amigo Xin Ping pala que la disecala.
—¿Y no se le ocurrió pensar que disecar a la señora Gertrudis podría ser un delito? —por primera vez pareció encorajinarse el juez.
—No, Señolía. En algunos lugales de China es costumble disecal abuelos.
—Pero supongo que esa costumbre será una forma de honrarlos y sin embargo usted la disecó para seguir usándola como maniquí.
—Pelo es que la señola Geltudis no ela mi abuela, Señolía —trató de defenderse el señor Lin Chun.
—Ya, es evidente —le miró el juez con acrimonia. Y después de cerrar los ojos y de aspirar una bocanada de aire, se dirigió al abogado de la defensa—: señor letrado, puede iniciar su interrogatorio cuando guste.

Óscar Martín
Grupo A


LIBERAD A WILLY

Yo soy un experto escaparatista. No poseo ningún título que lo acredite, ni tengo edad para obtenerlo. Por no tener no tengo ni la E.G.B., me falta un año. Las idas y venidas desde mi casa al colegio, recorriendo la calle mayor, me ha permitido adquirir los conocimientos necesarios para poder afirmar, con total rotundidad, que soy el mejor “T.E.T.M.P.” (Técnico escaparatista en tiendas de mi pueblo).

No es por dármelas de listo, pero creo que soy uno de los más eminentes en este campo. Como ejemplo de mis cualidades puedo destacar que en algunos escaparates no necesito ni abrir los ojos para adivinar los que hay tras sus cristales. Me coloco frente al escaparate de “Confitería Castaño” con los ojos cerrados, respiro hondo por la nariz y adivino los productos que hay en sus expositores: “una bandeja de milhojas, dos de pezuñas y otra más de bambas de nata”. Nunca fallo.

Conseguir esta habilidad me ha supuesto más de un castigo. Quedarme hipnotizado frente a los escaparates me hace perder la noción del tiempo. En algunas ocasiones llego tarde a “los salesianos”, otras me presento en casa cuando mis padres ya han terminado de comer. Pero conseguir ser el mejor escaparatista requiere de un esfuerzo, “… la fama cuesta”.

Me he pasado las horas muertas con mi cara pegada al apático cristal de una frutería, tratando de descubrir entre las cajas de tomates y los sacos de castañas, al “astronauta”. Desde que leí en lo alto del escaparate: “Ni en la tierra, ni en la luna, como Frutería Peña, ninguna” lo he buscado en cada escondrijo. Cuando mi hermana me descubrió de esa guisa y le conté lo que estaba haciendo, no pudo contener las carcajadas: “eso es solo un eslogan, aquí no hay astronautas, ni en la luna fruterías. ¡Anda qué no estás tú mal!”, no era capaz de dejar de troncharse.

Aprendí literatura pegando la frente al frío cristal del escaparate de “Librería Rial”. Conocí las nuevas ondas musicales observando las originales fundas de los vinilos más actuales en “Radio Velasco”. Cargué mis noches de sueños frente a la luna de “Ferretería Arias”, el escaparate más visitado por los niños en épocas navideñas, magníficos juguetes reclamaban nuestra atención tras el cristal. Repasaba uno a uno para ver cuál elegir e incluirlo en la carta a los Reyes Magos. Viví peligrosas aventuras, en lejanas selvas salvajes, en compañía del enorme gorila que me miraba con ojos tristes a través del cristal de “Calzados El Campeón”.

Pero donde pude hacer público mi destreza como experto escaparatista, fue frente al gran escaparate del comercio de moda, tejidos y confecciones “La Esfera”. Ocurrió una mañana que caminaba hacia el colegio, era temprano y todavía estaba medio dormido. Pasé de largo, pero algo llamó mi atención. Sabía de memoria el número de maniquís que allí habitaban, conocía los modelos que lucían cada uno. Volví sobre mis pasos y me quedé atónito. Ese maniquí no debía estar allí. Di un respingo cuando el maniquí pegó su cara junto al cristal. Era un maniquí mayor, como una abuela, vestía como una abuela, rompía la armonía con el resto de sus compañeras que lucían faldas estampadas con alegres colores, camisas vaporosas refrescantes para el verano que se acercaba. La abuela me miraba fijamente y movía la boca, pude leer sus labios: “Sácame de aquí”. Corrí como un loco hasta “La Corredera”, le expliqué a un agente del orden lo que acababa de presenciar. Con una leve sonrisa me mostró su incredulidad. No aguantó mucho mi insistencia y no le quedó más remedio que acompañarme hasta el lugar de los hechos. Allí nos quedamos los dos paralizados, callados, observando al maniquí abuela sentado en una silla de atrezo con su bolso sobre las rodillas, inmóvil, con la mirada perdida al infinito. El policía me miró con cara de enfado, golpeé sobre el cristal para que la abuela se moviese. Se levantó de la silla y se acercó hacia mí, tras el frío cristal pronunció un “gracias” silencioso.

Al final del día estaba agotado, no paraba de contar una y otra vez la misma historia, como gracias a mí, rescataron a la abuela que se había quedado atrapada en el escaparate de un comercio de moda. Primero hablé para el periódico “Béjar en Madrid”, luego para Radio Nacional, hasta querían sacarme por la tele.

Esa noche soñé que era un pez “payaso” nadando dentro de un enorme acuario, los niños aplastaban sus narices contra el cristal para llamar mi atención, yo aleteaba graciosamente, me acercaba a sus rostros y sonreían. Entre el público vi a la abuela que esa mañana estaba al otro lado del escaparate.

Tomás García Merino
Grupo B


Alguien se movía en el escaparate.

Entró, tropezó, cayó.
Perdió el conocimiento.
Al cabo de unas horas, despertó y la tienda estaba a oscuras. Habían cerrado.
A oscuras, a tientas, a gatas, consiguió llegar hasta el escaparate.
Gracias a la luz de la calle se puso de pie al lado de un maniquí, y permaneció a la espera.
Una pareja de curiosos se paró a contemplar el escaparate. Entonces, solo entonces ella se movió, ella comenzó a mover las manos, a hacer muecas y gestos con la cara, y a mover la cadera. Comenzó a bailar el twist.
Consiguió llamar la atención de los espectadores.
Consiguió que la rescataran.

José Luis Fonseca
Grupo A


¿La última aventura?

¡Qué rápida se me había pasado la tarde!, bueno, la tarde no, ¡qué pronto estaba llegando la noche!, aunque tampoco, solo eran las seis, pero ya había que dar la luz. Y se me había hecho tan corta porque la había pasado muy entretenida, había sacado la caja de las fotos, esas fotos ya amarillentas, no las que estaban en álbumes, quise sacar esa caja, “Fábrica a vapor de carne de membrillo y caramelos. Viuda de Justo Estrada. Puente Genil”, maravilla de caja, yo lo que andaba era escarbando en lo más profundo, sentía añoranza, nostalgia, quería rememorar los recuerdos como si me quisiera despedir de ellos, tengo tantos que no me va a dar tiempo a recordar todos y sabía que allí iba a encontrar muchos, algunos ya olvidados. Y sí, vi, volví a vivir a sentirme aquella niña ¡con qué ternura mecía entre sus brazos a su muñeca!, esa muñeca que al fin me trajeron los Reyes Magos, esa que cada día iba a ver al escaparate de la juguetería, con la que hablaba a través del cristal, las de mi comunión, las, las…

Había que cerrarla, ya era el momento de dejar el pasado, volver a la realidad y, mi realidad era salir a dar un paseo “tienes que salir todos los días”, esa era la cantinela. La tarde era fría, había que abrigarse, imprescindible el gorro, no venía mal la mascarilla, se me venía el recuerdo de tapabocas, ¡cuántas palabras también se van quedando en el olvido!, aprovechaba para tomar un chocolate calentito, ver escaparates, los de las librerías me atraían, títulos y portadas sugerentes de los que ya había leído alguna crítica, algunas tardes no resistía y entraba, una suerte que hubiera sillas, me pasaba un buen rato hasta que me decidía, más de un día me han tenían que dar un aviso, el toque de queda. Seguían llamándome los escaparates de las pastelerías no podía resistirme ante un petisú, y están las tiendas de los chinos que tiraban de mí, no tenía que comprar nada, pero siempre picaba, allí se encontraba de todo, recorrer esos pasillos era como como meterse en un laberinto lleno de olores y colores. Y aquella tarde, de repente, al silencio que había se unió la oscuridad, me sobresaltó, parpadeé, tuve la sensación de entrar en un túnel, cuando abrí los ojos la luz de emergencia me dio la claridad de ser consciente de lo que había pasado: Llegó la hora, las ocho, Chen muy cumplidor, cerró su negocio. Tranqui, me dije, a estas alturas de tu vida ya no puedes asustarte por nada, solo tenía que pensar, recordé que muy cerca de donde estaba había visto linternas y junto a ellas pilas, llené el bolso y bolsillos de ellas, tranquilamente me dirigí a la entrada, sentada en un taburete, previamente había cogido una botella de agua, respiraciones profundas y un buen trago y dispuesta para poner las linternas en marcha, las distribuí por los pasillos y volví a la zona del escaparate, quise ver desde allí la reacción de la gente, ella les saludaba y algunos sonreían y también agitaban su mano, pero seguían impasibles, no había ninguna reacción, todos iban con prisa, nadie adivinaba su realidad, recordó aquella película, La cabina, la indiferencia de la gente. Empezó a tener frío, no había cobertura, pero sí podía hacer llamadas de emergencia, marcó el 112, le costó mucho hacerse entender, que creyesen su situación, las llamadas que recibían estaban relacionadas con el COVID.

Luego vino la segunda parte, su familia, sus vecinos y amistades, comentarios para todos los gustos, la entrevista en el periódico, la tele. Se queda con el comentario de uno de sus nietos: has vivido algo con lo que ya no contabas, eres única. Y yo pensaba ¿será mi última aventura?

Inés Izquierdo Pérez
Grupo A


Una noche en el escaparate

Merche tenía 85 años y había sobrevivido al Covid. Sin embargo, la pandemia de la soledad le había hecho acostumbrarse al ensimismamiento.
Tenía muchos meses sin poder curucutear la tienda de los chinos. Como los mercaderes de antes, pensaba, esos hombres y mujeres tan particulares, de pocos gestos, vendían miles de objetos que la cautivaban.
Esa tarde Merche ya no se debía a las restricciones, tenía todo el tiempo del mundo para tocar, revisar, probar y buscarle utilidad a las inutilidades que se vendían a lo largo de los pasillos. En un cesto con ruedas fue apartando todo lo que quería llevarse a casa; después del aislamiento pandémico había sentido que estaba desprovista de cosas, y mucho más.
De repente se apagaron las luces. Pensó que era solo una falla temporal. Esperó. Y esperó. Tenía todo el tiempo del mundo. Sus ojos llenos de cataratas no lograban adaptarse a tanta oscuridad. Comenzó a apretar los botones de su móvil, lo encendió y logró caminar arrastrando su cesta con la mano izquierda, pasillo afuera. Como si se tratara de un relato sobre la búsqueda de la luz al final del túnel vio la lumbre que venía de la calle y así encontró el escaparate. Dejó su cesta a un lado y se paró frente a la vitrina para que todos los transeúntes la vieran y buscaran ayuda. Muchos pensaron que era un maniquí, porque Merche estaba tan tranquila y feliz con su compra que solo pensaba en esperar lo que fuera necesario para pagarle al dueño. Tenía todo el tiempo del mundo, y ahora estaba provista de lo necesario.

Carmen Elena Ochoa
Grupo A


Detrás del escaparate

Estaba rodeada de cubos, rastrillos, gafas y tubos de buceo, flotadores y balones de playa, pero no había niños, ni turistas al sol, ni arena, ni mar. Sorprendida, porque un pequeño despiste la había llevado hasta ese lugar desconocido. Buscando el agua salada y las olas, dobló una esquina y se encontró rodeada de tiestos, macetas, aros para colgarlas, tierra desinsectada, enanitos de jardín y artilugios diversos para huertos y balcones, pero no había flores, ni jardineros, ni señoras o señores cuidando las macetas. Intrigada, pensó que se había olvidado regar las plantas y dar de comer al gato, aunque dándole vueltas, también pensó que no tenía ni gato ni plantas.
Admirada por la cantidad de cosas diversas que iba descubriendo, continuó por un pasillo repleto de sartenes, cazuelas, platos, vasos, loza, cubiertos y otros utensilios de cocina… pero no había cocineros, ni comida, ni estaba la mesa puesta, ni había comensales. Le extrañaba, porque pensaba que había entrado en un restaurante, pero entonces reparó en unas estanterías llenas de cuadernos, carpetas, bolígrafos, lapiceros, algunos libros y más cosas que le hicieron reflexionar sobre lo raros que eran ahora los restaurantes, sería cosa de la que llamaban “Nouvellecuisine”, aunque le pareció una idea interesante.
Ya se había entretenido mucho tiempo cuando reparó que la luz había desaparecido, pero acostumbrada a vivir en penumbra, en parte por no gastar y en parte por haber conocido las épocas en que el suministro de electricidad sufría fluctuaciones y casi desaparecía, no le había dado mucha importancia. Cansada de deambular por aquel abigarrado mundo, sintió la necesidad de irse a dormir, para lo que tuvo la suerte de encontrar una sección de colchones y colchonetas, justo al lado de dos filas contiguas debatas de estar en casa y camisones. Sin pensarlo dos veces se desvistió, se puso cómoda y después de dar un último paseo, durante el que tuvo la suerte de encontrar un aseo, se acostó y se quedó profundamente dormida, aunque un poco extrañada porque no acababa de reconocer los lugares en que había pasado la tarde ni de haber encontrado su cama de siempre con embozo bordado.
A la mañana siguiente se despertó con el sonido de las campanas, por lo que dedujo que debía ser domingo. Como últimamente no iba mucho a misa porque los bancos le resultaban ya muy incómodos y seguía la ceremonia con dificultad, sobre todo porque su oído iba dejando bastante que desear, decidió quedarse descansando y seguir explorando, ya que había descubierto toda una serie de hileras con cantidad de vestidos de colores, zapatos de todo tipo, ropa de abrigo, ropa de verano, todo un batiburrillo que le había resultado especialmente atractivo. Se probó algunas prendas y se divirtió mirándose en un espejo. Como estaba sola, se atrevió a ponerse colorete y pintarse los labios con los productos que acababa de localizar un poco más allá. Entonces fue cuando encontró la gran ventana que daba a una calle por la que pasaba gente endomingada, jóvenes y no tan jóvenes corriendo, paseantes muy diversos, unos con mascota y otros sin mascota, lo que la distrajo durante un buen rato en el que nadie reparó que entre los maniquíes había uno de señora mayor muy arreglada, que miraba fijamente, pero que encajaba perfectamente en aquella ventana variopinta abierta al exterior. Como era un espectáculo que conocía por las muchas horas que pasaba a diario viendo pasar gente por la calle, pensó que era más divertido seguir investigando lo que había en el interior de ese nuevo mundo.
Pasó un día de aventura recorriendo lugares insospechados que la llevaron desde una pared llena de herramientas, donde recordó a su marido, un manitas que había fallecido hacía tanto tiempo que casi se había olvidado de él y al que volvió a rememorar con cariño, hasta un apartado lleno de juegos, algunos de nueva factura y otros como los tradicionales de toda la vida: el parchís, la oca, el ajedrez, el dominó,… hasta una lotería con las bolas y la esfera de alambre donde se introducían. Todo el día estuvo merodeando por aquel nuevo mundo. Para comer no encontró ningún puesto de bocadillos, ningún sitio donde comprar fruta u otras vituallas, pero pudo localizar golosinas y dulces con los que mitigar el hambre que tuvo en algún momento.
Al final del día se percató de que no había visto a nadie, pero que las emociones que fue experimentando la habían mantenido distraída y la habían cansado lo suficiente como para irse a dormir a su nueva habitación. Después de un día de descubrimientos se quedó dormida profundamente.
Se despertó sobresaltada porque alguien tiraba de la manta que tan cálidamente la había abrigado durante la noche. Todavía se sobresaltó más cuando vio a un chino, parecido a los de las películas de su juventud, y luego a una china y otro chino más y una niña china. ¿Había viajado al Extremo Oriente? ¿Dónde estaba y que hacía allí? Afortunadamente el susto no duró mucho tiempo. Una voz ligeramente conocida, pero que no acababa de distinguir perteneciente a un hombre de mediana edad que se dirigía a ella cariñosamente, le preguntaba:
-¿Pero dónde te habías metido mamá? ¿No te das cuenta de que hemos estado dos días sin saber nada de ti?

Manuel Medarde
Grupo A

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